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JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


  LA NOVELÍSTICA DE ÓSCAR PINEDA - Critica literaria de JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO - Año 2014


LA NOVELÍSTICA DE ÓSCAR PINEDA - Critica literaria de JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO - Año 2014

LA NOVELÍSTICA DE ÓSCAR PINEDA: LA INVENCIÓN Y LA REALIDAD

 

Critica literaria de JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


He de reconocer que no conocía a Óscar Pineda hasta mi último viaje a Asunción. Sin embargo, su compañía fue inolvidable. Durante casi todos los días de mi estan­cia tuvimos la oportunidad de compartir momentos y experiencias, e incluso pude presentar uno de sus libros, el Almanaque Paraguayo de 2013, trabajo ingente e im­pagable que nos permite a todos consultar datos con fa­cilidad y disponer de ellos a mano, lo cual era bastante complicado cuando hace dieciocho años los necesitaba para mi tesis doctoral. Lo siento: personalmente, ha sido una persona con la que he congeniado, razón por la que me resulta complicado realizar este análisis de sus obras con la imparcialidad y la objetividad, siempre discutible objetividad, que se debe exigir a todo crítico de cualquier disciplina. Pero lo intentaremos.

Óscar Pineda ha publicado dos libros de cuentos, Ocurrentes, recurrentes y ocurridos (2007) y Camille y otros cuentos (2009), y una novela, Los paraguayos. La estirpe de los Soriano (2009). También ha editado, entre otras obras, una Cronología básica de la historia para­guaya, además de los almanaques anuales que reúnen los datos sustanciales de la vida paraguaya. Es un aman­ de la historia pero más aún de la literatura. Pero sobre todo de la historia militar y la polemología, el estudio científico de la guerra como fenómeno social. Ese cono­cimiento de las ciencias y artes armadas se refleja en sus obras y constituye un eje sustancial de los argumentos de sus relatos. Sin duda, la mención de honor obtenida por “Camille” en el concurso de cuentos del Club Cen­tenario fue bien merecida y supuso un empuje para la carrera posterior del autor.

Ocurrentes, recurrentes y ocurridos está compues­to de quince cuentos. Son relatos cuyos argumentos deambulan entre la historia paraguaya, generalmen­te recreada, la ciencia-ficción, y la fantasía irracional, en cierta medida kafkiana aunque con un sentido del humor muy sugerente. Ejemplo del tratamiento de la historia en Óscar Pineda son dos cuentos: “Noche de mayo gentil” y “Oficial y maestro”. El primero es una crónica de la independencia paraguaya, con sus héroes como personajes –Yegros, Pedro Juan Caballero, Itur­be y Cabañas– sobre quienes predomina la figura de Gaspar Rodríguez de Francia, en quien confían para que sea, como doctor que es, el prócer que redacte las primeras leyes fundamentales del país, por lo que se le considera necesario, aunque prescindible en el futuro. Sin embargo, no sospechan ni atienden la premonición de Indalecio, un indigente borracho que anuncia el fu­turo: cómo irá eliminando a sus compañeros de la inde­pendencia apoyándose en los cuadros militares interme­dios hasta acabar erigiéndose en mandatario absoluto y absolutista. Cuando Caballero desprecia a Inocencio, Francia empieza a planificar con sus confidencias a su secretario Patiño. La acción finaliza con la entrada en la Bahía, donde yacerá el cuerpo ahogado de Indalecio; esa entrada previa a la independencia de mayo de 1811. Y un detalle intertextual al comienzo: el famoso pas­quín odiado por el dictador que desencadena la acción de Yo, el Supremo de Augusto Roa Bastos.

Como se observa, Pineda mezcla los personajes his­tóricos con los ficticios para dar una dimensión litera­ria plena a sus relatos. Predomina la literatura sobre el dato histórico, en una reficcionalización medida del acontecimiento para penetrar allá donde los manuales de la disciplina no pueden llegar. Se trata de recrear la historia, de convertirla en un proceso de reflexión so­bre el pasado y el presente, en este caso de Paraguay, y las mentalidades, circunstancias y motivaciones de sus actos. Pero tampoco intenta Pineda transmitirnos más ideas que las del propio proceso histórico: no inventa para demostrar, sino para ilustrar.

