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TALLER CUENTO BREVE

  SIN RENCOR. CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO (TALLER CUENTO BREVE, 2001)


SIN RENCOR. CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO (TALLER CUENTO BREVE, 2001)
SIN RENCOR
CUENTOS SOBRE LA GUERRA DEL CHACO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
MANUEL RIVAROLA MERNES y
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
Asunción - Paraguay
Octubre 2001

.
INTRODUCCIÓN
 
El Taller Cuento Breve que dirige el Dr. Hugo Rodríguez-Alcalá es el primer taller literario que se fundó en el país y está próximo a cumplir su vigésimo aniversario.
 
Desde su creación ha venido funcionando ininterrumpidamente y se ha caracterizado por rendir un grupo mayoritariamente femenino, conformado por las actualmente más destacadas escritoras de nuestro medio.
 
Este es el octavo libro que publica el taller, pero es la primera vez que se encara un tema en común, aunque -como podrá apreciarse en la lectura de la obra- cada cuentista mantiene su propio estilo.
 
Esta obra nació del deseo de rendir un homenaje a los protagonistas -muchas veces anónimos- de la epopeya chaqueña de 1932 a 1935.
 
Pero este no es un libro en el cual se describan operaciones bélicas, tácticas de ataque y defensa o implicancias militares, aunque se las mencione ocasionalmente; este libro sí se propone rescatar en forma literaria la caballerosidad, el mutuo respeto y la noble dimensión humana que demostraron los combatientes de uno y otro bando en muchas oportunidades.
 
Una vez más, la literatura como expresión de arte, intenta preservar del olvido algunos episodios, recuerdos y relatos, ciertos e imaginarios, que forman el acervo anecdótico de la Guerra del Chaco.

 
UN ENEMIGO
.
Octubre 4
.
Iba yo al frente de mi Compañía
cuando, tendido en el camino,
 
lo encontré. Me miró con ojos ya vidriosos.
Movió unos labios lívidos,
 
alzó una mano vacilante
y, muy dificultosamente, dijo:
 
-¡Agua, agua, por Dios, sólo una gota.
Era su voz un apagado grito.
 
Me arrodillé a su lado,
limpié aquel rostro ya amarillo
 
y cubierto de polvo,  
y le di de beber. Un gran gemido
 
exhaló el boliviano moribundo
y expiró. No sé qué me dijo
 
o qué quiso decirme,
pero aquellos opacos, fríos ojos de vidrio,
 
me mirarán eternamente
y eternamente agradecidos.
.
HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 .
ÍNDICE / INTRODUCCIÓN

.
*. HUGO RODRIGUEZ-ALCALÁ : FRENTE A LA PUNTA BRAVA DE BOQUERÓN: SETIEMBRE, 1932 / LA CANTIMPLORA

*. CARMEN BÁEZ GONZALEZ : LO INEXPLICABLE / UN PERRITO EN LA TRINCHERA

*. MARÍA IRMA BETZEL : EL RECUERDO / VUELO DE DESPEDIDA

*. STELLA BLANCO DE SAGUIER : EL RESCATE / LAS NUEVE ENFERMERAS DE HERRERA

*. MARÍA LUISA BOSIO : ESTO PASÓ / ESTO... TAMBIÉN PASÓ

*. STELLA COSCIA DE MARTINO : LA CORONA DE PÚAS / DURANTE LA TREGUA.

*. DUNIA CHÁVEZ GONZÁLEZ : EL SOLDADO / AMOR DESPUÉS DE LA GUERRA.

*. CARMEN ESCUDERO DE RIERA : EL PRISIONERO DE GUERRA / TRES AÑOS MENOS UN DÍA.

*. MAYBELL LEBRÓN : SED / OCASO SIN SOL.

*. LUCY MENDONÇA DE SPINZI : AQUELLA SIESTA / SILVER.

*. LUISA MORENO SARTORIO : BOQUERÓN.

*. DIRMA PARDO CARUGATI : ENCUENTRO EN LA SELVA / ENTRE DELIRIOS Y CERTEZAS.

*. MARGARITA PRIETO YEGROS : LA MADRINA DE GUERRA / POMBERO BOLÍ.

