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JUAN PASTORIZA CENTURIÓN


  SIN ADIOSES, MAESTRO: HAY SAXO PARA RATO - Por JUAN PASTORIZA - Domingo, 24 de Enero de 2016


SIN ADIOSES, MAESTRO: HAY SAXO PARA RATO - Por JUAN PASTORIZA - Domingo, 24 de Enero de 2016

SIN ADIOSES, MAESTRO: HAY SAXO PARA RATO


Por JUAN PASTORIZA




El domingo pasado, en el cementerio de la Recoleta, los jóvenes integrantes del ensamble de vientos que fundó antes de morir, el Paraguay Sax Club, tocaron para él por última vez como despedida. El saxofonista y compositor Alejandro Cubilla –«Alecú», como muchos lo llamaban, por el sonido de su nombre artístico al frente de la orquesta de los Caballeros del Jazz, Alex Cull– fundador –en 1960– y director de la legendaria Banda Koygua, falleció el sábado 16. JUAN PASTORIZA recuerda en este artículo su última ronda de tereré con el maestro.


«Ahora que estoy en penumbra, amigo, te veo mejor: era el detalle que faltaba», me había dicho con su cálido y profundo sentido del humor el maestro Alejandro Cubilla en una visita a su casa, la víspera de su último cumpleaños, que fue el 9 de julio. Compartimos un tereré con yuyos de bosques como para levantar a los muertos «y limpiar la memoria, sobre todo», dijo en guaraní chacariteño, «y con techo de paja y piso de tierra como lujo», bromeó de nuevo el mítico saxofonista, director de bandas, compositor de obras para vientos, docente, defensor acérrimo de sus ideales políticos y de los derechos humanos con una dignidad que pagó con la ceguera desde la que lo veía todo tan claramente.

Tenía la salud ya deteriorada por problemas estomacales y por el mal de Parkinson, pero solo quería hablar de los días futuros, que serían mejores, de su pasión por el grupo juvenil que formó, el Sax Club, de su disco reciente con nueve temas inéditos.

Y tocar por siempre el saxo, no importa en qué lugar del cielo o de la tierra con tal de que le dejaran soplar el mágico instrumento que aprendió en la Banda del Colegio Militar en 1954. «Por ahí sale el espíritu y uno luego ya no es lo que es, sino todo, el universo, y se queda enredado en el viento», agregó, siempre en guaraní, no en forma presuntuosa ni con actitud filosófica alguna sino con ese tono de «arriero porte» de los que dicen grandes verdades sin darse cuenta.


TIGRES, ESPEJOS Y JAZZ

Tampoco quiero presumir, pero me hizo recordar en aquel momento al Jorge Luis Borges de los tigres de Bengala y la repetición de los espejos, por un lado, y, por otro, a Roquito Mereles, el antiguo violinista ciego de la plaza Uruguaya: dos de aquellos felices que veían sin ver.

En la conversación surgían a borbotones los muchos nombres y lugares de su vida. Así, de pronto ahí estaba, hablando de todo un poco con José Asunción Flores, el único que puede ser considerado dueño de los secretos de nuestra música, sentados en un bar de Buenos Aires, cuando fue a tocar con su Banda Koygua en un baile de la paraguayada en el Club San Lorenzo de Almagro, y Flores lo confundió con su padre, el yaguaronino Rogelio «Kelo» Cubilla, que fue compañero suyo en la época de la Banda de Policía.

Y de pronto en otro momento estábamos hablando de un tal Sonny Rollins, neoyorquino considerado uno de los cuatro grandes saxofonistas tenores del siglo XX, y de otros titanes del jazz. Charlie Parker, John Coltrane, Lester Young, el genio de Misisipi...

Con una sencillez que me dejó boquiabierto, agregó que a este último Billie Holiday le había puesto el «marcante» de «Pres». O sea que estaba frente a una enciclopedia, a la que se le escapaban datos impresionantes sin querer. Y es doloroso percatarnos de que nunca antes le habíamos prestado suficiente atención.


SOPLAR EL ALMA

Deben andar extraviadas por los rincones de la pieza las cajas de cartón en las que guardaba sus obras, libros y recuerdos. Se hablaba por entonces de lanzarlos como una colección o un documental. Le entusiasmaba la posibilidad de prolongar, multiplicar, compartir lo que tenía.

Y ahí estaba él otra vez niño, canillita, lustrabotas, y luego en la Banda de Policía, con los maestros Salvador Déntice y Manuel Rivas Ortellado. Y ya más grande, en 1957, fagotista en la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción (OSCA), con nombres fundamentales como los de los argentinos Rodolfo Bagnati y Juan Umatino, y, en las clases de armonía, el de Otakar Platil, doctor en música por la Universidad de Praga y alumno de Dvorak.

