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RICARDO DE LAFUENTE MACHAÍN

  EL GOBERNADOR DOMINGO MARTÍNEZ DE IRALA - Por R. DE LA FUENTE MACHAIN


EL GOBERNADOR DOMINGO MARTÍNEZ DE IRALA - Por R. DE LA FUENTE MACHAIN

EL GOBERNADOR DOMINGO MARTÍNEZ DE IRALA

Por R. DE LA FUENTE MACHAIN

 

© ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA

Dirección ROBERTO QUEVEDO

Compaginación: ELSA RAMÍREZ COUSIÑO

Edición facsimilar del ejemplar del Dr. Manuel Peña Villamail

Asunción – Paraguay

Mayo del 2006 (568 páginas)

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

            Con la reedición de este agotado y valioso libro dedicado a Domingo Martínez de Irala, la Academia Paraguaya de la Historia inaugura el año de celebración del aniversario del nacimiento de este valeroso capitán de la conquista de la región del Plata y fundador de la nacionalidad paraguaya. Rinde además con él un merecido homenaje de recordación a su autor, el prestigioso historiador don Ricardo de Lafuente Machaín.

            Su publicación fue posible mediante la autorización de la nieta del autor, la señora Inés de Lafuente, que es la depositaria de la biblioteca y la documentación que fueron de don Ricardo y quien generosamente ha donado para su edición los costos de su impresión. En reconocimiento a este hidalgo gesto, el lanzamiento del libro será efectuado con su presencia y en su nombre.

            Con la publicación de este libro, la Academia busca además satisfacer la gran demanda y la búsqueda afanosa del mismo que prima en los círculos universitarios y entre los estudiosos de nuestro pasado histórico.

 

            Asunción, mayo de 2006

 

            WASHINGTON ASHWELL

            Presidente de la Academia Paraguaya de la Historia

 

 

 

PROLOGO

 

            La Gloria también tiene sus predilectos.

            Unos comienzan a disfrutar sus halagos en vida, y otros deben esperar el reconocimiento de sus méritos, durante años o la consagración de la lejana posteridad.

            Para quienes realizaron la Conquista de América, esta regla no tuvo excepción.

            Cortés y bizarro, si bien sufrieron persecuciones y fueron combatidos, saborearon las satisfacciones que brinda el triunfo y recibieron el aplauso general.

            No son discutibles sus merecimientos, ni los galardones ofrendados fueron excesivos, pero la suerte no se mostró esquiva con ellos, si los parangonamos con la que cupo a otros héroes de la Epopeya.

            Digo « suerte », por cuanto la diferencia que se nota entre unos y otros, no se debe a injusticia de los monarcas, o favoritismo de sus ministros. Se debe únicamente al factor « suerte », que les hizo actuar en un escenario grandioso, donde los fígurantes alcanzaron un relieve que les fue negado a quienes lo hicieron en regiones pobres, obscuras, sin tesoros comparables a los de Méjico y el Perú, tan propicios para crear y fomentar leyendas fantásticas, vigorizando el entusiasmo.

            Chile con sus montañas hoscas y araucanos indómitos; el Tucumán con el calchaquí bravío; el Río de la Plata, deshabitado y pobre, exigieron un esfuerzo de todos los días y en cambio no daban riquezas, ni lustre, a quienes dedicaban sus afanes y su vida a la conquista de tan vastas regiones, agregadas a la Corona de Castilla, merced a sus esfuerzos.

            Hay algunos a quienes la Historia consagró desde sus comienzos, mientras otros permanecen aún en el olvido, y lo que es peor todavía, no falta quienes, mal conocidos, siguen siendo víctimas de la envidia de los émulos y del rencor de los vencidos.

            Se halla entre los últimos, Domingo Martínez de Irala, gobernador del Río de la Plata, con mando sobre vastísima porción del territorio colonial castellano.

            Irala no solamente fue el eje central de la Conquista durante los veinte primeros años, sino también, el gobernante rioplatense de más clara comprensión y largas vistas que tuvo esta Provincia. Se dio cuenta cabal de cuál era el porvenir deparado a los enormes territorios llamados “Río, de la Plata” y en cartas dirigidas al Poder Central, señaló el rumbo conveniente para lograr los fines que impulsaban a Castilla.

            Irala alcanzó ese punto de conocimientos mediante una rápida evolución, pues como todos los conquistadores, llegó a estas tierras atraído por las consejas fabulosas que corrían en España sobre tesoros sin cuento e imperios míticos, desde los descubrimientos de México y del Perú.

            Pero pronto, y antes que otros, comprendió el error y vislumbró donde estaba la riqueza de estas provincias, y colgando la espada hizo empuñar el arado a sus compañeros, convirtiendo al soldado en colono.

            Su biografía, lo repito, comprende los veinte primeros años de la dominación castellana, con sus alternativas de conquista y colonización. No ha sido escrita aún, y no puede hacerse sino a título provisorio, pues todavía desconocemos gran parte de la documentación correspondiente a ellos.

            Los archivos de España conservan inéditas muchas piezas, y en el del Paraguay, los legajos revisados no alcanzan a quinientos, excediendo de dos mil quinientos los existentes.

            Por consiguiente debemos limitarnos por ahora, a allegar documentos para preparar el material de una obra futura definitiva.

            Esto no significa que mientras tanto no podamos estudiar su actuación, ni formarnos una idea de su vigorosa personalidad. La documentación aprovechable basta para seguir la trayectoria de su vida y apreciar su gestión pública y varios aspectos íntimos.     

            Consta que hubo escritos suyos que desconocemos, sin poder afirmar si están extraviados en algún legajo ignorado, o si han desaparecido a causa de guerras, saqueos o desidia. Es de desear que aparezcan un día, para ampliar lo conocido, completar detalles, aclarar tal o cual punto dudoso o agregar un episodio que nos permita estudiar mejor el desarrollo de la incipiente sociedad rioplatense.

            Pero no creo que aporten datos tales, como para poder cambiar el juicio que se llega a tener sobre su actuación, con los elementos poseídos hoy.

            Lo más arduo, para quien quiera ocuparse de Irala, ha de ser la tarea de desvanecer las ideas falsas que escritores insuficientemente documentados han estado difundiendo durante años, por no valorar debidamente las fuentes de información empleadas por sus antecesores, cuyas opiniones han ido transcribiendo sin sujetarlas a una crítica severa; en parte por ser más cómodo, y en parte por no tener a su alcance, muchos de los elementos de que actualmente nosotros disponemos.

            Mas en el estado presente de los estudios históricos se impone una seria revisión de conceptos, libre de prejuicios en cuanto sea posible, para dar a cada uno lo suyo, lo cual debe ser la suprema aspiración de la Historia.

            Y dentro de esa corriente de ideas, no podrá concederse el mismo valor a documentos serenos, emanados de personas ecuánimes, que a escritos de polémica, piezas apasionadas de procesos o cartas difamatorias.

            Todo ello puede aportar su grano de verdad y contribuir al conocimiento de los sucesos lejanos, pero a condición de ocupar el lugar que les corresponde, sin dar primacía ni excesivo relieve, a piezas secundarias, en detrimento de otras más importantes.

            En el deseo de contribuir con algo a esta revisión, que en resumidas cuentas es un acto de justicia, he reunido cuanto documento emanado del gobernador Irala, me ha sido posible encontrar. Los presento tal como me han llegado, indicando el archivo o publicación donde los hallé. Cuando se trata de copias, doy la referencia de la institución que la tiene u obra donde apareció, y no la signatura del documento original - así como no me refiero tampoco, en general, al archivo donde éste está-; por un tributo de gratitud hacia quien lo buscó o hizo conocer primero y también para descargo mío, pues en muchas oportunidades he podido constatar diferencias apreciables entre copias legalizadas de la misma pieza.

            Además, así se facilita la compulsa del documento transcripto, poniéndolo al alcance del estudioso, puesto que en general, los originales no lo están para nosotros.       No pretendo haber agotado el material. Ofrezco una simple recopilación de piezas, hasta hoy dispersas, algunas desconocidas, con las acotaciones indispensables para darles cohesión.

            Su valor resultará de la interpretación que se haga de ellas, al relacionarlas con las demás de su época, cuyo conjunto terminará el cuadro; del cual este trabajo no es sino un boceto.

 

            R. DE LAFUENTE MACHAIN.

            1938.

 

 

 

VIII

PRIMER GOBIERNO DE IRALA

 

            El general Irala, una vez libre de preocupaciones relacionadas con su situación política, organizó una expedición mejor abastecida que las anteriores para volver a su puesto en La Candelaria, y aún intentar una entrada en el Chaco para alcanzar a Ayolas.

            Dejó la Casa-fuerte a cargo del capitán Gonzalo de Mendoza, salió de Asunción con 280 cristianos y arribó a su destino el 16 de enero de 1540. Allí los indios le informaron que algunos compañeros de Ayolas habían llegado al río Paraguay y para juntarse cuanto antes con ellos, bajó hasta el puerto de San Sebastián, situado a 8 leguas al sur de La Candelaria, desde donde subieron 3 leguas para informarse entre los payaguaes.

            Estos le dijeron que Ayolas estaba vivo, tierra adentro. Con esta nueva volvieron al puerto y valiéndose de guías payaguaes, resolvieron entrar hacia el oeste dejando los navíos a cargo del capitán Juan de Ortega con 70 hombres como guarnición.

            La marcha se emprendió el 14 de febrero, caminando durante 18 a 20 días por terrenos inundados, con el agua más arriba de la cintura, lo cual les impedía la marcha y cocinar. Como las aguas aumentaran y los víveres escaseaban cada día más, consultó con los Oficiales Reales y capitanes respecto a las medidas que convenía tomar y todos opinaron por la vuelta al puerto de San Sebastián.

            A poco de llegar, mientras se encontraban restaurando sus fuerzas se les acercó un muchacho chané, y después de muchas vacilaciones y circunloquios, dijo que había acompañado a Ayolas y visto como él y algunos de los suyos habían sido muertos por los payaguaes quedando otros vivos en una casa-fuerte que habían levantado en el Chaco (37) .

            La noticia requería confirmación y para obtenerla tomaron a algunos indios de dicha parcialidad. Sometidos a interrogatorios confesaron su participación en el suceso reconociéndolo exacto.

            Después de esto ya no tenía objeto la espera y resolvieron regresar a Asunción, cuanto antes.

            Puede decirse que entonces comenzó el verdadero gobierno de Irala, puesto que hasta ese momento, había estado supeditado a esperar el regreso de su jefe Ayolas, sin poder apartarse de La Candelaria.

            Sus primeros actos se dirigieron a consolidar la conquista y mejorar la situación de los pobladores, para lo cual se esforzó en ganar la voluntad de los indios comarcanos; luego buscó la manera de avisar al socorro que se aguardaba de España, el lugar donde estaban los sobrevivientes de la armada de Mendoza, para que pudieran auxiliarlos a la mayor brevedad posible.

            A fin de salvar las dificultades que ofrecía el cumplimiento de esta medida apremiante, envió a la costa del Brasil, por tierra, a unos indios llamados Domingo y Miguel, naturales de aquella región, de donde los había sacado el veedor Cabrera a su paso para el río de la Plata. El destinatario de la “Relación” que los indios llevaban, era el Comisario de la Orden de San Francisco, fr. Bernardo de Armenta, quien los había bautizado y gozaba de gran predicamento entre los nativos (38).

            Los mensajeros tuvieron algunos tropiezos en el camino, y retrocedieron un trecho, pero Domingo hizo seguir a Miguel, llevando los pliegos. Llegado al Brasil, encontró al gobernador Cabeza de Vaca, a quien sirvió de guía durante el viaje que emprendió retornando por el camino recorrido hasta Asunción.

            Otro problema, pero de mayor transcendencia, era el relacionado con la permanencia de la guarnición del puerto de Buenos Aires, que tenía por jefe al capitán Juan Romero, desde que Francisco Ruiz Galán pasó a Asunción con el veedor Alonso Cabrera.

            El adelantado Mendoza había llegado a dicho puerto en busca de un fondeadero seguro, y en una ubicación que a ser posible, impidiera, o disminuyera, la deserción que amenazaba disolver su armada. Posiblemente esta última consideración fuera la que primó en su ánimo, como es natural, dado el espíritu que animaba a la gente que le acompañaba, según dije en su oportunidad.

            Pasadas las incidencias tan fatales para la armada, desaparecieron las razones que propiciaron su establecimiento en dicho puerto, y solo contaban los inconvenientes, esto es, su lejanía de la ruta o canal, por donde se iba al Paraguay y el desierto que rodeaba a su recinto cercado.

            Así lo comprendió ya, el adelantado Mendoza, quien dio instrucciones a su lugarteniente general Ayolas, para que despoblara los tres puertos, Buenos Aires, Corpus Chrísti y Buena Esperanza, y llevara la gente al Paraguay, autorizándole para dejar, si quisiera, una guarnición reducida en Buenos Aires. Pocas personas bastarían «sí los questan Aqui son para trabajar y senbrar podían pasar y bastara quedar treynta onbres en las naos » (39).

            A los inconvenientes enunciados, luego de partir el Adelantado, se sumó la falta de un jefe único, indiscutido, con autoridad sobre todos los destacamentos que se hallaban desparramados por diversos lugares.

            El aislamiento que creaba la distancia, favorecía la ambición y hemos visto como el capitán Ruiz Galán ayudado por el escribano Pero Hernández, personaje dispuesto a servir « a los que mandan », extendió sus poderes sobre Corpus Christi y Buena Esperanza, con el resultado conocido.

            Si bien la actitud firme de Irala y los procederes del veedor Cabrera impidieron los efectos de la discordia, no cabía asegurar que sucediera igual cosa en otra oportunidad, y podía causar la ruina de la conquista.

            Además las fuerzas castellanas contaban apenas, con 350 hombres, que dispersos en destacamentos, perdían su eficacia y por su reducido número estaban expuestos a ser aniquilados si se producía un levantamiento de indios.

            Todo esto indicaba la conveniencia de cumplir las instrucciones del Adelantado en cuanto se referían a la reconcentración castellana en el Paraguay, dejando una reducida guarnición en lugar adecuado, sin otra misión que la de informar a los navegantes.

            Según puede colegirse de las escasas referencias que contienen los documentos relativos a estos sucesos, Irala fue partidario de trasladar la guarnición de Buenos Aires, reduciendo su número, y llevar la gente restante a Asunción.

            No hay constancia expresa de cual fuera el lugar de su preferencia, pero puede considerarse indudable que era uno de los puertos de la costa oriental, más accesible a los navíos por estar inmediatos al canal profundo del río que todos los navegantes remontaban.

            Así lo deja suponer la instrucción escrita en 1541, a raíz del abandono de Buenos Aires, donde dice: “los mejores lugares e puertos q. hay donde poner las naos e para queste mas segura la gente q. q. dare en ellos son el puerto de san gabriel o en un rryo que esta tres legoas mas arriba en aquella costa donde se acaban las varrancas en una punta gruesa q. se dize el rryo de San Joan tiene en baja mar un yslote en la voca tiene una buena terra para sembrar especialmente un monte entrando en el a la mano derecha asy mesmo la ysla de martyn gra tiene a la vanda de les nordeste buen surgidor y de mucho fondo de esto podran ver lo que mejor les pareciera para seguridad de las naos y de la gente” (40).

            Esta opinión parece haber sido compartida por muchos capitanes según veremos más adelante.

            Consecuente con su idea, el general Irala en agosto de 1540, despachó al capitán Juan de Ortega, con quien era a “casi como hermano en amistad”,  llevando dos navíos cargados de bastimentos y órdenes para tomar noticias de la gente, saber si había llegado socorro de España, (41), y según se presume, con orden igualmente, de trasladar el asiento. Pero Ortega no pudo hacerlo y comunicó a su jefe la resistencia que oponían los pobladores, ya habituados al lugar.

            Lo sucedido era un indicio de lo que podría acontecer en cualquier momento si llegaba a predominar allí, un capitán con influencia y ambición, y aportaba un argumento más a favor de la urgencia que exigía solucionar el asunto; pues la actitud de los pobladores podía interpretarse como un conato de insubordinación, y callarlo era dar muestra de debilidad, ajena a su carácter y conveniencias de la conquista.

            Como consecuencia, Irala resolvió dirigirse al puerto de Buenos Aires para poner término a semejante estado de cosas.

            Se hizo a la vela desde Asunción, a fines de enero de 1541, con una armada compuesta de tres bergantines. Le acompañó el veedor Cabrera asumiendo la representación de los Oficiales Reales, cuya participación en los actos de gobierno era imprescindible, de acuerdo con las disposiciones legales.

            Llegados al puerto de Buenos Aires, comenzaron las intrigas entre las diversas tendencias que agrupaban a los conquistadores. El veedor Cabrera deseaba vivamente el abandono del Puerto y para tener apoyo, buscó individualmente a los pobladores, tratando de convencerlos y si lograba su deseo, les hacía firmar una petición,

            Según se decía, Cabrera era partidario de despoblar también Asunción y llevar el núcleo castellano más al norte, en sitio más propicio para entrar al Perú.

            Irala igualmente recogió pareceres firmados por los interesados en conservar asiento.

            Como no se conoce ninguno de estos documentos, ignoramos los argumentos aducidos por unos y otros. Irala conformándose con las instrucciones del adelantado Mendoza, designó los soldados que debían quedar formando la guarnición del Puerto, en número de 60, según su carta de 1545, en vez de los 30 que señaló el Adelantado, prefiriendo a los de mayor edad e imposibilitados para el ejercicio de las armas.

            Del traslado a otro sitio, parece que ya no se trató. Al menos no hay referencias.

            Se estaba en eso, cuando el veedor Cabrera le presentó un requerimiento dándole opción entre el abandono completo del asiento, o dejar una guarnición de 80 hombres como mínimo, provista de víveres y armas para subsistir dos años sin necesidad de recibir socorro ajeno, aun en el supuesto de perderse las cosechas.

            Simón Jaques decía ser “un Requerimiento cabteloso para que en el dicho puerto dexase tanta gente bastimentos y otras cosas tan eçesibas que no hera posible hazer ni cumplir”.

            Efectivamente sus términos implicaban una intimación para el abandono absoluto, pues acceder a las condiciones que fijaba, no era sino aumentar los inconvenientes apuntados respecto a la mayor dificultad para expedicionar y el peligro de un motín.

            Planteada la disyuntiva, no cabía sino resolver el abandono del asiento, y es lo que hizo el general Irala el 16 de abril, fijando la partida para el 10 de mayo (42).

