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MARTÍN DOBRIZHOFFER


  HISTORIA DE LOS ABIPONES - VOLUMEN III (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)


HISTORIA DE LOS ABIPONES - VOLUMEN III (Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER)

HISTORIA DE LOS ABIPONES - VOLUMEN III

Padre MARTÍN DOBRIZHOFFER,

 

Traducción de la Profesora CLARA VEDOYA DE GUILLÉN

UNIVERSIDAD NACIONAL DEL NORDESTE

FACULTAD DE HUMANIDADES

DEPARTAMENTO DE HISTORIA

RESISTENCIA (CHACO) - 1970

 

 

La publicación de la traducción castellana de estos relevantes tres tomos, que recoge un tesoro de información sobre la vida, la lengua y la historia de los abipones, se debe al esfuerzo de la Universidad del Nordeste - Resistencia, y complementa otros títulos sobre la historia del Gran Chaco. Las crónicas de Dobrizhoffer han inspirado a Robert Southey a escribir el poema “A Tale of Paraguay”, publicado en Londres en 1826. El poema consta de cuatro cantos, con un total de 224 estrofas de nueve versos. Anota Efraím Cardozo: "comprende todas las facetas del complejo cultural abipón; se adentra en su psicología, escarba sus orígenes étnicos, analiza su organización familiar, sus juegos, vestimenta, bebidas, higiene, y se asoma al mundo de las hechicerías y supersticiones".

Lafone Quevedo escribió a su vez: "Confieso que Dobrizhoffer me ha dejado enamorado de los abipones, ni quiero preguntar si es cierto todo lo que dice, y como los abipones son los primeros indios que van desapareciendo, prefiero suponer que por mejores les sucederá así". Sin ser una novela, ni mucho menos, tiene todo el atractivo de la novela: y a pesar de estar escrito en un latín rústico y de sacristía, lleno de cláusulas pedregosas y de párrafos expresados a la alemana, subyuga al lector y no le deja abandonar la lectura, una vez comenzada. Martín Dobrizhoffer nació en Friedberg, Alemania Occidental en 1718. Había terminado los estudios humanísticos a los 18 años cuando ingresó en la Compañía de Jesús, en octubre de 1736.

En Viena estudió lógica o primer año de filosofía, y acabado el trienio en este estudio, fue destinado al Colegio de Linz, donde enseñó latín y griego, en los cursos inferiores. Al año, fue destinado al Colegio de Steyer, y, durante medio año, fue profesor de sintaxis latina, y durante la otra mitad del curso, enseñó también retórica. En 1747 y 1748 le hallamos en Gratz, cursando teología, y como ayudante del director de la Congregación Mariana de los estudiantes mayores, cuando, a su pedido y en vísperas de su ordenación, fue destinado al Río de la Plata. Hombre de buenas fuerzas físicas, reservado, de buen criterio y espíritu, nos dicen que era apto para enseñar y para gobernar. Esas dotes lo hicieron elegible para misionero entre infieles. No llegó a ser lo que él había deseado y lo que de él esperaban sus superiores, aunque haya sido un hombre heroico, un varón santo y un gran historiador, etnógrafo y filólogo. Durante dos años estuvo con Brigniel en el pueblo de San Jerónimo, y allí aprendió el abipón y el medio de doblegar a los belicosos indios abipones. Destinado a la reducción de San Fernando, ubicada donde en la actualidad se halla la ciudad de Resistencia, capital de la provincia del Chaco, subió Dobrizhoffer desde lo que es ahora Reconquista, por río a su nuevo destino. También se encontró allí con otro alemán de la pasta de Brigniel, el P. José Klein. "Lo que trabajó y sufrió durante unos veinte años, asevera Dobrizhoffer acerca de Klein, es cosa más fácil de ser imaginada que de ser escrita. Pudo vencer todos los peligros y miserias, despreciando los primeros con gran valentía y sufriendo las postreras con indecible paciencia. Gracias a los subsidios, que anualmente recibía de los indios de las Reducciones Guaraniticas, pudo establecer una magnífica estancia sobre la costa opuesta del Paraná.

Con los productos de la misma se alimentaba y vestía toda la población" "El pueblo estaba rodeado de esteros, lagunas y bosques demasiados cercanos; el aire era ardiente de día, y de noche; la casa del misionero era tal que no tenía ventana alguna, aunque sí dos puertas y con un techo de palmas, tan mal hecho, que llovía adentro igualmente que afuera. El agua potable se sacaba de una zanja vecina donde todos los animales bebían y a donde iban a parar no pocas basuras del pueblo." "Mi mal comenzó por no poder dormir, a causa de los mosquitos. Me levantaba de noche, me ponía a caminar de un extremo a otro del patio. Así no dormía, y tampoco podía comer.

Me puse tan delgado y pálido que parecía un esqueleto, revestido de piel. Se opinaba que no viviría yo sino dos o tres meses más, pero el Provincial me salvó la vida, enviándome a las tranquilas y encantadoras Reducciones Guaraníticas". Una vez restablecido, se le destinó a la nueva reducción de indios Itatines y Tobas, llamada San Joaquín de Tarumá (entre los ríos Monday y Acaray), al este de la Asunción, donde actuó durante seis años. La reducción, aunque distante como cuarenta leguas al norte de los pueblos de Guaraníes, era un oasis, en comparación con los turbulentos pueblos de Abipones. En 1763, cuando ya existían las reducciones abiponas de Concepción, San Jerónimo y San Fernando, se fundó una cuarta mucho más al norte, sobre el río Paraguay y en lo que es ahora la Provincia de Formosa. Una parcialidad de Abipones, cansados de sus guerras contra los españoles, y contra los guaraníes de las Reducciones, enviaron a tres delegados para pedir al Gobernador de la Asunción que les formara pueblo y diera misioneros. José Martínez Fontes, que era Gobernador a la sazón, acogió el plan con entusiasmo y sobre todo el comandante Fulgencio Yegros aplaudió y apoyó la idea. Esta reducción se llamó de San Carlos, o del Timbó, o del Rosario, que con los tres apelativos fue conocida.

Allí se asentó Dobrizhoffer, en aquella soledad, rodeado de salvajes y de fieras, "confiando tan solo en la protección de Dios", y con algunos presos paraguayos que le habían acompañado desde la Asunción, obligados a trabajar en la construcción de la iglesia y casas. A fines del año 1765, como queda dicho, o a principios del siguiente, volvió Dobrizhoffer a la reducción de indios Itatines, denominada de San Joaquín, donde había estado años antes y asumió el gobierno de la misma "Entre éstos neófitos Itatinguas del pueblo de San Joaquín pasé primero seis años y después otros dos (1765-1767) no sin placer y contentamiento de mi parte". Las tribulaciones sufridas en el Timbó, y los sucesos adversos de 1767-1768 (expulsión de la Compañía), le postraron en el lecho, e impidieron embarcarse con los otros 150 jesuitas. A fines de marzo del año 1768 pudo Dobrizhoffer unirse, a bordo de la fragata La Esmeralda, con sus hermanos de religión. Dobrizhoffer y los demás jesuitas alemanes fueron recluidos en el convento de los Padres Franciscanos en Cádiz, y de ahí partieron, unos con rumbo a Holanda, y otros en dirección a Italia. En agosto de aquel mismo año de 1769, llegó Dobrizhoffer a su querida ciudad de Viena. Desde el primer momento, se alojó en la Casa profesa que, en esa ciudad, tenía la Compañía de Jesús, y comenzó a trabajar con ardor y asiduidad en todos los ministerios espirituales, pero muy particularmente en la predicación.

La reina María Teresa, que conoció y trató a nuestro ex - misionero, gustaba grandemente de su conversación, y de oírle contar sus peripecias y aventuras en tierras americanas. Fue ella quien indujo a Dobrizhoffer a poner por escrito sus recuerdos y dar al público las valiosas noticias etnográficas e históricas que tenía atesoradas en su privilegiada memoria.

Felizmente cumplió Dobrizhoffer los deseos de la cultísima reina y, entre 1777-1782, escribió su “Historia de Abiponibus” en tres nutridos volúmenes, aunque no llegó a publicarla hasta el año 1784. (extractos de la advertencia editorial del Prof. Ernesto J. A. Maeder y de la noticia biográfica del Académico R. P. Guillermo Furlong S. J.)

 

HIPERVINCULOS CON LA EDICIÓN DIGITAL EN LA BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

 

Capítulos del I al X (198 kb.)

Capítulos del XI al XXIII  (207 kb.)

Capítulos del XXIV al XXXVII  (177 kb.)

Capítulos del XXXVIII al XLVI (285 kb.)

Indices Onomástico, Toponímico y de Voces Indígenas. (101 kb.)

 

 

VOLUMEN III

 

Capítulo I - Sobre el odio mortal de los abipones hacia los españoles y sobre algunos de sus aliados mocobíes.

Capítulo II - Porqué motivo llegarían a tener plena posesión de los caballos y cómo en virtud de éstos se harían temibles para sus vecinos.

Capítulo III - Cuántas crueldades soportarían las ciudades de Santa Fe y Asunción.

Capítulo IV - Cuán dañinos resultaron los abipones para las misiones guaraníes.

Capítulo V - Lo realizado por los abipones en el campo de Corrientes.

Capítulo VI - Sobre las excursiones de los abipones contra los pueblos de Santiago del Estero.

Capítulo VII - Sobre las excursiones de Francisco Barreda, jefe de los santiagueños contra los abiponesy los mocobíes.

Capítulo VIII - Sobre algunas fallas de los soldados santiagueños, sus oficialesy jefes de caballería.

Capítulo IX - Sobre las atrocidades de los abipones contra los cordobeses.

Capítulo X - Expediciones de los cordobeses contra los abipones.

Capítulo XI - Constantes esfuerzos de nuestros hombres para llevar a los abipones a la obediencia del rey y a la santa religión.

Capítulo XII - La reducción fundada para los mocobíesy luego, la ocasión de las reducciones de abipones.

Capítulo XIII - La primera reducción de San Jerónimo, fundada para los abipones Riikahés.

Capítulo XIV - Las cosas más dignas de recordar acerca de Ychoalayy Oaherkaikin, autores de la guerra.

Capítulo XV - Más cosas en alabanza de Ychoalay.

Capítulo XVI - Sobre la incursión hostil que intentó Debayakaikin con sus bárbaros federados contra la fundación de San Jerónimo.

Capítulo XVII - Otras expediciones realizadas por Ychoalay contra Oaherkaikin y los demás abipones nakaiketergehes.

Capítulo XVIII -  Nuevas perturbaciones de la fundación que siguieron a la victoria obtenida.

Capítulo XIX - Ychoalay, junto con los españoles toma el ejército de los abipones enemigos; otras veces pelea exitosamente con Oaherkaikin.

Capítulo XX - Todo el pueblo abipón es reunido en tres reducciones. Pero desgraciadamente distribuido entre los guaraníes por una guerra con españoles.

Capítulo XXI - Expedición de los españoles contra los abipones salteadores.

Capítulo XXII - El cacique Debayakaihin es muerto por Ychoalay en combate, y su cabeza suspendida de una horca.

Capítulo XXIII - Origen y comienzos de la reducción de abipones llamada de la Concepción de la Divina Madre.

Capítulo XXIV - La fuga y la vuelta de los abipones de la Concepción.

Capítulo XXV - Vicisitudes y perturbaciones de la reducción.

Capítulo XXVI - Mi viaje a la ciudad de Santiago por asuntos de la reducción.

Capítulo XXVII - Mis gestiones en Santiago. Viaje de nuestro cacique Alaykin hasta el gobernador de Salta.

Capítulo XXVIII - La repetida y molesta vuelta a mi reducción.

Capítulo XXIX - Constantes turbaciones de la reducción de Concepción.

Capítulo XXX - Llegada de Barreda. Traslado de la fundación al río Salado.

Capítulo XXXI - Calamidades y perpetuas mutaciones de la nueva reducción fundada junto al río Salado.

Capítulo XXXII - La reducción habitada por abipones yaaukanigás, llamada de San Fernando o San Francisco de Regis.

Capítulo XXXIII - Progresos de la fundación de San Fernando, retardados por Debayakaikin.

Capítulo XXXIV - Nuevas perturbaciones provocadas desde afuera y por los mismos pobladores.

Capítulo XXXV - Origen y ubicación de la reducción llamada del Sauto Rosario y de San Carlos.

Capítulo XXXVI - Los comienzos de la fundación.

Capítulo XXXVII - Increíblesy varias calamidades sucedidas a la fundación.

Capítulo XXXVIII - Continuos tumultos de guerra.

Capítulo XXXIX - Distintas incursiones de los mocobíesy tobas.

Capítulo XL - La peste de las viruelas fue semilla de nuevas calamidadesy ocasión para nuevas agrupaciones.

Capítulo XLI - Cuarenta jinetes españoles, unidos a los abipones, atacan a numerosos grupos de tobas.

Capítulo XLII - Preocupaciones de los abipones por la venganza de los tobas. Contagio de la fiebre terciana.

Capítulo XLIII - Asalto de seiscientos bárbaros el 2 de agosto de 1765.

Capítulo XLIV - Corolario de este asunto. Controversia sobre la llegada a América del Apóstol Santo Tomás.

Capítulo XLV - Cuán arduo resultó llevar a los abipones a las misionesy a la religión de Cristo.

Capítulo XLVI - Frutos no escasos recogidos en las misiones de abipones, pese a haber esperado otros mayores.

 

 

Capítulo XXXVIII

CONTINUOS TUMULTOS DE GUERRA /318

 

A este cúmulo de miserias, se agregaban las turbaciones de guerra. El nuevo gobernador Martínez, deseando adquirir fama militar para ganar la confianza del rey, resolvió mandar doscientos soldados de los cuatrocientos que había llevado para fundar la misión, a atacar los campamentos vecinos de mocobíes y de tobas. Cuando me lo contó, lo disuadí de esta expedición cuya suerte era incierta, para que no comprometiera a esta nueva fundación, tan débil, en una guerra fatigándola desde sus comienzos. Y con el mismo ardor recomendaba a mis abipones que estuvieran en paz con todos. Pero a éstos nunca les agradó ni les fue posible estarse quietos. Un tumulto siguió a otro tumulto. Casi a los comienzos de la fundación Ychoalay pidió amistosamente que le fueran devueltos los caballos que hacía poco le habían robado. Enfurecido ante la repulsa, se puso en marcha con un escogido grupo de los suyos para recuperarlos por la fuerza. Mis hombres estaban acostumbrados a repeler la fuerza con la fuerza y a tentar cualquier cosa extrema movidos por el inveterado odio contra Ychoalay. Sin embargo, si las fuerzas corrieran parejas con las iras, no habría que temer al número de agresores, muy inferiores a aquéllas. Llevando los caballos a lugares seguros para que no cayeran en manos de los enemigos, fueron enviados espías para que observaran sus movimientos. Enviaron a otros a las selvas a buscar miel, para tomarla con vino caliente y salir así más animosos a los consejos y a la misma guerra. Mientras tanto, yo me consumía en angustiosas /319 preocupaciones, no sabiendo qué hacer si llegaba a producirse el ataque a la misión. Ychoalay, que era muy amigo mío y más temible que cualquier otro enemigo, repentinamente se presentó. "Sería nefasto – decía – llegar a esta guerra aún cuando fuera justa para recuperar lo suyo". Si Ychoalay venciera, si movido por el furor matara a cuantos pobladores encontrara y si yo no tuviera un poco de pólvora y de plomo para descargar contra él, pensarán mis abipones que los he traicionado en connivencia con él y que debo ser traspasado por sus flechas y sus lanzas, ya que no había perdido del todo la fama de pérfido y traidor, aún subsistente.

Revolviendo estas cosas en mi ánimo, siempre indeciso, me sentía metido entre el yunque y el martillo. Por fin resolví que debería hacerse lo que sobre la marcha pareciera lo mejor. No podía esperar ninguna ayuda del gobernador; consultados los Padres más sabios de la ciudad, me convencieron de que abandonando la misión, me fuera con Ychoalay para salvar mi vida. En verdad nunca pensé que debía seguir este consejo, para no arrojar sobre mí y sobre mi patria una mancha de cobardía al huir.

La Divina Providencia apartó de nosotros el peligro. Pues Ychoalay, al apurar su marcha contra nosotros, se encontró en el camino con un numeroso grupo de abipones enemigos nakaiketergehes. El choque fue muy duro con muertos y muchos mutuos heridos. Ychoalay contaba con unos diez heridos, y entre ellos un pariente suyo muy querido, Deborké. Para curarlos aceleró la vuelta a su casa, olvidando el ataque que contra nuestra misión había proyectado. Los /320 nuestros interpretaron que lo hacía movido por el temor, y lo celebraron como un triunfo con alegres brindis, mientras las mujeres de los que habían caído en el último encuentro bélico se lamentaban con el golpeteo de manos y el estrépito de calabazas. Los sobrevivientes de aquella castigada tribu se refugiaron en parte entre nosotros y en parte en la fundación de San Fernando. Uno de ellos mostraba sus heridas, por cierto bastante graves, para instigar con el aspecto de éstas los ánimas de sus compañeros a la venganza rápida, y no le dio trabajo moverlos. Rápidamente todos conspiraron contra Ychoalay. Un gran grupo de abipones yaaukanigásy nakaiketerghes reunidos, entre los que deambulaban los de nuestra misión, marchó contra la fundación de San Jerónimo para herir a Ychoalay con un golpe más certero, por lo imprevisto, aunque a nosotros nos decían que salían para cazar en los campos del Sur. Pero tan grandes esperanzasy falacias de nada les sirvieron: repentinamente fueron oprimidos por los mismos que habían querido atacary matar; unos fueron muertos,y otros huyeron. Pues cuando ya estaban cerca de San Jerónimo, y habían dejado en un lugar llamadoNihirenak Lenerörkie, cueva del tigre, las monturas y caballos sobrantes,y proyectaban el ataque, ya teñidos los rostros, se encontraron entre un grupo de Ychoalay y sus riikahes, mocobíes cristianos y españoles. Comprendieron claramente que estaban allí aquellos a quienes habían planeado buscar en sus escondites y atacar. Sin ningún trabajo Ychoalay hubiera podido matar a la multitud de enemigos que encontró al paso, si éstos no hubieran preferido huir antes que luchar. Los fugitivos debieron su vida a la rapidez de sus caballosy a los escondrijos inaccesibles de los bosques; sin embargo no /321 pocos fueron heridos, capturados y muertos por sus perseguidores. Ychoalay los siguió de cerca hasta San Fernando, y, temible por el número de sus hombres, llenó todo de terror. En su huida, los enemigos que poco antes cantaban victoria, ya comenzaban a deplorar en su vuelta la derrota. También las calles de nuestra misión durante muchos días resonaron con el llanto de las mujeres que lamentaban la muerte de uno de nuestros abipones que pocos días después de su matrimonio había partido para pelear contra Ychoalay, pero que había muerto con otros en su huida. Conjurados los abipones nakaiketergehes contra Ychoalay, aunque veían que no tenían modo de lograr el éxito y por más que se lamentaran vehementemente, se enardecían en nuevos odios contra aquél y nunca pusieron fin a su lucha. Repitiendo los choques, como no podían quitarle la vida, le robaban una y otra vez innumerables caballos. Y no hay que admirar en absoluto que los pobladores de mi fundación tuvieran el ánimo siempre hostil e implacable contra Ychoalay: el cacique principal de estas tribus, Debayakaikin, fue muerto por éste, como ya conté en otro lugar, cuatro hijos suyos, aunque de distintas madres, vivían con nosotros. Los demás pobladores, salvo unos pocos, eran parientes o compañeros de él. Cuanto habían amado a su jefey cacique, tanto se animaban para la venganza contra su matador Ychoalay.

