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Sociedad de Escritores del Paraguay SEP


  SEP DIGITAL - FEBRERO 2014 - EDICION PRIMICIA IMPRESA


SEP DIGITAL - FEBRERO 2014 - EDICION PRIMICIA IMPRESA

SEP DIGITAL - EDICIÓN PRIMICIA - FEBRERO 2014

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay


Dirección Editorial

Lisandro Cardozo

Diseño y Diagramación

Natalia Domenech

Corrección

Cintia Cañete

Imágenes fotográficas portada y contratapa

Juan de Urraza

Alejandro Hernández

Albis Paredes

Carlos Roa

Mirta Roa

Luz Saldivar

Julio Sotelo


ISBN: 978-99967-750-0-0

Edición al cuidado de los autores.

Edición impresa de la Revista Digital

Febrero - 2014

Asunción - Paraguay

Tirada: 100 ejemplares

 

 

Ilustraciones:

Fotografías de Rossana López Vera

Óleos de Adriana Villagra

 

 

 

 

NUESTRA REVISTA DIGITAL


La Sociedad de Escritores del Paraguay (S.E.P.) está embarcada en un nuevo proyecto, en el que los asociados saldrán beneficiados con la difusión de sus obras, sean narrativa, poesía o ensayo. Se trata de la Revista Digital de la S.E.P., la primera de nuestro gre­mio, con el propósito de llegar a todos los rincones de la república y el mundo, a través de internet. Esta primera experiencia, va de la mano de la conocida página nacional, Portal Guaraní, que tuvo la entereza de coaligarse con nosotros y de esta forma apoyar la literatura paraguaya.

Una veintena de escritores respondieron a la convocatoria en esta ocasión, con sus trabajos de poesía en castellano y guaraní, cuentos, crítica literaria y ensayos. Pero vendrán otros números de la revista, donde todos tendrán cabida y podrán confrontar sus obras, en una suerte de antología, con lo mejor de nuestra litera­tura.

Pensamos que el medio al que ahora echamos mano es tan váli­do como la edición en papel, pero que posibilita al interesado poder leer las obras de sus escritores favoritos en una computadora, tablet o en su teléfono celular, esté dónde esté. Será una forma de demo­cratizar el trabajo literario del asociado, y que, además de a amantes de la literatura, llegue a todos los ámbitos.

Internet es una herramienta poderosa que nos posibilita com­partir y confrontar en tiempo real con colegas de todo el mundo, estar actualizados, viendo las últimas tendencias en creaciones lite­rarias insertas en páginas webs o en blogs de autor.

Damos la bienvenida a este número inaugural y auguramos lar­ga vida a este proyecto conjunto de la S.E.P. y Portal Guaraní.

Lisandro Cardozo

PRESIDENTE



PRÓLOGO PORTAL GUARANÍ


PortalGuarani.com es un proyecto personal, desarrollado a partir de Agosto del 2008. No es un blog, es una página de Inter­net, cuya plataforma es totalmente de autoría del Señor Gustavo Lezcano (Web Master Paraguayo). El Portal tiene una Base de datos superior a los 100 Gb, alojados en un servidor propio con DNS, con encriptación segura propia y con un sistema de Backusp diario. Su datacenter se encuentra ubicado en EE.UU. para mayor seguridad y rapidez.

La finalidad de PortalGuarani.com es crear una telaraña de interminables vínculos entrelazados (Artes, Literatura, Música, Ciencias) de lo que es el Paraguay y mostrar al mundo, eliminando todas las fronteras, lo que su gente es capaz de crear, pensar y desa­rrollar. El Portal es un instrumento desarrollado para que nuestra cultura; la esencia de lo que somos a través de sus pensamientos y creaciones, pueda llegar más lejos de lo que la imaginación nos permita soñar.

La Familia del PortalGuarani.com, a Febrero del 2014 lo in­tegran 3.050 paraguayos entre artistas, poetas, narradores, ensa­yistas, compositores, intérpretes, historiadores, analistas políticos, y periodistas. En imágenes cuenta con más 100.000 Jpg, 30.000 documentos, entre datos sobre obras de arte, exposiciones, eventos, libros editados, lanzamiento y actividades culturales. Así también, cuenta con la mayor base de música paraguaya en Internet, res­guardada en 12 canales de YouTube y 10 canales diferentes de alo­jamiento para los Pdf (documentos), Mp4 (videos) y Mp3 (audios) totalizando 2.400 Pdf (970.000 páginas), 200 videos y 11.000 in­terpretaciones de música.

Cada Autor cuenta con un espacio propio, donde constan sus datos biográficos y en otro segmento una selección al azar de sus obras. Mi objetivo; es con vuestra ayuda, mejorar, actualizar y completar los dichos espacios, de manera a que los mismos sean un tributo a su obra y resaltar la colaboración que brindan a la Socie­dad a través de ella. Lo ideal, sería mantener actualizada a la fecha toda la bibliografía impresa o inédita, fragmentos que le gusten o simplemente mención y editorial de obras impresas. La inclusión o actualización de datos no generará ningún tipo de costo para los autores.

El PortalGuarani.com es mi arte, una colaboración a mi Pa­raguayidad. Todos los fondos de creación, desarrollo y manteni­miento son solventados con rubros personales. No tengo ningún auspiciante, ni privado, ni gubernamental.

Decir que no tengo ideología política; como ser social sería fal­so, pero soy Paraguayo ante todo y me gusta la idea de mundializar nuestras tradiciones. El Portal se ve igual en Paraguay, como en Tanzania. No esconde dobles intenciones, no se adjudica ninguna autoría, ya sea de obras artísticas como literarias; su intención es solo la difusión. El Portal no tiene opinión propia, trasmite sin juz­gar las ideas, o el producto de la imaginación de quienes recibieron el divino don de la creación.

La parte de Artes, Literatura y Ciencias, la cargo en persona e intento que cada espacio tenga cuerpo y vida propios. En la parte de Audiovisuales y Música, cuento con la impagable ayuda de la Lic. Rosanna López Vera. Todo espacio del Portal tiene una fuen­te verificable y cuento con respaldo documental de todo lo incluido en el mismo.

Estimados Socios de la Sociedad de Escritores del Paraguay, a través de la gestión de don Lisandro Cardozo y Alejandro Her­nández, nos embarcamos hoy en una aventura que estoy seguro lle­gará a buen puerto. La consolidación del espacio de la SEP (www.sepy.org) y la edición Primicia de la Revista Digital de la SEP/PortalGuarani.com, anhelando coordinar esfuerzos para mejorar la calidad y continuidad de este y otros proyectos.

Eduardo Pratt

DIRECTOR

PORTAL GUARANI

 

 

 

ÍNDICE

Prólogo de la SEP

Prólogo de Portal Guaraní

 

POESÍAS

Feliciano Acosta: Jasy Mimbi Guýpe / Kuarahy Rata - páginas 11 / 12

Moncho Azuaga: Soberbia del Poeta / El anticuario / Riscos del Alma - páginas 13 / 14 / 15

Estela Franco: La mujer tierra / India y Meztiza / Soy la infiel - páginas 16 / 17 / 18

Albis Paredes: Plagio...? - página 20

Victorio Suarez: Edades / Máscaras / Amar - páginas 22 / 23 / 24

Julio Urbina: ¿Cuándo será el mañana? / Yo creo en el amor / Encuentro - páginas 24 / 25 / 26

 

CUENTOS Y RELATOS

Princesa Aquino: Magia - página 29

Mel Ballasch: El pulso de la sangre - página 32

María Irma Betzel: Venus de Marfil - página 37

Cintia Cañete: La vida sin - página 39

Lisandro Cardozo: El sicario - página 43

Biera Cubilla: La perdida utopía - página 51

Natalia Echauri: La sociedad de barquitos de papel - página 52

Alejandro Hernández y von Eckstein: La decisión - página 57

Irina Ráfols: EL onomatofobo - página 69

Juan de Urraza: ¡Revolución! - página 76

Javier Viveros: Cinturón cohete - página 83

 

ENSAYOS

Lita Pérez Cáceres: La poesía tácita y la explícita en la novela “El invierno de Gunter” - página 91

Julio Sotelo: Encarnación: Más de un siglo bailando en carnaval - página 98

Lourdes Talavera: Territorio en la frontera, mitos, violencia y sangre - página 109

Lino Trinidad Sanabria: Secuelas de una guerra - página 112

 

CRÍTICAS LITERARIAS

José Vicente Peiró: Águilas sobre el viento - página 115

- El hombre víbora - página 119

 

 

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POESÍAS EN GUARANÍ Y CASTELLANO

 

 


FELICIANO ACOSTA


JASY MIMBI GUYPE

Upe pyhareve

kuarahy ojopévo

Hendy nde rova.

Reipeju vevúi

rembogue potávo

nderapy vevuiva

kuarahy rendy.

Ha che mombyrýgui

ama’ë ñemi.

Ha’e che py’ápe

hi’äitépa chéve

mbegue añemboja

ha che pytuhëme

ambogue tata

ohapy kangýmava anga

pe hova.

Ndaikatúigui nde,

ndaikatúigui che,

aheja omano

chemba’epota.



KUARAHY RATA

Upe pyhareve

kuarahy ojopévo

Hendy nde rova.

Reipeju vevúi

rembogue potávo

nderapy potáva

kuarahy rendy.

Ha che mombyrýgui

ama’ë ñemi.

Ha’e che py’ápe

hi’äitépa chéve

mbegue añemboja

ha che pytuhëme

ambogue tata

ohapy vevúiva anga

pe hova.

Ndaikatúigui nde,

ndaikatúigui che

aheja omano

chemba’epota.

 

 

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CUENTOS POPULARES PARAGUAYOS

TETÃGUA REMIMOMBE’U

TOMO III

Recogidos y adaptados por: NATALIA KRIVOSHEIN DE CANESE ,

CARLOS MARTÍNEZ GAMBA , FELICIANO ACOSTA ALCARAZ

Traducción al castellano: NATALIA KRIVOSHEIN DE CANESE

Tapa e ilustraciones: ANY UGHELLI

Editorial SERVILIBRO,

Asunción – Paraguay. 2005 (98 páginas)

 

 

 

 

 

 

 

MONCHO AZUAGA

 

SOBERBIA DEL POETA

Ellos inventaron las guerras

Los héroes

Las conquistas

Levantaron ciudades

Y las destruyeron

Proezas.

Hazañas.

Milagros

Pero, la desmemoria

la muerte, el polvo

Y el olvido

los hubieran vencido

si yo, el poeta

en este bloque de piedra,

en esta arcilla

en este cuerpo arrugado

en esta hoja ,amarilla

no hubiera guardado

estos signos,

estas figuras

estas letras

para la gloria de los siglos venideros.

 


EL ANTICUARIO

Soy de esas personas

Medio tontas

Maniáticas,

Que guardan las cosas.

Un rosa seca,

Un disco roto de vinilo

Una colección de corchos

Un tintero y el poema

Que no fue.

Cosas inútiles,

pero hermosas

aunque lo sé

guardo una fortuna:

la tacita

y la marca de tus labios

en ella

el rouge y el café

de aquella cita

de única vez.

 


RISCOS DEL ALMA

Hay días de borrascas,

De tristes y malos aires.

Días en que recuerdas

Y lloras,

Muy quedamente.

Luego, todo pasa

Y dices que es pasado,

Que no vale la pena

Y que las lágrimas son solo agua.

Que el viento seca.

Y vuelve la mar serena del olvido

A cubrir los riscos que a veces

exhiben, dolorosas,

las tempestades del alma.

 

 

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CELDA 12

Novela de MONCHO AZUAGA

Ilustración: ENRIQUE COLLAR

Editorial "ÑANDEREKO".

Asunción, Paraguay

 

 

 

 

 

 

 

ESTELA FRANCO


LA MUJER TIERRA

De todas las damas es la dama

De su vientre nacen musas

Que un día está bonita y sosegada

Y al otro, deslucida y apagada.

Es ella la madre Tierra…

Y hemos sido como ella,

“El origen del mundo”

Que Coulbert pintó y rindió culto.

Nadie niegue este derecho,

Que es la tierra la primera

La erótica y voyeurista

La pura madre de todas las madres

La mágica, la ciencia y artista.


Mírala cómo fluye en sabiduría,

Cómo enseña lo que es la vida

Y cómo esta fémina tiene agallas

Para seguir siendo realidad

Del hoy y del mañana.



INDIA Y MESTIZA

Soy india de los montes

soy mestiza de las urbes

en ritual estoy poseída

al fango le debo la vida

Fuerzas más fuerte que tus brazos me abrazan,

no me temas,

tengo los labios dulces que a los tuyos enlazan

y tú, con canciones litúrgicas me atas.

Ven y bebe mi chicha

embriágate de mil espíritus ancestrales

déjame colocar en tu cabeza la sagrada vincha.

para que veas el mundo de los inmortales.

Eleva conmigo tu cuerpo y tu alma

tengo esta envoltura y tú procura

desliarme de esta chala y desgrana

con tus dientes, hasta ver mujer bajo esta piel pagana.

Despinta mis tatuajes negros

y mira que por mis venas surcan ríos.

acércate a mis fangos sacros

la palabra es el alma con mis abalorios.

el verbo “amar”, en guaraní es carne e instinto

y en el mestizaje, es imaginación y vino tinto.



SOY LA INFIEL

Se me han gastado los días,

entre el lavadero y la cocina

paseaba a toda hora

mi envejecido cuerpo de Venus

frente a tu dura escultura.

Júzgame si quieres…

Que en una hora desconcierta

mi temple intacto

rompió mis cadenas como vidrios,

déjame, abandóname…

ya lo has hecho sin saberlo

con tantos meses sin sentir tus besos.

Soy quien te ha humillado,

Eso es lo que para ti pesa,

Aunque resistí contigo temporales

levantando casuchas hechas de matorrales.

Ábreme paso… soy la infiel

Quédate pensando cuanto quieras

En los pesares que te he causado

Por mi parte… pensaré de ti

Cuánto me has faltado.

 

 

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EL VUELO DEL PYKASÚ

Novela de ESTELA FRANCO

PREMIO LITERARIO GRUPO GENERAL DE SEGUROS

3ra. EDICIÓN – PRIMER PREMIO NOVELA

Editorial SERVILIBRO. Asunción, noviembre 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

ALBIS PAREDES


PLAGIO…?

 

Extraído de

“Pretéritos Temporales”


Por desear tu boca una y otra vez...

Copiar en mis retinas tus contornos...

Cerrar mis ojos y verte, siempre...

Oírte reír como eco en el tiempo...

Una y otra vez...

Por ser tú mi sombra recurrente

¿De plagio me acusarán...?

Si quiero los mismos abrazos de ayer...

Si busco el hueco de tu almohada una y otra vez...

Si quiero calcarte en mi piel

¿De plagio me acusarán...?

Por querer morir mil pequeñas muertes rasguñando tu espalda...

Y solazarme con tus repetidos susurros...

¿De plagio me acusarán...?

Porque mis ojos siguen intactos

y asoman a ellos desde abismos de delirios de cuando en vez mi candor gastado...

¿De plagio me acusarán...?

Por proclamar que aún eres alimento de mi sueño y de mi alma único dueño...

¿Culpable un tribunal me declarará...?

Sin pudores guardados hipócritas con disfraces

despojarán de derechos a mi corazón sin alcurnia, sin nombre jactancioso...

¿Y de plagio me acusarán...?

Aún culpable, brota el deseo de ser la que siempre cabalgue en la cresta de una ola

y desplomarme a los pies de la claridad emancipada...

Para gritar nueve letras de tu nombre.

 

 

 

 

 

VICTORIO SUÁREZ

 

EDADES

Aprendí de ti el renovado color del tiempo

cuando la oscuridad fermentaba en mis huesos

su bocanada de humo traicionero.

Desperté de golpe al sentir tus manos

en los veleros liberados del alba.

Entonces añadiste tu calor fraterno

y nuestras almas se enlazaron

en intensas fraguas de efusiones agitadas.

Despejaste a un lado todas las lágrimas

que habían quebrantado mis ojos castigados.

Entendiste la jerga del canto que trajinaba

en mis sueños embrujados.

Pasaron los años para confirmarme

que el amor no se alcanza en los escaparates

que inventan coloridas ilusiones.

Tu arribo fue inesperado.

De cualquier manera palpamos el viento,

quemamos con nuestro sudor las sábanas,

descongelamos las ausencias

y extendimos las horas cómplices

que nos apartaron de las ingratitudes.

Creo que contigo llegué al camino

donde la rosa es rosa.

En algún momento tenías que llegar.

Lo hiciste con algún contratiempo

pero aún así,

la atardecida dimensión de mi vida

tocó tu desnuda querencia marinera.

Descolgamos la noche, sentimos el aire del río,

nos endulzamos como dos cachorros,

y no tenemos edades para las cosas

que nos llueven desde adentro.


 

MÁSCARAS

Más cercana a la nostalgia

emerge la integridad del tiempo

que va desmoronando la piel

al cebar los instantes que vivimos.

Entendemos la avidez del alba

sobre el idilio de los fuegos

que alumbran el cosquilleo de un beso

que siempre busca aplacar

las médulas del silencio

donde germinan aquellas máscaras

traicionadas del destierro.


 

AMAR

A veces las almas se cruzan

mil veces en el camino

y sus perfiles anónimos difieren,

se borran dejando la sensación

de que nunca existieron para mirarse.

Solemos escudriñar fatigosamente

las sendas que anduvimos

pero las farolas cambian

su color en ingentes naufragios.

Se sufre extremadamente

cuando las acrobacias

se clavan como misiles

en el viento peregrino.

Hay que aprender a esperar

pues a la vuelta de la esquina

de cuando en cuando

se bambolean los colores del cristal.

Así de simple

hallé la mano que me esperaba

con su humedad de años.

Y penetró en mi corazón

como sal aromada

o como luz en decisivo almíbar.

Tuve suerte al encontrarla

con un lienzo azul entre sus dedos.

Su postura bendecida

colmó la sosegada evocación de mi vida.

Comencé a quererla

desde el primer golpe de su mirada.

Su sombra descalza

(y paralela a la mía)

ancló el mismo pedazo de tiempo

en la recóndita migración de las gaviotas

que extraviaron sus ojos en el agua.

 

 

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DELANTE DE LA OSCURIDAD

(POEMAS) VICTORIO V. SUÁREZ

PRIMER PREMIO DE POESÍA 2013 - HERIB CAMPOS CERVERA

Editorial Arandurã. Febrero 2013

 

 

 

 

 

 

JULIO CÉSAR URBINA


¿CUÁNDO SERÁ EL MAÑANA?

Tierna y sutil como una flor,

de cabellos lacios y piel oliva.

Canta dulcemente entre ángeles

danzando sobre el agua

atrajo mi atención.


No contesta mi atención,

pero entre ojos nos encontramos,

mil veces nos hablamos sin palabras.

Ella jugaba distraída como una dama.


Un caballero que busca a su dama,

aunque no la conozco, ya la conozco.

Sé que el abecedario guarda su nombre,

cien maneras de llamarle y otras tantas por descri­birle.


Describirte un te quiero, por ejemplo un te amo.

De repente, mi corazón se paraliza,

como el olvido al tiempo

se suspende el universo.


Gira entre estrellas, cometas del firmamento

las luces dan vida al contorno más hermoso,

tu cuerpo, entonces, todo se vuelve sombra,

tú estás allí y yo estoy aquí.


El mundo pasa a un segundo plano desde aquí,

en aquella estación va naciendo una sonrisa,

un regalo de Dios, mírame una vez más.

Cántame al oído y vuelve.


Ya conozco tus ojos azabaches,

tu esencia que hechiza mi ser

tu sonrisa envolvente y tu voz,

pero desconozco algo de ti,


quizás es muy pronto, algo apresurado,

pero llamo al tiempo y le pregunto:

¿Cuándo será el mañana?

Para estar con ella y amarla.


 

YO CREO EN EL AMOR

Yo creo en el amor,

que no grita y sabe escuchar,

que dibuja tu figura en tu ausencia,

y calla cuando debe callar.


Yo creo en el amor,

que besa en la juventud,

se entienden en la madurez,

y son más que amigos en la vejez.


Yo busco un amor incondicional,

un amor real, puro y sincero.


Tal vez me pregunte en mis vacíos:

¿Dónde estás? ¿Por qué tarda tanto en llegar?

y pueda tener la respuesta, pronto, muy pronto

y sin tener que buscar.


Canta el viento que al final vuelve,

solo y sin noticias, cómplice de tu ausencia

testigo de tu osadía.

Absorte de mis llantos, ciego de mis quebrantos…


¿Dónde estás amor mío?, amor de mis sueños,

¿Por cuánto tiempo más sufriré por ti?

Necesito tu amor, porque estoy

solo y vacío, y hablarle a la luna

ya no tiene sentido.


Cuéntame de ti, de tus idas y vueltas por este mundo.

Charlemos un poco más, mientras yo sigo solo espe­rándote,

creyendo que estás conmigo, volviéndome un poco loco,

y cada loco con su tema.


Eres mi vida, mi suspiro y mi ilusión.

Porque por ti estoy vivo,

y por ti hago llover estrellas,

convierto un arco iris en cuadrado y agarro el sol con mis manos.


Te espero hoy y siempre para amarte bajo el rocío de verano,

pero hay algo más; algo que te quiero pedir:

“Que nunca te olvides de mí”.


 

ENCUENTRO

En una noche joven te conocí,

la luna está naciendo llena y dorada,

en un mundo mágico de hechizos y conjuros te co­nocí,


mi piel sentía tu presencia,

mientras mis labios latían por un encuentro,

y mi aliento atrapaba al tuyo con un beso.


El cielo está desierto, pronto, aparecen las nubes

como una obra de arte forman imágenes a tu lado.

Cómplices de mis deseos, travesuras de los minutos.


Mis besos vuelven a mis labios,

se ponen de luto y mueren secos como el desierto,

tristes en el olvido.


Dos serafines vienen a buscarte,

y el amor queda suspendido en el aire

escribiendo hondo, en lo profundo de mi existencia.


Déjame ser esclavo de tus caricias, prisionero de tu tiempo,

déjame ser la llave de tu destino, fan de tus sonrisas,

el baúl de tus sueños y la música de tus misterios.


Porque mis insomnio están ocupados contigo,

en lo inevitable de tu perfume,

y en lo dulce de tu piel.


Pronto volverán a encontrarse

aquellas almas viajeras,

anhelando melodías, naciendo en sentimientos.


Por mil noches como estas, con promesas del futuro,

que serán recuerdos del pasado

e inmortales del presente.

 

 

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EL DESPERTAR DEL ALBA

Novela de JULIO CÉSAR URBINA

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay. Agosto 2012 (278 páginas)

 

 

 

 

 

 

 

NARRATIVA PARAGUAYA (CUENTOS Y RELATOS)

 

 

 

PRINCESA AQUINO AUGSTEN

 

MAGIA


A Josefina Plá


Ellas estaban allí, eran cuatro sentadas en cruz ante esa mesa, ambas manos extendidas al frente sobre la superficie rugosa. Observándolas desde lejos se podía percibir el alto grado de concentración, de abstracción en el que estaban sumidas.

De pronto una de ellas comenzó a relatar sus visio­nes:

“Era aquel un paraje desolado, en donde un joven arrodillado ante una tumba lloraba desconsolado, cuando ante sus ojos se materializó la visión de aquella a quien evocaba”—Hasta aquí he llegado, anunció.

