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Sociedad de Escritores del Paraguay SEP


  SEP DIGITAL - NÚMERO 5 - AÑO 1 - SETIEMBRE 2014 - PORTALGUARANI.COM


SEP DIGITAL - NÚMERO 5 - AÑO 1 - SETIEMBRE 2014 - PORTALGUARANI.COM

SEP DIGITAL - NÚMERO 5 - AÑO 1 - SETIEMBRE 2014

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay


Dirección Editorial

Alejandro Hernández y von Eckstein

Diseño y Diagramación

Natalia Domenech

Corrección Castellano

Cintia Cañete

Corrección Guaraní

Feliciano Acosta

Ilustración de portada

Mario Rubén Álvarez - Aparece en la portada Carlos Feerico Abente

ISSN: 2311-0570

Edición al cuidado de los autores


 



Edición de la Revista Digital

Setiembre- 2014

Asunción - Paraguay

 

 

 

 

 

ÍNDICE

Editorial

Prólogo Portal Guaraní

POESÍAS

Delfina Acosta - Central

Tú sabes

Alegría

Feliciano Acosta - Central

Mandu’a rova

Teju guasu

Estela Asilvera - Central

Nostalgia

Moncho Azuaga - Central

Manifestación pacífica

Holofernes

Estela Franco - Central

Poema, es la dama

Victor Karctch - Itapúa

Confeciones de medianoche

Carlos Ríos - Cnel. Oviedo

Cartas...

Ilusionado

Luz Saldívar - Central

Pantera

Victorio Suárez - Central

Interrogantes

Ulisses Viveros - Central

Donde nace el sentimiento

Enigma pasional

Quisiera

Su nombre en exequias

Javier Yubi - Central

No demores

CUENTOS Y RELATOS

Lisandro Cardozo - Central

El entierro

Biera Cubilla - Central

Sin título

Juan de Urraza - Central

Preservar el Conocimiento

Natalia Echauri - Central

Hitchcock me observó con el entrecejo fruncido

Alejandro Hernández y von Eckstein - Central

La doctora y el viejo alemán

Óscar Pineda - Central

Capo Mafia

Irina Ráfols - Central

Tríptico

Lourdes Talavera - Central

Esa mañana

Javier Viveros - Central

Ruándicas

ARTÍCULOS Y ENSAYOS

Lino Trinidad - Central

Vigencia de la Ley de Lenguas

Tadeo Zarratea - Central

Carlos Federico Abente, el decano de los poetas en lengua guaraní

CRÍTICAS LITERARIAS

José Vicente Peiró Barco - Valencia/España

El futuro ya está aquí José Pérez Reyes

La Málaga paraguaya

 

 

 

CIEN AÑOS DE POESÍA EN LAS VENAS

 

El 6 de septiembre, el médico-poeta o poeta-médico, Carlos Federico Abente, cumplirá 100 años de fructífera vida.

Abente nació en Isla Valle, Aregua, en 1914. Su infancia pasó entre Isla Valle, Puerto Pinasco y Formosa (Argentina). De adoles­cente, estudió en Concepción del Uruguay, donde culminó sus es­tudios secundarios trasladándose a Buenos Aires para estudiar Me­dicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA) donde se graduó.

Don Carlos es un paraguayo que ama a su país, su cultura, su música, su idioma. A pesar de su larga ausencia nunca perdió su idioma materno, el guaraní. Según sus propias palabras Che reta oi che ndive (Mi patria está conmigo). Chéko nde ruguy che reta porã (Yo soy tu sangre mi hermoso país).

Entabló grandes amistades con gigantes de la literatura y de la música nacional como Augusto Roa Bastos, Hérib Campos Cerve­ra, Elvio Romero, Prudencio Giménez, José Asunción Flores, Emi­lio Vaesken, Cayo Sila Godoy, Félix Pérez Cardozo, Carlos Lara Bareiro, los hermanos Larramendia, entre otros. De estas amista­des podemos destacar la de José Asunción Flores quien escribió una guarania al poema Ñemitỹ, forjando entre estas dos obras, la mu­sical y la literaria, una de las mayores joyas de la música paraguaya

Si bien Abente es un excepcional poeta en castellano lo es más en lengua guaraní, idioma con el cual plasmó poemas musicaliza­dos posteriormente por diferentes músicos nacionales.

Entre su prolífica obra podemos encontrar cinco poemarios CHE KIRĨRĨ ASAPUKÁI HAGUÃ – PARA GRITAR MI SI­LENCIO (1990), KIRĨRĨ SAPUKÁI– EL GRITO DEL SI­LENCIO (1995), SAPUKÁI – POESÍAS INOCENTES (1997), SAPUKÁI SUNU – GRITO DE TRUENO (2001), y ÑEMITỸ ANTOLOGÍA POÉTICA (2009) todos ellos consagrados por el pueblo paraguayo.

El humanista, don Carlos, jamás olvidó su origen humilde y los días difíciles, por ello, en su carácter de médico ayudó desinteresa­damente a todo paraguayo que a su consultorio se acercaba.

Su entrañable amigo Augusto Roa Bastos dedicó un poema al Bate aregüeño cuyo fragmento trascribimos:

“… Tu venerable juventud admiro,

te admiro por tu madre valerosa

que hizo tu mano leve y poderosa

de hierro casi y casi de suspiro…”

Feliz centenario, poeta.

Feliciano Acosta

PRESIDENTE

SEP

 

PRÓLOGO PORTAL GUARANÍ

 

Con la presente edición, reafirmamos el esfuerzo y la voluntad entre la nueva Comisión Directiva de la SEP, presidida por don Feliciano Acosta, y Portalguarani.com, de fortalecer el lazo creado entre los miembros de la SEP y la sociedad toda a través de la RE­VISTA DIGITAL de la SEP/PORTALGUARANI.COM.

La revista, en su primera etapa contó con una edición primi­cia y cuatro números mensuales que originaron en sus respectivos espacios más de 3500 visitas únicas, logrando la edición primicia superar la barrera de las 1000 descargas. Son números muy sig­nificativos, teniendo en cuenta que es una nueva modalidad de compartir la cultura a través de la web y valida la calidad tanto del contenido como de la participación de más de 65 literatos miem­bros de la Sociedad.

También es digno de resaltar la inclusión del idioma guaraní, nuestra lengua de sangre, en todas las ediciones de la revista.

Nos embarcamos con esta edición, en una nueva etapa, en prin­cipio trimestral, siendo la misma solo la punta del iceberg de ambi­ciosos proyectos que pronto pondremos a su consideración.

PortalGuarani.com es un espacio cultural abierto, y nos consi­deramos compiladores de la maravillosa creatividad de los cultores de la identidad paraguaya.

Renuevo la invitación a todos los miembros de la SEP, a escrito­res, historiadores, o artistas paraguayos naturales o por adopción, que deseen ser miembros de nuestra familia guaraní, a contactar con nosotros a través de cualquier medio, con la finalidad de crear, mejorar, ampliar, o sustituir datos en los espacios creados como tributo al don que la vida les otorgó.

Eduardo Pratt

Portalguarani.com

 

 

 

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NO DEMORES

Poesía de JAVIER YUBI

 

Alza tu vida al hombro y vuelve

tras tus pasos

Detente solo en las esquinas

donde quedaron tus risas

Toma las piedras lanzadas,

arrójalas al charco y posa tus

pies en ellas

Deja que el viento señale el

itinerario de tu regreso.

Suelta los viejos prejuicios

Anímate a recomponer tu

historia personal

A tiempo estás de vivir la

intensidad de la sabiduría, la

libertad de las emociones, la

alegría de los sentimientos

Te pertenecen hoy

Apenas depende de ti

Y a pesar de los demás...

No demores en ser feliz

 

 

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ASUNCIÓN SIGLO XX- ÁLBUM FOTOGRÁFICO

COLECCIÓN JAVIER YUBI

Editorial EL LECTOR,

Asunción – Paraguay. Agosto 2010

 

 

 

 

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EL ENTIERRO

Cuento de LISANDRO CARDOZO

 

Extraído de "Noche de pesca y otros cuentos".

Editorial Servilibro


Ña Salustiana y Feliciano, su hijo, sacaron los catres para dormir bajo el ala del corredor. La noche estaba calurosa y húmeda. Ni los grillos soportaban las ren­dijas de la pared caliente de estaqueo. Luciana, la hija menor, después de cenar estiró la única sábana sobre el camastro, en la semipenumbra de la pieza. Prefería dormir bajo techo, ya por el miedo o el dolor de cintura por la prematura enfermedad a consecuencia del fresco de las madrugadas.

Salustiana, como todas las noches, prendió una vela al Cristo Crucificado y a san Cristóbal. El nicho de ma­dera tallada y pintura desconchada estaba en la pared que daba al viento sur.

Antes de ir a la cama se puso un camisón, fue al fondo y, aprovechando la oscuridad, no llegó al servi­cio donde al menor ruido zumbarían los moscardones. Cuando orinaba escuchó claramente su nombre; una, dos veces, y luego fue como un agudo grito en su oído. Quedó como clavada en el lugar, pero al cabo reaccionó corriendo con la bombacha en bandolera, y con el apu­ro se le cayó una zapatilla en el yuyal.

Fumó dos interminables cigarros metida en la cama. Era para espantar el miedo y los mosquitos, pero no pudo dormir, a pesar de que el fresco fue reemplazando al calor agobiante. Sus cinco sentidos apuntaban hacia el fondo, y escuchó otra vez "Saluu... Salustianaa..." y vio una lumbre vivísima que se apagó recién con el can­to de los gallos. No dio cuenta a sus hijos de lo ocurri­do esa noche, sino hasta que estuvieron almorzando a mediodía.

Prudencio, el hermano de Salustiana, llegó como a las diez del domingo. Regresaba después de mucho tiempo a su pueblo, donde vivió desde que se casó con la sobrina del sacerdote y se fue cuando falleció Hermil­da, hacía un tiempo, de muerte natural.

Feliciano aceptó la invitación de su tío y compar­tieron el aperitivo. Tenían una botella de caña "tipo empleado" enfrente mientras charlaban cada vez más entusiasmados. Prudencio contaba anécdotas de su "pa­sar" por el Alto Paraná, mirando permanentemente a sus sobrinos y hermana, para ver el efecto que causaba en ellos.

Feliciano contó a su tío lo que le ocurrió por la noche a su madre, a pesar de una seña de desaprobación de Salustiana. Prudencio, de la sonrisa incrédula, se puso serio y sentenció gravemente sin titubear: "Aquí hay al­gún entierro, che ra'y. Seguramente es mucha plata y, por lo que me contás, es para tu mamá''.

Una siesta Salustiana sintió que se movía su cama, que la arrastraban unos metros. Escuchó pasos que parecían perderse en un extremo del corredor. Luego creyó escuchar que alguien tosía secamente esa noche, y en alguna ocasión anterior ya había escuchado la per­sistente tos de alguien que parecía ahogarse.

Alejandrino, regresó después de trabajar unos meses recolectando algodón en Posadas. Llegó y se tendió en el catre que permanecía bajo el mango. Traía unos rega­los que luego desperdigó en la cama; eran algunas ropas y otras baratijas que le permitió comprar el poco dinero que logró juntar. Pidió un cuchillo filoso para rebanar el fiambre y pan que traía, y comieron hasta las migas.

Hablaron del tema que les preocupaba, mientras be­bían cervezas. "Es una clara señal que parece venir del cielo y cae justo en ese lugar", dijo Salustiana, interesan­do aún más a su marido. "Esta misma noche vamos a comenzar a buscar. Esa plata tiene que ser para nosotros y por eso es que tanto se muestra a tu mamá".

—Siempre escuché decir por ahí, que aquí había mo­vimiento y que por eso nadie se quedó a vivir después de morir don Leocadio —dijo Luciana.

—Nosotros vamos a quedarnos, mi hija, y vamos a ser millonarios —dijo, ya eufórico, Alejandrino, tras tomar el último trago de cerveza antes de dormir unas horas.

Entre todos ubicaron el lugar exacto. Alejandrino plantó cuatro estacas a manera de mojón y esperaron la oscuridad, preparando un cuadrilátero con sábanas y frazadas para ocultar la zanja que harían.

Trabajaron toda la noche y Salú, llevó mate bien ca­liente cuando el sol ya se insinuaba. Feliciano durmió unas horas, mientras sus padres sorbían la infusión en el borde del pozo.

—Te voy a contar lo que nos ocurrió anoche —le dijo Alejandrino a Salú—. Continuamente se nos caía encima otra vez la tierra que sacábamos con cada pa­lada. Pero mirame a ver si tengo algún grano encima. Escuchamos remesones de gritos y palabras que no en­tendíamos. Parecía que nos atropellaban caballos fu­riosos y unas cadenas se arrastraban y parecía que nos iba a golpear. Pero un rato después terminaba todo y seguíamos cavando tranquilamente. Tuve miedo y en un momento, casi dejamos el trabajo.

Pasaron tres noches de trabajo y el pozo ya era una profunda zanja. Tres por tres de base y más de cuatro de profundidad. Tuvieron que construir una rústica esca­lera para bajar y subir con los baldes. En la cuarta noche y en la primera palada, Alejandrino creyó ver algo que brillaba y lo recogió. Era una moneda que pulió con arena y su pantalón y vio que era de plata.

—¡Ya estamos cerca, mi hijo! —gritó alentando a Fe­liciano, que a esa altura estaba cansado y decepcionado.

Los vecinos más cercanos ya estaban enterados o maliciaban que algo grande estaba pasando. En el al­macén, la comidilla era el entierro, y las exageraciones apuntaban hacia millones en oro y plata.

Ña Salustiana miró esa noche el cielo, que de repen­te se iluminó con una delgada estela que caía, luego fue una lluvia de meteoros refulgentes que parecieron explotar quedamente. Alejandrino sintió que ella se afe­rraba temerosa a su brazo, y con un hilo de voz dijo:

—Esto es de mal agüero, Alejandrino, y casi se con­firma mi pesadilla.

De improviso, también las luciérnagas invadieron el lugar, los grillos serrucharon en los yuyales y las sábanas no cesaron de volar al viento.

—Hay amenazo y tengo que volver al trabajo —dijo Alejandrino, mientras se alejaba la mujer.

Continuó hurgando con la pala en la arena y sintió un chasquido.

—¡Este es un cráneo! —dijo, y ahogó una maldición.

—¡Son mis huesos! —dijo una voz que parecía ve­nir de muchas partes. Dio una media vuelta y vio a un hombre parado a su lado. Se le erizaron los pelos, y la filosa pala que pendía de sus manos fue lo último que vio Alejandrino.

Se escuchó en la profundidad de la noche el grito de Salustiana, cuando Feliciano le dijo que su padre estaba tirado en el pozo con el cuello cercenado. Los vecinos, como por arte de magia, formaron un cerrado círculo en torno al hoyo. Muchos de ellos creyeron que ya habían encontrado algo y que el grito de Salú fue de júbilo.

Ayudaron en silencio a sacar el cuerpo. Las mujeres más viejas prepararon la mortaja. Alguien avisó al juez y al alcalde, quienes vinieron después de unas horas.

Ya iba amaneciendo y todo estaba dispuesto en la piecita que daba a la calle. Las velas ardían en cada ex­tremo de la mesa donde estaba tendido Alejandrino con el cuello mal cosido y un hilito de sangre que coaguló en la sábana. Este no va a aguantar hasta esta tarde, mi hija, le dijo a Salú una viejita que ya presagiaba un intenso calor para ese viernes.

El día de final de rezo limpiaron el tatakua; las muje­res liaron cigarritos de tabaco negro y compraron cara­melos para los mita'i. Desde temprano, el calor húmedo presagiaba lluvia, las sombras se condensaban a lo largo del corredor, mientras caían las primeras gotas que re­sonaron sobre la tierra reseca y caliente. Enseguida la lluvia arreció formando raudales que iban directo a la zanja abierta.

Feliciano miraba desde hacía un rato el agua que se perdía en el pozo y dijo:

—¡Voy a ver por qué no rebosa ese maldito hoyo, carajo!.—Al rato volvió empapado y con expresión de asombro—. La zanja está vacía, mamá. Ahí no hay una sola gota de agua.

—¡Seguramente toman los muertos guardieros, m'hijo! —dijo don Prudencio.

Esa noche Salustiana no pudo dormir.

—Me está llamando tu papá —le dijo a Luciana con voz queda.

—Yo no escucho nada. A lo mejor es Feliciano, que está volviendo un poco borracho —dijo la chica, aco­dada en la cama.

—Yo tampoco lo escucho, pero lo siento como si fue­ ra dentro de mí, como si gritara en mis huesos —exte­riorizó Salustiana.

Varias noches pasaron en vela. Feliciano, a esas horas estaba en el almacén de don Centú, y volvía al amane­cer y dormía como un animal herido, con profundos y sonoros estertores.

—¡No soporto más esto, mi hija! —dijo un día Salú—. Alejandrino no me deja dormir y ya no puedo vivir así. No me asusta, ni le tengo miedo, pero no sé si será cierto lo que dice. Estoy muy trastornada, mi hija.

—Tenemos que mudarnos de aquí, mamá. Por ahí dicen que ya estamos locas. Encerradas todo el día y que ni comemos bien, dicen.

—No quiero dejar la casa ni a Alejandrino. Pero por vos y Feliciano voy a hacer el sacrificio.