El segundo cuento, “Oficial y maestro”, es otro ejem­plo de esta sumisión de la historia a la literatura: de su uso como argumento de ficción. Reúne un testimonio en primera persona de un oficial de la guerra de la Tri­ple Alianza, el subteniente Adolfo Paredes, verdadero héroe de la contienda en la campaña del sur del país, en Humaitá, que acaba acusado de traición por cobar­día por el mariscal López, por lo cual es fusilado. Sin embargo, resulta ser hijo ilegítimo del mariscal, fruto de sus devaneos hacia Marcela Paredes. Es el paso pre­vio a los famosos procesos de San Fernando, donde el mariscal reprimió a quienes creía que conspiraban con­tra él. El relato es el testimonio en primera persona de Paredes hasta su desenlace, narrando todas sus acciones durante la guerra, subrayando el carácter valeroso y he­roico del ejército paraguayo. Todo ello aderezado con una perfecta profusión de detalles tanto técnicos como estratégicos. Pero el historiador se encontrará con un problema: el protagonista es de ficción. Ello produce la invalidación del discurso histórico y la generación de una respuesta literaria para escrutar la realidad ocurrida por medio de la penetración psicológica en el testimo­nio. Al final, ironías de la historia, el sable del fusilado queda expuesto en el Museo Militar de Asunción… sí, en la avenida del Mariscal López. El recuerdo de la Tri­ ple Alianza es también el motivo principal de otro rela­to, “Juan Vicente”. En el cuento “Amaniyá” la historia paraguaya se ubica en la época colonial, en el momento en que Juan de Ayolas irrumpe en el Paraguay hasta lle­gar a Candelaria (quizá el relato sea un antecedente de la novela Los paraguayos. La estirpe de los Soriano). Ahí aparece el imprevisto: el mito. El ser racional no puede contra la creencia arraigada, con la anciana que da títu­lo a la obra encargada de su custodia. Tampoco elude Pineda las incursiones en el pasado o el mito de terri­torios lejanos a Paraguay, como el de la Grecia clásica en “Pisístrato el risueño”, o el asesinato de Julio César en “Los idus de marzo”. Su país no es el único para el que aplica su uso de la invención como redefinición de episodios concretos de la Historia.

La fantasía, asociada al mito, es un elemento sustan­cial en el relato de Pineda. En ocasiones como elemen­to enigmático irrumpiendo en una plácida existencia, y en otras como simple ficcionalización, para lo cual recurre incluso al subgénero de la ciencia-ficción. El re­lato “Capo Mafia” es un ejemplo del primer modelo. Ese mafioso, Cannavaro, que se levanta de la cama con arias de ópera, y que vive plácidamente instalado en la riqueza y la complacencia de sus deseos, de repente ve molestada su seguridad cuando recibe un mensaje en su teléfono celular en el que se le anuncia su muerte. El desenlace puede ser previsible: adivinamos lo que va a ocurrir. Sin embargo, no adivinamos quién será el su­jeto desencadenante y cómo será el resultado, porque el autor nos sorprende con un personaje o un detalle nuevo que da distinción a lo previsible hasta convertirlo en original. Es su técnica personal y la maneja con una diligencia redonda: el personaje o el detalle aparece en el momento preciso en que el lector ya ha confiado en su conocimiento del desenlace.

De gran belleza es el cuento “Hechizo de Piano”. Lle­no de fantasía y de ternura. Pero en otras ocasiones, la prosa de Pineda recurre al feísmo, a la imagen hasta violenta y expresiva en grado extremo. De ahí que nos ofrezca un relato policíaco incluso, “Jam”, con un agen­te secreto realmente hábil y muy inteligente. En otras ocasiones, Pineda se vuelve surrealista y hasta cortaza­riano, pero introduciendo el humor escenificado. En realidad, es una mirada irónica sobre la realidad y sobre el drama. Es el caso de lo ocurrido en “Mosquiteada”. La prosopopeya de la disputa de los mosquitos acaba en tragedia por la aparición repentina de un personaje humano. Será ese elemento el que rompa el duelo entre los insectos enamorados de la misma hembra, Marmi­ta. Aparentemente kafkiano, el relato posee una fuerza ejemplar hasta hacer simpática la tragedia. También ocurre en “Rara tarde”, con un discurso aún más su­rrealista por ser el sueño su verdadero protagonista. Un ingenioso cuento con una sorprendente última frase es “Elucubraciones”.

