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Andrés Guevara


  FOLLAJE EN LOS OJOS - Novela de JOSÉ M. RIVAROLA MATTO (Ilustración de tapa de ANDRÉS GUEVARA)


FOLLAJE EN LOS OJOS - Novela de JOSÉ M. RIVAROLA MATTO (Ilustración de tapa de ANDRÉS GUEVARA)

FOLLAJE EN LOS OJOS

LOS CONFINADOS DEL ALTO PARANA

Novela de

JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

Segunda Edición

Tapa:

ANDRÉS GUEVARA

EDICIONES COMUNEROS

Impreso en los Talleres Gráficos de la Escuela Técnica Salesiana,

Asunción-Paraguay, julio de 1974

 

Versión digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

**/**

 

 

Ningún personaje de esta obra es totalmente verídico, pero tampoco hay alguno que sea absolutamente irreal. Que ningún hombre o mujer se vea retratado especialmente, porque todos, rasgo aquí, actitud allá, en más o menos, me han dado el material para forjar mi pequeña historia imaginaria.

Algunos lugares geográficos son reales, pero los ambientes humanos han sido modificados. Y si hay alguien que cree vivir en estas páginas, que observe a aquel que pasa a su lado …

 

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Enlace a la edición digital de

FOLLAJE EN LOS OJOS : (LOS CONFINADOS DEL ALTO PARANÁ)

CAPÍTULO I - LOS CONFINADOS

CAPÍTULO II - MÚSICA AL ATARDECER

CAPÍTULO III - LOS MACHOS DEL ALTO PARANÁ

CAPÍTULO IV - EL CHOPÍ

CAPÍTULO V - LA HUIDA

CAPÍTULO VI - A LA SELVA

CAPÍTULO VII - EL ANGELITO

CAPÍTULO VIII - LA ISLA

CAPÍTULO IX - «LA FUERZA DEL DESTINO»

CAPÍTULO X - EL CONTRABANDO

GLOSARIO


 ************************


 JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO: En 1934 fue movilizado para la Guerra del Chaco, hasta su fin. De regreso prosiguió sus estudios; egresó como abogado en 1944. Ya en esa época había publicado cuentos y el relato de una excursión a remo realizada desde Asunción, por Buenos Aires, Hasta Montevideo, que fue apareciendo por entregas en un diario local.-

En 1945 fue a trabajas al Alto Paraná, que entonces era región bravía. Emigrando a la Argentina con motivo de la Guerra Civil de 1947, escribe en Posadas FOLLAJE EN LOS OJOS en 1950, que se publica en Buenos Aires en 1952. La crítica ha considerado esta novela como uno de los hitos importantes en la narrativa paraguaya, a pesar de los innumerables defectos de su primera edición. Sin embargo quedó agotada hace tiempo creando verdaderas dificultades para conseguirla.-

En 1952 se inicia en el teatro con EL SECTARIO, que trata de la aberración de la fe en el espíritu humano.-

En 1954 se estrena EL FIN DE CHIPÍ GONZÁLEZ, que obtiene el Primer Premio en el Festival del Teatro Paraguayo realizado ese año. La obra fue radioteatralizada por el S.O.D.R.E. de Montevideo y difundida por toda América. Traducida al inglés fue publicada en dos ediciones en los EE.UU. así como también traducida parcialmente al francés.-

En 1965 obtiene el 1er. Premio en el Segundo Concurso Nacional de obras de Teatro organizado por Radio Charitas, con LA CABRA Y LA FLOR.-

En 1972 obtiene de nuevo el 1er Premio en el Tercer Concurso Nacional de obras de Teatro organizado por Radio Charitas, con ENCRUCIJADA DEL ESPÍRITU SANTO, pieza que trata de las Misiones Jesuíticas del Paraguay.-

También en 1972 presenta al Concurso de Cuentos organizado por “La Tribuna” uno largo, o novela corta, titulado DEGRADACIÓN que tiene escrito de años atrás y no se publica por sus dificultades de adecuación editorial; ni puede ser libro tan corto, ni cabe en diario y revistas por largo. Recibe mención.-

Ha incursionado en la poesía, aún cuando no tenga publicada obra en este género. Se ha señalado, como una característica de su obra, el constante aliento poético con que trata sus temas.-

A pesar de que nunca ha ejercido la cátedra, unas notas de aula ordenadas y resumidas por Rivarola Matto en 1956, sobre filosofía actual, fueron durante años texto universitario.-

No ha escrito orgánicamente sobre derecho, pero tiene tratado dramáticamente el aspecto sociológico en que se desenvuelve la actividad judicial, en una obra de teatro titulada: SU SEÑORIA TIENE MIEDO, hasta hoy inédita.-

Rivarola Matto es de los pocos escritores paraguayos que realiza su obra sin emigrar del país.

 



 CAPÍTULO IX - LA FUERZA DEL DESTINO 

 


     Echó la simiente con la mano llena de oscuras incógnitas, apretado por la necesidad de subsistir. Y cuando enternecido contempló la revelación de los tiernos brotes, descubrió porqué se pinta de verde la esperanza. Fue sabiendo qué clases de nubes traen las lluvias y cuáles vientos tienen el húmedo seno propicio. Aprendió a mirar el vuelo, a escuchar el canto de las aves, a distinguir el matiz en el color de las hojas, para averiguar el recóndito misterio del cambio de tiempo. Y la luna perdió un poco de su sentido poético para hacerse arúspice de las entrañas siderales.

     Poco a poco fue conociendo los barcos que pasaban, a descubrir el acertijo de sus nombres por el tipo de explosión de sus motores, mucho antes de estar a la vista. Y si el viento ocultaba el gárrulo sonido, la forma diluida en los reflejos, la altura de un palo, el lugar del escape, el color del humo, la posición de un toldo, debían ser indicios suficientes. Muchos quedaban por frutas que se llevaban en bolsas por un precio irrisorio, pagando en especie comestible. Los tripulantes, al pasar, saludaban con la mano, y con mucho más entusiasmo si Clara se mostraba en la barranca.

     Un buen día se arrimó la «Marfisa». Flaminio subió a la casa y conversó con ellos como si nada hubiera ocurrido. Les hizo compras y hasta ofreció fiarles sus géneros. Viendo recelos en Eusebio, sin más se encaró con él para decirle:

     -Mire, don Eusebio, lo que pasó entre nosotros, se acabó. Ella lo quería a usted y usted se la llevó; ¿qué tengo que protestar yo por eso? Pleito terminado.

     Él preguntó por la gente de Panambí y Flaminio le dio noticias a placer. Don Julio, igual; el Mayor, dudando si iba o no a Posadas. Pulé tenía un nuevo chico; doña Rosenda, sin novedad... Clara preguntó por su madre.

     -Está mejor -sonrió con picardía-, al principio no nos podíamos entender. Parece que ella daba mucho al fiado y no podía pagar.

     Eusebio entendió la embozada intención de las palabras: quizá la vieja mañosa habría tardado en enterarse de que la voluntad y liberalidades del lanchero tenían un fin más estético.

     -Está sana, más gorda, está bien; vende mucha caña. Ese muchacho, Aníbal que estaba con ustedes ahora continúa con ella.

     Estuvo a pique de invitarla a hacerle una visita, siguiendo la rutina de su táctica de captación de mujeres; mas se detuvo a tiempo.

     Siguió viaje y volvió otras veces con frecuencia. De esta suerte, pudo comunicarse con los viejos amigos en forma verbal o escrita, e iba acumulando nuevas noticias de que nada nuevo había. Mas, quien en realidad nunca revelaba ni el ápice de una alternativa, era don Julio. Cada vez que preguntaba por él, la respuesta giraba a este tenor: «Siempre igual... con sus músicas y algunos frascos de perfume».

     Poco a poco su espíritu pareció ir aquietándose con la mansa variedad de esta vida. De vez en cuando, los vecinos venían a visitarlo con una guitarra, un organillo, que cantaban dulces amores campesinos. De Asunción venía una carta con un breve sobresalto y una laxitud posterior con los menudos trozos de papel que se llevaba el viento. Su puerto fue adquiriendo nuevamente fama de estar provisto de especies comestibles para los barcos y estos paraban con más frecuencia para hacerse de verduras, aves y frutas. Fue así como una tarde recaló en el remanso el hermoso carguero «La Fuerza del Destino». El patrón explicó que debía subir mucho para hacer un cargamento de madera y que por culpa del cocinero borracho, se había perdido toda la carne.

     -No tengo vacunos, pero puedo ir a buscar a alguien que quizá le venda.

     Cuando estuvo de regreso, ya caía la noche y los interesados entre copas hicieron el ajuste.

     Después de una cena con mucho condimento, se pusieron a departir. Un marino se anticipa a la vejez por las cosas que tiene siempre que contar... y al cabo también Eusebio sacó su pobre alforja de aventuras: había trabajado en el monte y antes, había estado en un pueblo llamado Panambí.

     Y entonces apareció el tema inevitable:

     -Dígame, amigo: usted que debe saberlo bien, ¿qué hay de esas historias de los mensús; que los hacen trabajar a palos, que los conchaban mediante anticipos y después los arrean a los obrajes?

     -Esto ha cambiado mucho. Ya no es la tierra de los capangas, de la cacería del hombre y el «chasquido familiar del látigo». Ahora el «España», el terrible barco prisión en que viajaban los mensús bajo recibo y con guardia armada, ha cambiado de nombre y transporta románticas parejas que van en luna de miel a las cataratas. Los últimos capangas se perdieron en el monte cuando empezó el regreso de los soldados de la guerra del Chaco.

     -¿Qué pasó? ¿Liquidaron algunos capangas?

     -En algunos casos, sí; pero la mayoría de las veces no fue preciso. El paraguayo ha llegado a adquirir el hábito secular de la guerra. Ha debido estar guerreando siempre: con los indios, los mamelucos, más de cien años cuando las revoluciones comuneras, contra media América del Sud en el setenta; con Bolivia en el Chaco y en revoluciones, ¡cuántas veces!... Y como es hijo, nieto y biznieto de soldados, admira íntimamente la gloria militar. Sí, la admira y la respeta y la cultiva.

     -¿Qué pasó cuando llegaron de vuelta los soldados?

     -Nada particularmente notorio... se habrían mirado, reconocido quizá, se sentaron al lado del fogón y el soldado contaba sus historias... Algunos viejos matones, demasiado fieles, lucharon obstinadamente contra el hechizo; pero esos fueron los últimos que pasearon la carroña por el río. La vida se removió profundamente. Los que no sabían trabajar sino con esclavos, liquidaron sus obrajes. Se arruinaron los turcos de Encarnación y de Posadas que mantenían los prostíbulos y cobraban un tanto por mensú desembarcado en el puerto de destino. Dicen que ninguno de ellos ha logrado conservar nada de lo que así habían ganado...

     -¿Y ahora se acabaron los anticipos?

     -No es que se hayan acabado precisamente, sino que ahora el interesado en reducir los adelantos es el patrón. El anticipo servía cuando el crédito podía cobrarse a la fuerza sobre la persona; pero desde que se acabaron las guardias de capangas, eso ya no sirve. El peón que debe mucho se escapa, va a otro obraje y como siempre faltan brazos, se lo toma. Se anticipa en los pueblos del interior, en el momento del ajuste; pero el que está aquí ya recibe muy poco.

     -¿Qué tal la vida?

     -Muy dura.

     -¿Por qué viene entonces toda esa gente?

     -Amigo: en este país las pasiones mandan y las necesidades gimen. El paraguayo hurta su fruto a la tierra ajena. Furtivo y rápido, planta cuatro horcones y siembra lo que ha de darse en poco tiempo. Si le sale bien, reitera; si mal, busca conchavo. Abandona lo que no es suyo, ¿ha perdido? Los pocos que tienen tierras obran abrumados por la misma idea colectiva.

