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GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

  HISTORIA DE LAMBARÉ. DESDE LA COLONIA HASTA EL MUNICIPIO - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA


HISTORIA DE LAMBARÉ. DESDE LA COLONIA HASTA EL MUNICIPIO - Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

HISTORIA DE LAMBARÉ

DESDE LA COLONIA HASTA EL MUNICIPIO

UN PUEBLO, UN NOMBRE Y UN CACIQUE IGNOTOS

Por GUSTAVO LATERZA RIVAROLA

Editorial SERVILIBRO

Asunción - Paraguay

2009 (154 páginas)

 

 

ÍNDICE

 

A manera de prólogo

Introducción

1.      Noticia y advertencias preliminares

2.      Llegada de los conquistadores a Lambaré. Crónica, versiones, errores y leyendas

3.      Emplazamiento del poblado indígena de Lambaré. Las confusiones de Schmidl

4.      Lambaré no figura entre los pueblos aledaños a Asunción en la época colonial

5.      El nombre "Lambaré"

6.      El mito del Cacique Lambaré. Un documento apócrifo. Héroes olvidados

7.      Evolución de la zona durante la Colonia

8.      Evolución de la zona desde la independencia

9.      La escisión de Lambaré y creación del municipio

10.    El Cerro Lambaré y el barrio Itá Enramada

11.    Límites territoriales, conflictos jurídicos y maniobras políticas

12.    Prognosis

Anexos documentales

Bibliografía y otras fuentes

 

 

A MANERA DE PRÓLOGO

 

         Es sabido que hay páginas de nuestra historia que tienen más de mitos y de leyendas. Éstos, repetidos incluso por historiadores con fama de tales, se convierten en verdades sin discusión. Salvo, desde luego, cuando aparece alguien dispuesto a hacer lo elemental: acudir a los documentos para desactivar el embuste.

         Por demasiado tiempo corrió la versión de un cacique, Lambaré, valiente guerrero que se enfrentó a los conquistadores en defensa de sus dominios, a los que impuso su nombre. Pero he aquí que nunca existió el tal guerrero. Y el tal sitio tampoco, en tiempos de la Colonia. Todo se originó en una sola versión equivocada, a la que luego se le dio imaginativas interpretaciones, las que, a su vez, originaron otras igualmente fantásticas. El inicio de los errores sucesivos está perfectamente identificado: Ulrico Schmidl, un alemán que vino con Mendoza. Tenía 25 años de edad. Cuando regresó a Alemania, tendría 45 años. A los 60, se puso a escribir sus memorias, totalmente de memoria, o sea, sin ningún apunte acopiado en el transcurso de los sucesos que dice haber vivido, y que pudo servirle para que no cometiera tantos desatinos. En 1567 hizo imprimir su libro con notable difusión en Europa, pues tuvo la puntería de escribir muy al gusto de la época, ansiosa de leer relatos fantásticos "de la vida real" acerca del nuevo inundo.

         Pues bien, las "memorias" de Schmidl, que cuentan los primeros años de la conquista, fueron la fuente principal, y a veces única, de muchos trabajos acerca de los orígenes de Asunción. Fue este soldado alemán quien acunó la palabra Lampere, la que daría nacimiento a "Lambaré", cacique y asentamiento.

         En "La sierra de la Plata y otros ensayos", Manuel Domínguez tiene palabras muy duras contra Schmidl. Lo considera un completo farsante. Dice: "Comienzo por notar una cosa extraña, pero muy extraña: Ni Oviedo, ni Alvar Núñez, ni Herrera, ni Ruy Díaz conocen el nombre de Schmidl. Y eso que en la historia del primero desfila buen número de los conquistadores. En los Comentarios del segundo tampoco se mienta el nombre del soldado alemán, bien que éste estuvo al servicio de Alvar Núñez (...) El concierto de los cuatro historiadores en ignorar quién fue Schmidl es inicio grave del papel poco lúcido de este conquistador (...) Salta a la vista que se trata de un ilustre desconocido". Sin embargo, antes y después de Domínguez, el soldado alemán influyó en muchos de nuestros historiadores que repitieron, en el caso específico de Lambaré, su origen legendario. En este punto interviene con mano segura Gustavo Laterza Rivarola. Nos da una completa y documentada información sobre la "Historia de Lambaré - Desde la Colonia hasta nuestros días". Distingue "mitos" de "logos", los separa, los distancia, y se remanga hasta los codos para adentrarse en los documentos y contarnos sólo lo que en ellos encuentra. Los vacíos, los llena con perspicacia, con lógica, con deducciones que no se apartan de los hechos. Su honestidad intelectual no le permite acomodar los acontecimientos a una postura previamente elegida.

         Esta misma integridad hace que Gustavo -historiador de raza- acometa la empresa de esclarecer errores, enmendar contradicciones, señalar falencias de reconocidos historiadores cuyas palabras suenan fuerte, y por lo mismo, inspiradoras de otros errores que se reiteran indefinidamente, como el caso del cacique Lambaré, su pueblo y su suelo. ¿Su suelo? Schmidl no especifica dónde estaba ubicado. Al contar "la gran batalla" librada entre indígenas y conquistadores -cuatro mil los primeros y 300 los segundos- el soldado alemán ubica el escenario guerrero en un lugar alto de la ribera del río Paraguay. A este respecto, Gustavo Laterza señala: "No establece (Schmidl) el lugar; ni siquiera lo deja entrever, aunque se supone que el sitio escogido debió estar cercano al poblado karió que los europeos ocuparon después del combate...". Pero este combate tampoco quedó registrado en ningún otro documento. Tal vez haya sido alguna escaramuza -como la denomina en otra parte de su relato- que el cronista alemán la convirtió en una gran batalla para darse de héroe y, al mismo tiempo, alimentar la fantasía de los lectores. El problema es que hasta hoy se repiten las hazañas del cacique Lambaré.

         Es de esperar que este excelente trabajo de Gustavo Laterza acabe con el mito del cacique y su heroico pueblo.

         Gustavo ya ha dado a conocer "Historia del municipio de Asunción - Desde sus comienzos hasta nuestros días" (1995). Es posible que en la elaboración de este trabajo le naciera la idea de historiar también Lambaré. Habrá encontrado documentos que echan por tierra la antigua leyenda del cacique, aunque romántica y atractiva, no es tema que un historiador deba repetirlo, por lo menos como historia.

         Por el tiempo que le habrá llevado investigar, deduzco que a Gustavo no le habrá movido componer esta historia solo para mediar en el conflicto de los municipios de Asunción y Lambaré por sus límites. Eso sí, viene a prestar un valioso servicio a quienes buscan la verdad histórica, que no es la verdad de las leyendas y de los mitos.

         Si aun con las documentaciones incluidas en este trabajo persiste el intento de desmembrar Asunción, que no se apele a supuestas verdades históricas, porque éstas no existen. Peor aún, nacieron del error que vinieron repitiéndose en las "investigaciones" de muchos historiadores y aficionados.

         Si después de la "Historia de Lambaré", de Gustavo Laterza Rivarola, se despedaza la capital del país, que no se culpe a la historia. Será sencillamente por cuestiones políticas, y la peor de todas: las que nacen de la ceguera y del fanatismo.

 

         Alcibíades González Delvalle

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

         La historia del Paraguay sufre distorsiones, olvidos, errores, falsedades e interpretaciones ideológicas tanto como padecen las demás; con el impulso adicional que le proporciona la melancólica oscuridad y desaprensivo desorden que imperan en nuestros desmantelados archivos y en nuestra debilitada memoria colectiva.

         Cuanto más nos alejamos de la actualidad mayor es el campo raso, las lagunas y las vacantes documentales, microambiente ideal para la proliferación del engaño o de la fantasía, de embustes intencionados e interesados, de fantasía ingenua, prejuiciosa o simplemente romántica, que a veces no son más que recursos de escritores embanderados y militantes, desesperados por la carencia o la mezquindad de la información, impacientes por negársele el dato anhelado y fundamental, frustrados por no hallar la prueba irrefutable que le otorgue el laurel definitivo a sus hipótesis preestablecidas, al mito que deben sostener a toda costa o a la doctrina que tienen el compromiso de proteger o divulgar.

         La idea de investigar acerca de la antigua zona, luego dehesas, después barrio asunceno y hoy municipio de Lambaré, estuvo siempre en mi ánimo y disposición, ligada a mi interés por la historia de Asunción. Ningún espacio físico, ningún recodo de la Geografía tuvo tanta relevancia en el nacimiento de Asunción como Lambaré, la puerta de entrada de la colonización, escenario del contacto primigenio y germinal hispano guaraní, probeta de ensayo de sus primeros acuerdos, hotel ecológico de sus primeros abrazos.

         De la Lambaré prehispánica no se dispone de más conocimientos que los que se tienen de la región dominada por el pueblo karió; intentar ir más atrás implicaría penetrar en el ámbito insondable de la especulación histórica, donde no rige más regla que la buena fe. Pero sí podemos preguntar: ¿Cuáles eran sus límites? ¿Había población estable en ella? ¿Era el pueblo karió de Lambaré el mismo que el de Loma Cavará, donde se fundó Asunción? ¿Los que enfrentaron a Ayolas fueron los mismos indígenas que luego edificaron la casa fuerte "Nuestra Señora de la Asunción, en 1537?".

         Estas y otras cuestiones similares intentaré responder en este ensayo sin permitirme mayores especulaciones que las que razonablemente puedan inferirse de los datos ciertos aportados por los cronistas y protagonistas. Y salvo que algún afortunado estudio arqueológico descubra evidencias hasta ahora ocultas, cabe suponer que hoy día nadie dispone ni dispondrá ya de más información que la que aportaron esas personas.

         Pero no me detendré en los orígenes sino que intentaré recorrer estos casi quinientos años que median entre aquellos acontecimientos y los actuales, observando, releyendo, interpretando y recuperando elementos de juicio, erguido sobre documentación verificable, sin apartarme un milímetro de ella, sin incurrir en la comodidad de la falacia de la apelación a la autoridad, que parece responder las preguntas más difíciles con tanta facilidad pero, al mismo tiempo, que tanta falsedad deja infiltrar.

         Declaro solemnemente mantener permanentemente presente, como una advertencia a la que debo ceñirme en todo momento, las palabras de Enrique de Gandía vertidas en el prólogo de la obra de Ruidíaz de Guzmán, al relatarnos que “‘La Argentina’ fue desdeñada cuando la manía del documento inédito entró a trastornar los cerebros de nuestros jóvenes investigadores (...) la manía del documento ha hecho más daño entre nosotros que aquella otra enfermedad de quienes pretendían hacer historia sin otras fuentes que los cronistas y los recuerdos de su casa. El cultivo del documento ha alejado al estudioso de la verdadera alma de la historia.”

         Por eso respeto las versiones y opiniones de los historiadores que me precedieron, aunque tomándolas con las precauciones que son saludablemente aconsejadas por la metodología científica, vale decir, no creo en ellas ni las dejo intactas solamente porque las heredé, como denuncia Buckle. Soslayo lo que me parece gratuito, refuto lo erróneo o exagerado, no con una opinión adversa sino con una argumentación contraria, susceptible de ser invalidada con idéntico procedimiento. No arriesgo inferencias que no estén sustentadas por premisas verificadas; procuro mantenerme apartado de toda pasión, de todo partido, persuadido de que no hay otra manera de sostener la objetividad que con esta receta antigua y respetada, indispensable e inmejorable.

