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JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


  LAS REVISTAS EN EL DESARROLLO DE LA NARRATIVA EN PARAGUAY - Ensayo de JOSÉ VICENTE PEIRÓ


LAS REVISTAS EN EL DESARROLLO DE LA NARRATIVA EN PARAGUAY - Ensayo de JOSÉ VICENTE PEIRÓ

LAS REVISTAS EN EL DESARROLLO DE LA NARRATIVA EN PARAGUAY:

LA NOVELA PARAGUAYA (1922-23)

Ensayo de JOSÉ VICENTE PEIRÓ

 

Durante los últimos veinte años se ha avanzado en la historiografía literaria paraguaya hasta ir completando progresivamente aspectos no tratados, y autores y obras soslayados a pesar de tener al menos una relevancia semejante a los estudiados en los trabajos clásicos de Hugo Rodríguez-Alcalá, Francisco Pérez-Maricevich, Roque Vallejos y Raúl Amaral (Las referencias se encuentran al final del artículo, pág. 126). Sus obras críticas si­guen siendo una referencia para los estudios posteriores, pero han venido ampliándose sucesivamente2.

Sin embargo, por regla general, las investigaciones sobre narrativa paraguaya han elegido el libro publicado como único objeto de estudio, obviando la revista como medio de publicación literaria. Mientras en poesía se han editado obras y antologías partiendo de las crea­ciones de un autor aparecidas en revistas periódicas, en narrativa no se han tomado en cuenta, lo cual ha dejado una laguna importante. Solamente algunas antologías han dado a la luz relatos publicados en revistas, como es el caso de “El abogado” de Vicente Lamas, publicado en la revista argentina Leoplán en 1934 (Pérez-Maricevich, 1988, 45-56). Por esta razón, este trabajo trazará una visión concreta del tema para fijar la importancia de la revista en la difusión y edición de las narraciones para­guayas, fijándose de manera peculiar en el primer tercio del siglo XX.

 

LA NARRATIVA EN LAS PRIMERAS PUBLICACIONES LITERA­RIAS PARAGUAYAS

Con la creación de la Imprenta Nacional en 1845 surgieron las primeras publicaciones paraguayas, to­das ellas periódicas, desde la independencia del país en 1811. Los primeros testimonios narrativos paraguayos se hallan en la revista La Aurora (1860-61). Durante el gobierno de Carlos Antonio López (1842-1862) la instrucción pública se convirtió en un objetivo para el progreso de la nación, semejante al tecnológico. La Au­rora surgió de la mano del maestro español Ildefonso A. Bermejo, contratado en 1853 por el gobierno, y en ella hallamos los primigenios testimonios de la litera­tura nacional. De hecho, para Raúl Amaral, su impor­tancia radica en que “representa el punto de partida del romanticismo paraguayo” (1984, 37). Su impulso permitió la edición de la primera novela corta paragua­ya, Prima noche de una familia de Eugenio Bogado. Y en la propia revista, además de las crónicas larrescas, periodismo de costumbres, impulsadas por el propio Bermejo en la columna “El pobrecito censor”, hay algu­nos relatos extranjeros. El filogalicismo de los alumnos, importado desde Buenos Aires, frente al hispanismo de Bermejo, se manifiesta en el número 4, donde hallamos la traducción de un cuento francés folletinesco de autor desconocido titulado “Magdalena”, realizada por J. B. González, que más bien parece el resumen de otro rela­to más extenso. Pero hay un relato original, publicado en dos partes: “Dos horas en compañía de un loco” (nº 11 y 12). Su autor firmó con las siglas DLT, y hasta la fe­cha no se ha podido determinar cuál es su nombre real; ni siquiera sabemos si se trata de un relato escrito por un autor paraguayo. En él se emplean términos poco habituales en el español paraguayo, pero ello no signi­ fica que Bermejo no pudiera haberlos incorporado al léxico de sus alumnos: palabras como hacienda o cortijo no se utilizan en Paraguay, pero sí en regiones españolas como Andalucía. Así, se podría pensar en una posible autoría española, o del propio Bermejo, hecho que se verifica aún más cuando se observa que el léxico y la sintaxis empleados se acercan a otros artículos suyos. Lo cierto es que “Dos horas en compañía de un loco” es un relato fantástico simbolista puramente decimonónico, y uno de los primeros cuentos de la literatura paraguaya que se conocen.

A La Aurora le seguirán cuatro revistas propagandís­ticas de la guerra de la Triple Alianza (1864-1870): Ca­bichuí, El Cacique Lambaré, La Estrella y El Centinela. Junto a la soflama bélica, muestras de literatura patrió­tica de aliento para la batalla, hay pequeñas narracio­nes de sucesos e invenciones, la mayor parte anónimas, para aumentar la moral de los soldados y de la nación. Una publicada en Cabichu’ í se ha considerado relato de ficción: “Ramona Martínez”. Sin embargo, es una lar­ga noticia, cuya inverosimilitud bien podría hacernos pensar en una ficción, donde el redactor contaba un episodio ocurrido en la realidad durante la guerra con el fin de animar a los paraguayos e infundirles un valor que en esos momentos de huida a Cerro Corá, último refugio de las tropas paraguayas en 1870. Ramona era una heroína quinceañera superviviente de la contienda que peleó hasta llegar al lugar donde murió el mariscal López.

A partir de 1870, después de la contienda, la prensa fue el medio de publicación de algunas narraciones pa­raguayas. Así, Diógenes Decoud publicó el primer rela­to que se conoce tras la guerra de la Triple Alianza, “El Indio Errante”, en el periódico La Reforma en 1882 (nº 289) y José de la Cruz Ayala su relato “Leyenda Gua­raní” en el diario La Democracia (4 de septiembre de 1885) así hasta llegar al gran impulsor de la narrativa social en Paraguay, Rafael Barrett, con sus escritos y relatos publicados en Germinal en la primera década del siglo XX. La creación del Ateneo Paraguayo en 1883 supuso un impulso para la creación con su Revista del Ateneo Paraguayo3, así como los suplementos y separatas editadas. Por citar un ejemplo, en el segundo número se publicó la “Leyenda Guaraní” de José de la Cruz Ayala, dos años antes que en el periódico La Democracia4. La Revista del Instituto Paraguayo publicó algunas narra­ciones, e incluso por entregas la traducción de la novela americana Camire de Florian, en traducción de Gaspar Zavakt de Zamora de 1811, entre una multitud de cró­nicas históricas sobre la guerra de la Triple Alianza.