            La situación de los pobladores de Buenos Aires en ese momento, era relativamente buena. La tierra producía cosechas, abundaba la caza y la pesca.          Los más optimistas decían que se vivía tan bien como en España, y Felipe de Cáceres, (que sólo había estado allí durante los peores meses con D. Pedro), al venir en la armada de Cabeza de Vaca contaba a sus compañeros que Buenos Aires era una nueva Sevilla. No hay que esforzarse mucho para alcanzar lo disparatado de semejantes propósitos. La población seguía encerrada dentro de la empalizada inicial y las autoridades moraban en el navío a “La Trinidad”, encallado en la playa. Sus habitantes sumaban 50 soldados más o menos y si bien los indios se habían retirado y esto les permitía correr la tierra en busca de caza, la situación distaba mucho de ser floreciente y sobre todo no ofrecía mejores perspectivas para el futuro previsible. Los cultivos se hacían fuera de la empalizada y naturalmente la cosecha estaba pendiente de la vuelta de los indios, siempre temida, en cuyo caso podían repetirse las escenas del sitio de 1536.

            Durante los dos años que Tristán de Vallartes estuvo como depositario del diezmo y quinto, juntó 99 fanegas de maíz; 9 celemines de frijoles; 4 puercos; 2 puercas, (cada una valía 3 ducados de oro) ; 10 pollos; 4 pellejos de nutria y venadillo y 2 de tigre (43) .

            Todo el inmenso territorio desconocido que se extendía a sus espaldas, carecía de población castellana y nada hacía presumir una posible fundación de centros urbanos. No se pensaba hacer el camino al Perú por Buenos Aires, sino a través del Chaco o remontando los ríos.

            De manera que la idea de abandonar un puerto de difícil acceso y que no servía a ninguna región, no era un disparate y se ajustaba a las prescripciones que dejara el Adelantado ton un sentido muy práctico de las necesidades del momento.

            Es claro que algunos se habían encariñado con el lugar. El mismo aislamiento ofrecíales libertades que desconocían en España y no dejaban de tener sus atractivos. Carecían de jefes que impusieran trabajo, no estaban sujetos a integrar expediciones contra los indios y se apegaron a la vida vegetativa, sin otra preocupación que la de obtener el sustento diario.

            Otros en cambio, no estaban conformes con esa vida y deseaban irse, como lo hicieron unos 7 ó 9 que huyeron al Brasil en un batel, antes de ser resuelto el abandono de Buenos Aires.

            La orden de Irala fue acatada sin que parezca haber habido resistencia y los pobladores se aprestaron para embarcarse en la fecha señalada, pero diversos inconvenientes retardaron la marcha, pues según consta el 30 de mayo se acordó la venta de un poco de hierro que había en el puerto de Buenos Aires, e Irala dice que quedó hasta junio.

            El tiempo pasó en preparativos para la despoblación. Cruzaron a San Gabriel levando lo que debía ser guardado allí, para socorro de la armada que esperaban de España y lo pusieron en una casa de madera levantada a dicho efecto. Eran unas 500 fanegas de maíz, frijoles y otros víveres. Además soltaron unos puercos para que procrearan.

            A fin de atraer la atención de los navegantes, alzaron una cruz en medio de una punta que salía al agua y en ella señalaron el lugar donde estaba la casa.

            Además dejaron muchos palos horadados a escoplo, con cartas dentro, conteniendo indicaciones relativas al sitio donde hallarían víveres y una a “Relación” indicando el camino a seguir para llegar al Paraguay (44).

            La “Relación” que Irala escribió en esta oportunidad, contiene detalles referentes a los indios y navegación. Es una pieza que demuestra su espíritu de observación y los conocimientos verdaderamente profundos que logró tener en cuanto se refiere a los indios y territorios de tan vasta región. También señala el concepto que tenía de la gente, pues cuenta que «para que tubiesen mas ganas de nos seguir y buscar les encubri en la relación que dejaba lo sucedido a johan de ayolas e dixe que en nuestro poder theniamos mas oro y plata » (45).

            Al embarcarse y siempre dentro de las órdenes impartidas por el Adelantado, hizo prender fuego a la nao encallada y al rancherío, poniendo fin a la existencia de la población del puerto de Buenos Aires.

            Respecto al abandono de este asiento se ha escrito mucho, juzgándolo con criterio que sería exacto si entonces hubiera sido lo que fue luego; pero erróneo si se tiene presente que era muy diferente en 1541, así como el estado general de la conquista.

            Se ha querido ver en este acto, un propósito siniestro de Irala, para encerrarse en el Paraguay, lejos de toda comunicación con otras localidades castellanas y de España, para asentar su predominio personal y saciar la sed de mando que le atribuyen.

            Esta aseveración es triplemente errónea. Primero, porque el abandono ya había sido ordenado por Mendoza. Segundo, porque Irala trató por todos los medios a su alcance, de comunicarse con España y el Perú. Tercero, porque fue una medida acertada en aquel momento a causa del corto número de castellanos existente y de la mala ubicación del puerto.

            El primer punto ya se ha visto antes y además las informaciones producidas durante el gobierno del adelantado Cabeza de Vaca, por éste y por los Oficiales Reales, demuestran que entonces nadie hacía cargo a Irala por ello. Más aún, se trató por unos y otros de demostrar que fue el veedor Alonso Cabrera, quién impuso dicha medida.

            Todos los testigos están acordes en reconocer que la despoblación se llevó a cabo «por persuación e índuzimiento de alonso cabrera » y también se hace la misma afirmación en cartas privadas escritas por personas a quienes no se puede tildar de amigos de Irala, como era Francisco Galán, quien dice que se hizo «por ynduzimiento y acuerdo del dicho alonso cabrera por nos hazer mal e molestar ».

            Otros atribuyen la medida a Cabrera en odio a Ruiz Galán. Pero ni uno solo, ni Cabeza de Vaca, ni los testigos de su información, se refieren a Irala como promotor de ella. Todos están conformes en afirmar que a Irala no hazia mas de lo quel quería (Cabrera) e los mandava a todos como si fuera el governador destá tierra » (46).

            Irala tenía demasiada personalidad y criterio propio para servir de instrumento a terceros, si las miras de éstos no cuadraban con las suyas o no las creía convenientes. Pero también tenía la necesaria prudencia y sabía adaptarse a las necesidades del momento para no provocar un rompimiento sin causa que no fuera absolutamente indispensable.

            Parece ser cosa cierta que él deseaba trasladar el asiento a la orilla oriental, pero esta idea no encontraba todo el apoyo necesario para realizarla contrariando la voluntad de los Oficiales Reales, y puesto por éstos en el caso de optar entre dejar una fuerte guarnición o el desamparo, optó por el abandono, que era más ventajoso dadas las condiciones en que se hallaban.

            Después, ya en España comenzó el famoso Pero Hernández, creador de la leyenda negra de Irala, a atribuirle y hacerle cargos por esa medida que quería hacer pasar como un atropello contra los pobladores, olvidando que tenía su origen en una orden del Adelantado y que había sido apoyada por los Oficiales Reales, en el supuesto de que éstos no hubieran sido los instigadores, como aparece en los procesos.

            El segundo punto queda desvirtuado al estudiarse la actuación de Irala en el gobierno. Todos sus actos tendieron a comunicarse con el Perú y España.        Durante el desarrollo del presente estudio veremos que esa fue su preocupación constante, sostenida con tesón y objeto de numerosas expediciones y de cartas al Consejo de Indias, en las cuales exponía sus planes. Llegó precisamente a la despoblación como un medio para reconcentrar en Asunción, el mayor número posible de castellanos a fin de poder continuar la conquista.

            El tercer punto que pesaba mucho en 1541, fue un inconveniente más pasajero y de menor duración. Consistía en las dificultades ofrecidas por la navegación del río de la Plata, que disminuía mucho las ventajas del buen fondeadero; y el aislamiento del puerto respecto a otros centros poblados, con los cuales era imposible comunicarse desde allí.

            Esta última circunstancia permitía alentar un espíritu de rebelión, como se había insinuado con Ruiz Galán, y cuya repetición convenía prevenir para no tener que sofocarlo.

            Por todo esto, sucintamente tratado acá, la despoblación de Buenos Aires no es un acto reprochable a quien quiera que haya sido su autor, Mendoza, Cabrera o Irala. Fue una medida adecuada al momento de su ejecución, y el asiento volvió a surgir cuando las circunstancias al variar, hicieron posible y útil su existencia.

            Terminados los preparativos, los conquistadores se hicieron a la vela y llegaron a Asunción el 2 de septiembre. El recinto de la Casa-fuerte resultó estrecho para contener al nuevo contingente que subió de Buenos Aires. Las condiciones habían cambiado desde su fundación. De un simple refugio levantado para descanso y aprovisionamiento de víveres, se convertía en el centro de la conquista y adquiría un carácter de estabilidad que era por completo, opuesto al originario.

            Por consiguiente exigía una organización adecuada a sus nuevas funciones y el general Irala se ocupó en dárselas inmediatamente.

            Con la ordenanza del 16 de septiembre de 1541, señaló las autoridades de república que le daba calidad de ciudad de acuerdo con la legislación vigente (47).

            Este documento puede ser considerado el punto de partida de su vida comunal, y demostración de que la ciudad había reemplazado a la Casa-Fuerte de los primeros años.

            D. Juan Francisco de Aguirre dice al respecto: « La Asunción, este puerto de salvamento merecía ya una exaltación más recomendable. Estaba cimentada la perpetuidad y por lo tanto el acuerdo de la buena gobernación procediendo con aumento a las reales instrucciones erigió su colonia en ciudad el Día 16 de septiembre del año de 1541 ». Luego agrega « después de la erección era su título puerto y ciudad de N. S. (a veces también Sta. María) de la Asunción, en el Río Paraguay, provincia del Río de la Plata » (48).

            Sus primeras autoridades edilicias fueron: el capitán Juan de Ortega, alguacil mayor; Pero Díaz del Valle, alcalde mayor; Juan de Salazar de Espinosa, alcalde de primer voto, y cinco regidores, entre los cuales se contaban Alonso Cabrera y García Venegas (49).

            En el citado acuerdo se estableció la forma de elección de los regidores por medio de electores y sorteo de cinco, dentro de diez cédulas encerradas en un cántaro, con garantías de honradez en el procedimiento.

            Al mismo tiempo, como la Ciudad no podía atender a sus necesidades sin tener propios y no podía dársele, le fijaron el producto de las multas y penas incursas por violación de las ordenanzas cuyo producto se imputaría a obras públicas, no pudiendo el mayordomo disponer de suma alguna, sin orden escrita de la justicia y debiendo pasar el cargo a su sucesor, mediante rendición de cuentas, etc.

            En lo que atañe a la parte edilicia, hizo derribar la empalizada que cercaba la Casa-fuerte, señalando una extensión mayor para edificar las moradas de los pobladores y un lugar para la plaza, etc.

            Además por cotización de los vecinos, se cortaron palmas que debían emplearse en cercar el nuevo perímetro, pues durante muchísimos años, hubo de cerrarse las puertas al anochecer y nadie podía franquearlas sin previo permiso. También había un servicio de centinelas, que tenía a su cargo la vigilancia, a objeto de avisar cualquier novedad que se presentara y pudiera hacer presumir un ataque de indios.

            Igualmente se ocupó de la parte económica de sus gobernados, dictando una ordenanza el 3 de octubre, que fijó el valor de la moneda de la tierra, con lo cual vino a regular las transacciones, tan difíciles de realizar en una región carente de metálico (50).

            Otras materias de orden menos material fueron igualmente objeto de su atención. Desde el 11 de agosto de 1539 era capellán de la iglesia el padre Andrada, a quien agregaron el 10 de junio de 1540, el padre Juan Gabriel de Lascano, con igual carácter. En fecha 10 de enero de 1542, aumentó el número de capellanes a cuatro para la iglesia matriz, señalando a cada uno, el estipendio de 12.000 maravedies, más «el pan», que consistía en 20 fanegas de maíz, 10 de porotos, 50 de raíz de mandioca y 20 pollos.

            Y para cuidado de la salud corporal, asignó a Blas Testanova, de Génova, la suma de 50.000 maravedies, para curar como médico, a por no haber ninguno venido de España » (51).

            Mientras tanto Irala no descuidaba los preparativos para emprender una entrada por el norte, destinada a descubrir el camino por donde se llegaría a las regiones de las narraciones fabulosas de los indígenas.

            Para ello puso en astillero la construcción de varios navíos y almacenó provisiones y efectos.

            La fecha de la partida ya estaba fijada, cuando el 24 de febrero de 1542, día de San Matías, llegó a Asunción, un indio mensajero de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, anunciando que se encontraba en Ibituruzú, lugar cercano al Tebícuari-míni, y haciendo saber que el Rey le había capitulado la gobernación de estas provincias a las que venía por tierra desde Santa Catalina, mientras su nao capitana debía remontar los ríos. Pedía socorro para otro grupo de soldados que había hecho seguir por el río Paraná, en balsas.

            Irala tan pronto como recibió estas noticias, despachó a Álvaro de Chaves a su encuentro, para avisarle el envío de 3 navíos con socorros, a las órdenes de García Venegas. Después envió a los capitanes Juan de Ortega, Juan de Salazar de Espinosa y Alonso Cabrera, cabildantes, para que le presentaran el saludo de los conquistadores y le facilitaran la llegada a la Ciudad.

            El socorro pudo prestarse en forma tan rápida, gracias a tener, ya, preparados varios navíos para la expedición al norte. El abastecimiento de las embarcaciones se hizo por cuenta del general Irala.

 

 

IX

GOBIERNO DE CABEZA DE VACA

 

            Alvar Núñez Cabeza de Vaca, caballero jerezano de ilustre abolengo, con servicios distinguidos prestados en las luchas contra los moros, guerras de Italia y conquista de la Florida, solicitó el gobierno del Río de la Plata cuando en España se supo la muerte de D. Pedro de Mendoza. Pero el asunto del Adelantamiento no estaba bien definido, ni podía estarlo, hasta que no constara a ciencia cierta, la suerte corrida por el capitán Juan de Ayolas, su heredero.

            Por eso las Capitulaciones Reales que le acordaron, se ponían tanto en el caso de haber Gobernador, como en el de estar vacante el cargo.

            En el primer caso, Cabeza de Vaca sería su teniente general; en el segundo, se le confería la autoridad de Gobernador, y “Adelantado de las tierras que así de nuevo descubrieredes, conquístaredes y poblaredes”.

            Como se ha dicho, su armada se dividió en la costa del Brasil, después de una permanencia bastante larga y de pasar sus vicisitudes. Una parte a las órdenes del capitán Pedro Estopiñán Cabeza de Vaca, siguió embarcada en la Capítana hacia el río de la Plata; mientras otra, capitaneada por Cabeza de Vaca remontaba el río Itabucu y cruzaba por tierra en dirección al Paraguay.

            Esta ruta era conocida de largo tiempo por los naturales que la recorrían en sus viajes entre la costa del Brasil y el centro del Continente. Atravesaba vastas comarcas pobladas por tribus afines y era el camino más corto para llegar al mar.

            Las referencias oídas por Cabeza de Vaca respecto a las dificultades que ofrecía remontar los ríos que llevaban al Paraguay desde la entrada del Plata, le convencieron de que era imposible hacerlo llevando caballos, o que por lo menos, éstos corrían serios peligros durante la navegación fluvial.

            Todo ello le decidió a emprender la travesía del territorio siguiendo el camino de los indios, que también parecía haberlo recorrido Alejo García en su legendaria expedición al Perú.

            Y así lo hizo abriendo paso para la caballada y cargas, a golpe de hacha y machete.

            Al llegar a orillas del Paraná, como hubiera muchos enfermos e ímpedímenta, resolvió hacer construir balsas y mandarlos río abajo en ellas. Al mismo tiempo envió un mensajero a Irala, solicitándole los socorriera, como ya se ha visto.

            Cabeza de Vaca continuó su jornada por tierra sin nuevos tropiezos hasta hacer su entrada en Asunción, “cabeça de estas provincias” después de ser saludado por los mensajeros de Irala.

            La entrega del mando al nuevo gobernante no pasó sin cabildeos, pues legalmente no estaba comprobada la muerte de Ayolas. De ahí que algunos creyeran improcedente su recepción como gobernador.

            El 9 de marzo de 1542, en presencia del general Irala, Oficiales Reales y otras personas, se presentó la R.O. que todos tomaron y pusieron sobre su cabeza “e dixeron que la obedesçian e obdesçieron como a carta e mandado de su Rey e señor e que en cuanto al cumplimiento Responderían luego”. En seguida fue leída por el escribano Diego de Olabarrieta.

            Esta dilatoria permitió contemplar la situación antes mencionada, y como la R. O. preveía el caso, se allanó la dificultad.

            El general Irala le dio obediencia y entregó las varas de alcalde mayor, alguacil mayor y alguaciles, por escritura en la cual actuaron como testigos los capitanes Juan de Salazar de Espinosa, Alonso Cabrera, D. Carlos Dubrin y D. Francisco de Mendoza.

            El día 13, el nuevo gobernador pidió le recibieran juramento y así se hizo en presencia de los regidores Hernando de Ribera, Alonso de Valenzuela, Lope de Ugarte y Pedro Benítez de Lugo, jurando Cabeza de Vaca con su mano derecha puesta en las manos del general Irala y Alonso Cabrera.

            Tres días más tarde, ya como Gobernador y Capitán General, hizo leer tres provisiones de S. M. ante los Oficiales Reales, García Venegas, Alonso Cabrera y Pedro Dorantes (52).

            Irala procedió a la entrega de los efectos que tenía de pertenencia del anterior Adelantado, entre los cuales se contaban algunos navíos construidos para ir al norte, y otros que estaban en astillero.

            Los primeros eran: “La Galera”, “San Juan”, “Santiago” y “San Cristóbal”, todos con su vela, jarcia y resón; “La Golondrina” en igual condición, con la vela hecha con manteles comprados a Pancaldo, a costa de Irala, según obligación firmada; un batel con aparejos; algunos versos; otro rejón; 11 quintales de jarcia comprados a Diego de Tovalina, factor de Martín de Orduña, al precio de España, y algunas otras cosas.

            Igualmente presentó la cuenta de lo que había gastado de su peculio y que debía ser a cargo de D. Pedro de Mendoza y del capitán Ayolas, a saber: 50 rosarios de margaritas; 23 ídem de abalorio verde; 3.000 anzuelos de rescate de toda suerte; 2 pailas de latón; 10 pares de tijeras; 24 cuchillos de España; 2 hachas; 36 chilises; 24 cascabeles: 300 cuchillos bohemios que compró a Francisco Ruiz Galán; 25 varas de lienzo de algodón para velas; más de 12 quintales de hierro comprados a Pancaldo y más de 400 cuñas de hierro (53).

