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TEODOSIO GONZÁLEZ


  INFORTUNIOS DEL PARAGUAY - Por Dr. TEODOSIO GONZÁLEZ - Año: 1997


INFORTUNIOS DEL PARAGUAY - Por Dr. TEODOSIO GONZÁLEZ - Año: 1997

INFORTUNIOS DEL PARAGUAY

 

Dr. TEODOSIO GONZÁLEZ

 

Prólogo de ALFREDO SEIFERHELD

 

 

LA GRAN ENCICLOPEDIA DE LA CULTURA PARAGUAYA

Colección: LOS VERDADEROS PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA DEL PARAGUAY N° 4

 

 

Editorial EL LECTOR

Colección Historia, 7

www.ellector.com.py

Tapa: ROBERTO GOIRIZ

Asunción – Paraguay

1997 (462 páginas)

 

 

INFORTUNIOS DEL PARAGUAY CINCUENTA AÑOS DE LA APARICIÓN DE UN LIBRO POLÉMICO

Pocos libros como INFORTUNIOS DEL PARAGUAY, del Dr. TEODOSIO GONZÁLEZ, habrán causado tanto impacto en el ámbito de las letras, la política y la economía de nuestro país. Aparecido el 21-22 de mayo de 1931, desde entonces ha sido empleado por representantes de los dos partidos políticos tradicionales para acusarse mutuamente con citas de aquella obra. Los Infortunios del Dr. Teodosio González, como dieron algunos en llamar a tan singular trabajo, fue la culminación de una carrera poco feliz de su autor en política, no así en el campo de la jurisprudencia, donde el Dr. González fue, entre otras cosas, el redactor y comentarista del Código Penal, todavía vigente en el Paraguay.

Fallecido en Asunción el 25 de mayo de 1932 de un ataque al corazón, Teodosio González fue un hombre de destaque en el transcurso de todo el primer tercio de siglo. Hombre de derecho, estudioso, había alcanzado el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, en forma fugaz, así como la representación parlamentaria local por el Partido Liberal, coronando su labor con Infortunios del Paraguay, obra en sumo polémica, donde dio a conocer su pensamiento en cuestiones vitales como la deuda externa local, las ambiciones políticas y otras cuestiones donde, con estilo mordaz, no ponía frenos a sus impulsos, aun errados, en el enjuiciamiento de hechos y personas de nuestro panorama político.

Intelectuales y políticos consagrados fueron blanco de las iras de don Teodosio, cuya pluma, no pocas veces mojada en amargura, clavaba sus creaciones en nuestros hombres claves de la época, sin importar títulos ni posiciones. Así, fue INFORTUNIOS DEL PARAGUAY la obra más importante escrita contra la figura de ELIGIO AYALA -ya desaparecido éste- pese a su consagración casi sin excepciones. Demoledores son sus ataques por la falta de obras públicas en nuestro país y por la necesidad, que él entonces avizoraba, de un gobierno militar para el Paraguay.

A cincuenta años de una obra completamente agotada, y en cuyas casi 600 páginas Teodosio González no hacía santo de su devoción a casi nadie -como habría de acontecer ahora con las memorias de Bray-, muchas de sus páginas conservan la frescura del ambiente que nos narra el autor yotras predicciones se han cumplido a cabalidad después de este tiempo transcurrido.

Así, por ejemplo, refiriéndose el Dr. González a las perspectivas de desarrollo económico paraguayo-brasileño, escribía para 1931 estas palabras que parecerían premonitorias: «Es incalculable lo que será el Alto Paraná, paraguayo y brasilero, bajo el punto de vista industrial dentro de 50 años, teniendo en cuenta sus numerosas cataratas. Con los siete saltos grandes y once chicos de las cataratas del Guairá, con cinco veces más fuerza eléctrica que el Niágara con el Salto del Yguazú, y la cantidad de saltos más pequeñosque salpican esa región no habrá, en futuro no lejano en el mundo, comarca que le discuta la preeminencia industrial».

PERIODISTAS INDEFENSOS

Don Teodosio tampoco escatimaba palabras para defender a quienes hacían sus armas en el periodismo, ya entonces y mucho antes, víctimas de iniquidades. «Los gobiernos del Paraguay -decía refiriéndose a campañasperiodísticas caídas en saco roto- reservan toda su energía y sus rigores para los periodistas indefensos. En cambio, para los capitalistas ingleses o argentinos o los caudillos civiles o militares, en pura caballerosidad, complacencia, tolerancia, almíbar puro».

En otro orden de cosas, Teodosio González acostumbraba recoger las más diversas versiones sobre sucesos y hechos que pudieran dejar en ridículo a nuestros políticos. «Un joven intelectual del Partido Radical -escribe en la obra que comentamos-, de lo más promisor que tiene el partido por su talento y su carácter, ha pintado a los políticos paraguayos en la siguiente forma: Hablaba un diputado. Uno de sus colegas que estaba sentado cerca de un Ministro, dijo a éste, señalandoal orador: Me parece que tiene razón. A lo que el Ministro repuso: Personalmente soy de su opinión, ministerialmente no sé todavía».

Muchas veces en forma documentada, otras sin fundamento alguno pero con chispa y alguna galanura, Teodosio González nos dejó una pintura vista a través de sus ojos muy particularísimos, donde no perdía ocasión de poner en ridículo a los demás o de recoger cuantas versiones y adjetivos calificaran determinada gestión pública. Dos términos, al parecer acuñadosen la época, se eternizan gracias a González. El uno, el de «Perroguay», con el que supuestamente un extranjero había bautizado a nuestro país en razón de la gran cantidad de canes sueltos que existían sobre todo en Asunción. El otro, el «empeorado» en lugar de empedrado, para calificar la capa pétrea de nuestras calles de la época, que no distaba mucho de la realidad, a tenor de las fotografías de entonces.

En suma, una obra que merecería ser reeditada, con más facilidad ahora que, al cumplirse en mayo de 1982 los cincuenta añosde su fallecimiento, la propiedad intelectual pasa al dominio público.

ALFREDO M. SEIFERHELD

 

 

 

 

PREFACIO

LA RAZÓN DE ESTE LIBRO

 

En uno de los números del diario «La Nación» de esta ciudad,

leí el siguiente artículo editorial, que,

por estar muy de acuerdo con mis ideas, lo recorté y guardé.

Es el siguiente:

 

«EL VERDADERO PATRIOTISMO»

 

«En nuestros afanes de engrandecimiento nacional, debemos comenzar por examinar y observar lealmente, con la más grande sinceridad, nuestra verdadera situación.

Hay quienes creen equivocadamente, con un errado criterio patriótico, que, quien exhibe con sus verdaderos colores la situación del país, procede mal y lo desacredita. El que denuncia vicios, defectos, errores y deficiencias de hombres, cosas o instituciones nacionales, obra mal, es un mal patriota según este criterio. Deben ocultarse los vicios, disimularse los males, callar los errores y absurdos que se cometen.

Tal criterio es peregrino e inaceptable. El prestigio y el crédito de una nación o de un hombre, no se hacen ni se cimentan, con la mentira, con el silencio, con el disimulo, con la hipocresía.

Los males y los vicios se curan denunciándolos, atacándolos, revelándolos cruda e implacablemente.

El mutismo, el silencio, la mentira, el temor, son característicos de los ambientes propicios para los enfermos, los delincuentes o los déspotas. La verdad, la sinceridad son síntomas de salud, de vigor y de fortaleza.

Un pueblo física y espiritualmente sano se revela, precisamente por la valentía y lealtad con que descubre y confiesa sus errores, sus deficiencias y sus males y se propone corregirlos.

Un pueblo enfermo y vergonzante trata,en cambio, de ocultar su enfermedad y sus lacras.

Debemos tener la lealtad y el valor de reconocer y confesar nuestros vicios y nuestros males. El absurdo y ridículo patriotismo que se alimenta con espejismos, falsedades e hipocresías, no es de este tiempo. Debemos ser patriotas virilmente, patriotas en mangas de camisa, leales y fuertes, sin vana cobardía ni escrúpulos, de acuerdo a las necesidades y dictados del patriotismo de nuestros tiempos.

Nuestro pueblo no es ningún moribundo a quien debe alimentarse y sostenerse con mentiras piadosas de parientes afligidos.

Los apocados, los deprimidos, los que se asustan y escandalizan ante las verdades desnudas, son perniciosos, nocivos, fatales al progreso.

No debemos temer en proclamar, que nuestro pueblo es pobre e inculto, que se debate en la miseria y en la ignorancia, víctima del atraso, de las enfermedades y de los vicios; no debemos vacilar en confesar que nuestras instituciones son imperfectas, malas, que nuestra organización está minada por hábitos perniciosos, inmorales, profundamente arraigados; que hemos dado pruebas de una incapacidad penosa al regirnos y dirigirnos en nuestra vida de nación; que no hemos orientado las actividades nacionales y la educación popular, hacia 1o más conveniente y útil al país; que padecemos de la falta de hombres capaces e ilustrados, que, en general, en los puestos directivos, colocarnos a medianías o incapacidades notorias.

Debemos tener el valor y la entereza de proclamar los vicios y los males que traban nuestro desenvolvimiento y nuestro progreso.

Con el silencio, no engañaremosa nadie y contribuiremos a la perpetuación de las inmoralidades y deficiencias, haciéndolas crónicas, incurables.

La farsa y la simulación no mejorarán nuestros destinos. Sólo la verdad ha de salvarnos y redimirnos, la verdad dicha sin reservas, ni cobardías. Un hombre o un pueblo, que comienzan por reconocer lealmente sus errores, sus extravíos y sus vicios, están en el primer peldañode la redención en camino hacia las grandes conquistas y los puestos eminentes».

Poco después ese mismodiario, en un suelto titulado ¿Cuál es el mal?, dijo: que un ilustre mejicano Don T. Esquivel Obregon, había escrito un libro de cuatrocientas páginas, afirmando y probando, que el origen de casi todos los males que aquejaban a Méjico, era la mentira.

Y agregaba «La Nación»: «¿No habría algún paraguayo, sincero y valiente que imite la conducta del preclaro y fuerte patriota mejicano, escribiendo un libro que nos demuestre igualmente, que el mal que arruina al Paraguay y concluirá por matarlo, es la mentira en sus múltiples faces, el engaño, la apariencia, la doblez, el disimulo, la traición?».

Sí que lo habrá; hubo ya y hay paraguayos, que han proclamado y defendido la verdad y combatido la mentira valiente y constantemente, sólo que no se le ha hecho caso y la impresión de sus esfuerzos, no ha durado más allá de la lectura de la hoja diaria en que se publicaron. Al otro día estaba olvidado. Uno de esos paraguayos, he sido yo. Por donde pensé, que para que aquellos esfuerzos, surtan efecto duradero, convendría reunir y fijar, en un libro, de modo que el pueblo las tenga siempre presente, en forma permanente, como lo hizo el Sr. Esquivel Obregon en Méjico, las verdades que conviene proclamar y sostener y las mentiras que se deben combatir. «Es muy útil y saludable, dice Poincaré, refrescar la memoria del pueblo, recordando de tiempo en tiempo la verdad a las generaciones que la ignoran o son llevadas a olvidarla». En tales conceptos, resolví publicar, reproducidos en este libro, muchas de las verdades, que, en bien de la patria, he proclamado y las mentiras que he combatido, antes de ahora, agregando otras que aún no había tocado.

En treinta y cinco añosde vida activa y, en cumplimiento de lo que he creído un deber hacia la patria de un hombre de estudio como yo, he escrito en diarios y folletos, ideas, aspiraciones y críticas, no con el prurito meramente literario o de mero exhibicionismo, sino para defender verdades desconocidas u oscurecidas y combatir errores y faltas en asuntos que atañenal bien general del país.

Y bien: como que muchos de aquellos trabajos son a mi ver, todavía de actualidad, y, habiendo llegado yo a una edad de la vida en que debe estar uno ya preparado para pasar a la otra, he creído, que reunirlos en un volumen que les libre de la dispersión y les imprima carácter duradero, podría ser útil a la juventud para orientar a la patria por mejores rumbos y así, he resuelto reunirlos y publicarlos en este libro, a guisa de parte de mi testamento intelectual a la nueva generación presente y a la inmediatamente venidera.

Mi propósito, como se verá de su lectura, sigue siendo el bien de la patria: no tocaré sino los actos públicos de los hombres. Y si, por acaso, hay ciudadanos que, por si, o por sus antepasados, se crean lastimados por mi crítica severa, pues que tengan paciencia, que el interés general del país está arriba del interés particular.Para combatir y remediar los errores, es indispensable conocerlos y señalarlos en sus causas y en sus efectos. El hombre público, que ocupa el tablado de la Nación, sabe que está siempreexpuesto, a las miradas de todas y cada uno de los ciudadanos, de un confín a otro de la República y, por consiguiente, a las críticas y reproches detodos y cada uno de ellos en ejercicio de su         derecho  y hasta cumplimientode su deber de mandantes. Como dice la conseja popular, «el que no quiere que se le diga jorobado, que ande derecho».

Como digo, la mayor parte de lo que se verá en este libro ha sido publicado, por mí o por otros. Pero los inculpados han calculado que el pueblo los olvidaría enseguida y, fiados en aquel adagio de «la murmuración pasa y el provecho queda en casa» o en aquella sentencia, exclusivamente paraguaya, de que «en este país ni se pierde ni se gana reputación», no han hecho caso. Y bien: lo que trato con este libro, es que el pueblo no olvide esas verdades y queden ellas perennes, siempre delante de su vista en las páginas de este libro, para tratar alguna vez de remediar los reales que su desprecio le han producido y los culpables no queden sin sanción, siquiera histórica y moral.

Si se reproducen aquí, mis artículos de combate de tiempos pasados, es porque el aludido nunca ha levantado, pero ni siquiera discutido, sus afirmaciones y conclusiones. Y, bien sabido es, que el gobernante que no levanta una acusación, semeja que lo consiente, por ser, en política, de estricta aplicación la máxima del derecho romano: qui tacet, consentire videtur.

«Los gobernantes, dice Mussolini, que no levantan las imputaciones y hasta las simples sospechas, aparecidas en la prensa, que puedan afectar su honestidad, patriotismo e intenciones son indignos del respeto del pueblo y no tienen el derecho de quejarse de que se les siga ofendiendo. El pueblo tiene interés y exige, que sus gobernantes sean respetados, porque el gobierno, es su representación ante el resto del mundo y el pueblo quiere ser respetado».

Vale decir que, si algún ciudadano encuentra inexactos o discutibles los datos y afirmaciones contenidos en este libro, sírvase, por su propio interés, rectificarlos o levantarlos públicamente bajo su firma. Si tiene razón yo seré el primero en reconocérsela con el sombrero en la mano y felicitarle. Yo no he escrito este libro para molestar a nadie; creo no tener enemigo personal; con esta publicación sólo busco servir a mi patria, dentro de mis fuerzas, en el terreno que me corresponde actuar por mis antecedentes y mi condición de hombre de estudio.

Creo que ya es tiempo de que los paraguayos conozcan la situación verdadera de la patria, el cúmulo de desdichas que ha pesado y todavía pesa sobre ella, y quiénes son sus causantes y responsables, por lo que han hecho o por lo que dejaron de hacer.

