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ERIC COURTHÈS


  MEMORIAS DE UN MUERTO, EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND (Novela de ERIC COURTHÈS)


MEMORIAS DE UN MUERTO, EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND (Novela de ERIC COURTHÈS)

MEMORIAS DE UN MUERTO

EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND

Novela de ERIC COURTHÈS

Editorial Servilibro,

www.servilibro.com.py

Asunción – Paraguay.

 

 

MEMORIAS DE UN MUERTO: EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND

Editorial y Librería SERVILIBRO

Dirección editorial: Vidalia Sánchez

Diagramación de interior: Bertha Jerusewich

Ilustración de Portada: Laure Joyeux

“Bonpland en mangas de camisa descubriendo su alma en la copa

de un guapo’y”.

Edición: 500 ejemplares

Edición al cuidado del autor

Asunción - Paraguay

Junio 2010

Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98

ISBN: 978-99953-0-211-5
 


EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND

EXERGOS MORTUORIOS Y ESCRIPTURARIOS

“Cuando ya nada se puede hacer se escribe. Es el único modo de comprobar que uno existe aún en la fijeza mortuoria de la escritura.”, Augusto Roa Bastos, Metaforismos, (Yo el supremo[1]), Barcelona, Edhasa, 1996.

“No se ha sabido nunca si la vida es lo que se vive o lo que se muere. Lo único cierto es que no vivimos otra vida que la que nos mata.”, ibídem.

“Hasta el morir todo es vivir.”, ibídem, (Madama Sui).

“Nadie nace solo pero siempre se muere solo.”, (Yo el supremo).

“Vivir sólo cuesta vida.”, graffito anónimo en las calles de Montevideo, foto de Gustavo Castagnello.

“Todos morimos antes de que se nos acabe la vida. Hay algunos que mueren dos veces.”, Augusto Roa Bastos, ibídem, (Yo el supremo).

“Únicamente el semejante puede escribir sobre el semejante. Únicamente los muertos pueden escribir sobre los muertos. Pero los muertos son muy débiles.”, ibídem.

“El muerto siempre y en todas partes sufre por muy muerto que esté con mucha tierra y el olvido encima.”, ibídem.

“La gente reunida en torno al cadáver estaba atontada como al borde de algo que no había sucedido todavía.”, ibídem, (Madama Sui).

“A fuerza de morir tantas veces los personajes de los libros alcanzan una especie de relativa inmortalidad.”, ibídem, (El fiscal).

“Su no-vida tiene cien años. Pero está más vivo que yo. No ha nacido todavía. No espera, no desea nada. Está más vivo que yo. ¡Eh don Amado! ¡Eh usted es quien ahora me permite partir. Me deja partir liberado del sobreamor excesivo de la propia persona, que es la manera de odiar mortalmente en uno a todos.”, Augusto Roa Bastos, Yo el supremo, Madrid, Cátedra, 1987, (1974).

“Don Amadeo fue siempre hombre de estar en varios sitios a la vez. Lo que es una manera de tener varias vidas[2]. Unos lo ven por Levante; otros por Poniente. Alguien asegura haberlo visto en el norte; alguien en el sur. Parecen muchos, distintos y distantes, pero uno solo y único hombre son.”, ibídem.

“Después de vivir tantas vidas, mi vida vuelve a comenzar.”,

“Otra esquina”, del CD “Dos”, del grupo “Otros Aires”, palabras y música de M. Di Genova, Unión de Músicos Independientes, Buenos Aires, 2007.

“No hay más que el principio y lo que está antes del principio…”, (epitafio de Chepé Bolívar en su propia caja), Augusto Roa Bastos, Moriencia, Cuentos completos, Asunción, El Lector, 2003, (1969).

“La muerte pasa rápido Ramón, pero es ese después lo insoportable. Nadie puede esconderse frente a la muerte.”, Cándida a Ramón, (Georgina Genes a Ramón del Río), Hamaca paraguaya, Paz Encina, Paraguay, 2006.

“Yo también morí en aquel momento.”, Javier Sampedro, (Javier Bardem), Mar adentro, Alejandro Amenábar, España, 2004.

“Mi vida me sienta mal; tal vez me caiga mejor mi muerte.”, François-René de Chateaubriand, Memorias de ultratumba, prefacio testamentario de 1833, 1848.

“La muerte es un idioma contra el que se ha nacido./ Aunque nadie jamás podrá enseñármelo, /no quiero llegar mudo hasta al final./ Nombrarla es la renuncia y es el éxito./ Digo morir y soy el primer extranjero de mi lengua”, Andrés Neuman, “La palabra sin patria”, El tobogán, Buenos Aires, Hiperión, 2002.

“No, para nada, no, no me arrepiento de nada, que mi vida, mis alegrías, hoy en día empiezan contigo.”, Edith Piaf, “No, no me arrepiento de nada”, palabras de Michel Vaucaire, música de René Dumont, 1960.

“Yo creo en la fuerza de los espíritus, nunca los voy a dejar.”, François Mitterrand, enero de 1996.

“No se inventa nada. Sólo pequeñísimas variaciones de lo ya dicho y escrito, leído y olvidado.”, Augusto Roa Bastos, Metaforismos, (Yo el supremo).

“Lo que imaginamos existe.”, Alberto Monteagudo, “El arca de Húmboldt y Bonpland.”, http://mipagina.cantv.net/integrate/relato9.htm

“En este no ver de tanto querer ver, anhelaba que lo que estaba imaginando fuera mentira, y que lo que estaba imaginando destruyese lo imaginado.”, Augusto Roa Bastos, Metaforismos, (Contravida).

“Uno como escritor está siempre como dando cuerda y la literatura, de lo que trata en realidad, es de crear organismos vivos. Aún dentro de la letra muerta que es la escritura.”, entrevista de Augusto Roa Bastos por Ana Ribeiro, Asunción, 1998, http://laisladeroabastos.blogspot.com/search?updatedmin=2008-01-01T00:00:00-08:00&updated-max=2009-01-01T00:00:00-08:00&max-results=15

“Eric escribe.”, Elixène Courthès, marzo de 2008.

“Escribo, para olvidarme de que en mi vida, ya me morí.”, el autor, marzo de 2008.

“Mi Amadis de Gaula, el muerto mío, me ha devuelto la vida.”, el autor, marzo de 2008.

“En la escritura de la muerte del Otro, en su ego reencarnado, he amado, viajado e investigado por poderes, pero también huí de los solapados solipsismos de la soledad y a la vez hice callar a todos mis detract-autores.”, el Usurp-Autor, marzo de 2008.

“La mayoría de los vivos han muerto, ¿por qué no estaría vivo?”, mi Bonpland, marzo de 2008.

“¿No tienes preguntas, ni dudas, ni temores?...no quieres altibajos. Nada que se salga de la línea…por lo que veo, toda tu vida está en estricta posición horizontal, ¡qué curioso! en la misma posición de los que duermen y los que están muertos.”, (Abulio a Raquel), Irina Ráfols, Abulio el inútil, Asunción, FONDEC, 2005.

“Hace falta vivir menos, ya estoy muerto de pies a cabeza.…Pero la vida y la muerte entran en nuestras vidas nos guste o nos disguste; si los echás por la puerta, vuelven por la ventana.”, Alejandro Maciel, Culpa de los muertos, Barcelona, Ediciones Rubeo, 2008

“Sólo donde hay tumbas la resurrección es posible.”, Augusto Roa Bastos, Metaforismos, (El fiscal).

“…un día pagué un funeral por tu muerte, así que estás muerto.”, Bigas Luna, Alberto Sierra, (Eduardo Fernández), Son de mar, 2001.

“Sobrepasado el fin de todo, había que seguir hasta la última supuración de la voluntad.”, Augusto Roa Bastos, Metaforismos, (Contravida).

