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BENJAMÍN VELILLA


  EL GOBERNADOR IRALA Y SU TIEMPO (LA COLONIA) - Por BENJAMÍN VELILLA


EL GOBERNADOR IRALA Y SU TIEMPO (LA COLONIA) - Por BENJAMÍN VELILLA

EL GOBERNADOR IRALA Y SU TIEMPO

LA COLONIA

Por BENJAMÍN VELILLA

 

            En el período colonial el mayor aporte en el título 1 es la pintura de la Europa del descubrimiento y conquista de América con sus tremendos conflictos morales e ideológicos suscitados a raíz de la presencia repentina en el escenario histórico, de una nueva "especie" de gente, con la cual debían convivir y organizar una nueva sociedad. Emerge entonces la figura de Domingo Martínez de Irala, quien debe sortear la situación descrita.

            En el mismo capítulo destacan personajes de lucida actuación en el mundo político y cultural de la época, como el Dr. Dávalos y Peralta y los beneficiados con la beca de Don Francisco Matías de Silva.

            Se rescatan igualmente informaciones sobre el asentamiento de la comunidad luqueña y su vinculación con importantes episodios de nuestra historia política colonial. 

 

      

 

 

            1. EL GOBERNADOR IRALA Y SU TIEMPO

 

            La Comisión Nacional de Homenaje al Gobernador Irala me ha confiado el encargo, a la par de muy honroso muy arduo, para traducir en esta reunión los pensamientos que ella tiene en el cumplimiento de su cometido.

            Mandato honroso, por cuanto es la delegación de un selecto grupo de personalidades representativas de los principales centros culturales de nuestro país, de la prensa militante, de las instituciones armadas, del gobierno comunal, del clero, vale decir las más positivas fuerzas morales de opinión que actúan en nuestro medio, conglobadas en una auspiciosa resolución oficial del Ministerio de Educación de la República. Y mandato de difícil satisfacción porque hablar del primer gobernador que abrió las puertas de la historia al nombre paraguayo, implica la tarea de compulsar las ponencias anímicas y espirituales fundidas para haber nacido nuestra nacionalidad, las que le imprimieron su primer y más decisivo paso en la vida del concierto con los demás pueblos del mundo.

            Me es pesado, además, el cargo de representante del Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas, al que debo el honor de participar en la Comisión de Homenaje a Irala, del Instituto sin mayor brillo pero acendrado espíritu perfectivo del cual partió la iniciativa de las celebraciones que ahora inauguramos.

            No podré ser eficiente en la medida necesaria, pero no he podido negarme a ayudar de algún modo la marcha de nuestro movimiento de gratitud hacia la memoria del Héroe primordial.

            Considero, en primer término, superflua la relación de itinerarios y cronologías para situar al Capitán Domingo Martínez de Irala en el panorama patrio; pero sí debo exponer las razones y puntos de vista de nuestra Comisión Nacional, tenidos en cuenta para su desempeño.

            No es el hecho de haber constituido el primer gobierno histórico del país el único, ni el más relevante título en nuestra estimación. Contemplando toda la prestancia de Irala, que en diversos matices ilustres se proyecta en la vida nacional entera, es que saludamos con devoción esa señera estampa, reflejo del europeo selecto de su siglo, arribado a nuestro suelo virginal y misterioso de aquella hora. Tuvimos la fortuna de ser él, pudiendo haber sido otro de inferior categoría espiritual, el caudillo de la conquista hispana del Paraguay.

            Para iluminar esta fortuna es indispensable evocar el ambiente del mundo cuando se descubrió la América.

            Los pueblos representativos de la civilización más avanzada del planeta se hallaban cristalizados en moldes sentimentales y mentales de la larga Edad Media, saturada de fórmulas dogmáticas.

            El hallazgo del hombre salvaje habido en América, extraño y enigmático, llenó de estupor y desconcierto todos los espíritus. Se desconocía, y más que eso, no se pudo concebir semejante tipo humano por entero, fuera de los moldes místicos de la Creación en el Paraíso. Los problemas etnológicos, de la arqueología, antropología o prehistoria, eran asuntos no planteados todavía, o ya olvidados bajo un cúmulo de siglos que separaba de los remotos habitantes primarios a aquellos intérpretes en el siglo XV antepasados apenas ya entrevistos en referencias de poemas legendarios llenos de artificio. Nadie sospechaba siquiera que sus antecesores pudieron haberse hallado, en las mismas condiciones bruscamente descubiertas por Colón.

            De aquella situación de estupor, de primera perplejidad mental, surgieron tremendos conflictos morales e ideológicos. No se atinaba cómo tratar a la nueve especie de gente con la cual se abocaban los navegantes. ¿Sería también descendencia de Adán y Eva, o de donde ella provenía?

            Teorizadores escuchados, como el monje irlandés Cotton Richard, predicaban que bien pudiera haberse topado con engendros del Ángel Rebelde, es decir con la familia del Demonio, en cuyo caso su exterminio inmediato constituía un deber perentorio y absoluto, como lo consigna el profesor Lewis Hanke de la Universidad de Texas en su magnífica obra "La lucha por la Justicia en la Conquista de América", cuyos datos de excelente documentación, nos guían, principalmente, en esta disertación.