El autor domina la ciencia-ficción. La vertiente de anticipación. Es lo que observamos en “Guerra”. Con un perfecto carácter descriptivo de batallas, armas y es­trategias, lo que aparenta ser un combate de Star Wars se torna en una perfecta explicación de los motivos de las guerras: elemento de distracción, solución al desem­pleo, elevación de la autoestima nacional, negocios de armamento, etc. No pretendemos desvelar el personaje que justifica esta reflexión dominada por el autor, para no adelantar nada al lector, pero resulta sorprendente la perfecta descripción y las ideas expuestas sobre las cau­sas de los conflictos armados. De otro modo, el motivo del viaje en el tiempo y su posible distorsión con sus consecuencias es el tema de “Némesis”.

El segundo libro de ficción de Pineda, Camille y otros cuentos abunda en las mismas estrategias, técni­cas y temas que los de la anterior obra. Sorprende el que, al contrario de lo habitual en las obras de cuentos, el que da título al libro es el que lo cierra. “Camille”, con su parecido formal a “Oficial y maestro”, recrea la vida de este general de Napoleón, Camille Leclerc, quien relata sus peripecias de acompañante en toda su trayectoria del personaje histórico. La realidad es que Camille Lecrerc está recreado para dibujar en pocas páginas la historia del ascenso y caída del emperador. Mientras, su nieto juega con soldaditos de plomo, si­guiendo la carrera de su abuelo, padre y tíos. Es un re­lato humano ante todo, aunque también exista su ápice de conocimiento histórico y militar, para justificar la crueldad de la guerra y las consecuencias de la megalo­manía. Napoleón recuerda a ese Francia y a ese mariscal López de los relatos del primer libro de Pineda. ¿Pero Camille existió o es una invención? Que lo averigüe el lector sin complejos. Cualquier respuesta podría estar justificada.

La historia paraguaya también es protagonista de al­gunos relatos. Pero la intrahistoria, la de personajes de carne y hueso que serán creaciones del autor, y serán víctimas de las decisiones de quienes sus nombres se en­cuentran en las letras grandes de la Historia. Es el caso de “Toma’í y Jose’í”, los dos niños cuya máxima preten­sión es jugar pero acaban luchando heroicamente en la batalla de Acosta Ñu, donde los niños paraguayos lleva­ban barbas postizas para parecer soldados adultos frente a las tropas de la Triple Alianza. Pero al final, lo fantás­tico se encuentra presente: han muerto pero quedan dos árboles en el lugar donde desaparecieron. “Elvira” cons­truye al terror de una muchacha al dictador Francia: su imagen queda frente a ella como la de un monstruo que puede engullírsela en cualquier instante. Es el suspense, los compases de espera de Elvira, el elemento sustancial de un relato que de histórico presenta sobre todo el es­cenario y el personaje del dictador cuando aparece en la procesión. De la misma forma, “Accidente de trabajo” es una recreación de un intento de asesinato a un pre­sidente, encargado a un profesional por un hombre del régimen caído en desgracia, González, cuando lo va a recibir el máximo mandatario; en realidad, la recepción es su condena. Pero el infortunio vuelve a aparecer y lo previsto no sucede: la muerte violenta no es la esperada. Ese tema del presidente sátrapa ocupa “Violeta”, reto­mando la leyenda de la supuesta elección de jovencitas atribuida al dictador Stroessner. Violeta, feliz con su muñeca y su hermana, es la elegida, para desesperación de sus padres y sorpresa suya. Se acumula en el relato una tensión lúcida entre la inocencia de Violeta, incapaz de entender lo que va a ocurrir, y el temor de sus padres. El desenlace es el esperado, pero no el desarrollo de las emociones de los personajes.

El mayor cuestionamiento de la historia y la dela­ción de su incapacidad para asumir todos los aconteci­mientos realmente sucedidos en el tiempo se avista en “La batalla que nunca ocurrió”. Los pueblos añejos de Ananki y Varosno viven en paz pero comienzan a tener disputas por un pedazo de territorio. Estamos ante el Pineda polemológico que examina las consecuencias de la guerra, puesto que ambos pueblos, antaño en paz, acaban librando una violenta batalla en el Valle de la Luna. Sin embargo, esta guerra no existió para la his­toria, hasta que la cuenta el alma en pena quien fuera escribiente real.

Esa guerra cruel es el tema de “Murió en su ley”, donde el francotirador es el protagonista de nombre en clave al que el infortunio lo espera en la última esquina. Un caso parecido al del sicario de “Asesino”, quien es citado para un “trabajo” en el camposanto, sin esperar que está contratado para ser el asesinado por quienes han sido sus víctimas.