         Por ello, declaro mi concordancia precisa con el historiador Timeo: "la mayor falta que puede cometer un historiador es la mentira, y que los historiadores convencidos de impostura pueden escoger para sus obras cualquier otro título, menos el de historias". A lo que su ilustre colega y compatriota griego Polibio agrega: "Estamos de acuerdo, pero advierto que existe una gran diferencia entre la infidelidad cometida por ignorancia y la voluntaria; digna aquella de perdón, debe ser corregida con indulgencia; ésta, al contrario es acreedora a justa e inexcusable censura..." (Libro XII Frag. XVIII).

 

         G.L.R.

         2009

 

 

         2. LLEGADA DE LOS CONQUISTADORES A LAMBARÉ. CRÓNICA, VERSIONES, ERRORES Y LEYENDAS

 

         Navegante avezado, de escuela, familia y prosapia marítima, el genovés Sebastián Gaboto fue el primero en llegar a la desembocadura del río "que llaman los de aquella tierra Aguaray; los chiriguanos de la cordillera le dicen Itia, y los indios del Perú Pilcomayo" 9 Diez años después llegó el segundo visitante: don Juan de Ayolas. Fueron los primeros europeos en poner pie en el lugar que después llamaron La Frontera, y la tierra que le continuaba hacia septentrión. El primero explorando y el segundo ocupando en nombre de Su Majestad Carlos I; pero ninguno de ambos fundó pueblo alguno en ese tramo de ribera fluvial izquierda que hoy pertenece a los municipios de Villeta, San Antonio, Villa Elisa, Lambaré y al barrio asunceno de Itá Enramada.

         Los ataques que sufrieran los navegantes de Gaboto y los bergantines de Mendoza que comandaba Ayolas, de parte de agaces y guaicurú, provinieron de pequeñas flotas de canoas que acechaban agazapadas entre la maleza ribereña. Debido a este peligro, precisamente, ningún pueblo guaraní arriesgaba ubicar su tey-í en la ribera del río Paraguay, quedando así en exposición pública y a merced de los chaqueños.

         Al desembarcar la expedición de Juan de Ayolas a la zona donde dominaban los karió -en algún punto indeterminado entre las actuales Puerto Pabla y Yukyty (es decir, antes o después del cerro Lambaré)-, los nativos estaban esperándolos. Se hicieron ver y, según relata Schmidl -único cronista del suceso-, rogaron a los españoles retornaran a sus barcos ofreciéndoles alimentos por recompensa. Según el relato y un dibujo del cronista, habían erigido algunos obstáculos para un eventual enfrentamiento (contra ellos o contra sus enemigos chaqueños) que el cronista bávaro describe como una especie de empalizada de palmas y una trinchera con palos de punta filosa.10

         A partir de este relato se fue divulgando la leyenda de que entre la hueste de Ayolas y los karió se entabló en Lambaré una gran batalla, en la que los indígenas, al mando del cacique Lambaré, opusieron valerosa resistencia hasta ser inevitablemente vencidos por la superioridad bélica de los europeos. Además de no existir otra crónica de tales sucesos que avale semejante versión, parece obvio que, si así hubieran ocurrido las cosas, entonces todos los protagonistas anteriormente mencionados habrían consignado tan memorable suceso en sus misivas, atendiendo al hecho conocido de que cada uno se esforzaba por incrementar su propia valía y el servicio que prestaban a Su Majestad.11

         El único que describe hechos que podrían haber dado origen al mito de la "gran batalla de Lambaré" es Ulrico Schmidl: "... cuando estuvimos cerca de ellos hicimos estallar entonces nuestros arcabuces. Cuando ellos oyeron nuestras armas y vieron que su gente caía al suelo y no veían ni bala ni flecha alguna salvo un agujero en el cuerpo, entonces no pudieron permanecer más y huyeron de ahí y se cayeron los unos sobre los otros como perros y se fueron a su pueblo".12

         El cronista titula su Relato 21 "De la ciudad de Lambaré y cómo fue asediada y conquistada". En vez de "ciudad", que es como el traductor K. Wagner interpreta el vocablo fleckhen empleado por el cronista, E. Wernicke interpreta como "localidad", una diferencia que debe tomarse en cuenta, pues esta última palabra expresaría más fielmente lo que vio el relator. No obstante, los mismos traductores alternan el término ciudad con otros como pueblo, población, localidad, cuando que, en realidad, no eran sinónimos en aquella época como no lo son hoy.13

         Schmidl narra cómo, después de producido el desbande karió, Ayolas decidió asediar el poblado de los vencidos, que se hallaba distante del lugar del primer encuentro (como se lee en el final resaltado del último párrafo transcripto), según era, desde luego, táctica habitual, tanto de los indígenas como de los europeos, pues ninguno arriesgaba sus familias y casas planteando un combate en medio de ellas.

         Ese asedio duró tres días, que según la crónica no fueron de batalla sino de cabildeos acerca de los términos de la rendición exigida a los nativos. En la confrontación inicial y en las "escaramuzas" (según palabra empleada por el cronista) que se sucedieron entre uno y otro bando durante dos o tres días, cuenta Schmidl que murieron dieciséis españoles, una cantidad francamente indigna de una "gran batalla".

         Por lo demás, ninguno de los otros integrantes de la expedición de Ayolas -varios de ellos posteriormente protagonistas de la fundación de la colonia asuncena- participaron o fueron testigos visuales de esa confrontación, mas ninguno la recuerda en sus cartas y deposiciones, ni mencionan pueblo ni fortaleza indígena alguna de carácter permanente en las tierras ribereñas situadas al sur del emplazamiento de Asunción, omisión muy ilustrativa cuyos efectos nos llevan al tratamiento del siguiente punto.

 

 

         3. EMPLAZAMIENTO DEL POBLADO INDÍGENA DE LAMBARÉ. LAS CONFUSIONES DE SCHMIDL

 

         De que los karió estaban informados de la llegada de los conquistadores y los aguardaban para negociar su alejamiento o presentarles batalla puede inferirse del hecho de que montaran sus defensas (las que dibuja Schmidl) donde supusieron que desembarcarían, escogiendo seguramente el lugar de la costa que era más apropiado para hacerlo. Como otros, ese sitio quedó indeterminado; por la crónica sólo sabemos que se hallaba alejado del caserío karió, porque si bien Schmidl afirma que el poblado se situaba "sobre un terreno alto sobre el río Paraguay. Y la localidad llamada en tiempos anteriores, en su idioma indio, Lambaré",14 no indica en qué lugar de la ribera que ellos dominaban pudo estar, omisión que solamente deja como alternativa la inferencia lógica, la deducción de otros asertos y la analogía con situaciones similares.

         Sólo si se soslaya la clara e inequívoca precisión que hace Schmidl acerca de que se trataba de una altura sobre el río Paraguay - que detalla en su dibujo número siete-,15 podrían considerarse otras localizaciones alternativas. Más si se respeta estrictamente la versión del cronista (que en este punto no tenía motivos que le indujeran a confusión), no cabe más que suponer que ese poblado karió estaba efectivamente asentado en algún punto elevado, sobre la ribera, entre Puerto Pabla y la actual bahía de Asunción.

         Siguiendo esta línea de informaciones, planteamos como hipótesis que en toda la extensión de la ribera fluvial de la región lambareña no habría habido poblados indígenas. Se trataría de un espacio ciertamente recorrido y vigilado pero no habitado. Al sitio donde acababan los dominios lambareños de los karió y comenzaba el de los indígenas guaraní habitantes de la actual Guarambaré (llamados caraivé por algunos autores), los conquistadores españoles denominaron La Frontera, por el motivo que Ruidíaz de Guzmán lo explica: "por ser los límites de los Guaraníes indios de aquella tierra, y término de las otras naciones".16 El dominio efectivo de los españoles al momento de fundarse Asunción -como coincidía con el territorio de los karió- llegaba también, por el mismo motivo, hasta esa "Frontera".17.

         De modo que la zona segura para toda población permanente comenzaba recién en las tierras altas protegidas por los bañados de Tacumbú. Precisamente esas tierras fueron otorgadas en tenencia y luego en encomienda a Juan de Salazar, quien vivió allí hasta su muerte. Más al sur de Tacumbú, en Yukyty y Lambaré, nadie pidió ni recibió encomienda inicialmente, lo que constituye, a nuestra manera de entender, otra prueba concluyente de que allí no había poblaciones indígenas.

         En efecto, si consideramos tramo por tramo, deducimos que si la casa fuerte se edificaba entre Puerto Pabla y el cerro Lambaré hubiera desafiado el riesgo del área de inseguridad -circunstancia ya destacada por el cronista- y hubiera quedado convertida en presa extremadamente fácil para las incursiones depredadoras de los chaqueños.

         No conociéndose antecedentes de poblados guaraní en la ribera fluvial -por el motivo de seguridad expuesto anteriormente y porque el mismo Schmidl informa así- solamente cabe especular que el tey'í de los karió que enfrentaron a Ayolas estaría en un lugar alto, alejado de la ribera fluvial y del peligro que merodeaba en ella: los movedizos, audaces, belicosos e implacables indígenas pámpidos chaqueños.18

         Es preciso tener en cuenta que un tey’i se integraba con una o dos tava, cada una de estas casas comunitarias estaba habitada por aproximadamente cien familias; vale decir, de acuerdo a cálculos de Susnik,19 totalizaban unas seiscientas personas, de las cuales, a lo sumo, ciento cincuenta serían varones en edad de combatir. Pero Schmidl relata que en la batalla de Lambaré se enfrentaron cuatro mil combatientes karió contra trescientos españoles. Si el cronista no exagera, estas cifras no explican cómo cuatro mil combatientes salieron del mismo poblado. Con las cifras de Schmidl, de acuerdo a nuestras estimaciones, basándome a mi vez en las de Susnik, para que hubiesen combatido cuatro mil karió en esa batalla, tuvieron que haberse coaligado al menos 27 tey'í que aportaran cada uno 150 combatientes. Esto hubiera requerido una alianza entre veintisiete caciques dominadores de un área aproximada de 1.300 kilómetros cuadrados, si fuera una circunferencia y, con mayor razón, si fuera un polígono irregular cualquiera.

         Tampoco se comprende, y menos aún se explica, que los karió de Lambaré hayan hecho esfuerzos tan gigantescos para conformar un ejército desusadamente nutrido para enfrentar a un contingente de 360 navegantes exhaustos, hambrientos y aparentemente pacíficos, que ascendían penosamente por el río Paraguay, algunos navegando, otros caminando por la ribera izquierda, cuyo destino final se desconocía y que no deseaban guerrear ni conquistar la tierra sino obtener comida para proseguir el viaje.

         Por el contrario, la primera actitud de los karió hacia los expedicionarios fue claramente amistosa; les auxiliaron proveyéndoles bastimentos y atenciones solícitas. Fue cuando Ayolas decidió quedarse en el lugar y ordenó desembarcar cuando se produjo el conflicto seguido de enfrentamiento. Los karió no estaban preparados para una batalla pero tuvieron que plantearla ante la emergencia de ser invadidos por quienes consideraban nada más que exploradores de paso. La "batalla de Lambaré", como ostentosamente la denomina Schmidl tuvo pues que ser realmente lo que en otra parte de su crónica llama, esta vez adecuadamente, simplemente una escaramuza.

