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MARTÍN DOBRIZHOFFER


  DE LAS DIVISIONES DE TODA LA PROVINCIA (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)


DE LAS DIVISIONES DE TODA LA PROVINCIA (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)

DE LAS DIVISIONES DE TODA LA PROVINCIA

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER

 

Paracuaria pertenece por completo al Rey de España, el que se hace gobernar por tres gobernadores y otros tantos /4 obispos. Cada uno tiene bajo su mando una provincia separada. La primera es la provincia del Río de la Plata, en cuyas orillas está situada su capital Buenos Aires, y el asiento del gobernador real y del obispo.

 

DE LA CIUDAD, PUERTO Y HABITANTES DE BUENOS AIRES, ASI COMO TAMBIEN DEL ORIGEN DE SU NOMBRE

Buenos Aires tiene un colegio, conventos para ambos sexos, un puerto y una ciudadela fortificada medianamente, según la manera moderna que en realidad suministra una excelente defensa contra los asaltos de los bárbaros y los motines de los ciudadanos, pero no puede sostenerse contra la pesada artillería europea, aunque en ella tropas regulares forman la guarnición. El río que pasa frente a sus murallas, suple su debilidad, pues como los buques de guerra a causa de los bancos de arena no pueden acercarse, se halla segura contra sus cañones. Esta ciudad no tiene murallas, fosos, portones ni cerco alguno, lo mismo que cualquiera otra en toda la provincia, aunque estas no la igualan ni de lejos, ni en el número y esplendor de sus edificios, ni en la magnitud del comercio y riquezas, como tampoco en la cantidad de sus habitantes. Estos últimos se calculan en cuarenta mil; las casas, en cambio, en tres mil, pero las cuales, aunque edificadas en ladrillos y techada de tejas, son bajas, excepción hecha de algunas de dos pisos. Las iglesias no carecen de magnificencia, aún a juicio de los europeos.

Sin embargo, todas ellas, sin contradicción, son superadas por las dos que ha edificado el romano Primoli nuestro hermano lego, arquitecto ya célebre en Roma. En ninguna plaza se ven fuentes públicas, monumentos ni estatuas de Santos. En Viena se contarán en una hora más carros en una calle que allí en todo el año y en la ciudad entera. En cambio allá se ven de continuo muchos jinetes. No es pues un milagro que todos /5 los hombres aún de mediana fortuna se denominan en español caballeros. Allá no se encuentran marqueses, condes ni barones. Los comandantes de las tropas, los magistrados de la ciudad y los que por su dignidad o sus riquezas son apreciados, forman la principal nobleza de Buenos Aires. La fortuna de los ciudadanos se define aquí más por la cantidad de su ganado, que del dinero efectivo. La región que rodea a la ciudad, tanto hacia la tierra magallánica como hacia Tucumán, es llana por doscientas leguas, en su mayor parte sin árboles, y en muy frecuentes ocasiones sin agua, si no llueve muy abundantemente. Así se ven bellas praderas donde pacen infinitos rebaños de ganado de asta, caballos y mulares. Por donde quiera uno se dirige, se le presentan tropas enteras de caballos silvestres que pertenecen al primero que se apodera de ellos. Fuera de los sauces, que crecen en cantidad en las islas del río, se hace uso diariamente de los durazneros para alimentar el fuego. Aquí maduran muy temprano si se los planta a mano.

Estimo que Buenos Aires merece de todos modos un lugar entre los principales emporios de América, tanto con referencia al comercio español, como también considerando el contrabando con los portugueses vecinos. Los más adinerados sacan una ganancia importante por el comercio de mulares y la yerba paraguaya, que llevan al Perú y Chile. El aire es muy húmedo en esta tierra y el trueno tan terrible como las tormentas y ventarrones. En todas las estaciones sin diferencia de meses, braman muy violentamente tempestades y con frecuencia  /6 , truena de continuo día y noche. Este tiempo es común a toda Paracuaria. Las nubes tormentosas preñadas ya de truenos, ya de aguas, son no solo aterradoras sino también frecuentemente mortales para el ganado y las gentes, no solo por el rayo sino también por el granizo que cae aquí en tamaño increíble y visto difícilmente en Europa. La ciudad de Buenos Aires debe su nombre a una casualidad, pues cuando la armada de Pedro de Mendoza subía navegando por el Río de la Plata, Sancho del Campo, uno de sus parientes, pasó a tierra en una barca como uno de los primeros. Aquí deben haber soplado a su encuentro no sé cuales brisas, pués él no pudo contenerse en exclamar: ¡Que buenos ayres son éstos!. La experiencia ha certificado más tarde la veracidad de estas palabras dichas casualmente. La ciudad está situada bajo el grado 34 y 36 minutos de latitud Sud y bajo el 321º 3 m de longitud.

 

DE LA COLONIA DEL SANTISIMO SACRAMENTO, ANTES PORTUGUESA Y AHORA DE DOMINIO ESPAÑOL.