Contrariamente a las leyes, pero con el permiso de las autoridades, a Alejandrino lo habían enterrado en el fondo de la propiedad, a un costado de la zanja. El laico que oficiaba de sacerdote en el poblado no quiso bendecirlo, ni permitió que lo lleven a la capilla, ni al cementerio. "Esto es cosa del demonio", había senten­ciado en una reunión. "Estuvo perturbando el sueño de los muertos y no merece perdón de Dios", dijo después.

El juez de paz escribió en su libro de nacimientos y defunciones: "Muerte poco claro. Asigún los famillares fue por culpa de la pora". Así cerró el caso.

Prudencio alquiló un camioncito para la mudanza. Quería trasladar a su hermana, Salustiana, al poblado vecino, cansados como estaban de las habladurías. Fe­liciano tuvo una mala cosecha, Luciana enfermó del pulmón y debían buscar un lugar más alto y aireado.

Acomodaron los catres, el ropero de luna rota y los colchones. El cántaro era lo último que alzarían.

Desenterraron a Alejandrino.

—Lo vamos a tapar con la carpa en la carrocería — dijo Prudencio.

Tardaron unas horas por el camino de tierra y barro. El cajón fue lo primero que bajaron al llegar, y cava­ron esa noche una nueva sepultura y llevaron la sencilla caja, que rápidamente se había podrido abajo. Salustia­na, que ayudaba, sintió que algo se le había caído en los pies y casi gritó del susto. Enseguida lo sintió de nuevo, y esta vez con más fuerza. Con mano temblorosa tanteó bajo el cajón y palpó una viscosa humedad y se estremeció.

—Esperen un rato, bájenlo —dijo Salú—. Quiero ver qué cayó sobre mi pie.

Alumbraron con la linterna por todas partes, la ma­dera crujió y se estremeció un tanto.

—Tenemos que abrir el cajón, rápido —ordenó emo­cionada la mujer.

Cuando levantaron la tapa, un brillo enceguecedor salió del interior, como una desbandada de luciérnagas. El resol era de oro pulido y resplandecía en la noche.

Alejandrino parecía sonreírles desde los confines del tiempo, y vieron que había encogido en su mortaja ma­rrón. Sus descarnados y diluidos labios parecían decir algunas palabras que escucharían por siempre.

—El murió por esto y lo guardó para nosotros —dijo Salustiana, y esa noche descansaron en paz.

 

 

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NOCHE DE PESCA Y OTROS CUENTOS

Cuentos de LISANDRO CARDOZO

Editorial SERVILIBRO. Asunción - Paraguay

 

 

 

 

PRESERVAR EL CONOCIMIENTO

Cuento de JUAN DE URRAZA


Año 2076, Cavernas de Aracuyito.

Soy Sor-45, robot experimental de última generación, creado con una única misión: Preservar el conocimien­to humano de la pérdida irremediable que significaría la Gran Guerra. Así como quienes escribieron los pergami­nos del Mar Muerto, o los protectores del Santo Grial, las logias o sociedades secretas, sobre mis hombros recae la responsabilidad de preservar toda la información útil del planeta para que los futuros vástagos sobrevivientes de esta lucha sin sentido puedan reconstruir su mundo. He elegido este lugar en las cadenas montañosas de los Andes, porque no cualquiera podrá llegar aquí y en­contrarme, sólo un elegido en el momento correcto lo hará. Tengo en mi poder un disco, que contiene toda la información relevante para la tarea de reconstrucción: la decodificación del genoma humano, los tratados de medicina, los datos de ingeniería para la construcción de maquinarias, edificios y puentes, todos los libros de las mil bibliotecas más importantes del mundo, imáge­nes de las grandes obras de arte, desde la pintura hasta la escultura, música, enciclopedias, filmaciones, cursos básicos hasta universitarios y masterados. Tengo estos datos en todos los idiomas posibles, no sea que me en­cuentren humanos que no puedan comprender los da­ tos por culpa de un simple problema de dialecto. Y si no saben leer, las introducciones iniciales audiovisuales, junto con las clases de letras más básicas, ayudarán a que las personas recobren esa habilidad perdida y luego puedan comprender el resto. Tal vez la humanidad se sumerja en las tinieblas una vez más, pero cuando la era de la luz regrese, yo estaré para iluminarlos como un faro solitario en el mar bravío.

 

Año 2077

Parece que la guerra fue mucho más grande de lo previsto. Mis sensores, que podían comunicarse con es­taciones de radio y satélites, no distinguen nada más que ruido y estática. Pero el hombre es el peor de los insectos rastreros, y seguro que habrá encontrado algún hueco donde guarecerse hasta que la tormenta pase. Puedo traer a mi memoria principal recuerdos de quien me creó, que supongo habrá muerto ya. Un hombre menudo, calvo, con anteojos y siempre vestido de pu­lóver a cuadros. Era un gran científico, y me dio vida (modificando un robot común de la serie PenAth-VI) específicamente para esta misión. Grabó en la primera pista del disco toda su información, su biografía, sus datos, de tal manera que cuando lo encuentren sepan claramente quién fue el hacedor del milagro y lo alaben y nombren en cada rincón del planeta, por ser él quien hizo posible la reconstrucción de la raza humana. No quería pasar al olvido como los viejos sabios griegos, de los cuales apenas se conocían sus nombres, pocas anéc­dotas, y, tal vez, alguna obra que hubiera sobrevivido a los incendios de las grandes bibliotecas. Toda su infor­mación, detallada y completa, se halla en el disco.

 

Año 2080

Soy un robot, no puedo tener miedo. Pero el silencio me aterra. ¿Estoy solo en el mundo? Parece que la espera será larga. Creo firmemente en la humanidad, ella será capaz de volver de la muerte de ser necesario. Su destino no es acabar de esta manera.

 

Año 2570

Mis baterías están casi agotadas. Los circuitos de re­carga solares ya no funcionan, puesto que las fotocélu­las y las baterías recargables han llegado al límite de su vida útil. Empezaré a usar la batería auxiliar. Si no me muevo, si no pienso, si apago todos los circuitos inne­cesarios, podría sobrevivir por trescientos años más. El disco sigue conmigo, con toda su carga de sabiduría. Y yo seguiré cumpliendo la misión encomendada hasta que mi último chip deje de funcionar.

 

Año 2780

El tiempo, el polvo, los insectos y las telas de araña se han apoderado de mí. Algunos murciélagos revolotean en el techo. Eso quiere decir que la vida está retomando su cauce, lo cual es bueno. Numerosos componentes de mi cuerpo metálico se han herrumbrado o dañado, y, salvo por mi cerebro, carezco de energía para accionar ningún otro mecanismo. El disco sigue entre mis ma­nos, esperando a su dueño.

 

Año 2917

Creí escuchar algo. Voces. Estoy seguro de que eran voces humanas. Mi memoria está fallando y tengo mu­chos registros dañados, pero las posibilidades (analiza­das por comparación de patrones) me dan un 99,99% de certeza. Ya no las escucho más, pero estimo que vol­verán. Deben ser de algún asentamiento cercano, y si la civilización llegó hasta aquí, con sus ansias expansionis­tas y de conocimiento, tarde o temprano encontrarán esta caverna y a mí. ¡Oh, cómo me gustaría poder salir a buscarlos yo mismo! Pero mis ruedas ya no giran. Si hiciera el intento probablemente gastaría vanamente la última dosis de energía que me queda, ya que los meca­nismos están atascados. Prefiero que mi cerebro sobre­ viva a este trance, y conozca al restaurador de la raza humana, aquel que se beneficiará con la sabiduría que por tanto tiempo protegí celosamente.

 

Año 2919

Mis sensores fotoeléctricos están muy dañados, pero puedo ver claramente a un grupo de figuras menudas que han iluminado la habitación con antorchas, acer­cándose a mí. ¡Por fin! ¡El día tan largamente esperado!

—¡Josecito! —exclamó un niño—. ¿Qué es esto?

—No sé, parece una estatua muy vieja, de metal — respondió el muchacho. Junto a él se encontraba su fiel perro Tom, arratonado, marrón y desgreñado—. Está sosteniendo algo... —dijo, tomando una pieza fina y plateada, de diez centímetros de diámetro con sus pe­queñas manos.

—¡Ay, si pudiera abrir el compartimiento para que insertara el disco! —pensó el robot. Un ruido opaco ape­nas se escuchó, indistinguible entre las risas del grupo de niños, pero el mecanismo no respondió. Quiso ha­blar, pero sus circuitos y altavoces ya no respondían a sus órdenes. Sus últimos resquicios de energías terminaron agotándose en intentos infructuosos, y Sor-45 murió una lenta muerte de robot, esas que duran hasta que alguien les cambie las baterías, puesto que la base de su conducta se halla en memoria no volátil; aunque perdería toda su personalidad y sus experiencias vividas hasta su último backup, realizado antes del inicio de la misión.

—¿Qué es lo que encontraste? —preguntó su ami­guito Pancho a Josecito. Ambos estaban vestidos con unos pantaloncillos cortos sin remera, descalzos y con el cabello largo e hirsuto. Parecían indígenas, asevera­ción más que probable si se notaba que a su corta edad varios llevaban lanzas consigo.

—No sé, tiene una forma especial, como un bume­rang, pero redondo. Habría que probar lanzarlo y ver qué pasa. —El niño lo lanzó al aire en la amplia ca­verna, y el disco planeó suavemente por cerca de diez metros. Antes de llegar al suelo, Tom ya había saltado en el aire y lo había capturado entre sus dientes.

—¡Qué bueno! —gritó otro niño—. ¡Vamos afuera a probarlo! —Intentó sacar el disco de la boca del perro, el cual se negó, mordiéndolo con más fuerza y rayando su superficie. Finalmente el muchachito logró quedarse con el botín mientras que Tom saltaba a su alrededor pidiendo que se lo lanzaran de nuevo.

—¡Pero ahora me toca a mí! —exclamó Pancho, co­rriendo detrás del resto.

La oscuridad y el silencio volvieron a reinar en la caverna. La estatua de metal quedó abandonada, sin su preciada carga, en la oscura y fría gruta. Su misión había terminado. Había entregado el disco al primer sobreviviente humano encontrado, pero... ¿Qué podría hacer un grupo nómada indígena con un disco ópti­co de alta tecnología, capaz de almacenar millones de pistas por pulgada? Con la última chispa de vida, en el último momento de su existencia, Sor-45 pensó que tal vez hubiera sido mejor guardar menos información, pero en papiros, o en tablas de arcilla...

 

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LA SOCIEDAD DE LAS MENTES

Novela de JEU AZARRU

Asunción - Paraguay

 

 

 

 

HITCHCOCK ME OBSERVÓ CON EL ENTRECEJO FRUNCIDO

Cuento de NATALIA ECHAURI


 

—Ni siquiera el cine vale la pena —sentenció sin pestañear. Fellini lo observó desconcertado.

—Yo, invece, imaginé una inquadratura. La noche, la nieve, la lluvia, y un trueno. Un trueno sobre el mare que refleje la luna llena de color blanco.

Dije gracias y me levanté sin despedirme. Quise dar un portazo al salir, pero sería mucho drama. No ne­cesitaba el apoyo de nadie para llevarlo a cabo, ni si­quiera de Fellini y Hitchcock. Ni siquiera de Fellini y Hitchcock me lo repetía mientras caminaba bajo la lluvia, sin paraguas ni nada impermeable. La luna llena brillaba como pintada sobre las montañas que limita­ban la ciudad. Una nube la tapó un rato, pero ella se liberó enseguida y entendí. Tal vez fue responsable la copiosa lluvia. «El agua, limpia». Caminé durante ho­ras por la calle atiborrada de desesperados, huyendo del agua. Un trueno nos encegueció a todos cuando entré al edificio. No había ascensor desde hacía seis meses, por eso había adelgazado tanto para preocupación de Giulieta quien insistía en eso todos los días, cada vez que llegaba a Cinecittà, después de cuarenta minutos de metro y de escuchar la voz neutra Prossima fermata Republica Teatro Opera, uscita lato destro. Prossima Fermata, Barberini, Fontana di Trevi, uscita lato destro.

Prossima Fermata, y así, todos los días, desde que llegué a esta ciudad, empapado en el sudor de junio, en el día de mi vigésimo segundo cumpleaños, el mismo día que me robaron la valija con todos mis cuentos y me dejaron la que tenía toda la ropa y las latas de lenteja, regalo de la despedida. Tomé la Moleskine de la mesita de luz y dos lápices. Siempre dos por cualquier cosa. Para hacer una película solo se necesitan una chica y una pistola, no tenía ninguna de las dos cosas, entonces intenté bo­rrar la frase medio gris, medio azulada que se imponía sobre el catre, pero no lo conseguí porque la había pin­tado con el pincel indeleble de Alejandro. Alejandro y sus graffitis por toda la ciudad, por el metro, por el tren, Por el vicolo donde besó a la turista alemana.

Vacié la mochila (estaba llena de migas de pan y res­tos de mandarina). La volví a cargar con dulces, auricu­lares, la Moleskine y los dos lápices. También metí mis documentos y una biblia porque encontraba interesan­tes los salmos.

Salí corriendo al bar por una taza de café. Fellini me encontró ahí y a escondidas de Hitchcock me regaló cigarrillos. Tomamos un espresso cada uno, dos de azú­car él, y yo sin, un cornetto él y yo nada. Volvió a pre­guntarme si estaba seguro. Respondí con un ademán y me despedí. Hablaba un castellano malísimo. Cuando pasó el metro tiré los cigarrillos de Fellini. Yo nunca fumé. Y él lo sabía.

 

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AVALÓN – LA ISLA DE LAS MANZANAS. Novela de NATHALIA MARÍA ECHAURI

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay. Diciembre de 2006 (240 páginas)

 

 

 

 

 

 

LA DOCTORA Y EL VIEJO ALEMÁN

Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


Sonoros, firmes y rápidos pasos se escucharon en el desierto pasillo del hospital, en dirección a la recepción del piso, en donde un joven médico conversaba seduc­toramente con una enfermera.

La recién llegada tomó la carpeta con los historiales clínicos y con la vista comenzó a chequear uno a uno.

—Disculpen que interrumpa su animada plática — dijo en forma seca, irónica y con leve acento extran­jero—. ¿Por qué no se ha tomado nota del estado del paciente del 304?

El joven médico recibido recientemente, con fastidio, dirigió la mirada a la recién llegada y seguidamente a su interlocutora, quien con un leve susurro respondió:

—Es la doctora de intercambio, la israelita.

El galeno miró con desagrado por encima de sus len­tes y escudriñó lentamente, de arriba abajo, a la mujer.

De unos cuarenta años, aunque no los aparentaba, ojos azules como el mar más profundo y una envidiable y curvilínea figura, llevaba sus rubios cabellos sujetos a modo de rodete.

—Buenos días doctora. Creo que no nos han pre­sentado; soy el doctor Benítez —dijo zalameramente e intentando darle un beso a modo de saludo.

—Soy la doctora Neeman —respondió extendiendo la mano al sorprendido galeno—. Ahora que hemos sido presentados reitero mi pregunta doctor Benítez…

—No hace falta. Escuché la primera vez. Pero antes de responder le daré un consejo. En primer lugar, con una actitud como la suya se ganará el encono del perso­nal y eso, no sé en su país, no lleva a ningún lado. Por otro lado el paciente en cuestión, además de ser médico y muy cascarrabias, es un enfermo oncológico terminal. Si me pide mi opinión… bien nos haría que deje su lu­gar a otra persona que lo necesite. Aquí no estamos en Israel. Si quiere ir a verlo puede hacerlo. Aquí tiene su legajo —dijo tirando displicentemente una de las car­petas sobre el mostrador y retomando la conversación con la nerviosa enfermera.

—Enfermera, creo que vi una luz que se encendió en el 315. Vaya a ver qué es lo que necesitan —dijo la doctora, tratando de mantener la compostura, mientras acomodaba el legajo del paciente del 304 y enfilaba ha­cia esa habitación.

—Un último detalle que quizás le haga disminuir su entusiasmo, en especial por el país de donde usted proviene. Se dice que el paciente de la 304 es un nazi.

Sin hacer caso a la maliciosa acotación, la mujer se detuvo delante de la puerta y antes de golpear leyó: Hans Gansse, 80 años, cáncer de estómago, de hígado, colon…

—Pase —Se escuchó desde adentro.

—Buenos días, don Hans. Soy la doctora Neeman.

—¡Buenos días! ¿Acaso la administración ha inverti­do en médicos con modales para enseñar a los asnos de este hospital? —refunfuño el anciano.

Haciendo caso omiso, se dirigió al equipo de goteo y administró una dosis de morfina para luego regular el oxígeno.

Dando un leve suspiro cuando la droga ingresó a su torrente sanguíneo, el anciano dijo:

—Disculpe mi mal carácter doctora… He tomado la mala costumbre de molestar a los pocos galenos que vienen a atenderme. ¡Quién los necesita! De hecho yo mismo me los puedo administrar. Mis años de estudios me avalan…

—Veo que no es de aquí —dijo acomodando sus gruesos anteojos—. Pronto aprenderá y tal vez se ag­giorne a las costumbres locales. En este país existen muchas necesidades sanitarias y pacientes que requieren más cuidados que un muerto vivo como yo.

—Nací en Jaffa, antigua ciudad del moderno estado de Israel.

—¿Y no le molesta atender a un posible asesino nazi, como me llaman por los pasillos?