         Todo parece indicar, pues, que Schmidl exagera, multiplica varias veces el tamaño real de las huestes karió para lograr lo que se propone a lo largo de su relato: impresionar al lector europeo. Una batalla de trescientos contra cuatro mil era, sin duda alguna, homérica. Si se considera que los tercios españoles de Carlos V que entraron a saco en Roma el 6 de mayo de 1527 eran unos cinco mil, o que los lansquenetes alemanes de Güeldrés comandados por Suffolk en la batalla de Pavía (2402-1525), sumaban unos 4.000 -por citar tan solo dos grandes acontecimientos bélicos de los que Schmidl tuvo noticias antes de lanzarse a su aventura americana-, su valor de soldado en combate habría sido tenido entre sus lectores por extraordinario.

         Ahora, buscando el "terreno alto sobre el río Paraguay" donde se ubicaba el poblado de los lambareños, de acuerdo a la versión del cronista bávaro, según se observe el terreno desde Puerto Pabla hasta la actual bahía de Asunción no existen casi elevaciones sobre la ribera fluvial, con excepción de los cerros Lambaré y Tacumbú, demasiado prominentes ya para convenir a las condiciones de la edificación y dinámica cotidiana de un poblado. Luego viene Itá Pytá Punta (carente de acceso practicable al río) y, finalmente, las lomas de San Gerónimo y Cavará y las barrancas del actual centro asunceno. Dentro del espacio geográfico señalado, éste sería el punto geográfico más alejado de los enemigos chaqueños y, por consiguiente, el más apto para que tal poblado medrase.

         Si se toman como referencia los nombres de los caciques que mencionan los documentos de la época, habría unos cinco o seis tey'í de la familia karió-guaraní en el área circundante a Asunción. Uno de ellos podría haber estado ubicado donde se halla actualmente el casco urbano antiguo de Lambaré, por ejemplo; o en algunas de las demás colinas que circundan el centro asunceno; pero, en esos casos, ninguno de ellos sería aquél al cual se refiere el cronista, por no estar sobre el río o cercano a él.

         Ulrico Schmidl recuerda también que "Después (del armisticio), los carios tuvieron que edificar para nosotros una casa grande de piedra, tierra y madera para que, si con el tiempo sucediese que se rebelasen, los cristianos tuviésemos un refugio y pudiésemos defendernos y protegernos".20 No establece el lugar; ni siquiera lo deja entrever; aunque se supone que el sitio escogido forzosamente debió estar cercano al poblado karió que los europeos ocuparon después del combate y el cual debía proveer la mano de obra, porque otra solución no se avendría con la lógica de la situación o no sería práctica ni conducente al objetivo declarado. Si el poblado conquistado por las huestes de Ayolas estaba en la Lambaré actual y la casa fuerte se edificó a siete kilómetros de distancia (en Loma Cavará), no se explicaría ni se entendería la estrecha relación de vecindad que debió anudarse entre los vencedores y los vencidos, pues estos últimos debían cazar y cultivar para alimentar a aquellos, además de tener que edificar sus chozas, prestarles servicios domésticos y acompañarlos en las excursiones guerreras y entradas.

         Concluyendo pues: el combate de Lambaré al que se refiere Schmidl pudo haber sucedido en cualquier punto de la ribera fluvial que se extiende desde Puerto Pabla hasta la actual bahía asuncena; mas, para asentar la casa fuerte debió escogerse un emplazamiento vecino del indígena preexistente, en el actual centro histórico de Asunción, posiblemente Loma Cavará,21 que la mayoría de los autores se inclina a indicar como lugar de fundación, siguiendo la descripción de las crónicas. Siguiendo esta línea de razonamiento, la "batalla de Lambaré" debió producirse en la bahía de Asunción, y el poblado karió al que se refiere Schmidl debió estar en las inmediaciones.

         Con respecto a las fechas se producen confusiones, al igual que con el empleo del verbo tomar. Por ejemplo, donde Schmidl dice: "Tomamos este lugar el Día de Nuestra Señora de la Asunción", da pie para que el investigador Vicente Pistilli interprete que tal fecha fue la de la batalla y toma militar del sitio, sin considerar que, en realidad, tan admisible como eso es que el cronista se haya referido al acto simbólico o toma oficial del lugar mediante el acto formal de dar por iniciados los trabajos de la casa fuerte "Nuestra Señora de la Asunción", tal como relatan Juan de Salazar y Gonzalo de Mendoza en sus respectivas declaración y probanzas y lo confirma una carta del presbítero Andrada al Consejo de Indias.22

         Por lo demás, hay que tener en cuenta que el cronista bávaro habla en primera persona cuando dice "tomamos este lugar ...... aferrado a ese estilo narrativo, aunque en realidad él estaba con Irala en el puerto de Candelaria cuando Salazar, Gonzalo de Mendoza y los demás conquistadores que los acompañaban cumplieron las instrucciones originarias.23

         Porque consta -esto sí bien documentado- que tal casa fuerte estuvo prevista en la capitulación de Pedro de Mendoza con el Emperador, que su asiento y construcción fue decidida por Juan de Ayolas y encargada su ejecución a Domingo Martínez de Irala, pero ejecutada finalmente por Juan de Salazar y Gonzalo de Mendoza, siguiendo la orden recibida de su superior jerárquico, Irala, a la sazón lugarteniente de Ayolas. La casa fuerte edificada por los indígenas y españoles, seguramente bajo la dirección técnica de los capitanes, siendo concluida y tomada, o recibida oficialmente, por Salazar, Mendoza y las demás personas de cierta jerarquía que los acompañaban en el acto. Todo esto sucedió ocho meses después de serles comunicadas la decisión de Ayolas de asentar casa en ese lugar y la disposición de ejecutarla que correspondió a Irala.24

         La hipótesis del investigador Pistilli consiste en aseverar que hubo dos construcciones y dos fortalezas, una dispuesta por Ayolas, ejecutada y acabada en el mes de enero de 1537, y otra ejecutada por Juan de Salazar, iniciada en agosto de ese mismo año. La primera fue asentada con la invocación a la Virgen de la Asunción por haber sido la fecha en que se decidió la rendición de los karió, el 18 de enero según el rito galicano por el cual se regía Schmidl, según afirma Pistilli. La segunda se realizó el día 15 del siguiente mes de agosto, también conmemoración de la Virgen de la Asunción, según el calendario de rito romano, coincidencia que resulta extremadamente rara, considerando el devenir de los acontecimientos y, sobre todo, la inmensa cantidad de hechos azarosos que debieron confluir para que tan extraordinaria casualidad lograra darse.

         Otro hecho que debilita la hipótesis de Pistilli de que hubo dos construcciones -"fortaleza de piedra, tierra y madera" como la describe Ulrico Schmidl- es que la primera de ellas no hubiera podido ser construida tal como se la describe, terminada y habitada en el tiempo que Ayolas y su hueste descansaron en el sitio del desembarco. Carecían de los materiales, la tecnología, las herramientas y de la mano de obra calificada para realizar semejante proeza.

         Sobre este punto, Schmidl parece incurrir en anacronía, pues relata que luego de la batalla de Lambaré los conquistadores descansaron en el lugar durante dos meses, luego realizaron la breve incursión contra los agaces y retornaron, descansando, dice el cronista, otros seis meses. Todo esto demandaría un lapso total de unos ocho meses, quizás nueve, lo que llevaría el calendario al mes de octubre de 1537, momento en que Schmidl, según su propio testimonio, estaba en Candelaria con Irala, aguardando a Ayolas.

         Por lo que se aprecia, cuando Vicente Pistilli da el siguiente calendario de sucesos: "La batalla de Lambaré, el 9 de enero de 1537. La fundación de Asunción, el 11 de enero de 1537,25 presentándolos como "asuntos resueltos", nos permite preguntar con la mayor curiosidad: ¿Cómo hicieron Ayolas y sus acompañantes para estar el 2 de febrero del mismo año, a quinientos cincuenta kilómetros al norte, fundando el puerto "Nuestra Señora de la Candelaria"? Contando, además, con los dos meses que descansaron luego de la batalla de Lambaré, y los seis meses más de sosiego que se tomaron después de la represalia ejercida contra los agaces, de acuerdo a la versión de Schmidl.

         Como puede apreciarse, la memoria del cronista bávaro le traiciona más solícitamente en la concatenación de los sucesos con las fechas.

         Por lo demás, se sabe, por las declaraciones de Salazar y Gonzalo de Mendoza, cuando comenzaron las obras de construcción del fuerte de la Asunción, aunque no se consigna cuándo acabaron. Puede inferirse que la obra no habrá durado más que dos o tres semanas, porque Gonzalo de Mendoza declara en sus probanzas que "La cual acabada, el dicho Juan de Salazar de Espinoza partió para el puerto de Buenos Aires...". Sabiendo que arribó a destino en octubre y que la navegación corriente abajo demandaba alrededor de un mes, la casa fuerte estaría acabada, en lo esencial, es decir con techumbre y cerramientos, hacia mediados de septiembre de 1537.26

         La declaración de Juan de Salazar (1545), pese a ser minuciosa, no menciona que haya habido una batalla contra los karió, se limita a relatar que "... a la subida de este río del Paraguay, llegados a este paraje de la Frontera, e vistas las grandes necesidades pasadas, este testigo tomó parecer de Hernando de Rivera e de Gonzalo de Morán... e del dicho Gonzalo de Mendoza, e de los dos religiosos, e de otras ciertas personas que con este testigo venían, si les parecía que hera bien y servicio de su magestad... hacer paces con esta generación carios, por ser gente que sembraba y cogía, que hasta aquí no se avía topado otra ninguna, los quales dixeron... que les parecía bien e cosa muy útil y provechosa a esta conquista e ansi visto lo susodicho, asentaron paz e concordia con los dichos yndios desta tierra e les dixeron que de buelta que por aquí bolbiesen se liaría una "casa y pueblo...".27 No obstante, la frase "hacer paces" nos indica que algún enfrentamiento hubo, si no de las dimensiones indicadas por Schmidl, al menos el suficiente para que demandara un gesto de pacificación.

         Pero el testimonio de Salazar es claro en el sentido de que la casa fuerte comenzó a edificarse "a la vuelta", es decir, después de la exploración que Ayolas se determinó a realizar en el norte, y en esta contradicción entre Salazar y Schmidl habrá que darle la primacía a quien relataba dichos sucesos siete años después, frente a quien lo hizo luego de treinta años y en una edad avanzada.

 

 

         4. LAMBARÉ NO FIGURA ENTRE LOS PUEBLOS ALEDAÑOS A ASUNCIÓN EN LA ÉPOCA COLONIAL

 

         A muchos parecería suficiente argumento señalar que ninguno de los documentos producidos en el Río de la Plata, Perú y Tucumán, durante el siglo XVI, menciona la palabra "Lambaré". Ni Azara ni Aguirre, ni, modernamente, Cadogan o Susnik, mencionaron a alguna población indígena conocida por Lambaré o con nombre parecido.

