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LILIANA M. BREZZO


  JUAN FRANCISCO AGUIRRE, 2013 - Por LILIANA M. BREZZO


JUAN FRANCISCO AGUIRRE, 2013 - Por LILIANA M. BREZZO

JUAN FRANCISCO AGUIRRE

Por LILIANA M. BREZZO

Colección GENTE QUE HIZO HISTORIA N° 7

© El Lector (de esta edición)

Director Editorial: Pablo León Burián

Coordinador Editorial: Bernardo Neri Farina

Director de la Colección: Herib Caballero Campos

Diseño de Tapa y Diagramación: Jorge Miranda Estigarribia

Corrección: Rodolfo Insaurralde

I.S.B.N.: 978-99953-1-378-4

Asunción – Paraguay

Esta edición consta de 15 mil ejemplares junio, 2013

(94 páginas)

 


CONTENIDO

Prologo

Introducción

Capítulo I

Retrato de un explorador por azar: de Navarra al Rio de la Plata

Juan Francisco y el palacio Aguirre

En la Real Compañía de Guardia Marinas

De España al Río de la Plata

De Buenos Aires al Paraguay

Capítulo II

12 años en el Paraguay: entre el Paraíso y el Purgatorio

Primeras imágenes de Asunción

En el Alto Paraguay

Viaje al Ka’aty

El Fuerte Borbón

Los efectos del purgatorio

Los últimos años en el Paraguay: viaje a la Cordillera y salida a los pueblos de costa abajo

El regreso a España

Capítulo III

Por la gloria de la Nación: los escritos éditos e inéditos sobre el Paraguay

El cese de los trabajos de los demarcadores en Paraguay

La cuestión de los ascensos de Aguirre en la Marina

Los avatares de la divulgación de la Historia y Geografía de las Provincias del Río de la Plata

Algunas características del Diario de Aguirre

El Paraguay conocido y el Paraguay por conocer

Cronología

Fuentes consultadas

Bibliografía

La Autora



PRÓLOGO

JUAN FRANCISCO AGUIRRE, marino navarro, fue uno de los demarcadores que vino a esperar a las Partidas portuguesas para establecer las fronteras entre España y Portugal en cumplimiento del Tratado de San Ildefonso.

Aguirre al igual que Azara, tenía instrucciones de tomar nota de aquellos aspectos vinculados con la geografía, la botánica, la zoología de los lugares que visitasen. De hecho Aguirre dejó una monumental obra que en su mayor parte se encuentra inédita.

Juan Francisco de Aguirre, fue un noble navarro, que tomó el camino de las Armas en la prestigiosa Real Compañía de Guardia Marinas, fue junto a la Real Academia de Matemáticas de Barcelona, fue uno de los centros científicos españoles más prestigiosos del siglo XVIII.

La vida de Aguirre nos permite comprender el funcionamiento de la sociedad española, en la cual seguían rigiendo los privilegios de sangre pero a la par se desarrollaba un núcleo de funcionarios altamente capacitados y con conocimientos científicos y técnicos, que fueron ocupando espacios en la compleja estructura burocrática española.

La doctora Liliana Brezzo, presenta los resultados de una investigación documentada, realizada en España, Argentina y Paraguay en la que se encuentra desde hace bastante tiempo. La autora nos da detalles sumamente ricos sobre la biografía, de un hombre que no sólo vino a cumplir las órdenes de sus superiores sino que dejo una obra en gran parte inédita.

La obra de Aguirre en su mayor parte es sobre el Paraguay, ese país casi desconocido que se encontraba en los límites de un extenso imperio como el español, al que Aguirre ayudó a descubrir y que permitió también a los habitantes del Paraguay de entonces comprender su geografía, y la magnificencia de su naturaleza.

Este libro era más que necesario pues no se había escrito una biografía de este hombre, a pesar de que es inexcusable para los especialistas en historia colonial consultar su Diario, pues el mismo proporciona no sólo detalles de sus viajes sino también sobre la historia de la Provincia, pues él pudo acceder a los Archivos del Cabildo de Asunción, en el cual se encontraban todos los documentos de la administración de la Provincia desde el siglo XVI.

Aguirre, junto a Félix de Azara y los demás demarcadores contribuyeron al desarrollo del conocimiento del territorio paraguayo, un elemento indispensable en el proceso de identificación, que se construyó a partir de la Independencia en 1811.

Herib Caballero Campos

Mayo de 2013



INTRODUCCIÓN

En segunda mitad del siglo XVIII llegaron al Paraguay varios oficiales de la Armada Española que formaban parte de la comisión demarcadora de límites entre los dominios de España y de Portugal en América del Sur, previstas en el tratado de San Ildefonso de 1777. Dicha comisión se organizó en grupos llamados partidas, así designadas porque las líneas fronterizas que había que delimitar se partieron en cuatro partes.

Juan Francisco Aguirre arribó en calidad de "Comisario de la Cuarta Partida Demarcadora"; a su grupo le competía investigar la línea divisoria, en unión con los comisarios portugueses, entre los ríos Paraná, desde el Ygurey y el Paraguay hasta el Jaurú.

Como parte de sus obligaciones le incumbía asentar en un diario no solamente los sucesos de la demarcación, sino también noticias históricas y geográficas de los países afectados por la línea divisoria. Las partidas portuguesas correspondientes al Paraguay nunca aparecieron de modo que Aguirre pudo extender sus investigaciones a todos los órdenes de la realidad paraguaya, las que luego recogió en el manuscrito que se conoce con el título de Diario del Capitán de Fragata de la Real Armada Don Juan francisco Aguirre en la Demarcación de Límites de España y Portugal en la América Meridional. Se trata de un extenso y heterogéneo texto que da a conocer al lector contemporáneo una realidad sudamericana que él vivió de primera mano. Publicado fragmentariamente en las primeras décadas del siglo veinte, ha sido tan citado como fuente histórica como sesgado su conocimiento. Hasta años recientes, era muy poco lo que se conocía sobre el autor.

Durante su larga estancia en Paraguay acumuló cientos de folios con informaciones sobre las zonas recorridas, levantó croquis, midió distancias, hizo recuentos de habitantes y transcribió documentos de los archivos civiles de Asunción y de Buenos Aires. Puede sostenerse que, en el caso de la República del Paraguay, como fruto de sus trabajos y los de los demás oficiales de las partidas españolas se conocieron los primeros mapas fidedignos de la región, se ofrecieron datos geográficos y demográficos inéditos de los que las autoridades locales hicieron amplio y posibilitaron a los paraguayos la conformación de una imagen real y completa de su territorio y, por ende, su posesión efectiva.

Dos investigaciones produjeron los avances más relevantes que se conocen sobre la trayectoria personal y los escritos de Aguirre en el Paraguay. Efraím Cardozo, en su monumental Historiografía Paraguaya (1959) dio cuenta de los contenidos de las ediciones parciales del Diario Aguirre y presentó una valoración de su obra. En cuanto a su trayectoria personal afirmó que "la mayor parte del gran archivo de la casa de Aguirre, en Donamaría, fue destruida durante las invasiones napoleónicas, con lo que probablemente desaparecieron muchos, si no todos, de los documentos relativos a este autor". A éstas circunstancias pueden atribuirse las dificultades para ofrecer a los lectores, en la presente edición, un retrato del hidalgo navarro devenido en explorador y escritor.

Por su parte, Ernesto Maeder se concentró en el estudio y restitución de las secciones del manuscrito de Aguirre denominadas Discurso Histórico así como su continuación: Épocas de la provincia del Paraguay o prosecución del discurso histórico. El trabajo tuvo como corolario, en el año 2003, la edición independiente y precisa de esas partes.

No obstante esos firmes adelantos, subsistían vacíos sobre el trayecto personal y profesional de Aguirre y sobre las exploraciones que llevó al cabo en la región. Un conjunto de investigaciones, aún en progreso, desenvueltas en archivos españoles y rioplatenses permiten, en el presente, acrecentar hallazgos sobre su origen familiar y su actuación en la armada española, cómo y porqué llegó al Río de la Plata, qué lugares recorrió y cuáles fueron las ideas que se formó sobre el Paraguay. Al mismo tiempo, el examen de su manuscrito posibilita precisar sus características y su relevancia.

Así, este libro pretende convertirse en una primera reconstrucción del itinerario personal de Aguirre de acuerdo a la documentación disponible, a la vez de un bosquejo de sus actividades y de sus escritos.

En los dos primeros capítulos se reconstruye el tejido familiar y profesional a través de pruebas provenientes del Archivo General de Navarra (España), del Archivo de la Marina Álvaro de Bazán (España) y del Museo Naval en Madrid.

En el tercero se dan noticias del códice compuesto por Aguirre, actualmente guardado en la Real Academia de la Historia de España. Se comunican adelantos de un análisis que, en el futuro próximo, permitirá profundizar en la relación entre el texto y la realidad histórica y posibilitara conocimientos sobre las estructuras reales de una región que, llevando al extremo su mediterraneidad, en las postrimerías del siglo XVIII, era prácticamente invisible a los ojos de España.

La información recogida en España ha sido completada con la procedente del Archivo Nacional de Asunción, que atesora importante documentación acerca de la estadía del oficial de la Armada Española y de los demás Integrantes de las partidas demarcadoras.

Por las características de esta edición no se precisan esas fuentes en citas a pie de página aunque se ha procurado incluir en el texto las referencias y el origen de los datos que se mencionan.

Deseo agradecer al profesor Juan Bosco Amores Carredano, del departamento de Historia de la Universidad del País Vasco por su ayuda en la definición conceptual del trabajo y facilitar el acceso a la documentación en los archivos españoles, de manera particular en el Archivo de la Marina Álvaro de Bazán. Al profesor Javier de Navascués, del departamento de Filología de la Universidad de Navarra, por sus comentarios y el intercambio de información valiosa, como así también a Pilar Andueza, del departamento de Historia del Arte, que me ayudó con la documentación procedente del Archivo General de Navarra.

En Madrid, a los funcionarios de la Real Academia de la Historia, que allanaron la consulta del manuscrito completo de Aguirre y de su expediente personal.

En Paraguay, a la Academia Paraguaya de la Historia, de manera particular al académico Roberto Quevedo quien condujo con entusiasmo un conjunto de diligencias para que, en el presente, se pudiera disponer, en el archivo de la corporación, de una copia del códice guardado en el repositorio español.

Las páginas que siguen son, tan solo, como ya ha sido anunciado, un esquema de la vida y de los trabajos de Aguirre en el Paraguay. Y un bosquejo de su obra, la que, según resaltara Ernesto Maeder, escrita "por mi ejemplar oficial de marina afines del siglo XVIII, con pleno conocimiento del medio y de aquella sociedad en la que vivió por largos años, es además un elogio de quienes fundaron el Paraguay y lo sostuvieron, con heroísmo y tenacidad, a lo largo de tres centurias".



