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ENRIQUE SOLANO LÓPEZ
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ENRIQUE SOLANO LÓPEZ


Datos biográficos:

ENRIQUE SOLANO LÓPEZ  : Es interesante destacar que la mayoría de los integrantes del romanticismo paraguayo –aexcepción de Natalicio Talavera- hizo sus estudios o recibió educación superior en Europa.

Otros, como GREGORIO BENÍTES y JUANSILVANO GODOI, refinaron allá los bienes de cultura, que recibieran en el solar natal el primero y en la Argentina el segundo. Con ellos surgen y se afianzan los elementos de un proceso que tendrá proyecciones tanto en el plano intelectual como en el de la enseñanza.

Enrique Venancio López es, entre ellos, uno de los más representativos. Había nacido en la Asunción el 2 de octubre de 1858, segundo de los hijos del MARISCAL FRANCISCO SOLANO LÓPEZ y ELISA ALICIA LYNCH, y el mayor entre los otros dos que sobrevivieron a la guerra: Federico Lloyd Morgan y Carlos Honorio.

Dianas y campamentos asombran su niñez y lo acostumbran bien pronto a ese espectáculo. Vestido de militar acompaña a su familia a través de la contienda.

Antes de la tragedia de Cerro Corá, por disposición del padre quema el archivo particular, junto con su hermano Panchito.

Producida la derrota le toca presenciar la escena sangrienta del fin de su progenitor y de su hermano y asiste al lúgrube enterratorio de ambos. Comparte con su madre el calvario: Concepción, Montevideo, después Europa, a donde llega en los últimos días de 1870, a bordo del “City of Limerick”.

Hace sus cursos primarios en Inglaterra, en el St. Joseph College, y los secundarios en Francia. Su paso por las aulas no fue muy prolongado, pero sí lo suficiente como para brindarle una orientación de cultura que caracterizó su actuación política. “En Europa donde realizó sus estudios y a pesar de no tener preparación universitaria, adquirió un claro concepto de las cosas y del valor de la instrucción, dando una marcada importancia a la cultura intelectual, alta y bella condición ciudadana que lo caracterizó sin egoísmo y con la que más tarde supo alentar a la juventud de su patria, propagando sanos ideales”. Ha de recordarse que al poco tiempo de regresar al país es incorporado con Manuel A. Amarilla a la sección literaria del INSTITUTO PARAGUAYO, donde ya actuaban MANUEL DOMÍNGUEZ y FULGENCIO R. MORENO. En enero de 1896 presenta solicitud de matrícula en la Facultad de Derecho, con antecedentes de haber cursado el bachillerato en París, mas las circunstancias de la vida lo obligaron a no insistir en tal propósito. Sin embargo “poseyó una cultura superior, en la que se destacó su fina educación de hombre de mundo, de maneras afables y correctas. Pero sobre todo su temperamento, su yo interior, era de los escogidos”.

Don Enrique intentó siempre volcar los ideales propios de su época en el sentido de la acción misma y dirigidos a una promoción que pudiera elevarse por sobre las limitaciones del ambiente, dotando así al Paraguay de una concepción de la existencia que ayude a distinguir, incluso, su quehacer americano.

Soñaba, pues, con una generación caballeresca “que sintiera los mismos nobles ideales del medio donde bebió su educación y en obsequio a ese sueño prodigó a manos llenas todas las exquisiteces de su espíritu, todas las fuerzas de su dinamismo superior”. No quería que sobre las nuevas juventudes de su patria llegara a asentarse esa condición de discipulado sin magisterio, en el plano moral e intelectual, que llevó a su misma generación a una orfandad sin atenuantes, de la que eran muestra la carencia de la guía paterna y una disciplina indispensable para decidir el rumbo preciso.

El problema de los románticos paraguayos fue ése: el de crecer fuera del país o entre sus ruinas, y tener que lugar al grupo siguiente la tarea tremenda de levantar una nación poco menos que de la nada, desde sus instituciones a sus gentes.

Tenía don Enrique un carácter metálico, hecho a todas las adversidades. “Voluntad de hierro, nunca lo abatieron los golpes de la vida. A este carácter irreductible hermanaba la nobleza de su alma. Nunca supo de bajos rencores, y era suficiente un rasgo generoso del más enconado de sus adversarios, para conquistarlo por entero”.