         A esta significativa omisión debemos agregar el dato cierto de que, si hubiera habido un tey'í guaraní en la zona pretendida, habría figurado en la lista de pueblos recorridos periódicamente por los gobernadores; y, tal vez, habría tenido un cabildo indígena. Mas, por no ser parcos, veamos algunas consideraciones complementarias a estos hechos que de por sí son, efectivamente, pruebas sólidas para fundar el juicio enunciado en el subtítulo precedente.

         Durante las primeras décadas de la Conquista, las poblaciones indígenas guaraní constituyeron cuerpos masivos que atraían naturalmente a los conquistadores, quienes pasaban a sumarse al núcleo, convirtiéndolos en lugar de asentamiento propio, puesto de observación del territorio a conquistar, fuente de alimentación, de mano de obra y servicios generales. Les servía asimismo para justificarse en sus relaciones, los informes que remitían a la metrópoli, en las que hacían gala de sus esfuerzos y afanes en pos de la mayor gloria de Su Majestad.

         Además, esas eran las prescripciones de las Ordenanzas de Población sobre tal materia. Entonces tales tey'í o caseríos pasaban a denominarse pueblo o villa. En general Domingo Martínez de Irala, con buen criterio político, conservó la toponimia indígena, aportando lo que hacía al protocolo oficial, como otorgarle al pueblo así refundado un santo patrono y una festividad patronal. Dadas estas circunstancias, parece incontrovertible que el gran vizcaíno no hubiera desperdiciado la oportunidad de "fundar" otro pueblo o, más tarde, crear una nueva encomienda. Si Lambaré hubiera estado poblado, sin duda alguna habría sabido aprovechar la circunstancia, tanto él como sus sucesores políticos.

         Pues bien, no aparece ningún punto de la actual Lambaré o sus alrededores incluido en el plan de fundaciones (o refundaciones) emprendido por Domingo Martínez de Irala. Eso no pudo deberse a otra causa sino al hecho de que allí no existía aldea alguna; o, al menos, ninguna cantidad mínima de habitantes con las condiciones de permanencia y densidad demográfica como para conformar un pueblo acordemente a las reglas de la legislación indiana y a las necesidades inmediatas de los conquistadores.

         Y que no hubiera tey'i alguno en la ribera de la actual Lambaré es perfectamente comprensible, si se siguen las crónicas, en especial de alguien que conoció el lugar en esa época y que no hablaba por boca ajena, como es Ruidíaz de Guzmán: "Estos guaycurúes dan continua pesadumbre a los vecinos de la Asunción, que es la ciudad más antigua y cabeza de aquella gobernación -relata- y sin embargo, de tener mucha gente de españoles e indios, con la comarca muy poblada, han sido poderosos para apretar esta república, de suerte que han despoblado más de ochenta chacras y haciendas muy buenas de los vecinos, y muértoles mucha gente...".28 En estas condiciones, ¿Qué posibilidad había de que alguna población prosperase en Lambaré, frente mismo a los señoríos del depredador?

         Un autor moderno recoge impresiones similares: "... aunque diezmadas por la guerra (los agaces) las parcialidades sobrevivientes, concentradas en las inmediaciones del Pilcomayo, mantuvieron sin desaliento su implacable hostilidad que se hacía sentir principalmente al Sur de la Asunción (...) Desde Itacumbú hasta Guará, los cultivos guaraníes y su población femenina estaban constantemente amenazados por las irrupciones de los agaces".29

         Más alejados de la ribera, hacia el sur (en los lugares donde están hasta hoy) se asentaban los pueblos guaraní Ypané, Guarambaré, Itá y Yaguarón, refundados por Irala, que mantuvieron ese carácter hasta que fueron asimilados bajo el gobierno de don Carlos Antonio López.30 Ellos ocupaban la zona conocida por "La Frontera", de la que se hablaba durante la Colonia y a la cual ya nos refiriéramos anteriormente. Entre los veintiún pueblos de indios asimilados por Don Carlos no se lista ninguno con el nombre Lambaré ni algún otro situado en ese emplazamiento. Parece lógico pensar que si hubiera habido dos asentamientos indígenas, uno en la bahía de Asunción y otro en el actual barrio de Lambaré, Irala hubiera realizado fundaciones en ambos lugares.

         Tres siglos después, Don Carlos, en su mensaje presidencial de 1849, informa que "Se ha concluido la importante obra de la Iglesia Catedral. También se han concluido la de Lambaré, de esta Capital, y otras iglesias nuevas de la Campaña, que el gobierno ha mandado edificar por cuenta de los diezmos".31 Resulta tan claro que el pequeño asentamiento rural que existía entonces en Lambaré se reunía alrededor del lugar donde Don Carlos hizo erigir el templo (dedicado a la Virgen del Rosario), que no hacen falta más datos para tener esta información por verídica e indubitable.32

         Otro dato cierto e irrefutable de la inexistencia de alguna población indígena estable en el área que hoy llamamos Lambaré son los mapas antiguos. Recurriremos solamente a dos de los muchos que se dispone, levantados en la época colonial. Son suficientemente ilustrativos a la finalidad demostrativa que se persigue: el "Paraqvaria, vulgo Paragvay. Cum adjacentibus. Mapa de las Regiones del Paraguay, dedicado al P. Vicente Carrafa", de 1647; y el "Mapa de las Missiones de la Compañía de Jesús", de 1749, el cual se muestra más adelante, en el ítem 7. Se verá que en ellos no figura ningún tey-i ni tava pueblo indígena en las adyacencias de Asunción, aunque sí es posible ubicar, en el segundo de ellos, un presidio en la ribera fluvial de Lambaré, dato importante que comentaremos.

 

 

         5. EL NOMBRE "LAMBARÉ"

 

         Mencionamos anteriormente que la palabra Lambaré aparece originalmente en la crónica de Schmidl y en ninguna otra más; y que la voz utilizada en el manuscrito del cronista es "Lampere". También hicimos notar que el Padre Guevara reproduce su relato e introduce dos personajes, los caciques Lambaré y Yanduazubí, pero no registra el origen de tal información, lo cual nos obliga a investigarlo también a él.33

         Y en tal sendero anticipamos una conclusión: no queda más que inferir que Guevara tomó estos datos (como muchos otros) en préstamo de alguna obra leída por él en cumplimiento de la encomienda que le diera su superioridad, consistente en proseguir con el trabajo de historiar la presencia y acción de la Orden de Jesús en la Provincia del Paraguay, tarea iniciada por el Padre Lozano.

         Mandato que fue muy mal cumplido por Guevara, a criterio de Félix de Azara quien, al respecto, decía que: "Los Jesuitas conociendo los defectos de la historia de Lozano quisieron hacerla corregir é hicieron este encargo á uno de ellos llamado Guevara, tan pequeño de espíritu como de cuerpo, según me lo han asegurado personas que lo han conocido y tratado (...) Ella -prosigue Azara refiriéndose a la "Historia.." del Padre Guevara- es una copia de la de Lozano; la sola diferencia entre una y otra consiste en que el último parece haberse esmerado en escribir con mayor pureza".34

         En efecto, no favorece a la credibilidad de la versión del Padre Guevara el hecho de que muchos de sus datos acerca de aquellos tiempos -ya lejanos para él-, provinieran de autores que no conocieron el Paraguay (como no lo conoció el mismo Guevara) y que, debido a esto, y a la confusión con que manejaba sus omitidas fuentes, incurriera en varios errores. Revisando algunos de estos, como el ya citado de llamar a un lugar y a un cacique con el mismo nombre (coincidencia altamente improbable pues no se conoce caso en que patronímicos y toponímicos guaraní se superpusieran), además de fechar la fundación de Asunción en el año 1536 y de transcribir equivocadamente el nombre de Juan de Ayolas como Juan de Oyolas, sólo queda inferir que en esas materias sus únicas fuentes debieron ser dos: la crónica de Schmidl y el texto de López de Velasco, pues no pudieron haber tropezado estos dos últimos con Guevara, con dos siglos de distancia entre sí, exactamente con los mismos yerros.

         Fulgencio R. Moreno afirma que "La ciudad (Asunción), primer fruto de aquel pacto, se estableció en los dominios de Caracará, limitado a sur por los de Cupiratí y Abambaré, y hacia el norte por los de Timbuaí, Mayrerú y Moquiracé".35 Según esta curiosa versión, cada zona o barrio asunceno quedaba identificado con el nombre del cacique que lo señoreaba; pero Moreno no declara ninguna fuente que pruebe la existencia de todos esos nombres; y la documentación histórica no favorece su versión, lo que nos permite sospechar que recogió un dato impreciso cuyo origen no desea develar en su obra pero que estamos en condiciones de reconocer: al igual que los demás, Moreno reproduce literalmente la lista de nombres de caciques que se hallan en las crónicas de Alvar Núñez, y también el error de la versión de Juan López de Velasco (que indicamos un poco más adelante), incluso poniéndola entre comillas, aunque sin citarlo.

         Alvar Núñez Cabeza de Vaca, por ejemplo -testigo directo y cronista del momento-, no menciona a ningún cacique Avambaré, sino solamente a los siguientes: Pedro de Mendoza, Juan de Salazar Cupiratí, Francisco Ruiz Mairarú, Lorenzo Moquiracé y Gonzalo Mairarú.36 Otros cronistas de aquella época e historiadores posteriores mencionan diferentes nombres de jefes indígenas (sin cita de fuentes) entre los cuales tampoco figura nuestro Lambaré.

         Efraím Cardozo por ejemplo, basado en Schmidl, se refiere a la breve y fugaz batalla entre Ayolas y los karió, indígenas que "estaban establecidos en las colinas y valles que estaban más allá del cerro de Avambaé, o Lambaré... ".37 De manera que si para Moreno la palabra Lambaré es una pronunciación hispana que deforma "Avambaré", para Cardozo se trata de una voz que deforma "Avambaé" ("patrimonio indígena" o "tierra de los hombres nativos"), suposición también infundada, como veremos más adelante.

         De igual modo, para Fulgencio R. Moreno "Lambaré" es originariamente un nombre de persona, mientras que para el segundo -al igual que lo consigna Schmidl- es de una zona.-38 Otros historiadores también repiten el uso de la palabra Lambaré según cuál haya sido su fuente original. Blas Garay, en su "Compendio Elemental", refiere que Ayolas luchó contra los cacique Lambaré y Ñanduá, pero no indica fuente documental, de lo que se infiere que lo leyó en la obra de un autor anterior.39

         La diferencia entre los historiadores que repiten otras versiones, como Garay y Moreno, y los que investigan por sí mismos en los archivos, como Efraím Cardozo y Julio César Chávez, radica precisamente en que estos segundos dejan los datos indubitados, mientras que los del primer tipo suelen dejar huecos e incertidumbres. Los investigadores especulan raras veces, los otros historiadores lo hacen casi siempre.

         Si se admite que en ese tiempo ningún cronista ni documento consigna la existencia de algún cacique de nombre Lampere, Lambaré, o de sonido similar, cabe suponer que la confusión proviene de una involuntaria supresión de la preposición de; es decir, alguien mencionó al cacique "de Lambaré", un autor recogió la frase sin la preposición y desde aquí el error se propagó con fortuna (como tantas veces sucede), de tal suerte que el nombre del lugar derivó a nombre de persona en forma completamente accidental.