Frente a la visión clara, leal y franca de sus infortunios pasados y presentes y la deducción, por inferencia lógica de sus infortunios futuros y el conocimiento de sus causas originales, el Paraguay, por natural instinto de conservación, tal vez despierte de su marasmo crónico y, tratando de corregir o desviar esas causas, tome otros rumbos, que le conduzcan a mejores puertos que donde llegó hasta ahora. Con lo que yo tendría el honor insignede haber imitado el modelo mejicano que «La Nación» presentara como espejo de verdadero patriota.

Sobre los beneficios que ha de resultar para el país, el empeño que tomo, de recordar al Paraguay sus desdichas y sus causas originarias, sólo el tiempo habrá de discernir en definitiva el mérito real.

Pero debo concluir.

Tengo fe inquebrantable en los destinos de este país.

Un pueblo que, como el Paraguay, no conoce el miedo a la muerte ni a las privaciones, que no mide el número de sus dificultades ni de los enemigos, de tan inmensa energía, que, en un momento dado, fue capaz de un suicidio colectivo en aras de un ideal, bien dirigido, ha de llegar fácilmente al pináculo de la grandeza y de la gloria.

Y justamente si me preocupo de estudiar los infortunios de la patria y de expresarlos con crudeza que parecerá hiriente a un patriota de estrecho y mal entender, es porque, en mi inmenso amor a ella, es mi deseo de corregir o remediar sus males y sus defectos, de modo que de la lección puedan aprovechar las generaciones venideras más sabias, más cuerdas y que, por ende serán más felices.

Alguien ha dividido a los escritores que tratan asuntos políticos, en escritores purgantes y escritores almíbar. Yo quiero y voy en este libro ser de aquéllos, porque entiendo, que así, había de ser más útil a esta patria querida, enferma ya de mucho tiempo atrás y sin mejoría apreciable. Queda para otros cubrirla de oropeles por cálculo.

Bien sé las dificultades de todoorden, que habrá de concitarme este libro. Ya lo dijo Barrett: «si quieres que todo el mundo te odie, di la verdad». Pero me siento con fuerzas para sobrellevarlas y además, entiendo que, si algo hay digno y deseable para un buen patriota es el de sufrir por bien de la patria.

 

 

LA POBREZA DE LA NACIÓN

CAPÍTULO VI

GENERALIDADES.

 CAUSAS DE LA POBREZA DEL PAÍS


Dejando el terreno puramente institucional o jurídico y entrando a la realidad de la vida, tropezamos con el infortunio, en estos tiempos más graves para los hombres como para los pueblos y que, en tan alto grado, aqueja al Paraguay de modo crónico: la pobreza.

«El dinero es, por hoy, la cosa más trascendental para los hombres. Nada resiste a su imperio. Es el ariete incontrastable que arrolla y allana todas las dificultades; es la untura maravillosa que suaviza todas las asperezas; es el argumento incontestable en todas las discusiones; la llave de oro de todos los corazones. Poderoso caballero es don dinero, dicen las consejas populares».

«El amor al dinero es el único verdadero, eterno, invariable, del hombre. Cuando la gente preguntaba al tío Espinillo ¿cómo le va?, contestaba él invariablemente «siempre rendido de amor al dinero»; y cuando le contaban que alguien le quería mal, respondía «yo no soy onza de oro para que todo el mundo me quiera».

«En el orden moral, que pareciera más reacio a su poder, es también decisiva su influencia. Ya decía Cervantes con la tranquila amargura que le distinguía «era un hombre pobre y honrado, si es que el pobre puede ser honrado». Y Franklin, al recomendar a su pueblo, que su primera preocupación ha de consistir en hacer dinero, dijo, refiriéndose a la moralidad frente a la riqueza «la bolsa vacía no puede tenerse parada».

Algunos idealistas, con pretensiones de austeridad, simulan odiar el dinero y enseñan a despreciarle. «Disimulo inútil y contraproducente, dice un escritor español, porque el dinero se venga de ellos y de todos sus discípulos, sumiéndolos en la miseria, lo que equivale al fracaso, mejor dicho, al naufragio de la vida. Al pobre, al necesitado de dinero, se le evita como a un apestado». «El pobre huele a muerto», dice un proverbio vulgar. Nada hay como la pobreza que exponga a los grandes hombres al ultraje del ruin y grosero. (Salaberría).

Entre las formas del horror al sufrimiento, del temor instintivo en los hombres a las penalidades y contrariedades que la vida ofrece, la que actualmente más se destaca, dice un escritor español, es el miedo a la pobreza.

Es inútil explicar al pueblo, que este mundo es de paso y un valle de lágrimas; que la felicidad sólo se ha de alcanzar, después de la vida humana y que los sufrimientos en esta vida acercan a Dios, es decir, a la felicidad eterna en la otra vida. La humanidad quiere el dinero a todo trance y para obtenerlo, piensa que todos los medios son lícitos.

Y cuanto más civilizado es el país, más agudo es su horror a la pobreza. La dicha es el dinero, es decir, el pan, la paz, el amor y la libertad y en Inglaterra y Norte América, hay un adagio que dice, que «cuando la pobreza entra por la puerta, la dicha huye por la ventana».

Con los pueblos sucede la misma cosa. El dinero es la palanca de Arquímedes que todo lo ha de mover y sin cuya cooperación nada se ha de hacer.

En un país pobre, no se conoce la dicha.

En un país pobre reina la intranquilidad, el descontento por doquier y de allí las guerras intestinas; el pobre es eterno sublevado y descarga sus iras sobre el primero que encuentra. Y donde no hay paz, ni dinero, no acude la inmigración y sus propios hijos huyen al extranjero en busca de mejor suerte.

Numerosos estadistas y sociólogos sostienen que, en los pueblos pobres, la mayor parte de sus males, si no todos, provienen casi únicamente de la pobreza. Que la causa principal de las revoluciones en todos los pueblos y en todos los tiempos, ha sido y es la pobreza y que el mejor antídoto contra la anarquía es el dinero. Que todos los pueblos más tranquilos, pacíficos y conservadores, fueron inquietos y peleadores, antes de tener dinero, pero que el poderoso amor a éste, una vez adquirido, los sosegó y apaciguó para siempre.

Y se comprende que así sea. El malestar continuo, punzante y humillante que produce la pobreza, agría el humor de los hombres y los predispone a las pendencias y agresividades contra sus semejantes, a quienes atribuye las causas de sus desdichas. El hombre pobre que no atina a salir de ese estado por otros medios, emplea para ello la violencia. En cambio, el que goza de algún bienestar, evita las aventuras y los peligros. Como decía un escritor uruguayo, aludiendo a la facilidad de reclutar revolucionarios entre los pobres «el que no tiene sobre sí más que el calzoncillo, pronto se echa al agua; pero el que está vestido de casimir, botines y lleva un reloj, piensa primero antes de hacerlo. El pobre es un perpetuo y constante revolucionario».

Hasta en las leyes, en los países pobres, suele reflejarse el inmenso valor atribuido a los bienes materiales, hasta preferirlos a la vida y la integridad orgánica. Así, en la legislación de España de la Edad Media, se ve el homicidio, las violaciones y heridas graves, castigadas con multa de pocos maravedíes, en tanto que, el hurto simple de frutas, granos, aves de corral, etc., se castiga tan terriblemente como cortar las manos a los ladrones. Anomalía debida, a no dudarlo, en la España pobrísima de aquellos tiempos, a la influencia de la dominación musulmana, conocidos como son los mahometanos por su escaso amor al trabajo productivo, como pueblos eternamente pobres y por ende eternamente retrógrados.

Y la importancia del dinero es mayor aún, para los pueblos que para los hombres.

Todavía un hombre pobre puede tener valor en el mundo, por su arte, por su ciencia, su cultura: los pueblos no. Los pueblos nunca han sido sabios, cultos, ni artistas antes de ser ricos. Para los pueblos la pobreza supone ignorancia y la riqueza cultura. Los pueblos pobres, siempre han sido los más obtusos y retardatarios. Pueblos pobres e ignorantes, son candidatos para desaparecer o ser colonias de otros, es decir, esclavizados.

La única virtud de los pueblos, compatible con la pobreza, es el valor guerrero. Lo que se explica por el mismo motivo que acabamos de enunciar. La vida pobre, es decir, sin goces, ni se aprecia, ni se mezquina. En los pueblos pobres, se juega la vida a cada momento, por lo mismo que no se la concede valor.

«Pero los pueblos pobres y valientes no han dejado rastros en la historia. Recuérdese el papel que ha jugado en el mundo, los rumbos que ha trazado y las huellas que ha impreso al adelanto de la humanidad, Esparta, el pueblo más valiente, pero también más pobre de entre los civilizados de la antigüedad. No se recuerda hoy el heroísmo espartano, sino como el ejemplo del más feroz e intransigente regionalismo».

Al paso que vamos, el Paraguay, el país más heroico pero también más pobre de la América, que vive contemplando su pasado, adormecido por elarrullo de su EPOPEYA, lleva trazas de reeditar, en el mundo nuevo, el papel de Esparta en el viejo. Líbrenos Dios de semejante gloria porque, como lo ha dicho un escritor moderno «los pueblos pobres son como los traperos, que viven de residuos y de pasadas grandezas».

Acaso sea el Paraguay ejemplo típico del país, al que más acabadamente puedan aplicarse las afirmaciones antedichas. Como lo demostraré en otros capítulos de este libro, todos sus males, su carencia de inmigración, su desorganización administrativa, su falta de obras públicas, la anarquía, el éxodo de sus campesinos hacia los países fronterizos en busca de mejor vida, etc., pueden atribuirse, casi exclusivamente, a la pobreza crónica de la nación y del fisco, cuyas causas veremos más adelante.

Los hombres como los pueblos obtienen la riqueza por medio del trabajo y del ahorro.

Tanto para los hombres como para los pueblos, la economía no consiste en no gastar, sino en no tirar es decir, en no hacer expendios supérfluos e innecesarios. Para los hombres, como para los pueblos, la economía a expensas de las necesidades indispensables de la vida y del progreso, es tacañería o avaricia, y ésta, como todo vicio, es contraproducente.

Para los pueblos como para los hombres, los gastos necesarios y útiles, que benefician la salud, acrecientan el bienestar, extienden la esfera de acción del hombre, mejorando su personalidad o sus elementos de trabajo, no son, en rigor, gastos, sino una inversión reproductiva, un dinero colocado a un interés, una modalidad, en suma, del mismo trabajo productor.

Para los pueblos como para los hombres, la sobra del dinero, permite y hasta aconseja los gastos supérfluos o innecesarios, siempre que hayan de redundar en beneficio de otros hombres u otros pueblos.

Pero hay algunas distinciones entre las formas y objetos del trabajo y del ahorro del hombre y los del pueblo, derivadas de la diferencia física, moral y jurídica de estos dos sujetos del derecho.

El hombre es una persona física, viviente, que trabaja por y para sí. El pueblo es una persona ideal, abstracta, que trabaja por medio de administradores (gobierno) por y para todos.

El trabajo del hombre es principalmente de ejecución y dirección de la labor productiva. El trabajo del gobierno es principalmente de preparación o sea, de aporte a los ciudadanos de los elementos de trabajo.

El ahorro del hombre, mira principalmente el porvenir, y habitualmente, amontona y guarda el dinero, con el propósito de librar a sus descendientes de la maldición bíblica de ganar el pan con el sudor de su frente. El ahorro del gobierno, mira principalmente el presente y tiende a que las generaciones venideras, lejos de abandonar el trabajo, lo practiquen más y mejor.

El capital amasado por el hombre es fijo, permanente, pertenece en propiedad y puede usar y abusar de él discrecionalmente. El capital reunido por el gobierno es eventual y provisorio, no le pertenece y sólo lo posee a título precario, de depositario y administrador, debiendo invertirlo totalmente, en beneficio de todos los ciudadanos.

El ahorro del hombre consiste principalmente en reunir dinero, valores mobiliarios. El ahorro del gobierno debe consistir, casi exclusivamente, en reunir y suministrar al ciudadano elementos de trabajo, siendo más bien peligroso el ahorro en forma de riqueza amontonada e inmovilizada.

El trabajo y el ahorro de los pueblos, se manifiestan exteriormente, por medio de las obras públicas. Son las obras públicas los únicos bienes materiales que los pueblos deben amasar y conservar, como la más elocuente manifestación de su trabajo y ahorro colectivo, como el más firme cimiento de su bienestar y progreso en el presente, y su mejor título de gloria ante la posteridad, en el porvenir.

En los pueblos civilizados, el buen gobierno es sinónimo de construcción de obras públicas para el bienestar del pueblo. Así pues, los pueblos que no han construido obras públicas son pueblos que no han trabajado, ahorrado, ni progresado.

El Estado como los hombres puede recibir de los ciudadanos dinero para los fines de su institución en forma de donaciones, legados y herencias, por actos entre vivos o disposiciones de última voluntad. Desde luego es heredero abintestato de todas las herencias vacantes.

Los pueblos como los individuos pueden hacer uso del dinero ajeno, mediante el crédito, que es la facultad de disposición del capital ajeno, contra la promesa de un reembolso futuro.

Pero el Estado, puede hacer u obtener dinero, en una forma que el particular no posee, porque es atributo de la soberanía nacional; en la de sellar moneda metálica y emitir billete de Banco. (Art. 72 de la Constitución).

Con el dinero particular para cada ciudadano y el del Estado para todos, se ha de promover y fomentar, la felicidad del país, es decir, de todos y cada uno de sus habitantes. Sin el dinero, esto no es posible, ni en todo ni en parte. De aquí la inmensidad de la desdicha que comporta la pobreza para los pueblos y para cada hombre.

El Paraguay, es seguramente el país de América que, en relación a su civilización, historia, extensión y población es económicamente más débil y su erario, indiscutiblemente el más pobre.

En el Paraguay no hay fortuna de consideración. Un caudal de doscientos mil pesos oro es de primera fila. Y las personas que lo poseen son, en su mayoría, extranjeros.

La pobreza reina en el país del uno al otro confín. Hay que ver cómo vive más de la mitad de la población rural, en ranchos destartalados, de una o dos piezas, que apenas se levantan del suelo, sin muebles, sin comodidades de ninguna especie, comiendo poco, mal y semidesnudo. Y si los sufrimientos que comporta ese estado no se hacen sentir tanto, es porque dadas la frugalidad del paraguayo, la abundancia con que la naturaleza le provee de alimentos sin esfuerzo alguno, la generosidad y la hospitalidad de la población, el hambre todavía no se ha pronunciado ostensiblemente y la desnudez no se siente por la benignidad del clima.

Esta pobreza tan general ¿a qué es debida? Pues a múltiples causas pero, particularmente a dos defectos del paraguayo, que le son comunes con todos los demás mestizos o criollos de españoles o indios, según se ha observado en los otros pueblos latinoamericanos, desde Méjico hasta la Tierra del Fuego, consistentes, precisamente, en la carencia de las dos cualidades indispensables para la producción de la riqueza: el amor al trabajo y el ahorro.

El paraguayo, en su gran mayoría, es profundamente perezoso. La pereza invencible llevada a veces hasta el horror al trabajo, es muy general en el país. Miles de personas válidas prefieren vivir casi desnudas, dormir en el suelo y comer lo que alcanzan, como caballo a soga, antes que tomar una herramienta de labor. Trabajan muchas veces sólo para no morir de hambre, dos o tres días en la semana y descansan el resto hasta haber concluido de comer lo que ganaron.

