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OSVALDO MITCHELL


  NICOLÁS I – REY DEL PARAGUAY - Por OSVALDO MITCHELL


NICOLÁS I – REY DEL PARAGUAY - Por OSVALDO MITCHELL

NICOLÁS I – REY DEL PARAGUAY

Por OSVALDO MITCHELL

Numismática BUENOS AIRES

Impreso en los Talleres de CAROLLO Hnos.

Buenos Aires – Argentina

Diciembre de 1988 (46 páginas)


PRESENTACIÓN

A mediados del siglo XVIII un extraño rumor corrió por las cortes europeas; la convulsionada situación de las misiones sudamericanas habría permitido que un personaje local, jesuita o guaraní, fuera proclamado rey del Paraguay. No es raro que en ese ambiente propicio tuviera buena acogida la supuesta biografía de tal personaje, publicada en 1756 y años sucesivos en varias ediciones con el título de Historia de Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos en lengua francesa, italiana, alemana y holandesa. Este opúsculo, muy difundido en la época y hoy una rareza bibliográfica, dio lugar a una polémica sobre su origen y tendencias que ha durado más de dos siglos y que todavía continúa sin que se haya avanzado más que conjeturas. A elucidar, siquiera sea parcialmente, ese misterio tiende esta publicación que es fruto del interés y la curiosidad que el asunto suscitó hace ya bastante tiempo al autor. Pero la fábula, para su mejor comprensión por el lector no adentrado en el tema, requiere una somera relación del contexto histórico y la leyenda que le dieron marco y a ese fin están dedicadas las dos primeras partes del trabajo.

O.M.



 

BIBLIOGRAFÍA Y RECONOCIMIENTOS

A excepción de la parte histórica, para cuya redacción nos hemos valido principalmente de la obra de Tadeo Hennis, las fuentes editas que constituyen el antecedente bibliográfico utilizado en este trabajo aparecen mencionadas en las notas distribuidas con profusión en el texto. Como se verá, los estudios de Sergio Buarque de Holanda (1964), Arturo Nagy y Francisco Pérez-Maricevich (1967) y Félix Becker (1987) han sido los más frecuentemente consultados. A la biblioteca del Museo Mitre y la librería L’ Amateur debemos el acceso a casi todas las obras anteriores a 1964.

Carlos Alfredo y Maud Zemborain nos facilitaron interesantes y valiosos informes recogidos, a nuestra solicitud, en archivos públicos de España, tales como los Motivos que alegan los indios y las Noticias de el Paraguay, y de Nicolao I.

Nuestra gratitud comprende también, muy especialmente, a la casa editora y su propietario, Jorge Janson, cuyo desinterés hizo posible esta publicación.

El autor



LA HISTORIA

La Compañía de Jesús

Una característica de la llegada de la Edad Moderna la constituyó la convicción de que se hacía necesaria la renovación de la Iglesia de Occidente. Ese cambio profundo fue introducido en la Europa central por Lutero, Calvino y sus seguidores y tuvo como consecuencia el cisma que segregó buena parte del continente del ámbito de la Iglesia romana. Ésta, a su vez, comprendió la gravedad del movimiento que amenazaba su unidad y la necesidad de un cambio, ante las desviaciones y abusos del clero, y nació así, después de la Reforma protestante, la Reforma católica o Contrarreforma, como la llamaron sus adversarios. Dentro de esa corriente de revitalización de la fe tradicional, restauración de la austeridad y pureza de la vida monástica y saneamiento moral del clero parroquial se originaron varias congregaciones de sacerdotes regulares que, a través de una vida de santidad y beneficencia, buscaban la recuperación espiritual del pueblo cristiano. Al número de esas órdenes religiosas, entre las que se cuentan las de los somascos, los barnabitas y los teatinos, se añade la fundada por Ignacio de Loyola (1491-1556) en Montmartre el 15 de agosto de 1534, llamada Compañía de Jesús en 1538 y ratificada por el papa Paulo III, mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae del 27 de septiembre de 1540.

 

Las Misiones Jesuíticas

La expansión geográfica de la Compañía comenzó muy pronto. En 1540 partió Francisco Javier para la India y en 1565 el rey de España otorgó autorización a los jesuitas para trasladarse a América. Sucesivamente fueron creadas las provincias peruana y mexicana de la Orden y, luego de la llegada de los Padres a la Asunción en 1588, se fundó la provincia paraguaya en 1607.

La colonización jesuítica de la región del Guairá se realizó a través de dos corrientes: la del Tebicuarí, que comenzó en 1609, y la del Alto Paraná, que empezó en 1631. Las reducciones comprendían el territorio limitado por el río Miriñay, la laguna Iberá, los esteros de Ñeembucú, los ríos Iguazú y Acaray, las cordilleras del Uruzutí, Caa Guazú y Villa Rica, el río Tebicuarí, los arroyos S. Antonio Guazú, Pepirí Guazú y Uruguay Pitá y los ríos Pardo e Ibicuy. En esta vasta área tuvieron asiento los pueblos o reducciones de S. Ignacio Guazú, Ntra. Sra. de Loreto, S. Ignacio Miní, Ntra. Sra. de la Encamación de Itapúa, Corpus Christi, Candelaria, Sta. Ana, S. Cosme y S. Damián, Ntra. Sra. Sta. María de Fe, Santiago el Mayor, Sta. Rosa, Jesús y la Sma. Trinidad, a las que se agregó la de S. Joaquín en 1746, todas ellas pertenecientes al Obispado del Paraguay, y las reducciones de la Concepción, Sta. María la Mayor, Ntra. Sra. de los Reyes de Yapeyú, S. Nicolás de Barí, S. Francisco Javier, la Cruz, S. Carlos, S. Miguel, Stos. Apóstoles, S. José, Stos. Mártires del Japón, Sto. Tomé, S. Luis Gonzaga, S. Francisco de Borja, S. Lorenzo, S. Juan Bautista y S. Ángel de la Guardia en el Obispado de Buenos Aires.

Los jesuitas realizaron una extraordinaria labor de conversión pacífica de los indígenas a la religión católica y a las normas de convivencia de las naciones civilizadas. Bajo su atenta dirección, las misiones fueron organizadas como comunidades en las que el culto y el trabajo eran obligatorios y la propiedad privada y los derechos hereditarios estaban restringidos a los enseres domésticos y los efectos personales. Alojados convenientemente y bien tratados, alimentados y vestidos, los guaraníes eran llamados diariamente al trabajo al son de campana, matizando sus tareas con cánticos religiosos, dentro de un régimen igualitario y monótono.

Este Estado teocrático-comunista reconocía como sus mayores enemigos a los bandeirantes lusobrasileños, propensos a extender sus dominios y a cautivar a los indígenas para reducirlos a la servidumbre. El destino de los naturales, redimidos de su salvajismo original, fluctuaba así entre la amenaza de la expansión portuguesa y el mantenimiento de su mediatización bajo una tutela cuya estabilidad se fundaba en la presunción de su incapacidad perpetua para asumir plenamente las responsabilidades de su vida individual, familiar y comunal. Aunque conservaron el cacicazgo y podían acceder al cargo de regidor, se pensaba, como lo expresó el P. Antonio Sepp, que los guaraníes no pueden inventar absolutamente nada por su propio entendimiento o pensamiento, aunque sea la más simple labor manual, sino siempre debe estar presente el Padre y guiarlos;...

Como reflejo de la ancestral tendencia hacia una era definitiva de la Humanidad o su trasposición cronológica, la creencia en una primitiva Edad de Oro, algunos autores han concebido modelos de organización políticosocial perfectamente equilibrados, fundados en el principio distributivo y en la autoridad de los mejores o los más aptos, como la famosa Utopia de Tomás Moro (1478-1535) y la Ciudad del Sol de Tomás Campanella

(1568-1639). Mientras esas creaciones literarias no han excedido los límites de la especulación teórica, las Misiones Jesuíticas nos ofrecen el ejemplo de una estructura social perfectamente ajustada e inmutable que perduró durante siglo y medio. Mucho se ha argüido en pro y en contra de la experiencia misionera, hecha posible por la esforzada y meritoria labor de los Padres y la docilidad de los indios. Pero lo peor de las utopías no consiste en la dificultad de su realización en los hechos sino, por lo contrario, en la posibilidad de que se logre llevarlas a la práctica y se encierre al grupo elegido dentro de un sistema que, por su armónico equilibrio y cabal funcionamiento, excluya toda alternativa de evolución y cambio. Es que, como lo hizo notar un autor del siglo XIX, la perfección no es para el hombre.

 


La Colonia del Sacramento

Los límites de las posesiones castellanas del Nuevo Mundo fueron primeramente establecidos por la bula papal del 4 de mayo de 1493 según una línea recta de polo a polo, distante cien leguas al occidente de cualquiera de las islas Azores y de Cabo Verde. Ante una reclamación de Portugal, ambas potencias ibéricas firmaron el 7 de junio de 1494 en Tordesillas un tratado que llevó esos límites a trescientas setenta leguas al oeste del archipiélago de Cabo Verde. Pero la pujanza colonizadora portuguesa, favorecida por la dificultad de trazar fronteras en territorios agrestes y la relativa confusión que trajo aparejada la incorporación de Portugal a la corona española (1580-1640) hizo prácticamente letra muerta el tratado de Tordesillas en el territorio continental sudamericano y permitió que el gobernador de Río de Janeiro, Manuel Lobo, fondeara en enero de 1680 con su escuadra en la isla de S. Gabriel y, el día 28 de ese mes, procediera a fundar una población con el nombre de Colonia del Santísimo Sacramento.

Cuando el gobernador de Buenos Aires, José de Garro, tuvo noticia de la ocupación portuguesa y la fundación de la Colonia del Sacramento, envió al maestre de campo Antonio de Vera Mujica con una fuerza de trescientos españoles y tres mil indios para recuperar el territorio invadido. El 21 de julio Vera Mujica intimó la desocupación y Lobo le contestó con altanería que podía hacer todo lo que fuese servido, que para todo me ha de hallar prontísimo para servirle con particular gusto. Luego de una cruenta batalla, los españoles quedaron dueños de la población que rebautizaron con el nombre de Fuerte del Rosario (6 de agosto de 1680). Portugal reclamó y por el tratado firmado en Lisboa el 7 de mayo de 1681 le fue restituida la Colonia del Sacramento, como reparación del hecho de fuerza de España, aunque sin perjuicio ni alteración de los derechos de possession y propriedad de una y otra corona. Luego del fracaso de una conferencia sostenida por ambas partes en Bajadoz entre el 4 de noviembre de 1681 y el 22 de enero de 1682, los españoles devolvieron la Colonia a los portugueses el 14 de febrero de 1683.

La muerte del rey Carlos II el l° de noviembre de 1700 ocasionó la guerra de sucesión de España (1700-1713), durante la cual, el problema de la Colonia se reavivó. Por R. cédula del 9 de noviembre de 1703, recibida en Buenos Aires el 7 de julio de 1704, se ordenó la reocupación de toda la Banda Oriental. El gobernador Valdez Inclán envió una fuerza militar al mando del sargento mayor Baltasar García Ros quien puso sitio al lugar el 18 de octubre y, luego de varios meses de asedio, tomó la Colonia el 16 de marzo de 1705. Por el tratado firmado en Utrecht el 6 de febrero de 1715 se anulaba el de Lisboa de 1681, se reconocía los derechos de Portugal a la Colonia del Sacramento y se establecía que España podría recuperarla si ofrecía una compensación adecuada en el plazo de un año y medio. Conforme a este tratado, por R. cédula del 26 de julio de 1715 se ordenó al gobernador de Buenos Aires la entrega del territorio, lo que se verificó el 4 de noviembre de 1716.

Ante una invasión portuguesa del territorio del Río Grande, el gobernador de Buenos Aires, Miguel de Salcedo, intimó el 26 de marzo de 1734 a fijar los límites de ambas posesiones. La respuesta fue dilatoria y, luego de un incidente diplomático en Madrid (febrero de 1735), por R. orden del 18 de abril de 1735 se dio instrucciones al gobernador de Buenos Aires para que tomara la Colonia del Sacramento. Llegada la R. orden a la capital platina, el gobernador realizó incursiones en la Banda Oriental en octubre y diciembre y puso sitio a la Colonia del Sacramento. Por la paz firmada en París el 16 de marzo de 1737, cuya noticia se tuvo en Buenos Aires el 1º de septiembre, se volvió la situación al estado en que se hallaba antes de las hostilidades.

