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MARÍA IRMA BETZEL


  KULATA JOVÁI - Cuento de MARIA IRMA BETZEL


KULATA JOVÁI - Cuento de MARIA IRMA BETZEL

KULATA JOVÁI

Cuento de MARIA IRMA BETZEL

 

 

 

KULATA JOVÁI

Durante el almuerzo Arnaldo, mi hermano mayor, se limpio prolijamente la boca manchando la servilleta almidonada y anuncio, en tono solemne:

-Quiero hacer un rancho "kulata jovái" en el fondo.

Sus palabras rompieron el silencio malhumorado que se había hecho costumbre en nuestra familia. Y causaron efecto inmediato.

-¿Estás loco? -dijo papá con grotesca expresión de sorpresa.

-¿Cómo se te ocurre? -exclamo mama, totalmente de acuerdo esta vez (¡Aleluya!) con su esposo.

-Kulata jovái... kulata jovái... -masculló la abuela mientras se le derramaba el caldo de la cuchara y parecía hurgar en su mente embotada el significado de esas dos palabras que la despertaron de su letargo senil.

Hasta Felicia, la discreta y fiel Felicia, se detuvo un momento, bandeja en mano, curiosa, deseando escuchar atentamente todo el dialogo.

Yo, Felipe, el menor de la familia, el universitario alocado y eternamente enamorado de Cordelia (esa es otra historia) me complací secretamente, por fin iba a haber un escándalo en el que yo no tenía nada que ver.

Arnaldo, impasible, volvió a afirmar:

-Sí, lo voy a hacer. Ese terreno del fondo no se usa para nada. A nadie le va a molestar que contrate unos hombres para trabajar en esa construcción. -Y añadió, apiadándose del desconcierto de todos:

-Es para mi tesis. Hace años que en la Facultad de Arquitectura nadie elige un tema de esos.

Estas últimas palabras apaciguaron el ambiente. Papá y mamá lentamente reanudaron su almuerzo con una ligera expresión de inquietud y la pobre abuela, que inconscientemente los imitaba, dejó de derramar la sopa y se llevó a la boca la cuchara casi vacía.

Yo me sentí un poco defraudado. Esperaba un poco de locura. Tal vez que Arnaldo dijera algo así como: "el rancho será para reunirme de joda con mis amigos" o "para invitar a mis amiguitas extranjeras" o yo que sé. Me hubiera resultado divertido que papá y mamá se escandalicen un poco más. Estaba seguro de que les haría bien. Desde su jubilación parecían momias mecanizadas. Pero no se podía esperar tanto de Arnaldo, no, el siempre fue el niño aplicado y sensato. Indudablemente, en mi familia, el merito de tarado solamente lo llevaría yo por secula seculorum.

De todos modos, la cosa me siguió gustando porque al día siguiente, al llegar a casa después de la universidad, note que en nuestra casona (mansión, decía desdeñosamente Cordelia) se habían abierto puertas que estaban trancadas desde hacía años. Se quitaron las horribles macetas del patio (impedían el paso de los trabajadores) y a papá se le ocurrió podar las plantas del jardín.

Mamá parecía más activa, correteando de aquí para allá y la abuela se mecía, con mirada complacida, frente a un ventanal abierto por el que ahora, ya podadas las enredaderas que trepaban por las rejas, entraban raudales de sol.

Protestas no faltaban, claro (las costumbres cuestan erradicar), que se ensucia la casa, que hay que despertarse temprano para abrir la puerta a los albañiles, que todo es gasto y bla bla bla. Pero, sin embargo, descubrí que mamá cantaba mientras hacia los quehaceres y que papá al hacerse amigo de los trabajadores, de observador pasó a ser hacedor del rancho. Al mediodía, después de asearse vigorosamente los brazos sucios de barro, venía a la mesa, y almorzaba con buen apetito y buen ánimo (Aleluya).

Mi abuela, mi santa abuela, acorde al ambiente dicharachero, caminaba sin bastón desde la construcción hasta el jardín limpiando cualquier chuchería y hasta la observe reír a carcajadas con Felicia no sé por qué inocente asunto.

Así las cosas, llegue a desear que la construcción no terminara. Temía que las puertas otra vez se cerraran, que la humedad y el malhumorado aburrimiento volvieran para impregnarnos la vida (yo tenía suficiente, siempre deseando a mi imposible Cordelia), que lentamente se apagara la chispa de entusiasmo por la cual mis padres salieron de su apática vida rutinaria y que la abuela volviera sonriente a caminar sin bastón.