Un caso práctico explicará mejor este punto. Un amigo mío, comprador de pieles de animales silvestres, llegó una vez en una de sus giras a un rancho, cercano al río Tebicuary en un lugar donde sabía, que abundan los lobopé. Encontró allí a un mocetón a quien ofreció 500 $ c/l., por cada piel de lobopé. Armado de una mala escopeta el mozo salió un momento y enseguida, volvió trayendo un hermoso ejemplar que había cazado. Recibió en el acto sus 500 $ c/l. Mi amigo le dijo, «volveré dentro de quince días y espero que, para esa fecha, me tendrá recogidas, siquiera veinte pieles, que le darán 10.000 $». Fuese mi amigo y a su vuelta no encontró en su casa a su contratante. Desde que recibió sus 500 $ había dejado de mover una paja y empleaba su tiempo en hacer visitas a la vecindad. Todavía le duraban 500 $, cuando a los quince días volvió mi amigo y por lo tanto no había una piel más de lobopé para él.

La indolencia, la falta de iniciativa, la inercia más completa dominan a gran parte de la población, particularmente campesina. Dejan que sus ranchos caigan a pedazos, que la maleza llegue a las puertas de sus habitaciones, con su acompañamiento de víboras y otras alimañas, con la más absoluta indiferencia.

A veces esta pereza mortal se sacude y surgen en el nativo entusiasmos momentáneos, para emprender algo: pero estos fuegos fatuos enseguida desmayan o se apagan, no dejando más rastros, que el amargo desaliento de un fracaso más. La perseverancia y tenacidad, tan necesarias para el trabajo productivo, son generalmente nulas en el paraguayo del pueblo.

Y es en vano, pretender sacudir su indolencia, excitando su emulación ante el ejemplo del colono extranjero que vive al lado, haciéndole presente, cómo vive y cómo adelanta ese gringo, a quien nada falta y con muy poco esfuerzo; lo comprende y considera pero... no se anima a hacer lo mismo.

La pereza es también dominante entre los gobernantes y los políticos. Se refleja en que todo lo dejan para mañana, menos en lo concerniente al cobro de sus sueldos y gajes.

En cuanto a la previsión y la economía, el paraguayo les es generalmente reacio.

Nadie trata de ahorrar un centavo, nadie piensa en el mañana. Nadie se acuerda de que podrá estar enfermo, viejo, inválido o sin trabajo y que, entonces, no podrá esperar misericordia de los demás y menos del Estado que, en el Paraguay, es el más pobre de todos los pobres.

En cambio, el vicio del despilfarro, el amor a las diversiones y a las exterioridades es general. En una boda o en una función de iglesia, el campesino, que ocupa un pedazo de terreno ajeno, gastará todo lo que ha ganado en el año y todavía quedará adeudado, siendo así, que, con lo que tiró en esas farras, hubiera podido adquirir para sí el terreno que labra con el sudor de su frente y todavía ahorrar un saldo. En ranchos miserables, sin más muebles que, como camas tijeras de lonjas de cuero sin colchón y sin sábana, baúles desvencijados, una mesa de madera y cuatro o cinco sillas de las más ordinarias, cuyo dueño no tiene un buey o un arado, he visto sin embargo, recados chapeados de plata y revólveres Smitt Wesson legítimos de cabo de nácar, que valen miles de pesos.

Y cuando la gran gripe de la Asunción, los médicos observaron, que, en la mayor parte de las casas pobres, faltaban, lamentablemente, colchones, ropas de cama, muebles y utensilios dé los más indispensables para la vida de familia, pero nunca, vestidos y medias de seda, zapatos de charol, polvos y perfumes varios, paraguas y sombrillas de lujo.

«Se trata de un lujo y una ostentación sui-generis, que salta de la indigencia a la apariencia suntuaria. No se ha llegado previamente al bienestar, a la comodidad, al confort y la holgura, para luego ir a los gastos superfluos cada vez mayores. No. Se ha dado un salto, hemos llegado de un golpe, de la estrechez a la fascinación del lujo, que, como no tenemos para hacerlo auténtico, se convierte en un oropel de falso esplendor, que sin embargo nos irá arruinando cada vez más». (La Nación).

En homenaje a la verdad y la justicia, se debe declarar que la mujer paraguaya, si bien gusta del lujo, como toda mujer, es cien veces más laboriosa, diligente, económica y persistente que el hombre. Que intelectual y moralmente es muy superior al varón paraguayo. Su abnegación, su lealtad, su devoción a su esposo e hijos, son ejemplares y no ceden a los de ninguna mujer de otro país. Y por último que, según la estadística, es la mujer menos criminal del mundo, como que sólo llega al 2 por ciento de la criminalidad masculina, que en los demás países nunca baja del 7 por ciento.

El vicio del juego domina a la República, de arriba abajo, sin excepción de edad, sexo, condición o fortuna. Ese pobre trabajador, que no se anima a sostener la labor de un día, pasará los días y las noches jugando y si no tiene dinero, de mirón.

Para peor, un factor más de disipación y de pérdida de tiempo, que coopera a la pobreza, se junta en el Paraguay a las taras innatas de la población, la politiquería.

Se ha dicho que los pueblos que huyen del trabajo buscan la política. Los pueblos trabajadores emplean su tiempo, su empuje, su labor y el espíritu de combatividad propios de la especie humana, en luchar y vencer a la naturaleza. Los que odian el trabajo tienen que emplear esos factores de acción en otra tarea, y los utilizan en luchar y vencer a los otros hombres. De aquí, en pueblos no trabajadores, la afición a las luchas políticas.

El populacho paraguayo no sabe lo que es política, y en su pereza mental, no se detiene tampoco a averiguarlo; tampoco ha pedido a sus caudillos que se lo expliquen; pero, en su imaginación, siente ansias y ardores de movimiento y de lucha y, como no piensa emplearlos en el trabajo, que es doloroso, busca las agitaciones de la política y así se inscribe en un partido político, sin saber por qué ni para qué, como Vicente al ruido de la gente.

Y allá va en rebaño como carneros, a beber, a gritar, a pelear, a bailar, a quemar cohetes, a perder su tiempo, su dinero, su salud y hasta su vida, a enemistarse mortalmente con sus vecinos, a veces hasta con sus parientes, en tanto que el bolichero queda en su casa a trabajar y ganar dinero, con el cual, a la vuelta de una campaña electoral o revolucionaria, en forma de adelanto sobre su cosecha próxima, le echará al cuello, al liberal o colorado, el dogal con que habrá de ahorcarle, año por año. Pero el paraguayo, se resignará de todo, satisfecho de haber sostenido como bueno su color, su opinión, en todos los terrenos.

Y en el Paraguay no se ve forma de concluir con estos males.

En efecto, bien sabido es que el trabajo es un sacrificio, un dolor, que todo el que puede evitar, lo evita.

Se trabaja en este mundo por temor a un mal; por temor a la pobreza, que es el peor de los males.

El paraguayo, como todo mestizo de español e indio americano, jamás tuvo miedo a la pobreza; más miedo tuvo al trabajo. Pero en tiempo de Francia y Don Carlos Antonio López, trabajaba por miedo al castigo. En aquellos pretéritos tiempos, en cuanto que el celador de campaña (hoy sargento de compañía) sabía de un haragán le llamaba y, en nombre del supremo, le advertía, que tenía que trabajar para sí o para la patria. Si no cumplía la orden, recibía por primera vez veinticinco palos; a la primera reincidencia cincuenta palos. Y tenía buen cuidado de no exponerse a los cien palos, de la segunda reincidencia. No había sino dos caminos: trabajar o morir a palos. Ahora, con las declaraciones constitucionales que le garanten la libre disposición de su persona, el paraguayo frugal y resignado, que no conoce el miedo a la pobreza, huelga a voluntad y es el más celoso cultor del principio moderno, de que el vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo.

Cuántas veces, en mis visitas a la campaña, he tratado de infundir en los campesinos el amor al dinero, como medio de pasar esta vida del modo más agradable posible pintándoles los placeres que comporta la buena cama, la buena mesa, el confort, la buena ropa, la conciencia de la propiedad y de la independencia que da el dinero, pero... mis cálidas y entusiastas exhortaciones, les entraban por un oído y les salían por el otro.

Cuántas veces he explicado al campesino, todos los males de meterse en política, en la forma que lo hacían, de lo cual no podían sacar otro resultado que perjuicios materiales, dentro de su propio ambiente, una vida llena de inquietudes, peleas, chismes y difamaciones, que a menudo se resolvían en una tragedia, mientras los jefes se regodeaban en la capital, con pingües sueldos y gordos gajes. Pero nada; mis oyentes me miraban algunos azorados y otros socarronamente.

Pero, ya que el pueblo paraguayo vino al mundo tan mal dotado de los atributos necesarios para la producción de la riqueza, el Gobierno, encargado de la dirección del país, pudo haber tratado de remediar el mal, con los elementos de que disponía. En lo que atañe al hombre, todo se remedia por medio de una educación conveniente. La Historia nos presenta ejemplos de pueblos pobres y de fiscos ricos. El mismo Paraguay nos brinda de esto un caso típico, bajo el gobierno de Don Carlos Antonio López. Desgraciadamente los gobiernos de la post-guerra, lejos de tratar de remediar ese mal, dando al pueblo la asistencia económica y la dirección técnica que fueran menester para combatir la pobreza y fomentar en su seno el espíritu de previsión y de ahorro, dieron ellos mismos el ejemplo del despilfarro y de la imprevisión más completos. No hay en toda la campaña del Paraguay la más triste caja de ahorro y los políticos, en lugar de aconsejar al campesino que adquiera con el fruto de su trabajo, un pedazo de tierra en que caer muertos, le engañan para robarle su voto, prometiéndole falazmente, hacerle dueño de la tierra del vecino, que será expropiada por el Estado y se le entregará gratis, por obra y gracia de su diputado.

Más todavía: los gobiernos agravaron el mal de su parte, con la dilapidación de los dineros públicos, el malbaratamiento del patrimonio nacional y la malversación de los recursos provenientes del sudor del pueblo, cuya demostración será la materia de los capítulos que siguen a continuación.

 

 

 

LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA

 

El sentimiento de justicia domina por hoy en toda colectividad humana con la fuerza de una necesidad orgánica, como el hambre, la sed, el sueño. Él es, como esperanza, sostén y consuelo del hombre, la base de todo el edificio moral de los pueblos civilizados y libres.

Cuenta Ruskin, que en las ruinas del famoso templo de Delfos en Grecia, encontró una inscripción que decía: «entre las cosas más bellas de este mundo, la primera es la justicia». Y ya se dijo en la Convención francesa, «sálvese la justicia, aunque perezca el mundo».

No hay cosa que más subleve que la injusticia. No hay atentado más hiriente y más irritante que el cometido a nombre de la justicia. Muchas legislaciones antiguas reservaron las penas más terribles y espectaculares para los jueces prevaricadores.

La administración de justicia es la función principal de la soberanía de un pueblo. Por eso, el preámbulo de la Constitución Nacional coloca como primer fin del Estado asegurar la justicia.

«Cuanto más estudio el gobierno o me compenetro de los problemas legislativos o administrativos -dice un eminente estadista norteamericano-llego a la conclusión de que la condición esencial de todo progreso en un pueblo civilizado es el respeto al poder de la justicia».

«La justicia es el más grande beneficio del hombre en la tierra. Es el vínculo que mantiene unidos los seres civilizados».

«Donde quiera que su templo se levante y mientras ella sea venerada, habrá la mejor base de la seguridad social, del bienestar general y del mejoramiento y progreso de la especie humana». (Daniel Webster).

«El peor azote para una sociedad civilizada es la mala justicia». (Lugones). Uno de los más ilustres jurisconsultos norteamericanos de estos tiempos Mr. Hughes ha dicho: «La justicia no es una abstracción; es el renglón más práctico de los pueblos libres y es necesario que en nuestros tribunalesencuentren los hombres, la garantía de que, ninguna fuerza, ninguna intriga, ninguna corrupción o privilegio ha de perturbar la administración de justicia. Es en ella, en nuestros tribunales e instituciones de profesión legal, que encontrarnos la medida de nuestro éxito cívico».

Efectivamente: lo dijo entre nosotros don Manuel Gondra: «la gloria más grande de los Estados Unidos, no es su poder, sino su justicia».

De acuerdo con estas ideas, nuestra Constitución en su preámbulo enuncia como su primer fin «el de establecer la justicia».

Pero justamente esta función la más excelsa del Estado, ha sido la más descuidada en el Paraguay. No se oyen sino quejas de la administración de justicia no solamente del pueblo sino hasta del mismo gobierno. Así lo confiesan todos los mensajes presidenciales de estos últimos tiempos. Lo proclama el desvío, por no decir horror, que tiene la población a los tribunales y el hecho de que los mismos abogados del foro, de entre los más calificados, evitan, a ser posible, los pleitos, buscando más bien el arreglo privado entre sus clientes, con perjuicio frecuente de sus intereses.

La justicia rápida, barata y recta que, haciendo respetar todos los derechos, produzca la paz jurídica, el supremo bien de los pueblos, el respeto de la Nación hacia los jueces, que como dice Pacheco son en este mundo la representación directa de Dios, así como el acatamiento y confianza en sus fallos, como garantía de la tranquilidad y seguridad pública, son las preocupaciones preferentes en esta época de toda Nación civilizada y digna.

Y en el Paraguay, fallan precisamente estos resortes: la justicia es lenta y cara hasta lo increíble, todos los pleitos se eternizan y cuestan diez veces de lo que debieran y el pueblo no tiene fe y confianza en los jueces.

Lo que diremos en este capítulo, rezará, casi por completo, con la justicia de la capital, a causa de la centralización absoluta del poder judicial. En la campaña puede decirse que hasta ahora no hay justicia, no obstante ser un principio elemental de buen gobierno, que la justicia debe estar cerca de aquellos que necesitan de su amparo. «La campaña vive en este sentido en el abandono más absoluto, como si ella no fuera la raíz, que sustenta toda la energía de la nación y como si en la campaña la vida, la propiedad o el honor no mereciesen igual amparo que la ciudad. Quien busca el amparo de la justicia, tendrá fatalmente que venir a la capital. Y esta dificultad irroga a la inmensa mayoría de la población tantos trastornos, molestias y gastos, que prefiere a menudo el interesado renunciar a su derecho».

El clamor público contra la lentitud de la administración de justicia es incesante, general y aumenta de día en día. «Una morosidad inconcebible se observa hasta en los juicios más sencillos, de pruebas reducidísimas, que, por su propia naturaleza, alejan la posibilidad de dificultades que obsten a su rápida solución. Y este mal, hecho crónico, produce en el pueblo un desconcierto, un pesimismo, una sensación de malestar tan penosa, que no se sabe cómo ha podido prolongarse tanto tiempo, sin haber dado lugar a conflictos muy graves, dado que, como dice un jurisconsulto, «la lentitud de la justicia equivale prácticamente a la falta de la justicia».

Los perjuicios que este mal ocasiona a la economía, tranquilidad y buen nombre de la nación, son incalculables.

