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CLAUDIO ROMERO

  A LA MUJER PARAGUAYA (POEMA) - Poema de CLAUDIO ROMERO


A LA MUJER PARAGUAYA (POEMA) - Poema de CLAUDIO ROMERO

A LA MUJER PARAGUAYA (POEMA)

Poema de CLAUDIO ROMERO

Editorial Talleres Gráficos ZAMPHIRÓPOLOS,

Asunción – Paraguay

1963 (Segunda Edición)

 

Ella (la mujer) es hermosa como la aurora que sonríe,

casta como el beso de una madre,

noble más que todas las ejecutorias de Europa,

dulce y apacible como un cielo sin nubes.

SEVERO CATALINA

 

...¿Y las mujeres? ... ¡Oh, los ojos negros

y soñadores de las mujeres paraguayas,

las ojeras profundas, la mirada insondable!

Cada mirada es un poema de gracia y de armonía.

En el negro iris dicente que contornea su pupila

se reflejan las alas del ángel de Niobe.

Y para los que buscamos un espejismo en el espejo cóncavo,

la visión vivirá eternamente, saturada de recuerdos,

preñada de nostalgias..,

MANLIO VITALE D’AMICO

 

 

LA MUJER PARAGUAYA es un poema lírico, un canto triunfal, en que el poeta canta las excelencias de la mujer paraguaya; comienza el canto con la descripción del medio en que nació esa mujer, las selvas, el canto del pájaro campana, el ñanduti, las victorias crucianas, los cocoteros, las orquídeas, los naranjos, los lapachos, las campiñas y selvas rumorosas, reina Ella de ese vergel y síntesis de dos mundos, el guaraní y el español, dechado de gracia, de belleza y de heroísmo, todo lo pinta el poeta con rasgos magistrales, y éste le sigue a Ella y la contempla en sus sufrimientos, en las encrucijadas dolorosas de su vida, sus padeceres, y se adelanta a vaticinar, recogiendo las aspiraciones que bullen en el hontanar del alma popular, a transmitir como mensaje del porvenir, el reconocimiento de sus méritos y la glorificación de sus virtudes de heroína y alma de la patria y cíe diosa del hogar.

EL EDITOR

 

A LA MUJER PARAGUAYA (POEMA)

En la tierra, cálida de sol,

donde canta su delirio de ocasos escarlata,

el pájara campana,

-alado trovador,

que en la cumbre más alta,

de las sonoras selvas milenarias,

vierte apasionadamente ...

en el sereno silencio de la tarde,

el allegro impetuoso de sus líricas congojas,

-el canto clamoroso de las selvas guaraníes,

que comienza con un agudo solo,

cual golpe repentino de campana,

al que contesta velada y amorosa,

una segunda nota de voz más apagada,

y este dúo de voces que se inicia,

va luego creciendo poco a poco,

sube, luego baja y vuelve a subir,

y luego de varias fluctuaciones,

de sus opuestas voces,

el canto claramente ya en crescendo,

se precipita hondo v clamoroso,

hacia lo alto, y finalmente resuelve;

en torrentes y cascadas de perlas cristalinas,

que, se quiebran, desparraman y chocan entre sí,

se esparcen y vuelven a chocar flotando,

sobre el naufragio de la luz postrera,

y bajo el dombo fulgurante de los cielos tropicales;

que incendia el, fulgor, de las estrellas;

en la tierra de incontadas maravillas,

do teje el ñanduti,

sus hermosas y etéreas filigranas,

y lucen su belleza al lado de los lirios,

las victorias crucianas, parientes de los lotos,

y florecen saudosos y fragantes,

bejucos, cocoteros, orquídeas y naranjos,

-los dulces líricos naranjos,

que azaharean las frentes de las novias,

y generosos al paladar ofrecen,

las manzanas de oro del jardín autóctono,

olorosas y sabrosas,

cual la miel de las rústicas abejas;

en el país de la leyenda

de las vastas selvas rumorosas,

roja tierra de fuego de eterna primavera,

que perfuma con sus rosas,

y riega con sus frescas aguas claras,

el almo corazón de la América del Sud;

en un oasis de paz y de ventura,

en un edén que floreció sobre la tierra,

y esparció por doquier a manos llenas,

su tesoro de luces y colores,

de armonías y murmullos,

de dicha y de alegría,

nació gentil y donairosa,

a la sombra de lapachos y palmeras,

y a los dulces arrullos y gorgeos,

de torcazas y palomas,

de mirlos y zorzales,

llena de luz, de gracia y de poesía,

la mujer paraguaya.

 

E hija de dos mundos milenarios,

el guaranítico de indómita bravura,

revestido de telúrica pujanza;

y el celtibérico de audacia incontenible,

idealista y soñador,

atesora las virtudes esenciales,

de una y otra raza,

y tan valiente, generosa y maternal,

es ella, vistosa y perfumada,

flor del trópico nacida,

celosa guardiana del solar nativo.