Desde 1910 la publicación literaria se incrementa. Vi­riato Díaz Pérez llega en 1906 a Paraguay y en 1913 crea La Revista Paraguaya, donde publica reseñas de obras. Aquí incluirá en 1927 “Los dos creyentes de Hieraim”, una ficción sobre la religión y la diferencia ideológica con la hipocresía del poder. Otra revista con algunos relatos fue Crónica (1913), enclavada dentro de las co­rrientes modernistas. De esta forma, Fortunato Toran­zos Bardel se considera primer gran creador del cuento modernista paraguayo dentro del país desde la revista Los Sucesos, con relatos como “La odalisca” y “Rollinat”, ambos publicados en 1907, y más tarde en la susodi­cha Crónica, que no fue una revista donde destacara la publicación de narraciones, pero sí encontramos en sus números fragmentos o relatos de Leopoldo Centurión (1893-1922) —quien tenía novelas proyectadas con los títulos de El árbol muerto y La ciudad gris, que no sabe­mos si llegó a terminar, ni siquiera a escribir— y Roque Capece Faraone (1894-1928), quien publicó en 1913 un fragmento de una novela posiblemente inacabada que tituló La residenta y el relato fantástico “La máscara del Boulevard”. Ambos intentaron un desapego temático del americanismo y el mundonovismo literario en auge acercándose al estilo europeo de la época.

Los años veinte supusieron un impulso para la cultu­ra paraguaya, como demuestra Rubén Bareiro Saguier (1987, 65-75). Entre las manifestaciones literarias es decisiva la aportación de la revista Juventud (1923-27), considerada pieza clave para un segundo momento del Modernismo paraguayo por Raúl Amaral (1982, 7-25). Su diversidad de contenidos y su atención preferente ha­cia la poesía y el artículo ensayístico, no deben solapar la existencia de un nutrido núcleo de cuentos breves. Eudoro Acosta publicó en ella cuatro de sus mejores cuentos: “El desquite (cuento nacional)” (nº 22), “El hombre de honor” (31), “El desquite de Guaicurú” (37), y “Cigarro-Mí (cuento nacional)” (44-45). Son relatos legendarios, costumbristas o históricos recogidos con posterioridad en sus dos libros publicados, Cuentos na­cionales y Corazón de raído. El autor argentino Leopoldo Díaz incluyó una recreación del pasado titulada “Vio­letas a la memoria de Pancha Garmendia” (nº 41), Jor­ge Báez el relato histórico “La leyenda. Un banquete homérico en el último vivac” (47-48-49) y el legenda­rio “El guardián de su tesoro” (54) y Milner R. Torres rememoró la trágica historia de un mito paraguayo, el pombero5, con “La tristeza del pombero (cuento nacio­nal)”. Darío Gómez Serrato incluyó el relato poético “Leyenda de los ojos negros” (41), mientras Natalicio González seguía recordándonos la vida nacional en “Los elementos” (66). El drama cotidiano estuvo pre­sente en Arturo Alsina, “La herencia de los inmortales” (71), cargando de fuerza dramática en los diálogos, “La vida del recuerdo” (60) de Juan Felipe Bazán, y “La pa­rábola del anciano” de Hérib Campos Cervera (padre, 82). También está presente en la revista el folletín de Lucio. F. Mendonça, con “Horas breves” (nº 33), un relato sobre las desdichas de una vida adversa. La parte social está visible en Rafael Oddone (“Misterios”, 41; “Visiones trágicas”, 69). Muy interesantes son “Del yer­mo de mi alma” de Manuel Barrios (34) y “Cosas de domingo” (66) de Carlos Codas, donde el costumbris­mo da paso a la dicotomía entre campo y ciudad.

Las historias sentimentales tuvieron cabida con “El último amor de la pecadora” (40) de Rafael Almei­da, “La vuelta” (57-58) y “A través de un alma” (61) de Leopoldo Centurión, Juan Manuel Frutos Pane con “Prosas románticas” (40), J. B. Otaño (hijo) (“Mª de la Cruz”, 25), Juan Carlos Moreno (“Flores asesinas”, 66), y Rafael Frontaura (“La leona. Relato chileno”, 50). Una muy destacable fue “Lentamente…” de Andrés La­brano (nº 29), donde trata la frustración de una mujer ambiciosa tras su matrimonio. Ese sentimiento mora­lista reaparece en Miguel González Medina, con “Eva” (32), “El poema imposible, cuento que fue una historia” (51), “La pálida” (55), “El accidente de Chamberí” (59) y “Otros párrafos de carta” (66). También pervive la sátira, en el cuento “El señor diablo” de Vicente Cabrera Cardús (nº 1).

Muy importante es la aparición como narradora de Josefina Pla, con sus relatos “El arbolito” (69) y “La sombra del maestro” (71). Representa la adopción de un realismo más crudo junto al de Carlos Zubizarre­ta (“El sacrificio”, 22; “El diez y nueve colorado”, 26). Sumamos a ellos un autor con renombre dentro de la literatura paraguaya como es José Rodríguez Alcalá con el cuento titulado “Un sollozo en el crepúsculo”, publi­cado en dos partes en los números 44 y 45 de Juventud, y “La arrogancia del Supremo” (nº 57-58), relato sobre la dictadura de Francia.

Juventud, con el conjunto de autores cuya labor se interrumpió con la preguerra del Chaco, consolidó el intento narrativo más importante del Paraguay. Sin em­bargo, unos meses antes de su aparición en 1923 surgió la única publicación anterior a 1930 dedicada exclusiva­mente a este género: La Novela Paraguaya.

 

LA NOVELA PARAGUAYA

En 1922 nació esta revista como vehículo de publi­cación y promoción de la narrativa paraguaya. Significó un aliento para la ficción en prosa ante la carencia de editoriales y de una industria del libro, incluyendo la artesanal. Sin embargo, esta revista demuestra que se escribían historias de ficción en prosa, aunque tuvieran o no la oportunidad de ver la luz, lo que implica la caída de una idea preconcebida sobre el género en Paraguay: la inexistencia de trabajos. La Novela Paraguaya abrió la puerta a la posibilidad de que algunas narraciones escritas salieran de los cajones de los autores y se hi­cieran públicas. Sin embargo, sigue siendo un misterio las razones por las que no se han valorado sus conte­nidos de autores borrados de las historias literarias pa­raguayas, que, sin embargo, existieron y hasta algunos resultaron interesantes a pesar de no lograr influir en la producción paraguaya del momento y menos aún en la posterior a la revista. Las únicas referencias existentes en la historiografía literaria del país, apuntes de Pérez- Maricevich, le restan importancia y hacen mención a sus argumentos variopintos, folletinescos y de calidad desigual (1983, 163). La omisión de su cita por parte de Hugo Rodríguez Alcalá y de Teresa Méndez-Faith en su historia y su diccionario respectivamente, nos abrían un interrogante: ¿las narraciones publicadas merecían la pena realmente o su ausencia se debe a la falta de localización de sus ejemplares?