*. MANUEL RIVAROLA MERNES : LA TREGUA NO PACTADA / EL HOMBRE DE LA HORA

*. YULA RIQUELME DE MOLINAS : EL ÚLTIMO ACTO / LAS ALAS DEL GUERRERO
.

EPÍLOGO

En la guerra del Chaco la actitud de los soldados de ambas naciones enfrentadas fue muy similar.

No existió rencor, sino más bien un extraño sentimiento de solidaridad ante el sufrimiento impuesto por una naturaleza implacable que infligía más bajas que las balas.

El escritor boliviano ROBERTO QUEREJAZU CALVO, en su libro "MASAMACLAY", reproduce una carta escrita por un soldado el 23 de octubre de 1933.

La transcribimos porque resume el espíritu de este libro, y culmina con la palabra "perdón". Perdón que nunca será suficientemente pedido u ofrecido, y que ayudara a cicatrizar definitivamente las heridas que se infligieron dos pueblos hermanos:

"Es necesario que sepas todo lo que me pasa aquí, para que cuando regrese no te extrañes de comprobar que el niño iluso y romántico que se separo de tu lado, ya no es el mismo. Es necesario que tú y todos los de retaguardia sepan lo que esta guerra está haciendo en nuestros cuerpos y en nuestras almas, para que al regreso no nos reciban como a extraños. Antier ocurrió algo horrible. Los paraguayos seguían insistiendo en romper nuestra línea y nosotros en defenderla. Poco antes del atardecer atacaron una vez mas... Yo estaba en un agujero armado de una ametralladora liviana.

De pronto, al cesar el fuego de la artillería, oí gritos y vi sombras de color verde olivo que avanzaban ocultándose detrás de los árboles. Dispare mi arma y la volví a cargar. Vi nítida la silueta de un soldado enemigo que se lanzaba a la carrera, llevando un fusil en la mano y una granada en la otra. Estaba muy cerca. Cerré los ojos y apreté el disparador de mi ametralladora, sintiendo como se sacudía entre mis brazos con su carcajada siniestra de medio minuto. Cuando mire nuevamente hacia delante, un grito de terror se ahogo en mi garganta. Allí, a pocos pasos, estaba tendido el soldado paraguayo convulsionándose en los estertores de la agonía. Su brazo derecho había quedado extendido y su mano, con el dedo índice apuntándome, me señalaba con un gesto de acusación "Tú, tú me mataste".

"Caí de rodillas, sollozando, pero el miedo me hizo incorporar de nuevo, obligándome a no apartar la vista de aquella figura yerta ya. El combate cesó poco a poco y llego la noche. La luz de la luna dibujaba arabescos en el suelo con las sombras de las ramas. Quería huir de aquel agujero y de aquella mano que me señalaba implacablemente, pero el terror me paralizaba. Sentí fiebre. Los ojos velados del muerto me parecían dos ascuas que me quemaban las entrañas. La mano crispada, con el índice extendido, me parecía a ratos una tarántula pálida y gigantesca que iba a saltar sobre mi garganta. Fue una noche de horror que me es imposible describir No sé cuántas horas pasé velando a mi víctima, rezando y llorando por él... y por mí. Le pedí perdón y le dije una y mil veces: "¡Yo no te mate; te mato la guerra!"

"Posiblemente mi angustia acaba por agotarme y caí desfallecido. Cuando desperté, estaba amaneciendo. Creí que todo lo sucedido no había sido sino una pesadilla. Me incorpore temblando y atisbé por entre los troncos de mi refugio... El muerto seguía allí, en la misma postura... con su brazo derecho extendido, pero con un gran suspiro de alivio note que su mano ya no me acusaba... sino, más bien, me hacía un gesto de perdón ".
.
 
NARRADORA INVITADA:
DUNIA CHÁVEZ GONZÁLEZ : Nació en La Paz, Bolivia. Pertenece a una familia de ilustres políticos. La misión diplomática de su esposo la trajo a residir en el Paraguay por algunos años. Así se relacionó con algunos miembros del Taller Cuento Breve. Comenzó a escribir narraciones en las que recordaba a su país natal, con sus características y costumbres. Anteriormente, en su patria había sido periodista y llegó a publicar varios artículos, notas y relatos en diarios de Bolivia y México: Cuando el profesor Hugo Rodríguez-Alcalá, que combatió en la Guerra del Chaco, propuso que los integrantes del taller escribieran narraciones sobre el conflicto bélico que enfrentó por tres años a dos países hermanos, Dunia fue la más entusiasta en adherirse al proyecto y elaboró dos cuentos especialmente para este libro que ya estaba en proyecto. Lastimosamente, Dunia Chávez y su familia han regresado a Bolivia, pero ella ha dejado los cuentos para su publicación y se ha llevado, junto con sus recuerdos, una nueva ambición: escribir más cuentos.
 