“Todavía las muertes juntas /custodiaban su vida: / la bota de cien leguas de la lluvia perenne;/ el universo azul de las orquídeas/ y el aire potente de los infiernos verdes. /, Hérib Campos Cervera, « Responso », Poesías completas y otros textos, Asunción, El Lector, 1996, (1947).

“Hay un condado de Húmboldt en el estado de Iowa…una Bahía Húmboldt en Canadá. … También una corriente con su nombre… El mundo en cambio para mí…tiene el lenguaje de la muerte. No me habló Dios de entre la zarza ardiente…Nunca fui poseído por el Otro. No se me multiplicaron los espejos.”, Humboldt y Bonpland, taxidermistas. Tragicomedia con naturalistas en dos actos. , Ibsen Martínez, Venezuela, 1981, en Kohut, Karl, “Un homenaje irónico a Humboldt y Bonpland”, Humboldt n° 126, Bonn, Inter Nationes, 1999.

“Tres de la tarde. Con el mismo pretexto de una reparación, hemos conseguido nuevamente deslizarnos con Muleque a la azotea. Es asombroso. Allá abajo continúan estando ellas, impávidas, obcecadas, en esa tierra de nadie, preñada de muerte, reverberante y sombría a la vez; allí y en todos los otros lugares donde se han reunido a impulsos de esa especie de confabulación que se ha propagado como una onda magnética. … Tenemos … que transmitir la noticia… lo último fue ya apenas el gorgoteo de un estertor. Me costó cerrar los párpados en ese rostro que alumbraba la sonrisa de un muerto. Después bajé corriendo.”, Augusto Roa Bastos, « La rebelión de las mujeres », El baldío, 1967, (1960).

“El trueno cae y se queda entre las hojas. Los animales comen las hojas y se ponen violentos. Los hombres comen los animales y se ponen violentos. La tierra se come a los hombres y empieza a rugir el trueno.”, Augusto Roa Bastos, El trueno entre las hojas, 1959, (1953), exergo sacado de una leyenda aborigen.

“Ya no hay nada que hacer, la muerte se hace sentir.”, Ramón en La hamaca paraguaya.

“Por otro lado, mucho de lo que el hombre hace y es, tiene lugar en virtud de una frecuente intención de traspasar los límites impuestos por la muerte; el hombre es el‘único ser que ha soñado con ser inmortal.”, Etología humana, Animalidad versus Humanidad del Hombre », Carlos Benjamín Serrano, Corrientes, 2008

“La muerte hace preciosos y patéticos a los hombres. Èstos conmueven por su condición de fantasmas.”, El inmortal, Jorge Luis Borges, en Etología humana.

“Lo que más al hombre destaca de los demás animales es lo de que guarde, de una manera o de otra, sus muertos sin entregarlos al descuido de su madre, la tierra todoparidora; la pobre conciencia huye de su propia aniquilación y así como un espíritu animal, desplacentándose del mundo, se ve frente a éste, y como distinto de él se conoce, ha de querer otra vida que no la del mundo mismo.”, El sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno, en Etología humana.

“¿Qué es el cerebro humano sino un palimpsesto inmenso y natural? Mi cerebro es un palimpsesto y también el tuyo, lector. Innumerables capas de ideas, de sentimientos, han caído sucesivamente sobre vuestro cerebro tan suavemente como la luz. Pareció que cada una de esas capas sepultaba a la precedente pero ninguna en realidad ha perecido.”, Suspiria de profundis, Thomas de Quincey, en Palimpsestomias, Carolina Orlando, sin publicar hasta hoy.

“¿Por qué sigo vivo?, me preguntan. Lo mismo que yo le preguntaba a Lía pero las preguntas sobre la vida y la muerte no son verdaderas ni falsas: son impropias, decía Hume. (…) Nunca estamos demasiado cerca de la verdad, Agop; nunca estamos demasiado lejos tampoco. Somos lo que hacemos y yo no amo en ningún tiempo verbal; tampoco odio, casi todo me resulta indiferente desde que me enfrenté a la muerte. (…) Ella buscará su propio fin porque el mío ya llegó. Pero antes de irme para siempre vivo esta agonía de ideas.”, Culpa de los muertos.

“Escribo para convencerme de estar vivo. Y aún así, créame [estimado personaje] que me cuesta.”, ibídem.

“Cuando el tabú del sexo se desmoronó el lúcido Occidente descubrió que le quedaba un tabú mucho más intrigante y doloroso, la muerte es una montaña comparada con el sexo.”No sólo no nos enseñan a vivir, tampoco nos enseñan a morir chéri.”, ibídem.

“Ay, hombre, si supieras lo débil que es cualquier amor frente a la muerte, es una hoja seca en poder de una tempestad.”, ibídem.

“El miedo a la muerte total fundó todas las religiones de la tierra, ya lo dijiste, y los mausoleos y las catedrales. Nos aferramos desesperadamente al hilo de vida y por alguna confusión nefasta creemos que en el yo está la clave de la existencia, en el yo nos adoramos, nos veneramos y escribimos porque en el fondo pensamos que dejando un testimonio seguiremos estando más allá de la muerte física. Pero nadie muere más ni menos, vencer a la muerte es un espejismo don autor.”, ibídem.

“Todo sea para conseguir algún alivio en ese campo de batalla donde se enfrentan ejércitos pero los verdaderos beligerantes son la vida y la muerte.”, En ese laberinto llamado ciudad, José Perez Reyes, Bogotá, Andrés Bello, 2004 «Sin el trabajo no viviría pero si no escribo me muero.”, José Perez Reyes, Semanario E’a, Suplemento El baldío, Asunción, agosto de 2008.

“Joe Slater ha muerto.”, me dijo la voz de terror que me llegaba desde más allá del muro del sueño.”, Par delà le mur du sommeil, Howard Phillips Lovecraft, París, Denoël, 1956.

“- ¡Vaya cretino, Warren está muerto!”, Démons et merveilles, H.P. Lovecraft, París, 10/18, 1973.

“No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una simple convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en ida, y si la muerte no viniese a interrumpirlos, serían capaces de agotar el ramillete de mundos posibles a fuerza de nacer una y otra vez, como si proveyesen una reserva inagotable de inocencia y de abandono.”, El entenado, Juan José Saer, Buenos Aires, Seix Barral, 2008, (1983).

“El acoso moral y sexual le quitaron el lugar al Amor Libre, la Muerte a la Vida, la soledad letal de la Escritura a la Seducción y la Amistad…”, el Usurp-Autor.

“Ninguna vida humana es más larga que los últimos segundos de lucidez que preceden a la muerte.”, El entenado.

“El hombre es el único ser del reino animal capaz de trascender su envoltura mortal; incluso diría yo que es justamente esa capacidad a trascenderse a sí mismo que lo hace hombre.”, El solitario de Santa Ana, Luis Gasulla, Buenos Aires, Rueda, 1978.

“…Usted insiste, mi muy estimado colega y amigo, en recoger antecedentes sobre mi zarandeada existencia, como si yo, realmente, mereciera el honor de trascender a mi inevitable fin.”, ibídem, carta de Amado Bonpland a Pedro de Angelis, Sao Borja, 10 de marzo de 1848.

“Si no me quedaran más que cinco minutos de vida, aquellos cinco minutos me resultarían en extremo más ricos que todos los de mi pasado. […] La muerte no es el sueño eterno sino el comienzo de la eternidad.”, Le pêcheur d’orchidées, Philippe Foucault, París, Seghers, « Etonnants voyageurs », 1990.

“Oigan cómo en mis adentros [aquel aire] me lo remueve todo, como si de verdad desfilara todo mi pasado.”, Edith Piaf, « Padam…Padam », letra de Henri Contet y música de Norbert Glanzberg, 1951.

“Dentro de sus memorias me quedaré cual el hombre libre de los esteros.”, mi Bonpland.

“La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar, no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido.”, Adán Buenosayres, « Prólogo indispensable », Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968, (1948).

