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ATENEO CULTURAL LIDIA GUANES


  UN VIENTO NEGRO, 2012 - Novela de ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE


UN VIENTO NEGRO, 2012 - Novela de ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE

UN VIENTO NEGRO, 2012

Novela de ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE

Primera Edición: Servilibro, Octubre 2012

Asunción, Paraguay

Dirección Editorial: Vidalia Sánchez

Diseño de tapa: Celeste Prieto

Corrección: Alfredo Boccia Paz y Beatriz Pompa

Edición: Rufo Medina

Asunción, Paraguay,

Octubre de 2012 (331 páginas)

 

 

 

PREMIAN A ALCIBÍADES GONZÁLEZ DELVALLE

Por EFE

ASUNCIÓN. El periodista y escritor Alcibíades González Delvalle fue galardonado hoy con el Premio Lidia Guanes de Novela Inédita en su tercera edición, por la obra “Un viento negro”, informó un miembro del jurado.

La novela relata la historia de una pareja separada por la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-89), que los tortura y empuja a la mujer al exilio, y su reencuentro tras la caída del general, añadió.

“Nunca se había escrito hasta hoy un libro tan contundente sobre la dictadura”, dijo a Efe Gloria Giménez Guanes, fundadora del Ateneo Cultural Lidia Guanes, que concede el premio.

El periodista, columnista, dramaturgo y narrador, nacido en Ñemby, cerca de Asunción, en 1936 se incorporó al diario ABC Color desde su creación en 1967 y hoy está a cargo de su suplemento cultural.

Escribió para teatro una trilogía sobre la Guerra de la Triple Alianza, que Paraguay libró contra sus vecinos a fines del siglo XIX, y otras obras como “Hay un tiempo para llorar” .

Es autor también de las novelas “Nuestros años grises” y “Función Patronal” y de una serie de ensayos.

Dieciséis obras de autores paraguayos compitieron por este galardón bianual, dotado con 3.000 euros (unos 3.857 dólares) y la edición en Paraguay de 1.000 ejemplares, así como un viaje a España para la presentación de la novela, prevista para el próximo 25 de octubre en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

El premio será entregado el próximo lunes en Asunción por la fundadora y presidenta del Ateneo Cultural Lidia Guanes, periodista y escritora paraguaya afincada en España.

La primera edición del galardón recayó en 2008 en la obra “EL PELUQUERO FRANCÉS”, de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ, y la segunda en “EL CALLEJÓN OSCURO”, de SUSANA GERTOPÁN.

En esta tercera edición, el premio ha contado también con apoyo de Portugal, en cuya capital será presentado el día 26 de octubre.

El jurado de la tercera edición estuvo compuesto por la propia Gertopán, el arquitecto, pintor y escritor Carlos Colombino y el catedrático de lenguas española y portuguesa en la Universidad de Bristol (Reino Unido) Rogelio Vallejo. 

Fuente: Artículo del diario ABC COLOR

29 de Setiembre del 2012

Fuente digital: www.abc.com.py

 

 

 

CONTENIDO

 

BLAS ARZAMENDIA

DIONISIO ROJAS

RAMÓN SEGOVIA

RAIMUNDO FLORES

EVA ALONSO

 

 

PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2012

El 29 de setiembre de 2012, en Asunción (Paraguay), quedó adjudicado el Premio de Novela Inédita Lidia Guanes 2012, organizado por el Ateneo Cultural Lidia Guanes, el Holding de Radio y la La Editorial Servilibro.

Como representantes de las entidades organizadoras, estuvieron presentes en el acto, realizado ante la Escribana Pública Ana Manuela González Ramos; Gloria Giménez Guanes y Eduardo Aznar por el Ateneo Cultural Lidia Guanes, Lidia Rubín por el Holding de Radio, Vidalia Sánchez por Servilibro. La escritora Susana Gertopan se presenta por el jurado, en razón que justifican su inasistencia por motivos de fuerza mayor Rogelio Vallejos y Carlos Colombino, la escritora entrega a la Escribana la fundamentación escrita del voto unánime de los tres miembros del jurado a favor de la novela UN VIENTO NEGRO, con el seudónimo de GERÓNIMO. Siendo las 10:00 hs. la Presidenta del Ateneo Cultural Lidia Guanes, Gloria Giménez Guanes abre el sobre con el nombre del ganador: corresponde a ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE con cédula de identidad número 170.353 con domicilio en Yegros 745. Los presentes suscriben el acta en presencia de representantes de Radio Ñanduti y ABC Color.

 

 

 

 

I

 

BLAS ARZAMENDIA

 

         Desde hace trece años la viuda de Arzamendia -perdió a su marido hace cinco- sale al atardecer de cada dos de febrero a comprar un ramo de flores para depositar al día siguiente en la tumba de su hijo, en recordación de su cumpleaños. Cuando se dispone a cenar en compañía de la empleada, le llama su hermana por teléfono para anunciarle muy alarmada que un sobrino, teniente de Caballería en Cerrito, acaba de advertirles que no salgan esa noche porque será peligroso hacerlo.

         - Volveremos a hablar -la voz agitada de la hermana.

         Cuelga el tubo. La señora Clotilde de Arzamendia se queda sentada junto a la mesa del teléfono. Le pasó el apetito. La noticia le confirma el rumor que salta de casa en casa, desde hace días, sin que nadie lo tome en serio. Lleva más de treinta años la versión de un golpe inminente contra el gobierno. Desea que esta vez el verbo se haga carne, pero no encuentra motivos que vayan a darle esperanzas. Desde la muerte del hijo otea a diario el horizonte político en busca de una señal que le indique el fin de la dictadura. Solo encuentra renovado vigor en el Gobierno, según los periódicos que difunden los discursos oficialistas y las adhesiones de un vasto sector de la sociedad civil y del estamento militar y policial. No ve por dónde vendría la caída del dictador, salvo que alguna vez acierten los exiliados acerca de una grave enfermedad que pronto acabaría con la vida de Stroessner. Tampoco por este lado halla consuelo, pues las veces que aparece en la televisión -y son muchas al día- escudriña en el semblante del dictador en busca de un síntoma anormal. Pero nada encuentra. El rostro es saludable, el labio inferior -del que dicen que está crecido por el cáncer- sigue con el tamaño de siempre. Hace como dos años se había operado de la próstata, que se supuso maligna, pero a los pocos días ya había regresado a su despacho sin rastros visibles de la dolencia. También su pesimismo le viene de la difundida versión de un golpe inmediato. Si en todo el país se sabe ¿no lo sabrían las fuerzas de seguridad, tan eficientes para deshacer conjuras y enterrar conspiraciones junto con los conspiradores? Si ella lo sabe ¿se puede pensar que el Departamento de Investigaciones y la Inteligencia Militar estarían ajenos a los planes subversivos? Estas preguntas las quiere acercar a la hermana y descuelga el teléfono, pero enseguida desiste por el temor de que la línea siga intervenida. Lo estuvo desde que murió el hijo. Sale a la muralla para observar la calle. No sabe por qué, busca un sitio oscuro donde no la viesen. Todo está en silencio, como siempre. De vez en vez, los pasos de un transeúnte rompen la quietud. Las casas están iluminadas normalmente. En algunas de ellas observa que los vecinos, al parecer despreocupados de los rumores, están refugiados en el patio a la espera de que afloje el calor. Regresa a la sala para ver el noticiero de las 20. Tal vez -piensa- difundan algunos indicativos acerca de las razones, o no, de los rumores. Desde que la televisión se instaló en el país, en 1965, la primera mitad del informativo se refiere a las actividades presidenciales, que son las de siempre: audiencia con intendentes municipales, empresarios, líderes obreros y estudiantiles, ministros, policías, militares etc. Todos ellos, al salir del despacho, coinciden en sus agradecimientos al jefe de Estado por la paz que ilumina el presente y el futuro de la patria. La siguiente media hora está ocupada por sucesos internacionales y deportivos. Como lo había esperado, nada que sirviera para sostener el rumor. Unos días antes se había dado la noticia de cambios en la cúpula de algunas unidades militares. Tal vez este hecho -pensó- sea el origen de las versiones del golpe. Al salir de la sala para regresar a la cocina le asusta el timbre del teléfono. Es la hermana que le invita a escuchar Radio Cáritas. Apaga el televisor y prende la radio. La noticia que da el locutor la deja tiesa. Nunca se había escuchado en los tiempos de la dictadura que los militares de la más alta graduación se alzaran contra el general Stroessner. Rueda una silla para instalarse muy cerca del aparato al que dedica toda su atención. Por instinto, baja el volumen hasta donde le sea apenas audible. Otro campanillazo del teléfono la levanta asustada. De nuevo la hermana -que vive a dos cuadras- le dice que salga al patio con cuidado.

         - ¿Qué hay?

         - Ya sabrás -cuelga el teléfono.

         La viuda de Arzamendia abre la puerta con cuidado. La reciben los estruendos de las armas de fuego. Rápidamente vuelve a la radio cuando la voz firme del general Andrés Rodríguez, líder del alzamiento, anuncia los motivos que alientan a los militares a salir de sus cuarteles. Uno de ellos es la defensa de los derechos humanos. Piensa en su hijo y se humedecen de lágrimas los ojos. Aumenta el volumen de la radio. Ya no teme que la escuchen y la vean deleitarse con la noticia de una sublevación.

         Como todos los días desde muy temprano, el coronel Ramón Guanes atiende su oficina del Estado Mayor del Ejército. Un pequeño escritorio deslucido por el tiempo; un juego de living, igualmente vetusto; un armario colmado de papeles; un aparato de aire acondicionado y una enorme fotografía del dictador componen el mobiliario que contrasta con la importancia de sus funciones de jefe de Inteligencia del Ejército. Inicia su labor con la minuciosa lectura de los periódicos que lo esperan encima del escritorio. Marca en rojo las noticias que juzga de interés, sobre las que volverá más tarde. Luego recibiría los informes de distintas dependencias de las Fuerzas Armadas y de la Policía. De ellos haría una síntesis que, como todas las mañanas a las 9 en punto, estaría en el despacho del Presidente de la República. Concluida esta rutina, volvería a las noticias seleccionadas. Esta vez, en hoja separada, anotaría nombres, fechas, lugares, decesos y cualquier otro acontecimiento que parece insustancial. Finalmente los cotejaría con los informes en busca de hallar, como en un rompecabezas, las piezas que vayan a encajar. De encontrar coincidencias, su rostro se relajaría en una imperceptible sonrisa. Entonces tomaría otra hoja para hacer nuevas anotaciones que las confirmaría con las tarjetas que, en orden alfabético, se agrupan en los ficheros.