—Lo que usted haya sido, hecho o no, sólo le im­porta a usted y a su conciencia. Para mí usted es un paciente delicado.

—¿Y si en realidad lo fuera? ¿No querría envenenarme?

—Despreocúpese. No está en mi agenda asesinar a nadie… —dijo la doctora, mientras acomodaba la al­mohada del anciano.

—Discúlpeme doctora Neeman… Puede dejarme sólo. Ya hizo bastante por mi hoy.

—Cálmese. Mis principios no me permiten dejarlo solo en este lugar. Regresaré cuando termine mi turno.

Una sensación de angustia y tristeza embargó al oc­togenario, la cual disimuló diciendo:

—¡No hace falta! Como le dije, hay otros enfermos más importantes.

—No sea testarudo.

—Soy alemán…Le puedo asegurar que si hay un pueblo testarudo, ese es el alemán. Vea; hasta en dos guerras mundiales nos hemos metido y perdido.

—Pues no se preocupe, mis padres nacieron en Ale­mania y mis abuelos en Prusia. Si le digo que volveré es porque lo haré.

—¡Volveré! Eso me sonó a MacArthur —dijo sacán­dole una sonrisa a la doctora.

—Si así lo desea… Volveré y con mis cañones —rio de buena gana la doctora.

Eran las nueve de la noche cuando se escucharon tres leves golpes en la puerta.

—Pase doctora Neeman, la esperaba.

—¿Cómo supo que era yo?

—Los médicos y enfermeras pasan como tromba sin golpear. Además… su perfume es inconfundible… me recuerda a alguien que conocí hace mucho tiempo — dijo suspirando con dificultad.

La doctora colocó un poco más de morfina en el go­tero y se sentó en el pequeño sillón para visitas.

—Es francés. Uno de los pocos gustos que me doy… Caro pero… no sé cómo explicarlo… algo me atrae de él. Ese perfume y las montañas son mi debilidad.

El cuerpo del anciano se estremeció.

—¿Tiene frío? ¿Quiere que cierre la ventana?

—No… déjela abierta… Dígame ¿Alguna vez escaló algún pico? ¿El Matterhorn quizás?

—No me he atrevido, ni he tenido la oportunidad. Esa es una materia pendiente.

—¡Hágalo! No se arrepentirá. Escale hasta la cúspi­de del Ceverino, en la cima del Matterhorn y cuando esté bien arriba, aspire hondo y mientras exhala observe detenidamente el paisaje que la rodea, las formaciones de nubes orográficas con el aire fluyendo alrededor y creando vórtices, el valle de Zmutt…

—Parece que conoce bien el lugar.

—En ese pedazo de roca conocí a Hanna. Hermosa como ella sola, su dorada cabellera al viento contrastan­do con las nubes teñidas por el sol y sus cachetes rojos del frío… Ella, yo y la inmensidad del paisaje… Dis­culpe a este viejo gagá… De seguro la estoy aburriendo con esta conversación.

—Para nada. Le juro que no conozco el lugar pero sus palabras me hacen viajar a él —respondió para lue­go suspirar embelesada por el relato del anciano—. Siga por favor. ¿Hanna era su esposa?

—¿Ve esta cicatriz? —dijo el veterano, haciendo caso omiso a esta última pregunta y mostrando una antigua herida que cruzaba parte del cráneo—. Es un recuer­do de cuando la conocí. Estaba por bajar de la cumbre cuando ella llegó a esta. Las nubes amenazaban con una próxima tormenta. El frío se colaba por nuestros gruesos abrigos. Sin embargo, ella se quitó su gorro de lana y sa­cudió su rubia melena. No tenía más de dieciocho años.

No puedo describir el sublime sentimiento que me embargó. Estaba petrificado, era parte del paisaje mien­tras aquella diosa del Valhala admiraba todo su reino.

Una ráfaga de viento arrebató de su mano el gorro de lana que cayó a mis pies. Lo levanté y tímidamente se lo entregué… Nuestros dedos hicieron contacto y una intensa electricidad corrió por nuestros cuerpos.

—Señorita, si no bajamos ahora nos tomará la tor­menta —murmuré.

Ella asintió y comenzamos el descenso. De pronto, a un poco menos de dos metros sobre mi cabeza divisé un ramillete de edelweiss…

—Y usted se lo obsequió… ¡Qué romántico! Leí so­bre esa costumbre europea en donde los jóvenes regalan a su enamorada aquella flor que sólo crece en las alturas más inaccesibles —dijo la doctora.

—Y este ramillete no era la excepción. Con dificul­tad escalé la escarpada roca y arranqué una de las flores cuando comenzó a nevar y el fuerte viento hizo que caiga al suelo rompiéndome el cráneo.

La luna estaba en lo alto y plateaba el espeso manto de nieve que había caído. Aturdido y cubierta mi ropa con mi propia sangre, vi borrosamente que nos encon­trábamos en una hendidura de la montaña y Hanna abrazándome para darme calor con su cuerpo.

—Pero… que hace aquí… la tormenta… —balbuceé.

—Cálmese. Mis principios no me permiten dejarlo solo en este lugar. Además por nada del mundo dejaré abandonado a su suerte al primero que se esforzó por regalarme un edelweiss —dijo esto último en un suspi­ro apenas audible.

Demás está decir que con las primeras luces del alba llegamos al pueblo, juntos, aunque sin los edelweiss.

—Ahora parece que la que tiene frío es usted —se­ñaló el anciano.

—Así es, cerraré la ventana. Se ha hecho tarde. Ma­ñana es mi día libre pero volveré. Deseo conocer más de su vida… No comprendo cómo los demás médicos pueden ser tan insensibles con usted.

—Déjelos mi generala MacArthur. Ellos se lo pier­den —respondió, saludando marcialmente, seguido de una carcajada.

Al día siguiente, como lo había prometido, la doctora Neeman regresó.

Poco antes de llegar a la habitación escuchó gritos, ruidos metálicos y de vidrios rompiéndose. La enfer­mera del piso salió corriendo de la habitación 304 y al pasar junto a la doctora, mirándola con desprecio dijo:

—Usted ha despertado al monstruo… Encárguese usted de él.

Presurosa se dirigió a la habitación del anciano y al acercarse a la puerta entreabierta vio a este con la cara roja, los ojos desorbitados y ahogándose.

Una honda e irracional aflicción abrumó a la doctora al ver en aquel estado a este casi desconocido paciente.

—Cálmese Hans, cálmese por favor… Ya estoy aquí… No me iré de su lado —dijo estabilizando por medio de las maquinarias y drogas al anciano.

—Máteme doctora… máteme y váyase… Nadie se lo recriminará —dijo con lágrimas en los ojos.

—No me pida algo que no puedo cumplir. Soy cons­ciente del extremo dolor que padece. Le daré más mor­fina si lo desea…

—Querida… doctora… El dolor que siento des­de hace cuarenta años… es más grande que el que me causa el monstruo que carcome mis entrañas. Y no hay morfina que pueda con él. La culpa es mía y sólo mía… Quién sabe, tal vez, esta enfermedad que invade mi cuerpo sea también causada por mi egoísmo, desprecio y arrogancia por los cuales he pagado un alto precio.

—No diga eso, amigo. La enfermedad que usted tie­ne es provocada por un grupo de células que se multi­plican sin control y de manera autónoma, invadiendo localmente y a distancia otros tejidos (Extraído de Wikipedia.), no tiene nada que ver con los males de la humanidad.

—¡Pues debería! —dijo gritando el anciano con los ojos inyectados de ira—. ¿Usted realmente quiere cono­cer todo sobre mi vida? Le contaré. A ver si así me deja morir en paz.

Tal vez por esa inexplicable curiosidad que la atraía a aquellos relatos o la esperanza de que el hacer hablar al anciano fuera una catarsis para él, la doctora Neeman se sentó en el sillón de la habitación y se puso en actitud de escucha.

—Casi dos años fue el tiempo en que un intenso torbellino de sentimientos llenó nuestras vidas y poco antes de recibir mi título de médico fuimos uno. Era la época en que creíamos que nuestro amor podía contra él mundo, contra todo aquel que se nos enfrentara. Tanto que ninguno vio cernirse sobre nosotros el pestilente y nefasto manto que pronto cubrió gran parte del mundo.

Una mañana, ya en Múnich, Hanna ingresó feliz y atropelladamente a mi consultorio recientemente abier­to sobre Neuerstrasse, chocando con un paciente que acababa de hacer una consulta.

Cuatro hombres de gran porte vestidos con largos sobretodos color negro, al igual que sus sombreros, se dirigieron al unísono sobre mi prometida, desistiendo de su actitud a una fría y penetrante mirada de mi paciente.

—Disculpe… señor… —balbuceó Hanna.

De complexión robusta, un metro sesenta y ocho, cabellos castaños, y vestido con un largo sobretodo gris perla que dejaba ver solamente las lustrosas botas ne­gras, el hombre dijo:

—Descuide fräulein, ha sido mi culpa. Que tenga un bello día.

Una vez que los cinco hombres subieron a un Mer­cedes Benz negro, y quedamos solos en la vereda de mi consultorio Hanna dijo asombrada:

—¿Es quien creo que es?

—Sí, es el hombre a quien Hitler confía todos sus secretos, sus ingresos provenientes de derechos postales y de su libro “Mein Kampf ”. Y podría decir sin equivo­carme hasta su propia vida. Herr Martin Bormann y desde hoy mi paciente —dije orgulloso.

Demás está decir que para los principios de los trein­ta, muchos se sentirían igualmente orgullosos al estar, aunque sea a metros, de aquel sujeto, su patrón y demás amigos.

—No me gusta ese hombre —dijo Hanna en voz baja—. Nos traerá problemas.

—¡Al contrario! ¿Qué dices? Este hombre nos cam­biará la vida. Sólo consultó dos veces y ya quiere que nos mudemos a Berlín.

—Sé que Alemania ha prosperado enormemente y que pronto parecerá que nunca sufrimos a causa de a la gran guerra… Pero ¿a qué costo? Fíjate solamente la devaluación monetaria que han realizado…

—No entiendo tu preocupación. Todos los que hemos hecho nuestra declaración de bienes como corresponde, recibimos el equivalente a la nueva moneda. Cierto es que algunos judíos, que quisieron ser más inteligentes que el Führer, no declararon la totalidad de sus riquezas y recibieron solamente lo declarado. Es justo.

—¡Es un robo! Y el que roba está a un paso de matar —gritó mi prometida.

—No hagas escándalo. Pueden escucharnos, y peor aún, pueden pensar que eres judía.

—¿Y si lo fuera?

—No bromees con esas cosas. Ambos sabemos que tu padre es el finado juez von Bauer…

—Él no era mi padre.

—¡Hanna! ¡Por favor! —dije tomándola del brazo e intentando meterla dentro de la vivienda.

Hanna se soltó y con tono firme y el ceño fruncido dijo:

—Mi padre era un médico judío de Possen y mi ma­dre su enfermera. Ambos murieron atendiendo enfer­mos en la epidemia de tifus. El juez von Bauer y su esposa me adoptaron dándome su apellido.

Huyamos de Múnich. Tengo unos ahorros. Venderé la casa de mi padre y podemos ir a cualquier país de América o Asia donde formaremos una familia. Un mé­dico joven como tú…

—¿Cuándo supiste que eras judía? —interrumpí se­camente.

—Desde siempre. Qué importancia tiene eso…

—Toda la importancia. ¡Me mentiste! ¿Cómo pue­do casarme con una judía mentirosa? ¡Vete! No quiero volver a verte.

Hanna palideció cual hoja de papel, dio media vuelta y llorando corrió hacia su casa mientras yo cerraba la puerta estrepitosamente.

Aquella fue la primera y única pelea que tuvimos. Aunque mi corazón seguía latiendo por ella, el cegador orgullo impidió que fuera a disculparme.

Ese día me mudé a Berlín, donde mi fortuna se in­crementó notablemente debido a mi amplia y “distin­guida” clientela, entre los que se encontraban inclusive parientes de los grandes jerarcas del Reichstag.

Seis meses después, regresé a Múnich y sin saber cómo, mis pasos me llevaron ante la casa de Hanna.

Tragué saliva… y orgullo, e hice sonar la aldaba de bronce contra la gran puerta de roble lustrado.

—¿Señor? ¿Qué desea? —preguntó una criada a quien no conocía.

—¿Fräulein von Bauer?

—Ella no vive más en esta casa —respondió una mujer enjoyada y luciendo una estola de visón. Tengo entendido que viajó a un país de Asia... Pero no sé cuál.

Descorazonado y profundamente arrepentido regre­sé a Berlín, y tiempo después –ya durante la invasión–, viajé a París, donde abrí un nuevo consultorio.

Una mañana descendió de un automóvil Renault, un oficial alemán que tocó a mi puerta.

—¡Heil Hitler! —saludó con el brazo en alto.

—¡Heil Hitler! —respondí el saludo.

—Herr doctor Hans, supongo... soy el oberführer von Becker. Her Bormann me ha hablado muy bien de usted, por lo que necesito que me acompañe para exterminar unas ratas que se encuentran en un pueblo llamado Urdos cercano a los Pirineos.

—Disculpe herr Oberführer… no comprendo, soy médico, no el flautista de Hamelin.

Una estruendosa carcajada retumbó en toda la cuadra.

—Herr Bormann me advirtió de su punzante hu­mor. Es evidente que no son roedores de cuatro patas lo que hay que exterminar sino de dos. Le explicaré. Des­de hace unos meses hemos descubierto que un grupo de gitanos y judíos están ayudando a escapar hacia España a los enemigos del Reich, inclusive realizan contraban­do de armas. Y le aclaro: No hablo de una ópera… Ja, ja, ja, me refiero a Carmen…Ja, ja, ja… Ríase hom­bre, esto si es un chiste —dijo el militar golpeando mi espalda—. Vaya. Traiga su uniforme, su brocha para afeitar y su cepillo de dientes que lo espero. Partimos de inmediato.

Para la noche estábamos cenando en Urdos. Pequeño y pintoresco pueblo que dependiendo de como se mire puede decirse que es el primer pueblo de Francia desde España o el último antes de llegar a la comunidad de Aragón.

A la mañana siguiente, con un moderno equipo para escalar, recorrí junto con tres soldados alemanes, varios senderos. A la semana ya conocía casi de memoria va­rios de esto,s que unían Urdos con Sarrance en el terri­torio aragonés donde teníamos apoyo de la policía local.

Poco antes de cumplirse un mes, regresábamos a Urdos cuando descubrí un rastro y decidí con dos de los soldados adentrarnos por un escarpado sendero que había pasado desapercibido, mientras mi tercer acom­pañante alertaba al oberführer von Becker.

La negra noche, sin luna, era propicia para las activi­dades de los partisanos, quienes se encontraban confia­dos cargando cajas de armas sobre unas mulas.

Media hora esperamos ocultos vigilando, hasta que la patrulla alemana llegó comandada por von Becker quien ordenó el ataque. En no más de tres minutos el campamento era nuestro y seis de los siete miembros habían sido capturados.

Estábamos retirándonos cuando un desprendimiento de rocas me puso en alerta. Entre las rocas una sombra intentaba escabullirse. Sin dudar, corrí hacia el lugar y no tardé en descubrir una soga que unía dos elevaciones por la cual se deslizaba ágilmente el partisano. Saqué el cinturón y con él me deslice por la soga cayendo sobre el individuo. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que aquel guerrillero era mi adorada Hanna.

Ambos nos petrificamos al vernos, tal vez por unos instantes, tal vez por un par de minutos, tiempo sufi­ciente para que el mismo von Becker llegue con su fusil Máuser.

—Felicidades herr Hans… Atrapó a la rata gorda — dijo el oficial empuñando con el caño del arma a Hanna.

Hanna me dirigió una mirada triste que me partió, como un frío y filoso puñal, el alma. Yo, desesperado e impotente, nada podía hacer ya que mucho había he­cho. La había condenado a muerte.

Dos días rondé la antigua posada estilo provenzal convertida en improvisado cuartel general, en cuyo só­tano se encontraban Hanna y dos partisanos más. El resto habían sido fusilados.

Al tercer día, terminaba de almorzar cuando un te­niente golpeó la puerta de mi habitación ubicada en otra posada distante a una cuadra del cuartel general.

Me coloqué el uniforme y presuroso respondí al lla­mado, presentándome en la puerta del gran salón de la posada. Los guardias me dejaron pasar y descubrí sen­tado a una larga mesa a von Becker con el uniforme ensangrentado.

Aunque bien sabía que aquella gran mancha roja que cubría la pechera y mangas del uniforme no era del mi­litar, pregunté:

—¿Está herido? ¿Necesita una curación?

—Disculpe mi aspecto —dijo sin responder a mis preguntas—. El trabajo de inteligencia ha sido agotador estos últimos días… Venga siéntese… ¿Almorzó? ¿De­sea que le preparen algo?

—Gracias, acabo de almorzar —dije sentándome en el otro extremo de la mesa.

—Teniente, sírvale este borgoña al doctor —ordenó.

—¿Pudo averiguar algo?

—Herr Doctor, respete mi almuerzo. Hablemos de cosas agradables…

—Disculpe mi falta de educación… Es que…

—Lo sé. Lo sé, amigo… Está ansioso por volver a París. A las gatitas parisinas específicamente. ¿No es así?

—Así es —respondí mal fingiendo una sonrisa.