            La armada de Cabeza de Vaca, lo repito, se dividió en varias secciones. La primera en llegar a Asunción, fue la que él dirigía. Luego el 11 de abril llegaron aquellos que habían bajado el Paraná en las balsas. Faltaban los tripulantes de la Capitana.

            El recorrido de los segundos resultó accidentado pero a la altura de Santa Ana fueron recibidos por un indio cristiano llamado Francisco, que había sido esclavo de Gonzalo de Acosta, quien le trajo del Brasil y al cual he recordado al tratar de la fundación de la Casa Fuerte. Después, ya en el Paraguay, había prestado valiosos servicios a Salazar y era muy adicto a los castellanos como volvió a probarlo en esta ocasión, ayudándolos materialmente y con indicaciones que les permitió esperar a los bergantines de García Venegas sin experimentar mayores pérdidas.

            Cabeza de Vaca también pudo arreglar el conflicto promovido por los padres Armenta y Lebrón. Estos le habían acompañado desde la costa del Brasil, siendo causa de muchas desavenencias hasta que después de cruzar el Paraná, se separaron del grueso de la expedición llevándose sus indios y con ellos anduvieron recorriendo los montes. Sabedor de que estaban a unas 30 leguas de Asunción, el Gobernador mandó al capitán Gonzalo de Mendoza para que los hiciera ir a la Ciudad, con el ofrecimiento de darles terrenos para casa y monasterio. Aceptaron y así quedó libre Cabeza de Vaca de las aprensiones que le daban sus andanzas y se incorporaron a las actividades de la Ciudad.

            La llegada del Gobernador a ésta, trastornó profundamente la vida y proyectos de las autoridades y vecinos. « Ansi con su venida nos estorvo el viage que estavamos para hazer » (54), era la impresión general.

            Todo se encontraba en plena actividad para afirmar y extender la conquista, de la cual tanto provecho esperaban. Para ello, el general Irala apoyado por sus compañeros, preparaba los elementos necesarios a fin de llevarla hasta el Perú, objetivo primordial de la jornada que los trajera a Indias.

            Al mismo tiempo se realizaban obras de carácter urbano. Las moradas se levantaban en los solares recientemente repartidos y comenzaban otras construcciones de interés y bienestar común.

            Todo esto pasó a segundo plano, ante las necesidades creadas por el arribo de los primeros contingentes del nuevo Gobernador.

            El asunto de mayor urgencia para Cabeza de Vaca, era el socorro a los tripulantes de la Capitana; luego, las relaciones con los indios comarcanos y por último, la entrada a las regiones ricas.

            El primero lo creaba el abandono del puerto de Buenos Aires, ignorado por los expedicionarios quienes contaban hallar allí, provisiones y ayuda, antes de remontar los ríos. La situación era grave, y podía volverse trágica, si quedaban librados a sus solos recursos en tierras pobres, pobladas por naturales hostiles y sin contar con un piloto para guiarles durante la navegación fluvial.

            Urgía encontrar la manera de ir en su auxilio y además evitar que se repitiera el mismo inconveniente, si por acaso llegaban otras armadas de España.

            Pero el nuevo gobernante desconocía en absoluto, las condiciones y recursos de la Provincia, por lo que estaba inhabilitado para tomar resoluciones por sí solo. Felizmente “los conquistadores viejos” vinieron en su ayuda con la experiencia y medíos de que disponían.

            Según parece, Cabeza de Vaca hizo una encuesta entre los capitanes. Al menos así lo dijo Juan Romero, y es natural que sucediera. Ignoramos el detalle de las respuestas que recibió y, no consta tampoco, la opinión de Irala, pero el propósito que tenía en 1541, y el elogio que hizo de los puertos de la costa oriental, en la “Relación” dejada en San Gabriel al abandonar el puerto de Buenos Aires, como se ha visto, hacen presumir que debe haberse inclinado a favor de alguno de ellos.

            Es de suponer que la mayoría habría de pensarlo así, pues el Adelantado lo ordenó de conformidad, según veremos en seguida.

            Como a su llegada al Paraguay halló varios bergantines en el puerto, prestos para la expedición al norte, pudo disponer la partida de dos, que confió a la pericia del capitán Juan Romero, quien había tenido a su cargo el puerto de Buenos Aires, durante las ausencias de Ruíz Galán.

            Las instrucciones que recibió, le prescribían además del socorro que debía prestar a la nao Capitana, «que en la parte que mejor le pareçiese fundase y asentase puerto y pueblo en el dicho Río del parana » (55) en el que tendría el cargo de « su lugarteniente de governador en nombre de su magestad ».

            Como de acuerdo con las leyes vigentes se prohibía hacer fundaciones con pobladores que no fueran por su voluntad, se levantó bandera de alistamiento y se reunieron 50 hombres. El capitán Romero recibió autorización para sacar 20 más, de entre los tripulantes de la Capitana, “clerigos e ofiçiales e otras cosas neçesarias para la Reformaçion e asyento del dicho puerto e pueblo” y asentar con ellos, “en el rrio de san juan ques en el rrio del parana en la otra vanda del rrio frontero del rreal e puerto de buenos ayres” (56).

            Los preparativos no demandaron demasiado tiempo por haber barcos abastecidos para la jornada al norte, como he dicho, y contarse además, con la buena voluntad del capitán Irala, quien puso de su parte, elementos de su propiedad reforzando el socorro.

            Debióse a ello, el que Romero pudiera hacerse a la vela el 17 de abril, con los dos bergantines, mientras quedaban aderezándose otros tantos, que partirían luego para consolidar su obra.

            Para mitad de julio ya estuvieron prontos y el Gobernador tomó las últimas providencias para la partida. La segunda expedición, compuesta de 50 hombres, iba a las órdenes del capitán Gonzalo de Mendoza y llevaba bastantes provisiones.

            El 24 hubo acuerdo entre el adelantado Cabeza de Vaca y los Oficiales Reales respecto a la fundación de San Juan “por ser población destinada a esperar los navíos de España”, nombrándose tesorero del nuevo pueblo, a Hernando de Alvarado (57).

            Al día siguiente, 25 de julio, festividad del Apóstol Santiago, se hicieron a la vela.

            Las preocupaciones consiguientes a dichas gestiones, no impidieron tratar otros puntos de administración, como ser la designación de capellanes para la nueva población, recaída en los padres Juan López y Escalera, hecha el 21 del mismo mes.

            También el inesperado aumento de pobladores que ocasionó la llegada de la armada de Cabeza de Vaca, introdujo cambios en la ciudad.

            Para comenzar, el Gobernador se apropió de las 3.000 palmas que los vecinos tenían preparadas para el nuevo cercado defensivo de las moradas, y en parte las usó para hacer construir una fortaleza en el sitió reservado para plaza y su residencia, dotándola de caballerizas y otras dependencias desusadas en las modestas viviendas de los “conquistadores viejos”. Las palmas sobrantes las distribuyó entre sus amigos, con igual destino de edificar sus casas.

            Estas medidas, absolutamente ajenas al gobierno y conquista de la Provincia, a pesar de su nimiedad, a los ojos de los conquistadores, eran bastante importantes como para provocar descontento y levantar resistencias, pues juzgaban menospreciadas las consideraciones que creían merecer por sus servicios anteriores.

 

 

 

XI

LA NOCHE DE SAN MARCOS Y SUS CONSECUENCIAS

 

            Durante su breve gobierno interino, tocóle al capitán Salazar de Espinosa, volver a discutir el pleito con los agaces.

            Cabeza de Vaca partió sin dejar resuelto el conflicto y la permanente hostilidad entre carios y agaces, mantenía en alarma a los habitantes de la Ciudad.

            Salazar trató de hallar una solución y a ese fin, el 14 de marzo de 1544, hizo junta de Oficiales Reales, clérigos, etc., en su casa, y les expuso las depredaciones que hacían los agaces y la cantidad de indios amigos que cautivaban. Les pidió su opinión respecto a la conducta que debían seguir ante tales hechos.

            Los padres Lascano, Miranda, fr. Armenta, fr. Herrezuelo y fr. Salazar, aunque con distintos términos expusieron que debido a su carácter sacerdotal no podían aconsejar se hiciera daño a los naturales, pero encontraban justo se les sujetara, y se les hiciese la guerra, ante las amenazas permanentes que implicaba su actitud.

            El factor Dorantes y el teniente de contador, Juan Camargo, pensaban que debían intimárseles la obediencia y la cesación de las correrías en el río, sin cuya libertad de aprovechamiento y navegación no podían vivir los castellanos. En consecuencia, aconsejaban que se debía intimarles que no volvieran a molestar y en último caso aprehenderles.

            Como resultado práctico se resolvió el envío de un emisario para platicar con Abacote, siendo designado Juan de Fustes, quien debía además, exigirle la devolución de lo que habían llevado, y una respuesta como tenía ofrecida.

            Abacote explicó que no había mandado contestar antes por no encontrar quien quisiera ir, temerosos de correr la misma suerte de los mensajeros anteriores.

            Fustes volvió a Asunción a dar cuenta al teniente de gobernador Salazar, y pocos días más tarde regresó al puerto de Guara, para insistir ante los indios.

            Las pláticas siguieron con otros indios principales, por no concurrir Abacote. Alegaron diversas razones, como era habitual en ellos, sin llegarse a nada concreto.

            En la primera quincena de abril, Fustes estuvo nuevamente en Asunción, donde Salazar llamó otra vez a junta para resolver la conducta a seguir, pero la llegada de Cabeza de Vaca, de su jornada al norte y sucesos posteriores, interrumpieron este asunto, a pesar de la importancia que tenía.

            El Gobernador halló terminada la iglesia mayor y muy avanzada la construcción de la carabela que había encargado tan empeñosamente a Salazar, destinada a mandar pliegos a España.

            A pesar de todo, Cabeza de Vaca encontró pretextos para hacerle observaciones, como fue la donación que había hecho de algunos sitios para casas y ciertos montes para que los castellanos sembrasen, lo cual contrarió al Gobernador y dijo que su tierra no se había de dar así y que en levantándose de su enfermedad, entendería en ello (95).

            Y como en los dos años de mando había tenido la habilidad de desorganizar las incipientes instituciones locales y malquistarse con la mayor parte de los pobladores, no fue difícil a los Oficiales Reales, agrupar a los descontentos y acordar la manera de desposeerle.

            Durante la noche del 25 de abril de 1544, festividad de San Marcos, la morada del Gobernador se vio invadida por los Oficiales Reales seguidos por un grupo numeroso de personas de significación por su nombre o servicios, como eran D. Francisco de Mendoza, Nufrío de Chaves, Martín Suárez de Toledo, Juan de Ortega, Francisco Palomino, Alonso de Valenzuela, Alonso de Angulo, Pedro de Monroy, Hernandarias de Mansilla, Pedro Benítez de Lugo, Diego de Acosta, Jaime Rasquin, Andrés Hernández el romo, Diego de Leyes, Francisco Álvarez Gaytan, Pedro de Aguilera el regidor, Galiano de Meyra y muchos otros, quienes llegaron hasta la estancia donde se encontraba Cabeza de Vaca, todavía convaleciente de la enfermedad contraída en Los Reyes, en compañía de un grupo de sus parciales (96).

            El número de los amotinados, y su decisión, inmovilizó a todos, no dejándoles lugar para usar sus armas.

            Cabeza de Vaca ante la imposibilidad de resistirles, tuvo que rendirse, y entregó su espada a D. Francisco de Mendoza.

            En seguida le sacaron de su casa, a los gritos de ¡Libertad!, ¡libertad!, ¡viva el Rey!

            Algunos conjurados, que marchaban delante, daban órdenes a los vecinos, de entrarse en sus moradas, diciéndoles: “hermanos, ¡entraos! ¡entraos en vuestras casas! ¡entraos!, ¡entraos!, ¡no salga ninguno de su casa!, ¡cuídaos con el diablo!”.

            Luego le entraron por el corral de García Venegas y le metieron dentro de “un palacio” (97), donde le pusieron gríllos, mientras los Oficiales Reales le decían: “Ahora vereis Alvar Nuñez como se trata a los caballeros”, a lo que él replicóles: “de esta suerte se sirve al Rey”.

            El factor Dorantes comentó: “Pensábase Alvar Nuñez que tenía de andar conmigo en aquellas bellaquerías de procesos”.

            Según Cabeza de Vaca, el movimiento fue preparado alejando a sus parciales, quienes fueron llamados a diferentes casas, con diversos pretextos, y a medida que llegaban, los encerraban hasta después de llevarle a él, a lo de García Venegas. Entonces les pusieron en libertad con la recomendación de ir a prestar auxilio a los Ofíciales Reales, que venían de tomar al “tirano”.

            Como los amotinados contaban con el apoyo del mayor número de pobladores, pudo llevarse a cabo en tal forma, que fue fácil sujetar a los principales partidarios de Cabeza de Vaca, sin violencia, pero imposibilitándolos para defenderle.

            A decir verdad, de las informaciones producidas por uno y otro bando, no parece desprenderse que hayan tenido mucho empeño en hacerlo. Más interés despertó la sucesión al gobierno entre los diversos candidatos que aspiraron a él, que el de restaurar a Cabeza de Vaca en el poder.

            El capitán de la guardia del Gobernador fue llamado por Ruy Díaz Melgarejo y otros, pero como dormía, su criado, no quiso despertarle respetando órdenes anteriores y tuvieron que retirarse.

            El capitán Juan Salazar de Espinosa, teniente de gobernador hasta pocos días antes, no se hallaba en la Ciudad. Desde el incendio vivía en sus cercanías y esa noche estaba acompañado por el capitán Agustín de Campos, otro parcial del Gobernador.

            Ya se habían retirado, cuando su criado, Gerónimo Flamenco, les despertó dando voces y golpes en la puerta, diciéndoles que se armaran. Ambos capitanes creyeron que se trataba de un levantamiento de indios, pero Gerónimo les dijo que el Gobernador había sido apresado. Según Salazar, quiso ir a ver lo sucedido, pero Campos le contuvo haciéndole reflexiones y diciendo que si salían los harían pedazos. Plegóse Salazar a su advertencia y mandaron a Gerónimo en averiguación del suceso. Así supieron que la casa estaba vigilada por arcabuceros que apuntaban hacia ella (98).

            Como consecuencia se estuvieron quedos hasta la mañana siguiente en que oyeron tambores y pregones llamando a juntarse en la plaza, frente a la morada del capitán Domingo de Irala.

            Alonso Riquelme de Guzmán, deudo de Cabeza de Vaca, en cuyo apoyo había tenido un fuerte altercado con el contador Felipe de Cáceres el año anterior, escribió que salió con Méndez llevando ballestas y «hallamos a la puerta de nuestra calle más de diez onbres con sus armas y un alguazil que (dijo que) sy no me bolvia que me llevarían preso y viéndome solo que mas no se podía hazer me torne a mi casa » (99).

            Un grupo de conjurados entre quienes estaban Sancho de Salinas, Francisco Álvarez Gaytán, Zoilo de Solórzano, Juan Juárez, Pedro Sánchez Capilla y Gonzalo Pérez Morán, fueron a aprehender al alguacil mayor Juan Pavón de Badajoz y a los alguaciles Peralta y Fuentelrey.

            Pavón ocupaba el cargo desde la llegada del Adelantado. No gozaba de simpatías; le acusaban de abuso de poder y excesiva complacencia con Cabeza de Vaca. Los amotinados le quitaron la vara de la justicia y cuando preguntó « ¿porque me prendeys syendo vuestro alcalde mayor? », le contestaron: « no soys syno un ladrón, traydor, vellaco » y a empellones, medio a rastras, fue llevado ante los Oficiales Reales. Al pasar por frente a la casa del capitán Gonzalo de Mendoza, Pavón le pidió favor y ayuda, pero aquél le contestó; « vaya, vaya, llevadlo », y siguieron su camino. Entonces pidió al veedor Cabrera, que por estar malo, no le mandase echar en la cárcel, y el Veedor le dijo: « anda anda tened vos por bien destar donde yo estuve llevarle ». Durante el trayecto, Juan Juárez le quiso matar, pero Solórzano lo impidió diciéndole: «Señor Juarez agora que teneis a este vuestro enemigo debajo de la mano aveis de mostrar quien soys que tanto mal me ha hecho a mi como abos e bien me debe la muerte pero no quiero hazelle mal que harto duelos tiene ». En la cárcel le pusieron grillos y luego le raparon las barbas, dejándole con guardias a la puerta (100).

            A los alguaciles Peralta y Fuentelrey también les fueron quitadas las varas por Martín de Orúe, Bartolomé González y otros, en cumplimiento de órdenes de los Oficiales Reales, y conducidos a la Cárcel, donde les echaron en el cepo.

            El escribano Pero Hernández, que entre otras causas, se había atraído la enemiga de los conquistadores por « su complacencia hacia los que mandaban », también se hallaba enfermo cuando entraron en su aposento con la espada desnuda y rodelas, Francisco de Vergara, Andrés Hernández el romo, Bartolomé González, Sebastián de Sahagún y otros, diciendo en alta voz: « ¡Libertad! ¡Libertad! ». Preguntó la causa de tanto alboroto y así se enteró de la prisión del Gobernador.

            Los “tumultuarios”, como llamaron a los sublevados, procedieron de igual manera con algunos otros « leales », que era el calificativo de los adictos a Cabeza de Vaca.

            En la mañana que siguió al motín de « la noche de San Marcos » las calles de la Ciudad fueron recorridas por el pregonero que al redoble del tambor convocaba a los vecinos para que se reunieran frente a la casa del capitán Irala, por orden de los Oficiales Reales.

            Como consecuencia del incendio de tantas viviendas, en febrero del 43, eran muchos los que vivían en sus chacras y se anoticiaron entonces, de los sucesos de la noche.

            Uno de ellos fue el capitán Pedro Estopiñán Cabeza de Vaca, primo del Adelantado, muy vinculado a él por afecto y que había ocupado cargos de confianza. Estaba a unas tres leguas y fue a buscarle su criado Francisco de Mansilla, llevándole un caballo y al mismo tiempo le entregó una carta de García Venegas donde le refería la prisión de Cabeza de Vaca y le llamaba a la Ciudad. El padre Armenta también le escribió, pero aconsejándole que se refugiara en el Monasterio de Guadalupe hasta llegar a un acuerdo con García Venegas. Así lo hizo, poniéndose a las órdenes de los Oficiales Reales (101).

