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Sociedad de Escritores del Paraguay SEP


  SEP DIGITAL - NÚMERO 7 - AÑO 2 - MARZO 2015 SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM


SEP DIGITAL - NÚMERO 7 - AÑO 2 - MARZO 2015  SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

SEP DIGITAL - NÚMERO 7 - AÑO 2 - MARZO 2015

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay


Dirección Editorial

Alejandro Hernández y von Eckstein

Diseño y Diagramación

Mirta Roa Mascheroni

Corrección Castellano y Guaraní:

Feliciano Acosta

Ilustración de portada

Carlos Villagra Marsal - Foto de Carlos Roa Bastos

ISSN: 2311-0570

Edición al cuidado de los autores

 

 

 

 

 

 

POESÍAS EN CASTELLANO Y GUARANÍ

 

 

FELICIANO ACOSTA

 

 

HAIKU / ÑE´Ê MBYKY

Yvapurû´a / Me miras y son

nderesa ojajáirô / azabache tus ojos

rema´ë jave. / de yvapuru.

 

Ára tytýipe / Sigo buscando

ahekáva akóinte / en el temblor del día

mbortayhu yma. / mi antiguo amor.


Opu yvoty, / Estalla la flor

hyakuâ rykue osyry / en líquido perfume,

yvy omboy´u. / la tierra bebe.

 

Ndéko purahéi / Tú eres canción

tekove ahy´ópe / que en garganta de vida

ndepotyva´ekue / has florecido.

 

Samu´û poty / La flor samu´u

ka´aru hovy asy / tiñe la tarde azul

omomorotï / de blanco blanco.

 

Oveve kangy / Vuela muy lenta

pykasutî, yvytu / la blanca paloma,

oturuñe´ë. / el viento silba.

 

 

MARÍA ESTELA ASILVERA

 

EL DESIERTO


Los entendidos han marcado el territorio,

han hecho las cuentas y anunciaron

bajo estudios científicos:

el Kalahari, que significa “gran sed”

y que se extiende en amplitud

de norte a sur, de este a oeste,

es uno de los más grandes

desiertos conocidos

sobre la faz de la tierra,

en el África meridional.


La vida se desarrolla de una manera

absolutamente extraordinaria

fascinante, donde sobrevive el más fuerte,

donde lo real es invención del intelecto más fino.



¿Y nuestros desiertos, dónde nos rodean?

¿En qué punto de nuestro ser los hallamos?

¿Es un desierto? ¿Son varios?


Pasamos gran parte de la vida

en estados de bosque, con árboles

gigantescos, frondosos,

absolutamente verdes, difíciles

de internarse en ellos, raíces ciertamente

profundas donde cada lluvia

representa una nueva oportunidad de vivir,

de expandirse, de ser.


Una lluvia de meteoritos significó

la sepultura casi total del bosque

la aniquilación de proyectos,

la posibilidad de expandirse,

de crecer, de ser más cada día.


El bosque se volvió desierto,

aquellos árboles imponentes

fueron hechos cenizas,

polvo, alimentaron nuevas formas

de vida futura, se volvieron humus.

Sobre la superficie de la arena,

de las dunas que de a poco

se iban formando

la vida se iba dando paso,

lenta, muy lentamente

entonces me volví

oasis, necesitaba serlo,

alimentar mis venas secas,

torrentes de arena que me iban

matando a goterones,

recorrían antiguos canales

y lo intoxicaban todo.


Kafka había hecho lo suyo

en su metamorfosis personal

dejo su ser físico - persona

y se adentró a los confines

laberínticos de una especie

de cucaracha desde donde

podía ver el mundo con un cristal

que de a poco lo iba purificando.


Ser oasis es saber de personas

en búsqueda,

que el agua encontrada saciará

la sed de muchos que viven

en su propio desierto

y de otros que son el desierto mismo.


Decisión, ser desierto, oasis, cactus.

Somos muchas veces todos ellos

al mismo tiempo,

en cambio hay siempre una tendencia

a ser más uno que otro...


Elegí ser oasis en mi propio desierto,

con el cayado en la mano,

las mañanas deliciosas me

caminan los pies descalzos

veo el sol escalar la dunas

rosas de arena y el calor

lo invade todo y se que es vida.


La tarde trae su nostalgia,

la puesta de sol se eleva de apoco

y cae rendida de dicha, de fresco, de frío.


Contemplo desde mi oasis el horizonte,

hacen su aparición y se posan

en el brocal y cantan

su melodía de grillos, de lagartos

que deambulan cosquilleándome

sabiéndose dueños del lugar.


Soy un poco el Kalahari

desierto que en en su amplitud

ha vivido mil vidas,

ha resucitado a tantas muertes.


Soy su oasis, desde la formación de la

misma tierra, ofreciendo un pozo,

espejismo incierto que se jacta

de volverse invisible y entregarse

manantial absoluto a quien tiene

verdadera sed.

Lunes, 14 de julio de 2014

 

MONCHO AZUAGA

FINAL DE FUNCIÓN y AHAKUÉVO YVYTU NDIVE



FINAL DE FUNCIÓN

 

Y cuando el telón caía

sobre aquel intenso beso de amor

Y el público emocionado aplaudía

las múltiples formas del arte de Talía

Nadie sabía

que en aquella escena de un beso final

había dos besos,

uno público y actoral,

otro clandestino, sensual,

uno falso, de excelente actuación

y el otro verdadero,

extraño y secreto de final de función.



AHAKUÉVO YVYTU NDIVE


Yvytu kangymi

reipeju vevýiva

hi’ânte chéve

ajupi nde apýri

ha mombyry

nendive aveve

ikatu péicha mba’e

pe che mborayhu jára

nda cherechavéiramo

imandu’ami che rehe.

Eju ,yvytu

taha nendive

Jaheja chupe

ko che ñe’ëgue.

Toikuaa ipahávo

Mávapa ihayhuhare.

 

 

GLADYS CARMAGNOLA

 

RAZONES, A MI PAPELERA, INDAGACIÓN y

¿CREES EN LA POESÍA DISFRAZADA DE LUZ…?



RAZONES

 

Para cuando no sirvan las palabras

aunque vivan las horas,

araño la corteza de una sílaba

e intento atrapar su magia

ahora.

Para cuando no guarde misterios

con los cuales nutrir mi corazón, la aurora;

o su luz no me alcance

para desbaratar las sombras

o te hable y no me escuches

o me mires

y no me reconozcas,

debo seguir acumulando letras

ahora.




A MI PAPELERA


Porque me has sido fiel

desde que mi memoria lo recuerda,

préstame tus oídos

y recibe mi confidencia:

creo que tú comprendes desde entonces

que pretendo escribir mi nombre a mi manera,

que deseo elegir yo sola el molde

y trazar sin ayuda cada letra.

Por eso ensayo, tacho, borroneo,

y te regalo páginas enteras

o hermosas pelotitas de papel.

Son tuyas más de las que yo quisiera.

No te asombre. Tú sabes que este oficio

de buscar la palabra verdadera

tiene extrañas,

sutiles herramientas.

Ayúdame a buscarlas

quedándote a mi lado, servicial, atenta,

hasta que alguna vez

ya vieja -tú-

desde tu imprescindible sitio veas

cómo logro escribir

tras una antigua puerta.

Y ahora sigamos.

Pero antes recuerda

que nunca como hoy

he valorado tanto tu prudencia.



INDAGACIÓN


Me pregunto

por qué este arar poemas

con tanta falta que hace arar

–con idéntico amor, con igual entusiasmo - en

las capueras.

¿Quizá porque me nutro de los frutos

de esta siembra?

En realidad no importa

ignorar la respuesta

mientras haya quien pueda alimentarse

de la cosecha.



¿CREES EN LA POESÍA DISFRAZADA DE LUZ…?


¿Crees en la poesía disfrazada de luz,

de primavera, flores sin espinas

que desde un pedestal –mármol o lodo–

nos recrimina?

No contestes aún, hermano. Escúchame:

Yo creo en la poesía

que al mostrarnos la luz,

con ella nos envuelve e ilumina;

la que de los crepúsculos y sombras

jamás se olvida;

la que en flores y aromas nos embriaga,

y nos pincha.

Creo

en el supremo don de la poesía

que nace sin amarras y sin ídolos;

que llama a nuestra puerta como una leal

amiga,

que entra en nuestro hogar,

se sienta a nuestro lado en cualquier silla

a compartir el pan

que nos legó el afán de cada día

si queda aún; si no,

se hace pan ella misma.

Creo

en esa poesía

que vive con nosotros y dialoga

con palabras excelsas o sencillas:

poesía que consuela,

poesía que alimenta y acaricia,

poesía que sacude y acompaña

en la desesperanza o la alegría.

Creo, por sobre todo, en la palabra

que guarda entre sus sílabas

lo que no por razones idiomáticas

obligatoriamente se mutila.

Sí. Creo desde hace tiempo

en la entrelínea

–la que, para nosotros, de la muerte

arranca, y nos lo entrega, un retazo de vida–.

Ahora que me entiendes puedo oírte:

Hermano: ¿Crees en la poesía?

 

 


RICARDO DE LA VEGA


LUMPENPOEXTRAVIADO

 

Mírate bien la cara en el espejo

contando bien las heridas que te dejo

y es que al trabajo voy, ¡qué provecho!

cuando me ves pasar, derecho al centro.

Yo no quiero que sufras, poextraviado,

pero si anhelas subirte en mi carro,

báñate bien seguido por dos años!

Y no pienses que el jabón te hará algún daño.

Si el camino es la luz, poextraviado,

por qué eliges la cucha de los perros?

-moscas verdes tienes entre los dientes

        y flor de hormigas putas en la frente-



¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!


No me pidas, marrano, que yo te adopte

si te han crecido bien hasta los bigotes,

ya ha amanecido tanto sobre tu nombre

que las palomas cagan sobre tu bronce!

¿O me ves ya siendo tu padrastro

y convertido vos en un buen hijastro?

¡Ya me veo llevándote al colegio

Y dándote propinas para el recreo!

Pero tu abusarías, pequeño desgraciado,

que no ves que el mundo tanto ha cambiado,

y si no has visto a tu padre sino en la cárcel

no te da derechos sobre mi Lancer!


¡No te dejaré el vuelto, lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto, Lumpenpoextraviado!


Ya que usarías mi lapicera Parker,

mi enciclopedia y hasta mis medias negras;

me pedirías para tus nuevos versos

la notebooks de tus sueños – y que yo tengo-

querrías que cambiara tus pañales

habiendo bogado vos por albañales!



¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!


Me pondrías en líos, poextraviado mío,

en problemas que nunca yo he tenido.

Mira si me naciera otro lumpencito

te juro que le meto bala al pito

gué que siempre canta

             siempre canta:


¡No te dejaré el vuelto, lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto, lumpenpoextraviado!


O, picarón, ser yerno de mí prefieres,

y sentado a la diestra de mis placeres

ya te imaginas bebiéndote el wiscacho

mientras prepara el suegro el asadacho…

es a mi juicio que ya estás enloqueciendo

y es mejor que ya vayas entendiendo

que con tal de no verte, una a una,

agarraré a mis hijas y las mandaré a la luna!


¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!



Y si no escribo tu nombre en mi canción

es porque sé que eres tan bribón

que irás a demandarme

pidiéndome pensión!

Pero yo disfruto siempre de una prima,

-y aquí te voy tirando una pista-

Que se llama Cristina

(ella siempre tan lista)

Que a un abogado enfermo le mete los cuernos

Y él, feliz de la vida, va derecho al infierno!

¿Tú no podrías, acaso, hacer lo mismo

y perdiendo los calzones por un obispo,

conseguir sustento y emolumento?


¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!


Tu vicio es una pantalla enceguecida

¡voyaur! Que sigue paso a paso nuestras vidas

detrás del monitor más irredento

pasas la vida lumpen de lamentos

y es que en la cara de un feo, por tanto tiempo,

nunca antes hubo, pudriéndose, tanto veneno!

En caminar –mirar- detrás de una quimera

se te pasan los días en la pequeña

y triste pieza en mora en la que apestan

tus malos versos, tus pensamientos, tus calzoncillos,

los cuernos sobre tus cejas y tu suicidio!


¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!


Es posible que no tengas para el pasaje

y meras mortadelas sean tus manjares,

pero dime una cosa, poextraviado mío,

¡qué culpa tengo yo si te han parido!

Y es que la cruz que habita en tu nombre

enluta tu vida hasta el horizonte,

estigmatiza cada una de las puertas

que ya cruzaste con la cornamenta a cuestas!


¡No te dejaré el vuelto lumpenpoxtraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpnpoestraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpnpoextraviado!

¡No te dejaré el vuelto lumpenpoextraviado!

 

 

 


Poesía de PEPA KOSTIANOVSKY


SI HAY

 

Si hay un naranjo que perfuma el aire,

y una brisa que pasa, pudorosa

y un acorde distinto, que me asombra

y una lluvia que suena melodiosa

Y un gajo que agridulce, delicioso

estalla con sus mieles en mi boca.

Y un tibio palpitar, que aunque cansinas

pueden acariciar mis manos rotas .

Y una canción que canto y desafino,

es porque sigo viva,

¡poca cosa!

 

 

 

JOSÉ MONNIN

 

MORDERÉ EL ANZUELO y EN LA HABITACIÓN DE LA NADA


MORDERÉ EL ANZUELO

 

Dormiré como si nada,

traspasaré distancias.

Mi piel entenderá de cuanto

te amé.


Comeré gusanos.

Beberé aguas de lluvias.

Mi furia castigará al

corazón sin fe.


Así será aquel varón

sin rumbo, sin amor.

Algo esquizofrénico y

patético por verte

desaparecer.


Despertaré en la vida,

morderé el anzuelo.

Mi alma morirá, como

aquel ratón que tanto

te buscó.



EN LA HABITACIÓN DE LA NADA


En la habitación de la nada,

solo quedan murallas, recuerdos

quietos que llenan mi alma

de silencio.


Todos a la ligera cavan sus

propias tumbas, es así que

el caldo quema a los labios

quebrantando, y es así

que mi alma vuela en medio

de los sueños.

En la habitación de la nada,

voy forjando ventanas, paisajes

sin colores, sin velas, y sin

amores; todo pasa, como

remedios refrescantes para

tapar el ladrillo hueco, que dejó

mis alas al viento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PAPÁ, VOS NO SABÉS NADA

Cuento de NELSON AGUILERA



¿Qué sabés de MP4, Ipod, Vista o Google Chrome? Por favor, papá, ni siquiera conoces a Will Smith, Adam Sandler, Christina Aguilera, Britney Spears o Hayden Christiansen. Tu época ya pasó, papá. Estás en el viejazo. La nueva generación soy yo, nosotros los jóvenes. Vivimos otra era, la de la informática, la digital y la satelital. No podemos seguir aceptando costumbres de otros siglos. ¿Me entendés, papá?

Te entiendo, mi hijo. No, no me entendés, papá. Vos crees que entendés, pero realmente no tenés ni idea de lo que es el mundo de ahora. Esto no se compara a lo que vos viviste. Para tu generación la televisión, el teléfono, el fax y haber llegado a la luna fueron los grandes pasos de la humanidad, pero lo que nosotros experimentamos está a cien años luz de tu mundo. La humanidad va hacia el desarrollo total de todas las potencialidades del ser humano.


Para nosotros ya no hay secretos, papá. Todo, gracias a los inventos de la ciencia y de la tecnología. Hoy quiero ver un átomo y lo veo, papá. Quiero una información sobre el BIG-BANG, aprieto un botón y allí está frente a mis ojos millones de páginas que puedo leer y analizar.

La pregunta es ¿lees realmente toda la información’? ¿Entendés todo lo que te dice la Internet, mi hijo? O te pasás copiando y pegando sin procesar nada en tu pequeño cerebro. ¿Vos crees todo lo que te dicen o de vez en cuando, te quedas a analizar si no te están manipulando y vendiendo baratijas como si fueran diamantes? ¿Será que sos libre, hijo mío, o será que te convertiste en esclavo de los juegos electrónicos, del Orkut, del Facebook, de la fantasía que te brinda el cine y de la música sin profundidad? ¿Qué pensás al respecto?

Pero, papá, ¿vos crees que yo soy tonto? No, yo soy más inteligente de lo que pensás. Para vos todo esto de la tecnología es un peligro y no te das cuenta que yo desarrollo más mi creatividad interactuando con mucha gente al otro lado del planeta. ¿Vos conoces a esa gente, mi hijo? ¿Sabes algo de sus valores? Ellos pueden hacer de vos lo que quieran una vez que tengan tu mente y tu voluntad en sus manos. Hasta te pueden hacer asesinar a alguien.

