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MARTÍN DOBRIZHOFFER


  DE LOS BARBAROS QUE YO DESCUBRI EN MBAEVERA (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)


DE LOS BARBAROS QUE YO DESCUBRI EN MBAEVERA (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)

DE LOS BARBAROS QUE YO DESCUBRI EN MBAEVERA,

JUNTO AL RIO EMPALADO

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER

 

Villalba, siempre preocupado por su seguridad, avisaba cuánto ocurría, y me juró que si yo regresaba otra vez, seguramente encontraría a estos bárbaros. Yo no titubee mucho y emprendí alegre el camino con mis indios. Habíamos traspuesto ya un buen trecho y marchábamos presurosos a grandes pasos por el Mbaeverá, cuando el cielo pareció haberse juramentado con todas sus caídas de lluvia contra nosotros y nos acosó incesantemente día y noche con ellas. Tuvimos que pernoctar todas las noches bajo el cielo descubierto sobre el suelo donde todo nadaba en agua. Nuestras ropas más interiores chorreaban de humedad y no pudimos ni mudarlas ni secarlas. La carne de vaca, el alimento principal y casi único de los indios comenzó a podrirse. Los ríos y pantanos crecieron tanto por la lluvia continua, que durante muchos días no se podía cruzarlos. /83 No había el menor indicio de un tiempo bueno. Por ello nos vimos obligados a regresar a casa después de una penuria de ocho días. Sin duda nos hubiera esperado aún una mayor, si no hubiéramos sido tan precavidos de suspender nuestro viaje, pues la lluvia persistió incesantemente por veinte días. Si bien en esta vez no conseguí mi propósito, no desistí de él. Esperé, al contrario, en mi localidad una ocasión de reiniciar lo más pronto posible la empresa. Poco tiempo después emprendí en realidad mi tercer y más feliz viaje a Mbaeverá. Al fin llegué a mi meta. Así descubrí tres lugares de viviendas bastantes poblados de bárbaros a quienes mandaban tres caciques, Roy como principal y Tupanchichu y Veraripochiritú como capitanes. La primera choza estaba construida por palmeras, cubierta por hierba seca, tenía ocho puertas y sesenta habitantes. De derecha a izquierda pendían hamacas que de día servían para sentarse y de noche para dormir. Cada familia bárbara tiene en el suelo su propio fogón en cuyo derredor está colocado todo un conjunto de ollas, grandes calabazas y cántaros. Los más, especialmente los adolescentes, tienen una figura muy agradable, por la cual muchos Europeos los envidiarían y estimarían. Son muy blancos de cara, porque jamás se dejan tocar los rayos solares. Los hombres, sean viejos o jóvenes, se tonsuran los cabellos a la manera de algunos monjes que dejan en su cabeza corona. de cabellos. Desde el séptimo año llevan perforado el labio inferior; pasan por un agujero de él un caño del grosor de una pluma de escribir y tienen esta costumbre en común con todos los pueblos americanos. Los Guaraníes, cuya lengua ellos hablan, nombran a esto tambetá. /84 Pero todos, sin distinción de edades, ni de sexo, se cuelgan en las orejas conchas triangulares. Los hombres andan desnudos, excepto que por una honestidad natural llevan un pequeño delantalcito como los albañiles. Pero todas las mujeres están cubiertas desde los hombros hasta los pies con un género blanco que ellas se fabrican de la corteza del árbol Pinó. Si se bate esta corteza se seca y se forman pequeñas fibrillas cual lino, las cuales se hilan para hacer telas. Este tejido se blanquea sin trabajo y admite con facilidad y duración todos los colores. En cambio los géneros tejidos por la mayoría de las naciones bárbaras de Caraquatá o Maguey, como lo llaman los Mexicanos (sobre ello en su oportunidad diré algo más), distan mucho de ser blancos y todos los tintes que ellos admiten sólo con dificultad, se pierden muy fácilmente. Los bárbaros suelen ornar con una corona de plumas de papagayos la parte tonsurada de la cabeza. Sus armas consisten en flechas con un gancho, con las cuales bajan con una habilidad especial las aves aún en vuelo. Ellos y los suyos se alimentan de antas, fieras y aves de todas clases, como las traen desde la caza a la vivienda. Se esconden frecuentemente tras los arbustos, llaman astutamente por grosera imitación de su canto a las aves y las matan luego a tiro de flecha. A veces las cazan también con redes y trampas. No repudian tampoco la agricultura. A lo menos, se encuentran en abundancia en los bosques trigo turco, frutas, tabaco. De este último, cuya planta es allá de hojas extraordinariamente grandes y crece muy alta, la susodicha choza estaba rodeada como por un cerco. Antes de acostarse, /85 colocan sus ollas rellenas de carne o frutas junto al fuego para hallar al despertarse todo a mano en seguida. Apenas alborea, los hombres y hasta los muchachos de siete años vagan por grupos con sus carcajes por los selvas, para hallar los rastros de caza montesa y comer ésta en el día. 

