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MILDA RIVAROLA ESPINOZA


  LA POLÉMICA FRANCESA SOBRE LA GUERRA GRANDE - Por MILDA RIVAROLA - Año 1988


LA POLÉMICA FRANCESA SOBRE LA GUERRA GRANDE - Por MILDA RIVAROLA - Año 1988

LA POLÉMICA FRANCESA SOBRE LA GUERRA GRANDE

ELISEO RECLUS: LA GUERRA DEL PARAGUAY

LAURENT-COCHELET: CORRESPONDENCIA CONSULAR

Por MILDA RIVAROLA

Editorial HISTÓRICA

Revisión técnica: ALFREDO M. SEIFERHELD

Asunción – Paraguay

Abril, 1988 (279 páginas)

 

 


Ilustración de portada: Una calle de Asunción, después de su evacuación, año 1868.

En Washburn, Charles A., “The History of Paraguay,

With notes of personal observations…”, Boston,

Lee & Shepard Publishers, 3 vols. 1871


MILDA RIVAROLA ESPINOZA

Nació en Asunción en 1955. Se graduó en Sociología en la Facultad de Sociología de la Universidad Católica “Nuestra Señora de la Asunción” (1978), y en Ingeniería Agronómica en la Facultad de Ingeniería Agronómica de la Universidad Nacional de Asunción (1977). Realizó cursos de postgrado en Sociología en el ISDIBER, Universidad Complutense, Madrid, España. En 1985 obtuvo el D.E.A. de la “Ecole de Hautes Etudes en Sciencies Sociales” de París, siendo en la actualidad candidata al doctorado en Historia y Civilización de dicha institución francesa. Se desempeñó como investigadora del Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, del Comité de Iglesias y del Instituto Nacional del Indígena (INDI) y ejerció la docencia en la Universidad Católica de Asunción. Tiene varias publicaciones e informes.


TITULOS PUBLICADOS

Alfredo Ramos: "Concepción 1947. La revolución derrotada", 202 páginas, Asunción, 1985.

Alfredo M. Seiferheld: "Nazismo y Fascismo en el Paraguay, Vísperas de la Segunda Guerra Mundial", 226 páginas, Asunción, 1985.

César R. Gagliardone: "Organicemos una nación", 100 páginas, Asunción, 1985.

Renée Ferrer de Arréllaga: "Un siglo de expansión colonizadora", 196 páginas, Asunción, 1985.

Isaac Kostianovsky: "Comentarios ligeros y desprolijos", 194 páginas, Asunción, 1985. Varios autores: "Las transnacionales en el Paraguay", 318 páginas, Asunción, 1985.

Juan Sinforiano Bogarín: "Mis apuntes”, 162 páginas, Asunción, 1986.

Alfredo M. Seiferheld y Pedro Servín Fabio: "Album fotográfico del fútbol paraguayo", 1901 - 1950,142 páginas, Asunción, 1986.

Eligió Ayala: "Evolución de la economía agraria en el Paraguay, Política agraria", 196 páginas, Asunción, 1986.

Alfredo M. Seiferheld: "Nazismo y Fascismo en el Paraguay. Los años de la guerra", 336 páginas, Asunción, 1986.

José N. Morínigo e Ilde Silvero: "Opiniones y actitudes políticas en el Paraguay". Resultados de una encuesta de opinión, 306 páginas, Asunción, 1986.

Alfredo M. Seiferheld y otros: "La caída de Federico Chaves. Una visión documental norteamericana", 144 páginas. Asunción, 1987.

Sixto Duré Franco: "La Revolución de 1947 y otros recuerdos", 192 páginas, Asunción, 1987.

Carlos Romero Pereira: "Una propuesta ética. Análisis de la realidad nacional", 512 páginas, Asunción, 1987.

Ricardo Rodríguez Silvero: "La integración económica del Paraguay en el Brasil", 344 páginas, Asunción, 1987.

José Fernando Talavera: "Herminio Giménez", 158 páginas, Asunción, 1987.

"Por qué clausuraron ABC Color", 333 páginas, Asunción, 1987.

Alcibiades González Delvalle: "El drama del 47. Documentos secretos de la guerra civil". 330 páginas, Asunción, 1987.

Carlos J. Fernández: "La Guerra del Chaco, Vol. VII, Organizaciones civiles y militares de retaguardia", 1928—1935, Asunción, 1987.

Julia Velilla L. de Arréllaga y Alfredo M. Seiferheld: "Los ecos de la prensa en 1887. Una propuesta de conciliación política", 176 páginas, Asunción, 1987.

Justo José Prieto: "El estatuto electoral cuestionado. Análisis de la ley paraguaya", 128 páginas, Asunción, 1988.

Alfredo. M. Seiferheld y José Luis De Tone: "El asilo a Perón y la caída de Epifanio Méndez. Una visión documental norteamericana”, 237 páginas, Asunción, 1988.

Cámara de Diputados: "Juicio político iniciado a pedido de S.E. el Señor Presidente de la República Dr. José P. Guggiari con motivo de los sucesos del 23 de octubre de 1931”, 158 páginas, Asunción, 1988.


 


INTRODUCCIÓN

Se presentan, en este trabajo, dos conjuntos de documentos que teniendo en su tiempo una importancia relativamente grande, permanecieron desconocidos o de un difícil acceso en el Paraguay.

El primero de ellos consiste en cuatro artículos de Elíseo Reclus, publicados de 1866 a 1868 en medios franceses de gran difusión. Si el hecho de que Reclus haya defendido la causa del Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza era conocido por varios historiadores, las referencias directas de estos artículos son escasas. (1) La posición asumida por el sabio anarquista en estos documentos es de carácter personal y no parece tener relación con la política editorial de la Revue des Deux Mondes, donde aparecieron.

Los artículos anteriores y posteriores a los suyos publicados por esta misma revista sostienen posiciones absolutamente opuestas a las defendidas por Reclus. (2) Habiendo entrado posteriormente en conflicto con esa editorial, publica su último artículo en la Revue Politique et Litteraire, de una difusión algo menor que la anterior. (3)

Los tres primeros artículos, publicados en una revista que editaba periódicamente trabajos de Balzac, Baudelaire, Víctor Hugo, Humboldt, Lamartine, Michelet, Renán, George Sand, Tocqueville, etc., alcanzan una importante difusión en los medios de la “burguesía ilustrada” de la Francia de esos años, y ocupan un lugar central en la polémica que se dio en ese país durante la Guerra Grande. (4)

Se presenta la traducción de estos trabajos en la primera parte del libro en forma íntegra algunos; u obviando partes cuyo contenido no se relacionaba directamente con el tema de la Guerra del Paraguay, en otros.

Pareció preferible no agregar a los textos de Reclus notas de edición distintas a las suyas, respetando de este modo el texto original.

La segunda parte del libro tuvo una elaboración distinta. Era imposible, dado el volumen y la heterogeneidad de los temas tratados, presentar la traducción íntegra de estos documentos. Aun a riesgo de alterar la lógica interna de estos Despachos Consulares, se reagruparon los informes y las opiniones de Laurent-Cochelet, Cónsul de la Francia en Asunción, bajo los ítems generales que encabezan los nueve capítulos de la II Parte. Las opiniones del cónsul francés son relevantes en un triple sentido. Francia fue el único país que mantuvo en forma permanente un representante consular en el Paraguay a lo largo de la guerra. (5) El hecho que debiera hacerse cargo también de los intereses de súbditos británicos, y el manejo del idioma inglés permitieron a Laurent-Cochelet establecer relaciones constantes con los representantes diplomáticos de Gran Bretaña y los Estados Unidos acreditados ante el gobierno de Francisco S. López (residentes o no en el Paraguay), y hacen verosímil el supuesto de que la visión del cónsul francés haya servido de referencia central -y de fuente primera- a los informes diplomáticos de los representantes inglés y americano, Thornton y Washburn, ausentes ambos durante largos períodos del país.

Por otra parte, la política del Ministerio de Relaciones Exteriores de Napoleón III estuvo indudablemente determinada por los informes y por el tenor de esta correspondencia; política que, como podrá verse, no fue tampoco favorable a la “causa paraguaya” a pesar de su neutralidad.

Finalmente, y dejando de lado el tono excesivamente polémico de muchos de estos despachos, Laurent-Cochelet nos legó, en su correspondencia, un expresivo fresco del Paraguay de esos años, en el cual no está ausente una preocupación constante de las condiciones sociales en las que fue llevada a cabo la Guerra Grande.

De algún modo, toda la polémica varias veces recreada, desde la primera década del siglo XX hasta nuestros días en el Paraguay y en los países vecinos que participaron en la contienda sobre este evento, sigue centrándose en los temas que Elíseo Reclus y Laurent-Cochelet desarrollaron en estos documentos.

Más que una historia de la Guerra de la Triple Alianza -que, por otra parte, fue, junto a las Misiones Jesuíticas, el fenómeno de nuestro pasado que dio ya lugar a la historiografía más extensa y seria producida hasta el presente en el Paraguay- la intención de este trabajo es la de proporcionar elementos para una historia de los mitos creados por esa guerra, mitos que están presentes, en forma reiterada y persistente, en la construcción del pensamiento que la sociedad paraguaya tiene de sí misma y de sus orígenes.

Milda Rivarola

París, noviembre de 1987.


 

 

 


 

PARTE I

ELISEE RECLUS - LA GUERRA DEL PARAGUAY

 

Las Repúblicas de América del Sur. Sus guerras y su proyecto de Federación.

Elisée Reclus, La Revue des Deux Mondes, París, 15 de octubre de 1866, pp. 953-980.


Desde el punto de vista estrictamente geográfico, la mayor parte de la América del Sur está admirablemente dispuesta a ser habitada por pueblos unidos. Ese continente, aún más simple en su estructura que la América del Norte, a su vez tan sorprendente por su carácter unitario, puede ser considerado en su conjunto como una serie de montañas y de valles que se alzan paralelas al Pacífico y que descienden, gradualmente, hacia el este, formando una inmensa llanura suavemente inclinada. Si la América Meridional se asemeja a África por sus contornos generales, difiere singularmente de ella en su estructura interna y en la armonía existente entre sus partes (...) El simple aspecto del mapa muestra que los distintos países de América del Sur, apoyados en la espina dorsal de los Andes, regados por afluentes de los mismos ríos, están en íntima interdependencia: como perlas de un collar, constituyen en su unidad un conjunto geográfico de la más sorprendente simplicidad. Con excepción de algunas zonas orientales, pobladas por una nación de origen portugués, y las zonas pantanosas de las Guyanas, donde se han instalado algunos miles de plantadores ingleses, franceses y holandeses, toda América del Sur, es decir, las zonas andinas y las grandes llanuras fluviales, está habitada por hombres de razas mestizas, que forman, con sus elementos diversos, una nueva raza cada vez más homogénea. Los colonos de las distintas partes de España que a lo largo de tres siglos han sido los únicos europeos del continente, se mezclaron en todas las regiones con los indígenas, y de estos cruzamientos nació una población nueva, que heredó del Español su inteligencia, coraje y sobriedad ; y del aborigen la fuerza pasiva, la tenacidad y la natural dulzura (...) no solamente hicieron los aborígenes su entrada, de esta manera indirecta, a la gran familia de las naciones latinas, sino que, además, la mayor parte de las tribus salvajes se fue agrupando lentamente en torno a las poblaciones criollas. Adoptaron parcialmente sus costumbres, y durante las guerras de independencia se convirtieron en un solo y mismo pueblo junto a sus opresores de antaño. (...) Desde el estuario de La Plata hasta el Río Bravo y el Colorado, en el mismo espacio, habitan veintiséis millones de hombres que hablan la misma lengua, están ligados al suelo americano a través de sus ancestros indígenas y participan de una misma memoria histórica, de las tradiciones de la madre patria y de los esfuerzos realizados en común contra los españoles en quince años de lucha.

Lamentablemente, estas naciones, divididas por guerras intestinas, separadas las unas de las otras por vastas regiones despobladas e incluso por zonas aún inexploradas, no son en absoluto pueblos hermanos: su unidad, bien predispuesta por la naturaleza y por sus orígenes, aún no fue realizada en el plano político. Empero, esta unión es el ideal de los americanos sinceramente interesados en la prosperidad de su patria, y hasta las masas del pueblo empiezan a compartir estos deseos de federación. (...)

 

II

Cabe decir que, de ahora en adelante, las repúblicas de América del Sur pueden considerarse a salvo de todo riesgo de ataque serio por parte de alguna potencia europea. No solamente los Estados Unidos, que han salido de la guerra aún más fuertes que antes, se creerían probablemente con derecho a intervenir diplomática o militarmente si se presentara alguna amenaza grave a la autonomía de las naciones hispanoamericanas, sino que incluso estas mismas poblaciones probaron ya que eran capaces de asumir su propia defensa.

La pequeña República Dominicana, que cuenta apenas con 200.000 habitantes de raza mestiza y no podía, por ende, levantar sino un ejército muy pequeño, obligó a la orgullosa España, luego de veinte años de lucha, a liberarla del juramento de lealtad que se suponía había prestado, según los documentos oficiales, con tanto entusiasmo.

Chile, gracias a la distancia geográfica que lo separa de las posesiones españolas, y sobre todo, al patriotismo y a la inteligencia de sus habitantes, salió casi sin perjuicios de la guerra que su antigua metrópoli le había declarado; con sus pequeños barcos tripulados por unos pocos marinos, desafió valientemente la poderosa flota de su adversario, no dejándole al Almirante Núñez, más recurso que el bombardeo de la indefensa ciudad de Valparaíso.

Poco después, los peruanos, entendiendo por el ejemplo de lo que había pasado en Valparaíso, que más vale confiar en su propio coraje que en la generosidad del enemigo, rechazaban con violencia las fuerzas españolas, y los cañones de Callao vengaron la barbarie inútil cometida poco antes bajo las órdenes del ministerio español.

La maltrecha flota del Almirante Núñez debió batirse en retirada hacia las Filipinas y Río de Janeiro y dar así una tregua a las repúblicas aliadas, tregua de la cual ciertamente éstas harán buen provecho. Si la guerra ha cobrado últimamente un carácter platónico luego de la retirada de las naves españolas, Chile, Perú, Bolivia y Ecuador no han cesado de armar sus costas; de aumentar su flota, que ya es respetable; ni de pedir apoyo a las otras naciones americanas en contra del enemigo común. Su poderío crece incesantemente frente a la ofensiva, y las versiones frecuentes de sublevaciones o de peligro de invasión a Cuba y a Puerto Rico son un signo de lo que la política imprudente de España podría costarle un día a esta nación.

En lo que respecta a México, sigue estando parcialmente ocupado por tropas europeas, y su capital es sede de un Imperio cuyas indecisas fronteras cambian de un día al otro, siguiendo las diversas alternativas de incesantes combates. De cualquier modo, nos es permitido predecir, sin un exagerado esfuerzo de imaginación, que de ahora en más, se dará un nuevo cambio político en México, y que un gobierno conforme a las tradiciones de ese país sucederá al efímero reino de Maximiliano. La partida próxima de las tropas francesas, la desorganización de las finanzas imperiales y la rapidez con la cual se proclama la caída del nuevo soberano en cada ciudad o pueblo abandonado por sus soldados, hacen de la próxima restauración de la República mexicana un evento fácil de prever. Entonces la llamada Doctrina Monroe, a la cual las naciones americanas están dando cada vez mayor significación, será seriamente respetada por las potencias monárquicas de Europa. Toda intervención eficaz de España, Francia o Inglaterra se volverá imposible y, en consecuencia, una de las causas principales que frenaba el desarrollo de los jóvenes estados de América habrá desaparecido. Dueños en gran parte de sus propios destinos, entre ellos mismos deberán surgir las guerras y las revoluciones futuras.

Sin embargo, si las antiguas colonias españolas ya no tienen por qué temer el volver a caer bajo la dominación de uno de los pueblos de Europa, algunas de ellas sí tienen razones para temer las invasiones de una potencia que ocupa, como ellos, una parte del territorio americano.

El Brasil, grupo de praderas que el Paraná y los afluentes del Amazonas separan de la base oriental de los Andes, constituye un territorio distinto del resto del continente, y las poblaciones establecidas sobre esas mesetas difieren por su origen, su lengua, sus instituciones, sus costumbres, de los restantes pueblos de América. El contraste existente entre Brasil y las regiones andinas es igualmente notable en la doble perspectiva de la etnología y de la geografía. De un lado, los hispano-indígenas ocupan los valles de una alta cadena de montañas; del otro, los hijos de portugueses y de los negros del África pueblan un macizo aislado, rodeado del mar y de inmensas llanuras, pantanos y selvas; al oeste las naciones liberadas, al este un conjunto heterogéneo de habitantes que en su tercera parte se compone de miserables esclavos sin patria ni derechos.

El contraste presentado por los dos grupos poblacionales que se distribuyen en América del Sur es por lo tanto completo, y lamentablemente, en el estado de barbarie en que está todavía, en tantos aspectos, la raza humana, esta oposición no puede más que dar lugar a guerras sangrientas.

La lucha que durante tantos siglos ha separado los dos pueblos de la península ibérica, a Españoles y Portugueses, continúa allende los mares, sobre un territorio mucho más vasto que la pequeña península europea.

Al norte y al oeste de las antiguas colonias portuguesas, la inmensidad de las regiones despobladas que las separan de las zonas habitadas por los descendientes de los españoles ha impedido, hasta nuestros días, el surgimiento de conflictos serios. El Brasil pudo, gracias a la unidad de puntos de vista y a la perseverancia de sus diplomáticos, triunfar provisoriamente en todas las cuestiones limítrofes sobre la resistencia de efímeros gobiernos que se sucedían en las repúblicas vecinas y, de este modo, se adjudicó, sin esfuerzo, inmensas e inexploradas extensiones de terreno, habitadas únicamente por indios salvajes. Sobre el mapa, Brasil se extendió así a expensas de Bolivia, Perú, Ecuador, Nueva Granada y Venezuela, sobre una superficie de varios cientos de millones de hectáreas. Pero la fuerza real del Imperio no ha crecido pareja a esta enorme apropiación de territorio. En el conflicto entre esas dos razas, prevalecerá necesariamente aquélla en donde la libertad de los hombres es más respetada.

Del lado del sur y del suroeste, donde no sólo los dominios cuestionados limitan unos con otros, sino también donde las mismas poblaciones están suficientemente cerca unas de otras para hacerse la guerra, la lucha ha sido constante desde hace tres siglos. Los colonos de razas enemigas estaban, desde la cuna, destinados a combatirse, y los tratados de alianza concluidos en Europa entre las dos metrópolis no impidieron a los mamelucos (*) de Sao Paulo continuar sus cacerías de hombres en las Misiones Españolas. En el presente siglo, esta lucha entre razas se regularizó gradualmente, pero subsiste bajo formas diferentes; y el objeto central de la lucha ha sido siempre el dominio de los grandes ríos del interior y del puerto de Montevideo. Vencidos unas veces, vencedores otras, los portugueses y sus herederos, los brasileños, perdieron unas veces y ganaron otras la soberanía sobre una de las riberas del Plata; acaba, finalmente, de alcanzar su objetivo al instalar en Montevideo como Presidente de la Banda Oriental al General Flores, quien entró comandando una de las unidades del ejército brasileño. Hicieron más aún, ya que lograron levantar el ejército de una República contra otra; tuvieron la habilidad de colocar a la vanguardia de sus tropas de invasión a los soldados de Buenos Aires, y gracias a esta diestra maniobra obligaron a compartir la responsabilidad y el peso de la guerra a sus enemigos hereditarios. Esperan así apropiarse como amigos de esa frontera natural del Paraná, que les sería mucho más difícil conquistar por la fuerza.

En el inicio de la Guerra del Paraguay, es decir, en mayo de 1865, los aliados estaban imbuidos de esperanza y de jactancia; era a paso de carrera, era al galope de sus caballos que los soldados de Mitre, Flores y Osorio se lanzarían a la conquista del codiciado país.

En el momento en que el presidente Mitre fue obligado por el Paraguay, después de haber trabajado durante años subrepticiamente contra la independencia de Montevideo, rival de Buenos Aires, a arrojar la máscara y colocarse abiertamente del lado de los brasileños, hubieras dicho que, cual Zeus, poseía la fuerza de los rayos, tanta era la premura con que se dedicaban en torno a él a festejar su próximo triunfo. “Acabamos de decretar la victoria”, exclama dejando la pluma con la cual acababa de firmar el Tratado de Alianza con el Brasil. “En los cuarteles hoy, mañana en la campaña, en tres meses en Asunción!”, tal era la orgullosa frase que los admiradores de Mitre habían oído de sus labios. Desde esa fecha, en la que el éxito parecía tan fácil de lograrse, pasaron más de dieciséis meses, durante los cuales fueron librados muchos combates y sacrificadas inútilmente millares de vidas humanas. Las fechas que de tanto en tanto se permiten fijar por adelantado, para la toma de Asunción, son, a causa de las imprevistas dificultades, cada vez más lejanas. El General Urquiza, quien, a la cabeza de su caballería debía abrir camino al ejército del Brasil y al de Buenos Aires, se retiró rápida y prudentemente a la retaguardia, retornando más tarde a su rica estancia(*) para convertirse en el gran proveedor de víveres a los Aliados, vendiéndoles a exorbitantes precios el ganado y los cereales. No sólo Asunción no cayó en manos de los Aliados a los tres meses, sino que a pesar de los numerosos cables que anuncian la completa destrucción de las fuerzas paraguayas, ni el General Mitre ni el Almirante Tamandaré pudieron dirigir uno solo de sus cañones contra los muros de la fortaleza de Humaitá, que defiende la entrada de la República.

La única conquista de los Aliados es la de Estero Bellaco, región húmeda durante la época de lluvias y polvorienta en las secas, rodeada todo el año de pantanos de donde surgen y se propagan las fiebres, cuyo efecto es más terrible que el de los cañones. Hasta el momento, el presidente Mitre, incluso acompañado de 30.000 brasileños, parece haber tenido menos suerte que el Gral. Belgrano, de quien se hizo historiador, ya que este héroe, tratando vanamente de conquistar el Paraguay para someterlo a la corona de Fernando VII, llegó a pelear en las cercanías de Asunción.

No es que en la defensa los jefes del Ejército Paraguayo hayan sido siempre hábiles estrategas. (1) Al contrario, cometieron graves errores, provenientes sobre todo de la inexperiencia militar, pero estos errores fueron reparados gloriosamente más tarde. Los paraguayos se retiraron lentamente de la Provincia de Corrientes que habían invadido antes, sin dejar de hostigar al enemigo en su retirada, destruyéndole sus vanguardias y tomándole las caravanas de víveres. Estos hombres, a quienes se presentaba en un principio como un tropel de fugitivos, tuvieron casi siempre el privilegio de la ofensiva; los Comandantes del Ejército Aliado, mal dirigidos por el Almirante Ta mandaré, fueron la mayoría de las veces burlados por el Mcal. López en sus preparativos de ataque, y pese a la superioridad numérica de sus fuerzas y su poderosa artillería, no pudieron tornar indecisa la lucha sino después de haber asistido a la derrota de las más avanzadas de sus tropas. Incluso cuando los brasileños ya ocupaban la ribera izquierda del Paraná, un pequeño destacamento de paraguayos, cruzando inesperadamente el río, vino a presentar batalla a un ejército entero, y no se retiró sino después de haber mantenido durante tres días su posición en el campo de batalla de San Cosme.

En fin, en Tuyutí, en la batalla que fue probablemente la más sangrienta de toda la historia de América del Sur, los aliados se dejaron sorprender nuevamente, y aunque sostengan haber sido ellos los vencedores de esa jornada, lo cierto es que se vieron obligados a deshacer camino y refugiarse bajo los cañones de su flota, en las tierras inundadas donde el tifus los diezma. (2) Aproximadamente dos meses después del terrible choque de Tuyutí, los brasileños, reforzados por 6 o 7.000 hombres enviados por el Barón de Porto Alegre, tomaron a su vez la ofensiva; pero fueron rechazados nuevamente hasta su pantanoso campamento, no sin antes haber perdido parte de sus mejores tropas y algunos de sus más hábiles jefes. Están, una vez más, condenados a esperar refuerzos, bastimentos y municiones, considerándose afortunados si las tropas que llegan son suficientes para compensar las diarias pérdidas que sufren.

Para alcanzar Asunción y lograr así la victoria “decretada” él lo. de mayo de 1865, los Aliados, o mejor dicho los brasileños, ya que los Orientales se reducen a algunos centenares de hombres y los Argentinos a algunos miles, tienen aún mucho por hacer. Si quieren llegar hasta la capital del Paraguay por la vía que han elegido, les haría falta, para comenzar, librarse de los pantanos y de la línea de circunvalación que comienza a rodearlos; deberían, luego, tomar por asalto el campamento atrincherado en el cual se estableció el ejército de López; tomar después, sucesivamente, las fortificaciones de Curupayty y Humaitá, la ciudadela más formidable de América del Sur; si logran de este modo forzar la entrada del Paraguay, aún tendrán por delante la difícil tarea de atravesar, sin tropiezos, un país sembrado de obstáculos y que será sistemáticamente arrasado por sus propios habitantes en la retirada: y es solamente después de finiquitar esta aventurosa marcha que podrán pensar en tomar Asunción, una plaza fuerte a su vez fácilmente defendible. Como puede verse, la empresa no es precisamente fácil, y si los generales brasileños, que hoy deploran —con razón- haber elegido semejante ruta, quieren modificar su plan de invasión, deberán empezar a evacuar —si les es posible— sus posiciones actuales, acordando de esa manera al Presidente López el prestigio de una primera campaña victoriosa. En cualquiera de los casos, los enormes sacrificios que deberá imponerse el Brasil serán desproporcionados respecto a los que han sido realizados hasta el momento, y no podrán ser compensados ni con el pillaje del Paraguay entero.

Lo que podría en un momento sembrar dudas respecto al resultado de la campaña era el hecho de que se ignoraba, en medio de tantas aserciones contradictorias, si los paraguayos eran simplemente tímidos guaraníes que tiemblan ante su Supremo (*) como ante un dios, o bien eran, hombres que amaban intensamente su patria y su independencia nacional. Hoy esa duda ya no existe. Si la población del Paraguay no fuera más que un rebaño servilizado, constituiría un fenómeno nuevo en los anales de la historia de la humanidad el que los esclavos puedan combatir con una valentía semejante. Los hechos que se citan de ellos, narrados en su mayor parte por sus propios enemigos, son de una audacia casi maravillosa; y si no han sido llevados a cabo de acuerdo a las reglas tácticas ordinarias, no pueden sino probar aún mejor cuan enérgico y pleno de impulso es ese soldado paraguayo a quien se describía como un autómata. En Tuyutí, los artilleros montan acuclillados detrás de los soldados de la caballería, se lanzan con ellos al galope en medio de las baterías enemigas, saltan sobre las piezas para sablear a sus defensores, prenderse a la cureña de los cañones y arrastrar estos trofeos fuera de las líneas brasileñas. ¿Semejantes actos están inspirados por las órdenes de López o son, por el contrario, testimonio de una verdadera iniciativa guerrera? Al menos, no puede decirse que fueron realizados por mercenarios, dado que el Paraguay no es suficientemente rico para pagar soldada a sus defensores.

Por otra parte, ¿si el presidente del Paraguay no hubiera contado con la energía de sus habitantes, hubiera podido desafiar al Brasil sin una buena dosis de locura? Admitiendo las estadísticas oficiales, según las cuales la población del país se eleva a un millón y medio de habitantes, ¡que fuerza de cohesión requirió esta pequeña nación para haber resistido tan  exitosamente a los ejércitos imperiales del Brasil y a sus aliados de Montevideo y Buenos Aires! No sólo una gran parte de los hombres aptos debieron tomar las armas, sino que, estando el Paraguay totalmente bloqueado y sin comunicación posible con el exterior, son también los habitantes del país los que debieron construir las baterías flotantes, los barcos de vapor, fundir los cañones, fabricar las armas, las municiones y los uniformes; en fin, por más sobrios que se suponga sean los descendientes de los guaraníes, les hace falta alimentarse, y por lo tanto aquéllos que no fueron ni enrolados, ni directamente empleados en los trabajos militares, deben ocuparse del cultivo y del transporte de alimentos. Mientras el Brasil disponía hasta hace poco de préstamos de capitales europeos, y de todos los recursos que el comercio proporciona, el Paraguay debió crear en su interior todos sus medios de defensa.

Si la población de ese   país no es sino de cuatrocientos a quinientos mil habitantes, como lo suponen Martin de Moussy y otros viajeros, no podríamos sino admirar sobremanera el patriotismo que ha permitido realizar prodigios semejantes. No es, en absoluto, obedeciendo servilmente a un déspota que podría un pueblo defender su independencia nacional contra un imperio veinte veces más poblado y que dispone, además, de dos ejércitos aliados: para triunfar ante un peligro semejante, es necesario que cada habitante cuente consigo mismo, con su coraje, su indomable tenacidad y su espíritu de sacrificio.

En el momento en que las unidades brasileñas del Barón de Porto Alegre hicieron un simulacro de invasión del territorio paraguayo por el puerto de Itapúa, al sudeste de la República, los habitantes de todo el territorio comprendido entre el Paraná y el río Tebicuary prendieron ellos mismos fuego a sus moradas y se retiraron en masa con sus ganados, con el objeto de obligar al enemigo a atravesar una región desolada, si trataban de tomar ese camino para llegar a Asunción. Otro tanto sucedió en 1854, cuando el Almirante brasileño Ferreira de Oliveira llegó a amenazar la independencia del país, país que los cañones de Humaitá —en esa época simple fortín— no defendían sino débilmente; los habitantes se apresuraron a devastar sus sembradíos en la ribera izquierda del río, entre Tres Bocas y la Capital.

Un pueblo, por pequeño que sea, se hace fuerte por su resistencia, sobre todo cuando está, como el del Paraguay, rodeado de regiones despobladas y protegido por una cintura de ríos y pantanos. Aunque las guerras tengan frecuentemente resultados impredecibles, es probable que la nacionalidad guaraní sepa mantenerse intacta ante este gran peligro y que los Aliados deban firmar la paz antes de llegar a sitiar Asunción, e incluso, luego de ser rechazados hasta el territorio brasileño de Río Grande. Lo que debe alentar sobre todo a los soldados de López en esa lucha desesperada, es el conocimiento de las cláusulas del Tratado de Alianza, anteriormente secretas y luego reveladas por uno de los signatarios, que fueron comunicadas oficialmente a las Cámaras inglesas. Los paraguayos saben que en virtud de esas cláusulas están destinados a perder las dos terceras partes de su territorio; a recibir un nuevo gobierno consumado de manos del General Mitre y del plenipotenciario brasileño; y a sufrir los horrores y la ignominia del saqueo. ¿Quién sabe si ellos mismos no estarán comprendidos en el botín, como ya lo han estado gran parte de sus compañeros hechos prisioneros en Uruguayana y obligados a servir como esclavos en las plantaciones, o como soldados en el ejército del Brasil?

El agotamiento de los Aliados se hace evidente. La Banda Oriental cesó de enviar soldados, las provincias del interior de la República Argentina se niegan a tomar la más mínima parte en la guerra, la ciudad de Buenos Aires que ha perdido ya miles de sus hijos pide a gritos la paz y se indigna de que, mientras la guardia civil va a pelear contra un pueblo hermano, (3) se deje su campaña expuesta a las incursiones de Indios; finalmente, incluso el propio Brasil termina por dudar del éxito final al ver que comienzan a faltarle hombres y dinero. El reclutamiento de los pretendidos voluntarios, a quienes se arrastra a veces en camisas de fuerza a los campamentos, no les es suficiente ya para llenar los regimientos de su ejército, que debería contar con, al menos, cincuenta mil hombres; los mulatos libres que se tratan de enrolar resisten con éxito, en muchos lugares, y se habla ya del recurso desesperado de armar a los esclavos. El crédito financiero del imperio está particularmente quebrantado por todas las crisis políticas y comerciales que ha sufrido. En 1864, antes que la guerra fuera declarada, el gobierno brasileño debía a los proveedores de crédito, extranjeros y nacionales, más de seiscientos veinticinco millones de francos, y desde que la contienda comenzó, esta deuda ya de por sí tan pesada para un estado débilmente poblado, aumenta con una rapidez vertiginosa. Los capitalistas ingleses a los cuales se debió implorar ayuda a inicios de 1865, no accedieron a prestar sino noventa y un millones de francos por un reconocimiento de deuda de ciento veinticinco millones.