La otra casi sin dejarla terminar la frase in­terrumpió:

“La niebla en torno reveló, sí, reveló con lentitud progresiva de proceso fotográfico, la imagen de la mujer. Era delgada y sin embargo por momentos su vestido pare­cía ceñirse a un talle ambiguamente engrosado. Creí cono­cerla y el corazón se me enfrió…”

“La mujer vertía en un vaso algo de un jarro –no, era una botella, no, era un jarro– que luego me ofreció”

—“Es un vino excelente. Agua de vida –dijo. O yo así lo oí.”

—Interesante, realmente interesante, quisiera saber más del “Pequeño monstruo” —dijo Victoria casi su­surrando.

—Bueno, mañana será tuyo —confirmó la mayor de las cuatro que parecía presidir la reunión. Y agregó—: “Y en su sueño recibió el poder, el wozosh, esa era la fuente de poder de los ishires”

—Olga, continuá vos, estoy exhausta.

“¿Y no podría yo intentar?...Naturalmente, no se tra­taría de una música… ¿Pero no podría, en otro orden?... Tendría que ser un libro, no sé hacer otra cosa. Pero no un libro de historia, la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro exis­tente. Mi error era querer resucitar a M. Rollebon. Otra clase de libro. No sé muy bien cuál, pero habría que adivi­nar, detrás de las palabras impresas, detrás de las páginas, algo que no existiera, que estuviera por encima de la exis­tencia. Por ejemplo, una historia que no pueda suceder, una aventura. Tendría que ser bella y dura como el acero, y que avergonzara a la gente de su existencia”.

—Hasta allí, hasta allí, mañana continuamos. ¡Ya es la hora!, a decir verdad nos pasamos un poquito, pero ¿Quién puede interrumpir un argumento como el de Sartre en La Náusea? Donde todo es oscuro como nues­tras vidas, pero luminoso. Estos insignificantes puntitos tienen encerrados en sí el inmenso poder de la magia, de adivinar detrás de las palabras impresas, como aca­bás de leer. La sabiduría sin fin y sin límites de estimu­lar la imaginación. Mañana, Victoria, vos te quedás con El Pequeño Monstruo de Josefina Plá. ¿Quién va a leer Giselle? Yo sigo con Los Mitos y Dioses Ishires, de Ogwa, y a vos, Anny, ¿La Náusea o Giselle? Pueden decidir ma­ñana…

Tras lo cual, cada una recogió su libro, extendió su bastón y con movimientos acompasados que semejaban pases mágicos de una varita surcando el espacio, lo de­positó en el escritorio vecino a la puerta de entrada, que tenía una placa de bronce en la que se podía leer:

BAC

Biblioteca Argentina de Ciegos

Fundada el 18 de Septiembre de 1924

Por el Sr. Julián Baquero, Invidente.

 

 

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SUMA DE ECOS

Cuentos de PRINCESA AQUINO AUGSTEN

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay. 2012 (111 páginas)

 

 

 

 

 


MELISSA BALLASCH MORENO



EL PULSO DE LA SANGRE

 

Primer Premio en el Concurso de Cuentos Jorge Ritter de Coomecipar, XV Edición, año 2012.

Ser guerrero no consiste en subyugar al enemigo con la espada,

sino en encontrar una buena razón para empuñarla.

Immortals


Un guerrero no siente miedo. Un guerrero no vacila. Y sin embargo, llora por aquellos que ama.

Ella llevaba demasiado tiempo lejos de su hogar, de­masiados días sujeta al rechinar de la armadura contra la espada. Demasiadas horas de desvelo y demasiadas horas de sueño en vela.

Aspiró el hedor de la tierra húmeda de estiércol, pa­liado por un incienso de hojas secas y pimienta que le hizo estornudar.

—¿Qué hace aquí una guerrera amazona como tú, Maia? —preguntó la gitana, aplastándola con el desdén de su mirada.

Maia levantó el rostro con una actitud llena de reale­za y apretó los labios. —Necesito tu ayuda.

La mujer tenía alrededor de la cabeza una pañole­ta amarilla, que sujetaba la melena roja de un león y resaltaba sus ojos ambarinos. Bañada en desconfianza, siguió revolviendo el contenido de la cazuela. ¿Desde cuándo una de ustedes necesita a alguien como yo?

—Nadie más puede ayudarme a cambiar mi destino —admitió la princesa, sujetando con fuerza la empuña­dura de su espada.

Poder. La gitana sonrió. Qué hermosa palabra. La ha­bía estado esperando. —¿Y cuál es ese destino?

 

***

 

La luz del sol, pregonando su abundancia, encendía de verde el follaje, y los jazmines derramaban al aire la alegría de su esencia. La joven se acercó a la reina, quien descansaba en medio del jardín.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Maia? —Ella interrumpió las palabras que la hija aún no había pro­nunciado.

—Por supuesto que sí, ¿qué se obtiene de una paz que no se puede forzar ni mantener?

La madre inclinó la cabeza. A veces, una corona pesa lo indecible. —¿A pesar de saber lo que va a pasar cuando te vayas?

La princesa apretó los puños, lista para la batalla. —Sí, advertida estoy. Un amor no correspondido. Perder el co­razón por un rey que no está destinado a mí —respondió con desdén.

La reina se puso de pie. —No es sabio que desoigas mi advertencia.

—He sobrevivido cosas más grandes que un corazón roto.

Apartó los mechones negros del rostro de su hija. —Es demasiado fácil juzgar lo que no se conoce, mi pequeño sol.

—Volveré —respondió la voz quebrada de la princesa a la que envolvió en sus brazos.

 

***

 

—¿Qué te hace pensar que yo puedo ayudarte sin cobrar algo a cambio? —se mofó la mujer, vertiendo el contenido del férreo recipiente en una botella verde.

—Todo tiene un precio y estoy dispuesta a pagarlo. Pero olvidarse de quién soy yo tiene un precio también.

—La valentía es peligrosa, Maia, cuando se hace ne­gligencia —advirtió la mujer, abandonando la botella e inspeccionando los otros recipientes.

—¿Qué quieres a cambio? —siseó Maia, que había desenfundado la espada y la empuñaba contra el pecho de la gitana. Una mano color canela se deslizó sobre el filo del arma y se posó sobre el blanco resplandor de su mejilla.

—Deberás cargar por el resto de tus días con el secre­to de haberme entregado a tu primera cría.

La princesa retrocedió con el corazón oprimido. —¿Para qué querrías a mi bebé?

Con un gesto de desprecio, la mujer volvió a concen­trarse en sus frascos. —Eso no es de tu incumbencia. Es lo que cuesta.

La burla bailó en la media sonrisa que ella había es­bozado, porque Maia, como todos los miembros de la realeza, ignoraba lo que su sangre voluntariamente en­tregada valía para una hechicera.

Maia frunció el ceño. —¿Y si no tengo hijos?

—Tendrás que correr el riesgo. —La mujer se enco­gió de hombros. Pero sonrió de nuevo.

La princesa se llevó la mano al corazón que por un segundo dejó de latir. —¿Es la única oferta?

Una leve inclinación de cabeza y un apretón de ma­nos sellaron el trato.

Relampaguearon sus ojos rubios. Los ojos de un gato, y de quien lleva un demonio en el alma. —Piensa que, después de todo, no has vendido tu ánima.

Las palabras no consiguieron que ella dejara de sentir que era exactamente lo que había hecho.

 

***

 

Maia no había caído por el título que ostentaba el rey ni por el cuerpo al que daba vida; fueron su espíritu inquebrantable, la valentía con que le prestó socorro y el respeto que brotaba en cada gesto lo que robaron su corazón. Fueron su mirada y su sonrisa. Nunca había pensado que tratar de vivir sin corazón sería tan des­garrador como vivir sin alma. Ella se había reído del destino, y el destino se burlaba de ella.

Pero años de entrenamiento le habían forjado una voluntad de hierro. Un guerrero no puede ser doble­gado.

La gitana extrajo un par de gotas de su sangre para preparar la pócima. Aseguró que ella contenía el ritmo de su corazón y determinaba el flujo de sus sentimien­tos, y que sin ella, los sentimientos del hombre no serían nunca tan fuertes como los de Maia. Uno no encuentra el amor, princesa, es el amor el que te encuentra. ¿Y eso, qué significa? Significa que el amor es dueño y señor de su camino. Fue lo último que dijo la mujer antes de entre­garle la botella y ordenarle que se retirara.

Ella había dicho que la pócima debía probarla di­rectamente de sus labios. La guerra había terminado, y aquella sería, de otra forma, su última conversación. Así que esparció el líquido turbio sobre sus labios con los dedos, como le habían indicado y llamó a la puerta de sus aposentos. Se estremeció al verlo, dudó antes de dar un paso, y se dirigió hasta él sin contestar a su saludo. La princesa se encontraba en un limbo que su siguiente acción podía convertir en el cielo o el infierno. El palpi­tar de su pecho era casi doloroso y sus pensamientos no eran más que niebla gris.

Con una sonrisa tan dulce como nerviosa, rodeó su cuello con los brazos. Sus labios se posaron sobre los de él con la suavidad de una mariposa y permanecieron lo suficiente para despertar un profundo deseo e iniciar un incendio. Ella sintió que la luz se escurría antes de que él la hiciera vibrar con un beso lleno de la pasión que acababa de desatarse. Y mucho más.

A los pocos meses, Maia se había enfrentado a su ma­dre y, enfundada en las caricias de un vestido de seda blanca, cepillaba sus negras guedejas esperando al rey. Él se acercó y tomó su mano, llevándola hasta sus la­bios.

Ella sonrió, poniéndose de pie. —Te quiero tanto.

—Y yo a ti. No puedo esperar a que nazca nuestro primer hijo.

Maia se apartó, asfixiada de miedo. —No, eso nun­ca. Yo no puedo tener un hijo.

El rey le acarició la mejilla, sin tomar con seriedad sus palabras. —¿Por qué? ¿Acaso no queremos una fa­milia?

Ella suspiró con una tristeza descorazonadora, atada sola a la verdad. —Porque no creo en cuentos de hadas. De ninguna manera.

Él se apartó, con el rostro demudado y la voz intran­sigente. —Pero yo necesito un heredero. No es una op­ción.

Ella suplicó con un hilo de voz. —Exactamente. No es una opción. No quiero. No… puedo.

—Entonces esto tiene que terminar antes de que pueda empezar. Lo siento… tanto.

Él se marchó sin mirar atrás. El sonido de su corazón hecho añicos retumbó con tanta fuerza que también hizo trizas el mundo en derredor.

Significa que el amor es dueño y señor de su camino.

Pero no podía ser. Iría a ver a la gitana de nuevo.

 

 

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CUENTOS CON GALLETITAS

M.M. BALLASCH / PATRICIA CAMP

Editorial Arandurã

Asunción – Paraguay. Noviembre 2012 (200 páginas)

 

 

 

 

 


 

MARÍA IRMA BETZEL

 

VENUS DE MARFIL

 

Fue hallada en Europa la estatuilla

humana más antigua del mundo.

Rev. Nature (14/ 05/ 2009)

 

Las mujeres de la aldea envidiaban a Kunga Gonga. Los varones remontaban en sus redondeces, indiferen­tes a las demás, mareados con su almizclero olor a hem­bra reproductora. Los muslos de ella se abrían, salvajes y apacibles, ofrendando placer. Después, sobre su vientre blando, el afortunado amante yacía y soñaba…

Ella paría hijos, uno tras otro y no dejaba de hacer el amor.

Una noche, entre siseos mujeriles, el agudo vértice de un colmillo de mamut, traspasó su cuello.

Sobre el cuerpo mutilado, los hombres aullaron va­rios soles, hasta que Kundo Kong, el de inquietas ma­nos, el mismo que pintaba las cuevas de los dioses, tomó un trozo del marfil maldito y lo convirtió en estatuilla: caderas como montes fértiles, senos henchidos como nubes blandas. ¡Oh! ¡Cómo la adoraron! Ella era una y con el tiempo, fue todas.

Hace algunos años, un arqueólogo la desenterró. Los señores de ciencia, estudian sus detalles. Y no pueden evitar un cosquilleo íntimo, de ganas, cuando palpan con los ojos y con las manos, sus generosas formas.

Y admiran, otra vez, admiran. Y desean, otra vez, desean. Y secretamente, la adoran.

Desde el exhibidor del museo, también mi amado observa las impúdicas formas femeniles. Noto la luju­ria aferrando sus ojos, entonces recuerdo su infidelidad, tiempo atrás, con una hermosa mujer. Los celos me agreden. Al son de un siseo velado y remoto, la estatui­lla me convoca, incitándome. Muchedumbres excitadas conjuran mi sangre. Soy ella. Soy todas. Impulsos pri­mitivos se encarnan en mí. Observo la tibia cerviz ama­da, me asalta una fuerza extraña, mis manos se tensan, cada vez más, deseando oprimir…oprimir y oprimir…

-¿Vamos, querida?

-¡Vamos! ¡Oh, sí! ¡Vámonos cuanto antes!

Una vez afuera, aspiro el aire de la tarde soleada, lo tomo del brazo y camino a su lado, mientras llevamos a cuestas, doscientos mil años de humanidad.

 

 

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EL AYUDANTE DE LOS GENIOS

Narrativa de MARÍA IRMA BETZEL

Editorial SERVILIBRO

Asunción, Agosto. 2012 (116 páginas)

 

 

 

 

 

 

 

 

CINTIA CAÑETE

 

LA VIDA SIN


¿Dónde está ella? ¿Dónde?

Estoy parado sobre estos ladrillos ardientes mientras la canícula se cierne sobre los techos y amarillea los ár­boles.

La recuerdo. Parece que hubiera sido ayer.

Dos pupilas marrones se posaron sobre mí y me sal­varon sin preguntar. Yo estaba hecho una pena: desnu­do y golpeado. No veía bien. Tenía frío.

Recuerdo el miedo que se clavaba en mi garganta ha­ciéndome llorar mientras sus manos iban acercándose a mí. Sólo una vez más sentí el pavor de aquel día.

El corazón saliéndose de mi pecho y luego el calor. Esas manos de pan, blandas y tibias, me apretaron con­tra su pecho.

—¿Qué te pasó? ¿Cómo llegaste hasta aquí? —susu­rró bajito para no asustarme.

Pude oír toda su vida latiendo en su pulso. Toda la soledad del abandono, la tristeza y la ansiedad del alma. En torrente impetuoso corría la ternura, la calidez del amor guardado. Ella también tenía miedo.

Me apreté contra la tibieza de su piel y cerré los ojos. Pude oír el murmullo de su alma batallando entre sus huesos. Se extravió al encontrarme. Perdió para siempre el sosiego del sueño y nunca recuperó la paz del espíritu.

Cuando el frío me flagela en noches interminables percibo el vaho de vainilla que la acompañaba en su tra­jinar. El campanilleo de su voz argentina llamándome cuando llegaba.

No fui muy amable en mis requerimientos. Una y otra vez usé mis sollozos para demandar sus atenciones.

Cuando pude valerme de mis piernas sólo las use para perseguirla por toda la casa gritando su nombre y ella riendo como loca me acunaba nuevamente en sus brazos.

Los oí acosándola. Persiguiéndola. Lastimándola.

—Estás loca —La castigaban—. ¿Cómo se te ocurre tenerlo en tu casa?

—Es que nunca sentí algo igual —contestaba con los ojos de ámbar brillando de tanto tumulto guardado en secreto.

—¿Y de qué te sirve?—continuaban—. Solamente problemas.

Y ella bajaba los ojos y callaba. Era una locura. Claro que sí. Una que había prendido todas las luces en la ne­grura de su soledad y había borrado a gritos sus silencios eternos y sus monólogos solitarios.

Era más urgente amar que cuestionarse. Imprescin­dible olvidarse lo importante para recordar lo imposi­ble. Dejarse atrás para recuperarse.

La vi mirarse al espejo sin verse. La vi sonreír simple­mente. Toda ella yo. Yo toda ella.

Él lo sabía.

Sabía de nuestras mañanas interminables bajo el sol del otoño y nuestra promesa. De las sonrisas que él no podía arrancarle y que mis gritos hacían brotar de su garganta. Toda una vida gastada en muecas vacías y abrazos lánguidos.

Nunca el arrebato de sus besos y la impaciencia de su ternura.

Y otra vez los verdugos.

—Podrías ocupar tu tiempo en otra cosa —le decía con suficiencia la amiga mientras prendía un cigarrillo entre los labios finos de la crueldad—. Para dejar de estar pendiente y tonta. Lo vas a terminar cansando.

Con la espalda agobiada y la cabeza enterrada entre los hombros miraba sus manos venosas pensando en sus treinta y tanto de nada.

De miedos y grises. De un amor a medias. De una vida a medias. De unas alas cortas.

Me hice más fuerte y pude gritar más alto. Siguió a mi lado y yo empecé a alejarme.

Vi otros cielos y quise perseguirlos. Ella esperaba mi­rando al oeste. Aprendí a volar y ella a callar.

Él sonreía con tristeza mientras unos gotones salados se resbalaban en las mejillas marchitas. Fue la noche que no volví.

La dejé de a poco, como se abandona lo que no inte­resa y quedó gritando.

Él no pudo callarla. Ni con té de tilo ni con rosarios. Hasta rogó mi vuelta por recuperar su alma pero ya estaba muy lejos.

Terminó el sadismo bienintencionado y empezó la lástima feliz de las amistades supuestas.

—Le dije que le traería problemas y ahí tenés —de­cía alguien mientras secretamente se regodeaba en un café amargo—. Inconvenientes.

—Siempre fue un poco rara —contestaba la amiga, encendiendo su cigarrillo eterno de tiranía entre los la­bios sin besos—. La soportó bastante el pobre.

Se le gastaron los ojos alargando el alma entre los barrotes de la ventana. Opacos los ámbares que ilumi­naban su rostro. Se le secó la risa llamándome.

La abandoné yo. La dejó él. Quedó vacía.

Se doblaron sus vértebras en la osteoporosis lenta del olvido y desaprendió el gesto altivo de la vida.

Las manos venosas sobre el regazo fueron el eterno horizonte. La lata con comida tres veces al día y un ca­misón barato de flores gastadas.

A veces creía escucharme y aferrada a los barrotes me llamaba.

—¿Sos vos? —preguntaba ansiosa—. ¡Sabía que vol­verías!

Su voz se apagaba en las paredes de un pasillo y do­blegando uno a uno sus anhelos volvía al letargo peren­ne de las pastillas.

El adiós más doloroso es el que nunca se despide y la ausencia infinita es el aullido de un silencio que nunca empieza a callarse.

Nunca volví. Él tampoco. Siempre me amó y él a ella.

Me calcina el fuego de la siesta y la recuerdo. Manos de pan, pupilas de árbol. Vainilla risueña. Amor guar­dado y madre sin hijo.

Ella mira sus manos vacías. Yo tengo las alas rotas.

 

 

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CUENTO PARA LLORAR

Cuento de CINTIA CAÑETE DE ESTAY

MENCIÓN DE HONOR - CONCURSO DE CUENTOS LAGO YPACARAI, 2013

 

 

 

 

 

LISANDRO CARDOZO


EL SICARIO


Ramón “Tórtola” le decían al muchacho que encon­traron muerto con más de veinte balazos alojados en su cuerpo, en un bosque cercano a la ciudad de Her­nandarias. Los policías, que intervinieron en el levanta­miento del cuerpo, ante la presencia del fiscal forense, y la hambrienta prensa de sucesos policiales de un medio radial local, escribieron simplemente en el acta labrada en el lugar, que fue un ajuste de cuentas entre mafiosos, tal vez una quema de archivo. La prensa agregó que se trataba de un asesinato típico entre bandas de narcos. Por supuesto, que el crimen nunca se esclareció.

Tortola sabía mucho del ambiente siniestro de la ma­fia, porque él era uno de los principales sicarios, que permanentemente hacía los trabajos sucios de los jefes del hampa, los peces gordos, los denominados akâgua­su, o sea, las cabezas visibles o los mandamases del fruc­tífero negocio fronterizo.

A Ramón le dieron una moto, un fajo de dinero y una pistola 9 mm, cuando le contrataron para realizar su primer trabajo. Tenía que demostrar que era capaz de cumplir órdenes y para ello, tuvo que emboscar a su primo hermano, un policía, que estaba molestando en el fluido tráfico, pues se tomaba muy en serio su trabajo de volai. Era uno de esos idealistas, que aunque raros, existen todavía en algunos lugares.

El aprendiz de sicario, esperó al policía en un punto del desolado camino, que a diario hacía Jóver, para ir sobre su moto, a la casa de su novia, primero, y final­mente a la suya. El trabajo debía hacerse poco después de que saliera de la casa de Anita, que normalmente eran pasadas las once de la noche. La pareja tenía planes de casarse, aunque la mujer temía ya que le pase algo grave a su novio.

El policía sabía mucho de lo que ocurría todas las noches, en la pista clandestina de Jovino Arriola. Ahí bajaban dos y hasta cuatro avionetas Cessna, con sus solitarios pilotos, trayendo al tope en la cabina, la pas­tabase de la cocaína. La travesía se hacía tras varias co­nexiones, entre la selva amazónica de Colombia y las sierras de Bolivia, hasta llegar finalmente a Pedro Juan Caballero.

El proceso de transformar la pasta en el codiciado polvo blanco, se realizaba en el bien montado labora­torio clandestino. El mismo estaba guarecido en un disimulado escondite, en medio de la densa espesura, distante unos quinientos metros de la pista. La familia Arriola y los que trabajaban en el laboratorio, lo lla­maban “la fábrica”. Ahí se mezclaban los componentes, con la acetona y permanganato de potasio y otros quí­micos, para conseguir un producto de calidad, que des­pués los minoristas mezclaban con harina, talco, y otros polvos, para aumentar sus ganancias. En la fábrica, el producto se fraccionaba en paquetes, de uno y dos ki­los, para ser inmediatamente llevados a las fronteras de Brasil y Argentina, o surtir a los distribuidores locales.

Hubo noches, en que las avionetas parecían un en­jambre de abejas, pues iban y venían en vuelo bajo, casi rozando los árboles, para no ser detectados por los ra­dares de los países vecinos. En algunos casos, los bultos eran arrojados sobre puntos señalados con pequeñas fogatas, en los claros de los bosques. La protección del operativo era precisa y estaba a cargo del propio comi­sario Irrazábal, quien cumplía órdenes provenientes de poderosos militares y políticos involucrados en el nar­cotráfico. Estos eran los beneficiarios principales y se mencionaban sus nombres en voz baja, casi en secreto. Nunca ellos aparecían por la zona y desde Asunción manejaban la perfecta organización mafiosa que fun­cionaba con prestanombres, representantes visibles, que también obtenían jugosas ganancias que engrosaban sus cuentas bancarias en el exterior. La ramificación se extendía cada vez más y copaban todos los estratos, con el vicio, la coima y la compra de conciencia.

Todos querían entrar en la poderosa rosca, pero po­cos llegaban a sitios de relevancia o a sobrevivir por mu­cho tiempo. El código de silencio y lealtad no tenían miramiento y debían funcionar en todo momento, pues esto aseguraba la permanencia del negocio, que impli­caba miles y miles de dólares. Los que entran en el ne­gocio, difícilmente salgan por sus propios medios, sino con los pies delante.

El sub oficial Jóver Ortellado fue encontrado a la ma­ñana temprano por un carrero que transportaba caña de azúcar. Estaba tirado en una cuneta, a unos metros de su moto, con unos cinco balazos de 9 mm. El motor estaba caliente todavía cuando fue avistado por el carre­ro, quien creyó que el joven tuvo un accidente. Lo miró de cerca y cuando se cercioró que ya no había nada que hacer por él, fue a dar parte en la comisaría. No pudo explicar muy bien, o prefirió obviar algunos detalles para no ser culpado.

