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NICOLÁS DEL TECHO


  HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY LA COMPAÑÍA DE JESÚS - III (NICOLÁS DEL TECHO)


HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY  LA COMPAÑÍA DE JESÚS - III (NICOLÁS DEL TECHO)

HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Volumen III

Autor: NICOLÁS DEL TECHO

 

Editorial: A. de Uribe y Compañía

Año: 1897

 

Versión digital:

 BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

 

TOMO TERCERO

(Tomo III) LIBRO SEXTO (115 kb.)

(Tomo III) LIBRO SÉPTIMO (139 kb.)

(Tomno III)LIBRO OCTAVO (135 kb.)


CONTENIDO DEL TOMO TERCERO

(Tomo III) LIBRO SEXTO (115 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Lo que hicieron los Padres en varias regiones del Tucumán.
CAPÍTULO II. – De lo que acontecía en el reino de Chile.
CAPÍTULO III.– De algunos hechos que ocurrieron en el Guairá.
CAPÍTULO IV.– De la predicación del Apóstol Santo Tomás en la América meridional.
CAPÍTULO V.– De la primera Comunión de los neófitos.
CAPÍTULO VI.– Egregias virtudes de que estaban adornados los neófitos.
CAPÍTULO VII.– El P. Luis Valdivia lleva á cabo muchas cosas memorables.
CAPÍTULO VIII.– Misiones de la Compañía en las islas de Chiloé.
CAPÍTULO IX.– Costumbres de los chonos y de los huiliches.
CAPÍTULO X.– Los PP. Melchor Vanegas y Mateo Esteban navegan á las islas de los chonos.
CAPÍTULO XI.– Refiérense varias cosas que sucedieron en el Paraná.
CAPÍTULO XII.– Establécese la Compañía en Yaguapúa.
CAPÍTULO XIII.– Descripción de la provincia del Uruguay; su descubrimiento.
CAPÍTULO XIV.– El P. Roque González penetra en la provincia del Uruguay.
CAPÍTULO XV.– El P. Roque González funda la reducción llamada la Concepción.
CAPÍTULO XVI.– De lo que hizo el P. Gabriel Perlino (año 1620).
CAPÍTULO XVII.– Nárranse brevemente varios sucesos acaecidos en algunos Colegios.
CAPÍTULO XVIII.– Lo que hicieron los jesuitas en el valle de Calchaquí.
CAPÍTULO XIX.– El caudillo de los guaicurúes recibe el Bautismo.
CAPÍTULO XX.– De lo que llevaron á cabo los Padres en el Guairá.
CAPÍTULO XXI.– El P. Luis Valdivia se embarca par a Europa.
CAPÍTULO XXII.– Vejaciones y trabajos que sufrieron los jesuitas de Chile.
CAPÍTULO XXIII.– Cuestiones que hubo con motivo del Bautismo de los negros.
CAPÍTULO XXIV.– De lo que ocurría en el reino de Chile.
CAPÍTULO XXV.– De algunos sucesos del Paraná.
CAPÍTULO XXVI.– Obstáculos que impidieron la exploración del río Uruguay (año 1622).
CAPÍTULO XXVII.– Fl P. Roque González procura, aunque en vano, fundar una población en el Uruguay.
CAPÍTULO XXVIII.– Fúndase la reducción de Corpus Christi.
CAPÍTULO XXIX.– Trata el P. Cataldino de fundar una reducción en el Guairá.
CAPÍTULO XXX.– De la procuración del Padre Francisco Vázquez Trujillo.
CAPÍTULO XXXI.– Estado de la provincia.

(Tomo III) LIBRO SÉPTIMO (139 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Varios hechos que tuvieron lugar al comenzar el P. Nicolás Durán su cargo de Provincial.
CAPÍTULO II.– Vida y muerte del P. Juan Viana.
CAPÍTULO III.– Fiestas que hubo con motivo de la canonización de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier.
CAPÍTULO IV.– De varias cosas acontecidas en el reino de Chile.
CAPÍTULO V.– Vida y costumbres del Padre Melchor Vanegas.
CAPÍTULO VI.– De lo que hicieron los jesuitas en las islas de Chiloé.
CAPÍTULO VII.– Entrada que se hizo á los indios yaros.
CAPÍTULO VIII.– Son evangelizados los guaicurúes.
CAPÍTULO IX.– Lo que hacían en el Paraná los misioneros.
CAPÍTULO X.– De la Virgen que había en la reducción de Loreto.
CAPÍTULO XI.– Vida y muerte del P. Juan Vaseo.
CAPÍTULO XII.– Fundación del pueblo de San Francisco Javier en el país de los itirambetas.
CAPÍTULO XIII.– Siete compañeros del Padre Ruiz de Montoya son asesinados en el país de los tayaobas.
CAPÍTULO XIV.– De otras cosas que sucedieron en el Guairá.
CAPÍTULO XV.– Fundación de un Colegio en la Rioja; lo que sucedía en el Tucumán (año 1624).
CAPÍTULO XVI.– Entrada que se hizo á los indios de Cuyo y muerte del P. Domingo González.
CAPÍTULO XVII.– Funda la Compañía el pueblo de Acaray.
CAPÍTULO XVIII.– Desaparecen algunos obstáculos que se oponían á la predicación del Evangelio en el Uruguay (año 1625).
CAPÍTULO XIX.– Vida y muerte del mago Juan Cuará.
CAPÍTULO XX.– Vida y muerte del P. Tomás Filds.
CAPÍTULO XXI.– Fúndase el pueblo de San José en el país de los tucutíes del Guairá.
CAPÍTULO XXII.– Del camino que descubrió el P. Antonio Ruiz y del aumento que tuvo el pueblo de San Javier.
CAPÍTULO XXIII.– Fundación del pueblo de la Encarnación en el Guairá.
CAPÍTULO XXIV.– Peligra en varios sitios del Guairá la existencia de los jesuitas.
CAPÍTULO XXV.– Es separado el reino de Chile de la provincia del Paraguay.
CAPÍTULO XXVI.– Primeros años del Padre Juan Romero; su noviciado, navegación á las Indias y primeros trabajos en el Perú.
CAPÍTULO XXVII.– Lo que hizo en varios lugares dé América y siendo Procurador en Roma.
CAPÍTULO XXVIII.– Otras buenas obras y virtudes del P. Juan Romero.
CAPÍTULO XXIX.– Celébrase una Congregación provincial; el P. Gaspar Sobrino se embarca para España.
CAPÍTULO XXX.– Fundación de Iguazúa.
CAPÍTULO XXXI.– Fundación de San Nicolás en el Uruguay, con la tribu de los piratines.
CAPÍTULO XXXII.– El P. Roque González explora la parte inferior del Uruguay.
CAPÍTULO XXXIII.– EI P. Nicolás Durán visita el Guairá.
CAPÍTULO XXIV.– El P. Nicolás Durán recorre el Guairá.
CAPÍTULO XXXV.– El P. Nicolás Durán visita el Paraná.
CAPÍTULO XXXVI.– A pesar de varios tumultos acaecidos en el Uruguay, la Compañía funda dos poblaciones.
CAPÍTULO XXXVII.– De las cosas que sucedieron en el Yapeyú.

(Tomo III) LIBRO OCTAVO (135 kb.)

CAPÍTULO PRIMERO.– Ultimos años del Padre Diego de Torres.
CAPÍTULO II.– El P. Roque González echa los cimientos de un pueblo cerca del Ibicuí.
CAPÍTULO III.– Los bárbaros turban la paz en la Purificación.
CAPÍTULO IV.– Fundación de la Candelaria, que antes se llamaba reducción de Caasapaminí.
CAPÍTULO V.– De lo que sucedía entre los de Iguazúa.
CAPÍTULO VI.– Muere el P. Miguel de Sotomayor.
CAPÍTULO VII.– Cosas extraordinarias que sucedieron en la Asunción.
CAPÍTULO VIII.– Fundación de San Pablo en el Guairá.
CAPÍTULO IX.– Echanse los cimientos de una población en los dominios de Tayaoba.
CAPÍTULO X.– El nuevo pueblo es devastado por la guerra.
CAPÍTULO XI.– Ceremonias de los antropófagos al inmolar sus cautivos.
CAPÍTULO XII.– Fundación del pueblo de los Arcángeles en el país de Tayaoba.
CAPÍTULO XIII.– Frústrase la expedición á los pueblos del campo.
CAPÍTULO XIV.– De otras cosas acontecidas en el Guairá.
CAPÍTULO XV.– Expedición al Chaco.
CAPÍTULO XVI.– De la procuración del Padre Gaspar Sobrino.
CAPÍTULO XVII.– Peligro que corrieron los misioneros nuevamente idos.
CAPÍTULO XVIII.– Del P. Gaspar Sobrino.
CAPÍTULO XIX.– Reconcílianse con la religión cristiana los indios del Caró y Livi.
CAPÍTULO XX.– El P. Roque González funda el pueblo de la Asunción en el país de Livi.
CAPÍTULO XXI.– Fúndase en Caró la reducción de los Santos.
CAPÍTULO XXII.– Los indios conspiran contra los misioneros.
CAPÍTULO XXIII.– Martirio de los PP. Roque González y Alonso Rodríguez.
CAPÍTULO XXIV.– Lo que sucedió después de esto.
CAPÍTULO XXV.– El corazón del P. González habla milagrosamente.
CAPÍTULO XXVI.– Recóbranse los cadáveres de los misioneros.
CAPÍTULO XXVII.– Los indios del Caró intentan matar al P. Romero.
CAPÍTULO XXVIII.– Martirio del P. Castillo.
CAPÍTULO XXIX.– Lo que hizo Niezú después del martirio del P. Castillo.
CAPÍTULO XXX.– Los indios corren á Piratini para asesinar los misioneros.
CAPÍTULO XXXI. – Castigo que recibieron los de Livi.
CAPÍTULO XXXII.– Son castigados los indios del Caró.
CAPÍTULO XXXIII.– Son puestos en salvo los restos mortales de los misioneros asesinados.
CAPÍTULO XXXIV.– Vida y virtudes del P. Roque González.
CAPÍTULO XXXV. – Vida del P. Alonso Rodríguez.
CAPÍTULO XXXVI.– Virtudes del P. Juan del Castillo.
CAPÍTULO XXXVII.– Predican los misioneros á los gualachíes y se funda en el país de éstos el pueblo de la Concepción.
CAPÍTULO XXXVIII.– Procúrase la conversión de Guiraverá.
CAPÍTULO XXXIX. – Invasión de los mamelUCOS.
CAPÍTULO XL.– Fundación de los pueblos de San Miguel y San Antonio.
CAPÍTULO XLI.– Fúndase la reducción de Santo Tomás.
CAPÍTULO XLII.– Altérase el orden en Buenos Aires.
CAPÍTULO XLIII.– Vida del P. Nicolás Durán Mastrilli.



LIBRO SEXTO


CAPÍTULO PRIMERO

LO QUE HICIERON LOS PADRES EN VARIAS REGIONES DEL TUCUMÁN.

En el año 1618 tornó del Perú el P. Diego de Torres, donde había ido para proporcionarse dineros; trajo ocho mil escudos y ayudó á los Colegios de Córdoba y Esteco y residencias entre los indios, con cuanto pudo. Dejó luego el rectorado de Córdoba, cuando hacía treinta y dos años que lo tenía; el tiempo de ocio que le concedió el Padre General lo empleó con alegría en ser útil á todos. El Padre Juan Viana fué llamado para reemplazarle; á la sazón se encontraba en una misión, donde administró el Bautismo y otros Sacramentos á innumerables personas. En Córdoba el P. Blas Gutiérrez, enfermero del Colegio, renovó los ejemplos de Santa Catalina de Sena y de San Francisco Javier: cierto religioso tenía un tumor tan pestilente, que todos se apartaban con asco; mas el P. Gutiérrez aplicó la boca á la llaga y sorbió la podre, y admirándose los presentes, dijo que la había hallado dulce cual la miel; animado con este heróico hecho, lamió un cáncer rebelde á todos los auxilios de la medicina que padecía un negro del Obispo. Los misioneros visitaban las cercanías de Córdoba, purificando las úlceras gangrenadas de las conciencias, con fruto tanto mayor cuanto el espíritu está sobre el cuerpo. En el valle de Calchaquí intentaban curar los males de aquella gente perdida, y aunque los indios, á imitación de los dementes, huían del médico, lograron que bastantes ingresaran en el seno de la Iglesia. Visitando los pueblos calchaquíes hallaron un templo nuevo consagrado al sol y teatro de fanáticos banquetes; lo quemaron, pero á duras penas se libraron del furor de los bárbaros. En Esteco dos españoles se disputaban el amor de cierta mujer; encontráronse la mañana de un domingo: el uno iba á Misa y el otro á su quinta para matar un tigre caído en las trampas, y ambos porfiaban por ir juntos á sus sitios respectivos; separáronse finalmente, y el que iba en busca del tigre cayó donde éste se hallaba, y murió despedazado por haber despreciado la Misa; el rival quedó salvo. Cuando supo el caso una mujercilla de vida poco honesta, confesó sus culpas á los pies de un sacerdote. En el campo de Jujuí un solo religioso bautizó doscientas cincuenta personas; los de varios Colegios hicieron frecuentes excursiones en este añoy el siguiente á tierras inmensas de gentiles.


CAPÍTULO II

DE LO QUE ACONTECÍA EN EL REINO DE CHILE.

Los PP. Andrés Agrícola, alemán, y Cristóbal Deodato, recién llegados de Europa, daban muestras de su celo apostólico recorriendo con felicidad los valles de Uco, Caurúay Gliacor y convirtiendo á Cristo muchos idólatras. Para que tan continuas faenas fueran más fructuosas, la Audiencia de Chile, ejemplo de piedad, dispuso por un decreto que quienes obligasen á sus indios á servir en lo interior del reino pasados los montes, perdiesen el dominio sobre ellos. Corrió la noticia de que los jesuitas eran autores de tal resolución,y fueron motejados de condescendientes en extremo con los indios; pero los misioneros se mostraron más pacientes en sufrir las injurias propias que las ajenas, y antepusieron la salvación de los infieles y la obediencia al Senado á evitar la murmuración. No menós trabajaban los religiosos en Arauco para domeñar la voluntad de aquellos hombres obstinados. El número de almas arrebatadas al demonio puede colegirse de una carta escrita al. P. Luis Valdivia por otro Padre de Chile; decía éste en ella que tenía los brazos cansados de bautizar. En las islas no encuentro que se hicieran cristianas más de ciento cincuenta personas aquel año. En la capital de Chile hubo menester paciencia; algunos malévolos esparcieron torpísimos libelos contra los jesuitas, y especialmente contra el P. Valdivia, acérrimo defensor de los diplomas regios y de la libertad de los indios. Dichos libelos fueron enviados por no sé qué fraile con mala intención al Consejo de Indias; pero la calumnia, por razón de su misma enormidad, se volvió en perjuicio de sus autores; el Obispo dió testimonio de nuestra inocencia y condenó á los falsarios. Por entonces fué célebre el ingreso de Alonso Ovalle en la Compañía. Este, descendiente de gente noble y rica, se distinguía aún más por la suavidad de costumbres, y en varias ocasiones manifestó al Provincial deseos de entrar en nuestra Orden. Sus parientes, con objeto de frustrar tales propósitos, lo sacaron de nuestras escuelas, le obligaron á juntarse con jóvenes de la misma edad y le buscavon novia acaudalala; á fin de torcer su vocación emplearon caricias, amenazasy el miedo; lo pusieron en ocasiones de amores ilícitos, y le ofrecieron trajes preciosos. Además, le prohibieron ir á nuestro Colegio y hablar con nosotros. ¿Pero qué obstáculos detendrán al que Dios llama! Celebrábase en la ciudad de Santiago la fiesta de la Inmaculada Concepción con públicas ostentaciones, y Alonso fué mandado cabalgar en un corcel, magníficamente ataviado; iba con él su hermano menor espiándole; después que hubieron recorrido toda la ciudad, Alonso con disimulo se dirigió hacia el Colegio de la Compañía, y apeándose, entró, á pesar de la oposición que le hizo el hermano recordándole los mandatos de su padre. Alonso dijo que no obraba sin premeditación, sino correspondiendo á la vocación divina. Sin tardanza vistió la sotana, cosa que había pedido al Provincial humildemente por espacio de medio año. Sus padres lo llevaron muy á mal, pues tenían puesta en él la esperanza de que representaría la familia. Furioso el padre, quiso entrar en el Colegio, y no lográndolo, rogó á la Audiencia que saliese Alonso de la Compañía, por la cual fuera seducido, y estuviera en el convento de los franciscanos donde meditase bien lo irreflexivo de sus determinaciones. Su madre, con lágrimas, intentó reducirlo; nada consiguió: entonces acudieron con igual fin sus parientes, amigos, los principales de la ciudad, y hasta los religiosos, poniéndole á la vista cuanto podía esperar de honores, dignidades y riquezas; escuchólos impertérrito, despreciando todo á imitación de Cristo. Seis días duraron estas tentaciones, plazo fijado por la Audiencia; un oidor, noticioso de la fortaleza del mancebo, fué á conversar con él, y no pudiéndole vencer, facultó á la Compañía para admitirlo. Es digno de mención el que en aquellos seis días el novicio no durmió de noche ni se quitó la ropa, temiendo que le pusieran otra; tampoco asistió al comedor de los franciscanos, por no mostrar en manera alguna que aceptaba otra Orden que la nuestra. Alonso fué constante toda su vida, gozó de buena fama y desempeñó elevados cargos. Murió en Lima el año 1654, después que tornó de Roma, donde estuvo como procurador de la provincia de Chile. A este ejemplo de fortaleza añadiré otro notable que dió el P. Baltasar Pliego: diciendo Misa en un oratorio privado, administró la Eucaristía á cierto indio gravemente enfermo, y éste vomitó íntegra la Hostia en vuelta en suciedades: el P. Pliego, lleno de Dios, sorbió el Cuerpo de Cristo y lo que con Él había; el cielo recompensó acción tan heróica; al momento comenzó á sentir delicias inefables y su nombre fué venerado por indios y españoles.


CAPÍTULO III

DE ALGUNOS HECHOS QUE OCURRIERON EN EL GUAIRÁ.

Una horrible peste devastó el Guairá, á cuyo mal se unió otro más grande, y fué el empeño que los mamelucos y habitantes de Villarica pusieron en reducir á servidumbre los desgraciados indios. Para oponerse á tales intentos, recorrió el P. Ruiz las selvas litorales del Paraná, y congregó muchos indígenas, gentiles en su mayor parte. Entre tanto llegaron felizmente de Europa los PP. Juan Vaseo, belga, y Diego Salazar, que era de Andalucía, ambos ordenados de Misa. El primero, que tenía no comunes conocimientos y práctica musicales, sacó notable fruto de los neófitos. El segundo, á fin de iniciarse en las misiones apostólicas, fué con el P. Ruiz para reducir algunos tránsfugas y los pocos del Pirapo que restaban dispersos; después de un penoso viaje, logró conducir a Loreto trescientas personas; ninguno del Pirapo quedó sin incorporarse á los neófitos. Construyéronse en las dos poblaciones del Guairá sólidos templos cubiertos de tejas. En la dedicación de la iglesia de Loreto ocurrió un hecho notable que presenciaron todos los fieles: mientras éstos se regocijaban por la noche, tres doncellas de celestial belleza salieron del templo lanzando vivísimos destellos, y á él tornaron con admiración general; nadie las vió en adelante: está por averiguar si eran ángeles, si almas de difuntos ó juego de los espíritus infernales. El P. Antonio Ruiz se valió de tal portento para inculcar el respeto debido á los edificios sagrados. Súpose que había entre los indios reducidos algunos encantadores, quienes enterraban huesos debajo de las camas en que dormían los neófitos, para hacerles perder la salud. Descubierto esto, se puso de manifiesto que lo mismo habían hecho en los confesonarios con objeto de quitar la vida á los misioneros; mas nada consiguieron, mostrando con ello su impotencia. Los hechiceros recibieron el justo castigo que merecían, y se convirtieron, al parecer, sinceramente. No dejaré sin referir los delirios de un famoso mago, el cual llegó procedente de la costa del Brasil acompañado de su mujer y de un esclavo, predicando por donde pasaba mil tonterías; cuando estuvo en Loreto, se presentó en público cubierto con una capa de plumas, sonando castañuelas hechas de cráneos de cabra y saltando locamente; afirmaba que él era verdadero señor de la muerte, de las mujeres y de las mieses; que todo estaba sujeto á su voluntad; que con su aliento podía aniquilar el mundo y volver á crearlo; que era un dios en tres personas, pues con su hálito había dado el sér al esclavo que tenía, y de ambos procedía la muchacha que llevaban, con la que se unían los dos carnalmente. Aterróse el vulgo sencillo con la presencia de aquel monstruo, y más cuando oyóle decir que á todos daría muerte. Delante del P. Cataldino tuvo la osadía de continuar en sus brincos y demás extravagancias, amenazando asfixiar con su respiración á los neófitos y misioneros. Lleno de cólera el P. Cataldino, ordenó á los circunstantes que echaran mano al mago y le dieran una buena tanda de azotes; éste, al poco tiempo, reconoció á voces que, lejos de ser Dios, era solamente un hombrecillo, cuyo aliento nada podía; sin embargo de tales retractaciones, continuaron los más robustos neófitos dándole azotes hasta el número de ciento, con gran regocijo de los niños. Castigósele de la misma manera otros dos días para que solemnemente abjurase de sus errores. La mujer y el siervo que iban con él quedaron en Loreto, y él fué desterrado de la provincia; pasado algún tiempo, se convirtió á nuestra fe, en lo cual mostró la providencia su inagotable misericordia. Por entonces recrudecióse la peste, temerosos de cuyo contagio huyeron á las selvas muchos neófitos y catecúmenos, posponiendo la salvación de las almas á la de los cuerpos, Los gentiles entre quienes se refugiaron, aprovecharon la ocasión para persuadirlos á que, abandonando definitivamente los pueblos, recuperasen la libertad que antes habían gozado, y manifestaban el odio que profesaban á los sacerdotes, diciendo que beberían con gusto en el cráneo de éstos. La enfermedad reinante atacó al P. Ruiz y á los neófitos que quedaron en la población; los cadáveres yacían insepultos por falta de enterradores. Tan luego como cedió la peste y convaleció el P. Ruiz, éste, con los restantes misioneros y los más celosos catecúmenos, escudriñaron los bosques y restituyeron al pueblo numerosos fugitivos. Ocurrió en cierta ocasión, cuando llevaban algunos de ellos en una barca, que se volcó ésta, y un niño que cayó al río flotó y pudo ser librado de muerte segura, para ser bañado en aguas más saludables. Cuando los religiosos hubieron congregado la grey dispersa, dedicaron su atención á la conversión de los gentiles, pues no pocos de éstos, con ocasión de la pestilencia, se habían trasladado á las poblaciones. El P. Salazar sacó bastante gente de las riberas del Paraná. Constantemente visitaban los neófitos los campos de los indios, para reducir sus habitantes; los que recorrían el país situado entre el Huibay y el Paraná se encontraron con hombres cuya ferocidad sobrepujaba á la de los bárbaros del Guairá; llevaban suspendidas de los labios agujereados tres ó cinco piedrecitas, vivían en rústicas casas, se alimentaban de caza y de raíces, y en vez de instrumentos de hierro, los usaban de piedra ó hueso enchufados en un palo. Ninguna palabra tenían para designar á Dios; su deidad única era el trueno. De estos indios condujeron los neófitos una vez setenta y tres al pueblo; pero acostumbrados á vivir en otro clima y á usar distintos alimentos, todos, excepto cuatro, murieron al año, recibiendo antes el Bautismo. Por entonces llegaron algunos colonos del Brasil dedicados á cazar indios, y contaron cómo habían penetrado, remontando el Marañón hasta remotos países, cuyos habitantes conservaban el recuerdo de Santo Tomás; añadían noticias curiosas de los ríos y tierras que aquéllos bañaban, las cuales pasaré en silencio. En aquel año, de los cinco mil saeteros que los PP. Cataldino y Mazeta vieron á orillas del Pirapo, del Parapaná y otros ríos, ninguno quedaba por bautizar; todos ellos, excepción hecha de los reducidos á cautiverio, fueron trasladados á dos pueblos, gracias á la diligencia de los misioneros.


CAPÍTULO IV

DE LA PREDICACION DEL APOSTOL SANTO TOMÁS EN LA AMÉRICA MERIDIONAL.

Cuando los PP. Mazeta y Cataldino concentraron en poblaciones los habitantes ribereños del Parapaná, oyeron decir al cacique Maracaná, muy respetado entre los suyos, que Santo Tomás, á quien los brasileños y guaraníes conocen con el nombre de Zume, había estado en otro tiempo en el Guairá y pronosticado que llegaría el día en que los indios fueran establecidos en pueblos por unos hombres que llevaban delante la cruz, lo cual se acababa de verificar con la fundación de San Ignacio y de Loreto. Siete años después, predicando el P. Cataldino entre los indios del Pirapo con otros religiosos, halló que en varias regiones del Guairá se conservaba el recuerdo de Santo Tomás. Da fe de esta tradición una carta del P. Manuel Nobrega, Visitador del Brasil, escrita en el año 1552; de ella copiamos el siguiente párrafo: «Tienen los habitantes del Brasil noticia de Santo Tomás, á quien llaman Zume; dicen que estuvo en su país y que aún hay vestigios del apóstol cerca de un río; para cerciorarme de esto, fuí á dicho punto y ví algunas impresiones á cuatro pies de altura, donde nunca llegan las aguas; su origen es debido á que el santo, perseguido por los bárbaros, dividió el río y pasó á pie enjuto; luego marchó á la India. Añaden que las saetas que le disparaban se volvían contra los agresores que las selvas le abrían paso; les prometió volver más adelante.» No se opone á tal relación lo que escribió el P. Orlandini en laHistoria de la Compañía. Los viajeros que van del Brasil al Guairá pueden ver todavía la senda de Santo Tomás por la que él anduvo; se conserva igual todo el año, sin más que las yerbas crecen algo difieren bastante de las que hay en el campo, ofreciendo el aspecto de una vía hecha con artificio; jamás la miran los misioneros del Guairá que no experimenten grande asombro. Además, cerca de la capital del Guairá hay elevados peñascos coronados de pequeñas planicies en las que se ven grabadas sobre la roca huellas humanas; los indígenas cuentan que desde allí solía el apóstol con frecuencia predicar al pueblo, que de todas partes acudía; refieren también que les enseñó el cultivo de la mandioca, de la que hacen una harina especial. D. Lorenzo Grado, obispo del Paraguay y más tarde del Cuzco, y D. Francisco de Alfaro, del Real Consejo, aseguran haber visto cosas iguales en el país de los miscas. Los peruanos hallaron un vestido inconsútil y hecho con material desconocido entre las cenizas de un bosque que se incendió; también un par de zapatos que despedían olor fragantísimo y una piedra que tenía impresos exóticos caracteres; añaden que aún se puede ver una senda por medio del cañaveral que hay en el lago Titicaca; según ellos, se debe atribuir todo esto al apóstol Santo Tomás, en vista de que los indios guardan su recuerdo. Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima, varón ilustre por sus virtudes, mandó construir una capilla sobre la roca en que están las huellas mencionadas; antes de que llegasen los españoles al Perú, Colla Tupa, maestro del inca Guarcaris, ordenó que se venerase dicha piedra. En Cachi se ven todavía peñascos calcinados por fuego del cielo que cayó cuando los indios quisieron matar un hombre que les anunciaba la ley de Dios, al cual tuvieron tal devoción algunos pueblos del Perú, que le reputaron hijo del Creador, y como á tal le prestaron culto. Es digna de mención la cruz carabucense. Carabuco es una aldea de neófitos, situada cerca del lago Titicaca; sabedor el P. Sarmiento de que en las orillas había enterrada una cruz, mandó cavar hasta que fué hallada; ésta alcanzó gran veneración por los muchos milagros que obró, siendo el mayor que, á imitación de la de Cristo, no disminuye su tamaño, por más que continuamente le arrancan pedacitos para fomentar la piedad do los fieles. Es tradición constante que dicha cruz fué erigida por Santo Tomás, desafiando la cólera de los demonios, quienes amenazaron con no dar oráculos mientras no fuera derribada, por cuya razón los indios la echaron al agua varias veces, sin que ninguna dejara de sobrenadar; intentaron después quemarla, pero en vano también; viendo que no la podían destruir, la enterraron en un hoyo profundo abierto en las márgenes del lago Titicaca. Aún se conservan señales de cuando la quisieron convertir en cenizas. Ni en el Perú ni en los países adyacentes se encuentra la madera de que está hecha: opina el P. Antonio Ruiz que procede del Brasil y fué llevada por Santo Tomás á través del Paraguay y del Guairá. Si alguno dice que esto no debió suceder así, en razón de que tres caballos apenas podrían llevar dicha cruz, oiga lo que dice el P. Osorio al afirmar que en Meliapur, donde se halla enterrado el apóstol, hay un tronco llevado por éste milagrosamente, y es tan grande que no podrían arrastrarlo muchos pares de bueyes ó de elefantes. Pero sea lo que quiera, es lo cierto que el Padre Diego de Torres envió partículas de la cruz de Carabuco, puestas en relicarios de oro, al Papa Clemente VIII y á varios Cardenales, y todos las recibieron con estimación, según consta por auténticos documentos. Si alguno pone en duda el que Santo Tomás estuviera en América, lea una carta del P. Nobrega, en la que demuestra cómo pudo acontecer sin milagro. Sé muy bien que en este particular se cuentan cosas que no merecen crédito. Consta, sí, que los apóstoles predicaron el Evangelio por todo el mundo; mas no está puesto en claro la región que cupo á cada uno de ellos. Por eso dije al principio que narraba, pero no afirmaba, pues al callarme hubiera en cierto modo combatido la opinión de graves personas, y al dar como cierto lo probable, me expondría á incurrir en inexactitudes.


CAPÍTULO V

DE LA PRIMERA COMUNIÓN DE LOS NEOFITOS.

Según he dicho en otra parte, no se daba en seguida la comunión á los indios convertidos, en atención á su rudeza é ignorancia de nuestra fe; también para que, siendo mayor su deseo de recibir el Cuerpo del Señor, se acercasen al altar con mayor fervor y reverencia. Por tales razones había ordenado el P. Oñate que hasta el séptimo año de la fundación de los pueblos no se diese á los neófitos la Eucaristía. Tan luego como corrió la voz de que iban á ser elegidos los más piadosos para que comulgaran, solicitaron muchos por escrito tan grande favor, y sabiendo que lo conseguirían únicamente los que estuviesen bien instruídos en nuestros misterios, iban por espacio de bastantes semanas á la iglesia para probar su instrucción ó aprender lo que ignoraban. Era de ver aquellos hombres principales de edad avanzada, quienes antes se avergonzaban de ir á la catequesis, mezclarse luego con los niños; en el campo, en las casas, en las encrucijadas, de día y de noche, se hablaba constantemente de la doctrina cristiana; ninguna cosa lamentaban los indios como no ser juzgados aptos para recibir el Señor. Cierta mujer de buenas costumbres á quien por no ser conocida se le negó la Eucaristía, concibió tal pesar, que cayó sin fuerzas en el templo, hasta que, logrados sus deseos, sintió reanimarse. Entre los neófitos habían acudido á la iglesia dos mujeres tan semejantes en el cuerpo como diferentes de espíritu: la una estaba dada al infame arte de la hechicería y era muy conocida en el país; la otra se distinguía por las virtudes que la adornaban: ésta rogó al Padre que estaba allí que la examinara de doctrina; mas aquél, confundiéndola con la maga, le respondió que no era bien dar á los perros el Pan de los ángeles, ni el manjar de la vida á mujeres acostumbradas á quitar la vida de los hombres con sus maleficios; después le ordenó que, puesta de rodillas, abjurase de los errores que profesaba, y confesase la fe católica. Aquella santa mujer hizo lo que se le mandaba. Reconoció su yerro el sacerdote muy luego, y le preguntó por qué había recibido tan resignadamente un castigo inmerecido; replicó la india que por muy duro que éste fuera lo aceptaría con gusto, creyendo ser una prueba á que la sujetaban para recibir el Cuerpo de Cristo. Hubo quien dos días antes de comulgar ayunó con tal rigor, que no bebió una gota de agua ni probó bocado alguno. No pocos se abstuvieron un día antes y otro después de los goces del matrimonio, para deleitarse con los abrazos del celestial Esposo. Otros se azotaron sin compasión durante la víspera; llevaban en los hombros cruces pesadísimas; estaban casi todo el día en el templo, y confesaban minuciosamente sus más pequeñas faltas. Algunos recobraron la salud tan luego como comulgaron. Hubo mujeres que, solicitadas con torpes amores, contestaron que de ninguna manera profanarían su cuerpo, santificado con el de Cristo. Cierto mozo llevaba una vida disipada, sin que los castigos ni las amenazas fueran capaces para que se enmendara; pero después que recibió la Eucaristía mostró tal fortaleza contra los halagos del vicio, que jamás se contaminó con éste y fué modelo de castidad.


CAPÍTULO VI

EGREGIAS VIRTUDES DE QUE ESTARAN ADORNADOS LOS NEÓFITOS.

Referiré cuáles eran las costumbres del neófito Piravi. Antes de recibir la fe tenia una sola mujer, con la que siguió viviendo después que recibió el Bautismo, casado con ella según la Iglesia ordena. Su vida era más laudable que la de sus compatriotas. Hablaba de las cosas divinas, y singularmente de su amor hacia Cristo, con tal penetración que admiraba á los mismos sacerdotes, Preguntado por éstos de cómo vivía, respondió:Tan luego que me despierto, puestos los ojos y el pensamiento en el cielo, hago actos de fe y me acuerdo de que Dios está presente en todas partes, y, por consiguiente, también en mi alma: esta consideración me produce una alegría inexplicable; acabadas las preces, que reza la familia conmigo, recomiendo á mis domésticos que no se olviden de Cristo crucificado. Delante de las cosas sagradas recuerdo con grande placer la presencia de Dios. Otro tanto hago en mis tareas agrícolas; así que, teniendo siempre al Señor ante los ojos, jamás me atrevo á ofenderle. Dice el Padre Antonio Ruiz que en este coloquio aprendió á representarse á Dios, dejando varios ejercicios de la imaginación con que antes atormentaba su alma. Memorable prueba de que el Señor guía los hombres, pues un indio rudo dió lecciones á un varón doctísimo en las verdades divinas. Halló escrito que Piravi ayudó no poco á los misioneros en su tarea de reducir á los indios.


CAPÍTULO VII

EL P. LUIS VALDIVIA LLEVA Á CABO MUCHAS COSAS MEMORABLES.

Después de recibir los Sacramentos, y con notable piedad, murió en Chile el gobernador D. Alonso de Ribera. Este, ya porque no se atreviese á contrariar los sentimientos del país, ó ya llevado de su carácter belicoso, se dejó llevar por el torrente sin meditar bien los males de la guerra y los daños que sufrían los indios con la servidumbre personal; por espacio de cinco años negó al P. Valdivia lo necesario para llevar á cabo las regias disposiciones. Mientras se le nombraba sucesor, el P. Valdivia, como Visitador que era en nombre del monarca, promulgó el decreto de Felipe III en favor de los indígenas y dió á muchos de ellos libertad. Luego preparóse á difundir el Evangelio, y luchando con varias dificultades, visitó los campos situados en las márgenes del río Biobío y predicó, juntamente con los jesuitas de Arauco y Buena Esperanza, con tal éxito, que en tres meses recibieron el Bautismo cuatro mil araucanos, conquista inapreciable si los conversos hubieran sido constantes en la fe. Pero los indios, entregados á los vicios y á las supersticiones, se mostraron tan dóciles en dejarse bautizar como rebeldes en adoptar las costumbres cristianas: más se trabajó en recoger la mies que en la simienza. El mayor obstáculo era la poligamia, pues los chilenos acostumbraban desde tiempos inmemoriales á tomar cuantas mujeres podían comprar, y se negaban á dejarlas por haberles costado grandes sumas. Además, el temor de perder la libertad si deponían su ferocidad y adquirían la mansedumbre cristiana; por último, el furor de Satanás y otras cosas les estorbaban recibir y conservar la verdad católica. Sin embargo, los jesuitas, con frecuentes entradas, procuraban que los cristianos no se sometieran de nuevo al yugo del diablo, y con ímprobo trabajo obtuvieron resultados felices, que lo eran más teniendo en cuenta la condición del país.


CAPÍTULO VIII

MISIONES DE LA COMPAÑÍA EN LAS ISLAS DE CHILOÉ.

En este Archipiélago trabajaban sin descanso el P. Melchor Vanegas, que era rector, y tres compañeros que tenía. Todos los años enviaba el gobernador de Chile una nave con dinero y provisiones para los soldados y religiosos, pues la generosidad del monarca llegaba hasta aquellos países remotos; en ningún otro tiempo se podía comunicar por cartas con los Padres, quienes cada dos ó tres años iban por turno al Colegio para dar cuenta de sus actos. En las islas había ochenta capillas, construídas en las aldeas del litoral; á éstas se dirigían por el mar los religiosos y permanecían en cada una seis ú ocho días, procurando el bien espiritual de los indios, á los cuales era tan grata la presencia de los Padres que, cuando éstos partían para otras aldeas, se lamentaban amargamente y les suplicaban que tornasen pronto. Si corría en alguna isla la noticia de que se acercaban, salían en caterva los indios de sus antros y selvas, ofreciendo sus hijos á fin de que los bautizasen, y ellos se confesaban. Si no se atrevían á salir por temor á vejaciones ó estar enfermos en el lecho, los misioneros, atravesando ásperas montañas y bosques espesos, sin reparar en fatigas, los buscaban llevados del celo de la salvación de las almas. Tan continuas fueron sus expediciones por mar y tierra, que en todo el Archipiélago de Chiloé quedaron pocas personas adultas sin recibir el Bautismo. Consta de cartas escritas por el Provincial al Padre General, que desde que entró la Compañía en las islas de Chiloé, ingresaron en la Iglesia nueve mil almas. No contentos los religiosos con tan fructuosos trabajos, penetraron en la región de los chonos y huiliches, última del Nuevo Mundo, de cuya empresa, verdaderamente apostólica y modelo, hablaré, exponiendo antes algunos sucesos que la precedieron.


CAPÍTULO IX

COSTUMBRES DE LOS CHONOS Y DE LOS HUILICHES.

Cuando el Provincial Diego de Torres dispuso que fueran á las islas dE Chiloé los Padres Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino, les ordenó que inquiriesen con diligencia los usos de los chonos y huiliches, habitadores de las tierras inmediatas al estrecho de Magallanes, y que si había esperanzas de convertirlos al cristianismo, procurasen á todo trance realizarlas. El cacique de los chonos, Delco, allanó el camino. Con objeto de comerciar solía ir á las islas de Chiloé, y tuvo ocasión de conocer el Evangelio entre los españoles; bautizóse, tomó el nombre de Pedro, y deseando que su hijo alcanzase igual beneficio, se presentó á los misioneros que residían en Chiloé y los llenó de gozo. Llevaba en cinco piraguas su familia y numerosa comitiva. Interrogado por los Padres acerca de las costumbres de los chonos y huiliches, después de saludos mutuos, valiéndose de un intérprete perito en el idioma de Chiloé, se expresó de esta manera: «Tres días de navegación dista de aquí Guata, primera isla del archipiélago de Chonos; se va á ella por medio de un mar siempre tempestuoso, aunque los chonos conocedores de los vientos no le tienen miedo; pero los extraños hallan incesantes peligros en los remolinos y olas. La gente vive, parte en el continente y parte en multitud de islas cercanas á la costa; ninguna de éstas cuenta más de tres ó cuatro familias; el suelo es pedregoso y estéril; apenas simiente alguna da fruto; los árboles son más tristes que los de Chiloé; los indígenas viven de pescados y otras cosas que arroja el mar; ayudados por sus mujeres, se lanzan al agua y salen con buen acopio de peces en canastillos pendientes del cuello; escasea el agua potable; beben aceite de lobos marinos, y no conocen género de vino; después que se hartan de dicho aceite y de peces, celebran sus bacanales con gesticulaciones propias de hombres borrachos, y llegan á dar muerte en semejantes festividades á sus mismos parientes; sin embargo de lo expuesto, en la isla de Guata se cría trigo turco, con el cual confeccionan una bebida. Los indios llevan el cabello teñido de rojo; la cara de color del acebuche; son de blanda condición. En las islas remotas hay perros velludos y con melenas, de cuyo pelo se hacen los chonos vestidos tan cortos que cubren el pecho y hombros solamente; tapan las partes vergonzosas con algas y hojas de plantas marinas endurecidas al sol.» Así habló Delco. Los huiliches, que viven cerca del estrecho de Magallanes, son aún más pobres y de peor carácter; su país cae debajo del grado cincuenta de latitud austral, y es frío en extremo; van completamente desnudos; sus casas, de forma cónica, están fabricadas con flexibles cortezas de árboles; nada comen guisado; se alimentan de peces y ostras; tienen la piel atezada, y sus cabellos erizados parecen de fieras, no de hombres. Son pocos, y dan la razón de ello diciendo que no se multiplican por la miseria del país y las invasiones enemigas, pues los huiliches son cazados por los chonos como bestias y reducidos á esclavitud ó vendidos en las islas de Chiloé; es verdad que en la servidumbre gozan de mejor suerte que en su patria. Cuando hablan parece que gruñen. Antes de que aprendan la lengua de Chiloé nada saben sino espantar las aves de los sembrados.