A partir de ese momento hubo largos años de paz en las regiones fronterizas de los dominios de Portugal y España en América. Esas buenas relaciones, afianzadas por el casamiento del futuro rey Fernando VI con la infanta Bárbara de Portugal (1729), permitieron que ambas cortes intentaran nuevamente dar solución a su secular cuestión de límites. Por el tratado firmado en Madrid el 13 de enero de 1750 se trazó una línea de fronteras que debía reemplazar las fijadas por el papa Alejandro VI (1493) y los tratados de Tordesillas (1494), Lisboa (1681) y Utrecht (1715), que quedaban nulas y sin valor. Conforme al tratado de 1750, España recibía en devolución la Colonia del Sacramento, en tanto que Portugal acrecía sus dominios con siete pueblos de las Misiones Orientales, por lo cual, el mencionado tratado fue llamado de la Permuta.

 

La guerra guáranítica

Por el tratado de la Permuta quedaba sin valor la cesión por precio hecha por España a Portugal de las islas Filipinas por una escritura firmada en Zaragoza el 22 de abril de 1529, sin derecho de Portugal de repetir lo pagado, y, además, los derechos y acciones que correspondieran a alguna de ambas potencias por la bula de Alejandro VI y los tratados de Tordesillas, Lisboa y Utrecht en todo lo relativo a la línea de demarcación de las respectivas posesiones coloniales en el Nuevo Mundo.

Conforme a lo dispuesto por los artículos III a X del tratado del 13 de enero de 1750, pasaban a poder de Portugal las siete reducciones jesuíticas de S. Juan, S. Miguel, S. Francisco de Boija, S. Luis, S. Nicolás, S. Lorenzo y S. Angel, es decir, el territorio denominado de las Misiones Orientales, en compensación de la Colonia del Sacramento. Por el artículo XVI se establecía que, de los pueblos o aldeas de indios cedidos a Portugal en la margen oriental del río Uruguay, saldrían los misioneros con sus muebles y efectos, llevándose a los indios para poblar otras tierras hispanoamericanas. Los indios podrían también llevarse sus bienes muebles y semovientes y sus armas, pólvora y municiones; no obstante, tendrían plena libertad para permanecer o retirarse del territorio cedido pero, en este último caso, perderían sus casas que, con las iglesias y demás edificios, pasarían a ser propiedad lusitana. Además, la Corona española acordó a cada pueblo una indemnización de 4 mil pesos, o sea, 28 mil pesos para las siete poblaciones afectadas por el traslado.

La alternativa de permanecer bajo el dominio portugués era inaceptable para los indígenas en razón de su sujeción a los Padres y de la negativa experiencia de su relación con los colonos del Brasil, a los que justificadamente consideraban como sus enemigos naturales. Por lo tanto, la migración prevista por el tratado importaba la confiscación lisa y llana, en favor de Portugal, de todos sus bienes inmuebles, tanto cultivos como mejoras, que a lo largo de más de un siglo habían sido el fruto del esfuerzo de los nativos bajo la prudente dirección jesuítica, sin que la suma de 28 mil pesos que se les ofrecía, a razón de menos de un peso por cabeza, compensara remotamente el valor venal de ese despojo.

No es extraño, pues, que lo convenido por los representantes de Su Majestad Católica y Su Majestad Fidelísima fuera mirado por los jesuitas y los guaraníes de las Misiones como lesivo de sus derechos y contrario a sus intereses y que los indios se aprestaran a resistirlo del mejor modo posible. Esa resistencia se manifestó primero en el terreno argumental y finalmente en los hechos a través de dos campañas, una en 1754 que terminó en el mantenimiento del status quo y la otra en 1756 que concluyó con la derrota total de los indígenas. La actitud de los Padres durante los años que siguieron a la firma del tratado de la Permuta fue motivo de conjeturas y polémicas en la época, sin que hasta el presente el punto haya sido objeto de un pronunciamiento unánime de los historiadores.

Por carta del 21 de julio de 1751 el P. general de la Compañía de Jesús comunicó a los provinciales de Quito, del Perú y del Paraguay la firma del tratado de la Permuta y sus consecuencias respecto de las Misiones Orientales del Uruguay al tiempo que una R. cédula del 24 de agosto del mismo año participó a la autoridad secular la misma novedad. El 27 de enero de 1752 llegaron a Montevideo el marqués de Valdelirios y demás comisarios regios que, asistidos por los PP. jesuitas Luis Altamirano y Rafael de Córdova, debían procurar de los indígenas el acatamiento de las órdenes de Madrid y, en unión de los comisarios portugueses, proceder al trazado in situ de la nueva frontera. El 20 de febrero se trasladaron a Buenos Aires donde el marqués hizo entrega al gobernador José de Andonaegui de la R: cédula del 24 de agosto de 1751. El P. provincial José de Barreda llegó a Buenos Aires, procedente de Córdoba, y recibió del marqués de Valdelirios las RR. cédulas relativas al traslado de los siete pueblos y las compensaciones pecuniarias que debían recibir. En tanto que el P. Altamirano dirigió una circular a los misioneros de las reducciones afectadas a fin de hacerles conocer su cometido (11 de abril), el mismo día el marqués sondeó al P. Barreda sobre el tiempo que requeriría la mudanza y el jesuita, a su vez, solicitó que el plazo fuera el mayor posible a fin de conducir el asunto con tacto y evitar una sublevación de los indígenas. Esta resistencia no tardó en manifestarse en el pueblo de S. Nicolás, encabezada por el indio Cristóbal Paca, y en el de S. Miguel (junio de 1752). En estas circunstancias, el P. Altamirano partió de Buenos Aires el 20 de julio, con destino a las Misiones, y llegó el 4 de agosto a Salto y el 15 de agosto a Yapeyú. Luego pasó a S. Boija y a Sto. Tomé.

El 29 de agosto llegó el marqués de Valdelirios a Castillos Grandes, para reunirse con el comisario portugués Gomes Freire, y comenzó la tarea de emplazar los mojones. Los marcos principales llevaban, hacia el norte, las armas de Portugal y, debajo de ellas, el nombre del rey; al sur, las armas y el nombre del rey de España; al oeste, la leyenda EX PACTOS REGENDORUM FINIUM COMENTIS MATRITI IDIBUD JANUARII MDCCL. Los otros marcos tenían las cifras de ambos soberanos orientadas hacia sus dominios respectivos.

El P. Altamirano, desde Sto. Tomé, intimó a los curas de los siete pueblos en una reunión realizada el 13 de octubre que el traslado debía dar comienzo, cuando más, el 3 de noviembre. La orden tuvo principio de cumplimiento en algunos puntos pero, en general, fue muy resistida y el P. Altamirano debió abandonar Sto. Tomé el 28 de enero de 1753 porque corría riesgo su seguridad personal.

En el mes de febrero, cuando los comisarios llegaron hasta Sta. Tecla, el alcalde indígena de S. Miguel, José o Sepé Tiarayú, al mando de una partida numerosa, impidió el paso de los portugueses, por lo que el 3 de marzo se resolvió suspender la tarea de amojonamiento y el 27 del mismo mes el marqués de Valdelirios ordenó al gobernador de Buenos Aires que emplease la fuerza para dar cumplimiento al tratado y al mandato real. Días después, el 6 de abril, llegaba a Buenos Aires el P. Altamirano.

Ante el cariz que tomaba la situación y a fin de evitar responsabilidades, se presentó en Córdoba el 2 de mayo la renuncia de los PP. jesuitas a los curatos de los siete pueblos afectados y a cualquiera de los otros que se plegase a la desobediencia o rebelión. Luego de alguna Tramitación, la renuncia fue aceptada pero no llegó a hacerse efectiva debido a Las gestiones en curso a fin de lograr una solución pacífica.

El gobernador Andonaegui comenzó sus aprestos bélicos a mediados de mayo y a fines de mes se reunió en la isla de Matín García con los comisarios Valdelirios y Gomes Freire y en 2 de junio resolvieron proceder por la fuerza, como estaba previsto, pero no antes del 15 de agosto, a fin de esperar los resultados del intento del P. Altamirano de evitar un enfrentamiento, a través de enviados especiales. Para ello, designó al P, Alonso Fernández y otros dos sacerdotes que salieron de Buenos Aires con destino a Yapeyú el 14 de junio.

El P. Barreda fechó en Córdoba el 19 de julio sendos memoriales dirigidos al comisario Valdelirios, al gobernador Andonaegui y al obispo, en los cuales se patentizaba el peligro que corrían los padres de las Misiones, que se encontraban virtualmente prisioneros de los guaraníes de sus respectivas reducciones. También se hacía conocer el riesgo de que los nativos huyeran a los montes para unirse a los paganos, en desmedro de su fe cristiana, lo que no podría ser visto con indiferencia por los reyes de España y Portugal como monarcas católicos. Casi simultáneamente, las poblaciones indígenas, que estaban en plena efervescencia, enviaron cartas al gobernador de Buenos Aires en julio de 1753, en las que expresaban que no podía ser voluntad del rey que se retiraran de sus propias tierras para entregarlas a los portugueses; por tanto, no podía haberlo mandado o, si lo hubiese hecho, sería por hallarse mal informado. Protestaban que no habían cometido delito alguno ni habían hecho mal al rey, al gobernador o a los pobladores de Buenos Aires, Sta. Fe, Corrientes o el Paraguay; al contrario, habían servido lealmente a la Monarquía y ésta les debía su protección. Suponían que no era voluntad del rey quebrantar su palabra ya que, como él estaba en la tierra en lugar de Dios, su voluntad no podía ser mudable como no lo era la Divina. Recordaban que, si se los trasladaba a parajes más pobres, se verían obligados a refugiarse en los montes, junto a los indios infieles, con pérdida para la Cristiandad. Hacían presente que no se había hallado tierras buenas para reasentar ni siquiera a tres reducciones y lo que se cedía, con sus mejoras y construcciones, era más valioso que la Colonia del Sacramento que se recibía en cambio. Reproducían los agravios recibidos de los colonos portugueses e invocaban una bula de Benedicto XV, entonces reinante, que excomulgaba a esos hotnines impíos por sus abusos.

La lectura de las cartas de los naturales, provenientes de las reducciones de la Concepción, S. Miguel, S. Juan, S. Luis, S. Nicolás, S. Lorenzo y S. Ángel, resulta conmovedora por su fe en la benevolencia real y por la sencillez y rectitud de su criterio. No obstante, llama un poco la atención la elevación de los conceptos, su altura argumental, la racional exposición de fundamentos de equidad y hasta la cita de un texto pontificio que databa de varios años atrás; como para explicar esa llamativa transcripción, la carta respectiva decía al pasar que la bula de Benedicto XV había sido publicada en los pueblos de las Misiones. Pero esta misma explicación y la solidez cuasi escolástica de la argumentación hacen sospechar que los alegatos indígenas tuvieron, si no como redactores cabales, al menos como inspiradores a los Padres y no a los pobres guaraníes cuya ineptitud intelectual era entonces axiomática.

La batería dialéctica de los aborígenes se encuentra condensada en un manuscrito titulado Motivos que Alegan los indios del Paraguay para no hacer la transmigración a otras tierras Como lo mandaron los señores Comisarios en nombre del Rey nuestro señor, existente en el Archivo Histórico Nacional de España. En ese escrito, además, se comenta en forma favorable el alegato indígena, se pone de resalto la lealtad de los guaraníes a la Corona y se puntualiza la necesidad en que se encontraron de defenderse de los portugueses, hasta el punto de ser autorizados en 1642 al uso de armas, y el peligro que corrían los jesuitas de ser considerados traidores a la causa nativa y tratados en consecuencia. Como el rey había dado orden de que se entregara la cantidad de 4 mil pesos fuertes por cada uno de los siete pueblos de indios a fin de concurrir a los gastos de su traslado, se temía que esto fuera interpretado como el precio de esa traición con grave riesgo para la seguridad de los sacerdotes destacados en las Misiones. En resumen, pues, los enemigos habían sido siempre y continuaban siéndolo los portugueses; los indios eran fieles pero no podían creer que el rey los desalojara de sus tierras para darlas a esos enemigos. Por tanto, la orden de desocupación no era verdaderamente del rey, o bien, éste había sido engañado y, en uno u otro caso, los indios no se consideraban obligados a obedecer, no obstante la exhortación de los Padres que, por su mismo sometimiento a la autoridad del monarca, serían sospechosos a los ojos de sus tutelados. Al repasar estas argumentaciones se recibe la impresión de que, si bien en gran medida podían reflejar la reacción de los guaraníes ante la parte del tratado que les concernía, recogían al mismo tiempo las inquietudes coincidentes de la Compañía que veía amenazada la continuidad e importancia de la obra que desarrollaba y los medios materiales para su sostén.