No me hagas reír, papá. Vos si que estás imaginando estupideces. Espero que lo que te estoy diciendo sean realmente tonteras, mi hijo, porque lo que pasó en China la semana pasada puede pasar en cualquier parte del mundo.


No, papá, ese era un loco que le mató a la persona con quien estaba combatiendo en el jueguito electrónico. Yo no voy a hacer eso, jamás.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Víctor no se apartaba de su compu, tenía todos los sentidos metidos en ella. Se atrasó bastante en el colegio, se aplazó en nueve asignaturas y comenzó a engordar como un chancho. Ya no le gustaba hacer ningún deporte y los encontronazos con su padre aumentaban cada día.

Un día, cuando su querido padre le llamó la atención para dejar la computadora e ir a bañarse porque ya llevaba todo el fin de semana sin mojarse siquiera la cara; Víctor se levantó y le gritó a su padre, con un cuchillo en la mano: ¡Te dije mil veces que no me molestaras más cuando estoy jugando creativamente con mis amigos virtuales! ¡Me volvés a molestar y te voy clavar con esto! ¡Me entendiste viejo atrasado!

El padre se quedó lívido. No podía creer lo que estaba escuchando. Miró a su hijo que en otrora fuera tan elegante y delgado, pero ahora con casi 115 kilos encima, con unas tremendas ojeras y con un cuchillo en la mano se parecía más a un demonio engordado que a un adolescente de diecisiete años. ¿Qué pasó? ¿Qué hice? Se preguntó a sí mismo. Debí ser más duro con él y no tratar de consentirlo en todo porque su madre nos haya abandonado. No, esto no puede seguir así.


Víctor, calmate. Está bien.Seguí con tu juego, ¿Ok? Y después de lanzar una felina mirada a toda la habitación, volvió a su vicio con una

sensación de victoria sobre su progenitor. El padre salió al patio, tecleó su celular y una voz muy amable resonó al otro lado de la línea. Recibió algunas indicaciones y cortó.

Luego salió por un momento. Al regresar observó que Víctor estaba más que metido dentro de su juego favorito: El sangriento puñal. Le preparó un jugo de frutillas y unos sándwiches. Echó unas gotitas en el jugo y se lo llevó a su único y adorado hijo.

Víctor, aquí te traigo algo para masticar y beber mientras estás jugando. No le prestó la más mínima atención. Seguía sumergido dentro de su droga, embelesado y totalmente acelerado por cada cabeza que rodaba o por cada brazo que cortaba en su pantalla. Casi en forma automática bebió el jugo de un tirón y devoró los sándwiches sin ni siquiera mirarlos. El padre lo seguía observando desde la puerta.

A los quince minutos, Víctor cayó sobre el teclado de su computadora totalmente dopado. El padre hizo un gran esfuerzo por retirarlo de la silla y recostarlo en su cama. Llamó otra vez al centro asistencial, cuyo personal no tardó ni veinte minutos para entrar a la casa y llevarse a Víctor. El padre lloraba, pero por amor a su hijo no tuvo otra alternativa. Y aunque él no sabía nada de MP4, Internet, Vista o Google Chrome, sabía que su hijo estaba al borde de la locura y quería salvarlo.

 

 

 

 

 

 

EL DÍA EN QUE LA HUMANIDAD COMENZÓ A ENVEJECER

Cuento de MELL BALLASCH

 

La habitación está llena de sombras:

son las sombras de tu juventud.

Porque la juventud ha volado, ¿lo sabías?...

Sandor Marai

La amante de Bolzano



¿Quién tiene el poder de decidir cuándo se te acaba el tiempo? La historia de mi vida está marcada por el día en que comenzaron a envejecer. Puedo decirles mucho: la muerte es una maldición, una peste, una enfermedad, es el fin del mundo. Y aunque no lo sepan, eso fue cierto una vez. Ahora te diría que la muerte es la más deseada de las bendiciones: es posible luchar con una voluntad indomable, se puede luchar toda la vida, pero sólo la muerte le da sentido al pasado. Solamente cuando ya no se puede dar más batalla es posible darse cuenta de que el intento no fue en vano. Cuando uno ya no puede pedir más, está obligado a mirar hacia atrás. ¿Importó? Puedo contar muchas cosas, pero nunca voy a poder hablar del día de mi muerte: no es parte de mi pasado y nunca va a ser parte de mi futuro. ¿Por qué? Porque nunca va a ser una posibilidad en mi presente. La culpa es eternamente mía, mía y de Ah´lah´ios.

Nosotros no sabíamos lo que era esa palabra, muerte. Ustedes la inventaron, así como yo inventé la culpa. Y muchos me dirán que significa liberación. No siempre fue así. Para mí sólo significa la repentina posibilidad de que todo pueda podrirse en lo que para mí es un instante, y para ustedes, la lentitud de la agonía. La tierra cambia, los paisajes cambian, el clima cambia, incluso el agua. Lo único que existe desde mi primer día en este planeta son las cucarachas. Por eso las mato a todas. No me hace sentir más libre, revientan con un crujido, se pegan, y yo me siento un poco más corrompido. Me condenaron a sentirme así por siempre. A veces más, a veces menos, como un zumbido constantemente aguijoneando un oído. Traté de combatirlo. Es inútil.

Sucedió cuando éramos una raza nueva en el mundo y yo tenía una lanza porque íbamos a pescar. Yo daba las órdenes porque era el único que cuestionaba las órdenes de los demás. Toda tribu necesita un líder. Me obedecían, y adorábamos al sol desde que una bola de fuego cayó del cielo como advertencia. Le dimos un nombre, Ah´lah´ios, porque si podíamos llamarlo de alguna forma era menos aterrador. Los nombres pueden ser cárceles, pueden dominar. El nombre significa, sencillamente, fuego que cae, y ninguno de nosotros pensaba que alguna vez sería más que eso. Un Creador. Porque es necesaria una fuerza que dé su razón de existir a las cosas que vemos.

Yo fui el único. Yo hice algo con esa lanza.

Nosotros éramos pacíficos de una forma que ustedes no entenderían. Ellos lo eran. Nadie había para discutirnos el hecho de que todo lo que veíamos nos pertenecía, por eso no necesitábamos una Providencia. Era más que suficiente. Éramos pocos, nuestros periodos de reproducción eran extremadamente largos. Yo había visto los mismos rostros todos los días, una y otra vez, y nunca había desaparecido uno sólo de ellos. Ni uno. En términos de ustedes: nosotros no moríamos. Lo más curioso es lo que no cambió: les puedo parecer más alto, peludo o jorobado, pero no hay forma de que sepan que no soy uno de ustedes.

En esos días el mundo era nuestro y no teníamos problemas para conseguir alimento. Algo debió de asustar a los peces, algo nuevo, porque sólo conseguimos uno. Después supe que había sido un tiburón, el primero que vi en mi vida. Era toda nuestra riqueza: ese día nació la codicia, uno de sus pecados capitales. Nació el pecado en sí, y con ello, la idea de la creación y el ansia de redención. Tomé el pescado para mí y me dispuse a comerlo, todos bajaron la cabeza y observaron en silencio. Todos excepto uno de ellos. Se me acercó y trató de arrebatarme la cena. No fue rabia lo que sentí; como les dije, nosotros no teníamos una historia de ira a nuestras espaldas. Él había hecho algo que nadie más se había animado a hacer. Sentí curiosidad. ¿Iba a sangrar como los animales que solíamos comer? Y ahí es donde comienza la crueldad. Levanté mi lanza y cuando lo maté fue la primera vez que vi a alguien morir. Por eso me gané el castigo. Los demás me miraron como si yo fuera el mismo Ah´lah´ios arrojando fuego y corrieron. Yo no era una deidad destructora, pero pude oír sus palabras. Muchos de ustedes también, no importa si le llaman Dios, Allah, Yahveh. No era una paloma, no era un anciano con barba, no era un ángel, no era una zarza en llamas. Tampoco era viento ni tormenta. No era más que una voz en mi cabeza, pero allí donde era, era trueno y relámpago.

No fue largo. Dijo que mi alma estaba podrida y turbia, que haber tomado la vida de alguien de mi propia clase no tenía perdón, iba a mostrarme un reflejo. Y así, me condenó a ver podrirse a los demás, a ver el mundo derrumbarse una y otra vez. Y sobrevivir a todo. No podía morir, no podían matarme, no podía decírselo a nadie. Cada muerte a partir de eso iba a pesar en mi conciencia, porque yo la había causado.

Empezaron a podrirse desde adentro. Podían contagiarse de más enfermedades de lo que era posible pensar. Muchos murieron así. Los que no, se fueron deshaciendo por fuera. Se les caían los dientes, se les rompían los huesos, se les arrugaba la piel. Uno por uno hasta que me dejaron solo. Y cuando ustedes aparecieron, yo estaba furioso. Yo les enseñé a matar.


Pero el tiempo pasa. El alumno supera al maestro.

Yo nunca volví a escuchar a Ah´lah´ios, o como quieran llamarlo. Sólo quedábamos en este mundo la muerte y yo.

A pesar de la medicina, mientras los siglos se suceden, ustedes envejecen más rápido y mueren más temprano. ¿Por qué? Yo vi crecer algo dentro de ustedes, algo de lo que pueden no haberse dado cuenta: la resistencia. De todas las cosas, la más extraña que les trajo el tiempo fue la idea de que ustedes y el mundo no debían de ser como eran. Tenían un nuevo mantra: yo debería ser. Entonces empezó a encorvárseles la espalda, comenzaron a quedarse ciegos: eso es lo que sucede cuando sólo ves lo que quieres, cuando te acostumbras a mirar sin ver. Su forma de expresar esa resistencia frunciendo el ceño hizo que empezara a arrugárseles también el rostro, además de las manos. Supongo que la vida pesa cuando te pasas los años luchando en su contra y decides llevarla a cuestas. Yo llevo a cuestas muchas vidas distintas para mantener mi secreto, estoy seguro que habrán escuchado de más de una persona que desapareció. Sin explicación. Les parecerá raro que use la palabra condenado para decir que ni siquiera puedo envejecer.

Yo estoy sentado en un banco, en el medio de un parque muy grande. Creo que es primavera. Hay una niña echando migajas de pan a las palomas. Les está dando vida, y las palomas pueden volar. Ella, con el pelo recogido hacia atrás y un vestido blanco, está alimentando a la libertad.


Trato de nunca encontrarme con la misma persona dos veces, eso hace las cosas más fáciles. No vuelvo a mirarla, hasta que ella se acerca y me entrega un trozo de pan para que yo también alimente a las palomas. No sé porqué, pero lo tomo. En todos mis siglos en este planeta, nunca tuve una mascota. No necesitaba ver morir animales también. Me mira antes de irse, e incluso me saluda con la mano.

No hay un rincón del mundo en que no haya estado, un solo lugar donde no haya buscado la paz. Escuché todas las historias que puedan intentar contarme y le recé a los dioses más recónditos que puedan imaginarse. Ninguno se apiadó de mí. No puedo llorar. No puedo cansarme. Mi espada se encorvaría si pudiera. Ni siquiera puedo soñar con que esto termine. Eso es la soledad en su más puro sentido, algo que ustedes nunca van a entender: ver cómo la vida se escurre por el fregadero sin poder taparlo, ver desaparecer a todos como si fueran hormigas. Hubo momentos en que tuve que encerrarme en cuevas escondidas para soportarlo.

Al día siguiente vuelvo a ver a la niña, en otro parque. Acaba de llover y el viento ha echado a un polluelo del abedul más cercano a las verjas rojas. Ella toma al ave entre sus manos y me la trae con los ojos abiertos, expectantes, como si yo pudiera devolverla a su nido. Es un pardillo marrón, diminuto entre mis manos, con una mancha rojiza en la frente. Está tiritando. La niña lo mira preocupada y le acaricia la cabeza. Asiente cuando le pregunto si quiere salvar la vida del animal. ¿Por qué? ¿Por qué querría alguien salvar algo que está destinado a podrirse de todas formas?


–La vida es linda. Si yo le salvo, vive porque le salvo y va a cantar en las ventanas de las personas tristes.

Y toda su canción va a ser una oda para ti. Eso es lo que todos quieren, hacer del mundo un lugar diferente de aquel al que llegaron. Van a desaparecer y quieren dejar una huella. Nosotros no conocíamos eso, ustedes inventaron el concepto del tiempo. Y se engañan, porque lo único que pueden controlar es el presente. Se dedican a tratar de importar, y la muerte les arrebata hasta eso. Es lo único seguro y definitivo que tienen en su vida. La muerte se lo lleva todo. Excepto los recuerdos.

–Si le salvo, yo le doy vida. Es pequeñito. Quiero salvarle porque quiere vivir. Todos queremos vivir, y necesita mi ayuda o se muere –continúa ella.

–Se va a morir igual –digo. Tengo la voz tan seca y dura como el alma. Sus ojos se llenan de lágrimas. Es demasiado joven para entender que sobrevivir es el peor de los castigos que pueden inventarse.

–Pero va a vivir antes de morirse –susurra ella, acariciando con sus dedos la pequeña cabeza animal. El pardillo tiembla entre mis manos, emite un leve chillido y de repente se queda quieto. Puedo reconocer una despedida cuando la veo.

¿Ves? Estoy a punto de contestarle, pero me trago la palabra cuando veo cómo se transfigura su rostro. Después de un par de pucheros rompe en llanto, toma al polluelo y se aleja corriendo.


Quiero salvarle porque quiere vivir. ¿Es eso lo que todos piensan? La humanidad cambió mucho a través del tiempo, pero algo permaneció desde el comienzo: siempre trataron de explicarse su existencia a través de un falso sentido de inmortalidad, una vida después de la vida. No existe algo semejante. La niña sale del parque y yo empiezo a seguirla. Algunos de ustedes lo entendieron, se dedicaron a dejar algo detrás, un legado, sin esperar tener algo más adelante. Huellas. Cicatrices, en verdad. No llegaron pensando que vinieron para llevarse algo. Experiencia. Ella va a cruzar el camino. Y muy pocos se dieron cuenta de que el tiempo es una ilusión creada por su mortalidad. Todo es un eterno ahora. Ella corre hacia las vías del tren para atravesarlas, seguía aferrando al ave con fuerza. Yo corro detrás de la pequeña. Es posible que ella tenga razón. La vida y la muerte se convirtieron en dos lados de la misma moneda, y viéndolo así es complicado distinguir cuál es más importante. Constantemente se están quedando sin tiempo, y eso les empuja a hacer las cosas que de otro modo no harían, pero sólo la muerte permite darle un significado a esa historia. Esa lista de objetivos pendientes creció y creció, hasta que empezaron a tenerle miedo a la muerte. Y esa se convirtió en su mayor debilidad cuando podía haber sido la inspiración más poderosa. Están terriblemente asustados por algo que no pueden evitar, porque ni ustedes que lo viven lo entienden mejor que yo. Si ella tiene razón, dejen de tener miedo. Si una vida merece ser salvada porque alguien quiere vivirla, merece correr el riesgo de vivirla. El miedo es lo único de lo que se van a arrepentir cuando miren atrás, hasta yo sé eso. Van a terminar en el mismo lugar. Tardé segundos en llegar hasta las vías del tren. Veo los faros encendidos, me encandilan; oigo el chirrido de las ruedas tratando de frenar, me perfora los oídos; los gritos. Quiero salvar a esa niña porque quiere vivir, darle la oportunidad de la que privé a cada uno de ustedes. Por primera vez me estoy preguntando qué les hice a ustedes, y me entran ganas de llorar, pero no por mí. Mis brazos la empujan hasta el otro lado de las vías. La gente me señala.

Y por un breve momento pienso que la luz al final del túnel no es más que ese tren.

 

 

 

 

 

 

LA OBSESIÓN

Cuento de LISANDRO CARDOZO


-¿Te acordás de Carlos V. Giménez?

-Carlos V.o Carlos Quinto, respondió Justo Martínez.

-Ahí me cagaste, compadre. No sé muy bien, porque esa V siempre fue un misterio para todos. Era un gordito, que fue nuestro compañero en el tercero y que escribía poesía.

-Ahaa, uno de esos boludos medio raros. No, no me acuerdo para nada de él. ¿Decías que fue nuestro compañero?

-No sé, en realidad, creo que él era de un curso superior...

-Disculpame viejo, pero yo soy muy malo para retener nombres, y tratándose de una historia tan lejana....¿Me entendés, no?


