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Ricardo Migliorisi

  RICARDO MIGLIORISI (Comentarios de VICKY TORRES)


RICARDO MIGLIORISI (Comentarios de VICKY TORRES)

 

 

AMAZONA, 1994

Acrílico y mixta sobre tela, 120 x 110 cm.

 

ESPLENDOR DE MIGLIORISI

Desde hace dos semanas, el espacio entero de la Manzana de la Rivera está dedicado a una muestra antológica de Ricardo Migliorisi. Platos, cajas, cuadros, instalaciones: todo para sorprender y encantar al visitante. La estridencia ferial de los colores se conjuga a la perfección con la osadía de unas propuestas que son el ayer y el hoy de uno de los artistas más sorprendentes, lúdicos, vitales e inquietantes del actual panorama plástico paraguayo. Ahí está, encerrada en los espacios que la Manzana de la Rivera destina a las exposiciones, si no toda la obra (pues toda es ingente y excesiva), lo que es, quizá, más representativo de este sorprendente artista: desde sus cuadernos escolares en los que con trazo infantil habla de su maestra gorda y sugiere formas que más tarde se harán constantes de su obra hasta el esplendor de una instalación que parece la puesta en escena de una fantasía casi dantiana (no dantesca), protegida del entusiasmo de los visitantes por la prudencia de una vidriera.

El humor mediterráneo y ácido, juguetón y vitalista de Migliorisi, creador de un mundo de formas desmesuradas y procaces, se hace sátira inmisericorde ante el espectáculo de un tiempo (el suyo, el nuestro) en el que el relativismo moral de los mass media y la dureza de un sistema que exige el éxito como medida de todas las cosas (el hombre dejó de ser esa medida hace ya demasiado tiempo) convierte la vida en un carrusel de feria napolitana y la historia en un confuso espectáculo de gritos y disparates. Y ahí están, para hablarnos de realidad tan delirante, desde su Capilla Sixtina, remedo voluptuoso, intencional y calculadamente deformado de la de Miguel Angel, a la magnífica SALOMÉ A LA LUZ DE UN FAROLILLO CHINO, cuadro en el que Migliorisi convierte el pasaje evangélico en un perverso espectáculo de caricatura.

Y es que el arte de Migliorisi, expresionista y lúcido (por expresionista), crea y recrea formas que van más allá de la simple puesta de la realidad bajo la lente de aumento de la crítica. Migliorisi no subraya la deformidad, casi imperceptible a nuestros ojos. No. La destaca y le añade deformidades con el objeto de que también nosotros podamos ver -y de que podamos ver como él ve- el gran espectáculo del mundo y de la historia. Porque lo que él ve (y nos hace ver) no se puede ver sino a través del arte.

Y no es sólo nuestro tiempo el que desfila en sus cuadros, en sus platos y sus instalaciones. Es el pasado y el presente, el tiempo de la historia, pues Migliorisi encuentra que en todas las épocas y en todos los lugares la vanidad, la banalidad, la vacuidad, la estupidez, en fin, definen el derrotero vital de los seres humanos.

Lo sorprendente, empero, no es que lo haga (que muchos otros lo han hecho), sino que lo haga como lo hace: con una sonrisa cargada de comprensión y tolerancia, con un gesto de bondad que transforma lo que podría haber sido mueca de repulsión en carcajada vital y llena de entusiasmo. Ricardo Migliorisi no es tan sólo un lúcido cronista de lo que es y de lo que ha sido, sino también un niño que sigue creyendo que su maestra Arminda conserva virtudes secretas bajo su guardapolvo de parvularia. Todo su arte es, al fin, una estruendosa carcajada.

 

EL COLOR DE UNA FIESTA

Venecia, carnaval, forma, color y lujuria: vida y fiesta. He aquí el arte de Ricardo Migliorisi. Nunca los blancos cuerpos de las mujeres fueron tan lechosos, ni nos prestaron su mirada risueña con tanta generosidad los Petronios, Bocaccios, Masuccios y Aretinos. Migliorisi es el pintor más italiano y mediterráneo de Asunción. Tres cosas son realmente sorprendentes en su pintura: el valor de la sátira que impregna cada una de sus creaciones, el desborde de una imaginación inagotable y el lujo de formas y de colores que, pese a la calidad final de la obra acabada, nos remite siempre a una especie de grado cero de la pintura: ese en el que es posible el milagro de la multiplicación de los mundos imaginados. La imaginación de Migliorisi es la de un niño perverso que juega con la sensibilidad de quienes contemplan sus cuadros y da rienda suelta a la creación de las imágenes más libertinas. Migliorisi es un sátiro que empuña el pincel como una vara de tirso en los umbrosos bosques en los que habitan las ninfas.