Valiéndose de intérprete, el P. Juan Bautista Ferrusino en dos días tradujo al idioma chono los diez mandamientos, las oraciones cristianas y el modo de aborrecer los pecados; los bárbaros quedaron admirados de esto. Delco pedía con vivas preces el Bautismo para su hijo, pero se le dilató porque no estaba suficientemente preparado en tan corto tiempo. Los chonos aprovecharon la bonanza y regresaron á su tierra; recibieron antes ciertos regalos, y partieron suplicando, aunque en vano, á los Padres con rostro y acento lastimeros que los acompañasen á las islas; unos y otros se separaron con inmenso dolor, si bien los chonos se consolaron algo con la promesa que les hizo el P. Melchor Vanegas de procurar su bienestar espiritual.


CAPÍTULO X

LOS PP. MELCHOR VANEGAS Y MATEO ESTEBAN NAVEGAN Á LAS ISLAS DE LOS CHONOS.

En los diez años siguientes nada se hizo de provecho sino evangelizar á los chonos y huiliches que á largos intervalos visitaban las islas de Chiloé. En el año de que hablamos, el P. Melchor Vanegas, infatigable y apostólico misionero del América austral, y su compañero el P. Mateo Esteban, sin temor á género alguno de peligros, se lanzaron á un mar para ellos desconocido, juzgando que con su viaje á las islas de los chonos dejarían un buen ejemplo á la posteridad; la barca en que iban estuvo á punto de sumergirse en medio de una fuerte borrasca que los hacía juguetes del viento; por fin, arribaron felizmente á la isla de Guata, donde Delco, sabedor de su llegada, imitando á los de Chiloé, había construído una capilla y reunido cuanta gente pudo, á fin de que recibiera el Bautismo. Pasaron después los misioneros al continente é islas próximas, hallando muchas personas sedientas de conocer la doctrina cristiana; no bautizaron más que doscientas doce, pues había espirado el plazo que sus superiores fijaron para la expedición; así que con gestos y palabras manifestaban que, á no estar sujetos á obediencia, con gusto pasarían toda la vida entre los chonos. Pero en verdad esto lo decían llevados de sus afectos, pues bien sabían que era imposible establecer residencia en un país tan áspero y de cielo tan inclemente. Viendo que los chonos moraban dispersos en muchas islillas, sin que fuera posible congregarlos ni visitarlos aisladamente, encomendaron el negocio al Señor, y se dispusieron, ya vueltos á Chiloé, á socorrer con todas sus fuerzas á los chonos y huiliches. Según documentos que he visto, los religiosos de Chiloé estuvieron otras veces en las tierras de los chonos y huiliches, en lo que se ve cómo el celo de aquéllos se extendía por todo el mundo.


CAPÍTULO XI

REFIÉRENSE VARIAS COSAS QUE SUCEDIERON EN EL PARANÁ.

Con motivo del hambre que hubo por entonces en este país, los neófitos de Itapúa y Yaguapúa se dispersaron, y tuvieron que trabajar lo indecible los PP. Roque González y Francisco de Vera para que volviesen á sus pueblos. Mas apenas habían logrado esto, cuando sobrevino otra calamidad, pues á consecuencia de los malos alimentos que los indios usaban se desarrolló la peste y postró á muchos en cama, incluso al P. Francisco del Valle; por manera que el P. González quedo solo para remediar tantos males, ímproba tarea que soportó gracias á su robustez y constancia de ánimo. Agregóse á estas desgracias la perfidia de los hechiceros, quienes pretendían convencer á los indios de que el Bautismo ocasionaba la muerte. Una mujer lavó á su hijo repetidas veces porque lo habían bautizado, como para quitarle una perjudicial mancha. Otra se opuso tan fuertemente á que un su niño fuera cristianado, que descargó un golpe con un leño sobre el P. González: felizmente no acertó á darle. Un hombre, por igual motivo, se arrojó contra este Padre, quien lo pasara mal á no ser por la mediación de cierta vieja. Todos los gentiles, cual atacados de rabioso frenesí, odiaban á los misioneros y les prohibían entrar en las casas; por fin se refugiaron en los bosques con sus hijos. No desmayó por esto dicho religioso, y así como los padres se oponen á que sus hijos dementes maltraten su cuerpo, él, despreciando todos los peligros, procuraba convencer á los indios de cuán importante es el Bautismo. Iba por los pueblos; recorría los campos, asilo de los fugitivos; otras veces enviaba en su lugar los más celosos neófitos; no desatendía un momento á los habitantes de Yaguapúa. Tal éxito obtuvo, que bautizó todos los moribundos que halló, excepto veinte hombres que se resistieron tenazmente. Luego que el P. Francisco del Valle se restableció de su enfermedad, el P. González navegó río abajo y visitó las riberas é islas por espacio de sesenta leguas, haciendo que muchos indios entraran en el seno de la Iglesia, Extendióse la epidemia por la región superior del río, é hizo grande mortandad; fallecieron muchos magos y adivinos, enemigos jurados de nuestra religión, como también los más feroces de los indios, cual si Dios quisiera remover los obstáculos que hallaba el Evangelio. La Compañía no pudo atender á los moribundos por la escasez de misioneros. Un indio hubo que, temeroso del infierno, tan luego que se sintió atacado de la enfermedad reinante, se puso á caballo en un leño que arrastraba el río, y así bogó hasta llegar á Itapúa, desde donde fué visto y llevado á la orilla; administróle el Bautismo el P. González, y murió al poco rato. Á fines de este año llegaron los PP. Tomás Ureña, Pedro Bosquier y Pedro Romero, todos ordenados de misa, para trabajar en la propagación del cristianismo. El Provincial Pedro de Oñate remontó el Paraná, y cumpliendo con su oficio visitó los nuevos pueblos; de acuerdo con los misioneros resolvió que la Compañía tuviera su asiento en Yaguapúa, y que á todo trance se explorase la región del Uruguay. De esta manera distribuyó los oficios entre los religiosos: el P. Diego Boroa quedó en Itapúa como Superior de los padres del Paraná y del Uruguay, y con él el P. Pedro Bosquier, belga; en San Ignacio, los PP. Ignacio Claudio Ruyer, borgoñón, y Francisco del Valle, andaluz; en Yaguapúa, los PP. Pedro Romero, sevillano, y Tomás Ureña, santanderino; de la expedición al Uruguay quedaba encargado el P. Roque González. Ausentóse el Provincial y el primer cuidado del P. Romero fué visitar las aldeas ribereñas del Paraná en unión con el P. González, para enterarse de qué pueblos había allí en disposición de recibir nuestra fe. Después de todo esto, el P. González hizo los tres votos de la Compañía, y deseándole sus compañeros mil felicidades, partió para el Uruguay; el P. Romero se dirigió á Yaguapúa.


CAPÍTULO XII

ESTABLÉCESE LA COMPAÑÍA EN YAGUAPÚA.

Yaguapúa, que apenas tenía de población más que el nombre, solamente contaba cuatrocientas almas después de la peste. Había, sin embargo, la esperanza de aumentarlas en adelante con los indios que se redujeran en los bosques próximos ó lejanos y en las islas. Los moradores de Yaguapúa eran gentiles; pero consiguieron los misioneros que abandonaran las concubinas y los errores del paganismo para abrazar la religión católica; bautizáronlos, y para que con mayor comodidad pudiesen asistir á las funciones sagradas, les construyeron una iglesia. Ganada ya la voluntad de los indios, el P. Romero, dejando allí al Padre Ureña, fué á los sitios en que moraban los idólatras para procurar su conversión. No lejos del nuevo pueblo hallábase Maracaná, aldea poco visitada, parte de cuyos habitantes, á excitación de los jesuitas, se unieron con los de Yaguapúa; los demás continuaron pertinaces en resistirse á lo mismo; no pocos de éstos, aconsejados por un tránsfuga, deseando mayor libertad, huyeron á lejanas tierras. hacia el origen del río; siguiólos el P. Romero, y después de caminar cerca de cien leguas, logró traerlos á Yaguapúa. Cuando volvía entró de nuevo por Maracaná, y trabajó con tal ardor que le siguieron bastantes de los más rebeldes. Aún quedaban doscientos gentiles, quienes se habían escondido en lugares pantanosos y abruptos peñascales; el P. Romero penetró en estos sitios, unas veces con el agua á la cintura, otras escalando pendientes rocas; tuvo la suerte de convencerlos para que se estableciesen en Yaguapúa. Entonces fijó el Padre Romero su atención en un pueblo cercano á la laguna. Contaban los indios que á la llegada de los españoles las riberas de la laguna estaban pobladas por inmenso gentío, el cual en su mayor parte había perecido por las enfermedades locales. Fué allí el P. Romero, y les manifestó que juntamente con los bienes de la salud, alcanzarían otros mayores si le seguían. Apererá, cacique de aquellos indios, le dijo en tono de broma: «Si Dios, como dices, está presente en todas partes, puede continuar dispensándonos sus beneficios en este paraje.» Como añadiese el misionero otras muchas cosas tocantes á la excelencia de nuestra religión y al distinto fin que tienen los buenos y los malos, tropezó siempre con la sofistería de dicho indio, así que nada consiguió; quedóle la satisfacción de haber arrojado una semilla que fructificaría en algún tiempo. No se equivocó al pensar esto, pues más adelante los indígenas ribereños fueron felizmente convertidos á Cristo. En medio del Paraná hay una isla que tendrá de circuito diez y ocho leguas; sus costas están formadas por peñascos cortados verticalmente, de manera que es inaccesible, excepto por donde el río forma remolinos peligrosos; antes era el refugio de los indios que se oponían á los españoles, por lo cual sus moradores, además de su innata ferocidad, conservaban cierto espíritu belicoso. A ella se dirigió el P. Romero, desafiando toda ciase de obstáculos; á punto estuvo de naufragar; salvóle la protección del Apóstol San Pablo. Llegado á la isla, convenció al cacique Araria y á otros cien indios de cuán útil les sería convertirse á la fe católica y establecerse en Yaguapúa, como en efecto lo hicieron. Finalmente, recogida toda la población diseminada por los campos y aumentada con ella la de dicha reducción, se dedicó, en unión de su compañero, á inculcar a los indios los principios de la civilización. Para conseguir esto, no se desdeñaban ambos de ejercer los más viles oficios, y así enseñaban la agricultura, como también tejer telas y la carpintería. Con mayor cariño se entregaron á las cosas espirituales, logrando instruir á los gentiles en los principios de nuestra religión y bautizar á todos. No les faltaron disgustos: un neófito perezoso faltaba siempre á la misa en los días festivos; el P. Romero le amonestó cariñosamente, y sacándolo de su casa lo llevaba delante á la iglesia; irritado un cacique al ver semejante espectáculo, dió al misionero una tremenda bofetada; mas éste, dando ejemplo de paciencia cristiana, se arrodilló y puso la otra mejilla, considerándose feliz al padecer por Cristo. Al momento el agresor se dolió de la falta que había cometido, y postrado en tierra pidió perdón humildemente al Padre, quien lo concedió de buen grado. Ahora contaré lo que hizo el P. Roque González en el Uruguay, país en que estoy desde hace veinte años ocupado en la seducción de los indios.


CAPÍTULO XIII

DESCRIPCIÓN DE LA PROVINCIA DEL URUGUAY:

SU DESCUBRIMIENTO

El caudaloso río Uruguay nace en el Brasil de una pequeña fuente, y por mucho espacio arrastra pocas aguas, hasta que, alimentado con torrentes y afluentes de importancia, cuando iguala, si no supera, al Paraguay, desemboca en el Plata, más arriba de Buenos Aires, pierde su nombre y va á morir en el Océano. Cuando sale del Brasil corre en dirección al mar algún tanto; luego tuerce y camina paralelo al Paraná y al Plata, si bien con menos majestad que éstos; aunque lleva gran caudal de agua, no pueden navegar por él embarcaciones de regular calado, á causa de los escollos y peñascos; en invierno se desborda con las lluvias torrenciales, traspasa las más altas orillas, y tiene el aspecto de un mar tempestuoso. Desde su origen corre por espacio de doscientas leguas encajonado entre rocas y espesos bosques, con fuerte ruido, hasta que sale á las llanuras. Las selvas que atraviesa en nada se diferencian de las del Paraná, como tampoco los monos, tigres y loros que las pueblan; antes había en los campos avestruces, leones y varias especies de cabras y de ciervos; mas ahora, donde quiera que verdean los pastos vagan numerosos rebaños de bueyes, de modo que unos animales han desterrado á otros en estas regiones todavía poco exploradas. La provincia del Uruguay toma su nombre del río que la atraviesa. Sus límites son: al Oriente, el Brasil y el Océano Atlántico; al Occidente, el Paraná; al mediodía, el Guairá y Buenos Aires; háblanse en ella variedad de lenguas; entre sus habitantes descuellan los guaraníes por su aptitud para iniciarse en la civilización y los dogmas cristianos. Tengo por averiguado que quien primeramente visitó este país fué un tal Ramón, enviado por Sebastián Gaboto con una nave de Liorna para explorar el Uruguay; trabó pelea con los charrúas, gente ferocísima, y fué muerto con la mayor parte de sus compañeros en el año 1526. En el de 1557 el gobernador Martínez de Irala envió ciento veinte españoles para que fundasen una población no lejos de la desembocadura del río; mas tantas fueron las incursiones de los bárbaros, que al año tuvieron precisión de abandonarla. Cuando se embarcaron en el Uruguay les sucedió cierta desgracia: un día salieron de las naves á la orilla para comer; de repente se hundió y abrió el suelo, de manera que un gran terraplén cayó al río y también los que estaban encima; pero no fué esto solo: la embarcación empezó á fluctuar llevada por las olas, y tanto, que el mástil tocó el fondo del río; al fin salvóse la nave; una mujer, después de haber estado cien codos debajo del agua, salió con felicidad. En el año 1610, el gobernador D. Hernando Arias penetró en el Uruguay con alguna tropa de españoles; pero aterrado por lo que oía contar de los indios, volvió sin hacer cosa de provecho, desesperando de poder sujetar á los bárbaros, y con harto sentimiento de ello, pues el país era tan vasto como fértil, los ríos caudalosos y los pastos abundantes. La cruz había de conseguir lo que no pudieron las armas; el P. Roque González fué quien preparó el camino para la conquista de aquella región.


CAPÍTULO XIV

EL P. ROQUE GONZÁLEZ PENETRA EN LA PROVINCIA DEL URUGUAY.

Mientras los PP. Roque González y Diego Boroa propagaban el Evangelio en el Paraná, algunos uruguayos, amantes de la religión cristiana, habían acudido á Itapúa, población recientemente fundada, con pretexto de comerciar, y trabado amistad con los misioneros, por los cuales fueron agasajados; así que los religiosos concibieron halagüeñas esperanzas. Un obstáculo había y era la escasez de misioneros; al fin el P. Oñate destinó al Padre González para la conquista espiritual del Uruguay. Este religioso, después que imploró el favor divino, acompañado de reducido número de celosos neófitos, salió del Paraná y caminó por lugares ásperos, hasta que llegó al río Aracutain, afluente del Uruguay; allí le esperaban muchos bárbaros, noticiosos de su ida por aviso de los exploradores, armados de arcos y macanas, y completamente desnudos; le ordenaron imperiosamente que se volviera, si no quería perecer; mas el P. González, sin temor de la muerte, dijo que no había de retroceder, pues esto le era prohibido al misionero apostólico. Después comenzó á explicar los misterios de nuestra religión, con tal elocuencia, que los indios moderaron su altanería y se retiraron á sus aldeas sin intentar nada malo. Una vez disuelto el grupo de uruguayos, los neófitos concibieron grande temor de que tornasen pronto contra ellos, por lo cual rogaban al P. González que diese la orden de retirada. En efecto, éste mandó que todos volvieran á sus casas, excepción hecha de dos muchachos, modelos de abnegación, que se quedaron con él para ayudarle en el sacrificio de la Misa, y con éstos pernoctó en un bosquecillo. Al día siguiente celebró el santo sacrificio en un altar portátil, rogando al Señor por la salvación de los uruguayos. Sus preces fueron oídas, pues al poco tiempo se le presentó Cuaracipú, cacique noble, prometiéndole su favor y protección. Hizo más el indio, porque persuadió á varios caciques para que acudiesen un día, á fin de escuchar las predicaciones del misionero, quien delante de numeroso auditorio explicó las causas de su ida; Nieza, poderoso cacique de los uruguayos, le invitó á hospedarse en su aldea, la cual distaba solamente dos leguas del río. Hízolo así el p González, y habiendo reunido un gentío inmenso, colocó en la orilla del Uruguay una cruz de gran tamaño, la que adoró; después enseñó a los indios cuánta veneración debían tener al árbol de la redención, y cómo les era conveniente soportar el dulce yugo de Cristo; para dar ejemplo se quitó el bonete, y puesto de rodillas besó la cruz; todos los circunstantes, conmovidos, manifestaron deseos de profesar la religión católica.


CAPÍTULO XV

EL P. ROQUE GONZÁLEZ FUNDA LA REDUCCIÓN LLAMADA LA CONCEPCIÓN.

Tomada posesión de país tan extenso en Nombre de Cristo y del rey Católico, el Padre González determinó en seguida echar los cimientos de una población. Hay cierto paraje denominado Ibitiracua, distante una legua del río; allí concurrieron muchos caciques; el Padre González celebró Misa en una iglesia provisional y acordó llamar al nuevo pueblo La Concepción por ser esta fiesta aquel día, como al primero del Paraná le llamara La Anunciación, pues él estaba convencido de que la Virgen era la que conseguía tantas victorias. Con el favor celestial y la industria del P. González empezaron á concurrir indios de todas partes para fijar su residencia en La Concepción. En esto anunciaron al P. González, quien se hallaba recorriendo las aldeas indias, que los bárbaros de la otra ribera habían quemado la cruz que erigiera en Ibitiracua y se preparaban al asalto del pueblo, pues estaban enojados con el cacique Nieza por la buena acogida que le dispensó; también, que los habitantes de la parte superior del Uruguay pensaban hacer la guerra por igual motivo. Nieza había puesto sobre las armas sus amigos y vasallos en defensa propia y del P. González. Éste conocía bien cuán inferiores eran las fuerzas de Nieza comparadas con las de sus enemigos, por lo cual se decidió á exponer su vida antes que poner en peligro la de sus defensores; pasó el Uruguay y se presentó en la aldea donde moraba el caudillo de los incendiarios y principal instigador del tumulto, cuyo ánimo aplacó haciéndole varios regalos y hablándole con elocuencia; obtuvo promesa de que no se rebelaría. Partió luego para los pueblos que estaban río arriba, sin comitiva alguna, y halló que sus moradores, llenos de miedo, estaban refugiados en escondrijos. Regresó á La Concepción y dedicóse al aumento y bienestar de la población, destinada en lo futuro á ser capital de la provincia del Uruguay. Indecibles son los triunfos que alcanzó en ésta la Compañía de Jesús; allí convirtió innumerables gentiles, fundó muchas villas, se ilustró con no pocos mártires, y exploró vastas regiones, dando materia para escribir historias memorables. Por espacio de siete años hubo que trabajar bastante en el Uruguay, á causa de los rumores insidiosos que esparcían los indios idólatras, afirmando que el P. Roque González era solamente emisario de los españoles, y que disfrazaba su cometido con el pretexto de la religión cristiana, cuando en realidad nada más procuraba que reducir los uruguayos á servidumbre.


CAPÍTULO XVI

DE LO QUE HIZO EL P. GABRIEL PERLINO (AÑO 1620).

En el año 1620 las regiones del Río de la Plata y del Paraguay, que obedecían á un solo gobernador y un solo Obispo, fueron divididas en dos provincias separadas por el Paraná. Nombróse Obispo del Paraguay á D. Tomás de Torres, de la Universidad de Lovaina, y gobernador á D. Manuel Frías; Obispo de la Plata á Carranza y gobernador á D. Diego Góngora. En el puerto de Buenos Aires se originaron funestas excisiones, y queriendo reconciliar ambos partidos el P. Gabriel Perlino, Rector de nuestro Colegio, se vió envuelto en ellas. Contaré el asunto en breves palabras. D. Diego de Góngora y Navarro, caballero del hábito de Santiago fué nombrado gobernador de la Plata; al embarcarse en Lisboa, á excitación de los portugueses, hizo introducir en su nave mercancías para que otros las vendiesen por su cuenta, cosa que está prohibida por disposiciones reales; mas como las autoridades disimulan en esto y suelen hacerlo muchos con objeto de sufragar los gastos de tan larga navegación, á nadie se le seguía perjuicio. Súpolo el Consejo de Madrid, y envió á Buenos Aires un D. Fulano Melón, con potestad judicial para que investigase lo que decían del gobernador. Llegó Melón á dicha ciudad, y encontró que toda ella favorecía al gobernador y buscaba los medios de que él fuera expulsado. En esto Melón ofendió públicamente á los jesuitas del Colegio, y los amigos del gobernador, aprovechando la ocasión, procuraron que el P. Gabriel Perlino nombrase un juez conservador que defendiera la Compañía; así encubrían el odio público con la capa de nuestra utilidad. El Rector, hombre sencillo, sin meditar bastante lo que le proponían, hizo una cosa imprudente sin el consentimiento del Provincial; eligió contra Melón un juez conservador, el cual, movido por los secuaces del gobernador, dictó sentencia desfavorable para aquél y le obligó á embarcarse con rumbo á España. Noticioso de esto el Real Consejo, celoso de su autoridad, echó toda la culpa de lo sucedido al P. Perlino, y en cartas escritas con dureza solicitó del Padre General que lo castigase. Asintió el P. Vitelleschi y dispuso que el P. Perlino

fuese incapacitado de emitir los cuatro votos,cosa que tenía ya merecida, y de conseguir en adelante cualquier dignidad. Aplacóse con esto el Consejo, el cual, procurando el castigo de los demás sediciosos, ordenó que un oidor fuese desde el Perú á Buenos Aires y penara severamente á los reos de lesa autoridad. Este impuso multas por valor de ochenta mil ducados de oro. Así perdimos el todo por cuidar demasiado solícitamente de la parte. El P. Perlino, varón de reconocida virtud, cumplió sumiso la pena; tornó á la provincia de Lima, de donde había ido, y en Lima se consagró al ejercicio de obras caritativas, instruyendo á los negros, visitando los enfermos, doctrinando á los ignorantes, macerando su cuerpo y orando continuamente. Tuvo un hermano llamado Francisco, hábil rector de varios Colegios y elocuente predicador, y otro por nombre Juan, muy conocido en las Academias de ambos mundos; pero el P. Gabriel en nada fué menos que éstos; lo que perdió una vez por su ligereza, lo recuperó con su modestia, que la antepuso á todo, y con su constancia; siendo de espíritu levantado, el castigo le sirvió de acicate para adquirir méritos, en lo que se echa de ver cómo los mismos errores son provechosos, si reparando en ellos nos levantamos á cosas más elevadas.


CAPÍTULO XVII

NÁRRANSE BREVEMENTE VARIOS SUCESOS ACAECIDOS EN ALGUNOS COLEGIOS.

EN la ciudad de Buenos Aires y en Santa Fe se originaron perniciosas discordias, graves por el pernicioso ejemplo que ofrecían a las demás poblaciones; pero los ciudadanos, en su mayor parte, gracias á la intervención de la Compañía, se dieron las manos y olvidaron sus litigios. En la Asunción tuvieron un pique el Rector de nuestro Colegio y el Obispo. Un clérigo beneficiado entró en la Compañía, y al momento el Prelado confirió el beneficio á otra persona, no obstante las reclamaciones que presentó el P. Marcelo Lorenzana en favor del novicio, alegando las Bulas pontificias tocantes al particular. Irritóse el Obispo, y hablando en cierta ocasión con el P. Marcelo, de un puñetazo rompió los cristales deun armario, y echó fuera del palacio al religioso; éste lo saludó reverentemente al despedirse, y discurrió el medio de congraciarse con él: apenas volvió al Colegio, buscó cristales diáfanos en extremo, elegantes y muy apreciados en aquel país, y se los envió con un jesuita, rogándole que los aceptase en lugar de los quebrados. Con esto logró aplacar el ánimo del Prelado, quien vió más claro en el negocio, si bien poco después tornó á cerrar los ojos. Mejor curó de la vista un hombre que, estando en nuestra iglesia de la Asunción delante del Santísimo Sacramento expuesto, se corrigió de la lujuria, y fué modelo de virtud en adelante. En la congregación que se celebró en la ciudad de Córdoba fué elegido, por voto de muchos, Procurador de la provincia el P. Francisco Vázquez Trujillo, con objeto de que llevase de Europa misioneros auxiliares, pues los que había se hallaban ocupados en los Colegios, y harían falta más para las futuras expediciones. En Esteco, el Obispo del Tucumán consagró nuestra iglesia con grande concurso de gente, y los religiosos bautizaron muchísimos indios. En la jurisdicción de dicha ciudad ocurrió un hecho memorable. Un español deshonesto vivía públicamente en concubinato, y ni las exhortaciones de los Padres ni los terrores del cielo lograban que se enmendara, hallándose cierto día en el campo rodeado de indios, salió un tigre de los bosques y lo cogió con las garras; lo hirió gravemente, y gracias presentes no pereció. Y es de notar que los tigres, por su naturaleza, se lanzan sobre los animales viles, dejando los más nobles: si encuentra un jinete con un perro, primero acomete á éste, luego al caballo, y últimamente al hombre. Entre las personas elige con preferencia al indio, después al negro, y en último caso al blanco. Hasta en los españoles distingue de condición: prefiere el mestizo al que tiene más sangre americana. Discierne á la maravilla la raza de cada mortal. En aquella ocasión el tigre olvidó sus aficiones: sacó de en medio de los indios al europeo lascivo, y dejó ilesos á éstos. El cielo, con tal prodigio, quiso indicar que quien se revuelca en el lodo de la impureza con más suciedad que el mulo y caballo, que no tienen inteligencia, pierde las prerrogativas que deba á su sangre. He procurado saber la causa de que el tigre prefiera carnes de animales viles, y me inclino á creer que es por gustar de sangre espesa, y que por el olfato conoce cuáles la tienen más.


CAPÍTULO XVIII

LO QUE HICIERON LOS JESUITAS EN EL VALLE DE CALCHAQUÍ.

Distinguióse allí el P. Cristóbal de Torres, quien procurando reconciliar los dos bandos enemigos, estuvo á punto de morir á manos del cacique que movió la guerra; su defensa consistió en ponerse de rodillas y mostrar el pecho abierto al agresor, fortaleza que desarmó á éste y fué ocasión de la paz. No pasaré en silencio la abnegación delP. Juan Sansoni, quien con ser de carácter pusilánime, obedeciendo á impulso divino, se lanzó á caballo en medio de los indios que asaltaban los pueblos amigos de los españoles, y cercado de una nube de saetas, corriendo de aquí para allá, puso en fuga á los adversarios llenos de terror, cuando ya rodeaban la población, cual nuevo Sansón. En aquel combate murió el cacique de los chuchagastas; los invasores confesaron haber sido detenidos por el valor de un hombre que defendía los habitantes de la nueva reducción. Entre tantas turbulencias, los cuatro jesuitas de las dos residencias, amenazados de mil peligros y oyendo de continuo el furor de los indios alborotados, vivían con la tranquilidad que proporcionan el desprecio de la muerte, la perpetua familiaridad con Dios y la sed de trabajos. Por la dureza del suelo recogían poca mies; se limitaron á bautizar algunos niños y adultos, sacándolos de las garras del demonio y consagrándolos á Cristo.


CAPÍTULO XIX

EL CAUDILLO DE LOS GUAICURÚES RECIBE EL BAUTISMO.

Residían entre los guaicurúes los PP. Antonio Moranta y José Oreghi, quienes procuraban á toda costa fomentar la piedad en aquella feroz gente, á lo que se oponía el ánimo levantisco de los indios, su lascivia y el amor de una salvaje independencia: por tales causas fueron muy pocos los que se convirtieron. Logró, sin embargo, el P. José Oreghi que Martín, cacique principal de los guaicurúes, quien profesaba un vivo afecto á la Compañía, recibiera el Bautismo in articulo mortis. Mas aconteció que, cuando le daba cristiana sepultura, los bárbaros empezaron á dar aullidos, abrazando las cosas que pertenecieron al difunto como eran sus vestidos y arcos; arrojaban al aire otros objetos. Unos se hacían cortaduras, de las que manaba abundante sangre; otros se arrojaban al suelo con rabia en señal de duelo; mataron los caballos, perros de caza y loros que había usado el cacique, según la supersticiosa costumbre del país, y lo mismo hubieran hecho con la mujer y un hijo que tenía, para sepultarlos con él, á no prohibirlo resueltamente el P. Oreghi. Sucedió á Martín en el gobierno del país su hijo Diego Francisco, iniciado en el cristianismo, y hubo esperanzas con tal motivo de que se propagara nuestra religión; pero las frustró el espíritu feroz de los guaicurúes, que hacía estériles los desvelos de los Padres; así que en los años posteriores fué muy reducido el número de los adultos que se bautizaron.


CAPÍTULO XX

DE LO QUE LLEVARON Á CABO LOS PADRES EN EL GUAIRÁ.

Mejor iban las cosas en este país, por ser más apacible la condición de sus habitantes; era grande el número de los bautizados y el incremento de las virtudes. En una excursión que hicieron los neófitos sacaron de las selvas sesenta indios, todos los cuales, al año de establecerse en el pueblo, murieron de la peste, después de recibir el Bautismo. Una turba armada de ladrones, salida del Brasil, intentó vejar á los catecúmenos; pero en vano, pues se les opuso tenazmente la Compañía. Cuando quisieron entrar á viva fuerza en San Ignacio, les salió al encuentro el P. Antonio Ruiz, y aunque le pusieron los arcabuces al pecho, dijo con sonrisa que podía morir, mas no abandonar su rebaño á los dientes de lobos rapaces. En medio de tales violencias, el Padre Cataldino, siguiendo su costumbre, atravesó selvas inmensas y con gran trabajo recogió ochocientos sesenta gentiles, y burlando los lazos de los esclavistas, llevó parte de ellos á San Ignacio y parte á Loreto, para instruirlos en nuestros misterios y luego bautizarlos. En dichos pueblos fueron además bautizados mil trescientos diez y seis entre adultos y niños. Los tres lugares del Paraná, encomendados á la vigilancia de seis misioneros, crecían en población continuamente. En Itapúa se introdujo la costumbre de que fuesen pomposamente los nuevos cristianos, coronada de flores la cabeza, al altar de la Virgen en acción de gracias. No leves eran los obstáculos que ponían á los esfuerzos de los religiosos los indios de la parte superior del Uruguay, enviando emisarios ocultos que procuraban apartar los ánimos del cristianismo. Sin embargo, con tal acierto se condujo el P. Roque González, que él solo, en el espacio de seis meses, aumentó los catecúmenos con doscientas familias. Uniósele al poco tiempo el P. Alonso de Aragón, napolitano, y reunió tan grande multitud de indios, que hubo necesidad de un templo mayor. Construyóse, pues, una iglesia espaciosa, y fué consagrada al culto el día de la Inmaculada Concepción, con asistencia de todos los fieles y misioneros: en ella se puso una imagen de Nuestra Señora, enviada por el Provincial desde el Tucumán, y hecha por el escultor belga Luis Bergier tres años antes; muchos gentiles acudieron á esta solemne ceremonia, y algunos solicitaron ser incluídos entre los catecúmenos.


CAPÍTULO XXI

EL P. LUIS VALDIVIA SE EMBARCA PARA EUROPA.

En el reino de Chile los calumniadores del P. Luis Valdivia publicaban contra éste libelos infamatorios, nada más que por ser defensor incansable de los indios; tan feos delitos le atribuyeron, que nuestros Superiores juzgaron conveniente sacar de en medio de sus enemigos á aquel hombre benemérito de la república cristiana y llevarlo á Europa. Llegado á Madrid, el rey Católico le dió expresivas gracias por su excelente gestión, y confirmó las disposiciones adoptadas por el P. Valdivia en favor de los indios; además procuró que fuera de su Consejo persona tan inteligente, y con tal objeto le ofreció una mitra, la cual rechazó el P. Valdivia, como también la plaza de Consejero, por ser cosa impropia de su estado; luego se retiró de palacio y marchó á Valladolid. Fué su patria Granada, que podía gloriarse con él solo, si no hubieran salido de ella los PP. Francisco Suárez, Gaspar Sánchez y otros varones ilustres. Difícil es afirmar en qué sobresalió; enseñó Teología con éxito notable; nombrado Superior de Chile, se distinguió por su habilidad en el gobierno y fundación de colegios y residencia; fué tan elocuente, que dejó pasmados al monarca y á los consejeros una vez que predicó en su presencia; escribió la historia de la provincia chilena y de sus hombres célebres; por su destreza en curar las conciencias merece ser colocado en los insignes ascéticos; y sin embargo, todas estas prendas las pospuso á la salvación de las almas, atento á lo cual compuso gramáticas y diccionarios en tres lenguas americanasy catecismos en las mismas, é imprimió estos libros; además protegió á los indios, según hemos visto, por espacio de muchos años. No le dañaron las invenciones de sus adversarios, y conservó siempre excelente reputación. En Valladolid dirigió los estudios teológicos durante seis años; después, en nuestra casa profesa se dedicó á gobernar las conciencias y escribir obras hasta su muerte, que ocurrió en el año 1644, á los sesenta y tres de edad. Siendo ya anciano, hizo votos en Oñate de volver al Nuevo Mundo si sus Superiores se lo permitían y se hallaba con fuerzas.


CAPÍTULO XXII

VEJACIONES Y TRABAJOS QUE SUFRIERON LOS JESUITAS DE CHILE.

Ausente del reino el P. Valdivia, no cesaron las persecuciones que padecía la Compañía; los Padres, exhortados por el Provincial, no cedieron, y cuando más se extendía el odio contra ellos y tomaban más cuerpo las calumnias, sin descanso ejercían su ministerio en los templos, en las cárceles, en las casas y en el campo; combatían los vicios, y sus fatigas no eran inútiles; sus más ardientes enemigos se confesaban con ellos, declarando que si oprimían á los indios era llevados por la avaricia ó arrastrados en la común corriente; mientras tanto la Compañía permanecía sin mengua de su honor entre los insultos y la mala voluntad de muchos; donde se echaba de ver que ni las piedras preciosas en el fango ni la virtud con las injurias dejan de brillar. En el Colegio de la Concepción fué gloriosa la muerte de P. Esteban de Madrid, coadjutor temporal; nació en tierra de Burgos, y mereció ser tenido como santo por todo el mundo; nunca hablaba sino de las cosas divinas; gozaba en enseñar á los indios el Catecismo, y los ratos que tenía de descanso permanecía de rodillas delante del Sacramento eucarístico. Tan luego como la campana de nuestra iglesia anunció su defunción, doblaron también las de la ciudad. Celebraron sus funerales los dominicos, mercenarios y franciscanos y en la iglesia mayor, y todos los religiosos acudieron al entierro. Llevaron el cadáver el gobernador, capitanes y nobles, sucediéndose unos á otros, por disputarse tal oficio; el gobernador ayudó á trasladar el féretro hasta la mitad del templo. El P. Esteban de Madrid había sido carpintero; pero la humildad de una profesión no deprime á quien se halla dotado de egregio espíritu. Por entonces se propagó la peste en Chile; los misioneros en varias ocasiones bautizaron más de ochocientas personas; en la residencia de Arauco quinientas adultas, y muchas de pocos años. Cuántas convirtieron los religiosos de Buenos Aires es cosa que ignoro, aunque en vista de la mies recogida en los campos vecinos se puede conjeturar cuánta sería.


CAPÍTULO XXIII

CUESTIONES QUE HUBO CON MOTIVO DEL BAUTISMO DE LOS NEGROS (Año 1621).

Entre tanto poníase en el Tucumán grande esmero en la instrucción de los negros, merced á la actividad del P. Torres, desde mucho atrás dado á tan caritativa obra. Disputábase entonces acerca de la validez del Bautismo conferido á los esclavos traídos de Africa; quiénes decían que debían recibirlo otra vez apenas llegaran al Nuevo Mundo; quiénes contradecían esta opinión. Los que opinaban por conservar la costumbre establecida en el particular, se expresaban de la siguiente manera: «No se debe poner en tela de juicio lo que hacen los Obispos de las posesiones españolas en Africa sobre la administración de Sacramentos; si hay escrúpulos en este negocio, los negros de toda América, viendo lo que se ejecuta con sus compañeros, querrán ser rebautizados, y así, buscando remedio á un pequeño mal, se tienden lazos á infinidad de almas; es verdad que hay defectos en el Bautismo de los etiopes, mas no afectan á la esencia; ¿quién negará que los herejes, corruptores de los Sacramentos, con frecuencia confieren mal el Bautismo, y, sin embargo, pocos de ellos al convertirse son rebautizados? Ultimamente, durante muchos años nadie dudó del Bautismo de los negros, y los que ahora dudan, con su religiosidad exagerada, son sospechosos de encubrir con el manto de piedad otros fines.» Los que afirmaban lo contrario decían: «Nada pierden los Obispos de África si los defectos que no pueden corregir se enmiendan en cualquier otro país; no es escrúpulo imprudente asegurar la salvación de muchos hombres; con poco acuerdo se trae el ejemplo de los herejes, pues en general no se oponen á lo substancial del Bautismo, y en caso que yerren, es preciso reparar sus faltas; en cuanto á la novedad que nos echan en cara, ningún paso tiene el argumento: la sagacidad de algunos mortales suscita dudas en cosas que son distintas de antes, por estar rodeadas de circunstancias especiales que alteran el sér.» De esta manera razonaban las dos partes. Me parece conveniente referir el origen de la controversia. En el año 1605 fundó el P. Torres la provincia de Quito, y viendo que llegaban continuamente infinidad de negros africanos al puerto de Cartagena, desde donde eran internados en América, se consagró, en unión del P. Alonso Sandoval, jesuita diligente, á la catequización de aquellos desventurados. El P. Sandoval escribió un libro acerca de tal asunto, y lo dedicó al P. Torres. El primero, enterado de cómo los negreros administraban el Bautismo en Loanda á los esclavos, y viendo por la experiencia de muchos años que casi todos los negros iban sin conocer los dogmas cristianos acabó por pensar que haría bien si, componiendo un folleto, demostrase al Arzobispo de Sevilla que el Bautismo de los negros era nulo por falta de preparación, y debían ser bautizadossub condicione. Pareció bien tal opinión al Prelado, y nombrando una Junta compuesta de jesuitas y religiosos de otras Ordenes, ésta se adhirió al dictamen del P. Sandoval, en vista de lo cual expidió el Arzobispo un mandato para que en su diócesis personas graves examinaran á los negros, y en caso de duda los bautizaran de nuevo. Los Obispos de México y Nueva Granada siguieron la conducta del Arzobispo de Sevilla. Llegó la noticia de esto al Tucumán; el P. Torres llamó la atención sobre el particular, y como suele suceder en tales casos, tuvo no pocos adversarios llenos de preocupaciones y rebeldes á dejarlas. Entonces se recibió una carta del Rector de nuestro Colegio en Angola dirigida al P. Jerónimo Bogadi, á quien había consultado el P. Torres; he aquí el texto: R. P. Diego Torres: hacéis bien en dudar de la validez del Bautismo administrado á los negros llevados del Africa; mi opinión es que no están bautizados y se deben rebautizar bajo condición, pues nada saben de los misterios cristianos. El día antes de que los embarquen son puestos en tropel delante del Vicario, y preguntados si quieren ser cristianos, responden que sí; luego oyen un pequeño sermón, sin que por eso aprendan la doctrina católica; se les ponen nombres y son bautizados. Muchas veces reprendí á los Vicarios generales ante el Prelado por tal incuria; mas nada conseguí, pues si al pronto cumplen bien con su deber, muy luego vuelven á su anterior negligencia, y no se desvelan por los infelices esclavos. El Obispo cree descargada su conciencia con imponer algunas penas á los Vicarios acusados de poco diligentes. Esta carta resolvió la cuestión. y en lo sucesivo los jesuitas, unánimes en su parecer, se dedicaron á doctrinar los negros. El P. Torres en poco tiempo rebautizó mil é instruyó á veinticinco mil. Intervino con los Obispos de Buenos Aires y del Tucumán para que nombrasen maestros de los negros, y dispuso que algunos jesuitas activos aprendiesen el idioma de los esclavosy los instruyesen. Gracias á los desvelos de los PP. Pedro Helgueta y Lope Castillo, bastantes millares de negros recibieron el Bautismo. Igual fruto se obtuvo en el puerto de Buenos Aires, donde todos los años arribaban naves con africanos. En Córdoba á consecuencia de la peste, fallecieron setecientos negros y hubo que bautizar á la mitad, lo cual fué debido al P. Torres, de años atrás consagrado á la salvación de estos desgraciados. El mismo suplicó al monarca que en todas las ciudades americanas hubiese parroquias de negros, y logró que el Obispo de Cartagena les asignase cuatro; además aconsejó al Concilio de Chuquisaca que los hiciera examinar. En sus cartas hallo frecuentes amonestaciones á los jesuitas para que se consagraran á tal obra, y no se desdeñaran de sembrar en tierra obscura, que es más fértil que las otras. Al P. Juan Guardia decía que apreciase las conchas negras, en cuyo interior hay ricas perlas. Tengo entendido que el P. Torres se dió á esta empresa benéfica movido por un milagro de que fué testigo el P. Juan Salas. Navegando en cierta ocasión desde Panamá al Perú, vió un negro agonizante y lo bautizó; ya muerto éste, arrojaron al mar el cadáver; el P. Torres manifestó deseos de saber el estado del alma del difunto: ¡cosa admirable! pocas horas después, cuando el buque marchaba con próspero viento, se apareció el finado en el cielo, llevando sobre sí dos aves blancas como la nieve; nadie dudó de que el prodigio se realizaba para satisfacer la curiosidad del P. Torres, y que el color de las aves y la mirada del negro, vuelta al cielo, indicaban gozar éste la beatitud eterna.


