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  EL LIBRO DE LA PIEDRA - IMÁGENES Y ENIGMAS DE LAS MISIONES JESUÍTICAS EN EL PARAGUAY (Fotografías de FERNANDO ALLEN)


EL LIBRO DE LA PIEDRA - IMÁGENES Y ENIGMAS DE LAS MISIONES JESUÍTICAS EN EL PARAGUAY (Fotografías de FERNANDO ALLEN)

EL LIBRO DE LA PIEDRA

IMÁGENES Y ENIGMAS DE LAS

MISIONES JESUÍTICAS EN EL PARAGUAY

Texto: MAR LANGA PIZARRO

Fotos: FERNANDO ALLEN

UNIVERSITAT D’ALACANT

Ediciones FOTOSÍNTESIS

Asunción – Paraguay

Noviembre de 2003

Foto de tapa: Escultura y restos líticos en la galería del antiguo

Claustro de la Reducción de Santísima Trinidad del Paraná.

Para compra del material:

http://www.fotosintesis.biz

FOTOSINTESIS
Fotografía + Editorial
Teniente Oddone 1869 "B" c/ Juan XXIII
Asunción - Paraguay

Telefax: (595 21) 613 588
Teléfono: (595 21) 622 631
Email: info@fotosintesis.biz

 

 

Monograma de la Compañía de Jesús.

Retablo de la Iglesia de Santiago (detalle)

Madera policromada y dorada.

 

Desde lo alto de esta torre de Trinidad del Paraná, el sol parece una bola humeante, teñida del color de la tierra. Hace un rato, todavía se divisaba, allá a lo lejos, la silueta inconclusa de la misión de Jesús del Tavarangüe. Ahora, la luz del atardecer sólo nos permite seguir observando Trinidad: la iglesia con su púlpito, su pila bautismal y el pórtico de la sacristía que sirve de precario museo; las casas de los indígenas; los restos de sus Talleres...

No nos cuesta entornar un poco los ojos para imaginar el templo con su bóveda, y llenar el espacio con los cuatro mil indígenas que llegaron a vivir en estas casas que aún se alzan sobre el manto de césped. Tampoco es difícil aguzar la memoria acústica, y sentir las notas del compositor toscano Doménico Zipoli, deslizándose entre las piedras mudas. Son tantos los que me han descrito aquel 25 de mayo de 1986 en el que un grupo de músicos paraguayos (dirigidos por Luis Szarán e Isis de Bárcena) presentaron por primera vez en doscientos años la Misa de Zipoli, que sus emociones todavía parecen asentadas en esta iglesia.

Hemos recorrido los paisajes de las tierras en las que se instalaron las misiones: nos hemos sentido desbordados por la belleza indescriptible de las cataratas de Iguazú, con su caída de setenta metros y la potencia de sus cinco mil metros cúbicos de agua por segundo; hemos respirado el aroma peculiar del bosque subtropical, esa jungla casi virgen llena de plantas y aves; hemos reposado la mirada en la inmensa sabana; hemos regresado a las obras humanas en la presa hidroeléctrica construida en Guairá, y en el puente dedicado a San Roque González de Santa Cruz, que une Encarnación con Posadas; hemos deslizado nuestros dedos por los muros silenciosos de Trinidad y de Jesús; y hemos deleitado nuestra vista con las pinturas de Santa Rosa, el púlpito de San Ignacio, la madera policroma de Santa María, el reloj solar de San Cosme y San Damián, las tallas de San Ignacio... Y aquí, en esta torre magnífica desde la que vemos caer la tarde, emprendemos viaje a un pasado todavía cubierto de misterios.