Si el gabinete de San Cristóbal se arriesgara hoy a una nueva solicitud de capitales, le serán impuestas condiciones aún más pesadas, ya que desde la entrada de los brasileños a Montevideo debe evaluarse en cientos de millones el déficit causado por la compra de navíos acorazados, cañones, mantenimiento de un gran ejército, las subvenciones de guerra acordadas a los famélicos aliados de la Plata y las malversaciones de los proveedores e intermediarios de toda especie.

Ya la Banca del Brasil, cuyo papel se depreciaba día a día debido a las emisiones excesivas y a la gran cantidad de malos valores que llenaba su portafolio, recibió de las Cámaras la prohibición de emitir nuevos billetes. Los Bonos del Tesoro, emitidos con el fin de encarar los enormes gastos de la guerra, van, a su vez, depreciándose, y el Brasil habrá realizado un nuevo y peligroso paso hacia la bancarrota financiera. Su crédito cayó tan bajo que incluso las acciones del ferrocarril, por las cuales el gobierno había garantizado un interés anual de siete por ciento, se negocian muy por debajo de esa cifra. Río de Janeiro deberá dejarse aleccionar por el ejemplo de su aliada Buenos Aires, quien tuvo que soportar la humillación de no encontrar en la plaza de Londres una sola libra esterlina, y cuyo papel moneda tiene una tasa de 2.600% respecto al oro.

La guerra no es sólo desastrosa para las finanzas del Brasil, sino que también pone en peligro la estabilidad del imperio, al aumentar la divergencia de intereses que existía entre el norte y el sur del país. Son los grandes propietarios de las provincias meridionales los que han llevado adelante esta guerra: empujados por la rivalidad tradicional que los anima contra sus vecinos de origen español, y por el amor al combate y a las aventuras que distinguió siempre a esta raza; deseosos de conquistar un terreno fértil donde pudieran obtener en abundancia los víveres de los cuales carecen y que hacen venir en parte de los Estados Unidos y de Europa; irritados sobre todo por la extraña pretensión de dar asilo a los esclavos fugitivos que tenían las repúblicas limítrofes; y empujados, finalmente, por las ambiciones del Gobernador de Río de Janeiro, los fazendeiros (*) de Río Grande no han tenido mucha dificultad en inventar agravios contra la Banda Oriental, cuyas deplorables disensiones internas les dieron la ocasión de intervenir. Mientras las clases gobernantes creyeron que la guerra sería un juego de niños y que en pocas semanas sus victoriosos soldados entrarían triunfalmente en Montevideo y en Asunción, se asociaron con alegría a la causa de sus compatriotas del Sur; pero esas primeras ilusiones terminaron esfumándose, y ahora perciben espantados lo que les ha costado esa complicidad.

No es, por ende, sorprendente que en Bahía, Pernambuco, y en todas las provincias del Norte, los negociantes y plantadores, cuya corriente de negocios está en su totalidad dirigida hacia los Estados Unidos y Europa, se pregunten con impaciencia cuándo terminará esta interminable guerra que está arruinándolos sin proporcionarles ninguna ventaja en contrapartida. Surgen en esta situación los elementos de graves disensiones entre las diversas regiones del Imperio, se están formando Comités de Resistencia a la guerra en las ciudades del Norte y los movimientos insurreccionales, anteriormente reprimidos con tanta dificultad en Pernambuco, amenazan con reaparecer. Es indudable que, un día u otro, el Brasil deberá pagar el terrible rescate de la esclavitud.

Las vicisitudes de la guerra tuvieron por consecuencia unir el Paraguay a las repúblicas vecinas, al darle intereses comunes a los suyos. En el momento en que la vanguardia del General López ocupaba la ciudad y la provincia de Corrientes, fue la bandera provincial la izada en todos los edificios; batallones correntinos se organizaron y muchos jefes argentinos y orientales, como los coroneles López y Laguna, entraron al ejército paraguayo considerado por ellos como libertador. Es también probable que las recientes insurrecciones de las provincias de Córdoba y Catamarca se sumen a la causa común defendida por el Paraguay.

Por otra parte, este último país se acercó a un área de la cual estaba anteriormente separada por desiertos y pantanos infranqueables. Por primera vez, desde hace una generación, los enviados de Bolivia han recorrido las planicies semiinundadas que se extienden desde las provincias de los Andes hasta el curso del río Paraguay, y llegaron felizmente a Asunción, donde fueron recibidos con grandes manifestaciones de alegría. Según versiones que adquirieron cierta verosimilitud en América, habrían llevado a su regreso a Bolivia la adhesión del presidente López a la Liga Americana. Sea como fuere, han abierto una nueva vía a través de las regiones despobladas de América, pusieron en relación dos pueblos anteriormente aislados uno del otro y levantado el bloqueo absoluto que la flota y el ejército brasileño mantenían en torno al Paraguay. Es por los Andes y los Mares del Sur que el Gobierno de Asunción se comunicará con el resto del mundo.

 

 

Otro acontecimiento de importancia en la historia de la América del Sur es el protagonizado por las repúblicas andinas, quienes liberadas de las dificultades inmediatas con España, vuelcan hoy su atención hacia el Paraguay y adoptan una firme actitud frente al Imperio del Brasil. En medio de graves problemas políticos, Chile, creyendo deber presentar quejas frente a los gobiernos Aliados, retiró con escándalo su embajador acreditado en Montevideo. Desde aquella época, la autoridad moral que la derrota de los Almirantes Núñez y Parejo dio a las Repúblicas occidentales de los Andes, volvió naturalmente al Brasil, deseoso de no romper relaciones con esos Estados. Pero éstos, fortalecidos por su entente, no dejan de expresar su política en favor del Paraguay. Inicialmente ofrecieron su mediación en el conflicto, pero desde el momento en que las cláusulas secretas del Tratado del 1o. de mayo fueron conocidas, reemplazaron su oferta amistosa por una solemne protesta hecha en nombre propio y en el de los Estados libres del Nuevo Mundo. En un extenso despacho del 9 de julio, declaran no poder presenciar silenciosos la violación del derecho y la ruptura del equilibrio americano, reconocen la solidaridad de sus intereses con los del Paraguay, y ven en cada atentado a la independencia de esta República un golpe dirigido contra ellos, una disminución de su autoridad moral, una humillación a los principios que ellos representan. Asimilan la intervención del Brasil en los asuntos internos de sus vecinos a aquélla de los franceses en México y a la conducta asumida por España respecto a sus antiguas colonias. Finalmente, luego de haber afirmado que no soportarían la deshonra de dejar que el Brasil convierta el Paraguay en la Polonia americana, anuncian que las naciones del Pacífico han asumido la responsabilidad de institucionalizar en forma permanente su Liga, con el fin precisamente de asegurar y garantizar para siempre la independencia y la soberanía de todos los pueblos de América. Este enérgico discurso produjo en los bordes del Río de la Plata un efecto tanto más fuerte cuanto que traduce, en términos mesurados y dignos, los sentimientos de irritación que reinan en el seno del pueblo.

Los diarios progresistas hablan ahora nada menos que de declarar inmediatamente la guerra al Brasil y de llevarla a fin, sin tregua ni reposo, hasta que la esclavitud sea abolida y el Imperio transformado en República Federal.

La protesta de las repúblicas andinas es un hecho de gravedad, ya que acerca de modo definitivo el Paraguay a los otros estados hispanoamericanos, y podrá contribuir en gran medida a poner término al funesto aislamiento nacional del cual el gobierno de Asunción está hastiado desde hace bastante tiempo y que le era impuesto, en parte, por las condiciones geográficas del país y por las incesantes guerras civiles de las poblaciones del Plata. Por otra parte, el propio Paraguay trabaja -incluso con más energía que las otras repúblicas del sur— en la fusión de intereses y de la política de los países latinos, ya que defiende en este momento no solamente una causa propia, sino también la de todos los pueblos ribereños del Río Paraná y de sus afluentes.

Declarando la guerra al Brasil, el presidente López ha comprendido perfectamente que los destinos de su país están indisolublemente ligados a aquéllos de las demás regiones del Plata, y ha indicado de este modo a las Repúblicas andinas la política de solidaridad que éstas debían seguir. Temiendo, con razón, la vecindad de una potencia invasora como el Brasil, tuvo conciencia de que si dejaba a los imperiales establecerse tranquilamente en la desembocadura de los ríos, ello arrebataría a todos los estados del interior su anterior autonomía. En esta época caracterizada por las violentas anexiones, hubiera sido realmente ingenuo permitir a los enemigos tradicionales de los guaraníes y de los españoles establecerse al mismo tiempo río arriba y río abajo de Asunción, estrechando de este modo el círculo fatal en el que la pequeña república terminaría asfixiada. Al aislamiento voluntario de antaño hubiera sucedido primero el aislamiento forzado y luego, la conquista de su territorio.

Así, todo nos indica que si el Paraguay escapa al “aniquilamiento” decretado por los generales brasileños, sobrevivirá para acercarse en forma definitiva a las otras Repúblicas, no sólo a través de los lazos del comercio, sino por una alianza íntima de principios y de política, para convertirse quizá en el centro de una nueva Confederación que comprenderá Entre Ríos, Corrientes y la Banda Oriental. Semejante acontecimiento estaría entre los más importantes de todos los llevados a cabo en el continente colombiano, ya que nos mostraría la participación de una nación de raza casi puramente indígena en los grandes acontecimientos de la historia contemporánea; y nadie podrá pretender de ahora en más que sólo los caucasianos gozan del privilegio de luchar por el progreso de la justicia y la libertad. Son los hijos de los guaraníes los que, en esta guerra provocada por los propietarios de esclavos, han asumido la causa de la República invadida. Son ellos los que mantuvieron, contra la ambición del imperio vecino, el principio de la libre navegación de los ríos; los que hicieron de su país, pequeño como es, el baluarte poderoso de los estados hispanoamericanos contra la monarquía esclavista del Brasil y, de este modo, han sido tan útiles a la causa común de los pueblos colombianos como lo son Chile, Perú y la República Dominicana que resistieron a las humillantes órdenes de España.

Todo nos lleva a presagiar que las expansiones del Brasil encontrarán, de ahora en más, sus límites al pie de Humaitá, y si se cumplen estas previsiones, es a la heroica resistencia del Paraguay a la que los americanos de origen español deberán en gran parte el haber encontrado su equilibrio político. Asegurados contra toda intervención real de las potencias europeas, lo estarán también contra las ambiciones del imperio vecino.

 

III

(...)

En ambas partes del continente, tan equilibradas por la armonía de su relieve y de sus contornos, las instituciones políticas son análogas en apariencia, aunque difieren en los trazos esenciales, ya que los hispanoamericanos, blancos, indios y negros, disfrutan todos, sin distinción de razas de los mismos derechos civiles, políticos y sociales. Las repúblicas del sur tienen, pues, un rol que cumplir en la historia futura de las naciones; un rol no menos hermoso que el de su gran rival del norte. Es a ellas a quienes incumbe incorporar a la agricultura y a la producción de todas las necesidades del hombre un territorio dos veces mayor que Europa; son ellos quienes, dada la situación propicia que tiene su continente entre la pesada masa del África y los archipiélagos de Oceanía, tienen por misión especial favorecer la fusión completa de razas, ya iniciada en su propio territorio.

Son ellos, finalmente, quienes tomaron por ideal político el formar una Liga permanente y de más en más íntima entre todas las poblaciones del continente. Mientras que en la vieja Europa se erige en ley providencial del futuro la absorción de los pequeños estados por los grandes reinos, las repúblicas del Nuevo Mundo proponen otro principio, más conforme a la justicia: el de la Federación entre los pueblos libres.


 

La Guerra del Paraguay

 

Elisée Reclus, La Revue des Deux Mondes, París, 15 de diciembre de 1867, pp. 934-965.

 

Hace más de un año hablábamos aquí mismo de la interminable guerra desencadenada por el altanero ultimátum del Brasil al Gobierno de Montevideo en 1864. (4) Desde la terrible batalla de Tuyutí, la más mortífera de todas las que han ensangrentado el suelo de la América Meridional, la situación de los beligerantes no se ha modificado en absoluto y el gran imperio brasileño continúa mostrándose impotente frente al pequeño Paraguay, cuya población iguala apenas a la de dos departamentos franceses. A pesar de los despachos anunciando las victorias, que el telégrafo no cesa de transmitir a la llegada de los paquebotes transoceánicos, los imperiales y sus aliados argentinos no han conquistado, hasta el momento, sino los territorios pantanosos donde establecieron sus bases, en tanto que los soldados de López no han abandonado, en absoluto, el enorme territorio arrancado a la provincia de Matto Grosso.

El Brasil se ceba en vano sobre la pequeña República, ha perdido ya más de 40.000 hombres y se ve obligado a armar hasta a sus esclavos. Ha gastado más de seiscientos millones de francos y debe ahora apelar al fatal recurso de las emisiones de papel moneda; luego de cuarenta años de aparente prosperidad, el joven imperio autodenominado “el gigante de la América del Sur” entra en un terrible período de crisis, que llega a amenazar la estabilidad de sus instituciones políticas y sociales. Su existencia como unidad nacional está en peligro y no sería imposible que, luego de la guerra actual, el restablecimiento del equilibrio de los estados del continente se realizara en detrimento del imperio esclavista. Es importante, por ende, estudiar cuidadosamente y exponer con claridad los principales acontecimientos de una guerra cuyas consecuencias pueden revestir tal gravedad.

 

I

Luego de que el ejército, frenado en los pantanos de Tuyutí, haya tratado vanamente de abrirse paso por la fuerza, hacia Asunción, le llegó a la Escuadra de la Marina el turno de realizar la misma tentativa. Los tres jefes aliados, Mitre, Flores y Polydoro, se reunieron en consejo con el Mariscal Tamandaré y decidieron que la flota debería forzar el paso del Río Paraguay y bombardear los reductos del enemigo, mientras las tropas de desembarco realizaban el asalto. Luego de terminados los reconocimientos preliminares, se creía que las baterías de Curupayty, situadas en Humaitá sobre la barranca de un brazo de la ribera izquierda, eran las primeras construcciones de defensa en ese lado del río; pero algunos navíos brasileños que remontaban la corriente sin aprehensiones, en dirección a Curupayty, fueron bruscamente saludados por tiros de cañón de una nueva batería que un grupo de árboles había escondido hasta ese momento. Era la batería de Curuzú, primer obstáculo a ser salvado antes de intentar el ataque de las defensas más importantes de Curupayty.

El lo. De setiembre de 1866,   todos los preparativos del ataque habían sido realizados; al día siguiente, una fuerza de ocho mil trescientos hombres desembarcaba en Curuzú, protegida por el fuego que once navíos de la escuadra hacían converger sobre los defensores del reducto. Estos, en número de dos mil, y disponiendo de una docena de piezas de distinto calibre, debían responder al bombardeo de la flota y, al mismo tiempo, resistir el ataque combinado de las columnas de infantería y defender sus flancos de los asaltos de la caballería enemiga; pese a todo lograron resistir hasta el día 3, y cuando abandonaron el fortín, aún pudieron llevar consigo tres de sus cañones. Los aliados quedaron dueños de la plaza, pero su triunfo les costó caro: un millar de asaltantes fueron muertos o heridos, el nuevo acorazado Río de Janeiro fue hundido en el río, y otras dos embarcaciones quedaron fuera de servicio.

 

 

La toma del fortín de Curuzú fue considerada en Buenos Aires y Río de Janeiro como un gran triunfo. Pocos días más tarde, el Mariscal López iniciaría una inesperada gestión en favor de una conciliación. El 4 de setiembre, un parlamentario portando la bandera blanca salió de las filas de Curupayty para invitar al General Mitre a una entrevista personal con el Presidente del Paraguay. ¿Cuál era el motivo de semejante tratativa, proviniendo de un hombre que se había defendido tan encarnizadamente hasta      ese momento? Se creyó, inicialmente, que, sintiéndose perdido, deseaba concertar una capitulación honorable. Y a pesar de los consejos del General brasileño Polydoro, el presidente Mitre, Comandante en jefe de los Aliados, consintió ir a la entrevista. La misma tuvo lugar al día siguiente, a mitad de camino entre los dos cuarteles generales de Tuyutí y Paso Pucú, en los bosques de palmas de Yatayty Corá. Los dos presidentes, seguidos de los miembros de su Estado Mayor, se acercaron uno al otro con suma gravedad; de ambas partes la cortesía de gestos, y de lenguaje fue perfecta, de lo cual el General Mitre creyó deber felicitarse en un informe oficial dirigido al vicepresidente de la República Argentina. Pero el único resultado de esas frases intercambiadas con tanta pompa y amabilidad fue que los ejércitos continuaran degollándose entre ellos. Según las distintas informaciones recibidas posteriormente sobre la conversación de ambos generales, parece que López insistió sobre todo en tratar de demostrar cuán funesto y deplorable era para la República Argentina esa Alianza con el Imperio esclavista del Brasil contra una República hermana a la que le unían los mismos orígenes, una historia común e intereses semejantes. Habló del escándalo que dicha alianza había generado, y con razón, en todos los países del Nuevo Mundo, recordando la solemne protesta que la República del Perú acababa de lanzar en nombre de la mayoría de las naciones hispanoamericanas. Sé declaraba, por otra parte, dispuesto a hacer a los argentinos todas las concesiones compatibles con el honor del Paraguay, siempre y cuando la Alianza con el Brasil fuera rota. Él se encargaría, de este modo, de asumir la defensa de toda la América española, y de vencer, solo, al enemigo hereditario.

El General Mitre debió, sin duda, comprender esa verdad tan fácilmente perceptible, de que, al aliarse en una guerra de conquista con el imperio brasileño había traicionado los intereses de todas las Repúblicas americanas. Pero quedó a la defensiva alegando los términos del tratado de la Triple Alianza y declaró que la paz no sería firmada hasta que el Paraguay fuera vencido y su presidente exilado. La esperanza que había surgido, de ver finalmente terminada la guerra, quedó reducida a la nada, y las hostilidades recomenzaron. Creyéndose tanto más fuertes cuanto acababan de rechazar una proposición de paz, los aliados resolvieron realizar una gran ofensiva: pero la operación que iba a ser iniciada debía terminarse en el más desastroso de los fracasos, demostrándoles cuán errados estaban al suponer que sus adversarios habían sido reducidos a una situación desesperada.

El 22 de setiembre, a las 7:30 de la mañana, la flota acorazada del General Tamandaré remonta el río, fuerza la empalizada que cruzaba el canal a poca distancia de Curupayty y eligiendo cerca de la ribera derecha una posición menos peligrosa, inicia el bombardeo de las baterías de López, comandadas por el General Díaz, que hasta poco tiempo antes no era sino un soldado descalzo. Los paraguayos respondían débilmente, y podía pensarse que habían sufrido fuertemente con el ataque. A mediodía, el General Mitre, pensando sin duda que los cañones del enemigo estaban ya destruidos, da la orden de ataque sobre el frente meridional de las defensas de Curupayty; cuatro columnas de asalto se dirigieron desde Curuzú hacia las fortificaciones enemigas. Ala izquierda, apoyabas por el bombardeo de la escuadra, marchaban paralelo al río las dos columnas brasileñas del Barón de Porto Alegre, de aproximadamente ocho mil hombres. A la derecha, las dos columnas argentinas, cuyo contingente excedía en aproximadamente mil hombres al de los brasileños, se lanzarían al ataque bordeando el oeste de la laguna Piris. El General Flores a la cabeza de tres mil hombres de los mejores de su caballería, orientales en su mayor parte, tenía la misión de operar sobre los otros bordes de la laguna e inquietar del lado este a los defensores de Curupayty, mientras el grueso del ejército brasileño, comandado por el General Polydoro, debía partir de Tuyutí para marchar directamente, a través de los bosques de Humaitá.

El plan de Mitre era el de atacar, de esta manera, los tres frentes de la fortificación paraguaya: al oeste por los barcos de la escuadra, al sur con las columnas de asalto y al este con el ejército de Polydoro y la caballería de Flores. Desgraciadamente para él, sus planes no fueron ejecutados sino parcialmente. El Barón de Tamandaré, temiendo ver hundirse toda su flota, se mantuvo a una respetuosa distancia de las baterías que defendían el río y, más tímido aún, el Mariscal Polydoro se contentó con alinear sus tropas en posición de batalla. Durante ese tiempo, los argentinos y los soldados de Porto Alegre trataron vanamente de franquear las empalizadas espinosas y las largas trincheras que defendían los alrededores de Curupayty, dejándose bombardear a mansalva por los cañones paraguayos. Cuando las columnas de asalto, diezmadas por obuses y cañonazos, renunciaron finalmente al imposible plan, seis mil muertos y heridos más de un tercio del ejército, quedaban dispersos por el suelo entre árboles cortados y ramas destrozadas. Aquí y allá ardían las altas malezas en los claros, y los paraguayos debieron salir de sus trincheras para retirar de las llamas los cuerpos de sus enemigos caídos.

La derrota fue grave, pero las recriminaciones, las disputas, los odios a los que dio origen entre los jefes militares, tuvieron consecuencias aún peores desde el punto de vista miliar. El General Flores, descontento del rol secundario que le habían obligado a desempeñar los jefes aliados, deja bruscamente el ejército y vuelve a Montevideo, a consolarse de todas las frustraciones sufridas en el campo de batalla con el ejercicio de la dictadura. El presidente Mitre, ocultando su identidad detrás del orgulloso pseudónimo de Orión, se digna tomar al público por confidente y, a través de sus cartas a La Tribuna de Buenos Aires, explica cuán lamentable había sido que su plan “napoleónico” de campaña no hubiera sido comprendido por los generales que debían secundarle. De su parte, éstos se quejaban ante el gobierno brasilero de las actitudes despóticas del Presidente argentino. Como lo confiesa al mismo Presidente del Consejo de Ministros, Sr. Zacarías, en plena Cámara de Río de Janeiro, toda acción conjunta entre los jefes aliados era ya imposible: la flota rehusaba cooperar con las tropas de tierra; los imperiales y los argentinos se reprochaban mutuamente el desastre. El Brasil debió confiar la dirección de sus tropas a hombres nuevos. Mientras el presidente Mitre permanecía con el título de general en jefe que el Tratado de la Triple Alianza le había conferido, el Mcal. brasilero Polydoro fue reemplazado por el Marqués de Caxias, el antiguo adversario de Garibaldi en los conflictos de Río Grande del Sur. Y el barón de Tamandaré cedió el comando de la flota al Almirante Ignazio.

Lamentablemente para su gloria, los nuevos titulares habían tenido apenas tiempo de ocuparse de la reorganización de las tropas que les habían sido confiadas, cuando una serie de contratiempos vino a interferir su tarea. Para empezar, una serie de insurrecciones explotó en las provincias centrales de la República Argentina, y para someterlas, el gobierno de Buenos Aires fue obligado a llamar apresuradamente a los cuatro o cinco mil argentinos que permanecían aún en los campos de Curuzú. El Marqués de Caxias debió congratularse por ello, ya que Mitre partía con sus tropas dejándole la iniciativa de las operaciones militares. Pero los soldados que se retiraban constituían lo mejor del ejército, marchando siempre a la vanguardia en los combates contra los paraguayos.

Poco después surgió la peste del cólera, que redujo los contingentes efectivos del ejército en cantidad aún mayor que el de la partida de los argentinos. A la natural insalubridad de la región pantanosa, se sumó la desidia de las tropas y su absoluta ignorancia de las más mínimas reglas de higiene: todos los cursos de aguas habían sido convertidos en inmundas cloacas, millares de cadáveres humanos quedaban sin sepultura, pudriéndose al sol, más de cien mil esqueletos mezclados con trozos putrefactos de carne de los animales degollados apestaban la atmósfera. Como lo confiesa el informe oficial del Ministro Paranaguá, más del tercio del ejército acampado en Tuyutí fue contagiado de la peste, siete mil quinientos enfermos fueron enviados a los tres hospitales de Cerrito, Itapirú y Corrientes, donde la mortandad fue tal que la mitad de los pacientes pereció. Del centro de infección de Tuyutí, la enfermedad se propagó a todas las ciudades del borde del Paraná. Furiosos y aterrorizados, los semibárbaros gauchos (*) de los alrededores de Corrientes querían precipitarse, lanza en tistre los hospitales de la ciudad y masacrar a todos los enfermos; el Marqués de Caxias debió enviar un fuerte destacamento de tropas a la defensa de los infelices enfermos del cólera. En fin, gracias a la llegada de la estación invernal, que en esas regiones ocurre en abril y mayo, “gracias también - dice el Sr. Paranaguá— al celo y a la caridad de los padres capuchinos", la enfermedad disminuyó sus estragos; en el mismo momento en que otra calamidad, la inundación, llegó a asolar el campamento. Se dice que desde hacía sesenta años las crecientes del Paraguay y del Paraná no habían alcanzado una altura semejante: las lagunas en forma de media luna que marcan a derecha e izquierda los antiguos meandros del río fueron llenadas en su totalidad por el desbordamiento de las aguas. Las tierras altas, rodeadas paulatinamente por la inundación, se convirtieron en islas, reductos estrechos donde los millares de brasileños acampados en Curuzú fueron obligados a refugiarse, sitiados de todos los lados por las rápidas aguas del Paraguay. Ante el riesgo de ser arrastrados por la corriente fue necesario evacuar rápidamente la plaza; con el fin de proteger su retirada la flota queda frente a Curupayty, donde trata vanamente de silenciar el cañón del fuerte; fue obligada a retirarse y redescender la corriente, fuera del alcance de los tiros, dejando a los paraguayos concentrar su fuego sobre el reducto semisumergido de Curuzú. El 29 y el 30 de mayo, el bombardeo produjo un efecto terrible. Escapando apresurada del reducto donde estaba cercada como ganado y donde los proyectiles y la creciente de las aguas la amenazaban al mismo tiempo, la desdichada guarnición aliada, compuesta de aproximadamente tres mil hombres, perdió mucha de su gente antes de lograr embarcarse. Esta forzada evacuación que volvía imposibles las comunicaciones directas del campamento de Tuyutí con el Río Paraguay en el futuro, fue probablemente el episodio más lamentable de toda la guerra.

 

II

Luego de la completa extinción del cólera y del fin de la inundación, el Marqués de Caxias, quien durante la ausencia del General Mitre ejerció el Comando en Jefe de las tropas aliadas, pudo dedicarse de lleno a la reorganización del ejército y a planificar las futuras acciones militares. Durante todo el período de inacción al cual fue condenado el ejército brasileño, el Gobierno de Río de Janeiro se había dedicado a enviar refuerzos y a acumular, en los depósitos de La Plata, municiones y bastimentos. Los “voluntarios de la patria” no representaban sino una pequeña cantidad, y se hizo necesario apelar a recursos distintos a las usuales proclamas y llamamientos para llenar los cuadros del ejército. Como dijo el senador Paranhos en la sesión del 9 de setiembre de 1867, ya no era a través de un reclutamiento regular sino por una verdadera “caza al hombre” que debía encontrarse la cantidad de carne de cañón necesaria a la dignidad del imperio. Los guardias nacionales designados que no se presentaban al llamado de los gobernadores de provincia, eran perseguidos por los montes, encadenados y arrastrados a los puestos de embarque como criminales; los vagabundos, borrachos consuetudinarios, extranjeros o nativos, los proletarios negros o blancos que carecían de “protectores” bien ubicados, eran capturados y arrojados a las prisiones que hacían de cuarteles a tales reclutas; los electores independientes temidos por los candidatos ministeriales desaparecían de golpe y no se volvía a tener noticia de los mismos sino cuando se encontraban en la flota o en los pantanosos campos del borde del Paraná. Empero, esos vergonzosos medios de reclutamiento no se revelaron suficientes. A pesar de la elocuencia oficial que no cesa de felicitar en términos pomposos por el patriotismo sublime de los ciudadanos, fueron esclavos quienes debieron llenar en las filas del ejército el vacío de los “voluntarios” que no se presentaban.

En fecha del 26 de abril de 1867, según un informe del Ministro Paranaguá, mil setecientos diez esclavos habían sido librados a los oficiales de reclutamiento; es cierto que, para hacerles apreciar el honor de ir a hacerse matar en el Paraguay, se les había acordado el título de brasileños y la libertad a sus mujeres, pero la ley no había libertado sus hijos. Del total de estos improvisados soldados, trescientos cuarenta y cuatro habían pertenecido al Estado, o a la Corona, setenta y cinco eran una limosna de guerra ofrecida por diversos conventos benedictinos y Carmelos, quinientos veinticuatro reemplazaban a guardias nacionales designados para el servicio y sólo setecientos setenta habían sido graciosamente ofrecidos a la nación por propietarios aislados.

No creyéndose suficientemente pagados con los títulos honoríficos y las condecoraciones de las que el poder es tan pródigo en el Brasil, los plantadores no estuvieron en absoluto motivados a mostrarse generosos con su propiedad viviente y, para completar el contingente necesario, el gobierno debió dirigirse a los empresarios que iban a comprar los esclavos en las plantaciones de forzados, los que eran inmediatamente convertidos en regimientos de patriotas.  (5) Otro estrato de la población que los ministros creyeron que debían emplear en la guerra contra el Paraguay fue el de los criminales. No solamente Don Pedro por un decreto de fecha 16 de octubre de 1866 suspendió hasta el fin de la contienda todas las decisiones del Consejo de Guerra con el fin de no verse privado de los servicios de ningún militar acusado de crímenes o de malversación de fondos; no sólo indultó en masa a todos los desertores, con la condición de que entraran en las filas del ejército, sino que además juzgó conveniente transformar en defensores de la patria a los varios centenares de presos que estaban en galera en la isla de San Fernando de Noronha, acusados en su mayoría de asesinato o de intento de asesinato. (6)

 

 

Y eso no es todo. Digan lo que digan los informes oficiales, multitudes de prisioneros paraguayos han sido enrolados a la fuerza en el ejército aliado que estaba invadiendo el suelo de su patria. La prueba perentoria de ese hecho se halla en el informe del Ministro Paranaguá, según el cual el número de prisioneros de guerra retenidos en territorio del Imperio es sólo de setecientos diecinueve, siendo que, luego de la rendición de Uruguayana, donde más de mil ochocientos hombres cayeron en manos de los brasileños, las alternativas de la guerra proporcionaron varios miles de prisioneros más.

Es principalmente en Tuyutí donde estos infelices cautivos hacen sus servicios forzados en las filas de los Aliados. Gracias a todos estos medios, de moralidad más que dudosa y que introducen dentro del ejército elementos de indisciplina y de disolución, las pérdidas sufridas por las fuerzas brasileñas fueron grandemente compensadas durante los ocho meses que sucedieron al desastre de Curupayty: el efectivo de refuerzos enviados sucesivamente al Marqués de Caxias alcanzó a diecisiete mil doscientos cincuenta combatientes. En lo que hace al gobierno argentino, se contentó con reenviar al campo de Tuyutí a los cuatro mil hombres que acababan de terminar el operativo militar contra los insurrectos de Córdoba; a estos veteranos de guerra se agregaron simplemente cuatrocientos criminales sacados de las prisiones de Buenos Aires, ya que, según la cándida confesión del Gobernador Alsina, esa modalidad de reclutamiento creaba bastante menos conflictos en la sociedad que la partida de guardias nacionales. Hacia mediados del mes de julio, más de cuarenta mil hombres estaban acampados en los montes y campos pantanosos del Paraguay, a una distancia de navegación de 3.000 kilómetros de Río de Janeiro.

Por otra parte, navíos acorazados y numerosos barcos blindados habían reforzado la flota, enormes cantidades de municiones y bastimento se acumulaban en los depósitos de Corrientes y de Itapirú. Este último pueblo había surgido en el espacio de pocos meses, a corta distancia del fortín del mismo nombre. En ocasiones, la cantidad de embarcaciones y transportes fluviales reunidos en esa parte del Paraná dan al fondeadero que se extiende a los pies de Itapirú más animación que la que ofrece el estuario de la Plata a lo largo de Buenos Aires.