CAPÍTULO XXIV

LO QUE OCURRÍA EN EL REINO DE CHILE.

Mientras que así se procuraba la salvación de los negros, los PP. Andrés Agrícola y Cristóbal Deódato, en la provincia de Cuyo, visitaban en continuas expediciones los pueblos cercanos á Mendoza y los situados en las montañas, bautizando inmensa turba de gentiles. En Arauco, además de recorrer los campos vecinos, el P. Vicente Modolello y su compañero hacían entradas á países remotos, yendo por incómodas sendas; administraron los Sacramentos á los habitantes de ocho aldeas, en parte neófitos y en parte paganos. En la Concepción las autoridades condenaron á la horca tres indios prisioneros de guerra; dos de ellos, gracias al P. Rodrigo Vázquez, recibieron el Bautismo antes de ser ajusticiados; el tercero fué colgado impenitente y obstinado; mas ¡oh misteriosa predestinación del Señor! suspendido de una recia cuerda, se rompió ésta y cayó al suelo; atónito, dijo que deseaba ser cristiano y subir al cielo; pidió el Bautismo, y recibido éste, fué ahorcado; es de creer que se salvaría. Otros prisioneros ingresaron en el seno de la Iglesia. Voy á ocuparme de las islas de Chiloé, y contar la muerte del P. Prada, vallisoletano, á quien alabaré por sus eximias dotes de alma y cuerpo, y por haber ido á tan lejanas tierras, llevado de santos pensamientos. Tenía treinta y ocho años; doce vivió en la Componía, con tal reputación de virtud, que poco antes de morir estaba propuesto para los votos solemnes; aunque no pudo gozar tal honor, esperamos que Dios le habrá concedido otros, ya que imitó al buen pastor en dar la vida por sus ovejas. Navegaba á las islas de Chiloé, donde iba con frecuencia, cuando fué atacado de disentería; á pesar de esto, trabajó en mejorar las costumbres de los indios, con tanto olvido de sí mismo, que, sentado bajo un árbol y sin fuerzas, pasaba todo el día oyendo á los neófitos en confesión, hasta que no pudo más. Fué por mar á un pueblecillo de españoles, y no obstante que se le aplicaron los remedios de la medicina, falleció con lágrimas y sentimiento generales, que interrumpían los funerales sagrados que se le hicieron. Era querido por su abnegación y conducta apostólica. A diario, saliendo de su choza de ramas o de una barca, muy de mañana, entraba á las selvas y se disciplinaba, aumentando su devoción con los azotes. Éstos eran las escaramuzas de sus combates contra el demonio; las victorias que alcanzo, ya en su lugar van referidas. Tengo por cierto que convirtió algunos millares de paganos en Buenos Aires y Santa Fe.


CAPÍTULO XXV

DE ALGUNOS SUCESOS DEL PARANÁ.

Hallábase en este país el P. Romero, cuando fué llamado por los franciscanos para que visitara dos poblaciones por ellos fundadas en el interior del nuevo continente. Marchó allí, en efecto, y obtuvo grandes frutos, pues oyó en confesión á todos los neófitos y bautizó muchos idólatras. En el camino que va á dichos pueblos había una piedra á la que los gentiles tributaban supersticioso culto; la quitó el P. Romero y puso en su lugar una cruz; despreciando el peligro á que se arriesgaba, convirtió el paraje de profanación en sitio de santidad. Mientras el P. Diego Boroa recorría las chozas de los indios, halló una mujer moribunda, á la que amenazaba su marido para que no se hiciera cristiana; nuestro misionero increpó duramente al indio, y convenció á su esposa para que de buen grado recibiese el Bautismo; poco después espiró ésta, pasando á mejor vida. En las tres poblaciones del Paraguay los religiosos, desafiando toda suerte de riesgos y tolerando con prudencia muchas cosas, administraron los Sacramentos á gran número de catecúmenos y gentiles, en ocasión de haberse desarrollado la peste. En Itapúa tocó á la Virgen de Sichem cierta mujer que tenía un parto en extremo laborioso, y quedó sana al instante. Á fines de año, el P. Oñate, Provincial del Paraná, visitó los religiosos, conforme era su deber, y ordenó que el P. Roque González explorase el país comprendido entre el río Uruguay y el puerto de Buenos Aires, por espacio de ciento cincuenta leguas, y que al mismo tiempo echara los cimientos de un nuevo pueblo en la ribera del río mencionado; encargó al P. Boroa que procurase fundar otra población en la parte superior del Paraná.


CAPÍTULO XXVI

OBSTÁCULOS QUE IMPIDIERON LA EXPLORACIÓN DEL RÍO URUGUAY (Año 1622).

Retiróse del Paraná el Provincial, y el Padre Roque González, que tenía comisión de recorrer el país bañado por el Uruguay, se puso en camino, acompañado de los más distinguidos neófitos. Los uruguayos sospecharon que el P. González tenía el propósito de explorar la región por ellos habitada, y luego dirigirse á Buenos Aires y excitar el ánimo de los españoles para la conquista. Su caudillo era aquel que, según hemos visto, derribó la cruz levantada á orillas del Uruguay en la primera expedición hecha á este río; armáronse, y embarcados en canoas avanzaron tumultuosamente; noticiosos de todo esto el P. González y los suyos, no se atrevían á aumentar el fuego con su presencia, y evitaban caminar al descubierto. Estando con fuerte sobresalto mientras una noche descansaban en las selvas del litoral, oyeron un ruido formidable de gentes que bajaban por el río, gritando con furia que deseaban hallar al P. González para quitarle la vida. Salvó á éste la obscuridad de la noche; así que, viendo á los bárbaras alejados, retrocedió á la Concepción lo más de prisa que pudo. Allí consultó el asunto con sus compañeros de Orden, y convinieron en dejar la expedición para más adelante.


CAPÍTULO XXVII

EL P. ROQUE GONZÁLEZ PROCURA, AUNQUE EN VANO, FUNDAR UNA POBLACIÓN EN EL URUGUAY.

Malograda la empresa referida, el P. González se dedicó á la fundación de otro pueblo en el Uruguay; para mayor seguridad y menos peligro preparó una gran cacería, á la cual los neófitos debían invitar á los habitantes campestres del país. He aquí el modo con que se hacen las tales cacerías. Muchos hombres rodean un gran espacio de terreno y van estrechándose cada vez más hasta que llegan al centro; así consiguen coger ó matar un buen número de avestruces, cabras y otros animales, cuya carne devoran en aparatosos banquetes. Esta diversión es para los indios muy agradable, y suelen invitarse mutuamente cuando se dedican á ella. El P. González manifestó deseo de asistir á la cacería, juntamente con sus neófitos, con el propósito de ver qué parajes eran más á propósito para establecer en ellos poblaciones y captarse la benevolencia de los indios. Pero los ánimos de éstos no se hallaban todavía bien dispuestos, y no pudo intentar siquiera lo que ambicionaba respecto al nuevo pueblo. Agregóse otro inconveniente, y fué que la peste se extendió en la Concepción, á consecuencia de lo cual se dispersaron los neófitos y catecúmenos; tuvo precisión el P. González de cruzar sin descanso los campos y las selvas, buscando los enfermos, á fin de que ninguno falleciera sin confesión. Con la pestilencia vino el hambre, y muchos huyeron á lugares apartados, donde comían lo primero que encontraban, aunque fuese nocivo á la salud. Los hechiceros se aprovecharon de la ocasión para predicar que todos aquellos males eran castigo del cielo por haber los indios recibido la fe cristiana, y los gentiles de Paraná desacreditaban á los misioneros cuanto podían. No desanimaron ante semejantes contrariedades los PP. González y Aragón; tuvieron esperanza en Dios, y aplacadas algún tanto las calamidades referidas, trabajaron con fervor en restaurar el pueblo de la Concepción.


CAPÍTULO XXVIII

FÚNDASE LA REDUCCIÓN DE CORPUS CHRISTI.

Con más felicidad iban las cosas del Paraná, aun en medio de la peste, pues aparte de que los pueblos recibieron nuevos habitantes reducidos, en lugar de los que murieron del contagio, se fundó en aquel país otra población. Los inianis vivían esparcidos quince leguas más arriba de Itapúa, y por muchos años habían desoído las amonestaciones de los Padres Roque González y Diego Boroa, para que se establecieran en Itapúa, porque amaban sobremanera á su patria y por su espíritu incivil. La peste ablandó su terquedad, y espontáneamente pidieron sacerdotes. Marcharon á su país los PP. Romero y Boroa, hallando los ánimos bien preparados. Muy pocos se opusieron á la fundación de un pueblo en las márgenes del Inia, tributario del Paraná; diósele el nombre deCorpus Christi, y existe en el día. Pasado medio mes regresó el P. Boroa, y el P. Romero quedó entre los inianis; gracias á su laboriosidad, pudo atender á todo, como era bautizar los niños, educar los muchachos, doctrinar los adultos, descubrir y combatir las supercherías de los adivinos, visitar los enfermos, llevar á la vida los preceptos del cristianismo, orar prolijamente de noche y proseguir las construcciones; comía poco, sudaba mucho y daba cuanto poseía. Afirmada ya la reciente fundación, hizo el P. Romero varias expediciones y trajo muchos indios áCorpus Christi. Iba por pantanos, sitios espinosos, bosques espesos, celoso de la salvación de las almas. Llevado en hombros, á través de tierras inundadas, al Tibiapo y al Pirapo, afluyentes del Caapibari, bautizó muchas personas. Tan grande fue su actividad, que en brevísimo tiempo llevó áCorpus Christi cuatrocientas familias. En este pueblo he residido yo un año, y puedo afirmar que cuenta más de cinco mil habitantes.


CAPÍTULO XXIX

TRATA EL P. CATALDINO DE FUNDAR UNA REDUCCIÓN EN EL GUAIRÁ.

Intentó el P. José Cataldino crear una población en el Guairá, y aunque no lo pudo conseguir, se cubrió de gloria. Contaré en pocas palabras el suceso. A los bosques inmediatos de Loreto habían acudido los indios salvajes de Itirambeta, que habitaban el país situado hacia el Brasil, con objeto de hacer allí saetas, pues encontraban madera á propósito. Uniéronse á varios neófitos de Loreto algunos de ellos, y les dijeron que su tierra estaba poblada por innumerable gente. Aprovechó esta ocasión el P. Cataldino,y sabiendo que los de Itirambeta se hallaban no lejos en unos cañaverales, les envió los más distinguidos catecúmenos, rogándoles, después de hacerles ciertos obsequios, que le permitieran ir con ellos á su patriay allí predicar el Evangelio. Nambahay, el principal de los indios forasteros, contestó de la siguiente manera: «No me opondré á lo que deseas; pero considero que peligran tu cabeza y la mía, pues los otros caciques me quitarán la vida por haber llevado un sacerdote y en odio á la novedad de cosas. Si desprecias la muerte, haz lo que ambicionas.» El P. Cataldino encomendó al Señor el negocio, y desafiando el riesgo de la muerte llevo consigo al P. Diego de Salazar, excelente compañero, y con pocos neófitos, se unió á Nambahay. Siguieron por espacio de un mes la orilla del Tibaxiva, atravesando frecuentes precipicios, hasta que llegaron á Itirambeta; allí se apartó Nambahay por sendas extraviadas, temeroso de que sus compatriotas supieran lo que acababa de hacer. Juzgó el P. Cataldino temerario seguir más adelante, y así, después de orar fervorosamente, envió delante de sí dos jóvenes con regalos para los caciques de Ibitirambeta, pidiéndoles por favor que le escucharan, y como eran conocidos de éstos confiaba en que alcanzarían lo que solicitaban. Mas apenas entraron en el pueblo, Candirá, hombre feroz, cacique del lugar, habló muchas cosas contra la religión cristiana y negó el permiso solicitado; no contento con esto procuró que los jóvenes se quedaran allí; primero con palabras halagüeñas y después con amenazas de quitarles la vida; les prometió en matrimonio dos hijas hermosas y núbiles que tenía en caso de que aceptaran sus proposiciones, y si no darles muerte. El mayor, aunque estaba casado, por el miedo de la venganza de Candirá y abrasado de impuro fuego, consintió en lo que le pedían, corrió á los brazos de su prometida y abjuró del cristianismo para vivir entre los gentiles. Mas el otro, llamado Felipe Pipiri, execrando la apostasía de su compañero, manifestó decididamente que no abandonaría su mujer, con la que se enlazara como la Iglesia manda, que despreciaba la muerte y tenía en nada la hermosura de la doncella que le ofrecían, pues antes que todo era guardar la fe debida á Cristo y á la esposa que éste le había dado. «Perecerás, exclamó Candirá, porque despreciaste á mi hija y quebrantaste las leyes de mi pueblo.– Moriré, contestó Pipiri; pero no infringiré los preceptos de mi religión.» Añadió que si sufría el martirio gozaría de la presencia de Dios eternamente. Entonces se levantaron Candirá y sus satélites y le dieron de palos con garrotes hasta que espiró; después dividieron el cadáver en pedazos y lo devoraron en solemne banquete. Entre tanto, impacientes los PP. Cataldino y Salazar por lo mucho que tardaban los mensajeros, sospecharon lo acontecido, y tornaron con celeridad por el río al sitio de donde antes partieron. Pocos días más tarde supieron por algunos indios de Itarambeta lo sucedido, y alabaron al Señor porque les había dado un hombre digno de ser comparado con los mártires de la antigüedad. Siempre tuvo Pipiri fama tal de casto, que los de Villarica, cuando llegó á su noticia de cómo un neófito había consentido morir antes que perder la castidad, sin saber quién era, todos unánimes dijeron que Pipiri, pues jamás miraba á mujer alguna.


CAPÍTULO XXX

DE LA PROCURACIÓN DEL P. FRANCISCO VÁZQUEZ TRUJILLO.

Por entonces volvió de Europa el P. Francisco Vázquez Trujillo, y llegó felizmente á Buenos Aires con veinte jesuitas. Abrazó á todos el Provincial, Pedro Oñate, y con alegría los acompañó al Colegio, donde los recrearon diez y seis neófitos de poca edad, instruídos en la música por el Padre belga Juan Vaseo, y llevados desde el Guairá, que dista cuatrocientas leguas, por el P. Antonio Ruiz; con tal primor cantaron, y tañeron varios instrumentos que causaron admiración. El gobernador, D. Luis de Góngora, y el obispo Carranza recibieron afablemente á los misioneros, quienes, después de los saludos acostumbrados, mostraron una carta de Su Majestad, en la cual se disponía que fuesen alimentados á costa del Tesoro público cuantos Padres residieran en pueblos de neófitos, y que el Provincial les enviase el dinero necesario. Con lo cual tuvimos una gran satisfacción, y también por habernos concedido el Papa Gregorio XV que pudiésemos conceder en nuestras escuelas los grados de Maestro y Doctor;y como algunos religiosos del Tucumán se opusieran á esto, alegando no sé qué documentos anticuados, la Audiencia de Chuquisaca dictó sentencia en favor nuestro. Así, pues, los Colegios de Córdoba en el Tucumán y de Santiago en Chile alcanzaron la categoría de Universidades. Otro galardón debió al Pontífice Romano la Provincia: pidiendo de rodillas el P. Francisco Vázquez á Paulo V la bendición apostólica, al designar éste misioneros para el Paraguay, oyóle decir:Vosotros sois honra de la Compañía; palabras que, con ser un elogio inmerecido, declaraban el afecto que nos profesaba el Papa; el P. Vázquez las escuchó con semblante y acento de modestia. De los religiosos recién idos se distinguieron los Padres Gaspar Osorio y Pedro Espinosa, que derramaron su sangre á manos de los indios. El P. Francisco Díaz Taño (1) torció su camino por el Tucumán y rehusando enseñar Filosofía, corrió al Guairá; antes de llegar, encontró que los habitantes de un pueblo habían sido muertos por los payaguas; sepultó los cadáveres, y de esta manera comenzó sus trabajos apostólicos. En adelante hablaré de él repetidas veces.


CAPÍTULO XXXI

ESTADO DE LA PROVINCIA.

Súpose á fines del año, por carta del general Mucio Vitelleschi, que el P. Nicolás Durán Mastrilli reemplazaba en su cargo al P. Oñate, que fué enviado al Perú. Durante los ocho años del gobierno de este religioso se establecieron en tierras de indios cinco nuevas residencias, y otras tantas que había en las ciudades de españoles se cambiaron en Colegios; últimamente se creó el Colegio de Esteco. De manera que la Provincia contaba once Colegios, dos Casas comunes, una de Noviciado y trece residencias en poblaciones de neófitos. Cuando el P. Oñate fué nombrado Provincial, se contaban ciento y un religiosos; al concluir su cometido, ciento noventa y cuatro, es decir, casi el doble. La mayor parte de los Colegios organizaron cofradías de los más selectos españoles, negros, é indios, alumnos de nuestros estudios, quienes se ejercitaban en el amor á la Virgen y en las virtudes. La Academia de Córdoba se distinguía por sus excelentes profesores y la aplicación de los discípulos. Eran frecuentes las entradas á los indios y la catequización de los negros, empresas en que se preparaban los jóvenes á otras mayores. Todos los Colegios del Tucumán trabajaban sin descanso, en la ciudad y en el campo, y casi siempre con notable fruto. Las dos residencias fundadas en el valle de Calchaquí Se bamboleaban, efecto del pertinaz odio de los calchaquíes contra los españoles, del rigor con que algunos mandaban á los indios, y de la pertinacia de éstos, obstinados en conservar sus antiguos ritos. En la capital del reino de Chile no descansaba el P. Juan Romero, Rector á la sazón; su buen nombre se conservó ileso, á pesar de las calumnias con que le persiguieron; venerado por compañeros y extraños, segó rica mies de almas. Los PP. Cristóbal Deodato y Andrés Agrícola, alemán, salieron del Colegio de Cuyo, recorrieron un país que tiene doscientas leguas de longitud con varia anchura, y venciendo á Satanás bautizaron muchos gentiles. En el valle de Arauco se desplegaba la misma actividad contrariada por la perversidad de los naturales. Los jesuitas de Chiloé, dirigidos por el P. Melchor Vanegas, se movían sin cesar, y en navegaciones continuas visitaban las ochenta capillas que hay en igual número de aldeas de las islas. Cuando terminó su provincialato el P. Oñate, el P. Juan Pastor sucedió en su cargo al P. Marcelo Lorenzana, Rector del Colegio de la Asunción, y encargado de los pueblos de neófitos, por haber sido éste trasladado al Colegio de Córdoba; todos los misioneros cumplieron con presteza cuantas advertencias y mandatos les dió el P. Pastor. La población, fundada entre los guaicurúes, vacilaba á causa de la volubilidady carácter feroz de éstos, no obstante los esfuerzos de los Padres Antonio Moranta y José Oreghi. En el Guairá quedó al frente de los religiosos el P. Antonio Ruiz en lugar del Padre Cataldino, y con auxilio de otros compañeros que le dió el P. Oñate, se disponía á fundar más pueblos. Ocho jesuitas había allí, y eran los PP. Antonio Ruiz, peruano; José Cataldino, de la Romanía; Simón Mazeta, napolitano; Juan Vaseo, de Tournay; Diego de Salazar y Francisco Ortega, andaluces; Francisco Díaz Taño, canario, y Cristóbal de Mendoza, peruano, tan diferentes en la patria como unidos de corazón. En el Paraná y Uruguay trabajaban los PP. Diego Boroa, castellano; Roque González, paraguayo; Claudio Ruyer, borgoñón; Tomás Ureña, castellano; Alonso de Aragón, napolitano; Francisco del Valle, portugués; Pedro Romero, sevillano, y Luis Bergier, belga, docto en la música y pintura, quienes dilataban el reino de Cristo y el del monarca Católico. El ser de muchas naciones los misioneros fué de mucho provecho, por cuanto fomentaba la emulación. Los que residían en Paraná, dirigidos por el P. Boroa, solicitaban de los indios de Acaray é Iguazúa que se redujeran, y tenían esperanzas de conseguirlo. Los PP. González y Aragón trabajaban infatigablemente en el Uruguay. El Provincial Oñate arregló, según nuestras reglas, los estatutos de los Colegios y de los estudios,. y dió excelentes disposiciones tocantes á las poblaciones de neófitos, por lo cual pudo afirmarse con verdad que si el P. Torres había fundado la Provincia, el P. Oñate la había ordenado.



NOTAS

1.- Diastanius llama á este jesuita el P. Techo; acerca de sus apellidos escribe lo siguiente Xarque en su libroMisioneros ilustres del Paraguay, pág. 96: «El nombre de Díaz lo heredó de la Naturaleza, y el de Taño de la gracia y voz del pueblo, por singular prerrogativa de limosnero y misericordioso. En aquellos países se llamantaños ciertas troxes, percheles ó depósitos formados de paja de centeno, en donde el trigo y otras semillas se conservan libres del mondiscón y taladro del gorgojo.»

Quien primeramente llevó el apellido de Taño fué Francisco Díaz, por haber socorrido á los necesitados en años estériles; fué bisabuelo del Padre Francisco.–.(N.del T.)

 

 

LIBRO SÉPTIMO


CAPÍTULO PRIMERO

VARIOS HECHOS QUE TUVIERON LUGAR AL COMENZAR EL

P. NICOLÁS DURÁN SU CARGO DE PROVINCIAL (AÑO 1623).

El P. Nicolás Durán Mastrilli, italiano, ilustre por las dignidades que gozó en América, cuando era Rector del Colegio de Lima fué nombrado Provincial; salió del Perú á principios del año 1623, y después de feliz navegación llegó á Chile. Su gobierno se inició con prósperos y adversos acontecimientos. Empezaré hablando del P. Pedro Marín, quien fué castigado por ofender al Señor con su inconstancia, y tuvo un fin desgraciado. Profesó en Andalucía, porque yendo un día á caballo cayó á un río é hizo voto al ver que se ahogaba de entrar en religión. Ingresó en la Compañía, y después que estuvo algunos años en España navegó al Paraguay, donde mereció que lo expulsaran de la Orden. Marchó luego al Perú, y dando rienda suelta á su carácter, ya sin crédito ni reputación, se dedicó á los negocios: cierto día que viajaba á caballo, fué arrojado por éste al agua, y con no haber más de tres palmos de profundidad, pereció. Todos advirtieron que falleció ahogado quien ingresó en la Compañía porque Dios lo salvó en un tiempo, beneficio que olvidó miserablemente. El P. Gabriel Perlino, antes de regresar al Perú, visitó las inmediaciones de Córdobay bautizó cuatrocientas personas entre indios y negros. Hizo además rebautizar considerable número de ancianos, hechos cristianos por quienes ignoraban el idioma del país, sin ponerles otra condición que el manifestar su deseo de recibir la fe católica; el P. Perlino los instruyó cual debía. En Salta, pequeña ciudad de españoles, estableció un Colegio la Compañía. Fundó esta población D. Hernando de Lerma, gobernador del Tucumán, en el año 1582, no lejos del Perú, á la entrada del valle de Calchaquí, con objeto de contener las irrupciones de los indios. La causa de crearse el Colegio fué pensar que desde allí se podía atender á los calchaquíes y á otras naciones bárbaras de las cercanías, necesitadas de hombres apostólicos. Las autoridades nos dieron casa y un templo. El P. Nicolás Durán penetró en el valle de Calchaquí, y en vista del estado del país y de los indios, juzgó prudente abandonar las dos residencias puestas seis años antes, porque embargaban cuatro jesuitas y ninguno de aquellos indios ferocísimos se convertía. Los españoles se quejaban de estar cohibidos por la Compañía para castigar aquella gente indómita y pérfida como merecía, sujetándola por la fuerza de las armas, á lo cual se oponía el provincial, pues consideraba los males que experimentaría el Tucumán de una guerra con indios tan belicosos. Ordenó que los jesuitas abandonaran el valle, opinando que los moradores de éste podían ser atendidos con frecuentes visitas de los religiosos de la residencia de Salta.


CAPÍTULO II

VIDA Y MUERTE DEL P. JUAN VIANA.

En Córdoba falleció por el mes de Febrero el P. Juan Viana, gloria no pequeña de la provincia. Viana de Navarra fué su patria. Ya hemos contado que se opuso á entrar en ella, imitando á San Francisco Javier, cuando venía de Roma. Profesó en la provincia de Castilla: estuvo sucesivamente en Andalucía y el Perú; sin haber cumplido treinta años recibió el presbiterado; se dirigió á las misiones del Tucumán y allí se perfeccionó en las lenguas quichúa, lulé, kaka y tonocoté, con ayuda de las cuales en varios lugares convirtió y bautizó algunos millares de indios. Era eficaz instrumento de Dios para salvar las almas; obediente á sus superiores, puro de cuerpo y espíritu, humilde en lo interior y en lo exterior, mortificador de su carne, manso y asiduo en la oración; además reunía otras virtudes. El Padre Mucio Vitelleschi, al ver su candor, lo llamaba palomita. Más de una vez consiguió del Señor que lloviera, estando el tiempo seco y el suelo endurecido por el sol. Como apreciaba lo que valen las almas, solía decir que daba por bien empleados sus trabajos de muchos años entre los indios con tal de salvar una solamente. Organizó una Cofradía de niños en San Miguel del Tucumán, y les inculcó de tal manera el amor á María, que los principales de la ciudad y el gobernador mismo, excitados por el ejemplo, inscribieron en ella sus hijos. Poco antes de morir dejó el rectorado de Córdoba con tanto placer como deseos tenía de ir al cielo. Enfermo de hidropesía y postrado en el lecho, oyó decir que San Ignacio había sido canonizado, y sin que nadie lo pudiera estorbar, fué con todos á la iglesia á dar gracias á Dios, exclamando:Los cojos andan, los sordos oyen. Aconsejándole que implorase la proteción del Santo, quien lo salvó en otro tiempo de un peligro, replicó:No tentaré á mi Señor. Recuérdese lo que hizo cuando desempeñó el cargo de Procurador en Roma, lo cual es bastante para que lo pongamos entre los ilustres hijos de la provincia paraguaya. Asistieron á sus funerales todos los religiosos y ciudadanos, cosa que merecían su inocente vida y sus desvelos en favor de los españoles y de los indios.


CAPÍTULO III

FIESTAS QUE HUBO CON MOTIVO DE LA CANONIZACIÓN

DE SAN IGNACIO DE LOYOLA Y DE SAN FRANCISCO JAVIER.

Apenas se tuvo noticia de cómo el Romano Pontífice había colocado entre los santos al fundador de la Compañía de Jesús y al Apóstol de las Indias, se prepararon fiestas en honor de ambos por los muchos favores que habían dispensado al nuevo continente. Tanto en las poblaciones de los españoles como en las aldeas de los indios, se gastó sin reparo, y todo el mundo hizo lo que el ingenio y piedad sugerían. El espectáculo de mayor novedad fué el que dieron algunos niños en la Asunción: conducíalos el P. Roque González, quien los dividió en dos bandos, uno de cristianos y otro de infieles, y simularon una batalla; los idólatras iban adornados de ricos plumajes y armados con arco y macana; los cristianos peleaban con una cruz. La música regulaba los movimientos de los infantiles ejércitos. Era de ver cómo éstos se juntaban ó separaban, dividían el campo en dos partes iguales ó simulaban acometida. Pasado algún tiempo, la victoria se declaró en favor de los cristianos, quienes llevaron los vencidos y hechos prisioneros delante, primero, del gobernador eclesiástico, y luego del civil. Los prisioneros se echaron en el suelo, pero alegremente, cual convenía á cautivos voluntarios, saltando de cuando en cuando; de repente, corrieron al altar de los Santos Ignacio y Francisco, dándoles gracias porque sus hijos habían introducido el cristianismo en el Paraguay. Llevó el P. Roque González consigo al célebre cacique Cuaracipú y veintitrés catecúmenos del Uruguay; todos fueron bautizados, en medio de la pública alegría, por el Rector del Colegio, siendo padrino el gobernador D. Manuel Frías. También se celebró con fiestas la canonización de San Luis Gonzaga. Tanta alegría se turbó por una cuestión que hubo con el Obispo del Paraguay, quien, poco perito en las leyes de Indias, interpretaba mal las tocantes al Real patronato; oponíansele el gobernador y los jesuitas: al primero lo excomulgó, y á los religiosos les quitó las escuelas en que enseñaban; además se quejó al rey Católico y ofendió tan gravemente á la Compañía, que el Rector creyó necesario llevar el asunto al Real Consejo. El obispo del Paraguay se vió precisado á cantar la palinodia y á desagraviarnos; aunque estaba ausente de la Asunción, procuró que nos fuesen devueltas las escuelas.


CAPÍTULO IV

LAS COSAS ACONTECIDAS EN EL REINO DE CHILE.

Continuaba el monarca español sosteniendo a los jesuitas que cultivaban la viña del Señor en Chile, Arauco y el archipiélago de Chiloé. Con pretexto de la liberalidad del Rey, algunos frailes quisieron perjudicarnos; propusieron que ellos administrarían los Sacramentos á los araucanos y á los soldados españoles por medio de sacerdotes de su Orden, y sin subvención, con tal que se retirase la Compañía. El gobernador, pensando que de no atender á semejantes ofertas descuidaría los intereses del Tesoro público, ordenó muy pronto que se nos negaran las cantidades acostumbradas. Divulgóse la noticia entre los pueblos de indios; militares y ciudadanos, todos unánimes, dijeron que no querían probar otro alimento espiritual sino el de la Compañía, como acostumbrados á las prácticas de ésta, y que partirían con ella sus haberes, en caso de que perdiera sus rentas. A tal estado llegó el negocio, que el gobernador revocó la disposición que adoptó con demasiada ligereza, temiendo el enojo de los indios y de las tropas; es más: llevado de su afecto hacia nosotros, concedió al Colegio de la Concepción, del cual dependen los religiosos de Arauco, Buena Esperanza y Chiloé, extensos campos con rebaños de bueyes y caballos, á fin de que los misioneros, sin tener que pensar en buscarse el sustento, se consagraran á su oficio. Y á la verdad, cumplían bien con éste: el P. Juan Romero en la Concepción y los restantes jesuitas en los pueblos é islas de los indios y en los campamentos del ejército español de la frontera, administraban con fruto el Bautismo y otros Sacramentos. Por aquel tiempo regresó de su expedición á las islas de Chiloé, donde vivió catorce años, el P. Melchor Vanegas, del cual hablaré, porque en adelante ya no se me ofrecerá ocasión oportuna.


CAPÍTULO V

VIDA Y COSTUMBRES DEL P. MELCHOR VANEGAS.

El P. Melchor Vanegas, uno de los que fundaron la provincia del Paraguay, y clarísima estrella de las islas de Chiloé por lo mucho que en éstas predicó, nació en la capital de Chile el día que se celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción, año 1572. Sus padres eran naturales de Granada, y parientes en cuarto grado de consanguinidad. La madre fué una matrona, ejemplo de piedad; el padre se dedicó á las armas, sin olvidar las virtudes; tuvo fama de bueno, y poco antes de morir ingresó en la Compañía. Nuestro Melchor heredó la nobleza de sus progenitores, y se aprovechó de las lecciones de éstos; de niño y de adolescente mereció por sus costumbres que lo comparasen á los anacoretas. Hizo que le construyeran una casita en un huerto de sus padres, y allí, á semejanza de los eremitas, daba rienda suelta á su fervor. Sus ejercicios consistían en dormir en el suelo, castigar el cuerpo con repetidos azotes, ayunar, orar sin intermisión, aborrecer las muchachas, y ser enemigo de chanzas y pasatiempos. Solían los jóvenes desvergonzados ir á un sitio retirado para solazarse; Melchor, aliado con otros de su edad y muy juiciosos, se preparó á una guerra caritativa; reunió mastines ferocísimos, y lo echó á la cohorte lasciva, con tal suerte, que ésta se disolvió huyendo de los perros. El Obispo de la ciudad, llamado Modolino, trataba familiarmente á Melchor, y aseguraba que le sorprendía la vida ascética de éste en tan cortos años. Á los diez y ocho años navegó al Perú y entró en la Compañía; en ella se distinguió por su aplicación al estudio y por sus virtudes. Hecho ya sacerdote, volvió á su patria el año 1607 y desempeñó su ministerio como varón apostólico. Hacía grande aprecio de la obediencia, llamada sabiamente por San Juan Clímaco sepultura de la voluntad y especie de muerte; la menor indicación de sus Superiores le parecía un mandato. Jamás quebrantó la menor regla de la Compañía. De su castidad sólo diré, con el P. Nieremberg, que murió virgen y sin perder la gracia del Bautismo; á pesar de esto, lloraba de continuo sus pecados como si hubiera incurrido en ellos. En la ciudad de Castro, una joven india entró á nuestro huerto para coger fruta, y apenas la vió Melchor echó á correr dando voces; súpose en la población lo acontecido, y todos alabaron la pureza de aquel Nicetas. Caminando en cierta ocasión por las fronteras enemigas se acercó la noche; aconsejáronle que para evitar los peligros durmiese en casa de la sobrina de una dama honestísima; en ninguna manera consintió, temiendo más los ataques de la carne que los del ejército araucano. Otra vez navegaba en medio de espantosa tormenta; todos creían perecer, y el que gobernaba el timón trataba de dejar su puesto; el P. Melchor, después de orar, ordenó imperiosamente desplegar velas, asegurando que los vientos serían favorables; en efecto, así aconteció, con general regocijo; todos confesaron que le debían la salvación. Predijo muchas cosas que, efectivamente, sucedieron. Dice de él un autor respetable que deseó un día comerse una manzana, cuando no era tiempo de que las hubiera, y el cielo se la dió milagrosamente; pero sin probarla, la ofreció al Señor. Hizo bastantes entradas á los indios por mar y tierra, siempre con notable éxito, hasta su muerte, ocurrida en el año 1641. Llevaron su cadáver los principales de la ciudad; asistieron al entierro el Obispo, el clero, las autoridades civiles y los religiosos de varias Órdenes. Distinguidos pintores quisieron hacer el retrato del difunto, mas no pudieron; cosa que se tuvo por milagro. Otros historiadores contarán minuciosamente lo que hizo en sus misiones de los chonos y del archipiélago de Chiloé.


CAPÍTULO VI

DE LO QUE HICIERON LOS JESUITAS EN LAS ISLAS DE CHILOÉ.

Muerto el P. Melchor Vanegas, fué enviado al archipiélago de Chiloé el P. Agustín Villaza, famoso desde que predicó en Andalucía á los rústicos y en Chile á los araucanos, entre los cuales estuvo prisionero. Tanta era la pureza de su alma, que Cristo y la Virgen se le aparecieron varias veces cuando decía Misa, les daba gracias por sus beneficios ú oraba en su habitación. Después de larga navegación llegó á las islas de Chiloé; allí purificó, mediante la confesión, las conciencias de los españoles, y embarcándose con el P. Gaspar Fernández en una balsa, compuesta de tres maderos solamente, visitó ochenta aldeas: de los cinco meses que tardaron en esto, tres los pasaron con el traje calado por la humedad de las nieblas del invierno, durmiendo siempre envueltos en mantas mojadas por la nieve ó el rocío. Añádase á estos trabajos el frío tan riguroso, que los animales estaban exánimes, y el mar, inquieto en verano, se había cubierto de hielo; con los remos era forzoso abrir camino á través de los témpanos. Por la noche extendían en la playa una tienda de campaña endurecida con la nieve y la bruma: su lecho era un montón de hojas de árboles, por debajo del cual corría el agua y entumecía el cuerpo de los durmientes. Comían raíces cocidas y tortas de harina puestas al fuego; no bebían sino agua, podrida en muchos lugares: éstas eran las delicias del P. Agustín Villaza, que padecía fuertes dolores de estómago, y tanto, que falto de remedios creyó perecer; alguna vez, efecto del hielo, quedó casi muerto y rígido. En medio de semejantes penalidades, atendían cuidadosamente á la salvación de las almas. Tres veces por poco se los tragó el mar; en una de ellas de tres barcas se sumergieron dos, y se salvé aquélla en que iban. Largo sería enumerar los trabajos que sufrieron, escalando peñascos y atravesando lugares pantanosos y selvas ásperas por donde tenían que caminar. Los Padres se consolaban salvando, á costa de semejantes molestias, buen número de almas, purificadas por la confesión. Un indio que jamás se había confesado enfermó, y se le creía ya difunto, tocóle el P. Gaspar con una imagen de María; y lo reanimó el tiempo necesario para que hiciese penitencia de sus pecados. Según leo en las Cartas del provincial Nicolás Durán al Padre General, el P. Agustín Villaza, estimulado por su celo, pasó á las islas de los chonos, y es de opinar que sacaría abundante fruto.


CAPÍTULO VII

ENTRADA QUE SE HIZO Á LOS INDIOS YAROS.

El año anterior pidió el gobernador del Río de la Plata al Provincial Pedro Oñate que el P. Pedro Romero, ducho en el trato de los indios, fuese á Buenos Aires desde el Paraná, que dista doscientas leguas de camino, y navegando por el Uruguay, explorase la voluntad de los que moraban cerca de éste, y al mismo tiempo intentase reducir á los yaros y fundar un pueblo en la desembocadura del río. Puede conjeturarse la dificultad de tal empresa considerando que, si bien es verdad que el Uruguay no se halla muy lejos de Buenos Aires, nadie había penetrado hasta allí. Las naciones que poblaban sus orillas hablaban distintas lenguas, tenían diversas costumbres, y, dotados de carácter feroz, se negaban á tratar con los extranjeros. Por su importancia descollaban los charrúas y yaros, tenacísimos en conservar su antigua vida errante, sin freno de autoridad y sin dedicarse á la agricultura; tal era su barbarie, que, al morir, sus parientes se cortaban la falanje de un dedo; así que muchos eran mancos. Antes de que llegaran los españoles se alimentaban de avestruces, liebres y ciervos, que cazaban, y de la pesca. Ahora que se han multiplicado los bueyes y caballos de manera que pueblan los campos en rebaños numerosos, devoran la carne de éstos medio cruda; usan hondas, y con tal habilidad las manejan, que matan un pájaro al vuelo y derriban animales corpulentos. Cuando á fines de año llegó el P. Romero al puerto de Buenos Aires, fué recibido con regocijo por el gobernador y los ciudadanos; embarcóse luego acompañado de un español y algunos remeros. Por donde quiera que iban hallaban hombres salvajes con el cuerpo pintado, la cabellera cubriendo la espalda, los miembros deformados con frecuentes punciones y de voz estentórea; solicitados para que recibiesen la doctrina cristiana, se negaron con obstinación, prefiriendo sus viejos hábitos. No desistió, sin embargo, el P. Romero, y llegó á los primeros pueblos del Guairá, distantes cien leguas de la entrada del Uruguay, con ánimo de internarse en la provincia del Uruguay hasta el sitio en que el P. Roque González, cuatro años antes, fundó el pueblo de la Concepción; mas como se opusieran los bárbaros, quienes amenazaron con la muerte á los remeros, retrocedieron éstos, y el P. Romero, viendo que ninguno e aquellos pueblos se encontraba maduro para abrazar el cristianismo, regresó puerto de Buenos Aires y dió cuenta al gobernador y al Provincial de lo que había realizado.


CAPÍTULO VIII

SON EVANGELIZADOS LOS GUAICURÚES.