            Dichas teorías cobraban auge en las clases inferiores de la sociedad europea, tanto como postulados morales como por interés de explotadores de la esclavitud y toda clase de rapiñas violentas. El nivel de la cultura media permitía mantener una etapa cruel y sanguinaria en la mayor parte del Viejo Continente. En muchas naciones los esclavos, cautivos de guerra por lo común, eran marcados con hierro candente en la cara, como al ganado.

            La cacería de brujas y hechiceros supuestamente endemoniados, arrojaba a los más atroces tormentos, y a la hoguera, a millares de personas. Solamente en Alemania -dice Bertrand Russell- se ejecutaba, por los años del 1500, a más o menos diez reos mensualmente.

            Hombres de tanta alcurnia y responsabilidad como Gonzalo Fernández de Oviedo, anotó en 1526 que "los naturales de las Indias no son diferentes del perro sino en su figura, porque no tienen otro intento que comer, é beber é folgar é luxuria é azer otras muchas bestialidades sucias"

            Eclesiásticos, como el dominico Tomás de Ortíz, advertían al Consejo de Indias, que los americanos "comen carne humana y andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, insensatos; precianse mucho de ser borrachos, cobardes como liebre y sucios como puercos; no tiene arte ni maña de hombres, son incapaces de doctrina, no guardan fe ni orden"; y el nada benévolo informante agregaba el pintoresco dato, de que también "son sin barba y se arrancan cuando alguna les sale", acentuaba en el colmo de su extrañeza por la diferencia con el castizo caballero barbado de su tiempo.

            Tales corrientes de ideas fueron las más generales desatadas por la aventura de las tres carabelas que arribaron a la isla de Guanahaní en 1492.

            Pero es gloria inmarcesible de España, que cada vez se alza más luminosa para los estudiosos del pasado, la realidad histórica de que frente a aquellas ideas tenebrosas, difundidas también en el mismo pueblo español, mantuvo siempre el ideal sagrado del Maestro de Galilea, defendiendo el anhelo de una perfección íntima del hombre, con las posibilidades específicas de su ser; la llama del genuino espíritu cristiano, no satisfecho con la simple teatralidad mágica de los adeptos superficiales.

            Y de manera marcadamente distinta del resto de la Europa contemporánea, esa fe genuina del cristianismo auténtico, radicaba en las altas esferas gubernativas de la Nación Ibérica, más nítidamente que en los centros de especulación teórica e intelectual aplicados a discriminar sus fundamentos teológicos.

            Así la tirantez de los intereses económicos, o de poder y grandeza materiales, que constituyen los móviles políticos preferentes de los Estados bajo cualquier régimen, tuvo en España el severo control de los conceptos ecuménicos, universales, más desarrollados en la historia de la Edad Moderna. Persiguiendo la unidad de su fe en las doctrinas evangélicas, los monarcas hispanos marchaban a la vanguardia del humanismo positivo más trascendente para el mundo entero.

            Cuando en Holanda, en la Gran Bretaña o en París, la voz de un Erasmo, Tomás Moro o de un Montaigne, se perdía en débiles ensayos académicos, los Reyes Católicos, siguiendo a Isabel de Castilla, imprimían ya vigorosa orientación gubernativa al elevado humanismo de sus sentimientos en resguardo de los hombres menos admitidos a la fraternidad con sus semejantes, de los hombres de nuestra América incierta.

            Quiero recordar, señores, algunos episodios característicos que comprobaran estos asertos, a fin de interpretar mejor a los personeros castellanos que llegaron a nuestro suelo con Irala.

            Colón presentó a la Corte, en Barcelona, a siete indios que llevó consigo, junto con loros y plantas exóticas, al retorno de su primer viaje prodigioso; y, conforme a las prácticas de la época, solicitó el permiso de vender a los primeros en los mercados de esclavos, como prisioneros infieles, conocedor el viejo y buen genovés, de la gran expectativa encendida en esos mercados por el hallazgo de nuevas regiones repletas de buena presa.

            El rey Fernando concedió el permiso, que no ofrecía reparos legales, pero dos días más tarde la reina Isabel, por intermedio del obispo Fonseca, canceló el Real permiso, hasta tanto, dijo, que sus Magestades pudieran examinar mejor en su conciencia, la justicia aplicable a aquellos infelices, cuya extraña naturaleza no les era conocida.

            Bien dice Enríquez Ureña que ese día, con aquel gesto, giró de rumbos en sus milenarios goznes toda la civilización europea, iniciándose una nueva etapa en la epopeya de la cultura humana. Se abatía la teoría de Aristóteles de los esclavos naturales, de tanto arraigo en la antigüedad y comenzaba un control sobre los poderosos, acostumbrados a disponer de la suerte de sus semejantes al vaivén de la fuerza bruta, en las contiendas y en los tratos, régimen de conducta imperante en todos los dos mil años de historia antecedente.