 

Virgen agreste de belleza peregrina,

morena la color de cejas novilunios,

de grandes ojos color de la obsidiana,

profundamente negros,

en que se acurrucó la noche con el día,

para darles sus noctívagos fulgores.

De luenga cabellera color del azabache,

en que lucen su gala y sus primores,

silvestres florecillas,

que adornan los senderos,

y gárrulas fontanas de bosques centenarios,

y péinala en dos trenzas,

atadas en la punta con cinta carmesí,

que al ritmo de su alegre caminar,

de encanto y elegancia lleno,

sobre las olas espumosas de su alba camisa,

de adornados ribetes,

ondulan cadenciosas por la espalda,

cual dos aprisionados tumultos de la noche.

 

¡Oh! ... ¡Selvática mujer!

Suprema heroína de la raza,

eres tú, mujer bendita,

imagen venturosa de amor y de dulzura.

Flor silvestre del penen autóctono,

eres fibra, alma, corazón,

y fuego y llama,

y aliento y soplo del terruño.

……………………………………. .

 

¿Recordáis... aquel supremo derroche de heroísmo,

que en oleajes de fulgores inmortales,

esparció por el tiempo y el espacio,

una sublime sensación de patria,

y que cruzando los dominios infinitos de la historia,

desplegó en hazañas y proezas legendarias,

su epopeya de asombro y de prodigio,

como una estela deslumbrante

de constelaciones estelares,

que inició el caudal ele su gloria y esplendor,

sobre las ondas fugitivas del Paraná y el Paraguay,

para luego arrullar su cumbre enhiesta, bravía y desolada,

los murmullos de las selvas lejanas de Cerro Corá?

 

¿Recordáis ... ese inmenso sacrificio colectivo,

tramado en la traición,

por caínes despiadados,

los históricos Molocs,

los monstruos del crimen,

los hijos de la noche,

las hienas insaciables,

goteando sus puñales y sus garras

de caníbales feroces,

en la sombra agazapados,

ansias de hambre de riqueza ajena, 

y apetencia de sangre insatisfecha,

que mustias y marchitas,

agostaron la paz y bienandanza,

la libertad y bienestar del pueblo paraguayo?

 

Cuando las hordas invasoras,

mensajeras de luto, de muerte y destrucción,

salvajes irrumpieron en sus lares,

y siniestras llamaradas de la guerra,

voraces e implacables,

cundieron por sus predios,

de fértiles llanuras y oteros deleitosos,

arrasando su vergel,

ella...

como un ángel,

divinamente bello,

terrible y vengador,

blandió en sus manos,

liliales y sedosas,

propicias al arrullo y las caricias,

la espada que rasgó zigzagueante,

con tajos de luz de resplandor de auroras,

el abismo sin fin de las tinieblas,

de la horrorosa noche de exterminio.

 

Y pudo contemplársela ...

suspiro hecho mujer de los nativos valles,

¡oh sagrada vestal del Paraguay eterno!...

en el tumulto infernal de los ataques,

en las furiosas cargas y horribles entreveros,

y en el fragor de los combates,

así semidesnuda, con sus senos temblorosos;

-cervatillas azoradas en un campo de amaranto y asfedelo-

mal cubiertos por andrajos y guiñapos,

que las balas homicidas,

las espinas y las piedras del camino,

las luchas ardorosas cuerpo a cuerpo,

y los hombres sin entrañas, destrozaron ...

 

"Y se alzó ...

en medio del tumulto y la tormenta,

el continuo crepitar de los fusiles,

y el tronar de las metrallas y cañones,

furiosa y bella en su infortunio,

la cabellera al viento, desgreñada,

y los lirios de su seno al descubierto,

por sobre las trincheras,

y los campos de batalla,

su escuálida figura,

como la imagen dolorosa de la patria,

apuñalada por martirios, angustias y dolores,

manando a borbotones,

de múltiples heridas,

su sangre generosa.

 

Y sangrantes pingajos de la piel,

desgarrando su cuerpo de azucena,

agitaban cual radiante tremolar,

de banderas no arriadas de la patria,

sus harapos luminosos,

que empapados de lágrimas,

de sangre, de barro y de sudor,

por encima de las ruinas, los escombros y cenizas humeantes,

flotaban por los aires victoriosos,

como restos sublimes de un pasado de grandeza,

y girones de gloria, proclamando en sus fulgores,

por los ámbitos de América y del Mundo,

la perennidad indestructible,

de la indómita y hermosa patria guaraní,

de Francia, Caballero y de los López.

 

Y luego ...   ¿no la habéis visto?...

Ella ... surgió como una diosa,

de las ondas lustrales

de todas las renunciaciones...

Y santificó en ellas la flor de sus entrañas.