         El coronel, de unos 40 años, es alto, delgado, con ademanes en apariencia tranquilos y serenos, pero que solo disimulan una furia latente, al acecho de una ocasión para estallar. Sus ojos pequeños parecen tiernos cuando están en reposo. Pero se dilatan y centellean ante alguna contrariedad. Los presos políticos, en la primera entrevista en el Departamento de Investigaciones de la Policía, suelen salir confiados por su amable trato. Pero en la segunda, cuando dice que buscan burlarse de su inteligencia y que no han sabido emplear su paciencia ni la ocasión de colaborar, sus manos que parecían blandas y suaves se estrellan feroces contra el rostro de la persona interrogada. Es el inicio de lo que vendrá después en la cámara de torturas. Fuma mucho y, al igual que los demás torturadores, apaga el cigarrillo en los genitales de la víctima, hombre o mujer. Este acto lo tranquiliza; lo hace regresar a su expresión humana; su voz y sus palabras se vuelven mansas, casi solidarias. No ordena, suplica que le cuenten la verdad para acabar con las escenas que dice fastidiarle.

         - No entiendo su tozudez -dice amablemente a quien tiene enfrente, sentado en el piso, esposado, con la mirada horrorizada-. Solo nos falta su confesión para cerrar el caso. Mire, ya son las dos de la madrugada. Hable y nos iremos a dormir. ¿Fuma? -le pone un cigarrillo prendido en la boca- ¿Qué nos dice? Tuvimos un día agitado y queremos amanecer en nuestros hogares, con nuestras familias. Le voy a demostrar mi buena voluntad -ordena que le quiten las esposas-, fume con tranquilidad mientras nos dice quién es el jefe de este proyecto absurdo, quién es el criminal que le involucró en este disparate. Háblenos de los estudiantes paraguayos que conspiran con los guerrilleros argentinos. Los documentos que ha traído son reveladores, pero faltan algunos detalles que usted bien los conoce.

         Terminado que hubo los informes para la Presidencia, hace pasar a la persona que desde hace horas espera con ansiedad en la antesala. Es una mujer de unos 45 años, vestida con modestia, aunque denota su intento de lucir elegante. El rostro está marcado por una preocupación, dolor o presentimiento.

         - Disculpe, coronel, soy Clotilde de Arzamendia... - no puede continuar quebrada por la emoción.

         - Tome asiento. Me habló mi amigo, el padre Molinas. Usted quiere saber de su hijo...

         - Anoche no pude dormir, me llegan versiones...

         - No me extraña. En este país nos manejamos por rumores.

         - Vengo a pedirle noticias de mi hijo. En Investigaciones me dicen que nada saben, lo mismo en la Técnica y en todas las comisarías. La única información que tengo es que un grupo de civiles le metió a empujones en un automóvil. Fue ayer de mañana en el control policial de Encarnación.

         - Hizo bien en acudir al padre Molinas. Es capellán del Ejército y amigo personal del señor Presidente. Le tenemos mucho afecto y nada le podemos negar. Nada de lo que esté a nuestro alcance y dentro de la ley.

         - Mi hijo, coronel...

         - Sí, su hijo -extiende sobre el escritorio una carpeta azul que la tenía en el primer cajón del escritorio. Pasea la vista sobre los folios, sin leerlos, porque los conoce de memoria.

         - ¿Y bien...? -No soporta el prolongado suspenso. Teme preguntar -el contenido del expediente, pero vino en busca de noticias y las quiere cuanto antes.

         - ¿Conoce las actividades políticas de su hijo?

         - Ignoro cuáles serían, pero si las tuviese, serían las de su padre, que es colorado y alto funcionario...

         - Sí, del Ministerio de Hacienda. Es sub administrador de Aduanas.

         - Y no solamente como empleado colabora con el gobierno del presidente Stroessner, al que admira, y con cuya política de paz y progreso está plenamente identificado. También en la Seccional del barrio...

         - Sí, sí, es un buen correligionario. El problema no es con su marido. Es con su hijo.

         - ¿Qué problemas, coronel? Por favor, cuénteme. Pero antes quiero saber dónde está. ¡Me dicen tantas cosas! ¿Está vivo mi hijo? ¿Cómo lo tratan?

         El coronel, sin responder, se levanta con gesto de fastidio. Prende un cigarrillo y observa la calle desde la ventana del quinto piso. La avenida Mariscal López, como es habitual a esa hora de la mañana, está colmada de vehículos. Un ómnibus averiado dificulta el tráfico. Algunos pasajeros discuten con el guarda que al parecer se niega a devolverles el importe del pasaje; otros desisten del reclamo y se escapan de los rigores del sol a la sombra de un árbol a la espera del siguiente vehículo. El militar ve a la gente apresurar los pasos para cruzar la avenida y ganar a los automóviles que bajan peligrosamente deprisa. Escucha que a sus espaldas la mujer se levanta. Sin volverse:

         - ¿Se va?

         - No señor, todavía nada sé de mi hijo.

         Suena el teléfono reservado para las llamadas directas, a las que muy pocas personas acceden. El coronel alza el auricular y antes de contestar escucha el saludo del jefe de Investigaciones, Pastor Coronel. Lo invita a pasar por su oficina para el nuevo interrogatorio del estudiante detenido bajo sospecha de pertenecer a una banda subversiva con ramificaciones en el exterior.

         - Te veo esta noche -cuelga el auricular y vuelve a sentarse. Mira a la mujer, sin verla. El joven que tiene delante, esposado, tirado en el suelo, parecía que iba a quebrarse con la sola amenaza de la tortura. Pero no suelta ningún dato. Le haré hablar. No se burlará usted de nosotros. ¿Están los guerrilleros del ERP delante o detrás de ustedes? La Universidad de La Plata es un criadero de sediciosos. Aproveche la última gota de paciencia que le tenemos y hable. Cuéntenos todo. ¡Hable, le digo!

         - Mi hijo, señor -espera largo rato. Al fin escucha la voz impersonal, como cansada o fatigada.

         - Vaya mañana donde el padre Molinas. Él le dará noticias de su hijo.

         - Mañana es Jueves Santo...

         - Entonces le encontrará en la iglesia.

         - Pero él tampoco sabe...

         - Lo sabrá. Buenos días.

         Al quedarse solo, el coronel pasea la mirada sobre la carpeta azul. Después, con un lápiz rojo, encierra en círculos nombres, cifras, sitios, horarios, diseminados en varias y apretadas páginas. Hecho esto, guarda la carpeta donde estaba, con el gesto devoto y pulcro de un creyente que palpa un objeto sagrado.

         El coronel tiene la certeza de que salva al país de la anarquía con las conspiraciones que desnuda y destruye. No hay opositor que no intente arruinar la democracia. Esta certidumbre le viene de la familia y de la Escuela Militar. Aquí se instruía a los cadetes a defender -"hasta con la vida si fuere necesario"- la "revolución pacífica".

         El dictador tiene el hábito de estudiar el comportamiento de los jóvenes oficiales del Ejército. Encuentra en el teniente Ramón Guanes la cualidad que más aprecia: laboriosidad y dado a tener pocos amigos. El dictador piensa que la amistad es un estorbo en los cargos elevados. La soledad es inherente al mando, suele decir. Dispone que el teniente Guanes preste servicios en el Departamento de Inteligencia, confiado en su capacidad y natural discreción. No se equivoca. Pronto demuestra que nació para el espionaje. Comienza por sus camaradas. A cada uno de ellos abre una carpeta con el registro minucioso de su conducta personal y profesional. Desde entonces lo acompañarían las anotaciones, el rastreo, las fichas, las deducciones, la sospecha. Confía en su intuición aunque fracase una y otra vez. Un éxito anula los reveses, se decía para darse ánimo.

         La viuda de Arzamendia deja el despacho del coronel más preocupada que cuando había entrado. Llegó con la esperanza de una respuesta y sale con el desánimo de esperar otro día para conocer la suerte del hijo. De todos modos -se consuela-, está vivo y es posible que no lo maltraten. Se trataría de un malentendido, sin duda. Nunca tuvo motivos para sospechar que anduviera en nada enojoso para el gobierno. Es un destacado estudiante de la Universidad argentina de La Plata. Viaja en ómnibus dos a tres veces al año a Asunción, vía Puerto Falcón o Encarnación.

         Deja el ascensor y camina por un pasillo hasta la puerta de salida, custodiada por dos soldados. En la esquina, a la sombra de un árbol y junto con otras personas, espera el colectivo. Desea que tarde en llegar. No quiere ir a casa. No todavía. Le quema la impaciencia de regresar junto al coronel para rogar el permiso de ver a su hijo. Se recrimina no haber sido obstinada. Le aflige la idea de esperar un día más. Deja pasar el ómnibus porque insiste en la idea de ver nuevamente al coronel. Mira la ventana del quinto piso con la esperanza de verlo asomar y hacerle gestos para subir. Luego de dudar unos minutos, decide regresar al despacho. Le esperará salir, porque seguramente no la recibiría, y en el pasillo le va a implorar por el hijo. Mientras espera el ascensor, ve al coronel bajar las escaleras del subsuelo acompañado por varios militares. Le pide a gritos que la escuche, pero el coronel sube deprisa en su vehículo perdiéndose del estacionamiento para ganar la avenida.