En la otra banda del río, frente a Buenos Aires, está situada la Colonia del Santísimo Sacramento que, fundada en otro tiempo por los portugueses, fue expugnada por los españoles tantas veces cuantas devuelta en virtud de pactos firmados en Europa, con evidente complacencia de los habitantes de Buenos Aires en cuyo beneficio redundaba este comercio clandestino con los portugueses. Claro está que este lucro de los particulares constituía un perjuicio para el erario real que veía de ese modo mermados sus impuestos. Esta pequeña ciudad, causa de tantas discordias, está situada en la ribera del río sobre una especie de colina; ella so compone solo de unas pocas y bajas casas y semeja más una aldea que una ciudad. Pero ello, no obstante, es sin embargo una localidad de /7 consideración. En las míseras chozas viven los comerciantes más ricos y en ellas se amontonan almacenes enteros de mercaderías, oro, plata y diamantes. La ciudad está circundada solo con una muralla muy simple y débil; además está provista suficientemente de una guarnición, cañones, provisión de boca y guerra para todos los casos. En realidad no tiene ni un aspecto bello ni fuerte. Yo apelo al respecto al testimonio de mis propios ojos, pues cuando arribamos aquí en un barco portugués en el año 1749 desde Europa, pudimos observar todo muy cómodamente al pasar. El territorio portugués es de tan exigua extensión que aún el peor andarín puede recorrerlo en una media hora. Los barcos portugueses a montones hacen velas con mercaderías inglesas y holandesas y con esclavos africanos cuyo comercio es muy provechoso en América por este puerto, desde donde luego los portugueses los exportan clandestinamente a Paracuaria, Chile y Perú y engañan o sobornan a los guardas aduaneros. Es increíble cuantos millones ha reportado a los portugueses y quitado a los españoles este comercio de contrabando. Por esta causa es bien comprensible por qué aquellos han empleado todo para la conservación de esta colonia mientras éstos han tratado siempre de destruirla lo más pronto posible.

A mí que he estado allá por dos días, el lugar me parecía tan poco sostenible que en mi opinión una compañía de tropas regulares podría ocuparla sin gran dificultad al primer ataque. Pero no dudo que posteriormente ante el temor del estallido de una guerra se habrán establecido apresuradamente nuevas defensas porque el asedio de esta plaza ha costado tanto /8  trabajo y fatiga al general español Pedro Zevallos, famoso por su genio militar y sus victorias, y la ciudad se ha rendido recién cuando el estratega español, tras abrir una brecha a tiros, se preparaba para el asalto. Entonces pese a su numerosa guarnición y cañones, capituló el 31 de octubre de 1762. Aún no estuvieron reconstruidas sus murallas deshechas a tiros cuando apareció, si recuerdo bien, una escuadra compuesta por doce barcos ingleses y portugueses para echar afuera a sus nuevos dueños. Pero la suerte no fue tan favorable a los enemigos, aunque fue grande el alboroto con que procedieron. Ellos dispararon desde sus barcos cerca de tres mil balas contra la ciudad aunque en su mayoría sin éxito. Los españoles les pagaron en la misma moneda. La lucha que había durado algunas horas, se decidió por una casualidad, pues como el buque almirante inglés se había quemado, huyeron los restantes hacia los puertos brasileños. Los ingleses reprocharon más tarde a los portugueses su cobardía; éstos, en cambio, a ellos su temeridad porque los primeros habían combatido de cerca, para ver el efecto de su artillería, mientras los segundos, para, no estar expuestos a cada bala enemiga, habían combatido lejos. Así se reprocharon mutuamente. Pedro Zevallos atribuyó en cambio la gloria de la conquista y defensa de su Colonia a la precaución con que ha vigilado sobre ella.

 

DE LOS LÍMITES DE PARACUARIA, CONVENIDOS POR LOS ESPAÑOLES Y PORTUGUESES EN LA ÚLTIMA PAZ

Pero los frutos de su victoria no duraron mucho tiempo para Paracuaria, pues al hacer la paz en Europa, los Españoles, para recobrar de los Ingleses La Habana en la isla de Cuba y Manila, en las islas Filipinas, restituyeron la Colonia de Sacramento a los Portugueses. Cuando algunos años después la guerra estalló de nuevo, Zevallos volvió a conquistarla después de haberse apoderado primero de la isla de S. Catalina. /9 En aquel entonces, la Colonia quedó para el rey católico al hacerse la paz entre Portugal y España. Esta pérdida debe haber sido sensible a los Portugueses, pero mientras tanto pueden aguantarla pues si se les cegó un canal por el cual les afluían inconmensurables riquezas, se les abrieron en cambio unos nuevos por la cesión de otros territorios y ríos. Ellos recibieron pues la aurífera Cuyaba, Mattogrosso, el Fortín S. Rosa (llamada La Estacada) y otras colonias levantadas por ellos. A muchos les parece muy peligrosa esta gran vecindad de los Portugueses con el Perú y tan perjudicial para los Españoles como provechosa para éstos, pues jamás se demuestran tardos en cuanto se trata de ampliar sus confines. Ejercitados desde la juventud en las armas y habituados a las ásperas rutas, no vacilarían en recurrir a la guerra y extender su poderío a la mina de Potosí que es tan rica en plata cuan pobre en defensores. La memoria de lo ocurrido ha causado temor para lo venidero. Aún en los años anteriores cuando yo estaba en Paracuaria un pelotón de Portugueses en el Fortín S. Rosa (La Estacada) se defendió enérgicamente contra un numeroso ejército de indios y Españoles por los cuales fueron asaltados y obligaron a sus atacantes a retirarse vergonzosamente. Casi en este mismo tiempo unos pocos portugueses de este mismo fortín se apoderaron mediante un asalto nocturno de la villa peruana de S. Miguel habitada por indios cristianos, llamados Moxes, y llevaron consigo como prisioneros a dos de nuestros sacerdotes que allá ejercían la cura de las almas. El primero, ya anciano, falleció en el camino; el otro fue conducido a una cárcel pública. Los indios que no se habían salvado por la fuga fueron expulsados y dispersados. El saqueo fue general, /10 pero ¡basta ya de tales descripciones trágicas! ¡En nada ayuda reavivar el recuerdo de recientes heridas cuando aún no se han cerrado las cicatrices, augurando cosas tristes para el mañana! Todo sensato desea y espera más bien que por la última paz se haya procurado lo mejor para el bienestar de las dos dignísimas naciones. A decir verdad me he ocupado algo más detenidamente con la descripción de la Colonia de Sacramento cuyo nombre aparece muy frecuentemente en los asuntos públicos de guerra y paz al único fin de que los ignorantes no la comparen en magnitud con París y en fuerza de sus fortificaciones con Luxemburgo.