-¿Qué tal, Juan?, perdonáme que te interrumpa, ¿te acordás de Carlos V o Carlos Quinto, el gordito del tercero del Liceo Rodó?

-No, creo que no, ¿por qué, qué pasa con él?

-Resulta que estaba en la peluquería...

-¿Y él es el peluquero?

-No, no. Yo estaba leyendo el diario y encontré en la página de avisos fúnebres que falleció ayer.

-¿Murió?, -dijo Juan, sorprendido-, entonces no lo conozco.

Más tarde pasé por la casa de repuestos de Hugo y, mientras compraba algunos accesorios para mi auto, le pregunté sobre Carlos, y él tampoco sabía nada y ni se acordaba de un compañero de esas características.

Mario, el imprentero, que de chico trabajó con mi tío, y siempre olía a tinta y aguarrás. El estuvo esa noche por mi casa, todo impregnando con su característico aroma, y para colmo, el vaso de cerveza quedó manchado con tinta magenta.

- Creo que me acuerdo de él, aunque no estoy muy seguro. ¿De qué murió, dijiste?

-Eso es lo que quería saber también yo, Mario.

-Mirá che, si es el que yo estoy creyendo. Ese Carlos estaba trabajando en la aviación.


-Puede ser. Ahora que lo mencionás, creo que alguna vez había dicho que quería ser astronauta. ¿Te acordás que de chico, hasta se había tirado de un árbol con un avión de cartón, que había construido y casi se mató?

-Estás confundido, chera’a. A ese Carlos le había atropellado un camión de carga dentro del hipódromo.

Quedé muy desilusionado.

Estuvo unos días por Asunción el profesor Orué. Tomamos juntos un café en el barcito que queda frente a la plaza Uruguaya. Conversamos sobre los viejos tiempos, recordamos anécdotas de compañeros que ya forman parte de nuestro acervo histórico, y aproveché la oportunidad para escarbar en sus muchos recuerdos sobre Carlos V. Él, que tenía una memoria prodigiosa, me descalabró con su respuesta. “Ese nunca fue mi alumno, no lo recuerdo”.

Entonces, será que ya me estoy volviendo loco, y la fotografía en el diario me está trastornando cada vez más. Yo tengo vívidos recuerdos de él, pero debo admitir que no fue una persona brillante, de los que llamaban la atención por su inteligencia, salvo los poemitas que escribía y que, tal vez, solamente yo conocía. Recuerdo su aspecto bonachón, siempre aseado, de rostro simplón y de hablar pausado. La ojera que tenía se le había acentuado en la reciente foto.

Fui a ver a Ramón Rodríguez, ex compañero, que estaba aquejado de una enfermedad y guardaba cama. Se puso dificultosamente de costado y jugamos unas partidas de ajedrez, pero pronto me aburrí. Ramón nunca fue muy bueno para las estrategias y las mujeres. De solterón empedernido, después de tres meses de casado pasó a ser viudo y volvió a vivir con su anciana madre.

-Tenés que estar enloqueciendo vos. Si ya murió, qué más importa, y no hay nada que hacer; me espetó en la cara.

-Pero decime, Ramón, ¿vos te acordás de él, verdad?

-No. Sencillamente, no.

Esa foto del diario era tan clara y no podía creer que fuera alguien que haya conocido en otro lugar. Se lo veía tan sano, para pensar que murió de alguna enfermedad grave: El texto del aviso decía...``Confortado con los auxilios....’’, eso me hizo suponer que no falleció trágicamente en algún accidente automovilístico.

Fui esa tarde a la peluquería. Pedro estaba asentando el filo de su navaja Solingen, tan concentrado, que ni me sintió. Sus livianas manos siguieron batiendo un buen rato el brillante metal en la gruesa tira de cuero de carpincho.

Busqué entre los diarios apilados, y faltaba la página de fúnebres de aquel miércoles. Tal vez se la llevó alguien que también lo reconoció, pensé.

Román hacía arreglos en una vieja máquina de escribir, en el garagecito que era su lugar de trabajo. Llegó, Mario Monzón, blandiendo una hoja de diario en la mano.

-¿Viste lo de Carlos Venerando?


- Sí, me enteré, -contestó Román-, y ¿a quién se le ocurre llamarse Venerando por estos tiempos?.

-Y se murió nomás el pobre infeliz.

-¡Y bueno, yo creo que él mismo se lo buscó, mi amigo. Imaginate andar preguntando por ahí sobre su propia muerte, como si nada.

 

Del libro Noche de pesca y otros cuentos.(1992) Editorial Servilibro.


 

 

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NOCHE DE PESCA Y OTROS CUENTOS

Cuentos de LISANDRO CARDOZO

 

 

 

 

FÚTBOL

Cuento de JUAN DE URRAZA



Roberto Carlos observó con detenimiento a la barrera. La estudió en cada aspecto. La altura de cada jugador, el ángulo en que se ordenaban, los resquicios que dejaban libres, el temor que cada rostro mostraba… Años de experiencia le permitían comprender a cabalidad la situación, y seleccionar el mejor curso de acción, que le asegurara el éxito… Cinco hombres, altos y fornidos, se interponían entre él y la gloria… O más bien, entre la pelota y el arco. Obviamente que el arquero también era un obstáculo a tener en cuenta en su plan, pero estaba seguro de que lo batiría si lograba colocar el balón donde había decidido.

Esperó unos instantes… Calculó la fuerza con la que debería azotar a la bola, tomó en cuenta el viento y la comba que le daría, así como la distancia para que llegue justo a clavarse en el ángulo, y así asombrar a la multitud, pero más importante, elevarlo a la gloria.

Estaba cansado. Sus piernas ya no respondían bien, y era notorio. Pero debía realizar ese último esfuerzo. El partido iba 3 a 3, y se jugaba el descuento del segundo tiempo del alargue. El destino de su equipo, y de la copa, estaba depositado en sus manos, o mejor dicho, en sus pies. La tribuna rugía con cánticos, bombos y tambores… La lluvia de papeles cubría el estadio entero… Era su momento de gloria, como tantos años atrás lo había sido, tan real y palpable como ahora. Ya había metido un gol similar al que buscaba muchos años atrás, un gol que muchos consideraban el mejor gol de tiro libre de la historia del fútbol.

Una gota golpeó su rostro. Luego de unos interminables segundos otras más empezaron a caer sobre el terreno de juego, anunciando un ya omnipresente chaparrón. La impaciencia sumía a rivales y compañeros por igual, y ni qué decir al púbico, cuyas gargantas no resistirían mucho más. Esto era todo. El fracaso o la gloria. Una vez más.

Respiró hondo, no podía prolongar más la situación. Corrió y remató con fuerza golpeando el balón con la parte interna del pie, y dándole un efecto parabólico asombroso. La bola esquivó a la barrera casi rozándola, para luego girar en el aire debido a la fuerza de rotación impuesta, dirigiéndose directamente al arco, tal cual él lo había planeado. El arquero, sorprendido por un chut casi imposible, cubría el palo opuesto, y apenas alcanzó a saltar en la dirección contraria estirándose como un felino al acecho de una escurridiza presa. Alargó los dedos, rozando levemente el balón, húmedo ya, que se le resbaló burlonamente, para incrustarse en el ángulo sin posibilidad de ser detenido.

Los espectadores se lanzaron aullando contra la alambrada, las bombas explotaron con fuerza, los papeles cubrieron todo el escenario. Los compañeros de Roberto Carlos corrieron hasta él y lo abrazaron, cargándolo en andas, mientras los rivales se tomaban el rostro, presos por la impotencia y desazón. El goleador se sacó la remera y la revoleó henchido de alegría. El árbitro, por su parte, dio el doble pitazo final que certificaba su victoria definitiva, luego de mostrarle la cartulina amarilla por comportamiento impropio.

Los vencedores corrieron la vuelta olímpica gritando y vitoreando, saludando a la gente, y festejando hasta regresar al túnel de los vestuarios, donde poco a poco la oscuridad los fue envolviendo, y el rugido de la gente fue opacándose hasta desaparecer.

Luego de unos instantes, una luz blanca brillante lo despertó de su ensimismamiento. Un enfermero muy cordial le desconectó los contactos neuronales de la cabeza con cuidado.

—¡Felicitaciones! —le dijo—.¡Veo que ganaron el partido! ¡Son los campeones!


El anciano asintió con la cabeza y sonrió. Trató de responder pero sólo balbuceó unas palabras inteligibles. El cambio brusco del mundo virtual a su cruda realidad siempre se le hacía muy difícil. Allí él corría libre, como en su juventud, con la energía y fuerza de siempre, pero en cambo aquí estaba postrado en una cama y apenas podía ir y venir de un lugar a otro en sillas de ruedas, con la ayuda de un enfermero, así como utilizar el baño asistido por alguien más...Ese partido semanal que jugaba con sus compañeros de equipo de antaño era el único alivio que tenía dentro de su mísera existencia, y lo único que lo mantenía (y hacía sentir) vivo. Nada más importaba para ese entonces. Ya no quedaba ningún miembro de su familia vivo, no tenía un lugar al que perteneciera, no recibía visitas, no le quedaba nada de su antigua vida, exceptuando los recuerdos de glorias pasadas y unos pocos compañeros de equipo.

Así que simplemente sonrió, y agradeció al enfermero. Con gestos le solicitó que lo llevara hasta su habitación, puesto que estaba fatigado. Sólo le quedaba vegetar otra semana hasta poder volver a su torneo virtual, a la cancha, a la gloria, a lo único que le importaba.

8 de noviembre de 2010

 

 

 

 

 

CHISPITAS DE LUZ

Cuento de  ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN



El lejano repiqueteo del reloj despertador me estiró del reino de Morfeo para arrojarme dentro de mi cuerpo terrenal.

Pesadamente, mi mano, se deslizó de debajo de las frazadas y palpando sobre la mesa de luz llegó al fastidioso e insistente despertador desactivándolo.

Adormilado, me levanté mientras el reloj marcaba las 6:32.Mecánicamente encendí la radio e ingresé bajo la ducha.

Mientras preparaba el desayuno, sin ganas, miré hacia la ventana para constatar que, como los últimos cuarenta días seguía garuando de forma tenue, pero lo suficiente como para fastidiar.

Mientras observaba las facturas impagas de luz, agua, teléfono, que se acumulan sobre el aparador de la sala a medida que van cayendo las hojas del calendario, el locutor de la radio lee las mismas noticias de siempre sobre crímenes, asaltos, robos, secuestros y otras tantas tragedias donde sólo varían los nombres de infortunados protagonistas. El panorama es terrible y no me sorprende que haya quienes prefieran apagar para siempre la luz de sus vidas y, tal vez, ser tema de comentario en algún pasquín amarillista.

A las 7:00, enfundado en mi sobretodo salgo a la calle y me dirijo al trabajo.

La ciudad, sucia, mojada, con sus veredas rotas y sus exagerados manojos de cables indolentemente tensados de poste a poste, alberga a una homogénea e impersonal masa gris de personas, que se moviliza en un aparente caos sin sentido.

8:30 llego a mi escritorio donde cúmulos interminables de expedientes se amontonan en varias pilas. Teléfonos sonando, el jefe reiterándonos lo inútiles que cree que somos, repiqueteo de decenas de teclados y el aroma indefinible de café y tabaco, ponen el sello de esta necesaria cárcel llamada oficina. Un día como cualquier otro hasta que… mi teléfono sonó:

Hola, ¿Andrés? Soy Carla…Carla Sneider…Tanto tiempo ¿Cómo estás? Nuestra vieja compañera de estudios Patricia Etcheverry me dio tu número telefónico.

Carla Sneider fue mi compañera de estudios primarios por casi 3 años, pero recién nos hicimos grandes amigos cinco años después en un taller de lectoescritura de verano que impartieron en la biblioteca de mi viejo barrio.

Desde entonces y por casi diez años, cada sábado, leíamos nuestros propios cuentos a niños que venían a la biblioteca a escucharnos. Después de esto, nuestras diversas actividades y o excusas, fueron haciendo que dejáramos de lado esta bella actividad..

Seguimos en contacto por unos años más hasta que dejamos de vernos hacia ya diez años.

Hola Carla, tanto tiempo… acá estoy… sobreviviendo -dije con desgano.

Mmm, se te escucha mal, ¿llamo en un mal momento?

Disculpa, la rutina me está matando, en fin… ¿en qué puedo ayudarte?

Creo que la que te va ayudar soy yo…más bien te voy a salvar.Quiero rescatarte e invitarte a tomar una tasa de café… ¿Nos vemos a las 17:00 en el café de la esquina de tu oficina?

Aunque no tenía la menor gana de socializar, ni siquiera con una querida amiga, sabía que sería difícil contradecir a Carla quien, como siempre se las arreglaría para salirse con la suya.

A la hora fijada me dirigí al café de la esquina. Miré por vidriera, con letras esmeriladas, para ver si mi amiga había llegado cuando alguien palmea dos veces mi hombro.


Inmediatamente giro sobre mis talones y antes que pueda decir algo Carla, con una pícara sonrisa dice:

Sabía que te sorprendería mi nueva apariencia.

Estaba sorprendido ¡Y de que forma! Aquella curvilínea mujer, de roja cabellera, difería como el día a la noche de la Carla que había visto la última vez, y no solo en el aspecto físico sino en su manera de ser. Estaba llena de vida y podía decirse que irradiaba felicidad por cada uno de sus poros.

Pero que bárbaro los hombres de hoy en día, un retoquecito por acá y un leve cambio de estilo ya los deja con la boca abierta -rió tomándome del brazo y llevándome con ella al interior del café donde nos sentamos a una pequeña mesa junto a la ventana.

Es que estás muy cambiada…

Y si, otra cosa no quedaba. Me cansé de la Carla ratón de biblioteca conformista. Pero basta de hablar de mí. Quiero saber de vos, tus cosas…

Aunque en mi vida no había ocurrido nada interesante en los últimos diez años, la conversación fue muy animada y se extendió hasta las ocho de la noche.

Carla miró su reloj y posando su mano sobre la mía dijo:

Es tarde y debo irme, pero antes quiero pedirte un favor. Me gustaría que mañana me acompañes a leerles cuentos

a unos amiguitos… Para recordar los viejos tiempos… ¿Seguís escribiendo no?

Si, tengo algunos cuentos nuevos que pueden servir pero…

Recuerdo que hace algunos años un joven de flequillo me dijo: “Estoy convencido que debemos compartir nuestras habilidades con la comunidad, ya que por algo hemos sido agraciados con esa capacidad determinada”

Siempre te saliste con la tuya manipulando mis propias palabras… y esta vez, por lo visto, no será la excepción mi querida amiga.

La mujer sacó de su pequeño bolso de mano una libreta, escribió una dirección y me la entregó.

Esta es mi dirección te espero a las 9:00

A la mañana siguiente me dirigí a la dirección indicada, recogí a mi amiga y partimos hacia el Hospital Central.

Durante el trayecto, siempre con la sonrisa a flor de piel, Carla, no paró de hablar y bromear sobre mi actitud ante el caótico trancito, los adelantamientos indebidos de automóviles y motocicletas, los bocinazos y los bocinazos de los bocinazos. Finalmente tuve que claudicar de mi actitud de ogro gruñón y comencé a reír como no lo había hecho hacia muchos años.

¡Buenos días señora Sneider! Veo que ha venido acompañada… los niños los esperan- saludó una enfermera.


Hola Beatriz, él es mi amigo Andrés Ferreras de quien le hablé- respondió mientras avanzábamos por el frío pasillo de paredes blancas del hospital.

El largo pasillo, ladeado por una decena de puertas y un par de camillas vacías, terminaba en una doble puerta tras la cual se hallaba un improvisado auditorio con una treintena de niños sentados en plásticas sillas de jardín.

Los niños, muchos de ellos calvos, otros acompañados por las “perchas” de donde colgaban las bolsas de suero y un par de ellos en silla de ruedas, uno de estos con un equipo de diálisis respiratoria para pacientes con insuficiencia respiratoria aguda.

Buen día niños. Como les prometí, hoy les he traído a un amigo quien me acompañará para leerles -saludó Carla a los bulliciosos niños antes de comenzar a contar uno de sus cuentos.

Mientras mi amiga hacia gala de sus dotes de cuentera y actriz, con una extraña adaptación del cuento de Caperucita roja y un particular lobo come golosinas, me senté en una pequeña silla de madera y me puse a observar al atento publico descubriendo algo en común: Todos sin importar su dolencia tenían en sus rostros una gran y luminosa sonrisa.

Las siguientes dos horas, que alternamos contando una decena de cuentos y recibiendo estruendosos aplausos, pasaron volando.