Corre el año 1580 y, a pesar de que el Concilio de Lima de 1.567 ha decidido que el "indio" es incapaz de pensar, los franciscanos crean sus primeras reducciones en Paraguay, donde empiezan a idear una gramática de la lengua de los guaraníes, y la transcriben en caracteres latinos. Un año antes, los jesuitas han llegado a América, alentados por el pensamiento de San Agustín, para fundar misiones en los actuales Perú, México, California, Ecuador y Bolivia. Ya en el siglo XVII, surgen las primeras reducciones jesuíticas en la zona del Paraná: la primera, San Ignacio Guazú (1609), inició lo que Montesquieu llamó la "república cristiana ejemplar"; un proyecto que Voltaire calicó de "un triunfo de la humanidad", capaz de expiar "las crueldades de los primeros conquistadores".

Varios elementos confluían en la zona del Guairá para hacerla propicia a las fundaciones: sólo existían dos ciudades españolas (Ciudad Real y Villa Rica del Espíritu Santo); los guaraníes eran semisedentarios y estaban acostumbrados a la agricultura; y la constante amenaza de los bandeirantes portugueses, que los capturaban para someterlos a la esclavitud, los hacía proclives a aceptar la vida en las misiones. Entre, 1607 y 1631, llegó a haber casi medio centenar de reducciones jesuíticas; pero, en las décadas de los años treinta y cuarenta, más de la mitad fueron devastadas por el ataque de los bandeirantes. Aun así, entre comienzos del siglo XVIII y el momento de la expulsión (1767), las misiones, que ocupaban una superficie de trescientos mil kilómetros cuadrados, llegaron a ser más de cuarenta: unas treinta pobladas por guaraníes (repartidas en territorios que hoy se sitúan en Paraguay, Argentina y Brasil) y el resto por chiquitos (en los actuales Paraguay y Bolivia).

El sistema de las misiones aisló a los indígenas de la sociedad colonial y creó un universo paralelo al de las encomiendas. Sus bases jurídicas se remontan a 1604, cuando se confía la recién creada "Provincia del Paraguay" a Diego Torres Bollo. En 1608, este religioso recibió la orden de cumplir todas las leyes que protegían a los nativos. Gracias a un real decreto de 1609, las reducciones jesuitas paraguayas se sometieron exclusivamente al poder real; y una ordenanza del mismo año prohibió a los españoles reclutar indígenas de las misiones para su servicio. Se estaban sentando los cimientos de una organización que, a partir de las ordenanzas de 1611, estuvo exenta de tributos, y contó con una administración autónoma, equiparable al sistema del Cabildo. Todas estas garantías se recogieron en los reales decretos de 1649 y 1654, y en la Cédula Grande de Felipe V (1743).

Las luces de la tarde se van apagando, y Trinidad, que tiene el rango de Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1993, está a punto de ser cerrada al público. Pero todavía hay tiempo para deleitarnos con esta plaza central de planta cuadrangular, tan similar a las plazas de armas de las ciudades coloniales. Como las misiones habían de defenderse de los bandeirantes, se rodearon de fosos, y fueron protegidas por un ejército de guaraníes adiestrados. A pesar ello, más de sesenta mil indígenas fueron esclavizados entre 1628 y 1631.

El otro elemento determinante en la estructura arquitectónica de las reducciones fue la necesidad de organizar su propia economía, y de subrayar simbólicamente la importancia de los edificios religiosos. Por eso, la plaza es el centro de las construcciones. En uno de sus extremos, se yergue todavía la iglesia. Así fue en todas las misiones: el templo, las habitaciones de los jesuitas, el colegio y el cementerio ocupando uno de los lados; las casas de los indígenas en los otros tres. Cerca de la tríada iglesia-escuela-cementerio, se hallaba la huerta; y ya fuera de la plaza, el cabildo, el hospital, la cárcel, los hornos, las despensas de víveres, y el coty-guazú que daba morada a las mujeres viudas, huérfanas o abandonadas, mantenidas por la comunidad.