            Este personaje no gozaba tampoco de simpatías, ni aún entre sus paisanos y compañeros de expedición. Se le consideraba “un hombre poco temeroso de Nº Sor. de su Magestad siempre ha procurado por su persona industria y malos consejos que haya desasosiegos escandalos y rebuelta que se hagan malos tratamientos molestias y vejaciones. Los conquistadores y pobladores le tienen gran odio y enemistad y siempre han deseado que salga de la provincia, en Jerez se jactaba de tener en sus manos la paz o la guerra. Engañaba a todo el mundo” (102). Días después Cáceres y Cabrera fueron a buscarle en compañía de mucha gente. Le contaron lo acaecido explicándole que era para mayor bien de la Provincia.

            En la tarde del mismo 26 de abril, siendo más o menos las 4, se reunió ante la casa del capitán Domingo de Irala, la mayor parte de los conquistadores de la Provincia que residían en Asunción, llamados por bando público y tambor. También asistió el capitán Irala, todavía convaleciente de la enfermedad; los capitanes Salazar de Espinosa, Gonzalo de Mendoza, Nufrio de Chaves, García Rodríguez de Vergara y muchos otros.

            Cuando ya había gran número, los Oficiales Reales con Martín de Orúe, escribano del número y de la gobernación civil y criminal en la Provincia; de Bartolomé González, escribano público del número y del Cabildo y Regimiento de la Provincia y de Juan de Valderas, escribano público del número, todos juntos, salieron de la casa donde estaba preso el Gobernador y se dirigieron al lugar de la reunión.

            Bartolomé González subió sobre un madero o poyo, y desenvolviendo los papeles que traía en la mano, leyó una larga « Relación » enumerativa de los cargos imputados al Adelantado cuya actuación se analizaba prolijamente, bajo sus aspectos político, económico y militar, como antecedentes explicativos de la razón que les había asistido para deponerle, medida muy conveniente para los intereses de la tierra, agregándose a continuación: “e que para esto para mas justificaçion de su parte e universal conthentamiento de todos les pareçe que deven rrequerir e asy rrequieren al capitan domíngo martinez de yrala theníente que fue del governador joan de ayolas para que thenga el cargo como honbre que há thenido el dicho poder e ha governado en esta tierra paçificamente en general concordia de todos para que mientras su magestad ynformado desto probea lo que a su rreal serviçio conviene use el dicho ofiçio e que de nuevo de parte de su magestad y en su nombre le añaden todas las fuerças aquellos como ofiçiales de su magestad en su rreal nonbre en cosa tan cunplídera a su serviçio lo pueden e deven mejor hazer rrequiríendole de parte de su magestad con toda diligençia haga adresçar el navio que se esta hazíendo hasta acaballo y ponello a punto de poder navegar por manera que dentro de seis meses primeros el dicho alvar nuñez cabeça de vaca e oficiales de su magestad se presenten en su rreal corte e para esto para que asy se efetue de parte de su magestad rrequieren a todos los señores capitanes e cavalleros e otras personas que presentes estan o ausentes se fallaren lo nonbren ayan e thengan al dicho señor capitan domingo martínez de yrala por su lugartheniente de governador e capitan general segund que antes lo solian tener antes que viniese el dicho alvar nuñez cabeça de vaca e que esto es lo que cunple al servíçio de su magestad e al byen e poblaçion e paçificaçion e livertad comun y general de todos porque ellos por tal lo eligen e rreçiben en nonbre de su magestad e de como asy lo dizen manifíestan e hazen saber eligen e nonbran segund todo va declarado”.

            Leído en alta y viva voz « todo lo susodicho de verbo ad verbun », lo firmaron los Oficiales Reales. Luego el escribano preguntó a los conquistadores presentes si nombraban, habían y tenían por teniente de gobernador al capitán Domingo Martínez de Irala, « segund que antes lo solyan thener » y todos « en alta y comprehensible boz », «unanime conformes nemyne discrepante sin contradiçion alguna díxeron que asy lo nombravan avian e thenian al dicho señor capitán domingo martinez de yrala » como les fue dicho, sirviendo de testigos del acto los capitanes Juan de Salazar de Espinosa, Gonzalo de Mendoza, García Rodríguez de Vergara, Nufrio de Chaves, Francisco López, Francisco Palomíno, alférez Martín Benzón y todos los demás presentes, autorizando el acto los tres escribanos.

            Inmediatamente pasaron al interior de la casa del capitán Irala, quien en presencia de los Oficiales Reales y ante los escribanos « díxo que visto que los dichos señores oficiales de su magestad le han rrequerido nonbrado y señalado por tal lugarteniente de governador y capítan general susodicho por las causas y rrazones por ellos expresadas e que asy mismo todos los dichos conquistadores le han nonbrado avído e señalado por tal theniente de governador y capitan general quel con zelo del servicio de dios nuestro señor e de su magestad e de su rreal justicia y exsecuçion della e de la buena governaçion e poblaçíon e paçíficacíon desta dicha tierra e provincia e porque entiende mediante la divina gracia en todo ello ayudar servir y aprobechar, acebtava y acebto el dicho cargo de theniente de governador y capitan general para lo usar y exerçer en los casos y cosas a ellos anexas a conçernientes asy e de la forma e por el tienpo que los dichos señores ofíciales de su magestad lo han dicho e declarado e que para ello esta presto e aparejado de hazer en manos de los dichos señores oficiales de su magestad el juramento y solenydad que en tal caso se rrequiere », luego lo firmó siendo testigos Don Francisco de Mendoza, Don Diego Barba y los capitanes Nufrio de Chaves y Juan de Camargo.

            A continuación, el contador Felipe de Cáceres, por si y los otros Oficiales Reales, tomó y recíbíóle juramento por Dios, Santa María, los Evangelios y por la señal de la Cruz sobre la cual puso su mano derecha, diciendo. « Sy juro e amen », prometiendo usar bien y diligentemente el dicho cargo, siendo luego recibido por los presentes ante los mismos tres escribanos (103).

            Terminada la ceremonia, los Ofíciales Reales regresaron a la casa de donde habían salido.

            Nadie observó esta elección, pues el electo contaba con la simpatía de la mayoría, y los contrarios estaban desorganizados y sorprendidos por el motín.

            La participación que Irala tuvo en la preparación y realización del golpe, es asunto discutible.

            Los numerosos juicios que se ventilaron, guardan silencio sobre este punto. Ni una sola vez se le nombra, al extremo de que su persona parece inexistente.

            Los Ofíciales Reales en acuerdo del 5 de marzo de 1545, dicen: « que al tiempo que los dichos oficiales de su magestad prendieron y apartaron de la Gobernación de esta provincia a Álvaro Núñez cabeza de Vaca para lo llevar ante su Magestad requirieron al Señor Capitán Domingo Martínez de Yrala.... para que en nombre de su magestad tuviese el dicho cargo de Gobernador e capitán General como lo usaba y ejercía antes que el dicho Álvaro Núñez Cabeza de Vaca a esta provincia viníese ».

            El factor Dorantes reconoce expresamente, en carta dirigida al Rey, que los Oficiales Reales fueron quienes hicieron el movimiento. Escribe: «como fue el governador preso y apartado de la governacion luego nuestros oficiales como ellos ya lo tenían consultado e yo con ellos determínamos de requerir en nombre de vuestra magestad a domingo de yrala que hallamos aquí por theniente de juan de ayolas, que tuviese cargo de la justicia porque nos pareció que para vuestro servicio y conservación de la tierra así convenía y lo comunicamos y platicamos con los capitanes y personas principales desta tierra a los que les pareció muy bien e lo aceptaron e se aprovo como parecera por el testimonio que alla va» (104).

            Los términos son categóricos y apartan del capitán Irala toda imputación de haber trabajado en provecho propio.

            Cabeza de Vaca cuenta que al regresar a España, en la carabela, Alonso Cabrera le pidió perdón de rodillas, « porque él había sido causa de todo lo que se había fecho» y requirió al escribano Pero Hernández, la entrega de un testimonio de lo dicho (105). Entonces era el momento de inculpar a otro para descargar su culpabilidad y no lo hizo.

            Las imputaciones comenzaron luego, cuando vieron perdidas las esperanzas de reintegrarse en el gobierno.

            El escribano Pero Hernández abrió el fuego con su famosa carta panfleto, que parece precursora de cierta prensa moderna, en la cual predomina la sección « Hechos diversos » de carácter policial.

            Otros le siguieron con menos brío, más ni Pero Hernández, ni ellos, aportan elementos que fundamenten unas afirmaciones que contradicen otros documentos más merecedores de confianza, como son los procesos y las mismas afirmaciones de los actores principales, hechas en el momento de los sucesos.

            Muchos años después, el gobernador Francisco Ortiz de Vergara, refiriéndose a lo mismo, dijo: « dízen que domingo de yrala lo supo y les hizo espaldas no se mas de que las apariencias así parecio » (106).

            Seguramente Ortiz de Vergara se acerca a la verdad, no siendo presumible que Irala ignorara lo que se tramaba. Su situación, los vínculos de amistad que le unían con las personas de mayor gravitación en la vida política y los servicios prestados, no permiten suponer que haya sido extraño a actos de tanta trascendencia.

            También es posible que les dejara obrar, pero esto no implica que haya sido el promotor, ni quien hiciera ejecutar el golpe, quedando él, entre telones hasta el momento de salir a recoger el fruto de su intriga. Eso es completamente opuesto a sus procederes y se desdice de toda su actuación anterior y posterior.

            El 27, Estopiñán Cabeza de Vaca fue visto para que saliera del Monasterio y él, « de puro miedo salyo porque sabía que si otra cosa quisyera hazer por lo que dicho tiene no le aprovechara nada », « y no osando facer otra cosa », fue a ver a Cabrera, que estaba enfermo de los ojos. Este, nuevamente le explicó los sucesos (107) , le contó que habían hecho « Relación » de ellos, con mención de las culpas de Cabeza de Vaca y ordenó al escribano Alonso Gutiérrez, presente en la entrevista, que leyera el documento. Cuando quedaron solos Estopiñán y Cabrera, el primero díjole: « vosotros dezís que aveys prendido al governador con conformidad de todo el pueblo que necesidad tuvisteis de leer el libelo difamatorio al governador para pasificar el pueblo que por el e por lo que dezis dais a entender que no es ello ansi e lo que aveys fecho lo avys fechos de fecho y aunque a su magestad le constaran todas las causas que poneys contra el governador ser verdaderas no diera contra el dicho governador ni consintiera dar tal libelo disfamatorio syn primero oyrlo e aunque fuera convencido no son convinientes las causas que le poneys para tal ynfamia ».

            Estaban en esto, cuando entró el contador Cáceres y riñó con Cabrera, por haber hecho leer el libelo a Estopiñán. Por fin ordenó a este que callase, y él « no oso jazer otra cosa ».

            De allí se dirigió a la morada de Irala, donde había mucha gente reunida. Después pasó a la de García Venegas, con quien departió « poniendo rostro y alegre senblante porque le convenía » (108).

            En esta casa vio al Gobernador, engrillado y bajo la vigilancia de Bartolomé González, Andrés Hernández el romo, Alonso de Valenzuela, el alférez Francisco de Vergara, Alonso de Angulo, Cáceres y otros, quienes tenían ballestas y arcabuces con la mecha encendida.

            Estopiñán siguió libre, y con Cabrera se “comunicava mas que a otro ninguno”.

            El capitán Salazar de Espinosa andaba de uno a otro, y poco después estaba tan conforme con los Oficiales Reales, que « paresçia que avían partido entre todos la ostra e que no avia rremedio » (109).

            Durante los primeros días de su prisión, además de Estopiñán, tuvieron acceso hasta el Gobernador, Ortigosa, Hoces y otros más, pero cuando comenzaron a tramarse conspiraciones, se redobló y juramentó la guardia, tratando de incomunicarlo.

            El mismo día de su elección, el teniente de gobernador Irala, comenzó a reorganizar la administración y devolvió la vara de alcalde mayor a Pero Díaz del Valle, según Estopiñán después de haber sido rehusada por él, lo cual si fuera cierto, demostraría ánimo conciliatorio en Irala.

            Las “leales”, poco a poco, fueron reaccionando y se aprestaron a volver por el poder perdido, comenzando a tramar la manera de lograr la libertad del Adelantado, recurriendo a diversos medíos.

            Pedro de Molina, Ruy Díaz Melgarejo, Ortíz de Vergara, Pedro de Esquivel y otros, andaban muy desasosegados y retaban de traidores a los que pasaban por la calle (110).

            La primera tentativa parece haber sido la realizada durante la noche del 28 de abril, en que incendiaron la casa de Luis Ramírez, contando con la confusión que se produciría ante el temor de ver repetido el incendio de la Ciudad, de recuerdo imborrable en la memoria de los vecinos. Suponían que la gente acorrería para sofocar el fuego, descuidando la guarda del Gobernador, a quien podrían libertar algunos “leales” que irían a buscarle. Pero la combinación falló, por cuanto apenas se produjo el alboroto, un grupo numeroso y decidido de “tumultuaríos”, rodeó la casa de García Venegas y reforzó la guardia; impidiendo su aproximación (111).

            El 1º de mayo se hicieron varios apresamientos en averiguación de las causas del incendio que se sospechaba voluntario. El capitán Diego de Abreu fue preso y engrillado, pero como se hallaba enfermo, dio fianza y le permitieron guardar su casa por carcelería. A Alonso Riquelme de Guzmán se le detuvo en la suya y a Juan Bernalte le llevaron a la del capitán Juan de Ortega; al capitán Francisco Ortiz de Vergara a la de Juan Burgos de Samaniego.

            Días después se hicieron algunos cambios. Abreu fue llevado a casa de Ruy García Mosquera; Riquelme a la de García de Víllalobos, lo mismo que el capitán Abreu. Pero casi enseguida éstos dos volvieron a sus respectivas casas.

            El 24 fugó Juan Bernalte, pero regresó el 11 de julio.

            Abreu huyó el 28 de julio de la casa donde estaba con Juan Pavón; y Pero Hernández se refugió en el Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, después de habérsele permitido salir de la casa de Francisco de Almaráz, por haber apretamiento y para que cuidara de su hacienda, a lo cual él se opuso.

            El fracaso de la primera tentativa no desanimó a los “leales”. Nuevos planes se prepararon, pero separados por la ambición y sin popularidad, los esfuerzos de los jefes se esterilizaban.

            Algunos se desanimaron y quisieron abandonar el Paraguay, pasando a poblar en Santa Catalina, afirmando que tenían autorización del Gobernador para hacerlo. El clérigo Antonio de Escalera anduvo persuadiendo a la gente y tomándoles juramento de guardar el secreto. Los que aceptaban tenían que pasar a inscribirse en las listas que llevaba el capitán Ruy Díaz Melgarejo. Pero la empresa no prosperó (112).

            Estas tentativas originaron una mayor vigilancia en la prisión de Cabeza de Vaca, hecha por medio de grupos de tumultuarios que se turnaban, montando la guardia dentro y fuera de la casa, cuyas paredes habían sido reforzadas exteriormente para evitar una evasión. El tráfico de las calles circundantes fue cortado y desviado.

            Pero Hernández refugiado en el Monasterio, recibía libremente a todos los amigos del Gobernador y no quiso volver a su casa porque en ella no podía hablar tan libremente como en el convento, donde había un continuo ir y venir de visitas y consultas.

            En julio, los Oficiales Reales requirieron al alcalde mayor Díaz del Valle, a fin de que obtuviera del escribano Pero Hernández, testimonio de los procesos seguidos por Cabeza de Vaca contra ellos, para apelar ante S. M., mas Hernández no quiso darlos, alegando primero, no tenerlos por haberlos entregado a Francisco Galán encerrados en un cajón con dos llaves, por orden de Cabeza de Vaca, antes de salir para los Reyes. Galán, a su vez sostenía haberlos dado al Adelantado.

            Después Hernández dijo que estando recluido en un Monasterio, no le correspondía extender los testimonios.

            Luego aceptó hacerlo, garantizándosele los gastos.

            Mientras duraban estas tramitaciones, el general Irala mandó a su mayordomo Francisco de Coimbra, por la llave, pero Galán se negó a darla. Entonces llamó al cerrajero Antonio de Pinedo, para abrirlo en presencia de Tristán de Vallartes, Simón Jaques y Martín de Segovia, guardadores de los bienes del Gobernador, quienes entregaron el cajón.

            Pero Hernández también asistió al acto, que se llevó a cabo ante escribano, probándose que no había sido abierto antes. Hernández se negó a dar los testimonios y por tal motivo, le mandaron prender por Martín Pérez, alcaide de la cárcel.

            Más adelante fue sacado de ella y entregado a Melchor Romero, para que le llevara a España, como se verá.

            Los procesos se retiraron y entregaron a Romero y a Gonzalo de Acosta, para presentarlos al Consejo de Indias.

            Algunas semanas después de la asonada de la noche de San Marcos, tuvo lugar la festividad de Corpus Christí, durante la cual era costumbre representar ciertas obras alegóricas, delante del altar donde se exponía el Santísimo, constituyendo una de las fiestas que alcanzaban mayor lucimiento.

            Para esa circunstancia, la farsa fue compuesta por el padre racionero Juan Gabriel de Lascano, y él mismo ayudó a representarla, vistiendo traje de pastor.

            Según el padre González Paniagua, la obra resultó un libelo difamatorio contra el Gobernador, a quien llamaba « lobo rrebaço e ynpuniendole otras cosas que aunque mas ocultas yvan forjadas debajo de muy grandes maliçías ». Concluía su relato este sacerdote, diciendo que los términos de la obra eran tales, que redundó más en perjuicio del autor, que en honor del Santísimo.

            Otro incidente comentado en esos meses, fue el originado por el regidor Pedro de Molina, quien varias veces pretendió requerir a los Oficiales Reales para que permitieran a Cabeza de Vaca dar poder designando un teniente de gobernador que le reemplazara durante su ausencia. Por fin consiguió entregar su requerimiento al escribano Martín de Orúe, para que lo leyera a aquellos.

            Orúe alegó que Molina no era parte para requerir y que faltaba motivo para hacerlo. Los Oficiales Reales dijeron que darían cuenta de sus actos al Rey.

            Venegas y Cáceres se opusieron a la lectura, por ser escandalosa y estorbar el servicio de S. M. ocultando los deservicios de Cabeza de Vaca.

            Molina insistió en que Orúe leyera el requerimiento, pero éste se negó a hacerlo si no le pagaban adelantado, como era de ley. Se siguió un altercado, durante el cual se retiró el factor Dorantes.