         Entre quienes trabajan en investigación histórica se sabe que no son poco frecuentes estas equivocaciones que, cometidas por un escritor o por un editor, se reproducen después por otros que no se toman la molestia o no poseen los medios para confrontar fuentes distintas.

         Uno de ellos fue el cartógrafo español Juan López de Velasco, cuya "Geografía y Descripción Universal de las Indias" fue editada por primera vez en España en 1574, quien informa a sus lectores europeos que "La ciudad de La Asunción, la primera población y cabeza de esta provincia, está en 25º y 1/2 de altura austral, trescientas leguas de la boca del Río de la Plata, y trescientas leguas de Santa Cruz, y cuatrocientas ochenta á los Charcas, de camino, por donde hasta ahora se ha andado, junto al río Paraguay á la parte del oriente. Fundóla Juan de Salazar, capitán del gobernador Don Pedro de Mendoza, por el año de 36 ó 37 con poder de Juan de Ayolas, que quedó en lugar de Don Pedro de Mendoza, en el sitio y comarca donde agora está, que antiguamente se llamaba "Alambaré", del nombre de un cacique principal de la comarca, que comunmente se llama ahora Paraguay, por el río que pasa por ella; y llamóla del nombre que ahora tiene, por haberse comenzado á fundar el día de la Asunción: tendrá como trescientos vecinos, casi todos encomenderos, y más de dos mil novecientos hijos de españoles y españolas nacidos en la tierra, que se sustentan y viven de los tratos y grangerías, en lo general, de estas provincias referidas, de los cuales casi todos usan los oficios que saben, y así hay en la dicha ciudad oficiales de todas las cosas que son menester en ella".40

         López de Velasco no conocía Paraguay, de modo que repetía información proporcionada por otras personas, obras o documentos, entre ellas, con mayor probabilidad, la de Schmidl, considerando que al momento de editarse la "Geografía" hacía veinte años que este cronista retornó a Europa y la primera edición de sus manuscritos había ya cobrado gran divulgación.

         Del geógrafo Velasco cabe pues decir lo que Polibio afirmaba del historiador Timeo: "No habiendo visitado nunca ninguno de los países que describe, cuantas veces tiene que dar en su obra alguna noción de geografía incurre en falsedad por ignorancia, y si alguna vez atina con la verdad le sucede como al pintor, que para representar animales salvajes copia los domésticos (...) Esto ha sucedido a Timeo, como a cuantos se fían demasiado de los conocimientos que de los libros sacan".41

         En efecto, dejando de lado sus demás errores y confusiones, si se toma el dato dado por el geógrafo López de Velasco acerca de que Asunción fue fundada en la comarca "que antiguamente se llamaba "Alambaré", del nombre de un cacique principal de la comarca, que comunmente se llama ahora Paraguay, por el río que pasa por ella", es forzoso colegir que el supuesto cacique Lambaré debió haber vivido y hecho famoso mucho antes de que llegaran los primeros conquistadores europeos, pues la comarca-como dice el autor- ya se llamaba así al fundarse Asunción. Y todavía más: todo el Paraguay, antes de tomar el nombre del río, se denominaba "Alambaré".

         Si no se admite que todo esto se trata simplemente de un error expandido por la deficiente descripción y mala memoria de Schmidl, de lo dicho, supuesto o interpretado hasta aquí podría inferirse que la zona ocupada y defendida por los karió, a la llegada de los españoles, era denominada por los indígenas con alguna voz que sonaba parecida a Lampere, que es como la oyó y transcribió Ulrico Schmidl, y que los españoles pronunciaron Lambaré.

         Respecto a que el sitio donde se fundó Asunción se denominaba Paraguay, no ha de admitirse duda razonable en esto pues lo afirman todos los cronistas. El nombre del río pasó después a designar a la "comarca" dominada políticamente por el gobierno instalado en Asunción;42 y, si bien los documentos iníciales asuncenos comenzaban situándose en "el puerto" o "la ciudad" de Asunción, "que es en el río del Paraguay, de la Conquista del Río de la Plata", con el tiempo acabaron por llamar Paraguay a toda la provincia. Esta última denominación predominó incluso sobre el de Provincia del Guairá, nombre con el que se propuso llamarnos en la división territorial ordenada por Carlos II en 1617.43

         Con relación a la suposición que hace Efraím Cardozo acerca de que Lambaré provendría de avambaé, cabe consignar que este concepto es de origen posterior a esa época. Como en la cultura sedentaria guaraní no se hacían diferenciaciones de propiedad inmobiliaria ni territorial, un término como avambaé no cabía en su vocabulario pues carecía de función. Avambaé es como a partir del siglo siguiente los jesuitas denominaron a las tierras que ponían en posesión de los indígenas para el sustento familiar (lo demás era el Tupambaé).

         Se ensayaron, asimismo, otras interpretaciones de lo que podría haber significado "Lambaré" o de cuál otro vocablo guaraní pudo haber derivado, alguna muy pintoresca, como la que se lee en una revista cultural: "El chasque -o chasqui- es una voz indígena quechua que significa mensajero (…) Los indígenas que habitaban el Paraguay ya tenían sus chasques, a quienes llamaban de "mbaré ". El Cacique Guarambaré y el Cacique Lambaré, han sido dos de los más célebres chasques del Paraguay antiguo".44 Notable fantasía e increíble falta de proporción la del autor de esta imaginativa versión. ¿Puede uno imaginar a dos altivos caciques oficiando de simples mensajeros, corriendo solitariamente por bosques y praderas, noche y día, a merced de enemigos y fieras, para realizar una tarea de índole subalterna?

         Nótese también que la palabra mbaré no figura en ningún diccionario respetable con la acepción que allí se le da. Por lo demás, si esta palabra hubiera existido en guaraní para designar al mensajero o chasque, es razonable inferir que en nuestro país no hubiera predominado la voz quechua sino la nativa.

         Otra aproximación fonética a la palabra Lambaré pretendió hallarse en la voz mboré o emboré, que según González Torres es una leyenda recogida por Moisés S. Bertoni, que relata que cuando los jesuitas fueron expulsados de los dominios de Carlos III, como que en el Paraguay poseían grandes riquezas y las ocultaron en unas cuevas o túneles subterráneos, estas quedaron custodiadas por espíritus malos o monstruos. En una versión parecida se habla de que en una casa de piedra blanca, sin puertas ni ventanas, situada en una lomada y protegida por un tupido monte, están depositados los tesoros jesuíticos, al cuidado de un cacique inmortal: Mbororé.45 Como se ve, la leyenda es muy posterior a los hechos iníciales de la Conquista y ninguna relación guarda con ellos, salvo una ligera similitud en la fonética.

         Por último, la versión a nuestro criterio mejor fundada es la que sostiene Barteomeu Meliá, a su vez basado en León Cadogan, para quienes la raíz de la palabra Lambaré es ambá, que significaba hábitat, morada o lugar de residencia, es decir, algo más pequeño o personal que un poblado o aldea.46 Considerando que en guaraní el sufijo re indica tiempo pasado, mientras que la ele habría surgido del artículo "el" con el que se castellanizó la voz, se concluye que El ambá re aludiría pues a un lugar que alguna vez fue hábitat reducido o morada pequeña y provisoria, posibilidad -esta sí- perfectamente plausible.

         Definitivamente, si al tiempo de la Conquista hubiera existido algún tey'i o poblado indígena permanente aledaño a la actual Asunción, que haya sido denominado "Ambaré" (o parecido), hubiera dado lugar a una fundación con el mismo nombre, como sucedió con Areguá, Ypané, Tobatí, Itá, Yaguarón, Villeta del Guarnipitán (guaraní-pytá). Sin embargo, no requería de un tey'i para que la denominación del lugar igualmente persistiera, tal corno ocurrió con sitios inhabitados como Arecutacuá, Tacumbú o Itá Pytá Punta, por ejemplo, que conservan su toponímico original en la actualidad.

 

 

         6. EL MITO DEL CACIQUE LAMBARÉ. UN DOCUMENTO APÓCRIFO. HÉROES OLVIDADOS

 

         En la franca y saludable empresa de comprendernos mejor es preciso recuperar el sentido griego clásico del término mitos, confrontado con logos, es decir, lo imaginario frente a lo real, lo que no es susceptible de manipulación intelectual frente a lo racionalmente demostrable, una clásica antítesis de la cultura occidental asumida por la Teología cristiana para vencer los obstáculos que le opone la Lógica.47

         El mito está indisolublemente ligado a lo primitivo, a lo predominantemente irracional, a los estilos y doctrinas románticas, a lo pueril, entendido esto no peyorativamente sino como propio de los niños, para cuya educación es su herramienta preferida. No es extraño pues que los autores valoren al mito según sus funciones, por ejemplo cuando sustituye a la explicación científica, cuando calma las ansiedades de la imaginación hambrienta de prodigios o la reencamina siquiera provisoriamente en medio de la desorientación intelectual. Y -quizás lo principal- porque provee de respuestas sencillas. En tanto que el mito se genera en el ámbito de las representaciones mentales, es común hallarlo en las culturas primitivas así como a los símbolos en general. En que son necesarios es algo, en efecto, acerca de lo cual los antropólogos y filósofos van de consuno.

         Deberíamos considerar, sin embargo, que mientras los símbolos son parte inalienable de la cultura humana, sea primitiva o de vanguardia, los mitos son más característicos de la primera. A medida que la inteligencia avanza y supera etapas, los mitos van perdiendo utilidad, porque en el proceso de elevación en espiral de la historia, hay épocas en las que la racionalidad entra en eclipse, se apaga su luminosidad y durante algún tiempo parecemos movernos en la penumbra esotérica o romántica, donde reverdecen o nacen nuevos mitos, prosperan la superstición y las religiones, y, en general, en su fase más fundamentalista, aplastan arrolladoramente cualquier intento del lagos por volver a emerger.

         Como todos los héroes míticos, se desconoce el origen primero del mito del cacique Lambaré. ¿Fue gestado por la fantasía del poeta popular y anónimo? ¿Fue el prosaico producto del error de un autor y de la negligencia de muchos otros? Fundado en el cuidadoso examen de las fuentes, anticipo la conclusión de que hay que responder afirmativamente a esta segunda interrogante.

         Pero, ¿por qué el mito del Cacique Lambaré se instala, se acomoda y persiste en el imaginario social paraguayo? No es un héroe epónimo, al estilo como los que los antiguos inventaban para fundar sus tribus y fratrías, sino a la inversa, el nombre que le atribuyen procede del lugar donde supuestamente vivió.

         Toda creencia requiere "una comunidad de creyentes", al bien decir de J. J. Sebreli, cuando escribe sobre Carlos Gardel, Eva Perón, Ernesto Guevara y Maradona.48 Pero estos son seres de carne y hueso convertidos en bronce y mármol por una cultura hambrienta de héroes (en una época muy privada de ellos), mientras que el Cacique Lambaré es completamente imaginario,49 aunque el escenario del que se le rodea fue real. Pertenece pues a la clase de los Jasón, Ulises, Orestes, Rómulo, Guillermo Tell, Robin Hood, Roland y otros, aunque sin la dimensión universal que ganaron estos, gracias a la literatura y otras artes.

