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NICOLÁS DEL TECHO


  HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY LA COMPAÑÍA DE JESÚS - II (NICOLÁS DEL TECHO)


HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY  LA COMPAÑÍA DE JESÚS - II (NICOLÁS DEL TECHO)

HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS - VOLUMEN II

Autor: NICOLÁS DEL TECHO

Editorial: A. de Uribe y Compañía

Año: 1897

Versión digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY


TOMO SEGUNDO


(Tomo II) LIBRO TERCERO (195 Kb.)

(Tomo II) LIBRO CUARTO (155 Kb.)

(Tomo II) LIBRO QUINTO (137 Kb.)

 



CONTENIDO DEL TOMO SEGUNDO

(Tomo II) LIBRO TERCERO (195 Kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– La provincia del Perú es dividida en otras dos.
CAPÍTULO II.– El P. Claudio Aquaviva erige el Paraguay en provincia de la Compañía.
CAPÍTULO III.– Primeros años del P. Diego de Torres y lo que hizo en las Indias.
CAPÍTULO IV.– Lo que hizo en Juli el Padre Torres y cuando fué Rector en Cuzco.
CAPÍTULO V.– Lo que llevó á cabo el Padre Diego de Torres en varios lugares de la provincia del Perú.
CAPÍTULO VI.– Es nombrado Procurador el P. Diego de Torres.
CAPÍTULO VII.– Funda la provincia de Quito.
CAPÍTULO VIII.– Se dirige á fundar la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO IX.– El P. Diego de Torres lleva misioneros á la nueva provincia.
CAPÍTULO X.– Celebración de la primera Congregación provincial.
CAPÍTULO XI. – Llegan nuevos religiosos de Europa á la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XII.– Establécese la Compañía en el puerto de Buenos Aires.
CAPÍTULO XIII.– Lo que hicieron los Padres del Colegio de la Compañía en Chile.
CAPÍTULO XIV.– Misiones de los Padres jesuitas en Arauco.
CAPÍTULO XV.– Descripción del Arauco y costumbres de sus habitantes.
CAPÍTULO XVI.– Son evangelizados los araucanos.
CAPÍTULO XVII.– Navegan los jesuitas á la isla de Santa María.
CAPÍTULO XVIII.– La Compañía se establece temporalmente en la isla de Chiloé.
CAPÍTULO XIX.– Ejercen su ministerio los jesuitas en el pueblo de Castro.
CAPÍTULO XX.– Recorren los jesuitas la isla de Chiloé; fruto que sacaron de sus misiones.
CAPÍTULO XXI.– Vejaciones que experimentó la Compañía por oponerse al servicio personal de los indios.
CAPÍTULO XXII.– Establécese la Compañía en la ciudad de Mendoza.
CAPÍTULO XXIII.– Los indios de Cuyo son instruídos en la fe cristiana.
CAPÍTULO XXIV.– Persecusiones que sufrieron los jesuitas de Córdoba por oponerse al servicio personal de los indios.
CAPÍTULO XXV.– Retírase de Estero la Compañía con ocasión del servicio personal.
CAPÍTULO XXVI.– Funda un Colegio la Compañía en la ciudad de San Miguel.
CAPÍTULO XXVII.– Pacifica la Compañía el valle de Calchaquí, y lo recorre, merced á su constancia.
CAPÍTULO XXVIll.– El P. Diego de Torres ejerce su ministerio en la ciudad de la Concepción, en los límites de los frentones.
CAPÍTULO XXIX.– Estado del Paraguay.
CAPÍTULO XXX.– Descripción del Guairá.
CAPÍTULO XXXI.– Los PP. José Cataldino y Simón Mazeta recorren algunas poblaciones del Guairá.
CAPÍTULO XXXII.– La Compañía funda en el Guairá dos pueblos.
CAPÍTULO XXXIII.– Los Padres de la Compañía se encargan de evangelizar la región del Paraná.
CAPÍTULO XXXIV.– Fúndase una población entre el Paraná y el Paraguay.
CAPÍTULO XXXV.– La nueva reducción sufre los males de la guerra.
CAPÍTULO XXXVI.– La reducción es trasladada á otro sitio durante la guerra, y recibe el nombre de San Ignacio.
CAPÍTULO XXXVII. – Costumbres de los guaicurúes.
CAPÍTULO XXXVIII. – Los Padres de la Compañía exploran la región de los guaicurúes.
CAPÍTULO XXXIX.– La Compañía se establece en el país de los guaicurúes.

(Tomo II) LIBRO CUARTO (155 Kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Llegan nuevos misioneros de Europa; la Compañía se establece definitivamente en Buenos Aires.
CAPÍTULO II.– Establécese la Compañía en la ciudad de Santa Fe.
CAPÍTULO III.– Es canonizado San Ignacio de Loyola; su fama y milagros.
CAPÍTULO IV.– El P. Diego de Torres da bastantes disposiciones útiles para la provincia.
CAPÍTULO V.– Son evangelizadas las islas de Chiloé.
CAPÍTULO VI.– Los PP. Juan Darío y Diego de Boroa pacifican á los diaquitas y les predican.
CAPÍTULO VII.– El servicio personal de los indios es abolido por disposición del Rey Católico.
CAPÍTULO VIII.– Un hijo del jefe de los guaicurúes recibe el Bautismo.
CAPÍTULO IX.– De algunas cosas que sucedieron en la ciudad de la Asunción.
CAPÍTULO X.– Vuelve la Compañía á Santiago, capital del Tucumán.
CAPÍTULO XI – Primeros años de la vida del P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO XII.– Prosigue la vida del P. Antonio Ruiz.
CAPÍTULO XIII.– Los misioneros propagan el cristianismo en el Guairá.
CAPÍTULO XIV.– Florece la religión en el Guairá, no obstante algunos disturbios que hubo.
CAPÍTULO XV.– Los Padres jesuitas recorren la región del Paraná.
CAPÍTULO XVI.– Sumisión de los guaicurúes.
CAPÍTULO XVII.– Misión que llevó el Padre Luis Valdivia al Rey Católico.
CAPÍTULO XVIII. – El P. Luis Valdivia reconcilia los pueblos cercanos con el Rey Católico.
CAPÍTULO XIX. – El P. Luis Valdivia reconcilia los pueblos del interior con el gobernador.
CAPÍTULO XX.– Trátase de enviar misioneros al Arauco.
CAPÍTULO XXI.– Martirio de los PP. Martín Aranda, Horacio Bech y Diego Montalván .
CAPÍTULO XXII.– Vida del P. Martín Aranda.
CAPÍTULO XXIII.– Hechos memorables de los PP. Horacio Bech y Diego Montalván .
CAPÍTULO XXIV.– Fundación de cuatro Colegios á expensas del Monarca.
CAPÍTULO XXV.– La Compañía es vejada pública y privadamente.
CAPÍTULO XXVI.– El P. Diego de Torres visita el Paraguay.
CAPÍTULO XXVII.– Son evangelizados los guaicurúes.
CAPÍTULO XXVIII.– El P. Romero va al país de los guaicurutíes.
CAPÍTULO XXIX.– El P. Martín Javier Urtazun muere en el Guairá.
CAPÍTULO XXX. – Los misioneros prosiguen sus tareas en el Guairá, á pesar de varios obstáculos.
CAPÍTULO XXXI.– Principio de la expedición al país de los guarambarés; progresos y fin de ella.
CAPÍTULO XXXII.– De lo que sucedió con los restos del P. Baltasar Sena.
CAPÍTULO XXXIII.– De los Colegios que había en la nueva provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XXXIV.– De los primeros religiosos que residieron en la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XXXV.– De los bienhechores que tuvo la provincia del Paraguay.

(Tomo II) LIBRO QUINTO (137 Kb.)

CAPÍTULO PRIMERO. Comienza el P. Pedro de Oñate á gobernar la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO II.– Trátase de si conviene que la Compañía establezca residencias entre los indios.
CAPÍTULO III.– Descripción de la provincia del Paraná.
CAPÍTULO IV.– El P. Roque González predica en la parte inferior del Paraná.
CAPÍTULO V. – Fundación del pueblo de Itapua por el P. Roque González.
CAPÍTULO VI.– El P. Roque González concede á los franciscanos el pueblo de Santa Ana, que antes había fundado.
CAPÍTULO VII.– Costumbres de los guaraníes.
CAPÍTULO VIII.– De varias cosas que sucedieron en el Guairá.
CAPÍTULO IX.– Lo que pasaba entre los guaicurúes.
CAPÍTULO X.– De los asuntos del reino de Chile.
CAPÍTULO XI.– Cuestiones que se suscitaron con motivo de la fundación de un convento de monjas en la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XII.– Bula y sentencia de Paulo V acerca del mencionado asunto.
CAPÍTULO XIII.–El Gobernador del Paraguay intenta tomar las armas contra los indios.
CAPÍTULO XIV.– Origen de la reducción de Yaguapúa.
CAPÍTULO XV.– Turbulencias que hubo en el pueblo de San Ignacio.
CAPÍTULO XVI.– El P. José Cataldino echa los fundamentos de una reducción en el Guairá.
CAPÍTULO XVII.– El P. Marcelo Lorenzana visita el Guairá.
CAPÍTULO XVIII.– De las cosas que pasaban entre los indios guaicurúes.
ACAPÍTULO XIX.– De la procuración del Padre Juan Viana.
CAPÍTULO XX.– De los Colegios y residencias que había en las ciudades de españoles.
CAPÍTULO XXI.– Muerte del P. Diego González Holguín.
CAPÍTULO XXII.– Establece la Compañía dos residencias en el valle de Calchaqui.
CAPÍTULO XXIII.– Costumbres de los calchaquies.
CAPÍTULO XXIV.– El P. Roque González explora por vez primera la región superior del Paraná.
CAPÍTULO XXV. – Recorre el P. González la parte inferior del Paraná.
CAPÍTULO XXVI.– Expedición que se hizo al país de los tucutíes en el Guairá.

 

 

 


 

HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

 TOMO SEGUNDO 

LIBRO TERCERO

 

CAPITULO PRIMERO

LA PROVINCIA DEL PERÚ ES DIVIDIDA EN OTRAS DOS.

Aunque merced á las fatigas de los ilustres misioneros ya mencionados brillaba la fe en el Tucumán, Chile y el Paraguay, era sin embargo evidente que, unos cuantos religiosos separados por largas distancias no podían atender como se debía á comarca tan inmensa. Por cuya razón se trató de fundar una provincia en la región de la América meridional, bañada por el caudaloso río Paraguay. Cómo se llevó á cabo esto lo referiré aparte sin mezclarlo con otras cosas, retrocediendo en la narración algunos años. Sabido es que el continente americano está dividido en dos penínsulas enlazadas por un estrecho istmo que separa los mares Océano y Pacífico. La septentrional forma el virreinato de México y está casi toda sometida al rey Católico. La meridional, que comprende extensas provincias, depende toda, excepto el Brasil, del virrey peruano. En esta tengo por cierto que el año 1568 se estableció la Compañía á expensas del rey Felipe II y fué enviado con el título de Provincial San Francisco de Borja, cuyo rostro vió en Medina resplandecer como el Sol el P. Jerónimo del Portillo mientras hablaba con él. San Francisco de Borja y los sucesores que tuvo, trabajaron con tal acierto en extender la nueva fundación, que á fines del siglo XVI la provincia era demasiado vasta para ser regida por una sola persona; pues además de los Colegios fundados en las principales poblaciones del Perú por los Provinciales Portillo, José Acosta y Baltasar Pina, había los establecidos en las comarcas de Quito, Panamá y Tucumán por el P. Juan Atienza, y en Chile por el P. Sebastián Parra, resultando que los Superiores no podían visitar todos los Colegios, ni éstos ser regidos por los Estatutos de la Compañía. Por cuya razón el P. Claudio Aquaviva envió á principios del siglo XVII al P. Esteban Páez á la provincia peruana con objeto de que hiciera una visita y viese el medio de evitar dichos inconvenientes. Éste recorrió casi toda la América meridional, y después de oir el parecer de varones prudentes, fué de opinión que se debían separar de la provincia aquellas regiones que á causa de su distancia no era posible atender á ellas. Cuando se trató de hacer la división más oportuna, convinieron los que trataron el asunto en formar dos provincias: una con el reino de Nueva Granada, Quito y Panamá, sometida al Superior del Perú; otra con el Tucumán, agregadas Chuquisaca, Potosí, Oruro y Santa Cruz. Mas como en esta partición había muchas cosas que debía aprobarlas el General de la Orden, resolvieron que hablase con éste en Roma el P. Diego de Torres, elegido Procurador durante el año 1602, ya que tenía precisión de marchar á la corte pontificia. Conferenció, en efecto, el P. Torres con el General Aquaviva, quien una vez examinado el negocio en unión con los Asistentes, firmó un documento en que daba sanción á la división propuesta. Comisionó al P. Diego de Torres para ejecutarla en lo referente á los Colegios de Nueva Granada y Quito, y al Padre Diego Alvarez de Paz en cuanto á los restantes; los dos iban investidos del título de Viceprovinciales.


CAPÍTULO II

EL PADRE GENERAL CLAUDIO AQUAVIVA ERIGE EL PARAGUAY EN PROVINCIA DE LA COMPAÑÍA.


Estaba el P. Diego de Torres para embarcarse en Cádiz, cuando recibió una carta de Roma revocando todo lo concedido en los documentos que llevaba. La causa de esto la exponía el Padre General en las siguientes palabras: «Se extrañará, sin duda, vuestra reverencia de lo extraordinario del caso, pues habiéndoos dado en Roma por escrito solemne la aprobación de lo propuesto por el Visitador sobre la división de la provincia peruana, ahora me vuelvo atrás. He obrado de esta manera, porque después de marcharos recibí muchas cartas suscritas por graves personas del Paraguay y el Tucumán, quejándose de que la Compañía abandonara, con perjuicio de las almas, extensas comarcas, y rogando que no prestara mi consentimiento á tal medida. De acuerdo con los Asistentes, he resuelto, bien pensado el asunto, que ningún detrimento experimentarían nuestros intereses si con el Paraguay y el Tucumán se formaba una provincia independiente de la peruana. De ella os he nombrado Provincial y designado quince Padres que os ayuden en las tareas propias del cargo; cuando lleguéis al Perú, tendréis más detalles de este particular por las cartas que he escrito al Superior de dicho país.» El P. Bartolomé Pérez, Asistente en nombre de los jesuitas de España, le escribía en el mismo sentido, rogándole que no mostrase muchos deseos de llegar á ejercer su nuevo cargo, no sea que murmuraran de él, porque habiendo ido á Roma como Procurador, contra lo propuesto por los Padres del Perú, volvía hecho Provincial; además, en el Paraguay acontecía con los que mandaban, lo que en Etiopía con los obispos; había mucho que trabajar, y la dignidad nada, sino sinsabores, proporcionaba. Añadía confidencialmente que no creía difícil conseguir del General que ordenase á los Colegios de Chuquisaca y Potosí auxiliaran á la nueva provincia con cuanto les fuera posible, y que las demás casas de otros países no dejarían de hacer lo mismo, considerando que el P. Aquaviva se interesaba en alto grado por el Paraguay. Decíase que el General había constituído este país en provincia, inspirado del cielo; pues como fuera al noviciado de San Andrés para que allí en la soledad le manifestara el Señor su voluntad, al día octavo habló á los Asistentes de manera tan persuasiva y con tal ardor, que los convenció al momento y éstos no dudaron de que Dios se expresaba por boca del P. Aquaviva. De esto da testimonio en varias cartas el Padre Asistente Bartolomé Pérez. El P. Diego de Torres, después que hubo recibido el nombramiento, expuso al General la conveniencia de unir el reino de Chile al Tucumán y el Paraguay, dejando para la provincia del Perú los Colegios de Chuquisaca y el Potosí. Proponía esto porque, interesándose con vehemencia en el bien de los indios, temía que los jesuitas dejaran con harto pesar las opulentas casas del Perú para ir á pequeñas poblaciones ó á miserables aldeas. Después de lo referido navegó con felicidad á las Indias. Llegado á Lima y abiertas las cartas que llevaba del Padre General, se dividieron las opiniones de los socios: unos decían que se debían obedecer las cartas que antes se habían recibido, y otros que las últimas. Muchos llegaron á sospechar de la buena fe del P. Torres, creyendo que no había gestionado en Roma tanto la utilidad de la provincia como la suya, y que era el autor de la nueva división hecha contra el parecer del Visitador y de los religiosos más graves. Procuró justificar su conducta, mas no lo consiguió. En aquella discordia, viendo todos que era preciso consultar al General en muchos puntos tocantes á la ejecución de lo acordado por éste, lo hicieron así, y mientras llegaba la respuesta, resolvieron que el P. Torres se encargase de fundar y gobernar la provincia de Quito, y el P. Alvarez de la Paz, la del Tucumán y países meridionales: ambos recibieron el cargo de Viceprovinciales. Pasados dos años llegó la contestación del P. Aquaviva, en la que expresaba con claridad su pensamiento, y era éste que se erigiese una provincia con las regiones australes de la América meridional, la cual había de ser regida sin falta alguna por el P. Diego de Torres, llevando los religiosos del Perú que fueran necesarios. Verdad es que dichas comarcas carecían de ciudades populosas donde establecer Colegios; mas se pensaba compensar este inconveniente con el fruto que era de esperar en la conversión de los indios infieles. En el año 1607 se fundó definitivamente la nueva provincia con el Paraguay, Chile y Tucumán, países de extensión considerable y no inferior su longitud de ochocientas cincuenta leguas. El fin que allí habían de perseguir los jesuitas era sacar los indios de las cuevas, selvas y pantanos donde moraban, iniciándoles en la fe católica y en la civilización. El P. Diego de Torres abandonó la ciudad de Quito, donde acababa de cumplir la misión que tenía, y provisto del nombramiento de Provincial, se dirigió apresuradamente por mar á Lima, residencia del virrey. Como tengo que hablar muchas veces del P. Diego de Torres, contaré brevemente su nacimiento, educación y los puestos que ocupó antes de fundar la provincia.


CAPÍTULO III

PRIMEROS AÑOS DEL P. DIEGO DE TORRES Y LO QUE HIZO EN LAS INDIAS.


Fué progenitor del P. Diego de Torres, D. Diego Boil, quien descendía de claro linaje procedente de las montañas de Burgos, y nació en Benavente, pueblo de Castilla la Vieja. Por sus excelentes cualidades gozó siempre del favor del Condestable de Castilla, el cual le nombró regidor de Benavente y después de Monterrey. La madre del P. Diego de Torres fué mujer de ilustres virtudes, hija de un capitán que sirvió en el ejército de Carlos I; tuvo la desgracia de perder á su marido y cuatro hijos; por esto se retiró con dos hijas que le quedaban en un convento de Carmelitas descalzas, y en él brilló por su piedad. El P. Diego de Torres vino al mundo en Villalpando el año 1560; en dicho pueblo estudió las primeras letras y luego continuó en Salamanca sus estudios bajo la dirección de un tío paterno. Allí, mientras aprendía varias ciencias, como convenía al único heredero de casa rica, se aplicó fervorosamente á conseguir con el menor riesgo posible la porción que le correspondía en la herencia del Señor. Despreciando las diversiones á que los muchachos son aficionados, empezó á confesar á menudo, comulgar frecuentemente, apretar sus costados con ásperos cilicios, ayunar con rigor, azotarse sin compasión y á realizar cosas propias de más estrecho estado, con tan poca moderación que cayó enfermo. Sospechando su tío que aquella piedad, según él nimia, le era imbuída al joven por los jesuitas, cuyas escuelas frecuentaba, y que eran indicios de que pensaba algún día abrazar la profesión religiosa, le ordenó que se apartara de los Padres, y como no hiciera caso de semejante prohibición, le reprendió fuertemente; de nada sirvió esto, y entonces lo mandó á la casa paterna á ver si con diversiones cambiaba de ideas. Muy pronto se le presentó á Diego ocasión de residir en la corte, que estaba en Valladolid, al servicio de un personaje, quien regía gran parte de la nación; tanto agradaron á éste las prendas de alma y cuerpo que distinguían á nuestro biografiado, que le llegó á profesar intenso afecto y prometió arreglarle un ventajoso matrimonio, á la vez que investirlo de un alto cargo. Ambas cosas habría aceptado el piadoso mancebo si Dios no lo sacara del siglo cuando se iba aficionando á sus pompas. El señor á quien Diego servía, más amigo del rey que de la virtud, se consumía en torpes deleites, y nadie se atrevía á ponerle freno; Diego dió un ejemplo de fortaleza, raro en los palacios de los magnates: le puso en cierta ocasión un documento en la mano, recordándole sus deberes de cristiano y rogándole que fuera bueno y justo en todos sus actos, y viese cómo él procuraba más bien la salud espiritual de su amo, que las ilícitas recreaciones de éste. El prócer, luego que tales cosas leyó, se encolerizó con tan prudentes avisos, cual si fueran otros tantos insultos; reprendió al joven por su temeridad; finalmente, le retiró las promesas que antes le hiciera y lo despachó de su casa. Sin alterarse Diego por semejante humillación, obedeciendo á las indicaciones de sus padres, entró en casa de otro magnate, muy querido del monarca. Poco después, aumentándose por las voces interiores que Dios le daba la vocación al estado religioso, dejó el palacio y fué á Monterrey, donde su padre vivía, para hablarle de los propósitos que tenía, Pero huyendo de Scila cayó en Caribdis: tal afecto concibió el pueblo por el hijo del regidor, que con obsequios y diversiones amortiguó la piedad de Diego, quien adoptó las costumbres de los jóvenes de igual edad, y no habría salido de aquella vida si Dios no le afligiera con una enfermedad. Salió de ésta y de nuevo recayó en los deleites; la fiebre le postró en la cama y estuvo gravísimo. Entonces renovó los deseos que antes concibiera y acordó consagrarse á Dios. Apenas recobró la salud, se dirigió á hablar con el P. Alfonso Rodríguez, rector á la sazón del Colegio de Monterrey, y trató con él de qué Orden religiosa sería la más conveniente; después de meditar bien sobre el particular, vino á considerar como lo más prudente entrar en la Compañía de Jesús. Movióse á tal resolución porque notó que Dios le había inspirado un afecto extraordinario á dicha Religión, y tal que siendo ya de edad avanzada solía decir que nunca se lo tuvo mayor después de vivir en ella cincuenta años, tratado á Padres beneméritos y ejercido varios cargos. Robustecido con la vocación divina, pudo fácilmente vencer los peligros que una mujer le ponía con sus halagos y desatender los lazos de la amistad, corriendo con decisión por el camino empezado. El mismo día que le regalaron un caballo enjaezado para tomar parte en ciertas diversiones públicas, fué á nuestro Colegio, y echándose á los pies del Provincial, le dijo que no se retiraría antes de ser admitido en la Compañía. Procuró disuadirle el Provincial, mas nada consiguió, y se vió precisado á concederle lo que con tales ansias deseaba. El joven hacía concebir esperanzas de que sería más adelante gloria de la Compañía si lo dirigían con prudencia. Luego que ingresó en la Compañía, hizo los ejercicios de San Ignacio bajo la autoridad del P. Alfonso Rodríguez, rector del Colegio, y mostró gran piedad, y más cuando fué enviado á pasar el noviciado en Medina del Campo; en Valladolid le ordenaron cabalgar sobre un jumento escuálido, vestido de seglar y muy lujosamente; excitó la risa y el desprecio de todo el mundo allí mismo, donde antes, cuando gozaba el favor de los magnates, iba siempre á caballo con fausto. En Medina del Campo vistió el traje de jesuita y fué puesto bajo la dirección del P. Baltasar Alvarez; perseveró firme en su vocación, y de tal manera, que si no lo hubiesen admitido en la Orden habría ido á pie á Roma para lograrlo; animóle en sus propósitos el P. Alvarez, y le manifestó presentir que viviría largos años en la Compañía con inmenso beneficio de muchas almas. Ejercitóse en distintas virtudes, y principalmente en el desprecio de sí mismo; tanto le abochornaban la consideración de sus pecados y de su propia vileza, que no se atrevía á fijar la vista en las imágenes de la Virgen y los santos, hasta que le mandaron tener más confianza en ellos y pensar con más elevación; no fuera que su carácter se deprimiera en extremo. Movido por su ejemplar humildad, pidió á los Superiores que le admitieran en el ínfimo grado de coadjutor, sin esperanza de subir al sacerdocio. No accedieron á tales deseos, y una vez acabado el noviciado le enviaron á Valladolid para que prosiguiera sus estudios, á los cuales se aplicó, sin descuidar el ejercicio de las virtudes, pues creía que las letras eran perjudiciales si no iban acompañadas de aquéllas. Confirmóle en tales ideas el P. Francisco Suárez, que fué su maestro por espacio de cuatro años; decíale que los religiosos debían, en primer término, revestirse de la santidad de costumbres, y en segundo, de la ciencia. Aunque de buen grado reconozco que hubo religiosos tan ilustrados como el Padre Diego de Torres, en cuanto á virtudes, según confesaron sus profesores y directores, ganó el lugar preferente; de unos y otros se granjeó el cariño con prudencia no común. El rector de Valladolid lo dejó encargado del Colegio mientras él estaba ausente. Como era de costumbres irreprensibles, apenas pasaron los cuatro años que dedicó á los libros, fué designado para altos cargos; mas él prefirió marchar á las Indias. Consiguió esto, no obstante la oposición de muchos, dedicándose á nuevo género de vida. Había llegado de América el P. Baltasar Pina, procurador del Perú; el P. Diego de Torres le comunicó los deseos que hacía tiempo abrigaba de trabajar en la salvación de los gentiles y sufrir por ellos toda clase de penalidades; rogóle que le enviara al Nuevo Mundo, favor que le agradecería eternamente. Agradó la súplica al procurador, quien arregló el negocio fácilmente en Roma. Cuando esto fué sabido en España, los parientes del P. Torres y los superiores de la provincia resolvieron no perder tan esclarecido varón; mas éste, con su constancia y habilidad, salió adelante con su propósito. No contento con ir al Perú, logró que el Padre Juan Atienza, rector del Colegio de Valladolid, designado para ser Provincial del Perú en lugar del P. Baltasar Alvarez, y retenido en España, solicitase y consiguiese marchar á las Indias. Ambos se dirigieron á Cádiz con otros religiosos; éstos se embarcaron en un bergantín de Su Majestad y ellos en una galera por mediación del almirante; ordenó el P. Diego de Torres las horas, de modo que pudiese atender á la catequesis, á las pláticas, al cuidado de los enfermos y á las conversaciones piadosas. No pasaron muchos días cuando, á pesar de que se oponía el almirante, fué llevado á otra nave por el P. Baltasar Pina, á ruego de los misioneros, quienes postrados en el lecho esperaban ser consolados por el P. Torres. Satisfizo éste lo que aquéllos deseaban, pues con increíble celo les procuró toda suerte de bienes, hasta que rendido de trabajo perdió la salud, de tal manera que estuvo á punto de morir; felizmente la recobró luego; pasado el istmo subieron á otro buque, llegando á Lima el año 1580; ya entonces el nombre del P. Diego era ilustre. El P. Juan Atienza, nombrado rector del Colegio de la mencionada ciudad, aceptó el cargo, á condición de tenerle por coadjutor. Consiguió esto y utilizó sus servicios, hasta que, secundando los deseos del Provincial, lo dedicó á ejercer su ministerio entre los indios que moraban en Juli.


CAPÍTULO IV

LO QUE HIZO EN JULI EL P. TORRES Y CUANDO FUÉ RECTOR EN CUZCO.


Juli es una ciudad del Perú situada junto al lago Titicaca; hay en ella cuatro parroquias de indios regidas por la Compañía; en una casa viven los religiosos que hacen de párrocos y coadjutores, de los cuales uno preside como rector; apenas se distingue aquello de un Colegio. En tal residencia moraban entonces los PP. Alonso de Bárcena, Diego Martínez y Diego González Holguín, varones apostólicos, y otros excelentes misioneros; ayudábales en su ministerio el P. Diego de Torres, quien muy pronto aprendió las lenguas aimara y quichua. Cuando á tales ejercicios se dedicaba éste, le mandó el Provincial por escrito que gobernase la casa; mas antes de que tomara posesión de aquel cargo, ocurrió una cosa no acostumbrada en la Compañía, y fué que alguien se opuso á ello, diciendo que antes debía el Provincial aclarar sus palabras, que eran ambiguas. El P. Diego de Torres ningún caso hizo de tales reclamaciones, y se condujo con prudencia y modestia laudables. Dejó en su lugar uno que rigiese á los demás, y llevando consigo á los PP. Diego Martínez y González Holguín, se dirigió, mientras el Provincial resolvía la mencionada consulta, á los países de Aracaxa y Camate, frecuentados por los chunchos, pueblo feroz, con ocasión de comerciar. En aquella expedición sufrió horrible frío y expuso la vida á grandes peligros. Bautizó algunos chunchos á quienes hizo regalos; convirtió cinco magos; derribó los ídolos y puso cruces en su lugar con rabia de Satanás, las cuales subsistieron muchos años. Cuando meditaba ulteriores empresas, recibió carta del Provincial, en la que después de condensar la temeraria apelación que se había interpuesto, le ordenaba tomar posesión cuanto antes del Rectorado de Juli, y al mismo tiempo le reprendía cariñosamente porque se había lanzado á predicar entre los indios sin consultarle antes. Ya Rector, congregó los indios que andaban dispersos y los bautizó. Luego marchó á Condesín y logró hacer cristianos á muchos gentiles. Probó la conveniencia de que los jesuitas residiesen en Juli, contra el parecer de algunos. El fué el primero que, autorizado por sus Superiores, reglamentó los deberes de los párrocos; hizo la paz con el obispo de Chuquiabo, enemigo que era de la Compañía, y no por medios violentos, mas con la mansedumbre; supo esto el General Claudio Aquaviva y le felicitó en una carta, ponderando la conducta que en tal asunto había mostrado, digna de San Francisco Javier, pues más lograba con la modestia y la sumisión que con todos los recursos jurídicos. Tan bien se portó en Juli durante los seis años que estuvo, que fué nombrado por la Audiencia Procurador de los indios, cuyo cargo no aceptó, porque temía ser objeto de envidia. Marchó á la Junta provincial que se celebró por entonces, y no faltó quien le acusara de querer ambiciosamente prolongar su Rectorado de Juli; pero examinado el asunto detenidamente, se vió que semejante imputación era falsa, sin que tuviera el más leve fundamento; el calumniador recibió el digno castigo, no obstante la intercesión del P. Diego, de quien fué en adelante amigo devotísimo. Terminada su misión en Juli, fué nombrado Rector del Cuzco, Esta ciudad, antes corte de los Incas, donde se alzaba el templo consagrado al Sol, en el cual á la llegada de los españoles había inmensa cantidad de oro y plata, era célebre en todo el mundo y no se obscureció su nombre por cambiar de señores; en vez de un templo sacrílego y bárbaramente construído, se alzaron el suntuoso palacio episcopal; la catedral, monumento riquísimo; magníficas iglesias de los religiosos, y espléndidos edificios públicos. Cuando la Compañía se estableció en el Perú, fundó allí un Colegio cuya dirección tomó el P. Diego el año de 1589; este misionero distribuyó las tareas de modo que sus compañeros, los indios y los españoles fuesen atendidos. Él solo cumplía con los deberes que su cargo le imponía dentro y fuera de casa. Explicaba en las plazas la doctrina cristiana, visitaba los hospicios y una cofradía de doncellas que instituyó, predicaba á menudo, se dedicaba á oficios repulsivos para todos, y uniendo á su actividad el trato de gentes, hacía que muchos ciudadanos acudiesen á él en busca de bienes espirituales y temporales. Otras veces se mostraba severo; algunos hombres investidos del carácter religioso publicaron libelos tan célebres como infames contra la Compañía; averiguó quiénes eran los autores, y primero los procuró reducir con dulzura; viendo que ésta de nada aprovechaba, se valió de la autoridad del virrey, del obispo y del juez conservador. Otra cosa hizo más notable: condenó en repetidos sermones los vicios de la ciudad, asegurando que de no convertirse, vendría la peste como castigo del cielo; un prelado de cierta Orden monástica se rió de tal predicción, considerándola como vanos temores para asustar á los ciudadanos; el mismo día que esto hizo, enfermó atacado por la pestilencia, y también los religiosos que con él vivían, con lo cual probó el Señor que nadie se burla impunemente de sus siervos. El P. Diego, olvidando la injuria que le habían hecho, los cuidó ayudado por sus colegas, tanto en lo espiritual como en lo temporal, con admirable caridad. Todo lo que llevó á cabo entre los españoles es poco comparado con los trabajos que sufrió procurando la salvación de los indios. Envió misioneros á los vilcanos, aimaras y condesines, convirtiendo á muchos. Aunque se oponían los párrocos, introdujo la Extremaunción entre los indios. Cuando la epidemia se extendió, ayudó á los atacados con alimentos y consuelos piadosos. Ninguna cosa, por difícil y repugnante que fuera, dejaba de hacer en provecho de las más ínfimas personas. Dos gentiles postrados por la peste, arrojaban de sus úlceras un pus tan fétido que nadie lo soportaba; el P. Diego fué á sus cabañas; los evangelizó y al punto murieron. Enriqueció nuestro Colegio con censos y casas, y lo adornó con una preciosa iglesia. Pasados siete años fué elegido Rector de Quito.


CAPÍTULO V

LO QUE LLEVÓ Á CABO EL P. DIEGO DE TORRES EN VARIOS LUGARES DE LA PROVINCIA DEL PERÚ.


Quito, capital del reino que lleva su nombre y ciudad en otro tiempo de los Incas, fué habitada por los españoles desde el año 1534; aunque situada bajo el Ecuador, es una de las ciudades más deliciosas y espléndidas del Nuevo Mundo. Allí introdujo la Compañía el Padre Baltasar Pina el año 1586, después que fué provincial del Perú; pero como el Colegio de Quito distaba del mencionado reino quinientas leguas, no podían visitarlo los provinciales y exigía un rector con iguales facultades casi que ellos. Por entonces los ciudadanos de Quito, temerosos de pagar nuevos tributos, estaban agitados y se atrevían á mostrar las armas contra las autoridades. Defendían el partido real la Audiencia, D. Pedro de Arana con algunos centenares de soldados y los principales vecinos. El marqués de Cañete, virrey del Perú, se apresuraba á llevar refuerzos, y todo indicaba la proximidad de una guerra civil. Estando así las cosas comenzó su rectorado el P. Diego de Torres, y lo primero que hizo fué reconciliar con Su Majestad al jefe de los levantiscos y á quinientos arcabuceros. Luego, implorado el favor divino, ordenó á los jesuitas que no condescendiesen con los sediciosos, sino que defendieran en público y privado, aun á riesgo de perder la vida, los decretos del monarca. Habiendo los alborotadores encarcelado al presidente de la Audiencia, dado muerte á varios Oidores y disparado armas de fuego contra las casas de éstos, creció el tumulto; los Oidores, esperando de un momento á otro ser asesinados, colocaron, en una ventana de la habitación donde se refugiaron, el Santísimo Sacramento, á fin de contener el furor de los sublevados, acción nada recomendable, pues el pueblo, ciego de cólera, no respeta ni lo divino ni lo humano. También buscaron los amotinados al P. Diego, pues decían que había instigado al virrey para que diese un diploma que condenaba á ser decapitados sesenta rebeldes de los principales; pero él, sin intimidarse, presentóse ante ochocientos soldados y les habló con tal elocuencia que dos jefes importantes se reconciliaron con la Audiencia; la mayor parte de los sediciosos mostraron arrepentimiento, y bastantes de los más notables se retiraron en paz. Aún hizo otra cosa en favor del orden: logró que cierto caudillo muy respetado, con la esperanza de bodas ventajosísimas, se sometiera al monarca. Por consejo del P. Torres los partidarios del rey dieron largas al asunto y esto fué causa de qué unos se consagraran de nuevo á sus ocupaciones, otros fueran atraídos, otros cogidos por sorpresa, y que toda la ciudad admitiese los impuestos, contra los que antes protestara. El virrey del Perú perdonó á la plebe por mediación del P. Diego; seis rebeldes solamente fueron deportados á España, y encerrados en el castillo del Nombre de Dios, enfermaron y sufrieron el juicio de Dios antes que el de los hombres. De este modo el rector de Quito, con su autoridad, industria y prudencia, calmó una peligrosa rebeldía y se mostró capaz de altas empresas. D. Pedro de Arana, almirante y legado del virrey, escribió á éste una carta y otra á los magistrados del rey, alabando al P. Torres y á la Compañía, añadiendo que más fuerza tenía el Colegio de Quito para mantener todo el reino en la obediencia que un ejército aguerrido. El marqués de Cañete y otros varones esclarecidos ponderaron los méritos del P. Diego y escribieron en este sentido á Su Majestad, y éste, en carta fechada en San Lorenzo el año 1594, y cuyo original tengo á la vista, dió las gracias al rector de Quito por sus gestiones tan felices como patrióticas. El provincial Sebastián Parra lo nombró su secretario, cargo que preludiaba otros más elevados. Elegido para gobernar el Colegio de Potosí y la Vicaría de las regiones australes, zanjó las diferencias que había entre la ciudad de La Plata y el presidente de la Audiencia. Los vecinos de Potosí le dieron generosamente ciento veinte mil escudos para edificar una iglesia. Fundó un censo de seiscientos escudos anuales para que el portero del Colegio diese limosnas á los pobres que designara el rector. Expulsó de la Compañía á tres coadjutores porque pedían con insistencia el sacerdocio; uno de ellos fué admitido nuevamente y ordenado de presbítero; pero antes de que celebrase la primera Misa murió atacado de lepra. Otro que se dirigía al Tucumán á fin de recibir las Sagradas Ordenes, falleció acoceado por la mula en que cabalgaba, siendo ejemplo de lo malo que es no contentarse con la suerte. Admitió en la Sociedad á un mercader, quien después que leyó algunos versículos del Kempis, donde se trataba de lo caduca que es la vida, abandonó sus riquezas, y sin cerrar siquiera la tienda corrió á los pies del P. Torres, repitiendo entre sollozos las palabras que tanto le impresionaron, y no se levantó hasta que logró ver complacidas sus peticiones, espiró á los treinta años de profesar, y afirmó poco antes, que concibió alegría inexplicable cuando pudo retirarse de las tempestades del siglo á puerto seguro. El P. Torres, después de pasados tres años en Potosí, acompañó al P. Esteban Páez, visitador del Perú, y le persuadió á que, juntamente con el Provincial, recorriese el país; consejo provechoso que se puso en ejecución, con lo cual se logró redactar estatutos para los Colegios, una vez consultados los principales religiosos. Por entonces fué cuando entró por vez primera en el Tucumán.


CAPÍTULO VI

ES NOMBRADO PROCURADOR EL P. DIEGO DE TORRES.


En el año 1602 el Procurador de la provincia peruana navegaba á España en la Armada real, la cual trabó pelea cerca de Cádiz con la escuadra inglesa; el Procurador, con la cruz en la mano, rodeado de balas, animó valerosamente á los marineros. Fué recibido en Madrid con afabilidad por el rey y por el duque de Lerma, y como éstos le pidieran que dijese qué recompensas quería por sus buenos servicios, rogó á Felipe III que intercediese á fin de que San Ignacio de Loyola fuese canonizado, y también que en Roma dieran prisa á las cuestiones de Auxliis; era á la sazón Pontífice Clemente VIII. Consiguió del monarca que cincuenta jesuitas se embarcasen para la América austral á expensas del Erario público. Consultóle el Consejo de Indias si podría propagarse el Evangelio en las tierras de los gentiles por medio de las armas, y contestó que de ninguna manera, pues la violencia era cosa opuesta á las tradiciones y costumbres de los apóstoles. Yendo á Roma, poco más allá de Burgos se paró la mula en que caminaba y no pudo moverla de un sitio: tuvo que regresar á Burgos; allí había un jesuita que por vergüenza no manifestó sus deseos de pasar á las Indias, donde en el reino de Quito, más adelante, mostraría sus egregias virtudes; le prometió el P. Torres recomendar su petición al General de la Orden, y hecho esto, tornó á montar en su mula, estuvo en Roma y volvió á España. En la Aquitania descubrió, felizmente, los restos del P. Martín Gutiérrez, misionero esclarecido; se ignoraba el paradero de ellos; fueron trasladados á Valladolid. En Italia, con la extraordinaria habilidad y buenas dotes que le distinguían, logró cuanto quiso del General Claudio Aquaviva y del Pontífice Clemente VIII; es más: dicen que llegó á reconciliarlos. Con ocasión de comer el Papa un día en el Colegio de nuestros profesos, lo alabó el P. Torres, haciendo ver que con aquel acto deshacía las cavilaciones de los herejes, quienes afirmaban que el Padre Santo era enemigo de la Compañía, y se valían de tal aserción para desacreditar á ésta. Adornó la habitación que fué de San Ignacio con preciosos tapetes del Perú. Recibió del P. Aquaviva un relicario que contenía un diente y un autógrafo de San Ignacio, cuyos objetos devolvieron en Regio la salud á un energúmeno. Hizo una relación jurada dirigida al cardenal Baronio, en la cual exponía el estado de la Compañía en España y las Indias, y sirvió para que aquel sabio historiador confutase las calumnias de nuestros adversarios. Habiendo circulado la noticia de que el General Claudio Aquaviva sería elegido Arzobispo de Nápoles, lo que angustiaba no poco á los jesuitas, supo el P. Diego por conducto de Baronio que no era verdad, pues una mujer insigne por su santidad había indicado á Clemente VIII que tal nombramiento desagradaba al Señor. Adquirió, por donación, reliquias de varios santos para llevarlas al Nuevo Mundo. Hizo noche una vez en la Basílica de Loreto y concibió entonces el propósito de extender el culto de la Virgen allí venerada, por toda América. A la ida y á la vuelta de Loreto se detuvo en Milán, y tal confianza tuvo con él Federico Borromeo, que le descubrió sus más secretos pensamientos é hizo con él confesión general; el prelado le besó las manos de rodillas y le dió comisión de tratar algunos asuntos con el rey Católico, el arzobispo de Toledo, el duque de Lerma y con otros magnates. Conservo yo cartas del cardenal Borromeo, en las que mostraba el afecto que le tenía; decía en ellas que si fuera elevado á la Catedra de San Pedro, haría que la fe penetrase hasta en los rincones del universo bajo la dirección del P. Diego. Cuando éste volvió á España llevó, en nombre del arzobispo de Milán, el cilicio de San Carlos Borromeo á Felipe III, y un vestido del mismo á la reina Doña Margarita, suplicándoles que interpusieran su valimiento para que el egregio Cardenal fuese canonizado. Para que también incluyeran á San Francisco de Borja en el número de los santos, obtuvo un vestido cosido por aquel varón apostólico y lo regaló á la mujer del duque de Lerma. Haré una digresión para contar lo que sucedió á éste: hallándose un día después de comer con el P. Diego asomado á una ventana, desde la que se veían leones encerrados en pozos, refirió que poco tiempo antes echó un perrillo para ser alimento de las fieras; el can acarició con la cola á un león, el cual se lo llevó á un extremo olvidando su crueldad y lo alimentó como si fuera hijo suyo, y éste vivió seguro mientras no se apartó de su protector; separóse en cierta ocasión el cachorrillo y los demás leones lo despedazaron; entonces el que lo había defendido se lanzó contra éstos y los hirió; lo mismo hizo con los otros cuando los sacaron de sus Cuevas. Ejemplo era aquello de lo que sucede en los palacios de los reyes: los próceres toman con empeño la defensa de un cliente insignificante y por él declaran la guerra á sus compañeros sin desistir hasta que destrozan la nación. Con la mediación del duque de Lerma reconcilió al monarca con algunos jesuitas, empleando en este asunto una singular prudencia. Logró del Real Consejo que la prohibición de ir los españoles á las Indias, establecida por Carlos V, no se entendiese de los religiosos que pasaban á convertir las almas y no en busca de oro. Consiguió que, á expensas del Erario público, se fundaran seminarios en el Perú, donde los hijos de los caciques se educasen sin presenciar los vicios de sus padres. Puso en conocimiento del soberano que en muchos pueblos de neófitos no ardían lámparas delante del Sacramento por falta de aceite, y entonces el rey mandó que el Tesoro de la nación sufragase los gastos de las lámparas colocadas para alumbrar la Eucaristía. Valiéndose del confesor de la reina, procuró que ésta dotase el Colegio de Salamanca en bien de los misioneros que iban á las Indias. Convenció al rey para que en todos los pueblos de América hubiese una parroquia de negros separada de las restantes. El duque de Lerma dió al P. Diego cuando se embarcó cartas de recomendación dirigidas al virrey del Perú, rogándole que le oyese atentamente en las cosas que le había concedido y ordenado Su Majestad. Nunca brilló tanto la virtud del Padre Torres como al darse á la vela con sesenta misioneros de varias naciones europeas; el Padre José Arriaga llevaba en una barca objetos que le regalaron personas distinguidas ó que adquirió con destino á los Colegios del Perú; mas al llegar á Cádiz la armada acababa de partir: tuvo que estar allí esperando el viaje del año siguiente; el P. Torres fué al Perú sin ninguna cosa, contratiempo que sobrellevó resignadamente. Llegado al Nuevo Mundo fundó, por mandato del General Claudio Aquaviva, un Colegio en la ciudad de Cartagena, y nombró rector al P. Miguel Perlino; envió al P. Antonio Funes con cuatro religiosos más, á fin de que se estableciera en Santa Fe, capital del reino de Nueva Granada.


CAPÍTULO VII

FUNDA EL P. DIEGO DE TORRES LA PROVINCIA DE QUITO.


Ya en Lima los misioneros auxiliares y puestos á las órdenes del Provincial peruano, fué el P. Torres á fundar la provincia de Quito y todo lo halló fácil. Acordó que la capital estuviese en el Colegio de dicha ciudad porque allí se hacían los estudios; otros seis colegios dependían de éste. Con la protección del gobernador y de D. Juan de Borja, sobrino de San Francisco de Borja, organizó en Santa Fe de Bogotá una cofradía de hombres distinguidos consagrada á la Virgen. La Compañía se encargó, á petición de D. Bartolomé Lopez Guerrero, de un seminario para jóvenes que éste acababa de crear. Cuidó el P. Diego que se erigiera un convento de monjas carmelitas descalzas. Tradujo al idioma de los indios el catecismo, á fin de que no tuviesen que aprender el castellano para saber la doctrina cristiana. Con su autoridad y consejos sirvió de mucho en el Concilio provincial. Otros contarán minuciosamente lo que realizó en la provincia, gobernándola, consolidándola, labrando la felicidad de españoles, indios y negros; cuánto hizo por aumentar el culto del Señor y la gloria de la Compañía; qué de peligros pasó en mar y tierra; las regiones que evangelizó él mismo y por medio de los misioneros en Panamá, Cartagena, Nueva Granada y Quito; yo no puedo descender á detalles en empresas tan grandes, como tampoco referirlas en dos palabras.


CAPÍTULO VIII

EL P. DIEGO DE TORRES SE DIRIGE Á FUNDAR LA

PROVINCIA DEL PARAGUAY.


Pasados dos años que se invirtieron en arreglar las cosas conducentes al establecimiento de la provincia de Quito, ordenó por escrito el General Aquaviva al P. Diego de Torres que se apresurase á fundar la del Paraguay, para lo cual hacía tiempo que estaba designado. Este religioso partió del reino de Quito y llegó á Lima, donde recibió por orden superior quince compañeros, entre los que se contaban los PP. Francisco Vázquez, sobrino del eminente Gabriel Vázquez; Juan Pastor y Juan Bautista Ferrusino, Provinciales míos algún día; Antonio Ruiz y Melchor Vanegas, nacidos en las Indias y que tenían fama de ser varones virtuosos; Horacio Bech, natural de Lena, y el sevillano Pedro Romero, quienes alcanzaron más tarde la palma del martirio; Juan Fonté, Luis de Leiva, Marco Antonio y Diego González Holguín, recomendables por sus méritos. En lo cual se echa de ver el materno afecto que la provincia del Perú profesaba á la del Paraguay, reconociendo que la gloria de la hija redundaría en la suya. No faltó en aquellos apóstoles un Judas cuya traición hizo que los demás estuvieran más atentos á cumplir con sus deberes. La provincia del Paraguay, cuyos progenitores fueron la del Perú y el P. Aquaviva, puede gloriarse de ellos con mucha razón, pues aquélla era esclarecida por las grandes empresas que llevó á cabo predicando el Evangelio y por el considerable número de hombres notables que la habían ilustrado, como fueron los PP. Jerónimo Portillo, José Acosta, Baltasar Pina, Juan Plaza, Juan Sebastián Parra, Diego Martínez, José Arriaga, Alvaro de Paz, Nicolás Mastrilli Durán, Lira, Menachi, Perlini y otros que sería prolijo enumerar. El P. Diego de Torres exhortó á los Padres que llevaba, con su palabra y su ejemplo, para que hiciesen los ejercicios espirituales según el método de San Ignacio y al mismo tiempo penitencia de sus pecados, á fin de empezar luego la fundación proyectada. Una dificultad había que vencer y era proporcionarse las cosas necesarias en un viaje de quinientas leguas; mas D. Fernando Arias, cabildante de Lima, hizo saber que en el archivo municipal se conservaba una Real cédula de Felipe III, según la cual debía la ciudad sufragar los gastos que ocasionara la ida al Paraguay de doce franciscanos ó jesuitas. Los franciscanos se excusaron por su reducido número, y así se concedieron á los nuestros dichos gastos de viático con liberalidad, tanto en caballerías, vestidos, dinero y embarcación, como en cuanto hizo falta. La mitad de los religiosos, á las órdenes del P. Diego González Holguín, marchó al reino de Chile por mar, y el Padre Diego de Torres con los demás fué por tierra al Paraguay pasando por Cuzco, Juli y Potosí, poblaciones donde antes había sido Rector; salieron á recibirle muchas personas de varios pueblos distantes veinte y hasta treinta leguas del camino que llevaba. En Chuquisaca se le unió el P. Juan de Salas, joven que prometía mucho por su vocación extraordinaria, pues habiendo caído en un torrente cuando se hallaba convaleciente de cierta enfermedad, salió con bien y resolvió, llamado por Dios, abandonar el mundo. Dudando en qué Orden religiosa entraría, escribió los nombres de varias en otras tantas cédulas, y puestas éstas en una urna, tres veces que probó suerte, salió la que tenía escrito «Compañía de Jesús.»


CAPÍTULO IX

EL P. DIEGO DE TORRES LLEVA MISIONEROS Á LA NUEVA PROVINCIA.


Salió de Chuquisaca el P. Diego de Torres, y pasados los altos montes que forman el límite meridional del Perú, valiéndose del idioma aimara exhortó á los omaguas, famosos por lo mucho que los misioneros trabajaron en su conversión, á retener la fe que habían recibido. Llegó á Jujui, que es la primera ciudad del Tucumán por aquella parte, en el año 1607, y halló que los ciudadanos se preparaban á construir una casa y templo para los religiosos de la Compañía; mas no accedió á sus deseos, pues no quería que la escasa gente que tenía á sus órdenes se quedara casi toda en la entrada de la provincia; lo que hizo fué darles muy buenas esperanzas de que en breve tendrían lo que ambicionaban. Lo mismo dijo á los españoles de Salta que le salieron al camino. Entró en la capital del Tucumán en el mes de Diciembre, y fué benévolamente acogido por el obispo D. Hernando de Trejo, el gobernador D. Alonso de Ribera y una considerable multitud de indios y europeos. Besó de rodillas las manos al Prelado, y con palabras tan graves como llenas de modestia manifestó que nada ambicionaba sino que éste ordenase á él y á los suyos, cual un padre á hijos obedientes, las cosas más arduas en lo tocante á la salvación de las almas, pues con este objeto habían sido enviados al Tucumán y al Paraguay por el General Claudio Aquaviva. El obispo se deleitó oyendo tan sinceros y humildes ofrecimientos, y en un sermón que predicó en la iglesia catedral delante de los Padres, expresó en elocuentes frases el placer que experimentaba viendo que los jesuitas le ayudarían en el cumplimiento de su cargo; iguales sentimientos mostró el pueblo en otras ocasiones. Llevados los nuestros á la casa que les tenían preparada, fueron recibidos cariñosamente por el P. Juan Romero. El domingo siguiente, cierta cofradía de neófitos organizó una solemne procesión para dar gracias á Dios por la llegada de los misioneros, á la que asistió el Provincial llevando la cruz en su mano, cantando con todos los concurrentes en alta voz el Catecismo puesto en verso, con tal devoción y buen éxito, que el gobernador, las demás autoridades, la nobleza y todo el pueblo, se agrupaban alrededor de él para honrarle. Tratábase por entonces de fundar un seminario en cumplimiento de los decretos hechos en el Concilio tridentino, y el obispo propuso á la Compañía que se encargara de este negocio; el P. Diego de Torres designó un compañero para que enseñase latín á los jóvenes escolares, y consultó el caso con el Padre General. Dicho misionero organizó una congregación con el título de la Virgen de la Anunciación, en la que entraron los principales de la ciudad, é hizo una lista de los socios. No se olvidó de los compañeros que había llevado, y así les recomendó que diesen ejemplo en todas sus acciones, cosa que importaba mucho para el buen resultado de sus empresas. Después de esto, dejando en Santiago del Estero como Superior al P. Juan Viana, acompañado del P. Juan Romero y de otros religiosos, marchó á Córdoba á principios del año 1608. Por donde quiera que iban, salían á su encuentro los indios convertidos á la fe católica por los Padres de la Compañía, llevando la cruz alzada y cantando el Catecismo, ofreciéndoles con suma alegría aquellos obsequios que su pobreza les permitía. El P. Diego de Torres les regalaba a su vez algunas baratijas, que allí son muy apreciadas, de las que se había provisto.

Los ciudadanos de Córdoba tenían hecho un arco de triunfo por el cual debían pasar los misioneros al entrar en la población; mas éstos, sabedores de tales preparativos, aceleraron el paso y entraron sin que nadie los viera en nuestra casa que estaba al cuidado del Padre Juan Darío. Al ver el P. Torres lo cómodo y espacioso del edificio, acordó establecer allí el noviciado de la Compañía, y poner á su frente al P. Romero; acabados los incidentes á que esto dió lugar, determinó celebrar Congregación provincial. Era reciente la fundación de la provincia, y sin contar los Padres llegados del Perú, había catorce religiosos en el Tucumán, Chile y Paraguay, distribuidos en cuatro residencias; y como ninguna, excepto la de Chile, tenía la consideración de Colegio, en ella se convocó la Congregación anunciada.


CAPÍTULO X

CELEBRACIÓN DE LA PRIMERA CONGREGACIÓN PROVINCIAL.


Se dirigió apresuradamente el P. Diego de Torres con pocos religiosos profesos de cuatro votos á la ciudad de Santiago, metrópoli del reino chileno, distante de Córdoba ciento cincuenta leguas. El camino por donde fueron atraviesa primero una llanura de cien leguas, y pasada, se alza la cordillera de los Andes, que empieza en el istmo de Panamá y se extiende por Nueva Granada, Quito, el Perú y Chile hasta el estrecho de Magallanes; divide la América en dos regiones, como á Italia los Apeninos. Sus cumbres son tan altas que con trabajo suben á ellas las aves. Para pasar del Tucumán y el Paraguay al Perú, hay varios sitios accesibles; mas para ir á Chile tan sólo se conoce un camino, transitable únicamente en verano; lo restante del año está obstruído por las nieves y los torrentes; el frío que hace allí es intenso. Dicen que lo descubrió el rey inca Tapú, Aníbal del Nuevo Mundo, cuando llevó sus ejércitos desde el Perú á Chile. Las tempestades son allí tan frecuentes como peligrosas; la estrecha senda queda obstruída con los peñascos que se desprenden, y más de una vez acontece que los viajeros caigan á los precipicios con las bestias en que cabalgan. A la parte más alta no llegan las nubes, y es tan grande el frío que hace y tan pequeña la densidad del aire, que se cae la piel del rostro y manos á los caminantes, la luz que reverbera en la nieve irrita los ojos y produce una ceguera por algún tiempo, con no pequeño dolor; los transeúntes se ven con frecuencia rodeados de fuegos fatuos que serpentean por la atmósfera, y aunque se tapan con ropas, experimentan grandes sustos los que desconocen tales fenómenos. Los indígenas atribuyen esto á los demonios; los hombres de ciencia dicen que se trata de la substancia de rayos y truenos, la cual acude, comprimida por el hielo, al cuerpo humano y al de los animales en busca de calor; sea cualquiera la causa, es lo cierto que muchos se aterran con dichas llamaradas. Es admirable que los ciervos, las cabras, las liebres y otros cuadrúpedos vivan en aquellas cumbres lo mismo que en amenos campos, en lo que se echa de ver cómo la naturaleza coloca las cosas de sumo valor en parajes casi inaccesibles, pues en aquellas crestas hay guanacos que tienen codiciadas piedras bezares. Pasadas estas alturas, el P. Diego de Torres llegó con sus compañeros á Santiago á fines de Marzo, cuando ya estaban allí el P. Diego González Holguín y los que con él iban por mar. Ocho fueron los religiosos que se reunieron, sin contar el Padre Provincial, contentos con ser tan pocos, pensando que eran menos (seis solamente) los profesos que celebraron la primera Congregación provincial de la Compañía en la América meridional. Por unanimidad resolvieron que el P. Juan Romero, prefecto del Tucumán y el Paraguay antes de que estos países formaran una provincia, fuese de procurador á Roma, y que el P. Marcelo Lorenzana fuera su sustituto por si algo impensado sucedía. Tratóse después de consolidar la nueva provincia; se acordó que los estudios se hicieran en el Colegio de Chile y que los Padres se establecieran en aquellos lugares que más á propósito fueran para la conversión de los indios y el bien espiritual de los españoles. Por último, escribieron al rey Católico y al P. Aquaviva, solicitando la ida de cuantos misioneros pudieran enviar, pues aún había innumerables gentiles que bautizar. Acabada la Congregación, partió cada uno al sitio que se le había señalado.


CAPÍTULO XI

LLEGAN NUEVOS RELIGIOSOS DE EUROPA Á LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.


Resolvió el P. Torres quedarse aquel año en Chile, y dió facultades al P. Juan Romero para que antes de embancarse en Buenos Aires con dirección á España, fundase en dicho puerto un Colegio, si llegaban de Europa los misioneros prometidos. No hubo que esperar á éstos mucho tiempo; pronto supo el P. Romero que habían entrado en Córdoba ocho religiosos enviados espontáneamente por el General de la Orden á expensas del rey Felipe III, quien se interesaba en extremo por la prosperidad de la Iglesia en América. Marchó á dicha ciudad, donde los recibió obsequiosamente y les asignó el lugar en que habían de ejercer su ministerio. Los PP. Simón Mazeta (1), napolitano, ilustre en los Anales de la Compañía; Francisco de San Martín, toledano, y Antonio Jordán, todos sacerdotes, fueron al Paraguay á fin de aprender el idioma guaraní; los PP. Mateo Esteban, presbítero, y Antonio Parrici, lego italiano, recibieron orden de ir á la capital del Tucumán. En Córdoba quedó el hermano Andrés Pérez; el P. Romero se dirigió á Buenos Aires con los PP. Francisco del Valle, que había estado al frente de sus compañeros durante la navegación, y Antonio Macero, ambos clérigos de Ordenes mayores. Habiendo llegado, encontraron que el gobernador y autoridades estaban dispuestos en su favor. Para que se vea cuánto aprovecharon la prudencia y buen consejo en la fundación del Colegio de Buenos Aires, hablaré algo nuevo de este suceso.


CAPÍTULO XII

ESTABLÉCESE LA COMPAÑÍA EN EL PUERTO DE BUENOS AIRES.


