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JUAN BAUTISTA RIVAROLA PAOLI


  LOS ALIADOS (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA) - Por JUAN BAUTISTA RIVAROLA PAOLI - Año 2013


LOS ALIADOS (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA) - Por JUAN BAUTISTA RIVAROLA PAOLI - Año 2013

LOS ALIADOS (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA)

 

Por JUAN BAUTISTA RIVAROLA PAOLI

 

Colección 150 AÑOS DE LA GUERRA GRANDE - N° 02

© El Lector (de esta edición)

Director Editorial: Pablo León Burián

Coordinador Editorial: Bernardo Neri Farina

Director de la Colección: Herib Caballero Campos

Diseño y Diagramación: Denis Condoretty

I.S.B.N.: 978-99953-1-426-2

Asunción – Paraguay

Esta edición consta de 15 mil ejemplares

Setiembre, 2013

(104 páginas)



CONTENIDO

Prólogo     

Capítulo I

Los Principales Antecedentes

Brasil

Se menciona la guerra en documentos oficiales

Argentina

Un enfoque desde el Paraguay

Capítulo II

La Situación en el Río de la Plata

La batalla de Caseros. El fin de Juan Manuel de Rosas

La batalla de Cepeda

El Pacto de San José de Flores.

Intervención del general F.S. López

La política intervencionista del Brasil

La situación en la República Oriental del Uruguay

Las Relaciones Urquiza con el Paraguay

Situación en el Rio de la Plata y Brasil

Capítulo III

La crisis Uruguaya

Desembarco en Rincón de las Gallinas

La solidaridad uruguayense

El bombardeo de Paysandú

El sacrificio de Leandro Gómez

¡Oh Paysandú!

En Puntas del Rosario. Tratativas

Acuerdo sobre bases para la pacificación

Mr. Thornton. (4 al 18 de Junio)

Thornton en las Puntas del Rosario

La correspondencia de López con Mitre

La misión Lapido

Aparece el barón de Mauá

Se reitera explicaciones a la Argentina

El Brasil interviene en la cuestión uruguaya

Capítulo IV

Los Aliados en 1864

Argentina

El Imperio del Brasil    

Uruguay

Bibliografía

El Autor



PRÓLOGO

Este segundo volumen de la Colección 150 años de la Guerra Grande, tiene por propósito principal describir a los países que conformaron la Triple Alianza el 1 de mayo de 1865, como estaban gobernados y cuál era su situación económica y social cuando estalló el conflicto.

El doctor Juan Bautista Rivarola Paoli, un destacado historiador y miembro de la Academia Paraguaya de la Historia, ha dividido en cuatro capítulos el libro con el fin de permitir al lector comprender como se originó en el conflicto para luego describir en forma sucinta la situación de los tres países que enfrentaron al Paraguay.

La obra comienza explicando los principales antecedentes en cuanto a los límites heredados por el Estado Paraguayo del Imperio español así como los conflictos y negociaciones en lo que respecta a su definición tanto con el Imperio del Brasil como con la Argentina.

Posteriormente, el autor realiza una descripción de la situación del Río de la Plata entre fines de la década de 1850 y comienzos de los años de 1860, antes de que estalle la Guerra contra la Triple Alianza (1864-1870).

En el tercer capítulo el autor utilizando a diversos autores va describiendo la situación de la crisis política uruguaya a consecuencia del enfrentamiento entre los partidos Blanco y Colorado y como dicho enfrentamiento desembocó en una Guerra Civil encabezada por el general Venancio Flores, quien apoyado de manera subreticia por el presidente argentino Bartolomé Mitre se rebeló contra el gobierno del presidente Bernardo Berro, del Partido Blanco.

Como hemos dicho el autor concluye la obra describiendo los aspectos políticos, económicos y la defensa y el armamento de los tres países que conformaron la Triple Alianza, de tal modo a conocer algo más a los países a los cuales enfrentaron los paraguayos durante casi seis años.

Este libro contribuye a un mayor conocimiento del con-texto en el cual se produjo la Guerra hace ya casi un siglo y medio, por lo cual se agradece al autor el esfuerzo realizado.

Septiembre de 2013

Herib Caballero Campos



CAPÍTULO I

LOS PRINCIPALES ANTECEDENTES

La falta de delimitación de las fronteras de antigua data entre los países limítrofes al nuestro, sobre todo con el Imperio del Brasil, desde el Tratado de Madrid y otros y con la Argentina, en el de las antiguas misiones Jesuíticas allende el río Paraná y el Uruguay, acentuaron la codicia de ambos países y fue una de las causas del conflicto.

 

 

Brasil

Las Coronas de España y Portugal tenían los títulos, pero no tenían la posesión de sus tierras al momento del descubrimiento de América. Por mucho tiempo hubo conflictos de jurisdicciones. Es así que el primer Tratado jurídico en 1750, de definición de fronteras, entre ambos imperios, llamado Tratado de Madrid, firmado el 13 de enero de 1750, por los reyes Juan V de Portugal y Fernando VI de España. Alejandro de Gusmao, brasileño y genial diplomático, triplicó de un solo golpe las posesiones portuguesas en América, y mandó confeccionar un mapa, llamado de las Cortes, y donde trazó a su capricho las supuestas líneas del utti possidettis, adentrándolos profundamente en cada una de las provincias españolas y que sirvió de base para el tratado de 1750 según señala Efraím Cardozo. Este documento jurídico, primordial desde el punto de vista de las repúblicas que después se irían formando, por mutuo acuerdo de partes, paso a llamarse Tratado de San Ildefonso, con algunas modificaciones en el año 1777.

A fin de tratar la demarcación de límites vinieron topógrafos, cartógrafos, ayudantes, médicos de cada parte, y en ese menester fue designado para delimitar las fronteras de los ríos Paraná y Paraguay, hasta el Jaurú en el Chaco, el marino español en 1783, capitán de navío y sabio naturalista don Félix de Azara.

Los portugueses por su parte nombraron a sus peritos y se realizaron diferentes estudios para determinar las fronteras entre ambas Coronas, y se encontraron con imprecisiones de los linderos señalados, muchos de ellos existentes sólo en el famoso mapa de las Cortes y que daban lugar a nuevas e inesperadas reivindicaciones. Los comisarios resolvieron elevar sus dictámenes a sus gobiernos y suspender debido a sus diferencias de criterio mientras tanto la demarcación hasta que se resuelva al respecto.

La naciente República del Paraguay en 1811 heredó entonces los límites trazados por Azara, y a la vez el litigio pendiente en el tramo del río Igurey al río Apa, con relación al Brasil.

En 1792, para contener el avance portugués que se venía sobre el río Paraguay, se fundó el fuerte Borbón, que ocuparon temporalmente, pero no por eso renunciaron a su propósito. En 1850, intentaron adueñarse del Pan de Azúcar, arrojados de este lugar por las tropas paraguayas, trataron de establecerse en 1855 en el valle de las Salinas, al sud de la Bahía Negra; pero de aquí volvieron a huir, perseguidos por los milicianos del Paraguay como afirmaba Cecilio Báez. El gobierno paraguayo envío a Juan Andrés Gelly, uno de sus mejores diplomáticos paraguayos de gran formación intelectual en el Río de la Plata, llevando un nuevo proyecto proponiendo la definición de la frontera el que fue rechazado.