 

DE LA CIUDAD DE MONTEVIDEO, SU PUERTO, FUERTE Y DEFENSAS

Sobre esta misma ribera a unas cincuenta leguas de Colonia está situado hacia el Sur Montevideo, una pequeña ciudad. El gobernador de Buenos Aires D. Bruno Mauricio de Zavala la ha fundado en el año 1726. Luego se fortificó notablemente para sofrenar a los portugueses y se la proveyó de un fuerte y varias baterías, construidos por los guaraníes. Sus habitantes son en parte la guarnición regular, y en parte españoles trasladados desde las Islas Canarias. El terreno es aquí muy feraz en todas partes y se ven en derredor de la ciudad extensas estancias, caballos y ganado de asta en cantidad increíble. A los colonos no les falta jamás la oportunidad de vender los frutos de sus tierras, granos, ganado y cueros vacunos, ya que las naves que en cantidad hacen velas desde este puerto, deben procurarse sus víveres por muchos meses. Rara vez deja el puerto una nave que no estuviera cargada con veinte o treinta mil cueros vacunos para Europa. Es de deplorar que pese /11 a todas las amenidades de este suelo tan feraz, haya que temer continuamente los asaltos de los bárbaros jinetes. Ocurre muy frecuentemente que ellos irrumpen en muchedumbre desde sus escondrijos y si la ocasión les parece oportuna, roban y asesinan; pero a veces solo asustan. Hasta la presente hora no se ha podido encontrar el medio de contener sus correrías y todas las manifestaciones amistosas para atraerlos a la verdadera fe y a un buen entendimiento con los españoles han sido vanas. Más feroces que las bestias frustran ya por el segundo siglo los esfuerzos de sacerdotes y soldados. La ciudad está situada bajo el 34º grado 48 m. de latitud y el 322 grados 20 m. de longitud. Más adelante mencionaremos entre otros asuntos su puerto.

 

DE LA BAHIA DE MALDONADO Y POR QUE RAZON PODRIA SER DEFENDIDA DESDE LA VECINA ISLA DE LOS LOBOS

Alrededor de treinta leguas de allí está situada la Bahía de Maldonado, que ofrece aún a naves mayores un ancladero extraordinariamente cómodo. Fuera de unos guardias de la costa se encuentran aquí únicamente unas pocas chozas miserables. A menudo la naturaleza construye cosas tan agradables como este puerto con mayor perfección de lo que pudiera hacerlo el arte con todos sus materiales. En la cercanía se ve una isla habitada únicamente por lobos marinos. Como ésta está situada sobre la roca pura y casi en el centro del Río de la Plata, dos baterías colocadas sobre ella contribuirían muchísimo a mantener distantes los enemigos de Paracuaria. Pues para sortear los cañones, no podrían posar con sus naves por el Oeste porque tendrían que llegar a los bancos de arena ingleses (Banco Inglés) y hallar su sepultura en las olas. /12

 

DE LAS CIUDADES DE SANTA FE Y DE LAS SIETE CORRIENTES

A la gobernación de Buenos Aires pertenecen también las ciudades de Santa Fe y Corrientes, de las cuales la primera está situada en la ribera, oriental del Paraná, y la segunda en la occidental. Aquella es incomparablemente más bella y también más rica. Ella encuentra en su variado comercio y en la ganadería de todas clases una fuente muy rica de abundancia. En años anteriores cayó en la más extrema decadencia y se despobló a ojos vistas a causa de las incursiones de los bárbaros como ser los Abipones, Mocovíes, Tobas y Charrúas. Las estancias mejores y más distantes quedaron destruidas y en medio de la plaza y en pleno día se cometieron asesinatos. Por ello se dio la ordenanza que ningún ciudadano fuera sin fusil a la iglesia. Al fin esta ciudad comenzó a reponerse desde que hubimos fundado las colonias de S. Javier, S. Jerónimo, Concepción, y S. Pedro y S. Pablo, y hubimos civilizado y hecho cristianos a los bárbaros. Por consiguiente esta cuidad por tanto tiempo acosada debe su reflorecimiento y seguridad a nuestros esfuerzos. Ella se halla rodeada por delante y atrás y a los lados por ríos que cada vez que se desbordan la amenazan con hundirla, por más que ella sabe utilizarlos en su provecho fuera del momento de la inundación. Está situada bajo 31º 46 m. de Latitud y dista dicen, como cien leguas de la ciudad de Buenos Aires; la he visto frecuentemente y he habitado muchas veces en ella.