Entre las cartas remitidas al gobernador de Buenos Aires en esa virtual ofensiva epistolar, se encuentra la del obispo de Tucumán, Pedro Miguel Argandoña, del 20 de julio y otra del mismo día firmada por el corregidor de la Concepción, Nicolás Ñeenguirú, quien decía otras cosas:

“Nosotros nunca hemos errado contra nuestro Rey, ni contra tí, Señor; sábelo ya. Con todo nuestro corazón hemos reconocido sus mandatos, siempre los hemos cumplido muy bien; por su amor hemos dado nuestros bienes, nuestros animales, aún nuestra vida. Por esto no podemos creer que nuestro Rey nos pague ahora nuestro buen corazón con mandarnos que dejemos nuestras tierras” (1). Por la forma y el contenido este pasaje es típico de las razones aportadas en la época en nombre de los indígenas.

El citado corregidor de la Concepción, Nicolás Ñeenguirú, era un notable lugareño que tuvo figuración durante la guerra guaranítica. Era hijo de un comandante de tropas que se desempeñó en la expulsión de los portugueses de la Colonia del Sacramento; Nicolás, hombre de valor y hábil en el manejo de las armas, tenía algo más de treinta años cuando el comienzo del conflicto, durante el cual, ocupó un lugar destacado en la resistencia militar indígena, si bien no está establecido con certeza cuál era su jerarquía, es decir, si capitaneaba solamente el contingente de su reducción o todas las fuerzas guaraníes combinadas.

Desde Buenos Aires, el P. Altamirano había enviado a otros sacerdotes a las reducciones a fin de allanar su rebeldía; el P. Agustín llegó a Sto. Tomé el 13 de agosto pero se le impidió la entrada, lo mismo que en Candelaria y Concepción, en tanto que el P. Fernández regresó a Buenos Aires a fines de 1753 con la noticia de que no había podido pasar más allá de Candelaria. Al comenzar el año 1754 las reducciones de S. Miguel, S. Luis, S. Francisco de Boija, S. Lorenzo y S.Ángel estaban en pie de guerra y no parecía existir otro medio que la fuerza para dar cumplimiento al tratado. En los meses siguientes tuvieron lugar algunos encuentros sin trascendencia entre portugueses y guaraníes y a fines de abril el cacique Sepé Tiarayu cayó prisionero, mas poco después fue canjeado por doscientos caballos que los indios habían tomado a las fuerzas lusitanas. El gobernador Andonaegui partió de Buenos Aires el 2 de mayo, conforme a lo convenido con los comisarios, y llegó el 8 al río Negro, desde donde dio comienzo a la campaña el 21, al mando de las tropas españolas. El 4 de octubre, a orillas del Daymán, los indios sufrieron una importante derrota. Luego de algunas acciones indecisas, el 16 de noviembre, en las proximidades del río Jacuy, se firmó una tregua entre Gomes Freire de Andrade y los jefes guaraníes Francisco Antonio, cacique de S. Ángel, Cristóbal Acatú y Bartolo Candiú, caciques de S. Luis, y Francisco García, corregidor de S. Luis. La retirada española había empezado ya el 14 de noviembre y la portuguesa comenzó cuatro días más tarde. El 7 de marzo de 1755 llegaron los españoles a Buenos Aires, con lo que terminó la primera campaña de la guerra guaranítica.

Los meses siguientes se pasaron en preparativos. El 28 de octubre se embarcó el gobernador Andonaegui para Montevideo, de donde partió para la segunda campaña semanas después, casi al mismo tiempo que, el 24 de noviembre de 1755, se designaba como su reemplazante en el gobierno de Buenos Aires a Pedro de Ceballos. El 16 de enero de 1756 se reunieron ambos ejércitos, el español y el portugués, en las nacientes del río Negro y, producido el enlace, ambas fuerzas marcharon unidas. Desde aquel momento, naturalmente, los guaraníes esperaban un ataque y, a fines de enero, Sepé. Tiarayú cayó sobre una patrulla y consiguió matar a cuatro enemigos pero el quinto huyó velozmente a uña de caballo. Sepé lo persiguió hasta la naciente del río Guacacay. El destacamento al que pertenecía el fugitivo, oculto en un bosque, apareció repentinamente y rodeó al caudillo nativo que había caído en un foso abierto por ganado vacuno. Sepé recibió primero varios lanzazos y finalmente fue rematado por un pistoletazo que, según se dice, le disparó el mismo gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana (7 de febrero). Al día siguiente, los compañeros de Sepé buscaron su cadáver y lo enterraron en un monte vecino. Su muerte fue un severo golpe para los guaraníes y los hispanoportugueses obligaron a los indios a replegarse.

Aunque ocasionalmente se había combatido con ardor, hasta aquí la mayoría de los encuentros fueron parciales o meras escaramuzas. Influidos por la prédica de los Padres, los indios creían que esta segunda expedición se resolvería por medio de las negociaciones y no por la suerte de las armas. Por tanto, no estaban bien preparados y a pesar del prudente consejo de Sepé de retirarse a las montañas y esperar los acontecimientos, el cacique Nicolás Ñeenguirú era partidario de no retroceder más y dar batalla. Cuando los europeos pidieron paso libre hacia las Misiones, mientras algunos indígenas se retiraron y otros se aprestaron a hacerlo, la gente de Ñeenguirú se dispuso a resistir en Caybaté, donde tomaron posiciones unos mil setecientos guaraníes artillados con ocho cañones de tacuara el 10 de febrero. Luego de un momento de confusión, un tiro que partió de las filas nativas mató a un oficial español y esto dio comienzo al combate. Los heroicos esfuerzos de los guaraníes no fueron suficientes para suplir su inferioridad en número, equipo y preparación y la impericia de sus jefes y su derrota fue total y decisiva. Tuvieron varios centenares de bajas entre prisioneros, muertos y heridos, en tanto que sólo hubo cuatro europeos muertos y cuarenta y un heridos, entre ellos, el gobernador Andonaegui que resultó contuso. Después de la batalla, Ñeenguirú huyó a través del río Uruguay y se refugió en el territorio misionero que el tratado de la Permuta conservaba a la Corona de España. A partir de ese momento, siempre sostuvo haber actuado engañado.

El 16 de febrero, Andonaegui intimó a los indios a cesar en su resistencia y, ante su negativa, se dirigió a los mismos efectos a los Padres de las siete reducciones en 6 de marzo, requerimiento al que se unió el del superior P. Antonio Gutiérrez, aunque en ningún caso se logró el acatamiento de la orden. Reanudadas las hostilidades y luego de un nuevo contraste indígena (22 de marzo), el 3 de mayo las fuerzas aliadas recomenzaron su avance. Durante el transcurso de una semana se produjeron algunas escaramuzas y, entre ellas, un combate que duró del 4 al 5 de ese mes, favorable a los hispanoportugueses. Poco después, el 10 de mayo, los guaraníes fueron nuevamente derrotados cerca del río Piratiní y el 11 en Chumichi. El 18 de mayo ocuparon S. Miguel, que encontraron incendiada, y dos días después, la reducción de S. Lorenzo. Inmediatamente, los Padres prestaron acatamiento a la autoridad militar y la mayoría de los indios los imitó, con lo que puede decirse que el territorio quedó pacificado.

El nuevo gobernador, Pedro de Ceballos, llegó a su destino el 4 de noviembre y el 10 de enero de 1757 partió hacia las Misiones Occidentales y se instaló en la de S. Juan el 23 de marzo. Luego de celebrar varias conferencias con el comisario portugués, resultó claro que éste no favorecía el cumplimiento del tratado de 1750 por considerar poco compensatorio el territorio que debía recibirse a cambio de la estratégica Colonia del Sacramento. Por aquel entonces, todavía residían en las Misiones del Uruguay más de la mitad de los indígenas que debían ser trasladados, por lo cual y a fin de evitar dilaciones, Ceballos dispuso su partida desde el 15 de agosto y, con la colaboración de los Padres, la migración pudo hacerse sin dificultades y concluyó en julio de 1758.

El rey Fernando VI falleció en Madrid el 10 de agosto de 1759 y le sucedió su hermano, el rey Carlos VII de las Dos Sicilias. Esto produjo un cambio de gabinete y de política, circunstancia que, unida al desinterés de Portugal en el cumplimiento del tratado de la Permuta, condujo a su anulación por uno nuevo firmado en el Pardo el 12 de febrero de 1761. La permuta convenida en 1750 ha sido muy criticada como contraria a los mejores intereses de España y a los derechos de los indios. La crítica parece justa en este último aspecto pero no tanto en el primero; si la pérdida de los siete pueblos hubiera sido de mayor entidad que la adquisición de la Colonia del Sacramento, como lo pretendían los argumentos de los jesuitas y los guaraníes, sería muy dudoso que la ducha diplomacia lusitana se hubiera inclinado por la opinión de Gomes Freire y anulado un tratado en vías de ejecución. Aunque no tuvo consecuencias en el mapa político, la guerra guaranítica que fue consecuencia del tratado anulado, acreció las sospechas que inspiraba la amplia influencia de la Compañía de Jesús en el Viejo y en el Nuevo Mundo y contribuyó al triunfo del partido antijesuítico y al extrañamiento de los Padres y disolución de la orden.


Notas

(1) A. Nagy y F. Pérez-Maricevich, Nota final de la Historia de Nicolás primero rey del Paraguay y emperador de los mamelucos, traducida y anotada por los nombrados, págs. 61 y 62. Asunción del Paraguay. 1967.



LA LEYENDA

El rey de Paraguay

Durante el transcurso de la nefasta guerra guaranítica se difundió la especie de haberse proclamado un rey del Paraguay. Según ese rumor, el supuesto rey sería el cacique Nicolás Ñeenguirú, coronado el 3 de diciembre de 1753, día de S. Francisco Javier. En octubre del año siguiente, luego del combate de Daymán, se interrogó a indios prisioneros sobre la pretendida coronación o proclamación del rey y, en todos los casos, los declarantes expresaron ignorar tales acontecimientos y otros interrogatorios posteriores tuvieron el mismo resultado negativo.

El P. Martín Dobrizhoffer (1) niega la veracidad de la versión de un rey indígena y supone que puede haber nacido de un malentendido alrededor de la palabra ñanderubichá, tratamiento dado a los caciques (como lo era Nicolás) que pudo haber sido tomado como equivalente de rey por los criollos de la Asunción y Corrientes que hablaban una jerga hispanoguaraní sin dominar ninguna de ambas lenguas. Esta confusión parece posible pero es raro que nadie advirtiera en el Paraguay y en el Río de la Plata la diferencia entre el modo de llamar a los caciques por los indios y el modo en que se referían al rey de España, ya que el mismo Dobrizhoffer admite que se le nombraba como ñande rey marangatu (nuestro buen rey).

También conforme a Dobrizhoffer, otro posible origen de la leyenda habría que ubicarlo en una supuesta conversación de españoles de América que, al referirse a la guerra guaranítica, habrían sugerido la conveniencia para los jesuitas de nombrar un buen jefe militar de los indios, como el hermano lego José Fernández, que tenía experiencia castrense. Lo dicho primero por mera ocurrencia del momento, se habría luego tomado en serio y servido de pie a la leyenda. La relación entre la posible conversación de unos españoles y la creencia en la proclamación de un monarca parece más que remota y, por otra parte, no se concilia con la idea de un rey indígena sino de un hermano lego de la Compañía, de manera que si se acepta una explicación del P. Dobrizhoffer debe necesariamente rechazarse la otra.

Según Dobrizhoffer (2), al conocer las leyendas tejidas alrededor de Ñeenguirú, los Padres reían de buena gana al ver al héroe de tan fantástica historia conduciendo diariamente los bueyes al matadero de la reducción o cortando leña, cuando no platicaba con el mismo Dobrizhoffer sobre temas musicales, en los que Nicolás se interesaba sobremanera, como muchos otros indios de las Misiones, ya que era un excelente músico y andaba, por esos tiempos, requiriendo al Padre algunas partituras que pudiera interpretar en su violín. Sin dudar, empero, de la palabra del P. Dobrizhoffer, debe reconocerse que Nicolás Ñeenguirú tuvo participación descollante en la guerra guaranítica ya que se menciona una carta que en 16 de abril de 1756, después de fugar a la reducción de la Concepción, escribió al gobernador Andonaegui a fin de declararse fiel vasallo del rey y rechazar la especie de haber intentado reemplazar al monarca, aunque procura justificar su alzamiento en el deseo de evitar que los siete pueblos pasaran al dominio portugués (3).