CAPITULO II

12 ANOS EN EL PARAGUAY: ENTRE EL PARAÍSO Y EL PURGATORIO

"Asunción es una ciudad de las últimas en cuanto a edificios, esplendor y hermosura, pero puede servirle de algún consuelo que es uno de las más beneméritas, porque sería de gran injusticia defraudarla del gran mérito de haber sido el amparo de la conquista del Río de la Plata."

Juan Francisco Aguirre


Entre 1784 y 1796, Juan Francisco Aguirre conoció, recorrió y escribió sobre el Paraguay. Entre sus itinerarios sobresalen los que realizó a los yerbales de Mbocayaty, el "viaje a la cordillera" y su trayecto por los pueblos de "costa abajo". Como resultado de esas jornadas han quedado valiosas descripciones como las de las poblaciones de Yaguarón, Remolinos,  Caazapá, Quiquyhó, Yuty y Villa Real, entre otras. Los descansos entre las distintas marchas los aprovechó para recopilar documentos en el archivo de Asunción y para leer los principales relatos disponibles, a finales del siglo XVIII, sobre el descubrimiento y conquista de la región.

Es imposible referir, por el momento, todos los trabajos que realizó: recuentos de población, mediciones de distancias, reseñas de los poblados y croquis de los territorios. Tampoco es posible mostrar un completo recuento de las aventuras, desasosiegos, alegrías y desánimos por los que atravesó durante tantos años. Pero algo de todo ello queda de manifiesto en las páginas que siguen.


PRIMERAS IMÁGENES DE ASUNCIÓN

El 20 de diciembre de 1783 llegó a Asunción el oficio del Virrey Vértiz en el que se comunicaba la reforma administrativa consistente en la división en ocho intendencias a la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata. Al mismo tiempo, se recibió el nombramiento de Pedro Melo de Portugal como Intendente y de Pedro Vicente Cañete como Teniente Letrado del Gobernador Intendente. Poco después, en el mes de marzo de 1784, el Cabildo mandó comprar papel y cintas para atar los volúmenes y el índice del archivo que se mandó ejecutar a don José Antonio Zavala.

Las actas del Cabildo dan cuenta de que en el transcurso del siguiente mes se formaron tres regimientos de milicias de caballería: uno denominado de Quyquyhó, bajo la comandancia de José Antonio Yegros; otro llamado de la Cordillera, bajo la autoridad de Salvador Cavañas; y otro nombrado Tapuá, con el comandante José de Espínola, para hacer su servicio en la plaza de Asunción. Igualmente, se arregló la dotación de cuatro compañías de infantería, a cargo del comandante Francisco Xavier de Acevedo, una de artillería, a cargo del capitán García Francia y seis de caballería, a cargo del comandante Fernando de la Mora.

En su estudio sobre los escritos de Vicente Cañete, él historiador Mariluz Urquijo ofrece algunos rasgos sobre esa época de cambios en la flamante intendencia: reformas políticas, circulación de moneda, transformación edilicia, extensión del territorio colonial y, en suma, una mayor comunicación y comercio con otras regiones. Como un símbolo de la transición, apunta que el reloj de la torre del Cabildo, "inaugurada en 1781, ponía fin a una fase de ritmo lento, en la que el tiempo parecía ser solo una elástica, subjetiva y controvertible operación, para reemplazarla por otra en la que una regulación objetiva marcaría con cadencia uniforme la vida de los vecinos, imponiéndoles una implacable isocronía con el resto del mundo".

A la llegada de los demarcadores acababa de finalizar la construcción de la Casa del Rey, destinada a los gobernadores y a las Cajas Reales, iniciada en tiempos del gobernador Agustín Fernando de Pinedo en el solar donde antiguamente se había erigido el primer templo de la Merced y costeada por la Real Hacienda con fondos librados sobre la Caja de Buenos Aires. El 13 de abril de 1782, Meló escribía que la obra estaba en "términos de concluirse". Y al año siguiente se realizó en Asunción la solemne inauguración del Colegio Seminario de San Carlos.

Podían contarse como vecinos caracterizados de la capital del Paraguay a Salvador Cavañas Flores y Ampuero, Antonio Martínez Sálenz, Pedro Benítez y Robles, el capitán comandante de infantería Francisco Javier de Acevedo, el alférez de caballería José Antonio Mayor, Antonio Cruz Fernández, Toribio Viana, el escribano de Real Hacienda Juan José Bazán de Pedraza, el teniente de oficial Real Juan Bautista de Goyri, el tesorero de la Santa Cruzada Martín de Landaida, el protector de naturales Juan Bautista de Achard y el teniente de artillería Vicente Lagle y Rey.

Toda la existencia de los 4.941 asuncenos -la provincia tenía, por ese tiempo, unos 89.178 habitantes según el censo del año 1782- giraba en torno al río, protagonista primordial de la vida regional. Puerta y trastienda, obstáculo y vía de comunicación, eje y periferia, la corriente del Paraguay era el núcleo vertebrador de su estructura física. Como vía regular, navegable hasta Corumbá (Brasil), a unos 1.530 kilómetros desde la desembocadura en el Paraná, a lo largo de todo este recorrido ofrecía un buen canal para la navegación y, junto con el Paraná, determinaba el régimen fluvial del Plata. Era, a finales del siglo XVIII, según sostiene el investigador español Pedro Vives Azancot, la imagen misma de la sociedad paraguaya y en él ponían repetidamente sus esperanzas, por no tener arrecifes ni cataratas hasta llegar al Paraná.

Una de las características más acusadas del paisaje impuesto por el Paraguay en sus inmediaciones era la pantanosidad de las tierras, lo que presentaba como un obstáculo para el dominio efectivo del río así como para un poblamiento más intenso de sus proximidades al norte de Asunción. Pero lo que realmente mantenía en zozobra a los asuncenos, por esa época, era el desbarranque de sus aguas; hasta ese momento, los tajamares, en cuanto recurso ordinario, solo habían logrado que las aguas cerrasen por un lado lo que abrían por otro. Habitantes y autoridades conocían que el remedio más a propósito era cubrir la marina con una muralla, pero esa obra parecía superarlos.

Según las actas capitulares obrantes en el Archivo Nacional de Asunción, en los días en los que arribaron las partidas españolas la ciudad presentaba un estado lamentable: el agua había descompuesto a tal punto sus calles que se hallaban intransitables. El Cabildo dispuso, para recomponerlas, que se llevaran piedras y pedir al Provisor y Capitán General trabajadores necesarios para tales tareas. Afínales del mes de mayo llegó la piedra para la compostura de la calle, pero consta que para el mes de julio aún no se la había conducido al lugar donde debía ser utilizada. Las obras públicas eran ejecutadas por los presos, que limpiaban calles y plazas y llevaban a cabo trabajos de la muralla que debía levantarse para prevenir que el río inundase la ciudad.

El 3 de noviembre del mismo año, el acta capitular daba cuenta de que las abundantes aguas habían ocasionado "muchas goteras" en el edificio del cabildo y en la torre del reloj, situación que se dirimió ordenando se procediese a utilizar una argamasa para revocar las partes más afectadas. También se referenciaba que en el barrio denominado Samuhu pere existía una laguna que imposibilitaba totalmente el tránsito, acordándose colocar un terraplén que disminuyese las consecuencias del agua.

Así estaban las cosas cuando luego de tres meses de azarosa navegación, Aguirre arribó a la más antigua población española del Paraguay.

El desborde de las aguas condicionaba todo el estatus edilicio de Asunción, cuyas casas eran, por ese motivo, según dejó reseñado Aguirre, de los "días de los vivientes". El descontrol de aquellas hacía desaparecer periódicamente las que se levantaban, además del desbarranco del suelo al que contribuían el paso de las carretas y las cabalgaduras:

"El arenal se mueve y profundiza y sobre ser un piso tan incómodo y fatal, camina sin la menor resistencia con el raudal. Si no fuese por este, qué desasea la ciudad y es un trastorno urbano importante, Asunción sería una ciudad lucida por las proporciones que tiene, de bastante gente, alguna rica y toda con ocupación y comercio; la Ribera es lo mejor o único para paseo, sobre todo por la vista de tan maravilloso río."

La incontenible acción fluvial logró que las viviendas comenzaran a ser construidas en teja, aunque también continuó utilizándose madera de urundey, sobre todo para los cimientos, los que, claro está, se corrompían al poco tiempo dada la precariedad del material. Tardíamente, como nuevo recurso, se acudió a la piedra para sostener sus bases, aunque se mantendrían las paredes de adobe.

A poco de llegar Aguirre, dejó recogida esta primera impresión:

"En términos de descripción de la provincia diremos que se contenta con pasarlo sin vanidad; que las casas no tienen adorno y que ellas se reducen a los ranchos de tapia francesa blanqueada con tierra blanca o tobatí y son fábricas que llevan en sí misma debilidad sin ninguna apariencia."

Las aguas no eran el único condicionante de la arquitectura y la vida urbana; otro lo constituía su clima ardiente. Este imponía que los cuartos de las casas fuesen grandes para que el viento "pudiera pasearse por todos lados", entre las puertas y ventanas, la mayoría de balaustre de madera y solo unas pocas de hierro. Sobre estos detalles, Aguirre apuntó en su Diario:

“Los pisones de madera de las puertas van cediendo a los goznes. El uso de los cielos rasos tiene lugar y como el enladrillado de buen material es corriente, se debe decir que las casas principales quedan muy regulares. Lo interior en ellas es decente, no faltan algunos útiles de menajes finos de las buenas maderas que tienen colgaduras de este género o aquel y aun tales cuales espejos."

A su llegada, las principales obras públicas se reducían a las tres iglesias parroquiales -la Catedral, San Roque y San Blas- a los conventos, al colegio Carolino y a las casas capitulares. Los templos eran de fábrica humilde, según su ponderación, sobresaliendo, "como el mejor construido el de la Catedral" aunque lo halló bastante deteriorado. Ante esa condición Aguirre ordenó a su segundo, el ingeniero Julio Ramón de César, que dirigiera las mejoras edilicias que, según consta en las actas del Cabildo, insumieron bastantes años. Como parte de esos trabajos, se trasladaron de la Iglesia de los jesuitas retablos, estatuas, cuadros y otras cosas. Todo este procedimiento llevó tanto tiempo que recién sería posible reservar nuevamente el Santísimo Sacramento el 30 de noviembre de 1791.

Julio de César se ocupó también de dirigir las obras de revoqué y de refacción de la cúpula de la torre y del reloj del cabildo y de constatar el estado en el que se encontraban los templos de los jesuitas y de San Blas a fin de decidir si se procedía al apuntalamiento o a su demolición.

Fuera del ejido urbano, el territorio de la intendencia del Paraguay estaba cubierto en un 60% por bosques. A esta barrera natural había que sumarle una fauna numerosa y hostil que colaboraba a estrechar el espacio ocupado. Someter esa exuberancia de la flora y las vegetaciones tropicales a las categorías de clasificación pensadas a partir de la flora europea se les presentaría tarea difícil a los oficiales españoles: ante sus ojos se presentaba una espléndida diversidad que, además de admiración, se erguía como una barrera real y natural para la efectiva delimitación del territorio.