La otra ciudad que los españoles han llamado de las Siete Corrientes tomó el nombre de los siete ángulos de la ribera que penetran al río Paraná y contra los cuales las olas se rompen impetuosamente. Los barcos que navegan río arriba, son empujados por la rápida corriente río abajo si no viajan /13 con las velas henchidas. Una barca movida por remos debe hacer varias vueltas al cruzar el río para evitar la fuerza arrebatadora del agua como yo mismo lo he experimentado muchas veces, cuando aún me hallaba entre abipones y aucanigas en la localidad de S. Fernando. Esto se comprende fácilmente porque el gran río Paraguay se une con el río Paraná ahí mismo donde está situada la ciudad, de manera que este cambia su curso y aquel su nombre. Pues como el río Paraná corría antes desde Este a Oeste, dirige su curso hacia el Sud desde el paraje donde confluye con el Paraguay. El Paraguay, en cambio, desde su confluencia con el Paraná, se llama para todos Paraná. Es increíble cuan inmensa cantidad de agua vuelcan ante sí ambos ríos principales una vez unidos en una sola madre. Si no se vieran sus riberas, se les consideraría un mar. Corrientes, donde todas las casas se construyen en barro pisado y se techan con palmas, es una ciudad solo por el nombre y no lo merece. Los habitantes son en mayoría de presencia muy agradable por lo cual también muchísimos europeos cuando llegan aquí se enamoran y contraen nupcias: una amplia materia para el arrepentimiento por toda su vida. Las mujeres casi se destruyen por el trabajo. Su ocupación consiste en tejer o bordar los ponchos en que poseen una habilidad muy especial. Los hombres, en cambio, son ágiles de naturaleza, alegres y jinetes muy diestros. Su inclinación a la pereza y al ocio es causa de que luchen con la pobreza, aunque podrían tener abundancia en todo si supieren servirse de las oportunidades que les ofrecen el suelo fértil y los ríos. /14

Durante muchos años los abipones devastaban con asesinatos y robos también esta región de manera que se quiso dejar abandonada la ciudad. Pero cuando finalmente se había pacificado y conducido a la nueva reducción de S. Fernando, los vecinos comenzaron a revivir y de nuevo pudieron hacer uso de los prados y selvas allende el río. Estas selvas ofrecen los mejores troncos para vehículos y construcción de barcos. En cambio las primeras sirven muy cómodamente para la ganadería. Ambas reportan no poco provecho a los colonos y sólo el temor a los bárbaros que siempre les acechan, les impidió por tanto tiempo antes de la fundación de la localidad de S. Fernando aprovechar estas ventajas. La ciudad está situada bajo el 27º 48 m. de Latitud y 318º 57 m. de longitud.

 

DE LOS TREINTA PUEBLOS DE GUARANIES SOMETIDOS A LA JURISDICCION DEL GOBERNADOR DE BUENOS AIRES

Al gobernador de Buenos Aires se hallan sometidas igualmente las treinta localidades de los Guaraníes que están en las costas de los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay. Los geógrafos suelen reunirlas bajo el nombre general de Doctrinas o Terram Missionum. Solo malévolos o ignorantes tienen la impudicia de darles en sus escritos la odiosa denominación de: reino de los Jesuitas o EL Estado rebelde contra el Rey de España y pintarlo con los colores más negros que les ofrece la envidia o el afán de calumniar. Cuan fácil no sería refutar estas calumnias si no fuera contrario a mi propósito el intercalar sátiras o apologías. Sin embargo, rozaré aunque solo un poco esta materia para quitar la máscara a los calumniadores. ¿Quien ignora que el rey de España hizo traer a su costo desde Europa a los misioneros jesuitas, en parte para fundar estas /15 reducciones, en parte para conservarlas y [les hizo] pagar una pensión anual?. Los guaraníes pagan al rey todos los años sus tributos y miles de ellos convocados por el gobernador sirven sin sueldo en el ejército real ya por el segundo siglo; las autoridades de sus localidades son confirmadas anualmente por este mismo gobernador y por la autoridad real los jesuitas han sido nombrados párrocos allí; los obispos visitaban cuantas veces querían estas parroquias, y fueron recibidos con las mayores demostraciones de honor y en frecuentes ocasiones tratados magníficamente por algunas semanas. Los dos fuertes en Buenos Aires y Montevideo se construyeron si bien bajo la dirección de los españoles, en realidad por las manos de los guaraníes; finalmente, el ejército ha consistido en su mayoría en nuestros guaraníes que se dejaron gobernar cual el cuerpo por el alma por unos pocos españoles en cuantas ocasionas se emprendía algo contra los bárbaros belicosos, contra los Portugueses o su Colonia tantas veces asediada y conquistada o contra los ciudadanos rebeldes de la ciudad de Asunción. Todo ésto está bien reconocido y no sujeto a duda, ni a una ambigüedad. ¿Como pueden merecer fe luego, los Europeos sensatos decidan sobre ello, aquellos que se atreven a dar a las reducciones de los guaraníes el nombre de una provincia rebelde contra su rey y Reino de Jesuitas? ¡Si no pueden resistir a la tentación de mentir que inventen por lo menos algo más verosímil! Los guaraníes no obedecen a los Jesuitas como los siervos a su amo sino como los hijos a su padre y como a quienes el rey católico ha dado el cargo de cuidar de ellos. Nosotros los gobernábamos conforme con las leyes españolas /16 y su utilidad redundó en bien de la monarquía.