Señala Pérez-Maricevich que La Novela Paraguaya fue “la única empresa de su género en nuestro país” durante aquellos años. Su primer número es de fecha 15 de diciembre de 1922. De salida quincenal, se editó ininterrumpidamente hasta la segunda quincena de oc­tubre de 1923 por la editorial Aurora. Estableció un sis­tema de suscripciones y sus primeros directores fueron argentinos residentes en Paraguay: Silvio B. Mondazzi y Casimiro González Trilla. Dieron a la luz un total de dieciocho números de narraciones que marcan el naci­miento de la conciencia narrativa en el Paraguay.

La novela paraguaya demuestra la existencia de in­quietudes literarias en Paraguay como para acoger en su seno el desarrollo de la narrativa de manera semejante a sus países vecinos. Eran iniciativas individuales, pero en cierta medida existía un problema previo en el país: la narrativa de ficción se concebía como un arte secun­dario, mientras que la poesía y el ensayo, casi siempre historiográfico, ocupaban un lugar preferencial. Señala Pérez-Maricevich que los relatos publicados eran cuen­tos más o menos extensos y de corte folletinesco. Añade que muchos de los autores de la revista eran extranjeros, como lo eran también sus directores, lo cual apoya la tesis de Hugo Rodríguez-Alcalá acerca de que el alum­bramiento de la narrativa en Paraguay estuvo en manos de autores extranjeros, aunque él restringiera los nom­bres a José Rodríguez Alcalá, Martín de Goycoechea Menéndez (ambos argentinos) y Rafael Barrett (espa­ñol). Señala el crítico que su paisaje estético es “deso­ladoramente escueto y de una mediocridad irritante” (1983, 186-87). En realidad, según él, los cuentos de esta publicación presentan una clara influencia del fo­lletín de Eugene Sué y del colombiano José María Var­gas Vila, con una temática de amores desgraciados y un moralismo crítico de la conducta social, a lo que añadi­mos que ambos eran autores de moda por aquellos años. Pérez-Maricevich rubrica su examen indicando la falta de algún autor de relieve y que solamente Rafael Oddo­ne, Miguel González Medina y David de Valladares, lo­gran construir algunos relatos medianamente legibles, aunque con rigidez argumental y desorden estructural. Esta opinión crítica negativa nos obliga al examen ínte­gro de toda la colección para responder a una pregunta que va más allá de cualquier valoración cualitativa: ¿qué narrativa escribían y leían los paraguayos a principios de la década de los años veinte del siglo pasado?


CONTENIDO DE LA NOVELA PARAGUAYA

Normalmente, el primer número de las revistas o co­lecciones editoriales contiene casi siempre una declara­ción programática y de intenciones. En La novela para­guaya nos aclarará su sentido en la sociedad paraguaya de la época: “Un anhelo desde mucho tiempo atrás gestado nos trajo a este generoso país hermano lleno de belle­zas.

Es así como hoy, después de una breve estadía, te entregamos la primera de nuestras obras con la edición de LA NOVELA PARAGUAYA, princi­pio ésta de un plan de acción que con el tiempo, iremos realizando poco a poco.

No contamos con más estímulo que nuestro pro­pio esfuerzo y la benevolencia de aquellos espíritus que no viven solo de pan, para llevar adelante esta empresa de vinculación espiritual entre el PARA­GUAY y todos los demás países sudamericanos, haciendo, que sus intelectuales, los que escriben, piensan y sueñan sean conocidos y apreciados por sus hermanos de América, creando así, los verda­deros fuertes vínculos de sana amistad que han de unir a nuestros pueblos, vínculos sinceros éstos que en vano pretenden crear las pomposas embajadas diplomáticas.

LA NOVELA PARAGUAYA, pequeña como to­das las semillas, abre generosamente sus páginas a todos los escritores.

Queremos que el pueblo vaya al pueblo. Que se siembren las ideas y la belleza cultivando nuestros jardines y, sobre todo, que en los sanos corazones de los sudamericanos, viva siempre latente la idea de que América del Sud ha de ser, en un futuro no muy lejano, el crisol donde ha de plasmarse la Humanidad del porvenir con el aporte de todas las razas y pueblos del planeta” (Nº 1, p. 5 de La novela paraguaya, Asunción, Editorial Aurora, 15 de diciembre de 1922).

Los editores parten de un planteamiento: paname­ricanismo literario, voluntad de pervivencia con plani­ficación, enraizamiento y alineamiento de los autores paraguayos con el resto de América, carácter abierto, semillas literarias para un pueblo lector (expansión li­teraria y función pedagógica), y cosmopolitismo. ¿No suena en cierta medida a los deseos de los modernistas? Pero dado que la referencia es específica en el género na­rrativo, supone un salto cualitativo para la literatura pa­raguaya. Por tanto, el examen nos debe conducir a una pregunta: ¿sería una revista anacrónica o al menos de corrientes tardías? Si examinamos las obras paraguayas escritas durante esos años, como Aurora (1920) de Juan Stefanich o Don Inca de Ercilia López de Blomberg (según Raúl Amaral, novela de 1920 escrita en Buenos Aires), cabe afirmar que las novelas publicadas en La novela paraguaya pertenecen al modelo de lecturas ha­bituales de la población. Responden al realismo popular en boga, a veces reivindicativos dado el carácter izquier­dista de los directores, con aires heredados del folletín en la mayor parte de los casos, pero también con un deseo, a veces conseguido, de actualización y moderni­zación o de expresión ficcional pura no siempre evasiva o catártica. Paraguay no posee en esos momentos re­novadores como los argentinos Macedonio Fernández u Oliverio Girando, pero los escasos lectores medio paraguayos no leían creaciones tan alejadas de las pre­ferencias editoriales de sus países vecinos. Y a ellos iba dirigida La novela paraguaya. Cabe también añadir un dato que demuestra un sentimiento nada endogámico en su distribución: se vendía en Buenos Aires, lo que da cuenta del deseo de apertura de sus directores, alejados de la autocomplacencia onfálica del periodismo cultu­ral paraguayo sin deseos de expansión.