Nunca transó con la mediocridad, con la “áurea mediocritas” de los advenedizos. Un aire de otro tiempo o de otra época, imponía respeto a su paso. Es exacto el recuerdo de Pane:

“Así como la flor infaltable en el ojal de la levita, complemento físico de su delicadeza moral...había en su espíritu de hombre público una inmensa flor invariable también, la flor del altruismo”, y termina: “Aquí, donde el mercantilismo trae metalizadas todos las cosas, hasta las ideas, y endurecido el corazón, él había puesto escuela de desinterés”.

Era en realidad un “raro”, o mejor dicho, un romántico, incomprendido para muchos. Por eso, “se le llamó Quijote, suprema expresión de nobleza humana que la inconsciencia no llega a comprender y la envidiosa impotencia aparenta desdeñar. Lo fue así en cuanto amó todas las grandes cosas del espíritu y del corazón, y lo fue, sobre todo, en el sentimiento patrio”. Ese modo de ser lo expuso siempre al peligro, aún por causas que no fueran las propias. Caballero a la antigua, “en su pecho, bajo el barniz de un puritanismo inglés, palpitaba el corazón de Don Quijote. Era un gran romántico y un poseído de la visión radiante de la patria”.

El medio y la época no eran aparentemente, los que habría preferido. Estaba más allá del marco de la ciudad, como viniendo de regiones distantes: “Siempre ha vivido tocando con su frente las estrellas. De pie sobre su miseria y su pobreza como sobre un pedestal, se le vio, aún en las horas de borrasca, erguirse como la encarnación simbólica del honor caballeresco y del carácter”. Porque Don Enrique era un carácter “insensible a la fortuna fugitiva, imperturbable ante la constante adversidad”. De no ser así, otro tenía que haber sido su camino. “Testigo de sus más íntimos sacrificios (dice O’Leary) lo vi siempre igual, firme, caballeresco, bueno, ingenuo como un niño, generoso hasta lo increíble, idealista, soñador, atacado de un delirio patriótico incurable”. Ante el espectáculo caótico de su imprenta empastelada, en una de las etapas de su batallar, su temple se endureció más y de su sonrisa imperturbable nació la esperanza. A los tantos días el diario volvía a editarse.

“Silencioso incomprendido, superior a su propio destino”, su temple estaba más allá de las miserias cotidianas. Su infancia y su adolescencia habían sentido el acíbar de la tristeza, de la fatalidad, de la implacable persecución. Diecisiete años apenas tenía cuando regresó al Paraguay con su madre, una mañana del otoño de 1875, a invitación del Presidente Gill. Pero enseguida un núcleo de damas de sociedad, elevando el tono de la iracundia, se moviliza, y a las quince horas de la llegada emisarios oficiales obligan a Elisa Alicia Lynch y a su hijo a partir nuevamente.

Años después, el señor Francisco Cordero, poseedor de bienes comprados a los herederos de la señora Lynch, logra que un juez disponga inscribirlos en el Registro de la Propiedad. Dos décadas han transcurrido.

En Buenos Aires, donde se ventila pleito análogo, defienden los intereses de Don Enrique los doctores HUGO A. BUNGE, BONIFACIO DEL CARRIL y ARISTÓBULO DEL VALLE. Mas, en Asunción un grupo de señoras presididas por Da. SUSANA C. DE CÉSPEDES y Da. ATANASIA ESCATO DE BAREIRO, en número de ciento cincuenta se dirigen al PRESIDENTE EGUZQUIZA para que llame la atención al agente fiscal. “Estamos conmovidas de indignación -señalan- en presencia de un acontecimiento que reviste los caracteres más odiosos e irritantes en la historia del pueblo paraguayo” y terminan preguntando quién no se estremece al recordar a Elisa Alicia Lynch.

Meses más tarde, al aparecer en un diario asunceno una nota en la que se anuncia que Don Enrique ha de presentarse a los Tribunales reclamando los bienes de su madre, insisten las mencionadas damas en su pedido al Presidente, a la vez que solicitan la intervención del ministerio fiscal. En estos trances lo evoca O’Leary: “Ultrajado en su madre, befado en su padre, escarnecido en su condición de hijo, perseguido siempre, hoy en la cárcel, mañana en el destierro, sin dejar un solo instante de sufrir las acometidas del odio, los golpes de la adversidad, las estrecheces de la miseria...no declinó su estoicismo, no se dobló nunca ese eje interior que mantiene firmes a los grandes predilectos del dolor”.

Don Enrique había viajado desde París a Buenos Aires en 1880, cuando la capital porteña estaba alterada por los fragores de una revolución. Al año siguiente lo hallamos en Corrientes, donde cruza correspondencia con Don JUANSILVANO GODOI, a quien había conocido en el Viejo Mundo.