         Si bien la primera función del mito es explicar, sustituyendo la certeza por la fantasía o el dato por la interpretación, y también simbolizar identidades, fortalecer sentimientos de pertenencia o alimentar el folklore, en muchos casos adquiere valores más pragmáticos, como servir a la cohesión política o religiosa. El mito se torna utilitario cuando entra a sostener banderas nacionalistas, partidos, cultos, estandartes y reivindicaciones de cualquier signo y temperamento, buenos, malos, justos o arbitrarios, tradicionales, innovadores, retrógrados o revolucionarios.

         El mito del cacique Lambaré, nacido de una simple equivocación (posiblemente un error de imprenta), del tratamiento displicente de los textos y la ignorancia de hechos a los que seguramente no se les concedía importancia, pasó a adquirir valor ideológico utilitario desde el momento en que el nacionalismo de signo latinoamericano descubrió la veta del indigenismo. Todos se pusieron a buscar un héroe indígena del carisma de Lautaro, Caupolicán, los Túpac Amaru o Atahualpa el guerrillero. Y los que no lo encontraron en los registros históricos, los inventaron.

         Pero al mito del cacique Lambaré le faltaba la historia mítica, por lo que alguien se tomó a cargo la tarea de imaginarla, aunque despreciando la información histórica, careciendo del talento o descuidando la habilidad necesaria para hacerla creíble. El intento hasta ahora más audaz quedó perpetrado a través de un escrito que supuestamente trascribe un acta de escribanía del año 1541, labrada en Asunción, bajo el gobierno de Domingo Martínez de Irala y en ocasión de haberse descubierto la conspiración indígena de la Semana Santa de aquel año.

         Aparece en este texto un heroico cacique conspirador, cargado de abalorios y chafalonía romántica, ingenuamente travestido con esa heroicidad guerrera que se considera indispensable para lograr ser inscripto en el martirologio nacional. Antes de ser sentenciado a muerte, el personaje pronuncia en guaraní un discurso reivindicatorio indigenista, pletórico de términos, giros y énfasis de gran actualidad, cuidadosamente traducido y redactado, párrafo por párrafo, por un también fantástico escribano desconocedor de la lengua que traducía -el guaraní-, la cual, para más padecimientos, carecía de grafía.

         No tenemos prueba de quién fue el autor de este documento apócrifo, pero aparece en la obra "Protagonismo Histórico del Idioma Guaraní" de Roberto Romero," en un capítulo titulado "De Cómo Murió el Cacique Lambaré". Al final del mismo se cita como fuente original al Archivo de Simancas, del cual el acta fue extraída (sic) en 1940, pero que obra en los folios personales del doctor Gustavo González, según asegura la nota.

         De esta suerte -supuso el ingenioso autor-, quien quisiera constatar la autenticidad del documento tendría que dirigirse a España y realizar los trámites necesarios para acceder a la fuente, si todavía existe algo luego de la extracción, o bien intentar acceder al archivo de una persona fallecida y hallar algo que, de obrar efectivamente allí, habría sido depositado en ese reservorio al menos hace sesenta años.

         Pero realizar estos grandes e inciertos trabajos no es necesario, felizmente, como se podrá comprobar a continuación de la lectura del material apócrifo, el cual pasamos seguidamente a transcribir: 51

        

         Conminado a prestar el Requerimiento a juramento de fidelidad al Señor Rey Carlos V, Lambaré, altivo jefe de los carios, se negó a ello, diciendo según la tradición: "Na ñesu va'erai yvypóra renondepe. Che jara Tupâ ñoite". (No me arrodillaré ante un mortal. ¡Yo no reconozco otro señor más que: Tupâ!). Durante el primer gobierno de Domingo Martínez de Irala, el cacique Lambaré dirigió una gran conspiración contra los españoles, juntamente con los caciques Paraguá y Guarambaré. La sublevación fue dominada y los referidos Mburuvichá o jefes guaraníes fueron condenados a morir en la horca, según el siguiente proceso: "El presente gobierno de acuerdo con el Señor Gobernador de esta Provincia, en el proceso incoado a los Mburuvichá: Lambaré, Paraguá y Guarambaré, por insurrección en la persona de Su Majestad Católica don Carlos V, y vista la necesidad de preservar la tranquilidad de esta Provincia, hace saber a todos los moradores de esta tierra del Cacique Paraguay, que en la Santa Semana de este año de 1541, serán ajusticiados los Caciques: Paraguá, Lambaré y Guarambaré, los que dicen no conocer más Señor para ellos que un tal Tupá, y en vista de ello levantándose contra este mismo Gobierno, y en el proceso de que parte tomaron, dijeron: heí vaecué Tamandaré pejutahá ñane pojocuá hetá ára pytaguá cuera, upévare tecotevé pejejucá. Lo que quiere decir en Cairo-Guaraní; Dijo Tamandaré que iban a venir unos extranjeros a ponerles en cadenas, por lo que era necesario el levantamiento. Considerado la tranquilidad de esta bahía del Mburuvichá Paraguay, y por orden del señor Gobernador de ella han de ser así ajusticiados. Ellos mismos dijeron: Mbaéicha rupí oúta pytaguá cuera omboaparypy tetá guaraníme, oicuaá yre iñeé ha imbaembyasy. Cova co tetá, Cacique Paraguay mbaé, ndo hejá moái hetá tetá ambué oú pytú pá isasó, upevare tecotevé oicuaá magma pytaguá cuera, mbaéicha Carió-Guanraní ha Paraguay ray omanó ha oporojucá Tupá rérape, aní jaguá avavé oñoty ipy ha hi anga yparagua-y ykere ha Paraguá yvypy. Esto es: cómo van a venir los extranjeros a esclavizar a la tierra guaraní, sin conocer su lengua y sus sentimientos. Esta patria, que pertenece al indiano Paraguá no va a permitir que se les ahogue la libertad, y que han de morir en bien de comunidad, etc., etc. Ellos mismos dijeron: Jaicó vaecué jetá árape, ñande sasó poyvy vype, ha coanga peê pejuta pytaguá cuera pe mondojo ñande sasó ome'e vaecué oréve hetá ara pahá rire Mburuvichá Paraguay tayraré, ha upéva ñaipysyróne ñamano pevé, aní peicha peichante oú pytaguá cuera oikyty kysé ipucuvape ñane sasó. Heta árapema peé pytagua cuera peñomi guaraní ha carió ray cuera ruvyrejevé. Esto es: Hace tiempo que vivimos bajo el manto de nuestra libertad para que ahora vengan ustedes a ponerla presa y que han pasado muchos años desde que el Cacique Paraguay y sus hijos le dieron libertad de otras razas, y que también nosotros comerciamos con la sangre de ellos, lo que es una intriga manifiesta en la persona de Su Majestad Católica y la del señor Gobernador de estas Provincias.

         En auto de rigor de la presente y dicho y confesado, el Gobernador y Señor de esta Provincia, Capitán y Lugarteniente Domingo Martínez de Irala, en consejo de todos los presentes, ordena se cumpla la ejecución de los Caciques: Paraguá, Guarambaré y Lambaré, al primer lunes de esta misma pascua de en el frente de la Iglesia Catedral se esta Provincia, porque han intrigado en la persona de Su Majestad Católica y en la del Señor Gobernador de esta Provincia; utilizando el engañoso lenguaje de sus abuelos, que así lo usan para defenderse de la autoridad de esta Provincia, y envenenando el alma de nuestros hijos, que olvidando la lengua de Castilla, solamente en guaraní ya quieren hablar; así con lengua de asesinos, y dado el cúmplase en los puertos, de Paraguay, de la Provincia de su Majestad Católica del mismo nombre, así lo firmo, en nombre del Señor Gobernador.

FDO. Leonardo García H.

ESCRIBANO DEL SEÑOR GOBERNADOR

 

El presente documento fue extraído del Archivo de Simancas España, en el año 1940. Vol. 1024, Sección Historia, Legajo Paraguay, folio 122 y vta.

Perteneció al Archivo particular del Prof. Dr. Gustavo González.

 

         Del somero examen de este material se desprenden, cuando menos, las siguientes falencias:

 

         ERRORES EN LA CITA DE FUENTES

 

         El Archivo de Simancas, como sabe cualquiera que haya hecho investigaciones históricas de la época colonial, no contiene documentación relativa a América; esta se concentra en el Archivo de Indias, en Sevilla. Además, Simancas no divide su acervo en "Secciones" y, por supuesto, no tiene un "Legajo Paraguay".

         El archivo de materiales históricos del doctor Gustavo González -que fue legado al Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos y aún obra allí- no contaba con copias de actas coloniales ni originales o copias de tipo similar.

 

         ERRORES FORMALES Y DE CONTENIDO

 

         Títulos, cargos, denominaciones y otros detalles: en referencia al funcionario a quien se atribuye la supuesta acta, es notorio el desconocimiento de las denominaciones utilizadas, pues los escribanos no firmaban "El Escribano del Señor Gobernador" sino "Escribano de S.M.", o "de Su Majestad". Posteriormente suscribían bajo el título de "Escribano de Gobernación" o "Escribano Público y del Cabildo"; o simplemente "Escribano Público".

         Ningún funcionario escribano de nombre Leonardo García H. aparece en las actas y citas de la época. Los primeros escribanos en el Río de la Plata y Paraguay fueron sucesivamente Pedro Hernández (1536), Melchor Ramírez (1538), Juan Valdez de Palenzuela (1539), Diego de Olabarrieta (1540), Juan de Valderas (1541), Pedro Fernández (1542), Martín de Orué (1543), Bartolomé González (1544); no continúo la lista por ser irrelevantes a nuestros propósitos los nombres de los años posteriores; mas cualquiera podría proseguirla recurriendo al Archivo Nacional de Asunción.

         En 1541 Domingo Martínez de Irala no era llamado "gobernador". Tampoco recibía el título de "Señor de estas tierras" que, si se hubiera empleado, correspondería al emperador y a ningún otro.

         Las actas notariales y otros documentos oficiales no se referían al monarca español como "Carlos V" sino como "el Emperador". Recuérdese que Carlos era "V" en el Sacro Imperio Romano Germánico, pero "Carlos I" en España.

         El remate "... dado el cúmplase en los puertos, de Paraguay, de la Provincia de su Majestad Católica del mismo nombre, así lo firmo, en nombre del Señor Gobernador" no guarda ningún parecido con los que empleaban los escribanos de la época. En el inicio de sus actas se establecía lugar y fecha. Aquella era siempre "el puerto" o "la ciudad" de Asunción (jamás "los puertos", porque había uno solo). La fórmula más empleada era "en la ciudad de la Asunción, que es en el río del Paraguay, de la Conquista del Río de la Plata", pues todavía no se hablaba de provincia, y mucho menos, de "Provincia de su Majestad Católica". Por último, en 1541 todavía no se empleaba la palabra Paraguay para designar al territorio sino solamente al río.

         Los nombres Paraguá, Lambaré y Guarambaré atribuidos a los caciques ejecutados no tienen base en ningún documento ni crónica de la época. Como viéramos, Lambaré era denominación toponímica, Guarambaré lo era de un pueblo guaraní originario de la zona comprendida entre los ríos Manduvirá e Ypané, mientras que Paraguá no es más que una abreviatura de Paraguay. Ninguna crónica de la época consigna un solo caso en que un indígena guaraní llevara el nombre de un sitio o accidente geográfico.