Bueno niños, es hora que dejen descansar a nuestros amigos no vaya a ser que no quieran venir más- interrumpió la enfermera.

Los chiquillos se habían retirado del lugar, casi en su totalidad , cuando sentí que alguien abrazaba mi pierna.

Miré hacia abajo y vi a una niña de unos cinco años que, en silla de ruedas, con ambas piernas enyesadas, me abrazaba fuertemente mientras decía:

Me gustó mucho tu cuento del hada azul… ¡Te quiero mucho!

Minutos después en el salón sólo quedábamos Carla y yo.

Estos duendecitos me salvaron la vida- dijo mi amiga mientras se sentaba pesadamente en una de las sillas- Uno cree que tiene problemas, se “abruma” por un leve malestar, se irrita por un resfrío que no nos deja, o se descorazona porque nadie valora nuestro trabajo, pero al ver a estos angelitos, entre sondas y sueros, calvos por su tratamiento oncológico, enyesados por haber sufrido un accidente de tránsito o recuperándose de una cirugía craneal, nuestra perspectiva gira totalmente. ¿Tengo acaso derecho a quejarme cuándo estas personitas, a pesar de sus dolencias, nos recibieron felices, escucharon atentos nuestros cuentos y nos despidieron con un ¡Muchas gracias!?

Tienes razón Carla y te agradezco que me trajeras a este lugar. En verdad me has salvado como dijiste ayer

cuando hablamos por teléfono. He sido un egoísta compadeciéndome a mi mismo todo este tiempo, al igual que lo hace la mayoría de las personas que nos rodean. La alegría de estos niños y el abrazo de la pequeña me iluminaron este día gris.

Sabía que reaccionarias así, porque yo también lo hice hace un año cuando mi vida parecía irse por el drenaje y estas chispitas de luz iluminaron el camino que debía seguir desde ese momento.

Es cierto que no hemos ganado un peso con nuestra visita y que un “muchísimas gracias” no pagarán las cuentas de luz o del teléfono móvil. Pero la gratitud de esos niños ha quedado grabada en mi corazón renovando mis ganas de vivir, dándome las fuerzas necesarias para sobrellevar con éxito la tormenta diaria y recordando, con su ejemplo, que el sol sigue brillando con todas sus fuerzas sobre las nubes por más espesas y negras que parezcan.

 

 

 

 

 

LA EXPULSIÓN

Fragmento de YO EL SUPREMO, novela de AUGUSTO ROA BASTOS


(Escrito a la madrugada. Cuarto menguante)

 

Disfrazado de campesino llegué esa noche a Santa María. Hice esperar a mis hombres a una legua, escondidos en el monte. Cubierto por mi sombrero de paja a dos aguas, me metí en la fila de los enfermos que esperaban frente a la choza en la falda del cerrito. Me tocó estar entre un paralítico y un leproso, echados en el suelo; el uno con sus llagas y el aviso de su mal en un sombrero coronado de velas; el otro, sepultado media res en la inmovilidad total. Me eché yo también, haciéndome el dormido, la cara pegada a la tierra pelada con olor a mucho trajín de enfermedades. Los dejé pasar. Cuando abrí los ojos me vi frente a un hombre rechoncho, lozano, fresco. Melena canosa, casi platinada. Pelo muy fino barriéndole el hombro. Idéntica a él, su voz me dijo:


No se saque el sombrero. No se descubra. No me tocó. No me auscultó. No preguntó por mis males. En seguida, sin hablar, sin preguntar, supo más de mí de lo que yo mismo sabía y podía contarle. Tome esto. Me tendió un manojo de bulbos y raíces. Parecían mojados por una resina muy gomosa. Mande hervirlos y poner la infusión al sereno durante tres noches seguidas. Sacó una petaquita parecida a la que yo uso para el rapé. La abrió.Adentro fosforileó un polvillo con la verdosa luminosidad de los lámpiros. Eche esto en la infusión. Tendrá su tisana de Corvisart. Casi sin aliento, guardé los bulbos y la cajetilla en mi matula de peregrino. Intenté sacar unas monedas. Puso su mano sobre mi mano. No, dijo, mis enfermos no pagan. ¿Me conoció? ¿Me desconoció? Vida no es entendida. No me reconoció visual. Puede que no. Puede que sí. Lo que respetó fue el secreto contado sin palabras, a la sombra del sombrero que celaba mi sombra. Salí tropezando de puro contento en la infinidad de bultos tumbados en el suelo. Gentío semejante en la obscuridad a quejumbroso muerterío. Avancé pisando manos, pies, cabezas que se levantaban y me insultaban con el tremendo rencor de los enfermos. Pero aún esos insultos me hicieron más feliz todavía. La salud no conoce el lenguaje de la cólera. Yo la llevaba en mi bolsa.

Bebí la tisana por tres días. Durante tres años mi cuerpo des-bebió todos sus males.


Sin ninguna añoranza de la Malmaison, del fausto de la corte napoleónica, olvidado de su propio renombre, don Amadeo continuó disfrutando de su paradisíaco rincón en la campiña paraguaya, cada vez con mayor acomodo. Protegido, querido, venerado. Mientras se aprestaban ejércitos, conjuras, papeladas, emisarios de todas partes del mundo, científicos de prestigio cierto, mas también inciertos rufianes políticos que buscaban atraerlo al servicio de sus intereses, el compadre Amadeo me enviaba yuyitos para mis achaques; los bulbos gomosos y el polvo fosfórico de Corvisart.

Grandsire fue distinto. Vino en busca de Bonpland. Vio y se convenció. Dijo con toda claridad lo que debía decir sin faltar excesivamente a la verdad. Al otro lado del mar, los hombres de ciencia más conspicuos de la época esperaban sus informes. Todos seguían viendo en Bonpland desde lejos al Bonpland que ya no era: Humboldt, al Bonpland que lo salvó de los caimanes en el naufragio de las canoas en el Orinoco, o sobre las nieves del Chimborazo, o buscando en plena noche a su compañero en la espesura de la selva ecuatoriana. Los otros, con sus ojos de pavos reales, al sabio cortesano de la Malmaison y de Navarra, el artista jardinero de Josefina. Los más águilas, al águila caudal de la ciencia; al naturalista, que luego de recorrer con Humboldt más de nueve mil leguas por toda América, regresó a París con una colección de sesenta mil plantas y cerca de diez mil especies desconocidas. Humboldt y Bonpland, el Cástor y el Pólux de la Naturaleza no se volverían a encontrar bajo las constelaciones equinocciales.


¿Cómo le va en Misiones, don Amadeo?, le mando decir. ¡Prodigiosamente bien, Excelencia! Raro que no dispare su frasecita en francés. Se cuida de hacerlo, aleccionado por lo que le pasó a Grandsire cuando vino, según él, a “rescatarlo de su cautiverio”. Devuélvele a ese venido, ordené al mayordomo de Itapúa, su impertinente oficio, diciéndole de mi mandato que su frívolo papel, el estilo ridículamente altanero y su confusa escritura y mala tinta lo hacen incomprensible y despreciable. Di, mayordomo, a ese supuesto y seguramente falso enviado del Instituto de Francia, que aquí no admitimos la internación de personas que puedan ser sospechosas de alterar la seguridad, tranquilidad e independencia de esta República. ¿Qué es la ridícula especie con que se avanza el francés a pretender encubrir sus propósitos de venir a buscar en el Paraguay esa juntura o unión del río de las Amazonas con el de la Plata? Aún cuando la hubiese, que todo el mundo sabe que aquí no la hay, no se permitirá a estos naturalistas o desnaturalizados espías que bajo disfraz de científicos entren en nuestros territorios a observar, escudriñar y practicar otras cosas más de lo que declaran, manifiestan o aparentan, ocultando sus verdaderos fines. Demás de todo esto, ¿qué es eso de alegar el enviado del Instituto de Francia su ignorancia del español? ¿Qué cree que pueden hacer aquí los ignorantes? Si él no sabe nuestro idioma, el Gobierno tampoco está en la obligación de saber el suyo. Di pues a ese caballero Grandsire que aquí no hablamos francés y que el Gobierno del Paraguay no está dispuesto a pagar un intérprete para atender ni entender sus engañosas pretensiones, de modo que no sólo no será recibido sino que se le emplaza a poner los pies en polvorosa. Esto quiere decir, mi estimado mayordomo, que el nuevo espía o lo que fuere, debe marcharse de inmediato, no que lo quemes a cartuchos de pólvora, o sea que lo fusiles sin más, como estás acostumbrado a hacer con los intrusos de la otra orilla.

El compadre Amadeo sabe que yo hablo francés, pero a él se le escapan sólo por descuido esas frasecitas e interjecciones que los pedantes ponen adrede en sus escritos para aparentar que saben lo que no saben. ¿Cree usted que llegará a recoger aquí por lo menos unas seiscientas mil plantas? ¡Oh creo que oui oui, Monsieur le Dictateur si Dieu y Vuecencia me lo permiten! Oigo la risa fresca de don Amadeo. La tierra del Paraguay, Excelencia, es el cielo de las plantas; las tiene en mayor número aún que estrellas el firmamento y granos de arena los desiertos. He interrogado con perseverancia las capas de nuestro planeta. Las he abierto como las hojas de un libro donde los tres reinos de la naturaleza tienen sus archivos. En cada una de sus páginas, cada especie, antes de desaparecer, ha depositado su huella, su recuerdo. El hombre mismo, el último venido, ha dejado las pruebas de su antigua existencia. ¿Ha leído usted todas esas páginas, don Amadeo? ¡Imposible, Excelencia! ¡Llevaría millones de años y sólo estaríamos al comienzo! ¿Qué le parecen las páginas del Libro en el Paraguay? Aquí tengo que profundizar, Excelencia. Hurgar capa tras capa hasta lo más hondo. Leer de derecha a izquierda, del revés, del derecho,  hacia arriba, hacia abajo. No sólo eso, don Amadeo. Aquí debe leer estas páginas con una pasión desinteresada. Absolutamente desinteresada El que lograra esto iniciaría una especie única en este planeta. Conformados en lo que somos, no podemos saberlo ni adivinarlo siquiera. Tiene razón, Excelencia. Yo he recogido cerca de cien mil plantas y doce mil seiscientas especies, absolutamente ignoradas, de los tres reinos que en esta República son en extremo prolíficos y variados. Quisiera quedarme aquí, Monsieur le Dictateur, hasta el fin de mis días, si S.E. me da licencia. Por mí, don Amadeo, puede quedarse todo el tiempo que quiera. Aquí, la perpetuidad es nuestro negocio. Yo en lo mío. Usted en lo suyo. Pero él estaba enredado en una maraña de conspiraciones, asechanzas, astutas emboscadas de los enemigos del país. No digo que él se prestara a ser usado, sino que los falsarios mirmidones se aprestaban a usarlo de todos modos.

Es un gran error tanto en París como en Londres, dijo el propio Grandsire, pensar que el Dictador del Paraguay retiene a Bonpland por un motivo de enemistad personal contra él o por un capricho. No, señor, no es así, y sin la posición en extremo delicada en que se encuentra colocado el Dictador hacia las turbulentas repúblicas que le rodean; sin su vivo deseo de hacer respetar su país y ponerlo en libre comunicación con el resto del mundo, M.Bonpland no tendría que gemir, desde hace cinco años, en la cautividad que comparte con otros franceses, italianos, ingleses, alemanes y americanos que sufren la misma suerte. Por fin alguien entendía algo: Esos pocos particulares presos, aparte de los traidores y conspiradores, lo están en calidad de rehenes de la libertad de todo el pueblo. Es conocer muy poco el genio y el carácter del Dictador Supremo el creerle susceptible de ceder al temor, o a una amenaza, agrega Grandsire. Sí, señor; es conocerme muy poco. Si no, que lo diga el propio Bolívar, a quien ni siquiera contesté su nota, mezcla confusa de súplica, querella y amenaza. También Parish, el cónsul general del imperio británico en Buenos Aires, y otros aventureros menores que osaron meter las narices en el Paraguay, pueden decir algo sobre esto. Grandsire escribió al barón de Humboldt conceptos ciertos. En honor a la verdad debo decir, dice el francés, que por todo lo que veo aquí, los habitantes del Paraguay gozan desde hace 22 años de una paz perfecta, bajo una buena administración. El contraste es en todo sorprendente con los países que he cruzado hasta ahora.Se viaja por el Paraguay sin armas; las puertas de las casas apenas se cierran pues todo ladrón es castigado con pena de muerte, y aún los propietarios de la casa o de la comuna donde el pillaje sea cometido, están obligados a dar una indemnización. No se ven mendigos; todo el mundo trabaja. Los niños son educados a expensas del Estado. Casi todos los habitantes saben leer y escribir.(Omito su juicio sobre mi persona, pues aunque sean sinceros me molestan los elogios de particulares.) Este país puede llegar a ser un día de la mayor importancia para el comercio europeo.El Dictador está muy irritado por los vituperios que el gobierno de Buenos Aires esparce a su respecto en los periódicos europeos. Ayer he tenido ocasión de ver a un cultivador, vecino de Bonpland, con quien éste se encuentra todos los días. Afirma que aquel sigue muy bien, que posee tierras que le ha ofrecido el Dictador, que ejerce la medicina, que se ocupa de la destilación del alcohol de miel, y que continúa siempre con pasión recibiendo y describiendo plantas que aumentan sus colecciones de día en día.El “prisionero” Bonpland escribió a su colega, el botánico Delille: Estoy tan contento y vigoroso como me habéis conocido en Navarra y Malmaison. Aunque no tengo tanto dinero, soy amado y estimado por todo el mundo, lo que es para mí la verdadera riqueza.

Dejé que se llevara todo lo suyo, ganado, dinero, colecciones, papeles y libros, su fábrica de licores y aguardiente, su taller de car-pintería y aserradero, los enseres y camas de su hospital y maternidad. Los campesinos paraguayos acompañaron al francés hasta la frontera. Lo despidieron con cánticos, lamentaciones y vítores. El batallón de Itapúa escoltó la flotilla del viajero en el cruce del Paraná. La algarabía no cesó hasta que la multitud lo perdió de vista. Los de la escolta a su regreso refirieron que apenas pisó tierra del otro lado, le robaron cuatro caballos. ¡Cómo se ve que ya no estamos en el Paraguay!, contaron que dijo don Amadeo volviendo hacia nuestras costas los ojos arrasados de lágrimas. Descuido que aprovecharon los correntinos para robarle el resto de su caballada y equipaje.

Bonpland se marchó del Paraguay sin querer, a principios de febrero de 1831, adonde llegó diez años atrás. El delegado Ortellado, que lo tuvo bajo su protección durante todo este tiempo, cuenta que cuando se abrazaron y lloraron juntos a la hora de la separación, Bonpland le dijo: Vea, don Norberto, me trajeron a la fuerza. A la fuerza me voy.¡Pero no vaya a decir eso, don Amadeo! S.Md. sabe muy bien que si quiere quedarse nuestro Supremo no le negaría licencia de permanecer aquí. Este pobre Ortellado fue siempre un imbécil sensiblero. Bonpland le dio una lección: No, don Norberto. Le agradezco mucho sus palabras, pero sé muy bien que El Supremo es inexorable en su rigor como es implacable en su bondad. Cuando él no quiso, no hubo fuerza en el mundo que me arrancara de aquí. Ahora Él cree que debo marcharme, y tampoco hay fuerza en el mundo que vaya a revocar su decisión. Así fue, don Amadeo. Las páginas de esta tierra algo le enseñaron.