Estando ya lo más completa posible la reorganización del ejército, fue finalmente necesario resolverse a dar satisfacción a la nación brasileña, que pedía a gritos alguna victoria militar a cambio de tantos sacrificios en hombres y dinero. El Marqués de Caxias, luego de haberse puesto de acuerdo con el General Mitre a través de cables telegráficos, decidió que el grueso del ejército abandonaría el campamento de Tuyutí para tratar de asaltar, por detrás, la plaza de Humaitá y terminar de una vez con el obstinado Mariscal López, ya fuera atacando de improviso sus líneas a través de algún punto mal custodiado, ya fuera cortando sus comunicaciones con el Interior del Paraguay, y reduciéndolo por hambre. Si el enemigo, temiendo ser sitiado en sus fortificaciones, las abandonaba por iniciativa propia, se prometían entonces exterminarlo en batalla abierta. Era ese el plan de guerra con el que la flota del Almirante Ignazio debía cooperar, tratando de remontar el río más allá de las fortalezas paraguayas.

El 22 de julio, luego de realizados numerosos reconocimientos, no solo con iluminaciones ordinarias sino también a través de tripulantes de globos dirigibles, el general brasileño da la orden esperada desde hacía tanto tiempo, de proceder al cambio de líneas. Cerca de doce mil hombres, bajo las órdenes del Barón de Porto Alegre, quedaban en el campo de Tuyutí para mantener las comunicaciones del ejército con el Río Paraguay y con los dos mil soldados de la guarnición de Itapirú, mientras el grueso de las fuerzas de aproximadamente veinticinco mil combatientes, le aventuraba lejos de los bordes del Paraná, en las regiones despobladas y desconocidas que se extienden al oriente de Humaitá.

 

 

 

Una marcha de flanco, incluso cuando ella es llevada a cabo por fuerzas muy superiores en número a las que eventualmente podrían atacarlas, es siempre una operación peligrosa militarmente; el marqués de Caxias tuvo cuidado de que su ejército hiciera un enorme desvío a través de los pantanos del Estero Bellaco. En lugar de marchar en línea recta hacia el norte, para llegar por la vía más corta y más fácil a la llanura donde pensaban establecer su nuevo campamento, tomó la dirección este, paralela al curso del Paraná, para proteger su flanco izquierdo de cualquier ataque de los paraguayos con los amplios pantanos. Llegando finalmente a una gran distancia de las filas enemigas, de modo a que desapareciera todo riesgo, el ejército brasileño tornó hacia el norte y luego hacia el oeste, donde los soldados atravesaron un profundo pantano con las aguas hasta la cintura, reuniéndose posteriormente con la caballería que les había precedido con el objeto de dar el grito de alerta cuando fuera necesario, para acercarse con precaución a la fortaleza de Humaitá, cuyas murallas se perfilaban a lo lejos, detrás de las copas de las palmas.

A vuelo de pájaro, la distancia que separa Tuyutí de Tuyucué, donde los brasileños iban a establecer su nuevo campamento, es sólo de una docena de kilómetros; sin embargo, el ejército había empleado una semana entera en realizar su traslado. Es cierto que gracias a ese largo y prudente rodeo, los soldados imperiales no fueron molestados en absoluto durante su marcha, pero con él dieron a los defensores de la fortaleza de Humaitá todo el tiempo necesario para prepararse a la defensa. Cuando los brasileños llegaron cerca de la fortaleza, se había vuelto imposible dar el asalto de inmediato: sobre todos los promontorios del terreno, los paraguayos levantaban nuevas baterías de cañones, protegidas como las de Humaitá de funesta memoria por abatises y empalizadas erizadas de piezas de hierro, por obstáculos y trampas de todo tipo.

El ejército brasileño había terminado apenas su despliegue militar cuando la dirección de las tropas aliadas pasó a otras manos, en detrimento de la concordia interna tan necesaria en estas coyunturas difíciles. El 31 de julio, el presidente de la República Argentina, investido del título de General en Jefe por el Tratado de la Triple Alianza, llegaba a Tuyucué, para retomar de manos del Marqués de Caxias, la comandancia que ese anciano había ejercicio interinamente. El Señor Mitre iba acompañado del General Hornos, de algunas ayudas de campo y de dos batallones que formaban un pequeño ejército de apenas mil hombres: era todo el refuerzo que aportaba a los aliados.

Con los restos de los regimientos argentinos diezmados en Tuyutí y Curuzú, el contingente de Buenos Aires se elevaba como máximo a la séptima parte del ejército. Sin embargo, era a Mitre, era a ese general sin tropas, a quien correspondía el honor del Comando en Jefe, mientras que el imperio debía limitarse a proporcionar los hombres y los recursos militares. En esa situación, el ejército brasileño recibió de muy mala forma al generalísimo extranjero, y en todas partes surgían quejas contra el intruso, quien sin contribuir a las cargas de la guerra, pretendía recibir sus glorias. Varios oficiales renunciaron con tal de no tener que prestar obediencia al presidente argentino. Incluso el Marqués de Caxias, de quien se esperaba mayor circunspección que de sus subordinados, no pudo en absoluto ocultar su despecho. En un cable fechado el 8 de agosto, subraya con cierta acritud que el General Mitre ha juzgado conveniente estar sólo en la redacción del plan de operaciones comunes.

Por otra parte, se espera aún la ejecución de ese plan tan largamente madurado y se duda-incluso que sea posible llevar a cabo alguna acción seria. Las ventajas obtenidas con el desplazamiento del ejército brasileño se reducen a bastante poca cosa. Es cierto que trasladándose al oeste del cuadrilátero ocupado por las fuerzas paraguayas, los asaltantes disminuyeron en una pequeña cantidad de kilómetros la distancia que los separaba de la ciudadela de Humaitá, pero tanto de un lado como del otro tendrán, si se atreven a dar el asalto, los mismos obstáculos a vencer, los mismos hombres a combatir. Sin duda ahora les es mucho más fácil interceptar las comunicaciones de la fortaleza con el interior de la República, pero no sin arriesgarse, ellos mismos, a quedar cortados de sus líneas de aprovisionamiento y de sufrir la hambruna. La única utilidad real que ha tenido para los brasileños el traslado de sus posiciones es la de haber ganado un campamento militar menos insalubre que el de Tuyutí.

El nuevo campamento defendido al norte por el curso del Arroyo Hondo, afluente del Paraguay, comprende las tierras altas de San Solano, sembrada de islotes de palmas y con campos altos que nunca alcanzan las inundaciones; en lo que hace al cuartel general, éste se encuentra en un cañadón seco, ya que eso significa, en guaraní, la palabra Tuyucué, derivada como Tuyutí de la raíz Tuyú (barro). Antiguos lodazales son, evidentemente, preferibles a hondonadas cubiertas aún de barro, pero las fiebres palúdicas y las epidemias no dejan de expandirse en períodos del verano, cuando las aguas bajan de nivel en las lagunas y los cuerpos en descomposición se secan al sol. De este modo, hacia el fin de setiembre, desde el inicio de la estación tórrida en el Paraguay, el cólera hizo nuevamente aparición en el campamento brasileño, y las poblaciones de Buenos Aires y de otras ciudades argentinas debieron imponer rigurosas cuarentenas a los navíos provenientes del puerto de Itapirú. Por otra parte, debe decirse que las medidas más elementales de precaución fueron descuidadas por los inspectores del campamento, y en ciertos casos parece que los mismos oficiales se dieron a la tarea de aumentar las causas de insalubridad. Un antiguo canal del Paraná, que permitía a las embarcaciones remontar hasta las playas del Itapirú, fue llenado de lodo, y sobre él se construyó una explanada para carretas, sirviéndose de esqueletos de vacunos, cornamentas de bueyes, maíz en descomposición y heno. Los muelles donde debían almacenarse las provisiones del ejército fueron transformados, de este modo, en focos de pestilencia.

 

III

Realizando ese despliegue hacia Tuyucué, el ejército brasileño esperaba ser sostenido en su marcha por una operación de la flota. El soldado menos experimentado comprendía sin mucha dificultad que si los navíos acorazados no forzaban el paso del río para ir a reaprovisionar las tropas más allá de la fortaleza de Humaitá, toda campaña en el interior del Paraguay sería absolutamente imposible. Sin embargo, pasaron más de tres semanas sin que la flota levara anclas de su posición, frente a las baterías abandonadas de Curuzú. La irritación crecía en el campamento, se acusaba de pusilanimidad a los marinos, se burlaban del cañoneo inútil que día y noche retumbaba contra las baterías de Curupayty, desde hacía meses. Finalmente, fue recibida con alegría la noticia de que, ante una orden venida expresamente de Río de Janeiro, el Almirante hacía los preparativos para iniciar la difícil aventura de la que estaba encargado. El 14 de agosto por la noche todos los navíos estaban en sus puestos y la tripulación esperaba orden de partida. Una extraña proclama, única quizá en los anales de las guerras modernas, acababa de poner la flota, por un juego de piadosas palabras, bajo la protección de la virgen. Y los supersticiosos marinos repetían las frases de feliz presagio: “Brasileños ¡Llenaos de esperanza! Las Santas patronas señaladas por la Santa Iglesia para presidir el 15 de Agosto, son la Santa Virgen de la Gloria, Nuestra Señora de la Victoria y la Asunción de la Madre de Dios. Es por eso que, con Gloria y con Victoria, iremos a la Asunción!”.

En la mañana del gran día que debía iluminar el triunfo de los brasileños, el Almirante Ignazio levantó el pabellón de partida sobre la nave Brasil y la flota se puso en marcha para forzar el pasaje del río. Un pequeño vapor de madera, el Lindoya, defendido del cañón de la fortaleza por la masa del Brasil, acompañaba al gran navío, pero los otros barcos que se aventuraban uno tras otro en el paso, siguiendo la estela trazada por el barco almirante, eran fragatas acorazadas: el Mariz-e-Barros, el Tamandaré, el Bahía, el Herval, el Colombo, el Cabral, que remontaba un mortero colocado sobre una chata; el Barroso, el Silvado y el Lima-Barros, cerraban la retaguardia. Los navíos de madera, anclados prudentemente río abajo, se contentaron con dirigir bombas y cañonazos sobre la fortificación de Curupayty, mientras los negros navíos acorazados remontaban en silencio la rápida corriente del Paraguay. Las banderas flameaban orgullosas en la proa de las fragatas, pero la tripulación de marinos y los artilleros estaban escondidos bajo enormes blindajes de hierro; los cañones mismos habían sido protegidos, las compuertas estaban cerradas y numerosas bolsas de arena protegían los flancos de las fragatas de los tiros de los cañones enemigos. A fin de disminuir aún más los riesgos de averías, el Almirante había dado orden de bordear de cerca la ribera de Curupayty, barranca alta de unos diez metros en ese lugar, esperando que gracias a esta maniobra la flota, compuesta en su casi totalidad de barcos de poca altura, pasaría debajo de los proyectiles lanzados por los paraguayos.

De cualquier modo, los artilleros del fuerte acechaban su presa y desde el momento en que alguna depresión de la barranca, una curva del río o un falso movimiento del timonel les permitía dirigir la boca de sus cañones contra los navíos brasileños, los proyectiles iban a golpear en pleno blindaje. La hélice del Colombo fue rota, su máquina ya no funciona, y la pesada estructura del navío empieza a redescender la corriente; es necesario que el Silvado vaya a socorrerlo y remolque el inmenso casco; el Lima Barros es alcanzado por 45 tiros de cañón, el Brasil y el Herval sufren, a su vez, serias averías; las corazas blindadas de varias fragatas son separadas y hundidas, un proyectil se introduce en la chimenea del Tamandaré, lleva el brazo de su capitán y hiere a los hombres que lo rodean. Durante los cuarenta minutos que las once naves emplean en forzar el terrible desfiladero, no reciben menos de 263 cañonazos lanzados desde media distancia por las 18 piezas de artillería de Curupayty. En fin, esas baterías que han frenado durante dos años todos los ejércitos del Brasil, son forzadas; la flota llega a un lugar tranquilo, lejos de las balas de cañón que se sumergen silbando en las aguas del río; y los marinos, que volvieron a mostrarse sobre el puente, se felicitan a grandes gritos.

¿Era un triunfo lo que acababa de realizar el Brasil? Se hubiera sostenido tal cosa en un primer momento, y la prensa oficiosa se apresuró a celebrar la pronta caída de la fortaleza del Paraguay y la inevitable captura del Mariscal López; se comparaba al Almirante Ignazio forzando el paso de Curupayty con el viejo Farraguet pasando victoriosamente bajo el fuego de las cien piezas de artillería en Port-Hudson. Y para recompensarlo de su hazaña Don Pedro II le dio el título de Barón de Inhauma. Sin embargo, pronto debió reconocerse que el fácil éxito de la flota brasileña constituía más bien un desastre que una victoria. No era solamente el paso de Curupayty el que debía ser forzado, sino que se trataba de pasar frente a las fortificaciones de Humaitá para entrar en las aguas libres y tratar de establecer comunicación con el ejército de tierra. Pero los navíos acorazados habían sufrido demasiadas averías en su primera etapa como para atreverse a iniciar la segunda, bastante más peligrosa.

Delante de la flota, en el ángulo que hace el río, los barcos brasileños podían percibir, sostenida por tres chatas de poco calado, la espesa valla de cadenas de hierro tendida que se levantaba como barrera del Paraguay, de una ribera a otra; además de ese obstáculo, que el brusco desvío de la corriente impide abordar directamente y romper bajo el espolón de los navíos, se levanta, en medio de otras fortificaciones menos visibles, la formidable batería fortificada de Londres, armada de 16 cañones de grueso calibre que pueden concentrar, todos juntos, sus tiros sobre un mismo punto y, más adelante aún, sobre una extensión de varios kilómetros, se suceden otras baterías que pueden controlar, con su alcance, todos los pasajes del tortuoso canal que debería ser atravesado por los barcos. A esos obstáculos visibles se suman los torpedos escondidos aquí y allá en la corriente.

Si la flota acorazada del Brasil ha sido tan dañada al soportar el fuego de una simple fortificación de avanzada como es la de Curupayty, ¿puede acaso creerse que esquive impunemente los cañones, cuya cantidad es desconocida, de la gran fortaleza de Humaitá, transformada desde hace años en baluarte inabordable? Desde el inicio, el Almirante guarda reservas sobre las posibilidades de éxito, ya que, a pesar de las órdenes estrictas recibidas del Ministerio, él se limita a realizar simples reconocimientos y, protegido por una isla, se contenta con arrojar desde lejos algunas bombas sobre la plaza. El día tan solemnemente invocado de la Asunción no fue, pues, favorable a los brasileños.

Desde el momento en el que el Almirante Ignazio se percató de la locura que supondría, de su parte, tratar de forzar el paso de Humaitá, desea, sin duda, poder redescender el río hasta más abajo de Curupayty para unirse al resto de su flota en la desembocadura del Paraguay. Incluso, poco después recibió la orden de Río de Janeiro de reparar a todo precio su anterior imprudencia y volver lo antes posible a Tres Bocas, pero ya era demasiado tarde. Inmediatamente después del paso de los navíos acorazados, el Mariscal López se dedicó a establecer otra barrera sobre el río, más abajo, para aprisionarlos entre dos fortalezas; hizo, además, bajar el nivel de las barrancas con el objeto de que sus artilleros puedan inclinar el tiro de sus cañones y apuntar directamente sobre los navíos que trataran de pasar bordeando el río; en todos los puntos débiles, hizo construir baterías suplementarias armadas de poderosas piezas de artillería y mandó sumergir nuevos torpedos en diversas partes del canal. Día y noche, el meandro del río que bordea Curupayty está cubierto de embarcaciones y de chatas que se aventuran sin peligro, entre ambas flotas brasileñas; día y noche, cañones y carretas llenas de municiones cubren el camino que une la fortaleza de Humaitá a los reductos de avanzada. Según informes oficiales del mes de setiembre, 130 potentes piezas de artillería defienden ahora ese desfiladero del río, que una veintena de cañones había vuelto ya tan peligroso en la jornada del 15 de agosto. Para conservar las comunicaciones con el resto de su flota y con su Gobierno, el bloqueado Almirante debió abrirse un sendero a través de los espesos montes y pantanos de la ribera derecha del río Paraguay. Un destacamento de dos mil hombres, desprendido del grueso del ejército, protege esta picada del ataque de merodeadores, pero éstos existen en tal cantidad que los despachos son frecuentemente interceptados. Además, el suelo de esta parte del Chaco es tan bajo y barroso que no puede emplearse esta picada sino en el transporte de materiales de poco peso: el alquiler de una carreta en ese trayecto de una decena de kilómetros cuesta nada menos que ochenta pesos fuertes (7) y la tonelada de combustible alcanza el precio de 1.750 francos, según dicen.

La flota se reabastece solo difícilmente, gasta sus municiones sin poder reemplazarlas, no puede siquiera reparar sus averías; los marinos desertan en masa para evitar ser sometidos a raciones de hambre o para escapar el riesgo de captura. ¿Qué va a suceder con esa flota, encerrada en un callejón sin salida? ¿Tratará de forzar nuevamente el paso del río bajo las filas formidables de los cañones enemigos, a riesgo de ser hundida en su totalidad en tal peligroso viaje? ¿O será abandonada como un puesto insostenible, por su propia tripulación? Después de haber sido la gloria y la esperanza del Brasil, durante tanto tiempo, ¿estará destinada a portar el pabellón paraguayo delante de los puertos de Río de Janeiro? Se cuenta que, luego del paso de los acorazados, frente a Curupayty, el Mariscal López felicitó a su ejército en una orden del día: “Por fin —exclamó— nuestros deseos se ven cumplidos. ¡La flota brasileña está aprisionada! En el inicio de la guerra, hace dos años, tratamos de encerrar los barcos enemigos entre Corrientes y nuestras baterías de Cuevas; ¡ahora ellos mismos vinieron a colocarse entre las fortalezas de Humaitá y Curupayty!”

 

IV

En la situación terrible en la que se encuentran a la vez el ejército y la flota, es fácil comprender que los Aliados deben desear ardientemente la paz, pero el fatal amor propio que ciega siempre a los pueblos y a sus gobernantes no permite a los exageradamente confiados signatarios del tratado de conquista, confesar su impotencia luego de tantas pretendidas victorias, ni entrar francamente a negociar con el “tirano” que ellos debían destronar en tres días. Incluso, luego de la sangrienta derrota de Curupayty, habían declinado con arrogancia la proposición de mediación de los Estados Unidos, hecha por Mr. Washburn, ministro de la república federal en Asunción, el 11 de marzo de 1867, en virtud de las instrucciones de Mr. Seward; posteriormente rechazaron con aún mayor arrogancia una nueva propuesta presentada por el General Asboth, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en Buenos Aires. Sin embargo, a través de un conjunto de intrigas y de portavoces, cuyos entretelones aún no han sido completamente dados a conocer, los jefes del ejército invasor debieron decidirse, por vez primera, a hacer un ofrecimiento de paz, al mismo tiempo que trataban de mantener la apariencia de una actitud belicosa. El Secretario de la legación inglesa en Buenos Aires, Mr. Gould, joven funcionario, deseoso, sin duda, de unir su nombre a algún importante evento de la historia americana, ofreció su intermediación a los países beligerantes. Hizo pedir al Presidente López autorización de hacerle llegar oficiosamente la propuesta de los Aliados, y desembarcando en Curuzú llegó por tierra al Cuartel General de Paso Pucú, situado al sudeste de la fortaleza paraguaya. Allí entregó Mr. Gould el proyecto que le había sido confiado por el General Mitre y que debía servir de base de negociaciones a un tratado de paz. El primer punto de ese proyecto, redactado el 12 de setiembre en el campamento de Tuyucué, se limitaba a solicitar al gobierno paraguayo que mantuviera en secreto las tratativas realizadas por los Comandantes Aliados; deseaban salvar, ante todo, su amor propio. En lo que hace al fondo de las cuestiones en litigio, el General Mitre y el Marqués de Caxias trataban de restarle importancia: de acuerdo a los distintos puntos del proyecto de negociación, la independencia y la integridad territorial del Paraguay deberían ser formalmente reconocidas, los territorios invadidos por ambos ejércitos debían ser devueltos, los prisioneros de guerra liberados, el Brasil renunciaba, incluso, a pedir la mínima indemnización por los enormes gastos que le había ocasionado esa terrible guerra. De todos modos, pese a que los Aliados reconocieron, de este modo, que la vida de cien mil hombres había sido vanamente sacrificada y se mostraron tan poco exigentes sobre cuestiones materiales, no podían ceder, en modo alguno, sobre una cuestión estrictamente personal: exigían que inmediatamente, luego de firmado el tratado de paz, el presidente López hiciera un viaje a Europa; rechazados por una nación, les quedaría al menos la pueril satisfacción de haber vencido a un hombre.

Evidentemente, estas propuestas debían ser rechazadas ya que no es en absoluto del extranjero que un pueblo invicto debe recibir órdenes de elegir o desplazar sus autoridades. La propuesta portada por Mr. Gould fue entregada el 14 de setiembre, precisamente un mes más tarde del inicio del bloqueo de la flota brasileña entre Curupayty y Humaitá, y en el momento en que las dificultades de reaprovisionamiento del Campamento de Tuyucué estaban en su punto candente. Por otra parte, lo que se conoce del Mariscal López lleva a suponer que no es, en absoluto, hombre a dejarse exilar para complacer el amor propio de adversarios tantas veces derrotados por él. En la respuesta redactada por el funcionario Caminos, éste rechaza, pues, de plano, la ridícula proposición que se le había hecho. Ello no puede reprochársele; pero, lo que puede criticársele, en justicia, es la falta de modestia de la que dio pruebas al vanagloriarse de su heroísmo y de sus sacrificios en un documento oficial: no le corresponde a él en absoluto, sino a la nación, juzgar si ha cumplido bien o mal con sus deberes de servidor público.

Al final del despacho, el señor Caminos ponía por testigo a Mr. Gould de que, en esta ocasión fueron ciertamente los Aliados quienes tomaron la iniciativa de las negociaciones. Empero, cuando fue conocido en Río de Janeiro, el viaje del diplomático inglés, se trató de hacer creer a todo precio que el Mariscal López, empujado por una situación extrema, pedía gracia a los invasores de su país. Los ministros no osaban confesar de quién había partido las tratativas, y cuando llegaron finalmente las verdaderas informaciones, se negaron durante largo tiempo a ver en ellas otra cosa que calumnias de origen paraguayo. “ ¡Jamás —había exclamado el señor Zacarías, presidente del Consejo, en su discurso del 7 de junio de 1867—, jamás el gobierno admitirá esa suposición, de que la pequeña República que nos ha ofendido pueda llegar a empañar el honor del Imperio oponiéndose a nosotros con las ventajas de su territorio y la insalubridad de sus panta nos!”. Debióse, sin embargo, abrir los ojos a la evidencia, y reconocer que el primer agotado de esta interminable guerra era el poderoso Imperio, y no la imperceptible República. La alegría causada, al inicio, por la perspectiva de una paz próxima, dio luego lugar a la cólera. La irritación lúe sobre todo grande en Río de Janeiro y en las otras ciudades del país que tienen que soportar los pesados impuestos de guerra y que no cesan de enviar al ejército hombres destinados a no volver. Se acusa a los ministros de ineptitud, a los generales de cobardía, a los argentinos de traidores aún más temibles que los leales enemigos; se pide a las tropas imperiales que, en lugar de obedecer a Mitre, ese portador de mal agüero en la expedición, se rebelen contra él, con el objeto de poder volver del Paraguay luego de haber logrado al menos una victoria. Las recriminaciones que los brasileños levantan de sus aliados no tienen nada de sorprendente, ya que fue el Imperio quien debió cargar con casi todos los gastos de guerra, mientras las ventajas de la paz debían ser aprovechadas principalmente por los argentinos.

En las entrevistas no oficiales que tuvieron lugar con la mediación de Mr. Gould, el Presidente López, manteniendo la actitud que había adoptado en Yataity Corá, se mostró, según dicen, muy exigente respecto al Brasil, pero dispuesto a hacer grandes concesiones a los estados republicanos. Mientras exigía al Imperio la concesión del territorio conquistado en el Mato Grosso y la evacuación inmediata de la Banda Oriental, había expresado el deseo de entenderse por vías de conciliación con el Presidente Mitre sobre todas las cuestiones litigiosas que existían entre el Paraguay y las provincias del Plata.

A pesar del odio que separa a ambos, y de los rencores que se acumulan entre los gobiernos de Río de Janeiro y Buenos Aires, el Tratado de Alianza subsiste y, en consecuencia, la guerra continúa, aún más odiosa probablemente que en el pasado. Ya no se trata, hoy por hoy, de preparar grandes movimientos estratégicos ni de pelear en batallas abiertas; los combates que se libran ahora en los montes, en los pantanos, en los bordes de los arroyos y no tienen otra finalidad que la de cortar las líneas de abastecimiento o de parar los convoys. Una tropilla de animales alzados, una caravana de carretas llenas de maíz o de harina son el premio de cada escaramuza, el trofeo de cada matanza: los dos ejércitos pelean más por bastimentos que por la gloria. En una de esas azarosas expediciones, los brasileños tuvieron la suerte de alcanzar la ribera izquierda del Río Paraguay, y conquistar, momentáneamente, la ciudad de Pilar; en recompensa de tal hazaña bélica, el General Andrada Neves llegó a ser nombrado Barón “del Triunfo”, pero pronto llegaron a apresurar su retirada los cañones de dos barcos a vapor, retirada a la que la ausencia de víveres les habría forzado, desde luego, tarde o temprano. Son, en general, los paraguayos quienes tienen el privilegio de la ofensiva, gracias a su conocimiento del terreno y a la serie de trincheras y parapetos desde los que pueden lanzarse, de improviso, sobre las columnas en marcha. En una de esas apariciones sorpresivas, lograron, el 24 de setiembre, apropiarse de la ruta directa que une los campamentos de Tuyutí y Tuyucué. Una lucha mortal tuvo lugar sobre los bordes del pantano de Paso Canoa, que atraviesa el camino: los imperiales fueron dispersados y los paraguayos, vencedores, se apresuraron a agregar a sus líneas el terreno que habían acabado de conquistar.

 

 

Ahora las caravanas están obligadas a hacer un largo rodeo a través de los cañadones del Estero Bellaco, los animales arriesgan morir de fatiga o quedar atrapados en el fango en cada viaje: ambos lados de la ruta están sembrados de cadáveres en descomposición.

Los depósitos de Corrientes e ltapirú están, es cierto, llenos de víveres y forrajes. El gobierno brasileño compra en Río Grande y en las provincias argentinas los miles de animales que son necesarios mensualmente para la alimentación del ejército, pagándolos a precio de oro, y los dirige rápidamente hacia el teatro de operaciones. Pero ello no es suficiente. A pesar de los hermosos proyectos presentados por los ingenieros, los generales aliados no han podido unir con una línea de ferrocarril sus líneas fortificadas a sus puestos de aprovisionamiento, como lo había hecho el General Grant en el sitio de San Petersburgo; y sea cual fuere la riqueza de sus almacenes y la multitud de animales destinados al matadero, no dejan de estar amenazados por la hambruna, y con bastante frecuencia sus soldados deben conformarse con media ración.

El Marqués de Caxias confiesa, en uno de sus despachos, que su constante preocupación es la de poder asegurar, ocho o diez días por adelantado, los víveres a su ejército. El peligro de los ataques por sorpresa es tal que los comerciantes de ltapirú, que pertenecen casi todos a esa raza genovesa tan ambiciosa y ávida de ganancias, no se atreven jamás a aventurarse más allá del campo de Tuyutí. Enviar un cargamento desde ltapirú hasta el cuartel general cuesta no menos de 10 francos por arroba (12 kilos), de manera que el alquiler de una simple carreta de bueyes alcanza mil francos por viaje: todas las provisiones que no son distribuidas gratuitamente a la tropa, se venden a precios exorbitantes. (8) Por otra parte, no son los paraguayos los únicos enemigos que temer, pues los merodeadores de ambos ejércitos esperan, escondidos en el monte, el paso de las caravanas para apropiarse de los animales rezagados, y dedicarse al pillaje de las carretas empantanadas; los indios Guaycurúes, a quienes los comandantes invitaron a entrar en territorio paraguayo para devastar las poblaciones y robar el ganado, encontraron más fácil realizar su obra de rapiña en las cercanías del campamento aliado, para retirarse a las soledades del gran Chaco arreando delante de ellos millares de caballos; incluso los soldados de las escoltas de caravanas, entre los que se encuentra una gran parte de los condenados por crímenes, roban minuciosamente el contenido de las carretas que les son confiadas. Finalmente, todo ese vergonzoso mundo de especuladores, aventureros y corruptos que pulula en torno al ejército retira también su parte de los depósitos llenados tan dificultosamente por los proveedores argentinos.

En lo que respecta a la región, ella no provee ningún recurso; todo ha sido devastado por los mismos paraguayos, quienes han destruido desde las chozas de palmas hasta la capilla de los caseríos, convirtiendo todo el territorio que se extiende al sur del Tebicuary en una inmensa región despoblada. ¿Cuál será la situación del ejército brasileño, si el General Urquiza hace cumplir con rigor la decisión tomada en el Estado de Entre Ríos de impedir la exportación del ganado, y si las provincias vecinas llegan a imitar tal ejemplo? ¿O es que los infelices milicianos y esclavos del Imperio han sido transportados a miles de kilómetros de su país, a las regiones semiinundadas del Paraguay, sólo para verse arrancar de la boca el alimento diario?

En lo que hace a la guarnición de Humaitá, ella está abundante lente servida de todas las provisiones necesarias, gracias al río que la comunica con Asunción y por el cual van y vienen, incesantemente, numerosos barcos a vapor. Los brasileños no podrán intentar ninguna acción seria contra el cuadrilátero enemigo antes de completar el cerco, es decir, antes de extender sus líneas desde el Río Paraná hasta el Paraguay, sobre una semicircunferencia de más de 40 kilómetros; pero han tenido tantas dificultades en mantener sus dos campamentos de Tuyutí y Tuyucué que cabría preguntarse si aun duplicando su ejército podrán algún día replegarse sólidamente al norte de Humaitá y situarse en la ribera izquierda del Paraguay, asaltando el fortín Tayí, situado en una curva del río al sur de la ciudad de Pilar. Es lo que el futuro nos dirá.

En la frontera septentrional de la República, los brasileños no han tenido mejor suerte. Luego de precisar más de un año para terminar la marcha a través de montes, ríos y pantanos que separan las planicies atlánticas de la gran depresión central de la América del Sur, un pequeño grupo de cerca de dos mil hombres, reclutados en los estados de Goyaz, Sao Paulo y Minas Geraes, llegó finalmente al pueblo de Miranda, situado sobre el río del mismo nombre, afluente del Paraguay, en setiembre de 1866. El grupo quedó allí tres o cuatro meses, ocupándose del comercio de la sal y de otras provisiones con las diversas tribus indígenas de la vecindad; pronto fue diezmado por fiebres palúdicas, enfermedades hepáticas y la hidropesia. A principios de 1867 debieron abandonar las tierras bajas y húmedas de Miranda para ganar el campamento, más salubre del Nioac, en el lugar donde el río del mismo nombre empieza a ser navegable. No se trataba sino de un alto en el camino, ya que las órdenes del gobierno eran explícitas: la expedición debía dirigirse hacia el Río Apa, que el Imperio reclama como frontera al norte de la República del Paraguay; el nuevo Coronel del pequeño ejército, señor Camisao, insistía tanto más en ejecutar dichas órdenes, cuanto que su predecesor, el Coronel Carvalho, lo había acusado públicamente de cobardía delante de sus tropas.

Los brasileños, que no tenían siquiera un escuadrón de caballería, se pusieron en marcha el 23 de febrero con la insensata esperanza de que a pesar de su pequeño número, podrían no sólo reconquistar la parte del Mato Grosso ocupada por los soldados de López, sino incluso penetrar en el Paraguay hasta la ciudad de Concepción, distante, sólo 200 kilómetros de la capital. Durante la penosa marcha que duró más de dos meses, no tuvieron que luchar con más obstáculos que aquéllos que la simple naturaleza les oponía: en todas partes los destacamentos paraguayos se retiraban sin presentar combate. Sobre la frontera del Río Apa, la guarnición del fortín de Bella Vista se apresura a evacuar su puesto ante la vista de la bandera brasileña; los invasores encontraron el camino libre, pero se exponían a morir de hambre. Una veintena de kilómetros más al sur, trataron vanamente de sorprender la invernada(*) de La Laguna, donde el Presidente López hacía guardar varias miles de cabezas de ganado ;a la llegada de los brasileños, los animales habían desaparecido.