“Oh, la vida es tan dulce, que en vez de morir de una vez, preferimos el peso de una muerte continua.”, El Rey Lear, William Shakespeare, en El Rey Lear en Asunción,http://yiyijambo.blogspot.com/

“Me gusta la muerte porque me gusta la vida.”, conversación íntima con Irina Ráfols, en septiembre de 2009, alrededor de mi Bonpland y su genial libro, Abulio el inútil, Asunción, FONDEC, 2005.

“Paradoja: lo gratuito de la escritura (que se acerca, por el goce, a lo de la muerte), el escritor lo calla: se contrae, saca los músculos, niega la deriva, reprime el goce: son muy pocos lo que combaten a la vez la represión ideológica y la represión libidinal (la que el intelectual desde luego deja pesar sobre sí mismo: sobre su propio lenguaje.”, Le plaisir du texte, Roland Barthes, París, Seuil, 1973.

“Pero añade Freud, sólo la muerte es gratuita, como cualquiera lo sabe. Para el texto, sólo resultaría gratuita su propia destrucción: no escribir, no escribir más, porque siempre te van a recuperar.”, ibídem.

“Los hermanos masones ponen sus manos sobre los bordes del ataúd que simboliza la muerte de la antigua vida del neófito y el nacimiento a una nueva existencia. La mirada de Amado se pierde en el infinito.”, Bonpland, la Planta de la Libertad, José Luis Castiñeira de Dios, 2009, (guión de su próxima película sobre Bonpland).

“Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid la tumba. En el fondo se ve el mar”, epitafio elegido por el mismo poeta, en su lápida, en Cartagena, Chile.

“La mujer ha muerto para mí. Acaso más honrado sería admitir que yo he muerto para la mujer.”, Vigilia del Almirante, Augusto Roa Bastos, Madrid, Santillana S.A., 1992.

“Ya no puedo recordar nada porque la eternidad no tiene memoria. La temida muerte no es más que este mudo e insensible despojo. En lugar de temerla, los seres humanos deberíamos desear y amar la muerte puesto que su delgadísima frontera nos separa para siempre de la cruel obsesión de recordar y de soñar.”, ibídem.

 

[1] Entre paréntesis pondremos el título de la obra de Roa Bastos, de la cual, teóricamente, se sacó el metaforismo, (Nota del Compilador).

[2] “Este personaje tuvo tantas vidas que terminará matándome.”, (Nota del Autor).

 

 

PREFACIO

Otra vez se lo resucita a Amado Bonpland, empero, por primera vez, nos toca leerlo a él mismo. Este relato en primera persona no sólo constituye un homenaje novelesco original sino que también le confiere al personaje una libertad que hacía falta crear en la literatura del género. De aquel género bien podríamos decir que es ante todo él de la aventura, del exotismo y de los anhelos. En efecto, en esta obra Bonpland aparece tal como un arquetipo del aventurero o, más precisamente, del “sabiaventurero”, neologismo tan característico de los siglos XVIII y XIX en Europa. También nos permite pensar en aquellos héroes de antaño que lidiaban con los molinos de viento, pues por tan micro histórica que parezca, la vida de aquel botánico y médico nacido rochelés en 1773 y muerto casi argentino en Corrientes en 1858, se inscribe en la historia de los soñadores ilusos.

El autor sacó su inspiración de ello para depararnos discursos no exhaustivos o sabios sino detallados, puntillistas sin caer en lo puntilloso, mediante sucesivos toques impresionistas, intimistas y argumentados, a pesar de una personalidad difícil de circunscribir. De hecho, entre los miles de manuscritos dejados por Amado Bonpland, muy pocos evocan sus pensamientos, sus dudas, sus creencias, su vida íntima. No obstante, Eric Courthès quiso contarnos una historia enseñándonos los estados del alma de un hombre arrebatado por las Luces, la filantropía y dotado de un humanismo que le resulta cándido al lector por nacer en medio de una barbarie sarmientesca… A aquel hombre que gustaba del otro, desde la corte napoleónica hasta las selvas brasileñas, se lo reconstruye en sus afanes de libertad y de pasión por la recién adquirida independencia de las naciones suramericanas a comienzos de los años 1810. Al elegir el laboratorio americano a fin de experimentar la libertad, se encaró con las realidades de los Tristes Trópicos. En efecto, el Río de la Plata no le ofreció la paz que anhelaba tanto, cuando en 1816, decidió huir años de guerra e inestabilidad política europeas. Encontró ahí una violencia que le sirve de telón de fondo al relato. Sin embargo, el personaje es más complejo y es lo que Eric nos enseña. Sin llegar a ser la Suma que 84 años de peregrinaciones necesitarían, este homenaje restituye en cambio las etapas de tumultuosos afanes: el afán de aventuras, el afán de viajes, el afán de descubrimientos, el afán de reconocimiento, el afán de libertad, y por último el afán de serenidad, que el autor nos presenta e interpreta por el rasero de sus lecturas y experiencias.

Las lecturas primero, porque aquel homenaje se inspira en las biografías imprescindibles que existen de ambos lados del Atlántico. Entre las mejores fuentes están Luis Gasulla al oeste y Philippe Foucault al este. Nicolás Hossard, Nemecio Carlos Espinoza o Augusto Roa Bastos entre otros completan el cuadro de los inspiradores, sin olvidarse de algunos versos de Juan Gelman, un gigante de la poesía latinoamericana. Por último, conviene añadir la reciente obra de Julio Rafael Contreras y Alfredo Boccia Romañach, realizada a partir de manuscritos inéditos relatando el último viaje de Bonpland al Paraguay, un año antes de su muerte, en 1857.

Se trata de una pieza importante que figura por primera vez en una biografía dedicada al rochelés. Por supuesto que estas obras no son exhaustivas, empero son muy pocas las otras influencias posibles. Luego las experiencias, dado que le toca a uno haber estado entre el vigésimo y el treinteno paralelo suramericano para sumergirse en el ambiente especial de aquel continente. También le toca conocer Buenos Aires, el Museo Farmacobotánico donde se conservan meticulosamente la mayoría de los manuscritos de Amado Bonpland, la provincia de Corrientes donde sus descendientes tienen mucho gusto en hacerle descubrir a uno la historia de su antepasado, el Museo de Historia Natural de Corrientes donde Mabel Álvarez y Aurora Arbelo lo acogen con los brazos abiertos. Al estudioso de Bonpland le toca viajar entre los ríos Paraná y Uruguay para compenetrarse de aquella peculiar atmósfera.

Eric Courthès sacó su inspiración de ahí para retratar al eterno viajero que resucita de sus múltiples muertes simbólicas, que renuncia a su herencia charentesa, a su vida científica francesa, a su familia porteña, a su existencia paraguaya, a sus amores argentinos…Aquella referencia a los tiempos que no pudo recuperar es muy sintomática de un personaje que siempre estuvo oscilando entre el movimiento y la estabilidad, las raíces y la canopea. En efecto, el autor no se olvida de que de forma paradójica el aventurero estuvo buscando un paraíso donde podría dejar las maletas. El refugio se le presentó como una hacienda a orillas de un río y no una cátedra en el Muséum.

Al fin y al cabo, aquel “árbol-viajero” desarraigado es un arquetipo de lo que muchos están buscando: la ruptura dentro de la continuidad. En ello Amado Bonpland aparece en esta obra como un hombre de su tiempo y del nuestro. Es de la época de los Rousseau y Darwin, llevado por su propia cultura pero justamente por ello atraído por otra civilización que creía
más cercana de la naturaleza.

Amado Bonpland barloventeó entre la gloria, el infierno y el olvido. Estuvo confrontado con la soledad, deseada o impuesta, en especial una soledad científica insuperable con la cual nunca se conformó, ya que hasta al final de su vida, Eric Courthès nos recuerda que anduvo en pos de descubrimientos. Por algo el relato empieza por el final y por la revelación de quién procuró matarlo cuando ya había muerto… Luego el narrador vuelve a los mayores episodios de su vida, empezando por el gran viaje en compañía del famoso Alejandro de Humboldt entre 1799 y 1804. Sólo nos da detalles del recorrido venezolano; es verdad que en México y en Cuba el rochelés se quedó en la sombra de su sabio amigo.

