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JAVIER VIVEROS


  MANUAL DE ESGRIMA PARA ELEFANTES - Por JAVIER VIVEROS - Año 2013


MANUAL DE ESGRIMA PARA ELEFANTES - Por JAVIER VIVEROS - Año 2013

MANUAL DE ESGRIMA PARA ELEFANTES

 

 Autor: JAVIER VIVEROS

 

Editor:   ARANDURÃ EDITORIAL

ISBN: 978-99967-20-79-6

Páginas: 112

Año: Setiembre 2013

Asunción – Paraguay



 

 

 

DÉJÀ VU[DÚ]

 

Para Chester Swann

Soy huraño, debo decirlo. Si bien no llego a la misantropía, me gusta demasiado la soledad. En un carácter así, la niñez tiene siempre algo que ver. Recuerdo la mía sin nostalgia. Me veo creciendo bajo la luna del escaso contacto con mis padres. No extraño en lo absoluto aquella época cincelada al mandato de institutrices anacrónicas e  invariablemente despóticas, que eran un verdadero solecismo contra la infancia. Los otros niños eran para mí planetas que danzaban alrededor de estrellas que no eran la mía.

Podría decirse que, a pesar de todo, aquello me ha servido. Ahora que soy adulto y llevo dos décadas metido en el mercado laboral, lo de ser un solitario es como parte de mi uniforme. Una parte importante. Mi trabajo como auditor externo para una poderosa empresa europea de televisión, me ha llevado a recorrer en profundidad el continente africano. Laboralmente, me sirve mucho esa incapacidad de construir lazos con los otros. Soy un auditor, un planeta retrógrado, sulquivagante iceberg de oficinas. Mi labor es visitar las sucursales para controlar el trabajo ajeno y por eso siempre las miradas se cargan de recelo cuando no de un indisimulado desprecio. No pocas veces oí aquello de que el auditor es alguien que llega después de la batalla a patear a los heridos. A todos los países donde soy enviado como mercenario para buscar trampas en los sistemas, voy siempre acompañado de un rostro marcial, impenetrable. Mister-no-friends, me apodaron en Sudáfrica. En Senegal, Kou doul reee, el que no ríe, o algo así. Debido a las numerosas sospechas de fraude contra la compañía, me ordenaron que visitara con urgencia la sucursal de Ghana, tenía que realizar la auditoría tanto informática como contable. Menudo trabajo. Y para nada enternecedor.

En el aeropuerto de Ámsterdam, en la fila de embarque de la aerolínea KLM, coincidí con quien era el gerente de infraestructura de la sucursal que me dirigía a auditar, un chileno acribillado de pecas, código Morse en sus brazos y cara. Ambos íbamos a Ghana y terminamos compartiendo asientos contiguos. Fue él quien me enteró de todo. Me comentó que estaban con nuevo gerente general, porque el CEO anterior había renunciado "luego de lo que pasó". Yo sabía que el gerente de quien me hablaba era un paraguayo como yo, sabía que no era apreciado por la gente de ese país africano: su despotismo, megalomanía y su permanente estado de grito tenían no poco que ver en ello. Algo más sabía de él. Me habían comentado que procedía de una familia bien conectada con la dictadura de Stroessner. Me bastaba esa información para conocerlo por entero. Era el típico sujeto que cruzaba un semáforo en rojo y al ser detenido por un oficial de tránsito gritaba: ¡no sabés con quién te estás metiendo, pendejo! Se llamaba Carlos Caseros, y había llegado a matrimoniar esos dos perniciosos demonios: ignorancia y poder.

El chileno me contó que una mañana, a la salida de su casa, al incinerable  Caseros lo habían, efectivamente, incinerado. Lo rociaron con akpeteshie, una bebida alcohólica casera destilada del vino de palmera, y le prendieron fuego. Los autores del hecho eran locales y "probablemente ashantis", según la criada que algo alcanzó a ver. Fueron dos, uno de ellos lo bañó con un balde repleto de la inflamable bebida y el otro le arrojó un fósforo. Huyeron después, en medio de risas de alegría y los gritos de dolor del déspota en su hora más negra. Una buena golpiza hubiera sido suficiente, pensé. Fuenteovejuna, Fuenteovejuna, me repetí.  Había sufrido quemaduras de tercer grado. La cosa era grave. Luego de recibir los primeros tratamientos en Accra abandonó el país y terminó en un hospital de Asunción. El día de su partida, la empresa fue una tácita fiesta, agregó el chileno, y a partir de ahí los números florecieron. Esos mismos números que me tocaba auditar. Al ser también paraguaya mi nacionalidad, me causó temor la noticia, porque estaba destinado a pasar un mes en ese país. Temía que malinterpretaran mi poca capacidad de relacionamiento, que la conectaran con la soberbia del anterior gerente y que quisieran también tomar represalias. La timidez y el amor a la soledad tenían que quedar de lado si quería sobrevivir al período que se venía. Era imperativo ser más sociable, abandonar el caparazón. Me dije a mí mismo que eso haría, no quería que heredaran en mí el odio hacia mi compatriota, el del ego ahora carbonizado.