El P. Cardiel, por su parte (4), descarta la posibilidad de que Nicolás Ñeenguirú fuera el comisario general o general en jefe de las fuerzas indígenas ya que los guaraníes marchaban en gran desorden, sin tener una sola cabeza sino varias y bastante malas. Estas observaciones coinciden con la poca preparación que, en general, se atribuye a los rebeldes. Añade el P. Cardiel no saber que de otra causa haya nacido la leyenda de Nicolás I que la insistencia de los soldados españoles, los rangos más bajos del ejército, en preguntar a los indios, después de la derrota de éstos, por el que se había levantado por rey; el indio comúnmente dice aquello que el español quiere que le digan. Como son de genio aniñado, se les da muy poco el mentir y como Nicolás tenía prestigio y algún séquito, supondrían que era el rey. A su vez, estos militares de baja graduación lo trasmitirían a sus capitanes y otros oficiales y así habría llegado la versión a España. La opinión del P. Cardiel tiene visos de verdad pero, de serlo, no explica porqué la tropa española habría de preguntar a los indios prisioneros por la persona de su rey. En otras palabras, no es una explicación del origen de la leyenda del rey Nicolás I.

El P. Bernardo Ibáñez de Echávarri, que perteneció a la Compañía de Jesús entre 1732 y 1745 y entre 1752 y 1757, sostuvo que, aunque Nicolás Ñeenguirú ejerció mando militar entre los guaraníes, no era más que un instrumento de los jesuitas, de los que Echávarri se había distanciado por su expulsión de la orden, y que ésta creó la historia del rey Nicolás I para evitar que se supiera que los Padres eran los únicos autores de la resistencia de los indios (5).

El historiador argentino Juan A. Pradére (1879-191.6) identifica al supuesto rey Nicolás I con el cacique Ñeenguirú, conforme a los autores precedentemente citados, ensalza la figura del paladín guaraní y rechaza la posibilidad de que haya asumido la dignidad real.

 

La leyenda de Nicolás I en Europa

Como es natural, la noticia de la proclamación de un rey del Paraguay llegó a Europa, aunque no en forma inmediata. El 26 de septiembre de 1755 el diplomático británico sir Benjamín Keene (1697-1757), ministro a la sazón del Reino Unido en Madrid, escribía a su amigo Abraham Castres: “Seguro que has oído hablar de Nicolás, que debe ser rey de una parte del Paraguay; es el hijo de un marqués a quien el viejo Armendáriz hizo decapitar cuando era virrey del Perú” (6). A diferencia de la versión difundida en América, en Europa no se creía en un rey indio sino de raza blanca.

Un despacho de Madrid del 4 de noviembre, publicado en la Gaceta de Amsterdam del 25 de ese mes, daba a conocer que los jesuitas habían puesto en el trono del Paraguay a uno de sus cofrades quien, seguidamente, los habría expulsado del país, mientras monedas acuñadas por Nicolás I, el nuevo rey, estarían en poder de personas de la corte española (7). En esa misma época, Voltaire escribía a Tronchin el 14 de noviembre para preguntarle si era verdad que los jesuitas habían elegido a uno de los padres como rey del Paraguay y que su nombre era Nicolás (8). El Mercurio histórico y político de la Haya, en su edición de diciembre, especificaba que las monedas del monarca jesuita lo representaban con todos los atributos de la realeza y con el título de Nicolás I, rey del Paraguay, del Uruguay, etc. (9).

Mientras Voltaire, en sendas cartas dirigidas a Dupont el 3 de diciembre y al conde d’Argental el 8 de enero de 1756, hacía nuevas alusiones a Nicolás I, la Gaceta de Amsterdam en su número del 20 de enero desmentía lealmente la leyenda y afirmaba que la historia del rey jesuita corría ya sólo en la boca del populacho (10). La existencia de Nicolás I fue también negada por el mismo Voltaire en carta del 12 de abril, escrita a la condesa de Lutzelbourg, en la que añade sarcásticamente que los jesuitas eran los verdaderos reyes del Paraguay (11).

 

 

A este respecto, es interesante citar también dos referencias de la época mencionadas en la Nota bibliográfica de la traducción castellana de Historia de Nicolás I prolongada por Sergio Buarque de Holanda y publicada en Santiago de Chile en 1964 (12). Aludimos a las Noticias de el Paraguay y de Nicolao I y las Nuevas noticias del Paraguay editadas en Salamanca en 1756 por Antonio Villargordo. Dice la mencionada Nota bibliográfica que ambas piezas, descriptas por Eugenio de Uriarte en el Catálogo razonado de obras anónimas y seudónimas de autores pertenecientes a la Compañía de Jesús (Madrid, 1916), han sido imposibles de ubicar en los repositorios y bibliotecas de los Estados Unidos de América y aún en la Biblioteca Nacional de la capital de España (13). Hemos tenido la fortuna de disponer de una fotocopia del primero de dichos folletos, ubicado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, Diversos, Documentos de Indias, 437 (14). Por su interés, lo transcribimos in extenso: “NOTICIAS DE EL PARAGUAY, Y DE NICOLAO I. HAVIENDOSE esparcido varias noticias acerca de las cosas de el Paraguay, y no haviendo visto el público Papel alguno impresso sobre este assunto, con que instruirse, pues el “Memorial que el Padre Barreda, Provincial de la Provincia de la Compañía de Jesús de el “Paraguay al Señor Marqués de Valde-Lyrios, por no haverse impresso, ha podido llegar a la noticia, y manos de pocos; para lograr alguna noticia de la verdad de los hechos, nos vemos en precisión de mendigar de los Extrangeros.- Los Holandeses, que en sus Gazetas publicaron, lo que todos oíamos, sin saber el origen, en una de las Gazetas de el mes de Enero de 1756, en el Capítulo de Madrid traducido al Castellano, es como se sigue.- Los Negocios presentes de la Europa han puesto en olvido, casi enteramente los de el Paraguay. La Historia de el Jesuita solo se halla en la boca de el vulgo Ínfimo. Las primeras voces que corrieron de todo este Reinado, fueron recibidas ansiosamente por la muchedumbre; no porque la cosa pareciesse á todos verisímil, sino porque la novedad, y la singularidad tiene siempre más partidarios, que la verdad. Todos los que dan crédito, ahun, a la novela pura, y simplemente, se fundan en la circunstancia remarcable, de unas monedas acuñadas (según dicen) por el nuevo Rey; más las personas menos candidas les niegan en primer lugar, el hecho, y dicen en segundo lugar, que estas monedas, ahun suponiendo, que mostrassen algunas, nada prueban; que se hallan muchas de la misma especie, fabricadas en el decimoquinto, y decimoséptimo siglo, con el nombre de JESUS, por un lado, y por el otro, con las armas de Castilla, y de León, que pueden mostrarse con las mismas divisas, con que las labró el Cardenal Ximenez, quando hizo la conquista de Oran. En fin, según las mismas personas, lo que pudo dar motivo a este cuento de el fingido Reino, es lo siguiente.- “El Rei de España, haviendo hecho entre si, un arreglo con que fixár los Términos de sus Possessiones en el Paraguay, sus Comissarios, respectivos, recurrieron al Provincial de los Jesuitas, y le empeñaron a buscar un Missionero, para la execucion de el arreglo, en que estaban convenidos. El Provincial encargó esta comission a un Padre de edad de ochenta y dos años, que havia passado los treinta en este Pais. Este buen Padre partió con sus instrucciones, cuyo objeto era el empeñar á los moradores de siete Reducciones, que se quedassen en los Estados de el Rei de Portugal, ó passar á establecerse en los de el Rei de España. Llegado que huvo á una de estas Reducciones, juntó las cabezas principales de las demás, y les habló con tanta eloquencia, que obtuvo de ellos lo que pedia, á excepción de la Reducción de San Nicolás, á quien no pudo empeñar. Todos los Habitadores de las otras seis se pusieron en marcha, como otros nuevos Israelitas, para ir á establecerse en el parage, que se les havia consignado; mas al tercer dia, las mugeres, los niños, y los enfermos se hallaron desfallecidos. Pesóles haver dexado las dulzuras de el sitio, que dexaban, á la manera, “que en otro tiempo los Hebreos, las Cebollas de Egypto; y solicitados por la Tribu de la Reducción de San Nicolás, volvieron pie atrás, renunciando la Transmigración.- El Padre que los conducía, tenia puesta Guarda, no como Rei de estos Pueblos, sino para assegurar su Persona, caso que sus promessas no se les efectuassen en la nueva habitacion. Este es el hecho, y no más, que pudo dar fundamento a la Novela fingida de Rei Nicolao. Diósele sin duda este especioso título, por irrisión, á causa de no haver podido “salir con el designio de someter la Tribu, llamada de San Nicolás.-El amor de la verdad, y la imparcialidad de que hacemos profession, exigen de nosotros esta Relación voluntaria, despues de lo que se publicó en nuestras Gazetas, en orden al fingido Reyno de Nicolás Primero. A esto añadimos, que el Padre Rabago, antes Confessor de el Rei, continua en experimentar la acogida mas graciosa de parte de su Magestad, todas las veces, que tiene el honor de parecer en su presencia, como se le ha ordenado, que lo haga.” Hasta aqui la Gazeta de Holanda.- Por el Navio el Peregrino, y por otro nombre el Jasson, que acaba de llegar de el Paraguay, no se ha tenido noticia alguna de la escena de Nicolao I.: y preguntado á los Oficiales, y Tripulación por Nicolao I. ? se admiraban de la pregunta, pues allá no havia noticia de Nicolao I.; y aunque á luengas tierras, luengas mentiras, esta de tan gran tamaño, no vino de el Paraguay, sino que se fraguó acá; pues ha causado admiración á los Paragueños. Se ha también esparcido la voz, de que el Marqués de Válde-Lyrios juntó su Tropa, y fue en busca de los Indios: logró traherlos á una emboscada, y desbaratarlos. Internóse en la Provincia, y logrando la suya los Indios, se arrojaron sobre nuestra Tropa, que desbarataron. Mas esta noticia necesita de confirmación.”

No existe inconveniente en reconocer a la ya mencionada Gaceta de Amsterdam del 20 de enero como una de las Gazetas de el mes de Enero de 1756 que menciona la primera Noticia de Villargordo y es justo reconocer la honestidad periodística de la publicación. Aunque se tome en cuenta el precedente del barón de Neuhof (15), a mediados del siglo XVIII se estaba todavía lejos de la época en que las secuelas de la Revolución Francesa sembraron de napoleónidas los tronos de Europa y el ingreso de un advenedizo a los rangos de la reyecía, fuera un indio o un jesuita el supuesto monarca, era una noticia muy aprovechable por los papeles públicos de entonces. La sinceridad de la Gaceta de Amsterdam resulta, por tanto, encomiable.

Por lo demás, es interesante destacar, en primer lugar, el papel que desempeñaron las pretendidas monedas de Nicolás I en la repercusión europea de la versión; en segundo lugar, la explicación que brinda la Gaceta del origen de la leyenda que, como las de procedencia americana, carecen de apoyo documental y pueden considerarse meras conjeturas, mejor o peor intencionadas, de sus propios autores. Finalmente, debe observarse también que el hecho de que los oficiales y la tripulación del Peregrino no tuviesen noticias de Nicolás I no demuestra cabalmente que los rumores procedieran necesariamente del viejo continente. Por lo demás, sabemos que antes de 1755 las autoridades coloniales investigaron a Nicolás Ñeenguirú en relación con la mítica corona paraguaya.

Además de las Noticias, Antonio Villargordo editó las Nuevas noticias del Paraguay, con un decreto expedido por el rey Nicolao o Nicolás, fraile lego de la Compañía de Jesús, por el que se conceden muchas mercedes y gracias a cuantos quisieran pasar a las Indias y servir en sus ejércitos, sin exceptuar a sastres, zapateros ni ningún lego, cualquiera fuese su religión, con tal que no se hubiese casado tres veces (16). En tanto que las Noticias reflejan aceptablemente un estado de la opinión sensata sobre este asunto, nos parece que las Nuevas noticias son el resultado del deseo de su autor de impresionar al público mediante fantasías de muy mala ley. Además, lo absurdo del contenido del imaginario decreto hace pensar que el destinatario de estas Nuevas noticias era ese mismo vulgo ínfimo cuya credulidad denunciaban las primeras Noticias de Villargordo. Finalmente, debe destacarse que, mientras en esas primeras Noticias el propietario del título de rey del Paraguay (en broma) era un sacerdote de la Compañía, en las Nuevas noticias se trataba de un fraile lego, como en la versión del P. Cardiel, que ejercía la potestad real y dictaba decretos.