Los editores informaron en el segundo número de la distribución de cinco mil ejemplares, lo cual resulta di­fícil de creer. No eran pocos y podrían haber exagerado el total de la tirada. Agradecían la acogida de la revista, y anunciaban la venta en el exterior del país, con precio incluido, lo cual da cuenta de la voluntad panamerica­na argüida en la declaración de principios. También se advertía, siguiendo a un poema de Evaristo Carriego, la aparición de un semanario ilustrado de actualidad, Aurora.

A pesar de estar dedicada a la narración, en la pu­blicación se incluyeron poemas de manera aislada. Es el caso del número tres, donde aparecen composicio­nes de Emilio Prats Gill y Alejandro Guanes de carác­ter modernista, y en otros posteriores, de Pablo Max Ynsfrán (6). El número cinco se retrasó dos meses, y no vio la luz hasta la primera quincena de abril por la enfermedad del director. También se anunciaba en él que el nuevo editor de la revista iba a ser Manuel Blin­der. Sabemos que el sistema preferente de ventas era la suscripción, como revela un recuadro de este número donde se avisa a los “agentes” morosos para que acudan a administración a regularizar sus cuotas para evitar fi­gurar en la lista que aparecerá en el siguiente número, lo que da indicios de los problemas económicos que pudo arrastrar la revista o simplemente de la informalidad de sus suscriptores. Sin embargo, posee una amplitud de miras literarias subrayada por la convocatoria en la revista de un concurso de cuentos infantiles, cuyo gana­dor será publicado de manera bimensual, estableciendo dotaciones en metálico para los tres primeros premios. No era la única atención a los niños, porque también se incluye un concurso de una viñeta para colorear. Objetivos claros pedagógicos para atraer a la infancia hacia las letras. También se añade un artículo, “Cola­boración femenina”, que ensalza a la mujer: la dirección de la revista sabía que a la espera estaban las numerosas lectoras potenciales. Así, La Novela Paraguaya adquiere la condición de impulsora de la lectura; no es solo un contenedor de creaciones.

Veamos su contenido dividiéndolo en virtud de sus vertientes narrativas.

 

TRAGEDIAS PARAGUAYAS Y HERENCIAS DEL FOLLETÍN

La primera obra publicada es El dolor guaraní de José D. Miranda (1). Este trabajo se abre, como otros de los publicados, con una referencia biobibliográfica del au­tor, por lo que conocemos así su dedicación literaria. Miranda era paraguayo, de la localidad de Caraguatay, y en el momento de la publicación tenía veinticinco años. Corresponsal del diario La Prensa en Concep­ción y luego jefe de redacción del mismo, fue víctima de un intento de homicidio por parte de dos tenientes del ejército justificándose en que les había agraviado en sus artículos. A cambio, tras el hecho frustrado, obtu­vo el apoyo de la intelectualidad local por su defensa de la libertad de pensamiento. La novela se ambienta al final de la guerra de la Triple Alianza, aunque no conste directamente el dato pero el lector lo adivina. El protagonista, José María, regresa a Concepción des­pués de haber luchado con crudeza en las batallas de Humaitá y Paraguarí. Espera reencontrar a su amada Mercedes, la cual ha sufrido desdichas a manos de los crueles montoneros. Una vieja le vaticina un mal agüe­ro: ella le ha olvidado desde ese episodio y ahora “farrea con todos los que le dan plata” (p. 11). Como advierte el narrador al principio de la tercera parte, “poco tiempo duraron aquellos amores”, modo habitual anticipador de la estrategia narrativa del folletín trágico, además de la estructura tripartita, los amoríos no correspondidos, ambientes oscuros entre la pureza de los sentimientos, los daños morales, y la tragedia permanente, sobre todo en el desenlace. Es el tema del retorno dramático del héroe a su hogar después de la guerra, signo odiseico, para contemplar la pérdida de la amada. Sin embargo, es muy interesante y barrettiana la referencia social a la explotación en los yerbales: el universo de la esclavitud y la violencia de donde resulta imposible escapar. “¡Es el destino!”, exclama Zacarías, el compañero de José Ma­ría, en la última frase del texto.

En el número tres se publica la novela corta de uno de los narradores más nombrados de la época, de quien también se incluyeron relatos en la revista Juventud. Es Milner R. Torres y el relato se titula Una noble vengan­ za. Nacido en Luque, tenía veinte años cuando publicó esta novela corta, hecho apreciado en el tono juvenil y en la incoherencia de algunas situaciones. El protago­nista Andrés regresa a las Misiones después de haber emigrado a Asunción tres años antes. Y como en El do­lor guaraní de Miranda, se topa con su amor, Antonia, casada con otro hombre. Intenta reconquistarla con to­dos sus medios, incluyendo el rapto, pero el padre se opone e inicia su persecución. La historia acaba bien y con la pureza de los amantes como conclusión. Nada de huida a la esclavitud y violencia de los yerbales: el amor consumado delatará la bondad y pureza de los perso­najes y su victoria sobre la adversidad familiar, social y física. En este número tres aparece además un cuento breve titulado “La niña que murió por una muñeca”, también folletinesco, firmado por las siglas E. L., au­tor del que todavía no hemos podido conocer aún su identidad.

En el cuarto número hallamos una drama narrativi­zado: “El mal en su propia llaga” de Augusto F. Salo­moni, autor desconocido aunque sabemos que era pa­raguayo. Es un melodrama donde un padre, hombre culto y dedicado a analizar el alma humana, revela su hipocresía moral de la burguesía de la época porque mientras escribe libros sobre la corrupción social, su hijo es fruto de una relación adúltera. Más interesante es el cuento largo de este número titulado “El que no pudo olvidar” de Antonio Laconich (hijo), nacido en Asunción en 1902 y fallecido en 1983. Es una incursión narrativa de quien años más tarde sería un historiador relevante en el país6. Es otra historia romántica de amor desdichado y perturbado por turbulencias y obstáculos de otros hombres, aunque los sucesos se olviden porque son moralmente “incorrectos”.

En el quinto número figura un cuento amoroso del director Silvio B. Mondazzi, titulado “Por una y otra eternidad”: la historia de una muchacha, Ruth, y el amor imposible con Roudy. Pero un rayo los mata y así se unen para siempre en la eternidad. En estos tér­minos discurre la narración de O. L. Trespailhie, autor argentino nacido en 1891 que ejerció como maestro en la localidad paraguaya de Villarrica7. La obra se titula Todo un hombre (6) y trata de un extranjero misterioso, Alfredo Fuchs, que recae en una aldea, San Esculafio. Observa la mojigata vida local y la hipócrita moral im­perante. Las viejas lugareñas lo consideran un hereje, las muchachas de salvaje y los mozos un tacaño. Intere­sante relato por la dificultad que la sociedad pone a una pareja feliz, con un sistema narrativo que bien podría considerarse como antecedente de las obras de Gabriel Casaccia, sobre todo La Babosa porque posiblemente el autor estaría retratando su experiencia personal en Villarrica. Sin embargo, su desenlace es propio del fo­lletín: culmina con el adulterio y la huida solitaria del protagonista.

