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JUAN BAUTISTA GILL AGUINAGA


  LA MONEDA HISPANOAMERICANA - SISTEMA MONETARIO - Por JUAN BAUTISTA GILL AGUINAGA


LA MONEDA HISPANOAMERICANA - SISTEMA MONETARIO - Por JUAN BAUTISTA GILL AGUINAGA

LA MONEDA HISPANOAMERICANA

SISTEMA MONETARIO

Por JUAN BAUTISTA GILL AGUINAGA

Separata de la REVISTA NACIONAL DE CULTURA

Año 1 - Nº 1

Talleres Gráficos Asunción

Asunción - Paraguay

 

 

         Este trabajo, no tiene otra pretensión que dar una explicación general, sobre la moneda Colonial Hispanoamericana y su sistema de valores, con motivo de esta Primera Exposición Numismática Colonial Hispanoamericana, que se presenta en nuestro país, bajo los auspicios de los Institutos Paraguayo de Cultura Hispánica y de Numismática y Antigüedades del Paraguay, en adhesión al IV Centenario de la muerte del Gobernador Domingo Martínez de Irala, fundador de la nacionalidad paraguaya.

         Tratándose de una Primera Exposición Numismática en nuestro medio, no podían faltar las monedas que circularon en nuestro país desde su independencia hasta nuestros días, y es así que, en homenaje al Paraguay y España, presentamos también el numerario español, desde Isabel II a la fecha, y las monedas paraguayas desde 1845; vale decir, desde la primera acuñación nacional, expresiva de su soberanía, también, hasta las actuales.

         Nos hemos permitido incluir, además, para mejor, conocimiento del público, piezas batidas en España, desde los Reyes Católicos, en 1474, bajo cuyos reinados fue descubierta América, hasta las de Fernando VII, inclusive 1833, en razón de que dichas piezas, han circulado en América Española, al igual que las monedas batidas en las cecas coloniales. Se exponen, igualmente, monedas españolas qué circularon en sus dominios de Europa, África y Asia, en la mencionada época, como otras de la Edad Media.

         En tratándose de una primera muestra, y dada la premura del tiempo para su presentación, rogamos se disculpe cualquier error u omisión que pueda observarse.

         Debemos agradecer el valioso concurso, en la preparación de esta Exposición, en primer término y en la forma más especial,al señor Carlos Alberto Pussineri, destacado joven estudioso de nuestro pasado; al Dr. Héctor Blas Ruíz y al Sr. Benigno Riquelme García, Presidente y Vicepresidente el Instituto Paraguayo de Cultura Hispánica; a los compañeros de la Mesa Directiva de este Instituto, a los distinguidos colegas numismáticos argentinos Capitán de Navío Humberto F. Burzio, Román F. Pardo y Ciro de Martini, así como a los colegas uruguayos del Instituto Uruguayo de Numismática y Antigüedades.

         Como se sabe, la ciencia numismática trata del conocimiento de las monedas y medallas, siendo una rama especial de la Arqueología, y aún considerada por muchos, como ciencia aparte.

         Se define que "las monedas, son documentos geográficos importantísimos, que los investigadores han podido utilizar como seguros jalones, para trazar de un modo positivo y fundamental, el sistema histórico de los pueblos".

         El origen de las monedas no es, relativamente, muy antiguo; data de los comienzos del siglo VII antes de J. C. Tan útil invención, nacida de la necesidad de un instrumento de cambio común que facilitase las transacciones de un tipo dado y de fácil manejo, se debe a la raza Greco-Pelágica.