Fue esa la principal razón por la que trabé amistad con el chofer que me asignaron. Mawusi, que era de la tribu ewe, debía pasar a buscarme al guesthouse de la empresa cada mañana. Me tenía que llevar a almorzar al mediodía y de vuelta a la casa una vez terminada la jornada laboral, o a algún restaurante para ir a cenar. Digo esto para dejar constancia de que lo veía varias veces al día y podía conversar bastante con él: su energía y locuacidad eran aluvionantes. Mi idea era sencilla: trabando amistad con un local, la gente de la empresa seguramente iba a reprimir sus impulsos piromaniacos hacia mi persona. Me di cuenta pronto de que Mawusi era muy creyente; crédulo, más bien. Le pregunté cosas sobre la cultura de su tribu. Me contó que si uno se casaba con una joven sin el consentimiento de sus padres, y esta llegaba a morir, el marido debía entregar el cuerpo a sus familiares y estos tenían el derecho de obligarlo a desposar al cadáver. "Ahora sí te autorizamos a casarte con ella, aprobamos el matrimonio". Debía seguirse todo el proceso. El viudo tenía que comprar el vestido y el anillo, tenía que pasar una noche con su prometida en el lecho nupcial y al día siguiente se celebraba la unión matrimonial. Solo entonces los padres aceptaban el cuerpo de su hija y se podía proceder al entierro. Me dio a entender además que a veces eran los mismos padres quienes pagaban hechizos para que la hija rebelde muriera. La crueldad tiene corazón humano.

Me contó también que cuando el marido muere, la mujer está obligada a lavar el cadáver y beber un vaso del agua resultante del procedimiento. Si sobrevive una semana, significa que no fue ella la asesina, por lo que es apta para ser desposada por el hermano del marido, si este así lo quisiere. Le pregunté qué le parecían esas cosas y me dijo que estaban bien, que eran parte de la "ley natural". Mawusi creía que su cultura era la normal y universal. Me enteré también de otras costumbres y creencias de su natal Región del Volta. Supe que allí los hombres mandan lanzar hechizos sobre sus mujeres para que estas no los engañen o que sufran si es que lo hacen. La supuesta magia podía, por ejemplo, lograr que la mujer adúltera quedara fusionada al amante por vía genital, si incurriera en el engaño. Muchas cosas más contó Mawusi y no me atreví a argumentarle en contra. Su convicción era granítica y ¿quién era yo para venir a desordenarle el tablero mental?

Hay un fuerte componente químico en las relaciones humanas, se entabla la amistad rápidamente con algunos mientras que con otros sentimos una inmediata repulsión o preferencia de lejanía, para usar términos menos incorrectos políticamente. Era grande la calidad humana de Mawusi, la soberbia y arrogancia no tenían cabida en él. Solo le noté cierto orgullo infantil aquella vez en que aseguró ser pariente de Kwame Nkrumah-Acheampong, más conocido como "El Leopardo de las Nieves", el único esquiador que dio Ghana y que llegó incluso a participar de los Juegos Olímpicos de Invierno, en Vancouver 2010. Parecía un oxímoron, esquiador ghanés, país donde jamás ha caído un copo de nieve; pensé en eso y recordé un haiku de Bashō que, en mi contexto mental, me pareció racista. Pero esa era otra historia, ciertamente no me estaba  resultando nada mal esto de la amistad, aunque en mi caso fuera una amistad utilitaria. Mawusi, oscuro escudo contra el fuego, mi africano traje de asbesto. Debo, sin embargo, reconocer que mi cercanía era también científica, me interesaba sobremanera hacer una suerte de lectura antropológica de sus creencias, estudiar el modo en que ciegamente bañaba de veracidad lo que se le enseñó de pequeño. La cultura es la materia de la que estamos hechos. Es demasiado difícil sustraerse a ella y enfocarla racionalmente desde afuera: mirar la Tierra desde la Luna. Los viajes son de gran utilidad para ello. Sobre todo los que tienen como destino otros continentes, viajes a países cuya cultura es por completo diferente a la de uno, donde hay maneras distintas de descifrar la penumbra de la realidad y el cerebro funciona bajo otros parámetros.