Cada misión tenía, por tanto, todo lo necesario para ser, por sí misma, como una ciudad. Una ciudad que sólo podía crecer en tres de sus lados, subrayando así la importancia del que contenía los edificios religiosos, convertido de ese modo en una suerte de emblemática escenografía. Frente a la grandiosidad de la plaza, como si de seguir con los símbolos se tratara, destaca el reducido tamaño de las casas de los indígenas, alineadas en manzanas de unas diez viviendas, separadas por calles que van a desembocar en el recinto central.

Son casas de un solo ambiente, en las que no había muebles sino hamacas para dormir, y un fuego para cocinar y calentarse, prendido en el centro de la habitación. El humo no tenía otra salida que la ventana (si la había) y el hueco de entrada, que no se cerraba con una puerta de madera sino con una piel a modo de cortina. Aquí en Trinidad, como en el San Ignacio Miní ahora argentino, las moradas indígenas son de piedra labrada, con pavimento de ladrillo; y parece que el techo (ya desaparecido) se construyó a dos aguas, con caña y tejas. Las galerías conservan sus arcos, pilastras y arquivoltas de piedra con motivos florales.

Las otras galerías, contiguas a la iglesia, forman el claustro. En torno a él, se agrupan el colegio, las habitaciones de los jesuitas, el refectorio, el depósito de armas y la sala de reuniones: una especie de monasterio dentro de la ciudad-misión. Un segundo patio, comunicado con el primero, alberga los talleres de artesanía. Y, a la izquierda de la iglesia, en el lado opuesto al de las habitaciones de los religiosos, todavía se mantiene la hermosa puerta del cementerio.

Un pitido, a lo lejos, anuncia que Trinidad se cerrará en unos momentos. Somos pocos los que hoy nos dirigimos parsimoniosamente a la salida: los grupos de escolares ya se fueron hace rato, y los que nos hemos quedado no parecemos tener ganas de abandonar estas ruinas a su silencio de siglos. Es como si intuyésemos que, en algún lugar de estas piedras, ha de estar la explicación a cómo vivían estas gentes... y, sobre todo, dónde fueron cuando los jesuitas abandonaron las misiones en 1768, obligados por la pragmática real firmada un año antes.

¿Dónde fueron aquellos indígenas? El mismo enigma me invadió en las impresionantes ciudades mayas de México y Guatemala; me turbó entre las sobrecogedoras construcciones del Machu Pichu andino; y se repite cada vez que he venido a Misiones. Para las reducciones, no caben las explicaciones sobrenaturales que algunos trataron de ofrecerme en otros lugares: los religiosos (a pesar de su dimensión cristiana) se rigieron por el más absoluto pragmatismo. Los más de mil cien jesuitas que pasaron por aquí, a lo largo de más de ciento sesenta años, supieron desde el comienzo que su labor sería más efectiva si la llevaban a cabo en guaraní: los indígenas no tendrían que aprender otra lengua y, de paso, quedarían aislados de los "influjos perniciosos" de la colonia. Por eso, pronto funcionó la primera Academia en Lengua Guaraní (1613); las misiones instalaron la primera imprenta del Río de la Plata; y los padres no tuvieron reparos en adaptar los ritos y los dioses de los nativos para cubrirlos con ropajes cristianos.

Ya en 1639, el misionero jesuita Antonio Ruiz de Montoya publicó en Madrid La conquista espiritual en las provincias del Paraguay (traducida al guaraní en 1733) y Tesoro de la lengua guaraní. La primera relata la historia de estos indígenas entre 1612 y 1638; la segunda es un tratado de etnografía que recoge frases y dichos de los guaraníes, y supone el primer intento de construir un diccionario de su lengua. Aunque hubo un acercamiento anterior a la gramática guaraní (hacia 1629, Alonso de Aragona inició su catecismo con una "breve introducción para aprender la lengua guaraní"), Montoya fue el primero que señaló diferencias dialectales.