Otro autor paraguayo, Severino Quidiello, nos ofre­ce una historia sentimental lacrimógena titulada Un amor como muchos, en el número doce, de julio de 1923. El hombre sufre la indiferencia de su amada, pero ella ha enloquecido con el paso del tiempo, todo narrado en un lenguaje estridente y con situaciones románticas pre­visibles. En el número catorce encontramos otra novela romántica titulada María Antonia de Dionisio Cantié, con amores desdichados y final trágico y moralista so­bre el tema de la libre elección de la mujer, con un plan­teamiento ingenuo.

En el décimo número se publica el relato “¡Lágrimas!” de Carlos Daumás, hombre socialmente distinguido en Paraguay, narración moral que de nuevo muestra la necesidad de extirpar la inmoralidad social y corregir costumbres “descarriadas”. Luis Alberto y Amalia, de origen italiano y fértiles ganaderos rurales, se aman y se casan, pero él emigra a Asunción y acaba corrompido engañando a enfermos a causa de su abrazo al ateísmo. La ciudad es vista como un demonio frente a la pureza de la vida rural, visión que perdurara en la narrativa paraguaya durante muchas décadas.

Flor de Zarzal de F. Martínez Benítez, otro joven au­tor paraguayo, apareció en el número dieciséis. El ar­gumento es plenamente sentimental: Dora Silva huye del hogar paterno para irse a vivir con Óscar Green, su “sueño dorado”. Pero al año de casarse Óscar ya no es un modélico marido y sus ausencias son cada vez más frecuentes. La tragedia final es una consecuencia moral del adulterio cometido. En el número diecisiete, vuelve a aparecer una novela sentimental de Milner R. Torres titulada Las vidas truncas. Es otro drama romántico trá­gico con un final exterminador de los amores frustra­dos de Carmen y Manuel. Y en el número dieciocho se publicó la novela Un hombre de R. Candia de la Mora8, historia trágica, pero no de drama sentimental, ni vidas truncas por la tragedia y los amores imposibles: estamos ante la historia de un huérfano, residente en un orfana­to al cuidado de monjas, al que el ambiente determina su futuro. Sin embargo, el determinismo deriva hacia lo social, con la venganza contra el patrón que ha llevado a la ruina a la familia, demostrando el influjo del natu­ralismo. La reminiscencia metafórica hacia el cinemató­grafo, como comparación con un sueño, da dimensión de modernidad al relato y de ser plenamente actual para la época.

 

REGIONALISMO: FOLCLORISMO, PAISAJISMO E HISTORI­CISMO

En el segundo número, no comentado por Pérez-Ma­ricevich, aparecen dos relatos: La virtud de la selva de J. V. Navarro, novela corta, y el cuento “El Mosquito” de Rosicrán, el conocido Narciso R. Colmán, recopilador de leyendas en guaraní y autor muy popular durante aquellos años. El primero era argentino, aunque el re­lato se ubicaba dentro del contexto de un viaje desde Buenos Aires a Asunción por el Paraná, con las peripe­cias desgraciadas de una mujer, Angélica. El relato de Rosicrán en realidad es una traducción del poeta Fa­cundo Recalde de un texto original en guaraní. Cuenta la historia del cacique Caracha y su primogénito Ñati’u (“mosquito” en guaraní), joven sin rival en todo, some­tido a un mal agüero por el que atenta contra su madre y al final acaba purgando sus culpas. Muy alecciona­dora historia, lineal y llena de elementos de la natura­leza que adquieren carácter mitológico, posee ritmo y demuestra el poder que alcanzó la fabulación guaraní durante estos años de la mano de Rosicrán.

La rúbrica del número tres es un cuento de Eudoro Acosta, después incluido en sus Cuentos Nacionales, ti­tulado “La caída de Yacy-Yateré”, la leyenda indígena de la época de la conquista española, y las circunstancias por las que este personaje mitológico vagará errante e inmortal por las selvas paraguayas durante toda la eter­nidad9. La narración histórica legendaria continúa su camino en el número dieciséis con la novela Entre dos fuegos de J.B. Otaño (hijo). Subtitulada “Leyenda gua­raní” es la típica historia de los amores del conquistador español con la indígena durante la conquista del Ca­nindeyú. Al final mueren después de la batalla entre sus pueblos, curiosa y simbólicamente él de un disparo de arcabuz y ella a causa de una flecha. Final mítico para una novela romántica de raíz histórica.

El interés por la polémica sobre la figura del dictador Francia provocó la publicación de la primera parte de la novela Veinte años en un calabozo, escrita por el federa­lista argentino Ramón Gill Navarro, editada en 1863. La obra revelaba el despotismo del dictador Francia al mostrar a unas víctimas santafesinas de su represión. Tenía sentido su publicación en el marco de cuestio­namiento o defensa comprensiva, según el caso, de la dictadura del Supremo10. También podemos considerar histórica, aunque en realidad sea prosa de circunstan­cias, el relato del séptimo número, “Los estudiantes del colegio” (pp. 23-29), firmado por Charles Frutos. Cu­riosamente dedicado al novecentista Manuel Domín­ guez, es una crónica entre la realidad y la ficción de la llegada de los jóvenes del interior a estudiar al Colegio Nacional, institución muy valorada por el narrador. El relato es una exposición de vivencia más que historia de ficción.