            Por último Orúe aceptó en pago, el tocado que cubría la cabeza de Molina, pero interrumpió el acto por estar dirigido a los cuatro oficiales y sólo se hallaban presente tres. Nuevo altercado. Venegas quería que se llamara a Dorantes, y Molina que se borrara dicho nombre.

            Al fin García Venegas llamó a Hernández el romo, y todos muy alterados, insistieron para que no se leyera. Venegas repetía: “byen me an dicho a mi queste es un vellaquillo Rapas comunerillo”.

            Molina se retiró afrentado por lo que le decían. Estopiñán insistió en que se le oyera, afeando su proceder a Venegas, y entonces se llamó a Molina, pero atemorizado, no quiso ir (113).

            Mientras tanto se iba organizando la resistencia por parte del bando de Cabeza de Vaca, a pesar de su manifiesta minoría.

            El 1º de noviembre de 1544, se produjo un segundo incendio que se atribuyó al padre Luis de Miranda, siendo quemada la morada de Juan Rodríguez.

            El 10 de marzo de 1545, hubo un tercero en casa de Rodrigo Gómez.

            Todos fueron maliciosos y tendientes a producir confusión, para aprovecharla y soltar al Gobernador. La única conjuración que estuvo bien preparada, fue la de Cristóbal Bravo.

            Esta persona estaba al servicio del tesorero García Venegas y en cierta ocasión manifestó a un amigo, que había tomado esa colocación para estar en condiciones de libertar a Cabeza de Vaca, empresa que consideraba fácil, tan pronto como consiguiera una lima.

            El amigo le aconsejó que se pusiera al habla con algunos caballeros a quienes por haberles tenido apresados los Oficiales Reales, se les podía suponer dispuestos a cooperar. Bravo hizo suya la idea y les encontró en la posada de Diego de la Calzada, pero como sabían que estaba al servicio del Tesorero, pensaron que era una treta para comprometerles y tener un motivo para apresarles nuevamente; por cuya razón no adelantaron opinión.

            Casualmente el mismo día, vieron gente de los Oficiales Reales e Irala, rodear la casa de Ruy Díaz Melgarejo y de Ortiz de Vergara, y convinieron en que Bernalte, que era uno de ellos, se entrevistara con el contador Cáceres y le preguntara para qué mandaban a sus criados a tentarles con comisiones secretas, cuando luego cercaban las casas de los amigos del Gobernador.

            Así fue como se descubrió la tentativa y los Ofíciales Reales mandaron encarcelar a Bravo.

            Según se dijo, sin haber la certitud, el Contador le hizo saber que sería ahorcado sino declaraba que más de veinte personas, entre las cuales se hallaban los capitanes Abreu, Melgarejo y Ortiz de Vergara, eran los instigadores. Bravo después de haber sufrido el tormento del agua, cedió al dolor, y escribió una memoria en los términos indicados, ocasionando el apresamiento de mucha gente.

            Bravo no escapó al castigo y fue condenado a ser llevado por las calles, con pregonero, haciendo saber que el alcalde mayor Pero Díaz del Valle, « por haber confesado espontáneamente » sólo le había condenado a recibir 100 azotes por aleve y traidor. La sentencia se ejecutó el 6 de octubre.

            Lo bien planeada que estuvo esta conjuración, deja la impresión de haberlo sido por personas de mayor importancia que Bravo quien no parece haber tenido capacidad suficiente.

            Entre tanto, continuaban con premura las obras de la carabela que iría a España, llevando a los presos, autos y cartas.

            Igualmente siguió tratándose la entrada por el norte, y el general Irala se ocupó en hacer construir bergantines adecuados y del aprovisionamiento de víveres para la jornada.

            A todas estas atenciones se sumaban las que requerían el restablecimiento de la máquina administrativa, desorganizada por el Adelantado, y la que exigía la conservación de la tranquilidad pública, amenazada por los « leales ».

            Con fecha 26 de julio de 1544 el general Irala hizo publicar ordenanzas sobre diversas materias; de acuerdo con indicaciones hechas por los Oficiales Reales fijó un día por semana para celebrar juntas, «para consultar e platicar en las cosas que convinieren para la buena poblazon e pacificacion de la tierra demas y allende que cada vez que convenga se devan juntar mas que este dia e sean advertidos de venir de la dicha consulta »; mandó hacer un arca con tres llaves para guardar el archivo documental, etc. (114).

            La vida en la Ciudad continuaba sin alcanzar la calma del período anterior a la llegada de Cabeza de Vaca.

            Estopiñán andaba intrigando con los vecinos, dando justificativo a su fama de enredista.

            Salazar pasaba de los dirigentes de un bando a los del otro, aparentando estar en buenas relaciones con todos y probablemente creía para su coleto, asegurarse así, los votos necesarios para quedar con el gobierno de la Provincia tan pronto como se embarcara al Gobernador.

            Tenía en su favor el haber sido uno de los capitanes favoritos de D. Pedro de Mendoza, sus servicios como jefe de la expedición auxiliar a La Candelaria y haber levantado la Casa-fuerte de La Asunción. Después había tenido su gobierno por el capitán Francisco Ruiz Galán y sido teniente general de gobernador por Cabeza de Vaca, mientras éste estuvo ausente en la entrada a Los Reyes. Era uno de los capitanes prestigiosos y se le consideraba de los más allegados al Gobernador.

            El mismo Irala se había mostrado muy deferente con Salazar en diversas ocasiones, procediendo en forma que suscitó comentarios entre sus compañeros, según se ha visto.

            Cuando el gobernador Cabeza de Vaca pidió a Irala, Salazar y Gonzalo de Mendoza, le indicaran en cuál de ellos debía delegar el gobierno, Irala votó por Salazar, manifestando que le consideraba la persona más competente por sus aptitudes.

            Durante la noche de San Marcos, como he dicho, permaneció encerrado en su casa, sin formar en ninguno de los bandos y cuando le llamaron, concurrió a casa de los Oficiales Reales, donde no se mostró contrario a sus gestiones y continuó cultivando su trato, especialmente con García Venegas.

            Esta conducta le permitió abrigar la esperanza de que su candidatura no ofrecería resistencia en ninguno de ambos sectores, cuando llegara el momento de presentarla.

            La gestión de los intereses comunes no era desatendida entre tanto. El 12 de febrero de 1545, Irala y los Oficiales Reales acordaron «que por ser público y notorio no había de presente oro ni plata para correr en monedas y que habiéndose establecido las del rescate por el teniente de gobernador y oficiales reales justa y regto. que una cuña de hierro de 7 onzas valga 100 mrs y lo mismo 4 cuchillos de los que al presente corren cada uno 26 mrs y que mediante esto se compra viste, contrata, paga jornales y vende los bastimentos y otras cosas que de presente hay en la tierra; y que aun los diezmos, quintos y penas de camara se vendian a las dichas monedas de rescate; acordaban hasta tanto que Dios sea servido de dar oro y plata y se carguen por el contador al Tesorero en la dicha moneda y en la misma se hagan los líbramentos » (115), con cuya medida se vino a regular de nuevo, las transacciones.

            Para marzo del 45, la carabela que debía ir a España, se hallaba lista para darse a la vela. Los cuatro Oficiales Reales habían pensado ir llevando al preso, pero luego resolvieron quedar dos, y marchar solamente el veedor Cabrera y el tesorero Venegas, a quienes se confió la misión de presentarse al Consejo con el mandatario depuesto y los procesos (116).

            El embarque del Gobernador tuvo lugar durante la noche del domingo 8 de dicho mes, siendo llevado a bordo en una silla de brazos, por Bocanegra y Moreno.

            En la misma carabela se embarcó al escribano Pero Hernández, detenido después de los incidentes ya referidos a que dio lugar la apertura de la caja donde se guardaban los procesos.

            No pudo hacerse lo mismo con Estopiñán, porque a pesar de haber andado diciendo que quería irse a España, se escondió cuando llegó el momento de partir, y no fue habido a tiempo.

            El embarque no parece haber ofrecido resistencia, a pesar de decir otra cosa, Cabeza de Vaca en su « Relación ».

 

 

XVIII

CONSPIRACIONES Y ENTRADAS

 

            Mientras la gente que seguía a Da Mencia Calderón, sufría las contingencias mencionadas en el capítulo anterior, el general Irala había despachado por tierra el socorro que le fue posible y al mismo tiempo la hizo saber los inconvenientes que le impedían mandar en su busca hasta San Francisco.

            Arreglada la situación de acuerdo con las circunstancias, Irala pudo salir a pacificar unos indios que se habían levantado; lo cual fue aprovechado en Asunción, para hacer unas tentativas de revuelta, en las que estuvieron sindicados como cabecillas los capitanes Ortiz de Vergara, Melgarejo, Riquelme y por jefe de todos, el capitán Diego de Abreu.

            Irala a su regreso, tuvo que intervenir para tranquilizar a la Ciudad. Hizo prender a algunos y ordenó la formación de un proceso en el que hubieron imputaciones tan graves que no cabían dudas sobre la suerte que correrían los acusados. Pero intervinieron varias personas como amigables componedores, especialmente el padre Andrada, y se llegó a un acuerdo mediante el cual la mayor parte de los cabecillas se sometieron a Irala, bajo promesa de no serles hecho cargos por los sucesos pasados a ninguno de los que estuvieron mezclados en ellos.

            Para sellar el pacto, los capitanes Francisco Ortiz de Vergara y Alonso Riquelme de Guzmán, casaron con Da Marina y Da Úrsula de Irala, hijas del General.

            Y como siempre subsistía el deseo de volver a salir en procura de la tierra rica, hasta la cual nunca habían podido llegar por acontecimientos ajenos a la voluntad general, Irala reanudó los preparativos interrumpidos en julio del 52, a causa de la llegada de Hernando de Salazar.

            Para comienzos del año siguiente ya estaban en condiciones de darse a la vela y el 18 de enero el general Irala inició la campaña que se ha dado en llamar « la mala entrada », sin que nada justifique tal denominación, como dice el señor Groussac.

            Llevaba con él, más o menos, 130 hombres de a caballo y 2.000 indios amigos, dejando el gobierno a cargo del contador Felipe de Cáceres.

            Estaría a unas 30 leguas de Asunción, cuando éste le hizo saber que el capitán Diego de Abreu había provocado disturbios y le pedía que volviera para tranquilizar los ánimos.

            Irala accedió y regresó a Asunción, con 30 hombres, después de dar orden al resto de su gente, que le aguardara allí donde estaba, para retomar la entrada a su vuelta.

            Al saberse en la Ciudad, que Irala se acercaba, un grupo de descontentos encabezado por los capitanes Abreu y Melgarejo, se retiró a los montes, y algunos, como este último, pasaron a San Vicente. Otros quedaron vagando por ahí, y después de un tiempo se refugiaron en la región del Guayrá, llevando a dicha zona el centro opositor, o de resistencia pasiva, al gobierno que residía en Asunción.

            Irala se informó sobre los sucesos, ordenó el apresamiento de algunas personas y su juicio. El resultado fue la ejecución de Sebastián de Valdivieso, antiguo camarero de Cabeza de Vaca, de Bernabé Muñoz y de Juan Bravo.

            En marzo, mientras se sustanciaban los procesos, el general Irala salió con el factor Dorantes para el Acay, lugar situado a unas 12 leguas de la Ciudad, para inspeccionar los trabajos que se estaban realizando en ciertas minas recién descubiertas, que se presumían fueran de plata.

            Irala regresó a poco, pero Dorantes quedó allí, continuando los trabajos y haciendo fundir unas muestras con Hernán Gallego, ensayador y fundidor de Nueva España, quien repitió la operación con otros metales que mandaron Juan Romero y Juan Velázquez, quienes estaban en el Ibituruzú.

            Las minas de toda esa región siguieron por bastante tiempo atrayendo la atención pública, despertando la codicia de muchos y preocupando al factor Dorantes, Algunos trabajaron en ellas, sin alcanzar ningún beneficio al final.

            En octubre, maese Diego Barba, vecino de Niebla y conquistador, obtuvo la concesión de unas minas, bajo las condiciones, obligaciones y mercedes que se imponían en el Perú, especificadas en escritura pública (184). Para mayo, Irala estaba de nuevo en Asunción y pacificada la Ciudad, volvió a salir para reanudar la jornada. Lo hizo llevando bastantes componentes del bando de Abreu, que se habían sometido. Otros quedaron presos.

            Se unió al grueso de la armada y todos juntos llegaron a tierra de mayaes, que contra lo supuesto, encontraron casi desierta y desolada. Ante esta realidad, despachó al capitán Nufrio de Chaves con veinte de a caballo para inquirir la causa del abandono y despoblación de una comarca que habían conocido floreciente.

            Irala siguió durante cuatro jornadas hasta llegar al pueblo de los layenos, tribus labradoras, y encontró todo igualmente desierto, pero logró averiguar que la causa a la cual se debía la destrucción de la tierra, había sido una invasión de naperús.

            Como los caminos estaban cegados y las aguadas deshechas, la marcha se hacía sumamente dificultosa. Pasaron penalidades de todo género, faltándoles comida al extremo de tener que alimentarse de perros y caballos, por lo que dieron la vuelta al puerto de San Fernando.

            Pero antes mandó al capitán Nufrio de Chaves unas jornadas adelante, en procura de mayores datos. Este siguió hacia el oeste con el capitán Hernando de Salazar y otros, siéndoles imposible continuar por la creciente de las aguas y la despoblación del territorio por donde cruzaban.

            Al llegar al río Cumy, de regreso, encontraron una carta del general Irala (185), diciendo que no le era posible detenerse a esperarlos por falta de víveres y que tan pronto como pudieran le siguieran. A pesar de esta orden, Salazar con 10 ó 12 españoles, cruzó a unas tierras vecinas que ocupaban los itatines, donde fueron muy bien recibidos. Ante tal resultado mandó un mensajero a Irala para comunicarle lo sucedido, animándole para que fuera a tomar posesión de la región. (186).

            Irala encontró atendible las razones y como había logrado algunos víveres para reconfortar su tropa, regresó con 30 de a caballo y sin resistencia de los naturales, tomó posesión de la tierra en nombre del Rey.

            Por el momento no podía hacer más, debido al estado de la gente, pero todos quedaron muy contentos por haber tenido noticias de la existencia de un camino antes desconocido por ellos, y que a juzgar por los datos que les daban, era el mejor para hacer la entrada tan ansiada desde el comienzo de la Conquista.

            Prometiéndose volver a recorrerlo tan pronto como pudiera, Irala continuó su marcha a Asunción, cubriendo la retirada Chaves y Salazar, para recoger a los rezagados.

            Para septiembre estaban de regreso en la Ciudad, donde supieron el desenlace de las conspiraciones y alborotos que promovía el capitán Diego de Abreu.

            Después de partir Irala, aquel había vuelto a sus manejos, intranquilizando al pueblo, por cuyo motivo el contador Felipe de Cáceres se vio obligado a extremar la represión, haciendo pregonar un bando que condenaba a serle cortados los pies, a cualquiera que fuera adonde se encontrara Abreu, y las manos, a quien le diera de comer, con otras penalidades tocantes a los bienes. (187).

            Mandó además, comisiones para que le apresaran. Una de ellas que estaba a cargo de Antón Martín Escaso le encontró en un rancho curándose los ojos y temeroso de que opusiera resistencia, allí mismo le ultimó. Su cadáver fue llevado a Asunción y expuesto delante de la casa donde vivía Cáceres, antes de ser sepultado.

            Debido a la muerte de Abreu se perdonó a personas que podían haberse hecho pasibles de las penas impuestas por el bando antecedente.

            La vida de los pobladores recobró su ritmo habitual. El jueves 12 de octubre, estando reunidos el general Irala y los Oficiales Reales, el factor Dorantes por medio del escribano Juan de Valderas requirió al primero para recordarle como en febrero del 51 habían convenido empadronar la tierra, a cuyo efecto se mandó visitar a los indios y también se trató respecto a la conveniencia que habría en hacer ciertos pueblos de cristianos; proyectos suspendidos de hecho, por haberse dado preferencia a otras empresas. Que era necesario volver sobre ello para ventaja general, pues los naturales habían disminuido mucho a causa de “la costumbre que los yndios tienen de vender sus mujeres e hijas y parientas que es total destruycion de la tierra y la que los cristianos tenemos en se las comprar lo cual es necesario para nos mantener hasta que la tierra se encomiende” (188), y otras razones que alegó en apoyo de su idea, tendientes a dar tranquilidad a los conquistadores, para que pudieran dedicarse a trabajar las minas del Acay, que constituían la preocupación del Factor.

            El general contestó con fecha 9 de noviembre, diciendo que siempre se había ocupado en hacer y sustentar armadas para descubrir tierras donde se esperaba encontrar riquezas, efectuándolo en la mejor forma posible para el servicio de Dios y de S. M., así como para provecho de los conquistadores. En cuanto al repartimiento de los indios, lo ha dejado de hacer por ser tierra miserable, de población desparramada, sin señor, sin rescates que dar, fuera de su servicio personal “y por la antigua y vieja costumbre que en esta tierra se tomo guarda y a guardado estan todos los yndios o la mayor parte dellos adebdados con todos los conquistadores y pobladores por vía de avelles dando sus hijas hermanas y mugeres y parientas que les sirvan”, (189), a pesar de lo cual ha querido repartir la tierra y encomendar los indios y lo ha mandado hacer, pero lo tiene por cosa embarazosa y larga y « aun en parte por escandaloso »; su deseo es acertar en lo mejor para el servicio de Dios y S. M. y el bien de la tierra, opina que conviene volver a reunirse para acordar lo que mejor se puede y debe hacer, y está presto a señalar las poblaciones “aviendo pobladores para ellas suficientemente que se puedan sustentar y conservar y la tierra subjetar”; y también el repartimiento y encomiendas, poniendo a cargo de los Oficiales Reales, los alborotos; escándalos y cualquier otro mal o daño que se produjera (190).

            Dos días más tarde se leyó esta respuesta a cada uno de los Oficiales Reales. Dorantes expuso: “que en lo que toca a la costumbre que tenemos tan vieja en servirnos de los yndios por tener sus hijas y parientas que dejado a parte las fuerças que a los dichos yndios se les han hecho tomandoles sus mugeres hijas e parientas ansi por algunos cristianos como por otros yndios para dar a los cristianos para por esta vía tener el dicho servicio y otros malos tratamientos que sobre ellos se les han hecho sino dandolas ellos de su voluntad y con paga es muy gran perjuicio al bien de la tierra porque por tener los cristianos gran número de yndios como tenemos a los yndíos les falta y dexan dé multiplicar y la tierra se pierde como se vee por espiriencia que solía estar muy poblada y agora esta por muchas partes despoblada y como dicho tiene en su rrequerimiento para poderse sustentar no se puede pasar sin se las comprar sino se encomiendan los yndíos y se hazen pueblos ». (191). Así éstos trabajan y los españoles pueden buscar minas.