Hace diez años que sólo tengo vagas noticias de su persona y sus trabajos .Dejó el Paraguay poco tiempo después de la muerte del orgulloso Bolívar. Bonpland marchó al exilio en medio de las bendiciones y lágrimas de un pueblo que no era el suyo, pero que él hizo que lo fuese. Bolívar huyó al exilio en medio de sus retratos rotos por la multitud de un pueblo que era el suyo, que él liberó y que luego lo expulsó. Muerto también, olvidado, despreciado, el deán Gregorio Funes, agente y espía de Bolívar en el Plata. Cuando el Grimorio Fúnebre tanto instigó a Bolívar con la quimera de la invasión al Paraguay, le dije: Déjese de chanfainas, padre Grimorio. Se puede o no se puede. Usted sabe que lo que usted quiere no se puede. De todos modos, si ha de venir su Bolívar, sepa

que va a morir mucha gente, y es lástima que hombre tan principal y de muchos méritos se quede aquí a limpiarme los zapatos y ensillarme los caballos. Venga su paternidad a instalar aquí una empresa de pompas fúnebres que haga honor a su ilustre apellido y sepulcrales intenciones. Aquí hay muy buena madera para ataúdes y los mejores artesanos del mundo que le fabricarán primores de cajas. Le saldrán casi de balde y usted podrá venderlas al por mayor a los deudos porteños de los que vengan a querer pisar esta tierra sagrada, ¿me oye usted? ¡Sagrada! Si el negocio va bien, podría ampliarlo incluso a un tráfico de contrabando con las Desunidas Provincias. Los impuestos de alcabala, contribución fructuaria, los tributos de anata y demora, de remo y anclaje en el ramo de guerra, más el arancel a la exportación, no sumarían en total más de un 50 % sobre cada unidad puesta en destino. El transporte de los ataúdes podría efectuarse en flotillas boyantes o jangadas, lo que le ahorraría incluso, mi estimado deán Funes, los gastos de flete y alijo. Y no sólo esto. Las flotillas de ataúdes, convertidos en canoas, salvo los que ya vayan ocupados por sus dueños finados con honor en los campos de batalla, podrían conducir de pacotilla varios géneros de mercaderías del tamaño y peso de un hombre. No sé si me explico, reverendo deán, pero lo que digo es lo que quiero decir: Mediante este último expediente, el empresario de pompas fúnebres podría reembolsarse con los fletes cobrados por el transporte feretral... ¿Cómo? No, padre Grimorio, me oyó mal. No dije federal. Dije feretral. De féretro. ¡Vamos, con esta maldita costumbre mía de inventar o derivar palabras! Aunque lo feretral es hoy, con respecto a las Desunidas Provincias, verdadero sinónimo de federal, y no un bárbaro neologismo para designar una realidad imaginaria. Vuelta todavía más bárbara, funeraria e irreal por obra y gracia de hombres como usted, reverendo Grimorio Funes.

Murió el pobre Simón Bolívar en el destierro. Enterraron al intrigante deán, su agente y espía en el Plata. Entregaron a los gusanos, lectores neutros y neutrales de probos y de réprobos, el libro viejo y descosido de su malvada persona.

 

(Fragmento de Yo El Supremo

de Augusto Roa Bastos)

Fundación Augusto Roa Bastos

Conmemora los 40 años de la 1ª Edición De Yo El Supremo

y los 25 años del Premio Cervantes

 

 

 

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YO EL SUPREMO. Novela de AUGUSTO ROA BASTOS

Prólogo: ANTONIO CARMONA

Colección AUGUSTO ROA BASTOS Nº 5

Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2007 (461 páginas)

 

 

 

 

AGONÍA Y DELIRIO

Cuento de JAVIER VIVEROS



Lo encontramos tirado en el suelo, a un lado del largo caminito que apunta su sinuoso lomo, cargado de pisadas, hacia el bosque. Fernán Montanía y yo vimos algo llamativo entre las espesas malezas que se enmarañaban a la vera del sendero aquel, nos acercamos y fue allí donde lo hallamos. Estaba bocabajo y respiraba fatigosamente. Lo volteamos. Se encontraba inconciente y su rostro parecía haber sido congelado en el preciso instante de hallarse transido del mayor dolor.

 

Osmar Suriv sale de la bulliciosa taberna visiblemente ebrio, pues su andar es tambaleante y casi inocente de verticalidad. Su cabeza se halla completamente bajo el tiránico dominio del vino. A pesar de lo impreciso de sus pasos y de la enorme cantidad de alcohol a la que sirve de móvil vasija, Osmar va desandando poco a poco el camino a su casa.

 

Fernán y yo no sabíamos cómo actuar. Si no fuera por los pausados ascensos y descensos de su pecho ya hubiéramos llegado a la conclusión de que estaba muerto. Coloqué la parte externa de mi mano sobre su frente y percibí la alta temperatura de los infiernos de la fiebre. Decidimos llevarlo al médico. Lo levantamos. Acomodé sobre mi hombro su brazo derecho y Fernán puso el izquierdo sobre el suyo. Así fuimos trasladándolo de prisa.

Sus pasos ebrios hollan el camino silencioso e invadido por una soledad inmisericorde. Una cuadra más atrás, en la taberna moribunda, se oyen los gritos y risas de los parroquianos. Osmar camina despacio, su mano derecha presiona fuertemente el lado izquierdo de sus costillas; su rostro refleja dolor.

Ya eran cinco las cuadras que lo llevábamos cargando, faltaban dos para llegar a la casa del médico; la distancia parecía multiplicarse en momentos como aquel.

−¿Crees que sea grave?− pregunté a Fernán y éste me contestó con un movimiento de cabeza que en ese instante me fue imposible de traducir en afirmativo o negativo.

 

Su mano aprieta una herida de instrumento cortante que había obtenido en la sucia taberna que acababa de abandonar. Estuvo jugando a los naipes con otros parroquianos y uno de ellos lo acusó de haber hecho trampas. Osmar lo increpó negando la acusación, pero ya la mano del otro (también vasallo del alcohol) había extraído el pequeño puñal de su cintura y lo había asestado entre sus costillas antes de que los otros pudieran detenerlo.

 

Llegamos a la casa del médico. Presionamos repetida­mente el timbre al son de la desesperación. Por ventura fue él mismo quien nos abrió la puerta de su residencia, ingre­samos a la misma y depositamos al herido sobre un sofá. El médico se colocó las gafas y examinó cuidadosamente el sitio donde la herida abría su doliente boca.

Osmar abandona la taberna y el dolor hace mella en su espíritu. Siente que la muerte lo arrastra tras de sí, lo ator­menta el terror, el temor a morir y lucha por permanecer en pie, pero no lo consigue, cae entre las malezas provocando un mudo escándalo. No quiere perecer, se niega a hacerlo, quiere gritar antes de caer inconsciente.

−¡No quiero morir!− grita Pachí repentinamente. Con una amplia sonrisa el médico festeja la vuelta de su paciente desde los ignotos terrenos de la inconciencia. Luego lo tranquiliza, le alcanza un vaso de agua y una pastilla. Pachí la ingiere, con no poco trabajo. Fernán y yo lo contemplábamos silenciosos desde el umbral de la puerta. Mirábamos el insignificante algodón en su pierna; no quisimos entrar, pues sabíamos que esa picadura de serpiente lo había dejado con calentura y necesitaba descansar.


Tiempo después, el pequeño Pachí nos comentó que en su delirio febril soñaba que él era Osmar Suriv, el presumido hijo del licenciado, y que lo apuñalaban en una taberna durante un juego de truco. Nos preguntó (sin obtener respuesta) qué podría significar aquello de comandar (al menos en el delirio) el cuerpo de la persona que más aborrecía en el pueblo.

 

 

 

EL CLAVO

Cuento de ITA YOFFE



Estaba allí, como siempre, inmóvil, impávido. Sin embargo se sentía diferente. ¡Y como para no estarlo! Luego de tanto tiempo, de repente, fue sorpresivamente liberado de aquel peso. Sólo ahora de daba cuenta de cuan tremendo había sido.

Había estado tantos años soportando aquella carga que ya lo había olvidado que la tenía. Bueno, olvidar no, no se puede ignorar algo de tamaño porte, pero a fuerza de tener que aguantarla se fue acostumbrando, como que ya se le había vuelto normal convivir con ella.

Ese día alguien había llegado, y de un solo golpe le había quitado aquel cuadro de encima.

Viéndose así, libre, comenzó a percibir que el tiempo no había pasado en vano, estaba doblado y oxidado. No podía entender como sucedió el cambio.


Recordaba cuando había salido en la caja de la fábrica entre otros iguales a él, derecho, brillante, con la punta bien afilada. Había pasado por todos los test técnicos, no se doblaría al primer golpe.

El día que lo sacaron de la caja cumplió con su misión: entró en la pared derechito con tan sólo tres martillazos y sin romperla. Era de acero puro.

Luego le colgaron aquel cuadro. Nunca vio de quien era, claro, él sólo veía el papel que estaba detrás.

La arañita que le hacía compañía y había tejido una bonita tela entre el cuadro y la pared, sí lo había visto. Le contó que era de un hombre con uniforme, pero no sabía más. También, ¡qué podía entender ella, una pobre arañita! Tampoco los mosquitos, las moscas y otros bichitos que caían en la tela supieron decirle de quien se trataba. Eso sí todos coincidían en que el uniforme era muy bonito y el gorro también. Ahora de la cara en sí poco podían decirle, pero había unanimidad en que a ninguno de ellos le agradaba.

Una mosca impertinente, en una ocasión, le sugirió que se cayese y tirara aquel retrato.

Pero él no lo hizo, no era su función y resistió firme el peso durante todo ese tiempo.

Ahora se veía tal como era; caduco, enmohecido y doblegado. Quizá hubiese sido bueno haber seguido el consejo de la mosca.


Pensaba que sería de él ahora. Una posibilidad era que le colgaran otro retrato. Pero en su estado actual estaba seguro que no podría resistir tanto tiempo otra vez. Se rompería o se doblaría hasta tirar el cuadro, o se caería junto con él de la pared.

Otra posibilidad era un calendario con la foto de un bebé, o una linda chica semidesnuda o un paisaje. Si eso sí le gustaría: un calendario, pues no tendrían más remedio que cambiarlo una vez al año.

O tal vez lo quitaran de allí, lo dejarían descansar en un basurero del cual sería rescatado por un niño que lo acunaría en su bolsillo-

Las posibilidades eran infinitas, pero ahora disfrutaba de esa libertad recién adquirida. Estaba liviano y feliz.

Febrero 1989

 

 

 

 

 

 

ARTÍCULOS Y ENSAYOS

 

 

EXPECTATIVA DE VIDA

Ensayo de BIERA CUBILLA Z.



Vivimos en una sociedad competitiva, en la que importa el mejor promedio, el mejor perfil laboral, estudiar en una universidad prestigiosa, conseguir un trabajo estable y bien remunerado, competir entre géneros, orígenes sociales, razas, entre otras características. Competimos en el día a día para lograr aquello que nos hará feliz. El problema principal radica en que nos enfocamos tanto en el cómo durante nuestras vidas, que perdemos de vista el qué.

Hace unos días leí una frase en una de las redes sociales: “Hay quien espera toda la semana para que sea sábado, todo el año para que sea verano, toda la vida para ser feliz.”, y de pronto me tomó por sorpresa, no era una frase escogida al azar, es una frase que describe a la mayoría de las personas que conozco e inclusive, tristemente, me describe a mí.


Hay tanto que quiero hacer, alcanzar, lograr, vivir que no vivo o me olvido de hacerlo. Vivo en un país donde la méritocracia sigue siendo el antibiótico en el medioevo, es así; se encuentra a siglos de ser descubierta y evitar mayores desgracias. Desanima bastante el hecho de que personas menos formadas que uno mismo obtengan sustanciosos salarios no merecidos, o hechos simples y sencillos como no poder estudiar un Master en la universidad que yo elija en mi propio país, debido a que mis circunstancias me limitan a esperar que alguna beca me permita hacerlo.

Existe el eterno paradigma de: “dejo mi trabajo y me voy a ser un estudiante full time en el exterior”, que no es realista, ya que uno no debería de tener que elegir entre un derecho y una responsabilidad.

La competitividad existe y yo me estoy quedando atrás, vivo sin vivir, sin alcanzar mis metas que me tracé algunos años atrás. Mientras en un país primermundista mueren de estrés y problemas cardiacos por no descansar y trabajar y estudiar mucho, acá morimos de inanición, de sed de educación y ya no podemos seguir culpando de nuestra realidad al Dr. Francia ni al Mcal. López, ni al que haya estado de turno diez años atrás.

La culpable es esa cultura del “así nomás” de la que todos los doctos ofendidos se quejan en las redes sociales, como si fuera a cambiar algo. Todo se hace así nomás por acá: así nomás te medican, así nomás rendís un examen, así nomás conseguís favores por amigos de peso pesado, así nomás los perros hacen sus necesidades por la Avenida Carlos A. López y estás loca si te molesta, y así nomás circula la cloaca en todo el microcentro de Asunción, y así nomás no pasa el camión recolector a buscar la basura por días y así nomás me pasan los días y no puedo seguir un postgrado cuyos cálculos de pago son para petroleros en Dubái y probablemente deberían de cobrar en Dinar Kuwaití.

Son distintos los problemas de un país así y un país asá, pero caemos todos en el mismo problema, el eje central, el común denominador: vivimos sin vivir.

Las expectativas son altas, hay muchísima competencia, y el estrés no se acaba con un doctorado, el trabajo soñado, la casa ideal ni la familia perfecta; simplemente no se detiene ahí.

Podría afirmar que existe una generación que no se limita a las expectativas impuestas por la sociedad, sino que va más allá para auto infligirse más presión y más presión porque nada de lo que logra es suficiente.

Si uno lee un libro de autoayuda para tratar de entender ese síntoma de estresado masoquista, es simplemente un idiota con baja autoestima; si se inclina por la metafísica y la ley de la atracción e intenta ser agradecido por lo que aún no tiene, es un hippie optimista; si uno se vuelca a la religión o a la creencia en un dios, sea cual fuere, es un patético sin vida propia; dicho sea de otra forma, el remedio tiene un precio demasiado alto: ser juzgado por la sociedad.


Más de una persona con emociones aparentemente estables, afirma que no repara en las opiniones de los demás, pero si esto fuera cierto, el hombre sí sería una isla sin mayor preocupación. A todos en un grado menor o mayor le importa lo que la sociedad cree, espera y piensa de cada uno.

Todo aquello que alguna vez fue valorado por genera­ciones anteriores, yace hoy en el olvido entre otros valores arcaicos que se borraron con las nuevas tendencias; por mencionar algunas: el amor, sí ese sentimiento inexplica­ble que hoy es ciencia, química, olfato, producto de un momento espontáneo, algo reciclable, algo que se desecha, y listo. Leí otra frase en las redes sociales, respuesta de un matrimonio que duró más de 65 años hasta que uno de los dos partió de este mundo, cuando uno responde al cómo hicieron para durar tanto tiempo juntos, ella responde “vi­víamos en una época en la que las cosas no se desechaban, se arreglaban”. Esta es la generación del “reciclemos sen­timientos y agotemos los recursos no renovables”, irónico, ¿no? Luego, el tiempo de calidad invertido en familia. Me asusta observar a los integrantes de la sociedad elemental, sentados a la mesa, comiendo con el celular en la mano, con los auriculares puestos; padres haciendo de choferes a sus hijos sin el más mínimo tema de conversación, con la computadora prendida, frente a la televisión y simple­mente ya no hay tiempo para hablar de nada. Otro tiempo perdido, es el tiempo de calidad invertido en uno mismo, ese que nos da la oportunidad de aclarar nuestros pensa­mientos, nuestras ideas, relajarnos, sacarnos los zapatos y conectarnos con la tierra madre o la madre tierra; ese tiempo que nos relaja y nos evita la muerte súbita.

El tiempo así como lo conocíamos ya no existe, sino ese tiempo que pasa volando, esa queja de “ya es lunes otra vez”, esa protesta de “ya van a ser las doce y todavía no duermo”, ese tiempo desaprovechado que lleva a más gente a ingerir químicos para poder soñar y más químicos para poder despertar. “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.”, afirmó años atrás Albert Einstein y temo que ya es verdad.

Nos pasan los años, si tenemos suerte llenamos las expectativas: un buen trabajo en una buena empresa, una casa más que cómoda, un vehículo del año, un buen cón­yuge, hijos en una escuela de prestigio y más bla bla bla, y aún no somos felices. Y todo lo mencionado se engloba en una sola cuestión ¿qué es aquello que nos hace felices?

Es tan simple la pregunta, es tan compleja la respuesta, si me preguntan cuál es mi número de cédula, lo digo rápi­damente; pero si me preguntan qué me hace feliz, me toma unos segundos responder. Lo que esencialmente me hace feliz, lo tengo reservado para después, para después de fin de año, para cuando tenga más dinero, para cuando esté en un estado satisfactorio en mi relación, para cuando alcan­ce un mejor nivel académico, para cuando sepa un nuevo idioma, y así se pasa la vida, vacía y cargada de nada.

En una típica película hollywoodense mencionaron una frase: “para escribir bien, debes escribir lo que sabes”, y es irónico, sé qué me hace feliz pero no me doy el tiempo de serlo a tiempo completo. “La felicidad se compone de pequeños momentos”. Mentira. Si la felicidad fuera solo una unión de pequeños momentos aislados en un promedio de setenta años de vida, el índice de suicidio se duplicaría o triplicaría.