 

El que no quiere padecer hambre, ni ser burlado, no debe volver con las manos vacías a casa. Las madres colocan sus hijos en un canasto tejido de ramas, y los llevan así, sobre las espaldas, cuando quieren viajar por el bosque. Ellas saben también juntar la miel más excelente, tanto para comer como para beber, de los colmenares silvestres de los cuales están llenos todos los árboles. Por este motivo aprecian mucho los cuchillos y las hachas de fierro. Como encontramos semejantes instrumentos de hierro en su poder, no dudábamos que ellos los habían quitado a algunos Españoles asesinados, que en algún tiempo juntaron yerba en las selvas. Entre ellos, Dios se denomina Tupa, como en guaraní, pero ellos poco se preocupan por conocer sus leyes. Como no saben de un culto divino, tampoco conocen un culto idólatra. Al demonio llaman añá o añangá, pero sin venerarlo. Tienen la mayor estima a los hechiceros o más bien charlatanes y los temen. Pues éstos se jactan de que conjuran a venir y desaparecer las enfermedades y aún la muerte, que presagian lo porvenir, causan inundaciones y tempestades, que se transforman en tigres y pueden modificar aún de otros modos el curso de las leyes de la naturaleza. Por estas jactancias logran el respeto de los temerosos. Estos bárbaros, como todos los americanos, estiman lícita la poligamia, pero sólo en muy raras ocasiones la practican. /86 Más comunes son entre ellos los repudios de las esposas. Aborrecen todo matrimonio entre parientes aún en el grado más remoto y lo estiman algo nefando. Conforme con la costumbre de los Guaraníes, encierran sus cadáveres en grandes cántaros de barro, de los cuales vimos tres vacíos, en nuestro viaje a través de la selva. Pero se preocupan por su destino después de la muerte. Si bien estos bárbaros no comen carne humana, los indios vecinos hacen de ella una regalía. Se cuenta que han comido una mujer que había escapado a su marido. Sus compañeros de choza en Mbaéverá que la quisieron alcanzar en su huida, hallaron sus huesos y recientes huellas de antropófagos. Todo forastero, sea indio, español o portugués, les es sospechoso. Por esto reciben armados o su huésped, pues lo consideran un enemigo que sólo trata de poner lazos a su libertad. La misma sospecha abrigaban también al principio de mí y mis indios cuando nos vieron llegar.

 

El primero al cual encontramos en la selva fue un joven bien formado que llevaba en la mano una ave muy parecida a nuestros faisanes (llamado Yacú), justamente cuando la flecha que el adolescente le había tirado por el pescuezo, le provocaba las últimas retorsiones. El parecía algo impresionado por nuestra llegada. Yo me acerqué a él, alabé su especial habilidad en tirar la flecha y le alcancé un pedazo de asado, porque los regalos captan al ánimo más que las palabras más amables, trozo que él tomó con ambas manos y comió en seguida. El inesperado almuerzo le quitó el miedo que /87 la llegada de los forasteros le había causado. Su nombre era: Arapotiyu, Aurora, pues ara denota en guaraní el día, poti la flor, yu algo áureo o amarillo, de modo que ellos expresan la dorada flor del día. Y en realidad hallamos por esta aurora al mismo sol o sea al padre del joven y el cacique más noble de este contorno, capitán Roy. Las preguntas que yo le dirigí amistosamente sobre diversas cosas útiles a mi propósito, me las contestó igualmente con placidez y agregó que su padre estaba ocupado en la caza y no lejos de nosotros. Entonces, contesté alegre, condúcenos junto a él para que lleguemos a verlo lo más pronto posible. El joven estuvo completamente de acuerdo y durante todo el tiempo no se separó ni un momento de mí, lo que me admiró mucho. Habíamos avanzado alrededor de una hora en el bosque, cuando vimos acercarse arrastrándose con paso lento un pequeño anciano demacrado, con un gran cuchillo al costado, en compañía, de dos jóvenes, de los cuales uno era su hijo y el otro su cautivo, pero ambos provistos de carcajes. Mis indios cristianos bajaron sus arcos y puntas hacia el suelo para testificar, según su costumbre, sus disposiciones amistosas. Nos acercamos a él. El más respetable por la edad entre mis indios besó la mejilla izquierda del cacique en seña de paz y a la vez le informó sobre nuestra venida. ¡Dios te conserve – le dijo – querido hermano! Estamos aquí para haceros una visita de amigos, pues creemos que somos amigos con vosotros. Pero este padre sacerdote (Pay Abare) al cual acompañamos, es representante de Dios. El nos alimenta, nos viste, nos enseña y nos ama tiernamente; y nos canta /88 junto al sepulcro, cuando él sepulta nuestros cadáveres envueltos en blanco lienzo. El quiso seguir hablando, pero el anciano le interrumpió y repitió irónicamente varias veces y con amargo resentimiento estas palabras: ¡Hindó, mira ahí! El le negó rotundamente que entre él y nosotros existiera una amistad consanguínea entre nosotros. Con sus ojos iracundos nos miró de cabeza a los pies, pues porque nos creyó Españoles o Portugueses del Brasil, cazadores de hombres que cazan indios en las selvas. Luego se dirigió a nosotros y me dijo en plena ira: padre sacerdote habéis venido en vano: no necesitamos de ningún padre sacerdote. Santo Tomás (apóstol de Cristo, del que los españoles y portugueses americanos creen que ha estado en América) ha dado hace ya mucho su bendición a nuestra tierra. Todas las frutas crecen aquí en abundancia. El rudo bárbaro creía que la presencia del sacerdote servía sólo para la fertilidad del suelo.