A fin de no sucumbir de inanición, se resolvió iniciar la retirada. Desde que el Coronel Camisao cruzó nuevamente el Apa, los incapturables jinetes de la caballería paraguaya hicieron su aparición, de golpe, en los flancos y el frente de la pequeña banda para aprehender a los rezagados, obstaculizarles el camino y tomar las caravanas de víveres expedidas desde Nioac. Frente a cada pantano, en la curva de cada arroyo, los brasileños, agotados de hambre y fatiga y reducidos paulatinamente en número, debían apretarse unos contra otros para resistir a los ataques intempestivos. Se dijo, incluso, que tuvieron que escapar precipitadamente de los matorrales, a los que el enemigo prendía fuego con frecuencia. Con el fin de librarse de la terrible persecución de la caballería paraguaya, los fugitivos debieron desviarse a la derecha, a una región escarpada donde les esperaba otro tipo de fatigas. El cólera se declaró bruscamente entre ellos: centenares de cadáveres fueron enterrados al apuro, ciento veintidós enfermos, para los cuales ya no había medio de transporte, fueron abandonados en el monte; el comandante de la tropa y su teniente, el señor Cabral, vieron desaparecer la mayoría de sus soldados antes de entrar ellos mismos en mortal agonía. En fin, estos infelices y famélicos soldados, conformándose con una ración de una onza de carne por día, llegaron a Nioac. Creían haber llevado a término su lamentable odisea, pero la plaza se había rendido a los paraguayos, y la retirada debió continuar hasta los pies del Monte Azul, donde los sobrevivientes de la expedición encontraron alimentos, reposo y los cuidados médicos indispensables luego de tantas fatigas.

 

 

Mientras tenían lugar estos tristes acontecimientos, el Gobernador de Cuyabá, Couto de Magalhaes, que hubiera debido —según parece— marchar en ayuda del infortunado Coronel Camisao, dirigía una fuerza de dos mil hombres hacia un punto opuesto de la provincia, es decir, hacia el Río Paraguay. Quería reconquistar el fuerte de Corumbá, que los paraguayos habían tomado al comenzar la guerra y donde dejaron una pequeña guarnición. El inicio de la expedición fue bastante afortunado; el 13 de junio la flotilla brasilera lograba sorprender el fuerte, situado en un montículo rodeado de las aguas desbordadas del río. Luego de un combate encarnizado que se prolongó durante, más de dos horas, los asaltantes, muy superiores en número a sus adversarios, logran tomar el fuerte y masacrar según dijeron la mayor parte de los heridos que cayeron en sus manos. No debían quedar, de cualquier modo, mucho tiempo dueños de los reconquistados muros. Cuatro días más tarde, percibiendo a lo lejos algunos vapores paraguayos enviados desde Asunción a retomar Corumbá, juzgaron prudente abandonar la plaza, en la cual la viruela había ya comenzado a diezmarlos, dejando definitivamente a sus enemigos ese importante bastión, de donde parte la nueva ruta que une el Paraguay a las ciudades de las llanuras bolivianas.

Tanto en el Norte como en el Sur de la República, los combates, las batallas y las expediciones no han cambiado, durante los doce meses que acaban de pasar, las posiciones respectivas de los países beligerantes. El Paraguay supo mantener sus fronteras, y si continúa bloqueado del lado del Atlántico, guarda siempre, por Bolivia, sus comunicaciones con el Mar del Sur.

 

V

Según las informaciones que dan sobre el Paraguay los diarios del país, y los pocos extranjeros que lograron pasar las líneas militares, la nación está lejos de encontrarse agotada. Siendo soldados todos los hombres aptos, la población, sea ella de un millón y medio o de un millón de habitantes, es bastante importante como para oponer a los invasores un número igual de combatientes. Si, en una crisis suprema, el Paraguay debiera poner sobre armas un número proporcional al que los estados esclavistas de América del Norte tenían en sus ejércitos, el Presidente López podría contar con al menos sesenta mil soldados bajo sus órdenes. El hecho es que, hasta el presente, los brasileños han encontrado siempre gran cantidad de adversarios, tanto en las riberas del Paraná como en las del Apa y del Alto Paraguay, y que millares de reclutas se entrenan, por otra parte, en los campamentos del interior. Mientras el ejército de la República tenga cantidades suficientes de alimentos, ropas y armamentos, podrá resistir indefinidamente a todas las fuerzas del Brasil, ya que ese ejército no recibe soldada, ni tampoco la pide.

En ausencia de los hombres, son las mujeres las que cultivan la tierra, y gracias a la cooperación con la que, en vistas al bienestar público, ellas supieron combinar sus trabajos, la patria paraguaya no ha tenido jamás que temer la hambruna durante la larga guerra; este año, particularmente, la cosecha de maíz, mandioca, verduras, forrajes, etc. ha sido muy abundante. Son también mujeres las que hilan la lana y tejen telas de todas clases; no hay una sola prenda en los depósitos de los campamentos que no haya salido de manos de paraguayas y sido entregada al gobierno en ofrenda patriótica.

En lo que hace a la fundición de hierro de Ybycuí y al Arsenal de Asunción, los obreros trabajan en ellos día y noche, bajo la dirección de ingenieros ingleses, fundiendo y rayando los cañones, fabricando balas, cartuchos y pólvora, ya que es de la incesante actividad de estos establecimientos que depende la soberanía misma de la nación. Por otra parte, el bloqueo del Paraná no podía dejar de fomentar la creación de nuevas industrias. Los paraguayos construyen hoy maquinarias, preparan un papel de excelente calidad, utilizan, para la fabricación de ciertos tejidos, fibras textiles que no son empleadas en ninguna otra parte, como el caraguatá el ibirá y la ortiga, y reemplazan vinos franceses por vinos de origen local. Los objetos de lujo importados anteriormente del extranjero, o introducidos, a pesar del bloqueo, son de un costo excesivo. Sin embargo, la ruta abierta por primera vez en 1865 entre el Paraguay y Bolivia por Corumbá y Santa Cruz de la Sierra es frecuentada cada vez más por las caravanas. Habiendo sido suprimidos todos los impuestos aduaneros y de depósitos para las mercancías llegadas por esta vía, la ciudad de Asunción se volvió un mercado importante para los comerciantes bolivianos. Gracias a la apertura de la nueva ruta comercial, los intercambios del puerto de Cobija, sobre el Pacífico, se han incrementado notablemente.

El Paraguay cuenta no solamente con los medios materiales para continuar la guerra contra los invasores brasileños, sino con el entusiasmo nacional, sin el cual nada grande puede realizarse. La maravillosa unanimidad, la inquebrantable constancia de que el pueblo ha dado pruebas en esta lucha que ya ha costado tanta sangre, no pueden originarse en las órdenes de un déspota sino que deben constituir el producto genuino de la vida nacional.

Los hispano-guaraníes no quieren, a ningún precio, dejarse esclavizar por esa raza portuguesa que han combatido desde hace tres siglos; prefieren sacrificar su fortuna y sus vidas, y es por eso que, al tiempo que empiezan a tener conciencia de sus derechos de ciudadanos, observan, sin embargo, una tan estricta disciplina; la nación entera se ha vuelto, voluntariamente, ejército. De todas partes afluye la plata al Tesoro, el Arsenal y la fundición son alimentados de hierro y cobre por los obreros y campesinos, quienes aportan sus viejos instrumentos; cantidades de donaciones en especie son directamente expedidos al campamento de Humaitá: telas, barriles de miel de caña, legumbres, carretadas de forrajes, hierbas medicinales y frutas de todo tipo.

Son especialmente las mujeres quienes se distinguen en generosa rivalidad; ellas coronan de flores a los jóvenes que se alistan en el ejército, y no llevan duelo, en absoluto, por aquellos de los suyos que han caído en el campo de batalla. Llegan; incluso, a pedir las armas. Recientemente las damas de Asunción, reunidas en Asamblea General, han decidido donar a la patria todas sus joyas de plata y oro, y su ejemplo fue inmediatamente seguido en todas las ciudades y pueblos de la República. Luego de haber recogido por arrobas los broches y arcos, las damas matronas presentaron solemnemente su ofrenda al vice Presidente de la República. El Mariscal López se negó firmemente a aceptar ese magnífico presente; en una carta fechada en el Cuartel General, llena de galantería hacia el “bello sexo”, declara que el Paraguay es aún lo bastante rico para que sus mujeres no deban privarse de sus joyas, y consiente sólo en retirar, en nombre de la Patria, un cinco por ciento de la ofrenda para acuñar una moneda de oro destinada a conmemorar el patriotismo de las paraguayas, antes que ser empleada como moneda de cambio. En un país donde las mujeres merecen semejante honor, el pueblo no puede estar destinado a una eterna servidumbre.

Los descendientes de los guaraníes, vueltos aún más orgullosos por la conciencia de lo que han podido realizar durante esta gran guerra, y encontrándose, además, en contacto con el mundo moderno, terminarán entendiendo un poco mejor el título de republicanos que se dieron en el momento de su separación del gran imperio colonial de España. Cabría temer, solamente, que la gloria militar, sumada al prestigio que siempre ha tenido el presidente o Supremo(*) a los ojos de ese “pueblo niño”, (9) transformen a sus ojos, al Mariscal López en una especie de semi-dios. Si logran terminar triunfalmente la actual guerra y su victoria hace de este el árbitro de los destinos de La Plata, los soldados que lo ayudaron a defender el territorio del Paraguay pueden seguirlo, quizá, como conquistadores sobre las tierras de sus vecinos. Reside en esto un gran peligro para el equilibrio de las naciones del Plata, pero ese peligro fue creado por las mismas naciones del Plata con su funesto tratado con el Imperio del Brasil.

Si el pueblo paraguayo se levantó, como un solo hombre, frente al extranjero; no se ven por el contrario más que conflictos y disensiones en las Repúblicas del Plata y de la Banda Oriental. Luego de la revuelta de las provincias de Córdoba, San Luis y Mendoza, se rebelaron, a su vez, los distritos andinos del noroeste, unos con el objeto de independizarse de Buenos Aires, otros para no tomar parte alguna en la guerra contra el Paraguay. Varias expediciones de pillaje han venido a sumarse según parece a esos movimientos locales.

Antiguos jefes de bandas, exilados del territorio argentino, han reaparecido, de golpe, para poner las ciudades a contribución y saquear las estancias. (*) Los mineros, corridos de la vertiente chilena, vienen a tomar su parte en el botín, para cruzar a la primera alerta nuevamente la cordillera y ponerse a buen resguardo. En los límites meridionales del área cultivada de las pampas, los indios salvajes han multiplicado también sus incursiones, y, en una ocasión, los empleados del Gran Ferrocarril Central debieron encerrarse apresuradamente en los edificios de una estación para evitar ser capturados a lasso(*) En las boscosas islas del Paraná, como antiguamente sobre las inhospitalarias costas del océano, se instalaron corsarios que se apoderan de las embarcaciones aisladas y llegan a atacar los grandes navíos encallados en los bancos de arena.

Por último, el General Aparicio acaba de cruzar el Río Uruguay y penetrar en la Banda Oriental a la cabeza de algunos gauchos(*) pero se ignora aún si lo hizo comandando una simple expedición de pillaje o si acaba de ponerse a la cabeza de una seria revolución contra Flores, el procónsul brasileño.

En lo que hace a los conflictos internos que no degeneran en luchas abiertas, surgen en tantos lugares a la vez y sobre cuestiones tan diversas, que sería bastante difícil relatar su historia. Salvo en Entre Ríos, que puede considerarse como una especie de territorio privado del General Urquiza, la continua alternancia de los partidos tiene por consecuencia un incesante ir y venir del personal de la administración provincial. Desde la batalla de Pavón, en setiembre de 1861, veintidós gobernadores —de los que dieciocho eran generales y cuatro abogados— se sucedieron en la provincia de Mendoza; en Catamarca la rotación en el puesto fue todavía más rápida, ya que allí el número de gobernadores alcanzó a diecinueve en un año. Incluso en Buenos Aires, el gabinete del Presidente Mitre fue modificado varias veces, siguiendo las oscilaciones de la política, las presiones más o menos intensas ejercidas por el gabinete de Río de Janeiro y las alternativas creadas por las rivalidades personales.

La proximidad de las elecciones del Presidente de la República sobre- estimula las ambiciones opuestas, y los partidarios de Alsina, Sarmiento, Urquiza y Rawson se injurian y atacan recíprocamente en el ardor de la propaganda electoral. Lo que aumenta la confusión es que la ciudad de Buenos Aires fue siempre la sede de las tres administraciones soberanas, la del Municipio, de la Provincia y de la República. Según la legislación, era precisamente este año que Buenos Aires dejaba de ser la capital provisoria de La Plata, pero habiendo entrado en receso el Congreso antes de ponerse de acuerdo en la elección de una nueva capital federal, deberá pedir ahora permiso a la ciudad de Buenos Aires para sostener su próxima sesión en el antiguo Palacio. Las ciudades del interior, que sufren con impaciencia la supremacía de los Porteños (*) y que desean, para sí, el título de Capital, amenazan con negar obediencia a ese Congreso que ni siquiera cuenta con domicilio legal y que la ciudad de Buenos Aires tendría perfectamente derecho a expulsar fuera de sus límites.

A pesar de la singular inestabilidad en la Argentina, las ventajas de la libertad son tales que el país no cesa de progresar de una manera muy rápida. Se abren escuelas en todas las ciudades y pueblos de las pampas, se fundan Colegios Superiores y Bibliotecas públicas en diversos lugares, los diarios aumentan de número, el amor a la lectura se extiende la masa de inmigrantes aumenta, a pesar de la guerra, y este año la cifra de 12.000, que representa el 1% de la población total, será ciertamente superada. Italianos, vascos franceses y españoles, irlandeses, anglosajones, americanos del norte, todos confluyen a aportar sus industrias y contribuyen, por su parte, a la prosperidad del país: roturan y desmontan las tierras, vírgenes, aportan nuevas técnicas de cultivo, crean establecimientos industriales y trabajan —a veces involuntariamente— en la civilización de sus nuevos conciudadanos; es así que, gracias a ellos, la legislación de Santa Fe acaba de adoptar una ley que, retirando a los curas el registro del Estado Civil, asegura, desde este momento, la libertad de matrimonio entre personas de religiones diferentes. La navegación del Río de la Plata y sus afluentes es, a consecuencia del comercio, más importante que la de la suma de todos los demás ríos de la América del Sur. Cerca de dos mil quinientas embarcaciones, incluyendo cien barcos a vapor, navegan sobre las aguas interiores de la República Argentina, transportando, anualmente, más de un millón de toneladas en mercancías. (10)

Finalmente, tanto en las provincias del Plata como en la Banda Oriental, los habitantes se dedicaron, con una suerte de entusiasmo febril, a ejecutar grandes trabajos públicos: los ferrocarriles argentinos se prolongan rápidamente a través de la pampa para alcanzar localidades anteriormente desconocidas de la geografía, y las compañías ofrecen construir líneas férreas que unirán las costas del Atlántico con la base misma de los Andes.

Un hecho explica la sorprendente actividad de- los habitantes de La Plata, relativamente poco numerosos. A pesar del Tratado de la Triple Alianza, las dos repúblicas de la Banda Oriental y de La Plata se volvieron neutrales en la Guerra del Paraguay. Los primeros esfuerzos realizados les resultaron suficientes: hace tiempo que Montevideo no envía un solo hombre a los campos de batalla, y el contingente de la República Argentina, comparado al número de reclutas brasileños, es cuantitativamente ridículo. Los subsidios votados por las Cámaras de Buenos Aires no constituyen sino una mínima parte del total de los enormes gastos de la gran guerra. El odio hacia el Brasil y la simpatía por el Paraguay aumentan continuamente e impiden al gobierno seguir con perseverancia las hostilidades contra López; progresivamente los argentinos se volvieron simples espectadores del terrible drama en el que Brasil y Paraguay vierten todos sus recursos. Al mismo tiempo, ellos son los intermediarios comerciales del enorme movimiento de hombres y provisiones que se realiza entre Rio de Janeiro y el campamento de Tuyucué. Es en Montevideo, Buenos Aires y en las ciudades de la ribera del Paraná donde se gastan los millones del Tesoro brasileño; y mientras los impuestos se duplican y el papel moneda reemplaza el oro en el empobrecido imperio, las dos repúblicas, por el contrario, cosechan todas las riquezas prodigadas por el poderoso vecino con el fin de satisfacer su ambición de conquista.

 

VI

Recayendo en el Brasil casi todo el peso de la guerra, no es asombroso que muestre ya señales del mayor de los cansancios. En toda la extensión del Imperio, sólo las poblaciones de Rio Grande del Sur están lo suficientemente cercanas al Paraguay como para que la lucha los apasione y la derrota los lleve a temer represalias. Es, por lo tanto, en esta provincia donde el gobierno ha encontrado la proporción mayor de voluntarios. En las otras regiones del Brasil, distantes varios miles de kilómetros de la República del Paraguay, los habitantes pueden difícilmente sentir por la conquista de un fuerte tan lejano como el de Humaitá, esa especie de rabia militar que lleva a sacrificar despreocupadamente la vida; se limitan, pues, a expresar votos en favor del éxito de sus compatriotas y sólo por la fuerza se dejan arrancar de sus ocupaciones cotidianas. Si en la nación existe aproximadamente un millón de hombres aptos para el ejército, el número de alistados no alcanzó al dos por ciento de esa cifra y cuando el país perdió su primer ejército de treinta a cuarenta mil hombres, se hizo necesario armar hasta a los criminales y pagar los regimientos de esclavos a precio de oro para reemplazar esas víctimas. Nuevos gobernadores han sido recientemente enviados a la mayoría de las provincias con órdenes de intensificar al máximo las operaciones de reclutamiento. Lamentablemente, los medios utilizan para lograr sus fines son de naturaleza tal que apagan todo lo que podría quedar de entusiasmo guerrero en las poblaciones.

La larga lucha no sólo volvió muy difícil el reclutamiento, sino que también agotó casi todos los recursos del país y arrojó al gobierno a las más crueles dificultades financieras. Los préstamos, sean del extranjero o del interior del país, se han vuelto prácticamente imposibles de obtener. Les es necesario ahora emitir papel moneda en cantidad relativamente enorme. Hacia mediados del mes de agosto de 1867, en la discusión del Presupuesto por la Asamblea Nacional, la circulación fiduciaria, incluyendo 110 millones en bonos del Estado y 180 millones de billetes del Banco de Brasil, se elevaba ya a 290 millones. La ley votada por el Parlamento agregó a esta masa de papel moneda una nueva emisión de 145 millones, de tal modo que el Imperio brasileño, con sus ocho millones de habitantes libres, emplea para sus intercambios comerciales cerca de quinientos millones de billetes y bonos garantizados por un Tesoro que carece de recursos. No existe en el mundo entero un país que tenga proporcionalmente tan gran cantidad de papel moneda; y no se trata más que del comienzo.

La terrible avalancha de billetes no cesará de aumentar hasta que la nación sea arruinada por completo, ya que la guerra continúa, insaciable, devoradora, y los millones desaparecen con una rapidez vertiginosa. Vacíos sus cofres, y dado que la vanidad nacional los empuja a continuar sobre los bordes del Paraguay esa deplorable matanza que les cuesta un millón por día, deben reemplazar el metal contante y sonante por el dinero ficticio y condenar por adelantado el país a la bancarrota. “No queremos —decía un orador de la oposición, Silveira da Motta—, no podemos negar los recursos necesarios para la continuación de esta guerra, desastrosa si se quiere, pero nacional; debemos resignarnos a la pobreza y a la inevitable miseria, pero no al deshonor. Voto, pues, por la proposición de Su Excelencia el Ministro, voto por ese flagelo del papel moneda, voto por la emisión de los 145 millones, y si el Ministro pidiera aún más, yo le concedería nuevamente un segundo monto. Es necesario que la guerra, esa espantosa calamidad que hubiera podido tan bien ser evitada, aparezca en la historia seguida de todas las desgracias, como una inmensa caravana fúnebre”.

Es de temer que las siniestras aprehensiones del señor Silveira se realicen bastante pronto. En la plaza de Londres, los títulos de los préstamos brasileños se mantienen aproximadamente en el mismo valor gracias a la habilidad de poderosos capitalistas propietarios de esos títulos y al acuerdo que realizaron entre ellos para no dejar caer el valor nominal de los mismos; pero esos mismos capitalistas, que se convierten por interés en los garantes del Brasil, se guardan bien de prestarle sus capitales. El crédito del Tesoro está fuertemente quebrantado, incluso en el interior del país. El oro subió rápidamente al 24% de cotización, la plata, menos solicitada, ganaba ya a comienzos de octubre 13% y en lo que hace a las monedas de cobre que sólo pueden conseguirse mediante una comisión del 20%, ellas se volvieron tan escasas que en las transacciones al menudeo las amas de casa tienen bastante dificultades; utilizan estampillas de correo, billetes de ómnibus, de ferrocarril, o de barcos a vapor; para proveer las fracciones de valor indispensables para la compra y venta de los artículos de primera necesidad, los comerciantes, propietarios de hoteles, almaceneros, etc., emiten vales de todas formas y dimensiones posibles, con leyendas y diseños de lo más extravagantes. Cada día, según el grado de confianza inspirado por los diferentes industriales, el valor de esas pequeñas hojas rectangulares se modifica; en torno al más mínimo objeto, como el de la venta de un esclavo en la plaza pública, se establece rápidamente, al aire libre, una Bolsa de Valores.

Aparte de los recursos ficticios proporcionados por el papel moneda, los únicos medios de subvenir a las crecientes necesidades del Tesoro son los impuestos y las cotizaciones voluntarias. El emperador Don Pedro, deseoso de contribuir a la disminución de las cargas que pesan sobre el pueblo, dio ejemplo de sacrificio patriótico al renunciar al 25% de su dieta, que, por otra parte, era mínima comparada a la de otros soberanos. (11) Lamentablemente, su ejemplo no fue seguido sino por los príncipes de su familia: los senadores y diputados han aplaudido vivamente tal gesto, pero no imitaron en absoluto su generosidad. Se limitaron a votar con diversas enmiendas el importante aumento de impuestos presentado por el señor Zacarías. El producto de las nuevas tasas está valuado de antemano en una treintena de millones por año, es decir, la sexta parte de los Gastos, Nacionales, pero puede temerse que estos impuestos tengan como resultado la disminución de las fuentes ordinarias de recursos, al aumentar las cargas. Estos impuestos gravan la importación y la exportación, la herencia y todos los actos relativos a la transmisión de propiedades, el ejercicio de todas las industrias, los alquileres, el comercio al por menor; extraen un porcentaje sobre las facturas y las letras de cambio, los billetes de loterías y los títulos nobiliarios. La esclavitud de los negros se vuelve, así, una fuente de ingresos para el gobierno, ya que los dueños deben pagar una tasa que varía de 10 a 27 francos por cabeza de esclavo, según las localidades. Desde el punto de vista fiscal, el más peligroso de todos estos impuestos es el que grava la exportación de productos agrícolas: una tasa del 9% a ser pagada a la salida, se suma a los impuestos provinciales ya existentes, y es lo suficientemente pesada como para afectar seriamente la producción y el comercio. (12) Estos impuestos constituyen, de hecho, una fuerte prima ofrecida a los países extranjeros que producen los mismos rubros que el Brasil. La escasez del Tesoro es tal que obliga al Brasil a sacrificar sus recursos futuros para aliviar las necesidades presentes. Es así como, sin la oposición del Senado, se hubiera tratado de vender por una treintena de millones el ferrocarril de don Pedro II, que aporta cada año más del tercio de esa suma.

Pueden verse pues las peligrosas condiciones en las que se encuentran las finanzas brasileñas, aunque la actitud política del gobierno vuelva absolutamente imposible el mejoramiento de la situación. Incluso si el Marqués de Caxias lograra tomar Humaitá, aún si lograra entrar victoriosamente a Asunción, el imperio estaría permanentemente obligado a mantener un poderoso ejército en el Paraguay y en las Repúblicas del Plata, so pena de perder en un sólo día el fruto de toda su conquista. No son sólo los descendientes de los guaraníes, son también los argentinos y los orientales a quienes el Brasil deberá reprimir por la fuerza, y en esa ardua tarea no haría sino agotar completamente, tarde o temprano, a la nación. El gabinete de San Cristóbal no ignora en absoluto que el odio tradicional de los platenses contra sus vecinos de origen portugués ha aumentado considerablemente durante la guerra; sabe también que la prensa en su casi totalidad hace votos por el éxito de sus “hermanos” paraguayos y que las cámaras votaron fondos para la compra de navíos acorazados que pudieran, en caso necesario, ser utilizados contra el Brasil. Más grave aún, los representantes de la República Argentina han decidido emplear una suma de dos millones de francos en la fortificación de la pequeña isla de Martín García, que controla la desembocadura del Paraná y del Uruguay.

 

 

Luego de haberse agotado durante más de dos años, frente a los muros de la inexpugnable fortaleza paraguaya en un vano intento de desbloquear la entrada militar del Río Paraguay y del Alto Paraná, los brasileños verían entonces levantarse en el estuario de la Plata otro Humaitá que podrá impedirles para siempre la entrada a los ríos del interior. Ese funesto tratado que asociaba dos Repúblicas a un Imperio para la conquista de otra República, no ha hecho más que enemistar a los aliados y preparar, entre ellos, una guerra futura; puede ya preguntarse si los brasileños, con el resentimiento causado por el fracaso contra Humaitá, no se volverán contra Buenos Aires. De este modo, la guerra daría origen a la guerra y, como en el drama antiguo, el crimen engendraría el crimen.

Sin embargo, las inmensas dificultades exteriores contra las cuales se debate el Imperio son poca cosa en comparación con los infortunios que lo amenazan en tanto perdure la esclavitud, los cuales no dejarán de estrangularlo un día. Según el señor Pompeu, el principal estadígrafo del Brasil, los negros esclavizados son más de un millón setecientos ochenta mil, cerca de la quinta parte de la población total; son, de este modo, relativamente más numerosos que los esclavos de los Estados Unidos antes de la terrible guerra que terminó con el triunfo de la libertad. A pesar de lo que dicen, ninguna medida ha sido tomada, hasta el momento, con vistas a apresurar la liberación de esos hombres, que están de hecho colocados al margen de la ley: algunas frases lanzadas desde el trono, un proyecto del Consejo de Estado que remitiría el decreto de emancipación al primer año del siglo XX, tales son los únicos elementos que permiten a los africanos servilizados esperar su liberación; por otra parte, en las deliberaciones que tuvieron lugar sobre ese punto, los ministros aseguraron formalmente a los senadores y diputados que el gobierno se abstendría de atentar en lo más mínimo contra sus propiedades vivientes mientras el país se encontrara en dificultades financieras y políticas. Lo que supone remitir la solución de la cuestión a un futuro bien lejano, pero ¿esperarán los esclavos con tanta paciencia como los ministros, y los males engendrados por la esclavitud cesarán, como por milagro, de roer el organismo social, mientras dure el largo plazo impuesto por la aristocracia de los plantadores al advenimiento del Derecho? No es nada probable, y sin temor a equivocarnos, podríamos afirmar, por adelantado, que los ilotas del Brasil se colocarán pronto, por las buenas o por la fuerza, al lado de sus antiguos dueños, como ciudadanos.

Los propietarios, coaligados para la conservación de sus esclavos, exclaman con espanto que el imperio no dejará de sucumbir junto a la esclavitud, y sus miedos no carecen de fundamentos. A cada estadio social corresponde una forma política particular. En Brasil y en Cuba, las dos únicas regiones de América donde aún prevalecen las instituciones monárquicas importadas del viejo continente, esas instituciones se hallan asociadas a la esclavitud, y no por simple coincidencia. En un sorprendente contraste, la emancipación de los negros fue el complemento indispensable, en todas las repúblicas de origen hispánico, de la revolución política inaugurada en 1810. ¿Sería contradictorio a las leyes históricas el pensar que la liberación de los trabajadores aún esclavizados del Brasil, unida a las secuelas de la Guerra del Paraguay, dará el golpe fatal a la actual forma de gobierno?



LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES EN LA PLATA Y LA GUERRA DEL PARAGUAY

 

Elisée Reclus, La Revue des Deux Mondes,

París, 15 de agosto de 1868. pp. 891-910.


Es con profundos sentimientos de tristeza que los hombres interesados sinceramente en la prosperidad de las repúblicas hispanoamericanas observan, en estos momentos, las regiones del Plata. Esos países, evidentemente destinados a cumplir, en el sur del continente, un rol análogo al desempeñado por los Estados Unidos al Norte, no presentan en absoluto el espectáculo de felicidad y de libertad que podríamos esperar de ellos; a pesar de los grandes progresos de su comercio, de su industria, de su riqueza, las poblaciones platenses no lograron salir de la barbarie guerrera. Montevideo, la primera ciudad en la que los europeos desembarcan, y quizá la que crece y gana en belleza con más rapidez, se ve a menudo ensangrentada por odiosas masacres, y su campaña es periódicamente devastada por bandidos que pretenden pertenecer a uno u otro partido político.

Es cierto que en Buenos Aires la paz civil no ha sido alterada, pero, en cambio, la mayor parte de las provincias está en un estado continuo de conflictos y luchas intestinas, y los indios aprovechan este estado de cosas para devastar las plantaciones hasta los límites de las vías del Ferrocarril Central, entre Córdoba y Rosario. Ese pueblo, que se propuse en su Constitución “trabajar para la felicidad del género humano”, vive sometido al constante terror de las revoluciones y de las guerras. Finalmente, en las fronteras del Paraná, asuela una terrible guerra desde hace más de tres años, y, del medio de campamentos poblados por soldados hambrientos y sucios, desde el fondo de los pantanos llenos de cadáveres putrefactos, surge el cólera para diezmar las poblaciones de ambas riberas del Paraná, en una de las regiones que pasa por la más salubre del mundo.

Son numerosas, lamentablemente, las causas de estos deplorables eventos. Las tradiciones coloniales que han dado en herencia a Buenos Aires el rol de metrópoli anteriormente reservado a Madrid; las ambiciones de los generales; las rivalidades personales; la profunda ignorancia de las poblaciones; los hábitos salvajes de la guerra civil; todo ello contribuye a mantener el desorden político en las regiones platenses, pero, como es sabido, los peligros de la situación actual provienen en gran parte de la injerencia del Brasil en los asuntos internos de las Repúblicas vecinas. Si se pone término a esta política de intervención, ciertamente, un periodo de progreso y de tranquilidad relativa se iniciará para las regiones del Plata. Los hombres de estado que gobiernan el Imperio sudamericano rechazaron ya en dos ocasiones la mediación ofrecida por Washington, pero puede preguntarse si no se sentirían satisfechos de poder aceptarla en caso que la Argentina denunciara la Alianza hecha con el Brasil y cerrara el paso del Paraná a la flota imperial.

Es desde ese punto de vista que la elección del presidente de la República Argentina puede tener una gran importancia, ya que ese país está cansado de la política seguida por el General Mitre; y si el nuevo presidente electo se deja llevar, ya sea por el amor a la popularidad o por sentimientos de justicia, haría bien de consagrar todos sus esfuerzos para terminar con esa espantosa matanza que ensangrienta los bordes del Paraguay. (13)

Los sueños de gloria que el General Mitre pudo haber alimentado al inicio de su período presidencial de seis años no fueron realizados en absoluto; fueron, incluso, cruelmente frustrados, sobre todo en el último período de su larga administración. Revestido del pomposo título de General en Jefe de los Ejércitos Aliados, y disponiendo de los recursos militares de tres países, no solamente no pudo realizar en tres años la obra de conquista que afirmó presuntuosamente poder acabar en tres meses, sino que tampoco fue capaz de unir su nombre a ninguna de las victorias parciales que los Aliados sostienen —con o sin razón- haber logrado. En Riachuelo es un brasilero, el Barón de Amazonas, quien comandaba la flota; en Uruguayana es Don Pedro quien arrancó a Mitre el honor de hacer, de un sólo golpe, seis mil prisioneros paraguayos; en Tayí, es el Marqués de Caxias quien tuvo el mérito de haber comandado las operaciones militares; en el paso de las naves acorazadas frente a la fortaleza de Humaitá, es de nuevo un brasileño, el Capitán Delphin Carvalho, quien tuvo la gloria de la jornada. Entre todos los eventos de la guerra, sólo hay uno que el presidente de la Plata puede reivindicar como el resultado de su alta estrategia, y es el terrible fracaso de Curupayty, que costó cerca de cinco mil hombres al Ejército Aliado.