Decíamos que hay algunos policías idealistas, hasta que son tentados por el dinero fácil, pero invariable­mente cedían al poco tiempo ante la presión y el temor de ser ultimados. Jóver, formaba parte del equipo de policías asignados a la seguridad y vigilancia de las in­mediaciones de las pistas de la zona. Pero por su parte, él andaba averiguando algunos datos en la propia co­misaría sin tomar las debidas precauciones. Preguntaba por ejemplo, a quién podía informar sobre lo que venía observando en la propiedad de Jovino Ortellado, obvia­mente sus camaradas le dijeron que no se meta en eso, que no le importaba y que le podía caer mal.

En uno de esos días, después de volver Jóver de una recorrida, le escuchó un camarada conversar sobre el tema de las pistas y las mercaderías, a través del celular, con un amigo de Asunción. El mismo informó inme­diatamente el hecho a su superior.

De ahí en más, funcionó aceleradamente la bien acei­tada maquinaria de la mafia y sus conexiones, que lle­garon velozmente a los oídos de Isabelino Tarova. “Este loco se está metiendo demasiado y está informando so­bre nuestras actividades a alguien de la capital y hay que proceder nomás ya, Isabelino” le dijo a su socio, en tono confidencial el comisario Irrazábal. Esa misma noche fue llamado Ramón “Tortola” para ejecutar el trabajo, que sería su prueba de fuego. ¡Pero ese es mi primo, Isabelino, nde tarova nio nde!. ¡Mirá Tortola, si querés entrar en el negocio, tenés que hacer lo que se te diga sin protestar. ¡Orden es orden acá el asunto!

Tortola, a regañadientes aceptó su primer encargo, porque necesitaba el dinero y “pensando bien, los poli­cías no son amigos ni parientes. Además es un olimpista fanático, ese tembo”.

Para darse ánimo, esa noche compró una botellita de caña y rondando por ahí lo fue tomando a sorbos. Ya muy entrada la noche, lo esperó en el trayecto que va de la casa de su novia a su casa. Sabía muy bien que su tía Rosario lo estaría esperando con la comida recalentada. Tórtola ocultó su moto detrás de un árbol y se escondió detrás de unos arbustos a la vera del camino de tierra. Vio que venía bamboleándose la luz de la moto, sor­teando los innumerables baches del camino. A cien me­tros, paró Jóver la moto y a Tortola se le congeló la san­gre, pues lo primero que pensó es que su primo lo vio en el momento que ocultó su cabeza tras los arbustos. Pero era noche cerrada y su temor no tenía fundamento, porque tras unos minutos escuchó de nuevo el sonido del motor y vio que la luz se aproximaba. Preparó su arma, que ya tenía la bala en la recámara y se dispuso hacer el trabajo. Luego debía rendir cuentas del hecho a Isabelino, quien le prometió que le daría un plus si cumplía bien su trabajo de asesino por encargo.

La patrullera ya estaba en el lugar donde encontraron el cuerpo de Jóver cuando llegó también Anita, acom­pañada de Rosario, la madre de Jóver. Ramón Tortola se colocó no muy lejos del sitio para observar bien lo que ocurría. Los gritos de dolor y lamentaciones de las dos mujeres se escucharon con fuerza y eso se le gra­bó en la mente a Ramón, que no pudo dormir varias noches. Daba vueltas y vueltas en la cama recordando la expresión de su primo al verlo enfrente con el arma apuntándole directo a la cara, y vio también cómo sus ojos se abrieron al recibir el impacto en plena boca aho­gando su grito.

Ramón, por supuesto, fue contratado sin retaceos como uno de los brazos ejecutores. Ya estaba condena­do a dar los zarpazos más dolorosos a los enemigos del grupo liderado por Isabelino Tarová, que no era más que el lugarteniente y testaferro del general Ovando, que era conocido como don Simón. Con este simple nombre, que podía ser un alias falso, se conocía al jefe, al verdadero amo en la zona. Muchos no sabían muy bien si realmente existía el mentado jefe porque era un completo misterio para muchos.

Pero don Simón no era el único que operaba en Pe­dro Juan y zonas de Hernandarias, no era el único que tenía un amplio territorio de bosques, regado por fres­cos arroyos y pistas clandestinas, que eran cabeceras del contrabando de todos los rubros negociables. La elec­trónica era una de las preferidas, que incluía celulares de última generación, computadoras, juguetes, armas cortas y largas, proyectiles, repuestos de vehículos sobre pedido, instrumentos de precisión, etc. Las avionetas venían de Colombia, Venezuela y Miami, reabastecién­ dose varias veces en pistas bien ocultas en las montañas y en las selvas amazónicas. Era una red muy bien es­tructurada, que implicaba mucho riesgo, y por ello no podían perdonar a los soplones ni investigadores que metían sus narices en esos negocios multimillonarios.

Ramón Tórtola, al poco tiempo ya fue adquiriendo baqueanía y cumplía a la perfección los encargos. Iba al­gunas tardes al bosque a entrenar. Llevaba por lo menos cuatro cargadores llenos y una caja de balas de reserva, para disparar a ciertos objetivos que se trazaba visual­mente. Iba en la moto como un desquiciado, andando a por lo menos a ochenta kilómetros por hora. Dispara­ba con la mano izquierda sin soltar el acelerador, pero cuando debía hacerlo con la derecha, se le dificultaba la maniobra. Entonces tuvo que probar ciertos recursos, como el de sostener la aceleración con el codo, apoyado firmemente el manubrio, mientras disparaba. Esto no le daba precisión, además de significar el riesgo de meterse un balazo en el cuello. Luego estudió un mecanismo que construyó con una planchuela de aluminio para trabar la aceleración con la palanca del freno de mano. Eso le dio más libertad para disparar.

Así, pudo interceptar él solo a un concejal munici­pal que intentaba llevar adelante el cierre de los aeró­dromos. Lo esperó a la salida de una estancia cercana, donde fue a recibir una importante coima para hacer la vista gorda, en el desvío del curso de un arroyo que debía surtir de agua un tajamar, muy necesario para los animales de la estancia Mainumby.

De certeros balazos ultimó al concejal Atanasio Ál­varez que venía raudamente en su camioneta por el pol­voriento tramo, camino a la ciudad. El conductor, al recibir el impacto de tres tiros al hilo, perdió el control del vehículo que fue saltando sobre los takurues y final­mente se incrustó entre los árboles. Tortola se acercó a la camioneta para rematar al hombre si era necesario y grande fue su sorpresa al ver que la cabina estaba ati­borrada de billetes de cien mil guaraníes. Por si acaso disparó dos nuevos tiros a su víctima, juntó tranquila­mente el dinero que puso en una bolsa de hule negra y emprendió viaje hacia su casa. Él vivía con su madre, una mujer que sufría trastornos mentales, y una her­mana que se encargaba de cuidar de la madre y los que­haceres de la casa. Miguel sin decir nada, fue directo a su pieza y guardó el dinero en un cajón de madera que llenó de cinta de embalar y lo metió bajo la cama.

En otro encargo mató al director del colegio regional, pues este había hablado sobre el narcotráfico y el con­trabando, además de los involucrados de la ciudad, en una reunión de supervisores. Estaba también en la lista, Rodrigo Bernal, hijo de uno de los mayores traficantes de electrónica, y “competencia desleal” de los akâguasu y un tiempo después ya recibió Ramón Tortola, instruc­ciones precisas sobre el trabajo que debía hacer.

Todo, en el bajo fondo o el hampa o el gansterismo, tenía su costo y cada vez más Tortola cotizaba mejor su trabajo.

Hasta ese momento todo salía a pedir de boca y nun­ca nadie lo señaló como uno de los ejecutores del traba­jo, pues él mantenía un perfil más bien bajo, no tenía amigos, ni novia, ni a quien contar nada. Así fueron pasando los meses y los años, que podían contarse por la cantidad de muertos que pasaron con expresión de te­rror frente al cañón de su infalible pistola. Ni la policía ni la fiscalía, investigaban mucho sobre los asesinatos por encargo que tenían el sello común de recibir cer­teros disparos en la cabeza. Eran trabajos de un profe­sional o de alguien muy bien entrenado, y nadie quería exponerse fácilmente a ser objetivo de este sicario.

Una noche se propuso hacer por su cuenta algo que nunca debe hacer un hombre con ese oficio. Preparó sus dos pistolas con balas explosivas, combustible en un bidón y fue a esperar al floreciente comerciante Fa­bián Ortiz en un trayecto que ya tenía estudiado. Casi a la medianoche apareció en la curva la camioneta, con el conductor manejando tranquilamente mientras es­ cuchaba música tropical a todo volumen, como para espantar el sueño o el miedo. Ramón sabía que en la carrocería traía droga y en la cabina varios millones de guaraníes, pesos y dólares. La camioneta aminoró la marcha, cosa que fue aprovechada por el sicario para el ataque. Pero no contó con que la camioneta estuviera blindada y que sus disparos serían en vano. Las balas re­botaban del parabrisas, de la dura chapa y por lo menos dos pasaron silbando muy cerca de su oído. Al ver que fracasó en su intento huyó del lugar a toda velocidad. Fabián llegó ileso a su casa y al otro día llamó a una urgente reunión a todos sus compinches.

Ramón Tórtola estaba temeroso y no se hizo ver en todo el día, ni siquiera atendió las llamadas de su pa­trón, Isabelino Tarova. Este se puso realmente loco, porque tenía un urgente pedido y Ramón no contesta­ba. Le intrigaba tan misteriosa desaparición y se puso a averiguar qué le pudo haber pasado. Enseguida se ente­ró del suceso de su archienemigo Fabián Ortiz, quien lo relacionó con el intento de su asesinato y robo. No dijo nada Isabelino y siguió buscando a Ramón, pero ahora para protegerlo de los sicarios del otro grupo.

Lo que más tarde contó su hermana fue que Ramón vino presuroso a buscar algo en su pieza y salió rauda­mente, sin siquiera despedirse de su madre, que estaba atada a su cama en una nueva crisis de esquizofrenia.

Cuando hallaron el cuerpo de Ramón Tórtola con más de veinte balazos, ya las moscas estaban revolo­teando el cuerpo, pero no había rastro de la caja que ató a su asiento como un acompañante y que lo condenó a la perdición.

 

 

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NOCHE DE PESCA Y OTROS CUENTOS

Cuentos de LISANDRO CARDOZO

Editorial SERVILIBRO

Asunción - Paraguay

 

 


 

 

BIERA CUBILLA


LA PERDIDA UTOPÍA


Sin resignación alguna debí partir de tu lado. ¡Si su­pieras cómo no quería apartarme, no quería alejarme, dejando atrás todo en manos del destino! Pero, ¿qué podía hacer?

La vida no me preparó para conocerte, no me ad­virtió de tus encantos ni me dijo qué sentiría. Simple­mente no te esperaba, no te miré con esos ojos, no que­ría acercarme. El dique dividía en kilómetros nuestros cuerpos sentados frente al mar, pero, de repente, ese día todo cambió. Dejé entrar por cada uno de los sentidos eso que me estremeció, eso que me volvió humana al dejarte. ¿Era yo la que te dejaba por ser yo quien partía?

Cada hora de los días posteriores veía tu rostro, escu­chaba tu voz y tenía mi catarsis en los sueños cuando en ellos te encontraba y allí estabas, sonriente como siem­pre, esperándome, y ¡qué vacío al despertar!, ¡sabiéndo­te tan lejos, tan ilusión, tan ya-no-mío!

Y una vez más recuerdo esa amarga y eterna despedi­da; amarga por mi partida, eterna por esos malditos se­gundos que hicieron un complot en contra mía pasando tan lentamente, clavándome el ser con cada tic-tac.

Y esa fue la última mañana que vivimos juntos, y esa fue la última tarde que te tuve allí.

 

 

 

 

 

NATALIA ECHAURI

 

LA SOCIEDAD DE BARQUITOS DE PAPEL



Antes de que pase una hora habré acabado con este viejo fortín

Como si fuera una pipa de ron. ¡Podéis reíros, por todos los relámpagos,

Podéis reíros! Antes de una hora veremos quién se ríe mejor.

Los muertos estarán contentos de no estar vivos.”

Robert Louis Stevenson, La Isla del Tesoro


Era domingo y por ende, todos llevábamos nuestros barcos de papel al río. Los domingos eran soleados, cá­lidos y estupendos para la navegación. Centenares de origamis de papel cubrían el Río Grande, perdiéndose más allá del horizonte, mientras en la costa otro grupo grande empujaba sus respectivos barcos hacia el agua.

Por eso los domingos eran ansiados. Mi familia era rica, por eso gozábamos de un barco de papel cada uno. Con mis hermanos competíamos en eternas carreras que no tenían punto de salida ni meta, pero era diver­tido salpicarnos agua y remar con las manos, desespe­rados por ganar.

Los domingos eran los días de la sociedad. Los días en que todos aprovechaban para exhibir sus barcos. Los más pudientes, como nosotros, contábamos con los de papel de un gramaje superior, ornamentados, con pliegues complejos y texturas coloridas. Los más auste­ ros, que solo podían adquirir un barco por familia, se conformaban con uno de dos habitaciones y papel obra primera. Había veleros, goletas, navíos y algún que otro bergantín, pero los más comunes eran los botes. Papá nos compró botes. No teníamos permiso para goletas como los hijos del señor Benjamín, ellos eran más ricos que nosotros y sus hijos unos soberbios, a los que les gustaba ostentar con sorna sus bellas goletas, con tex­turas personalizadas. No entiendo para qué una goleta para cada uno. Es mucho, algún día tendrán problemas para manejarlas. No, no soy envidioso, pero no es di­vertido jugar con ellos, nuestros botes terminan bajo olas gigantescas y nosotros empapados cuando ellos se meten en nuestras carreras. Y fue una de esas tardes en las que tras salpicar, Ralph, el hijo menor del señor Ben­jamín, me invitó a una carrera. Me negué tres veces. In­sistió una vez más burlándose de mi bote, y mi orgullo pudo más, por lo que acepté y comenzamos a navegar. Mi bote tenía un timón y una vela. Había mucho vien­to, pero mis posibilidades de ganar eran escasas.

La inmensa goleta atravesó el mar como partiéndolo y me hundía con las olas que provocaba. Aún así, Lla­marada como se llamaba mi bote, no se rindió y hasta casi empató con el soberbio de Ralph. Éste no toleró tal atrevimiento y haciendo una voltereta, hundió total­mente a Llamarada y a mí con ella.

Llamarada hizo una vuelta campana, salí despren­dido de ella, observé consternado como se quebraba el palo mayor ante la fuerza del agua, ella con la quilla al aire, yo saliendo también a flote, como un corcho, encima de mi barco de papel.

Con el barco al revés y yo sobre la quilla fue difícil volver a la realidad, pero una vez en ella caí en la cuenta de que había algo raro en el aire. Una niebla pantanosa me rodeaba y el agua era más densa, sucia. De pronto, me rodearon peces de tamaños descomunales, algunos más grandes que el barco y temí ser devorado por ellos. La isla y la gente del domingo con sus barcos de papel estaban lejos, mejor dicho, se habían perdido. O era yo el que estaba perdido.

Empezó a llover. Gotas grandes como toronjas hu­medecían la cubierta y amenazaban con hundir el bar­co, que ya estaba perdiendo resistencia por la densidad del agua.

Los peces gigantes seguían bordeando el barco y un insoportable hedor a heces vacunas se apoderó del mar. ¿Heces vacunas? El agua se tornaba oscura, del color del fango, mientras yo avistaba cada vez más cerca un horizonte verde, árboles, tal vez pastizales, o selvas por descubrir.

En ese momento odié como nunca en mi vida a Ralph, maldito hijo mimado, maldito soberbio, ya me encargaría al volver. Imaginé ser un pirata que hacía ca­minar por la tabla a un enemigo capturado y lo soltaba atado sobre aguas llenas de tiburones. El bote llegó a lo que parecía ser un montón de pastizales, pero pas­tos como nunca los vi en mi vida. Enormes, podía usar cada uno como un tobogán, y tal era su altura que no se veía nada después de ellos. De pronto, sentí un ruido. Unos pasos, tal vez un terremoto, tal vez el fin del mun­do, pero no, se iba acercando y en medio de tal lluvia, de tales pastos me encontré con el gato más gigante del mundo. Ocho veces más grande que un elefante, huía de la lluvia, aplastando los pastos y por poco no me hunde a mí y a Llamarada. Un grito. Un grito agudo e imposible.

Era el grito de una niña, de una niña recibiendo al gato. Los veía por encima del pastizal, estaba cerca muy cerca de ellos, pero quería pasar desapercibido. Me aferré a un pasto encorvado hacia el agua y tranqué el bote para mirar. La niña secó al gato y luego lo peinó. Una niña descomunal también, diez o veinte veces más grande que el gato. Temía que me descubrieran. Podían comerme o echarme entre el agua y ser devorado por los peces.

Tenía que pensar, rápido. Necesitaba voltear mi bote o conseguir uno nuevo. ¿Cómo mierda conseguiría uno nuevo? Vi un montoncito de tierra al borde del canal, en medio del pasto. Me tiré con cuidado y empujé el barco. Que iluso. Jamás lo voltearía. Probé varias ve­ces, y en esas estaba cuando el gato ya había posado su mirada intensa sobre mí y mis esfuerzos. Me escondí, nervioso, pero ya era tarde. El felino corría hacia mí en plena lluvia, y detrás de él, la niña.

Caí en las fauces del gato, y la niña me salvó. No sa­bía si era peor ser devorado por el felino o ser torturado por la niña, pero ni bien me vio, y a mi bote, lo aplastó, si lo aplastó y lo vi horrorizado, y me ponía en un lugar a salvo del gato.

Quería morir. No valía la pena estar en un lugar tan inseguro, tan perdido, tan lejos de todo, donde todo era extraño y donde habían aplastado a mi barco delante de mis ojos, donde una niña gigante me torturaba y donde un gato hambriento me observaba atentamente a través del vidrio que nos separaba.

Al día siguiente, huí. El gato dormía, y como con­tinuaba lloviendo, aproveché las grandes oleadas y me subí a una hoja lanceolada. Casi morí ahogado si no fuera por la niña, quien desesperada, y llorosa, volvió a secarme y guardarme del gato.

Me confeccionó el mejor bote que había visto en mi vida. Era un material duro, semejante al papel, pero más resistente, hermoso. Se lo puso en la cabeza prime­ro, y luego lo bajó en el agua, me colocó suavemente en él y me dijo adiós con la mano. Dos gruesas lágrimas, semejantes a las gotas de lluvia cayeron por sus mejillas gigantes como un campo.

Mi nuevo barco tenía texturas. La mayoría negras, cubrían toda su superficie, cada detalle. En algunas partes había imágenes, todas de esas criaturas enormes como la niña, y un montón de esos símbolos alrededor, todos del mismo tamaño, bueno algunos pocos más grandes, pero todos fungiendo de texturas.

Quería saber cómo volver mientras en mi cabeza in­ventaba historias para la familia. Tal vez me sacarían este nuevo barco y me quedaría sin domingos por el resto de mi vida. Aún no cesaba de llover cuando el ho­rizonte se volvió naranja, ahí muy lejos de los pastos al­tos y muy pero muy lejos de la sociedad de los barquitos de papel, de los navíos de cartón y de Ralph y su tonta goleta que me había llevado a la perdición.

 

 

ENLACE INTERNO A UNA OBRA PUBLICADA DE LA AUTORA

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AVALÓN – LA ISLA DE LAS MANZANAS

Novela de NATHALIA MARÍA ECHAURI

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay. Diciembre de 2006 (240 páginas)

 

 

 


 

ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


LA DECISIÓN


La ciudad había despertado hacía un par de horas. El bullicioso concierto matutino de las aves, que anidaban en los frondosos árboles del parque, competía con el ru­gir de motocicletas y automóviles que transitaban por la doble avenida que separaba al parque del museo privado de ciencias naturales y sociales de la capital.

La luz blanca del semáforo indicó a los peatones el momento de cruzar la avenida. De entre el grupo de peatones, presurosos por llegar a sus respectivos traba­jos, se destaca un hombre alto y delgado que vestido con un pulcro traje azul y zapatos de charol negros por­taba un gran paraguas negro a modo de bastón.

El hombre, despreocupadamente y como si fuera dueño del tiempo, se dirigió a la escalera de mármol que daba acceso al museo. Se acercó al canillita que se encontraba junto a una de las dos imponentes estatuas del legendario tigre dientes de sable, compró el perió­dico del día y ascendió las escaleras, deteniéndose justo debajo del frontis del edificio, sostenido por seis gruesas columnas dóricas de mármol con sus capiteles tallados. Tras observar por unos instantes el techo y a su alrede­dor, ingresó al salón principal del edificio donde, colga­do de la cúpula, se hallaba el titánico esqueleto de una ballena azul.

—Buenos días señor director —saludó uno de los funcionarios apostado en el lugar.

—Buenos días Gutiérrez. Por lo que he visto, los del servicio de limpieza nuevamente han omitido sacar las telarañas y limpiar como se debe los mármoles del fron­tis. Llámelos y dígales que hasta que no terminen el trabajo no les daré un centavo. ¿Acaso esa gente cree que aquí regalamos dinero?

—Está bien señor, lo haré ahora mismo.

—Antes de hacerlo, dígame, ¿llegó el artefacto que esperábamos ayer?

—El sarcófago egipcio y su contenido llegó ayer por la noche. De hecho el profesor Croissant ya se encuen­tra con su equipo desembalándolo.

El director, presuroso, se dirigió al tercer subsuelo donde, como había adelantado el funcionario, el ar­queólogo ya se encontraba desembalando la reliquia.

—Buen día Jacques —dijo el director al arqueólogo en el preciso momento que este abría la tapa del sarcó­fago—. ¿Te parece que hicimos buen negocio?

—Buen día Wilson. Creo que sí. Ha sido una buena adquisición —respondió mientras observaba las ins­cripciones del sarcófago—. Por lo que veo la momia en sí no ha sido “desempaquetada” como insistes en decir. Es de finales de la Dinastía XVIII, evidentemente un noble o sacerdote…probablemente una mujer… de en­tre quince y dieciocho años…Según estas inscripciones está relacionada con la diosa felina Basted, lo que con­cuerda con la zona en la que se la encontró…Tendría que hacer otros estudios para decirte más.

—¡Perfecto! Quiere decir que entre los trapos todavía puede haber sorpresitas. Aprovecha y utiliza el escáner computarizado que nos donaron los japoneses y si ves algo interesante ya sabes…catalogamos y a la vitrina… lo que sobre guárdalo en el sótano.

Las momias me recuerdan a unos chocolatines de mi infancia que traían ocultos juguetes dentro de ellos.

Mis abuelos me compraban por decenas, y yo, luego de sacarles el juguete, guardaba el chocolate en la helade­ra… ¡Qué tiempos aquellos!

—Recuerdo bien aquellas golosinas…y los empachos que me causaron —expresó el arqueólogo disimulan­do el disgusto que estas palabras le causaron mientras con dos ayudantes retiraban la momia del sarcófago y la colocaban en la camilla del escáner—. Pero despreo­cúpate, con estos nuevos instrumentos que nos donaron los nipones sabremos hasta cuántas veces se resfrió este sujeto.

—Eso te lo dejo a ti y a tu gente, yo me encargaré del show de luces y sonido que tengo preparado para lanzar la nueva sala mesopotámica… He contratado unas bai­larinas exóticas que vestidas de sacerdotisas babilónicas danzarán y servirán vino a los presentes. Verás cómo en esta ocasión conseguiremos muchas donaciones para pagar los equipos y personal que solicitaste.