         "Llamase Moneda Colonial Hispanoamericana, según la definición del Capitán Burzio, a las acuñadas por España en sus posesiones de América, que comienzan con Carlos IV de Alemania, y su madre Doña Juana "la loca'", batidas en la primera mitad del Siglo XVI, en las cecas de México y Santo Domingo, y terminan con las de Fernando VII, en el primer cuarto del Siglo XIX, en numerosas cecas distribuidas en el vasto Continente Americano"

         Hemos creído conveniente, poner más énfasis, a todo aquello que se relacione a "las batidas en la Ceca de la Villa Imperial de Potosí; por haber sido ella, la cuna de las corrientes monetarias que alimentaron, en mayor cantidad, a las dilatadas y poco pobladas zonas, de las provincias que componían la cuenca del Río de la Plata, y que formando parte de ella, se encontraba la entonces Provincia del Paraguay, circulando así, mayor cantidad de numerario batido en Potosí en toda esta parte Sur del Continente Sudamericano. De ahí, que para este trabajo, nos hemos guiado en mucho, del bien documentado libro "La Ceca de la Villa Imperial de Potosí", del Capitán de Navío don Humberto F. Burzio; destacado numismático del Río de la Plata, y actual Presidente del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, de quien ya nos hemos referido anteriormente".

         Así como lo expresáramos más arriba, que la Ceca de la Villa Imperial de Potosí, fue la cuna de las corrientes monetarias que alimentaron las zonas de la cuenca del Río de la Plata, la Ceca de Lima lo que fue para la costa del Pacífico y Santa Fe de Bogotá y Cartagena, para la llamada Tierra Firme en el Mar de las Antillas.

         "Estas corrientes no se detuvieron en los cofines de América, -agrega el capitán Burzio- y junto con las de Guatemala y México, y más tarde Chile y otras, inundaron, por así decirlo, el mundo entero; y el duro español o piastra, y las relucientes onzas, fueron internacionalmente aceptadas en las transacciones comerciales y particulares. Su gravitación, ha sido enorme en la economía de muchos países europeos y asiáticos, los que contramarcaron, cortaron, perforaron y resellaron la moneda Colonial Hispanoamericana, para que circulase como propia".

         La influencia de la casa de moneda de Potosí, en la vida económica de los pueblos que componían la cuenca del Río de la Plata, fue fundamental durante los 250 años Coloniales.

         El sistema monetario Colonial, estuvo basado directamente, en los primeros tiempos, en la célebre pragmática de los Reyes Católicos, dada en 1497, que reformó el ordenamiento monetario de Alfonso X, el Sabio. Esa pragmática terminó con las cecas particulares, refundiéndolas en cinco oficinas reales, establecidas en Madrid, Segovia, Sevilla, Zaragoza y Barcelona, acuñándose por esa disposición, monedas de oro de buena ley, llamadas por esta circunstancia "excelentes", reales de plata y monedas de vellón, cobre, recogiéndose la antigua y fijando el valor y título de la nueva.

         A pesar de las leyes monetarias de Carlos V de 1535, de Felipe V de 1723 y Carlos III de 1771, fundamentales para el conocimiento de la amonedación americana, las bases de la reforma de los Reyes Católicos, subsistieron hasta mediados del Siglo XIX.

         En los primeros tiempos de la conquista, se contrataba en tejos, y en el Perú, los de oros eran conocidos con el nombre de barretones. Carlos V dispuso, en 1535, "que el oro o plata que se funda, se marque en el tejo o barretón, por la ley que tenga y que por aquel precio corra y pase". Esta pragmática fue ratificada en 1551 y recordada por Felipe II en 1578. Estos barretones o tejos, dieron lugar, más tarde, a la denominación de "pesos oro", moneda de cuenta que durante mucho tiempo se utilizó en las contrataciones.

         El oro en polvo fue otro del los medios empleados, a falta de la moneda sellada, que los indígenas de México ya lo usaban antes de la llegada de Hernán Cortés; por Real Cédula de 1550, fue prohibida la circulación de oro en polvo. Otro sustituto de la moneda, en los primeros tiempos de la conquista, y aún, más tarde, cuando el dominio español estaba consolidado, fue el oro y plata en pasta, convenido al peso.

         Los habitantes de América, obligados por la falta de numerarios, consideraron, como medio común de valor, artículos necesarios para la subsistencia diaria. Tal ocurrió con la llamada "moneda de la tierra", que reemplazó a la moneda metálica sellada, en las Provincias del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, donde su ausencia fue un mal acentuado.