Además de las luchas intestinas de abipones contra abipones, siempre nos resultó peligrosa y perniciosa la vecindad de los mocobíes, tobas y oaékakalotes, que el pueblo llama guaycurús. Estos pueblos bárbaros, más temibles tanto por su número como por su habilidad para perjudicar, consideraban que el campo donde se había establecido nuestra misión les pertenecía, ya que nunca antes fue habita por abipones. Los habitantes de la nueva fundación, cuando supieron que los /322 españoles la preparaban y cuidarían de ella, lo consideraron sospechoso y peligroso, aunque años atrás, unidas sus fuerzas en alianzas, con gran frecuencia habían vejado a los españoles con sus guerras. Por lo cual nadie se preocupó de echarnos de ese lugar a nosotros, que estábamos cansados de tan reiteradas incursiones; y para lograr que nos fuéramos, usaron tanto de sus artes como de sus armas. Fingiendo paz y amistad, ofreciéndose para ayudarnos, muchas veces llegaron en tropel para visitarnos. Nosotros los recibíamos con liberalidad y amistosamente, les regalábamos chucherías, y durante muchos días vivían entre nosotros comiendo carne de vaca. Pero abusaron de la hospitalidad en perjuicio nuestro, averiguando a escondidas el número de pobladores aptos para la guerra que teníamos, los campos de pastoreo de nuestros caballos, todos nuestros caminos y accesos,y las oportunidades que tendrían de atacarnos cuando lo desearan; pese a que yo los vigilaba diligentemente. Ayudados por este conocimiento de nuestros asuntos, volaron a nuestra misión para atemorizarla, o robar caballos. No obstante, gracias a nuestra vigilancia, la mayoría de las veces se logró que volvieran con las manos vacías. Pero mucho más trabajo aún nos dieron las frecuentes asechanzas de los enemigos vecinos, que nos obligaron más de una vez a pasar noches integras en vela, o levantarnos tomando apresuradamente las armas, cuando crecía el rumor sobre la aproximación de los bárbaros oaekakalotes, que, según la costumbre de otros pueblos también solían elegir la noche para sus ataques. Esto nos resultaba sumamente molesto, ya que nadie podía ir libremente a los campos o selvas apartadas para cazar u otros asuntos, por temor a encontrar en cualquier parte a los bárbaros. Para que la reducción no fuera atacada por esos asaltantes desde la selva que la rodeaba, me preocupé de levantar en el área de mi casa una atalaya en unos árboles muy altos, que nos resultó de gran utilidad y siempre de defensa. Ya expondré una por una las cosas que los bárbaros intentaron contra nosotros con distinta suerte.

 

Capítulo XXXIX    /323

DISTINTAS INCURSIONES DE LOS MOCOBIES Y TOBAS

 

Como todo se llenara de terror de peligro y de asechanzas enemigas, muchos abipones hartos de una vida tan triste y buscando algo de tranquilidad, atravesaron el río Paraguay y llegaron con sus familias a los predios de Fulgencio Yegros, cerca de las costas del río Tebicuary; fueron recibidos de buena gana ya que no por voluntad,y los ocuparon con gran provecho en las tareas domésticas. Las indias aprendieron a esquilar ovejas y a hilar la lana; los indios a cuidar, capar y domar los ganados y otros trabajos propios del campo. La carne de vaca que comían fue para ellos la mejor paga. Mientras tanto muy pocos permanecieron conmigo en la misión. Los mocobíes y los tobas aliados comprendieron que este abandono les resultaba la mejor ocasión para una agresión. Supieron que me encontrarían durmiendo a la hora que los españoles llaman de la siesta. Creo que debo narrar la anécdota con claridad para que comprendas cómo Dios velaba por nuestra vida al inspirarme ese día que no hiciera mi acostumbrada siesta. Fui y volví solo hasta la costa del río, inaccesible a los caballos, para probar unos botes a remo nuevos. Hice esto por inspiración divina, pese a /324 estar cansado por la caminata de casi tres horas y por el calor, ya que no había descansado desde el almuerzo. A eso de las dos horas y media, un chico español que solía servirme para arar los campos, parándose en las rocas, me avisa repentinamente que se acercan los bárbaros. Veo una turba de mocobíes caminando casi por el terreno de mi casa. Se los veía en la plaza teñidos con colores negros para inspirar terror, armados de lanzas y arcos, distribuidos en orden de batalla y sin acompañamiento de mujeres o niños; y por todo ello era fácil deducir sus intenciones nada amistosas. Otras veces, cuando nos visitaban en tren de amistad, solían llegar acompañados de sus mujeres e hijos, sin flechas y sin los rostros ennegrecidos. Encontré también sospechosa la hora de la siesta en que llegaban. Otras muchas veces habían atacado y matado a esta misma hora a los españoles dormidos. Excepto el niño que mencioné, no había nadie conmigo en la casa; y en la misión sólo seis viejas y un abipón rengo, ya que los demás andaban por el campo, como les era habitual. Deliberé un momento. Tomando las armas y apostándome a la puerta de nuestra área, yo sólo cumplí la tarea de jefe y de tropa. Escucha y admira a éstos héroes bárbaros de América: yo me sentí atemorizado por tantos jinetes; pero en cuanto vieron cl fusil pronto para disparar, volvieron las espaldas con gran prontitud. Retirándose con paso cauteloso por las calles. se detuvieron en un bosquecito cercano donde habían echado sus toldos los indios. Yo que había aprendido por propia experiencia que los guerreros americanos poseen más astucia que valor permanecí armado en el mismo lugar, fijos mis ojos en sus movimientos, pues muchas veces atacan cuando se cree que ya se vuelven por temor. /325

Pasaron cuatro horas, cuando vi que unos mocobíes se acercaban, acompañados sólo por un chico, no como enemigos sino como huéspedes. Yo los saludé, sin armas, y les pregunté qué querían, pero me respondieron lacónicamente. Sus ojos torvosy sus amenazantes rostros, delataban su ánimo siniestro. Mientras hablaban con nosotros, se levantó una gran humareda en la costa en que los españoles suelen cruzar el río Paraguay. El cacique de los mocobíes, Ytioketalin, me preguntó a qué atribuía yo ese incendio del campo. Yo respondí que a los españoles, ya que esperaba para el día siguiente unos doscientos soldados que el Gobernador me enviaba para construir las casas de la misión. Impresionados por esta noticia, los bárbaros temían ser castigados por haber tomado una actitud hostil contra nosotros, recelando ser castigados muy pronto por los soldados españoles cuyo arribo creían inminente. Al mismo tiempo se vieron unas nubes de polvo en el camino por donde habían venido los bárbaros. Alguien dijo que volvían en sus caballos las mujeres abiponas que habían salido de mañana a buscar frutas en las selvas. Pero en verdad parecían jinetes bárbaros por el resplandor de sus lanzas que se movían. Al verlas desde lejos, todos los mocobíes montaron rápidamente en sus caballos, temiendo nuevos males para ellos. El chico, tirándome de la sotana me decía: "Volvamos a casa, Padre, para que no nos tomen". Yo tuve la misma preocupación. Diciendo adiós a los mocobíes con toda prudencia, con paso lento para no despertar en ellos sospechas de temor, volví a nuestra casa como a nueva Troya, desde cuya puerta pude ver el éxito de nuestra empresa y volví a tomar las armas. /326

Sin demora, un numeroso grupo de tobas con el cacique Kebetavalkin, el más famoso médico de todo el pueblo, se disemina por la plaza. Todos, cargados con todo tipo de armas, teñidos con negros colores como suelen hacerlo antes de la guerra para no demostrar con palabras la causa de su llegada, habían dejado sus caballos para pastar y habían pernoctado con el grupo de mocobíes. Los recibí desprovisto de armas, los miré y les dije que siempre los había tratado como a huéspedes y amigos, con todo tipo de atenciones; pero del modo como se los veía no podían ser tenidos sino como enemigos, y comprendí que serían perjudiciales si no los trataba con prudencia y liberalidad. Rápidamente procuré que se matara una vaca para darles de comer, así como se llama con un silbido al caballo desbocado, o se tiran los huesos al terrible can. Vinos pocos abipones que se habían quedado conmigo en la misión, consideraban que no podía esperarse nada bueno de esta visita. Y para no ser víctimas de sus asechanzas, pasamos la noche insomnes, atentos los ojos y los oídos a todo movimiento, con las armas siempre prontas a usar de la fuerza si fuera necesario. Al amanecer, apenas disipadas las tinieblas, celebré la Santa Misa, ya que se conmemoraba la fiesta de Corpus Christi. No toqué la campana, e hice todo en el mayor silencio posible, para que los bárbaros, sabiendo que yo estaba ocupado en el altary que el fusil estaba lejos, no intentaran algo contra nosotros impunemente, como otros bárbaros habían hecho otras veces en Paracuaria. El 17 de mayo de 1735, en la fundación de la Concepción, los feroces chiriguanos atacaron al Padre Julián Lizardi, cántabro, que estaba celebrando en elvalle Ingrè; y, arrebatándolo de las gradas del altar, lo mataron atado a una estaca, con treinta y siete flechas. En esa misión él estaba dedicado a catequizar a ese pueblo. La historia de la vida, muerte y virtudes de este apostólico varón, fue publicada /327 en Madrid. Casi lo mismo sucedió al Padre sardo Juan Antonio Solinas y a su compañero en la misión de San Rafael, y a Pedro Ortiz de Zárate, párroco en otros sitios de Tucumán. Ambos fueron muertos en la puerta del templo por los mocobíes conjurados con los tobas, mientras celebraban el Santo Sacrificio junto al río Senta. Aleccionado por estos ejemplos me pareció que no estaría de más usar de todas las precauciones cuando celebraba. En cuanto pronuncié las fórmulas sagradas, un grupo de bárbaros me rodeó. Primero entró por la puerta contigua al altar el hechicero y sacerdote de los mocobíes. Este, de gran estatura, nariz aguileña, con un cinturón de lana roja adornado con unas bolas blancas y del cual colgaba una trompeta militar se me paró por un rato a la espalda, y después de gestos amenazantes y ridículo movimiento de brazos, saltó hasta sus compañeros reunidos en la puerta. No sé qué tramaban en silencio, entendiéndose solo por señas. Comprenderán cuál sería mi ánimo mientras seguía con el oficio. Esperaba de un momento a otro el golpe mortal, muy pronto a morir por amor de Dios; pues me hubiera resultado sumamente honroso morir de ese modo en ese lugar. Pero en verdad parece que me estaba reservada una muerte más dura al volver a mi patria.

Terminé hasta la última palabra del Santo Sacrificio; ofrecí a los bárbaros que me acompañaban desde la madrugada unas chucherías que tenía a mano pero como no logré que cambiaran su animosidad, debí sospechar de ellos lo peor. Escrutaban todos los rincones. Intentaron descaradamente en mi presencia, arrancar con las manos las estacas de la empalizada, y procuraron forzar con golpes de /328 hombros la puerta de madera del templo. En silencioy riendo esperé estas cosas, y sobre todo me cuidaba de no delatar mis recelos, ocultando cualquier expresión de mi rostro, y de no dar la menor muestra de temor, pues hasta al más vil le crece la audacia si se da cuenta de que es temido. Así, cuanto más amenazantes y peligrosos se nos mostraban los bárbaros, más me empeñaba en demostrar, por la serenidad de mi rostro, tranquilidad de espíritu. Pensé que en nuestra gesta habría alguna vez un soldado glorioso y temible. Me jacté con magníficas palabras, de mi espíritu intrépido y de mi destreza para manejar las armas; y les mostré una cantidad de armas y variedad de balas, les hablé del increíble poder del fusil, que toca desde muy lejos, golpea y penetra con gran fuerza. Mostrándoles estos instrumentos que tenía en las manos, se aterraron los tan audaces bárbaros. El gobernador Martínez, cuando regresó desde la misión hacia la ciudad, me había dejado para defensa de los habitantes uno de esos cañones pequeños que están colocados en la proa de los barcos. Había sido puesto en el terreno de nuestra casa en el tronco de una palmera por orden del mismo gobernador. Pocos meses después puse unas ruedas al emplazamiento de este cañón para que pudiera girar hacia donde estuvieran los enemigos. Para cargarlo, el gobernador me había dado ocho porciones de pólvora, cada una con quince balas, pero un único proyectil por falta que de ellos había en la ciudad. Pensé que podría usar este único proyectil, que pesaría una media libra, no para matar, pero sí para atemorizar a los bárbaros. Cada vez que /329 los bárbaros se llegaban a mi pieza y se sentaban en el suelo, para que nos les entrara el deseo de atacar la misión, se los daba a cada uno para que lo miraran y lo tocaran. "Oh" – exclamaba alguno – ¡Qué pesado es! ¡Qué tremendo golpe producirá en el cuerpo!". No sabían que era el único que tenía. Usándolo con inteligencia,y entregado después de más de dos años a mi sucesor, me prestó más servicios de lo que pudiera creerse. Pues si lo hubiera lanzado, acaso hubiera herido a uno solo. Pero conservado y mostrado, atemorizaba a muchos. Así usaba de estos artificios cuando me faltaban las fuerzas, según una costumbre recibida de los jefes europeos. Solíamos detener a los bárbaros ayudando o atemorizándolos, ya que de ningún modo teníamos suficiente poder para vencerlos.

De uno y otro modo logré que los huéspedes mocobíes y tobas o cambiaran el propósito de destruir la misión, que los había traído o lo postergaran hasta una ocasión más propicia; lo que comprendí que había llegado unos meses después. Muchos días los jinetes abipones recorrieron nuestros campos de pastoreo y los terrenos y selvas adyacentes, expuestos por todos los lados sin que nadie se atreviera a impedírselos ni nadie sospechara que pudiera existir algún peligro. Mientras tanto ellos, aunque nosotros siempre receláramos de su perfidia, parecían vivir entre nosotros un perpetuo festín, ya que yo había ordenado que se mataran vacas para que siempre tuvieran carne fresca; lo que yo cuidaba con sumo empeño era que, urgidos por el hambre /330 no nos devoraran asados o cocinados. Pues son antropófagos, y si no tienen otra, comen carne humana, considerándola una verdadera delicia. Ya conté en otro lugar que el cacique Alaykin y otros seis compañeros, muertos en combate, fueron comidos por los tobas y mocobíes vencedores en el lugar de la pelea. La mayoría de los tobas llegaban cada día al mediodía cuando yo explicaba a las míos los rudimentos de la fe. Pero a los abipones les pareció que disimulaban con un aspecto de piedad su ánimo hostil, ya que conocían la falacia de este pueblo. Un acontecimiento fortuito nos liberó de estos huéspedes,y nos eximió de las diarias sospechasy solicitudes.

Un atardecer, todo el campo se vio sacudido por un repentino tumulto. No hubo nadie que dudara de que se acercaba el enemigo. Las mujeres con sus hijos llenaron mi casa. Unos pocos abipones que estaban allí corrieron a las armas tiñendo sus rostros. A mí se me cruzó una primera idea: se acercaba por fin un gran ejército de tobas y mocobíes, a los que habrían servido de espías y precursores los que estaban viviendo con nosotros. Pronto este temor se convirtió en pánico. Pero disipado el polvo que nos impedía ver, vimos a diez abipones nuestros que traían unos dos mil caballos robados de los predios de Ychoalay, para vengar la muerte de alguno de los nuestros a manos de él, como ya referí en otro lugar. El cacique de los mocobíes, Ytioketalin, viendo tan grande botín de caballos, no dudaba de que Ychoalay fuera el dueño de los animales. Por lo cual, para no recibir entre nosotros la venganza de Ychoalay cuando éste llegara,/331 en cuanto amaneció partió apresuradamente con los suyos a su suelo patrio. Ya a punto de partir mostró cuán hostil y adverso era su ánimo para nosotros: "Si amáis la libertad, la vida y vuestros hijos – decía a las mujeres abiponas – salid enseguida de esta misión, pues el que ocupáis es vuestro suelo y no podemos tolerar que os lo usurpen; lo teñiréis con vuestra sangre, si no emigráis a otro lugar." Esto decía él. De modo que no me arrepentía ni del recelo que había tenido con estos huéspedes, ni de la vigilancia, ni precauciones con que había eludido sus insidias. Aquel mediodía en que ellos irrumpieron en la fundación, hubiera sido el último si el temor a los jinetee españoles que ellos creían a punto de llegar no los hubiera detenido en su propósito. Esta primer llegada de tobas y mocobíes era el preludio y la preparación de otra gran expedición que los mismos bárbaros Oaekakalotis unidos pocos meses después pensaban realizar sobre la misión. Sobre este tema y otros peores ya hablaremos más extensamente.

 

Capítulo XL

LA PESTE DE LAS VIRUELAS FUE SEMILLA DE NUEVAS CALAMIDADES

Y OCASIÓN PARA NUEVAS AGRUPACIONES /332

 

A pesar de que todos los mocobíes y la mayoría de los tobas fueron dispersados, el cacique de éstos, Keebetavalkin, permaneció con su familia algunos meses entre nosotros, hasta que fueron extinguidos por las viruelas después que yo los bauticé. Este hecho fue causa de que las tribus tobas se volvieran contra nosotros, y me ocasionaran una peligrosa herida con una flecha con gancho en un asalto. Expondré ordenadamente todo tal como sucedió. Nuestros abipones volvieron desde el predio de Fulgencio Yegros a nuestra misión atacados por las viruelas, y trasmitieron a los demás esta peste sin distinción de sexo ni de edad. Ya parecía que casi todos serían atacados por esta enfermedad. Aunque en verdad debe considerarse como un beneficio que esta epidemia letal para los pueblos americanos no haya matado a más de veintidós habitantes, pese a que duró desde el catorce de mayo hasta noviembre. Parece increíble el trabajo que me dio cumplir con las tareas de párroco y de médico a la vez. Los abipones que entonces vivían conmigo, eran en su mayoría bárbaros todavía apartados de la religión y menospreciadores de ella o impíos desertores. De modo que día y noche me angustiaba la preocupación de que si las medicinas que les aplicaba no fueran capaces de detener la muerte, al menos /333 salvaría las almas de los moribundos, mediante los sagrados auxilios. Y éste fue en verdad mi arte y mi inacabable labor.

Aterrados al ver a la primera vieja que murió, todos, exceptuados unos pocos, quisieron huir de la misión para poner a seguro sus vidas en remotos escondrijos. Algunos, cruzando el río Grande o Iñaté, se retiraron a veinte leguas. Estos, abandonados a sí mismos, faltos de medicinas y de ayuda, todos se recuperaron. Y yo no podía alcanzarlos, aunque me quedara sin la mayor parte de mis pobladores, ya que desconocía el sitio donde se habían refugiado, y para llegar hasta allí hubiera necesitado por lo menos cuatro días, aparte de que carecía de un guía que me enseñara el camino. Otros se refugiaron a cuatro leguas,y la mayoría abandonó la misión con el cacique Oahari (que recién se llamaba Rebachigi). Un último grupo se fue a dos leguas; y cada día, cuando me era posible, llegaba hasta allí, con increíbles molestias y no menos peligros de fieras y de bárbaros. Debí cruzar ríos y lagunas; el camino, aparte de presentarse por doquier escabroso, ofrecía a cada paso pantanos e insidias de los tobas y los mocobíes. Nunca veía a nadie fuera de un muchachito español que me acompañaba. Debía administrarles con mis manos los medicamentos y los alimentos, para retener el alma en el cuerpo de esos pobres infelices; y explicar a sus mentes faltas de religión las verdades fundamentales para que pudieran salvarse e imbuirse de los textos sagrados. Finalmente ellos mismos pidieron el bautismo, cien veces amonestados, ya que piensan, por un error ínsito en todos los bárbaros, que éste les es fatal. El trabajo se vio complicado más por la dificultad de llevar a la penitencia a apóstatas que se habían apartado de la religión repudiando a sus legítimas esposas. Sin embargo nadie /334 murió – para que veas la fuerza de la misericordia de Dios – sin ser rectamente absuelto y expiado, salvo una mujer que cuando se vio con los primeros síntomas que preceden a las viruelas me dejó que la preparara para recibir el bautismo; pero lo rechazó cuando creyó que el peligro de muerte había pasado. Yo, sabiendo que no el comienzo sino el avance de las viruelas había resultado fatal a los otros abipones, juzgué que debía acceder a los ruegos tanto de la mujer como del marido de que volviera a su casa antes de bautizarla, quedé con el firme propósito no obstante de volver a verla muy pronto, pero murió en la misión no lejos de nuestra capilla, en su choza; ¡ah! apenas habían pasado cuatro horas cuando supe que la miserable había expirado repentinamente y me lamenté en gran manera. A pesar del cielo tormentoso y de los truenos igual me apresuré a llegar al triste espectáculo,y ya encontré a la mujer envuelta en un cuero y ligada con cuerdas, a punto de ser conducida en un caballo al sepulcro. Me consolaba no se qué esperanza de salvación eterna, sobre todo porque poco antes había manifestado su sincero propósito de ser bautizada cuando sintió que su vida estaba amenazada, y había detestado todas sus faltas. Y si éste había sido totalmente sincero, seguro de la misericordia divina que no se circunscribe a ningún límite, me atreví a pensar en su felicidad.