De todos modos, cuando el rancho estuvo listo, alguien (¡papá!) sugirió una inauguración.

-Antes debemos amoblarlo -dijo Arnaldo, y trabajamos ese fin de semana llevando unas sillas viejas que arreglamos entre todos, un catre de campaña y una hamaca paraguaya.

-Debemos estrenar el tatakua -dijo mama. A mi abuela se le iluminó la mirada y apareció, minutos después, cargando con Felicia un mortero de palo santo que estaba olvidado en el sótano; lo refregué, lustre la madera olorosa y lo coloque al sol.

El domingo (¡inolvidable día!) reunimos a la familia completa, nosotros, los de la casa y mis dos hermanos casados con toda su prole. Mamá y abuela, radiantes de entusiasmo, servían las comidas de maíz molido que horneamos en el tatakua.

Arnaldo disfrutaba explicando, con aires de sabelotodo, detalles técnicos de la tradicional construcción:

-"Las paredes son de adobe y el techo es a dos aguas. El ambiente que queda en el medio, sin paredes, con vista al patio arbolado, es para recibir visitas, legado quizás del espíritu comunitario de nuestros ancestros guaraníes que vivían agrupados y en contacto con la naturaleza. Nunca falta el apyka puku". Yo enseñaba a mis sobrinos cómo moler maíz en el mortero para desarrollar, de paso, excelentes músculos.

Se me ocurrió prohibir los artefactos tecnológicos en ese lugar. Todos dejaron sus celulares en el caserón (mansión ¡ay! Extrahaba a Cordelia). Mis cuñadas prometieron aportar algunos objetos que después enriquecieron aun más el ambiente natural del rancho, un kambuchi, que transpira agua fresca sobre su superficie terrosa; una antigua lámpara Petromax, reliquia de un abuelo; mantelería de crochet, regalo de otra abuela..

Lo cierto es que debimos organizar por turnos las visitas, porque son muchos los parientes y amigos que desean compartir los domingos en este lugar.

Los demás días lo tenemos para nosotros solos. Nos gusta descansar a la siesta allí. Se aspira otro aire, otro silencio, se diría que otro tiempo.

Fui el primero al que se le ocurrió dormir allí de noche. Lo hago en el catre, bajo los árboles y las estrellas. Desde entonces me siento más relajado, expulse al estrés. Al poco tiempo debimos comprar más catres. Papá y Arnaldo me imitaron. Mamá y abuela también.

Poco a poco fuimos mudándonos al rancho. Las comidas se preparan a las brasas o en el tatakua. No se escucha desde aquí el teléfono ni nos hace falta. Tampoco las pastillas antidepresivas de la abuela. Ella rejuveneció. Volvió a recordar recetas de dulces y otros postres que cocina con deleite. Traje algunos libros buenos, que en la casona no tengo tiempo ni ganas de leer.

Hoy, después de tanto tiempo, volví a escuchar quejas. Es que pedí a todos que este fin de semana me dejaran solo en el rancho. Así que me divierto escuchando las protestas de papá, mamá y la abuela mientras abren puertas y ventanas del caserón casi abandonado. Yo estoy feliz. Alguien más sucumbió a los hechizos del rancho.

-Te amo -le susurré al oído.

-Lo quiero por escrito. Soy romántica, anticuada y además grafóloga -y añadió riendo:

-Debo comprobar si los rasgos de tus letras son convincentes.

-Entonces ven a casa -le dije- pero no a mi mansión.

-¿Por qué lo niegas, Felipe? Tu casa es una mansión. Eres un pequeño burgués -me dijo- y se echó a reír.

-No -le aseguré-, vivo en un kulata jovái.

Quedó impresionada. Vendrá esta tardecita.

Estoy sentado debajo de los árboles esperándola. No va a perderse. Coloqué un cartel, con pintura roja, en la entrada que abrimos de este lado. Dice:

 

Bienvenida Cordelia:

Aquí no hay portero eléctrico ni timbre.

Golpea bien fuerte las manos. Te amo

 

Escrito está.

Cuando llegue nos sentaremos juntos en el apyka puku.

Alguien golpea las manos. Sé que es ella...

 

.

Fuente:


TALLER CUENTO BREVE

Coordinación : DIRMA PARDO CARUGATI ,


Editorial Arandurã ,


Asunción-Paraguay

Octubre 2005 (179 páginas)

 
 
 

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