No consta que los funcionarios españoles se alejaran mucho de la ciudad durante los primeros cuatro años de su estadía. En cambio, las pruebas disponibles demuestran que dedicaron ese tiempo a tres importantes actividades: realizar recuentos de la población, levantar plano de Asunción y redactar una minuciosa relación del escenario y de la vida urbana.

Juan Francisco Aguirre y Félix de Azara produjeron, durante esos años, fuentes importantes para la historia demográfica, aunque con características diversas. En 1782 se elaboró en Paraguay un estado de población según padrones concluidos por orden del Gobierno. Aguirre incluyó en su Diario, en 1784. Por su parte, Azara incluirá en su obra Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y Misiones Guaraní una tabla de la población y pueblos de la provincia del Paraguay correspondiente al año 1785. Años después, en 1790, se hizo una visita a los pueblos de indios que Aguirre transcribió en su Diario. Y dos años después el mismo oficial español menciona un censo realizado a solicitud del Cabildo de Asunción.

De acuerdo a esos instrumentos estadísticos, la población de la capital y de la intendencia en total mostró el siguiente estado durante los años de residencia de los demarcadores:


Población                          Censo 1782         Censo 1785         Censo 1792

Asunción                                    4.941                      4.982                    7.088

Total de la Intendencia          89.178                    94.245                 92.427

Fuente: Ernesto J. A. Maeder, La población del Paraguay en 1799.


Estas cifras han posibilitado vislumbrar las dimensiones de esa sociedad colonial, su ritmo de crecimiento, su importancia demográfica respecto a las provincias vecinas así como su estructura étnica y social. Cabe aclarar que, muy probablemente, el estudio en profundidad del códice de Aguirre permitirá rectificar esa contabilidad.

En cuanto a las tareas cartográficas ejecutadas por los funcionarios demarcadores, hay que mencionar que el ingeniero Julio Ramón de César, bajo las órdenes de Juan Francisco Aguirre, levantó dos planos de Asunción correspondientes a los años 1785 y 1786. Por su parte, Félix de Azara confeccionó dos planos, en 1786 y en 1793. Según ha sostenido Hipólito Sánchez Quell en su obra Estructura y función del Paraguay colonial, en todos ellos pueden apreciarse "que la ciudad de Asunción fue estableciéndose a lo largo de la bahía en forma de anfiteatro y denota cuan particular era su aspecto con sus arboledas y chácaras diseminadas por los valles de los alrededores".

El análisis comparativo de esos planos desenvuelto por el historiador Alberto Duarte de Vargas, recogido en su obra Cartografía Colonial asuncena, permite concluir que dichos planos son los primeros que tienen verdadera correspondencia con la realidad de la ciudad de Asunción, que indican un período de intensa construcción en la ciudad. Y concluye en que de todos ellos, el relevamiento "del plano de César de 1785 es el más exacto".

Este contorno de la ciudad, realizado por Aguirre y Azara en sus primeros momentos de residencia en el país, facilita que, en el presente, podamos adentramos, mediante técnicas modernas, en el paisaje urbano de esos años. Así lo han ratificado, recientemente, las investigaciones realizadas por Mabel Causarano, Beatriz González de Bosio, Juan José Bosio y Antonio Spiridonoff, autores de Encuentro con la ciudad escondida -Expedición a la Asunción colonial quienes, a través de un recorrido imaginario por la geografía urbana, con la ayuda del mapa de Azara, recrean las calles con sus construcciones, las especies vegetales y, sobre todo, los sentimientos y las emociones que muy probablemente experimentaron los demarcadores ante la novedad de un paisaje urbano de singular belleza.

Luego de estas tareas, Aguirre se mostró más activo en cuanto a reconocimientos geográficos y marchas hacia el interior del país, más vinculados a su función demarcadora. Entre ellos resalta el que realizara a la región de los yerbales, sobre cuyas circunstancias y vicisitudes dejó una minuciosa relación como así también valiosas referencias sobre la explotación y el comercio de la yerba.

 

EN EL ALTO PARAGUAY

A comienzos del año 1788, la morosidad "escandalosa" en la llegada de las partidas portuguesas comenzaba a hacer flaquear las esperanzas de finiquitar las tareas de demarcación.

Sin embargo, en el transcurso de ese año se tuvieron noticias en Asunción de la existencia de poblaciones portuguesas en los terrenos occidentales del río Paraguay, ocupación que tenía como objetivo hacerse de la navegación de esa vía fluvial, indispensable para que las provincias del Mato Grosso estuviesen comunicadas con el resto del territorio brasileño. Para Aguirre esa era, precisamente, la respuesta a tanto retraso: "Pues estando en los términos expresamente pertenecientes a España no podían sostenerlas ni hacerse la demarcación, por lo que era y es bien excusado el que viniesen".

Ante estas circunstancias, el nuevo Virrey del Río de la Plata, Nicolás de Arredondo, ordenó, en mayo de 1790, que se efectuasen reconocimientos en la zona de Ygatimí y en la ribera occidental del Paraguay y que en "caso de que se hallasen poblados en los dominios del Rey se les requiriese para que los desalojasen". Recibidas las órdenes en Asunción, al mes siguiente, el intendente solicitó a las autoridades de Curuguaty algunos informes para preparar la expedición. Al no tener noticias de la presencia portuguesa en esa zona y siendo necesario un gran número de expedicionarios, pertrechos y cabalgaduras, se decidió suspender la exploración de esa zona, ejecutándose solamente la del alto Paraguay.

El comisario principal de la tercera partida de demarcación, Félix de Azara, se ofreció a costearla y extendió los oficios e instrucciones. Su segundo, don Martín Boneo y don Ignacio de Pasos, fueron los encargados de ejecutar la expedición. En un botecito armado y guarnecido salieron de Asunción el 26 de julio de 1790. Estando en las cercanías del estrecho de San Francisco Javier vieron, el día 8 de setiembre, un fuerte portugués que luego se supo se denominaba Nueva Coimbra, situado en la banda occidental del Paraguay, a de 19º 53' de latitud. Según dejó apuntado Aguirre en su Diario:

"...estaban los portugueses muy extrañados de la visita española. Mandábalos a la sazón un cadete de Dragones de Cuyavá llamado José Antonio Pintos Cordero; le pasó Boneo el requerimiento que llevaba para el desalojo y él respondió daría aviso a sus superiores; dijo que había una población portuguesa en el brazo grande del Paraguay llamada Alburquerque, al norte del río Mbotetey y en la sierra que llamamos de San Fernando; quiso Boneo pasar a verla y el jefe portugués declaró que tenía orden de no dejar pasar los españoles."

Además menciona que las poblaciones no tenían otro objeto que el de “contener a los payaguas y garantir sus flotas de Cuyavá de unos indios que les habían hecho mucho mal". Según el mismo testimonio, el fuerte "no era capaz para resistirlos, siendo de palos, con tres cañoncillos y a la sazón 11 dragones, 40 pedestres, mulatos, soldados y peones y 17 presidiarios". Aguirre calificaría de "blanda" la actitud del gobierno español respecto a esta ocupación. En su Diario, años después, escribiría:

"los españoles sufren todo con demasiada tolerancia, pero el día que les suba, como suele decirse, la mostaza a las narices, saldrán los portugueses de sus cuidados, porque en el orden natural una expedición de 3 a 400 hombres se apoderará de ambos establecimientos."

Simultáneamente, con fecha 2 de octubre de 1790, el virrey Arredondo recibió una carta del Virrey del Brasil ofreciendo el envío de las partidas portuguesas, las que bajarían desde San Pablo con el cálculo de que llegarían al Ygatimí hacia el mes de mayo de 1791 y proponía como lugar de encuentro la Villa de Curuguaty.

El jefe de la tercera partida, Félix de Azara, recibió orden de las providencias para su participación en esas conferencias preliminares con |los representantes portugueses; a Aguirre se le instruyó que participara también del encuentro en calidad de "acompañante", puesto que propiamente a él le tocaba allanar la zona de río arriba.

 

 

VIAJE AL KA'ATY

Para este viaje, el nuevo intendente de Paraguay, Joaquín de Alós -desde el año 1787 reemplazaba a Pedro de Meló y Portugal- autorizó la compra de 200 caballos y un buen número de mulas debido a que la demora de años en la ejecución de la demarcación había hecho que muchas de estas últimas se hubieran dispersado sucesivamente o se hallasen en poca disposición para el desempeño. Se dispusieron, asimismo, 12 carretas para el traslado de los efectos de la partida; se acopiaron víveres y productos de almacén: 12 quintales de harina -con la mitad se hizo galleta y la otra mitad se ensacó- 70 arrobas de sal, porotos, tabaco y yerba, previéndose, en total, raciones para seis meses. En cuanto a la carne, se contaron pocas reses porque habría oportunidad de adquirirlas en las estancias por el camino.

Superada la provisión de alimentos se estudiaron los medios para afrontar las dificultades que presentaba el camino hasta Curuguatí. Los 240 kilómetros que la separaban de Asunción exhibían tal estrechura entre los montes que, según consignó Aguirre, aún los jinetes debían cuidar muy bien sus personas. Con más razón debieron tomarse serios recaudos para el tránsito de las carretas, decidiéndose que se conducirían solamente los pertrechos de almacén necesarios, como las herramientas de componer y abrir caminos: 24 hachas, 24 machetes, 12 azadas; los útiles de carpintería y los de panadería, dos barras manuales de albañil, 20 tiendas de campaña, algunas arrobas de pólvora, balas de fusil, 12 arrobas de munición para cazar, dos cajas de abalorios para los indios, otra con papel, pinceles y tintas para el ingeniero, seis cajas de medicina, un barril de vino, otro de vinagre y otro de aguardiente para medicina y 12 ollas para los ranchos de la gente. Azara, en su carácter de Comisario, llevaría a su cargo el circular y un teodolito de faltriquera o bolsillo.

En medio de estos preparativos, escribía Aguirre:

"A más de esto, sabemos por experiencia de que emprendida una marcha no hay consuelo como el de acabarla cuanto antes, reduciéndose para ello a lo menos posible en vestido y comida. En estos caminos por tierra que regularmente se destroza toda la ropa, y sobre el alimento lo esencial y de absoluta necesidad para la gente es la carne."

A las 7 de la tarde del 28 de abril de 1791 quedó cargada la última carreta en la Real Factoría de Tabaco en Asunción. La tropa y menestrales salieron ese mismo día. Al amanecer del siguiente se presentó un vistoso espectáculo para los habitantes de la ciudad: al toque de tambor, la plana mayor de la partida y sus dependientes concurrieron a la plaza para emprender la marcha; iniciaron la marcha a las ocho, el Obispo y el Gobernador quisieron acompañarlos hasta Manorá, barrio ubicado en las afueras de la ciudad. En total el grupo estaba formado por ocho integrantes pertenecientes de la plana mayor, 13 de tropa del regimiento de infantería de Buenos Aires, tres artesanos, dos capataces, 20 peones, 23 indios para las carretas y 15 criados. También se sumaron 50 curuguateños armados. Todo el grupo llevaba consigo, además, 224 caballos.