         Ella regresa a la parada, esta vez con la urgencia de llegar a casa aunque el ómnibus estuviese repleto. Por la hora, en cada esquina suben nuevos pasajeros. El guarda los desplaza con el imperioso "más adelante", "más atrás', "más en el medio". Los hombres que viajan sentados miran distraídos por la ventanilla para no ver a una anciana o una madre con el hijo en brazos. Procurando ganar la salida, la señora de Arzamendia pasa dos cuadras. En el regreso se encuentra con la hermana.

         - ¿Qué pasó? -se interesa vivamente por el resultado de las gestiones.

         - Recién mañana voy a tener noticias -entre resignada y abatida.

         - De los muchos rumores, hay uno en el que creo: está en Investigaciones. Esta información me la dio la esposa de un policía. No me dijo si le escuchó decir a su marido o si él se enteró por algún camarada.

         - En Investigaciones me niegan que esté allí -dolorida, secándose el sudor que le rodea el cuello.

         - Suelen hacerlo, pero después se sabe que mintieron -cambia la voz y los ojos tienen otro brillo. - Fijate -le muestra la camioneta policial, conocida como "caperucita", por su color enteramente rojo.

         - ¿Qué tiene?

         - Es la segunda vez que pasa por aquí esta mañana.

         - Anda por todas partes y a todas horas -procura disimular su inquietud al ver que se detiene en la esquina, retrocede y gira hacia la calle de su casa.

         - No sé... pero me da miedo. Mirá lo que hace... ¿no se irá a tu casa? ¿Está tu marido?

         - No es su hora -ve desaparecer lentamente la camioneta y siente que le crece el miedo.

         - Vamos a esperarle en casa.

         - ¿No vendrán a buscarle a mi marido? -le tiemblan los labios. - Pero si es amigo del Gobierno.

         - Algunos compañeros de trabajo, y otros de la Seccional, dejaron de frecuentarle por la versión del hijo subversivo.

         Las dos mujeres caminan por la sombra hasta la esquina desde donde ven que la camioneta roja, bajo la mirada asustada de los vecinos, asomados a sus murallas, está a la media cuadra, estacionada, con el motor en marcha. Se bajan cuatro uniformados, ostensiblemente armados. Uno de ellos se queda en la vereda y los demás entran en la casa, forzando el portón. Enseguida regresan acompañados por un hombre delgado, de mediana estatura, de unos 25 años. A empujones lo introducen en el vehículo que sale raudamente. Los vecinos temen mostrarse en la calle. Escondidos en la casa comentan en voz baja la posible causa del apresamiento de Ricardo Velázquez, el hijo mayor de un matrimonio muy querido en el barrio, propietario de una farmacia.

         El viento norte hace jugar las hojas en las calles mientras vienen de algún lado las campanadas del mediodía. Esta hora suele paralizar el barrio en una calma abrasada por el sol, pero ahora los vecinos se mueven inquietos detrás de las puertas y de las ventanas clausuradas por el miedo. Se preguntan cuál sería la causa de esta nueva acción policial. La respuesta está en los cotilleos porque no hay versión oficial inmediata y la prensa tiene orden del Gobierno de no ocuparse de estos asuntos, salvo que la información proceda del Ministerio del Interior o de la Policía.

         Un vendedor de helados busca clientes, sin encontrarlos. Nadie acude a su llamado que suele ser atendido principalmente por los niños. Se extraña del silencio en la calle. Golpea en los portones y nadie responde. Ve a dos mujeres a las que conoce e intenta preguntarles qué sucede, pero desiste de hacerlo cuando las ve caminar deprisa y al parecer apenadas. El vendedor guarda el silbato en el bolsillo y se pierde en la primera esquina. Las dos mujeres entran en una casa escondida detrás de una planta de mango, cuyos follajes se derraman a lo largo de la muralla. La señora de Arzamendia se paraliza por el susto al ver que la puerta está entornada.

         - La dejé cerrada -a la hermana, igualmente asustada.

         - ¿No será tu marido?

         - Suele llegar más tarde.

         - ¿Por qué no entran? -el marido, en la ventana.

         - ¿Y por qué no avisás que vas a venir más temprano? Entrá.      

         - Se me hace tarde, pero voy a venir apenas pueda. Cuídense. Se deja caer en el sofá y se quita los zapatos. El marido le alcanza las zapatillas al tiempo de preguntarle cómo le ha ido en la entrevista con el coronel.

         - Me remitió al padre Molinas para mañana -prende el ventilador de pie.

         - ¿Qué te dijo de Blasito?

         - Nada, solo me indicó que está bien, pero no le creo.

         - Yo sí le creo. Saben que es el hijo de un dirigente de Seccional que apoya al gobierno del presidente Stroessner -saca agua y hielo de la heladera y prepara tereré.

         - Sos un ingenuo o querés engañarte y engañarme -descansa las piernas sobre unos almohadones-. Por ser tu hijo no le perdonarían que anduviese, como sospecho, con los enemigos del Gobierno. Nunca quise que se fuera a la Universidad de La Plata.

         - Hice lo más conveniente para nuestro hijo.

         - Si se hubiera quedado no estaríamos con esta desesperación. Al menos sabríamos quiénes son sus amigos.

         - Das por hecho que está metido en una conspiración, o algo así.

         - O algo así, exacto. El procedimiento policial contra Blasito es lo acostumbrado en estos casos. Lo sabés mejor que yo –se levanta y va al dormitorio donde viste una ropa doméstica. Mira el reloj y se sorprende que ya pasaran las 13.30. Piensa en el marido que todavía no ha almorzado y va a la cocina a preparar algo. Desde ayer está sin empleada. Eulalia dejó la casa cuando en el almacén le dijeron que se cuidara porque sus patrones eran los padres de un comunista, apresado en Encarnación. Sirvió bife a caballo y para ella se hizo un licuado de piña.

         - ¿No almorzás? -el marido, al sentarse en la mesa.

         - No tengo ganas -traga un sorbo sin mucha apetencia.

         - Casi no andás comiendo.

         - Me mata no saber de Blasito.

         - ¿Ninguna pista te dio el coronel?

         - Me dio una muy preocupante. Para que yo la vea desplegó una carpeta con documentos manchados de rojo y anotaciones al margen. No tuve ánimo de preguntarle hasta qué punto comprometen a nuestro hijo. Pero me dijo que el problema no es contigo, sino con él. ¿Y qué problema puede ser, sino político? Si mi hijo mató a alguien estaría más tranquila.

         - No digas eso ¡Un hijo asesino! -deja el bife a medio comer. Tengo audiencia esta tarde con el presidente del Partido. Ayer no pudo recibirme.

         - Hoy tampoco. No pierdas el tiempo con ese viejo inútil. Sabe de qué vas a hablarle y te esquiva -recoge los cubiertos y se encamina hacia la cocina-. Ni él ni ninguno de tus correligionarios moverá un dedo por nosotros ni por nadie en esta situación. Solés decir que Pastor Coronel es tu amigo...

         - Me conoce como dirigente partidario.

         - Tampoco te recibe. Si mañana no sé nada de mi hijo pediré socorro a un opositor. Pienso en doña Carmen de Lara Castro. Ella se irá a golpear las puertas de Investigaciones hasta que le digan dónde está Blasito.

         - Nada conseguirá -se levanta y mira desde la ventana la calle silenciosa.

         - Por lo menos hará ruido.

         - Sería un error. Con la injerencia de la opinión pública el Gobierno es inflexible en sus decisiones.

         - Como sea, pero mañana sabré de mi hijo.

         - Hay otra cuestión -regresa a su asiento, se acomoda para una larga o difícil conversación-, tanto como a vos me atormenta ignorar el destino de nuestro hijo. Si por lo menos lo supiese me quitaría de encima la mitad de esta pesadilla pero -se calla mientras parece buscar las palabras-, pero no deseo que fuese mediante la presión de la opinión pública.

         - ¿Hay otro camino cuando aprovechan el silencio para ocultar una información de vida o muerte? -Deja la cocina para enfrentar al marido con una voz desconocida-. A ver ¿qué debemos hacer? ¿Ya no hemos implorado a todo el mundo? No hago otra cosa que visitar comisarías y a tus amigos de las seccionales y del Gobierno. ¿Y qué consigo? Promesas, engaños, burlas.

         - Pero...

         - Sí, burlas -se contiene a duras penas para no gritar-. No mueven un dedo por nosotros, pero juran ayudarnos.

         - El otro asunto -suaviza la voz y los gestos- es mi situación -la mujer fija en él los ojos como esperando una confesión terrible-, la suerte de mi hijo está muy ligada a la mía... y a la tuya, por supuesto. Me refiero concretamente a mi trabajo y a mi carrera política. Estoy en un puesto público importante y tengo posibilidades de ir subiendo. En la Seccional un grupo influyente de amigos quiere situarme a la cabeza en las elecciones del año que viene. Las posibilidades son muy buenas. Pero si hacemos un escándalo público del apresamiento, con toda seguridad vamos a quedarnos en la calle.

         - O sea, volveremos a la calle, pero no me importa. Nunca voy a cambiar...

         - No se trata de cambiar una cosa por otra. Tampoco nada pretendo a costa del sacrificio de mi hijo. Solo quiero seguir en silencio las gestiones. El ruido no hará sino empeorar la situación de Blasito.

         Se sobresaltan al escuchar que el timbre de calle suena con insistencia. Se asoman expectantes a la ventana y ven a los propietarios de la farmacia de la esquina, cuyo hijo acaba de ser llevado en la camioneta policial. Se trata de Ricardo Velázquez. Desde hace una semana se encuentra en Asunción procedente de Corrientes, donde cursa el tercer año de Medicina. Fue compañero de colegio de Blas Arzamendia y de su mismo equipo de fútbol en el barrio; hasta llegaron a competir por el amor de una hermosa vecina sin que ninguno de los dos alcanzase el deseado premio. Sus respectivos padres son amigos desde hace tiempo en las buenas y en las malas, como suele decirse para significar la solidez de una amistad. Ricardo Velázquez había intentado estudiar en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional pero le frenó el examen de ingreso. Para no perder el año consiguió que sus padres lo ayudasen a estudiar en Corrientes.