—Tú siempre tan “práctico” e ingenioso para conse­guir dinero. Sin embargo creo que olvidaste el verdade­ro espíritu de la arqueología.

—Bueno Jacques —dijo el director haciendo caso omiso de estas últimas palabras—, te dejo con tus ju­guetes nuevos. Iré a mi despacho a ultimar los detalles para la “exposición” babilónica.

—Sé que de ti y tu espectáculo dependen nuestros sueldos e investigaciones, pero no olvides que esto es un museo y no un local nocturno —expresó el profesor Croissant, mientras encendía el complejo escáner.

—Descuida. Haré que terminen la danza de los siete velos cuando todavía les queden un par de estos —dijo despidiéndose para luego subir presuroso las escaleras, ingresar a su despacho y ponerse a leer el periódico.

Tras leer las noticias internacionales, pasó al suple­mento cultural donde se encontraba un reciente repor­taje que le habían hecho sobre la nueva imagen que se le intentaría dar al museo, junto a un artículo titulado “Patrimonio de la humanidad o botín egoísta” en el cual su autor, el profesor Horacio Salemi del Instituto de Investigaciones, proponía devolver las piezas arqueo­lógicas de los museos a los países de origen y reempla­zarlas por sus imágenes holográficas.

Creyendo absurda la propuesta del profesor Salemi continuó hojeando el periódico, cuando de pronto, sus ojos se detuvieron horrorizados en un titular que decía: “Fue desbaratada banda de profanadores de tumbas”.

El artículo, que seguía a continuación, detallaba cómo seis delincuentes habían violado los panteones del cementerio de la ciudad y, posteriormente, comer­cializaron los restos óseos que descansaban en ellos a los estudiantes de medicina. Inclusive, continuaba dicien­do la crónica, se habían encontrado entre los objetos ro­bados, placas, cruces de bronce y un grupo de joyas de oro, plata y piedras preciosas. Entre estos, un anillo de oro del barón Wilhem von Kraus, fundador del primer periódico de la ciudad, con el que había sido sepulta­do en 1863, y un rosario de coral con engarces de oro de doña Gertrud Hofmann, esposa del anteriormente mencionado.

—¡A qué hemos llegado! Hoy en día ya no se respeta ni a los muertos —dijo indignado.

—No comprendo de qué se horroriza —dijo una jo­ven que, sin que el director se percatara, lo estaba ob­servando hacía algunos minutos recostada en una imi­tación de sillón romano.

—¡Disculpe! ¿Usted cree que saquear una tumba e interrumpir el descanso eterno de un ilustre, como lo fue von Kraus, no es un acto despreciable? Además ¿quién la dejó entrar? ¿Quién es usted? —dijo ofuscado el director.

La mujer, de unos dieciocho años, proporcionada fi­gura y de estatura mediana, poseía cabellos lacios y ne­gros como la noche, adornados por una delicada flor de loto blanca colocada detrás de la oreja izquierda. Lucía un vestido ajustado de algodón que caía desde debajo del pecho hasta los tobillos, sujeto con dos tirantes que le cubrían sus bien formados senos. Por último, desde los hombros, donde terminaba su cabellera, hasta sus pies descalzos, colgaba en pliegues una pieza de algo­dón a modo de capa.

—Según tengo entendido usted pidió por mí. Y sí, tiene razón. Es un crimen despreciable profanar el des­canso de los que ya no están entre los vivos y robar sus objetos personales vanagloriándose de ellos y exhibién­dolos en las vitrinas de sus palacios.

—Ah, usted debe ser de las bailarinas que ameniza­rán la exposición… Aunque creo que… se equivocó de vestimenta…yo pedí bailarinas con atuendos de Babilo­nia…no de Egipto…aunque… ¿Quién se dará cuenta? —tartamudeó el hombre al observar en toda su magni­ficencia a aquella beldad.

—No soy bailarina…soy sacerdotisa de Basted.

—No importa que no sepa bail… ¿Sacerdotisa de quién? —dijo el director dando un salto de su asiento y dirigiéndose hacia la ventana sobresaltado.

—Soy sacerdotisa de Basted, del templo de la ciudad de Per-Basted, llamada por algunos…

—Bubastis…y actualmente…Zigazig —dijo el di­rector pálido como una hoja de papel al percatarse que quien le hablaba era un espectro—. ¿Qué clase de bro­ma me está queriendo hacer? ¿Quién es usted?

—No es ninguna broma. Mi nombre es Irepamón y según tengo entendido, has entregado muchas piezas de oro para que traigan mi sarcófago a este extraño templo —dijo con voz pausada y melodiosa.

—¿Qué quieres de mí espectro? ¿Por qué me ator­mentas? ¿Qué te he hecho?

—No me has hecho nada más de lo que los hombres que en estos momentos están, con sus ojos y extrañas maquinarias, mancillando mi cuerpo. Tampoco me ha­ ces más que aquellos que profanaron los restos y bienes de tu ilustre von Kraus, su esposa y demás difuntos.

—Mire se… señorita…No quiero que se enfade con­migo pero… usted se equivoca. En estos momentos el profesor Jacques Croissant está realizando estudios so­bre la momia…sobre su momia… para develar al mun­do los secretos de su muerte y a través de estos los de su vida. Es gracias a estos estudios que el hombre puede conocer más sobre su pasado.

—Y además “desempaquetarme” y quedarse con las “sorpresitas” que los sacerdotes guardaron entre los ven­dajes para protegerme en el viaje al reino de Osiris – prosiguió diciendo cínicamente la aparición recordando las palabras que dijera el director minutos atrás.

—Este… eso… sí… las… sorpresitas… Es una ma­nera de decir… le prometo que lo que se encuentre será colocado en un lugar de honor en el pabellón egipcio.

—Me imagino que con el resto del tesoro robado a alguno de mis antepasados o descendientes, de la mis­ma manera que los hombres que menciona el extraño papiro que estaba leyendo hace unos instantes hacían con las joyas de los difuntos.

—Pero señorita… usted está confundida… El barón von Kraus murió hace un poco más de ciento cincuenta años, en cambio usted… bueno… es parte de la historia de la humanidad y por ello todos tienen derecho de ver sus objetos. Para eso se inventaron los museos.

—O sea que según usted, el respeto a los muertos y sus almas tiene fecha de caducidad. Está muy equi­vocado y me entristece. No tienen ningún derecho de comprar, vender, intercambiar o exhibir a príncipes, sa­cerdotisas o cualquier difunto como si fueran un jarrón en un mercado exótico mientras las bailarinas danzan y sirven vino a los visitantes. Si quieren conocer su pa­sado, excaven, descubran y estudien los templos, ciuda­des, lugares de batallas, pero no profanen. Respeten a los muertos y a sus pertenencias. Porque si no lo hacen no tienen derecho a protestar cuando sus tumbas, o la de sus seres queridos, sean saqueadas y sus huesos y per­tenencias vendidas al mejor postor.

—No le digo que deja de tener razón, pero en mi defensa le puedo decir que los museos se han creado para preservar la historia, ya que muchos objetos serían destruidos por la desidia de las personas que actualmen­te viven donde ustedes lo hicieron. Por ejemplo, como bien dijo, usted fue sacerdotisa de Basted y su mastaba fue encontrada por casualidad, en la actual ciudad de Zigazig, mientras un hombre construía el sótano de su casa. Si los museos no existieran, probablemente él hu­biera intentado vender lo encontrado en partes o sim­plemente destruirlo al no poder hacerlo.

—Conozco bien el suceso que llevó a interrumpir mi descanso. También estoy al tanto de cómo es que llegué aquí sin que el faraón que gobierna hoy sobre Kemet, o Egipto como tú lo llamas, se entere… Creo que eso te pone en la misma situación de los estudiantes que com­praron los huesos que mencionaba tu extraño papiro.

—En realidad… no es lo mismo… Como dije an­teriormente, muchos pueblos de hoy, a pesar de sus glorias pasadas, se debaten en la miseria descuidando sus patrimonios históricos. Yo mismo he sido testigo de cómo una estatua de Ramsés El Grande era usada como baño público. Es por ello que en el transcurso de los años, gobiernos como el inglés, el alemán, francés e inclusive el norteamericano, entre otros, han invertido fortunas para rescatar de la destrucción al patrimonio de la humanidad que en esos países se encuentran.

—¿Realmente crees que los ejércitos franceses, ingle­ses, alemanes, turcos y sus gobiernos, entre otros pen­saron, al pasar por mi amado Kemet y otros pueblos, sólo en proteger las reliquias que llamas patrimonio de la humanidad cuando cargaron sus barcas y llenaron sus templos…museos… con ellas? ¿O simplemente fue el oro de estas lo que los impulso a “protegerlas” en sus propias arcas? No veo diferencia en lo que hacían los ge­nerales asirios o hititas cuando masacraban una ciudad y saqueaban sus templos y palacios embelleciendo sus propias residencias con el botín conquistado.

Sin embargo sé que tienes parte de razón, ya que de no ser así no estaría aquí junto a los restos de un prínci­pe quechua y los restos óseos de una princesa de Elam. También he descubierto que tu mundo es muy distinto al mío y no puedo cambiar lo que está hecho, solamente pido ser tratada con respeto.

¿Quieren estudiar y aprender de mí y de mi pueblo? Bien. Pero una vez que concluyan sus estudios devuél­vannos a donde nos encontraron y sellen el lugar para siempre. No nos arranquen de nuestro lugar de descan­so para, luego de ultrajarnos y robar lo poco que nos queda, arrumbarnos apilados en un frío, polvoriento y solitario sótano, como si fuéramos sacos de granos, án­foras de vino o de cerveza. Eres un buen hombre y sé que harás lo correcto.

—Sí que ha cambiado el mundo, ¡y mucho! —sus­piró el director—. Desde antes de la invención de la rueda, el hombre ha evolucionado gracias a su capaci­dad de asombro y continua la búsqueda de sí mismo. Es cierto también que muchos, en especial a finales del siglo XIX, saquearon los tesoros de Egipto y otros pue­blos con el conocimiento como pretexto. Sin embargo, mujeres y hombres, como el profesor Croissant, quieren con sus estudios de campo y de laboratorio, develar el oscuro manto que cubre el pasado de la humanidad. La tecnología de hoy ayuda mucho pero… solamente alguien que vivió en la antigüedad podría darnos las respuestas que buscamos.

Lamentablemente me pones en un dilema —conti­nuó diciendo el director—. Como encargado de este museo podría convencer al resto del Comité Directivo y devolver absolutamente todas las reliquias a sus lugares de origen, sin embargo al hacerlo me quedaría sin mu­seo y sus empleados sin trabajo.

—No precisamente... Lo acabas de decir. La tecnolo­gía hoy está al servicio del conocimiento… Te he escu­chado leer las palabras del sabio Horacio…

—¿Te refieres a los equipos de proyección de holo­gramas del Profesor Salemi? —interrumpió el director.

—Sí. Aunque me gustaría que me expliques ¿qué es un holograma?

—Es una técnica fotográfica mediante la cual, a tra­vés de un rayo láser, se obtiene la imagen tridimensional de un objeto determinado haciendo creer a quienes lo ven que realmente están ante este. Para que lo entiendas mejor, es como si fuera el fantasma del objeto.

—Eso quiere decir que con esa magia, los visitantes de este palacio podrían llegar a creer que están verdade­ramente ante los tesoros de la humanidad.

—Así es… pero… la exposición en poco tiempo perdería su atractivo y los mecenas pronto dejarían de interesarse en las distintas salas y por consiguiente de aportar su dinero, destinado, en su mayoría, al costoso mantenimiento que desde ya tiene este edificio, sumado al costo derivado de las nuevas maquinarias y equipos.

—Eres un buen hombre, tal vez un poco confundido pero bueno al fin. Estoy segura que conoces el dicho “una mano lava a la otra y las dos lavan la cara”. Si me ayudas y devuelves a los difuntos y sus pertenecías a sus tierras te prometo que te ayudare a que este templo sea el más visitado por muchos años.

—¿A qué te refieres?

—Confía en mí. Yo confío en ti.

El director se recostó en su sillón, colocó ambas ma­nos extendidas sobre el escritorio, suspiró profunda­mente y preguntó a la aparición:

—¿Por qué me has elegido a mí y no a Jacques para decir todo esto? Te hubiera sido mucho más sencillo convencerlo.

—A pesar que ambos son iguales en sentimientos hacia la búsqueda de la verdad su Ka y su Ba están en armonía con su cuerpo… los tuyos no. Tú precisabas reencontrarte y hacer que tu cuerpo, a través de tu Ka o fuerza vital, obedezca lo que tu Ba, o alma, pedía a gritos hace tiempo, haciendo de esta manera que vuel­vas a la senda que se te ha trazado. Esa fue una de mis misiones. Por eso lo hice.

Varios golpes insistentes a la puerta del despacho in­terrumpieron la conversación:

—Wilson, ¿puedo pasar? —preguntó el profesor Croissant.

—Pasa Jacques…

Irepamón sonrió dulcemente al director y dijo para luego desvanecerse ante sus ojos:

—Cumple tu parte y yo haré lo mismo. No te arre­pentirás.

—¿Hablabas solo de nuevo? —dijo el arqueólogo sonriendo, mientras entraba al recinto.

—No…este…estaba leyendo en voz alta. ¿Has averi­guado algo sobre Irepamón?

—¿Cómo sabes el nombre de la sacerdotisa si… aca­bamos de descubrirlo en este escarabajo de oro que se encuentra entre las vendas, en el lugar donde debería estar el corazón? —expresó el arqueólogo señalando el objeto en unas fotografías que se habían tomado con el moderno escáner japonés.

—Mmm… tú me lo acabas de decir… ¿no recuer­das? —mintió el director.

—No. Estoy seguro que no…

—Mmm amigo… creo que estás perdiendo el jui­cio. Deberé darte vacaciones… Pero dime…hablando de trabajo: ¿Desvistieron a la mujer…? digo… ¿llegaron a despojar de sus vendajes a la momia? —pregunto mi­rando al lugar donde hacía unos instantes se encontraba la aparición.

—No… justamente venía a que firmes las formas au­torizando el procedimiento para extraer esa joya además de un par de ushebtis…unas estatuillas que se guarda­ban en los vendajes del difunto para que sirvieran en los quehaceres domésticos al difunto en el reino de Osiris.

—Sé que son los ushebtis. Recuerda que fui conti­go a la universidad… ¿Crees que podríamos aprender algo más de Irepamón sin despojar a la momia de los vendajes?

—Podría hacer algunos estudios sobre su ADN, en­fermedades… Pero dime ¿te sientes bien?... Hace menos de una hora hablabas de la momia y sus secretos como si fuera un chocolatín con sorpresa y ¿ahora sólo quieres utilizar el escáner?

—Me siento bien… me duele admitirlo pero tenías razón cuando dijiste que pensaba transformar el mu­seo en un local nocturno… en un burdel con bailarinas exóticas… Los difuntos y el pasado merecen más res­peto… Ve, continúa con tus estudios sobre Irepamón, mientras, yo cancelaré lo de las bailarinas y luego ha­blare con el profesor Horacio Salemi del Instituto de Investigaciones para que nos provea de esos sofisticados proyectores de hologramas que insistentemente nos ha estado ofreciendo desde hace varios meses. Una vez que termines tus estudios llamaré a los museos de El Cairo, Bagdad y Cuzco para informarles que tenemos objetos y reliquias que les pertenecen.

—Veo que estás decidido pero… no creo que te sea tan fácil devolver las reliquias.

—Lo sé. Pero pierde cuidado. Con la próxima ex­posición convenceré al Consejo Directivo —dijo recor­dando la promesa de la sacerdotisa.

—Me gusta tu idea y, como sabes, siempre estuve de acuerdo en reemplazar las piezas con hologramas pero… ¿Qué te ha hecho cambiar de decisión?

—Si te lo dijera no me creerías. Solamente te diré que desde ahora creo firmemente que si no respetamos a nuestros prójimos, incluyendo entre estos a los difuntos y sus reliquias, no tenemos ningún derecho a exigir el respeto que negamos.

Un par de semanas después, la exposición que incluía varios hologramas fue un éxito, como lo adelantara el director, debiéndose prolongar por un par de semanas más.

Tiempo después las reliquias originales, en su to­talidad, regresaron a sus tierras siendo remitidas a sus principales museos. No tardó mucho tiempo en que la mayoría de los museos del mundo, al ver el éxito del profesor Wilson Jacks, siguieran su ejemplo devolvien­do los restos humanos y sus pertenencias al lugar donde habían sido extraídos.

La nueva era de los museos había nacido.

Sin embargo, a pesar del gran éxito que mundial­mente todas las exhibiciones tenían, ninguna podía competir con las del director Wilson.

Miles de personas, incluyendo científicos e investiga­dores de todas partes, hacían largas filas alrededor del museo para poder ingresar y ver la incalculable colec­ción de hologramas, en especial uno, extremadamen­te sofisticado cuyo secreto sólo el director Wilson y su amigo Jacques Croissant conocían, de una sacerdotisa egipcia llamada Irepamón que increíblemente respon­día a toda pregunta que cualquier visitante le hacía.

 

 

ENLACE INTERNO A UNA OBRA PUBLICADA DEL AUTOR

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EL FOTÓGRAFO DE LOMA TARUMÁ

Novela de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN

EDITORIAL LINA S.A.

Asunción - Paraguay. 1º Edición, abril 2011

 

 

 

Su alma florece en mística belleza

Óleo sobre lienzo de Adriana Villagra

Colección del PortalGuarani.com

 

 

 

IRINA RÁFOLS

 

EL ONOMATOFOBO

 

De “Esperando en un Café”, 2011.


No, mire, le cuento. No es que me disguste el trabajo, no es eso. ¡Es que viene cada uno!… Si se piensan que sólo los vivos dan trabajo, ¡qué equivocados están! Ah, sí, acá los muertitos hacen de la suya. Que no entran en el cajón, que se hinchan, que forcejean, que se los etiqueta, que se los abandona y lloriquean, ¡qué sé yo!. Cuarenta y tres años en el mismo trabajo, ¿qué no tengo nada que contar? ¡Ah, usted no sabe!, tengo miles de historias, ¡Ja!, ¡si yo escribiera!

Al comienzo confieso que me sentía un poco raro… ¿atemorizado? ¡No! Nunca tuve temor. Pero sí me in­quietaban un poco los ruidos, ¿sabe? A veces eran las ratas, otras veces… Bueno, hubo de todo en estos cua­renta y tres años, como se imaginará. Por ejemplo, una noche que estaba cómodamente tomando el tereré en el sillón, haciendo la guardia, sucedió algo bien extraño.

Mi compañero de ese entonces ya se había retirado unas horas antes. Había que apagar las luces, sólo quedó encendida la de la salita donde yo estaba, con el televi­sor blanco y negro, que no andaba bien el volumen y a veces se iba la imagen, se volvía violeta, y cuando la tele se ponía violeta a eso de las doce, doce y media de la noche, ¡zaz!, todo se volvía violeta. ¡Todo le digo!, hasta lo de afuera. No sé a qué obedecía el fenómeno. Pero era así. El corredor estaba a oscuras. La puerta del depósito estaba cerrada, sin candado. ¡Claro!, ahora no. Ahora se espera de todo. Hasta que los muertos se levanten a orinar. Por eso ahora se candadean. Pero hace cuarenta y tres años atrás, no se ponía candado.

De repente yo estaba de balde, al pedo como dice la juventud hoy en día, macaneando con el televisor, trompazo va, trompazo viene, para ver si la tele obede­cía, pero nada. Me tiré en el sillón malhumorado, sorbí la bombilla y de pronto escuché un ruido. Atendí. No se volvió a escuchar. Sorbí otra vez y se escuchó de nuevo, y se escuchó de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. Miré a todos lados y grité: “¿Quién anda jodiendo por ahí a esta horaaaa?”, pero nadie contestó. Se hizo silencio, pero no me levanté a mirar. En el reloj de la pared eran las doce y cuarto. Se oía densamente el tic-tac, tic-tac, tic-tac. Afuera por el vidrio de la ventana cerrada se no­taba todo muy oscuro, es decir, no se notaba nada. Ni un alma pasaba ni por afuera ni por adentro. Entonces empecé a especular con lo del ruido. ¿Para entretenerme vio?, para tener ocupada la mente. “¿Será algún gato en el tejado?”, dije en voz alta, y traté de imaginar el sonido del pasito de las cuatro patas. Pero no. Un crujido como de algo pesado que se arrastraba, chilló en su lugar. Me incliné un poco, sorbí la bombilla y dije: “¡Nambrena!”, y me quedé mirando el corredor que daba a la puerta del depósito. Era un sonido rítmico, paraba y de pronto comenzaba otra vez, como en secuencias. Bueno, ¿qué hago? ¿Me levanto y voy a ver?, pensaba, mientras se­guía tomando el tereré. Miré el reloj. El teléfono estaba silencioso. Afuera oscuro, adentro empenumbrado de violeta, y yo, habrá notado, sin muchas ganas de levan­tarme. Silencioso, un poquitín asombrado, ansioso di­ría yo. No, no, compadre, temor no, nunca tuve temor en absoluto, ya se lo dije. Y el ruido continuaba. Enton­ces como que la curiosidad me empezó a picar, ¿vio? Me levanté despacito, tereré en mano, como para sentirme acompañado. No, no era que me sintiera solo. Sentía so­ lamente la necesidad de estar acompañado, que es otra cosa. Entonces caminado así distraídamente, como mi­rando vidrieras, me adentré por el corredor oscuro. De pronto se me hizo la luz, ¡ah!, ¿no serán ruidos del baño? Entonces me fui derechito para el baño, al fondo a la derecha. A la izquierda quedaba la cocinita. Entonces lentamente abrí la puertita del tualé, y vine, vi y vencí, como Napoleón, es decir: entré, escuché, y prendí la luz. Clop ploc, musitaba la cisterna. No, no era ploc ploc, era así, tal cual le dije: Clop plop. Yo soy muy bueno identificando onomatopeyas y onomatofobias. No tengo miedo a nada. Y bueno, la cisterna hacía unos ronquiditos, pero no era ese el ruido que yo escuchaba. En efecto, la bomba de la cisterna estaba floja y el agua se fugaba con un quejido. Traté de repararla y entonces se complicó la cosa. Tiré de la cisterna, y después como desatada de un sino de la ley física, solita se siguió ti­rando y tirando como si el agua quisiera aniquilarse en la fosa del váter, y bueno, no podía hacer nada. Apagué la luz, salí y cerré la puerta, pero eso me puso de mal humor. Cada dos minutos: ¡Pflooooooooofffffffffff!, se tiraba la cadena solita, que no era cadena, era piola plás­tica. Traté de no darle importancia al asunto y en cuan­to di un paso para dirigirme a la sala… ahí apareció otra vez el mismo ruido raro. ¿Cómo sabía yo que era un ruido raro? Bueno, yo soy especialista, en reconocer ruidos raros. Por ejemplo, los ruidos no raros ¿cómo se llaman? A ver… ruidos ruidosos, ruidos molestos, hay hasta ruidos antipáticos, como los ronquidos de mi se­ñora. Hay ruidos enojosos, como los de los chicos en los autos, con los compact y las bocinas. Hay ruidos estrepitosos, como la caída de la lluvia en una tormenta, o ruidos rápidos como las ráfagas del viento. ¿Pero rui­dos raros? ¿Cómo y con qué se identifican? No es fácil al oído reconocer un ruido raro. El ruido raro es algo que eleva la esencia del ser hacia otra categoría auditiva. Uno va caminando por algún lugar, campantemente, y de pronto: “¡Sshhhhhhhhhhhhhhhjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjui iiiii!”: ¡el ruido raro! Y uno se detiene. Se aquieta. Se agazapa para escuchar mejor. Al ruido raro uno quie­re verle enseguida para conocer cómo es. Con el ruido raro todo el organismo se orgásmica, hay como un le­lelele que le alela a uno, ¿qué caracho es? uno se dice en la mismísima lengua de Cervantes. Entonces, como los griegos, se busca el fundamento de la pregunta, la inteligencia comienza a ronronear, la lógica se erecta y dice: “Déjenme a mí, ¡yo sé!”, pero no encuentra res­puesta, porque simplemente un ruido raro, es algo in-identificable, ¿entiende? Todo el cuerpo se prepara para la contingencia, los labios se mordisquean, los alvéolos empujan a las encías, los dientes tintinan, chacharean, fofofan. Los dedos se mueven con inquietud, las uñas se enguzan.