         Se encuentra la denominación de "moneda o pesos de la tierra", en la Cédula de Felipe III de 1618, que dice: "Porque hay dificultad en las monedas de la tierra, que corren en las Provincias de Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, en que se han de hacer las pagas de tasas y tributos de Indios: Declaramos, que las monedas de la tierra han de ser especies, y lo que de ella se tassare, por un peso, valga a justa, y común estimación seis reales de plata". En 1659, fue modificada la mencionada disposición, fecha en que el Virrey del Perú, recibió orden de cobrar las tasas en dineros, a razón de 8 reales por peso.

         Una de las primeras medidas tomadas por el Gobernador Domingo Martínez de Irala, fue crear el Cabildo de la Ciudad de Asunción, en setiembre de 1541, y este, a su vez, entre las primeras ordenanzas dictadas, fue la del 3 de octubre de 1541, que por extraordinaria coincidencia histórica, quince años después, en la misma fecha, muere el ilustre Gobernador que la promoviera. Dicha ordenanza dice así: "Visto que no hay oro ni plata, ni otras cosas en la tierra para poder contratar en manera de moneda, que por esta causa, se deja de vender e contratar la hacienda de su Magestad, que en esta tierra se cobran así cochinos, maíz, mandioca, y aves y otras cosas, que se cobran de los diezmos y quintos a Su Magestad pertenecientes, y no se halla precio ninguno, de oro y plata; porque en dicha tierra de presente no la hay, a esta razón e por que no haya, moderaron que de aquí adelante, valga un anzuelo de malla un maravedí, e un anzuelo de rescate, valga cinco maravedíes, e un escoplo valga diez y seis maravedies, e un cuchillo de rescate veinte y cinco maravedíes, e una cuña de marca, que de aquí se acostumbra a hacer, valga cien maravedíes. Lo cual dijeron que mandaban e mandaron, que todo lo que se vendiese e contratase de aquí en adelante, y se debiese de cochinos y de otras cualquier cosas de deudas, que en esta tierra se hiciesen, hasta que haya oro o plata, se contrate e pague en las dichas cosas en lugar de moneda y que ninguno las pueda         despechar por los dichos precios".

         Por Ordenanza de 7 de noviembre de 1544, el Cabildo establece precios, hasta, nueva disposición a los siguientes víveres: dos gallinas caseras a tres cuchillos de marca; ocho huevos un cuchillo; tres libras de pescado de espinel en un cuchillo y dos libras de pescado de red un cuchillo.

         La cuña, primitivamente era un pedazo de hierro, que pesaba 7 onzas, igual a 192 1/2 gramos. Posteriormente, en 1545, a las cuñas de 7 onzas, que por ordenanza del 3 de octubre de 1541, se le había asignado un valor de cien maravedíes, se le asignaba cincuenta maravedíes, adoptándose el peso de once onzas igual a 302 1/2 gramos, para los valores de 100 maravedíes.

         Las cuñas de hierro, eran cuadradas o redondas, fundidas para darles forma, marcándose con un punzón, el valor que se les asignaba.

         Por algo más de medio siglo, circularon las cuñas de hierro, especialmente entre los indios, que las buscaban para trabajar el hierro de las mismas y hacer diferentes utensilios, como cuchillos, hachas, anzuelos, etc. A estas monedas se las denominaban "cuñas de Irala".

         El mérito del Gobernador Irala, al crear las cuñas de hierro como monedas, fue despertar el interés entre los indios en conseguirlas, pues las utilizaban para convertirlas en sus instrumentos de trabajo, ofreciendo ellos mismos, en cambio, sus productos de Chacras, cacerías y pescas, para la subsistencia de los españoles. No así ocurrió en el resto de América, donde por mucho tiempo los españoles llegaban a usar hasta de la violencia, para obtener los efectos de manutención.