Hay capitalistas paraguayos que, en lugar de invertir sus fondos en el país, prestándolos al trabajador al 10 o 12% que es el interés bancario, los tienen depositados en los bancos extranjeros sin ganar intereses o los emplean en la compra de cédulas hipotecarias en Buenos Aires, que le dan apenas el 6%. Tan pronto que un padre de familia tiene dinero, se apresura a convertir su caudal en una sociedad anónima simulada, destinada a primera vista a evitar intervención de la justicia en el reparto de la herencia, pero que, de paso, estafa al Estado los impuestos sucesorios y a veces también a los hijos naturales y acreedores legítimos.

Los capitalistas extranjeros no se animan a tentar fortuna en el país, por miedo de no ser oportunamente amparados.

En Buenos Aires se me refirió este caso: una señora viuda residente en esa ciudad tenía para colocar en hipoteca un millón de pesos argentinos al 8 anual, habiendo encargado de la operación a su hermano un distinguido ciudadano paraguayo. Un compatriota le insinuó a éste la idea de colocarlos en el Paraguay, donde hacía tanta falta dinero y los intereses serían mucho más elevados, por lo menos el 12% anual. «No compañero, contestó el interpelado: en nuestro país se me ha contado de un juicio ejecutivo por cobro de un crédito hipotecario que ha durado siete años y, para eso, mejor no colocar el dinero».

El recelo de los capitalistas extranjeros de la justicia del Paraguay se vio evidente últimamente en la ley de concesión al Banco del Hogar Argentino. Era necesario, indispensable, traer al país, un banco que otorgase préstamos a largos plazos con garantía hipotecaria, que disminuyese el interés bancario corriente en plaza y pagase más en caja de ahorros.

El Banco del Hogar Argentino, poderosa institución bancaria fomentadora de la construcción y edificación y que podía atender a esos fines, se allanó a venir al país, pero con la condición expresa de que, en el cobro de sus créditos, no interviniese la justicia nacional, o sea que el establecimiento había de ser juez y parte.

Y el gobierno del Paraguay, en sus momentos de desesperación, degradado por la pobreza o acaso bajo la presión de quién sabe qué fuerzas, consintió esta condición, que comportaba la abdicación de su soberanía, sobre lo más primordial y delicado de lo fines del Estado según nuestra propia Constitución; la administración de justicia.

La ley N°. 1116 otorga al Banco del Hogar, en caso de incumplimiento de sus obligaciones por sus deudores, la facultad de proceder al cobro, sin forma de juicio, y con prescindencia de las leyes que rigen la materia. Cláusula de muy dudosa constitucionalidad, vergonzosa y humillante para el país y una bofetada para la administración de justicia, cuyas terribles consecuencias en el futuro, no se han detenido a calcular el Poder Legislativo y el Ejecutivo. (ver Art. 17 de la ley del 9 de mayo de 1906).

En efecto, un poco más tarde o más temprano, esta cláusula tendrá que ser abolida en nombre de la dignidad nacional y de los intereses de los ciudadanos y, entonces, verá el gobierno, lo que pedirá el banco por rescisión de su concesión y los peligros de carácter internacional que comportará este conflicto.

Esto en la jurisdicción civil y comercial.

En materia criminal los efectos de la morosidad de la justicia, son igualmente desastrosos.

Por una nota del Ministerio del Interior, supo el país, que, de ochocientos recluidos en la cárcel pública solamente 25 ó 30 son condenados. Todos los demás son presos, que se encuentran recluidos, preventivamente a la espera de su sentencia y todavía pueden resultar inocentes, después de haber sufrido por meses y años, los horrores de la cárcel, al par que haber irrogado ingentes gastos al estado en su mantención diaria. Esta legión de ociosos cuesta al país sendos miles de pesos por día.

Y aunque tuviésemos cárceles modelos, el mal no desaparecería. El trabajo del preso en el régimen penitenciario, solo es para aplicarlo a los penados y no a los simples detenidos preventivamente. Y treinta penados no podrían mantener a cerca de ochocientos no penados.

Los excarcelados bajo fianza, podrían quedar impunes, como sucede a menudo, por la simple inacción de jueces y fiscales durante el tiempo fijado para la prescripción, mientras, por otro lado, los acusados por delitos insignificantes, que por falta de medios pecuniarios o padrinos políticos, no mueven sus causas, se pudren en la cárcel, para resultar después inocentes, o pasibles de una pena pequeña, que ya habían purgado con exceso.

Y si a esto se agrega, como hemos dicho, la falta de autoridad moral de los jueces a los ojos del pueblo, habrá por fuerza de convenir, que se trata de una desventura nacional realmente grave, que debe remediarse con urgencia y energía, antes que el mal llegue a mayores irremediables.

Las causas o factores originantes de esta desdicha son de carácter heterogéneo, mixto de administrativo, económico, intelectual, moral, político, legal y material, que, contribuyendo y tirando cada cual por su lado, han dado por resultante común el grave mal que nos ocupa.

Como factor administrativo adverso, tenemos que el personal de la administración de justicia ha sido siempre, durante la era Constitucional, insuficiente y mal remunerado y por esto, casi siempre de mala calidad.

Esta circunstancia obedece, a mi ver, a que los políticos han apetecido poco estos puestos de labor y de sacrificio de la administración de justicia, que requerían capacidad y virtudes no comunes en ellos, por donde nunca se ocuparon de su mejora en personal ni dotación, habiendo sido siempre la cartera de Justicia la cenicienta del presupuesto.

Ahora mismo, una sola Cámara de Apelaciones en lo Civil, para una población de un millón de habitantes y todavía con los métodos complicados y dilatorios que la ley y la práctica emplean para el estudio de los asuntos, es sencillamente una enormidad, una barra puesta en el medio del camino que tiene trancada toda la administración de justicia.

No hace mucho el diputado Dr. Segundo Sánchez, mediante esfuerzos tesoneros, consiguió que en una ley de presupuesto se incluyese otra Cámara de Apelaciones en lo Civil; pero el Poder Ejecutivo, que no simpatizaba con la idea, no cumplió la ley, empleó el dinero en otros destinos y como el doctor Sánchez había cumplido su período y el asunto no era de carácter político, sino de interés capital para el país, ningún representante se ocupó de interpelar al P. E. sobre el incumplimiento de esa ley.

La insuficiencia crónica del personal de la administración de justicia trajo como resultado fatal, el amontonamiento de asuntos paralizados pendientes de resolución, que han ido creciendo poco a poco, cada vez más, hasta constituir en la actualidad un stock, que tiene abarrotado los estantes, archivos, despachos y secretarías de los jueces y tribunales de la República.

Así las cosas, se hace de todo punto imposible exigir por ahora de los jueces y tribunales, que fallen dentro de los términos que las leyes les señalan para dictar sentencias. Para remediar este grave mal es indispensable que, una vez por todas, ponga la administración de Justicia su despacho al día, al partir del cual, en el futuro podría hacerse efectivas las responsabilidades civiles y penales que la ley impone a los magistrados por el incumplimiento de sus deberes, de las que ahora se eximen con el pretexto, real o fingido, pero muy atendible, del exceso o recargo de trabajo.

Para subsanar este mal del estancamiento de los asuntos judiciales de que tanto se quejara el Poder Ejecutivo en su Mensaje Presidencial, propuse en el año de 1925, como remedio, una ley de emergencia, que, movilizando en servicio de la administración de justicia, transitoria o pasajeramente, todo el foro nacional se constituyera en jueces de derecho a todos los que entonces se encontrasen legalmente capacitados para ejercer las funciones de la magistratura judicial, hasta que todos los asuntos atrasados, pendientes de resolución pasaran al archivo por sentencia firme o por arreglo entre los interesados.

Reproduzco en seguida los términos de ese proyecto que fueron publicados en el diario «Liberal»:

«ORGANIZACIÓN JUDICIARIA»

PROYECTO DE UNA LEY DE EMERGENCIA

«Con el objeto de remediar el mal inmenso que representa para el país el estancamiento en que se encuentran los juicios pendientes ante el Poder Judicial, mal que viene de lejos y que se manifiesta en el abarrotamiento enorme de de causas paralizadas, que están por años y años esperando sentencia, propongo a la discusión pública el siguiente proyecto:

A)     Crearse en carácter permanente una nueva Cámara o Tribunal de Apelaciones.

A mi ver, la segunda instancia debe constar de tres salas, dos Cámaras o Tribunales de Apelaciones en lo Civil y Comercial en dos salas 1ª. y 2ª. cuyos miembros se reemplazarán recíprocamente y entrarán de turno unes de por medio. Una Cámara en lo Criminal o sea la 3a. sala.

B)      Una ley de emergencia, es decir, de carácter temporario, que regirá hasta que el Poder Judicial se haya puesto al día o poco menos, en el despacho de los asuntos paralizados estableciendo poco más o menos lo que sigue:

1°.)    Nombrar en comisión y ad-honoren seis jueces de instrucción para fallar todos los incidentes que se encuentren en la fecha pendientes de sentencia, retardados por más de tres meses.

2°.) Nombrar en la misma forma, otros seis jueces de la instancia de sentencia para fallar los asuntos en estado de autos, para sentencia definitiva, atrasados por más de tres meses.

3°.) Instituir tres Tribunales o Cámaras de Apelaciones en la misma forma, para fallar los pleitos en estado de sentencia, sea del juicio principal o de incidentes paralizados, por más de seis meses.

4°.) Declarar esta comisión carga pública.

5°.) Las partes litigantes tendrán el derecho de elegir, por mutuo acuerdo, el juez o tribunal en comisión que habrá de entender en 1a. y 2a. instancia en sus pleitos, por medio de un escrito presentado por ambas partes al juez o tribunal donde radica la causa.

6°.) Los jueces en comisión, no ganarán sueldo, pero cobrarán por sus actuaciones un derecho fijo de 2% sobre el monto del valor de lo litigado, en concepto de honorarios.

Los miembros de las Cámaras o Tribunales de Apelación cobrarán en el mismo concepto el 3% a dividirse entre los tres miembros.

En el caso de tratarse de un asunto en que se discuten derechos no cotizados o cotizables en dinero efectivo, los jueces y magistrados en comisión ajustarán con las partes los honorarios que habrán de percibir por su trabajo.

7°.) En el escrito a que se refiere el párrafo 5°.), las partes litigantes expresarán si renuncian o no a los recursos de apelación o nulidad y en su caso, las personas que habrán de constituir el Tribunal de Apelaciones en la segunda instancia.

También podrán expresar la forma en que han convenido en pagar los honorarios de los jueces y camaristas designados.

8°.) Para ser juez y camarista en comisión, se requerirán los mismos atributos que para ser tales de derecho o efectivos.

9°.) Los jueces y camaristas en comisión, aceptarán el cargo en la misma forma que los jueces árbitros.

10°.) Las sentencias y resoluciones que dicten los jueces y tribunales en comisión, serán revestidas de las mismas formalidades legales que las expedidas por los jueces y tribunales efectivos.

11 °.) Si los litigantes han renunciado los recursos de apelación y nulidad en el escrito a que se refiere el artículo 6°., la sentencia de 1a. instancia hará cosa juzgada.

12°.) Todos los juicios sometidos al fallo de los jueces y tribunales de apelación en comisión, terminarán en 2a. instancia, cuya sentencia hará cosa juzgada, a menos, que en la sentencia se haya violado la Constitución o se haya discutido en el pleito desde la 1a. instancia, la constitucionalidad de una ley.

13°.) Los emolumentos de los jueces y tribunales en comisión a que se refiere el artículo 6°., serán pagados por la parte vencida.

En caso de no haber condenación en costas, serán pagados por las partes a escote y por partes iguales.

La responsabilidad de las partes litigantes por estos emolumentos es solidaria, con acción para el que los ha pagado de repetición o reembolso contra el co-obligado moroso, o insolvente.

Esos emolumentos gozarán de privilegio, sobre todos los demás gastos y costas causídicas y sobre cualquiera responsabilidad de las partes litigantes emergentes del juicio sometido al fallo.

W.) Los jueces deberán fallar dentro de los cuarenta días y los tribunales de Apelación dentro de los sesenta días, a contar desde el llamamiento de autos para sentencia.

Los jueces y tribunales de apelación en comisión, que, sin mediar causa de fuerza mayor debidamente justificada, o autorización expresa de los interesados, dejaren transcurrir, sin pronunciar sentencia, el doble de los términos que les son respectivamente asignados en el párrafo anterior, perderán todo derecho a los emolumentos a que se refiere el artículo 6°., cesarán ipso-facto en sus funciones y abonarán una multa de quinientos pesos de curso legal a favor de la educación común.

15°.) Los jueces y tribunales en comisión, podrán excusarse de aceptar el cargo, si las partes a su pedido, no se aviniesen a otorgarle fianza a satisfacción de los emolumentos que habrían de corresponderle de acuerdo al artículo 6°.

16°.) Los j jueces y tribunales en comisión, podrán actuar con el secretario de la causa, siendo facultativo de ellos cambiar este secretario por otro cualquiera de los efectivos de la administración de justicia o un escribano público.

17°.) Los jueces y tribunales de Apelación, no podrán recibir pruebas fuera de las aludidas en los artículos 58 y 248 del C. de Procedimientos Civiles. En estos casos, ellos designarán en la causa, por medio de una providencia, La oficina o casa particular habilitada para la práctica de esas diligencias.

18°.) Las responsabilidades criminales en que los jueces y tribunales de Apelación en comisión puedan incurrir en el ejercicio de su cargo, gozarán de los fueros de un magistrado efectivo de su rango.

19°.) El Poder Ejecutivo, fijará la fecha en que cesará la vigencia de esta ley».

El gobierno no se dignó ocuparse del proyecto. Había estado derramando lágrimas de cocodrilo.

Pasando al estudio de los otros factores del mal que nos ocupa, nos encontramos en el más grave: la mísera retribución de los jueces.

Los sueldos que reciben del presupuesto, los jueces y tribunales de la República son ínfimos.

Los miembros del Superior Tribunal de Justicia ganan 12.000 c/1. el 60 %, de lo que cobra en Buenos Aires, el secretario de un juzgado de 11. Instancia ($ 1.000 argentinos, $ 18.750 c/1.)

De aquí que en el Paraguay, no pueda llevarse a los cargos judiciales, como en otros países, a los abogados que se han distinguido, por su capacidad, experiencia y buen nombre profesional, sino a los que quieran resignarse a ganar el paupérrimo sueldo que les asigna el presupuesto. Éstos son generalmente jóvenes recién egresados de la Facultad de Derecho, que van a esos puestos a adquirir la práctica necesaria para entrar después al ejercicio profesional, y naturalmente, jóvenes así, no son expertos en los puestos que ocupan; cualquiera cuestión sometida a sus decisiones por insignificante que sea, les exige en estudio, meditación y hesitaciones, tiempo triple que a un abogado experimentado.

El diario «La Nación» comentando este punto ha publicado los párrafos que a continuación reproducimos.

«En materia de nombramiento de jueces, nosotros empezamos por donde los demás terminan. En otras partes los abogados más capaces y experimentados del país terminan su carrera siendo jueces. Aquí el joven estudiante de derecho comienza su carrera siendo juez para llegar a ser abogado al final. El contrasentido es resaltante. Los cargos de jueces se llenan casi siempre con jóvenes estudiantes que aún no han dado término a su carrera universitaria o con los recién egresados como abogados, pero que carecen de la práctica y de la experiencia más elementales de la profesión».