         Trasliteración y anacronismos: La grafía guaraní que utilizaba el supuesto escribano es la que los lingüistas consideran guaraní moderno. En algunos casos emplea soluciones que fueron introducidas hace unos pocos años por la llamada escuela de grafía "científica" (V. Gr., el sonido de la i griega se representa con la jota). El acento circunflejo, no utilizado en castellano, mal podría emplearlo un escribano en palabras traducidas del guaraní.

         El término "cacique" -palabra de origen quechua- no era conocida entonces por los españoles. A los jefes indígenas los llamaban "principales"; al cacique se referían como "indio principal". Tampoco existe información fidedigna que certifique que los españoles comprendieran ni utilizaran entonces el término "mburuvichá".

         En cuanto a la frase "en la Semana Santa de este año de 1541 serán ajusticiados los caciques...", en ella se incurre en anacronía. La conspiración fue descubierta el Jueves Santo de ese año. Si la pena aplicada a los jefes confabulados fue ejecutada de inmediato, como se acostumbraba y es norma hasta ahora, tuvo que cumplirse el Sábado de Pasión, a más tardar. Lo normal habría sido que el escribano consignara la fecha, la hora y el lugar con la máxima precisión. La mención que se hace posteriormente de "el primer lunes de esta pascua" resulta descolocada después de lo anterior; contando además el error evidente de que la Pascua (debió estar con mayúscula) tiene un solo lunes y no varios.

         Otra anacronía se comete en el párrafo que dice "... envenenando el alma de nuestros hijos, que olvidando la lengua de Castilla, solamente en guaraní ya quieren hablar, así con lengua de asesinos... ". En 1541 los hijos mestizos de los españoles tendrían a lo sumo tres años de edad, de modo que la supuesta queja resulta sumamente forzada, tan forzada como el resto del colofón.

         No era costumbre de los escribanos transcribir declaraciones o descripciones en dos lenguas. Estos funcionarios no comprendían el guaraní y, en esa época, nadie estaba en condiciones de escribirlo; ni siquiera había intérpretes indígenas capaces de pasar de una lengua a otra con tanta soltura. Si entonces hubiera habido alguien con esa habilidad, existirían otros documentos que lo demostrarían. Según refiere Bartomeu Meliá, el primer documento en lengua guaraní fue redactado recién en el siglo XVII.52

         El requerimiento mencionado al principio de la supuesta acta habitualmente se formulaba en el primer encuentro con un jefe o un grupo de indígenas. Era la condición formal establecida para presidir toda acción posterior, sea violenta o pacífica, destinada a tomar posesión del suelo y declarar a los nativos vasallos de Su Majestad. No se formularía un requerimiento a jefes con los cuales se estaba en convivencia desde bastante tiempo; además, no se podía juzgar por rebelión a quienes no fueron previamente declarados vasallos.

         Finalmente cabe considerar un hecho evidente: si alguna vez se hubiera expresado una declaración tan insolente y subversiva, expresada en términos políticos tan actuales, como sin duda es lo que contiene el acta supuestamente trascripta, se trataría de un hecho extraordinario que hubiera sido recordado y mencionado con asiduidad posteriormente. Sin duda habría sido nada menos que la primigenia Declaración de Libertad americana.

         Hasta ahora en el Paraguay los héroes de la época colonial son de dos clases: los de la religión católica y los de la política. Roque González de Santa Cruz y José de Antequera son sus prototipos; pero ambos fueron seres de carne y hueso, sólo tuvieron que mitificarse o exaltarse algunas circunstancias que les rodeaban. La elevación a los altares de González de Santa Cruz culminó décadas de esfuerzos para enaltecerlo; su nombre ya está en el santoral pero también en la denominación de una localidad, en rutas, calles, plazas y monumentos. Paradójicamente, para poner su nombre en un sitio, hubo que desechar el toponímico histórico de Tabapy, precisamente donde acabaran tan violentamente los sueños de aquellos Comuneros paraguayos inspirados por José de Antequera.

         En una cultura secularmente autoritaria, tradicionalista y católica, pues, la heroicidad religiosa parece prevalecer frente a la heroicidad cívica. Y no se toma en consideración que González de Santa Cruz murió mientras intentaba bautizar a los indígenas en la fe cristiana y con ello provocar la consecuencia esperada: convertirlos en vasallos de Su Majestad hispana, con el efecto accesorio en aquel momento inherente e inevitable: ser reducidos.

         Soy consciente del peligro que lleva implícito el intento de desmantelamiento de una imagen instalada en el imaginario colectivo, aunque se lo procure en beneficio de la certeza científica y en contra de la falsedad histórica, que son finalidades nobles por sí mismas. Pero la desmitificación supone minar la tranquilidad de mentes sencillas, ingenuas, acríticas, que confían en tener las respuestas correctas y definitivas.

         No estoy persuadido de que la figura del inexistente cacique Lambaré preste efectivamente al nacionalismo local, al indigenismo o a cualquier otra ideología que se sirva de este u otros mitos, alguna utilidad que no pueda ser proveída por la ciencia de la Historia rigurosamente cultivada. Si se puede escoger entre contar con personas reales y relatar hechos verídicos o tener que inventarlos, siempre será preferible lo primero, excepto para el artista.

         Si en vez de Lambaré la mitología indígeno-nacionalista hubiera elegido a los caciques, líderes y generales Tabaré, Guazaní o Macaria, hubiera contado con tres héroes reales, adornados de las prendas que se requieren para tal rol histórico. Y hasta podría sumarse al cacique Aracaré, víctima propiciatoria de la gran rebelión que se resume seguidamente.

         Estos líderes karió-guaraní -como recuerdan muy bien quienes leyeron los relatos de nuestro pasado colonial- fueron quienes en el año 1541 coaligaron a varios miles de indígenas y conformaron dos poderosos ejércitos para enfrentar a los conquistadores afincados en Asunción, lo que se concretó en dos campañas militares.

         Esta breve historia comenzó cuando Alvar Núñez, en los últimos meses del año 1542, decidió escarmentar a los guaicurú chaqueños y al mismo tiempo identificar un buen camino hacia el Perú. En el viaje, Aracaré, el cacique de los indígenas guaraní llamados ackeres (yacarés) por Schmidl, encargado de guiar a los exploradores, fue acusado por estos de traición, informándose al Adelantado que Aracaré iba por el camino encendiendo fogatas para alertar a los indígenas de la presencia de los conquistadores,53 además de predicarles que "los christianos eran malos, y otras palabras muy malas y ásperas".54

         Además de estos cargos, el Adelantado acusó a Aracaré de posteriormente estorbar y combatir a los caciques guaraní aliados de los españoles, a saber: Juan de Salazar Cupiraty, Lorenzo Moquiracé, Timbuaí, Gonzalo Mayrarú y otros,55 por todo lo cual Alvar Núñez envió una orden a Irala, que retornaba del viaje que estaba haciendo hacia el norte por el río Paraguay, para que hallara y ejecutara a Aracaré, orden que Irala cumplió, posiblemente en tierras de la margen izquierda, entre los ríos Jejuí e Ypané.

         Fue una mala decisión del Adelantado y un problema creado para Irala, pues Aracaré tenía un hermano cacique en otra comunidad, Tabaré, quien organizó la coalición contra los conquistadores, desafiándoles. Lo atacaron trescientos españoles y mil indígenas, al mando de Alonso Riquelme. La batalla duró tres días, empeñada con furia sin par; los indígenas aliados de los conquistadores, enemigos jurados de los karió de Tabaré, aniquilaban todo lo que se les ponía al alcance de sus mazos y macanas, sin parar mientes en mujeres y niños. "Esta victoria dio Dios a los nuestros el año 1541 a 24 de julio, víspera del apóstol Santiago", confirma Ruidíaz de Guzmán.56

         Si seguimos la información de Schmidl, en la batalla murieron tres mil combatientes rebeldes luchando frente a un ejército compuesto por cuatrocientos españoles y dos mil indígenas.

         Pero después de la deposición de Alvar Núñez por Irala y sus seguidores, Asunción fue escenario de riñas y disputas entre los partidarios de uno y otro, lo cual envalentó nuevamente a los karió, que vieron la oportunidad para sacudirse a los conquistadores de encima. Esta vez fue el cacique Macaria quien organizó una fuerza que, según Schmidl, se conformó con unos quince mil combatientes,57 a los cuales Irala enfrentó con trescientos cincuenta españoles y mil indígenas japerú aliados, enemigos de los karió, derrotando a Macaria, obligándole a replegarse a otra fortaleza que el cronista bávaro identifica como Froemidiere, adonde las fuerzas de Irala, atacando a la madrugada, entraron "con mucha gente.. y matamos a muchos, sin perdonar la vida de los hombres ni de las mujeres y niños".58

         Sin embargo, Macaria volvió a huir con algún remanente y se refugió cien kilómetros más al norte, en un lugar denominado Caraybá, donde se fortificaron, pero fueron traicionados por un delator. El ejército conquistador, esta vez reforzado con doscientos hombres venidos de Asunción e indígenas batatheis (en la fonética de Schmidl), sortearon sus trampas y obstáculos, los pusieron rápidamente en fuga y los forzaron a replegarse cien kilómetros más al norte, en Hieruquizaba (fonética de Schmidl), donde gobernaba Tabaré. Como esta plaza militar era más difícil, Irala optó por retornar a Asunción a preparar una ofensiva de envergadura superior.

         En dos semanas Irala reunió nueve bergantines, doscientas canoas y mil indios japerú, además del cacique delator que facilitó la victoria de Caraybá y que esta vez aportaba mil indios karió para luchar contra los suyos aunque aliados a los conquistadores. Hieruquizaba quedaba a cuarenta y seis leguas de Asunción, en dirección noreste, lo que hacen unos 250 kilómetros. El campamento de Tabaré se situaba en la margen derecha del río Jejuí, aproximadamente en el límite actual entre los Departamentos de San Pedro y Canindeyú.

         Nuevamente la táctica de tomar prisioneros a las mujeres y a los niños y amenazar con su matanza decidió la batalla y obligó finalmente a los indígenas a rendirse y Jurar sumisión. "Nuestro capitán general (Irala) se lo otorgó -dice Schmidl- y los acogió en paz (...) La guerra contra ellos duró un año y medio, hasta 1546".59

         Las batallas contra los karió levantados frente al poder del conquistador constituyen anécdotas suficientes para desacreditar el mito del guaraní mansamente avasallado a cambio de espejitos, anzuelos, cuñas y bolitas de cristal. Como asimismo, sirve para refutar el mito contrario, el que sirve a los apologéticos del indigenismo, aferrados a la versión de que los naturales lucharon fieramente por su libertad siendo vencidos solamente por la superioridad armamentista. En realidad, el arma más letal que los derrotó fueron sus disensiones internas y el odio ancestral que cultivaban entre si esos pueblos rivalizados por siglos de afrentas, traiciones y crueldades recíprocas.