EL SOLDADO         
"Por qué del inferno verde solo Dios se acordara", dice la cueca (1) y yo lo siento así. Nunca podré olvidar el Chaco. Me alistaron a los 17 años, venía del lago, donde el cielo se confunde con el agua y el viento canta triste. Era feliz.
Los nevados saludaban mis amaneceres, la wiphala (2) era el símbolo de mi Patria, nunca había imaginado otro paisaje. El frío me calaba hasta los huesos cuando salía a sembrar con mi tata, pero luego el sol "Inti" (3) me ofrecía sus suaves rayos.
Hoy, con mis 80 años, puedo decir con orgullo que soy benemérito y cobro una pensión cada mes, pero mis ojos no dejan de recordar aquel infierno, donde en noches de luna llena los muertos siguen gimiendo de dolor.
El día en que me llevaron a la ciudad y me dieron un uniforme, hasta me sentí orgulloso pese a que las botas me lastimaban y, podían ser mas lindas que las abarcas, a las que mucho extrañaba. Me subieron al camión con otros Ilocallas (4) que, igual que yo, venían del campo. Cuando me alejaba del Illimani, mis ojos se nublaron y no tuve el valor de despedirme. El paisaje fue cambiando, todo se volvía verde, el calor subía y sentíamos que era otro mundo. Empezamos a extrañar las energías de nuestras montañas, y la fortaleza de nuestro clima frío.
Buen tipo era el capitán, nos hablaba de la guerra con Paraguay, “¿Que será Paraguay?" nos preguntábamos, y el capitán nos reñía, diciéndonos: "Ignorantes, es un país limítrofe, que está junto a Bolivia, y Bolivia no es solo su sayaña (5), es un inmenso territorio, que ahora debemos defender".
Como me iba imaginar aquello, si yo nunca pensé en pelear. Nos dio un fusil y nos enseñó a cargarlo. Llegamos a Villa Montes donde el calor era insoportable, si no hubiera sido por la coquita (6), no creo que podríamos haber aguantado. Pero eso no fue nada, luego de algún tiempo, una madrugada, nos llevaron al frente, selva verde, infierno, calor y muchos bichos, donde no se podía dormir. Antes de llegar muchos se enfermaron de disentería. Bien grave había sido.
El capitán gritaba: Todavía no han disparado ni un tiro y ya están mal, ¡carajo! ¡Qué podré hacer con semejante ejército! Yo, como, muchos, llorábamos como wawas (7); queríamos volver a nuestros pueblos. ¿Acaso nos importaba esta guerra; acaso esas tierras algún día serán mías? El rojo, amarillo y verde eran los colores del patrón. Yo amaba mi Wiphala y mi lago Titicaca.
Llegamos a un fuerte, de nombre raro, Boquerón, donde me encontré con el hijo del patrón y con mi maestro de la escuelita. Me puse muy contento. Ahora todos éramos iguales, comíamos lo mismo, dormíamos igual y los bichos nos hacían mierda a todos. Además, ya no tenía que inclinar la cabeza cuando me hablaban. Los días pasaban y el agua se acababa, la coquita también, la situación se tornaba muy difícil.
Éramos 180 hombres esqueléticos y, enfrente teníamos un ejército acostumbrado al medio. "Boquerón abandonado sin refuerzos ni metralla, eres la historia del soldado  boliviano", cantábamos, con harta sed y hambre. "Los pilas", que también creían defender lo que les pertenecía disparaban a mansalva. Veía como herían a mis amigos, las balas mataban, todos caían. El miedo que sentía se iba convirtiendo en valor. El capitán nos daba ánimos. Tenemos que defendernos. No debemos caer, y nuestra Wiphala tiene que flamear. Pero la sed y el hambre nos mataban, nuestras fuerzas ya no daban, la Pachamama (8) nos había olvidado.
Una granada de mortero hizo que el cuerpo del capitán explotara. Todo se me nubló. Bien lo recuerdo y tengo miedo.
Cuando me desperté, estaba en un hospital, una linda morena me preguntó si me sentía bien. No sabía dónde estaba, el médico le habló extrañamente, luego supe que eso era el guaraní, así como el aymará, pero un poco más suave.
"Bolí, te has salvado por milagro, la vida es la vida, prisionero o no, estás vivo, y tuve que amputarte una pierna". Me mantenía mudo, no respondía, mi capitán ya no estaba, tampoco el patroncito, ni mi pobre maestro. Todo había desaparecido.
Me llevaron a Asunción, bien bonita, llena de naranjos, flores y árboles, hartos éramos, pero, como yo tenía una sola pierna, no me destinaron a construir la carretera; me quede en el cuartel, de zapatero.
Los pilas bien buenos habían sido, ellos también sufrían por sus muertos, todas las tardes los soldados me invitaban a tomar terere, y yo recordaba mis hojitas de coca, el calor me hacía daño, pero nada podía hacer contra él; remendaba botas y cantaba huayñitos (9) tristes en aymará recordando el lago y mi choza de barro.
Pasó un tiempo y, un día todo fue fiesta, abrazos, - "Bolí, se terminó la guerra", me dijo un "pila" amigo, "volverás pronto a tu casa"
Ya no volví al lago, me dieron una medalla, y me quedé en La Paz a remendar zapatos. Desfilo el 6 de agosto con mi calatraba, y sigo cantando "porque del Infierno verde sólo Dios se acordará".
Por DUNIA CHÁVEZ GONZALEZ
1 Baile boliviano, con pañuelo, música alegre
2 Bandera aymará formada por cuadrados con los colores del arco iris
3 Palabra aymará referida al Sol como una deidad
4 Niño en aymará
5 Parcela en tierra
6 Diminutivo de la hoja de coca
7 Bebe en aymará
8 Madre Tierra
9 Música triste aymará
 