         El 26 de junio de 1595, el Cabildo   Reglamenta El Hierro: se contará por medio peso cada libra; un peso la vara de lienzo; acero a dos pesos la libra; el algodón doce pesos el quintal, "las cuales monedas nadie podrá desechar y valdrán todas igualmente incurriendo por los que no la reciben o quieran recibirla por menos, en la pena de cien pesos corriente de a ocho". En este mismo año, cuarenta y cinco libras de carne valían un peso.

         Los fletes de las mercaderías transportadas, desde Asunción a Santa Fe, se abonaban a razón de cuatro reales la arroba.

         El Capitán General de la Provincia del Paraguay, Sarmiento de Figueroa, preocupado por la gran escasez de monedas en estas Provincias, que dificultaba su comercio, dicta la siguiente ordenanza el 23 de abril de 1622: "Por haberse reconocido, que por el uso de la plata acuñada, en todos los Reinos y Provincias de la Corona, son el principal fundamento del mayor comercio, conservación y opulencia dellas, etc., mando se notifique a los dueños de barcas que frecuentan este río para el comercio de ésta con las demás Provincias, sean mercaderes, forasteros o vecinos dellas, de cualquiera calidad que sean a ninguno le den plaza para dicha hacienda, sin que primero conste que traen la cuarta parte de su empleo y caudal, en plata corriente, so pena de quinientos pesos de dicha plata, al dueño de barca que lo contrario hiciere, y al mercader que no cumpliere, se obligará a volver a llevar etc."

         Con esta Ordenanza, se solucionaba, aunque en parte, la escasez de numerario, en las Provincias del Paraguay. Recién en el año 1779, se solucionaba en forma definitiva este mal.

         El Cabildo de Asunción, se dirije a Su Majestad, en fecha 18 de febrero de 1727, pidiendo la creación de una moneda sellada provincial para el Paraguay, a igual que en otras Provincias; reiterando este pedido, el 16 de junio de 1732, que tampoco tuvo éxito.

         Explicados así, en forma rápida, los valores que se daban a la "moneda de la tierra" o "peso hueco del Paraguay", pasaremos a un examen, también breve, del sistema monetario "metálico" de las Colonias Españolas de América.

         En la América Española, la amonedación de las piezas de plata, se hicieron casi inmediatamente después de la conquista de México por Hernán Cortés. En 1536, la casa de monedas de la Capital del Virreynato de Nueva España, batía ya monedas de plata y cobre, a nombre de Carlos y Juana. La plata extraída de las minas de América por España, calculan los entendidos, excede a las de oro, en razón de 46 a uno; en los tiempos de la conquista, el valor del oro con respecto la plata, era de uno a siete, siendo de uno a 16 posteriormente. Desde la primera Moneda labrada en la ceca de México, en 1536, hasta la última en Potosí, en 1825, la         plata fue acuñada sin interrupción, en todos los dominios de España en América.

         Se llamó "peso plata", en el Perú, hacia la segunda mitad del siglo XVI, a la plata pesada por marcos y onzas. Acuñada la moneda, pasó a ser denominación genérica de todas las piezas de ocho reales, cuyo valor era de 272 maravedíes, o 15 reales dos maravedíes de vellón, en moneda de cobre.

         Denominaban "peso fuerte", a la moneda que tenía más peso que el señalado por la ley, o teniendo el peso legal, su título era superior a otro del mismo valor y peso; y "peso corriente" se denominó a la moneda de menos título.

         La diferencia de cotización, entré el peso fuerte y el peso corriente, hizo que la primera tuviera un premio, que llegó a ser hasta del 13 %. En el Virreynato del Río de la Plata, los sueldos y gastos de la Administración colonial, eran satisfechos en pesos corrientes, es decir, en moneda macuquina que no tenía premio, redundando en perjuicio de los interesados, que reclamaban el pago en pesos fuertes. En algunas ocasiones, al hacerse la liquidación u orden de pago, se hacía mención expresa de la clase de moneda con que se pagaba, para evitar malentendidos o reclamos posteriores. Para un peso fuerte, eran necesarios de once a catorce reales macuquinos, según el desgaste o cercén, que presentaran éstos.