Dedicado todo el día a la atención de enfermos, me fatigaba igualmente la solicitud por asegurar la misión, que carecía de habitantes guerreros, ya que a diario llegaban rumores acerca de la proximidad de enemigos. Recuerdo sobre todo un día en que, mientras se temía un asalto en las próximas horas, llegó desde el remoto campamento de un /335 cacique un mensajero diciendo que una mujer abipona atacada de viruelas padecía hacía dos días con un trabajoso parto. Dudé un momento indeciso sin saber qué hacer. Los enemigos devastarían la casa y los bienes sagrados abandonados sin defensa; me oprimirían por su número tomándome fuera de nuestras casas, a campo abierto. Si los bárbaros me mataban, los abipones moribundos se verían sin los auxilios sagrados y no podía esperarse por un tiempo otro sacerdote que conociera su lengua. Pero si me quedaba en la misión para defenderla, acaso morirían la madre que estaba por dar a luz y su hijo. Este fue entonces mi dilema. Pero guiado por los conocimientos de Teología, deseché el incierto rumor de un posible asalto de los bárbaros, para aliviar la urgentey segura necesidad de la mujery sus hijos. Sin dilacióny totalmente desarmado me puse en camino por donde deberían venir los bárbaros. Confiando en Dios desdeñé las armas para que, en caso de morir, se supiera que había muerto vencido sin ofrecer resistencia. Yo sabía además que de nada valía un solo fusil contra una multitud de bárbaros que lo rodean a uno en campo descubierto. Mi mayor esperanza era una hierba que suele tener gran eficacia para las mujeres parturientas. Al llegar a la choza de los enfermos, ya había nacido con felicidad el niño, pero ya estaba atacado de viruelas. Pensé enseguida, pero se me opuso duramente una vieja que estaba allí presente. "¿Acaso – exclamaba vociferando – porque nuestro nieto ha salido a luz tú le acelerarás la muerte con tus aguas fatales?". Como nada logró con sus clamores en contra de mí, acudió al padre de la criatura, hijo del cacique Debayakaikin, el que, como si el mismo estuviera, de parto descansaba en una choza vecina para defenderse de su mal, pidiéndole que impida que bautice al niño. [pos. aprox: /336] Este, más prudente que los demás, responde que debe accederse al juicio del Padre. Como la vieja se vio impotente, ella y su superstición, de lograr lo que esperaba de su pariente, ya estaba a punto de atacarme con uñasy dientes. Pero yo la ablandé con regalitos y palabras, y ya más apaciguada razonaba conmigo "¿Sepultarás al niño en tu casa (entiéndase en el templo), si llega a morir bautizado?". Se lo negué y le prometí que sería enterrado en el cementerio en un lugar bien abierto. Me respondió que hiciera como me pareciera. El niño murió el mismo día en que fue bautizado, pero su madre se curó. De lo que se hace evidente cuánto detestan los abipones ser sepultados entre paredes y bajo techo. Ninguno de los que murieron de viruelas recibieron el bautismo sin antes haber elegido el lugar de su entierro por temor al contagio. A ejemplo de los guaraníes procuré que el cementerio, resguardado por un muro elegantemente adornado, fuera establecido en un lugar apartado de la fundación y lejos de las brisas malignas por que, destinado a enterrar los muertos de viruelas, no fuera simiente de nuevas viruelas por los vapores que emanaran de estos cadáveres. Con estas precauciones coloqué en la misión el cementerio en un lugar desde donde raramente llegaran las brisas.

En esta diaria preocupación por los enfermos y tan grandes molestias y solicitudes, se pasaron siete meses; lo que es más fácil decir que pensar. Cada día debía cruzar el /337 río, de pantanosas costas para llegar hasta la principal y más numerosa tribu del cacique Oahári. Aunque los caballos saben nadar, les resulta muy trabajoso salir del cieno. Como perdiera mucho tiempo y trabajo en cruzar el río, casi como si hiciera el camino a pie, lo cruzaba más rápidamente con un bote. Este diario cruce continuado durante tantos meses encalleció mis pies de tal modo que la piel se me resecó como la flor de la frutilla. Las polainas que todos usábamos para defendernos contra los mosquitosy otros insectos que siempre se encuentran, aunque muy útiles para los que van a caballo, molestan con su roce los pies del que anda a pie sobre todo después que se endurecen con la transpiración. Siempre, aunque lloviera, tronara o el sol apretara en el campo abierto por todos lados, siempre inhóspito por los mosquitos, el lodo o las asechanzas de los bárbaros que nos salían al paso, debía pasar por el mismo camino, para que nunca faltara a la miserable turba de abipones que se consumía, este tipo de auxilios por cuyo amor me resultaba tan dulce fatigarme o correr peligros como cuando el agricultor se enjuga gozoso el sudor al contemplar las mieses ubérrimas.

Difundido el contagio por doquier, aunque nadie se salvó de él, fue fatal para los hombres de edad mediana. Por aquel tiempo la enfermedad se ensañó con tal fuerza que apenas los sanos alcanzaban a curar a los enfermos o a enterrar honrosamente a los muertos. Como antiguamente los hebreos o los romanos, los bárbaros consideran la mayor desgracia verse privados del honor de una sepultura y de los públicos lamentos de las mujeres. Así cuando el más ilustre por su nacimiento y por sus merecimientos militares murió, lo más cierto y duradero fue: Lamentis, gemituque, et foemineo ululatu /338Tecta fremunt, resonat magnis plangoribus aether (19)

Virgilio, 9, Eneida

Además de otros, fue ejemplo de celo la mujer del principal Oahári, hija del célebre Debayakaikin, de noble estirpe, edad floreciente, dichosa por su eleganciay por la suavidad de sus costumbres. Como todo su pueblo la admiraba y amaba, lo más natural fue que la sepultaran con las sinceras lágrimas de todos. Había sido bautizada pocos años antes en la misión de Concepción, cuando la había picado una peligrosísima víbora. Yo siempre pensé que esta excelente mujer murió no tanto por las viruelas, sino por la turba de médicos (es decir hechiceros). Cuando me llegué hasta su choza para suministrarle los sagrados auxilios encontré una cantidad de estos sinvergüenzas prendidos de su cuerpo como sanguijuelas. Este succionaba y soplaba el brazo, el otro los pies, uno más el costado, y otros y otros más; ya expuse en otro lugar este tipo de medicina, común a todos los pueblos de América y para todas las enfermedades, tildándolo de superstición.

El cacique de los tobas, Keebetavalkin, fue el principal médico en todo el Chaco; vivió por un tiempo en la fundación de San Jerónimo, de abipones, y otro en San Javier, de mocobíes; pero sobre todo ambulante, y conoció nuestros asuntos cuando estuvo un tiempo entre nosotros con su mujer y sus dos hijitas. Ninguno de los míos atacado de viruelas se negó a ser sumido y exsuflado por aquel bárbaro Esculapio. Por su constante trato con enfermos, contrajo por fin el virus fatal, ya en edad avanzada. Cuando enfermó, cuidó que lo /339 trasladaran de uno a otro sitio, con la esperanza de aliviarse, como suelen hacerlo nuestros moribundos. Conducido desde una selva lejana, quiso que se lo colocara en un pequeño bosque cercano a la misión. Su tugurio preparado con ramas era tan estrecho que tuve que entrar doblando las rodillas para hablar con él. Como no me cabía la menor duda acerca del segurísimo peligro en que estaba, lo bauticé después de haberlo instruido y preparado al entrar la noche; al día siguiente, antes del mediodía, murió. Su mujer y sus hijas llevaron enseguida al suelo nativo sus huesos después de quitarles la carne que exhaló mal olor desde el bosque cercano. Feroz como ninguna otra, la tribu de los tobas me incriminaba por el bautismo y la muerte de su cacique, y determinó vengar la muerte con las armas. Yo había predicho esto segurísimo del futuro,y antes de que se nos anunciara el propósito de los tobas. Pues ya sabía que los tontos bárbaros consideran al bautismo mucho más letal que cualquier veneno. Algunos se bautizaban ya moribundos y nos atribuían su muerte. Es duro quitar este ridículo error de estos salvajes y rudos pueblos de América. Y en verdad el asunto no quedó en amenazas. Pocos días después algunos tobas robaron de nuestro campo, de noche, cincuenta caballos y no hubieran dudado en matar a los nuestros si se les hubiera presentado la ocasión. Nuestros abipones se dirigieron rápidamente a Asunción para quejarse de la pérdida de sus caballos, allí pidieron al gobernador algunos jinetes españoles para que vayan con ellos a castigar a los ladrones. Pero en verdad los ruegos de los abipones parecían superfluos al pedir que el /340 gobernador accediera enseguida a sus deseos. De esto que hemos contado podrás deducir que las viruelas fueron ocasión de mutuas incursiones, muertes y derramamiento de sangre. En el capítulo XXV del segundo volumen hemos hablado detenidamente de las viruelas, el sarampión y de las secuelas que dejan estas enfermedades.

 

Capítulo XLI

CUARENTA JINETES ESPAÑOLES UNIDOS A LOS ABIPONES,

ATACAN A NUMEROSOS GRUPOS DE TOBAS /341

 

El gobernador José Martínez Fontes, postrado poco antes por apoplejía, encomienda a Fulgencio de Yegros que gobierne interinamente la provincia, hasta tanto el Rey designara a otro; éste era un hombre ignorante y habituado a las tareas del campo; pero a juicio del pueblo, célebre soldado, y pronto a sabias resoluciones y ejecuciones justas. Felicitándose en esta oportunidad de poder realizar hazañas, se encaminó rápidamente a nuestra misión con cuarenta jinetes para atacar junto con los abipones a los tobas que infestaban toda la provincia. Casi destrozado, después de haber cruzado el río Paraguay con una gran tropa de caballos, y de haber descansado en los campos de pastoreo, vivió entre nosotros. Y casi todos los soldados, que consideraban sumamente peligrosa para ellos esta expedición contra los crueles bárbaros, se confesaron entre tanto conmigo. Como pasaran varios días sin que encontraran ningún indicio de campamentos enemigos, los españoles ya pensaban en el regreso, cansados por la aspereza de los caminos que habían recorrido, la carestía de víveres y la debilidad de sus caballos. Pero los abipones tan ávidos de pelea como de venganza, consideraron inoportuno y vergonzoso el regreso. Sus /342 exploradores recorrieron todos los escondrijos y descubrieron por fin rastros de caballos; por éstos dedujeron que habría un gran campamento de tobas al cual se podía llegar solo por un angosto paso a través de un espeso monte que lo rodeaba. Todo fue superado para el asalto. Era el momento oportuno. Y lo consideraron como dice Livio el momento propicio para las más grandes hazañas. El gobernador afirmaba, y los abipones también pensaban, que al amanecer del día siguiente encontrarían a los bárbaros dormidos o medio dormidos, antes de que llegaran a advertir la proximidad del enemigo que los rodeaba. Algunos abipones que habían sido enviados por delante para explorar detenidamente el campamento, no regresaron hasta media noche, apenas montados en sus caballos, atrasados por las dificultades del camino; una gran selva que era preciso atravesar, obligó a los jinetes a marcha muy lenta, y recién al mediodía se llevó a cabo el ataque con más esperanza que con éxito. En ese momento la mayoría de los bárbaros estaban cazando fuera de sus chozas esparcidos por las selvas. Y casi no hubo quiénes hicieran frente a los españoles de modo que la pelea, por ser tan pobre en dificultades, tuvo más de fortuna que de gloria. Una débil turba de mujeres, de niños y de viejos, podía ser vencida más que vencer, atemorizados por la súbita aparición de los españoles, aturdidos por el ruido de los fusiles, los míseros pensaron en la fuga, no en las armas; no pocos de los que huían fueron interceptados por los abipones que los perseguían y, o fueron muertos o salvaron sus vidas en los seguros escondites de la selva. Pero cuando los abipones, como los galgos, escrutaron todos los resquicios y escondites, muy pocos de los tobas escaparon a sus ojos y a sus manos y perdieron sus vidas o su libertad. /343

Los españoles atribuían el éxito de esta expedición, con justicia, a los abipones que los acompañaban. Su sagacidad descubrió el campamento de los bárbaros, su rapidez los alcanzó en la huida y, muchos fueron capturados o muertos. Yo desconozco el número de muertos, nadie supo decírmelo ya que los abipones supieron matar a cuantos encontraron, pero no supieron contarlos. No hubo soldados españoles desocupados para andar de un lado a otro contando los cadáveres. Fue capturada una gran cantidad de caballos que los abipones consideraron como su botín, y además, cuarenta para cada uno de los soldados. Aunque los españoles asustaron a algunos caballos con los estampidos de los fusiles, tocaron a muy pocos, pues, como los mismos jefes militares decían, la pólvora estallaba con dificultad, por estar húmeda por el rocío de la noche, ya que la noche anterior habían estado sobre los caballos, a la intemperie entre los árboles, prontos a continuar el camino al día siguiente. Pero en Paracuaria muchas veces se echa la culpa a la pólvora, cuando los fusiles están tan estropeados que más podrás esperar que salga de ellos agua y no centellas. Un toba viejo fue herido por una bala, mientras llevaba delante de sí a su familia y la defendía con amenazadora lanza. Ya estaba a punto de tocar la selva sin que ninguno de los españoles se atreviera a interponérsele, pero fue herido con sus acompañantes por la espada de nuestro cacique Oahári que la había sacado de la vaina de un español. Así murieron la mujer del cacique Keebetavalkin y sus dos hijas. Ninguno de los abipones fue muerto ni herido en esto, que más que lucha fue una cacería. Muchos de ellos estuvieron en este asalto como /344 espectadores. ¡Ah, las guerras, las hórridas guerras paracuarias! No obstante yo las recuerdo y con justicia, del mismo modo como Tito Livio describe las luchas de la Roma naciente con los pueblos vecinos.

Un niño español al que siendo muy pequeño habían sacado los tobas de su campo junto con su madre, recuperó la libertad en esta oportunidad. Pero quedó evidenciado en esta ocasión cuánto puede la educación. Se apartaba horrorizado de sus compatriotas españoles, a los que siempre miraba con ojos torvos, como a enemigos y no pudo ser aplacado ni con regalos ni con halagos. Otra española, liberada de la cautividad de los tobas, le indicó al Gobernador que estaba con los suyos en esa campaña, que casi a dos días de camino había otro numerosísimo campamento de tobas. Pero éste, como de ningún modo deseaba otra agresión, pretextando la debilidad de los caballos y la falta de carne, aceleró la vuelta, dejando la expedición para otra ocasión que nunca llegó. Los españoles más sensatos se indignaban de que el Gobernador dejara escapar de las manos esta deseada oportunidad de destruir y de castigar a este pueblo tan atroz de los tobas, para quienes durante tantos años fue no solo su ocupación cotidiana, sino su delicia, cortar cabezas de españoles. La compañía de los abipones, que les ofrecía oportunidad de explorar y de atacar al enemigo, decidió a los españoles a exigirlo duramente. Muchos lavarían con mi sangre la oportunidad de una segura victoria desechada por uno solo.

Como los abipones se habían ido con el Gobernador en /345 busca de toba, yo estaba, como otras veces, preocupado y atareado como único defensor de la fundación, pues nuestros vecinos mocobíes al saber por sus espías que estaban las mujeres abandonadas en sus casas solas con sus hijos, nos amenazaban una y otra vez. No me quedaba tiempo para descansar, pasando días y noches en vela; los intentos de ataque cesaron y sólo de noche, en el más apartado campo, robaron tropas de los mejores caballos que los soldados habían dejado allí para que pastaran mientras los vigías encargados de cuidarlos se encontraban dormidos. El principal jefe mocobí, muy conocido mío, había desertado de la misión y de la religión pronto a toda rapacidad y astucia. A veces solía conversar amigablemente con los españoles encargados de guardar los caballos y comer con ellos (pues el sinvergüenza conocía también su lengua.). Repentinamente una noche apareció a escondidas con otros compañeros y robó los mejores y más numerosos caballos. Después de catorce días que demoraron en su campaña, volvieron nuestros héroes, llevando una turba miserable de cautivos a los que mostraban como trofeo testigo de su triunfo. Pero en realidad yo consideré esa victoria, ensangrentada con la muerte de tantas débiles mujeresy de niños, más digna de lágrimas que de aplausos. Poco después la expiaría, indudablemente, con mi sangre y la de los míos, pues los tobas sobrevivientes no soportarían impunemente la muerte o la cautividad de sus madres, de sus esposas o de sus hijos. Enseguida lo preví sin lugar a dudas y lo mismo pensaron todos los españoles, que opinaban que se cernía sobre la misión una segurísima venganza de los tobas enfurecidos. El Gobernador sin embargo se apresuró a regresar a la ciudad. Quedó bien claro qué poco le importaba nuestra seguridad ya que nos abandonó a /346 nosotros y a unos pocos abipones expuestos a la multitud de tobas deseosos de venganza. Solo después de muchos ruegos accedió a que quedaran con nosotros como defensa cinco soldados españoles y dejó los más miserables de todos tan pobres de espíritu como de armas. Después de un tiempo los envió a sus casas prometiendo que enviaría a otros; esperábamos que los nuevos fueran mejores que los otros ya que éstos servían más de risa que de defensa a los abipones.

Pero lo que de ningún modo puede callarse es que los abipones se reunieron y celebraron allí toda la noche y con todo descaro la muerte de españoles que en otros tiempos habían perpetrado, exponiendo sus calaveras en medio de cantos y bebidas, estando presente el Gobernador que los oyó sin atreverse a abrir la boca. Si se atreven a esto sin tener ningún respeto ni por el Gobernador ni por sus cuarenta españoles ¿acaso respetarán al sacerdote por más que los amenace o los amoneste? Aunque cuando encontrábamos a alguno que nos parecía merecedor de una reprensión de ningún modo nos callábamos ya que nos parecía mejor corregirlos que callarnos. El mismo día que regresaron los soldados con los abipones recorrí todos los grupos de los míos, observando a cada uno de los cautivos para ver si necesitaban auxilio o medicina que les di sin tardanza. Pero ¿quién no podría estar expuesto a la enfermedad ya sea por el terror por el reciente ataque de los españoles, por la tristeza de la patria o de la libertad perdidas o por el terrible calor del camino? Sin embargo, los encontré a todos sanos, salvo a una madre que amamantaba a su niño, a la que una bala había lastimado superficialmente. Como sólo una /347 pequeña parte de la piel estaba afectada, los españoles le habían aplicado en ese lugar una cataplasma de cera fresca, pero las moscas, que buscan los sitios húmedos, habían procreado gusanos afectándole una zona delicada de la cabeza y la mujer ya comenzaba a delirar. Contra los gusanos es de gran eficacia la grasa de tigre, tal como ya lo expliqué n el capítulo XXVI cuando hablé de los médicos y de las medicinas de los abipones.