Y, sin embargo, es tal el poder de la vanidad, es tal el amor por los títulos rimbombantes, que el señor Mitre, incluso descendiendo del sillón presidencial, duda en dar su dimisión al título de Generalísimo. Vuelto un simple ciudadano sin mandato, querría al menos guardar el título nominal de Comando del Ejército más poderoso que se encuentre actualmente reunido en toda la extensión del nuevo mundo. Su ministro, interpelado sobre este punto por el Congreso, se limitó a responder que sobre ese problema de protocolo, tan miserable sin embargo, las negociaciones continuaban con el gabinete de San Cristóbal.

No es todo: como si los seis años de su administración hubiesen sido un período glorioso para la República, el Presidente Mitre no quiso hacer entrega de su mandato sin “algunas palabras”, y en el Campamento de Tuyucué, desde donde no podía, para su desgracia, enviar ningún despacho anunciando alguna victoria, lanzó al menos su “testamento político”. Ese testamento, lleno de fórmulas banales sobre el respeto que se debe a las leyes y a la Constitución, es, sin embargo, bastante poco constitucional, ya que no se trata sino de un manifiesto electoral de los candidatos agradables al Brasil; y el Presidente de la República, menos que nadie, puede permitirse una intervención semejante. Los agentes brasileños deseaban, por sobre todo, ver nombrado presidente al doctor Rufino de Elizalde, Ministro de Relaciones Exteriores en el Gabinete de Mitre, un avezado financista aliado por matrimonio a una de las principales familias de Rio de Janeiro y el hombre que desempeñó un importante papel en la redacción del Tratado de la Triple Alianza contra el Paraguay. Mitre no desdeñó la posibilidad de secundar en esta tarea a sus amigos los diplomáticos imperiales. Luego de haberse dirigido a la Nación, se torna hacia el General Urquiza, el candidato más hostil a la política brasileña, suplicándole que desista de la lucha electoral. En su carta, un documento retórico carente de alguna idea precisa, el presidente apela a la vanidad de su rival: le habla de las glorias conquistadas en el campo de batalla de Caseros, citándole el gran ejemplo de Washington, quien se retiró de la vida pública con el objeto de que su influencia no supusiera un peligro para las libertades nacionales.

Sin embargo, el General Urquiza, que por su inmensa fortuna, su fatuo, su ambición y sus hábitos de despotismo militar, está muy lejos de parecerse al modesto y simple anciano de Mont-Vernon, no se creyó en el deber de aceptar, en absoluto, los consejos del señor Mitre. Al contrario, respondió proponiendo su candidatura a los votos de los electores argentinos. Sin embargo, no será capaz, probablemente, de llevar adelante la guerra de intrigas contra el Presidente actual, hombre muy hábil en este tipo de estrategias.

El arreglo que propusieron ciertos “políticos” de Buenos Aires era bastante ingenioso y quizá el único que en las circunstancias presentes hubiera podido evitar la guerra civil en la República. (...) Este arreglo consistía en designar al General Urquiza en la presidencia como el representante de las provincias del interior, y de proponer al doctor Adolfo Alsina, hijo del presidente del Senado, gobernador de Buenos Aires y uno de los hombres más populares del partido de los crudos (*), es decir, de los localistas puros, como vicepresidente. De este modo, las dos fracciones hostiles de la República, teniendo ambas una parte en el gobierno, se reconciliarían quizá durante algún tiempo, y podrían ser evitados los grandes conflictos internos. (...).

En efecto, la crisis de la elección presidencial es mucho más terrible en la República Argentina que en cualquier otra parte de la Cuenca del Plata, ya que sobre los bordes del Rio de la Plata no son sólo dos ambiciones rivales las que se enfrentan; dos políticas hostiles entre sí, dos sistemas absolutamente contrarios el uno al otro están en pugna, y toda nominación corre el riesgo de ser considerada una declaración de guerra por una parte de la población. Que la mayoría de votos nombre un candidato favorable a la hegemonía de Buenos Aires, y los federalistas de las provincias del interior, atentados sus intereses comerciales y políticos, no dejarán de protestar contra los resultados del escrutinio. Que la mayoría de votos vaya, al contrario, al partidario de la autonomía de las provincias, sin duda alguna la ciudad de Buenos Aires responderá con una declaración de independencia local. A las guerrillas y a las revoluciones parciales, sucederá quizá una guerra generalizada, a menos que las dos partes de la nación tengan el buen sentido de separarse amistosamente. (...).

Las elecciones secundarias, que tuvieron lugar el 12 de junio, no parecen haber dado la mayoría al General Urquiza; el electo por la nación fue el señor Domingo Sarmiento, antiguo gobernador de San Juan, embajador de la República en los Estados Unidos, y Ministro del Interior en Buenos Aires. (...). Sea como fuere, versiones de revolución corren en Buenos Aires y dan una idea del estado de la opinión pública; cada quien espera la guerra. Esta triste solución de las dificultades pendientes parece natural en los bordes del Río de la Plata.

Como puede verse, la misión confiada por el pueblo al señor Sarmiento no es nada fácil, y sin desmerecer a ese personaje, podríamos preguntarnos si el ascendiente moral que posee será suficiente para mantener la paz entre las provincias hostiles. A pesar de su conocido orgullo, (...) el presidente electo no es, en absoluto, un hombre cualquiera, y su inteligencia es de las más abiertas. En sus visitas a Europa, no se limitó, como la mayor parte de sus compatriotas, a recorrer los salones, tomar parte en bailes y banquetes diplomáticos, ni a pasearse en las ciudades de veraneo y de turismo; al contrario, ciudadano de una República, eligió como amigo a los republicanos, con el fin de estudiar con ellos los problemas sociales y políticos; asistió a discusiones de oradores, a los cursos de teóricos, y se empeñó seriamente en su propia instrucción. (...)

Nada más loable, en efecto, que el señor Sarmiento dedique gran atención al desarrollo de la instrucción pública, y no podríamos sino alentarlo en esa tarea. Pero es sólo luego de largos años cuando se hace sentir la influencia de las escuelas en los asuntos políticos, y las cuestiones que están ahora pendientes deben ser resueltas sin tardanza so pena de graves complicaciones. ¿Cómo reconciliar los “crudos”(*) y los “cocidos” (*), los unitarios y los federales? ¿Cómo dar satisfacción, al mismo tiempo, a Buenos Aires y a las Provincias y decidir entre las pretensiones rivales de la capital actual, que quiere a toda costa mantener su título, y Rosario, que los estados del interior quieren designar como la sede futura de su gobierno? ¿Cómo, después de tres largos años de guerra, concluir la paz con el Paraguay sin haber tenido siquiera la satisfacción de un triunfo militar, y sin haber logrado apropiarse de una parte del territorio de este país? ¿Cómo, sobre todo, librarse de la poderosa Alianza con el Brasil, reabrir los ríos a la navegación de comercio y cerrarlos a las escuadras de guerra y reestablecer la independencia de la República, tan gravemente comprometida por la vanidad de Mitre?

¿Sabrá él defenderse de las ambiciones guerreras, tan comunes entre los hombres de la América Meridional, él, que tanto orgullo tiene en recordar su título de Coronel y que ha escrito con tanta solemnidad la historia de sus proezas militares contra el ejército de Rosas en el libro titulado “Campaña del Tte. Coronel Sarmiento en el Ejército Grande...”? Es de temer, lamentablemente, que el señor Sarmiento quiera, a su vez, gozar del título de General en Jefe y dar prueba de sus talentos estratégicos, ya sea contra el Paraguay, sea contra las provincias del interior.

Todos los republicanos de la Plata sinceramente interesados en la prosperidad de su país, consideran ya un desastre nacional la Alianza militar establecida con el Brasil, y el día en que el Tratado sea denunciado, será para ellos el más hermoso de la historia nacional. Los electores presidenciales se volvieron intérpretes de este sentimiento de animadversión hacia la política del Imperio al negarse a dar sus votos al señor Elizalde, el candidato agradable al Gabinete de San Cristóbal y a su aliado el Gral. Mitre. En cambio, el Dr. Alsina, al que han elegido aparentemente como vicepresidente de la República, se había presentado abiertamente como adversario del Brasil, a los sufragios de los electores, quienes se asociaron a su pensamiento al votar su nombre en las urnas. “La guerra contra el Paraguay —había exclamado frente a la Asamblea Legislativa de Buenos Aires— se vuelve cada vez más bárbara, y no puede terminar sino con la exterminación de uno de los países beligerantes; es una guerra atroz, en la que ya más de la mitad de los combatientes ha sucumbido, una funesta guerra a la cual nos encadenamos por un Tratado no menos funesto, cuyas cláusulas fueron calculadas para que la lucha se prolongue hasta que la República caiga agotada y sin vida... Llegó el momento de que los poderes públicos decidan si el honor de la nación está suficientemente lavado con la sangre derramada por cien mil combatientes”.

En la inauguración de un local de mutilados de guerra, el mismo orador deploraba con fuerza que la construcción de un edificio como ese hubiera sido necesaria, deseaba ver pronto el día en que, gracias a la paz entre los países hermanos de la Plata, pudiera transformárselo en escuela. Las cláusulas secretas del Tratado de la Triple Alianza han sido objeto de las más vivas interpelaciones en el seno del Congreso, y el estado de sitio, que llevaba ya tres años de duración sobre todo el territorio de la República, fue, si no abolido, al menos restringido; se hablaba incluso de hacerle un juicio al Gral. Mitre y de que el Senado lo obligase a renunciar. Como podría juzgarse por sus Constituciones, todas ellas calcadas de la de los Estados Unidos, a pesar de la gran diferencia existente entre los caracteres nacionales, los hispanoamericanos, y especialmente los habitantes de la Plata, quieren tomar como modelo la poderosa República del continente septentrional. Al enterarse que la Cámara de Representantes había llamado al Presidente Johnson delante de las barras del Senado de Washington, muchos de los diputados argentinos se prometían hacer otro tanto respecto al usurpador Mitre, que no había vacilado en oponer su voluntad a la del pueblo para declarar una inicua guerra de conquista y de explotación: pero, hay que reconocerlo, la noticia del sobreseimiento del señor Johnson apaciguó tal celo, y parecen haber decidido dejar a Mitre tranquilo hasta el 12 de octubre, último día de su mandato presidencial.

Sea como fuere, sólo después de muchas dificultades los argentinos lograrán librarse de las redes en las que los envolvió la política brasileña. Por la misma duración de las operaciones militares, la guerra amenaza convertirse en una institución, una enfermedad crónica, y se han acostumbrado a los episodios de los combates como al paso de las estaciones; por otro lado, todos los comerciantes proveedores y propietarios de depósitos y almacenes que surten al ejército y viven de este tráfico, tienen interés en la prolongación de la guerra, y con sus vociferaciones, logran formar, en todas las asambleas, una pequeña opinión falaz. Eso no es todo: el Brasil, muy hábil diplomáticamente, gracias al espíritu de perseverancia que tiene su tradicional política, logró no sólo hacer de Buenos Aires su humilde satélite en la lucha contra el Paraguay, sino que pudo incluso emprender la audaz tarea de modificar toda la legislación de la República Argentina, interviniendo, de este modo, en el desarrollo de la sociedad misma. Semejante triunfo tendría seguramente más valor que la construcción de fortalezas y el mantenimiento de guarniciones brasileñas sobre el territorio platense, pero hubiera sido una imprudencia por parte del Brasil proceder en forma abierta. Era esencial aparentar indiferencia y hacerse reemplazar, en esta maniobra, por cómplices argentinos. Y estos argentinos hicieron su aparición. El General Mitre prestó su concurso, el Dr. Vélez Sarsfield proporcionó su erudición, y desde entonces los organismos públicos están dedicados al estudio de un proyecto de Código Civil común a todas las provincias de la República.

No es que falten leyes en el país, o que las existentes sean consideradas inadecuadas, sino que los Estados del Plata, ligados unos a otros, como los de la República Angloamericana o los Cantones Suizos, por un simple lazo federal, tienen cada uno un sistema propio de leyes civiles; son estas leyes locales y particulares las que se quiere reemplazar por un Código centralizador como el del Brasil o el de la Francia Imperiales. Aún más, se tendría la intención de reemplazarlos por leyes copiadas en gran parte de las del Código revisado que prepara el Gobierno de Río de Janeiro, de modo que, progresivamente, las dos naciones estarían destinadas a soportar idéntica jurisprudencia. Las leyes decretadas por un imperio donde reina la esclavitud, donde el territorio está en manos de grandes terratenientes, donde la mujer es mantenida por las costumbres en una especie de reclusión constante, ¿serían también adecuadas a una República igualitaria donde todos los hombres son ciudadanos, en el que todas las tierras, colonizadas por los inmigrantes se parcelan y pasan de mano en mano con rapidez, donde la mujer disfruta de la más grande libertad?

Entre los artículos del nuevo proyecto del Código, hay varios que podrían ser adoptados sin inconveniente por las poblaciones de la República Argentina, y que convendrían a su organización social. ¿Pero qué decir de un conjunto de leyes donde está ausente precisamente esa garantía esencial que asegura a los colonos extranjeros y a los no católicos el derecho de fundar una familia respetable? Los sacerdotes, es decir, los representantes de la Corte de Roma, guardan el registro de los nacimientos y defunciones, y toda unión que no es consagrada por ellos queda automáticamente calificada de concubinato. ¿Consentirán aquellos estados argentinos que ya reconocieron el matrimonio civil, como Santa Fé, a retomar las antiguas tradiciones coloniales contra esos inmigrantes extranjeros que les aportan riqueza y prosperidad? Las ciudades del interior, tan celosas de la hegemonía de Buenos Aires, ¿querrán ceder ante las presiones de Río de Janeiro?. Mientras las constituciones de origen nacional sean, en sí, tan poco respetadas, ¿podrá admitirse que ese Código de importación brasileña sea adoptado seriamente? (13)

 

II

Felizmente para la independencia futura de los Estados Platenses, el éxito de los ejércitos brasileños no ha igualado en absoluto la habilidad de sus diplomáticos, y el pequeño Paraguay resiste valientemente al gran imperio sudamericano. La fortaleza de Humaitá, que el Tratado del lo. de mayo de 1865 decretaba que debía ser arrasada, está perfectamente intacta; más arriba de ese baluarte que defiende la entrada del Paraguay se encuentran otras líneas de defensa que no serán menos bien defendidas que la primera, si el enemigo se atreve a acercarse un día. Las pequeñas ventajas obtenidas por la poderosa flota acorazada, y por los ejércitos del Brasil serán suficientes para halagar la vanidad de sus jefes, pero no por ello se adelantó algo en la empresa de conquista.

Desde el inicio de noviembre de 1867, los brasileños, gracias a su enorme superioridad numérica, lograron restablecer sus líneas al norte de Humaitá. Apoyados desde el Sur, sobre el Río Paraná, donde tienen el puerto de ltapirú, establecieron las líneas de su campamento en una semicircunferencia de 40 kilómetros, llegando hasta los bordes del Río Paraguay, donde el fuerte de Tayí controla, desde lo alto de sus cañones, las aguas del río. Tomando esta importante posición hasta más allá de Humaitá, el Marqués de Caxias cortó la comunicación directa de la plaza con Asunción y el resto de la República por la ribera izquierda del Río Paraguay: la guarnición de Humaitá ya no podía ser reabastecida sino a través de las picadas trazadas en la ribera derecha, en las soledades despobladas del Chaco. Era, pues, un gran éxito para los sitiadores, pero antes de que pudieran soñar con el cerco completo de la plaza, debían recobrar a cualquier precio el uso de su flota acorazada, prisionera desde hacía más de seis meses entre las baterías de Curupayty y Humaitá. La época del año era la más favorable para hacer la tentativa. Las aguas del río, crecidas por las lluvias estivales, se habían elevado a una altura inhabitual, y la poderosa cadena que cierra el paso se encontraba sumergida a una profundidad de más de 5 metros; la tripulación de las naves acorazadas podía esperar, de este modo, remontar sin obstáculos el curso del Río Paraguay. El Barón de Inhauma resolvió aprovechar esta ocasión, única en el año, y dio orden al Cmdte. Delphin de franquear el paso, con su división compuesta de 7 navíos acorazados, varias fragatas y monitores. De cualquier modo, los imperiales ponen buen cuidado en no pasar en pleno día el terrible meandro de Humaitá, bajo el fuego de 200 cañones servidos por los artilleros paraguayos: prefieren la noche, una noche brumosa y sin estrellas.

El 19 de febrero de 1868, a las 3:30 de la mañana, toda la flota, buques blindados y barcos de madera, abría fuego contra la plaza, mientras un terrible cañoneo partía de las baterías avanzadas que rodeaban Humaitá en un vasto semicírculo: Tuyutí, Tuyucué, San Solano. Al mismo tiempo, la escuadrilla que abría paso, bajo las órdenes del piloto vasco Etchebarne, pasaba la punta ocupada por el primer reducto paraguayo, y, escondida en la bruma penetraba en la temible curva, luchando contra la corriente del río. Los defensores de Humaitá escucharon el sonido del vapor, el sordo gemido de las máquinas, el murmullo de las aguas, pero no podían hacer blanco, al azar, sobre esas formas indecisas que se confundían con la bruma. Sin embargo, cuando los navíos llegaron frente a las baterías de Londres, en el lugar donde el curso principal del río dobla bruscamente hacia el norte, y en donde está tendida la gran cadena de hierro entre ambas riberas, la escuadra aminoró su marcha, y la mayor parte de los proyectiles lanzados por los cañones de Humaitá alcanzaron a golpear de pleno las corazas de los navíos. El Tamandaré, que recibió más de cien proyectiles en su casco, no puede ya avanzar, y redesciende con la corriente a lo largo de las baterías que bordean la ribera en una distancia de más de dos kilómetros. Otros dos navíos, puestos igualmente fuera de servicio, tampoco pueden atravesar la cadena. Sólo dos acorazados, el Bahía, y el Barroso, arrastrando a remolque los monitores Alayons y Rio Grande, logran introducirse en el terrible codo del río y pasar las últimas baterías situadas en la desembocadura de Arroyo-Hondo. Pasan luego, con no menos suerte, bajo el fuego de la ciudadela Timbó o Nuevo Establecimiento, situada sobre la ribera derecha del río Paraguay, y llegan pronto a la vista del pabellón brasileño que flamea sobre los muros de Tayí. Durante ese tiempo, un terrible combate se inició en el ángulo oriental de la fortaleza, entre las mejores tropas del Marqués de Caxias y una parte de la guarnición de Humaitá. Luego de haber dejado más de dos mil muertos en las fosas y sobre los muros, los brasileños lograron tomar ese punto; pero, incapaces de mantenerse en él, lo evacuaron la noche siguiente.

El Marqués de Caxias —quien se apresuró a trasladarse al lugar para felicitar a los marinos de la flota y al Cmdte. Delphin, que vería recompensada su hazaña algo más tarde con el título de Barón do Passagem (Barón del Paso)- ordena a los dos barcos acorazados, el Bahía y el Barroso, remontar el curso del río y realizar el reconocimiento de las fortificaciones. El Cmdte. Delphin cumple la misión con toda la prudencia conveniente. Durante los cuatro días que dura su viaje de 200 kilómetros, no deja de lado ninguna de las precauciones necesarias al pasar cerca de los pueblos y de los fortines de la ribera, pero éstos parecían abandonados: sólo algunos centinelas se mostraban de tanto en tanto. Las ciudades, anteriormente prósperas, de Pilar, Villa Franca, Angostura, Villeta, Lambaré, estaban despobladas y silenciosas, como si un encantamiento hubiera hecho desaparecer, de golpe, toda la población. Finalmente, el 24 de febrero, los dos barcos acorazados pasan la punta de Itapytá, y se encuentran a la vista de Asunción, sobre la cual lanzan algunos proyectiles. ¿Qué sucede, entonces? Según el informe oficial del comandante paraguayo, dos o tres proyectiles de la batería denominada de Marte fueron suficientes para decidir a los navíos a retirarse. Los brasileños afirman, por el contrario, que la ciudad se encontraba a su merced, y que les hubiera sido fácil tomarla. Sea cual fuere el valor de esta aserción, bastante poco creíble, lo cierto es que el desembarco no se intentó.

Espantados probablemente de no ver, a excepción de las compañías de soldados, un sólo grupo de personas; de no escuchar un sólo grito en una ciudad que en la semana anterior tenía más de 50.000 habitantes, se apresuraron a redescender el río, que los paraguayos no habían cerrado aún detrás de ellos. Dos días antes de la llegada de los brasileños a Asunción, un decreto del Mariscal López había declarado la ciudad “en estado de guerra” e invitado a todos los habitantes civiles a abandonar la plaza para trasladarse a las localidades vecinas. Cosa notable, y que da pruebas de la singular unanimidad de los sentimientos patrióticos de estos honestos hispano-guaraníes: los dos días fueron suficientes para la evacuación.

En los pueblos y aldeas de los alrededores, cada casa abrió sus puertas para recibir una o varias familias de refugiados, cada hombre apto de la campaña ofreció sus brazos para ayudar en la mudanza, todas las carretas y coches habían sido requisados para acelerar el transporte de los objetos de valor. La mayoría de los asuncenos se dirigió hacia la pequeña ciudad de Luque, situada aló kilómetros al este de Asunción sobre las vías del ferrocarril que va a Villarrica, designada por López sede del gobierno. Durante ese tiempo, la antigua capital recibía las tropas encargadas de agrandar y armar los fuertes, de cavar las trincheras; en una palabra, de transformar la ciudad en otra Humaitá.

La noticia de los acontecimientos ocurridos sobre los bordes del Paraguay fue recibida en Río de Janeiro y en las otras ciudades brasileñas con una suerte de delirio. Se anunciaba como cierta toda una serie de victorias dudosas. No sólo el paso había sido forzado, sino que Curupaity, Humaitá, Timbo se habían rendido, la capital se encontraba ocupada por los aliados, el Mariscal López, seguido de algunos adictos, se había arrojado precipitadamente a las soledades del Chaco, buscando ganar el territorio de Bolivia, siendo perseguido por los indios salvajes. La guerra estaba definitivamente terminada, resurgiría la paz y el comercio, la política brasileña cosecharía los frutos de sus pacientes esfuerzos y recuperaría una incontestable preponderancia en la Cuenca del Plata: Asunción, Montevideo, Buenos Aires se volverían simples Prefecturas del poderoso imperio. Tales eran las dulces ilusiones que el cansancio de la guerra hacía surgir en el espíritu de los brasileños, y entretanto, el Presidente López tomaba medidas para transformar el éxito de la flota en un triunfo inútil. Aprovechando que los caminos del Chaco habían quedado libres, retiraba la mayor parte de la guarnición de Humaitá, fortificaba el puesto de Timbó para asegurar sus comunicaciones por la ribera derecha, y construía un campamento atrincherado al norte del Río Tebicuary, curso de agua paralelo al Paraná, bordeado, a su vez, de pantanos y lagunas que tornan muy difícil el paso de un ejército. Por otra parte, hacía prolongar con febril actividad las vías del ferrocarril que se dirigen desde Asunción hacia el interior del país, de modo tal que dos meses después de la aparición del enemigo frente a la capital, las locomotoras recorrían ya los 140 kilómetros que separaban Asunción de Villa Rica, cabecera del distrito central de la República.

 

 

Mientras los paraguayos estaban dedicados a mudar sus líneas y a adoptar nuevas disposiciones de estrategia, a transformar Humaitá en un simple puesto de avanzada de las fortificaciones de Tebicuary, no quedaban inactivos en lo que hace a ofensiva, e incluso se aventuraron, en un asalto de un arrojo sin par, contra una parte de la flota brasileña que quedó río abajo de la cadena, entre Humaitá y Curirpayty. Contra estos monstruos de hierro, el Mariscal López no contaba siquiera con barcos de madera, ya que la flotilla paraguaya se compone de pequeños vapores necesarios para el transporte de tropas y el aprovisionamiento entre Tebicuary, Asunción y los fuertes conquistados en el Matto Grosso; pero, a falta de naves, él podía contar con hombres realmente sin rival por el coraje y por el desprecio a la muerte, que no temían atacar sobre troncos de árboles a las fragatas acorazadas. Hacia medianoche, algunos centenares de voluntarios, remando silenciosamente, rodearon de golpe los dos navíos acorazados, el Lima Barros y el Cabral, anclados cerca de la desembocadura del Río de Oro; la tripulación de uno de ellos, que trata de defenderse, es masacrada junto a su comandante, el Teniente Costa. Tomada la fragata, lamentablemente las máquinas de vapor no estaban encendidas, y en tanto los asaltantes se dedicaban a encender la caldera, el Herval, el Silvado, el Maris e Barros y otros navíos logran rodearlos, se fusila a mansalva a los paraguayos, quienes para evitar ser completamente aniquilados deben arrojarse al río y nadar hasta Humaitá bajo una lluvia de balas.

No es de asombrar, ciertamente, que frente a hombres semejantes los jefes del ejército brasileño procedan con la mayor prudencia en cada uno de sus operativos militares, pero cabe preguntarse por qué esa prudencia se volvió inactividad en un período crítico de la guerra, donde cada oportunidad debería ser rápidamente aprovechada. Luego de haber logrado el inmenso éxito de pasar Humaitá sin grandes desastres, el más simple sentido común recomendaba a los brasileños estrechar de cerca el acoso a la fortaleza para observar y frustrar los movimientos del enemigo. Por el contrario, dejaron al Mariscal López todo el tiempo que éste requería para tomar nuevas disposiciones. Se diría, sinceramente, que las acusaciones tan frecuentemente formuladas contra un gran grupo de oficiales imperiales, son fundadas y que, en efecto, éstos buscan prolongar la guerra hasta enriquecerse a expensas de la nación, agotada en sus recursos. Un largo mes se acaba sin que el Marqués de Caxias trate de utilizar, con un ataque a Humaitá, la impresión que debió producir el paso de la escuadra en los defensores de la plaza. Recién el 21 de marzo, los barcos acorazados iniciaron el bombardeo de las fortificaciones paraguayas que bordean el río, mientras que el ejército entero avanzaba hacia las baterías que estaban frente a Tuyucué y San Solano. Lamentablemente, el General brasileño había hecho mal sus cálculos y lo que creyó no sería sino una parada militar, se transformó en una sangrienta batalla. Las tropas pasaron las trincheras y a través de las empalizadas alcanzaron los muros de Paso Pucú, donde fueron recibidos a boca de jarro por la guarnición que había retornado de Humaitá para defender las fortificaciones, evacuadas días antes. El combate fue uno de los más encarnizados y sangrientos de toda la guerra, y los brasileños repitieron sus asaltos durante varias horas; fueron llamadas incluso las reservas, pero en vano. Montones de cadáveres llenaron las trincheras de los reductos asaltados; según los despachos paraguayos, el fracaso de Paso Pucú fue, para los asaltantes, otro Curupayty. Sea como fuere, el Marqués de Caxias esperó que las fortificaciones fueran abandonadas completamente antes de penetrar en ellas.

Instalado en el cuartel general de Paso Pucú, desde donde López los había mantenido en jaque durante tanto tiempo, los jefes aliados se contentaron con observar, desde lejos, las murallas del Sebastopol americano. Pantanos y lagunas difíciles de franquear los separaban, no podían tratar de acceder a Humaitá sino a través de los estrechos istmos en los que las columnas de asalto serían completamente destrozadas por los proyectiles, y el cavado de trincheras de aproximación era casi imposible en ese suelo fangoso: Bombardeos y ultimátums fueron igualmente inútiles para obtener la rendición de la plaza del coronel Alen: antes que los 40.000 brasileños pudieran entrar en la fortaleza, era necesario que redujeran por hambre la pequeña guarnición, compuesta, según dicen, de 3.000 hombres. No sería sorprendente, de todos modos, que los proveedores genoveses, argentinos o brasileños del ejército de invasión se encargaran ellos mismos de aprovisionar a los sitiados, ya que, si se da crédito a un rumor público, es por intermedio de los oficiales aliados —que están volviéndose millonarios— que los paraguayos reciben ya casi todas sus municiones. Los almacenes de ltapirú y de Curupayty sirven de depósito, tanto a las tropas de López como a las del Marqués de Caxias.

Luego de la evacuación de Curupayty y de Paso Pucú por parte de las fuerzas paraguayas, terminó otro mes sin que el ejército que sitiaba Humaitá se decidiera a completar la ocupación de esta fortaleza, y esa prórroga fue hábilmente aprovechada por el Comandante de la fortaleza, que pudo aprovisionarse sin dificultad por los senderos del Chaco. Finalmente, el 30 de abril, en la tarde, 1.200 voluntarios argentinos desembarcaron sobre la ribera derecha del río, debajo de Humaitá, en una ensenada al abrigo del cañón del fuerte. Buscando penosamente un paso a través de las lagunas, de los senderos empantanados y de los montes, marcharon hacia el norte, en dirección de la ruta estratégica de los paraguayos. Al día siguiente, 2.000 imperiales haciendo tierra río arriba, se dirigían hacia el sur para alcanzar a su vez la ruta y reunirse con las tropas argentinas. De todos modos, la marcha de ambos no debía realizarse sin obstáculos. Los brasileños, que tomaron la precaución de atrincherarse apresuradamente al final de cada una de sus etapas, pudieron defenderse con éxito de los ataques reiterados de algunos batallones paraguayos salidos apresuradamente de Timbó, pero los voluntarios argentinos fueron vergonzosamente derrotados. Esas tropas se componían en su casi totalidad de soldados contratados en Europa y no tenían, en consecuencia, más interés en la guerra que la de su paga. Poco preocupados del honor de una bandera que no era, de ningún modo la suya, los mercenarios se apresuraron a huir y arrojando sus mochilas, armas y uniformes, se lanzaron en el más grande desorden hacia los bordes del río, para reencontrar la protección de la flota. Era tal la desmoralización de los fugitivos que fue necesario disolver inmediatamente estas unidades y reemplazar a las tropas.

La fusión de los dos destacamentos aliados se realiza recién el 3 de mayo. Alcanzando un número cercano a los 5.000 hombres, se establecieron firmemente frente a la batería de Londres, sobre una pequeña península del Chaco, rodeada de pantanos que hacían de fosos de defensa. ¿Será suficiente la ocupación de este punto estratégico para cortar completamente las comunicaciones de la fortaleza paraguaya con el resto del país? ¿Las canoas y chatas descendidas desde Timbó con la ayuda de la corriente no podrán aportar ya las provisiones y los despachos a la pequeña guarnición, como lo pretenden los brasileños? ¿Serán los malezales y pantanos, que se prolongan al oeste y al norte de la nueva posición brasileña, infranqueables por los hábiles chasques o correos guaraníes? El futuro nos lo dirá. Por otra parte, los brasileños dejan, por la lentitud de sus movimientos, un gran margen a lo imprevisto.

La fortaleza debía rendirse inmediatamente luego del paso de la flota; sin embargo, pasaron más de 4 meses sin que ella fuera siquiera atacada. Si el marqués de Caxias logra finalmente ejecutar su plan, el que es, según dicen, construir una línea ferroviaria de ocupación sobre las dos riberas del Paraguay, sin duda entonces podrá reducir por hambre a la plaza, a menos de que una fuerte creciente del río, que deje a todos los campamentos del Chaco bajo aguas, obligue a los sitiadores a huir hacia tierra firme. Las aguas del Paraguay se elevaron recientemente a gran altura, y los soldados argentinos acampados en los terrenos bajos que la creciente invadía, debieron refugiarse rápidamente en un albardón o ligero térraplén del suelo ocupado por las tropas brasileñas. Al mismo tiempo, los proyectiles lanzados por la batería de Londres sobre esa turba en desorden, producía un terrible efecto: cada tiro de cañón hacía enormes agujeros en la masa de fugitivos. Hasta en las ciudades ribereñas del bajo Paraná, los habitantes fueron espantados por la visión de largas filas de cadáveres arrastrados por las aguas.

Incluso si la plaza de Humaitá fuera ocupada próximamente por el Marqués de Caxias, sería ya demasiado tarde para que esta victoria suponga un golpe decisivo. El Paraguay, cuyo acceso estaba anteriormente libre, está ahora cerrado, río arriba, por las fortificaciones del Tebicuary. La escuadrilla de cuatro navíos que ha pasado el 19 de febrero quedó anclada, inmóvil, en Tayí, donde se limita a cruzar cada tanto delante de Timbó, mientras ningún otro barco pudo sumárseles forzando el paso de Humaitá. Durante la última inundación, una chata cargada de carbón, que trataba de pasar la cadena, fue obligada a hacer marcha atrás para evitar ser hundida.