Luego vienen el paréntesis en Francia, la vuelta a América y la renuncia definitiva a su país nativo. ¿Conviene preguntarse al respecto en qué momento decidió renunciar? ¿En 1820, cuando dejó Buenos Aires para explorar las Misiones y desbrozar un campo en esta zona? ¿En 1831, después de que los paraguayos lo hubiesen mantenido preso diez años por haber pisado este territorio al cual reivindicaban? ¿En los años 1830, cuando se volvió un hacendado próspero? ¿Durante la Guerra Grande, entre 1839 y 1852, cuando se comprometió en ese conflicto que asoló el Río de la Plata? ¿O incluso al final de su vida, cuando había vuelto la paz, a pesar de confesar su deseo de volver?

Al recorrer estas diferentes etapas es de esta forma que el autor nos explica el por qué de aquel viaje sin retorno, supeditando lo político a los amores y amistades sin olvidarse tampoco del complejo contexto de formación de los estados rioplatenses. Por todas estas características, este libro resulta ser a la vez una novela histórica y una historia romántica perfectamente logradas.

Cédric Cerruti
 


EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND

MI DOBLE MUERTE

 

“Cuando filtren tus pupilas, los colores de tu alma, sé que es la Libertad, en Bonpland.”,

Canturbe, « Bonpland »,

RCA Corporation, Buenos Aires, 1983
 

¿Y vos, quién sos? ¿A qué venís? ¿A asesinarme post mortem?

Hay tantas versiones como posibilidades, de todas formas, “más allá del muro del sueño” eterno, no reconocí tu cara, en la oscuridad. Diz que sos un gaucho anónimo, o incluso un indio montado a caballo nombrado Macario, y que me habría negado a saludarte. ¿Cómo habría podido contestarte? No estabas al tanto de mi muerte? ¡Toda la ciudad de Restauración se había enterado! ¿Cómo no lo ibas a saber vos? Otros pretenden que sos un pariente del Gobernador Pujol, uno de mis mejores amigos, esa hipótesis no tiene sentido....

Toda la noche me pusieron a secar, en la loma de los árboles del paraíso, sentado como si yo estuviera vivo, en mi sillón de fraile, para asegurar el proceso de embalsamamiento. Hay quienes cuentan sin fundamento que te atreviste a acuchillarme penetrando por la noche en una iglesia, donde tenía lugar una capilla ardiente. ¡Deliciosos dislates de la ficción! ¿Quién se habría atrevido a semejante blasfemia entre nuestros compatriotas correntinos tan creyentes? ¡Ni siquiera un gaucho o un indio ebrio! ¿Cómo un adepto de las Luces como yo, ateo y masón, habría podido tolerar un velatorio en una iglesia? ¡No fueron mis últimas voluntades! ¡Son puras habladurías! ¡Sólo un tipo experimentando el máximo rencor hacia mi persona podía provocar tamaña carnicería! “¿Por qué tanta barbarie?”, se exclamó Alejandro de Humboldt, mi amigo eterno, al enterarse de ello. Acá tienen un esbozo de respuesta.

Pasé los últimos años de mi vida, “a la sombra de los árboles”, en mi estancia de Santa Ana, mi única compañía era mi hija Carmen. Victoriana Cristaldo, mi última esposa, no aguantaba más las vicisitudes de Saõ Borja, nuestra hacienda en Brasil, y mis constantes viajes por el río Uruguay, y haciendo caso a las presiones de su familia, había vuelto a Yapeyú. Pues tuve que resolverme a confiar a Amado y Anastasio a los Perichón de Corrientes, para cuidar mejor sus estudios. En ese periodo su familia me odiaba a muerte, en su criterio yo era el aventurero empedernido, el rompecorazones, que la dejó a Victoriana, como a todas las otras.

¡No fue así! ¡Se fue motu propio!

Al volver a Santa Ana, en 1853, yo había decidido vivir en la mayor indigencia, ella no soportó ese aislamiento, esa privación de todo, como muchas mujeres, se sintió traicionada, y después de una última crisis de celos, decidió volver a Corrientes.

¡Entonces vos el supuesto gaucho Macario, que vas acercándote enmascarado en la noche oscura, que te inmiscuís cual borracho a la sombra eterna de mi árbol, te desenmascaré, sé quien sos vos, por el decoro me conviene callar tu nombre, pero todos mis lectores lo habrán adivinado, infame monstruo, que ni la muerte puede respetar!

Más allá del umbral de la muerte, te escuché, gritaste al acuchillarme varias veces: “¡Tu ciencia ya no te sirve pa’ nada!”, con esa risa sarcástica, sin saludarme siquiera, tal como lo pretenden todas las falaces crónicas escritas al respecto...

Yo quiero que pese a mi muerte, y a través de estas líneas, la verdad por fin estalle. Casi todos los correntinos me idolatraban, se preveía para mí, (y pese a mi voluntad), una semana de duelo nacional en la capital. ¿Pues quién pudiera desear con tanta fuerza y rencor, romper este proceso irreversible? ¿Quién pudiese arruinar las horas de trabajo de mi embalsamiento? ¡Yo mismo lo había recetado! ¿Quién más sino vos? El que no se puede nombrar...

El compilador gracias a estas notas, (que siempre se negarán al olvido de pie de página), siente la necesidad de restablecer acá “algunas verdades”, aunque este término sea perfectamente inapropiado en lo tocante a la vida (y sobre todo la muerte) tumultuosa de Amado Bonpland. Nunca se sabrá lo que pasó realmente. ¡Qué los historiadores, ávidos de verdades proclamadas y evidencias innegables, huyan de estas líneas como la peste!

Amado Bonpland murió el 11 de mayo de 1858, en su casita de Santa Ana, (hoy día el pueblo más cercano se llama Bonpland), Provincia de Corrientes, a orillas del río Uruguay, al nordeste de Argentina, en su viejo sillón de mimbre, contemplando su jardín desde la ventana.

Luego se lo transfirió a Restauración, hoy Paso de los Libres, para ejecutar su embalsamamiento. En este punto tres versiones se enfrentan: dos días más tarde, el 13 de mayo de 1858, habría sido apuñalado mientras se lo trasladaba a esta ciudad; o ya en Paso de los Libres, después de su embalsamamiento, durante una capilla ardiente; o, finalmente, delante de su casa, en Santa Ana. A nuestro ilustre Muerto le dejamos la responsabilidad de sus declaraciones. Está libre, (y mucho más que cualquier hombre), de volver a vivir su muerte tal como se le antoja... « Más allá del muro del sueño » es, amén de una digresión anacrónica asumida, una evidente alusión al genial Lovecraft, Maestro si los hay de las prosopopeyas. ¿Quién puede olvidarse, después de haber leído algunos de sus libros, de los franqueadores de umbrales, allende lo real, como Randolph Carter o Joe Slater? Siguiendo esta línea, le damos la palabra a un muerto, más allá de los límites del espacio y del tiempo, e ignorando las reglas más elementales de la biología.

“¿Por qué tanta barbarie?”, esto es lo que declara Christian Vadim, (digno de Catherine Deneuve el hijo), en su pellejo de Humboldt, en una adaptación magistral al cine de la “novela” de la primera parte de la vida de Bonpland, del amigo cibernético Luis Armando Roche, “Aire Libre”. Tal fue el impulso de su vida, la Libertad, y no sólo la filosófica del Espíritu de Las Luces, el cual supieron transmitir tan bien en América Latina, con Humboldt, y que originó, (a partir de un sueño colectivo en un prostíbulo parisino), la Independencia de este continente, sino más bien, la de todos los días, por la cual, uno tiene que luchar paso a paso.