Surgió una discusión entre los abipones y los españoles a causa de los cautivos, que como en Europa suelen ser repartidos entre los combatientes. Los españoles querían llevarlos a su regreso a la ciudad para exponer a la vista de todos a los adolescentes y mujeres tobas que habían capturado los abipones, para recibir aplausos adornándose con plumas ajenas. Los abipones, puesto que ellos mismos habían contribuido con sus manosy con riesgo de sus cabezas, consideraban, con todo derecho, que les pertenecían. Poco después acordaron que unos pocos tobas serían llevados a la ciudad con los españoles y los demás cautivos quedarían en la fundación. Yo no quise ser juez ni árbitro para dirimir la contienda, ya que deseaba conservar la amistad de ambas partes, aunque siempre he preferido que no quedaran cautivos entre nosotros, porque preveía que su presencia sería peligrosa y nociva para nuestra misión. Pero como no había ningún lugar donde tener encerrados a los cautivos y éstos gozaron de plena libertad para vagar como los demás, poco después se dispersaron todos juntos tal vez aprovechando que sus amos estaban ausentes o dormidos. Los tobas mayores después /348 de haber robado unos caballos, volvieron a los suyos inspeccionando todo allí para volver con una turba de sus compatriotasy atacar y dejar la misión. El cacique Oahári molestó mucho y durante mucho tiempo a una cautiva que había tomado para sí con su hijo. La encontró en un campo muy alejado durmiendo debajo de un árbol, el niño que tenía la madre al pecho fue atravesado por una bala, pero la mujer sobrevivió. Cansado por aquella búsqueda estalló en furor al verse impotente. Otras veces solía usar con destreza un fusil para cazar aves que Fulgencio de Yegros me había regalado y que yo nunca había probado; pero para decir la verdad nunca me agradó tanta destreza del bárbaro que usaría en perjuicio de los e pañoles si se le presentara la ocasión. ¿Acaso ignora cualquier entendido en historia americana cuán inestable es la voluntad de los bárbaros, cuán débil es su palabra? Usaron en contra de los españoles las armas de fuego que éstos imprudentemente habían olvidado. Y ciertamente, así como son de eximios en el golpe segurísimo de sus flechas, así superan a los mismos españoles con el fusil. Yo mismo inculqué esto a los Gobernadores españoles. Respecto de los guaraníes, afirmados ya desde el siglo pasado en la fe de Cristo y en la integérrima fidelidad a los españoles, debe pensarse de otro modo. No sólo los Reyes Católicos les permitieron el uso de las armas de fuego, sino que se lo ordenaron, porque muchos miles de ellos solían ser llamados por el Gobernador de Buenos Aires a los campamentos reales cuando estallaba la guerra contra los portugueses o los ingleses; allí siempre cumplieron su misión con valentía, tal como se ve en cualquier historia de Paracuaria. Sin embargo mientras los guaraníes estaban en sus ciudades solían guardar las armas de fuego en las que tenían /349 inscripta la imagen del Rey español, entregadas a la custodia de los Padres para cuando se les ordenara combatir bajo el signo de los Reyes, o defender su ciudad contra los bárbaros. Pero las armas cotidianas para los guaraníes son el arco, las flechas, la lanza y la honda, en las que se destacan por tradición.

 

Capitulo XLII

PREOCUPACIONES DE LOS ABIPONES POR LA VENGANZA DE LOS TOBAS.

CONTAGIO DE LA FIEBRE TERCIANA /350

 

Así como en el mar proceloso una ola sucede a otra ola, así en las nuevas fundaciones de bárbaros, una calamidad seguía a otra calamidad. Mis abipones, recientemente vencedores, no ignoraban que los tobas vencidos tenían la misma ley que ellos para vengar las injurias. Ante tal temor, todo se llenaba de angustia para todos. Para no ser oprimidos por una súbita incursión de los tobas a los que poco antes ofendieron, rápidamente defendieron sus chozas levantando entre todos setos aquí y allí. Pero como ninguna defensa les parecía suficiente soñaban con ataques enemigos y asechanzas aun en pleno mediodía. Confundían con algún espía enemigo hasta a los insectos que chillaban. Los abipones no tuvieron ni un momento libre de preocupación pues, como ya otras veces lo hemos experimentado, el temor les hacía figurar las más diversas cosas. Las mujeres hechiceras, a cuyos presagios les parecía nefasto oponerse, mentían del mismo modo la proximidad del enemigo. De tal modo confiaban en los vagos rumores de las hechiceras de que aquí o allí había grupos de indios, que muchas veces los abipones tomaron las armas durante el día, y más aún durante la noche por la sospecha de un inminente asalto de los tobas.

A esta constante angustia se sumó el contagio de la fiebre terciana, que por un tiempo atacó a los pobladores /351 de cualquier edad o sexo, no dejando a nadie libre. Pese al gran peligro estuve pronto durante días y noches para atender a los enfermos hasta que finalmente también yo me contagié; con la diferencia de que los indios al tercer día de fiebre se curaban, y yo todos los días al atardecer era agitado durante varias horas con accesos de fiebre o chuchos de frío. Hasta entonces nunca había tenido fiebre. Fue tanta la fuerza del mal que durante la noche deliraba,y sentía el cuerpo encendido, la lengua se me ennegrecía como un carbón, sentía los pies sin fuerzas y me dolían los huesos. No podía andar si no era apoyado en un bastón, de tal modo me sentía sin fuerzas y totalmente postrado. En una palabra, parecía un moribundo a punto de expirar. Cuantos indios se me acercaban a diario para visitarme, todos me repetían llorando: Layami Gregachi Pay ¡Layami Gregachi!  (Ya te mueres, Padre mío, ya te mueres!). Y en verdad me parecía que no estaba muy lejos de la tumba, reducido al último extremo por la enfermedad que se agravaba día a día, desprovisto de médico, de medicina, de comida adecuada, de pan, de vino, de azúcar, en una palabra, de todo lo que me hubiera hecho falta para reponerme. La carne de vaca seca y dura, como la leña que solía comer cuando sano, a1 mirarla de lejos ya me revolvía el estómago debilitado. Si alguna vez conseguía granos de mijo a cualquier precio, podía contarlo entre los manjares porque con esta comida me sentía increíblemente refrescado y mitigaba mi ardientísima sed. Mi consuelo fue tomar cada día una infusión de la planta que los españoles llaman verdolaga y los latinosportulaca (como la incluye Elio en su diccionario nebrisense). Esta planta /352 tiene unas hojas de un verde vivísimo, que salen de su tallo rojo y serpean. Muchas veces me habían servido maravillosamente como lechuga mezclada con aceite, cuando lo conseguía.

Lo que me resultaba más cruel y casi intolerable, era que de día y de noche se congregaba gran cantidad de indios que decían que los temibles tobas ya estaban cerca, y vociferando a grandes gritos, me exigían que defendiera la misión, a mí, que me sentía impotente por la fiebre. Como no podía tenerme en pie, me sentaba a la puerta de la casa apoyado en el fusil a modo de bastón para mitigar los temores de aquellos simples que confiaban más en mi solo fusil que en cien lanzas. Yo estaba vivo, pero casi no tenía conciencia de mi vida. En los momentos en que me aflojaba algo la fiebre, impotente de pierna, pero no de mente, sostenido en los brazos de alguno, casi reptaba por las chozas de los enfermos para que no muriera nadie sin los sagrados auxilios. Agravándose por días la enfermedad y el rumor continuo sobre el peligro de los enemigos, desposeído de sacerdote, de médico, de soldados y de defensas, esperaba cada día la muerte. Pero una vez más, así como la flecha del enemigo, por fin aflojó la fuerza de la fiebre después de veintisiete días y quede totalmente vacilante y casi irreconocible. En verdad me parecía que la muerte era preferible a semejante vida y ya comencé a sentir con Ovidio cuando afirma que la muerte es menor castigo que la demora de la muerte. Yo escribí al Gobernador Fulgencio poniendo en su conocimiento el calamitoso estado de nuestros asuntos; me respondió que recién después de Pascua podía enviarnos desde la ciudad algún sacerdote o soldado. Yo creo que el buen hombre no quería privar a ninguno de los españoles de las ceremonias religiosas, de los espectáculos o de los sermones que se ofrecen en honor al Salvador Crucificado. Pues todo el pueblo /353 suele asistir al triduo de rogativas que preceden a la Pascua, con súplicas y flagelándose con gran sentido de piedad. Pero quién podría dudar de que el Gobernador hubiera dado la más grande muestra de piedady de prudencia si, sin tener en cuenta ninguna de estas ceremonias, me hubiera enviado con la mayor premura un sacerdote y un soldado a mí, que estaba moribundo,y a la misión en grave peligro. Después de leídas las cartas del Gobernador, deseché toda esperanza puesta en los hombres, y esperé confiado la ayuda celestial, que en verdad se hizo sentir. No dudé de que sólo Ella me salvó. Mitigada después de veintisiete días la fiebre terciana, las fuerzas comenzaron a volverme, pero con tanta lentitud, que el Domingo de Ramos, aunque pude acercarme nuevamente al altar, me sentía terriblemente débil de cabeza y de pierna, faltándome el ánimo.

Después de la octava de Pascua llegó de la metrópoli de Asunción nuestro sacerdote Cosme de la Cueva acompañado por doce soldados. Venía con la orden de que se hiciera cargo del cuidado de la reducción si me encontraba muerto; pero si todavía me encontraba enfermo, que me enviara a la ciudad para curarme, quedándose él entretanto en mi lugar. Tanto como yo me alegré de su llegada se alegró él de encontrarme con vida. Temía quedarse entre los indios, cosa nunca hecha por él, que ocupaba las cátedras de Filosofía y Teología. Los cotidianos rumores acerca de la proximidad de los crudelísimos tobas, el repetido estridor de las cornetas de guerra, la súbita aparición de las mujeres gritando, los inoportunos enjambres de mosquitos y de pulgas, la miseria de la pieza, el calor y la insalubridad del clima por las /354 lagunas que nos rodeaban, le hicieron la vida intolerable, a pesar de que había, llegado de la ciudad bien provisto de pan fresco, vino y otras cosas válidas no sólo para alimentar el cuerpo sino también para reanimarlo. Cómo no se horrorizaría hasta del agua misma que siempre debí sacarla de lagunas infectas. Para que yo no tuviera que ausentarme a la ciudad para recuperarme, con qué afán procuraba que me mejorara y me procuraba todo lo que necesitaba para curarme. Pero tanto como él se espantaba de la mísera y turbulenta misión, yo rehuía la ciudad, ya acostumbrado por tanto tiempo a mis indios y sus miserias. Así, después de permanecer con nosotros durante una semana, le permití que volviera a la ciudad con algunos soldados, dejando los demás para hacer guardia. Apenas llegó a la ciudad contrajo una enfermedad muy grave que lo tuvo clavado en el lecho durante varios meses hasta que por fin curó. Si hubiera demorado más de ocho días, por más que no le faltara nada para su comodidad, no sería de admirar que, consumido por esas constantes perturbaciones muriera en la misión, debilitada su salud, cuando yo estuve al borde de la muerte después de dos años.

Por fin fueron enviados alternadamente distintos grupos de soldados para defender a los abipones. Durante todo el año vivieron en las carpas que suelen usar cuando andan de campaña. Pero éstas son levantadas con tan liviano brazo que mal pueden durar mucho ni defender a sus habitantes contra las inclemencias del tiempo. Y en verdad el cacique Oahári, despreciando tales construcciones, nunca quiso ni poner un pie en semejantes casas; y a la vista de los españoles ponía allí algunas veces su caballo para protegerlo del sol. En los días de fiesta solía dedicar el sermón a los soldados, logrando que la mayoría de ellos se confesara de /355 todas sus culpas pasadas, y con gran confianza por cuanto yo siempre, empleaba todo tipo de servicios y de caridad tanto con los enfermos como con los sanos. Lo peligroso del lugar en que nos encontrábamos y el temor a la muerte estimularon a muchos a purificar sus almas. Pero seguíamos agitados por cotidianas sospechas de agresiones hostiles. Ya se hablaba de que Ychoalay nos amenazaba ofendido por el robo de sus caballos, ya de los vengativos tobas confederados con otros bárbaros. Y no era justo despreciar estos rumores como fútiles, ya que siempre eran confirmados por abundantes indicios o rastros de espías enemigos. Y para no ser sorprendidos pocos y desprevenidos, pasábamos muchas horas durante el día y noches enteras armados, ubicándose los abipones en los puestos de defensa. Y no siempre, lo diré con perdón de autores muy célebres, el temor a morir era desechado entre tan frecuentes peligros. Las cruentas muertes de otros que se negaron a temer, nos volvieron muy cautos. Cuando los enemigos se acercaban a la misión, siempre se volvían porque por sus espías sabían que nosotros los esperábamos preparados.

Como no aparecía ninguna esperanza de tranquilidad ni sombra de seguridad, no había ningún español que no deseara con los más fervientes votos partir rápidamente de la misión. Todos los soldados que recibían la orden de sus superiores de ir a la misión, se consideraban como condenados a los trirremes o a las canteras. Los más ricos y nobles, con alguna coima o simulando enfermedad, so pretexto de algún negocio u otras excusas fingidas, procuraban salvarse de este viaje a la misión. De modo, que solo llegaban allí los más viles, españoles sólo de nombre, que nos servían más de carga que de defensa. Tales eran los que en los primeros tiempos de la fundación se mandaban desde la ciudad en misérrima barca para alcanzarnos los cosas necesarias o para ver si todavía yo estaba vivo. [pos. aprox: /356] Pero por temor a los bárbaros no siempre llegaron a la fundación; o me llevaron todas las cosas tan estropeadas por el agua, que no me servían para nada. Estas cosas sucedían con frecuencia en nuestra misión. No ignoro que muchos españoles lograron allí grandes ganancias. Ellos sabían que con adornos, trastos y desechos a modo de paga podían lograr de los abipones caballos muy buenos, pieles de ciervo o de tigre, cera o tinturas. Un oficial ofreciendo bolitas de vidrio por las chozas de los indios, consiguió en un solo día cerca de veinte libras de tintura roja que se llama cochinilla, y que los españoles llaman grana, y los abipones Cachil. No faltaron los que robando caballos de predios ajenos comerciaran a escondidas sin ningún sentido de la moral. Aunque no podía impedirlo, sí abiertamente lo condené ya que a la avidez de tales ganancias en el trato con los indios, parecían sumarse nuevos estímulos para hacer botín. Les enseñé en público que este lucro con cosas robadas está vedado por la ley divina. Pero lavé a un negro. Las manos de éstos estaban deseosas de cualquier ganancia, y sus mentes sordas a la teología. Los indios paracuarios, ávidos de cualquier cosa, van al mercado como niños, y aceptan por lo general las cosas más viles como si fueran preciosas. Los alemanes consideran propio de un niño o de un demente entregar un caballo a cambio de una flauta. Entre los indios es oportuno este dicho, y con frecuencia se cumple. Omitiendo otras cosas, yo mismo vi cómo un abipón adulto cambió a un español un gran mulo, ya acostumbrado a la monturay que en Europa quizás se compraría por cincuenta escudos, por una flauta hecha por el mismo español sin mayor habilidad con una caña que había encontrado. /357 El español se fue muy contento con su excelente mulo, y el abipón más contento con su flauta. Y cuando la soplaba durante horas íntegras, me aturdía. Pero cantemos ya cosas mayores.

 

Capitulo XLIII

ASALTO DE SEISCIENTOS BARBAROS EN LA SEGUNDA SEMANA DE AGOSTO

 

Un terrible trueno siguió por fin al rayo. Los amenazantes tobas, no olvidando nunca el estrago recibido planearon largo tiempo cómo nos atacarían con golpe certero. Para destruir nuestra fundación buscaron la alianza de los mocobíes amigos y de los oaekakalotes o lenguas llamados también guaycurúes. Nosotros nos enteramos por espías idóneos que habían reunido seiscientos bárbaros para la expedición. Pedí por carta ayuda a la ciudad. Nos fueron prometidos, pero nunca enviados. Quiero que de aquí deduzcas cuánto le importaba al Gobernador nuestra viday la incolumidad de la misión. Creciendo por días el terror ante la inminencia del peligro, el número de pobladores disminuía cada día,ya que la mayoría huía a los escondrijos de los bosques conocidos por ellos; aunque convencí a algunos de que volvieran con intervalos, ya sea por la diaria ración de la comida, o por el deseo de conocer novedades. Muchas veces quedé solo por muchos días con cuatro familias guaraníes que alimentaba en mi casa y con otros tantos viejos abipones que ya no podían hacer un camino ni tomar las arma; Esta peligrosa soledad, esta cotidiana expectación del asalto /358 enemigo, esta gran preocupación por todas las cosas, me ocuparon de día y de noche y me tuvieron desvelado y vigilante en este incierto estado de nuestros asuntos: Dejo que lo tú lo deduzcas. Perdimos la esperanza de recibir auxilios de los españoles, y llegaron cuatro soldados, que llamarías cadáveres expirantes sacados de un fortín. Yo juraría que esta miserable especie de hombres había venido a morir allí y no a matar enemigos. Ellos mismos decían que habían sido arrancados enfermos de sus lechos por orden del inexorable Jefe de los guardias, para morir. Lorenzo Vernal, el misérrimo capitán de este grupo, padecía de una artritis que le había tomado de tal modo las articulaciones, que apenas podía llevarse las manos a la boca. Se pasaba días y noches tendido en un banco. Otro debido a una afección inguinal, tenía suma dificultad para caminar. El tercero era tísico, y el cuarto como loco, era agitado por no sé qué furias. Después de la primer noche que pasaron con nosotros, al saber que los enemigos estaban cerca, los subordinados pensaron huir, pero el capitán los retuvo. Yo negué rotundamente que uno de ellos fuera español tanto por su aspecto como por su espíritu; la forma y el color de su cuerpo me hicieron sospechar que fuera de origen americano o africano. Pero si alguien quisiera considerar a éstos como españoles, nunca me convencerá de que son descendientes de los numantinos o saguntinos, ya que sus acciones evidencian lo contrario. ¡Ah! ¡tales defensas para la misión que debía ser defendida contra una multitud de bárbaros nos dio el Gobernador!

Pocos días después de la llegada de éstos, un abipón que había sido antes compañero de los feroces mocobíes vuela hacia nosotros a media noche en rápido caballo, y a escondidas anuncia al cacique Oahári que los tobas, aliados /359 a grupos de mocobíes y de lenguas ya han iniciado la marcha y nos atacarán al día siguiente, y antes del amanecer se vuelve a los suyos. El cacique, haciendo una estimación de sus fuerzas y de las de los enemigos, ve que está en desventaja con tan grande multitud y que no cuenta con el auxilio de los españoles. Rápidamente piensa en la huida. Pero para que no parezca que huye por temor, miente diciendo que se va por unos días a cazar; y yo no se lo impido. Casi todos los pobladores lo siguen por el deseo de su propia seguridad y sólo quedan conmigo en la misión cuatro adultos guerreros que luego se opondrían al enemigo y unas pocas mujeres con sus hijos que fácilmente podrían ser muertas por éstos. Si otro estuviera en mi lugar, en tan terrible circunstancias, ¿no buscaría acaso rápidamente una barca para refugiarse en lugar más seguro? Y en verdad ¿qué mortal podría ofenderse con el que huye? Las leyes reales obligan a los Gobernadores a que velen por la vida de los misioneros. Yo supe que Carlos II, enterado de la muerte cruel de dos misioneros jesuitas en manos de los bárbaros, ordenó en largas cartas enviadas a Paracuaria que se eligieran según el deseo de los misioneros veinticinco soldados españoles, hombres probos y valientes, y que se los colocara en las fundaciones de indios para defensa de éstas y de los Padres que las regenteaban. Yo mismo he leído muchas veces estas cartas reales incluidas en varios libros y sé por experiencia que en nuestro tiempo son observadas muy raras veces. Relegada la voluntad real por los Gobernadores ¿habrá que admirarse de que tantos hombres nuestros hayan muerto en distintas misiones de bárbaros por su perfidia o por su atrocidad? Los misioneros, si quieren tener defensa y guardia en las misiones, no se atienen a más ley que la común de cuidar cada uno por su propia vida. No desconocía que la /360 fuga me era lícita en la situación extrema en que me encontraba, sin sentir la más mínima vergüenza. Preparado no obstante mi ánimo para cualquier suceso, resolví quedarme para pelear con los míos, para que el pueblo español no me tildara de tímido y notara en mí la falta de la natural valentía de que los alemanes siempre hacen alarde.

