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BENJAMÍN VELILLA


  ANTECEDENTES DE LA INDEPENDENCIA PARAGUAYA (Ensayo de BENJAMÍN VELILLA)


ANTECEDENTES DE LA INDEPENDENCIA PARAGUAYA (Ensayo de BENJAMÍN VELILLA)

ANTECEDENTES DE LA INDEPENDENCIA PARAGUAYA

Ensayo de BENJAMÍN VELILLA

 

 

I. ANTECEDENTES DE LA INDEPENDENCIA

 

1.      EL ESPÍRITU AUTONÓMICO Y REGIONAL EN EL COLONIAJE

A fines del siglo XVIII, el de las cifras de 1700, la Provincia del Paraguay acusaba ya un firme y neto espíritu nacional, con patriotismo localista bien acentuado. Sus habitantes nativos, dóciles y leales en manos de las autoridades del coloniaje cuando se trataba de cuestiones de amparo de la propia tierra, eran rebeldes y temerariamente insurrectos fuera de esa incumbencia afectiva.

En las guerras llamadas guaraníticas, de 1754 al 60, donde la opinión provincial se manifestó unánime contra el Tratado de Madrid de 1750, entregando el Guairá y parte de las Misiones Jesuíticas a Portugal, las huestes nativas se alzaron en armas con la romántica decisión de un sacrificio estéril, pero sin titubeos.

La poderosa expedición ultramarina del teniente general Pedro Antonio de Ceballos, unida a las fuerzas coadyuvantes de los lusitanos, castigó duramente la nueva osadía, y el tratado se cumplió como era de esperar.

Las terminantes palabras del rey Fernando VI, recogidas por el Padre Muriel en sus crónicas históricas, reflejan bien el criterio que en España se tenía del Paraguay: "Vas a una región en la que no soy obedecido como Rey; quiero serlo, y a ti te toca hacer que lo sea", dijo al General comisionado.

La solidaridad con las Misiones, no obstante haber sido estas auxiliares de la Corona contra los Comuneros de Asunción y estar administrativamente separadas del Paraguay desde 1,726, señalaba la independencia potencial del alma paraguaya en sus cauces étnicos fundamentales, estado de conciencia superior a todo propósito de aplicación política eventual.

En 1780 se produce una rebelión en las quebradas andinas, encabezada por un descendiente de los incas, Tupac Amarú, y el Virrey Vértiz, del Río de la Plata, dispone la movilización de mil soldados del Paraguay para custodiar las fronteras. Los milicianos concurren en la idea de guardar la Provincia, pero cierto día una escuadrilla los embarca en Angostura para trasladarles a Montevideo, mientras otros contingentes marchan por tierra desde Misiones.

Reunidos en el Uruguay se sublevan en masa y regresan al suelo natal por cuenta propia.

Gran sobresalto causa la insólita subversión, dada la importancia en la época de su equipo; las autoridades hispanas de todo el litoral adoptaron medidas de precaución extraordinarias. Se trataba de los aún no olvidados paraguayos comuneros.

Pero llegan bien los desertores al Tebicuary, después de dos meses de caminar por tierra, y sus caudillos, los capitanes Ramón Pereira y Juan Toñanez, notifican al alarmado Gobernador Melo de Portugal, que sus soldados solo deseaban permanecer en su patria estando dispuestos a entregar sus armas a las autoridades legítimas que quisieran recibirlas.

Prudentes arbitrios del ilustrado Gobernador, uno de los mejores que España tuvo en el país, así como del Cabildo asunceno, pacificaron definitivamente a todos. El jefe superior del contingente concentrado en Montevideo, fue el teniente coronel José Antonio Yegros, padre del futuro prócer de la República, Fulgencio Yegros; su nombre no se inmiscuyó en las responsabilidades de la conducta miliciana, pero desde entonces quedó separado del servicio activo militar.

El vigilante patriotismo paraguayo se ejercita, luego, en un incidente administrativo causado por el hecho de una disposición del Teniente Gobernador de Corrientes para ocupar las barrancas de Curupayty, sobre el río Paraguay, en resguardo, decía la resolución, de la seguridad de aquella ciudad cercana.

El Cabildo de Asunción oficia al Gobernador de la Provincia, en fecha 16 de enero de 1786, para que se sirva informar cuáles son los límites exactos de la Provincia, según las demarcaciones reales, en vista de la ocupación correntina autorizada.

Este asunto tuvo larga tramitación, produciendo en ella dos resoluciones del Superior Gobierno del Río de la Plata favorables a la actitud correntina, si bien provisionalmente, hasta tanto que el propio Soberano Rey de España se digne dictar su voluntad final. Una de esas resoluciones dilatorias hizo el Virrey, don Pedro Melo, exgobernador de la Provincia, en 15 de febrero de 1787, y la otra el virrey Joaquín del Pino, el 9 de marzo de 1802, fundada ésta en la resolución anterior.

El Paraguay no merecía mucho aprecio en las altas esferas oficiales; y al amparo de dicha situación Corrientes amplió su territorio, concediendo permisos de ocupación no solamente en Curupayty, sino también en "las lomas de Pedro González" (nombre de un regidor correntino solicitante), origen del pueblo actual de "Pedro González" en nuestro departamento de Ñeembucú, que perpetúa indebidamente aquellas nominaciones usurpadoras.