La inacción forzosa de la flota es tanto más humillante para la nación brasileña, cuanto que en ninguna otra parte, en las aguas de América del Sur, se encuentra reunida tal cantidad de buques de guerra. Al inicio del mes de mayo pasado, el barón de Inahuma tenía bajo sus órdenes 36 embarcaciones flotando en las aguas del Paraguay y del Paraná. Diez de esos navíos estaban acorazados, contando cada uno de ellos con 4,6 u 8 de esos monstruosos cañones de 10 a 20 toneladas de peso. Disponían en total de 183 bocas de fuego, comandadas por cerca de 4.000 marinos. Y cuatro otros navíos recientemente construidos en Europa estaban en marcha para sumarse a esa escuadra. Los cañones de Humaitá, las irregularidades del lecho del canal, los obstáculos de la ribera, y sobre todo la falta de combustible— que debía pagarse hasta a 1.750 francos la tonelada, es decir, diez veces más caro de lo que cuesta el hierro en los mercados de Europa Occidental— han transformado esos navíos en embarcaciones de parada. En lugar de remontar, por segunda vez, hasta Asunción, el Bahía y el Barroso avanzaron sólo hasta la desembocadura del Tebicuary para hacer el reconocimiento de las nuevas líneas de defensa de los paraguayos, que se extienden a lo largo de la desembocadura en una extensión de más de 2 kilómetros. Una columna de 3.000 hombres, que marchaba paralelamente a la flotilla por tierra, bajo la conducción del brigadier Menna Barreto, debía estacionarse a 8 kilómetros al sur del Tebicuary, sobre los bordes del río Yacaré o de los Cocodrilos. Sorprendida por el enemigo, ésta se batió rápidamente en retirada después de haber perdido gran parte de sus infantes y toda su caballería.

 

 

 

Ningún hecho prueba, hasta el momento, que la república carezca de defensores, e incluso en un discurso público, el Presidente López, exagerando sin duda, afirmaba que 70.000 soldados estaban en pie en toda la extensión del territorio. Sin embargo, en el campamento brasileño y en las regiones del Plata circulaba la versión de que habiendo desaparecido todos los hombres aptos a raíz de las enfermedades, o de haber sido exterminados bajo el fuego enemigo, las mujeres paraguayas entraban, a su vez, en las filas. Se citaban nombres y cifras, se daban detalles precisos sobre la organización de los contingentes femeninos. Cuatro mil mujeres y jovencitas habrían sido encargadas de la defensa de Tebicuary bajo las órdenes del Brigadier general la inglesa Elisa Lynch; otras estarían acantonadas en Villa Rica, Cerro León y en los fuertes de Asunción. Estas versiones eran, al menos, prematuras. Si los brasileños avanzan hasta el corazón del Paraguay, será contra hombres que tendrán que medirse, al pasar cada río, en la toma de cada fuerte y de cada pueblo. Pero el exacerbado patriotismo de los paraguayos explica en forma suficiente el nacimiento de este rumor. Ya el año pasado, una delegación de damas reclamaba al Mariscal López el honor de tomar parte en la defensa de Humaitá, y después de eso, en varios encuentros, las mujeres sorprendidas en los pueblos esparcidos entre el Paraná y el Tebicuary se defendieron con el mismo encarnecimiento que los hombres. Según los corresponsales del diario inglés Standard and River Plate News, los brasileños, vencidos en los bordes del Yacaré, habrían incluso reconocido, entre sus adversarios, todo un regimiento de mujeres. Recientemente, luego de uno de los combates mortales que se libraron en el Chaco, fueron recogidos dos cadáveres, el de un joven y el de una mujer anciana, probablemente su madre. Ambos tenían en una mano sus respectivos fusiles, mientras se tomaban de la otra, en una última caricia más allá de la muerte. Estos cuadros son capaces de hacer retroceder a los más crueles, y de tornar particularmente repugnante para los argentinos su alianza con el Imperio. Las mujeres del Paraguay están, sin duda alguna, decididas a luchar como sus maridos y sus hijos; no es en absoluto un ejército, es una nación entera la que los invasores tienen que combatir. Podemos estar seguros por ello de que los imperiales no saldrán vencedores de la lucha, a menos que sean lo suficientemente numerosos y estén bien resueltos a exterminar un pueblo que vinieron, según ellos, a “liberar de la tiranía”.

Y, ¿durante cuántos meses o años las demás naciones seguirán tolerando esas masacres? Hubiera sido bastante digno, de parte de las repúblicas andinas, dar continuidad a la enérgica protesta colectiva que había redactado, en nombre de ellas, el Ministro del Perú, señor Pacheco, recientemente muerto a consecuencia de la fiebre amarilla; pero, luego de lanzar la solemne declaración, cayeron en el silencio, como si la suerte del Paraguay, que defiende, sin embargo, una causa que es común a todos ellos, les fuera ahora indiferente.

Inglaterra, a quien la suerte de sus súbditos y los deberes elementales de humanidad obligaban a hacer alguna gestión de mediación, no se ha interpuesto aún entre los beligerantes, como no cesara de aconsejarle el Times, órgano del gran comercio británico; y por otra parte, hay que decirlo, la actitud de Mr. Gould, ministro de Gran Bretaña en La Plata, no presenta garantías suficientes de imparcialidad; el Mariscal López rechazaría, ciertamente, entrar en tratativas con un diplomático que en sus despachos oficiales lo califica de “déspota” y de “bárbaro”. En lo que respecta a Francia, la conducta que tuvo respecto a la República Mexicana no puede permitirle ser árbitro en la lucha que continúa en los bordes de los ríos platenses. Es a la República de los Estados Unidos a la que corresponderá probablemente el honor de contribuir, con su actitud, a poner término a esta guerra. Ya en dos ocasiones Mr. Steward, quien no se muestra habitualmente muy cordial respecto a los estados de América del Sur, ha ofrecido, sin éxito, sus buenos oficios para negociar la paz entre el Paraguay y el Brasil. Un hecho reciente podría decidirlo a intervenir de manera decisiva. Mr. Washburn, ministro de los Estados Unidos en Asunción, manifestó el deseo de salir del Paraguay; un pequeño vapor federal, el Wasp, remontó el río para ponerse a su disposición, pero el Marqués de Caxias no permitió al navío americano pasar Curupayty. El Wasp debió deshacer camino hasta Montevideo, y a causa de ello, el señor Washburn se encuentra forzosamente retenido en el Paraguay. La cólera de sus compatriotas residentes en La Plata y en el Brasil es grande contra el Marqués y, se dijo, quizá equivocadamente, que Mr. Watson Webb, embajador de los Estados Unidos en la Corte de Río de Janeiro, había exigido perentoriamente la destitución del culpable. Sea como fuere, la República americana es lo suficientemente poderosa para hacer cesar la guerra. Basta para ello que lo quiera y lo haga saber.

La intervención de los Estados Unidos sería incluso más útil para los invasores que para el pueblo del Paraguay, ya que los libraría de esta guerra criminal donde hasta un triunfo sería vergonzoso.

Por otra parte, el Brasil está bastante cerca del agotamiento total, y la situación de sus aliados, obtenidos por grado o por la fuerza en ambas riberas del estuario de la Plata, no es precisamente mejor. En Montevideo, donde los brasileños llegaron hace cuatro años a “restablecer el orden” a mano armada, el caos llegó a límites extremos; todos los bancos están

en quiebra, la tasa de interés se elevó a más del 20%, y, cosa increíble en ese paraíso de los trabajadores, más de cinco mil obreros sin recursos se ven obligados a dispersarse en las ciudades del interior para buscar trabajo. En el Brasil, donde la crisis no tiene ese carácter de súbita violencia, la misma es, empero, tanto más temible por cuanto tiene su origen en una situación permanente que la guerra no deja de agravar. Mientras Montevideo y Buenos Aires tienen sólo una participación formal en la guerra, el imperio brasileño debe pagar todos sus gastos y alimentarla con carne de cañón.

El discurso pronunciado por Don Pedro en la sesión de apertura de las Cámaras brasileñas es, como podría esperarse, de lo más vago, como suelen ser las largas frases de optimismo oficial; sin embargo, ciertas frases quejumbrosas se mezclan con esa pomposa retórica. El informe del ministro de Finanzas es el complemento indispensable del discurso imperial, y las cifras presentadas en él expresan bastante bien el grado de fe que debe prestarse a las complacientes palabras lanzadas del trono. Es casi innecesario decir que el presupuesto de 1870 prevé, según el ministro, un excedente de ingresos, pero, por el contrario, el ejercicio que termina este año presenta un espantoso déficit, y el año que se inicia no presenta los mejores auspicios. Los ingresos del fisco durante el período fiscal 1867- 1868 fueron, sin tener en cuenta las entradas ficticias proporcionadas por la emisión de papel monedas de sólo 174 millones de francos; mientras que los gastos alcanzaron la enorme suma de 494 millones, es decir, que en un sólo año el imperio ha arrojado a las ruinosas gargantas de la guerra más del triple de sus ingresos. La totalidad de la deuda brasileña se elevaba, el 31 de marzo de este año, a 1.099 millones, y desde esa época el déficit aumenta en un promedio de 30 a 50 millones por mes. Y es a eso a lo que el señor Zacarías llama “tener que luchar contra algunas dificultades”. En cuanto al temible problema de la esclavitud, que merecería también ser tratado como “dificultad”, la solución fue indefinidamente postergada.

El comercio exterior disminuye sensiblemente a causa de los impuestos de guerra que pesan sobre la navegación y el intercambio. Los periódicos tienen un discurso casi revolucionario, las Cámaras se vuelven hostiles, e incluso el Senado respondió al discurso del trono retirando el voto de confianza al Ministerio. Acentos casi republicanos resuenan en la Cámara de Diputados. “El Brasil —exclamó Felicio de Santos— parece un territorio desprendido de la vieja Europa por algún cataclismo natural, y unido, como cuerpo extraño, a la joven América. Nuestra actitud es de todo servilismo frente a las naciones monárquicas y decrépitas del viejo continente, y de toda arrogancia y desprecio frente a los estados libres del nuevo mundo. Para agradar a Inglaterra, nos apresuramos a reconocer a los estados esclavistas del Sur el título de beligerantes; para cortejar a Francia hemos saludado el advenimiento del Emperador en México; para ganar la estima de España, dimos asilo durante 8 meses a su flota de guerra, y no hemos elevado, en absoluto, una protesta por el bombardeo de Valparaíso. Si proseguimos en esta política antiamericana, la Guerra del Paraguay no será, en absoluto, un hecho aislado en la historia: será el prólogo de una gran conflagración americana”. Y el señor Christiano Ottoni agrega: “Es imposible que el Brasil pueda existir si la lucha continúa en el Paraguay. El Paraguay es nuestro México, y el imperio perecerá allí si nos obstinamos en esta imposible tentativa. Del mismo modo que el ejército francés debió dejar México bajo exigencia de los Estados Unidos, nos hace falta salir, a cualquier precio, del Paraguay, ya que estamos allí sin derechos y sin esperanzas”. ¡Quieran los pueblos del Brasil escuchar a tiempo estas proféticas palabras de advertencia!

 


La Guerra del Paraguay


Elisée Reclus, Revue Politique et Littéraire,

5 de setiembre de 1868.


“ ¡Humaitá está ocupada por los brasileños!”. Tal es el acontecimiento tantas veces anunciado como inminente desde hace dos años, e incluso como ya realizado, pero que esta vez es totalmente real. La fortaleza del Paraguay cayó en manos de los imperiales, y los telegramas, interesados hoy en el triunfo del Brasil como lo estuvieron antes en el del Sur esclavista, se apresuran a anunciarnos que la caída de esa plaza es el fin de la guerra. No es, sin embargo, más que un simple episodio de ella. Luego de Humaitá, Timbó; luego de Timbó, Tebicuary; luego de Tebicuary; Formosa, Asunción, Luque o Villa Rica. Contra el ejército del Brasil, está de pie el pueblo del Paraguay, sus hombres y mujeres.

La lucha dura ya tanto tiempo que quizá no sea inútil recordar sus orígenes. Hacia el fin del año 1863, algunos bandoleros comandados por el General Flores y alentados por algunos conspiradores de Buenos Aires, hacían su campaña en la República Oriental. Robaban ganado, saqueaban las haciendas(*), incendiaban los pueblos. Se presentaba una buena ocasión para los propietarios de la provincia de Río Grande do Sul, limítrofe al Uruguay, o Banda Oriental. Algunos se apresuraron a organizar batidas en la campaña, con el fin de capturar negros esclavos e incluso hombres libres de color; otros se apropiaron simplemente de las tierras que les convenían y largaron en ellas su ganado. Otros, finalmente, se enrolaron bajo las órdenes de Flores, proporcionándole un pequeño ejército. Naturalmente, el gobierno de Montevideo protestó. A su vez, el Brasil asumió la defensa de sus nacionales y presentó una lista de reclamos a la pequeña República. Esta cuenta era con un pequeño territorio poblado apenas de 300.000 almas, mientras que el Brasil es un mundo que encierra más de 10.000.000 de habitantes.

Es obvio que la razón debía estar de parte del Brasil, ya que era el más fuerte. El lo. de abril de 1864, este país lanzó un ultimátum, declarando que si Montevideo no hacía una pública aceptación de sus faltas y pedía disculpas, sus fuerzas terrestres y marítimas apoyarían a las bandas de Flores.

 

 

Como si ese poderoso imperio no fuera suficiente para el pequeño estado desprovisto de ejército, se presentó otro enemigo: Buenos Aires, situada sobre la ribera meridional del Río de la Plata, frente a Montevideo, estuvo siempre celosa de la prosperidad de su rival y no desperdició la oportunidad de perjudicarla. Por otra parte, el señor Mitre, Presidente de la República Argentina, tenía sus particulares puntos de vista. Para dominar las provincias del interior, oprimidas por el monopolio comercial y político de Buenos Aires, y para mantenerse en el poder, facilitando quizá un golpe de Estado, le convenía mantener un gran ejército y apoyarse en un brillante cortejo de coroneles y generales decorados de plumas y cubiertos de gloria, para poder tratar de igual a igual a S.M. Don Pedro, él, que no era antes sino un pobre poeta exilado.

Grande era el peligro para todas las regiones limítrofes de los ríos que desembocan en el estuario de la Plata. En efecto, si el Brasil se apoderaba de Montevideo, las provincias argentinas de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y la República Independiente del Paraguay, se encontrarían absolutamente bloqueadas, a merced de ambos guardianes de la desembocadura; en ello residía, para ellos, una cuestión de vida o muerte. La libertad de navegación de los ríos que el Paraguay, la primera entre todas las repúblicas de la América del Sur, había proclamado el 4 de marzo de 1853, se volvería una mera ilusión, y, tarde o temprano, por la fuerza de las circunstancias, todas las zonas regadas por el Paraguay y el Paraná estaban destinadas a caer en poder del Brasil vuelto de este modo dueño también de la desembocadura de los ríos, como ya lo era de sus nacientes.

Entre Ríos y Corrientes, provincias argentinas neutralizadas por la acción de Buenos Aires, no osaron sino protestar a medias; el Paraguay debió actuar solo. El presidente López declaró que si el Brasil llevaba a cabo su amenaza de intervenir en la Banda Oriental, consideraría ese acto como una declaración de guerra. Los ministros de Río de Janeiro no hicieron caso, en absoluto, a estas protestas, dando la impresión de que las tomaban por fanfarronadas. El Uruguay fue invadido, la ciudad de Paysandú bombardeada y sus habitantes masacrados luego de la capitulación. Poco después, Flores, ascendido a general brasileño, hizo su entrada triunfal en la ciudad de Montevideo.

Fiel a su promesa, el Presidente López, no bien tuvo la primera noticia de la intervención, tomó un barco brasileño que remontaba el río hacia el Mato Grosso; y con el objeto de obligar a Mitre a desenmascarar sus planes, solicitó el libre paso de sus tropas sobre el territorio argentino que lo separaba de la provincia brasileña de Rio, Grande do Sul. El General Mitre respondió firmando un tratado de Alianza con el Brasil, y haciéndose nombrar generalísimo de los ejércitos imperiales, él, que era presidente de una República. Las cláusulas secretas anexas al Tratado, dadas a conocer por uno de sus firmantes al parlamento británico, estipulan que el Paraguay perdería una gran parte de su territorio, su gobierno sería reemplazado por los generales aliados y que, durante cinco años, la capital sería ocupada por el vencedor.

El Tratado de Alianza fue firmado el lo. de mayo de 1865. Enardecido con su éxito diplomático, el General Mitre se creía dueño del destino: “ ¡En tres días en la campaña, en tres meses en Asunción!”, exclamó. Los tres meses transcurrieron sin que pasara gran cosa; empero, gracias a la enorme superioridad numérica de los ejércitos aliados, éstos lograron después de un año de lucha expulsar a López del territorio brasileño y de la provincia de Corrientes.

Probablemente engañado con las promesas del General Urquiza, dictador de Entre Ríos, a quien le faltó decisión en el momento oportuno, el Presidente del Paraguay debió batirse en retirada, abandonando su vanguardia en Uruguayana. Luego de una serie de batallas y combates, dejó el territorio argentino, y atravesando el Paraná estableció su cuartel general en la fortaleza de Humaitá.

Para hacerse una idea de ese baluarte del Paraguay, deben representarse dos ríos que se encuentran en ángulo recto, como el Ródano y el Saona en Lyon: el Paraná, semejante a un Ródano que transportase barcos de guerra, corre de este a oeste; su afluente, el Paraguay, un curso de agua a su vez considerable, desciende, como el Saona, de norte a sur. La totalidad de la República está comprendida entre dos ríos. No lejos de la confluencia, sobre los bordes de un meandro del río Paraguay, fueron construidas las baterías de Humaitá, sobre una extensión de dos kilómetros, defendidas por tierra con lagunas y pantanos. Era ese el punto que los aliados debían franquear antes de poder apoderarse del más mínimo trozo del territorio paraguayo.

El sitio de Humaitá les costó veintisiete meses, ochenta mil hombres de tropa y más de quinientos millones de francos. Choques terribles tuvieron lugar, con éxito desigual, en Estero Bellaco, Yatay, Tuyutí, Tuyucué, en la espesura de los montes, en los campos, en las trincheras y sobre los muros de las fortificaciones. Pero con excepción de los fortines de Itapiní en el Paraná, y el de Curuzú sobre el Paraguay, los aliados no lograron ocupar por la fuerza una sola fortificación paraguaya. Cada ataque contra Humaitá y sus puestos de vanguardia, Curupayty y Paso Pucú, se transformaba en un sangriento desastre para los atacantes. Diezmadas en los combates, las tropas sufrieron más tarde los efectos del cólera y de las fiebres palúdicas: de los 40.000 hombres que componían el ejército, un tercio, en promedio, estaba en lista de enfermos. Para llenar las filas que se vaciaban, el ministerio brasileño debía enviar constantemente nuevos reclutas, tristes soldados calificados de “voluntarios”, compuestos en su mayor parte por infelices cazados en las calles de las grandes ciudades, criminales arrancados de las prisiones o esclavos comprados por el ejército a sus dueños, y pagados con cruces del mérito, títulos de nobleza o con dinero. Los generales se consumían tan rápido como sus tropas. Al Barón de Tamandaré, comandante de la flota naval, sucedió el General Ignazio. Osorio fue reemplazado en el comando del ejército por el Mariscal Polydoro y éste, a su vez, cedió por último la comandancia al Marqués de Caxias, un anciano que pasa por ser un héroe de guerra, dado que, con todos los recursos de que disponía Brasil en hombres y en dinero, logró anteriormente destruir la pequeña República de Piratiní y empujar a Garibaldi y a sus débiles tropas hacia la Banda Oriental. En lo que respecta al Generalísimo Mitre, se limita a hacer breves apariciones sobre el escenario de las batallas, y últimamente debió retirar casi todas las tropas argentinas con el objeto de utilizarlas contra su pueblo en los conflictos internos de la República.

Siéndoles imposible tomar la fortaleza de Humaitá en batalla frontal, no les restaba a los brasileños más que tomar la plaza por tierra, mientras la flota buscaba forzar el pasaje del río para cortar las comunicaciones de la fortaleza con el interior del país. Pensaban que su gran superioridad en hombres y en recursos materiales permitiría el éxito de su plan. El lo..de noviembre de 1867 los brasileños lograron ubicarse en el puesto de Tayí, situado en la ribera izquierda del río Paraguay, arriba de Humaitá, con lo cual la plaza se encontró parcialmente rodeada, no quedándole a su guarnición otra ruta que la de los solitarios pantanos del Chaco que bordean la ribera derecha. Unos meses más tarde, el 18 de febrero de 1868, gracias a una excepcional creciente del río Paraguay, tuvieron los sitiadores una nueva ventaja: algunos de los navíos acorazados lograron, en una noche de niebla espesa, pasar más allá de las cadenas que cerraban el paso del río y llegar a la posición recientemente conquistada de Tayí; dos de esos navíos se apresuraron, incluso, a remontar el río Paraguay para ondear su bandera a la vista de Asunción, a una respetuosa distancia de los fuertes de la capital. En fin, el Marqués de Caxias mandó ocupar la península del Chaco que se encuentra frente a Humaitá, esperando de este modo sitiar completamente la plaza y vencer, por hambre, a su guarnición.

 

 

Pero el presidente López no esperó que se cerrara sobre sí el cerco aliado para decidir el traslado de su base de operaciones. Retirando casi todo su parque bélico y la mayoría de sus hombres, dejó en Humaitá sólo 3 a 4.000 hombres bajo las órdenes del Coronel Alén. Algunos regimientos fueron a reforzar la guarnición del frente de Timbó, situada a algunos kilómetros al norte de Humaitá, sobre la ribera derecha del río; el grueso del ejército fue a establecerse más allá de Tayí, donde el Tebicuary desemboca en el río Paraguay. Allí se construyó una nueva Humaitá. Las baterías, armadas -según se dice- de 200 bocas de fuego bordean el afluente a lo largo de dos kilómetros y fueron colocadas fuertes empalizadas que cortan, como barreras, el paso del río a los navíos. Las aguas del Tebicuary y la zona pantanosa que bordea la ribera hacen de excelente línea de defensa, de tal modo que el ejército invasor se encontraría, después de haber pasado las barreras, frente a idénticos obstáculos que los que existían al norte de la línea del Paraná.

Hacia el 15 de julio, aparentemente la débil guarnición de Humaitá, presionada por el hambre, se preparaba a evacuar sus líneas con el fin de abrirse camino por el Chaco a través de las fuerzas aliadas. El Marqués de Caxias, informado de que durante las noches canoas cargadas de municiones pasaban incesantemente de una ribera a la otra, pretendió adelantarse a los paraguayos tomando el fortín en un rápido ataque. Pero, si los defensores de la plaza se preparaban a dejarla, no lo hacían como fugitivos, y las tropas de asalto comandadas por el Barón de Herval fueron rechazadas en una sangrienta batalla que les costó cerca de 2.000 bajas. Dos días más tarde, otro ataque de los aliados contra una batería paraguaya, momentáneamente desprotegida en uno de sus flancos, fue aún más desastrosa, ya que casi todos los asaltantes fueron exterminados. Era tal la desmoralización producida entre las tropas imperiales luego de ambas derrotas, que la pequeña guarnición de Humaitá pudo atravesar libremente el río y llegar a Timbó, llevando consigo el material de guerra y la mayor parte de las bocas de fuego. Las piezas de artillería pesada habían sido inutilizadas y arrojadas al fondo del río. Luego de la evacuación, los asaltantes se apresuraron a atravesar los muros de la plaza fuerte. Humaitá había caído en poder del Brasil y con esta fortaleza, también un territorio de pantanos y de montes deshabitados de un radio de aproximadamente 50 kilómetros.

 

 

¿Qué hará el Brasil ahora para aprovechar ese triunfo? Si es gobernado por hombres de alguna sabiduría, no le resta sino apresurarse a concluir, a cualquier precio, un tratado de paz. Carece de más hombres para enviarlos al ejército, a menos que comience a cazarlos en los montes como a bestias salvajes; sólo puede obtener nuevos medios financieros por el desesperado recurso de emisiones inconvertibles, los proveedores del ejército, los marinos que transportan víveres y tropas, los mercaderes que siguen el ejército aliado amenazan con asolar todo y empujarlos a una irreparable ruina. A las inmensas dificultades que supone llevar adelante una guerra cuyo teatro de operaciones se encuentra a más de tres mil kilómetros de la capital, se sumarán nuevas dificultades. Los argentinos, humillados por el rol secundario que les tocó jugar, piden insistentemente la paz; las provincias de Corrientes y Entre Ríos, que están en condiciones de cerrar la ruta a los brasileños fortificando la desembocadura del Paraná, parecen estar a punto de sublevarse; Mitre, el fiel aliado de Don Pedro, dejará pronto la silla presidencial; el vicepresidente electo recientemente, el Dr. Alsina, maldijo la funesta guerra en sus arengas públicas y el Congreso, en una solemne votación, acaba de rechazar el protocolo del Tratado de la Triple Alianza. Es quizá el antecedente de la ruptura. Los hombres de Estado brasileños deberían darse por satisfechos si logran tranquilizar los ánimos aceptando finalmente la mediación que Estados Unidos ha propuesto ya en tres ocasiones.

Cierto es que al aceptar los buenos oficios de la gran República Americana, deberán reconocer la independencia del Paraguay, la libre navegación de los ríos, la autonomía de la Banda Oriental y renunciar para siempre a su política de intervención en los asuntos internos de los Estados del Plata; el Imperio, semi-arruinado, podrá al menos evitar desastres superiores, pero habrá perdido todo su prestigio. No obstante, suponiendo un conjunto de circunstancias más favorables al Brasil, suponiendo consolidado el poder de Mitre y sus amigos; Entre Ríos sometida; el antiguo fervor de la provincia de Buenos Aires por la guerra renacido de entre cenizas; suponiendo resurgida la simpatía financiera de los capitalistas ingleses para llenar el Tesoro semivacío de Rio de Janeiro. ¡Y bien! Incluso en ese caso, el Imperio no puede, sin algún grado de locura continuar la terrible guerra. Andrés Lamas, ministro plenipotenciario de la República Oriental en el Brasil y uno de los hombres que ayudó a concluir el Tratado de la Triple Alianza, declara en una nota del 28 de febrero de 1867, dirigida al Consejero Albuquerque, Ministro de Relaciones Exteriores del Brasil: “Luego de haber franqueado las fortificaciones que nos detienen, podemos ganar grandes batallas aún, pero entonces comenzará la guerra contra los obstáculos naturales, contra el desierto y las tierras devastadas, contra el fanatismo y el patriotismo de la población, guerra sin tregua ni reposo, donde la muerte será disparada por manos invisibles desde el fondo de montes impenetrables, desde lo alto de inaccesibles peñascos, desde el medio de pantanos inabordables... ¡Qué perspectiva se presenta delante de nosotros! ¡Cuánto tiempo, cuánta sangre, cuántas tribulaciones para llegar al término del doloroso camino en el cual entramos!... Si el Paraguay sigue resistiendo como lo hizo hasta el presente, estamos condenados a destruir la población masculina y no me sorprendería que tuviéramos que matar incluso a las mujeres: al final, nos encontraremos frente al cadáver del Paraguay”.

Por lo demás, si dejamos de lado las alternativas de la guerra, el flujo y reflujo de cada día, para elevarnos a la contemplación de la historia en su relación con la forma de los continentes y la distribución de las razas, ¿cómo podríamos dudar de que las poblaciones latinoamericanas de la Banda Oriental, de la República Argentina, del Paraguay, de Bolivia, tienen en la cuenca del Plata una influencia más poderosa que la del Brasil, que sólo posee los cursos superiores del Paraná y del Paraguay?. De la misma manera que en el norte del continente, los estados libres y los pueblos del alto Missisippi debían indudablemente, prevalecer sobre los estados esclavistas situados en torno a su desembocadura, los tres millones de pobladores españoles de la ribera, que ocupan prácticamente la Cuenca del Plata, deben, por su simple presión etnológica y por la forma de ocupación del territorio, desempeñar un papel histórico más importante que el de los trescientos mil brasileños dispersos en las soledades del Mato Grosso y las provincias vecinas.

Y eso no es todo; la lucha no es simplemente entre dos razas, es también una lucha entre dos formas de gobierno. A pesar del fanatismo de los paraguayos, de la barbarie de los indios de Bolivia, de la ignorancia de los argentinos, de la avaricia comercial de los porteños, todas las repúblicas hispanoamericanas representan la libertad, la igualdad y la justicia, frente al Imperio del Brasil y su esclavitud de los negros, sus grandes propiedades, sus títulos nobiliarios, sus instituciones aristocráticas. En América del Sur, como en los Estados Unidos y en México, el conflicto es el de una República contra una monarquía. Y, acaso existen aún hombres lo suficientemente ingenuos como para pensar, después de la batalla de Querétaro, que la monarquía puede prevalecer en el Nuevo Mundo?


NOTAS

(*) en portugués en el original.

(*) en español en el original.

1 Remitimos al lector al No. del 15 de setiembre de 1866, que presenta un artículo donde son relatados los eventos de la campaña hasta poco después de la batalla de Tuyutí.

2 La palabra Tuyutí significa, en lengua guaraní, tierra de pantanos.

(*) en español en el original.

3 La falta de soldados es tal, que según un discurso pronunciado por el Sr. Frías en pleno Senado de Buenos Aires, el gobierno vaciará las cárceles para enviar los detenidos a los campos de batalla.

(*) en portugués en el original.

4 Ver la Revue del 15 de octubre de 1866. Asimismo, en la del 15 de setiembre de 1866 “La Guerra del Paraguay y las instituciones de los Estados del Plata”, de M. Duchesne de Bellecourt.

(*) en español en el original.

5 El Correio Mercantil de Río de Janeiro proporciona revelaciones curiosas sobre esta cuestión. Ver, sobre todo, los números del 15 y 25 de octubre, y el del 5 de noviembre de 1867. El precio promedio de cada esclavo comprado por el gobierno es de 3,780 francos.

6 Según el Standard and River Plate News del 30 de enero de 1867, el número de criminales indultados era a la época, de 993.

7 Esta cifra es proporcionada por el Standard and River Plate News del 4 de setiembre de 1867.

8 La tarifa de las cantinas de Tuyucué, fijadas por el Marqués de Caxias, establece precios de hambre. Incluso en Corrientes, fuera de las líneas enemigas, un pollo cuesta cerca de 25 francos.

(*) en español en el original.

(*) en español en el original.

9 “peuple enfant” en el original.

(*) en español en el original.

10 Al 30 de setiembre de 1867, el total de navíos que comunican esas costas fluviales era de 2.490, transportando 114 mil toneladas con una tripulación de 14.544 marineros, de los cuales 12.000 eran de nacionalidad italiana. La navegación de La Plata aumentó en 25% este año.

11 Su dieta es de 2.160.000 francos. Desde su llegada a México, el emperador Maximiliano fijo sus honorarios en el triple de esa suma.

12 El comercio exterior del Brasil se elevó, durante el año fiscal 1865-1866, a 295 millones de milréis, es decir cerca de 800 millones de francos: equivale aproximadamente a un movimiento de 80 francos por habitante. El comercio de La Plata ha sido, durante el mismo período, de más de 400 millones de francos. Teniendo en cuenta su menor población, los intercambios de la república platense son, proporcionalmente, dos a tres veces más importantes que los del Imperio vecino.

12 Ver, en La Revue, los artículos del 15 de octubre de 1866 y del 15 de diciembre de 1867.

(*) en español en el original.

(*) en español en el original.

13 El proyecto de Mitre y Vélez Sarsfield fue criticado brillantemente por Alberdi, en una reciente publicación titulad" “El Proyecto de Código Civil para la Rep. Argentina y las conquistas sociales del Brasil”.

(*) en español en el original.




Parte II

LAURENT-COCHELET - CORRESPONDENCIA CONSULAR

 

1.      LA NACIÓN GUARANI

El tema de los orígenes raciales del pueblo paraguayo tiene un lugar central en la polémica generada en torno a la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).