 

SÁTIRA SOCIAL

En el número cinco, aparece El saco nuevo del joven paraguayo Luis Álvarez: la historia de las hijas de Tran­quilino Tranquilini tras su muerte y sus matrimonios respectivos bajo la supervisión social de doña Clori, la madre. Es un relato infantil, deshilvanado, aunque en ocasiones se advierte que podría esconderse un futuro buen autor en el uso de la sátira y el humor para ri­diculizar la ética de una alta familia paraguaya. Otra sátira social la encontramos en el número trece: Doña del Rosario Garcete. Viuda de Sampayo da Silva Carneiro de J. V. Navarro, que ya había publicado La virtud de la selva en el segundo número. Mientras aquel relato era romántico, este es satírico, con una curiosa variación tipográfica de la portada de la revista, caricaturesca, en lugar de la fotografía del autor como en el resto de números. Empieza con una conferencia donde se afir­ma que Cristóbal Colón era un español de Pontevedra. De ahí el narrador entra en su aventura con Remedios. Ella le presenta a su madre, mujer de ciento veinte kilos bastante insoportable, viuda, de un marido “guerrero del Paraguay con tres cruces; dos por méritos de gue­rra, y otra cruz, la del matrimonio, también por méritos de guerra”. La historia de doña Rosario está llena de absurdos disparates y personajes grotescos. Por tanto, discurren en paralelo dos argumentos convergentes: la caricaturesca historia del conferenciante Rafael Calza­da y sus teorías sobre Colón y la misógina historia de doña Rosario. La comicidad provoca que sea una novela corta que escapa de la línea habitual de la revista.

 

RELATO SOCIAL Y POLÍTICO

A lo largo de la vida de la revista aumenta el interés por el relato social. El padre de la narrativa social en Paraguay, Rafael Barrett, incluye su artículo antimilita­rista “Revoluciones” en el número diez, contra el caudi­llismo. Destinado a mover las conciencias a favor de la convivencia, da un empuje a las ideas democráticas en Paraguay, al menos en lo teórico y en lo político. Como rúbrica del número seis, se incluye un relato del perio­dista uruguayo que fue redactor de la revista Bohemia y Vida Nueva en 1908, Leoncio Laso de la Vega, titulado “El martillo”. Es una narración sobre una huelga mi­nera contada por un herrero que acaba siendo víctima durante la misma.

En el número siete aparece una de las novelas más destacables: El loco de la celda nº 6 de Miguel Gon­zález Medina.11. Podemos considerarla una novela so­cial, pero como matices por el argumento romántico de amores imposibles por culpa del entorno. En el argumento, Luisito Picón, vuelve a Asunción una vez licenciado en París, bajo una fuerte repercusión social y mediática, descubriéndose la mezquindad de la socie­dad capitalina paraguaya. Los salones de lujo, el vals, la vida de la clase alta, quedan ridiculizados por el autor continuamente, para valorar la autenticidad por encima de las costumbres regidas por el interés material. Lla­man la atención las afirmaciones políticas (“las luchas políticas en el Paraguay suelen tener una característica: la turbulencia”), culminadas con el fracaso profesional de Luisito, paralelo al de una sociedad incapaz de ges­tionarse. El final se sale de los tópicos y queda como advertencia: el Paraguay es un país dividido en bandos irreconciliables. En general, es una obra apreciable que da testimonio de aspectos de la vida pública paraguaya, como la importancia de la prensa, así como por su hu­mor y la sátira.

Otro relato social es de un autor montevideano F. D. Rodríguez (número 11): La linterna de Diógenes, subtitulada Veinte años en un calabozo12. Ubicado ini­cialmente en Cádiz, es la historia de un joven educado con los jesuitas que no consigue continuar su carrera musical en Buenos Aires y acaba como operario de una fábrica. Impide el intento de violación de la hija de su amigo Juan por parte del patrón provocando la rebelión de los obreros, reprimida por la policía. El mensaje de la novela se sintetiza en que el mundo es falsario y el sistema social está fundado sobre el egoísmo y la falta de solidaridad. En el número décimo aparece “Vengan­za” de Rafael Oddone, un relato social donde un padre venga la ignominiosa muerte de su hija, despechada por el poderoso Rogelio González.

En el número quince encontramos el relato más co­herente de La novela paraguaya: Los cuervos de Icaria de Carlos Frutos, quien como Charles Frutos había publicado “Los estudiantes del colegio” en el número siete13. Los cuervos de Icaria es una metáfora política. Una distopía, puesto que la acción se sitúa en una isla de la Polinesia entre Hawai y Australia, la isla Barbary. Pero en realidad Barbary coincide con los rasgos del Paraguay: permanece aislada, es refractaria a las ideas y al progreso, está repleta de caudillos y disputas po­líticas a pesar de ser una tierra fértil y un bello país con montañas que encierran tesoros. Un inglés, White, hombre de ciencia avanzado, visita la república para lo­grar entender la mentalidad de este pueblo “extraño y misterioso”. Revela que descendía de una raza “mansa y trabajadora, fuerte y poderosa”, que hoy se había con­vertido en “feroz y haragana”, y antes hacía honor al tra­bajo pero ahora lo hace a la rapiña, una dura valoración del autor hacia sus compatriotas. Un grupo de jóvenes forma una secta, trasunto de un partido político: “Los cuervos de Icaria”, que en guaraní significa “Los pro­fetas de los carneros”. Mientras tanto, en nombre de la libertad se van sucediendo caudillos que van hundiendo cada vez más la vida de la isla, hasta adquirir apariencia de democracia formal con división de poderes, pero en realidad ser una dictadura encubierta donde gobierna un sátrapa. “Los cuervos de Icaria” llegan al poder, y nada cambia. La parábola de Barbary, por su nombre patria de la barbarie, es la vida política paraguaya, con una sociedad dividida entre “parásitos”, gobernantes y “trabajadores”. Cada gobernante alcanza el mismo des­tino que su antecesor: es depuesto. Así, el autor aboga por el ideal de progreso y de una limpieza regenerativa de la vida política paraguaya; la tolerancia como medio para un avance con estabilidad. Sin embargo, el irónico desenlace revela la falta de confianza del autor hacia la posibilidad de lograr esta verdadera democracia y un escepticismo atroz. La salida ofrecida es el exilio, única manera en que un ser civilizado puede escapar de la barbarie de la isla. La trama alegórica retoma la novela política paraguaya de cuartelazos y trincheras cultivada por Juan Stefanich con Aurora, en 1920 y Horas trági­cas. Prosas de paz y de dolor.

La novela corta Gavilanes o palomas de David de Va­lladares, incluida en el número nueve, resume la estética de la mayor parte de novelas cortas publicadas en La Novela Paraguaya:

a) La trama es local y refleja las costumbres del am­biente.

b) Sencillez temática y argumental para permitir la comprensión de la vida social.

c) Protagonistas esquemáticos, sin complejidad.

d) Determinismo: al ambiente moldea al individuo.

e) Moralismo: intención de advertir sobre “prácticas peligrosas que llevan la intranquilidad y la zozobra al hogar paraguayo”. El autor pretende llegar a la novela de tesis y aplicar una advertencia de profilaxis social.

f) Utilitarismo: el autor se siente recompensado al prestar un servicio a su sociedad para mejorarla.