Pero fue el ciudadano portugués, Moreira de Castro, quien propuso los mismos límites rechazados por Gelly, pero declarando a la zona desde el río Apa al río Blanco como zona neutral sin soberanía efectiva sobre ella por ninguno de los dos países. El Brasil consideró inaceptable la propuesta, y por intermedio de su encargado de negocios en Asunción José Pereira Leal, planteó que en el Paraná se adopte el Iguatemí en vez del Iguarey de debajo del Salto, hasta sus nacientes, y luego por las cumbres del Amambay hasta el Apa. Por toda respuesta el presidente Carlos Antonio López expulsó al ministro Pereira Leal, en agosto de 1853, lo que motivó que el Brasil enviara una escuadra comandada por el almirante Ferreira de Oliveira, que terminó negociando con el gobierno paraguayo, sin mayores consecuencias.

 

Se menciona la guerra en documentos oficiales.

Por último fue José Berges como enviado diplomático a Río de Janeiro, con la misma tesis de el Tratado de San Ildefonso, reiterando que el río Igurey de aquel tratado era el que los mapas brasileños llaman Ivinnheina a 50 leguas arriba del Salto del Guairá, de cuyas nacientes en la cordillera del Amambay debía trazarse una líneas al río más cercano como contravertiente oriental hacia el río Paraguay, el cual sería, según Berges, el río Blanco que desemboca casi frente al Fuerte Olimpo. El ministro brasileño Paranhos, expresó que no podía conceder más reconocimiento voluntario que el propuesto por el almirante Ferreira, es decir el Ygatimi hasta sus nacientes, y luego por tierra, siguiendo las altas cumbres de las cordilleras hasta el nacimiento del Apa. Se firmó una Convención el 6 de abril de 1856, por la cual se aplazaba la cuestión de límites por seis años para examinar y volver a tratar las propuestas o alguna transacción.

Por otra parte, en fecha 12 de febrero de 1856, suscrito en Asunción por su enviado extraordinario señor José María da Silva Paranhos, expresó que jamás había habido, entre el Imperio y la República, contestación con respecto al territorio de la ribera derecha del río Paraguay, habiendo los dos gobiernos reconocido el Río Negro (Bahía Negra) como límite de los dos países por ese lado, según consta en el Archivo Diplomático y consular del Paraguay publicado en 1908.

Falleció el presidente Carlos Antonio López, en 1862, y nuestros límites internacionales, ya no fueron objeto de tratativas, por nuestro país, sino formaron parte de una cadena de acontecimientos extra fronteras que nos llevó a la guerra en 1864. Como sucedió después, el Brasil consiguió en el ignominioso Tratado de la Triple Alianza en el art. 16 todos los límites que ambicionaba con respecto al Paraguay.

 

Argentina

En la convocatoria a un Congreso realizado el 17 de Junio de 1811, fue donde se formuló la famosa Nota del 20 de Julio atribuida al Dr. Francia, y en donde las resoluciones del Congreso fueron comunicadas a la Junta de Buenos Aires: Primera: Que mientras no se forme el Congreso general esta Provincia se gobernará por sí misma, sin que la Exma. junta de esa Ciudad pueda disponer y ejercer jurisdicción sobre su forma de Gobierno, régimen, administración, ni otra alguna causa, correspondiente a ella; Cuarta: que cualquier reglamento, forma de gobierno, o constitución que se dispusiese en dicho Congreso general no deberá obligar a esta Provincia hasta tanto se ratifique en Junta plena, y general de sus habitantes y moradores".

El territorio de Misiones usurpado por Argentina, contaba con un Gobernador español, tanto para el Paraguay y el territorio de Misiones, como Bernardo de Velazco, nombrado por Real orden del 12-IX-1805, y que unió el distrito de Misiones al Paraguay en un solo gobierno, con el título de "Gobernador militar y político é Intendente de la Provincia del Paraguay y de los treinta pueblos de Misiones de indios guaraníes y tapes del Paraná y Uruguay" y a Tomas de Rocamora como subordinado de Velazco, quien a principios de 1810 asumió el poder y lo ejerció hasta la Revolución de Mayo de 1811.

Por el Tratado de Amistad y Límites con la Junta Gubernativa de Buenos Aires, del 12 de octubre de 1811, "fue la reincorporación de las Misiones al Paraguay", al decir de Cecilio Báez y en el art. 4º, dispone que no se haga novedad en punto a fronteras. Aunque este Tratado fue declarado caduco por el Congreso del 12 de octubre de 1813, establecía el expreso reconocimiento de la Junta de Buenos Aires sobre los territorios de Misiones.

El Dr. José Gaspar de Francia a comienzos de la era independiente ordenó la ocupación de dichos territorios hasta el río Uruguay. Por su parte Carlos Antonio López, dispuso: ''Llévese a efecto la ocupación definitiva del territorio perteneciente a la República entre los Ríos Paraná y Uruguay, desde que al tiempo de su emancipación política pertenecía a la jurisdicción del Paraguay en el mando del último gobernador español don Bernardo de Velazco".

Por el Tratado de Navegación, Comercio y Límites con la Confederación Argentina, del 15 de julio de 1852, suscrito en Asunción y ratificado por la República del Paraguay el 19 de julio de 1852 entre los ministros de RR.EE. Benito Varela y Santiago Derqui, y aprobado por el Congreso de la Confederación Argentina en Paraná el 4 de junio de 1856 "con reserva de la parte en que dicha acta se refiere a los límites territoriales, cuyo arreglo definitivo aun está pendiente".

El nuevo gobierno de la Confederación Argentina, reconoció oficialmente la independencia del Paraguay, extendiendo a los habitantes del Paraguay el mismo derecho para la libre navegación que tenían los correntinos, entrerrianos y ciudadanos de otras provincias del Litoral. También comprendía un arreglo sobre límites entre el Paraguay y la Confederación, por el cual Apipé y Candelaria fueron asignados a la Confederación, mientras se garantizaba el libre paso a los paraguayos entre Encarnación y San Borja.

De acuerdo con estos límites, -expresa Julio C. Chaves-, el Paraguay quedaba con el Chaco, pero perdía Misiones. La cesión de las Misiones, vía importante de comunicación con el Brasil, y el Uruguay, pulmón de la nacionalidad constituía una pérdida para la República. Quedaba agudizada y agravada su agobiante situación mediterránea. Sin otra salida que el río Paraná, la clausura de la ruta Candelaria-San Borja, sellaba el enclaustramiento de la República. La trascendencia espiritual y moral de aquella vía abierta al mundo era indiscutible, y el Paraguay jamás debió haber renunciado a ella.