Tales impulsos de apropiación se ejercitaron por mucho tiempo, aspirando paulatinamente alcanzar hasta las riberas meridionales del río Tebicuary, dando margen a una especie de derecho que se alegó varias veces contra el Paraguay, todavía en los días de la liquidación de la guerra contra la Triple Alianza, de 1865 al 70. Pero este proceso no correspondería a nuestra disertación de hoy, por lo cual me limito a señalar su existencia histórica para hacer comprender debidamente todo lo que el pueblo paraguayo tuvo que afrontar en su formación nacional, con el solo esforzado patriotismo de su espíritu, siempre alerta y firme durante el coloniaje.

Veinte años después de aquella actitud de 1781, estalló una guerra entre España y Portugal, en Europa; y la conducta paraguaya se desplazó hacia la actitud totalmente contraria de la del 81.

Nueva movilización de las milicias provinciales llamó a las armas, en previsión de las operaciones portuguesas desde el Brasil fronterizo. Y toda la Provincia se aprestó al encuentro con decidido entusiasmo. El gobernador Lázaro de Ribera organizó una expedición contra Coimbra, realizada en diciembre de 1801, debiendo rechazar numerosos voluntarios que solicitaron participar en ella. Todos los ganaderos del Norte pusieron sus haciendas gratuitamente al servicio de la expedición.

Se abrió una colecta pública para allegar recursos, dando resultados extraordinarios seguramente imprevistos. El partido de Caazapá, sólo, contribuyó con 145.000 pesos metálicos, suma inmensa para aquellos tiempos en que todo el presupuesto de gasto de la Provincia se regulaba en 57.000 pesos anuales, inclusive los sueldos del Gobernador.

Este comportamiento de Caazapá fue después objeto de una proposición del gobernador Ribera al Consejo de Indias, para que el Rey otorgue una Cédula, o título, de calificación y gratitud especiales a tan leal pueblo.

La distinción insinuada parece que nunca se concedió, pero el pedido consta en nuestro Archivo Nacional.

Las milicias paraguayas cubrieron todas las fronteras hasta el río Uruguay, disponiéndose a repeler cualquiera intrusión de los portugueses, a pesar de su escaso armamento.

Felizmente el estado de guerra duró pocos meses firmándose la paz de Badajoz, entre Portugal y España, por intervención pronta y activa de Inglaterra y la Liga Europea, empeñadas en una política de evitar injerencias de la revolución francesa, desarrollada entonces bajo el genio de Napoleón.

En nuestro país no llegó a producirse ninguna acción bélica, fuera del sitio de Coimbra comenzado por el Gobernador del Paraguay. En esta única acción de guerra cayó prisionero de los lusitanos el cadete de esos días Fulgencio Yegros, rescatado al ajustarse la paz o, mejor dicho, al conocerse el ajuste, que se había celebrado ya hacía dos meses en el Viejo Mundo.

 

2.      LOS PARAGUAYOS EN LAS INVASIONES INGLESAS AL RÍO DE LA PLATA

En 1806 otra gran conmoción política vuelve a agitar al país; las invasiones inglesas al Río de la Plata.

En junio del mencionado año, fuerzas regulares de Inglaterra se apoderaron de Buenos Aires, la capital del Virreynato, que capituló sin combatir, huyendo el Virrey, Marqués de Sobremonte, con sus allegados principales, hasta Córdoba. Por el camino fue despachando órdenes para todas las intendencias subordinadas, a objeto de alistarse fuerzas con qué accionar contra los ingleses.

En virtud de tales disposiciones el Gobernador del Paraguay, coronel Bernardo de Velazco, movilizó de nuevo los dos regimientos de línea de la Provincia, y los despachó, el 4 de agosto, en una escuadrilla que debía recalar en Santa Fé, para saber allí las últimas instrucciones del Virrey. Sumaban las tropas paraguayas 620 hombres, al mando del coronel José Espínola y Peña.

Durante la navegación lenta, a remo y vela, de aquellos tiempos, ocurrió en Buenos Aires la retoma de la ciudad, el 12 de agosto de 1806, mediante audaces maniobras dirigidas por un marino francés al servicio de España, el capitán de navío Santiago de Liniers, con auxilios proveídos en Montevideo y con el concurso entusiasta de la misma población bonaerense.

La hazaña exaltó en sumo grado la acerba crítica que corría respecto a la cobarde conducta del Virrey y de sus altos colaboradores militares, durante los desgraciados percances de junio. Y esa opinión desfavorable no se recataba, sino, por el contrario, se la trasmitía a Córdoba por todos los medios orales y escritos a mano, señalando inequívocamente el deseo general de que el Virrey abandone su alta función gubernativa. El ídolo era Liniers en Buenos Aires.

La expedición paraguaya recibió orden de detenerse en San Nicolás, cerca de la actual ciudad de Rosario, y esperar allí el arribo del virrey Sobremonte con otras fuerzas del interior. Los regimientos del coronel Espínola llegaron al punto indicado el 1° de setiembre.

Desde ese asiento improvisado de la suprema autoridad legal rioplatense, se cruzaron ásperas comunicaciones con el gobierno hecho, semirrevolucionario, de Buenos Aires, aun cuando Liniers, como el mismo Virrey, trataba de dar formas discretas a la recíproca animadversión circulante.

La evidencia de que los ingleses no abandonaran la partida política emprendida, a pesar de la retoma de la capital, pesaba, además en todas las consideraciones.

La escuadra del comodoro Popham seguía bloqueando el Río de la Plata sin contrapeso y era público el rumor de nuevos contingentes en viaje desde las islas Británicas.

En tales circunstancias el Marqués de Sobremanote resolvió trasladarse a Montevideo y erigir esta ciudad como capital eventual del Virreynato.