         - ¡Pero qué está pasando! -exclama en el portón, entre dolorida y asustada, la madre de Ricardo.

         - Nos hacemos la misma pregunta -responde la señora de Arzamendia que invita a sus vecinos a entrar.

         Instalados en la sala se preguntan si habría alguna conexión en la causa de los apresamientos de sus hijos o sería una mera coincidencia. Las dos familias buscan la razón en la única posible, la política, pero tampoco pueden especular mucho porque ignoran los antecedentes de cada uno de sus hijos. El padre de Blas se levanta y regresa enseguida con los ejemplares del diario "Patria" de los últimos cinco días. Busca en ellos alguna pista. La Policía suele utilizar el periódico del Partido y del Gobierno para abrir el camino de una segura represión. Nada encuentra sino los temas habituales.

         - Por lo menos -dice el padre de Blas con una cierta tranquilidad después de leer el último periódico-, no se ha descubierto ninguna conspiración.

        

         Se despertó cuando el conductor invitó a los pasajeros a descender del colectivo con el documento de identidad a mano. Descorrió la cortina y la luz del sol, que filtraba perezosamente la neblina, golpeó sus ojos. Vio por la ventanilla la Aduana de Posadas y un poco más allá el río Paraná, como una inmensa alfombra azul. Se dispuso a dejar el ómnibus a sabiendas de que tardarían los trámites en Inmigraciones. Aprovecharía para dar una caminata y adelantarse en llegar a la otra orilla con la mirada puesta en Encarnación, la que se veía como escondida entre tules.

         Blas Arzamendia subió en la Terminal de Buenos Aires adonde llegó, pasado el mediodía, de la ciudad de La Plata, en cuya universidad cursa el segundo año de Ingeniería Electrónica.

         En el ómnibus tuvo a su lado a una señora que gustaba conversar. Le contó que su hijo salió adelante con la decisión de probar fortuna en Buenos Aires, donde se encontraba desde hacía 12 años. Se inició como ayudante albañil y ahora ya era un maestro, muy requerido por los constructores. Se casó con una paraguaya y tiene tres hijos: dos varones y una mujer, que están en la primaria con la ilusión, dijo, de conocer la tierra de sus padres.

         - Una o dos veces al año -agregó sin preocuparse de que su compañero de asiento la escuche o no- me suele enviar dinero para el pasaje. Me pide que viva con ellos, pero a esta edad ya no puedo dejar mi casa donde están mis otros hijos y mis nietos. Además, en mi pueblo, Villeta, están todos mis otros parientes y la tumba de mi finado marido. ¿Conocés Villeta?

         - Sí, mi padre solía llevarme cuando se iba con sus amigos pescar.

         - ¿Te gusta la pesca? No hay como Villeta para pescar en abundancia. Yo vivo en el pueblo mismo, todos me conocen. Tenés que preguntar por Hilaria viuda de Garcete y te van a mostrar mi casa. ¿Vivís en Asunción?

         - Ahora estoy en La Plata. Me voy a Asunción de vacaciones por Semana Santa.

         - Una de mis nietas quiere estudiar Medicina pero cuesta mucha plata. Mi hijo no tiene para hacer de ella ni ayudante de Enfermería. Trabaja en la sementera pero no le sobra dinero. Tiene cinco hijos. ¿Cuántos hermanos tenés?

         - Soy hijo único.

         - ¡El rey de la casa! Hace de sus padres lo que quiere.

         - No tanto, por lo menos en lo que a mí respecta -aprovecha el silencio que sigue a esta respuesta y se dispone a dormir. Entre sueños escucha a su vecina como un ronroneo. Le despierta la voz del conductor con la sensación de no haber dormido.

         La fila para entregar el documento es larga y tediosa. Hay días en que los funcionarios se muestran puntillosos en exceso en la revisión de los papeles y en los interrogatorios.

         Por fin, los pasajeros regresan al ómnibus para embarcarse en la balsa. La niebla se ha despejado totalmente y se divisa la avanzada construcción del puente Encarnación-Posadas.

         - Ahora hay esperanzas de que termine -comenta la compañera de Blas mirando a los obreros en lo alto de una torre-, el viaje será más cómodo.

         Un pequeño golpe sacude al ómnibus cuando la balsa, movida por un viento negro, atraca en el puerto. Los pasajeros sienten más incomodidades por el calor, la humedad y el polvo rojo que les envuelve. Esperan que las autoridades no sean tan minuciosas y les permitan enseguida continuar. Todavía les queda como seis horas para estar en Asunción.

         Por fin llega al mostrador, donde un funcionario le requiere su documento de identidad que lo registra en un cuaderno de tapa dura. En tanto, otro funcionario revisa el equipaje con el gesto displicente de la rutina.

         - Puede retirarse.

         Blas respira hondo y en el rostro vuelve a dibujarse la calma. Alza su valija y se dirige con pasos seguros hacia el ómnibus que está siendo ocupado poco a poco. Cuando está por subir escucha que gritan su nombre. Mientras procura ubicar de dónde viene la voz, un policía se le acerca y lo conduce por un pasillo angosto y oscuro hasta una oficina cuya puerta se halla entreabierta. En el escritorio, viejo y mugriento, atiende un policía vestido de civil, de unos 35 años, moreno, de baja estatura, con una pronunciada calvicie. Al ver entrar al pasajero se levanta sin apuros y ordena:

         - Abra el equipaje -Blas busca en los bolsillos la llave de la valija. Por fin la encuentra.

         - Ya la revisaron -Blas ensaya una salvación.

         - ¡Abra!

         El policía abre la valija y enseguida encuentra un doble fondo de donde extrae varios papeles, fotografías, algunos periódicos. Los revisa sin apuros, sentado en una esquina del escritorio. En la sala, reducida y húmeda, apenas entra la luz del sol que a esa hora ilumina la enorme fotografía del general Stroessner colgada de la pared. Parado, rígido, sudoroso, Blas mira por todas partes como buscando una evasión imposible. En la única puerta están dos policías, ostensiblemente armados, que observan con indiferencia la intervención del jefe.

         - Mi ómnibus estará por salir -tartamudea Blas por decir algo.

         - Se irá en otro vehículo.

         Momentos después aparecen un par de policías de civil que lo introducen a empujones en una furgoneta.

         - ¡Me llevan preso! -grita para llamar la atención. Una lluvia de golpes lo hace callar.

 

         Media hora antes de lo anunciado para la llegada del ómnibus de la empresa Chevalier, la señora de Arzamendia está sentada en la Terminal de Presidente Franco y Colón. Acaba de llegar otro ómnibus de Buenos Aires, de la Internacional, con la capacidad colmada. La señora de Arzamendia se divierte con la escena de un niño que al bajar del vehículo es asaltado por un perrito que le baila, le ladra, le halaga. El niño se desprende de su mochila y se ocupa del caniche con idéntica alegría. También ella tiene un perro igual que suele incomodarla al no tener otra opción que llevarlo cuando visita a sus padres que viven en Concepción. La escena del niño le recuerda que mañana, como todos los Miércoles Santos desde que vive en Asunción, viajará a la espera de que el jueves lo hagan su marido y su hijo. La reunión familiar se ha hecho tradicional más que en Navidad y Año Nuevo. Tratará de convencer a la hermana, que no podrá viajar, para cuidarle su mascota.

         Con treinta minutos de retardo arriba el vehículo de la Chevalier, en cuya puerta de salida se amontonan los familiares y amigos de los pasajeros. La señora de Arzamendia espera ansiosa abrazar a su hijo. Como no se baja, mira por cada ventanilla hasta que se le acerca una señora y le pregunta si espera a un estudiante de La Plata.

         - Soy su madre, tenía que venir en este ómnibus.

         - Viajó conmigo hasta Encarnación -dice susurrando-, donde unos policías lo alzaron en una furgoneta.

         La madre siente que alguna cosa tiembla en su alma; queda lívida, sin voz y con los ojos apagados. Ante el anuncio de un desmayo inminente le acercan una silla. Luego de beber un vaso de agua pide que le llamen por teléfono al marido. Después de encontrar con dificultades en la cartera, le pasa a alguien una tarjeta personal que dice: Dirección General de Aduanas - Gerardo Arzamendia - Sub Administrador con el número de teléfono y la dirección correspondiente.

 

         Con el cuerpo dolorido a causa de los golpes, Blas procura acomodarse, esposado, en la parte trasera del vehículo. Adelante, los dos policías conversan con el chofer sobre distintos temas. Sobresalen los próximos feriados de Semana Santa que desean disfrutarlos con dos días completos de descanso. Pasado el primer susto, Blas hace memoria de su estada en la Argentina bajo el gobierno de Isabel Perón que permitió, voluntariamente o no, una vida universitaria movida, agitada, polémica, muy distinta de la que se lleva en Asunción, que es opaca, silenciosa, sin cabida para las discusiones abiertas. En la universidad se vuelve a encontrar con un vecino suyo en Asunción, Roberto Andrade, que cursa la carrera de Sociología desde hace tres años; tiene muchos amigos y lleva una vida gremial muy activa.

         El padre de Blas Arzamendia suspira aliviado cuando lo deja en su pequeño departamento, en la cercanía de la universidad.