Me despido con un gesto del soldadito que se aposta junto a la puerta. Sus rasgos mestizos me hacen recordar el origen mítico de estas gentes: cuenta la leyenda que, en la noche de los tiempos, los hermanos Tupí y Guaraní llegaron con sus familias al actual Brasil, procedentes de un remoto enclave situado al otro lado del mar. La fertilidad de las tierras parecía garantizar la felicidad y el desarrollo del grupo, hasta que los hermanos se pelearon. Entonces, guaraní dirigió a los suyos hacia las orillas del Río de la Plata. A la llegada de los europeos, ocupaban parte de los territorios que hoy se dividen entre Paraguay (el centro y norte) y Brasil (la cuenca del Amazonas, la costa Atlántica, el centro del país y casi todo el Mato Grosso).

Se organizaban en grupos de grandes familias, donde los niños eran responsabilidad de todos los adultos, y la dirección era ejercida por un cacique al que aconsejaban los ancianos. Pero ¿hasta qué punto llegó el respeto por los guaraníes que tanto se ha mitificado al explicar la vida en las misiones? No cabe duda de que se mantuvieron su lengua y alguna de sus costumbres. Por otra parte, participaron en la administración de las reducciones, regida por un cabildo en el que estaban los caciques, y uno de cuyos miembros era un jesuita (además, el Consejo de Indias nombraba un corregidor; y no faltaban un director espiritual y un director ecónomo, ambos religiosos).

Sin embargo, no se puede obviar que el proyecto misionero tenía tintes paternalistas y hasta autoritarios, completamente alejados de la forma de vida tradicional de los indígenas aunque, probablemente, también imprescindible para mantener las reducciones. En un intento por imponer la monogamia, se obligaba a contraer matrimonio a los chicos de diecisiete años y a las chicas de quince. Además, tambores nocturnos recordaban a las parejas las obligaciones conyugales.

No debió de ser fácil hacer comprender el concepto del cielo y el infierno a quienes no tenían noción de culpa ni de pecado. Tal vez por eso, para difundir su doctrina, los jesuitas empezaron a centrarse en los jóvenes, creando una brecha generacional: usaron a los neófitos para combatir a los infieles, fueran o no guaraníes; e intentaron neutralizar la influencia de los chamanes con "el poder de la cruz".

Para regular el trabajo, se impuso un horario de seis horas laborables al día (frente a las doce de obligado cumplimiento en las encomiendas), que los hombres desarrollaban en los campos y las mujeres en las casas, dedicadas al hilado y al tejido. El ganado era de propiedad pública, y con su cuero se elaboraba artesanía. Las tierras, en parte gestionadas por los indígenas, producían hasta cuatro cosechas anuales: yerba mate, caña de azúcar, algodón y maíz suficientes para autoabastecerse y comerciar. Existían tres categorías de campos agrícolas: el "Tupambaé" (tierra de Dios), el "tavambaé" (tierra comunal) y el "avambaé" (parcelas individuales). La primera la trabajaban los indígenas por turnos, y sus beneficios se dedicaban a las obras de construcción y mantenimiento de la iglesia, la escuela y el hospital; además de a la alimentación de quienes no podían trabajar. Los beneficios de la segunda servían para pagar a la Real Hacienda y fomentar la economía. Por último, las parcelas individuales sustentaban a las familias. Sus excedentes se almacenaban para garantizar la supervivencia en las épocas de crisis. En los mejores momentos, esos excedentes se vendían a través de las vías fluviales, consiguiendo de este modo moneda que, aunque no funcionaba dentro de la misión, se usaba para comprar aquello que las reducciones no producían.

