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MARTÍN DOBRIZHOFFER


  RELIGIÓN DE LOS ABIPONES (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)


RELIGIÓN DE LOS ABIPONES (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)

SOBRE LA RELIGIÓN DE LOS ABIPONES

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER 

 

Nuestro teólogo Peñafiel atestigua la existencia de no pocos indios que interrogados alguna vez si en toda su vida habían conocido algo sobre Dios, respondían: Nunquam omnino (35). Los portugueses y españoles que llegaron primeros o las costas de América afirman no haber hallado entre los brasileros y otros bárbaros ningún indicio del conocimiento divino. Lo mismo se ha escrito sobre los más antiguos groenlandeses. De modo que no será arbitrario aquello de Cicerón en De Natura Deorum, I: Dari, gents sic immanitate esseratas, apud quas nulla sit Deorum suspicio. (36). Como escribe Pablo en la I a los Tesalonicenses, Capítulo IV:Sicut et gentes, quae ignorat Deum (37). Aunque el mismo Apóstol asegura, en la epístola a los Romanos, Capítulo I, que esta ignorancia de Dios, de ningún modo es sin culpa ni puede excusarse: Ita ut sint inexcusabiles (38), porque podrían llegar al conocimiento del Dios creador por la contemplación de las cosas creadas. Si alguien quisiera hallar alguna excusa, podría decir que los bárbaros americanos son todos torpes y de ingenio obtuso para todo lo que no ven. Este razonamiento es singular y peregrino. Nada hay de admirable, en fin, que aquéllos, de la contemplación de las cosas terrestres y celestes, no aceptaran ni al Dios arquitecto de las cosas, ni alguna realidad celestial. Viene al caso lo que referiré: Haciendo un recorrido con catorce abipones, en la margen alta del río de la Plata, conversaba una noche al fuego sobre esta costumbre. Por todas partes un cielo claro recreaba nuestra vista con sus estrellas titilantes. /71

Al cacique Ychoálay, el más sagaz de todos los abipones que conocí, y el más notable en la guerra, agradaba hablar. ¿No ves esta majestad del cielo, decía yo,y este orden, y esta magnífica fiesta de estrellas? ¿Quién o qué pensaría que esto es fortuito?, le pregunto. El carro se vuelca, como sabes, si los bueyes no son guiados por alguien. ¿Acaso no es extraño que tantas bellezas del firmamento existieran por azar; estas carreras y estas vueltas del orbe celeste, se gobernaran sin la razón de una mente sapientísima, como se cree? ¿Quién te parece que es el autor y moderador de estas cosas? ¿Qué opinarán nuestros mayores de esto? Padre mío, me respondió Ychoálay, mis abuelos y antepasados solían mirar la tierra en derredor, solícitos para ver si el campo ofrecería pasto o agua para los caballos. Pero nunca se atormentaban en absoluto por saber quién rigiera el cielo, o fuera el arquitecto y rector de las estrellas. El dijo esto; y en verdad no dudo de que así haya sido. También observé que los abipones, cuando no captaban un objeto al primer golpe de vista, disgustados por la molestia de escudriños, dicen: orqueenam? ¿Qué será esto? Esta expresión es familiar a los guaraníes: Mbaenipo?, que significa lo mismo. A veces con la frente fruncida, cuando parecen captar el objeto, agregan:Tupa oiquaà. Deus novit, quid sit? (39). Como el cerebro de los indios es de tan corto bagaje de entendimiento, y tan perezoso para razonar, es de admirar que ellos o no sepan o no quieran deducir otra cosa sobre este asunto. Para que alguien no piense que el desconocimiento del numen divino es atribuido equivocadamentea algunos bárbaros americanos, conviene recitar aquí la Bula Apostólica que Pío V, Pontífice celebérrimo por su conocimiento de las cosas divinas, por su ciencia y santidad, publicó el 29 de abril de 1568. Escucha sus palabras: Innumerabiles fructus, quos benedicente Domino Chiristiano orbi societas. Festi, viros /72 sis erarum, praecipue sacrarum scientia, religio, vita exemplari, morumque sanctimonia conspicuos, multorumque religiosissimos Praeceptores, ac verbi Divini, etiam apud longinquas, et Barbaras illas nationes, quae (Nota bene) Deum penitus non noverant, optimos Praedicatores, et interpretes producendo, felicissime hactenus attulit, et adhuc solicitis studiis afferre non desistit, animo saepius revolventes nostro – Societatem praefatam, Nobis, et Apostolicae Sedi apprime charam singulari, Paternoque amore prosequimur etc. (40). Los europeos que llegaron primero a las provincias americanas, pintaron con negros colores la estupidez de sus habitantes. Consideraron que ellos apenas merecían ser contados entre los hombres, que debían ser tenidos como animales. Como refiere Gomara en la historia de las Indias, capítulo 217; y Ciriaco Morelli lo atestigua en sus Fastos del Nuevo Mundo.