         Su hijo está a 1.300 kilómetros de algunos amigos que en los últimos tiempos comenzaron a tener problemas con la Policía. Es a causa de su participación en las manifestaciones contra el Gobierno. Es infrecuente y, por lo mismo, ganan publicidad en los medios de prensa e impactan en la opinión pública. Blas se disponía a estudiar Sociología en la Universidad Católica pero, luego de mucha insistencia, cedió a los deseos del padre de estudiar Ingeniería Electrónica. "Te conviene –argumentó- porque enseguida te conseguiré un cargo en Itaipú o Yacyretá. Para ello necesitás de una formación que en el país no vas a encontrar. Estuve pensando en una universidad extranjera. Por el idioma y la fama creo que lo más conveniente es la Universidad de La Plata. De Asunción queda veinte horas por tierra y dos horas en avión. Además, nada te faltará". Sabía que el padre quería alejarlo y no se opuso porque deseaba estudiar en una universidad de prestigio internacional. Por otro lado, no perderá sus vínculos con los amigos de Asunción, pero su decisión final vendría del consentimiento de su novia, Mercedes, y la promesa mutua de seguir amándose por encima de una separación que será intermitente, pues estarían viéndose no solo en vacaciones sino en feriados largos. En casi dos años de relación, el amor se instaló con fuerza, cargado de proyectos. Hija de un coronel de Caballería, Mercedes sigue la carrera de Medicina en la Universidad Nacional. Lo que podría faltarle en belleza física, le sobra en simpatía, afabilidad e inteligencia. Al mismo tiempo, decisión y ánimo para sostener sus convicciones. Milita en el Centro Independiente de Medicina aunque con perfil bajo.

 

         Ya instalado en La Plata, Blas Arzamendia reanuda enseguida su antigua amistad con Roberto Andrade, a quien conoce desde los tiempos en que eran compañeros en el Colegio de Cristo Rey, de Asunción. Andrade le presenta a sus amigos más íntimos, con los cuales se reúne por lo menos una vez a la semana. El tema recurrente en las conversaciones es la situación política y social de la región que tuvo un vuelco inesperado con el triunfo del socialista Salvador Allende, hace un año en Chile. En la Universidad de La Plata se organizan, o se improvisan, debates en las aulas o en los pasillos acerca de si los movimientos revolucionarios deben acceder al poder por la fuerza de las armas o la vía pacífica. Los defensores de esta vía traen en su ayuda la exhortación de Lenin sobre el desarrollo pacífico del proceso revolucionario. Los otros, se apoyan en Trotsky para quien "el fusil lo decide todo". A Blas le deslumbra la libertad de opinión en las aulas y fuera de ellas, expresada en ardorosas discusiones y en los carteles, afiches, panfletos que evocan la lucha del Che Guevara, de Fidel Castro, de Perón en el exilio, que alienta a Montoneros y al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), cuyos integrantes colman las distintas facultades de la Universidad. En una de las reuniones, Blas se entera, sin sorpresas, de que su amigo Roberto Andrade es uno de los dirigentes del ERP.

        

         Hacia la media tarde la policía baja a empujones a Blas Arzamendia en el Departamento de Investigaciones, sobre la calle Presidente Franco. Los pocos transeúntes apuran el paso con la mirada fija en el suelo. En la sala de guardia un oficial vuelve a someterlo a una revisión minuciosa. Le ordena que vacíe los bolsillos. Luego llena un formulario con los datos de la cédula de identidad. Le estampa su impresión digital y le ordena que firme al dorso del documento, que está en blanco.

         Terminado que hubo los trámites burocráticos, a una señal del oficial aparece un hombre enorme, de caminar lento, mal vestido, barba crecida, de unos 50 años. Sobresale en su fisonomía los ojos pequeños y hundidos en una cara enorme y redonda. Si las piernas se mueven perezosas al andar, los brazos actúan con la rapidez de un animal salvaje. Apenas le indican la presa, caen encima sus garras fuertes y feroces. Es Belotto, una de las antiguas estrellas de Investigaciones. Conduce al detenido hasta el patio donde una decena de hombres y mujeres están de rodillas, de cara a la pared. Saca una llave del bolsillo y abre una celda de la planta baja. Con otros golpes en la cara y en la cabeza arroja a su víctima entre unos treinta presos, todos andrajosos, lastimados, asustados, sin espacio para moverse. La celda es de 15 metros cuadrados, en forma de ele, con dos retretes inservibles, salvo cuando está colmado el recipiente improvisado por cada detenido.

         Al recobrar el conocimiento, Blas advierte que está rodeado por un grupo de personas. Una de ellas, un hombre delgado, de baja estatura, con barba de varios días, de unos 30 años, le limpia la cara con el extremo de una toalla, manchada de sangre. Blas procura incorporarse pero se lo impide un fuerte mareo.

         - No te muevas -le pide el hombre que lo está cuidando. Otro le moja los labios con un poco de agua.

         Blas se queda acostado en el piso donde le ponen algo que alguna vez fuera un colchón. Está dolorido y asustado, pero al mismo tiempo se siente protegido por sus compañeros, igualmente tirados y marcados por crueles golpes. Después de un breve sueño de pesadillas, Blas ve que oscurece en la celda y en el patio. Piensa en sus padres.

         - Me habrán esperado en la Terminal -dice con dificultad a nadie en especial-. Seguramente ya sabrán que estoy aquí.

         Dos de sus compañeros se miran incrédulos.

         - Nunca avisan -le dice uno que tiene el labio y el rostro partidos a golpes-. Es parte de la tortura que extienden a los familiares.

         - Me secuestraron en Encarnación cuando venía de Buenos Aires. Soy estudiante de Ingeniería Electrónica en La Plata. Curso el segundo año.

         - ¡Que bueno! -exclama un hombre joven parado en una esquina por falta de sitio para sentarse-. Aquí te van a dar mucha electricidad para experimentar.

         - No le hagas caso -le dice el que tiene los labios y el rostro golpeados-, a esta hora sin falta se pone chiflado.

         - Pero luego le pasa -dice otro-, sobre todo después de venir de la pileta.

         El que está parado en la esquina lanza un grito desgarrador. Aparece Belotto enarbolando un cable trenzado.

         - No es nada mi jefe -del fondo se acerca a la verja un hombre de quien se comenta que es delator, pero desconcierta mostrándose solidario con sus compañeros. Belotto desaparece amenazador por el pasillo.

         Cuando se les arrojó la cena -un pedazo de hueso con arroz hervido y dos galletas duras-, le aconsejan a Blas que no coma.

         - Seguramente esta noche te van a interrogar. Con el estómago vacío es más soportable -le dice Francisco, el que parece estar más lastimado. De todos modos, Blas no tiene apetito. Él también espera que en cualquier momento aparezca Belotto para conducirlo a la sala de torturas. Esta idea le hiela la sangre. Está rodeado por los ejemplos del procedimiento. Mirándolos, se ve a sí mismo después de las golpizas. Tiembla de miedo.

         - Si vas a cantar -le recomienda Francisco-, hacelo antes de que te lastimen. Después ya no tiene sentido. Solo te queda cerrar la boca hasta que se cansen de pegarte. Yo tengo un nombre que no me lo van a sacar. Más de esto no me van a jugar.

         - ¿Y no tenés miedo...? -pregunta Blas pensando en sí mismo.

         - ¿De que me maten? No, no te matan. Muerto, dejás de sufrir. Y ellos desean que sufras. Buscan matarte en tu condición humana. Cuando te largan, quieren que seas una piltrafa, que vivas con miedo el resto de tu vida, que seas una nulidad. Así ya no te vigilan. Saben que serás el mejor represor en la tentación de oponerte a la dictadura. Sos preso político, ¿verdad?

         - Creo que sí -responde Blas con el temor de sufrir lo mismo que los demás-. Me quitaron algunos documentos...

         - Ya entiendo -le interrumpe Francisco-. No es necesario que digas más. Procuremos dormir hasta que nos despierten, o nos levanten de los cabellos.

         Blas no puede dormir. Tiene la sensación de que lo llevarán en sueño a la sala de torturas. Del susto se levanta al escuchar el ruido de la llave en la cerradura de la celda. Percibe que se proyecta en la puerta la gruesa figura de Belotto que se hace sentir con el alboroto de las llaves. Se dirige a Blas y le hace un gesto para que lo siga. En una oficina le esperan el coronel Guanes, Pastor Coronel y otros hombres que le son desconocidos. Apenas asoma en la puerta, el militar le tira al piso con un golpe en el estómago. Luego las preguntas, amenazas y más golpes hasta que ordena que le regresen a su celda. Los presos siguen con los ojos cerrados simulando dormir, pero aguardan ser arrastrados hasta la cámara de suplicios. Belotto sabe los efectos devastadores de su presencia en el ánimo de los prisioneros. Satisfecho, regresa pesadamente a la Oficina de Guardia. Algunos compañeros se levantan y asisten al estudiante. No es mucho lo que pueden hacer sino dejarlo descansar. Cuando ven salir a Belotto respiran aliviados, pero no por mucho tiempo. Un par de horas después el policía repite la escena. Esta vez, entra en la celda y se planta en medio de los presos. Muchos están de pie, recostados en la pared. Se turnan con quienes se acuestan con las rodillas dobladas al máximo para hacer más espacio. Como la vez anterior, Belotto regresa a la Oficina de Guardia. Volvería en dos ocasiones más hasta que la celda es tocada por el amanecer luminoso de abril. Blas, dolorido por los golpes, ruega que no vengan otros nuevos. En esta espera tensa llega la noche. Es el momento de mayor preocupación porque señala el camino, sin regreso para muchos presos, a la cámara de torturas cuya actividad se anuncia con una estridente música mezclada con los gritos de las víctimas. Otras veces son los torturadores los que vociferan alentados por el alcohol.

         De algún lado aparece Belotto, arrastrando una silla que la ubica frente a la celda. Al sentarse, y ver que los presos lo observan, hace funcionar la grabadora de donde salen gritos de los torturados. Cuando arrecian los tormentos, en su rostro se perfila una sonrisa de entero gozo. De vez en vez, posa la mirada en algún detenido para señalarle con un gesto que el alarido es suyo.

         - ¡Alguna vez vamos a escucharte así! -grita alguien, entre indignado y dolorido. Belotto no distingue la voz pero responde subiendo el volumen de la grabadora. Después la apaga y se retira hacia el pasillo que conduce a la cámara de torturas.

         Al día siguiente, Blas pasó sin que nadie se ocupara de él. Recién a la noche alguien grita su nombre. Se acerca a la verja donde lo espera un oficial.