Expresó López en defensa del tratado: "seremos fuertes en el río Paraguay hasta su confluencia en el Paraná, y lo seremos también en la derecha de este río. Preferimos con gusto el ídolo de la Paz, dé la buena armonía, y de las relaciones amigables, y comerciales con la Confederación Argentina al espíritu de dominar desiertos, sin objeto actual, a costa de inmensos sacrificios del tesoro nacional para policiarlos manteniendo un crecido número de fortificaciones, destacamentos, guardias y corridas por agua -y por tierra. Pasará muchos años la República sin que pueda extender su población a territorios inmensos que todavía le quedan a cuidar".

Todo muy cierto, -concluye Chaves-, pero a la paz jamás hay que sacrificar la seguridad. Y el Paraguay, que en el transcurso de la historia había perdido su costa atlántica y su puerto en el Plata, no podía renunciar a esa salida al río Uruguay, vía de acceso al resto del mundo, puente tendido al futuro. Verdad también que un acuerdo amplio y honroso con la Argentina se hacía particularmente recomendable; pero no al precio de tamaño renunciamiento.

La consecuencia de la pérdida de las Misiones significó para el Paraguay, empezar la guerra cruzando territorio correntino, en vez de hacerlo por las Misiones que acercaba mucho más al Brasil, sin pedir permiso del Gobierno argentino, que le fue denegado, provocando a su vez su entrada en la Tríplice.

Todas estas décadas reflejan los vaivenes de una política de límites entre partes no resueltas, lo que provoca una ruptura del equilibrio en el Río de la Plata y el Brasil y que pocos años después, cambiaría el escenario de estos países, afectando indirectamente al Paraguay.

 

Un enfoque desde el Paraguay

Lo cierto es que el 3 de febrero de 1852, en Caseros, el Ejército Aliado, compuesto de brasileños, orientales, bonaerenses, correntinos, entrerrianos y santafecinos, luego de una corta batalla provocó la huida del dictador Juan Manuel de Rosas.

Los antecedentes de Caseros - expresa Andrés Riquelme- fueron proclamados por la demagogia política, como solidaridad de los pueblos del Plata en su lucha contra las TIRANIAS, principio con que más tarde se pretendió justificar la triple alianza contra el Paraguay. La semejanza entre el pacto público destinado a derribar a Rosas y el tratado SECRETO concebido para destruir al Paraguay existió realmente, y ella consistió en la solidaridad de tres grupos internacionales oligárquicos a saber: el esclavócrata brasileño, el tradicional porteño, y el colorado oriental. En ambos casos se invocarían la guerra a los déspotas respectivos y la LIBERTAD de los pueblos oprimidos, bajo el empuje de dinero y tropas del Brasil, embarcado en la tarea de reducir el Progreso de repúblicas vecinas y en extender su protectorado. Montevideo, Buenos Aires, y Asunción conocieron a su turno el impacto de las botas imperiales. Los coligados usaron como caballeriza la Pirámide de Mayo en Buenos Aires y la Catedral de Asunción.

Caseros, sin otra ideología ni programa que el odio común contra Rosas, marcó sencillamente el triunfo de la dialéctica y del intríngulis bien explotado por la diplomacia bragantina para afirmar su hegemonía y continuidad.

La ocasión del Imperio para intervenir activamente en el Plata superando fracasos anteriores, al lograr alianza con argentinos y orientales en un concierto tenebroso creado al ejemplo europeo de la Santa Alianza. Hechos sugestivos confirman las conclusiones precedentes.

Caseros tampoco señaló la organización argentina, ya que el espíritu bonaerense en que convergían UNITARIOS y FEDERALES jamás pensó igualarse, menos someterse al resto de la Nación. La administración del puerto de Buenos Aires era la meta común de singulares luchadores. De ahí la segregación del Estado de Buenos Aires conducida por los mismos hombres que ayudaron al general Justo José de Urquiza y luego se volvieron contra él. El centralismo proliferó después de Caseros con mayor peligrosidad a través de Alsina, Tejedor, Mitre, Elizalde, etc. Urquiza ungido Presidente de la Confederación no pudo instalarse en Buenos Aires y erigió su capital administrativa en La Bajada.

Implacablemente combatido, Urquiza terminó por desaparecer luego de Pavón dando lugar al encumbramiento de Bartolomé Mitre, en cuya administración se produjo el apaciguamiento de las provincias levantiscas, a la sombra de la guerra contra el Paraguay en que repetirían su actuación conjunta los grupos participantes en Caseros, sostenidos nuevamente en la empresa por el Brasil.

Urquiza después de Caseros reconoció la independencia paraguaya y suscribió tratados, pero no en la medida de la conveniencia nacional. Así la cuestión de LÍMITES quedó pendiente en peores términos al rechazar el congreso urquicista el acuerdo de fronteras, en que por primera vez el Paraguay renunció al territorio allende el Paraná. En punto a la INDEPENDENCIA, gozábamos del reconocimiento de varias Potencias con el patrocinio brasileño de indudable peso internacional, tratábase de un hecho jurídico que el propio Rosas se cuidó de ladear sin atropellar, una situación de muy difícil retrotracción respecto del cual la decisión de Urquiza nada esencial agregó. En 1855 el Imperio probaría influencias y respetos enviando su escuadra con propósitos bélicos para entrar en el río Paraná con destino al Paraguay, y la inacción de Urquiza avaló ampliamente la acometida imperial.

Si en Caseros participó el Brasil en pro de la LIBERTAD con millones de esclavos, si igualmente lo hizo un ambicioso caudillo feudal ¿qué le faltó al Paraguay para lo propio, teniendo intereses fundamentales que defender y capacidad suficiente para la lucha? La invitación de Urquiza aunque defectuosa, el tratado vigente con el Brasil, la oportunidad de obtener el reconocimiento particularmente negado por el Dictador porteño, eran títulos que imponían la presencia paraguaya en la guerra contra Rosas que debió definir la suerte de los pueblos del Plata a pesar de la injerencia brasileña. Grande error paraguayo, la inasistencia siquiera simbólica, como por ejemplo la de los colorados orientales.

La ausencia del Paraguay en Caseros simplificó la maniobra y actuación brasileña. El Imperio tan pronto alcanzó su objetivo inmediato doble de derribar a Rosas y de asegurar la independencia del Paraguay, abandonó a Urquiza dejándole a merced de la poderosa Buenos Aires en epílogo previsto. La primera provincia argentina con su tradición, su población, su ubicación, su banca, y su cultura, constituía la potencia dominadora del Plata de cuyas garras escapaban MONTEVIDEO por razones geográficas y el PARAGUAY por su fuerza material, dos centros que muy bien supo usar San Cristóbal.