 

Pero yo le contesté sin refutar su error: Aunque el santo Tomás ha estado en algún tiempo en vuestro contorno, habéis olvidado desde mucho tiempo, lo que él ha, enseñado a vuestros padres sobre el Ser Supremo y sus mandamientos. Ahora estoy aquí para repetiros esta instrucción a vosotros. ¡Pero escucha, anciano! ¿Por cuánto tiempo vamos a seguir nuestra conversación en este barro dentro del cual casi nos hundimos? Sentémonos más bien sobre aquel tronco fuera del pantano.

 

Al anciano le plugo mi propuesta. Nos sentamos. Yo le referí el propósito y las molestias de nuestro viaje. Para ganar la benevolencia del torvo anciano, hice traerle una gran porción de asado que a mis indios servía como viático, la que él tomó muy ávidamente y engulló. En cuanto su hambre estuvo aplacada, /89 pareció que también se suavizaba su ánimo inquietado por la desconfianza. No quise dejar nada sin probar para abrirme camino a su corazón. Con esta intención le ofrecí de mi cajita tabaco español [rapé], pero él desvió la cara y con ambas lo rechazó. Oquibiye, tengo miedo, respondió, por creerlo un polvo encantado que servía únicamente para engañar a los hombres. Yo le comuniqué mis pensamientos al visitar su choza, a lo cual él con todos los argumentos me expuso que ellos no eran factibles. Mi casa, dijo, está extraordinariamente lejos de aquí. Tres ríos y otros tantos esteros se hallan por medio y los peores caminos conducen hacia allá. A esto, le contesté, que esta razón jamás me podría retener de mi propósito, ya que yo había hecho tantas jornadas, había atravesando tantos esteros y ríos y había atravesado con felicidad y paciencia tantas selvas. Pero, me opuso el anciano, tú ves que mi salud no es la más floreciente y que carezco de fuerzas para participar en un viaje tan largo. Bien, lo creeré, fue mi respuesta, yo tampoco me encuentro muy bien hoy, y tampoco es de extrañar; el mal tiempo, la mucha lluvia que cayó durante toda la noche, las selvas húmedas, los caminos barrosos, las largas charcas que he cruzado hasta las rodillas en el agua, el empinado cerro que ascendí, mi estómago hasta esta hora aún vacío, la continua caminata desde la salida del sol hasta medio día, ¿todo esto no agotarían las fuerzas del cuerpo y quebrantarían la salud? Pero por débil que sea nuestro cuerpo, creo que tenemos todavía suficientes fuerzas de arrastrarnos hasta tu /90 casa para poder descansar allá. Tomémonos tiempo, los más fuertes pueden marchar delante, nosotros les seguiremos sólo con pasos lentos. Oh, vosotros os cuidaréis de mi casa – repuso el anciano – si supierais qué peligro os espera allá. Mis subordinados son de mala índole, sólo quieren matar los forasteros; matarlos Oporoyuca ce, oporoyuca ce, oporoyuca ce, ñote. Este es su diario y único deseo. Sean tus compañeros de casa tales cuales tu los describes, contesté sonriente, pero [eso poco] me preocupa. Mientras te tenemos a ti como amigo y protector, el terror de toda la región, el capitán famoso por su magnanimidad y sus grandes hechos, ¿quién se atreverá a hacernos mal alguno? Tales alabanzas y la confianza que yo parecía haber depositado en él, me conquistaron el corazón del anciano y él me fue favorable. ¡Bien! – contestó alegre y ordenó a los dos jóvenes con los cuales había venido –: andad apurados a casa y avisad a los nuestros que aquí está un padre sacerdote que me aprecia y un grupo de indios (eran unos quince) que se dicen de nuestra sangre. Ordenad a las mujeres en mi nombre que no teman a los forasteros, ni huyan, sino que barran hasta dejar limpias nuestras chozas. Tales fueron las palabras del anciano. Yo pensé entre mí: poco importa el barrer las chozas, con tal que los bárbaros al vernos, no nos barran a nosotros con sus flechas.