La fortaleza de Buenos Aires, dos veces fundada, fué otras tantas destruída, pues la peste y otras calamidades casi extinguieron los primeros colonos del Río de la Plata. Mas luego que el estado de las cosas mejoró en el Paraguay y el Tucumán, teniendo en cuenta las ventajas de aquel sitio por la naturaleza del país, la abundancia de pesca y el ser punto de tránsito para ir por tierra al Perú, Chile y Paraguay, Juan Garay edificó una población en el año 1580, donde se alzaba el antiguo castillo; le dió el nombre de la Trinidad; con la protección del gobernador Juan Ortíz de Zárate trabó algunos combates con los indios. El puerto de Buenos Aires, aunque cerrado por disposición del monarca, es visitado por muchas naves que llevan mercancías del Brasil, Africa y Europa, con pretexto de refugiarse huyendo de las tempestades ó de los corsarios. Expórtanse de allí pieles de buey curtidas y carnes endurecidas al sol, pues el país contiene abundantes pastos á propósito para alimentar rebaños de ganado vacuno y de otros animales. La inmensa región situada entre los treinta y cinco grados de latitud austral y los montes de Chile límites del Tucumán, se halla poblada por innumerables caballos salvajes; de tal manera se han multiplicado los cinco caballos y dos yeguas que fueron llevados de España. Los toros, en manadas considerables, recorren el desierto. Hay también muchos avestruces y un animal semejante á la liebre, aunque más pequeño y de piel manchada; no se conoce otro tan manso como éste; no huye de la gente y se deja acariciar; pero tiene la malicia de la zorra, porque luego arroja una orina tan fétida que si salpica con ella los vestidos los llena de manchas que no se quitan con agua ni lejía. No hay que fiarse de hermosuras mal olientes, cuyo hedor apenas se limpia derramando copiosas lágrimas. Críanse otros géneros de fieras. En cuanto á las costumbres de los hombres son éstas: viven separados y errantes por vastísimos campos; que antes fueron numerosos, lo prueba el que al fundarse el castillo de Buenos Aires mataron é hirieron á dos mil españoles; siempre han sido terror de los colonos por las horribles armas que usan por su disforme cuerpo; los que habitan hacia el estrecho de Magallanes son tan altos que los europeos les llegan nada más que á la cabeza, y aun á medio cuerpo solamente; con razón son llamados gigantes. Para hacer ostentación de su valor tragan saetas, y pasado mucho tiempo se las sacan sin daño alguno. En las batallas atan á cuerdas piedras como un puño de grandes y las arrojan con las cuerdas después de darles vueltas en el aire, contra lo que acostumbran los honderos; con ellas causan tan graves heridas que los huesos quedan molidos y de un golpe derriban un caballo y su jinete. Pero ya sea que se retiraron al interior del país, ya que hayan perecido en los combates, lo cierto es que hoy son pocos; no tienen casas, y van errantes hombres y mujeres por donde hallan caza; se alimentan casi de vegetales, se visten con pieles y su lecho es el suelo. A lo sumo, se defienden del frío, del calor y de las fieras en chozas construídas con heno y palos; duermen en el sitio que les sorprende la noche, siempre desterrados y sin patria. Casi ninguna religión tienen ni se ocupan de adorar á Dios. Después de la muerte creen que van al seno de éste. Derraman llanto abundante cuando les nace un hijo, porque, según ellos, éste empieza á morir aquel día; en los funerales de los parientes, en vez de llorar, se hacen sangre con incisiones. Guardan cuidadosamente los restos de sus antepasados, y la ofensa que vengan con más furia en sus guerras y tumultos es que les digan haber perdido los huesos de sus padres. Cuando muere un cacique degüellan los esclavos que tenía á fin de que en el otro mundo le sigan sirviendo. Aun después que los españoles penetraron en las tierras de estos indios, muy pocos se habían convertido á nuestra fe. Teniendo en cuenta que Buenos Aires era una ciudad frecuentada por multitud de navegantes y de mercaderes que se dirigían á Chile, Perú, el Tucumán y el Paraguay, nadie dudó de que la Compañía, al establecerse allí, sacaría abundante fruto. El P. Juan Romero adquirió una finca, merced al gobernador y á otras autoridades; después se embarcó para España y dejó encargados á los PP. Francisco del Valle y Antonio Macero que procurasen complacer en todo al gobernador, amante de la Compañía, y á los ciudadanos en general, como en efecto lo hicieron con diligencia y sin intermisión de tiempo. No menos activos se mostraban por entonces los misioneros del Tucumán y el Paraguay, predicando en pueblos y campos el Evangelio.


CAPÍTULO XIII

LO QUE HICIERON LOS PADRES DEL COLEGIO DE LA COMPAÑÍA EN CHILE.


Ponía el P. Torres todo su empeño en que se hicieran entradas á los países infieles; aunque tenía pocos misioneros con ánimo resuelto acometió en Chile varias empresas por mar y tierra. Lo primero que llevó á cabo fué ordenar el Colegio de Chile, cuyos religiosos trabajaban felizmente dentro y fuera de la ciudad, con tal fruto, que excepto la inmoderada codicia de quienes oprimían á los indios con pesados servicios, casi nada podía reprenderse á los chilenos, gente que hasta hacía poco estaba corrompida por la amenidad y riqueza del país. A fin de ahuyentar los vicios y consolidar las virtudes, acordó con prudencia el Padre Torres que en todas las ciudades en donde residía la Compañía, se construyese una ermita consagrada á Nuestra Señora de Loreto. Ayudaron á esto los habitantes de la ciudad, y en especial D. Fernando Gallego de Talavera, Oidor real y después gobernador, quien fué de puerta en puerta pidiendo dinero para dicha obra pía, y no paró hasta recoger tres mil escudos; sus hijas, émulas del celo paterno, regalaron los ornamentos que estaban bordados primorosamente y no valían menos de dos mil pesos. La Reina de los Cielos recompensó tales beneficios con otros infinitamente mayores; muchos enfermos que oraron ante su imagen recobraron la salud. Es notable este caso: cierta española fué arrojada al agua no sé con qué motivo por sus compatriotas; se encomendó á la Virgen, y por espacio de dos horas luchó con las olas, hasta que viendo sus enemigos el prodigio, y arrepentidos de lo hecho, la sacaron: fué derecha al templo y dió gracias á María. Los autores del delito atestiguaron el milagro, añadiendo que más poder tenía la Virgen para salvar la víctima que ellos para matarla. Los religiosos del Colegio no tan sólo recorrieron los lugares próximos á la ciudad, sino que fueron á los valles de Quillota, Singa y Conotomé, distantes algunos días de camino, donde había numerosas granjas de españoles y aldeas de indios; allí enseñaron el Catecismo, bautizaron á los gentiles, confesaron á muchos, congregaron los que andaban dispersos y abolieron las supersticiones; en una palabra, recogieron mies abundante. Cierta mujer cristiana que se fingió idólatra con objeto de amancebarse, parió en dos ocasiones una víbora y una terrible masa parecida á un escuerzo; asustada con tales portentos, se arrepintió. Con esto acabo de contar las ocupaciones habituales de los Padres, que consistieron todos los años casi en lo mismo: en doctrinar, mantener los pobres y en otros oficios piadosos; constan en las cartas ánuas difusamente, y no quiero cansar á los lectores con su repetición. Ahora voy á tratar de las expediciones que por mar y tierra se hicieron á Chiloé y Arauco.



CAPÍTULO XIV

MISIONES DE LOS PADRES JESUITAS EN ARAUCO.


Después que los araucanos dieron muerte al gobernador D. Martín Loyola y devastaron las ciudades de la parte austral, se comenzó entre ellos y los españoles una guerra atroz y larga; Chile quedó dividida en dos partes: la una, rica en yacimientos de oro, que se extiende desde los treinta y siete grados de latitud meridional hasta el estrecho de Magallanes, habitada por los indios rebeldes; la otra, que limita con el Perú y el Tucumán, sometida á los españoles. Para contener el ímpetu de los bárbaros se construyeron en las fronteras de ambas algunos fuertes; el principal, situado en el valle de Arauco no lejos del mar, á los treinta y seis grados de latitud, estaba defendido por quinientos soldados españoles y buen número de indígenas. Otros castillos había en el país de Jumbel á orillas del Biobío, y los guarnecían seiscientos españoles y muchos indios fieles. Cerca de ellos vivían los bárbaros en pequeñas aldeas, sometidos á los conquistadores por la fuerza ó espontáneamente. Tanto las costumbres de unos como las de los otros, eran en alto grado reprensibles. En primer término, porque á tan apartadas regiones concurrían los soldados más libertinos, llevados por la codicia de metales preciosos ó con intento de robar, pues allí quedaban generalmente impunes los delitos; si algunos hombres buenos militaban entre ellos, se corrompían por el ejemplo y por las circunstancias de aquel país, pues el reino de Chile, por su fertilidad, inclina á la molicie y los placeres. Añádase á esto la falta de enseñanzas piadosas por no haber predicadores, ni libros espirituales, ni santos ejemplos que ver; así que la virtud fué reemplazada por los bailes, las bromas, la opresión de los indios, las comilonas y sus consecuencias, la falta de pudor y los placeres deshonestos. Aún era peor el estado de los indígenas, consagrados noche y día á ritos nefandos y menospreciadores de nuestra religión, efecto de la obstinación ó del temor á la servidumbre. El P. Torres, que dotado de ánimo elevado deseaba las más difíciles empresas, se decidió á que la Compañía ejerciese su ministerio en aquella región corrompida. Todos los jesuitas ambicionaban ir allí para sufrir molestias sin cuento; fueron escogidos los PP. Horacio Bech, italiano, varón de excelentes condiciones de alma y cuerpo y celoso por salvar las almas; Martín Aranda, que sabía á la maravilla el idioma araucano antes de que la Compañía se estableciera en Chile, y Francisco Vázquez Trujillo, Rector del Colegio de Santiago, que iba al frente de la expedición. Tan luego como llegaron á la ciudad de la Concepción, distante ochenta leguas, el gobernador les ofreció su casa, construída en la plaza, á fin de que morasen en ella, y ordenó que fuesen mantenidos á costa del erario público. Ya en Arauco y bajo el patrocinio del gobernador, hicieron en el palacio de éste, con ayuda de la guarnición, una elegante capilla, y al momento con suma prudencia comenzaron á curar los males espirituales de los soldados; su conducta moderada y suave dió más felices resultados que si reprendiesen con acrimonia los vicios, pues habrían cerrado la puerta á la saludable medicina. No se dirigieron desde luego á todos, no fuera que por esto á ninguno mejoraran; eligieron unos pocos y formaron una congregación dedicada á la Virgen de Loreto, que lentamente se hizo numerosa. En cuanto á las reglas de la cofradía, las atemperaron teniendo en cuenta la condición de los soldados, con objeto de que la demasiada severidad no los apartase de cumplir los oficios piadosos. Les pareció que por entonces bastaba con obligarles á apartarse de las concubinas, de perjurar, de los juegos, de pecados mortales y á que se confesaran. El ejemplo de los menos movió el ánimo de los restantes, quienes resolvieron confesar y comulgar todos los meses, oír misa cada día, una plática por semana y escuchar de cuando en cuando conversaciones edificantes. Ya que con estos ejercicios gustaron la dulzura de la piedad, creció de un modo admirable la devoción. Todos concurrían á los oficios sagrados, adornaban con flores la imagen de María, se disciplinaban, maceraban el cuerpo con ayunos, pasaban largas horas en oración, daban sus bienes á los pobres, y en vez de cánticos obscenos entonaban alabanzas de la Virgen; en tales ocupaciones se ejercitaban con emulación por agradar á la Reina del cielo. Hubo quienes ayunaron cuatro veces por semana, y durante quince días se alimentaron de pan y agua; aún más: algunos, para sujetar á la razón el cuerpo, pasaban un día y su noche sin comer ni dormir absolutamente nada; otros recogían limosnas que dar á los pobres; alguien ofreció, si le dejaban, marcarse con un hierro candente en el rostro á imitación de los esclavos antiguos, en señal de consagrarse á María; uno prorrumpió en las siguientes palabras: « ¡Oh Padres! ¿Qué cambio es éste? Antes éramos los peores de los hombres, y desde que nos predicáis, no sabemos qué es jurar, quitar la fama ni ser lascivos.» Tal mudanza se obró en las costumbres, que la cofradía de Arauco fué el semillero de donde la Compañía tomó los coadjutores temporales para la provincia del Paraguay, y más de uno mereció los elogios del P. Nieremberg. Los demás soldados se animaban con el ejemplo de los congregacionistas y con la virtud de los misioneros, quienes, ayudados por el Señor, lograron resultados admirables. Cierto soldado que cantaba en su habitación cosas obscenas se acordó de un compañero suyo muerto sin confesión; pensando en esto, se le apareció un espectro semejante á la muerte tal cual la pintan, con el cual luchó hasta que las fuerzas le faltaban; imploró el auxilio de Jesucristo, pero en vano; volvió su mente á María y fué socorrido, pero quedó tan aterrado, que no habría podido seguir resistiendo si la imagen de San Ignacio no ahuyentase el fantasma. Para remedio de sus males confesó los delitos que había cometido y luego ingresó en la cofradía. Pasó por alto muchas otras cosas que ocurrieron mientras los PP. Bech y Aranda estuvieron entre los españoles, en Arauco y otras fortalezas; así como por la misericordia divina soy impulsado á labrar la felicidad de los indios, mi voluntad me lleva con preferencia á contar los sucesos de éstos.


CAPÍTULO XV

DESCRIPCIÓN DEL ARAUCO Y COSTUMBRES DE SUS HABITANTES.


El castillo de Arauco está situado en el valle del mismo nombre, del cual tomaron su denominación los rebeldes de todo el reino chileno, de igual manera que las provincias belgas son llamadas con una palabra que se aplica también á las holandesas y es propia de la de Flandes. Llevan fama los araucanos de ser más esforzados que todos los demás indios; impacientes por sustraerse á la dominación extranjera, por espacio de no pocos lustros han hecho gastar á los españoles mucho dinero y no menos sangre, de tal manera, que España, para conservar el reino de Chile, se ve precisada á mantener allí un buen ejército; lo mismo hace ésta en Europa con Flandes. El valle de Arauco es cuadrado, y cada uno de sus lados tiene veinte leguas; antes de la conquista se contaban en ella tres mil guerreros, vasallos de Tucapel, y la turba indefensa consiguiente; además Ongol mandaba cuatro mil soldados; Cayeculienpic, tres mil; Paicavi, otros tantos; Millarapuc, cuatro mil; Levo, Pure y Limoya, seis mil cada uno; Levopi y Galén, mil; varios caciques disponían de fuerzas menores. Estaba sobre todos ellos, por su autoridad y poder, Petuguitu, á quien obedecían seis mil hombres. Saliendo del valle de Arauco y pasando el río Biobío, la población era más densa y sometida á los españoles, á lo menos en apariencia, espontáneamente ó forzada por el miedo. Quisieron los jesuitas averiguar el número de los indios enemigos, mas nada sacaron en limpio. Son los araucanos de constitución robusta , y, á pesar de los vicios en que viven, tienen no pequeña aptitud para la guerra y los trabajos agrícolas. Cada uno usa durante toda su vida el género de armas que eligió siendo niño, y no puede tomar otras, á fin de evitar que con la mudanza en ninguna adquieran destreza. Están divididos en tribus, y cuando sobreviene la guerra contra los adversarios comunes, se reúnen en consejo los caudillos. Lo que éstos acuerdan en tres días, que pasan banqueteando, es irrevocable, como sucedía entre los galos. A los que se distinguen por sus proezas bélicas les dan condecoraciones. Según atestigua Lipsio en sus Ejemplos políticos, los araucanos elegían por generales á los hombres más forzudos, probándolos en llevar á cuestas grandes leños mucho tiempo, y el que no desfallecía era considerado digno de gobernar al pueblo. Esta necedad ha caído en desuso; actualmente, acostumbrados ya á luchar con los europeos, consideran que los generales deben ser entendidos en las cosas de la milicia, del mismo modo que valientes los soldados. Aunque los españoles, antes de que la rebelión estallara, habían ocupado casi todo el país, pocos indígenas recibieron los Sacramentos. El empeño de algunos particulares en vejar los indios constituía un obstáculo á la propagación del Evangelio, y otro no menor la corrupción de los conquistadores. Además de esto, sucedía que los chilenos, por el temor de la guerra, vivían en lo más alto de las montañas, no juntos, sino dispersos en pequeños grupos, de modo que era sumamente difícil enseñarles los dogmas cristianos. Añádase el que tenían varias concubinas los principales del pueblo, y esta costumbre deshonesta inveterada los apartaba de la verdad. La autoridad de los caciques es tan grande, que, contra su voluntad, inútil sería procurar la conversión de sus vasallos. La plebe, no tan sólo pasaba los días enteros en comilonas y la crápula, sino que invitaba á sus vecinos para que hicieran lo mismo, de manera que á veces se reunían en un banquete dos y tres mil bárbaros, en los que, presidiendo Satanás, se cometían infinitas liviandades. Tenían la idea de que el Bautismo producía la muerte, á causa de que los misioneros, viéndolos tan viciosos, solamente se lo administraban á los gravemente enfermos, los cuales casi siempre perecían. Finalmente, dificultaban también la propagación del cristianismo, el sobresalto de las guerras, los magos, muy numerosos, y la conciencia de no pocos indios manchada con execrables pecados.


CAPÍTULO XVI

SON EVANGELIZADOS LOS ARAUCANOS.


Una vez que los religiosos mejoraron el estado espiritual de los españoles, se prepararon á vencer inmensas dificultades, y lo primero que intentaron fué procurar que bastantes caciques se pusieran al habla con ellos. Conseguido esto, expusieron los jesuitas los misterios de la religión y la causa de su ida, y en seguida el indio Libipango habló en nombre de sus compañeros; con voz descompasada pronunció un discurso oponiéndose al intento de los Padres, alegando que, con pretexto de la fe cristiana, los jesuitas eran los portaestandartes de la servidumbre y de sus infortunios. Hizo una reseña de las vejaciones que habían sufrido los araucanos, y prorrumpió en insultos contra los sacerdotes. El P. Martín Aranda, que hablaba á la maravilla el idioma chileno, después que se captó la benevolencia y a atención de los caciques, les rogó que pensaran detenidamente el negocio, no fuera que por la obstinación perdiesen una ocasión en extremo favorable; que no atribuyesen á toda la nación española, insigne por su piedad, la insolencia de unos pocos; que no despreciasen la paz cristiana por seguir celebrando banquetes y borracheras; que si querían, él los defendería ante el rey Católico y sus ministros, de las injusticias cometidas contra ellos; dirigiéndose á Libipango, más feroz que ningún otro cacique, le exhortó á no provocar la ira del Señor. Protestaron los indios, y sin convenir en nada, se disolvió la junta. Juzgando los Padres que los buenos ejemplos tenían más fuerza que todos los discursos imaginables, comenzaron á mostrar sus costumbres y virtudes evangélicas, y con tal argumento lograron mucho. La fama de su santidad corrió por el país, y los bárbaros quisieron poner á prueba la castidad de los religiosos; con nada lograron hacerles pecar, aunque echaron mano de sus artes y dolos, incluso el enviarles mujeres que los provocasen á placeres lascivos. Viéndolos tan moderados, Libipango se presentó á ellos de improviso, y pidiéndoles perdón de su conducta anterior, ofreció no oponérseles en lo sucesivo. Atraído ya Libipango, solicitaron los misioneros celebrar otra entrevista con los caciques; acudieron de éstos sesenta, y al retirarse iban ya dispuestos á recibir la fe católica. Algunos, á decir la verdad, no hacían sino engañar á los Padres con falsas promesas, pues cuando éstos iban á sus pueblos nada conseguían sino el permiso de bautizar los moribundos. Viendo los jesuitas que ningún fruto sacaban, opinaron que lo mejor sería, con autorización del gobernador, congregar en los pueblos los indios que andaban dispersos por el campo, pues de este modo sería más fácil instruirlos en las verdades cristianas, é hicieron cuanto les fué posible para lograrlo. Favoreció tales designios el gobernador del castillo de Arauco, y los habitantes de muchas aldehuelas fueron establecidos en veinte lugares; muy luego quinientos indios solicitaron ser doctrinados en los templos que los Padres habían construído. Escribiendo de esto el Padre Bech al Provincial, decía que todo lo encontraba dispuesto en su favor, y que si las esperanzas no salían fallidas, en breve recibirían el Bautismo millares de gentiles. No se dudaba de que andando el tiempo y con paciencia se alcanzarían resultados admirables; mas todo lo trastornó la fuga de los indios á sus escondrijos de antes, á causa de las vejaciones que tantas veces hemos condenado. Un remedio quedaba para la conversión de aquella gente, y era construir en sus aldeas capillas y que los Padres las visitasen á menudo; pero se opuso el nuevo gobernador de la fortaleza, enemigo de la Compañía. No hubo más recurso que improvisar un altar y capilla portátiles y verificar en los campos la catequesis con algún provecho de las almas. Pero el demonio, con sus malas artes, por medio de algunos que no llevaban á bien el que defendiéramos á los indios contra sus opresores, esparció entre el vulgo el rumor de que los araucanos estaban próximos á rebelarse de nuevo, efecto de predicar los misioneros el Evangelio, al cual se oponían. Tal crédito se dió á la noticia, que por espacio de siete meses el gobernador prohibió á los religiosos salir del castillo. Refutada la calumnia, ésta se volvió en daño de sus autores, y las tareas interrumpidas fueron continuadas. Las vejaciones experimentadas por los jesuitas hicieron crecer la reputación de éstos entre los araucanos, y ya los gentiles se les acercaron con más confianza; tengo averiguado que en varias excursiones algunos centenares de personas recibieron el Bautismo in articulo mortis. Más aún se consiguió con los niños. Cierta mujer pagana vió que el alma de un hijo suyo acabado de morir hecho cristiano volaba á los cielos, y ella se convirtió para seguirle al Paraíso. Mientras un Padre se ocupaba en bautizar los indios, fué distraído por una mujer que, con hallarse buena, rogaba que le administrase el Sacramento sin tardanza; hízolo así el misionero, le puso el nombre de María y al momento espiró la neófita. Siempre estaban en movimiento los religiosos: ya iban á las apartadas fortalezas de los españoles, ya á las aldeas indias por montes escabrosos, por peñascos y atravesando ríos, acompañados de pocos soldados, que mal habrían resistido el brusco ataque de los adversarios. Abrumados con el trabajo, escribían al Provincial diciendo que diez misioneros serían insuficientes para aquella empresa; que llamase jesuitas del Perú y Europa, aunque los Colegios quedasen con pocos Padres, pues si era dado apartar los obstáculos que había, innumerables gentiles se harían cristianos. El gobernador de Chile, en carta escrita al rey Católico, decía que dos jesuitas solamente le parecían más aptos y poderosos para someter los rebeldes y confirmar á los fieles en su amistad, que todo un ejército, y le rogaba que diez religiosos viviesen en las fronteras enemigas á expensas del Erario público, cosa que sería muy útil. Al virrey del Perú le pidió que procurase fueran enviados algunos jesuitas de los que había allí, versados en el idioma chileno, para que ejerciesen su ministerio entre los araucanos. Pero á decir la verdad, parecía que muy poco se adelantaría mientras no se pusiera coto á las vejaciones de que eran víctimas los indios, y á ello se aplicó la Compañía con todas sus fuerzas.


CAPÍTULO XVII

NAVEGAN LOS JESUITAS Á LA ISLA DE SANTA MARÍA.


Siendo pequeño el continente para el ardor de los misioneros, pensaron éstos en evangelizar las islas próximas. La de Santa María, que es pequeña, dista del litoral quince millas y está situada frente al castillo de Arauco. Sus habitantes, en parte gentiles y en parte neófitos, carecían de sacerdotes cristianos que los doctrinasen, efecto de lo cual todos, sin diferencia de religión, tenían varias mujeres y recibían frecuentemente las inspiraciones de Satanás; los cristianos y los paganos en nada se distinguían sino en el nombre. Allí fueron los Padres Bech y Aranda, y después que con grande trabajo hubieron reunido toda la gente en un lugar, les dirigieron un grave discurso haciéndoles ver la necesidad en que estaban los fieles de recobrar la gracia y los idólatras de profesar la verdad. Interrumpió la oración un hombre muy respetado entre los suyos, llamado Pedro Ternande, bautizado no sé con qué motivo, pero en realidad gentil de corazón; acusó á los Padres de ir á desterrar las primitivas costumbres del país; añadió á voces que se opondría á la predicación del cristianismo, pues sus vasallos adoraban al dios Quequebú, y que no hacían falta nuevas ceremonias que reemplazasen á las antiguas. Investigaron los jesuitas cuáles eran las ceremonias de los isleños en punto á religión, y averiguaron que todos celebraban en tiempos determinados una reunión denominada Requeto, en la cual, después de embriagarse, elegían sacerdotes, consultaban al demonio y mezclaban sacrílegamente las cosas torpes con las divinas. Como al P. Aranda se consumía por la gloria del Señor, irritado por semejantes insultos al Creador y por la apostasía de los cristianos, sin hacer caso del peligro á que se exponía, prorrumpió en estas palabras: «¡Oh Ternande! no te daré el nombre de cristiano, porque habiéndote hecho amigo de Dios por el Bautismo, lo has despreciado para reconciliarte con el diablo; yo te digo que sin asustarme de nada, jamás permitiré que practiques tus ritos nefandos.» Como replicara el indio que contaba con el permiso del gobernador chileno, el P. Aranda le amenazó con la cólera de los españoles, y escribió á dicho gobernador para que en adelante no permitiese la celebración del Requeto, que los bárbaros, mintiendo, le habían dicho ser una asamblea política y nada más. Muy pronto se convirtieron ciento sesenta gentiles, que fueron bautizados; los neófitos recibieron la Penitencia por vez primera en su vida; arrojadas las concubinas, cada uno tomó esposa legítima; los dogmas de la Iglesia sustituyeron á las creencias supersticiosas; introdujéronse las preces y costumbres cristianas. En cuatro meses de increíbles fatigas, los misioneros arrancaron la isla del poder diabólico y la consagraron al Señor, de tal manera que al retirarse quedaban extirpados los errores y la embriaguez. En otra excursión convirtieron cien personas, unas forasteras y otras de aquella tierra, algunas de las cuales solicitaron el Bautismo por no verse privadas como perros de oír el sacrificio de la Misa. Las  CARTAS ÁNUASde la Compañía, demuestran que en lo sucesivo la piedad floreció en la isla de Santa María; no hablo más de esto, pues voy á tratar del viaje de los jesuitas á la isla de Chiloé, situada en el Océano Pacífico.


CAPÍTULO XVIII

LA COMPAÑÍA SE ESTABLE TEMPORALMENTE EN LA ISLA DE CHILOÉ.


Chiloé, apéndice marítimo del reino chileno, tiene de longitud cincuenta leguas y siete de anchura; es su forma la de un brazo encorvado, en vez de ser cuadrada, como afirmaban en otro tiempo los geógrafos. La parte meridional dista poco del continente, del que la separa un estrecho, y penetra en un golfo, cual si no quisiera apartarse mucho de la tierra firme; la septentrional se dirige hacia el interior del Océano. Toda ella es montuosa y desigual; en bastantes sitios pantanosa y expuesta á fríos rigurosos, como situada en los cuarenta y tres grados de latitud austral. En medio del estío soplan á veces vientos helados, lo mismo que en invierno, y se oponen á que los frutos lleguen á debida sazón. A poco que se escarbe se encuentra una arena rojiza y seca, inútil para la vegetación. Sin embargo, hay árboles tan corpulentos que de uno se podían hacer muchos, según atestigua Ovall. Lo que resulta inútil para el arado se destina á plantaciones. Dada la esterilidad del suelo y la inclemencia del cielo, el país es miserable; de manera que una raíz insulsa que se cultiva produce tan sólo cinco veces la simiente. Al Norte de la isla, algunos españoles, huyendo de las ciudades saqueadas por los rebeldes araucanos, habían fundado el pueblo de Castro. Los ingleses lo devastaron en el año 1600 y no quedaron más que treinta ciudadanos. En otra isla vecina que luego describiremos, había una fortaleza guarnecida por ochenta soldados españoles, quienes, careciendo de lo necesario, molestaban no poco á los indefensos naturales del país. Estos vivían solamente de lo que produce el mar, así que residían en la costa antes de que llegasen los europeos; luego, temerosos de vejaciones, se retiraron al interior, y viviendo en montañas escarpadas compraron su libertad á costa de suma pobreza. Llevaban cubiertas las partes vergonzosas con una red de conchitas engarzadas; lo demás al aire. Cuando la isla fué descubierta contaba quince mil familias. Cada año enviaba el gobernador de Chile un buque que llevase á los españoles lo que necesitaban; nadie iba á Chiloé sino en tal ocasión. En aquellas islas se usan barcas hechas de tres tablas cosidas con cuerdas bastas y tapadas las rendijas con corteza de árboles macerada. Nunca se va en tales embarcaciones, llamadas piraguas, sin grande riesgo. Mayor todavía lo ofrecían los chilenos sublevados, frente á cuya costa se hallan dichas islas. Teniendo en cuenta los peligros del mar y de los rebeldes, unidos á la áspera condición de cielo y tierra, no es de extrañar que tales islas sean el último rincón del mundo y la mansión de la indigencia. Mas esto mismo aguijoneaba la voluntad de los misioneros, deseosos de padecer trabajos por dilatar el imperio de Cristo.


CAPÍTULO XIX

EJERCEN SU MINISTERIO LOS JESUITAS EN EL PUEBLO DE CASTRO.


Fueron á la isla de Chiloé los PP. Melchor Vanegas, á quien el P. Nieremberg comparó con los más notables de la Compañía, y Juan Bautista Ferrusino; iban enviados por el Padre Diego de Torres. Luego que por mar y tierra hicieron desde la capital de Chile un viaje de doscientas cincuenta leguas, llegaron á Castro y fueron benévolamente recibidos por los españoles. El gobernador de las islas les dió una casa en la que se instalaron; arreglaron una capilla y en seguida comenzaron á purificar las conciencias mediante la confesión; después se dedicaron á la enseñanza de los indígenas. Algunos sacerdotes seculares habían opinado que éstos eran incapaces de recibir los Sacramentos y así los tenían descuidados, por lo cual muy pocos recibieron otro Sacramento sino el Bautismo. Los jesuitas en cuatro meses doctrinaron á los indios, de manera que éstos llegaron á saber tanto como sus dueños: apenas aprendieron los dogmas cristianos, no solamente confesaron, mas también con admiración de los españoles se acercaron á la mesa del altar. Devoción tan grande mostraba aquella gente, que antes de amanecer acudían a los Padres, quienes no tenían tiempo siquiera de comer, ni punto de reposo; aprovechándose los misioneros de tan felices disposiciones como veían en los isleños, hicieron de ellos cuanto quisieron. Los concubinatos fueron trocados en matrimonio; ratificadas las uniones contraídas por la violencia y, por lo tanto, nulas; ninguno dejó de perdonar las injurias, y los mismos dominadores, conmovidos con tales ejemplos, trataron más blandamente á sus vasallos, los hombres más desgraciados del mundo. Finalmente, de toda la isla fueron llevados los muchachos á los religiosos con objeto de que éstos les enseñasen la doctrina católica, y ellos á su vez la comunicasen á sus compatriotas.

 

CAPÍTULO XX

RECORREN LOS JESUITAS LA ISLA DE CHILOÉ; FRUTO QUE SACARON DE SUS MISIONES.


Después que permanecieron los Padres cuatro meses en el pueblo de Castro, durante el mes de Julio se embarcaron en un esquife sin temor á las olas del Océano y visitaron las aldeas de la isla, que eran veinticinco. Sus habitantes no conocían de los sacerdotes otra cosa que las vejaciones; cuando supieron que los iban á visitar los jesuitas, cuya virtud conocían, los esperaron benévolamente y recibieron, ya que otra cosa no podían hacer, con arcos triunfales hechos de ramos; los jóvenes y las doncellas, á estilo de suplicantes, llevaban en la cabeza coronas de flores y delante una cruz adornada de igual manera, precediendo á los Padres. Todos ofrecían á éstos en canastillos ostras, peces, huevos y aves; recibieron en cambio agujas, alfileres, anzuelos, gargantillas de vidrio y otras cosas muy apreciadas por los indios; unos y otros experimentaban inmensa alegría que se traducía en lágrimas. Los misioneros se detuvieron cinco días en cada aldea donde predicaban en una capilla provisional; visitaban los enfermos; refutaban las supersticiones, penetrando en el centro de la isla y en sus más ocultos rincones; bautizaban á quienes se hallaban dispuestos, y á los restantes daban buenas esperanzas de concederles igual beneficio en otra expedición, si entonces lo merecían. Oyeron las quejas de aquellos infelices y prometieron intervenir con las autoridades á fin de evitar que los soldados los oprimiesen en adelante, afirmando que darían su vida por el bienestar de un solo indio. Los isleños, comparando las condiciones de los demás sacerdotes con la templanza y virtudes de los jesuitas, daban á éstos nombres amorosos, cuales eran los de padres y madres. Los consideraban como santos varones celestiales, y así les querían tributar honores que los religiosos rechazaban. Seis meses tardaron éstos en visitar la isla; bautizaron gran número de personas, autorizaron mil quinientos matrimonios, oyeron dos mil confesiones y exhortaron á todos á conservar la fe de Cristo. Después fueron á otra isla para ejercer su ministerio con los soldados españoles, y regresaron á Castro. Desde aquí se dirigieron por mar á los pueblos de la isla y obtuvieron copioso fruto. El gobernador, viendo lo útiles que eran los Padres, escribió al Provincial Diego de Torres rogándole que no privase á los indios de varones tan celosos.


CAPÍTULO XXI

VEJACIONES QUE EXPERIMENTÓ LA COMPAÑÍA

POR OPONERSE AL SERVICIO PERSONAL DE LOS INDIOS.


Era indudable que los esfuerzos hechos por los misioneros para propagar la religión católica, en el Tucumán, Chile y el Paraguay, ningún resultado favorable tendrían mientras ciertos particulares, movidos de la avaricia, obligasen á los indígenas á trabajar en pro de los dominadores. Tal consideración movió el ánimo del Provincial á procurar con empeño la ejecución de las Reales cédulas que se habían dado prohibiendo la dicha servidumbre. Explicaré en breves palabras lo que era ésta y cómo fué introducida; así se verá cuánta utilidad debía reportar su extinción á los intereses de España y de la Iglesia, y cuánta gloria al rey Católico. Acostumbrábase en América á premiar los méritos de algunas personas, dándoles autoridad sobre cierto número de indios, sometidos por la guerra ó por pactos, esto tuvo su comienzo á raíz del descubrimiento y aún dura. Era la intención de los monarcas, al sancionarlo, que los súbditos pagasen á sus encomenderos algún tributo moderado; y ciertamente que si éstos no abusaran, los intereses de la Corona y de la religión en América estarían más florecientes. Mas empezaron los encomenderos á oprimir á los indios y también á sus mujeres é hijos con pesados trabajos, impidiéndoles adquirir bienes y reduciéndolos a la miseria. Los trasladaron de sus aldeas á las quintas de los españoles, y los dedicaban á varias faenas sin recompensa alguna. En otras ocasiones los vendían, cubriendo esto con varios nombres y pretextos. Consecuencia de todo ello fué la sublevación de los chilenos y el odio que, tanto los calchaquíes en el Tucumán como los pueblos limítrofes del Paraguay, profesaban á los europeos. Oponíanse los indios tenazmente á someterse y convertirse al cristianismo, viendo en ambas cosas la pérdida de su libertad. Los ya bautizados abandonaban la fe y huían ó se escondían en parajes solitarios, prefiriendo vivir en ásperas montañas ó en sitios pantanosos, donde muchos morían, á sufrir el yugo de una dura servidumbre. El mal cundió por todas partes, y era más de temer porque alejaba de sí el remedio. Los gobernadores no ejecutaban las Reales cédulas de Carlos V y Felipe II, en las que se abolía el servicio personal de los indios, porque atendían más al lucro que á la misericordia, y se dejaban llevar por la corriente, reconociéndose impotentes para curar tan grave dolencia social. Así estaban las cosas cuando Felipe III, en el año 1600, á ejemplo de sus antepasados, dió una nueva cédula en que prohibía terminantemente el servicio personal. Por entonces supo el General Aquaviva que algunos españoles principales habían dado cierto número de indios á los Colegios de Chile y del Tucumán para que allí los emplearan en faenas domésticas; temeroso del escándalo escribió al Padre Diego de Tones, que aún estaba en Lima, á fin de que examinara el asunto con una Junta de teólogos, y si les parecía á éstos injusto el servicio, ordenaba que se dejase en libertad á los indios, pagándoles antes un salario equitativo por lo que hubiesen hecho. Pero la cosa estaba ya resuelta, una vez que el arzobispo de Lima, que era de la Orden de Santo Domingo, se había pronunciado en contra del servicio, considerándolo como ilícito. Además, el marqués de Monterrey y el conde de Montesclaros, ambos virreyes del Perú, graves religiosos de varias Ordenes y distinguidos jurisconsultos, procuraban la ejecución de las Reales cédulas mencionadas. Por lo cual, el P. Diego de Torres, después que estudió el asunto detenidamente y escuchó parecer de sus compañeros, viendo que la religión católica no haría grandes progresos ínterin no se aboliera el servicio personal, creyó que era tiempo de oponerse resueltamente á éste; así, mandó despedir los indios que estaban en el Colegio de Santiago, pagándoles su trabajo; unos cuantos ciudadanos hicieron lo mismo, por dar paz á su conciencia. No parece sino que entonces se dió la orden de empezar las hostilidades; muchos dueños de indios advirtieron á los Padres que atormentaban las conciencias más de lo justo con sus doctrinas rigoristas; la plebe imitaba á los encomenderos y odiaba como á enemigos de los intereses del Estado á cuantos condenaban el servicio de los indios. No faltaba quien decía que el rey no era quién para impedir una cosa como ésta, establecida por la costumbre y confirmada por los gobernadores. La Compañía se oponía con firmeza á tales doctrinas, y en todas las ocasiones defendía las Reales cédulas. En armonía con esto, negaban la absolución á cuantos no daban libertad á los indios y les resarcían daños y perjuicios, lo cual fué causa de que se crearan muchas enemistades. La persecución que experimentó la Compañía duró mucho tiempo, y se propagó por el Tucumán, Chile y el Paraguay. Esta, sin embargo, siguió prosperando, más esclarecida cuanto más odiada injustamente; levantándose de sus ruínas, se dispuso á derrotar el ejército de Satanás y poner la mayor parte del Nuevo Mundo bajo el yugo de Cristo y del rey Católico. En pocas palabras, después de las agitaciones con motivo del servicio personal de los indios, el P. Torres ocupó la provincia de Jujui, no obstante la oposición del infierno.


CAPÍTULO XXII

ESTABLÉCESE LA COMPAÑÍA EN LA CIUDAD DE MENDOZA.


La provincia de Cuyo, apéndice del reino chileno, está situada á la falda de los montes en la parte que miran al Tucumán; tiene de longitud doscientas leguas; su anchura varía; hay en ella tres poblaciones de poca importancia; su capital es Mendoza, que se halla al pie de la cordillera; la fundó Pedro del Castillo, quien en las guerras civiles del Perú fué abanderado y pudo huir de las manos de Pizarro. Le puso el nombre de Mendoza por ser entonces Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, el virrey del Perú, y lo conserva todavía. El bronce de esta ciudad es muy apreciado. La tierra ninguna cosa tiene de particular sino su extraordinaria fertilidad, debida al clima, que es cálido, y la abundancia de aguas que proceden de la nieve deshelada en los montes vecinos y riegan llevadas por canales: de este modo críanse cereales y vino suficientes para proveer las regiones próximas. Los días de verano son cortos porque el sol se oculta poco después de mediodía detrás de las montañas cercanas, tan altas que sus abruptos picos se esconden en las nubes. Hasta muy entrada la primavera es imposible pasar la cordillera, y aun entonces cuesta trabajo no leve y hay bastantes peligros. Los indios de aquel país, eran llevados todos los años desnudos y sin distinción de sexo á trabajar en provecho de los españoles en el interior del reino; muchos perecían entre la nieve, víctimas del frío, y otros perdían algunos miembros; bastantes se rendían al peso de la carga que llevaban como bestias. Graves fueron las razones que tuvo el P. Torres para establecer en Mendoza la Compañía; esperaba que aquellos desgraciados mejorarían de fortuna y que millares de paganos abrazarían el cristianismo. Además intentaba el bien espiritual de los españoles que allí residían y de los viajeros que iban desde Chile al Tucumán y viceversa. Añádase la generosidad de Lope Peña y su mujer Inés de León, quienes le ofrecieron dos censos anuales, muebles para la casa, los objetos sagrados necesarios en el templo y el trabajo de sus indios en la construcción de éste. Tan luego como los mendocinos supieron que la Compañía pensaba residir en la ciudad, se opusieron abiertamente, diciendo que era mejor no recibir los Padres que expulsarlos en adelante, pues los jesuitas se opondrían seguramente al servicio personal, y, por tanto, al enriquecimiento de muchos. Pero el Provincial, hombre acostumbrado á vencer obstáculos, pasó los montes de Chile, entró en Mendoza, y hablando con los ciudadanos les probó que vivían sin ocuparse para nada de su salvación; que los indios mismos de la población, por falta de sacerdotes, ignoraban la doctrina cristiana y eran en su mayor parte gentiles; que los neófitos, encenagados en el concubinato, desconocían el matrimonio y hasta la confesión; que en toda la provincia no había siquiera un sacerdote perito en el idioma del país, consecuencia de lo cual innumerables paganos se condenaban. Dicho esto, se puso á corregir las costumbres de los mendocinos, poniendo en juego la santa industria de la Compañía; yendo de casa en casa hizo un censo de los gentiles y neófitos amancebados, para administrarles en tiempo oportuno el Bautismo y demás Sacramentos; finalmente, cambió el ánimo de los principales ciudadanos, quienes comenzaron á desear lo que antes aborrecían. Sin tener en cuenta el odio de unos pocos, ordenó que fuesen allí los PP. Alejandro Faya, italiano; Juan Pastor, español, y el lego Fabián Martínez: éstos, impulsados por su ardiente celo consiguieron el bien espiritual de muchas personas. Lo primero que llevaron á cabo, después de cambiar las costumbres de los españoles, fué catequizar los gentiles, cuyo catálogo había hecho el Provincial, y luego bautizarlos.


CAPÍTULO XXIII

LOS INDIOS DE CUYO SON INSTRUÍDOS EN LA FE CRISTIANA.


Realizado todo lo dicho, en el primer semestre quedó en la ciudad el P. Alejandro Faya, y los PP. Juan Pastor y Fabián Martínez, cumpliendo las órdenes del Provincial, se prepararon á más difíciles empresas. Los indios de Cuyo vivían en las riberas del lago ó errantes por los campos, sin otras casas que tiendas fabricadas con esteras. Se alimentaban los más de la caza; en vez de pan comían raíces de juncos endurecidas al sol; también peces y otras cosas que arrojan las aguas. Semejantes á los conejos, labraban sus madrigueras debajo de la tierra. Igual que los judíos, vendían sus hijas, y el que las compraba las tomaba en concepto de esposas ó de esclavas. Los pobres, en vez de precio, servían á su futura suegra un año. Según cada uno era de rico, así mantenía más ó menos mujeres, que eran á la vez cónyuges y siervas. Llegaron los misioneros á tales tierras y encontraron que muchos indios, temiendo ser oprimidos, se habían refugiado en sitios apartados; á éstos se dirigieron los Padres, pasando las lagunas y los torrentes en lanchas construídas con juncos y esteras, y cuando se avistaron con los indios les dijeron que no iban á vejarlos, sino en su protección, no a imponerles servicios forzados, sino á darles la libertad de hijos de Dios. Con tales razones los gentiles cobraron confianza y al momento ciento sesenta recibieron el Bautismo. Los jesuitas edificaron cuatro capillas en otras tantas aldeas, donde acudían los indios que andaban vagabundos y eran doctrinados. El P. Juan Pastor escribió al Provincial que de calor y sed había estado á punto de morir en cierta ocasión, y que su rostro, efecto de las picaduras de los mosquitos y del ardor del sol, parecía de un leproso. Cinco meses invirtieron los misioneros en aquella expedición. De nuevo penetraron más adelante en aquella región y bautizaron quinientas personas en las inmediaciones del lago y doscientas en los campos, tan gozosos por haber derrotado á Satanás, que las fatigas les eran dulces y estímulo para sufrir todo por Cristo. Recorriendo el P. Juan Pastor los montes que hay entre el reino de Chile y la provincia, se tropezó con una cuadrilla de indios condenados á trabajos forzosos, y tanto se compadeció de ellos, que aunque hacía un frío horrible dividió la sotana, acción que en otro tiempo ejecutó el P. Torres, y cubrió con ella á unos niños desnudos, á quienes bautizó con nieve derretida. Los religiosos consiguieron de la Audiencia que en lo sucesivo los indios de Cuyo no fueran sacados de sus tierras y destinados á servidumbre. ¿Pero quién reprimirá con leyes la desordenada codicia de los mortales? Otras varias excursiones hicieron los jesuitas de Mendoza á las regiones de que nos hemos ocupado y á otras más lejanas, y Siempre con fruto, bautizando no pocas personas; si la provincia de Cuyo es cristiana, lo debe á la Compañía. La barbarie y ferocidad de los indígenas se fué poco á poco mitigando a fuerza de paciencia, sin la cual nada se habría conseguido.


CAPÍTULO XXIV

PERSECUCIONES QUE SUFRIERON LOS JESUITAS DE CÓRDOBA

POR OPONERSE AL SERVICIO PERSONAL DE LOS INDIOS.


Establecida ya la Compañía en las islas y ciudades de Chile, el P. Diego de Torres, que no descansaba un momento, volvió al Tucumán. Llegado á Córdoba arregló el noviciado, que se aumentó con nuevos candidatos, y ensanchó con nuevas construcciones el Colegio; esto fué ocasión de vejaciones, pues siendo justo con los indios que trabajaron en las obras, les dió un equitativo salario; los cordobeños se irritaron, mostrando su enojo contra la Compañía. Ningún ciudadano frecuentaba nuestra casa. Prohibían á los indios entrar en la iglesia, para que no oyesen la verdadera doctrina tocante á su libertad. Se negaban á entregar á los misioneros las cantidades que antes les daban á diario por no estar constituído censo perpetuo á su favor. Por tales medios procuraban que los jesuitas cambiasen de conducta. Mas el P. Torres, confiando en que Dios le protegería si no desamparaba la causa de los oprimidos, estuvo constante; en pláticas públicas y en conversaciones particulares condenó la esclavitud de los indios y conminó á los españoles, si no obraban de otro modo, con la venganza del Señor. Cumpliéronse tales amenazas: lluvias torrenciales inundaron la ciudad y arruinaron varios edificios; vientos huracanados desolaron los campos; la peste cundió y se cebó tanto en los señores como en los siervos. Aterrados algunos ciudadanos, prometieron obedecer las disposiciones regias; pero los más, siguieron obstinados sin hacer caso de la cólera celestial, y continuaron oprimiendo á los indígenas y negando lo debido á la Compañía. Por espacio de mucho tiempo los jesuitas se vieron obligados á comer solamente trigo turco y frutos de un huerto que poseían cerca de la casa; no cedió su constancia en medio de semejantes penalidades, ni Dios los desamparó. Preparóse el P. Torres á visitar los parajes más recónditos del Tucumán, y antes de salir encargó al Procurador del Colegio que tuviese más confianza en el Señor cuanto en mayores aprietos se viese, y que durante su ausencia nada le faltaría. Así aconteció: el P. Ruiz, Procurador, recibió del Provincial solamente ciento ochenta escudos, y no contaba con otro dinero para sustentar numerosos novicios; en ocho meses gastó mil ochocientos escudos, y no pudo averiguar de dónde procedía la mayor parte de aquella cantidad. Además varios ciudadanos, algunos de ellos enemigos nuestros, nos dieron, pasado poco tiempo, quinientos bueyes y noventa ovejas. En esto se vió cómo Dios cuida de los que defienden la causa de los pobres.


CAPÍTULO XXV

RETÍRASE DE ESTERO LA COMPAÑÍA

CON OCASIÓN DEL SERVICIO PERSONAL.


Mayor tempestad se desencadenó en Santiago, metrópoli del Tucumán: los ánimos de sus ciudadanos se enconaron más por cuanto contaban á sus órdenes mayor número de indios. Tan luego que supieron la llegada del Provincial y lo que acababa de hacer en Córdoba y el reino chileno, convirtieron en odio el afecto que tenían á la Compañía, y de acuerdo propalaron que ésta, según costumbre, atormentaba las conciencias con escrúpulos exagerados, reprobando la conducta de personas virtuosas; que con capa de justicia disimulaban su ambición y el deseo de dominar las multitudes con la manumisión de unos pocos; que si querían dar libertad á los indios era para luego servirse de ellos en su provecho, atrayéndolos con pretexto de la religión y con las artes de la Compañía; en una palabra, que por caminos tortuosos y valiéndose de las Reales cédulas sólo aspiraban á enriquecerse á costa de la miseria general. Esto decían contra los misioneros. En particular del Provincial, añadían que antes de su ida todo estaba tranquilo, y que su presencia había sido suficiente á turbar el orden en el Tucumán y Chile. Tales insultos dirigían á los jesuitas, quienes alegaban que con prioridad al establecimiento de la Compañía en el Perú, expidieron Carlos I y Felipe II las cédulas condenatorias del servicio personal, confirmadas por Felipe III á principios del siglo presente, cuando el P. Torres no trataba de fundar la provincia del Paraguay ni había pisado el Tucumán; que el obispo de Chile, D. Juan Pérez, se adelantó al Provincial en lo referente á prohibir la servidumbre de los indios, y lo hizo consultando el asunto con varones doctos; que el disimulo y la avaricia cuadraban mal al P. Torres y á otros misioneros apostólicos, ilustres por sus virtudes; que ellos, movidos de celo religioso, y no por otra razón, cumplían los regios mandatos. Nadie les atendía y todos se declaraban enemigos de quienes fueron sus padres por espacio de veinte años. Tan espesas tinieblas crearon contra nosotros, que cegaron con ellas al mismo obispo, de modo que bien pudieron decir los jesuitas que hasta el sol padecía eclipse. Los sacerdotes se apartaban de nosotros y nos negaban los subsidios acostumbrados, aunque estábamos necesitados en extremo; nuestra iglesia se veía desierta. Los indios tenían prohibición de acercársenos. Llegaron las cosas al punto de que el Provincial se tuvo que marchar, lo que hizo de buen grado, considerando que los ciudadanos se moderarían, pasado el primer ímpetu, durante la ausencia de los jesuitas, inclinados como eran á la piedad y no malos en el fondo; mucho más cuando mirasen los mayores males que padecerían mientras estuviesen fuera los misioneros. Añádase el que por entonces la ciudad de San Miguel, del Tucumán, solicitó con empeño que la Compañía fundase allí un Colegio; el gobernador, D. Alonso de Ribera, ofrecía quinientos escudos de oro para construirlo, los cuales daría en tiempo oportuno; á tal petición era imposible atender si no se abandonaba el Colegio de Santiago, pues había pocos religiosos. De esta ciudad salieron los Padres, con llanto de escasas personas, y se dirigieron á la de San Miguel.


CAPÍTULO XXVI

FUNDA UN COLEGIO LA COMPAÑÍA EN LA CIUDAD DE SAN MIGUEL.


Esta población disputó mucho tiempo á la de Santiago el ser capital del Tucumán. Debía su origen á Juan Núñez de Prado, que la creó en 1550, treinta años antes que naciera la de Santiago. Mas habiendo sido á los pocos meses destruída por las inundaciones, cobró más importancia la otra, de modo que á San Miguel correspondió la antigüedad y á Santiago el regir la provincia. En el año 1564, Diego de Villarroel, sobrino del gobernador del Tucumán, D. Francisco de Aguirre, reedificó lo arruinado. Apenas hecho esto, la asaltó Gualán, indio poderoso de aquella región; la entregó á las llamas, dió muerte á muchos ciudadanos, y la habría destruído completamente si los Santos Judas y Simón, cuya fiesta se celebraba, apareciéndose á los bárbaros con luz esplendorosa, no los aterraran é hicieran huir. Los españoles los persiguieron y mataron a muchos, entre ellos al cacique Gualán. En agradecimiento á la protección de los apóstoles fué dedicada á éstos la ciudad. Aunque en lo sucesivo estuvo expuesta á las acometidas de los rebeldes calchaquíes, ningún daño recibió, efecto sin duda de la tutela de sus patronos celestiales y del valor español. Hállase al pie de la cordillera que divide la América meridional en dos partes. Cerca de ella se levantan montañas altísimas; hay hondos valles y llanuras sembradas de alquerías, en cuyos huertos se crían todas las frutas de Europa; la tierra es tan fértil que los primeros colonos la llamaban de promisión. Pero estas amenísimas regiones, estos jardines de las Hespérides, tienen también su dragón, que son los tigres feroces, terror del hombre y de sus animales domésticos; no parece sino que la Providencia quiso juntar las cosas alegres con las tristes, á fin de que nunca sea completa la dicha humana. Los indios, en otro tiempo, se ensayaban para la guerra cazando tigres; el que más había muerto de éstos, una vez probadas sus hazañas, gozaba de autoridad y fama entre sus compatriotas. La manera que tienen de cazar las fieras es la siguiente: cogen una vara larga con ambas manos y la enseñan al tigre como provocándolo; éste no suelta jamás lo que agarra con las uñas; se abalanza al palo y lo estrecha con ellas y la boca; entonces el cazador, con un grande esfuerzo, lo arroja al suelo, y antes que se levante le clava un cuchillo en el vientre. Los españoles de San Miguel son de carácter dócil y condición pacífica; inclinados á la piedad, aman y reverencian á los sacerdotes. Cuando llegaron los jesuitas recibieron á éstos con abrazos y los llevaron á la casa que les habían preparado; luego les construyeron en común una iglesia provisional. En todo se distinguió García Medina, hombre noble y afecto á la Compañía más que ningún americano; antes que fuera canonizado San Ignacio de Loyola, edificó una capilla consagrada á éste con objeto de fomentar la devoción del pueblo hacia el fundador de la Compañía. Pocos años después, hallándose todavía en la edad viril, enfermó, si bien no de gravedad al parecer; aconsejóle el P. Diego de Torres que arreglara sus negocios é hizo testamento; en éste indemnizó á los indios por los trabajos que le tenían prestados; luego confesó los pecados de toda su vida y á los pocos días falleció. Nadie dudó que el beneficio de conocer la proximidad de su muerte fué debido á San Ignacio, agradecido á su devoto. Gobernó el Colegio el P. Luis de Leiva, rector que fué de otros en el Perú; á sus órdenes residían cuatro jesuitas dedicados, no solamente al cuidado de los españoles, mas también á predicar entre los lules y diaguitas, y por cierto que sacaron abundante fruto; pero donde más trabajaron fué en el valle de Calchaquí.


CAPÍTULO XXVII

PACIFICA LA COMPAÑÍA EL VALLE DE CALCHAQUÍ Y LO RECORRE,

MERCED Á SU CONSTANCIA.


Ya los jesuitas habían entrado en este país, pero con escasos resultados por el carácter de sus moradores. Después, en los intervalos de paz algunas personas, más codiciosas de ganar esclavos que de propagar la fe, sin tener en cuenta la condición de los calchaquíes, bautizaron á muchos de éstos, pero no les dieron la instrucción necesaria, y con pretexto de catequizarlos sacábanlos violentamente para aprovecharse de sus trabajos. De aquí dimanaron injurias y violencias mutuas, y como consecuencia la guerra. Temían los prudentes que las discordias suscitadas á la sazón entre los españoles diesen el triunfo á los rebeldes; entonces el P. Diego de Torres, que aún permanecía en la capital del Tucumán, olvidando los insultos pasados, prometió que él y sus compañeros harían la paz. El gobernador y el obispo alabaron el celo de la Compañía, que arrostraba tantos peligros en bien de la religión y del país; dieron facultades á los padres Juan Darío y Horacio Morelli, italianos, para hacer la paz y propagar la fe cristiana; ambos habían sido á su petición designados por el Provincial. Tan luego como los calchaquíes supieron que los misioneros se acercaban, deponiendo las armas volaron á su encuentro y prometieron obedecer cuanto les mandasen, con tal que en adelante nadie los molestara y la Compañía se estableciese en el valle. Lo mismo dijeron otros pueblos del interior, y se ajustó la paz. Los religiosos fueron llevados á varias poblaciones calchaquíes y recibidos por los indios con inmensa alegría. Estos construyeron en once aldeas otras tantas capillas y solicitaron el Bautismo y tomar nombres cristianos. Mas los Padres, no fiándose en el ánimo de los indios, excitados por la novedad, tuvieron prudencia y replicaron que accederían á tales deseos; pero que antes los gentiles repudiasen las antiguas costumbres. Aprovechó la dilación para escoger los mejores de los indios, pocos entre tantos millares; pues la multitud, entregada continuamente á guerras civiles y exteriores con las tribus próximas, dada á la superstición y á la embriaguez, aunque abrazara el catolicismo, no tardaría en recaer. Así, pues, recibieron el Bautismo quinientos niños y doscientos adultos, los más in articulo mortis; entre éstos se contaba el jefe de los calchaquíes y tres caciques, los cuales repudiaron sus concubinas. Consignaré que la mayor parte del éxito fué debido á la Virgen María, cuya imagen ostentaban los jesuitas ante la muchedumbre; los indios, atónitos por un misterioso terror, clavados los ojos en ella, mostraban con ademanes el amor y veneración que sentían hacía la Madre de Dios. Con la protección de María no cesaban de exhortar al pueblo. Tres veces recorrieron el país atravesando montes empinados y escabrosos por senderos peligrosos, despreciando su vida y quemando cuantos ídolos hallaban. En estas expediciones se refugiaban para pasar la noche en chozas de paja y lodo; su lecho era el suelo. Comían solamente trigo turco y legumbres. Escribieron al Provincial que en medio de los combates y de las borracheras á que se entregaban los indios, sentían una tranquilidad inexplicable y delicias celestiales. Por no sé qué virtud oculta, tan grande ascendiente gozaba el P. Juan Darío sobre los bárbaros, que muchas veces se presentó en medio de las riñas y peleas iniciadas ó ya trabadas, y con su autoridad calmaba los odios y separaba los bandos. En tan pequeña estima tenía su vida el P. Morelli, que habiendo sabido cómo los indios pensaban darle muerte cierta noche, tranquilamente se echó á dormir fuera de su choza al pie de una cruz, diciendo: «Vengan mis asesinos, que me encontrarán dispuesto al sacrificio aunque esté dormido.» Ocasión hubo en que por la noche comenzaron á llover saetas enemigas; los dos jesuitas se precipitaron en defensa de sus ovejas; casi delante de ellos fueron degollados todos los habitantes de un pueblo. Cuando los soldados españoles, contra la voluntad de las autoridades, entraban en el valle á cautivar indios, enfurecíanse los calchaquíes contra los Padres cual si éstos ocultamente llamasen á los vejadores. A fin de confutar semejantes sospechas, precaver las agresiones de hombres codiciosos y predicar pacíficamente el Evangelio entre los idólatras, los religiosos fueron á Salta, ciudad española, y consiguieron del gobernador, D. Alonso de Ribera, cuanto quisieron. Sin embargo, no se contuvo la ambición de quienes oprimían á los indios. Tornaron los Padres al valle protegidos por el obispo, por el gobernador y por los mismos calchaquíes; con todo, estaba claro que éstos no adelantarían mucho si la Compañía no se establecía entre ellos de una manera permanente. A su debido tiempo ensalzaré lo que en tal particular hicieron con su munificencia el rey Católico y el virrey del Perú. Los dos misioneros, pasado algún tiempo, fueron á los campos de Salta en bien de muchas personas. Reconciliaron con los españoles á los gualachíes, molestos para aquéllos. Tanto les agradeció la ciudad de Salta sus servicios que las autoridades escribieron al provincial elogiando las prendas de los religiosos y suplicándole que no los privase de ellos. A la sazón el P. Torres, dejando de acometer nuevas empresas en el Tucumán, fijaba su atención en el Paraguay.


CAPÍTULO XXVIII

DIEGO DE TORRES EJERCE SU MINISTERIO EN LA CIUDAD DE LA CONCEPCIÓN,

EN LOS LÍMITES DE LOS FRENTONES.


No podía estar ocioso un momento el Padre Diego de Torres, y así, partiendo de la capital del Tucumán, atravesó una llanura desierta de ochenta leguas, y cuando ya se hallaba cerca de la Concepción, ciudad situada á orillas de un lago que forma el río Bermejo, recibió una carta insolente del alcalde, prohibiéndole entrar en dicha población y ordenándole que se fuera á otra parte, á fin de que no turbase el orden con sus predicaciones contra el servicio de los indios. Al ver el Provincial tan duros preceptos, resolvió no cumplirlos; antes bien se quejó al juez competente, quien castigó con ciertas penas al alcalde y concedió al P. Torres permiso para entrar en la Concepción; éste demostró luego que él no enseñaba nada distinto de lo contenido en las Reales cédulas, ni se oponía á un servicio moderado de los indios: únicamente combatía la opresión de éstos. Tal firmeza de ánimo dió excelentes frutos. Promulgó el P. Torres un jubileo recientemente concedido por el Papa Paulo V, predicó quince días consecutivos y dió saludables consejos en conversaciones privadas; se captó las simpatías de todos los habitantes de la Concepción, los cuales, sin exceptuar uno siquiera, confesaron devotamente. Entre tanto, era digna de lástima la situación de los frentones, tercos en conservar sus antiguas costumbres; lo mismo sucedía á los abipones, mataguas, natis, mogosnas y tonocotís, pueblos que tenían algún parentesco con los frentones. De buena gana, imitando á San Francisco Javier, hubiera el P. Torres navegado á Europa para conmover los ánimos, pintando el abandono de aquellas tribus, en las cosas espirituales; mas se veía imposibilitado de hacer tal cosa. Solamente bautizó un niño antes de que éste muriera, y por los ríos de la Plata y Paraguay prosiguió su viaje á la Asunción, donde llegó á fines del año 1609.


CAPÍTULO XXIX

ESTADO DEL PARAGUAY.