Estaba previsto que la comitiva caminara entre cinco y seis leguas por día, haciendo un alto cada tres. Cada jornada comenzaba alrededor de las cinco de la mañana porque llevaba dos horas unir los bueyes y ensillar los caballos, luego se oía misa celebrada por el capellán y se reemprendía marcha hacia las siete y media. En la última parada del día cada labrante del grupo empezaba a trajinar, "ya para poner su olla, ya para comodar la cama lo mejor posible".

“Si era necesario se carneaba para obtener raciones de carne que luego se asaban, se encendía una buena cantidad de fogones en los que se ponían las ollas, cenaban y cada cual se dirigía a su carreta temprano para pasar la noche."

Siempre había algún suceso cotidiano digno de ser recogido, como el que ocurriera en Pirayú: "Cuando nos levantamos hoy, dejó apuntado Aguirre, se mató una víbora que durmió debajo de la cabeza de un soldado: sin duda acosada por el frío se refugió al abrigo y se mantuvo entorpecida".

A los tres días de marcha pasaron por Piribebuy y, poco después, por Concepción de Tobatí, donde los comisarios e ingenieros hicieron demarcaciones precisas de la ubicación de los ríos Tobatirí y Tapiracuái y la de los cerros de Carayaó y San Miguel.

Siguieron a pie hasta llegar a San Joaquín, un pueblo de indios fundado en 1755 por la Compañía de Jesús, de cuyos habitantes dejó apuntado Aguirre:

"Los joaquinianos son indios buenos y de un semblante agradable, labradores, tejedores y hábiles. Producen con abundancia y de superior calidad la mandioca, la batata, el maíz y otras sementeras. Comí en él un pan riquísimo, hecho del trigo que producen."

Allí debieron esperar casi veinte días a que se hicieran trabajos para mejorar el camino, no solo por la espesura de la vegetación sino sobre todo debido a las cuantiosas lluvias que cada noche habían venido soportando. Sobre esto, dejó apuntado Aguirre un detalle: "Para las lluvias acostumbran la gente del país quedarse casi en cueros y cubrir la ropa lo que se pueda sentándose sobre los lomillos para luego ponerla seca y es el mejor arbitrio que se puede tomar cuando ni ella ni la persona se pueden guarecer de la inclemencia". Pero el mal tiempo continuó y la paciencia por la lentitud del andar de las carretas estuvo a punto de agotarse. Además, según testimonios de pasajeros procedentes de Curuguaty, parecía no haber novedad de los demarcadores portugueses.

Finalmente, el 12 de junio llegaron, cansados y necesitados de recuperarse físicamente de los efectos de las caminatas: a los pocos días –dejó constancia Aguirre- "no falta el comezón de piernas con granitos que es tan molesta en los viajes, proveniente de sus circunstancias y si duran pasan a llagas e hinchazones de piernas que no han faltado en el presente".

Con una población de 1.371 habitantes, Curuguaty era, según su descripción, "un pueblo labrador, yerbatero y soldado, habitante de una villa en la que todo rezuma pobreza: la dieta alimenticia -reducida a una olla de menestra, mazamorra y chipá-, la oscuridad -el sebo, el aceite y la cera eran muy escasos- y la carencia prácticamente total de medios para ofrecer una enseñanza regular a los niños". Todas las casas eran ranchos, con excepción de la iglesia que, si bien contaba con paredes de adobe, tenía el techo con maderas de urundey, que resultaban "exquisitas", además de estar cubierta de teja y el piso ser de ladrillo.

El principal sustento de los curuguateños provenía de la explotación yerbatera, para cuyo beneficio se dedicaban con intensidad nueve meses al año en tanto los tres restantes -agosto, setiembre y octubre-, los ocupaban en el "chacareo", tiempo en el que todos regresaban del monte a su hogar y durante el cual de día se dedicaban a la siembra y de noche se bebía y se bailaba.

Aguirre los describió así físicamente:

"Son por lo común de una estatura mediana, con más inclinación a la baja que a la alta. Su carácter bueno y pacífico, idóneos para cualquier cosa, sea a caballo o a pie. Sus ranchos, desnudos de todo adorno, su vestido, pobre, algunos andan descalzos, pero los más no, todos de chupa y poncho. Las mujeres con una pollera de lienzo bordada o de indiana, con cuatro cintas en la cabeza y cuerpo."

Entresacando la riqueza de los datos que el marino español dejó sobre esos días, sobresalen dos informaciones de interés: la primera respecto a que el guaraní era la lengua que predominaba para comunicarse; si bien los hombres, dejó consignado, hablaban regularmente el español, las mujeres, aunque lo entendían, no lo utilizaban. La otra información tenía que ver con el honor apreciable que los curuguateños se reconocían por contar con tres clérigos salidos de su comunidad, de los cuales uno, residente en la misma villa, "es su adoratorio".

Durante su estadía tuvo oportunidad, junto a otros integrantes de la partida española, de conocer los cercanos yerbales de Mbocayaty. De ese recorrido dejó una minuciosa relación acerca del difícil procedimiento que se seguía para la recogida de la yerba, su procesamiento, conducción a los lugares de venta y, sobre todo, las penosas condiciones de trabajo de los peones yerbateros. Aun así, su conclusión era que si se lograban superar los obstáculos, la yerba sería y debería ser el gran negocio al que aspiraba la provincia, puesto que todo se reducía a plantar. Pues bien, desde el comienzo de esta expedición, sus integrantes desconfiaban de la ida de los demarcadores portugueses a Ygatimí y la falta de noticias durante el viaje acrecentó tales suposiciones: "Cada mes se ha enviado un destacamento de Curuguatí, apuntó Aguirre, al reconocimiento del paso de Igatimí por si aportaban los portugueses y no han hallado ningún embarazo por parte de los indios". El 22 de agosto llegó por correo una comunicación del gobernador Alós notificándoles que, en efecto, la partida portuguesa había suspendido su venida porque su astrónomo se hallaba enfermo y se había ido a curar a Río de Janeiro. Recibiéndolo como un nuevo pretexto para disimular la falta de su venida y un desaire, Aguirre decidió regresar solo a Asunción, adonde llegó el 30 de agosto con este estado de ánimo.

"Ni aun los gastos exorbitantes que hacemos mueven este asunto. Ni tantos años, ni tantos avisos mueven la demarcación de su letargo. ¡Fenómeno raro que Dios quiera la dejemos con vida, porque según va, los años de la muestra serán pocos aunque sea larga! Los diez más preciosos de la edad nos lleva consumido ya."

Su compañero de tareas, Félix de Azara, dejo también apuntados en su obra Viajes por la América Meridional, los motivos por los que, a su juicio, los portugueses no acudieron a sus tareas.

"El interés de los portugueses de no determinar los límites de su territorio en América con el de España es porque siempre que aquella nación no los encuentra bien fijados tiene por costumbre introducirse en el territorio del vecino cuanto puede y una vez que ha tomado posesión de un país, sostiene que es una propiedad sin querer soltarlo. Este abuso proviene de que el gobierno español, que no tiene ningún conocimiento del territorio de sus Américas, ha mirado siempre está usurpación con indiferencia."

 

EL FUERTE BORBÓN

Apenas estuvo de regreso en Asunción, Aguirre remitió una carta al comisario principal José Varela Ulloa, quien se hallaba por ese año en Madrid, resumiéndole la infructuosa "caminata" hasta Curuguaty.

"Con esto nos tiene usted empantanados como siempre. Tengo dicho a usted, cuando andaba por este mundo, que los portugueses de aquí no aparecerán ¿ni a qué han de venir si saben que la demarcación no se puede hacer? Nuestra Corte, ocupada en negocios de mayor interés, no le causa conmoción las adquisiciones de Portugal en estas regiones. ¡Qué contrariedad!"

Para él estaba clara la aspiración de los portugueses: el absoluto dominio del río Paraguay.

Antes de que llegara su carta ya se tenían informes en la capital española del reconocimiento de las poblaciones portuguesas en el Alto Paraguay efectuado por Boneo y Pasos lo que dio lugar a que el rey Carlos IV ordenase, por Real Orden del 11 de junio de 1791, que se poblase con fuertes la costa occidental de dicha vía fluvial para evitar la avanzada de los portugueses hacia el oeste y el sur.

Según consta en documentos provenientes del Archivo Nacional de Asunción, la realización de las fortificaciones se habría encomendado a Aguirre y al ingeniero de la Cuarta Partida, Julio Ramón de César, a quiénes se les instruyó, en noviembre de 1791, la realización de observaciones y el levantamiento de planos o mapas de esa zona para el conocimiento del gobierno metropolitano. Hay que recordar que en toda la provincia no había más ingenieros que los de las partidas. Sin embargo, la ejecución de la expedición recayó, finalmente, en el comandante de caballería Antonio Zavala y Delgadillo.

Tres barcos se alistaron para la conducción de las tropas y todo lo necesario para el levantamiento de fortificaciones, zarparon desde Asunción el 5 de marzo de 1792. El 25 de setiembre tuvo lugar la fundación del Fuerte de Borbón -nombrado así en honor a la dinastía reinante en España- ubicado a los 21º 01' 39" de latitud Sur. Zavala y Delgadillo designó a José de Isasi como primer Comandante del Fuerte, subordinado a la Villa Real de la Concepción.

El ingeniero Julio Ramón de César se refirió en su Diario al "favoritismo" que, según él, había primado para la designación del jefe de la expedición. Redactado durante sus años de residencia en Paraguay y publicado recientemente con el título Noticias del Paraguay, dejó estampadas ácidas críticas acerca de las capacidades de Zavala y de los consiguientes resultados de la construcción del fuerte.

"Esta casa es de palos a pique, como igualmente su cerco o estacada; cubierta de paja, abrigo de muchísimas ratas, que suben por el techo, el que toca el mismo piso; idea despreciable del primer comandante que fue a esa expedición sin el más mínimo conocimiento de semejantes obras; quien, alegando este mérito ridículo, apoyado de su favorecedor, le vino confirmada la gracia y graduación de teniente coronel y Gran Cruz de Carlos III."

Por su parte, la expedición a Ygatimí estuvo a cargo de Venancio de la Rosa, Comandante de la villa de Curuguaty, quien partió el 20 de enero de 1792, con dos canoas. Luego de dos meses de navegación informó que no había “sospecha ni rastro de nueva población portuguesa". El procedimiento no dejó de "sorprender" a Aguirre, "por la suavidad con que la nuestra [Corona] trata a los portugueses".