            Desde aquel instante auroral se inició en España y luego recorrió todas las latitudes, el más portentoso vuelco de ideas, germinando en ese vuelco las nuevas ideas que iban a presidir y dar fisonomía moral hasta entonces desconocida, al desarrollo consecutivo del hemisferio occidental; las ideas que forjaron la suerte del Nuevo Mundo donde hoy alientan veinte repúblicas grávidas de infinitas posibilidades, para infinita justificación de la magnánima Reina de Castilla que amparó su cuna.

            Con sobrada razón nos dijo en una memorable disertación, en este mismo salón, el talentoso y erudito agregado cultural de la Embajada de España entre nosotros, señor Giménez Caballero que no le parecía suficientemente conocida todavía en nuestro medio, la gran figura de Isabel la Católica, a pesar de tantos libros de historia que la citan.

            Es exacta la observación. Solamente nos puede consolar en ese justo reproche del amigo Giménez Caballero, el clásico consuelo que la conseja dice haber cuando hay mal de muchos, permitiéndome interponer que aún en su patria no parece revelarse la trascendencia de aquella nuestra Isabel sin par, si hemos de juzgar por sus historiadores más reputados.

            Del arranque de aquel trono de Castilla tan regiamente ocupado, en el más elevado sentido del vocablo, comenzó un ardiente debate de medio siglo entre los más conspicuos consejeros intelectuales, teólogos, juristas y políticos, sobre el régimen administrativo que debía aplicarse a la conquista y colonización del Nuevo Mundo.

            Los Reyes Católicos, instintivamente polarizados hacia el impoluto cristianismo de Jesús, pero prudentes y respetuosos de la discriminación idónea, siguieron paso a paso la controversia en los Congresos, Concilios y Universidades de la península. Si eran gobernantes absolutos no caían en el despotismo, conformados en la tradición sin coyundas acatadas, de los grandes pueblos cobijados por su cetro.

            No es posible en una conferencia, limitada a estricto uso del tiempo, seguir toda aquella fecunda agitación del alma hispana, a veces dramática y siempre solemne y trascendente, buscando cauces a la vida hispano americana durante las cinco primeras décadas del siglo XVI; pero he de indicar algunos hitos que jalonan su estela histórica por donde corría nuestra suerte continental.

            El primer y más popular impulso de los conquistadores fue, sin duda, lanzarse en busca de riquezas fáciles, de acuerdo a las ásperas competencias de la época. La contestación de un alto adalid como Francisco de Pizarro, conquistador intrépido del Perú, al clérigo Valdivia, cuando éste le reclamó alguna clemencia para el Inca Atahualpa, puede considerarse el común término medio: "No he venido a otro menester que a quitarle sus ganancias, pues S. Magestad y yo las necesitamos", fue la ruda y franca respuesta del caudillo.

            Cristóbal Colón mismo, en su segundo viaje, remesó un buen cargamento de esclavos, confiado en que los escrúpulos de la Reina Isabel ya habrían sido dominados.

            Pero, paralelamente, la tesis isabelina se infiltraba en las pragmáticas Reales, y en 1503 se dictó la que se tiene como la primera disposición general sobre la marcha de la conquista, limitando la esclavitud de los indígenas a solo los casos de resistencia armada, o de negarse a recibir la fe de Cristo, haciendo de ella público escarnio.

            Pronto brotó lozana la pléyade ilustre que debía culminar en el Obispo de Chiapas, aquel fray Bartolomé de las Casas, clamoroso defensor de la dignidad indiana, reclamando fueros de perfecto vasallo, "iguales a los de los mismos vasallos del viejo Continente", como él dijo, quien como un volcán en erupción domina el escenario del 1500. Sus cooperadores anteriores y posteriores fueron fray Domingo de Montesinos, Jacobo de Testera, Bernardino de Minaya, o el gran jurista Juan López de Palacios Rubio, cabezas de una gradería de discípulos en cuya cima fulgura el P. Francisco Vittoria, según los especialistas de la materia, fundador del moderno Derecho de Gentes.

            Frente a esa línea de poderosas mentalidades canalizando el ideal de Isabel de Castilla, se extendía otra de impugnadores, con brillantes argumentos de rancio abolengo cargado de prestigio, como el insigne Juan Ginés de Sepúlveda, literato e Historiador de renombre, fray Cayetano Espinal, nada menos que confesor de la reina Juana, madre de quien debía ser después emperador Carlos V, o fray Martín Fernández de Enciso, quienes alegaban precedentes bíblicos análogos, según ellos, al caso del continente descubierto. Citaban el mandato de Dios dado a Josué para exterminar a los Amorréos, Cananéos, Perezéos, Jebuséos y Filistéos en la Tierra de Promisión concedida a los Judíos, el pueblo elegido del Señor. Repetían los preceptos: "Guárdate que no hagas alianza con los moradores de aquella tierra, porque engendrarán y sacrificarán a sus dioses y te llamarán y corromperán".

            A todas la retahílas de la erudición bíblica, con interpolaciones del derecho romano aderezado por los juristas, respondían Las Casas y sus amigos con el sencillo y recto juicio de la gran Isabel: "No tenemos cristianos por qué acudir a las prácticas del Antiguo Testamento, pues Nuestro Señor Jesucristo enseñó otras cosas distintas y más verdaderas":

            De estas polémicas surgió en 1512 la primera Ley que había de constituir la base de las famosas Leyes de Indias, colección de estatutos y doctrina de poder cada vez más altruistas, cada vez más justas, más noblemente humanistas, al amparo de cuyos capítulos nació, creció y se hizo adulta, nuestra América entrañable. Su recopilador y comentarista eminente, Juan de Solórzano y Pereira, fue reputado el más grande jurisconsulto del siglo XVII para toda la legislación de orden político.