Hemos trabajado durante dos siglos para transformar los guaraníes de una nación vagabunda, antropófaga y pertinaz, enemiga de los españoles, en humanos cristianos y súbditos del rey católico. ¡Cuánto sudor y sangre esta labor ha costado a los Jesuitas y cuánto se han distinguido ante todas las restantes naciones de América estas treinta localidades por el número de sus habitantes, una cristiana conducta de su vida, el esplendor de sus iglesias, su adhesión a los monarcas españoles, su habilidad en las artes y en la mecánica, su presteza en las armas!. Estos datos pueden conocerse, por las cartas de los reyes y sus gobernadores, como también por las de los obispos españoles, que en todas partes se venden impresas. Para este mismo fin sirven también los libros del Doctor D. Francisco Xarque, deán de Albarrazin, un testigo ocular; luego el libro del doctísimo abate Antonio Muratori y finalmente los de un inglés anónimo traducido al alemán en 1768 en Hamburgo. Si bien se equivoca en algunas partes, he leído con placer este último y muchas veces no sin reir de todo corazón especialmente cuando él dice: Nosotros los europeos no somos sabios si vituperamos a los jesuitas paracuarios. Pensemos más bien de qué modo conseguimos en Europa lo que ellos sin violencia ni dinero han realizado entre los guaraníes. En estas localidades, trabaja cada uno para todos y todos para cada uno. Sin tener que comprar o vender algo, cada cual tiene todo lo pertinente a una vida cómoda como ser: comida, vestido, vivienda, medicinas e instrucción. Según el proverbio de los /17 europeos, carece de todo quien carece de dinero. Los guaraníes no tienen dinero ni conocen moneda alguna. Ellos experimentan diariamente la verdad del proverbio de los antiguos: Dii laboribus omnia vendunt (1t). Ellos están siempre ocupados en cuanto lo permiten su edad y sus fuerzas pero sin sucumbir bajo el peso de su trabajo. Ellos desconocen las regalonerías de la vida, tampoco ahorran superabundancias y sin embargo son más felices que nuestros ricos porque se bastan con poco. Pues feliz es no el que posee mucho, sino quien necesita poco. En lo demás los jesuitas han cuidado no solo el alma y el corazón de los guaraníes sino también su bienestar corporal. Como éstos dependieron únicamente del Rey de España y sus gobernadores, y como a ellos no les tocó la terrible suerte de los demás indios de caer en la servidumbre particular de los españoles, fundaron de continúo nuevas localidades y la cantidad de éstas como el número de sus habitantes acreció de continuo de un modo admirable bajo nuestro cuidado. En el año 1702 se contaron en las treinta reducciones de los guaraníes ciento cuarenta y un mil doscientos cincuenta y dos cabezas, pero una terrible peste de viruelas que estalló poco más tarde entre ellos arrebató alrededor de treinta mil. Después de algunos años estalló de nuevo pero aunque sus efectos fueron más suaves, mataron sin embargo alrededor de once mil. La escarlatina que para los Americanos es tan peligrosa, como las viruelas, causó igualmente increíbles estragos. Sé todo por propia experiencia pues he asistido con mi ayuda sacerdotal por muchos meses, día y noche, a los enfermos que padecían de viruelas o escarlatina. También el hambre causada por la gran sequía y la esterilidad originada por ella extinguieron  /18  una muchedumbre de guaraníes. Agréguense a ellos los que perecieron en la guerra al servicio del rey los cuales ocupados en las campañas permanecían por años sin darlos de baja. Por lo tanto no debe extrañarse que las mujeres de los guaraníes, pese a su especial fecundidad no pudieron reemplazar el gran número de los extinguidos por tan múltiples calamidades que se sucedieron de continuo. Por esto en el año 1767 en que abandonamos América, se contaba en todas sus localidades no más de cien mil. Yo conozco muchos españoles acomodados cuyo único deseo era poder pasar su vida entre los guaraníes. Y Muratori que conocía muy bien estas localidades, no yerra al llamar en su libro cristianos felices a sus habitantes y al probar que lo eran.