Y el deslumbramiento del jazz, y la orquesta cuyo prestigio la llevó a los mejores clubes y salones, con la que tocó en fiestas de gala con damas de largo, y en confiterías céntricas, de saco y corbata, pero también en las pistas de los arrabales: Alex Cull y sus Caballeros del Jazz.

Tocaban hasta el amanecer, y Alejandro aún recordaba, decía él, «como de perfil» a las parejas en las competencias de baile, que ganaba la más resistente cuando todos los rivales se habían retirado «o caído muertos a un costado», se reía el maestro. Y se quedaban solos, a bailar por toda la eternidad, como una estampa. «Ladridos de perros y cantos de gallos en el horizonte, calentado por el sol y por el tiempo», recordaba entonces.


LA BANDA KOYGUA

Un 24 de septiembre, la presidenta del club del mismo nombre, vecina muy emprendedora, «una kuña kuimba’e», decía Alejandro, se apersonó en la piecita donde estaban ensayando y comentó lo trágico que sería no tener música de banda en la fiesta de la Virgen de las Mercedes en la parroquia Mercemí, pues todos los integrantes de la banda Pynandi, que amenizaba tradicionalmente el homenaje a los muertos, estaban viejos o fallecidos, y propuso la idea, o, más bien, ordenó, que «don Alecú» (que así lo llamaba la señora) fuera a motivar con su ritmo la festividad.

Y como «todos los que tocan jazz tocan bien», señaló nuestro anfitrión, sin pensarlo demasiado dejaron de lado el traje de brin de hilo de rigor y se pusieron camisa blanca, pantalón oscuro, faja tricolor, pañuelo negro al cuello y sombrero piri.

Y ahí estaban, retumbando y haciendo vibrar el aire con «Solito» y su simpático baile de la escoba, levantando polvareda y gritos en la cancha, llenando de música el corazón de la gente del barrio.

Un éxito sin precedentes. Después vendrían otras exquisiteces indumentarias, como el poncho de sesenta listas o la camisa fina de ao po’i. Era el nacimiento de Alejandro Cubilla y su Banda Koygua, que enseguida tuvo contratos en renombradas instituciones, como el Emiliano R. Fernández, para los sanjuanes con crepitar de llamas y pies descalzos sobre el fuego.


HASTA LOS TUÉTANOS

Aquel grupo instrumental de viento formado en 1960, del cual fue fundador y director, le llegó al pueblo hasta los tuétanos; se los escuchaba en las festividades patronales, festivales y retretas y recorrían valles y ciudades de todo el país y también del extranjero, y Alejandro pudo jactarse de haber conocido todo el Paraguay llevando la música de su banda. Podían ser ocho, quince o más integrantes, de acuerdo a la necesidad, y sobre todo creciendo para acompañar grupos de baile como los de Reina Menchaca, Susy Sacco o Lilu Torres.

No solo estuvo en la capital argentina, sino en festivales claves como el de la Vendimia, en Mendoza, en Salta, en Tucumán, en Catamarca, donde aprendió y se maravilló de la unción religiosa que tienen por sus tradiciones. E hizo amistades maravillosas con artistas como Mercedes Sosa, Domingo Cura, Ariel Ramírez, participando en la génesis de la que sería después la célebre Misa criolla, o con el extraordinario cantante Zamba Quipildor, que llevó una serenata a la casa de su madre, Buenaventura, «Buena», en la Chacarita.

Y en San Pablo compitió de pequeño con grupos de Estados Unidos, de Escocia y de todos los países latinoamericanos en un evento donde las cosas tenían un rigor antropológico.

Otra de sus pasiones fue buscar el origen profundo de nuestra música, y lo halló en el jadeo que llega de los montes, y en las costumbres de nuestros ancestros, conviviendo con ellos.


UN SAXO EN EL HORIZONTE

«Pero yo no sé por qué hay que golpear la música», nos decía el maestro, con firmeza, sin rencor, con la misma convicción que mantuvo como antorcha en alto en su trabajo cultural, y a consecuencia de la cual cayó bajo la patota de la dictadura una noche artera de 1974, cuando lo golpearon con tanta saña que se produjo el desprendimiento de retina que lo dejó sin visión, pero nunca sin voz, jamás sin saxo.

Quedamos en encontrarnos para otra vuelta de tereré. Yo sé que tu partida física, el pasado sábado 16 del corriente a consecuencia de un paro cardiaco en el Hospital San Benigno de nuestra capital, no lo va a impedir.

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Suplemento Cultural de ABC Color - Páginas 1 y 2

Domingo, 24 de Enero de 2016

 

 

 

 

 

 

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