            En nuestro país contamos hoy un erudito trasunto de aquellas leyes orgánicas qué guiaron la formación colonial, con la obra "Introducción al Derecho Paraguayo", del Prof. Dr. Juan José Soler, a quien nadie ignora en nuestro medio, eminente Catedrático de la Universidad Nacional, que preside actualmente la Comisión Nacional de Homenaje al fundador Irala. Configurados así los caracteres generales del ambiente moral e ideológico contemporáneo, recordemos el desempeño del capitán Domingo Martínez de Irala en la tierra que sería luego el Paraguay.

            Es de conocimiento común, por nuestros libros escolares, las circunstancias que le trajeron a este suelo. El Adelantado don Pedro de Mendoza, resuelto en Buenos Aires a regresar a España, despachó en enero de 1537 al capitán Juan de Salazar y Espinoza en procura y alcance de Juan de Ayolas quien había sido comisionado en octubre del año anterior para hallar, si hubieran, las famosas y fugitivas regiones del oro y la plata, denunciadas a la Corte seis años antes por los expedicionarios de Sebastián Gaboto.

            Salazar portaba, además la designación de Ayolas como sucesor del Adelantado en la gobernación capitulada con el Rey.

            Subiendo por las aguas del Paraná y río Paraguay llegó al puerto de la Candelaria, en las proximidades de la actual Coímbra brasilera, en Junio del mismo año 37, donde encontró estacionadas las carabelas de Ayolas, a cargo del capitán Domingo Martínez de Irala, encargado éste de esperar hasta cinco meses el regreso del jefe, internado en el Chaco en pos de las noticias respecto al rumbo que le llevaría a las supuestas riquezas auríferas.

            Después de diversas tentativas de los dos lugartenientes para entrar también al Chaco en busca de Ayolas, frustradas por las aguas que estaban inundando larguísimas extensiones de las riberas del río, ambos capitanes resolvieron descender hasta los parajes de los indios carios guaraníes, ya benévolos amigos de las dos expediciones que por ahí pasaron, a las cuales habían proporcionado abundantes productos de alimentación cultivados en su "tapys", o aldeas, como maíz, mandioca, frijoles y aves de corral, únicos recursos de su género descubiertos desde Buenos Aires hasta Candelaria.

            Irala y Salazar fijaron el lugar que todos los compañeros de Ayolas designaban con el nombre de "La Frontera", por el cambio en él notado de las modalidades indígenas, conviniendo en establecer en su territorio alguna casa que sirviera de amparo y reparo de los navegantes españoles.

            Pero Irala no pudo alcanzar este lugar, a causa del mal estado de una de sus naves, con calafates desprendidos, que amenazaba zozobrar, viéndose obligado a recalar a la altura del actual río Jejuí, más o menos; así Salazar realizó solo la fundación del 15 de Agosto de 1537, en el sitio donde ahora se alza Asunción.

            En tanto, en Buenos Aires, sede del Adelantado, ejercía su autoridad el Cap. Francisco Ruíz Galán, nombrado también por Mendoza gobernador local hasta que Ayolas aparezca, como se esperaba, y él disponga lo que quisiera.

            Pero el hombre propone y Dios dispone reza bien el adagio. Las cosas no vinieron como fueron calculadas. El Adelantado falleció en alta mar y a Ayolas "le tragó el Chaco", al decir del Dr. Manuel Domínguez.

            Con las favorables noticias llevadas a Buenos Aires por Salazar respecto de las ventajas que brindaban la tierra y habitantes de Asunción, Ruíz Galán, que seguía sufriendo tremendas hambrunas en el río de la Plata, resolvió subir hasta aquí para proveerse. A su vez Irala bajó, por segunda vez, de la Candelaria, adonde había vuelto para no abandonar mucho tiempo su guardia con el mismo propósito de proveerse y de verificar lo realizado por Salazar. Traía escrito, con las formalidades notariales de rigor, su título de lugarteniente, con las disposiciones encargadas por Ayolas al dejarle el mando de sus carabelas.

            Ruíz Galán se consideró autorizado para la gobernación general, con su nombramiento del Adelantado para administrar el cuidado de Buenos Aires y disputó esa investidura suprema con Irala, quien alegaba su carácter de apoderado inmediato de Ayolas, el único reemplazante auténtico de Don Pedro de Mendoza.

            En cierto momento de las agrias disputas, Ruíz Galán, que contaba con cuatro veces más soldados de los 32 del capitán Irala, amenazó "colgar de un árbol al miserable hombrecillo -dijo- que se atrevía a oponérsele, siendo como era el más ruin elemento de la Armada del magnífico Adelantado". Irala replicó serenamente, "mostradme con qué derecho queréis que os obedezca; si no lo tenéis podréis colgarme, pero no obtendréis mi obediencia". Hablaba el vasco, que lleva en su sangre centurias de heroica autonomía al pié de los Fueros Juzgos de Aragón y de Vasconia.