Le acompañaron, entre otras tropas, las del Paraguay, que así acamparon a dos leguas de la nueva sede gubernamental, en un paraje denominado la Florida, en los primeros días de noviembre de 1806. Allí recibieron un nuevo aporte de urbanos de la Provincia nativa, que elevó su número a cerca de mil hombres, en total.

La buena reputación militar de los paraguayos se trasparenta en las gestiones que hizo el general Liniers para que parte, o el todo, del contingente paraguayo fuera afectado a la guarnición de Buenos Aires, "necesitaba -decía el General- de buenas tropas veteranas", gestiones exhumadas por el coronel Juan Beverina en su bien documentado estudio titulado "Las invasiones inglesas", impreso en 1934.

Pero la solicitud fue denegada por el Virrey, dado el antagonismo en que se andaba.

Sin embargo, las últimas investigaciones realizadas por el laborioso historiador don Juan Francisco Pérez Acosta, el autor nacional que más profundamente ha estudiado la participación paraguaya en aquellas contingencias, autorizan a conjeturar que cierta porción de los escuadrones del coronel Espínola, pasó al servicio de Buenos Aires en 1806, haciéndose probablemente plantel de instrucción del regimiento del ejército porteño denominado "Caballería de Pueyrredón".

La latente amenaza inglesa se materializó en enero de 1807, con el desembarco de una nueva columna invasora en las costas uruguayas de Maldonado, al mando del general Samuel Achmuty, compuesta de 7.000 hombres y apoyada por una poderosa flota de 32 navíos de guerra.

Esta segunda invasión se dirigió contra Montevideo, que tenía categoría de Fortaleza.

El 20 del mismo mes de enero se libró una gran batalla en las lomas de Buceo, cercanas a la ciudad, donde se aprestara el Virrey a combatir, mandando un ejército de cerca de 12.000 soldados, reunidos en las anárquicas condiciones de la situación gubernamental imperante.

La guarnición de Buenos Aires, compuesta de unos 8.000 milicianos, se negó a concurrir a la defensa de Montevideo con más de quinientos soldados, despachados tardíamente a fines de enero, a pesar de los reiterados pedidos del Virrey y del Cabildo local.

En la batalla del Buceo fueron totalmente derrotadas las tropas de la defensa. El Virrey abandonó el campo de acción a las pocas horas de comenzar ésta, huyendo otra vez hacia el interior del país; su ejército se deshizo, desbandándose al final.

En esta acción fueron aniquilados los dos regimientos paraguayos, de cuyo personal sobreviviente, unos pudieron regresar a Montevideo y otros siguieron mezclados en los diversos grupos que tomaron camino hacia la campaña del Uruguay, alejándose de la capital.

Los ingleses victoriosos sitiaron al recinto fortificado de Montevideo, que defendía el brigadier de Marina Pascual de Huidobro con unos 3.000 marineros y vecinos movilizados. Rudos combates que duraron una quincena, prolongaron la resistencia hasta el 3 de febrero, día en que el brigadier Huidobro capituló, entregándose incondicionalmente. He creído conveniente evocar con algunos pormenores aquellas jornadas en el Plata, porque en ellas han tenido origen varias relaciones y antecedentes de la situación política, que gravitaron en nuestro país.

El desastre del Buceo generó una opinión que dividió aún más los espíritus ya bastante desunidos, de todos los actores y testigos de la época. El virrey Sobremonte, los uruguayos y los actuantes en general en la defensa de Montevideo, acusaron a los porteños de Buenos Aires como traidores, por su falta de concurrencia; y, por su parte, los soldados de Liniers alegaron la necesidad de no abandonar su propia ciudad, que sería siempre meta del invasor; pasando luego a acusar al Virrey y a sus huestes de francamente inútiles y cobardes en las acciones habidas.

Esta disputa encendió los ánimos entonces y todavía hoy reverbera en no pocos historiadores de una u otra banda del estuario platense. Para nuestros comprovincianos se tradujo en la siguiente composición de lugar, contemporánea.

Los combatientes tuvieron sensibles bajas en el Buceo y en los encuentros consecutivos. Murieron el Comandante del Primer Regimiento, mayor Sinforiano Pereira y nueve oficiales; dos oficiales y numerosos soldados quedaron prisioneros. Otros compañeros se replegaron al recinto fortificado, de donde el 2 de febrero, varios lograron salir del sitio incorporados al cuerpo de auxilio porteño, casi intacto, al amparo de ciertas circunstancias favorables ágilmente aprovechadas, que le permitieron llegar bien a Colonia y de allí alcanzar Buenos Aires.

Muchos otros paraguayos marcharon entre los desbandados hacia el campo, formando diversos grupos heterogéneos.

Contagiados de las recriminaciones indicadas, aparecieron más tarde calificándose recíprocamente según el rumbo tomado en las peripecias sufridas.

Los que pudieron dirigirse a Buenos Aires, entre quienes se contaban el teniente Fulgencio Yegros, herido, su hermano el cadete Antonio Tomás Yegros, los subtenientes Fernando de la Mora, Juan Francisco Recalde, Bonifacio Vicente Ramos y otros que no tienen renombre histórico y permanecen ignorados todavía, adquirieron un juicio porteñista, principalmente por la circunstancia de que los defensores de Buenos Aires pudieron justificarse, rechazando en julio de 1807 la segunda ya esperada arremetida inglesa contra dicha capital, con el magnífico resultado de la definitiva derrota de los invasores, a quienes se impuso el abandono de todo el río de la Plata, después de cuatro días de intensa batalla.