El estómago fondisquea, los pies piesinan, ¡es tre­mendo lo que sucede! Pero la mayoría de las veces no estamos conscientes. ¡Por suerte! Bueno, y lo que pasó después fue que me fui para la cocinita chiquita de la izquierda. A mí me pareció de mal gusto poner la co­cina a la izquierda, donde debió estar el baño, pero a veces las cosas surgen a contramano y uno tiene que vivir con eso. Encendí el foquito, el mísero foquito, lamparita de 20 watts. Las cosas estaban como siempre, todas tiradas en un beatífico desorden. Comida por el suelo, sustancias rancias y gelatinosas chorreando de las paredes, mugres muertas y agónicas en los estan­tes, todavía llenas de vida, descomponiéndose. Como sin duda deben estar muchos de los cadáveres de allá dentro, pensé. Pero, ¿cuándo estamos al fin muertos?... cuando ya nada se transforma, mientras el cuerpecito se descompone, algo sigue dando órdenes para que se procese el cambio, ¿no lo pensó usted? ¿Qué maravi­llosa inteligencia continua el caótico ajetreo de la ma­teria hasta su desboque final?, ¿cuándo ya nos queda­mos tiesos como escobas, estamos realmente muertos mientras nos podrimos? ¡Aaah!, ¿Vio qué pensamiento altruista? La preocupación por los prójimos. Aunque ya no son tan prójimos, porque ya pasaron a otra categoría más elemental, más descarnada, ¿no?... Teniendo estos pensamientos, comprendí que el ruido no venía de los organismos fermentados, no podían hacer tanto ruido, a menos que hayan fermentado hasta el punto de evo­lución, y si evolucionaron tanto ¿qué les costaría, por ejemplo, fundar cabildo?, y si hay cabildo abierto, ya se puede hablar de independencia, nación y patria, ¡ah!, el tema se pone muy rancio, mejor ni hablar. No. El ruido raro no puede venir de allí. Sólo queda una opción: ¡el depósito de cadáveres! Tenía que abrir la puerta de la morgue. Era a dos aguas. Con pestillos como las he­laderas de antes. La puerta era como un refrigerador, antes les decíamos así, ahora heladeras. Abrí entonces sin miedo, no tenía por qué tener miedo. Inmediata­mente llegó a mi nariz un vaho frío, muy frío, el olor era un olor mmmm desconocido, era levemente apestoso, pero dulzón, el olor sonaba a tinieblas, a espesaduras de las sombras. Di dos pasos viscosamente hacia adelan­te, dejé la puerta entreabierta, me llegaba tímidamente de allá del fondo, la luz de la salita, como la llama de una vela vista a través del orificio de una aguja. Ahora, no sé quién querría ver una vela a través de una aguja, ¿no?... Pero sigo. Los ojos se me ahuecaron y adiviné los cajones resbalosos. “¡La pucha!, ¿dónde está la luz?”, me pregunté. De pronto el ruido raro asomó de entre los recovecos de la nada, el ruido raro dobló de entre las sombras de las esquinas. Persistió, se aquejumbró, borboteó incoherencias, esdrujulizó mis sentidos, no, no tenía temor, yo no le temo a nada, le dije. Percibí de pronto, atentamente, la singracia de la no sapiencia, anonadado, no nada, dado a no tirarme al azar de la mala suerte, no reparé, no pensé en lo imprevisto. Y lo imprevisto, diose, Dios se esdrujó en el depósito, y los cuerpos fosforecieron de sus jaulas. De golpe se abrie­ron los cajones, y las bolsas negras exclamaron al uníso­no: “¡Crassssssssssssssssshhhhhhhhhhhh!, y se abrieron como pétalos. Allí asomaron fructíferos pomponios, es­támbricos cadáveres florecieron del más allá, que estaba ahora más acá, el ruido raro prostíbulo la línea sepa­rencial entre lo vivo y lo muerto, y ya nada se supo con precisión: si los muertos vivían, si lo podrido floraba, si fructificaba la descomposición, si yo era yo, si yo yoía, o no más yoyaba, nada se entendía. Me dio un espas­mo orgiástico nauseal, pero no flaquié y espumirajié a lo desconocido, envalentonadamente como Hamlet, les grité: “¡Fantasmas! ¡Den la cara!” ¡Para qué!, una bes­tia pelicuda se irguió ante mis ojos, se emponzoñó en ira, vino a mí, mascó algo entre su emoliente maxilar y deshizo estas palabras angustiosas en mi oído: “¡Ahh hhhhhhhhjjjjjjjjjjjjjjjjjkkkkkkkk!” Y yo exclamé: “¡Vos!, ¡vos, pedazo de muerto!, ¡si querés decir algo hablá en castellano!” Y entonces se notó que hizo un esfuerzo sobrenatural y me dijo: “Soy un… un ofunfunfípero” “¿Y… y qué es eso?, le interrogué “¡Yo!” contestó con cierto rasgo de encono, que después pareció de humi­llación, que después pareció de inferioridad, o quizás de pena “¿Y qué sos vos, o es usté, o eres tú?” Y me mirijió mal. Entonces le parlé en latín: “¡Vade retro!” y nada. “¡Retro-miusic!… ¿Abba? ¿Toto? ¿Diuran Diuran?” Y no. Parecía frustrado de no entenderme. Le canté en­tonces en portugués: “¡Vocé abusó chi mí!, ¡se propasó chi míiiiii, abusó!”, y, y, y arqueó el asombro de la úni­ca ceja que tenía en el pobre cráneo pelado, con todo el occipital y el occidental seco y calcinado, y probé el lenguaje mágico: “¡Ábrete sésamo!, ¡ábrete mijo!, ¡ábrete salvado!”, pero nada, y en el lunfardo lúdico: “¡Orín de Odín, de don Pingüé!”, pero no había caso. Ya no sabía qué más decirle para que desapareciera. No, no, no es­taba asustado, pero las piernas se me descalibraron de las tibias y los peronés se me encabritaron en los pies, y un rechinche rechinchineó en mis dientes erizados, como bestias empaladas en las encías y el pelo se me cayó estrepitosamente al suelo y entonces, entonces… perdón, ¿no está abrumado con mi relato, verdad?, ¿no le aburro? Dígame si le cansa escuchar… no sea que us­ ted ya se quiera ir a dormir o descansar en paz, y yo esté abusando de su eterna paciencia. ¿Prosigo?... De pronto miré bien a mi interlocutor. Tenía ya los ojos fieramente abiertos, con jocundia, con desenfreno, viéndolo todo y no viendo nada. ¡Ja!, cuarenta y tres años en el servicio, ¡cuarenta y tres años y la misma cosa! ¡Muertos malcria­dos y aburridos! “¡No sos especial, che’raato! Y además, yo decido con quien hablo, a quién levanto de la siesta, a quién le abro el cajón y lo saco a tomar aire. Ahora estas acá, pero, ¿qué pasa si te guardo en la bolsa? ¿Y si te meto otra vez en el cajón?, ¿eh?”...

No, no me disgusta el trabajo que tengo. No ten­go miedo a nada, ¿por qué no? Porque los muertos me aman, me adoran, me esperan todas las noches para que yo los saque del cajón y los haga jugar como muñequi­tos, los ponga en posiciones y les invente una historia a cada uno, y finja yo que los asusto, y finja yo, que me aterran, que les regale el lujo de una actuación que se morirían por vivir, y que alguien, piadosamente char­latán, los sacuda con el espasmo de la voz, cuando ya nadie les dirige la palabra.

 

 

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ESPERANDO EN UN CAFÉ
 
Cuentos de IRINA RÁFOLS 
 
 
Asunción - Paraguay. 2004 (143 páginas)

 

 

 

Camino a la inmensidad, óleo sobre lienzo de Adriana Villagra

115 x 200 cms.

 

 

 

 

JUAN DE URRAZA


¡REVOLUCIÓN!


Nelson posó sus manos sobre el teclado, sudoroso. No era el teclado lo que sudaba, sino él que transpiraba y goteaba saladamente sobre el mismo, desperdigando las gotas con sus dedos sobre las teclas, creando un em­paste de sudor y mugre bastante desagradable.

Todavía no creía lo que había oído minutos atrás, de boca de su propio yo del futuro, que había “pasado” a saludarlo y a contarle una historia increíble que debía transcribir yendo en contra de toda lógica posible. No sabía si se estaba volviendo loco, o si realmente sucedió, pero ya se había puesto manos a la obra.

Su yo “viejo” decía haber llegado del año 2043, y le contó, rápidamente, sobre un negro futuro en el que la humanidad vivía, causado por un hecho en el que él estuvo envuelto como personaje principal, en el pasado.

Le habló de la aparición de la “LEY DEL PLAGIO INTELIGENTE”, basada en la jurisprudencia que sen­tó el conocido y mal llamado “Caso Garay”, donde él era encarcelado por un supuesto plagio que no cometió pero que de todos modos llevó a una sentencia nefasta y a una cultura de erradicación del plagio que coartó las alas de todos los creativos a nivel mundial.

Porque el mundo fue diferente desde aquel día. Las corporaciones dueñas de los derechos de muchos pro ductos intelectuales, lentamente como un cáncer, em­pezaron a crecer e impedir que los creativos de las nue­vas generaciones repliquen, aunque sea levemente, las historias y acontecimientos que sus narradores contaron alguna vez y sobre los cuales tenían la propiedad de de­rechos de autor. Ese mencionado caso sentó las bases de lo que se convertiría en el “Estado Fiscalizador”, una especie de Gran Hermano que desde sus ministerios de Industria y Comercio, así como de Educación, vigilaba cada nueva obra artística a la luz de las obras anteriores; y si encontraban cualquier similitud, entonces metían presos a los plagiarios con cadenas cada vez más largas y crueles para impedir que nadie creara, o extendiera, obras que tuvieran relación con las administradas por los dueños de los derechos.

A esa altura, en su futuro, según explicó, quedaban tres grupos editoriales principales en el mundo, que a su vez formaban parte de conglomerados aún mayores de Música, Cine y diversas artes. Así, Penguin Random House acaparaba casi todas las historias eróticas, thri­llers e históricas; Planeta se centró en historias costum­bristas, de amor y aventuras; y el grupo Plastelart, todo lo que fuera ciencia ficción, fantasía y horror. Solamente los escritores que firmaban con esas corporaciones po­dían escribir sobre esos temas, y si una novela incluía diversas temáticas (por ejemplo, una novela de ciencia ficción pero con componentes históricos), los grupos arreglaban detalladamente el acuerdo y el porcentaje de ganancias sobre el precio de venta para ceder los dere­chos de explotación de la temática al otro grupo, tal cual ocurría con las patentes de invenciones en otras áreas del saber humano.

Esto significaba que la creatividad había quedado es­tancada, que los escritores debían atarse a alguno de los tres grupos para poder escribir algo, y que fuera una idea descabellada no hacerlo, puesto que todas las his­torias que se le pudieran ocurrir a cualquiera ya habían sido narradas de alguna forma, en alguna ocasión, por algún autor en algún libro, alguna vez. Y si bien los libros pasaban a ser de dominio público cincuenta años luego de la muerte del autor, estos grupos de poder te­nían tantos libros semejantes en su haber que de seguro habría alguno, aún protegido, al cual estarían plagian­do ideas si se analizaba en profundidad su colección.

El viejo Nelson le contó al joven que él había, esta vez, viajado realmente al pasado y había visto con sus propios ojos la “revolución de diciembre de 1817” en Pa­raguay, y hasta participado en ella. No había ido acom­pañado ni de un abuelo sabelotodo ni de una tortuga parlante, sino que había ido solo. Allí urdió un plan; y ahora estaba de regreso, antes de volver a su tiempo, para aleccionar a su previo yo. Al joven Nelson le que­daba únicamente como tarea escribir la nueva historia que le habían contado, que aunque le parecía asombro­sa, pero según él mismo (al viejo, me refiero), sería lo mejor para todos y para sí mismo.

¿Cómo sucedió esto?, pues nada, alguien que supo de su pasado difícil, causado justamente por el Caso Garay, había llegado de un futuro mucho más lejano y le había regalado una máquina para viajar en el tiempo, como premio por su esfuerzo en intentar evitar (en vano) el oscuro precedente que sentó el plagio. Era una hermosa mujer, veleidosa, que sólo le había dado su nombre de pila: Alicia. Ella tuvo la brillante idea de regalarle la máquina, conmovida por su historia y las repercusiones que trajo consigo. Estas máquinas eran muy caras, se habían inventado cinco años atrás (de aquel tiempo), y estaban, en general, prohibidas en su uso salvo para temas militares y gubernamentales; lo que no impidió que ella se hiciera con una, y decidió prestársela a Nel­son, para que al menos conociera una verdadera má­quina del tiempo. El origen de la mujer era un misterio y solamente le dijo que se la entregaba para así poder “solucionar este entuerto”, puesto que era a lo que se dedicaba. Luego se retiró y no supo más nada de ella.

Nelson ya era un hombre viejo cuando esto suce­dió, rondando los setenta años, pero energético como siempre, no dudó en usarla, viajando directamente a la época de la revolución, antes de visitarse a sí mismo en el 2009.

La primera recomendación que le dio el viejo al joven fue que, para la historia que estaba escribiendo sobre una tortuguita que viaja en el tiempo, no utilizara el recurso de la máquina del tiempo, el túnel del tiempo, ni el recurso onírico de haber estado soñando viajar en el tiempo. El mejor recurso era, según él, que el tiempo simplemente empezó a retroceder repentinamente, por obra y gracia de algún acontecimiento que la ciencia nunca pudo dilucidar, llegando hasta el momento exac­to de la revolución de Mayo. Y luego continuó hacia adelante. Como si hubiera tosido el universo, dado un paso hacia atrás, y luego continuado. Sólo que la tortu­ga, en ese momento, estaba escondida en su caparazón y no se enteró, y cuando despertó, ya estaba en el pasado. Un recurso así nadie lo había narrado nunca, y por lo tanto no podrían reclamarse falta de originalidad.

En segundo lugar le detalló los hechos de la revo­lución libertadora de Paraguay que todos conocían y aparecía en los libros de historia: ocurrida el 13 de di­ciembre de 1817. Los héroes fueron Francisco Gonzaga, Fernando Torres, Marcio Páez, y el Dr. Gaspar Rodrí­guez de Francia. Le recordó los nombres de varios már­tires que no fueron parte de la verdadera revolución, puesto que habían sido asesinados a principios de 1811 cuando se descubrió que estaban confabulando contra la Corona. El Dr. Francia era el único que, con sus ar­tes del engaño, había logrado escabullirse de ese intento fallido y logrado participar del segundo, esta vez, con éxito.

El gobernador español en 1817 era Graciano Torre­vieja, que había reemplazado a Velasco, al haber muerto éste en 1814 a causa de la disentería.

Los nuevos revolucionarios, habiendo aprendido de los mártires previos, urdieron otro plan. Envenenaron la comida de una cena de gala que se llevó a cabo en la fecha mencionada, matando al gobernador, soldados, jefe de policía, y a la gran mayoría de los hombres fuer­tes del régimen. Era una época ya sumamente calurosa y nadie pasó frío. No hubo campanadas de la Catedral ni doce cañonazos en la plaza, ni festejo alguno, es más, mucha gente tardó meses en enterarse del cambio de gobierno. No hubo pueblo que saliera a festejar. Sólo los revolucionarios sacaron los cuerpos ya tiesos a la plaza y los quemaron en una gran pira. La gente estaba asus­tada, en realidad temía una represalia de los españoles y no estaba interesada en ser soberana. Pero, debido a problemas de la Corona, no pudieron ocuparse de Pa­raguay a tiempo, y, cuando intentaron hacerlo, ya era tarde, se había consolidado la patria, y ya no podían retomarla. Luego vino todo lo que ya se sabe: la primera gran dictadura, los López, la Guerra grande, y todo lo demás.

El viejo Nelson entonces le dijo al joven:

—Pero no puedes escribir sobre esto. Si lo haces, el mundo será un lugar gris, donde la creatividad estará confinada, donde los pensadores no podrán expresarse. Tú debes contar otra historia, una diferente.

Nelson joven se negaba, no concebía narrar algo di­ferente a lo que los libros de historia le contaron desde siempre. El viejo le insistía y le explicaba los motivos por los cuales debía hacer caso a su pedido.

—¡Nelson! —le reclamó—. ¡Esa verdad que defien­des es solamente una verdad de tantas posibles! ¡Pero no la única! Yo vengo del pasado; probé adelantar los hechos verdaderos para que la historia cambiara, y de ese modo no sucediera lo que pasó con el “Caso Garay”, del cual te hablé. Pensé que si la historia era diferente esto no sucedería. Viajé a 1811 y gesté una nueva revo­lución, y fue mucho más bella, colorida, y feliz que la de 1817. Sólo que al cambiar el pasado, este fue común para todos, quedó fijado así con una nueva historia, y tú y ella escribieron sobre el que yo había creado, y se repi­tió el ciclo, la demanda, y la historia que viene después. De eso me di cuenta al volver a mi tiempo. Entonces, lo que decidí hacer fue regresar otra vez al pasado, de­tenerme a mí mismo y a mis planes originales, y dejar que la historia fluyera tal cual fue en el caso original. Y luego, resolví venir a este momento y contarte otra his­toria de la revolución patria, o al menos una alternativa que por un tiempo, alguna vez, fue real. De modo a que la escribas y que en el mundo se sepa lo que podría haber sucedido. Obviamente que va en contra de todo lo que dicen los libros de historia que conoces, en este tiempo. Pero lo que te cuento también ocurrió, en otra realidad paralela. Allí es la verdadera verdad, y, cuando tengas mi edad, irás y la recrearás en la máquina del tiempo y verás que no te engaño. Esta es una historia mucho más fabulosa o entretenida que la que conoces y has leído en los libros de historia, muy interesante, y conociendo tu creatividad, estoy seguro de que le darás el toque mágico que necesita para que sea más divertida para los niños. No servirá como material de estudio en los colegios, pero sí para entretener a los chicos y que ex­pandan su mente, pensando “cómo podría haber sido” un Paraguay diferente, un Paraguay libre desde mucho antes. Ese es tu desafío.

El anciano, luego de esta arenga, se despidió y regre­só a su tiempo.

El joven Nelson, entonces, tomó todas las notas e historias del viejo y rearmó con ellas el libro, narrando los increíbles sucesos que escuchó de sí mismo.

 

***

 

Al llegar a su tiempo, el viejo Nelson se dio cuenta de que todo había cambiado con sólo echar una mira­da a su biblioteca y a la TV que se hallaba encendida. Evidentemente el joven Nelson le había hecho caso. La literatura estaba en su mayor apogeo, luego de décadas luchando contra medios alienantes. El “Caso Garay” no existía, ni el temor a ir preso por cualquier historia que alguien escribiera. Es más, las patentes se habían abolido y se estaba en una era de creatividad sin límites, y de trabajo cooperativo en la construcción de ideas, historias, y conocimiento.

Él sonrió. El mundo era un lugar mejor.

Caminó rápidamente hasta los estantes y tomó el libro “Karumbita, la Patriota”, el cual releyó. En él, la tortuga viajaba a cinco años antes de lo que sería la revolución de diciembre de 1817, y, sin darse cuenta, ayudaba a adelantar la independencia patria, de for­ma a evitar que esos mártires de la revolución de 1811, casi desconocidos, murieran sin cumplir su destino. Era una historia de fantasía, pero sumamente recon­fortante. Bello libro, por cierto. Contenía confabula­ciones, nuevos próceres desconocidos por la historia (Yegros, Francia, Cavallero, Molas, Iturbe y otros), contraseñas de ingreso a los lugares de confabulación, un callejón histórico, noches de frío, comida típica, el enfrentamiento con el gobernador Velasco, flores rojas, blancas y azules, salvas de cañones, campanadas, gente con algarabía en la plaza, y el grito de “¡LIBERTAD!”.

 

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SEÑORES DE FUEGO, 2012

Novela de JEU AZARRU

© Arandurã Editorial. Asunción, Paraguay

 

 

 

 

Elevo mi mirada en absoluto silencio, 2009

Óleo de Adriana Villagra

 

 

 

JAVIER VIVEROS

 

CINTURÓN COHETE


Odio los hospitales. Pero estoy yendo nuevamente a uno, voy a visitar a Eric. Hay algo altamente incompa­tible entre los hospitales y yo. Somos polos opuestos. Entro al edificio y veo unas pocas personas sentadas en las sillas y, un número mayor de ellas, paradas. Todas aguardando ser atendidas. Cada una esperando que su nombre sea el siguiente que pronuncie una enfermera que entreabre, con evidente desgano, una puerta de madera. Durante la espera pocos hablan y si lo hacen el volumen es bajo, casi susurros. Hay gente pensando en la enfermedad de los suyos o en la propia. Se ve la vida reflejada a duras penas en algunos ojos, unos ojos que muestran ese aferrarse a la vida cuando la vida es lo único que resta. Y la espera. La infinita espera. Siempre la espera.

Subo hasta el cuarto piso a través de unas viejas esca­leras y entro a la habitación donde lo tienen. Nadie cus­todia la pieza. En la cama, Eric duerme y es una momia, está envuelto en yeso y conectado a varios aparatos. Veo desparramadas en la mesita de luz algunas revistas de aviación. De las que siempre leía, revistas que traen historias del combate aéreo, los nuevos modelos de ca­zabombarderos, avances en la tecnología aeroespacial, entrevistas a pilotos y constructores. Evoqué la imagen de un jovencísimo Eric paladeando esas revistas de tapa gris-azulada. En la cabecera de su cama, una bandera de Cerro Porteño, su otra pasión.

El paciente está dormido y es mejor no despertarlo, señor. La enfermera es poco agraciada físicamente, pero una sonrisa final la redime por entero. Asiento con la cabeza, coloco el regalo que traje en la mesita de luz y, lentamente, abandono la pieza. Volveré otro día, digo antes de cerrar la puerta. Y es allí cuando decido dejar de jugar al fútbol con los amigos del barrio, repentina­mente tomo esa determinación, pienso en mis huesos y ruego que el calcio sea suficiente, decido no volver a arriesgar el físico en los partidos carniceros de fin de semana. Al salir veo otra vez a las personas en la sala de espera, atravieso la puerta y me siento feliz. Es egoísta pero es así, siento una burbujeante felicidad de que mi visita al hospital no sea como inquilino, siento alegría por estar vivo, por estar sano. Es la felicidad por con­traste. La alegría por contexto.