«Tales jueces, al hacerse cargo de los juzgados, trabajan penosamente. Ni las providencias de mero trámite se obtienen con ellos sino después de largas vacilaciones. Los juicios se paralizan, los despachos en las tres secretarías que cada juez tiene a su cargo se acumulan, los asuntos importantes a resolverse se postergan indefinidamente y, las resoluciones que en este terrible trance de inacción se ve apremiado a dictar el novicio, generalmente son desacertadas».

«A veces el nuevo juez tiene que presidir una audiencia en asuntos importantes, concursos, sucesiones, diligencias de pruebas, donde se ventilan cuestiones de transcendencia y es francamente lamentable el papel que allí hace, ante los apremios y la fiscalización de las partes».

«Estos jueces se hacen prácticos y expertos al correr de los años. Pero ¿cuánto ha costado el duro aprendizaje? ¿Puede calcularse todo lo que su actuación representa en pérdida de tiempo, perjuicios, transtornos yquebrantos para los que tienen asuntos que ventilar ante la justicia? ¿Es posible calcular siquiera todo el daño que el nombre de la administración judicial del país ha sufrido con las demoras y postergaciones, con providencias desacertadas, con los fallos errados de estos jueces?».

«Es desesperante tener asuntos en manos de jueces novicios e incompetentes. No hay seguridad, no hay garantía en ellos. En todo momento se está expuesto a una medida precipitada y arbitraria».

«Debe observarse que muchas veces, estos jueces proceden con la mejor intención. Pero, desgraciadamente la buena intención no basta para ser juez. El juez debe ser ilustrado, competente, capaz y debe tener una buena práctica profesional».

No pretendemos con esto que cada juez de la instancia sea un jurisconsulto. Pero sí que, como en otros países, sean abogados distinguidos, que se hayan hecho notables en la vida profesional, por su capacidad, rectitud y moralidad. Afirmar como lo hacen los políticos de que en el Paraguay se necesita la vara de Moisés para encontrar abogados semejantes, es Un dislate. En el foro paraguayo existen figuras descollantes y responsables que podrían honrar la magistratura nacional. ¿Por qué no se les llama a ocupar los altos cargos de la administración de justicia que, por ley y por conveniencia del país les corresponde?».

Es un deber del Ministro de Justicia llamar a hombres de esta clase en cada caso de vacancia de un alto cargo judicial y, en caso de no aceptación, publicar en un diario el ofrecimiento, la declinación de la oferta y las razones que la fundaron.

Por lo mismo que el Poder Judicial, no tiene fuerza material ni política de elegirse para ejercerlo a los hombres más competentes del país a fin de que ese poder, tenga siquiera poder moral.

Los ministros de Justicia, acosados por la opinión pública, suelen en privado escudarse en los casos de un nombramiento desacertado, en que ofreció el puesto a fulano o zutano que no lo aceptó. Pero casi siempre resultó después, haber el ministro faltado a la verdad, pues que no había ofrecido a nadie el cargo, sino que se 1e había indicado reservarlo para determinada persona, impuesto por los caudillos políticos.

«A la falta de suficiente ciencia y experiencia en los jueces superiores, decía «La Nación», debe agregarse la falta de puntualidad y laboriosidad». «Los jueces concurren tarde a sus despachos restando a su servicio horas enteras y trabajan poco».

«Los apercibimientos y los llamados que se hacen por la superioridad, no han dado resultado. Algunos renuncian, otros protestan airados, otros no le conceden importancia y todos se constituyen en enemigos del profesional, que, con sus exigencias de pronto despacho, ha dado lugar al incidente». Hace rato que yo me había dado cuenta de esta circunstancia y en fuerza de ella durante treinta y cinco años de ejercicio profesional, jamás me he quejado de ningún juez. Cien veces, mil veces, por meses y años, he ido humildemente con el sombrero en la mano y la sumisión en el porte, a pedir a jueces y magistrados el despacho de mi asunto y, otras tantas veces, el juez que me ha prometido despacho me ha engañado, con falta de seriedad y educación impropia de su cargo y de la consideración debida a mi carácter de profesor de derecho, a quien Las Partidas, que todavía es ley entre nosotros, mandaba a los jueces tratar con respeto especial. Ya puede el lector que conozca mi carácter, figurarse la irritación y exasperación que me producían esas humillaciones, pero el hombre pronto se acostumbra a las mayores desdichas y así, me habitué a sufrir en silencio la opresión, en homenaje a mis clientes ya que en los tribunales son frecuentes los casos en que clientes inocentes han tenido que pagar la ojeriza y hasta saña del juez contra su abogado, muchas veces completamente gratuita, propias de jóvenes en los que la pasión y la irreflexión son más frecuentes. Estos jueces cobardes y vengativos son catastróficos.

No obstante la exigüidad de los sueldos que perciben los jueces y tribunales superiores de la administración de justicia, la venalidad, no es entre ellos el vicio reinante. Hasta puede concederse que son raros los casos de prevaricato por dinero. Los abusos, las injusticias que comete el poder judicial central, son más bien la obra de las presiones políticas y de la antipatía personal del juez al litigante.

La razón es bien notoria. Los jueces y tribunales, deben su elección y reelección a los políticos.

Los jueces y tribunales no tienen ninguna garantía de estabilidad y de seguridad, de conservar sus puestos por haber obrado recta y justamente. Algunas veces, el hecho de haber cumplido con su deber es precisamente la causa de su desalojo. Y este hecho no puede menos que desmoralizarse y anular su voluntad.

Comentando este hecho ha dicho «La Nación»:

«La justicia nacional no es independiente, vive estrechada por los apremios de la política y de los políticos y en un estado de subordinación y hasta de sujeción a los órganos y organismos políticos y partidarios. Todo esfuerzo que en su seno se pronuncie en el sentido de sacudir esa especie de tutela desdorosa no tiene eficacia, fracasa necesariamente».

«Los intereses políticos, o mejor dicho, partidarios son los primeros que se consultan para constituir los tribunales. El nombramiento de un juez es objeto de una deliberación previa en la que intervienen desde las autoridades de los partidos hasta los comités de barrio y los caudillos menores. El Poder Ejecutivo está, generalmente, supeditado por su parte a la voluntad partidaria y nombra aquellos a quienes la autoridad del partido señala. A veces, como una satisfacción a los partidos contrarios y a la opinión se nombre a un representante de éstos, pero, cuando ello ocurre, no se elige el mejor de tal partido, sino que se busca al más adaptable, el que menos resistencia podría ofrecerles en cualquier coyuntura».

«El magistrado, desde su nombramiento, está sometido a rudas pruebas. Le asedian, le apremian, le sitian y le aturden por todos lados con recomendaciones e influencias». «Se trata de un asesino alevoso, contra quien clama la opinión entera, pero es un caudillo del partido y el juez debe absolverlo en cualquier forma».

«Se trata de un bandido que ha sembrado la alarma, el terror en la campaña, ha cometido depredaciones, abusos, robos como autoridad, como jefe político, como cuatrero de monta, pero la justicia debe absolverlo, porque es un elemento valioso del partido y en la última revolución tuvo el mérito de asaltar una población y asesinar a sus enemigos».

«Se trata de un usurpador de tierras, de un intruso, de un explotador de montes, de un ladrón de yerba y de maderas ajenas, pero los jueces deben decretar el sobreseimiento de su causa porque es un caudillo de tal región o es el recomendado de éste».

«Trátase de un pleito donde intervienen intereses de políticos de influencia o intereses de política partidaria y el magistrado se siente apremiado, víctima, molesto».

«La verdad desnuda es la siguiente: Cuando en una causa judicial concurre un interés político o el interés de un político difícilmente habrán jueces capaces de dictar un fallo en contra. Si los hay y tienen el valor de dar una sentencia contraria a aquellos intereses, no siguen largo tiempo en su carrera y si continuara es a costa de menoscabos y humillaciones. Por esta razón, algunos abogados influyentes llegan a tener el monopolio de los asuntos tribunalicios».

Lo que dijo «La Nación » en los párrafos transcritos es la opinión corriente en el país.

La gente práctica y avivada se ha dado cuenta de la preponderancia en nuestros tribunales de la influencia política sobre la capacidad del abogado o el derecho del litigante y ha buscado ponerse al abrigo de su poder.

Citaré dos casos de mi práctica.

En el año 1914, mi buen amigo, el acaudalado estanciero argentino hoy finado don Pedro Duarte, tronco de una familia distinguida en el país, que ocupa muy alto rango por su posición social y de fortuna y a quien, desde la muerte de don Víctor Soler yo atendía como abogado sus asuntos judiciales por suerte con buen éxito constante, me manifestó, con caballeresca y varonil franqueza, que, en vista de mi actitud de oposición al gobierno del Sr. Schaerer y del sometimiento servil de sus tribunales, velando por sus intereses, había decidido, en un gran pleito que le había promovido su hijo Venancio, dar su representación al Dr....... abogado situacionista.

En el año 1925, se abrió en los tribunales el sonado juicio sucesorio de la señora Ninfa Ramírez de Viñales, a que aludimos con más detalles en otro lugar, presentándose como único y universal heredero de la cuantiosa herencia dejada por la señora, el escribano público don José Ramón Silva, en virtud del testamento sospechosísimo de falso y doloso y completamente nulo ante la ley, que ya hemos visto.

Fue abogado del Sr. Silva en los primeros pasos del juicio testamentario, su correligionario político y amigo el Dr. Antoliano Garcete. Pero, al llegar a conocimiento del señor Silva que un pariente de la testadora y también el Fiscal de lo Civil y hasta el Intendente Municipal, se aprestaban para pleitarle, impugnando la validez del testamento, el Sr. Silva, cortó el nudo gordiano, sacando su poder al Dr. Garcete, para entregarlo al estudio de abogado políticamente más poderoso de la República. Y cuentan que al otro día el Sr. Silva, seguro y tranquilo sobre el porvenir de su cuantiosa herencia dijo a un amigo, que le averiguó su estado: Oimé ameé José P. pe, jha anga toú to pereré che rejé umi bareá partida. (Ahí le entregué al Dr. José P. Guggiari, y ahora pueden venir sobre mí esa banda de famélicos). Se refería a los que habían resuelto demandarle por nulidad del testamento y reivindicación de la herencia dejada por Da. Ninfa Ramírez de Viñales.

Y por supuesto el testamento fue aprobado. El Fiscal fue su mejor defensor y el pleito que siguió al Sr. Silva el pariente de la testadora aludido fue paso por paso, en principal e incidente, un triunfo constante del Sr. Silva.

Era una fija.

Volviendo ahora al asunto que informa este capítulo nos ocuparemos de los jueces de campaña.

Los jueces de paz de campaña, únicos representantes como dijimos de la justicia nacional fuera de la capital, quienes tienen además a su cargo, el Registro de Estado Civil, el registro militar, y entre cuyas atribuciones se encuentra la de levantar sumarios sobre todos los delitos, cualquiera sea su gravedad, es decir que, con un proceso fraguado tendría en sus manos la libertad y hasta la vida del propietario más acaudillado del lugar, perciben un sueldo inhumano, que no me animo aquí a estampar, temiendo que este libro sea leído en el extranjero. El secretario por su parte no gana como sueldo la mitad de lo que en un mes, un día con otro, gane el más infeliz canillita, el rapazuelo lustrabota callejero más zaparrastroso.

Estos sueldos son de incitación directa al delito y trajeron como consecuencia lo que era fatal, ineludible: la venalidad de los jueces de paz, de un extremo a otro de la República.

Ha dicho Franklin, que la bolsa vacía no puede tenerse parada, con lo que quiso significar, lo que todo el mundo sabe: que para anular la conciencia y la vergüenza y aniquilar el deber nada hay más seguro y contundente que la miseria. Son tantas y tan punzantes y humillantes las penas y zozobras que comporta la extrema necesidad; y no todos han nacido con el estoicismo necesario para sobrellevarlas heroicamente.

Muchas poblaciones de la campaña, particularmente las colonias extranjeras, se han dado cuenta de esta circunstancia y han premiado al buen juez, con sobresueldos allegados por suscripción pública, hasta una suma que permita al juez llevar una vida decorosa y cumplir su deber honradamente.

Como remedio para estos males de orden económico, intelectual y moral que aquejan nuestra administración de justicia, no podrá darse otro, que el de la mejora de sueldos que permita traer a esos cargos a personas de mayor calibre intelectual y moral y asegurarles la estabilidad en sus puestos, mientras dure su buena conducta.

Para lo primero será previo que el gobierno tenga hombres capaces de promover el trabajo nacional y hacer ganar al paraguayo dinero, que le permita pagar más impuesto pero vivir como la gente civilizada y cuya ciencia financiera y administrativa vaya un poco más lejos, que calcular, casi siempre mal, los recursos, que año por año dará la Aduana y repartirlos entre los empleados. Para lo segundo, se impone que la política respete siquiera el sagrario de la justicia como zona vedada a sus mañas y camándulas, en homenaje a la tranquilidad pública y el decoro nacional, ante propios y extraños.

Un empleado de las secretarias, cuya actuación en la forma que por hoy se desempeña constituye un peligro, es el ujier irresponsable con sueldo de hambre, encargado de las notificaciones de las sentencias y de las providencias fuera de la oficina.

Estos empleados, por poca cosa, le espetan al más pintado un cedulón barcino, suscrito por testigos falsos e imaginarios, al saber que el litigante a quien se creyó ausente está presente en su domicilio. Nadie está libre de ser fusilado por la espalda con una notificación criminal.

Las firmas a ruego, en cualquier acto público o judicial, deben prescribirse por completo. Las personas que no saben firmar deben autenticar los actos jurídicos o judiciales en que intervengan, como partes o testigos, con sellos con su nombre refrendado por su impresión digital.

Sobre estos puntos tan importantes de la vida civil se ha escrito por la prensa largo y tendido. El gobierno no se ha dignado ocuparse de ellos por no ser asunto político. Como causas legales cooperan a la lentitud de la administración de justicia las mismas leyes procesales, por la facilidad extrema que brindan a los litigantes y abogados de mala fe, para armar incidentes, tras incidentes, que prolongan el juicio indefinidamente.

Hace mucho que el clamor público reclama con insistencia la reforma de las leyes procesales, por considerar a éstas por lo que tienen, y por lo que no tienen más bien una rémora para la buena administración de justicia. Y los proyectos de reformas a esas leyes, obran en el Poder Ejecutivo, mandados confeccionar por el gobierno del coronel Escurra, cuando era ministro de Justicia el ilustrado jurisconsulto e insigne político Dr. Francisco C. Chaves.

Pero el Congreso no se ha mostrado sobre este asunto a la altura de su misión y de la importancia del caso; y así esos proyectos yacen allí olvidados hace un cuarto de siglo, sin que jamás hayan figurado como orden del día de ninguna de las Cámaras.

En efecto, se encuentra en la carpeta legislativa, olvidado desde 1905, el proyecto de un nuevo Código de Procedimientos Civiles y Comerciales, redactado por encargo del P. E. por el Dr. José Emilio Pérez, profesor de Derecho Procesal en la Facultad de Derecho por más de un cuarto de siglo y abogado de actuación ininterrumpida de larga y lúcida práctica profesional. Se dice que, en este proyecto, colaboró el doctor Emeterio González, acaso el magistrado más competente que haya pasado por nuestra administración de justicia. Esta obra debe ser pues, en su género, la más perfecta y acabada, que pueda obtenerse en el país.