El hermano Thomás Ortiz, obispo de Santa Marta, dice en cartas enviadas a la Corte de Madrid: los americanos son necios como jumentos, torpes, fatuos, dementes, inhábiles para captar las enseñanzas de la religión, faltos de ingenio humano y de juicio. Avergüenza recordar aquí los monstruosos tipos de crímenes de que se los acusa. Para obtener crédito a sus cartas las cierra con estas palabras: los hemos conocido tal cual son, por cuanto hicimos por los americanos. Algunos españoles afirman que éstos eran tan estúpidos que, aunque adultos, eran niños, no dueños de razón; que debían ser purificados en la fuente del sagrado bautismo, pero eximidos de la carga de la confesión sacerdotal; y quisieron negarles el uso de los demás sacramentos. Paulo III publicó en junio de 1537 una obra en la quedeclaraba públicamente que los americanos eranveri homines, fidei catholicae, et sacramentorum capaces (41), cuando Bartolomé de las Casas, prelado español y después obispo, /73 defendió la causa de los indios, porque escuchó entre los españoles la creencia de que las crueldades de los naturales parecían haber sido exageradas excesivamente por algunos europeos. El mismo Pontífice Paulo III resolvió que no se negaría la Eucaristía a los indios. Así en el libro 16, de Torquemada, en el Capítulo 20, de la Monarquía Indica, el decreto pontificio comienza:Veritas ipsa (42), y es evidente en Haroldo. No obstante esto: in Peruvio Indi adulti, jam baptizati, iidemque peccata legitime confessi neque femel singulis annis, neque vero mortis urgente discrimine communicantur (43). Como dice Acosta, en el Libro 6, Capítulo 8, en De procuranda Indorum salute. Y no se consiguió que se impidiera tomar la Eucaristía a los indios, por tres exhortaciones y conminaciones de los Concilios celebrados en Lima. Lo que se deduce de quejas y decretos de los sínodos de Lima, la Plata, Arequipa, La Paz y Paracuaria, que se realizaron en el siglo en curso. Los Párrocos que negaban la Eucaristía a los indios, alegaban su estupidez, ignorancia, e inventada maldad. El sínodo religioso de La Paz en 1638, consideró que esta ignorancia de los naturales debía ser atribuida a la negligencia de los Pastores; pero con trabajo diligente saldrían de las innatas tinieblas del espírituy del miserable cieno de sus maldades.

 

Siento absolutamente lo mismo, conocedor por propia experiencia recogida en los diez y ocho años que pasé tanto entre los guaraníes como entre los abipones. En efecto, yo mismo conocí a bárbaros muy salvajes, nacidos en las selvas, acostumbrados toda su vida a supersticiones, rapiñas, y muerte, brutos e ignorantes, que sin embargo una vez trasladados a nuestras colonias, por la cotidiana instrucción y el ejemplo de los más antiguos, abrazaron finalmente con gran tenacidad y conocimiento las leyes divinas. Y no me admiro. Los elefantes, perros, caballos, y algunas fieras domesticadas, si se encuentran con maestros idóneos, ¿qué artes no aprenden? Los diamantes /74 resplandecen con los artificios de una mano diligente. Praxíteles, transformó un tronco en Mercurio.

Los americanos son de mente tardía, y débil, pero supliendo la habilidad de los maestros a la imbecilidad de los discípulos, se forman para toda humanidady piedad, como para todo tipo de artes. De qué modo la disciplina agudiza el ingenio de los indios, hasta cuánto se extienden sus condiciones, lo verías con tus propios ojos, si lo desearas. Deberías conocer las fundaciones de los guaraníes. En cada una de ellas encontrarías a indios muy diestros en la fabricación y dominio de los instrumentos musicales, hábiles pintores, escultores, fabricantes de cofres, artífices de metales, tejedores, arquitectos, eximios escribas, y otros ¿por qué no?, que saben dedicarse a toda regla de arte como la relojería o la fabricación de campanas o franjas de oro.

Hubo no pocos, que compusieron libros,y de gran volumen, en tipos no sólo de su lengua materna, sino también en la latina, habiendo grabado ellos mismos el cobre. Saben escribir libros a pluma con tal arte, que los europeos más observadores afirmarían que es obra de un tipógrafo. Los obispos, gobernadores u otros huéspedes se asombraron de los artífices guaraníes que vieron u oyeron en sus fundaciones.

Si estas artes se ignoran en todas las demás fundaciones y provincias de América, no debe atribuirse a la estupidez de los indios, sino a la pereza de los maestros que los instruyen. Nuestras misiones italianas, belgas o alemanas, obtuvieron de los guaraníes tanto músicos como maestros de las demás artes admirándose de qué modo increíble los indios son dóciles más allá de lo esperado. Sin embargo nosotros hemos comprobado esto: los naturales aprenden más fácil y rápidamente las cosas que ven, que las que oyen; como los demás mortales, que se educan más rápidamente /75 por los ojos que por los oídos. Si muestras a un guaraní algo para pintar o esculpir, y se lo pones a la vista como modelo para que lo ejecute, lo expresará por imitación perfectamente, y obtendrás una obra con precisión y elegancia. Si falta el modelo, no esperes de él sino boberías y abortos de arte, por más que le hayas expuesto con toda clase de palabras tu idea, al respecto. Ni creas que los americanos carecen de fidelidad de memoria.

Logré la antigua costumbre en las fundaciones guaraníes de que el indio pretor de la ciudad o algún otro maestro entre los principales, repitiera en público, en la calle o en el patio de nuestra Casa, el Sermón dicho por el sacerdote en el púlpito. Todos los demás lo escuchan sin omitir ningún detalle o frase. Tienen impresa en la memoria la sinfonía que ejecutan dos o tres veces a voz, en instrumentos o en órganos después de haber fijado los caracteres musicales con la vista, de tal modo que, si el viento hiciera volar la partitura, no la necesitarían. Parece así probarse que los americanos no tienen tan poca pobreza de ingenio, como muchos escritores le atribuyeron indebidamente. Sin embargo, no niego que en otros pueblos hay algunos más sagaces; yo he observado en Paracuaria que las tribus de indios jinetes aventajan en vigor tanto físico como mental a los pedestres. Los abipones dieron muestras de su perspicacia cuando en guerra continuada de muchos años combatieron tantas veces a los españoles con astucia, ya eludiendo, ya oprimiendo con insidias, no sin grandes estragos. De esto hablaré en otro lugar. Pero por el ingenio con que realizan impune y prósperamente las expediciones militares, parece que de ningún modo debía serles excusado el desconocimiento de Dios, de tal modo que no conocen ni /76 siquiera su nombre, cuando abundan en vocablos para significar todas las demás cosas. De aquí infiere el teólogo que la facultad de comprensión de los abipones no se circunscribiría a límites tan estrechos que no pudieran conocer o sospechar la existencia de un Dios Creador y Rector del universo, partiendo de las cosas creadas que tienen a la vista. ¿Quis est tam vecors – dice Cicerón en las respuestas de Arúspices –qui aut quum, suspexit in coelum, Deos esse non sentiat? (44). El en otro tiempo ferocísimo pueblo de los guaraníes, conoció al Numen Supremo y lo llamó en lengua nativaTupâ. Este vocablo se compone de dos partículas:Tû, significa admirador, yPâ, interrogador. Impresionados por un cielo tormentoso, solían exclamar con miedo:Tupâ. De tal modo que, del fragor del trueno y de los rayos, de raros poderes, comenzarían a respetar la majestad y extraño poder del Numen; y parecerían confirmar de algún modo la sentencia de Papinio, que no debe ser aprobada: Primus in orbe Deos fecit timor (45). También los mismos romanos llamaron a Júpiter, su máximo dios, el Tonante.