David de Valladares era un pseudónimo, según Pé­rez-Maricevich. Novela sobre el emigrante, sobre el ex­tranjero y su adaptación al nuevo entorno tras formar matrimonio con una mujer paraguaya, deriva desde el análisis social hacia la trama moralista cuando el hijo fruto de esta relación se introduce en círculos de in­moralidad y de vicio hasta precipitarse al fracaso y a la destrucción. El pobre emigrante de origen italiano que había labrado una placentera vida en el ámbito rural acaba contemplando a su hijo derrumbando su mundo al haber sido pervertido por las malas costumbres su­burbanas de Asunción. De nuevo asistimos al discurso de menosprecio de lo urbano y alabanza de la aldea: la ciudad es el ámbito de la corrupción y de la caída per­sonal, frente a la pureza humana del espacio rural. Muy ilustrativa es la advertencia a la juventud de los peligros de la política: los futuros hombres de estado deben evi­tar los vicios actuales y elegir la moralidad. Al final, se anuncia la preparación de una obra nueva del autor titulada Las Busconas. Nada sabemos de esta creación, pero no descartamos su existencia.

 

CONCLUSIÓN

Las narraciones de Juventud y La Novela Paraguaya rompen con la idea de la inexistencia y el escaso cultivo de la narrativa en Paraguay: sí que se escribía, pero no se publicaba por regla general. Ambas revistas representa­ron una oportunidad para la publicación y divulgación de trabajos de autores, sobre todo de los más jóvenes. Si examinamos la falta de editoriales y de un sistema de publicación en formato de libro en el país duran­te el primer tercio del siglo XX, la revista suponía la salida del cajón de numerosos textos que seguramente hubieran acabado olvidados, como de hecho acabaron muchos de los anunciados en La Novela Paraguaya. Por esta razón, su existencia nos permite apoyar la idea de que no podemos aventurarnos a señalar que la narra­tiva paraguaya fuera escasa en esta época, sino ajustar nuestra conclusión a nuestro desconocimiento de lo que realmente se pudo haber escrito y ha pasado al olvido al no ver la luz, sobre todo cuando nos llegan noticias de novelas que nunca vieron la luz, como es el caso de novelas de las que solo se conoce el título como Rodopia de Eloy Fariña Núñez, datada su escritura hacia 1912, o Trepadora de Federico García, de 1918. A la vista del fervor motivado por La Novela Paraguaya y de la canti­dad de relatos contenidos, el problema de Paraguay fue la edición y no la creación: ¿cómo publicar libros si no había editoriales ni posibilidades de editarlos?

Otra cuestión es el contenido, poco innovador gene­ralmente, sujeto a estrategias textuales del folletín al uso muy atractivo para el lector habitual del país, un lector poco exigente con las formas e interesado más en el fon­do de la situación real del país. Apreciaban el alto grado de sentimentalismo y lo trágico: el terror y la misericor­dia aristotélicos como forma de catarsis y fruición ante la vida cotidiana. Sin embargo, el tema social estuvo presente, de la misma manera que hay trabajos más re­levantes de lo que en principio se creía. No debemos despreciar estas narraciones porque son representativas de una época y de un conjunto de autores, desconoci­dos la mayoría. Juventud y La Novela Paraguaya dieron aire fresco a la narrativa y fueron una puerta abierta no desaprovechada en el futuro inmediato, pero rota a partir de la guerra del Chaco en 1932. Y centrándonos en La Novela Paraguaya, consideramos que es el prime­ro proyecto narrativo serio en el Paraguay de aquellos años veinte de progreso cultural. Convenía rescatar su contenido y así seguir completando el panorama histó­rico de las letras paraguayas: porque debemos continuar rellenando los huecos de su historiografía literaria.

 

REFERENCIAS

1 Por citar algunos ejemplos, y dejando al margen los trabajos sobre los autores renovadores de la narrativa paraguaya (Gabriel Casaccia y Augusto Roa Bastos) véanse como puntos de referencia contem­poráneos de la historiografía literaria paraguaya a Hugo Rodríguez- Alcalá: Historia de la literatura paraguaya. Asunción, Colegio San José, 1970; Roque Vallejos: La literatura paraguaya como expresión de la realidad nacional, Asunción, Editorial Don Bosco, 1970; Francisco Pérez-Maricevich: Diccionario de la literatura paraguaya.

I parte, Asunción, Biblioteca Colorados Contemporáneos, 1983; y Raúl Amaral: Escritos paraguayos: introducción a la cultura nacio­nal, Asunción, Mediterráneo, 1984.

2 Valgan como ejemplo: Teresa Méndez-Faith: Diccionario de la literatura paraguaya, Asunción, El Lector, 2008 (1ª edic. 1994); Mar Langa Pizarro: Guido Rodríguez Alcalá en el contexto de la na­rrativa histórica paraguaya, tesis doctoral, Universidad de Alicante 2001; o José Vicente Peiró Barco: “Introducción” a Carlos Villagra Marsal: Mancuello y la perdiz, Madrid, Cátedra, 1996; Artículos literarios (Asunción, Arandurâ, 2006) y La narrativa paraguaya actual (1980-1995), Asunción, Uninorte, 2006. A ello podemos añadir el número especial editado por el Centro de Estudios Mario Benedetti de la revista América Sin Nombre, titulado Revisiones de la literatura paraguaya, Alicante, 2003, coordinado por Mar Langa Pizarro y José Vicente Peiró Barco; así como las actas del congre­so celebrado en diciembre de 2003 en la Universidad de Alicante bajo la coordinación de Mar Langa Pizarro con el título de Dos orillas y un encuentro (Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti, Universidad de Alicante, 2005). Dejamos para otro tra­bajo los estudios sobre un autor concreto.

3 Sobre la Revista del Ateneo Paraguayo, ver la ponencia de Rafael Recio, recogida en estas mismas actas, titulada “Revista del Ateneo Paraguayo: escaparate de un Roa inédito”.

4 José de la Cruz Ayala (Mbuyapey, Paraguay, 1863 – Entre Ríos, Argentina, (1892), conocido por el seudónimo periodístico de “Alón”, presentó esa “Leyenda guaraní” con tal título, que figura en fascículo segundo., p. 9, y cuyo título Pérez Acosta y Centurión modifican por “Leyenda del urutaú”, que no es el de la primera versión.