Una noche acompañé a Mawusi a su casa. Al llegar, abrió la puerta su esposa Áfua, nos saludamos y enseguida invitó a que pasáramos a la mesa, donde ya aguardaba la deliciosa cena: grasscutter, con banku y plátano frito. La pasé muy bien con ellos, un poco incómodo tal vez por ese halo de reverencia con la que esa gente suele envolver a los extranjeros, sobre todo si visten piel blanca. Pero bien, la pasé de lo mejor. Hablamos de todo, me preguntaron cosas de Paraguay y yo les pregunté cosas de la Región del Volta, quería oírlos. Me hablaron de sus planes para el futuro cercano, la ampliación de la casita, la lista de nombres probables para el primogénito. Fue una agradable reunión que vivirá por siempre en mi memoria, porque pude sentir que había como una genuina hermandad entre los seres humanos.

Había concluido mi trabajo de auditoría, por lo que Mawusi me llevó a Kotoka, el aeropuerto de Accra. Nos dimos un cálido apretón de manos como despedida. Mi pasaporte fue adquiriendo los sellos de entrada y las visas para Tanzania, Chad, Sierra Leona y Congo. Luego de cinco meses tuve que regresar a Accra. En el aeropuerto, me esperaba otra vez Mawusi, pero era otro, lucía flaco como un masái. Quiero que me retornen al anterior, devuélvanme al Mawusi eléctrico y locuaz. Me lo han cambiado por uno triste, sombra y piltrafa del que antes irradiaba energía. ¿El porqué? Áfua había muerto, una enfermedad la demolió por entero en menos de una semana. La enterraron el día anterior al de mi llegada. Me siento como alguien que está parado en la playa y a quien las olas van hundiendo de a poco, socavando las arenas de debajo de sus pies, me dijo Mawusi en el único roce con la poesía que le oí alguna vez. Agregó que las horas eran para él como las olas que lo iban enterrando cada vez más, desde que Áfua murió. En lo que restaba del camino al guesthouse no cruzamos palabras.

Al siguiente amanecer, vino a buscarme para ir a la oficina. Mawusi estaba con otro brillo en sus ojos, me contó que había visto una nube con forma de no sé qué símbolo adinkra divino y aseguró también tener la solución. Me dijo que si le daba libre el fin de semana visitaría a un brujo que podía “resolver lo de Áfua”. Me dio mucha pena, se lo veía trastornado. En las tragedias o en los momentos de trance —como el que Mawusi estaba atravesando— uno suele prestar mayor crédito a las supercherías, es un estado propicio para ver dioses y vírgenes llorosas en las manchas de humedad. Un elemento que sí puede contar es el poder modificador de la realidad que tiene la mente humana. Yo siempre he creído en eso, que fabricamos nuestra realidad, somos verdaderamente los arquitectos de nuestro destino. Así como nos vemos a nosotros mismos nos verán los demás, y del mismo modo nuestro cerebro puede proyectarse futuros brillantes o presentes ruinosos. Aunque parece parte de esos horrorosos textos de autoayuda, me parecía factible. Todo está en la mente. Pero de ahí a creer en la efectividad de los brujos y hechizos había un gran trecho, Mawusi confiaba ciegamente en esas prácticas que para mí nunca fueron más que una enfermedad mental, una contagiosa enfermedad mental, como lo son todas las religiones.