 

Las monedas de Nicolás I

Como hemos visto, las monedas del Reino del Paraguay jugaron un importante papel en la difusión de la leyenda en Europa por constituir un testimonio tangible, aunque no necesariamente fidedigno, de la existencia de la soberanía representada en el metal.

Se trata, sin duda, de piezas apócrifas fabricadas probablemente en Italia; ignoramos su peso y módulo y también si eran fundidas o acuñadas, y fueron hechas de plata, aunque es posible que también de otros metales. Las habría mandado hacer fray Jaime Máñalich, religioso dominico y procurador general de la provincia S. Hipólito Mártir de Oaxaca de la Orden de Predicadores, a fin de robustecer la leyenda de la coronación de un rey del Paraguay y desprestigiar así a la Compañía de Jesús (17). Fray Jaime las habría distribuido primero en Roma (18), lo que es confirmado por una carta dirigida a Madrid el 5 de noviembre de 1756 por el ministro Tanucci, en la que decía: “Toda Italia habla del rey del Paraguay. Todos los diarios se refieren a él. En Roma se afirma incluso que se tiene monedas que el rebelde mandó acuñar” (19). Después de distribuir ejemplares de esas monedas en Italia, Máñalich habría continuado repartiéndolas en su trayecto a España, donde las mencionó un despacho de Madrid del 4 de noviembre, citado por la Gaceta de Amsterdam del 25 de ese mes, según dijimos, y por el Mercurio histórico y político de la Haya, en su también mencionada edición de diciembre de 1755.

El número del 20 de enero de 1756 de la Gaceta de Amsterdam, traducido en su parte pertinente en las Noticias de el Paraguay, y de Nicolao I que publicó en Salamanca el editor Antonio Villargordo (conforme se transcribió antes), contiene una mención de las monedas y expresa que llevan el nombre de JESUS. Puede, por tanto, deducirse que se trata de las mismas piezas que figuran en un grabado antiguo, reproducido como ilustración por Arturo Nagy y Francisco Pérez-Maricevich (20) y por Félix Becker (21), sin mención del original en ninguno de ambos casos. Se trata de dos piezas idénticas, aunque de distinto módulo, que llevan en el campo del anverso el busto de un sacerdote vestido de sotana, a la izquierda, y en el perímetro la leyenda semicircular superior / NICOLAO. I. IMPERAT. PARAGUAY. /; en el reverso, las letras griegas IHS (iota-éta-sigma) sobre un haz de tres flechas y una cruz de Malta con el trazo vertical prolongado hasta apoyar sobre el horizontal de la letra H. Las tres letras son, evidentemente, la habitual abreviatura del nombre de JESUS, mencionado en la Gaceta de Amsterdam, como figura en el emblema de la Compañía de Jesús. En el periódico se decía que las tales monedas del Paraguay, en el caso de existir, nada probaban ya que las hay muchas de los siglos XV y XVII que llevan el nombre de JESUS, por un lado, y las armas de Castilla y de León, por el otro, labradas por orden del cardenal Jiménez cuando la conquista de Orán. Por esta mención se deduce que el periodista no había visto las monedas sino que las conocía por referencias, pero se trata, evidentemente, de la misma emisión aludida, reproducida por Nagy y Pérez-Maricevich y por Becker. No hemos podido localizar las monedas del siglo XV que mencionan las Noticias; las del siglo XVII son las piezas de 4 y 8 maravedíes de cobre acuñadas en 1691 en la ceca de Madrid para Orán (África).

Contrariamente a todas las probabilidades, hay autores que afirman que las monedas de Nicolás I tuvieron origen americano. Según Dobrizhoffer (22), para encubrir el fraude maquinado en torno del famoso rey, alguien habría acuñado moneda en nombre de Nicolás en el Reino de Quito, en tanto que Florián Paucke (23) afirma haber visto las monedas en el Paraguay. Pero tanto Dobrizhoffer como Paucke consideran que no pudieron ser fabricadas en el mencionado país por faltar allí los metales y el establecimiento de acuñación, lo que, dicho sea de paso, tampoco existía en Quito.

El jesuita español José Manuel Peramás presenta como responsables de la leyenda de Nicolás I y de la fabricación de las monedas al ya nombrado fray Jaime Máñalich y a su factor comercial José Fernández de Córdoba. Con posterioridad a la guerra guaranítica y al surgimiento de la leyenda del rey del Paraguay, se produjo una cuestión entre el fraile y su factor y, como consecuencia, éste fue querellado por aquel ante el alcalde de la ciudad de Toledo. Durante el proceso, el comerciante Fernández de Córdoba presentó con fecha en Madrid el 24 de marzo de 1760 y por intermedio de su letrado patrocinante Manuel de Salvatierra, un memorial dirigido al rey Carlos III, en el cual, formulaba diversas acusaciones al demandante Máñalich. Una de ellas fue la de haber traído desde Roma las monedas del rey de Paraguay, las que distribuyó en la Ciudad Eterna y en su trayecto a España, donde proyectaba mandar acuñar otras en Cataluña, cuando se acabaran las existentes (24).

Las piezas ilustradas por Nagy y Pérez-Maricevich y por Becker no tienen el aspecto de monedas sino, más bien, de medallas. La falta de indicación del valor de cada especie no es un elemento esencial del circulante europeo en aquella época pero casi ninguna moneda del siglo XVIII carece de fecha y las del Paraguay no la tienen. También llama la atención la falta de la fórmula DEI GRATIA, o su abreviatura D:G:, equivalente a POR LA GRACIA DE DIOS, en la titulatura real, así también como la designación de IMPERADOR) en lugar de REX.

A excepción de las citadas ilustraciones, las monedas del rey del Paraguay no aparecen reproducidas en la bibliografía numismática especializada. Enrique Peña (25) expresa que Andrés Lamas le aseguró haber tenido un ejemplar que regaló al Instituto Histórico y Geográfico del Brasil pero, según la Secretaría de la entidad (26), no integra actualmente el monetario de la misma y no figura tampoco su entrada.


Notas

(1) M. Dobrizhoffer, Historia de abiponibus equestri bellicosa que paraquariae natione (Viena, 1784) cit. p. J.A. Pradére, Historia de Nicolás I Rey del Paraguay y Emperador de los Mamelucos, pág. 11, separata de la Revista de Derecho, Historia y Letras. Bs. As., 1911, y p. Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 68, quienes citan la edición de 1783 en lengua alemana (Geschichte der Abiponer).

(2) Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 67.

(3) F. Becker, Un mito jesuítico - Nicolás I rey del Paraguay, pág. 101. Asunción del Paraguay, 1987.

(4) S. Buarque de Holanda, Prólogo de la Historia de Nicolás I rey del Paraguay y emperador de los mamelucos, traducción castellana anónima, editada por Curiosa americana, pág. 17. Santiago de Chile, 1964. Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 69.

(5) J.A. Pradére, op. cit., pág. 10. Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 75.

(6) Becker, op. cit., pág. 33.

(7) Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 62.

(8) Becker, op. cit., pág. 32.

(9) Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 63.

(10) Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 64.

(11) Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 63.

(12) Historia de Nicolás I rey del Paraguay y emperador de los mamelucos, Nota bibliográfica sobre la traducción española, pág. 113. Santiago de Chile, 1964.

(13) Historia, traducción chilena, Nota bibliográfica, pág. 114.

(14) Debemos la posesión de esa fotocopia a nuestros amigos D. Carlos A. Zemborain (fallecido) y Da. Maud B. De Ridder de Zemborain, quienes la obtuvieron en 1984 en el curso de un viaje de estudio a España.

(15) Teodoro Esteban, barón von Neuhof (ca. 1690-1756), militar de origen alemán, nacido en Metz, que estuvo al servicio de Francia y Suecia. Con el nombre de Teodoro I fue rey de Córcega entre marzo y noviembre de 1736 y en 1738, 1739 y 1743 intentó recuperar sus Estados que le eran disputados por Génova. Murió en Londres.

(16) Historia, traducción chilena, Nota bibliográfica, pág. 113.

(17) Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 64. Becker, op. cit., pág. 70.

(18) Becker, op. cit., pág. 70.

(19) Becker, op. cit., pág. 33.

(20) Op. cit., portada.

(21) Op. cit., pág. 68.

(22) Cit. por Pradére, op. cit., pág. 11.

(23) Becker, op. cit., pág. 44.

(24) Manuscrito N° 17973 de la R. Biblioteca de Bruselas, comunicado por el doctor Máximo Haubert a Arturo Nagy y Francisco Pérez-Maricevich por cartas privadas del 24 de enero y el 22 de febrero de 1967 (Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 75, notas 8 y 9). V. también los autores mencionados, ibid., pág. 64, y Becker, op. cit., pág. 67.

(25) E. Peña, Monedas y medallas paraguayas, en Revista del Instituto Paraguayo, año III, N° 20; Asunción, 1900, y separata.

(26) Nota del 12 de marzo de 1969 del secretario del Instituto, Manuel -Javier de Vasoncellos, al autor. O. Mitchell, Las medallas de proclamación real en el Paraguay en la revista del Círculo Numismático de Rosario, N° 5; Rosario de Sta. Fe, 1977.



LA FABULA

La Historia de Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos

En 1756 apareció en Europa un opúsculo redactado en francés con el título de Histoire de Nicolás I. roy du Paraguai, et empereur des mamelus. Aunque tiene una relación muy remota con los acontecimientos de la guerra guaranítica y la leyenda del rey del Paraguay surgida entonces, se trata en realidad de una narración biográfica totalmente

1710-1728 fícticia en la que el protagonista es un truhán andaluz llamado Nicolás Rubiuni. Nacido en 1710 en la aldea de Taratos, recibió una educación muy descuidada y mostró desde jovenzuelo inclinaciones perversas. A los dieci-

1728-1732   ocho años del hogar y se refugió en Sevilla donde pasó cuatro años,

principalmente en la frecuentación de los cafés, las canchas de pelota y otros juegos públicos y las iglesias, viviendo de los recursos que le proporciona-

1732-1733 ba su astucia. En 1732 entró a servir como lacayo en casa de una dama viuda y beata, doña María della Cupiditá, quien lo acogió benévolamente y no tardó en ser su amante, a pesar de llevarle dieciocho años.

1733- Pero en 1733 un coronel de caballería, hermano de doña María, puso fin a este estado de cosas y Nicolás se vio obligado a retirarse a un pueblo distante cuatro o cinco leguas de Sevilla para esperar la oportunidad de volver junto a su protectora, posibilidad que desapareció con la muerte de ésta, dos o tres meses más tarde. Como no sabía qué partido tomar, se hizo arriero del campesino Jaime Hurpinos que tenía una tropa de veinte o treinta mulas. Por entonces, Rubiuni se dedicó a declamar

1733-1734  ardorosamente contra todas las costumbres establecidas y a persuadir a los crédulos campesinos que lo escuchaban como a un oráculo. En una oportunidad organizó una revuelta contra los aduaneros de la puerta de Medina Sidonia a fin de rehusar el pago de los derechos correspondientes y, luego de matar a uno de los empleados de la aduana, poner en fuga a los demás y apoderarse de la caja de recaudación, entró triunfante con sus compinches en la ciudad y anunció la abolición de los

1734-1743 impuestos. La presencia de una partida militar los obligó a escapar y Rubiuni huyó a Málaga con mil piastras hurtadas a Hurpinos. Según el relato, este dinero le duró casi diez años (debió vivir muy frugalmente con poco más de ocho piastras al mes!) hasta que, ya sin fondos, abandonó Málaga para establecerse

1743 1745  en Zaragoza. En la capital del Reino de Aragón pasó apreturas durante dos años, al cabo de los cuales y como viera que no le era posible subsistir en esa ciudad del modo que lo había hecho en Sevilla, decidió solicitar el ingreso

1745-1749  a una casa religiosa. Aquí el relato sufre un lapsus de cuatro años que, curiosamente, no ha sido advertido hasta ahora por   los comentaristas de la famosa Historia. De tal modo, tenemos a Nicolás Rubiuni de

1749treinta y nueve años de edad, y no de treinta y cinco como hubiera correspondido cronológicamente, solicitando se lo admitiera en la casa de Zaragoza de la Compañía de Jesús. Luego del noviciado, fue enviado a un colegio