 

Los mensajeros enviados se apresuraron cuanto pudieron. Nosotros les seguimos a pie, algo más despacio. Pero el anciano cacique quedaba siempre /91 a mi lado. Mediante amistosa conversación tratábamos de hacernos más grato el áspero camino y las inclemencias del tiempo. Y cuando la mayoría de los europeos comen opíparamente (era martes de carnaval nosotros, sentados a orillas de un arroyo renovábamos con un trago fresco nuestras fuerzas casi exhaustas por la fatiga del viaje. A la noche llegamos a ver la choza grande, que sin duda era la principal. A nuestra llegada acudieron todos los habitantes y nos saludaron con su habitual saludo: Ereyupa, ¿ya viniste? lo cual yo contesté con el habitual saludo de respuesta: Ayu anga, yo ya vine. Todos los indios armados con sus flechas y arcos y su corona de papagayos sobre la cabeza me ofrecieron su saludo. Uno de los indios se me acercó, pero de repente retrocedió disgustado consigo mismo, por haber olvidado su corona.. Poco después volvió a aparecer con su corona para saludarme. Como con algunos de mis indios quedé de pie ante la entrada de la casa, las mujeres y niños comenzaron adentro a temblar grandemente. Asustadas ante la visita de los extraños abandonaron sus ollas al lado del fuego, corrieron asustadas de un lado al otro, y mostraron claramente el temor que nosotros les inspirábamos, porque nos atribuían propósitos hostiles. No temáis, queridas hermanas, les dijo el de mayor edad de mis indios – aquí veis ante vosotros unos hombres que descienden de la sangre de vuestros padres. Ninguno de nosotros quiere causaros el menor mal. Soy el primero entre ellos y su jefe.

 

Este anciano dice la pura verdad – dije al grupo de los circunstantes – ninguno piensa algo hostil contra vosotros excepto yo que soy muy ávido de sangre, pues (aquí puse cara seria /92 y silbé con los labios) yo como tres o cuatro muchachos en un solo bocado enseguida.

 

Esta cómica amenaza cambió su susto en una gran risotada. Las mujeres volvieron a su trabajo y nos pidieron penetráramos en su vivienda. No conseguiréis jamás, respondí yo, que yo ponga un pie en vuestras chozas. Veo perros, nuevos y viejos, acostados en vuestro derredor. Donde hay perros, hay pulgas de las que soy acérrimo enemigo, pues me perturban en el sueño, del cual tanto necesito después de un viaje tan largo y fatigoso. Pero no me alejaré mucho de vuestra vivienda para que no me perdáis de vista. Aquí en este sitio, donde puedo ver [a] todos y ser visto por todos, quiero habitar de fijo.

 

En realidad, para no dañar mi decoro y mi seguridad, permanecí por tres días y noches enteras bajo el cielo libre sin entrar en su choza, aunque llovió de tiempo en tiempo.

 

Aún en este mismo atardecer di a comprender al anciano cacique Roy que me gustaría mucho poder ver reunidas en un solo grupo todas sus gentes, hablar con ellas y poder obsequiarlas con algunas menudencias de su conveniencia. Mi deseo fue cumplido en seguida. En el más perfecto orden estuvieron sentados todos en derredor y fueron tan contenidos y silenciosos que yo creí ver ante mí, no seres humanos, sino estatuas esculpidas. Ninguno se atrevió a abrir la boca. Para llamar un poco la atención de los fieles, por quienes fui oído con deleite; canté un rato con suma complacencia de todos. Por más que estoy convencido de mi debilidad en la música; me conceptuaron, sin embargo, el músico más perfecto y ameno, tan luego ellos, /93 que en su vida no habían oído ni una música mejor ni peor y no conocían otra armonía, que la que ellos hacían sonar mediante sus zapallos. Después que de esta manera me hube abierto un acceso a sus oídos y corazones, comencé más en tono de una plática amistosa que de un sermón a decir lo siguiente: No me pesa haber emprendido mi viaje tan molesto hacia vosotros, haber cruzado tantos ríos y haber padecido tantas contrariedades, porque os veo sanos y estoy convencido de vuestra benevolencia hacia mí. He venido a haceros felices. Reconoced en mí a vuestro amigo más sincero. Permitid que os diga francamente lo que pienso de vosotros. Me dais lástima porque os veo encerrados entre las tinieblas de los bosques porque no llegáis a conocer las bellezas del mundo ni su Creador. Sé muy bien que a veces lleváis en la boca el nombre de Dios, pero no sabéis cómo adorar a Dios, qué es lo que prohibe, qué promete Dios a los virtuosos y con qué amenaza a los malvados, y os quedara completamente desconocido si algún sacerdote no os instruye. Sois así infelices en vuestra vida, y lo seréis después de vuestra muerte.