            La publicación en que se encuentra el documento pertinente, no trae las opiniones de los otros Oficiales Reales ni tampoco, la resolución final, pero es probable que el general Irala adoptara los puntos de vista de Dorantes, pues en la carta de los Oficiales Reales escrita en 1556, se dice que levantó bandera para poblar en San Francisco y San Gabriel, sin poderlo realizar a causa de no haberse alistado el número suficiente de personas para llevarlo a cabo, y que Simón Jaques anduvo empadronando a los indios.

            El repartimiento se hizo en los últimos meses de 1555, o primeros del 56. Su realización requería una operación larga, como lo manifestó Irala, y debemos suponer que en ella se ocupó el año 1554, esto es, el inmediato siguiente al del acuerdo anterior.

            También durante estos años de relativa calma expedicionaria, se realizaba la obra lenta y silenciosa de arraigo en el Paraguay. Los conquistadores por la fuerza de los intereses, el amor a la prole o la costumbre, iban convirtiéndose en colonos y sin perder la esperanza de los tesoros a conquistar, levantaban sus casas y cultivaban las tierras.

            Así se preparaban para extender luego, la conquista y nacía la generación que con plena adaptación al medio, realizó el asiento definitivo de los centros castellanos en el Río de la Plata, cambiando los mirajes de las riquezas fabulosas y fantasías de los primeros años, por las realidades del comercio y de las producciones agropecuarias, fruto del trabajo tesonero de cada día.

 

 

 

XIX

IRALA, GOBERNADOR POR S. M.

 

            El propósito de realizar una entrada hasta la región de los metales no impidió que el general Irala se preocupara de buscar la manera de «abrir las puertas de la tierra » para comunicarse con España por la vía más breve.

            A ese efecto, en los comienzos de 1554, encargó al capitán García Rodríguez de Vergara que asentara un pueblo sobre el camino a la costa oceánica del Brasil, que sería uno de los establecimientos españoles requeridos e iniciaría la línea destinada a comunicarse con el Atlántico.

            Rodríguez de Vergara desempeñó su misión fundando a orillas del río Pequiri el que llamó Ontiveros, en memoria de su ciudad natal.

            Posiblemente en esa época el general Irala echó bandos dando facilidades a quienes fueran a poblar en San Francisco y San Gabriel, sin poderlo realizar por no haberse inscripto el número suficiente de personas para la empresa.

            En abril, el factor Dorantes volvió a salir para el Acay, con esperanzas de éxito ante el resultado de las exploraciones realizadas el año anterior. Llevó consigo a Pedro Solares, Hernán y Juan Gallego y otros a quienes se creía hábiles para todo lo referente a minas. La campaña duró año y medio, más o menos, durante el cual recorrieron las regiones del Paraná, Yguazú, Piquiri e Ygatú, sin que los resultados respondieran a los trabajos pasados y mucho menos a las ilusiones que les movió a ir.

            El ensayador Gallego halló una veta de cobre en la región del Paraná; luego remontaron el Piquíri y el Ygatú en busca de minas de oro y plata. Poco después un indio les dio una plancha de cobre traída del río Ypípiri, en la cual había un poco de oro, según la opinión del platero Velázquez. La mitad fue dada a Jácome Luis, quien la llevó a España en 1556. (192).

            Mientras tanto en Asunción continuaban los preparativos para hacer la entrada por el camino indicado por los itatines. A fin de asegurar el resultado de la jornada, Irala se hizo preceder por el capitán Nufrio de Chaves, su eficiente colaborador, quien llevaba como segundo al capitán Hernando de Salazar. Partieron el 17 de octubre y habían llegado a unas 80 leguas de la Ciudad, cuando fueron alcanzados por un mensajero de Irala, con el anuncio de la llegada de Provisiones Reales, acordándole el gobierno y dándole instrucciones sobre diversos puntos. Por esta causa regresaron a Asunción, donde dieron relación de lo recorrido. (193).

            Como es natural, la espectativa que despertó el anuncio de tales Provisiones repercutió en los preparativos de la entrada, disminuyendo las actividades, puesto que el general Irala no podía abandonar el asiento de su gobierno en semejantes circunstancias.

            El 2 de julio de 1555, Irala recibió carta de Bartolomé Justiniano avisándole que era portador de los documentos, cuya copia le mandaba a la espera de poder entregarle los originales personalmente, tan pronto como el Gobernador de San Vicente le dejara continuar su viaje, pues se encontraba retenido en dicho pueblo. Con ese motivo le pedía que gestionara ante las autoridades portuguesas, el permiso necesario para seguir al Paraguay llevando las Provisiones Reales.

            Irala despachó al capitán Nufrio de Chaves a fin de obtener la autorización y al mismo tiempo con instrucciones para alcanzar respuesta a varias cartas que había dirigido al Gobernador de San Vicente con reclamos motivados por incursiones portuguesas en los territorios del alto Paraná, de donde sacaban indios para someterlos a la esclavitud y productos de la tierra. (194)

            Chaves recibió sus poderes el 17 de julio, y salió con los cristianos e indios que le fueron dados por el gobernador Irala para ir en su compañía (195). Con él partió Pedro de Molina que debía embarcarse en San Vicente para España, llevando pliegos. Siguieron el camino abierto para el tráfico con el puerto portugués, cuyo tránsito tenía fiscalizado el Gobernador designado por el Rey Fidelísimo.

            Chaves a su regreso debía recorrer el Guayrá y pacificarlo, escarmentando a los tupies que con sus frecuentes ataques a los carios, eran causa de permanente alarma. También debía informarse sobre las actividades de los castellanos que vivían allí y que por haber sido en su mayoría partidarios del capitán Abreu, no merecían plena confianza como para dejarlos sin observar.

            Irala no aguardó a recibir las Provisiones Reales originales, para hacerse prestar acatamiento como Gobernador titular, y haciendo uso de los traslados, los presentó a los Ofíciales Reales y Cabildo a ese efecto.

            El miércoles 28 de agosto de 1555 se realizó acuerdo en casa de Irala, como era la práctica, y estando presentes además de éste, el contador Felipe de Cáceres, el factor Pedro Dorantes y el residente en el oficio de tesorero Andrés Fernández el romo, por ante el escribano Bartolomé González, mostró la Provisión Real y fue leída de “berbo al verbun”.

            Luego los Ofíciales Reales la tomaron, besaron y pusieron sobre la cabeza y dijeron que la obedecían con el respeto debido y “Resçibian y resçibieron e avian por presentado e Resçibido al dicho señor teniente de governador domingo martinez de yrala por tal governador desta dicha provincia”.

            Terminada esta ceremonia, el gobernador Irala se presentó al Cabildo y Regimiento de la Ciudad, donde fue acatado en la forma de ley. (196).

            La R. O. que le acordaba el cargo, decía en su parte dispositiva:

            “Por quanto al presente no ay por nos proveído governador en la provincia del Rio de la plata porque diego de sanabria que subcedio en el Asiento que se tomo con joan de sanabria su padre çerca de la governaçion de la dicha provincia no cunplío lo que hera obligado para tener a la dicha governaçion Antes se perdio el y la gente que con el yvan a la dicha provincia y se quedo destruydo sin poder llevar ningund socorro ni cunplir lo contenido en el Asyento que con el dicho su padre se tomo y porque Al serviçio de dios nuestro señor y nuestro conviene que aya persona que tenga la dicha governaçion acatando lo que vos domingo de yrala nos aveys servido y confiando de vos que soys tal persona que entendereís en lo que por nos fuere mandado con aquella fidelidad y diligencia y buen recaudo que a nuestro serviçio y execuçion de nuestra justicia y bien comun de la dicha provincia y vezinos e moradores della cunpla es nuestra voluntad de vos proveer de la dicha governaçion por ende por la presente por agora entretanto que por nos otra cosa se provee es nuestra merçed e voluntad que seays nuestro governador de la dicha provincia del Río de la plata e ayays y tengays la nuestra justicia çevil y criminal en las çiudades villas y lugares que en ella ay pobladas y se poblaren de aquí adelante por vos y por vuestros lugares tenientes y ofiçiales que es nuestra merçed que para ello podays poner e los quitar e admover cada y quando quísyeredes y por bien tovíeredes e hazer e hagays todas las cosas que por nuestras provisiones çedulas e ynstrucciones e despachos cometimos y mandamos que hiziese y cunpliese la nuestra justiçía de la dicha provincia conforme a ellas e mandamos a los conçejos justiçias Regidores cavalleros scuderos oficiales y omes buenos de todas las ciudades Villas y lugares de la dicha provincia que luego que con esta nuestra carta fueren requeridos in sperar para ello otra nuestra carta segunda ni tercera jusion e sin poner en ella scusa ni dilacion alguna reciban de vos el dicho domingo de yrala el juramento e solegnidad que en tal caso se requiere y acostunbra hazer el qual por vos ansy hecho vos den y entreguen las baras de la nuestra justicia para que las tengays por el . . . . . (roto) ... tad fuere e os dexen libremente a vos e a los dichos vuestros lugar tenientes . . (roto) . . e conoçer de todos los pleytos e causas ansi çeviles como cremínales que en ... (roto) . . iere y se ofreçieren y proveer todas las otras cosas que los governadores della ... (roto) . . hazer y tomar y reçibír qualesquíer pesquisas e ynformaçiones en los casos de derecho precisas y que entendieredes que a nuestro serviçio y execuçion convenga y llevar y lleveis vos y los dichos vuestros lugar tenientes los derechos al dicho ofiçio anexos y pertenesçientes y para lo usar y exercer y cunplir y executar la nuestra justiçia todos se conformen con vos con sus personas e gentes y vos abedezcan y den e hagan dar todo el favor e ayuda que les pidieredes e menester ovieredes e en toda vos acaten y obedezcan y cunplan vuestros mandamientos e de los dichos vuestros lugar tenientes e que en ello ni en parte dello enbargo ni contrario alguno vos no pongangan ni consientan poner ca nos por la presente vos reçibimos e havemos par recibidos al dicho ofiçio e al uso y exerçíçío del y vos damos poder y facultad para lo usar y exerçecaso que por ellos o por alguno dellos a el no seays reçibido e otro sy por esta nuestra carta mandamos a la persona o personas que tienen o tubieren las baras de la nuestra justíçia en la dicha provincia que luego que por vos fueren requeridos vos las den y entreguen e no usen mas de los dichos ofiçios so las penas en que caen e yncuRen las personas privadas que usan de ofiçíos públicos y Reales para que no tienen poder ni facultad ca nos por la presente los suspendemos y havemos por suspendidos en los dichos ofiçios y asymismo os mandamos que las penas y condenaçiones pertenesçientes a nuestra camara y fisco que vos y los dichos vuestros lugar tenientes condenaredes y aplicaredes a ella las executeis e hagays executar e dar y entregar a nuestro tesorero de la dicha provincia e otrosi es nuestra merced que sy vos el dicho domingo de yrala entendieredes ser cunplidero a nuestro servicio e a la execuçion de nuestra justiçia que qualesquier personas que agora estan o estuvieren en la dicha provincia salgan y no entren mas en ella y se vengan a presentar ante nos que vos se lo podays mandar de nuestra parte e los hagays salir della conforme a la prematica que sobre ello habla dando a la persona que ansy desterrades la causa porque le desterrays e si os pareçiere que sea secreto darselabreis çerrada y sellada y por otra parte vos nos enbíareis otra tal por manera que seamos ynformados dello pero aveys de estar advertido que quando ovieredes de desterrar a alguno no sea sin muy grand causa para lo qual todo que dicho es y para cada una cosa y parte dello vos damos poder cunplido con todas sus ynçidencias y dependençias anexidades y conexidades y mandamos que ayays y lleveys de salario con el dicho ofiçio en cada un año que lo tubíeredes o por nos otra cosa se provea dos mill pesos de oro de los quales aveís de gozar desde el día que con esta nuestra carta os presentareis ante la nuestra justiçia y oficiales de la dicha provincia en adelante todo el tiempo que tuvieredes la dicha governaçion e mandamos a los nuestros oficiales de la dicha provincia que vos den y paguen los dichos dos mill pesos de oro en cada un año de qualesquier rentas y provechos que nos tuvieremos en la dicha provincia tomando testimonio signado de escrivano publico del día que ansy os ovieredes presentado y tomen ansimismo en cada un año vuestra carta de pago con la qual y con el treslado signado desta nuestra provision mandamos que les sea rescibido y pasado en quenta lo que en ello se montare y porque segund la Relaçion tenemos parece que converna que vos resídays en la çiudad de la asunción por aver en ella y en su comarca muchos indios convertidos a nuestra santa fee catolica e aver de Residir en ella el obispo dese obispado e ser la dicha ciudad muy poblada y abastada de mantenimientos e ansy vos mandamos que Residays en la dicha çíudad e si os pareçiere mas convenir residir en otro pueblo que se aya poblado en esa provínçia dentro del distrito della lo hagays con que tengais cuydado de faborecer al dicho obispo de la asunçion e a los vezinos que en la dicha çiudad rresidieren y visitar lo uno y lo otro e con que no hagays nuevos descubrimientos ni Rancherias porque esto esta por nos defendido en todas las yndías”.

            A esta R. O. acompañaba otra conteniendo las instrucciones relativas a las normas que debían regular los actos de su gobierno, que decía así:

            El príncipe.

            capitan domingo de yrala estante en la provinçia del rrio de la plata sabed que el emperador rrey mi señor mando tomar çierto asiento y capitulaçion con joan de sanabria para que fuese a esa provincia y llevase a ella çierta gente y navíos y el socorro que parescio convenir y lienços y otras cosas y estando aprestando los navíos que avia de llevar fallescio y subcedio en el dicho asiento y en la governaçion de que estava proveido diego de sanabria su hijo el qual yendo a esa provincia con alguna parte de lo que hera obligado a llevar se perdio en el camíno y vino aportar perdido a la isla de la margarita y visto esto avemos acordado por la confiança que de vuestra persona tenemos de os proveer de la dicha governaçion como vereís por la provision que con esta vos mando enbiar y entendida la neçesidad que ha avido y ay de prelado en esa provincia ha su magestad presentado para obispo della al rreverendo padre fray pedro de la torre y avemos proveido que vaya luego a entender en lo que convenga al serviçio de dios nuestro señor e ynstruçion y conversion desos naturales y que lleve consigo algunos rreligiosos y clerigos para que le ayuden a ello y para en que vayan se provee en sevilla por los ofiçiales de la casa de la contrataçión del recaudo nesçesario de navíos por ende yo vos encargo y mando que llegado que sea el dicho obispo y rreligiosos y clerigos los ayudeis y favorescais y los trateis bien para que entiendan en lo que convenga al servíçio de dios y bien de los naturales y vos en el ofició de governador hagais lo que debeis y soys obligado como de vuestra persona confiamos y en el navío en que así fuere el dicho obispo y rreligiosos y clerígos nos enbiareís rrelaçion larga y particular del estado de las cosas de la tierra.

            2 - y porque como vereis por la probisíon que se os envia de la dicha governaçion se os manda que rresidais en la çiudad de la asunçion porque aca paresçe ques bien que vos rresidais en ella por aver muchos yndios convertidos a nuestra fee y aver de rresidir en ella el dicho obispo y ser la dicha çibdad muy poblada y abastada de mantenimientos cunplirlo heís ansi y si os paresçiere mas convenir en otro pueblo que se haya poblado en esa provinçia dentro del distrito della podreislo hazer teniendo como mandamos que tengais cuidado de favorecer al dicho obispo y a los vezinos que en la dicha çiudad rresidieren y de visitar lo uno y lo otro.

            3 - ansi mismo por la dicha provision de la governaçion se os manda que no hagais entradas rrancherias y tambien como vereis por la provision particular que sobre ello se os manda enviar con esta se provee y manda que por agora hasta que por su magestad otra cosa se ordena en las yndias no se hagan entradas rrancherias y porque al servíçio de dios nuestro señor y nuestro conviene que la dicha provision se guarde y cunpla en todo y por todo como en ella se contiene vos mando que la hagays apregonar en esa provinçia y proveaís que se guarde y cunpla lo en ella conthenido.

            4 - y porque su magestad deseando como desea que las conquistas y descubrimientos que se ovieren de hazer se hízieren en las yndias se hagan con las justificaçíones y medios que convengan de manera que sus vasallos lo puedan hazer con buen titulo y la conçíençia de su magestad quede descargada a mandado platicar en ello y porque entretando que se la da la orden y forma que convenga es necesario que se sobresea la conquista y descubrimiento que se haze en esa tierra ha su magestad mandado dar sobre ello la provision que va así mismo con esta hareis que luego se apregone y guardalda y hazedla guardar y cunplir en todo y por todo como en ella se contiene de monçon de aragon a quatro días del mes de noviembre de mill y quinientos e çinquenta y dos años yo el príncipe rrefrendada de ledesma señalada del marques gregorio lopez sandoval rribadeneyra briviesca (197).

            Se leyeron también varias RR.OO. referentes a determinados puntos de gobierno, como la del 20 de septiembre de 1548, ordenándole tomar cuenta a los Oficiales Reales de la Real Hacienda que hubieran percibido valores hasta ese día, y una dando autorización para poder salir de la tierra a los que quisieran hacerlo.

            Además venía una R.C. relativa a rancherías, entradas y conquistas dictada para todas las Indias y que se trasmitía al Gobernador del Río de la Plata, para su aplicación.