Desde el coche, no me resisto a echar un último vistazo a Trinidad. La más grande y más compleja de las ruinas paraguayas, proyectadas y dirigidas por el arquitecto milanés Giambattista Prímoli y por el arquitecto y pintor catalán José Grimau, contiene toda la magia de lo que Viriato Díaz Pérez dio en llamar el "barroco hispano-guaraní". Su arquitectura queda lejos de la que usaron los jesuitas en los primeros años, con la utilización de madera tropical, adobe y tejas para alzar iglesias de planta rectangular con cabecera casi cuadrada, falsa cúpula, y tres puertas en su fachada: una central, y las dos laterales que comunicaban por un lado con el colegio y la casa de los padres, y por otro con el cementerio. En esa época, la torre del campanario era un edificio de madera, anexo a la iglesia pero sin conexión con la misma. En la segunda fase (iniciada a finales del siglo XVII), los arquitectos profesionales fueron sustituyendo la madera por materiales más sólidos (ladrillo, gres y piedra) para acoger las características de la arquitectura jesuítica europea, representada por la iglesia romana de Gesú: el baptisterio se unió al templo, que tenía una amplia nave central y dos o cuatro naves laterales, un crucero con transepto corto, una gran cúpula y una fachada ricamente ornamentada. Trinidad es un buen ejemplo de esa fase que usa la piedra labrada y encastrada.

Apenas diez kilómetros nos separan de la otra misión paraguaya declarada Patrimonio Universal de la Humanidad, Jesús del Tavarangüe, que representa la influencia del estilo mudéjar que le imprimió su arquitecto, Juan Antonio de Ribera, hijo del también arquitecto Pedro de Ribera, quien contribuyó a la construcción de Trinidad. Aunque Jesús quedó incompleta, ya se há restaurado su iglesia, y pronto se rehabilitarán los edificios de la escuela, los talleres y las casas de los indígenas. Parece que el siglo XXI está dispuesto a devolver el esplendor perdido con la expulsión. La expulsión... ¿cuáles fueron los motivos para acabar con el proyecto jesuítico y dejar vacíos estos recintos de singular belleza? Probablemente, su crecimiento económico motivó la envidia por una situación de privilegio que resultaba insultante a los colonos. Porque las misiones constituyeron un estado poderoso, autárquico, y cada vez más independiente del estado del que, teóricamente, formaban parte.

El coche se desliza camino de Asunción, en medio de las siluetas oscuras de algunos árboles. Todavía quedan horas hasta que lleguemos a sus calles pobladas de lapachos y de vehículos. Ya no resulta fácil reconstruir la Asunción colonial, partiendo tan sólo de la Manzana de la Rivera y de los edificios rehabilitados en torno al puerto. Sin embargo, la capital paraguaya, cuando se construyeron esos edificios hoy restaurados, se sentía amenazada por las misiones. Tanto sus habitantes como los de Villa Rica, Ciudad Real y Santiago de Jerez reclamaban el derecho a la mano de obra guaraní, y consideraban que las reducciones jesuitas suponían lo que hoy llamaríamos una "competencia desleal": privaban de mano de obra guaraní a las encomiendas; lograron una bula de Urbano VIII contra la esclavitud de los indígenas (1639); y una Real Cédula de 1645 les daba permiso para cultivar y comerciar legalmente con yerba mate, sin pagar impuestos y sin pasar por Asunción. El descontento de los encomenderos se fue incrementando, y comenzó a circular el rumor de que los religiosos poseían oro, plata y grandes tesoros. Y lo cierto es que el dinero de las reducciones, que funcionaban como si fueran una confederación, sirvió para comprar tierras, y construir colegios y seminarios por toda América.

Una serie de coincidencias históricas y de manipulaciones soterradas de unos y otros harían que el conflicto se recrudeciera: a raíz de la Revolución de Lisboa (1640), España y Portugal empezaron su proceso de separación, aumentando los problemas en la zona limítrofe de Brasil y Paraguay. Un año más tarde, un ejército de indígenas liderado por los jesuitas venció a los mamelucos en la batalla de Mbororé. También en 1641, el obispado de Asunción, vacante desde hacía siete años, fue ocupado por el franciscano Bernardino Cárdenas, lo que no resultó del agrado de los jesuitas ni del gobernador Hinestrosa. El jesuita Antonio Ruiz de Montoya aprovechó su estancia en Lima (1643) para desacreditar al obispo, que todavía no había recibido la bula papal. Ese mismo año, Cárdenas emprendió una inspección a las misiones. Durante su viaje, su sobrino fue raptado del convento franciscano, apaleado y enviado a Santa Fe. Cárdenas reaccionó culpando al gobernador, y excomulgándolo. En 1644, llegó la nulidad de su consagración como obispo, y su expulsión de Paraguay; donde volvió en 1647, cuando cambió el gobernador. Dos años más tarde, el Cabildo lo propuso como gobernador de Asunción.