1749-1752  de la Compañía como despensero. En el ejercicio de esta función,debió viajar varias veces a Huesca, dondese enamoró de Victoria Fortieri, joven de 15 ó 16 años, hija única de un rico comerciante de la ciudad. Nicolás trabó amistad con el padre, ante quien se presentó como el conde de la Emmadés, un noble de Andalucía. Luego de seis meses, obtuvo la mano de Victoria en 1751 y vivió con ella durante un año, aunque tuvo que continuar sus viajes entre Zaragoza y Huesca con el pretexto de sus negocios, por lo que veía a su mujer dos o tres veces por mes. En 1752, sus superiores sospecharon algo equívoco en su conducta y lo enviaron a cuarenta leguas de Zaragoza, como portero de un noviciado. Esto lo obligó a abandonar a su mujer, la que quedó embarazada de un hijo varón nacido cinco meses y medio más tarde. Sus andanzas

1752 1753 le habían hecho peligrosa su permanencia en España, por lo cual, pidió y obtuvo autorización para trasladarse a las misiones de América. Mientras esperaba la salida de los Padres, se lo colocó por algunos meses en una casa de la orden, sin destino fijo. En esa sede produjo una revuelta de los hermanos legos y logró se aboliera la obligación de usar sombrero que quería imponérseles, en tanto los Padres llevaban birrete. Este episodio, totalmente innecesario en el relato, parece trasuntar el deseo de burlarse de algún suceso similar de la época (aunque no particularmente en la Compañía), en el que se hubiese cuestionado ruidosamente y defendido del mismo modo una medida simbólica sin trascendencia. Apaciguados, pues, los ánimos, Nicolás se embarcó poco

1753-1754 después para América y, luego de tres meses y medió, llegó a Buenos Aires. Pasó entonces a la isla de S. Gabriel, y, conforme a sus antecedentes, sublevó a los indios y se apoderó del fuerte del Santísimo Sacramento. Allí se fortificó y organizó sus huestes; los individuos más próximos a su confianza eran los de mayor audacia y los llamó, en idioma indio, los hijos del sol y de la libertad, designación muy curiosa que podría haber sido el nombre de una logia americana medio siglo después. La mayor parte de los misioneros de S. Gabriel fueron enviados a Buenos Aires y, de los que retuvo en la isla, mandó matar a veinticinco, con diversos pretextos, en los diecinueve días siguientes. Luego de estos desmanes, se hizo proclamar rey del Paraguay por los indios y, en la misma ocasión, ordenó la acuñación de medallas que causaron indignación en Europa. Una de ellas llevaba a Júpiter fulminando a los gigantes, en una cara, y en la otra, el busto de Rubiuni con la leyenda Nicolás I Rey del Paraguay. La otra medalla, sin duda con el mismo busto, tenía en el reverso la representación de un sangriento combate, con los atributos característicos del furor y la venganza, y la leyenda perimetral La venganza pertenece a Dios y a sus enviados. El nuevo rey, al mando de cinco mil hombres (que difícilmente cabrían en la pequeña isla de S. Gabriel), marchó a la conquista de las reducciones de la Banda Oriental, arruinó la de Sto. Domingo y atacó y derrotó a los misioneros y a los indios que les eran leales, entre los que se produjo una espantosa matanza. Entre los muertos se contó el cacique Luis Mairca, hombre valiente y arriesgado que, a fin de dar sus órdenes, se expuso demasiado y recibió un letal flechazo en la sien derecha. Luego de estas acciones, Nicolás continuó su marcha y el 16 de junio entró en S. Pablo, donde sus habitantes lo coronaron emperador de los mamelucos el 17 de julio

Como puede advertirse, esta disparatada narración tiene poco que ver con la realidad de la guerra guaranítica y con la leyenda que surgió en torno del famoso rey. Los principales puntos de contacto con esos antecedentes los constituyen: a) el carácter de hermano lego de Nicolás Rubiuni que se acerca bastante a la versión de las Nuevas noticias de Villargordo, conforme a las cuales, el rey del Paraguay revistaría en la Compañía de Jesús como hermano lego; b) más genéricamente, su pertenencia a la Compañía, en cualquier carácter, vincularía a Nicolás Rubiuni con la leyenda de Nicolás I, tal como se difundió en Europa en 1755; c) el hecho mismo de la proclamación de Rubiuni como rey del Paraguay es, evidentemente, un rasgo común de la Historia con todas las formas que adquirió la leyenda en América y Europa; d) aunque la descripción de unas y otras es distinta, las medallas mandadas hacer por Rubiuni en el opúsculo se originan en las monedas cuya existencia denunciaron las gacetas en Europa en la época; e) el cacique Luis Marica, muerto heroicamente en combate, recuerda vagamente la figura de Sepé Tiarayú, aunque es muy dudoso que éste último fuera conocido en Europa en 1756; f) en cambio, el hecho mismo de la lucha en las reducciones es un acontecimiento histórico que, aunque sumamente desfigurado, es probablemente lo único cierto que menciona la famosa Historia.

 

 

Ediciones y traducciones

La bibliografía ha señalado la existencia de tres distintas ediciones de la Historia en lengua francesa fechadas en S. Pablo en 1756, a saber: a) edición de 78 páginas (1); b) edición de 88 páginas (2); c) edición de 117 páginas (3). Se ignora el orden en que estas tres ediciones aparecieron. Además, existe una cuarta edición en francés fechada en Buenos Aires en 1761 (28 páginas) (4).

En idioma italiano hay tres traducciones primitivas: a) la primera, fechada en S. Pablo del Brasil en 1756 (5); b) la segunda, fechada en Lugano en 1756 (6); c) la tercera, fechada en Lugano en 1758 (7).

Se conoce también una edición en alemán, sin indicación de lugar, fechada en 1756 (8) y otra en holandés, fechada en Leeuwarden en 1758 (9), que se reputa ser la más rara de todas las ediciones del siglo XVIII.

En 1891 la Revista del Paraguay publicó una traducción castellana de la Historia, de la que hay una separata aparecida en 1904 (10). Pradére y Becker consideraban a esta traducción como de autor desconocido. No obstante, se sabe que fue realizada por el numismático argentino Alejandro Rosa (1854-1914) (11). El mismo Pradére, severo crítico de la traducción de Rosa, produjo una que apareció en 1911 (12). Una tercera traducción castellana corresponde a la edición de la colección chilena de Curiosa americana (13), realizada por Eugenio Pereira Salas. Nagy y Pérez-Maricevich fueron los traductores de la edición paraguaya de 1966 (14), en tanto que la edición paraguaya de Carlos Becker (15) contiene la quinta traducción castellana por Lorenzo N. Livieres Banks y María Jesús Rodero Rodero.

 

Comentarios e interpretaciones

No hay inconveniente en admitir que los pies de imprenta que indican las ciudades de S. Pablo (Brasil) y Buenos Aires (Río de la Plata) son falsos; según G. Furlong, S.J., (16) la imprenta estaba prohibida en el Brasil desde el 6 de julio de 1747 y la instalación de la de los niños expósitos en Buenos Aires data de 1780. Asimismo y como lo hemos visto anteriormente, la narración de la Historia tiene pocos puntos de apoyo en los acontecimientos históricos y en la leyenda de un rey indio o jesuita en el Paraguay. De este modo, la mayoría de los autores han considerado a esa narración, no solamente como falsa desde el punto de vista de la verdad histórica, sino como obra de pura ficción y han diferido únicamente en la interpretación de las intenciones con que fue escrita.

La obra original incluye una Advertencia del librero, tan falsa como el resto del texto, que la atribuye a un buen piloto, hombre más cuerdo que sabio, quien la había escrito en América. El librero (es decir, el editor) se excusa de haber mantenido las faltas de estilo a fin de conservar su sabor agreste y veraz y aclara que todo lo que han publicado las gacetas es absolutamente falso y desprovisto de verosimilitud, lo que podría decirse con mayor justicia todavía de la Historia que el librero presenta.

Hay también un Prólogo del autor anónimo donde se formula una serie de consideraciones acerca del carácter de Nicolás Rubiuni, su humilde origen, su talento y su mal encaminada ambición. Al comentar estas condiciones del protagonista de la Historia, el anónimo autor exclama: “Qué capitán, qué ministro, qué Cromwell, si no hubiese sido un obcecado y si su mano, en vez de acariciar la hidra de la rebelión hubiera combatido por “la buena causa! ” El estilo clasicista del Prólogo contrasta algo con el deseo más bien romántico, de conservar el sabor local de la narración enunciado en la Advertencia.

El P. Florián Paucke (17) tilda de falsa toda la Historia y, en su apoyo, señala: a) que la isla de S. Gabriel era apenas un peñón de doscientos pasos de circunferencia con un puesto de guardia a cargo de sólo seis soldados portugueses; b) que, conforme a los reglamentos vigentes, hubiera sido completamente imposible introducir grandes cantidades de aguardiente de contrabando para llevarlo a los indios, como se pretende que hizo Nicolás Rubiuni para seducirlos; c) que, entre los años 1749 y 1759, no llegó al Paraguay ningún jesuita.

Cristóbal G. von Murr (18), miembro del Instituto Histórico de Gotinga, considera a la Historia de Nicolás I como un miserable panfleto, lleno de mentiras estúpidas. Es interesante, asimismo, observar que Murr dice haberlo leído dieciséis años antes, lo que demuestra que en 1758 aproximadamente ya el opúsculo estaba bastante difundido.

Martín Dobrizhoffer (19), con gran lucidez, observó lo siguiente: “Muchas veces me maravillo y casi no puedo convencerme de que en nuestra época, que pretende ser tan iluminada, haya habido tanta gente, aún de categoría, que al modo de chiquillos que se nutren con los cuentos de hadas de sus ayas y extienden alegremente las manos para tomar cualquier sonaja o juguete, ha devorado tan ávidamente como una historia digna de fe esta fábula tan torpemente inventada del hermano lego rey Nicolás”.

Eugenio Pereira Salas en la Nota bibliográfica de la edición prologada por Buarque de Holanda (20) dice que en la riquísima biblioteca americanista de la John Cárter Brown Library existe un ejemplar de la Historia, en traducción italiana, con una nota que reza así: “1815 / Esta obrita es una novela calumniosa, salida de la imprenta de donde han salido tantas calumnias e imposturas contra la Compañía, todas dirigidas a desacreditarla en el mundo. Fray Nicolás Rubiuni fue siempre un simple hermano jesuita. Abolida la Compañía de Jesús, Fray Nicolás regresó y se estableció en Italia y murió en Turín, sacristán de una iglesia. Si él hubiera sido Rey del Paraguay, no habría tenido temor a la bula de Ganganelli ni hubiera admitido que fue obligado a regresar; un hombre precavido como él habría traído consigo un buen peculio y no habría hecho depender su “existencia de la sacristía de una pobre iglesia”. Sin duda, pero creemos que, no sólo no fue rey del Paraguay el hermano Nicolás Rubiuni, sino que tampoco existió y probablemente no ha habido nunca nadie de ese apellido.

El escritor y poeta laureado inglés Roberto Southey (1774-1843) estimaba (21) que no era otra cosa sino una estúpida historia de bandidos al gusto del siglo XVIII.

Femando Drujon (22) consideraba, curiosamente, que la Historia de Nicolás I era simplemente una violenta sátira dirigida contra el rey Luis XV de Francia, designado con el nombre arbitrario de Nicolás I. Nagy y Pérez-Maricevich piensan que es innecesario destacar lo arbitrario e inconsistente de tal interpretación.

Alejandro Rosa (23) atribuye la obra a algún miembro de la Compañía de Jesús que lo mismo podría ser el P. Zierhaim que el P. Fernández, puesto que “como saben los lectores de la Revista del Paraguay, los miembros de la Orden de San Ignacio cambian de apellido con más facilidad que de sotana”. En éste y otros varios pasajes de la advertencia que precede a su traducción, Rosa trasluce gran hostilidad hacia la Compañía de Jesús, lo que no extraña en la época (1891), si recordamos que el gran numismático argentino pertenecía a la masonería.

Francisco Bauzá (24) opina que el librito de 1756 tiene como móvil atacar a los jesuitas, a lo que Pradére objeta que en las ridiculas páginas de la obra nada se observa que pueda ofenderlos o dañarlos. Este último autor (25) cita también la Biblioteca americana de C. Leclerc, donde también se atribuye al opúsculo un propósito agresivo hacia los jesuitas del Paraguay, y la Biblioteca americana nova de O. Richque declara que la intención del autor no fue la de ofender a los jesuitas sino engañar la curiosidad del público para ganar dinero.