Al Imperio del Brasil le convenía el choque entre Urquiza y Buenos Aires, por traducir el primer paso de su programa trazado para trabar el futuro de jóvenes Repúblicas capaces de orientar sus destinos y felicidad sin luces imprescindibles de Príncipes coronados. Sólo, el exjefe del Ejército Aliado Grande vencedor de Caseros nada tenía que hacer, y así sucumbió. Pero no el incienso de Caseros. Contra el Paraguay a su turno enderezaría el Imperio, todo el conjuro de su terrible plan destructor mediante una guerra de EXTERMINIO con la colaboración de los mismos actores de Caseros y única excepción de Urquiza cuya neutralidad sabría comprar en 1864 tanto como su negligencia en 1851.

La falla diplomática del Paraguay en la lucha que tuvo por desenlace Caseros, fue evidente, sostiene Andrés Riquelme, porque debió ser la gran oportunidad del Paraguay para cancelar diferencias con la Confederación Argentina sin intersticios, al contar con la predisposición favorable del Brasil, preponderante en el suceso.


 

 

 

 

 

 

 


CAPÍTULO IV

LOS PAÍSES ALIADOS HACIA 1864

En este capítulo nos detendremos en saber sobre la situación en la que se encontraban los países que formaron parte de la Triple Alianza en 1864. El objetivo es que el lector pueda comprender contra que fuerzas se enfrentó el Paraguay en aquella fatídica guerra.

 

Argentina

Tras la derrota de Juan Manuel de Rosas, la Argentina comenzó su proceso de Organización Nacional. Al respecto del mismo afirma Francisco Morales Padrón que Urquiza puso en marcha los medios para realizar la organización nacional, al mismo tiempo que obtenía todo el poder militar, originando una oposición en quienes veían en esto algo de la época de rosas. Las anormalidades originadas desembocaron en un golpe de Estado dado por Urquiza, el cual logró con ello aumentar la reacción antiurquizista, que va a terminar en una revolución. Los unitarios no le veían con buenos ojos, porque Urquiza había proclamado que no había "ni vencedores ni vencidos", y ellos deseaban vengarse de los federales. Éstos tampoco estaban a su lado porque consideraban que su pronunciamiento era una traición a la causa federal, que entregaba Buenos aires a los unitarios y permitía la presencia de tropas extranjeras. La síntesis de lo que sucederá hasta 1860 es breve: los unitarios rechazaron el acuerdo de San Nicolás, repudieron la Constitución de 1853 y separaron su provincia de la Confederación. Estallo la guerra, y cuando la suerte de las armas derrocó a Urquiza, el elemento porteño unitario recobró preponderancia y aceptó formar la unión definitiva en 1860.

Sigue afirmando Morales Padrón que En noviembre de 1852 quedaba integrado el Congreso de Santa Fe por hombres mediocres y poco representativos de donde iba a salir la Constitución argentina, cuyas bases había fijado una obra de Juan Bautista Alberdi, inspirada en El Federalista, de Alexander Hamilton. La Constitución fue jurada el 9 de julio de 1853, y ha regido hasta nuestros días con ligeras modificaciones. El Congreso nombraría a Urquiza presidente de la Confederación en 1854.

Mientras en Buenos Aires, su gobernador Valentín Alsina, deseaba desunir a la Confederación de las otras provincias, obstaculizando la tarea de Urquiza. Pero estalló una guerra civil en la Provincia de Buenos Aires encabezada por el coronel Hilario Lagos quien había sido partidario de Rosas. La sublevación comenzó en diciembre de 1852, con la bandera de la organización nacional, así como el reconocimiento del acuerdo de San Nicolás además de la autoridad de Urquiza y él envió de los delegados de la provincia de Buenos Aires al Congreso de Santa Fe. La revuelta de Lagos logró la renuncia del gobernador Alsina, pero los combates prosiguieron. En dicha coyuntura el Congreso de la Confederación autorizó a Urquiza a intervenir en los asuntos bonaerenses y acabar la contienda civil. Buenos Aires fue sitiada por Urquiza y Lagos por tierra y por Juan A Coé por el mar. Pero Coé se vendió a Buenos Aires, por lo tanto el sitio se volvió sumamente dificultoso para Urquiza y por lo tanto tuvo que alejarse.

Urquiza decretó la libre navegación de los ríos, suprimiendo así el monopolio del puerto de Buenos Aires para el comercio internacional, por lo que los barcos extranjeros podían llegar directamente a Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe. La medida no fue del agrado de los de Buenos Aires, inclusive para los rebeldes, Por lo tanto en 1854 Buenos Aires promulgó su propia constitución y se erigió en un Estado autónomo del resto del resto de la Confederación fue elegido primo como gobernador el doctor Pastor y en 1857 nuevamente Valentín Alsina.

La vuelta al poder de Alsina frente a la Provincia de Buenos Aires, implicó el reinició de las hostilidades contra el gobierno de Urquiza, la Ley de Derechos Diferenciales dada por la Confederación, declaraba la guerra aduanera a Buenos Aires, ya que gracias a dicha ley se recargaban con mayores impuestos a los productos que provenían del puerto de Buenos Aires.

La Confederación Argentina decidió resolver el Problema de Buenos Aires a través de las armas se nombró a Urquiza como jefe militar de las tropas que en Cepeda, vencieron a las tropas de Bartolomé Mite, que era el comandante de las tropas de Buenos Aires. El pacto de San José de Flores ya mencionado estableció la incorporación de Buenos Aires a la Confederación, consagrando dos principios el de la unidad política y el de la integridad territorial de la nación.

Urquiza se alzaba una vez más como héroe. Pero su persona no tiene importancia sólo por ser el vencedor de Montevideo, Caseros y Cepda, sino como autor de una política.

Urquiza inició la obra educacional que volvió a los principios de Mayo de 1810 de subvencionar a las provincias la expansión de la educación También el propuso el aumento de la colonización a través del fomento de la inmigración, así mismo apoyo el incremento de la líneas de ferrocarril, por los tratados de comercio entre otras medidas.

Tras dejar la presidencia, Urquiza fue sucedido en tal carácter por Santiago Derqui, quien tuvo que enfrentar una serie de disidencias internas ocasionadas por una revolución en la Provincia de San juan y por haber rechazado el Congreso a los Diputados de Buenos Aires, pues habían sido elegidos de acuerdo a las normas establecidas en la Constitución de la Provincia y no de acuerdo a lo prescripto por la Constitución de la Confederación, por lo que Buenos Aires, declaró nulos los acuerdos de 1859 y 1860.

Eso provocó un nuevo enfrentamiento militar que se produjo el 17 de septiembre de 1861 en los campos de Pavón, batalla que fue vencida por las tropas de Buenos Aires, comandadas por Bartolomé Mitre, quien recibió él encargó de la Presidencia del Poder Ejecutivo Nacional.

Después de la batalla de Pavón Mitre lo desplazó a Urquiza, quedando a su cargo la conducción del país, el cual unifico a sangre y fuego eliminando a caudillos regionales o montoneros.

Mitre era negligente en el vestir y reservado en sus maneras, y la característica más saliente de Mitre era su aplicación a los libros, lo que no le impidió participar en las batallas, pero en Curupayty enterró su sable para siempre.