Por más que el emperador Carlos V y los reyes sus sucesores habían enviado al Paraguay obispos y sacerdotes en no pocas ocasiones, es lo cierto que muy pocos de éstos se dedicaron con ardor á evangelizar los indios. Hubo, sin embargo, honrosas excepciones; tales fueron el P. Bolaños, franciscano, cuyo cuerpo se conserva incorrupto, y otros de su Orden, los cuales convirtieron un número considerable de gentiles en las inmediaciones de la Asunción, y los establecieron en cuatro pueblos nuevos. Algunas poblaciones cercanas á la capital tenían sacerdotes; mas eran tan pocos, que no podían alejarse mucho á ejercer su ministerio; aun así, cada presbítero estaba encargado de una región, demasiado extensa para sus fuerzas. Apenaba el ánimo considerar que en muchas villas y aldeas del Paraguay, muy distantes entre sí, por no haber sacerdotes, las costumbres de los españoles en nada se diferenciaban de las que guardaban los indios; los matrimonios se contraían según los antiguos usos del país, y el amancebamiento era cosa frecuente. Las leyes divina y humana de nadie eran conocidas por falta de maestros. La religión estaba olvidada, y, en cambio, se multiplicaban cada día las facciones y los pleitos. Algunos religiosos de la Compañía procuraron poner remedio á tantos males; mas la extensión considerable de éstos hacía pensar en la necesidad de un esfuerzo supremo, por lo cual, el P. Torres convirtió en Colegio nuestra casa-residencia de la Asunción, y emprendió una campaña enérgica contra los vicios y la ignorancia. Ordenó al Padre Marcelo Lorenzana que yendo por el Paraguay recorriese los pueblos de sus márgenes, siendo ayudado por algunos compañeros. Solicitó del obispo que excomulgara á los que no presentaban ante los Padres de la Compañía los indios no bautizados sobre los cuales ejercían alguna jurisdicción. Mientras todo esto se llevaba á cabo en la ciudad de la Asunción y en otros puntos, el P. Torres proyectaba someter á Cristo los habitantes de otras regiones lejanas, en lo cual fué ayudado eficazmente por el gobernador D. Hernando Arias, quien acababa de recibir carta del rey Católico, encargándole sobremanera la conversión de las provincias aún sumidas en las tinieblas del paganismo sin valerse para nada de las armas, si no únicamente de los misioneros. El P. Torres, leída que le fué dicha carta, prometió cumplirla por su parte con toda exactitud. Hacia el mismo tiempo solicitó el obispo que la Compañía enviase religiosos á los países de que nos ocupamos. Partieron, en fin, éstos, llevando amplias facultades, ya para fundar pueblos, ya para edificar iglesias. Antes de referir lo que hicieron, diremos algo acerca del Guairá.


CAPÍTULO XXX

DESCRIPCIÓN DEL GUAIRÁ.


El Guairá está situado en la parte del Paraguay que mira al Brasil y al Occidente del río Paraná; por el Sur acaba en los campos que baña el Uruguay, y por el Norte en selvas y lagunas no bien conocidas; su extensión es considerable. Lo atraviesa el trópico de Capricornio, y por tanto, es de clima cálido, lo cual, unido á la humedad, hace que abunden los frutos de la tierra y no menos las enfermedades; una misma es la causa de su fertilidad y de las fiebres que dominan en ella. Allí se propagan mejor las serpientes y las fieras que los hombres. Sin embargo de esto, si hemos de dar crédito á Guzmán, cuando llegaron los españoles al Nuevo Mundo se contaban en el Guairá más de trescientos mil habitantes, esparcidos principalmente por las riberas de los ríos. Hacen presumir que esto sea verdad las muchas ruínas de pueblos que se encuentran, los cuales han quedado sin gente por las epidemias ó por haber sido reducida al cautiverio. Lo cierto es que hoy apenas queda la quinta parte de la suma indicada. Dos pequeñas poblaciones hay cuyos moradores descienden de los españoles que á mediados del siglo XVI pasaron al Paraguay. En el Guairá se vive con miseria; ningún pan se conoce sino el hecho con raíz de mandioca, ni más carne que la de animales salvajes. Los alces abundan; dícese que su pezuña alivia los males del corazón. Son muy celebradas las piedras que se encuentran, encerradas de manera admirable dentro de unas masas cuyo tamaño es el de la cabeza humana. Dichas masas suelen estallar á la manera de bombas, disgregándose en mil fragmentos y esparciendo preciosos minerales: unos son diáfanos cual amatistas, otros verdes y otros rojos; muchos acaban en puntas diamantinas, y hay en todos tal variedad que es cosa digna de admiración; sin embargo, se ve claramente que no son de valor grande, sino semejantes á las que abundan en las tierras de Lyón. Los primeros pobladores del Guairá creyeron lo contrario de esto, y así, provistos de muchas piedras, fueron á España á venderlas esperando buen lucro; pero salieron de su error muy pronto y tornaron cabizbajos. También se hallan en el Guairá árboles que destilan aromas, y selvas famosas por la diversidad de sus frutas. Entre las flores sobresale el granadillo, que ostenta en los pétalos los instrumentos de la Pasión, y cuyo fruto es dulcísimo. Tan agradable como éste es el que produce el güembe: tiene forma oblonga y aseméjase mucho á la granada en cuanto al sabor de sus granos; masticadas las pepitas de éstos, producen dolor de encías; cuando las semillas caen en las ramas podridas de otros árboles, echan una especie de hilos que, llegando al suelo, arraigan y suben como hiedra por el tronco. Hay dátiles, si bien no tan suaves como los africanos; con ellos se fabrica vino; la médula de las palmeras hace las veces de pan en caso de necesidad. Entre los animales montaraces se distinguen los cerdos; al revés de los conocidos en Europa, tienen el ombligo en el lomo, y es preciso cortarlo á las piezas que se cazan para que no se pudran. De abejas se conocen muchas variedades; ninguna se ha podido domesticar; la cera que hacen es de color obscuro y no es posible blanquearla; la miel sirve para confeccionar una exquisita bebida. Abundan las víboras, más venenosas que en ninguna parte; causan la muerte de muchas personas. Ciertas serpientes están suspendidas de los árboles esperando el paso de los hombres ó de las bestias; rodean la presa con varias vueltas y la devoran poco á poco; después se ponen al sol para hacer la digestión. Otras se colocan á orillas de las charcas y lagunas, y saliendo de improviso acometen á las aves palúdicas; cuando éstas se ven heridas comen la yerba llama macagua, que les sirve de antídoto. Es digno de ver un combate entre estos animales; el ave se defiende con el pico y las alas; la serpiente ondula en el agua para buscar un lado vulnerable y evitar los golpes de su enemigo. Los tigres y los monos casi en nada difieren de los que abundan en las regiones vecinas. Pasando á hablar de la religión, diré que apenas hubo en esta comarca sacerdotes católicos, excepto cuando los PP. Ortega y Filds estuvieron ocho años. La ciudad de Villarica tenía un religioso, no sé de qué Orden, quien fingiendo haberle sido robados los hábitos se vistió de clérigo, y con gran detrimento de las almas, recorría el país bautizando los gentiles sin instruirlos antes. El párroco de otra población era tan ignorante, que dudo supiera administrar debidamente los Sacramentos. Los legos bautizaban á los indios que les estaban sometidos, dándoles el título de cristianos. Finalmente, los españoles y los paganos se diferenciaban en el nombre, mas no en las costumbres.


CAPÍTULO XXXI

LOS PP. JOSÉ CATALDINO Y SIMÓN MAZETA RECORREN

ALGUNAS POBLACIONES DEL GUAIRÁ.


El obispo del Paraguay, el gobernador y el provincial de la Compañía, dieron amplias facultades á los PP. Cataldino y Mazeta para que éstos ejercieran su ministerio apostólico en el Guairá, donde estuvieron algún tiempo; penetraron en las selvas, desafiando toda clase de peligros, ya de las fieras, ya de los hombres, y atravesaron ríos y lagunas; llegaron á la primera población de españoles, la víspera de la Purificación de Nuestra Señora, en el año 1610. Allí cayeron ambos enfermos, y resplandeció con tal motivo la castidad del Padre Cataldino, pues se negó á que le diera friegas en el cuerpo una anciana de ochenta años. Restablecidos, cambiaron con sus predicaciones el aspecto del pueblo. Después fueron á Villarica, que dista ochenta leguas, é hicieron lo mismo que en la ciudad anterior; en ella recuperaron ciertos vasos sagrados que se conservaban desde que los PP. Ortega y Filds residieron años antes. Queriendo proseguir su viaje se opusieron los habitantes de Villarica, negándoles bagajes, pues temían que si fundaba la Compañía nuevos pueblos no quedarían los indios obligados al servicio personal, y llegó la cosa al punto de apresar á un cacique que había ido para guiar á los misioneros; mas éstos enseñaron los documentos que llevaban, tanto del gobernador como del obispo y aun del rey Católico, en los que se les mandaba establecer en poblaciones á los indígenas, con lo cual fué puesto en libertad el cacique y los Padres jesuitas se embarcaron con dirección al río Parapaná.


CAPÍTULO XXXII

LA COMPAÑÍA FUNDA EN EL GUAIRÁ DOS PUEBLOS.


Nace el Parapaná en los montes del Brasil, y después de recibir en su curso los ríos Pirapo, Itangui y otros de menor importancia, cuando ya es casi tan caudaloso como el Paraguay desemboca en el Paraná. Sus dos orillas están cubiertas de muchos y variados árboles; entre éstos los cedros son tenidos por los naturales del país en mucha estima; su magnitud es tal, que con sólo un tronco se hacen canoas capaces de contener veinte ó más remeros. Los misioneros prosiguieron por este río hasta donde se le junta el Pirapo. En aquel punto fundaron una población, á quien dió el P. José Cataldino el nombre de Virgen de Loreto, sin que se opusieran en nada doscientos indígenas que por allí moraban, antes bien ayudaron á la obra. Construído un templo provisional, los misioneros fueron por las márgenes de los ríos Tibaxiva, Pirapo y Parapaná, en las que se contaban veintitrés pueblos de indios; el más lejano distaba ochenta leguas de Loreto; lograron convencer á gran número de guerreros y á mayor aún de gente indefensa y pacífica, que se agruparan en pocos lugares, porque reunidos de esta manera podrían ser catequizados con más facilidad que dispersos y diseminados en un vasto territorio, pues la palabra de Dios, á la manera de las plantas, necesita un riego constante; además, les sería más fácil la recepción de Sacramentos. Prometían los Padres á los indios, si persistían en lo ofrecido, defenderlos de cuantos quisieran oprimirlos. Muchos se trasladaron á Loreto, y como eran más de los que allí podían vivir, á petición del cacique Aticai fundóse otra población á un cuarto de legua de la anterior; tanto ella como su templo, fueron consagrados á San Ignacio. Con el ayuda de Ararera, jefe de gran prestigio, se echaron los cimientos de otro pueblo, por nombre Itaberaca, para que en él residieran los nuevamente convertidos. El cacique Maracaná y su hermano, obedecidos en muchas aldeas, creyendo rebajarse si se unían con otros caciques menos poderosos, formaron un pueblo con sus clientes. Acudió á San Ignacio y á Loreto un gentío inmenso á despecho de los que se dedicaban á vejar los indios; éstos eran protegidos por los Padres, quienes se apoyaban en la autoridad Real, como también en la del gobernador y obispo. Llegó por entonces un comisionado regio al Guairá, y habiéndole salido al encuentro cien leguas el P. Cataldino, le rogó que, usando de las facultades que el monarca le había conferido, prohibiese terminantemente que los españoles de las ciudades situadas en el Guairá llevasen á éstas por fuerza, con dolo, fraude y de cualquier manera que fuese, los indios de las tierras que atraviesan el Parapaná, el Pirapo, el Itangui y el Tibaxiva, encomendando las reducciones únicamente á los Padres de la Compañía. En la fundación de las cuatro poblaciones antes mencionadas ayudó no poco la Providencia con justos castigos. Un hombre muy principal de Loreto, llamado Rodrigo Guambairo, que defendía osadamente el concubinato, murió abrasado en un incendio repentino, lo cual produjo un temor saludable. La estimación de las cosas religiosas subió de punto cuando el P. Cataldino, recitando el Evangelio, sanó un niño próximo á espirar. En menos de un año se reunieron en dos lugares los habitantes de las veintitrés aldeas de que hemos hablado, y los Padres prosiguieron aumentando aquella nueva sociedad con los conversos. La tarea más difícil era instruir á los indios, pues muchos de éstos casi ignoraban lo que eran el Bautismo y los demás Sacramentos, Dios y Jesucristo. Hubo que bautizar á bastantes bajo condición por temor de que no lo hubieran sido antes válidamente. Menos se trabajó con los que se convirtieron últimamente que con los que ya ostentaban el nombre de cristianos. Los misioneros vivían sobriamente; su más exquisito alimento lo constituían las habas y grosera harina; raras veces condimentaban con sal sus platos; dormían echados en una piel ó en una red colgada; hacían largos viajes á través de pantanos, selvas espesas y ásperos montes, siempre á pie; sin embargo, su ánimo experimentaba tal regocijo de continuo, que tenían sin cesar la risa en los labios sin poderlo impedir. Tales fueron los principios de las poblaciones conocidas con los nombres de San Ignacio y Loreto, que con el tiempo vieron á su alrededor otras once merced á los esfuerzos de la Compañía de Jesús.


CAPÍTULO XXXIII

LOS PADRES DE LA COMPAÑÍA SE ENCARGAN

DE EVANGELIZAR LA REGIÓN DEL PARANÁ.


Por la misma época en que nuestros misioneros se dirigieron al Guairá, los pueblos situados entre la Asunción y el Paraná, siempre rebeldes contra los españoles, comenzaron á mostrarse más sociables y pacíficos que nunca, pues Arapizandu, varón que gozaba de gran autoridad en ellos, se presentó al gobernador D. Hernando Arias, prometiendo fundar con otros caciques una ciudad sometida al rey Católico, si le enviaban sacerdotes. Alegróse el gobernador oyendo tal proposición, y avistándose con el obispo, solicitó de éste que hiciese ir misioneros allí donde los reclamaban. El prelado replicó que ninguno de sus clérigos querría vivir en medio de hombres que eran encarnizados enemigos de los españoles y aun antropófagos. Disgustó la respuesta á D. Hernando Arias, quien acudió al P. Diego de Torres, y con él se presentó de nuevo ante el obispo, haciéndole ver cómo los indios del Paraná siempre habían estado sublevados contra España, por lo cual la guerra era casi continua y numerosas las víctimas que producía; las cuantiosas cantidades que costaba el tener á raya aquellas feroces tribus; el éxito funesto que se había obtenido hasta entonces, y la oportunidad que se les presentaba para acabar sin derramamiento de sangre negocio tan arduo. Persistió, sin embargo, el prelado en su negativa; únicamente consintió en enviar misioneros acompañados de ejército y á expensas del Erario público. Al ver esto el P. Torres, con la grandeza de alma que le era propia, dijo: «Yo mandaré el rector del Colegio, el único Padre que tengo versado en la lengua de dichos pueblos, expuesto á todos los peligros, y sin gente armada; yo desempeñaré sus veces mientras esté ausente.» Volviendo al Colegio, interrogó al P. Lorenzana sobre quién podría marchar á la región del Paraná, y dicho Padre, puesto de rodillas, contestó: «Aquí, señor, estoy á vuestras órdenes;» aceptó el Superior aquel ofrecimiento y dióle orden de partir. Tan luego como corrió la voz por la Asunción de que el P. Lorenzana, hombre esclarecido por sus letras y virtudes, se disponía á recorrer el país de los antropófagos, la Compañía fué colmada de alabanzas al ver cómo exponía la vida de sus hijos por la gloria de Dios. Púsose en camino el P. Lorenzana, á quien acompañaron por espacio de diez leguas muchos hombres principales de la población, encareciendo los peligros de la empresa, los cuales no eran exagerados, pues los indios del Paraná, además de su barbarie y superstición primitivas, odiaban á muerte á todos los españoles.


CAPÍTULO XXXIV

FÚNDASE UNA POBLACIÓN ENTRE EL PARANÁ Y EL PARAGUAY.


Después que el P. Lorenzana anduvo treinta leguas por medio de incómodos pantanos, estableció su residencia en el primer pueblo que halló de los indios; desde allí hacía excursiones á las aldeas vecinas, reduciendo á cuanta gente pudo. Muy luego designó el sitio que había de ocupar la población creada con los nuevamente sometidos; hizo edificar una capilla hecha de paja y tierra; él, habitando en miserable vivienda, prosiguió con denuedo y constancia en su tarea de hacer que los bárbaros olvidasen las antiguas supersticiones y conociesen el Dios verdadero. Imposible es cambiar las costumbres de gentiles como aquéllos en poco tiempo; se necesita una paciencia inmensa para ir desterrando lentamente los hábitos inveterados y las falsas creencias. Así, pues, los indios continuaban en sus locuras, pintando sus desnudos cuerpos, y de cuando en cuando entregándose por tres días á la embriaguez en medio de las voces, risotadas y aullidos feroces; en estas bacanales peligraba la vida de los misioneros, y tanto, que en una de ellas supo el P. Lorenzana cómo se había resuelto quitar la vida á él y á su compañero: salváronse ambos por un milagro del cielo. No había más freno para domar el áspero carácter de tales hombres que la humildad y el buen ejemplo; de este modo los indios se fueron mitigando poco á poco, y muchos llegaron á pedir el Bautismo. Mas no entraba en el sistema del P. Lorenzana concederlo á quien careciera de la instrucción conveniente y no hubiera cambiado de vida, con lo cual se oponía a lo que hacían algunos misioneros llevados del deseo de lucro ó de fama, cuyos errores han sido y son funestos en América. Por lo tanto, á nadie quiso bautizar por espacio de un año, hasta que en cierta ocasión que predicaba, aconteció que un muchacho dijo en voz alta que él deseaba ser hijo de Dios. Lo insólito del caso hizo que accediera á los deseos del niño; después fueron bautizados muchos indios principales como Arapizandu, Aniangara y otros.


CAPÍTULO XXXV

LA NUEVA REDUCCION SUFRE LOS MALES DE LA GUERRA.


Esparcióse por todo el país la noticia de que el P. Lorenzana administraba el Bautismo á los indios recién convertidos, lo cual fué causa de que una mujer, á fin de recibirlo, huyese clandestinamente con su hija. Faltó poco para que sufriera dicho misionero el martirio, pues el marido se enfureció sobremanera contra él como si fuera causante de dicha fuga y convocó á sus paisanos para tomar venganza. En efecto, éstos acudieron á las armas; desahogaron su cólera contra los mahomas que eran amigos de los españoles; invadieron su país; hicieron grande estrago, y llevaron numerosa turba de cautivos para devorarlos en banquetes antropofágicos. Sabedor de esto el P. Lorenzana, pidió en nombre de los cristianos á los indios rebeldes que restituyesen los prisioneros si no querían experimentar el poder de los españoles. Los caníbales replicaron sin inmutarse que muchos mahomas habían sido ya devorados y los restantes experimentarían pronto la misma suerte; que preferían la guerra á devolver los prisioneros, y profiriendo amenazas contra el P. Lorenzana decían que en ninguna copa beberían vino más á gusto que en el coronado cráneo de éste. En vista de que la guerra estaba declarada, fueron armados los neófitos y catecúmenos; al frente de ellos se puso Aniangara, elegido capitán por opinión unánime. Vióse en aquella ocasión patente la vanidad y arrogancia de los indios, pues cuando Aniangara fué nombrado general arengó de este modo á sus conciudadanos: No sin razón me habéis hecho vuestro jefe, pues la fama pregona mi valor; en todo el país soy respetado por mis gloriosos triunfos; ¿quién quebrantó tan á menudo las fuerzas de los enemigos? Aniangara. ¿Quién descubrió y burló sus asechanzas? Aniangara. ¿Quién vino cargado de botín? Aniangara. Aunque he vencido innumerables veces á mis adversarios, a ningún prisionero he dado muerte, mostrando que soy tan valiente en las peleas como misericordioso después de ganadas. Este discurso fué recibido con aclamaciones y aplausos. Poco después llegó en auxilio una compañía de españoles al mando de Resquín con trescientos indios amigos. Estas tropas y las de Aniangara marcharon al Paraná, donde hallaron mil enemigos, quienes despreciaron las condiciones que para la paz les ofrecieron; trabóse la batalla y los bárbaros fueron deshechos y puestos en fuga, sin que nosotros perdiésemos un hombre siquiera. Alcanzada la victoria, rogó el general español al P. Lorenzana que se apartase del peligro en que estaba, volviéndose á la Asunción, pues temía que los infieles, exacerbados con la derrota, intentaran de nuevo vengarse. Mas el P. Lorenzana se negó á complacerle diciendo: «Aunque hubiera mil peligros más no me retiraré, pues no he venido como mercenario para huir á la vista del lobo.» Despidióse cariñosamente de los españoles y continuó, cual antes, dedicado á labrar el bien de neófitos y catecúmenos.


CAPÍTULO XXXVI

LA REDUCCIÓN ES TRASLADADA Á OTRO SITIO DURANTE LA GUERRA,

Y RECIBE EL NOMBRE DE SAN IGNACIO.


Aumentado el número de los conversos, el P. Marcelo Lorenzana estableció el pueblo en lugar más cómodo, donde edificó un templo bajo la advocación de San Ignacio. Los indios del Paraná continuaban irritados por el desastre pasado, y unido esto al odio sangriento que profesaban á los cristianos, motivó que otra vez se conjuraran á fin de arrasar la población; se reunieron más que antes, pintarrajearon sus cuerpos con feos colores, y pasando el río devastaron las inmediaciones de San Ignacio. Cuando allí supieron la invasión de los gentiles experimentaron profundo temor; los españoles se habían retirado y los enemigos eran más numerosos que nunca. En circunstancias tan angustiosas confió en Dios el P. Lorenzana, y atento en primer término á la salvación de las almas, quemó algunas cosas religiosas para que no pudieran ser profanadas; bautizó á los catecúmenos y les prometió que alcanzarían la palma del martirio si morían en la guerra; llevó á una selva apartada los niños, ancianos y mujeres, y cumplió en todo con los oficios de un buen pastor. Los neófitos se ofrecieron para defender la vida de sus sacerdotes. Mientras se hacían estos preparativos súpose que los enemigos, aterrados por un miedo cuya causa era desconocida, habían regresado á sus tierras. Atribuyóse esta retirada á las continuas oraciones del P. Lorenzana. El P. Francisco de San Martín perdió la razón efecto del susto que se llevó en la ocasión de que hablamos; la recobró después de algún tiempo, mas no permaneció en la Compañía. Pasado el peligro fué de nuevo un escuadrón de españoles para llevarse el P. Lorenzana; pero éste se opuso igualmente que la vez anterior. Estuvo en la Asunción nada más que unos días, y luego volvió á San Ignacio con un compañero que le habían dado, hallando que la guerra parecía inminente. Durante su ausencia los bárbaros habían recorrido el país y se preparaban á proseguir en sus devastaciones. A este mal se unieron la peste y la dispersión y huída de muchos neófitos. El Padre Lorenzana fué mal recibido por los indios, como si él fuera la causa de los males que asolaban el país. Mas con su paciencia y constancia, no menos que haciendo beneficios, volvió á normalizar la población. Además, ninguna ocasión perdía de granjearse la amistad de los neófitos. Solicitó del gobernador el indulto de tres de éstos condenados á muerte y dió libertad cargados de obsequios; al mismo tiempo rescató de los rebeldes tres niños, á quienes libró de ser devorados. Dos años permaneció fuera del Colegio el P. Lorenzana, y no sólo dió lustre á la Compañía con la creación del pueblo de San Ignacio, sino que abrió la puerta para que nuevos religiosos evangelizaran las regiones que atraviesan el Paraná y el Uruguay.


CAPÍTULO XXXVII

COSTUMBRES DE LOS GUAICURÚES.


Por aquel mismo tiempo evangelizó la Compañía á la nación de los guaicurúes, suceso que referiré en breves palabras, á fin de que, vista la condición de éstos, sea más notorio el heroísmo de los misioneros. Los guaicurúes habitan dos regiones, conocidas con los nombres de Guaicuru y Guaicurut: ambas están situadas en la margen derecha del Paraguay. No tienen residencia fija, si bien suelen concentrarse en el país donde el río Pilcomayo, nacido en los montes del Perú, desemboca en el Paraguay; sus poblaciones son portátiles, como que las casas están hechas nada más que de esteras. No desconocen la agricultura, pero apenas se dedican á ella; la pesca y la caza son su alimento favorito. Desde niños se acostumbran á comer toda clase de animales, aun los venenosos, y así devoran impunemente gusanos, víboras, carne de leones y de tigres. Las mujeres se cubren con un vestido rústico, si bien honesto. Los hombres se pintarrajean desde la cabeza á los pies con substancias que despiden un olor nauseabundo, para inspirar terror con su aspecto. Llevan suspendida de la barbilla una piedra pequeña cilíndrica; embetúnanse los cabellos y se los arrancan en parte, como también el vello del cuerpo; afean el rostro con cicatrices, cuyo número indica el valor de las personas. La embriaguez y la guerra son sus mayores placeres. Sujétanse á duras pruebas para ser admitidos en la milicia. Los que esto pretenden, han de sufrir que les hagan sajaduras con una saeta en los muslos, pantorrillas, lengua y otros miembros, sin quejarse por ello lo más mínimo: un signo de impaciencia que hagan basta para que sean excluídos del ejército. Desde niños se ejercitan clavándose espinas y agujas, en lo cual consisten muchos de sus juegos. Los jóvenes se ejercitan en la carrera y en simulacros guerreros. Veneran á su jefe, y tanto que todos los indios reciben en la mano los esputos de éste; le rodean mientras come; tienen su vista clavada en él y le dejan siempre el camino desembarazado. La embriaguez y la incontinencia son causa entre ellos de frecuentes luchas. Pelean casi de continuo con los chiriguanás, abipones, frentones y otros pueblos vecinos. Matan ó venden como esclavos á los prisioneros que hacen en las guerras, cuando éstos son adultos; mas reservan los de poca edad para enseñarles el idioma y costumbres de los dominadores. Escogen para dar batallas las noches obscuras; su acometida es temible, pero no saben sostenerse á la defensiva ni combatir con orden. Antes que amanezca huyen á sus escondrijos por horribles pantanos y cañaverales, dispersos á manera de tigres. Con todo esto y la multitud de centinelas que siempre tenían, no solamente se mantuvieron independientes por espacio de casi un siglo, sino que á veces derrotaron las tropas españolas, sin que ellos experimentaran grandes pérdidas. Nunca dejaron en paz á los habitantes de la Asunción y cometieron infinitos crímenes en las aldeas y granjas próximas á esta ciudad. En cierta ocasión se llevaron cautivas á la hermana del gobernador D. Hernando Arias y á muchas otras mujeres españolas. Tanto en guerra como fuera de ella hicieron muchos males, sin sufrir el condigno castigo, á lo que se oponía no poco la naturaleza del país que habitaban, surcado por ríos caudalosos, cubierto de lagunas y bosques impenetrables.


CAPÍTULO XXXVIII

LOS PADRES DE LA COMPAÑÍA EXPLORAN LA REGIÓN DE LOS GUAICURÚES.


Por más que los guaicurúes se hallaban separados de la Asunción solamente por el río Paraguay, ningún sacerdote se había atrevido á predicar el Evangelio entre ellos. El Padre Diego de Torres fué quien por vez primera se ocupó de tal empresa. Y como no disponía de misioneros ya probados, puso los ojos en el P. Roque González, gloria de la provincia, quien antes había sido vicario del obispo del Paraguay, y aunque llevaba sólo seis meses de noviciado, era de virtud acrisolada. Le dió por compañero el P. Vicente Griffi, italiano y ya ordenado de misa. A los dos les habló el Provincial de esta manera: «Podéis conocer cuánto os ama el Señor, considerando la arriesgada misión que os confía: tú, Roque, siendo todavía novicio, y tú, Vicente, que aún eres joven, obtenéis lo que desean tantos veteranos de nuestra milicia y no lo consiguen. Tened valor y no frustréis las esperanzas que en vosotros ciframos. Ilustrad la provincia con un nuevo hecho digno de memoria.» Después les dió la autorización que él había recibido para fundar una población en el país de los guaicurúes. El gobernador, que era pariente del Padre Roque, el cabildo y gente noble, ensalzaban el propósito de la Compañía, si bien ponían á la vista de los misioneros la multitud de graves peligros que iban á sufrir; todos esperaban que los Padres refrenarían la barbarie de los indios y prometieron escribir al rey Católico para que no dejase sin premiar acto tan meritorio. Pasaron al Paraguay los dos Padres y caminaron durante tres días por lugares pantanosos. Apenas los guaicurúes supieron por sus centinelas que habían llegado los misioneros, cuando, reputando á éstos como espías y precursores de enemigos, se dispusieron á lanzarse contra ellos. Los misioneros hicieron saber, por medio de intérprete, que no iban en son de guerra, sino, al contrario, para predicar el Evangelio pacíficamente, cuya respuesta hizo que el jefe de los guaicurúes reprimiese el furor de los suyos, y acompañase á los religiosos cuando se convenció de cómo era verdad lo que decían. Una dificultad tenían que superar, y era la ignorancia del idioma guaicurú; es verdad que se valían de intérprete, pero con todo era difícil explicar á los rudos entendimientos de los indios las verdades de nuestra fe, que de suyo son obscuras. Para obviarla anotaban por la noche las palabras que aprendían durante el día, á fin de poderlas recordar caso que se borraran de la memoria. De esto tomaron ocasión los indios para sospechar que lo que hacían era estudiar el país, sus fuerzas y el modo de invadirlo los españoles, y nació la resolución que tomaron de matarlos, propósito que hubieran realizado á no mostrarles el P. Roque González cómo el papel contenía nada más que los misterios de nuestra fe. Quedaron tan convencidos y aplacados los bárbaros, que el jefe mandó hacer una casa de esteras para los religiosos y mostró ser afecto á las creencias de la Iglesia. Contribuyó mucho á tal éxito la autoridad de que gozaba el P. González, pues nadie ignoraba que en otro tiempo había sido adornado con altos cargos eclesiásticos.


CAPÍTULO XXXIX

LA COMPAÑÍA SE ESTABLECE EN EL PAÍS DE LOS GUAICURÚES.


Dedicaron los misioneros un mes á granjearse la confianza de los indios, pasado el cual trataron de fundar una población, pues era evidente que hallándose dispersos éstos no podían ser instruídos ni gobernados fácilmente. Ninguna dificultad pusieron los guaicurúes, amigos que son de novedades. Su jefe recibió un salvo-conducto y fué con el P. González á la ciudad de la Asunción, donde los recibió benévolamente el Provincial, á quien habían dado la falsa noticia de haber muerto asesinados los misioneros. Este resolvió ir sin compañía de gente armada á designar el sitio que debía ocupar el pueblo en proyecto, y así atravesó el río en una barquichuela fabricada con pieles; después fué llevado en hombros de los indios á través de parajes pantanosos, y de tal modo cautivó el ánimo de los bárbaros, que muy luego empezaron á reunirse en un lugar, fijando sus casas hechas de esteras; el Provincial tornó presto á la Asunción. Los PP. González y Griffi trabajaron durante un año de tal manera, que parece increíble. Sus alimentos en nada se diferenciaban de los usados por los indios, salvo que no comían animales venenosos. Su casa era de esteras y sumamente pequeña; sufrían día y noche las picaduras de los mosquitos, el aire lleno de emanaciones palúdicas, la falta de agua dulce y la vecindad de los tigres y de las víboras; agregábase el hedor que despedían los indios con sus cuerpos untados de grasa podrida de peces; Más que todo esto les desagradaba la constancia de los guaicurúes en sus pristinas costumbres, pues seguían turbando el silencio de la noche con aullidos horribles y embriagueces; de día practicaban infernales ceremonias y cometían mil liviandades sin recato alguno. Poco á poco fueron los Padres desinfectando esta atmósfera pestilente. Predicaron con frecuencia; recorrieron el país y visitaron sus escondrijos; instruyeron los niños, y lo que no sabían expresar con palabras lo declaraban por señas; hicieron cuanto es acostumbrado por los varones apostólicos. Muchas veces hablaban á sordos y á espíritus prevenidos contra la doctrina cristiana. Algún fruto empezaron a sacar de su trabajo, bautizando á una hija del jefe guaicurú y á bastantes niños poco antes de que murieran, consiguiendo también que en los funerales no se diera muerte á las personas queridas del difunto, según era costumbre. Extendióse la peste por la comarca, y fué; tan desastrosa para los cuerpos como útil para las almas. Los misioneros no descansaron un momento; hacían de médicos, llevaban leña y agua, sangraban, daban de comer á los enfermos, prestaban ropas de cama á los pacientes y no se desdeñaban de cubrirse con las mantas que éstos habían usado. Tan grande abnegación fué causa de que cincuenta adultos pidieran el Bautismo viéndose próximos al sepulcro. De esta manera se ensayó en las misiones el P. Roque González, dando ya indicio de las altas empresas que más adelante llevaría á cabo. Dícese que los guaicurúes cogieron por el cuello al P. Griffi, y, tendiéndole en el suelo, estaban ya para hincarle el cuchillo; pero como no consta en documentos auténticos, lo pongo en duda. Lo cierto es que tanto los guaicurúes cual los restantes pueblos que no sembraban ni tenían domicilio fijo, fueron los más rebeldes y menos aptos para aprender y conservar la doctrina cristiana.


NOTAS DEL TRADUCTOR

1-De las siguientes maneras hemos visto escrito este apellido: Maseta, Masseta, Maceta y Mazeta; la última nos parece más exacta, por haberla adoptado Francisco Xarque, quien publicó la biografía de dicho Padre en su obra Misioneros insignes del Paraguay.– (N. del T.)

 

 

 

LIBRO CUARTO

 

CAPÍTULO PRIMERO

LLEGAN NUEVOS MISIONEROS DE EUROPA; LA COMPAÑÍA SE ESTABLECE

DEFINITIVAMENTE EN EL PUERTO DE BUENOS AIRES.

Después de lo que según hemos referido aconteció en la Asunción, el P. Diego de Torres descendió por los ríos Paraguay y la Plata, llegando felizmente á Buenos Aires. Dos años habían pasado desde que la Compañía se estableció en dicha ciudad, y el porvenir del Colegio era dudoso por la temeridad del Padre Juan Domínguez. Este enseñó Teología en Lima y el reino de Chile, y fué nombrado rector del Colegio de Buenos Aires; cansado de vivir en las Indias y llevado de su imaginación inquieta, sin consultar al Provincial y con pretexto de allegar lo necesario para la construcción de una iglesia, marchó al Brasil y allí embarcóse con rumbo á España, donde se estableció en la provincia de Aragón, en la cual en otro tiempo hizo sus votos; el General Claudio Aquaviva le impuso el castigo merecido por sus culpas; arrepintióse y en lo sucesivo observó distinta conducta. He narrado esto á fin de que sirva de ejemplo á los demás; los historiadores cumplen con su cargo libremente siempre que no falten á la verdad, con objeto de que en sus libros haya provechosa enseñanza. No tenía el P. Torres quién poner en lugar del P. Domínguez; por otro lado, consideraba cuán útil era que la Compañía siguiera en Buenos Aires, pues el gobernador de la Plata en una expedición que dirigió contra los indios del estrecho de Magallanes, trajo consigo algunos cautivos, cuya presencia infundió al Provincial deseos de predicar el Evangelio, no solamente entre los feroces patagones, mas también á los charrúas, yaros y restantes pueblos semejantes á los guaicurúes, situados á uno y otro lado del río de la Plata; añádase que todos los años desembarcaban en Buenos Aires numerosos esclavos negros, y consideraba que sin la Compañía quedarían desatendidas las almas de estos infelices. Animábanle con razones poderosas D. Diego Marín Negrón, gobernador de la provincia, y el antecesor de éste, D. Hernando Arias, varones respetables. En esto llegaron á dicha ciudad el P. Juan Romero, Procurador del Paraguay, y nueve misioneros, parte sacerdotes y parte legos, que iban de Europa; fueron recibidos con inmenso gozo por el Provincial, el gobernador y D. Hernando Arias, con lo cual afirmóse la residencia de los jesuitas en Buenos Aires, de cuyo Colegio fué nombrado rector el P. Romero. No menos alegría ocasionó un reciente decreto del rey Católico, en el cual se disponía que los religiosos de la Compañía trabajasen en la conversión de extensas regiones paganas y los mantuviera el Fisco, y aumentóla el ver tantos misioneros ilustres españoles, de quienes sobresalieron, andando el tiempo, los PP. Diego de Boroa y Simón Ojeda, Provinciales del Paraguay; Cristóbal de Torres, catedrático de Teología, ducho en la enseñanza de los bárbaros y en el arte de gobernar; Martín Urtazun, pariente de San Francisco Javier; Juan Albis, Viceprovincial de Chile cuando este reino fué separado del Tucumán; Baltasar Sena, y Sotomayor, el primero notable por sus virtudes, y el segundo por haber despreciado títulos de nobleza que le correspondían; Juan de Humanes, á quien vió entre los predestinados el P. Alfonso Rodríguez cuando los dos vivieron juntos en Mallorca; Antonio Moranta, sobrino del P. Jerónimo Natal y hermano de otro Moranta que murió en México por defender la religión; dejo de mencionar los restantes misioneros, hombres también ilustres. Ninguno que no fuera español se contaba en aquella expedición, siendo así que el P. Diego de Torres procuró que los hubiese de otras naciones, pues sabía perfectamente que los extranjeros tienen notoria aptitud para tratar con los indios. Luego que los religiosos descansaron del viaje, comenzaron á ejercer su ministerio con los marineros, ciudadanos, forasteros de Chíle y Perú é indígenas que usaban diferentes idiomas. Todos ganaron el Jubileo dado á conocer por el P. Romero y purificaron sus conciencias mediante la confesión. Pasado algún tiempo se administró el Bautismo solemnemente, con asistencia del gobernador y hombres más notables de la ciudad, á cierto número de gentiles charrúas y del estrecho de Magallanes, pertenecientes á pueblos feroces; otros quedaran para más adelante. Los negros, muy numerosos y de mejor índole, atrajeron las miradas de la Compañía á la sazón que eran diezmados por la peste. Ahora mismo todos los años se les dan misiones y es grande el fruto que se obtiene; constituyen una verdadera mina espiritual para los Padres. Reparando en los muchísimos negros que han recibido el Bautismo en Buenos Aires por obra de los jesuitas, es forzoso alabar la Providencia, que permite la esclavitud de seres tan desgraciados á fin de que alcancen la vida eterna.


CAPÍTULO II

ESTABLÉCESE LA COMPAÑÍA EN LA CIUDAD DE SANTA FE.

Por aquel tiempo, á petición de D. Hernando Arias, ex-gobernador del Paraguay, ordenó el Provincial al P. Francisco del Valle que fuese á la ciudad de Santa Fe, distante ochenta leguas de Buenos Aires, y crease un Colegio. Poco antes de que Buenos Aires se restaurase, fundó dicha población Juan Garay á orillas del río Quiloasa, que desemboca en el Plata, con objeto de que allí arribasen las embarcaciones europeas. Los indios se alzaron contra los primeros colonos; tres veces fueron derrotados por éstos, quienes consagraron la ciudad á Nuestro Señor y á San Jerónimo por la protección que les dispensaron. Entre las costumbres de aquellos gentiles era notable la siguiente: á ninguna mujer permitían pintarse el cuerpo con tierra de colores antes de gustar la carne humana; si para esto faltaban cadáveres cogidos en la guerra, utilizaban trozos de sus mismos compatriotas acabados de espirar. Plantaban árboles en los sepulcros y los adornaban con plumas de avestruz; acudían á intervalos y derramaban copioso llanto. Con anterioridad á la conquista, se alimentaban de caza y pesca; pero luego se multiplicaron los bueyes de tal modo, que bastaban para el sustento de los indígenas y el enriquecimiento de los españoles. Consta que desde el año 1611 hasta el de 1631 un millón de bueyes fué sacado de los campos de Santa Fe y llevado al Perú. Fuera de esto, ninguna cosa tenía de notable la población que nos ocupa, sino la multitud de infieles que poblaban sus cercanías. Por la parte que mira al Paraguay se extiende el valle de Calchaqui en dirección al río de la Plata, y está muy poblado. Diferentes tribus moraban no lejos, destinadas en lo futuro á ser evangelizadas por la Compañía. Creado el Colegio, el P. Francisco del Valle, hombre infatigable, trabajó día y noche en el bien espiritual de españoles, indios y negros, excitando, según contaré más adelante, el odio de Satanás y de los calumniadores. Cuando se fundó la iglesia, el ex-gobernador D. Hernando de Arias y sus hijas, doncellas nobilísimas, llevaron tierra á cuestas, con lo cual ganó más honra varón tan piadoso que en administrar laudablemente la extensa región del Paraguay.


CAPÍTULO III

CANONIZADO SAN IGNACIO DE LOYOLA; SU FAMA Y MILAGROS.

Palpitó de alegría el corazón de todos los jesuitas al saber por conducto del P. Romero cómo San Ignacio de Loyola había sido canonizado por el Pontífice Paulo V. Creció la influencia de la Compañía cuando se realizaron fiestas en Buenos Aires para solemnizar tal suceso. Los cañones de la plaza dispararon repetidas veces; dos gobernadores, acompañados de nobles caballeros, hicieron un torneo; los marineros ingeniaron un templo provisional construído con las velas de las naves, bastante grande y adornado; prodigáronse las demostraciones de contento, no sólo allí, sino en todas las regiones de la provincia, pues admiraban la santidad del fundador de la Compañía y sus milagros; á la par que el heróico trabajo de sus hijos. La ciudad de San Miguel en el Tucumán celebró el fausto acontecimiento por espacio de cuarenta días á expensas del erario público; los jesuitas se opusieron á que durasen más tiempo los festejos, temerosos de excitar la envidia. Aumentóse la devoción á San Ignacio con motivo de haber recobrado la salud por la intercesión de éste un hombre completamente paralítico. Paso por alto lo que sucedió en Santiago del Tucumán, de cuya ciudad más adelante salimos; sus moradores honraron con juegos á San Ignacio. Ahora hablaré de la capital del reino chileno, donde se celebraron juegos y certámenes, y se compusieron versos y encomios al santo. Distinguióse allí por el afecto á éste la Orden de los dominicos, que se ocupa en las mismas empresas que la Compañía; una cosa hizo que merece ser conocida de la posteridad: construyó en honor de San Ignacio un templo provisional, y el día que se celebraba la fiesta de Santo Domingo, con afluencia de numeroso gentío, el orador predicó en alabanza de nuestro fundador y no del suyo, lo mismo que en la novena que hubo antes; esto fué un rasgo que nos obligará siempre á mostrarnos agradecidos. En aquella ciudad sufría cierto sacerdote forastero dolores agudos en un lado, y tales que no podía resistirlos; los médicos desesperaban de curarlo; al octavo día de tan crueles padecimientos, estando en el lecho de noche y á obscuras, invocó la protección de San Ignacio; vió que el rostro de la imagen de éste, colgada en un pabellón, se iluminaba: desde aquel momento recobró la salud. Aún es más notable el siguiente milagro: Francisca Morales, doncella honestísima, tenía úlceras en sus partes vergonzosas; como era recatada en extremo, rehusaba que las viera el médico; confió en que San Ignacio le conservaría el pudor y sanaría de la dolencia, y no fué vana su esperanza: apenas oró, quedó sin vestigio alguno de las llagas. Es digno de mención lo que en Arauco hicieron dos soldados el día que la milicia celebraba la canonización de San Ignacio; se dieron la mano en señal de amistad, siendo así que por muchos años habían sido encarnizados enemigos, tanto, que ni las exhortaciones de compañeros, ni de personas distinguidas y de religiosos lograran reconciliarlos. Tanta influencia tenía San Ignacio, nacido en bien y paz de ambos mundos. En Mendoza, población de la provincia de Cuyo, organizaron fiestas en loor del santo. Un español que estaba espirando, pidió á éste catorce años más de vida, y los consiguió á más de la salud. En las islas de Chiloé, sus habitantes tuvieron un combate naval y ejercicios militares para conmemorar la canonización según podían; quería el cielo que el nombre de San Ignacio fuese honrado allí donde los hijos de éste acababan de extender el Evangelio. Los mismos calchaquíes, indios feroces del Tucumán, aunque todavía gentiles, imitaron á los cristianos, erigiendo arcos y con aclamaciones y carreras, cosa acostumbrada en el país, pidiendo al santo que los protegiese; parecían adivinar los bienes que en lo sucesivo reportarían de los jesuitas. Justo era que los paganos le venerasen, ya que él quiso que sus hijos cuidasen de todos los hombres sin distinción alguna. Finalmente, para que en ningún rincón de América se dejara de honrar el nombre de nuestro Padre, en los confines del Paraguay y el Guairá le fueron consagrados dos pueblos de neófitos. El P. Marcelo Lorenzana, fundador de uno, contaba que sus victorias entre los idólatras las debía á cierto autógrafo de San Ignacio que llevaba consigo. Este correspondió á tantas pruebas de cariño haciendo beneficios á cualquiera que los imploraba. Así encuentro en las Cartas ánuas que socorrió á muchas mujeres en partos laboriosos, de manera que expulsaron felizmente las secundinas después de dar á luz sin obstáculo. Con frecuencia curó enfermedades de poca importancia.


CAPÍTULO IV

EL P. DIEGO DE TORRES DA BASTANTES DISPOSICIONES ÚTILES PARA LA PROVINCIA.

Grandes eran los progresos de la Compañía, cuya presencia reclamaban no pocas ciudades, principalmente la de Jerez, que se dolía de estar desde muchos años atrás sin sacerdote, y, por consiguiente, sin culto divino; ofrecía remunerar á los misioneros en cuanto su pobreza lo consintiese. Apurábase el Provincial con la escasez de religiosos, pues aunque acababan de llegar algunos de España, los más eran jóvenes y todavía inexpertos. Dispuso que éstos fuesen á Córdoba del Tucumán, distante ciento veinte leguas, para que se ejercitaran en las letras y virtudes. Prudentes razones hubo en designar á Córdoba como centro del noviciado y los estudios, lo cual la convertía en la capital de la provincia. Siendo cosa tan interesante la educación, se temía que los principiantes en el reino de Chile, por las mil delicias y comodidades que proporciona, perdiesen el fervor y con dificultad salieran á los desiertos del Tucumán y Paraguay, mientras que la aspereza de Córdoba los endurecería para las fatigas. Añádase el que esta ciudad está situada en medio de Chile y el Paraguay, con lo cual el viaje á tales regiones era más fácil y pronto; ninguna otra frecuentaban tanto los españoles, y en sus inmediaciones se contaban millares de indios cuya evangelización constituiría un campo donde los noveles misioneros se ensayarían antes de emprender cosas mayores. El Provincial, yendo á través de espesos montes, visitaba las aldeas, dando ejemplo á los novicios. Gracias á los religiosos de Córdoba, muchos gentiles recibieron el Bautismo, y bastantes neófitos se reconciliaron con Dios mediante la Penitencia por vez primera. En el Colegio, el P. Torres, con su destreza, ardor, santidad de costumbres y vida ejemplar, inflamaba los ánimos de novicios, estudiantes y compañeros; ponía allí mayor empeño, por saber que de la capital se difundiría el espíritu por toda la provincia. Censuró con dureza la ambición de quienes, quebrantando las Reales cédulas tocantes al servicio personal, entraban á las tierras de gentiles y los vejaban; habiendo un hombre sacado no pocos indios de sus aldeas, los bautizó sin catequizarlos, pues ignoraba el idioma que hablaban; el P. Torres declaró nulo el Sacramento, dictamen que mereció la aprobación del obispo del Tucumán, el cual, con penas eclesiásticas, hizo que el raptor devolviese la libertad á sus cautivos. Pasados en esto cuatro meses, fué el P. Torres á Mendoza, apéndice del reino chileno, y alabó el celo del rector por haber procurado el Bautismo de cuantos indios moraban en la ciudad. Adornó la capilla de Loreto, construída en el templo del Colegio, para que la Virgen protegiera el país. Consiguió del juez conservador, perteneciente á la Orden de Santo Domingo, que un sacerdote, culpable de calumnia contra la Compañía, convicto de su delito, fuese condenado á destierro y privación de oficio, á fin de que no dañase con malos ejemplos. Dejó en Mendoza al P. Deodato, varón intachable que acababa de llegar de España y hacía concebir halagüeñas esperanzas. Viéronse éstas cumplidas, pues en los años que permaneció en Mendoza, según cuenta el P. Juan Pastor, bautizó veinte mil personas. Luego que el Provincial hubo ordenado las cosas referentes al Colegio y preparado futuras expediciones á la provincia de Cuyo, pasó la cordillera y entró en Chile el año 1611. En la capital, á ruego de la Audiencia y demás autoridades, erigió un Seminario de jóvenes nobles consagrado á San Edmundo Campiano. La causa de crearlo fué el que los adolescentes, en sus casas, eran educados regaladamente, á lo que se prestan los atractivos del país, y las costumbres no brillaban por su pureza: se esperaba que bajo la férula de los jesuitas los muchachos saldrían capaces de gobernar la nación. Inauguróse con veinte alumnos el Seminario de una manera solemne, asistiendo la Audiencia y restantes autoridades; el P. Juan Humanes, encargado de regirlo, satisfizo los deseos de todos. Desde allí se hicieron excursiones á los alrededores y más lejos. En ellas ocurrió un hecho que narraré: yacía enfermo cierto español, que de sano tenía la mala costumbre de repetir frecuentemente: Que muera sin confesión si no es verdad lo que afirmo. ¡Cosa admirable! El misionero que llamaron á confesarlo en éste ó el pasado año, cuando se aproximaba á la aldea, no pudo ni con fuerza ni con arte hacer que se moviese la caballería en que iba, hasta que espiró el enfermo; entonces la mula echó á andar y llevó al P. Juan Fonte á la aldea en que estaba el muerto: ejemplo tal debe apartarnos de atraer con imprecaciones el mayor mal de cuantos nos pueden sobrevenir. El P. Diego de Torres, que nada descuidaba, ordenó que los PP, Horacio Bech y Martín Aranda, que se hallaban en Arauco, y los PP. Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino, que estaban en las islas de Chiloé, fuesen, como es costumbre en la Compañía, á confesarse con él. Abrazólos cariñosamente por lo que habían hecho en bien del cristianismo. Dispuso que el P. Bech rigiese á otros misioneros, y en el lugar que ocupaba puso al Padre Francisco Gómez, acompañado del Padre Martín de Aranda; éstos continuaron los trabajos en Chile por mar y tierra, con notable provecho de las almas, durante seis años; se portaron admirablemente cuando la peste se cebó en indios y españoles. El P. Juan Bautista Ferrusino fué encargado de gobernar el noviciado de Córdoba en sustitución del Padre Mateo Esteban, varón probo, el cual navegó con el P. Melchor Vanegas á las islas de Chiloé para proseguir las tareas apostólicas de los misioneros que le habían precedido.


CAPÍTULO V

SON EVANGELIZADAS LAS ISLAS DE CHILOÉ.

Próximas á la isla de Chiloé, que antes hemos descrito, hay otras cuarenta, cual satélites alrededor de un planeta ó ramos cerca del tronco; su vista causa alegría, turbada con frecuencia por vientos repentinos y horribles tempestades; nunca se navega por el archipiélago de Chiloé sin grave peligro de que el mar se agite. Las costumbres de sus habitantes son iguales á las que tienen los de la isla mayor; idénticas sus casas y alimentos, pero su estupidez es mayor. En una de estas islas se establecieron ochenta españoles cuando los rebeldes chilenos destruyeron varias ciudades; allí edificaron un fuerte. La mayor parte de ellas están poco pobladas, y dan sus moradores por razón, que los piratas desembarcan frecuentemente y se llevan cuantos cautivos pueden, á fin de emplearlos en trabajos forzosos, no obstante la oposición de las autoridades. Las islas de Chiloé están administradas por un gobernador. Tan luego como los Padres Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino tuvieron orden de ir á ellas, se embarcaron; en alta mar los sorprendió una tempestad que los arrojó á la costa de Chile dominada por los insurrectos; bajaron de la nave y en vano solicitaron la celebración de una entrevista con los araucanos en las ruínas de Valdivia. Calmados los vientos prosiguieron su viaje, llegando felizmente al puerto de la isla mayor. Contaban los indígenas que en todos los sitios donde las misioneros celebraron misa durante su primera expedición, se veían luces prodigiosas y en medio un altar radiante y espléndido: estos milagros hicieron crecer el ascendiente de los Padres, quienes después de confesar á los españoles, aunque sabían muy bien lo peligrosas que eran aquellas aguas, navegaron en una barca, diciendo que sería indigna cosa temer las olas, cuando los piratas se exponían á su furor por apresar hombres, empresa indigna de ser comparada á la de salvar almas. Ningún sacerdote había en las cuarenta islas, excepción hecha del que moraba en la fortaleza de los españoles, por cuya razón, si bien se contaban numerosos cristianos, éstos eran ignorantes y no conocían el uso de los Sacramentos; nada sabían del matrimonio, de la confesión, de iglesias y de misterios católicos. Demasiado claro aparecía que quien los bautizó no pretendía el bien espiritual de los indios, sino su interés particular. En la primera navegación los misioneros recorrieron todas las islas en el espacio de seis meses; autorizaron seiscientos matrimonios; oyeron muchas confesiones y bautizaron quinientas veinte personas. En tan ardua tarea, los Padres iban por mar de un lado á otro, sufriendo males indecibles: tres veces estuvieron á punto de morir ahogados en medio de las olas; muchas otras se mojaron en tiempo frío, y así pasaron noches enteras al raso. Comían raíces y lo que arrojaba el mar. A causa de los naufragios se corrompían los víveres, y entonces carecían de lo más preciso; á pesar de tales tribulaciones sentían dulzura inefable pensando que servían á Cristo. En cierta ocasión hallaron un neófito viejo casi espirando, quien al ver los jesuitas, ostentando la cruz, lleno de alegría exclamó: Esta, oh Padre, es mi esperanza; armado con ella y despreciando supersticiosas medicinas, recobraré la salud. Después que hubieron recorrido las islas pequeñas, tornaron á la mayor, y yendo por las costas en una balsa visitaron los veinticinco pueblos que tenía, administrando el Bautismo y la Confesión y predicando con feliz éxito. Para concluir; en los dos años siguientes volvieron á estar en las islas, donde construyeron ochenta capillas en otras tantas aldeas y nombraron maestros de la doctrina cristiana. No puedo consignar cuántas personas bautizaron. Lo que afirmo es que con su constancia en soportar trabajos ganaron en estimación y recogieron frutos de alegría entre indios y españoles; el gobernador de las islas escribió al Provincial rogándole que no se ausentaran varones tan útiles. Los misioneros, en vista de lo mucho que eran venerados, daban á los neófitos cédulas autógrafas, con las cuales éstos ponían en fuga los demonios. Los españoles no se atrevían á molestar á los Padres, viendo que eran honrados por los ciudadanos más beneméritos. Tan poderosa es la virtud, que protege la inocencia y detiene á los culpables.


CAPÍTULO VI

LOS PP. JUAN DARÍO Y DIEGO DE BOROA PACIFICAN Á LOS DIAGUITAS Y LES PREDICAN.

Cuando volvió el P. Diego de Torres á Córdoba desde el reino de Chile, recibió un mensajero del P. Luis de Quiñones, haciéndole saber cómo algunos malos soldados habían dado muerte á varios caciques diaguitas, por cuya causa estos indios se sublevaron, sin que hubiese esperanza de aplacarlos; solamente la Compañía podía lograrlo, exponiéndose en aras del bien público. Entonces mandó el Provincial á los PP. Juan Darío y Diego de Boroa, que yendo de camino á la capital del Tucumán, ciudad de donde se había retirado la Compañía, cumpliesen las órdenes que les diera el gobernador. Ambos misioneros eran dignos del cargo que les confiaban: el P. Darío pacificó á los calchaquíes, y el P. Boroa descollaba por su prudencia y santidad; durante cincuenta años desempeñó altas funciones en la provincia; de tal manera hizo brillar en el asunto que nos ocupa su espíritu evangélico, que el P. Darío lo llamó un Francisco Javier compendiado. Cuando llegaron á la metrópoli, fueron recibidos con alegría tan general como intensa, doliéndose los opresores de los indios de haber perdido con su tiranía el apoyo de la Compañía. Los más de los españoles deseaban que ésta tornase á la ciudad; pero quienes lamentaban de veras la ausencia de los jesuitas eran los indios bautizados por éstos, pues habían perdido sus padres, doctores y patronos. Nada tan grato acaeció en la ciudad como la reconciliación del obispo y del gobernador D. Alonso de Ribera, gracias á la intervención de los Padres, y es de notar que al día siguiente de ir el gobernador, por consejo del P. Juan Darío, á besar el anillo del Prelado y demandarle perdón por las ofensas pasadas, aquél recibió carta, del rey por la que le restituía el gobierno de Chile. En lo cual se ve que Dios está con los mansos de corazón y que la dignidad es compatible con la sumisión. Arreglado felizmente tal negocio, los religiosos, con la protección del obispo y del gobernador, fueron al valle de Aconguinca, situado entre las ciudades de San Miguel y Londres; también á las selvas inmediatas de Yocavil; convirtieron muchos indios, á quienes administraron el Bautismo y otros Sacramentos. Después, atravesando animosamente las fronteras de los diaguitas, ninguna dificultad hallaron; mostráronse los rebeldes propicios á la paz, sabiendo que los Padres serían en lo futuro sus protectores. Estos oyeron las quejas de los diaguitas y les prometieron trabajar con todas sus fuerzas en evitar las extorsiones de los soldados. Ya que los religiosos quitaron en lo posible la causa de las contiendas, y no del todo por ser difícil desarraigar la codicia inveterada, recorrieron las exiguas aldeas habitadas por los guasanos, maleos, huachases y andalgalas; quinientos bárbaros se hicieron cristianos. ¡Pero, gran Dios, á costa de qué trabajo! ¡cuánto hubo que andar por lugares ásperos y desiertos! El P. Diego de Boroa, que menospreciaba sus hechos, me contó que, aun siendo de cuerpo y ánimo robustos, llegó á desfallecer en aquella expedición. Donde quiera que iban los misioneros, derribaban los ídolos y los objetos del culto pagano para colocar la cruz, sin que los indios lo llevasen á mal, antes bien solicitaron que la Compañía se estableciese en el país. Los Padres, cumpliendo las órdenes que tenían, volvieron á la capital del Tucumán, y fueron recibidos, en agradecimiento de haber hecho la paz, con inmensa alegría de particulares y autoridades.


CAPÍTULO VII

EL SERVICIO PERSONAL DE LOS INDIOS QUEDA ABOLIDO POR DISPOSICIÓN DEL REY CATÓLICO.

Continuaba siendo un grave obstáculo para la predicación fructuosa del Evangelio la ambición de los españoles, quienes, movidos por el lucro, obligaban á los indios á ejecutar penosas y continuas obras. Estos hallaban patrocinio en la Compañía, la cual se atrajo por ello el odio de no poca gente. Crecía el mal de día en día, y tanto, que amenazaba sobreponerse á los remedios. Llegó á la sazón Don Francisco de Alfaro, que era del Real Consejo, enviado por Felipe III á fin de visitar el Tucumán y el Paraguay, con facultades para prohibir el servicio personal y adoptar con tal objeto las disposiciones que más convenientes le parecieran, procurando que no sufrieran perjuicio los españoles en sus derechos adquiridos. Llevó á cabo su comisión D. Francisco de Alfaro tan acertadamente, que ilustró su nombre y mereció las recompensas que luego recibió. Apenas llegó á la capital del Tucumán, convocó una junta de las personas más principales y expuso en ella los motivos que el monarca tenía para abolir la servidumbre de los indios, y refutó los argumentos que le opusieron de tal manera, que todos los asistentes juzgaron que se debían cumplir los regios mandatos. Después redactaron el siguiente decreto: «Nosotros, los infrascritos, reunidos exprofeso para tratar del servicio personal de los indios, habiendo examinado atentamente las disposiciones que acerca de este asunto dió el gobernador del Tucumán, González Abreu, declaramos ser ilícito el dicho servicio. Y para que conste, lo firmamos: Hernando Trejo, obispo del Tucumán; Alonso Ribera, gobernador de Chile; Francisco Alfaro, del Real Consejo; Francisco Salcedo, tesorero de la iglesia Catedral de Santiago (después fué obispo de Chile); Fr. Cristóbal de Ayala; Luis Quiñones, gobernador del Tucumán; Fr. Pedro López Valero, licenciado; Antonio Rosillo.» Hecho todo esto en la metrópoli del Tucumán, sin que concurriera ningún religioso de la Compañía, D. Francisco de Alfaro se trasladó á Córdoba, donde mostró las reales cédulas que llevaba y el asentimiento del virrey peruano y de la Audiencia de Chuquisaca á lo acordado últimamente en la junta mencionada, con lo cual se consiguió no poco, á pesar de las protestas elevadas por los ciudadanos de Córdoba. Después, acompañado del P. Diego de Torres y de D. Diego Marín Negrón, se dirigió al Paraguay para cumplir su cometido en la Asunción, como lo había hecho en otras ciudades.


CAPÍTULO VIII

UN HIJO DEL JEFE DE LOS GUAICURÚES RECIBE EL BAUTISMO.