     -¿Qué tal ese pueblo donde usted vivía?

     -Aburrido; bueno para la caña y para el truco... Allí vive también: un paisano suyo, muy amigo mío.

     -¿Cómo se llama?

     -Don Julio Escobar.

     -¡Qué!... ¿don Julio Escobar? ¿Está seguro?... Dígame cómo es él.

     Mientras Eusebio describía el talante de su amigo, el patrón agitaba los brazos, hacía gestos y ademanes; el asombro le agobiaba el pecho.

     ¡Es el mismo!... ¡quién diría que por aquí sabría algo de él! ¡Era mi vecino y amigo en Rosario! Hace como diez años que desapareció y nunca se supo más de él. ¡Vea lo que son las cosas!

     Eusebio permaneció callado, esperando que pasara el impulso de esta viva emoción. Presentía que esta vez se acercaba al recóndito misterio de una vida y le pareció que su silencio más que cualquier pregunta, era una incitación a hablar. Mudos, el uno frente al otro, quedaron largo rato. Ya todos habían dormido y sólo el equipo de luz del buque trasmitía una apagada vibración. Afuera, la calma de la húmeda niebla; en el uno un presentimiento y en el otro el estupor que produce el descubrimiento de un destino humano.

     -Usted no sabe quién era don Julio, ¿verdad?

     -No, ni nadie sabe nada aquí.

     Quedó pensativo otro rato; mas la hora cargada con una sola emoción hacía inevitable la confidencia. Sorbió después un lento trago de la copa de coñac.

     -Quizá haga mal en decir algo a usted... ya que él nada ha dicho a nadie... pero cualquiera al tratarlo se ha de dar cuenta de que no es un hombre vulgar -se animó-. En Rosario tenía buena posición; enseñaba en varios colegios y era un hombre respetado y querido. Vivía solo, solterón, ordenado y metódico, sin que se supiese cosa alguna que pudiera serle reprochada.

     Le visitaban sus alumnos para pedirle libros y otras cosas; creo que a más de uno ayudó a costear sus estudios. Todo el barrio lo conocía; siempre bien vestido, bien peinado y afeitado; muy cuidadoso de su persona. Tenía una sola manía que usted la conoce. Le gustaba la música y el baile, el baile decente; pero le gustaba, hay que convenir que le gustaba y tenía muchas amigas jovencitas a quienes hacía pequeños obsequios, revistas, libros o cosas parecidas. Algo bastante sospechoso en un solteronazo como él, pero a la larga todos se convencían de que era sumamente decente y respetuoso. No le digo que no tendría sus aventurillas; pero la verdad es que si las tenía, las sabía tener.

     Aunque nadie lo esperase, sucedió lo que tenía que suceder; un buen día salió casándose con una alumna suya.

     Cayó la noticia como un bombazo. En ese tiempo yo estaba embarcado en un «cachirulo» que trabajaba en la fruta y semanalmente pasaba dos días en casa. Se casó no más, sin más trámites. La novia tenía quince años, y él entonces ya andaba arriba de los cuarenta. El pobre parecía chocho con el juguete que se había llevado a casa y no hacía sino hablar de las habilidades, de la inteligencia, del buen gusto de su María Cristina. Así pasaron dos años, quizá tres, hasta que un mal día supo que la señora se entendía con otro.

     Y bueno, amigo, saber eso y mandarse mudar, todo fue uno. No dijo nada a nadie, ni una palabra de reproche a su esposa, ni renunció a sus cargos, nada, nada. Desapareció del mapa. Unos decían que había ido al sur, al Uruguay; otros, al Brasil, ¡qué sé yo! Lo cierto es que no se supo nada de él hasta hoy...

     Se dio una pausa.

     -¿Qué se hizo de su esposa?

     -¡Hombre!, anduvo un tiempo haciéndose la desesperada, hasta que al fin se fue con el otro, que era justamente lo que quería. Arreglaron un divorcio alegando que fue abandonada; lo cierto es que ahora vive casada con el otro y ya tiene varios hijos... Ésa es la historia, ¡pero lo que no entiendo es por qué ese buen señor se mandó mudar! Si la mujer le ponía cuernos, ¿por qué no la echó de la casa y se acabó?... ¿No le parece?... Pobre don Julio, y para más, mucha gente habla mal de él, creyendo la historia que contó la otra, de que la había dejado. Pero, ¿por qué la dejó? Ahí está el asunto. ¡Fíjese amigo, lo que son las mujeres! Sólo muy pocos sospechan la verdad de este asunto y yo la sé por una verdadera casualidad.

     «Ser capaz de dar -recordó Eusebio las palabras de don Julio aquella tarde-, ser capaz de dar cada una de las horas de la vida.» Ahora estaba claro lo que entonces era un enigma. Significaba el ininterrumpido sacrificio de vivir una existencia ofrendándosela a otro. El heroísmo de una renuncia cotidiana. Cada mañana, al ver la luz del sol, don Julio estaría diciendo: «este día también es para ti» y al ponerse: «tuyo también ha sido». Anularse para proporcionar a otro la justificación de un acto reprobable y aún más: introducir en su conciencia un elemento de duda que favoreciese la justificación. ¡Cuanta profundidad debe tener un espíritu para ser capaz de perdonar de este modo! Perdonar infamándose a sí mismo y reconciliarse cada tarde con la idea del perdón. Afianzar una felicidad ajena y sonreír a la desdicha propia. Besar la cruz, no con lágrimas y palabras de desesperación, sino con un gesto melancólico lleno de soledad. Encararse con la noche eterna, ir caminando lentamente hacia ella y alumbrar el camino con recuerdos infaustos, dulcificados por una generosidad sublime. No olvidar, no sobreponerse al amor, sino seguir amando para sacar fuerzas de ese amor desdichado, para que los ocasos luzcan suaves celajes de aurora, para que las noches negras envuelvan sentimientos de serenatas, ¡para que en las tardes solitarias tengan su místico lenguaje las estrellas!

     Se sintió pequeño al lado de tanta grandeza. Toda esa aparente pusilanimidad era sólo un disfraz; debajo se ocultaba todo un ideal de perfección, porque le pareció imposible que una conducta tal, no tuviese su fe de compensación. Era un desequilibrio anímico demasiado grande: en alguna parte debía existir el contrapeso. ¿Dónde?

     -Dígame, amigo, ¿cómo podría hacer para ver a don Julio? -preguntó el patrón interrumpiendo el curso de sus pensamientos.

     -¿A ese hombre; a ese hombre colosal? ¿Para qué quiere verlo? A ese hombre hay que sentirlo.

     -¿Y qué? ¿Acaso hace falta mucha escuela para sentir?... quiero llevarlo conmigo hacia arriba y dejarlo a la vuelta, así tendríamos varios días para hablar.

     -¿Aceptará?

     -Cualquiera aceptaría; ¡pero vaya uno a entender a éste!

     -Déjelo en paz, nosotros no lo podemos entender; debemos limitarnos a respetar su sacrificio.

     -Su sacrificio; no hable macanas, ¡su imbecilidad! -quiso beber la copa de un trago, pero la mano insegura la vertió en el pecho.

* * *

     Al día siguiente prosiguió viaje «La Fuerza del Destino»; y al verlo alejarse, Eusebio sintió algo del descuaje de un sentimiento ignoto; algo del dolor de una despedida sin el cariño que la explicara; una cosa semejante al final de una melodía transportadora, sin los acordes finales que previenen que el sueño termina. Sin saberlo, quedaba grávido de una nueva idea.

     En los días sucesivos, no pudo comprender qué le estaba ocurriendo; mas, la imagen de don Julio aparecía con rara persistencia en sus pensamientos. Al comienzo sonreía con tímida burla a la aprobación que daba su amigo ausente a su aplicación al trabajo; nunca en él viera un ejemplo tal; por él, en su obsequio, se vio otorgando una avergonzada cortesía a su humilde compañera. Pensaba y obraba en atención a esta conciencia ajena, hasta que al fin descubrió que el pálido y extraño personaje, con la admiración que había encendido en él, personificaba la confusa expresión del deber, de la sensibilidad moral que nunca había brillado con luz propia en su entendimiento.

     Se avino a mirar con mayor sentido de lo justo, el trajín silencioso de su Clara, la ternura que fluía de su mansedumbre y sin sentirse atraído por ella misma, como una ofrenda a la grandeza de alma que casualmente había descubierto, se impuso la obligación de hacerla feliz. Ella, que ya avanzaba en los meses de gravidez, de pronto, se vio mimada, protegida y se miraba las manos, los brazos, el cuerpo desformado, ineficaces para expresar la colmada dicha de su amor. En los momentos de ocio, se entretenía contándole cosas viejas, episodios de su niñez; aquello que le era siempre grato y contribuía a entonarla con ingenuidad, con la virtud del trazo simple que de una vez manifiesta la substancia. Ella escuchaba, atenta y graciosa. En pocas ocasiones formulaba preguntas y si algunas veces le era imposible entender la intención del relato, lucía su puro regocijo sólo por oírlo hablar.

     Fue entonces cuando por primera vez, ante los ojos atónitos, se levantó la punta del velo del milagro que hace el ser generoso; el desconocido placer del desprendimiento moral y de la íntima retribución que se alcanza con la dádiva. Primero, acechaba el gozo que excita el don; después le fue más y más estimable la gratitud, hasta que un día descubrió en sí un inefable sentimiento de blanda complacencia, sólo por dar.

     ¡Por otro atajo llegaba al amor!

* * *

     Esa apacible tarde de otoño, habían escuchada varias veces al través de las ráfagas fugitivas, la regular explosión del motor de una lancha que remontaba el río.

     Cuando el sonido fue más perceptible, se asomaron a la barranca para otear el horizonte y allá, a lo lejos, pudieron columbrar la borrosa mancha de una pequeña embarcación que doblaba un cabo, muy ceñida a la costa.

     -¿No te parece que aquella es la «Marfisa»?

     -Parece que es; pero no debía venir tan pronto.

     -Ha de ser... tiene el escape a la izquierda. Quedaron un momento callados, pensando en las cosas que podrían comprar u ofrecer al lanchero.

     El inmenso Paraná humilla su onda por una falla geológica que las fuerzas cósmicas han abierto sobre una meseta; las aguas atormentadas en el desfiladero, corren enfurecidas entre recios paredones de basalto y asperón que agobian sus flancos y revuelven sus entrañas.

     Los vórtices frenéticos revientan con el chasquido de una monstruosa boca hambrienta y aspiran con el fragor de una garganta habitada por el tumulto de las agonías; y si aquí se produce la succión de la vorágine, un poco más allá, un impulso inverso hace borbotar el agua, llevando a la superficie la última convulsión de los choques tremendos de las masas desenfrenadas en los abismos.

     Arriba no se oía el rumor de los raudales y el río parecía cubierto de lamparones fluctuantes que se movían una vez en un sentido, luego en otro, un rato a favor del curso, ya cruzándose con él, para disiparse al fin o ser cubiertos por otros más potentes. El sol moría sobre los sotos; pero en el alto ribazo de la banda oriental, aún lucía la luz bermeja que soflama el pudor de los pétalos albos.

     Sentáronse a esperar sobre el césped limpio y, con infantil diligencia, se entretuvieron poniendo obstáculos a una azorada hormiga, que, al fin, abandonó la carga. Rieron y él la reclinó sobre su pecho.

     -Contame algo -pidió ella.

     -¿Que te cuente algo?... no sé qué podría contarte...

     Y registró la memoria buscando alguna anécdota fácil que pudiese brevemente contar, mientras la lancha vencía los reciales con la proa testaruda.

     -Pues -comenzó riendo-, esto me sucedió en una planta de mango...