 

Así les expuse con la brevedad y claridad que pude el concepto de nuestra religión. Mientras yo hablaba, nadie me interrumpió salvo unos muchachos, que cuando mencioné el fuego del infierno, comenzaban a reír a veces. Cuando yo desaprobaba los casamientos entre parientes cercanos y los declaraba inadmisibles, dijo el anciano cacique: tienes razón Padre, tales casamientos son algo horrendo, pero lo sabemos desde hace mucho tiempo. Yo deduje de ello que los bárbaros aborrecen tales casamientos incestuosos más que /94 el latrocinio y el asesinato. Disculpamos a veces los pecados más grandes porque son los nuestros y condenamos inexorablemente los menores porque otros los han cometido. Mientras yo hablaba sobre el latrocinio y el asesinato, el anciano cacique no decía palabra alguna, tal vez porque no le eran extraños. Pero arremetió acremente contra los casamientos entre parientes, porque tal vez han sido usuales en alguna otra nación. Antes de terminar mi discurso miré algo más atentamente en derredor del grupo de mis oyentes y luego exclamé con gesto de asombro: en vuestra numerosa asamblea veo desgraciadamente muy pocos que hayan alcanzado una edad provecta. Yo lo comprendo muy bien: la frecuente miseria que padecéis todos los días demacra vuestro cuerpo, debilita vuestras fuerzas y os echa antes del tiempo en una sepultura demasiado temprana. Día y noche debéis padecer todos los cambios del tiempo. Cuan malamente os protege contra él vuestro techo, por el cual sopla el viento por todas partes. Hambrientos corréis día y noche tras la salvajina en los bosques y os cansáis por la caza frecuentemente inútil. Vivís únicamente de lo que la casualidad os brinda. ¿Es pues un milagro que vuestro corazón se torture de continuo por las preocupaciones del alimento? Debéis pagar frecuentemente con una hambre de larga duración un tiro de flecha incierto o errado. No quiero hablar nada sobre los peligros a los cuales exponéis de continuo vuestra vida. De pronto os amenazan con la muerte las garras de los tigres, las mordeduras de serpientes venenosas, las flechas de los vecinos y no pocas veces, también sus dientes. Pero aún si no existiera todo esto, un suelo de continuo húmedo como el vuestro, contiene no sólo mosquitos e infinitas sabandijas venenosas, sino también el germen de enfermedades innumerables. ¿Qué esperanza /95 de volver a sanar puede tener un enfermo en vuestra soledad, donde no se encuentra ni un médico, ni las correspondientes medicinas? Pues a los que llamáis médicos (Aba paye) son todos unos curanderos más hábiles en engañaros que en sanaros. Si no queréis creer mis palabras, fiáos pues a vuestras experiencias, que habéis hecho tantas a vuestro costo. No se hallan expuestos a estas adversidades los indios, vuestros hermanos, que habitan reunidos en un pueblo y viven de acuerdo con la voluntad de Dios y la instrucción por sus sacerdotes. ¡Por Dios! ¡Cuántos ancianos veríais allí! También es muy natural que los más lleguen a una edad tan provecta, ¡ya que en la localidad tienen a mano tantos remedios para prolongarla y retardar su muerte! Cada familia tiene su propia casa, que la protege perfectamente contra las incomodidades del tiempo, aunque ésta no siempre tiene el mejor aspecto. Diariamente se entrega una porción suficiente de carne vacuna a cada uno. Su campo de cultivo le suministra en abundancia frutas y otros alimentos. Cada uno recibe anualmente un traje nuevo.

 

Generalmente reciben como regalo cuchillos, hachas, y otros instrumentos para la agricultura, como también sartas de cuentas de vidrio y lo que pertenece al ornato. Cuando se enferman algunos, les asisten día y noche médicos expertos que les llevan diligentemente los alimentos necesarios, preparados en la vivienda del Padre y las correspondientes medicinas. A más de esto, los Padres que cuidan los pueblos, se preocupan mucho de que a los indios, no les falte nada de todo esto. Pero si vosotros creéis que en mi relato haya más jactancia que verdad, están ahí ante vosotros indios cristianos, hermanos vuestros, mis compañeros y pupilos. La mayoría de ellos ha nacido y se ha criado como vosotros en selvas /96 y vive ahora, desde muchos años, en la localidad bajo mi cuidado. Echad una mirada sobre sus ropas. Por ellas podéis suponer nuestra manera de vivir. Veis, sin duda, en ellos que están contentos con su suerte y se sienten completamente felices. Ellos fueron lo que sois vosotros y vosotros podéis ser lo que ellos son. Si sois inteligentes, no debéis perder esta felicidad. Con todo esfuerzo de vuestra mente examinad si os conviene pasar y terminar vuestros días bajo tantas calamidades, en estas espesas y tenebrosas selvas. Resolved si queréis seguir el buen consejo que os doy. Nosotros os recibiremos con los brazos abiertos como amigos y hermanos, y sin tardanza incorporaros en el número de nuestros conciudadanos. Para induciros a ello y sugerirlo he emprendido este largo y, como vosotros mismos sabéis, tan molesto viaje, por afecto y deseo a vosotros.