Lo que ocurre es que sus ninfas son gordas, lechosas y tienen, en muchos casos, celulitis. Tienen muchas cosas más, porque, como el viejo Odiseo del poema homérico, nuestro pintor es «fecundo en ardides» y llena sus cuadros de formas, colores y símbolos que nos subyugan tanto por su modernidad como por la relación que mantienen con formas, colores y símbolos que han llenado las páginas de la historia del arte desde las épocas del primer estilo pompeyano hasta la actualidad. Hay en los cuadros de Migliorisi una atmósfera que será siempre teatral, emparentada tanto con la sátira menipea como con la comedia del arte: la pintura como puesta en escena de una vida de la que vale la pena reírse a carcajadas.

Porque lo que subyace en la pintura de Migliorisi, bajo el manto brillante de sus formas múltiples y sorprendentes y de sus azules increíbles, es una visión satírica de la realidad, una visión con cierta frecuencia triste y crítica. Lo que subyace es una denuncia sabiamente enmascarada.

Nuestro pintor es un excelente dibujante, pero tanto o más que un buen dibujante es un buen conocedor del espacio pictórico y, sobre todo, un magnífico distribuidor y combinador de colores y un sabio generador de espacios de luz. En realidad, el tema central de cada uno de sus cuadros es la luz, una luz que se extiende por los cuerpos de sus personajes desnudándolos inmisericorde ante nuestros ojos y que da a sus creaciones, aun más que las extrañas combinaciones de formas utilizadas, ese aire entre misterioso, antiguo y surrealista que nos fascina.

El tema del carnaval veneciano le viene a Migliorisi como anillo al dedo. Como le vinieron, con anterioridad, los temas pompeyanos y vaticanos, en los que ya se insinuaba mucho de lo veneciano que ahora se concreta en los cuadros que nos entrega. Y es que ambos temas se emparientan en su imaginación, porque, en el fondo, el tema es uno solo: el de la fiesta, pero no cualquier fiesta; el de la vida, pero no cualquier vida. La vida y la fiesta en él son tan sólo una disculpa para desnudar amablemente nuestra condición de seres humanos.

 

MUESTRA DE ANTOLOGÍA EN LA MANZANA

Desde hace dos semanas, el espacio entero de la Manzana de la Rivera está dedicado a una muestra antológica de Ricardo Migliorisi. Platos, cajas, cuadros, instalaciones: todo y de todo para sorprender y encantar al visitante. La estridencia ferial de los colores se conjuga a la perfección con la osadía de unas propuestas que son el ayer y el hoy de uno de los artistas más sorprendentes, lúcidos, vitales e inquietantes del actual panorama plástico paraguayo. Ahí está, encerrada en los espacios que la Manzana de la Rivera destina a las exposiciones, si no toda (pues toda es ingente y excesiva), lo que es, quizá, más representativo de este sorprendente artista: desde sus cuadernos escolares en los que con trazo infantil habla de su maestra gorda y sugiere formas que más tarde se harán constantes de su obra hasta el esplendor de una instalación que parece la puesta en escena de una fantasía casi dantiana (no dantesca), prote-gida del entusiasmo de los visitantes por la prudencia de una vidriera.

El humos mediterráneo y ácido, juguetón y vitalista de Migliorisi, creador de un mundo de formas desmesuradas y procaces, se hace sátira inmisericorde ante el espectáculo de un tiempo (el suyo, el nuestro) en el que el relativismo moral de los mass media y la dureza de un sistema que exige el éxito como medida de todas las cosas (el hombre dejó de ser una medida hace ya demasiado tiempo) convierte la vida en un carrusel de feria napolitana y la historia es un confuso espectáculo de gritos y disparates. Y ahí están, para hablarnos de realidad tan delirante, desde su Capilla Sixtina, remedo voluptuoso, intencional y calculadamente deformado de la de Miguel Angel, a la magnífica Salomé a la luz de un farolillo chino, cuadro en el que Migliorisi convierte el pasaje evangélico en un perverso espectáculo de caricatura.