Juan A. Pradére, por su parte (26), cree también que la finalidad principal del autor fue la de lucrar con esa falsa historia y, en segundo lugar, suplantar la figura del noble Ñeenguirú con un picaro taimado, más digno de la cárcel que de la atención del historiador.

Máximo Haubert, especialista belga contemporáneo de asuntos jesuíticos del Paraguay (27), tilda a la Historia de cuento filosófico y libelo que quiso presentar a los jesuitas castigados por un malechor, educado por ellos mismos, tan ambicioso y fanático como ellos y sin siquiera el freno de los escrúpulos religiosos.

Los tantas veces citados Arturo Nagy y Francisco Pérez-Maricevich (28) opinan que la

Historia no es tal sino una novela picaresca urdida sobre ciertos acontecimientos históricos, utilizada en la polémica antijesuítica del siglo XVIII. La llaman también fábula, fruto de una torcida imaginación prerromántica y sarcástica burla a los jesuitas e incluso a los propios españoles, con algunas audaces alusiones a la nobleza, que indican en el autor una actitud enciclopedista.

Finalmente, Félix Becker (29) describe a la Historia como un cuento, si bien relacionado con hechos históricos y datos reales, adornado con la libertad propia de la ficción. Se trataría de un cuento filosófico en el que se exalta el estado de feliz cristianismo de esa utopía llevada a la práctica que-constituyeron las Misiones, en contraposición con la cruel explotación encarnada por la colonización europea (española y portuguesa) que se estableció en América a despecho de las buenas intenciones evidenciadas en la legislación y las instrucciones reales emanadas de la autoridad peninsular. Luego de comparar un texto de la Historia del Paraguay del jesuita francés Pedro Francisco Javier Charlevoix con párrafos de la Historia de Nicolás I y descubrir coincidencias que no nos parecen demasiado importantes, el autor citado concluye atribuyendo al ignoto redactor de la fábula la intención de confundir a la opinión contemporánea al dirigirla primero contra una supuesta personificación del poder jesuítico en América para después poder desmentir la existencia de ese poder por el absurdo mismo del relato y la falsedad más o menos manifiesta de los elementos que lo componen.

 

Nueva interpretación

Resulta de lo expuesto que las principales interpretaciones a de la Historia de Nicolás I, a través de diversos comentaristas de los siglos XVIII, XIX y XX, tienden a atribuir al anónimo autor una actitud en favor dé los jesuitas, o bien, en contra de ellos, con un tercer pequeño grupo que le asigna otras finalidades. Nos inclinamos por esta última corriente.

Quienes en la segunda mitad del siglo de las luces o posteriormente se han ocupado de temas que interesen a la Compañía de Jesús se sienten naturalmente inclinados a vincular los hechos estudiados dentro de la gran polémica que en la época se desarrolló en relación con la Orden de S. Ignacio y a orientar, por tanto, sus conclusiones según una u otra de las posiciones a que esa polémica dio lugar. Pero el mismo hecho de que el texto de la Historia de origen a interpretaciones tan contradictorias, hasta el punto de que un sector apreciable de la crítica atribuye a la obra finalidades antijesuíticas mientras otro sector cree ver una intención favorable a la Compañía, parece revelar una posición equidistante o, al menos, indiferente frente a ambos términos. En tal sentido, todas las observaciones de los comentaristas serían validas y, en cambio, sus conclusiones sobre las tendencias del autor resultarían erróneas.

Nos queda, pues, el pequeño grupo de autores que prefieren descubrir en la Historia de Nicolás I una sátira hacia determinados personajes, a la manera de román á clé, sin descartar el fin lucrativo que puede ser coexistente con cualquier tendencia que se atribuya el responsable del texto. Hemos dicho que Fernando Drujon vio en la obra una sátira al rey Luis XV, posibilidad que Nagy y Pérez-Maricevich descartan como arbitraria e inconsistente (30). Pero aunque los perfiles de Luis XV y Nicolás I difieran tanto entre sí como para que sea absurdo identificarlos, no faltan en la época, o tiempo antes, otros personajes que guardan mayor similitud con el protagonista de las extrañas aventuras del fabuloso rey.

El primero que viene naturalmente a la memoria es el famoso Pedro Bohórquez (siglo XVII), aventurero andaluz como Rubiuni, que llegó a capitán en América y, luego de desertar, se unió a los indios calchaquíes que lo proclamaron su soberano, como a Rubiuni los guaraníes, para terminar sus días en Lima, donde fue ejecutado en 1667. Otra silueta semejante a la de Nicolás I es la del ya mencionado barón Teodoro Esteban von Neuhof, quien, al igual que Rubiuni, casó con una española (la señorita Sarsfield, dama de honor de la reina), a la que abandonó, igual que Rubiuni a Victoria Fortieri, y persuadió a los corsos de que lo proclamaran rey de su isla, cómo Nicolás persuadió a los indios que lo hicieran su rey: añadiremos que, luego de perder el trono y tratar infructuosamente de recuperarlo, murió en Londres el 11 de diciembre de 1756, el mismo año que apareció la Historia de Nicolás I.

Pero la semejanza más llamativa es la de Nicolás Rubiuni con otro personaje mucho más trascendente del siglo XVIII, nada menos que el escritor y filósofo francosuizo Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), aunque hay que advertir que el paralelismo sólo se extiende hasta la juventud de ambos. Rubiuni nació en 1710, Rousseau en 1712; Rubiuni huyó de la casa paterna en 1728, Rousseau huyó de casa del señor Ducommun en el mismo año; Rubiuni, después de unos años de vagabundear, se refugia en casa de doña María della Cupiditá, donde entra a servir como lacayo en 1732, Rousseau conoce a la baronesa de Warens (31) en 1728 y tiempo más tarde se refugia en su casa donde sirve como lacayo; doña María della Cupiditá trata a Rubiuni con mimo y lo llama Medelino, la señora de Warens trata a Rousseau con mimo y lo llama Petit (en tanto que él la llama Mamman); doña María della Cupiditá se convierte en la amante de Rubiuni, a pesar de llevarle dieciocho años, mientras la señora de Warens se convierte en la amante de Rousseau, a quien lleva doce años; Rubiuni y Rousseau se ven obligados a abandonar su cómoda posición contra su voluntad. De tal modo, las coincidencias biográficas llegan, aproximadamente, hasta los veintitrés años de Nicolás Rubiuni y hasta los veintisiete años de Rousseau, pero debe tenerse en cuenta que el autor anónimo de la Historia no dispuso necesariamente de datos más completos de la vida de Juan Jacobo, ya que éste comenzó a escribir sus Confesiones dos o tres años después de la aparición del opúsculo y fueron publicadas a partir de 1782, después de su muerte; por otra parte, además de la semejanza de los hechos salientes de sus años de juventud, hay bastante similitud, a grandes rasgos, en los deseos de ambos de elevarse en el mundo a pesar de un origen proletario. Finalmente, debe tenerse en cuenta que la necesidad narrativa exigía que en algún momento las dos biografías se bifurcaran a fin de que Nicolás cumpliera su destino de rey del Paraguay, a semejanza de la versión divulgada por las gacetas. Pero la primera parte de esas vidas paralelas es tan sugestiva que los años mozos de Rousseau aparecen denunciados en Nicolás Rubiuni de un modo casi tan transparente como si se lo designara por su nombre y apellido.

Evidentemente, el nombre de Nicolás poco o nada tiene que ver con los de Juan y Jacobo, pero no puede decirse lo mismo de Rubiuni (o Roubiouni, en la versión francesa) y Rousseau. Se trata, en realidad, de un equivalente etimológico tan exacto que ambas voces pueden considerarse como del mismo significado originario. Rousseau significa pelirrojo en francés familiar y, junto con roux que tiene aproximadamente el mismo sentido proviene del latín russus (rojizo),Rubiuni (o Roubiouni) está naturalmente vinculado al castellano rubio que, como los antiguos vocablos franceses rovent (rojo)y rufin (rojizo), derivan del latín rubeus (rojo) o ruber (rojo). A su vez, russus así como ruber (de donde viene rubor) y rubeus (de donde viene rubio) derivan de las raíces indoeuropeas rudh y reudh que corresponden al color que en la Argentina llamamos colorado. Rubiuni, por consiguiente, es sólo un tenue disfraz lingüístico de Rousseau, lo que corrobora la intención que atribuimos al desconocido escritor.

Pero hay más. El famoso Nicolao o Nicolás I recibió en las gacetas el único título de rey del Paraguay u, ocasionalmente, rey del Paraguay y del Uruguay; jamás fue llamado emperador de los mamelucos. En 1756 había solamente dos emperadores en Europa, el del Sacro Imperio Romano Germánico y el de Rusia y es sabido cuánto costó a éste último ser reconocido en tal carácter. Por ello, parece extraño que la Historia le añada a Nicolás I el título de emperador de los mamelucos, totalmente innecesario, que conspiraba contra la precaria credibilidad de la ficticia urdimbre. Parecería, por tanto, que la mención de los mamelucos tiene una intención satírica, acorde con el apellido del personaje y las alusiones biográficas que hemos comentado.

Los mamelucos (del árabe mamluk, esclavo) formaban una guardia de corps que en Egipto se reclutaba entre los esclavos y que en 1250 usurpó el poder y constituyó un factor preponderante en la política local hasta que fue destruida en 1811. El nombre se extendió en el siglo XVIII, de un modo peyorativo, a los habitantes de S. Pablo (Brasil) y es en este sentido que es empleado en la Historia de Nicolás I para referirse a los paulistas. Pero hubo otros mamelucos, menos conocidos, que pueden haber sido los que en verdad motivaron esta extraña proclamación en la Historia.

Entre 1517 y 1530 el duque Carlos III de Saboya realizó varias tentativas de apoderarse de la ciudad de Ginebra, cuyo gobierno político correspondía entonces a sus obispos. En esta lucha, los ciudadanos ginebrinos se dividieron en dos partidos: el de los Eidgenots (juramentados), favorables a la alianza con la Confederación Suiza, y el de los Mamelus (mamelucos), que se inclinaban hacia el duque de Saboya. En la historia de Ginebra los mamelucos son, por consiguiente, los partidarios del duque de Saboya, los amigos del príncipe extranjero, con todo cuanto este concepto pueda implicar de desleal desde la óptica helvética. La señora de Warens, protectora de Rousseau, estaba a su vez protegida por Víctor Amadeo II, duque de Saboya desde 1675 y rey de Cerdeña desde 1713, quien le otorgó una pensión anual de 1.500 libras y la envió Annecy donde abjuró del protestantismo y se hizo católica en 1726. Bajo su influjo, Rousseau dejó también el calvinismo en 1728 y se convirtió al catolicismo, para dejarlo nuevamente en 1754 y recuperar su ciudadanía ginebrina. Estos antecedentes parecen demostrar que el título de emperador de los mamelucos dado a Nicolás Rubiuni es en realidad un reproche al ciudadano de Ginebra que intentaba recuperar sus derechos de tal mediante una segunda abjuración, a pesar de haber vivido varios años del dinero que su protectora recibía del duque de Saboya.

Los puntos de semejanza de la biografía de Rubiuni con las de Bohórquez y Neuhof no son muy elocuentes pero, en cambio, la alusión de Juan Jacobo puede admitirse con amplio margen de seguridad. En la época abundaban los panfletos anónimos y no es raro que la víctima de la alusión fuera un escritor conocido y polémico que, por añadidura, se había grangeado la enemistad de un personaje como Voltaire (32).

Como se ha visto, hubo entonces cuando menos nueve ediciones de la Historia de Nicolás I, cuatro en francés, tres en italiano, una en alemán y una en holandés, lo que evidencia cierto éxito de librería. No hay dificultad en admitir que ocho de esas ediciones, probablemente plagiarías, puedan haber tenido como única finalidad la de producir ganancias a sus responsables, pero el autor de la primera corrió algún riesgo financiero con fines que seguramente excedían el de lucro. La inclusión de episodios biográficos desfavorables, bajo el traslúcido velo de un apellido idiomáticamente equivalente, prueba el carácter satírico del pequeño best seller, aunque haya sido preciso, como argucia literaria, injertar tales episodios en la trama de la supuesta vida de un personaje de moda, como lo era en 1756 el rey del Paraguay. El título de la obra favorecía su difusión y el intrínseco absurdo del relato parece invitar a los lectores mejor informados a buscar una explicación subyacente ya que la literal no es satisfactoria, verosímil o interesante.