El 17 de mayo de ese año, Aguirre escribió una nueva carta al comisario principal Varela Ulloa en la que le exponía, largamente, las dificultades de las tareas demarcadoras en el Alto Paraguay. En primer lugar, señalaba la pretensión portuguesa de que el río Igurey, “o a lo sumo el Igatimí y el Ipané", constituyesen la línea divisoria de las posesiones de ambas coronas en la región paraguaya. Pero lo cierto, sostenía, es que los ríos sobre los cuales había que realizar la demarcación, según las instrucciones, “o no existían o no se habían hallado hasta el momento", y "yo, movido de amor a la Nación, comprendiendo que se debe precisamente aclarar nuestra frontera a esta provincia, me muevo casi, sin poderme contener, a hacer presentes las anteriores noticias".

A estas alturas no veía otra salida que la firma de un nuevo tratado en lo que se refería a la frontera paraguaya-brasileña en el que se especificase que los márgenes de los ríos divisorios quedaban absolutamente exceptuados de toda población, se prohibiera levantar guardia o población en sus orillas, aclarando, a su vez, el término que alcanzaba esto dentro de las respectivas monarquías; esto es, si de la orilla al tiro de cañón o si quedaba prohibido el poblar el terreno hasta diez o más leguas. Asimismo, proponía añadir un artículo al tratado en el que se prohibiese se internasen unos y otros nacionales con ningún género de pretextos a los terrenos que se señalasen pertenecer a cada una de las monarquías, aunque fuesen despoblados y finalmente se especificase que, en ningún caso, se parasen las tareas de la demarcación: "Estas regiones están lejos de la Corte y se tardan en aclarar las dificultades y es imposible haya salud y caudal para sostener las partidas en los desiertos".

La otra dificultad, realmente importante, según entendía Aguirre, era la llamada "segunda parte de la frontera: los indios infieles", que no obstante los avances y pactos de paz, seguían rodeando la provincia hacia las zonas de Misiones, Corrientes y en el Chaco, este último el centro de mayor número de naciones indígenas, un verdadero mosaico étnico lingüístico. Entretanto, en el mes de febrero de 1793, los trabajos de fortificación en el Alto Paraguay se dieron por terminados. Pero apenas concluidas las tareas, llegó un requerimiento del gobierno portugués para que se desalojara el fuerte Borbón, fundándose en que se había levantado sobre la orilla de un río común.

"¿Habrá resignación, exclamaba Aguirre, para que ellos, estando en el mismo caso y con la gravísima diferencia de estar nosotros en nuestra posesión y ellos también la nuestra, se crean facultados racionalmente para requerirnos el desalojo? Vaya, es menester la frescura del mundo para aguantarlos sin que salgan de quicio las almas."

Los españoles se negaron a ejecutar tal pretensión y el gobierno pasó al de Lisboa oficios para que las poblaciones de Coimbra y Albuquerque fuesen desalojadas.

Según la documentación disponible, esta fue la última novedad sobre la demarcación en la frontera norte de la provincia del Paraguay con el Brasil durante la estancia de Aguirre en el Paraguay.

 

 

LOS EFECTOS DEL PURGATORIO

El prolongado tiempo transcurrido y los trabajos en estas regiones habían dejado en Aguirre marcas de desgaste físico y moral. Unas y otras pueden entresacarse de su relato y de los datos del propio escenario paraguayo. El primer impacto de índole orgánico lo sufrió apenas llegó debido al clima. El calor, el sol, eran fuente de salud y de organización de la vida cotidiana de la provincia pero a la vez resultaba un impedimento para el viajero reciente. La población había aprendido a responder al calor prefiriendo el campo a la ciudad, construyendo sus casas con paredes gruesas, amplios corredores y patios arbolados, optando por una vestimenta ligera y suelta, hecha con tela liviana; se habituó a andar descalza, a desplazarse a caballo y sin prisa, a un horario de amanecer a crepúsculo y a la siesta prolongada en cama de red o hamaca tendida en el aire, entre troncos o bajo techado fresco.

Pero Aguirre, que había nacido y crecido entre las nieves del norte de España, no era resistente al calor, así que sufrió inflamación de ojos, fiebre intermitente, cefaleas y disentería que lo tuvieron postrado algún tiempo. Para adaptarse hubo de modificar sus costumbres y sus hábitos alimenticios y hacerse a una dieta casi exclusivamente vegetal y sin condimentos y a prescindir, en lo posible, del alcohol.

Junto a los intensos calores, la multitud de insectos, propios de la región, se convirtieron en un flagelo para el demarcador, a tal punto que le haría escribir en su Diario: "Parecen más bien países para el purgatorio de los hombres que propios para sustentarlos". En la espesura de los bosques, durante la navegación por los ríos y en la misma ciudad, la persecución de los mosquitos adquiría tonos épicos y risueños a la vez. Aguirre dejó constancia que esas ocasiones eran al mismo tiempo que trabajo insufrible, graciosa, "para el que la viese sin padecerla, sería gloria".

"Cada uno agarra una rama de sauce y toda la aplicación consiste en deshacerse de los animalitos infernales. Aunque los peones sean menos sensibles que nosotros, no han dejado de pasar los ratos más insufribles."

Los reptiles también eran fuente de desasosiego. Una picadura de víbora, escondida entre la vegetación o en el agua, podía equivaler a una muerte rápida. Relata, por ejemplo, que en la subida por el río Paraná rumbo a Asunción:

"...me hallaba en tierra con el ánimo de observar el eclipse del Sol, el 10 de marzo de 1784, cuando oí una confusión en el barco. Breve nos enteramos que una culebra monstruosa se había enroscado en el timón, intentando subir al barco; se le tiró munición pero inútil, por lo cual se arrojó un negro a partirle la cabeza con un hacha, de cuyo golpe cayó al río."

Otros penosos incidentes inesperados podían turbar el espíritu, como lo acaecido en el mismo viaje por el Paraná cuando el cabo de escuadra Luis de Torres falleció ahogado de un modo casi increíble:

"Hallábase aquel peinándose por la tarde del 27 de marzo de 1784, fue a beber con una guampa, se metió en la canoa que estaba en la misma orilla y a la acción de doblarse para tomar agua se fue algo la canoa y él al río por su impericia; lo vio toda la gente, se acudió al remedio, se buscó y se corrió toda la orilla, pero todo fue inútil porque el desgraciado Torres no volvió a salir más."

En fin, Aguirre, junto a los demás compañeros, debió atravesar paisajes desconocidos, alojarse en pueblos que le eran extraños, temiendo que pudieran ser hostiles, procurando a cada paso librarse de la fauna. En esas marchas se agotó, tiritó de frío o fiebre y todo ello sin posibilidad de regresar. A las secuelas físicas del demarcador hay que sumar las morales. La lejanía, el sentimiento de distancia y el aislamiento no siempre fueron fáciles de soportar. Se hallaba sumergido en un tiempo sin referencia, donde los días se sucedían unos a otros, ocupado por los gestos cotidianos de la observación del territorio, el cálculo de las distancias, el levantamiento de mapas. Unas jomadas transcurridas en la realización de estas tareas de una minuciosidad repetitiva y rutinaria, interrumpidas a veces por momentos de peligro o miedo. Tal vez esto explique la extensa alusión a sucesos que podrían calificarse de absolutamente intrascendentes, como el espacio que Aguirre dedicó bajo el título "Tercera muela del juicio a los 37 años”. En efecto, a principios del año 1794, relata:

"Empezó a salirme la 3º muela comúnmente llamada del juicio y es la inferior de la izquierda correspondiendo a la primera que me salió ahora seis años. Salen en diagonal y es casi promediando el tiempo que van tardando en llegar a su crecimiento. Evidentemente he observado que faltando correspondencia en las muelas, crecen las del hueco. Esto es: me saque la una inferior de la derecha el año de 1779, pues la superior correspondiente ha excedido notablemente de largo y las colaterales de la sacada se han ensanchado y ocupado parte del hueco de la sacada."

Sin aventuras heroicas o tumultuosas con que adornar su leyenda, a Aguirre no le estuvo privado, como es de suponer, de la inseguridad y el temor que por su condición de europeo significaba el encuentro con el indio.

 

LOS ÚLTIMOS AÑOS EN EL PARAGUAY: VIAJE A LA CORDILLERA Y SALIDA A LOS PUEBLOS DE COSTA ABAJO

Habiendo transcurridos diez años, explicaba Aguirre, "por la demora (de los portugueses) no hubo más remedio que pedir al Rey el relevo, lo cual practicamos conjuntamente don Félix de Azara y yo el 19 de enero de 1793".

El virrey don Pedro de Meló y Portugal lo hizo efectivo el 18 de setiembre de 1795 y fue reemplazado por Juan Gutiérrez de la Concha. Pero, recién el 19 de febrero del año siguiente emprendió el retomo a España.

Los tres años que mediaron entre la solicitud de relevo y su alejamiento del Paraguay los aprovechó para efectuar un conjunto de salidas a los pueblos del interior del país que dio como resultado minuciosas descripciones de cada uno de ellos, el establecimiento de distancias y el levantamiento de croquis que, aún en el presente, no han sido estudiados en profundidad y cotejados con otros testimonios de la época.

Consta, por ejemplo, que en diciembre de 1793 recorrió Campo Limpio, Itá, Itacurubí, Yhaguy, Barrero Grande, Piribebuy, Carapeguá e Ypoá, regresando a Asunción el 2 de enero del año siguiente. Sobre Itá, cuyos habitantes, calculó Aguirre, ascendían a 1.249, dejó consignados los trabajos allí realizados:

"La gente del pueblo se va multiplicando, se ha abierto una calle nueva y se piensan abrir otras. Levanté plano del pueblo con arreglo a mi vara castellana. Sólo trabajé por la mañana y tardé un corto rato, por ser terribles los soles, por no haber necesidad de más ahínco y le acabé víspera de Pascua."

Junto a estas referencias aparecen los nombres de las principales estancias de los puntos del viaje y de sus propietarios como la de doña Lorenza Delgadillo, la de José Antonio Zavala, en Itacurubí, la de Salvador Cabañas, la de José Casal, en Campo Limpio, las tierras de Luis Baldovinos o la casa de los naranjos, de "un hombre llamado Toribio González".

En el mes de mayo volvió a salir para recorrer otros puntos de la Provincia: Luque, Capiatá, Pirayú y Yaguarón. Sobre este último poblado dejó una extensa descripción y datos de interés como los que siguen:

"Nada más llegar se me antojó medir la longitud del pueblo con referencia a la vara castellana, que lleva siempre mi bastón demarcatorio (tiene ese nombre porque carga la aguja). Luego levanté el plano del pueblo."

Asegura Aguirre que subió al cerro homónimo de la ciudad, de 240 metros, que tardó 15 minutos cuesta arriba y que se agotó.

"A decir verdad, me abochorné de mí mismo acordándome de la patarata -comparada con la de nuestro país- que habíamos subido. No obstante los otros pidieron ayuda de mano ajena que yo no necesité. "

También enumera aquí a las principales personas y propiedades que visitó como las tierras de Luque, de Manuel Grance, las de Baltasar Patiño, en Pirayú, las de Blas de Acosta, "el más rico y benemérito hacendado de la cordillera de Angostura".