5 Dionisio M. González Torres: Folklore del Paraguay. Asunción, Servilibro, 2007.

6 Escribió en 1935 una novela histórica ambientada en la contienda del Chaco, con el pseudónimo de “Ivanhoe”, titulada El “ iris” de la paz o los mercaderes de Ginebra en el Chaco. Sus trabajos his­tóricos conocidos son El Paraguay mutilado y La paz del Chaco, publicado en Montevideo en 1939, porque tuvo que exiliarse tras el golpe liberal que derrocó el gobierno del coronel Rafael Franco, y Caudillos de la conquista, ya radicado en Buenos Aires, en 1948. En 1964 publicó La cuestión de límites en el Salto del Guairá y en 1976 El Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, supremo dictador de la República del Paraguay. Destacó por ser un ardiente defensor de los derechos del Paraguay sobre el Chaco boreal. Un ejemplo más de narrador paraguayo en ciernes que acaba abandonando la ficción por la política y la historia… o la historia política más bien.

7 Es autor del tratado La odóstica: teoría física de los olores.

8 Parece que fue descendiente del prócer paraguayo de la indepen­dencia Fernando de la Mora, según testimonios orales recibidos.

9 Jasy Jateré (“fragmento de luna” en guaraní) es un personaje mi­tológico paraguayo que puede aparecer durante la siesta con trave­suras o maldades. Ver Dionisio M. González Torres, op. cit.

10 Manuel Domínguez incluye unas palabras previas en las que advierte que el ejemplar se encuentra en la biblioteca de Enrique Solano López, y la obra revela el despotismo de Gaspar Rodríguez de Francia y del mariscal López. Lastimosamente, el relato no llegó a terminar de publicarse porque desapareció La novela paraguaya, pero es muy interesante el testimonio en primera persona de unas víctimas de la dictadura de Francia por el hecho de ser argentinos de Santa Fe.

11 El autor fue un conocido liberal paraguayo, del que Carlos R. Centurión, en su Historia de las Letras Paraguayas, valoró que “cuando la pluma de González Medina se holgaba en expresar be­llezas, lo hacía con elegancia, y cuando, vibrante de colérica pa­sión, buscaba el corazón del adversario para asestarle mortal herida, parecía estoque de toledano acero, chispeante de filo, relumbro­so de agresividad. Así eran sus famosos editoriales de Vanguardia y de La Hora, órganos del “Centro Radical 9 de Julio”, apareci­dos en la Asunción en 1923 y 1925, respectivamente” (Buenos Aires, Ayacucho, 1951). Nacido en Caazapá en 1893 y fallecido en Asunción en 1928, firmaba sus artículos con los pseudónimos Froilán Padilla y J. León Castillo.

12 Fue actor de teatro que llegó a trabajar en Madrid, para acabar siendo maestro en el Paraguay y director de varios colegios, aunque su defensa de la causa de los maestros en la huelga general de 1920- 21 provocó su abandono de la vida pedagógica y su aislamiento consiguiente en Villarrica, en el interior paraguayo.

13 Nacido en Itauguá, en 1888, cursó estudios en el Colegio Nacional y en la Facultad de Derecho de la Asunción, donde ob­tuvo el grado de doctor. Participó desde su juventud en la prensa y en la política, y fue activo militante del Partido Liberal. Sus ten­dencias doctrinarias posteriores le inclinaron hacia el socialismo, hasta el punto de convertirse en uno de los precursores de las luchas obreras en el Paraguay. En el periodismo ejerció como redactor del diario asunceño La Tribuna. Compuso un drama, Para el amor no hay barreras (1918) y escribió dos novelas breves: Náufragos de la Vida y Los Cuervos de Icaria, la primera inédita y perdida. Frutos falleció en Asunción en 1926, lo cual truncó una carrera literaria previsiblemente lúcida.

 

BIBLIOGRAFÍA

a) Monografías

Amaral, Raúl (1982), El modernismo poético en el Paraguay (1901- 1916). Asunción, Alcándara, 2ª edición.

Amaral, Raúl (1984), Escritos paraguayos: introducción a la cultura nacional, Asunción, Mediterráneo.

Cardozo, Efraím (1985), Apuntes de historia cultural del Paraguay, Asunción, Litocolor.

Centurión, Carlos R. (1947), Historia de las Letras Paraguayas (Vol. I) Epoca Precursora, Epoca de Formacion. Buenos Aires, Ayacucho S.R.L.

Centurión, Carlos R. (1961), Historia de la cultura paraguaya, Asunción, Biblioteca Ortiz Guerrero (2 volúmenes).

Díaz-Pérez, Viriato (1980), Literatura del Paraguay. Volúmenes I y II, Palma de Mallorca, Luis Ripoll.

Langa Pizarro, Mar (2001), Guido Rodríguez Alcalá en el contexto de la narrativa histórica paraguaya, tesis doctoral, Universidad de Alicante.

Langa Pizarro, Mar – Peiró. José Vicente (2003), Revisiones de la literatura paraguaya. Alicante, América Sin Nombre, Centro de Estudios Mario Benedetti.

Méndez-Faith, Teresa (2008), Diccionario de la literatura paragua­ya, Asunción, El Lector.

Peiró, José Vicente (2006), Artículos literarios. Asunción, Arandurâ.

Peiró, José Vicente (2006), La narrativa paraguaya actual (1980- 1995), Asunción, Universidad del Norte.

Pérez-Maricevich, Francisco (1983), Diccionario de la literatura pa­raguaya. I parte, Asunción, Biblioteca Colorados Contemporáneos.

Pérez-Maricevich, Francisco edit. (1988), Panorama del cuento pa­raguayo, Asunción, Tiempo Editora.

Rodríguez-Alcalá, Hugo (1970), Historia de la literatura paragua­ya. Asunción, Colegio San José.

Vallejos, Roque (1970), La literatura paraguaya como expresión de la realidad nacional, Asunción, Editorial Don Bosco.

b) Partes o capítulos de monografías

Peiró, José Vicente (1996), “Introducción” a Carlos Villagra Marsal: Mancuello y la perdiz, Madrid, Cátedra, pp. 9-97.

c) Artículos en publicaciones en serie

Bareiro Saguier, Rubén (1987), “La cultura paraguaya de los años 20 y su proyección actual”. París, Río de la Plata: Culturas, v. 4-6, pp. 65-75.

Peiró, José Vicente (2000), “Manifestaciones literarias del XIX en Paraguay: la revista La Aurora”, Arrabal (Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos), nº 2-3, pp. 33-40. VV.AA.: La novela paraguaya. Asunción, Editorial Aurora, 15 de diciembre de 1922-octubre 1923 (18 números en total).

 

 

 

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