Radícase en Buenos Aires y allí inicia el estudio de la enseñanza agrícola, cuya aplicación tanto le apasionara, y que “deseaba implantar en el Paraguay en forma completa y provechosa”. Vuelve a su patria bajo el gobierno del Gral. Eguzquiza, en 1895, el mismo año en que “las distinguidas señoritas de Torrá”, educacionistas argentinas, son contratadas para dirigir la Escuela Graduada para Niñas de Villa Rica, siguiendo el ejemplo de ADELA y CELSA SPERATTI, empeñadas desde 1890 en esa tarea.

Tocará a Don Enrique, por su parte, organizar institutos similares para varones. Desde 1896 su nombre queda ligado al prestigio de la enseñanza paraguaya. El PRESIDENTE EGUZQUIZA lo designa Superintendente de Instrucción Pública, “cargo en el que demostró su gran amor por la enseñanza, abordando los problemas educacionales con criterio práctico y encuadrándolos a las necesidades del país, cuyo progreso fue como una obsesión para su espíritu”.

Había conseguido la colaboración de varios jóvenes, que prestaron a su labor intensidad y dinamismo. “La enseñanza en cualquiera de sus formas -indica el Dr. Mendoza- cuya extensión y eficacia deseaba como un apostolado, ha tenido en él, desde la dirección de la Instrucción Pública, y fuera de ella, al propulsor sincero y convencido de la importancia de la cultura intelectual”. Ese era su ideal: ver a la patria ilustrada, continuar el lejano emprendimiento de su abuelo Don Carlos, que la guerra truncara sin piedad. Veía siempre como “un fantasma formidable” al analfabetismo, al que combatió sin tregua “con su más decidida voluntad y la más profunda convicción”.

Un incidente desgraciado lo alejó de aquel quehacer que comenzara con la contratación de los docentes argentinos Amalia Iraola de Santa Marina, Corina Echenique y José María

Monzón. Vale la pena mencionar el hecho: era a mediados de 1898, exactamente el 19 de marzo. El profesor argentino Francisco Tapia -que se había adelantado a sus colegas al ejercer la dirección de la Escuela Normal- fue avisado por la regencia del establecimiento que los alumnos venían adquiriendo para uso escolar un cuaderno con la efigie y la biografía del

Mariscal López, circunstancia que podría contribuir a desnaturalizar la moral y la verdad histórica. Además, dicho esbozo biográfico consideraba al Mariscal, por entonces absolutamente interdicto, como a una de las grandes figuras de la historia. El profesor Tapia, buen maestro, excelente pedagogo, pero en extremo apasionado y con evidentes prejuicios en la materia, dispone reunir en la primera hora de clase del lunes 21 a los 50 alumnos-maestros, y luego de sucesivas alusiones a Nerón, y a Calígula y basándose en el conocido decreto del Gobierno provisorio, o sea el Triunvirato, queda resuelta la prohibición del uso de tales cuadernos, medida que se hace extensiva a la Escuela de Aplicación. Ese hecho da lugar al famoso incidente López-Tapia. Blas Garay, desde “LA PRENSA” y otros periodistas de combate, responden airadamente al profesor argentino, pero Don Enrique, en un rasgo de delicadeza muy propio de su espíritu, renuncia al cargo.

Luego vendrá su aporte a la enseñanza propiamente dicha desde las cátedras de inglés, francés y geografía nacional, que dictaba en el Colegio Nacional, en la Escuela Normal, en la Escuela de Comercio y en el Colegio Mercantil de Niñas. “Amigo y compañero de sus alumnos enseñaba a sus discípulos las costumbres, con las prácticas que viera; sus ejemplos tendían constantemente a demostrar cómo en otros países, se inculca al niño, al educando, el cariño a su terruño, el amor a su tierra natal, la idolatría del sentimiento patrio”. “Profesor culto y de formas suaves (lo evoca un colega) era escuchado siempre con profundo interés”.

Aunque metódico en el trabajo constante y en la cátedra, no le interesaban los principios pedagógicos, que estaban demás para él; esa actitud de libre disposición espiritual “formaba parte de su naturaleza, era su genio y con su genio se fue”.

Descendió también a la caldeada arena del periodismo como un medio para reivindicar la memoria de su padre.

Después del golpe de estado del 9 de enero de 1902 acompaña a O’Leary en su conocida polémica y actúa en el DIARIO “LA PATRIA”, que sostienen sus manos “con la serenidad y la calma proverbial del hombre público” que comprende que la justicia de la historia es inexorable.