La presidencia de la Nación, se hallaba a cargo de Bartolomé Mitre, en el periodo (1862-1866), siendo sucedido por Domingo Faustino Sarmiento.


Moneda y Finanzas

El 3 de noviembre de 1864, por una ley provincial se dispone la garantía y canje de billetes. Se trata de nacionalizar el circulante de la provincia, retirando todo tipo de billetes anteriores al tipo de cambio corriente del mercado

Se reconoce un tipo de cambio de 1 onza de oro: $16 pesos fuertes; 1 $ fuerte: 25 papel; 1 onza de oro; $ papel. La Ley prohibía el establecimiento de bancos particulares de emisión.

Queda esta ley provincial como el intento más serio para nacionalizar el circulante a cuyo efecto trato de poner en marcha los mecanismos fundamentales al efecto; desmonetización por canje de todo otro circulante y fijación del tipo de cambio acorde con la desvalorización normal del tipo de cambio.

Pero el conflicto con el Paraguay exigió al gobierno argentino financiaciones extraordinarias, con emisiones sucesivas de papel sin respaldo, que pusieron al país en grave situación financiera.

Mitre no esperaba la guerra confesada por el mismo, pero caía en un abismo insondable sin soldados, sin buques, sin crédito, sin dinero, sin popularidad y sin un fin determinado para después. Sólo le quedaba el crédito externo

Se estima para ese año 2.000.000 de habitantes, de los cuales unos 200.000 vivían en Buenos Aires.

La sociedad argentina en estos años no se hallaba aun consolidada, y permanecía la lucha de caudillos provinciales contra el gobierno central. Por lo demás la provincia de Buenos Aires proseguía la lucha contra el indio en busca de su expansión territorial y solo terminaría en el año 1879. La apropiación de nuevas tierras, genero una poderosa clase de propietarios rurales El factor productivo se hallaba en la región pampeana y el Litoral, que eran las fuentes extractivas de la riqueza. La ciudad-puerto, que era Buenos Aires tenía una actividad mercantil más importante. Uno de sus productos de exportación, eran los cueros, el charque y subproductos. El ejército permanente de Mitre creado en 1864 contaba con solo 6.000 efectivos, la gran mayoría apostada en las provincias del interior y a lo largo de la frontera de la Patagonia. Los regulares estaban organizados en siete batallones de infantería, nueve regimientos de caballería, una unidad de artillería liviana, y cinco compañías de la «recientemente creada» artillería —esta última utilizada como fuerza de guarnición en la isla Martín García. Una alta incidencia de deserciones encogía las plantillas y los funcionarios del gobierno llevaban adelante permanentes reclutamientos para mantener hasta donde se podía el poder de estas unidades.

 

El ejército

El grueso de los hombres bajo armas en la Argentina se encontraba en las variadas unidades de la Guardia Nacional, tal vez hasta unos 134.478 efectivos a principios de 1865. Como su contraparte brasileña, la guardia argentina era básicamente una institución provincial, \ aunque raramente de carácter patrimonial. Con la ley de 1854, cada ciudadano varón de la Confederación de entre diez y siete y sesenta años era pasible de servir en la guardia, y versiones de las mismas leyes tuvieron en vigor después de Pavón. Pero la ley era aplicada de manera imperfecta e irregular. Unas pocas unidades, especialmente las de Buenos Aires, sí servían bajo un comando nacional. Mitre tenía en 1864 las tropas bajo su directo comando y contaba con unos ocho mil regulares y guardias. Un año más tarde había crecido a quince mil mayormente a través de la conscripción obligatoria en la zona rural de Buenos Aires

Más allá de su atractiva apariencia, la mayoría de las tropas estaba todavía conformada principalmente por gauchos. Mitre solo confiaba en ellos hasta cierto punto, pero nunca se autoengaño crear un ejército moderno sería una tarea muy complicada.

Al soldado medio argentino le era difícil verse como parte de un proyecto «nacional». Para él no tenía sentido servir como soldado más que sobre una base condicional y de corto plazo.

En cuanto a la armada argentina, existía más de nombre que en los hechos. De un total de diecinueve buques en 1864, solo dos vapores (El Guardia Nacional y el Pampero) y una goleta (Argos) llevaban armamento, y no era del mejor. Gran parte del remanente de la flota había sido o bien alquilada a comerciantes particulares o bien estaba en dique seco. En tiempos de la Guerra Cisplatina, la armada argentina había sido una entidad formidable bajo el almirante irlandés William Brown. Ahora había declinado tanto que solo servía para transportar tropas y caballos.

Ni la diminuta armada argentina ni su inexperto ejército habían desarrollado tradiciones de notar y ninguna de ambas instituciones gozaba de respeto alguno entre público y políticos en general.

Oficialmente, al producirse la invasión paraguaya a Corrientes, el Ejército Argentino contaba con 6391 hombres: 2993 del arma de infantería, 2858 de caballería y 540 de artillería.

Dicho ejército se había formado por la unión del ejército del Estado de Buenos Aires que invadió muchas de las provincias interiores después de la batalla de Pavón, y que incluía cierto número de mercenarios. A esas tropas se les habían agregado parte de las fuerzas de milicias de líderes provinciales aliados al presidente Mitre, como las de Santiago del Estero y Corrientes.. No estaban contadas, en cambio, las milicias provinciales - especialmente numerosas en la provincia de Buenos Aires - que participaban en la lucha contra los indígenas, de las cuales una parte sería asignada al frente paraguayo.

 

 

El imperio del Brasil

El Brasil desde su independencia fue una Monarquía Hereditaria. El Emperador Pedro II se revelará - afirma Morales Padrón— como el reverso de su padre en su tranquilidad, bondad un tanto caprichosa, firmeza de corazón y curiosidad científica. Había salido a la madre, la infeliz Leopoldina, que pasó por la corte de Río de Janeiro con sus insectos, sus pájaros, sus plantas clasificadas y el dolor que le procuraba la infidelidad de su marido. El futuro Pedro II poseía la traza de un rey: imponente, majestuoso, con cerca de dos metros de altura. Había recibido una esmerada educación y viajado intensamente, saciando sus ansias de saber buscando conquistas científicas de toda índole para mejorar las condiciones de su pueblo.

Pedro II soñaba con que el Brasil acrecentara sus riquezas y progresara culturalmente. La familia, El Estado y los estudios ocupaban las horas del segundo emperador Brasileño. En los ratos de ocio estudiaba lo mismo griego que sánscrito o tupí y se enfrascaba en las innovaciones científicas practicando un eclecticismo que le impidió ser un verdadero científico y un hombre de Estado. Su manera política de encararse con los problemas del país se reflejaba un tanto la organización doméstica apareciendo más como un padre de familia o un "filósofo con barba" que como un emperador.