Comprendí que nuestra seguridad estribaba en velar constantemente, sobre todo después que descubrí desde lejos, por nuestros espejos, humos cercanos; los espías anunciaron sin lugar a dudas otros indicios de la proximidad enemiga. La víspera del asalto por suerte volvieron a nosotros a eso del atardecer ocho abipones, todos de probada virtud. De modo que contaba en la misión con doce abipones capaces de combatir, no más; pero suplían su pobreza con la grandeza de espíritu. Yo, como tantas otras veces, pasé la noche vigilando y caminando por el patio de la casa; hasta que por fin de madrugada, vencido del sueño, el gran frío y la helada que caía, me metí en la cama. Pero antes amonesté y rogué al capitán que tomara mi lugar como celosísimo vigía. El buen hombre me dice que vaya seguro, y me jura que ya van muchas noches en que no puede conciliar el sueño por temor al ataque. Coloca en el patio a un vigía que para protegerse del rigor de la helada, se cobija en un rincón de la casa, y sentándose allí es vencido por un profundísimo sueño y lanza fuertes ronquidos. Todos los habitantes de la misión están dormidos y en silencio, hasta los perros, que otras veces suelen estar cazando moscas. Más de seiscientos bárbaros jinetes, con paso sigiloso y en gran silencio, a la luz de la luna llena, llegan a eso de las cuatro. En el /361 primer intento roban sesenta bueyes que tenía encerrados dentro del seto de la casa, sin que nadie se los impida. Algunos se colocan obstruyendo las casas de los abipones para que éstos no pudieran acudir en mi ayuda. El resto de los bárbaros, apartando un tanto los caballos al borde del monte vecino, rodean mi casa por los costados defendidos por estacas y llenan el patio con una lluvia de flechas. Me desperté por el griterío de las mujeres que corrían a la empalizada de mi casa; y por fin los estúpidos soldados, después de recoger sus pequeñas pertenencias, traen allí los fusiles que tienen a mano para rechazar a los bárbaros. El capitán también llegó a paso de tortuga para despertarme, después de poner todas sus baratijas en lugar seguro; y con voz tranquila y muchos circunloquios, como si me estuviera deseando felices pascuas, me anuncia que estamos rodeados de enemigos. Es increíble cuánto me arrepentí del brevísimo, aunque tan necesario sueño, ya que tantas otras noches había estado en vela para no ser sorprendido por el enemigo Antes de oír al capitán que había hecho detonar su fusil con gran estruendo pero con tiro inocuo, salí armado de mi pieza, y como éste permanecía allí, no podía ni ver al enemigo en todo el trayecto hasta la casa, ni ser visto por ellos. Yo me puse delante entre el cañón y la luna. ¿Acaso, buen hombre, recibiste de la luna alguna injuria?, le decía. ¿Porqué tiras sólo contra ella? Pero él, como su fusil detona con tan gran estruendo, se siente llenísimo de gloria. "Ánimo, compañero, dijo a un soldado que estaba allí, haz tú también sonar tu fusil". Pero el soldado, que era tan alto como delgado y débil, temblando y pareciendo más febriciente que asustado, /362 buscó refugio en un rincón de la casa, digno en verdad de lástima. En medio de tan gran multitud de atacantes y tanta pobreza de defensores, ¿cómo no habría de temer? Sin embargo, si los bárbaros hubieran sabido aprovecharse del momento, de la oportunidad y de sus fuerzas, ya habría que llorarnos.

No niego que me asusté con la llegada de los enemigos, más repentina que inesperada. Pero la misma magnitud del peligro inminente me dio tales ánimos que yo mismo me admiro. Así como a los enfermos desahuciados se aplican remedios extremos, como ya no había casi ninguna posibilidad de dominar la agresión, me atreví a cosas extremas. Con la esperanza de salvar las vidas de los demás me opuse tanto a la muerte como a las lanzas. Corrí solo, amenazante, con el fusil levantado hasta la apretada multitud de bárbaros. Yo aprendí por la experiencia de muchos años que muchos indios no deben ser temidos porque temen a un solo fusil. Los bárbaros colocados en tres filas pululaban como moscas en la parte del patio como seto (que los españoles llaman la palizada o estacada) y se defendían con largos y gruesos palos de los golpes de fusil; en medio de los intersticios podían tirarnos flechas, pero también recibir nuestras balas por lo que consideré que debía interrumpir la inútil explosión de pólvora, por que si no ven que algunos de los suyos muere, dejan de temer al solo ruido de los fusilesy más osados ya, cruzan la empalizada. De modo que encaminándome en línea, recta luché junto al mismo seto para mantener a raya a los bárbaros que derribé sin lugar a dudas con un fusil que tenía fijo en el puño y cuatro fusiles de mano. [pos. aprox: /363] Este suceso siniestro destruyó los mejores propósitos, pues, cuando apenas me había alejado de la empalizada dos pasos, fui herido por una flecha; ésta, de una madera durísima y de un brazo y medio de largo, tenía cinco ganchos como anzuelos; me atravesó el brazo derecho cerca del hombro, afectó el músculo que rige el movimiento del dedo medio, y quedó fija a mi costado. Herido, entré en la casa con el fusil en la mano izquierda, para que el capitán que estaba allí escondido me sacara la flecha. Haciendo girar la flecha con las manos al modo como se mueve la espátula para revolver el chocolate, la hizo girar rápidamente con lo que la carne se lastimaba más y más con los ganchos en anzuelo al sacarla. Cuanto me hizo sufrir esto es imposible imaginarlo si uno mismo no lo ha sufrido.

Quitada la flecha, aunque con el brazo herido e inútil, volví al mismo sitio donde había sido herido para rechazar a los bárbaros del seto. Para manejar los fusiles de mano me era suficiente la mano izquierda. Y cuánto me asombré y cuánto me alegré cuando vi que todos los enemigos se alejaban al mismo tiempo. Estos héroes americanos se retiraron rápidamente cuando me acerqué a ellos a diez pasos, ya que no esperaban mi regreso, aterrados ante la vista del fusil Los demás bárbaros que habían invadido las casas de la misión, después de una prolongada y sangrienta lucha, también fueron repelidos por unos pocos abipones. Uno de éstos, hermano del tan célebre Oaherkaikin, indio sumamente combativo, fue herido por una flecha en la nalga. Muchos enemigos se retiraron heridos. Liberarlas sus casas, los abipones volaron a mí para ver si podían hacerme algo. Uno de ellos, cuando me vio que manaba sangre, dijo: "No toleramos /364 que esta herida tuya quede sin venganza, Padre mío, Hekaan labe. Otro, viendo que los enemigos daban la espalda y montaban sus caballos abandonando la empalizada, arrojó una flecha desde allí con tanta suerte que fue a dar en el pecho de un toba. Con el imprevisto golpe, el miserable, dejando las flechas y el carcaj, fue subido por otro jinete a sus espaldas.

Como el ataque a pie no había salido de ningún modo de acuerdo a los deseos de los bárbaros, éstos, restableciendo el orden ocuparon el camino que separa nuestra empalizada de las casas de los abipones. Para que no se atrevieran a avanzar, me quedé en la puerta abierta de la casa con el fusil en la mano junto al abipón que había herido al toba. Pero cuídate de esperar un campo humeante de sangre enemiga o un montón de cadáveres: nada más ajeno a mis deseos. Mi único, propósito era alejar a los peligrosos intrusos, y mi máxima solicitud, que no fuéramos pisoteados por las patas de sus caballos. Escucha, te lo ruego, y ríete de ver cómo en Paracuaria uno puede contra seiscientos. En cuanto estalló la pólvora encendida por el abipón, todos o fueron tocados por el humo de ésta, o, lo que es más probable, aunque no tocados por las balas, desordenaron sus filas ante el estampido y se dieron a precipitada fuga, marchando de revés con los caballos, contra la costumbre, y aferrados violentamente a las riendas. Cuando ya se consideraron seguros en la selva vecina, reestructuraron el ataque y se detuvieron pensando engañarme para atacarme, y poder oprimirme y ceñirme por todos lados interceptándome por cuarenta compañeros que estaban escondidos en las márgenes de un lago cercano. Advertido por un vigía que me llamaba desde el patio de mi casa acerca de la asechanza, me instalé en /365 una pequeña colina cercana con mi abipón como otro Acates y con mi fusil nuevamente cargado; de allí podía observar los futuros movimientos del enemigo y defender el templo y las demás casasy yo mismo estaba defendido por todas partes de algún ataque de los jinetes.

Los bárbaros, en cuanto vieron las armas vomitando fuego, cuyo ruido les llenaba los oídosy los colmaba siempre de terror, no se atrevieron a repetir un nuevo ataque. Sin embargo, para que no pareciera que no habían cumplido su misión y que volvían a su casa con las manos vacías ya que no tuvieron oportunidad de realizar las muertes que tenían proyectadas, les entró el deseo de robar. Unos trescientos se fueron a recoger los caballos que pacían en apartadas costas del río Paraguay, y casi otros tantos se quedaron allí. Formando un semicírculo los jinetes observaban la misión desde lejos, siempre quietos, en gran silencio, fijos los ojos en mi arma. El ejército de los aliados que habían sido escogidos de tres tribus, se distinguía con plumas de distintos colores que colgaban de las lanzas. El grupito de abipones estaba pronto o repeler al enemigo si intentaba atacar. Yo me mantuve tenaz en la posición tan oportuna que había tomado. El mutuo temor nos mantuvo quietos a ambos durante algunas horas; a nosotros nos atemorizaba la multitud de enemigos; a ellos las armas de fuego. Las mujeres abiponas que en nuestro patio rogaban entre mil gemidos por el éxito del momento, me exhortaban unay otra vez a que disparara. Pero no sabían que la pólvora que tenía me era tan escasa que no me serviría para detener a los aterrados enemigos, pero sí que debía reservarla para reprimir su ataque si lo intentaran. Después del mediodía por suerte se volvieron los ladrones /366 llevándose triunfantes por lo menos dos mil caballos que nos robaron. Andaban a lo lejos, a la vista de la misión pero fuera del alcance de la lanzas, como haciendo alarde de su botín. Mis abipones, aunque apenas soportaban la pérdida de los caballos, insultaron a los ladrones subidos a los techos de las casas con trompetas festivas y alegres gritos; porque los que habían llegado pensando destruir la fundación con la muerte de todos los bípedos, ahora se quedaban contentos con los cuadrúpedos. Los bárbaros que nos observaron por un tiempo se fueron yendo y sus aliados también se les unieron. Y su partida no fue tumultuosa. A una orden de sus caciques, doscientos jinetes marcharon delante de los caballos y otros doscientos los seguían. Los restantes marchaban a los costados. Recogían el pasto duro que encontraban por los campos para anunciar con su humo a nosotros, su victoria, y a los suyos, su regreso. Junto a un lago cercano que dista unas pocas leguas de nuestra misión, descansaron y prepararon su comida espléndida con nuestras vacas tal como se vio al día siguiente por los huesos abandonados.

Aunque los enemigos se encontraban ya lejos de nuestra vista, de ningún modo me permití descansar; desde las cuatro de la madrugada hasta las dos de la tarde estuve caminando, mirando y dando órdenes, mientras perdía abundante sangre, más cansado de lo que podría creerse. Depuestas por un momento las armas, me dediqué a las curaciones ya que cuando la necesidad es urgente era tanto soldado como médico; todo para todos. Al abipón que ya dije que había sido herido en la pelea, una parte de la punta se le había quebrado y había penetrado profundamente en la carne. Su mujer lamentándose me llamó para que le aplicara el remedio que me pareciera oportuno. Cumplido este servicio de caridad, comencé a pensar en curarme yo mismo. /367 Lavé la herida que me habían inferido ya diez horas atrás con vino caliente, y la vendé; fácil es pensar cuánto frío habría tomado y cuánta sangre habría derramado. Las manos me transpiraban continuamente; por lo que pueden deducir que la lanza de madera habrá tenido algo de veneno. Sufría una sed ardientísima que no podía ser mitigada por más agua que bebiera. No recuerdo que haya comido nada en todo el día. El dolor de la herida crecía por momentos y de noche se volvía intolerable porque estando quieto en la cama no encontraba posición conveniente para poner el brazo. No tenía una almohada para mantenerlo levantado. Lo que más me dolía era el músculo, o mejor dicho, el tendón motor del dedo medio que había sido lesionado y que se me entumecía desde un extremo a otro. Ya que no tenía otro medicamento ni otro médico, apliqué cada noche a la herida, grasa de gallina (los farmacéuticos la llaman axungia) licuada en una concha, y después de diez y seis días felizmente me curé. Aquel músculo se desentumeció, pero el dedo regido por él no lo pude mover durante cinco meses. Pero con un bálsamo que me facilitó en la misión de los Santos Apóstoles nuestro Padre Norberto Ziulak, célebre farmacéutico, se me curó. Aún llevo la cicatriz, testigo de la gran herida, y monumento de la defensa de la misión y de la muerte evitada; y no puedo dejar de recordar a esta Paracuaria, siempre querida para mí.

 

Capitulo XLIV

COROLARIO DE ESTE ASUNTO. CONTROVERSIA SOBRE LA LLEGADA

A AMÉRICA DEL APOSTOL SANTO TOMAS. /368

 

Cuando leas estas páginas dirás que canto las luchas de las ranas y que hago una gran historia acerca de nada. Admito que estas cosas son juegos y hasta ridículas si se comparan con las grandes batallas de los europeos. Pero nadie negará sin embargo que mis abipones realizaron una hazaña enorme, superior a todo lo esperado y casi increíble. Doce de ellos no sólo sostuvieron a seiscientos bárbaros durante horas, sino que los rechazaron. ¿Acaso no consideras una clara victoria, que doce no hayan sido muertos por seiscientos? Cada defensor debió luchar contra cincuenta atacantes, que respiraban venganza. Duros para repeler el asalto, ágiles para disparar las flechas, celebérrimos para esquivarlas, y muy hábiles. Y ninguno, salvo el que ya mencioné, fue herido en medio de tan grande nube de flechas. Un niño de doce años, despertado por el ruido de la peleay los relinchos de los caballos, fue herido levemente debajo de la pantorrilla por una flecha perdida cuando salía de su choza. Nosotros pensamos que muchos enemigos fueron heridos por haber visto alejarse a dos en un mismo caballo; ya en otra parte dije que esta costumbre es común cuando hay heridos. Al día siguiente se encontraron en un campo cercano corazas de una durísima piel de venado bañadas en sangre /369 y atravesadas por las flechas que habían sido quitadas a los heridos para aliviarles el dolor. Y lo digno de admirar es que el mismo toba que me hirió fue herido por mi abipón cerca del pecho con una flecha en gancho; sufrió la ley del Talión. Tanto los abipones como los españoles pensaban con razón que era la misma flecha que habían sacado de mi heriday puesta en otra caña, por ser de la misma forma y del mismo tamaño que aquella otra. La perfecta igualdad de las plumas de color que colocan en las flechas, no deja lugar a dudas. Mis abipones se alegraban tanto de mi herida vengada como yo me lamentaba de la suerte del infeliz bárbaro, que acaso había muerto en el regreso, pues la flecha del abipón había atravesado el mismo costado del pecho. Un abipón adolescente, colocado en lugar seguro, defendió valientemente el rebaño de nuestras ovejas, al que otras veces habían robado los enemigos arrojando flechas, y lo conservó intacto. ¡Y cómo desearía cantar alabanzas a aquellos cuatro defensores españoles, con perdón de los dioses! Pero ninguna, ¡ah! No encontré en ellos ningún vestigio de valor ni de destreza, sino cuando uno detonaba su fusil contra la luna y otro, mezclado con los abipones que peleaban en la plaza, no sabía cargar el suyo; primero cargaba el proyectil y después la pólvora, de modo que nunca podría estallar. Ni es momento ni quiero recordar otros ejemplos de la estupidez en el manejo de las armas que muchas veces he observado en otros. Tontos de este tipo nos enviaban los jefes militares para la defensa de las nuevas fundaciones, dejando los más diestros y valientes, en una palabra, los españoles, para aumentar sus cuarteles.

Este mismo día, que se me hizo memorable por el asalto /370 de los tobas, al atardecer cuando ya nos parecía que había pasado todo peligro, se nos presentaron doce bárbaros irrumpiendo desde una selva cercana, pero enseguida se esfumaron. Todos pensamos que se trataba de espías, y nos quedó la impresión de que simulando una retirada meditaban atacarnos sorpresivamente de noche, escondiéndose en asechanzas. El insólito ladrido de los perros que duró toda la noche confirmaba nuestro temor. Para saber qué había de cierto acerca del ataque de los enemigos yo recorrí armado hasta las diez de la noche toda la comarca vecina, el campo, la selva y la costa del lago adyacente, con los cuatro españoles que me seguían. Estuve a punto de disparar mi fusil de mano contra uno que se nos cruzó y que por las tinieblas de la noche no pude reconocer. cuando oí que nuestro abipón decía: "¿Miekakami?", ¿Quién es? "Aym", "yo", le respondí prontamente. Había salido como yo a recorrer la zona. Después de haber recorrido todo, ya más tranquilo, escribí unas cartas, aunque con gran dificultad por la herida del brazo, para enviarla al día siguiente a la ciudad de Asunción con mis abiponesy poner al tanto al Gobernador de nuestra situación. Agregué a las cartas la flecha envuelta en la manga ensangrentada de mi camisa en un estuche de cuero, como trofeo de la religiosa obediencia que me tenía enclavado en esa peligrosa fundación. Si me fuera permitido comparar cosas tan pequeñas con las grandes, hice como los jefes europeos, que suelen enviar los estandartes enemigos, por nuncios de sus victorias, desde los campamentos a las cortes. En la metrópoli los ojos de todos convergían en la flecha y la manga teñidas con mi sangre, y servían como monumento de honor. En parte por los mensajeros abipones, en parte por /371 el tamaño de la flecha en gancho, los españoles dedujeron la magnitud de la herida y en consecuencia del peligro en que había estado. Se fue divulgando la noticia de que los músculos se me iban gangrenando a causa de la herida,y muchos de mis compañeros me daban ya por muertoy comenzaron a rezar por mi alma; otros, cuando supieron que todavía estaba vivo, me saludaban a plena voz como a confesar de la fe. Sin embargo, la causa principal de mi herida fue el bautismo que recibió el cacique de los tobas, Keebetavalkin, a punto de morir por las viruelas; consideré que debía sentirme alegre y honrado de haber derramado un poco de mi sangre por causa de su fe. A veces, como el Apóstol, prefería la muerte. No sólo me lamentaba, sino que me avergonzaba de no haber sido enterrado entre los apostólicos héroes de Paracuaria por cuyo sudor, trabajo y sangre fueron llevados innumerables indios al Cielo.

En la metrópoli el rumor acerca del ataque y la defensa de la misión se fue agrandando con nuevos añadidos después que llegaron aquellos cuatro soldados partícipes de los peligros y espectadores de toda la lucha. Afirmaban con firmísima convicción que los bárbaros atacantes habían sido ochocientos, y que por su aspecto eran más terribles que el espíritu de la Estigia. Ponderaban hasta el cielo la virtud sobresaliente de los guerreros abipones, pese a su escasísimo número. A mí me ponderaban abiertamente porque me había acercado diez pasos a la multitud de los bárbaros y me había atrevido a permanecer durante muchas horas en campo abierto, y me debían su salvación ellos y todos los demás; pero ellos mismos deben ser alabados, porque no es costumbre de los soldados hablar ponderativamente de los demás y con modestia de ellos mismos. Aquel capitán que había temido a la luna, más notable por su candor que por su valentía, no se avergonzaba cuando me decía: "Padre mío, si Dios /372 no te hubiera inspirado singular audacia, hubiéramos estado todos perdidos". ¿No debe admirarse tan grande simpleza en un soldado? En verdad, como me faltara absolutamente todo humano auxilio para reprimir a tantos bárbaros, siempre diré contento y agradecido que en medio de tanta tormenta fuimos salvados por obra de Dios.

Dispersos los agresores, los ánimos de mis pobladores no se tranquilizaron. Al día siguiente la plaza se vio atronada por el lamento de las mujeres que lloraban a sus maridos e hijos muertos en el campo por los aliados de los bárbaros cuando habían salido a cazar; pero el pronto regreso de éstos a la misión disipó el infausto rumor que anónimos autores habían hecho correr. Tanto como nosotros nos alegramos de su incolumidad, ellos comenzaron a lamentarse por la pérdida de sus mejores caballos que les había robado el enemigo. En poco tiempoy sin ningún trabajo recuperaron la pérdida de tantas bestias, pues el amigo Oaherkaikin les regaló veinte caballos, poco después robaron setecientos a los mocobíes vecinos. Después de algunos meses había tanta abundancia de caballos que no podía creerse que hubiera habido pérdida alguna. Yo, privado por los bárbaros de mis mejores caballos, no quise volver a tener los míos propios para liberarme de la preocupación de perderlos,y poder burlar a los ladrones.