     Dijo que el árbol era del vecino, claro está, pues que tenía frutos en racimos amarillos, dulces y jugosos.

     Todo el santo día eran su tentación y la penitencia. Los veía dorarse, adquirir sazón y los oía caer con pesado sonido al otro lado del muro.

     Algunas veces le habían permitido ir a cogerlos del suelo, ¡pero quién pedía permiso al viejo cascarrabias! y la hija no lo quería bien porque era un chico de calle. Hasta las fámulas eran soberbias en esa casa y alzaban orondas la mandíbula, nacida para roer los huesos, cuando lucían la cofia y el delantal.

     Unas gruesas ramas sobrepujaban el muro; por allí pasó una noche con el estómago que se le llenaba de saliva urgente y un terror convulso que caminaba a contrapelo. Se hartó, llenó los bolsillos, el ablusamiento de la camisa y por inmoderada angurria, fue hasta las últimas ramas que crujían, abrumadas.

     Cuando andaba por ellas, la puerta silenciosa dejó pasar la fantasmal silueta de la señorita de la casa, en bata, quien, al parecer, venía cautelosamente hacia el árbol para atraparlo con las manos en la masa, apenas hiciese el menor movimiento que lo ubicara.

     Tan tieso como sus cabellos, quedó allí meciéndose en mala ora con el viento, atajando el huelgo escandaloso, y pidiendo silencio al azorado corazón. Pasó así un rato interminable y cuando creía que podía esperar el deseado regreso de la doncella -un poquitín madura-, por un portón de servicio confabulado y de discreto gozne, se deslizó el varón con desconfiados pasos.

     -¡La policía -me dije-, ésta es la cárcel, la vergüenza, el fin de mis cabellos! ¡Ni Cristo me salva de la infamante rapadura!

     Parecía que se habían sentado sobre el poyo de piedra loza que allí había, a esperar que él se moviese. No podía ver que hacían, aun torciendo mucho el cuello, pues la oscuridad y las ramazones se lo impedían. Continuaban ellos con un siseo muy bajo, sin adelantar las investigaciones y él, con una inquietud enloquecedora.

     No se atrevía a moverse; no se atrevía siquiera a cambiar la incómoda posición en que lo pilló el fantasma, porque traía embarazo con la carga y el temor.

     Pasaba el tiempo, los pies descalzos se le entumecieron sobre cada rama, los brazos se le envararon, la cintura denunciaba creciente queja por el torcimiento absurdo que le imponía la desusada carga, mientras perdía los ojos por una horqueta hospitalaria que a pocos pasos lo tentaba con sus nervudos miembros acogedores.

     El cálculo estaba hecho: un pie aquí, el otro bien apoyado allá, aferrarse firme con la derecha, hurtar el cuerpo a esa hojarasca, torcerse y avanzar con cauteloso tiento. Empezó despacio, a coro con sobresaltos; él iba bien, hasta que una traidora sombra engañó a la mano que iba por ella.

     Mas, no fue él quien, al caerse, gritó. Fue, tal vez, el eco de cierta muerte perdida allá en las entrañas de un inmenso vacío. Pero, al ir dando botes de rama en rama, si ya se oyó a sí mismo, gritando horrorosamente, hasta dar en tierra, mojado en algo pegajoso que le pareció fuera sangre.

     -La señorita -reía Eusebio a carcajadas-, aullando histeria se zambulló en su pieza, y el otro... ¡ja, ja, ja!, con zancadas de cíclope y se perdió en la calle... -la risa le excitó el catarro y se puso a toser y reír pasando sin pausa, de una convulsión a otra.

     Clara también reía; pero más por comunicación que por la picardía del cuento que no alcanzaba su inocencia.

     -Para pasar a casa, subí otra vez al árbol; qué sé yo cómo lo hice; el caso es que, desnudo, en mi cuarto, ¡descubrí con gran alivio que la sangre era jugo de mango! -volvió a reír.

     -¡Ay! -respiró entrecortadamente un rato-, esto me atreví a contar sólo después de mucho tiempo. Creí que me buscarían para llevarme preso.

     Hacía tiempo que no reía así. Se sintió dolorido y a la vez restaurado. Se levantó y ayudó a entrar a Clara; la «Marfisa» tomaba el remanso.

     «¿A qué, es a este lugar o a don Julio a quien debo este momento dichoso? -se preguntó-. Aquí hay horizonte; con horas de anticipación se dispone el ánimo para una buena o mala noticia que sube lentamente el río. Aquí, en medio del camino, me ha sido revelado el solemne misterio de una vida cuya enorme fuerza moral ha penetrado en mí, lo siento. Ya los viejos recuerdos van perdiendo su eficacia corrosiva. Estoy a punto de reconciliarme con mi idea de lo porvenir. Margot... siempre la guardaré conmigo como el relicario de mis antiguos sueños, cuando piense en ellos, miraré sus ojos..., pero aquí puede que llegue a ser feliz con mi buena compañera y los gritos de salud, de alegría de mi hijo varón. Sí, debe ser un varón recio, que crezca con el vigor de un lapacho y hienda la onda con la agilidad del dorado... Alguna vez he de reír de todas mis cosas pasadas, como he reído hoy... y esto que ahora me ha causado tanta gracia, también me estremeció de pavor en su hora.

     »Pero Flaminio parece que no atraca... va a mandar la canoa».

* * *

     Efectivamente, de la lancha se desprendió un bote y Eusebio bajó a recibirlo.

     -¡Eh!... don Eusebio -gritó Flaminio desde la timonera-, estoy apurado, a la vuelta vengo... Hay carta para usted.

     -¡Gracias!... recuerdos a los de allá.

     Embarrancó el bote en el barro, saltó uno a darle el papel; con firme empuje lo hicieron zafar de nuevo y se alejaron bogando, parados, con cuatro remos.

     Se metió el sobre en el bolsillo, ocupado en hacer señas a los de la lancha y así como ésta se hubo alejado más, lentamente subió la barranca por el tortuoso caminito que pasaba ante la cruz de la Rosita.

     Pidió la lámpara y se acomodó para leer.

     Al fijar la vista en el sobre, sus ojos quedaron clavados, desorbitándose en pos del embeleso: ¡la carta era de Margot!

     Había esperado tanto tiempo justamente esto, tantas veces había imaginado lo que haría, tantas veces había soñado verse redimido por esta carta, tantas veces había llorado sobre este envejecido anhelo, que antes de abrirla, como ejecutando un rito antiguo de fervor amenguado, la llevó a sus labios fríos. ¡Esto se había prometido siempre!

     «Mi querido Eusebio: Me piden en tu nombre una media palabra que te haga venir. ¡Cómo partirla en dos, si es tan breve: ¡ven!.

     »Cuántas veces en las noches acongojadas de soledad, he gritado: ¡ven!, para mí misma; cuántas veces la aurora me encontró gritando ¡ven!, a su celaje rosa. Solamente tú no debías oírme porque era preciso que si venías, lo hicieras por mí y no 'por reparar la falta'. Tal falta no existe. Si alguna vez la hubo, la he purgado.

     »Si aún me quieres, ven, pues yo te espero, si aún me quieres.

     »Margot»

     Leyó una vez y otra y otra y siguió leyendo. Parecía de piedra, mirando, absorto, línea a línea la hoja de papel. No quería pensar en su significado, temía a sus pensamientos, sólo quería penetrar cada trazo de la letra enérgica para que le revelase el instante del sentimiento.

     Había orgullo en esta carta de amor. Era un llamado que flameaba con la insolencia de las banderas de rebelión. Y una vez más se sintió sojuzgado por este arresto de energía imperiosa que arremetía con su ánimo feble. Así era ella; daba amor y pedía la vida, como esos insectos caníbales que devoran a sus amantes, mientras éstos vibran en el deleite de la fecundación. Mas, reconoció que no de otro modo debían poseerlo. Su impulso vital era un núcleo de fuerza; un saco de pólvora que se extinguía sin un estruendo, sin dirección alguna, con llamarada efímera, si una mano no disponía para él la máquina rígida que lo hiciera útil a una intención.

     Al lado de ella la vida tendría sentido; la vida tendría su para qué. ¡No había de morir de tedio a su lado! Allí estaban las empresas; allí los vértigos arrebatadores de los picachos enhiestos; allí las luchas titánicas de redención; ¡allí el estandarte de la legión de los elegidos que mueren faltando y viven irritando al hado al privarle de la incógnita lo por venir!

     Relumbrón de la gloria, sueño de oro, pícaros duendes del placer que me guiñáis tentadores, ¡soy un sol dado! He de correr también tras las delicias que se llaman vanas, pero que inflaman un instante con el remedo torpe de la omnipotencia creadora. ¡Pues qué!; ¿el placer está en lo que produce goce o en el hecho de gozar, sin que importe qué sea? ¡Qué tiene de absurdo que el gañán grosero exprima en un bajo burdel su divino hálito! ¡Qué de incomprensible que el tosco soldado se crea un monarca haciendo cumplir la orden que humilla, que veja! ¿Por qué mirar desde el cielo, si se vive en la tierra de horizontes mezquinos, de dichas fiadas a plazo?

     Y tú, argonauta de la desesperación que me mira con fingida tristeza de suplicante, tú, don Julio, ¿qué quieres conmigo, quién eres tú?

    -«El deber.

     -»¿Qué es el deber?.

     -»Clara.

     -»¿Quién es Clara?

     -»¡La humilde, abnegada y sufrida mujer paraguaya!»

* * *

     ¡Oh destino de las almas débiles que no sabéis realizar vuestro destino! ¡Igual que esas perdidas flores, sin aroma y sin belleza, fiáis al acaso la fecundación! La abeja voladora no os percibe; esperáis el paso de algún mísero insecto que no os ha visto el color. ¿Hacia dónde el polen llevará la brisa? ¡Y una tarde agobiáis la cabeza sobre el néctar perdido cuyo dulzor habéis preparado en vano! No sobreviviréis en el fruto, no sabréis de la gestación de la semilla; vuestro sino es aborrecer la vida y agasajar a la muerte. ¿Renunciar? ¿Resignarse? ¡Qué hacer! ¡Qué hacer con esta niña invencible porque jamás arrostraría el combate! ¡Qué hacer con esta niña que le miraba con la mansedumbre de una limpia aurora de estío, sin un arrebol; que no sabría cubrirse ante el ceño de la tempestad!

     ¡Esta carta había que responder y pronto! Decir alguna cosa, atinar con algún atajo; quería ir, pero no se atrevía, ¡oh encrucijada sentimental!

     Al instante reconoció que no se determinaba a tomar la pluma para decir que iba, ni mucho menos para decir que no iba; ¡oh, turco dichoso, que no tienes tales problemas de decisión!

     Don Julio le seguía mirando con su sonrisa. No podía apartarlo de la mente. Sabía que él abogaba por una y que mientras permaneciese ante sus ojos como una sombra, la conciencia no sería vencida.

     -«¡Viejo, qué decís!

     -»No debes ir, ésta tiene tu hijo.

     -»¡Bah! Palabrerías; los hombres no tienen hijos antes que hayan nacido. Deja su vientre a la mujer.»

     Allá estaba el amor, los recuerdos imperecederos, la linfa pura de la juventud, la primera caricia, el beso primero, las ilusiones arrobadoras. ¡Allá oía el reclamo de la vida de acción, allá lo dorado del porvenir! ¡Aquella mujer había sido una madre, una novia, una amante; lo había guiado, lo había amparado, lo había amado siempre y aún lo esperaba!