 

Había dicho que los abipones debían ser elogiados por su ingenio y fortaleza de espíritu. En verdad me avergüenzo de esta excesiva alabanza. Canto la Palinodia: Los proclamo carentes de mente, delirantes e insanos. ¡He aquí mi argumento de su locura! Ignorana Dios y al nombre de Dios. Llaman con gran complacencia al mal espíritu Aharaigichî, o Queevèt, y a su antepasado Groaperikie. Proclaman que éste es tan antepasado suyo como de los españoles, con esta diferencia: de que en el de éstos los vestidos son espléndidos, de oro y plata; en el suyo en verdad lo excusarían de magnificencia por el nombre de sus herederos. Consideran sin embargo, que ellos son más intrépidos y valientes que cualquier español. Si te place preguntarles: qué fue en otro tiempo aquel antepasado, en qué consistía, te dirán llanamente que lo ignoran.

Si /77 insistes otra vez, te dicen que este su antepasado es semejante a cualquier indio de los que viven. ¡Cuán vacía y absurda es su teología! Adoran lo que desconocen, al modo de los atenienses, que habían levantado un altar al Dios desconocido. Los abipones se jactan de ser nietos de un demonio, como los primitivos galos se decían hijos de él. Escucha a Julio César, que lo afirma en el Libro VI de De Bello Gallico: Galli se omnes ab Dite patre prognatos praedicant: ldque a Druidibus proditum dicunt (46). Los latinos llamaron Ditem a Plutón, dios de los infiernos. Los abipones creen que las Pléyades, grupo de siete estrellas, son la imagen de su abuelo. Cuando éstas alguna vez no se ven en el cielo de América meridional, creen que su ascendiente está enfermo y que va a morir, por lo que temen un año malo. Pero cuando a principio de mayo estas estrellas se ven otra vez, piensan que su antepasado se ha repuesto de la enfermedad, y saludan su reaparición con clamores festivos y con alegres sonidos de flautas y cuernos de guerra, y se alegran de que haya recuperado la salud.¡Quemen naacbic latenc! ¿layàm navichi enà? ¡Ta Yegàm! Layamini. ¡Cuántas gracias te debemos! ¿volviste por fin acá? ¡Eh! ¡Te estableciste felizmente! De este modo manifiestan su alegría o estupidez, y llenan el lugar con sus voces. Al día siguiente todos corren a buscar la miel con la que preparan una bebida. Tan pronto como está lista, de todas partes se reúnen en público testimonio de gran alegría a la caída del sol. Los abipones casados pasan la noche sentados en el suelo, sobre una piel de tigre, bebiendo. Las mujeres circunstantes, cantando con voz ululante, y el grupo restante de los célibes riendo y aplaudiendo, mientras brillan teas aquí y allá para calentarse. Alguna hechicera maestra de ceremonias, dirige a intervalos la danza. Da vuelta en la mano, como un juguete, una calabaza llena de semillas muy duras para dirigir a los músicos; y a la /78 par salta en el mismo lugar alternando el pie derecho con el izquierdo. El horrible rugido de las trompetas y clarines militares, reemplaza de igual modo esta tan absurda danza de la frenética mujer, a la que los espectadores circunstantes aplauden vociferando, acercando la mano a los labios. Sin embargo, nunca observarás nada en estas cosas que tenga signo lascivo o de descaro. Los varones se acercan con decencia a las mujeres, los niños a las niñas. Consideran tales tonterías del pueblo que se regocija, como una función sagrada por el restablecimiento de su antepasado. Esta supersticiosa fiesta fue desterrada por nosotros, no sin gran trabajo, sobre todo entre los abipones Nakaigetergehes. Aquella saltarina sacerdotisa de la ridícula fiesta, como muestra de singular benevolencia, fricciona alguna vez con su calabaza las pantorrillas de los varones, y los insta en nombre de su abuelo a que igualen su rapidez en la cacería de fieras y enemigos. Pero al mismo tiempo son consagrados por ella, con grandes ritos, nuevos hechiceros cuantos haya considerado aptos para este oficio. Ya debe tratarse abundantemente sobre esta tan insana raza de hombres. /79

  

 

SOBRE LOS MAGOS DE LOS ABIPONES, LOS HECHICEROS Y LOS ANCIANOS 

El ridículo desecho de los hechiceros, aunque tramado con fraudes y engaños, tiene entre los abipones la misma autoridad y veneración que la que dicen que tuvieron en otro tiempo los magos entre los persas, los astrólogos entre los asirios, los filósofos entre los griegos, los profetas entre los hebreos, los brahamanes entre los indios de Oriente, los arúspices entre los ítalos, los antiguos druídas entre los galos. Si mal no recuerdo, no hay pueblo en Paracuaria que no los tenga; así como los latinos tienen magos, los españoles hechiceros, los alemanes Zauberer o Hexenmeister, los indios guaraníes tiene losabá paye, los Payaquas, Pay; los abipones los llaman con el nombre del diablo: Keebèt, o artífices del diablo; porque creen que han recibido del espíritu maligno, al que consideran su abuelo, el poder de realizar actos sobrehumanos. Estos taimados, de cualquier sexo que sean, sostienen que con sus artes pueden hacer y conocer cualquier cosa. No hay bárbaro que no crea en sus hechiceros; que el poder de estos pueden acarrearles la muerte o la enfermedad, curarlos, predecir las cosas futuras o lejanas, atraer las lluvias, el granizo y las tempestades; /80 las sombras de los muertos y consultarles sobre las cosas ocultas; adoptar forma de tigre, tomar impunemente en la mano cualquier tipo de serpiente, etc. Se imaginan que estas habilidades les fueron otorgadas por el demonio, su abuelo, no adquiridas con artes humanas. Los que aspiran a este oficio de hechiceros, dicen que se sientan en un viejo sauce inclinado sobre algún lago, guardando una prolongada abstinencia durante varios días, hasta que notan que comienzan a prever en su espíritu las cosas futuras. Esto lo supe por personas entendidas; pero siempre me pareció más bien que estos bribones, por la dieta prolongada, se quedan imbéciles y sufren un cambio en el cerebro, deliran creyendo que saben más que el resto del vulgo, y se hacen valer como magos. Primero se engañan a sí mismos, y después engañan a los demás. Pero no difieren en nada de los otros, a no ser por su arte para engañar y tramar fraudes. Y en verdad, que esto no les da ningún trabajo con esos rudos crédulos que enseguida atribuyen a poderes mágicos y consideran un prodigio cualquier cosa que no hayan visto antes.