A mí me hace feliz escribir, me da felicidad leer libros que no necesariamente sean taquilleros, me gustan películas cómicas de las que no puedo sacar una mayor enseñanza que “la risa es el remedio infalible” (gracias Selecciones).Me emociona comprar un ejemplar de la mencionada revista, que creo que es más variada y rica culturalmente que cualquier revista de publicación científica. No tengo un gusto determinado de música y definitivamente no encajo en el perfil de mi carrera, las “cosas” más triviales me encantan. Amo la ciudad de Nueva York y todo lo que tenga que ver con ella, vería la serie Friends una y otra vez sin cansarme, subir al avión me emociona y reparo en los más mínimos detalles cuando viajo. Creo que la fotografía es arte pero más importante, es una forma de plasmar un lugar, un momento, una compañía que significó bastante en un momento determinado de nuestras vidas. Comería pastas cada día de mi vida y jamás podría cansarme, odio correr y amo caminar, y me emociona hojear revistas y enterarme qué hay de nuevo en la farándula internacional. No veo películas independientes, a no ser que sean exquisitas, no escucho música de Sabina y no leo mucha poesía por placer, exceptuando a Amado Nervo.


Podría interpretarse que todo esto termina siendo un escrito de autoayuda con una pizca de chismógrafo de secundaria, pero no, no lo es. Es parte de quién soy y de lo que me hace feliz. Ahora la cuestión es: ¿sabemos todos, aquello que nos hace feliz?, y ¿nos damos el tiempo para serlo?

Si no nos damos el tiempo de ser felices, a pesar de las expectativas, a pesar de la rutina, del horario, del tráfico, la contaminación, el clima, los asaltos y la falta de becas reales para personas comunes, entonces estaremos posponiendo nuestras vidas para mañana, sin temer que tal vez, hoy sea el último ayer, y hoy, “ayer”, fue el último mañana.

 

 

 

 

MANCUELLO Y LA PERDIZ

EN LA NARRATIVA PARAGUAYA CONTEMPORÁNEA

Ensayo de JOSÉ VICENTE PEIRÓ



Aunque esta novela de Carlos Villagra Marsal puede dar cuenta del anacronismo temático en que se encuentra la narrativa paraguaya en 1965 en relación con las corrientes vigentes en el resto de la literatura hispanoamericana, posee un carácter innovador en el contexto literario del Paraguay. Si examinamos las obras que se habían publicado hasta esa fecha dentro de las fronteras del país, es patente el predominio de la perspectiva del realismo objetivo y del naturalismo decimonónicos, salvo algunas excepciones como Los cuervos de Icaria, donde la narración queda sometida a la fotografía de lo ocurrido y a la presencia de aspectos de la sociedad. La leyenda oral se reproducía con una intención folklórica,

de afirmación nacional, sin recreación posible en una variante plenamente literaria culta. Mancuello y la perdiz se debate en la lucha entre regionalismo y universalidad ante esta tesitura. Afirma la corriente nativista narcisista que evade toda alusión al entorno humano y social por la vía del exotismo o del irrealismo, rompiendo por medio del lirismo con la vertiente tradicional costumbrista que soslaya el planteamiento crítico de los hechos focalizados con perspectiva realista, acontecimiento inusual en la narrativa paraguaya hasta la época.

El caso de Gabriel Casaccia es significativo en este sentido. Compone sus obras entre 1928 y 1980, el año de su fallecimiento, y junto a Roa Bastos se le considera como el gran innovador de la novela en Paraguay, y quien la hizo evolucionar hasta presupuestos estéticos más actualizados a la modernidad. Sin embargo, Casaccia reconoce que fue muy influido por Dostoievski, Pío Baroja y en los monólogos interiores por Proust1. En 1965 las influencias que reciben los autores paraguayos no están acordes con las innovaciones de la literatura hispanoamericana de esos años. Así, las nuevas vertientes y procedimientos narrativos de este siglo van llegando a la narrativa paraguaya con bastante retraso, lo que no tiene que ver con la calidad intrínseca de las obras. La escasa sedimentación literaria del país y su autarquía cultural, la mediterraneidad tan aludida, es un hecho constatable. Sin embargo, retraso no debe de tener connotaciones peyorativas, porque es necesario situar cada hecho literario en el contexto en que se produce.

Mancuello y la perdiz nace aproximadamente tres años después que La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y que Rayuela de Julio Cortázar. En 1965 Borges era una figura cultural universal; Juan Rulfo había escrito Pedro Páramo diez años antes; y sólo dos años después Gabriel García Márquez publica su obra maestra Cien años de soledad. Estamos en el contexto del boom hispanoamericano, mientras en Paraguay se están escribiendo las primeras novelas modernas. El virtual anacronismo, acorde con la situación real de la narrativa del país en esta época, es evidente cuando observamos que algunos de los procedimientos de la obra, innovadores en la narrativa paraguaya, se corresponden y aparecen en novelas del primer tercio y mitad del siglo XX, empleados por Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra, Rómulo Gallegos y Ciro Alegría, entre otros autores.

Pero situando Mancuello y la perdiz en el contexto del país en que nace, en 1965 no habían sido fijados demasiados relatos del folklore paraguayo con cuidado literario. No se puede considerar un trabajo lírico como el de Villagra las fijaciones textuales de Narciso R. Colman, entre otros: eran transcripciones testimoniales más etnológicas que literarias. Carlos Villagra Marsal busca la estructura narrativa ordenada, y atestigua su voluntad de autoría, de recreación personal y no simplemente de reproducción literal de lo folklórico. Proyecta la palabra guaraní en el discurso e indaga en la experimentación en búsqueda de su inserción en el texto, superando la forma en que anteriormente lo habían hecho en sus relatos otros escritores paraguayos como Julio Correa, Augusto Roa Bastos y Natalicio González, por citar algunos ejemplos. Horacio Quiroga y Roa Bastos incluían una explicación del significado del término guaraní. Villagra profundiza en estos procedimientos, pero también juega con la reversión del habla paraguaya mezclando los significados guaraníes con significantes castellanos, hasta producir la ruptura del significado literal original que recupera la esencia de las palabras que crean un nuevo concepto en una lengua polisintética y aglutinante a la vez como es el guaraní, como respuesta a la subyugación de la palabra guaraní al discurso en castellano de las obras de dichos autores. Así, Mancuello y la perdiz transmite la palabra oral y viva, como José María Arguedas en Perú, en el campo de la narración que se inspira en lo popular. Transforma la épica popular del patrimonio colectivo del pueblo paraguayo en hecho literario personal, reclamando así el status del subjetivismo para la leyenda donde no existe el ego del escritor, sino el imaginario colectivo. Así, si la novela hispanoamericana de la tierra entró en definitiva decadencia después de Rómulo Gallegos, el escenario rural sigue presente en la narrativa posterior a la novela criolla, sobre todo en la novela indigenista, con Icaza y Ciro Alegría, y luego con Asturias y Arguedas, y en Paraguay, Mancuello y la perdiz es un ejemplo de la preponderancia de lo rural sobre lo urbano en la narrativa nacional de los años sesenta; una carta de identificación del estado de una nación donde pugnaban por un espacio el campo y la ciudad.

El autor sublima el relato tradicional y le da una adaptación culta desconocida entonces en la narrativa paraguaya, con la excepción de algunas incursiones de Teresa Lamas, Goycoechea Menéndez y otros. Pero no por ello abandona y deja de profundizar en el discurso y en la palabra del pueblo, aunque transgreda las normas de verosimilitud en la adecuación del lenguaje poético a los personajes. En este sentido, Carlos Villagra aporta elementos nuevos a la narrativa paraguaya, y no sólo lingüísticos. Consolida la estructura simétrica ordenada en la narración, inexistente hasta Gabriel Casaccia, y advierte a sus contemporáneos de la posibilidad de encontrar argumentos válidos para la obra culta en la rica tradición oral del Paraguay. Si por un lado Mancuello y la perdiz atestigua la carencia de actualización técnica y la limitación temática al mundo local de la narrativa paraguaya, por otro supone intrafronteras un paso hacia la consolidación de la idea de la necesidad de encontrar nuevas vertientes formales de expresión que rompan con el realismo objetivo, que comenzarán a expandirse durante los años ochenta. Así, la obra supone algo más que la recuperación de un relato folklórico: es la reivindicación de la búsqueda de nuevos procedimientos que ayuden a superar el aislamiento de la narrativa paraguaya partiendo desde el nativismo y la reivindicación de la cultura popular.


Por tanto, la labor de Carlos Villagra Marsal, tanto la editorial como la de autor, confirma el gran trabajo de un hombre que ha dedicado su vida a la literatura en un círculo cerrado para ella como es el Paraguay. Aunque sus novedades se restringen al ámbito de la narrativa de su país, la experimentación con la palabra viva anuncia la presunción de la necesidad de buscar nuevas formas de expresión autóctonas. Es una aportación que se sitúa como centro de tránsito hacia la necesaria renovación de la narrativa paraguaya que se gestará unos años después.



1 El monólogo interior de los personajes se perpetúa en Paraguay en las obras de Casaccia. Antes sólo hubo aproximaciones aisladas.

 

 

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“FLORES ES UN PRÓCER CULTURAL”

IMPORTANTE EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

Ensayo de GENARO RIERA HUNTER



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Se dice, la globalización nos hace bien, el asunto es si hace bien a los demás. Si la globalización acorta distancia y busca comprimir el tiempo convirtiendo al mismo en instante, porque no traería problemas si de este modo cualquiera se hace proj(x)imo?. Esto significa que el espacio vital se encuentra en peligro.El otro se convierte entonces en lo que antes no era, una amenaza. La tensión de agresividad aumenta al estar el otro en un lugar tan semejante, tan idéntico.

 

2

La Guarania coloca una demarcación, localiza una comunidad, demarca un interés a un grupo, encuadra su sendito de goce. Así por ejemplo el compositor de Kaaty mostró con un realismo agudo la relación del arte con una problemática social local, denuncia las condiciones de vida del “mensú” (el trabajador de los yerbales).La identificación fue inmediata.

La Guarania fue un intento de acabar con el colonialismo al enfatizar los sentimientos locales con una escritura correcta como es bien sabido. Lo que quiere decir que la oposición a la universalización, al uni-verso, siempre implicará asumir y escribir goces locales.

 

3

Al presentarse esta tendencia a la homogenización y que va borrando a las particularidades del sujeto no va existiendo posibilidades para los intereses diversificados y esto va explicándonos porque es tan difícil mantener viva la democracia en un mundo tan globalizado.

En el empuje hacia la lengua única son vidas las que van quedando segregadas, que puede incluir a toda una nación. El empuje a los todos iguales y globales desata reacciones reingreso que siempre y necesariamente se hacen de forma violenta. Las reintegraciones para realizar las particularidades se hacen por marcas de acciones violentas.

El arte y en particular la Guarania es uno de los instrumentos de singularización que nuestra cultura dispone. Es un recurso que contrarresta violencia: el

goce con la pura destrucción; es un medio de expresión de los goces por vía simbólica que neutralizan descargas directas e inmediatas del mismo. El arte en general y la Guarania en particular es una mediación simbólica para el goce. Sustenta nuestra Guarania una ficción de goce que se hace local y la representa. Pero para ello, en la era de la globalización, se requiere un lugar para la expresión particularizada.

 

4

Como bien lo ha señalado ya hace algún tiempo, 2004 , Erenia López “Flores es un Prócer Cultural” porque ter­mina con la tradicional conquista el Otro usurpador, lo que implica poder subjetivar una satisfacción propia. El géne­ro inventado es una formalización del sentimiento local.

Si la globalización apunta a cantar un solo verso no por eso, significa, que camina hacia un mas de amor, pues la inseguridad y la inestabilidad recrudece y la defensa es atacar. Borrar espacios es imponer Ley única, cada espacio tiene sus satisfacciones y sus leyes.

 

5

Las Políticas de Salud Mental Nacional tienen en este Prócer un modelo claro que ubica que se es mas feliz cuando existe la posibilidad de aislar un tipo de goce local -por lo tanto no global- y particular - por lo tanto no universal. Esta lógica contrarresta la violencia. Es

por esto que hemos apuntado, hace ocho años o más, en el Suplemento Cultural del diario ABC, basándonos en algunas posiciones freudianas, que la prevención de la violencia pasa por la vía de las elaboraciones del arte, y ahora me parece por la Guarania más específicamente. Así hemos planteado la fórmula: Prevención por el arte.

 

 

 

 

UN AÑO, CUATRO SIGLOS - PARTE 2

BREVE RECORRIDO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE ENCARNACIÓN A 400 AÑOS DE LA FUNDACIÓN

Ensayo de JULIO SOTELO


 

 

DE ANTIGUO PUEBLO JESUÍTICO DE ITAPÚA SE ELEVA

A LA CATEGORÍA DE VILLA ENCARNACIÓN

 

Para dinamizar el desarrollo y hacer del pueblo una población comercial, los cónsules Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso por medio de un Decreto del 8 de abril de 1843 lo elevaron a la categoría de Villa y, por Decreto del 24 de abril del mismo año dispusieron que la población nativa se traslade a 7 leguas más abajo a orilla del Paraná y Tacuary, en el paraje llamado Tupä Ray lo que hoy es Carmen del Paraná y la Villa Encarnación poblaron con gente traída de la capital.

La nueva población de Villa Encarnación debió encarar un especial régimen de organización. Se distribuyeron tierras urbanas en solares de 50 X 50 varas, entregándose hasta tres fracciones a “pobladores laboriosos”. Los límites del poblado se fijaron entre los de Jesús y Carmen del Paraná.

Un inventario de 1840 lo describe como “una acera de casa de 12 lances cubierta de tejas, siendo la mitad de palma en regular estado y contiene 43 cuartos para oficiales”. Había también otra acera de casas de 12 lances pajizos y baños comunes.

El pueblo de Encarnación, en principio, urbanísti­camente no era como las ciudades romanas que mostra­ban damero elemental regido por dos grandes vías (Car­dús-Dacumanus).Algunas ciudades medievales (siglos XII – XV), ofrecían una cuadrícula fundamental. A nuestra ciudad llega a partir de las leyes de Indias, aproximada­mente (1850-1853).

Damero esencialmente artificial, responde a una simple valorización de la tierra, la divide en lotes iguales. Caracterizado por su simplicidad y facilidad de orientación. Es monótona y con muchos cruces. Aumenta en 41 % recorridos teóricos. El reparto de tierras urbanas en el nuevo poblado de Encarnación motivó sucesivos trabajos de mensura y en 1849 se solicita a Juan de la Cruz Goiburú

la razón de los sitios ocupados y vacíos pertenecientes al Estado, lo que da origen al primer plano del nuevo pueblo.

Nuevos relevamientos efectuados en 1861 sobre manzanas y loteos demuestran la total anarquía en el crecimiento del pueblo y la necesidad de una rectificación y nuevo amanzanamiento prescindiendo de los recorridos de las antiguas calles del período pos jesuítico. Esto demuestra también la superposición del nuevo pueblo con el antiguo casco residual de la misión jesuítica y aún en 1863 se menciona el “Oratorio pequeño contiguo al Cuartel del Colegio”.

Por Ley 28 de junio de 1872, los éjidos se dividen en lotes con dimensión estipulada. Esta experiencia urbana es sumamente interesante, muestra que pese al ajustado control por parte de las autoridades, la espontaneidad de crecimiento y subdivisión interna del loteo, signan el desarrollo urbano aun avanzando el siglo XIX en una población nuevamente retrasada.

En los primeros años del Siglo XIX, Villa Encarnación fue un núcleo urbano diseñado en función de una misión militar y de poblamiento. Las características iniciales eran de una urbe cansina y bucólica.

Pero a fines del siglo XIX y principio del XX cambió la característica aldeana de la Villa porque empiezan a llegar los primeros inmigrantes europeos, y con ellos comerciantes, médicos, agricultores, técnicos, zapateros, panaderos, decoradores, constructores y otros profesionales y artesanos.

Ese gran flujo migratorio trajo consigo un mosaico humano que sumó su aporte a la conformación de una sociedad nueva. Los pobladores adquirieron un refinamiento cultural apreciable. Los encarnacenos pronto adoptaron costumbres distintas

El auge comercial permitió a la gente acumular riqueza que le permitió realizar fastuosas construcciones que le daba un aire europeo. Además de sus bienes inmobiliarios y enseres domésticos al estilo del viejo mundo.

 

COMIENZA UN PERÍODO DE GRAN DESARROLLO DE LA ENTONCES VILLA ENCARNACIÓN

Con la llegada de los inmigrantes del exterior e interior, se constituyen las primeras familias que darían la identidad social y una característica edilicia incipiente. La presencia de extranjeros se debió a la gran facilidad de obtener tierras para asentarse y producir cultivando o extrayendo la riqueza forestal.