Bonpland también inspiró a numerosos novelistas, adeptos de la ficción histórica, entre los cuales, dos franceses, Philippe Foucault, en su obra, (muy documentada por otra parte), “El pescador de orquídeas”, lo nombra al gaucho asesino “Macario”. ¿Sería una manifestación exotextual de nuestro Amigo fallecido, el genial novelista paraguayo, Augusto Roa Bastos? ¿Su extraño contador de “Hijo de hombre”, que se hace cargo de parte del relato, (en especial de la que cuenta la extraña doble muerte de Bonpland), se habría metamorfoseado en asesino? ¿Su resurrección textual en “Yo el Supremo” no tendría fin?

En cuanto a Nicolás Hossard, reutilizando las últimas palabras de Foucault, lo hizo morir “ a la sombra de los grandes árboles”, a orillas del Uruguay, en un subtítulo muy poético y evocador de un personaje que se pasó la vida trepándose a sus ramas, para recolectar orquídeas: “ Aimé Bonpland (1773-1858), médico, naturalista, explorador en América del Sur”. (Nota del compilador).

En virtud de mis prácticas masónicas e inspirándome del arte del embalsamamiento de los faraones del Antiguo Egipto, había pedido que se edificara a la vera del río Uruguay, que está cerquita, una Casa de Pureza, en realidad una gran carpa abierta a los vientos, para rociar mi cuerpo con su agua pura y lavarlo, y para que empezase a secar. Me habían colocado en una gran mesa de algarrobo, el Doctor Antero de Rivero había abierto dos ranuras en su parte superior, para que mis sesos (triturados y picados por las manipulaciones del embalsamador, armado de un gancho en espiral y evacuado luego por las narices), pudieran fluir por los dos agujeros. Para recuperar mis vísceras, el buen Doctor Antero, (al que yo mismo había formado), abrió mi cuerpo por el abdomen, habían reemplazado el ancho cuchillo de esquisto copto por un machete paraguayo bien afilado. Luego las lavaron con vino de palma, las rellenaron con condimentos y las envolvieron en un lienzo de lino, antes de colocarlas en urnas funerarias del Chaco, las cuales harían perfectamente las veces de canopes.

Prohibí terminantemente que tocaran mi corazón, sede de mis sentimientos y especialmente de mis múltiples pulsiones amorosas, tampoco les di permiso para que tocaran mi falo, del cual fue el tan noble y tan amado instrumento, y pedí que se evitara su desecación por todos los medios. Suturaron mi incisión abdominal con placas de oro, que había traído desde Ecuador, lo mismo hicieron para tapar mis narices, mi boca, mis ojos y mis orejas. Por fin ordené que se cubriera mi cuerpo con diez veces su volumen de polvo de natrón, así hubiese sido absorbida la humedad residual de mis tejidos, mi piel se hubiera desecado íntegramente. Procurando evitar que mis uñas cayeran, taparon mis falanges con dediles de oro.

¡Pero vos el innombrable Cristaldo, el Diego de mal vino, que se pasó la vida embriagándose y envidiándome, llegaste por la noche de improviso, completamente machado, a la cumbre de la loma de los árboles del paraíso, y terminaste destruyendo todo el trabajo de los embalsamadores!

Sólo Macario, hijo mostrenco de mi Supremo Amigo paraguayo, el Doctor Francia, fue testigo de la escena y pegó un salto en su lechito de ramas al tratar de auxiliarme. Estaba esperando a mi lado que encontrara un remedio para su hermana Candé, víctima de una especie de cáncer de los nervios. Después de un viaje agotador desde el Paraguay, permanecía esperando de balde que yo despertara, de puro milagro, desde hacía dos días. ¡Pero ya era demasiado tarde! Ni tuvieron tiempo de aplicarme las bandas, de las cuales había soñado tanto durante toda mi vida, me veía en efecto como un Ramsés o un Toutankamón, sobreviviendo a los siglos. Bajo la protección de Anubis, Inpou o Anepou, el Dios de la muerte, con cara de chacal, mi cuerpo habría conservado su integridad física, y habría reemprendido el camino de su vida, más allá del muro del sueño eterno...

En realidad, pareciera que fuese el Gobernador de Corrientes, Pujol, quien habría pedido el embalsamamiento, antes de que se transfiriera el cuerpo hacia la capital. Pero el Amado nuestro de seguro poseía el secreto y lo habría informado al Cura Gay de Saõ Borja, el que lo introdujera en la logia brasileña y al Doctor Antero, también brasileño. Sin embargo estas exigencias funerarias no cuadran con la increíble modestia del “Karaí Arandú”, durante su vida. No obstante se puede ver en ello una voluntad de desafiar a la muerte allende los límites de lo posible, primero merced a una vida fuera de lo común y por último gracias a una muerte vista como una superación, un salto hacia otro espacio alcanzable...

En cuanto a los saberes sobre los ritos mortuorios egipcios, expuestos por nuestro Muerto tan amado con la mayor claridad y la frialdad habitual del galeno, no son de extrañar. Bonpland el cirujano de marina, el viajero ilustre, es un digno representante del Espíritu de las Luces y además, la campaña de Egipto había transmitido muchos conocimientos a Francia, (amén de los bienes expoliados), en los círculos de intelectuales parisinos. Es preciso añadir que el medio siglo que pasó en América Latina, en contacto íntimo con varios grupos guaraní del Paraguay y de Argentina, reforzó de forma empírica, (mediante el descubrimiento de los beneficios de las múltiples plantas locales desconocidas en aquel entonces), toda su sapiencia de médico y botánico occidental.

Bonpland, gato de siete vidas si los hay, tal como los felinos maravillosos de Lovecraft, después de sus múltiples vidas, sus múltiples aventuras, que lo hacían realmente inasequible, a quien se lo mandaba buscar al fondo de la selva, “adonde estuviere”, descubrió su “Manorá”, su lugar para morir en guaraní, en Santa Ana de Yapeyú, al borde del precioso río Uruguay. Su muerte, conforme con su vida, no podía ser un hecho banal, lo había previsto todo, los saberes locales y lejanos, salvo la idiotez de un pariente, que nunca tuvo conciencia de haber convivido con un Gigante.

El Barón de Humboldt, (compañero de la expedición por el Amazonas, vencedor del Chimborazo, el Amigo eterno), no se habría exclamado acaso al respecto, ( al comienzo de “Aire Libre”, la película venezolana sobre Bonpland, de Luis Armando Roche, al enterarse de la muerte del charentés de tanto Amor que se lo puede leer en su propio nombre): “¡Los hombres a quienes les anima la pasión del conocimiento son como los gatos, se puede tratar de matarlos nueve veces, siguen viviendo!”.

Fuere lo que fuere, la cremación del “Gran Médico”, como lo llamaban los guaraníes, terminó siendo inevitable a causa del acto mórbido y odioso del infame Cristaldo. Hoy en día las cenizas de Amado, el bien nombrado, descansan en el cementerio Santa Cruz de Paso de los Libres, en el panteón familiar, en una urna cineraria de mármol blanco, tirando a rosa por el desgaste del tiempo. El panteón amarillento recuerda por las cuatro columnas truncadas que lo rodean un sepulcro antiguo, la extraña chimenea que lo adorna en su centro, parece ser la cabeza de un cohete listo para despegar de nuevo hacia la vida, que lo abandonó hoy a uno de mis amigos[3]. (Nota del compilador)

Antes de que el buen Doctor Antero triturara mis sesos, mi alma, al presentir sin duda el desastre, se había escapado, echándose a volar por encima del río Uruguay. Es ella misma la que les contará ahora estas historias de mi vida.