En cierta oportunidad, estaba yo arreglando unas rosas de lino para adornar el templo; los indios me miraban ávidamente, admirados por la imitación de la naturaleza, y exclamaban: el Padre o es mago, o nacido de madre profética. Un europeo, laico nuestro, se hallaba tallando una vez en madera no sé qué cosa con gran habilidad y rapidez, y todos lo celebraban como al más grande mago, porque nunca habían visto hasta entonces ni un torno ni ninguna cosa cincelada. Cualquier obra de pirotecnia, neumática, o experimento de óptica, que entre los europeos son conocidos y cotidianos, son tomadas entre ellos como rotundas pruebas de magia. Esto es confirmado por /81 el hecho de que los brasileros llaman a sus magos Caraybà oPaye, por la virtud de hacer milagros; y dieron ese nombre a los europeos a su llegada, porque se admiraban de las cosas que éstos hacían; desconocidas para ellos, y que las creían sobrehumanas. Los guaraníes, cuya lengua es muy distinta a la brasilera, llaman a los españoles y europeos, Caray.

Estos embaucadores saben usar en provecho propio la simplicidad del pueblo rudo, y se jactan de ser vicarios e intérpretes del demonio, su abuelo; intérpretes del futuro, mistagogos, artífices de la enfermedady, si lo desean, vencedores, adivinos, dominadores de todos los elementos, y cuando se les ocurre persuaden a los crédulos de cualquier cosa. Están prontos para las mil artes del engaño. A veces, enterados en secreto de que el enemigo se dispone a atacarlos, presentan a sus compañeros esta noticia como recibida del gran Apolo, o descubierta por su abuelo. Así, lo que han sabido por conjeturas, por aviso clandestino o por propia investigación, lo predicen con gran ostentación como cosa del futuro, y son recibidos como inflamados por espíritu mágico con oídos atentos. Si los hechos llegan a no confirmar el vaticinio, no faltan excusas con que salvaguardar su autoridad. De pronto anuncian a media noche, con silbidos y flauta, que el enemigo se acerca; todos los hombres, confiados en la fe de sus hechiceros, corren a las armas; las mujeres se refugian con sus hijos en los lugares más seguros. A menudo, pasan horas y noches enteras, pero no aparece ningún enemigo, ni siquiera una mosca. Las mujeres temiendo la muerte; los hombres, amenazando con la muerte a sus enemigos. Pero para que no sufra detrimento la fe en los vaticinios o la autoridad del vate, afirman sonrientes /82 que el demonio, su abuelo, ha impedido el ataque. A veces sucede que inopinadamente llega otra falange de enemigos, que el insigne hechicero no había presentido ni preanunciado como peligro de agresión. Oportunamente me viene a la memoria esta anécdota: un atardecer se me acercó corriendo un abipón adolescente trayendo un freno de hierro, un hacha, y no sé qué otras bagatelas como sus tesoros para que los guardara en el templo. Le pregunto la causa de esto; me responde que los enemigos han de llegar esa noche, y afirma que su madre, una hechicera de fama reconocida, se lo había preanunciado; porque cada vez que el enemigo se acerca le pica el brazo izquierdo. ¡Oh!, le respondí, atribúyelo a las pulgas, buen niño; yo sé esto por experiencia propia: de noche y de día las pulgas me pican insolentemente el brazo derecho y el izquierdo, cuando no otras partes; si esto fuera indicio de enemigos, no tendríamos ningún día ni ninguna noche sin escaramuzas. Pero mi respuesta fue en vano; pues divulgándose el rumor sobre el presagio de la vieja por toda la colonia, hubo gran turbación durante toda la noche. Sin embargo, como otras tantísimas veces, no hubo ningún indicio ni rastro del enemigo.

Los abipones, ya sea por deseo de gloria o de botín, andan siempre presintiendo las maquinaciones de los otros contra ellos, como en otros pueblos se trama la guerra. Como tan ardientemente quieren velar por su seguridad, aquello les resulta fácil, porque en cualquier motivo útil encuentran peligro: un leve rumor, un humo divisado a lo lejos, señales desconocidas en algún camino, el intempestivo ladrido de algún perro, les ofrecen sospechas sobre la inminencia del enemigo mientras temen la venganza una vez producido el estrago /83 entre los de afuera. Para tranquilizar y preparar los ánimos, se encomienda a las hechiceras la tarea de consultar, de acuerdo a la costumbre del demonio su abuelo, sobre, lo que hay que temer y hacer. A primera hora de la noche se reúne en la choza más grande el coro de viejas; la principal entre ellas, más venerable por las arrugas y canas, con dos grandes timbales, y con intervalo de cuatro tonos que llamanarpeggio (47), los pulsa produciendo disonancias, y lanzando un mugido terrible;y, con aquel rito de lamentarse con gritos estridentes, no sé qué profecía pronuncia sin ton ni son. Las mujeres presentes, con los cabellos esparcidos por la espalda y desnudo el pecho, agitan en las manos unas calabazas haciéndolas sonar, y con voz ululante cantan conocidos cantos fúnebres, a los que acompañan con continuo movimiento de pies y brazos. Pero otras timbaleras vuelven a esta música infernal intolerable a los oídos, porque agitan unas ollas cubiertas con pieles de gamos y ciervos, que hacen sonar con unos bastoncitos muy finos. Este desordenado y tumultuoso vocerío, podría parecer más a propósito para aterrorizar y ahuyentar al demonio que para consultarlo y llamarlo.