Antes de que el Provincial saliera de Córdoba, pidió luces durante ocho días á Jesús Sacramentado para elegir misioneros que enviar al país de los guaicurúes. Solicitáronlo muchos, y fueron escogidos los PP. Antonio Moranta, profesor de Teología; Antonio Ruiz, de virtud acrisolada; Martín Urtazun, pariente de San Francisco Javier, y Pedro Romero, que alcanzó la palma del martirio. Llevó consigo algunos de éstos, y ordenó á los restantes que marcharan á la capital del Paraguay, para luego destinarlos donde fuera oportuno. Habían llegado de este país doscientos indios remeros para conducir al gobernador y al visitador regio; el Provincial y sus compañeros los iniciaron en los misterios de la fe. Cuando se hallaban cerca de la Asunción, hizo el P. Roque González que les saliera al encuentro una embarcación de los guaicurúes, adornada con ramos entretejidos y con flores, en la que iba el hijo del jefe que tenía dicha nación, con el intento de solicitar del gobernador permiso para que su padre pudiese entrar sin temor alguno en la ciudad, á lo cual accedió aquél sin dificultad, antes bien con sumo gusto. El gobernador y el comisario real pasaron al navío del joven indio y siguieron con él hasta acabar su viaje. Dos años habían pasado los PP. Roque González y Vicente Griffi en el país de los guaicurúes, intentando, aunque sin éxito favorable, por todos los medios que tuvieron á su alcance, domesticar aquella fiera gente: solamente consiguieron bautizar algunos indios en la hora de la muerte. Ya se trataba de que los misioneros se retirasen, cuando el jefe de los guaicurúes, con el P. González y numerosa comitiva de sus vasallos, fué á la Asunción, y después de haber cumplimentado como era costumbre entre los bárbaros al gobernador y al regio comisario, presentó al Padre Provincial un hijo de doce años de edad para que lo instruyera en nuestra religión, quien muy luego fué solemnemente bautizado, siendo sus padrinos el gobernador y el comisario real. Su padre recibió algunos regalos, y lograda la benevolencia de éste, pudo esperarse que los indios se irían civilizando por obra de los religiosos, quienes permanecieron en el país de los guaicurúes.


CAPÍTULO IX

DE ALGUNAS COSAS QUE SUCEDIERON EN LA CIUDAD DE LA ASUNCIÓN.

Despedidos los indios, D. Francisco de Alfaro atento á su negocio, abolió el servicio personal en el Paraguay; mas como bastantes indígenas no habían de satisfacer tributo, arregló el asunto de una manera equitativa, ordenando que trabajasen un mes al año en provecho de sus dueños, y que lo restante fuesen libres para ajustarse á cambio de salario; otras disposiciones, igualmente justas, dió para los indios y españoles. Casi todas ellas fueron aprobadas por el rey Católico, quien extendió el tiempo antes dicho á dos meses, y acordó que rigieran á perpetuidad. Para que en lo sucesivo no se apartaran los infieles de abrazar nuestra religión, temerosos de vejaciones, asignó á la Compañía el Paraná, el Gúairá y el país de los guaicurúes, de tal manera, que los indios establecidos en las poblaciones de las mencionadas comarcas no fueran dados en encomienda á particular alguno. Los misioneros vivirían á expensas del Erario público. A fin de que todo esto fuera estable, mostró una carta del rey Católico, en la que alababa á los religiosos de la Compañía y les encomendaba la evangelización de los gentiles. Merece referirse cómo habiendo acordado D. Francisco de Alfaro que se diese á cada uno de los misioneros un sueldo igual al disfrutado por los curas párrocos del Perú, se opuso el Provincial diciendo que con la cuarta parte podían vivir aquéllos moderadamente, hecho que es importante para desvanecer la opinión del vulgo, el cual nos suele motejar de ambiciosos. Marchóse de la Asunción el comisario regio, y como los hombres más importantes de ella pusieran obstáculos á la ejecución de los nuevos decretos, volvió á encenderse el odio contra la Compañía, á tal punto que los religiosos se vieron precisados, para evitar los insultos de la plebe, á retirarse de aquel punto. Duró la persecución tres meses, hasta que cierta persona muy principal se presentó delante del gobernador con un considerable número de indios que le estaban sometidos, prometiendo que antes permitiría caer en la miseria que abusar de éstos. Al dicho añadió el hecho, y así los alimentó después como á hijos, no exigiendo de ellos ni aun lo permitido por las leyes. Tal ejemplo hizo cambiar la opinión, inclinándola en favor de la Compañía; sin embargo, no dejó ésta de tener enemigos que se le oponían en su justa empresa.


CAPÍTULO X

VUELVE LA COMPAÑÍA Á SANTIAGO, CAPITAL DEL TUCUMÁN.

Tan luego como el P. Diego de Torres organizó nuevas misiones á los países gentiles del Paraguay, tornó á la metrópoli del Tucumán, llamado por. D. Francisco de Alfaro, pues muchas personas deseaban el regreso de la Compañía. El marqués de Montesclaros, virrey del Perú, había reprendido fuertemente en una carta la conducta del gobernador Don Alonso de Ribera, porque durante su mando permitió la salida de los jesuitas, hombres útiles á la sociedad y á la religión, y le exhortaba á reparar los desaciertos cometidos. Además encargó á D. Francisco de Alfaro que aprovechara la ocasión oportuna de restablecer el Colegio de la Compañía, en lo cual se interesó también la Audiencia de Chuquisaca. Las autoridades de Santiago, viendo los perjuicios que se originaron á la ciudad con motivo de salir los misioneros, se esforzaban por remediarlos. D. Luís de Quiñones, gobernador del Tucumán, y su antecesor D. Alonso de Ribera, trabajaban con igual fin. Quien más se lamentaba era el Obispo, pues con la ausencia de los Padres los indios de la población y del campo vivían sin confesarse; la juventud se inclinaba al libertinaje; las costumbres de hombres y mujeres dejaban bastante que desear; nadie había que ayudase á los moribundos, curase los negros, visitase las aldeas y predicase en pueblos de idólatras. Llorando sin consuelo, se reprochaba el no haber impedido la marcha de los jesuitas. Las cosas que dijo de la Compañía y de su utilidad tocan á un escritor de más alto vuelo que yo, y rayan en lo inverosímil; así que las paso por alto. Rogado el P. Torres por tantas y tan eminentes personas á fin de que la Compañía se estableciera de nuevo en Santiago, se condujo con tal modestia, que en vez de hacer un beneficio, parecía recibir un favor de la afligida población. Accedió á la petición; D. Francisco de Alfaro y el Obispo trataron de los subsidios que se darían á los misioneros; confiaron á éstos el gobierno del Seminario de Nobles recientemente creado, y les adjudicaron parte de las rentas que gozaba la iglesia Catedral y del noveno correspondiente á Su Majestad, lo cual aprobó éste, benéfico siempre con nosotros: montaba todo dos mil escudos de oro. Así mostró la Compañía su constancia en el Tucumán y el Paraguay, sin transigir con la opresión de los indios, no obstante la persecución que sufrió. La firmeza del P. Torres se hizo patente. Este había amenazado al pueblo con la cólera del cielo, y tuvo cumplimiento su predicción. Por aquel tiempo se apareció el alma de un hombre que abusó de los indios tiránicamente, envuelta en llamas y lanzando gemidos; aconsejaba á un hijo suyo que no vejara á sus clientes. La peste se extendió por varios países y se oyeron rumores de sublevaciones. Muchos, aterrados con tan graves males, no solamente acataron los mandatos de Don Alonso de Ribera dando libertad á los siervos, sino pagándoles religiosamente los trabajos que tenían prestados; hubo quien los igualó á sus hijos y les dejó en testamento quince mil escudos de oro; otro, con aprobación de su heredero, que no era rico, les distribuyó seis mil escudos. Como todavía dudasen algunos de si debían obedecer á los decretos de D. Francisco de Alfaro, enseñó éste cartas de Juan Menachi, porta-estandarte de la sabiduría americana, y de Perlino, Diego Alvarez de Paz y otros gravísimos varones, quienes con doctos argumentos condenaban el servicio personal. En seguida aumentaron las confesiones y nuestra iglesia se vió más frecuentada. Tal veneración concibieron los indios hacia los jesuitas, que de todas partes salían á recibir la enseñanza de éstos y ponerse bajo su tutela. Así nos vino el bien de donde temíamos el mal, pues Dios suele cambiar la adversidad en prosperidad. El P. Juan Romero fué nombrado Rector del Colegio, para lo cual dejó la ciudad de Buenos Aires, y se vengó de las injurias pasadas haciendo beneficios.


CAPÍTULO XI

PRIMEROS AÑOS DE LA VIDA DEL P. ANTONIO RUIZ.

Vencidos los obstáculos que se oponían al florecimiento del cristianismo, fué el P. Antonio Ruiz de Montoya desde el Paraguay al Guairá. Conviene que hable de los principios que tuvo tan esclarecido misionero, á fin de que el lector compare lo que realizó de niño con lo que hizo en edad madura. El P. Antonio Ruiz de Montoya era pariente de Diego Ruiz de Montoya, célebre escritor; nació en Lima, reina de las ciudades americanas, y era único heredero de una casa riquísima. Su padre, llamado Cristóbal de Montoya, natural de Andalucía, pasó al Nuevo Mundo; allí lo protegió Villarias, virrey del Perú, quien le dió varios empleos, en los que sirvió beneméritamente al país. Nuestro Antonio de niño se cayó á una cloaca, de la que fué extraído prontamente, pronóstico y señal de cómo algún día se encenagaría en los vicios y lo sacaría del lodazal la divina gracia. A los cinco años perdió á su madre y comenzó á estudiar las primeras letras con un preceptor, mostrando entendimiento claro. Cuando tenía seis, llamaba la atención de las personas observadoras, porque no solamente conocía los caracteres alfabéticos, sino que desentrañaba cuestiones intrincadas aguda y graciosamente. A los nueve quedó sin padre, y principió á descubrir las recompensas del cielo y lo útil que es el temor de Dios; concibió extraordinario amor hacia la Virgen, y tanto martirizó su cuerpecito, que llegó á merecer favores milagrosos; en ciertos días, á imitación de San Jerónimo, se golpeaba el pecho con una grande piedra; ceñíase un cilicio erizado de púas; pasaba largos ratos en oración sin que nadie le hubiera enseñado á rezar, siendo evidente que lo aprendió por inspiración del Señor. Una vez que gozó de la ambrosía de las piadosas meditaciones, lleno de alegría mostraba en lluvia de lágrimas sus tiernos afectos. Creció entre tanto, y pensando entrar en la Orden de San Francisco, notó que cierta voz interior le disuadía de ello; entonces se decidió por la vida eremítica y resolvió tomar un compañero. Mas éste desaprobó resolución tan precipitada, y le aconsejó que estudiase con los jesuitas el idioma latino. Así lo hizo; pero su tutor, que acariciaba la idea de casarlo con su hija lo sintió tanto, que enfermó de pena. A los diez y siete años se negó á que lo adoptara un hombre rico, deseoso de tener heredero, pues no quería obedecer á nadie. Luego se entregó al libertinaje; se aficionó á los juegos; á recorrer de noche la ciudad, cual murciélago, en compañía de bufones; á fingir riñas y poner estorbos en que tropezasen los transeuntes que iban á poner paz; á colocar por las plazas cuerdas tensas á ras del suelo, y á colgar piedras con tal artificio que golpeaban toda la noche las puertas: tales pasatiempos le hicieron olvidar la piedad. Dándose á estos vicios, aconteció que una noche fué sorprendido en casa ajena, y recibió tres heridas, de las que estuvo á punto de morir; cicatrizadas éstas, volvió á reunirse con sus amigos, y encontrándose con algunos ciudadanos conjurados contra él, quedó herido gravemente, salvándose con la fuga; apenas curó lo hirió un tercero, porque creía infundadamente que Antonio había abusado de su mujer; el marido fué condenado á multa considerable, y un esclavo de éste tuvo que huir. Antonio estuvo procesado en varias ocasiones y expuesto á ser preso y desterrado por los sucesos de que hemos hablado; siempre salió libre por el favor de sus amigos y con la disculpa de su edad. Lo que no pudo evitar fué una agresión repentina: cierto ciudadano honrado entregó un su esclavo al juez para que lo castigase por contumaz, y éste se encendió de tal manera con los azotes, que juró matar al primero que hallase al salir de la cárcel. Acertó á pasar Antonio y el negro se dirigió á éste; mas luego vió un hombre que en la puerta de la iglesia estaba arrodillado; cayó sobre él y lo asesinó horriblemente; el negro fué ahorcado, ya que prefirió el último suplicio á ser esclavo. Tantos peligros no hicieron más cauto á nuestro Antonio, quien parecía maquinar cada día cosas peores para él y para sus compañeros. No descenderé á detalles, ya que él mismo trazó un cuadro de su adolescencia, diciendo que fué más profano que los gentiles, esclavo de vanidades y adorador de Venus. Por espacio de tres años descuidó la confesión sacramental, á fin de romper mejor los frenos de la concupiscencia.


CAPÍTULO XII

PROSIGUE LA VIDA DEL P. ANTONIO RUIZ.

Aunque sus costumbres eran las que ya sabemos, no dejaba un día de oir misa y se encomendaba cuotidianamente á la protección de la Virgen, cuya imagen veneraba en cierta capilla. Lo demás del tiempo lo pasaba en los placeres. Nunca cesó el gusano de la conciencia de roerle, tormento que le angustiaba cuando más rodeado estaba de parásitos en sus diversiones. Aumentáronse sus congojas una noche que se encontró con los cadáveres de dos amigos suyos que se dieron la muerte el uno al otro por ser rivales en amores; pensó los terribles males temporales y eternos á que estaba expuesto si seguía las huellas de sus desgraciados compañeros; pero nada le atemorizó tanto como el aparecérsele Cristo en el aire vibrando el rayo para herirle: quedó atónito y con la mente llena de confusión, pero no acertó a salir del cieno de los vicios, Con objeto de ahuyentar estos terrores, solicitó del virrey del Perú ser enviado al reino de Chile como soldado por espacio de dos años, pagándose él mismo los gastos. Tenía ya el nombramiento en la mano; pero por los consejos de sus amigos dejó la milicia y acordó navegar á Panamá y sumergirse allí en los deleites. Antes de embarcarse escuchó las amonestaciones de un amigo, quien le decía que no se lanzase al mar sin hacer confesión de sus pecados: hízolo así; mas como el confesor tenía que desenredar tantos nudos intrincados, dejó la absolución para el día siguiente; irritóse el soberbio penitente, y levantándose dijo que jamás volvería á confesar; acto seguido echó á andar. ¡Cosa admirable! Oyó una voz por el aire que le gritó dos veces: «Antonio, torna; Antonio, torna, y te absolverán.» A la voz de fuera se unió otra interna del Señor que le exhortaba á lo mismo; obedeció las inspiraciones del cielo y se puso bajo la dirección de un sacerdote, al cual reveló con sumo dolor los pecados de toda su vida; con él hizo los ejercicios de San Ignacio. Cuatro días llevaba en éstos, cuando se sintió transportado á cierta región lejana poblada de innumerables indios á quienes maltrataban hombres semejantes á demonios; un ángel con vestiduras blancas y resplandecientes defendía á los oprimidos; parecía aquello imagen del juicio final. Estando en esto vió que Cristo descendía de lo alto y aplicaba á su herida del costado la boca de Antonio, quien notó salir un olor fragantísimo y un vapor suave en extremo. Conoció que la región que tenía delante era el Paraguay; los ángeles con vestidos lucidos los misioneros de la Compañía, enviados por Dios en auxilio de los gentiles. Terminados los ejercicios, quedó hecho otro hombre. Con objeto de aprender las letras latinas se puso bajo la dirección del Padre José Arriaga, rector del Colegio de Lima. En un año no completo estudió la Gramática y la Poética; en un curso de siete meses la Retórica. De su vida en el Seminario diré solamente que se entregó al ejercicio de las virtudes con igual ahínco que antes de entrar á los vicios y profanas diversiones. Por su oración constante, mortificaciones corporales y afán de servir á los demás, lo llamaban sus compañeros el santo. Saliendo un día del Colegio no sé con qué motivo, un niño espontáneamente se echó á sus rodillas venerándole; los testigos presenciales afirmaron ser aquello signo de que en algún tiempo merecería culto. Imbuído en la Retórica, profesó en nuestra casa de Lima el año 1606, y confirmó con excelentes acciones el buen concepto que de él se tenía. Siendo novicio, además de otros favores divinos, se le apareció dos veces la Virgen, que le mudó el corazón; de nuevo aspiró la fragancia que se desprende de la herida de Cristo en el costado. Jerónima de San Francisco, célebre en Lima por su santidad manifestó á su confesor que el cielo destinaba al joven Antonio Ruiz para ir al Paraguay; así aconteció, en efecto: aún era novicio cuando fué á dicho país con el P. Torres, que trataba de fundar la provincia de tal nombre. Mientras proseguía sus estudios en Córdoba del Tucumán, antes de ser sacerdote, vió que Cristo sobre el altar, en forma de muchacho, le ofrecía una palma; tal aparición le inspiró vivos deseos de posponer todo al culto y gloria del Señor. Ya ordenado de presbítero, cuando se preparaba á decir la primera misa, contempló á su lado la Virgen María, que le arreglaba las vestiduras sagradas. Poco después tuvo otras visiones en el liceo de los franciscanos, y tanto se inflamó en ansias por socorrer á los indios, que de la vehemencia del afecto le dolió el pecho varios días. De cuatro horas que cada día consagraba á la oración mental, dedicaba una á considerar cuántos infortunios padecían los misioneros en Lima y en otras partes, cuyo pensamiento le impulsaba á dar gracias al Señor. Cristo le guió en la religiosa perfección de sus costumbres. Dudando sobre lo que agradaría más á su Divina Majestad, oyó la voz del Redentor diciéndole que si quería conseguir sus favores cumpliese las reglas de su instituto y los preceptos de sus superiores pues entonces le dirigiría en todos sus actos y estaría con él en cualquier parte. Como replicase Antonio que lo segundo era difícil, á quien por sus muchas ocupaciones tenía siempre el espíritu distraído, replicó el Salvador que lo encontraría fácil si vivía con el corazón vacío de lo que no fuese Cristo. Pidiendo á Dios con ardientes preces que le quitase el gusto, de manera que no percibiera el sabor aun de los manjares más agradables, fué reprendido por el Señor, quien le manifestó que bastaba comer por necesidad y no por deleite, ya que él mismo dijo: No atarás la boca al buey que trilla. En la Semana Santa, fatigado de orar, se echó en un banco de la sacristía para reparar sus cansadas fuerzas; entonces notó que los diablos le oprimían y que el cielo le protegía. Experimentó singulares beneficios de María, los que pueden verse extensamente en su vida, escrita por Francisco Xarque. Ya dispuesto á cosas grandes, fué enviado desde el Paraguay al Guairá en el peor tiempo del año, y allí se dedicó á las fatigas apostólicas.


CAPÍTULO XIII

LOS MISIONEROS PROPAGAN EL CRISTIANISMO EN EL GUAIRÁ.

Quedó el P. Simón Mazeta al cargo de los pueblos nuevamente fundados en el Guairá, y el P. José Cataldino, prefecto de las misiones, fué con el P. Antonio Ruiz á los países bañados por los ríos Parapaná y Pirapo, á petición de sus moradores. En ellos, además de reducir á innumerables indios, convirtió un mago famoso, el cual redujo á cenizas el pueblo donde vivía, y llevó á sus habitantes á San Ignacio. No sólo hizo esto el antiguo hechicero, sino que habiéndose conjurado contra los misioneros no sé qué indios, él los contuvo con su autoridad. Desgraciadamente no tuvo constancia en el camino emprendido; volvió á sus artes diabólicas, procurando apartar los suyos de la enseñanza de los Padres, y se abstuvo de los Santos Sacramentos, por todo lo cual el Padre Simón Mazeta le anunció un severo castigo del cielo; al poco tiempo fué muerto en las selvas por los ladrones. En un pueblo se oponía al Evangelio cierto impostor que fingía dar fertilidad á la tierra y á las plantas, y desmentía las enseñanzas de los sacerdotes cristianos. El cacique Maracaná, movido de un celo imprudente y sin contar con los Padres Cataldino y Ruiz, le dijo: «Ahora veré si en verdad eres señor de la vida;» y acto continuo mandó que ataran al mago una gruesa piedra y lo arrojaran al río, donde murió ahogado. Al contemplar los misioneros la multitud de ruínas que había en aquel país, consideraron los estragos que hacían los brasileños cazadores de indios. No vaciló el P. Ruiz en compararlos con los demonios que por revelación divina vió en Lima insultar á los indígenas y á los PP. Cataldino y Mazeta con los ángeles de paz que se oponían á toda clase de violencias y opresiones.


CAPÍTULO XIV

FLORECE LA RELIGIÓN EN EL GUAIRÁ, NO OBSTANTE ALGUNOS DISTURBIOS QUE HUBO.

Mientras acontecían estas cosas, llegó al Guairá el P. Martín Javier Urtazu para ayudar en sus tareas á los misioneros. Allí establecióse con el P. José Cataldino, que era rector de San Ignacio; los PP. Simón Mazeta y Antonio Ruiz fueron enviados á Loreto. Los dos pueblos crecieron en poco tiempo considerablemente: en ambos había casi el mismo número de neófitos y de catacúmenos; las dificultades para doctrinar á éstos eran iguales, como también la escasez de todas las cosas necesarias, las intrigas de los hechiceros, las incursiones de los bandidos y las artes que se debían poner en juego á fin de sacar á los indios de sus bosques y escondites. Los religiosos hacían largas excursiones, y además, una vez á la semana, visitaban dos de las aldeas cercanas, siempre con feliz resultado, pues convertían numerosos gentiles. Puede formarse idea de cuán fructuosas eran sus expediciones, teniendo en cuenta que en breve tiempo bautizaron más de dos mil cuatrocientos idólatras y unieron en matrimonio cristiano á cuatrocientos que vivían con una ó varias concubinas. En vano fué que se opusiera á esto el cacique Atica (2), y á quien obedecía el pueblo de Loreto. Este indio abandonó á su esposa legítima, y mantenía una especie de harem tan numeroso, que en un año tuvo ocho hijos, precisamente cuando apenas acababa de recibir el Bautismo. Además, pretendía ser sacerdote; llevaba traje talar y amplia capa cubierta de vistosas plumas; iba en compañía de un coro de magos, y celebraba su nefando culto delante de la plebe, cuyo afecto se captaba; por otra parte, excitaba el odio contra los misioneros. No se recataba para hacer nada de lo referido; antes bien fué tan osado, que se presentó al P. Antonio Ruiz diciendo á voces que jamás permitiría á los sacerdotes extranjeros abolir las antiguas prácticas del país, y tendría cuantas concubinas le diese la gana; á las palabras unió las amenazas, y acompañado de trescientos guerreros se dirigió al pueblo donde vivía Maracaná para ver el modo de atraerlo á su partido. ¡Mira, dijo á este cacique, cuán triste será nuestra condición si no aplastamos á los que nos quieren oprimir! ¿Quién de los guaraníes nobles se contentará con una mujer vieja y renunciará al antiguo derecho de poseer varias esposas escogidas entre las más delicadas doncellas? Muestra ¡oh Maracaná! tu pristino valor y la estima en que tienes el ser libre; haz lo que debes á tu fama y á nuestra amistad. Destruyamos estos nuevos sacerdotes que nos han venido, enemigos de nuestras nupcias y costumbres, antes que nos pierdan. Por más que Maracaná vivía aún en concubinato, contestó duramente á tales ruegos, y haciendo una señal á sus vasallos para que se armaran, amenazó al mago con su enemistad si es que seguía adelante en sus propósitos; hizo más: se lanzó sobre él; pero éste huyó precipitadamente. Entre tanto, los misioneros purificaban sus conciencias con la Confesión y se preparaban á recibir la muerte, cuando Aticai se presentó ante ellos solo y desarmado, demandando perdón puesto de rodillas. Muy luego volvió á las andadas; pues aunque al pronto despidió las concubinas, limitándose á vivir con su esposa legítima, y aquéllas, por disposición de los misioneros, fueron llevadas lejos, como tenía de continuo puesto el pensamiento en ellas huyó donde estaban, y condenándose á un destierro voluntario y á la pérdida de su autoridad, murió abandonado en los bosques sin más compañía que una mujer despreciable; ejemplo elocuente de lo perjudicial que es siempre la sensualidad. Siguieron los bárbaros devastando con sus incursiones nuestros pueblos, los cuales se veían además expuestos de continuo á las incursiones de hombres criminales, quienes procuraban evitar á toda costa el establecimiento de nuevas reducciones; llegó el atrevimiento de éstos al punto de llevarse cautivos los habitantes de dos aldeas que estaban para trasladarse á las poblaciones recientemente fundadas; pudo rescatar ochenta y uno el P. Añasco, comisionado al efecto por el comisario regio, D. Francisco de Alfaro. Hubo también calumniadores que motejaban á los Padres de la Compañía de estar ociosos, con el propósito de que éstos se retirasen y entonces ellos pudieran más desembarazadamente dedicarse á la caza de indios; tan bien maquinada estaba la intriga, que el rector de la Asunción pensó en llamar los misioneros. Para conjurar tales peligros marchó á la capital el P. Antonio Ruiz por orden del P. Cataldino, y refiriendo las empresas llevadas á cabo por los religiosos, deshizo las imposturas de los adversarios. El P. Ruiz recorrió á pie y descalzo la vasta comarca que se extiende entre los ríos Paraná y Paraguay, y de acostarse en el suelo, húmedo por las continuas lluvias, contrajo un reúma tan molesto que ya desesperaba de llegar al término de su viaje, cuando San Ignacio de Loyola, á quien se había encomendado, se le apareció en sueños y ordenóle proseguir el camino; hallóse al despertar tan aliviado de su dolencia, que en lo sucesivo anduvo más de prisa que sus compañeros. Regresó después al Guairá y regocijó al P. Cataldino y demás misioneros con el feliz éxito de su comisión.


CAPÍTULO XV

LOS PADRES JESUITAS RECORREN LA REGIÓN DEL PARANÁ.

En el pueblo de San Ignacio, situado entre los ríos Paraná y Paraguay, á pesar de las sediciones de los indios, trabajaba el P. Lorenzana para que los nuevamente convertidos adoptasen las costumbres cristianas y abandonaran las antiguas. Muy pronto se reunieron trescientas familias, número que aumentó el P. Roque González mientras que por espacio de seis meses fué coadjutor del P. Lorenzana, á quien después sucedió en el cargo. Gracias al mismo se abstuvieron los indios del Paraná de sus acostumbradas vejaciones contra los cristianos. Arreglados algún tanto los asuntos de San Ignacio, el P. González, en compañía de pocos neófitos, fué á la comarca donde el Jejuí une sus aguas á las del Paraná, con asombro de los bárbaros que se preguntaban unos á otros cómo unos hombres indefensos se atrevían á penetrar en regiones no recorridas todavía por los españoles. El misionero, con gran presencia de ánimo, habló á los gentiles de esta manera: «Sé muy bien ¡oh paranaes! lo famosos que os habéis hecho á causa de vuestras continuas rebeliones; pero llegará el día en que soportéis el dulce yugo de Cristo en vuestros cuellos. La cruz que llevo en la mano, más poderosa que las espadas, os dominará. Confiado en ella vengo á predicaros la religión de Aquél que está sobre todos los reyes de la tierra. Escuchadme con humildad.» Cosa admirable: los bárbaros prestaron atención al religioso y escucharon los misterios de la fe católica; luego lo llevaron á los pueblos cercanos y á los situados en las márgenes de los afluentes del Paraná; por todas partes salían los gentiles de sus bosques y siempre les predicó el Evangelio con audacia increíble. Viendo la multitud de ruínas que cubrían el país á causa de las guerras, hambre y continuas transmigraciones, tomó ocasión de ello para reprender á los indios por su obstinación en el paganismo y su espíritu bélico, fuentes de tantos males. Se granjeó la amistad de Tabacambi, cacique poderoso en el Paraná, y le hizo algunos regalos. Como aún los ánimos no estaban tan bien preparados cual deseaba, volvió donde se hallaba el P. Lorenzana para consultar con él acerca de lo que se debía hacer, siendo los dos de opinión que no se administrase el Bautismo á los indios hasta pasado algún tiempo, procurando entre tanto conciliarse la voluntad de éstos; recorrió cien leguas en el viaje de ida y vuelta. El P. Lorenzana marchó a presidir el Colegio de la Asunción, y el P. Roque González quedó en San Ignacio; allí éste instruyó á los catecúmenos, redujo á los habitantes de las selvas, asistió sin cansancio a los en enfermos de todas partes durante la peste y reunió sólidos materiales para edificar una iglesia. No se olvidaba de los moradores del Paraná, á quienes excitaba con frecuencia por medio de emisarios para que se convirtieran al cristianismo, y obsequiaba con dones á cuantos de ellos tenía ocasión de ver. Estableció que los neófitos de San Ignacio se dedicaran á juegos, banquetes, cacerías y otras diversiones honestas, con el objeto de que nuestra religión no pareciese demasiado áspera; sin embargo, logró de pocos que permanecieran en el pueblo después que recibieron el Bautismo; únicamente consiguió de los restantes que prometieran no quebrantar la paz. De esta manera iban poco a poco los indígenas del Paraná sometiéndose al suave yugo de Cristo.


CAPÍTULO XVI

SUMISIÓN DE LOS GUAICURÚES.

Una vez llamado el P. Roque González á la provincia del Paraná para que continuara allí sus apostólicas tareas, fué destinado el P. Romero al país de los guaicurúes, y por cierto que mostró una pericia nada común en la predicación del Evangelio. Unido al P. Antonio Moranta, procuraron ambos enseñar en público y en privado el bien y el mal, poniendo sumo empeño en la educación cristiana de los niños, pues esperaban que éstos se imbuirían fácilmente en la verdad, como que no tenían el ánimo depravado por falsas doctrinas, serían constantes en profesarla y procurarían la conversión de sus padres. Los indios desvanecían con frecuencia tan fundados cálculos; después de vivir algún tiempo al lado de los misioneros, por su innata veleidad, huían á los bosques con sus hijos y proseguían devastando las aldeas vecinas, cuyos habitantes reducían á cautiverio y celebrando de noche sus victorias de manera supersticiosa, lo mismo que si jamás hubieran sido cristianos. Unicamente se consiguió bautizar muchos niños y algunos adultos que estaban á la muerte; los demás persistieron en sus creencias gentílicas. De éstas pudo averiguar el P. Romero que se reducían á considerar como divinidades la Luna y el carro de Bootes. Habiendo observado el P. Romero que los guaicurúes celebraban la Luna nueva con voces y saltos, se adornó con las vestiduras sacerdotales para infundir mayor respeto, tomó una cruz en la mano y les reprendió fuertemente, logrando que en vez de adorar al astro de la noche venerasen el instrumento de nuestra redención y dejasen de festejar en lo sucesivo el plenilunio. Mas la inconstancia hacía muy pronto olvidar los buenos principios y frustraba las esperanzas de los religiosos. Pasado un año en todo esto, circuló la noticia de que los guaicurúes pensaban quitar la vida á los misioneros, quienes opinaban muchos que debían retirarse; el P. Romero rogó á sus Superiores en frecuentes cartas que no los apartase del peligro; pero el gobernador les ordenó que abandonasen por algún tiempo el país para evitar que los indios les diesen muerte, y después, temerosos del castigo, se alzaran en armas.


CAPÍTULO XVII

MISIÓN QUE LLEVÓ EL P. LUIS VALDIVIA AL REY CATÓLICO.

Mientras esto acontecía en el Paraguay, llegó la noticia de que volvía desde España el P. Valdivia, quien estuvo en la metrópoli cinco años ocupado en la defensa de los indios; su llegada produjo en los ánimos distintos efectos; muchos se alarmaron sobremanera. El origen del asunto fué el siguiente: los monarcas, en varias cédulas, habían prohibido severamente en el reino chileno vejar á los indígenas y gravarlos con penosos trabajos. Mas como por efecto de la distancia y de lo inveterado del mal quedaran sin cumplimiento, el marqués de Montesclaros, virrey del Perú, conociendo que si los servicios personales no quedaban abolidos en Chile, sería imposible la propagación de la fe lo mismo entre los indios amigos que entre los enemigos, dispuso que el P. Valdivia fuese á España, y cumpliendo lo pactado con los rebeldes, tratase con Su Majestad de poner remedio al mal que nos ocupa; también para ver la manera de concluir la guerra continua y atroz que sostenían chilenos y españoles y entonces procurar la conversión de los primeros. Llegado el P. Valdivia á la Península, se presentó á Felipe III, amante de la paz é inclinado á favorecer á los indios; el rey le dijo que hablara, y así lo hizo; comenzó dándole gracias por las disposiciones que publicó contra los vejadores de los araucanos; explicó las quejas que éstos alegaban, y prosiguió de este modo: «¡Oh rey! si queremos conocer la causa de la sublevación de Chile, es necesario que nos fijemos en los servicios personales impuestos á los bárbaros contra la voluntad de vuestros progenitores; aquella gente, exasperada por la servidumbre, continúa la guerra y la continuará con grave detrimento de vuestro imperio y de la religión si no se acaba con las violencias origen de la insurrección. Cada año se gastan en las campañas de Chile trescientos mil escudos de oro, y en sesenta años no se ha logrado otra cosa que ver tantas principales colonias de españoles arruinadas; perdidas ricas minas de oro; arrebatada la flor de la juventud española; muerto el gobernador Loyola en la última rebelión y otros investidos de igual dignidad; matronas y doncellas de claro linaje reducidas al cautiverio ó á la prostitución; los nuestros reducidos á vivir en unas cuantas poblaciones y fortalezas. No me detendré más en esto; yo deploro el peligro de las almas y el espectáculo de tantas damas y muchachas acostumbradas entre los indios á ritos gentílicos; tantos miles de enemigos condenados al infierno, pues rechazan con pertinacia el cristianismo por miedo á la opresión. Para reprimir el ánimo feroz de aquellos hombres, nada valieron el oro del Perú ni el hierro de España. En vano se esforzaron gobernadores ilustres peritísimos en la guerra y en los negocios; las armas no han deshecho el ejército contrario. Como remedio á tan grandes calamidades no pido soldados ni oro. ¡Oh rey! apelo á vuestra clemencia, por la que resplandecéis en ambos mundos, y os ruego consideréis cuánto conviene á la nación hacer que os obedezca pueblo tan obstinado como aquél, y que adopte las costumbres cristianas; lo conseguiréis siendo benéfico con él. Si se alega lo peligroso de la empresa, aquí está mi cabeza y la de mis compañeros; á todo me expondré con tal de hacer la paz, dilatar vuestros dominios y procurar la salvación de las almas.» Agradó al rey el discurso; consultó con el Real Consejo, y siguiendo el parecer del P. Valdivia, expidió una cédula ordenando que la guerra fuese para los españoles meramente defensiva, limitándose á repeler la violencia con las armas; que severamente se impidiesen los trabajos forzosos de los indios; que doce religiosos de la Compañía morasen en los castillos fronterizos á expensas del monarca para robustecer la amistad de los fieles, defenderlos de injurias y atraer los sublevados al rey. Difícil era el estado de las cosas en la provincia y exigían un hombre igualmente magnánimo que dotado de prudencia; Felipe III, que tenía noticia de las virtudes que adornaban al P. Valdivia, le confió aquella misión; para dotarlo de mayor autoridad pensaba hacerle obispo de Chile; pero él se resistió modestamente, á lo que por otro lado se oponían las leyes de la Compañía; entonces el rey, de acuerdo con el General Aquaviva, lo nombró visitador, árbitro para ultimar la paz y administrador de la diócesis, dándole amplias facultades. Dudando el monarca sobre quién sería más á propósito para gobernar el reino de Chile, el P. Valdivia le indicó la conveniencia de que lo fuese D. Alonso de Ribera, que reunía pericia militar, actividad y ánimo capaz de luchar con las mayores dificultades. Aceptó el soberano este consejo, y el Padre Luis Valdivia con algunos jesuitas tornó á América á expensas del Erario público. Llegado al Perú comunico al virrey los mandatos regios en cumplimiento de las órdenes que tenía, y acatadas se dirigió por mar á Chile, donde estaban el P. Diego de Torres y el gobernador D. Alonso de Ribera.


CAPÍTULO XVIII

EL P. LUIS VALDIVIA RECONCILIA LOS PUEBLOS CERCANOS CON EL REY CATÓLICO.

Muy conocido era entre los chilenos el Padre Valdivia, ya por su mérito, ya porque trabajaba en remover los obstáculos que se oponían al bienestar de los indios. Por lo mismo le odiaban los bárbaros leales y los opresores de los indígenas. Tan luego como se divulgó haber desembarcado en el puerto de la Concepción, los encomenderos, sabiendo los decretos que inspiró al monarca, empezaron á protestar. Mas él, atento á labrar la felicidad de los indios, recibió del P. Torres el cargo de vicario, y estableció los misioneros que llegaban de España en los fuertes de las fronteras; de acuerdo con el gobernador D. Alonso de Ribera, soltó algunos prisioneros, á fin de que propalasen lo que en la Península había hecho y conseguido. Esparcida la noticia, muy luego los rebeldes del valle de Catarán le enviaron mensajeros diciéndole que si era verdad lo que tenían oído, podía hablar con los jefes de la tribu, acerca de la paz. Aceptó la oferta con gusto el P. Valdivia, siempre dispuesto en bien de los indios á poner en riesgo su cabeza. Cambiado entre ambas partes un salvo-conducto, salió del castillo de Arauco, donde mandó exponer el Santísimo Sacramento para el féliz término del negocio, y fué á los enemigos. En un valle cercado de montañas , cubiertas de nieve, había congregados cincuenta ulmenos, nombre que llevan los principales del pueblo, procedentes de Arauco Tucapel y Puré; cerca estaban los caciques con sus tropas armadas. El P. Valdivia pronunció un discurso en que alabó la clemencia del rey español y los trabajos que él había sufrido; ponemos aquí un extracto: «He envejecido en Chile, cuidando siempre de vuestra felicidad sin haber hecho mal á nadie, pensando únicamente en inculcar el amor de Dios en los corazones. Viendo las dificultades con que tropezaba al intentar esto, me dediqué con todas mis fuerzas á vencerlas. Dos veces he navegado al Perú y una á España por la causa vuestra, y por cierto que no en balde, pues el monarca, doliéndose de la perdición de tantas almas, olvida las pasadas ofensas y desea con vehemencia poner fin á una guerra inútil para ambos contendientes, siquiera sea á expensas de su autoridad. Yo vine solo y sin armas á través de vuestro ejército con objeto de persuadiros á lo mismo; os prometo en nombre de Su Majestad que si la paz se ajusta, ninguno será obligado á servicios personales.» Cuando acabó de hablar, hizo que un intérprete leyese las cartas reales; después puso de manifiesto los atractivos de la paz y los males de la guerra, como también las imponderables ventajas que traen los preceptos cristianos y el escuchar la palabra de Dios; añadió que el fin de la Compañía era instruirlos en la fe y defenderlos de vejaciones. Con esto se conmovieron los ánimos de los indios; los más de éstos besaban, llorando, la mano del religioso, afirmando que si desaparecía el motivo de la contienda, obedecerían gustosos al soberano. El Provincial Diego de Torres, desde la capital de Chile, envió á la Concepción, donde se retiró el P. Valdivia, á los PP. Horacio Bech y Martín Aranda, para que en tiempo oportuno trabajasen en el asunto de la pacificación.


CAPÍTULO XIX

EL P. LUIS VALDIVIA RECONCILIA LOS PUEBLOS DEL INTERIOR CON EL GOBERNADOR.

Apaciguados los indios fronterizos, pareció bien intentar lo mismo con los que habitaban en países más remotos. Los chilenos rebeldes, divididos en varias tribus, tenían tantos jefes como tierras ocupaban; enviaron mensajeros á éstos el P. Valdivia y el gobernador, y los más contestaron de manera que agradó. Entre los que se oponían á dejar las armas, rechazando las condiciones que los nuestros ofrecían, pues decían que había dolo oculto en ellas, eran los principales Ainavil, Aganamón y Utablama, caudillos de tribus numerosas. Los dos primeros mandaban en Puré, y el tercero en Liecur. Aganamón, provisto de un salvo-conducto, habló con los PP. Valdivia, Bech y Aranda; cuando vió los regios diplomas, cambió de opinión y trabajó en reducir el ánimo de sus compatriotas, recorriendo hasta las más lejanas aldeas. Mientras se ocupaba en este negocio, cierta mujer española que Aganamón cautivó y era su concubina, aprovechando la ausencia de su dueño, huyó con otras dos esposas del mismo y los hijos de ellas, refugiándose en el campamento de los nuestros. Tal suceso tuvo malas consecuencias; tan luego como el indio supo la fuga de sus mancebas, suplicó á los españoles que las devolviesen, pero en vano, pues se oponían los jesuitas diciendo que eran cristianas; disimulando su coraje, fingió seguir constante en el asunto de la paz, á fin de prepararse á la venganza traidoramente. Al mismo tiempo que se entablaban estas negociaciones con los de Puré, el P. Luis Valdivia dió libertad é hizo varios regalos al hijo del jefe de los liecures, Utablama, cautivo de los españoles, rogando á éste celebrase una entrevista con el gobernador. Agradeció el indio tan señalado beneficio, y fué al campamento de Paicavi con sesenta caciques de su bando; allí lo esperaban el gobernador y el P. Valdivia con otros misioneros; iban delante de él quince sacerdotes gentiles con trajes talares y un ramo de cinamomo en la mano en señal de amistad, según es costumbre en el país; en la cabeza un gorro de algas marinas. Apenas los bárbaros llegaron á las fortificaciones de los nuestros, Utablama, anciano de setenta años, habló en la entrada al P. Valdivia de la siguiente manera: No hago la paz por temor á las armas ni a las fuerzas de los españoles; desde mi juventud soy general de mi tribu, y no solamente he fatigado, sino vencido, á diez y seis gobernadores que han regido al reino chileno uno tras de otro; tu generosidad, hombre magnánimo, al devolverme mi hijo, y la clemencia del monarca, me llevan á que cese la guerra. Esto habló con acento feroz más que urbano, y acto continuo entró donde se hallaba el gobernador. Este, con objeto de que la ostentación de poderío no exacerbase á los indios, prohibió disparar los cañones; sentóse al lado de Utablama; le preguntó sobre las condiciones de la paz: replicó el caudillo araucano que le satisfacían las que trajo del rey el P. Valdivia, con tal que los españoles destruyesen el castillo de San Jerónimo construído en las fronteras, fuesen devueltas sus mujeres al caudillo Aganamón y la Compañía se encargara de gobernar los indios; al momento contestó D. Alonso de Ribera, por medio de intérprete, que destruiría el fuerte de San Jerónimo, pues le agradaban las condiciones propuestas, y restituiría á Aganamón sus hijos, mas no las concubinas y la mujer cristiana. Habiendo asegurado el P. Valdivia que él y sus compañeros trabajarían en labrar el bien de los araucanos, Utablama, en nombre de los representantes de Liecur y Puré, dió al gobernador el ramo de cinamomo en señal de concordia; recibió otro y preciosos regalos. Entre mutuos abrazos y aclamaciones se hizo solemnemente la paz en el castillo de Paicavi el día de la Concepción, interviniendo el Padre Valdivia, y acabó la guerra de los españoles con los liecures.


CAPÍTULO XX

TRÁTASE DE ENVIAR MISIONEROS AL ARAUCO.

Hecha la paz, Utablama quería llevarse consigo los religiosos al interior del país, á fin de por su mediación y con las condiciones ofrecidas por el rey Católico los demás rebeldes dejaran las armas. Los Padres tuvieron secretamente consejo y deliberaron sobre el asunto: los que se inclinaban por no ir exageraban la ferocidad de los indios y el odio pertinaz de Utablama contra los españoles, tan grande que en cincuenta años no quiso tratar de rescatar sus hijos y mujeres, que estaban en poder de los nuestros, no pareciese que tenía algún trato con éstos; añadían ser cosa perjudicial la precipitación; que no se debía confiar pronto en los bárbaros, sino probar con el tiempo su constancia; que algunos pueblos cercanos no habían todavía admitido la paz; que ciertos indios de Cataray, después de conversar con el P. Valdivia, huyeron á las regiones del interior y allí afirmaban que los españoles obraban de mala fe. El P. Valdivia, amantísimo de la paz, si bien reconocía el peligro, creía que los misioneros debían penetrar en el reino, pues él se presentó sin acompañamiento en la junta de Cataray, aunque no sin riesgo; que Utablama acudió sin armas á la misma, y agradecido por el beneficio recibido en la libertad de su hijo, juró guardar la paz juntamente con los principales de su tribu, y solicitaba la cooperación de la Compañía, dando á ésta todo género de seguridades; que en las cosas humanas no era bien se examinase escrupulosamente el peligro anejo, pues en tal caso imposibles serían los actos heróicos, y que así obraba la Compañía, anteponiendo siempre la gloria del Señor á la vida de los hombres; que nobles damas y doncellas cautivas en poder de los indios tendían sus manos en ademán de súplica á los jesuitas para verse libres de que hombres lascivos las violasen, volver á su patria al lado de sus maridos y padres y practicar su religión; que se debía mostrar confianza en los indios, no fuera que empezasen ellos á dudar y sobrevinieran dificultades; que él iría y acometería la empresa como antes en Cataray si los negocios de su oficio se lo permitiesen; finalmente, que el P. Torres acababa de mandar que los PP. Aranda y Bech recorriesen los pueblos fronterizos trabajando en beneficio del monarca y del cristianismo, siquiera fuese á costa de la vida. Así habló el P. Valdivia, y el gobernador se mostró conforme después de ensalzar la abnegación de los religiosos que á tales peligros se exponían.


CAPÍTULO XXI

MARTIRIO DE LOS PP. MARTÍN ARANDA, HORACIO BECH Y DIEGO MONTALVÁN.

Acordada la expedición, es increíble con cuánto regocijo supieron los PP. Horacio Bech y Martín Aranda ser los designados para cumplirla: el primero escribió al P. Torres dándole mil gracias por haberle encomendado asunto tan importante. Antes de salir de la capital, los demás jesuitas les desearon parabienes, ignorando que ya no los verían más. El día 5 de Diciembre, luego que celebraron misa, se unieron á Utablama juntamente con el lego Montalván, que acababa de ingresar en la Compañía. Al marcharse les encargó el P. Luis Valdivia que hiciesen algo digno de su instituto. El gobernador, con las tropas y mucha nobleza, fueron con ellos un buen trecho fuera del campamento y no tornaron hasta que los perdieron de vista. Estos caminaron por montes escabrosos y sendas tortuosas antes de llegar al pueblo de Utablama, donde se reunieron muchos caciques de Puré, con tan felices disposiciones, que la paz general parecía inmediata. Al día siguiente escribieron al P. Valdivia diciéndole que todo salía á pedir de boca y que se hallaban tan seguros como en Toledo; en otra carta manifestaban haber enviado mensajeros á cada una de las tribus indias á fin de que los principales de ellas celebrasen una asamblea; que tenían esperanzas de acabar pronto con la guerra. Mas al quinto día de separarse del gobernador, Aganamón cayó sobre Liecur con numerosa caballería de rebeldes; mató á los pocos umenos partidarios de la paz, aunque Utablama se opuso con sus vasallos; luego acometió á los jesuitas, quienes no se defendieron, reprochándoles la detención de sus concubinas; éstos fueron primeramente heridos en la cabeza con macanas y después acuchillados á machetazos y cosidos á lanzadas. Así ganaron la corona del martirio aquellos varones esforzados que se negaron á devolver las concubinas á sus dueños: murieron el 14 de Diciembre del año 1612.


CAPÍTULO XXII

VIDA DEL P. MARTÍN DE ARANDA.

Nació éste en Villarica, ciudad del reino chileno; era de noble familia y pariente del P. Luis Valdivia. Fué en su juventud capitán de un escuadrón de caballería; más tarde salió de su patria y condujo una colonia; el virrey del Perú lo nombró gobernador de Riobamba. En su administración hizo cosas notables; prendió y envió al virrey cierto hombre que tramaba tumultos y provocaba el país á la rebelión: tal se condujo, que su nombre vivirá siempre en la memoria de los habitantes de Riobamba. Reuniéronse en una ocasión Don Martín de Aranda y los principales de la ciudad para oir la primera misa de un sacerdote; cuando éste, según es costumbre, alzó la Hostia de rodillas á la veneración del pueblo, salió no sé de dónde un hereje, y ¡cosa horrible! arrebató bruscamente la Eucaristía al celebrante con objeto de reducirla á pedazos. Conmoviéronse los circunstantes ante la enormidad del crimen, y echando mano á la espada con unanimidad dieron al delincuente de estocadas hasta que les constó había espirado. Entonces acaeció una cosa memorable: mientras el cadáver estuvo en la iglesia, con tener tantas heridas, no derramó una gota de sangre; apenas lo sacaron, comenzó cada una á ser copiosa fuente: no quiso el cielo que el templo quedase profanado con la efusión de sangre, ya que los de Riobamba tan laudable piedad habían manifestado. Para eterna memoria del hecho, dispuso el gobernador que en el estandarte de la ciudad se pintara la custodia con el Santísimo Sacramento y un hombre al pie cosido á puñaladas, y esto lo aprobó el marqués de Cañete, virrey del Perú. En otra ocasión dió muestras D. Martín de Aranda de su pericia como jinete: corriendo con algunos compañeros á caballo, se desbocó el suyo y se dirigía á donde había una sima; todos temían que pereciese: pero él apretó las espuelas, y el caballo, de un gran salto, atravesó el barranco; todos lo aplaudieron entusiasmados. Corría la fama de que nadie montaba mejor en todo el Perú. Siendo querido del virrey y bien quisto del pueblo, llevaba camino de alcanzar altos puestos. Algo descuidó su alma; tuvo relaciones amorosas ilícitas y de ellas prole; Dios lo llamó con voces interiores, á las que obedeció; entró en la Compañía á disgusto del virrey, quien lo visitó de novicio; díjole Martín que mejor iba á caballo el que es llevado por la gracia divina que quien en corcel brioso va á los precipicios de los honores. Concluyó el noviciado y sufrió la repulsa de no ser admitido al grado de coadjutor que solicitó. A los treinta años le ordenaron aprender latín, y se condujo de manera que mereció más alabanzas entre los muchachos que cuando fué gobernador. Hecho sacerdote, fué con el P. Miguel de Urrea á los chunchos, indios salvajes del Perú famosos por su crueldad, quienes asesinaron al P. Urrea; Martín huyó por caminos apartados. Por conocer admirablemente la lengua de Chile lo enviaron á aquel reino, y se condujo con los indios y españoles como convenía á persona tan amante de triunfos. Tuvo una enfermedad en una mandíbula y fué preciso sacarle parte; operación que sufrió con la mayor alegría sin quejarse absolutamente nada; esta mortificación era preludio de su futura muerte por Cristo. Aún dió ejemplos mayores de paciencia: siendo de carácter violento, reprimió de tal manera los ímpetus del corazón, que nadie pudo notar en él algún movimiento desordenado. Además de estas virtudes, brillaron en él la mortificación, el trato familiar con Dios y el afán de hacer bien á todo el mundo y en especial á los indios. Gracias á ellas ganó el grado de coadjutor en la Compañía y un puesto envidiable en el cielo. Alegambe escribe extensamente de cuando el P. Aranda hizo una expedición á los chunchos, pueblo ferocísimo; sus compañeros, aterrados por la aspereza de los caminos y de los muchos ríos que era forzoso atravesar, lo dejaron solo y la empresa se frustró. En la ida y vuelta pasó ocho veces el río Zupimari, de corriente vertiginosa; en una de ellas lo arrastraron las aguas y casi lo estrellaron en los escollos; omito decir cuánto sufrió con los peligros de las víboras, las tempestades, la soledad y el hambre, teniendo siempre cerca la muerte. Tales cosas eran propias para ser sufridas con resignación únicamente por un varón apostólico.


CAPÍTULO XXIII

HECHOS MEMORABLES DE LOS PP. HORACIO BECH Y DIEGO MONTALVÁN.

Nació en Sena el P. Horacio Bech de noble familia y era hermano del obispo de dicha ciudad. Conservó toda su vida la virginidad y se distinguió por el amor á la Reina de los cielos, el celo por la salvación de las almas, la oración continua, la ciencia y una prudencia singular, tanto que siendo joven todavía se negó á admitir los primeros cargos de la provincia. Solicitó con empeño del P. Torres ir al país de los araucanos, no pareciese que se oponía á su vocación, pues cuando aún estaba en Italia concibió vehementes deseos de padecer el martirio y nunca dudó de conseguirlo. En el año 1604 navegó con el P. Torres al Perú y estudió con provecho las ciencias sagradas en Lima; con dicho Padre fué á Chile dando grandes rodeos, y llevó á cabo cuanto hemos referido entre los indios fieles y los rebeldes, hasta que derramando su sangre ganó el paraíso. El Pontífice Alejandro VII le envió su retrato con elegante dedicatoria en versos latinos, á causa de estar ligadas las familias de ambos con vínculos de afinidad. El. P. Diego Montalván vió la luz en México y descendía de españoles; fué soldado en Chile; luego entró en la Compañía y trabajó en los humildes oficios de cocinero, despensero y sacristán; al sexto día del noviciado consiguió la palma del martirio. Es digno de referirse el que, cuando militó, jamás probó carne en la Cuaresma, no obstante que le estaba permitido; comía solamente pan cocido en la lumbre. Los cadáveres de los misioneros yacieron en el campo tres días, expuestos á un sol ardiente, sin que las moscas los picasen ni los tigres se acercaran; el P. Valdivia los recogió y condujo á Levo, campamento de los españoles; dos años después fueron trasladados á la Concepción y sepultados en nuestra iglesia, cerca del altar mayor, en una caja de cedro cubierta con un paño de oro. Así los cimientos de la provincia fueron regados con sangre, y los misioneros, animados con tales ejemplos, dejaron en todas partes huellas de su heroísmo.


CAPÍTULO XXIV

FUNDACIÓN DE CUATRO COLEGIOS Á EXPENSAS DEL MONARCA.

A causa del asesinato de los religiosos mencionados quedaron interrumpidas las negociaciones de paz, pues muchos indios, aunque eran inocentes del crimen cometido, por vergüenza ó temor á los españoles huyeron con los rebeldes. Ocho mil de Cataray continuaron siendo enemigos. Ansiaban los españoles tomar venganza; mas el P. Valdivia se opuso, diciendo que se debía guardar el mandato del rey de no hostilizar á los adversarios, en cuyas fronteras estableció, con autorización del provincial, cuatro Colegios, á cada uno de los cuales dispuso el monarca que se dieran anualmente mil ducados; muy pronto llegaron misioneros de España y el Perú, de quienes algunos brillaron después: el P. Rodrigo Vázquez fué Provincial del Perú; el P. Gaspar Sobrino desempeñó igual cargo en Quito; el P. Vicente Modolello fué Viceprovincial de Chile, y el P. Agustín Villaza se distinguió por sus divinas inspiraciones. La primera residencia que gozó la categoría de Colegio fué la de Concepción, ciudad situada en la costa. De allí salían á intervalos cinco jesuitas, y visitando los pueblos cercanos de indios trabajaban fructuosamente. En el año 1613 bautizó el P. Valdivia trescientos gentiles, y seiscientos sus compañeros, todos pertenecientes á tribus indomables. La Compañía se estableció de una manera definitiva en Arauco; cada domingo recibían el Bautismo veinte ó treinta idólatras, casi siempre en medio de festivos aplausos y disparos de cañón, estando adornado el templo, con objeto de que los indios cobrasen veneración á los Sacramentos y los idólatras sintiesen estímulos de abrazar el Evangelio. En un castillo de los españoles, llamado Levo, vivía un jesuita á ruegos del gobernador; él solo ejercía el ministerio sacerdotal entre los soldados é indios, que eran algunos millares. Los religiosos de Arauco solían navegar á la isla de Santa María, haciendo por tierra y mar la guerra á los demonios. El tercer Colegio se estableció en el campamento de Buena Esperanza, en las fronteras enemigas hacia Cataray; desde allí los jesuitas hacían frecuentes excursiones con acompañamiento de soldados, para cumplir los fines de la Compañía; el virrey del Perú les tenia prohibido ir solos, no fuera que, llevados de su ardor, entraran en sitios peligrosos. Yendo el P. Modolello con un pelotón de soldados, se encontraron de repente cerca de las filas enemigas. No hubo más remedio que apelar á la fuga para salvar la vida; el P. Modolello, que era mal jinete y por añadidura montaba en pelo, quedó rezagado y casi en medio de los rebeldes; en tan crítico momento se le cayó el cáliz que llevaba para decir Misa en altar portátil. ¿Qué haría? Saltó del caballo, antes que dejar el cáliz en manos de los indios, que lo habrían profanado; montó de prisa, y dando á las espuelas, más que correr volaba el corcel; en breve llegó al otro lado del río, donde, por estar próxima nuestra caballería, no había peligro. Interminable sería referir cuántas molestias sufrieron gustosos los misioneros, ya de parte de los indios, ya de los libertinos militares, con tal de arrancar las almas de los gentiles del cautiverio del demonio. El cuarto Colegio se fundó en la mayor de las islas Chiloé; desde él los Padres, embarcados en piraguas y convertidos en remeros, navegaban á los veinticinco pueblos de aquella isla y á las treinta y cinco inmediatas; en ellas enseñaban el Catecismo, bautizaban, oían confesiones, congregaban los hombres dispersos y recogían frutos ubérrimos.


CAPÍTULO XXV

LA COMPAÑÍA ES VEJADA PÚBLICA Y PRIVADAMENTE.

Creados ya los cuatro Colegios, el P. Luis Valdivia inspeccionó el reino chileno por mandato de Felipe III, y según afirma Alegambe, dió libertad á diez mil indios sometidos á duros servicios. Reprimió á los opresores de los indígenas con la potestad y leyes que recibió del monarca. Envió á los rebeldes mensajeros que los animasen á la paz y rescató los cautivos. En suma, nada omitió para que el país, afligido con tantos males, recobrase el antiguo esplendor. Todo esto, que debía hacerle querido en extremo, le acarreó la envidia de no pocos. Fué perseguido por los vejadores de los indios y de manera que las persecuciones tocaron no solamente al P. Diego de Torres, sino también á los restantes jesuitas de Chile. Decíase que éstos tenían la culpa de los decretos expedidos en favor de los indios, y que si desaparecieran, fácilmente el rey derogaría aquéllos. Los soldados añadían que á la verdad los servicios eran causa de la guerra; pero que ésta enriquecía el país, pues todos los años remitían desde el Perú trescientos mil escudos para pago de la milicia, dinero que perdería Chile con la paz. Además, el gobernador, que no se había formado en los combates de Flandes, desaprobaba el estar siempre á la defensiva, pues era injusto sufrir las acometidas del enemigo y no tomar la revancha. Aunque el P. Luis Valdivia daba muchas razones en descargo de la Compañía y demostró que era imposible rechazar las determinaciones del soberano, y dejar de ensayar una política de benevolencia después de tantos años de lucha, destrucción de ciudades, muerte de infinitas personas, y apuros del Tesoro, los que tenían el ánimo contagiado del afán de lucro cerraban los oídos. Estando así las cosas, la Compañía se enredó en una cuestión con las autoridades; tuvo la culpa de ella un jesuita profesor de Teología; habíase acordado expulsarlo, y como convenía que se ausentara de la provincia, sin imponerle tal castigo le mandaron que fuese al Perú. Dicho religioso, antes de salir del puerto, quitó dolosamente á su compañero un legajo de cartas dadas por el Provincial; abriólas, y vió la que contenía el mandato de su expulsión; á pesar de haber jurado al Provincial que mientras no navegase al Perú se consideraría individuo de la Compañía, cambió de parecer y se condujo cual sacerdote secular. Reclamó la Compañía, y pidió que le entregasen aquel hombre apóstata; intervino el obispo y prometió á éste defenderlo; la Audiencia adoptó la misma resolución y así lo dieron por libre. Contra los obcecados nada pudieron nuestros derechos; nada las cartas del virrey peruano, que prescribían el destierro del ex-jesuita; nada la autoridad de los dominicos, mercenarios y académicos de Lima, quienes unánimemente opinaron que hasta los fautores debían quedar sujetos á penas eclesiásticas hasta que el General en Roma decidiese lo que se había de hacer con Manuel Fonseca (que este nombre tenía el sujeto de que nos ocupamos), que sería, sin duda, declararlo apóstata y desligado de los votos con que se obligó en otro tiempo. Tres años enteros duró el asunto; cuánto sufrimos entonces, es cosa que me parece prudente callar, y también las injurias que padecimos de parte de personas que eran buenas indudablemente, pero que vivían engañadas por las falsas virtudes de Manuel Fonseca. Enemistados con nosotros los principales del reino, la gente baja se atrevió á calumniar con feos delitos al P. Luis Valdivia, con objeto de que éste abandonase la causa de los indios; mas los tribunales disolvieron semejantes invenciones, las cuales se volvieron contra sus autores. Alguien afirmó que los jesuitas habían cogido un paquete de cartas dirigidas al rey Católico; el forjador de tales absurdos, que era un notario, cantó la palinodia y devolvió la honra á la Compañía. Otro maltrataba á su criada para que falsamente declarase haber sido seducida por un jesuita; pero ni con premios ni con castigos la pudieron forzar á cometer tan horrible delito. Todo lo intentaron en nuestro daño los hombres ociosos; de modo que semejantes persecuciones bien pueden ser comparadas á las que padecimos en Zaragoza ó en tiempo del arzobispo Siliceo. A los insultos, calumnias y amenazas, oponía siempre el P. Valdivia su constancia, hasta que viendo que el mal exigía, por ser inveterado, eficaz remedio, dispuso que navegase á España provisto de instrucciones y documentos, el P. Gaspar Sobrino, peritísimo en los negocios. Vista la justicia de nuestra causa, nos ayudaron el rey, el Consejo de Indias y el virrey del Perú, pues así lo reclamaban la religión y la justicia; todos los hombres prudentes felicitaron al P. Luis Valdivia, varón sin igual en América, por la fortaleza con que se condujo. Sin embargo, en lo sucesivo retoñaron las cabezas de la hidra y fatigaron á otros Hércules.