El Gobernador Fulgencio, cuando suyo por mí el /373 peligro en que estaba la misión, designó a diez soldados como defensa contra los tobas y sus aliados. Pero como la obediencia de estos hombres siempre es lenta o nula, llegaron a nuestra fundación dos días después de la incursión enemiga que conté. Porque no quedara otra vez en peligrosa soledad, dispersados los pobladores por temor, yo me alegré mucho por la llegada de los españoles, sobre todo porque supe que los bárbaros proyectaban otro ataque para el día siguiente. Como los tobas no se habían aplacado ni apaciguado con el robo de nuestros caballos, al poco tiempo se les presentó la ocasión de matar a nuestros habitantes. Vociferaban que las muertes perpetradas por los abipones en sus viviendas, debían ser vengadas por muertes de abipones, afirmando su espíritu para una nueva incursión. Cuando supimos esto por mensajeros dignos de fe, el constante temor nos impuso la necesidad de velar nuevamente de día y de noche. Las mujeres, temiendo la crueldad de los amenazantes tobas buscaban con frecuencia refugio en remontísimos escondrijos y arrastraban a sus maridos y a sus hijos en la huida; de tal modo que muchas veces durante muchas semanas la pequeña fundación estaba vacía de pobladores. El Gobernador nos prometió enseguida que él mismo iría con su caballería contra los tobas para vengar la sangre que se había derramado; pero por falta de forraje y la consiguiente debilidad de los caballos no cumplió sus promesas, sino después de seis meses, cuando ya los tobas habían trasladado sus campamentos a lugares más apartados. Así, por esta demora, la expedición de los españoles y los abipones aliados aunque llena de molestias, fue en verdad vacía de fruto; los tobas nunca fueron descubiertos, habiendo agregado a sus victorias este inútil viaje de los españoles por la prudente rapidez de los bárbaros. /374 Mientras yo estuve en Paracuaria los españoles, siempre lentos, fueron dispersados o destrozados.

Entre los continuos tumultos de guerra los asuntos estaban en tal estado que no quedaba lugar para instruir a los abipones ni la menor esperanza de lograr el fruto deseado. Sus ánimos estaban muy lejos de atender la prédica de la religión,y les faltaba el tiempo ocupados en la guerra y en la caza. Cuando al atardecer el tañido de la campana llamaba a todos para oír los rudimentos de la fe, la mayoría de las mujeres, exceptuando a las viejas, y casi todos los niños acudían al templo, pero siempre llegaban poquísimos o ninguno de sus maridos. Ninguna industria ni elocuencia parecían capaces de suprimir los brindis y los antiguos ritos con olor a bárbara superstición. Estando enfermo les supliqué repetidamente que se bautizaran los moribundos. Me rehuían cuando les proponía las mejores cosas para la seguridad de la misión o para la felicidad de cada uno de ellos. Así cuando el Gobernador quiso que le informara por carta el número de habitantes para lograr del erario real la acostumbrada pensión de los Misioneros (que los españoles llamen sínodo), le respondí rápidamente con estas palabras: "No me atrevería a solicitar la pensión anual que el Rey católico destina para alimento de los Misioneros. Esta misión no tiene catecúmenos, sino energúmenos. Yo sostengo que mí se me debe con toda justicia el sueldo que se les da a los soldados del Rey; y creo que ningún oficial sostenido por un sueldo querría verse ni un solo mes en los continuos peligros, desvelos, trabajos y miserias en que yo me fatigo cada día para proteger este lugar contra los bárbaros". Yo /375 había escrito esto al Gobernador con la mayor simpleza. Pero sabrás que en los dos años que viví allí no recibí del erario real ni un solo óbolo ni como misionero ni como soldado defensor de la misión. De allí la tremenda pobreza de la fundación. El dinero que la piedad real había ordenado entregar para alimentar a los misioneros en las nuevas fundaciones, era el único tributo con que solíamos comprar los elementos sagrados, los instrumentos de hierro y las demás cosas necesarias para alimentar y pagar a los indios. Los pueblos bárbaros son vencidos con dinero más rápida y seguramente que con el hierroy las palabras. Estos hieren los oídos y los cuerpos, pero a menudo exasperan los ánimos; aquél, necesario para comprar bolitas de vidrio, anillos, tijeritas, cuchillos y otras pequeñeces de este tipo, doma la inveterada barbarie de los indios y doblega sus ferocísimas voluntades. Escribo este hecho constatado por mí. La falta de subsidios que logran la benevolencia de los bárbaros retarda el progreso esperado del cristianismo y suele burlar todo esfuerzo o esperanza de los operarios evangélicos. El sacerdote podrá hablar hasta enronquecer para que abracen la religión, pero si no da a los oyentes algo, se reirán y no habrá nadie que preste oídos al maestro de religión o acepte su fe. Si ofreces a los bárbaros alimento, ropa, cuchillos y cualquier otra cosa, puedes estar seguro de que irán al Cielo.

Consumido por los sufrimientos de dos años, por los trabajos cotidianos, a menudo atacado de artritisy privado del manejo del dedo medio cuyo músculo fue lastimado por una flecha, como ya dije, pedí al Provincial que me destituyera y enviara en mi lugar a otro sacerdote. Pasaron /376 tres meses hasta que por fin me sucedió José Brigniel, veterano misionero de los abipones y guaraníes. Lo acompañó el Padre Jerónimo Rejon. Aunque ambos habían llegado de la ciudad provistos de abundantes baratijas para conquistarse las voluntades de los abipones y cosas para la despensa doméstica, tuvieron varias oportunidades de probar su paciencia. Algo apaciguados los indios, siempre se vieron asediados por tobas y mocobíes. Omitiendo otras cosas, diré que atacaron la misión cuando Brigniel se encargaba de ella. Un anciano guaraní, pastor de las ovejas, fue degollado miserablemente en el campo. El cacique Oahari, entre otros, fue gravemente herido; curada la herida, poco después murió mordido por un víbora venenosa. Aunque de origen plebeyo, Oahari fue considerado entre los suyos célebre por sus hazañas militares, intrépido y hábily entre sus enemigos, como temible; a la muerte del cacique Revachigi, había sido recibido como cacique. Buscando fama de modesto, rehusó como Ychoalay y Kebachichi, acostumbrados al ejemplo de los más célebres jefes, la sílaba desinencial IN en el nombre con que los nobles se distinguen del vulgo en Höcheri, usada cuando se instituye un jefe de tribu. Hizo célebre su nombre, pese a tener apenas treinta años. Igual o superior a cualquier abipón por su elevada estatura, la dignidad de su porte, el manejo de las armas y caballos, su desprecio de los peligros y su grandeza de alma. Deseando ganarse mi voluntad siempre se mostró morigerado, a no ser que accediera al mínimo deseo de gustar y aplaudir a los suyos en aquello que ellos consideran virtudes; recuerdo que nunca me atreví a ordenarle o impedirle nada porque consideraría ultrajada su dignidad de cacique, aunque debida a la benevolencia del pueblo. /377 Con justicia hubieras podido escribir en el túmulo de Oahári, aquella sentencia de otro: Ubi bonus, nemo illo melior; ubi malus, nemo peior fuit (20). En esto fue más dichoso que los caciques Debayakaikin, Alaykin e Ichoalay, que pese haber vivido muchos años en nuestras misiones, murieron en combate sin haber recibido el Bautismo. Porque en los mismos umbrales de la muerte, recibió las aguas salvadoras.

José Brigniel, muy acostumbrado a las cosas de los abipones consideró casi intolerables las miserias de aquel lugar, la ferocidad de los pobladores, las perpetuas asechanzas de los enemigos y sus conminaciones; y no muchos meses después fue atacado por una grave y pertinaz enfermedad. Escribió a muchos amigos suyos que él no entendía cómo yo había aguantado dos años en un lugar tan lleno de peligros, calamitoso y turbulento. En las primeras cartas que escribió al Gobernador Fulgencio, y que yo mismo vi, decía: que la conservación de esa fundación debía ser atribuida a mi paciencia, a mi vigilanciay valor en primer lugar después de Dios. Yo dejaría en silencio esta sencilla recomendación mía, si no considerara que ella es de mucho peso para rebatir las maledicencias de algunos pobres individuos que, aunque nunca hicieron nada digno, llevados por la envidia o el odio se atreven a roer con maldiciente diente, los preclaros hechos de los demás, en ausencia de los testigos, urdiendo mentiras. Me es grato recordar las cartas con las que Pedro Andreu, entonces Provincial de Paracuaria, que también había vivido muchos años entre los indios lules designaba mi sucesory me daba permiso para volver a la ciudad de los guaraníes, como se lo había pedido. Después de recordar las calamidades /378 con palabras graves, que toleré en esta misión del Rosario, me presagiaba como el mejor premio una muerte serenísima y me daba gracias efusivas por la obra realizada con estos bárbaros; pues él mismo vio la misión y admiró su miseria. Había llegado a nuestra pequeña fundación desde la ciudad de Asunción navegando a la ciudad de Corrientes por el río Paraguay acompañado por el Gobernador,y conducido a nuestra casa por espacio de casi una legua rodeado con todo honor por un grupo de jinetes abipones. La cena se limitó a carne de vaca asada y a aquellas pobrezas de siempre; el agua, muy turbia, de la laguna, vecina; ni pensar en pan o vino, que apenas alcanzaba para la Misa. El Provincial pasó la noche en mi pieza, pero de ningún modo tranquila: los mosquitos cubrían todo el aire y las pulgas todo el suelo y le impidieron el sueño. No era raro que horribles serpientes irrumpieran en la habitacióny grupos de sapos deambularan aquí y allá por donde miraras; ratas enormes se paseaban familiarmente y mordían las orejas o los dedos de los que estaban durmiendo; grandes murciélagos nos chupaban la sangre de noche. El ladrido de los perros que los abipones suelen tener en cantidades interminables cesaba muy raramente. Casi todas las noches el estridor de las mujeres que lloraban el alma de sus parientes, gritando, haciendo sonar una calabaza y resoplando las trompetas militares de los varones, producían una música infernal. En medio de tantos impedimentos para el sueño ni el mismo Morfeo podría dormir. Aun el muy adormecido Endymion permanecería en vela. Allí había conocido el Provincial las frecuentes incursiones de los bárbaros que con ánimo y esperanza de degollar a los que dormían acudían repentinamente. Sobre todo deben /379 ser temidos los vecinos guaycurúes que pasan muchas noches preparando las muertes. La víspera los soldados españoles y los abipones habían pasado junto a las armas toda la noche porque se había observado a los mocobíes acercándose; pero no se atrevieron contra nosotros, que estábamos preparados y armados. Turbado e impedido por tantas cosas, el Provincial no encontró un momento de tranquilidad y reprochaba al sol que fuera tan lento en aparecer; aquella noche le pareció una eternidad. No entendía que se pudiera descansar, ni siquiera respirar en medio de semejante modo de vida, en tanta pobreza de habitación, entre tantos insectos y casi en cotidianas luchas, y se compadecía grandemente de mi suerte. Pero le respondí que la prolongada costumbre me había ya endurecido para estas cosas y había fraguado mi paciencia. Así las palomas, aunque de suyo tan asustadizas, después que se acostumbran a vivir en las torres, no se asustan del ruido de las campanas.

Después de cumplido el Santo Sacrificio, se apresuró a volver a la nave. Pero el Gobernador lo disuadió de regreso tan intempestivo, porque una tormenta del sur lo impedía; poco después del mediodía, con un cielo algo más tranquilo, partió en mi compañía, contento de la noche que había pasado allí, poco preocupado por los problemas de la navegación. Hablando familiarmente en el camino me decía que había sido para él un consuelo increíble escuchar cómo yo hablaba con los abipones sin dudar. Hablaba otras lenguas de los bárbaros, más fáciles para los alemanes. Me dejó algunos manojos de bolitas de vidrio para que regalara en su nombre a los abipones. Aunque esta digresión parezca demasiado larga, consideré que esta visita del Provincial debía ser inserta en esta historia por varios motivos. Ya basta acerca de /380 mi partida de esta fundación. Prosigamos con las demás cosas que sucedieron en el espacio de un año. Navegué acompañado con algunos soldados por el río Paraguay a la ciudad de Asunción en el viejo barco en que había venido Brigniel, mi sucesor. Tardamos ocho días en hacer el camino de setenta leguas, usando las velas y los remos. El día antes de tocar puerto, fiesta de San Carlos Borromeo, después de una prolongada bonanza estalló una tormentay nos estrellamos contra una alta roca. Subimos a la ribera rocosa valiéndonos de unas tablas con las que sujetamos la nave no sin trabajo. Aguantamos algunas horas sentados en el campo bajo la lluvia en medio de una gran tormenta y entre horrendos truenos. Aunque tremendamente empapados, nos considerábamos felices porque ni habíamos sido devorados por las olas, ni alcanzados por un rayo. Los soldados se dispersaron y los marineros se quedaron para cuidar la nave; yo llegué a la ciudad a través de campos inundados solo (si no quieres llamar compañeros míos a la lluvia, el viento y los truenos) y a pie, poco antes del mediodía. En nuestro colegio, entre los abrazos de mis compañeros y el amor de los que me rodeaban a por fin suavicé el fastidio de la navegación y el triste recuerdo de la noche anterior. Me presenté al Gobernador y amistosamente le advertí de las cosas que convenía preparar u ofrecer a la fundación para conservar a los Padres que la cuidaban o para detener las incursiones de los bárbaros. El buen hombre aceptó los óptimos consejos, prometió muchas cosas, pero no concretó casi nada. Supe reiteradas veces por cartas llenísimas de quejas del Padre Brigniel que los asuntos de la misión estaban en el mismo punto que antes, que después de mi partida todo se derrumbaba cada día más. A menudo me dolí por ello, y más a menudo me sonreí.

Recuperadas algo las fuerzas, me pareció que podía /381 seguir el viaje a las misiones guaraníes donde convalecería. El Rector del Colegio Antonio Miranda, varón de antiguas costumbres, en un tiempo maestro mío de Teología en Córdoba del Tucumán, muy enemigo de la adulacióny engaño, me había dicho cuando estaba a punto de subir al caballo: "Toleraste en dos años en aquel lugar más cosas que otros toleran en otros sitios durante muchos años". Ninguno de los compañeros que allí estaban disintió con el Rector. Los que me decían adiós a punto de partir me permitieron este consuelo, como quien recibe un dulce a1 final de la comida. El Rector me ordenaba interrumpir un poco el viaje iniciado hasta los guaraníes, y reemplazar a nuestro Párroco que estaba ausente por motivo de negocios en el predio del Colegio que se llama Paraguary, distante de la ciudad de Asunción veinte leguas. El terreno se extiende allí en amena planicie donde pace un gran rebaño y hacia el oriente está cerrado por colinas y rocas y en una de éstas se ve una cruz enclavada en tres piedras levantada en recuerdo de Santo Tomás Apóstol, siempre venerado por los indígenas. Creen en verdad y afirman obstinadamente que el Apóstol, sentado en esa roca, habló en otro tiempo a los indios que lo rodeaban como desde una cátedra. Muestran en el lugar llamado Tucumbú, cercano a la ciudad de Asunción una gruta que había habitado el mismo Apóstol y rastros de los pies y de su báculo impresos en la piedra. En otro lugar muestran una senda con algunas hierbecitas perdidas por la que el Santo Apóstol había ido desde el Guayrá, antes española y ahora portuguesa, al Brasil. El cacique Maracaná le refirió a los Padres italianos José Cataldino y Simón Mazzeta, primeros apóstoles de nuestra Compañía entre los guaraníes y fundadores de sus /382 misiones hacia el año 1612, que un varón de tez blanca, gran barba y provisto de una Cruz había predicado la nueva ley a sus mayores. Fue llamado Tomé, Zumé, por algunos Chumé y por todos Abaré. Este nombre, aunque designe a distintas personas, siempre significa célibe que es como los guaraníes llaman al sacerdote. Este santo varón, además de otras cosas, les enseñó el uso y el modo de plantar la mandioca (de cuya raíz sacan harina y pan). El Padre Antonio Ruiz de Montoya, compañero de los Padres Cataldino y Mazzeta, tan célebre por las tareas realizadas como por sus virtudes, en su libro que tituló La Conquista Espiritual, del Paraguay expone argumentos, y no pocos ni fútiles con lo que demuestra que Santo Tomás Apóstol predicó la ley de Cristo no sólo en las Indias Orientales, sino en algunas provincias de América. Con éstas y otras pruebas acerca de este tema nuestros confiados belgas se atrevieron a decir en el libro titulado:Imagen del Primer Siglo de la Compañía de Jesús, hoja 68: In remotissimis illis Paracuariae provinciis tantum ubique inter Barbaros memoriam, vestigiaque sancti Thomae Apostoli invenere socii ut dubitare non possit, Apostolum istic olim fuisse (21). Y es cierto que no queda ningún engaño ni lugar a dudas, afirman los buenos varones, pese a que críticos e historiadores europeos lo niegan a una voz.

Los españoles y portugueses siempre consideraron esta creencia de que Santo Tomás llegó a América, trasmitida de padres a hijos entre los indios, tan cierta e indudable que consideraron impíos y rudos a quienes afirman lo contrario. Pero dedúcelo por mi propia experiencia. Cuando descubrí, /383 después de repetidos viajes a un grupo de bárbaros guaraníes sepultados (como ya conté en el primer libro) en las selvas de Mbaevera, o, como ellos mismos la llaman Mborebi-reta, el principal cacique de ellos, Roy, nos miraba a míy mis guaraníes que me acompañaban, con ojos torvos; pues consideran que cualquier advenedizo viola su libertad y los tiene por enemigos. El bárbaro, llevado por tal sospecha me dijo: "No necesitamos de ningún modo un sacerdote. Santo Tomás (Thomé marangatu) recorrió esta regióny de tal modo rezó que no hay para nosotros nada más dichoso que la ubérrima fertilidad de este suelo patrio". Pues estos simples creen que la presencia del sacerdote se debe a que va a procurar fertilidad para la tierra. En verdad me asombré al oír pronunciar correctamente por ese hombre salvaje el nombre de Santo Tomás. ¿De dónde sacó el conocimiento de ese Apóstol, sino del testimonio de sus mayores?