Sus términos son así:

            Don Carlos etcetera por quanto somos informados que en las nuestras yndías se han hecho y hazen entradas rrancherias de que se han seguido y siguen muchos yncónvenientes y los naturales dellas han rresçibido y rresçiven daño y queriendo proveer en el rremedio dello visto y platicado por los del nuestro consejo de las yndías fue acordado que deviamos mandar dar esta nuestra carta en la dicha rrazon y nos tovimoslo por bien por la qual queremos y mandamos que ninguna ni algunas personas de qualquier estado y condiçion que sean osados a hazer entrádas rrancherias en ninguna ysla ni provinçia ni otra parte alguna de las dichas nuestras yndias aunque sea con licençia de nuestros governadorés so pena de muerte y de perdimiento de todos sus bienes para nuestra camara y fisco y mandamos a los nuestros presidentes e oydores de las nuestras audiençias rreales de las dichas nuetras yndias e a otras qualesquier nuetras justiçias dellas que prohiban y defíendan que ningun spañol ni otra persona alguna haga las dichas entradas rrancherias so las dichas penas las quales mandamos a las dichas justiçias que executen en las personas y bienes de los que contra ello fueren y pasaren y porque lo susodicho sea público y notorio a todos y ninguno dello pueda pretender ygnorançia mandamos que esta nuestra carta o el treslado delta sígnado de scrivano publico sea apregonada en las çiudades y villas de las dichas nuestras yndías en las partes que a las dichas nuestras justiçias pareçiere por pregonero e ante scrivano publico y los unos ni los otros non fagades ni fagan ende al por alguna manera dada en monçon de aragon a quatro días del mes de noviembre de mill y quinientos e cinquenta y dos años yo el príncipe Refrendada de ledesma firmada del marques gregorio lopez sandoual hernan perez rríbadeneyra vriviesca.

don carlos etçetera por quanto nos deseando como deseamos que las conquistas y descubrímientos que se ovíeren de hazer en las provinçias del rrio de la plata y en las otras yslas y provinçias de las nuestras yndias se hagan con las justificaçiones y medios que convengan de manera que nuestros subditos y basallos lo puedan hazer con buen titulo y nuestra conçiençía quede descargada havemos mandado platicar en ello y porque entretanto que se da la horden y forma que convenga es neçesario que se sobresea y suspenda la conquista y descubrimiento que al presente se esta haziendo en la dicha provinçia del rrio de la plata porque sí se pasase adelante con ella se podrian seguir grandes daños a causa de no se hazer con los medios convenientes por ende por la presente queremos y mandamos que por agora hasta tanto que por nos otra cosa se provee y manda se suspenda qualquier conquista y descubrimiento que al presente se este haziendo en las dichas provinçias del rrío de la plata por qualquíer capitan o governador o otras personas particulares ánsi con liçençia nuestra como de otra persona en nuestro nonbre y se este todo en el punto y estado en que estoviere al tienpo que esta nuestra provision les fuere notificada y mandamos a los dichos governador y capitanes e otras personas que entendieren en la dicha conquista y descubrimiento que luego que esta nuestra carta vean paren en el dicho descubrimiento y conquista y esten en el estado en que les tomare la notifícacion desta nuestra provision sin proseguir mas y en aquello que tovieren descubierto y paçificado guarden las leyes e ordenanças por nos hechas çerca del buen tratamiento de los naturales de aquellas partes lo qual ansi guarden y cunplan so pena de muerte y de perdimiento de todos sus bienes para nuestra camara y fisco y mandamos al nuestro governador de las dichas provinçias e otras qualesquíer nuestras justíçias deilas que guarden y cunplan y hagan guardar y cunplir esta nnestra carta y lo en ella conthenido y que si alguna o alguas personas fueren o pasaren contra ella executen en sus personas y bienes las penas en ella contenidas dada en monçon de aragon a quatro dias del mes de noviembre de mill y quinientos e çinquenta y dos años yo el principe Refrendada de ledesma firmada del marques gregorío lopez saldoual hernan perez rribadeneyra briviesca.           (198).

 

 

 

XXIII

SEMBLANZA DEL GOBERNADOR IRALA

 

            Se ha dicho muchas veces que los conquistadores eran lo mejor de España, y es exacto, si los juzgamos como elementos étnicos, no bajo el aspecto de nobleza y fortuna.

            Partieron los jóvenes, los sanos, los animosos, los emprendedores con aspiración a mejorar su suerte. Los viejos, los enfermos, débiles de cuerpo o de ánimo, sin aliento para la aventura, quedaron en sus pueblos, resignados a su medianía, vencidos de antemano. Esa fue la primera selección: selección física y espiritual.

            La segunda la hizo la Naturaleza en las Indias. La rudeza de la vida impuesta al conquistador, eliminó a todos aquellos que tenían poca defensa vital.

            Sobrevivieron los fuertes.

            En el orden moral sucedió análoga cosa. En todas las agrupaciones humanas se imponen los más aptos. A veces como lo observa el. Prof. Emite Durkheím, en las sociedades políticas, en épocas de grandes perturbaciones, se ve subir a la superficie de la vida pública, a una multitud de elementos nocivos, que en tiempo normal quedan disimulados en la sombra. (226). Pasada la agitación, su misma carencia de condiciones para el desempeño de los puestos que han escalado, les obliga a cederlos a quienes tienen mayores aptitudes.

            Este fenómeno es más fácil de comprobar en grupos actuantes en medíos que escapan a la presión ejercida por las autoridades políticas y religiosas que constituyen el armazón de los estados.

            Los conquistadores de las Indias no podían escapar a esta regla. Así vemos actuar con brillo y eficacia en América, a quienes partieron de España, entre la turbamulta de la tripulación, mientras fracasan o se esfuman en las filas anónimas de las huestes, capitanes e hijosdalgo que embarcaron con ínfulas de personajes.

            Entre los compañeros del adelantado Mendoza se produjo análogo fenómeno. No fueron los de mejor antecedencia, quienes descollaron en la empresa.

            Ejemplo de ello fue Domingo de Irala, quien, a pesar de tener un origen distinguido y mayorazgo que le daba independencia económica, embarcó sin ocupar puesto importante, no figuró entre los capitanes del Estado Mayor ni como favorito del Adelantado.

            Pero a poco de llegar al Río de la Plata, su situación había cambiado, y secretario de D. Pedro de Mendoza, recibe la delegación de poderes de Ayolas que le constituye en su lugarteniente general, comenzando así, su brillante trayectoria, que concluiría 20 años más tarde, al morir desempeñando el cargo de gobernador del Río de la Plata por S. M.

            Durante los primeros años, suscitó fuertes pasiones entre los castellanos, contando con una mayoría de entusiastas partidarios, imponiéndose luego, a todos. Los indios le respetaron y quisieron a la vez. Muerto le lloraron hasta muchos de sus contrarios, según certificó el Cabildo de Asunción en 1602, «hasta oy se llora en esta tierra a domingo mynez de yrala govor. q. fue desta góveron. por el emperador nro señor de gloriosa memoria ».

            D. Juan Francisco de Aguirre en su Discurso histórico, a fines del siglo XVIII, hace presente que su memoria era recordada con veneración en el Paraguay.

            Hoy todavía, es el conquistador cuyo nombre goza de mayor prestigio allí, donde fue el teatro de sus acciones.

            En la Argentina, los primeros historiadores también le fueron favorables. Luego al mediar el siglo XIX, las opiniones se dividen. Los pocos que han estudiado a conciencia y con juicio sereno el período de su actuación, elogian su obra; alguno como Groussac, comienza atacándole, pero a medida que le va conociendo, su juicio evoluciona favorablemente.

            Otros más deseosos de innovar, que críticos, se han ensañado contra él, recogiendo como verdad, cuanta imputación le fuera hecha; sin parar la atención en que las autoridades de su época, no escucharon ninguna.

            Este proceder se veía facilitado por el desconocimiento que se tenía de documentos que luego han aparecido y hoy están al alcance de todos los estudiosos. Por otra parte tal actitud armonizaba con el sentimiento de simpatía que inspiraba cuanto implicara desprestigiar la obra de España, aún a costa de la verdad histórica.             Fundamentaban sus imputaciones en cartas, sin averiguar quiénes eran sus autores, la fe que merecen sus aserciones y el motivo que las hizo escribir, elementos indispensables para conocer su justo valor probatorio. Están fechadas en el bienio 1544-45, es decir en el momento de producirse la mayor crisis de aquel período histórico, culminada con la deposición y envío a España del adelantado Cabeza de Vaca. Sus parciales se vieron alejados del poder y perdieron las ventajas que usufructuaban desde su llegada al Paraguay.

            Como es lógico y humano, quienes sufrieron las consecuencias inevitables al cambio de autoridades, no podían resignarse calladamente y acusaban al substituto del jefe que los había beneficiado y a cuyo lado medraban. Volcaron en sus cartas cuanta acusación juzgaron conducente para reconquistar las prebendas perdidas, pero en apoyo de sus pretensiones no aportaban pruebas, y casi puedo afirmarlo, ningún cargo grave.     La más usada es la famosa escrita por el escribano Pero Hernández, - que Groussac llamó « crónica escandalosa », pero no averiguaron ni los quilates morales de su autor, ni porqué la escribió, según antes he dicho. El escribano Pero Hernández, sobre cuya honestidad profesional y corrección personal se dijo tanto y malo, escribió una diatriba contra los que detentaban el poder y le habían desalojado de su cargo notarial. El documento en cuestión, por su contenido se asemeja a la sección policial de cualquier órgano de nuestra prensa de segundo orden, como ya lo he dicho, y por su virulencia, al desahogo de un político opositor de ralea inferior. La fechó un año después de haber sido depuesto su último protector, el adelantado Cabeza de Vaca, de habérsele quitado la escribanía que aquél le diera, sufrido prisión por su campaña contra los Oficiales Reales y en vísperas de ser deportado del Paraguay.

            Estas circunstancias; que más o menos se encuentran en las otras cartas, hubieran debido bastar para tener por sospechosas sus imputaciones y no adoptarlas sino después de comprobadas por otros documentos más dignos de fe.

            Juzgar su actuación por esta carta y otras semejantes sería peor que sí la posteridad juzgara nuestro tiempo a base de los periódicos que llenan páginas con truculentas noticias de policía.

            En ninguno de los varios juicios o informaciones que siguió el adelantado Cabeza de Vaca sobre diversos tópicos, ni en los requerimientos hechos más tarde, por el capitán Salazar de Espinosa en ejercicio de un poder que afirmaba tener del mismo Adelantado, se encuentran cargos ni acusación alguna, contra el capitán Irala. Son los Oficiales Reales quienes reciben todas las arremetidas y cargan con todas las faltas, como puede verse en el poder invocado por Salazar y que sus parciales atribuían al Gobernador.

            Bastante después comenzaron a hacerlo contra Irala. Posiblemente por aquello de « is fecit cui prodest » el Gobernador y sus allegados descargaban sus enojos contra quien los separaba del poder, al ejercerlo con el beneplácito de la mayoría.

            Y, cosa curiosa, el más fuerte encono no se encuentra en el jefe desposeído, ni puede imputarse al deseo sentido por sus capitanes o partidarios, de restaurarle en el mando sino en aquéllos de entre éstos, que abrigaron la esperanza de heredar el poder después de separado el Adelantado. Esta impresión se tiene por la virulencia de los ataques llevados a cabo por los mismos que se mostraron más bien tibios en la defensa de Cabeza de Vaca, cuando todavía podía esperarse su reasunción del gobierno.

            De otra manera resulta inexplicable cómo solamente después de sacados del Paraguay, se dieron cuenta de que Irala había sido el promotor de una revuelta que hasta entonces, ellos, en el teatro de los sucesos, atribuían públicamente a los Oficiales Reales.

            El silencio que el Consejo de Indias guardó respecto a dichas acusaciones, demuestra el ningún crédito que le merecieron y no fueron obstáculo para que continuara dispensando mercedes al acusado.

            Estas circunstancias, bastan para desvirtuar las imputaciones que hicieron los aspirantes al gobierno, defraudados en sus esperanzas, o los usufructuarios de beneficios perdidos.

            Once años más tarde, los pobladores sufrieron otra crisis, que repercutió profundamente en la vida de la ciudad, según se nota en la documentación que ha llegado hasta nosotros.

            La crisis del 56 fue una demostración del antagonismo que subsistió durante muchos años, entre los “conquistadores viejos y los nuevos”, despertado por la falta de tacto político de Cabeza de Vaca.

            Después de disipados los sueños de fácil riqueza, comenzaron las peticiones de reparto de tierras y encomienda de indios. Irala se resistía por considerarlos inadecuados para el Río de la Plata, y presentir que serían fuente de intranquilidades.

            Renovaba y repetía por cuenta propia, las vacilaciones y resistencias que había sufrido el virrey La Gasca unos años antes, en Lima, comprendiendo que un reparto de premios y mercedes hecho a los conquistadores, sería un semillero de quejas y motivo de descontento, sino de algo peor, pues no era posible satisfacer a todos, en la medida de sus deseos y pretensiones. Y así fue. Sus presentimientos no le engañaron, pues los sucesos que se produjeron vinieron a confirmarlos.

            Pero Irala ante las exigencias apremiosas y crecientes, accedió en dicho año, y generosamente acordó el beneficio a todos cuantos habían colaborado en la Conquista, sin entrar a distinguir nacionalidad, ni tiempo de servicios.

            Según sucede siempre, cuando se trata de premios, entre los agraciados fueron más los descontentos que los satisfechos, y como consecuencia, naturalmente menudearon las cartas al Rey, exponiendo méritos propios que pretendían olvidados o mal apreciados, y cargos contra el Gobernador que se había hecho pasible de tamaña falta.

            En semejantes casos, se echa mano de cualquier recurso con tal de abatir al que se ataca. La pasión explica un proceder que, después de todo, es muy humano.

            Pero estas fallas pasaron desapercibidas y dichos documentos fueron admitidos haciendo plena prueba histórica. Y aún son esgrimidos como armas contra Irala y se usan como los sillares sobre los cuales reposa la historia de los veinte primeros años de la Conquista, sin apreciar los vicios que los invalidan.

            Sin embargo ahora que ha comenzado la revisión de valores con un ánimo más sereno y elevado, se impone estudiar cuanto se refiere al gobernador Irala, para darle el lugar qué le corresponde en la historia del Río de la Plata, teniendo presente que: “En la obra de todo hombre público hay que considerar el propósito y el resultado. Para el vulgo, la sanción ante la posteridad la dan los hechos; y de ellos resulta bueno el que vence y malo el que fracasa. Pero el hombre de ciencia debe estudiar también la intención en los grandes gestadores de la Historia, reservando un juicio distinto para el hombre recto que fue vencido por el ambiente adverso y por la mala fortuna y para aquél que mereció su derrota por falta de preparación, de inteligencia y de ética” (227).

            Los cargos contenidos en la mencionada documentación pueden reunirse en cuatro grupos principales: ambición desmedida de mando: afán de lucro; maltrato de los indios y falta de moralidad. A estos alguna vez, se agrega otro, sobre el cual no se insiste, a pesar de que si hubiera existido, habría sido el de mayor gravedad, cual es el de haber querido aislar a los castellanos en el Paraguay, para “hacerse un feudo” fuera del alcance de las autoridades Reales.

            Desmedida ambición de mando. - El estudio de los sucesos de 1538, 1544, 1545 y 1548, demuestra lo infundado del cargo.

            En 1538, cuando el capitán Ruiz Galán pretendió ejercer la tenencia general de la Provincia, Irala se resistió a prestarle obediencia, con firmeza pero sin desplantes que hubieran hecho peligrar la Conquista y correr sangre española.

            Tenía el derecho para sí. Se lo daban sus despachos, las órdenes de D. Pedro de Mendoza, y contaba con alguna fuerza para sostenerlos.

            A pesar de ello, limitó su actuación a pedir el reconocimiento de sus poderes, con tacto y prudencia. Resistió a todas las amenazas de Ruiz Galán y sufrió la prisión por salvar lo que consideraba la dignidad de su cargo. Las probanzas demuestran que al obrar así, contrarió a algunos de sus compañeros que le incitaban a la resistencia. Su actitud le ganó el apoyo de capitanes que acompañaban a su contendiente.

            Se mantuvo firme, sin apartarse de la línea de conducta que se había trazado, y conservó la paz hasta la llegada de la persona que tenía atribuciones para hacerle reconocer por jefe.

            En 1544 demostró iguales condiciones. Fueron los Oficiales Reales quienes le designaron teniente de gobernador, aclamado luego por la mayor parte de los conquistadores. En ninguna pieza documental del momento, figura su nombre como gestor o complicado en la revuelta contra Cabeza de Vaca. Al contrario, según se ha visto en el capítulo pertinente, el factor Dorantes asumió la responsabilidad en nombre de todos los Oficiales, y el Gobernador coincidía en ello.

            El 45, ante las pretensiones de Salazar, ejerció una influencia pacificadora sobre los Oficiales Reales sin hacer fuerza por conservar el mando, amparó a Salazar cuando corría peligro su vida, tal vez.

            Tres años más tarde, en las soledades del Chaco, se suscitaron diferencias entre Irala y algunos Oficiales Reales y capitanes, que no aceptaban el proceder de Irala con los emisarios enviados al Perú, cuyo regreso ofreció y quería esperar. Sus opositores decepcionados al encontrar ya ocupada por otros, la región de los metales, quisieron imponerle procedimientos que rechazó, y antes que faltar a los compromisos contraídos con los compañeros ausentes, prefirió apartarse del mando.

            Entonces, como diez años antes, hubiera podido resistir, pero no lo hizo para evitar choques que debilitarían al contingente castellano, ante el enemigo indígena.

            Estos casos bien documentados, prueban lo infundado de la imputación a que me referí antes. Además demuestran que en él, se sobreponían otros sentimientos al deseo de mandar, y gracias a esto, la conquista del Paraguay no ofreció las escenas de sangre y violencia, tan comunes en otras regiones de las Indias.

            En las tres oportunidades sostuvo la integridad de su derecho con altura, no aceptó transacciones que hubieran podido causar desmedro a su investidura, ni puso en peligro a sus compañeros por sostenerse en el poder.

            La forma como encaró y resolvió estas situaciones, demuestra respeto a las leyes y al cargo cuyo desempeño había jurado y que para él, estaban por encima de sus intereses personales.

            Por consiguiente la imputación de desmedida ambición, carece de base y se ve desmentida por hechos absolutamente comprobados.

            Afán de lucro. - Igualmente es infundada la segunda acusación.

            Su proceder respecto al cobro de los estipendios que le fueron asignados en retribución del cargo de teniente de gobernador, que se hallaban impagos aún a la fecha de su fallecimiento, bastaría para desvirtuarlo.

            Pero tenemos, todavía en su apoyo, la cláusula escrita en su testamento, respecto a las cuentas con los adelantados Mendoza y Cabeza de Vaca, estableciendo que no se les cobre las cantidades que gastó por ellos, sino en el caso de que su testamentaria fuera llamada a cuentas. También tenemos, consecuente con la misma actitud de desinterés, su proceder respecto a los bienes del mayorazgo que poseía en España y dejados en tal abandono, que hubo necesidad de nombrarles curador de oficio. (228).

            Con respecto a sus subordinados y compañeros, se conservan asertos en actuaciones como el proceso seguido por el tutor de sus hijos contra Bartolomé de Moya, en 1564, donde los testigos siempre le presentan como generoso y desprendido.