CAPÍTULO XXVI

EL P. DIEGO DE TORRES VISITA EL PARAGUAY.

Fomentábase la piedad en la Asunción, no sin hallar frecuentes obstáculos. El Comisario de la Inquisición había delegado sus veces en el P. Diego de Holguín, Rector de nuestro Colegio en la ciudad mencionada, hombre de carácter severo, incapaz de transigir en las cosas relacionadas con la fe. Su inflexible proceder le atrajo la enemistad de algunos ciudadanos, quienes se quejaron al Comisario, y éste le ordenó presentarse en Lima para dar cuenta de su administración ante los supremos Inquisidores. Setecientas leguas dista Lima de la Asunción, y ya el P. Holguín había andado la mayor parte cuando los Inquisidores de aquella ciudad le escribieron diciéndole que no prosiguiera su viaje, pues estaban probadas su inocencia y la maldad de sus acusadores. Después el Tribunal de la Inquisición en España le absolvió de los cargos contra él hechos y le nombró Comisario del Santo Oficio en el Paraguay, y reprendió también al más obstinado de sus perseguidores. Por entonces llegó del Tucumán el P. Diego de Torres y visitó el pueblo de San Ignacio, fundado entre los ríos Paraná y Paraguay, alabando al Señor, que convierte las piedras del desierto en hijos de Abraham. Su entusiasmo fué tal, que no pudo menos de dar á los indios cuanto tenía, el manteo, la tienda de campaña y los manteles, juntamente con los utensilios usados en el viaje; á los religiosos donó el jumento en que montaba, las camisas y otras prendas de vestir. Además entregó al P. González un cuadro al óleo de la Santísima Virgen para que la llevara en sus expediciones, y á la cual dió el pueblo el nombre de conquistadora, no sin razón, pues aconteció que viniendo dos caciques del Paraná se resistían á convertirse; el Provincial les rogó que siquiera orasen de rodillas ante dicha imagen, á fin de que María iluminara sus corazones; al día siguiente ambos, sin haberse puesto de acuerdo por vivir en distintas casas, mostraron deseos de ser cristianos y propósitos de fundar un pueblo con los súbditos que tenían. El P. González llevaba esta efigie consigo, y merced á ella alcanzó notables victorias en las regiones que bañan el Paraná y el Uruguay.


CAPÍTULO XXVII

SON EVANGELIZADOS LOS GUAICURÚES.

Dispuso el Provincial que el P. Romero volviese con él al país de los guaicurúes para ver de convertirlos. Ambos salieron de San Ignacio y navegaron por el Paraguay río arriba. Acudió á su encuentro el jefe de los indios mencionados, prometiendo, si los misioneros tornaban á los pueblos que él mandaba, obedecer fielmente cuanto se le mandase. Agradó al P. Torres la proposición del cacique, y así desembarcó en las riberas de los guaicurúes; hizo á éstos varios regalos y ofreció enviarles religiosos, con tal que se abstuvieran de homicidios y se conformaran con vivir juntos en una población para ser instruídos en la fe católica. Fué después á la ciudad de la Asunción, y allí gastó mil trescientos castellanos de oro en la adquisición de vestiduras sagradas y de objetos con que captarse la benevolencia de los gentiles, todo lo cual entregó á los PP. Romero y Moranta, á fines de año, cuando se disponían á partir con dirección al país de los guaicurúes; rogó á dichos misioneros que tuvieran presencia de ánimo en medio de los muchos y graves peligros que iban á correr. En cuanto á él, después de haber llamado al P. Cataldino para que hiciera los cuatro votos de la Compañía, se trasladó lo antes que pudo á Córdoba, donde había convocado una Congregación. Volvió á los guaicurúes el P. Romero con el P. Moranta; logró construir una casa, reparar el templo, y no descansando un instante, reunir en la nueva población todos los indios que pudo. Pasado algún tiempo, desafiando los ardores del sol y la escasez de agua potable, fué al sitio en que moraba el caudillo de los guaicurúes con numerosos vasallos, consiguiendo que la madre de éste se convirtiera al cristianismo y edificase una capilla, cerca de la cual vivía; la neófita instruyó en la fe á su nuera, ejemplo que movió los ánimos de muchas personas, quienes se pusieron bajo la dirección de los misioneros. Estos, como rehusaran los adolescentes aprender el Catecismo confundidos con los niños de poca edad, resolvieron catequizarlos aparte, no fuera que el orgullo los alejara de la verdad. Cuidaban los Padres poco de sus cosas temporales y mucho de las tocantes al espíritu, por lo cual vestían un grosero hábito de algodón, bebían agua solamente, sus alimentos eran sencillos, su lecho una red colgada; en cambio gastaban la consignación que tenían en proporcionar á los indios herramientas y otras cosas, á fin de lograr su benevolencia. Si alguna cosa exquisita recibían, la guardaban para los niños y enfermos. Pedían á unos para dar á otros, pues harto sabían que los guaicurúes, pobres en extremo, con nada se ablandaban tanto como con dones. Cuando los indios cambiaban de residencia, cosa frecuente, les seguía el P. Romero á través de ásperos caminos, y por cierto que con notable fruto, pues bautizó muchos hombres y niños gravemente enfermos. Si algunos en el pueblo estaban para morir, procuraban él y su compañero que terminaran como cristianos la vida, ya que antes la habían llevado propia de fieras. Con semejantes desvelos consiguieron los misioneros, no solamente la sumisión de los guaicurúes, mas también que los niaputis y los mbayas, gente ferocísima, quisieran escuchar de buen grado la predicación del Evangelio.


CAPÍTULO XXVIII

EL P. ROMERO VA AL PAÍS DE LOS GUAICURUTÍES.

El jefe de los guaicurutíes, una de las dos tribus en que se hallaban divididos los guaicurúes, ya fuera por emulación de sus vecinos, ya por el aprecio que hiciera de nuestra religión, rogó á los misioneros que fueran á su tierra y designaran el sitio que más á propósito les pareciese para la fundación de un pueblo. Alegróse en extremo el P. Romero al oir esto, y acto continuo, con más arrojo que seguridad, se puso en camino; pero como la gente que le acompañaba viajaba, según es costumbre de los indios, llevando consigo, no ya la mujer y los hijos, sino también las armas, muebles, casas portátiles y demás cosas, olvidándose, entre tanto, de los víveres, resultó que en tres días apenas caminaron una milla italiana, pues cuando habían andado un poco establecían sus viviendas á manera de rediles y se daban á la caza y la pesca, hasta que ya nada hallaban. Aburrióse el P. Romero de expedición tan pesada, y así, en compañía de un muchacho que le servía de intérprete, echó á andar por lugares pantanosos plagados de molestos mosquitos, por bosques poblados de tigres y á través de cañaverales y espinos; en cuarenta días recorrió tan sólo siete leguas contadas en línea recta, pues tuvo que dar mil rodeos. Entonces recibió una carta del rector del Colegio de la Asunción, y leída, hizo saber al jefe guaicurú que si la comitiva que le había dado no iba más de prisa, se tornaría donde salió, por ser ésta la voluntad de sus Superiores. Dejó, pues, el cacique la turba que le seguía, y á grandes marchas llevó al P. Romero por sus tierras para que designara el sitio en que debía fundarse el pueblo; hecho esto, lo condujo al país de los guaicurúes. La cosa no dió el resultado que era de esperar, sin embargo de lo cual es digno de alabanza el Padre Romero al despreciar la vida penetrando en medio de una tribu bárbara por servir á Jesucristo. Dicho misionero bautizó en el camino á un párvulo in articulo mortis y á una vieja hechicera puesta en igual trance, rebelde antes á toda predicación.


CAPÍTULO XXIX

EL P. MARTÍN JAVIER URTAZUN MUERE EN EL GUAIRÁ.

Habiendo ido á la Congregación provincial el P. José Cataldino, quedaron en el Guairá los PP. Ruiz, Simón Mazeta y Martín Javier Urtazun, pocos, atendido lo mucho que había por hacer, pues Maracaná, cacique de un pueblo grande, si bien antes se había resistido á toda exhortación de los religiosos, más tarde, á consecuencia de cierto divino terror que experimentó, trasladó sus vasallos á San Ignacio después de quemar la población en que vivían. Su ejemplo fué tan eficaz, que de todas partes acudían los indios para establecerse en los pueblos, y éstos se aumentaron de manera que podían competir con los antiguos del Perú, según escribía el P. Antonio Ruiz. No paraban un momento los religiosos: instruían á los neófitos en las aldeas indias; hacían largas excursiones para reducir á los bárbaros, y cuando la peste desoló el país, atendieron solícitamente á los enfermos. Así estaban los asuntos del Guairá cuando falleció el P. Martín Javier Urtazun. Descendía éste de noble familia y era de virtud acrisolada. Había nacido en Pamplona y su casa estaba enlazada por los vínculos del parentesco con la de San Francisco Javier. Siendo muy joven entró en la Compañía, renunciando á un mayorazgo de tres mil ducados de renta y contra la voluntad de su madre. Tocóle en suerte ir al Paraguay, cosa que deseaba mucho; en vano se opusieron algunos magnates de la corte y los médicos, fundados éstos en la salud escasa que disfrutaba. Aprendió á la maravilla los idiomas hablados por los indios y se dedicó á la enseñanza de neófitos y catecúmenos en el Guairá. Al medio año de llegar cayó enfermo de la peste y murió según había vivido, de una manera ejemplar.


CAPÍTULO XXX

LOS MISIONEROS PROSIGUEN SUS TAREAS EN EL GUAIRÁ Á PESAR DE VARIOS OBSTÁCULOS.

Con la muerte del P. Martín Javier, quedaron en dicho país nada más que los PP. Simón Mazeta y Antonio Ruiz, abrumados con un trabajo tan grande, que es milagro no sucumbieran. Los cazadores de indios hicieron lo que es indecible para conseguir que uno de los dos religiosos se marchara, á fin de poderse entregar libremente á sus acostumbradas correrías. Sus perversas maquinaciones hallaron apoyo en un canónigo del Paraguay, Visitador del Guairá mientras estaba vacante la Silla episcopal y Comisario del Santo Oficio, hombre enemigo de la Compañía, quien tan luego como llegó, de acuerdo con los vejadores de los indios, hizo correr la voz de que venía á expulsar los jesuitas, para lo cual tenía facultades. Procuró también que los neófitos y catecúmenos se apartaran de nosotros, y en parte lo consiguió. Aún llegó á más su prevención contra los misioneros, pues obligó al P. Ruiz á presentarse en la Asunción ante el Comisario de la Inquisición, porque dicho religioso entregó sin recibo un legajo de cartas del Santo Oficio y se extraviaron. Mientras estuvo ausente el P. Ruiz, el P. Mazeta se vió precisado él solo á luchar con tantos hombres malévolos que á toda costa pretendían la destrucción de los pueblos y el cautiverio de sus habitantes; indecibles son los insultos que sufrió. Y para que se vea la inconstancia de los bárbaros, Maracaná, quien tantas cosas había prometido antes, se unió muy luego al canónigo y convenció á otros dos caciques y á gran parte del pueblo de lo conveniente que era expulsar los Padres de la Compañía y llevar sacerdotes de otra Orden religiosa. Sabedor de todo esto el P. Simón Mazeta, como inspirado por Dios pronunció estas palabras en una plática dirigida á los neófitos: Hijos míos, no ignoro la conjuración de los impíos; pero sabed que en breve plazo morirán los que desean nuestro mal y el vuestro, con lo cual gozaremos de paz; dicho esto se retiró. Al día siguiente cayeron enfermos Maracaná y dos caciques que le seguían; al cuarto fallecieron los tres, arrepentidos de sus pecados; el P. Mazeta les dió cristiana sepultura, y todo el mundo experimentó un temor saludable. Pasado algún tiempo murió en la Asunción el canónigo por haberle mordido una víbora, con lo cual se hizo patente cómo Dios castiga las persecuciones contra los varones justos. Continuaron los Padres sufriendo vejaciones durante varios meses, hasta que regresó de la Asunción el Padre Ruiz, llevando cartas de la Inquisición en las que se ponía en claro, no tan sólo su inocencia, mas también la sinrazón del canónigo. Es digno de memoria lo que sucedió á un cacique que mantenía numerosas concubinas: simuló abrigar propósito de mejorar sus costumbres, y con tal objeto presentó á los misioneros delante del pueblo seis de aquéllas pidiendo que las unieran matrimonialmente con otros tantos varones; pero es el caso que, imitando al pérfido Ananías, había ocultado treinta más que tenía; pronto expió tal falsedad, pues murió, si bien arrepentido de sus pecados. Por cierto que momentos antes de espirar le interrogó el sacerdote si era cristiano, á lo cual respondió que se reputaba como tal por haber sido rociado con agua bendita un domingo en la iglesia; entonces el P. Ruiz le administró el Bautismo.


CAPÍTULO XXXI

PRINCIPIO DE LA EXPEDICIÓN AL PAÍS DE LOS GUARAMBARÉS; PROGRESOS Y FIN DE ELLA.

El pueblo que habitan los guarambarés constaba de novecientos vecinos, en parte gentiles y en parte cristianos; estaba situado en la parte superior del río Paraguay y distaba cincuenta leguas de la Asunción; nada tenía de particular, salvo hallarse edificado en un paraje malsano. Para ir á él era preciso atravesar pantanos, donde habían los viajeros de quedarse medio desnudos, ó pasar por medio de los ferocísimos payaguas. Diez millas antes de llegar á los guarambarés vivían los pitúes y los nieguarés en dos pueblos de trescientas familias. Mas todos éstos estaban sujetos al servicio personal, y se temía que, de oponerse á él los Padres, renacieran las cuestiones religiosas, adormecidas por entonces. Por tal razón, el Provincial rehusó siempre enviar misioneros. Mas no habían pasado dos años cuando fué preciso ceder á las instancias de D. Francisco de Alfaro, quien pedía, en nombre del rey, que se atendiera á los indios, privados durante quince años de sacerdotes, por cuya razón vivían y morían sin recibir los Sacramentos. Además dicho país era paso necesario para ir á la región de Itatín, encomendada á los religiosos de la Compañía. Así, pues, fueron allí los PP. Vicente Griffi y Baltasar Sena con otro compañero y bautizaron cuantos gentiles moraban en los tres pueblos, dedicándose luego á la instrucción de los neófitos. Poco después el P. Griffi fué trasladado á otro sitio, donde trabajó con ardor en la conversión de los indios; mas no pudiendo refrenar la soberbia, entró, con permiso de la Compañía, en otra Orden religiosa, lo cual le hizo derramar abundantes lágrimas, pues aunque profesaba tierno afecto á la religión de San Ignacio, se reconocía indigno de continuar en ella, sinceridad que es digna de alabanza. Llegó á una edad avanzada, y murió piadosamente en Córdoba del Tucumán. Al P. Griffi sucedió el P. Diego Boroa, y al P. Baltasar Sena, que falleció prematuramente, el P. Juan Salas, de cuya actividad puede formarse idea con decir que en medio año administró los Sacramentos á más de cincuenta mil personas atacadas de la peste. Con mayor rigor todavía que ésta atormentaba á los infelices indios el injusto proceder de algunos españoles, quienes despreciaban los mandatos regios tocantes al servicio personal, no obstante el empeño que, tanto el cabildo como el arzobispo, tenían en su cumplimiento. Siendo imposible á los misioneros tolerar las vejaciones hechas á los indios, por intimación de sus Superiores, pasados dos años abandonaron el país, que estaba agitado por mil discordias.


CAPÍTULO XXXII

DE LO QUE SUCEDIÓ CON LOS RESTOS DEL P. BALTASAR SENA.

Antes que los religiosos partieran, intentaron desenterrar los huesos del P. Sena; mas no lo pudieron hacer por la oposición de los indios, quienes decían, pintando su desgraciada situación: ¡Oh, Padres! ¿Acaso no somos bastante infelices con vuestra retirada, que nos queréis privar de los restos mortales de quien fué muestro bienhechor espiritual? ¿Qué consuelo tendremos viendo que nos abandonan, no ya los vivos, mas también los difuntos? A tales palabras unían las lágrimas y otras demostraciones de dolor, de tal manera, que los religiosos prorrumpieron en llanto. Luego que éstos se hubieron marchado, temerosos los guarambarés de ser oprimidos, volvieron á los bosques que antes habitaban, dejando el pueblo desierto. En su fuga aconteció un hecho memorable, pues venerando como santo al P. Baltasar Sena, desenterraron su cuerpo, y puesto en una caja, lo llevaron consigo, encendiendo alrededor de ella por las noches cirios confeccionados con cera silvestre, hasta que se les persuadió que lo condujesen á la Asunción, donde fué recibido con solemne pompa por las autoridades civil y eclesiástica. Con razón se hacían homenajes tales al P. Sena, pues desde niño fué tan virtuoso que él mismo, cuando vivió en la Compañía, comparando su vida de entonces con la pasada, le parecía no haber progresado y ser hombre inútil. Era su carácter el más acomodado para nuestro instituto, ya se atienda á su modestia y prudencia, ya al silencio y otras prendas que le adornaban. Cuando aún vivía se apareció en sueños al jefe da los guarambarés y á su mujer, invitándoles á recibir la Eucaristía, según atestigua el P. Boroa en carta dirigida al Provincial. Murió con tal pobreza, que en sus últimos instantes no tenía un bocado de pan, por lo cual se ha comparado, y no sin razón, su muerte á la de San Francisco Javier.


CAPÍTULO XXXIII

DE LOS COLEGIOS QUE HABÍA EN LA NUEVA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

En el año 1614 se celebró Congregación provincial en Córdoba, y por mayoría de votos fué elegido el P. Juan Viana para que fuese Procurador del Paraguay en Madrid cerca del rey Católico, y en Roma al lado de nuestro General. A fines del mismo año llegó el nombramiento de Provincial del Paraguay, hecho por el P. Claudio Aquaviva á favor del P. Pedro de Oñate, después que el P. Diego de Torres desempeñó tal cargo por espacio de siete años con buena suerte. Si consideramos lo que éste llevó á cabo y la extensión del país, no parece sino que gobernó mucho más tiempo. Cuando comenzó su administración, solamente había en Chile, Tucumán y Paraguay catorce jesuitas, distribuídos en tres Colegios y tres residencias; al acabar, contó ciento uno en diez y nueve establecimientos. En verdad es cosa admirable lo que hizo en tres amplísimas provincias, cuya longitud es de ochocientas cincuenta leguas, distancia de los últimos pueblos de Chiloé y el Guairá, y situadas entre los mares Atlántico y Pacífico. En Chiloé, región la más apartada del Nuevo Mundo, se creó un Colegio; tres en las fronteras de los rebeldes araucanos; uno en la capital de Chile, y además un Seminario de nobles; otro en Mendoza, al pie de la cordillera, á fin de unir el Tucumán con Chile; en Córdoba del Tucumán un Colegio, el Noviciado y un Seminario; otro en Buenos Aires para hospedar en él los religiosos que llegasen de Europa; en Santa Fe teníamos una casa; el Colegio de la Asunción tenía bajo su cuidado los sarañaes, guaicurúes y guaraníes y sus misioneros moraban en cuatro residencias. Así, el P. Torres tomó posesión de una región tan extensa como media Europa, con exiguo número de religiosos, compensando la escasez de éstos con su industria y grandeza de ánimo.


CAPÍTULO XXXIV

DE LOS PRIMEROS RELIGIOSOS QUE RESIDIERON EN LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

¿Quién será capaz de narrar las innumerables expediciones que en la América austral hicieron los misioneros á sitios próximos y lejanos? De algunas hemos hablado ya; y como sería prolijo referirlas todas, diremos solamente que en tres inmensas provincias bautizaron infinidad de indios y esclavos negros, catequizaron á los neófitos, oyeron en confesión á los españoles, deshicieron enemistades y extirparon multitud de vicios y perversas costumbres inveteradas. Y todo esto lo hicieron, no sólo en medio de la bonanza, mas también en medio de las persecuciones, las cuales fueron provechosas, pues gracias á ellas y á la campaña que emprendieron contra la servidumbre de los indios, lograron que el rey Católico y los gobernadores pusieran á su cuidado extensas regiones, donde propagaron el Evangelio. Aunque la mayor parte de los padres eran jóvenes, suplían la falta de edad y de experiencia con un celo ardiente que les hacía despreciar los peligros, las vejaciones, los insultos y la pobreza, atentos nada más que á la salvación de las almas. Cuando por obediencia se veían precisados á dejar tal género de vida, lo hacían con harto sentimiento, ponían en todo gran cuidado, sabiendo que entre los indios era indispensable ser de virtud nada común. Por esto escribió el P. Torres al General Aquaviva, diciéndole que no eran idóneos para evangelizar en el Paraguay cualesquiera misioneros, sino los de virtud eminente. Así que de cuantos llegaban de Europa eran únicamente destinados á la predicación de los indios aquéllos que sobresalían por sus buenas cualidades, no los que más lo deseaban. Para hacer tal selección, solía el P. Torres celebrar ejercicios espirituales por espacio de ocho días, durante los cuales todos pedían luces á Jesús Sacramentado, que estaba expuesto; súplicas que nunca desoyó el Señor. Buena prueba de ello es el acierto en escoger misioneros como los PP. Roque González, Martín Aranda, Horacio Bech, Pedro Romero, quien sufrió el martirio; Melchor Vanegas, Antonio Ruiz, Marcelo Lorenzana, Javier Urtazun, Diego Boroa, José Cataldino, Simón Mazeta, Darío Morelli y otros, notables entre los más de a Compañía. No faltaron, sin embargo, algunos que se mostraron indignos del honor que se les hizo; pero fueron pocos, y su ejemplo redobló el ardor de la mayoría. Consecuencia de todo lo dicho es el aprecio que las autoridades y varones principales hicieron de los jesuitas paraguayos y la fama que de ellos se esparció por América y Europa.


CAPÍTULO XXXV

DE LOS BIENHECHORES QUE TUVO LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

Fué el primero Paulo V, quien amonestó al Obispo de Chile porque estaba algo prevenido contra la Compañía, y le manifestó que cuantos beneficios concediera á ésta, los tendría por hechos á él. Felipe III dió un navío para que los misioneros pasaran al nuevo continente y sufragó siempre los gastos de viaje; también ordenó que los religiosos fueran mantenidos en el Paraguay y Chile á expensas de la Real Hacienda, por lo cual señalóse á cada uno el sueldo correspondiente; además, asignó cierta cantidad anual en favor del Colegio de Santiago en el Tucumán. Otra merced concedió, y fué la de pagarnos el vino que se consumía en la celebración de la Misa, el aceite de las lámparas puestas delante del Santísimo Sacramento, y las medicinas que necesitáramos para los enfermos. Su protección nos valió la del Consejo de Indias, establecido en Madrid, el cual recomendó eficazmente la Compañía á los obispos y gobernadores, quienes procuraban en todo satisfacer los deseos de ésta. A Felipe III debemos la erección de colegios en la Asunción y Buenos Aires, lo mismo que en Santa Fe; del de esta ciudad puede afirmarse que nada le faltó, sino edificarlo con sus manos, para ser todo favor suyo. Encomendó á la Compañía la evangelización del Guairá y Paraná, y de los indios guaicurúes y habitantes de la región superior del Paraguay. A ella encargó siempre los negocios más arduos y peligrosos en lo referente á la conversión de infieles, pues reputaba sus hijos como los atletas de la milicia cristiana. Distinguióse por el afecto que nos profesaba el Obispo D. Hernando Trejo, franciscano del Perú, tan amante de la Compañía, que olvidándose, en cierto modo, de la Orden á que pertenecía, nos honraba con estrecha amistad. Habitaba en nuestra casa comía á nuestra mesa cuando podía hacerlo sin detrimento de su dignidad. Concedió á los Colegios de Córdoba y de Santiago del Estero una pensión de dos mil castellanos de oro mientras él viviera. Mas todavía, declaró por escrito que si podía ahorrar la cantidad necesaria, costearía los gastos de ambos Colegios. Influyó poderosamente en nuestro favor cuando nos encomendaron dos Seminarios de nobles en el Tucumán. Prefirió mantener modestamente á su madre noble dama, á escasearnos las donaciones; hasta de su mesa economizaba para tener más que regalarnos; dió muebles y ropas a nuestras casas. Defendió con su autoridad á los misioneros y recomendó eficazmente varias veces nuestros asuntos al rey y al Consejo de Indias. Murió en el año 1614, dejando por heredera á la Compañía de una porción de sus bienes. Fué su voluntad que enterraran su cuerpo en nuestro templo, no obstante que los franciscanos tenían un suntuoso monasterio en Córdoba. Cuando su madre supo que había legado parte de sus bienes á la Compañía, alabó tal determinación, propia de quien no se dejaba llevar por los vínculos de la carne. Dicha señora murió á los noventa años, tan esclarecida por su piedad como por los hijos ilustres que tuvo. Injusticia notoria fuera pasar en silencio el nombre de D. Francisco Salcedo, Obispo que fué de Chile, liberal en extremo con nuestra casa de San Miguel, y olvidamos de aquel gobernador que escribió al rey diciéndole no ser necesarios los soldados para afianzar la dominación de España en la América meridional, pues eran más que suficientes los misioneros jesuitas. También es digno de mención Don Francisco de Alfaro, del Real Consejo, porque dió excelentes reglamentos en favor de los indios, á quienes libró de la servidumbre, y protegió siempre á los jesuitas con todas sus fuerzas. Agitóse por entonces la cuestión referente á la denominación que había de llevar la provincia: unos la querían llamar de Chile, por la excelencia del reino y antigüedad del Colegio que teníamos allí; otros del Tucumán, á causa del Colegio principal que se hallaba en Córdoba; el Paraguay alegaba que gracias á él había sido fundada. Este título fijó la costumbre, aunque á mi parecer con ninguno de los mencionados debió ser designada, sino con el de provincia Mariana, pues nació bajo el patrocinio de la Virgen y con él creció en breve tiempo. Ningún Colegio se fundó en poblaciones de españoles que no tuviese alguna capilla con la imagen de Nuestra Señora de Loreto. Con la protección de la Virgen lograron los religiosos propagar el Evangelio entre los chilenos, araucanos, calchaquíes, paraguayos, guaraníes y guaicurúes.


NOTAS DEL TRADUCTOR

2- Miguel Artiguaye llama á este cacique el P. Ruiz de Montoya en su Conquista espiritual del Paraguay, cap. XI.– (N. del T.)

 

 

LIBRO CUARTO

 

CAPÍTULO PRIMERO

LLEGAN NUEVOS MISIONEROS DE EUROPA;

LA COMPAÑÍA SE ESTABLECE DEFINITIVAMENTE EN EL PUERTO DE BUENOS AIRES.

Después de lo que según hemos referido aconteció en la Asunción, el P. Diego de Torres descendió por los ríos Paraguay y la Plata, llegando felizmente á Buenos Aires. Dos años habían pasado desde que la Compañía se estableció en dicha ciudad, y el porvenir del Colegio era dudoso por la temeridad del Padre Juan Domínguez. Este enseñó Teología en Lima y el reino de Chile, y fué nombrado rector del Colegio de Buenos Aires; cansado de vivir en las Indias y llevado de su imaginación inquieta, sin consultar al Provincial y con pretexto de allegar lo necesario para la construcción de una iglesia, marchó al Brasil y allí embarcóse con rumbo á España, donde se estableció en la provincia de Aragón, en la cual en otro tiempo hizo sus votos; el General Claudio Aquaviva le impuso el castigo merecido por sus culpas; arrepintióse y en lo sucesivo observó distinta conducta. He narrado esto á fin de que sirva de ejemplo á los demás; los historiadores cumplen con su cargo libremente siempre que no falten á la verdad, con objeto de que en sus libros haya provechosa enseñanza. No tenía el P. Torres quién poner en lugar del P. Domínguez; por otro lado, consideraba cuán útil era que la Compañía siguiera en Buenos Aires, pues el gobernador de la Plata en una expedición que dirigió contra los indios del estrecho de Magallanes, trajo consigo algunos cautivos, cuya presencia infundió al Provincial deseos de predicar el Evangelio, no solamente entre los feroces patagones, mas también á los charrúas, yaros y restantes pueblos semejantes á los guaicurúes, situados á uno y otro lado del río de la Plata; añádase que todos los años desembarcaban en Buenos Aires numerosos esclavos negros, y consideraba que sin la Compañía quedarían desatendidas las almas de estos infelices. Animábanle con razones poderosas D. Diego Marín Negrón, gobernador de la provincia, y el antecesor de éste, D. Hernando Arias, varones respetables. En esto llegaron á dicha ciudad el P. Juan Romero, Procurador del Paraguay, y nueve misioneros, parte sacerdotes y parte legos, que iban de Europa; fueron recibidos con inmenso gozo por el Provincial, el gobernador y D. Hernando Arias, con lo cual afirmóse la residencia de los jesuitas en Buenos Aires, de cuyo Colegio fué nombrado rector el P. Romero. No menos alegría ocasionó un reciente decreto del rey Católico, en el cual se disponía que los religiosos de la Compañía trabajasen en la conversión de extensas regiones paganas y los mantuviera el Fisco, y aumentóla el ver tantos misioneros ilustres españoles, de quienes sobresalieron, andando el tiempo, los PP. Diego de Boroa y Simón Ojeda, Provinciales del Paraguay; Cristóbal de Torres, catedrático de Teología, ducho en la enseñanza de los bárbaros y en el arte de gobernar; Martín Urtazun, pariente de San Francisco Javier; Juan Albis, Viceprovincial de Chile cuando este reino fué separado del Tucumán; Baltasar Sena, y Sotomayor, el primero notable por sus virtudes, y el segundo por haber despreciado títulos de nobleza que le correspondían; Juan de Humanes, á quien vió entre los predestinados el P. Alfonso Rodríguez cuando los dos vivieron juntos en Mallorca; Antonio Moranta, sobrino del P. Jerónimo Natal y hermano de otro Moranta que murió en México por defender la religión; dejo de mencionar los restantes misioneros, hombres también ilustres. Ninguno que no fuera español se contaba en aquella expedición, siendo así que el P. Diego de Torres procuró que los hubiese de otras naciones, pues sabía perfectamente que los extranjeros tienen notoria aptitud para tratar con los indios. Luego que los religiosos descansaron del viaje, comenzaron á ejercer su ministerio con los marineros, ciudadanos, forasteros de Chíle y Perú é indígenas que usaban diferentes idiomas. Todos ganaron el Jubileo dado á conocer por el P. Romero y purificaron sus conciencias mediante la confesión. Pasado algún tiempo se administró el Bautismo solemnemente, con asistencia del gobernador y hombres más notables de la ciudad, á cierto número de gentiles charrúas y del estrecho de Magallanes, pertenecientes á pueblos feroces; otros quedaran para más adelante. Los negros, muy numerosos y de mejor índole, atrajeron las miradas de la Compañía á la sazón que eran diezmados por la peste. Ahora mismo todos los años se les dan misiones y es grande el fruto que se obtiene; constituyen una verdadera mina espiritual para los Padres. Reparando en los muchísimos negros que han recibido el Bautismo en Buenos Aires por obra de los jesuitas, es forzoso alabar la Providencia, que permite la esclavitud de seres tan desgraciados á fin de que alcancen la vida eterna.


CAPÍTULO II

ESTABLÉCESE LA COMPAÑÍA EN LA CIUDAD DE SANTA FE.

Por aquel tiempo, á petición de D. Hernando Arias, ex-gobernador del Paraguay, ordenó el Provincial al P. Francisco del Valle que fuese á la ciudad de Santa Fe, distante ochenta leguas de Buenos Aires, y crease un Colegio. Poco antes de que Buenos Aires se restaurase, fundó dicha población Juan Garay á orillas del río Quiloasa, que desemboca en el Plata, con objeto de que allí arribasen las embarcaciones europeas. Los indios se alzaron contra los primeros colonos; tres veces fueron derrotados por éstos, quienes consagraron la ciudad á Nuestro Señor y á San Jerónimo por la protección que les dispensaron. Entre las costumbres de aquellos gentiles era notable la siguiente: á ninguna mujer permitían pintarse el cuerpo con tierra de colores antes de gustar la carne humana; si para esto faltaban cadáveres cogidos en la guerra, utilizaban trozos de sus mismos compatriotas acabados de espirar. Plantaban árboles en los sepulcros y los adornaban con plumas de avestruz; acudían á intervalos y derramaban copioso llanto. Con anterioridad á la conquista, se alimentaban de caza y pesca; pero luego se multiplicaron los bueyes de tal modo, que bastaban para el sustento de los indígenas y el enriquecimiento de los españoles. Consta que desde el año 1611 hasta el de 1631 un millón de bueyes fué sacado de los campos de Santa Fe y llevado al Perú. Fuera de esto, ninguna cosa tenía de notable la población que nos ocupa, sino la multitud de infieles que poblaban sus cercanías. Por la parte que mira al Paraguay se extiende el valle de Calchaqui en dirección al río de la Plata, y está muy poblado. Diferentes tribus moraban no lejos, destinadas en lo futuro á ser evangelizadas por la Compañía. Creado el Colegio, el P. Francisco del Valle, hombre infatigable, trabajó día y noche en el bien espiritual de españoles, indios y negros, excitando, según contaré más adelante, el odio de Satanás y de los calumniadores. Cuando se fundó la iglesia, el ex-gobernador D. Hernando de Arias y sus hijas, doncellas nobilísimas, llevaron tierra á cuestas, con lo cual ganó más honra varón tan piadoso que en administrar laudablemente la extensa región del Paraguay.


CAPÍTULO III

CANONIZADO SAN IGNACIO DE LOYOLA; SU FAMA Y MILAGROS.

Palpitó de alegría el corazón de todos los jesuitas al saber por conducto del P. Romero cómo San Ignacio de Loyola había sido canonizado por el Pontífice Paulo V. Creció la influencia de la Compañía cuando se realizaron fiestas en Buenos Aires para solemnizar tal suceso. Los cañones de la plaza dispararon repetidas veces; dos gobernadores, acompañados de nobles caballeros, hicieron un torneo; los marineros ingeniaron un templo provisional construído con las velas de las naves, bastante grande y adornado; prodigáronse las demostraciones de contento, no sólo allí, sino en todas las regiones de la provincia, pues admiraban la santidad del fundador de la Compañía y sus milagros; á la par que el heróico trabajo de sus hijos. La ciudad de San Miguel en el Tucumán celebró el fausto acontecimiento por espacio de cuarenta días á expensas del erario público; los jesuitas se opusieron á que durasen más tiempo los festejos, temerosos de excitar la envidia. Aumentóse la devoción á San Ignacio con motivo de haber recobrado la salud por la intercesión de éste un hombre completamente paralítico. Paso por alto lo que sucedió en Santiago del Tucumán, de cuya ciudad más adelante salimos; sus moradores honraron con juegos á San Ignacio. Ahora hablaré de la capital del reino chileno, donde se celebraron juegos y certámenes, y se compusieron versos y encomios al santo. Distinguióse allí por el afecto á éste la Orden de los dominicos, que se ocupa en las mismas empresas que la Compañía; una cosa hizo que merece ser conocida de la posteridad: construyó en honor de San Ignacio un templo provisional, y el día que se celebraba la fiesta de Santo Domingo, con afluencia de numeroso gentío, el orador predicó en alabanza de nuestro fundador y no del suyo, lo mismo que en la novena que hubo antes; esto fué un rasgo que nos obligará siempre á mostrarnos agradecidos. En aquella ciudad sufría cierto sacerdote forastero dolores agudos en un lado, y tales que no podía resistirlos; los médicos desesperaban de curarlo; al octavo día de tan crueles padecimientos, estando en el lecho de noche y á obscuras, invocó la protección de San Ignacio; vió que el rostro de la imagen de éste, colgada en un pabellón, se iluminaba: desde aquel momento recobró la salud. Aún es más notable el siguiente milagro: Francisca Morales, doncella honestísima, tenía úlceras en sus partes vergonzosas; como era recatada en extremo, rehusaba que las viera el médico; confió en que San Ignacio le conservaría el pudor y sanaría de la dolencia, y no fué vana su esperanza: apenas oró, quedó sin vestigio alguno de las llagas. Es digno de mención lo que en Arauco hicieron dos soldados el día que la milicia celebraba la canonización de San Ignacio; se dieron la mano en señal de amistad, siendo así que por muchos años habían sido encarnizados enemigos, tanto, que ni las exhortaciones de compañeros, ni de personas distinguidas y de religiosos lograran reconciliarlos. Tanta influencia tenía San Ignacio, nacido en bien y paz de ambos mundos. En Mendoza, población de la provincia de Cuyo, organizaron fiestas en loor del santo. Un español que estaba espirando, pidió á éste catorce años más de vida, y los consiguió á más de la salud. En las islas de Chiloé, sus habitantes tuvieron un combate naval y ejercicios militares para conmemorar la canonización según podían; quería el cielo que el nombre de San Ignacio fuese honrado allí donde los hijos de éste acababan de extender el Evangelio. Los mismos calchaquíes, indios feroces del Tucumán, aunque todavía gentiles, imitaron á los cristianos, erigiendo arcos y con aclamaciones y carreras, cosa acostumbrada en el país, pidiendo al santo que los protegiese; parecían adivinar los bienes que en lo sucesivo reportarían de los jesuitas. Justo era que los paganos le venerasen, ya que él quiso que sus hijos cuidasen de todos los hombres sin distinción alguna. Finalmente, para que en ningún rincón de América se dejara de honrar el nombre de nuestro Padre, en los confines del Paraguay y el Guairá le fueron consagrados dos pueblos de neófitos. El P. Marcelo Lorenzana, fundador de uno, contaba que sus victorias entre los idólatras las debía á cierto autógrafo de San Ignacio que llevaba consigo. Este correspondió á tantas pruebas de cariño haciendo beneficios á cualquiera que los imploraba. Así encuentro en las Cartas ánuas que socorrió á muchas mujeres en partos laboriosos, de manera que expulsaron felizmente las secundinas después de dar á luz sin obstáculo. Con frecuencia curó enfermedades de poca importancia.


CAPÍTULO IV

EL P. DIEGO DE TORRES DA BASTANTES DISPOSICIONES ÚTILES PARA LA PROVINCIA.

Grandes eran los progresos de la Compañía, cuya presencia reclamaban no pocas ciudades, principalmente la de Jerez, que se dolía de estar desde muchos años atrás sin sacerdote, y, por consiguiente, sin culto divino; ofrecía remunerar á los misioneros en cuanto su pobreza lo consintiese. Apurábase el Provincial con la escasez de religiosos, pues aunque acababan de llegar algunos de España, los más eran jóvenes y todavía inexpertos. Dispuso que éstos fuesen á Córdoba del Tucumán, distante ciento veinte leguas, para que se ejercitaran en las letras y virtudes. Prudentes razones hubo en designar á Córdoba como centro del noviciado y los estudios, lo cual la convertía en la capital de la provincia. Siendo cosa tan interesante la educación, se temía que los principiantes en el reino de Chile, por las mil delicias y comodidades que proporciona, perdiesen el fervor y con dificultad salieran á los desiertos del Tucumán y Paraguay, mientras que la aspereza de Córdoba los endurecería para las fatigas. Añádase el que esta ciudad está situada en medio de Chile y el Paraguay, con lo cual el viaje á tales regiones era más fácil y pronto; ninguna otra frecuentaban tanto los españoles, y en sus inmediaciones se contaban millares de indios cuya evangelización constituiría un campo donde los noveles misioneros se ensayarían antes de emprender cosas mayores. El Provincial, yendo á través de espesos montes, visitaba las aldeas, dando ejemplo á los novicios. Gracias á los religiosos de Córdoba, muchos gentiles recibieron el Bautismo, y bastantes neófitos se reconciliaron con Dios mediante la Penitencia por vez primera. En el Colegio, el P. Torres, con su destreza, ardor, santidad de costumbres y vida ejemplar, inflamaba los ánimos de novicios, estudiantes y compañeros; ponía allí mayor empeño, por saber que de la capital se difundiría el espíritu por toda la provincia. Censuró con dureza la ambición de quienes, quebrantando las Reales cédulas tocantes al servicio personal, entraban á las tierras de gentiles y los vejaban; habiendo un hombre sacado no pocos indios de sus aldeas, los bautizó sin catequizarlos, pues ignoraba el idioma que hablaban; el P. Torres declaró nulo el Sacramento, dictamen que mereció la aprobación del obispo del Tucumán, el cual, con penas eclesiásticas, hizo que el raptor devolviese la libertad á sus cautivos. Pasados en esto cuatro meses, fué el P. Torres á Mendoza, apéndice del reino chileno, y alabó el celo del rector por haber procurado el Bautismo de cuantos indios moraban en la ciudad. Adornó la capilla de Loreto, construída en el templo del Colegio, para que la Virgen protegiera el país. Consiguió del juez conservador, perteneciente á la Orden de Santo Domingo, que un sacerdote, culpable de calumnia contra la Compañía, convicto de su delito, fuese condenado á destierro y privación de oficio, á fin de que no dañase con malos ejemplos. Dejó en Mendoza al P. Deodato, varón intachable que acababa de llegar de España y hacía concebir halagüeñas esperanzas. Viéronse éstas cumplidas, pues en los años que permaneció en Mendoza, según cuenta el P. Juan Pastor, bautizó veinte mil personas. Luego que el Provincial hubo ordenado las cosas referentes al Colegio y preparado futuras expediciones á la provincia de Cuyo, pasó la cordillera y entró en Chile el año 1611. En la capital, á ruego de la Audiencia y demás autoridades, erigió un Seminario de jóvenes nobles consagrado á San Edmundo Campiano. La causa de crearlo fué el que los adolescentes, en sus casas, eran educados regaladamente, á lo que se prestan los atractivos del país, y las costumbres no brillaban por su pureza: se esperaba que bajo la férula de los jesuitas los muchachos saldrían capaces de gobernar la nación. Inauguróse con veinte alumnos el Seminario de una manera solemne, asistiendo la Audiencia y restantes autoridades; el P. Juan Humanes, encargado de regirlo, satisfizo los deseos de todos. Desde allí se hicieron excursiones á los alrededores y más lejos. En ellas ocurrió un hecho que narraré: yacía enfermo cierto español, que de sano tenía la mala costumbre de repetir frecuentemente: Que muera sin confesión si no es verdad lo que afirmo. ¡Cosa admirable! El misionero que llamaron á confesarlo en éste ó el pasado año, cuando se aproximaba á la aldea, no pudo ni con fuerza ni con arte hacer que se moviese la caballería en que iba, hasta que espiró el enfermo; entonces la mula echó á andar y llevó al P. Juan Fonte á la aldea en que estaba el muerto: ejemplo tal debe apartarnos de atraer con imprecaciones el mayor mal de cuantos nos pueden sobrevenir. El P. Diego de Torres, que nada descuidaba, ordenó que los PP, Horacio Bech y Martín Aranda, que se hallaban en Arauco, y los PP. Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino, que estaban en las islas de Chiloé, fuesen, como es costumbre en la Compañía, á confesarse con él. Abrazólos cariñosamente por lo que habían hecho en bien del cristianismo. Dispuso que el P. Bech rigiese á otros misioneros, y en el lugar que ocupaba puso al Padre Francisco Gómez, acompañado del Padre Martín de Aranda; éstos continuaron los trabajos en Chile por mar y tierra, con notable provecho de las almas, durante seis años; se portaron admirablemente cuando la peste se cebó en indios y españoles. El P. Juan Bautista Ferrusino fué encargado de gobernar el noviciado de Córdoba en sustitución del Padre Mateo Esteban, varón probo, el cual navegó con el P. Melchor Vanegas á las islas de Chiloé para proseguir las tareas apostólicas de los misioneros que le habían precedido.


CAPÍTULO V

SON EVANGELIZADAS LAS ISLAS DE CHILOÉ.

Próximas á la isla de Chiloé, que antes hemos descrito, hay otras cuarenta, cual satélites alrededor de un planeta ó ramos cerca del tronco; su vista causa alegría, turbada con frecuencia por vientos repentinos y horribles tempestades; nunca se navega por el archipiélago de Chiloé sin grave peligro de que el mar se agite. Las costumbres de sus habitantes son iguales á las que tienen los de la isla mayor; idénticas sus casas y alimentos, pero su estupidez es mayor. En una de estas islas se establecieron ochenta españoles cuando los rebeldes chilenos destruyeron varias ciudades; allí edificaron un fuerte. La mayor parte de ellas están poco pobladas, y dan sus moradores por razón, que los piratas desembarcan frecuentemente y se llevan cuantos cautivos pueden, á fin de emplearlos en trabajos forzosos, no obstante la oposición de las autoridades. Las islas de Chiloé están administradas por un gobernador. Tan luego como los Padres Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino tuvieron orden de ir á ellas, se embarcaron; en alta mar los sorprendió una tempestad que los arrojó á la costa de Chile dominada por los insurrectos; bajaron de la nave y en vano solicitaron la celebración de una entrevista con los araucanos en las ruínas de Valdivia. Calmados los vientos prosiguieron su viaje, llegando felizmente al puerto de la isla mayor. Contaban los indígenas que en todos los sitios donde las misioneros celebraron misa durante su primera expedición, se veían luces prodigiosas y en medio un altar radiante y espléndido: estos milagros hicieron crecer el ascendiente de los Padres, quienes después de confesar á los españoles, aunque sabían muy bien lo peligrosas que eran aquellas aguas, navegaron en una barca, diciendo que sería indigna cosa temer las olas, cuando los piratas se exponían á su furor por apresar hombres, empresa indigna de ser comparada á la de salvar almas. Ningún sacerdote había en las cuarenta islas, excepción hecha del que moraba en la fortaleza de los españoles, por cuya razón, si bien se contaban numerosos cristianos, éstos eran ignorantes y no conocían el uso de los Sacramentos; nada sabían del matrimonio, de la confesión, de iglesias y de misterios católicos. Demasiado claro aparecía que quien los bautizó no pretendía el bien espiritual de los indios, sino su interés particular. En la primera navegación los misioneros recorrieron todas las islas en el espacio de seis meses; autorizaron seiscientos matrimonios; oyeron muchas confesiones y bautizaron quinientas veinte personas. En tan ardua tarea, los Padres iban por mar de un lado á otro, sufriendo males indecibles: tres veces estuvieron á punto de morir ahogados en medio de las olas; muchas otras se mojaron en tiempo frío, y así pasaron noches enteras al raso. Comían raíces y lo que arrojaba el mar. A causa de los naufragios se corrompían los víveres, y entonces carecían de lo más preciso; á pesar de tales tribulaciones sentían dulzura inefable pensando que servían á Cristo. En cierta ocasión hallaron un neófito viejo casi espirando, quien al ver los jesuitas, ostentando la cruz, lleno de alegría exclamó: Esta, oh Padre, es mi esperanza; armado con ella y despreciando supersticiosas medicinas, recobraré la salud. Después que hubieron recorrido las islas pequeñas, tornaron á la mayor, y yendo por las costas en una balsa visitaron los veinticinco pueblos que tenía, administrando el Bautismo y la Confesión y predicando con feliz éxito. Para concluir; en los dos años siguientes volvieron á estar en las islas, donde construyeron ochenta capillas en otras tantas aldeas y nombraron maestros de la doctrina cristiana. No puedo consignar cuántas personas bautizaron. Lo que afirmo es que con su constancia en soportar trabajos ganaron en estimación y recogieron frutos de alegría entre indios y españoles; el gobernador de las islas escribió al Provincial rogándole que no se ausentaran varones tan útiles. Los misioneros, en vista de lo mucho que eran venerados, daban á los neófitos cédulas autógrafas, con las cuales éstos ponían en fuga los demonios. Los españoles no se atrevían á molestar á los Padres, viendo que eran honrados por los ciudadanos más beneméritos. Tan poderosa es la virtud, que protege la inocencia y detiene á los culpables.


CAPÍTULO VI

LOS PP. JUAN DARÍO Y DIEGO DE BOROA PACIFICAN Á LOS DIAGUITAS Y LES PREDICAN.

Cuando volvió el P. Diego de Torres á Córdoba desde el reino de Chile, recibió un mensajero del P. Luis de Quiñones, haciéndole saber cómo algunos malos soldados habían dado muerte á varios caciques diaguitas, por cuya causa estos indios se sublevaron, sin que hubiese esperanza de aplacarlos; solamente la Compañía podía lograrlo, exponiéndose en aras del bien público. Entonces mandó el Provincial á los PP. Juan Darío y Diego de Boroa, que yendo de camino á la capital del Tucumán, ciudad de donde se había retirado la Compañía, cumpliesen las órdenes que les diera el gobernador. Ambos misioneros eran dignos del cargo que les confiaban: el P. Darío pacificó á los calchaquíes, y el P. Boroa descollaba por su prudencia y santidad; durante cincuenta años desempeñó altas funciones en la provincia; de tal manera hizo brillar en el asunto que nos ocupa su espíritu evangélico, que el P. Darío lo llamó un Francisco Javier compendiado. Cuando llegaron á la metrópoli, fueron recibidos con alegría tan general como intensa, doliéndose los opresores de los indios de haber perdido con su tiranía el apoyo de la Compañía. Los más de los españoles deseaban que ésta tornase á la ciudad; pero quienes lamentaban de veras la ausencia de los jesuitas eran los indios bautizados por éstos, pues habían perdido sus padres, doctores y patronos. Nada tan grato acaeció en la ciudad como la reconciliación del obispo y del gobernador D. Alonso de Ribera, gracias á la intervención de los Padres, y es de notar que al día siguiente de ir el gobernador, por consejo del P. Juan Darío, á besar el anillo del Prelado y demandarle perdón por las ofensas pasadas, aquél recibió carta, del rey por la que le restituía el gobierno de Chile. En lo cual se ve que Dios está con los mansos de corazón y que la dignidad es compatible con la sumisión. Arreglado felizmente tal negocio, los religiosos, con la protección del obispo y del gobernador, fueron al valle de Aconguinca, situado entre las ciudades de San Miguel y Londres; también á las selvas inmediatas de Yocavil; convirtieron muchos indios, á quienes administraron el Bautismo y otros Sacramentos. Después, atravesando animosamente las fronteras de los diaguitas, ninguna dificultad hallaron; mostráronse los rebeldes propicios á la paz, sabiendo que los Padres serían en lo futuro sus protectores. Estos oyeron las quejas de los diaguitas y les prometieron trabajar con todas sus fuerzas en evitar las extorsiones de los soldados. Ya que los religiosos quitaron en lo posible la causa de las contiendas, y no del todo por ser difícil desarraigar la codicia inveterada, recorrieron las exiguas aldeas habitadas por los guasanos, maleos, huachases y andalgalas; quinientos bárbaros se hicieron cristianos. ¡Pero, gran Dios, á costa de qué trabajo! ¡cuánto hubo que andar por lugares ásperos y desiertos! El P. Diego de Boroa, que menospreciaba sus hechos, me contó que, aun siendo de cuerpo y ánimo robustos, llegó á desfallecer en aquella expedición. Donde quiera que iban los misioneros, derribaban los ídolos y los objetos del culto pagano para colocar la cruz, sin que los indios lo llevasen á mal, antes bien solicitaron que la Compañía se estableciese en el país. Los Padres, cumpliendo las órdenes que tenían, volvieron á la capital del Tucumán, y fueron recibidos, en agradecimiento de haber hecho la paz, con inmensa alegría de particulares y autoridades.


CAPÍTULO VII

EL SERVICIO PERSONAL DE LOS INDIOS QUEDA ABOLIDO POR DISPOSICIÓN DEL REY CATÓLICO.

Continuaba siendo un grave obstáculo para la predicación fructuosa del Evangelio la ambición de los españoles, quienes, movidos por el lucro, obligaban á los indios á ejecutar penosas y continuas obras. Estos hallaban patrocinio en la Compañía, la cual se atrajo por ello el odio de no poca gente. Crecía el mal de día en día, y tanto, que amenazaba sobreponerse á los remedios. Llegó á la sazón Don Francisco de Alfaro, que era del Real Consejo, enviado por Felipe III á fin de visitar el Tucumán y el Paraguay, con facultades para prohibir el servicio personal y adoptar con tal objeto las disposiciones que más convenientes le parecieran, procurando que no sufrieran perjuicio los españoles en sus derechos adquiridos. Llevó á cabo su comisión D. Francisco de Alfaro tan acertadamente, que ilustró su nombre y mereció las recompensas que luego recibió. Apenas llegó á la capital del Tucumán, convocó una junta de las personas más principales y expuso en ella los motivos que el monarca tenía para abolir la servidumbre de los indios, y refutó los argumentos que le opusieron de tal manera, que todos los asistentes juzgaron que se debían cumplir los regios mandatos. Después redactaron el siguiente decreto: «Nosotros, los infrascritos, reunidos exprofeso para tratar del servicio personal de los indios, habiendo examinado atentamente las disposiciones que acerca de este asunto dió el gobernador del Tucumán, González Abreu, declaramos ser ilícito el dicho servicio. Y para que conste, lo firmamos: Hernando Trejo, obispo del Tucumán; Alonso Ribera, gobernador de Chile; Francisco Alfaro, del Real Consejo; Francisco Salcedo, tesorero de la iglesia Catedral de Santiago (después fué obispo de Chile); Fr. Cristóbal de Ayala; Luis Quiñones, gobernador del Tucumán; Fr. Pedro López Valero, licenciado; Antonio Rosillo.» Hecho todo esto en la metrópoli del Tucumán, sin que concurriera ningún religioso de la Compañía, D. Francisco de Alfaro se trasladó á Córdoba, donde mostró las reales cédulas que llevaba y el asentimiento del virrey peruano y de la Audiencia de Chuquisaca á lo acordado últimamente en la junta mencionada, con lo cual se consiguió no poco, á pesar de las protestas elevadas por los ciudadanos de Córdoba. Después, acompañado del P. Diego de Torres y de D. Diego Marín Negrón, se dirigió al Paraguay para cumplir su cometido en la Asunción, como lo había hecho en otras ciudades.


CAPÍTULO VIII

UN HIJO DEL JEFE DE LOS GUAICURÚES RECIBE EL BAUTISMO.

Antes de que el Provincial saliera de Córdoba, pidió luces durante ocho días á Jesús Sacramentado para elegir misioneros que enviar al país de los guaicurúes. Solicitáronlo muchos, y fueron escogidos los PP. Antonio Moranta, profesor de Teología; Antonio Ruiz, de virtud acrisolada; Martín Urtazun, pariente de San Francisco Javier, y Pedro Romero, que alcanzó la palma del martirio. Llevó consigo algunos de éstos, y ordenó á los restantes que marcharan á la capital del Paraguay, para luego destinarlos donde fuera oportuno. Habían llegado de este país doscientos indios remeros para conducir al gobernador y al visitador regio; el Provincial y sus compañeros los iniciaron en los misterios de la fe. Cuando se hallaban cerca de la Asunción, hizo el P. Roque González que les saliera al encuentro una embarcación de los guaicurúes, adornada con ramos entretejidos y con flores, en la que iba el hijo del jefe que tenía dicha nación, con el intento de solicitar del gobernador permiso para que su padre pudiese entrar sin temor alguno en la ciudad, á lo cual accedió aquél sin dificultad, antes bien con sumo gusto. El gobernador y el comisario real pasaron al navío del joven indio y siguieron con él hasta acabar su viaje. Dos años habían pasado los PP. Roque González y Vicente Griffi en el país de los guaicurúes, intentando, aunque sin éxito favorable, por todos los medios que tuvieron á su alcance, domesticar aquella fiera gente: solamente consiguieron bautizar algunos indios en la hora de la muerte. Ya se trataba de que los misioneros se retirasen, cuando el jefe de los guaicurúes, con el P. González y numerosa comitiva de sus vasallos, fué á la Asunción, y después de haber cumplimentado como era costumbre entre los bárbaros al gobernador y al regio comisario, presentó al Padre Provincial un hijo de doce años de edad para que lo instruyera en nuestra religión, quien muy luego fué solemnemente bautizado, siendo sus padrinos el gobernador y el comisario real. Su padre recibió algunos regalos, y lograda la benevolencia de éste, pudo esperarse que los indios se irían civilizando por obra de los religiosos, quienes permanecieron en el país de los guaicurúes.


CAPÍTULO IX

DE ALGUNAS COSAS QUE SUCEDIERON EN LA CIUDAD DE LA ASUNCIÓN.

Despedidos los indios, D. Francisco de Alfaro atento á su negocio, abolió el servicio personal en el Paraguay; mas como bastantes indígenas no habían de satisfacer tributo, arregló el asunto de una manera equitativa, ordenando que trabajasen un mes al año en provecho de sus dueños, y que lo restante fuesen libres para ajustarse á cambio de salario; otras disposiciones, igualmente justas, dió para los indios y españoles. Casi todas ellas fueron aprobadas por el rey Católico, quien extendió el tiempo antes dicho á dos meses, y acordó que rigieran á perpetuidad. Para que en lo sucesivo no se apartaran los infieles de abrazar nuestra religión, temerosos de vejaciones, asignó á la Compañía el Paraná, el Gúairá y el país de los guaicurúes, de tal manera, que los indios establecidos en las poblaciones de las mencionadas comarcas no fueran dados en encomienda á particular alguno. Los misioneros vivirían á expensas del Erario público. A fin de que todo esto fuera estable, mostró una carta del rey Católico, en la que alababa á los religiosos de la Compañía y les encomendaba la evangelización de los gentiles. Merece referirse cómo habiendo acordado D. Francisco de Alfaro que se diese á cada uno de los misioneros un sueldo igual al disfrutado por los curas párrocos del Perú, se opuso el Provincial diciendo que con la cuarta parte podían vivir aquéllos moderadamente, hecho que es importante para desvanecer la opinión del vulgo, el cual nos suele motejar de ambiciosos. Marchóse de la Asunción el comisario regio, y como los hombres más importantes de ella pusieran obstáculos á la ejecución de los nuevos decretos, volvió á encenderse el odio contra la Compañía, á tal punto que los religiosos se vieron precisados, para evitar los insultos de la plebe, á retirarse de aquel punto. Duró la persecución tres meses, hasta que cierta persona muy principal se presentó delante del gobernador con un considerable número de indios que le estaban sometidos, prometiendo que antes permitiría caer en la miseria que abusar de éstos. Al dicho añadió el hecho, y así los alimentó después como á hijos, no exigiendo de ellos ni aun lo permitido por las leyes. Tal ejemplo hizo cambiar la opinión, inclinándola en favor de la Compañía; sin embargo, no dejó ésta de tener enemigos que se le oponían en su justa empresa.


CAPÍTULO X

VUELVE LA COMPAÑÍA Á SANTIAGO, CAPITAL DEL TUCUMÁN.

Tan luego como el P. Diego de Torres organizó nuevas misiones á los países gentiles del Paraguay, tornó á la metrópoli del Tucumán, llamado por. D. Francisco de Alfaro, pues muchas personas deseaban el regreso de la Compañía. El marqués de Montesclaros, virrey del Perú, había reprendido fuertemente en una carta la conducta del gobernador Don Alonso de Ribera, porque durante su mando permitió la salida de los jesuitas, hombres útiles á la sociedad y á la religión, y le exhortaba á reparar los desaciertos cometidos. Además encargó á D. Francisco de Alfaro que aprovechara la ocasión oportuna de restablecer el Colegio de la Compañía, en lo cual se interesó también la Audiencia de Chuquisaca. Las autoridades de Santiago, viendo los perjuicios que se originaron á la ciudad con motivo de salir los misioneros, se esforzaban por remediarlos. D. Luís de Quiñones, gobernador del Tucumán, y su antecesor D. Alonso de Ribera, trabajaban con igual fin. Quien más se lamentaba era el Obispo, pues con la ausencia de los Padres los indios de la población y del campo vivían sin confesarse; la juventud se inclinaba al libertinaje; las costumbres de hombres y mujeres dejaban bastante que desear; nadie había que ayudase á los moribundos, curase los negros, visitase las aldeas y predicase en pueblos de idólatras. Llorando sin consuelo, se reprochaba el no haber impedido la marcha de los jesuitas. Las cosas que dijo de la Compañía y de su utilidad tocan á un escritor de más alto vuelo que yo, y rayan en lo inverosímil; así que las paso por alto. Rogado el P. Torres por tantas y tan eminentes personas á fin de que la Compañía se estableciera de nuevo en Santiago, se condujo con tal modestia, que en vez de hacer un beneficio, parecía recibir un favor de la afligida población. Accedió á la petición; D. Francisco de Alfaro y el Obispo trataron de los subsidios que se darían á los misioneros; confiaron á éstos el gobierno del Seminario de Nobles recientemente creado, y les adjudicaron parte de las rentas que gozaba la iglesia Catedral y del noveno correspondiente á Su Majestad, lo cual aprobó éste, benéfico siempre con nosotros: montaba todo dos mil escudos de oro. Así mostró la Compañía su constancia en el Tucumán y el Paraguay, sin transigir con la opresión de los indios, no obstante la persecución que sufrió. La firmeza del P. Torres se hizo patente. Este había amenazado al pueblo con la cólera del cielo, y tuvo cumplimiento su predicción. Por aquel tiempo se apareció el alma de un hombre que abusó de los indios tiránicamente, envuelta en llamas y lanzando gemidos; aconsejaba á un hijo suyo que no vejara á sus clientes. La peste se extendió por varios países y se oyeron rumores de sublevaciones. Muchos, aterrados con tan graves males, no solamente acataron los mandatos de Don Alonso de Ribera dando libertad á los siervos, sino pagándoles religiosamente los trabajos que tenían prestados; hubo quien los igualó á sus hijos y les dejó en testamento quince mil escudos de oro; otro, con aprobación de su heredero, que no era rico, les distribuyó seis mil escudos. Como todavía dudasen algunos de si debían obedecer á los decretos de D. Francisco de Alfaro, enseñó éste cartas de Juan Menachi, porta-estandarte de la sabiduría americana, y de Perlino, Diego Alvarez de Paz y otros gravísimos varones, quienes con doctos argumentos condenaban el servicio personal. En seguida aumentaron las confesiones y nuestra iglesia se vió más frecuentada. Tal veneración concibieron los indios hacia los jesuitas, que de todas partes salían á recibir la enseñanza de éstos y ponerse bajo su tutela. Así nos vino el bien de donde temíamos el mal, pues Dios suele cambiar la adversidad en prosperidad. El P. Juan Romero fué nombrado Rector del Colegio, para lo cual dejó la ciudad de Buenos Aires, y se vengó de las injurias pasadas haciendo beneficios.