Hallándose en Buenos Aires el Provincial Nicolás Durán, habló con el P. Pedro Romero y le encargó que fuese á los indios guaicurúes; tenía que recorrer una distancia de doscientas leguas por los ríos de la Plata y Paraguay. Una vez llegado allí el P. Romero, se dedicó de nuevo, en unión de los PP. Alonso Rodríguez y José Oreghi, á civilizar aquella gente; mas no alcanzaron el fruto que era de esperar, á causa del feroz carácter de los guaicurúes. A los tres meses de haber llegado, el jefe de los guaicurúes y su madre, con numerosa comitiva, se presentaron ante el Provincial, que estaba á la sazón visitando el Colegio de la Asunción, y le rogaron que no abandonara á sus compatriotas. De esta manera expresaron su pensamiento. Iba delante una mujer que expresaba cantando los deseos de los guaicurúes y cuán útil sería que el Provincial se compadeciera de ellos; cuando terminaba, todos los indios manifestaban lo mismo con palabras confusas y con gesticulaciones. Conmovido al ver tal espectáculo el Provincial, determinó pasar el Paraguay é ir al país de los guaicurúes; éstos habían colocado sus tiendas alrededor de la capilla que erigieran los misioneros. El Provincial, una vez enterado del carácter de los indios, les prometió que la Compañía se establecería entre ellos con tal que tuviesen residencia fija y se abstuvieran de guerras injustas, pues no era bien que conservaran su antigua ferocidad. Aceptadas estas condiciones, recibieron algunos regalos de mano del Provincial; éste no fió mucho en las promesas que le hicieron, pues conocía por larga experiencia cuán enemigos son los indios de tener domicilio estable, á causa de la afición que tienen á las guerras intestinas, de tal manera, que todos los años solían trasladarse á otro sitio. Cuando volvían de la pelea llevaban en son de triunfo á sus mujeres los cráneos de los adversarios á quienes habían muerto, para que los exhibieran orgullosamente en los días festivos con general aplauso. Hasta con los elementos quieren combatir los guaicurúes. Si estalla la tempestad con relámpagos y formidables truenos, salen de sus casas de estera tumultuosamente, agitan las macanas, y disparan saetas á las nubes; si carecen de armas, arman piedras contra los vientos ó lo primero que encuentran á mano; juzgan que con esta ostentación de valor se aterrarán los demonios, á los cuales reputan autores de las tormentas, y se abstendrán de hacer daño. Celebran sus fiestas con simulacros de guerra. Cuando en el hemisferio meridional se deja ver la Osa menor, tienen lugar los más notables: entonces pelean entre sí personas de todas edades y condiciones con grandes alaridos, teniendo por cierto que el año será de abundante según el furor y locura con que luchen y alboroten. Aunque el Provincial tenía pocas esperanzas de convertir aquella gente, quiso intentarlo por última vez, y á ruego de los habitantes de la Asunción dejó entre los guaicurúes algunos misioneros para que se retirasen una vez convenidos de que nada podían conseguir. En los tres años siguientes prosiguieron sus buenos oficios los PP. Pedro Romero, Alonso Rodríguez y José Oreghi; mas solamente lograron bautizar algunos niños y adultos en la hora de la muerte. La masa del pueblo persistió en su impiedad.


CAPÍTULO IX

LO QUE HACÍAN EN EL PARANÁ LOS MISIONEROS.

Cebóse en el Paraná la peste por espacio de un año, principalmente en Yaguapúa, donde por espacio de ocho años habían convertido los religiosos multitud de gentiles; parte de los moradores de Yaguapúa se fueron á Itapúa y parte á otros lugares. No menos se encarnizó la pestilencia en otros pueblos de neófitos. Cuando desapareció, los misioneros hicieron frecuentes excursiones á las tierras de idólatras, y procuraron reemplazar los difuntos con indios reducidos nuevamente; el más celoso en esta empresa fué el P. Boroa, quien á pesar de estar con fiebre y de tener los miembros entumecidos por el frío, pasaba torrentes con el agua á la cintura; aunque sus nervios se hallaban encogidos, atravesaba por pantanos, subía por abruptas rocas y caminaba por medio de arenales; el fruto de su trabajo era ordinariamente sacar de un bosque ó de cuevas situadas entre peñascos á orillas del río, diez o veinte familias, para llevarlas á los pueblos, exponiéndose á graves peligros. Por entonces una mujer de Itapúa dió un notable ejemplo de fortaleza. Cierto niño fué arrebatado á vista de sus padres por un tigre que se lo echó al lomo, y lo llevaba al bosque para allí devorarlo; el padre del niño huyó aterrado; pero la madre, sin tener en cuenta el riesgo á que se exponía, impulsada por el cariño que profesaba á su hijo, corrió tras la fiera y le quitó la presa de la boca, sin que el tigre opusiera resistencia; toda la vida confesó el marido de esta mujer su cobardía y el valor de su consorte. Si noble acción es la referida, aún creo que lo fueron más las ejecutadas diariamente por los misioneros del Uruguay y del Paraná, pues libraban de las garras del demonio infinitas almas, sin reparar en peligro alguno.


CAPÍTULO X

DE LA VIRGEN QUE HABÍA EN LA REDUCCION DE LORETO.

Nombrado el P. Antonio Ruiz Rector de Loreto en lugar del P. Cataldino, procuró fomentar entre los indios el amor á la Reina de los ángeles. Llevó de Buenos Aires una imagen de la Virgen, obra de insigne escultor, con tal regocijo de los neófitos, que al decir de éstos, la presencia de María compensaba los daños que la peste había hecho y amenazaba ocasionar en la población. Llegó al lugar de San Ignacio la fama de dicha efigie, y aunque allí á la sazón se cebaba la pestilencia, muchos neófitos corrieron para verla sin temor á perder la salud, pues sentían un placer inexplicable al contemplar la Virgen. Temerosos los Padres de que el contagio se propagara con esta ocasión, juzgaron prudente sacar de Loreto la imagen, y para que esto tuviese lugar con solemnidad, los neófitos de San Ignacio abrieron un camino de dos leguas á través de selvas espesas; después se presentaron todos ante los misioneros solicitando ser oídos en confesión, pues no querían presentarse ante María con las conciencias manchadas. Lo mismo habían hecho los neófitos de Loreto antes que llevaran la imagen á su pueblo; no parece sino que obraron por inspiración del cielo, que daba á entender cómo la Virgen favorece solamente á quien se reconcilia con su Hijo. Los habitantes de San Ignacio rogaron á María que desapareciese la peste durante los ocho días que tuvieron su efigie.


CAPÍTULO XI

VIDA Y MUERTE DEL P. JUAN VASEO.

Vuelta á su lugar la imagen de María, cinco sacerdotes nuestros de Loreto se reunieron para socorrer á los atacados de la peste. Distribuyeron sus cargos de esta manera: dos administraban los Sacramentos día y noche; dos sangraban y daban medicamentos; el P. Juan Vaseo cuidaba de la iglesia y de enterrar los cadáveres: en un día sepultó sesenta, y cuando se mitigó el mal enterraba veinte ó treinta diarios. En esto cayó enfermo y murió. Había nacido en Tournay, antigua capital de los Nervios; entre otros estudios, cultivó el de la música; estuvo adscrito al teatro de Alberto de Austria y de Isabel Clara Eugenia, y mereció el aplauso de éstos. Ordenóse luego del presbiterado, y pudiendo, con el apoyo de dichos príncipes, esperar altos cargos, renunció una canongía que le dieron y entró en la Compañía; mas como sus padres eran pobres y no podían vivir sin su protección, dejó el noviciado, les proporcionó una renta anual y volvió á nuestra Orden. En Bélgica anduvo predicando por los pueblos, preludio de sus misiones en América. Luego solicitó ir á una de las provincias ultramarinas, y prefirió á otras de mayor importancia la del Paraguay, famosa por las empresas de los jesuitas. Desde Buenos Aires fué enviado al Guairá, y estuvo seis años en Loreto bautizando gentiles y catequizando neófitos con egregio celo. Su gloria principal fué enseñar á éstos la música; es cosa averiguada que, gracias á él, la Compañía fundó escuelas de dicha bella arte en varios pueblos del Paraguay, donde los neófitos aprendieron á tañer instrumentos durante el culto divino. En cuanto á sus virtudes, he aquí lo que escribe el P. Antonio Ruiz, que fué su Superior por espacio de seis años: «Era de angélica pureza y se apartaba de lo que pudiera mancharla, cual si huyera de un perro ó de una serpiente; seis años vivió entre gente desnuda, y nunca me confesó el más leve pecado deshonesto; ni aun en sueños consentía en cosas torpes. Antes de acostarse ponía todos los días cerca de la cama una imagen del Angel custodio, y con este honor que le tributaba y el culto de los demás espíritus puros, consiguió el amparo de ellos.» En medio de fuertes calores no probaba el agua, aun estando con fiebre, si el Superior no se lo mandaba. Solía decir que el más atroz tormento aguantaría antes que infringir un levísimo precepto de nuestras reglas. El dicho lo confirmó con las obras, pues jamás se le vió en el Guairá quebrantarlas ni omitirlas. Constantemente rehusó la facultad de tomar y dar pequeños regalos, pues afirmaba que en tales donaciones había pérdida de méritos. Llegó á decir que, si se lo ordenaran, armado con la cruz y un breviario, sin recurso alguno, penetraría en los bosques y desiertos á fundar nuevos pueblos, pues nunca abandona la Providencia al varón obediente. Siempre que entró al confesonario, pidió antes al Señor luz para los pecadores. Antes de acostarse abría la puerta de su habitación, y en los cuatro rincones rogaba á Dios con la cruz en la mano que no le permitiese ofenderle. Se abstenía de manjares exquisitos cuando los tenía á mano, y no los deseaba si carecía de ellos. Con frecuencia pidió á sus Superiores que le dejasen dormir sin colchón encima de tablas, y negándoselo, contestaba que prefería echarse en cama blanda por obediencia que pasar la noche en el suelo, no fuera que le dijeran:Tu vino está mezclado con agua. Tanto estimaba el predicar á los indios, que lo anteponía á cualquier dignidad. En los seis años que trabajó en el Guairá, ni una vez sola gozó los consuelos celestiales con que suelen ser recreados los misioneros en sus fatigas; siempre oraba con tedio y tristeza, y aseguraba que le parecía, cuando tocaban la campana para rezar, que lo llevaban al tormento; sin embargo, ningún día dejó de meditar ni de hacer los ejercicios de San Ignacio. Si oía decir que los demás religiosos experimentaban delicias inefables, humildemente, con la cabeza inclinada exclamaba:Que se alegren los bien nacidos. Aunque no las probaba él, recibía inspiraciones y movimientos del Señor bajo el velo de la melancolía, animándole á la acción y á consumir el cáliz de Cristo. Mientras hablaba de las cosas divinas, le escuchaban con atención los otros padres. Enlazaba todos sus hechos con los de Jesús para que de éstos recibieran el precio, y nunca lo dejó de ejecutar en seis años que moró en el Guairá. Aún es más admirable lo siguiente: confesándose de los pecados cometidos en un año, de nada grave se acusó, y para que no fuese la absolución nula, le ordenó el confesor que se acusara de las mentiras que con anterioridad hubiere echado; entonces respondió candorosamente que jamás había mentido. Si todo hombre es mendaz, ¿por qué no llamaremos ángel á éste, que fué educado en palacios? Poco antes de morir impetró ir á las tierras de Tayaoba, las más peligrosas en aquel tiempo; cuando se preparaba para el viaje, le sorprendió la muerte; contaba á la sazón cuarenta y dos años. A los ocho se trasladaron sus huesos á otro sepulcro, y hallóse intacto el bonete con que le enterraron; se tiene esto por milagro y expresión del afecto que profesaba á la Compañía.


CAPITULO XII

FUNDACION DEL PUEBLO DE SAN FRANCISCO JAVIER EN EL PAÍS DE LOS ITIRAMBETAS.

Poco antes de que muriese el P. Vaseo, los PP. Antonio Ruiz, José Cataldino y Diego Salazar fueron á la tierra de los itirambetas. El Guairá comprende dos regiones: la llana, y la de los bosques y montañas. Esta había sido visitada años atrás por los misioneros: en la otra nadie había podido penetrar, á causa de estar poblada por hombres feroces que devoraban á sus huéspedes y se oponían con las armas á que alguien traspasara sus fronteras. Itirambeta es un monte cubierto de árboles, situado entre ambos Guairás, y es llamado así, porque visto de lejos parece una cabeza humana con barba. En sus inmediaciones se contaban muchos indios, los cuales, reunidos, podían componer un buen pueblo, que sería como la puerta de entrada al Guairá llano. Un año antes, como ya hemos visto, los gentiles de dicho monte quitaron la vida á Pipiri, enviado allí por el P. Cataldino: además habían también devorado á muchos indios hechos prisioneros en varias ocasiones. La antropofagia era el deleite más preciado de aquella gente. Cuando los misioneros, después que pasaron con trabajo las cataratas y escollos del río Tibaxiva, llegaron cerca de Itirambeta, los neófitos que iban con ellos concibieron un grande temor, el cual se aumentó al decir Taitetú, itirambeta famoso por su crueldad, que si avanzaban serían recibidos hostilmente. No faltaron algunos que, á ejemplo de Pipiri, querían llevar á Itirambeta la nueva de ir los misioneros. Pero los PP. Ruiz y Cataldino, no queriendo que nadie, sino ellos, peligraran, se dirigieron con pocos neófitos á Itirambeta, dejando encargado de las embarcaciones al Padre Salazar, al que dijeron que si ellos eran muertos, huyese por el río con la gente que permanecía á su lado. Por espacio de mucho tiempo anduvieron errantes á través de las selvas litorales, hasta que tropezaron con un hombre que más parecía demonio, lleno de pinturas el cuerpo, quien los hospedó en su casa, mientras él trataba, según propuso, de convencer á sus paisanos para que recibiesen bien á los extranjeros; les afirmó que de no hacer esto se exponían á graves peligros. No aceptaron la oferta los misioneros, quienes preferían entrar de improviso en Itirambeta sin dar lugar a que los bárbaros deliberasen, y, por tanto, enviaron delante el indio, y entraron el mismo día que éste en la primera aldea de los gentiles. Los habitantes de aquélla, si bien se abstuvieron de su ordinaria crueldad, negaron á los padres el permiso de detenerse allí, pues temian que tras ellos fueran los esclavistas. Así estaban las cosas, cuando el cacique de otra aldea concedió su protección al P. Ruiz, el cual concibió, en vista de ello, halagüeñas esperanzas; llamó al P. Salazar, y fué designado el sitio en que se debía construir un pueblo; edificaron una iglesia, y vieron cómo concurrían innumerables indios de sus cercanías. Mientras se ocupaban en esto, tuvieron noticia de una conjuración tramada por los que en el año anterior quitaran la vida á Pipiri; era la voz común que se marcharan los extranjeros á fin de que el país no sufriera grandes males; añadían que deseaban saber si la carne de los sacerdotes difería en sabor de la de los restantes mortales: se habían reunido cerca de mil hombres. Hallábase el P. Cataldino ocupado en la construcción del templo; el P. Ruiz corrió á él y le dijo aquellas palabras de San Ignacio mártir:Este es el último día de mi vida; seré molido por dientes de leones; sin inmutarse el P. Cataldino, contestó:Hágase la voluntad del cielo; y prosiguió en su faena, cual si el peligro fuese remoto; oyó esta frase un cacique, y admirado de la ecuanimidad de dicho Padre, corrió á los enemigos, y contó á los jefes el caso con admiración: los indios experimentaron un terror pánico y huyeron. Preguntados por qué habían huído siendo muchos delante de unos cuantos hombres, replicaron que temieron graves daños al saber la frase del P. Cataldino y al ver el valor de los demás misioneros. Pasada esta tempestad, Se pudo edificar el pueblo y consagrarlo á San Francisco Javier. Acudieron allí para vivir, no solamente los indios de las inmediaciones, sino también los antes conjurados y los de regiones lejanas, de modo que se llegaron á reunir quinientas familias. Quedó allí sólo el Padre Cataldino, y mostró su fortaleza, viviendo en medio de una región apartada, sin que la soledad, los peligros ni la escasez de todo lo necesario quebrantaran su ánimo. Los PP. Ruiz y Salazar emprendieron una expedición á los tayaobas, aún más difícil que la referida.


CAPÍTULO XIII

SIETE COMPAÑEROS DEL P. RUIZ DE MONTOYA

SON ÁSESINADOS EN EL PAÍS DE LOS TAYAOBAS.

Esto es lo que tengo averiguado en lo referente á la tierra habitada por los tayaobas. El Huibay se une al río Paraná bajo el trópico de Capricornio; antes pasa por Villarica, que está treinta leguas más arriba, y también no lejos de ocho pueblos de indios sometidos á dicha población. Desde este paraje es imposible navegar por él, á causa de despeñarse en una catarata, pasada la cual empezaba la región de los tayaobas, sirviendo á éstos de límite y defensa. Eran los tayaobas tan dados á la antropofagia, que cuando no podían devorar á sus enemigos, inmolaban á sus compatriotas. Había entre ellos quienes se comían los niños, y era costumbre general hacer la punta de las saetas con huesos humanos, valiéndose de los restos de sus crueldades para nuevos crímenes. Por lo cual, me extraña que el padre Ranzonieri, hablando de esta parte del Guairá, diga que no se conocen en ella tigres ni otras fieras, habiendo tantas de éstas como habitantes, á quienes cuadra bien la frase de que el hombre es lobo para el hombre. La región de que nos ocupamos tenía el nombre de Tayaoba, y era así llamada en recuerdo de un célebre cacique temido por los vecinos y respetado por sus súbditos, de quien contaré algunos hechos. Años atrás, un soldado europeo que profesaba singular odio á los indios, fué desde la capital del Paraguay á Villarica con un cargo público, y fingiendo amistad con Tayaoba le rogó que se dignase hacerle una visita, pues le obsequiaría con varios dones. Confiados en tal promesa se dirigieron á Villarica Tayaoba y tres caciques más; pero en vez de regalos recibieron azotes y fueron apresados, amenazándoles el militar con proseguir en darles tormento si no le llevaban un gran número de indios que dedicar al trabajo. Tres de los cuatro caciques se dejaron morir voluntariamente de hambre antes que hacer traición á sus paisanos. Tan sólo se libró Tayaoba, quien pudo huir á su patria con los grillos en los pies, y cerró de tal modo la entrada en aquel país, que prohibió en absoluto el ingreso á los españoles y devoró á los indios que le enviaron estos para tratar de la paz, en varias ocasiones. Muchas veces habíanle hecho la guerra los españoles; pero siempre salieron derrotados, por lo cual renunciaron á escarmentarlo y a conquistar su tierra. Así estaban las cosas en Tayaoba, cuando el P. Ruiz se resolvió á predicar allí el Evangelio. Apenas manifestó su propósito, todos opinaron que corría á una muerte segura. Púsose en camino y anduvo durante ocho días por un molesto camino en compañía del P. Salazar, hombre intrépido, quien se quedó en las aldeas cercanas á Villarica, el P. Ruiz pasó la catarata y llegó al primer pueblo de los tayaobas; allí comprendió la gravedad del riesgo en que se hallaba, viendo acudir de todas partes hechiceros y antropófagos; se apresuró á echar la absolución á quince neófitos que le acompañaban, animólos para que no temieran la muerte y se puso de rodillas en oración. En esto llegaron los bárbaros y les explicó las causas de su ida con estas palabras: «A vosotros vine sin armas, despreciando la muerte, para enseñaros el camino del cielo, pues veo que seguís los errores que os legaron vuestros antepasados: nadie puede salvarse sin la mediación de Jesucristo, Hijo de Dios eterno y nacido de la Virgen, crucificado por redimirnos; quien no le siga, arderá en llamas eternas.» Apenas terminó, cuando los indios dijeron á voces que había proferido errores dignos de muerte. « ¡Perezca, gritaban, el impostor que nos destina á suplicios interminables! Sin tardar llamaron á un escuadrón armado, que tenían oculto, y se prepararon a cometer violencias. Mientras esto hacían, Juan Guaray, neófito fidelísimo, se echó á los pies del P. Ruiz y le suplicó que huyera con él; pero tan luego como empezaron á correr volaron mil saetas contra ellos: á la primera acometida de los bárbaros perecieron siete neófitos; los demás pudieron escapar. En la huída ejecutó Juan Guaray una acción memorable, pues viendo que el P. Ruiz no corría muy de prisa y le dirigían las más de las saetas, se puso la sotana y el bonete de éste, con lo cual el misionero corrió menor peligro y quedó él hecho blanco de los indios. Merced á esta heróica estratagema, pudo llegar el P. Ruiz con ocho compañeros al bosque. Guaray salió incólume de los muchos dardos que le dispararon, queriendo el cielo conservar la vida de quien la había arriesgado por guardar la de otro. Sabedor el P. Ruiz de cómo habían muerto siete neófitos, sintió no haber alcanzado también la palma del martirio; dió gracias á Dios porque no tenía elección de personas, sino que concedía la gloria de morir por Cristo, lo mismo á los indios que á los europeos. Los neófitos, antes de morir, habían prometido derramar su sangre por la propagación del Evangelio. Nuestro misionero, con los compañeros que sobrevivieron, caminaron por espesas selvas llenas de espinas, muchas veces arrastrándose y mezclando la sangre de los arañazos con el lodo; aunque el pesar los tenía sin fuerzas, pudieron llegar al río, y como oyeron ruido de remos se creyeron perdidos; deseoso el Padre Ruiz de alcanzar el martirio, se acercó donde notaba el rumor, y vió que lo producían dos ancianos de un pueblo amigo, quienes iban en busca de los expedicionarios temiendo que les acaeciera algo funesto y necesitaran de auxilio; se creyó, y con razón, que aquéllos habían obrado así por impulso celestial, pues en dos horas recorrieron lo que tardan un día los más robustos remeros. Embarcóse con ellos el P. Ruiz, y río abajo llegó á los pueblos cercanos de Villarica, donde estaba el P. Salazar. Entre tanto, los bárbaros de Tayaoba se repartieron las cosas que arrebataron al P. Ruiz, entre ellas un altar portátil; celebraron después un festín en que devoraron los cadáveres de los neófitos asesinados, sintiendo no poder hacer lo mismo con el religioso y no beber vino en el cráneo de éste. Permaneció el P. Ruiz en Villarica y aldeas comarcanas, destituídas de sacerdotes, con el fin exclusivo de captarse la voluntad de los tayaobas, haciéndoles cuantos beneficios pudiera. Por espacio de medio año fué inútil toda diligencia: los antropófagos rechazaron la amistad de los jesuitas y procuraron quitar la vida al P. Salazar.


CAPÍTULO XIV

DE OTRAS COSAS QUE SUCEDIERON EN EL GUAIRA.

Marchó el P. Ruiz de Montoya al pueblo de San Javier, y halló que el P. Cataldino lo había aumentado con grande número de catecúmenos; luego visitó las demás poblaciones de neófitos, y vió muchas cosas admirables. Caminando una turba de indios, sobrevino una tempestad, y como dos bárbaros recientemente reducidos profiriesen palabras obscenas, fueron ambos muertos por un rayo, siendo su muerte testimonio de que jamás se ofende á Dios impunemente. Cierto cacique poderoso que menospreciaba la religión cristiana, llevando consigo grande número de neófitos, marchaba á país de idólatras; en el camino halló su merecido; cayeron de improviso los bárbaros sobre ellos, redujeron á servidumbre los niños y degollaron ferozmente las personas adultas. Otro indio huyó de la ciudad por alcanzar la libertad que antes disfrutara, diciendo que salía del poder de los Padres como del infierno: un rayo y lo abrasó y castigó su insolencia. La cruz que había en lo alto del templo de Loreto se quemó el mismo día en que cierta mujer ahogó un niño que había tenido sin saber de quién. Con estas cosas se aumentó en todos el horror á fugarse y el amor á la castidad.


CAPÍTULO XV

FUNDACIÓN DE UN COLEGIO EN LA RIOJA; LO QUE SUCEDÍA EN EL TUCUMÁN (AÑO 1624).

Por entonces se estableció la Compañía en Rioja, ciudad de españoles. Edificóla treinta años antes D. Juan Ramírez Velasco, gobernador del Tucumán, para dominar algunos millares de indios sometidos espontáneamente; y á fin de que la nueva colonia tuviera estabilidad, nos dió una casa y un campo con objeto de que creáramos un Colegio. Por falta de religiosos no se pudo esto llevar á cabo hasta que D. Juan de Quiñones, gobernador del país mencionado, cuando ya había más jesuitas, nos dejó en su testamento una finca tasada en ocho mil escudos de oro y doce siervos; la ciudad nos concedió rentas, y de esta manera se fundó el Colegio con inmensa alegría de indios y españoles. La Compañía, con satisfacción general, reconcilió al gobernador y al Obispo del Tucumán, antes enemistados, y éstos se dieron la mano en señal de amistad, Un novicio de la Compañía en Córdoba, nacido en España de padres nobles, desempeñaba el oficio de portero; un día recibió cartas para el Rector llegadas de Europa; las abrió ocultamente, y vió que su hermano en una de ellas le participaba ser instituído heredero de muchos bienes; tuvo oculta la noticia bastante tiempo, y luego, dando oídos al demonio, abandonó la Compañía; prefirió las cosas caducas á los premios del cielo. Fuera de nuestra casa, ocurrió que la Divina Providencia, con un milagro, confirmó la fe vacilante de cierto europeo que dudaba si el Cuerpo de Cristo se halla realmente en la Santa Hostia. Asistiendo á la Misa, cuando el sacerdote alzó la Eucaristía, por más que veía la iglesia y lo que había en ella, no divisaba el celebrante ni la Hostia. Al día siguiente volvió al templo y le sucedió lo mismo; conoció que Dios le impedía contemplar el Sacramento del altar, ya que no le daba crédito impíamente. Abjuró sus errores, hizo penitencia y en lo sucesivo vió la Hostia. En tierra de Estero una india afirmó á su confesor que por espacio de diez y seis años se había abstenido de pecado mortal y apartado de las ocasiones que tuvo, á causa de que hallándose en cierta ocasión acostada con un hombre lascivo, éste murió de repente.


CAPÍTULO XVI

ENTRADA QUE SE HIZO Á LOS INDIOS DE CUYO Y MUERTE DEL P. DOMINGO GONZÁLEZ.

Los jesuitas de Mendoza hacían frecuentes excursiones por la provincia de Cuyo, dilatadísima región, con más trabajo que feliz éxito en la conversión de los gentiles, á causa de que éstos, huyendo de los servicios personales, se habían escondido en cañaverales, barrancos y cuevas, de manera que los cazadores místicos se daban por contentos si después de explorar la tierra durante siete ú ocho meses, bautizaban cien personas sacadas de sus escondrijos. El P. Domingo González, no satisfecho con enviar á Cuyo los misioneros que le obedecían, fué él también á reducir los bárbaros, y en cincuenta leguas que anduvo, visitó muchas aldeas indias. De las costumbres de sus habitantes escribió al Provincial lo siguiente: «Los indios entre quienes estuve, se convidan mutuamente á bacanales, y acuden á éstas de varios pueblos. El cacique de la aldea en que se celebra el banquete construye con paja una choza redonda que tiene algunas aberturas. Allí los hombres bailan y beben tres ó cuatro días sin dormir. Las mujeres están fuera, y sólo entran con la cabeza vuelta y los ojos cerrados á dar vino á sus maridos; si se descuidan y los ven, son condenadas á muerte, ley que se cumple con tal rigor, que ni el esposo perdona á la esposa ni el padre á la hija. Alegan por causa de esta inhumanidad el que mientras se divierten en danzas y comilonas los mata el diablo si los miran sus mujeres. A sus borracheras asiste el demonio, cuya infernal bestia llaman de esta manera; un anciano rodeado de bailarines toca el tambor hasta que se aparece Satanás en forma de hombre, zorra ó perro, con grandes aullidos, y no se desdeña de beber; luego dirige un discurso á los congregados; á los niños presentados por sus padres les araña con las garras, y haciéndoles sangre, los inicia en ritos infames. Fuera de esta ocasión, quienes desean consagrar sus hijos al príncipe de las tinieblas, los llevan á ciertos viejos, que les levantan la piel con las uñasy rasgan la cabeza con punzones hasta que derraman sangre en abundancia, la que recogen en la manoy arrojan al aire; luego les obligan á prolongado ayuno, y con éste creen que se robustecen. Adoran al sol, á la luna y al lucero de la mañana, de los cuales esperan la salud.» Aún añade otras cosas el P. Domingo González, quien después de hacer varias entradas á esta gente, murió á los treinta y nueve años de su edad, con gran fama de varón apostólico. Nació en la isla de Tenerife, una de las Afortunadas. En el año 1604 fué admitido por el P. Diego de Torres en la Compañía en Cádiz; navegó con aquél al Perú, y en 1614 pasó desde Lima á Chile con el Provincial Pedro de Oñate. Aprendió en poco tiempo los idiomas quichúa, guarpo y chileno. Viendo la miserable condición de los indios de Cuyo, hizo voto de consagrarse toda la vida á evangelizarlos, si el Provincial lo consentía. Satisfecho con una comida, nunca cenó. Cada día se disciplinaba dos ó tres veces. De continuo llevaba un áspero cilicio que le cubría la mayor parte del cuerpo, no fuera que la sensualidad le acometiera. Los ciudadanos de Mendoza asistieron á su entierro, y pidieron las cosas que usó como reliquias de un santo. En las demás regiones de Chile ningún suceso notable ocurrió; los religiosos de nuestros Colegios prosiguieron en la conversión de los indios, llevando á cabo numerosas excursiones con igual fruto que en años anteriores.


CAPÍTULO XVII

FUNDA LA COMPAÑÍA EL PUEBLO DE ACARAY.

Ancho campo tenían los misioneros del Paraná donde trabajar, en los pueblos que habitaban la parte superior del río. A éstos había ido siete años antes, con admirable audacia, el Padre Roque González. Después los visitó también el P. Diego Boroa, si bien de paso, logrando á duras penas evitar la oposición de los hechiceros; poco á poco se fueron ablandando los ánimos de los caciques, y se creyó llegado el momento de fundar allí un pueblo. En vista de esto se dirigieron á dicho paraje los Padres Diego Boroa y Claudio Ruyer con distinguidos neófitos. Salieron de Córpus Christi, distante de la confluencia del Acaray y el Paraná treinta leguas. Cerca del primer río habitaban muchos caciques, de los cuales uno cedió espontáneamente tierras para crear en ellas una población, cuya noticia, divulgada, hizo que otros caciques de la región conferenciasen con los misioneros, y que algunos manifestaron deseos de ser cristianos. Fundóse un templo provisional dedicado al culto en el día que la Iglesia celebra el nacimiento de la Virgen; á ésta consagróse el nuevo lugar, y se procuró que los habitantes de las cercanías fijaran allí su residencia. Pasados dos meses, se marchó el P. Diego Boroa y quedó á cargo de la población el P. Claudio Ruyer, siendo cosa de milagro que un hombre solo y debilitado por la fiebre pudiese atender á las múltiples necesidades de la naciente colonia. Todos los indios cayeron enfermos, excepto un neófito que hacía de sacristán, de manera que el Padre Ruyer nadie tenía que le ayudase; enfermó también éste, y aunque se hallaba con calentura iba por leña y agua y asistía con esmero á los enfermos. Apenas convaleció, llevando consigo algunos caciques, navegó Paraná arriba y procuró la conversión de los gentiles: al primer día logró que los habitantes de dos aldeas se pusieran bajo su dirección, y le ofreciesen los niños para que los bautizara. El apóstata Cuaracipú, noticioso de que llegaba el P. Ruyer, convocó á las principales caciques y propuso quitarle la vida: no se aterró el P. Ruyer, aunque lo vió rodeado de hombres armados que le amenazaban; antes bien, con rostro severo y suma elocuencia, le habló burlándose de la petulancia de quien pretendía pasar por sacerdote, é hizo que, en vez de la muerte, le diera las cosas necesarias para su viaje y que, pasado algún tiempo, viviera entre los neófitos. En tal ocasión valió mucho la intervención de Ararepa, quien todavía era catecúmeno y la de otros indios, los cuales dijeron que morirían en defensa del P. Ruyer; los más de los caciques se vinieron á buenas, y los cristianos entraron en la nueva población con gozo universal, porque se creía que habían perecido. Muy luego, dejado el P. Tomás Ureña, que llegó para ayudarle, al cuidado del convoy, fué el P. Ruyer á los pueblos de la parte inferior del río. Allí redujo muchas personas; pero como los indios diferían la construcción de casas, llevados de su natural pereza, los tigres vagaban de noche libremente por el pueblo, hasta que para evitar sus estragos se edificaron viviendas cuyas paredes y techos preservaban de las fieras. En el día de San Jorge un tigre cayó en las trampas, y acabó de hacer daños. Una turba de indios huía á sus tierras; viéronse acometidos por un tigre que despedazó á uno de ellos, con lo cual se volvieron al pueblo los demás, aterrorizados. Otro tigre hizo huir á un indígena que iba á iniciarse en el cristianismo, mas no á su mujer, quien se defendió con una segur, y aun cogió á la fiera por el rabo, demostrando ser de corazón animoso. Además de los sobresaltos que ocasionaban los tigres, había la molestia de los mosquitos, que de día y de noche, y en todos parajes, clavaban sus aguijones, dar sin lugar á descanso alguno. Aún era peor que la compañía de las fieras y de los mosquitos la de los hechiceros, de tal manera que, según escribía el P. Ruyer, vivir en aquel país sin una protección especial del Señor era cosa imposible; pero Dios regocijaba con deleites inefables los corazones de quienes por la salvación de las almas vivían en el seno de la barbarie. A fuerza de paciencia lograron los misioneros que bastantes caciques del litoral les permitiesen ir á sus pueblos, por más que nunca faltaban hijos de Satanás que se opusieran al Evangelio.


CAPÍTULO XVIII

DESAPARECEN ALGUNOS OBSTÁCULOS QUE SE OPONÍAN

LA PREDICACION DEL EVANGELIO EN EL URUGUAY. (AÑO 1625.)

Entre tanto el Provincial Nicolás Durán Mastrilli visitaba los pueblos del Paraná, si bien no llegó al de Acaray; se atrevió á penetrar por tierra en el Uruguay, y halló que la Concepción atravesaba un período crítico, á causa de las conjuraciones de los gentiles y de la peste que se había desarrollado; reunió los misioneros y les consultó si sería conveniente abandonar aquella población, fundada cinco años antes y que progresaba poco. Meditado bien el asunto, prevaleció el dictamen de los PP. Roque González y Alonso de Aragón, que allí moraban, según los cuales se debía continuar trabajando sin desmayo para cambiar el aspecto del país. Decían que los religiosos habían, durante seis años, luchado en las fuentes del Uruguay contra la perfidia de los bárbaros, la peste y las astucias infernales; que más tiempo aún permanecieron los PP. Cataldino y Mazeta en dos pueblos del Guairá, de modo, que era prudente esperar que algún día se recogería el premio de la constancia, y los uruguayos mitigarían su ferocidad. Pareció bien tal idea al Provincial, y ordenó que el P. Roque González continuara en el Uruguay trabajando por allanar el terreno. Mucho consiguió éste apresando á Yaguapini, cacique del Paraná, autor de perversas maquinaciones contra los misioneros. Había éste persuadido á los uruguayos que fundasen un pueblo no lejos de la Concepción, mayor que aquella reducción, con objeto de hacer la guerra á los neófitos y prohibir la predicación del cristianismo. Descubierto su plan por los neófitos de la Concepción, echáronle mano y lo expulsaron del país, con lo cual reportaron grandes ventajas los pueblos del Paraná y del Uruguay, pues Yaguapini acabó por convertirse á nuestra fe con todos sus vasallos; los Padres recorrieron triunfalmente el Uruguay, fundando varias poblaciones, como veremos más adelante, bajo la dirección del P. González. Ciento cuarenta y cuatro cristianos nuevos se establecieron en el pueblo de la Concepción.


CAPÍTULO XIX

VIDA Y MUERTE DEL MAGO JUAN CUARÁ.

Aunque los pueblos del Paraná seguían creciendo con los indios convertidos merced al perseverante trabajo de los misioneros, y había esperanza de que los habitantes ribereños de todo el río se convertirían, no dejaban de encontrarse graves dificultades. Para oponerse á la predicación del Evangelio fué allí Juan Cuará, mago famoso por sus crueldades, y hubiera hecho grandes daños á no encontrar frente á él ejercitados campeones. Antes había recibido el Bautismo en el Guairá para con más disimulo propagar sus errores. Viajó luego por varias regiones, enseñando en todas falsas doctrinas y separando á cuantas personas podía del culto de Cristo. En la Asunción fué condenado á morir ahorcado por sus muchos delitos probados, y escapó libre del suplicio gracias al favor de no sé quién, siendo desterrado á Santa Fe. Desde aquí huyó al Paraná, y entró furtivamente en Itatín, pueblo de neófitos al cuidado de los franciscanos. Como era astuto, solicitó que lo tuvieran oculto. En su escondrijo predicaba á la gente crédula que acudía todas las noches á escucharle. Sus doctrinas eran las siguientes: que había que apartarse de los sacerdotes y religiosos, enemigos jurados de los indios; que la confesión era nada más que un medio de saber vidas ajenasy conocer los secretos de todo el mundo; que la sal dada en el acto del Bautismo era veneno que mataba tanto á los niños como á los adultos; que el crisma y el óleo servían tan sólo para manchar; que los misioneros prohibían la poligamia para que la raza no se propagara y los españoles los dominasen mejor; aconsejaba tener cada uno cuantas mujeres pudiese alimentar;vivid, añadía,según las antiguas costumbres, entre bailes y libaciones, celebrando la memoria de los antepasados; no adoréis las imágenes de los santos; tenedme por vuestra deidad; si no hacéis esto, haré que os veáis en el Paraná convertidos en sapos y ranas. A las palabras sacrílegas unía otras lascivas; de ordinario tenía siete concubinas, y solía tomar más en ocasiones. Sus enseñanzas y ejemplos cambiaron el espíritu de los de Itatín en corto espacio de tiempo. Los sacerdotes, en lugar de respeto veían insolencia contra ellos; á la frecuencia de los Sacramentos sucedieron los antiguos vicios, y tanto, que era de temer estallarse la rebelión en el pueblo. Gobernaba éste por entonces el franciscano Fr. Juan Gamarra, perito en la lengua de los indios y en el trato de éstos; viendo tan súbita mudanza, se dió á investigar las causas, y no las podía encontrar; un indicio tuvo, sin embargo, por lo que oyó decir á un niño, pues interrogado éste por el religioso si le amaba, contestó: «Sí te amo; pero no tanto como á Cuará, que vive oculto en el pueblo.» El nombre del mago era muy conocido, así que no dudó sobre el origen del mal. Cuará huyó como pudo á hurtadillas, y fué con sus concubinas á Maracanaín, situado más arriba, refugio de hombres perversos; desde allí hacía algunas excursiones á los pueblos de neófitos, derramando veneno por do quiera; otras veces subía por el río á las aldeas de gentiles, y les exhortaba á rechazar el Evangelio. Notando el P. Roque González cuánto había cambiado el ánimo de los neófitos, sin que se diera cuenta del por qué, apenas recibió carta del P. Gamarra en que le anunciaba la fuga de Cuará, llevando consigo los más fieles catecúmenos, se dirigió á Maracanaín; pero el hechicero, noticioso de su llegada, se había escondido en un cañaveral, y nadie lo hallara á no ser por la traición de una de sus concubinas. Cargado de cadenas fué conducido por el Paraná y el Paraguay á la Asunción, pasando por Itatín; condenado á morir por los Tribunales, quedaron libres el Paraguay y el Uruguay de un grave peligro.


CAPÍTULO XX

VIDA Y MUERTE DEL P. TOMÁS FILDS.

En la Asunción falleció el P. Tomás Filds, uno de los tres primeros jesuitas que fueron al Paraguay. Nació en Limerick, ciudad de Irlanda; su padre era un médico católico. Siendo joven, para evitar los peligros de la herejía y dedicarse á los estudios, marchó á Bélgica y luego á Roma, donde lo admitió en la Compañía el P. Everardo Mercuriano; sin terminar el noviciado lo destinaron al Brasil. Desde Roma se dirigió á Lisboa á pie, y pidiendo limosna. En el Brasil acompañó al P. José Anchieta y admiró los milagros de éste. Cuando navegó al Tucumán, fué hecho prisionero por los corsarios ingleses en la desembocadura del río de la Plata y sufrió los insultos que en su lugar hemos narrado. Añadiré que los piratas, entre los que había algunos irlandeses, lo trataron peor que á los demás jesuitas, pues decían que con su profesión religiosa y afán de propagar el catolicismo, era deshonra de su nación; poco faltó para que lo mataran. Salvóse por la misericordia del Señor, y estuvo en el Tucumán y el Paraguay, donde bautizó muchos millares de gentiles y ejecutó lo que ya sabemos. Sus virtudes fueron la virginidad, la cual guardó de tal manera, que siendo anciano solía decir con sencillez á sus confesores que era tan puro como al salir del vientre materno; el celo por la salvación de las almas, el amor á la disciplina religiosa y la oración continua. Dió pruebas de su modestia, al no hacer caso del olvido en que le tenían sus Superiores, mientras vivía entre los bárbaros, sin que lo propusieran para los votos solemnes, los cuales hizo, por fin, á cuarenta años de ingresar en la Compañía. Hasta los ochenta de su edad no probó manzanas, uvas y otras frutas de los huertos, cosa intolerable en un clima ardiente; Dios le habrá recompensado en el cielo. En el Paraguay muchas mujeres en partos laboriosos experimentaron el patrocinio de San Ignacio, á quien se encomendaron y varios enfermos curaron de sus dolencias; con estos portentos creció la devoción al santo, de modo que el Vicario capitular, sin oposición de los canónigos, ordenó que se celebrara la fiesta de San Ignacio el día treinta de Junio.


CAPÍTULO XXI

FÚNDASE PUEBLO DE SAN JOSÉ EN EL PAÍS DE LOS TUCUTÍES DEL GUAIRÁ.