En cambio, los ex-soldados fugitivos por la campaña, sufriendo mil penalidades para retomar a la provincia nativa, cada uno por su sola cuenta y posibilidades personales, se hicieron antiporteñistas rabiosos, como los habitantes por cuyos hogares vagaban. En la jerga popular contraria se les llamaba "los chapetones", mote que constituyó después la definición de un partido político adverso.

Chapetones y porteñistas trajeron al Paraguay sus respectivas impresiones, constituyendo en los días cercanos a la independencia patria, motivo de no pocas murmuraciones inamistosas. Y luego el dictador Francia las convirtió en instrumento de intrigas, con grave trascendencia política é histórica que alcanzó hasta nuestros días; por eso las menciono en esta conferencia.

Serían "chapetones" aquí el coronel Manuel Atanacio Cabañas, uno de cuyos hijos, Luis, murió de consecuencia de las penalidades sufridas en los caminos uruguayos y de Corrientes; el capitán Manuel Gamarra, dos de cuyos hermanos regresaron al cabo de un año de andanzas; Baltazar y Marcos Varga, que quedaron en el Uruguay; Pedro Mier, Julián y Santiago Laguardia, Pedro Antonio Montiel, Gervasio Acosta, tal vez Mauricio Troche, y otros que adquirieron figuración alrededor de la revolución de mayo habiendo sido excombatientes de 1807.

Debemos advertir, de paso, que hasta hoy no se han identificado sino doscientos ochenta y cinco nombres del millar de paraguayos que fueron con el Coronel Espínola, todos ellos exhumados de los archivos argentinos por don Juan Francisco Pérez Acosta. La mayoría, pues, permanece desconocida hasta ahora. En nuestros archivos no se registran más listas nominales que la de los jefes y oficiales regimentarios.

Varios de los paraguayos que se encontraron en las condiciones señaladas para los "chapetones", librados a sus propios recursos en las campiñas del Uruguay, trabaron entonces relación y recibieron útil ayuda, de un experimentado oficial de Blandengues de aquellas tierras, que se había retirado también en malas condiciones de la batalla del Buceo con un grupo de sus soldados (gendarmería rural de la época), y se dedicaba a socorrer a los paisanos dispersos: el entonces capitán José Gervasio Artigas.

Las vinculaciones realizadas en esos días penosos con aquel compañero de infortunio, y luego eminente caudillo de los orientales para la independencia de su patria, adquirieron también importantísima tonalidad política en los sucesos paraguayos de ocho años más tarde. En 1815, Artigas buscó contacto con sus antiguos amigos y protegidos de 1807 y tal vez su concurso, provocando las sospechas del dictador Francia, trágicamente epilogadas con los fusilamientos de 1821.

Así de simples y congruentes suelen ser los pasos de la historia, cuando no los disloca algún interés avieso y prepotente, característica de las tiranías por lo común.

Otro aspecto de prestancia histórica puede rememorarse de aquella etapa militar de la antigua Provincia. El uniforme de nuestros soldados en Montevideo parece que se componía de morrión colorado, chaqueta azul y pantalón blanco, según algunas provisiones de las intendencias del virreynato, combinación ternaria de colores que después usaron los excombatientes como símbolo de comunidad en sus sacrificios patrióticos.

En los días de la Independencia estos colores señalaban el compañerismo de los revolucionarios, según versión tradicional recogida de sus progenitores, emparentados con vástagos de Pedro Juan Caballero, el publicista nacional don Juan Manuel Sosa Escalada.

Habría así, ocurrido en el espíritu de aquellos actores, el mismo fenómeno emotivo que en nuestros días ha hecho emblema el verde olivo del Chaco para los excombatientes de esta campaña contra Bolivia. Son ondas de sentimiento que hacen historia, aún cuando no interpreten sino el tránsito relativamente breve de una generación.

En el caso de los expedicionarios al Plata la onda infundió nuestra tricolor bandera, inspirada entonces, por aquellos adalides milicianos que usaron en el vestuario de sus recuerdos intensos, las tres franjas que hoy reúnen la visión de nuestra Patria.

Viviendo en las ideas y emociones de aquel ambiente, el pueblo paraguayo, siempre listo para servir los impulsos autonómicos de sus engendros fundamentales, sintió la general relajación de los vínculos coloniales en América, arrebatados al soplo poderoso de la revolución francesa conducida por las águilas napoleónicas.

 

3. ACTITUD ANTE LA MONARQUÍA AVASALLADA, REACCIONES

La metrópoli de la Monarquía quedó avasallada por los Bonaparte en 1808, y la autoridad virreynal rasgada por la insurrección popular triunfante de Buenos Aires, cuyo caudillo, Liniers, suplantó al inepto Marqués de Sobremonte.

En tales condiciones de circunstancias políticas y medio social, se produjo la invasión de Belgrano, prolongación del movimiento insurreccional porteño que aspiraba dirigir todo el Virreynato hispano.

En setiembre de 1810, cuando se tuvo la información de la empresa porteña sobre el Paraguay, el gobernador Velazco movilizó una vez más las milicias provinciales de su gobierno que abarcaba Misiones, jurisdicción aparte y la Intendencia del Paraguay.

Oficiales y soldados "urbanos" llenaron los regimientos "reglados", ó cuerpos permanentes del Real ejército correspondiente a la Intendencia.

Reglamentariamente debían estos componerse de 1.200 hombres cada uno, pero entonces se hallaban solo en esqueleto, con escasos voluntarios enganchados y sin armas desde 1807 que las perdiera en el Plata.