Había sido Pedro II formado en la mejor escuela de la vida: el infortunio, afirma el historiador español, pues el mismo tuvo una infancia sin caricias y una juventud sin goces que modelaran su espíritu. Tales factores le formaron y le proporcionaron su típica seriedad. Benévolo y afable, era un enigma. A los veinte años carecía aún del don de la locuacidad, pero todo no era sino consecuencia de su timidez, de la falta de alegrías y aplomo, de la carencia de expansión sentimental a causa del influjo de la corte. Más tarde todo esto desapareció gracias a sus preocupaciones muy diversas y a su misma sangre regia, que le empujaba a ser todo un rey, aunque no le gustara y prefiriera cambiar el salón del trono por la sala de una escuela. Sin embargo, siempre le faltó la decisión, tan necesaria de un buen político. Pedro II rehuía la iniciativa personal y dejaba al tiempo la solución de los arduos problemas. Nunca - afirma Morales— tomó una decisión que molestase a la opinión pública, y al tratarse de cuestiones constitucionales no imponía su opinión a los ministros. Únicamente amó una dictadura: la de la moralidad.

Una Cámara de Diputados recientemente electa, ampliamente conformada por jóvenes del Partido Liberal, asumió sus funciones el 1º de enero de 1864. Estos hombres llegaron con la idea de haber recibido un mandato. A los liberales mayores, les preocupaba qué pasaría si estos reformistas lograban imponerse. Pensaban que podían hacer para separar a sus jóvenes colegas de los asuntos internacionales. La crisis en la Banda Oriental parecía mandada a hacer para que estos jóvenes aprovecharan la oportunidad de incursionar en ese campo y, en tal sentido, escucharon con apasionada atención los argumentos de Antonio de Souza Netto, líder de los fazendeiros de Rio Grande Do Sud. El viejo general demandó acción efectiva e inmediata, sin importar el costo. Muchos en la cámara, viejos y jóvenes, asintieron en señal de aprobación.

La facción mayoritaria entre los liberales había elegido coma primer ministro a Zacharias de Góes e Vasconcellos, un enjuto heredero de una rica familia de Bahía que había entrado por primera vez al Parlamento en 1850 como conservador. Luego había descubierto los escritos de Jeremy Bentham y John Stuart Mill y se consideraba convertido al pragmatismo. Su compromiso con el Partido Liberal era moderado. Como primer ministro, Zacharias representaba no solamente mucho de lo bueno, sino también mucho de lo que había de estrecho en el sistema brasileño de gobierno parlamentario.


Moneda y finanzas.

Dos Bancos ingleses entraron en operaciones a finales de 1863: el London and Brasilian Bank, y en el año siguiente, el Brasilian and Portuguese Bank, que trataron de asegurar la totalidad de los negocios entre Inglaterra, Portugal y Brasil.

La crisis de setiembre de 1864, se produce con la caída de la Casa Souto & Cia, la mayor casa bancaria del país, establecida en la plaza desde 1834 y cierra sus puertas, dejando unos 14.000.000 de reis impagos. La crisis afectaba a los acreedores y a otros bancos que sufrieron violentas corridas.

La retracción impuesta después de 1860, al mercado interno, vía el sistema de crédito, deja a las industrias paralizadas.

Existió un extraordinario aumento de la deuda pública, representada por las pólizas emitidas para el financia-miento de la Guerra del Paraguay

Por otra parte los empréstitos ingleses no dejaron de contraerse por el Brasil, y en 1863 llego a la cifra de 3.853.307 libras esterlinas.

El Comercio entre Gran Bretaña y el Brasil en 1864 fue el siguiente. Exportaciones: Libras 2.806.536 y las importaciones: Libras 3.697381. Es decir la balanza comercial se inclinaba totalmente a favor de Gran Bretaña con las consecuencias políticas que implicaba este hecho.

En cuanto a la exportación de algodón del Brasil fue de 1.725.015, el pico más alto, ya que los años posteriores, comenzó una abrupta declinación debido a la conclusión de la guerra de Secesión de EE.UU.

Con respecto a la realidad del país afirma Morales Padrón que El país que le correspondía gobernar a Pedro II no era ninguna utopía pese a que desde que había llegado la corte portuguesa (1808) había desarrollado bastante sus recursos agrícolas y mineros y activado su vida comercial. Lo cultural no se había tampoco descuidado y ahora con Pedro II aumentaría.

La nación era de fazendeiros o hacendados, bajo los cuales estaba el conglomerado esclavo. La emigración era difícil y escasa. El trabajo rural corría a cargo de la mano de obra negra, que asimismo, bien esclavos o bien libertos, desempeñaban las profesiones mecánicas tenidas por viles. La aristocracia rural formada en el Norte por los señores del ingenio, o dueños de las fábricas de azúcar y en el sur por los fazendeiros del café, suministraba la clase dirigente. Fuera de esta aristocracia habitante de las "casas grandes" se situaba la masa urbana del litoral y las casas donde vivían los esclavos o senzalas. Con esta simple estructura, el imperio se dividía en dos categorías de hombres propietarios y siervos, faltado la categoría intermedia de pueblo. El negro y el café moldearián el imperio, cuya suerte dependerá de la abolición de la esclavitud.

Una minoría, educada a la europea gobernaba sobre la "amagalma protinforme de blancos, negros, amarillos uno y otros práctica y moralmente dañados por la esclavitud, creciente con el tráfico, que no se extinguía". Debido a tal estado social, se darían las luchas intestinas que habían amenazado y amenazarían la integridad de la nacionalidad.

Además del café eran igualmente importantes económicamente hablando el oro y el caucho de la Aazonia. Este primitivismo económico, reducido a ciclos y onocultura, se irá superando con el siglo XIX. Los primeros progresos industriales se efectuarán al ponerse en funcionamiento los ingenios centrales. El progreso se acentuará con los ferrocarriles, el primero de ellos funcionó en 1854 y la inmigración extranjera. La agricultura primordial pivote económico, dotaba de una apreciable estabilidad al Brasil.


 

Armamentos

Uno podría imaginar que un país tan grande como el Brasil sería proclive a construir una estructura militar acorde con su escala. Pero, como llamativamente también ocurrió en los Estados Unidos, al principio unas fuerzas armadas de gran envergadura nunca recibieron un verdadero soporte del gobierno. Durante los primeros cuarenta años de existencia como estado independiente, el ejército permanente del Brasil raramente tuvo más de 16.000 efectivos con una Guardia Nacional de reserva que totalizaba otros doscientos mil hombres. Esta última fuerza, que principalmente desarrollaba operaciones de policía en las provincias, consistía en unidades de reclutas locales comandados por los hijos de los fazendeiros ricos. La guardia poseía pocas de las características usualmente asociadas con una milicia profesional. En ocasiones, sus unidades prestaban respetables servicios dentro de sus posibilidades, pero solo esporádicamente eran desplegadas fuera de sus provincias.