Realismo fantástico es el que se aprecia en “Después de la farra, la butifarra”. Entre lo cómico, sobre todo por el estado de resaca del protagonista después de una noche de jarana, y lo violento, se sitúa un cuento con un desenlace abierto aunque fácilmente reconocible.

Ese atraco, ¿será real? Pero sí es cierto que cambia la percepción del protagonista ante la siguiente visita de quien no es el máximo accionista de la empresa donde trabaja. El fantástico llega al horror en “Una noche de lluvia y apagón”, uno de los cuentos más breves del au­tor, con una gradación del pavor perfectamente medida con el discurso en primera persona.

La ciencia-ficción también está presente en “Círculo vicioso”, pero como elemento de atención sobre las con­secuencias de la explosión termonuclear. Traspasa tres escenarios, el del período Jurásico, el 2034 y un con­flicto de origen incierto con China y Estados Unidos como principales potencias militares mundiales, y el de las cucarachas supervivientes –dicen que es el único animal que sobreviviría a un conflicto nuclear– que cin­cuenta años después acaban de la misma manera que los habitantes del pasado. La historia se repite, como dice el refrán, y es de lo que nos pretende aleccionar Pineda: no se debe eliminar el pasado de nuestra memoria.

La novela Los paraguayos. La estirpe de los Soria­no (2009) reúne los esquemas de Pineda en todos sus relatos históricos: la simbiosis entre personajes y situa­ciones de ficción e históricos. El autor en esta novela ha reconstruido los años de la creación del Paraguay desde la existencia de las distintas etnias indígenas hasta la llegada de los españoles, la fundación de Asunción y su conquista completa del territorio. Una novela recons­tructora de la historia visible y de la historia invisible: de aquella que figura en los manuales y de aquella que no figura en los manuales. Un trabajo ingente bien desarrollado de forma lineal con la pretensión de ra­diografiar los orígenes nacionales, pero sin salir de la pretensión de objetividad.

Pineda, como en sus cuentos históricos, se inventa una estirpe, los Soriano, con un claro protagonista, Juan Francisco, hijo mediano de nobles vascos. Los cin­co primeros capítulos ofrecen una recreación de sucesos entre los paranáes, una de las ramas de los guaraníes, fi­nalizando con el enfrentamiento entre dos bandos, el de Asú y el de Avañaré. El autor no nos muestra un idílico mundo, una utopía precisamente: los indígenas tenían sus conflictos violentos y sus métodos que contrastan con esa imagen del “buen salvaje” que nos brindara el paternalismo criollo desde antaño. Estos cinco capítu­los ofrecen una estructura profunda: el mundo subya­cente era el mismo entre los conquistadores que entre los conquistados: un mundo repleto de ansia de poder y de defensa de lo que cada uno consideraba como pro­pio, en el sentido material e inmaterial. De ahí que la visión de la obra sea la propia de un historiador impar­cial, al menos en intención, aun sabiendo que ello suele ser imposible.

A partir del sexto capítulo, la acción se sitúa en Espa­ña. El autor indaga en el origen de los Soriano, desde la época de la resistencia de Numancia contra los romanos. Fernando, el inclusero, se casa con Amparo del Castro, mujer de abolengo. Tienen cinco hijos, dos varones y tres hembras, cuyos destinos serán la continuidad de los negocios familiares para el mayor, el convento, el ma­trimonio bien encauzado y, en el caso de Juan Francis­co, la carrera militar. Este emprende ese camino, con un Pineda que borda la iniciación de su protagonista, participa en la lucha contra los Comuneros de Castilla y acaba embarcando hacia América con la expedición de Mendoza, donde irán también su primo, Domingo Martínez de Irala, Ayolas y Juan de Salazar, entre otros, todos ellos personajes históricos, mezclados con otros de ficción. Las conspiraciones que vimos en el mundo indígena se reproducen en mayor grado entre los con­quistadores. Así, Pineda reúne en su libro la historia real pero incrustando la evolución de ese personaje ficticio, Juan Francisco, que bien pudiera haber existido. A partir de ese momento, se unen lo conocido, la fundación de Asunción, la expedición de Ayolas, la traición de Irala, la fuerte presencia de los espías y delatores, la enfermedad de Mendoza, con la vida común y cotidiana de la mayor parte. Entre ellos habrán personajes secundarios de re­lieve como los lansquenetes, entre los que se encuentra el malparado Ulrico Schmidl, real, con otros como el Rojo, un combatiente feroz, o españoles como Guzmán el Malo, trascendental para el desarrollo de la acción y símbolo del mercenario vendido al mejor postor.