Hoy en día está descansando en la cima de un guapo’y[4] de la isla Martín García, en la entrada del Delta del Tigre, donde yo había descubierto el secreto del mate. Gracias a este árbol de eterna vida, que devora a sus congéneres, alcancé cierta forma de eternidad. Desde ahí domino el Río de la Plata[5] limoso, estero sin orillas y sin fronteras, en un islote, por donde confluyen todas las corrientes, todos los climas, y por ende todas las plantas de la América mía. Decenas de monitos alegran mis días, cohabito con una orquídea gigante, una heliconia caribbea[6], en la plaza del pueblito, la gente levanta a menudo la cabeza y se pregunta lo que estoy haciendo arriba...

Pero antes de que les hable de este islote mágico, primero les voy a contar nuestra expedición a las fuentes del Orinoco, con el amigo eterno Humboldt, desde mi conciencia superviviente dialogaremos y desafiaremos de nuevo la muerte.

Desde la teórica fijeza de la muerte, les voy a escribir este libro, el mío, contárselos. ¿Qué más puedo hacer? Mis múltiples tiempos se han acabado, pero se me concedió un plazo, para narrarles los mayores momentos de mi vida, el compilador e incluso el autor ya podrán protestar tanto como quieran. ¡Este libro es mío!

Me alcanzarán las fuerzas para escribir mis múltiples existencias, desde el óbito pasaré a mejor vida. ¿Después de mi segunda muerte, por qué no entraría en una segunda vida?

Desde mis trópicos a la “dulce Francia”, desde las riberas del Uruguay al “apacible Charente”, mi historia de aventurero, poniendo la sed de conocimientos y la libertad por encima de todo, voy a contarles. La muerte es el silencio, empero mi voz de ultratumba traspasa el umbral del óbito, al escribir por ustedes este libro que le estoy dictando al autor.

El nombre del tipo que aparece en la tapa es el de un falsario, un plagiario, un “contrafactor”, me usurpó la biografía compaginando muchos libros, pero soy yo el Autor de verdad.

En vida ya estaba muerto porque había alcanzado la posteridad, igual le pasó a mi hermano Alejandro. Desde mi muerte, estoy vivo, por este libro que les dirijo.

Ex Libris Bonplandianus.

 

[3] Siendo Bonpland aquí en Biarritz, donde descansa mi amigo e ilustrador, Bernard Claverie, « Onghi Ethorri »: ‘bienvenidos’, habría dicho, desde su sepulcro de los Piñones Blancos, bajo el brilloso pinar de plata. Te moriste justito el día del nacimiento de este libro. ¡Quién se lo habría pensado! ¡Quién habría podido imaginarse que fallecerías, (allá en nuestra lejana ínsula de Mayotte), el día del renacimiento textual de Amado Bonpland! ¡La Muerte a cada rato le manda a uno mensajes esenciales sobre la vida! Hace un poquito más de una semana, aún estabas respirando y este libro no había nacido. En un baldío, al arrastrar a un muerto, encontré a un recién nacido: este libro, (que le apetezca leerlo o no estimado lector), y que le
dejo descubrir ahora, ilusionado por la muerte y embriagado por la vida. (Nota del autor).

[4] Ficus monckii, la ‘higuera de los monos’, de la familia de las moráceas, llamado también « higuera estranguladora», ya que las raíces aéreas de este árbol parásito van chupándole la savia al árbol que van cubriendo.
De hecho pueden enlazar letalmente a un árbol vecino, gracias a las semillas de sus frutas depositadas por monos en los agujeros de su corteza. Una vez que las raíces parásitas han alcanzado el suelo, el árbol colonizado ya ha muerto, vuelve a subir hacia el cielo, hecho ya madera muerta. De ahí el título de un cuento de Augusto Roa Bastos, “La tumba viva”, de El trueno entre las hojas. (Nota del autor inspirada por su amiga Benedicta Mabel Álvarez)

[5] El estero gigante del Paraná y del Uruguay, nombrado “Río de la Plata”, ya que los Conquistadores se imaginaron encontrar por ahí la ruta del Dorado, aparece en una carta con la forma de un pene o de un escorpión, según Juan José Saer, el genial escritor santafecino, autor del iconoclasta ensayo ‘“El río sin orillas”. (Nota del compilador).

[6] En la notable película venezolana sobre Bonpland, de Luis Armando Roche, “Aire Libre”, (1996), se pone de realce el evidente paralelo entre la orquídea y un sexo de mujer, “riqui riqui”, dice el mestizo Pedro Montañar, al abrir y cerrar los pétalos, con una mirada cómplice para Bonpland. (Nota del compilador).
 

 

 

COMENTARIOS SOBRE LA NOVELA 

 

 

MEMORIAS DE UN MUERTO: EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND / EL VIAJE CON RETORNO DE ERIC COURTHÈS

Por JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

Eric Courthès es un gran amigo de Paraguay. En realidad es un gran amigo de toda América. Un enamorado de esa tierra que tanto cautiva a quienes deciden ahondar en su cultura. Fanático de Augusto Roa Bastos, estudioso de la lingüística textual y de la estética de la recepción como pocos, posee un bagaje suficientemente amplio como para no advertir que estamos ante uno de los trabajadores más firmes de la historia literaria paraguaya y de sus manifestaciones escritas, sean ficción o ensayos.

Su única novela publicada hasta ahora es Memorias de un muerto: El viaje sin retorno de Amado Bonpland. Su fecha de edición es 2010. En ella camina por la biografía de este personaje histórico: Aimée Bonpland, botánico y médico de La Rochelle (Francia), nacido en 1773, que decidió un día huir de la corte napoleónica de su país e incrustarse junto a Alexander von Humboldt por el Orinoco, hasta las tierras brasileñas, para acabar en Paraguay y en Corrientes, donde fallecería en 1858. Bonpland era uno de esos hombres hijos del XVIII, del Siglo de las Luces, iluminado por el racionalismo y el afán de descubrir novedades, que renuncia a una vida cómoda a cambio de la libertad representada por el viaje. No aspiraba más que a su propia gloria, no a la concedida por otros, y para eso eligió ser testigo de los momentos independentistas americanos, acordes a su filosofía política arraigada en su personalidad. Un hombre de su tiempo que supo encarnar esos ideales de su tiempo.

La novela de Courthès es una recreación inspirada en las varias biografías y documentos existentes sobre el personaje. Fidedigna pero, a su vez, alejada de lo puramente metódico. Con un orden lineal, pero siempre a expensas de la voluntad de personaje, que tantas y tantas veces impone su discurso personal al histórico de terceros. Así lo expresa tanto en los párrafos en cursiva extraídos de estos documentos, como de la “Biblio-disco-filmo-webo-grafía” situada detrás de la narración. Obviamente, buena parte de la inspiración procede del Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, de A. Humboldt, escrita en 1809. Hace bien el autor en reconocer la deuda con estas fuentes y con personas como el maestro Julio Rafael Contreras, dado que ha sabido conjuntarlas desde su conocimiento para lograr un relato de las peripecias del personaje en América, en especial en el Cono Sur, bien detallado y puntillista. Sin duda, nuestro autor y amigo ha hecho un buen recorrido para subrayar que la libertad se conquista, se ansía y se obtiene por medio del deseo y la voluntad. Bonpland, por ello, representa algo más que el personaje viajero ilustrador de la naturaleza: es un ser enamorado de la vida en libertad, sin trabas ni cortapisas, cuyo mayor triunfo es el haber conseguido existir en cada momento de su trayectoria.

La novela es una narración bien estructurada. El cuerpo biográfico se sitúa entre dos monólogos reflexivos del propio Bonpland. Son los momentos estelares y más novelescos de la obra por su afán ilustrador de su psicología. Después de su lectura uno sale convencido de que era el personaje histórico quien hablaba; no un autor que ha retomado un discurso prestablecido. Ambos son las formas que esperamos de una novela histórica; aquellas en las que nace el personaje, se impone al autor y se convierte en ficción de algo sucedido en la realidad. El relato biográfico situado entre ambos monólogos es también narración del personaje, pero no alcanza la brillantez de sus reflexiones iniciales y finales. Es una sucesión comentada de los acontecimientos, lleno de sentimientos ante lo vivido. Bonpland se nos presenta como ser de carne y hueso: sus amoríos americanos lo humanizan y su contemplación de los momentos previos a las independencias nacionales refleja los testimonios de una época en su integridad. Peculiar es su relación con Elisa Lynch y el mariscal López, y su valoración como futuro estadista, junto a la fugaz imagen del recuerdo europeo que desatan Bonpland, por no citar de determinadas sugerencias y ambigüedades sobre estas figuras de la historia paraguaya. Estamos ante un dibujo en perspectiva subjetiva de una época, de ahí que el interés por el personaje se transforme en una atención a esos años convulsos en la narración de Eric Courthès.