Y soportando mil fatigas y penurias,

en su largo y penoso deambular,

por todos los rincones de la patria amada,

que el sudor de su frente humedeció,

mágüer sus marchitas ilusiones,

florecieron en sus labios color de la amapola,

cual rosas celestiales de fulgor divino,

sonrisas y canciones de esperanza ...

Y poblaron las serranas latitudes,

las bucélicas praderas, las campiñas luminosas,

los profundos naranjales y nativas alquerías,

sus alegres aleluyas y maitines,

sus triunfales alborozos,

como gárrulas alondras madrugueñas,

que, frenéticas de azul, revolotean,

por un cielo florecido de albas rosa,

y se hunden, gozosas... con delirio...

ávidas de espacio,

en los abismos de luz de las auroras,

llenando de trinos y gorgeos,

todos los valles, los cerros y oquedades.

 

Por tí ... ¡Oh visión maravillosa de ternura!...

por tu inmenso dolor,

por tu heroismo y tu belleza,

engarzaré mis versos,

cual un collar de estrellas,

de lirios y azucenas ...

para enflorar con ellos,

¡Oh imagen sacrosanta de la patria!

tu busto de magnífica princesa,

canéfora graciosa de sin igual euritmia;

que llevas en los labios de púrpura bendita,

la miel de tus autóctonas

florestas rumorosas

y en, el alma, ¡Oh alma de la raza!

cual perfume deleitoso de flores tropicales

el aliento prodigioso de la estirpe paraguaya.

 

¡Y tu alma! ¡Oh mujer paraguaya!

¡Sí! ... ¡Tu alma!... es profundamente humana..

llena de dulces y sublimes avatares,

que llevan propiciatoriamente,

como signos de, las épocas futuras,

en sus palingenesias aurorales,

el beso de la luz, del amor y la ternura,

rebosando la anchurosa geografía

de este tu vergel paradisíaco,

tus caricias maternales,

triunfadoras del dolor, del rencor y de la muerte.

 

¡"Y tu cuerpo!... ¡Sí!... ¡Tu cuerpo!...

está hecho de líneas y turgencias adorables,

como el cuerpo que soñaron los pintores,

de la Hélade poética inmortal-

o es el poema de divinas armonías,

que un poeta fabuloso compusiera,

con pétalos de sueños y de rosas,

-albos lirios inviolados, impolutos-

¡Oh, qué hermosos,

Son los lotos y crucianas de tu torso!

Es tu cuerpo, cosmorama portentoso,

que en torrentes de oro,

de luz y de color,

ilumina sus paisajes de hermosura deliciosa,

y descubre sus magníficos tesoros,

de encantados Eldorados,

que flotan vaporosos y lejanos,

con reflejos titilantes de raso luminoso,

que turban y estremecen

las rosas temblorosas de tu carne,

cuando el alma con asombro,

divisa allá a lo lejos...

que cruza las doradas lejanías,

un tropel de bacantes victoriosas,

que a los gritos de Evohé... Evohé... Evohé...

agitan con su furia dionisíaca,

sobre fúlgidos oasis de esperanza,

sus aladas y triunfales Samotracias de esplendor . . .

Y sabroso, y delicioso,

destilando,

su magnífico panal de claveles y jazmines,

sobre el nácar pubescente de tu piel morena,

despierta y alborota,

en las almas ateridas de los hombres,

en medio de quimeras,

ensueños e ilusiones,

euforias del vivir,

sonrisas de la aurora,

cual perenne floración...

de eternas primaveras.

 

Y florecen tus caricias,

y tus mimos,

en manojos de amorosos misticismos,

como hatos y parvas de la luz.

 

Y mientras se tienden,

cariñosas,

cual las alas de palomas eucarísticas,

tus manos de lirio generosas,

-manos santas, santas manos,

de novia, de madre y de esposa ...

para ofrendar al labio sitibundo,

la copa de las consolaciones,

en la dación de una total entrega,

de tu mundo infinito de ternura,

cual homenaje

a tu belleza v tus virtudes

¡Oh reina de las selvas guaraníes! ...

se deshojan...

al fulgor de los luceros,

y a la pálida mirada de la diosa nocturnal,

arrebatos y alegrías de polcas delirantes,

y profundos sollozos de guaranias.

 

Y flores y luces y colores,

perfumes, mieles y ambrosías,

besos, mimos y caricias,

ritmos, cantos y armonías,

entretejen sus mil tonos y matices, y brota...

¡Oh excelsa criatura incomparable!

cual guirnalda de rosas inmarchitas,

para nimbar tu frente

de eterna juventud,

la grandiosa sinfonía que preludia...

por los valles y los montes,

por los cerros y praderas,

de la ubérrima heredad ...

¡Oh mujer paraguaya!... ¡Alma máter de la raza!

el triunfo final de tu heroísmo,

de tu gloria, de tu gracia y tu belleza.

 

 

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