Eric y yo fuimos compañeros en el colegio Don Bos­co del km. 16, en Minga Guazú. Amigos, lo que se dice amigos, nunca lo fuimos. Compartíamos aula pero es­tábamos en grupos diferentes. Cosas así suelen suceder. Él tenía una beca de la Presidencia de la República, sus calificaciones eran muy buenas. Pero eso no parecía es­forzarle ni importarle demasiado. Lo suyo era el vuelo. Desde que lo conocí lo tuve asociado con todo lo que guardara relación con el aire. Era un fanático del aire, hacía volar pandorgas, su cuaderno estaba repleto de dibujos a mano de aviones cazas MiG-29 y F-16, cuan­do no estaba la profesora tiraba aviones de papel en la clase, los clásicos aviones de papel pero con minúsculas innovaciones en su diseño para prolongar el tiempo de permanencia en el aire. En su grupo le decían Eric Pá­jaro, o simplemente Pájaro. Yo lo llamaba Eric, como para guardar distancia, nunca Pájaro. Para el trabajo final de Taller, en el primer año, Eric presentó un heli­cóptero hecho con palitos de helados picolé unidos con pegamento. Le había agregado un pequeño motor, una gran hélice y el portapilas (construido también de pali­tos) estaba colocado en la parte posterior. Era un diseño muy original.

Por más que éramos de grupos distintos, yo sabía muchas cosas de él. Sabía que su familia era de clase media-baja, que venía a ese colegio privado porque sus calificaciones escolares verdaderamente ameritaban la beca, sabía que su sueño era convertirse en piloto y que algo en sus genes lo predisponía a desafiar la gravedad. Terminado el colegio le perdí por completo el rastro. Yo terminé la Licenciatura en Letras en una universidad del barrio Sajonia donde la sola asistencia era el camino al título y la mediocridad en el cuerpo de profesores era el factor común con escasísimas excepciones. Medio­cridad en metástasis, motivada en gran medida por el carácter prácticamente vitalicio de los cargos, obtenidos éstos usualmente por amistad o parentesco cuando no por favores sexuales sin camuflaje.

El sueño de Eric era convertirse en piloto, así que imaginé que al acabar la secundaria se había metido a la Academia Militar. Durante mucho tiempo no supe nada de él. En una reunión de excompañeros de co­legio alguien soltó que Eric andaba por España, había ido a trabajar como tantos otros. El efecto retardado de la conquista de América, según algunos retóricos incurables. Colón vuelto kue, según el Diario Popular. La noticia fue cobrando veracidad cuando en lugar de su vieja casita la madre de Eric empezó a levantar una imponente mansión. Era notorio que llegaban los euros desde la madre patria. La mansión contrastaba terrible­mente con las edificaciones vecinas.

Rendido por la nostalgia, Eric volvió a Minga Gua­zú. Regresó, luego de siete años de estancia en el Viejo Continente. Se expresaba ahora con un acento peninsu­lar. Su habla estaba repleta de préstamos léxicos y calcos sintácticos. En medio de su discurso podía de repente introducir términos como mogollón, coño, chaval. Ha­ blaba de tú pero en ocasiones conjugaba el verbo como en el voseo. El suyo era un boxeo lingüístico. Se había deslomado en Barcelona, había ejercido diversos oficios, desde la albañilería hasta el lavado de copas, pasando por la jardinería, el cuidado de ancianos y la gerencia de un local de comida rápida. Ahora venía con dinero ahorrado y traía una idea de negocio. De estas cosas me enteré por él mismo, directamente de la fuente, en una tarde que nos encontró, por casualidad, en el sector de Preferencias del estadio del Club 3 de febrero, durante el entretiempo.

Eric había visto en Europa un cinturón cohete, lo vio y fue un caso de amor a primera vista. El equipo estaba compuesto de un traje especial, casco, anteojos y en la espalda se portaban los tanques de combustible. En la parte delantera dos botones permitían controlar con las manos la operación. Con el cinturón cohete podía uno volar, elevarse hasta cincuenta metros y desplazarse en el aire durante un corto tiempo. Era algo que habíamos visto en Minority Report y en varios dibujos animados de nuestra infancia. De Europa, Eric se había traído uno de esos trajes movidos a peróxido de hidrógeno e hizo una demostración durante la celebración folklórica de junio.

No fue algo que se haya concertado con el colegio donde se celebraba la fiesta de San Juan, simplemente a la hora del palo encebado, mientras los kambas tre­paban el yvyra sỹi, Eric salió de uno de los baños ves­tido como un hombre-rana, gritó “ignición”, presionó un botón, se elevó hasta la cima del palo y agarró los premios que aguardaban ser rescatados. Luego bajó y todos quedaron extrañados y en silencio. No faltó des­pués la lluvia de aplausos pensando que era parte del show. A continuación, Eric tuvo un altercado con los kambas, quienes con gritos y aspavientos lo acusaban de tramposo. Lo rodearon, estaban a punto de golpearlo cuando Eric presionó otra vez el botón de su cinturón cohete y la nube de humo formada por la combustión hizo correr a los kambas. Yo no fui a ese San Juan, pero me lo contaron. Las noticias de esta naturaleza siempre vuelan.

Ese fue su bautismo de fuego. El traje volador de Eric fue la sensación de Minga Guazú. Las familias más acaudaladas lo contrataban para que volara en los cumpleaños infantiles. La noticia se fue expandiendo a otras localidades. Todos recordamos todavía el reporta­je que pasaron en el noticiero del Canal 9. Empezaron a llegar los pedidos de vuelo desde San Ignacio Guazú, Paraguarí, Coronel Oviedo, Santaní. Eric fue ganando mucho dinero con sus exhibiciones aéreas. Fue así que un día decidió contratar a Apepú, un verdadero experto en la jineteada. En todo lugar siempre hay una o dos personas que son diestras en colocar apodos. A Apepú le decían así porque su rostro estaba sembrado de di­minutos cráteres y protuberancias, como una naranja agria. Apepú fue entrenado por Eric en el uso del cintu­rón cohete, demostró ser un buen alumno y aprendió, literalmente, al vuelo. Eric se convirtió en empresario. Recibía los pedidos, cobraba y era Apepú el que vestía el cinturón cohete para elevarse por los aires. Su idea era reunir suficiente dinero para comprar más trajes y al­quilarlos a los enemigos de la gravedad (que a esa altura ya eran legión). El club de vuelo que pretendía fundar se llamaría, por supuesto, Pájaro.

El primer pedido verdaderamente grande que recibió Eric venía de la capital del país, del ámbito futbolístico. El Club Olimpia había ganado una vez más la Copa Libertadores y tenía un enfrentamiento en el torneo casero con Cerro Porteño, su eterno rival. Pidieron a Eric que hiciera un vuelo por sobre el sector norte del Estadio Defensores del Chaco, donde se ubicaba la ba­rrabrava cerrista, y que, luego de cruzar de largo el cam­po de juego, aterrizara entre la hinchada olimpista con una imitación de la copa recientemente obtenida. Era parte de la celebración pero era también puro delirio exhibicionista. Luego de dudar un rato, el trabajo fue aceptado. Esta vez era algo más allá de los colores, era trabajo y Eric cobraría una suma verdaderamente fuerte por su realización.

En las primeras horas de ese domingo, junto a su fiel escudero Apepú, Eric condujo su Toyota Land Crui­ser hasta Asunción. Llegaron a la capital cuando rayaba el mediodía. El trabajo no entrañaba demasiada difi­cultad. Apepú partiría desde la calle asfaltada que está detrás del Sector Norte del estadio, volaría por sobre la hinchada cerrista, a una altura prudente para no ser alcanzado por alguna naranja o bolsa de orina, cruzaría por sobre el mediocampo y aterrizaría como un héroe en un sector claro que la hinchada olimpista –previa­mente amaestrada para ello– dejaría. El asunto estaba bien planificado.

La gente se preguntaba a qué se debía ese claro cua­drado que se trazaba en medio de la barrabrava de Olimpia. Con un aerosol fosforescente estaba señalado un cuadro que nadie debía pisar. Esa era la orden de la dirigencia, orden transmitida al resto de la hinchada por el jefe. El inicio del partido estaba previsto para las tres de la tarde. A eso de las dos, Eric y Apepú abando­naron las inmediaciones del estadio y fueron a almor­zar. Por los nuevos gustos de Eric lo que se imponía era comida española. Fueron a un restaurante internacional que quedaba sobre la avenida Perú. Apepú saboreó por vez primera una paella de mariscos de magnitudes pa­laciegas. Su boca albergó por primera vez los frutos de mar, el camarón, las almejas. Todo ello mojado por una moderada cantidad de sangría. Al terminar, Eric pagó la cuenta y fueron a prepararse para el trabajo.

Volvieron al barrio Sajonia, se instalaron en un bar ubicado detrás del Sector Norte del Estadio. Apepú te­nía que hacer el trabajo al terminar el primer tiempo del superclásico. Eran recién las tres y veinticinco minu­tos. Todavía faltaban veinte minutos más el descuento cuando Apepú empezó a ponerse amarillo y a mostrar síntomas de malestar estomacal. Mediterráneo y plebe­ yo, su estómago no estaba acostumbrado a los manjares marinos. Mediterráneo y aislado, el país tampoco po­día tener mariscos demasiado frescos. A gran velocidad, Apepú fue al baño del bar y se vació los intestinos en el inodoro. Al regresar, seguía pálido y le dijo a Eric que era necesario suspender el vuelo porque no se encontra­ba en condiciones, se sentía pésimo.

Los ánimos estaban encendidos. El árbitro había pa­sado por alto un claro penal a favor de Cerro y con dos expulsados por bando no era necesario agregar mucho más para ilustrar lo que se estaba viviendo en el terre­no de juego. Solo restaban tres minutos para acabar la primera mitad, Apepú estaba definitivamente fuera de combate y Eric no paraba de cavilar. El juez del parti­do indicó dos minutos de tiempo extra. Y allí nomás Eric se decidió, tomó el traje y fue al baño del bar, se vistió, agarró la imitación de la Copa Libertadores y se dispuso a tomar vuelo. Él había sido el pionero, así que todo debía marchar bien, no podía permitirse perder el dineral que le pagaría Olimpia, no podía arruinar la fiesta de consecución de la copa con ese regalo que la dirigencia franjeada había preparado para sus fanáticos (éstos sólo sabían que debían dejar ese espacio, ignora­ban para qué).

En la radio del bar, Eric oyó que el árbitro marca­ba el final del primer tiempo. Salió entonces a la calle, los vendedores de asaditos y DVDs piratas lo miraron como a un extraterrestre. Eric presionó el botón y se elevó por los aires llenando de sorpresa los rostros de los mercachifles. Se elevó y alcanzó la altura necesa­ria para pasar encima de la gradería donde los cerris­tas habían cesado en sus cantos y estaban entregados a comprar rocosas chipas, pororós insulsos, hamburgue­sas patógenas y lácteos espirituosos. Se elevó Eric y ya sea porque se había levantado con el pie izquierdo, ya sea porque con el tiempo de inactividad había perdido práctica, por Ley de Murphy u otra combinación de factores adversos, pareció caracolear un buen rato en el aire, colear como una pandorga, parecía que había perdido el control del cinturón cohete, pero luego pudo estabilizarlo. Yo miraba atónito las imágenes en el tele­visor, porque el clásico lo transmitían en directo para el interior del país. Aunque Eric pudo estabilizar el cintu­rón cohete, éste tenía poca autonomía, el combustible se acababa rápido y se había consumido bastante en las maniobras de estabilización, así que quiso su mala for­tuna que mientras todavía volaba por sobre la gradería norte vestido con la camiseta de Olimpia, se le acabara el combustible en pleno vuelo y aterrizara con violencia sobre unos cuantos aficionados cerristas. Éstos sintieron repentinamente el aire caliente sobre sus cabezas y el brotar de gritos de algunas mujeres que estaban en el mismo sector.

La escena era muy llamativa. Gracias al zoom de las cámaras, en el televisor se vio de repente una camiseta de Olimpia en medio de un mar de camisetas azulgra­nas. El susto inicial de los cerristas cesó, y entonces em­pezaron a arrinconar al intruso. En realidad no veían a Eric, no les llamaba demasiado la atención el traje de hombre-rana ni los tanques de combustible en la espal­da, ellos sólo veían esa camiseta olimpista que había aterrizado en sus dominios y atacaron. Eric empezó a recibir puñetazos, latas de cerveza, puntapiés y todo li­naje de golpes hasta perder la conciencia. Los cascos azules tuvieron que intervenir para frenar la barrabasa­da de la barrabrava. La Copa Libertadores de madera y los restos del cinturón cohete quedaron desparramados en el Sector Norte del estadio. Los detalles de lo ocu­rrido me los narró Apepú, quien volvió a Minga esa misma noche en un ómnibus de Nuestra Señora de la Asunción. Eric, en cambio, fue llevado a Emergencias Médicas donde le aguardaba una larga estadía. Se ha­bló después de politraumatismo y fracturas de nombres altamente retóricos.

El superclásico terminó cero a cero.

 

 

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ÑE’ẼNGA JARÝI. Obras de JAVIER VIVEROS

Dibujos: NICO ESPINOSA

Noviembre de 2010

© Arandurã Editorial

Asunción-Paraguay

 

 

Peregrina, 2009 - Óleo de Adriana Villagra

 


 

ENSAYOS DE AUTORES PARAGUAYOS

 

 


LITA PÉREZ CÁCERES

 

LA POESÍA TÁCITA Y LA EXPLÍCITA

(En LA NOVELA EL INVIERNO DE GUNTER)


 



He leído los títulos de las otras ponencias y muchos coinciden en las comparaciones cuando hablan sobre poesía, se refieren a ella como un río, como un viaje, como un sueño. Esos títulos dan la sensación de movi­miento, de un deslizarse placenteramente sobre una su­perficie líquida y creo que son muy acertados. Recordé entonces mi primer contacto con la novela de Juan Ma­nuel Marcos*, que significó una travesía por territorios desconocidos acompañada por la música de los poemas del texto, hilvanados de tal manera que semejaban ríos frescos y mansos, ríos que atraviesan selvas sombreadas y ríos cansados del Viejo Continente que simulan su viaje final.

La tapa me intrigó, era una invitación a develar el misterio, a emprender una jornada –pensé que sería una larga caminata por la floresta paraguaya o por lo me­nos, la que existía en esos tiempos antiguos de fines del siglo veinte– y decidí navegar en varias embarcaciones imaginarias que me llevarían hasta las nacientes del se­creto. Desde esa cubierta de la segunda edición, un tigre esbozado en el cielo tormentoso me contemplaba. La antigua Catedral de Asunción ocupaba el primer plano, en una foto que fue tomada, supongo, por un fotógrafo arrodillado, como si percibiera él también el poder de la Santa Madre Iglesia.

Decidí leer a Gunter en su invierno, había gancho en esa cubierta, y así como se decide ir a un lugar descono­cido pero atrayente, yo también, cual un experto viajero preparé mis maletas llenas de imaginación y calcé los zapatos viejos y aguantadores, cómodos. La excursión sería larga, llena de sorpresas, tendría que estar prepa­rada.

Desde el principio me solidaricé con Toto Azuaga, compartiendo su espera larga y tediosa, en un aeropuer­to como todos, donde los pasajeros aguardan la muerte, unos sin saberlo y otros, como Toto, con plena concien­cia de ello. Él recordaba y ese es el primer viaje de la no­vela, se trasladaba a un pasado paraguayo muy remoto, hablaba de los karaí.

Cuando me encontraba buscando una posición más cómoda, dispuesta a seguir el fluir de la narración que se había puesto lírica al mencionar que los indígenas alfombraban con hojas el sendero que pisarían los ka­raí para entrar en sus poblados(Pág. 36). Ahí, en ese punto, viendo imaginariamente un sol distante que go­teaba entre las ramas de los árboles que limitaban un claro donde se encontraban las chozas, cuando estaba yo totalmente dispuesta a ver lo que recordaba Toto Azuaga, aparece otra memoria y en ese discurrir de conciencia irrumpen palabras en inglés que no dejan lugar a dudas (Págs. 37 y 38). Ya no es Toto Azuaga quien lleva la voz cantante, es una mujer apasionada la que aparece diciendo lo que Toto necesita escuchar para seguir viviendo. Esas expresiones, ese recuerdo en particular, son poesía para Toto Azuaga, se refieren a su masculinidad, a su potencia y lo hacen elogiosamente. Afirmo que ese párrafo es resumen y epítome de poesía, expresión de belleza y placer estético, para Azuaga el memorioso y, por tanto, poesía tácita. Como ese hay muchos ejemplos.

En ese momento funciona la seducción de las pala­bras. Cuando uno está enamorado de ellas, si las en­cuentra puestas de forma que cantan, que embelesan, se siente totalmente entregado al placer de la lectura, del viaje o de lo que tenga ese texto que nos atrapa y que ya no dejaremos hasta leerlas todas, hasta desnudarlas para saber sus intimidades, hasta descifrar sus significados, así de hechiceras son las palabras.

Son ellas las que nos hacen buscar con premura el poema de Juan Ramón Jiménez mencionado por Elisa en su conversación con Cáceres. No sé cómo calificar ese poema, si bien no está inserto en el texto, su presen­cia tentadora nos llama, nos invita, y pasa de ser táci­to, a convertirse en himno que nos hará bajar la cabeza cuando pensemos con soberbia que somos el centro del mundo, de un mundo que seguirá andando sin nosotros con toda su belleza y placidez, sin extrañarnos. Porque la vida no nos necesita como nosotros sí la necesitamos a ella. Eso expresa El viaje definitivo de Juan Ramón Jiménez.

“…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.

mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.



Hay un ejemplo de poesía explícita cuando Elisa Lynch, sentada en una plaza frente a la Catedral de Co­rrientes, (Pág. 51) en un día que parece ser muy ardien­te, se siente refrescada por el poema que surge luego de la cita de Verlaine –uno de los poetas preferidos del au­tor– que encontramos este párrafo “… En esa claridad de aguamarina ingrávida, en el trasluz jovial de la ma­ñana, mariposas y lámparas conmemoran aladas el rocío y el sol, la vida, el aire. Inmensa en la ebriedad estelar de los nardos, quisiera ser un grillo violinista, una impaciente armónica de húmedas pupilas, un madrigal furtivo, ahí en sus vísperas. Los almendros, los pinos, el zafiro tempra­no, los arrullos, la brisa, los destellos, un ciempiés momen­táneo, la cigarra afanosa, le deslumbran, debaten en su sangre. Como un mediodía musical y ligero salta entonces al viento, enamorada. ¡Sus manos, vastos ríos de luz y olor a verde! ¡Y sus labios, racimos de palabras!”

Así nos regala la belleza del sol, de todo lo que vive por él, de la vida leve de las mariposas y de la sabia vir­tud musical del grillo, infaltable en el optimismo de un poeta que canta a la sensualidad y a la hermosura de la vida encerrada hasta en un ciempiés momentáneo. Al lector no le queda más que agradecer ese soplo de poe­sía donde las sensaciones tienen color “…olor a verde...” –leemos– y acude a nuestro cerebro el aroma a pasto recién cortado y a la menta purificadora.

Otro texto explícito y poético es el que se refiere al Mariscal Estigarribia en la página 54, –a estas alturas el lector ya está enviciado y aguarda que en medio de la acción novelesca aparezca la poesía, sin permiso, sin aviso previo, como una guerrillera atenta a alterar la normalidad y el orden de la dictadura narrativa– “… la historia empieza en Altos, en lo alto del aire el mariscal envuelto en llamas sube a la tierra verde como una flecha de agua, no está parado allá bajo sus alas rotas, sino que su modestia impide que alce la voz ahora, vivo o muerto. Para ganar la guerra no hace falta el ademán vociferante.

Basta amar a la patria y ser inteligente. Así que entra en Altos a vivir en lo alto desde el nivel del pueblo, a conver­sar en francés, en guaraní y en hierro. Se lo vio en la tarde volar como una estrella en busca del reposo del combate. Y su vigilia es como una estrella pura. Nadie tuvo su gesto de espacio indoblegable, nadie su visión ígnea de águila celes­te. Y nadie unos bolsillos tan vacíos. La lucha continúa, la historia empieza en lo alto, y hoy es siete de setiembre, para siempre”. Esta es la perfecta parábola para explicar la desaparición trágica del líder que parecía tener todo el porvenir para él solo.

A pocas líneas, apenas a unas letras de distancia, el autor vuelve a recordar poéticamente a un joven com­patriota desaparecido tempranamente y repite de él, de René Dávalos “Aquí amanece el eco de una extraña tris­teza, y las pálidas construcciones del alma me tiemblan en la sangre”.

El invierno de Gunter es una novela invadida, ocu­pada por versos, a veces escondidos y otras transitando desembozadamente el territorio de las páginas como si fueran los dueños de ese espacio. Es justo que así suce­da, en un mundo de editores que rechazan los poema­rios porque no dan tanta ganancia como las novelas, los versos son subversivos y se abren paso solos, sin más armas que su música y su belleza.

En ese territorio lunado, los espejismos que enfren­ta el lector no son pocos, hay voces, muchas voces sin sonido que se apoderan de personajes y de pronto las cavilaciones del mismo cambian a las de otro como cuando López, ese otro grandioso mariscal paragua­yo se enfrenta a sus sombras en la noche antes del 1.º de marzo. En ese párrafo con letras negras, se encie­rra tanta angustia y tanta impotencia al confrontar la realidad que le espera, por eso el Mariscal reclama “… Voy a pasar revista a la tormenta. Fusilaré a la muerte si es preciso. Que vengan los de siempre. El sargento Kuatí, Real Peró, el teniente Román, Romero, Ríos. ¡Los solda­ dos de antes, esta lucha es de ahora! ¡Los aljibes de antes, esta sed es de siempre! ¡Que venga Rivarola montado en el relámpago! ¡Y Fariña, por el río secreto de la sangre! Que traiga Talavera su alfabeto de espinas, su código perpetuo, su aguijón implacable, su poesía o su muerte (que son ma­nera de ser, o ineluctable fábula). ¡Que vengan a morirse de nuevo los eternos! ¡Que remonten el tiempo lanchones de Coimbra, los sablazos de Bado, el fuego de Humaitá, y Ramona Martínez! ¡Que asuman la defensa, de nuevo, los andrajos, los callos, el machete, el yatagán, el pora, Che la Reina, el verano, la rabia, la tifoidea, el alacrán, la sífilis, el beso, los recuerdos, los magos, los cantores, el arpa, la guarania, Correa, la palabra…” Este caleidoscopio, rol de señales de identidad, nos eterniza como paraguayos víctimas y héroes…siempre en la eterna disyuntiva de Vencer o Morir.

Como se puede comprobar con la lectura de este apa­sionante libro, el viaje tiene muchas aventuras, ya sean fluviales o terrestres, ya sean en sueños o en vigilia. Con la invasión poética, con la libre corriente o fluir de la conciencia llegando sin aviso, la novela otorga placeres bienvenidos. En la lenta transformación del personaje principal, Gunter, los otros, que no son tan secundarios porque gravitan cada uno a su modo, viven en poemas y mueren entre lapidarias como mediocres acusaciones.

Mi viaje tuvo sorprendentes encuentros, oleajes peli­grosos que casi hicieron zozobrar la nave pero siempre la poesía salvadora aparecía tirándome una soga, un au­xilio. Esta lectura ha marcado para siempre mi gusto, mi obsesión por la lectura. De ahora en adelante no podré leer más solo prosa, metrobús literario que llega a un destino previsible cómodamente, sin alteraciones de ninguna laya. Aguardaré en la parada a que llegue ese bus mágico, con luces titilantes de estrellas lejanas, ocu­pado por grillos violinistas, por un ciempiés momentá­neo y por un autor bromista que se esconde detrás de los asientos.