—Mañana mismo puede irse. Sólo quiero pedirle un último favor. No sé si usted sabe que en mi época de juventud poco antes de la otra gran guerra yo cazaba elefantes y leones en el África, tigres en Malasia… ¡Qué épocas aquellas!

Como le decía, además de eximio cazador soy colec­cionista de obras de arte. En mi casa de Berlín tengo muchos souvenirs de cada lugar a donde viajo. Y no le voy a negar que en estos años de guerra mi colección ha crecido considerablemente. Creo que cuando la gue­rra termine abriré un museo. Sí… eso haré. Uno como el Natural History Museum, de South Kensington, en Londres. ¿Lo conoce?... Ese que tiene los esqueletos de dinosaurios… Pues debería… Aunque pensándolo bien tal vez esos mismos esqueletos estén en mi museo des­pués que la Luftwaffe arrase con Londres…

—¿Pretende comprar los esqueletos de aquellos di­nosaurios?

—Usted me simpatiza… tiene cada salida. ¿Para qué comprar lo que se puede tomar? Londres será parte de Alemania.

—¿No teme lo que pueda opinar el mundo?

—Descuide, el mundo opina lo que la radio y los periódicos dicen. Recuerde la reveladora frase de herr Joseph Goebbels: “Miente, miente, miente que algo quedará; cuanto más grande sea una mentira más gen­te la creerá”.

El militar hablaba con la boca llena mientras alardea­ba en un grotesco monólogo que lo ponía en evidencia con cada palabra.

—Como le decía, quiero la colección más grande de seres extintos, para que el mundo recuerde por mil años el majestuoso museo de von Becker. Y por eso lo mandé llamar —culminó diciendo bruscamente.

—Va a disculpar mi torpeza herr oberführer, no comprendo… ¿Acaso es otra metáfora suya? —dije es­bozando una sonrisa.

—Pues vea que no. Me preguntaba si usted siendo médico no tiene algún conocimiento de taxidermia.

—No. Realmente nunca he experimentado. Bási­camente se monta la piel sobre un maniquí relleno. Si quiere puedo presentarle uno o dos que viven en Berlín, a quienes podría contratar para su museo.

—Puede que lo haga cuando lo abra pero… yo nece­sito uno hoy…ahora. Estuve intentando con unos espe­címenes, pero el resultado no es el apropiado y no quiero arruinar el mejor de ellos. Fue cuando pensé en usted.

El militar se limpió sus manos grasosas en el sucio uniforme y me indicó que lo siga.

Bajamos unas angostas escaleras de troncos y llega­mos a una puerta custodiada por un soldado.

—¡Heil Hitler! —saludó este con el brazo en alto.

—¡Heil Hitler! Abra la puerta por favor… El doctor me acompañará. No quiero que nos molesten —dijo mientra ingresábamos en aquel sótano.

Tras la puerta, una nueva escalera tallada en la roca viva descendía hasta un pequeño recibidor y en una de sus paredes una puerta tipo bóveda entreabierta.

Un fétido y dulzón aroma a muerte impregnaba el ambiente.

—Interrogando a los prisioneros se me ocurrió la maravillosa y genuina idea del museo de especies extin­tas… Venga. Pase —dijo encendiendo la tenue luz de una lámpara a kerosene.

El dantesco y atroz espectáculo que se presentó ante mis ojos me hizo vomitar. Dos de los partisanos se ha­llaban desollados y en parte rellenos con estopa, mien­tras que sus vísceras, esparcidas por el piso, eran el fes­tín de una decena de chillantes ratas.

—Es el olor… No se preocupe. A mí también me pasó… Se debe a que hay poca ventilación en esta an­tigua bodega de vinos. La escogí por la privacidad. Le aseguro que nadie arriba escucha nada de lo que aquí pasa. Pero dejemos el parloteo. Venga, quiero mostrarle el proyecto en el que quiero que me ayude —dijo, seña­lando uno de los rincones que se mantenía en penum­bra detrás de una larga mesa sobre la cual se hallaban cuchillos de distintos tamaños y una pistola.

Al acercarse el militar con la lámpara e iluminar aquel rincón quedé aterrado. Intenté gritar, aunque mis cuerdas vocales no emitieron sonido alguno.

Atada como un animal a un poste con los brazos des­pellejados y rodeada de su propia sangre estaba Hanna.

Su piel, sujeta en parte a la carne viva, caía en san­guinolentos velos.

—¿Qué ha hecho? —pregunté con voz entrecortada.

—Lo sé, es un mal trabajo y por eso necesito que me ayude. Como ve, la cabeza de este espécimen está intacta… podríamos disec…

—Usted esta loco —dije tomando la pistola de la mesa y apuntando al despreciable.

—¿Qué le ocurre? Baje la pistola. Se comporta como si fuesen personas… Véalo como una nueva especie en extinción. No es una mujer. Es un animal.

—No, no es un animal… Es mi Hanna —dije dis­parando a la cabeza del militar hasta que el cargador quedó totalmente vacío.

Temblando, ya que nunca había matado, me dejé caer al suelo.

—Hansi. —Escuché como en un susurro. Dirigí la mirada hacia el lugar de donde venía aquel murmullo y vi a Hanna que intentaba hablarme.

Como movido por un resorte me paré y con uno de los cuchillos corté las cuerdas que la sujetaban al poste. Su frágil cuerpo se desplomó sobre mis brazos.

—Perdóname mi amor… yo soy el culpable, sólo yo… —dije llorando amargamente.

Hanna, con sus manos ensangrentadas, acercó mi cabeza a sus labios y esforzando una sonrisa dijo:

—Te… dije que… tus nuevos amigos… nos mete­rían en problemas.

—¡Esa es mi Hanna! —exclamé con tristeza, tratan­do de consolarla de algún modo—. Por favor no ha­bles… veré cómo puedo sacarte de aquí…

—Sabes, tanto como yo… que eso es imposible, pero… si quieres… abrázame fuerte… tengo mucho frío.

La abracé con todas mis fuerzas.

De su garganta discurrió un agudo quejido, lo que hizo que me aparte de su lacerado cuerpo.

—No hagas caso… no ha sido nada… Abrázame más fuerte… Te amo Hansi.

—También yo, Hanna… Te amo… No me dejes.

Hanna volvió a esbozar una sonrisa forzada y luego de besarme dulcemente dijo:

—Busca a Rebeca… ella es…

El anciano, con lágrimas en los ojos y sollozando, interrumpió el relato por unos momentos mientras la doctora Neeman lo miraba atónita.

—Fueron las últimas palabras de mi amada y las que me han atormentado y perseguido durante el resto de mi vida, como así también todos aquellos que por mi causa murieron de manera tan atroz.

No me costó salir de aquella verdadera mazmorra del medioevo. Pasé junto al guardia y simplemente dije que von Becker seguía trabajando y que no quería que se lo moleste.

Sin saber hasta hoy de dónde saqué la calma, fui a mi habitación, cambié mi ensangrentado uniforme por ropa oscura, y aprovechando la noche crucé los Pirineos y fui a España; donde cambié mi apellido para evitar re­presalias. Terminada la guerra vine a América. Primero a Argentina y finalmente a Paraguay… y aquí me tiene.

—Lo que usted cuenta es… es…

—Lo sé. Increíblemente grotesco, como este mons­truo que se encuentra ante sus ojos y que ni la muerte se atreve a llevar.

—No. No es grotesco, ni monstruoso. Es muy triste. Dígame… no quiero importunarlo, pero… ¿podría de­cirme su verdadero apellido?

—¿Por qué no? ¿Qué importa ya?… von Estinhaus­se… Hans von Estinhausse. Ese solía ser mi nombre… pero de nada sirve ahora… ni siquiera para revelar el verdadero apellido de mi Hanna.

—¿Usted… nunca… averiguó su apellido? —balbu­ceo la doctora Neeman.

—Nunca. Ni su verdadero apellido, ni quién era o es Rebeca y mucho menos dónde buscarla.

—Neeman era su apellido —dijo la doctora sacando un camafeo de plata que llevaba al cuello—. Hanna Neeman era mi madre… yo soy Rebeca… no tienes que buscar más. Aquí estoy padre.

La doctora Rebeca Neeman entregó temblorosa el camafeo en cuya cubierta se encontraba grabada una flor de edelweiss. En su interior, guardando un marchi­to espécimen de aquella flor y una fotografía de Hanna junto a un mechón de sus rubios cabellos, grabada en la tapa se hallaba la frase “Que este edelweiss acompañe siempre a nuestro amor”. Hans von Estinhausse.

—¿Cómo puede ser posible después de tanto tiempo? —dijo el anciano entre lágrimas, tomando la mano de su hija quién rompió en llanto y lo abrazó fuertemente como, hacía ya muchos años, lo había hecho su madre en el lejano Matterhorn—. Este camafeo se lo regalé a Hanna el día que te concebimos. Nunca pensé que el sería el responsable… Quiere decir que ese día del encuentro con Bormann ella…

—Pretendía decirte que estaba embarazada. La pri­ma de mi madre que me cuidó desde niña, me confi­denció eso, y que antes de despedirse, mi madre, colo­cándome este camafeo dijo a mi oído:

—Este camafeo es parte de nuestra familia y nos mantendrá juntos por siempre.

El anciano, con lágrimas de agradecimiento, tomó fuertemente la mano de su hija, sonrió como hacíaa tiempo no lo había hecho, suspiró profundamente y ce­rró los ojos para siempre.

Dos años después, Rebeca pisaba la cúspide pirami­dal del Ceverino en la cima del Matterhorn.

Dejó sus cabellos flotar al viento, bajó su mochila en el rocoso suelo y de esta extrajo la urna con las cenizas de Hans y el mechón de cabellos de Hanna. Destapó la urna, y formando una cruz, con los brazos extendidos, dejo que el cómplice viento esparza los mortales restos sobre el valle del Zmutt, mientras el sol hacía resplande­cer sus dorados cabellos y el frío enrojecía sus mejillas.

 

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EL FOTÓGRAFO DE LOMA TARUMÁ

Novela de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN

EDITORIAL LINA S.A.

Telefax: (595-21) 334493

Asunción - Paraguay. 1º Edición, abril 2011

 

 

 

 

 

CAPO MAFIA

Narrativa de OSCAR  PINEDA

 

 

Extraído del libro "15 Cuentos Ocurrentes, Recurrentes y Ocurridos" 

Editorial Servilibro

 

La brisa soplaba fresca sobre esa verde campiña de colinas suaves. Estaba amaneciendo y la luz que se derramaba generosa ya permitía ver a lo lejos el caserío de paredes blancas y laberínticas callejuelas que se incrustaban como pétalos desordenados en la parte más baja del valle florido. Sin embargo la construcción, que más llamaba la atención en esa región, estaba ubicada en el lugar más alto del terreno, el punto focal orográfico de la zona. Se trataba de un enorme palazzo de estilo clásico, de dos pisos, con torreones de más de diez metros de altura, desde donde se asomaban guardias armados y alguna que otra cámara que, las 24 horas, escudriñaba curiosamente los alrededores. Era la casa de il capo di tutti capi Fredo Alpio Cannavaro quien, en ese momento, dormía plácidamente su quinto sueño en la habitación de tamaño monumental, que había en la segunda planta del edificio.

De pronto comenzó a sonar con fuerza inusitada en el equipo de sonido de la habitación, que era tan grande como una casa de clase media, el aria "Di Provenza il mar, il suol ", del segundo acto de "La Traviata" de Giussepe Verdi y el capo mafia, algo adormilado todavía, se comenzó a mover en la enorme cama de más de dos metros de largo por otros tres de ancho. A Cannavaro le gustaba tanto la ópera que cada mañana se levantaba con una parte

distinta de cada una de sus preferidas, que casi siempre eran italianas. Así el día anterior había sido el aria "Nessun Dorma" de "Turandot", de Puccini y antes de esa, había sido "Una vote poco fa" de "El Barbero de Sevilla", de Donizetti, los que habían alegrado los primeros instantes de la mañana del capo mafia.

Ya completamente despierto y disfrutando hasta la última nota del aria de barítono, Cannavaro, se dispuso a salir de su mullida cama, con sábanas de color gris perla, en la que bien podían dormir unas cuatro personas sin molestarse, ni rozarse en toda la noche. Presionó uno de los botones azules que se ubicaban en la mesita de noche de caoba marrón, del lado derecho, y al poco tiempo entró en la habitación su camarero particular trayéndole en bandeja de plata el sustancioso desayuno estilo americano. Atrás venía el discreto valet, con los diarios del día y que lo ayudaría a vestirlo con su salto de cama estampado y cuadriculado con motivos bordó. En ese día no tenía nada planeado de modo especial por lo que siguió remoloneando en la moqueta de cuero repujado verde oscuro que se encontraba cerca de su cama, mientras se dedicaba a saborear los manjares y a enterarse de las últimas noticias. Para ello comenzó a hojear los diarios y, cuando acabó la porción de la ópera del día, con el control remoto que estaba en la mesita próxima, prendió el ciclópeo televisor de plasma de 52 pulgadas que tenía en frente a la moqueta. Inmediatamente el sonido tipo teatro invadió toda la habitación.

Fue cuando sonó en su celular, de última generación, El Toreador de "Carmen", de Bizet,-raramente una ópera francesa exactamente cinco segundos, en modo polifónico.

¡Ah! Ese artefacto del demonio -se dijo.

,se trataba de un diminuto teléfono gris de una reconocida marca finlandesa, que tenía todo en uno, la cámara para sacar fotografía y la que servía para filmar y otros muchos adminículos, frutos todos, de lo último en nanotecnología.

Cannavaro, anticuado como era, no quería tener semejante aparato estrafalario consigo, pero su capo regime, Albert Lucattone, le había convencido de que solo la implementación de los avances tecnológicos permitirían que los "empresarios" como ellos subsistan, con ingentes beneficios, en el nuevo milenio.

Acercó la minúscula pantalla, de cristal líquido multicolor que decía que había recibido mensaje de texto a su rostro al tiempo que ajustaba mejor sus anteojos de lectura y apartaba el periódico. Pulsó el botón ergonómico para acceder al mensaje y allí leyó:

 

BUENOS DÍAS SR/A.

AQUI EL SERVICIO

DE HOROSCOPO VIA

MENSAJE DE TEXTO

DE SU SERVICIO

DE TELEFONIA CELULAR.

¡ENVIENOS SU FECHA DE

NACIMIENTO Y LE DIREMOS

COMO SERÁN SUS

PROXIMOS DÍAS!

 

Cannavaro miró intrigado por un momento, pero luego pensó que debía distenderse un poco, dedicarle algo de tiempo a cosas sin mayor importancia ni trascendencia, luego de tantos días de tensión y de trabajo. Así que

decidió seguir el juego que en la distancia le proponían y envió, no sin poco esfuerzo lo siguiente:

MI FECHA DE NACIMIENTO ES 15 DE JUNIO DE 1942 QUISIERA SABER MI FUTURO.

Luego, sin esperar una respuesta rápida, se dispuso a seguir leyendo detenidamente el apartado deportivo del diario. ¡Ufa! ¿Cuándo será que ganaremos un maldito partido? Parece que ahí habría que intervenir -farfulló.

Estando en esas denostaciones, volvió a sonar el celular para anunciar que se había recibido la respuesta:

 

LO SENTIMOS

MUCHISIMO SEÑOR/A

PERO TODOS

NUESTROS ESTUDIOS

ASTRALES INDICAN QUE USTED

MORIRÁ EL DÍA DE MAÑANA

 

¡Qué!, ¡Esto no puede ser! -estalló Cannavaro- ¡Se trata evidentemente de una broma de mal gusto! ¿Quién estará detrás de todo esto? ¿Cómo mis enemigos se enteraron tan pronto de mi número particular? ¡Y Luccatone que me había dicho que el número se mantendría en secreto! ¡Maledetto!

Su mente comenzó a funcionar a mil por hora preguntándose quién era el o los que estaban detrás de ese mensaje, que con justa razón o no, le sonaba a velada amenaza. Primero pensó en el Capitán Malore, de la División Antierimen Organizado, que hacía más de tres años le seguía la pista como sabueso amaestrado que era. Aunque no era propio de él el hacer esta especie de guerra psicológica -pensó.

Inmediatamente después, tuvo que remontarse al pasado, en donde para convertirse en el jefe máximo del crimen organizado tuvo que liquidar o hacer pasar por las armas a un buen numero de capos mafiosos para así apropiarse también de sus respectivas ramas de negocios. A don Luca Salvatore Matterazi, las apuestas ilegales, a don Albert Cafassa el sindicato de estibadores, a don Tito Nazzaria, los casinos clandestinos, a don Torcuato Mancusso, el tráfico de estupefacientes, a don Enio Malatesta, la trata de blancas….etc., ya no recordaba más. ¡Ah! Ese Enio Malatesta había sido un hueso durísimo de roer. La única forma de apoderarse de sus negocios fue liquidándolo a él y a todos los miembros varones de su familia...