En eso llega la noche. Al amanecer, de todas partes concurren a la choza de las viejas como al oráculo de Delfos. Uno por uno entregan a las cantoras regalos. Todos preguntan con avidez cuáles fueron las predicciones de su abuelo. Las respuestas de las viejas siempre son ambiguas y de doble sentido, de modo que con cualquier cosa que sobrevenga, parezca que han predicho la verdad. Una vez fue consultado el demonio en distintas chozas por distintas mujeres. Estas aseguraban pertinazmente que el enemigo llegaría al amanecer; aquéllas lo negaban obstinadamente. Sobrevino /84 una cruenta riña por la opinión de aquellas mujeres y sus oráculos: Se pasó de las palabras a los hechos; no es raro que la discusión termine con puños, uñas y pies. A veces, cuando más acerbo es el deseo de conocer el futuro, o más los urge la evidencia de un peligro amenazante, ordenan a alguno de los hechiceros que convoque la sombra de un muerto y que les descubra al instante de qué los amenazan los hados. Una promiscua multitud de toda edad y sexo rodea la tienda del adivino. El hechicero se oculta tras un cuero de vaca a modo de cortina. Con un murmullo por momentos lúgubre y por momentos imperioso, pronuncia oráculos arbitrarios, y proclama por fin que el espíritu de éste o aquél (al que el pueblo quiso invocar), se ha hecho presente. Le interroga una y otra vez sobre sucesos futuros; y cambiando súbitamente la voz, responde lo que le parece propicio al caso. No hay uno solo entre los presentes que ose dudar de la presencia de la sombra o de la veracidad de la predicción. Algún abipón noble entre los suyos e inteligente, me aseguraba con gran ardor que él había visto con sus propios ojos el alma de una india cuyo marido, Acaloraikin, vivía entonces en nuestra colonia. Para convencerme, me la describió con vívidos y ridículos colores. También muchos españoles que pasan toda su vida cautivos entre los abipones desde niños, están convencidos que los manes se hacen visibles por el nigromántico llamado de los hechiceros para responder a sus preguntas, sin que intervenga en este asunto ningún engaño. Quien, aunque muy prudente, preste fe a estas tonterías, es siempre engañado, tanto como se engaña a sí mismo. /85

De esta costumbre bárbara de evocar a los muertos, se deduce que ellos creen en la inmortalidad de los individuos, como se ha colegido también de los ritos y dichos de otros. Así suelen colocar en la tumba de los muertos ollas, ropas, armas, o caballos atados, para que no les falte nada de aquello que pertenece al uso diario de la vida. Creen que los pichones de patos llamados por los abipones Ruilili, quo vuelan de noche en bandadas con un triste silbido, son las almas de los difuntos; y llaman a los manes, espíritus o espectros, mehelenkackiè. En la colonia de San Jerónimo, un español encargado de una finca, Rafael de los Ríos, fue muerto cruelmente por unos bárbaros que lo atacaron por sorpresa en su choza; yo lo recuerdo. Unos meses después se me presenta un abipón catecúmeno y me pregunta si todos los españoles que mueren son recibidos enseguida en el cielo. Como un compañero mío le respondiera que esta felicidad la obtienen sólo quienes terminan su vida con una piadosa muerte, el abipón repuso: estoy totalmente de acuerdo; parece que aquel español Rafael, muerto hace poco, no subió al cielo todavía; nuestros hombres lo encuentran casi todas las noches recorriendo el campo a caballo y silbando tristemente. Desde entonces pude afirmar categóricamente lo que hasta el momento no fuera más que conjetura o imaginación: estos bárbaros creen que las almas sobreviven a la muerte; aunque ignoran por completo a dónde van o qué suerte corren. En otros pueblos de Paracuaria existe esta creencia sobre la inmortalidad de las almas. Los patagones y otros que viven en las tierras magallánicas, están convencidos que las almas de los muertos viven en tiendas bajo tierra. Esta disgresión desde los hechiceros hasta la inmortalidad del alma /86 debe serme perdonada, pues precisamente pertenece a la religión de los abipones, de la que tratamos aquí.

Con todas las cosas que conté sobre los hechiceros, ¿quién no comprendería que su ciencia y todas sus artes están determinadas por el engaño, la astucia y el fraude?; sin embargo los bárbaros los siguen con fe y obediencia prestísima mientras viven, y los veneran como divinos después de muertos. Cuando emigran, llevan sus huesos de mano en mano, como honorífica prenda sagrada. Siempre que los abipones ven brillar un meteoro, – que en América, con cielo seco, son muy frecuentes –, o tronar dos o tres veces, como un trueno de guerra, creen que uno de sus hechiceros descendió en algún lugar, y los muy tontos piensan que su muerte es celebrada con ese fulgor y con ese trueno. Si salen de correría para guerrear o cazar, se les suma alguno de estos ladinos como compañero de viaje; y suelen estar pendientes de sus palabras, porque opinan que es conocedor y preanunciador de las cosas que puedan conducirlos a la felicidad de la expedición. Les enseñan el lugar, el tiempo y el modo de atacar a las fieras o al enemigo. Si se presenta una batalla, da vueltas a caballo alrededor del frente de batalla de los suyos, azota el aire con una rama de palmera; y con rostro torvo, ojos amenazantes y gesticulación simulada, maldice a los enemigos. Creen que esta ceremonia es lo más oportuno para lograr el éxito. En pago de su trabajo se le adjudica la mejor parte del botín. Yo vi que estos embaucadores se apoderaban de los caballos más rápidos o de los mejores utensilios, aunque no me admiró. Obtienen del crédulo pueblo cuanto quieren, sin que nadie se atreva a darles la repulsa. Todos los honran en gran manera, pero más los /87 temen. Consideran nefasto tanto contradecir sus sentencias como oponerse a sus mandatos, por temor a la venganza. Si alguien resulta hostil a un hechicero, éste lo cita a su casa, y lo ve someterse sin vacilación. Le imputa alguna injuria o quizás una culpa imaginaria y le ordena un castigo en nombre de su abuelo. Le hace desnudarse el pecho y la espalda y lo frota fuertemente por todas partes con una agudísima mandíbula de pescado, (que los españoles llaman palometa), desgarrándolo. El pobre infeliz no osa levantarse aún cuando le mane sangre, considerando un beneficio que se le permita retirarse con vida.