Fué el P. Antonio Ruiz á la Asunción, donde se hallaba el Provincial Nicolás Durán visitando el Colegio para darle cuenta de lo que había hecho, y supo con sorpresa cómo los bárbaros mataran poco antes al P. Pedro Espinosa. De caminó para dicha ciudad, recorrió algunos bosques nunca explorados, en los cuales vivian muchos indios; mas por no estar acostumbrado á las fatigas apostólicas, después que anduvo un día entre plantas erizadas de espinas, sintió tan grandes dolores en una pierna, que no pudo pasar adelante, y aun creyó no tornar al río para proseguir el viaje; pero invocando la protección del Arcángel San Rafael, logró hallar con el favor del cielo un camino tan corto, que tardó una hora solamente en andar lo que antes le duró un día. En el viaje de ida y vuelta á la Asunción recorrió trescientas leguas. De regreso al Guairá, emprendió, juntamente con el P. Simón Mazeta, la reducción de los tucutíes, y halló el terreno bien dispuesto, Los tucutíes moraban en el país que media entre los pueblos antiguos del Guairá y el de San Javier; de ellos había trasladado á Loreto siete años antes el P. Cataldino novecientas almas. Se consideraba de suma importancia unir los pueblos del Guairá con la colonia de San Javier por medio de nuevas reducciones en la región de los tucutíes, por lo cual puso el P. Ruiz sumo empeño en conseguirlo. Era además intolerabley molesto para ir á San Javier tener que navegar por el Tibaxiva, río lleno de escollos, dando un gran rodeo y dejando á la espalda tribus indómitas. Preparadas todas las cosas necesarias para la fundación del nuevo lugar, los PP. Antonio Ruiz y Simón Mazeta se pusieron en camino. Atravesaron selvas vírgenes sin hallar una senda; luego les salió al encuentro un hijo del cacique, y con él prosiguieron su viaje; los neófitos que acompañaban á los misioneros recelaban que el cacique armara asechanzas para quitar la vida á los Padres; pronto se les desvanecieron tales pensamientos viendo cómo los recibía afablemente el cacique y les ofrecía su aldea para fundar allí una reducción; más agradó la voluntad del indio que el paraje que era malsano por estar en un profundo valle. Obtenido permiso del cacique, eligióse sitio mejor y se empezó la construcción. No pasó mucho sin que acudieran allí cerca e doscientas familias que vivían en las selvas próximas. Con aplauso general fueron dedicados á San José el templo y el pueblo. Fijaron en éste su residencia los indios de seis aldeas, y había esperanza de que hicieran lo mismo los de quince pueblecillos vecinos. Quedó en San José el P. Simón Mazeta, y sufrió lo indecible, como siempre acontecía en las nuevas fundaciones. Es cosa admirable que un hombre solo pudiera mitigar la rudeza de los indios, instruirlos, administrarles los Sacramentos, fabricar las casas, edificar una iglesia y otras mil cosas, alimentándose nada más que de habas y raíces, y macerando su cuerpo de continuo, sin que llegara su salud á resentirse.


CAPÍTULO XXII

DEL CAMINO QUE DESCUBRIO EL P. ANTONIO RUIZ

Y DEL AUMENTO QUE TUVO EL PUEBLO DE SAN JAVIER.

Queriendo el P. Ruiz hallar un nuevo camino desde San José á San Javier, entró por bosques espesos, habitados de gente fiera;. durante tres días no encontró una gota de agua, tanto, que no pudo celebrar Misa; afortunadamente vió cierta planta flexible, de la cual, hecha una incisión, brotaba un líquido suficiente para calmar la sed, mas inútil para el Sacrificio del Altar. Su alimento consistía en hojas tiernas. Luego que anduvo no pocos días luchando con la maleza que desgarraba sus piernas, llegó al río. Allí no dió con senda alguna, por lo cual determinó entregarse en brazos de la Providencia; cuando después lo refería, afirmaba que nunca fué tan feliz como al verse sin otro auxilio que el del cielo. Así estaba, cuando un indio que le acompañaba tocópor casualidad una bocina y sonó otra en la ribera opuesta: era que los de San Javier buscaban al P. Ruiz, quien emocionado, viendo tan señalada protección de Dios, exclamó:Señor retírate de mí porque soy pecador. Se aumentó su gozo al saber que entre los cristianos venía un cacique recientemente convertido y por cierto antes tan bárbaro, que procuró con todas sus fuerzas inmolar y devorar al P. Ruiz. Este halló en San Javier á losPP. Cristóbal de Mendoza y Francisco Díaz Taño, quienes temían que los antropófagos lo hubieran sacrificado cuando subió por el río Tibaxiva, y les proporcionó grande alegría. El pueblo de San Javier había crecido en población; en el día de San Ignacio colocó el P. Ruiz el Santísimo Sacramento en la iglesia, para que pudieran alimentarse con la Carne de Cristo los que antes comían la de sus hermanos, royendo cruelmente huesos humanos. Nombró Rector de San Javier, en lugar del P. Mendoza, al P. Francisco Diaz Taño, quien logró acrecentar la nueva colonia, á pesar del hambre y de las insidias de los hechiceros.


CAPITULO XXIII

FUNDACIÓN DEL PUEBLO DE LA ENCARNACION EN EL GUAIRÁ.

Mucho tiempo hacía que Suruba, cacique de grande influencia entre sus compatriotas, y tan apegado á las costumbres de los antepasados como enemigo del cristianismo y de los misioneros, se oponía á la conversión de los tayatíes, quienes habitaban la región de Nivatingui, frente á los campos del Guairá. Oponíase resueltamente á la fundación de un pueblo en su país, y valiéndose de amenazas, prohibía á sus vasallos, ávidos de ser instruídos en nuestra religión, el trato con el P. Ruiz. Tamaño obstáculo á la propagación de la verdad desapareció del modo siguiente. Había ido Suruba en compañía de muchos caciques enemigos nuestros á las tierras de Tayaoba para coger yerba del Paraguay, la cual hace las delicias de los indios. Uno de los expedicionarios era Pindo, hombre poderoso, quien años atrás pretendió con una turba de antropófagos quitar la vida al P. Ruiz para devorarlo, y después, cambiando en afecto el odio que á éste profesaba, contra la voluntad de Suruba, le invitó para que fundase un pueblo en su país. Tayaoba, disimulando el odio que tenía á los huéspedes, les dió libre paso al ir; mas cuando volvían los asesinó, para devorarlos en son de fiesta. Tan sólo escapó con vida Pindo, abriéndose paso por los flecheros con su escudo y su espada, y llegó á su patria. Allí consideró de cuánta paz disfrutaban los de Itirambeta en el pueblo de San Javier, cuando antes vivían en perpetuas luchas; agregóse á esto la necesidad en que se veía de oponerse á ciertos enemigos que tenía, y á quienes no podía vencer sin unirse á los cristianos; envió, por tanto, tres caciques al Padre Ruiz para que solicitasen la fundación de un pueblo en sus dominios. Algo sospecharon los de San Javier de lo que había, por lo cual rechazaron con ásperas palabras á los enviados, sin permitir que hablaran en privado con el P. Ruiz, diciendo que todo era estratagema para engañar á éste y asesinarlo. El misionero dijo á los mensajeros las siguientes palabras:Ya escucháis lo que sospecha la gente; pero sabed que por más que supiera ciertamente cómo Pindo me iba á devorar, tanto amor os profeso, que untepondría vuestra salvación á mi vida. Os prometo ir con vosotros dentro de tres días, desafiando toda clase de peligros. Oídas tales razones, los indios dieron las gracias al P. Ruiz, por cuanto había atendido más á sus súplicas que á las sospechas del pueblo, y dieron palabra de hacer con los jesuitas lo mismo que hicieron los de Itirambeta. Pasados tres días, los PP. Antonio Ruiz y Cristóbal Mendoza se pusieron en camino; al cuarto de salir llegaron donde estaba Pindo, quien los recibió con arcos hechos de ramaje, entre el sonido de tímpanos y bocinas, con numerosa concurrencia de pueblo, y los llevó á una capilla que había mandado construir, donde dieron gracias al Señor y arengaron á la muchedumbre. Después de esto habló Pindo, y prometió solemnemente coadyuvar á la fundación de la nueva población. Las casas que dió á los misioneros para vivir en ellas estaban cercadas de una valla, á causa de las luchas que sostuvo en otro tiempo con un cacique, quien devoró á la madre de Pindo; á su vez éste hizo lo mismo con varios súbditos de aquél; el cual, cuando llegó el P. Ruiz, acababa de asar tres muchachos para ser comidos, y había molido á palos y atravesado con saetas á varias mujeres; todas murieron menos una, que respiraba aún cuando fué llevada con los cadáveres de sus compañeras al pueblo de Pindo; bautizóla el P. Ruiz, y ¡cosa admirable! recobró la salud muy pronto; á los tres días fué por su pie al sitio en que se levantaba la nueva población, distante una legua. Este era amenísimo, rodeado de pinos y bañado por un río. La víspera de San Lorenzo se erigió la cruz, y dicha la Misa, se mezclaron en una urna cédulas con los nombres de muchos santos y de festividades, saliendo la Encarnación, nombre que se puso al pueblo, el cual creció de tal manera, que llegó á tener quinientas familias de neófitos y catecúmenos.


CAPÍTULO XXIV

PELIGRA EN VARIOS SITIOS DEL GUAIRÁ LA EXISTENCIA DE LOS JESUITAS.

Habiendo quedado en la Encarnación el Padre Cristóbal de Mendoza, dedicó su atención el P. Ruiz á los demás pueblos del Guairá. Mientras se hallaba ausente de la Encarnación, los indios no reducidos tomaron las armas contra Pindo, porque había recibido benévolamente á los misioneros, resolvieron destruir el nuevo pueblo, y enviaron un espía que se enterase de cuáles eran las fuerzas con que podía defenderse dicho cacique; mas puesto al tormento el espía, aunque al principio se negó obstinadamente á declarar lo que sabía, terminó diciéndolo todo con el siguiente motivo: estando atado por disposición del P. Mendoza, éste abrió su Breviario para cumplir con el rezo; y como creen los indios que los europeos descubrimos los cosas arcanas mediante las letras y los libros, juzgó el preso que al momento serían patentes sus secretos, y prorrumpió en las siguientes palabras:¡Oh Padre, no permitas que me atormenten de nuevo: te contaré todo, pues conozco muy bien que lo sabes mediante tus libros! Entonces refirió la conjuración tramada, y añadió que los enemigos tenían un increíble deseo de comer carne de sacerdote y firme propósito de arrasar la nueva población. Sabido esto, armó Pindo sus vasallos y marchó lo antes que pudo contra los enemigos, quienes, viendo cómo su explorador no tornaba antes de que el día terminase, se retiraron á sus tierras. Pasado el temor de la guerra, quiso el P. Mendoza enviar á su país el emisario, haciéndole antes varios obsequios; mas éste no quiso de ninguna manera, recelando ser inmolado por los suyos á causa de haber descubierto el negocio de la conjuración. Estos feroces pueblos debían ser muy pronto reducidos merced á los perseverantes trabajos de los misioneros, según veremos luego. Un conflicto hubo en la Encarnación con ocasión de dar el P. Ruiz á sus habitantes permiso para establecerse entre los de Itirambeta, atendida su muchedumbre: bastantes hicieron uso de tal autorización; pero los restantes, viendo que disminuía su número, echaron mano á los que se marchaban y les obligaron á volver al pueblo, dando muerte á uno que se oponía. A su vez los de San Javier esparcieron el rumor de que el P. Mendoza había sido muerto en la Encarnación. Con esto crecieron las rivalidades entre ambos pueblos, de tal manera, que era da temer estallara la guerra; la prudencia de los misioneros pudo evitarla. Grave era lo que sucedía en San Javier donde algunos indios continuaban comiendo carne humana; en poco tiempo mataron diez y siete hombres por devorar sus cadáveres, y tenían afán de hacer lo mismo con el P. Diaz Taño, cuya persona custodiaban día y noche los neófitos más fieles. He aquí el modo con que se descubrió el delito de los caníbales: uno de éstos hirió con una segur á cierto niño y lo dejó por muerto, yéndose á otro lugar; pero el infante, aunque gravemente herido, pudo volver arrastrándose á casa de sus padres; su madre cargó con él y fué á población, donde rogó á la gente principal que descubriesen el homicida; sabido quién era éste, hubiera sido despedazado por los neófitos á no ser por la mediación del P. Diaz Taño. El resultado de tal descubrimiento fué tenerse á raya los antropófagos con el temor del castigo. Por entonces sobrevino un hambre espantosa; muchas personas caían desfallecidas, y el mismo P. Diaz Taño se consideraba feliz si comía alguna espiga de trigo turcoyyerbas silvestres. Entre tanto, perseveraba con admirable paciencia por espacio de medio año el P. Diego Salazar en las aldeas próximas a Villarica, procurando á toda costa facilitar la entrada en el país de Tayaoba á los misioneros, si bien fué muy poco lo que logró por continuar en su pertinacia los indios, quienes varias veces intentaron darle muerte; cierto cacique lo quiso quitar de en medio porque reprendió á un hijo suyo. Rodeados de tantos peligros vivían los religiosos, siendo más de admirar su fortaleza al considerarlos solos en pueblos distantes entre sí treinta y cuarenta leguas, tan ajenos de pensar en regalos, que nunca estaba tan contento el P. Cataldino como cuando le faltaban las cosas más necesarias; acudían con preferencia allí donde peligraba su vida ó eran de esperar grandes sufrimientos. El P. Ruiz escribió con frecuencia al Provincial para que le enviase cuantos misioneros pudiera, no fuese que los pocos que había sucumbiesen al peso del trabajo y se perdiera la esperanza de someter á Cristo la provincia.


CAPÍTULO XXV

ES SEPARADO REINO DE CHILE DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY.

A fines de este año, el Provincial. Nicolás Durán Mastrilli se ocupaba en un negocio de importancia, y era la división de la provincia, demasiado extensa para que un hombre solo pudiese inspeccionarla. En efecto, ningún Provincial del Paraguay había podido hasta entonces visitar el Guairá y las islas de Chiloé; además se originaban algunas dificultades, á causa de estar el Tucumán y el reino de Chile separados por una larga y alta cordillera infranqueable durante seis meses, efecto del frío riguroso; ni aun los correos la atravesaban en invierno. Añádase el que se esperaba fundar nuevos pueblos en el Paraná, el Guairá y el Uruguay, y el Provincial se hallaba imposibilitado de regirlos por tener que cuidar de un país cuya anchura era de novecientas leguas. En vista de cuyas razones el General Mucio Vitelleschi y la mayor parte de sus Asistentes se decidieron á que Chile fuera una provincia distante de la del Paraguay; cuentan que uno de los Asistentes se resistió al principio á dar opinión favorable; pero cambió de parecer cuando supo que los Padres del Tucumán y los de Chile estaban sin poderse comunicar por escrito los seis meses de invierno, y aun dicen que exclamó: «No junte el hombre lo que Dios separó.»

Este era el estado de Chile en el momento que fué convertido en provincia, separada del Tucumán y el Paraguay por auténtico documento del General Vitelleschi. En la ciudad de Santiago, la principal del reino, había un Colegio elevado á la categoría de Academia,y un Seminario de Nobles bajo la dirección de la Compañía. Un rico propietario, llamado Carreto, nos dió á diez y ocho millas un campo y casas para educar los novicios. En la Concepción, asiento del Gobierno, teníamos otro Colegio, al que estaban sometidas las residencias de Chiloé, Araucoy Buena Esperanza, sostenidas á costa del Rey. A esta parte de los montes, el Colegio de Mendoza en la provincia de Cuyo cuidaba de evangelizar aquel país. Esperábamos, una vez hecha la paz con los araucanos y reedificadas las ciudades arruinadas por los rebeldes, fundar en ellas Colegios. Acordóse que dependiera la viceprovincia de Chile de la del Perú, ya porque de ésta irían más religiosos ya por la facilidad de comunicaciones, y hasta hoy ha brillado por los ilustres hechos de sus misioneros, el número de hombres notables que ha producido en letras, virtudes y gobierno, y lo que éstos han padecido en terremotos, inundaciones y guerras, en domar la pertinacia de los indios, y en otros ejercicios. No faltará quien escriba su historia; yo me abstengo de hacerlo, pues me dedico solamente á componer la del Paraguay y regiones adyacentes. La administración de la viceprovincia de Chile fué encomendada al P. Juan Romero, quien por espacio de catorce años había regido muchos Colegios; falleció á poco tiempo de que lo nombraran Viceprovincial de Chile. Hablaré de él para alabarlo como es debido.


CAPÍTULO XXVI

PRIMEROS AÑOS DEL P. JUAN ROMERO; SU NOVICIADO,

NAVEGACIÓN Á LAS INDIAS Y PRIMEROS TRABAJOS EN EL PERÚ.

Nació de padres honrados en Marchena, población de Andalucía. Cuando estudiaba Derecho canónico en Osuna, pasando una noche por el cementerio, se le apareció un sacerdote conocido que había muerto poco antes; llevaba inflamado el traje clerical, y echando fuego por la boca se lamentaba amargamente. Al contemplar Juan tal espectáculo, cayó en tierra sin sentido; repuesto ya pasado un rato, volvió á su casa. Del susto que se llevó, enfermó gravemente; apenas convaleció, renunció al mundo y comenzó á pensar si ingresaría en nuestra Orden. En esto, el P. Millán García, insigne predicador de la Compañía, explicándole las palabras delCantar de los cantares, vulnerasti cov meum (2), le decidió á que hiciera profesión religiosa, lo cual llevó á cabo en el año 1580, á los veintiuno de edad. En el primer día de su noviciado se le opuso el demonio, repitiéndole con pesadez que desistiese, pues nunca acabaría lo empezado, y siguiese el camino por donde iban los jóvenes sus amigos, pues era cosa intolerable pasar toda la vida sujeto á una rígida autoridad, y sin gozar del amor; que se aprovechase de las riquezas que el cielo le había dado, y de su ánimo generoso cual pocos, y no se degradara en la pobreza. Juan estaba postrado en el lecho cuando sintió traspasado su corazón con estos dardos de sugestión, y no ignorando quién los arrojaba, para salir adelante con sus deseos, empleó contra enemigo tan audaz un remedio violento: saltó de la cama é hizo propósito de jamás abandonar la Compañía. Derrotado Satanás, nunca volvió á tentar á nuestro fuerte atleta para que desertara, y se vió cuanto importa con heróicos hechos ser temido por el común adversario. Todos los días se ponía en presencia de Dios, quinientas veces, y acomodaba sus actos á los rectos mandamientos. Amaba las cosas ásperas y odiaba las agradables. Después del noviciado, en nada relajó su austeridad, no obstante vivir ocupado en los estudios, la predicación y los asuntos domésticos. El Procurador de la provincia de México, sabiendo lo virtuoso que era, lo quiso persuadir para que fuera á dicho país, á lo que respondió: «Yo deseo vivir en América; mas el tiempo y lugar lo designarán mis Superiores.» El cielo dió á conocer al P. Millán García que no debía ir el P. Romero Juan á la provincia de México, sino á la del Perú. Cuando lo supo este religioso, recibió increíble contento, y se embarcó juntamente con el P. Hernando de Mendoza, hermano del marqués de Cañete, Virrey del Perú. En el viaje se granjeó el afecto del Virrey, porque dirigió á los que le acompañaban fervientes pláticas sobre asuntos piadosos. En Lima predicó con tal aceptación, que aunque no estaba ordenado de sacerdote, le oyó el Arzobispo Mogrovejo, quien luego se mostró más benévolo con la Compañía, contra la cual tuvo antes un pleito en otro tiempo.


CAPÍTULO XXVII

LO QUE HIZO EN VARIOS LUGARES DE AMÉRICA Y SIENDO PROCURADOR EN ROMA.

En el año 1593 fué enviado al Tucumán y al Paraguay, y por espacio de catorce años, antes de que se fundara la provincia, estuvo al frente de los misioneros que allí trabajaban. Tanto lo protegió el gobernador del Tucumán, que le dió víveres sin cuento para el sustento de los Padres. El Obispo, con suma modestia, le ayudaba en las cosas grandes y pequeñas. Al fundar Colegios en el Tucumán y Paraguay, ninguna dificultad halló. Evangelizó con excelente fruto varias naciones bárbaras, cuyos idiomas aprendió; en tal empresa pasó muchas fatigas; anduvo por caminos peligrosos, á veces entre gente rebelde. En el año 1608 fué enviado á Roma como Procurador de la provincia del Paraguay, y consiguió que Su Majestad renovase un privilegio, por el cual disponía que los religiosos dedicados á la conversión de los indios, vivieran á costa del Erario público. Aunque estaba enfermo se embarcó en Lisboa con buen número de misioneros escogidos; rogándole los médicos portugueses y los mismos Padres que huyera del peligro y se curase antes en España, respondió: «Menor mal será mi muerte que el dar ejemplo á los Procuradores de Indias para que se detengan con cualquier pretexto; en utilidad de la provincia, me expondré mil veces á perder la vida.» Llegó felizmente al puerto de Buenos Aires; fundó allí un Colegio, y el año siguiente otro en Estero; pasado algún tiempo, le encomendaron el régimen del Colegio de Santiago, en Chile, y desempeñó su cargo con singular prudencia. Lo trasladaron á la ciudad de la Concepción cuando el P. Luis Valdivia pasó á Europa, y gobernó laudablemente el Colegio y residencias sufragáneas. Después fué elegido para administrar la nueva viceprovincia, oficio que desempeñó tres años. Nombrado Provincial del Paraguay, se excusó de serlo por su edad avanzada y achaques. Retiróse al descanso y preparóse con piedad á morir, lo cual veía cercano.


CAPÍTULO XXVIII

OTRAS BUENAS OBRAS Y VIRTUDES DEL P. JUAN ROMERO

Si consideramos los altos cargos que tuvo y las virtudes en que brilló, es forzoso ponerlo entre los más insignes varones de la Compañía. Sus sermones no eran elegantes, pero estaban llenos de energía. El P. Jerónimo de Florencia, que le oyó en Madrid, dijo que merecía ser imitado por los predicadores. Cuando en los púlpitos de la Asunción y de otros lugares hablaba de las verdades divinas, derramaba lágrimas y las hacía derramar á los oyentes, viéndose precisado á suspender la oración por breves instantes. Con sus plegarias alcanzó del Señor cosas extraordinarias. Una vez apagó el fuego que amenazaba quemar los campos; otra, habiéndose apartado de sus compañeros de viaje, é internado en un desierto de cien leguas, oró al Omnipotente y halló el camino al punto. Con estas palabras: Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, compadécete de mí, logró que un joven enfermo de gravedad se confesara, á lo cual se oponía tenazmente. D. Diego de Ulloa, oyendo ponderar los hechos notables del P. Romero, sintió deseos de confesarse con él, no obstante que vivía a quinientas leguas de distancia, en el fuerte del Callao, donde era capitán; cumpliéronse sus aspiraciones, pues nombrado gobernador de Chile cuando el P. Romero regía el colegio de la Concepción, lo tuvo á su lado en la última enfermedad. Con suma prudencia reconcilió nuestro misionero con la Compañía á muchos españoles que la odiaban á causa del servicio personal de los indios. En Chile dirimió no pocas controversias, de manera que cierto Oidor aseguró que la Audiencia estaría más ocupada que antes á la muerte del P. Romero. Yendo desde el Tucumán á Chile, recibió de una señora de Córdoba un poco de aceite para el viaje, que era larguísimo; ella dejó vacía la vasija que lo contenía, y al cabo de algunos días vió que de nuevo estaba llena y caía al suelo el sobrante. No paró aquí el prodigio, pues renovóse el milagro de Eliseo en favor de Sarepta: por espacio de tres años se gastó del aceite para las necesidades caseras y en dar limosnas, y nunca faltó; después llenaron la vasija de aceite destinado á la lámpara de San Antonio, y duró otros cinco años. En la capital de Chile una matrona le pidió que dijera Misas por las obligaciones de su marido ausente en Cuzco y ocupado en negocios. Mas éste, amancebado allí, en todo pensaba menos en volver al lado de su mujer é hijos; dábase un día al amor en una habitación cerrada, y aunque el P. Romero estaba centenares de leguas lejos, se apareció: el adúltero, al verlo, formó propósito de tornar á su casa; la concubina, enterada de lo acontecido, se arrepintió, y á los tres días entró en un convento de monjas. De nuevo se presentó el P. Romero al español cuando regresaba á sus lares, confirmándole en sus buenos pensamientos; llegado éste felizmente al hogar doméstico, hizo que le pintaran un retrato de nuestro jesuita, ya difunto, y toda la vida lo veneró con culto privado. En los campos de Córdoba solía presentarse la calavera de un hombre rodeada de fuego, y siguiendo á los caminantes, ponerse junto á ellos en las sillas de los caballos de una manera terrorífica; no cesó el mal hasta que el P. Romero la exorcisó y prohibió salir en adelante. También arrojó los duendes de casa de una honesta dama. Juan de la Costa, tenor de la iglesia de Estero, el cual no apreciaba mucho á la Compañía, confesó haber visto en el templo la sombra del P. Romero lanzando rayos de su rostro, hermoso en extremo. Una mujer que padecía dolor de costado y fatiga, sanó encomendándose á él. Poco antes de que muriese, cierta mujer famosa por sus inspiraciones celestiales, oyendo terribles ladridos de perros, supo que eran las voces de los demonios, furiosos porque un ínclito hijo de la Compañía iba muy pronto á entrar en el Paraíso. El Domingo de Palmas aseguró el P. Romero que no pasaría del jueves siguiente, y así aconteció, pues murió en dicho día. Poco antes de espirar dijo á un oidor que arreglase sus asuntos, pues viviría poco; en efecto, éste falleció á les tres meses. Cuando estaba en la agonía le rodeaban los oidores y la gente principal, rogándole que intercediera por ellos en el cielo. A la media hora de haber muerto, se apareció con traje sacerdotal á una noble y honesta señora, y como ésta le preguntara si estaba en el fuego del Purgatorio, aseguró que gozaba las delicias de la bienaventuranza, y acto inmediato voló á la gloria. El cadáver tenía infinitos cardenales, porque aun siendo viejo se disciplinaba y llevaba cilicios, tan rígidamente, que dijo más de una vez que no padecería en el otro mundo por ser indulgente con su cuerpo. Un religioso, investido de las primeras dignidades en la Orden de Santo Domingo, aseguró en público que, al fallecer el P. Romero, la Compañía perdía una de sus columnas, sostén del reino chileno y de las demás religiones. Otro dominico aseguró que ningún hombre tan útil y eminente había pisado el suelo de Chile. Al divulgarse su muerte, las campanas de las iglesias tañeron á duelo y los oidores llevaron el cadáver al sepulcro, vestidos de luto. El Obispo celebró la Misa de difuntos con lágrimas y sollozos que no le dejaban cantar, y así, en voz baja, rezó los Oficios. Sus uñas, vestidos y demás cosas que le pertenecieron, fueron guardadas y reverenciadas por los varones piadosos. Fué de elevada estatura y rostro severo, aunque no muy hermoso; más inclinado al rigor que á la condescendencia.


CAPÍTULO XXIX

CELEBRASE UNA CONGREGACIÓN PROVINCIAL;

EL PADRE GASPAR SOBRINO SE EMBARCA PARA ESPAÑA.

Encargado el P. Juan Romero de gobernar la rica provincia de Chile, el P. Nicolás Durán Mastrilli se propuso ordenar el resto de la antigua del Paraguay, que comprendía todavía este país, el Tucumán y el Río de la Plata. Como quiera que los misioneros naturales de Chile fueron enviados á su patria, el P. Mastrilli tenía pocos religiosos y hubo de pensar en llevar más. A principios del año 1626 se convocó una Congregación provincial, y en ella fué nombrado Procurador el P. Gaspar Sobrino, quien salió de Buenos Aires; la nave en que iba dió en unos escollos, afortunadamente sin que se rompiera; con seguridad habría caído en poder de los piratas holandeses el día que entró en Pernambuco, si un viento recio no obligara á los buques enemigos á alejarse del puerto. Desde el Brasil navegó á Portugal, y por poco no pereció en las inmediaciones de Lisboa, donde se desencadenó una formidable tempestad, la cual fué provechosa para Manuel Cabrera, noble joven nacido en Córdoba del Tucumán, pues desesperando de salvar la vida, hizo voto si la conservaba de ingresar en religión. Constante en su resolución, dió al Colegio de Córdoba quince mil escudos de oro y entró en la Compañía en la provincia de Aragón. Distinta fué la suerte del P. Andrés Rodríguez; lo enviaron á España al expulsarlo de la Compañía; mas luego tornó á las Indias y prosiguió en sus necedades. Ignoro qué fin tuvo. Acabada la Congregación provincial, fueron destinados, el P. Diego Alfaro, sacerdote, á trabajar con los misioneros del Paraguay, y el P. Pablo de Benavides al Guairá. En lugar del P. Diego de Boroa, elegido Rector del Colegio de la Asunción, quedó encargado el P. Roque González de gobernar á los jesuitas del Paraná y Uruguay. El P. Diego de Boroa, antes de tomar posesión del rectorado, solicitó humildemente del Provincial que lo enviase á convertir los indios de Iguazúa en el Paraná, á quienes con peligro de su vida había predicado antes, y lo consiguió; pidió para tal empresa algunos meses de tiempo, y provisto de las cosas necesarias en la fundación de pueblos, fué desde Córdoba á Itapúa por tierra y el río, dándose prisa por cumplir con su cometido.


CAPITULO XXX

FUNDACIÓN DE IGUAZÚA.

El Iguazú, cuyo nombre significa río caudaloso, dista por igual de Itapúa y de los límites del Guaira, y á los veinticuatro grados de latitud se precipita con grande ruido en el Paraná. La navegación por él es imposible, pues cuatro millas antes de su confluencia se despeña desde una roca elevada, con tal estruendo, que se oye desde tres leguas; el golpe del agua hace que se formen nubes de vapor, las cuales pueden verse desde el Paraná. Esta catarata había servido de antemural á los indios, quienes odiaban de todo corazón á los extranjeros. Los habitantes del Iguazú en nada difieren de los guaraníes. Las mujeres iban desnudas antes que llegasen los religiosos. La carne humana era manjar muy codiciado. Nunca los españoles habían penetrado en aquella región ni era de esperar que lo consiguieran por las armas. Tres años atrás el P. Diego Boroa procuró entrar acompañado de pocos neófitos; pero los indios, armados, le obligaron á retroceder. Dos años después el mismo Padre pasó la catarata y se granjeó la amistad de varios caciques; mas fué rechazado por Taupa, hombre muy respetado en Iguazúa de modo que no había esperanza de reducir aquella gente. Como el P. Boroa era varón de esforzado corazón y no se amedrentaba á vista de los obstáculos, juntamente con el P. Claudio Ruyer emprendió otra expedición muy importante. Sabedores de su llegada los habitantes de Iguazúa, reuniéronse en común banquete, según acostumbraban, y deliberaron sobre admitirlos ó no á coloquio, Para mayor solemnidad inmolaron un mancebo, y se preparaban á devorarlo. Lo admirable es que, de común acuerdo, decidieron admitir al P. Boroa, porque cuando lo expulsaron sufrieron dos calamidades, la pérdida de la cosecha y la peste, muriendo los que más odio habían mostrado contra el misionero. Tan luego como supieron que éste venía desde Acaray, salieron su encuentro con barquichuelas, y pasando la catarata del río, lo condujeron benévolamente al primer pueblo. En los días siguientes se pusieron á sus órdenes Taupa y otros caciques, quienes mostraron deseos de que la nueva población se estableciera en aquella aldea; pero los PP. Ruyer y Boroa, prefiriendo el bien común al de pocos, resolvieron fundar la colonia en el sitio que mejor les pareciera. Designado éste, erigieron una cruz, que adoraron puestos de rodillas los antropófagos. Señaláronse los solares de las casas y acudieron muy pronto indios de todas partes, quienes destruyeron antes sus tugurios, atraídos por los dones que hacían los religiosos, y fijaron allí su residencia. Quiso oponerse á esto un hechicero que llevaba el cuerpo pintado de horrible manera, y al cual se aparecía con frecuencia el demonio, ora en forma de ángel, ora en figura de tigre; presentóse delante de los Padres, y á voces les intimó que no desterrasen las costumbres del país. Mas con el favor divino pudieron los misioneros ablandar el feroz ánimo del indio, y que éste, abjurando de los errores, con su ejemplo y palabras lograse que muchos otros le siguieran. Un bárbaro resolvió matar á los religiosos; pero un compañero suyo le impidió cometer tal crimen. Una india llevaba tras sí las turbas, fingiendo ser la Madre de Dios; quiso el cielo que no prosiguiera aquella mujer en sus tonterías. Otras varias personas se opusieron á la obra con felicidad comenzada; Dios quiso que de enemigas nuestras que eran, se tornasen favorables á la compañía. Diósele al pueblo el nombre de Santa María la Mayor para que sus habitantes estuvieran, como los del Guairá, Paraná, y Uruguay, bajo la protección de la Virgen, renunciando al demonio yadorando á Jesucristo. Pasados cuatro meses, fué á establecerse allí, á excitación de Taupa, el cacique Paravera, y llevó consigo doscientas familias; en adelante nadie se avergonzó de profesar la religión cristiana. El día de la Asunción fueron bautizados ciento cuarenta adultos; poco después cincuenta niños y otras personas mayores de edad; paulatinamente recibieron el Bautismo todos los habitantes de Iguazúa, en cuyo pueblo yo viví dos años; nada menos que ocho mil seiscientos indios entraron en el seno de la Iglesia mediante dicho Sacramento. Por espacio de cinco meses vivieron los misioneros en una pobre tienda hecha de esteras, soportando las inclemencias del clima, hasta que construyeron iglesia y casas: en aquélla celebraban Misa, bautizaban, confesaban. Comían tan mal, que su regalos eran yerbas insípidas, pues la tierra de Iguazúa, que es áspera, no puede mantener ganados, y el río, á causa de precipitarse desde una roca, no cría peces; la gente vive allí de caza y de las exiguas producciones del país.


CAPÍTULO XXXI

FUNDACION DE SAN NICOLÁS EN EL URUGUAY, CON LA TRIBU DE LOS PIRATINES.

Con no menos éxito trabajó en el Uruguay el P. González. Siete años había permanecido ó en la Concepción, pueblo por él creado, sin poder penetrar en el Uruguay, á causa de la pertinacia y recelos de los indios; removidos algún tanto estos inconvenientes, llevando consigo algunos neófitos, pasó el Uruguay y fué hasta la confluencia del río Piratín. A dos leguas de dicho paraje halló un sitio á propósito para establecer una villa, y convocó los pueblos comarcanos para hablar con ellos; ganóse la voluntad de éstos, y así, el día de la Invención de la Cruz, erigió una, celebró el Santo Sacrificio y tomó posesión del lugar, al que designó con el nombre de San Nicolás, en obsequio al Provincial Nicolás Durán. De dos peligros salió bien por entonces. Caminaba de noche por el bosque, cuando sobrevino una horrible tempestad; al resplandor de un relámpago vió dos tigres que se hallaban cerca, y tuvo tiempo de huir. Aún fué mayor el segundo: cierto indio iba á descargarle golpe con la maza cuando estaba en su tienda; el cielo evitó la perpetración del crimen. Dedicóse el P. González al cuidado de otras reducciones, y quedó en San Nicolás el P. Alfonso de Aragón, agradable á los piratines, quien logró aumentar el número de habitantes, de tal modo, que á los tres meses había doscientas ochenta familias, y poco más tarde quinientas. En las cercanías se halló gente para llenar otro pueblo; según consta por auténticos documentos, fueron bautizadas cerca de siete mil trescientas personas.


CAPÍTULO XXXII

EL P. ROQUE GONZÁLEZ EXPLORA LA PARTE INFERIOR DEL URUGUAY.

Mientras lo referido acontecía, D. Luis de Céspedes, gobernador del Río de la Plata, creyendo ganarse el afecto del rey Católico y aumentar el lustre de su familia con la ocupación del Uruguay, solicitó del P. González que abriese un camino desde Buenos Aires á la Concepción, reduciendo los pueblos intermedios, pues desesperaba de conseguirlo mediante las armas, y sí confiaba en alcanzarlo por los esfuerzos de los misioneros, quienes emprenderían tal expedición á costa del Erario público. Con este pensamiento se granjeó el afecto de los pueblos próximos al puerto á fuerza de regalos, y comisionó á Hernando de Zayas, conocedor de la lengua guaraní y del carácter de los indios, para que llevase una carta al P. González, quien residía en la Concepción, distante ciento cincuenta leguas. Zayas corrió varios peligros en su viaje; pero al fin pudo verse con el P. González,y ponderólo cuánto bien haría á la religión y al rey de España si, reduciendo los bárbaros del Uruguay, bajaba por este río para acordar con el gobernador lo que más conveniente pareciera. El P. González dió gracias á Dios porque le proporcionaba lo que tanto había ambicionado; llevó consigo los más atrevidos hombres de la Concepción, con su jefe Diego Nieza, y se puso en marcha con Hernando Zayas. Apenas habían salido, cuando se encontraron con cuatrocientos idólatras que avanzaban en son de guerra; el Padre González los persuadió á que abandonasen las armas y tornasen á sus ocupaciones. Yendo de camino bautizó un niño moribundo. De todas partes salían á verle indios que hablaban distintos idiomas, todos ellos de carácter feroz; nuestro religioso los excitaba á ser cristianos, ya de palabra, ya con gastos. A los veinticinco días llegaron á Buenos Aires con sumo gozo del gobernador, quien sabedor de cómo iban con el P. González los indios principales, consideró prudente inculcar á éstos el respeto á los españoles y á su monarca mediante un pomposo recibimiento. En el día señalado se presentó rodeado de gente distinguida que cabalgaba; le seguían su hijo mayor al frente de una compañía de soldados de á caballo y otro con la milicia de á pie, llevando todos armas relucientes; los cañones atronaron el aire con sus disparos. Con esta solemnidad fueron acogidos los indios, quienes fueron primero al palacio del gobernador y después al del Obispo, cuya mano besó de rodillas el gobernador para dar ejemplo de veneración á los sacerdotes. Después, Diego Nieza, en nombre de sus compatriotas, declaró que serían obedecidos el rey de España y sus gobernadores; solamente rogaba que no fueran los indios sujetos á servidumbre alguna ni tuvieran más sacerdotes que los jesuitas. Aceptadas tales condiciones, el gobernador, como representante del rey Católico, recibió el homenaje de la provincia del Uruguay, y nombró por jefe de ella á Diego Nieza, á quien, después de darle algunas prendas de vestir y otros regalos, le intimó que confirmara con los hechos las promesas y obedeciera siempre á los misioneros. Lo mismo dijo el Obispo. Tanto éste como el gobernador trataron honoríficamente al P. González. Los religiosos que iban á trabajar en el Guairá recibieron amplias facultades en lo tocante á la administración de Sacramentos y otros asuntos. El gobernador dió al P. Romero y á sus compañeros un documento por el cual se les autorizaba para reducir los indios del Uruguay, fundar pueblos y hacer todo lo que era permitido á los misioneros, que el rey Católico, como patrono de las Indias, solía enviar á este continente; para que tuviera mayor fuerza y eficacia tal delegación, recibióla el P. Juan Bautista Ferrusino delante de testigos. Además, entregó el gobernador al P. González campanas, vasos sagrados y otras cosas á expensas del Erario público; y conociendo que á más de los dos pueblos que se pensaba fundar en el Uruguay se podían pronto establecer otros si había número bastante de sacerdotes, suplicó al Rector del Colegio que fuera también á dicha región el P. Miguel Ampuero y envió al rey Católico una carta en que, después de enaltecer los méritos de la Compañía, le pedía que enviara treinta jesuitas al Uruguay á fin de que procurasen la instrucción de los indios. Dicha carta fué muy bien recibida en Madrid; dos años después, el P. Gaspar Sobrino llevaba al Uruguay nuevos misioneros. Diego de la Vega, rico portugués, dió gratuitamente cierta cantidad para comprar vestiduras sagradas en los nuevas reducciones, y prometió enviar de Europa herramientas que regalar á los indios para granjearse el afecto de ellos. Pasados en estas cosas diez días, el P. González volvió por donde había ido explorando de paso las riberas del Uruguay, por espacio de cien leguas; vió que no era probable la fundación de pueblos en el Uruguay, porque los habitantes de tal región ni sembraban ni tenían residencia fija. Más allá, conferenció con los del Yapeyú, y los animó á reducirse; otro tanto mismo hizo con los yaguaraitíes que distaban de los anteriores veinte leguas. Por fin llegó felizmente a la Concepción y contó el buen éxito de su negociación con alegría de los misioneros.


CAPÍTULO XXXIII

EL P. NICOLÁS DURÁN VISITA EL GUAIRÁ.