Quienquiera echar un atento vistazo en la obra de este famoso escritor: Il cristianesimo felice o en otros antes mencionados monumentos de la sapiencia, ha de palpar las mentiras que la impudicia, por la imaginación o la calumnia, arroja contra Paracuaria. Yo reí muchas veces y eso de todo corazón cuando casualmente recorrí los diccionarios diversos y otras colecciones históricas y geográficas. Siempre me parecía que sus autores, en toda ocasión en que mencionaban las localidades de los guaraníes, habían escrito con ensueño o delirio, tan extremadamente equivocado es todo. Cuando leo estos escritores, cambian en mí diferentes impresiones. De pronto me duele su ignorancia, y de pronto me fastidia su impudencia con la cual, obcecados por la parcialidad, el odio y la envidia, imponen sus fábulas inventadas y rancias como verdad /19 a los europeos. Pero frecuentes veces me asombró la incomprensible credulidad con que algunos prestan una ilimitada fe a los ingenuos hablistas y calumniadores, fe que en cambio niegan a sinceros historiógrafos. En manos de quién no se encuentra la enciclopedia de Hübner, en el cual sin embargo se hallan únicamente insoportables falsedades y calumnias en cuanto se trata de las localidades de los guaraníes. Así como aquel artista no dejó pasar sin una línea ningún día, así no se halla en él ninguna línea sin una mentira. Esto vale para el artículo sobre Paracuaria. En cuanto a lo restante den su juicio otros mejor instruidos al respecto. También la segunda edición editada por el hijo del autor causóme disgusto, cuando la revisé en Lisboa en el año 1748. Pues luego que había hecho imprimir de nuevo sin el menor cambio las fábulas que su crédulo padre había juntado, agregó sin embargo al final estas palabras: más hoy en día tenemos otras noticies de estas misiones. Pero, ¿por qué causa no ha tachado y enmendado lo que se reconoció en aquel tiempo por falso? Ignoro si las posteriores ediciones han sido expurgadas de estos errores absurdos.

El libro del señor D. Luis Antonio de Bougainville: Voyage autour du monde, editado en Neuchatel 1772 ha sido escrito muy astutamente y debe ser leído con mucha cautela por esto. Al comienzo colma con las más eximias alabanzas a los jesuitas, pero luego les achaca, cientos de cosas manifiestamente tan falsas como deshonrosas para nosotros y los guaraníes. Tácito dice en la vida, de Agrícola: pessimum inimicorum, laudantes vocat. Estos comienzan con la alabanza de aquel que quieren  /20  rebajar para que se crea, más fácilmente las calumnias con que más tarde acometen contra él. Sin embargo, yo no puedo inclinarme a colocar en esta clase de versátiles a este hombre por muchas causas célebre ya que, si no me equivoco, se ha destacado como guerrero, marino, hombre ingenioso en todas las materias de la bella literatura. El ha escrito lo malo sobre nosotros y los guaraníes, no por ser opositor a los méritos de otros sino porque relatos de extraños le engañaron deplorablemente. El no ha visto en su vida, ni de lejos, las localidades de los guaraníes. ¡Ojalá las hubiera visto! Indudablemente él hubiera usado otros colores para el cuadro que él trazó de los indios y sus misioneros. El permaneció muy corto tiempo en Buenos Aires, puerto y entrada a Paracuaria. Allí recogió de las fuentes más turbias, las peores noticias que ha editado en Europa como verdades. ¡Ay! Por desgracia esto ocurrió en tiempos cuando aún los mejor dispuestos para con nosotros no podían decir lo mejor de nosotros, sin peligro. La mayoría pondera al sol naciente, no al poniente. Nosotros nos encontramos entonces en este caso. Pero basta con ello. Un español de seguro digno de fe se expresa sobre este libro en la siguiente forma: si todo lo demás que este señor de Bouganville ha escrito sobre las diversas provincias es igualmente falso como lo que escribió sobre Paracuaria, su libro pertenece a la bodega de aromáticos para envolver pimienta o a otro oficio aún más inferior. Por esto era imposible que yo quedara insensible en cuantas veces se me decía que este libro atiborrado de tantas y tantas falsedades había hallado crédito y aplauso aún ante hombres ilustres. Mis amigos me indujeron ya hace algunos años a refutar en pocas hojas los más /21 absurdos errores de éste. Yo intercalaría aquí esta refutación pero no quiero faltar a la brevedad.