Previamente ha colaborado en la organización de la Dirección de Estadística, “trazando a grandes líneas el programa de la estadística nacional”. Sábese que con su reconocida minuciosidad “tenía documentada la situación del país desde los tiempos de su abuelo”. Su adhesión al periodismo proseguirá el 9 de mayo de 1905, en que se desempeña en la dirección de “La Tarde”. Al año de su muerte Rufino Villalba trazará su silueta de periodista y casi de inmediato lo recordarán LUIS ALBERTO DE HERRERA, JUAN E. O’LEARY, MANUEL DOMÍNGUEZ y NATALICIO GONZÁLEZ.

En 1917 es elegido senador; culmina así su trayectoria, resultado de la consideración que rodeó el último período de su vida. “Su banca de legislador, conquistada en buena ley, y su breve actuación en el Parlamento, han merecido general aplauso de la opinión pública que veía en ello la realización plena de una aspiración unánime de justicia histórica”. Ecuanimidad y serenidad son sus características en la oposición, “sin que el éxito extraviara su juicio en los debates y el estudio de los grandes problemas de la nación”. En carta enviada al Dr. Prudencio de la Cruz Mendoza, un mes antes de su fallecimiento, expresa: “Hemos resuelto no hacer política partidaria, y sí esencialmente nacional y tratar de enderezar los asuntos públicos”.

Una actividad desinteresada distinguió a Don Enrique y ella ha de contribuir sin duda a la perdurabilidad de su nombre: el cultivo de la bibliofilia. Al trasladarse a Buenos Aires había ya iniciado sus investigaciones bibliográficas sobre la guerra contra la Triple Alianza. MANUEL GONDRA llega a calificarlo como “el más diligente de los bibliófilos paraguayos” y agrega que es “inestimable y abundante” su biblioteca. En su difundida carta a BLAS GARAY -residente por aquellos años en España- Gondra alude a una información que no ha tenido el cuidado de anotar, “pero sé (dice) que Don Enrique Solano López la tiene anotada en su cartera de viaje”.

Y por último se refiere a las “exploraciones de bibliófilo” que Don Enrique realiza en Brasil.

En el volumen que contiene el catálogo de su biblioteca -joya poco menos que inhallable en la bibliografía paraguaya y fuente aún hoy de imprescindible consulta- puede advertirse la primacía de algunas valiosas colecciones: “HISTORIA DE LOS ABIPONES” de Dobrizhoffer, 1822;

ediciones de Azara 1801, 1802 y 1809; “HISTOIRE DU PARAGUAY” de Charlevoix, París, 1756; también la impresión dublinesa de 1769; el “CONTRATO SOCIAL” de Rousseau, en la traducción efectuada en Buenos Aires, en 1810, por Mariano Moreno; “ENSAYO DE HISTORIA CIVIL” del Deán Funes, 1816; el “MEMORIAL” de Fray Bernardino de Cárdenas, 1662; una rara “HISTOIRE DU PARAGUAY” de Celliez, en dos tomos, París, 1841; el “CATECISMO POSITIVISTA” de Augusto Comte, vertido por Miguel Lemos en 1890; todo ello sin contar las obras que directamente se refieren al Paraguay.

En la madrugada del 19 de noviembre de 1917 murió Don ENRIQUE SOLANO LÓPEZ.

Presidieron el duelo el Vicepresidente de la República y titular del Senado y el Presidente de la Cámara de Diputados. Tres cañonazos anunciaron su partida desde el Congreso y otros tres lo despidieron en la Recoleta, donde fue sepultado con los honores de general de brigada. Y la oración que le dedicara Manuel Domínguez: “¡Adiós, inolvidable amigo! Acabaste como has vivido. Sonreías a la muerte “como se sonríe a una mujer”. Romántico soldado de la causa nacional, no se borrará de nuestra memoria tu perfil enérgico y airoso, y al revés de otros que mueren y morirán con la derrota de su última esperanza, caíste convencido de que tu visión patriótica queda victoriosa en los que te seguimos en la senda de la vida. La posteridad a quien apelaste te ha vengado. Alma fuerte y caballero sin tacha, has cumplido lealmente tu juramento clásico de Aníbal. La estrella fija de la patria, tanto tiempo oscurecida, alumbrará tu sepulcro en la noche del eterno sueño”. (1963)

Fuente: ESCRITOS PARAGUAYOS – 1- INTRODUCCIÓN A LA CULTURA NACIONAL. Ensayos de RAÚL AMARAL. Esta es una edición digital corregida y aumentada por la BVP, basada en las ediciones Mediterráneo (1984), la edición de Distribuidora Quevedo (2003), así como de fuentes del autor. Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY




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