         El sentimiento que movía a los indígenas rebeldes no se manifestaba con caracteres de defensa de una nacionalidad, idea inexistente en su universo cultural, sino por el predominio sobre cierto espacio físico y sobre pueblos aledaños, siempre susceptibles de ser esclavizados tan pronto como su debilidad lo permitiera. De ahí que en las guerras entre ellos no era raro que exterminaran a las mujeres y niños de los vencidos, ya que de ese modo aseguraban el súbito decrecimiento demográfico y la debilidad permanente de sus enemigos.60

         De estos relatos, siguiendo puntillosamente el espíritu de sus cronistas, resulta inevitable inferir que en el sitio denominado Lambaré no hubo ningún cacique con ese nombre. Y lo afirmo no solamente afincado en el argumento ya expresado de que los jefes indígenas no llevaban el mismo nombre que los lugares donde dominaban, sino por algo más: si el jefe indígena que regía la zona donde desembarcaron Ayolas y su hueste hubiera hecho algo memorable se lo hubiera nombrado, como se hizo con todos estos protagonistas de sucesos reales.

         Es demasiado relevante el hecho de que nadie se haya acordado del nombre del jefe indígena que dominaba en la zona posteriormente conocida como Lambaré, que ningún protagonista haya considerado importante asentarlo en sus crónicas, relatos o informes. Los caciques que se rebelaron contra el dominio español, sea cuales haya sido sus motivaciones reales, dejaron sus nombres impresos en las crónicas de Schmidl, Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Ruidíaz de Guzmán, tanto como en memorias, relaciones e informes de los que vivieron los años iníciales de la Conquista.        

         Desde 1539 hubo innumerables levantamientos y revueltas contra los españoles, a causa de los cuales muchos caciques acabaron atormentados, descuartizados o ahorcados. De algunos nombres se guardó memoria escrita, seguramente por su notable liderazgo, su talento militar o su porfía, como es el caso de Aracaré, Macaria, Guazaní y Tabaré. De otros, por liderar pueblos muy numerosos o ser cooperativos y amistosos, como Abapajé, Yárnandú y muchos Más.61 Abacoten, Tabor, Alabos son algunos nombres de caciques agaces que recuerda Alvar Núñez, además de los cuatro karió mencionados más arriba. Mientras que Schmidl menciona a Aracaré, Macaria, Tabaré, Iñis, Sueblaba, Zaique Limy y Zeherá Guasú.

         Es preciso concluir, abrumado por estas pruebas, que el tal cacique Lambaré no aparece en ninguna crónica, cuando forzosamente debiera suceder así, si es que la acción guerrera de tanta magnitud que se le atribuye hubiera ocurrido realmente. Los trescientos sesenta europeos que venían en la expedición de Juan de Ayolas fueron actores y testigos de los hechos que precedieron y siguieron al desembarco en Lambaré, mas ninguno de ellos oyó ni recuerda en sus memorias un cacique con ese nombre. Ni siquiera alguno con otro nombre parecido.

         En la investigación histórica de la realidad, como se advierte en este caso, el silencio de los documentos puede ser tan elocuente como mil discursos.

 

 

NOTAS

 

9.      Cf. Ruidíaz de Guzmán; Op. cit.; pág. 40.

10.    La reproducción del dibujo obra en algunas versiones y en otras no. Se la halla en la versión de Editorial Napa (Lámina XXIX); pág. 129; en "Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata y el Paraguay", de Julio César Chávez; pág. 123; o en V. Pistilli; Op. cit.; pág. 270. El dibujo fue hecho en Alemania; es casi seguro que lo hiciera un dibujante a pedido del cronista.

11.    Schmidl, particularmente, enriquecía sus relatos con animales, sucesos y objetos fantásticos destinados a realzar su heroísmo o el atractivo que lo exótico despertaría en sus lectores europeos, lo cual era un recurso común a los cronistas viajeros de la época, y aún lo utilizaban algunos jesuitas en el siglo XVIII..

12.    "Derrotero y Viaje..."; pág. 62. La negrita es nuestra.

13.    Sobre el error de utilizar el término "ciudad" para referirse a fuertes y pueblos léase J. C. Chávez, Op. cit., págs. 90, 92.

14.    "Derrotero y Viaje…"; pág. 58.

15.    Lámina XXIX; pág. 129 en la edición de Napa.

16.    Cf. Op. cit.; pág. 46.

17.    La Frontera se denominó después "Dos Bocas", llamado así por tratarse de un lance de ribera intermedio entre dos desembocaduras del río Pilcomayo, que es precisamente donde los mapas antiguos muestran situado aquel paraje. La desembocadura ubicada más al norte coincide con la actual línea de ribera lambareña, la que está más al sur con la línea de Villa Elisa.

18.    Primeros, de sur a norte, los agaces (desde el Bermejo hasta el Pilcomayo), luego los guaicurú (desde el Pilcomayo) y a continuación de estos, hacia al norte, los pajaguá.

19.    Cf. Op. cit.; Tomo I; pág. 23.

20.    En la versión Lafone Quevedo-De Angelis se dice "Hácese un castillo en Lambaré... " en el título del Cap. XXII, pero en el texto se habla de "una gran casa de piedra, tierra y madera". Cf. Op. cit., pág. 285.

21.    En la altura donde actualmente hay una plaza (sitio del ex Estadio Comuneros) entre los palacios de gobierno y legislativo. Coinciden M. Domínguez, Cf. Op. cit., pág. 130; C. Zubizarreta, Cf. Op. cit., pág. 130; E. Gill, Cf. Op. cit., pág. 79; F. R. Moreno, Cf. Op. cit., pág. 10; y otros.

22.    Cf. J. C. Chávez; Op. cit.; págs. 117, 124 y 125.

23.    Nótese que el cronista bávaro siempre hablaba en primera persona del plural aún cuando él no interviniera personalmente en los hechos relatados; como cuando cuenta que "Ahí dimos muerte a los hombres, mujeres y niños. Es que los Carios son un pueblo tal que cuantos ven o encuentran frente a ellos en la guerra, deben morir todos; ellos no tienen compasión de ningún ser humano" (Cf. Napa; pág. 67). Schmidl no participó de la matanza de los Agaces ejecutada por los Karió pero se incluye en el sujeto de la frase siguiendo su estilo de relatar.

24.    En "El Fundador...", págs. 27 y sgtes. puede leerse con más detalle que en su declaración, formulada en España, Salazar se ufana en solitario de la construcción. En la obra de Julio César Chávez (pág. 117) se citan algunos nombres de los acompañantes de Salazar y Mendoza en el acto de recepción del edificio.

25.    Cf. Op. cit.; pág. 200.

26.    Cf. J. C. Chávez; Op. cit.; pág. 125.

27.    Declaración... Cf. Colección Garay.

28.    Cf. Op. cit.; pág. 40.

29.    Cf. F.R. Moreno; Op. cit.; pág. 162.

30.    Cf. Decreto del 7 de octubre de 1848. Sobre el asunto de que los tey-í y tavas guaraní eran equivalentes a los que entre sedentarios se llaman pueblos, habría que debatir. Lo que Irala y otros fundadores posteriores trataban de hacer al "fundar", era impedir que los indígenas volvieran a mudarse a otro sitio.

31.    Cf. "Mensajes"; pág. 120. El destaque es nuestro.

32.    Más informaciones sobre este templo pueden hallarse en las obras citadas de Margarita Durán y de Luis Verón.

33.    El Padre Guevara habría terminado este manuscrito hacia 1766. Los historiadores sistemáticos de la obra de la Compañía de Jesús en el Paraguay fueron tres: el padre Charlevoix, que en veintidós libros, publicados en 1756, se ocupa de todo el periodo jesuítico en esta provincia, es decir, desde 1586 hasta 1747. A su obra le complementan los cuatro libros del padre Muriel, cubriendo el período de 1747 a 1766, cuya primera versión se publicó en latín, en 1799. Cierran el ciclo los tres libros del padre Pablo Hernández, narrando los sucesos acaecidos desde 1766 (Breve de Extinción de Clemente XIV) hasta 1830 (fallecimiento del último padre jesuita expulsado).

34.    En la introducción a su "Viaje por América Meridional".

35.    "La Ciudad de Asunción"; Cap. II.

36.    "Naufragios y Comentarios"; Cap. XX.

37.    "El Paraguay de la Conquista"; Cap. "La Conquista".

38.    Considérese que en lengua guaraní no se emplea la letra ele. Se verá enseguida su posible origen.

39.    Cf. Op. cit.; pág. 18. Posiblemente, como los otros, sigue a Guevara.

40.    Cf. Op. Cit.; pág. 556.

41.    Cf. Op. cit. Tomo II; pág. 421.

42.    Como ocurrió en Uruguay y en otros sitios de América. En Europa era común tomar de referencia un río, aunque con un aditamento, como Miranda de Ebro, Stratford-upon-Avon, Ivry sur Seine, Dona di Piave y otros.

43.    La primera vez que en un documento oficial se utilizó el nombre "Paraguay" para designar al territorio gobernado desde Asunción fue en el del nombramiento de Diego Centeno como gobernador, por el Presidente de la Audiencia de Charcas, Pedro La Gasca, en 1548.

44.    Revista "El Chasque. Comunicación y Cultura en el Amambay" Publicado por el "Centro de Estudios Históricos y Culturales del Nordeste Paraguayo" (CENPA).

45.    Cf. Op. cit.; pág. 256.

46.    Aún significa esto hoy, entre los mbyá, como por ejemplo en Karaí ambá o morada del dios de Oriente.

47.    Aunque no debemos desconocer su otro sentido, el más común, el sentido que le da D.G. Runes en su recurrido "Diccionario Filosófico": ficción presentada corno verdad histórica, pero carente de base real; falsedad popular y tradicional.

48.    En "Comediantes y mártires"; pág. 14.

49.    Es oportuno reiterar aquí que ninguno de los innumerables documentos producidos en Asunción, La Plata o Tucumán durante el siglo XVI, que obran en el Archivo de Sevilla (la mayoría de los cuales editados y a disposición de los investigadores), tales como relaciones, cartas, declaraciones, informaciones, memoriales, pedimientos, requerimientos, testimonios, sumarios, resoluciones, etc., etc., menciona la palabra "Lambaré" o alguna parecida, sea para referirse a un lugar, a una persona ni a un acontecimiento.

50.    Cf. Op. cit. en bibliografía.

51.    Cf. la obra citada de Roberto Romero; pág. 48.

52.    Según lo que hasta ahora se sabe, el primer documento redactado en guaraní fue el Diccionario del Padre Bolaños. B. Meliá; Cf. Art. cit.; pág. 249.

53.    Lo refiere Juan de Salazar en su "Probanzas"; Cf. A.N.A.; 1546.

54.    Alvar Núñez; Cf. Op. cit.; tomo I; pág. 240.

55.    Citados por el mismo Alvar Núñez; Cf. ídem; pág. 242.

56.    Cf. Op. cit., pág. 109.

57.    Cf. "Relatos de la Conquista...; pág. 79.

58.    Ídem; pág. 80.

59.    Ídem; pág. 84. La versión de Alvar Núñez de la primera campaña contra Tabaré puede leerse en los capítulos 41 y 42 del tomo I de su "Relación de Naufragios y Comentarios".

60.    En las batallas contra los karió-guaraní rebelados, los españoles tomaban prisioneros a las mujeres y a los niños, como mejor táctica para obtener una rendición o un armisticio rápidamente.

 

 

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Diarios asuncenos citados en los pies de página.

 

 

 

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