         La moneda española o americana colonial, nunca tuvo la inscripción "peso fuerte", pues ésta era una denominación de cuentas. Posteriormente, algunas Repúblicas Americanas, la adoptaron como unidad monetaria.

         El real plata de a ocho, ya sea circular o macuquino, desde el siglo XVI, comenzó a llamarse en México, peso fuerte o duro, nombres que fueron adoptados después, en toda América Española, y que equivalía a 20 reales vellón.

         Se llamaban "PESOS HUECOS DEL PARAGUAY" los representados con la yerba mate y el tabaco, especialmente, a razón de una arroba de aquella por dos pesos. Estos pesos, tenían el valor de seis reales plata, estimación que había sido fijada por Felipe III, en Octubre 10 de 1618. El peso hueco del Paraguay, valía pues, dos reales menos que el corriente.

         En la amonedación hispanoamericana, no existió un peso uniforme entre moneda y moneda de un mismo valor, diferencia, más notable en las del tipo macuquino, no sólo al tiempo de su salida de la ceca, sino también, después de haber circulado, por los recortes que le hacían los particulares, prestándose este tipo de moneda para ese viejo fraude. Si bien, en la casa de moneda se obtenía el número reglamentario de piezas señalado como talla por la Ordenanza monetaria, con la cantidad de pasta entregada, existía la diferencia entre pieza y pieza de un mismo valor, de modo, qué las que excedían del peso legal eran exportadas para ser comerciadas al peso, y las de baja ley, quedaban para la circulación.

         El "peso oro corriente", tenía según una apreciación, el valor de 300 maravedíes, en la primera mitad del siglo XVII siendo el del oro, de ley perfecta, de 450 maravedíes; equivalente a trece reales plata y un cuartillo, según la Real Cédula de Felipe II de 1586.

         "Escudo'', es el nombre que se dio a ciertas monedas de oro y plata, de diversos países y épocas, originado por el blasón de armas o escudo, que mostraban en una de sus caras, siendo su origen muy antiguo.

         En 1537, por Real Cédula de Carlos y Juana, se dio oficialmente el nombre de "escudo", en España, a la moneda labrada de oro y que tenía un peso de 3 gramos 383 milésimos, entrando así a reemplazar al antiguo "sulete" o "corona", de los Reyes Católicos.

         En la ordenación de la moneda colonial, el escudo fue la unidad monetaria para el oro. En algunos países de América, que surgieron de las antiguas posesiones de España, el escudo pasó a ser denominación monetaria.

         La onza, fue la moneda de oro acuñada en España, y en América después, del valor de ocho escudos. Las primeras onzas fueron batidas en la metrópoli, en tiempos de Felipe II, y en las Colonias, en México, posteriores al año 1679, del tipo macuquino, y Felipe V, también México, del tipo busto de cordoncillo.

         La autorización para acuñar monedas de oro en América data del reinado de Caros II, por Real cédula del 25 de febrero de 1675. Los ejemplares de onzas conocidas son escasos, los de Carlos II, no así los valores menores. Por ordenanza de Indias de 1750, se establecía, que ocho y medio doblones de ocho escudos onza, pesasen exactamente un marco; y de acuerdo con esta disposición, la onza debía temer un peso de 27 gramos seis centésimos.

         Como España necesitaba el oro amonedado en América, lo que causó su exportación, y esto trajo, en consecuencia, una valorización extraordinaria de las monedas de oro que circulaban en las Colonias. El Virrey Vertiz, del Río de la Plata, les acordó un premio del 8 % con respecto a los de plata. El valor de las onzas, que circulaba en el Virreynato a principios del Siglo XIX, con respecto al peso fuerte, era de uno a 16 y con el peso corriente, de uno a 17 con 2 reales,         considerando el premio citado.