 

Para dar fuerza a mis palabras, repartí entre todos los presentes, según su condición, edad y sexo, unos pequeños regalos como ser cuchillitos, tijeras, anzuelos, hachas, espejos, anillos, aros y sartas de cuentas de vidrios que colocan cual gala en el cuello. Tales menudencias son en América los medios más infalibles para ganar lo más pronto los ánimos feroces de los bárbaros, lo mismo que se hace callar pronto a los niños mediante sonajeros. Una mano generosa puede entre ellos más que una lengua elocuente. Demostenes, Cicerón y todo el honorable gremio de los retóricos pueden gritar hasta quedar roncos ante los indios y agotar sus artes, pero si vienen con las manos vacías, predican ante sordos y toda su acción es vana. Si no unen su buen decir /97 con beneficios, comprenderán finalmente que han lavado un negro. Pero si alguien trae copiosos regalos a los indios aunque luego parezca ser un mudo, tonto como el ganado y feamente negro como un gitano, será escuchado con placer, apreciado y obedecido en sus órdenes. Irán por él hasta el infierno si él insiste en ello. No la elocuencia sino la generosidad hace efectos en los bárbaros. Yo creí por esto haber cumplido en un todo cuando acompañé con regalos mi discurso, pues es imposible imaginarse con cuánta alegría y con qué señales de su buena voluntad para conmigo regresaron todos a su choza. Poco después, el cacique Roy, para demostrarme su reconocimiento, me ofreció algunos panes, los cuales, según su decir, su esposa anciana había cocido para mí. Estos panes eran de trigo turco, redondos, delgados como un papel, cocidos entre la ceniza y también de color ceniciento, en una palabra, en tal condición que su aspecto hubiera causado asco aún al más hambriento. Ello no obstante, yo alabé por complacerlo la habilidad y la especial amistad de la anciana panadera hacia mí. Por lo tanto, los tomé con una mano y se los devolví suavemente con la otra; agregué a la vez, que me agradaría si sus niños comieran estos regalos en memoria mía. El anciano estuvo conforme con mi ofrecimiento y llevó de nuevo sus panes con la misma alegría con que los había traído. Los extraños deben precaverse siempre por los comestibles con que los bárbaros los obligan. Estos entienden muy bien mezclar los venenos y son de temer aún, en sus oficiosidades, pues odian a los extranjeros y en esta materia son parecidos a los antiguos romanos /98 de los cuales escribe Cicerón (Lib. I. Offic.) Hostis apud majores nostros is dicebatur, quem nunc peregrinum dicimus, mas de manera que entre los bárbaros americanos se debe evitar toda desconfianza miedosa, por ser madre del temor, pero no creer superflua la precaución. Tan ignorantes como son en lo demás, estos bárbaros saben muy bien disimular. Adulan al forastero cuando quieren perjudicarlo. No se debe fiar demasiado a la apariencia, pues frecuentemente yace escondida debajo de la flor más hermosa una víbora venenosa, como nosotros lo hemos experimentado con excesiva frecuencia.

 

El cacique Roy tenía para sí y su familia una vivienda algo distante de las otras. Sin embargo, él pasó la noche durante los tres días en que estuvimos en ella, en la gran choza de sus subordinados, ignoro si para seguridad de ellos o nuestra. Tal vez desconfiaba de nosotros, tal vez también de los suyos. Dormimos en el centro, entre las chozas de los bárbaros. Yo aconsejé a los míos que estuvieran vigilantes aún de noche, para que durante el sueño no fuésemos asaltados traidoramente por la multitud de indios. Pero de ningún lado se dio motivo de temer algo. Al otro día envié los más elegidos de mis indios a los cuales agregué, para su seguridad, a Arapotiyú, el hijo del cacique, hacia un sitio distante donde hice guardar un buey por mis indios dejado atrás para carnearlo y obsequiar a los bárbaros. Para alegrarlos, no se puede imaginar nada mejor, pues los Americanos son más alegres y obedientes cuando su estómago está repleto de carne vacuna. Para el cacique constituía un placer especial el entretenerse conmigo por muchas horas, en conversación amistosa. Me confesó sinceramente que él y sus gentes no se fían de ningún Español ni Portugués, y que no prestan el menor crédito a sus palabras y seguridades de amistad. Para ganar su confianza y su benevolencia, le aseguré repetidas veces que yo no era, ningún Portugués, ni un Español. Para confirmarle aún más en esta opinión le conté que entre mi patria, y España y Portugal estaban situados muchos países y mares; que mis padres, abuelos y bisabuelos no entendían ni una palabra española y que yo había hecho un viaje muy molesto de muchos meses sobre el océano únicamente en la intención de instruir a los americanos en las leyes divinas y en las vías de la salvación. Como yo lo expliqué muy seriamente él informó en seguida a los suyos que yo no era oriundo ni de España ni de Portugal, lo que contribuyó inmensamente a estrechar aún más conmigo los vínculos de la amistad y benevolencia. Aquí debo mencionar algo que no puedo escribir sin enrojecerme y que los lectores no leerán sin reírse. El cacique que fumaba tabaco por una caña comunicó a mis indios sentados en derredor su propósito y demostró por ello a la vez su ignorancia. Yo aprecio a vuestro Padre, dijo él, y como estoy cierto que él no es un español, pongo toda mi confianza en él. Quisiera de buen grado quedar a su lado mientras yo viva. Yo tengo una hija, la niña más bella que uno puede imaginarse; yo se la daré por esposa a nuestro Padre para que él quede en mi familia. Yo ya he convenido esto con mi esposa, ella también está de acuerdo. El anciano había expresado apenas su necedad, /100 cuando mis indios comenzaron a reír. El les preguntó la causa. Ellos contestaron que los sacerdotes viven siempre célibes y que el matrimonio les es prohibido por una ley inquebrantable. El anciano quedó completamente atónito por ello y alzó su pipa de tabaco al aire. ¡Añeyrac! – exclamó, ¡qué cosa inaudita e increíble me contáis! De pronto se admiraba, de pronto suspiraba, por ver incumplidos sus deseos. Mientras tanto yo paseaba ahí cerca entre los árboles y oía, esta ridícula explicación, pero haciendo como si no hubiera oído, me acerqué a ellos y les pregunté porqué habían reído tanto. Ellos tenían vergüenza de repetirme la absurda, propuesta del cacique respecto al matrimonio, y callaron. Si uno pregunta [a] más de una [uno a la] vez, no contesta ninguno. Esta es la costumbre entre los Guaraníes. Por eso pregunté separadamente a uno, el que me expuso temblando el argumento de la conversación y de su risa, en un todo y sin reticencia. Luego me dirigí al cacique y le agradecí sus disposiciones para conmigo. Yo y todos los sacerdotes, seguí diciendo, practicamos un estado de vida que no admite el matrimonio, y nos impone a todos la ley de una perpetua castidad. En lo demás, aunque yo no puedo ser tu yerno, ni quiero serlo, tendrás siempre en mí el amigo más leal, y aún si lo pides, un compañero y maestro que te instruirá en la doctrina cristiana. Tras esto el cacique nos repitió de nuevo su benevolencia y su admiración.