Me pareció que ayudándolo podría hacer caer al gigante con pies de barro de sus creencias, desmalezar su cabeza. Recién era miércoles, así que para no esperar a que llegara el fin de semana, en lugar de ir a la oficina, le dije que enfiláramos hacia la casa del mago, jujuman o brujo vudú de su predilección. Brillante relámpago de gratitud en sus ojos. Aceleró con ganas. El cinturón de seguridad estaba firme. Llegamos a una especie de templo posmoderno. Era una choza sobre la cual se erguía orgullosa la circunferencia metálica de una antena de DsTV. Entramos. El estafador estaba semidesnudo, descalzo y llevaba un sombrero donde no escaseaban las plumas ni los dientes de cuadrúpedos. Fiel al estereotipo, se apoyaba en un estrambótico bastón de hechicero. Me enojé al ver a Mawusi llenarlo de mil reverencias. Hablaban en una de las lenguas locales, por lo que nada pude entender de la conversación. De vez en cuando, el brujo miraba hacia mí. Tal vez podía leer mi escepticismo, mi desconfianza era palpable y seguramente acompañada de una mueca de desprecio. Al final, el brujo pareció aceptar el trabajo, cosa que pude concluir por la gratitud y las genuflexiones que alternó Mawusi, antes de que abandonáramos el recinto. Y bueno, me dije: un trozo de madera que flota en el agua no puede convertirse en cocodrilo.

En el camino de regreso, le pregunté qué era lo que había pasado. Él me miró y me dijo que tenía que esperar. Solo esperar. Y otra vez se abismó en un silencio glacial. Sumada a su tristeza, la mía extendió los dominios de la tristeza en el mundo. Mi chofer e inocentón amigo estaba destruido; el momento que le tocaba vivir potenciaba su fe en las charlatanerías. Me dije que el tiempo lo cura todo, sabía que dentro de un par de días se daría cuenta de que el brujo lo había engañado, pero con seguridad el charlatán le diría que algo salió mal, que tal vez él no tuvo la fe suficiente o alguno de esos versos que suelen emplear los farsantes, los que lucran con la ajena ignorancia. Recordé aquella frase de Tagore de que no hay cosa más difícil de soportar que la fe ciega del estúpido. Odié a Tagore en ese momento, pero sabía que tenía razón.

El resto del día lo pasé en la oficina, enfrentando otra vez números y más números. A la mañana siguiente desperté con una inquietante sensación que no podría describir con justeza. Era como un déjà vu, esa sensación de estar viviendo algo ya vivido, era como un déjà vu pero no exactamente un déjà vu sino una sensación que podía ser como el prólogo a un déjà vu, una sensación de déjà vu inminente. Era como un inquietante cosquilleo en la conciencia, sentía una alegre extrañeza como la que se experimenta al contemplar por primera vez un eclipse total de sol con sus misteriosas shadow bands. Estaba decidido a hacerme examinar la cabeza; se me antojó que el maldito brujo me había —motu proprio— enviado algún mal para castigar mi desconfianza. Eso lo pensé nada más por un rato y lo descarté con un ramalazo de raciocinio. La Ciencia me ha probado todo lo que me postuló, me habló de la gravedad y me habló de la inercia y allí estaban, las podía encontrar cuando quisiera repitiendo los experimentos. Lujo que no podían darse estos charlatanes de feria.

La sensación, sin embargo, se prolongó durante el resto del día. Terminada la jornada laboral, Mawusi insistió en que fuéramos a cenar a su casa. No lo quise incomodar con una negativa, a pesar de mi enorme cansancio. Otra vez aceleró como un enfermo de la velocidad, nuevamente revisé que el cinturón estuviera bien ajustado. Llegamos. Estacionó el vehículo en la calzada. Y a partir de ese momento todo lo hizo en cámara lenta. Pausa, Pausanias. Bajó el freno de mano. Apagó las luces. Subió las ventanillas. Giró la llave para detener el motor. Y como epílogo sonó dos veces la bocina. A continuación, sonrió y vi otra vez en sus ojos ese brillo que podía significar gratitud pero también otra cosa. Temí lo peor: que su dolor lo hubiera llevado finalmente a la locura. Decidí seguirle nada más la corriente. Sin ningún apuro, abandoné el vehículo, cerré la puerta y percibí el ruidito del bloqueo central cuando Mawusi le echó llave. Después, lentos como astronautas, nos dirigimos a la casa.

Y otra vez nos abrió la puerta Áfua.

 

 

 

 

DE PARAGUAY A ÁFRICA.

MANUAL DE ESGRIMA PARA ELEFANTES DE JAVIER VIVEROS

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO.