         Los tres tipos clásicos de onzas Americana Coloniales, son la macuquina, la de rostro y la onza pelucona. Con respecto a la amonedación de Potosí, la primera onza y media onza, llevan el sello 1779, y la última de Fernando VII, el de 1824.

         A los múltiplos del escudo, la denominaban con el nombra de "doblón", y así tenemos los doblones clásicos americanos, que fueron de 8, 4 y 2 escudos. El submúltiplo del escudo era el "escudito" del valor de medio escudo.

         El origen del vocablo "doblón", viene de la época de los Reyes Católicos, según se cree, cuando el vulgo llamó doblón a la moneda de oro, de la reforma de estos Monarcas, llamada "excelente mayor", que tenía el valor de dos "castellanos" o "doblas".

         La unidad efectiva del sistema monetario español, para sus posesiones de América, fue el "real", para las monedas de plata, así como el "escudo" para las de oro. Los múltiplos del real, eran las piezas de 8, 4 y 2 reales, y los submúltiplos, el medio y el cuarto real o cuartillo.

         Los primeros reales que corrieron en América, fueron acuñados en Sevilla, y remitidas a la Isla Española, en 1505. Tenían el valor de 44 maravedíes, en vez de los 34 de España; los diez maravedíes de aumento, tenía por objeto compensar los gastos de transportes y riesgos del viaje. Por Cédula de 1538, se ordenaba, que el real plata, en América, valiese 34 maravedíes, lo mismo que en España, a fin de evitar que se exportasen los circulantes a las islas la Española y Santo Domingo.

         Al real de a 8, se lo llamaba también duro, patacón o peso fuerte. Si el peso era de plata corriente, valía 12 reales de vellón, y si era de plata vieja, o peso fuerte, valía 15 reales de vellón, y 2 maravedíes. A la moneda de un real, se le conocía con el nombre de "real sencillo".

         El cuartillo o un cuarto real, se autorizó su acuñación en cobre en México, por Real Cédula de 1535, luego en Santa Fe de Bogotá, en plata, en 1759, y en Popayan en 1783. Los cuartillos clásicos coloniales, fueron los del Castillo y León, autorizados por Real Cédula de 1789. Los cuartillos acuñados en Potosí, llevan fechas comprendidas entre 1796 y 1809.

         El real fuerte, era la moneda de plata de buena ley, especialmente las de tipo "columnario", que tenía valor de dos y medio reales de vellón. Se denominaba "real plata", para distinguirlos del "real vellón''.

         El "real vellón", era moneda de cobre, del valor de 20 maravedíes, y su valor fue variable con respecto al real plata, oscilando entre uno y medio a dos y medio, según la época.

         Casi todas las Repúblicas Hispanoamericanas, heredaron el término real, para designar los valores de sus respectivas leyes monetarias, para ir siendo remplazado, poco a poco por el peso y la subdivisión de centavos, céntimos o centésimas. El término real, subsistió en España hasta la segunda mitad del siglo XIX.

         Se lo designa con el nombre de "real macuquino", a los batidos en las distintas cecas de América, especialmente en Potosí, que se distinguen por su poca ley y pésima acuñación, de grosor irregular y forma recortada. Su valor fue siempre inferior al columnario y al del busto.

         Algunos aseguran, que el vocablo "macuquino", deriva del árabe "mahcuc", que significa reconocido, comprobado; otros, que el adjetivo "macuco", se deriva de la palabra, que en Argentina, Chile y Perú, equivale a astuto, disimulado, con miras a engaño en provecho propio, como aquellas monedas que ostentando los caracteres de las legitimas, envolvían un engaño. Quedaría por saberse, si las cosas no pasaron del modo inverso, es decir, que macuco se haya derivado de macuquino. Y por último, otros dicen, que la palabra macuquina, se deriva de la palabra "macuquino", que significa el trabajo de minas abandonadas.

         Las primeras monedas macuquinas, fueron de plata, y se acuñaron en las cecas de México, Potosí y Lima, sin indicación de fechas, hasta principios del siglo XVII. En Potosí, no se llegaron a acuñar monedas macuquinas de oro, pues recién en 1777, se autorizó a esta ceca amonedar monedas de oro, cuando ya no se acuñaban macuquinas.