El poder real dentro de la estructura militar imperial descansaba en el ejército permanente. Después de 1851, el imperio se dividió en seis distritos militares, cada uno de los cuales teóricamente poseía carpos especiáis y carpos combatentes. Los últimos incluían unidades de caballería, infantería y artillería repartidas en fuerzas móviles y tropas de guarnición

Para mediados de los 1860, el ejército permanente tenía un estjufr ma tan moderno como cualquiera de Europa. La artillería consistía en un batallón de ingenieros, un regimiento de artillería montada, cuatro batallones de artillería a pie y doce otras compañías. La caballería tenía cinco regimientos, un cuerpo de cuatro compañías, un escuadrón de dos, siete batallones de tiradores y cinco otras compañías. La infantería, que componía el grueso de las tropas, incluía nueve batallones de tiradores y ocho compañías, otro batallón de seis, cinco cuerpos de guarnición de cuatro compañías cada uno. El total de efectivos de reserva para el ejército permanente sumaba 17.600 hombres.

La gran mayoría de las unidades estaba situada en el lejano sur, cerca de la frontera uruguaya. Esta disposición tenía sentido dadas las posibles contingencias extranjeras y la remota posibilidad de renovados conflictos separatistas; pero dejaba enormes áreas del Brasil esencialmente desprotegidas, a no ser por unidades de guardia pobremente entrenadas.

Las élites brasileñas sentían una desconfianza instintiva hacia el «progresivo» militarismo. Veían el desorden en el resto del continente y normalmente lo atribuían a la presencia de demasiados bravucones analfabetos en uniforme. Como reflejo de este prejuicio, el gobierno mantenía bajos sus presupuestos militares y a sus generales en el patio trasero. El mismo emperador nunca se molestó en ocultar su desagrado por la profesión de las armas (aunque era escrupulosamente correcto, incluso amable, con los oficiales individualmente).

Las fuerzas armadas brasileñas tenían, no obstante, sus fervientes defensores. Hombres como Caxias y Manoel Luis Osório eran sazonados políticos a la par de talentosos comandantes. Ocasionalmente pudieron maniobrar para que el gobierno adoptara, aunque en forma renuente, una política militar más sofisticada. Esto siempre fue más fácil en tiempos de crisis políticas o durante las campañas contra la Argentina de Juan Manuel de Rosas. En otros momentos, sin embargo, los cuerpos de oficiales no eran diferentes a otros burócratas imperiales en su propensión a las intrigas, su énfasis en el estatus y su pasión por el dinero o la fama.

Había entre los oficiales algunos individuos talentosos y, como grupo, mostraban una cohesión parecida a la de los hacharéis. La generación más joven provenía de la Academia Militar Imperial y de la Escola Militar da Praia Vermelha en Rio. La primera, fundada durante el reinado de Joao VI, enseñaba tácticas a pequeñas cohortes, normalmente, aunque no necesariamente, de cadetes de las clases altas. Pocos en Praia Vermelha aprendieron otra cosa que elegantes formaciones para las paradas. Algunos, sin embargo, se convirtieron en excelentes doctores e ingenieros militares. Otros leían profusamente manuales extranjeros (especialmente franceses) de tácticas y se jactaban de su conocimiento de las últimas innovaciones en el armamento europeo.

Un resultado práctico de este interés fue una regeneración parcial de la artillería del Brasil en los 1850. Aunque una gran cantidad de armas anticuadas permaneció en servicio, el gobierno imperial hizo que cada unidad de artillería recibiera lotes de cañones Lahitte, Paixharay Whitworth calibre 90 a 120. Las mejores de estas armas tenían un rango efectivo de casi 5 kilómetros y por lo tanto acrecentaron significativamente el poder de fuego del ejército.

El Brasil disponía, a fines de 1864, de solamente 18 000 soldados profesionales dispersos por todo el país; era el país de América Latina que más hombres podía reclutar con el paso del tiempo. Ese mismo año, el gobierno fue autorizado a aumentar sus fuerzas en tiempos de paz a 22 000 hombres.

 

 

Uruguay

La situación del Uruguay después de terminada la Guerra Grande, vivía momentos de inestabilidad provocados por la desunión provocadas por las banderías políticas. Además la economías se desarrollaba escasamente y la población se iba movilizando e incluso desapareciendo. La guerra había mantenido aislada a Montevideo de la campaña, y provocó un importante éxodo migratorio al igual que había detenido el flujo de inmigrantes. La población del Uruguay se estimaba en 132.000 habitantes en la década de 1850 unas 70.000 menos que en 1840. A lo largo de 1852, comienzan a llegar al Uruguay los inmigrantes italianos.

Un decreto de 1851 que decretó la extinción de los partidos políticos, conduciría a un proceso de fusión que llevaría a un candidato universal, pero dicho candidato falleció, y se impuso la tendencia de un solo partido. El Partido Blanco obtuvo el triunfo, que le llevó a gobernar de manera sectaria, pero en el Parlamento los legisladores del Partido Colorado le dan batalla.

Cuando asumió la presidencia de la República, Juan Francisco Giró en 1852, hizo un llamado a todos los partidos para colaborar, pero ya dicho llamado fue realizado en forma extemporánea. El presidente Giró debe huir y el general Venancio Flores se hace dueño de las fuerzas públicas, se conforma un triunvirato compuesto por Lavalleja, Rivera, y Flores, pero por la muerte de los dos primeros Venancio flores queda a cargo del Gobierno.

En 1854 el Partido Blanco, en vista de los diversos tumultos, solicita ayuda al Brasil. Flores mientras tanto fue elegido para completar el periodo constitucional, pero el malestar generalizado y la situación financiera grave hace que un sector del Partido Colorado se subleve y con el apoyo de los algunos blancos, se llega a un acuerdo. Venancio Flores dimite y se elige por presidente a Manuel Basilio Bustamante.

La rivalidad concluye con el acuerdo entre los dos rivales Flores y Oribe. De este acuerdo surgió la candidatura del colorado Gabriel Antonio Pereira, pero con el control de los blancos. El gobierno de Pereira es de corte liberal, se recupera la economía, la administración es buena y el desarrollo material del país comienza a cobrar impulso, pero el conservador general César Díaz inicia una revuelta en la que pierde la vida.

En marzo de 1860 llega a la Primera Magistratura del Uruguay, Bernardo Berro, escritor destacado, compañero de Oribe. Su periodo de gobierno transcurre con cierta calma, que le permite reorganizar la administración y abonar parte de la deuda con Francia e Inglaterra. Todos los problemas son afrontados por Berro, especialmente la tarea de colonizar las tierras desiertas. Pero la intransigencia política aumenta y creo divergencias. Berro mantuvo una disputa con la Iglesia Católica que le resto partidarios y dio pretextos para la invasión Venancio Flores.

Flores organizó a sus tropas en Buenos aires bajo el gobierno de Mitre. Con la guerra civil en marcha se termina el Mandato de Bernardo Berro y es sustituido por Atanasio Aguirre. Aunque las potencias extranjeras se ofrecieron para mediar en la guerra civil, Aguirre no aceptó las condiciones de Flores que contó con el apoyo del Brasil logrando la victoria en 1865.