El Reyno Jesuítico del Paraguay es una visión quimérica y un aborto de un español Bernardo Ybañez, que hemos expulsado por dos veces de nuestra sociedad. ¡Quién puede esperar luego de un hombre de su ralea la verdad o la alabanza de los Jesuitas! El no fue jamás misionero entre los guaraníes sobre los cuales él ha escrito. Yo he estallado en risa cuando leí que este hombre ha sido ponderado en España como un historiador veraz y sabio. Todos los españoles de mente sana abominan su nombre como su dislate. Hace tiempo leí solo por encima el libro: Il passageto Americano, y pronto lo he desechado. Tanto me ha asqueado a primera vista la parlería fútil y ridícula del autor describiendo las reducciones de los guaraníes. Hasta esta hora ignoro su nombre. No terminaría si yo hiciera mención de cuantos han calumniado las localidades y misioneros de los guaraníes en libelos audaces. Para refutarlos podría oponerles la historia del P. Nicolás del Techo, del P. Antonio Ruiz de Montoya la conquista espiritual, el P. Pedro de Lozano, las cartas familiares del P. Antonio Sepp a su hermano, la [historia] del P. Francisco Javier Charlevoix en francés, pues en la traducción alemana ha sido mutilada miserablemente y alterada en muchos pasajes, y al fin las cartas anuas de la Provincia de Paracuaria que han sido impresas en Roma. Pero yo debería temer que se me objetara la imparcialidad /22 y veracidad de estos escritores, como testigos en su propia causa. Como si Julio César no debía merecer fe por haber escrito sobre sus propias campañas y victorias. El ha podido engañarnos, no lo niego, pero nadie ha podido conocer mejor y mas completamente los sucesos que él. Pero si no se quiere prestar fe de ningún modo a nuestros escritores, léase entonces con atención las cartas reales de Felipe quinto y sus dos cédulas a nuestros misioneros, que él ha dado desde el castillo del Buen Retiro el 28 de diciembre de 1743. Léase el escrito insertado allí del ilustre obispo de Buenos Aires, José de Peralta, de la famosa orden de S. Domingo en donde informa como testigo ocular a este mismo rey sobre el estado de las reducciones de los Guaraníes. Estos documentos que para nosotros son de la mayor importancia aparecieron en 1745 en una traducción latina y se pueden encontrar en todas partes. Al leerlos se comprenderá que los Guaraníes han demostrado siempre no sólo una inquebrantable obediencia al rey de España sino también un celo especial contra los enemigos de España y, sobre todo, han sido más útiles que otras naciones de América para sus monarcas.

Tal vez alguien alegue la sedición que los Guaraníes del río Uruguay han promovido en 1753 a causa de un decreto real. Por este decreto ellos debían abandonar siete de las mejores reducciones a los Portugueses, pero los habitantes trasladarse a alguna región solitaria o a otras reducciones del Paraná. Los indios se opusieron con todas sus fuerzas pero de ningún modo por odio contra el monarca que quiso exilarlos sino por amor a su patria de la cual debían ser desterrados. /23 ¿Y no harían igual cosa los alemanes, españoles o franceses si fueran obligados por sus soberanos a entregar su patria a sus enemigos? El suelo patrio es caro a todos, pero a los americanos lo es aún más. De ahí, ¿quién no estará dispuesto a disculpar en cierto modo la resistencia de los Indios del Uruguay, aunque no puede ser aprobada, y a tener consideración con ellos? De su pecado tuvo la culpa más bien la debilidad de su inteligencia, que la malevolencia de su corazón. Ellos expresaron siempre al rey católico la mejor voluntad y la mayor sumisión. Pero los misioneros no pudieron inducirlos por ninguna elocuencia a creer que el rey más benévolo quería desterrarlos de su patria a favor de sus enemigos los portugueses, para jamás volver a ella y quedar expuestos a la mayor miseria. En toda verdad (así escribieron al gobernador real José de Andonaegui), ni nosotros ni nuestros padres jamás han cometido la menor falta contra el rey. Jamás hemos hecho un daño a las colonias españolas. ¿Cómo podríamos creer por lo tanto que el mejor rey quería castigarnos a nosotros, inocentes, con el exilio? Nuestros abuelos y bisabuelos, y también todos nuestros hermanos, han combatido frecuentemente bajo las banderas del rey contra los portugueses y muchas veces contra los ejércitos de los bárbaros. Innúmeros han perdido en ello su vida o sobre el campo de batalla a manos de los enemigos o en las múltiples conquistas de la Colonia Portuguesa y nosotros, los salvados de la muerte, llevamos todavía nuestras cicatrices como monumentos de nuestra lealtad y de nuestra valentía. Siempre consideramos deber nuestro ampliar las fronteras de la monarquía española y defenderlas contra todo ataque. Nosotros no escatimamos en ello ni nuestra sangre ni /24 nuestra vida. ¿Y ahora el monarca católico quiere recompensarnos nuestros méritos en bien de sus provincias con el más acerbo de todos los suplicios, la pérdida de nuestra patria, de nuestras insignes iglesias, nuestras casas, campos de cultivo y más bellas estancias, en fin, con el exilio? ¿Quién puede imaginarse esto como algo creíble? Si esto es cierto, ¿qué cosa podrá considerarse aún increíble? En la cédula que Felipe Quinto nos hizo otorgar, y hacer leer públicamente desde los púlpitos en nuestras iglesias se nos ordenó en repetidas veces que de ningún modo dejáramos acercarse los portugueses a nuestras fronteras. Ellos eran sus más acérrimos enemigos y también nuestros. Y ahora se nos comunicaba de continuo ser la voluntad del rey que cediéramos a los portugueses la porción de tierra más bella y mejor, que la naturaleza, Dios y los monarcas españoles nos habían dado en propiedad y que cultivamos con tanto sudor ya por el segundo siglo. ¿A quién parecerá creíble que Fernando, el más digno hijo de este mismo Felipe, nos ordene justamente lo que su óptimo padre nos ha prohibido tantas veces? Pero si los portugueses y los españoles, como puede ocurrir fácilmente con el cambio de los tiempos y ánimos, se hubieran reconciliado tanto entre ellos y que éstos se quisieran mostrar ahora obsecuentes con aquellos, que les concedan entonces algunos de los vastísimos campos que se encuentran en cantidad aún sin habitantes y sin cultivos. ¿Por qué motivo debemos entregar tan luego nosotros, nuestras localidades a los portugueses, cuyos antepasados ora han asesinado tantos cientos de miles de nosotros, ora los han arrastrado a la más terrible esclavitud en el Brasil? Realmente esto es tan increíble como insoportable. Cuando aceptamos la fe cristiana juramos nuestra lealtad a Dios y al rey católico y de /25 su parte los sacerdotes y gobernadores reales nos aseguraron unísonos la merced y el amparo perenne. ¿Y ahora debemos estar obligados, sin ser culpables del menor delito y tras tantos méritos para con la nación española, a dar las espaldas a nuestra patria por orden real? Es lo más acerbo y lo más insoportable que nos podía ocurrir jamás. ¿Qué persona de buen entender no condenaría una amistad tan tornadiza y vacilante, una fe tan versátil para faltar a sus promesas?