Mucho tiempo había pasado desde que era un simple matón de los bajos, al servicio de la familia Lucania cuarenta años atrás. Y había sabido abrirse paso a través del enrevesado sistema jerárquico de las familias y de los clanes mafiosos. Poco tiempo después llegó a ser capo regime y luego a capo y por último a todopoderoso capo di tutti capi que fue cuando terminó al fin de absorber a su antigua familia y consiguió mediante una sangrienta purga el reconocimiento y respeto de las otras cinco grandes familias mafiosas. Desde hacía ocho años era un verdadero padrino y absolutamente nadie osaba enfrentársele en ningún modo posible. Sus ingresos eran incalculables y el número de sus guardaespaldas solo era superado por el del presidente de la nación. En ese mismo momento había por lo menos una treintena de hombres armados hasta los dientes dentro delpalazzo, en los jardines o en los torreones. Aparte de esos hombres armados, la nómina de individuos que tenía bajo su mando directa o indirectamente mediante el chantaje, la extorsión o la simple compra de conciencias era asombrosa: 1.127 policías, 56 fiscales, 22 altos cargos aduaneros, 18 jueces, unos 12 parlamentarios, y el bufete de sagaces abogados judíos más caro del país, estaban entre los que mensualmente recibían ingentes cantidades de dinero del inescrupuloso e indiscutido jefe de los bajos fondos. El palazzo donde vivía era una verdadera fortaleza, los enormes ventanales vidriados que daban hacía el valle estaban blindados y eran capaces de resistir sin mayores problemas impactos directos de fusiles de francotiradores. El resto de la construcción, debajo de los revoques ornamentales, escondía en realidad una impresionante estructura de hormigón armado reforzado, del tipo bunker y podía aguantar hasta disparos de granadas de alto poder. El sistema electrónico monitoreado por satélites daba a las instalaciones una seguridad que iba de los portones principales, de metal revestido y cuatro metros de altura, en el frente, hasta las caballerizas -donde estaban varios purasangre de precio incalculable y que harían la envidia de cualquier jeque árabe -que quedaban al fondo de la propiedad de varias hectáreas, pasando por la casa de huéspedes de 20 habitaciones, la bodega de vino de 50.000 botellas, el helipuerto con luces propias, las 3 piscinas con cascadas - una de ellas climatizada -, las fuentes con estatuas, el quincho multiuso, el almacén principal, las dos canchas de tenis y la de fútbol de salón, el área de baño turco, el estacionamiento donde estaban una docena de vehículos último modelo y de conocidas marcas, hasta el bosquecito y el jardín donde Cannavaro cuidaba personalmente susrosales. Censores de movimiento, verjas con empalizadas electrificadas, bravos perros doberman y un nutrido arsenal que incluía fusiles de asalto AK-47, pistolas 9mm Parabellum, y chalecos antibalas, completaban el estricto ,- impenetrable sistema de seguridad. Tres mucamos, doscamareros, un mayordomo, un valet, un cadi, dos cocineros, cinco ayudantes de cocina, 10 empleadas de limpieza, dos jardineros, tres caballerizos, un somelier eran el personal de servicio no adscrito necesariamente a seguridad.

En la otra nómina, la que llamaban negra, tenía a su servicio a un centenar de peligrosos asesinos, cada uno de ellos, con frondosos antecedentes que harían palidecer hasta a un condenado a la pena de muerte. Cuando alguien poco inteligente osaba desafiar su autoridad, estos hombres se presentaban y solucionaban el problema de forma rápida, sangrienta y por sobre todo discreta. El o los que habían puesto la traba, generalmente no amanecían al día siguiente y pasaban, casi siempre de modo inmediato, a "mejor vida".

¿Quién? ¿Quién? ¿Quién es el miserable que se atreve a desafiarme con este juego de morondanga? - bramaba el Don. Enseguida comenzó a sospechar también de su entorno, porque una de las claves que lo habían colocado en la cima de la pirámide criminal había sido la de no confiar absolutamente en nadie, "ni en tu propia sombra" agregaba para sí. Los secretos eran para permanecer como tales y ni siquiera un iniciado en la "omerta" - el código de silencio entre mafiosos - era digno de ser depositario de él.

Será el juego de unas criaturas inconscientes, se preguntó. No saben acaso que soy "señor de vida y de muerte". Que casi nadie puede vivir más de una semana desde el momento en que decido su ejecución. Que no vacilo cuando ordeno el golpe fatal y que me basta un chasquido de los dedos para que se cumpla. Que no estoy aquí por mi cara bonita sino porque he sido capaz de llevar a la tumba a un centenar de peligrosos mafiosos en la última guerra de los bajos fondos...

Pero - se dijo        ¿por qué me inquieto? Basta con saber de dónde viene el mensaje y asunto acabado.

Oprimió los botones del aparato hasta encontrar lo que buscaba: el apartado de registro de llamadas donde pudo descubrir el número pero que cuando se llamaba atendía una contestadora que hablaba un idioma extraño, posiblemente japonés. No se saldrán con la suya bramó - Mañana ubicaré a los responsables en la compañía de celulares y les daré su merecido. Mientras tanto vamos a continuar jugando el jueguito para que no sospechen nada y se echen a correr antes de tiempo.

Pulsó una vez más, no sin dificultad, los botones con número y letras para escribir y enviar:

 

BUENO, YA QUE

VA A SER MI ÚLTIMO DÍA

AGRADECERÍA MUCHO

QUE ME DIJERAN COMO VOY A MORIR,

Y SI ES ASESINATO

QUIÉN ME MATARÁ.

 

Pasaron nuevamente unos tensos minutos y a pesar de que Cannavaro quería en principio tomar todo el asunto como una broma, en realidad lo había alterado lo suficiente como para no interesarle más en absoluto las noticias de la televisión ni tampoco los últimos informes deportivos en donde su equipo de fútbol no la estaba pasando tan bien Porque había perdido su cuarto partido seguido. De pronto el mensaje llegó y Cannavaro, el hombre todopoderoso, leyó inmediatamente el contenido.

 

ESTAMOS ESTUDIANDO.

NOTENEMOS DETALLES.

SOLO SABEMOS

EN ESTE MOMENTO

ES QUE NO SERÁ

NADIE DE SU CASA, SR/A.

 

Eso no contestaba su inquietud más importante y acentuaba su peor sospecha por lo que volvió a preguntar: ¿SERÁ ASESINATO?

La respuesta vino rápida, en forma lacónica y sin dejar lugar a dudas:

LO SENTIMOS MUCHO

SR/A. PERO

LA RESPUESTA ES SI

A continuación sin embargo un dejo de esperanza en la mortal sentencia:

 

PERO NO SE PREOCUPE.

SINO RECIBE A NADIE

PUEDE QUE NO

PASE NADA MALO

 

Conque esas tenemos -gruñó Cannavaro. Una máxima para sobrevivir en este negocio es saber que todo hombre tiene su precio por lo que continuó:

 

NECESITO SABER

QUIEN ES LA PERSONA

QUE PIENSA

ATENTAR EN MI CONTRA.

PAGO ESA INFORMACIÓN.

DIGAME SU PRECIO.

 

La respuesta tan esperada, tardó algo en llegar, como si fuera que dudaran de la que iban a dar:

 

NO TENEMOS NOMBRES, SR/A.

SI LO TUVIERAMOS YA SE LO

HUBIERAMOS DICHO.

LO ÚNICO QUE HASTA

AHORA NOS SALE

EN NUESTRAS CARTAS

ES QUE NO PERTENECE

A SU CASA.

 

Con que se hacen los difíciles - gruñó el viejo -. Esto puede ser el inicio de una nueva guerra en los bajos fondos. Sería bueno que tome las precauciones necesarias para estos casos - se dijo, mientras, se trasladaba a su despacho en la planta baja y encendía el intercomunicador que lo puso en contacto inmediato con el jefe de su guardia personal, Beto Bacigaluppo.

-Diga señor- chirrió el aparato.

-Solo por precaución, necesito que se refuerce mi guardia las próximas 24 horas.

-A su orden señor, elevaré el número de guardias que ahora se encuentra en 34 hombres armados a 53. Será efectivo en 30 minutos, Don Fredo.

-Muy bien, Bacigaluppo, y haz que mañana a primera llora se presente Mateucci.

-¿Nuestro técnico en redes computarizadas?

-Así es, necesito que me rastree por Intemet, unos mensajes de texto, que vienen de un número que desconozco.

-¿De celular, Señor?

-Sí, de celular y no preguntes más. Sólo abócate a tu trabajo.

-Mateucci está aquí, Don Fredo, se quedó a dormir en la casa de huéspedes.

-Entonces que venga ya mismo para aquí.

-Sí, don Fredo. Una última pregunta, Señor. ¿Va a salir? ¿Mando a preparar las camionetas blindadas?

No, no saldré hasta mañana y mándame a Mateucci a mi despacho cuanto antes.

-A su orden, Señor - fueron las últimas palabras del fiel perro guardián de Cannavaro.

Treinta minutos después, el genio de la electrónica al servicio de la mafia Rogelio Mateucci estaba al tanto de todos los mensajes y hasta tenía el número del cual venía la llamada. Rápidamente se instaló en el despacho, muy cerca del capo que se había vestido con impecable traje gris, y con una notebook de última generación conectada a Internet, comenzó a rastrear las posibles conexiones del número.

Mientras tanto, Cannavaro, trabajando unos metros más allá, estaba volviendo a las prácticas habituales. Como era su costumbre ya estaba de vuelta monitoreando dos cargamentos de contrabando, una de drogas y a un grupo de osados pandilleros que había que poner en vereda cuanto antes. Cerca del mediodía, Mateucci ya tenía los primeros indicios y le comunicó al capo.

-Parece que se trata de algo internacional, Don Fredo -informó -, de seguro no viene del país. Es del extranjero. ¿Quiénes serán? -preguntó más para sí el capo mafia -¿Serán los carteles colombianos, o mexicanos, o los maras centroamericanos, o las triadas chinas, o los yakuzas japoneses o la mafia rusa? Cualquiera de ellos podrían ser. Todos ellos envidian un imperio como el mío pensaba Cannavaro.

En ese momento, golpearon a la puerta de su despacho para indicarle que Josefo M. Clarasó, el muchachito de 7 años, que subía cada jueves, desde hacía más de un año, del pueblo para lustrarle sus zapatos de fino cuero argentino ya estaba allí. A Cannavaro, a diferencia de otros capos mafias, le encantaba verse bien vestido, con trajes de casimir inglés, corbatas de seda china, y los zapatos brillantes como espejos y ese muchachito de cara dulce y modales suaves tenía la cualidad de conseguir como el primero esto último.

Le hizo un ademán para que entre y el muchachito empezó a andar sobre la mullida alfombra del enorme despacho arrastrando su caja de lustrabotas que parecía más pesada que de costumbre y se sentó en el suelo frente a donde estaba cómodamente ubicado el Don. Este seguía enfrascado en sus negocios y en las informaciones que cada tanto le facilitaba Matteucci. Josefo empezó el lustre con la eficiencia de siempre que era lo que tanto había agradado al capo.

-¡Eureka! -gritó Mateucci, al tiempo que sonaba el reloj de pie indicando que se estaba pasando el mediodía -Parece que tenemos algo Don Fredo.

-¿Sí? ¿Tan pronto? Soy todo oídos Mateucci.  Dijo el Don mientras se aprestaba a escuchar lo que había descubierto su mejor carta en redes computarizadas.

-Se trata de un mensaje generado en Japón, Sr., o sea exactamente del otro lado del mundo. Es una empresa, Yoshida S.R.L., subdivisión "Futuromanía S.A." que se dedica a hacer horóscopos, leer cartas astrales, descubrir el futuro en bolas de cristal, etc. Son contratados por varias empresas de telefonía móvil en todo el mundo por lo que envían sus mensajes a millones de personas en 98 países, en una docena de idiomas diferentes. Ganan dinero con los mensajes que uno envía preguntando acerca de su futuro.

-¡Majaderos! -bramó Don Fredo -. ¡Encima ganan dinero diciendo esas sandeces! ¡Tendríamos que apoderarnos nosotros de ese negocio!

-Hay un problemita, Don Fredo... -¿De qué se trata?

-Bueno... depende de cómo se lo mire y el grado de credibilidad que tenga usted en esto...

-¡Ya suéltalo!

-Sí Señor. Bueno, como los mensajes son generados en Japón donde tienen su sede central, el horario que manejan para sus mensajes es el de ellos...

-¿Sí? ¿Y qué?

-Tenemos 12 horas de diferencia con Japón, Señor, por lo que allá, ahora que aquí pasamos el mediodía, ya es en realidad mañana.

-¡Ah! ¿Sí?

Cuando terminó de decir esto sonó con inusitada violencia su celular anunciando que había llegado un nuevo mensaje. Lo acercó a la cara para leerlo:

 

SR/A.,

¡¡¡ALERTA!!! ¡¡¡PELIGRO!!!

¡¡¡INMINENCIA DE MUERTE!!!

¡¡¡SU ASESINO ESTÁ CON USTED!!!

 

Eran sólo tres en la habitación. Levantó la vista para ver a Mateucci quien continuaba buscando nueva información en su notebook, por lo que pensó que él no podía ser, principalmente porque era alguien a quien conocía desde que era un mocoso y a quien había costeado sus estudios en la politécnica, hasta convertirle en un genio de las computadoras. Miró luego hacía abajo donde estaba su lustrabotas. Un mechón de cabello negro salía por entre la gorra por lo que tiró de ella y un puñado de pelo largo y desgreñado cayó por los hombros del muchachito. Lo miró fijamente e inmediatamente, con esa sagacidad que tanto le caracterizaba, se dio cuenta que algo no andaba bien. La cara del muchachito tenía formas tan suaves y la nariz tan respingada, los labios tan carnosos, los ojos tan almendrados que parecía más bien una muchachita y ya no sostenía el trapo de lustrar, en cambio en sus bracitos tenía algo negro que no distinguía bien sin sus anteojos por lo que se los puso mientras preguntaba:

Josefo, ¿Inicial de qué nombre es la M que llevas antes de Clarasó?

-¡De MALATESTA, Don Fredo! - gritó la criatura al tiempo que empuñaba con más fuerza lo que tenia en sus manos.

-¡Ah! - dijo Cannavaro, mientras lo comprendía absolutamente todo. Se trataba de Josefa Malatesta Clarasó, la hija menor de su archi rival Enio Malatesta a quién él había hecho asesinar cinco años atrás con todos

los miembros varones de la familia, dentro de las guerras de mafias.

-¡Por los MALATESTA! - gritó la niña al tiempo que disparaba la lupara, la escopeta doble caño recortada de los mafiosos, sobre la humanidad de Don Fredo.

Un impacto tremendo, un sonido ensordecedor y 50 perdigones se habían incrustado en el pecho y en la cara de Cannavaro y el poderoso Don, el señor de vida y de muerte, el rey de los bajos fondos, había dejado de existir en menos de un segundo.

El sonido del arma apagó el repiqueteo del celular que había recibido otro mensaje, el último:

 

SR/A.,

¡¡¡ALERTA!!!

¡¡¡MUERTE INMINENTE! ¡!

¡¡¡SALGA CORRIENDO!!!

¡¡¡SU ASESINO FRENTE A USTED!!!  

¡¡¡NO ES DE SU CASA!!!

FIN

 

 

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15 CUENTOS OCURRENTES, RECURRENTES Y OCURRIDOS

por OSCAR PINEDA

Editado con el apoyo del FONDEC y Editorial Servilibro,

Asunción-Paraguay 2007 (167 páginas)

 

 

 

 

TRÍPTICO

Cuento de IRINA RÁFOLS


 

Yelén no consideraba lo que dejaba atrás. Por eso  todo se resolvería con interrumpir el conducto de las venas de su mano izquierda con la gillette, de modo que la sangre ya no circulara hasta el cerebro y entonces en­contraría una manera rápida de resolver el problema sin resolver el problema. Entregada a la obsesión de creer que el mundo debía ser como en los sueños, como en los cuentos de hadas, Yelén, no soporta, no aprueba la realidad elegida por su esposo de dejarla por otra, ter­minar rotundamente el matrimonio, cortar a la mitad lo que Dios unió.

—¡Ah, no, no!… No me van a ver arrastrándome a mí, ¡no! ¡Yo termino todo acá! ¡Prefiero terminar todo acá! ¡Terminar!

—¡No, dejáme, Miriam! ¡A mí no me sermonees! ¡Dejáme, que yo estoy bien así!… ¡No te atrevas a sacar­me la botella! —dice Miguel, mientras Miriam, su con­cubina, lo mira con ojos de depresión crónica, hartos de contemplar con angustia primero, con resignación después, al tomador de su compañero. Desempleado a los cincuenta años, ni viejo ni joven, no sabe cómo con­tinuar el camino. No tiene salida porque no la ve. No la ve porque no la busca, y Miriam se lo reprocha con los ojos, y le dice más cuando se le llenan de agua, que cuando habla. Es ahí donde Miguel no la soporta. La maltrata, la hiere. Ahora hace otro amague de quitarle la botella, pero el bebedor siente por instinto que el al­cohol se aleja de sus manos.

—¡Dejá, te digo! ¡Dejá de joderme la vida vos tam­bién! ¿Qué sos vos? ¿qué sos? ¡Bruja!

—Te vas a matar así… —atinó a decir ella, con tími­da impotencia.

—¿Y no te diste cuenta todavía de que es eso lo que quiero, boba? ¡Dejáme que me muera! Quiero terminar con todo. ¡Terminar!