 

Javier Viveros es un firme puntal de la literatura paraguaya. Aquel joven que conocí personalmente en 2006 ha crecido como autor de una forma yo diría que osada y al galope. Nació en Asunción, en 1977, pero se considera luqueño. Se dedica a la ingeniería informática pero lo suyo es la escritura, la creación. Aunque ha publicado cuatro poemarios hasta la fecha, se desenvuelve mucho mejor en el cuento, en el tramo corto, del que nacieron cuatro libros: La luz marchita, Ingenierías del Insomnio, Urbano, demasiado urbano y Manual de esgrima para elefantes. Ha participado en un volumen de cuentos futbolísticos titulado Punta Karajá, un prodigio dentro de esta temática. En 2012 la editorial de Tokio Hapa-no-kofu dio a conocer una traducción al japonés de su libro de haikus, En una baldosa.

Manual de esgrima para elefantes acaba de publicarse en la Editorial Rubeo de España. Es un libro nacido de la convivencia del autor con África y sus gentes. De esa forma, Viveros atraviesa la geografía que va de Senegal y Ghana hasta Tanzania, pasando por el Congo o Ruanda. Son relatos localizados en África escritos por un paraguayo, lo cual demuestra la universalidad de la literatura paraguaya actual, capaz de dar cuenta de un argumento lejano con la fortaleza del narrador nacional.

Es un libro compacto. El primer relato, “Déjà Vui[dú]”, es uno de los más fantásticos de la obra. Lo más interesante es que este cuento abre una puerta a la magia africana. Es inquietante para el narrador-protagonista y para el lector al mismo tiempo. Aquí el autor está dibujando el “tablero mental” (como él llama a la mentalidad de una persona) de lo que va a venir a continuación: el choque entre las costumbres y el pensamiento autóctono de países africanos con la mentalidad establecida por Occidente.

Los personajes son emigrantes a algún país africano. Del choque de mentalidades suele proceder cada conflicto planteado. Ello se manifiesta también en el lenguaje variopinto y la variedad de registros empleados. El cuento “La lista”, ubicado en Kinshasa, está escrito con un lenguaje colonial latinoamericano, argentino en concreto. La magia de “Sepultando a Kweku Mensah” es vivida por un emigrante paraguayo en Ghana, con ese doble entierro que alcanza tintes grotescos. “Primera semana” combina distintos procedimientos de la escritura de las redes sociales, como Twitter, el correo electrónico o el chat, para describir las experiencias personales del narrador, y al final quedar puesto en evidencia su racismo visceral. Viveros no es ajeno a los problemas recientes de África, como el conflicto de Ruanda, en “Ruándicas”, un cuento con una vigorosa segunda persona para desdoblar el pensamiento del personaje, y el remordimiento ante las matanzas padecidas por los tutsis. Esta variedad formal, la variedad de estilos, le da viveza a la obra, sobre todo por la elegante conjunción entre lenguaje culto y coloquial.

En ocasiones, el espacio africano queda desplazado por la mentalidad occidental. En “Un pecado capital” se denuncia el poder económico del candidato republicano estadounidense, cuyos negocios con el coltán le han aupado a la conquista del poder. La culpabilización es ostensible: existe una raíz económica occidental en muchos conflictos africanos, es lo que nos pretende señalar Viveros para concienciarnos de una realidad que ignoramos por pura desidia. Pero de ello no están exentos los propios poderosos africanos. En “Passing shot” adquieren costumbres ajenas, como el tenis: es patente la incapacidad para progresar en un deporte elitista como este. Pero la clase alta llega a lo cursi en su práctica. Tampoco quedan fuera del libro prácticas habituales en África como la usura, llevada a cabo por el prestamista de origen libanés en “Al jefe algo le pasa”.

La mentalidad mágica heredada de lo indígena africano está presente en la mayor parte de estos relatos. En la historia carcelaria de “Fantasmas” se sitúa en un primer plano el significado de un albino para los tanzanos. Las posibilidades del emigrante frente a esas mentalidades se ven en “Una de Nollywood”, un relato sobre la ilusión y la frustración. Esa misma frustración de quien no logra pisar su tierra prometida es el tema de “París-Dakar”.

Estamos ante un libro de cuentos que no cae en la desigualdad, el principal problema de las obras del género. Son relatos muy uniformes, bien estructurados y con unos contenidos muy interesantes. El exotismo es un ingrediente fundamental, pero más aún el choque de mentalidades perceptible en todo momento, porque la universalidad no se consigue sin la presencia de lo local. Javier Viveros ha construido un parque de historias, partiendo de su experiencia, para decirnos que África también existe.

 

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha Domingo, 3 de Febrero del 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

 

 

 

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