Al finalizar la guerra contra la Triple Alianza, varios contingentes de colonos de origen europeos se establecieron en el país. En 1871 fue creada una Oficina de Inmigración para la atención de los que llegaban al Paraguay.

Hacia el año 1880, la población rural abandona la agricultura de subsistencia en pequeñas parcelas de tierra que poseían para pasar a constituir el creciente contingente de trabajadores temporales en los obrajes yerbateros, madereros y en la ganadería extensiva de los grandes latifundistas. Se inicia una fase de producción meramente extractiva basada en la yerba mate, los recursos forestales y la ganadería. Comienza la época de los mensús.

Los primeros extranjeros que llegaron y se instalaron a Villa Encarnación fueron: Domingo Barthe, sus hermanos Juan Bautista y Aníbal que vinieron de la región vasca francesa. Luego, los Bado, originario de Entre Ríos, Argentina, los Yunis de origen Sirio-Otomano, los Codas, que en principio - alrededor de 1850 - llegaron al país y se instalaron en la región del Guairá, al igual que los Decamilli, pero después, algunas de estas familias migraron a Encarnación.

Otras familias que se radicaron en esta ciudad a fines del siglo XIX, Lizzadro, de Uriarte, Clérici, Dioverti, Sténico, Grenno, Uslenghi, Perret, Viré, Pagliera, Perasso, Vega, Brun, Bertoni, Closs, Reverchon y Coppens.(Barón Alfredo – fue intendente de Encarnación).Entre los paraguayos que migraron de otros lugares del país estaban los Romero Pereira, Flecha, Isasi, Pérez.

Años después, los primeros alemanes que se afincaron en la zona de Hohenau, entre ellos; Reverchon, Enler, Jaeger, Gutman, Closs, Schultz, Stroessner, entre otros, se trasladaron para radicarse en los alrededores del lugar que en la actualidad se conoce como barrio Hospital.

Apellidos de familias tradicionales que constituían la comunidad de Villa Encarnación a fines del siglo XIX; Mallorquín, Barboza, Irrazábal, Alonso, Rojas, Machaín, Marinoni, Castoarience, Lagravé, González Almada, Porto, Oro, Arias, Ayala, Bernabé, Muñoz, Ojeda, Céspedes, Gamón, Rivarola, Quintana, Godoy, Rizo, Galeano, Zabala, Maidana, Solís, Fernández, Olivera, García, Chaparro, Valdez, Kernotch, Fikmaurice, Zaldivar, Campos, Paredes, Brítez, Ortellado, Ferrer, Muniagurria, Khöeler, Baumister, Valle, Guimaraes, Chistrín, Bencivenga, Cabral, Mayol, Rodríguez, entre otros. El núcleo de estas familias por ascendencias europeas y parientes asuncenos se autocalificaban “selectas”.

 

EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO XX, ENCARNACIÓN ADQUIERE CATEGORÍA DE CIUDAD

Fue declarada ciudad el 25 de agosto de 1906, mediante una Ley de la Nación con el nombre de “Ley sobre división territorial de la República”, promulgada por el Dr.Cecilio Báez, presidente de la República.

A fines del siglo XIX y principio del XX cambió la característica aldeana de la Villa por influencia de los primeros inmigrantes europeos, y con ellos comerciantes, médicos, agricultores, técnicos, zapateros, panaderos, decoradores, constructores y otros profesionales y artesanos.

Ese gran flujo migratorio trajo consigo un mosaico humano que sumó su aporte a la conformación de una sociedad nueva.El auge comercial hizo que varios pobladores acumularan riqueza de manera acelerada que permitió realizar construcciones de estilo europeo.

Además de sus bienes inmobiliarios y enseres domésticos al estilo del viejo mundo, los pobladores adquirieron un refinamiento cultural apreciable que pronto impactó en la costumbre general.

Las construcciones que empezaban a engalanar la ciudad se realizaron con aporte artístico de los maestros constructores provenientes de Italia, Francia y España. Los edificios tenían gruesas paredes y adornadas, dieron a la Villa un aire de ciudad, sin afectar el carácter coloquial que caracterizó siempre a Encarnación.

La ciudad comenzó a tener una característica europeizante con las casas de fachadas cargadas de arte. La elegancia y el buen gusto en el vestir era uno de los fuertes de hombres y mujeres. Normal era ver a las damas de las familias acaudalas sentarse en sus balcones con sus abanicos en manos.

Las clases más adineradas sucumbieron ante la fiebre de demostrar su condición económica, de salir de ese común denominador determinado por la arquitectura, reemplazando a las primitivas construcciones de aleros o corredores y aparecen algunos balcones, lunetas capiteles, guirnaldas y balaustres. Se da mayor importancia a las fachadas que mostraban cada vez más creaciones artísticas. Se introdujeron elementos, con fines decorativos, como el mármol y el hierro forjado.

Las primeras construcciones de las casas de techo de dos aguas de la primera mitad del Siglo XIX iban desapareciendo paulatinamente para dar paso a una

incipiente personalidad edilicia. La prosperidad hizo que Villa Encarnación comenzara a tener un ambiente de casa grande. El comienzo del siglo XX transformó su perfil urbanístico. De aldea se convirtió en una de las ciudades más importantes. En todo el país se hablaba del éxito económico alcanzado que configuró su perfil de ciudad.

Fue declarada como CIUDAD propiamente por una ley de la Nación con el nombre de Ley sobre división territorial de la República, sancionada el 23 de agosto de 1906, siendo José Segundo Decoud, presidente de la Cámara de Senadores; Gregorio M.Morales, secretario. Por la Cámara de Diputados firmaron esta ley, Pedro Miranda, siendo el secretario Federico Chirife. Dos días después, el 25 de agosto, el Dr. Cecilio Báez, presidente de la República, promulga dicha ley refrendada por los Ministros Adolfo R. Soler y Manuel Benítez.

 

LA ZONA DEL PUERTO ERA EL PRINCIPAL CENTRO  DE LA ACTIVIDAD DE LA POBLACIÓN

 

El nuevo siglo encontró a la ciudad

en una etapa que pretendía ser constructiva en todos los órdenes.

Encarnación se mostraba floreciente.

 

Desde el muelle partían o llegaban grandes barcos de cargas y pasajeros, así también vaporcitos y las lanchi­tas a nafta que se trasladaban a Posadas con paseras que llevaban producto para comercializar y a la vuelta traían provistas. El puerto era un mercado abierto donde se ofer­taban desde alimentos, tabaco en hoja con la que se ma­nufacturaba cigarro poguazú y cigarro poí y cualquier otro producto cuyo precio estaba sujeto a regateo. El tráfico era fluido todos los días sin interrupciones por medio de las numerosas embarcaciones que cruzaban el río Paraná en pocos minutos. La facilidad en las comunicaciones con­tribuyó a ese entusiasmo de relaciones entre los vecinos.

Es difícil de precisar la cantidad de habitantes que pudo haber tenido a principio del siglo, pero por referencia y estimativamente había 10.000 habitantes. La población del país alcanzaba los 635.571 habitantes, o sea que en los últimos treinta años posteriores a la Guerra contra la Triple Alianza se había quintuplicado.

Los días finales del año 1.899 hace suponer que el verano caliente imponía el traje blanco en los hombres y en las mujeres la blusa de typoi a medio seno y pollera acampanada y larga de percales y rasos importados, comprados a vendedores ambulantes, los famosos “turcos” que con su valija de emigrante cargada de mercadería barata, ofreciendo a su venta en la cercanía del puerto, en camino hacía el Alto Paraná para cumplir con sus tareas de macateros.

Siendo un pueblo de frontera con una población heterogénea y activo comercio, Encarnación no se caracterizó por demasiada violencia. La población dividida propiamente en dos: la comercial, ubicada en la sección del puerto mismo, y la otra, situada sobre las faldas de una espléndida colina, distante del puerto unos dos kilómetros.

Aparte de intendente y concejales había dos o tres jueces, un mayor que comandaba el destacamento militar, la policía y algunos empleados de Hacienda y el Registro Civil. Mayor influencia poseían los terratenientes y grandes estancieros que compraban los servicios de autoridades administrativas y judiciales. Funcionaban en la ciudad el Colegio Nacional hasta el tercer curso y una de primaria. De la escuela primaria era director Cantalicio González Almada.

En las grandes fiestas patrias, nacionales o argentinas, que se celebraban en una u otra ciudad, la concurrencia no se limitaba ya a las principales familias sino que en masa el pueblo tomaba parte con verdadera fraternidad en las diversiones sociales, íntimas o populares.

La Aduana, después de la Capital, era la que más producía con sus recaudaciones al Tesoro Nacional, la exportación de todos los productos de los obrajes del Alto Paraná debía ser controlada por esta Aduana, que percibía los derechos respectivos.

 

del libro 22 de Septiembre FBC, un siglo en la historia

 

 

 

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CANGÓ O GRAL. ARTIGAS

¿POR QUÉ LOS CAMBIOS DE NOMBRE?

Ensayo de  Lic. LINO TRINIDAD SANABRIA



Se llama originalmente Kango (Cangó), un pueblo enclavado en un lugar pintoresco, Sur del Dpto.de Itapúa, sobre la vía férrea, Asunción-Encarnación.En esa zona estaban los dominios del Gran Cacique Guaraní conocido con el nombre de Kango. Como un homenaje a ese líder indígena, el pueblo ahí fundado en el año 1789, se llamó Kango desde un principio. Pero, por esa tendencia muy nuestra de privilegiar lo foráneo antes que preservar lo nuestro, en el año 1942 se le cambió el nombre por el de “Gral.José Gervasio Artigas”, después de haber ostentado orgullosamente el poderoso nombre de “Kango” durante 153 años.

Qué ocurrió para que se operara ese lamentable cam­bio?. Bueno, lamentable para los que sentimos respeto por la memoria de nuestros ancestros, para los que percibimos

el valor de una identidad, para los que queremos preser­var nuestras tradiciones, para los que sabemos que sin estos valores, nuestra nacionalidad no tendría sustento y nuestra sociedad no sería sino un conglomerado amorfo e híbrido. Veamos: En el año 1942 (Presidencia del Gral. Higinio Mo­rínigo), el Gobierno del Uruguay, construyó en Kango el local Municipal, la entonces Escuela Normal de Profeso­res Nº 8 y la Iglesia Parroquial. En respuesta a ese apor­te del Gobierno Uruguayo, el nuestro cambia oficialmen­te el nombre de Kango por el del Prócer Uruguayo; pero el homenaje paraguayo siguió con otras manifestaciones. Aquella Escuela Normal, hoy ya no existe, pero funciona en la ciudad el Colegio Nacional República Oriental del Uru­guay.Hay también hoy una Escuela Pública Primaria que lleva el nombre de “Gral. Artigas”.

El homenaje no termina aún: Frente a la Iglesia Parro­quial, sobre un lujoso pedestal, está colocado un busto de bronce del Gral. Artigas.Como contrapartida de los citados homenajes al Prócer Uruguayo, en la entrada a la zona urba­na, sobre la ruta de acceso a la ciudad, con una rústica base, está colocado un humilde y rudimentario busto de cerámica de Kango, poderoso conductor de la comunidad étnica que otrora fuera legítima dueña de las tierras de esa comarca.

Entendemos que por cortesía diplomática, podemos ren­dir homenajes a próceres u otras personalidades culturales extranjeras, como hacen todos los países del mundo, espe­cialmente si hemos recibido alguna ayuda importante del país amigo o de la persona amiga. Sin embargo, creemos que los reconocimientos oficiales que otorgamos, no deben ser en detrimento de lo nuestro.


Sin entrar a analizar en este caso los méritos del Gral.Artigas hacia el Paraguay ni los merecimientos de nuestro líder indígena citado, creemos que es injusto desde todo punto de vista, el cambio del nombre original de un pueblo o ciudad de nuestro país por el de una persona extranjera, por más mérito que tenga ella en su país de origen ni por más benefactora que haya sido para el nuestro.

Los paraguayos actuamos con mucha ingratitud con nuestros líderes indígenas, en este aspecto, y con un culpo­so desprecio de la importancia de los nombres topónimos y, por ello, creemos que vale la pena hoy que iniciemos ya una campaña de concienciación para que del Parlamento Nacional surja una Ley específica en virtud de la cual se restituya sus denominaciones originales a los pueblos, ciu­dades, etc., siempre que permanezcan esas denominaciones en la memoria colectiva.Restituir sin sustituir los nombres actuales, de tal forma que las localidades afectadas ostenten dos nombres, en consonancia con la condición oficial bilin­güe de nuestro país, pasando a denominarse, por ejemplo: “Kango o Gral.Artigas”, “Takuru puku o Hernandarias”, “Ka’i Puente o Cnel.Bogado”, “Tavapy o Roque Gonzá­lez”, “Karajao o Cecilio Báez”, por mencionar algunos.No olvidemos, de paso, que la ciudad de Asunción debe ser una de las pocas capitales del mundo, si no es la única, que conserva su nombre original autóctono.Sin excepción, los compatriotas de tierra adentro no dicen “Aháta Asun­ción-pe”, sino que dicen: “Aháta Paraguaýpe”.

Asunción, 24 de Agosto de 2007.Día del Idioma  Guaraní)

 

 

 

CRÍTICA LITERARIA

 

 

LA NARRATIVA DE RUBÉN ALONSO ORTIZ

Texto de JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

 

Rubén Alonso Ortiz es un escritor paraguayo emigrado a Córdoba (Argentina) después de la contienda civil de 1947.Bastante conocido en la región donde habita, y siendo uno de los pocos autores paraguayos que ha logrado publicar en España, en 1986 editó la obra Cuentos que, como en el caso de los relatos de Hugo Rodríguez Alcalá o Helio Vera, se inspira en el recuerdo de mundos familiares perdidos en el tiempo, entre la magia y la realidad. La memoria permite conservar los escenarios de los que partirán como ramificaciones todos los argumentos. Son relatos temporalmente muy lineales, aunque suelen disponer de un comienzo in media res, y de estilo sintético, en ocasiones próximos al realismo mágico por la potencia del elemento fantástico, y en otras a la narración de la violencia, puesto que la muerte está presente como un elemento recurrente en la mayor parte de los relatos.

Escritos con corrección de estilo, poseen una lectura interesante y atractiva, por no hablar de reflexiva en algunos conceptos como los sentimientos humanos. Uno de los más interesantes es “Dulce savia de la medianoche”. Bien podría servir como ejemplo de su concepción genérica del cuento del autor. Se trata de una historia rememorativa donde con un punto de vista retrospectivo se recoge un episodio tratado como si fuese autobiográfico. Este cuento es la historia de la trasterrada Olga Wolf, quien acaba heredando las ruinas del negocio de su padre. Pero cuando el relato parece que tiene exclusivamente un carácter realista, asoma un elemento fantástico que da explicación a la historia contada. El comienzo in media res y el borgismo en el tratamiento de lo fantástico, donde se confunden lo irreal y lo real lo muestran como un paradigma del cuento del autor.

Los elementos naturales asociados al misterio y la magia están presentes. El fuego, creador y destructor, es motivo recurrente. En “Devoción por el fuego” un narrador obsesionado por el fuego hasta en los sueños explica intrínsecamente el origen de su obsesión: la visión de los rayos destructores de la vida. También el fuego es determinante en el comienzo de “El vigor de las ciudades”, donde se explica con mayor claridad que el autor lo toma como símbolo tradicional del poder de la vida, de regeneración; poder que a veces puede ser destructivo.


El inconformismo forma parte del carácter de los personajes de los cuentos de Ortiz. Son tenaces luchadores. Y detalles autobiográficos aparecen en “El tacto del lagarto macho”, mezcla de una historia de ficción y realidad con la emigración del personaje a Córdoba y sus estudios en la universidad de esta ciudad, junto con su carácter dispuesto a aceptar los desafíos, convirtiéndose en el emisario de una misión peligrosa, a la búsqueda de un “remedio”. En “Combate al final de la siesta” se revelan las obsesiones de las personas, que llegan hasta la lid por cualquier motivo, importante o no, con un protagonista rodeado de fantasmas que son sus propias obsesiones.

“El vigor de las ciudades” también es un relato en primera persona, pero a diferencia de los anteriores, la narradora es una mujer. En él, como en “Dulce savia de la medianoche”, la protagonista se enfrenta a la decisión paterna que le prohíbe contraer matrimonio con quien desea, lo que da cuenta del carácter crítico social de los cuentos del autor. La epidemia que padece el pueblo es un símbolo de la inmadurez para respetar la libertad, la libre elección de los hombres. La lucha contra las decisiones de los ancestros, o simplemente de la familia, es otro tema recurrente del autor. Y es que la mujer es un elemento fundamental para la vida de los personajes: es el motor que sostiene sus vidas, y un fin en sí mismas.