     Aquí estaba el bosque, la modorra de la siesta, la laxitud del viento norte. Podía dejar a su compañera cuando quisiese; de parte de ella no habría un reproche, se tragaría las lágrimas para no darle un pesar. Aceptaría el destino sin sublevarse, criaría a su hijo como pudiese y aún le enseñaría a honrar la memoria del padre que los había abandonado. La sabía abnegada y sufrida; la conocía valiente; había probado ser fiel, pero era un estanque de aguas claras, demasiado quietas: se le veía el fondo, y ¡ciego!, ¡adentro no descubría un solo pez de color!

     Mas, justamente esta mansedumbre lo anonadaba; ¡cómo herir a quien no se defiende, cómo arremeter contra quien nos abre los brazos y de antemano ofrece el perdón! Se sabía cobarde, pero no era un canalla. Presentía que después de una acción tal, su corazón quedaría inservible, inhábil para alcanzar ninguna belleza, ningún éxtasis embriagador sobre el pináculo del sentimiento. ¡Sus días no tendrían olvido, y cualquier goce se vería injuriado por dimanar de un pacto con Satanás!

     Comprendió entonces que en el otro lado de la disyuntiva había también una poderosa fuerza: la fuerza de lo impotente.

* * *

     Cuando los gallos ya habían bajado y cumplían con distributiva justicia el deber marital, Eusebio aún permanecía en su sitio en confidencias con la ahumada lámpara.

     Después se acabó el trabajo, el orden se descalabró con la ilusión y el sueño le venció muchas veces, tirado en la tierra, bajo cualquier árbol. De sus labios no salía una palabra y se manifestaba absolutamente incapaz del menor esfuerzo, como si las potencias de alma requirieran sus últimas energías. Y la arrugada carta consigo, como el núcleo de disolución.

     Clara buscaba el payé misterioso que había obrado maleficio tal. ¿Quién sería la desdeñada vecina, autora del bebedizo, del ramo fatal de virtud hechicera, del pincho clavado en la figura de cera, del conjuro infernal? ¡Oh!, si su madre Leonor estuviera, con dos oraciones y un té de diez yuyos, ¡las brujas precisarían espuelas para afligir los corceles en huida veloz! Y cuando el hombre dormía, se aproximaba ella con pasos muy cautos a engastar en sus cabellos alguna silenciosa lágrima, a hurtarle, muy queda, la caricia olvidada, a posar un tímido beso sobre la frente ardorosa, a espiar el signo físico de la dolencia traidora... mas nunca tocó la carta... ¡Quién piensa que haya tanto daño en cuatro trazos de papel!

     Pasaban los días...

     La conciencia, los sentimientos eran los campos de choques de dos fuerzas poderosas que pugnaban por imponerse con saña demoníaca, haciendo flamear los pendones dispares de la ambición y la justicia; el amor y el sacrificio; la belleza y la abnegación; la energía y la impotencia; el reclamo y la renuncia.

     Para decidirlo, no bastaba el conocimiento de lo pasado y lo presente: era necesaria la visión imposible del futuro. Sólo el sentimiento podía recubrir, no de justicia, quizá de humanidad, una decisión. Pero el sentimiento también se alimenta de un imponderable anhelo de perfección; por eso hay amores que remuerden y odios que ennoblecen.

     Hombre: ser misterioso creado a semejanza de Dios; pero que eres Dios; he ahí tu increíble tragedia. El hálito divino te inspira; pero tus medios no te permiten alcanzar tus fines; aspiras a lo justo y no lo puedes realizar; deseando hacer el bien, causas terribles daños; ¡amas, y el amor es tu tormento!

* * *

     Llegó de vuelta Flaminio; subió la barranca y se encontraron en mitad del camino. Le notó tan radicalmente cambiado, flaco, desaliñado y con la mirada perdida, que le preguntó de inmediato:

     -¿Qué le pasa, don Eusebio? ¿está usted enfermo?

     -No, no me pasa riada.

     -Cómo que no le pasa nada, si está pálido, tembloroso -le tomó el brazo amistosamente-, ¿dígame, sin recelo, amigo, qué le pasa?

     -No me pasa nada... es decir, lo que me pasa, ni usted ni yo lo podemos remediar.

     Quedó mirándolo un largo rato, observándolo atentamente. Eusebio se vio necesitado de bajar los ojos; había demasiada fuerza en el inquisitivo examen.

     -Usted me tiene recelo, don Eusebio, pero yo le quiero bien y soy verdaderamente un hombre; si tiene alguna preocupación, alguna necesidad, no me la oculte... ¿Necesita dinero?

     -No, gracias, Flaminio.

     -Entonces debe tratarse de algo de mujeres, ¡ah, amigo! -¡no podía concebir otro género de pesares!-, ¿ya se aburrió de Clarita?

     Se sintió molesto. ¡Qué manera de preguntar era ésta!, sin embargo sabía, estaba convencido de que este criollo puro, si preguntaba, era porque estaba dispuesto a dar una mano. Vaciló un momento sin saber qué contestar; pero esto fue suficiente para que Flaminio se percatara de que estaba sobre la pista de la cuestión.

     -Si es cosa, de mujeres, no lo tome muy en serio; mire que en ese asunto soy canchero.

     Uno, dos, tres, cuatro, cinco... el corazón le pulsó por el oído.

     -Y bien, quiero ir a Asunción.

     -¿Eso no más?..., suba en la lancha y vamos -se encogió de hombros.

     -¿Y qué hago con Clarita?

     -¡Aja!, ¿quiere ir por un rato, no? -guiñó significativamente-. Eso es un poco distinto; pero no imposible... Póngale unos cuantos guaraníes en el bolsillo y la manda donde está su madre. Le dice que volverá a buscarla después de quince días o un mes y... ¡hasta mañana! -Se sacudió las manos dando a entender que el negocio en esta forma estaba concluido.

     ¡Vade retro! ¡Éste sí que es agente de Satán! Quedó perplejo ante la perfecta amoralidad de este hombre y no se le ocultó su admiración ante tal don ejecutivo, tan lejano de su temperamento. No supo qué decir; debido a la sorpresa se le atascó la réplica y Flaminio, creyendo adivinar que la causa de este silencio podía ser la falta de medios para llevarlo a cabo, que otra cosa no se le iba a ocurrir, propuso de inmediato el atajo.

     -¿Le falta plata? Es muy fácil de arreglar eso. Aquí traigo de vuelta tres toneles de caña que no pude vender; son un poco menos de seiscientos litros. Le dejo a 1.30 el litro; usted los pasa al otro lado, y puede vender a tres pesos argentinos, o más, cada litro. Con ese importe me trae harina, toda la que pueda; yo le pago treinta guaraníes por cada bolsa que a usted le puede costar diez y seis a diez y ocho, y con una noche de suerte usted tiene para pasaje... y otros gastos -agregó con un guiño.

     -Pero mi canoa es chica, y no sé cómo se hace todo eso.

     Se sintió asombrado al escuchar sus propias palabras, pues inconscientemente, sin quererlo, había decidido algo.

     -Vamos, don Eusebio, no me haga creer usted que vive en la luna... ¡Aquí, en esta Isla, va a encontrar usted hasta abogados para el caso que le tomen preso! ¿De qué cree usted que viven todos estos aquí? ¿De la agricultura? No me haga reír... Exclusivamente del contrabando de caña al interior, a los obrajes o al otro lado, a la Argentina. Éste es uno de los puntos que más caña compra en el Alto Paraná. Si ellos se tomaran todo lo que baja aquí, no se podría encender un fósforo a diez leguas a la redonda... Véalo no más a su vecino, Celedonio Brítez; él le va a decir cuándo, cómo y dónde hay que pasar, a quién hay que vender y todo lo necesario.

     No supo qué decir, todas las dificultades le eran allanadas, se creaba en su cerebro un hueco en una parte de la estructura de los razonamientos y el equilibrio de las fuerzas desaparecía con rapidez. Sucumbía a la ocasión, artimaña suprema, vorágine del pecado.

     -¿Y..., qué hacemos, bajamos la caña?

     -Bueno, baje.

     -Vamos, pues.

     Volvieron hacia el río, y Flaminio ordenó la descarga. Cuando estaban por partir, el lanchero le llamó aparte y le dijo:

     -Mire, don Eusebio, yo le vendo esto a usted pero usted no tiene la plata para pagarme; así es que yo también estoy interesado en el negocio suyo. Es necesario que usted personalmente intervenga en él. Hace tiempo que a estos tiburones -dijo, señalando con un ademán a los de la Isla-, no les vendo más que al contado rabioso; ni un céntimo al fiado..., porque son, unos sinvergüenzas. Unos les da algo al fin y al cabo para que ganen y después se vienen con el cuento de que cayó una parte o que debieron arrojarlo al agua. Yo no soy ningún imbécil que se va a poner a llorar por lo que se ha perdido, si efectivamente se ha perdido -recalcó-, pero no quiero que me hagan pasar por tonto. ¿Entiende? ¡Cuidado con esos tipos!

* * *

     Al día siguiente fue a ver al tal Brítez. Era un hombrecito blanco, de cabellos y bigotes renegridos. Sus ojillos eran de un relampaguear constante y la cara redonda y sonriente, parecía que tuviera el fin único de agradar y ser amable. Si el mirar hubiese sido más sereno, cualquiera se engañaba. Vestía una blusa rayada, pantalones rectos y, hundido en una amplia faja de lana negra, hacia adelante y bien al alcance de la mano, la empuñadura de nácar de un reluciente Colt.

     En el aseado ranchito rodeado de viejos naranjos y cerca del río, una mujer joven y bien parecida, trajinaba con la olla y la limpieza. Ella también tenía en todo momento dispuesta su sonrisa; ¡eran dos palomas!

     -Cómo le va vecino, qué sucederá para que lo tengamos por aquí; tome asiento; ¿cómo está doña Clarita?... bien, magnífico, amigo, tome asiento.

     -Gracias, don Celedonio, ¿cómo andan por aquí?

     -Perfectamente, amigo, ya me da vergüenza de tan bien que andamos; ¿verdad que se vive bien aquí en la Isla? Hasta los mbarigüis son mansos. ¿Qué se sirve, vecino, mate, tereré, una caña?

     -Muchas gracias, don Celedonio, venía para hablar con usted de algunos asuntos.

     -A sus órdenes amigo -un levísimo fruncimiento de cejas expresó su extrañeza y la posición de guardia que asumía.

     Eusebio miró hacia la casa preguntándose si sería discreto hablar delante de la mujer; pero los ojitos vivaces del contrabandista advirtieron en el acto el pensamiento.

     -No se preocupe: hable con confianza, siempre que no se trate de mujeres -dijo, festejando su ocurrencia con una breve carcajada.

     -Tengo tres toneles de caña para hacer pasar -espetó Eusebio con la brutalidad del tímido.

     El hombrecillo quedó mirándole fijamente en actitud de acecho, sin dejar por eso de sonreír.

     -¿Quién le dijo a usted que me viera para eso?

     -Flaminio.

     -Ah, don Flaminio... ¿entonces querrá también que de allá se le traiga algo, no?

     -Sí, harina.

     -¡Hum!, el momento no es muy propicio; ahora hay un jefe nuevo en la gendarmería, a quien todavía no se lo ha amansado, en fin... -la seriedad de los ojos indicaba que la cabeza estaba trabajando, pero sin abandonar la imperturbable sonrisa-. Siempre habrá una hueca. ¿Cuántas bolsas de harina hay que traer?

     -Setenta u ochenta.

     -Hum... son dos viajes... o tres, su canoa es muy chica, ¿verdad?

     -Sí, es chica.

     -Bueno... necesitamos cuatro hombres conmigo; yo pongo la canoa y los elementos; le dejamos la harina frente a su puerto, en algún matorral.

     -¿Cuánto me cuesta el trabajo?

     -Cien guaraníes cada tonel y cinco cada bolsa de harina.

     -Yo voy con ustedes.