Pero si la interpretación que brindamos parece admisible, es en cambio difícil intentar una atribución de la autoría de la Historia de Nicolás. Como se ha visto, las Confesiones de Rousseau aparecieron después de su muerte y en 1756 su redacción no había comenzado; por consiguiente, el autor debió ser alguien cercano a la intimidad de Juan Jacobo, alguien que lo conocía bien y lo quería mal y aquí la investigación se complica porque, justamente en aquel tiempo, tuvo cuestiones con Voltaire, la señora d’Epinay (33), Grimm (34), Diderot (35) y, más tarde, Tronchin (36), todos ellos, alguna vez, sus amigos. Cierto es que en 1756 no había roto todavía con ninguno pero el difícil carácter del autor del Contrato Social impide descartar la posibilidad de que alguna de esas personalidades abrigara resentimientos contra él. La identidad del misterioso panfletista es, pues, también un enigma que desafía a la erudición, pero ésa será otra Historia.


NOTAS

(1) Histoire de I. roi du Paraguai, et empereur des mamelus. Saint Paul, 1756. 78 págs. En la portada, tiesto con flores entre el título y el lugar y barra torcida entre el lugar y el año. Buarque de Holanda (op. cit., pág. 21) lo describe como adorno tipográfico diferente del que se ve en la edición de 117 páginas y menciona un ejemplar de esta edición en la biblioteca de J.F. de Almeida Prado, luego perteneciente al Instituto de Estudios Brasileños de la Universidad de S. Pablo. Becker (op. cit., pág. 35) reproduce las indicaciones de Buarque de Holanda. En la biblioteca del Museo Mitre de Buenos Aires existe un ejemplar bajo el N° 17.1.29, incluido en un volumen con otras obras del siglo XVIII sobre el Paraguay (existió otro ejemplar, probablemente de distinta edición, hoy desaparecido y reemplazado por una publicación de 1957 sobre la Virgen María).

(2) Histoire de Nicolás I. roy du Paraguai, et empereur des mamelus, Saint Paul, 1756. 88 págs. En la portada, adorno tipográfico entre el título y el lugar y barra simple de dos trazos entre el lugar y el año. Buarque de Holanda reproduce la portada (op. cit., pág. 4) y menciona la edición (pág. 20). R. Borba de Moraes menciona la edición y el adorno tipográfico debajo del título (Bibliographia brasiliana, T. 1. págs. 404 y ss.; 1983). Becker (op. cit., pág. 35) reproduce las indicaciones de Buarque de Holanda. Los PP. Agustín y Aloisio de Backer mencionan una edición de S. Pablo en 1756 de 8 páginas que, seguramente, debe ser la de 78 o la de 88 páginas, por un error de imprenta (Bibliothéque de la Compagnie de Jésus, T. XI, pág. 1352; París, 1932).

(3) Histoire de Nicolás I. roy du Paraguai, et empereur des mamelus. Saint Paul, 1756. 117 págs. En la portada, según Buarque de Holanda (op. cit., pág. 20) un adorno en figura de un cesto de frutas debajo del título. Borba de Moraes, (op. cit., pág. 404). Becker (op. cit., pág. 35) reproduce las indicaciones de Buarque de Holanda.

(4) Nicolás premier jésuite et roi du Paraguai. Buenos Aires, 1761. A costa de la Compañía, con permiso del general y del gobernador. 28 págs. Borba de Moraes, op. cit., pág. 404 y ss. Buarque de Holanda, op. cit., pág. 20. Becker, op. cit., pág. 36. La indicación de haberse realizado la publicación a costa de la Compañía (aux dépens de la Compagnie) parece tener un inequívoco sentido satírico y revelaría en los responsables de la edición, sin duda distintos del editor original, la creencia de que se trataba de un libelo antijesuítico como ha creído siempre una parte de la crítica, opinión que parece generalizada en la época a pesar del poco sustento que le ofrece el texto. Un ejemplar de esta edición figura bajo el N° 149 en el catálogo N° 41, Biblioteca jesuítica, de la librería L’Amateur (Buenos Aires, abril de 1979).

(5) Storia di Niccoló I re del Paraguay e imperatore dei mamelucchi. S. Paolo del Brasile, 1756. 92 págs. Borba de Moraes, op. cit., págs. 404 y ss. Buarque de Holanda, op. cit., pág. 22. Se vendía en Venecia en casa de Francisco Pitteri. Incluye un diario de lo que aconteció a Nicolás I desde el 19 de agosto de 1754. Buarque de Holanda observa que este diario no aparecía en los originales franceses.

(6) Storia di Niccoló Rubiuni detto Nicoló primo re del Paraguay ed imperatore dei mamelucchi. Lugano, 1756. Buarque de Holanda, op. cit., pág. 22. Borba de Moraes, op. cit., págs. 404 y ss. Se vendía en Pisa en casa de G. Pado Giovanelli y Cía. y en Florencia en casa de Félix Buono juti. Se añade dos cartas de Buenos Aires del 4 de septiembre y del 9 de noviembre de 1755, recibidas desde Londres, y las Relaciones de un jesuita fechadas en Madrid el 29 de julio de 1756, enviada a un corresponsal de Roma.

(7) Storia di Niccoló Rubiuni detto Niccoló primo, re del Paraguay ed imperatore de’ mamelucchi. Lugano, 1758. Backer, op. cit., T. XI, pág. 1352. Becker, op. cit., pág. 35.

(8) Geschichte Nicolai des erstens, Kónigs von Paraguai, und Kaysers der Mamelucken. 1756. 59 págs. Becker, op. cit., pág. 35.

(9) De jesuit op den throon, of de gevallen van Nikolaus I, koning van Paraguay en keizer der mamelukken. Leeuwarden, 1758. 54 págs. Backer, op. cit., T. XI, pág. 1352. Buarque de Holanda, op. cit., pág. 23. Becker, op. cit., pág. 36.

(10) A. Rosa, Nicolás I rey del Paraguay y emperador de los mamelucos. Buenos Aires, 1904. Tirada de 100 ejemplares.

(11) M. Conde Montero, Bibliografía de los miembros de la Junta de Historia y Numismática Americana - Alejandro Rosa, en Boletín de la Junta de Historia y Numismática Americana, año III, 1926.

(12) J. A. Pradére, Historia de Nicolás I rey del Paraguay y emperador de los mamelucos, en Revista de Historia, derecho y letras; Buenos Aires, 1911.

(13) Traducción de Eugenio Pereira Salas. Santiago de Chile, 1964. Es la edición de Curiosa Americana, prologada por Sergio Buarque de Holanda.

(14) Historia de Nicolás primero rey del Paraguay y emperador de los mamelucos, traducción, edición y notas de Arturo Nagy y Francisco Pérez-Maricevich. Asunción del Paraguay, 1967.

(15) F. Becker, Un mito jesuítico. Nicolás I rey del Paraguay. Asunción del Paraguay, 1987.

(16) G. Furlong, S.J., Orígenes del arte tipográfico en América, pág. 105. Buenos Aires, 1947.

(17) F. Paucke, S.J., Zwettler Codex 420. Viena, 1959. Cit. por A. Nagy y F. Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 69.

(18) C.G. von Murr, Acht und zwanzig Briefe über die Aufhebung des Jesuiten-ordens. 1774. Cit. Por A. Nagy y F. Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 74, nota 7.

(19) M. Dobrizhoffer, Geschichte der Abiponer, I-III. Viena, 1783. Cit. por A. Nagy y F. Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 72.

(20) Op. cit., pág. 115.

(21) R. Southey, Hístory of Brazíl, T. III, pág. 474. Londres, 1819. Cit. por A. Nagy y F. Pérez-Maricevich, op. cit, pág. 70.

(22) F. Drujon, Les livres á clef. París, 1888. Cit. por A. Nagy y F. Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 77.

(23) A. Rosa, Dos palabras que preceden su traducción de la Historia de Nicolás I rey del Paraguay y emperador de los mamelucos.

(24) F. Bauzá, Historia de la dominación española en el Uruguay.

(25) J.A. Pradére, op. cit., pág. 18 de la separata.

(26) Pradére, op. cit., pág. 21.

(27) Dr. Máximo Haubert en cartas privadas dirigidas a A. Nagy y F. Pérez-Maricevich en 24 de enero y 22 de febrero de 1967. Nagy y Pérez-Maricevich, op. cit., pág. 75, nota 9.

(28) Op. cit., págs. 7 y 70.

(29) Becker, op. cit., pág. 40.

(30) Op. cit., pág. 77, nota 17.

(31) Luisa Leonor de la Tour du Pil, nacida en Vevey (Vaud) en 1700. A los trece años de edad casó con el señor de Villardin, hijo mayor del barón de Warens, de Lausana, de quien heredó el título. Luego de algún tiempo de un matrimonio mal avenido, abandonó a su marido y se puso bajo la protección del rey de Cerdeña que le otorgó una pensión anual de 1.500 libras y la indujo a abjurar del protestantismo (1726). Fue amante del señor de Tavel, del ministro Perret y de Claudio Anet, fallecido el 13 de marzo de 1734. Lo reemplazó Juan Jacobo Rousseau, su protegido desde 1728. Luego de un viaje a Montpellier en compañía de la señora de Larnage, Juan Jacobo se vio, a su vez, desplazado cerca de la señora de Warens por el peluquero Wintzenried, también llamado señor de Courtilles. La señora de Warens ejerció una notable influencia en la formación del futuro autor del Contrato social, quien conservó siempre hacia ella sentimientos de gratitud. Tuvo oportunidad ver por última vez a Rousseau y murió pobre en 1764. Él se refirió con entusiasmo a su rostro de gracioso perfil, sus bellos ojos azules llenos de dulzura, su mirada encantadora, que se le antojaba plena de amor, porque era el sentimiento que a el le inspiraba, y al contorno delicioso de su cuello. Un cuadro famoso del pintor francés Juan Federico Schall (1752-1825) representa a Juan Jacobo Rousseau y a la señora de Warens, sentados en un banco de piedra situado en un ambiente de naturaleza al estilo del siglo. Ambos interpretan una escena apasionada de amor y abandono que inscribe a la tela dentro de la escuela galante francesa.

(32) O. Mitchell, Terremoto con remezones literarios, en La Prensa de Buenos Aires del 3 de noviembre de 1985.

(33) Luisa Tardieu de Clavelles, señora de la Live d’Epinay, dama francesa nacida en Valenciennes en 1726. Casada a los diecinueve años con su primo el señor de la Live de Bellegarde, fue arruinada por éste y luego abandonada. Halló consuelo en el fino Francueil y, más tarde, en el filósofo Grimm, a quienes recibía, sea en su salón de París, sea en su castillo de la Chevrette, cerca de Montmorency. Entre otros, recibió también allí a pensadores, a los que se comenzaba a llamar filósofos, como Voltaire, Diderot, Holbach, Duelos y Juan Jacobo Rousseau, para quien construyó una casita en el lugar llamado l'Ermitage, donde él habitó entre el 9 de abril de 1756 y el 15 de diciembre de 1757. Las cuestiones de Rousseau con los amigos de la señora d’Epinay los separaron entonces. Ella murió en París en 1783.

(34) Federico Melchor, barón de Grimm. Escritor y crítico alemán, nacido en Ratisbona en 1723. Tenía un gran dominio de la lengua francesa y fue amigo de la señora d’Epinay y de los filósofos de moda. Murió en Gotha en 1807. Sería, quizá, nuestro candidato a la autoría de la Historia de Nicolás por su antipatía a Rousseau, aunque sin descartar a otros con buenas posibilidades.

(35) Dionisio Diderot (1713-1784), el gran enciclopedista y filósofo francés, fue amigo de Rousseau hasta 1757, cuando se produjo la ruptura también con Grimm y Saint Lambert. Esto obligó a la señora d’Epinay a pedirle a Juan Jacobo que abandonara el Ermitage. Saint Lambert era el amante de Isabel Francisca Sofía de la Live de Bellegarde, condesa de Houdetot, nacida en París en 1730. Era cuñada de la señora d’Epinay y amada locamente, aunque sin esperanzas, por Rousseau. Casada en 1748 con Claudio Constancio César, conde Houdetot, tuvo desde 1753 una liaison con Saint Lambert que duró medio siglo. Ella murió en 1813.

(36) Juan Roberto Tronchin, magistrado suizo, nacido en Ginebra el 3 de octubre de 1710. Era miembro del Gran Consejo y apoyó la condena del Emilio de Rousseau (1762). A ese fin, publicó en 1763 un panfleto anónimo titulado Lettres écrites de la campagne. Rousseau le contestó con sus Lettres de la montagne. Murió en Rolle (Vaud) el 11 de marzo de 1793. De la misma familia era el doctor Teodoro Tronchin (1709-1781), amigo de Voltaire y célebre médico.

 

 




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