No obstante, el espíritu patrio actuó como siempre que se trató del hogar paraguayo amenazado. Los ciudadanos acudieron con entera voluntad y las armas se improvisaron con una diligente, si bien tosca, industria local. Para fines de diciembre se tenía un ejército de más de tres mil hombres, de los cuales apenas seiscientos disponían de armas de fuego y el resto únicamente de lanzas, machetes y boleadoras de piedra forrada.

Digno de un estudio detenido es el ingenio de improvisación puesto en práctica por aquellas milicias que engendraron la República, ingenio que se manifiesta constante en todas las emergencias análogas de nuestra existencia nacional, en las cuales siempre hemos sido más improvisadores heroicos que precavidos.

La técnica y las doctrinas profesionales del militarismo fueron poco menos que ignoradas, campeando soberanos el valor y la voluntad de superar todas las dificultades de la hora por cualquier procedimiento.

Y en aquel trance de urgencia tomaron sus posiciones históricas todos los promotores de la emancipación nacional.

Los dos regimientos de caballería que oficialmente constituían la guarnición del país desde la Real reorganización de Enero de 1801, estaban comandados por el coronel D. José Antonio Zabala y Delgadillo, Comandante del Primer Regimiento, popularmente llamado "de costa abajo" porque sus escuadrones se distribuían a lo largo del río Paraguay desde Asunción hasta Pilar del Ñeembucú, cubriendo once fortines, denominados "presidios" en la nomenclatura administrativa; y el coronel D. Pedro Gracia para el Segundo Regimiento, llamado "de costa arriba", cubriendo quince "presidios" en el litoral norte hasta el río Apa.

En agosto de 1810 ambas unidades no contaban con más dotación que cuatro oficiales de carrera y noventa soldados contratados, en el primer regimiento, y seis oficiales con ciento quince soldados en el segundo.

Llamada la clase de los "urbanos", o reservistas obligados para tiempos de guerra declarada, ingresó a las filas orgánicas toda la juventud, de 17 a 40 años, de la ciudad, las villas y los partidos rurales de la Provincia. Así vinieron a la milicia los capitanes Juan Bautista Rivarola y Gervasio Acosta encabezando las compañías de Barrero Grande; Luis Antonio y Pedro Juan Caballero al frente de los urbanos de su pueblo, Tobatí; Vicente Ignacio Iturbe, con su hermano Juan Manuel Iturbe, con los de San Pedro; Abelardo Recalde con los de Villa del Rosario; Mauricio Troche y Juan José Loysaga con los de Curuguaty; Antonio Tomás Yegros y Silvano Montiel con los de Quiquió, Mariano Antonio Molas y Blas José Rojas, de Pilar; con muchos otros que no obtuvieron nombradía como los citados en los anales de la independencia que advino después.

Los grados con que se les cita son los que estaban autorizados en la época para designar con ellos a los cabecillas de los urbanos de una jurisdicción departamental, pero sin tener verdadero estado militar jerárquico fuera de las movilizaciones eventuales; podía asignárseles cualquiera situación en los cuadros tácticos. El estado militar gozaba de fueros especiales que sólo una Real Cédula podía conceder en legitimidad.

El único militar efectivo, de carrera, entre los Próceres de Mayo, fue el capitán Fulgencio Yegros, comandante en 1810 del cuarto escuadrón del regimiento primero, con asiento en Pilar.

La pléyade de urbanos movilizados representaba, sí, el genuino espíritu público provincial de todo el país; su mejor exponente cívico.

 

4. LA CAMPAÑA DE BELGRANO AL PARAGUAY

Bien sabidos son los detalles de la marcha de Belgrano. Cruzó el Paraná por Campichuelo e Itapúa, a mediados de diciembre y avanzó hacia Asunción.

En la primera quincena de enero de 1811 llegó al arroyo Caañabé, del partido de Carapeguá, y se situó en el cerro Mbaehy, a dos leguas de Paraguarí. Vino constantemente vigilado por una sección de caballería del 4° Escuadrón del Regimiento Primero, que al mando del teniente Domingo Soriano había cruzado los esteros del Neembucú, desde Pilar, y luego las Misiones, con la comisión de observar a las fuerzas invasoras, sin perderlas de vista, e informar sobre sus movimientos.

Notable es el desempeño del teniente Soriano, ingratamente olvidado en nuestra historia. Este excelente oficial de Caballería pudo informar a su jefe, el capitán Fulgencio Yegros, de la manera más exacta, la marcha de la invasión, etapa por etapa, con todos los elementos de armas y composición bien apreciados, a pesar de la dificultad de que la mayor parte de los cañones de la expedición venía en carreta y, por lo tanto, sustraídos a la observación directa. Además, supo entorpecer de tal manera la información del enemigo, que Belgrano llegó a la vista de Paraguarí sin poder averiguar las disposiciones de concentración, movilización, ni recursos de lucha del ejército paraguayo, pese a la actividad y el empeño explorador de su vanguardia, al mando del capitán Pringles, un oficial experto y bien reputado ya en el Plata.

La táctica de Soriano se inspiró en el plan de eludir todo combate inútil; dispersar su pequeña tropa para reunirla de nuevo en parajes señalados, más atento a no dejar prisioneros que pudieran declarar, que a efectuar guapezas inconducentes.

Los partes de Pringles, conocidos más tarde en el proceso y la historia de Belgrano, lamentando la continúa huida sin combatir "de las partidas paraguayas" revelan el acierto sagaz del teniente Soriano.

Estuvo auxiliado en su importante comisión por varios capitanes de urbanos del trayecto como el de Santa Rosa, Pablo Tompon (?); el capitán José María Talavera, de Mbuyapey; Antonio Tomás Yegros de Quiquió, quienes trasmitían sus informes y le proveían recursos necesarios.