     -Mejor... entonces necesitamos sólo dos más. La mitad de lo que salga es para mí; el resto se divide entre tres.

     -¿Cuándo podríamos pasar?

     -¿A quién vio al otro lado?

     -A nadie aún.

     Le hizo gracia la simpleza del principiante, pero como ya estaba sonriendo, expresó su regocijo con un movimiento de hombros.

     -Hay que empezar por ahí, don Eusebio.

     -¿A quién podría ver?

     -¿No le conocen a usted, verdad?

     -No.

     -Entonces es más difícil..., no conviene que yo vaya para una cosa de éstas antes de conocer al nuevo jefe -meditó un rato-. Puede ir María -dijo al fin señalando a su mujer.

     -¿Cuándo podríamos ir?

     -Esta siesta, después del almuerzo, ¿le parece?

     -Sí... ¿a quién hay que hablar?

     -No se preocupe, ella conoce el negocio.



 

CAPÍTULO X - EL CONTRABANDO

     María se presentó muy dispuesta a la hora convenida. Esta vez se había despojado de los pantalones; pero vestía una gruesa media de algodón que deslucía sus lindas piernas. El alegre vestido de vivos colores realzaba la simpática atracción de sus graciosos rasgos trigueños.

     Dispusieron partir enseguida; él de boga, ella al timón con una pala, remontaron el río remando vigorosamente para hacer después el cruce.

     Frente, hacia la banda argentina, una rica colonia de plantadores de yerba, citrus, tung y pequeños madereros desarrollaban florecientemente la tierra. Unos pocos almacenes distribuidos en una vasta superficie y una cooperativa, la proveían de sus necesidades comestibles y de otros artículos manufacturados.

     Las casas, con buhardillas en empinados techos de teja francesa o tablazón, que emergían de en medio de alineadas extensiones de cultivos, evocaban esas exóticas estampas que vienen de muy lejos, cruzando la mar. Alrededor, los hombres de la tierra roja, en casitas de madera, para obreros, contemplaban admirados esta transformación del paisaje, expresando su asombro: «Después de Dios, el gringo»; pero sin rendir por ello sus recias personalidades, que manifestaban su atributo, con un deseo insofrenable de burlar al advenedizo, usando toda clase de artimañas. El peón que se ha hecho pagar un informe falso, un jornal indebido, se siente feliz: «i byro nicó la gringo» -qué tonto es el gringo-, por más que haya reconocido que está después de Dios. Mas, en ese momento, él siente que interrumpe con su presencia esta sucesión.

     Después de arribar al puerto, subieron la barranca en cuya parte más alta estaba el pequeño puesto de gendarmería.

     El hombre de guardia saludó afablemente a la moza; eran viejos conocidos. Le preguntó a qué venía y ella le informó que quería hacer algunas compras.

     -¿No va a venir pasado mañana para el baile?

     -No sé -contestó coquetamente, poniendo en el gesto un vago matiz de secreta promesa.

     -¿Y Brítez?

     -Está enfermo con su paludismo.

     -¡Puf! ¡el famoso paludismo!, pero trate de venir: va a estar muy lindo, en la «bailanta» de Kurt... ¿Y usted? -dijo, dirigiéndose a Eusebio- ¿tiene documentos?

     Se los exhibió.

     -¿De dónde es usted?

     -De la Isla.

     -Éste es el que está ahora en la casa de don Juan -informó María.

* * *

     Desde la casa del Resguardo los miraba el nuevo comandante del grupo. Era hombre alto, cuidadosamente peinado y con descomunales bigotes, según la última moda porteña. No hacía una semana que se había hecho cargo de esta pequeña comandancia y todo le parecía raro y extraño, porque él era del sur, donde se fatiga el sol para encontrar un ombú. Le habían dicho que vendría a encontrarse con una terrible organización de contrabandistas, y él predispuesto, creía ver en cada una de las personas que vivían a su alrededor, a un peligroso integrante de la fantástica banda.

     En realidad, no había organizaciones que actuaran como tales, pero sí, algo infinitamente más sutil y difícil de vencer: la conciencia popular, que no veía en ese delito un hecho reprobable, y de buena o mala fe, estaba de parte de los transgresores.

     Cuando pedía informes o trataba de hallar algún asidero formal, todo se le escurría de las manos y se hacía la idea de que estaba rodeado de felones.

     Por otra parte, el comandante tenía dispepsia a causa de sus hermosos estudios teóricos. ¿Dónde aquí los ficheros de identificación? ¿Dónde los minuciosos legajos? ¿Dónde el microscopio de Sherlock Holmes en estos andurriales, en estos bosques, en estas trochas?

     Los otros vivían en sus aguas. Tenían un formidable conocimiento de la selva, un haber de aventuras y un atavismo aventurero; y mucho antes que los gobiernos asumieran una posesión real de estos confines, ellos ya trajinaban sus vericuetos. ¿La frontera política?, accidente nuevo. Antes, sólo se trataba de un obstáculo geográfico: el río, ¿pero cómo ver inmoralidad en el simple transporte de cosas de un lado a otro? Así habían obrado quienes llegaron antes; ellos mismos hasta poco tiempo atrás. ¿Por qué, pues, esta nueva traba?

     La experiencia les enseñó que debían afrontar un nuevo peligro. ¿Pero, qué es un peligro más si da tan buenas ganancias? Lo aceptaron como una cosa inexplicable; como tantas que debían soportar de los de arriba, como la fantástica circunstancia de acreditar con un papel el propio nacimiento, cuando se estaba allí presente, o probar la salud con rúbricas y sellos, ¡cuando se está esgrimiendo herramientas de trabajo!

* * *

     Apenas se alejaron los dos viajeros, cuando el Comandante llamó al gendarme de guardia:

     -¿Quiénes son esos?

     -Al hombre no lo conozco, no ha venido antes; dice que está en la Isla.

     -¿Y la mujer?

     -Ella es la mujer de Celedonio Brítez. Ése es un hombre peligroso, con algunos antecedentes.

     El Comandante, al fin escuchaba un dato concreto sobre la peligrosidad de un individuo. ¡Por fin los huidizos fantasmas mostraban una faz material visible y específica!

     -¿Hay algún prontuario aquí?

     -No, aquí no hay prontuario. Usted sabe que aquí tenemos pocos papeles; pero es un sujeto conocido.

     Tuvo ganas de recomendarlo de inmediato para un ascenso. El solo empleo de la palabra «sujeto» demostraba que este gendarme era consubstancial con el cuerpo de policía; pero sintió a la vez un escozor de frustración al comprender el significado de la frase: «no hay prontuario». ¿Cómo entonces un buen policía conoce los antecedentes de un «sujeto»? ¡Horrible organización!

     -¿Usted se acuerda de los antecedentes de ese sujeto?

     -Sí, más o menos, mi Comandante. Tuvo una entrada con motivo de una riña; otra vez por el robo de mercaderías que se habían desembarcado en el puerto. Después se sospechó que el tal robo era un cuento y que en realidad, se trataba de un contrabando. No se pudo hacer nada. Se sospechó también que había estado en un tiroteo que tuvimos el año pasado con una banda, pero se dijo eso, sólo porque se sabe que él tiene una pistola ametralladora; pero no es el único. Aquí y allá mucha gente tiene armas prohibidas. De que es hombre peligroso, no hay duda; por algún tiempo se le prohibió la entrada aquí, pero lo mismo iba y venía cuando quería, por ahí, por el monte.

     Los contenidos impulsos del nuevo Comandante estuvieron a pique de dispararse, mas, la cancha era tan reducida, que debió contentarse con un mísero trotecito: hizo vigilar a la pareja.

* * *

     Entre tanto, ésta había convenido su negocio. El resultado fue que en un paraje deshabitado, como a cuatro kilómetros aguas abajo del puerto, al día siguiente y siempre que hubiese buen tiempo, debían desembarcar los tres toneles de caña y en cambio, se llevarían ochenta y seis bolsas de harina. Las partes aceptaron que la operación resultaría un tanto peligrosa e incómoda por que no estaba aún trazado el camino al soborno; pero este mismo hecho haría más jugosas las posibles ganancias y alejaría el sucio temor a la traición.

     Compraron algunas provisiones y baratijas para justificar el viaje y al promediar la tarde, estaban de regreso.

     La información que recibió el comandante era de lo más desalentadora: ningún indicio sospechoso. Mas eso mismo hizo que esa noche destacara excepcionales patrullas y movilizara al máximo su personal. La ley no fue violada y su guardián se sintió defraudado.

* * *

     Al día siguiente, en la otra margen del río, con las últimas horas de la tarde, algunos hombres entraron en cautelosa actividad. La luna menguante debía aparecer a la media noche, pero la calma del ambiente hacía presumible que se levantara la niebla al cese de la leve brisa vespertina; era, pues urgente aprovechar las primeras horas propicias.

     En casa de Celedonio se habían reunido, además de Eusebio, otras dos sombras. A uno le llamaban «Calí», por contracción de Calimero. Era robusto y de ademán sosegado. Una lustrosa cicatriz le deformaba la mano izquierda e iba a perderse arriba bajo la ajustada manga de la camiseta de frisa. A la cintura, una faja que calienta, endereza y resguarda; le enfundaba la greña, una boina oscura, sin gracia ni alarde. El compañero parecía más joven; se insinuaba por su silencio tenaz y una obediencia exacta y sin réplica.

     Celedonio fue sacando sus «elementos»: una pistola ametralladora con varios cargadores, un wínchester y un fusil al que habían cortado el caño para llevarlo disimulado bajo el poncho. Después de verificar el buen estado de las armas, las fue distribuyendo. Se reservó la automática y se hizo llevar los cargadores por Calí. A éste le entregó el fusil cortado y después de dudar un rato, pasó el wínchester a Eusebio.

     -¿Julián, vos no tenés armas?

     -No.

     -¡Y cómo todavía no tenés armas! ¿Cómo querés trabajar sin «elementos»? -por primera vez lo veía sin sonreír y la seriedad parecía una máscara de furor-. Cuando te llegue la ocasión y sientas subir la sangre caliente a raudales por el cuello, por aquí... -las manos crispadas indicaban el trayecto por debajo de la quijada, ascendiendo sobre las sienes y los pómulos-, y llegar a los ojos hasta nublar la vista; cuando la oigas correr y zumbar en la cabeza y sientas que los brazos y las manos frías quieren desprenderse de tu cuerpo para clavarse en tu enemigo, ¡entonces!... entonces vas a preferir un arma al recuerdo de tu madre; pero ya será tarde... Las armas pesan, ¡pero ya debías saber qué horrorosamente pesada es la impotencia!

     La sonrisa volvió a sus labios, helada como el soplo de la muerte, y la dignidad del porte y la mirada, confirmaron la trágica grandeza de esta vida pendiente de un efímero equilibrio entre la miseria y lo fatal.

     -¿Listos? -preguntó y se preguntó, mirando alrededor- bueno ¡vamos!

     Bajaron el escabroso barranco a oscuras y ya a bordo, largaron la canoa. En la popa, Calí bogaba con el pirá-ruguai -espadilla-, y así impulsados, y más empujados por la corriente, llegaron presto al desembarcadero de Eusebio, donde debían cargar los tres toneles de caña.

     Estaban en la tarea, cuando Eusebio oyó que lo llamaban. Era Clara que venía bajando hasta la ribera.

     -¿Qué querés?

     -¿Adónde vas, Eusebio?

     -Vamos a pasar esta caña al otro lado.

     Ella contuvo el aliento. Ya venía sospechando que algo por el estilo se tramaba, pero no quería preguntar. Mas, ante la inminencia del acto, le oprimió una congoja indecible, un temor desconocido, un presentimiento que anunciaba un daño para su hombre o para ella. Se mordió los labios, se retorció las manos, sin atreverse a hablar.

