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MARÍA IRMA BETZEL


  EL RECUERDO - Cuento de MARÍA IRMA BETZEL


EL RECUERDO - Cuento de MARÍA IRMA BETZEL
EL RECUERDO

 
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"Por lo demás, hermanos, todo lo puro, todo
 
lo bueno, todo lo hermoso, si hay virtud
 
alguna, si algo digno de alabanza, en eso
 
pensad. Filipenses 4:18"
 
.
 

La primera vez que el abuelo me conto esta historia yo tendría once o doce años. La maestra del 5° grado al indicarnos la tarea para el siguiente lunes nos dijo: deberán traer un trabajo escrito acerca de las experiencias de algún ex combatiente de la guerra del Chaco. El domingo bien temprano llegue hasta las afueras del pueblo donde estaba la antigua casa de mi abuelo. El se alegraba con mis visitas aunque era reacio a demostrar sus emociones, quizás el trabajo en el campo, donde vivió durante mucho tiempo acentuó su carácter apacible y tímido. Cuando termine de hacerle mi petición quedo pensativo. Yo escuchaba decir que cuando era muy joven estuvo como cadete en la avanzada del glorioso R I 3 Corrales pero que evitaba a hablar del tema, según mi abuela, para no revivir los horrores de la guerra ya que nunca dejo de atormentarle el recuerdo de los huesudos rostros con lengua hinchada y piel cuarteada de los bolivianos muertos de sed que encontraban durante su avanzada hacia el Parapití. De esa época quedo su obsesión por no desperdiciar el agua, en su presencia siempre evitábamos derramar el vital líquido en vano. Todo eso pensé fugazmente mientras el parecía esforzarse por encontrar un recuerdo amable que no hiriera a la inocente niña que yo era entonces. Al fin dijo:
 
- Yo era el ordenanza del Cap. Sienra, un hombre muy apreciado en la tropa. Estábamos con nuestro grupo cerca de la ciudad boliviana de Charagua cuando trajeron a un Sub-teniente boliviano - de apellido Méndez, creo - que había caído prisionero en los alrededores. El Cap. Sienra había sido relevado esa tardecita y descansaba mientras yo preparaba la cena. Cuando ésta estuvo lista me dijo:
 
"Llame al Sub-teniente boliviano".
 
Para estar seguro de lo que eso significaba le pregunte:
 
¿Ese oficial va a cenar en su compañía, Capitán?"
 
"Así es" me respondió en un tono que no admitía replicas.
 
Me apresure entonces a cumplir su pedido. Cuando el Subteniente boliviano, respetuosamente, se sentó a la mesa, escuche que decía:
 
"Jamás podría haber imaginado que cenaría nada más ni nada manos que en la mesa del Comandante del Regimiento Corrales" y agregó admirado: "esta ha sido la mayor sorpresa que recibí en mi vida".
 
Me retiré discretamente mientras ellos compartían las viandas que yo había preparado.
Poco tiempo después, la guerra llegó a su fin y regresamos a Asunción.
 
El Cap. Sienra había sufrido una herida en uno de los últimos enfrentamientos y supe que estaba en el hospital. Ni bien llegue a la ciudad fui a visitarlo. Estaba esperando mi turno para entrar en su habitación, cuando llegó un hombre vestido de civil que me resultó conocido.
 
"¿Viene a ver al Cap. Sienra?" - le pregunte.
 
"Sí, supe que está herido" - me respondió con su típico acento boliviano y me pareció que también él me reconocía.
 
"Entonces pase Ud." - le dije cediéndole mi turno al ver que una enfermera invitaba a entrar.
 
Después de agradecerme vi como saludaba amigablemente al Cap. Sienra quien sonreía complacido.
 
Mi abuelo guardó silencio.
 
- ¿Era el mismo hombre, abuelo? - pregunte.
 
- Sí, el mismo que él había invitado a cenar - dijo retirándose apresuradamente, como avergonzado de haber revelado algo muy íntimo.
 
Años después, sin embargo, cuando yo estaba en los impacientes años de la adolescencia y el entraba en la chochera de la vejez, lo escuche repetir esta misma historia - admito que con cierto fastidio - una y otra vez. Ahora, con el aplomo que dan los años, vuelvo a valorarla en toda su dimensión. Por eso, aquel día, cuando deje apresuradamente la ciudad para visitarlo en el hospital del pueblo, tomando sus manos lánguidas, le dije para animarlo:
 
- ¿Te acordás, abuelo? ¿Te acordás cuando el Cap. Sienra y el Subteniente boliviano compartieron la cena que les preparaste? Por un instante sus manos se agitaron dentro de las mías. Con los ojos cerrados, sonrió... después pareció abandonarse plácidamente al recuerdo.
 
Fue, según dicen, su último instante de lucidez.
 .

MARÍA IRMA BETZEL
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Fuente:



TALLER CUENTO BREVE

Dirección: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

Edición al cuidado de MANUEL RIVAROLA MERNES y

LUCY MENDONÇA DE SPINZI

Asunción - Paraguay

Octubre 2001. (166 pp.)

 
 
 
 
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