A menudo amenaza a todos sus compañeros con que se transformará en tigrey que allí mismo los despedazará a todos juntos. En cuanto comienza a imitar el rugido del tigre, los vecinos se dispersan con increíble desorden; pero quedan escuchando a lo lejos las voces fingidas. ¡Oh! ¡Comienzan a brotarle por todo el cuerpo manchas de tigre! ¡Oh! ¡Ya le crecen las uñas!, exclaman atónitas y con temor las mujeres, aunque no pueden ver al embaucador, que se esconde en su tugurio; pero aquel pavor frenético trae a sus ojos cosas que nunca existieron. Quienes a menudo se habían reído de las cosas que deben ser temidas, sienten ahora temor hacia aquella de las que debieran reírse. Yo les decía: vosotros que diariamente matáis sin miedo tigres verdaderos en el campo, ¿Por qué os espantáis como mujeres por un imaginario tigre en la ciudad? Sonrientes, me contestaron: vosotros, Padre, no comprendéis nuestras cosas. A los tigres del campo no les tememos y los matamos, porque los vemos; tememos a los tigres /88 artificiales porque no podemos ni verlos ni matarlos. Pero, – yo les rebato la fútil excusa – si no puedes ver al falso tigre que este embustero finge para atemorizarte, ¿Con qué juicio, te pregunto, conociste las manchas y las uñas? Pero no hay discusión con ellos, adheridos a la opinión de sus mayores, y pertinaces ante todo razonamiento. Una atroz tempestad cae sobre la tierra, cargada de rayos, de terribles granizos, de fuerte lluvia y de vientos; todos afirman a una voz que la tempestad ha sido suscitada por algún hechicero que produjo con sus artificios el granizo, el viento y la inundación. Sin embargo suele haber discusión por una misma tempestad; pues dos hechiceros gritan a la vez que han sido autores de la tormenta. Escucha un acontecimiento del que no puedo acordarme sin risa: una noche de enero cayó una fuerte lluvia, y precipitándose desde la colina vecina, casi había sumergido bajo el agua a la colonia de San Jerónimo. Las aguas irrumpieron con gran fuerza en mi choza, entraron por la puerta que era de cuero, la rompieron y arrastraron; al no encontrar otra salida, se acumularon allí hasta una altura de cinco pies. Yo, que dormía, me desperté con el estrépito, y saqué la mano de la cama para averiguar la altura del agua. Si la pared no hubiera sido perforada permitiendo su salida, hubiera tenido que nadar, o morir ahogado. La misma suerte cupo a los abipones que tenían sus chozas en el declive del suelo. He ahí que al día siguiente corrió el rumor de que una hechicera, no sé quién, enojada contra alguno, había querido sumergir a todos los compañeros en una inundación; pero que otro había repelido con sus artes a las nubes, y conteniendo la lluvia había salvado a la /89 ciudad. En verdad ocurre lo mismo entre los europeos: tantas cabezas, tantas opiniones. Aquella terrible lluvia no había tocado los campos, donde Pariekaikin, jefe de los hechiceros abipones por aquel tiempo, consumía ávidamente el agua que tanto necesitaban otros, después de la prolongada sequía. Este declaró que el Padre José Brigniel, un compañero mío, había sido el autor de aquella lluvia para provecho de la ciudad donde él mismo, Pariekaikin, no había querido vivir; entonces el Padre había doblegado las nubes con sus artes por el deseo de venganza, para que ni una gota tocara el lugar donde el hechicero vivía; no dudaron en agregar a este Padre en la lista de hechiceros. Cuando tratemos de las enfermedades, ya verás de qué modo los hechiceros conminan a las enfermedades para ahuyentar los dolores mediante sus engaños.