            La intervención de Juan de Salazar y otros caballeros e hijo-dalgos, dicen las crónicas de Francisco de Villalta y de Hernán Darias de Mansilla, por donde hoy sabemos aquellos hechos, redujo a términos legales la contienda, y Ruíz Galán se retiró hacia Buenos Aires nuevamente.

            De esta manera entró Martínez de Irala al gobierno de Asunción.

            De recio temple se mostró entonces, de entrada, aquel primer ciudadano del Paraguay. Y permitidme suponer, señores, que su herencia explica, acaso, en rigurosa conformidad con las teorías biológicas del presente, la misma recia postura del ciudadano paraguayo de todos los tiempos, ante toda fuerza coactiva que se presente sin derecho.

            Con la llegada del Veedor Alonso Cabrera, trayendo el célebre rescripto de Carlos V producido el 12 de setiembre de 1537, el cual disponía realizarse elecciones entre los pobladores para nombrar gobernador interino en casos de acefalia o dudas de autoridad, Irala aseguró sus credenciales, obteniendo la mayoría de opinión favorable, no solamente entre los pobladores de Asunción sino también entre los de Buenos Aires, con cuya opinión el Veedor le proclamó Gobernador provisorio de todo el Río de la Plata.

            En consecuencia, todos le juraron acatamiento y obediencia, inclusive su resentido rival Ruíz Galán, en una solemne ceremonia realizada el 30 de Junio de 1539 en la pequeña plazoleta de la Casa Fuerte de Asunción.

            Seguidamente después preparó una expedición formal al Chaco, para verificar la suerte del Cap. Juan de Ayolas, de quien no se tenía noticias ciertas hasta entonces, sino su prolongada ausencia. Notable lealtad para con el superior desaparecido, a quien si se hallara vivo debía entregar aquel gobierno tan esforzadamente mantenido en los trances difíciles que pasó.

            La expedición insumió el tiempo transcurrido de Noviembre del 39 hasta marzo del año 1540, recogiendo la información exacta de la muerte de Ayolas por mano de los payaguaes.

            Desde entonces Irala asumió firmemente el gobierno, desplegando sus grandes dotes de político, de administrador sagaz, de empresario del destino para la trascendente fundación de la comunidad paraguaya. Sus medidas se multiplican con seguro ordenamiento de edificación capaz de desafiar todos los azares del porvenir.

            No se propuso asentar una mera factoría; planeó una Nación destinada a extender las más nobles tradiciones de su patria, la ingente España, vertiéndolas en el corazón de un pueblo infantil apto para prolongarlas.

            Su primera medida fue trasladar y concentrar en Asunción los pobladores que aún tenía Buenos Aires viviendo penosamente.

            Reunidos todos los europeos sobrevivientes de la expedición de Don Pedro de Mendoza, practicó el primer censo de la Capital de la conquista desde ese momento; y contó 471 hombres con 3 mujeres, inclusive dos clérigos. Eran los restos de la magnífica Armada salida de Sanlúcar de Barrameda en Agosto de 1535 con 1.300 hombres, 16 señoras que acompañaron a sus maridos y 9 clérigos, franciscanos y mercedarios.

            El gobernador Irala, ya en amistad sólida con los guaraníes que le ayudaban sin recelo, como él les protegía de los tradicionales asaltantes de sus sementeras, los agáces y guaicurúes del Chaco, concertó con los tres caciques comarcanos de Asunción, Cupiraty, Moquiracé y Carduaraz, o Caracará, como ha creído entender mejor este último nombre nuestro gran historiador colonial don Fulgencio R. Moreno, rectificando la ortografía del cronista López de Gómara, concertó el aporte de doncellas indias que debían ser casadas con los españoles, práctica normal entre los guaraníes en sus actos de política de buena vecindad aborigen.

            Pero se suscitó la oposición de los clérigos que tenían que consagrar los matrimonios, oposición planteada en nombre de las leyes de Castilla y de la Santa Sede que prohibían, so pena de castigos muy poco llevaderos, como el cercenamiento de las manos o de la cabeza, de quien consagraba, sin dispensa del Rey o del Papa, la unión de cristianos con infieles y paganos; es decir sin la debida "limpieza de sangre", como se llamaba la comprobación de la fe de los contrayentes, quienes debían ser "cristianos viejos", según la fórmula, hasta la línea del abuelo.

            Recuérdese que España acababa de salir de una lucha seis veces secular para rescatar su territorio del poder de musulmanes, judíos y mozárabes, enemigos de la religión nacional española y de la cristiandad europea.

            Este incidente reveló entonces las superiores dotes de Irala, muy poco comunes en aquella hora. ¿No basta con bautizarles, dijo a los sacerdotes; son acaso infieles, exactamente, estos indígenas, cuando no rechazan la religión sino que simplemente la ignoran?

            Tremendas preguntas que se perdieron en la umbría floresta sin eco del Paraguay, apenas consignadas como un dicho cualquiera de emergencia en las actas del escribano Bartolomé González. Pero 20 años más tarde esas preguntas iban a ser uno de los más importantes tópicos del Concilio de Trento, la magna Asamblea reguladora de la moderna Iglesia Católica.