En 1927, el Sr. Ministro de Justicia Dr. Carlos L. Isasi presentó otro proyecto de reformas del Código de Procedimientos Civiles.

Tanto para completar aquel proyecto e integrar así la reforma total de la legislación procesal, cuanto para poner la ley de reforma a la par de la nueva ley de fondo (Código Penal), la confección de cuyo proyecto se me había encargado por el gobierno simultáneamente con el Dr. Pérez, presenté un año después (1906) a la Cámara de que entonces formaba parte como representante (Senado), el Proyecto de un nuevo Código de Procedimientos Penales que igualmente yace allí olvidado desde aquella lejana fecha.

De tiempo en tiempo, se han presentado al Congreso, proyectos de reformas parciales de esas mismas leyes proponiendo la modificación, supresión o agregación de tal o cual capítulo, de tales, o cuales prescripciones de los Códigos respectivos y de la Ley Orgánica de los Tribunales.

Los congresales, que caen de espaldas en cuanto se les habla de estudiar y sancionar Códigos nuevos, se muestran evidentemente más dispuestos a despachar los proyectos de modificaciones fragmentarias, que acometer la obra de conjunto, de saneamiento general de ese ramo de la legislación.

Pero, si aquel temperamento consulta con preferencia la comodidad de los legisladores, éste consulta mejor los intereses generales, ya que un cuerpo de leyes sometido a un plan único y encuadrado dentro de moldes prefijados, ofrecerá siempre más uniformidad y congruencia en sus disposiciones y será de manejo menos difícil y complicado, lo que facilitará su conocimiento y difusión y por consiguiente su cumplimiento, ya que las leyes tienen una benéfica influencia educadora cuando son claras, sencillas y ordenadas.

En cambio, una legislación salpicada de parches y añadiduras, a más de ser de difícil conocimiento y divulgación, como las leyes administrativas, se me hace que causará a los extraños la misma impresión ingrata que un traje surcado de remiendos y costurones, denunciadores de la poca altivez y preocupación de la persona que lo lleva.

Así las cosas, me parece muy hacedero y hasta fácil que, tomando por base, marco o armazón, los proyectos de Código de Procedimientos precitados, los de una nueva Ley Orgánica de los Tribunales retocada y las modificaciones parciales de esas leyes dictadas por el Congreso, se proceda, con todos ellos, a formar una obra única de conjunto, de saneamiento y renovación general de todas las leyes atingentes con la administración de justicia, reunidas y presentadas en un solo gran Código Judicial, como existe en numerosos países de Europa y América. Es cuestión nada más que de buena voluntad.

Tocante a los defectos que, bajo el aspecto material, presenta la administración de justicia, son también muy marcados. A este respecto dijo «La Nación»:

«La justicia necesita rodearse de cierto boato, de cierto aparato externo, que la revista de majestad y decoro».

«Un Tribunal, un Juzgado y sus dependencias deben estar instalados en edificios y piezas de aspecto decente y con mobiliario apropiado». «Desde la provista de los menesteres requeridos para su buen funcionamiento, la dignidad y corrección personal del magistrado, hasta la calidad de la silla en que se sienta y de la mesa en que escribe, forma parte del conjunto de condiciones que hacen respetable la justicia».

«No es de desdeñar, dice el Dr. Paiva, la mala influencia indirecta que ejerce sobre la buena administración de justicia la falta de locales apropiados, la deficiencia de las instalaciones de las oficinas y la pobreza franciscana del mobiliario en general. Por hoy como se sabe, las distintas dependencias judiciales están distribuidas en diferentes lugares distantes uno de otros, lo que hace materialmente difícil el control constante y eficaz que, en todos los momentos, compete al Superior Tribunal de Justicia ejercer sobre las múltiples dependencias del vasto organismo judicial».

«Estos locales, por otra parte, no todos son apropiados. Solo uno de ellos responde, a medias, con relativo decoro, a las necesidades de un despacho judicial. El de la calle Palmas, que es edificio fiscal, no tiene más que la fachada que engaña desde la calle, y digo así, porque hay que estar adentro para darse cuenta de que no pasa de un edificio en ruinas con piezas escasas mal distribuidas y peor habilitadas, ya por su estado de construcción, como por su falta absoluta de confort, de condiciones higiénicas y de seguridad. En cuanto a los edificios particulares tomados en arrendamiento, sólo la necesidad excusa, que sean sedes de oficinas públicas tan importantes».

«Pareciera a primera vista un detalle insignificante esta observación y sin embargo no es así. Basta tener en cuenta que, aparte del confort y la comodidad, la exterioridad, la apariencia juega igualmente un  papel muy importante, como factor no despreciable en el mejor desenvolvimiento de la administración pública. Se trata, en nuestro caso, de piezas de aspecto paupérrimo, en que están encimados el magistrado y todos sus dependientes, formando dos departamentos contiguos, en uno de ellos el juez y en el otro el secretario, los ujieres, los escribientes y hasta el público interesado en la justicia». (Memoria del Superior Tribunal).

«Los juzgados de la 1ª. Instancia que son justamente los más concurridos por el público, están instalados, en salas desmanteladas, donde no existe más que un mal escritorio y no más de seis sillas. Las secretarías, que son los puntos de reunión más a la mano, están tan pobremente instaladas queavergüenzan por su miseria. Una mesa decrépita, que ha sufrido la injuria del tiempo y de la suciedad, sin una mala carpeta, algunas sillas derrengadas, armarios indecorosos y carentes de toda seguridad, expedientes amontonados en el suelo, en tablones tendidos sobre restos de sillas que les sirven de caballetes, sin estantería, ni muebles para sus archivos y la guarda y conservación de los libros más importantes de la administración de justicia, como son los de copia de fallos y resoluciones, en desorden y abandonados en cualquier parte, tal es el cuadro de miseria y abandono que presentan». (La Nación).

«En estas condiciones, como se comprende, ni el juez ni los empleados pueden trabajar con cierta holgura pues, a la falta absoluta de comodidad, hay que agregarla dificultad, mejor dicho, la imposibilidad de establecer las distancias convenientes que deben mediar entre los funcionarios conforme a su jerarquía. El público, por su parte, se codea y se familiariza fatalmente con todos ellos y se hace difícil que se mantenga el orden y el recato necesarios en los despachos y en las oficinas anexas. La menor distracción provocada por esta misma promiscuidad, da ocasión a veces, para que gente mal intencionada se incaute de expedientes en que tienen interés con perjuicio de terceros. (Doctor Paiva).

En la campaña, los juzgados de Paz se encuentran en su mayor parte instalados en míseros ranchos, alquilados, de una o, a lo más, dos piezas. Su mobiliario se reduce, casi siempre, a tina mesa de madera, un armario de mala muerte y seis sillas de las más modestas.

Los edificios fiscales que, en tiempo de los López, sirvieron de cómodos locales a las autoridades políticas y judiciales, fueron vendidos a vil precio o regalados a sus favoritos por los primeros gobiernos de la era Constitucional, como hemos visto.

Lo que dejo expuesto, evidencia el muy poco interés rayano en el desprecio, con que los gobiernos de la postguerra miraron la justicia, no obstante haber establecido la Constitución en su portada, esta función como la primera y más sagrada de sus fines.

En infinidad de ocasiones se ha incitado al gobierno a que dedique a la construcción de edificios para sede del Poder Judicial, mejora del sueldo del personal y mobiliario de la administración de justicia central y de la campaña, íntegramente el producido del impuesto de papel sellado, para actuaciones judiciales elevado a mucho más; y se le ha demostrado que, con esta medida, ese poder satisfaría holgadamente sus necesidades en material y personal muy mejorados, costeándose su propio mantenimiento y poniendo a los jueces, con asignárseles una renta fija de rendimiento seguro para el pago de sus sueldos y jubilaciones, al abrigo de contingencias desagradables.

Pero como lo dije al comienzo de este capítulo, la actitud de los gobiernos de la post-guerra ha sido siempre, en lo que respecta a la administración ele justicia, la del abandono más completo, siendo éste indudablemente una de sus faltas más graves y de consecuencias más perjudiciales para el país, tanto bajo el punto de vista material como moral.

Si hay alguna función de gobierno en que es inadmisible, la excusa ele la falta de dinero, es para costear la administración de justicia. Es preferible el hambre a la falta de justicia. No hay cosa más cara prácticamente, que la mala justicia y todavía más la falta de ella.

Claro está que las observaciones contenidas en este capítulo sobre las condiciones personales de competencia y diligencia rezan solamente con los jueces y magistrados que desempeñaron el Poder Judicial hasta fines del año 1930. Y plegue al cielo que los nuevos, como de todos ellos se espera fundadamente, se conduzcan en forma que, a la terminación de su período las impresiones que refleja este capítulo, no pasen de un recuerdo ingrato, de algo así como una pesadilla.

 

 

 

TÍTULO XIV

SÍNTESIS, ACLARACIONES Y ADVERTENCIAS FINALES

 

Es muy fácil criticar hombres, instituciones y cosas. Pero, ya es más difícil justificar la crítica.

El escritor serio, consciente y honrado no debe limitarse a criticar; debe fundar y explicar sus apreciaciones, ofreciendo a la opinión pública los justificativos de sus enunciados y mostrando, cómo se ha de mejorar el objeto criticado.

Y es lo que he pretendido hacer en este libro, como se habrá visto, cumpliendo mi deber de escritor que se respeta.

Pero como quiera, que en una obra de cierta extensión, es difícil escapar a la difusión, frondosidad y dispersión, me parece muy indicado, este capítulo final del acápite.

El objeto principal, primordial de este libro, es demostrar que todas los gobiernos de la postguerra, sin distinción de partidos, fueron igualmente ineptos para gobernar la República, durante los sesenta añosque lleva de vida constitucional, incapaces para conducirla por el camino de la civilización y del progreso, y que, por lo tanto, hay que dar a los partidos, a las ideas y procedimientos políticos y a las leyes y costumbres judiciales, comerciales y administrativas, nuevos rumbos: en una palabra, hacer una nueva patria, con orientación distinta de la traída hasta aquí.

La crónica ineptitud de los gobiernos paraguayos de la postguerra para gobernar, es decir, para resolver dentro del orden los problemas de construcción, organización, fomento y orientación del país, demostrada hasta la evidencia en las páginas de este libro, se ha manifestado de modo elocuente durante los sesenta añoslargos de su reinado, por ininterrumpida y obscura inercia, con siniestra inclinación hacia la subversión y la violencia.

Ahora bien, si con torpe empecinamiento, con fatal ceguera, siguen los partidos políticos que gobiernan el país, desoyendo la opinión pública, obstinados en sacrificar los intereses superiores de la nación a míserasconveniencias de política personal, la inepcia y el marasmo consiguientes, nos llevarán fatalmente como a cualquiera empresa o sociedad mal administrada, un poco más tarde o más temprano al desastre, es decir, al caos, la disolución, la quiebra.

El simple buen sentido, el más elemental instinto de conservación, reclaman pues un cambio radical en los rumbos de la política directriz de la nación.

Así las cosas, cualquiera pensaría, que lo primero a hacerse sería la disolución de los dos partidos tradicionales, el liberal y el republicano, que desde el año 1870 a esta parte, han demostrado ser igualmente ineptos para el buen gobierno del país y la formación y consolidación de un nuevo gran partido nacional, de todos los elementos dispersos y sin embargo concordantes en las finalidades y en los métodos, para desalojar a los partidos inservibles y estériles e iniciar un nuevo período en nuestra historia. Pero esta medida a más de ser de muy difícil realización, creo que prácticamente no daría por el momento los resultados que de ella podrían esperarse.

Creo más bien, como un político argentino que «más lógico sería buscar la solución, vigorizando los partidos porque constituyen núcleos respetables de opinión depurándolos en sus métodos y perfeccionándolos en su ideología, de conformidad a las exigencias de la hora, sometiéndolos oportunamente en su constitución y funcionamiento a un régimen legal, para que llenen la misión que les corresponde dentro del mecanismo institucional, evitando que puedan convertirse en instrumentos de los caudillos, para anarquizar a la República y servir de puntal a los despotismos. Tarea inmediata de los partidos orgánicos, ha de ser pues, la de inculcar en los ciudadanos, por medio de una prédica constante y ordenada, la noción de la responsabilidad que les corresponde como integrantes de la sociedad en que viven y que les impone la obligación de no ser indiferentes a la política, considerando a ésta como una preocupación deleznable, concepto equivocado y antipatriótico, que permite, por deserción de los capaces y responsables, la exaltación de los elementos inferiores, que hacen de la actividad política un oficio provechoso y ocupan luego, sin idoneidad y sin conciencia las altas posiciones del gobierno, con el daño consiguiente para los intereses de la sociedad, y en primer término para los de aquellos que, por incomprensión o por egoísmo, no sienten la necesidad de sacrificar siquiera en mínima parte y en aras de las conveniencias generales, sus preocupaciones de orden particular».

La experiencia gubernamental en el Paraguay impone la necesidad de un reajuste a fondo de su gobierno político, económico y social. Necesitamos gobiernos de hombres, que tengan aptitud técnica y autoridad moral paragobernar, gobiernos constructivos, que posean la visión del porvenir, que no piensen sólo en la próxima elección, sino en la próxima generación, con ministros capaces de articular leyes que resuelvan los grandes problemas de la nación.

Pero ya he dicho que el saneamiento político es una medida previa indispensable para el saneamiento gubernamental y administrativo. «Derrocar un tirano, dice el doctor Matienzo, sin alterar el estado de cosas que facilitó la tiranía, es como matar los mosquitos, sin tocar el pantano en que nacen; es como desatender la higiene esperando que la enfermedad se produzca para curarla».

Se impone pues que, con los elementos de espíritu renovador y progresista de los viejos partidos y de todos los paraguayos de buena voluntad, se formen, dentro o fuera de esos partidos tradicionales, nuevos núcleos de opinión con ideas, métodos y orientación nuevos, que, indispensablemente incluyan en su ideario y programa, los siguientes principios y realizaciones: Principios:

A. Que en el país gobierne la ley y no los hombres. «La experiencia de la humanidad demuestra que mejor es el gobierno de las leyes que el de los hombres; y, para que gobiernen las leyes, se han adoptado las constituciones escritas».

B. Que los intereses de la nación, estén siempre arriba de los intereses del partido.

En tal concepto deben las nuevas asociaciones políticas proclamar y sostener el concepto de que «la función de gobierno y el ejercicio de las magistraturas, no puedan constituir premios a la habilidad o a la audacia, sino que han de ser reservados a los más idóneos, capaces de ejercerlos con dignidad y de servir con acierto los intereses públicos confiados a su honor e inteligencia, evitándose así al pueblo la estafa moral y material que le significan los que ocupan, sin desempeñarlos por falta de condiciones, los cargos creados para servir a la sociedad y no para mantener a sus parásitos. Debe para siempre proscribirse el concepto de que los empleados públicos costeados por el pueblo que trabaja y produce, para satisfacer las necesidades de la administración, constituyen una pitanza reservada al correligionario político, pervirtiendo la función pública y ocasionando a la nación los daños inmensos que la crónica de estos tiempos va poniendo de manifiesto». («La Nación» de Buenos Aires).