Cuando terminó el acto y devolvió los ojos al pú­blico notó la fría indiferencia del fracaso. Apenas tres aletargados aplausos entre las cincuenta personas. Ema, la corista, que estudió ballet, jazz, canto, declamación, ahora se enfrenta de golpe con el defasaje del tiempo, la moda que pasa, la química que deja fluir. No hay programa; se cancela. Se cancela todo. Se terminan el contrato y las giras, la plata. No, ya no va más, hay que retirarse porque ya se terminó, ya no hay magia, ya no le gusta a nadie. Y siente que hace el ridículo mientras algunos la miran de reojo y hacen comentarios en voz baja. Escucha de pronto una risa como de burla. Se le aflojan las piernas apretadas entre la lycra del cancán, el tutú la hace sentir una flor de plástico, pero la que sí se marchita es la mujer de adentro.

—¡Hay que terminar con este ridículo! Hay que ter­minar. ¡Terminar!

Pero alguien golpea la puerta en el preciso instante en que…

—¿Mami?... ¿no me llevás a la escuela hoy?

Yelén mira a su hija, de pronto recordando su exis­tencia, su inexplicable existencia. ¿Por qué ella? ¿Por qué ella está ahí, interponiéndose en medio de mi angustia, interfiriendo con lo irracional de todo? ¿Por qué ella es así, y me mira rubiecita con esos ojitos celestes con forma de palomas, como si fuera ella misma un sue­ño bueno, un sueño fantástico entre las pesadillas? Un hada chiquita, luminosa, con un inocente derroche de magia que no hace nada… No tiene efectos en mí. ¿Por qué está ahí llamándome, diciéndome “¿Mami?...”, si yo quiero que todo se termine? Pero no tiene las palabras para decírselo, no puede hablarle de sus miedos y sólo los piensa. La mira como esperando que de pronto la figura inoportuna de su hija se deshaga en la puerta, desaparezca. Lo real es el dolor. El mal.

—Vos sabés que yo no era así… Viste cómo la vida me fue transformando. Un día me emborraché y enton­ces lo que estaba nublado en el camino se volvió negro, y fue mejor… Así no vi más niebla y no dudé más que el mundo fuera un lugar oscuro y horrible.

—Dame la botella, Miguel

—¡Pero dejáte de joder! ¡Mirá que sos repetitiva, Mi­riam! ¿No ves que sin esto no me puedo levantar? ¿Vos te creés que sin esto yo podría mirarte a la cara?

—¿Me volví tan fea?

—No te lo digo por eso. Sí; te pusiste vieja y fea, eso lo vemos todos. Pero no, sabés que no es por eso… Mirá… yo tengo vergüenza de vos. Me da vergüenza que me veas así, tan deteriorado a tus ojos.

—Pero, Miguel, si no abandonás el alcohol nunca vas a ver una salida. La vida no es tan oscura, hay que tener un poquito de voluntá a veces. Ya ves lo que hago yo, me levanto temprano y preparo mis sanguchitos y me voy al mercado a vender. ¡Se puede sobrevivir!… El resto del tiempo, lo que queda después de sobrevivir, tiene que ser vivir. ¿Me entendés, piko? ¡Y no te plaguees tanto! ¡Salí a caminar!... ¡Andá a visitar a tu madre! ¡Acompañame al mercado! ¡Hacé algo!

—Sí… yo hago algo, estoy tratando de terminar esta botella y vos no me dejás. ¡No me permitís terminar algo que empecé! ¿Ves que sos jodida? ¿Ves como me tratás? ¡Sos vos la que interrumpe todo!

—No. Sos incoherente, Miguel. Vas a conseguir que un día me mande a mudar.

—¡Ja, ja, ja! ¿Me vas a dejar? ¿Vos, luego? ¡Pero quien te va a creer eso, bruja! ¡Si estás más obsesionada conmi­go que yo con la botella! ¡Qué ridícula sos, mi argelita! ¡Ja, ja, ja! ¿Dejarme, vos? ¡Me das lástima!

—Les doy lástima… me doy cuenta —murmura Ema, todavía en suspenso, a un paso del último pelda­ño, a un paso del agujero negro, tenso todo su cuerpo de porcelana, pintado, brillante de tanta purpurina, de colorinches, de seda falsa, y por dentro un vacío crepus­cular, el terror de una nada punzante que la agarra des­prevenida, un cólico existencial. ¿Alguien puede morir­se de existencia?... Ella sí. Existir es un mal letal. En este momento, ella está pensando desesperadamente en que la tierra se la trague, y tintinean en fracción de segun­dos sus memorias en el triunfo de su juventud, como cuando era chiquita y mamá la llevaba de la mano a los castings y ella siempre era seleccionada, “¡Estrellita, mi Estrellita!”, la llamaba su madre orgullosa, ¿y ahora?... Los silbidos, las palabras pesadas:

—¡Gorda… bajátena!

—¡Eguejy la vieja! —Y los tiene que enfrentar a los ojos, y la afrenta, la injuria, la crueldad, la vuelven al presente, la vuelven a la realidad, a estar en su propio cuerpo, de pie, ante un jurado soez que la abuchea y la condena como si la pobre bailarina fuera una delin­cuente, y los mira, los mira de pronto a la cara a todos, y la rabia le hace subir de color, y la mirada grave, ira­cunda, parece transformarle el semblante:

—¡Hijos de puta! —les dice, por fin, con todas las letras y con una gracia y un énfasis que no tuvo la co­reografía. Ellos, de pronto, se quedan en silencio con­templándola como si recién ahora la vieran.

Y ella mira el aur de luz sobre su cabecita rubia, y los ojitos intrigantes…

—¿No me llevás a la escuela, mami?

No. No puedo ahora porque me voy a suicidar, más tarde… ¡No! Más tarde no voy a estar, no. No puedo porque estoy ocupada cortándome las venas. ¡No!, no era respuesta posible para su hijita, entonces prefiere no hablarle. ¿Qué culpa podía tener la nena por el aban­dono del padre, si al fin y al cabo era una víctima más como ella? Y sigue mirándola como desde el fondo de un corredor oscuro donde el mundo está en otra parte, y en el camino del corredor transita el suspenso, la desorien­tación de no poder discernir entre lo vivo y lo muerto.

—¿Querés ver cómo desaparezco?

—¡Andáte, bruja, andáte! —le dice Miguel. Está to­talmente seguro de que Miriam no va a salir. La amaes­tró bien para este momento, para que no fuera capaz de tomar una decisión, la llevó todos estos años a un sórdi­da servidumbre. Primero, porque de joven era celoso y ella era bastante bonita, ¡la bruja fue un bomboncito! Y después que se cansó de la lujuria, la siguió entrenando por comodidad, para ser utensilio de cama y de cocina, descargue de malasangre y derrotas, desaguadero de su dejadez, ella, el residuo. “Ja ja”. ¡Qué sentido del humor tiene todavía! ¿Dejarle? ¡Pobre mujer! ¡Si está más afe­rrada a él, que él a la botella! Pero entre la risa sarcástica crujen los goznes de la puerta. Entra la luz de la calle. Miriam tiene un abrigo y el monedero en la mano. En su mirada aparece una máscara de frialdad desconoci­da. Una intención ya tomada redescubre otro rostro. Empuja la puerta. La puerta se abre… En la mirada de Miriam se delata la maniobra de algo que ya está suce­diendo. Entonces las pupilas de Miguel se dilatan, se dilatan, un espasmo incursiona en su estómago como si toda la inercia de su malograda vida se doblara.

—¿Qué hacés? —dice Miguel, entre sorprendido y asustado.

Ve que su hija avanza, avanza hacia ella que está a punto de…

—¿Mami? —Y entonces de pronto la corroe la ver­güenza. Toda la piel se le eriza y el cuerpo convulsiona­do por la tensión se dobla hasta las rodillas.

—¿Mami? —Yelén siente ahora de cerca a su hija, siente su piel suave, los vellitos de sus brazos, el perfume dulce, la vocecita tierna y las manitas que la sostienen, mientras ella se desmorona.

—¿Mami? —Y se tiene que enfrentar a verla, pero está avergonzada, entonces, disimuladamente esconde la gillette y la mira.

—¡Miriam! —grita Miguel—. ¡Miriam! —Y mien­tras la puerta se cierra y la figura de Miriam desaparece, preso de una rabia lacónica agarra la botella y la estrella contra la puerta—: ¡Bruja, no te vayas! ¡Te necesito!

Siente cómo los domina ahora con su ira, y por un momento, tiene toda la atención del mundo que la mira absorto y sorprendido. Silencio. Entonces con una fuer­za inexplicable decide por ella misma, decide hacerlo otra vez, decide darse ella (no que le den los demás) una última oportunidad, y canta y baila con la pasión de una enajenada, y siente un besito angelical sobre la frente, húmedo, dulzón, y los rizos rubios le cosquillean la nariz, tiene las uñitas largas y por apartar un mechón de pelo de la frente de la madre, la rasguña.

—¡Ay, mamita! ¡Te arañé! —Yelén sonríe de pronto y no sabe por qué se aferra a su hija, impelida por un espasmo, un desesperado abrazo y el instinto maternal la doblega con una fuerza desconocida, y dice la madre:

—¡No puedo dejar sola a mi chiquita, mi chiquita!

—¿Entonces me llevás a la escuela, mami?

Pero está preso del pánico. De pronto se ve en un de­sierto profundo, solo y aturdido, está a punto de llorar cuando vuelven a crujir los goznes y la puerta se vuelve a abrir. Entra la cara de Miriam fresca como una lechu­ga, lo ve a él en el preciso instante de hacer un puchero como un bebé, y entonces Miguel, le dice con la voz entrecortada…

—¿Ves? ¿Ves que… la puedo dejar?... —y Miriam si­gue con la mirada el fuego artificial de la botella hecha añicos y en su suave sonrisa no hay un goce de triunfo, sino una dulzura esperanzada en recuperar al hombre perdido, Yelén se levanta sin soltar la mano de su hijita entre sonrisas y lágrimas y sale, Ema termina su última pirueta, y en el saludo final, mezcla de sudor y sangre, de pasión y furia, oye un silbido estertóreo, el público está de pie y los aplausos arrancan de las manos una ovación al heroísmo. Un acto heroico para el final. Un acto heroico para el comienzo.

 

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ESPERANDO EN UN CAFÉ. Cuentos de IRINA RÁFOLS

Editorial Servilibro. Asunción – Paraguay

2004 (143 páginas)

 

 

 

 

ESA MAÑANA

Cuento de LOURDES TALAVERA

 


Si el plan sale mal, moriremos todos; repitió el lí­der del grupo campesino. Los rostros curtidos de los labriegos siguieron inmutables mientras repasaban los aspectos que deberían tener en cuenta para la mañana siguiente. Ahora, sentado en la oscura celda, extrañaba su hogar y la voz de su madre. Sintió ganas de llorar. Recordó su cuerpo lastimado que le dolía sin descan­so. Alguien lo examinó y le dieron unos medicamentos. Había cumplido diecisiete años y terminó el colegio, con suerte podría haber conseguido un empleo en el pueblo. Su hermana que trabajaba en la casa del dueño de la radio y le estaba gestionando un puesto de mensa­jero. Se preguntó: ¿Qué pasó esa mañana?

Desde la medianoche hasta el alba los hombres se tur­naron para vigilar el campamento. La decisión se tomó con los líderes de la ocupación. Ignacio dejó a su madre al cuidado de sus hermanas para acompañar a Miguel y entregarle la comida y la ropa limpia que le enviaba su mamá. Todos allí pretendían un lote para una chacra. El campo era fértil y sus bosques con arroyos cristalinos resistirían cualquier sequía. Durante la noche, estuvo algo inquieto. Sintió un escalofrío, aunque el calor de la hoguera en las cercanías de su carpa inundaba de calor la estancia. Suspiró y se durmió de nuevo.

Miguel le pidió que se quedara a dormir en el cam­pamento, de manera que al día siguiente estuviera pre­sente desde temprano, para tener más gente. La idea era impresionar con una multitud a los policías. También algunas mujeres con sus hijos acompañaban a sus pa­rejas. En medio de su sueño, creyó que una mano le tapaba la cara. Se resistió, y con ojos de asombro miró a la sombra negra que intentaba envolverlo. Se retorció entre los arbustos y fue arrebatado del suelo y tirado a la carrocería de un camión. Despertó en una ciudad extraña y leyó un cartel que decía: Hogar de menores.

Pasaron los días y nadie lo visitó, hasta que llegó su madre acompañada de otras mujeres que lloraban a sus vecinos muertos ese viernes negro. Miguel escapó y se encontraba prófugo de la justicia. El hecho se remon­taba a seis meses atrás. No quería recordar. A veces, la sombra lo acosaba en sueños y despertaba gritando. Los otros muchachos lo llamaban “El guerrillero”. Re­cordó a su padre, siempre trabajando en la chacra sin descanso, hasta que un día lo encontraron desplomado en el suelo. Había muerto con la carga pesada de las penurias de la postergación. Miguel, como hijo mayor, se encargó del campo que cada día rendía menos. Por eso, aceptó ocupar con los vecinos aquellas tierras más propicias para el cultivo de renta. Los dirigentes lo con­vencieron de que mediante la ocupación de los terrenos y la resistencia, conquistarían los títulos de propiedad. La promesa se cumpliría esa mañana.

Cuando recuerda la voz de la jueza, sentenciándolo a tres años de prisión, le resulta indiferente. Mariana, una muchacha de su edad que se encontraba embarazada, también debía cumplir prisión domiciliaría porque ha­bía acompañado, en la ocupación de tierras, a su novio que murió esa mañana. La vio llorar en silencio en el tri­bunal. Pensó que podría estudiar Derecho para defender a los menos favorecidos. No sabía cómo lo haría, pero, ya lo había decidido. El comandante de la agrupación especializada de la policía, pidió conversar con el líder del grupo para realizar un abandono pacífico de la pro­piedad, lo acompañaban otros seis hombres desarmados.

Nadie supo quién le disparó en pleno rostro al po­licía que cayó al suelo, mientras que los otros también morían. Los labriegos se dispersaron entre la maleza, algunos heridos de muerte. Seguidamente las fuerzas del orden público reaccionaron e Ignacio vio que sus amigos y vecinos eran ajusticiados mientras que otros eran arrastrados en el suelo. No puede olvidarlos, están allí en su retina, golpeando sus cuerpos al caer al suelo o cuando los arrastraban por la tierra. Cada día quiere borrar esa mañana, que a numerosos hombres les robó el sueño.

 

 

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RUÁNDICAS

Narrativa de JAVIER VIVEROS


Extraído de “Manual de esgrima para elefantes”


En los ordenadores de la abuela ONU

no caben más cadáveres de Ruanda.


M. Benedetti


I: Prioridad

"Buenas tardes, amigos. Desde la Radio Televisión Li­bre de las Mil Colinas (RTLM) los saludamos y les re­cordamos una vez más la amenaza tutsi, las cucarachas que se apoderan de nuestro país, del suelo al que llegamos primero. Ellos representan un porcentaje ridículo de la po­blación. Son una tribu sucia. Tenemos que exterminarlos. Debemos deshacernos de ellos. Es la única solución. Todos los tutsis deben desaparecer de la faz de la tierra. Amigo hutu, si tienes una pareja tutsi, no esperes hasta mañana para matarla, porque ella te puede matar esta noche".

Todos los días podía oír los mensajes de odio de RTLM, la radio más popular de Ruanda. Mi guía local, Abdallah, me traducía al inglés el sonoro kinyarwanda. Los micrófonos machacaban día tras día con lo mis­mo: la caza del tutsi. Las palabras eran el vehículo y el combustible del odio. Estuve allí en esa época que marcó para siempre al pequeño país. Fui enviado por la National Geographic Society, para elaborar un reportaje sobre la situación de los gorilas de montaña, casi una década después del asesinato de Dian Fossey, que los estudió y amó como nadie. La radio solo hablaba de las cucarachas y de su necesario exterminio. Su urgente exterminio.

Eran dos las etnias que se disputaban el poder: la ma­yoría hutu y los tutsi. Habían tenido ya numerosos cru­ces a lo largo de la historia. El poder estuvo casi siempre en mano de los tutsi. El presidente de ese entonces era hutu. El resentimiento entre las dos etnias era grande. Y los mensajes de la radio azuzaban a la matanza de tutsis. El inmenso poder de las palabras. Las ondas radiales empleadas como un arma para diseminar el odio e ins­tigar la violencia. La radio usada como un arma de des­trucción masiva. Las diatribas contra los tutsi, la música inflamatoria que alentaba al exterminio. Un medio de comunicación es un arma de doble filo. Puede ser usado para construir valores y también para destruirlos. Para la mayoría de la gente son sagradas las palabras si salen de un altavoz o están fijadas en tinta. La prensa como instrumento de formación de opiniones. Por algo los poderosos siempre tienen un medio de comunicación para defender sus intereses. Y tienen también sus mario­netas asalariadas que se mueven acorde a sus dictados.

"Derribaron su avión, nuestro presidente está muerto. Fueron los tutsis, no es momento de quedarse con los bra­zos cruzados. Es hora de acabar con las cucarachas. Hay que sacar las manzanas podridas de la canasta. Hay que aplastarlas. Hay cucarachas huyendo hacia Burundi, que no quede ni una viva, es preciso salirles al paso. A quemar sus casas, a capturarlas y exterminarlas. Hay que partirles los cráneos como cocos, a machetazos".

En Kigali era un secreto a voces lo que se gestaba. Interahamwe, la milicia extremista hutu, había sido en­trenada por el propio ejército de Ruanda. Unas treinta mil personas dispuestas a la masacre. El odio fermen­tado durante años al que le faltaba solo una gota para desbordar el vaso. Pensé en que el ser humano es esen­cialmente malo. La espina desde que nace ya pincha. El derribo del avión presidencial desató la masacre.