Al año siguiente, 1795, realizó una salida a los pueblos de costa abajo recorriendo, como puntos principales, Manduvirá, Remolinos, Guarambaré, Atirá y Estero Bellaco. De ese itinerario sobresalen las noticias y el croquis de Remolinos, "un pueblo compuesto por 20 casas", como así también una extensa referencia bajo el título "descripción de las estancias del Paraguay", cuyos núcleos principales las presentaban así:

"Una legua de frente y tres de fondo es una estancia corriente para cría de 400 cabezas de ganado, más ya se comprimen. Para su manejo se necesitan un capataz y ocho o diez peones, estos ganan dos pesos de plata a pagar antes en género o ganado y ahora tal cual en plata. El primer cuidado del poblador es hacer la casa que particularmente llaman estancia, un rancho de una sala es la vivienda principal y si vive el amo, unos dos más para el capataz y peones. Una silla rota, una mesa del propio tenor, un catre de cuero o correas y dos tinajas, con una estampa ordinaria es todo el ajuar de casa y capilla. Algunas tienen su poca de decencia más y están cubiertas de teja: euros, guascas, palos y cuerdas para colgar los equipajes de camisa y calzoncillos, arreos de montar, lazos y alguna guitarra están abundantes. Los perros es también género de abundancia. El segundo cuidado son los corrales, dos chicos para mudas de caballos y encierro de lecheras y otro grande que llaman rodeo para el ganado. El primor de una estancia es enseñar al ganado que venga de por sí al rodeo, lo cual se consigue trayéndole al principio todas las tardes y de cuando en cuando a dos veces a la semana lo más tarde cuando está aquerenciado. Esto llaman parar el rodeo".

Durante este viaje se hospedó y tomó contacto con estancieros como Mauricio Palacios, en Manduvirá; José Amarillas, en Remolinos; Bernardo Cainenos, en Guarambaré; y Ramón Penayos, entre otros.

Al regreso a Asunción se encontró con las fiestas que se desarrollaban para obsequiar al nuevo Virrey y anterior Gobernador de la Provincia, don Pedro Meló de Portugal. El recuento de los festejos -misas, Te Deum, días de toros, juegos, bailes, luminarias y rúas- fueron ocasión para que Aguirre mencionase datos que daban cuenta de los progresos de la ciudad luego de más de una década de vivir en ella:

"Estas rúas de la ciudad es probable hayan sido las mejores que se hayan hecho hasta aquí porque el Paraguay tiene ya un incremento muy sobresaliente al estado de antes, así en el número que ha aumentado de sus habitantes, como en lujo y galas."

Entre los meses de junio y de octubre de 1795, efectuó el último recorrido por el interior del Paraguay. El principal objetivo consistió en dirigirse a la zona comprendida entre los ríos Tebicuarí y Jejuí para perfeccionar la carta geográfica que tenía en preparación. Uno de sus primeros puntos que visitó fue Caazapá, población a la que dedicó una extensa caracterización:

"Los campos de Caazapá de los hermosos de esta provincia, porque no obstante de que no falten sus pobladores, hay muchos para estancias desahogadas en que tienen opulencia de ganados. Las estancias de Caazapá son 16: Yeguarizo, Santa Bárbara, San Francisco, Santa Ana, Santa Ventura, San Miguel, Cabayuretá, Belén, S. Solano, Jesús María, San Rafael, Santa Teresa, Santa Catalina, San Agustín, San Antonio y el Rosario.

Diré de Caazapá que su Colegio se está arruinando a toda prisa, con evidente peligro de vivir en él. La iglesia poco menos. Vi en ella el copón que está en el Sagrario de oro, piedras y diamantes que costó 120 pesos en Buenos Aires, trabajando por el Orive Marañón, cáliz y vinajeras correspondientes, no sé en cuánto. Hay 6 blandones de 1 1/2 arroba de plata cada uno y otras alhajas de cálices, patenas. Los ternos (conjuntos de ornamentos litúrgicos) son muchos y ricos, pero ya bien arruinados y así va todo.

El pueblo tiene 10 tirones en 5 calles y una de travesía, todas casas con diferentes habitaciones a su corredor, obra toda de material, pilastras de ladrillo, paredes de teja y adobes y techos de tejas. Confieso se me angustió el corazón cuando vi tan buen pueblo en la situación presente."

Pasó luego por Yuty, Tacurupucú y Quindí. Concluyó este recorrido de 152 leguas en el mes de julio. A su regreso a Asunción pasó en limpio las tablas de todas las distancias y formuló precisiones sobre el recorrido del río Tebicuarí.

Villa Real, en los primeros días de octubre de 1795, fue el último destino del marino español en tierra paraguaya. Según él mismo lo dejó apuntado:

"...mi designio en este viaje era alejarme a colocar las cordilleras y cabeceras de los ríos, cosa que se halla tan errada y volver cogiendo las nuevas estancias entre el Aquidabán y el Apa, pero ya no hay tiempo, habiendo recibido en estos días el correo que llegó a la ciudad el mes pasado, con la orden de que sea relevado por el Capitán de Fragata don Juan Gutiérrez de la Concha: de esto hablaré después. Si este fin no lo he logrado, porque requería mucho tiempo para su exactitud, me sería doloroso dejar la provincia sin colocar a lo menos algunos conocidos sitios de poblaciones antiguas y es lo que voy a practicar antes de regresar."

Por las entretelas de los relatos, descripciones, mediciones y croquis en torno a las jornadas reseñadas sucintamente hasta aquí, surgen rasgos de la personalidad y de los intereses de Aguirre que ameritarían un estudio más extenso. Indudablemente le atraían mucho más los accidentes geográficos y las peculiaridades del paisaje que la gente con la que se encontraba, el territorio era, para él, "campo de batalla" y las mediciones su objetivo principal: "Se suda un poco para hacer algo de provecho. A ello el que no lo crea". Cada uno de los escritos acerca de las rutas y de las tareas finiquitadas finaliza con expresiones que ponen de manifiesto algún rasgo de su carácter y sus valores. Así, luego del viaje a la cordillera, apunto: "Fin de los puntos principales del viaje. Todo lo vence la constancia" o bien, luego del recorrido que tuvo al río Tebicuarí como eje principal, anotó: "ad majorem Dei gloriam" (para mayor gloria de Dios).

 

EL REGRESO A ESPAÑA

En noviembre de 1795 comenzó los preparativos para dejar el Paraguay. Precisamente en Villa Real escribió la emoción que le producía esa circunstancia:

“Sensible es venir a una comisión y no cumplirla, pero como no se ha de verificar, es más honor el dejarla que el proseguirla. Por otra parte, mis trabajos están ya sazonados gracias a Dios y su bondad me ayuda y favorece más de lo que merezco, que es nada. Yo dejo un destino, el más tranquilo, feliz y acomodado del mundo, pero no es la primera vez que esto me sucede. Es menester que tengamos algún honor y por él y el servicio de mi Rey y Patria es cierto me aparto de los placeres. Ni me he casado, ocupando el tiempo según puedo.”

Aguirre fijó su partida para el 19 de febrero de 1796. Bajando por tierra hacia la ciudad de Buenos Aires va desarrollando extensas descripciones de cada uno de los puntos del viaje: Candelaria, Santo Tomé, Yapeyú, Concepción del Uruguay, Santa Fe, Rosario, San Nicolás. Dejó constancia de que visitó el archivo de la ciudad de Santa Fe "que a la sazón se estaba arreglando: hubo algún tropiezo al principio, pero sin ser necesaria otra que la atención, se allanó”. Asimismo que, en la medida en que se necesario, "iba rectificando cuantas especies tengo vertidas en el Diario anterior" acerca del recorrido puesto que:

“Absolutamente no hay la menor noticia geográfica de estos lugares; pero qué mucho, cuando en las mismas tierras se ignora tanto como es el saber si hay o no camino. Elegido el camino de las villas me proponía aumentar a la geografía unos puntos notables y siguiendo después desde Santa Fe a Buenos Aires, situaba otros que me hacían falta para la perfección de mi río Paraná y aún me proponía aumentar otros nuevos."

Consta que en el mes de junio ya estaba en Buenos Aires. La demora en el arribo a ese puerto de la fragata SANTA CLARA en la que debía embarcarse hacia España la ocupó en corregir su Diario:

"...siendo una especie de trabajo que tengo experiencia ser de los más ímprobos. Estoy en que puede equipararse a cualquiera de la carrera y yo puedo decir que entre las fatigas militares no me fueron tan sensibles sus trabajos. Los trabajos literarios me atormentan más de lo que parece."

Finalmente, el 11 de enero de 1798 se dio la orden de partida a la SANTA CLARA que iba en calidad de escolta de las fragatas SANTA FLORENTINA y MEDEA que conducían caudales.

El 4 de abril de 1798 Aguirre comunicaba al Director Secretario del Despacho Universal de Marina de España e Indias, don Juan de Langara y Ugarte, su llegada a España, luego de una travesía azarosa por el Atlántico durante ochenta días en los que, según su relato, perdido el rumbo por haber quedado imposibilitado el reloj de longitud "me puso en la obligación de concurrir a su felicidad en la parte que pudiese, lo cual se ha cumplido con completa exactitud".

"Arreglé mi reloj de longitud que me sirvió en la mar para valorar otro de don José Quevedo que se llegó a imposibilitar; con cuyos instrumentos y las distancias de mi circular se ha logrado aquel fin sin error de una milla después de ochenta días con asombro de la expedición."

Era la primera vez que alguien lograba arreglar un reloj marítimo en el mar.

¿Qué clases de trabajos le depararían a Aguirre en España? ¿Qué repercusión tendrían los que había realizado en el Paraguay?



CRONOLOGÍA

1758: Nace el 17 de agosto en el lugar llamado Donamaría, perteneciente a la merindad de Pamplona, en el valle de Santesteban, al norte de la provincia de Navarra, España.

1772: el 3 de abril se integra, junto con su hermano Juan Bautista, a la Real Compañía de Guardias Marinas, una vez acreditada su genealogía y su hidalguía.

1774: Luego de haber finalizado los cursos regulares en la Real Compañía de Guardias Marinas, se embarca en la fragata Rosalía, destinada a explorar la zona de Trinidad buscando una posible isla frente a las costas del Brasil.

1781: recibe instrucción de desembarcar en Cádiz y quedar a las órdenes del Capitán de Navío José Varela y Ulloa para integrarse a la comisión demarcadora de límites en América del Sur.

1782: el 23 de enero zarpa, desde Lisboa, en la fragata mercante Santísimo Sacramento rumbo a América

1783: en el mes de abril arriba a la ciudad de Buenos Aires.

1783: en el mes de diciembre zarpa del puerto de Las Conchas (provincia de Buenos Aires) rumbo a la provincia de Paraguay para iniciar las tareas de demarcación de límites.

1784: el 25 de abril, encabezando la cuarta partida demarcadora de límites, llega al puerto de Asunción.