La cada vez mayor influencia de los jesuitas ponía en peligro las encomiendas, por lo que la población civil expulsó a la orden de la capital paraguaya (1649). El ejército guaraní procedente de Misiones derrotó con crueldad a los caudillos y, en 1661, los jesuitas lograron incorporar a los indígenas encomendados al sur del río Tebicuary, privando de su servicio a los encomenderos. Para paliar la situación, éstos comenzaron a tomar esclavos en sus incursiones en el Chaco. Entonces, los jesuitas argumentaron que tal procedimiento era contrario a las Leyes de Indias.

La segunda fase del movimiento comunero (1717-1735) estalló cuando los jesuitas consiguieron que el gobernador Diego de Reyes y Balmaceda forzara la entrega a los misioneros de los payaguaes cautivos en una expedición al Chaco (1717). El Cabildo se resistió, y logró que la Audiencia de Charcas enviara a Asunción al panameño José de Antequera y Castro, como Juez Pesquisidor (1721). Antequera dio la razón al Cabildo sublevado: arrestó a Reyes de Balmaceda, y reclamó que los pueblos misioneros situados al sur del río Tebicuary volvieran al dominio español. Reyes huyó a Misiones, y los jesuitas consiguieron que el virrey de Perú lo restituyera en 1722. Pero Antequera lo secuestró, apoyado por el Común.

El virrey ordenó la comparecencia de Antequera, y envió a Baltazar García Ros como gobernador (1723). Sin embargo, la población se atrincheró en el río Tebicuary, luchó contra el ejército de Misiones, y consiguió impedir el paso a García Ros. Un año más tarde, los jesuitas fueron nuevamente expulsados de Asunción, y el ejército que apoyaba la llegada de García Ros volvió a ser derrotado en el Tebicuary. Entonces, los religiosos convencieron a la Corona de la necesidad de reducir a los rebeldes, y ésta dio orden al gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio García Zavala, de emplear sus efectivos con ese fin. Zavala decretó el bloqueo comercial, y lideró un ejército de seis mil hombres. Antequera comprendió la inutilidad de la resistencia, y partió para solicitar el amparo de la Audiencia de Charcas, donde fue apresado por orden del nuevo virrey (Castelfuerte), y arrestado en el convento de las Carmelitas de Lima, donde conoció al valenciano Fernando de Mompox, que había tenido problemas con la Inquisición.

Zavala entró pacíficamente en Asunción en abril de 1725, dejó en libertad a Reyes, y nombró gobernador a Martín de Barúa. Pero Barúa se alió a la causa popular: ni permitió la vuelta de los jesuitas al colegio de Asunción ni ajustició a los jefes de una revuelta que ya había tomado el nombre de comunera. Aunque fue destituido en 1730, el pueblo le impidió entregar el mando, y Mompox (que se había fugado de la cárcel de Lima, y había seguido manteniendo correspondencia con Antequera) pronunció un discurso sobre los derechos del pueblo, emanados directamente de Dios, y animó a los paraguayos a crear una Junta Gubernativa presidida por un miembro del Cabildo.