Sus comunicaciones, que parece en gran parte perdidas, han quedado en cantidad suficiente como para valorar el eficaz cometido. Han sido compiladas por don José Segundo Decoud y publicadas en la "Revista Histórica" de Buenos Aires, bajo la dirección del historiógrafo Adolfo Carranza, en 1893; pero pasaron como meras anécdotas personales truncas, de poco aprecio, en el juicio de los historiadores de la época.

Las fuerzas de la defensa provincial se concentraban, en tanto, en dos grandes porciones. En Yaguarón la constituida por los contingentes del Sud, sirviéndole de núcleo orgánico el Regimiento primero de Caballería; y en Barrero Grande la de los contingentes del Norte, sobre la base del Regimiento segundo, recogido de sus guarniciones del litoral. El Gobernador, coronel Velazco, estableció su Cuartel General en Yaguarón, desde donde ejercía el Comando en Jefe.

Desarrolladas así las operaciones preliminares, el 16 de enero dispuso el Gobernador la concentración de los dos grupos de su ejército en Paraguarí, dispuesto a librar combate. La disposición se cumplió en los días subsiguientes inmediatos.

El 18 estaban ya instaladas las tropas en el pueblo indicado y sus alrededores: El Cuartel General, treinta y seis carretas del parque, la artillería y los urbanos a pie restantes de la dotación reglamentaria de los regimientos montados, ubicados en las casas disponibles. El Regimiento Primero, comandado por el capitán mayor Juan Manuel Gamarra, que sustituía al jefe titular, coronel Zavala, enfermo en Asunción, acampó con sus caballadas en Ñuatí. El Regimiento Segundo, al mando del teniente coronel Manuel Atanacio Cabañas, por haber el Comandante Titular, coronel Gracia, pasado a desempeñar la jefatura del Estado Mayor del Gobernador, acampado en el Campichuelo al pie del cerro Santo Tomás.

El general Belgrano, enterado probablemente del trajín de los paraguayos, que en parte sería visible desde sus posiciones del Mbaehy, pero ignorante siempre de la composición, los medios e intenciones de las fuerzas de nuestra defensa tras las cortinas de patrulla del teniente Soriano, resolvió hacer un reconocimiento de la fuerza, que había en Paraguarí, a la vez que para lanzar entre alguna gente que allí hubiese una proclama dirigida al pueblo de la Provincia.

La acción se realizó en la madrugada del 19 de enero, con 460 hombres que atacaron sorpresivamente el pueblo.

 

5. HUIDA DE VELAZCO

Toda la gente acantonada en las casas, en su mayoría urbanos armados de lanzas, machetes y boleadoras, se puso en fuga, presa del pánico, huyendo también con ella el Gobernador, con abandono de sus equipajes y efectos personales, así como el Estado Mayor adjunto. Pero los dos regimientos veteranos ubicados en el campo no se conmovieron y, por el contrario, combinaron una acción conjunta contra el enemigo, que se ejecutó al amanecer.

Aquí debemos imaginar, en ausencia de pruebas documentales expresas, la labor de los ayudantes de ambos regimientos, para establecerse el enlace primero, y la combinación operativa después, de sus respectivos comandos, maniobras que dieron por fruto la decisiva victoria de 19 de enero de 1811.

Fueron esos ayudantes los capitanes Blas José Rojas y Mariano Antonio Molas en el Regimiento del comandante Gamarra; y Juan Bautista Rivarola con Vicente Ignacio Iturbe en el Segundo Regimiento. Estos oficiales, todos urbanos incorporados, pueden haber sido los principales agentes técnicos de esa madrugada para la gloriosa jornada histórica.

A las primeras luces del día el Regimiento Primero avanzó desde Ñuatí sobre la llanura que se extiende a la margen izquierda del arroyo Yuquyry, interceptando el camino a las posiciones porteñas del Mbaé hy. El comandante Cabañas, con el Segundo Regimiento, penetró en el pueblo de Paraguarí, recuperando con rápidas cargas la carretería del Parque, la Artillería y todas las instalaciones caídas en poder del enemigo. Éste intentó defenderse en algunos cantones mientras ordenaba su retirada por el camino traído durante la noche, pero al verse cercado por las tropas del primer Regimiento de hacia el Yuquyry, se desbandó, saliendo cada individuo por donde pudo hacerlo.

Por su parte el general Belgrano, viendo u oyendo, sobre todo, el estruendo del segundo combate diurno, no esperado marchó con el resto de sus fuerzas en protección de su división comprometida. A poca distancia chocó con el Regimiento Gamarra, cuyo 4° Escuadrón, el del capitán Yegros, se había adelantado una media legua, más o menos, en previsión de tal eventualidad.

Después de un intenso combate, ante el peligro de verse flanqueado por fuerzas que avanzaban a derecha e izquierda, se retiró, pudiendo solamente recoger a unos doscientos fugitivos dispersos de la división lanzada contra Paraguarí. Seguidamente abandonó el cerro Mbaé-hy, desde entonces llamado Cerro Porteño, con la intención de replegarse hasta el Tebicuary, según declaró después, en espera de refuerzos ya solicitados y que sabía se hallaban en marcha.

Esta retirada fue seguida de cerca por dos escuadrones del Regimiento Primero, al mando del capitán Fulgencio Yegros, operación a la cual no puede llamarse persecución, pues en realidad no tuvo carácter de hostilidad sino de mera observación a distancia del enemigo. Tal conducta debemos interpretar en razón del escasísimo y deficiente armamento de nuestras fuerzas.