            Los clérigos, Francisco de Andrade y Luis de Miranda, no transigieron, sino hasta la promesa de elevar la cuestión a sus superiores en la primera oportunidad habida. Con todo, los españoles quedaron autorizados, o tolerados por Irala para retener las candidatas de cada uno, provisionalmente, en tanto de poder hacer canónico el vínculo conyugal.

            Ignoramos las ulterioridades de la consulta prometida, pero un año después de estos sucesos de 1541, llegó a Asunción el segundo Adelantado regio, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con 420 nuevos europeos que se incorporaron a la colonia, debiendo anotarse que la pretensión de reparar los "males a la decencia", como calificara Alvar Núñez aquel maridaje sospechoso, fue el más intenso motivo de discordia en Asunción, terminada con la prisión del Adelantado y su remisión a España, asunto todavía objeto de porfiados comentarios hasta el presente.

            Sin poder referir la aparente rebelión de Irala y sus partidarios contra el representante legal del Rey, en todos sus detalles, hemos de consignar, de paso que sugestivamente, más de trescientos de los cuatrocientos compañeros de Alvar Núñez se plegaron al bando de Irala para secundarle. Y entre ellos se encontraban figuras de tanta prestancia y valimiento en la vida colonial, como Nufrio de Chaves, "el hombre centella" que llamó Manuel Domínguez, pues en poco tiempo recorrió todo el ámbito de la Provincia Gigante en todas direcciones, sembrando pueblos; los hermanos Francisco y Hernando de Ribera, célebres exploradores del Alto Paraguay hasta el Amazonas; Alonso Riquelme de Guzmán, el organizador del Guairá; Felipe de Cáceres, Jaime Resquín, que después mereciera del propio Monarca el honor de elegirle tercer gobernador del Río de la Plata, y hasta el mismo secretario de Alvar Núñez, Pedro de Oñate, que dieron su apoyo a la rebelión.

            Los adversarios que ha tenido el gobernador Irala, más fuera de la Provincia que dentro de ella, juzgándole a la distancia por el eco de papeles de la defensa rencorosa de Alvar Núñez, han convertido en piedra de escándalo aquellas licencias que prohijó. Hasta un gran historiador moderno, Enrique de Gandía, opina que de haber estado Irala más cerca de las justicias Reales, o del Santo Oficio, habría sido ejecutado por mano del verdugo. Acaso pareciera justa tamaña sanción para las leyes de la época, pero con no haber ocurrido tal percance, españoles y guaraníes engendraron el pueblo paraguayo, que hoy no maldice sino blasona de su estirpe bipolar, bilingüe, original en algunos aspectos sin ser negativo, en ésta América que es ya vanguardia de la civilización que adviene en la humanidad sin razas inferiores.

            Pasmoso resulta en la retrospección aquel experimento sociológico "invito" que realizó el gobernador Irala en momentos que en su patria se discutía acaloradamente la racionalidad de la gente americana.

            La Bula del Papa Paulo III, que puso freno y término a las alarmas de tantos doctos en las discriminaciones teóricas, no se conocía en la Asunción de 1541.

            La trascendental declaración pontificia del 9 de junio de 1537, denominada "Bula de Sublimis Deus", manifestó: "Nuestro Señor Jesucristo, que es la verdad misma, que nunca ha fallado y que nunca podrá fallar al decir a los Apóstoles, "id a enseñar a todas las naciones", no excluyó a nadie y por lo tanto todas son capaces de recibir las doctrinas de la Fe. Solo el enemigo de la Humanidad ha inventado medios y palabras jamás oídas para propagar que los indios del Oeste y del Sur y otras gentes de las que apenas tenemos noticias, deben ser tratados como brutos. NOS declaramos que tales indios son verdaderos hombres y son capaces de entender la fe católica".

            Esta Bula, decimos no llegó al Paraguay sino varios años después de su promulgación, traída por el obispo don Pedro Fernández de la Torre, en 1554. Pero sus verdades bullían ya en la mente lúcida y preclaro espíritu de Domingo Martínez de Irala.

            La primera consecuencia de aquellos matrimonios irregulares, pero no inmorales, siempre hogareños, fue la educación de la infancia habida en la primera generación paraguaya, educación encomendada a los padres como un severo deber, en cuya virtud los hijos del mismo Irala, de Juan de Salazar, de Ruy Díaz Melgarejo, de Martín Suárez de Toledo y tantos otros compañeros ilustres, pudieron incorporarse ya a la gloriosa epopeya hispana del Nuevo Mundo, fenómeno que solamente el Paraguay puede registrar sin resquicios.

            Veinticinco años después de los días iníciales de la Nueva Nación, los célebres "mancebos de la tierra", como les llamaban los castellanos, dirigían prácticamente la proyección civilizadora de sus progenitores.