CAPÍTULO XI

PRIMEROS AÑOS DE LA VIDA DEL P. ANTONIO RUIZ.

Vencidos los obstáculos que se oponían al florecimiento del cristianismo, fué el P. Antonio Ruiz de Montoya desde el Paraguay al Guairá. Conviene que hable de los principios que tuvo tan esclarecido misionero, á fin de que el lector compare lo que realizó de niño con lo que hizo en edad madura. El P. Antonio Ruiz de Montoya era pariente de Diego Ruiz de Montoya, célebre escritor; nació en Lima, reina de las ciudades americanas, y era único heredero de una casa riquísima. Su padre, llamado Cristóbal de Montoya, natural de Andalucía, pasó al Nuevo Mundo; allí lo protegió Villarias, virrey del Perú, quien le dió varios empleos, en los que sirvió beneméritamente al país. Nuestro Antonio de niño se cayó á una cloaca, de la que fué extraído prontamente, pronóstico y señal de cómo algún día se encenagaría en los vicios y lo sacaría del lodazal la divina gracia. A los cinco años perdió á su madre y comenzó á estudiar las primeras letras con un preceptor, mostrando entendimiento claro. Cuando tenía seis, llamaba la atención de las personas observadoras, porque no solamente conocía los caracteres alfabéticos, sino que desentrañaba cuestiones intrincadas aguda y graciosamente. A los nueve quedó sin padre, y principió á descubrir las recompensas del cielo y lo útil que es el temor de Dios; concibió extraordinario amor hacia la Virgen, y tanto martirizó su cuerpecito, que llegó á merecer favores milagrosos; en ciertos días, á imitación de San Jerónimo, se golpeaba el pecho con una grande piedra; ceñíase un cilicio erizado de púas; pasaba largos ratos en oración sin que nadie le hubiera enseñado á rezar, siendo evidente que lo aprendió por inspiración del Señor. Una vez que gozó de la ambrosía de las piadosas meditaciones, lleno de alegría mostraba en lluvia de lágrimas sus tiernos afectos. Creció entre tanto, y pensando entrar en la Orden de San Francisco, notó que cierta voz interior le disuadía de ello; entonces se decidió por la vida eremítica y resolvió tomar un compañero. Mas éste desaprobó resolución tan precipitada, y le aconsejó que estudiase con los jesuitas el idioma latino. Así lo hizo; pero su tutor, que acariciaba la idea de casarlo con su hija lo sintió tanto, que enfermó de pena. A los diez y siete años se negó á que lo adoptara un hombre rico, deseoso de tener heredero, pues no quería obedecer á nadie. Luego se entregó al libertinaje; se aficionó á los juegos; á recorrer de noche la ciudad, cual murciélago, en compañía de bufones; á fingir riñas y poner estorbos en que tropezasen los transeuntes que iban á poner paz; á colocar por las plazas cuerdas tensas á ras del suelo, y á colgar piedras con tal artificio que golpeaban toda la noche las puertas: tales pasatiempos le hicieron olvidar la piedad. Dándose á estos vicios, aconteció que una noche fué sorprendido en casa ajena, y recibió tres heridas, de las que estuvo á punto de morir; cicatrizadas éstas, volvió á reunirse con sus amigos, y encontrándose con algunos ciudadanos conjurados contra él, quedó herido gravemente, salvándose con la fuga; apenas curó lo hirió un tercero, porque creía infundadamente que Antonio había abusado de su mujer; el marido fué condenado á multa considerable, y un esclavo de éste tuvo que huir. Antonio estuvo procesado en varias ocasiones y expuesto á ser preso y desterrado por los sucesos de que hemos hablado; siempre salió libre por el favor de sus amigos y con la disculpa de su edad. Lo que no pudo evitar fué una agresión repentina: cierto ciudadano honrado entregó un su esclavo al juez para que lo castigase por contumaz, y éste se encendió de tal manera con los azotes, que juró matar al primero que hallase al salir de la cárcel. Acertó á pasar Antonio y el negro se dirigió á éste; mas luego vió un hombre que en la puerta de la iglesia estaba arrodillado; cayó sobre él y lo asesinó horriblemente; el negro fué ahorcado, ya que prefirió el último suplicio á ser esclavo. Tantos peligros no hicieron más cauto á nuestro Antonio, quien parecía maquinar cada día cosas peores para él y para sus compañeros. No descenderé á detalles, ya que él mismo trazó un cuadro de su adolescencia, diciendo que fué más profano que los gentiles, esclavo de vanidades y adorador de Venus. Por espacio de tres años descuidó la confesión sacramental, á fin de romper mejor los frenos de la concupiscencia.


CAPÍTULO XII

PROSIGUE LA VIDA DEL P. ANTONIO RUIZ.

Aunque sus costumbres eran las que ya sabemos, no dejaba un día de oir misa y se encomendaba cuotidianamente á la protección de la Virgen, cuya imagen veneraba en cierta capilla. Lo demás del tiempo lo pasaba en los placeres. Nunca cesó el gusano de la conciencia de roerle, tormento que le angustiaba cuando más rodeado estaba de parásitos en sus diversiones. Aumentáronse sus congojas una noche que se encontró con los cadáveres de dos amigos suyos que se dieron la muerte el uno al otro por ser rivales en amores; pensó los terribles males temporales y eternos á que estaba expuesto si seguía las huellas de sus desgraciados compañeros; pero nada le atemorizó tanto como el aparecérsele Cristo en el aire vibrando el rayo para herirle: quedó atónito y con la mente llena de confusión, pero no acertó a salir del cieno de los vicios, Con objeto de ahuyentar estos terrores, solicitó del virrey del Perú ser enviado al reino de Chile como soldado por espacio de dos años, pagándose él mismo los gastos. Tenía ya el nombramiento en la mano; pero por los consejos de sus amigos dejó la milicia y acordó navegar á Panamá y sumergirse allí en los deleites. Antes de embarcarse escuchó las amonestaciones de un amigo, quien le decía que no se lanzase al mar sin hacer confesión de sus pecados: hízolo así; mas como el confesor tenía que desenredar tantos nudos intrincados, dejó la absolución para el día siguiente; irritóse el soberbio penitente, y levantándose dijo que jamás volvería á confesar; acto seguido echó á andar. ¡Cosa admirable! Oyó una voz por el aire que le gritó dos veces: «Antonio, torna; Antonio, torna, y te absolverán.» A la voz de fuera se unió otra interna del Señor que le exhortaba á lo mismo; obedeció las inspiraciones del cielo y se puso bajo la dirección de un sacerdote, al cual reveló con sumo dolor los pecados de toda su vida; con él hizo los ejercicios de San Ignacio. Cuatro días llevaba en éstos, cuando se sintió transportado á cierta región lejana poblada de innumerables indios á quienes maltrataban hombres semejantes á demonios; un ángel con vestiduras blancas y resplandecientes defendía á los oprimidos; parecía aquello imagen del juicio final. Estando en esto vió que Cristo descendía de lo alto y aplicaba á su herida del costado la boca de Antonio, quien notó salir un olor fragantísimo y un vapor suave en extremo. Conoció que la región que tenía delante era el Paraguay; los ángeles con vestidos lucidos los misioneros de la Compañía, enviados por Dios en auxilio de los gentiles. Terminados los ejercicios, quedó hecho otro hombre. Con objeto de aprender las letras latinas se puso bajo la dirección del Padre José Arriaga, rector del Colegio de Lima. En un año no completo estudió la Gramática y la Poética; en un curso de siete meses la Retórica. De su vida en el Seminario diré solamente que se entregó al ejercicio de las virtudes con igual ahínco que antes de entrar á los vicios y profanas diversiones. Por su oración constante, mortificaciones corporales y afán de servir á los demás, lo llamaban sus compañeros el santo. Saliendo un día del Colegio no sé con qué motivo, un niño espontáneamente se echó á sus rodillas venerándole; los testigos presenciales afirmaron ser aquello signo de que en algún tiempo merecería culto. Imbuído en la Retórica, profesó en nuestra casa de Lima el año 1606, y confirmó con excelentes acciones el buen concepto que de él se tenía. Siendo novicio, además de otros favores divinos, se le apareció dos veces la Virgen, que le mudó el corazón; de nuevo aspiró la fragancia que se desprende de la herida de Cristo en el costado. Jerónima de San Francisco, célebre en Lima por su santidad manifestó á su confesor que el cielo destinaba al joven Antonio Ruiz para ir al Paraguay; así aconteció, en efecto: aún era novicio cuando fué á dicho país con el P. Torres, que trataba de fundar la provincia de tal nombre. Mientras proseguía sus estudios en Córdoba del Tucumán, antes de ser sacerdote, vió que Cristo sobre el altar, en forma de muchacho, le ofrecía una palma; tal aparición le inspiró vivos deseos de posponer todo al culto y gloria del Señor. Ya ordenado de presbítero, cuando se preparaba á decir la primera misa, contempló á su lado la Virgen María, que le arreglaba las vestiduras sagradas. Poco después tuvo otras visiones en el liceo de los franciscanos, y tanto se inflamó en ansias por socorrer á los indios, que de la vehemencia del afecto le dolió el pecho varios días. De cuatro horas que cada día consagraba á la oración mental, dedicaba una á considerar cuántos infortunios padecían los misioneros en Lima y en otras partes, cuyo pensamiento le impulsaba á dar gracias al Señor. Cristo le guió en la religiosa perfección de sus costumbres. Dudando sobre lo que agradaría más á su Divina Majestad, oyó la voz del Redentor diciéndole que si quería conseguir sus favores cumpliese las reglas de su instituto y los preceptos de sus superiores pues entonces le dirigiría en todos sus actos y estaría con él en cualquier parte. Como replicase Antonio que lo segundo era difícil, á quien por sus muchas ocupaciones tenía siempre el espíritu distraído, replicó el Salvador que lo encontraría fácil si vivía con el corazón vacío de lo que no fuese Cristo. Pidiendo á Dios con ardientes preces que le quitase el gusto, de manera que no percibiera el sabor aun de los manjares más agradables, fué reprendido por el Señor, quien le manifestó que bastaba comer por necesidad y no por deleite, ya que él mismo dijo: No atarás la boca al buey que trilla. En la Semana Santa, fatigado de orar, se echó en un banco de la sacristía para reparar sus cansadas fuerzas; entonces notó que los diablos le oprimían y que el cielo le protegía. Experimentó singulares beneficios de María, los que pueden verse extensamente en su vida, escrita por Francisco Xarque. Ya dispuesto á cosas grandes, fué enviado desde el Paraguay al Guairá en el peor tiempo del año, y allí se dedicó á las fatigas apostólicas.


CAPÍTULO XIII

LOS MISIONEROS PROPAGAN EL CRISTIANISMO EN EL GUAIRÁ.

Quedó el P. Simón Mazeta al cargo de los pueblos nuevamente fundados en el Guairá, y el P. José Cataldino, prefecto de las misiones, fué con el P. Antonio Ruiz á los países bañados por los ríos Parapaná y Pirapo, á petición de sus moradores. En ellos, además de reducir á innumerables indios, convirtió un mago famoso, el cual redujo á cenizas el pueblo donde vivía, y llevó á sus habitantes á San Ignacio. No sólo hizo esto el antiguo hechicero, sino que habiéndose conjurado contra los misioneros no sé qué indios, él los contuvo con su autoridad. Desgraciadamente no tuvo constancia en el camino emprendido; volvió á sus artes diabólicas, procurando apartar los suyos de la enseñanza de los Padres, y se abstuvo de los Santos Sacramentos, por todo lo cual el Padre Simón Mazeta le anunció un severo castigo del cielo; al poco tiempo fué muerto en las selvas por los ladrones. En un pueblo se oponía al Evangelio cierto impostor que fingía dar fertilidad á la tierra y á las plantas, y desmentía las enseñanzas de los sacerdotes cristianos. El cacique Maracaná, movido de un celo imprudente y sin contar con los Padres Cataldino y Ruiz, le dijo: «Ahora veré si en verdad eres señor de la vida;» y acto continuo mandó que ataran al mago una gruesa piedra y lo arrojaran al río, donde murió ahogado. Al contemplar los misioneros la multitud de ruínas que había en aquel país, consideraron los estragos que hacían los brasileños cazadores de indios. No vaciló el P. Ruiz en compararlos con los demonios que por revelación divina vió en Lima insultar á los indígenas y á los PP. Cataldino y Mazeta con los ángeles de paz que se oponían á toda clase de violencias y opresiones.


CAPÍTULO XIV

FLORECE LA RELIGIÓN EN EL GUAIRÁ, NO OBSTANTE ALGUNOS DISTURBIOS QUE HUBO.

Mientras acontecían estas cosas, llegó al Guairá el P. Martín Javier Urtazu para ayudar en sus tareas á los misioneros. Allí establecióse con el P. José Cataldino, que era rector de San Ignacio; los PP. Simón Mazeta y Antonio Ruiz fueron enviados á Loreto. Los dos pueblos crecieron en poco tiempo considerablemente: en ambos había casi el mismo número de neófitos y de catacúmenos; las dificultades para doctrinar á éstos eran iguales, como también la escasez de todas las cosas necesarias, las intrigas de los hechiceros, las incursiones de los bandidos y las artes que se debían poner en juego á fin de sacar á los indios de sus bosques y escondites. Los religiosos hacían largas excursiones, y además, una vez á la semana, visitaban dos de las aldeas cercanas, siempre con feliz resultado, pues convertían numerosos gentiles. Puede formarse idea de cuán fructuosas eran sus expediciones, teniendo en cuenta que en breve tiempo bautizaron más de dos mil cuatrocientos idólatras y unieron en matrimonio cristiano á cuatrocientos que vivían con una ó varias concubinas. En vano fué que se opusiera á esto el cacique Atica (2), y á quien obedecía el pueblo de Loreto. Este indio abandonó á su esposa legítima, y mantenía una especie de harem tan numeroso, que en un año tuvo ocho hijos, precisamente cuando apenas acababa de recibir el Bautismo. Además, pretendía ser sacerdote; llevaba traje talar y amplia capa cubierta de vistosas plumas; iba en compañía de un coro de magos, y celebraba su nefando culto delante de la plebe, cuyo afecto se captaba; por otra parte, excitaba el odio contra los misioneros. No se recataba para hacer nada de lo referido; antes bien fué tan osado, que se presentó al P. Antonio Ruiz diciendo á voces que jamás permitiría á los sacerdotes extranjeros abolir las antiguas prácticas del país, y tendría cuantas concubinas le diese la gana; á las palabras unió las amenazas, y acompañado de trescientos guerreros se dirigió al pueblo donde vivía Maracaná para ver el modo de atraerlo á su partido. ¡Mira, dijo á este cacique, cuán triste será nuestra condición si no aplastamos á los que nos quieren oprimir! ¿Quién de los guaraníes nobles se contentará con una mujer vieja y renunciará al antiguo derecho de poseer varias esposas escogidas entre las más delicadas doncellas? Muestra ¡oh Maracaná! tu pristino valor y la estima en que tienes el ser libre; haz lo que debes á tu fama y á nuestra amistad. Destruyamos estos nuevos sacerdotes que nos han venido, enemigos de nuestras nupcias y costumbres, antes que nos pierdan. Por más que Maracaná vivía aún en concubinato, contestó duramente á tales ruegos, y haciendo una señal á sus vasallos para que se armaran, amenazó al mago con su enemistad si es que seguía adelante en sus propósitos; hizo más: se lanzó sobre él; pero éste huyó precipitadamente. Entre tanto, los misioneros purificaban sus conciencias con la Confesión y se preparaban á recibir la muerte, cuando Aticai se presentó ante ellos solo y desarmado, demandando perdón puesto de rodillas. Muy luego volvió á las andadas; pues aunque al pronto despidió las concubinas, limitándose á vivir con su esposa legítima, y aquéllas, por disposición de los misioneros, fueron llevadas lejos, como tenía de continuo puesto el pensamiento en ellas huyó donde estaban, y condenándose á un destierro voluntario y á la pérdida de su autoridad, murió abandonado en los bosques sin más compañía que una mujer despreciable; ejemplo elocuente de lo perjudicial que es siempre la sensualidad. Siguieron los bárbaros devastando con sus incursiones nuestros pueblos, los cuales se veían además expuestos de continuo á las incursiones de hombres criminales, quienes procuraban evitar á toda costa el establecimiento de nuevas reducciones; llegó el atrevimiento de éstos al punto de llevarse cautivos los habitantes de dos aldeas que estaban para trasladarse á las poblaciones recientemente fundadas; pudo rescatar ochenta y uno el P. Añasco, comisionado al efecto por el comisario regio, D. Francisco de Alfaro. Hubo también calumniadores que motejaban á los Padres de la Compañía de estar ociosos, con el propósito de que éstos se retirasen y entonces ellos pudieran más desembarazadamente dedicarse á la caza de indios; tan bien maquinada estaba la intriga, que el rector de la Asunción pensó en llamar los misioneros. Para conjurar tales peligros marchó á la capital el P. Antonio Ruiz por orden del P. Cataldino, y refiriendo las empresas llevadas á cabo por los religiosos, deshizo las imposturas de los adversarios. El P. Ruiz recorrió á pie y descalzo la vasta comarca que se extiende entre los ríos Paraná y Paraguay, y de acostarse en el suelo, húmedo por las continuas lluvias, contrajo un reúma tan molesto que ya desesperaba de llegar al término de su viaje, cuando San Ignacio de Loyola, á quien se había encomendado, se le apareció en sueños y ordenóle proseguir el camino; hallóse al despertar tan aliviado de su dolencia, que en lo sucesivo anduvo más de prisa que sus compañeros. Regresó después al Guairá y regocijó al P. Cataldino y demás misioneros con el feliz éxito de su comisión.


CAPÍTULO XV

LOS PADRES JESUITAS RECORREN LA REGIÓN DEL PARANÁ.

En el pueblo de San Ignacio, situado entre los ríos Paraná y Paraguay, á pesar de las sediciones de los indios, trabajaba el P. Lorenzana para que los nuevamente convertidos adoptasen las costumbres cristianas y abandonaran las antiguas. Muy pronto se reunieron trescientas familias, número que aumentó el P. Roque González mientras que por espacio de seis meses fué coadjutor del P. Lorenzana, á quien después sucedió en el cargo. Gracias al mismo se abstuvieron los indios del Paraná de sus acostumbradas vejaciones contra los cristianos. Arreglados algún tanto los asuntos de San Ignacio, el P. González, en compañía de pocos neófitos, fué á la comarca donde el Jejuí une sus aguas á las del Paraná, con asombro de los bárbaros que se preguntaban unos á otros cómo unos hombres indefensos se atrevían á penetrar en regiones no recorridas todavía por los españoles. El misionero, con gran presencia de ánimo, habló á los gentiles de esta manera: «Sé muy bien ¡oh paranaes! lo famosos que os habéis hecho á causa de vuestras continuas rebeliones; pero llegará el día en que soportéis el dulce yugo de Cristo en vuestros cuellos. La cruz que llevo en la mano, más poderosa que las espadas, os dominará. Confiado en ella vengo á predicaros la religión de Aquél que está sobre todos los reyes de la tierra. Escuchadme con humildad.» Cosa admirable: los bárbaros prestaron atención al religioso y escucharon los misterios de la fe católica; luego lo llevaron á los pueblos cercanos y á los situados en las márgenes de los afluentes del Paraná; por todas partes salían los gentiles de sus bosques y siempre les predicó el Evangelio con audacia increíble. Viendo la multitud de ruínas que cubrían el país á causa de las guerras, hambre y continuas transmigraciones, tomó ocasión de ello para reprender á los indios por su obstinación en el paganismo y su espíritu bélico, fuentes de tantos males. Se granjeó la amistad de Tabacambi, cacique poderoso en el Paraná, y le hizo algunos regalos. Como aún los ánimos no estaban tan bien preparados cual deseaba, volvió donde se hallaba el P. Lorenzana para consultar con él acerca de lo que se debía hacer, siendo los dos de opinión que no se administrase el Bautismo á los indios hasta pasado algún tiempo, procurando entre tanto conciliarse la voluntad de éstos; recorrió cien leguas en el viaje de ida y vuelta. El P. Lorenzana marchó a presidir el Colegio de la Asunción, y el P. Roque González quedó en San Ignacio; allí éste instruyó á los catecúmenos, redujo á los habitantes de las selvas, asistió sin cansancio a los en enfermos de todas partes durante la peste y reunió sólidos materiales para edificar una iglesia. No se olvidaba de los moradores del Paraná, á quienes excitaba con frecuencia por medio de emisarios para que se convirtieran al cristianismo, y obsequiaba con dones á cuantos de ellos tenía ocasión de ver. Estableció que los neófitos de San Ignacio se dedicaran á juegos, banquetes, cacerías y otras diversiones honestas, con el objeto de que nuestra religión no pareciese demasiado áspera; sin embargo, logró de pocos que permanecieran en el pueblo después que recibieron el Bautismo; únicamente consiguió de los restantes que prometieran no quebrantar la paz. De esta manera iban poco a poco los indígenas del Paraná sometiéndose al suave yugo de Cristo.


CAPÍTULO XVI

SUMISIÓN DE LOS GUAICURÚES.

Una vez llamado el P. Roque González á la provincia del Paraná para que continuara allí sus apostólicas tareas, fué destinado el P. Romero al país de los guaicurúes, y por cierto que mostró una pericia nada común en la predicación del Evangelio. Unido al P. Antonio Moranta, procuraron ambos enseñar en público y en privado el bien y el mal, poniendo sumo empeño en la educación cristiana de los niños, pues esperaban que éstos se imbuirían fácilmente en la verdad, como que no tenían el ánimo depravado por falsas doctrinas, serían constantes en profesarla y procurarían la conversión de sus padres. Los indios desvanecían con frecuencia tan fundados cálculos; después de vivir algún tiempo al lado de los misioneros, por su innata veleidad, huían á los bosques con sus hijos y proseguían devastando las aldeas vecinas, cuyos habitantes reducían á cautiverio y celebrando de noche sus victorias de manera supersticiosa, lo mismo que si jamás hubieran sido cristianos. Unicamente se consiguió bautizar muchos niños y algunos adultos que estaban á la muerte; los demás persistieron en sus creencias gentílicas. De éstas pudo averiguar el P. Romero que se reducían á considerar como divinidades la Luna y el carro de Bootes. Habiendo observado el P. Romero que los guaicurúes celebraban la Luna nueva con voces y saltos, se adornó con las vestiduras sacerdotales para infundir mayor respeto, tomó una cruz en la mano y les reprendió fuertemente, logrando que en vez de adorar al astro de la noche venerasen el instrumento de nuestra redención y dejasen de festejar en lo sucesivo el plenilunio. Mas la inconstancia hacía muy pronto olvidar los buenos principios y frustraba las esperanzas de los religiosos. Pasado un año en todo esto, circuló la noticia de que los guaicurúes pensaban quitar la vida á los misioneros, quienes opinaban muchos que debían retirarse; el P. Romero rogó á sus Superiores en frecuentes cartas que no los apartase del peligro; pero el gobernador les ordenó que abandonasen por algún tiempo el país para evitar que los indios les diesen muerte, y después, temerosos del castigo, se alzaran en armas.


CAPÍTULO XVII

MISIÓN QUE LLEVÓ EL P. LUIS VALDIVIA AL REY CATÓLICO.

Mientras esto acontecía en el Paraguay, llegó la noticia de que volvía desde España el P. Valdivia, quien estuvo en la metrópoli cinco años ocupado en la defensa de los indios; su llegada produjo en los ánimos distintos efectos; muchos se alarmaron sobremanera. El origen del asunto fué el siguiente: los monarcas, en varias cédulas, habían prohibido severamente en el reino chileno vejar á los indígenas y gravarlos con penosos trabajos. Mas como por efecto de la distancia y de lo inveterado del mal quedaran sin cumplimiento, el marqués de Montesclaros, virrey del Perú, conociendo que si los servicios personales no quedaban abolidos en Chile, sería imposible la propagación de la fe lo mismo entre los indios amigos que entre los enemigos, dispuso que el P. Valdivia fuese á España, y cumpliendo lo pactado con los rebeldes, tratase con Su Majestad de poner remedio al mal que nos ocupa; también para ver la manera de concluir la guerra continua y atroz que sostenían chilenos y españoles y entonces procurar la conversión de los primeros. Llegado el P. Valdivia á la Península, se presentó á Felipe III, amante de la paz é inclinado á favorecer á los indios; el rey le dijo que hablara, y así lo hizo; comenzó dándole gracias por las disposiciones que publicó contra los vejadores de los araucanos; explicó las quejas que éstos alegaban, y prosiguió de este modo: «¡Oh rey! si queremos conocer la causa de la sublevación de Chile, es necesario que nos fijemos en los servicios personales impuestos á los bárbaros contra la voluntad de vuestros progenitores; aquella gente, exasperada por la servidumbre, continúa la guerra y la continuará con grave detrimento de vuestro imperio y de la religión si no se acaba con las violencias origen de la insurrección. Cada año se gastan en las campañas de Chile trescientos mil escudos de oro, y en sesenta años no se ha logrado otra cosa que ver tantas principales colonias de españoles arruinadas; perdidas ricas minas de oro; arrebatada la flor de la juventud española; muerto el gobernador Loyola en la última rebelión y otros investidos de igual dignidad; matronas y doncellas de claro linaje reducidas al cautiverio ó á la prostitución; los nuestros reducidos á vivir en unas cuantas poblaciones y fortalezas. No me detendré más en esto; yo deploro el peligro de las almas y el espectáculo de tantas damas y muchachas acostumbradas entre los indios á ritos gentílicos; tantos miles de enemigos condenados al infierno, pues rechazan con pertinacia el cristianismo por miedo á la opresión. Para reprimir el ánimo feroz de aquellos hombres, nada valieron el oro del Perú ni el hierro de España. En vano se esforzaron gobernadores ilustres peritísimos en la guerra y en los negocios; las armas no han deshecho el ejército contrario. Como remedio á tan grandes calamidades no pido soldados ni oro. ¡Oh rey! apelo á vuestra clemencia, por la que resplandecéis en ambos mundos, y os ruego consideréis cuánto conviene á la nación hacer que os obedezca pueblo tan obstinado como aquél, y que adopte las costumbres cristianas; lo conseguiréis siendo benéfico con él. Si se alega lo peligroso de la empresa, aquí está mi cabeza y la de mis compañeros; á todo me expondré con tal de hacer la paz, dilatar vuestros dominios y procurar la salvación de las almas.» Agradó al rey el discurso; consultó con el Real Consejo, y siguiendo el parecer del P. Valdivia, expidió una cédula ordenando que la guerra fuese para los españoles meramente defensiva, limitándose á repeler la violencia con las armas; que severamente se impidiesen los trabajos forzosos de los indios; que doce religiosos de la Compañía morasen en los castillos fronterizos á expensas del monarca para robustecer la amistad de los fieles, defenderlos de injurias y atraer los sublevados al rey. Difícil era el estado de las cosas en la provincia y exigían un hombre igualmente magnánimo que dotado de prudencia; Felipe III, que tenía noticia de las virtudes que adornaban al P. Valdivia, le confió aquella misión; para dotarlo de mayor autoridad pensaba hacerle obispo de Chile; pero él se resistió modestamente, á lo que por otro lado se oponían las leyes de la Compañía; entonces el rey, de acuerdo con el General Aquaviva, lo nombró visitador, árbitro para ultimar la paz y administrador de la diócesis, dándole amplias facultades. Dudando el monarca sobre quién sería más á propósito para gobernar el reino de Chile, el P. Valdivia le indicó la conveniencia de que lo fuese D. Alonso de Ribera, que reunía pericia militar, actividad y ánimo capaz de luchar con las mayores dificultades. Aceptó el soberano este consejo, y el Padre Luis Valdivia con algunos jesuitas tornó á América á expensas del Erario público. Llegado al Perú comunico al virrey los mandatos regios en cumplimiento de las órdenes que tenía, y acatadas se dirigió por mar á Chile, donde estaban el P. Diego de Torres y el gobernador D. Alonso de Ribera.


CAPÍTULO XVIII

EL P. LUIS VALDIVIA RECONCILIA LOS PUEBLOS CERCANOS CON EL REY CATÓLICO.

Muy conocido era entre los chilenos el Padre Valdivia, ya por su mérito, ya porque trabajaba en remover los obstáculos que se oponían al bienestar de los indios. Por lo mismo le odiaban los bárbaros leales y los opresores de los indígenas. Tan luego como se divulgó haber desembarcado en el puerto de la Concepción, los encomenderos, sabiendo los decretos que inspiró al monarca, empezaron á protestar. Mas él, atento á labrar la felicidad de los indios, recibió del P. Torres el cargo de vicario, y estableció los misioneros que llegaban de España en los fuertes de las fronteras; de acuerdo con el gobernador D. Alonso de Ribera, soltó algunos prisioneros, á fin de que propalasen lo que en la Península había hecho y conseguido. Esparcida la noticia, muy luego los rebeldes del valle de Catarán le enviaron mensajeros diciéndole que si era verdad lo que tenían oído, podía hablar con los jefes de la tribu, acerca de la paz. Aceptó la oferta con gusto el P. Valdivia, siempre dispuesto en bien de los indios á poner en riesgo su cabeza. Cambiado entre ambas partes un salvo-conducto, salió del castillo de Arauco, donde mandó exponer el Santísimo Sacramento para el féliz término del negocio, y fué á los enemigos. En un valle cercado de montañas , cubiertas de nieve, había congregados cincuenta ulmenos, nombre que llevan los principales del pueblo, procedentes de Arauco Tucapel y Puré; cerca estaban los caciques con sus tropas armadas. El P. Valdivia pronunció un discurso en que alabó la clemencia del rey español y los trabajos que él había sufrido; ponemos aquí un extracto: «He envejecido en Chile, cuidando siempre de vuestra felicidad sin haber hecho mal á nadie, pensando únicamente en inculcar el amor de Dios en los corazones. Viendo las dificultades con que tropezaba al intentar esto, me dediqué con todas mis fuerzas á vencerlas. Dos veces he navegado al Perú y una á España por la causa vuestra, y por cierto que no en balde, pues el monarca, doliéndose de la perdición de tantas almas, olvida las pasadas ofensas y desea con vehemencia poner fin á una guerra inútil para ambos contendientes, siquiera sea á expensas de su autoridad. Yo vine solo y sin armas á través de vuestro ejército con objeto de persuadiros á lo mismo; os prometo en nombre de Su Majestad que si la paz se ajusta, ninguno será obligado á servicios personales.» Cuando acabó de hablar, hizo que un intérprete leyese las cartas reales; después puso de manifiesto los atractivos de la paz y los males de la guerra, como también las imponderables ventajas que traen los preceptos cristianos y el escuchar la palabra de Dios; añadió que el fin de la Compañía era instruirlos en la fe y defenderlos de vejaciones. Con esto se conmovieron los ánimos de los indios; los más de éstos besaban, llorando, la mano del religioso, afirmando que si desaparecía el motivo de la contienda, obedecerían gustosos al soberano. El Provincial Diego de Torres, desde la capital de Chile, envió á la Concepción, donde se retiró el P. Valdivia, á los PP. Horacio Bech y Martín Aranda, para que en tiempo oportuno trabajasen en el asunto de la pacificación.


CAPÍTULO XIX

EL P. LUIS VALDIVIA RECONCILIA LOS PUEBLOS DEL INTERIOR CON EL GOBERNADOR.

Apaciguados los indios fronterizos, pareció bien intentar lo mismo con los que habitaban en países más remotos. Los chilenos rebeldes, divididos en varias tribus, tenían tantos jefes como tierras ocupaban; enviaron mensajeros á éstos el P. Valdivia y el gobernador, y los más contestaron de manera que agradó. Entre los que se oponían á dejar las armas, rechazando las condiciones que los nuestros ofrecían, pues decían que había dolo oculto en ellas, eran los principales Ainavil, Aganamón y Utablama, caudillos de tribus numerosas. Los dos primeros mandaban en Puré, y el tercero en Liecur. Aganamón, provisto de un salvo-conducto, habló con los PP. Valdivia, Bech y Aranda; cuando vió los regios diplomas, cambió de opinión y trabajó en reducir el ánimo de sus compatriotas, recorriendo hasta las más lejanas aldeas. Mientras se ocupaba en este negocio, cierta mujer española que Aganamón cautivó y era su concubina, aprovechando la ausencia de su dueño, huyó con otras dos esposas del mismo y los hijos de ellas, refugiándose en el campamento de los nuestros. Tal suceso tuvo malas consecuencias; tan luego como el indio supo la fuga de sus mancebas, suplicó á los españoles que las devolviesen, pero en vano, pues se oponían los jesuitas diciendo que eran cristianas; disimulando su coraje, fingió seguir constante en el asunto de la paz, á fin de prepararse á la venganza traidoramente. Al mismo tiempo que se entablaban estas negociaciones con los de Puré, el P. Luis Valdivia dió libertad é hizo varios regalos al hijo del jefe de los liecures, Utablama, cautivo de los españoles, rogando á éste celebrase una entrevista con el gobernador. Agradeció el indio tan señalado beneficio, y fué al campamento de Paicavi con sesenta caciques de su bando; allí lo esperaban el gobernador y el P. Valdivia con otros misioneros; iban delante de él quince sacerdotes gentiles con trajes talares y un ramo de cinamomo en la mano en señal de amistad, según es costumbre en el país; en la cabeza un gorro de algas marinas. Apenas los bárbaros llegaron á las fortificaciones de los nuestros, Utablama, anciano de setenta años, habló en la entrada al P. Valdivia de la siguiente manera: No hago la paz por temor á las armas ni a las fuerzas de los españoles; desde mi juventud soy general de mi tribu, y no solamente he fatigado, sino vencido, á diez y seis gobernadores que han regido al reino chileno uno tras de otro; tu generosidad, hombre magnánimo, al devolverme mi hijo, y la clemencia del monarca, me llevan á que cese la guerra. Esto habló con acento feroz más que urbano, y acto continuo entró donde se hallaba el gobernador. Este, con objeto de que la ostentación de poderío no exacerbase á los indios, prohibió disparar los cañones; sentóse al lado de Utablama; le preguntó sobre las condiciones de la paz: replicó el caudillo araucano que le satisfacían las que trajo del rey el P. Valdivia, con tal que los españoles destruyesen el castillo de San Jerónimo construído en las fronteras, fuesen devueltas sus mujeres al caudillo Aganamón y la Compañía se encargara de gobernar los indios; al momento contestó D. Alonso de Ribera, por medio de intérprete, que destruiría el fuerte de San Jerónimo, pues le agradaban las condiciones propuestas, y restituiría á Aganamón sus hijos, mas no las concubinas y la mujer cristiana. Habiendo asegurado el P. Valdivia que él y sus compañeros trabajarían en labrar el bien de los araucanos, Utablama, en nombre de los representantes de Liecur y Puré, dió al gobernador el ramo de cinamomo en señal de concordia; recibió otro y preciosos regalos. Entre mutuos abrazos y aclamaciones se hizo solemnemente la paz en el castillo de Paicavi el día de la Concepción, interviniendo el Padre Valdivia, y acabó la guerra de los españoles con los liecures.


CAPÍTULO XX

TRÁTASE DE ENVIAR MISIONEROS AL ARAUCO.

Hecha la paz, Utablama quería llevarse consigo los religiosos al interior del país, á fin de por su mediación y con las condiciones ofrecidas por el rey Católico los demás rebeldes dejaran las armas. Los Padres tuvieron secretamente consejo y deliberaron sobre el asunto: los que se inclinaban por no ir exageraban la ferocidad de los indios y el odio pertinaz de Utablama contra los españoles, tan grande que en cincuenta años no quiso tratar de rescatar sus hijos y mujeres, que estaban en poder de los nuestros, no pareciese que tenía algún trato con éstos; añadían ser cosa perjudicial la precipitación; que no se debía confiar pronto en los bárbaros, sino probar con el tiempo su constancia; que algunos pueblos cercanos no habían todavía admitido la paz; que ciertos indios de Cataray, después de conversar con el P. Valdivia, huyeron á las regiones del interior y allí afirmaban que los españoles obraban de mala fe. El P. Valdivia, amantísimo de la paz, si bien reconocía el peligro, creía que los misioneros debían penetrar en el reino, pues él se presentó sin acompañamiento en la junta de Cataray, aunque no sin riesgo; que Utablama acudió sin armas á la misma, y agradecido por el beneficio recibido en la libertad de su hijo, juró guardar la paz juntamente con los principales de su tribu, y solicitaba la cooperación de la Compañía, dando á ésta todo género de seguridades; que en las cosas humanas no era bien se examinase escrupulosamente el peligro anejo, pues en tal caso imposibles serían los actos heróicos, y que así obraba la Compañía, anteponiendo siempre la gloria del Señor á la vida de los hombres; que nobles damas y doncellas cautivas en poder de los indios tendían sus manos en ademán de súplica á los jesuitas para verse libres de que hombres lascivos las violasen, volver á su patria al lado de sus maridos y padres y practicar su religión; que se debía mostrar confianza en los indios, no fuera que empezasen ellos á dudar y sobrevinieran dificultades; que él iría y acometería la empresa como antes en Cataray si los negocios de su oficio se lo permitiesen; finalmente, que el P. Torres acababa de mandar que los PP. Aranda y Bech recorriesen los pueblos fronterizos trabajando en beneficio del monarca y del cristianismo, siquiera fuese á costa de la vida. Así habló el P. Valdivia, y el gobernador se mostró conforme después de ensalzar la abnegación de los religiosos que á tales peligros se exponían.


CAPÍTULO XXI

MARTIRIO DE LOS PP. MARTÍN ARANDA, HORACIO BECH Y DIEGO MONTALVÁN.

Acordada la expedición, es increíble con cuánto regocijo supieron los PP. Horacio Bech y Martín Aranda ser los designados para cumplirla: el primero escribió al P. Torres dándole mil gracias por haberle encomendado asunto tan importante. Antes de salir de la capital, los demás jesuitas les desearon parabienes, ignorando que ya no los verían más. El día 5 de Diciembre, luego que celebraron misa, se unieron á Utablama juntamente con el lego Montalván, que acababa de ingresar en la Compañía. Al marcharse les encargó el P. Luis Valdivia que hiciesen algo digno de su instituto. El gobernador, con las tropas y mucha nobleza, fueron con ellos un buen trecho fuera del campamento y no tornaron hasta que los perdieron de vista. Estos caminaron por montes escabrosos y sendas tortuosas antes de llegar al pueblo de Utablama, donde se reunieron muchos caciques de Puré, con tan felices disposiciones, que la paz general parecía inmediata. Al día siguiente escribieron al P. Valdivia diciéndole que todo salía á pedir de boca y que se hallaban tan seguros como en Toledo; en otra carta manifestaban haber enviado mensajeros á cada una de las tribus indias á fin de que los principales de ellas celebrasen una asamblea; que tenían esperanzas de acabar pronto con la guerra. Mas al quinto día de separarse del gobernador, Aganamón cayó sobre Liecur con numerosa caballería de rebeldes; mató á los pocos umenos partidarios de la paz, aunque Utablama se opuso con sus vasallos; luego acometió á los jesuitas, quienes no se defendieron, reprochándoles la detención de sus concubinas; éstos fueron primeramente heridos en la cabeza con macanas y después acuchillados á machetazos y cosidos á lanzadas. Así ganaron la corona del martirio aquellos varones esforzados que se negaron á devolver las concubinas á sus dueños: murieron el 14 de Diciembre del año 1612.


CAPÍTULO XXII

VIDA DEL P. MARTÍN DE ARANDA.

Nació éste en Villarica, ciudad del reino chileno; era de noble familia y pariente del P. Luis Valdivia. Fué en su juventud capitán de un escuadrón de caballería; más tarde salió de su patria y condujo una colonia; el virrey del Perú lo nombró gobernador de Riobamba. En su administración hizo cosas notables; prendió y envió al virrey cierto hombre que tramaba tumultos y provocaba el país á la rebelión: tal se condujo, que su nombre vivirá siempre en la memoria de los habitantes de Riobamba. Reuniéronse en una ocasión Don Martín de Aranda y los principales de la ciudad para oir la primera misa de un sacerdote; cuando éste, según es costumbre, alzó la Hostia de rodillas á la veneración del pueblo, salió no sé de dónde un hereje, y ¡cosa horrible! arrebató bruscamente la Eucaristía al celebrante con objeto de reducirla á pedazos. Conmoviéronse los circunstantes ante la enormidad del crimen, y echando mano á la espada con unanimidad dieron al delincuente de estocadas hasta que les constó había espirado. Entonces acaeció una cosa memorable: mientras el cadáver estuvo en la iglesia, con tener tantas heridas, no derramó una gota de sangre; apenas lo sacaron, comenzó cada una á ser copiosa fuente: no quiso el cielo que el templo quedase profanado con la efusión de sangre, ya que los de Riobamba tan laudable piedad habían manifestado. Para eterna memoria del hecho, dispuso el gobernador que en el estandarte de la ciudad se pintara la custodia con el Santísimo Sacramento y un hombre al pie cosido á puñaladas, y esto lo aprobó el marqués de Cañete, virrey del Perú. En otra ocasión dió muestras D. Martín de Aranda de su pericia como jinete: corriendo con algunos compañeros á caballo, se desbocó el suyo y se dirigía á donde había una sima; todos temían que pereciese: pero él apretó las espuelas, y el caballo, de un gran salto, atravesó el barranco; todos lo aplaudieron entusiasmados. Corría la fama de que nadie montaba mejor en todo el Perú. Siendo querido del virrey y bien quisto del pueblo, llevaba camino de alcanzar altos puestos. Algo descuidó su alma; tuvo relaciones amorosas ilícitas y de ellas prole; Dios lo llamó con voces interiores, á las que obedeció; entró en la Compañía á disgusto del virrey, quien lo visitó de novicio; díjole Martín que mejor iba á caballo el que es llevado por la gracia divina que quien en corcel brioso va á los precipicios de los honores. Concluyó el noviciado y sufrió la repulsa de no ser admitido al grado de coadjutor que solicitó. A los treinta años le ordenaron aprender latín, y se condujo de manera que mereció más alabanzas entre los muchachos que cuando fué gobernador. Hecho sacerdote, fué con el P. Miguel de Urrea á los chunchos, indios salvajes del Perú famosos por su crueldad, quienes asesinaron al P. Urrea; Martín huyó por caminos apartados. Por conocer admirablemente la lengua de Chile lo enviaron á aquel reino, y se condujo con los indios y españoles como convenía á persona tan amante de triunfos. Tuvo una enfermedad en una mandíbula y fué preciso sacarle parte; operación que sufrió con la mayor alegría sin quejarse absolutamente nada; esta mortificación era preludio de su futura muerte por Cristo. Aún dió ejemplos mayores de paciencia: siendo de carácter violento, reprimió de tal manera los ímpetus del corazón, que nadie pudo notar en él algún movimiento desordenado. Además de estas virtudes, brillaron en él la mortificación, el trato familiar con Dios y el afán de hacer bien á todo el mundo y en especial á los indios. Gracias á ellas ganó el grado de coadjutor en la Compañía y un puesto envidiable en el cielo. Alegambe escribe extensamente de cuando el P. Aranda hizo una expedición á los chunchos, pueblo ferocísimo; sus compañeros, aterrados por la aspereza de los caminos y de los muchos ríos que era forzoso atravesar, lo dejaron solo y la empresa se frustró. En la ida y vuelta pasó ocho veces el río Zupimari, de corriente vertiginosa; en una de ellas lo arrastraron las aguas y casi lo estrellaron en los escollos; omito decir cuánto sufrió con los peligros de las víboras, las tempestades, la soledad y el hambre, teniendo siempre cerca la muerte. Tales cosas eran propias para ser sufridas con resignación únicamente por un varón apostólico.


CAPÍTULO XXIII

HECHOS MEMORABLES DE LOS PP. HORACIO BECH Y DIEGO MONTALVÁN.

Nació en Sena el P. Horacio Bech de noble familia y era hermano del obispo de dicha ciudad. Conservó toda su vida la virginidad y se distinguió por el amor á la Reina de los cielos, el celo por la salvación de las almas, la oración continua, la ciencia y una prudencia singular, tanto que siendo joven todavía se negó á admitir los primeros cargos de la provincia. Solicitó con empeño del P. Torres ir al país de los araucanos, no pareciese que se oponía á su vocación, pues cuando aún estaba en Italia concibió vehementes deseos de padecer el martirio y nunca dudó de conseguirlo. En el año 1604 navegó con el P. Torres al Perú y estudió con provecho las ciencias sagradas en Lima; con dicho Padre fué á Chile dando grandes rodeos, y llevó á cabo cuanto hemos referido entre los indios fieles y los rebeldes, hasta que derramando su sangre ganó el paraíso. El Pontífice Alejandro VII le envió su retrato con elegante dedicatoria en versos latinos, á causa de estar ligadas las familias de ambos con vínculos de afinidad. El. P. Diego Montalván vió la luz en México y descendía de españoles; fué soldado en Chile; luego entró en la Compañía y trabajó en los humildes oficios de cocinero, despensero y sacristán; al sexto día del noviciado consiguió la palma del martirio. Es digno de referirse el que, cuando militó, jamás probó carne en la Cuaresma, no obstante que le estaba permitido; comía solamente pan cocido en la lumbre. Los cadáveres de los misioneros yacieron en el campo tres días, expuestos á un sol ardiente, sin que las moscas los picasen ni los tigres se acercaran; el P. Valdivia los recogió y condujo á Levo, campamento de los españoles; dos años después fueron trasladados á la Concepción y sepultados en nuestra iglesia, cerca del altar mayor, en una caja de cedro cubierta con un paño de oro. Así los cimientos de la provincia fueron regados con sangre, y los misioneros, animados con tales ejemplos, dejaron en todas partes huellas de su heroísmo.


CAPÍTULO XXIV

FUNDACIÓN DE CUATRO COLEGIOS Á EXPENSAS DEL MONARCA.

A causa del asesinato de los religiosos mencionados quedaron interrumpidas las negociaciones de paz, pues muchos indios, aunque eran inocentes del crimen cometido, por vergüenza ó temor á los españoles huyeron con los rebeldes. Ocho mil de Cataray continuaron siendo enemigos. Ansiaban los españoles tomar venganza; mas el P. Valdivia se opuso, diciendo que se debía guardar el mandato del rey de no hostilizar á los adversarios, en cuyas fronteras estableció, con autorización del provincial, cuatro Colegios, á cada uno de los cuales dispuso el monarca que se dieran anualmente mil ducados; muy pronto llegaron misioneros de España y el Perú, de quienes algunos brillaron después: el P. Rodrigo Vázquez fué Provincial del Perú; el P. Gaspar Sobrino desempeñó igual cargo en Quito; el P. Vicente Modolello fué Viceprovincial de Chile, y el P. Agustín Villaza se distinguió por sus divinas inspiraciones. La primera residencia que gozó la categoría de Colegio fué la de Concepción, ciudad situada en la costa. De allí salían á intervalos cinco jesuitas, y visitando los pueblos cercanos de indios trabajaban fructuosamente. En el año 1613 bautizó el P. Valdivia trescientos gentiles, y seiscientos sus compañeros, todos pertenecientes á tribus indomables. La Compañía se estableció de una manera definitiva en Arauco; cada domingo recibían el Bautismo veinte ó treinta idólatras, casi siempre en medio de festivos aplausos y disparos de cañón, estando adornado el templo, con objeto de que los indios cobrasen veneración á los Sacramentos y los idólatras sintiesen estímulos de abrazar el Evangelio. En un castillo de los españoles, llamado Levo, vivía un jesuita á ruegos del gobernador; él solo ejercía el ministerio sacerdotal entre los soldados é indios, que eran algunos millares. Los religiosos de Arauco solían navegar á la isla de Santa María, haciendo por tierra y mar la guerra á los demonios. El tercer Colegio se estableció en el campamento de Buena Esperanza, en las fronteras enemigas hacia Cataray; desde allí los jesuitas hacían frecuentes excursiones con acompañamiento de soldados, para cumplir los fines de la Compañía; el virrey del Perú les tenia prohibido ir solos, no fuera que, llevados de su ardor, entraran en sitios peligrosos. Yendo el P. Modolello con un pelotón de soldados, se encontraron de repente cerca de las filas enemigas. No hubo más remedio que apelar á la fuga para salvar la vida; el P. Modolello, que era mal jinete y por añadidura montaba en pelo, quedó rezagado y casi en medio de los rebeldes; en tan crítico momento se le cayó el cáliz que llevaba para decir Misa en altar portátil. ¿Qué haría? Saltó del caballo, antes que dejar el cáliz en manos de los indios, que lo habrían profanado; montó de prisa, y dando á las espuelas, más que correr volaba el corcel; en breve llegó al otro lado del río, donde, por estar próxima nuestra caballería, no había peligro. Interminable sería referir cuántas molestias sufrieron gustosos los misioneros, ya de parte de los indios, ya de los libertinos militares, con tal de arrancar las almas de los gentiles del cautiverio del demonio. El cuarto Colegio se fundó en la mayor de las islas Chiloé; desde él los Padres, embarcados en piraguas y convertidos en remeros, navegaban á los veinticinco pueblos de aquella isla y á las treinta y cinco inmediatas; en ellas enseñaban el Catecismo, bautizaban, oían confesiones, congregaban los hombres dispersos y recogían frutos ubérrimos.


CAPÍTULO XXV

LA COMPAÑÍA ES VEJADA PÚBLICA Y PRIVADAMENTE.

Creados ya los cuatro Colegios, el P. Luis Valdivia inspeccionó el reino chileno por mandato de Felipe III, y según afirma Alegambe, dió libertad á diez mil indios sometidos á duros servicios. Reprimió á los opresores de los indígenas con la potestad y leyes que recibió del monarca. Envió á los rebeldes mensajeros que los animasen á la paz y rescató los cautivos. En suma, nada omitió para que el país, afligido con tantos males, recobrase el antiguo esplendor. Todo esto, que debía hacerle querido en extremo, le acarreó la envidia de no pocos. Fué perseguido por los vejadores de los indios y de manera que las persecuciones tocaron no solamente al P. Diego de Torres, sino también á los restantes jesuitas de Chile. Decíase que éstos tenían la culpa de los decretos expedidos en favor de los indios, y que si desaparecieran, fácilmente el rey derogaría aquéllos. Los soldados añadían que á la verdad los servicios eran causa de la guerra; pero que ésta enriquecía el país, pues todos los años remitían desde el Perú trescientos mil escudos para pago de la milicia, dinero que perdería Chile con la paz. Además, el gobernador, que no se había formado en los combates de Flandes, desaprobaba el estar siempre á la defensiva, pues era injusto sufrir las acometidas del enemigo y no tomar la revancha. Aunque el P. Luis Valdivia daba muchas razones en descargo de la Compañía y demostró que era imposible rechazar las determinaciones del soberano, y dejar de ensayar una política de benevolencia después de tantos años de lucha, destrucción de ciudades, muerte de infinitas personas, y apuros del Tesoro, los que tenían el ánimo contagiado del afán de lucro cerraban los oídos. Estando así las cosas, la Compañía se enredó en una cuestión con las autoridades; tuvo la culpa de ella un jesuita profesor de Teología; habíase acordado expulsarlo, y como convenía que se ausentara de la provincia, sin imponerle tal castigo le mandaron que fuese al Perú. Dicho religioso, antes de salir del puerto, quitó dolosamente á su compañero un legajo de cartas dadas por el Provincial; abriólas, y vió la que contenía el mandato de su expulsión; á pesar de haber jurado al Provincial que mientras no navegase al Perú se consideraría individuo de la Compañía, cambió de parecer y se condujo cual sacerdote secular. Reclamó la Compañía, y pidió que le entregasen aquel hombre apóstata; intervino el obispo y prometió á éste defenderlo; la Audiencia adoptó la misma resolución y así lo dieron por libre. Contra los obcecados nada pudieron nuestros derechos; nada las cartas del virrey peruano, que prescribían el destierro del ex-jesuita; nada la autoridad de los dominicos, mercenarios y académicos de Lima, quienes unánimemente opinaron que hasta los fautores debían quedar sujetos á penas eclesiásticas hasta que el General en Roma decidiese lo que se había de hacer con Manuel Fonseca (que este nombre tenía el sujeto de que nos ocupamos), que sería, sin duda, declararlo apóstata y desligado de los votos con que se obligó en otro tiempo. Tres años enteros duró el asunto; cuánto sufrimos entonces, es cosa que me parece prudente callar, y también las injurias que padecimos de parte de personas que eran buenas indudablemente, pero que vivían engañadas por las falsas virtudes de Manuel Fonseca. Enemistados con nosotros los principales del reino, la gente baja se atrevió á calumniar con feos delitos al P. Luis Valdivia, con objeto de que éste abandonase la causa de los indios; mas los tribunales disolvieron semejantes invenciones, las cuales se volvieron contra sus autores. Alguien afirmó que los jesuitas habían cogido un paquete de cartas dirigidas al rey Católico; el forjador de tales absurdos, que era un notario, cantó la palinodia y devolvió la honra á la Compañía. Otro maltrataba á su criada para que falsamente declarase haber sido seducida por un jesuita; pero ni con premios ni con castigos la pudieron forzar á cometer tan horrible delito. Todo lo intentaron en nuestro daño los hombres ociosos; de modo que semejantes persecuciones bien pueden ser comparadas á las que padecimos en Zaragoza ó en tiempo del arzobispo Siliceo. A los insultos, calumnias y amenazas, oponía siempre el P. Valdivia su constancia, hasta que viendo que el mal exigía, por ser inveterado, eficaz remedio, dispuso que navegase á España provisto de instrucciones y documentos, el P. Gaspar Sobrino, peritísimo en los negocios. Vista la justicia de nuestra causa, nos ayudaron el rey, el Consejo de Indias y el virrey del Perú, pues así lo reclamaban la religión y la justicia; todos los hombres prudentes felicitaron al P. Luis Valdivia, varón sin igual en América, por la fortaleza con que se condujo. Sin embargo, en lo sucesivo retoñaron las cabezas de la hidra y fatigaron á otros Hércules.


CAPÍTULO XXVI

EL P. DIEGO DE TORRES VISITA EL PARAGUAY.

Fomentábase la piedad en la Asunción, no sin hallar frecuentes obstáculos. El Comisario de la Inquisición había delegado sus veces en el P. Diego de Holguín, Rector de nuestro Colegio en la ciudad mencionada, hombre de carácter severo, incapaz de transigir en las cosas relacionadas con la fe. Su inflexible proceder le atrajo la enemistad de algunos ciudadanos, quienes se quejaron al Comisario, y éste le ordenó presentarse en Lima para dar cuenta de su administración ante los supremos Inquisidores. Setecientas leguas dista Lima de la Asunción, y ya el P. Holguín había andado la mayor parte cuando los Inquisidores de aquella ciudad le escribieron diciéndole que no prosiguiera su viaje, pues estaban probadas su inocencia y la maldad de sus acusadores. Después el Tribunal de la Inquisición en España le absolvió de los cargos contra él hechos y le nombró Comisario del Santo Oficio en el Paraguay, y reprendió también al más obstinado de sus perseguidores. Por entonces llegó del Tucumán el P. Diego de Torres y visitó el pueblo de San Ignacio, fundado entre los ríos Paraná y Paraguay, alabando al Señor, que convierte las piedras del desierto en hijos de Abraham. Su entusiasmo fué tal, que no pudo menos de dar á los indios cuanto tenía, el manteo, la tienda de campaña y los manteles, juntamente con los utensilios usados en el viaje; á los religiosos donó el jumento en que montaba, las camisas y otras prendas de vestir. Además entregó al P. González un cuadro al óleo de la Santísima Virgen para que la llevara en sus expediciones, y á la cual dió el pueblo el nombre de conquistadora, no sin razón, pues aconteció que viniendo dos caciques del Paraná se resistían á convertirse; el Provincial les rogó que siquiera orasen de rodillas ante dicha imagen, á fin de que María iluminara sus corazones; al día siguiente ambos, sin haberse puesto de acuerdo por vivir en distintas casas, mostraron deseos de ser cristianos y propósitos de fundar un pueblo con los súbditos que tenían. El P. González llevaba esta efigie consigo, y merced á ella alcanzó notables victorias en las regiones que bañan el Paraná y el Uruguay.


CAPÍTULO XXVII

SON EVANGELIZADOS LOS GUAICURÚES.

Dispuso el Provincial que el P. Romero volviese con él al país de los guaicurúes para ver de convertirlos. Ambos salieron de San Ignacio y navegaron por el Paraguay río arriba. Acudió á su encuentro el jefe de los indios mencionados, prometiendo, si los misioneros tornaban á los pueblos que él mandaba, obedecer fielmente cuanto se le mandase. Agradó al P. Torres la proposición del cacique, y así desembarcó en las riberas de los guaicurúes; hizo á éstos varios regalos y ofreció enviarles religiosos, con tal que se abstuvieran de homicidios y se conformaran con vivir juntos en una población para ser instruídos en la fe católica. Fué después á la ciudad de la Asunción, y allí gastó mil trescientos castellanos de oro en la adquisición de vestiduras sagradas y de objetos con que captarse la benevolencia de los gentiles, todo lo cual entregó á los PP. Romero y Moranta, á fines de año, cuando se disponían á partir con dirección al país de los guaicurúes; rogó á dichos misioneros que tuvieran presencia de ánimo en medio de los muchos y graves peligros que iban á correr. En cuanto á él, después de haber llamado al P. Cataldino para que hiciera los cuatro votos de la Compañía, se trasladó lo antes que pudo á Córdoba, donde había convocado una Congregación. Volvió á los guaicurúes el P. Romero con el P. Moranta; logró construir una casa, reparar el templo, y no descansando un instante, reunir en la nueva población todos los indios que pudo. Pasado algún tiempo, desafiando los ardores del sol y la escasez de agua potable, fué al sitio en que moraba el caudillo de los guaicurúes con numerosos vasallos, consiguiendo que la madre de éste se convirtiera al cristianismo y edificase una capilla, cerca de la cual vivía; la neófita instruyó en la fe á su nuera, ejemplo que movió los ánimos de muchas personas, quienes se pusieron bajo la dirección de los misioneros. Estos, como rehusaran los adolescentes aprender el Catecismo confundidos con los niños de poca edad, resolvieron catequizarlos aparte, no fuera que el orgullo los alejara de la verdad. Cuidaban los Padres poco de sus cosas temporales y mucho de las tocantes al espíritu, por lo cual vestían un grosero hábito de algodón, bebían agua solamente, sus alimentos eran sencillos, su lecho una red colgada; en cambio gastaban la consignación que tenían en proporcionar á los indios herramientas y otras cosas, á fin de lograr su benevolencia. Si alguna cosa exquisita recibían, la guardaban para los niños y enfermos. Pedían á unos para dar á otros, pues harto sabían que los guaicurúes, pobres en extremo, con nada se ablandaban tanto como con dones. Cuando los indios cambiaban de residencia, cosa frecuente, les seguía el P. Romero á través de ásperos caminos, y por cierto que con notable fruto, pues bautizó muchos hombres y niños gravemente enfermos. Si algunos en el pueblo estaban para morir, procuraban él y su compañero que terminaran como cristianos la vida, ya que antes la habían llevado propia de fieras. Con semejantes desvelos consiguieron los misioneros, no solamente la sumisión de los guaicurúes, mas también que los niaputis y los mbayas, gente ferocísima, quisieran escuchar de buen grado la predicación del Evangelio.


CAPÍTULO XXVIII

EL P. ROMERO VA AL PAÍS DE LOS GUAICURUTÍES.