Hay buena parte de deuda con Augusto Roa Bastos en el estilo narrativo del autor. En los exergos iniciales ya se aprecia la presencia del autor premio Cervantes en 1989. Sus aforismos y citas extraídas de sus obras son una mayoría entre las incluidas, hasta el punto de que pensamos si no hubiera sido mejor incluir solo las suyas. Ya no solamente se advierte temáticamente esta influencia en la ampliación narrativa de los sucesos de encarcelamiento de Bonpland por parte del Supremo Francia, sino también en el uso de un compilador de testimonios entre las palabras del protagonista, con la inclusión de textos originales en cursiva. Hay una deuda de admiración permanentemente. Casi con continuidad absoluta, se ilustran los conceptos con abundantes notas a pie de página, que, a mi juicio, deberían haberse convertido en notas al final de la novela, dado que entorpecen el fluir narrativo de la historia. Al lector no le queda más remedio que obviarlas si no desea perder el ritmo del discurso: una novela es una ficción ante todo, independientemente de su inspiración en las fuentes de la realidad, y cuando menos explicaciones técnicas y textuales se ofrezcan como nota a pie de página, será más novela y tendrá mayor beneplácito del lector. Y si este lector no obvia la mayor parte de las notas a pie de página de este trabajo, lo más probable es que no disfrute de las peripecias de Bonpland, salvo que para él sea más importante el conocimiento que la lectura literaria. Mi recomendación es que se lea de un tirón el discurso principal novelesco y, posteriormente, se analicen las notas a pie de página.

Bonpland narra en un lenguaje muy actual y vivo. En un registro que alterna lo coloquial y lo culto, con predominio de este último. Es uno de los logros de la novela, a pesar de algún leve error lingüístico (como el excesivo y gratuito uso de la forma arcaica “empero” o el del infinitivo “adherir” sin la forma reflexiva pronominal exigida en la página cuarenta y ocho, o la falta de algún régimen preposicional ordenado por la forma verbal). Está claro que Eric Courthès logra su propósito: despertar el interés por la figura de su personaje e ilustrar su biografía desde el planteamiento de la novela histórica, historia más ficción. Y con pasajes brillantes, sobre todo en el último capítulo, o en el planteamiento de las causas posibles de encarcelamiento en el Paraguay. A partir de ahora, no se entenderá la figura de Bonpland sin el trabajo de Courthès. Al fin y al cabo, la novela histórica permite adivinar el comportamiento humano de esas grandes figuras del pasado generalmente anquilosadas por la narración presuntamente objetiva. Nada mejor que la subjetividad como perspectiva, sin perder el sentido común histórico, para ilustrar a un hombre ilustre como Bonpland.

Me queda una duda: es tal la identificación del autor con el personaje que un servidor en algunos momentos no sabía si estaba leyendo la biografía del propio Eric Courthès o de Aimée Bonpland. Sobre todo en los pasajes paraguayos. ¿Las opiniones sobre el Paraguay son de Eric o de Bonpland? Queda pendiente como tema de debate, pero ya pendiente de una mesa redonda futura en Asunción.

29 de abril de 2013.

 Fuente: SUPLEMENTO CULTURAL DEL DIARIO ABC COLOR

Domingo, 5 de Mayo del 2013

Fuente digital: www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

MEMORIAS DE UN MUERTO, por ALEJANDRO MACIEL (Enlace externo)

Parece interesante iniciar una obra narrativa con una serie de consideraciones acerca de la muerte. Ya sabemos que cuando el lúcido occidente judeocristiano pudo convalecer y curar del tabú del sexo no fue sino para descubrir que detrás estaba un enigma mucho mayor: la muerte, que había fundado todas las religiones del planeta, había resucitado tras las cenizas del sexo. Esta verdadera “documenta mortis” nos recibe en el libro de Eric Courthés, una novela biográfica sobre Aimé Bonpland, el exhaustivo estudioso de la vida.

Digo novela biográfica porque, aunque a través del texto y los paratextos, el autor cambie constantemente el narratario, todos los hechos acerca de la vida de Bonpland están casi obsesivamente señalados, respaldados y documentados. La novela se deja leer casi sola, basta abrirla y fijar la mirada, porque la vida de Bonpland está lejos de aquella idea del sabio de gabinete que nos imaginamos.. Alguien que conoció y trató de tú a tú a Simón Bolívar, José de San Martín, Gaspar Francia, Pancho Ramírez, Rivadavia, Juan Pujol, Pedro Ferré y Napoleón Bonaparte (entre otros y otras…) no puede ser el coleccionista neutral que vive encerrado en un herbario. Y esta vida aventurera del personaje Bonpland apasiona al autor, Eric Courthés, que mueve las piezas de la obra en un orden cronológico pero partiendo de un tiempo inexistente, desde el testimonio de la muerte, desde la muerte misma que es, como todos sabemos, la cesación de todo tiempo en la penumbra y la inmovilidad.

Desde ese espacio de desconciertos la voz (o la escritura) de Bonpland-personaje empieza cuestionando a quien lo quiso asesinar post-mortem. Eric Courthés, francés, charentés como Bonpland, mezcla episodios, personajes de otras novelas, retazos biográficos, encuentros, diálogos, reflexiones y ese todo conforma el universo ficcional de la narración.

Si bien Eric Courthés escogió una trama imaginaria para narrarnos la vida de Bonpland, la sintaxis narrativa utilizada, la selección de hechos, la causalidad y secuencia de los mismos, todo está tomado de la biografía de Aimé Bonpland y sirven exactamente a una fiel lectura de la vida del sabio y al mismo tiempo al propósito estético de la obra.

Quizás el rasgo más perdurable de esta lectura de “El viaje sin retorno de Amado Bonpland” sea el de la cristalina amistad entre Bonpland y Alexander Humboldt que entra y sale del relato, pero siempre permanece como trasfondo de la fidelidad mutua entre ambos sabios, reflejo inequívoco de la fidelidad consigo mismos, que no conoce de celos y desconfianzas detrás de la gloria.

Las conflictivas relaciones familiares de Bonpland, desde “Les Chauvins hasta La Malmaison” no eclipsan el eje del argumento, que se vuelve apasionante, y en el que la contundencia de una matanza de indios camino al Orinoco alterna con las delicadas descripciones de un brote o una flor.

¿Dónde está el narrador del relato?, tienta preguntarnos. Una feliz combinación de evocaciones y testimonios, de confesiones y conversaciones, vuelve ubicua la voz narrante a pesar del hilo de la primera persona que parece dominar la obra. Otro aspecto que no quiero dejar afuera es el entusiasmo por Latinoamérica que Eric infunde al personaje tanto como el personaje infunde a Eric.

La descripción, por ejemplo, de la isla Martín García, que el autor visitó, despliega todo un arsenal de sensaciones que nos sitúan en ese tiempo ya fuera del tiempo y en ese espacio que (como yo) no conocemos. La fallida experiencia de La Candelaria, el encierro en Tevikuary (adonde lo encarcelara Gaspar Francia durante 10 años)… toda la novela está construida con el encanto de un pasado desconocido sobre un hombre aún más desconocido para la mayoría. Esa vida llena de peripecias hace avanzar la trama de la obra, y pareciera como esas fatalidades de las tragedias griegas, en las que la voluntad humana tiene poco margen porque hay un destino implacable que se antepone a la visión del hombre, como si la infausta historia de Latinoamérica encarnase repentinamente en un extranjero, como es el personaje y como es el autor.