 

         Blas Arzamendia ya no siente la mordedura de la conciencia en las reuniones donde se cuestiona al gobierno de Stroessner, al que pertenece su padre como funcionario y dirigente partidario. Recién ahora, en la distancia y con testimonios a raudales, percibe sin los maquillajes de la propaganda la realidad de un sistema político opresor. Al inicio se molestaba, sin decirlo, que se hablara del Gobierno de su país de una forma que le parecía irrespetuosa y difamante.

         Los acontecimientos políticos y sociales se suceden de manera galopante en la región. Perón regresa de España para gobernar la Argentina, en 1973, año en que cae el gobierno chileno de Salvador Allende y año, también, en que el ERP fija su objetivo de convertirse en un ejército guerrillero regular. Organiza las regionales Buenos Aires y Tucumán y crea la junta de Coordinación Revolucionaria con el Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros), en Uruguay; el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), de Chile; y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), de Bolivia. Con el final trágico de Allende, un grupo de estudiantes paraguayos se traslada de Chile a la Argentina. Algunos se quedan en Buenos Aires y, otros, en Corrientes. Reanudan la idea, hace tiempo incubada y discutida, de instalar en Asunción un organismo que agrupase a quienes quisiesen abreviar la dictadura de Stroessner. Perciben que de los políticos nada deben esperar. Después de los trágicos intentos del FULNA y del Movimiento 14 de Mayo a finales de los años 50, la dictadura reprime débiles e improvisados proyectos revolucionarios.

         Un domingo de julio, frío, lluvioso y a unos días del fallecimiento de Perón -sustituido en la presidencia de la República por su viuda, María Estela-, se presenta en la reunión Sergio Bogado, amigo de Roberto Andrade, recién llegado de Corrientes donde se encontraba exiliado desde hacía un par de años. Sergio Bogado es muy conocido entre los universitarios por sus actividades contra la dictadura. Había tenido una fogosa participación en las protestas estudiantiles contra Nelson Rockefeller, el enviado del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Richard Nixon, en 1969. La severa intervención policial contra los manifestantes tuvo como respuesta una masiva huelga de hambre y la inasistencia a clases en las dos universidades que lideraron las protestas: la Nacional, en cuya Facultad de Arquitectura Sergio Bogado cursaba el segundo año, y la Católica. El otro saldo de la respuesta policial fue un severo "Comunicado al Pueblo Cristiano" de la jerarquía eclesial contra la intolerancia del Gobierno. Este documento marcó un nuevo tiempo en las relaciones de la Iglesia católica con la dictadura.

         Sergio Bogado, desde Corrientes, mantuvo sus contactos con los dirigentes estudiantiles de Asunción, con quienes se encontraba personalmente cuando burlaba los controles policiales y cruzaba la frontera por algunas horas o un par de días. En estos encuentros se hablaba de la necesidad de llevar adelante -"sin postergación"- el proyecto de buscar la caída de la dictadura por medio de las armas. "No tenemos otra salida. Un régimen de fuerza solo cae por la fuerza", solía repetir Sergio Bogado. Esta idea pronto le acercó al ERP y al grupo de paraguayos que sostenía la misma propuesta que se concretó en la Organización Político Militar (OPM), cuya conducción se encomendó a Sergio Bogado quien, luego de las consultas de rigor, en un par de semanas presentó los nombres de sus colaboradores inmediatos divididos, en la primera etapa, entre quienes activarían en La Plata, Corrientes y Asunción.

        

         Cuando Blas Arzamendia se acerca a la verja, el policía abre la puerta y le ordena:

         - Sígame.

         Con la sospecha de salir en libertad con la mediación del padre, o tal vez del padre de su novia, quiere despedirse de sus compañeros. Pero desiste por miedo a equivocarse. Cuando llegan a la antesala de la oficina del jefe del Departamento de Política y Afines, atendido por el comisario Buenaventura Cantero, el oficial le indica un asiento. Blas imagina a su padre conversando con el jefe. Seguramente su madre estará afuera, expectante. Aparece el oficial y le ordena que lo siga hasta otra oficina donde lo deja sentado frente a un escritorio. Se entretiene con la idea del regreso inmediato a La Plata. De una oficina contigua aparece un hombre vestido de civil, de unos 30 años, corpulento, de rostro afable. Antes de sentarse, estrecha con efusión la mano de Blas, quien ya no duda de la intervención del padre por sí mismo o por sus influyentes amigos.

         - No soy policía, soy abogado en el ejercicio de mi profesión. Tengo amigos aquí en Investigaciones a quienes suelo visitar. Mi nombre es Vicente Torales. Tu padre es un buen amigo del Gobierno. Por eso, el jefe me pidió que te diera algunos consejos.    - Usted dirá -responde Blas cada vez más convencido de su libertad inminente.

         - Cometiste la imprudencia de introducir al país unos documentos que parecerían, te recalco, parecerían, algunas indicaciones o instrucciones para una persona o un grupo de personas acerca de acciones subversivas. En la Argentina, los enemigos de nuestra paz y de nuestra democracia no descansan en el proyecto de traernos la anarquía. Ya hubo muchos intentos, algunos con trágicos resultados. Mediante los esfuerzos del Gobierno el Paraguay sobresale entre los demás países del continente por su tranquilidad y bienestar que benefician a todos los paraguayos, entre quienes está tu padre, desde luego. De no tener, merecidamente, el trabajo que tiene, sería imposible que estuvieras estudiando en el exterior. En retribución a estos privilegios, el jefe te hace pedir que respondas con la verdad las preguntas que te harán enseguida. Bien, mi querido Blasito, el jefe te espera. Con unas palmaditas en el hombro lo deja en compañía de Cantero. Parado detrás de su escritorio repleto de papeles y delante de una fotografía del dictador, el jefe de Políticas y Afines lo recibe tendiéndole fríamente la mano. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata roja. Es la identidad de los policías de Investigaciones, al igual que la de los dirigentes de base del oficialismo. Después de indicarle el asiento lo invita un cigarrillo que Blas rechaza con un "muchas gracias, no fumo".

         - Hace bien -le dice Cantero-, porque está probado que el cigarrillo es un veneno. Tengo metido en la cabeza que debo dejarlo, pero hasta el momento... Bien, por las ocupaciones que tuve, y para ganar tiempo, te hice decir que colabore con nosotros. De todos modos, con su ayuda o no, vamos a desenredar este lío. En estos documentos... -se calla al mismo tiempo de levantarse ante la presencia de Pastor Coronel, quien, sin decir palabras, toma los documentos sobre los que pasea nerviosamente la vista. Es la segunda vez que aparece de improviso para hacer lo mismo. Esta vez, toma algunos apuntes y vuelve a salir.

         Blas percibe en una esquina del escritorio la valija con la que había entrado al país.

         - Espero su respuesta -Cantero, con severidad.

         - Si está a mi alcance...

         - Lo está. En la Universidad de La Plata activan los miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo. Usted es uno de ellos, al igual que más de una decena de estudiantes paraguayos. ¿Qué jerarquía ocupa usted en la dirigencia del ERP?

         - Ninguna.

         - ¿Es usted del ERP?

         - No, señor. Es posible que, sin saberlo, tenga amigos que pertenezcan a él.

         - Usted sabe que es una organización terrorista.

         - La prensa argentina así la define, pero yo desconozco...

         - Si lee la prensa ¿cómo ignora los actos criminales que se publican a diario?

         - Quiero decir que personalmente no me consta.

         - Usted no es el ERP, usted no sabe que se dedica a matar gente, pero es mensajero del ERP ¿cómo se entiende? -el rostro se pone tenso y rígido-. Le doy la última ocasión para ayudarse y ayudarnos -se dispone a escribir en un cuaderno- ¿Algún dirigente del ERP está en Asunción?

         - No podría responderle, señor, porque no sé...

         - Esto que voy a preguntarle sí no podría ignorar: ¿Qué es la OPM? Le voy a ser más claro: ¿Qué es la Organización Político Militar?

         - Lo ignoro, señor.

         - Está bien -cierra el cuaderno y pulsa un timbre. Aparece su ayudante-. Que venga Belotto.

         Apenas hubo salido de la oficina de Cantero, Blas cae en el piso de un golpe en la cabeza. Las manos enormes y pesadas de Belotto vuelven a levantarlo de los cabellos y lo llevan a empujones al patio. Lo acerca a una pared, hasta casi hacerle besar, con la orden de no moverse ni un milímetro. Estimó que habría pasado una hora cuando Belotto lo regresa a la celda donde lo tira de un golpe en el estómago. Al reponerse, le parece que lo han cambiado de sitio. De la treintena de personas ahora solo distingue en la penumbra a un pequeño grupo. Es posible, piensa, que su visión sufriera los efectos de los golpes. Se incorpora con dificultad y percibe que está en el mismo lugar. Pregunta, a nadie en especial, qué pasó con los demás compañeros.

         - Hace media hora que se fueron casi todos -le responde uno.

         - ¿En libertad?

         - No lo creo. Si salen de noche es para ir a otros sitios. ¿Qué te hicieron?

         - Interrogatorios, amenazas, golpes, de rodillas ante la pared.

         - La semana pasada me hicieron lo mismo estas bestias. Fue desde la mañana hasta la puesta de sol, como aperitivo de lo que vendría después. Soy argentino y creen que el organizador, o algo así, de un levantamiento popular aquí y en mi país. Los datos vinieron de la Policía argentina. Estoy esperando que vengan a llevarme. Normalmente sería una ocasión para defenderme, pero hoy nada es normal. Soy opositor, sí. Organizo protestas relámpagos, más no se puede, contra la dictadura. Eso es todo. Además nunca pasamos de quince a veinte locos. Acorralado por la policía, creí que me escapaba viniendo aquí. Del ómnibus me bajé, sin pisar tierra, al vehículo policial que me esperaba en la Terminal. De la sartén al fuego, para regresar a la sartén y al fuego. Los milicos se hicieron de nuestros países, de nuestro pellejo. ¿Ya te hablaron de la civilización occidental y cristiana?

         - No...