Así escribieron los principales de entre los indios al gobernador real, el cual así como estaba lo mejor dispuesto para con su señor y los indios, apenas pudo contener sus lágrimas al leer la carta. Pero la severa obediencia militar suprimió en él la sensación de conmiseración y urgió el cumplimiento de lo orden real y amenazó con lo más extremo a los recalcitrantes.

Había entre los españoles, ¡quién lo creería! hasta gentes de tan infame carácter que susurraban secretamente a los oídos de los indios que el rey no había ordenado de ninguna manera la entrega de los localidades, sino que los Jesuitas las habían vendido a los Portugueses. Los Guaraníes conocían demasiado bien la buena voluntad de sus pastores de almas para que dieran crédito o esta invención aunque entre los imbéciles siempre quedaba una especie de sospecha. En realidad muchos misioneros que apresuraron con demasiado celo la emigración de las localidades y para decirlo brevemente demasiado imprudentemente corrieron peligro de perder su vida a mano de los indios a los que la pérdida de su patria había tornado casi enloquecidos. /26

Yo indicaría sus nombres y hechos en su orden pero mi intención es recordarlo sólo al pasar. El P. Bernardo Nussdorfer que en las localidades de los Guaraníes era superior, y sobre todo un hombre que se había hecho digno de honor por los cargos desempeñados entre nosotros, su edad provecta, su profundo conocimiento de la lengua india, su servicialidad y autoridad, recorrió estas siete localidades y aconsejó del modo más insistente a sus habitantes con todos los posibles argumentos que obedecieran a la orden real. Parecían haberse dejado convencer por él. Pero cuando se llegó a la ejecución los indios, así como en lo general son inconstantes y veleidosos, olvidaron su promesa y no quisieron escuchar nada más de emigración. En cuando al P. Luis Altamirano, un jesuita enviado por el rey de España en su nombre a Paracuaria para apresurar la entrega de las localidades, creyeron que no era ni un Jesuita ni un Español, porque ellos habían notado una diferencia entre su vestidura y alimentación con la nuestra. Hasta no titubearon en proclamarlo públicamente mercader portugués que se había disfrazado de Jesuita. Por esto, en una noche profunda huyó para escapar a todo peligro, cuando en la localidad de S. Tomás corrió un rumor que los indios se acercaban contra él. Más tarde cuando él ya estuvo en seguridad, lo encontré en Santa Fe en mi viaje a los Abipones donde me he reído cordialmente con él. Pero de cierto, si los indios hubieran obedecido con igual apuro a nuestros consejos como nosotros hemos inculcado la obediencia en sus ánimos, inconstantes y recalcitrantes, todo el asunto se hubiera arreglado rápida y felizmente sin ruido. Pero ellos fueron /27 sordos a nuestras prevenciones. Por esto, para llevarlos a otros pensamientos, se realizaron en la plaza procesiones públicas y un sacerdote con una corona de espinas en la cabeza, con voz pesarosa, con gemidos y amenazas aconsejó desde el púlpito a los circunstantes a comenzar su emigración. Su consejo fue tan eficiente que muchos prometieron obedecerle. Ellos hicieron más; emprendieron también al siguiente día bajo el mando de los misioneros el viaje para elegir lugares para nuevas reducciones, pero lo suspendieron cuando recordaron de nuevo sus pueblos natales. Amor patriae ratione valentior omni que, como suspira Ovidio 1. I. eleg. 4; es más fuerte que todos los raciocinios, arrastró a todos a regresar a ellas. Aquí sintieron nuestros padres cuán arduo es hacer rodar una piedra cerro arriba o nadar contra la corriente. Sería un verdadero prodigio triunfar sobre el instinto natural, aun con la más grande elocuencia.

 

Fuente (Enlace interno):

HISTORIA DE LOS ABIPONES - VOLUMEN I

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER,

Traducción de EDMUNDO WERNICKE

Advertencia editorial del Profesor

ERNESTO J. A. MAEDER

Noticia biográfica y bibliográfica del Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER,

por el Académico R. P. GUILLERMO FURLONG, S. J.

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

FACULTAD DE HUMANIDADES - DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RESISTENCIA (CHACO) , ARGENTINA - AÑO 1967

 




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