         Las monedas maquinas, fueron fabricadas a golpe de martillo y muestran las huellas de su imperfección en sus figuras y leyendas, mal grabadas e incompletas.

         En las juras y proclamas reales, uno de los medios simbólicos usados para determinar el amor del pueblo y su fidelidad al nuevo monarca, fue el recortar la moneda que más se prestaba a ello, la macuquina, y darle forma de corazón.

         A la moneda de cobre menuda, se la designaba con el nombre de "maravedí"; haciendo 34 maravedíes, un real plata y 20 maravedíes un real de vellón.

         Desde la aparición de la moneda, hasta nuestros días, la acuñación monetaria, ha pasado por tres fases principales: a) A martillo o yunque, primitivo sistema usado por más de 20 siglos; b) Acuñación a volante, balancín o molino, comenzándose a usarse desde el siglo XVII y c) A prensa de vapor o torno mecánico, perfeccionándose luego; con la aplicación de la electricidad desde fines del siglo XIX.

         En las casas de monedas americanas, la acuñación normal fue la de martillo, hasta la primera mitad del siglo XVIII.

         Recién en 1706, comenzaron a acuñar monedas en España a balancín y en América en 1732, en México y en Potosí en 1773.

         En el Paraguay, la primera moneda de cuño nacional, de un doceavos de cobre, por un valor de 30.000 pesos, fue acuñada a balancín en Europa, y posteriormente, por un valor aproximado de 2.700 pesos de la misma moneda y fecha, en nuestro país, mediante una prensa adquirida por el Gobierno Nacional en el Brasil.

         Señores:

         Hemos tratado de cumplir con la pretensión que expresáramos al comienzo; vale decir, la de dar una explicación general sobre la moneda Colonial Hispanoamericana y de su sistema de valores. Lo hemos hecho en base de las informaciones autorizadas de tratadistas que han abordado la materia, y cuyas informaciones, hemos hecho lo posible por trasuntar fielmente, en este modesto trabajo.

         Si algún mérito puede tener esta disertación, es el de asociarnos con el más sincero afán y con patriótico propósito, a los actos conmemorativos del IV Centenario de la muerte del preclaro y genial  Gobernador Domingo Martínez de Irala. He aquí, el motivo determinante del trabajo, que les hemos presentado, así como el de esta Primera Exposición Numismática Colonial Hispanoamericana que se presenta en nuestro país.

         Nos sentimos sumamente honrados por vuestra asistencia, y personalmente profundamente agradecido, por la benevolencia con que nos habéis escuchado.

         Al repetiros ese agradecimiento, deseamos formular los más fervientes votos, porque este encuentro fraternal, que han motivado los actos en homenaje del Gobernador Irala, que ahora clausuramos, cobije siempre nuestras almas y nuestra vinculación, entre Paraguay y España, con el afecto de la Madre Patria, con amor a nuestra tierra Guaraní, y amparados con el sentimiento de nuestro patriotismo.

 

EL AUTOR

 