1791: viaja desde Asunción hasta la villa de Curuguatí para unirse a los demarcadores portugueses con quienes debía finiquita las tareas. Llega en el mes de junio.

1793: en el mes de enero solicita al Rey su relevo en el puesto de comisario de la cuarta partida de demarcación.

1793: colabora, en el transcurso de ese año, en las tareas de fortificación en la zona del Alto Paraguay y en el Fuerte Borbón que había sido fundado el año anterior.

1793: en el mes de diciembre recorre y hace exploraciones en Campo Limpio, Itá, Itacurubí, Yhaguy, Barrero Grande, Piribebuy, Carapeguá, e Ypoa.

1794: en el mes de mayo recorre Luque, Capiatá, Pirayú y Yaguarón.

1795: realiza una salida a los pueblos de costa abajo recorriendo, como puntos principales, Manduvirá, Remolinos, Guarambaré, Atirá y Estero Bellaco.

1795: entre los meses de junio y octubre efectúa el último viaje por el interior del Paraguay, en la zona comprendida entre los ríos Tebicuarí y Jejuí

1796: en el mes de febrero inicia, a pie, el viaje a Buenos Aires para, desde allí, regresar a España.

1798: 11 de enero zarpa desde el puerto de Buenos Aires.

1798: en el mes de marzo arriba el puerto de La Coruña (España) en la fragata Clara procedente de América, luego de dieciséis años de permanencia en este continente.

1799: entre los meses de junio y agosto se ocupa en la revisión de su Diario y de los otros relatos producidos durante su estancia en Paraguay.

1805: en el mes de julio es ascendido a capitán de Navío.

1805: el 28 de julio es nombrado capitán interino del Puerto de Pasages, en la provincia de Guipúzcoa, en el norte de España.

1805: el 18 de Octubre la Real Academia de la Historia de España lo designa miembro correspondiente por la provincia de Guipúzcoa.

1805: el 23 de diciembre se le confiere la dirección y la comandancia de las fábricas de artillería de la Cavada.

1811: el 26 de febrero fallece, en una casa cercana a la parroquia de Santiago de Orejo, diócesis de Santander.

1819: los manuscritos inéditos de Aguirre son donados a la Real Academia de la Historia de España.



FUENTES CONSULTADAS

Archivos

España:

• Real Academia de la Historia, Sección Manuscritos/9-4017: Diario del Capitán de Fragata de la Real Armada Don Juan Francisco Aguirre en la Demarcación de Límites de España y Portugal en la América Meridional.

• Archivo de la Marina Álvaro de Bazán.

• Museo Naval de Madrid.

• Archivo Biográfico de España, Portugal e Iberoamérica (ABEPI): microfichas.

Paraguay:

• Archivo Nacional de Asunción.

• Colección Río Branco.

• Sección Historia.

• Actas del Cabildo de Asunción Años 1784-1793.



Bibliografía

ACEVEDO, Edberto La intendencia del Paraguay en el virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires, Ciudad Argentina, 1996.

AGUIRRE, Juan Francisco, Discurso histórico sobre el Paraguay. Edición y estudio preliminar a cargo de Ernesto Maeder, Buenos Aires, Union Académique Internationale y Academia Nacional de la Historia, 2003.

AZARA, Félix de, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, Buenos Aires, Bajel, 1943.

BAROJA, Julio Pío, La hora navarra del XVIII. Personas, familias, negocios e ideas, Pamplona, Comunidad Foral de Navarra, 1985.CARDOZO, Efraím, Historiografía Paraguaya, México, IPGH, 1959.

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DE LA VALGONA, Dalmiro, Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes, Madrid, Instituto Histórico de la Marina, 1944.

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SALAS, Alberto, "Los Demarcadores", en Roberto Levillier, Historia Argentina, Buenos Aires, 1967.

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USUNÁRIZ GARAYOA, Jesús María, Nobleza y señoríos en la Navarra Moderna. Entre la solvencia y la crisis económica, Pamplona, EUNSA, 1997.

VIVES AZANCOT, Pedro, El confín norteño del Río de la Plata, Asunción en el último cuarto del siglo XVIII, Madrid, editorial de la Universidad Complutense, 1980.



LA AUTORA

Liliana M. Brezzo se graduó de Licenciada y doctora en Historia en la Pontificia Universidad Católica Argentina. Su tesis doctoral "Las Relaciones entre la Confederación y el Paraguay 1852- 1862" recibió la mención honorífica a las obras inéditas de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Entre 1989 y 1994 se desempeñó como profesora de Introducción a la Historia y de Historia de América II en la carrera de Historia de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales del Rosario (PUCA). Entre los años 1996 y el 2000, estancias post doctorales en la Universidad de Navarra (España), facilitaron su especialización en Historiografía Contemporánea.

En la actualidad es investigadora científica en categoría independiente del escalafón en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina en la Unidad Ejecutora Instituto de Investigaciones Históricas, Económicas, Sociales e Internacionales (IDE- HESI- Nodo Instituto de Historia). Forma parte del Consejo

Directivo de dicha Unidad Ejecutora. Sus líneas principales de trabajo son el análisis del proceso histórico de las relaciones entre Argentina y Paraguay durante los siglos XIX y XX, los vínculos intelectuales entre historiadores paraguayos y argentinos y estudios sobre historia de la historiografía. Mediante procesos selectivos, sus proyectos de investigación han recibido subsidios, entre otros organismos, del Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCyT- Rep. Argentina), de Proyectos de Estímulo a la Investigación (PEI) y Proyectos de Investigación Plurianuales (PIP) del CONICET, del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes de la República de Paraguay (FONDEC), del Consorzio Interuniversitario Italiano per l'Argentina (CUIA- Italia) y de la Dirección General de Investigación Científica y Tecnológica (DGICT)- Universidad Nacional de Asunción (República de Paraguay).

Los resultados de sus investigaciones los ha recogido en obras individuales, en coautoría y colectivas. Entre las recientes figuran: Ruptura y Reconciliación. España y el reconocimiento de las independencias latinoamericanas (2012), Historia de las Relaciones Internacionales del Paraguay (en coautoría con Ricardo Scavone Yegros, 2010), Juan E. O'Leary. El Paraguay convertido en acero de pluma (2011), Paraguay. El Nacionalismo y la guerra (2009), Polémica sobre la Historia del Paraguay (2012), Juan Bautista Alberdi - Gregorio Benítez. Epistolario Inédito (1864-1883) Tres tomos (2006-2007).

En el ámbito de la docencia universitaria, es profesora de la asignatura Metodología de la Investigación I en la Escuela de Educación de la Universidad Austral (República Argentina) y en el nivel de posgrado es responsable del Seminario Historiografía social y cultural en la región del Plata de la Maestría en Historia de la Universidad de Montevideo (Uruguay). Desde el año 2007 es profesora visitante en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción en las asignaturas Historia de la Historiografía e Historiografía paraguaya, siendo la primera docente extranjera en el dictado de esa asignatura.

Desde el año 2004 desarrolla, en el contexto de diversos proyectos, asesorías técnicas de alto nivel en la Unidad de Cooperación Horizontal de la Dirección de Cooperación Internacional del ministerio de Relaciones Exteriores, Culto y Comercio Internacional de la República Argentina. En Paraguay ha prestado asistencia técnica en la temática de conservación, restauración, preservación y puesta en valor de los bienes patrimoniales del país tanto los materiales como los inmateriales.


 

 

 

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL DIARIO ABC COLOR SOBRE EL LIBRO

 


ASPECTOS INÉDITOS DEL PARAGUAY COLONIAL EN LIBRO SOBRE AGUIRRE

“Juan Francisco Aguirre” es el libro que aparece hoy con el ejemplar de nuestro diario, como séptimo volumen de la Colección Gente que hizo Historia, de El Lector y ABC Color.

Esta obra de la historiadora argentina Liliana M. Brezzo narra la vida y la obra de uno de los más grandes exploradores españoles que vinieron a la provincia colonial del Paraguay.

Aguirre dejó un inmenso legado de datos e informaciones sobre el Paraguay colonial, que vio la luz varios años después de su muerte, ocurrida en España en 1811. Llegó a Asunción en 1784. Después de realizar una enorme labor de recopilación de información, en enero de 1793 pidió volver a España. Solo pudo regresar a la península ibérica en febrero de 1796.

Los tres años que mediaron entre la solicitud de relevo y su alejamiento del Paraguay Aguirre los aprovechó para efectuar un conjunto de salidas a los pueblos del interior del país que dio como resultado minuciosas descripciones de cada uno de ellos, el establecimiento de distancias y el levantamiento de croquis que, aún en el presente, no han sido estudiados en profundidad y cotejados con otros testimonios de la época.

Consta, por ejemplo, que en diciembre de 1793 recorrió Campo Limpio, Itá, Itacurubí, Yhaguy, Barrero Grande, Piribebuy, Carapeguá e Ypoá, y regresó a Asunción el 2 de enero del año siguiente. Sobre Itá, cuyos habitantes, calculó Aguirre, ascendían a 1.249, dejó consignados los trabajos allí realizados: “La gente del pueblo se va multiplicando, se ha abierto una calle nueva y se piensan abrir otras. Levanté plano del pueblo con arreglo a mi vara castellana. Solo trabajé por la mañana y tardé un corto rato, por ser terribles los soles, por no haber necesidad de más ahínco y le acabé víspera de Pascua”.

Junto a estas referencias aparecen los nombres de las principales estancias de los puntos del viaje y de sus propietarios, como la de doña Lorenza Delgadillo, la de José Antonio Zavala, en Itacurubí; la de Salvador Cabañas, la de José Casal, en Campo Limpio; las tierras de Luis Baldovinos o la casa de los naranjos, de “un hombre llamado Toribio González”.

En el mes de mayo volvió a salir para recorrer otros puntos de la Provincia: Luque, Capiatá, Pirayú y Yaguarón. Sobre este último poblado dejó una extensa descripción y datos de interés como los que siguen: “Nada más llegar se me antojó medir la longitud del pueblo con referencia a la vara castellana, que lleva siempre mi bastón demarcatorio (tiene ese nombre porque carga la aguja). Luego levanté el plano del pueblo”.

Al año siguiente visitó los pueblos de costa abajo recorriendo, como puntos principales, Manduvirá, Remolinos, Guarambaré, Atyrá y Estero Bellaco.

Publicada en fecha : 23 de Junio de 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY



CÓMO ERA ASUNCIÓN EN LOS TIEMPOS DE LA COLONIA

Un libro pleno de información novedosa, sobre todo en lo referente a la Asunción colonial vista y descripta por uno de los primeros y mejores observadores que tuvo aquella provincia.

“Juan Francisco Aguirre” es el título de esta obra, y en ella su autora, Liliana Brezzo, narra la vida de este gran explorador español y rescata la visión del Paraguay que dejó documentada. El libro llega mañana a los lectores con el ejemplar de nuestro diario, dentro de la colección Gente que hizo Historia, de ABC Color y El Lector.