La percepción global que Eliseo Reclus tiene del Ejército y de la población del Paraguay se basa en su herencia guaranítica. La terminología por él empleada en sus artículos es reveladora; dirá “guaraníes”, “descendientes de guaraníes”, “raza” o “nación guaraní”, “honestos hispano- guaraníes” refiriéndose a los paraguayos. Conociendo a través de fuentes diversas el proceso de mestizaje y la constitución étnica que le era propia (1) él asigna a la pervivencia de caracteres indígenas un rol particular. No sólo esta percepción está lejos de poseer un contenido peyorativo,(2) sino que ella hace del mestizo portador del progreso y de la civilización en el Nuevo Mundo: de este modo la deseada victoria del Paraguay en la contienda “nos mostraría la participación de una nación de raza casi puramente indígena en los grandes acontecimientos de la historia contemporánea; y nadie podrá pretender, de ahora en más, que sólo las caucasianas gozan del privilegio de luchar por el progreso de la justicia y la libertad”. (3)

Y los indígenas Guaraníes representaban para la Europa ilustrada del XVII al XIX una sola y grandiosa imagen, cargada de múltiples y contradictorias significaciones: las Reducciones Jesuíticas del Paraguay. No es, de este modo, sorprendente que la defensa de la causa paraguaya emprendida por Reclus pase por la reflexión de esta experiencia: para el sabio anarquista, como para muchos otros intelectuales “progresistas” de la época, las reducciones jesuíticas habían constituido un ensayo de la utopía socialista, en la cual él reconocía las fuentes de su propio pensamiento. (4) La influencia que los textos de utopistas como Campanella (La Ciudad del Sol, 1623) y Tomás Moro (La Utopía, 1516) tenían sobre los reformadores y socialistas utópicos del XIX —y de manera especial sobre los anarquistas— era grande, y los elementos comunes a estos proyectos sociales — particularmente el de Campanella— y al implementado en las Misiones del Paraguay (o al menos, al que fue presentado por sus apologistas como el realmente implementado) eran numerosos. (5)

En efecto, la ausencia de propiedad privada de la tierra y de los instrumentos de trabajo, la distribución socializada de los productos de subsistencia, la protección de las personas inválidas o ancianas, la organización colectiva del trabajo, y el rechazo a la integración de los extranjeros en la ciudad estaban presentes tanto en las Misiones como en la descripción que Campanella hace de su proyecto de utopía. Si dos elementos centrales de la Ciudad del Sol, el de la organización sexual y el de la participación de las mujeres en la guerra no se dieron, obviamente, en las Misiones, al menos uno de ellos, el último, pudo haber sido encontrado por Reclus en el ofrecimiento hecho por las damas paraguayas de tomar las armas en defensa de la patria. (6)

Las simpatías del anarquista por los descendientes de ese grupo indígena, artífices de una experiencia “socialista” pionera en América, y por la nación paraguaya pueden verse de este modo como naturales. (7) Esta primera identificación lo lleva a otra que es clara en su discurso: el conflicto bélico de la Triple Alianza es, para Reclus, la prolongación de la ancestral guerra que opuso a los guaraníes (paraguayos) y a los mamelucos (portugueses), entre una nación indígena en búsqueda de su libertad y el imperio esclavista brasileño.

Sobre este punto, las coincidencias del pensamiento del anarquista con la tesis sostenida por el gobierno paraguayo de la época se hacen evidentes. A través de sus órganos oficiales (“El Semanario”) y particularmente en las publicaciones del frente (“Cabichuí”, “El Centinela”, etc.) éste presentaba la contienda como una guerra de “libres contra esclavos”, (8) en la que el “monarca de los esclavos se había propuesto destruir la patria de los libres”, (9) guerra que en la que el paraguayo es el pueblo al cual el Imperio ha “amenazado amarrar con la ignominiosa y detestable cadena de la esclavitud”. (10)

 

 

Sin embargo, es difícil encontrar en los documentos paraguayos huellas de una reivindicación semejante a la premisa de Reclus, es decir, una identificación del paraguayo con sus raíces indígenas. La imagen difundida por los publicistas de la Alianza, del Paraguay —país de indios, nación bárbara — no era desconocida por el Gobierno (11) y hubiera resultado evidentemente difícil basar la defensa en el mismo argumento empleado en el exterior. Pareció insistirse, más bien, en autoreferencias bíblicas o clásicas greco-latinas de un pueblo en defensa de la patria invadida, antes que las históricamente más próximas de las batallas de los guaraníes contra las invasiones portuguesas. (12)

Dado pues el tema de las características raciales de los contendientes y el de la barbarie, que estaba vinculado al anterior, entraron pronto a jugar en la polémica desatada en Europa con la guerra, esta identificación asumida debió ser utilizada por los defensores de la “causa paraguaya”: el Encargado de Negocios del Paraguay Gregorio Benítez sostuvo, en la controversia que lo opuso al ministro argentino Balcarce en París: “Estoy orgulloso de ello: en el Paraguay no hay más que una nacionalidad, la nacionalidad paraguaya, compuesta de la raza indígena civilizada y de la raza española, confundidas en un sólo pueblo”.(13) El publicista francés Claude de la Póepe incluirá, retomando la tesis de Reclus, esta reivindicación de los orígenes indígenas del pueblo paraguayo en su defensa del mismo; luego de mencionar el antecedente de las guerras guaraníticas y el del mestizaje que dio origen al paraguayo, dice: “La familia paraguaya, producida en esas alianzas, no imitó a los mamelucos de Sao Paulo que tenían vergüenza de sus ancestros indígenas. Fieles a su doble origen, los miembros de esta familia aceptaron piadosamente la gloriosa herencia que les fue transmitida con la sangre, por los valientes soldados [guaraníes] de los siglos XVII y XVIII”... (14)

Si en el pensamiento de Reclus y de otros publicistas franceses existen indudablemente resabios de la tradición ilustrada francesa, que veía en el indígena americano la encarnación del “bon sauvage "Roussoniano, el Cónsul Laurent-Cochelet es heredero de otra perspectiva, tan europea como la anterior, que percibía a las poblaciones mestizas del Nuevo Mundo como semi-salvajes, y a los descendientes de los indígenas americanos como la versión local de la barbarie. Para el agente consular del Imperio Francés en Asunción, la barbarie se encuentra confrontada a los representantes locales de la civilización, es decir, a los residentes extranjeros en Paraguay y a sus correlativos paraguayos, las “clases cultivadas” o las “familias acomodadas” a las que se referirá frecuentemente diferenciándolas del resto de la población. Esta percepción es en el Cónsul anterior a la guerra. Dos meses antes del inicio de las hostilidades entre el Paraguay y el Brasil, dirá:

“Amenazado como está el Paraguay no sólo del lado del Río de la Plata, sino también del Alto Paraguay (...) su capital puede convertirse de un día al otro en una ciudad sitiada, en el teatro de luchas encarnizadas en las que los extranjeros podrían correr serios peligros, dada la extrema ignorancia del populacho, para quien extranjero y enemigo son sinónimos (...)

Una pronta solución de esta cuestión [la transformación del Consulado en Legación Francesa en Asunción] me parecería muy deseable si las sombrías previsiones de personas experimentadas del país se realizan, porque se ignora a qué excesos podrían librarse las poblaciones ignorantes, que son mantenidas en el orden únicamente por la mano de hierro que las gobierna, y que bien podrían hacer caer sobre los extranjeros desarmados y dispersos que residen en medio de ellos, la responsabilidad de los reveses; reveses que se deberían sólo a la ineptitud de sus jefes o a la inexperiencia de sus soldados. Estas apreciaciones no son sólo personales, son las de los paraguayos pertenecientes a las clases superiores de la sociedad quienes, en el caso de un relajamiento de la autoridad causado por los eventos de la guerra y por el alejamiento de las tropas de la capital, temen por ellos mismos, por sus familias y sus propiedades, una sublevación general de los Indios y de las otras gentes de color, libres o esclavos, que el Gobierno no recibe en las filas del Ejército, y que forman en este momento casi en forma exclusiva la población masculina no llamada bajo bandera; y cuyas fogosas pasiones, sobreexcitadas por el clima tórrido, sólo son domadas por los maltratos y el empleo de la fuerza. Según los términos empleados por un paraguayo de edad avanzada, que atravesó sano y salvo la tormentosa dictadura de Francia, y conoce a fondo la naturaleza de sus conciudadanos, sería la guerra de los descalzos contra las personas calzadas, en la que estas últimas, en razón de su pequeño número, serían exterminadas ” [1]

Ignorancia; pasiones desenfrenadas; odio indiscriminado al extranjero caracterizan dentro de esta visión a una parte de la población paraguaya. Una cuestión capital opone ambas visiones francesas. Si Reclus solo ve —como podrá observarse más adelante— cohesión y unidad en la gran familia paraguaya, el Cónsul percibe en el país grupos sociales no sólo diferentes, sino inmersos en un viejo antagonismo de raíces históricas. Diferenciación tanto más importante cuanto que la actitud de estos grupos nacionales hacia la guerra y hacia el gobierno paraguayo serán vistas como sistemáticamente opuestas por Laurent-Cochelet.

Existen, empero, caracteres comunes al conjunto de la población. Viéndose constreñido, un mes más tarde, a emitir un juicio sobre los habitantes del Paraguay y su relación con ellos, (15) dirá:

“El pueblo es dulce, inofensivo, y librado a sí mismo; despertaría simpatías (...) Cierto es que la inmoralidad que gangrena la sociedad, desde su cúspide hasta la base, no parece merecer la aprobación de personas honestas...” [2]

Otro de los elementos característicos de la “barbarie”, esta vez generalizando a toda la sociedad paraguaya, se hace presente: la inmoralidad de costumbres.

Opinión que es compartida por otros agentes diplomáticos de la época; el Ministro inglés Thornton se expresaba en términos casi idénticos en un despacho a Lord Russel de setiembre del mismo año. (16)

Una vez iniciado el conflicto bélico con el Brasil, el Cónsul incluirá en su correspondencia detalles del comportamiento de las tropas paraguayas en la campaña del Matto Grosso, denunciando otras formas de la “barbarie”. El saqueo y el pillaje, las violencias contra la población civil y los residentes europeos en esta provincia brasileña son sistemáticamente denunciados, dejando de lado la comprensión de que esas formas de violencia, si bien no eran consideradas ortodoxas, acompañaban en el XIX a todas las guerras internacionales, y fueron empleadas por las tropas aliadas no bien se inició la campaña en territorio paraguayo.

 

 

 

 

Luego de la ocupación de Matto Grosso por una división del Ejército paraguayo escribe:

“Comienzan a conocerse, a través de los soldados heridos que retornaron del Matto Grosso, detalles diferentes de aquellos ofrecidos por El Semanario, y se confirma que hubo grandes crueldades ejercidas contra las poblaciones civiles, y un desenfrenado pillaje, como lo prueba la considerable cantidad de objetos brasileños ofrecidos en venta en la Capital...” [3]

Versiones que le serán confirmadas, veinte meses más tarde, por los habitantes de la ciudad de Corumbá trasladados a Asunción luego de la evacuación de esta plaza por las tropas paraguayas, entre los cuales se encontraban súbditos franceses: a las violencias físicas y al saqueo se habría sumado la obligación de realizar trabajos forzados en la ciudad, de la que ni los brasileños ni los extranjeros residentes en la ciudad pudieron librarse. (17)

De los saqueos de pueblos y ciudades de la región del Mato Grosso existen registros de militares brasileños y uruguayos (18) —cuyos juicios podrían ser considerados más o menos tendenciosos— y de americanos y europeos residentes en la Asunción durante la guerra. (19)

Relatos más o menos fidedignos de las secuelas de la campaña militar fueron prontamente difundidas por diplomáticos del Imperio brasileño en Buenos Aires, y poco después hicieron su aparición en Francia y en el resto de Europa folletos anónimos denunciando la “extrema barbarie” del comportamiento de las tropas paraguayas en el Mato Grosso. (20)

Una parte de la prensa bonaerense, que ya había llamado en noviembre de 1864 a establecer una Alianza de la civilización en contra de la “conspiración de la barbarie” representada por el Paraguay, acogió estas noticias comparando a este país de “toldería” y a los paraguayos de “malón de indios”. (21) Opositores paraguayos al Gobierno de F. S. López, residentes en Buenos Aires, que se habían ya constituido en Asociación Paraguaya, adoptan sin muchos reparos el mismo argumento de la cruzada de “civilización y humanidad” en febrero de 1865, llamando a la Argentina a una Alianza con el Brasil, contra las “fieras, azotes de Dios” que constituían el Ejército Paraguayo. (22)

El apelativo de “indios” es, por otra parte, empleado con frecuencia por los oficiales del Ejército de la Triple Alianza para referirse a los soldados paraguayos, en una percepción de connotaciones racistas más o menos generalizadas dentro de los distintos cuerpos de este Ejército. (23)

El temor que las poblaciones nativas “salvajes” despertaban en el Cónsul francés se verá redoblado luego de la Declaración de guerra a la Argentina hecha por el Congreso del Paraguay en marzo de 1865; a partir de esa fecha Laurent-Cochelet solicitará en forma reiterada la presencia de una cañonera de pabellón francés en el puerto de Asunción, para garantizar la seguridad de sus connacionales.

“si su autoridad [la del Gobierno Paraguayo] se debilitara a raíz de las derrotas (24) sufridas en el curso de la guerra; estoy persuadido de que los extranjeros de todas las nacionalidades correrían los mayores peligros de parte de una soldadesca en sus tres cuartas partes salvaje, a la cual las riendas de la disciplina ya no retendría, y el recuerdo del pillaje de las ciudades brasileñas animaría a nuevos excesos” [4]

Luego del bloqueo del Paraguay por la flota brasileña reitera:

“todos los extranjeros que residen en el Paraguay se encontrarían librados [a consecuencia del aislamiento causado por el bloqueo] sin protección, a los azares de una guerra encarnizada entre beligerantes tan sanguinarios los unos como los otros (...) [En caso de un ataque aliado a Asunción] los extranjeros no encontrarían ningún refugio y correrían los mayores peligros en medio de un populacho ignorante y salvaje que los ve a todos como enemigos” [5].

No son sólo los extranjeros, aparentemente, los que ven con creciente aprensión esa creciente masa de campesinos reunidos en un ejército “semi- salvaje”; grupos locales de paraguayos “cultivados” comparten el temor:

 “En el Paraguay, las familias nativas ricas que habitan en el interior(*) retornan a la capital, temiendo una desbandada general de la soldadesca semisalvaje luego de una derrota, y los excesos de toda índole a los que ella no dejará de librarse una vez liberada del pesado yugo de la disciplina militar” [6]

En la Campaña de Corrientes (abril de 1865 a noviembre del mismo año) volvieron a darse situaciones de violencia contra la vida y los bienes de los pobladores de esa Provincia argentina (25) en la que los Aliados no dejaron de aportar su cuota de muerte, pillaje y violación; resurgen nuevamente las acusaciones de “salvajismo” de los paraguayos en los círculos platenses y europeos.

Si la corriente pro-Triple Alianza presente en la polémica coincide con el pensamiento de Reclus en la definición del Paraguayo-Indígena, y el análisis histórico en el cual busca sus fuentes se remonta al mismo período de las Reducciones, la interpretación que hace de este fenómeno es radicalmente distinta. Y distintas serán sus conclusiones respecto al futuro que la historia destina a los descendientes de los guaraníes, en consecuencia.

La argumentación manejada en Europa podría ser resumida, a grandes rasgos, en las premisas siguientes: los guaraníes habrían sido una tribu indígena cuyas características “raciales”, genéticas, y tradiciones culturales la predispusieron en forma particular a la servidumbre y a la sumisión. (26) Con estas poblaciones, los Jesuitas habían establecido una gran empresa cuya rentabilidad, en términos religiosos y económicos, se basaba en la sumisión incondicional, en el servilismo y en la pérdida de individualidad de los guaraníes.

Los descendientes de estos guaraníes, es decir, los paraguayos, habrían heredado esa predisposición, oponiendo los mayores obstáculos -siempre según esta interpretación- a la Revolución Libertadora de 1810, cuyos principios debieron serles impuestos por las armas por el Ejército de Belgrano.

El despotismo de los gobiernos que sucedieron a la Independencia, de Francia y de los López, no habrían hecho más que asumir el rol autoritario al cual el paraguayo estaba acostumbrado, destruyendo lo que restaba de voluntad y de libre albedrío en los ciudadanos, (27) sin encontrar mayor resistencia de parte de los mismos.

Al interior de un pensamiento que se reclamaba del positivismo del XIX, y que veía como inevitable el progreso de la libertad y de la individualidad en el mundo civilizado, las consecuencias de esta argumentación son terribles para un pueblo “históricamente opuesto” a estos principios liberales: la desaparición del pueblo paraguayo era percibida como su única y lógica alternativa. (28) El exterminio real de la población fue visto, al final de la guerra, por algunos autores, como históricamente útil y la desaparición de la “raza” paraguaya como necesaria para el progreso de la civilización. (29)

 

 

 

 

 

 

5.      LA ECONOMIA DE GUERRA

Ligado al enorme trabajo colectivo de las mujeres durante la contienda, y a la tradición de autosuficiencia económica heredada del período del Dictador Francia, aparece en esos años una curiosa argumentación que es difundida posteriormente en el exterior. Según la misma, ni los sucesivos reclutamientos de la población masculina, ni el bloqueo de los ríos instalado por la escuadra aliada habrían logrado alterar la producción y el consumo interior del país. Las cosechas continuarían siendo excedentarias, y la abrupta ruptura de las relaciones comerciales con el exterior habría incentivado las potencialidades industriales de la economía paraguaya, generando un desarrollo local de la tecnología de producción de los insumos anteriormente importados.

Numerosas son las fuentes que presentan esta tesis: la prensa oficial paraguaya se felicitaba de estos logros e incentivaba a la población a proseguirlos, la del frente se hacía eco de la bonanza agrícola e industrial del país en tiempos de guerra, (100) el oficial inglés Thompson, al servicio del Ejército paraguayo, dejó idéntico panorama de la situación económica interna (101) y el gerente del Consulado francés, Cuverville, de quien el Coronel Centurión diría que “desempeñó su papel más a satisfacción del Mariscal” que Laurent-Cochelet, enviaba al Ministerio francés ocho meses luego de su llegada a Asunción, un largo despacho en el que informa:

“(...) la República del Paraguay, bajo la dictadura del Dr. Francia, estuvo cerrada durante treinta años a las relaciones, no sólo con Europa, sino también con los países vecinos, y sin embargo el pueblo paraguayo progresó a su vez, en una esfera naturalmente restricta pero incontestable, a juzgar por los resultados que se producen hoy. Este país, uno de los más ricos de la América del Sur, encontró en la presente guerra un [aliciente al] desarrollo de su natural inteligencia; se fabrican aquí, en este momento, cañones, aparatos telegráficos, vapores; las piritas de hierro, tan abundantes, dan el azufre con el cual se fabrica una pólvora de tan buena calidad como la de Europa, y que día a día da resultados muy satisfactorios. La necesidad volvió industrioso al Paraguay, se confecciona aquí papel, telas de algodón y de hilo, de calidad ordinaria por cierto, pero suficientes para el país, los cueros abundan, y cortados en tiras, reemplazan al cáñamo.

Por otra parte, en ausencia de la población masculina que está en su totalidad en el Ejército, las mujeres, según las órdenes formales del Gobierno, trabajan en el cultivo del maíz, de la mandioca y batata, del tabaco, de la caña de azúcar y en la ganadería. Dentro de poco, si este estado de cosas continúa, el Paraguay podrá pasarse, como en los tiempos de Francia, de los productos europeos. Resulta de esto que el actual bloqueo no afecta en absoluto al Paraguay (….)”. [42]

Versiones similares son difundidas en 1868 y 1869 en medios ingleses (103) y Eliseo Reclus las divulga en Francia a fines de 1867. “En ausencia de los hombres, son las mujeres las que cultivan la tierra (...). Son también las mujeres las que hilan la lana, tejen telas de todas clases (...). En lo que hace a la fundición de hierro de Ybycuí y al Arsenal de Asunción, los obreros trabajan en ellos día y noche (...). Por otra parte, el bloqueo del Paraná no podía dejar de fomentar la creación de nuevas industrias. Los paraguayos construyen hoy maquinarias, preparan un papel de excelente calidad; utilizan, para la fabricación de ciertos tejidos, fibras textiles que no son empleadas en ninguna otra parte, como el caraguatá, el ibira y la ortiga, y reemplazan vinos franceses por vinos de origen local”. (104)

El cuadro económico que Laurent-Cochelet presenta en su correspondencia dista bastante de concordar con el precedente.

 

 

Los reclutamientos masivos realizados desde inicios de 1864 despiertan en él, como en otros observadores (105) fuertes aprehensiones respecto al futuro de las actividades económicas del Paraguay:

“Siendo ya la población insuficiente antes de esta leva en masa, es evidente que la parte de la misma que queda en sus hogares no podrá ocuparse de las tareas agrícolas indispensables a la alimentación del Ejército y del pueblo. Este estado de cosas no puede prolongarse sin llevar a una seria crisis, e incluso a una hambruna completa”. [43]

Los riesgos del desabastecimiento y el costo de los productos de consumo diario aumentan ya antes del inicio de las hostilidades, dado que otro factor vino a sumarse a la ausencia de la mano de obra masculina: el de las requisiciones estatales llevadas a cabo para la manutención del creciente Ejército.

“En cuanto al estado general del Paraguay, no ha mejorado en modo alguno. Se continúa presionando la campaña para que ésta entregue los últimos habitantes que, por enfermedades o por otras causas, habían escapado al primer reclutamiento. Recibí noticias de compañías distantes unas de otras, y todas coinciden en presentarlas como enteramente despobladas de trabajadores; reina así la mayor inquietud sobre el futuro; la época de siembras llegó y no queda casi nadie para ocuparse de las tareas agrícolas. Debemos esperarnos, pues, a una penurias si no es a una hambruna, para el año próximo. Ya aumentó en forma considerable el precio de las provistas, a pesar de la abundancia de las cosechas, en razón de las requisiciones forzosas a las que se sometió las provisiones (106) para el Campamento de Cerro León; y de las levas que llevaron al Ejército la mayor parte de los cultivadores y de los conductores de carretas que se ocupaban, precedentemente, de [proveer] la alimentación de la Capital”. [44]

Estas aprehensiones, manifestadas reiteradamente, se exacerban luego de la toma del vapor Marqués de Olinda, llevándolo a presagiar que:

“Si la guerra dura algún tiempo, este desgraciado país quedará despoblado y arruinado, más aún por la miseria que por las armas”.  [45]

La penuria prevista empieza a hacerse sentir, según estos informes, a inicios de 1865, en el interior del país:

“Parece ser cierto que la miseria es grande en el interior del país. El ingeniero inglés de Minas enviado en misión al distrito de Emboscada (...) tuvo que retornar a Asunción, porque no pudo conseguir provisiones para él y sus acompañantes, ni forraje para sus caballos”. [46]

En febrero da cuenta de la emigración de comerciantes y artesanos extranjeros residentes en Asunción, acuciados por el aumento del costo de vida y por la carestía de productos, y atemorizados por las posibles consecuencias de la guerra que se iniciaba. (107) Registra ya la disminución del volumen de las cosechas, y con cierto detalle, el aumento del costo de los productos agrícolas:

“En cuanto a la situación interior del país, es bastante alarmante. Habiendo sido la mayor parte de la población del país retirada, desde el año pasado, de las tareas agrícolas para ser incorporada en el Ejército, las cosechas son muy inferiores a las normales. El maíz, que se vendía a 3 reales el almud(*) (...) en diciembre de 1863, se vendió, en diciembre de 1864, a 8 reales el almud (...). Existe ya penuria parcial en muchos distritos de la campaña, y se espera que las provisiones se volverán muy escasas y los precios aumentarán en proporción a su escasez. Dado que, después de esa fecha, los reclutamientos subsiguientes absorbieron el resto de la población, los viejos y los jóvenes que habían sido dejados al comienzo en sus hogares, cómo podrá ser producida la siguiente cosecha, con la falta de brazos para los trabajos agrícolas (...)?”. [47]

A mediados de 1865 el Cónsul registra la aparición de otro fenómeno que vino a sumarse al de las requisiciones, manifestación local de una situación propia a las economías de guerra: el acaparamiento de productos por parte de algunas personas, con fines especulativos.

“[El Gobierno] hizo dar orden, en la campaña, de no vender al por mayor los productos del país, que el Estado, para las necesidades del Ejército, y la camarilla (*) por especulación (108) acaparan en su mayor parte, como han acaparado en la Capital casi todas las mercaderías de diversa naturaleza (...).

El efecto de este acaparamiento masivo por el Estado fue el de crear una penuria de los productos alimenticios, hasta el punto que la Policía prohibió vender en el mercado más de un almud de harina de mandioca a una misma persona.

Resulta de esto un alza considerable y rápida de los precios, y una desvalorización del papel moneda. Desde el Decreto del 10 de abril (109) que abolió la obligación de efectuar el tercio de los pagos de todo tipo en metálico, el precio de los productos, lejos de disminuir, ha aumentado de un modo excesivo. El Gobierno hizo emisiones tan considerables de papel moneda para pagar sus inmensos gastos, que las onzas de oro que en fecha del Decreto valían 30 pesos papel valen ahora de 40 a 42 pesos papel (...). Los comerciantes, que pagan enormes intereses a sus proveedores de Buenos Aires, tienen sus cajas fuertes abarrotadas de papel moneda, y no encuentran ningún producto del país que comprar para efectuar sus retornos (...).

Ya no llega tabaco a la Capital, a causa de la prohibición hecha por el Estado de su venta. Por otra parte, tas reservas de Mate o Té del Paraguay se acabarán pronto (...)”. [48]

La inflación y la carestía de productos provoca el cierre de una gran parte del comercio local a fines de 1865.

“(...) el comercio es nulo, las existencias, por decirlo así, están agotadas, y los almacenes locales, en su mayoría, han cerrado sus puertas”. [49]

En los primeros meses de 1866 las requisiciones aumentan en proporción a las crecientes necesidades que plantea la guerra, y afectan el trabajo femenino:

“El Gobierno pudo haber decretado las más enérgicas medidas para vestir al Ejército, exigiendo enormes contribuciones forzosas a los particulares, pero nadie puede contra lo imposible. Un propietario recibió la orden de entregar cien docenas de camisas y otras cien docenas de pantalones; y así, cada uno, proporcionalmente a su fortuna. En tiempos normales, esas requisiciones se limitarían a un sacrificio pecuniario, pero como el Gobierno había ya anteriormente comprado todos los diversos tejidos que existían en plaza, no se encuentran telas a ningún precio. Podría hacerse hilar y tejer algodón del país, pero como también el Gobierno hizo acopiar toda la escasa cosecha en pie, los contribuyentes se encuentran en la absoluta imposibilidad de dar cumplimiento a las órdenes recibidas. No queda ya ninguna mujer que gane su vida como jornalera que no se vea obligada a proporcionar una camisa y un pantalón de soldado, aunque las desgraciadas, privadas de sus sostenes naturales y trabajando para el Estado, sin salario, muchos días a la semana, tengan ya bastante dificultad para ganar de qué vivir ellas y sus hijos. No les queda más recurso que el robo.

En los distritos de la campaña, las requisiciones forzosas se hicieron en una proporción increíble. Los propietarios deben entregar al Estado sus vacunos y sus caballos por millares. (110) Todo el territorio paraguayo, entre el Paraná y el Tebicuary, en un área de aproximadamente diez miriámetros ha sido evacuada por orden [del Gobierno] y como las Misiones paraguayas de Corrientes, sus cosechas en pie arrancadas y destruidas, en previsión de una invasión próxima; sus poblaciones fueron desplazadas, reubicadas y mantenidas gratuitamente por los propietarios de los distritos cercanos a la capital, ya empobrecidos con las requisiciones forzosas y que se ven arruinados por las cargas que les imponen cada día. Asistimos a una verdadera agonía del pueblo paraguayo”. [50]

La política de “tierra arrasada” ante el posible avance de las tropas Aliadas tuvo un costo más alto que el mencionado por el Cónsul: los propietarios de la periferia de la capital tampoco pudieron hacerse cargo de su manutención, y la miseria de estos campesinos llegó a extremos en los meses siguientes. (111)

Pero la guerra, que retiró de las tareas agrícolas la población activa masculina, disminuía también, con rapidez, el número de los consumidores:

“En la Capital, los precios de los productos del país aumentan también considerablemente, tanto por la dificultad del transporte como por la carestía de productos; felizmente que gracias a la considerable reducción de la población, la penuria no se volvió aún hambruna”,  [51]

Hace luego alusión al enorme trabajo femenino sustitutivo del de los hombres enviados al Ejército, y denuncia las secuelas del monopolio de la carne en Asunción:

“Estando la campaña totalmente desprovista de hombres, son las mujeres quienes se dedican a la agricultura, al transporte, a la carnicería, al hilado y al tejido. El Paraguay no es más que un vasto Taller del Estado (*). La familia presidencial proporciona exclusivamente el ganado para el aprovisionamiento de la capital, (112) ya que sólo ella tiene sirvientes para conducir las tropas al mercado de carne; de este modo, el precio de la carne se resintió fuertemente con este monopolio, y la familia López se enriquece de más en más, de un modo escandaloso, mientras que todas las demás están arruinadas por las contribuciones denominadas voluntarias y las requisiciones forzosas que sobrepasaron, en el mes de enero último, el 60%del total del ganado”.[52]

La penuria de productos de primera necesidad, y el aumento de costo de éstos, afectó prioritariamente, como era de suponer, a las clases más pobres del país.

“Los alimentos de primera necesidad, incluso la carne, escasean por así decirlo, y sólo las personas muy acomodadas pueden obtenerlos. La miseria de los pobres es extrema. (113) Están desnudos y hambrientos”.I531

Según el cuadro que estos informes proporcionan, los efectos económicos de la guerra generaron rápidamente una aguda crisis, con sus secuelas de carestía, acaparamiento, y hambruna de la población. Fenómenos que en los años siguientes no harían sino recrudecer en sus efectos.

 


6. EL CUARTO JINETE DEL APOCALÍPSIS

Las alusiones de la hambruna, las pestes, las inundaciones y las aguas pútridas de los pantanos diezmando las filas Aliadas que aparecen con frecuencia en los artículos de Reclus remiten curiosamente a figuras bíblicas antiguas, representando los desastres naturales desencadenados por la voluntad de Jehová contra los enemigos del pueblo elegido. Más precisamente, al de las plagas de Egipto castigando el poder “esclavócrata” para permitir la liberación de ese pueblo. Serie de desastres que el optimismo de Reclus en lo que hace a la situación interna del Paraguay, logra detener en las fronteras de este país.

Estas mismas figuras bíblicas son empleadas en múltiples ocasiones, y en forma explícita, por el diario de combate Cabichuí, sumando de esta manera la imaginería escatológica a las referencias grecolatinas que daban forma a esa autopercepción de un pueblo luchando por la defensa de sus libertades y derechos. (114)

El análisis de estas metáforas tendría menos relevancia si su uso hubiera sido limitado a los defensores de la causa nacional, y a ese momento. Lo sorprendente es que esta percepción se da también en los detractores de esta misma causa, quienes emplean esa y otras figuras similares, desplazando simplemente el objeto de la cólera divina hacia el Paraguay. Y que, luego de la derrota, la visión de los paraguayos —de distintas tendencias políticas e ideológicas— se estructurará nuevamente sobre esquemas similares: la guerra y la debacle fueron vistos como el castigo purificador y expiatorio de un pueblo sometido al despotismo, y como el único y trágico recurso de acceder a formas de gobierno distintas del vigente antes de 1870. (115)

Si la guerra había traído la hambruna, las pestes se sirvieron de ambas para sumarse al proceso de exterminación del Paraguay. Los primeros brotes de enfermedades se dieron   en el Ejército del sur a inicios de 1865; en         la Campaña de Corrientes y afectaron rápidamente al Ejército acampado en Humaitá y Paso de Patria. (116)

“En este momento, el Mariscal no sólo tiene que luchar contra los hombres, sino también contra las enfermedades que diezman su ejército, y     retardan el movimiento largamente anunciado sobre Corrientes. La rubéola y la fiebre escarlatina causan violentos estragos y hacen numerosas víctimas en Corrientes y en el campamento de Humaitá, entre los soldados mal vestidos, mal alimentados, que sufren mucho las bruscas variaciones de temperatura en esta estación (...). En Asunción también asuelan estas enfermedades, y en el Hospital Militar, 30 de los 34 alumnos de cirugía estaban recientemente enfermos, y sólo hay un cirujano inglés para [atender a] aproximadamente 1.100 enfermos (...). Se busca evitar el contagio transfiriendo al Chaco los soldados atacados de estas enfermedades, pero no se logró, hasta el momento, parar la epidemia que se expande también entre la población civil que carece de cuidados médicos.