Entre estas situaciones, se suceden los avatares de So­riano y su vida privada: su matrimonio con Margarita, su sacrificio en pos de unos objetivos imperiales, su pa­ternidad, incluyendo esa bastardía de Agustín, fruto de la relación con Julieta Sotomayor, entre las aventuras de colonización del Paraguay y el fracaso para llegar cuan­to antes al Alto Perú y descubrir una nueva ruta hacia las riquezas y la gloria. Y es que en el fondo, estamos ante una novela de la acomodación a las circunstancias: la frustración existe, pero los personajes la vencen adap­tándose al medio y a la realidad.

Pero el camino hacia el futuro Paraguay no será fácil: enfrente estará Asú y su defensa de los indígenas frente a lo que considera domesticación y esclavitud de los su­yos. Los capítulos más brillantes de la novela discurri­rán en sus luchas, hasta el punto de que los objetivos de ambos contendientes se convertirán en obsesivos. Las batallas, narradas con una crudeza detallista, sin perder un ápice en aspectos como el realismo de la violencia en las luchas, derivarán hacia la creación del Paraguay como territorio y sentimiento de diferencia frente a los territorios vecinos. Por ello, la novela, además de recrear (más bien, “refundar”), la crónica de la colonización y las intestinas luchas de poder, trabaja el campo socioló­gico con puntillismo y fiel reproducción cinematográfi­ca de los sucesos.

La prosa podría haber caído en la ampulosidad his­tórica, en el exceso de datos, dado el alto grado de co­nocimiento del autor. Sin embargo, sobresale siempre el carácter novelesco por encima del episodio, sin perder por ello el rigor histórico. Las costumbres, los mitos, la forma de vestir, el detalle armamentístico, la geografía, la antropología, la etnología, la polemología, el pensa­miento, en suma, están cuidados al máximo, ya que la intención es culminar una reconstrucción de una época donde se produjo el choque de razas y costumbres. Pero cuando se puede caer en el efecto acumulativo para desdicha del lector, aparece una situación o el mismo Juan Francisco para dar un giro hacia lo puramente narrativo. Ausentes de maniqueísmo, a pesar de todo, los personajes están humanizados, aunque pudieran ro­dearse de la gloria otorgada por la victoria militar. Sin embargo, Pineda huye de la identificación del lector. Juan Francisco Soriano es una creación simpática para el lector. Pero no por ser un héroe, sino porque precisa­mente es un hombre de carne y hueso. Y con sus contra­dicciones: después de llevar años escandalizándose del “libertinaje” sexual de sus compatriotas y las indígenas, de la poligamia, defendiendo la monogamia de raíz ca­tólica, se descubre que tiene un hijo natural, fuera de su matrimonio, del que renegará más adelante por querer casarse con Panambí, hija del cacique Asú, su enemigo.

Así, estamos ante una obra atractiva, perfecta re­construcción del pasado y de la formación del Para­guay, sujeta al rigor histórico, aunque el tratamiento de los personajes sea plenamente libre. Es un fresco de la mentalidad de unos hombres que forjaron el primigenio Paraguay. Pineda nos descubre un mundo, se atreve a enfrentar dos mundos para cimentar la teoría de que el país nace con el mestizaje y mirar hacia la compren­sión del carácter nacional común. El resto, las escenas, van más allá del cuadro histórico: ofrecen la esencia del ser humano dentro de la teoría de que la historia se ha forjado a partir de las luchas y contiendas bélicas entre distintos pueblos… y entre un mismo pueblo (revolu­ción de los Comuneros, luchas de Irala o peleas entre los paranáes).

No estamos por tanto ante una novela cualquiera, sino ante la más perfecta narración histórica sobre la conquista y formación de la región del Paraguay. Por ello, su grata lectura nos permitirá reflexionar sobre el ser humano y sus motivaciones, a partir de las mentali­dades expresadas en los personajes. Y, sobre todo, sobre la formación del carácter paraguayo. Sin duda, es una de las mejores novelas de los últimos años publicadas en el país y todo un proceso de maduración de un mundo, el de los Soriano, que bien simboliza la lucha por la vida.

Quizá Paraguay debería plantearse una versión cine­matográfica de esta historia.

 

 

 

 

 

 

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Por OSCAR PINEDA

Editorial SERVILIBRO

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Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2009

Edición con el apoyo del FONDEC

 

 

 

 

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