 

Apenas había yo llegado el día anterior a la choza de los bárbaros, cuando pedí que se enviaran mensajeros a los caciques vecinos /101 con quienes se hallaran en buenas relaciones, para invitarlos a visitarnos. Ello en razón de que no conocíamos sus paraderos y debíamos además economizar nuestras fuerzas para el regreso, en que nos aguardaba un largo viaje. Mi deseo fue atendido en seguida, y los indios, previniendo algún acto hostil, tomaron sus medidas ante la llegada de los vecinos. Al siguiente día hacia mediodía, aparecieron armados los bárbaros (distaban solo algunas horas de los primeros) con sus familias y en gran número. Las madres llevaban sus proles en canastos. Al frente de todo el grupo marchaban los dos caciques. El primero de ellos se llamaba Veraripochiritú, el que era tan grande y grueso como largo su nombre. Pese a lo serio que era de aspecto, no era descortés ni indócil. El regresó con los suyos justamente de una caza de puercos monteses, de modo que llevaban sobre sus espaldas la carne porcina más gorda. Su hijo, un muchacho de diez años, de cara muy agradable, había desparramado por toda su cara unas pequeñas estrellitas negras. ¿Tú te crees, le dije, que adornas tu cara con tus manchitas negras? La has afeado miserablemente; mírate atentamente en este espejo. (Pues yo le había regalado uno). El no titubeó mucho, sino que corrió al agua para lavarse. Cuando el hollín hubo desaparecido, creí ver ante mi a Daphnis, que primero había llegado como un cíclope. Obsequié a todos con los habituales regalos, conversé amigablemente con cada uno, pero más frecuentemente con su cacique Veraripochiritú, cuya especial inclinación a nuestra religión reconocí ya al principio. El segundo cacique que igualmente llegó marchando con sus gentes, se llamaba Tupanchichú, hombre de cuarenta años. Su estatura y /102 sus facciones le prestaban una cierta espectabilidad, pero su alma era tan negra como su cara: orgulloso, traicionero y peligroso, porque él supo disimular en su corazón con la frente más alegre y las palabras más suaves el propósito inhumano de asesinarnos a todos, como más tarde se descubrió. Tras su llegada se sentó a mi lado y exigió en seguida con un tono autoritario una porción de yerba. Después de habernos preguntado mutuamente con toda amabilidad sobre diversas menudencias, llegamos a hablar, no sé como, sobre el tema del alma. Avidamente tomé esta oportunidad. Ya sabemos desde hace mucho, comenzó el cacique, que hay uno que vive en el cielo. A esto yo le contesté: vosotros deberíais haber sabido también que él es el Creador y señor de todas las cosas y padre nuestro que nos ama tiernamente y por ello es bien digno de nuestro amor y adoración. Bien, prosiguió él, dime entonces lo que le displace. El aborrece, contesté y castiga severamente los adulterios, obscenidades, mentiras, calumnias, robos, asesinatos. – ¿Cómo? (interrumpió ceñudo). ¿Dios no quiere que matemos a otros? ¿Porqué los cobardes no se defienden mejor contra sus agresores? Así lo hago yo cuando se me ataca.