Y no pienses que sólo los indios y los Jesuitas enseñados por ellos afirman que Santo Tomás fue huésped y maestro en América. Ilustres historiadores, tanto españoles como portugueses sostienen esa opinión y la hacen verosímil con argumentos no despreciables. Entre muchos, tomo unos pocos: Antonio de la Calancha, en la Historia del Perú, libro 2, capítulo 2; Juan Torquemada en la Monarquía Indica, parte tercera, libro 15, capítulo 49; el ilustrísimo Obispo Piedra hita en la Historia del Nuevo Reino; Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapa, en la Historia Mejicana; el Padre Alfonso de Ovalle en la Historia del Reino de Chile, libro 8, capítulo I, último parágrafo. En la Historia Peruana que escribió Garcilaso de la Vega, nacido en el Perú de madre descendiente de los incas y de padre español, consta que aquellos /384 reyes peruanos conservaron con gran veneración en la ciudad de Cuzco una Cruz en el lugar del palacio real que llaman Huaca. Del admirable culto a esa Cruz algunos historiadores argumentan que la religión de Jesucristo fue traída por Santo Tomás al Perú, a Chile y a las provincias limítrofes; pero la mayoría de los historiadores se ríen. De mayor autoridad para mí en este asunto es nuestro Padre Antonio Vieira, portugués, orador real de Lisboa y apóstol en Brasil. Quien haya hojeado su obra editada en Lisboa en portugués, de catorce volúmenes (yo lo tengo en mis manos entre mis obras preferidas), dirá que fue de agudísimo ingenio, de juicio exquisito, muy versado en historia sagrada y profana y sobre todo en los asuntos del Brasil; por orden del rey de Portugal Juan IV recorrió Francia, Inglaterra, Holanda, Italia y España; estudió exhaustivamente los documentos de las bibliotecas, consultó los maestros más doctos de las academias y comparó con increíble pericia la fama de esta doctrina de manera tal que en Roma sería la admiración de todos, donde durante muchos años predicó en italiano, y lo escucharon como al principal orador, pese a ser el orador de los príncipes de Lisboa, tenido como capaz tanto de manejar como de desenredar los asuntos de mayor importancia que tenían los reyes portugueses. Después de haber desdeñado los esplendores de la Corte, volvió una y otra vez a las miserias del Brasil donde llevó a muchos miles de bárbaros a la fe de Cristo y a la obediencia del rey portugués, náufrago más de una vez en el océano, meritorio ante la Iglesia y la monarquía portuguesa, después de haber sufrido cosas intolerables, murió nonagenario en Bahía, ciudad de Brasil el 18 de julio de 1698, después de setenta y cinco años de jesuita. Varón, en opinión de todos, realmente grande, siempre /385 consideró superfluo probar con argumentos la llegada de Santo Tomás Apóstol a Brasil, porque supo que los portugueses y los indios lo tuvieron como hecho indudable. Refirió públicamente en un sermón pronunciado el día de Pentecostés en la ciudad de San Luis de la provincia de Marañón que los primeros portugueses que habían llegado a Brasil, encontraron en otro tiempo sus rastros impresos en una piedra y también que había visto esta piedra en la ciudad de Bahía, a la que se llamó de Todos los Santos. Esto esta impreso en la tercera parte de su obra, hoja 392y es el discurso duodécimo. De esto deduciré que hay muy poco que pueda ayudar al presente argumento. Cristo está ya a punto de subir al cielo y envía a sus discípulos a enseñar al mundo (Mrc. XVI,14-15): Exprobavit incredulitatem corum, et duritiam cordis, quia vis, qui viderant non crediderunt; Et dixit illis: Euntes in mundum universum predicate Evangelium omni creaturae (22). En la división de las provincias Pedro obtiene Roma e Italia; Juan, Asia Menor; Santiago, España; otros, otras provincias; Tomás esta parte de América que el pueblo llama Brasil, donde vivimos. Pregunto: ¿Por qué a Tomás, y no a otro le fue encomendado el Brasil? Escucha la razón. Han observado los autores, aún los más modernos, que Cristo mandó a sus Apóstoles a predicar el Evangelio después de haberles reprochado su lentitud para creer, para que expiaran aquella falta con los trabajos que habrían de tolerar en su predicación. Como Tomás había sido más duro que los demás Apóstoles para creer, le fue encomendado este pueblo de Brasil más bárbaro y más duro para que ablandara su dureza. Un suceso lo demuestra. Pues cuando llegaron los portugueses encontraron rastros de Tomás impresos en una piedra, pero ni un vestigio, ni siquiera la /386 sombra de la religión que en otro tiempo predicó. La piedra conservó los rastros del predicador; pero en los bárbaros no quedó ninguna señal de la prédica escuchada. El mismo Apóstol predicó a Cristo a los nativos de Asia oriental. Se lo venera entre éstos después de mil quinientos años, y allí encontraron no sólo el sepulcro, los santos despojos del Santo Apóstol y los instrumentos con los que fue muerto, sino también su nombre en la memoria de los habitantes y la religión de Jesucristo que les enseñó; de tal modo, que se llaman cristianos de Santo Tomás todos los que residen a lo largo de la costa Coromandel, donde el mismo Apóstol encontró un túmulo en la ciudad Meliapore. De donde el autor deduce cuánto distan los indios orientales del Brasil americanos, y pinta el ingenio de estos saltimbanquis, su fe inestable,y su inconstancia con vivos y verdaderos colores. Dice que ellos son más incrédulos de lo que podría creerse. Fáciles para creer, pero con la misma facilidad olvidan todo aquello en lo que han creído, si no tienen la presencia del que les enseñó la religión. Según es su costumbre, el Padre Vieira confirma esto con oportunos documentos del Derecho Canónico. Por todo lo cual se hace evidente que el doctísimo Vieira no ha dudado en absoluto de la llegada de Santo Tomás hasta Brasil.

Nunca me vino a la mente creer en las palabras de los autores que sustentan esta opinión más con conjeturas que con razones. Ni tampoco me atrevería a despreciar tenazmente aquella creencia fútil y desnuda de toda verosimilitud como hacen aquellos que niegan el hecho porque nunca se han encontrado escritos. Los americanos del sur, que nunca usaron letras ni libros, recibieron esta tradición de sus antepasados, de viva vozy no pudieron expresarlo con caracteres escritos. Los peruanos, más cultos, tuvieron a modo de /387 letras, unos cordoncitos de distintos colores anudados de distintas formas (los llamaron Kipus); y con éstos, como nosotros con las cartas, conservaron la memoria de unos a otros. En el magnífico templo de la ciudad de Cuzco que los vencedores españoles asolaron, fueron encontrados innumerables manojos de estos cordoncitos en los que estaba la historia de los hechos y de los reyes del Perú, del mismo modo como entre nosotros se conservan en archivos los anales de la provincia. El soldado que asoló el templo, ocupado en transportar el tesoro del mismo, no tuvo cuidado ni tiempo de custodiar aquellos cordoncitos anudados llenos de misterios con los cuales hubiera podido conocerse los monumentos de la antigüedad por intérpretes indígenas peruanos;y acaso también alguna luz acerca de si Santo Tomás habría llegado a esta América. Los críticos claman que de ningún modo Santo Tomás podría haber llegado a esta América, cuando recién en l492 fue descubierta por Cristóbal Colón. Nadie niega que permaneció oculta; sin embargo entre los autores griegos y romanos existió alguna sospecha acerca de esto; el doctísimo obispo Abraham Milio opina como otros que lo que se refiere en el Libro III de Reyes, capítulo 9, acerca de ese lugar Ophir de donde Salomón en repetidos viajes obtuvo increíble cantidad de oro, habría sido el Perú, tan rico en minas de oro y plata; y se esfuerza por probarlo con argumentos no despreciables. Por lo tanto entre los hebreos los que vinieron después de Salomón conservaron algo del conocimiento de esa región y ese sería el camino que siguió Santo Tomás hasta América. Pero concedamos que el Apóstol no hubiera podido valerse de ningún medio humano, ¿podrá negarse que habría podido ser trasladado hasta ese suelo de mil modos por Dios, ya que su poder y su amor no se circunscriben a ningún límite? No es absurdo en asuntos de religión pensar en un milagro. La religión de Jesucristo en aquel tiempo fue fundada, propagada y conservada por milagros. El pueblo /388 de Israel, liberado de la esclavitud de los Faraones, cuando pasaron el mar Rojo; el Profeta Habacue; Daniel en el foso de los leones, arrebatado por un ángel de los cabellos fue trasladado de Judea a Babilonia y devuelto del mismo modo a Judea. Jonás, enviado para exhortar a la penitencia a los ninivitas, fue arrojado de la nave y tuvo como barca el vientre de una inmensa ballena. Si Dios se mostró tan liberal y casi diría pródigo en preparar milagros para lograr la salvación de un solo pueblo cuando no de un solo hombre, no sería increíble que el Apóstol Tomás hubiera tocado estas costas de América por un poder divino, y de un modo desconocido para nosotros, que trascendiera las fuerzas de la naturaleza para llevar a los signos de Cristo y al bien del Dios Supremo a los innumerables pueblos de bárbaros que allí habitan, abandonados a atávicas supersticiones. Estas cosas que corresponden sobre todo a la clemencia del poder divino pueden pensarse con fe, aunque no afirmarlas como ciertas. Lo ajeno a la razón es decir que aquellas cosas que pudieron suceder han sucedido; y también es imprudencia y atrevimiento creer que hayan sucedido las que alguna vez supimos que eran declaradas con los ojos de la fe o en comentarios públicos. La mayoría de las cosas que Dios ha realizado nos quedan ocultas como misteriosas, y nos quedarán ocultas. Así Juan, fiel historiador de los milagros de Jesucristo cierra sabiamente su Evangelio en el capítulo veintiuno con estas palabras: "Sunt autem et alia multa, quae fecit Jesus: Quae si scribantur per singula, nee ipsum arbitror mundum capere posse eos, qui scribendi sunt, libros. (23) Yo agregué aquí la opinión de los que discuten que los americanos hayan sido discípulos del Apóstol Tomás, y no los apoyaré ni refutaré. Me parece que ambas teorías no pueden ser ni aprobadas /389 ni negadas. ¿Acaso hay algún juez que pueda dirimir la cuestión? Faltan testigos idóneos fuera de los rudos y crédulos indios que pueden tanto engañar como ser engañados, y no queda ninguna prueba de la que pueda sacarse la verdad.

Perdóname, óptimo lector, que me haya apartado tanto de mi propósito. Me llevó a pensary derivar a este tema un lugar del Paraguay célebre por los vestigios y veneración a Santo Tomás Apóstol, donde haciendo las veces del Párroco, realicé un camino en compañía de algunos negros. Las costas del Tebicuarí, que atravesamos en una canoa, son consideradas sumamente peligrosas por las incursiones de los bárbaros. La víspera de Navidad llegué a la ciudad de los guaraníes, tan deseada por mí. Aunque había recorrido fácilmente doscientas leguas por agua y tierra, casi a los primeros días de mi llegada me dediqué a predicar y a confesar. Por la tranquilidad de aquel lugar, un adecuado régimen de vida, con los remedios y atención médica de Norberto Ziulak, al cabo de pocas semanas mejoré de tal modo que un viernes de junio me sentí capaz de hacer un nuevo viaje de ciento cuarenta leguas hasta la misión de San Joaquín a ruego de su rector y de los indios de la misión. Antes había pasado con gran placer entre estos neófitos ytatinguas, seis años, y en esa ocasión, dos. Aunque allí los trabajos fueron muchísimos, fueron muy suaves porque estaban llenos de frutos celestiales. ¡Ojalá hubieran durado siempre! [pos. aprox: /390] Pues después de dos años fui llamado por un decreto real a que con mis compañeros volviera a Europa. El exilio de los pastores fue la ruina de las ovejas, pues los abipones, abandonando las fundaciones, volvieron nuevamente a cortar cabezas de españoles. Una persona que al año siguiente viajó a Europa desde Paracuaria, me dijo en Viena que todos los indios (a mi partida había dejado dos mil setenta cristianos) de San Joaquín se habían dispersado; y lo mismo había sucedido con los habitantes de la vecina San Estanislao que llegaban a dos mil trescientos, todos neófitos. En lugar de los jesuitas fueron enviados sacerdotes seculares o religiosos; pero todos eran tales que o disgustaban a los indios, o los indios les disgustaban a ellos; porque obligados, no por propia voluntad como nosotros antes, sino por mandato del Rey y por orden de los Obispos aceptaron el cuidado de las misiones. Yo vi que algunos llegaban llorosos. Otros, aburridos de la vida que debían llevar entre los indios tan pobres y temibles, contrajeron o simularon haber contraído alguna enfermedad para poder volver rápidamente a su casa. ¡Cuántas cosas tendría para escribir acerca de este asunto! Pero es prudente dejar estas cosas en el silencio. El tiempo revelará todas las cosas que, aunque certísimas, no pueden expresarse en los libros.

 

Capítulo XLV / 391

CUAN ARDUO RESULTO LLEVAR A LOS ABIPONES

A LAS MISIONES Y A LA RELIGION DE CRISTO

 

Después que expuse los supersticiosos ritos de los abipones, sus vicios nativos, su ingenio feroz, su rapacidad y sus guerras tanto domésticas como exteriores, con estilo más simple que literario, deducirás seguramente que transformar a estos bárbaros en cristianos fue trabajo más lento y de mayor arte que modelar una estatua de Mercurio de una estaca, y no te admirarás en absoluto de que a tan grandes esfuerzos de nuestros hombres hayan respondido frutos tan pequeños, los cuales no obstante no deben despreciarse si se sopesa la dificultad de la obra.

Todo cambio de cosas es difícil, pero cuando se trata de pasar de lo pésimo a lo óptimo se hace más arduo, más lento y raro. No es raro ver que la leña se convierta en piedra, pero si no me equivoco, sí lo es que la piedra se transforme en leña. Nunca. Quienes por largo tiempo se han endurecido en los vicios, pasarán a la virtud muy lentamente con pesar. El tránsito de la piedad a la impiedad es muy veloz. Te propondré con claridad para que las medites, las causas por las que los bárbaros jinetes son convertidos con tanta dificultad a la civilidad y al cristianismo.

Los abipones, nunca sedentarios, siempre vagos, siempre peregrinos, se acostumbraron desde niños a no permanecer en una determinada casa. La esperanza de robo, la necesidad de caza o el peligro de enemigos que acechaban los llevaba a este género de vida, y se dejaban llevar por rápidos caballos, libre de la voluntad de nadie que les quisiera impedir una partida u ordenar un rápido regreso. La obediencia /392 que suelen prestar a sus caciques es espontáneay gratuita. Acaso les parezca intolerable estar encerrados entre los límites de una sola ciudad, depender de una voluntad ajena y estar constreñidos en sus casas como el caracol. Pero aunque recorran los campos y las selvas vecinas por donde les plazca, siempre las encuentran exhaustas y vacías de frutos y de fieras porque antes las habían frecuentado otras tribus. Por más que tengan los mejores alimentos, si les faltan esos a los que están acostumbrados, dirán que tienen hambre y se lamentarán de que están en la miseria. Mientras estaban libres como las aves que vuelan de aquí para allá y sin ningún conocimiento de la agricultura, la liberal naturaleza les proveía espontánea y magníficamente de todo lo que necesitaban para vivir. Supieron por la práctica y la experiencia en qué lugar y en qué tiempo podían buscar y encontrar jabalíes, ciervos, gamos, distintos tipos de conejos, avestruces, huevos de avestruz, osos hormigueros, carpinchos, nutrias, raíces comestibles, frutos de palmeras y otros árboles. Y cuando la tierra no les ofrecía todo eso en alguna época, emigraban aquí o allá, cambiando consigo sus casas. No se qué atractivo tenía para ellos este cambio de suelo y variedad de caza. También en Europa, cuando los príncipes quieren entretenerse en la caza o en la labranza, suelen cambiar de un palacio a otro.

En toda misión, en determinado tiempo y a veces todos los días, se ofrecía a cada uno carne de vaca, pero a veces a causa de los malos pastos, la carne no era abundante y a causa de su voracidad, escasa y otras veces, muy pacas, nula. El misionero tendría carne de vaca para los suyos, si los españoles, que fueron tan solícitos para fundar /393 reducciones de bárbaros, no se hubieran mostrado tan parcos y tardos para dotar sus predios. Los abiponesy mocobíes deseaban ansiosamente ser encerrados y custodiados como fieras por nosotros en las fundaciones para degollar al primer español que encontraran, pero no se fatigaban en absoluto para no morir de hambre. Esto ha sido comprobado por mí muchísimas veces. Alguna vez en las misiones de San Jerónimo y San Fernando, nuestros predios estuvieron agotados a tal punto que no teníamos ni siquiera que roer; los abipones, para comer, debieron recorrer con sus familias los campos más apartados para buscar algún venado. Después de dos o tres meses de ausencia, los campos que habían arado a pedido nuestro, se cubrieron de cizaña o fueron devastados por las bestiasy comenzaban a convertirse en maleza. La pérdida de la mies esperada indujo en sus ánimos, nuevas necesidades de comer o vagar. Después de repetidas evasiones, a veces durante muchas semanas fuera de la misión, revivió en ellos la primitiva barbarie y fueron olvidando paulatinamente el conocimiento de la religión y la disciplina de costumbres que habían bebido con tanto trabajo. La antigua libertad de andar por donde quisieran, muy pronto convertía en fieras sus mentes domesticadas, como también ocurre en Paracuaria con los caballos domados que cuando se unen a otros salvajes y vagan un tiempo libremente por los campos, rechazan con fiereza los frenosy la montura y se dan a la fuga. En estas misiones la falta de vacas y de ovejas demora muchísimo el progreso del cristianismo. La carne es el principal alimento en Paracuaria, la lana es muy codiciada para preparar los vestidos ya que el algodón es escaso. Si como dice el Apóstol Pablo, en otros pueblos la fe entra por los oídos, entre los bárbaros paracuarios puede acaso, como /394 lo expresa el proverbio, ser ingerida por la boca. Por eso la mayor preocupación que experimentábamos era que nunca faltaran rebaños y nuestro máximo dolor era ver que nos faltaban o que no podíamos conservarlos.

La voracidad de los abipones unas veces y la mezquindad de los españoles otras, produjo la pobreza de ganado y de recursos. Como son tan voraces, aquellos que no se satisfacen nunca con la carne que les correspondía a cada uno, muchas veces mataban a escondidas de nosotros los toros, vacas tiernas y novillos con gran perjuicio de la hacienda. Si descubres a los ladronesy les dices que esas muertes clandestinas dejan exhaustos los predios te responden: "No tengas cuidado Padre, los españoles nos enviarán más vacas. Nosotros se las pedimos cuando nos reunimos en esta fundación. Si dejan de cumplir con sus promesas, nosotros libres de la palabra empeñada volveremos a nuestra costumbre de degollarlos". Esto nos decían los bárbaros.

Reservando las vacas para la cría dedicábamos los torosy los novillos castrados para carnear. Pero el afán de comer llevaba a los indios, despreocupados por el futuro, hasta las vacas jóvenes y más gordas. "Si alguna vez los toros llegan a parir, les respondía yo, entonces maten las vacas". Recibían de mala gana el reprochey amenazaban con dar la espalda a la misión. Si alguno de nosotros, recelosos de reprender a los bárbaros o queriendo captar su benevolencia dejaba los rebaños a su arbitrio, vería de pronto su predio sin animales. Si los reprochaba tenazmente, la ciudad sin habitantes. Si pide al Gobernador nuevo refuerzo de vacas, se dirá que el misionero es pródigo y se condenará su liberalidad para con los indios. Si se sabe que los indios, cansados de la pobreza y el hambre, se han evadido de la fundación, se acusará al Padre encargado de su cura de no tener fortaleza, achacándole abiertamente y con censuras la fuga de los indios. El misionero caerá en falta cualquiera sea la /395 actitud que asuma. Por más que se libere de Escila, caerá en Caribdis.

No resulta suficiente a los abipones saciar los estómagos todos los días con carne de vaca. Solían pedirnos, no con ruegos sino con imposiciones, según su costumbre, cualquier otra cosa que se les ocurriera, aunque fuera imposible de conseguir. En grupos se llegaban día y noche hasta nuestra puerta, y fatigaban nuestros oídos con estas voces: Pay! tachkaue bibilalk, tachkauè noarà, lataran, atégeke, ekelraye, köõpè, achibiraik, npeetèk, etc. (¡Padre! dame ropa, un sombrero, cuchillo, anillo, bolitas, hacha, sal, tabaco, etc.) ¡Y qué no pedían! Si se los complace en lo que piden, dicen:Kliri (esto era); si es un poco más educado, responde: Kemen naachik, okimili naachik (¡qué útil me resultará!). En fin, con una palabra que exprese el agradecimiento, de la que carecen los abipones, los guaraníes y otros americanos. También los guaraníes como es costumbre en los abipones, dicen:Aguiyebete, ânga [3] (me va a resultar muy útil). Si le respondes, por más que sea muy cierto y lo hagas con la mayor tranquilidad, que no tienes lo que te pide, exclaman: ¡Kèmen Oahárgek! ¡Kemen apalaik akami! (qué mezquino, qué mentiroso eres). Yo he escuchado cosas peores alguna vez. Un abipón viejo, hombre no malo en otras cosas me pedía con voz imperiosa, insistentemente, un cuchillo. Yo le contesté amistosa y suavemente que no lo tenía en ese momento, pero se lo daría en cuanto recibiera, unos cuchillos que esperaba de la ciudad. Sonriéndome, él me dijo: "Si armado con esta lanza (y me mostraba una lanza en la mano) te corriera /396 a caballo por el campo, no te atreverías a decirme: No tengo un cuchillo". Kebachichi, jefe de gran renombre entre ellos llegó una vez como huésped a la reducción de Concepción; sentándose y amenazante pidió a mi compañero, el Padre José Sánchez, un sombrero. Y como él le dijera que no tenía un sombrero, con ojos que le brillaban por la rabia, el bárbaro respondió: "¡Ahora te atreves a negarme un sombrero! ¡Ah!, parece que ignoras que soy matador de sacerdotes". Efectivamente, pocos meses antes, bajo su dirección, los abipones habían degollado al Padre español Santiago Herrera con veinte compañeros cuando en Córdoba del Tucumán se encaminaba hacia los guaraníes,y sabrás que como José Sánchez no podía acceder a las exigencias de Kebachichi, ya que ni él mismo en ese momento tenía sombrero, se fue muy contento con un bonetito de paja tejido. No tienes por qué admirarte de estas cotidianas e intempestivas peticiones de los abipones. La pobreza los vuelve inoportunos para pedir algo, la arrogancia, audaces. Escucha ahora de donde nace tan grande arrogancia.