Alejandro Bovino Maciel

9 de agosto 2010, Biblioteca Nacional Argentina.

Fuente: http://laisladeroabastos.blogspot.com

 

 

MEMORIAS DE UN MUERTO, por CAROLINA ORLANDO (Enlace externo)

 

Las lecturas, las imágenes, las vivencias vuelven a nosotros convertidas en recuerdos. Cuando nos llegan, golpean y dejan una marca en la memoria, o parafraseando a De Quincy, forman capas. El conjunto de esas capas forma un Todo compuesto por esos residuos o recuerdos. Si miramos al trasluz, podemos ver su infinitud. Y a los entes literarios nos encanta mirar ese trasluz. Somos aves de rapiña de nuestros recuerdos y, para impedir el desgaste de esas capas, ejercitamos la memoria. Y vamos más allá. Necesitamos que ese conjunto de capas no termine en el olvido. Para que eso no ocurra, la convertimos en materia. La palabra escrita es nuestra herramienta. Con las letras armamos tramas, donde apresamos acciones nítidamente humanas: soñar, hablar, narrar. Las voces quedan plasmadas en una red inmortal que es el texto.

Eric es el hacedor de esta trama Bonpland.

Miró al trasluz de su memoria y pudo dilucidar la convivencia de lecturas pasadas: palimpsestos, Yo el Supremo, Hijo de Hombre, sus experiencias, sus lugares de escritura: físicos e imaginarios y descubrió un calidoscopio donde había un Bonpland como personaje y decidió reescribirlo, dejar que esa mirada germinara en literatura. Convirtió en materia la vida de Bonpland, la vida y la muerte. En Memorias de un muerto asistimos a esa mirada al trasluz donde vemos Francia y Paraguay; Corrientes y Buenos Aires; Roa Bastos y al Supremo Dictador, grandes mujeres y grandes hombres, peones y gobernantes, fidelidades y engaños, viajes y largas estadías, historias de la historia, mentiras de esas historias y sospechas. Viajamos por ríos y selva, convivimos en cárceles internas, sufrimos magras libertades; martirios y vicisitudes.

Todo ese compendio conforma la memoria de Eric que ya no se desgastará, será eterna.

Está lista para golpear al lector y fijarse en su memoria, preparada para generar recuerdo y reescritura.

“Desde mi muerte estoy vivo por este libro que les dirijo”, nos dice Bonpland con voz renacida.

Memorias de un muerto ES el viaje sin retorno de Amado Bonpland.



Carolina Orlando

Fuente: http://laisladeroabastos.blogspot.com

 

 

 

''MEMORIAS DE UN MUERTO, EL VIAJE SIN RETORNO DE AMADO BONPLAND'',

PROSOPOPEYAS DE AMOR EXTREMO A SURÁMERICA, [1]''

 

Maryse RENAUD, Profesora emérita

C.R.L.A. (Centro  de  Estudios Latino américanos)

Universidad de Poitiers, Francia

 

3 de marzo de 2013

La vida del botánico y médico Aimé Bonpland (1773-1858) ha dado pie, como bien se sabe, a numerosas y enjundiosas biografías, tanto en Europa como en América. La literatura, por su parte, no podía evidentemente dejar de fijarse en una figura de existencia tan tumultuosa y singular,  tan novelesca, constantemente tironeada entre la Argentina, Paraguay y Brasil. Nada tiene de extraño, por lo tanto, que al novelista paraguayo Roa Bastos le haya inspirado truculentos pasajes en Yo el Supremo, y que el mismo poeta argentino Juan Gelman le haya dedicado algunos versos, en Anunciaciones y otras fábulas. De estos intertextos celebérrimos y de muchísimos otros menos conocidos sacará partido el texto que nos ocupa y que proclama abiertamente su condición de palimpsesto.

Es singular el desafío que Eric Courthès, docente e investigador francés, afrontó en 2010 al escribir la imaginaria autobiografía de Bonpland. Empresa ambiciosa y tentadora, ya que si bien abundan los manuscritos dejados por el aventurero francés, poco se habla en ellos de sus pensamientos y motivaciones profundas. Le voyage sans retour d’Aimé Bonpland explorateur rochelais (L’Harmattan 2010) pretende colmar ese vacío, ahondar en la vertiente íntima de esa vida dedicada al viaje, la investigación, el descubrimiento, el reparto generoso, la filantropía, y una inextinguible sed de vida y de goce. Al estar la vida de Bonpland inextricablemente mezclada con la violenta historia política de la América de aquel entonces —la formación de los Estados del Río de la Plata—, el texto de Éric Courthès no puede evitar hacer mención de ese versátil y conflictivo contexto histórico. De ahí una puntillosa abundancia de referencias históricas o toponímicas que puedan ocasionar a ratos una leve sensación de agobio. 

Conforme se interna el lector en el texto, sin embargo, ésta se difumina. La Historia, cuya marca es ineludible, deja paso a las historias, los sucedidos, las anécdotas o aventurillas, falsamente nimias, de que está tejida la vida cotidiana del aventurero francés. Anécdotas reveladoras, muy probablemente, del secreto, del auténtico, del púdico Bonpland, más allá de aspavientos y fanfarronadas. Más allá de ciertos estereotipos fraguados por la Historia. Así  la empatía con el ser humano —con la carne sufriente flagelada por la enfermedad—, la fuerza de la camaradería, la persistencia del sentimiento amoroso, el vigor del optimismo militante, todos estos rasgos hábilmente puestos de relieve por Éric Courthès  nos conducen —puede uno suponerlo— al centro mismo de la personalidad de Bonpland, más seguramente que su apego (a veces discutible) a los Grandes del mundo.

Cierta inflexión lírica tiñe paulatinamente el texto, conforme va envejeciendo el personaje. Lo épico, en cambio, ligado a las actividades políticas y profesionales de éste , a la lucha constante contra el hombre malo, los malos hábitos y el entorno, al vaivén incesante de un lugar para otro, a la inestabilidad, va perdiendo terreno.

¿Al fin y al cabo, quién es este Bonpland, evocado con humor, con amor, por el autor ? ¿Quién es este Bonpland que desde la primera línea y a lo largo de la novela nos habla desde la muerte, de modo tan entrañable y tan logrado, como si fuera el propio autor[2], en Memorias de un muerto, el viaje sin retorno de Amado Bonpland? ¿Un botanista vulnerable y solitario, un producto de las Luces, un utopista enamorado de Suramérica para quien el Nuevo Mundo posiblemente sea el último jardín encantado ? ¿Y si este Bonpland, cuya biografía presenta no pocas similitudes con las del autor , también nos hablara púdicamente de éste? Bajo la máscara de la autobiografía imaginaria del aventurero francés del siglo diecinueve se asomaría entonces oblicuamente la de un contemporáneo nuestro locamente enamorado de América Latina...  

NOTAS

1 Publicado por el Suplemento Cultural de Última Hora, el 10 de Marzo del 2013

2 '' Desde mis trópicos a la '' Dulce Francia'', desde las riberas del Uruguay al '' apacible Charente'', mi historia de aventurero, poniendo la sed de conocimientos y la libertad por encima de todo, voy a contarles. La muerte es el silencio, empero mi voz de ultratumba traspasa el umbral del óbito, al escribir por ustedes este  libro que le estoy dictando al autor. El nombre del tipo que aparece en la tapa es la de un falsario, un plagiario, un '' contrafactor'', me usurpó la biografía compaginando muchos libros, pero soy yo el Autor de verdad. En vida ya estaba muerto porque había alcanzado la posteridad, igual le pasó a mi hermano Alejandro. Desde mi muerte, estoy vivo, por ese libro que les dirijo.Ex Libris Bonplandianus.'', Memorias de un muerto, p. 30.

 

 

 

 

 

 

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