Los mensajes de RTLM se volvieron más incendiarios, daban direcciones y nombres de tutsis que debían ser asesinados. No lo pude tolerar más. Decidí pasar a la acción. Estaba dispuesto a cortar la cabeza a la serpien­te. Opté por atropellar con la camioneta la antena de la radio. Derribarla. Dejar sin voz a Radio Machete. Lo planifiqué minuciosamente. Los portones de la entrada eran de madera, necesitaba tan solo conducir en línea recta hasta la antena, con el acelerador a fondo. Difí­cilmente podrían hacerme algo más que cobrarme una cuantiosa multa.

Llegó el día en que debía hacerlo. Pero no me moví. Me acobardé nomás. Si la propia comunidad interna­cional les había dado la espalda, ¿qué podía hacer un simple periodista como yo? Temí que por mi acción el escudo de piel blanca me resultara inútil. Si uno pierde la vida, ya todo lo pierde. Mi vida tiene la más alta prio­ridad. Nadie hay en el mundo más importante que uno mismo. Fui el segundo en abordar el avión que vino a rescatar a los extranjeros, dejando el camino libre para el genocidio. Hemos fallado a esta gente: los cobardes umuzungus “nos hemos repartido como ladrones el cau­dal de las noches y de los días”.

 

II: Consejo

Recostado contra la cabecera de su cama, Hakizima­na masca con fruición. Sobresalen de su boca algunas hojas de khat. Mastica y mira el techo. Hakizimana duda. Ya habitan su cabeza los potentes alcaloides psi­cotrópicos del khat, pero también están allí las dudas. Sabe lo que está pasando afuera, acaba de escuchar la señal en la radio, no ignora lo que significan esas pala­bras que brotaron del altavoz. Pero flaquea. Los miem­bros de la guerrilla Interahamwe, movidos a odio y al­cohol, están ya en las calles, llenándose de sangre hasta los codos, como Minaya.

Sabe que al transponer la puerta de su casa se encon­ También sabe que en el otro bando hay vecinos suyos, se encuentran su suegro y sus cuñadas, están sus maes­tros, sus amigos, los parientes y amigos de sus amigos. Lo sabe y por eso se le inunda el corazón de tristeza, su cuerpo es recorrido por temblores y se eriza con horror su cabello. La boca se le seca y queda amarga, lo que combate mascando las frescas hojitas del khat; vegetal cántaro de agua fresca para sus preocupaciones.

De repente, Hakizimana se siente cubierto de piel blanca, ve reemplazado su negro abrigo natural por uno de albino. Si tuviera esta piel blanca podría escapar fá­cilmente y evitar tanto trato con la muerte, piensa. Al saber que del otro lado hay gente muy cercana a sus afectos, se le cierran los párpados y sus músculos des­fallecen. Vaga su mente en todas las direcciones. ¿Por qué levantar el brazo contra ellos? Ninguna gloria veo, no deseo la victoria, dice, y abatido se desploma sobre el duro colchón. ¡Oh mal día! ¿Qué espíritu maligno ha poseído nuestras mentes, cuando estamos dispuestos a matar a nuestra propia gente en el campo de batalla por un reino terrenal?, se pregunta todavía y no es sino en ese instante que oye una voz en su cabeza:

—¡Oh Hakizimana! No desfallezcas. Es indigno de­jarse atrapar por el desaliento en la hora de la lucha. ¿Cómo es posible? Esto no es propio de un hombre como tú. Sobreponte a ese mediocre decaimiento y le­vántate como el fuego que quema todo lo que encuentra a su paso. Te afliges por quienes no lo merecen. Hay una batalla que ganar antes de que nos sean abiertas las puertas del cielo. ¡Felices son aquellos guerreros cuya actitud es participar en esta guerra! No luchar por la justicia es traicionar tu deber y tu honor; es despreciar la virtud.

Las palabras le llegan hasta el fondo. Se levanta de la cama de un impulso. Saca más hojas de khat de su bolsillo, masca y mira en todas las direcciones tratando de hallar el origen de la voz. Nada de nada. Únicamente el aullido de la muerte se escucha a lo lejos, un aullido que se acerca. La voz, que había hecho una pausa, habla de nuevo, pero esta vez ya con los decibelios y la energía de una arenga militar:

—Los hombres hablarán de tu deshonor, tanto ahora como en tiempos venideros, dirán que por miedo de­sertaste del campo de batalla. Haz tu tarea en la vida, porque la acción es superior a la inacción. Es preciso estar a la altura de lo que exige el destino. El tiempo ha llegado. Tu deber es colaborar en la recuperación de lo que es de tu gente. Ve a conquistar tu gloria, vence a tus enemigos y goza del reino que te pertenece. Triunfa sobre ellos en esta batalla. Sin temor, lucha y extermí­nalos.

La voz calla, pero al parecer ha cumplido su misión, porque en esa habitación no hay una sola esquirla de duda. Hakizimana empuña con firmeza el machete, que pronto manejará como nadie, y sale a la calle.

 

III: Mascota

A través de una de las ventanas de su casa, Fiete vio a su perro ovillarse a la sombra de un árbol; animal vie­jo, desdentado, ya sin el humor y la energía de otros soles. Fiete también cambió. Más de una década había transcurrido desde la época en que su mascota era poco más que un cachorro. Siempre que evoca esos ayeres le cuesta evitar una lágrima, un nudo en la garganta o al menos la presencia temporaria de la tristeza. Aquellos fueron días convulsos, en los que la niña que ella era sufrió el dolor de una separación, el abismo de una pér­dida, de la incertidumbre filosa como un machete hutu.

Corría 1994. El año lo recordaba con claridad. El ge­nocidio en Ruanda estaba en su apogeo. Dentro de esa tragedia se había insertado otra, menor en escala pero igual de absurda: la indiscriminada matanza de perros. Los soldados de la ONU tenían orden de no intervenir en el conflicto interno y para que la inacción no los acabara conduciendo a la locura, disparaban contra los perros, los cientos de perros que devoraban los cuerpos insepultos, cadáveres que en las calles eran legión. Ter­minado el genocidio, la matanza de perros continuó, pero no morían ya por el plomo de los uniformados, esta vez eran los pobladores quienes les daban muerte, porque se habían acostumbrado al sabor de la carne hu­mana y la buscaban en las calles, atacando transeúntes.

Gratitud. Fiete guarda un buen recuerdo de su padre, por la certeza de su actuar. Apenas iniciado el genocidio y enterado de las primeras muertes caninas, el hombre colocó al perrito en una bolsa arpillera y se lo llevó a Burundi, a casa de unos parientes. Si la mascota hubie­ra permanecido en Kigali hubiera terminado también llena de plomo o linchada por la plebe. Niña como era, Fiete sufrió mucho al principio, sollozó por la ausencia de su perrito. Lo creyó muerto y pensaba que le decían lo del viaje lejano solo para edulcorarle la verdad. La jugada paterna fue inteligente.

Imposible olvidar aquella tarde lejana, un mes des­pués del fin del genocidio, cuando su padre le dio la gran sorpresa. Entró por la puerta con una bolsa en la espalda. Llegó hasta la cocina y liberó el contenido. Un perro que movía la cola con desesperación se hizo pre­sente. Fiete saltó de la mesa y abrazó a su mascota, algo crecida desde la última vez que la había visto. El rostro sonriente que su padre mostró en ese momento sería a partir de entonces el primero en presentársele cuando evocara su imagen. Fiete se sintió una privilegiada, al ser la dueña de uno de los pocos perros que habitaban la Kigali de ese entonces. Lo llenaba de mimos, aunque a veces la sorprendía un sentimiento extraño al mirar a los ojos de su perro: unos ojos irremediablemente tutsis.

 

IV: Pasado

Desidia. Omisión de auxilio. Tus manos están man­chadas, empapadas. Hay pecado de omisión. Lo sabés y esa certeza está siempre en tu cabeza, taladrándola como una caries. Suena el timbre. Es el servicio de habitación. La comida que ordenaste. Demoró muy poco. No se podía esperar menos de un hotel de cinco estrellas. Abrís y el mozo entra con la bandeja repleta de manjares. Das una buena propina, como si eso pu­diera alivianar tu carga, pero ya aprendiste que hechos aparentemente mínimos pueden, en retrospectiva, ser puntos de inflexión. Ves al mozo agradecer y retirarse, contento, cincuenta dólares más rico que antes de tocar la puerta.

Ocupás el sofá y cenás frente al enorme televisor apagado. Siempre apagado, por si... El champagne sirve para coronar la exquisita comida. Te levantás y corrés una cortina. El octavo piso despliega ante tus ojos la postal de un paisaje urbano. Solo por el tono de derrota que infiere la iluminación artificial te das cuenta de que ha entrado la noche. Un recuerdo repentino te genera unas sacudidas leves, como si se tratara de un terremoto minúsculo.

Entrás al baño a cepillarte los dientes. Intencional­mente evadís las réplicas que ofrece el espejo, algo que hacés siempre desde aquella época. Aseo bucal conclui­do. Ahora abrís una de tus maletas. La que es comple­tamente blanca. La que lleva la cintas de Fragile y Prio­rity. Con desesperación empezás a sacar candelabros, linternas, velas, cerillos, faros a batería. Colocás velas en todas las habitaciones. La linterna queda bien a mano, sobre la mesita de luz. El faro a batería mira desde una esquina, su ojo de cíclope todavía apagado.

Pensás un rato en lo que hubiera pasado de haber compartido lo que decían esos papeles que te enviaron desde Ruanda, cuando ejercías la jefatura del Departa­mento de Misiones de Pacificación de Naciones Unidas. El reporte del general canadiense informaba que a nivel país se estaba preparando una masacre, que el ejérci­to ruandés entrenó a las milicias extremistas hutu para gestar un genocidio contra los tutsis, que un derrama­miento de sangre pronto a estallar se estaba incubando.

El aviso pudo haber puesto en alerta al Consejo de Seguridad. Si pudieras volver atrás y tener otra vez la oportunidad de pasar la voz… Sabés que se hubieran evitado muchas muertes, que se hubiera podido armar una campaña de confiscación de armas. Sabés que no tendrías en tu conciencia esa herida que no se cicatriza y que tu Premio Nobel de la Paz no te sabría a un oxí­moron, a un sarcasmo sangriento.

La maleta extra empezó a acompañarte siempre des­de aquel año. En tu casa hay dos generadores, por si la energía comercial se corte. Pero cuando viajás, y lo ha­cés mucho, no podés fiarte de que el hotel posea energía de respaldo. Por eso la maleta blanca, repleta de artefac­tos luminosos. Maleta por la que tenés que pagar extra cuando hacés check-in en los aeropuertos. Un peso exce­sivo pero nunca tan pesado como el de tu conciencia. El descomunal yunque que se agiganta en tu conciencia.

Primero fue solo pagar las culpas en largas cuotas de insomnio, pero después vinieron ellos. No podrás olvi­dar la noche en que te visitaron por primera vez. Desde entonces, siempre te ha resultado terrible la hora de dor­mir. No querés volver a escuchar el kinyarwanda. Desde esa vez no pudiste volver a dormir sin luz. Por eso lle­vás la maleta salvadora. Adonde vayas. Y por eso ahora, mientras estás entre las sábanas y con todas las luces en­cendidas, hay también velas iluminando la habitación. Porque sabés bien que en la oscuridad los ochocientos mil fantasmas tutsis te hablarán otra vez al oído.

 

 

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MANUAL DE ESGRIMA PARA ELEFANTES. Por JAVIER VIVEROS

Editorial Arandurã. Asunción – Paraguay

 

 

 

 

 

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SEP DIGITAL - SETIEMBRE 2014 - EDICION 5 - PORTALGUARANI by PortalGuaraniSEP

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VIGENCIA DE LA LEY DE LENGUAS, 2014

Por LINO TRINIDAD SANABRIA

 


la Ley N.º 4251/10 (Ley de Lenguas), se firmó el 11 de mayo de 2012 el primer Convenio de Cooperación Interinstitucional entre la Secretaría de Políticas Lin­güísticas (SPL) de la Presidencia de la República y el Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE). Lo sus­cribieron el Ministro Secretario Ejecutivo de Políticas Lingüísticas, Dr. Carlos Villagra Marsal y el Ministro Presidente del Tribunal Superior de Justicia Electoral, Dr. Alberto Ramírez Zambonini, en el Salón Audito­rio del TSJE, en presencia de funcionarios superiores de ambas instituciones.

Como se sabe, la Ley de Lenguas reglamenta los Ar­tículos 77 y 140 de la Constitución Nacional, los que se relacionan con la educación pública desde el área lin­güística, la multiculturalidad y el bilingüismo, que son características resaltantes de la nación paraguaya. Este Convenio de Cooperación Interinstitucional es una forma de poner en plena vigencia la Ley de Lenguas en uno de sus objetivos: “La Normalización de Uso de la Lengua Guaraní”, en este caso en el ámbito de la Justicia Electoral. Se trata de un aspecto importante de la planificación lingüística que tiene a su cargo una de las direcciones generales de la Secretaría de Políticas Lingüísticas. Con la ejecución de este proyecto, se dará efectivo cumplimiento a lo dispuesto en el Art. 140 de la Constitución Nacional que consagra la pluricultura­lidad y el bilingüismo del Paraguay y declara lenguas oficiales el castellano y el guaraní en todo el territorio nacional. En base a esta disposición del Art. 140, la Ley de Lenguas por su parte, en su artículo 15, al referirse al uso de nuestras lenguas oficiales en el ámbito judicial, establece: “Ambas lenguas oficiales serán aceptadas indistintamente en la administración de la justicia. Para el efecto, la misma deberá tener operadores auxiliares de justicia con competencia comunicati­va, oral y escrita en ambas lenguas oficiales…”

Con ese objetivo y conforme con el Convenio de Cooperación suscrito, la Secretaría de Políticas Lingüís­ticas (SPL) llevará a cabo cursos de guaraní comunicati­vo, en forma especial y rápida, para entrenar y capacitar a directivos y funcionarios de la Justicia Electoral y a representantes y apoderados de los diversos partidos y movimientos políticos. Deberá también, entre otras co­sas, la SPL “Traducir del castellano al guaraní los principales documentos institucionales, en especial aquellos que serán utilizados en los procesos elec­torales”, de manera a asegurar y garantizar la parti­cipación efectiva, equitativa e igualitaria de la ciuda­danía monolingüe guaraní en los procesos electorales. De esta forma, los electores (votantes) que solamente manejan el guaraní, de los cuales existen muchos en el interior del país, recibirán instrucciones, explicaciones y aclaraciones en su lengua propia y se les asegurará, en consecuencia, el respeto a su soberanía lingüística, para que esos compatriotas no sigan siendo manipulados, al utilizarse en forma exclusiva una lengua que no es de su competencia (el castellano), como viene ocurriendo hasta ahora. Son muchos los manipuladores interesados en seguir engañando al pueblo guaraní hablante mono­lingüe. Ellos aseguran –sofisma mediante– que el pa­raguayo entiende bien el castellano y que solamente se hace del desentendido (oñembotavýnte). (Umi tapicha pokarẽme oporoha’ãva, ndoipótaivoi ñande rapicha okaraygua ojesape’a. Umí oporombotavyséva opáta ohóvo mbeguekatúpe ojeporúrõ katuínte avañe’ẽ okaraygua ñehekombo’épe). Esos manipuladores inde­corosos no quieren que el campesino abra los ojos. Pero esa situación se va revertir y los manipuladores van a ir desapareciendo en la medida que se utilice el guaraní en las instrucciones e indicaciones dadas al campesinado.

Lo que pretende, en síntesis, la Ley de Lenguas es asegurar a la ciudadanía, sea cual fuere su lengua de preferencia, el respeto a su soberanía lingüística y esto es factible porque respaldaremos nuestro trabajo, en forma sostenida, en la Constitución Nacional y en la Ley de Lenguas.

 

 

 


 

 

 

CARLOS FEDERICO ABENTE,

EL DECANO DE LOS POETAS EN LENGUA GUARANÍ

Por TADEO ZARRATEA


Carlos Federico Abente (Isla Valle, Areguá, 6/09/1915) es actualmente el decano de los poetas de la lengua guaraní; a punto de cumplir cien años con total lucidez mental y muy pocas limitaciones físicas.

Abente es el decano de los poetas no por ser el de ma­yor edad sino por ser el más antiguo creador de poemas entre los poetas actualmente vivos. Emigró con su ma­dre siendo niño y se educó en la República Argentina. En aquel país es famoso como médico pero desconoci­do como poeta; sin embargo, en el Paraguay es conoci­do solamente como poeta por ser autor de las letras de varias canciones paraguayas musicalizadas por el gran maestro José Asunción Flores, destacándose entre todas ellas la guarania titulada Ñemitỹ –La siembra–, cuya creación es ubicada en la década del 30. Por entonces, ya Abente era poeta, y casi a la fuerza, porque Flores lo incitaba a poner letra a sus creaciones musicales, de lo que se infiere que fue su poeta preferido.

Si bien es un poeta excepcionalmente bueno en len­gua castellana, él se aferró a la lengua guaraní como a una tabla de salvación en el mar; como un cordón um­bilical con su cultura propia. Él, íntimamente, nunca aceptó su separación del Paraguay, y la lengua guaraní le permitió sentirse siempre dentro del país.