En Paraguarí quedaron en poder de las autoridades paraguayas catorce muertos o heridos porteños, ciento veintiséis prisioneros, dos cañones, un centenar y medio de fusiles y otras armas, muy interesante en aquel momento.

El gobernador Velazco reasumió su comando al día siguiente de la acción, disponiendo que todas las fuerzas en campaña quedaban a las órdenes del teniente coronel Cabañas, nombró Comandante titular del Regimiento Primero al capitán mayor Juan Manuel Gamarra, y reconoció en una proclama de felicitación a los dos Regimientos, como servicios particularmente brillantes, los de los comandantes respectivos y el del capitán Fulgencio Yegros cuyos ascensos formuló dentro de sus facultades legales.

Debemos esclarecer aquí que los mencionados ascensos, frecuentemente aducidos por historiadores y publicistas en el tratamiento de los dignos jefes provinciales, objeto de la distinción, no fueron confirmados, debido al desarrollo posterior de los acontecimientos políticos.

El Gobernador no podía conceder ascensos efectivos, sino provisionales sujetos a la ratificación del Virrey jurisdiccional en los grados hasta capitán, y únicamente en virtud de Cédula Real del Monarca en los grados superiores.

Además, conviene igualmente esclarecer que en las Ordenanzas Militares del régimen vigente, no existía el grado de "Mayor" en el escalafón de carrera. El título era significativo de un empleo equivalen te del instructor táctico o de armas, sin fuero jerárquico propio; se agregaba a cualquiera graduación militar.

En esa situación estaba el capitán D. Juan Manuel Gamarra. Los ascensos proclamados por el gobernador Velazco enunciaban, así, el pensamiento de elevar al teniente coronel Cabañas al grado de Coronel, y al de Teniente Coronel a los capitanes Gamarra y Yegros, como premios consagrados sobre el mismo campo de batalla, que es el máximo galardón de una acción militar. No es entonces incorrecto atribuir tales grados a los héroes de nuestra historia, a pesar de su imperfección legal administrativa.

 

6. RETIRADA DE BELGRANO; CONVERSACIONES CON JEFES PARAGUAYOS

Dos días después de la victoria del 19 de enero, el coronel Cabañas, con su Regimiento Segundo de Caballería, marchó también en seguimiento de Belgrano. El comandante Gamarra, con los escuadrones de su unidad no afectados a la comisión del comandante Yegros quedó en Paraguarí para recoger y reorganizar a los urbanos dispersos.

El ejército porteño siguió lentamente su repliegue hasta el río Tacuarí, como es sabido, donde el 9 de marzo del mismo año 1811, fue atacado, ya por iniciativa de las tropas del Comando de Cabañas, con el resultado decisivo de una capitulación con Belgrano para abandonar éste, definitivamente, sus propósitos bélicos en el Paraguay.

Siendo este combate de Tacuarí mejor conocido en las páginas de nuestra historia nacional didáctica, juzgo innecesario rememorar sus detalles.

Pero será útil puntualizar las circunstancias de él emergentes. En virtud de las generosas condiciones establecidas en la capitulación del 9 de marzo, los restos del ejército invasor abandonaron el territorio de la Provincia, llevando sus armas cada soldado, pero con abandono de los materiales del Parque en carretas. Repasaron el Paraná por Itapúa el 24 de marzo, acompañándoles varios oficiales paraguayos hasta la frontera. En este último trayecto el Delegado de la Junta de Buenos Aires se enteró de la existencia de un plan de emancipación de la Provincia, por revelación indudable de los oficiales paraguayos que le acompañaban, y, naturalmente, demostró la más cordial complacencia ante el pensamiento, prometiendo correspondencia y cooperación con los jefes paraguayos sindicados como directores del movimiento. No quedan documentos fehacientes de aquellas conversaciones que permitan hacer una afirmación precisa al respecto, pero sí indicios suficientes para suplir aquellos con inducciones lógicas y probar la inexactitud del relato predominante mucho tiempo en la historia, de haber sido Belgrano quien insinuó y despertó en el ánimo de los paraguayos la idea de la independencia patria. Mucho más verosímil se hace hoy la situación contraria que apuntamos, en el cuadro de la crítica histórica objetiva.

Uno de esos indicios válidos es la relación del Intendente de Guerra de la expedición porteña, capitán Juan José Fernández Blanco (de urbanos), vecino de Corrientes, acaudalado comerciante antes y después de 1811, por tanto testigo de elevada valía personal.

Dijo en una petición de reconocimiento de sus servicios hecha en 1813, que cuando él se retiró del ejército expedicionario el 5 de abril de 1811, Belgrano le encargó servir de intermediario de una correspondencia que habría entre él (Belgrano) y el comandante paraguayo Yegros o Cabañas, quienes a su vez se servirían del capitán Blas José Rojas, de Pilar, para corresponder por Corrientes.

El capitán Rojas era el oficial de urbanos del Ñeembucú, asiento del 4° Escuadrón del primer Regimiento de Caballería, mandado por Fulgencio Yegros antes de la campaña de 1811; Ayudante del Regimiento en Paraguarí como le hemos mencionado, y luego siguió con Yegros hasta el combate de Tacuarí. Actuó también con Yegros ya en setiembre de 1810, para la toma de Curupayty entonces en poder de los correntinos. Todo lo cual señala que eran conocidos y amigos de tiempo atrás.

La combinación epistolar encomendada al intendente Fernández Blanco, se vio extraordinariamente favorecida por la feliz coyuntura de que el gobernador Velazco dispuso en la primera semana de abril, la ocupación de la ciudad de Corrientes por fuerzas del Paraguay, encargando el mando de éstas precisamente al capitán Blas José Rojas. ¿Fue casualidad o fue esa comisión, sugerencia de los jefes que manejaban los hilos de la conjuración para la independencia?