Estando así las cosas, el P. Nicolás Durán salió del reino de Chile, y trató de visitar el Guairá, lo cual no se había hecho hasta entonces. Dos caminos podían seguirse para ir desde el Tucumán á dicho país: el uno por los ríos de la Plata y Paraguay, yendo luego por tierra; pero era muy largo, nada menos que de quinientas leguas, á causa de darse un gran rodeo, y peligroso por morar en medio de él los payaguas, gente feroz y dada al asesinato de los viajeros; el otro camino, que era algo más corto, consistía en remontar el Paraná; antes de que los religiosos fundaran pueblos, nadie lo había seguido por temor á los bárbaros y por el obstáculo que el salto del río presenta en los confines dei Guairá. Reducidos ya los indios, creyó el Provincial que podría seguir el segundo itinerario. Sabiendo el P. Ruiz los designios del P. Durán, envió exploradores por el nuevo camino, uno después de otro; el último llegó al Tucumán é hizo saber al Padre Provincial cómo podría seguir dicho itinerario sin peligro. En vista de esto, salió el P. Durán de Córdoba y se puso en Camino; visitó el Colegio de Santa Fe, que está sesenta leguas de la mencionada ciudad, y prosiguiendo su viaje por el río llegó á Itapúa, distante ciento cincuenta leguas; después á Córpus Christi, quince leguas más allá, y luego á la colonia de Santa María la Mayor, que contaba dos mil habitantes. Allí se avistó con el P. González, quien le refirió sus tratos con el gobernador de Buenos Aires, en lo referente á la exploración del Uruguay. Continuó su navegación, y llegó al pueblo de Acaray, donde residía el P. Ruiz, Superior de las misiones, quien le salió á recibir con cien neófitos un buen trecho antes; acompañado de éste siguió hacia la catarata del río, distante cuarenta leguas; cuando se acercaban á ella, comenzaron las embarcaciones á sentir el efecto de la corriente; la del Provincial sufrió algunos desperfectos, y otra en que iban los PP. Martín Marín y Mendiola, ambos sacerdotes, que estaban destinados á residir en el Guairá, se destrozó en las rocas; felizmente nadie pereció. Prosiguieron luego el viaje por tierra. El Padre Ruiz había mandado construir puentes en los barrancos y abrir camino por medio de los bosques; sin embargo, muchas veces era preciso echar vigas desde un peñasco á otro y pasar por encima de ellas, con grave riesgo de caer en los precipicios y torrentes á poco que resbalaran los pies. Decía el Provincial, luego que vió claramente la gravedad del riesgo pasado, que había confesado su temeridad por considerarla rayana en pecado. De aquellos barrancos se contaban muchas cosas que paso por alto; lo cierto es que muchas personas han perecido al atravesarlos, que nada como ellos inspira tanto miedo en el Nuevo Mundo, y que son lo más asombroso en su género que encierra el universo. Poco antes de la catarata, el río tiene dos leguas de anchura; luego se estrecha tanto, que con una piedra se alcanza á la otra orilla, precipitándose con tal ímpetu, que el agua, chocando en los peñascos, salta á grande altura. Muchas veces las rocas dividen el curso del río, y cuando se juntan de nuevo las aguas, forman pavorosos remolinos. Otras la corriente va por debajo de las piedras largo espacio para salir con fuerza. Por espacio de dos leguas la superficie del río está cubierta de obscura espuma, en la que se reflejan los rayos del sol cual en una espada. El estruendo se percibe desde cuatro leguas. Cuando el Paraná se acerca al precipicio, detiene su velocidad á causa de ser llano el terreno y parece un estanque, al poco tiempo se derrumba con estrépito desde muchos codos de altura. Alli críanse ya peces, tan grandes, que afirma el P. Ruiz haber visto uno del tamaño de un buey. Cuéntase como cierto que uno de ellos se tragó un indio y lo arrojó luego á la orilla. Los viajeros de quienes nos ocupamos tardaron seis días en subir, con increíble fatiga, al monte, pues aunque el camino en línea recta es de doce leguas solamente, los rodeos que hay que dar lo duplican; además, tenían que ir por medio de bosquas y pantanos, atravesar lagunas, torrentes, peñascales y ardientes arenas. El sol abrasaba; las selvas les resguardaban algo de él; pero en cambio el aire no circulaba, y esto producía no leve congoja. Pasaban la noche en tiendas, que los indios cubrían de hojas cosidas con raíces á falta de cuerdas, y eran suficientes nada más que para preservar de la lluvia.


CAPÍTULO XXXIV

EL P. NICOLÁS DURÁN RECORRE EL GUAIRÁ.

Salió al encuentro del Provincial, más arriba de la catarata, el P. Pedro Espinosa, quien recreó á los expedicionarios fatigados del viaje con un banquete á orillas del río, siendo mesa la grama y manjares los frutos del país. A dos leguas de allí recibieron al Padre Provincial las más ilustres personas de Ciudad Real, celebrando su llegada cual nunca se hizo con ninguno de los gobernadores y obispos que tuvo el Guairá. Condujéronle al templo y luego á una casa que le tenían preparada. Rogáronle que la Compañía fundara un Colegio en la población; pero atendiendo á la escasez de religiosos, no accedió el Provincial, si bien prometió enviar con frecuencia algunos de ellos; añadió que procuraría continuasen los indios sometidos á los jesuitas y que tan sólo trabajaran gratuitamente los dos meses á que estaban obligados por Reales cédulas, fuera de los cuales estaría libre de toda vejación aquella indefensa y pobre gente. Tornó á embarcarse, y pasados algunos días llegó á Loreto, donde residía el P. Diego Salazar. Fué muy bien recibido por los neófitos, quienes en su honor hicieron regatas al sonido de flautas, acompañadas del canto; todo el río estaba cubierto de canoas. Lleváronlo después á la iglesia, la cual habían adornado primorosamente, de tal suerte, que el Provincial quedó admirado y manifestó que el ver aquello compensaba las molestias del viaje. Los indios del pueblo de San Ignacio, cuyo Rector era el P. Cataldino, quisieron por emulación tributarle mayores homenajes. Con satisfacción vió el Provincial que los habitantes de ambos lugares, antes dados á la antropofagia, se habían inculcado tan profundamente en las virtudes cristianas, que muchos de ellos parecían novicios de la Compañía. Una vez visitadas las dos poblaciones, se embarcó, y por el Tibaxiva continuó su viaje; pero como este río es de impetuosa corriente, en quince días recorrió solamento treinta leguas, hasta que llegó al pueblo de San Javier, donde el Padre Diaz Taño cuidaba nada menos que de mil quinientas familias. Desde allí envió á su compañero de expedición, el P. Cristóbal Turriano, á Villarica por un camino largo y difícil, pues deseaba que en esta villa fijara su residencia la Compañía, con objeto de impedir las vejaciones que los españoles hacian sufrir á los indios y atender al bien espiritual de las aldeas cercanas, destituídas de sacerdotes. El negocio tuvo éxito favorable, porque el P. Turriano halló bien dispuestos los ánimos en Villarica; después administró los Sacramentos en los lugares por donde pasaba. Fueron destinados á residir en Villarica los PP. José Cataldino y Pablo Benavides, y sus trabajos reportaron abundantes frutos. Quería el Provincial ir también á las nuevas reducciones de San José y de la Encarnación; pero de tal deseo le apartaron los misioneros, haciéndole ver cuán áspero y dificultoso era el camino; así que llamó á los PP. Cristóbal de Mendoza y Simón Mazeta para que, según era costumbre en la Compañía, le diesen cuenta de lo que habían hecho, y con ellos á los indios más principales, á quienes bautizó él mismo. Después de esto navegó de regreso por el Tibaxiva, sufriendo un naufragio, en el que perdió bastantes cosas. Por donde quiera que iba daba liberalmente á los indios camisas, cuchillos, anzuelos, agujas, alfileres y gargantillas de vidrio, en cuyos objetos gastó una buena suma, pues esparcióse muy lejos la noticia de tales donativos, con los cuales conseguía que muchos gentiles se convirtieran al cristianismoy que los neófitos cobrasen mayor cariño á los religiosos. Al marcharse dió comisión al P. Antonio Ruiz para que lo antes posible fundase tres pueblos en el país de los inianis, en Tayaoba, y en la región de los coronados, con los idólatras reducidos últimamente. Cuando bajaba hacia el salto del Guairá, tuvo la curiosidad de ver el peñasco llamadoel Pobre; éste es de varios colores y refleja los rayos del sol como un espejo; el vulgo decía que era de oro y rico en metales cuando menos, mas no es verdad esto; se reduce á una roca bruñida por las arenas que lleva el huracán, y tanto, que parece de vidrio. Cuéntase que treinta barcas de españoles fueron á pique en cierta ocasión, por querer éstos examinar dicha piedra.


CAPÍTULO XXXV

EL P. NICOLÁS DURÁN VISITA EL PARANÁ.

Despidióse el P. Ruiz del Provincial más abajo de la catarata, y se volvió embarcado en las canoas de los paranáes. Llegado al pueblo de Acaray, reprendió fuertemente á sus moradores porque consentían entre ellos adivinos y hechiceros, amenazándoles con la retirada de los misioneros si no se enmendaban. Logró con tal amonestación quebrantar la tenacidad de no pocos, quienes tomaron odio á las artes mágicas y á sus ministros, confirmándose más en el espíritu cristiano. Yendo de camino llamó al P. Diego Boroa, quien antes fué Rector de Iguazúa, y estaba destinado al gobierno del Colegio de la Asunción. En Itapúa se encontró con los PP. Pedro Romero y Alonso Rodríguez, recientemente llegados del país de los guaicurúes. Estos ninguna muestra daban de convertirse, por lo cual las personas más prudentes creían que lo mejor sería abandonarlos y no tener entre ellos dos misioneros ilnstres condenados á luchar sin provecho con aquella gente feroz é indomable, mucho más teniendo en cuenta la escasez de religiosos. Hízose, en efecto, así, y los jesuitas se retiraron de la tierra de los guaicurúes en el año 1616. Por orden del Provincial quedó en Itapúa el P. Alonso Rodríguez, y el Padre Romero fué al Uruguay; ambos debían sufrir muy pronto el martirio. Los de Itapúa rogaron al Provincial que se colocara en la iglesia el Santísimo Sacramento y se diera la comunión á los más piadosos; accedió aquél á las dos peticiones, y habiendo llamado cantores de los pueblos vecinos, se celebró una solemne fiesta, con tal pompa, que hubiera llamado la atención de los mismos europeos.


CAPÍTULO XXXVI

Á PESAR DE VARIOS TUMULTOS ACAECIDOS EN EL URUGUAY,

LA COMPANÍA FUNDA DOS POBLACIONES.

Mientras que, según hemos visto, prosperaban el Paraná y el Guairá, el Uruguay sentía algunas perturbaciones ocasionadas por la ligereza del gobernador del Río de la Plata. Desde Buenos Aires había enviada éste á Hernando Zayas, á Pedro Bravo y á Payá, naturales de España, para que en nombre del Rey fuesen corregidores de los nuevos pueblos. Aunque el P. Roque González conocía bien lo imprudente de tal medida, no se opuso á los mandatos del gobernador, y permitió que Hernando Zayas ejerciera su cargo en la Concepción. Payá fué á los yaguaraitíes y Bravo á los de Yapeyú, pueblos del Uruguay que habían solicitado ser establecidos en lugares por los Padres de la Compañía. Poco tardó en producir funestos resultados la disposición del gobernador, pues aunque los neófitos, por las exhortaciones de los misioneros y por el respeto que tenían á éstos, tolerasen algún tiempo á los corregidores, se vió muy pronto que tal orden de cosas no podía ser duradero. Los de Itapúa enviaron un emisario á los de Ibitiracúa, amenazándoles con la guerra si no expulsaban al corregidor. Los gentiles que vivían al otro lado del Uruguay reunieron sus fuerzas, cayeron snbre un pelotón de ibitiracuanos, y después que los despojaron, los enviaron á su pueblo colmándolos de insultos. Aumentó la gravedad del mal el deseo de dominación que tenía Hernando Zayas, quien exacerbaba el ánimo de los indios con amenazas y órdenes terminantes; llegó á dar una bofetada á cierto muchacho emparentado con los indios más notables, porque no ejecutaba prontamente sus mandatos. irritados los de Ibitiracúa viendo esto, y recelando que Zayas no fuese muy honesto en su trato con las indias, tomaron las armas tumultuosamente, cercaron nuestra casa, queriendo dar muerte al coreegidor, y lo habrían conseguido á no ser por la oportuna intervención del P. Diego Alfaro. Hernando Zayas no se atrevió á salir y cambió de conducta en adelante. Poco antes de esto el P. Roque González marchó al país de los yaguaraities, reduciendo tanta gente, que bastaba para llenar un pueblo, el cual se comenzó á construir, y á ruegos del gobernador fué consagrado á San Francisco Javier; prometió el P. González llevar lo antes posible un sacerdote. Ausentóse de allí dicho misionero, y entonces Payá empezó á conminar con duras palabras á los indios, quienes se hartaron tanto, que Potirava cacique poderoso, resolvió matarlo; impidiólo Tabaca, jefe del nuevo pueblo. Potirava, temeroso de que Payá se vengase huyó con mil de los suyos á los campos; Payá, lleno de miedo, vivía escondido en los bosques. Sabiendo todo esto el Provincial Mastrilli acudió inmediatamente al Uruguay con los PP. Roque González, Diego Boroa, Pedro Romero y otros. Cuando entró en la Concepción, se le presentaron los indios exigiendo, más bien que suplicando, que interpusiera su autoridad si no quería ver destruida la naciente Iglesia, para que solamente los jesuitas ejercieran allí mando. Con esto se contentaban, y prometían obedecer las órdenes del rey y de su gobernador. Expusieron las quejas que tenían, y escuchadas por el Provincial, éste, con el objeto de resolver lo más acertado, dilató la contestación hasta el día siguiente, la cual fué que no podía despedir los corregidores, pero que enviaría un Padre con cartas al gobernador, haciéndole ver la gravedad del negocio, y que aquél le atandería seguramente, quitando la causa de tantas discordias. Agradó á los indios la contestación del Provincial, quien envió muy luego al P. Miguel Ampuero por el Uruguay á Buenos Aires, pidiendo al gobernador, no solamente la remoción de los corregidores, sino también nuevos subsidios para los misioneros del Uruguay. Después fué al pueblo de San Nicolás y luego á los yaguaraitíes, donde procuró que no quedara desatendida la reducción de San Javier por la ausencia del P. Miguel Ampuero. Visitó luego el Yapeyú, allí, viendo la condición del país y la multitud de indios que había congregados, hizo cuanto pudo para la terminación del nuevo pueblo, que fué consagrado á los Reyes Magos, y á cuyo cargo quedó el Padre Pedro Romero, con provecho grande para los habitantes de los campos, pues aparte de que fueron bautizadas más de cuatro mil personas, se pudo trabajar en la conversión de los yaros, mbayáes, charrúas, guanás y otros pueblos indomables. Mientras escribo esto, hay muchas esperanzas de que se conviertan dichas tribus, gracias á los esfuerzos del Padre Francisco Richard, belga, quien está fundando el pueblo de San Andrés. El Provincial tornó por los ríos Uruguay y Paraná á la Asunción y después por tierra al Tucumán. En otra visita que hizo en la provincia antes de separarse el reino de Chile, anduvo dos mil leguas.


CAPÍTULO XXXVII

DE LAS COSAS QUE SUCEDIERON EN EL YAPEYÚ.

Después que se marchó el Provincial salió el P. Romero del pueblo de los Reyes y bautizó muchos niños en ocasión de que la peste hacía estragos en el país de los indios gentiles. Hizo lo mismo con cierto charrúa que estaba espirando; en sus funerales los parientes se cortaron todos una falanje de un dedo á vista del P. Romero. El padre del difunto, creyendo que un hechicero había dado á éste veneno, la emprendió con él á puñaladas; el herido se acogió al misionero cuando iba á morir atravesado de un venablo, logrando el P. Romero defenderlo, y que más adelante, abjuráse de sus errores, se convirtiera á nuestra fe y recibiese el Bautismo. Algunos indios yapeyúes acordaron matar al P. Romero; mas uno de los conjurados, quien había recibido de éste no pocos dones, les disuadió de tal crimen por ir dirigido contra un hombre que de continuo exponía su vida por el bien ajeno. Es digno de memoria lo que hizo Tayaoy, joven indio: había recibido del Provincial en el pueblo de los Reyes un vestido bordado; cierto día, viendo algunos indios yapeyués, que venían de lejanas tierras, les dió aquel traje y alabó la generosidad de los Padres; como no deseaba otra cosa sino la salvación de las almas, les rogó que procurasen la conversión de sus compatriotas. A mi juicio, nadie se desnudó tan absolutamente por Cristo, y esto es más de admirar en un indio, desprovisto de ropas casi por completo.


NOTAS

2.- Heriste mi corazón.

 

 

LIBRO OCTAVO


CAPÍTULO PRIMERO

ULTIMOS AÑOS DEL P. DIEGO DE TORRES (1627).

Mientras permanecía en Córdoba el Provincial Nicolás Durán, proporcionó al P. Diego de Torres los medios para su viaje al Perú, de donde salió veinte años antes á fundar la provincia del Paraguay. La causa de regresar al Perú el P. Torres, fué verse inactivo en Córdoba, siendo todavía fuerte á pesar de contar cerca de ochenta años, y deseaba en ciudades más populosas examinar los negros bautizados, según lo había hecho loablemente en el Tucumán. Algunos desaprobaban esta resolución, pues creían que su edad no era á propósito para ocuparse en tales cosas, y toda la provincia ambicionaba continuar obsequiando á su fundador, ya anciano, y cuando muriese conservar sus restos para estímulo de los venideros. Firme en su propósito el P. Torres, no hubo medio de hacerle desistir y marchó al Perú, en cuyo país realizó grandes hechos con su autoridad. Como no tornó al Paraguay, me parece conveniente que escriba la conclusión de su vida, no sea que la posteridad note un vacío en mi obra si dejo de ocuparme de hombre tan benemérito. Yendo desde Córdoba al Perú, rebautizó bajo condición á doscientos negros y excitó á los misioneros esparcidos en el Tucumán para que hicieran lo mismo. Gracias á su mediación se introdujo la concordia entre los ciudadanos de Estero, antes divididos en facciones. Caminadas doscientas leguas, llegó á Potosí, ciudad célebre en el universo por sus minas de plata, en las que trabajan cincuenta mil indios que se renuevan, seis mil españoles y otros tantos negros. Encargóse el P. Torres de doctrinar á estos últimos, é inquirió las condiciones en que habían sido bautizados. No por eso dejó de atender á otros negocios; reunió dinero para fundar un Colegio en el pueblo natal de San Francisco Javier y excitó cuanto pudo á los mercaderes de Navarra á fin de que costeasen otro en Loyola consagrado al fundador de la Compañía. Cuando se ocupaba en esto, cayó enfermo por la aspereza del clima de Potosí, y obedeciendo á sus Superiores se retiró á Chuquisaca ciudad que distaba de la anterior doce millas, de clima saludable y campo ameno, importante por su Audiencia y Sede arzobispal; allí acuden numerosos litigantes del Paraguay, Tucumán y el Río de la Plata, y llegan desde Buenos aires turbas de negros conducidos al Perú; encontró abundante materia en que trabajar. Logró que el Arzobispo y el Sínodo provincial expidieran un decreto concerniente al examen del Bautismo de los negros y de los niños expósitos que constaba haberlo recibido, pues solían cometerse algunos errores en esto, con objeto de rebautizar á unos y otros con la debida cautela según las reglas establecidas en el Concilio de Milán. Habría recorrido todo el Perú á tener fuerzas para socorrer á los negros, de los cuales fueron rebautizados un año en la tierra de Chuquisaca mil quinientos. Hizo que se imprimiera una Gramática de la lengua de los esclavos, y en ésta los rudimentos y preceptos de la fe cristiana, y consiguió del Provincial que algunos jesuitas se consagrasen al estudio de dicho idioma. Con su autoridad, obtuvo de la Audiencia disposiciones en favor de los indios paraguayos, vejados por los mamelucos. Reunió dinero y eligió misioneros para la conversión de los chiriguanáes, y es de creer que por haber oído el cielo sus oraciones, murió un hombre muy rico que dejó con destino á tal empresa bastante plata y un censo de quinientos escudos de oro. Había allí un turco pertinaz en sus creencias; él lo conquistó en la primera entrevista que celebraron y se dejó bautizar. Cristianó en secreto á una española casada y á dos religiosos profesos que no habían sido bautizados. Un hombre honrado, triste por la fuga de su mujer, fué aconsejado que encomendara el asunto al P. Torres; hízolo así y acertó, pues llamado el raptor y fuertemente reprendido, el marido recobró su esposa. Otro que descuidaba la confesión, oyó de repente una voz que le decía fuese á declarar sus pecados al P. Torres. Consta en las cartas de éste haber predicho que el P. Francisco Diaz Taño iría á Roma como procurador del Paraguay. Veneraba al Santísimo Sacramento con singular devoción. Anteponía la dignidad sacerdotal á todas las demás. Cada día pasaba cuatro horas en la meditación de las cosas divinas y á veces noches enteras. Fué devoto de la Virgen María, en cuyo honor construyó una capilla en el Colegio de Chuquisaca para fomentar la piedad; en ella decía diariamente Misa siendo anciano. Sus sermones eran enérgicos y no rebuscados. Con objeto de que nuestros jóvenes no se aficionaran á pláticas elegantes vendió la biblioteca, dejando nada más que las obras de los Santos Padres. Desvelóse especialmente en la instrucción de los negros, de tal manera que se divulgó por el Perú y España el cariño que les profesaba; muchos varones ilustres entre quienes se contaban el Cardenal Federico Borromeo, el Arzobispo de Lima, otros varios Prelados del perú y el General de la Compañía, le felicitaron por el apostólico ministerio á que se dedicaba después de haber ejercido altos cargos y fundado dos provincias. Pasó los tres últimos años de su vida en el lecho atacado de paralisis, rogando á Dios que le acelerase la muerte para no molestar á sus compañeros. Vió cumplidos sus deseos y espiró á los ochenta y ocho años, á los sesenta y ocho de entrar en la Compañía y cincuenta de emitir los cuatro votos. Fué hombre peritísimo en el gobierno, de esclarecidas virtudes, hábil en llevar á feliz término asuntos difíciles y digno de ser comparado con los más ilustres jesuitas. Gozó de la protección del Papa Clemente VIII, de algunos Cardenales, del Rey Católico, de magnates españoles, de los Generales de la Compañía y de otros personajes; con el favor de los virreyes del Perú promovió la gloria de Dios y socorrió á los desgraciados. A su entierro asistieron la Audiencia, las demás autoridades civiles y eclesiásticas, las Religiones y los ciudadanos, mostrando en sus lágrimas el afecto que le profesaban. En su epitafio, puesto por el Colegio de Chuquisaca, se decía que la Compañía había perdido una de sus más firmes columnas. Ya que he cumplido con mi deber vuelvo al Uruguay, donde veremos en la región dei Ibicuí al Padre Roque González procurar la conversión de los gentiles.


CAPÍTULO II

EL P. ROQUE GONZÁLEZ ECHA LOS CIMIENTOS DE UN PUEBLO CERCA DEL IBICUÍ

El río Ibicuí desemboca en el Uruguay á cien leguas de Buenos Aires, frente á la orilla del Yapeyú. Interesaba mucho la conversión de los indios que moraban en sus márgenes, para así más fácilmente procurar la de los que habitaban en el vasto país que limitan el Uruguay por un lado y por otro el Atlántico. A fin de conseguirla, el P. González, con grave peligro de su vida, subió por el Ibicuí en compañía de escaso número de remeros, y recorridas cuarenta leguas llegó á las tierras de Tabaca, poderoso cacique, de por quien fue muy bien recibido; halló el asunto menos espinoso de lo que creía en un principio, pues Tabaca, no solamente recibió el Evangelio, mas también congregó tal multitud de indios, que bastaban á llenar un pueblo. Con tan buenos auspicios, derribóse un árbol secular, y de con su tronco se hizo una cruz; como fuera muy pesada, ayudaron á erigirla con presteza mujeres y muchachos, pues los hombres solos no podían. Después se construyó una iglesia provisional, y fueron señalados los solaras de las casas y bautizados los niños. El P. González consagró el nuevo pueblo á Nuestra Señora de la Purificación con toda solemnidad; prometió enviar un sacerdote de la Compañía y se embarcó otra vez en el Uruguay, porque su empresa lo exigía.


CAPÍTULO III

LOS BÁRBAROS TURBAN LA PAZ EN LA PURIFICACIÓN.

Tan luego como partió el P. González, se conjuraron los habitantes del interior; tomaron las armas, y creyendo que dicho religioso todavía estaba en la aldea de Tabaca, se dirigieron á ella para darle muerte y demoler las obras; en efecto, acudieron en grande número, derribaron la cruz, quemaron el templo y amenazaron á los conversos. Después de esto acordaron ir contra los del Yapeyú. Llegaron tan funestas noticias muy pronto á los PP. Romero y González y se esparcieron por todo el Uruguay. Consideró el P. González que no era tiempo de vacilar; volvió al pueblo de los Reyes, y llevando consigo al P. Romero navegó por el Ibicuí hacia arriba, aunque los yapeyués intentaron disuadirle en vista del peligro á que exponía su vida. A las veinte leguas tornaron los exploradores diciendo que si pasaba más adelante perecería indudablemente. Entonces se puso en oración; luego dispuso que regresara á los Reyes el P. Romero, y fué con algunos indios al pueblo destruído. Allí supo que la destrucción del lugar sucedió mientras Tabaca y otros caciques vecinos estaban ausentes, aunque no hubieran podido combatir á enemigo tan poderoso como acudió. No paró aquí la abnegación del P. Roque González; llamó á los caciques del interior, y ya con dádivas, ya con palabras severas, aunque opusieron bastante resistencia, consiguió que lo llevaran al Tape, región famosa más tarde por lo que en ella hicieron los misioneros. Recorrió á su gusto el Tape, y solicitó de los bárbaros que se recogieran en un pueblo. En esto supo cómo los indios del interior habían resuelto quitarle la vida y corrían á ponerlo por obra; los caciques pudieron resistir la primera acometida de los enemigos; pero aumentándose el número de éstos, acudió el P. González á los recursos de su ingenio; tomó un libro y una sierra que llevaba para fabricar cruces; cuando tal vieron los exploradores del ejército adversario, volaron á los suyos, diciendo que el misionero tenía en las manos un instrumento férreo y dentado, con el que podía descabezar fácilmente muchos hombres, y un libro en cuyas hojas sabía conocer las cosas más secretas. Oído esto por los bárbaros, se llenaron de terror y huyeron. Exploró la tierra el P. González, y no obstante que temía la algo de la inconstancia de los indios, con propósito de volver más adelante, regresó al Uruguay.


CAPÍTULO IV

FUNDACIÓN DE LA CANDELARIA, QUE ANTES SE LLAMABA REDUCCIÓN DE CAASAPAMINÍ.

No pasaron muchos meses sin que el Padre González emprendiera una expedición de más favorable éxito. Gracias á las indicaciones de un cacique supo que más arriba del Piratini había un paraje llamado Caasapiminí, ventajoso por su posición para edificar en él un pueblo; además los habitantes de las cercanías estaban dispuestos á recibir el Evangelio si se les predicaba. Fué el P. González á dicho lugar y echó los cimientos de la nueva población el día de la Purificación. Dejó por Rector al P. Romero; en el primer año se redujeron tres mil indios; según consta de auténticos documentos, han sido bautizadas hasta hoy más de siete mil personas.


CAPÍTULO V

DE LO QUE SUCEDÍA ENTRE LOS DE IGUAZÚA.

El hambre hacía estragos en Iguazúa, y los misioneros que vivían en Santa María la Mayor sufrieron no leves privaciones; gran parte de los indios se fué á los bosques, de donde, con gran trabajo, volvió cuatrocientos al pueblo el P. Claudio Ruyer. Otros permanecieron en los montes; allí un tigre mordió á una muchacha; sabedor de esto el P. Ruyer, preparó un lazo tan habilmente, que la fiera cayó en él á la noche siguiente, con aplauso de los índios fugitivos, que regresaron á la población y en lo sucesivo admiraron la astucia del misionero para la caza de animales feroces. Por entonces los catecúmenos de Iguazúa hicieron una excursión contra sus antiguos enemigos, de los que cautivaron bastantes; decapitaron á varios en venganza de las pasadas guerras, y sintiendo renacer el gusto por la carne humana, destinaron otros á banquetes antropofágicos, los que prohibió el P. Ruiz con ánimo resuelto; en cambio mandó dar libertad á los prisioneros y atar á los que habían inmolado algunos de éstos. Al lado de tales indios caníbales había otros de mejores sentimientos, de los que en un año recibieron el Bautismo mil ciento cinco en Iguazúa, y algunos centenares en varios pueblos del Paraná; muchos neófitos daban ejemplos de altas virtudes. En San Ignacio los niños azotaban sus carnes hasta derramar sangre. El día de la Pasión caminaba uno con el rostro descolorido y llorando; le preguntaron la causa de esto,y respondió que lo hacía en recuerdo de lo que padeció el Señor.


CAPITULO VI

MUERE EL P. MIGUEL DE SOTOMAYOR.

En la ciudad de la Asunción, falleció el Padre Miguel de Sotomayor. Había nacido en Andalucía de padres nobles. Siendo novicio le predijo el P. Alonso Rodríguez, famoso por sus libros de Mística, que sería santo. Enfermó de hidropesía y propuso alquien despedirlo de la Compañía; pero los ancianos dijeron que en aquel mancebo no se debía mirar la salud, que tenía minada, sino la gloria que con sus virtudes reportaría nuestra Orden. Enviado al Paraguay, lo mismo de Rector que de súbdito, dió ejemplos de modestia, integridad, sincera caridad, y pobreza religiosa, de manera que era llamado por los ciudadanosel Santo. A sus funerales concurrieron las Religiones y el clero catedral, espontáneamente y con solemne aparato; el pueblo pidió llorando las cosas que pertenecieron al difunto. Amaba sobre toda ponderación al Niño Dios, y se cree que por esto espiró el día del Nacimiento del Salvador.


CAPÍTULO VII

COSAS EXTRAORDINARIAS QUE SUCEDIERON EN LA ASUNCION.

Aconteció en esta ciudad que la imagen de San Ignacio facilitó el parto de una mujer, restituyó la vista á otra y curó á una tercera magullada por un carro. Cierta señora, sabedora de que su hermano había cometido deshonestidades, mandó quemar el lecho en que tuvieron lugar. Una doncella luchó con un joven en defensa de su castidad, y como se le rompiera una estampa de la Virgen que llevaba, la guardó en una copa; al día siguiente amaneció la imagen intacta. Cierto indio, de cuyo cuello pendía un crucifijo, quiso cometer el delito de adulterio; el Cristo desapareció sin que el cordón se rompiera, y cuando arrepentido de su intento lo buscó, hallólo en un rincón del cuarto. Un español pretendía, en nombre de Dios, conseguir favores de cierta mujer, la que le dijo: «No eres cristiano, pues haces al Señor cómplice de liviandades.» tales palabras añadió oyéndolas algunas personas, que el se marchó avergonzadoy ella quedó victoriosa.


CAPÍTULO VIII

FUNDACIÓN DE SAN PABLO EN EL GUAIRÁ.

Para cumplir los mandatos del Provincial, procuraban los misioneros aumentar el número de pueblos del Guairá. El P. Simón Mazeta, dejó en la reducción da San José un compañero, y se dirigió á los bárbaros del Inia. Estos habitan la región que media entre la Encarnación y los dominios de Tayaoba; su anchura se recorre en cuatro días de camino. Habíanse presentado algunos caciques al P. Cristóbal de Mendoza, cuando se hallaba en Nivatingui, mostrando deseos de ser cristianos. Entonces fué al país do éstos, por disposición del P. Antonio Ruiz, el P. Simón Mazeta, llevando cuantas cosas hacen falta para la fundación de un pueblo. Caminó por terreno tan agrio y peñascoso, que muchas veces tenía que descender á los valles y barrancos atado con cuerdas hechas de ramos flexibles, á falta de otro material; vencidas todas estas dificultades, eligió sitio para el futuro lugar. Acudieron muy luego por exhortación de los caciques muchos indios de cerca y de lejos, y aun hubieran concurrido más sin la oposición de Guiraverá, cacique poderoso, antropófago y hechicero, quien intimó á sus vasallos que no se estableciesen en San Pablo, y ponía toda su diligencia en cautivar al P. Mazeta, para entre él y sus concubinas inmolarlo y devorar sus pantorrillas, bocado exquisito según aquellos bárbaros; difamábalo además cuanto podía, afirmando que era el precursor de la servidumbre, á la que serían, sin duda, condenados los que abrazasen la nueva religión. De tal monstruo hablaremos más adelante. Logró el P. Mazeta con su constancia reducir ochocientas familias de catecúmenos, á lo cual le ayudaron no poco ciertos ruidos espantosos que se oyeron bajo tierra y apariciones da fieras jamás vistas, lo que intimidó á los indios y les hizo acogerse al pueblo, según ellos referían; éste fué consagrado á San Pablo, y muy luego tuvo cuatro mil habitantes. Al principio se padeció tal hambre, que el P. Mazeta vivía del meollo de las palmas y de otras cosillas. Más aún que la escasa alimentación, le atormentaba la compañía de los bárbaros, acostumbrados á devorarse mutuamente, furiosos y llenos de falsos recelos. Logró, sin embargo, que ninguno rechazase el Bautismo y que recibieran éste algunos centenares. Mayor fue el triunfo de la religión cristiana cuando Tayaoba se convirtió á nuestra fe.


CAPÍTULO IX

ÉCHANSE LOS CIMIENTOS DE UNA POBLACIÓN EN LOS DOMINIOS DE TAYAOBA.

El poderoso cacique Tayaoba, en cuyo país, según hemos visto, estuvo á punto de morir el P. Antonio Ruiz y huyó perdiendo siete de sus compañeros, admirado de cuanto la fama pregonaba de los jesuitas, envió al pueblo de San Javier dos hijos suyos disfrazados, en compañía de Maendi para ver si aquello era cierto. Estos vivieron ocultos no pocos días en la población, hasta que un esclavo diólo á entender al P. Francisco Díaz Taño, que estaba entre los de Ibitirambeta. Dicho religioso concibió muy buenas esperanzas de convertir á Tayaoba, y así, llamó á Maendi y á los dos jóvenes y les preguntó el motivo de su ida, á lo que respondieron ingenuamente que á examinar las costumbres de los neófitos y de los misioneros. Díjoles si les agradaba la religión cristiana; contestaron unánimemente que mucho, y que procurarían á su regreso la adoptase Tayaoba.

Dióles el P. Díaz Taño un elegante traje á cada uno y los envió á su patria. Después hizo saber todo esto al P. Antonio Ruiz, quien, aprovechando la ocasión, fué lo antes que pudo á San Javier. Anunció una expedición, y al momento acudieron para tomar parte en ella multitud de neófitos; escogió los más ilustres de éstos y se puso en camino. Noticioso Tayaoba de su llegada, salió á recibirlo con pompa fuera de sus tierras, mostrando grande alegría; cuando vió al misionero, corrió á él, abrazólo y dijo: Heme aquí, Padre; recíbeme como hijo y enséñame lo que debo hacer. La mujer de Tayaoba mostró también extrema benevolencia, y le presentó tres niños de poca edad, á quienes el misionero acarició afectuosamente, cosa que agradeció aquélla. Nada estiman tanto los indios como el que los extranjeros muestren cariño á sus hijos. Los expedicionarios pasaron luego por medio de arcos triunfales al sonido de bocinas; llegaron al pueblo, y no hubo más sino buscar paraje á propósito para construir otro. Hallóse, por fin, cerca del río Huibay; erigióse una cruz con la ayuda de trescientos indios, echáronse los cimientos de la iglesia, se delinearon los solares, distribuyéronse los cargos públicos y fué elegido jefe del lugar Tayaoba; el hijo de éste quedó al mando de la milicia, y á los principales caciques se dieron varios títulos honoríficos. Veintiocho hijos tenía Tayaoba, de distintas madres; todos ellos recibieron el Bautismo.


CAPÍTULO X

EL NUEVO PUEBLO ES DEVASTADO POR LA GUERRA.

Reuniéronse algunos hechiceros y trataron de matar al P. Ruiz, y tener como enemigos á cuantos lo habían benévolamente recibido. Decididos á la guerra, con auxilio de los pueblos vecinos cayeron sobre Tayaoba, prohibiendo quitar la vida al P. Ruiz, para cogerlo preso y luego inmolarlo. Aunque Piracuati, Maendi y otros caciques poderosos se hallaban al lado de Tayaoba, las fuerzas de éste eran inferiores á las enemigas. Viéndolo así Tayaoba, se presentó al P. Ruiz una noche tempestuosa con otro cacique y un hijo suyo, solicitando el Bautismo y prometiendo morir por Cristo si era necesario; accedió á tal petición el misionero, después que los hubo instruído en los principales misterios de nuestra fe. Al salir el sol las tropas enemigas acometieron por cuatro lados á las de Tayaoba. A la primera embestida murieron muchos bárbaros y dos de los nuestros; tuvimos bastantes heridos, entre ellos un hijo de Tayaoba. Cierto neófito que servía de sacristán al P. Ruiz, por rescatar una imagen de la Virgen que destrozaban los adversarios con los dientes y con las uñas, fué hecho prisionero y sufrió luego el martirio. Como cayese después una avalancha de bárbaros, el P. Ruiz se metió por un bosque espeso, destrozándose, no ya los vestidos, sino la piel, seguido de algunos catecúmenos; para no dejar huellas ciertas de su fuga, pasabany repasaban los ríos muchas veces. Su alimento se reducía á hojas tostadas, hongos y raíces de árboles, sin que echaran de menos otros manjares; las hojas les parecía que tenían el gusto de sardinas. Con tales molestias llegaron á un pueblo amigo, donde acudieron muchos fugitivos de Tayaoba, á quienes ordenó permanecer allí hasta que hubiese esperanzas de mejores tiempos. Sabedores los de Villarica de lo acontecido, armaron quinientos hombres en defensa de los PP. Ruiz y Salazar, y los enviaron contra sus enemigos; á la primera acometida murieron cuatro de los nuestros, teniendo los demás que retirarse dentro de una empalizada. Allí todos habrían perecido á no seguir un consejo que les dió el P. Ruiz: dejaron á los bárbaros disparar saetas, sin hacer lo mismo ellos, hasta que, viéndose los enemigos desarmados, huyeron. Los de Villarica tornaron á sus casas. El P. Ruiz bautizó los habitantes de aquel pueblo, al cual hizo libre, pues antes estaba sometido al servicio personal de los españoles.


CAPITULO XI

CEREMONIAS DE LOS ANTROPOFAGOS AL INMOLAR SUS CAUTIVOS.

En aquella expedición aconteció un hecho memorable. Después que nuestros soldados hubieron puesto en fuga los enemigos, llevaron al campamento una olla grande llena de carne, y juzgando el P. Ruiz que ésta sería de alguna bestia salvaje, la probó porque le apremiaba el hambre. Mas luego que así lo hizo, se horrorizó al ver en el fondo de la olla la cabeza y manos de un hombre, y su espanto se aumentó cuando supo que aquellos restos eran de un sacristán poco antes hecho cautivo por los indios, quienes lo habían destinado para solemnizar con un banquete su pasada victoria. Como quiera que en esta historia ocurrirán hechos parecidos, hablaré algo de tales costumbres. Los guaraníes antropófagos llevaban á su aldea cuantos cautivos hacían en la guerra, y allí los alimentaban con todo género de manjares apetitosos, para una vez cebados, devorarlos. Hasta que esto acontecía no les negaban cosa alguna. La víspera del sacrificio, los principales del pueblo convocaban á los habitantes de los próximos lugares y todos salían en procesión: en ella iban delante muchos hombres armados y las mujeres; una doncella, adornada con plumas y velos, llevaba en una bandeja la macana, cruel instrumento, y otra, ataviada de igual manera, la corona destinada para la víctima. Las más robustas mujeres conducían los cautivos atados por la cintura con cuerdas flojas, de modo que tuviesen libres los brazos y pudiesen arrojar palos y piedras á su antojo sobre los circunstantes. Cuando alguno de éstos era herido, todo el pueblo celebraba con aplausos y alaridos el vigor y la destreza de los prisioneros. Acabada la procesión, los guaraníes pasaban la noche en bailes estrepitosos y embriagueces; á los cautivos los hartaban de manjares y de bebidas espirituosas. El día siguiente al amanecer eran conducidos éstos en igual forma que el anterior á cierto paraje donde, repetidas las cosas de la tarde pasada, un cacique daba golpes con su macana sobre las víctimas, que estaban coronadasy cubiertas de ricos vestidos; después les herían los hombres presentes,y en recuerdo de la fiesta adoptaban nombres nuevos. Los mismos niños eran obligados por sus madres á golpear con sus manos los cuerpos palpitantes. Cuando ya las víctimas habían expirado, la multitud reía desaforadamente, se daba á la danza y preparaba el horrible festín. El cadáver, hecho trozos, era cocido en grandes ollas y luego devorado, enviando algunos relieves á los pueblos vecinos. Tal crueldad era considerada por aquellos bárbaros como una de las más gloriosas muertes, razón por la cual los cautivos, aunque pudiesen, raras veces huían de las cárceles. Con tan salvajes ceremonias habían dado muerte al sacristán del P. Antonio Ruiz.


CAPÍTULO XII

FUNDACION DEL PUEBLO DE LOS ARCÁNGELES EN EL PAÍS DE TAYAOBA.