 

Moneda y Finanzas

En los primeros años de la guerra, hubo déficit que fueron financiados sustancialmente con emisión de deuda pública, ya que por la vía de la recaudación de tributos fueron muy exiguos.

Hasta 1862, el Uruguay carecía de una unidad monetaria específicamente nacional. En su lugar se permitía la circulación de monedas de oro y plata de origen español, inglés, brasileño, francés, etc, y los billetes emitidos por el Banco de la Provincia de Buenos Aires, más tarde transformado en Banco Nacional; y para los pagos menores se usaba monedas de cobre de origen brasileño.

El presidente Bernardo Berro, por decreto del 23 de junio de 1862, serían unidades monetarias el peso plata y el doblón oro, las que eran declaradas moneda nacional. El 23 marzo de 1865, recién se dictó la ley general de bancos, donde sin derogar el sistema bimetalista anterior, se emitían billetes al portador y a la vista pagaderos en oro sellado como en doblones o en su defecto en monedas del mismo metal.

Para atender las necesidades extraordinarias se debió recurrir al crédito bancario. El Banco de Maua apoyo ese crédito aumentando sensiblemente la emisión con relación al encaje. Pero este banquero exigió al Estado la devolución de sus créditos, lo que obligo a este a dejar en suspenso la conversión de billetes a oro, decretando el 7 de enero de 1865 la inconversion de billetes y el curso forzoso, hasta después de seis meses de terminada la guerra. Debe recordarse que el 2 de enero había caído Paysandú.

El 20 de febrero se hizo la paz, y el Presidente Flores, decidió de nuevo la "conversión", y por un decreto del 23 marzo se le otorga al Banco Maua y Comercial un plazo hasta el 15 de junio, para ajustarse al sistema de conversión.

La Banda Oriental siempre fue una inmensa estancia de ganado que giraba en torno al Puerto de Montevideo. Sin embargo las permanentes rivalidades políticas, los conflictos internos, las intervenciones regulares de sus vecinos Argentina y Brasil, dificultaron el difícil resurgimiento de la ganadería la Guerra Grande (1839-1851), las luchas civiles hasta la asunción de Venancio Flores (1851-1865).A pesar de todo, el Uruguay tuvo un importante flujo inmigratorio de origen europeo, dedicando a las actividades pecuarias y acabaron formando parte de la clase de propietarios de tierra.

 

Armamentos:

El Uruguay estaba reducido a una lucha partidaria entre blancos y colorados. Cada partido mantenía sus propias fuerzas armadas, que eran muy poco diferentes a las bandas de gauchos que había liderado José Artigas en tiempos anteriores. Los hombres tenían experiencia en combate, pero no entrenamiento y estaban pobremente armados, a no ser por los usuales mosquetes, las boleadoras y el facón.

Inmigrantes europeos con experiencia militar previa dirigieron unas pocas unidades en Montevideo. El español León de Palleja, por ejemplo, encabezó el «Batallón Florida» de los colorados y se las arregló para insuflar a sus hombres algo de espíritu de cuerpo. Palleja fue un hombre excepcional, cuya disciplina y atención por los detalles eran notables, pero al mismo tiempo efímeras y claramente fuera de lugar.

El soldado uruguayo medio en 1864 estaba menos relacionado con su país que con su superior inmediato. Esto no es necesariamente malo para la disciplina en ninguna fuerza militar. En este caso, sin embargo, ese superior era probablemente un agente indirecto de un poder extranjero. Si se adhería a Urquiza, a Mitre o a los brasileños, este oficial podía hacer una legítima afirmación sobre la lealtad de sus hombres, pero nunca presentarse como un nacionalista uruguayo. Aunque había varios miles de hombres en armas en el Uruguay, un servicio militar que fuera auténticamente uruguayo era algo que todavía tenía que evolucionar. Lo que sí existía era una fuerza de hombres experimentados en combate listos para pelear.

Según un estado de fuerzas del 15 de enero de 1865, la División Oriental al mando de Venancio Flores estaba compuesta de: 3 generales, 42 jefes, 234 oficiales y 2 887 suboficiales y soldados. La constituían los regimientos de caballería de guardias nacionales N° 1, 2 y 4, al mando del general Enrique Castro; la escolta del general Flores; la 1º brigada de infantería al mando del coronel León de Pallejas, compuesta de los batallones Florida y 24 de Abril; la 2º brigada de infantería al mando del coronel Marcelino Castro, compuesta de los batallones Libertad e Independencia; el 1º escuadrón de artillería ligera; y el parque al mando del capitán González. El estado mayor lo comandaba el general Gregorio Suárez

En los dos años siguientes, el Uruguay continuó enviando tropas a la guerra, llegando a unos 5 583 hombres. Uruguay no contribuyó con buques al esfuerzo bélico aliado.



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EL AUTOR

Nació en Asunción (Paraguay).

Es Doctor en Ciencias Jurídicas, Contador, Procurador y Abogado.

Profesor Titular de Economía Política; Derecho Romano y Derecho Internacional Público de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción.

Miembro del Instituto de Derecho Público y del Instituto de Derecho de la Integración de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNA. Secretario Pro-Tempore de la Academia Iberoamericana de Estudios Diplomáticos; Miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Derecho y Ciencias sociales de la UNA (1994-1996); Director del Curso Probatorio de Ingreso en la Facultad de Derecho y Ciencias sociales, 1995 y 1996. Es Profesor- Investigador de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales desde el 2007.

Desde el año 2006 integra el Tribunal de Calificaciones del Ministerio de RR.EE. hasta la actualidad.

Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Historia; Miembro de Número de la Academia Paraguaya de Derecho y Ciencias Sociales;

Miembro de la Sociedad Científica del Paraguay; Presidente del Instituto de Genealogía "Ruy Díaz de Guzmán"; Presidente de la Federación de Historia, Genealogía y Heráldica de la Cuenca del Plata. Es Miembro Correspondiente de la Real Academia de la Historia (España), de la Academia Portuguesa de la Historia, del Instituto Histórico y Geográfico Brasilero, y otras academias similares de América. Miembro del Instituto de Cultura Hispánica, del Centro de Estudios Genealógicos de Buenos Aires Argentina), del Colegio de Abogados del Paraguay, Correspondiente de la Federación Interamericana de Abogados, del Instituto Paraguayo de Derecho Internacional, de la Sociedad Brasilera de Derecho

Internacional, de la Asociación de Estudios Paraguayos, de la Asociación Interamericana de Juristas del Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, y otras instituciones similares.

Obtuvo diversos premios y condecoraciones, e invitado por numerosos países latino-americanos, de los Estados Unidos y de Europa.

Entre sus obras se pueden mencionar: HISTORIA MONETARIA DEL PARAGUAY, DERECHO MONETARIO, LA ECONOMÍA COLONIAL, MANUAL DE ECONOMÍA POLÍTICA, TRANSPORTE INTERNACIONAL, EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LA TIERRA, ECONOMÍA POLÍTICA, DERECHO DE INFORMACIÓN, DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO entre otras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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