         - Ya te hablarán. A cuenta de esa civilización nos hacen pelotas -quiere seguir hablando pero el dolor de una costilla rota se lo impide. Ignora si lo golpearon en la pileta, en la víspera, o tirado en el suelo, desmayado.

         Blas Arzamendia recuerda que hace unos meses había venido a Asunción por unos días, convocado por los jefes de la OPM. Le habían solicitado que proyectara regresar al país donde su presencia sería mucho más útil que en La Plata, ciudad cada vez más peligrosa, como muchas otras de la Argentina. Se acentuaba la actividad de la "Triple A", organización terrorista alentada desde el mismo gobierno de Isabel Perón que procuraba terminar con el ERP y Montoneros, e inmediatamente después, la dictadura militar con los mismos objetivos. En aquella ocasión de su venida, Blas dedicó todo su tiempo libre a Mercedes, a quien convenció que pasaran el fin de semana en la casa de un amigo en Areguá. Se fueron a la media tarde del sábado. Cuando llegaron, todavía el sol estaba alto, procurando filtrar sus rayos entre unas nubes espesas cargadas de agua. La casa, no lejos del lago, era la típica de una ciudad veraniega. Techo alto, un corredor enfrente, ventanas espaciosas y enrejadas, plantas ornamentales en un patio alfombrado de pastos. Se instalaron en una de las tres habitaciones, la mejor ventilada. Apenas llegados, se dieron a la fogosa tarea de conocerse por primera vez. No sintieron, o no quisieron sentir, que las ventanas se golpeaban con la furia del viento. Solo después, agotados por la entrega, advirtieron que la lluvia los mojaba. Blas se levantó cerrar las ventanas y mientras lo hacía paseó la mirada por el cuerpo desnudo, moreno, deslumbrante de Mercedes que le sonreía desde el placentero descanso en la cama alborotada por la pasión. Luego de un largo silencio, quebrado por los besos, retomaron la palabra. Hablaron de sus estudios, de la situación en sus respectivas facultades, de amigos comunes. Y de nuevo el silencio y de nuevo los besos. Blas intentó varias veces contar su actividad política, el motivo real de su presencia en Asunción, pero temió que Mercedes no lo comprendiera y se opusiera con su tenacidad que tan bien conocía y muchas veces admiraba. Pero el no hacerlo, lo hacía sentir desleal con la persona que amaba y lo amaba. Finalmente, dispuesto a contarle, escogió el camino conocido por ambos: enjuiciar la situación actual.

         - Cada día conozco a más compatriotas que emigran a la Argentina. Son exiliados económicos o políticos. Al parecer, esta situación seguirá aún por mucho tiempo, salvo que... -Blas se calla ante la mirada escrutadora de Mercedes.

         - ¿Salvo qué? -se incorpora y apoya la cabeza en la pared ¿Salvo qué?

         - Se comenta con insistencia -retrocede Blas- de la mala salud de Stroessner.

         - Ese comentario lo acompañó siempre, y ya ves...

         - También se habla, por lo menos entre los exiliados, que habría alguna molestia en las Fuerzas Armadas. ¿Lo escuchaste a tu padre decir algo?

         - Nunca. Aunque lo supiese, se callaría.

         - También mi padre es así, es más, cree que los rumores son otras de las armas de la oposición. Somos jóvenes y necesariamente vamos a asistir al momento en que los rumores dejarán de ser tales.

         - A veces me pregunto -dice Mercedes- cómo sería el Paraguay sin Stroessner. Vos y yo nacimos bajo su gobierno y no puedo imaginarme nada distinto, aunque soy consciente de que sin él nos espera otro país ¿mejor? ¿peor?

         - Tiene que ser mejor -Blas, con firmeza.

         - ¿Por qué tanta seguridad?

         - Bueno, depende de quién le suceda. Si es un demócrata, habrá democracia.

         - ¿Y quién podría sucederle sino su hijo?

         - ¿No pensás en un golpe de Estado, en una revolución, en una lucha armada, en un levantamiento popular...? -Blas quiso decir más pero le pareció que avanzaba muy deprisa.

         - Cualquiera de esas posibilidades sería aplastada en cuestión de horas -replica Mercedes-. Eso sí le suelo escuchar a mi padre decir todo el tiempo y con mucha convicción.

         Blas deja para otra ocasión contarle su secreto. Mientras tanto, se vuelve a acomodar en la cama y se entrega a una pasión tantas veces contenida.

 

         Blas tuvo un sueño difícil. Esperaba que viniesen a buscarlo, pero el amanecer lo encuentra en su sitio, encogido y bañado en sudor. Los demás compañeros, ahora muy pocos, ya están despiertos. Siempre lo están por el terror de volver a la pileta y por los gemidos de agonía que salen de la cámara de torturas. Oye que lo llaman desde fuera y se levanta asustado. Ve que un oficial le gesticula para que salga. Lo conduce a la misma oficina contigua a la del comisario Cantero. Un momento después, aparece la persona que el día anterior le recomendara amablemente contar cuanto supiese.

         - Usted habrá notado que le damos un trato especial en consideración a su padre. Pero como usted no colabora...

         - Nada encubro, señor. Lo que pasa es que me preguntan sobre hechos y personas que desconozco.

         - Usted fue portador de documentos que ponen en peligro la seguridad del Estado. Colabore con nosotros ahora. Esta noche será tarde.

         - Ignoro lo que podría pasar esta noche, aunque me imagino -responde Blas, pálido de miedo.

         - Está bien, ya hemos cumplido sobradamente con su padre -sale dando un portazo. El oficial conduce a Blas de regreso a su celda. Antes de entrar, el policía le dice en tono amistoso:

         - Te conviene que hables ahora porque esta noche vas a hablar de todos modos.

         En la celda se le acerca el argentino, que es pelirrojo. Sus compañeros lo conocen como "che, zanahoria".

         - ¿Qué te dijo el hijo de puta de Cantero?

         - No hablé con él.

         - Entonces hablaste con ese marica que se hace pasar por abogado. Marica y torturador. ¿Contaste algo?

         - No, pero me advirtieron que esta noche voy a hacerlo -piensa en su madre que tenía previsto ir a Concepción. Seguro que no lo hizo, piensa. El reconocimiento policial de que el padre es un funcionario importante, lo anima a esperar que mejore su suerte. Se sintió feliz porque tenía ganas de dormir. Descansaría de sus dolores y de su desesperanza. Cuando se hubo despertado vio que había anochecido. Quería seguir durmiendo pero es levantado por Belotto. Se estremece. Sabe que ha llegado la hora tan temida. Respira con alivio al encontrarse en la oficina de Cantero, que termina de leer y aprobar un escrito a máquina de dos páginas. Le indica a Blas una silla.

         - Firme aquí y todo habrá terminado. Lo hemos aliviado de culpas extremadamente graves

         - ¿Puedo leerlo?  

         - Desde luego.

         Blas pasea la mirada sobre cada línea que pareciera despedir gases venenosos. Respira con dificultad, se dilatan los ojos y una nube espesa envuelve su mente. No advierte que Cantero le alcanza un bolígrafo.

         - Tome -insiste el policía-. Ya ve que casi nada dice contra usted.

         - Pero hay nombres que desconozco.

         - ¿Cómo? -Cantero se impacienta- ¿No conoce usted a Ricardo Velázquez, a Esteban Lezcano, Roberto Andrade...?

         - A ellos sí, son mis amigos, pero nada tienen que ver con los papeles que he traído. Solo quería que supieran de nuestra actividad...

         - ¡Subversiva!

         - Política, señor. Es nuestra percepción de la realidad nacional.

         - Con más razón para firmar.

         - Pero hay acusaciones contra personas de las que nunca oí hablar.

         - Camaradas suyos, Arzamendia. Son los que van a encabezar la sedición a las órdenes de los terroristas del ERP.

         - Pero, señor...

         - Se acabó mi paciencia -se pone de pie y se dirige a Belotto-. Necesita un buen baño.

         Blas cayó en manos del temible Bazán. Los primeros quince minutos, maniatado en la pileta bajo una lluvia de golpes y con la sensación de ahogo, todavía le escuchaba a Cantero pedirle su firma. Después, la voz le venía cada vez de más lejos hasta perderse totalmente en varios momentos. Era como una onda radial jugueteada por el viento. Cuando despierta, se encuentra rodeado de sus compañeros. Siente mareos y ganas de vomitar. Recuerda vagamente que un médico le aplicó una inyección, o tal vez varias, para que siguiese el castigo. Finalmente, recomendó un descanso. A esa altura, le era indiferente la tregua o la prolongación de las torturas. Rogó en un momento de lucidez que un certero golpe acabase con sus penalidades.

         En el amanecer del Viernes Santo, dos oficiales lo sacan de la celda, Al salir al patio, ve con estupor a Roberto Andrade, sentado en el suelo, maniatado, con el torso desnudo. Se miran brevemente. A Blas le dejan en una oficina donde el médico le examina las partes vitales, le aplica una inyección y ordena con un gesto que lo devuelvan a la celda donde durmió por varias horas. Se despertó de noche, con mucha sed. Uno de sus compañeros gritó que trajeran agua. Después de beber se extendió nuevamente en el suelo, extenuado y dolorido. Pensó en Roberto Andrade. Salió de La Plata la semana anterior también convocado por la cúpula de la OPM, por los mismos motivos que lo trajeron a él: el golpe militar en la Argentina y el crecimiento de la Organización con la captación de estudiantes y campesinos de distintas regiones del país. Se requería con urgencia la colaboración de quienes ya tenían experiencia organizativa y manejaban con solvencia los propósitos de la OPM para estar al frente de los "cuadros".

         Cuando iba a dormir, Blas siente que la punta de un zapato se apoya en la cabeza. Es Bazán.