 

Yo me empeñé en quitar su error e inspirarle el horror al asesinato de seres humanos; no sé con qué resultado. Más tarde he sabido por testigos dignos de fe que este bárbaro Tupanchichú, temido en toda la zona por hechicero maligno, se había jactado en su choza con un montón de calaveras de aquellos que él ha matado mediante veneno o por violento asesinato. También se dijo /103 que él se había conjurado contra nosotros; Para que no fuéramos sorprendidos de noche por él, el cacique Roy permanecía en la choza vecina mientras nosotros dormíamos bajo el aire libre, y vigilaba por nuestra seguridad. Pero poco después él perdió su vida por las malditas artes del cruel Tupanchichú, como contaré luego. El perdió su vida porque quiso salvar la nuestra.

 

Los caciques, después de diversos coloquios y consejos, habían resuelto unánimemente solicitar de mí que en su suelo natal se fundara un pueblo semejante al de los demás indios. Yo accedí a su pedido de tanto mayor agrado, porque una localidad en Mbaeverá nos ofrecía la mejor oportunidad de buscar y traer al evangelio a los restantes indios, que aún se mantenían escondidos en las selvas más lejanas. Por más desafecto que Tupanchichú fuera a la religión cristiana, no se animó, sin embargo, a contradecir a los otros dos caciques, a Roy como el más noble, y a Veraripochiritú como el más poderoso y mayor. Con mucha astucia, simulaba aprobar la propuesta para estorbar con tanta mayor seguridad la resuelta fundación de la reducción. Después de haber pasando tres días entre estos indios, les manifesté a todos que al otro día emprendería el viaje, pero regresaría de nuevo en cuanto hubiera procurado el ganado necesario y lo demás necesario para fundar y sostener la reducción. Para demostrarme su benevolencia para conmigo, los caciques en la partida mía me agregaron sus hijos que debían acompañarme a mi pueblo. El astuto Tupanchichú me asoció, por no tener un hijo adulto, el hermano de su mujer un joven apuesto. /104 Vinieron los cuatro hijos del cacique Roy, a saber: Arapotiyu, el mayor, Ararendi, que le seguía (ambos eran aún solteros) y dos muchachos junto con Gató, un joven que era cautivo del cacique. A ellos se agregaban aún otros casados, de modo que en total contamos como compañeros dieciocho bárbaros. Tuvimos un viaje muy feliz y divertido. Cuando los Españoles que se cruzaron conmigo me vieron venir acompañados por tantos Indios desnudos, con carcajes y coronas de plumas de papagayos, su primer sobresalto mudó en felicitaciones y en una alegría expresiva. Todos ponderaban al unísono mi intrepidez por haber osado llegar a las viviendas de los bárbaros y por mi dicha, de haberlos descubierto. Un español conmovido ante la belleza del adolescente que Tupanchichú me había dado me dijo: De cierto, Padre, ¿no sería una lástima eterna si el Demonio fuera a atrapar un rostro tan español (bello quiso decir)?; Penetramos sanos en la localidad de S. Joaquín entre una especie de ovación y fuimos recibidos de la manera más alegre por los habitantes. Atendimos espléndidamente los huéspedes silvestres, los vestimos y les regalamos en abundancia cuchillos, sartas de cuentas de vidrio y otras menudencias. Después de haber descansado durante catorce días entre nosotros, los enviamos de vuelta a los suyos con escolta de nuestros indios, excepción hecha de Arapotiyú, él que desde la hora en que me había visto por primera vez no quiso despegarse de mi lado. Durante unos meses probé su constancia, lo instruí en las verdades de la Fe, lo bauticé y lo casé al poco tiempo de acuerdo con el rito cristiano. En el corto tiempo que él estuvo en nuestra localidad, se distinguió por acciones virtuosas de todas clases que /105 no se hubieran podido distinguirlo de las de un cristiano viejo. Estuvo inconsolable cuando un decreto real nos revocó a España y todas las reducciones de Indios deploraban junto con él, el destino nuestro y suyo. El cautivo Gató, muy contento con su suerte, quedó también a nuestro lado en nuestra localidad. El se condujo tan bien que lo bauticé y le di en matrimonio una cristiana, pero una lenta tisis lo consumió a los pocos meses.

 

Fuente (Enlace Interno):

HISTORIA DE LOS ABIPONES - VOLUMEN I

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER,

Traducción de EDMUNDO WERNICKE

Advertencia editorial del Profesor ERNESTO J. A. MAEDER

Noticia biográfica y bibliográfica del Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER,

por el Académico R. P. GUILLERMO FURLONG, S. J.

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

FACULTAD DE HUMANIDADES - DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RESISTENCIA (CHACO) , ARGENTINA - AÑO 1967

 



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