Después que el P. Ruiz visitó las reducciones, sin intimidarse con los obstáculos que hallaba, antes bien con más ánimo que nunca, persistió en ocupar las tierras de Tayaoba. Sabiendo que éste y Piracúa reunían sus fuerzas para levantar de nuevo el pueblo destruído y expulsar los enemigos, se trasladó á una aldea cerca de éstos, y habiendo conferenciado con dichos caciques, les manifestó su resolución de intentar otra vez la reducción de los bárbaros. Oponíanse aquellos, haciéndole ver cuánto se exponía con tal empresa, pues seguramente sería devorado por los antropófagos, quienes así lo deseaban, impulsados por sus oráculos. Lo mismo le dijeron por cartas cuantos misioneros había en el Guairá; algunos habitantes de Villarica hicieron idéntica súplica con lágrimas en los ojos. A todos contestó que tenía puesto el negocio en manos de Dios y que haría lo que pudiese por la mayor gloria de éste. Entre tanto envió delante a Tayaoba con encargo de que en su pueblo reuniese cuanta gente pudiera para combatir á los adversarios y él solicitó la protección del Señor; á fin de conseguirla hizo ejercicios espirituales en honor de los siete Príncipes de los ángeles, orando mentalmente siete horas todos los días y prometiendo, si lograba establecer una reducción en el país de Tayaoba, darle el nombre de Los Arcángeles. Decir los varios efectos que experimentó durante los ejercicios sería cosa demasiado larga: unas veces esperaba, otras desconfiaba; ora sentía angustia, ora temores, y siempre estuvo acongojado por las maquinaciones de Satanás, que se llegó á mostrar visiblemente. Mas persistiendo el P. Ruiz en su propósito, sintióse animado de una fuerza divina: en medio de las sombras de sus dudas, vió la luz celestial; en sueños le pareció que estaba sobre cierta inmensa planicie con otros dos misioneros; considerable número de alces y de otras reses corpulentas que despedían vivísimos resplandores iban hacia ellos con las cabezas bajas; él ordenaba á sus compañeros que, tomando los alces y demás bestias los encerrasen en un templo magnífico, como en efecto lo hicieron, sin que ninguno se escapara. Poco después cien indios, los más feroces de los enemigos, que antes habían devorado siete neófitos que llevaba el P. Ruiz, se presentaron a éste anunciándole que siete caciques, jurados adversarios del Evangelio, habían sido muertos á palos en los bosques con algunos indios de su tribu, sin que nadie supiera quiénes perpetraran tal crímen. Allanado así el camino, terminó el Padre Ruiz sus ejercicios; y resuelto á morir ó á tornar victorioso, se puso en marcha, llevando algunas provisiones y un altar portátil, no obstante que de nuevo le aconsejaron los religiosos que desistiese de sus proyectos. A los pocos días le salieron al encuentro Tayaoba y Piracúa, á quienes entregó un cuadro de los Siete Arcángeles, pintado por Luis Bergier, á fin de que lo llevasen delante; él siguió su camino, vestido de alba y estola, y esperando ser protegido por la Virgen, llegó al sitio destinado para establecer la nueva población. Allí encontró poca gente, pues la que obedecía á Tayaoba y Piracúa había huído, sabiendo que los bárbaros se preparaban otra vez á la guerra. Alarmóse el Padre Ruiz, y como de costumbre se acogió á la oración; dióse á ésta nueve días, en honor de los nueve meses que la Virgen llevó á Jesucristo en el vientre. El demonio repitió entonces sus acometidas: cierta noche se le apareció en forma de perro de caza, cual si quisiera hacerle daño; mas el P.Ruiz le hizometerse debajo del escaño en que estaba sentado, y si bien quedó horrorizado, se consoló pensando que había vencido á Lucifer. Otras veces tornó á la pelea el diablo, pero siempre quedó derrotado. El mago Guiraverá, sabedor de la llegada del P. Ruiz, dando bramidos, aseguró que seguramente lo trituraría con los dientes, y convocando los caciques que le eran partidarios, propuso darle muerte, cosa que todos aprobaron. Mas los designios de aquel monstruo se frustraron de la siguiente manera. Uno de los caciques congregados era Ararundi, quien en cierta ocasión mandaba la tropa que debía matar al P. Ruiz. Guiraverá lo asesinó porque conspiraba contra él, y presentó guisadas las carnes del cadáver á los demás caciques. Cheacabi, quien había, según vimos, prometido á sus concubinas darles las pantorrillas del P. Ruiz, murió atravesado de una saeta. Los bárbaros se dividieron en facciones y lucharon entre sí, con lo cual se debilitaron sus fuerzas, y las de Tayaoba crecieron de tal manera, que de ochenta caciques que gobernaban el país, sesenta eran cristianos. Entonces, con la protección del cielo, el P. Ruiz designó el área del templo y dedicó el pueblo que se iba á fundar á los Siete Arcángeles. Por aquel tiempo dió un admirable ejemplo de castidad; con el frío se le contrajeron los nervios en oasión que descansaba, y de tal manera, que no le calmarían los dolores sin darle friegas otra persona; pero como había hecho voto de que nadie le tocara, y de no tocar otro cuerpo que el suyo, sufrió lo indecible. Indeciso entre atender á su salud ó al cumplimiento de la promesa, se veía angustiado; toda una noche pasó en estos pensamientos. Resolvió, finalmente, no quebrantar su voto, y se durmió luego. El demonio lo despertó, llamándole maldito, porque era de voluntad tan férrea que ningún consuelo se permitía. El P. Ruiz le expulsó, llenándole de injurias y quedando vencedor. El hambre desoló la reducción en aquellos días, y tuvo el P. Ruiz que alimentarse de yerbas y meollo de palmeras; es verdad que á él le parecían manjares tan insípidos cosas exquisitas. Dios proveía de maná en tal ocasión. Bautizó quinientos indios antes que encomendase el pueblo al P. Espinosa, misionero infatigable, y él se preparó á otra expedición.


CAPÍTULO XIII

FRÚSTRASE LA EXPEDICION Á LOS PUEBLOS DEL CAMPO.

Más arriba de la Encarnación hay algnas tribus que viven en dilatados campos, con las cuales iba el P. Ruiz á proseguir sus apostólicas tareas. Los indios de aquella región son conocidos con el nombre de coronados, porque tanto los hombres como las mujeres dejan crecer parte de sus cabellos hasta los hombros y los raen en la parte superior de la cabeza á semejanza de los frailes. Desde que por odio á la Religión cristiana, intentaron asaltar el pueblo de la Encarnación y dar muerte al P. Cristóbal de Mendoza, parecía imposible su reducción, la cual comenzó á facilitarse de esta manera. Los tupís, pueblo del Brasil, cuyas ferocidades contra la Compañía narra Orlandino en su conocida Historia de ellos, invadieron los términos de San Javier y redujeron á cautiverio varios neófitos, rescatados luego por la industria de los misioneros. Otra vez hicieron lo mismo con algunos ciudadanos de la Encarnación, quienes fueron libertados por Pindo y el P. Mendoza, que los siguieron con buen número de catecúmenos. Este religioso supo que después habían asaltado una aldea de los coronados y reducido muchos al cautiverio; entonces cayó de improviso sobre los ladrones, y les hizo volver al Brasil abandonando la presa. Dió varias cosas á los coronados, ya agradecidos por su rescate, y los envió á su país. Poco más tarde, diez caciques de los coronados, movidos por el ejemplo que diera Tayaoba, enviaron un hombre á los misioneros pidiendo ser instruídos en nuestra fe. Sabedor de esto el P. Antonio Ruiz, marchó desde las tierras de Tayaoba lo antes que pudo á la Encarnación, para pasar á los indios coronados, llevando consigo el P. Francisco Diaz Taño. Caminaron por sitios pantanosos y abruptos con treinta neófitos de compañía; á los ocho días se encontraron con algunos coronados, quienes anunciaron que Guabairi, poderoso cacique, noticioso de que llegaban los misioneros, había reunido los indios de muchas aldeas y con ellos estaba escondido en un bosque próximo para oponérseles; los mensajeros de tales noticias añadían que ellos, acordándose de los beneficios recibidos, habían ido á dársenas, caminando por una senda extraviada. Los PP. Ruiz y Diaz Taño consultaron con Pindo si pasarían más adelante; respondió éste que no lo debían hacer con tan escasa comitiva, y tornaron donde habían salido, dejando la expedición para otro tiempo; verificóse ésta en el año siguiente con mejor éxito, según contaré en otro capítulo.


CAPÍTULO XIV

DE OTRAS COSAS ACONTECIDAS EN EL GUAIRÁ.

Murió prematuramente en Loreto el Padre Marcos Marín, á los veintiséis años de edad y diez de haber entrado en la Compañía; diré de él solamente que, según afirmaba el P. Nicolás Durán, al General Juan Berchman, fué mancebo de virtud acrisolada. Nadie notó la menor falta en sus costumbres ni en la observancia de nuestra regla; en el exterior mostraba la paz y tranquilidad de su espíritu, por lo cual era de todos muy querido. Sucedió por entonces que los neófitos llevaron á los misioneros dos indios de los bosques; vueltos éstos á sus tierras, tornaron con ciento veinte familias que se establecieron en Loreto y recibieron el Bautismo. Una mujer que frecuentaba los Sacramentos fué solicitada á cosas torpes por un indio, y acordándose de que tenía aún la cédula que se daba á los que comulgaban, se resistió con firmeza y huyó desnuda haber dejado los vestidos en manos del forzador. Otra hacía lo contrario, solicitando á los hombres con palabras lascivas; uno de ellos le dio muchos palosy la envió á casa de su marido. San Ignacio protegió siempre visiblemente a las que estaban de parto, y la imagen de María restituyó á bastantes personas la salud.


CAPITULO XV

EXPEDICIÓN AL CHACO.

En el año 1628 tuvo lugar un hecho memorable: la expedición al Chaco. Desígnase con este nombre el inmenso país que comprende parte del Paraguay, Tucumán, Río de la Plata, Obispado de Santa Cruz de la Sierra y Arzobispado de Charcas. Crúzanlo muchos ríos nacidos en las montañas del Perú; unos forman dilatados lagos y otros desaguan en el Plata y el Paraguay; todos son de largo curso. Cuando llegaron los españoles al Perú y al Tucumán, un considerable número de indios huyeron al Chaco, temerosos de los dominadores; por esto se habla allí la lengua aimara usada en el Perú. Los pueblos más conocidos del Chaco son los tanuyes, que habitan ciento ochenta y ocho aldeas; los teutas, mataguas, agoyas, tobas, mocobíes, zapitilaguas, churumatas, tonocotíes, abipones y otros varios (3) tan distintos en sus idiomas como en sus costumbres. En ninguno de ellos hay un poder supremo; los caciques gobiernan las aldeas á usanza de los bárbaros. Los indios del Chaco toman el nombre de cualquier especie de peces; la consideran como protectora y la veneran tan supersticiosamente, que preferirían morir á comer de ella. De continuo están peleando, ya entre sí, ya con los pueblos vecinos; más que por su valor son temibles por su crueldad. Algunos gobernadores del Paraguay intentaron abrirse camino al Perú por medio del Chaco; pero desistieron, viendo que los indios habían en diversas ocasiones asesinado cruelmente á muchos españoles. En el año 1628, D. Martín de Ledesma, gobernador del Tucumán, concibió esperanzas de sujetar el Chaco, entrando por la ciudad de Jujuí, situada en las fronteras del Perú. Aprestó un pequeño ejército y escribió al Provincial Nicolás Durán, rogándole que le enviara algunos sacerdotes; mas como éste sabía muy bien que los soldados cuando entraban en un país siempre cometían censurables abusos y tropelías no quiso hacer odiosa a la Compañía. Respondió que los enviaría cuando pudieran pacíficamente establecerse en aquel país. Tan luego como supo que el gobernador había penetrado en el Chaco y construído un castillo, a la vez que echado los cimientos de una población á orillas del río Lobo, que atraviesa ricas y pobladas regiones, mandó que fuese allí el P. Gaspar Osorio, celoso misionero, para que fomentase la religión entre los indios y los españoles. A los tres meses llegó éste, y como era de afable carácter, se atrajo las simpatías de todos. Acudieron á verle caciques de varias tribus, y convino con ellos en que se cortasen árboles en tres localidades para fundar pueblos iguales á los del Paraná. El Padre Osorio conocía la lengua hablada por más de cincuenta mil indios; los que hablaban el idioma matagua serían unos treinta mil. No por esto descuidaba el aprender los usados por los tobas, mocobíes y zapitilaguas, tribus numerosas, ya en atención á que muchos indios de éstas solicitaban con interés el Bautismo, ya también porque esperaba pasar por ellas á países distantes. Estudió asimismo la lengua churumata, así denominada porque abunda en ella el sonidochu, chu. El gobernador D. Martín de Ledesma partió á la fundación de otra ciudad en las márgenes del río Solota, y el P. Osorio quedó ocupado entre los tobas, reduciendo los indios y construyendo un pueblo. Desde allí escribió al Provincial que se podían muy bien establecer tres poblaciones en la tierra de los tobas, mocobíes y zapitilingas, con tal que hubiese bastantes sacerdotes; añadía que los habitantes del interior eran tan altos, que apenas les llegaba él con la mano á la cabeza. Cultivaron el suelo los españoles y hallaron que era capaz de producir los mismos frutos que Europa; para mayor alegría, los indios afirmaban que había minas de oro y de plata. Muchos temían que obra tan felizmente empezada terminase con un desastre, á causa de la ambición desmedida de algunos colonos.


CAPÍTULO XVI

DE LA PROCURACIÓN DEL P. GASPAR SOBRINO.

Mientras lo referido tenía lugar, el P. Gaspar Sobrino buscaba en Europa misioneros auxiliares; accedió á enviarlos Felipe IV, siempre dispuesto a dilatar el imperio do Cristo, principalmente por haberle escrito poco antes el gobernador del Río de la Plata que era digna de protección la Compañía, pues tenía conquistadas para la religión y para el rey Católico dilatadas regiones, y aún estaban sin evangelizar las del Uruguay, empresa que se debía encomendar á los jesuitas, peritísimos en la conversión de los indios. Designo el General Mucio Vitelleschi un corto número de religiosos, y el P. Sobrino, despedido con afabilidad por el Pontífice Urbano VIII, marchó apresuradamente á Lisboa. Allí se reunieron de varias provincias europeas cuarenta misioneros, quienes, acompañados hasta la nave por los Padres de la ciudad que los veían salir con piadosa emulación, se embarcaron el día 15 de Febrero. Antes de partir recorrieron la población de dos en dos sin distinción de naciones, pues la caridad había hecho unirse á españoles, italianos, belgas, portugueses y borgoñones; la gente desde las casas y por las plazas contemplaba con admiración aquellos generosos atletas que se iban á exponer á las furias del Océano y á las saetas de los bárbaros. Ya en el buque, distribuyeron el tiempo de manera que á todo atendían: cumplían con sus deberes y procuraban el bien espiritual de los marineros; éstos se mejoraron, de suerte que ninguno juró ni habló cosas inútiles ni mintió en el tiempo que duró el viaje. Tanto consiguen las continuas excitaciones á la virtud, corroboradas con excelentes ejemplos. Llegaron felizmente al puerto de Río Janeiro, y fueron recibidos con alegría y magnificencia por el gobernador, nobleza y jesuitas de nuestro Colegio, donde les tenían preparado hospedaje. Allí repararon sus fuerzas, descansando ocho días, pasados los cuales se embarcaron de nuevo, y con la protección del Señor, arribaron al puerto de Buenos Aires el 30 de Mayo. Esperábalos el Provincial Durán, por cuyo mandato algunos neófitos instruídos en la música vinieron por el río abajo desde doscientas leguas, y con el canto, bailes y otras manifestaciones de alegría, demostraron la que tenían al saludar á los recién llegados, por los que habían dicho no pocas misas los jesuitas del Paraguay.


CAPÍTULO XVII

PELIGRO QUE CORRIERON LOS MISIONEROS NUEVAMENTE IDOS.

A los quince días de entrar en Buenos Aires los jesuitas llegados de Europa, se presentaron en el puerto una galera y un bergantín; y como no hicieron otra cosa que explorar el río, se creyó que eran del enemigo. Dispuso el gobernador que los ciudadanos se armaran y estuviesen alerta, temiendo que los holandeses, para apoderarse de la ciudad, echaran mano de la estratagema que emplearon cuando ocuparon la población más importante del Brasil: enviar delante un buque en exploración y seguir con los demás. Pocos días después, á once leguas de Buenos Aires, se halló una caja de madera en la orilla, y dentro de ella papeles que evidenciaban los malos intentos de los piratas. Ocho estaban escritos en castellano, impresos en Holanda, y comenzaban así: «Vida y salud á la Justicia del Perú.» En resumen, decían que se negase la obediencia al Pontífice Romano y el dominio del rey Católico en las Indias occidentales; que ellos socorrerían á los rebeldes, y darían libertad á los negros y á los indios si sacudían el yugo español. Esto lo explanaban con halagüeñas promesas, y era de temer que si tales documentos hubiesen caído en poder de la plebe, los hombres que anteponen los bienes temporales á los del alma habrían sido engañados. Así, pues, los traidores al rey no se contentaban con ser malos, sino que, con la fiereza del león y la astucia de la zorra, ambicionan los dominios del mejor de los monarcas, para perder á muchos en lo espiritual y en lo temporal. Tratóse de poner remedio á tan perniciosos libelos, y opinando algunos que éstos debían circular por América para que las intrigas de los herejes quedasen patentes, prevaleció la opinión de la Compañía, y era que se quemasen ó tuviesen bien guardados, no fuera que los incautos cayesen en los lazos ó se encendiera la rebelión. Diéronse gracias al Señor porque salvó en la travesía la nave que conducía á los misioneros, pues súpose que uno de los fines que perseguían los corsarios al salir de Europa era apresar á los jesuitas en la desembocadura del río de la Plata. Mas por la misericordia del Señor aconteció que, mientras nuestros marineros discutían si refugiarse en el sitio donde se hallaban los piratas á causa de que el viento no soplaba, de pronto se hincharon las velas y continuóse el viaje. De esta manera los religiosos, salvos del peligro que corrieron, pudieron encaminarse, parte á las ciudades de españoles y parte á las naciones bárbaras.


CAPÍTULO XVIII

DEL P. GASPAR SOBRINO.

Acabada su procuración el P. Gaspar Sobrino, fué nombrado Viceprovincial de Chile, donde marchó con seis jesuitas de los que acababan de llegar; quedó el Paraguay sin un hombre tan útil, cuyo elogio haré, pues en lo sucesivo no me ocuparé más de él. Desde Chile pasó á regir el Colegio de Lima; luego lo eligieron Provincial del Perú, y pasó sus últimos años en la ciudad mencionada. Sus antepasados fueron árbitros en ciertas cuestiones surgidas entre el rey de Aragón y algunos magnates. Su padre obtuvo por su nobleza en el año 1595 la más alta magistratura de Aragón, y recibió la comisión de ordenar los asuntos del reino. Gaspar tuvo por maestro á D. Pedro Paulaza, más adelante Arzobispo de Zaragoza. Entró en la Compañía, y según afirmó el P. Bartolomé Tafúr, Rector del Colegio de Lima, recorrió por mar en sus viajes diez y siete mil millas y por tierra diez mil. Cuando gobernó la provincia de Quito, consiguió agregar la parroquia de San Borja y preparó el camino para las expediciones al Marañón, con notable provecho de la religión cristiana. Quiso hacer dimisión de su cargo, pero le contestó el General Mucio Vitelleschi que en la Compañía, era el mandar un medio de ejercitar la paciencia. Todos los días pasaba tres horas en la meditación de las verdades divinas. Cuantas veces sentía los estímulos de la carne, se disciplinaba cruelmente por espacio de media hora. En seis años jamás se desnudó para dormir. Los sábados hacía trescientos actos de amor á Dios. A fin de conservar el ánimo penitente y modesto, se imaginaba estar entre los condenados. En la visita de la provincia de Quito sufrió con resignación muchas contrariedades. El P. Mucio Vitelleschi le escribió en una carta consolatoria las siguientes palabras: «R. P. Gaspar Sobrino, sed fuerte; siempre observé en vos rectitud de pensamiento y prudente administración de los negocios, y habrán observado lo mismo quienes sepan lo que llevásteis á cabo en Roma siendo Procurador del Paraguay, en el Palacio del rey Católico y en Chile; os condujísteis como debe un excelente hijo de la Compañía y merecéis, no solamente mi aprobación, sino recompensas en la gloria eterna.»


CAPÍTULO XIX

RECONCÍLIANSE CON LA RELIGION CRISTIANA LOS INDIOS DE CARÓ Y LIVI.

Entre tanto el P. Roque González exploró otros países del Uruguay, y preparó el terreno para que trabajasen los nuevos misioneros, cuya llegada se esperaba. Primeramente entró en las selvas de Caró, porque sabía que sus moradores, gracias á las exhortaciones del P. Pedro Romero y al ejemplo dado por los pueblos comarcanos, estaban inclinados á recibir el Evangelio; había allí sesenta caciques, á los más de los cuales persuadió que no sembraran en parajes dispersos, con el propósito de algún día construir una población; prometióles enviar un sacerdote de la Compañía, y marcho hacia el Livi, pasando por los campos del Piratini. El Livi, más parecido á torrente que á río, después de algunos rodeos no muy grandes sigue recto su curso y desagua en el Uruguay, poco más arriba de Ibitiracúa. En sus márgenes y tierras adyacentes hay dilatados bosques, donde vivían cerca de quinientas familias con sus caciques. Era el principal de éstos Niezú (4), el cual, con su elocuencia y artes mágicas, consiguió ser tenido como jefe por los pueblos vecinos. A causa de su crueldad y de mala fe, era halagado por muchos para que hiciera daño á otras personas. Bastantes indios de San Javier y de otros lugares habían ido á su lado, atraídos por una falsa libertad, y se mostraban más enemigos que nadie de nuestras cosas. Niezú los tenía consigo y los alimentaba, exigiéndoles en cambio que le venerasen cual á una deidad; tenía travesura de ingenio y ánimo para todo esto y aun para más. Como constituía un peligro de importancia para los neófitos de haber persistido en tan malas artes, el P. González, después de pensar bien aquel negocio, se dirigió hacia él, no mostrando temor á la ferocidad de los indios ni á las insidias de los tránsfugas y de los ladrones. Presentóse ante Niezú de improviso, y le habló con tal firmeza, que se vió claramente que lo había convencido; para obligarle más le llevó al próximo pueblo de San Nicolás, y procuro que lo recibieran en el templo con solemne aparato. En adelante Niezú mostróse propicio, y volviendo á sus tierras, hizo edificar una iglesia y una casa para los misioneros; además estimuló á muchos caciques de los alrededores á fin de que imitaran su conducta.


CAPÍTULO XX

EL P. ROQUE GONZÁLEZ FUNDA EL PUEBLO DE LA ASUNCIÓN EN EL PAÍS DE LIVI.

Necesitábase en esta región de un hombre magnánimo y prudente, pues temían los religiosos que Niezú, ya inclinado á nuestra fe, volviese á su anterior vida, desvaneciendo las buenas esperanzas que hacía concebir. Era cierto que nadie en todo el Uruguay estaba más entregado á las artes diabólicas, ni se daba tanto aire de ser privilegiado, ni tenía tal número de concubinas, y esto al mismo tiempo que mandaba edificar la iglesia. Animado el P. González con lo que le participaba el P. Juan del Castillo, marchó con éste donde vivía Niezú, y en el día de la Asunción echaron los cimientos de una villa y de un templo, ambos dedicados á la Virgen; crearon autoridades é hicieron varios regalos á los indios principales; quedóse al cuidado de la nueva feligresía el P. Castillo, á quien el P. González le dijo estas palabras:¡Oh, compañero, muéstrate heróico en el gobierno de este pueblo; Dios te destina á luchar con un poderoso adversario, siendo tú joven y flaco de cuerpo, para que entiendas que no has de pelear con tus fuerzas, sino con las divinas; toma valor ante la grandeza del peligro y las asechanzas de Satanás; recuerda tu vocación y sigue á Cristo con la cruz! Replicó el P. Castillo que no le arredraban los obstáculos teniendo el auxilio de Jesús; despidióse tiernamente del P. González, y quedó solo como cordero entre lobos. Al instante tuvo ocasión en qué sufrir, la cual refiere el mismo al P. Boroa de esta manera: «Es indecible cuánta virtud se requiere para catequizar á los indios; ya tenía reunidas cuarenta familias, y algunos hombres feroces comenzaron á probar mi paciencia; yo por nada del mundo me apartaré del camino que debo seguir; ojalá tuviese las virtudes del P. González, que entonces sería digno de apacentar este rebaño.» Hasta aquí el P. Castillo. El P. González volvió al Tabatí, río que desemboca en el Uruguay, y halló que en sus orillas se podía crear un pueblo, por lo cual prometió á los indios de aquella región que enviaría un misionero cuando hubiese bastante número de éstos.


CAPÍTULO XXI

FÚNDASE EN CARÓ LA REDUCCIÓN DE LOS SANTOS.

Mientras todo lo referido acontecía, llegaron nuevas de que diez misioneros venidos de Europa navegaban río arriba por el Paraná y estaban ya cerca del P. González, quien, alegre al saberlo, fué á ltapúa, donde lo ví por vez primera; nos recibió á todos con grandísimo contento, y nos recreó con varios juegos que hicieron los neófitos. En seguida nos instruyó de cómo debíamos tratar á los indios, y envió unos á la metrópoli del Paraguay y otros al Guairá. Los PP. Francisco Clavijo y Antonio Palermo fueron al Uruguay. El P. Knud, que iba á reemplazar al P. Alonso Rodríguez en el gobierno de la reducción de Caró, quedó en Itapúa. Marchó el P. González en compañía del P. Rodríguez por la región de Livi y Caasapamini, dando algún rodeo, hasta que el 31 de Octubre llegaron á Caró. La tierra de Caró se dirige al interior desde el Uruguay por espacio de diez leguas, y solamente se distingue de las comarcas vecinas en estar más poblada. Su nombre no fuera célebre, á no haberse cometido en ella un terrible crimen que llevó su justo castigo. Había un motivo poderoso para que se pusiera empeño en la conversión de los de Caró, y era su vecindad con Caasapamini, la de ésta con Livi y la de Livi con Piratini; Ibitiracúa sólo está separada de Piratini por el río Uruguay; esperábase que tantos pueblos juntos fuesen como una muralla que impidiese las agresiones de los enemigos, y por ellos se pudiera pasar cómodamente al país situado entre el Uruguayy el mar Atlántico. Al día siguiente de llegar los PP. González y Rodríguez á Caró, se pusieron de acuerdo con Cuarabay y otros caciques; designaron área para construir un pueblo con su templo, y hechas las debidas ceremonias en el día de los Santos, le pusieron este nombre. Después nombraron corregidores, bautizaron los niños, instruyeron á los adultos y comenzaron la edificación de la iglesiay de la casa rectoral.


CAPÍTULO XXII

LOS INDIOS CONSPIRAN CONTRA LOS MISIONEROS.

Bramaba Satanás viendo tan magníficos triunfos, y puso cuantos medios pudo para expulsar los religiosos, sus temibles enemigos. Había huído de San Javier Potirava, hombre bastante audaz para intentar cualquier cosa, endurecido en las viejas supersticiones y sumamente parecido á Niezú, sólo que era más enemigo de los jesuitas, y particularmente del P. Alonso de Aragón, cuya muerte había intentado el año anterior. Presentóse ante Niezú, y después de dirigirle una arenga, con la que se granjeó su benevolencia, viendo ya su ánimo dispueto á cometer todo género de atrocidades contra los misioneros, procuró atizar el fuego.Mira, le dijo,cuál será tu porvenir si á tiempo conveniente no recobras la libertad; luego que tus vasallos obedezcan á un sacerdote, te envilecerás hasta el grado de no distinguirte en nada de cualquiera de ellos; los de fuera te despreciarán y estarás á las órdenes del misionero como infeliz esclavo; te serán arrebatadas las concubinas y dadas en matrimonio á hombres de baja condición, dejándote solamente la más vieja para vergüenza tuya. Recuerda lo que antes eras, y sin perder tiempo aplastemos á los pocos, no sea que éstos nos opriman. Trama una conjuración con algunos de tus súbditos, quita de en medio los misioneros y entonces disfrutarás de tu antigua autoridad y de las mujeres que te prohibe tener la religión cristiana. El discurso de Potirava gustó á Niezú, que era hombre soberbio y lascivo, y así determinó expiar con sangre de los sacerdotes su ligereza en admitirlos. Por casualidad se descubrió la conjuración. Un indio que se había educado bajo la dirección del P. Castillo, llegó al escondrijo donde en una aldea cercana tenía Niezú su harén, y vió cómo dicho cacique, no pudiendo disimular por más tiempo, se había puesto la diadema y el manto de plumas que usan los magos, y convocando á sus conciudadanos, exclamó de repente con aire frenético: ¿Es justo que yo esté á las órdenes de un miserable advenedizo? ¿Perderé el derecho de gozar mujeres hermosas? No, mientras me ayude con la macana; en mí está poner remedio á los cuales que me amenazan antes de que se haga imposible el apartarlos; hay que cortar la cabeza del mal para que todo quede extinguido. Precisa quitar la vida al P. Roque González, quien con su elocuencia, hace lo que quiere de los indios, y después a los otros jesuitas. Tal es mi decisión irrevocable: si no me ayudáis, echaré á volar, y subiendo al cielo, mezclaré los elementos, os enviaré pestes, destruiré los sembrados, y azuzaré las fieras para que os despedacen; en una palabra, os enviaré toda suerte de calamidades. Unos se adhirieron á esta resolución espontáneamente y otros movidos por el miedo. Luego ordenó Niezú á Cuniaracúa, uno de los caciques presentes, que fuese á Caró para fomentar la conjuración, con encargo de que enterasen cautelosamente á Caarupe y Caabure, caciques de ánimo violento y capaces de horribles delitos, acerca de las causas que motivaban el asesinato proyectado, y les encargase en su nombre quitar la vida á los PP. Roque González, Alonso Rodríguez y Pedro Romero, mientras él procuraría matar al P. Juan Castillo y demás jesuitas del Piratini;también debían perecer los misioneros del Paraná y de Ibitiracúa. Partió al momento Cuniaracúa á Caró, y consiguió que Caabure y Caarupe aceptaran lo que se les proponía, ofreciendo á Niezú su incondicional auxilio. Donde se ve con cuánta facilidad se unen los malvados contra los hombres de bien.


CAPÍTULO XXIII

MARTIRIO DE LOS PP. ROQUE GONZÁLEZ Y ALONSO RODRÍGUEZ.

Entre tanto, ignorante el P. González de lo que se tramaba, escribió al P. Romero el día 15 de Noviembre, diciéndole que las cosas iban bien entre los del Caró, y que de tener herramientas que dar á quinientas familias para congraciarse con ellas, serían muy pronto reducidas. Hecho esto, fué á la iglesia, donde oró, y después mandó que acudieran algunos neófitos con objeto de colgar en lo alto de una viga la campana. Aprovechóse Caarupe de la ocasión para realizar sus designios, y así, dispuso que ciertos indios por él sobornados concurriesen con armas, en apariencia de ejecutar lo que el P. González ordenaba, teniendo cuidado de disimular algún tiempo hasta que Marangoa cometiese el parricidio proyectado. Ya estaban reunidos; el P. González, que había recibido la Eucaristía poco antes, se inclinó hacia la campana que debía levantarse á fin de atar el badajo con una cuerda; entonces hizo Caarupe una seña con los ojos á Marangoa, y éste descargó con su macana tal porrazo sobre la cabeza del P. González, que le hundió el cráneo, saltando fuera el cerebroy repitió los golpes con ensañamiento. Después todos los conjurados prorrumpieron en fuertes alaridos, como si estuvieran frenéticos de alegría y hubieran de ganar un premio dando voces descompasadas. Oyó el tumulto el P. Alonso Rodríguez, que estaba en una habitación próxima rezando las horas canónicas; ya salía para enterarse de lo que ocurría, cuando se vió cercado á la puerta por los asesinos. Se arrojó á él Areguati, impostor y mago pernicioso, por mandado de un hermano de Caarupe; sujetó al Padre con los brazos y dió la señal del crimen: sin tardanza los sicarios descargaron sus mazas sobre el misionero; éste procuraba morir allí donde solía celebrar el santo sacrificio de la Misa; mas esforzándose por entrar en la iglesia, no pudo avanzar un paso; diéronle golpes de macana hasta que se vió que había expirado.


CAPÍTULO XXIV

LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS DE ESTO.

Muertos los dos misioneros, bastantes indios mostraron inmensa alegría, y otros no leve tristeza, apiadándose de las víctimas. Los parricidas se ensañaron con los cadáveres: los cortaron por la cintura, arrancáronles las pantorrillas, despojáronlos de sus vestidos y cometieron mil crueldades. Luego incendiaron la iglesia, profanaron las cosas del culto, hicieron pedazos el ara y los cálices, rasgaron el misal y también aquella imagen de María á la que llamaba Conquistadora el P. González y solía llevar cuando fundaba pueblos, como lo hizo en el Caró; además quemaron dos crucifijos. Dichosos fueron los misioneros en morir á manos de quienes eran también encarnizados enemigos de Cristo y su Santa Madre. Noticiaron los indios á Niezú el crimen perpetrado y se prepararon á un banquete en señal de regocijo, durante el cual, como todos se congratularan de lo hecho, al asesinar á los que censuraban sus embriagueces, supersticionesy lujuria, el suegro de Guarobay, amantísimo por los religiosos, aunque no había recibido Bautismo, reprendió el martirio de dos hombres útiles para todos, perjudiciales á ninguno y desarmados, sin haber cumplido con ellos los deberes que impone la hospitalidad.¡Qué locura, añadió,no es felicitaros de tan gran delito como si se tratura de un hecho glorioso! Al oir esto, no pudiendo sufrir estas justas reprensiones, se echaron sobre el anciano y lo hicieron pedazos. ¿Quién sabe si este viejo anónimo no obró por inspiración divina para confundir con sus palabras á los criminales y recibir el Bautismo que le abriría la puerta de los cielos? No contentos los parricidas, cogieron dos muchachos que ayudaban al P. González en las funciones sagradas, y deliberaron si quitarles ó no la vida, acordando lo último, temerosos de la venganza de los paranaes, á quienes se los devolvieron, pues eran compatriotas suyos. Uno de dichos mancebos tuvo alientos para reprobar duramente á los indios la maldad cometida, despreciando el castigo. El otro escondió los vasos del óleo, y así no los profanaron los conjurados. La verdad es que quien obra movido por un piadoso sentimiento, á nada tiene miedo. Ambos fueron enviados á su país, y sirvieron de mucho para esclarecer lo ocurrido en la muerte de los misioneros.


CAPÍTULO XXV

EL CORAZÓN DEL P. ROQUE GONZÁLEZ HABLA MILAGROSAMENTE.

Al día siguiente del banquete fueron los bárbaros en tumulto al lugar del parricidio, y mirando todo cuidadosamente, hallaron que el fuego había respetado los mutilados cadáveres más que ellos deseaban. Entonces acaeció una cosa admirable. El corazón del P. González les dijo con sonidos claros é inteligibles estas palabras:Habéis muerto al que os amaba, destrozado su cuerpo y quebrantado sus huesos; pero su espíritu reina con los bienaventurados: por ello os vendrán grandes calamidades, pues sus hijos, los neófitos, sabedores de los ultrajes hechos á la imagen de María, vengarán este delito. Algunos prisioneros afirmaron haber escuchado aún más: que el alma del P. González auxiliaría á los fieles. No quiere decir esto que los mártires sean vengativos después de su muerte; antes al contrario son benévolos. El prodigio, lejos de amansar á los indios, los exasperó; por lo cual ordenó Caarupe á Marangoa que abriese el pecho del cadáver y mirase de dónde provenían las voces, y habiendo extraído el corazón dijo: «Aún habla este embaucador,» y le clavó una saeta con punta de hierro; los demás encendieron una hoguera, y cruelmente arrojaron en ella los miembros del P. González.


CAPÍTULO XXVI

RECÓBRANSE LOS CADÁVERES DE LOS MISIONEROS.

Poco después de lo narrado, uno de los jóvenes del Paraná enviados á su país, yendo de camino hacia Caasapamini, se presentó al P. Pedro Romero y contó la muerte de los misioneros; sabida por los indios, se quedaron como acostumbran, profundamente silenciosos al principio y luego prorrumpieron en terribles alaridos en señal de duelo, hasta que, transformándose el dolor en ira, solicitaron del P. Romero que les permitiera vengarse. Este les prohibió hacer tal cosa; mas les dijo que llevarían á cabo un acto laudable si recuperaban los cuerpos de los mártires. Sin tardanza Mbacaba, hombre principal, escogió de la multitud doscientos hombres, les mandó tomar armas y dijo: «Vayamos á recobrar los restos mortales de quienes desafiaron toda suerte de peligros por nuestra salvación.» Amonestándoles el P. Romero para que no desistieran de la empresa por el hedor de los cadáveres, replicaron que ellos, como hijos amantísimos, no retrocederían por tal causa. Emprendieron los indios la marcha á usanza militar, y en el mismo día llegaron al lugar del parricidio, cuyos habitantes estaban por el campo; antes que éstos regresaran, tomaron los cuerpos de los Padres y volvieron lo mismo que habían ido, con grande rabia de los parricidas, que los siguieron buen trecho. El P. Romero, con ánimo sereno, alabó el valor de quienes tal cosa habían hecho; examinó después cuidadosamente los cadáveres, y halló en el del P. González que todo estaba quemado, excepto el corazón, que se hallaba atravesado con una saeta; donde se vió cómo el fuego de la tierra no puede abrasar los corazones inflamados por el celestial. El cuerpo del P. González fué colocado en un tosco ataúd, para ser más adelante puesto en otro mejor.


CAPÍTULO XXVII

LOS INDIOS DEL CARÓ INTENTAN MATAR AL P. ROMERO.

El asesino Caarupe, á quien ya conocemos, reunió trescientos hombres bien armados, y con ellos se presentó en Caasapamini con intento de matar ála Viaja, que así llamaban al P. Pedro Romero, burlándose de su celibato; los indios habían salido al campo, y sólo quedaban en el pueblo diez muchachos, quienes, al mando de un anciano, provistos de arcos y flechas, salieron contra el enemigo y consiguieron detenerlo, hasta que tornaron los hombres de sus labores y pusieron en fuga á Caarupe y los suyos; en la pelea murieron algunos de Caasapamini. Contribuyó no poco á la victoria el P. Romero, quien, sin temor á nada, avanzó á caballo con varios neófitos; atónitos los adversarios viendo tal prodigio de valor en un hombre que por desprecio llamabanla Vieja y en mozos de poca edad, no se atrevieron á repetir el ataque; lo cierto es que los parricidas jamás hicieron lo que aquellos neófitos recién salidos de la barbarie y dignos de la mayor alabanza, pues siendo pocos expusieron sus vidas por defender la de un pobre extranjero, y mostraron que Dios realiza prodigios aun por mano de los adolescentes.


CAPÍTULO XXVIII

MARTIRIO DEL P. CASTILLO

El día siguiente á la muerte de los PP. Roque González y Alonso Rodríguez, tuvo noticia de ella Niezú, y se regocijó desmesuradamente, poniéndose una diadema de plumas y cubriendo sus espaldas con el manto usado por los adivinos; luego mandó que se adornara una de sus concubinas, y convocó el pueblo para hablarle. Muy pronto se reunió una gran multitud. Era de noche, y ordenó que apagaran todas las luces; después, agitando unas castañuelas de calabaza y dando furiosos alaridos que á todos ponían espanto, en medio de general silencio dijo estas palabras: «Hay que quitar de en medio al P. Castillo; id, tigres, y probad vuestros dientes en el autor de mi oprobio; en verdad os digo, varones que estáis presentes, que si no ejecutáis mis deseos volaré á los astros y concitaré todos los elementos para vuestra perdición; aplastad á ese sacerdote que baña los niños diciendo fórmulas mágicas y niega el derecho que tengo de poseer mujeres hermosísimas.» Oído esto, Potirava y Cuaray, suegro este de Niezú, escogieron algunos indios para llevar á cabo el asesinato indicado, y acordaron el tiempo y lugar más á propósito á fin de cumplir sus designios y obrar en todo con disimulo, con objeto de que no se les escapara la presa. Vino bien á los parricidas el que llegaran al pueblo ciertos gentiles que iban á inscribirse entre los neófitos; uniéronse á ellos, y al amanecer se presentaron en casa del P. Castillo, que á la sazón estaba rezando, y con fraude le dijeron que deseaban ser cristianos y hacerle un pequeño obsequio. el P. Castillo recibió benévolamente á los indios, los apuntó en la lista de los neófitos y les dio algunos regalos; ocupado en todo esto sin cuidado alguno, lo sujetaron fuertemente por las espaldas, le dieron golpes con los puños y con palos, le colmaron de improperios, llamándole necio, y lo arrojaron al suelo; entonces el misionero exclamó: «Si os han disgustado mis pequeños dones, tomad cuanto tengo, y yo seré vuestro esclavo.» Replicaron los bárbaros: «No queremos lo que posees, sino tu muerte y la de tus compañeros diseminados por el Paraná y el Uruguay; perecerán todos los ministros de las nuevas supersticiones, como ya han perecido los Padres González y Rodríguez; en acabando contigo, haremos otro tanto con el P. Aragón.» Oyendo este nombre el P. Castillo, rogó que lo llevaran junto á dicho misionero para morir abrazado á él. Como los indios gritasen frenéticamente que lo asesinarían al punto, contestó: «No moriré, que mi alma vivirá eternamente.» Mientras decía esto, le ataron una fuerte cuerda, y tirando, lo arrastraron fuera del pueblo entre espinas y piedras, y por todas las asperezas de la tierra, en medio de burlas soeces y clamores. Llevándole así, le hirieron varias veces en el rostro con una espada, le traspasaron el cuerpo con un venablo, le pincharon en los ojos y otras partes con saetas, y Tucadán, esclavo de Niezú, hombre de fuerzas hercúleas, le dio en el vientre con una maza; no contentos con esto, le tiraron á la cabeza, que llevaba llena de lodo, tantas piedras, que murió. Aún se ensañaron con el cadáver; dejáronlo en el bosque para que por la noche fuese pasto de los tigres, y regresaron á su pueblo, donde refirieron á Niezú lo que habían hecho, cual si fuera insigne hazaña.