El doctor Abente es un hombre que irradia una fuer­za extraordinaria, como persona y como poeta. Sus versos y su voz se hallan impregnados de una energía poderosa que se presenta sin convocatoria, sin que él se proponga; aparecen como una eclosión; dimana simple­mente de un espíritu poderoso. Pareciera que toda esa fuerza proviene de su integridad moral, de su conduc­ta ciudadana y de su compromiso con el destino de su pueblo. Sin embargo, no es así; es independiente de esos atributos. Les aseguro que simplemente proviene de su vena y de su verba poética.

Recuerdo que durante la larga dictadura, mis alum­nos de la universidad tenían el deseo, muy intenso por cierto, de cantar Ñemitỹ en coro, en la plaza pública, a modo de provocación al dictador. Más de una vez les prometí que cuando lleguen los tiempos de la libertad formaríamos un coro de sesenta voces para cantarla. Esta canción es más que emblemática en la lucha por la libertad y la redención del Paraguay; es una canción motivadora, energizante, que causa emociones muy profundas. Es un canto del labriego, del campesino pa­raguayo postrado en la indigencia. Pero Abente, que se encuentra inmerso en ese campesino y nos habla desde allí en primera persona del plural, se ubica muy lejos de la autoconmiseración para emitir un mensaje optimista, lleno de esperanzas, de promesas; anuncia la alborada, el fin de todas las penurias y la redención del Paraguay. Este anhelo expresado en la canción tiene una magia; se apodera automáticamente del paraguayo, sea cual sea su condición social. Es una canción que crea una fuerte comunión de ideales. El poeta Abente sabe de lo que habla, de lo que él ha pasado, de lo que ha pasa­do su país, de lo que su pueblo viene pasando; por eso está tan cerca de los sentimientos más profundos que se encuentran soterrados en el corazón del pueblo. Es posible que Abente sea el único paraguayo consciente de la gravedad de la situación paraguaya. Esta forma de encarnar el sentimiento popular es más propia de los políticos, pero la política es un arte-ciencia que Abente nunca ejercitó. Refiere que a pesar de su íntima amistad personal con Flores y muchos de los que conformaban el grupo político de éste, Abente nunca adhirió a la ideología sustentada por ellos; tampoco tomó partido por las organizaciones políticas tradicionales del Para­guay. Sin embargo, sus poemas siempre fueron caballos de batalla política debido a su enorme dimensión social y patriótica. El partido de Abente es la patria toda, ín­tegra, sin divisiones; y la fórmula para la redención del país que él propone es simplemente el trabajo, la pro­ducción, junto con la unidad nacional, la fraternidad y la solidaridad entre los paraguayos. Abente no inventa soluciones mágicas. Como poeta que intuye el futuro se adelantó a las conclusiones de la Cumbre de la Pobreza de Copenhague de 1995. Allí, en ese foro universal se dijo, con la más alta de las voces, que “la pobreza ex­trema degrada a la persona humana” y que “la única fuente creadora de riquezas es el trabajo humano”. Hoy toda la humanidad comprende que es así, pero nuestro poeta lo dijo cincuenta años antes.

Anoto aquí a modo de mera anécdota que el doctor Abente es portador de un enorme prestigio ante la so­ciedad paraguaya; su nombre inspira automáticamente el respeto de la gente; es un símbolo, un ícono y casi una leyenda. Se sabe que en su condición de médico ha prestado invalorables servicios a la población paraguaya emigrada a Buenos Aires, con las manos, los bolsillos y el estómago vacíos; muchos con la salud destrozada. Abente fue el paño de lágrimas de miles de nuestros compatriotas; un verdadero filántropo por su vocación humanista y humanitaria; y además, un paraguayo que encarna muy bien la “solidaridad paraguaya”; una for­ma muy peculiar de solidaridad.

Su obra poética se encuentra sin ser evaluada por los críticos, pero definitivamente consagrada por el pueblo Che kirĩrĩ asapukái haguã – Para gritar mi silen­cio (1990), Kirĩrĩ sapukái – El grito del silencio (1995), Sapukái – Poesías inocentes (1997), Sapukái sunu – Gri­to de trueno (2001), y Ñemitỹ Antología poética (2009).

Como se ve, en los títulos de cuatro de sus poemarios aparece la palabra sapukái, el grito, por momentos con­traponiéndose al silencio. En un poema dice por ejem­plo: “Quiero gritar mi silencio” sugiriendo que en su in­terior se halla contenido, por alguna razón, algo grave, algo grande. Su silencio es una amenaza de eclosión y su voz es un grito, un sapukái, un trueno.

Tengo el honor de haberme ganado su amistad. He­mos compartido momentos culturales y familiares, tanto en Asunción como en Buenos Aires. Nuestras tertulias li­terarias, matizadas por doña Eva García Parodi de Aben­te, no tienen desperdicios. Cuando lo tengo en mi pre­sencia y lo observo, por momentos imagino que sus canas no son tales, sino lavas del volcán que lleva adentro.

 

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CARLOS FEDERICO ABENTE en PORTALGUARANI.COM

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Elisa Godoy y Carlos Federico Abente (2013)

 

 

 

 

 

LA MÁLAGA PARAGUAYA

(FELI DUARTE y CELSO IBÁÑEZ FERNÁNDEZ)

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


Hay una tierra española, Málaga, muy conocida en Paraguay porque allí juega uno de sus grandes futbo­listas: Roque Santacruz. Sin embargo no es el único ciudadano residente allí que puede ser considerado rele­vante. Desde ese fértil corazón andaluz se alza la voz de la literatura paraguaya.

Siempre hemos pensado que la literatura de autores transterrados está en manos de exiliados, sobre todo po­líticos, pero nunca de los emigrantes que han salido de su país a ganarse el pan con su trabajo. El caso de Evelio Anzoategui, Fely Duarte y Celso Ibáñez Fernández de­muestra que también hay autores emigrantes. Los tres enriquecen la creación de su país desde la distancia. An­zoategui ha vuelto a su país pero nos ha dejado dos no­velas de mérito, En la maleta de un emigrante (2011) y El aliento de la esperanza (2012), la primera de las cuales ha quedado como testimonio de la emigración paraguaya a España en unos tiempos donde parecía que allí brillaba el oro por encima de cualquier otro valor. Tres autores que han sido editados por la editorial española Círculo Rojo, desde una Málaga donde el Centro Cultural Pa­raguayo posee una presencia estimable.

 

FELI DUARTE

Feli Duarte, nacida en Caaguazú en 1989, es una jo­ven poeta que ha publicado en 2013 Verano gris, obra que ha visto la luz también en la editorial paraguaya Servilibro. Son poemas en prosa (a partir de Baudelaire, como antaño hicieran grandes poetas hispánicos como Luis Cernuda u Oliverio Girondo), de inspiración en la vida real y teñidos de sabor autobiográfico, cuyo con­junto ofrece una estructura firme y muy trabajada, de tema amoroso, pero dotados de fuerza y atracción.

S u estructura externa se divide en cuatro partes: “Traición”, “Duelo”, “Superación” y “Amar de nuevo”. En conjunto son fases del sentimiento amoroso de la hablante lírica. Transmiten respectivamente el abando­no del amado a causa de otra mujer, el dolor sentido por la soledad y la pérdida del ser anhelado, la salida de la crisis personal con tesón y nuevas esperanzas y, al final, el planteamiento de una naciente fase existencial gracias a un nuevo amor.

Es un poemario en prosa coherente. Desde una lí­nea baja de ánimo, en la depresión, se asciende hacia la ilusión y la recuperación del aliento perdido. Transmite la autora el paso del desamor al nuevo amor con fuerza y tratando de evitar los tópicos más propios de la poe­sía amorosa juvenil. Para ello crea una firme estructura interna en cada una de las composiciones, dibujando incluso la rima interna en ocasiones, y atendiendo a un carácter sentimental enumerativo tendente a lo expli­cativo gracias a la disposición en prosa de los presun­tos versos marcados por las pausas sintácticas. Tiene en cuenta en la prosa lírica la musicalidad y la disposición acentual para construir sin necesidad del verso, desa­fiando la formalidad literaria de la poesía amorosa. Se acompaña asimismo del elemento gráfico de separación de los textos, señalando el dolor en las dos primeras par­tes, y el amor en las dos segundas.

El léxico se ajusta a los sentimientos, apoyándose en metáforas y en imágenes sugerentes, para expresar as­pectos como la desazón y la congelación en el tiempo a causa del dolor, o las caricias que curan las heridas y reinician un camino abandonado. El fluir de la existen­cia depende del amor, nos quiere decir, y el equilibrio es más sencillo cuando se materializa. De ahí que brille un optimismo por encima de la herida producida.

Sin duda que Feli Duarte nos dará nuevos frutos de su trabajo literario en el futuro. Es joven y ha empren­dido una bella singladura. Pero el futuro es una ilusión y el presente es lo único tangible. Y Verano gris, con su la estructura bimembre del tema (gris=traición y duelo / verano = superación y nuevo amor), nos revela una potencia a tener en cuenta en el panorama de las letras paraguayas.

 

Enlace al libro VERANO GRIS de FELY DUARTE
 
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CELSO IBÁÑEZ FERNÁNDEZ

En un pueblo de Málaga vive Celso Ibáñez Fernán­dez, autor nacido en Puerto Casado, en el Alto Para­guay, en 1978. Vivió sobre todo en la región norteña del país. Es un poeta que se crió entre la naturaleza, la lengua guaraní, y sus costumbres. Y eso se traslada a su poemario recién publicado en 2013 con el título de Guaraní Re’ẽmby Asýpe, con una parte importante de poemas en guaraní, algunos en castellano y otros donde se mezclan ambas lenguas.

Celso Ibáñez reconstruye en este poemario su vida por etapas; su infancia, su adolescencia, los amores an­helados, logrados y perdidos, desde la perspectiva de su memoria empujada por la distancia de su tierra ansiada. Un niño recorre los poemas, en su soledad, alejado de cualquier compañía, pero sintiendo su hermanamiento con la naturaleza. Irá la escuela, aprenderá a vivir, hasta que parte al extranjero para hallar una vida mejor. Pero no pierde su lengua, el guaraní, y por medio de ella se­guirá sintiéndose unido a su tierra natal. Siempre con el sueño del retorno desde donde todo es distinto e infiel al pasado vivido.

Desde la musicalidad del guaraní hasta la disposi­ción en cuartetos de bellos poemas como “Tres Cerros”, Celso Ibáñez disfruta con el recuerdo, expresando sus dilemas, su lucha interna entre el presente y el pasa­do, la permanencia en el espacio extraño y el regreso al mundo que conserva en su pensamiento, soñando con la vuelta de las primaveras.

No estamos ante un poemario folclórico: el guaraní, los elementos de la naturaleza, los lugares rememorados o el recuerdo de las guaranias o las guitarras, trascien­ den como puntos temáticos. El autor vive lejos pero está en su mundo. La poesía le permite conservar el lazo con esos rincones del Alto Paraguay, sin que por ello caiga en patetismos que disgustarían al lector.

Un buen poemario que demuestra el vigor de una poesía guaraní que empieza a normalizarse, dejando de ser un instrumento de reivindicación de la identidad pa­raguaya o de su folclore, para tomar aliento expresivo y plenamente lírico alcanzado por otros poetas como Fe­liciano Acosta. A ellos se une Celso Ibáñez Fernández.

 

 

Celso Ibáñez Fernández

Editorial Círculo Rojo

56 páginas

Málaga-España, 2013

 

 

 

 

EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ JOSÉ PÉREZ REYES

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

 
 
Sorpresa fue la inclusión de José Pérez Reyes entre los “nuevos” narradores latinoamericanos. Ya sabemos que la industria editorial es una máquina de fagocitar autores latinoamericanos jóvenes desde que ésta se empeñó en exprimir todo lo exprimible.
 
 
Quizá sigue ansiando el hallazgo de un “neoboom”, cuando nunca segundas partes fueron buenas. Mientras la literatura latinoamericana continúa con su curso natural, hay quien se empeña en encontrar lo nuevo a toda cosa, sin ser consciente de que a veces cae en el ridículo. En ocasiones, el fruto aún no está maduro y acaba por no encontrar un puesto entre la literatura de calidad. Es más: es lo que suele ocurrir. En otras ocasiones, la industria equivoca su rumbo y no encuentra los narradores que merecen la pena porque espera que le lleguen por recomendación de alguien, y cuando recibe los manuscritos, los envía a la papelera simplemente porque carecen de un punto de vista comercial que nadie entiende, pero que se intuye bien. Algún día alguien desentrañará los misterios de la mercadotecnia en el mundo editorial.
 
No es nuestra misión en la actualidad. Lo dejaremos para el futuro, para cuando dispongamos de mayor perspectiva y algunos datos ocultos por la opacidad de esta industria. Lo nuestro es comentar obras y sorprendente nos pareció la inclusión de un autor paraguayo entre “los 39”; esos treinta y nueve autores latinoamericanos reunidos en Bogotá, con motivo de su capitalidad del mundo del libro. Junto a autores consagrados –más o menos– como el peruano Santiago Roncagliolo, el argentino Gonzalo Garcés, la cubana Wendy Guerra, el mexicano Jorge Volpi y el colombiano Juan Gabriel Vásquez, había otros menos conocidos fuera de sus países respectivos como la puertorriqueña Yolanda Arroyo, la salvadoreña Claudia Hernández, el venezolano Rodrigo Blanco Calderón o el guatemalteco Eduardo Halfón. Entre estos últimos había un paraguayo, sí, nadie se había olvidado de un país del que algunos siguen pensando que allí nadie escribe. Se trata de José Pérez Reyes.
 
Y no está mal pensada la decisión de seleccionar a Pérez Reyes. Podría haberse incluido a otros como José Ramírez Biedermann (que quizá no fue porque no tenía obra publicada aún), pero Pérez Reyes bien puede representar ese modelo de autor joven sin complejos y dispuesto a crear por el mero hecho de fabular. No es nada pretencioso, ni sigue una fatua moda intelectual: lo suyo es contar por contar y deleitarnos. Rompe con el pasado de la literatura paraguaya y nos enseña los caminos del país que él conoce: el representado por la ciudad.
 
Y es lo que encontramos entre los cuentos de su última obra publicada, Clonsonante. Editó en 2002 un anterior libro, titulado Ladrillos del tiempo, pero en su nueva obra es donde hallamos un relato que merece la pena por encima de todos, el que da título al libro. Ese celular que es un clon sonoro del protagonista realmente nos hace reflexionar, sin dejar de disfrutar de las aventuras dramáticas, pero surrealistas del personaje. La fantasía de este relato traspasa los límites de la razón, pero la raíz de sus historias está en la cotidianidad. Como bien expresa Victorio Suárez en el prólogo de la obra, “no se trata de una simple aproximación a elementos sociales”, sino de una aproximación a “la enmarañada cotextura que aturde a nuestra sociedad”. Es la alienación quien ejerce de cimientos de un mundo donde la tecnología se ha engullido cualquier posibilidad creativa. Más que relato de anticipación, Clonsonante es un dibujo del absurdo de nuestros días, de la pérdida de la identidad del individuo y de los problemas que le acechan cuando la máquina domina física y moralmente al ser humano.
 
Sin embargo, Clonsonante, aun siendo el relato más destacable del conjunto de Pérez Reyes, no es el único que sorprende. En realidad, sorprende más aún el continuo devaneo entre distintos registros cuentísticos: desde la síntesis en el microrrelato “Concilio”, con abundante diálogo además para los apenas seis párrafos de que consta, hasta el buen trabajo de gradación de la acción con la colisión entre lo onírico y la memoria de “Ida y vuelta”, o la expresión del miedo en la vida clandestina del prófugo en “Crimen espejado”. “Chadicto” destaca por su insistencia en el tema de la alienación producida por el empacho de tecnología, dado que las aventuras cibernéticas pueden acabar en desdicha. Si las obras de arte de “La galería” están realmente vivas para el incauto personaje que se refugia de la lluvia no es porque sean objetos animados, sino porque el efecto de la vida de lo inanimado se produce en la mente del individuo. Y es que los cuentos de Pérez Reyes son pura imaginación desbordada: el asombro hecho relato, como en esa reflexión estresante sobre el tiempo de “Relofixión”.
 
Valgan sus juegos neologísticos en los títulos para demostrar que estamos ante un autor ingenioso. Pero no sólo de ingenio vive el hombre: es necesario oficio. Pues José Pérez Reyes también lo tiene. Es obvio que con dos libros de cuentos el lector no puede saber aún si se halla frente a Borges, pero sí al menos ante las raíces de un gran autor si continúa demostrando saber poner en letras lo imaginado. Clonsonante es un muy buen libro que abre puertas a nuevas producciones de uno de los autores que más dará que hablar próximamente en el panorama de las letras paraguayas del siglo XXI.
 
 
José Vicente Peiró Barco
 
 
 
 
 
Enlace al libro CLOSONANTE de JOSÉ PÉREZ REYES
 
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CLONSONANTE. Cuentos de JOSÉ PÉREZ REYES

Arandurã Editorial,

Asunción-Paraguay 2007 (117 páginas)


 

 

 

 

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Organiza la SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY (S.E.P.)

 

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PREMIO LITERARIO HERIB CAMPOS CERVERA (3 EDICIÓN)

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY (SEP)

 

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