Cuando llegué al puerto, al destino de la última pá­gina me prometí leer otro texto del mismo autor, me lo debía a mí misma porque como dijo José Hierro, un poeta español.

“...La poesía es como el viento,

o como el fuego, o como el mar.

Hace vibrar árboles, ropas,

abrasa espigas, hojas secas,

acuna en su oleaje

los objetos que duermen en la playa...”

 

*Juan Manuel Marcos: Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Letras por la de Pittsburgh. Rector de la Universidad del Norte en el presente, ha ejercido cá­tedras en las universidades de Oklahoma State y de California, Los Ángeles. Es autor de El invierno de Gunter, obra traducida a más de 20 idiomas en todo el mundo, de obras de crítica li­teraria y poemarios. Además es fundador y director de revistas literarias y del Nuevo Cancionero. Y POETA, siempre…

 

 

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EL INVIERNO DE GUNTER (SEGUNDA EDICIÓN)

Novela de JUAN MANUEL MARCOS

© CRITERIO EDICIONES,

Asunción – Paraguay, 2009 (267 páginas)

 

 

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JUAN MANUEL MARCOS en PORTALGUARANI.COM

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a lingüista Daiane Pereira Rodrigues tradujo al portugués los libros “El invierno de Gunter”

y “Poemas y canciones”, de Juan Manuel Marcos. / ABC Color, Agosto 2013

 

 

ENLACE INTERNO A UNA OBRA PUBLICADA POR LITA PÉREZ CÁCERES

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CUENTOS CRUELES – ANTOLOGÍA. Narrativa de LITA PÉREZ CÁCERES

Editorial de la UNIVERSIDAD DEL NORTE

Asunción – Paraguay. 2012 (179 páginas)

 

 

 

 

Serenidad. Óleo de Adriana Villagra

 

 

 

JULIO SOTELO

 

ENCARNACIÓN: MÁS DE UN SIGLO BAILANDO EN CARNAVAL

Investigación de JULIO SOTELO



Investigación histórica de Julio Sotelo para el libro Historia del Carnaval Encarnaceno.

Encarnación, 27 de enero de 2014.


El carnaval más famoso del Paraguay, la mayor fiesta que tiene a nuestra ciudad como principal referente en la región, que despliega brillo, lujo y esplendor nació a principios del siglo XX. En la actualidad, la combina­ción de sol y arena de la Costanera, con el majestuo­so río Paraná de fondo, y los carnavales encarnacenos, convirtieron a Encarnación en el principal centro turís­tico del país.

Pero, ¿cómo surgen los corsos más espectaculares? Para conocer el origen vamos a remontarnos hasta fines del siglo XIX, acompáñenos en este viaje al pasado.

Nuestro país comenzaba a resurgir de las cenizas de la guerra genocida que dejó a una población diezma­da con cinco años de cruenta guerra contra la Triple Alianza. Pasaron tres décadas y los sobrevivientes que volvieron de los campos de batallas reconstruyeron sus familias y los inmigrantes que llegaron de lejanos luga­res del planeta y eligieron a Villa Encarnación para echar raíces, lograron que para 1906 pudieran nueva­mente tener alegría después de años de tantas tristezas.

El majestuoso río Paraná que constituyó una vía esencial desde la época del descubrimiento contribuyó para que Encarnación prospere nuevamente. El Paraná siempre fue productivo ya que desde las primeras co­lonias se trasladaban por esta vía los productos que ya existían naturalmente como la yerba mate y la madera, que comenzó a explotarse en los obrajes de la región.

La Villa Baja recostada a orilla del río, bordeada por verdes colinas, era una bucólica aldea, bellísima como un jardín, con vegetación exuberante, cuajada de flo­res de naranjos, apepús, embalsamando con aroma a azahar el ambiente. En 1906 Encarnación contaba con 10 000 habitantes, estimativamente. El país alcanzaba 635 571.

Un gran flujo migratorio de sirio–libaneses, fran­ceses, italianos y algunos españoles, trajeron consi­go un mosaico humano que sumaron sus aportes a la conformación de una sociedad nueva. Los pobladores adquirieron un refinamiento cultural apreciable. Los encarnacenos pronto adoptaron costumbres distintas. El auge comercial posibilitó a la gente acumular rique­za que le permitió realizar fastuosas construcciones y adquirir enseres domésticos al estilo del Viejo Mundo.

Las clases más adineradas sucumbieron ante la fiebre de demostrar su condición económica, de salir de ese común denominador determinado por la arquitectura, reemplazando a las primitivas construcciones de aleros o corredores, apareciendo algunos balcones, lunetas, capiteles, guirnaldas y balaustres que le daban un aire europeo.

La entrada del siglo XX transformó su perfil urbanís­tico. Las construcciones que empezaban a engalanar el núcleo urbano se realizaron con aporte artístico de los maestros constructores provenientes de Italia, Francia y España. Los edificios tenían un estilo de paredes grue­sas y adornadas que dieron a la Villa un aire de ciudad, sin afectar el carácter coloquial que caracterizó siempre a Encarnación.

De aldea fue convirtiéndose en una urbe impor­tante. En todo el país se hablaba del éxito económico alcanzado. La prosperidad hizo que la Villa Encarna­ción comenzara a tener un ambiente de casa grande. Las viviendas construidas en los primeros años de 1900, en su mayor parte ya tenían características europeas, notándose la influencia de los inmigrantes. Alguna sun­tuosa, como la residencia de don Domingo Bado, acau­dalado comerciante, tenía grandes salones para bailes, que se desarrollaban periódicamente, y a los que concu­rrían lo más selecto de la sociedad de Encarnación y Po­sadas cuyas familias estaban estrechamente vinculadas por lazos de amistad, y algunas por afinidad.

La comunidad contaba con un núcleo selecto de fa­milias respetables, vinculadas muchas de ellas con las de la capital de la república, que hacían una activa vida social íntima. Ofrecían espléndidas reuniones sociales y fiestas bailables. Contribuyó a ese entusiasmo de rela­ciones entre los vecinos de Encarnación y Posadas,

Normal era ver a las damas de las familias acauda­ladas sentarse en sus balcones con balaustradas con sus abanicos en mano. Los paseos por las calles céntricas con aire europeo alegraban la vista de los transeúntes. Así, con esta incipiente élite familiar, se funda el Centro Social, el 4 de marzo de 1905.

Como las fiestas de carnaval están estrechamente li­gadas a la abundancia y a la riqueza, a fines de febrero y comienzo de marzo de 1906, la gente que fundó el Centro Social, realizó un desfile de carrozas y celebra­ción de los días de carnaval, con ocasión del primer año de la fundación.

Este primer desfile se realizó frente al edificio de la Aduana que representaba la majestuosidad y el desa­rrollo. A estas fiestas de disfraces y desfile de carrozas llamaron corsos florales, similares a las estudianti­nas que se realizaban en el exclusivo club El Porvenir Guaireño de Villarrica y que tenían reminiscencias europeas, incluso las telas para las vestimentas, las be­bidas, los accesorios, perfumes, etc., se traían especial­mente de Europa.

Los corsos florales que duraban tres días eran derro­ches de creatividad, papel picado y serpentina. Desfila­ban carros estirados por caballos lustrosos adornados y las niñas ataviadas con trajes de fantasía quienes al cru­zarse con otro coche intercambiaban pequeños ramos de flores en señal de amistad. Infaltables eran los trajes con máscaras, vestimentas multicolores, sombreros co­ronados con plumas de avestruz. Acompañaban a los carros adornados de flores, dos o tres comparsas, cons­tituidas por muchachos que salían a desfilar, tirando serpentinas y ofreciendo confites a los que participaban. Cada comparsa integrada por los jóvenes más distin­guidos de la sociedad. Era la expresión de una juventud bullanguera, de recreación sana y contagiosa.

Los desfiles de carnaval se realizaban en horas de la tardecita. Si bien ya había iluminación artificial, la cos­tumbre de la época no permitía que los jóvenes estén en las calles en horario nocturno. Pero aún así, luego de los desfiles, estas comparsas visitaban las casas de familias para hacer las tertulias, bailar y beber los mejores vinos y champagne europeos.

Siendo una actividad de los jóvenes más pudientes, estos se costeaban exóticos y costosos trajes. Las flores, pomos de perfumes para utilizarlos en los días de jol­gorios se importaban de los centros comerciales más importantes del Río de la Plata y de países europeos. Las fiestas terminaban indefectiblemente el día martes, víspera del Miércoles de Ceniza que las familias respe­taban por la entrada de la Cuaresma.

Desde 1908 hasta 1913 debido a una gran inestabi­lidad por las constantes asonadas militares, las activi­dades sociales, deportivas y culturales desaparecieron. Recién en 1914 con estabilidad política volvieron y con ellas nuevamente la celebración del carnaval que se realizaba en casas particulares donde se reunían los directivos de los clubes y sus familias para divertirse sa­namente.

En 1916, siempre en la zona del puerto, se reinicia­ron los desfiles de carros estirados por caballos, deno­minados Victoria, reiterados por tres días en horas de la tarde, aprovechando la luz del día. Caballos lustrosos y enjaezados, clavel rojo en la negra solapa del traje del cochero, capota baja del coche, las familias encarnace­nas desfilaban por la calle Convención (Mcal. José F. Estigarribia) desde Yegros hasta Caremá (Iturbe), al­gunas en sus propios “victoria” y otras en los de alqui­ler haciendo despliegue de señorío y distinción. De diez a doce coches integraban el desfile.

En las veredas de esas tres cuadras, las personas se reunían para ver pasar a las señoras, niñas y caballeros, quienes, al cruzarse con otro coche, intercambiaban pe­queños ramos de flores, preparados por las damas, en prueba de amistad y demostrando el regocijo que los envolvía al celebrar tan originalmente la fecha.

Los oscuros coches se veían engalanados con las al­midonadas enaguas y crujientes brocados que lucían las señoras que completaban su elegante tenida, con enor­mes abanicos de plumas. Al término del paseo de las tardes de carnaval, se disponían las familias a disfrutar de las alegres como distinguidas fiestas de carnaval en el Centro Social. Estos desfiles duraron alrededor de 5 años, hasta que en 1922 fueron suspendidos debido a la guerra civil que se inició ese año. Luego, el ciclón del 20 de setiembre de 1926 que destruyó la Villa Baja cortó toda algarabía.

Alrededor de 1928, volvieron los desfiles, pero en otro lugar, en el barrio Hospital. Quedaron atrás los desfiles florales. Los corsos que tenían como principal atractivo a los jóvenes más distinguidos de la sociedad fueron reemplazados por las comparsas municipales. Estas agrupaciones tenían especiales características, por cuanto estaban integradas solamente por varones de entre 18 y 30 años, y sumaban 120 integrantes aproxi­madamente uniformados y acompañados de orquestas típicas. Estos jóvenes provenían de los barrios y mar­ chaban por la calle Santa María (Lomas Valentinas), desde Unión (Jorge Memmel) hasta 25 de Agosto (pa­dre José Kreuser).

Como presagio de la inminente guerra, los pasos te­nían más relación con el ejército que con el baile, el desplazamiento de las comparsas se realizaba en estricta doble fila india, al son de marchas más bien de estilo militar. La vestimenta consistía en pantalón blanco, al que se le adicionaban listas o franjas laterales, y cami­sa también blanca, a veces con las listas, o camisas y chalecos de fantasía; acompañados de sombreros y bas­tones que sobresalían tanto por sus colores como por sus diseños. Los comparseros ensayaban sus marciales “coreografías” en las calles de las inmediaciones del Hospital Regional, por ser estas arterias las que, sin ser empedradas, estaban en mejores condiciones que otras para este efecto.

Luego del desfile, la gente se reunía en algunas pistas para bailar hasta la medianoche. Los clubes aun no te­nían locales, a excepción de Centro Social. Estos desfi­les se hicieron hasta el inicio de la guerra en 1932.

Algunos nombres de esas comparsas fueron: “La vuelta de los Trovadores”, “Los Improvisadores”, “Los Caballeros del Sur” y “Los Alegres Muchachos”, entre otras. Los dirigentes de los clubes deportivos y sociales eran los directores de las comparsas. Quedan para el re­cuerdo los nombres de don Agapito Ortiz, don Vicente Cardozo y don Federico Latti, citamos a estos, a modo de ejemplo.

Luego de un paréntesis debido a la guerra por el Cha­co, entre los años 1936 y 1940, tímidamente se van re­verdeciendo otra vez las celebraciones del carnaval. En 1941 comenzó una época que se constituiría más ade­lante como el cimiento del Carnaval Encarnaceno y de ahí en adelante seguiría hasta hoy sin grandes interrup­ciones, en franco aumento de la calidad y esplendor.

En esta década, de a poco se fueron animando las mujeres, en un ambiente distinguido, y con grupos de 10, 12 y hasta 20 parejas por cada club, iban despla­zándose al son de redoblantes y trompetas y orquestas típicas interpretando ritmos tropicales. Las pequeñas comparsas iban acompañando preferentemente a las carrozas.

En los años cincuenta, junto a las carrozas aparecie­ron algunas comparsas de clubes con una activa parti­cipación de las bellas señoritas. En este periodo había más carrozas que comparsas. Es así que desde la década del cincuenta las jóvenes encarnacenas sobresalen por su belleza, de forma natural con su sola presencia, en las carrozas alegóricas que se constituyeron en un elemento del desfile de Carnaval, que adquiere mayor presencia, jerarquía y calidad.

Desde 1960 hasta 1975, aproximadamente, aparecen los trajes de los participantes. Si bien eran originales y coloridos, distaban mucho de tener el brillo que tienen los trajes de la actualidad. Todos los accesorios existían en el mercado, no así las lentejuelas pequeñas que se compraban de Posadas. Estas, en algunos casos borda­das y en otros, pegadas, dejaban como saldo una calza­da de desfile bastante regada por las mismas.

Los participantes, en su mayoría encarnacenos, eran aplaudidos por parientes y amigos, que, ataviados de la mejor manera asistían a las rondas carnestolendas; era una fiesta familiar y de alegría, donde el público llevaba sus sillas hasta las calles céntricas de la Villa Baja para su mayor comodidad y con la sana intención de tirar serpentinas y jugar con lanzanieves. Los premios con­sistían en quién tenía más aplausos.

Las mascaritas eran otra atracción de esos memora­bles años, algunas iban vestidas de un solo tono, con antifaces y prendas de fantasía bordadas y otras con tra­jes hechos de papel. Participaban además de los corsos de antes, los Diablos Rojos, que con su tintineante cola “reprimían” el desborde de los niños en el trayecto del corso, algunos ponían cara de susto, otros daban rienda suelta a sus travesuras. También estaban los Pieles Ro­ jas, elegantes, con un gran despliegue de flecos en sus trajes y tocado de plumas de complemento. Los más solicitados para constituirse en Jefe de Cuidadores de Comparsas eran los Pieles Rojas de atuendo blanco.

Con el correr de los años la organización sufrió gran­des cambios. La base de los carnavales encarnacenos contemporáneos se dio gracias a la formación de la Co­misión de Arte y Cultura de la Municipalidad, el 26 de febrero de 1973, presidida por el profesor César Duba Yunis y eficaces colaboradores, tuvo magnífica organi­zación.

Por quince años, estuvo a cargo de esta comisión y los corsos se realizaban en la calle Juan L. Mallorquín, desde Capellán Molas hasta Mcal. López o calle de la Vía y un año se realizó sobre esta última arteria. Se pasó de los carnavales tradicionales de los años anteriores a unos carnavales espectaculares en los que comenzaron el predominio de las comparsas sobre las carrozas.

De 1977 a 1987 fueron años de importancia para el crecimiento del Carnaval Encarnaceno, los corsos eran organizados por la Comisión de Arte y Cultura coincidente con el inicio del apogeo de las comparsas que mantienen hasta hoy su sitial de privilegio, ya por alrededor de cincuenta años. Las carrozas, hasta la ac­tualidad, siguen siendo el eficaz complemento en el de­sarrollo integral del espectáculo.

De a poco las comparsas van evolucionando, las danzas entonces ya eran realizadas con largas marchas al ritmo de la samba brasilera, y empiezan a presentar los trajes con mayor elaboración en su confección, apa­reciendo en escena tocados, caderales, cuellos y espal­dares, estos últimos serán los de mayor vigencia por la posibilidad de obtener un diseño más impactante en creación y volumen. Así también, irá en constante au­mento la utilización de lentejuelas, pedrería y abalorios, además de las plumas de gallo, plumero, egret, faisán, pavo real y las indiscutidas reinas: las lumas amazonas (de avestruz).

Un día, a mitad de la década del ´70 va llegando Sussy Sacco, una profesora de danza, la que era figura emble­mática de los carnavales de Corrientes, y le propuso a la Comisión de Arte y Cultura incluir en las comparsas los tocados a las bailarinas, se le preguntó quién o quiénes podrían ser los responsables de la ejecución: aparecen los nombres de Betty Cabrera y su esposo Mario Pérez. Allí comienza el periodo del carnaval contemporáneo cuyo sello es el lujo y belleza, además del gran ingenio que ponen los profesores de baile en las coreografías, los vestuarios y los ritmos, ejecutados por las batucadas, que a nivel local se van creando en esta etapa.

En 1982 el desfile se realiza sobre la calle Dr. Juan León Mallorquín entre las calles 25 de Mayo y 14 de Mayo. En 1983 no se realizan los corsos porque la Villa Baja sufrió una gran inundación. En 1984 vuelve a la Villa Baja y despidiéndose definitivamente de la calle de los inicios en 1985. En los años siguientes los corsos se trasladan definitivamente a la Villa Alta de la ciudad, llamada también Zona Alta.

El 22 de setiembre de 1986, en reunión realizada en la sede social del club 22 de Septiembre, se aprobó el primer estatuto de una Comisión de Carnaval que a partir de la fecha rigió el funcionamiento y organiza­ción de la misma. Su domicilio legal se fijó en la ciudad de Encarnación, República del Paraguay y estableció que la Comisión de Carnaval se constituye por los clu­bes sociales y deportivos con personería jurídica y las entidades o asociaciones, sociales, culturales o de ser­vicio con o sin personería jurídica, con domicilio legal en Encarnación y que deseen integrar esta comisión. Su primer presidente, el profesor Cesar Abrahan Duba Yu­nis. Unos años después, esta Comisión se desintegró y la organización de los corsos a partir de 1988, presenta variables, ese año es organizado por la Municipalidad.

En los años 1986 y 1987, los corsos se realizan en el medio de las dos zonas de la ciudad, la calle Mariscal Mcal. José Félix Estigarribia en el tramo comprendido entre General Cabañas y Monseñor Wiesen. En 1988 los corsos se realizan sobre la calle Mariscal José Félix Esti­garribia entre 14 de Mayo y 25 de Mayo.

En 1989 es organizado por una asociación de los clubes participantes. En 1990 los vuelve a organizar la Munici­palidad, mientras que en 1991 lo hace el Club de Ami­gos de Encarnación (CADE) con el Encarnación Rugby Club y desde 1993 por una nueva Comisión de Carnaval.

La Comisión de Carnaval constituida en 1992, en funcionamiento, está conformada por representantes de clubes sociales y deportivos, entidades y asociaciones so­ciales, culturales, comisiones vecinales y de servicio. Sus Estatutos Sociales fueron aprobados el 3 de agosto de 1993 y la personería jurídica desde el 31 de mayo de 1995 (Decreto Nº 9110 P.E.).

El escenario para los años 1989, 1990, 1991, 1992 y 1993 fue la calle Carlos A. López en el tramo compren­dido entre las calles 25 de Mayo y Cerro Corá. Como un hecho peculiar se recuerda el corso del año 1991, que partiendo desde 25 de Mayo sobre Carlos A. López, gira por la Plaza de Armas, sobre la calle 14 de Mayo, para tomar Mariscal Estigarribia hasta Arquitecto Tomas Ro­mero Pereira.

Desde la edición 1992, cada año se rinde homenaje a un protagonista de los corsos encarnacenos, en esa opor­tunidad recayó la distinción en la profesora Hilda Gómez Crosta de Villalba. En 1993 al señor Agapito Ortiz, en 1994, los organizadores eligieron al señor Ciriaco López y en 1995 al señor Olegario “Papi” Ríos y así, sucesiva­mente.

En 1994, merced a una gestión de la Comisión de Car­naval en los trabajos de ensanchamiento de la calzada, adecuándola a los nuevos requerimientos del Carnaval Encarnaceno, la avenida Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia se convierte en la Zona de Corso. El viernes 11 de febrero de 1994, bajo una intermitente lluvia, se inaugu­ró el denominado “Sambódromo” de la Av. Rodríguez de Francia. Dieciocho años después, en 2012, los desfiles se realizan en el “Sambódromo” de la avenida Costa­nera denominada “República del Paraguay”.

El Carnaval Encarnaceno ha pasado por una larga etapa de crecimiento, donde la fantasía es la que reina. Los espectadores ya no son solo locales, Encarnación tiene durante los días del Carnaval, la visita de miles de turistas que llegan hasta la ciudad para disfrutar de un espectáculo que crece año tras año. Su fama ha trascen­dido las fronteras.

Gracias al esfuerzo de muchos que ofrecieron su tiempo y voluntad en más de un siglo, se ha logrado que los corsos encarnacenos sean de creatividad, brillo, lujo y originalidad y ganarse con ello el título de “En­carnación, capital del carnaval” que este año, 2014 inaugura su casa propia en el monumental Centro Cí­vico donde funcionará el Sambódromo como escenario de los corsos más espectaculares del país en el que des­filarán las comparsas y carrozas.

 

 

 

Abro una ventana, 2006 - Óleo de Adriana Villagra

 

 

 

LOURDES TALAVERA

 

TERRITORIO EN LA FRONTERA, MITOS, VIOLENCIA Y SANGRE


El territorio de la frontera es un espacio geográfico, con población, cultura, mezcla de lenguas, literatura y arte propios. Esta literatura de frontera revela, con cla­ridad y brutalidad, la vida fronteriza que incorporó a su cotidiano la violencia y la sangre provocadas por el tráfico ilegal (de drogas, de armas, de seres humanos) como asimismo por las invasiones de tierra o la depre­dación ecológica, en nuestro país.

El término “frontera” sirve de apoyo a teóricos y aca­démicos para intentar explicar los fenómenos sociocul­turales del mundo actual. Una de las figuras retóricas más solicitadas en el discurso teórico literario es la me­táfora de “la frontera” o “lo fronterizo”, y desde hace una década en Estados Unidos se vinculan términos como “literatura de la frontera”, “escritura fronteriza o de frontera” a la literatura creada principalmente por escritores y críticos chicanos de ambos sexos. La dis­cusión teórica sobre la metáfora de “la frontera” dentro de la literatura chicana aparece en 1987, con el libro de Gloria Anzaldúa Borderlands/La Frontera y se dice que el movimiento literario en la frontera norte de México empieza a mediados de los años ochenta, aquí se puede mencionar al escritor sinaloense, Elmer Mendoza como uno de sus referentes, según el escritor Roberto Casti­ llo Udiarte y la investigadora María Socorro Tabuenca Córdoba. Seguidamente, nos referiremos a la literatura y la frontera paraguayo–brasileña.