AMOR DESPUÉS DE LA GUERRA
El tiempo. Cuántas cosas indescifrables guarda esta palabra: el devenir, el ir, el hacer o el dejar de hacer pero, sobre todo, recordar, o, mejor dicho, retrotraer momentos que nunca fueron nuestros, que nos los contaron, que se impregnaron en nuestra mente y luego de mucho pensarlos deseamos sacarlos a la luz. Por eso ahora, en este lugar lejano, pretendo unir los hechos en un cuento.
Sucedió durante la guerra entre Bolivia y Paraguay que dejó, como dejan todas las guerras, un rio de sangre y enemistad cuyas heridas tardaron en cicatrizarse.
Alicia era una joven muy blanca, de ojos negros, nacida en el valle cochabambino, de familia conocida y adinerada. Su abuelo, militar de estirpe, fue uno de los principales "conductores" de esa guerra, desde su escritorio, claro está, donde mandaba y ordenaba planes y ataques, sin haber pisado nunca el frente de batalla. La familia de la joven, fanática patriotera, no pensaba en el desastre del enfrentamiento; simplemente veían en el "patriarca" de la familia al máximo héroe bélico. En este ambiente la joven llegó a tener terror por los "pilas", (que era como los soldados bolivianos denominaban al "enemigo" paraguayo, por no usar zapatos).
Todos los sábados, Alicia acompañaba a su madre al cuartel a ver al abuelo, para saludarlo ya que, con tanto trabajo apenas si pasaba por la casa. Escuchó por la radio que habían arribado a Cochabamba algunos prisioneros paraguayos; que habían sido alojados en el Cuartel General. Ella, entre asustada y curiosa deseaba conocerlos, constatar si eran reales los relatos del viejo sobre el salvajismo de los "pilas". Esperó el sábado con ansias. Se levantó muy temprano, se acicaló y esperó por su madre, quien tardaba en las labores domesticas; pasadas las diez, por fin, salieron rumbo al cuartel.
En cuanto llegaron, Alicia, luego de saludar y besar a su abuelo, decidió dar una vuelta por el patio; vio a lo lejos que unos soldados desarrapados y muy pálidos trabajaban abriendo un pozo; se acercó advirtiendo que los uniformes gastados no eran del color que usaban los soldados bolivianos. Se dirigió con respeto a un joven que llamó poderosamente su atención, por sus bellos ojos verdes y una sonrisa plácida y llena de encanto; le preguntó quién era; el, con voz suave y acento parecido al de los cruceños, le explicó que era prisionero de guerra; se sintió conmovida, y ofreció al joven visitarlo seguido, para de ese modo, darle su amistad y consuelo.
Escuchó un saludo, y al volverse pudo ver al estafeta que enviado por su abuelo, le pidió que retornara a las oficinas, donde silenciosa y tensa, escuchó la reta del viejo militar, que muy enojado, le explico el peligro que corría al haber violado el reglamento, adentrándose, sin permiso, en el cuartel.
Alicia no pudo volver a ver al prisionero.
Pasaron los años y nunca logró olvidar esa sonrisa y ese acento musical de la voz del paraguayo. El conflicto llegó a su fin y el viejo general, sin más "planes", se decidió por la política. Fue designado subsecretario de la Cancillería. La joven tuvo que dejar su valle para ir a vivir a La Paz, sede de Gobierno.