Para colmo de males, dado que las considerables partidas de medicamentos encargados en Europa en vistas de las eventualidades de esta guerra, naufragaron en la desembocadura del Plata poco antes del inicio del bloqueo, la farmacia del Hospital estará agotada dentro de poco. Todos los flagelos a la vez, la guerra, el hambre y casi podría decir la peste, se desencadenaron sobre este desgraciado pueblo paraguayo”. (116)  [54]

Laurent-Cochelet hace aquí uso de otra metáfora bíblica, apocalíptica en él, la de los cuatro jinetes devastando un mundo destinado a la destrucción. Figura tanto más coherente dentro de su concepción, cuanto que el primero de éstos, innombrado pero presente, es aquel que representa el espíritu de conquista y las ambiciones imperiales que el cónsul identificaba con la figura del Mcal. López.

Del campamento, estas enfermedades se expanden luego al resto de la población, causando en ella una importante mortandad, en la medida en que la mayoría de ellas eran —salvo la viruela- desconocidas y sólo se habían dado en forma benigna en las generaciones últimas del país. (117)

“Las enfermedades, la rubéola complicada de neumonías y fiebres, continúan haciendo estragos terribles en la población de Asunción (...). En algunas familias se cuentan hasta 8 y 10 enfermos (...) En la campaña, donde la miseria es espantosa y la ignorancia aún peor, se asegura que la mortandad es aún más alta”. [55]

Estas enfermedades de menor gravedad dejan luego lugar a otras cuyo carácter epidémico se había ya revelado en el Campamento Aliado, donde existían, en mayo de 1865, cerca de 10.000 soldados hospitalizados. (118) La presencia de prisioneros y desertores contribuyó probablemente al contagio, y cada campamento evacuado se constituía posteriormente en foco de infección para los nuevos ocupantes. (119) La viruela es la primera de estas epidemias, seguida rápidamente del cólera.

“Desde mi última carta del 8 de marzo, la población de Asunción fue más que diezmada por la viruela. A pesar de los esfuerzos del Gobierno por difundir el uso de la vacuna, la mayoría de la gente del pueblo no fue inoculada, y su completa ignorancia de las precauciones que debían tomar, la pobreza que les obliga a estar durante .todas las estaciones descalzos y semidesnudos, la ausencia de piezas lo suficientemente cerradas como para proteger a sus enfermos, hicieron que la mortandad fuese considerable. El flagelo no eximió ni a aquellos que no carecían de lo indispensable, ni siquiera a las clases pudientes, aunque para éstas fue menos peligroso dado que poseían los medios para proporcionar a sus enfermos los cuidados que su estado requería (...). En la campaña, donde las privaciones son aún mayores, donde las mujeres no tienen, a menudo, sino un delantal de cuero atado a la cintura, los decesos fueron aún más numerosos, sobre todo los de niños y adolescentes. Pueblos enteros quedaron deshabitados, salvo algunos ancianos que ya habían contraído antes la enfermedad y no fueron nuevamente atacados.

En el campamento paraguayo, los estragos debieron haber sido terribles (...). Luego de la viruela (porque todos los flagelos parecen desatarse contra este desgraciado país) se declaró el cólera en el Campamento paraguayo, después de haber causado una gran mortandad entre los Aliados. A pesar de todas las precauciones tomadas para disimular la realidad, se sabe que había hace dos semanas, 14 hospitales llenos alrededor de Humaitá y dos más en construcción. Los barcos provenientes de Humaitá son sometidos a una cuarentena de 10 días (...)”. [56]

Ese año se logró al menos circunscribir el cólera al Campamento:

“La viruela negra vino a aumentar la lista de flagelos desencadenados contra este pobre país, e hizo estragos increíbles en la población, donde el uso de la vacuna no está generalizado. El cólera, que asoló el Plata, hizo pocas víctimas en Asunción, pero muchas en el Campamento donde las condiciones higiénicas son deplorables”. [57]

Las medidas puestas en práctica en el Ejército para evitar esta mortandad no lograron disminuirla sino parcialmente, (120) la epidemia seguía asolando al Ejército acampado en San Femando en 1868. (121) Y ese mismo año, el cólera llegó a Asunción, causando centenares de muertes en las mujeres y niños de la capital. (122)



NOTAS

[1] Laurent-Cochelet a Drouyn de L ’Huys, Asunción, 21.09.1864, Despacho No. 16 a D.C. del M.A.E.; C.C. Assomption, Vol. 2. En el texto: D.C. = Direction des Consulats et Affaires Commerciales.

D.P. = Direction Politique.

M.A.E.= Ministére des Affaires Etrangéres de la France (Quai d’Orsay).

 C.C. = Correspondance Commerciale.

C.P. = Correspondance Politique.

[2] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asuncion, 24.10.1864, Despacho No 17 a D.C del M.A.E .. C Assomption. Vol 2

[3] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asuncion, 26.02.1865, Despacho No 33 a DF del M.A.E.C.F Assomption Vol. 4

[4] Laurent-Cochelet a Drouyn de L ’Huys, Asunción, 3.04.1865, Despacho No. 35 a D.P. del M.A.E.; C.P. Assomption, Vol. 4.

[5] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 8.06.1865, Despacho No. 40 a D.P. del M.A.E.; C.P. Assomption, Vol. 4.

[6] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 9.10.1865, Despacho No. 49 a D.P. del M.A.E.; C.P. Assomption, Vol. 4.

(*) “que habitan las provincias” en el original

[42] Cuverville al Marquis de Moustier, Luque, 20.06.1868, Despacho No. 8 a D.P. del M.A.E.; C.P. Assomption, Vol. 4.

[43] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 21.04.1864, Des pacho No. 13 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 3.

[44] Laurent-Cochelet a Drouyn de L ’Huys, Asunción, 21.08.1864, Despacho No. 19 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 3.

[45] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 14.11.1864, Despacho No. 20a D.C. del M.A.E., C.C. Assomption, Vol. 2.

[46]Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 14.01.1865, Despacho No. 31 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 4.

[47] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 6.02.1865, Despacho No. 29 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 2.

(*) almud= medida para cereales equivalentes a 16.7 litros

(*) en español en el original.

[48] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 31.07.1865, Despacho No. 33 a D.C. del M.A.E., C.C. Assomption, Vol. 2.

[49] Laurent-Cochelet a Drouyn de L ’Huys, Asunción, 23.09.1865, Despacho No. 35 a D.C. del M.A.E., C.C. Assomption, Vol. 2.

[50]   Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 5.04.1866, Despacho No. 54 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 4.

[51] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 5.07.1866, Despacho No. 55 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 4.

[52] Laurent-Cochelet al Marquis de Moustier, Asunción, 31.05.1867, Despacho No. 61 a D.P. dél M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 4.

[53]Laurent-Cochelet al Marquis de Moustier, Asunción, 31.08.1867, Despacho No. 49 a D.C.; C.C. Assomption, Vol. 2.

(*) Atelier d’Etat en el original = podría traducirse como Industria o Empresa estatal.

[54] Laurent-Cochelet a Drouyn de L’Huys, Asunción, 5.09.1865, Despacho No. 45 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 4.

[55]   Laurent-Cochelet a Drouyn de L ’Huys, Asunción, 23.09.1865, Despa cho No. 35 a D.C. del M.A.E., C.C. Assomption, Vol. 2.

[56]   Laurent-Cochelet al Marquis de Moustier, Asunción, 31.05.1867, Despacho No. 61 a D.P. del M.A.E., C.P. Assomption, Vol. 4.

[57]   Laurent-Cochelet al Marquis de Moustier, Asunción, 7.07.1867, Despacho No. 48 a D.C. del M.A.E., C.C. Assomption, Vol. 2.



 

 



ANEXOS

DATOS BIOGRAFICOS DE ELISEE RECLUS (1830-1905)

Nació en Sainte Foy-la-Grande, el 15 de marzo de 1830, en una región francesa que desde la Reforma se había caracterizado por su tradición protestante; su padre, Elias, se desempeñaba como pastor calvinista. El carácter particularmente fuerte e independiente del Pastor Reclus dejará fuertes huellas en el hijo. (1) Su madre, perteneciente a una rica familia urbana, poseía un alto nivel de estudios. Esto, sumado a las exigencias materiales que una numerosa progenitura les ocasionaba (llegarán a ser 14 los hijos de la familia Reclus) lleva a Mme. Reclus a abrir una escuela en Ste-Foy. Ella mantendrá con sus hijos, y en especial con Eliseo, una constante correspondencia epistolar durante toda su vida. (2) Si la familia Reclus debió manejarse en una relativa pobreza, gozaba en cambio de una sólida tradición de cultura, propia a muchos hogares protestantes del siglo XIX en Europa. De ese clima familiar de lecturas y discusiones teóricas dará fe la trayectoria intelectual de varios de los hermanos Reclus: Elias será un etnólogo de renombre, y ocupa la dirección de la Bibliothéque Nationale de París en los días de la Comuna (1871); Onésimo era reconocido como uno de los geógrafos más ilustrados sobre el continente africano de su época; otro tanto será Armando respecto a la América Central; Paul, médico, se dedicó por su parte a la investigación de enfermedades pulmonares y de los métodos anestésicos.

Destinado a la carrera religiosa, Elisée es enviado a los 13 años a un colegio protestante en Alemania, junto con su hermano Elias. Aprende allí el inglés y el alemán, y retorna al año en Francia, donde termina, en Montauban, sus estudios secundarios. Se liga allí a medios obreros y de artesanos; un militante parisino se dedica a narrarle las grandes revueltas parisinas de principios del XIX, y le facilita obras a cuya lectura difícilmente podía Elisée tener acceso en colegios religiosos; Saint-Simón, Fourier, Lammenais, Proudhon, Owen y otros teóricos socialistas son devorados por el joven estudiante de Teología. A los 17 años Reclus empieza, de esta manera, a acceder a las principales teorías republicanas y socialistas de su época.

Hastiado de la rígida disciplina del Colegio protestante, decide con Elias, conocer el Mediterráneo. Hacen ambos el trayecto a pie; esta escapada les costará la expulsión definitiva de Montauban, cuyos directores estaban ya lo suficientemente molestos con las ideas republicanas de estos díscolos alumnos. Viajan a Alemania a principios de 1851. Elisée asiste, en Berlín, a los cursos de geografía de Karl Ritter (geógrafo e historiador; junto a Humboldt es considerado uno de los fundadores de la geografía moderna) y a varios de Economía Política.

Decide allí abandonar la carrera religiosa, y hacia finales de año regresa a Francia. El golpe que permite la ascención al poder de Napoleón III (2 de diciembre de 1851) encuentra a ambos hermanos —Elisée y Elias— en la pequeña ciudad de Orthez, donde organizan la resistencia republicana local al golpe. Consiguen escapar a la prisión y deben emigrar a Londres, desde donde pasan luego a Irlanda. Elisée trabaja en la administración de una granja, y descubre en esa isla una sociedad en la cual los límites de la explotación y la pobreza llegan a extremos; notas de sus apuntes registran en esa época sus reflexiones sobre los mecanismos de medianería que permiten a los propietarios ingleses mantener a los campesinos de origen irlandés en la miseria. Recorre Irlanda y empieza a concebir el proyecto de un trabajo sistemático de geografía.

Trabajando como cocinero en un trasatlántico, llega a los Estados Unidos en los inicios de 1853. Le esperan en el Nuevo Continente situaciones distintas a las que conoció en Europa. Se enfrenta en Nueva Orleans a la realidad de la esclavitud norteamericana, y los lazos que descubre allí entre la servidumbre y la religión lo rebelan profundamente; no sólo encuentra varios obispos propietarios de grandes plantaciones y de esclavos, sino que la justificación de la esclavitud encontraba sus fuentes en diversos párrafos bíblicos; (3) su ruptura con la religión se hace definitiva A fines de 1855 parte a Colombia (Nueva Granada), influenciado por los trabajos teóricos de Humboldt. Proyecta allí la creación de una colonia socialista-utópica (fourierista) y un intento suyo de este tipo fracasa en Santa Marta, aún antes de materializarse.

Regresa a Francia en 1857, munido de numerosos cuadernos de notas y apuntes de geografía. La prestigiosa editorial Hachette lo contrata para la redacción de las Cuides Joanne; publica paralelamente artículos en La Revue des Deux Mondes, el Journal de Voyages, y la Revue Germaniquc. Inicia la redacción de los dos volúmenes de La Terre (1867—1868), trabajo en el cual se distingue la influencia de Ritter, Humboldt, O. Peschel y G. Perkins. En largos paseos pedestres, conoce Italia, Sicilia, España.

El 14 de diciembre de 1858 contrae matrimonio civil con Clarissa Briand, mulata de padre francés y madre senegalesa, quien le dará dos hijas. Es nombrado miembro de la Sociedad de Geografía de París en 1862. Hacía dos años que Eliseo Reclus se dedicaba a interesar a la sociedad francesa en la gran campaña por la extinción de la exclavitud que se desarrollaba en los Estados Unidos y que terminaría en la Guerra de Secesión (1861 —1865). (4) Toma partido ardiente, en varios artículos publicados en periódicos y revistas francesas, por la causa defendida por los Federales. Integra durante algún tiempo el grupo anarquista de Blanqui, pero el ambiente de intrigas y conspiraciones que rodeaban al célebre autor de “Ni Dios ni Patrón” lo hastiaron con rapidez. Conoce en 1864 a Bakunín, y adhiere, no sin reservas, a la “Fraternidad Internacional”, sociedad secreta organizada por este anarquista en Italia. Una gran amistad une, empero, a ambos teóricos; a través de Bakunín, Reclus conoce a Malatesta y a Garibaldi. Será también él quien se encargará, a la muerte de Bakunín, de publicar muchos de sus escritos. En 1864 funda con su hermano Elias una Cooperativa parisina de Crédito, Consumo y Distribución. Participa en esos años en la redacción de dos publicaciones cooperativistas, “L ’Association” y “La Cooperation”.

El Congreso fundador de la Liga de la Paz y la Libertad realizado el 25.11.1868  en Berna lo cuenta entre sus participantes, junto a representantes liberales-democráticos (Stuart Mill), republicanos (Garibaldi) y anarquistas (Bakunín), y otras personalidades políticas de la época. Una posterior escisión de la Liga, bajo dirección de Bakunín, crea la Alianza Internacional por la Democracia Socialista en 1869. Para vencer la fuerte animadversión que Marx tenía tanto de la persistencia de sociedades secretas dentro de organizaciones generales, (tarea en la que Bakunin era un consumado profesional) como de las conocidas posiciones libertarias de varios de los miembros de la Alianza, (5) envían a un coronel del Ejército Garibaldino, Becker, a solicitar la admisión de la Alianza en la Primera Internacional, a Londres. Tras largas negociaciones, y sólo después de que los miembros de la Alianza hayan aceptado formalmente autodisolverse como organización, son aceptados como la sección ginebrina de la Internacional en 1869. En esos años, Reclus colabora con el órgano “L’Egalité”, publicación editada en Ginebra que representaba las tendencias anarquistas en el seno de la Internacional.

Sus actividades políticas y sus trabajos teóricos no le impiden ocuparse en la prensa de temas de política internacional; luego de la Guerra de Secesión, será la Guerra del Paraguay la que contará con Eliseo Reclus como uno de sus polemistas célebres.

Su mujer muere a inicios de 1869, a consecuencias de un tercer parto. Elisée Reclus tenía 39 años y era ya internacionalmente conocido a través de sus trabajos de Geografía. En los primeros meses de 1870 se une a Fanny Lherminez; obviará esta vez hasta las formalidades civiles: una simple ceremonia en la cual participan miembros de su familia, bastará para declarar la alianza de ambos. (6)

Francia entra en guerra en julio de 1870, y es derrotada por el ejercito prusiano. Surge la célebre insurrección de París, que se niega a reconocer la derrota y será conocida como la Comuna. A pesar de su edad, Reclus integra el cuerpo de la Guardia Nacional. (7) Sus posiciones libertarias lo llevan a hacer retirar su nominación de la lista de candidatos a la Asamblea Nacional. Se hace responsable de los servicios militares de enlace entre la sitiada Comuna de París y las provincias no ocupadas por el ejército invasor; participa así del servicio de “aeronautas” que por medio de globos aerostáticos dirigibles establece precariamente las comunicaciones.

Fue hecho prisionero en Chapillon el 5.04.1871, y luego de derrotada la Comuna, en mayo del mismo año, pasa varios meses en los campos de prisioneros de Satory y Brest, donde se dedica a dictar cursos a sus compañeros de reclusión. Pero Reclus no era un prisionero común; si recibe al director de la Editorial Hachette que va a solicitarle artículos de geografía, se niega a ver al Ministro de Educación Pública, quien había ido a proponerle el mejoramiento de sus condiciones de detención.

Darwin, Williamson, Amberley y otros científicos ingleses de renombre junto a sus colegas norteamericanos inician una campaña de solidaridad tratando de que la pena de deportación a Nueva Caledonia, promulgada el 15.11.1871 por el 7o. Consejo de Guerra de Saint-Germain, le fuera conmutada. El Consejo de Guerra, luego de verse obligado a soportar una pública y brillante defensa del socialismo hecha por Eliseo Reclus desde la barra de los acusados, acepta conmutar la pena inicial por diez años de exilio, el 4.01.1872. Se lo expulsa a Suiza.

Desde Zurich colabora —otro tanto harían Victor Hugo y varios intelectuales franceses en esos años— en la campaña de solidaridad con los militantes deportados de la Comuna. A partir de 1875 empieza a redactar su monumental “Nouvelle Géographie Universelle” (1875—1894) de diez y nueve volúmenes. Uno de sus colaboradores, el príncipe ruso y teórico anarquista Kropotkin dirá después que uno sólo de esos volúmenes había requerido del geógrafo miles de consultas; revistas, relatos de viajeros, artículos, libros, mapas, cartas con corresponsales geógrafos de todos los países, etc. Para este trabajo recorre las bibliotecas de Milán, Venecia, Estocolmo, La Haya, Londres, Bruselas y Budapest. En la medida de lo posible, cada uno de los artículos de esta enciclopedia de geografía era corregida por científicos e intelectuales de cada uno de los países tratados

Su segunda mujer muere en febrero de 1874, también a consecuencias de un parto difícil. Se une luego a una amiga de larga data, E. Frigaut- Beaumont, en ceremonia similar a la anterior. Colabora en esos años con Le Revolté, publicación dirigida por Kropotkin, en el Almanach du peuple (1873), La Commune (1877), Le Travail (1883) y Llnsurgé (1893), publicaciones de orientación anarquista.

Participa, junto a Kropotkin, en el Congreso de la Federación del Jura de 1872, donde se establecen los principios de lo que será posteriormente conocido como el Anarco-Comunismo. La escisión con la Primera Internacional está ya consumada. La característica diferencial de esta corriente libertaria es el énfasis asignado a la necesidad —en lugar del trabajo— como criterio de distribución y de consumo en la sociedad del futuro reivindicada por los anarquistas. “De cada quien según sus posibilidades, a cada quien de acuerdo a sus necesidades” será el slogan opuesto al anterior, comunalista, de “A cada quien según su trabajo”. Principio que estaba ya diseñado en sistemas utópicos muy anteriores (Fourier, Campanella, Tomás Moro) y del que parece haber sido Reclus el inspirador, en la propuesta retomada y defendida por Kropotkin.

En los inicios de 1879, la Cámara de Diputados francesa dicta una amnistía restricta a algunos ex-comuneros deportados; Reclus figuraba en la lista de amnistiados inicial. Dirige una carta abierta a esta Cámara manifestando que sólo entrará a Francia cuando el resto de los deportados de la Comuna lo haya hecho, y rechazando una amnistía parcial discriminadora.

Manifiesta públicamente en esos años, posiciones radicales; en contra del matrimonio y a favor de la unión libre (1882), en contra de la práctica del voto como mecanismo de delegación de representaciones, con el slogan de “Votar es claudicar” (1885), defiende la participación política directa de los ciudadanos. Tiene ya 55 años, una salud que empeora, múltiples problemas cardíacos.

Visita Egipto, Túnez, Argelia. Redactando los últimos tomos de la Nouvelle Géographie, frecuenta las bibliotecas de Lisboa, Madrid, y Barcelona. Hablaba ya italiano y ruso, aprende el español y el portugués. Visita por segunda vez los EE.UU. en 1889.

Luego de un exilio de 20 años vuelve a Francia. Las Sociedades de (Geografía de Londres y de París lo honran con condecoraciones. Viaja a América del Sur, conoce Uruguay, Brasil, Argentina y Chile en 1893, en el que sería su último gran viaje fuera de Europa.

Se traslada en 1894 a Bélgica; la cátedra de Geografía comparada le había sido ofrecida por la Universidad de Bruselas. Son los años en que Europa se horroriza ante la serie de atentados anarquistas en Francia (asesinato del Presidente Carnot, bombas en los cafés y estaciones, etc.), los del “culto a la violencia revolucionaria”. Reclus critica y desaprueba públicamente el uso de la violencia, pero la reacción contra las distintas posiciones del anarquismo sigue creciendo en todo el continente, y su cátedra es postergada “sine die”. Lo cual genera en Bruselas protestas y mítines públicos, sin que la medida sea revocada. Eliseo Reclus, junto a

H. Denis y G. de Greef crea la Universidad Libre de Bruselas, institución que financiará en parte con sus propios recursos. La Universidad funciona inicialmente en los locales de la Logia Masónica belga. Reclus había ingresado en 1868 en la Francmasonería francesa (El Gran Oriente de Francia) del cual se retiró unos años más tarde, guardando, sin embargo, buenas relaciones con sus antiguos compañeros de la orden. Dicta cursos de Geografía en la Universidad Libre y trabaja, en esos años, en su más ambiciosa síntesis histórico-geográfica; “L ’Homme et la Terre” (6 volúmenes, 1905-1908). Publica en 1898 la única obra de contenido político que conoce su pluma. '“L’Evolution, la Revolution et l’Ideal Anarchiste”. Polemiza en sus últimos años con las posiciones neo-malthusianas (Kropotkin hará otro tanto); se muestra refractario a la creación de colonias socialistas utópicas, florecientes en la época en medios anarquistas, a través de la reflexión del fracaso de su propia experiencia fourierista. Ya en su lecho de enfermo, sigue con interés los episodios de la Revolución Rusa de 1905, que marca el fin del despotismo zarista, revolución que defiende con fervor.

Muere el 3 de julio de 1905, de las secuelas de una angina de pecho. Respetando su voluntad, es enterrado en Thouront, Bélgica, sin séquito ni ceremonias.


 

 

FUENTES

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias, Artes, etc. Tomo XVIII, Montaner y Simón, España, 1912.

Dictionnaire du mouvement ouvrier, Editions Universitaires, París, 1970.

Giblin, Beatrice, Introduction á Reclus, en Reclus, Elisée, L’Homme et la terre, 2 Vols., Maspero, París, 1982.

Gillispie, Charles, Dictionary of Scientific Biography, Vol. XI, New York, 1975.

Kropotkin, Peter, “Elisée Reclus”, in Freedom, a Journal of Anarchist Communism, Vol. XIX, No. 199, August 1909.

-Elisée Reclus, in The Geographical Journal, Vol. XXVI, No. 3, E. Stanford, London, September 1905.

Maitron, Jean (sous la direction de) Dictionnaire Biographique du Mouvement Ouvrier Français, Vol. VIII, 2éme partie, 1864-71, Les Editions Ouvriéres, París, 1970.

Reclus, Elisée, Correspondance, Decémbre 1850—Juillet 1889, Schleider fréres, Costes Ed., París, 3 vols. 1911—25.

Woodcock, G., El Anarquismo, Ed. Ariel, Barcelona, 1979.


NOTAS

1) Eliseo Reclus dirá de su padre años más tarde: “El pastor Reclus no era un hombre común que se contentase con vivir según las reglas del mundo; él tuvo la extraña fantasía de vivir según su propia conciencia”, en una Biografía de Elias Reclus.

2) Correspondencia editada en París en 1927.

3) Escribe luego: “Los pastores blancos (...) recomiendan a los negros obedecer sin una queja, recibir los latigazos sin experimentar el mínimo sentimiento de venganza, bendecir a aquellos que los castigan, reverenciar a sus dueños como a los representantes del Padre Universal. Es a esta tarea de corrupción y de cobardía que están dedicados, incesantemente, millares de predicadores de las Buenas Nuevas”, en Revue des Deux Mondes, Enero de 1861.

4) Una importante recompensa pecuniaria ofrecida por el Ministro de los EE.UU. en Francia, posteriormente, fue rechazada por Reclus. Su defensa fue realizada en nombre de sus propios principios, y no bajo el carácter de “publicista".

5) La opinión que Carlos Marx tenía de Reclus no era precisamente positiva: “El pensamiento de los socialistas francoparlantes me divierte particularmente. Están representados, por cierto, en la triste figura de los hermanos Reclus, cofundadores de la Alianza y perfectamente desconocidos en lo que hace a obras socialistas”, dirá en una carta a Bracke el 20.09.1876, citado por Giblin, C. (1982).

6) Un emotivo y hermoso discurso en el cual ambos se declaran marido y mujer ante los seres queridos, es editado por una revista anarquista francesa unos años más tarde.

7)      La Guardia Nacional exoneraba de sus filas a los hombres casados y con hijos




TRAYECTORIA PROFESIONAL DE EMILE LAURENT-COCHELET (1823-1888)

Nace el lo. de marzo de 1823 en el seno de una familia de antigua tradición en el medio político y diplomático francés, hijo y hermano de funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, sobrino de un Consejero de Estado de Napoleón III.

Entra al servicio consular con 24 años, en enero de 1848; sus primeras funciones son las de Agregado a la cancillería del Consulado de Francia en Londres. Es enviado de allí, con el cargo de vice-cónsul, a la Isla de Yersey a inicios de 1852.

Contrae nupcias con Adéle Livio, perteneciente también al medio diplomático francés (M. Livio será Cónsul de Francia en Asunción en dos oportunidades, en 1888 y en 1902), ese mismo año.

Permanece en esa isla inglesa diez años; en 1859 es ascendido a Cónsul honorario de 2da. clase. Una numerosa colonia de refugiados políticos franceses en la isla ocupa parte de sus actividades consulares, según una nota de recomendación del Prefecto de la Mancha al Quai d’Orsay en 1862. E. Laurent-Cochelet “rindió servicios excepcionales al Gobierno del Emperador por el exacto control que ejerció sobre las peligrosas tramas de refugiados franceses pertenecientes a la opinión demagógica” en la isla de Yersey.

Se traslada en 1863 a Asunción con el cargo de Cónsul de 2da. Clase; su nombramiento es del 24 de enero, llega a esta capital el 9 de junio, con su esposa y sus cuatro hijos a sustituir a M. Izarié, quien se hallaba gerenciando las funciones de Consulado luego del traslado del Comte de Brossard.

Tres años más tarde, en reconocimiento del “celo y de la adhesión de las que dio pruebas en las difíciles circunstancias en las que se hallaba”, Napoleón III lo nombra por decreto del 10.03.1866 Caballero de la Legión de Honor, mientras estaba en el Paraguay como Cónsul.

Ante solicitud suya, un decreto del 31.12.1866 lo nombra Cónsul de 2da. clase en Richmond (U.S.A.), “puesto más importante que el de Asunción” como “recompensa del perseverante celo que demostró durante su estadía en el Paraguay”. De hecho, no llegará a ocupar ese puesto: bloqueado el Paraguay y habiendo tenido dificultades su sustituto, M. Bougueney, para llegar a reemplazarlo, permanece en Asunción hasta el mes de octubre de 1867, fecha en que M. Cuverville llega a sustituirlo, en calidad de “Gerente” en sus funciones.

Laurent-Cochelet es trasladado con idéntico cargo (Cónsul de 2da. clase) a Gibraltar ese año, desde donde pasa a Glasgow en junio de 1868. Es ascendido a Cónsul de 1ra. clase en 1873, y trasladado con ese cargo a Liverpool a fines de 1875, donde permanece tres años. Ascendido a Cónsul General y Encargado de Negocios de Francia en la ciudad de Montevideo, el lo. de Agosto de 1878 se traslada nuevamente a América del Sur ese año.

Sufría ya de una seria enfermedad renal que exigía curas termales en Francia. En 1882 solicita su traslado a Europa; la enfermedad que sufría desde hace diez años sería, según sus propias declaraciones y las de los informes médicos adjuntados a la solicitud, una secuela de su estadía en el Paraguay “en medio de privaciones y peligros de toda índole”.

El 25.02.1882 es elevado al cargo de Ministro Plenipotenciario honorario en Montevideo, y se le asigna, en ese rango, la jubilación anticipada.

Ese mismo año es nombrado Oficial de la Legión de Honor francesa.

Muere en Margencey (Seine et Oise, Francia) el 9 de julio de 1888, a los 66 años de edad.

Fuentes

Annuaire Diplomatique et Consulaire, Berger-Levrault Ed., París, 1880.

Archives des Affaires Etrangéres, Personnel, Dossier d’Emile Laurent- Cochelet.



BIBLIOGRAFIA

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- .L’election Présidentielle de La Plata et la Guerre du Paraguay.   La Revue des Deux Mondes, Libraison du 15.08.1868, París.

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Washburn, Charles A. The History of Paraguay, with notes of personal observations and reminiscense of Diplomacy under difficulties. Lee and Shepard Publishers, Boston, 1871; 2 Vols


ARCHIVOS

Archives des Affaires Etrangéres. Assomption. Série Correspondance Politique 1848-1871.

Volume 3, 1859—1864. Brossard; Izarjé, gérant; Cochelet, Cónsul.

Volume 4, 1865—1869. Cochelet, Cónsul;        de Cuverville, gérant.

-Série Correspondance Politique 1871—1896. Assomption.

Volume 5, 1870—1886. Le Vte. D’Abzac, cónsul, le Vte De Richemont, Sécretaire á l’Ambassade de Buenos Ayres; le Cte. Amelot de Chaillou, Sécretaire á l’Ambassade de Buenos Ayres et Chargé du Consulat d’Assomption; Mancini, Cónsul.

-Série Correspondance Consulaire et Commerciale, 1793- 1901. Assomption.

Volume 2. 1863—1872. Cochelet, Cónsul;        de Cuverville, gérant, Vte. d’Abzac, Cónsul.



INDICE

Pág.

Introducción

I PARTE: Elisée Reclus — La Guerra delParaguay

Las Repúblicas de América del Sur. Sus guerras y su proyecto de Federación

La Guerra del Paraguay

Las elecciones presidenciales en La Plata y la guerra del Paraguay

La Guerra del Paraguay

II PARTE: Laurent-Cochelet — Correspondencia Consular

1. La Nación Guaraní

2. El pueblo austero y heroico

3. Reclutas, voluntarios y desertores

4. Productores y combatientes: las Espartanas del Paraguay

5. La economía de guerra

6. El cuarto jinete del apocalipsis

7. El Dios de los Ejércitos en la Guerra Grande

8. Entusiasmo patriótico y terror

9. Paraguay: Fundador de la Confederación Americana o la China de América

III PARTE: Relaciones diplomáticas entre el Gobierno de Francisco S. López y el Imperio de Napoleón III

Notas y Comentarios

Anexos: Datos biográficos de Elisée Reclus (1830—1905) 

Trayectoria profesional de Emile Laurent-Cochelet (1823-1888)  

Bibliografía

       

 

 

 

 

 

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Cándido López, Campamento Incendiado del ejército paraguayo a las órdenes del General Resquín,

encontrado al otro lado del río Santa Lucía, 22 de Noviembre 1865,

Provincia de Corrientes, 1876 - 1885.

Óleo sobre tela, 40 x 104,7 cm. Colección Museo Histórico Nacional - República Argentina

 




Bibliotecas Virtuales donde fue incluido el Documento:
EDITORIAL
EDITORIAL HISTÓRICA - DIRECTOR: ALFREDO SEIFERHELD
HISTORIA
HISTORIA DEL PARAGUAY (LIBROS, COMPILACIONES, ENSAYOS)
GUERRA
GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA (BRASIL - ARGENTINA - URUGUAY contra PARAGUAY) 1865 - 1870

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