 

LA FRONTERA PARAGUAYO–BRASILEÑA

Este territorio geográfico es un ambiente donde sus habitantes se mueven bajo influencia de un determinis­mo obligado por el entorno que los rodea y adquieren nuevos códigos de convivencia y de relacionamiento entre sí y la naturaleza. De esta manera, la frontera se convierte en un universo poco conocido para aquellos que viven más allá de ese territorio y que por medio de la literatura esa realidad fronteriza ambigua se desplie­ga ante los ojos del lector. En el año 2000, Augusto Casola publica “TIERRA DE NADIE–NINGUÉN”, Gráfica Latina, en donde la selva de la cordillera del Amambay, la línea fronteriza entre el Paraguay y Brasil y la ciudad de Capitán Bado y sus adyacencias son el escenario de una trama que se desarrolla con personajes modelados y marcados por una naturaleza inhóspita. La temática es la migración, el narcotráfico y la violencia como tal y la de género. El narrador lo hace en tercera persona. Los protagonistas no tienen perspectiva de futuro, sola­mente viven un presente continuo y desolador. Las len­guas se mezclan y se comunican en portugués, portuñol (portugués mezclado con el español), guaraní y alguna palabra en inglés como símbolo de la globalización. En este sitio extraño y mítico, los seres sin redención se en­marañan en una serie cruel de acontecimientos que los lleva por la vida y a su muerte.

Asimismo, en “XIRÚ” de Damián Cabrera, 2012, Ediciones de la Ura, la frontera es el lugar común de vida, de seres en su mayoría de las veces “despersonali­zados” por el fuerte impacto del entorno y donde las ca­rencias son de la esfera de los afectos y de los principios y valores de la humanidad. La temática ronda los mitos folclóricos como aquellos que se refieren a la sexualidad, a la iniciación, a la práctica de la misma y así también a la falsa religiosidad o la hipocresía moral. El lenguaje es más complejo, los personajes hablan guaraní, portu­gués, un jopará como jerga característica popular, algo de inglés y español. El narrador habla en tercera persona como así también los personajes van narrando la trama. Aquí, la frontera es un pretexto para reflexionar sobre la vida, la muerte, el erotismo, o la música, y denunciar la crueldad o la violencia de género o el irrespeto de los de­rechos humanos y se utilizan figuras simbólico–míticas como el luisón y otros para explorarlas. En una fiesta de San Juan queman a María, la prostituta e iniciadora de cuatro adolescentes de la comunidad, como una de las atrocidades que se cometen para castigar lo considerado pecaminoso. La sombra de Fernando Pessoa, se vislum­bra en la ironía, el simbolismo, el misticismo y hasta el humor negro, en la obra que en parte redime al mundo con la poesía y la música.

 

EN CONCLUSIÓN

Esta aproximación a la creación literaria de la fronte­ra paraguayo–brasileña es personal y no abarca el lado brasileño, porque cuando se considera este espacio lite­rario es necesario mirar a ambos lados. La frontera es un ser descarnado y sangriento, y sin embargo cotidia­no e indiferente en la obra de Casola, sus personajes no son introspectivos, sino resolutivos, porque el tiempo se les agota, y la muerte les acecha todo el tiempo.

Por otra parte, Damián Cabrera, toma la frontera como un escenario de lo irreal, enclavado en una cul­tura fronteriza, y la describe mediante un lenguaje casi experimental que requiere una cuidadosa lectura. Sus personajes son introspectivos, se rebelan y en ocasiones fluyen en los sucesos.

Consideramos que se ha abierto un sendero que se conecta con el universo de la frontera, con el del cruce, con el de la migración y es relevante la riqueza creativa que aporta a la literatura paraguaya.

 

 

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 TIERRA DE NADIE - NINGUÉM. Narrativa de AUGUSTO CASOLA

Edición digital: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

[s.n.] (Gráfica Latina), 2000.

 

 

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 XIRÚ. Novela de DAMIÁN CABRERA.

Ediciones de la Ura ;

Premio Novela “ROQUE GAONA” del 2012.

 © Cabrera, Damián - Xiru - 1a ed.

Asunción: Ediciones de la Ura, 2012.

Asunción, Paraguay

 

 

ENLACE INTERNO A UNA OBRA PUBLICADA DE LOURDES TALAVERA

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LA DAMA Y EL TIGRE, (2013)

Novela de LOURDES TALAVERA

Editorial Arandurã

Asunción – Paraguay. 206 págs

 

 

Sin título. Óleo de Adriana Villagra


 

 

 

LINO TRINIDAD SANABRIA

 

SECUELAS DE UNA GUERRA



Este artículo cobra actualidad con la aparición del último libro

del Dr. Nelson Mora, publicado por El Lector – ABC.

Asunción, 23 de enero de 2014



Una breve revista de la historia, específicamente de la guerra contra la Triple Alianza y dentro de ésta lo relativo al complejo siderúrgico de La Rosada, complejo industrial que fue exterminado bárbaramente en el mes de mayo de 1869.

Si los paraguayos de hoy, nos detenemos a meditar, sin ánimo de revanchismo alguno, en lo que significa esa actitud de barbarie consumada por el ejército aliado con el exterminio de una obra avanzada como era ese complejo industrial, el primero de su género en Améri­ca del Sur, no podemos aceptar la tesis de que la Guerra Grande no fue contra el Paraguay, sino contra el tirano López. Otros acuñaron la expresión de que esa guerra no fue contra el noble pueblo paraguayo sino contra el gobierno paraguayo presidido por el Mcal. López por­que querían liberarle al pueblo paraguayo de la opresión a la que le sometía el tirano.

Si nos informamos de la forma bárbara en que se ex­terminó el complejo industrial; si nos informamos de que toda esa destrucción fue muy bien planeada por la fuerza aliada, después que ésta ya estaba convencida que la guerra estaba concluida; que el ejército paragua­yo ya no podía oponer resistencia alguna porque estaba diezmado en una forma imposible de ser reconstruido, el ejército aliado programó el asalto y la destrucción del complejo que los aliados llamaban “fábrica de armas”, precisamente para justificar su plan destructor y su bar­barie.

En efecto, una columna oriental, al mando del Cnel. Hipólito Coronado, con precisas instrucciones de sus superiores, con una tropa, fusileros y lanceros, infini­tamente superior en número a la dotación que tenía nuestra guarnición en La Rosada, llegó al lugar y asaltó el establecimiento. Los nuestros opusieron heroica resis­tencia pero no pudieron soportar la carga enemiga por la superioridad numérica de los atacantes. El Cmte. Ju­lián Insfrán y sus soldados, después de pelear una hora y luego de haber rechazado toda intimación de rendición, fueron aniquilados en forma bárbara. El Cmte. Insfrán es decapitado junto con otros oficiales que componían la guarnición. Las máquinas del establecimiento fue­ron destruidas con saña, las armas y municiones que no podían llevar los atacantes, fueron arrojadas a los altos hornos y al agua. No tenía que quedar ni rastros de aquel monumento de grandeza que producía escozor a nuestros vecinos.

Es por eso que creemos, estamos convencidos, que el nefasto objetivo del Tratado de la Triple Alianza no fue ni contra López ni contra su gobierno; fue contra el Paraguay, contra su avance desarrollista, fue contra nuestro futuro de grandeza.

Tal fue así que la destrucción siguió en todos los ám­bitos. Los aliados siguieron ocupando el territorio para­guayo durante los diez años posteriores.

Es tan ilustrativa la evocación de un veterano de la Guerra Grande, el Tte. Manuel Frutos, decía en una en­trevista en el año 1914 según recogió en su obra “Proce­so a los falsificadores de la Historia del Paraguay”, pág. 430 y 431, tomo II, el historiador argentino Atilio Gar­cía Mellid. Decía el excombatiente Manuel Frutos en la entrevista: “En tiempos anteriores a la guerra, fuimos muy ricos, señor; nadábamos en la abundancia, éramos felices. Mi pueblo natal, Yvytymi, hoy pobre villorrio, tenía entonces 24 escuelas y en el presente apenas tiene una. Con esto le digo todo… No había ciudadano en el campo que no tuviera su casa, sus útiles de labranza y sus extensos sembrados. No conocíamos el hambre. Éramos una raza bien alimentada, sana y fuerte. Éra­mos alegres y dichosos… a pesar de lo que llaman nues­tra tiranía, gobierno patriarcal, ejercido por verdaderos patriotas, que solo deseaban la prosperidad del país… Pero vino la guerra y todo lo perdimos. Peleamos des­esperadamente porque todos teníamos algo que perder y porque amábamos a nuestra tierra” (Luis Alberto de Herrera, en su obra “Los Principios”, 1914).

Esta pintura dolorosa y realista del Tte. Manuel Fru­tos, tomaba como punto de referencia su pueblo natal: Yvytymi, pero podía generalizarse a toda la República. Ese pobre villorrio que mencionaba Frutos tenía 24 es­cuelas y 50 años después, apenas conservaba una, agre­ga García Mellid en su obra “Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay”.

 

 

ENLACE INTERNO A ESPACIO DE LECTURA RECOMENDADA

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LAS REPARACIONES DE GUERRA (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA)

Por NELSON ALCIDES MORA

Colección 150 AÑOS DE LA GUERRA GRANDE - N° 19

© El Lector (de esta edición)

Director Editorial: Pablo León Burián

Asunción – Paraguay. Enero, 2014 (88 páginas)

 

 

 

ENLACE INTERNO A UNA OBRA PUBLICADA POR LINO TRINIDAD SANABRIA

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MOÑE’ẼRÃ GUARANÍME

PARAGUÁI ÑE’ẼSYRY ATY PORAVOPYRE MOÑE’ẼRÃ

PROSAS ESCOGIDAS PARA LECTURA EN GUARANÍ

Por LINO TRINIDAD SANABRIA

Colección Biblioteca Paraguaya de Antropología (CEADUC) Vol. 50

Edición Bilingüe. Ilustración y diseño de tapa: NICO

Asunción-Paraguay 2005, 249 páginas

 

 

 

Mi alma es un suspiro en el cielo, 2009 - Óleo de Adriana Villagra

 

 

 

JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

 

 

ÁGUILAS SOBRE EL VIENTO (MEL BALLASCH)

Crítica literaria de JOSÉ VICENTE PEIRÓ

 


Siguiendo a la búsqueda, encuentro y lectura de au­tores paraguayos noveles o jóvenes, me enteré por una de esas redes sociales que una autora nacida en 1985 estaba a punto de presentar una novela titulada Águilas sobre el viento. Se trataba de M.M. Ballasch, que en rea­lidad se llama Melissa Marco Ballasch, o simplemente Mel Ballasch. La autora tuvo la gentileza de enviármela y he podido disfrutar de un trabajo muy logrado.

He de señalar que tuve reparos a simple vista con esta novela, de sugerente y acertado título. No me gus­tan demasiado los universos del pasado, donde se mez­clan lo histórico y lo fantástico, y más cuando tratan de reconstruir mitologías falsarias. Estamos en Europa rodeados de historietas más propias del cómic que de la novela, por lo que debemos tener cuidado con este subgénero relativamente nuevo aunque en realidad haya existido siempre. Pero mi sorpresa fue mayúscu­la cuando empecé a leer la novela y sentí el placer de la buena lectura ofrecida dentro de los parámetros de la narrativa. Porque las características de la novela no tenían nada que ver con ese relato lleno de animales fantásticos, de portales que conducen a otra dimensión, de fantasmas que son vivos pero no están presentes… Más bien, Águilas sobre el viento se emparenta con esa novela histórica medieval, romántica, donde existe una partida, un recorrido, y la anagnórisis y el desenlace. Sin embargo, el espacio de la acción es fantástico aun­que sea medieval, lo cual impide que la historia esté pre­sente de manera declarada: aunque el espacio recuerde a ese mundo sito entre el centro de Europa y Turquía, el Imperio otomano para ser exactos, y haya cierta fideli­dad a la ambientación de época, salvo en determinadas cuestiones referentes a la mentalidad de las mujeres, ple­namente actuales.

Estamos ante la historia una madre y una hija, Meral y Tessa respectivamente. Meral es la reina del país del Dragón Extinto, que gobierna con cordura y firmeza. Tessa, sin embargo, es consciente de que no conoce a su padre, cuya identidad es un secreto, y decide escapar del enclaustramiento al que la tiene sometida su ma­dre para conocer toda su historia. Huye y se enfrenta a múltiples aventuras, algunas de ellas peligrosas. Como antagonista hallamos a Thais, quien ha tenido una rela­ción con el varón Aramis. Meral parte después a la bús­queda de su hija. Meral y Thais pugnaron por el amor de Aramis hace muchos años. Pero madre e hija tienen un carácter fuerte y aspiran a ser libres, a vivir conforme a su libre albedrío, aunque asuman el deber de estado, de ahí que el secreto que Tessa busca le fuera ocultado por su madre. Por ello, estamos ante un personaje que parte a un recorrido de encuentro con el conocimiento del pasado, para hallar una realidad ávida de conocerla.

Posteriormente, siendo consciente del peligro que co­rre Tessa, Meral iniciará su búsqueda para devolverla a su sitio. Vivirán desde ese momento nuevas aventuras y la venganza de Thais, hasta que finalmente todo el en­tramado se resuelve y el secreto queda revelado. Meral se encontrará con la disyuntiva entre el amor y la obli­gación, su Reino, y el prometido matrimonio con el rey del país vecino, Khal, para que ambos territorios que regentan vivan en armonía, quedará… que lo descubra el lector. Así, todos los personajes, tanto los principales como los secundarios, muestran un carácter fuerte y una personalidad compleja. Por eso, Tessa desea cono­cer la verdad ignorada en otras ciudades, lo cual es una forma de aprendizaje también. Pero los secretos son do­lorosos en ocasiones y para conocerlos es necesaria una buena dosis de esfuerzo hasta la extenuación.

En el fondo, el libro nos establece una metáfora de la lucha de la mujer por conocer su historia y así rei­vindicar la necesidad de una revelación de su verdadero papel a lo largo de la historia. Una historia particular, la de Meral y Tessa, que plantea muchos interrogantes sobre la fortaleza de la mujer a lo largo de los tiempos, así como la debilidad del hombre frente a determinadas circunstancias. Esta reivindicación del poder femenino se logra enmarcando personajes con una mentalidad actual en un pasado enigmático entre lo inventado y lo real. Es la puesta en el cielo de la fuerza de la mujer, hasta su propia extenuación. Sin embargo, la novela, a pesar de las situaciones límite de su argumento, tiende a ser fiel con esa realidad inventada para lograr el ma­yor grado de verosimilitud. Este es uno de los mayores logros de la novela y lo que la distancia de esas novelas medievales al uso llenas de situaciones increíbles, la ma­yor parte epígonos de Tolkien, y ya sabemos lo que dijo Mario Benedetti: “Lo peor no es el pecado original sino la fotocopia”.

Ballasch maneja unas estructuras sintácticas de for­ma recurrente. De la narración pasa a los diálogos, muy directos y punzantes al principio, para seguirlos con una explicación, y rematarlos con un breve pie que en­lace con la respuesta del interlocutor. Introduce incluso el manuscrito encontrado, ese diario familiar, para en­troncar el presente con el pasado, recurso cervantino muy bien empleado. El lenguaje está muy cuidado, sin entrar en historicismos lingüísticos ni explicaciones fa­rragosas del pasado, muchas de ellas previsibles en tan­ tas y tantas novelas y de manual pedagógico decimonó­nico. La autora sabe muy bien qué es un carcaj o una daga. Porque no es lo mismo una daga que un puñal. Aun así, el lenguaje de la obra es plenamente actual, con un castellano muy correcto, dado que existe una voluntad de la autora hacia el potencial lector.

La estructura de la novela en cuatro partes a las que sigue un epílogo, dejando al margen el prólogo, le per­mite construir acciones en paralelo o perpendiculares, asumiendo la mejor tradición de la novela bizantina, para trazar un conjunto de acciones secundarias enri­quecedoras de la principal: la búsqueda del secreto. Es una distribución muy práctica y útil, sobre todo cuan­do Tessa se encuentra en peligro mientras su madre co­mienza su empresa de rescate. De esta forma, se genera un suspense en la narración de una forma muy lograda. Una intriga muy meditada desde la acción mezclada con el pensamiento y la forma de vida de los personajes.

La obra viene acompañada de ciertos elementos de mercadotecnia, como un bolígrafo con una grabación del título de la novela, un puzle y varios marcadores de página con magníficas ilustraciones de Esteban Riveros Ortiz, muy acordes a la trama.

Ballasch ha logrado su propósito: contar una historia donde lo complejo es la sucesión de escenas, contar una historia de la lucha por el conocimiento, con un esti­lo muy cinematográfico. Y bien que lo consigue, con lo cual cumple sus objetivos. El lector amante de his­torias antiguas disfrutará de su lectura, pero también quien persiga algo más que la simple distracción. Hay un mundo personal en una novela donde el sentimenta­lismo se debate entre la frialdad de algunas decisiones y la acción. Tenemos con Águilas sobre el viento a una au­tora muy prometedora. Esta, su primera novela, es una excelente tarjeta de visita como contadora de historias.

 

 

 

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 ÁGUILAS SOBRE EL VIENTO, 2013

Novela de MELISSA BALLASCH

Con el apoyo de CENTRO CULTURAL DE LA REPÚBLICA EL CABILDO

ASOCIACIÓN CULTURAL COMUNEROS

Arandurã Editorial

Ilustración de tapa: FÉLIX TORANZOS

Asunción – Paraguay. Noviembre 2013 (396 páginas)

 

 

 

El vuelo del alma, 2009 - Óleo de Adrina Villagra

 

 

 

 

EL HOMBRE VÍBORA (IRINA RÁFOLS)

GANADORA DEL PREMIO ROQUE GAONA 2013

Crítica literaria de JOSÉ VICENTE PEIRÓ

 


Irina Ráfols es una de las escritoras más activas de la literatura paraguaya actual. Aunque nacida en Uru­guay, su presencia dentro de las letras de su país de adopción es una de las más atractivas. Sus dos primeras novelas dibujaban una voz importante para el futuro del género en el país. Abulio el inútil (2006) nos ofrecía un escenario donde lo absurdo, lo cómico y lo surrea­lista mostraban un personaje memorable perfectamente trazado, mientras que Alcaesto (2009) era una novela histórica construida con esmero y detalle en el retrato de la España de 1492, en las vísperas del Renacimiento y el enfrentamiento entre ese hombre nuevo frente a la Inquisición, por medio de Xeo, un joven de doce años que es vendido por su tío en la plaza Mayor de la ciudad extremeña de Cáceres, llena de judíos y alquimistas, y acaba en manos de Kanamantis para ser objeto de ex­perimentos. Como se observa, estamos ante una autora capaz de utilizar diversos subgéneros y registros, y com­binar con destreza el drama y la comedia para mostrar unos personajes dignos de ser recordados.

Poco antes de junio de 2013, nos dio a conocer su tercera novela, El hombre víbora. Sin duda, es su mejor obra publicada hasta la fecha. Es una narración inte­resante, trepidante por su argumento, y con una te­naz prosa que combina la narración y el diálogo en su justa medida. Un profesor, Longobardo, viaja con un alumno calamitoso, Efraín, a los montes para buscar los huesos del Kurupí, el mito paraguayo del enorme falo. Las pistas para su hallazgo las ofrecen unas cartas de Guido Boggiani. Buscan los vestigios que resultan ser de la guerra de la Triple Alianza, en el momento en que el ejército brasileño está tomando el territorio para­ guayo. Es entonces cuando la narración parte hacia el pasado, con un bien estructurado flash-back, para partir hacia lo ocurrido en la zona, y en concreto en la villa de Saraki, cuando los pueblos paraguayos están al borde de ser eliminados del mapa por las tropas invasoras. En determinados momentos, la escena vuelve al presente, a medida que Longobardo y Efraín van hallando nuevos vestigios, como la pintada “Ore ha’e 13”, para despertar el recuerdo de la narración.

Estamos por ello ante una novela que conjuga el mito, lo antropológico y la historia de Paraguay, más bien la intrahistoria, dado que sus personajes son seres de carne y hueso que no han pasado a los anales de esa contienda histórica, inventados y recreados en su ma­yoría por la autora. Así, encontramos unos brasileños voraces; ávidos del saqueo y hasta de la violencia, sobre todo hacia las mujeres, con Fonseca al mando, frente a ese conjunto de razas con el negociante don Fernan­do como personaje determinante del poblado, y con un sabor de la mentalidad guaraní permanente. Y como nexo, la joven Juliana, hija de don Fernando, que queda cautivada y subyugada por el universo guaraní repre­sentado por su amiga y confidente Yrase.

Dentro de ese marco bélico, se suceden las histo­rias individuales de cada personaje. Con la enigmáti­ca presencia del hombre víbora para subrayar la mate­rialización de la creencia. En ese discurso, ese mundo guaranítico está representado por la lengua: esa lengua considerada de bárbaros, y que debería ser prohibida, por algunos “blancos”, sobre todo por la madre de Ju­liana, y que sin embargo logra un protagonismo esen­cial dentro de la novela. Las relaciones entre los perso­najes, tiernos y provistos de alma, son uno de los puntos más destacables, sobre todo esas mujeres batalladoras que defienden su mundo y su vida con ahínco, a pesar de no haber sabido nunca manejar un arma. Será lo insólito, lo mítico, el verdadero artífice del desenlace: lo fantástico de la actuación de las cruces, vestigio hallado por el profesor y su alumno,

La violencia está presente dentro de ese marco hostil. La invasión brasileña es cruel y está dispuesta al exter­minio de la población paraguaya. Lo guaraní también se ve afectado por la adversidad. En la relación de las mujeres y hombres es donde más crueldad se vierte. Se muestran dos relaciones opuestas entre la mujer y el brasileño: la violencia de Fonseca, forzando a Engracia, frente a la de Da Gamma con la indígena Yrase. Serán el amor y el sexo quienes empujarán las relaciones de los personajes: Yrase busca disfrutar de un hombre, y Julia­na comprender esa forma de pensamiento de la mbya. Mientras, el hombre víbora, el kurupí buscado, está al acecho, acudiendo al chamán cuando es necesario. En el fondo, todos los personajes defienden su dignidad. Persiguen sus objetivos en un marco adverso, porque la vida les empuja hacia un destino incierto.

Estamos ante una novela muy bien escrita. Con un dominio del diálogo y una perfecta causalidad de los acontecimientos. A este estilo cuidado y pulcro, la au­tora añade la ironía de algunas secuencias, como ocurre cuando ese Indiana Jones sin armas que parece ser el profesor, queda encerrado y Efraín es incapaz de sacarlo de la cueva. Incluso el humor tiene su referencia litera­ria a Las ruinas de Palmira de Volney, confundido por Fonseca este libro sobre las religiones y la defensa del ateísmo tolerante con un tratado de arqueología.

Estamos ante una novela que se deja querer; ante una historia que gustará al lector. Muestra una Irina Ráfols potente, ávida de contar un argumento con habilidad y determinación. Solo quizá se pueda poner un pequeño reparo al desenlace, porque después de haberlo cons­truido con maestría y sabiendo la autora cómo culmi­nar su creación, cae en algún lugar común, netamente sentimental, destinado a ganar el corazón del lector pa­raguayo. Pero es un pequeño lunar, insignificante por ser perfectamente prescindible, de esta novela que nos hace confiar en una autora de las más destacables de la literatura paraguaya actual.

 

 

 

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EL HOMBRE VÍBORA, 2013

Narrativa de IRINA RÁFOLS

Editorial EL LECTOR

Director editorial: PEDRO PABLO BURIÁN

Asunción – Paraguay. 2013 (213 páginas)

 

 

 

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LA VENGANZA IMPOSIBLE

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay. 2013 (291 páginas)


 

 


Sin título, 2004 - Óleo de Adriana Villagra

 

 

 

 

 

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