El jefe de los guaicurutíes, una de las dos tribus en que se hallaban divididos los guaicurúes, ya fuera por emulación de sus vecinos, ya por el aprecio que hiciera de nuestra religión, rogó á los misioneros que fueran á su tierra y designaran el sitio que más á propósito les pareciese para la fundación de un pueblo. Alegróse en extremo el P. Romero al oir esto, y acto continuo, con más arrojo que seguridad, se puso en camino; pero como la gente que le acompañaba viajaba, según es costumbre de los indios, llevando consigo, no ya la mujer y los hijos, sino también las armas, muebles, casas portátiles y demás cosas, olvidándose, entre tanto, de los víveres, resultó que en tres días apenas caminaron una milla italiana, pues cuando habían andado un poco establecían sus viviendas á manera de rediles y se daban á la caza y la pesca, hasta que ya nada hallaban. Aburrióse el P. Romero de expedición tan pesada, y así, en compañía de un muchacho que le servía de intérprete, echó á andar por lugares pantanosos plagados de molestos mosquitos, por bosques poblados de tigres y á través de cañaverales y espinos; en cuarenta días recorrió tan sólo siete leguas contadas en línea recta, pues tuvo que dar mil rodeos. Entonces recibió una carta del rector del Colegio de la Asunción, y leída, hizo saber al jefe guaicurú que si la comitiva que le había dado no iba más de prisa, se tornaría donde salió, por ser ésta la voluntad de sus Superiores. Dejó, pues, el cacique la turba que le seguía, y á grandes marchas llevó al P. Romero por sus tierras para que designara el sitio en que debía fundarse el pueblo; hecho esto, lo condujo al país de los guaicurúes. La cosa no dió el resultado que era de esperar, sin embargo de lo cual es digno de alabanza el Padre Romero al despreciar la vida penetrando en medio de una tribu bárbara por servir á Jesucristo. Dicho misionero bautizó en el camino á un párvulo in articulo mortis y á una vieja hechicera puesta en igual trance, rebelde antes á toda predicación.


CAPÍTULO XXIX

EL P. MARTÍN JAVIER URTAZUN MUERE EN EL GUAIRÁ.

Habiendo ido á la Congregación provincial el P. José Cataldino, quedaron en el Guairá los PP. Ruiz, Simón Mazeta y Martín Javier Urtazun, pocos, atendido lo mucho que había por hacer, pues Maracaná, cacique de un pueblo grande, si bien antes se había resistido á toda exhortación de los religiosos, más tarde, á consecuencia de cierto divino terror que experimentó, trasladó sus vasallos á San Ignacio después de quemar la población en que vivían. Su ejemplo fué tan eficaz, que de todas partes acudían los indios para establecerse en los pueblos, y éstos se aumentaron de manera que podían competir con los antiguos del Perú, según escribía el P. Antonio Ruiz. No paraban un momento los religiosos: instruían á los neófitos en las aldeas indias; hacían largas excursiones para reducir á los bárbaros, y cuando la peste desoló el país, atendieron solícitamente á los enfermos. Así estaban los asuntos del Guairá cuando falleció el P. Martín Javier Urtazun. Descendía éste de noble familia y era de virtud acrisolada. Había nacido en Pamplona y su casa estaba enlazada por los vínculos del parentesco con la de San Francisco Javier. Siendo muy joven entró en la Compañía, renunciando á un mayorazgo de tres mil ducados de renta y contra la voluntad de su madre. Tocóle en suerte ir al Paraguay, cosa que deseaba mucho; en vano se opusieron algunos magnates de la corte y los médicos, fundados éstos en la salud escasa que disfrutaba. Aprendió á la maravilla los idiomas hablados por los indios y se dedicó á la enseñanza de neófitos y catecúmenos en el Guairá. Al medio año de llegar cayó enfermo de la peste y murió según había vivido, de una manera ejemplar.


CAPÍTULO XXX

LOS MISIONEROS PROSIGUEN SUS TAREAS EN EL GUAIRÁ Á PESAR DE VARIOS OBSTÁCULOS.

Con la muerte del P. Martín Javier, quedaron en dicho país nada más que los PP. Simón Mazeta y Antonio Ruiz, abrumados con un trabajo tan grande, que es milagro no sucumbieran. Los cazadores de indios hicieron lo que es indecible para conseguir que uno de los dos religiosos se marchara, á fin de poderse entregar libremente á sus acostumbradas correrías. Sus perversas maquinaciones hallaron apoyo en un canónigo del Paraguay, Visitador del Guairá mientras estaba vacante la Silla episcopal y Comisario del Santo Oficio, hombre enemigo de la Compañía, quien tan luego como llegó, de acuerdo con los vejadores de los indios, hizo correr la voz de que venía á expulsar los jesuitas, para lo cual tenía facultades. Procuró también que los neófitos y catecúmenos se apartaran de nosotros, y en parte lo consiguió. Aún llegó á más su prevención contra los misioneros, pues obligó al P. Ruiz á presentarse en la Asunción ante el Comisario de la Inquisición, porque dicho religioso entregó sin recibo un legajo de cartas del Santo Oficio y se extraviaron. Mientras estuvo ausente el P. Ruiz, el P. Mazeta se vió precisado él solo á luchar con tantos hombres malévolos que á toda costa pretendían la destrucción de los pueblos y el cautiverio de sus habitantes; indecibles son los insultos que sufrió. Y para que se vea la inconstancia de los bárbaros, Maracaná, quien tantas cosas había prometido antes, se unió muy luego al canónigo y convenció á otros dos caciques y á gran parte del pueblo de lo conveniente que era expulsar los Padres de la Compañía y llevar sacerdotes de otra Orden religiosa. Sabedor de todo esto el P. Simón Mazeta, como inspirado por Dios pronunció estas palabras en una plática dirigida á los neófitos: Hijos míos, no ignoro la conjuración de los impíos; pero sabed que en breve plazo morirán los que desean nuestro mal y el vuestro, con lo cual gozaremos de paz; dicho esto se retiró. Al día siguiente cayeron enfermos Maracaná y dos caciques que le seguían; al cuarto fallecieron los tres, arrepentidos de sus pecados; el P. Mazeta les dió cristiana sepultura, y todo el mundo experimentó un temor saludable. Pasado algún tiempo murió en la Asunción el canónigo por haberle mordido una víbora, con lo cual se hizo patente cómo Dios castiga las persecuciones contra los varones justos. Continuaron los Padres sufriendo vejaciones durante varios meses, hasta que regresó de la Asunción el Padre Ruiz, llevando cartas de la Inquisición en las que se ponía en claro, no tan sólo su inocencia, mas también la sinrazón del canónigo. Es digno de memoria lo que sucedió á un cacique que mantenía numerosas concubinas: simuló abrigar propósito de mejorar sus costumbres, y con tal objeto presentó á los misioneros delante del pueblo seis de aquéllas pidiendo que las unieran matrimonialmente con otros tantos varones; pero es el caso que, imitando al pérfido Ananías, había ocultado treinta más que tenía; pronto expió tal falsedad, pues murió, si bien arrepentido de sus pecados. Por cierto que momentos antes de espirar le interrogó el sacerdote si era cristiano, á lo cual respondió que se reputaba como tal por haber sido rociado con agua bendita un domingo en la iglesia; entonces el P. Ruiz le administró el Bautismo.


CAPÍTULO XXXI

PRINCIPIO DE LA EXPEDICIÓN AL PAÍS DE LOS GUARAMBARÉS; PROGRESOS Y FIN DE ELLA.

El pueblo que habitan los guarambarés constaba de novecientos vecinos, en parte gentiles y en parte cristianos; estaba situado en la parte superior del río Paraguay y distaba cincuenta leguas de la Asunción; nada tenía de particular, salvo hallarse edificado en un paraje malsano. Para ir á él era preciso atravesar pantanos, donde habían los viajeros de quedarse medio desnudos, ó pasar por medio de los ferocísimos payaguas. Diez millas antes de llegar á los guarambarés vivían los pitúes y los nieguarés en dos pueblos de trescientas familias. Mas todos éstos estaban sujetos al servicio personal, y se temía que, de oponerse á él los Padres, renacieran las cuestiones religiosas, adormecidas por entonces. Por tal razón, el Provincial rehusó siempre enviar misioneros. Mas no habían pasado dos años cuando fué preciso ceder á las instancias de D. Francisco de Alfaro, quien pedía, en nombre del rey, que se atendiera á los indios, privados durante quince años de sacerdotes, por cuya razón vivían y morían sin recibir los Sacramentos. Además dicho país era paso necesario para ir á la región de Itatín, encomendada á los religiosos de la Compañía. Así, pues, fueron allí los PP. Vicente Griffi y Baltasar Sena con otro compañero y bautizaron cuantos gentiles moraban en los tres pueblos, dedicándose luego á la instrucción de los neófitos. Poco después el P. Griffi fué trasladado á otro sitio, donde trabajó con ardor en la conversión de los indios; mas no pudiendo refrenar la soberbia, entró, con permiso de la Compañía, en otra Orden religiosa, lo cual le hizo derramar abundantes lágrimas, pues aunque profesaba tierno afecto á la religión de San Ignacio, se reconocía indigno de continuar en ella, sinceridad que es digna de alabanza. Llegó á una edad avanzada, y murió piadosamente en Córdoba del Tucumán. Al P. Griffi sucedió el P. Diego Boroa, y al P. Baltasar Sena, que falleció prematuramente, el P. Juan Salas, de cuya actividad puede formarse idea con decir que en medio año administró los Sacramentos á más de cincuenta mil personas atacadas de la peste. Con mayor rigor todavía que ésta atormentaba á los infelices indios el injusto proceder de algunos españoles, quienes despreciaban los mandatos regios tocantes al servicio personal, no obstante el empeño que, tanto el cabildo como el arzobispo, tenían en su cumplimiento. Siendo imposible á los misioneros tolerar las vejaciones hechas á los indios, por intimación de sus Superiores, pasados dos años abandonaron el país, que estaba agitado por mil discordias.


CAPÍTULO XXXII

DE LO QUE SUCEDIÓ CON LOS RESTOS DEL P. BALTASAR SENA.

Antes que los religiosos partieran, intentaron desenterrar los huesos del P. Sena; mas no lo pudieron hacer por la oposición de los indios, quienes decían, pintando su desgraciada situación: ¡Oh, Padres! ¿Acaso no somos bastante infelices con vuestra retirada, que nos queréis privar de los restos mortales de quien fué muestro bienhechor espiritual? ¿Qué consuelo tendremos viendo que nos abandonan, no ya los vivos, mas también los difuntos? A tales palabras unían las lágrimas y otras demostraciones de dolor, de tal manera, que los religiosos prorrumpieron en llanto. Luego que éstos se hubieron marchado, temerosos los guarambarés de ser oprimidos, volvieron á los bosques que antes habitaban, dejando el pueblo desierto. En su fuga aconteció un hecho memorable, pues venerando como santo al P. Baltasar Sena, desenterraron su cuerpo, y puesto en una caja, lo llevaron consigo, encendiendo alrededor de ella por las noches cirios confeccionados con cera silvestre, hasta que se les persuadió que lo condujesen á la Asunción, donde fué recibido con solemne pompa por las autoridades civil y eclesiástica. Con razón se hacían homenajes tales al P. Sena, pues desde niño fué tan virtuoso que él mismo, cuando vivió en la Compañía, comparando su vida de entonces con la pasada, le parecía no haber progresado y ser hombre inútil. Era su carácter el más acomodado para nuestro instituto, ya se atienda á su modestia y prudencia, ya al silencio y otras prendas que le adornaban. Cuando aún vivía se apareció en sueños al jefe da los guarambarés y á su mujer, invitándoles á recibir la Eucaristía, según atestigua el P. Boroa en carta dirigida al Provincial. Murió con tal pobreza, que en sus últimos instantes no tenía un bocado de pan, por lo cual se ha comparado, y no sin razón, su muerte á la de San Francisco Javier.


CAPÍTULO XXXIII

DE LOS COLEGIOS QUE HABÍA EN LA NUEVA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

En el año 1614 se celebró Congregación provincial en Córdoba, y por mayoría de votos fué elegido el P. Juan Viana para que fuese Procurador del Paraguay en Madrid cerca del rey Católico, y en Roma al lado de nuestro General. A fines del mismo año llegó el nombramiento de Provincial del Paraguay, hecho por el P. Claudio Aquaviva á favor del P. Pedro de Oñate, después que el P. Diego de Torres desempeñó tal cargo por espacio de siete años con buena suerte. Si consideramos lo que éste llevó á cabo y la extensión del país, no parece sino que gobernó mucho más tiempo. Cuando comenzó su administración, solamente había en Chile, Tucumán y Paraguay catorce jesuitas, distribuídos en tres Colegios y tres residencias; al acabar, contó ciento uno en diez y nueve establecimientos. En verdad es cosa admirable lo que hizo en tres amplísimas provincias, cuya longitud es de ochocientas cincuenta leguas, distancia de los últimos pueblos de Chiloé y el Guairá, y situadas entre los mares Atlántico y Pacífico. En Chiloé, región la más apartada del Nuevo Mundo, se creó un Colegio; tres en las fronteras de los rebeldes araucanos; uno en la capital de Chile, y además un Seminario de nobles; otro en Mendoza, al pie de la cordillera, á fin de unir el Tucumán con Chile; en Córdoba del Tucumán un Colegio, el Noviciado y un Seminario; otro en Buenos Aires para hospedar en él los religiosos que llegasen de Europa; en Santa Fe teníamos una casa; el Colegio de la Asunción tenía bajo su cuidado los sarañaes, guaicurúes y guaraníes y sus misioneros moraban en cuatro residencias. Así, el P. Torres tomó posesión de una región tan extensa como media Europa, con exiguo número de religiosos, compensando la escasez de éstos con su industria y grandeza de ánimo.


CAPÍTULO XXXIV

DE LOS PRIMEROS RELIGIOSOS QUE RESIDIERON EN LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

¿Quién será capaz de narrar las innumerables expediciones que en la América austral hicieron los misioneros á sitios próximos y lejanos? De algunas hemos hablado ya; y como sería prolijo referirlas todas, diremos solamente que en tres inmensas provincias bautizaron infinidad de indios y esclavos negros, catequizaron á los neófitos, oyeron en confesión á los españoles, deshicieron enemistades y extirparon multitud de vicios y perversas costumbres inveteradas. Y todo esto lo hicieron, no sólo en medio de la bonanza, mas también en medio de las persecuciones, las cuales fueron provechosas, pues gracias á ellas y á la campaña que emprendieron contra la servidumbre de los indios, lograron que el rey Católico y los gobernadores pusieran á su cuidado extensas regiones, donde propagaron el Evangelio. Aunque la mayor parte de los padres eran jóvenes, suplían la falta de edad y de experiencia con un celo ardiente que les hacía despreciar los peligros, las vejaciones, los insultos y la pobreza, atentos nada más que á la salvación de las almas. Cuando por obediencia se veían precisados á dejar tal género de vida, lo hacían con harto sentimiento, ponían en todo gran cuidado, sabiendo que entre los indios era indispensable ser de virtud nada común. Por esto escribió el P. Torres al General Aquaviva, diciéndole que no eran idóneos para evangelizar en el Paraguay cualesquiera misioneros, sino los de virtud eminente. Así que de cuantos llegaban de Europa eran únicamente destinados á la predicación de los indios aquéllos que sobresalían por sus buenas cualidades, no los que más lo deseaban. Para hacer tal selección, solía el P. Torres celebrar ejercicios espirituales por espacio de ocho días, durante los cuales todos pedían luces á Jesús Sacramentado, que estaba expuesto; súplicas que nunca desoyó el Señor. Buena prueba de ello es el acierto en escoger misioneros como los PP. Roque González, Martín Aranda, Horacio Bech, Pedro Romero, quien sufrió el martirio; Melchor Vanegas, Antonio Ruiz, Marcelo Lorenzana, Javier Urtazun, Diego Boroa, José Cataldino, Simón Mazeta, Darío Morelli y otros, notables entre los más de a Compañía. No faltaron, sin embargo, algunos que se mostraron indignos del honor que se les hizo; pero fueron pocos, y su ejemplo redobló el ardor de la mayoría. Consecuencia de todo lo dicho es el aprecio que las autoridades y varones principales hicieron de los jesuitas paraguayos y la fama que de ellos se esparció por América y Europa.


CAPÍTULO XXXV

DE LOS BIENHECHORES QUE TUVO LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

Fué el primero Paulo V, quien amonestó al Obispo de Chile porque estaba algo prevenido contra la Compañía, y le manifestó que cuantos beneficios concediera á ésta, los tendría por hechos á él. Felipe III dió un navío para que los misioneros pasaran al nuevo continente y sufragó siempre los gastos de viaje; también ordenó que los religiosos fueran mantenidos en el Paraguay y Chile á expensas de la Real Hacienda, por lo cual señalóse á cada uno el sueldo correspondiente; además, asignó cierta cantidad anual en favor del Colegio de Santiago en el Tucumán. Otra merced concedió, y fué la de pagarnos el vino que se consumía en la celebración de la Misa, el aceite de las lámparas puestas delante del Santísimo Sacramento, y las medicinas que necesitáramos para los enfermos. Su protección nos valió la del Consejo de Indias, establecido en Madrid, el cual recomendó eficazmente la Compañía á los obispos y gobernadores, quienes procuraban en todo satisfacer los deseos de ésta. A Felipe III debemos la erección de colegios en la Asunción y Buenos Aires, lo mismo que en Santa Fe; del de esta ciudad puede afirmarse que nada le faltó, sino edificarlo con sus manos, para ser todo favor suyo. Encomendó á la Compañía la evangelización del Guairá y Paraná, y de los indios guaicurúes y habitantes de la región superior del Paraguay. A ella encargó siempre los negocios más arduos y peligrosos en lo referente á la conversión de infieles, pues reputaba sus hijos como los atletas de la milicia cristiana. Distinguióse por el afecto que nos profesaba el Obispo D. Hernando Trejo, franciscano del Perú, tan amante de la Compañía, que olvidándose, en cierto modo, de la Orden á que pertenecía, nos honraba con estrecha amistad. Habitaba en nuestra casa comía á nuestra mesa cuando podía hacerlo sin detrimento de su dignidad. Concedió á los Colegios de Córdoba y de Santiago del Estero una pensión de dos mil castellanos de oro mientras él viviera. Mas todavía, declaró por escrito que si podía ahorrar la cantidad necesaria, costearía los gastos de ambos Colegios. Influyó poderosamente en nuestro favor cuando nos encomendaron dos Seminarios de nobles en el Tucumán. Prefirió mantener modestamente á su madre noble dama, á escasearnos las donaciones; hasta de su mesa economizaba para tener más que regalarnos; dió muebles y ropas a nuestras casas. Defendió con su autoridad á los misioneros y recomendó eficazmente varias veces nuestros asuntos al rey y al Consejo de Indias. Murió en el año 1614, dejando por heredera á la Compañía de una porción de sus bienes. Fué su voluntad que enterraran su cuerpo en nuestro templo, no obstante que los franciscanos tenían un suntuoso monasterio en Córdoba. Cuando su madre supo que había legado parte de sus bienes á la Compañía, alabó tal determinación, propia de quien no se dejaba llevar por los vínculos de la carne. Dicha señora murió á los noventa años, tan esclarecida por su piedad como por los hijos ilustres que tuvo. Injusticia notoria fuera pasar en silencio el nombre de D. Francisco Salcedo, Obispo que fué de Chile, liberal en extremo con nuestra casa de San Miguel, y olvidamos de aquel gobernador que escribió al rey diciéndole no ser necesarios los soldados para afianzar la dominación de España en la América meridional, pues eran más que suficientes los misioneros jesuitas. También es digno de mención Don Francisco de Alfaro, del Real Consejo, porque dió excelentes reglamentos en favor de los indios, á quienes libró de la servidumbre, y protegió siempre á los jesuitas con todas sus fuerzas. Agitóse por entonces la cuestión referente á la denominación que había de llevar la provincia: unos la querían llamar de Chile, por la excelencia del reino y antigüedad del Colegio que teníamos allí; otros del Tucumán, á causa del Colegio principal que se hallaba en Córdoba; el Paraguay alegaba que gracias á él había sido fundada. Este título fijó la costumbre, aunque á mi parecer con ninguno de los mencionados debió ser designada, sino con el de provincia Mariana, pues nació bajo el patrocinio de la Virgen y con él creció en breve tiempo. Ningún Colegio se fundó en poblaciones de españoles que no tuviese alguna capilla con la imagen de Nuestra Señora de Loreto. Con la protección de la Virgen lograron los religiosos propagar el Evangelio entre los chilenos, araucanos, calchaquíes, paraguayos, guaraníes y guaicurúes.


NOTAS DEL TRADUCTO

2. Miguel Artiguaye llama á este cacique el P. Ruiz de Montoya en su Conquista espiritual del Paraguay, cap. XI.– (N. del T.)

 

 

LIBRO QUINTO


CAPÍTULO PRIMERO

COMIENZA EL P. PEDRO DE OÑATE Á GOBERNAR LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

Este religioso, ya célebre por las obras de Teología que publicó en Roma, después que fué secretario del Provincial en el Perú y se dedicó á doctrinar los indios, como también á la enseñanza de los novicios en Lima, cuando fué nombrado para suceder al P. Diego de Torres tomó algunos jóvenes del Colegio de San Martín, en la ciudad mencionada, y con ellos y el P. Domingo González navegó con rumbo á Chile, donde llegó felizmente en Febrero del año 1615. Desde allí se dirigió á Córdoba, y cumpliendo con su oficio, investigó si algunas corruptelas se habían introducido en la provincia, y halló que á varios jóvenes de claro entendimiento, quitándoles la esperanza de alcanzar los primeros puestos de la Compañía, los tenían ocupados en la evangelización de los indios sin cursar antes las ciencias; que se omitía el tercer año de aprobación en la mayor parte de los casos; que en los Colegios no se llevaba cuenta de los ingresos y los gastos y que todos ellos consideraban sus bienes como comunes. Y aunque algunas de estas cosas fueron hechas á sabiendas del Provincial no faltaba quien las exagerase con más celo que prudencia, sin tener en cuenta que es distinto fundar una provincia de reformarla ya establecida. De esta manera pensaba el P. Oñate, quien excusaba la conducta de su predecesor con cuantas razones se le ocurrían, comparando las provincias con los hombres en punto á edades. «Los tiempos de fundación, decía, son cual los años de la infancia, en los que será ocioso buscar formalidad en las costumbres; el mismo San Ignacio permitió ciertas cosas al nacer la Compañía, que luego prohibió. ¿Quién ignora que el sacar los novicios de sus Colegios y encargar la provincia á hombres nuevos, quienes en seguida desempeñaron arduos cargos sin previos estudios, no reconoció otra causa que la escasez de misioneros?» En vista de esto se declaró al P. Torres libre de mala nota; al contrario, recibió alabanzas por haber propagado la Compañía con prontitud y éxito notables, en tan inmensa región, y fué nombrado por el P. General rector del Colegio de Córdoba. Entonces se hallaban el P. Juan Romero, en el Colegio de Chile; el P. Luis Valdivia, en las residencias de Arauco y Chiloé; el P. Juan Darío, con los jesuitas de Estero; el P. Luis Leiva, en el puerto de Buenos Aires; el P. Marcelo Lorenzana, en el Colegio de la Asunción; el P. Cataldino, ocupado en el Guairá; el P. Pedro Romero, entre los guaicurúes; el P. Roque González, gobernando el nuevo pueblo de San Ignacio. A todos animó el Provincial para que cumpliesen con sus deberes, poniéndoles como ejemplares los primeros misioneros que predicaron la fe católica en la América austral y haciéndoles considerar que aún había materia abundante en qué ejercitarse los varones apostólicos, pues si bien era verdad que la Compañía residía en países dilatados, no los tenía explorados completamente, y luchando con la fortaleza de los religiosos anteriores se reducirían á nuestras creencias innumerables indios; les exhortó á que preparasen sus almas con el ejercicio de las virtudes, sin lo cual nada se conseguiría; además, les suplicó que no cambiasen la felicidad de los principios en éxito funesto por efecto de la pereza. Pero á decir la verdad, poca falta hacía aguijonear la voluntad de los Padres, ya de suyo inclinados á las misiones.


CAPÍTULO II

TRÁTASE DE SI CONVIENE QUE LA COMPAÑÍA ESTABLEZCA RESIDENCIAS ENTRE LOS INDIOS.

Mucho se disputaba acerca del mejor modo de instruir á los indios; sobre todo si procedería que dos ó tres jesuitas solamente, y separados por largas distancias de los Colegios, viviesen á estilo de párrocos en las tribus indígenas. Los que se oponían á esto no tomaban en consideración el peligro de la vida ni el tedio y penas de la soledad y otras molestias propias de trabajos apostólicos; decían que en las grandes casas el ejemplo de unos era acicate para otros; el rector y los síndicos, con penas suaves, reprimían la inclinación de las voluntades á una vida más libre que la permitida; que si el espíritu perdía el fervor, lo recobraba inmediatamente con los ejercicios piadosos de costumbre; que los rectores velaban para que los demasiados negocios no absorbieran por completo la atención de los Padres; que fuera de los Colegios había el peligro de que los misioneros, dedicados á viajes y ocupaciones exteriores, viviendo en medio de una atmósfera corrompida y de gente libre y desnuda, cometiesen alguna culpa, en tal caso más se perdería con la caída de pocos que se ganaría con los hechos heróicos de muchos; que los Padres del Perú no quisieron encargarse de doctrinar á los indios, aunque por esto se resintió el virrey, porque se imaginaban ser incompatible tal ocupación con las reglas de nuestro instituto; añádanse á lo expuesto las vejaciones sufridas por la defensa de los indios confiados á nuestra dirección, y las que de nuevo padeceríamos, y parecerá, en vista de tales razones, que sería lo mejor hacer excursiones desde los Colegios sin residir los misioneros definitivamente entre los gentiles. Los que opinaban lo contrario, afirmaban que les favorecía la experiencia de bastantes años; que enviar á las misiones solamente hombres adiestrados á la guerra espiritual, parecía temer demasiado los riesgos; que si se recelaba la pérdida del fervor y la vuelta á los antiguos hábitos, nada se oponía á que los religiosos fueran de cuando en cuando á los Colegios y allí reparasen las cansadas fuerzas de su alma y se encendiesen con los ejercicios espirituales; que siempre fué costumbre de los Superiores cuidar con preferencia de quienes, dejando su patria, padres y otros alicientes mundanos, se condenaban á destierro voluntario entre bárbaros antropófagos sin intento hallar recreos humanos; si alguno caía, no por eso la Compañía quedaría manchada, y Judas era buen ejemplo, pues su traición á ninguno dañó de sus compañeros. Por otra parte, constaba que las expediciones hechas desde los Colegios eran útiles para los pueblos que tenían sacerdotes; mas no á los que carecían de éstos, á causa de que recibían los indios sin dificultad el Bautismo, pero conservaban poco tiempo las costumbres cristianas, á menos que los sacerdotes con frecuentes pláticas les fortalecieran la voluntad; que los demás Sacramentos y la palabra divina eran el alimento que sustentaba el alma de los neófitos, sin el cual perecerían. Estas razones movieron al Papa San Pío V á decretar que se tuviera moderación en bautizar gentiles donde no hubiera sacerdotes que los siguieran doctrinando. Los Padres jesuitas del Perú, obrando con prudencia, se disculparon de regir las parroquias de indios á causa de contarse bastantes presbíteros seculares en aquel reino, juzgando que la Compañía solamente debía atender á los países desprovistos de todo auxilio espiritual. Además, el temor de litigios y persecuciones no debía inducir á retroceder ni á ser perezosos y cobardes, pues siempre los generosos propagadores del Evangelio estuvieron sujetos á tales contradicciones, en medio de las cuales creció la Compañía, mereciendo alabanzas por su paciencia, y más teniendo en cuenta que el rey y su Consejo de Indias, movidos por el celo de aumentar la gloria de Dios, se hallaban dispuestos á defendernos contra las calumnias de los maldicientes. En lo referente á otros peligros, convenía recordar que desde los tiempos de San Ignacio fueron enviados á distintas regiones dos misioneros, y aun uno solo en ocasiones, y considerar que empresas tan grandes no se llevarían á cabo midiendo antes con rigor escrupuloso los riesgos consiguientes. Peor era la situación de los jesuitas en Inglaterra, Escocia y Holanda, naciones donde, viviendo entre herejes, se veían precisados á vestir de seglares y morar en casas particulares, y, sin embargo de no haber Colegios ni residencias cercanas, eran enviados por los Generales de nuestra Orden. San Francisco Javier, con pocos compañeros, predicó en todo el Oriente; el P. José Anchieta fundó en el Brasil muchos establecimientos, con dos ó tres religiosos cada uno; lo mismo hizo el P. Oviedo en Africa. ¿Quién se negaría á seguir las huellas de varones tan esclarecidos? Finalmente, decían que el P. Claudio Aquaviva conocía bien la condición de la provincia y sabia que no había allí Ciudades de españoles capaces para crear en ellas grandes Colegios, y, sin embargo, acordó fundarla por no dejar abandonada tan extensa región, antes bien, con ánimo de trabajar en su evangelización por medios extraordinarios. De esta opinión participaba el P. Torres quien gustaba de tales residencias, y solía decir que las virtudes de los jesuitas establecidos entre los indios eran comparables a las de varones muy santos, y que tales Padres acreditaban la Compañía más que los residentes en los Colegios. Así, pues, se acordó que los misioneros residiesen en países de gentiles y neófitos, como hasta entonces se acostumbraba.


CAPÍTULO III

DESCRIPCIÓN DE LA PROVINCIA DEL PARANÁ.

Trabajaba el P. Roque González, esclarecido por sus gloriosos hechos, en la evangelización de los indios que vivían en la región del Paraná, y para mejor conseguirlo procuró establecerlos en una población. Mas antes de referir lo que hizo nos parece conveniente hablar algo del mencionado país. El río Paraná tiene de curso quinientas leguas antes de que desemboque en el Océano por una inmensa boca, cuya anchura no es menor de ochenta. Con razón se le ha dado el nombre que lleva, pues tiene la grandeza y majestad del mar. Por esto no opino lo mismo que el P. Acosta y otros, quienes afirman ser el río Marañón el mayor de América, una vez que, según confiesa el P. Acosta, cuando entra en el Atlántico dicho río, su álveo mide solamente treinta leguas. Las aguas del Paraná, por cierta virtud misteriosa, cambian los leños en piedras cual acontece con las del río Selo en Italia; es frecuente ver maderos sumergidos convertidos en peñas; una de éstas, que parecía enteramente columna labrada por el hombre, la tenía en el patio de su casa D. Hernando Arias, gobernador del Paraguay. En el Paraná se crían peces de tamaños colosales; el P. Ruiz, cerca del Guairá, vió algunos tan grandes como un buey. Es curioso ver los lobos marinos, que nadan en rebaños y sacan la cabeza cuando oyen silbar, para esconderla nuevamente. El capibara, animal anfibio parecido al cerdo, abunda mucho; su pesca es distracción muy agradable á los navegantes. En las márgenes, ya cubiertas de bosques, ya rasas, hay fieras y multitud de aves, especialmente perdices y loros que vuelan en bandadas; de éstos se cría una variedad notable, cuyos individuos, tres veces mayores que los de Asia, ostentan en el plumaje colores vistosos, y fueron antes venerados por los indígenas cual dioses. Hay también osos llamados hormigueros, por mantenerse de hormigas; tienen la cabeza alargada, y el hocico parecido al del cerdo, si bien doble de largo y más puntiagudo; sacan la lengua cual de una vaina, y metiéndola en los hormigueros, quedan adheridas á ella las hormigas. Algunas de éstas son de cuerpo muy grande, y las comen, tanto españoles como indios, tostadas al fuego, reputándolas por manjar delicioso. Ninguna población de importancia se levantaba á orillas del Paraná; los habitantes vivían esparcidos por el campo y en pequeñas aldeas. Constituían varias naciones uniformes (excepto la de los guaraníes) en las costumbres y carácter indolente, extrañas entre sí por la diversidad de idiomas que hablaban. Usaban con frecuencia un raro alimento, y era tierra de cierta clase, cocida y rociada con grasa de pescados. Desde doscientas leguas antes del mar es denominado el Paraná río de la Plata. El origen de este nombre es obscuro: dicen unos que es debido á la que recogió Gaboto en su expedición á la parte meridional de América; otros á las conchas plateadas con que se adornaban los indígenas, y no falta quien afirme que desaguan en el Paraná muchos ríos nacidos en el Perú, donde se extrae la plata, suelen arrastrar pedazos de escoria, tanto que, según cálculos, el Pilcomayo y el Tarapay, desde que se empezó á explotar el Potosí hasta el año 1611, habían acarreado mineral por valor de cuarenta millones; el mercurio que llevan dichos ríos, procede del empleado en labrar la plata, y es tanto, que envenena sus aguas por largo trecho y no crían peces. Lo cierto es que antes de conocer los españoles el monte Potosí, ya el río de la Plata llevaba este nombre. El Paraná, desde que deja de llamarse río de la Plata hasta su unión con el Paraguay, es navegable para las más grandes embarcaciones, y cuenta en sus márgenes tres ciudades que mantienen nuestra dominación sobre los indios. En su curso superior baña el Guairá y otras tierras en parte sometidas á España. Los habitantes de la región situada entre el Guairá y el río de la Plata, la cual está frente al Paraguay y tiene cien leguas de longitud, gozaban de independencia, prefiriendo consumirse en la guerra á soportar el yugo de los extraños. De nada aprovecharon las expediciones enviadas por el gobernador D. Hernando Arias, compuestas de muchos y escogidos soldados. El pueblo de San Juan, fundado en la confluencia del Paraná y Paraguay, sufría sus continuos insultos, y los neófitos de San Ignacio vivían en un continuo sobresalto. Los viajeros que iban del Tucumán al Paraguay tenían que caminar con escolta, pues los indios del Paraná se dedicaban al robo y la matanza. Quienes mayor crueldad mostraban eran los apóstatas, exacerbados con los gravámenes que habían sufrido; excitaban sin descanso á sus compatriotas para que odiaran á sus amos. A causa de todo esto los temían, no ya los españoles, mas también los indios convertidos al cristianismo. Hasta que el P. Roque González, por mandado del Padre Lorenzana, residió entre ellos por espacio de dos años, ningún sacerdote penetró en sus términos. Dudóse á quién atribuir la gloria de tal empresa, pues si bien es verdad que el P. González predicó por vez primera á los del Paraná, el P. Lorenzana había preparado el terreno con la fundación de un pueblo á quince leguas del río, y además de tratar con ellos, administró á bastantes el Bautismo. Yo por ninguno me decido ni quito al otro la palma, aunque declaro que el P. González hizo mucho con la constancia en el trabajo, la grandeza de ánimo, el desprecio de los peligros y su pericia en el trato de los gentiles.


CAPÍTULO IV

EL P. ROQUE GONZÁLEZ PREDICA EN LA PARTE INFERIOR DEL PARANÁ.

Encargado del pueblo de San Ignacio el Padre González por disposición del P. Lorenzana, hizo cuanto pudo para quebrantar la contumacia de los indios; de algunos se hizo amigo con varios regalos y les administró el Bautismo: esto le inspiró buenas esperanzas. Así, llevando consigo una cruz y una imagen de la Virgen, conocida con el título de Conquistadora de los paganos, y pocos neófitos, se puso en camino á principios de año. Viajó por un terreno escabroso y casi intransitable hasta que se embarcó en una canoa para ir á la laguna de Apupe, denominada de Santa Ana por los conquistadores del Paraguay. Cerca de ella vivían numerosos gentiles, á quienes convirtió de tal manera, que solicitaron les designase dónde habían de fundar un pueblo. Pero como antes les habían predicado los franciscanos, deseoso de evitar cuestiones se dirigió á la ciudad española, situada entre el Paraná y el Paraguay. Allí convino con el Guardián de San Francisco, que si dentro de seis meses no enviaba misioneros el Provincial de éste, la Compañía estaba autorizada para reducir los ribereños del lago Apupe y edificar un templo. Dicho lago era considerado por el P. González como la llave del Paraná, y caso que no fueran bien las cosas, pensaba hacer del nuevo pueblo su refugio. Después salió del puerto de San Juan con ánimo de explorar la voluntad de los indios del Paraná y ver el sitio más á propósito para la construcción de un pueblo; en vano le representaron los españoles el grave peligro á que se exponía. Navegó por el río Paraná, y recorriendo las riberas de sus afluentes halló infinidad de gentiles, quienes cansados de continuas guerras y abrumados con mil calamidades, parecían dispuestos á convertirse al cristianismo si la Compañía fundaba una población. Cuando hubo subido por el Paraná cuarenta leguas, le salieron al encuentro, en un sitio estrecho formado por dos islas, muchos bárbaros, con el cuerpo pintado para inspirar temor, armados de macanas y saetas; estaban conjurados contra él y pensaban quitarle la vida; el jefe habló de esta manera al P. González: ¿Cómo eres tan audaz que te atreves á penetrar sin armas ni soldados donde jamás han podido entrar los ejércitos españoles? Ningún europeo ha pisado nuestra tierra que no haya recibido la muerte. ¿Qué premio esperas de tu arrojo? Si pretendes anunciar un nuevo Dios, te advierto que me injurias, pues yo solo soy señor de cuanto ves. Habiendo dicho estas palabras la multitud dió gritos feroces. Mas el P. González, con admirable firmeza, implorando antes la protección de la Virgen de la Purificación, cuya fiesta caía en aquel día, empezó con prudentes razones á negar la imaginaria divinidad que decía tener el jefe indio, demostró que no hay sino un Creador y Señor del universo, y prosiguiendo sin temor añadió: No soy tan cobarde que piense retroceder un paso; quien desea padecer el martirio por Cristo desprecia las macanas, saetas y otros instrumentos mortíferos; sabed que si viniera con intento de haceros daño, hubiese traído armas y soldados; pero vine solamente para predicamos la palabra de Dios, y espero, sin que me llaméis temerario, que os reduciré á una población y derramaré sobre vosotros las saludables aguas del Bautismo. Luego, con rostro sereno, añadió muchas cosas en defensa de la fe católica, con tan grande elocuencia que muchos indios, depuesta su natural ferocidad, solicitaron el Bautismo, y los restantes consintieron en dar paso al misionero. Salido éste del peligro que había corrido y acrecentada su comitiva, se embarcó y notó que la barca iba más de prisa que nunca: ignoraba la causa; pero cuando llegó al primer pueblo de indios supo que un niño recién bautizado acababa de espirar, yendo su alma á los cielos, donde oraría por sus conciudadanos. En otra aldea tuvo igual fortuna que el anterior otro párvulo. Poco antes de esto mostró su caridad cierto neófito que viajaba con el P. González, pues se despojó del vestido para ponérselo al cadáver de un indio á fin de que no lo enterraran desnudo. Los gentiles se oponían por doquiera á recibir el Bautismo y la civilización, profiriendo amenazas contra el religioso si no retrocedía; éste subió por el río cincuenta leguas y llegó á un sitio alto llamado Itapúa. Allí moraban cuatro caciques con buena suma de clientes, quienes al principio opusieron alguna resistencia, pero muy luego se ablandaron y prometieron fundar una población si los jesuitas se establecían entre ellos. Erigió el P. González con solemne pompa una cruz de gran tamaño, y á marchas forzadas fué á la Asunción para tratar con el gobernador y con el P. Lorenzana, rector del Colegio, de enviar al Paraná misioneros que ocupasen el país en nombre da Cristo y del rey Católico. Apenas se había ausentado el Padre González cuando los indios de la parte superior del Paraná, incitados por un apóstata, declararon la guerra á los caciques de Itapúa con motivo de haber hospedado á dicho Padre, y á la fuerza pretendieron derribar la cruz; cosa que hubieran hecho á no oponerse los itapuanos, quienes puestos alrededor de ella, aunque pocos en número, pelearon con tal suerte y valor que, sin morir ninguno, pusieron en fuga á los agresores. De esta manera probaron la verdad de su fe y se animaron mutuamente, acordando cumplir lo prometido al P. González. Entre tanto, éste narró en la Asunción los peligros que había corrido, la muchedumbre de idólatras que poblaban el Paraná, la esperanza que abrigaba de reducirlos, la conveniencia de esto para penetrar en el Uruguay y la inmensidad de selvas y campos que había atravesado. Muchos ponderaban el celo de la Compañía que enviaba sus hijos á tan graves empresas. Las autoridades decían que era necesario continuar las misiones, y se admiraban de que un hombre solo recorriera países nunca hollados ni aun por ejércitos durante un siglo.


CAPÍTULO V

FUNDACIÓN DEL PUEBLO DE ITAPÚA POR EL P. ROQUE GONZÁLEZ.

Habiendo muerto D. Diego Marín Negrón, gobernador del Río de la Plata y del Paraguay, excelente protector de la religión cristiana y de la Compañía de Jesús, le sucedió interinamente D. Francisco González de Santa Cruz, hermano del P. Roque González, y deseando aumentar el lustre de su familia, pensó en dominar la provincia del Paraná, donde nunca habían penetrado las armas de España; conferenció con su hermano, y de acuerdo con el rector Lorenzana, dió autorización á la Sociedad para crear cuatro pueblos en las inmediaciones del Paraná y del Uruguay, fundar en ellos iglesias y establecer funcionarios civiles; el P. González fué encargado de misión tan honrosa. Recibió éste del P. Lorenzana los vasos sagrados que le serían necesarios, como también las herramientas indispensables para la construcción de nuevas poblaciones. Partió llevando todo esto por el mismo camino de antes y expuesto á iguales insultos; la víspera de la Encarnación llegó á Itapúa, lugar que dista por igual sesenta leguas de la desembocadura del Paraguay y de los confines del Guairá; su puerto es una laguna que desagua en el río. En los alrededores se contaban los indios suficientes para llenar un buen pueblo. Cuando entró en ltapúa el P. González, los caciques que defendieron la cruz le dieron una casa hecha con paja y lodo, al estilo del país; parte de ella se dedicó á iglesia. Comenzó el P. Roque á enviar emisarios por las cercanías y á recorrerlas personalmente, logrando que mucha gente viniese á morar en Itapúa. Al terminar el año, dos religiosos que volvían de una misión á los guarambarés, se le juntaron para ayudarle en sus tareas: uno de ellos, el P. Juan Salas, quedó en San Ignacio como coadjutor del P. Francisco del Valle, que allí ejercía la cura de almas; otro, el P. Diego Boroa, fué á Itapúa, en cuya población hacía que estaba solo el Padre González cuatro meses. Alegres estos dos misioneros viéndose juntos, designaron área para el nuevo lugar; construyeron un templo capaz para los habitantes, y también casas destinadas á los indios, haciéndose obedecer siempre más con el ejemplo que con las palabras, pues llevaban sobre sus hombros lodo y paja, partían maderos, y hacían de albañiles; mientras tanto vivían con pobreza tal, que su alimento se reducía á cardillos insípidos y agrestes y harina de madera; otras veces comían yerbas silvestres, alimento favorito de los papagayos, por cuya razón les daban este nombre los indios. Acabado el templo, fué colocada en él, con pompa solemne y danzas de los bárbaros, la imagen que con el nombre de Conquistadora llevaba consigo el P. González. Merece consignarse que tan luego como se celebró el santo sacrificio de la Misa, los demonios, antes molestísimos, cesaron de aterrar á los itapuanos con espectros. Los mismos espíritus infernales hicieron divulgar la especie de que los Padres no eran sacerdotes, sino que habían tomado el vestido de tales para someter los indios á una religión extraña y al yugo español, por lo cual muchos aborrecían á los misioneros; poco á poco se fueron disipando tamañas tonterías. No queriendo ser difuso en narrar las insolencias de los indios, el odio de los hechiceros, el temor que se tenía de los pueblos vecinos y los estragos de la peste, diré que ninguna calamidad faltó á los religiosos, de manera que parece cosa de milagro el haberse mantenido constantes en medio de tantas adversidades. Más de seis mil hombres recibieron el Bautismo. En San Ignacio los Padres trabajan sin descanso; pero las conversiones, no eran tan frecuentes cual en otras partes; solamente bautizaban cada año unas doscientas personas.


CAPÍTULO VI

EL P. ROQUE GONZÁLEZ CONCEDE Á LOS FRANCISCANOS

EL PUEBLO DE SANTA ANA, QUE ANTES HABÍA FUNDADO.

Ordenados algún tanto los asuntos de Itapúa, quedó allí el P. Diego Boroa, y el P. Roque González se dirigió en el mes de Agosto á la laguna de Apupe, llamada también de Santa Ana, donde había muchos indios que todavía estaban sin bautizar. Distaba treinta leguas siguiendo el curso del río, las orillas del cual habitaban hombres feroces sobre toda ponderación; el P. González pasó por medio de ellos con más audacia que seguridad, predicando el Evangelio cuando lo creía conveniente; llegó sin novedad al término de su viaje. Los apupeños lo recibieron de buen talante, pues se hallaban convencidos de que nadie como la Compañía podría librarlos de toda clase de vejaciones. Habiendo transcurrido ocho meses sin que fuese ningún sacerdote franciscano, los indios edificaron un templo provisional y una casa para el P. González, reunieron la multitud que andaba dispersa, sembraron algunas tierras en comunidad y trabajaron en todo con tal actividad, que antes de cuatro meses se contaban en el nuevo pueblo seiscientas personas. Después de esto, el P. González partió á la Asunción en el mes de Noviembre á fin de conferenciar con D. Hernando Arias reelegido gobernador del Paraguay, sobre los negocios del Paraná. Poco tiempo hacía que la hermana del gobernador había contraído matrimonio con el hermano del P. González, lo cual, unido al afecto que ya el primero profesaba á la Sociedad, fué causa de que éste consiguiera fácilmente cuanto deseaba. Don Hernando Arias mostró vivos deseos de ir al Paraná. Procuró disuadirle de semejante pensamiento el P. González diciéndole que los bárbaros no estaban suficientemente preparados, que la precipitación perdía muchas buenas causas y que el nombre español, á consecuencia de las pasadas guerras, era aborrecido por los habitantes del Paraná; añadió que éstos sospecharían mal de los misioneros si en seguida llevaban europeos; que todo se reducía á tener paciencia, pues las cosas se arreglarían con el tiempo y sin peligro, pudiendo, entre tanto, ayudar con su autoridad al bien del Estado y al de la religión. Ningún caso hizo D. Hernando Arias de tales advertencias, pues juzgando que sería glorioso para él penetrar en el Paraná antes que nadie, envió delante al P. González para preparar los ánimos, y él se encaminó con cincuenta soldados. Llegado al río fué recibido en una barca por el P. González, y juntos lo atravesaron. Había el P. Boroa elevado una cruz grande en el pueblo de itapúa; tan luego como la vieron los españoles manifestaron su alegría con el estruendo de los arcabuces, adorando militarmente el signo de la redención que se alzaba donde tanto tiempo habían reinado los enemigos de España y de Cristo. Entró el gobernador en el pueblo, visitó la iglesia, que estaba adornada, y dirigió á sus compañeros estas palabras: Todos arrodillados demos gracias al Señor, pues merced al poder de la cruz pisamos hoy este paraje, que en muchos años no han podido conquistar ni la espada ni el valor de los españoles. Después felicitó á los PP. González y Boroa por el feliz resultado de sus misiones, prometiendo darles cartas de recomendación en favor de la Compañía para el rey Católico; encomendó los cargos concejiles á los indios más principales, y exhortó á todos que fuesen obedientes y respetuosos con los sacerdotes, á quienes para dar ejemplo besó la mano inclinándose. Llegó á su noticia que los indios de la otra parte del río estaban inquietos y que habían mostrado en alguna ocasión cierta prevención contra él, pues les molestaba su presencia, y así, el mismo día que llegó, salió, disfrazando tan precipitado regreso con el título de necesidad, siendo así que era motivado por el miedo. Mientras navegaba salieron al encuentro en el río cerca de trescientos indios armados de saetas y macanas, y le hubiesen acometido si el P. González no interpusiera su autoridad é influencia. Iban mandados por Tabaca, quien rogándole D. Hernando Arias que recibiese el bastón de mando en nombre del rey Católico para ser reconocido como jefe del Paraná, respondió soberbiamente que hasta entonces había ejercido el poder sin necesidad de bastón, y sin él lo ejercería en adelante. En lo cual vieron los españoles cuánto mayor era el poder de la cruz y los sacerdotes que el de los ejércitos. Poco después llegaron los nuestros á la laguna de Apupe. Allí el gobernador alabó la actividad y celo del P. González, pues en breve tiempo había construído un templo y un pueblo, y además reducido los indios del país, gente fiera. Entre tanto, llegaron los frailes franciscanos, y apoyados por D. Hernando Arias solicitaron que los habitantes ribereños de Apupe estuvieran bajo su dirección, pues años antes les predicaron el Evangelio; añadían que los establecidos en la nueva población serían trasladados á cierta aldea que cerca tenían y apenas contaba moradores. Pareció bien al P. González acceder sin controversia á tal petición, mucho más cuando no faltaban á los jesuitas tribus bárbaras en qué continuar trabajando, y ya se hallaban establecidos en medio del Paraná; dió, en efecto, á los franciscanos la jurisdicción sobre seiscientas personas que había reunido. De este modo la provincia del Paraná, siempre rebelde y feroz, fué domeñada; en lugar oportuno contaré los medios de que se valieron los religiosos para llegar á tal resultado. Mas como los pueblos del Paraná y del Guairá, con otros de regiones destinadas á ser recorridas por los jesuitas, son de la nación guaraní, hablaré de las costumbres de ésta.


CAPÍTULO VII

COSTUMBRES DE LOS GUARANÍES.

El país que se halla situado entre los ríos Marañón y Paraná, distantes entre sí más de mil leguas, está casi en el centro de la América meridional. En dicha región habitan los guaraníes, quienes pueblan además la tierra que se extiende desde el Paraguay y el Paraná hasta el virreinato del Perú. Sin embargo, es muy frecuente hallar en dicho país naciones que por su lengua y costumbres difieren de los guaraníes, á las cuales éstos orgullosamente llaman esclavas suyas. Con ellas mantienen de continuo guerra cruenta. Engordan cuidadosamente los prisioneros de guerra para luego devorarlos, y en tales banquetes, á fin de conmemorar sus hechos belicosos, toman un nombre nuevo. Habitan en pequeñas aldeas, donde mandan los caciques insignes por su nobleza hereditaria ó por su elocuencia popular. Cuando sobreviene la lucha, eligen un jefe que tenga fama de esforzado. Ignoran completamente en las peleas poner en las primeras filas los más esforzados, guardar el orden en ellas, buscar las ocasiones oportunas, elegir el día y lugar convenientes, aprovecharse del momento crítico y procurarse víveres. Con frecuencia dan una batalla inesperada, movidos de la cólera; mas si el primer ímpetu les falta, pronto se acobardan. En sus combates usan macanas y saetas; antes de ellos pintan sus desnudos cuerpos con negros colores. No conocen edificios de piedra ni cubiertos de tejas; construyen sus casas de una materia compuesta de lodo y paja: son redondas ó alargadas, y de tal magnitud, que á veces una sola constituye una aldea. En cuanto al matrimonio, gozan de completa libertad: cada cual toma en concepto de esposas ó de concubinas cuantas mujeres puede conseguir y mantener. Los caciques se juzgan con derecho á las más distinguidas doncellas del pueblo, las que ceden con frecuencia á sus huéspedes ó clientes. Es tan grande su lascivia, que abusan en ocasiones de sus mismas nueras. Para ninguno es afrentoso repudiar sus mujeres ó ser repudiado por éstas. Consideran cosa ilícita el cerrar la puerta á persona alguna. Los huéspedes son recibidos al principio con llanto y prolijas alabanzas, que luego se truecan en convites y alegría. Cubren sus partes vergonzosas con un vestido corto tejido de plumas ó adornado con conchitas, y en lo demás van desnudos. Siembran el trigo que llamamos de Turquía, calabazas, habas y varias plantas útiles por su raíz. Devoran casi cruda la carne de los animales que cazan. Siempre que alguno muere, y especialmente cuando es noble, los gritos de las mujeres resuenan en todas partes, despidiendo á intervalos horribles alaridos; se arrojan de sitios elevados, mesan sus cabellos, hieren su frente, abrazan el cadáver, le hablan, abren sus manos, ponen al lado grandes ollas, y juzgando que las almas descienden á la tumba juntamente con los cuerpos, cubren la boca de éstos con vasijas cóncavas, no sea que aquéllas se ahoguen, como si esto lo hubieran aprendido de los antiguos, quienes deseaban á sus difuntos que la tierra les fuese ligera. A ningún dios adoran, sino que están entregados á las supersticiones y locuras de los hechiceros. El arte de la adivinación es tan varia como los países que los guaraníes habitan; sin embargo, todos éstos convienen en reverenciar sobremanera los magos distinguidos por su trato familiar con los demonios. Los que pretenden ser expertos en el arte mágica se han de macerar con severísimos ayunos y otras penitencias, para lo cual huyen á sitios solitarios, donde permanecen desnudos y sin lavarse; nada comen sino pimienta y cierta especie de trigo turco; no peinan sus enmarañados cabellos, ni cortan sus largas y deformes uñas; hacen alarde de otras cosas sucias y mortifican su cuerpo, hasta que ya, por efecto del prolongado ayuno, faltos de fuerzas y aun de sentido, se les aparece el demonio que han invocado. Su profesión consiste en causar enfermedades á sus enemigos, arrojándoles partículas imperceptibles de huesos, cabellos y carbones, las cuales, una vez que se fijan en los miembros, producen primeramente la demacración, y por último la muerte, á no ser que quien produjo la enfermedad la quite de las partes doloridas. Otro género de magos hay que se jactan, á causa de su familiaridad con los demonios, de poder revelar á quienes se las preguntan cosas lejanas y ocultas. En algunas regiones la mujer que intenta darse á la magia es preciso que guarde castidad; si llega á ser madre, pierde la veneración que la profesan. Jamás se presenta el diablo á sus magos sin horroroso estrépito. Hay también adivinos que se juzgan médicos, los cuales hablan mucho, fingen más y nunca hacen cosa de provecho. Chupan el cuerpo de los pacientes como si de este modo extrajeran el virus maléfico, y luego simulan arrojar algo nauseabundo de la boca. Los guaraníes son gente dada á los sueños y augurios hasta la exageración. Creen que tocando un buho se vuelven perezosos, á causa de que tal ave vuela poco y no fabrica nidos en el Paraguay. Si una mujer come espigas dobles de mijo, dicen que parirá gemelos. Singulares son las medidas que adoptan cuando por vez primera tiene la menstruación una doncella: la entregan á una mujer robusta, que la prueba de varias maneras; la obliga á privarse de comer carne hasta que los cabellos rapados le lleguen á las orejas; le es prohibido mirar á los hombres; si por casualidad ve loros, imaginan que en lo sucesivo será habladora; ha de barrer la casa, ir por agua á paso acelerado sin separarse de la senda, machacar el trigo con la mano del mortero, no puede descansar un momento, y, en una palabra, se la obliga á cumplir los cargos propios de una madre de familia, lo cual reputaba el P. Juan Rho como una de las varias virtudes de esta gente; afirman que tal será en lo sucesivo la conducta de la muchacha, cual fué en el tiempo de su primer período mensil. Las mujeres preñadas se abstienen de casi todas las cosas. A fin de que la prole no nazca con la nariz hinchada, no prueban carne de ave; si comen aves flacas, temen que la descendencia sea enana; no se alimentan de aquellos animales cuyas cualidades fantasean que han de ser perjudiciales. Mientras están en gestación las mujeres, observan lo siguiente sus maridos: no se entregan á la caza de fieras; no hacen saetas, macanas ni instrumento alguno que se lleve en la mano; después del parto se abstienen de carnes por espacio de quince días; tienen aflojado el arco; no ponen lazos á las aves, y permanecen en casa echados y ayunando hasta que al recién nacido se le desprende el cordón umbilical; si contravinieran en algo á esto, creen que no dejarían de sobrevenirles graves males. Cuando enferma un niño de pocos días, los parientes de ambos sexos se privan de aquellos alimentos que á su parecer perjudicarían al infante si los comieran. A sus hijos ponen nombres acomodados á las buenas ó malas cualidades que tienen: si es demasiado moreno, le llaman cuervo, y rana cuando llora con demasiada vehemencia. Omito, á fin de no cansar, otros mil casos parecidos. A pesar de las muchas necedades que van expuestas y de tal barbarie, no hay en América nación alguna que tenga aptitud tan grande para instruirse en la fe cristiana, y aun aprender las artes mecánicas y llegar á cierto grado de cultura.


CAPÍTULO VIII

DE VARIAS COSAS QUE SUCEDIERON EN EL GUAIRÁ.

Mucho era el fruto que de sus trabajos recogían los misioneros en el Guairá librando de supersticiones y enseñando la verdad á numerosos indios. El P. José Cataldino se atrevió más de una vez á seguir las huellas de los que cautivaban á éstos, y amenazándoles no menos con la cólera del cielo que con los castigos de los magistrados, consiguió rescatar bastantes prisioneros. Además, hicieron los religiosos que muchos gentiles establecieran su residencia en los pueblos de San Ignacio y Loreto. De cuánto trabajaron puede formarse idea teniendo en cuenta que en menos de un año, cuando en dichas poblaciones se cebó la peste, administraron los Sacramentos á seiscientas personas que murieron. No disminuyó á causa de la epidemia el número de habitantes, pues vinieron á ocupar el número de los difuntos mil cuatrocientos diez y siete indios sacados de sus bosques para ser como catecúmenos instruídos en la fe. Fueron muy luego bautizados ochocientos ochenta de ellos, y autorizáronse nuevecientos diez y siete matrimonios. Narraré ciertos hechos interesantes. Estando sumido en profunda meditación, el P. Ruiz oyó una voz que le mandaba uniese en matrimonio á cierto indio; acabada la oración, se presentó ante él un cacique que vivía en concubinato y manifestó cómo la noche anterior había tenido un aviso celestial para que se casara cristianamente. Aún es más admirable esto. Hallábase una mujer gravemente enferma y se le apareció la Virgen cubierta de preciosas vestiduras y con la cabellera resplandeciente como el sol, diciendo: «No temas, hija mía, porque te vengo á ver: has de saber que todos los sábados estoy presente en el templo de este pueblo;» apenas hubo acabado estas palabras desapareció. Afirmó la misma india que había visto otras veces á la Virgen alrededor de nuestra casa, favor digno de memoria por ser de tan alta Señora. Los misioneros pusieron tanto empeño en desterrar los vicios, y lo llegaron á conseguir de tal manera, que durante un año solamente se embriagó un hombre, quien en castigo de su pecado fué azotado por los neófitos y después reducido á prisión. Se mostraron también acérrimos enemigos de que se vendieran las hijas del país, las que solían comprar los europeos. En cierta ocasión pretendía un español comprar una doncella y prometía tener oculto el contrato á los jesuitas; mas el padre de ella, que era neófito, respondió: «¿Podrás hacer que también lo ignore Dios?» Dos neófitos construyeron otras tantas canoas en días festivos; sus compatriotas les anunciaron que no llegarían á embarcarse en ellas; la predicción resultó verdadera, pues antes de que las estrenaran se rompieron. Las semillas sembradas en domingo no germinaron, por más que las tierras vecinas estaban cubiertas de plantas. Administróse el Bautismo á un niño moribundo y recobró la salud; otro, que se hallaba como muerto, resucitó, ó cuando menos se curó, tocándole con reliquias de San Ignacio, por lo cual éste fué honrado con fiestas.


CAPÍTULO IX

LO QUE PASABA ENTRE LOS GUAICURÚES.

No iban las cosas tan bien en el país de los guaicurúes, pues los indios tenían la convicción de que el Bautismo producía la muerte lo mismo á los niños que á los adultos; error que había nacido de ver que la mayor parte recibían dicho Sacramento estando gravemente enfermos. Quiso Dios, para desvanecer tamaño disparate, que una mujer y varios párvulos en peligro de muerte recobraran la salud después de cristianados. Otro remedio para dicho mal consistió en colocar solemnemente en el templo un cuadro que representaba la Adoración de los Reyes Magos al Niño Dios tenido por su Santa Madre en los brazos. Observóse que á poco tiempo comenzaron los idólatras á tener menos miedo del Bautismo; juzgando piadosamente, hemos de suponer que esto fué efecto de la intercesión de la Reina de los ángeles y de los patronos de los indios. El padre Pedro Romero, excelente maestro de los bárbaros, experimentó la protección de la Virgen: padecía de un cáncer que manaba pus corrompido, y ya las fuerzas le faltaban, siendo inútiles todas las medicinas; él lo sentía mucho por verse privado de ejercer su ministerio, caso de no tener alivio; mas acaeció que se puso en la llaga las hojas de cierta planta hallada por casualidad, y al poco tiempo el cáncer desapareció. Al mismo religioso asaltó la duda de si explicaría rectamente á los indios nuestros dogmas, pues el idioma de aquel país era intrincado y su pronunciación demasiado gutural, y rogaba con frecuencia á Dios que lo sacara de tal perplejidad; sus preces no fueron vanas, pues cuando en cierta ocasión decía Misa, una voz interior le dijo que estuviera tranquilo. Convirtió á una famosa hechicera procedente de los frentones, cautiva de los guaicurúes, la cual, hallándose enferma, se curaba supersticiosamente, como era costumbre allí; el P. Romero le enviaba todos los días un plato, y tanto pudo su constante caridad, que aquella mujer abandonó los magos y sus perniciosas doctrinas para solicitar el Bautismo. Mas cuando iba á recibir éste se amotinaron los bárbaros, rogando que no hicieran los Padres tal bien á una mujer malvada y acostumbrada á dar venenos, pues si luego la enterraban en lugar sagrado se convertiría en tigre y desolaría el pueblo y sus inmediaciones. «Es preciso, decían, llevar su cadáver á sitios lejanos y solitarios, no haga más daño que en vida después de la muerte.» Esto era debido a que a los guaicurúes creían en la transmigración de las almas; afirmaban que las de los perversos iban á cuerpos de animales feroces. El P. Romero refutó creencia tan falsa y mostró claramente cómo el Bautismo tiene tal eficacia que purifica los corazones manchados con toda clase de culpas, los hace agradables á Dios en absoluto y abre las puertas del cielo.