En cualquier caso, la elección del mismo oficial por parte del general Belgrano para su recomendación al intendente Fernández Blanco, días antes de producirse la comisión paraguaya, no sería concebible en la hipótesis de que el representante porteño anduviera en esos días recién en las tareas de sugerir las primeras inclinaciones para la revolución libertadora. Únicamente cabe semejante realidad histórica en la opinión opuesta, la de que fueron los jefes paraguayos quienes le informaron a Belgrano de sus propósitos y le indicaron los conductos de enlace que podría utilizar si quisiera cooperar.

 

7. MOVIMIENTOS PRE-REVOLUCIONARIOS

La ocupación de Corrientes, realizada el 9 de abril, sirvió espléndidamente al capitán Rojas para secundar el programa revolucionario. Mantuvo nutrida correspondencia con el comandante Fulgencio Yegros, estacionado en Itapúa con el cargo de Comandante de la Frontera del Paraná, después de la victoria de Tacuarí, por cuyas instrucciones movilizó un contingente de auxiliares correntinos, secundándole el ya citado Fernández Blanco y un caudillo de San Cosme, Pedro Antonio Añasco.

La correspondencia con Belgrano se interrumpió prontamente, pues este jefe fue relevado del Comando y procesado en la segunda quincena de abril, más por un cambio de gobierno operado en Buenos Aires que por el resultado de su fracaso militar. Una nueva Junta Gubernativa compuesta por los llamados "saavedristas" en la capital porteña, había sustituido a la primitiva Junta de "morenistas" a la cual perteneciera Belgrano, el día 8 del mismo mes.

En la primera quincena de mayo el capitán Rojas tenía en Corrientes trescientos hombres preparados; recibió órdenes del comandante Yegros para alistar una escuadrilla que pudiera trasladarle con sus tropas al territorio patrio, cuando se le indicare el momento oportuno.

En tales circunstancias recibió el 18 de mayo, la noticia de los acontecimientos del 14 y 15 de mayo en Asunción y la instalación del triunvirato revolucionario de Velazco, Francia y Zeballos. El 21 dispersó su escuadrilla, devolviendo las embarcaciones requisadas a sus dueños, licenció los auxiliares correntinos y saludó le emancipación del Paraguay con una salva de nueve cañonazos.

Todos estos datos nos ha aportado la bien documentada "Crónica Histórica de la Provincia de Corrientes", del Dr. Florencio M. Mantilla, en dos tomos, que ha venido a esclarecer sucesos del último período Colonial desconocidos o adulterados en esta región.

Los indicios revelados en la crónica del Dr. Mantilla, se suman a la información corriente de los autores históricos en nuestro país, sobre las diversas conspiraciones patrióticas descubiertas ya por el propio gobernador Velazco en 1810 y 1811, conspiraciones que fueron motivo de procesos y confinamientos bien definidos.

Este fermento del espíritu nacional adquirió poderoso aliciente con la movilización de los urbanos reservistas en setiembre de 1810, convirtiéndose desde entonces en programa de las fuerzas armadas, consonante con la opinión pública de toda la Provincia.

El triste percance del Gobernador, con los principales oficiales realistas de su Cuartel General de Paraguarí, en contraste con la afortunada conducta de los militares criollos que rescataron la victoria de las armas provinciales, concretó definitivamente el plan de la Independencia. En adelante sería empresa del ejército paraguayo.

Con la sospecha, o certidumbre, de este plan, el gobernador Velazco puso todo empeño en la más rápida desmovilización de los reservistas incorporados, tan pronto que Belgrano se retiró. Ya desde su último Cuartel General establecido en Santa Rosa de las Misiones comenzó a licenciar oficiales y tropa, dándoles órdenes de pago de su haberes para el Ministro del Real Tesoro en Asunción, que rebasaban en mucho las posibilidades financieras de este funcionario pero permitían disolver los cuerpos armados en la campaña, sin venir a la Capital.

Los Regimientos "reglados" fueron reducidos al contingente mínimo que tuvieron en agosto de 1810, y distribuidos a sus fortines habituales directamente desde Santa Rosa, excepto el Escuadrón del comandante Yegros, afectado a la vigilancia del Alto Paraná.

El comandante Gamarra, la más alta reputación militar de la hora por su brillante comportamiento en Paraguarí y en Tacuarí, fue nombrado Mayor de Plaza en la Capital, sin comando efectivo de su Regimiento, porque las guarniciones que éste cubría pasaron a depender directamente de una Sub Inspectoría General de Armas confiada al coronel Cabañas, a quien, por otro lado, se le concedía dos meses de permiso para atender su salud quebrantada.

Estos manejos de acomodo insumieron todo el mes de abril. El 3 de mayo volvió Velazco a Asunción, con el material de guerra depositado en los parques de campaña y los últimos urbanos a desmovilizarse.

Tal era la situación política y militar en la primera quincena de mayo de 1811.

 

Fuente (Enlace interno) :

 

 

 

LA INDEPENDENCIA Y SUS PROTAGONISTAS

SEPARATA “APORTES DE BENJAMÍN VELILLA A LA HISTORIA DEL PARAGUAY”.

MARÍA MARGARITA VELILLA TALAVERA

(Compilación y adaptación).

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS PARAGUAYOS

Director: JOSÉ ZANARDINI

Volumen 88

CEADUC

CENTRO DE ESTUDIOS ANTROPOLÓGICOS DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA

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