C. Desterrar el personalismo.

El personalismo es el peor defecto de la política. Este mal muy común en los pueblos latinos, en que los hombres se ocupan más de vencer a otros hombres que a la naturaleza, ha producido verdaderos desastres.

El endiosamiento de un caudillo afortunado, por sobre todo y contra todo, en cuya persona se concentran todos los hilos del poder de un partido en el gobierno, produciendo la abyección y servilismo del electorado, la formación de políticos profesionales, el incondicionalismo o sea la abolición ele la independencia personal y de la dignidad individual dentro del partido, ha dado lugar a la degradación, debilitamiento y esterilización de los partidos políticos más fuertes, por el alejamiento de ellos de los hombres de capacidad y de carácter.

En estos partidos las convenciones electorales son farsas. El candidato a una posición electoral debe comenzar su campaña, por un acto de sumisión, de fe y de devoción hacia el jefe supremo.

El Jefe del Partido, más que de los intereses de la Patria, se ocupa de conservar su posición política personal, y el Jefe de un país nacido del seno de esos partidos, en lugar de ocuparse de lo que preferentemente le incumbe, tarea de construcción y de administración, concentra su acción, tenazmente partidarista, en sojuzgar situaciones políticas adversas, para cuya consecuencia no repara en medios.

En los partidos personalistas, el talento, la independencia, la dignidad individual, lejos de ser bases para la exaltación del titular, son más bien causas de hostilidad y alejamiento. El partido pierde la cooperación de los elementos de mayor capacidad para el gobierno y no puede hacer obra duradera, La envidia, la intriga, la audacia, la mentira envenenan el ambiente y concluyen, un poco más tarde o más temprano, por producir explosiones de odios, protestas convulsivas que originan la anarquía, primero en las ideas y después en los hechos. Las revoluciones o simples golpes de estado se suceden. Su obra es fatalmente transitoriay efímera. Caído el caudillo se derrumba su situación y con ella toda su obra, así se trate de las situaciones más fuertes y más prósperas, como fue por ejemplo la de Porfirio Díaz. «Es que no se gobierna a un país como se puede gobernar a una familia».

D. Combatir el hermetismo.

Los políticos paraguayos hasta este momento, jamás han pensado en practicar el gran principio de la política moderna, expresado así por un estadista argentino: al pueblo no se gobierna; se le sirve, Nunca han consentido el principio de que los gobernantes no son sino empleados pagados por el pueblo para servirle y no sus amos puestos para oprimirle y perjudicarle, conculcando sus derechos y apropiándose de su patrimonio.

Los políticos paraguayos, ni de cerca ni de lejos, han alcanzado a comprender, que el ejercicio del poder es el cumplimiento de un deber hacia la patria, debido a la nación por los más capaces, para dirigir el timón de lanave del Estado. Para ellos el poder ha sido el botín a que tenían derecho por la conquista del mando y por consiguiente, su usufructo, una propiedad legítima de que tenían la facultad del Liso y del abuso, sin dar cuenta de sus manejos.

Para estos políticos el pueblo que paga no es el soberano, el amo, el patrón, a quien ha de darse cuenta y razón día a día del manejo de sus intereses, sino, todo lo contrario, sólo un montón de siervos de la gleba, un hato de incapaces, con deberes pero sin derechos, a quienes se puede oprimir y vejar impunemente.

Para los políticos guaraníes, el papel del pueblo ha de reducirse a trabajar, producir, pagar y sufrir con resignación, sin pedir cuenta a sus gobernantes de lo que éstos hacen en el poder; el gobernante es el dueño de la persona e interés de los gobernados; éstos deben a aquél sumisión y acatamiento incondicional; el gobierno implica la facultad de hacer desde arriba lo que le conviene o le da la gana; para eso es gobierno.

De este concepto del gobierno de los pueblos, que tienen los políticos criollos, que es completa negación de la democracia, resultó el empleo por los gobernantes paraguayos durante los sesenta años de la postguerra, de modo uniforme e ininterrumpido del hermetismo, es decir, de la ocultación sistemática y completa a los gobernados de los actos realizados y propósitos sustentados por los gobernantes, tocantes a la marcha política y financiera del país, incluso a los mismos partidarios políticos.

Y cuando alguna vez los gobernantes se han visto obligados a hablar, lo han hecho mintiendo al pueblo groseramente, queriendo con esta bofetada, significar a la nación, que es vano incurrir en la majadería, de pedirle cuenta de sus actos.

Claro está, que en países en los que la política gubernamental se desenvuelve en semejante ambiente, no hay ni asomo de democracia. Sin embargo, la prensa gubernista, a cada momento vocea, que el Paraguay es el país más libre del mundo. Efectivamente: en el Paraguay, gobernantes y gobernados hacen, cada uno por su lado lo que les da la gana. Para la licencia, es el país ideal.

Mi alzamiento permanente, tenaz e irreductible, contra este sistema ha sido la causa también invariable de mis fracasos políticos. Siempre he sostenido que el pueblo es el amo y no el sirviente y que, a cada momento, tiene el gobierno que darle cuenta de sus actos y propósitos y, en estas ocasiones, decirle la verdad, toda la verdad y siempre la verdad, como único medio de que el pueblo, en voz de recelos y sospechas, tenga fe y confianza en sus gobiernos, única forma de que el pueblo pueda con alma y cuerpo,decididamente y sin reatos, cooperar a la acción de su gobierno, en sus empeños de progreso material y moral.

Si queremos tener un país de ciudadanos libres y dignos, donde la opinión pública desempeña el papel de controlador soberano que le corresponde en estos tiempos; si la nación ha de tener paz, honor y libertad, hay que desterrar de la política paraguaya, tan anacrónico principio, mejor dicho, sepultarlo para siempre en nombre de la civilización y del decoro nacional. Con la unión de todas las fracciones del gran Partido Liberal, la implantación en su seno de los principios que anteceden y buenas prácticas democráticas recordadas, podrá tener el país, por ahora y por muchos años, tranquilidad política y gobiernos capaces de acometer, enseguida las siguientes ya impostergables:

Realizaciones.

1ª. La reforma, por modernización o actualización de la Constitución Nacional, poniéndola a tono con la idiosincrasia moral y material y las posibilidades de la República, en primer lugar y; los adelantos de la civilización en estos tiempos en segundo lugar y; depurándola de las faltas o errores que la práctica ha señalado en ella, como inconvenientes y que he diseñado en el lugar correspondiente.

2ª. Promover la reforma de las leyes más importantes del país como son las codificadas, poniéndolas a tono con la fisonomía política, social y económica de la nación y operar así la emancipación jurídica de la República, del yugo de la legislación extranjera. En el capítulo correspondiente he recordado cuáles son esas leyes.

3ª. Reformar la ley electoral, prescribiendo penas excepcionalmente severas y procedimientos extraordinariamente escrupulosos, tendientes a asegurar al ciudadano paraguayo la emisión de su voto, libre de toda presión de cualquiera persona o núcleo de personas (caudillos, comités, comisión directiva, estatutos políticos, etc.), y el respeto del resultado de las elecciones por el Congreso y el P. E.

4ª. Promover el arreglo de la deuda de la guerra pendiente con el Brasil y la Argentina y, si los recelos o pactos existentes entre los acreedores, fuesen óbice insalvable para ese arreglo, buscar, por otra vía y en otro terreno dentro del Derecho Internacional, la solución definitiva de este negocio sin parecido en el mundo.

5°. Dictar leyes que, bajo penas severas de inhabilitación que no baje de un añoy multa que no baje de diez mil pesos c/1., impongan a los gobernantes la obligación de dar, en cortos períodos de tiempo, cuenta a la nación, de sus actos, gestiones y propósitos y de los medios de que piensanhacer uso para su realización y, en esas ocasiones, decir al pueblo, la verdad, siempre la verdad.

6°. Dictar disposiciones legislativas que prescriban el control más riguroso y ceñido y la publicación más extensa, sobre todos los dineros y valores que entran y salen en arcas fiscales y los contratos que el Estado celebre por adquisición de cosas y prestación de servicios. Reforzar las penas del Código Penal, sobre los delitos que afectan la buena administración de los bienes del Estado, aumentando su severidad y el tiempo para su prescripción y declarándolos inindultables o inconmutables. Excitar el celo de los ciudadanos para denunciar y perseguir los atentados contra la administración financiera del país, por medio de disposiciones legales y premios adecuados.

7ª. Dictar una ley de publicaciones, que establezca las condiciones que debe reunir y los privilegios deberes y responsabilidades que debe asumir el editor de una publicación o el que ejerce la profesión de periodista.

8°. Buscar dinero a todo trance, deber todo lo que se pueda, hasta la camisa como decía Sarmiento, para construir obras públicas reproductivas como ser: fomento de la colonización, la agricultura y la ganadería, construcción de puentes, caminos, canales, ferrocarriles, puertos, escuelas, hospitales, colegios de artes y oficios, desecación de pantanos, obras de salubridad, marina mercante, etc., para que nunca falte trabajo, o lo que es lo mismo dinero en el Paraguay, única manera de que la inmigración venga al país y el nativo no salga al extranjero en busca de trabajo.

Pagar buenos jueces, buenos consulados y buenos maestros, a costa de cualquier sacrificio.

9°. Combatir la usura y la explotación capitalista con leyes adecuadas y mano fuerte, interesando a todo el pueblo en la campañalibertadora.

10ª. Reunirlas instituciones de defensa interna y externa del país (policía y ejército) en una sola repartición con un frente (mico y una sola caja, para reforzar y enfocar toda su fuerza sobre un solo punto, de modo a ofrecer su acción mayor unidad, eficacia y consistencia. Construir una Penitenciaría Central y pequeñaspenitenciarías locales, empleando a ese efecto el trabajo de los sometidos a la justicia, quienes, sea cual fuere su situación, siendo válidos para el trabajo, estarán sometidos a costearse su manutención durante su cautiverio penal.

No faltará quien atribuya la severidad con que trato en este libro a la política y los políticos del país, a despecho, dado mi ningún éxito en esa actividad. Pero nada seríamás equivocado.

Si he sido siempre una ligara apagada de la política, se ha debido única y exclusivamente a mi desvío de ella. Conozco todos los caminos que conducen al encumbramiento político y me hubiera sido fácil haberlos recorrido. Pero siempre he tenido cordial repugnancia a los métodos, procedimientos y ambiente en que se desarrollaba la politiquería en el país, y como, a Dios gracias, nunca hasta hoy he necesitado del provecho pecuniario que esa actitud pudiese haberme reportado, preferí más bien conservar mi independencia y quedar en paz con mi conciencia.

Me contaron que un eminente vividor, político gubernista, refiriéndose al folleto en que critiqué los actos del Dr. Eligio Ayala dijo: «lo que dice el Dr. González no tiene valor alguno: es un pobre diablo, un cadáver político, hace tiempo sepultado para siempre».

La sentencia es estrafalaria. «Cadáver político, dice un escritor, se llama aquél, que ha sido derribado del poder, y no tiene probabilidades de resucitar, es decir de volver a mandar. Y es evidente, que yo no me encuentro, en uno ni en otro caso: nunca he estado arriba y por consiguiente no podría ser derribado.

Pero, dando de barato, que yo soy en el Paraguay un cadáver político, puede creerme el lector, que estoy más que conforme, encantado, dentro de mi sepultura, que me ha permitido estar lejos de las miserias de la politiquería criolla. La prueba está en que jamás he dado un paso para salir de ella.

«En la América española, dice un ilustre escritor mejicano, la muerte política, se encuentra muy lejos de constituir una vergüenza. Y es un mal solamente para los insignificantes que carecen de aptitudes para destacarse enlos demás órdenes de la vida. ¿Qué le puede importar a un Poincaré, dejar el poder, cuando sabe que seguirá siendo una de las personalidades eminentes de su patria, en las letras y en la historia? Pero la muerte política es horrible para la pobre gente alzada a las alturas, por el vendabal de las revoluciones y luego caídas, por su propio peso, a la nada, de donde han surgido. Estos son los cadáveres políticos dignos de lástima, porque, al desprenderse de la administración pública, irán a confundirse con la hojarasca de la masa anónima. La muerte política nada significa, cuando hay vida científica, vida artística, vida del pensamiento o del corazón».

Repito que no me arrepiento de ser cadáver político: eso mediante no me alcanza solidaridad alguna con los desgobiernos del pasado.

Otros dirán que mis apreciaciones sobre las cosas y los hombres de los gobiernos de la postguerra, son unipersonales, singulares y exageradas. Seríaotra equivocación. Muchos han pintado esos males con tintas aún más cargadas, sólo que, de acuerdo al mal reinante en el país de la cobardía moral, no han tenido el valor de enseñarlospúblicamente. Y si no, véase lo que sigue entresacado de los párrafos de una larga carta que, en el año1923, recibí en mi confinamiento en un Sanatorio en Alemania de un ilustre amigo, un personaje político de primera fila.

«Preferiría tu lecho de enfermo, pero con el alma en salud, a sufrir la sofocación moral que me producen los gases asfixiantes que infestan este ambiente político irrespirable, que me revuelven el estómago y me envenenan el corazón».

«Sí señor: estoy asqueado, profundamente asqueado:»

«De los personajes políticos puros, desinteresados, inmaculados, que cada uno tiene en su haber, por lo menos diez claudicaciones y no conocen otros medios de vivir que el favor oficial y, si a mal no viene, son socios de empresas de contrabando».

«De los militares pundonorosos que, por lo menos tienen cada uno, diez traiciones en sus fojas de servicios».

«De los sabios e intelectuales sin prueba, que trafican con su silencio o complacencia, ante los más escandalosos gatuperios».

«De los periodistas, sin luz en la cabeza, ni sentimientos dignos en el corazón, siempre dispuestos a mojar su pluma a favor de los que mandan o tienen dinero y a ofender o agredir, a los que no disponen de la fuerza o de la plata».

«De la juventud, sin ideales de libertad, probidad y justicia, que huye del trabajo y del estudio, que sólo piensa en divertirse y tener dinero, sin fijarse dónde y cómo lo consigue; que se inmiscuye en política antes de tiempo y son los primeros en calumniar y rebajar a sus propios maestros, que se desvivieron por desasnarle. Juventud ingrata y cobarde, incapaz de aportar una idea, de levantar una antorcha, ni de indignarse ante la injusticia, que se yergue ante el débil y se postra ante el poderoso por pura ruindad».

«De los obreros, sirvientes y peones, ingratos y viciosos a quienes día por día, hay que recordar y enseñarsus obligaciones, ponerles las herramientas del trabajo en las manos y quedar todavía allí a vigilarles si ejecutan sus trabajos y quienes, apenas el patrón o el superior se distrae, hacen la huelga de los brazos caídos, y son eternos conspiradores, enemigos natos de quienes les favorecen, dándoles trabajo».

Un distinguido colega y amigo, que alcanzó a leer antes de su publicación algunos fragmentos de este libro, me observó que la obra, exhibiendo aldesnudo al país, lo desacreditaría ante el extranjero e impediría la afluencia de inmigrantes a la República.