     -Volvé a casa.

     -Eusebio...

     -¿Qué querés?, decí.

     -¡No vayas!

     -¿Por qué? ¡qué sabés vos! -respondió con manifiesto desagrado. ¡No estaba para animarle ésta, sino para servirle de eterna carga!

     -No sé nada; pero es peligroso. ¡No quiero, Eusebio!

     Nunca se había atrevido a tanto; pero no era ella quien hablaba, sino las entrañas negras de la noche, el hálito helado que exhala el cuenco tenebroso cuando en su seno cierne la tragedia.

     -¡Volvé a casa! -repitió mordiendo la ira con los dientes-. ¡Quien decide lo que se debe hacer soy yo!

     Las últimas palabras se las destinó a sí mismo y las oyó con el desatado orgullo de quien recibe el bajo acatamiento del enemigo odiado.

     Sus actos todos eran un homenaje continuo a la deidad ausente, y ésta le inspiraba con las renovadas fuerzas que da el camino perdido y reencontrado, con la atracción prometedora de la meta.

     Pensado, se le ocurrió que en situación igual, acaso también aquella tuviese miedo; pero jamás le diría «no vayas», cuando la suerte estaba echada.

     Clara volvió a subir lentamente la barranca. Ya se sentía pesada, se fatigó y se detuvo a sosegarse ante la cruz de la Rosita. Al verla tan cerca cayó de rodillas:

     -Angelito, esta noche te encenderé una vela... Angelito, ¡protégelo Angelito! ¡Que no le suceda nada, tenme compasión, Angelito, que no le suceda nada! Que la desgracia caiga sobre mí, Angelito, pero que no le suceda nada. ¡Ay! ¡Angelito, que no le suceda nada!

     El colgante paño endurecido, no se agitó con sus suspiros y la crucecita era la cruz, más eficaz para el consuelo.

* * *

     En la noche oscura Orión alumbra su mitológica leyenda de caza; su fúlgido Can Mayor se apresta a embestir al Tauro y las Pléyades desesperadas lloran... y lloran las Pléyades desesperadas. El río arropado en las sombras de las barrancas, sólo recoge en su parte media una claridad estriada en reiterados rombos. El sutil vapor de la niebla empieza a elevarse en delgados filamentos que acompañan el caudal de donde nacieron, arrastrados por la inercia. Los reciales murmuran su rudo choque contra las formaciones de cuarzo y asperón. Todo parecía en calma; hasta el presagio buscaba el nido de un solo corazón.

     -¡Vamos!

     Subieron todos y remaron un trecho para alejarse del puerto argentino donde aún se veían algunas luces. En momento oportuno emprendieron el cruce guardando absoluto silencio. Cuando la proximidad hubiera hecho posible que se oyese el chasquido de los remos o la fricción de los toletes, sólo siguió bogando el que empuñaba la espadilla.

     -Por aquí no más -ordenó Celedonio en voz baja. El bote atracó suavemente.

     Eusebio buscó el lugar de la descarga; sólo pudo ver la enorme masa negra de la barranca boscosa, elevada como una serranía. Desde el borde mismo de las aguas, los altos tacuarales formaban una tupida valla. Le pareció imposible aun desembarcar los toneles en lugar tan hostil, mas tampoco ese era el plan de Celedonio.

     Él sí bajó; se hizo acompañar por un hombre e indicó a los restantes que aguardaran. Eusebio comprendió que no era el lugar convenido, sino que el jefe de la expedición tomaba sus precauciones, dejando a buen recaudo el cargamento, mientras él se cercioraba del estado de las cosas.

     Los bambúes cabeceaban soñolientos...

     Después de largo rato, Calí se inclinó a escuchar y luego oyeron ligeros crujidos que anunciaban la cautelosa vuelta de los exploradores.

     -Vamos, allí; antes de la planchada vieja.

     Empujaron nuevamente el bote y se dejaron llevar por la corriente guiando con la espadilla. Cuando se aproximaban al lugar indicado, una figura silenciosa les ayudó a arrimar.

     También el sitio era completamente selvático; pero muy poco más abajo había un playón como de cincuenta metros y la barranca estaba completamente desembarazada de vegetación hasta la misma cumbre. Era el puesto de la antigua planchada por donde el obraje despeñaba los rollos hasta el río.

     -Descarguen aquí -dijo el que los había recibido.

     Se pusieron a trabajar y sin ruido, desembarcaron los tres toneles. Al rato vinieron a sumarse a la fatiga dos hombres más, quienes después de saludar brevemente, empezaron a hacer rodar las barricas hasta el borde de la rampa e inmediatamente comenzó la lidia con una de ellas para hacerla subir el reventón.

     -¿Dónde está la harina?

     -Por aquí -contestó, y se abrió camino entre las breñas.

     Le siguieron los cuatro. Efectivamente, a pocos pasos estaban unas cuantas pilas irregulares. Se pusieron a contar a la luz de una linterna, y después de algunas vacilaciones se encontró la última bolsa perdida. De inmediato empezó la carga.

     Eusebio se sentía excitado y nervioso, pero la tranquilidad, la seguridad con que obraban estos hombres eficaces, fuertes, serenos, que no pronunciaban más que las palabras indispensables, tornaban una y otra vez a su espíritu la calma. «Y le contaré a Margot lo que hice para volver», se prometía.

     Cuando se hubo cargado poco más de la tercera parte, Celedonio dispuso que se emprendiera el primer viaje hasta un paraje deshabitado de la costa paraguaya. Desde allí podría completarse después el transporte con más seguridad, aun cuando hubiera niebla. A costa de trabajo, abreviaban el riesgo.

* * *

     Las patrullas volvieron empapadas de rocío e impregnadas de rencorosa burla. El Comandante olía el escarnio en cada talonazo y en cada ojo soñoliento. ¡Mal rayo! Se levantó tarde, más tarde que el despecho y, contumaz, no rendido, pidió el parte del movimiento de vehículos del día.

     -A ver, a ver... a ver... mercaderías sospechosas... primero la harina que vale un platal en el Brasil... éste, el camión 2721, ¿adónde fue?... Gendarme Ramírez, mande uno al puesto dos, a ver si ha pasado con la carga.

     A la tarde regresó el enviado.

     -¿Noticias?

     -No ha pasado.

     -Si fue hacia el norte debía haber pasado por allí, ¡ah!, si estuviera en mis manos hacer la ley, se obligaría a los vehículos a que fueran derechos al lugar adonde han declarado que irían.

     -¿Para qué?

     -¡Para vigilarlos mejor!

     No le entendió Ramírez porque aún tenía algo del alma del gaucho vagabundo.

     -Hay que mandar otro a preguntar al puesto uno.

     Ya había oscurecido cuando se oyó el galope del enviado.

     -¿Qué hay?

     -Tampoco ha pasado..., pero de regreso me interné unos metros en el camino que va al obraje viejo «Dos de Setiembre» y vi huellas.

     -¿Qué hay allí?

     -Nada: taperas.

     -¿Qué le parece, gendarme Ramírez? -preguntó con todo el encono del despecho.

     -Puede ser interesante ir a ver, mi Comandante.

     Inmediatamente se dispuso lo necesario para la expedición y marcharon con toda la prisa posible. Al entrar en la picada que conducía al antiguo puesto, ya pudieron seguir las huellas únicas del camión.

     -Aún no ha regresado...

     -Pero eso no quiere decir que esté en el mismo lugar.

     -¿Hay otra salida?

     -Claro, nadie se mete en una ratonera para hacer contrabando.

     Al fin llegaron hasta la ribera despejada. Las huellas se detenían, y después de algunos rastros de maniobras, seguían viaje hacia el sur.

     -Ya se fueron.

     -¡Pero hay rastros!

     Se veía en el suelo el polvo blanco de la harina.

     -También cargaron caña -dijo otro, mostrando los vestigios del rodar de los toneles.

     El jefe se asomó a la barranca y alumbró hacia la playa con su poderosa linterna.

     -Guarda, mi Comandante, lo pueden bajar de un tiro, si están aún por allí.

     -¿Estarán todavía?

     -¿Para qué quiere probar con la piel?

     -¡Bajemos! -ordenó el Comandante lleno de imprudente ira.

* * *

     Los otros estaban terminando de cargar las bolsas restantes, cuando el reflejo del frío haz de luz los alarmó.

     -¡La gendarmería!

     Celedonio se adelantó unos pasos hasta colocarse detrás de una maraña que le permitiese observar que hacían y que se proponían hacer estos nuevos personajes.

     ¡Los vio bajar!

     Se dio cuenta en el acto de que desde el lugar donde estaba el bote les resultaría imposible huir aguas arriba. Para eso había que bogar y bogar firme, tanto más estando cargados y el ruido de los remos los descubriría enseguida. ¡Dejarse ir aguas abajo! ¿Una mancha obscura pasando sobre los reflejos del río frente a una playa abierta? Imposible. Estos tenían mortíferas armas, podrían acribillar la mísera canoa, acaso hundirla. No.

     Primero salvar el bote mediante un ardid, después dejarse llevar silenciosamente por las aguas entre las sombras de los cabos y las calas. Todo lo pensó en un vértigo y lo decidió al instante. Dispuso su estrategia.

     -Vengan acá... Julián, vos que no tenés armas, subís en la canoa y esperas allí, listo para largar..., cuando éstos estén más cerca, nosotros desde aquí, de golpe les hacemos fuego. Aprovechando el susto y la sorpresa, vos largás la canoa y te dejás llevar por la corriente hasta el otro lado de la planchada. Bien oculto allí, nos esperás. No remés, acostate en el plan detrás de las bolsas no sea que te vean y te tiren. Después de estar al otro lado, arrimás, ¿entendés?

     -Sí.

     Los que debían quedar buscaron el tronco amigo, la piedra protectora, el hoyo acogedor, en tanto que Julián acomodaba apresuradamente las bolsas en el bote para hacerse de una buena defensa mientras estuviese solo y desarmado en el campo de tiro.

     La patrulla venía bajando con cautela decreciente. Temían más un encontronazo que una emboscada; sabían que el delito no es agresivo con el fuerte. Usaban de la linterna con cierto recato hipócrita, con un vago deseo de manifestarse y hacer huir. Les resultaba difícil avanzar guardándose de rodar abajo por la empinada breña. Varios de ellos creían llegar tarde.

     Celedonio, tirado tras un rollo partido, veía perfectamente el movimiento de la partida, y esperaba tenerla en lugar descubierto para abrirles fuego. No tenía intenciones de matar; todo individuo que vive al margen de la ley, siendo algo inteligente, sabe que matar a un policía es mal negocio, peor que cualquier otro delito; con ello se concita la indignación del cuerpo y esto ya es temible. Buscaba sí, tenerlos más desprevenidos y sin reparo para aprovechar el momento de pavor.

     Cuando estaban a mitad del camino, se detuvieron a deliberar, en vista del silencio absoluto.

     -Ya se fueron; en caso contrario, ya hubiéramos oído algo.

     -Sí, encendimos la linterna varias veces; a lo mejor se están riendo de nosotros en la otra costa.

     -¡Miserables! -rugió el comandante y dirigió el foco de luz hacia la playa, para desengañarse de una vez.

     Brítez no podía esperar una ocasión en que estuviesen más claramente manifiestos el descuido y la imprudencia. Enfiló su arma un poco arriba, y la descargó con un insolente grito. Los compañeros le secundaron con actividad.

     Los gendarmes sólo atinaron a arrojarse al suelo y a buscar reparo en la maleza dentro del mayor desorden. Los proyectiles encogían los músculos con el silbido agudo. Algunos, con el aturdimiento, se habían separado de sus armas y buscaban solamente la protección del acurrucamiento contra este fuego sorpresivo, cuya dirección desconocían.