CAPÍTULO XXIX

LO QUE HIZO NIEZÚ DESPUÉS DEL MARTIRIO DEL P. CASTILLO.

Alegre Niezú con la muerte del P. Castillo, se puso el vestido de éste como despojo de memorable victoria, al mismo tiempo que el manto de adivino, y presentándose ante la multitud, gritó que ya no temiesen la devastación de los campos, y siguiendo la costumbre de sus antepasados, tomasen varias mujeres; también que le obedeciesen como antes, ya que había muerto el sacerdote extranjero. Dicho esto, mandó que le llevasen los niños bautizados, á quienes en desprecio del Sacramento lavó con agua caliente como para borrar sus efectos, raspándoles la lengua con una concha áspera, por la sal bendita que en ella se había echado, ignorando á todo esto que el Bautismo imprime un carácter ó sello indeleble. Luego los inició en la idolatría con ciertos ritos. Fingió que de un cuerpo salía no sé qué humor, con el cual podía ungir los niños, y las madres de éstos aplaudieron con delirio, danzando al mismo tiempo un baile sagrado. Después de incendiada la iglesia y destruídos los utensilios del culto, Niezú convocó á los suyos para el día siguiente, á fin de preparar la muerte de los PP. Alonso de Aragón y Francisco Clavijo.


CAPÍTULO XXX

LOS INDIOS CORREN Á PIRATINI PARA ASESINAR LOS MISIONEROS.

Ya sabían éstos la conjuración tramada contra ellos, y se habían dispuesto al sacrificio con oraciones. Los indios de Piratini, aunque pocos, pues la mayor parte se hallaban en el campo dedicados á rústicas faenas, trataban de cómo podrían rechazar á los agresores. Estando en semejantes pensamientos, les anunciaron los centinelas que Niezú y los suyos se aproximaban, dando gritos amenazadores y pintados los cuerpos para inspirar miedo. Los misioneros se empeñaban en esperar la muerte á la puerta de la iglesia, cosa que les estorbaron los neófitos diciéndoles que aquello vendría en daño del pueblo, privado en lo sucesivo de tan queridos sacerdotes; añadían: «Nos oponemos á que sufráis el martirio deseado que deseáis, por temor á nuestra ruína.» Entre tanto, trescientos bárbaros, después de pelear buen rato con un puñado de neófitos se apoderaron del lugar de San Nicolás y buscaron á los PP. Aragón y Clavijo para asesinarlos; entraron tumultuosamente en el templo y casa rectoral, y escudriñaron todo con sumo cuidado; hacía entonces un calor intenso por ser el mes de Noviembre; en lo alto de la iglesia hallaron un montón de paja, á la que prendieron fuego, y como no ardiera bien, atizaron el incendio con las hojas de los libros del P. Castillo, y por cierto que de ellas habían hecho antes adornos para sus cabezas; por más que se afanaron los indios, la paja no ardió. El prodigio no hizo efecto alguno en sus ánimos; al contrario, se enfurecieron locamente. Mientras esto ejecutaban, regresaron del campo los cristianos, y reanudándose el combate, murieron sesenta de los bárbaros; muchos fueron heridos, y los restantes huyeron; los nuestros recibieron pocas é insignificantes lesiones.


CAPÍTULO XXXI

CASTIGO QUE RECIBIERON LOS DE LIVI.

Se retiraron los PP. Alonso de Aragón y Francisco Clavijo á la Concepción, pueblo de Ibitiracúa, donde ya tenían noticia de las crueldades cometidas por Niezú. El P. Diego Alfaro convocó á los principales de la población para ver lo que se haría; el que dirigía á éstos, llamado Nicolás Nienguiri, dijo:¡Oh, padre, no es tiempo de que deliberemos, sino de pelear, no sea que antes nos opriman los adversarios; ni yo ni mis compañeros volvemos á casa sin dejar vengados los asesinatos perpetrados por los infieles, derramando abundante sangre de éstos. Apenas acabó de hablar, hizo que se armaran doscientos indios, quienes le siguieron basta las fronteras de Piratini, con objeto de contener las incursiones de los de Livi, mientras en dicho pueblo se organizaban nuevos refuerzos. Cuando en las otras reducciones supieron la muerte de los PP. González y Rodríguez, los misioneros experimentaron, á la vez que los indios, no leve temor, el cual se aumentó con ciertos rumores esparcidos por los bárbaros de que la conjuración tenía extensas ramificaciones. Los más de los jesuitas estaban intranquilos por la suerte de sus compañeros antes que de la propia, recelando que pronto sobreviniera alguna calamidad. La consternación llegó al extremo cuando corrió la noticia del asesinato del P. Castillo, y de que Niezú solicitaba el concurso de los indios que moran hacia el Atlántico, para devastar las misiones. Enviáronse emisarios á los pueblos de españoles y de indios fieles, ponderando la magnitud del peligro, los pocos soldados que podían hacer frente al enemigo, y cuán graves consecuencias tendría la unión de Niezú con los pueblos marítimos. Fué un pelotón de soldados á Caasapamini, á fin de que se retirase el P. Romero; mas los del lugar no permitieron que saliera, diciendo que si no tenían pastor, huirían á las selvas para vivir como antes; que de permanecer éste, lo defenderían á toda costa. Hubo que ceder á sus instancias. Mientras esto acontecía, fueron hechos prisioneros tres exploradores de los enemigos, quienes resultaron haber tomado parte en la matanza de los religiosos, é ido á ver si Cuaracipucú, hombre muy respetado en Ibitiracúa, se aliaba con Niezú, de quien eran parientes los espías. Hallábase presente entre los soldados Cuaracipucú, y preguntándole el P. Diego Alfaro lo que se debía hacer con aquellos tres indios, replicó que si eran culpables, castigarlos sin escrúpulo alguno, pues él no tendría consideración de ningún género con los enemigos de la religión, siquiera pertenecieran á su familia. Entonces mandó el P. Diego Alfaro que el principal de los exploradores dejase las armas; mas éste se resistió con soberbia, y poniendo una saeta en el arco, le apuntó, y hubiera disparado si los circunstantes no lo sujetaran y cargasen de cadenas. En esto ya se habían reunido ochocientos soldados, número que pareció bastante para empezar las operaciones contra Niezú, ya que este se hallaba descuidado, y los de Livi diseminados por el campo. Llegados los nuestros á Livi, hallaron solamente dos hombres. Antonio Bernal, coadjutor de los religiosos, quiso que dichos indios lo llevasen al sitio donde había muerto el P. Castillo, y una vez en él, cierto neófito, lleno de cólera al pensar en el parricidio, dijo á uno de Livi con ironía: «Aquí tienes una macana y un misionero; hiérele si te atreves; pero antes allá va esto.» Y levantando la maza, le dió tales golpes en el pecho y cabeza, que hubiese acabado con él sin la intervención de Antonio Bernal, quién recogió con veneración los restos del P. Castillo, cuyo cuerpo medio quemado envolvió en la sotana, por no tener en aquella ocasión una sábana, y los llevó al pueblo de Piratini. Al día siguiente nuestros soldados llegaron a vista del enemigo; pidieron por medio de heraldos que les entregasen á Niezú y los demás asesinos, si preferían la paz á la guerra; mas no obtuvieron otra contestación que una lluvia de saetas. Acometieron al momento y obtuvieron una completa victoria; los enemigos huyeron y dejaron en el campo muchos cadáveres. De los nuestros se echaron de menos tres, y treinta recibieron heridas de poca importancia. Niezú se retiró antes de la pelea y atravesó el Uruguay en una barquilla hecha con ramas de árboles; estuvo oculto y errante hasta que á los pocos años cayó en manos de ladrones, quienes lo mataron. El pueblo de Livi se entregó á los vencedores. Las villas de Niezú, cuyo número era igual al de concubinas que tenía, fueron quemadas.


CAPÍTULO XXXII

SON CASTIGADOS LOS INDIOS DEL CARÓ.

Después de esto, Nienguiri llevó el ejército victorioso á Piratini, y halló en este pueblo nuevos refuerzos que habían llegado al mando de Manuel Cabral, noble portugués, desde la ciudad de San Juan, que dista ochenta leguas. Fr. Gregorio de Osuna, varón piadoso, reunió también doscientos neófitos en los pueblos encomendados á los franciscanos, y otros tantos Juan Gamarra, cuyo nombre es bien que sea conocido en la posteridad. De nuestras reducciones más apartadas, condujeron Arapizandu y otros caciques un número respetable de soldados. Contribuyó no poco á todo esto el celo del P. Diego de Boroa, Rector del Colegio de la Asunción, Viceprovincial en aquel tiempo, quien no pudiendo conseguir nada los españoles, cuyos ánimos exploro, el mismo organizó los refuerzos mencionados y fue a Piratini. El 20 de Diciembre se dirigió con las milicias á Caasapamini, donde se hallaba en peligro el P. Pedro Romero. Falta le hacía á éste el socorro, pues al día siguiente de llegar los nuestros se presentaron los del Carú en número de más de quinientos, y no sospechando que hubiese tropas en el pueblo, ya comenzaban á entrar; salieron los defensores, y el enemigo, asustado principalmente de los caballos españoles, se refugió sin orden á los próximos bosques. Cabral y Nienguiri hicieron en ellos grandes destrozos; cincuenta cayeron prisioneros, entre los que se contaban Caabure, Caarupe y otros asesinos. Al día siguiente fué tomado el pueblo de Caró. Allí se trató del castigo que se daría á los rebeldes; unos opinaban que todos debían morir; otros que solamente los principales motores; la Compañía se mostraba benigna, no queriendo vengar con sangre la muerte de sus hijos. Cabral resolvió el asunto de manera que todos quedaron contentos; condenó al último suplicio á los cabezas de la sedición, y escogió doce de los restantes para que dijesen quién además de ellos era digno de igual pena: Caaburey Caarupe fueron ahorcados; Marangoa, asesino del P. Roque González, murió en el mismo sitio que perpetró el delito. Potirava, autor de la conjuración, huyó con Araguirá, verdugo del P. Juan del Castiilo, y fué entregado por los suyos. Solamente Caabure murió blasfemando de la fe cristiana; los demás recibieron antes el Bautismo. Todos los prisioneros afirmaron que la causa de la sedición no era otra que el odio á la religión de Cristo y el apego á las creencias antiguas. Marangoa dijo al ser ahorcado que había oído lo que habló el P. González después de asesinado y las palabras que articuló el corazón de éste, ya arrancado. Cumplióse, pues, el vaticinio del P. González, de que los parricidas sufrirían graves castigos por sus delitos. No creo que fuera casualidad, sino sentencia divina, el que los autores de los asesinatos, y solamente ellos, estando antes sanos, luego se les cubrieran las manos de pústulas malignas y de fétido olor; así lo declararon mochos testigos jurados. Todo esto prueba cuán presto venga Dios las maldades. Ninguno de los neófitos hubo que intercediera por sus parientes y no quisiera su pronto castigo.


CAPÍTULO XXXIII

SON PUESTOS EN SALVO LOS RESTOS MORTALES DE LOS MISIONEROS ASESINADOS.

Castigados ya los de Caró, procuró el Padre Diego da Boroa trasladar á la Concepción las reliquias de los mártires, las cuales llevaron por algunos días en hombros los soldados y caciques, renovándose en esto oficio; al llegar á Ibitiracúa, salió la multitud, más con aire de fiesta que de luto. Iba el ejército con las banderas victoriosas delante; detrás los cautivos atados; seguían los indios de Ibitiracúa en primer lugar; luego los niños, dando voces de aplauso; las mujeres, á quienes se mandó reprimir las lágrimas para que no esparciesen notas de tristeza en medio de tanta alegría; los varones más principales y una banda de música. Cerca de los féretros iban los sacerdotes, congregados de muchos pueblos. La plebe había adornado el camino con arcos triunfales; en los espacios intermedios ardían hogueras, y se mostraban otras cosas que eran indicios de regocijo. Con esta pompa fueron llevados los cadáveres á la iglesia de la Concepción y puestos en un catafalco. Se les hicieron solemnes honras fúnebres, y el P. Diego de Boroa pronunció un elocuente sermón en alabanza de los mártires, á quienes consideró dichosos, por cuanto habían conquistado el cielocon el precio de su sangre. «Son, dijo, amados del Señor y compañeros de los bienaventurados; algún día serán venerados como santos y velarán por el continente americano.» Vólviéndose á los soldados españoles, les dió gracias por su auxilio, y les hizo presente que, no solamente recibirían de Dios el correspondiente galardón y su nombre se ilustraría, mas también la Compañía les recompensaría en cuanto le fuera posible. Por último, ensalzó el valor de los neófitos y catecúmenos, al pelear fuertemente contra los infieles. Acabada la ceremonia con la sepultura de los cadáveres, fueron despedidas las tropas. En la ciudad de la Asunción, magistrados y ciudadanos, confundidos unos con otros y llenos de inmenso gozo, hicieron que un hermano del P. Roque González, que era canónigo, entonase elTe Deum en acción de gracias. Otro tanto hicieron los novicios de la Compañía y de San Francisco,y solicitaron alguna reliquia de los mártires. El Obispo del Paraguay se puso de rodillas ante los despojos de éstos, y dijo que si bien él carecía de autoridad para darles culto, sin embargo, siempre los veneraría privadamente. Mucio Vitelleschi, General de la Compañía, se quedó con el corazón del Padre González, atravesado por una saeta. Celebraron la memoria de los religiosos muertos la Academia de Córdoba en un certamen, Nieremberg con un panegírico, Yonino con versos, el Provincial Ferrusino en sinopsis dedicada al rey Católico, Alegambe con elocuente elogio y el P. Boroa con una larga y bien escrita historia. A mí no me corresponde sino hablar brevemente de dónde nacieron, de sus virtudes, y ponerlos como ejemplos á la posteridad.


CAPÍTULO XXXIV

VIDA Y VIRTUDES DEL P. ROQUE GONZÁLEZ.

Nació, según consta de auténticos documentos, en la ciudad de la Asunción, de padres nobles; desde su niñez fué sumamente piadoso, y de carácter tan grave, que su presencia reprimía la ligereza de sus compañeros. En su juventud se dedicó al estudio de las letras, y conservó la inocencia. Cuando celebró la primera misa, el pueblo quiso que llevara en las manos una palma, signo de virginidad; pero él¡ modestamente, rehusó hacerlo. Elevado al sacerdocio, fué cura de dos poblaciones. Volvió después á su patria; por designación de los ciudadanos, ejerció el cargo de párroco, y por cierto que con notable fama. Tanto lo apreciaba el Obispo, que teniendo éste necesidad de ausentarse, le encomendó el gobierno de la diócesis. Huyendo de los honores, entró en la Compañía, porque sabía que á los hijos de ella les estaba prohibido el recibir cualquier dignidad; contaba entonces más de cuarenta años. Siendo novicio, lo enviaron al país de los guaicurúes, y trabajó con celo, si bien con escaso fruto; luego pasó al Paraná, donde fundó las reducciones de Itapúa y Yaguapúa. Merced á su constancia, convirtió á la fe católica millares de gentiles en el Uruguay; le deben su existencia los pueblos de Ibitiracúa, Piratini, Yaguaraiti, Yapeyú, Caasapamini, Livi y Caró. Habiendo extendido los dominios de Cristo, alcanzó la púrpura del martirio á los sesenta años de su edad. En todo era admirable; de genio agradable y severo á la par, de modo que su amabilidad se avenía con la autoridad y hacía que todos le buscasen. Esforzado en acometer por la gloria de Cristo empresas difíciles, y de hierro para los trabajos. Se abstenía, no ya de cosas de placer, sino del sueño y alimento necesarios. Armonizaba la actividad externa con la meditación, como pocos lo han conseguido. Mientras gobernó las misiones del Uruguay y del Paraguay, mandaba más con los ejemplos que con palabras. Era obedientísimo, aun á costa de su reputación. Dió prueba de la grandeza de su ánimo en no ser jamás arrogante ó presuntuoso, á pesar de que llevó á cabo notables hazañas por el servicio de Dios. Hablaba con elegancia el idioma guaraní. Si era preciso, la dulzura de sus discursos se convertía en energía. Con tales virtudes ganó el cielo y la bendición de la posteridad; se desveló por la gloria del Omnipotente; siempre anheló sufrir; fué humildísimo y cuantos le conocían lo consideraban como un santo. En la Compañía tenía hechos solemnemente los tres votos.


CAPÍTULO XXXV

VIDA DEL P. ALFONSO RODRÍGUEZ.

Nació en Zamora ciudad de Castilla; sus padres eran honrados; profesó en el Colegio de Villagarcía. Poco después lo enviaron al Paraguay. Acabados sus estudios, trabajó en la conversión de los guaicurúes, paraguayos y uruguayos; murió á los treinta y tres años de su edad. Fué de corazón puro, y tanto, que, según afirma el Provincial Juan Ferrusino, toda su vida conservó la inocencia bautismal. Tal sentimiento le causaba la Pasión de Cristo, que preguntándole el P. Ferrusino por qué estaba casi ciego siendo joven todavía, contestó que de llorar cuando meditaba en los dolores del Salvador.


CAPÍTULO XXXVI

VIRTUDES DEL P. JUAN DEL CASTILLO.

Este jesuita, de rostro tan hermoso como de bellas costumbres, nació en Belmonte, población del reino de Toledo, año 1596, el día 14 de Septiembre, de buen presagio para los amadores de la Cruz; sus padres eran ricos. El P. Diego de Boroa, que fué su Provincial más adelante en el Paraguay, le enseñó latín. De muchacho ahuyentó, cogiendo un palo, á una mujer que intentaba seducirlo. Con sus palabras y severidad contenía la desvergüenza de sus compañeros. Estudió Filosofía en Alcalá de Henares. Entró en la Compañía el 23 de Marzo del año 1614. Hizo el noviciado en Madrid, y entonces lo conoció el P. Eusebio Nieremberg, quien pasando el tiempo lo alabó en castellano y latín. Cuando más frías eran las noches, al desnudarse ponía su ropa lejos de la cama, para al levantarse ir tiritando á cogerla. Nunca se alabó á sí mismo. Con su hermoso semblante y urbanidad se atraía el afecto de cuantos lo conocían. Navegó al Paraguay sin atender á las lágrimas de sus padres. Tres años permaneció en la capital de Chile, en cuyo reino un tío suyo instruía á los soldados; allí enseñó latín. Volvió al Tucumán, y tuvo que defender su pudor de la lascivia de una negra. Estudió cuatro años Teología, y cumplió con lo que exigen nuestras reglas en punto á ejercicios espirituales; en la plenitud de su edad lo mandaron al Uruguay, donde fué martirizado el viernes, día consagrado á Cristo, á las nueve de la mañana. Cuenta el P. Nieremberg que, al salir de Madrid el P. Castillo, sintió un deseo inexplicable de venerarlo, y nunca dudó que tal joven estaba destinado á grandes cosas.


CAPÍTULO XXXVII

PREDICAN LOS MISIONEROS Á LOS GUALACHÍES

Y SE FUNDA EN EL PAÍS DE ÉSTOS EL PUEBLO DE LA CONCEPCIÓN.

Torno á ocuparme de lo que sucedía en el Guairá, donde volvieron á entrar los Padres Antonio Ruiz y Francisco Díaz Taño, alcanzando una insigne victoria contra el demonio. La tierra de los gualachíes, también llamados guanianas, se extiende entre los dominios de Tayaoba y los pueblos del Uruguay é Iguazúa; llega hasta el mar, y penetra no poco hacia el Brasil. Sus habitantes difieren en costumbres y lengua de los guaraníes, y sostienen con éstos incesantes luchas. La población sería más numerosa sin las guerras intestinas; en los banquetes se hartan de hidromiel hasta que se embriagan, y suelen reñir, causándose unos á otros heridas y aun la muerte; esto suele ocurrir con frecuencia, y es la causa de que perezca mucha gente. También los magos quitan la vida á no pocos con maleficios y venenos; dichos encantadores tienen trato familiar con el demonio, Los gualachíes, se mantienen casi esclusivamente de la caza y apenas se dedican á la agricultura. Viven en aldeas pequeñas poco distantes entre sí. Ningún cristiano había penetrado en su país; algunos gualachíes frecuentaban las minas de hierro que los españoles tenían cerca del Piquiri, afluente del Paraná. Llegó á los gualachíes la noticia de que Tayaoba, con quien antes sostuvieron guerras, deponiendo su ferocidad, se había convertido al cristianismo; entonces enviaron al P. Ruiz un mensajero, diciéndole que deseaban establecerse en un pueblo y ser regidos por la Compañía. Hallábase dicho misionero en la Encarnación con el P. Francisco Díaz Taño cuando recibió tal petición; sin perder tiempo marchó á Villarica por un camino malísimo. Por dos partes se podía ir al país de los gualachíes: por las minas de hierro mencionadas, y se tardaba cinco días; también siguiendo el curso superior del Huibay, y atravesando los dominios de Tayaoba y de otros indios, siempre ocupados en guerras; el Padre Ruiz fué por el primer camino, y el P. Díaz Taño por el segundo; ambos estaban erizados de peligros, á causa de los muchos hechiceros que vivían en aquella región. Llegó el P. Díaz Taño felizmente al término de su viaje y entró en el país de los gualachíes; al sexto día estuvo á punto de ser asesinado, pues encontróse con dos grupos de antropófagos seguidos de numerosa turba; la Providencia lo salvó del furor de éstos; pudo penetrar en las aldeas gualachíes, donde á la sazón la peste se cebaba; allí bautizó innumerables niños, y lo mismo hizo con los adultos después que por medio de intérprete les inculcó los rudimentos de la doctrina cristiana. En cuanto al P. Ruiz, al quinto día después que salió de Villarica entró en el país de los gualachíes, y bautizó no poca gente. Estando en esto, los indios chiquitos que vivían al otro lado del Piquiri enviaron un hombre solicitando que los misioneros fundasen una reducción en su país y los instruyeran en la fe católica. Respondió el P. Ruiz que les enviaría un sacerdote con tal que hubiese suficientes personas para constituir población aparte. Después que los Padres Ruiz y Díaz Taño estuvieron por espacio de ocho meses bautizando niños atacados del contagio reinante, pasaron al sitio que más á propósito parecía para edificar un pueblo; estaba situado en las tierras de Cohé, cacique cuyos cinco hijos gobernaban las aldeas próximas. Los habitantes de otros lugares vecinos también querían establecerse en la nueva población. Procedióse á erigir la cruz, á lo cual se hallaron presentes innumerables indios, y se echaron los cimientos del pueblo, que fué consagrado á la Inmaculada Concepción. Al poco tiempo se presentó á los religiosos Curiti, cacique poderoso entre los gualachies, y prometió en nombre de sus vasallos fundar con éstos una población ó unirse á los moradores de la Concepción si esto último parecía mejor. Se creyó más conveniente lo primero, y así volvió á su país con buenas esperanzas. Admiráronse en extremo los españoles viendo cómo un sacerdote hacía lo que fué imposible á los soldados: someter á Curiti. Tan luego como se retiró éste, el P. Ruiz caminó por medio de selvas vírgenes, atravesando pueblos belicosos, y después de andar cuatro días, halló un nuevo camino para las tierras de Tayaoba. En cuanto al P. Díaz Taño, quedó en el nuevo de la Concepción; allí compuso una gramática de la lengua gualachí, y en ésta escribió también un catecismo de doctrina cristiana, con cuyas obras hizo mucho bien, y ayudó á los misioneros que le sucedieron. Además, como sabía ciertas artes mecánicas, y especialmente la carpintería, proveyó á los indios de instrumentos que necesitaban, lo cual agradecieron mucho. Construyó la iglesia y sepultó con pompa el cadáver de un niño bautizado por singular providencia del Señor en una excursión que hizo. Todo esto influyó para que los gualachíes en adelante se prestasen de buen grado á bautizar sus hijos. Sin embargo, es preciso confesar que no se logró de aquellos indios gran cosa, por estar acostumbrados de antiguo á embriagueces.


CAPÍTULO XXXVIII

PROCURASE LA CONVERSION DE GUIRAVERÁ.

Una vez llegado el P. Ruiz á las tierras de Tayaoba, por el camino que había descubierto, hizo cuanto pudo para que Guiraverá permitiese fundar nuevas poblaciones y no destruyese las que ya existían, según intentaba. Trabajó tanto el P. Ruiz, y con tal celo y buen éxito, que no parecía sino que Dios quería ponerle dificultades á fin de que obtuviese un triunfo tras de otro. Guiraverá, caudillo de los antropófagos y magos del Guairá, por su hambre de carne humana, era considerado en los pueblos remotos y vecinos como el más cruel enemigo de los cristianos; singularmente procuraba la muerte del P. Mazeta, porque algunos de sus vasallos habían buscado á esté religioso y abrazado el cristianismo; ambicionaba guisar los miembros de aquel misionero. Además, valiéndose del miedo y de los maieficios, comprometió á los caciques para que, por medio de engaños, se apoderasen del P. Ruiz y se lo presentasen, pues nada les agradecería tanto, ya que tenía deseos vehementes de comer las carnes de dicho jesuíta. Uníase en él la soberbia á la crueldad; se consideraba supremo jefe del Guairá y el primero de los sacerdotes; con objeto de que los pueblos se apartaran de la fe católica, fingía tener no sé qué de divinidad y fuerzas prodigiosas. Mucho se dolían los misioneros viendo que tal hombre era un obstáculo para que desaparecieran las antiguas supersticiones y se difundiera la verdad, y así estudiaban cuidadosamente la manera de ponerse en contacto con indio tan pernicioso. Hiciéronse varias tentativas; pero todas salieron mal, de manera que parecía imposible vencer el ánimo de persona tan familiar de Satanás. Daba Guiraverá sus oráculos examinando los cadáveres de los magos; y cuéntase que afirmaba haber pasado el alma de Cuará, que era tenido por Dios, al cuerpo del P. Ruiz, y también la divinidad, en lo que mostraba dar asenso á la doctrina de la metempsícosis, ideada en la antigüedad por Pitágoras. Divulgóse tal fábula en bastantes partes, y todos consideraban al P. Ruiz como un sér superior. Esta invención del infierno fué de gran provecho para el cristianismo, pues muchos indios se convirtieron de modo que el diablo fué envuelto en sus propias redes. Ardía Guiraverá en deseos de ver al P. Ruiz; envióle uno y otro mensaje á tal efecto, y no consiguiéndolo, se puso en camino acompañado de doscientos indios. Llegado á San Pablo, lugar de los iniaes, rogó á los PP. Ruiz y Mazeta tener con ellos una entrevista. Sin esperar contestación, entró de improviso en el pueblo, y con voz estentórea gritó que él había ido sin ceremonia alguna para gozar de la presencia de los sacerdotes extranjeros; diciendo éstas y otras cosas parecidas, encontróse que en la plaza estaban sentados con modestia los misioneros, quienes le invitaron á tomar asiento en un humilde banco; mas Guiraverá, con aire teatral, mandó que le quitasen las vestiduras y arreglasen el banco y escabel; luego, deponiendo su aspecto feroz y sin hacer los gestos de costumbre, saludó á los Padres, quienes le contestaron deseándole mil felicidades y gracias espirituales, y viendo la inquietud de Guiraverá, acordaron celebrar el coloquio más adelante. Conociendo los religiosos que nada atraería tanto la voluntad de los indios como un suculento banquete, mandaron degollar dos bueyes. Mientras comían, el P. Ruiz, después de breve exordio, habló así á Guiraverá, quien parece estaba con recelo de una emboscada:En vano temes que tepongamos asechanzas; pues nada deseamos tanto como dar nuestra vida por Cristo. Mira con cuánta sencillez obramos; estamos sin armas en medio de tus soldados y te recibimos cariñosamente, sabiendo que sólo ambicionas sorprendernos. Mas nosotros, atentos únicamente á le salvación de las almas, despreciamos todos los peligros, cifrando nuestra dicha en convertir á la verdad los corazones. No te enorgullezcas, Guiraverá; tú igual que yo somos hombres mortales; no me dedico a vanas adivinaciones, ni creo que en ti haya algo de divinidad, aunque de ello te alabas. Los dos somos polvo, y al polvo volveremos; la misma naturaleza tenemos, distinta por completo de la del Omnipotente, ¿Por qué te consideras el autor del mundo cuando no eres sino su azote? No eres creador de los hombres, sino su destructor; no árbitro de las dignidades, sino torpe esclavo de los vicios; no alegría de la humanidad, sino su desdicha; tu aliento huele á carne de tus semejantes; eres fétido estornudo de Satanás. Sin embargo, ten presente que Dios es paciente y tiene siempre los brazos abiertos para recibir los pecadores arrepentidos: si no lo adoras, sufrirás eternos dolores. Cuando vuelvas á tu patria, iremos nosotros allá. Oyendo estas cosas Guiraverá, pareció que deponía su orgullo y que le habían hecho profunda impresión; pero se conocía bien que era disimulación y deseo de adaptarse á las circunstancias. Muchos de los caciques que iban con él manifestaron vivos deseos de abrazar la religión cristiana, y aseguraron que, si los misioneros fuesen al país de Guiraverá, numerosos vasallos de éste le abandonarían para convertirse á nuestra fe. Conociendo el P. Ruiz que los indios se regían por la autoridad de los magos y de los caciques, y cuanto convenía vencer el ánimo de éstos, quiso ganarse el afecto de Guiraverá: á este fin, le dió el bastón de mando, que suele entregarse en nombre del Rey católico, y cuidó que le acompañasen por el pueblo cuatrocientos neófitos armados. Entonces Guiraverá se mostró reconciliado con el cristianismo. Después que partió, trataron los misioneros de hacer á toda costa una expedición al país de aquel cacique. En esto llegaron nuevas de que los mamelucos habían devastado el pueblo de la Encarnación, y marchó allí con suma presteza el P. Ruiz.


CAPÍTULO XXXIX

INVASIÓN DE LOS MAMELUCOS.

Algunas bandas de mamelucos, de las cuales hemos hablado en otra parte, pasaron el río Tibaxiva, que corre cerca de San Javier, y acamparon no lejos de las reducciones, llenando de terror todo el Guairá, pues se cebaban en tribus que estaban dispuestas á convertirse á nuestra fe; varios neófitos de la Encarnación fueron reducidos al cautiverio. Quejóse de esto el P. Cristóbal de Mendoza, y le replicaron los mamelucos con insultos, así que apenas llegó á la Encarnación, persuadido de que nada conseguiría de los invasores por las buenas, exhortó á los neófitos para que defendieran sus intereses y personas; sin tardanza se reunieron mil hombres armados, y salieron contra los mamelucos; llegados á vista de éstos, se adelantaron los PP. José Domenech y Cristóbal de Mendoza, por mandato del P. Ruiz, llevando poca escolta, al campamento enemigo; cuando los mamelucos vieron que se acercaban, dispararon los arcabuces y mataron un indio; al P. Cristóbal de Mendoza lo hirieron con dos flechas. No desistieron los misioneros de su propósito; penetraron entre los adversarios y reprendieron á su jefe, y como éste se obstinara en no entregar los cautivos, le amenazó el P. Cristóbal de Mendoza con armar todos los neófitos del Guairá. Condescendió por fin el jefe mameluco y dió libertad á los prisioneros, quienes volvieron con inmensa alegría donde estaba el P. Ruiz. Entre tanto; parecía que los ladrones se preparaban á combatir, despreciando las exhortaciones que les dirigía el P. Ruiz en nombre del Señor y del Rey Católico. Sin embargo, abandonaron las inmediaciones de nuestros pueblos y se contentaron con llevar esclavos de las tribus paganas, absteniéndose de vejar á los neófitos. Los misioneros conocieron que se apartaba el peligro nada más que por el momento, recelando que algún día sobrevinieran graves males.


CAPÍTULO XL

FUNDACIÓN DE LOS PUEBLOS DE SAN MIGUEL Y SAN ANTONIO.

En medio de tales calamidades, llegaron al Guairá en el mes de Noviembre los PP. Justo Vanfurk, Juan Agustín Contreras, Silverio Pastor é Ignacio Martínez, que iban desde Europa. No les faltó desde luego ocasión de trabajar y padecer, Los indioscoronados, á cuyo país habían intentado entrar hacía medio año los PP. Antonio Ruiz y Francisco Díaz Taño, enviaron una comisión de los principales al P. Cristóbal de Mendoza, que estaba en la Encarnación, pidiendo un sacerdote y la edificación de pueblos en su tierra. Con más empeño suplicaron lo mismo cuando supieron que solamente los gentiles habían sido llevados en cautiverio por los mamelucos. Marcharon al país de loscoronados los PP. Antonio Ruiz y Cristóbal de Mendoza, y no hallaron dificultad alguna. El monte Ibitirún, que es áspero en extremo, dista tres días de la Encarnación; sus habitantes, obedeciendo los mandatos de los religiosos, destruyeron los caseríos que tenían diseminados y se aprestaron á fijar su residencia en el paraje designado para la nueva población. Entre tanto fué el P. Cristóbal de Mendoza á la tierra de los ibianguíes, que está hacia el mar, con esperanza de construir un pueblo, pues aquellos indios temían las correrías de los mamelucos, y ya se habían dispersado por el campo. Reunió cien familias y las llevó á San Miguel, de modo que la nueva colonia contaba ya dos mil almas. El P. Vanfurk explicaba allí la doctrina cristiana leyendo en un libro, por desconocer la lengua de los indios, hasta que, trabajando con asiduidad, logró aprenderla y pudo enseñar de palabra. El P. Vanfurk tuvo seis hermanos, todos de excelente disposición, é ingresó en la Compañía en Flandes. Echados los cimientos de San Miguel, marchó el P. Antonio Ruiz donde lo llamaba Pataguirusú, cacique muy respetado; redujo muchos indios, y los estableció en un pueblo nuevo consagrado á San Antonio, el primero de los monjes. Quedó alli el P. Pedro Mola, hombre muy para el caso, y afluyeron tantos bárbaros, que á los dos meses había dos mil quinientos habitantes en San Antonio.


CAPÍTULO XLI

FÚNDASE LA REDUCCIÓN DE SANTO TOMÁS.

Iban asimismo bien las cosas en el país de Tayoaba; pues habiendo ido el Padre Francisco Díaz Taño, por mandado del padre Ruiz, desde Concepción, pueblo de los gualachíes, á la colonia de los Arcángeles para regirla, se presentaron á él varios caciques sometidos á Guiraverá, solicitando la construcción de un pueblo. Entre San Pablo y los Arcángeles hay un sitio alto llamado por los bárbaros el cementerio de Santo Tomás, pues era tradición que el Apóstol enterró allí una gran multitud de indios que antes habían recibido el Bautismo. Aquel lugar pareció conveniente al P. Díaz Taño para establecer una población, á causa de estar rodeado de gentes idólatras, y erigió en él una cruz. Los mismos indios que hacían votos por asesinar al P. Ruiz y eran feroces antropófagos, acudieron los primeros,y también espontáneamente cuatrocientas familias; otras tantas llevó el P. Díaz Taño después de escudriñar los bosques y montes. Hecho esto, consagró el pueblo á Santo Tomás. La peste se esparció entonces por aquella región, y dió motivo á los misioneros para ejercitar sus virtudes. Afligíanse éstos temiendo que los mamelucos despreciaran su autoridad é hiciesen la guerra á los neófitos. Confirmaba tales sospechas el ver cómo el gobernador del Paraguay, enemiga de la Compañía, había desembarcado en el Brasil y seguido el camino que usaban los mamelucos cuando invadían el Guairá. Razón había para recelar lo que, en efecto, más tarde aconteció desgraciadamente.


CAPÍTULO XLII

ALTÉRASE EL ORDEN EN BUENOS AIRES.

En el puerto de Buenos Aires naufragó la concordia y surgieron rencillas, en las que tomaron parte las primeras autoridades. El gobernador apresó ignominiosamente á una digna persona que ejercía el cargo de Comisario del Santo Oficio y de la Bula de Cruzada. El Obispo quería conocer en la causa, por tratarse de quien estaba sometido á la jurisdicción eclesiástica, y no pudiendo conseguirlo por las buenas, ordenó á los clérigos que asaltaran la cárcel y sacaran al procesado; así lo hicieron. El gobernador armó los ciudadanos, preparó los cañones, mandó tocar los tambores y se preparó á la lucha. El Prelado, con lúgubre sonido de las campanas, puso entredicho á la ciudad, y excomulgó al gobernador. Los ánimos se dividieron, y el Obispo habría perecido, á no reconciliarlo con el gobernador la Compañía de Jesús; calmóse el tumulto, pues uno depuso las armas, y otro levantó las censuras; llevóse la cuestión al Real Consejo, y cada una de las partes defendió su derecho. A fines de año llegaron cartas del General, por las que se nombraba Provincial del Paraguay al P. Juan Romero, y era trasladado al Perú el P. Nicolás Durán Mastrilli. Excusándose el P. Romero por su edad avanzada, el General dispuso que le ascendiera en caso de muerte el P. Francisco Vázquez Trujillo. Siguiendo mi costumbre alabaré al Provincial Nicolás Durán, hombre que llevó á cabo cosas de importancia.


CAPÍTULO XLIII

VIDA DEL P. NICOLÁS DURÁN MASTRILLI.

Nació en Nola, ilustre ciudad del reino de Nápoles. La familia de los Mastrilli era noble, y se había mezclado con sangre española. Dos tíos suyos, Carlos y Gregorio Mastrilli, varones excelentes, y un sobrino, Marcelo Javier Mastrilli, pertenecieron á la Compañía. Siendo casi un niño Nicolás, consiguió el grado de alférez, sin duda para tener ocasión de despreciar por Cristo las dignidades. Hizo el noviciado en Nápoles, y acabados los estudios de Filosofía, sediento de trabajos apostólicos, navegó al Perú. Ya sacerdote, por sus conocimientos del idioma quichúa, fué encargado de predicar en tierra de infieles, donde marchó, pasando por el país de Guamanga; estuvo mucho tiempo ocupado en esto, y se desveló por aumentar la gloria del Señor. Enviado á la ciudad de Arequipa, realizó una expedición á la región de los condesines, famosos por su barbarie, y casi pereció con motivo de la célebre erupción volcánica que asoló el país. Cuando regresó, gobernó el Colegio de Juli; aprendió la lengua de los aimaras, y los evangelizó con fruto, según escribe Alegambe. Después rigió los Colegios de Quito y Chuquisaca, hasta que lo tomó de compañero el provincial del Perú, Alvaro de Paz, con quien vivió seis años. El año 1618 fué enviado á Roma como Procurador, y tanto agradó al General Mucio Vitelleschi, que le ofreció altos cargos si permanecía en Europa; él se resistió con humildad á recibirlos. Terminada su comisión en Roma, volvió al Nuevo Mundo y ejerció el rectorado en Lima; por último, el General lo destinó al Paraguay é hizo lo que ya sabemos. Al aceptar el provincialato de este país, se contaban veinticinco casas de la Compañía; y aunque se redujeron á quince por la separación de Chile, el abandono del valle de Calchaquí y la destrucción de Yaguapúa en el Paraná, de los Reyes en los guaicurúes y de Livi y Caró en el Uruguay, dejó, sin embargo, á su sucesor veinte residencias en pueblos de indios y diez entre los españoles. Además del Paraguay, administró dos veces la provincia del Perú, y presidió el Colegio de Lima, dando siempre muestras de singular prudencia. Quito, Chuquisaca y Lima le deben la construcción de magníficos templos. Puso de manifiesto su modestia cuando, después de ejercer tan altas dignidades, se dedicó á la instrucción de los negros. Tuvo fortaleza en las adversidades, grandeza de espíritu para vencer los obstáculos, y á fin de no enumerar las virtudes una por una, diré que todas brillaron en él. Oí decir al P. Diego de Boroa que quizás ningún jesuita de tan excelentes dotes había pasado á América. Murió en Lima el año 1653, á los ochenta y siete de su edad y sesenta y ocho de ingresar en la Compañía. En el Perú fué muy sentida esta pérdida, porque lo amaban y reverenciaban en extremo.

 

FIN DEL TOMO TERCERO DE ESTA HISTORIA


Se acabó de imprimir este libro en Madrid en casa de la Viuda é Hijos de M. Tello, el 12 de Noviembre de 1897.


NOTAS


3- En el texto latino aparecen desfigurados los nombres de estas tribus; los hemos rectificado con ayuda de la obra del P. Lozano:Descripción chorográphica del Gran Chaco Gualamba, edición de Córdoba, 1733.

4- Neçú llama á este cacique, el P. Ruíz de Montoya, en suConquista espiritual del Paraguay, cap. LVII.

 

 

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