Y es que el arte de Migliorisi, expresionista y lúcido (por expresionista), crea y recrea formas que van más allá de la simple puesta de la realidad bajo la lente de aumento de la crítica. Migliorisi no subraya la deformidad, casi imperceptible a nuestros ojos. No. La destaca y le añade deformidades con el objeto de que también nosotros podamos ver -y de que podamos ver como él ve- el gran espectáculo del mundo y de la historia. Porque lo que él ve (y nos hace ver) no se puede ver sino a través del arte. Y no es sólo nuestro tiempo el que desfila en sus cuadros, en sus platos y sus instalacio-nes. Es el pasado y el presente, el tiempo de la historia, pues Migliorisi encuentra que en todas las épocas y en todos los lugares la vanidad, la banalidad, la vacuidad, la estupidez, en fin, definen el derrotero vital de los seres humanos. Lo sorprendente, empero, no es que lo haga (que muchos otros lo han hecho), sino que lo haga como lo hace; con una sonrisa cargada de comprensión y tolerancia, con un gesto de bondad que transforma lo que podría haber sido mueca de repulsión en carcajada vital y llena de entusiasmo. Ricardo Migliorisi no es tan sólo un lúcido cronista de lo que es y de lo que ha sido, sino también un niño que sigue creyendo que su maestra Arminda conserva virtudes secretas bajo su guardapolvo de parvularia. Todo su arte es, al fin, una estruendosa carcajada.

Y también, una mirada cargada de ternura sobre los objetos, las personas y las cosas que ama y en las que se recrea. Si la botánica, la zoología y la antropología no son las mismas desde que Migliorisi las tocara y deformara con sus pinceles, sí lo son, en cambio, pese a la reiteración obsesiva con que los maneja, los diversos sansebastianes y las venus que encierra en sus cajas barrocas de pastelería. Objetos amados, formas que le sugieren la perfección (perfección de la forma en la que reside la perfección).

Ahí están todos en esta muestra antológica: los buenos y los malos, los sueños y las pesadillas de un artista original y fuerte que, en esta exposición antológica, permite que nos aproximemos más a ese mundo suyo en el que el cielo y el infierno parecen tocarse y en el que, junto a mujeres vestidas con miriñaque, él puede poner, haciéndolos penar sobre la arena, a los integrantes de una corte satánica en espera de los condenados. Esta muestra antológica es, podría decirse, una muestra de antología.

 

**/**

 

FUENTE DEL COMENTARIO E IMAGÉN DE OBRA:

 

ARS LONGA. Por VICKY TORRES

Arandurã Editorial

Asunción-Paraguay 2004

(429 páginas)

 

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VICTORIA TORRES J’ROSPIGLIOSI -VICKY TORRES-, limeña, vive en Paraguay desde 1991. Desde entonces se ha destacado entre nosotros por haber ejercido de manera constante y profesional la crítica de arte en diversos medios de prensa asuncenos y por haberse convertido en una de nuestras principales animadoras culturales. Presidente de la ONG ORBIS TERTIUS, bajo su dirección se han multiplicado en los últimos años actividades hoy tan conocidas como los cafés filosóficos y las charlas de café, los recitales poéticos popularizados bajo el nombre de “Vino, chipa y poesía”, los debates sobre los temas culturales más importantes o actuales o la presentación de nuevos valores en el espacio de las artes plásticas. Como crítica de arte se inició en Lima en 1975, ejercicio que no ha abandonado desde entonces.

ARS LONGA no reúne todos los escritos de Vicky Torres sobre arte publicados en nuestro medio, pero sí una gran parte -y, tal vez, la más significativa- de los mismos. Se trata, básicamente, de artículos, muchos de ellos publicados en ABC Color, y de textos especialmente preparados para catálogos. Comprende, no obstante, miradas que van más allá del arte paraguayo y que se internan en el que se ha hecho y se hace en otras partes del continente- y del mundo o se aventuran en reflexiones acerca del misterio siempre fascinante de la creación artística.

 

 

 

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