Supieron que el español los temía. Todavía se recuerdan las muertes que infirieron, el terror que durante muchos años sembraron por toda la provincia, las victorias que por doquier lograron. Firmada la paz y depuestas las armas, se establecen y descansan en una mísera reducción. Esto lo consideran un beneficio gratuito, logrado a duras penas del gobernador con ruegos y promesas; pero se quejaban a los españoles de que eso no es ganancia para ellos, si se los rechazaba cuando pedían algo que no había en nuestra despensa; se quejaban no sin lamentos de que ellos habían sido mas ricos y felices cuando eran enemigos de los españoles que ahora que eran sus amigos. "¡Ah! ¡Cuán ignorantes fueron nuestros ancianos nobles!", decían los jovencitos quejosos y ávidos de robo mientras se mantenía la paz con los /397 españoles. Miserables y sin gloria nos consumíamos en esta miserable misión. Saqueados los predios, un día compramos a unos mercaderes carros cargados de todo tipo de mercaderías que nos alcanzarían para muchos meses.

Recordando los abundantes saqueos, consideran que deben ser ayudados y regalados muy especialmente por los españoles porque ya se mantienen quietos en las misiones, abandonando los latrocinios, muertes e incendios. Creen que todo lo que reciben de la liberalidad de los españoles les es debido en justicia, y piensan que es poco pagado el beneficio de la paz que han concedido a la provincia.

Y en verdad debe contarse entre los prodigios y las victorias más excelentes de nuestro tiempo el hecho de que los abipones hayan sido llevados a las reducciones, ya que ellos desde tiempos de Carlos V siempre rechazaron, peleando o huyendo al español victorioso que había sometido a tantos otros pueblos de Paracuaria. Tantas expediciones frustradas enseñaron al soldado que los abipones eran superiores a los europeos en fuerzay astucia por su habilidad, rapidez, y sobre todo por sus refugios que se hacen inexpugnables por estar defendidos por la misma naturaleza. Su suelo natal parece un laberinto, inmensa planicie árida, muchas veces con selvas, lagunas, lagos, pantanos y ríos que impiden el acceso a los españoles, o la salida; siempre arduo, muchas veces peligroso. En estos escondrijos defendieron su libertad los abipones. Sus campamentos como ya dije, son como fortalezas y trincheras que tuvieron selvas densísimas como muros, ríos y lagunas como fosas, árboles altísimos como atalayas y algún abipón como vigía y espía. Y nunca /398 podían ser muertos todos ya que se distribuían en varios grupos establecidos en distintos sitios para que, si de pronto, uno de ellos notara movimiento de los enemigos pudiera advertir a los otros del peligro y prestarse mutua ayuda para despistar al enemigo.

La antigua queja de los españoles es que es más difícil descubrir a los abipones que vencerlos. Hoy puedes saber por tus espías que están en un campo vecino y expuesto; mañana sabrás que están escondidos en apartado sitio, sepultados entre selvas y lagunas, y te lamentarás de que todo acceso hasta ellos te esté cerrado. Si los bárbaros sospechan algún peligro, dejando libres los caballos para la huida proyectada, rápidamente vuelan a los lugares más segurosy, enviando vigías a todas partes, eluden con pertinacia toda proximidad del enemigo. A veces se vio correr a los abipones con todo su ejército contra enemigos externos, pero solían dejar a cubierto en sus casas a los hijos, las mujeres, los viejos y los jóvenes como defensa. Por eso pienso que no hay que reprochar a los abipones porque hayan tardado tanto en transar con nuestras fundaciones, pues desposeídos de sus escondites y fortalezas cuando vivieron en las misiones, les pareció que habían perdido su libertad y su seguridad, expuestos a las asechanzas de cualquiera. En efecto, siempre recelan de la amistady de la confianza de los españoles aunque ellos juren mil veces ser sus amigos, pues tienen vivo el recuerdo de las tragedias y falacias que habían provocado a sus mayores. Con frecuencia se propaga más el recuerdo de las injurias que de los beneficios acarreados a sus descendientes. Las /399 antiguas heridas infligidas, estimulan en sus nietos la venganza.

Afirmo con llaneza que me he empeñado totalmente en inspirar en los ánimos de los abipones el amor y la confianza en los españoles. Si éstos – les decía – no se hubieran establecido en Paracuaria, vosotros desconoceríais hasta ahora los caballos, los perros y las vacas que tanto os agradan. Como las tortugas, tendríais que andar por el suelo. Deberíais comer siempre carne silvestre, nunca de vaca. Qué fatigosa, qué estéril os resultaría la caza de conejos o de avestruces, si no tuvierais perros. Estos os guardan con sus ladridos para que no os ataquen los enemigos mientras dormís, siempre fidelísimos guardianes. Los caballos, vuestro gran amor, y, si me es permitido decirlo, vuestros protectores en la tierra y principal instrumento de la caza, en los viajes, y por qué no, en vuestros juegos, os son debidos al beneficio de los españoles. Vosotros superáis a vuestros mayores en destreza militar ¿Por qué? Estos fueron infantes, vosotros jinetes. ¡Ah, no! Yo diría que vosotros sois de roca y estaca si no os sentís enardecer en sincero amor hacia los españoles a quienes debéis tantas cosas que han traído a vuestro suelo desde Europa. Pero todos estas cosas son nada comparadas con la luz de la santa religión que llegó hasta vosotros con la venida de los españoles. Por los maestros de la ley cristiana que han venido en naves desde Europa, comienza sobre todo vuestra felicidad. De todo esto es evidente con cuánto amor y con cuánta confianza os conviene seguir a los españoles, tan amigos como deseosos de vuestro bien. No niego que a veces opusieron sus armas contra vosotros y contra vuestros mayores. Pero vosotros los atacasteisy devolvieron del mismo modo. Los españoles os devolverían amor por amor, si, desechando los odios y recelos que hasta ahora afrontáis, refrescarais su amistad con todo tipo de servicios. Me escucharían estas cosas una y otra vez. Ninguno osaba refutármelas. /400 Sin embargo creían más a sus ojos que a sus oídos, más a los hechos de los españoles que a las palabras de los misioneros. Lo que sentían hacia los españoles, según su costumbre, lo musitaban a escondidas en nuestra ausencia: que lo único que deseaban de los indios eran grandes utilidades con poco trabajo; que buscan conservar la paz cuando temen la guerra; que deben ser más temidos cuanto más obsequiosos se muestran; que sus hechos lavan sus palabras; que sus costumbres se apartan de la ley más de lo que confiesan. Si se los reprende por el robo de caballos de algún predio de españoles, niegan que se trate de un robo, ya que sus tierras les fueron quitadas por los españoles; y afirman que todo lo que allí haya, es con derecho de ellos, ya que ha nacido en sus tierras. Agotarás toda tu retórica antes de arrancar de sus espíritus estos errores que han recibido en herencia de sus mayores. Lo que sin embargo los bárbaros exigen con ímprobo trabajo para ofrecer una sincera paz y amistad a los españoles, es que ellos nunca sean recibidos en nuestras misiones y en nuestra disciplina. Todos los indios que fueron encomendados en América a nuestra Institución y a nuestro cuidado, fueron siempre soldados y tributarios del monarca español, pese a que no recibían manutención de los particulares españoles, en contra de las leyes reales. Quisiera que comprendieras que digo esto no sólo de los guaraníes y de los chiquitos, sino también de los mocobíes y de los abipones, y de todos los otros pueblos que civilizamos en Paracuaria. Pero imaginemos que los fieros abipones ya se han encaminado por fin a alguna reducción y a la amistad de los españoles. ¡Cuantas y qué grandes dificultades restan todavía para cambiar sus costumbres, que parecen invencibles. ¡Dios mío! Desde niños han pasado todo su tiempo en /401 muertes y robos. De esta costumbre de robar sacan de tal modo sus obras, el grado de sus honras militares y sus nombres más célebres, como Scipión que se llamaba Africano por haber devastado a Africa, o Germánico por haber dominado a Germanía. Quienes habían cortado más cabezas de españoles, o habían llevado más cautivos, o habían regresado del campo de batalla con más grandes heridas o habían asaltado más predios o más carros de mercaderes, éstos sobresalían entre los demás. Era honroso para ellos ser señalado con el dedo y que se dijera: "Ese es". Cuán duro les resultaba apartar las manos del español, permanecer en la misión quietos en sus casas, inactivos, sin robos, sin gloria, faltos de muertes y combates, sin el tumulto de las bocinas militares; secar no ya las cabezas de los enemigos, sino la leña; cambiar la lanza por el hacha y la hoz; trabajar con los bueyes junto al arado; aprender con los niños, dobladas las rodillas en el templo, los rudimentos de la religión; y, lo diré todo en una palabra, de tal modo volver a ser niños. ¿Quién dudará que esto era arduo? Y casi insuperable para veteranos púgiles que son recordados por tanto tiempo como temibles no sólo en una aldea sino en toda la provincia. No obstante poco a poco, depuesta la fiereza, la mayor parte de los más ancianos se acostumbraron a la disciplina de nuestra misión, aunque pudimos comprobar por la experiencia que la naturaleza, por más que se la pode siempre reaparece. Nos daba un trabajo muy grande y casi inútil domeñar a las mujeres viejas y a los maridos todavía jóvenes. Aquéllas, muy obstinadas en las antiguas supersticiones, consideraban nefasto apartarse de los antiguos ritos. Éstos, inflamados en el deseo de libertad y de vagancia, cansados de cualquier trabajo, aspiraron a conquistar para sí abundantes caballosy un nombre célebre, para no aparecer degenerados ante sus antepasados, de los que siempre habían oído que atacaron las fortalezas de los enemigos, quemaron las ciudades, expoliaron los predios, /402 y arrebataron rebaños de caballos y de cautivos, recibiendo e infiriendo heridas.

Los abipones no conocieron ni de nombre al Dios Supremo, Hacedor, Regidor y árbitro de todas las cosas, tal como ya lo expuse y afirmé en el capítulo octavo sobre la religión de este pueblo. En toda su lengua, tan rica en otros vocablos, no hay ninguna palabra que exprese la idea de Dios a de la divinidad. Llaman "mal demonio"(Keebet) a su abuelo,Groaperikie, pero no le ofrecen ninguna clase de sacrificios ni veneración; y sólo lo reverencian para que no les provoque algún mal. Instruidos por nosotros, aprendieron por fin a despreciar a éste y a prestar fe y culto al Dios Supremo. Consideran indiscutibles tantas rancias supersticiones, tantas tontas opiniones bebidas con la leche y que escuchadas de la boca de las viejas como del oráculo de Delfos, asentían absolutamente desde su más tierna infancia. Y agregaban a sus fábulas y ridículos cuentos los misterios de nuestra religión que suele superar la captación de los más sagaces. Es tal la autoridad de los viejos y de los antiguos entre los pueblos bárbaros, que consideran nuncio del castigo a quienes abracen las leyes venidas de tierras extrañas y contrarias a sus costumbres. Les es lícito tomar cuantas mujeres quieran; y cuantas veces lo deseen pueden repudiarlas sin que nadie se los reproche ni desapruebe. Fue para muchos obstáculo para abrazar la religión y para otros motivo de abandonarla, el hecho de constreñirse a un sólo vínculo conyugal. Las mujeres jóvenes no sólo aprueban la ley de Cristo, sino que la aplauden; y convencen a sus maridos de que a los maridos /403 ya bautizados no les está permitido en absoluto tomar otra mujer o abandonarla. Las viejas por lo contrario, tenidas como maestras de costumbres, sacerdotisas del culto y oráculos del pueblo, siempre se opusieron tenazmente a los progresos de la religión ya que, cuanto más miembros de su pueblo se adherían a Cristo, perdían mas autoridad y sentía menoscabo su arte. Por eso usaban diligentemente de engaños, amenazas o cualquier otro artificio para que nadie pusiera el pie en el templo o prestara oídos a la prédica del sacerdote.

La costumbre de emborracharse tuvo tan profundas raíces entre los abipones que dio mucho más trabajo que ninguna de sus otras torpezas desarraigarla. Ya se habían abstenido de las muertes, de los robos, de los ritos supersticiosos; ya habían accedido a tener una sola esposa, ya frecuentaban las funciones religiosas o cultivaban con diligencia los campos; en una palabra, ya se estaban convirtiendo en seres humanos y parecían ablandarse. Pero casi es imposible pedirles que pierdan la costumbre recibida de emborracharse y que aparten su mente de la bebida preparada con miel y algarroba. Pero quién, pregunto, censurará a los bárbaros, cuando esta peste de la ebriedad es costumbre entre los cultísimos pueblos no sólo de Europa, sino de todo el mundo. En Paracuaria, aunque siempre hay poco vino (porque la multitud de hormigas devastan por doquier las viñas o las avispas o palomas silvestres devoran los frutos maduros), nunca faltan sin embargo los ebrios ya que reemplazan el vino con licores exprimidos de distintos frutos. Los ejemplos nocivos de los españoles que siempre llegan a los ojos de los abipones, /404 con frecuencia, impiden que aquéllos adquieran mejores costumbres. Se establecen en Paracuaria españoles, portugueses, negros, indios y nativos; y los descendientes de estas uniones mixtas se llaman mestizos, mulatos, cuarterones o pochuelos. Entre tan gran cantidad y variedad de hombres no hay que admirar que la mayoría dicunt se nosse Deum, factis autem negant (24); pues aunque Catholice credant, gentiliter tamen vivunt, inimici crucis Christi, quorum Deus venter est (25).

Tan gran licencia para robar de todo, tanta impudicia de costumbres, tan gran libertad para su libido, tanta impunidad para sus muertesy crímenes más atroces encontraron en las ciudades y en los predios, que la compañía de los indios más bárbaros podría llamarse con justicia teatro de virtud, civilidad y pudor. Los peores bípedos, tanto nativos como extranjeros, proclives a toda deshonestidad, inficionan a los bárbaros con el contagio de sus costumbres y les enseñan sus torpezas que antes les eran desconocidas, logrando que no presten fe a las instrucciones del sacerdote, ya que a diario ven y oyen dichos y hechos de antiguos cristianos contrarios a aquéllas Yo tengo por cierto, por mi diaria experiencia, que esta funesta peste del ejemplo depravado nunca será deplorada suficientemente con las lágrimas de los buenos, ni podrá ser eliminada con ningún medio. Tomo un caso entre muchos: El cacique Ychoalay vivió muchos años entre los españoles, hombre más sagaz de lo que podría creerse; objetaba al Padre José Brigniel su exagerado rigor para condenar la poligamia: "¿Acaso perdonarás, Padre mío – decía – a los abipones bautizados sólo si tienen una sola esposa? ¿Acaso otros hombres que viven en las ciudades son cristianos? ¿O crees que viven satisfechos con una sola esposa? Te equivocas, Padre mío, si lo crees. La mayoría tiene muchas. Con impudicia toman cualquier mujer que encuentran para satisfacer su lujuria". Esto decía el indio que en las reducciones de españoles había visto la licencia y las obscenidades /405 de muchos prostituidos. Es un engaño decirse cristianos. Ychoalay dijo a un Padre que si los españoles vieran a alguno de sus caballos suelto, lo robarían. Estas y oteas cosas semejantes objetaba Ychoalay y no podía ser tildado de mentiroso ya que nosotros mismos, engañados por los nuestros, las hemos descubierto con nuestros propios ojos y oídos. La peor peste para las misiones de abipones son los indios que estuvieron cautivos entre los cristianos o los cristianos que lo estuvieron entre indios, llegados de las ciudades como soldados de guardia o vigías de los ganados. No terminaría de escribir, y ya se acerca el fin de esta historia, si recordara una por una las cosas que a este respecto he experimentado. Está fuera de nuestra discusión de qué modo los progresos de la religión entre los indios fueron retardados e impedidos por los depravados ejemplos de los cristianos. Comiencen los antiguos cristianos de América a ser cristianos en sus costumbres, y los abipones, los tobas, los mocobíes, los mataguayos, los chiriguanos, los bajas, los payaguás, los vilelas, los lenguas, los lules, los chunupies, los serranos, los patagones, los aucas, etc., en una palabra: todos los indios de Paracuaria dejarán de ser bárbarosy abrazarán la ley de Cristo. El mismo Crisóstomo, en la homilía X, en la primera carta a Timoteo, afirmaba antiguamente: Nemo gentilis esset, si nos, ut opportet, christianis esse curaremus (26). Este tema fue tratado desde el púlpito en un templo de Buenos Aires frente al Gobernador José Andonaegui con argumentos muy evidentes, por nuestro sacerdote, el español Domingo Muriel, eminente por sus conocimientos y por la santidad de sus costumbres, eximio maestro de Teología en la Universidad de Córdoba, que nos ha dejado importantes enseñanzas y obras muy útiles como losFasti novi orbis editada en Venecia en 1776 y que aún vive en Faenza. Había llegado conmigo pocos días antes desde Europa a Buenos Aires en la misma /406 nave, cuando predicó intrépida y claramente – yo estaba presente – sobre este asunto ante un noble y numeroso público. Sin embargo debo agregar con prudencia y afirmar con verdad que hubo épocas que en Paracuaria vivieron gobernadoresy otros españoles que no sólo llevaron a todas partes, religiosamente, la ley de Cristo sino que también promovieron valientemente la Santa Religión entre los bárbaros con leyes, palabras, hechos y liberales donativos. Lo que es muy cierto, yo mismo soy testigo, y debe lamentarse es que otros viciosos, cuyo número es interminable, han obstruido más a los pueblos de indios con sus pésimos ejemplos de los que han aprovechado aquellos pocos virtuosos. Nosotros hemos visto florecer en las fundaciones de guaraníes la integridad de costumbres y la piedad cristiana, pero porque las leyes reales cuidaron de que no estuvieran las puertas abiertas a ninguna mezcla con advenedizos. Aunque recibimos liberalmente a los españoles más honestos que nos visitaron, éstos eran agasajados en nuestra propia mesa, porque no les era permitido el acceso a todas las casas de las misiones. Para los demás hombres del pueblo corrompido nunca fue suficiente la vigilancia. Sólo de la nueva misión de San Estanislao formada por indios de la selva, en dos años fueron arrebatados para la servidumbre setenta niños y niñas sin que sus padres lo supieran. Hice conocer al Obispo y al Gobernador este hecho impío. Ambos se indignaron. Amenazaron, no sé qué, a estos autores. Pero son vanas las iras sin fuerzas. Vanos fueron los truenos y los rayos en aquella provincia donde en otro tiempo las autoridades religiosas fueron desterradas y los gobernadores encerrados en cárceles por ciudadanos sediciosos.

 

NOTAS

19- El aire resuena con grandes llantos, los techos se llenan de lamentos y del gemido yulular de las mujeres.

20- Como bueno, nadie fue mejor; como malo, nadie peor.

21- En aquellas remotísimas provincias de Paracuaria, nuestros compañeros han encontrado entre los indios por todas partes, tan gran recuerdo y vestigios de Santo Tomás Apóstol, que no podría ponerse en duda de que el Apóstol estuvo allí en tiempos remotos.

22- Reprobó su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado y les dijo: Id por el mundo y predicad el Evangelio a toda creatura.

23- Muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran una por una me parece que no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir.

24- Dicen que conocen a Dios, pero lo niegan con sus actos.

25- Se creen católicos, viven como gentiles, enemigos de la Cruz de Cristo, para quienes Dios es su ruina.

26- Nadie sería gentil si nosotros procurásemos ser cristianos como debiéramos.

27- Pablo quiso llevarlo consigo, y tomándolo, lo circuncidó delante de los judíos que estaban allí. Todos sabían que su padre era gentil.

28- No es lícito tener dos esposas.

 

NOTAS DE LA EDICIÓN DIGITAL

3] Aguiyebete: aguyjevete: (et. aguyje: estar preparado; ve: más; te: lo justo, apropiado) Lo más justo preparado. ânga: aĝa: ahora, hoy.

4] Tucumania: Territorio comprendido por las provincias de Salta del Tucumán y Córdoba del Tucumán, dependientes del Virreinato del Perú hasta 1776, año de la constitución del Virreinato del Río de la plata. Desde entonces, hasta el inicio del proceso independentista de las provincias platinas en 1810, fueron designadas como Intendencias.

 

 

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