     Celedonio volvió a cargar, pero esta vez sus ráfagas no batieron arriba, sino directamente el lugar donde estaba la patrulla. Matar a quien se guarda, ya es más digno, y Celedonio era un bandido con algo de señor. Sí, la proporción es ésta: un señor bandido.

     Mas, ahora importaba que no pudieran recobrarse, que se estuvieran quietos, con la cabeza bien pegada al barro; si alguno se llevaba una bala, tanto peor.

     Miró hacia atrás al cabo de un momento. El bote pasaba con su carga blanca como un camalote tripulado por las garzas. Había que conservar el fuego. Poco a poco empezó la reacción; primero, tiros de pistola, después la rotunda carabina, hasta que al cabo una automática desencadenó su furia. La canoa había llegado. Celedonio, detrás de su rollo, consideraba sonriente el perfecto resultado del primer paso de su plan.

     Los gendarmes, protegidos ahora por el fuego de la automática, pudieron desplegarse y disparar, sin tregua. Las explosiones retumbaban, graves y sucesivas, entre las barrancas del río, como cataratas de peñascos tragados por las aguas. El resonar iba encendiendo tenues lucecitas en las cabañas de las costas. «¿Quién será?», se preguntaban unos con angustia, otros con entusiasmo y también otros con el cobarde deseo de la venganza regalada. Como el fuego continuaba y parecía distinguirse la respuesta, todos pensaban: «esperan la niebla para escapar». Y miraban el río. Grandes zonas de las barrancas ya estaban cubiertas y todo parecía indicar que de un momento a otro el cauce fuera envuelto por el sutil vapor; pero el equilibrio inestable se prolongaba para dejar espacio a lo que había escrito el destino.

     Celedonio no esperaba precisamente la niebla. Sabía que en un momento dado debían cruzar corriendo hasta el otro lado de la planchada, desaparecer en el mato, embarcarse y huir favorecidos por la corriente y la oscuridad. No había riesgo excesivo en la noche cerrada, quizá la automática..., pero era probable que no tuviesen tiempo de enfilar sus tiros.

     Mas, también era cierto que podía caer la bruma, ¡y entonces, bendita sea! Podía esperarse un rato, total, estaba seguro de que los gendarmes no lo irían a acorralar mientras no variaran las cosas. Respondía al fuego de vez en cuando para notificarles que estaban vivos y que sería sumamente peligroso dar un paso más.

     Del otro lado, el gendarme Rodríguez manejaba la automática cómodamente apostado detrás de un árbol, disparaba también a ratos para evitar que los otros se moviesen. Sabía que estarían esperando los contrabandistas; pero no llegó a imaginar dónde estaba la canoa. Creía que estuviese allí, cerca de los fugitivos, mas nunca del otro lado de la planchada. Se le ocurrió que dejando de hacer fuego con su arma, quizá los de abajo se atrevieran a aprovechar esas nubes de vapor que empezaban a pasar, para retirarse. Entonces quizá pudiera ser que los tuviese bien a tiro. Cesaron sus ráfagas.

     -¿Qué pasa con la automática? -preguntó el nervioso Comandante.

     -Se atrancó, mi Comandante, no puedo arreglarla.

     Celedonio rió con los hombros como cuando llegaba al colmo del buen rumor; mas de la hilaridad se desentendieron sus ojos al ver la fría claridad de la luna, filtrándose perezosamente entre los árboles de la cumbre, en haces helados.

     Ya no había tiempo que perder. En cualquier momento un soplo travieso podía meterse en el callejón del cauce y aventar los soñolientos cendales blancos. Instruyó a sus compañeros para que, a una señal, corriesen todos hasta el lugar donde estaba el bote. Convenido todo, empezó la veloz carrera.

     No había salido aún Eusebio de entre las matas, cuando Rodríguez al escuchar el repentino movimiento, empezó a disparar con todo ímpetu. Los otros dos pasaron, mas él cayó de bruces sobre su wínchester, con un brazo en el agua, que la corriente muy despacio empujó sobre una piedra.

     Advertido Celedonio, trató de hacer lo posible para atraer hacia sí al enemigo y evitar que encontraran al herido. ¡Cuán peligroso es dejar un hombre! ¡y cuán amargo abandonar a un compañero! Estos bandidos también tienen su ley de lealtad, ¡quién lo ignora! ¡quién podrá saber cuán complejo es el corazón humano!

     -¡Vamos! -dijo en voz alta- y suban todos, yo los voy a atajar a éstos. Y se puso a tirar frenéticamente con saña homicida.

     Ellos quedaron perplejos. Quizá nunca tuviesen la certeza de cogerlos, mas el hecho de la fuga en sí los irritaba por la herida infligida al orgullo de su profesión. Era inútil bajar hasta la playa por el lado donde estaban, pues desde allí no podrían cruzar el campo de tiro hasta que los otros quisiesen retirarse; quizá fuese inútil también acosarlos por el otro lado de la planchada; pero este camino tenía la ventaja de que no exigía un cruce del ribazo abierto.

     Y entre las dos posibilidades no muy lisonjeras, felizmente, el jefe furioso atinó con la de riesgos menores. Dispuso que su liviana continuase batiendo desde el puesto actual y que el resto, dando un largo rodeo por la cumbre atacara por el otro lado.

     Celedonio había logrado su objeto y ahora se torturaba los sesos pensando cómo culminar su obra y cómo salvar a Eusebio.

* * *

     -¡Qué es esto; tiros!... ¡Eusebio, Dios mío, socorro! -creyó volverse loca.

     Sola en la casa, sin poder comunicarse con nadie, sin que nadie le hiciera entender en qué podía cifrarse una esperanza, recorría la habitación, corriendo y caminando según oyera el ímpetu del combate. Después fue hacia el río a mirar, a desencajar sus ojos hacia una señal cualquiera que le diera un efímero indicio del lugar donde acaso rondaba la muerte en pos de su hombre.

     -¡Por qué te fuiste, Eusebio, por qué te fuiste sin decirme a dónde, sin llevarme contigo!

     No sabía qué partido tomar; pero las graves vibraciones que traía el retumbar de esos tiros le pesaban sobre el corazón como bloques helados y duros.

     Llegó un momento en que creyó que podría protegerse no oyendo; se lió una manta a la cabeza y se arrojó al suelo. ¡Pero qué horrible silencio! ¡Qué desesperante anticipo de un final! Nuevamente corrió hasta la barranca y esta vez, creyó ubicar el lugar del tiroteo. Dudó un momento, pero la ansiedad de su pecho no le permitía la quietud, quiso hacer algo, no quedar allí sufriendo porque ésta era una muerte y una muerte lejos del hombre a quien quería con una energía insospechada, que en esos momentos borbotaba volcánica, increíblemente violenta.

     Bajó hasta el agua, desató la pequeña canoa y sin pensar más, remó con fuerza para cruzar el río y aproximarse al lugar de la refriega. Cuando se fue acercando y el rítmico desgaste trajo algún equilibrio a su cabeza, se dijo que quizá su presencia iría a comprometer aún más al compañero. Mas, no estaba para seguir al juicio con esta congoja del corazón. Allá peleaban, ¿por qué? ¿Acaso porque no podían huir? ¿Algo había pasado al bote, estarían acorralados? ¿Si ella fuera a distraer a los perseguidores brindando una ocasión para la fuga? Tumulto de pensamientos en pos de una ansiedad que le hacía azotar las aguas con los remos. ¡Ir!..., ¡ir!..., ¡ir!, ¡allá está la lucha, allá se derrama la sangre, tal vez de mi hombre! ¡allá está mi puesto, tú me empujas, corazón!

     Dejaba de remar para orientarse, para escuchar, para vacilar con un vértigo, mas el retumbar del eco zigzagueante le punzaba en los centros de un fatídico pesimismo excitando su afán, ¡de ir!..., ¡de ir!..., ¡de ir!

     Los disparos ya detonaban muy cerca. Creyó oportuno ampararse en las sombras de las barrancas y aproximarse así, despacio, oculta, hasta el lugar del suceso.

     Se le ocurrió como un hecho indudable que Eusebio y sus compañeros podían estar únicamente por el borde del agua y que sus atacantes en las partes altas de las barrancas. Podía o no ser así: allí no lo pensó, mas esa ocurrencia aceptada con alguna lógica y sin ninguna duda, la determinaba a seguir muy cerca de la costa.

     Llegó al teatro mismo del choque, pero al ver que delante había una playa limpia de vegetación, el instinto le dijo que no debía pasar más.

     No dudó que al otro lado de la planchada estaban los amigos y que los de las alturas, eran los policías. Atracó suavemente y echó pie a tierra.

* * *

     Celedonio había visto acercarse el pequeño bote. Intrigado, se preguntó quién podía ser ese bogador solitario que venía a arriesgarse en lo más comprometido del encuentro. En ningún momento se le ocurrió que podría ser alguno de la gendarmería, porque estos no usaban canoas por lo general, ni se acercarían tan confiadamente. Cuando vio pararse en tierra al osado aventurero, rechazó de su mente esa ridícula apariencia femenina y primero debió reconocer a Clara antes que rendirse a la evidencia. Sus ojos se desencajaban y enfriábase el arma ociosa entre sus manos terribles, ignorantes del valor supremo.

     Miró hacia el río. Ahora sí, la neblina se cerraba efectivamente. Dentro de pocos minutos no se podría distinguir en el agua más allá de veinte metros.

     -¡Allí está el que buscas, hermana! -gritó en guaraní rogando que el ametralladorista fuera oriundo de la Patagonia, para que no le entendiese.

     Clara lo comprendió en el acto; sus facultades eran una antena al servicio de un solo afán. Se puso a buscar y lo vio enseguida. Allí estaba su hombre como un muerto, y al verlo exánime, aspiró su grito. Con los dedos le palpó la garganta la cara y la cabeza con veloz urgencia y, pegada a tierra, le arrimó a la boca sus sensibles labios para gustar de la vida el último hálito sutil.

     No, no se le negó el calor a la angustia helada de la desesperación. Ella estaba tan fría como la muerte y la manifestación de vida que percibió en el beso, lo gustó como el primero de un regreso bien querido.

     -¡Había que luchar!

     Mas, también el gendarme Rodríguez, viejo «milico» correntino reenganchado, había oído y quiso averiguar. Llevando consigo su pesada arma, abriéndose con trabajo camino en la espesura, harto de resbalones y traspiés en la pendiente, se fue aproximando al margen.

     En esos momentos Clara empleaba todas sus fuerzas en subir a la canoa el cuerpo inerte. Había conseguido a medias su propósito cuando oyó un estrepitoso romperse de ramas que delataba la aproximación de algo, hombre o animal, pero en todo caso anunciaba un peligro. Redoblando fuerzas, pudo conseguir su objeto. Pugnó por desvarar con la embarcación pero no lo consiguió. Luego, de un salto, se apoderó del wínchester que había dejado a un lado y resueltamente, hizo varios disparos hacia el lugar de donde provenía el ruido. Nada más oyó, se metió en el agua, hizo zafar el bote, subió y empujó con una pala para sumergirse en las perezosas volutas de vapor.

     A unos quince o veinte pasos, oculto en el tacuaral, Rodríguez que había llegado hasta la misma costa, contemplaba emocionado esta escena tan llena de abnegación y heroísmo. Cuando el bote se perdía en la niebla, apoyó su arma en una horqueta y disparó una larga serie. Quería decir: «buena suerte», a la que iba y «aquí estoy», a su inflexible jefe.

     Celedonio, después de haber entrevisto la partida de Clara, se embarcó y emprendió el regreso. Cuando se sintió bien protegido por la falta de visibilidad, aún terminó un cargador y lanzó un agudo grito de triunfo y desafío.