Es común a los hechiceros americanos trabar comercio con el espíritu maligno y coloquiar con él. No sólo convencen de ello a los rudos bárbaros, sino que también comenzaban a convencer a algunos escritores europeos. Yo, que aprendí todo esto en largos años de convivencia con ellos, nunca llegue a convencerme de tales cosas; nunca me cupo la menor duda de que no podían conocer ni hacer nada que superara las fuerzas humanas. Convencido de que si algún poder tuvieran me harían daño, muchas veces los provoqué a propósito. En otras oportunidades, con muestras de amistad y halago seguimos sus ceremonias con vistas a lograr un bien mayor, para que finalmente abrazaran la religión; porque pensamos que si ellos nos seguían, todos los demás imitarían su ejemplo. Pero fue como lavar a un negro. Pues estos inútiles bípedos, para no /90 perder delante del pueblo su autoridad ni verse privados de su oficio lucrativo, no movían ni un dedo; no omitiendo ningún engaño para apartar a los suyos de la entrada del templo, de las enseñanzas del sacerdote y del Santo Bautismo. Los amenazaban continuamente con mil muertes, con seguros perjuicios y con la ruina de todo el pueblo. Y esto no me admira, ni ellos crearon la costumbre. Conocimos en toda América a hechiceros que vienen de varias generaciones llenos de superstición, que fueron el principal obstáculo a la ley cristiana, perturbadores de la libertad y del progreso. ¡Cuánto luchó, Dios mío, con éstos el Padre Antonio Ruiz de Montoya, esclarecido apóstol del pueblo guaraní! Llevó a infinidad de bárbaros a la religión cristiana y a las colonias, cuando logró reprimir a los hechiceros que aún quedaban; y ordenó cremar públicamente los huesos de los muertos, que por todas partes eran celebrados con grandes honores. Cumplió su tarea entre los indios sin haber sido abolidos ni eliminados estos parásitos (permítaseme hablar con Plauto). Esto lo sé por propio conocimiento. La ciudad de San Joaquín, que poseía dos mil neófitos guaraníes ytatines, florecía no sólo en la alabanza de la santa religión, sino también en ubérrimos frutos de sincera piedad. Como la serpiente entre la hierba, o como la cizaña que se esconde en los vastísimos campos, así un indio viejo cumplía a escondidas la función de hechicero y se hacía tener por adivino por algunas mujerzuelas; y mientras se fingía su médico y su profeta, hacía cosas deshonestas. El cacique de la ciudad, Ignacio Paranderi, un varón muy virtuoso, me descubrió estas cosas. Pensé que el viejo ya había sido advertido por él en privado, pero en vano; debía ahora ser reprimido abiertamente /91 y dársele una buena lección a su vieja dolencia. Con un grupo de los mejores indios me acerco a su casa. Y en asunto de tanta anta importancia, imito la lengua de Tulio, cuando en otro tiempo imprecó a Catilina. ¿Hasta cuándo, dije, mentirás a los cristianos, infeliz viejo, y con tus nefastas artes osarás quebrantar la integridad de tus compañeros con sucias costumbres? Casi veinte años viviste en la escuela de Cristo. ¿No temes urdir con este rito bárbaro cosas muy ajenas a las leyes cristianas? Sí, tienes el nombre del tigre (se llamaba yaguareté); y destrozas a las ovejas de Cristo con tus falacias y obscenidades. ¡La extrema vejez te llevó al término de tu vida! ¡Oh! ¡Qué trágica muerte, si no vuelves en ti, qué funesta muerte te aguarda acaso! Me avergüenzas, buen viejo, pero también me das lástima. Este que ves muerto en la Cruz por tu amor (le mostré una imagen del Salvador) te vengará a ti, simulador, que caerás en los abismos estigios. Sé lo que aparentas, o aparenta lo que eres. Compórtate de acuerdo a ley divina; y si las bárbaras supersticiones están firmemente fijadas con profundas raíces en tu ánimo, quítate a lo lejos, vuelve a las selvas, a los escondites de fieras donde viste la primera luz, para que no corrompas con tu ejemplo a los demás compañeros que se dieron a Dios y a la virtud. Vamos, pórtate bien; pon fin a tu vida anterior, y quita las manchas de la ignominia con la penitencia y la inocencia de las costumbres. Amigo, si no obedeces cuando te lo advierto, muy mal te cuidarás; y no quedarás impune al final. Como supe las cosas supersticiosas y obscenas que tú hiciste,ya sabrás que yo ordenaré, y el pueblo lo aplaudirá, que seas conducido alrededor de las calles y que un grupo de niños te cubra con estiércol. De esto estoy /92 seguro: toleras que se te adore por tus actos divinos que locamente osas arrogarte, y que se te ofrezca incienso. Con esta conminación dejé al pestilente viejo decrépito no sólo conmovido, sino también, si no me equivoco, corregido, convenciendo a todos los buenos con la admirable severidad de mi discurso. En lo sucesivo no hubo ninguna queja contra él, ni sospecha, aunque lo vigilé en todas sus cosas, con ojo avizor. Me pareció que el ejemplo de este falaz debía ser puesto al final; en primer lugar para que veas cómo el residuo de los hechiceros es el principal obstáculo de la religión, y azote de los buenos en América; después para que sepas que no fue tolerado por los misioneros, todo lo que impidiera la pureza de la religión, siempre que pudiera ser eliminado y prohibido sin mayor ruina y detrimento del cristianismo. Lo que prudentemente no puede ser corregido, debe ser sobrellevado. Hay que dedicarse lentamente a la corrección de las costumbres y errores de estos feroces bárbaros, a ejemplo del padre de familia del Evangelio que no quiso que arrancaran la cizaña del campo, temiendo que junto con ella fuera arrancado el tierno trigo. Si quieres doblegar importunamente un vidrio, lo quebrarás. Los que, irreflexivos por la ira o agitados por un intempestivo deseo de piedad aturden a los bárbaros novicios, pierden toda esperanza de triunfo.