El presidente de esa Junta, José Luis Barreiro, traicionó a los que habían confiado en él, y entregó a Mompox, quien consiguió huir e incorporarse al movimiento comunero correntino. El pueblo se rebeló contra Barreiro, y se sucedieron los desórdenes, nombramientos y destituciones. En ese clima, llegó la noticia de la ejecución de Antequera (1731), lo que desató la furia popular contra los jesuitas (que nuevamente fueron expulsados de Asunción), e incrementó la anarquía. El rey envió a Manuel Agustín de Ruiloba como gobernador (1732). Los paraguayos no se opusieron a él hasta que descubrieron su simpatía por los jesuitas. Ruiloba murió en 1733, en la batalla de Guayaibití. Tras el intento de restituir el orden por parte de varios gobernadores, Zavala volvió a Paraguay. Con un ejército de ocho mil hombres, venció a los poco más de doscientos comuneros en la batalla de Tabapy (1735) y, prácticamente, terminó con esa revolución (aunque, en 1747, hubo un nuevo alzamiento, liderado por fray José Vargas Machuca). La victoria fue seguida del ajusticiamiento de los líderes, la restitución del colegio de Asunción a la orden misionera, y la derogación de la cédula que permitía al Cabildo elegir gobernador.

Sin embargo, no acabaron ahí los problemas de los misioneros: cuando España y Portugal trataron de concretar sus fronteras, los jesuitas adujeron su derecho de no obedecer sino al Papa para no aceptar el Tratado de Límites de Madrid (1750), según el cual Portugal devolvía a España la provincia de Sacramento, y España cedía parte del territorio de las reducciones, que los portugueses habían ocupado durante la revolución de los comuneros. Los ejércitos jesuíticos, que se rebelaron durante tres años (1753-1756), fueron finalmente vencidos. Además de ser acusados de no obedecer al rey de España, fueron considerados enemigos de Portugal en la obra del marqués de Pombal Relación abreviada de la República de los jesuitas. Se los expulsó de Portugal (1759) y de Francia (1764). Poco después, se los acusó de instigar los motines del 1766, y el conde Aranda presentó a Carlos III un plan de los jesuitas para socavar su autoridad, y terminar con su vida. Por ello, el monarca decretó su expulsión de los dominios españoles en 1767.

Dejamos atrás el desvío de San Cosme, pasamos de nuevo ante Santa Rosa, miramos la carreterita que lleva a Santa María y, frente a San Ignacio Guazú (San Ignacio "grande", para diferenciarlo del más moderno San Ignacio Miní, ubicado en la parte argentina del Paraná) la carretera se bifurca: la ruta 4 conduce a Pilar, la 1 nos lleva a Asunción, en cuya catedral sirvió Roque González de Santa Cruz (el primer santo canonizado en Paraguay), antes de convertirse en jesuita. Su corazón se venera en una capilla de la iglesia asunceña del Cristo Rey, en la que podríamos estar dentro de un par de horas.

Las carreteras actuales han facilitado unos viajes que, en tiempos de la expulsión, debían de ser mucho más largos y complicados. Aún así, desaparecidos los jesuitas de Paraguay, los indígenas se repartieron las provisiones de los almacenes y, cinco años después, el cuarenta por ciento se había fugado de las antiguas reducciones. Y es que, después de la expulsión, la región pasó a manos de agentes reales (corregidores o gobernadores), y los guaraníes quedaron integrados en el sistema de "trabajo comunal". Ya en la etapa independiente, el primer dictador paraguayo, Gaspar Rodríguez de Francia, ordenó despoblar los cinco pueblos ex misioneros que apoyaban a Artigas (1817); y el segundo dictador, Carlos Antonio López, expropió los bienes de los "pueblos indios" (1844), que pasaron a pertenecer al estado o a los familiares del gobernante.

Era el fin de lo que quedaba de las reducciones: la orden jesuita se había extinguido en 1773, y los restos de su obra quedaron sumergidos en la jungla paraguaya. Pero las misiones se mantuvieron vivas en la mente de los pensadores: suscitaron la atención humorística de Voltaire; el sarcasmo de Hegel; la alabanza de sabios y filósofos como Buffon y Montesquieu; la crítica de Pascal, los jansenistas y los precursores de la Revolución Francesa; la pormenorizada descripción de Diderot y el Abate Reynal en su obra conjunta (el tercer tomo de la Historia filosófica y moral de las Indias); y la idea de la bondad del hombre natural que desarrolló Muratori en El cristianismo feliz en la misiones de los padres de la compañía de Jesús en Paraguay, originalmente publicado en Venecia, en 1743.