CAPÍTULO X

DE LOS ASUNTOS DEL REINO DE CHILE.

En la capital de Chile y su jurisdicción la Compañía convirtió algunos guarpos. No menos diligentes se mostraban los Padres que residían en Mendoza; entraron con banderas desplegadas en las tierras de idólatras y lograron insignes victorias contra el demonio. Pero quien soportaba las mayores cargas era el Padre Valdivia, el cual sin cesar animaba á los misioneros que trabajaban en las fronteras de los rebeldes, con su palabra y ejemplos. Gracias á su intervención muchos arancanos, zumbeIes, catarayes y de otras naciones, depusieron las armas é hicieron la paz con el rey de España y no pocos entraron en el seno de la Iglesia. El P. Melchor Vanegas, prefecto de las misiones en Chiloé, visitó por mandato del virrey peruano treinta y cinco islas del Archipiélago á fin de velar por la inmunidad de los indios; careciendo de remeros iba con otro compañero en una piragua á través de un mar proceloso y poniendo á las veces sus manos al remo; confesó á todos los neófitos, y bautizó trescientas ochenta personas con ayuda del otro Padre. Ocho meses invirtió en esta empresa, y pasados navegó al Perú para dar cuenta de su expedición al virrey; antes consoló á los indígenas. Tornó después á las islas y prosiguió en ellas sus apostólicos viajes. Mientras estuvo ausente, los rebeldes de Osorno en el continente y otras tribus enviaron una comisión al gobernador de Chiloé pidiendo un sacerdote cristiano, prometiendo que se acomodarían á las condiciones ofrecidas por el P. Valdivia en nombre del rey de España y abrazarían la fe católica con tal que cesaran las vejaciones de los soldados. Dispuso el gobernador que fuese á Chile Diego de Castañeda, clérigo secular, y éste halló que los insurrectos del interior deseaban á toda costa la paz; en las ruínas de Osorno bautizó quinientos indios, y en otros varios lugares gran número de los mismos. Mas la avaricia de algunos hombres se oponía á lo que era de esperar se alcanzaría; éstos posponían á sus intereses particulares, contra lo ordenado por el monarca y el Consejo de Indias, la salvación de tantos mortales y manchaban la fama del Padre Valdivia con torpes y nefandas acusaciones; pero éste, armado de paciencia, soportó con fortaleza las saetas que con saña le disparaban.


CAPÍTULO XI

CUESTIONES QUE SE SUSCITARON CON MOTIVO DE LA FUNDACIÓN

DE UN CONVENTO DE MONJAS EN LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

Con ocasión de crearse un Monasterio de religiosas dominicas en Córdoba del Tucumán, nos vimos envueltos en varias cuestiones. Como el asunto se rodeó de tinieblas andando el tiempo, lo expondré claramente. Doña Leonor de Tejeda, matrona tan noble cual rica, tentada por el demonio para que se ahorcase, no podía en manera alguna librarse de tan importuno solicitador, hasta que se encomendó á la protección de Santa Catalina de Sena por consejo del P. Juan Darío, sacerdote de la Compañía; entonces, sintiendo la paz del alma, dedicó todos sus bienes á la fundación de un convento de dominicas é hizo propósito de ingresar en él. Agradó al cielo tal resolución; pero la ejecución del proyecto encontró muchas dificultades, pues aún no había en el Tucumán y el Paraguay otro monasterio á cuya regla se conformara el nuevamente dotado y las monjas del Perú y Chile se negaban á venir á él. Además, en estos reinos ninguno se contaba que perteneciese á la Orden de Santa Catalina de Sena. Insistió, sin embargo, Doña Leonor porque deseaba tomar el hábito, y entonces el P. Diego de Torres, después de consultar el caso con hombres doctos, acordó que las vírgenes antes de recibir el velo de dominica, siguieran el instituto de Santa Teresa con algunas modificaciones, teniendo en cuenta las circunstancias del lugar y ser pocas las religiosas; á falta de monjas antiguas fué nombrada Priora Doña Leonor, mujer prudentísima. Aprobado todo esto por el obispo y hecho el noviciado, muchas doncellas emitieron solemnemente sus votos y también la fundadora, comenzando á dar ejemplos de virtud esclarecida con suma paz y concordia. En esto volvió de Roma, donde había ido á ciertos negocios, Fr. Hernando Mejía, consobrino de Doña Leonor, el cual, hablando con su tía frecuentemente acerca del linaje de ésta, de su profesión religiosa y del estado del nuevo Monasterio, llegó á persuadir á Doña Leonor de que sus votos eran nulos. Alteróse la conciencia de las monjas cuando se enteraron y trataron de arreglar la cuestión; las más tibias pensaban abandonar el convento; Fr. Hernando Mejía, en la idea de que el P. Torres defendería su parecer, usando del prestigio que gozaba, trajo á su partido varios sacerdotes y regulares, los cuales decían, hablando de las faltas cometidas al fundar el convento, que era cosa absurda entregar la regla de Santa Teresa á quienes con el hábito de dominicas querían guardar la de Santa Catalina de Sena, y que eran inválidas las profesiones, por seguir estatutos corrompidos á fuerza de adiciones y supresiones. De donde concluían que ni á Doña Leonor ni sus compañeras se les podía considerar verdaderas religiosas y que estaban autorizadas para casarse abandonando su fantástica religión. Los adversarios del obispo y el P. Torres alegaban que éstos incurrían en las censuras fulminadas contra los begüinos, quienes creaban y suprimían á su antojo Ordenes monásticas. En fin, á tal grado llegó la cuestión, que el fraile dominico y sus secuaces publicaron que defenderían sus tesis en el mismo convento á usanza escolástica. Cuando esto supo el Provincial Pedro de Oñate, reputado entre los mejores escritores de Teología moral del siglo, llevando á mal las contradicciones que sufría el P. Torres, fundador de dos provincias, fué al sitio de la disputa, y después de refutar las objeciones de los contrarios demostró que el hacer voto Doña Leonor de tomar el hábito de Santo Domingo, no se oponía á que entrando en religión siguiera la regla de Santa Teresa, ya que un cambio accidental como éste en nada afecta á la substancia, pues sabido es el adagio vulgar de que «el hábito no hace al monje.» Con mayor razón la adición ó supresión en la regla de algunos artículos no era bastante para crear una Orden nueva, constando que semejantes alteraciones no modificaban esencialmente aquélla; por consiguiente, los que en esto intervinieron de ninguna manera podrían incurrir en las excomuniones lanzadas contra los begüinos en las Decretales clementinas. Es más: aunque se demostrara ser el convento de religión distinta de las otras, sus fundadores estaban lejos de las censuras mencionadas, pues según afirman Suárez, Toledo y otros distinguidos escritores, en éstas se hallan comprendidos solamente los begüinos. Ningún argumento presentaron los adversarios que el P. Oñate, polemista de hierro, no triturase en presencia de los Doctores, con tanta prontitud como destreza.


CAPÍTULO XII

BULA Y SENTENCIA DE PAULO V ACERCA DEL MENCIONADO ASUNTO.

A decir la verdad, nadie dudaba de que al fundar el monasterio, efecto de las circunstancias del lugar, de la falta de personas idóneas y de reglas, se deslizaron muchas cosas opuestas al derecho; las monjas procuraban con vivas ansias calmar sus escrúpulos. Enterado del negocio por cartas el Romano Pontífice, y mediando el Cardenal Borromeo, dió una Bula en confirmación de casi todo lo llevado á cabo por el Provincial Oñate; la copiaré íntegra á fin de acabar esta enojosa materia. «Para perpetua memoria de este particular: hace poco tiempo que en nombre de las religiosas de Córdoba del convento de Santa Catalina de Sena, nos expusísteis que fundásteis éste con autorización del Prelado, y para el mejor régimen de las monjas las sometísteis á la regla de Santa Teresa de Jesús con ciertas modificaciones, que son éstas (aquí se copia literalmente la regla dada por el Obispo). Según decía vuestra exposición, las vírgenes profesaron; algunos dudaron si los votos emitidos eran válidos ó nulos. Las monjas nos suplicaron que resolviésemos lo que más cuerdo fuese en la cuestión con benignidad apostólica. Accediendo á tales instancias, y después de oído el parecer de los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, miembros de la Congregación de Regulares, con nuestra autoridad apostólica aprobamos, confirmamos y damos fuerza á todo lo hecho, y suplimos las faltas que se hayan cometido en oposición al derecho, decretando que las reglas y las profesiones verificadas conforme á éstas sean válidas. Que en lo futuro se conceda el hábito conforme á los estatutos de la Orden de Santo Domingo, y no valga contra lo dispuesto en este documento lo que cualquiera realice á sabiendas ó por ignorancia, no obstante las Constituciones, etc.» Con tal resolución, el P. Diego de Torres, apenas la recibió, recobró su autoridad y las monjas la paz; pero á decir la verdad, así como un solo convento de religiosas en Roma dió más qué hacer á San Ignacio que toda la Compañía, igualmente el de Córdoba molestó más á los PP. Diego de Torres y Pedro Oñate que la inmensa provincia del Paraguay. Quizás hubieran hecho mejor en abstenerse de fundar el convento que en echar los cimientos de éste.


CAPÍTULO XIII

EL GOBERNADOR DEL PARAGUAY INTENTA TOMAR LAS ARMAS CONTRA LOS INDIOS.

Arreglados los asuntos del Tucumán, navegó á la Asunción el Provincial P. Pedro Oñate y llamó á los PP. Roque González y Diego Boroa, que estaban en Paraná, con objeto de ver lo más conveniente para la difusión del Evangelio en dicho país y la sumisión de los pueblos establecidos á las márgenes del Uruguay. Luego que oyó el parecer de los mencionados religiosos, concibió grandes esperanzas. Algún obstáculo era el ardor irreflexivo del gobernador D. Hernando Arias, quien pretendía entrar con ejército en el Uruguay, donde nunca los españoles habían penetrado, y ordenó el alistamiento de soldados, no obstante la oposición de los misioneros, quienes le hacían ver cómo los indios no llevarían á bien tal ostentación de fuerzas, y que una vez enojados, se negarían á recibir el cristianismo. El Provincial ordenó al P. Roque González que hablase al gobernador con cuanta libertad le permitía el parentesco que á los dos ligaba, rogándole que no empezase una guerra perjudicial á todas luces, y que se acordase de las Reales cédulas por las que se prohibía en absoluto predicar el Evangelio á los idólatras con gente armada; aún insistió D. Hernando Arias en su intento, preocupado en adquirir gloria, y dorando su interés con la utilidad pública; los españoles con sus consejos le hicieron desistir finalmente, pues le hicieron recordar los desastres de la expedición al Paraná y lo mucho que después duró la guerra, además de que no se mostraron dispuestos á formar parte de la milicia.


CAPÍTULO XIV

ORIGEN DE LA REDUCCIÓN DE YAGUAPÚA.

Tornó al Paraná el P. Roque González, y rogó á Tabaca, señor de doscientos indios y de mucha autoridad entre sus compatriotas, á quien vimos antes despreciar los ofrecimientos del gobernador, que recibiera el bastón de mando y rigiese el pueblo que él había acordado fundar. Mas el cacique dijo insolentemente á voces que no quería insignias de autoridad dadas por un extranjero para mandar en una población, cuando sin esto era obedecido por todos los indios de la comarca. Dejando el P. González para más adelante ablandar el ánimo de Tabaca, navegó hasta un lugar llamado por los indígenas Yaguapúa, y recorriendo las cercanías, logró convencer á sus moradores para que se establecieran en el paraje mencionado. Uniéronse á ellos Tamboy y sus vasallos, habitantes de las islas situadas frente á Yaguapúa movidos por este ejemplo, afluyeron muchos bárbaros de los bosques vecinos, y todos juntos, erigida una cruz, construyeron el pueblo bajo la dirección del P. González. Dista Yaguapúa de Itapúa cuatro leguas, y doce de San Ignacio, reducciones en las que tienen residencia fija los misioneros jesuitas; desde las dos últimas iban éstos á la primera para predicar el Evangelio á los nuevamente establecidos, y siempre conseguían aumentar el número de los neófitos y catecúmenos.


CAPÍTULO XV

TURBULENCIAS QUE HUBO EN EL PUEBLO DE SAN IGNACIO.

Vino á enturbiar tanta prosperidad la actitud de Arapizandu, cacique de San Ignacio, quien enemistado con los Padres no sé por qué motivo, reunió una caterva de hombres díscolos, y huyó inopinadamente á los gentiles del Paraná para unir sus fuerzas con las de Tabaca. En la ribera del Paraná hay una península que rodea por una parte el río, y por la otra cierta laguna de gran extensión llamada por los indígenas Maracayu: allí se encerraron Tabaca y Arapizandu, siendo el terror de los nuevos pueblos; los religiosos temían que los neófitos de éstos imitaran el ejemplo de sus jefes y abandonaran la fe. Para conjurar tantos males acudió de San Ignacio el P. Juan Salas, y halló que los catecúmenos y gentiles rebeldes mostraban más ferocidad que arrepentimiento. Esperando á cada momento la muerte y sin poder retroceder, erigió un altar portátil, y á falta de consejos humanos impetró los del Señor. Los más audaces de los enemigos trataban ya de arrojarse sobre él, cuando los detuvo la voz de una vieja que les rogaba no cometieran tal crimen, pues los españoles habrían luego de vengarse, con grave daño de todo el Paraná. Pudo esta mujer reprimir el ímpetu de los bárbaros, y cuando el P. Salas terminó la Misa, lleno de santo celo, dirigió las siguientes palabras á Arapizandu, incierto entre la audacia y el miedo: Tú has sido por quien el Paraná está abierto á la predicación del cristianismo; tú llamaste los misioneros y los defendiste con tu brazo del furor de los sublevados; con tu autoridad se fundó el pueblo de San Ignacio; tu nombre es conocido por todas partes. No quieras manchar gloria tanta con torpe apostasía. Si te arrepientes inmediatamente, no sólo recobrarás tu antiguo puesto y nuestra pristina amistad, sino que harás una cosa meritoria. Vence las tentaciones del demonio, enemigo rabioso de tus nobles prendas. Después sacó algunos regalos y amonestó á los principales de los rebeldes. Cosa admirable: Arapizandu, ruborizado, pidió perdón por su anterior conducta, y apartándose de Tabaca, volvió con todos sus neófitos al pueblo, y cambió el sobresalto de los misioneros en inmensa alegría. Poco después, en la misma población, algunos indios armados de macanas y segures insultaron al P. Boroa y se disponían á maltratarlo; mas pudo evitarlo el P. Salas con su presencia de ánimo. En otra ocasión un indio estuvo á punto de quitar la vida al P. Boroa. El P. Salas, porque trataba de llevar á la catequesis la hija de cierto indígena, éste le dió tamaña bofetada que estuvo con fiebre varios días, cosa que él mismo me ha referido. Pero aún fué mayor otro peligro que corrió, no ya su vida, sino su honor; por el tiempo en que se celebraban los juegos públicos confesó á una mujer de vida airada, y hubo de tardar bastante en ello; aburrido y enojado un neófito porque efecto de esto no pudo concurrir á los espectáculos, propagó la infame calumnia de que el P. Boroa había fornicado en la iglesia con aquella mujer, añadiendo que era cómplice del pecado el P. Salas. Circuló esta invención durante ocho meses, sin que los religiosos tuvieran noticia alguna de ella, hasta que, enterados, lograron que se desmintiera públicamente el miserable difamador. Entre tanto, los misioneros bautizaron los catecúmenos de la población, y unas veces personalmente y otras por media de los más celosos neófitos, redujeron no pocos indios de las inmediaciones, más atentos al bien de éstos cuanto mayores injurias recibían de ellos. Así, con tolerancia y mansedumbre, domeñaron los ánimos feroces de los bárbaros; de tal manera, que en lo sucesivo los habitantes de San Ignacio fueron modelo de probidad.


CAPÍTULO XVI

EL P. JOSÉ CATALDINO ECHA LOS FUNDAMENTOS DE UNA REDUCCIÓN EN EL GUAIRÁ.

Continuaba en el Guairá el P. José Cataldino, oponiéndose, como de costumbre, á las maquinaciones de cuantos pretendían reducir los indios á servidumbre. Organizó una expedición apostólica de los más ilustres neófitos para la conversión de los gentiles, y púsose al frente de ella, amonestándoles antes que no pensaran en derramar sangre, como en otro tiempo, pues en la guerra que emprendían era más glorioso morir que matar, y ganarían la corona del martirio si daban la vida en defensa del Evangelio. Dirigía el P. Cataldino aquel improvisado ejército con ánimo de convertir los indios del Pirapo. Apenas habían emprendido los neófitos su viaje, cuando surgieron algunas disidencias que hicieron dudar á dicho Padre del éxito de la empresa; mas estando absorto en semejantes pensamientos, oyó una voz por el aire que le decía: ¡No temas, hijo mío! Sin vacilar atribuyó tales palabras á la Virgen, cuya intercesión antes había implorado para que no fueran inútiles sus esfuerzos. Un mes hacía que recorrían el país, cuando se hallaron frente á un enjambre de bárbaros, quienes, tendidos sus arcos, los desafiaban; pero los neófitos, cumpliendo las órdenes que tenían, arrojaron al suelo las armas, pidiendo un coloquio amistoso; luego mostraron sus pechos y brazos indefensos, diciendo: Morir sin pelear nos llevará á la gloria, pues que os anunciamos á Cristo, Hijo de Dios vivo; abandonamos las antiguas costumbres por obedecer á sacerdotes antes desconocidos: aquí os traemos uno de éstos, quien os enseñará la verdadera doctrina. Plugo al Señor que el jefe de los del Pirapo, llamado Aveneira (3), se impresionara al oir tales palabras, y reprimiendo el furor de los suyos, ordenó que se presentara el misionero; éste les habló de las cosas divinas con tal eficacia, que Aveneira prometió coadyuvar á la fundación de un pueblo con asentimiento de los indios sus vasallos. A punto estuvo el P. Cataldino de perder la vida: cierto mago taimado reunió una turba de facinerosos con objeto de asesinarlo mientras dormía; mas cuando iban á realizar su crimen, vieron un sacerdote vestido como los jesuitas que les reprendía sus intentos; los bárbaros, aterrados, echaron á correr. Nadie dudó de quién era el aparecido, pues en la misma noche el P. Cataldino vió en sueños al P. Martín Javier, poco antes difunto, el cual aterraba á los asesinos, defendiéndole contra ellos; á la mañana siguiente supo cómo había huído el mago, y tuvo fe en lo que viera durmiendo. Dejó el P. Cataldino los neófitos en los pueblos, y penetró solo en bosques nunca hollados por la planta del hombre en busca de gentiles que convertir; á los cinco días, con la ropa y las carnes destrozadas, llegó al lugar designado por Aveneira para fundar la nueva población; allí erigió una cruz y construyó una iglesia y una casa provisionales, hechas con troncos y ramas de árboles, y residió en aquel paraje diez meses, procurando con paciencia increíble ablandar el ánimo feroz de los indios. Su comida consistía en raíces; su bebida nada más que agua, y el único pasatiempo la conversación grosera de aquella gente. En las cercanas selvas se oían todos los días los rugidos de tigres y leones, y abundaban las víboras. Los bárbaros, con sus alaridos, hacían más horrible el silencio de la noche. En la exigua casa hacía un calor sofocante, como construída en medio de un bosque tan espeso, que apenas circulaba el aire. Más penoso que todo esto fué para el P. Cataldino ver que transcurrían meses y no tenía el consuelo de ver ningún sacerdote, ningún religioso de la Compañía. Sin embargo, él mismo escribe que jamás dejó de tener inundado su corazón de tan grande alegría, que sin poderlo remediar saltaba de gozo en ocasiones, exclamando: «¡Oh, Jesús! ¡oh, Jesús! ¿cómo podré resistir este torrente de dichas celestiales?» Entre tanto, el número de catecúmenos se elevaba á setecientos, y había esperanza de que fuera mayor. Entonces llegó la noticia de que iba el Visitador del Guairá y del Paraguay.


CAPÍTULO XVII

El P. MARCELO LORENZANA VISITA EL GUAIRÁ.

El Provincial Pedro de Oñate envió, para que en su nombre recorriese el Guairá, al Padre Lorenzana, no fuera que mientras él atendía á los más lejanos países, el interior de la provincia estuviese olvidado. Dicho religioso remontó el Paraguay, atravesando la región de los payaguas, indómitos enemigos, quienes al saberlo ocuparon los sitios aptos para el robo y el pillaje; mas Dios eludió tales propósitos, pues aunque los indios buscaron con afán al P. Lorenzana, jamás lo hallaron; ellos mismos reconocieron que una fuerza oculta les prohibió lanzarse sobre éste. Con mayor seguridad fué desde el Paraguay al Paraná y luego al Parapaná; al mismo tiempo ejerció su ministerio en los pueblos de los indígenas cristianos privados de sacerdotes, siempre con gran fruto; después llegó felizmente á Loreto. Hallábase á la sazón el P. Cataldino por orden superior, ocupado en la fundación de un pueblo en el Pirapo; sabedor de cómo había llegado a Loreto el P. Lorenzana, se presentó al instante allí con los principales de los indios nuevamente reducidos, y trataron del sitio más á propósito para fundar un pueblo con los indios del Pirapo. Discutido el asunto, pensó el P. Lorenzana que sería conveniente establecerlo junto á los otros, y así dispuso que setecientos neófitos marchasen á las inmediaciones de Loreto; la mayor parte de éstos recibieron el Bautismo antes de que el año acabara. En aquel mismo se aumentó la población de San Ignacio y de Loreto en más de mil quinientas almas, no obstante lo cual hubo hombres malvados que escribieron al Provincial diciendo ser los jesuitas indolentes, y urdieron tan bien la trama, que ya se trataba de que los misioneros se retirasen. Los calumniadores obraban así, resentidos de que no les dejaran oprimir á los indios ó vivir en torpe concubinato; eran secundados por los hechiceros; mas las diabólicas artes de éstos y la malicia de los primeros nada consiguieron, pues la inocencia de su vida defendía á los religiosos á manera de escudo contra los golpes que asestaban los adversarios. Viendo el P. Lorenzana cuán floreciente era el estado del Guairá, ponderó la virtud heróica de los misioneros, quienes entre tantos cuidados y faenas, observaban las costumbres que se guardan en los Colegios. Solamente les reprendió una cosa, y era el poco aprecio que hacían de la salud. Acerca de esto, sucedió por entonces cierto hecho memorable: hallábase el P. Ruiz tan atormentado por tentaciones venéreas, que se le abrasaba el cuerpo, no obstante que procuraba apagar tal fuego con los remedios oportunos; y como éstos no dieran el resultado apetecido, ideó el siguiente: críanse en el Paraguay hormigas cuatro veces mayores que las europeas, comparadas por el P. Juan Rho á las esquilas en razón del tamaño; su mordedura produce un dolor intolerable; pues bien: el P. Ruiz se echó desnudo sobre un hormiguero, y soportó las picaduras hasta derramar sangre; pero luego tuvo escrúpulos de haberse expuesto á morir, pues tenía el vientre en carne viva; se tranquilizó considerando que la castidad es prenda de incalculable mérito, que debe conservarse á todo trance. Nadie crea exagerado lo que hizo el P. Ruiz, teniendo en cuenta que San Francisco de Asís se revolcó entre espinas, y San Bernardo se metió en un estanque de agua helada para apagar la concupiscencia; ninguno de los dos pecó, aunque pusieron su vida en algún riesgo, pues obraban impulsados por el amor divino, que los llevaba á cosas altas; algo se ha de conceder á la virtud del heroísmo. Olvidábanse los PP. Ruiz, Cataldino y Mazeta de sus más perentorias necesidades, y castigaban sus cuerpos con tal rigor, que parecía cosa de milagro el que disfrutaran de salud; no usaban sábanas para dormir, y pasaban en el templo gran parte de la noche; con frecuencia su cama consistía en una red colgada ó en cañas solamente, sobre las cuales descansaban. Cumpliendo con su deber, predicaban los domingos; dos veces al día enseñaban el Catecismo; bautizaban los catecúmenos, administraban la Penitencia, autorizaban matrimonios, cuidaban de los moribundos, sepultaban los muertos, sembraban algunas tierras, tejían telas de algodón para cubrir la desnudez de los indios, descubrían las imposturas de los hechiceros, se oponían á toda injusticia, castigaban con dulzura á los que delinquían, construían casas, adornaban templos y recorrían el país cuando la peste lo devastaba. Si á todo esto se une el rezo diario y otras ocupaciones propias del estado sacerdotal, nadie dudará de que los tres misioneros hicieron lo que, al parecer, únicamente una Comunidad numerosa podía llevar á cabo. Y, sin embargo, se quejaban todavía de no tener tantos asuntos á qué dedicarse como ellos deseaban. Si querían tener más compañeros era para no vivir solos en los pueblos, y con su ayuda poder fundar nuevas poblaciones con los gentiles que se convirtieran á Cristo. Prometió el P. Lorenzana trabajar a fín de que el Provincial accediera a tales deseos, y volvió a la Asunción, pregonando la santidad de los misioneros residentes en el Guairá; anduvo en el viaje de ida y vuelta cuatrocientas cincuenta leguas.


CAPÍTULO XVIII

DE LAS COSAS QUE PASABAN ENTRE LOS INDIOS GUAICURÚES.

Ninguna esperanza había de corregir las costumbres de estos hombres bárbaros, ni de que durase el pueblo fundado por ellos; si moraban allí algún tiempo, era por comodidad solamente; sin embargo de estar reducidos, continuaban en sus correrías y actos de ferocidad. Porque les convenía toleraban la estancia de los PP. Romero y Moranta. Mucha gente opinaba que los misioneros debían abandonarlos y trasladarse donde recogieran mayor fruto de sus fatigas; mas el P. Romero fué siempre de parecer que al fin y al cabo la paciencia cristiana quebrantaría la contumacia de los indios, y de tal manera se condujo durante años, que mereció ser ensalzado por el P. Oñate en carta dirigida al General de la Compañía. Una calamidad sobrevino entonces: cebóse la peste en los guaicurúes, destinados á perecer eternamente si el cielo no se hubiera compadecido de ellos; lo que era nocivo para los cuerpos, fué útil á las almas; muchos hombres de edad madura, magos y hechiceros abandonaron sus errores. Pero la mies fué mejor y más abundante en los niños, á todos los cuales, aun contra la voluntad de sus padres, fué administrado el Bautismo. Estando enferma la hija de un cacique, éste se oponía resueltamente á que la bautizaran; pero el P. Romero le administró el Sacramento con disimulo, y dijo luego al padre de la niña: Tu hija reinará eternamente con Cristo; abstente, pues, de cometer delitos de sangre. A lo que el bárbaro contestó: Te aseguro que mataré cuantas personas pueda. A la sazón pasó por delante de la choza una turba de gentiles, quienes lanzando aullidos y haciendo mil gesticulaciones, acompañaban el cadáver de cierto párvulo; al verlos el indio, se excitó más contra el religioso, quien, mirándose en tan grave apuro, juzgó lo más conveniente seguir el consejo de San Pablo: llorar con los que lloran; imitó los lamentos de los bárbaros, y mostró el sentimiento que es acostumbrado en la pérdida de una persona querida. ¡Cosa admirable! Esta compasión ablandó la fiereza del cacique y consintió en que su hija fuese enterrada cristianamente, prometiendo además no quitar á nadie la vida con ocasión de los funerales. Sus aduladores no cumplieron esto: mataron en secreto una vieja y pensaban llevarla á la sepultura de la niña, cosa que hubieran hecho á no estorbarlo con riesgo de su vida el P. Romero. Este mismo persuadió poco después al mencionado cacique de que no inmolara á un amigo en ocasión de haber fallecido su mujer. Reprodújose después la pestilencia, y todos los guaicurúes, abandonando el pueblo, se refugiaron en los montes; pero como bastantes tenían ya el germen del mal, espiraron miserablemente en los campos y pantanos faltos de auxilio. Siguiólos el Padre Romero, acompañado de pocos indios, por si acaso lograba que algunos recibieran el Bautismo. En efecto, muchos de los que yacían exánimes regresaron en hombros al pueblo, y allí, ya instruídos en la fe católica, entraron en el seno de la Iglesia momentos antes de espirar. El mismo P. Romero llevó á cuestas una vieja desdentada, que despedía un olor fétido; con ella fué al lugar en son de triunfo y trabajó sin descanso para cambiar la voluntad de dicha mujer, que era malvada en extremo; nada logró, pero esto no empequeñece el mérito de la obra. Continuó luego día y noche buscando ocasiones de hacer bien, penetrando en cañaverales, sitios pedregosos y cuevas; bautizó mucha gente, con lo cual realizó lo que dice el Evangelio: que por fuerza entrasen en el banquete del Esposo los cojos y los débiles. Apenas se mitigó la peste, ya personalmente, ya por medio de coadjutores, empezó á reunir los indios que andaban dispersos, ora con promesas, ora con amenazas, y aunque no obtuvo grandes resultados, le quedó la satisfacción de haber puesto cuanto estaba de su parte para la felicidad de todos y cada uno de ellos. Los indios, inconstantes como siempre, viendo alejado el peligro de la pestilencia, comenzaron á luchar entre sí ferozmente y á reducir al cautiverio los prisioneros de guerra. Dios mostró entonces lo inagotable que es su misericordia, pues hizo que no pocos esclavos se convirtieran al cristianismo, siendo causa ocasional de bien tanto los delitos de los guaicurúes. Cuando éstos regresaban al pueblo, celebraban los novilunios con voces descompasadas y tumultuosas y embriagueces, turbando el silencio de la noche con gritos bárbaros. Otras calamidades tenían que sufrir los misioneros y eran la vecindad de los tigres, que más de una vez entraron en la casa que aquéllos habitaban; las víboras halladas con frecuencia entre los objetos domésticos, las culebras enormes que sacaban su cabeza de entre las pajas del techo y mil cosas que omito. Sin embargo, el P. Romero, insigne por su paciencia, escribía que prefería su provincia á otras célebres por el número de neófitos, y rogaba al Provincial que no le impidiese padecer por Cristo. La misma conducta observaba el P. Moranta, quien nada omitía en público y en particular que pudiera granjearle el afecto de los indios y quebrantar la contumacia de éstos.


CAPÍTULO XIX

DE LA PROCURACIÓN DEL P. JUAN VIANA.

Mientras que sin descanso trabajaban los misioneros en todas partes, corrió la fausta noticia de que el P. Juan Viana, con algunos religiosos, acababan de desembarcar en Buenos Aires, y la provincia entera se regocijó notablemente. Referiremos lo que tocante á la selección de jesuitas hizo el P. Viana antes de llevarlos al Nuevo Mundo y diremos algo de su viaje. Después que llegó á Roma, y por haber fallecido el P. Claudio Aquaviva, se celebró la séptima Congregación de la Compañía, el nuevo General Mucio Vitelleschi, accediendo á las indicaciones del P. Viana, resolvió mandar jesuitas al Paraguay, procedentes de varias provincias: de la Romana designó él mismo al P. José Oreghi, hermano del Cardenal de este nombre; otros treinta y nueve fueron escogidos, de los que, andando el tiempo, se distinguieron los PP. Alfonso Aragón, napolitano; Claudio Ruyer, borgoñón; Jerónimo Gracián, italiano; Diego de Alfaro, que murió por defender á los indios; Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, españoles, mártires luego; Diego de Salazar, andaluz; Juan Vaseo, belga; Pedro Bosquier, flamenco, y otros que acudieron por mar y tierra á Lisboa. Apenas el Padre Juan Viana acabó sus negocios en la corte de Roma con felicidad y adquirió por donación muchas reliquias de santos, entre las que se contaban la cruz que tuvo San Ignacio en las manos al morir, regalo del General de la Compañía, y un autógrafo de nuestro fundador, recibió la bendición pontificia y emprendió su viaje; fué acogido benévolamente en Milán por el arzobispo Federico Borromeo, el cual, en atención al P. Torres, lo agasajó con liberalidad. Prosiguió su camino, y en Navarra le salió al encuentro una comisión de Viana, su pueblo natal, rogándole que torciera algo su itinerario, y se dignara visitar á sus parientes y compatriotas; pero él, imitando los ejemplos de San Francisco Javier, en ninguna manera consintió. Y como le dijeran, en nombre de la población, que si la honraba con su presencia darían libertad á un sobrino suyo, encarcelado y en peligro de ser condenado á muerte, respondió que Dios tendría cuidado de éste si era inocente, y que si era culpable, justo sería que lo castigasen. Así, pues, sin ver su pueblo, ni siquiera de lejos, y repitiendo aquellas palabras: Dejad á los muertos, sepultar á los muertos, heróicamente resistió las ofertas que le hacían. Pasó adelante y tuvo la desgracia de caerse desde un puente á un precipicio erizado de rocas ásperas; pero invocando el patrocinio de San Ignacio, cuyo autógrafo llevaba, se deslizó con suavidad del caballo y quedó ileso en el peñasco del fondo; acudieron los Padres á socorrerlo, y al verlos estupefactos contemplando milagro tan asombroso, dijo sonriendo «que no se podía herir quien traía consigo una blanda almohada,» que era la caja con la reliquia del santo. Este suceso hizo dudar de si el P. Viana era más ilustre por la protección de San Ignacio que por lo que imitaba á San Francisco Javier. En Madrid solicitó de Felipe III una embarcación y víveres para los misioneros, y el monarca le concedió lo que pedía, por ser inclinado á tales beneficios. Abrazó en Lisboa á los jesuitas llegados de varias naciones europeas; juntos navegaron, tocando en las costas de Africa y el Brasil, y á los tres meses arribaron todos con felicidad al puerto de Buenos Aires en el mes de Febrero. No dejaron de acontecer en el trayecto algunos de los milagros que leemos en las vidas de los varones esclarecidos de la Compañía. Me detendré un poco en esto. Cuenta Alegambe un notable prodigio y digno de recordación que tuvo lugar á 19 de Noviembre, cuando el mar estaba tranquilo; lo presenciaron bastantes misioneros que iban con el P. Viana, y dió testimonio del portento el P. Mario Falcón, napolitano, en carta escrita á su patria desde Buenos Aires á 1º de Marzo del año 1617. Transcribiré sus mismas palabras, tomándolas de Alegambe, y después confirmaré la verdad de éstas: «Sábado á 19 de Noviembre, sopló el viento del Este y duró toda la noche; calmóse luego hasta la tarde del domingo. ¡Oh feliz calma! No era semejante á la que causa tedio en los navegantes; antes bien un dulce sepulcro donde los cuarenta misioneros experimentamos inefables consuelos; veíamos las ondas teñidas de sangre, color que todavía conservan, más bellas que cristal; si tomábamos agua en la mano, sus gotas semejaban piedras preciosas y margaritas orientales, que, heridas por los rayos del sol, multiplican la imagen del astro del día. Su gusto nos parecía exceder á la dulzura del néctar y siempre suavísimo. Mientras estábamos deleitándonos sin intermisión, aparecieron en la superficie de las aguas mil figuras, que mirábamos asombrados: santos que derramaban sangre á gotas ó á torrentes, arengando á sus verdugos; sopló el aire, y al mismo tiempo turbó el mar que nuestra alegría.» Hasta aquí la carta; de ella se deduce, según Alegambe, que el P. Falcón y sus compañeros vieron realmente las ondas teñidas de color sanguíneo, y probándolas hallaron ser tan dulces como el néctar; también que contemplaron los martirios dichos. Nosotros ni damos crédito ni se lo quitamos á la narración da Alegambe, fundada en la carta del P. Falcón, y que muestra laudable afecto á los siervos de Dios que, yendo al Brasil para divulgar la palabra del Señor, murieron en el Océano á manos de los herejes; ya darán su juicio las autoridades competentes en representación del Sumo Pontífice. Es notable que el P. Viana regresara á América con el mismo traje que se embarcó tres años antes en Buenos Aires y sin ninguna mancha, siendo tan negligente en lo que se refería á su persona como diligente en vestir á los demás á expensas del rey Católico. Quinientos escudos llevaba para tan largo viaje al salir de América, y al regreso aportó muchas cosas con destino á las iglesias y bienestar de los misioneros; ni una aguja se reservó de todas ellas y las entregó al Provincial, quien si experimentó gozo al verlas, aún más con la presencia de tantos religiosos notables. Antes que éstos se dispersaran, pareció conveniente, en prueba de gratitud, llevar á nuestra iglesia los donativos del cardenal Federico Borromeo, que eran: un elegante relicario con fragmentos de vísceras de San Carlos Borromeo; la estatua del santo, hecha por un famoso escultor; varios cuadros, pintados por artistas italianos; veinte cálices con baño de oro; dos mil rosarios y otros objetos. El cardenal Borromeo escribió al P. Torres diciéndole que hacía tales regalos á fin de facilitar la propagación del cristianismo y del culto á la Virgen y á San Carlos. Sacamos estas cosas de la iglesia de los dominicos solemnemente, con el concurso de la población, que dió muestras de regocijo, y las colocamos en la nuestra. Acabada la ceremonia, el P. Pedro Hortensio Zabelloni pronunció un discurso en latín, alabando los méritos de San Carlos Borromeo, y se mostró admirable. A continuación se abrieron las cartas del rey Católico, siempre benigno con nosotros; ordenaba en ellas que los religiosos idos á expensas del Erario público fuesen, llevados desde el puerto de Buenos Aires á los pueblos de indios á costa del Tesoro; por mar y tierra nos acompañaba la protección del monarca.


CAPÍTULO XX

DE LOS COLEGIOS Y RESIDENCIAS QUE HABÍA EN LAS CIUDADES DE ESPAÑOLES

El Provincial dispuso que fueran á las regiones de los indios algunos Padres, cuya expedición costeaba el monarca, y él marchó con los restantes por medio de una vasta llanura de ciento veinte leguas de extensión, con dirección á Córdoba, donde estaba el Noviciado. Y como el General manifestase deseos de que el Noviciado y el Colegio estuvieran separados, estableció el primero en el Seminario de San Francisco Javier, cuyos religiosos, por falta de recursos, lo habían abandonado. La provincia adquirió más brillo cuando el P. Oñate, con autorización del P. General, elevó á la categoría de Colegios las residencias de la Concepción y Mendoza en el reino de Chile; de San Miguel en el Tucumán, y de Santa Fe en Buenos Aires. De manera que la nueva provincia contaba con nueve Colegios y con varias residencias de misioneros, más numerosos que antes, y la actividad de éstos crecía poco á poco. Buscaba el Provincial la ocasión de extender el influjo de la Compañía, ya entre los españoles, ya entre los indios; sin tardar la tuvo cuando fué dado á los jesuitas establecerse en Esteco y en el valle de Calchaquí. Esteco es una pequeña población de españoles muy útil para los que van desde el Perú al Río de la Plata por el Tucumán y el Paraguay, y habría prosperado más que otras poblaciones á no ser por lo insalubre del clima, cálido y húmedo á la vez. Tanto los españoles como los indios que vivían en su jurisdicción estaban desprovistos de todo auxilio espiritual. Marcharon allí los PP. Francisco Gómez y Juan Darío; dieron misiones por espacio de algunos días, y por su mediación logró el Provincial que las autoridades revocasen un decreto que habían expedido prohibiendo el establecimiento de Ordenes religiosas y solicitasen la presencia de la Compañía, á la que donaron cantidades en metálico y posesiones. El P. Diego de Torres fundó una residencia con cinco jesuitas, y la protegió cuanto pudo. Los Padres de Chile, una vez que trabajaron por aumentar la piedad en la capital del reino, visitaron los valles de San Martín, Quillota, Puenque, Picoé y Melipulli, y aunque se conducían laudablemente, sus enemigos no cesaban de ponerles obstáculos, y principalmente al P. Luis Valdivia, Rector de las residencias australes, cual si el defender con su autoridad, elocuencia y santidad á los indios indefensos fuera un crimen. No tengo noticias de lo que en este año se hizo en Chiloé y Arauco; debió ser poco más ó menos lo que en el pasado.


CAPÍTULO XXI

MUERTE DEL P. DIEGO GONZÁLEZ HOLGUÍN.

Este religioso, primer compañero que tuvo el P. Diego de Torres, fundador de la provincia del Paraguay, falleció en Mendoza al medio mes de ser nombrado Rector del Colegio. Nació en Cáceres, ciudad de España. Se distinguió en el Perú por sus conocimientos teológicos, su pericia en las lenguas americanas, sus claras virtudes, su elocuencia y lo bien que gobernó varios Colegios. Después que anduvo por algunos países procurando la salvación de los indios, ya anciano fué al Paraguay y llevó á cabo lo que en su lugar hemos contado. En la Asunción desempeñó el cargo de Comisario del Santo Oficio, y su rigor le atrajo el odio de muchas personas, tanto, que un sacerdote secular lo quiso matar cuando se hallaba postrado en el lecho; el cielo evitó el asesinato iluminando la mente del criminal. Aunque era hombre inocentísimo, mancharon su nombre con feas calumnias. Escribe Alegambe que en cuarenta y seis años ningún pecado mortal cometió, testimonio evidente de que cumplió dignamente su oficio y refutación de las falsedades contra él inventadas. Todos los días empleaba tres horas en la meditación. Compuso varios escritos: de ellos publicó la Gramática y Diccionario del idioma quichua, hablado en el Perú. Conservó la virginidad hasta el fin de la vida, la que perdió en medio de horribles dolores para subir al Paraíso. Su cadáver permaneció incorrupto bastantes días, con el rostro hermoso y que parecía vivo, señales de la pureza que guardó. Los misioneros de Mendoza salieron á los vecinos pueblos de indios y recogieron abundante mies; cuán grande sería el número de los bautizados se deduce de que en toda la provincia de Cuyo no había sacerdotes, excepto los nuestros, que conocieran la lengua del país. Mayor cosecha se recolectó en el valle de Calchaquí.


CAPÍTULO XXII

ESTABLECE LA COMPAÑIA DOS RESIDENCIAS EN EL VALLE DE CALCHAQUÍ.

Extiéndese el valle de Calchaquí de Sur á Norte; tiene treinta leguas de longitud; su anchura es pequeña; lo circundan los montes de Chile, que se hallan hacia los confines del Perú; en sus dos puntos extremos se alzan Londres y Salta, poblaciones de escasa importancia. Consta que sus habitantes obedecieron en tiempos pasados á los reyes Incas, y aún persevera en sus ánimos el afecto á éstos. Sábese que hay en el valle minas de ricos metales; pero se ignora su yacimiento, pues los calchaquíes, considerando el oro como ocasión de males, lo ocultan. Algunas veces de noche se ve un animal con inmenso resplandor en la cabeza, lo cual se atribuye por muchos al brillo de los carbunclos; mas semejante alimaña no ha podido ser cogida ni viva ni muerta, porque con sus irradiaciones extravía los ojos y manos de los perseguidores. Los calchaquíes, desde que entraron los españoles en el Tucumán, se mantuvieron rebeldes y se defendieron con pertinacia; las mismas mujeres, llevando tizones encendidos en las manos, animaban a sus maridos, les obligaban volver al combate si acaso huían, y cuando no tenían esperanza de triunfar se arrojaban desde las altas rocas antes que caer en poder de los enemigos, ó se mataban con espadas que llevaban. Estos indios fueron pacificados por el P. Bárcena en otro tiempo; sin embargo, de cuando en cuando reanudaban á su antojo las hostilidades, ya abiertamente, ya con subterfugios. En los intervalos de paz, los misioneros, y especialmente los PP. Juan Darío y Horacio Morelli, pretendieron catequizarlos en varias entradas que hicieron con más gloria que provecho. No lográndose nada con tales excursiones, se creyó vencer los obstinados ánimos de los calchaquíes con la catequesis continua, y á lo menos poner un freno á gente tan levantisca. Así, en aquel año, luego que el P. Diego de Torres consiguió del virrey del Perú seiscientos escudos de oro para sustento de los religiosos, estableció en el valle dos residencias de la Compañía. A ellas fueron enviados los PP. Cristóbal de Torres y Antonio Macero, españoles; Horacio Morelli y Juan Bautista Sansoni, italianos, con facultades concedidas por el obispo del Tucumán y el gobernador de esta provincia para ordenar la nueva sociedad, fundar pueblos y construir iglesias. Los calchaquíes se conformaban con el establecimiento de la Compañía, sin que esto lo hicieran por amor á la religión, sino porque diezmados en las guerras pasadas, se veían incapacitados de luchar con los españoles, y buscaban un buen pretexto para retirarse de la contienda. Cuando llegaron los jesuitas, salieron á su encuentro los hombres más principales, ofreciéndose á trabajar en la edificación de casas y en otras tareas; lleváronlos después por los campos vecinos, y en paraje conveniente construyeron con diligencia un templo y chozas al lado, fabricadas de paja y barro. La residencia fue consagrada á San Carlos Borromeo, en gracia del cardenal Federico. Pasado algún tiempo, el P. Cristóbal de Torres, que iba al frente de los misioneros, dejó dos en el pueblo, y él, en compañía de otro, penetró en el interior del valle, y con aprobación de los calchaquíes fundó una capilla dedicada á la Virgen María. Los jesuitas visitaron todo el valle en continuas excursiones, poniendo sumo empeño en la propagación del Evangelio si bien con escaso fruto, pues á ello se oponía la pertinacia de los indios en sus antiguas costumbres, de las cuales hablaré, ya que esto entra en el plan de mi libro.


CAPÍTULO XXIII

COSTUMBRES DE LOS CALCHAQUÍES.

Opinaron algunos que éstos tenían igual origen que los judíos, porque al entrar los españoles en el valle encontraron que muchos indios se llamaban David y Salomón, y decían los ancianos que sus antepasados solían circuncidarse. Es verdad que ciertas costumbres de los calchaquíes recuerdan las judáicas, como son casarse los hermanos con sus cuñadas viudas y el traje talar sujeto con un ceñidor. Tal sospecha toma mayor fuerza con las afirmaciones del P. José Acosta y otros autores, quienes creen que los americanos descienden de los israelitas. Lo cierto es que los calchaquíes, al igual de los hebreos, son gente supersticiosa. Adoran árboles adornados con plumas, de manera que se puede decir de esta gente lo que de la sinagoga: oh, mujer, te arrodillabas debajo de todo árbol frondoso. Consideran al sol como el dios más importante, y al trueno y al relámpago como divinidades menores. Los sepulcros son montones de piedras, y con éstos honran á los muertos, cosa también judía. Veneran á los magos famosos, que hacen de médicos y sacerdotes, y viven en capillas apartadas donde consultan al demonio, ó cuando menos fingen consultarlo. El cargo del sacerdocio consiste en enseñar á los que lo desean ritos nefandos. Los iniciados se ensayan con frecuentes borracheras, y en ellas se ponen tan feroces y lúbricos cual es de esperar de hombres dados á la continua embriaguez. Apenas se calientan con el vino, se acometen unos á otros en venganza de las pasadas injurias y se disparan saetas á la cabeza; en tales combates es indecoroso huir el golpe ó apartarlo con la mano, y honroso recibir heridas, derramar sangre y quedar con cicatrices en la cara, En medio de las comilonas, los sacerdotes, hablando mucho, consagran al sol la cabeza de una cierva cubierta de flechas, pidiéndole que dé fertilidad á los campos; luego la entregan á un hechicero y éste recibe el cargo de presidir el próximo banquete. Los principales del pueblo celebran de continuo semejantes festines turbulentos. Los magos untan con la sangre de los animales sacrificados á los circunstantes. Pero nunca los calchaquíes deliran tanto como en los funerales. Acuden á la casa del moribundo los parientes y amigos, y mientras dura la enfermedad beben de día y de noche y rodean la cama del paciente con flechas clavadas en el suelo á fin de que la muerte no se atreva á penetrar. Apenas ha espirado el doliente, se lamentan á voces. Colocan cerca del cadáver todo género de manjares y vino, encienden lumbre en el hogar y queman, en vez de incienso, ciertas hojas. Para conmover á la multitud, hombres y mujeres enseñan las ropas del finado, mientras otros danzan y saltan alrededor del muerto, al cual ofrecen alimentos, y viendo que no los prueba, se los comen. Pasados ocho días en semejantes locuras, entierran el cadáver en una fosa con varios vestidos regalados por los amigos; luego incendian la casa del difunto para que no vuelva á entrar la muerte. Un año dura el luto, y en el aniversario repiten las ceremonias referidas; el traje de duelo es negro. Creen que ninguno acaba sus días naturalmente, sino por violencia; error que les induce á la suspicacia y á luchas continuas. El demonio siembra la cizaña esparciendo tales disparates por medio de los magos. Suponen que las almas de los muertos se convierten en estrellas, que son más ó menos brillantes, según aquéllos en el mundo fueron de insignes por sus proezas. En los días festivos se adornan la cabeza con plumas de colores. Llevan larga cabellera que llega á la cintura, y separada en trenzas la colocan sobre la cabeza en forma de moño. En el antebrazo se ponen anillos y láminas de plata con objeto de manejar facilmente el arco y como ornamento del cuerpo. Los principales ciñen la frente con una diadema de plata ú oro. A los muchachos está prohibido el acceso á las mujeres hasta que los hechiceros les libran de tal abstinencia con ritos abominables. Las doncellas visten telas pintadas de colores, y las que no lo son, lisas. Los calchaquíes, divididos en facciones, viven en luchas continuas. Las mujeres gozan de grande autoridad para separar los combatientes; aquellos hombres incultos conceden todo á quienes les dieron de mamar. Contábanse treinta mil almas en el campo y en las poblaciones muchísimas, si bien acerca de este punto no están conformes los que visitaron el valle. Todos convienen en que los calchaquíes son tan prontos en recibir la fe católica como en olvidarla sin causa alguna; de cuantos antes fueron bautizados ninguno se conducía como cristiano; juntamente con los gentiles, vivían según las antiguas costumbres; por lo cual, acordaron los Padres no bautizar á nadie sino in artículo mortis, ó cuando estuviera probada su constancia durante varios años. A los niños los bautizaban con mayor facilidad. Era preciso, antes que introducir las leyes del cristianismo, desterrar las inveteradas supersticiones. Los misioneros trabajaban sin descanso y menospreciando la vida; echaban á tierra los ídolos, y condenaban severamente los ritos de los funerales, que prohibían en absoluto cuando se trataba de personas bautizadas; además hacían lo posible para disipar la creencia en que muchos estaban de que en nada pecaban, y por consiguiente les era innecesaria la Confesión. A pesar de todo esto, el fruto no correspondió al trabajo en aquella tierra perversa, y únicamente se consolaron los religiosos pensando que los niños cristianos muertos aumentaban el número de los bienaventurados, y que ellos, con su presencia, evitaban la sublevación contra los españoles y las guerras civiles. Cuán meritoria y apostólica fuese esta entrada, se deduce de que en dos años los Padres de las dos residencias no probaron manjares europeos, sino los acostumbrados en el país, contentos con la suavidad de las cosas celestiales. El rey de España nos dió además de campanas y ropas sagradas una renta anual; la caridad del monarca se extendía hasta los más apartados rincones del Nuevo Mundo.


CAPÍTULO XXIV

EL P. ROQUE GONZÁLEZ EXPLORA POR VEZ PRIMERA LA REGIÓN SUPERIOR DEL PARANÁ.

Ordenó el Provincial Pedro Oñate que se hiciera una excursión por ambas orillas del Paraná con objeto de ver qué lugares eran más á propósito para fundar pueblos, qué gentes vivían allí y al mismo tiempo cuál era el ánimo de éstas. Desde el salto del Guairá á Itapúa hay muchos días de camino, y ni por tierra ni por agua lo había hasta entonces recorrido ningún europeo, pues el país estaba poblado por indios bárbaros y apóstatas fugitivos del Paraguay, rebeldes siempre. Resolvió el P. González internarse en esta comarca; mas los neófitos se negaron á prestarle auxilios de toda especie por los peligros que ofrecía tal empresa. «¿Por qué, le decían, con tal apresuramiento nos destinas á la matanza? ¿Dónde vas con los ojos cerrados? Sean tus conductores los que desean verte morir, pues nosotros, que te amamos sobremanera, jamás aplicaremos las manos al remo, ni te daremos víveres ni embarcación. Esto nos lo impide la perfidia de los hechiceros, la perversidad de los apóstatas y el odio que los indios profesan al nombre español. No deben ser llamados díscolos aquéllos que no obedecen á sus dueños teniendo en cuenta el bien de éstos.» Pero el P. González afirmó resueltamente que llevaría á cabo sus intentos sin temor á la muerte, que le sería agradable recibir por Cristo; y llamando á otros neófitos de lejanas tierras en número de ciento, súbditos de los franciscanos, les prometió muchas cosas; mas luego que llegaran se negaron á ir con el P. González, aterrados por lo que decían los de Itapúa. Así estaban las cosas, cuando á excitación del P. Diego Boroa se presentó en Itapúa Arapizandu, cacique de San Ignacio muy respetado en el Paraná, llevando consigo doce de sus clientes, y dijo que deseaba á todo trance favorecer la predicación del Evangelio, aun á riesgo de su vida. Movidos por tal ejemplo, se unieron al P. González doce itapuanos; éste se embarcó luego con tan exigua comitiva. Al segundo día experimentaron un grande terror, cuya causa expone en estas palabras el P. González en carta dirigida al P. Francisco del Valle: «Diez leguas habíamos recorrido, y mis compañeros, asustados, resolvieron volverse; los gentiles, con alaridos, bocinas y fogatas, se avisaban mutuamente de nuestra llegada; pero yo decía: si Dios está con nosotros, ¿qué mal nos puede venir? Hágase la voluntad del Señor; espero que Éste nos protegerá; vos ayudadnos con fervientes oraciones.» En medio de aquel tumulto llegaron á la aldea de Tabaca (4), quien había congregado y armado los pueblos vecinos; enteróse de á qué iba el P. González, y cuando lo supo le mandó soberbiamente retroceder. El misionero contestó con fortaleza: «No he venido para huir ignominiosamente; iré donde Dios y mis Superiores quieren, sin que lo impidan el miedo, de los peligros ni tu cólera; soy ministro del Omnipotente y cumpliré con mi deber.» Interrumpióle un sobrino de Tabaca, mago famoso, intimándole lo mismo que su tío. Arapizandu, temiendo que las cosas fueran más allá, interpuso su autoridad, y con aire de mando pidió que dejaran proseguir su viaje al P. González, hombre que procuraba el bien de todos y á nadie hacía mal alguno. Consiguiólo, y nuestro misionero pudo explorar las dos orillas del Paraná, no sin exponerse á graves riegos, pues llegó en cierta ocasión donde estaban muchos indios armados de saetas y macanas, y pintados los cuerpos según era costumbre en el país; capitaneábanlos tres apóstatas, de los cuales el más atrevido, cuando el P. González les empezó á predicar la excelencia del cristianismo, le interrumpió diciendo: «Cállate, sacerdote; no molestes con cosas que cien veces te he oído; vete á otra parte con tus fabulosas doctrinas; soy zorro viejo y no caeré en tus lazos; conozco muy bien las mañas que tenéis los jesuitas; recorréis los bosques, ríos y cuevas con pretexto de enseñarnos la religión, y en realidad para sujetarnos al yugo de los españoles.» Después, vuelto á los suyos, prosiguió de esta manera: «Si queréis soportar las ergástulas, la miseria, la esclavitud de vuestros hijos y otras mil calamidades, seguid á este sacerdote; mas si deseáis ser libres, venid conmigo.» Se disponía á continuar; pero el P. González, con rostro severo y como conocedor de los indios, dijo: «¡Oh, infame apóstata, qué disparates profieres! Renunciaste al demonio y te has entregado á él de nuevo; abandonaste la fe de Cristo para contaminarte con las corruptelas de los gentiles, perdiéndote juntamente con ellos. ¿Cuál es tu locura al oponerte con las armas de tus satélites á la cruz que llevo en la mano, siempre vencedora? Deja á un lado tu orgullo, hombre de tinieblas, y permite que en nombre del Sumo Pontífice y del rey de España anuncie el Evangelio. No os predico falsas divinidades, sino un Señor creador del cielo y de la tierra, uno en esencia y trino en personas, y á su hijo Cristo, nacido de una Virgen y muerto por redimirnos.» Después, con suma elocuencia, explicó los misterios de nuestra religión, de tal manera, que los indios se conmovieron y se mostraron más dóciles que antes. Sin embargo, como Cuaracipucú, que era un jefe de los bárbaros, empezara á disputar con el Padre González, éste, receloso de aquellos hombres groseros que estaban armados, prosiguió su expedición río abajo, y recibió las felicitaciones de sus amigos por haber salido ileso de tantos peligros y vuelto sin novedad al punto de partida.


CAPÍTULO XXV

RECORRE EL P. GONZÁLEZ LA PARTE INFERIOR DEL PARANÁ.

Pasado un mes volvió á Itapúa el P. González, y alegró con su presencia al P. Francisco del Valle, quien lleno de cuidado por la suerte del primero y sus compañeros, ofrecía por ellos la Misa con frecuencia. Hiciéronse famosos los neófitos de Itapúa y San Ignacio al haber expuesto su vida por el Evangelio, y no menos Arapizandu, cuya anterior inconstancia quedó olvidada. De la expedición se obtuvo el fruto que era de esperar: conocer las tierras que baña el Paraná en su curso superior, y el estado de las gentes que allí moraban; vióse claramente que éstas no se hallaban todavía en disposición de recibir el cristianismo, siendo preciso colmarlas de beneficios antes de intentar establecerlas en pueblos. No pudiendo estar ociosa un momento la caridad ardiente del P. González, con escasa comitiva marchó á los pueblos de gentiles situados en la parte inferior del Paraná, y consiguió que muchos se trasladasen á Yaguapúa para ser instruídos en nuestra religión. Reprimió el espíritu belicoso de los españoles, resueltos á llevar las armas contra los habitantes del Paraná, y valiéndose del parentesco que le unía al gobernador D. Hernando Arias, le aconsejó que se abstuviera de irritar el ánimo de los indios, á quienes sin derramamiento de sangre vencería la cruz algún día. Protegió á los caciques Tabacambi y Ararepa, con la esperanza de que ayudarían á fundar pueblos. Cuando el P. Lorenzana visitó el Paraná en nombre del Provincial, quedó admirado viendo lo cercana que estaba la conversión de aquellos indios. El P. González encomendó al P. Boroa que enseñase la lengua del país al P. Claudio Ruyer, natural de Borgoña, destinado á ser columna del Paraná y trabajó lo que es indecible en establecer las reducciones de Itapúa y Yaguapúa, plazas fuertes desde donde había de hacer la guerra al paganismo.


CAPÍTULO XXVI

EXPEDICION QUE SE HIZO AL PAÍS DE LOS TUCUTÍES EN EL GUAIRÁ.

Notable fué la entrada que llevó á cabo el P. Cataldino en la región de los bárbaros tucutíes. Estos, por el miedo de ser reducidos á servidumbre, habían abandonado sus pueblos y escondídose en lugares apartados, custodiando solícitamente todos los caminos que conducían á ellos por las selvas. No sin razón hacían todo lo dicho, pues los perseguidores de los indios trataban de esclavizarlos. El P. Cataldino envió delante algunos neófitos para explorar la voluntad de los tucutíes, y luego penetró con pocos compañeros por bosques espesos. A los quince días de caminar entre maleza halló un centinela, quien le condujo á un lugar que constaba de doscientas familias; los indios se irritaron al verlo, pero les habló con tal eficacia, que á no ser por la oposición del cacique todos se hubieran puesto bajo su dirección. Entonces envió á éste una cruz de tres codos de alta, la cual solía llevar como estandarte, rogándole que recibida aquella prenda de benevolencia, se dignase hablar con él. Vino el cacique y desistió de su actitud, á pesar de la rabia de un hechicero, con lo cual noventa indios acataron la autoridad del Padre Cataldino. No hubiera sido cosa difícil reducir allí gentiles bastantes para fundar una población, mas faltaban sacerdotes. Ya era, sin embargo, mucho lo conseguido; pero el espíritu infernal sugirió al hechicero mencionado la idea de matar al misionero, y persuadió esto á una turba de hombres facinerosos; el P. Cataldino pudo evitar el peligro y captarse las simpatías de todos; á fin de no correr otros riesgos, aceleró la marcha de los nuevamente sometidos. Mientras se hallaban de camino, una partida de brasileños devastaba el Guairá; el cielo protegió á los indios; un tigre acometió al general de los esclavistas, y le arrancó la piel de la cabeza; los demás ladrones se pusieron en fuga. Pudieron, finalmente, nuestro religioso y los reducidos llegar felizmente al término de su viaje.

FIN DEL TOMO SEGUNDO DE ESTA HISTORIA


NOTAS DEL TRADUCTOR

3- Arará es el nombre que da á este cacique Francisco Xarque en su Vida del P. Cataldino, cap. VII.– (N. del T.)

4- Tubaca es el nombre que da á este cacique Francisco Xarque, en su Vida, del P. Cataldino. – (N. del T.)

 

 


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