Como los hechiceros cumplen no sólo función de médicos y profetas, sino también de maestros de la superstición, y cómo llenan los rudos espíritus de los abipones con absurdas opiniones, quiero anotar unas pocas entre las muchas creencias que ellos tienen: sostienen que son inmortales, y que ninguno de su raza hubiera muerto si los españoles no hubieran desterrado de América a los hechiceros. Suelen atribuir el comienzo de la muerte a las artes maléficas de los españoles, a las cañas /93 que vomitaban fuego, o a otras causas diversas. Uno muere atravesado por heridas, con los huesos rotos, con las fuerzas exhaustas o por la extrema vejez; todos negarán que la muerte fue provocada por las heridas o la debilidad del cuerpo. Indagarán con diligencia por arte de qué hechicero habrá muerto, o por qué otro motivo. Como recuerdan que la mayoría de los suyos han vivido más de un siglo, se hacen la ilusión de que vivirán siempre, si los hechiceros se alejan del español, único y habitual instrumento de muerte. ¡Cuánto deliran los americanos sobre el eclipse de sol y de luna! Cuando se prolonga por un rato, se oyen los miserables lamentos de los abipones.Tayretà, ¡Oh, pobrecita!, exclaman del mismo modo al sol y a la luna. Siempre temen que el planeta obscurecido se extinga totalmente. Lo mismo nos decían a nosotros: Te suplico, Padre mío, que el Creador de todas las cosas no permita. que se acabe esta luz tan necesaria para nosotros. Da risa la creencia de los indios chiquitos que sostienen que el sol y la luna son despedazados por los perros, a los que creen salidos del aire; porque ven que cuando aquéllos faltan, se entienden las tinieblas; les parece que el color rojizo del sol y la luna, se debe a las mordeduras de dichos animales. Y para matarlos arrojan al cielo, vociferando, una granizada de flechas. Los indios peruanos, más cultos que otros, carecen de juicio propio, ya que creen que el sol se obscurece porque está enojado, y les da la espalda porque los considera reos de algún crimen; por eso ven en el eclipse el índice de alguna calamidad con la que pronto van a ser castigados. Cuando la luna se cubre, es porque está enferma; y cuando se demora, temen que todos los habitantes sean oprimidos por ese vasto cadáver que cae sobre la tierra. Al reaparecer la luna, piensan que se ha /94 restablecido curada por Pachacámac, salvador del mundo, que impidió su muerte para que no desaparezca del orbe. Otros americanos deliraron de otros modos sobre los eclipses. Los abipones llaman Neyàc a los cometas, y los guaraníesyacitatà tatatïbae, estrellas humeantes, porque creen que es humo lo que nosotros llamamos crines, barbas o cola del cometa. Todos los bárbaros le temen, porque lo creen preanunciador e instrumento de calamidades. Los peruanos siempre consideraron que un cometa había anunciado la muerte de sus reyes y la destrucción de su reino. Montezuma, monarca de los mejicanos, temió males para sí y para los suyos cuando vio que un cometa, en forma de una pirámide de fuego, se hacía visible desde media noche hasta el amanecer. Poco tiempo después, este monarca caía en poder de los españoles, y fue muerto por Cortés. Debe perdonársele esta ignorancia a los americanos, cuando los antiguos más sabios, recelaron de los cometas. ¿Quién ignora el verso de Lucano, I?:

 

Las obscuras noches vieron astros desconocidos

y un mundo ardiendo en llamas, y teas incendiadas

volando en el cielo, y la crin de una temible estrella

y un cometa amenazando los reinos en la tierra.

 

Con Lucano está de acuerdo Virgilio, quien en la Georgia I, dice:Nec doro toties arfere Cometae. (48). Y en otra parte, Tulio Cicerón en De Natura Deorum, 2, dice: Tum facibus visis Caelestibus, tum stellis bis, quas Graeci cometas, nostri cincinatas vocant, quae nuper bello Octaviano magnarum, puerunt calamitatum praenunciae. (49). Y el mismo, en /95 otro lugar, afirma:Fatalem semper Republicae Romanae cometen (50). Por todas partes encontrarás otros testimonios concordes de escritores profanos y sagrados. Pero cuídate, te ruego, de temer a los cometas en este tiempo, si no quieres que se te rían todos los filósofos. Vicente Quinisio, célebre maestro de retórica en el Colegio Romano, vio un cometa en Roma en 1618, y probó claramente con su autoridad, experiencia y razones: Los cometas son indicios de felicidad futura; no, como cree el vulgo, de calamidades. Este discurso está entre sus alocuciones gimnásticas, editadas nuevamente en Amberes en 1633. Yo no estoy de acuerdo ni con el temeroso vulgo ni con el esperanzado Quinisio; sino que opino lo que sostuve públicamente en el año 1742, en la Universidad de Viena: los cometas no presagian ni cosas prósperas ni adversas. Pero no sé por qué he llegado hasta este tema de los cometas. Volvamos a las supersticiones de los abipones. Ellos también piensan que en otro tiempo apareció una temible y portentosa estrella, cuyo nombre no recuerdo, y que aquellos años habían corrido cruentos para su pueblo y llenos de dolor. Las mujeres arrojan una gran cantidad de polvo de ceniza en forma circular a la tormenta para que los coma y, satisfecha con ellos, se dirija a otra parte. Porque si la impetuosa tormenta arrebatara a alguien de su morada, creen que ha de morir enseguida fuera de su casa. Si viniera alguna abeja viva en los panales que traen de la selva, dicen que hay que matarla fuera de la casa; porque si la mataran dentro de ella, nunca más podrán recolectar miel. Pero, basta ya de estas viejas /96 supersticiones de los americanos; no terminaría si las contara una por una. ¿Acaso nos sorprenderemos de tales creencias en estos bárbaros, cuando nuestro pueblo no tan rudo, y educado en ciudades cultas fomenta en su espíritu opiniones tan absurdas como ridículas, y las observa con gran obstinación como si fueran conocimientos de sabios? Hay un libro de Cristóbal Mäñlingen en el que compendia supersticiones de varios pueblos, y que llega a cansar al lector. Los errores son inculcados en la mente de los niños por las viejas nodrizas, crecen con los adolescentes, envejecen con los viejos, y poco menos mueren con ellos. Los abipones tienen tantas supersticiones porque abundan en hechiceros, maestros de ellas. En aquel tiempo que estuve con estos bárbaros, sobresalieron: Hanetrain, Nahagalkin, Oaikin, Kaëperlahachin, Pazanoirin, Kaachì, Kepakainkin, Laamamin. El principal de todos ellos,y sobresaliente en todo aspecto fue Pariekaikin, el más estimado por la gloria de sus vaticinios y curaciones. Era de rostro muy blanco, y se mostraba con singular modestia y afabilidad. Usaba suspendido del cuello, al modo como los indios cristianos suelen llevar el Santo Rosario, haces de unos globitos negruzcos que crecen en los árboles, todos adornados, con que impresionaba a los demás. Siempre se mostró despectivo, pero diligente maquinador de engaños. Hay una multitud de mujeres hechiceras más numerosas que los mosquitos en Egipto, que ni podría nombrar ni contar. A todos agrada mucho que les inculquen la veneración del mal demonio, su abuelo. Pero sobre esto ya me he extendido.

 

 

Fuente:

HISTORIA DE LOS ABIPONES - VOLUMEN II

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER,

 Traducción de la Profesora CLARA VEDOYA DE GUILLÉN

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

FACULTAD DE HUMANIDADES

DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RESISTENCIA (CHACO) – 1968.

 




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