            Los hijos varones de Irala, Diego, Antonio y Martín, fueron capitanes de hueste en el Guairá, en el Chaco, en Concepción del Bermejo; Fernando de Salazar, hijo de Juan de Salazar y Espinoza, nieto del cacique Cupiraty, moría en Santa Cruz de la Sierra defendiendo un reducto en 1564; Rodrigo Ortíz de Melgarejo egresaba sacerdote del primer seminario jesuita abierto en el Brasil, para ser después Vicario General en Asunción y en Buenos Aires sucesivamente; Juan Suárez de Toledo, Gabriel de la Anunciación y Juan de San Bernardo se consagraban también sacerdotes por el Obispo Guerra, el segundo prelado de la Catedral de Asunción, al lado del seráfico misionero fray Luis de Bolaños, preceptor de ellos y compañero a la vez de consagración sacerdotal, para correr luego hacia todos los rumbos, dando realidad administrativa y evangélica a la Provincia Gigante del Paraguay, su patria.

            Las hijas por su lado fueron dignas esposas de los más eminentes capitanes de la conquista: de Nufrio de Chávez, de Francisco Ortiz de Vergara, de Gerónimo de Mendoza, de Pedro Segura, de Juan de Ortega o de Alonso Riquelme de Guzmán, paje de la casa del Duque de Medina Sidonia.

            La segunda generación de paraguayos sumó ya catorce sacerdotes o catequistas nativos, de entre quienes suele recordarse y conocerse sólo al Beato Roque González de Santa Cruz, por la circunstancia de su mayor fortuna en haber pertenecido a la influyente Congregación de los Jesuitas.

            De aquella generación salió el primer historiador criollo del Río de la Plata, Ruy Díaz de Guzmán, mientras otro joven de la misma falange volvía de Lima graduado Doctor en Teología, para ser Obispo del Tucumán y fundar la Universidad de Córdoba, Fray Hernando de Trejo y Sanabria, a la par de su hermano materno Hernando Arias de Saavedra, que escaló la gobernación del Plata, concedida por esa primera vez a un hijo de la misma tierra.

            Cincuenta y ocho mancebos análogos fundaron la ciudad de Corrientes, acompañando al Adelantado Vera y Aragón; cuarenta y cinco fundaron Santa Fe; sesenta y dos reconstruían Buenos Aires, al mando del Gobernador Juan de Garay, y ochenta se lanzaron a explorar la Patagonia, conducidos ya por un compueblano, el eximio Hernandarias.

            Cuán lejos quedaron, derrotadas, las disputas pesimistas de la Europa Académica, todavía no bien acalladas, y cuan radiante podía presentarse la excelsa fisonomía de Isabel la Católica que confió en las potencias anímicas de nuestro pueblo autóctono. Todo en conjunto fue, también, el cristianismo humanista de Jesús, salvando la crisis de la Edad Media en brazos y en el espíritu de los hombres como el capitán domingo Martínez de Irala.

            Las fecundas sugerencias del Gobernador brotaron sin interrupción. No nos es posible enumerarlas con la suficiente claridad en esta ya muy prolongada reunión; ellas serán mejor expuestas en otras conferencias que nuestra comisión de Homenaje piensa realizar. Pero quiero todavía indicar a vuestra cortés atención las más decisivas, siquiera en rápido hilván de episodios.

            En setiembre de 1541 se erige el Cabildo de Asunción, con seis cargos electivos anualmente, escuela de autodeterminación ciudadana con ilustre desarrollo posterior; se creó el primer sistema monetario en nuestro país, con las famosas "cuñas" de Irala, monedas de hierro de 25, 50 y 100 maravedises, sistema de tal manera ingenioso que los valores circulantes no fueron únicamente signos de equivalencia mercantil, sino a la vez elementos industriales, los más interesantes de la hora entre los aborígenes. Los indios querían las "cuñas" para hacer con ellas cuchillos, hachitas, puntas de flecha, agujas, anzuelos y otros instrumentos de trabajo que rápidamente iban copiando de los extranjeros, por lo cual, con espontánea actividad ofrecían sus productos de caza y de chacareo, evitándose con ellos en el Paraguay las violencias y exacciones a que se vieron obligados en el resto de América los conquistadores para allegar recursos de subsistencia por el despojo.

            Irala estableció también el cuerpo de "lenguas", como llamó a los intérpretes del guaraní en el castellano, y vice-versa, para cumplir debidamente el edicto del Congreso de Burgos de 1512, que ordenaba no hacer guerra ni captura de esclavos entre los naturales, sin antes solicitarles por un solemne requerimiento ante escribano y testigos, la sujeción al Rey y a la Iglesia, cuyo rechazo únicamente podía autorizar las hostilidades. Este humanitario y a la par ingenuo recurso legal ideado en los primeros tiempos, se hizo un inmenso fraude caricaturesco en manos de caudillos inescrupulosos. Los escribanos leían campanudamente las largas fórmulas notariales, los indios no entendían ni una palabra y su suerte quedaba a merced de los intereses prepotentes. Así murieron Atahualpa y millares de inocentes que ignoraron la causa de su sacrificio.

            En el Paraguay de Irala no ocurrió ese siniestro requerimiento con inhibiciones de la conciencia.

            Famosos "lenguas" fueron el "indio Miguel", mensajero de Irala enviado al encuentro de Alvar Núñez, para conducirle hasta Asunción, y el "indio Francisco" de notable actividad en la fundación de la ciudad.