* * *

     Orientarse en medio de la niebla, sin instrumentos náuticos, ha sido siempre imposible para la gente del agua. Mas el Paraná, en su cauce más alto, tiene una corriente tan fuerte, que cualquier bogador medianamente experto, aun cuando algunas veces sea engañado por los remolinos más potentes, al cabo, puede saber si navega aguas arriba o aguas abajo. Así siempre que no quiera llegar a un punto fijo, es posible conservar cuando menos el sentido de la orientación.

     Clara, al principio, trató de unirse a Celedonio y durante algún tiempo, ambos hicieron ruido para ayudarse en el encuentro; mas, al cabo, terminaron ambos por desistir y trataron de ganar la costa paraguaya, con el propósito de buscarse después, recorriendo la orilla.

     Eusebio seguía tirado en el fondo de la canoa, inconsciente. Tenía un pequeño orificio en la espalda que sangraba poco a poco. Ella rompió su propia falda, la empapó en el río y se la puso de compresa. Cariñosamente, con delicada ternura, le acomodó la cabeza que se hundía entre dos cuadernas, sobre un pedazo de tabla y con el trozo de lona que solía usarse para terminar de agotar el bote, se la mulló un poco, con más deseos que resultados. Quedaba encogido en el plan a medio costado, para dejar libre la herida, las manos una sobre otra, bañadas por la sucia agua que se había embarcado, ambas piernas algo recogidas y apoyadas sobre cada borda.

     Clara había dado vuelta la tabla del asiento y mientras remaba, sentada sobre la traviesa que protegía el cuerpo herido, apenas separada de él, las faldas arrolladas, afirmando los pies a sus costados, le miraba los ojos semiabiertos, que a la tenue claridad de la niebla impregnada de luz de la luna, miraban a un costado como los Cristos de la agonía.

     Mas ella tenía una vehemencia que la sostenía contra las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Llegar a casa para pedir auxilio; ¡socorro para su hombre herido! No sabía a quién pedirlo, ni de dónde obtenerlo, pero esa idea precisa, ese afán realizable y cercano, la defendía de la insistente imagen de muerte que navegaba en su bote pequeñito y solitario.

     Remó con fuerzas hacia arriba conservando posición oblicua con respecto a la corriente. Sabía que persistiendo así, hacia el lado derecho, en algún momento debía encontrar la costa paraguaya y que siguiendo esa costa, podría llegar a su puerto.

     Después de haber marcado infinitos compases al tiempo, completamente aislada con su esfuerzo y su congoja, en el seno de un silencio cortado por el regular chapoteo de los remas y el quejumbroso fregar de los estrobos; envuelta en la tenue inconsistencia de este vapor que la separaba del mundo, dejándola sola en la amarga tarea de aquilatar su pena, sin el consuelo de una sola estrella que le dijera que la vida es así, cruel, engañosa y fugaz: un sueño; que lo eterno es el deseo de perdurar eterno aun que sea en el cielo, al fin empezó a distinguir hacia estribor unas sombras negras. Eran las barrancas.

     Ya estando allí, fue más seguro conducirse No en balde desde que tenía memoria había vivido en la región: sabía remar aguas arriba. Bordeando la costa hasta que una de las palas tocara tierra, empezó la ruda tarea de hacer el camino de regreso.

     Al llegar, comprendió que le sería imposible llevar arriba al herido inerte, aun cuando lo arrastrase y decidió ir por auxilio, buscar algún vecino que quisiera ayudarla. Iba deprisa, olvidada de todo cansancio, de su grávido estado. Mas, en mitad del camino, advirtió que venía hacia ella otra mujer. Era María.

     Había querido buscar una compañera para compartir las horas de martirio y bajaba al oír el ruido de los remos.

     -¿Sos vos, Clara?

    -Sí.

     -¿De dónde venís?

    -Aquí traigo a Eusebio herido.

     -¿Y los otros? -gimió.

     -Están bien, ya vendrán -contestó sin pensar en ellos.

     -¿Celedonio..., está bien?

     -Sí, están bien... ya vendrán, ¿querés ayudarme?

     María entendió que no obtendría explicaciones, pero la firmeza con que la amiga aseguraba que «estaban bien», la hizo comprensiva, le dio fuerzas y generosidad.

     -¿Sí, qué vamos a hacer?

     -Ayudame a subir a Eusebio.

     Las dos mujeres, después de una brega agotadora, increíble, consiguieron primero, llevar hasta la casa a Eusebio y después, acostarlo en la cama.

* * *

     Celedonio, durante mucho tiempo, buscó a Clara. Él esperaba que hiciese la maniobra inversa: remar aguas abajo también en forma oblicua al cauce, para buscar hacia la izquierda, la costa de la Isla. Así podía terminar mas rápidamente su incertidumbre entre la bruma. Por eso, él hizo seguir ese curso a su bote y después recorrió a pie largos trechos para ver si la encontraba. A fin, como que tenía aún a bordo el cargamento y no quería que en esa forma lo cogiera la luz, resolvió buscar el lugar donde había depositado las primeras partidas e ir de regreso. Formaba parte de sus obligaciones de contrabandista aparentar alguna ocupación normal en las horas de labor y demostrar mucha tranquilidad después de una noche como esa.

* * *

     Brumas, brumas de pesadilla... tirones muy fuertes y dolorosos como si fuerzas desconocidas se disputaran su cuerpo y cada uno de los miembros se estuviesen arrancando... En la boca, la garganta, un ahogo pesado, salobre, y en sí, una rebeldía incapaz, una potencia que se impulsa y que no puede chocar.

     De pronto, un dolor más agudo, una violencia inexplicable le descuajaba un brazo. Nada.

     Formas vagas que giran. Van, vuelven o permanecen extrañamente bamboleantes como esos rollos sorbidos por una punta en un remolino del río...

     Hay una que no queda. Va, viene, va, se acerca mucho, lo cubre todo.

     Colores y brumas, colores entre brumas, colores reconocibles. Un conocimiento pesado, que al querer relacionar, se adelgaza, se ahíla. Algo igual al andar de un caracol que alarga su gelatina de una prominencia a otra y una vez alcanzada ésta recoge el resto viscoso de su cuerpo hasta despegarlo del sitio inicial. El techo... las paredes, el vano obscuro de una puerta y un rostro, ése, sólo uno.

     -¿Soy yo, Eusebio, me conocés?

     -Sorpresa torpe, formas que van fijándose. Clara.

     -Soy yo, Eusebio, ¿me conocés?

     -Sí.

     -«¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Por qué esa gente?».

     -¿Te sentís bien?

     -Sí, ¿qué hay?

     -Te hirieron.

     -¿Me hirieron? -Ahora lo recordaba todo. Se chupó la boca y percibió esta vez con clara conciencia el gusto salobre y en la espalda la palpitación caliente de la herida.

     Sí. Recordaba ahora que cuando oyó la señal de correr hacia el otro lado de la playa, se había incorporado precipitadamente, había dado los primeros pasos en el matorral e iba a salir a la parte despejada, cuando sintió en la espalda un fortísimo latigazo ardiente que lo tiró de bruces. Se supo herido, y al ver la niebla que le iba cubriendo la vista, aún tuvo tiempo de decirse a sí mismo, pensando en Margot: «¡así debía terminar tu obra maestra!».

     -¿No querés algo?

     -Agua.

     Bebió con fruición, mas el esfuerzo le causó dolor.

     Luego fue Celedonio quien apareció con su eterna sonrisa.

     -¿Qué tal compañero, cómo se siente?

     -Bien.

     -Todo está bien entonces. Ahí está toda la harina; ¡ni se agujereó una sola bolsa!

     -Gracias... ¿cómo me sacaron de allí?

     -¡Su mujer, amigo, ésta es una verdadera mujer! -agregó pasándole un brazo por los hombros-. ¡Ella sola fue con la canoa y lo trajo, cuando nosotros ya no sabíamos qué hacer! -Había verdadera admiración en su gesto. Él también le estaba profundamente agradecido.

     No comprendió enseguida, mas Celedonio se lo explicó despacio, recalcando con la voz y con la mímica las palabras, los pasajes más significativos.

     -¿Clara... vos? -dijo al fin. ¡Cuánto remordimiento! ¡cuánto terror a lo irreparable! Por primera vez temió morir por generosidad; por primera vez supo que la vida es un don que también se ama por el amor de otros.

     Recordó que él había hecho todo esto para dejarla, para arrojarla de sí, porque menospreció su carácter dulce y sumiso, porque creyó que nunca sería un apoyo suficiente para regalar su vida con algún triunfo y ahora tenía ante sus ojos la réplica magistral del destino, el mentís rotundo a la torpe inquietud que le había hecho cifrar en una sola impronta la génesis del ideal, cuando toda dicha está allí, al alcance de la mano, a condición de saber alentarla en el propio corazón.

     Le seguía con la vista en su permanente trajín silencioso, e iba descubriendo en ella nuevos rasgos de serena belleza formados sobre un carácter. Ya no le pareció una niña bella a quien había que proteger siempre, si no que era toda una mujer, capaz de dar y recibir una vida. Sintió desgarrador remordimiento por todas las veces que la había hecho sufrir de la manera más torpe, mientras la imaginación corría, delirante, deseosa de revivir episodios de su vida pasada, que en su oportunidad también fueron traicionados porque no supo estimarlos en su valor real. Se despreció a sí mismo

     Pero la cabeza no podía resistir ahora el huracán de los pensamientos y muy pronto volvieron las tinieblas.

     Cuando volvió el conocimiento, todo el cuerpo latía a impulsos de la fiebre, y sintiéndose morir, se inclinó sobre su sino a besar su cruz. Ahora que todo se acababa, descubría todas las veces que había dejado pasar ociosa la dicha, fatigada la oferta, despechado el amor. Ahora que iba a morir, la vida le brindaba su luz, su más útil galardón, ¡oh vida!

     ¡Ahora sabía que quería vivir y para qué vivir! Para deshacer sus yerros. ¿Cuáles fueren? Uno, el origen de todos: no saber qué querer.

     Llamó a Clara y cuando estuvo a su lado, la acarició con la mirada como nunca lo había hecho, despacio, rasgo a rasgo, para trasmitirle su ternura más delicada.

     -Después -le dijo, y ella comprendió perfectamente qué significaba la palabra-, quemá los papeles... sin leer, tomá lo que quede y andate donde está tu madre. No harás nada sin consultar a don Julio. ¿Me lo prometés?

     -Sí -contestó con los labios apenas entreabiertos e hinchados de ansiedad, mientras el rostro se contraía dolorosamente para aparentar serenidad.

     -A nuestro hijo le dirás que yo le hago decir... que esté donde esté, siempre hay algo que amar y algo por qué luchar. Es cuestión de descubrirlo... ¿Recordarás?

     -Sí.

     -Repetilo.

     -Que le hacés decir... que esté donde esté, siempre habrá algo que amar y algo por que luchar... Que es cuestión de descubrirlo.

     Él sonrió satisfecho y mirándola tristemente, le acarició la mejilla.

     -Si le repites siempre, alguna vez descubrirá todo su sentido.

     Ya no dijo otra cosa; la siguió mirando y mirando; mas, cuando un hormigueo sutil le subía por los miembros y las cosas se perdían, «sus ojos errantes aún buscaron algo...».

     Al nacer la nueva aurora, en la orilla del río, una joven mujer lloraba desconsoladamente su inmensa soledad. Pero sus entrañas fecundas prolongaban la vida del hombre que había amado. ¡Así perdura esta raza!

 

 

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CURATORÍA JUSTO PASTOR MELLADO

Centro Cultural de España Juan de Salazar

y Embajada de España en Paraguay,

Asunción-Paraguay, 2004

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