Le observé que yo pensaba justamente lo contrario. Que mucho más dañole habrán hecho y seguirán causándole, la ocultación de sus males y las alabanzas exageradas, con que le han brindado los alquilones de la reclame o los escritores dulzones, que adulan al pueblo, atribuyéndole cualidades excelsas a sabiendas de su falsedad. Ya lo había dicho un famoso colonizador: el inmigrante europeo no tiene miedo a las fieras, ni a las revoluciones, ni a los salvajes: sólo tiene miedo a la mentira, al desengaño, que le ha hecho perder tiempo y dinero. Y así, el temido desengañose convierte en muy grata sorpresa y motivo seguro de radicación, cuando llegado encuentra, que la realidad había sido mejor que la esperanza.

Y la experiencia abona esta tesis. La República Argentina nunca recibió más inmigrantes que, cuando sus más ilustres hijos, Sarmiento, Alberdi y otros trataban a sus compatriotas, casi a diario, de «bárbaros, salvajes, inservibles para el trabajo y aptos solamente para degollar, cuatrerear, tomar mate, emborracharse y tocar la guitarra», etc.

Y eso que, en aquellos tiempos, llegaban los inmigrantes bajo las balas de las revoluciones que entonces menudeaban en Buenos Aires, porque todavía no tenía la colosal riqueza que ahora ostenta; y ya se sabe, que la anarquía es inseparable de la pobreza y que el mejor antídoto contra las revoluciones es el dinero.

Mil veces peor que yo trato en este libro a los hombres y cosas del Paraguay, ha sido tratada nuestra vecina Bolivia por el más brillante e incisivo de sus escritores contemporáneos don Alcides Arguedas, en sus libros tan famosos, titulados un pueblo enfermo y los caudillos bárbaros. Y en parecida forma fueron tratadas las demás naciones latinoamericanas, con fines a su mejoramiento, por sus más ilustres hijos v.gr. el Uruguay por Rodó y Javier de Viana, Chile por Bilbao y Lastarria, el Perú por Pardo y González Prada, Ecuador por Montalvo, Colombia por Vargas Vila, Venezuela por Acosta y Blanco Fombona, Cuba por Martí y por último, las repúblicas centro-americanas, por Salvador Mendieta, en su libro la enfermedad de Centro América, el más valiente que yo conozco en este orden, que fustigó las lacras de su país en forma tal que, en rigor y crueldad, ha pasado cien codos arriba de los nombrados. Mi libro sería pétalo de rosa al lado de los recordados y, particularmente, de este último.

La reacción contra tan desagradables escritores purgantes, fatalmente había de producirse: Sarmiento fue tratado de loco, Alberdi de traidor, Arguedas de calumniador de Bolivia y desterrado del país; Mendieta desujeto pernicioso expulsado de Centroamérica. Pero, una vez pasado el bochorno del insulto, el picor del latigazo, el dolor punzante del cauterio aplicado sobre la llaga, se operó la crisis saludable de la reacción orgánica y moral y estos operadores fueron colocados por la posteridad agradecida entre los grandes benefactores de la patria.

Es que está escrito que, al placer ha de llegarse solamente por el camino del dolor y al bien, por el de la verdad amarga. Ya lo dijo Voltaire «bien venidos sean el vejamen y el insulto para los pueblos y los hombres, si han de servirles para corregir sus males».

Y este principio es firme en todas las actividades humanas. Beethoven tituló a una de sus más famosas sinfonías: a la alegría por el dolor. Y no hace mucho, el eminente pensador Ortega y Gasset, contestando a las injurias que, parte de la prensa argentina le propinaba, por sus críticas punzantes pero sinceras, a ciertas modalidades de la vida argentina, les respondió: espero la gratitud por el insulto.

Y yo espero que esta ley se cumpla también en mí.

No deseo de esta obra otra recompensa que la gratitud nacional, que tengo por seguro me llegará como a aquéllos un poco más tarde o más temprano.

Es posible que se me haya deslizado alguna exageración sobre los vicios o defectos de la nación. No me arrepentiría de ello: hasta lo habría hecho adrede, porque desearía en mis fustigaciones a las cosas e ideas que combato, llegar al fondo, hasta la carne viva, si con ello había de conseguir despertar, animar, espabilar, alentar un tanto a este pueblo aplastado, acobardado, aletargado, desmayado por la desdicha y el desengaño. No hay maestro más severo, ni argumento más convincente, que el sufrimiento.

Como ya lo he dicho, este libro no se ha escrito para molestar a nadie. Prueba de ello, es el esfuerzo que denuncia para no citar nombres propios, siempre que se pueda. Su objeto altamente moral y patriótico es recordar a los gobernantes y políticos, que los ojos del país entero están siempre fijos en ellos, día a día y, no deben olvidar, que, un poco más tarde o más temprano, llegará el veredicto del presente y con mayor razón el del futuro, a repartir castigos y recompensas. Que, un poco más tarde o más temprano pero siempre, fatalmente, concluyen por descubrirse los deslices y chanchullos y que, mil veces peor para el país y hasta para el mismo culpable, es laimpunidad, por debilidad ó cobardía, porque así el mal se hace crónico, hasta volverse incurable, que es peor. Repito que este libro lo he escrito, pensando hacer con él un bien efectivo a la patria por medio de la generación que se levanta.

Su propósito no es otro, como ya lo dije en el prólogo, que el de recordar a los buenos hijos que puedan tener interés en ellas, las verdades sobre los infortunios de la patria, de modo a que ellas puedan servir de punto de partida, para abrir las discusiones sobre los hombres y las cosas del pasado y del presente de esta patria, con miras a la corrección y mejoramiento en el porvenir, de las ideas e instituciones que hasta hoy rigieron la marcha del país con resultado negativo, si no desastroso.

Nada más encomiable a mi ver, que este propósito en un buen hijo de la patria.

Antes de concluir deseo hacer una advertencia a los lectores de este libro.

Y a este efecto me permito recordar un episodio de mi vida política. En el año1905 yo era miembro de la Comisión Directiva de la fracción radical del Partido Liberal.

Esta fracción del partido, entonces ya en el gobierno, tenía una inocultable ojeriza al coronel Elías García, jefe de Policía de la Capital. Frecuentemente los radicales llevaban al general Ferreira quejas de que el coronel García, perseguía desde la policía a los radicales más expectables, y hacía política personal con un núcleo de colorados.

El malestar reinante en el partido gubernista, a consecuencia de estas intrigas, llegó a tal extremo, que el general Ferreira, velando por la unidad y armonía de la situación política, tan pronto seriamente amenazadas por la anarquía, resolvió celebrar en su casa, una reunión de notables de ambas fracciones del Partido Liberal, en cuyo seno, un delegado de la fracción quejosa, debía exponer contra el coronel García los agravios que a éste atribuía.

Así se hizo. La Comisión Directiva del Partido Radical encargó a uno de sus miembros llevar la palabra en esa reunión, exponiendo los agravios imputados al coronel García. Este fue citado para contestar allí el libelo acusatorio. Los demás miembros invitados harían de jurado. Yo asistí a la reunión como miembro de la Comisión Directiva de la fracción radical. El coronel García compareció acompañado de don Adolfo Soler.

Concedida la palabra al delegado del radicalismo, éste cumplió su deber en forma tan ambigua, tan incolora, con tantas vueltas, y reticencias que, concluido su discurso, resultó que ni un solo cargo concreto se había anotado contra el coronel García, ni como Jefe Político de la capital, ni como liberal.

El Dr. Manuel Benítez dijo entonces dirigiéndose al presidente de la asamblea: Mi general, yo no he oído cargo alguno contra el amigo García. Y don Alfonso Soler agregó: ¿Para esto no más nos han convocado?

Entonces yo, considerando que esa actitud demasiado prudente del delegado radical, rayana en la deserción, iba a defraudar el propósito laudable de aquella reunión, dejado las cosas como antes, pedí la palabra y, con la ruda franqueza que me caracteriza, expuse verbalmente, acto seguido, el capítulo de cargos, que la comisión directiva de la fracción radical había preparado contra el coronel García.

Muchos de los concurrentes oyeron mi exposición con marcadas muestras de inquietud y al terminar uno de los patriarcas del liberalismo, levantándose de su asiento y llegándose al mío, me dijo con gesto airado mbaé pico coreyapóba nde mita-añá, oremoñorairombátanicó. (Qué es lo que haces muchacho del diablo; nos vas a hacer pelear a todos).

Pero el coronel García que era un hombre de pelo en pecho, replicó a mi apostrofante. No don Juan Ascensio: el Dr. González ha cumplido franca y lealmente su deber de compañero y amigo. Mi estimación por él, habrá aumentado desde hoy, porque mediante su actitud, podré ahora mismo, ante esta asamblea, levantar los cargos que mis enemigos gratuitos me formulan, de todo punto falsos y sin otro propósito que el de desprestigiarme y desalojarme. Y levantándose de su asiento se adelantó y me tendió la mano.

En este libro en el extenso capítulo de cargos, algunos muy graves, que contiene, claro está, que van envueltos personajes prominentes de nuestro escenario político, muertos unos y otros vivos.

A estos tales, les exhibo como ejemplo muy digno de ser imitado, el gesto recordado del finado coronel García en la ocasión aludida para que, en lugar de inspirarles este libro resentimientos contra mí, les mueva a gratitud, por haber brindado a ellos o a sus herederos, una hermosa ocasión para levantar cargos falsos, que hasta ahora pesaban sobre inocentes.

Los interesados en este empeño, no deben olvidar que, en materia de inculpaciones a los gobernantes, de inconducta política o económica, es firme el principio de derecho romano mencionado al comienzo de este libro, qui tacet consentire videtur o sea traducido libremente, el que no levanta el cargo, lo confiesa.

Y si proceden los interesados como les invito, a rectificar los cargos que este libro les imputa y salen airosos, también repito lo que expresé en el prólogo de este libro, que yo seré el primero en aplaudirles y felicitarles públicamente.

Pero, si en lugar de seguir el camino que, en esta emergencia les señalan la honradez, el decoro y los intereses nacionales y los del propio inculpado, los interesados me contestan con insultos a mi persona, lanzados por anónimos irresponsables, como tengo por cierto que sucederá, no habrá discusión ni rectificación, porque yo no contestaré.

En esta clase de asuntos, el insulto personal es completamente estéril y siempre contraproducente. Estéril porque los defectos personales de un ciudadano, sobre todo de los que, como yo, no ocupan puestos públicos, no interesan al país; como dice la Constitución quedan reservados a Dios y a la conciencia de cada uno. Contraproducente porque es bien sabido que el insulto personal en discusiones sobre actos públicos es la razón de quien no la tiene, o sea la confesión de la culpabilidad del insultante.

Ya es tiempo de comenzar a hacer la historia nacional del período constitucional del Paraguay.

Que este libro haya de servir en algo a esa magna obra, será la mejor recompensa para su autor y su más alto título de gloria.

Manos a la obra.

 

ÍNDICE

PREFACIO.

TITULO I

LA DESDICHA ORIGINAL

TÍTULO II

LA INMOLACIÓN DEL PARAGUAY

TITULO III

LA DEUDA DE LA GUERRA

TÍTULO IV

LA CONSTITUCIÓN NACIONAL

CAPÍTULO I

BREVES DATOS HISTÓRICOS

CAPÍTULO II

DECLARACIONES Y PRINCIPIOS DE LA CONSTITUCIÓN NACIONAL

CAPÍTULO III

DEFECTOS DE LA CONSTITUCIÓN NACIONAL

CAPÍTULO IV

OLVIDO Y MENOSPRECIO DE LA CONSTITUCIÓN NACIONAL

LABOR LEGISLATIVA DE LOS GOBIERNOS DE LA POSTGUERRA.

CAPÍTULO V

VIOLACIONES DE LA CONSTITUCIÓN NACIONAL

LA LEY ELECTORAL

TÍTULO V

LA POBREZA DE LA NACIÓN

CAPÍTULO VI

GENERALIDADES. - CAUSAS DE LA POBREZA DEL PAÍS

TÍTULO VI

LA POBREZA FISCAL Y SUS CAUSAS

CAPITULO VII

DILAPIDACIÓN DEL DINERO PROVENIENTE DE LOSEMPRÉSTITOS EXTERNOS

HABLA EL SR. DECOUD

CAPÍTULO VIII

MALBARATAMIENTO DEL PATRIMONIO FISCAL

CAPÍTULO IX

EL CONTRABANDO

CAPÍTULO X

PAGO DE PERJUICIOS DE REVOLUCIONES

CAPÍTULO XI

PRESUPUESTOS FALACES

CAPÍTULO XII

EL DESORDEN Y DESPILFARRO EN LA ADMINISTRACIÓN DE LAS RENTAS PÚBLICAS

TÍTULO VII

EFECTOS DE LA POBREZA Y LA INCAPACIDAD ADMINISTRATIVA

CAPÍTULO XIII

LA FALTA DE OBRAS PÚBLICAS

CAPÍTULO XIV

EL ABANDONO DE LA SALUD PÚBLICA

CAPÍTULO XV

LA CAPITAL SIN CLOACAS

CAPÍTULO XVI

INDEFENSIÓN DEL PAÍS

CAPÍTULO XVII

LA USURA Y LA EXPLOTACIÓN CAPITALISTA

CAPÍTULO XVIII

EMISIÓN DE BILLETES INCONVERTIBLESEN TORNO A LA OFICINA DE CAMBIOS

CAPÍTULO XIX

EL ABANDONO DE LOS MONUMENTOS Y OBRAS DE ARTE

TÍTULO VIII

LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA

TÍTULO IX

EL DESIERTO

CAPÍTULO XX

GENERALIDADES

CAPITULO XXI

LA INMIGRACIÓN

LOS CONSULADOS DEL PARAGUAY EN EUROPA

LA INMIGRACIÓN DIRECTA

CAPÍTULO XXII

LA COLONIZACIÓN NACIONAL

LA ZONA AGRÍCOLA

VÍAS DE COMUNICACIÓN

LA LEY 782

CAPÍTULO XXIII

FOMENTO DE LA COLONIZACIÓN AGRÍCOLA

CAPÍTULO XXIV

EL DESAMPARO DEL CAMPESINO PARAGUAYO

EL CÓDIGO RURAL

TÍTULO X

LA INCULTURA

GENERALIDADES

CAPÍTULO XXV

LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA: LA INSTRUCCIÓN PRIMARIA

LA INSTRUCCIÓN SECUNDARIA

LA INSTRUCCIÓN SUPERIOR

LA JUVENTUD UNIVERSITARIA

CAPITULO XXVI

LA EDUCACIÓN PÚBLICA

LA EDUCACIÓN PATRIÓTICA

LA LEGISLACIÓN EDUCADORA

TÍTULO XI

LA ANARQUÍA: SUS CAUSAS Y SUS EFECTOS

TÍTULO XII

LA POLÍTICA Y LOS POLÍTICOS

TÍTULO XIII

LA COBARDÍA MORAL

GENERALIDADES

COBARDÍA MORAL DEL GOBIERNO

LOS CAPITALISTAS

LOS INTELECTUALES

LA PRENSA

EL PUEBLO

LA JUVENTUD

LA APATÍA NACIONAL

TÍTULO XIV

SÍNTESIS, ACLARACIONES Y ADVERTENCIAS FINALES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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