         Juan Bautista Gill Aguinaga nació en Asunción, el 10 de junio de 1910. Hijo de don Juan Andrés Gill y de doña Elodia Aguínaga, ambos fallecidos. En su ascendencia cuenta con ilustres y denodados servidores de su patria, como el Presidente de la República don Juan Bautista Gill, don Andrés Gill, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de don Carlos Antonio López, don Juan Miguel Gill, miembro del congreso de junio de 1.811. Es casado con doña Alice Ayala Urbieta. Egresado el Colegio Militar "Mariscal Francisco Solano López", en la promoción 1930, con el grado de Guardiamarina; al estallar la conflagración chaqueña, pasó a revistar en los efectivos del ejército en campaña. Revistó en el Regimiente de Infantería N° 3 "Corrales", de legendaria actuación en la misma, llegando a detentar el cargo de comandante de batallón. Actuó desde la acción de Saavedra, noviembre de 1932, hasta enero de 1934, en todas batallas que participara aquella gloriosa unidad, alcanzando luego de la segunda batalla del Herrera, el ascenso al grado inmediato superior por méritos de guerra. En setiembre de 1934, vuelve a reincorporarse en la Armada Nacional. Fue citado en diversas oportunidades por su actuación cumplida por sus comandos de Regimientos, de División, y de Cuerpo de Ejército, como así mismo, en órdenes del día del Comando en Jefe del Ejército del Chaco y el Ministerio de Defensa Nacional. Por su ya referida hoja de servicio, fue condecorado con la Cruz del Chaco y la Cruz del Defensor, que premian el valor militar, y autorizado a usar las insignias de dos años de actuación de guerra en el campo de batalla. Alcanzó a detentar el grado de Teniente de Navío, grado con el que se retiró de     nuestra Armada Nacional, a su pedido en 1936. Posteriormente ingresó en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Asunción, para abandonar luego sus estudios y dedicarse en forma intensiva a sus actividades privadas.

         Incorporado a las fuerzas vivas del país, enseguida descolló por su dinamismo, energía y amplio criterio en el enfoque de los problemas gremiales que afectaban a los rubros de su especialidad. En reconocimiento a ello, presidió por varios años consecutivos, la entidad madre de nuestra ganadería, la Asociación Rural del Paraguay, cupiéndole el privilegio de inaugurar las seis primeras exposiciones nacionales. Fue Consejero de Estado de 1950/53; Miembros del Directorio de la Flota Mercante del Estado de 1949/50, Presidente del Directorio de Elvira, S.A.; Presidente del Directorio de Maderera del Norte S.A.; Presidente de la Federación de la Producción, la Industria y El Comercio, (FEPRINCO), habiendo encabezado la delegación de esta entidad en la visita de confraternidad a la Confederación General Económica Argentina, en 1954, presidiendo también la delegación de la misma a la Conferencia de Inversionistas de Nueva Orleans, realizada en 1955; Huésped oficial del gobierno uruguayo en 1949; en el carácter de huésped de honor, lo que fue en diversas oportunidades de las asociaciones rurales de la Argentina y el Uruguay.

         En el panorama cultural de su patria es un valor neto, de bien probada capacidad. A sus desvelos se deben la retención en el país de muchos valores históricos, rescatados de manos extrañas, a lo largo de muchos años de dedicación silenciosa pero sostenida. Atesora en su importante biblioteca y archivo particular, libros y documentos venidos a él por tradición familiar como así también, laboriosamente reunidos, tanto en el país, como en centros extranjeros. En su especialidad, la numismática, es sin disputa,    el propietario del fondo más importante del país, y su colección, es de las más completas de los países del plata. Pertenece a las siguientes instituciones de alta cultura: Presidente del Instituto de Numismática y Antigüedades del Paraguay; Vice presidente 1º del Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas; es miembro de la Sociedad Científica del Paraguay, Academia de la Lengua y Cultura guaraní, Instituto de Numismática del Uruguay, Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, Sociedad Iberoamericana de Estudios Numismáticos, de Madrid, Asociación Numismática Española, de Barcelona; Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay; Instituto Paraguayo de Cultura Hispánica, Sociedad Bolivariana del Paraguay, Instituto Brasilero de Cultura Hispánica y Asociación Numismática Argentina.

         Incansable animador de tareas culturales, a las que siempre entrega todo el calor de su entusiasmo, don Juan Bautista Gill es una vigorosa personalidad económica, financiera y social, guiada en todo momento por un acendrado patriotismo, en aras del cual, muchas y acabadas pruebas ya diera al país; su presencia en toda nucleación es siempre garantía de eficiencia y capacidad. Mucho aún, dada su ejecutoria, puede esperar el medio nuestro, de los ya maduros frutos de su vocación.

 

         BENIGNO RIQUELME GARCIA

         Director

 




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