 

         Mientras desayunan en la cocina, el abogado Saturnino Benítez y su esposa, Magdalena, hablan de los 15 años de Idalina. El acontecimiento coincide con el Viernes Santo, por lo que decidieron diferir la fiesta para el sábado de la siguiente semana, en el Club Deportivo Sajonia. De todos modos, se reunirán en la casa los familiares más cercanos. El padre le va a regalar un combinado Philips, radio y tocadiscos, cuyo mueble de madera, parecido a un escritorio, puede utilizarse también como espejo. En esta joya se va el suspiro de la joven desde que la vio en casa de una amiga.

         Saturnino, un poco mayor que la esposa, tiene 44 años y un físico modelado por la gimnasia que contrasta con el semblante ajado. Los ojos apagados son de aquellos que siempre piden dormir un poco más. Solo se iluminan cuando ven a Idalina llegar del colegio o de algún otro sitio. La recuerdan cuando dio sus pasos iníciales y las caídas que teñían de morado la frente; los primeros días de clase llorando a gritos para regresar a casa de manos de la madre; el certificado de mejor alumna en la primaria y ahora con muy buenas notas en la secundaria.

         - ¡Quince años! -suspira el padre- Se acuerda de que es miércoles, último día hábil para hacer las compras antes del largo feriado.

         Al promediar la mañana, Saturnino Benítez llega al salón de ventas de la Philips, en la calle Estrella. Como de costumbre, viste traje oscuro de tela liviana. El sudor le marca en la espalda los bordes de la camisilla, debajo de la camisa blanca con el cuello y los puños almidonados. Mientras aguarda al gerente, a quien se hace anunciar, compra un disco, larga duración, de Nat "King" Cole, preferido de la hija. Para la esposa, "Los Panchos" y para él, Luis Alberto del Paraná. Una secretaria lo conduce a la oficina del gerente, un holandés rubio, alto, gordo, de nariz roja y los ojos escondidos detrás de unas gafas oscuras. Hacía una semana que habían acordado el precio y el pago en seis cuotas, sin intereses, en atención -le dijo el empresario- a la recomendación que había presentado.

         - Le enviaremos enseguida -le dice el gerente- y hágale llegar a su hija mis mejores deseos.

         Benítez sale a la calle. Espera que pase el tranvía, desde donde alguien lo saluda con la mano. Alza también la suya sin reconocer al pasajero que viaja en la estribera. Camina por 14 de Mayo hasta Palma. Dobla a la izquierda y entra en la confitería Vertúa donde encarga la torta de cumpleaños. Vendría de tarde a buscarla. El salón está vacío, en contraste con los días sábados cuando el maestro Neneco Norton, al frente de su afamada orquesta de jazz, invita a bailar a los caballeros que visten traje blanco y las damas, faldas floreadas que les cubren los tobillos. En la mesa se habla con la voz ahogada cuando se trata de asuntos políticos o escándalos del momento, como cuando la semana pasada el jefe de Policía violó en una fiesta en su domicilio de Trinidad a una azafata de la compañía uruguaya de aviación, Pluna, noticia que ganó grandes espacios en la prensa del Río de la Plata.

         Afuera, el calor del mediodía hace dudar a Benítez si toma el tranvía para ir a la Aduana o camina las diez cuadras que lo separan de la oficina de su amigo que había prometido obsequiarle diez cajas de cerveza importada. Decide caminar porque de todos modos el tranvía lo dejará un poco más de la mitad de su trayecto, en Palma y Colón. Camina por 15 de Agosto y luego por Paraguayo Independiente. Frente al Palacio de Gobierno se encuentra con dos amigos, miembros de la guardia presidencial, con quienes conversa brevemente. Llega a la Aduana y se hace anunciar por un secretario. Lo recibe el director administrativo quien se compromete a hacerle llegar en el Sajonia lo prometido.

         Agobiado por el calor, Benítez decide regresar en taxi a su casa, en el barrio San Vicente. Antes de abordar el vehículo se afloja la corbata, se quita el saco y se remanga la camisa. Baja con cuidado los discos y se acomoda en el asiento de atrás. "A casa", ordena al taxista, conocido suyo.

         Se encuentra con la hija esperándolo con besos por el regalo que está en la sala como el objeto más importante de la casa. Luego de la lectura del manual, Benítez hace funcionar el equipo. Primero la radio, y luego el disco de Nat "King" Cole que suena limpio y arrobador.

         Madre e hija preparan la mesa en el patio para las personas que vendrán esa noche a saludar a Idalina. "Es para que no pase en silencio la fecha", dice el padre, mientras instala en el corredor el combinado para su exhibición.

         Al promediar la cena, suena el timbre con insistencia. Benítez sale al portón donde están dos hombres y un automóvil con el motor en marcha.

         - Disculpe -dice uno de ellos-, pero el jefe lo necesita.

         - ¿Ahora?

         - De inmediato.

         - Estoy con mi hija de cumpleaños. Yo había solicitado...

         - El jefe le pide un servicio especial.

         - Y bueno -se resigna Benítez. Regresa a la reunión y explica lo sucedido con la promesa de volver lo antes posible.

         El jefe de Investigaciones está de buen humor. Rodeado de sus colaboradores de mayor confianza cuenta anécdotas de algunas autoridades, cuyas conversaciones telefónicas pinchadas son su pasatiempo favorito a igual que el dictador. El grupo estalla en risas con la imitación al anciano ministro de Hacienda que ruega a su joven amante una cita urgente. Nuevas risas iluminan la oficina cuando remeda al hijo menor de un dirigente de la oposición que "lloró como una mujer" ante la orden de meterse en la pileta de agua servida.

         El anuncio de la llegada del coronel Guanes disuelve la reunión. Lo recibe Pastor Coronel con un gesto más servil que amable. Sentados en la oficina, hablan del estudiante Blas Arzamendia. Coinciden en que es un elemento importante de la subversión.

         - ¿Quién se encarga de él? -pregunta el militar.

         - Bazán.

         - ¿Y Sapriza?

         - Está en Misiones, pero le hice llamar a Benítez.

         Desde hace media hora, sentado en anatómico al borde de la pileta, maniatado, Blas espera que Bazán lo tumbe de un golpe en el estómago. Se le hacen insoportables el silencio y la expectación. Intenta decir algo para darse ánimo pero teme que cualquier palabra enfade a su torturador, sentado en un taburete limándose las uñas. Escucha que se abre la puerta. Ve entrar a Cantero acompañado por un hombre que le es desconocido. Es Saturnino Benítez.

         - Sea considerado con usted mismo -Cantero se planta delante de Blas- y acabemos enseguida. Si quiere ayudar, la cosa es muy sencilla: hable, ratifique nuestras informaciones que desde el exterior se amenaza la estabilidad del Gobierno, queremos los nombres de los terroristas de afuera y de adentro. Blas está concentrado en la pulcritud con que se desviste el hombre que entró con Cantero. Se quita el saco y lo cuelga en una percha, al igual que la corbata y la camisa. Dobla cuidadosamente el pantalón sobre una silla. Se descalza, se quita el calzoncillo y viste un short floreado. Por último, se desprende de una cadenilla de la que cuelga una ostentosa cruz. Todo lo hace con calma, despacio, suavemente. Cuando acaba el rito de desvestirse se acerca a Blas y de un inesperado golpe en el pecho lo arroja a la pileta. Aparece Belotto con la grabadora pegada al oído. Cantero se dispone a tomar nota de lo que el torturador obtendría del preso.

         - Los nombres -pregunta Cantero.

         - Solo conozco... -no puede seguir. Un golpe en el rostro vuelve a tumbarlo. En la manzana de Adán siente la presión que lo hunde en el agua, mientras Bazán le pega con un trozo de goma en la planta de los pies. Cuando creyó que se ahogaba con los pulmones reventados, el torturador lo emerge por unos segundos. Se acomoda sobre la tina y con las piernas comprime los genitales, mientras Belotto lo sujeta de los cabellos debajo del agua.

         - ¡Hable! -ordena Cantero.

         El torturador pierde la calma. No le dan resultados los golpes capaces de abatir al más intrépido. Con cada "¡hablá, carajo!" estrella la cabeza del prisionero contra el canto de la pileta. A continuación, se pone la ropa con la misma calma con que se había desvestido. En la pileta deja un cuerpo inmóvil, luego tirado en la celda, ahora nuevamente poblada. En horas de la madrugada llegaron decenas de presos de los Departamentos de Paraguarí, Caaguazú y Misiones. Son los dirigentes de las Ligas Agrarias Cristianas. Los de Misiones ya habían sido terriblemente torturados en Abraham Cué, cárcel y asiento de la Delegación de Gobierno departamental. Dos de los presos misioneros, Dionisio Rojas y Ramón Segovia, se levantan del piso donde están tirados para hacer un hueco al recién llegado, que parece estar en agonía. Francisco le pone el brazo como almohada para evitar que se ahogue con la sangre, pero ya nada puede hacer.

        

         La viuda de Arzamendia no se despega de la radio. Sigue con obsesiva atención los acontecimientos, De vez en vez, detiene la respiración cuando escucha que la Artillería se apresta a salir de Paraguarí en defensa del Gobierno. De ser así, piensa, podría alentar a los civiles a armarse y salir a la calle a frustrar la revolución. Deja escapar un hondo suspiro de alivio cuando el locutor aclara que se trata de un ardid de los stronistas para confundir. Siempre nos confundieron, piensa, lo hacían cuando pregonaban la defensa de los derechos humanos; lo hacían... interrumpe sus pensamientos cuando escucha que el dictador se ha rendido al fin y va preso camino a la Caballería, puesto de comando de los alzados; pero antes, en el ejercicio de su reconocida astucia, pidió que lo llevaran a su domicilio en Mburuvichá Róga. El locutor anuncia la llegada del dictador a la Gran Unidad donde firma su renuncia como Presidente de la República. La viuda de Arzamendia, con los ojos llorosos de alegría, sale hasta la muralla y ve que sus vecinos se abrazan, gritan, cantan. De pronto, la calle, habitualmente desierta, se llena de gente que festeja ruidosamente la caída de la dictadura. Cuando ya amanecía vuelve a la casa. Se viste, toma el ramo de flores y va al cementerio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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