Algunos relatos poseen una carga política, pero guardan en sí el carácter testimonial de la experiencia del exilio o del trasterramiento. En otros, es lo sobrenatural encarnado en una persona lo dominante, como en “Los juegos desconocidos”, donde el comienzo es revelador de la violencia que ha caracterizado la historia política del Paraguay:

Una inexplicable violencia envolvía nuestros juegos cuando veíamos asomar la mirada perdida de Marilé en nuestra casa; callábamos nuestros cantos, destruíamos nuestras casitas de barro, nos apresurábamos a inventar otras clases de rondas donde ella podría participar sin moverse del lugar que le asignábamos (p.11).

Los niños no hacen más que reproducir el ambiente de violencia en el que se van criando dentro del mundo paraguayo. Marilé es hija natural de padre no declarado. La madre la abandona cuando tiene seis años y es acogida por la familia del narrador. Pero el mundo en que ha vivido antes le ha dejado estigmatizada socialmente y con el miedo ante todo lo que le rodea. Así, el miedo es la sensación que más determina al hombre. El valor permite esconderlo, pero queda latente. Pero lo que predomina en el relato es el testimonio personal del narrador.

Un cuento con trasfondo político es “El alazán”. Comienza rememorando el pasado y situando la acción en una época concreta: la persecución política posterior a la guerra civil paraguaya del 47.El narrador continúa describiendo el sufrimiento de su infancia, cuando ha de abandonar el estudio en la escuela para ayudar a su madre en los trabajos de la chacra, porque a su padre lo persigue el comisario de la población, perteneciente al oficialismo, por razones políticas. La narración de la persecución política se mezcla con la descripción del sufrimiento del niño de forma retrospectiva. Después de la muerte del padre a manos del comisario, el hijo cree en la magia de la resurrección de su padre. Finalmente, aparece un jinete desconocido vengando al padre y mata el comisario, hecho que le es contado al narrador −el hijo− por la concubina. El espíritu del padre clamaba justicia. Y es que en ocasiones esas almas que aguardan su momento para cumplir una misión son personajes de los relatos.

Estos elementos propios del mito también alcanzan transformaciones textuales inspiradas en el cristianismo. En “Cristo de carne”, como refleja el título, aparece un personaje que es Cristo resucitado en persona: en su primera aparición cura al moribundo hijo del zapatero diciéndole en guaraní “levántate y anda”, le acompañan doce apóstoles cuyas descripciones son idénticas a las de los discípulos de Cristo, la Virgen, y concede gracias, lo cual genera el crecimiento de un notable grupo de seguidores, poniendo en peligro a los poderes locales, para desesperación del sacerdote. ¿Farsante o nuevo redentor? El cuento está perfectamente localizado en la década de los treinta, en una época donde nadie sabe leer en la aldea, mientras el terrateniente se convierte en el hombre más venerado y de riqueza que se va acrecentando progresivamente. El presunto Cristo se enfrenta al sacerdote local, quien lo acusa de estafador. La situación va bien hasta que el Cristo de Carne decide que el pueblo ha de tomar las armas y luchar por la autoridad. Finalmente, es crucificado y sufre el calvario bíblico, aunque acaba formando un nuevo grupo de discípulos para continuar su prédica en la capital paraguaya. Así, se trata de un cuento donde se recrea la historia de Cristo en el ambiente paraguayo de los años treinta para hacer mención de que el mundo no ha cambiado tanto: los ricos siguen amasando fortuna mientras los pobres han de trabajar duramente para poder subsistir. El autor recoge al personaje sagrado y reitera el carácter cíclico de la historia de las relaciones sociales entre los hombres, fundamentado en la pureza del mensaje cristiano frente a lo que se ha convertido: la religión católica como medio ideológico de defensa de los privilegiados, aunque exista una necesidad de vindicar su autenticidad.

Estilísticamente, el cuento titulado “Cálido origen de los truenos” se separa de la línea habitual del autor.En él se introducen tres testimonios distintos de una madre, un padre y una hermana sobre un personaje, Vicente, para determinar su carácter y lo acontecido. Así, el autor está reivindicando la multiplicidad de versiones para entender una realidad o comprender las causas del comportamiento de un hombre, como hiciera Faulkner o Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz.

Estos cuentos se reeditaron junto a otros nuevos en 2008 en el libro titulado El otro asunto. El relato que le da título es uno de los que no aparecían en el libro anterior, junto a “Los desvíos del otoño”, “Fragmento de luna”, “Con la fuerza de la noche”, “Agresión del mediodía” y “Contando las estrellas”. En el primero, una huérfana de madre con un padre promiscuo, el doctor Ricardo Irala, vive entre sucesos mágicos y un mundo de mellizos.


Esa magia pervive en “Los desvíos del otoño” y que se apodera del secuestrador, destacando el carácter astuto de una mujer, Verónica Bustos. O en la historia de los Marini de “Fragmento de luna”, con el enfrentamiento entre el estudio y la habilidad rural, o la historia de Aduar Súllaban en “Con la fuerza de la noche”, cuento dividido en seis partes con una cuestión de amor frente a los designios familiares en el centro, ese tema de conflictos familiares tan frecuentes en las creaciones del autor, también presentes en primera persona en “Agresión del mediodía”. Como también es recurrente la guerra civil del 47, como inspiración en la experiencia del autor, subyacente en “Contando las estrellas”.

En suma, los cuentos de Rubén Alonso Ortiz son testimonios de la injusticia, social, política o familiar, donde se mezclan la realidad, el mito y la fantasía surgidos del impulso de la voluntad humana. La muerte, la violencia y lo inexplicable vistos con normalidad, pero la realidad acaba siendo la que dictamina los conflictos humanos como juez inexorable. Creencias míticas como el lugar donde se encuentra el origen de los truenos carecerían de valor si el resultado de estas creencias no fuera algo tangible. Los personajes son seres sumidos en procesos de destrucción o de liberación dentro de las relaciones personales o sociales, epidemias que son símbolos de la estulticia del hombre o el fuego, primer descubrimiento creador y destructor del hombre.

En 2012, Rubén Alonso Ortiz publica su novela con el título de Extensión de los encuentros. Es una saga  escrita de forma retrospectiva donde se revisa la historia de la familia Peña Werner en la villa llamada Kilómetro 142 NRB, en Argentina, a caballo del territorio chaqueño, tanto argentino como paraguayo. A lo largo de la trama se vislumbra la construcción de la familia, desde los ancestros emigrados del Volga sur hasta la actualidad. Sus conflictos, sus problemas y la lucha por el poder familiar están presentes con un lenguaje dinámico, aunque a veces camine por la metáfora o la imagen, construidas con fuerza dentro del territorio argumental de las acciones. En ocasiones, la narratividad desemboca en párrafos líricos, pero éstos se solapan a los diálogos y los sucesos. También está presente lo mítico en algunos conflictos, junto a la violencia y la muerte representada por el panteón familiar construido.

La evolución de los Werner hasta su conjunción con los Peña ofrece un acercamiento preciso al tema de la emigración europea del XIX, con referencias incluso a los menonitas del Chaco o a los rusos blancos escapados de la persecución bolchevique. Pero del tema de la emigración se deriva hacia el conflicto familiar mezclado con el nacional en el largo episodio central de la guerra del Chaco. Atiende de forma perfecta, con explicaciones concisas pero puntillosas, tanto al origen del conflicto entre Bolivia y Paraguay como a sus principales sucesos, aunque siempre subyugados a la historia entre el hermanastro-padrastro de Juan Arturo, José Rodolfo, y el deseo de venganza siempre presente. Las casualidades o los episodios inexplicables a la razón, por la relación de José Rodolfo con los indígenas, los macá, provocan un aumento de la tensión argumental, bien sostenida ante cualquier posible caída del tono transmitido. Son los hombres los motores de la historia, aunque no comprendan sus causalidades o sus azares procedentes de la fantasía.

Una novela bien planteada, con un desenlace bien cerrado donde el odio y el recelo no han desaparecido a la saga familiar. Con una historia que redunda en los mismos temas y obsesiones de los cuentos, bien distribuida, partiendo del presente hacia el pasado y de ahí proseguir de forma lineal hasta enlazar con el comienzo. Recuerda a la mejor narrativa desarrollada en el ámbito rural del Cono Sur americano; esas narraciones construidas sobre un universo mítico dentro de una dura realidad donde los protagonistas han de luchar, incluso hasta la muerte, para conseguir sus propósitos. Aunque la mayor parte de su vida se haya desarrollado en Argentina, Rubén Alonso Ortiz nunca abandonó el escenario paraguayo en sus narraciones y, por tanto, en su recuerdo. San Antonio o Ytororó están presentes con el mismo sentido que Formosa o Córdoba, porque en el fondo es una narrativa inspirada en la experiencia personal o en sucesos inventados pero encuadrados dentro de su mundo, un mundo del que ha sido testigo, directo o indirecto.

 

 

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RUBÉN ALONSO ORTIZ en PORTALGUARANI.COM

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VISITANDO LA CUENTÍSTICA DE PRINCESA AQUINO AUGSTEN

Texto de JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

 

 

Asunción, Servilibro, 2012, 111 páginas.

 

Princesa Aquino (Clorinda, 1964) es de mi generación. De la misma que vivió el cambio de la máquina de escribir a la computadora. De la misma que fue testigo dictaduras y transiciones a la democracia en España y en Paraguay para que en el fondo todo siguiera igual al cabo de unos años. De la misma que se ilusionó con un mundo mejor y acabó escéptica ante el poder y sus artimañas. Paraguaya nacida en Clorinda, esa localidad del lado opuesto del río Paraguay, el argentino, y que tanto simboliza, y vivió en España, en Madrid. Por tanto, una mujer que ha recorrido épocas y lugares lo cual supone que siempre tiene algo que poder contar.

Literariamente participó en el taller de cuentos de Eduardo Gudiño Kieffer en Buenos Aires y en el de Au­gusto Casola y Renée Ferrer, ya en Paraguay, siendo cuen­tos suyos seleccionados para los libros Primera cosecha y Cosecha y siembra, en 2001 y 2002 respectivamente, publicados por la AECI y la Embajada de España, cuando las iniciativas culturales españoles tenían visibilidad den­tro de Paraguay… y a veces fuera. En 2007 editó junto a su hijo Rodrigo Hamuy Aquino el libro infantil de relatos breves Pescando estrellas y aprendiendo a volar (Mbyja reityvo ha veve haâvo), libro prologado por el gran Félix de Guarania. Una obra donde se adivinan las inocencias, pi­cardías, enfados, actitudes despreocupadas, preguntas apa­rentemente ingenuas pero a veces profundas, y que ofrece un mundo infantil reivindicador de la fábula, la capacidad de imaginar, y del cuento como medio formativo. Es un li­bro dibujado y pensado por un niño de diez años, Rodrigo, y traducido en palabras por su madre, Princesa, con breves historietas ingeniosas, como la del narcisismo de la momia frente a la esfinge, el tigre sin rayas convertido en dios al ser adoptado como gato por un niño egipcio, el nacimiento divino de los planetas, las aventuras de rey para convertir a su reino en un lugar de felicidad, un relato largo lleno de humanidad, o para incitar a la lectura de unos osos a una víbora. Todos los relatos tienen su traducción al guaraní realizado igualmente por Félix de Guarania.

En 2004 había publicado su libro Cuentos perversos de suicidas y sexo (Arandurã .Diciembre 2004, 85 páginas), con relatos muy bien trazados, inspirados en su experien­cia. Se ubica en España el titulado “La Rabia”, donde una mujer regresa a la patria de sus bisabuelos, Villajoyosa (Alicante), y recuerda la muerte de un familiar de uno de sus parientes, alusiones al poeta Hérib Campos Cervera. En “La pasión de un hombre” el protagonista vive en la zona universitaria de Madrid, cerca de donde residieron Neruda o Pérez Galdós, dedicado al arte, recordando a su amor, con un tratamiento culturalista en el trasfondo. “El machista” ofrece la relación entre Helena y Rubén, con sus escarceos sexuales, y los celos sentidos por Manuel que derivan en un final trágico. El misterio siempre está pre­sente en sus relatos, como en “La artista”, pero la autora no desdeña sus preocupaciones personales sociales, como el machismo familiar y la protección que recibe del poder político en “El indulto del presidente”, desde la perspecti­va de una niña de diez años. También aparecen relatos más breves, casi microrrelatos, como “Cartas de amigos I”, una reflexión en segunda persona dirigida a un indígena maká sobre la pérdida de los seres queridos y las riquezas natu­rales, y “La sega”, donde la autora concluye con la frase resumen de la narradora “este era mi pequeño infierno. ¡El no tenerte’ (“sega” posee el significado de “masturbación” en italiano coloquial. El punzante dolor que no tiene un sitio concreto, un músculo o un órgano pero se sufre”. Son, por tanto, relatos que esconden misterios y caracteres humanos, donde lo negro prevalece como destino trági­co humano, sin esconder reflexiones sobre el arte y cómo afectan los actos personales sobre el prójimo.

En 2012 edita SUMA DE ECOS- SERVILIBRO. Asunción – Paraguay 2012 (111 páginas) con ilustraciones de Elizabeth Barth y traducción al alemán suya de algunos de los relatos. Se repite la preocupación por la esencia humana y sus misterios, con un estilo trabajado, estructurado metódicamente para que el relato quede forjado como una reja imposible de destruir o dividir. La autora, en el prólogo, tiene fe en que sus relatos son historias universales, añadiendo que aluden a personajes, obras y lugares. Realmente lo consigue, como ya logró en su libro anterior, con los diez relatos que forman Suma de ecos.

El amor fiel de “Ella”, esa mujer que va yéndose dejando un espacio perdido en el protagonista, donde el misterio de la muerte del ser amado queda dotado de una fuerza sentimental peculiar con la gradación de pensamientos ejercida por el estilo de Aquino. La muerte, un tema fundamental para Aquino, igual que el amor, es una solución a la desgracia física en “El coturno” o el fruto del éxtasis de la contemplación de la belleza en el río Pilcomayo de “El nombre del río”.

Sobre la memoria trata el relato “Nunca regreses al ayer”, con ese desencantado reencuentro del exiliado con su pasado. El exilio es también el tema de “El viaje”, don­de el transterrado médico editor de pasquines tachados de “comunistas”, espera la convalidación de su título en el extranjero, pero ha de arriesgarse en un parto, lo que con­vierte el relato en un canto a la generosidad y a la “inver­sión” que representa. El recuerdo personal se manifiesta en ocasiones, como en “El poeta”, cuento dedicado a Miguel Ángel Caballero Figún, y más adelante, dentro del relato, e incluyendo un poema suyo, a José Luis Appleyard y su ha­bitual cita en el bar San Roque. Así, los espacios paragua­yos dan paso a otros no específicos pero también a otros extranjeros como Roma en el caso de “Panta Rei”, sobre lo

efímero de la realidad y la perdurabilidad de la memoria. De gran aliento narrativo es la aventura de Goya, donde el pintor aragonés narra en primera persona su vida en unas cuantas páginas teñidas de llanto sobre el destino de Es­paña desde su exilio en Burdeos (quitando ese pequeño error de que Carlos IV era “el segundo Borbón que reinaba España por herencia”, cuando es el cuarto, página 96).Ese espacio pictórico, tan amado por la autora, visto en “La artista” reaparece en esta obra con “La lección de digni­dad”, donde el fondo se reflexiona sobre la relación entre arte y compromiso, inspirándose en el cuadro “Lección de anatomía” de Rembrandt.

Y el misterio, lo indescifrable, que alcanza su consu­mación en “El tejido del destino”, donde se unen la leyen­da nipona de las arañas samurái con el destino de Emi en Paraguay, evidentemente una obvia referencia personal a la escritora Emi Kasamatsu, como anteriormente en “El Poeta”, la autora realizó con Appleyard. Es un misterio universal que inunda los relatos de Princesa Aquino, hasta mostrarnos sus preocupaciones, que en el fondo son las de los seres humanos que aún mantienen la funesta idea de pensar.

Un bello contenido para un precioso libro, perfectamente editado e ilustrado, y con la curiosidad de ser abierto por una dedicatoria del poeta español Rafael Alberti a la autora, con el dibujo de su característica paloma. Una buena lectura.

 

 

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