Entre sus estudios y otras cosas más Alicia siempre encontraba un momento en el día para escribir cuentos, donde el héroe era el "pila" de los ojos verdes y la sonrisa cautivadora.
Un día su madre le comunicó que esa noche deberían asistir a un baile en Palacio y le sugirió que se pusiera linda y dejara de soñar con fantasmas, que el tiempo pasaba, y la joven nunca se enamoraba, soñando continuamente con su soldadito paraguayo.
Aquella noche el fulgor de luces le daba un toque mágico al salón, todo era elegancia y esplendor, Alicia estaba radiante, lucía hermosa, con sus rizos negros enmarcando su suave sonrisa.
Bailó con todos; un poco cansada caminó por el pasillo en busca de paz y, en un recodo volvió a ver aquellos ojos y la sonrisa del joven prisionero. Creyó que soñaba. El joven ya no vestía un sucio y raído uniforme sino, por el contrario, un elegante uniforme de gala.
Él se acerco para presentarse, Germán Caballero, Agregado Militar a la Embajada del Paraguay. Luego de mirarla fijamente y en silencio, le dijo que creía haberla soñado en las noches asuncenas llenas de fragancia a jazmín; le pidió una cita; ella emocionada, le recordó el episodio del cuartel y aceptó verlo el próximo domingo en la Plaza Mayor.
Volvieron a verse muchas veces. Alicia era otra, las horas se le hacían minutos. Estaba enamorada, él la quería apasionadamente, repitiendo en dulce guaraní su amor. Los encuentros se hicieron más frecuentes y románticos.
Germán le pidió unir sus vidas para siempre; ella se puso muy nerviosa pues sabía que su abuelo albergaba todavía rencor por los que él llamaba "sus enemigos"; que sería imposible contar con su padre o madre ya que el destino de la familia dependía de los designios del viejo.
Pasaba el tiempo y el amor crecía. Alicia ya no sabía que excusa tomar para salir de casa a verlo; su madre comenzó a preocuparse, pues le llegaron rumores de que su hija frecuentaba al joven y guapo militar.
Llamó a Alicia y le pidió explicaciones; la joven, desesperada, le dijo que era cierto y que nada le importaría si no la dejaban casarse con él, pues el joven la amaba apasionadamente y la había pedido en matrimonio.
Por su parte, el diplomático militar, decidió enfrentar al abuelo, y le pidió una entrevista en su Despacho.
El día estaba nublado. Alicia, temerosa y llorosa era consolada por su madre, quien ya había hablado con el abuelo sin mucho éxito.
El encuentro fue tenso al principio, el viejo rencoroso y el joven enamorado, se midieron. El General aseguró que su nieta jamás uniría su apellido al de un enemigo.
Él, tranquilo, le dio a entender que el enemigo nunca existió, que la guerra fue un exabrupto de la historia, y que el único Vencedor de esa contienda, en su caso, era el amor que sentía por la nieta. Como el viejo no era tonto, se dio cuenta de que con una negativa perdería lo que más amaba en la vida y, en un abrazo de paz como el de dos soldados en la trinchera del Chaco, le concedió la mano de su nieta.
Alicia y el "pila" se casaron y familias de ambos países iniciaron una relación que aún perdura.
Por DUNIA CHÁVEZ GONZALEZ
 
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