Entre 1784 y 1796, Juan Francisco Aguirre conoció, recorrió y escribió sobre el Paraguay.
Entre sus itinerarios sobresalen los que realizó a los de Mbocayaty, el “viaje a la cordillera” y su trayecto por los pueblos de “costa abajo”. Como resultado de esas jornadas –dice la doctora Liliana Brezzo– han quedado valiosas descripciones como las de las poblaciones de Yaguarón, Remolinos, Caazapá, Quyquyhó, Yuty y Villa Real, entre otras.

Los descansos entre las distintas marchas los aprovechó para recopilar documentos en el archivo de Asunción y para leer los principales relatos disponibles, a finales del siglo XVIII, sobre el descubrimiento y conquista de la región.

Es imposible referir, por el momento –agrega la autora–, todos los trabajos que realizó: recuentos de población, mediciones de distancias, reseñas de los poblados y croquis de los territorios. Tampoco es posible mostrar un completo recuento de las aventuras, desasosiegos, alegrías y desánimos por los que atravesó durante tantos años.

En el libro se destaca que toda la existencia de los 4.941 asuncenos –la provincia tenía, por ese tiempo, unos 89.178 habitantes según el censo del año 1782– giraba en torno al río, protagonista primordial de la vida regional.

Puerta y trastienda, obstáculo y vía de comunicación, eje y periferia, la corriente del Paraguay era el núcleo vertebrador de su estructura física.

Como vía regular, navegable hasta Corumbá (Brasil), a unos 1.530 kilómetros desde la desembocadura en el Paraná, a lo largo de todo este recorrido ofrecía un buen canal para la navegación y, junto con el Paraná, determinaba el régimen fluvial del Plata. Era, a finales del siglo XVIII, según sostiene el investigador español Pedro Vives Azancot, la imagen misma de la sociedad paraguaya y en él ponían repetidamente sus esperanzas.

Publicado en fecha: 22 de Junio de 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY



UN ELOGIO PARA LOS FUNDADORES

Durante sus trabajos exploratorios en Paraguay, Juan Francisco Aguirre (1758 – 1811) adquirió pleno conocimiento del medio y de esta sociedad en la que vivió por largos años. Y su extenso manuscrito es, sobre todo, un elogio de quienes fundaron el Paraguay y lo sostuvieron, con heroísmo y tenacidad, a lo largo de tres centurias.

 

Liliana M. Brezzo (izq.) hizo una profunda investigación en varios archivos para seguir la vida y la obra

del gran explorador Juan Francisco Aguirre. / ABC Color

 

Así indica la historiadora Liliana Brezzo sobre el protagonista del libro, que aparecerá el domingo 23 con el ejemplar de nuestro diario.

¿Cuál fue el propósito de la venida de Aguirre?

Aguirre llegó al Paraguay en 1784 para marcar la línea divisoria conforme al Tratado de San Ildefonso, de 1777, entre España y Portugal. La esencia del conflicto entre las coronas española y portuguesa por los límites en la América meridional radicaba en la ocupación de las grandes cuencas fluviales que permitían controlar el comercio interior.

¿Qué estipulaba el tratado de San Ildefonso?

Señalaba la línea divisoria en América del Sur con carácter provisorio; los comisarios debían, sobre el terreno, determinar con mayor exactitud los límites.

¿Cómo se haría eso?

Se creó la Comisión Demarcadora para la América Meridional. Aguirre debía reunirse con su par portugués en el río Ygatimí, subirían por el río Paraguay hasta el río Ypané. De allí continuarían a demarcar hasta la boca del río Jaurú, atravesando los pantanos llamados Laguna de los Jarayes, tarea para la cual se recomendaba llevar prácticos.

¿Cuánto tiempo permaneció Aguirre en el Paraguay y qué hizo?

Estuvo entre 1784 y 1796. Como resultado de la larga estancia acumuló cientos de folios con informaciones sobre las zonas recorridas, levantó cartas geográficas y planos y transcribió documentos de los archivos de Asunción y Buenos Aires, que configuran una verdadera cantera para el conocimiento del Río de la Plata.

Es decir, hizo un estudio sobre Paraguay como nunca se había hecho antes.

Como fruto de esos trabajos, en el caso de la actual República de Paraguay, se conocieron los primeros mapas fidedignos, se ofrecieron inéditos datos geográficos y demográficos que posibilitaron a las autoridades y a los habitantes la conformación de una imagen real y completa de su territorio y, por ende, su posesión efectiva.

¿Cuáles fueron los principales aportes de Aguirre?

No importa el tema ni el enfoque ni la profundidad con que se estudie la historia del Paraguay durante la segunda mitad del siglo XVIII: en toda reconstrucción histórica política, social y mental del Paraguay se apela al testimonio de Juan Francisco Aguirre, considerado como uno de los más fidedignos de la época.

¿Cómo dio a conocer sus materiales?

Escribió un diario que recoge sus observaciones, sus experiencias y sus vivencias durante los 12 años que vivió en esta provincia. Este escrito ha sido publicado, hasta hoy, solo fragmentariamente.

Muchos de los datos que se recogen en este libro han tenido como fuente principal, las partes inéditas del texto de Aguirre que se conserva en el archivo de la Real Academia de la Historia de Madrid. De aquí su novedad.

¿Cómo pudo usted construir la historia de Aguirre?

He tenido la suerte de poder consultar el archivo histórico de Navarra y el archivo diocesano en la ciudad de Pamplona, lo que me ha permitido reconstruir el itinerario personal de Juan Francisco Aguirre, de su familia y del primer tramo de su trayecto profesional.

Publicada en fecha: 21 de Junio de 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY



COLECCIÓN “DESCUBRE” A LOS HÉROES OLVIDADOS

La biografía de un hombre que fue sumamente importante para el Paraguay pero aún sigue siendo muy poco conocido será presentada por la Colección Gente que hizo Historia: “Juan Francisco Aguirre”, de la historiadora argentina Liliana M. Brezzo, experta en temas referentes a nuestro país.


Juan Francisco Aguirre (1758-1811) acumuló durante su larga estancia en Paraguay cientos de folios con informaciones sobre las zonas recorridas, levantó croquis, midió distancias, hizo recuentos de habitantes y transcribió documentos de los archivos civiles de Asunción y Buenos Aires.

De acuerdo con la autora del texto, Liliana M. Brezzo, este libro pretende convertirse en una primera reconstrucción del itinerario personal de Aguirre de acuerdo con la documentación disponible, a la vez de un bosquejo de sus actividades y de sus escritos.

De acuerdo con la doctora Brezzo, puede sostenerse que, en el caso de Paraguay, como fruto de sus trabajos y los de los demás oficiales de las partidas españolas se conocieron los primeros mapas fidedignos de la región, se ofrecieron datos geográficos y demográficos inéditos de los que las autoridades locales hicieron amplio uso y posibilitaron a los paraguayos la conformación de una imagen real y completa de su territorio y, por ende, su posesión efectiva.

Dos investigaciones produjeron los avances más relevantes que se conocen sobre la trayectoria personal y los escritos de Aguirre en el Paraguay.

Efraím Cardozo, en su monumental Historiografía Paraguaya (1959), dio cuenta de los contenidos de las ediciones parciales del Diario de Aguirre y presentó una valoración de su obra. Por su parte, Ernesto Maeder se concentró en el estudio y restitución de las secciones del manuscrito de Aguirre denominadas Discurso Histórico así como su continuación: Épocas de la provincia del Paraguay o prosecución del discurso histórico. El trabajo tuvo como corolario, en el año 2003, la edición independiente y precisa de esas partes.

Publicada en fecha: 19 de Junio de 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY



LA VIDA DE UN EXPLORADOR DEL PARAGUAY POCO CONOCIDO

Dentro de la Colección Gente que hizo Historia, el domingo 23 aparecerá con el ejemplar de nuestro diario el volumen siete de la presente serie: “Juan Francisco Aguirre”, de la historiadora argentina Liliana M. Brezzo, que es la biografía de uno de los más grandes exploradores españoles.

Juan Francisco Aguirre (1758-1811) dejó documentos, datos e informaciones de sus exploraciones en el Paraguay, que solo fueron dados a conocer a partir de la década de los años 50 del siglo XIX.

En el prólogo del libro que aparecerá el domingo, Hérib Caballero Campos apunta que la doctora Liliana Brezzo presenta los resultados de una investigación documentada, realizada en España, Argentina y Paraguay, en la que se encuentra abocada desde hace bastante tiempo.

La autora nos da detalles sumamente ricos sobre la biografía de un hombre que no solo vino a cumplir las órdenes de sus superiores sino que dejó una obra en gran parte inédita.

La obra de Aguirre es en su mayor parte sobre el Paraguay, ese país casi desconocido que se encontraba en los límites de un extenso imperio como el español, al que Aguirre ayudó a descubrir y que permitió también a los habitantes del Paraguay de entonces comprender su geografía y la magnificencia de su naturaleza.

Este libro era más que necesario, pues no se había escrito una biografía de este hombre a pesar de que es inexcusable para los especialistas en historia colonial consultar su Diario.

En su obra, Aguirre proporciona no solo detalles de sus viajes sino también sobre la historia de la Provincia, pues él pudo acceder a los Archivos del Cabildo de Asunción, en el cual se encontraban todos los documentos de la administración de la Provincia desde el siglo XVI.

Aguirre, junto a Félix de Azara y los demás demarcadores, contribuyó al desarrollo del conocimiento del territorio paraguayo, un elemento indispensable en el proceso de identificación, que se construyó a partir de la Independencia en 1811.

Por su parte, la doctora Brezzo, gran conocedora de la historia del Paraguay, señala que en la segunda mitad del siglo XVIII llegaron al Paraguay varios oficiales de la Armada Española que formaban parte de la comisión demarcadora de límites entre los dominios de España y de Portugal en América del Sur, previstas en el tratado de San Ildefonso de 1777.

Dicha comisión se organizó en grupos llamados partidas, así designadas porque las líneas fronterizas que había que delimitar se partieron en cuatro partes.

Juan Francisco Aguirre arribó en calidad de Comisario de la Cuarta Partida Demarcadora; a su grupo le competía investigar la línea divisoria, en unión con los comisarios portugueses, entre los ríos Paraná, desde el Ygurey y el Paraguay hasta el Jaurú.

Como parte de sus obligaciones, le incumbía asentar en un diario los sucesos de la demarcación y también noticias históricas y geográficas de los países afectados por la línea divisoria.

Las partidas portuguesas correspondientes al Paraguay nunca aparecieron, de modo que Aguirre pudo extender sus investigaciones a todos los órdenes de la realidad paraguaya, las que luego recogió en el manuscrito que se conoce con el título de “Diario del Capitán de Fragata de la Real Armada Don Juan Francisco Aguirre en la Demarcación de Límites de España y Portugal en la América Meridional”.

Publicada en fecha: 18 de Junio de 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

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