            Se crearon también en 1544 las dos primeras escuelas de doctrina cristiana y primeras letras habidas en Asunción, las cuales funcionaban en las iglesias de La Encarnación y de San Blas. Se inventó la teja de palma, novedad de techumbre que sustituyó a la paja y la totora proporcionadas por los indios, dando un aspecto típico a Asunción; cuyo uso se extendió luego para ser canaletas de colección de aguas pluviales, lo que permitió la copia temprana de los aljibes arábigos de la península, con un siglo de adelanto sobre las demás regiones del Continente meridional.

            Los cronistas mencionan a un Juan Rodríguez como el primer fabricante de canaletas de palma.

            Con un poco de aventura en el juicio diremos que quizá no fue indiferente en la precoz autonomía de nuestro pueblo el hecho de que sus instituciones tutelares, el Cabildo y la Catedral, fueran escuelas literalmente bajo techo propio en los dos primeros siglos, bajo el típico techo propio de palmas que solamente el Paraguay usaba.

            Irala enseñó la roturación europea de la tierra para las siembras, con lo que la agricultura guaraní, hecha en pocitos abiertos con palos aguzados, cobró considerable desarrollo. Utilizó todas las habilidades artesanas que encontró entre los naturales, perfeccionándolas, como en los productos de la cestería y la cerámica indígenas, convertidos en poco tiempo en las medidas castellanas de áridos y líquidos, o en utensilios de cocina. Los guaraníes cocinaban en vasijas de barro, nuestro famoso ña'e'ũ.

            Abrió astilleros, herrerías y carpinterías, donde era obligatorio tener aprendices indígenas; telares de algodón, y desde 1553 de lana, con las primeras ovejas adquiridas en el Perú; adoptó la hamaca, que fue uno de los enseres característicos para dormir de las tribus guaraníticas, su distintivo etnológico, como el enterratorio de sus muertos en urnas, que las diferenciaba de los demás pueblos primitivos de la vecindad.

            Recibió y protegió celosamente el primer plantel de siete vacas y un toro, origen de la ganadería vacuna del Río de la Plata, como cuidó y acrecentó los veintiséis caballos traídos por Alvar Núñez.

            Causa verdadera admiración al estudioso objetivo, sin preconceptos de política determinada, el equilibrio ágil y justo de las medidas económico-sociales del Gobernador Irala.

            Yo me atrevo a proclamar que a él debemos haberse evitado en nuestro país los dos extremos críticos en que se debate hasta el presente la sociología americana: el exterminio del indígena, o su predominio rencoroso, intenso drama pendular desconocido solamente entre nosotros, para gloria del ilustre fundador de nuestra patria.

            Se hizo también padre de la música paraguaya, organizando una primera orquesta de arpas y guitarras aplicada a acompañar cantos religiosos en la Iglesia.

            Con tal motivo se descubrió la innata afición y aptitud guaraní para la música; prontamente los indios cambiaron sus instrumentos de ritmo usados para las danzas compuestos por unos porongos cargados de piedrecillas, que llamaban "maracás", por los instrumentos de cuerda de los europeos. Pero el nombre del "maracá" guaraní quedó aplicado a la guitarra española.

            Finalmente, como si aquella paternidad visionaria debía cubrir ya todos los problemas, podemos recordar que el Gobernador Irala inauguró también el asilo político en nuestro país, que tiene honrosos episodios en nuestra historia y de renovada actualidad en estos días.

            En su expedición, cuarta y última, hacia las fronteras andinas, del año 1548, trajo un grupo de partidarios del caudillo Diego de Almagro, quien alzado en armas contra Pizarro y vendido, fuera decapitado en el Cuzco. Esos partidarios, fugitivos entre los chiriguanos, a precio sus cabezas en los pregones del Altiplano, fueron acogidos por Irala, conducta que le valió también una denuncia al Consejo de Indias, por parte de los adversarios, bajo la gravísima inculpación de amparar traidores a S.M. el Rey.

            Tal fue señores, la personalidad y la labor entre nosotros del fundador histórico del Paraguay, compendiadas en el boceto que me fue dable componer en esta conferencia: La Comisión de Homenaje que represento desea el concurso más amplio posible a vuestras convicciones y voluntad, para rendirle, todos juntos, en el próximo cuarto centenario de su muerte, el reconocimiento de la gratitud nacional ya muy largamente retardada.

 

            (CONFERENCIA, primera de un ciclo que la

Comisión Nacional de Homenaje al Gobernador Irala

ha presentado en el Unión Club, el 14 de octubre de 1955,

editada posteriormente en folleto).

 

 

 

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APORTES DE BENJAMÍN VELILLA A LA HISTORIA DEL PARAGUAY

Compilación de MARÍA MARGARITA VELILLA TALAVERA

Digitalización: ROSA CAMPUZANO GONZÁLEZ

Diagramación y armado: GILBERTO RIVEROS ARCE

Scaneados: ANÍBAL VELILLA ISNARDI

Impreso en Ediciones y Arte S.R.L.

Mayo 2005 (292 páginas)

 



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