La silueta de Asunción anuncia el final de nuestro viaje, mientras surgen del recuerdo algunos de los nombres de escritores de todas las latitudes, que se inspiraron en las misiones para escribir sus obras: el pensador escocés R. B. Cunninghame Graham (Una desaparecida Arcadia), el dramaturgo austriaco Fritz Hochwálder, el poeta inglés Robert Southey (con su poema épico "Historia de Paraguay"), el teórico comunista francés Paul Lafárgue (yerno de Carlos Max)... Y, más recientemente, el padre Bartomeu Meliá, con sus célebres estudios etnohistóricos (El guaraní conquistado y reducido, 1986; La tierra sin mal de los guaraní Economía y profecía, 1987), y el propio Roa Bastos, cuya obra teatral La tierra sin mal proclama:

De ese gran libro de basaltos de gres rojo, abandonado en las selvas del Paraguay, pero aún poblado de espíritus y de sombras errantes, surgió esta obra de teatro como un auto sacramental (Roa Bastos, La tierra sin mal, p.117). También podemos degustar la vida de las misiones en la novela de Luis Hernáez Donde ladrón no llega (1996), que reconstruye los últimos años de las reducciones a través de la cotidianidad de quienes vivieron ese particular sistema administrativo. De la mano de su protagonista, conocemos el mundo civil de las encomiendas; nos sumergimos en las dudas de los jesuitas y en los problemas de los indígenas; y observarnos el momento de la expulsión.

Para quienes no tenemos la fortuna de regresar a estas tierras cada vez que quisiéramos, los libros son un buen sustituto. Ahora también podremos deleitarnos con las magníficas fotografías que Fernando Allen nos regala en este volumen. Sugiero que las acompañemos de música (por ejemplo, la banda sonora de la Misión, dirigida por Joffe) y de un tereré. De ese modo, las imágenes, los sonidos, los sabores y los recuerdos de estas ruinas pervivirán en nosotros; y nos devolverán, una y otra vez, a los escenarios que han poblado nuestros sentidos en este atardecer en Trinidad.

MAR LANZA PIZARRO

 

MUSEOS JESUÍTICOS

SAN IGNACIO GUAZÚ. Fundada en 1609.

SANTA ROSA. Fundada en 1698.

SANTA MARÍA DE FE. Fundada en 1647.

SANTIAGO. Fundada en 1651.

 

LA PIEDAD, talla en madera policromada.

Capilla Nuestra Señora de Loreto, Santa Rosa.

 

SANTA BÁRBARA, talla en madera policromada.

Museo de Santa María de Fe.

 

IGLESIA DE SAN COSME Y SAN DAMIÁN

 

CRISTO A LA COLUMNA. Talla en madera policromada.

Iglesia de San Cosme y San Damián.

 

IGLESIA DE JESÚS DE TAVARANGÚE

 

ELEMENTOS ARQUITECTÓNICOS: ventana de

una habitación de la casa de los padres.

 

IGLESIA DE SANTÍSIMA TRINIDAD

 

"EN UNO DE LOS EXTREMOS, SE YERGUE TODAVÍA LA IGLESIA".

 

Detalle del púlpito.

 

Puerta lateral de la Iglesia de Trinidad.

 

"LAS OTRAS GALERÍAS, CONTIGUAS A LA IGLESIA,

FORMAN EL CLAUSTRO..."

 

 

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EL LIBRO DE LA PIEDRA - IMÁGENES Y ENIGMAS DE LAS MISIONES JESUÍTICAS EN EL PARAGUAY (Fotografías de FERNANDO ALLEN)


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