            La misma condición resulta de su proceder para con Alexandre Brunberke, a quien hizo entregar no solo los bienes que su padre, Hans Brunberke, había dejado a Irala por testamento, sino más aun.

            Por otra parte, Azara, que alcanzó a revisar sus autos testamentarios, afirma que el haber sucesorio era de 1.432 varas de lienzo, suma que no está en relación con las facultades de señor de vidas y haciendas que al decir de ciertos escritores, ejerció durante casi 20 años.

            Maltrato a los indios. - El tercer cargo es el más generalmente esgrimido contra los conquistadores y en particular contra Irala, a quien no puede serle imputado como achaque exclusivo suyo, o excepcional.

            Puede reprocharse a un hombre la realización de actos, cuando ellos son reprensibles dentro del medio y en el momento en que se producen, pero no cuando armonizan con los de su época y clase.

            No hay que olvidar que las armadas castellanas estaban formadas en su casi totalidad, por personas que apenas excedían de los 20 años, quienes pasaban sin transición de un medio lleno de prejuicios religiosos y trabas sociales, a territorios carentes de autoridades y cortapisas de cualquier género, sin otra ley que la del más fuerte.

            En las Indias se enfrentaron con multitudes muy superiores numéricamente, siempre alertas a fin de aprovechar el minuto propicio para aniquilarlos.

            No podían andar con contemplaciones que hubieran sido debilidad y hubieran servido para envalentonar a la indiada.

            No debe olvidarse tampoco, el trato que siempre, antes, entonces y ahora, reciben los pueblos conquistados, máxime si son de raza y cultura diferentes.

            A este respecto se puede recordar la opinión ya mencionada de Durkheim, quien dice: « Siempre que dos poblaciones, dos grupos de individuos, pero de cultura desigual, se encuentran en contactos seguidos, ciertos sentimientos se desarrollan que inclinara al grupo más cultivado o creyéndose tal,            violentar al otro.

            “Es lo que se observa en las colonias y los países de toda suerte, donde los representantes de la civilización europea se encuentran enfrentados con una civilización inferior. Sin que la violencia tenga ninguna utilidad, y aunque ella no sea sin graves peligros para quienes se abandonan, y se exponen así a temibles represalias, estalla casi inevitablemente. De ahí, esta especie de locura sangrienta que embarga al explorador en relaciones con razas que juzga inferiores. Esta superioridad que uno se arroga, tiende, como por ella misma, a afirmarse brutalmente, sin objeto, sin razón, por el placer de afirmarse. Se produce una verdadera embriaguez, como una exaltación exagerada del yo, una especie de megalomanía que arrastra a los peores excesos, y del cual no es difícil apercibir los orígenes”.

            “Por consiguiente no sintiéndose sujeto por nada, se desata en violencias, tal como un déspota a quien nada resiste. Esas violencias son para él, un juego, un espectáculo que se da así mismo, un medio de testimoniarse a sí mismo esta superioridad que se reconoce”. (229).

            Tampoco es justo apreciar lo que pasó en el Río de la Plata durante el siglo XVI, de acuerdo con la moral teórica del siglo XX. Cuando se disfruta de las ventajas y seguridades que brindan la vida moderna y una sociedad organizada, hay que hacer un verdadero esfuerzo, para darse cuenta de cómo eran aquellas sociedades incipientes, cuyos miembros se jugaban la existencia a cada instante, sin otra protección que la de su brazo.

            Hay que cotejar los hechos con los análogos desarrollados en otras regiones donde actuaron hombres con la misma mentalidad, y haciéndolo así, deberemos reconocer que en el corazón de América, en el más completo aislamiento y con una impunidad casi absoluta, la conquista se llevó a cabo, sin las efusiones de sangre que hubo en otras partes, como en el Perú, donde las guerras, rivalidades y muertes, llenan las páginas de su Historia.

            En las costumbres del siglo XVI, predominaban el rigor y la dureza en todas sus manifestaciones. A este respecto podemos invocar otra atestación del mismo Prof. Durkheim, quien manifiesta su extrañeza por la discordancia que hay entre la mayor suavidad que se nota en ellas, en relación a las de la Edad Media, y el rigor de los métodos disciplinarios que se iban reforzando a pesar del progreso de la civilización.

            « Sobre todo uno no explica de esta manera el verdadero lujo de suplicios, el desborde de violencias que los historiadores señalan, en las escuelas de los siglos XIV, XV y XVI, donde siguiendo la palabra de Montaigne, no se oía « sino gritos y criaturas supliciadas y maestros embriagados en su cólera (I-XXV) ».

            Y refuta la imputación que veces ha sido hecha a la concepción ascética, que hacía del sufrimiento, un bien, y atribuía virtudes místicas al dolor. (230).

            Confirma esa apreciación, lo que sobre el mismo tópico, dice el Dr. Gregorio Marañón, refiriéndose al reinado de D. Felipe IV, época del mayor refinamiento:

            « Hoy no podemos juzgar la bárbara delectación de aquellos españoles ante el dolor ajeno sin pensar que dependía de una modalidad universal de la sensibilidad; como seguramente, dentro de tres siglos, pareceremos bárbaros a nuestros descendientes -mucho mejores que nosotros, sin duda - por actos nuestros, de cuya crueldad apenas nos damos cuenta. Sólo así podemos explicarnos que Lope de Vega, fuente de tanta emoción delicada, derramada en los más dulces versos del mundo, asistiera complacido, como familiar de la Inquisición, a la ejecución espantosa de pobres hombres y mujeres, la mayoría de ellos más dementes que herejes verdaderos. El monstruo no era él, sino el alma de la época. En el terrible cuadro del auto de fe de Berruguete lo que es panta no son los reos consumidos vivos por las llamas, sino la absoluta indiferencia con que Santo Domingo de Guzmán y los demás personajes asisten a la bárbara chamusquina, y, sobre todo, aquel juez obeso que, con las manos sobre el vientre, duerme como un bendito, mientras los reos, vivos, se tuestan lentamente. Pellicer, cronista cortesano, remilgado, nos cuenta, sin emoción alguna, como pudiera hacer el relato de una fiesta, que a una niña, acusada de ser cómplice de unos ladrones, los jueces (esta vez civiles) no la ejecutaron como a sus compañeros « por no tener edad », pero la dieron doscientos azotes, la cortaron las orejas debajo de la horca de donde pendían los cadáveres de los reos « y la tuvieron todo el día colgada de los cabellos, a vista del pueblo; y del castigo quedó tal, que murió dentro de dos días ». Novoa, mayordomo del Rey, describe el auto de fe, en Madrid, de 1632, con morosidad que espanta, a pesar de que varias mujeres fueron quemadas vivas, y, como ocurría en estas ceremonias, hasta los huesos de los reos que ya habían muerto fueron implacablemente desenterrados y quemados. El juicio que tantos horrores le merecen es: que fue «este auto ejemplar benignísimo porque siendo los reos acusados de atrocísimas culpas, no eran equivalentes las penas, por lo mucho que debían padecer; resplandeciendo aquí la misericordia y la majestad del Rey con este hecho y con asistir a acto tan legítimo a su dignidad y oficio».

            No hay necesidad, por conocidas, de recordar las escenas y acciones de las guerras de religión, en Europa, ni las reglas establecidas en las ordenanzas militares, procedimientos judiciales y otras instituciones del mismo siglo, y hasta posteriores.

            Su dureza no deja lugar a dudas respecto a que la gente tenía un concepto muy diferente al nuestro, sobre la disciplina, subordinación y hasta otra resistencia física para el dolor.

            Aunque la anécdota de la Maldonado no fuera exacta, la general aceptación que mereció por parte de inmediatos sucesores, demuestra que la creyeron posible, y con esto nos dan una prueba de la manera como eran tratadas las “damas” por los hijosdalgo, en cuya compañía vinieron.

            Pero todavía tenemos más, y no dudoso sino real y verdadero. En las instrucciones de D. Pedro de Mendoza se lee la orden de no dar comida a las mujeres que « no lavasen ni sirvieren ».

            Si se usaba tales procederes con las españolas, en quienes reconocían igualdad de raza y con las cuales los unían esos mil lazos que se forman después de una larga convivencia, tan llena de peripecias como tuvo el viaje de Mendoza, no es difícil, ni de sorprender, que las relaciones con las indias no se señalaran por su dulzura y cortesanía.

            Es también del caso recordar las controversias habidas sobre si los indios eran seres humanos o no, y que S. S. Paulo III había publicado recientemente; en 1537, su bula referente a los sacramentos y a los indios.

            La sensibilidad ha evolucionado y lo que antes era un acto corriente hasta en las relaciones familiares, hoy puede parecer cruel. Los métodos han variado en todos los órdenes de la vida, más aún en la teoría que en la realidad. Nuestras leyes penales, reglamentos militares, policiales y escolares, han suprimido, por lo menos en la letra, los castigos corporales y procedimientos de fuerza o violentos.

            Y esto sirve para que muchos de aquéllos que escriben sobre esa lejana época, tomen como términos de comparación, dándolos por exactos, los cargos contenidos en escritos de polémica o difamatorios, por una parte, y la letra de nuestras leyes o reglamentos actuales, por la otra.

            Indudablemente la mortandad de naturales fue algo pavoroso, y en pocos años desaparecieron tribus enteras como si se derritieran al entrar en contacto con la raza europea.

            Esto es conocido desde larga fecha, siendo atribuido generalmente al maltrato que les dieron los castellanos, motivo muy aprovechado por escritores que buscan impresionar a sus lectores con cuadros sentimentales.

            Pero se ha olvidado tomar en cuenta un factor importantísimo, como es el de las bajas causadas entre ellos, por la propagación de enfermedades europeas contra las cuales los indios no tenían ninguna inmunización anterior.

            El Dr. Jehan Vellard que ha estudiado científicamente el fenómeno, relata algunas observaciones muy interesantes al respecto, producto de sus observaciones personales en numerosas tribus y llega a la conclusión de que cualquier europeo al ser recibido entre indios sin contacto anterior con personas de raza blanca, los contamina y causa el desarrollo de variadas enfermedades que producen gravísimas consecuencias entre sus componentes, a pesar de tratarse de las más inocuas en Europa, o entre los blancos. (232).

            Explica también, que este fenómeno se observa menos acentuado, en las poblaciones andinas, cuya resistencia es mayor.

            La mortandad de indios durante los primeros años de la Conquista, superior a cuanto nos podemos imaginar, según el Dr. Vellard, no es pues imputable a actos de crueldad castellana, sino a enfermedades que éstos propagaron involuntariamente, y apoya su juicio en casos concretos observados durante expediciones que ha llevado a cabo en diversas regiones donde aún existen indios sin contacto con la raza europea.

            Su teoría se confirma con lo sucedido en los siglos posteriores. La merma de indios continuó durante todo el período, colonial y después de la Independencia. Los naturales han ido decreciendo en tal forma, que pronto no serán sino un recuerdo en todo el territorio argentino, sin que por ello se culpe a las autoridades.

            También contribuyó a la despoblación, el sujetar las indias a la vida urbana, donde tenían un trabajo continuado al cual no estaban acostumbradas, substrayéndolas en gran número de sus tribus, para emplearlas en tareas agrícolas y menesteres caseros; conjunto de factores que contribuyeron a disminuir la natalidad, pues como decía el factor Dorantes, “gran numero de yndias les falta y dejan de multiplicar”. (233)

            Por lo que al gobernador Irala se refiere, el afecto y respeto que los indios le demostraban, no condicen con la fama que le quieren hacer. Los naturales sabían disen consecuencia no acordaban su amistad sino á aquel tinguir entre quién era su amigo y quién los perseguía, que sabía inspirársela.

            Como casos concretos de protección prestada por Irala, tenemos documentado el socorro que dio a los agaces recibiéndolos en su casa, cuando Cabeza de Vaca ordenó su matanza, y los reparos que opuso a la voluntad del mismo gobernante, al querer éste, hacer ejecutar al principal Taberé, orden cumplida solo cuando la reiteró y no hacerlo implicaba un desacato.

            Consta también que se utilizó su ascendiente sobre los indios, pues era enviado a apaciguarlos y traerlos a la concordia, cuando se producía alguna dificultad que los otros capitanes no podían arreglar.

            Es superfluo insistir en que tales medidas no hubieran sido posibles, si realmente su crueldad fuera cierta, pues lo habría descalificado como mediador, dando resultados contraproducentes.

            Falta de moralidad. - Quédame por comentar la imputación más repetida que se hace al gobernador Irala; su falta de moralidad en su vida privada, así como en las costumbres que toleraba a sus subordinados.

            Según Francisco de Ribera, era “hombre muy aficionado a la conversación de las indias carios”,(234), punto que moralistas a la distancia, comentan y agrandan hasta considerarlo suficiente como para descalificarlo completamente y anular todas las calidades que pudo tener, como soldado y organizador de la colonia.

            Las virtudes que le exigen le hubieran puesto al linde de la santidad, y el gobernador Irala sólo fue un hombre del siglo XVI. Le reclaman virtudes excepcionales de castidad, prudencia y suavidad que a haberlas tenido, y más aún, exigido a sus compañeros, hubieran hecho fracasar la empresa que dirigía. Su proceder era una consecuencia inevitable de la edad, medio y circunstancias de los conquistadores, fuerzas a las que nadie escapa.

            Si su conducta difirió de lo que en años posteriores o en otros lugares se considera ser lo correcto, no puede hacérsele un cargo. Según tengo dicho antes, sólo puede reprocharse a una persona, la realización de actos, cuando son reprensibles dentro del medio y en el momento es que se producen, pero no cuando armonizan con ellos.

            Las costumbres cambian constantemente y como es natural, varía el concepto que se tiene de la moral. La de la Corte, pocos años después, según la describe el Dr. Marañón en su citada obra, no era un modelo, ni con mucho, de acuerdo con el concepto que tenemos en el siglo XX.

            No es justo pedir a los pobladores del Paraguay, dada su edad, aislamiento y peligrosidad de la empresa, que llevaran una vida ascética, de moral cristiana que sería ejemplar aún en nuestra época. Hay que tener la sinceridad de ver las cosas como eran y no pretender que se vayan amoldando a los cánones sucesivos que van regulando las acciones en el transcurso del tiempo, en tal forma que sean irreprochables a juicio de cada una de las generaciones posteriores.

            Es indudable que la vida de los conquistadores en el Paraguay difería de la que se llevaba en España, pero no podía menos de ser así. Las costumbres arraigas entre los indios, como sucede en todas las razas primitivas, hacía que los hombres se ocuparan únicamente del ejercicio de las armas, ya fuera para la caza o para la guerra.

            En esos pueblos, la mujer ocupaba un lugar casi intermedio entre el ser humano y la bestia de labor. No solamente recaía en ella, el peso de los trabajos domésticos, sino también los agrícolas y el transporte de los bultos cuando emigraban. Estaba muy lejos de tener el lugar de equivalencia y menos el de privilegio, que el cristianismo le fue dando paulatinamente, no sin tener que vencer resistencias.

            Entre los indios, las mujeres eran vendidas, regaladas o trocadas, con la mayor naturalidad, como los blancos hacían con los esclavos.

            No debemos olvidar que estas costumbres existen todavía en muchas partes, y que en ciertas regiones europeas, las mujeres son uncidas a los arados para reemplazar o completar, las yuntas de bueyes.

            El factor Dorantes en 1553, escribía: « la costumbre que los yndios tienen de vender sus mugeres e hijas y parientas que es total distruycion de la tierra y la que los cristianos tenemos en se las comprar lo cual es necesario para nos mantener hasta que la tierra se encomiende », y luego lo repite pero afirmando que para «poderse sustentar no se puede pasar sin se las comprar ». (235).

            Por esa costumbre, los principales según entonces se decía a los caciques, como primera demostración de bienvenida y acogida amistosa, ofrecían a los castellanos, sus hijas y otras mujeres, para sus menesteres.

            Favorecidos por estos hábitos, no es de extrañar que los castellanos, faltos de jornaleros, caballos y bueyes, con las ideas que predominaban en ciertas clases sociales de España, respecto al trabajo personal, no es de extrañar digo, que hayan usado y abusado de las indias, sin fijarse en las consecuencias que podía traer tal trato.

            Esto es tan conocido que huelga su prueba.

            Los mismos eclesiásticos recibían y aceptaban, tales obsequios. Refiriéndose a la llegada del obispo Fernández de la Torre, se menciona en varios documentos, que le fueron regaladas « una mula y muchas indias », poniéndolas en este orden de prelación, sintomático de su respectivo valor. (236).

            Lo que ocasionó su acaparamiento por los castellanos, no fue el amor, ni siquiera entendiéndolo como la satisfacción del más bajo apetito sensual, sino las conveniencias económicas. Es claro que la promiscuidad en que se vivía, la ausencia de mujeres españolas, la juventud de los conquistadores, el clima, la falta de toda cortapisa para sus instintos, favoreció el ayuntamiento e hizo que la mestización fuera cosa corriente, no obstante escribir el factor Dorantes no ajustándose mucho a la verdad: « bivimos tan castamente que dios lo remedie » (237).

            Las costumbres de los carios lo facilitaba, pues como decía el adelantado Cabeza de Vaca, las indias « de costumbre no son escazas de sus personas y tienen por gran afrenta negallo a nadie que se lo pida y dicen que para que se lo dieron sino para aquello». (238).

            Tampoco se oponían mucho, las costumbres europeas del siglo XVI. Los Grandes, laicos o eclesiásticos, en las Cortes más refinadas de Europa ofrecían ejemplos que no desdicen con los cuadros que se atribuyen a los jóvenes conquistadores, que en las Indias se jugaban la existencia a cada instante, sometidos a una vida primitiva, sin los frenos que pone una sociedad organizada.

            Por otra parte esa cohabitación facilitó las relaciones con los indios, que la tenían en mucho y se ofendían si algún castellano se negaba a ella.

            Se mostraban serviciales hacia sus “cuñados” y por vía de parentesco los servían y auxiliaban como no lo habrían hecho en otro caso; y forzosamente el vínculo establecido, contribuyó a suavizar el trato que recibían.

            El término «cuñado» se hizo de empleo corriente y la primera generación de mestizos, que fue la columna fuerte que consolidó la colonia y extendió los centros, halló en sus parientes maternos, un apoyo que los castellanos utilizaron con provecho, para sus actividades pobladoras.

            La mezcla de sangre se vio sancionada por la legislación y no causaba desmedro. D. Juan Francisco de Aguirre, en su Discurso histórico, refiriéndose al cronista Ruy Díaz de Guzmán, dice: “Ningun fundamento tuvo Gusman en no decirlo (que su abuela era india) porque los hijos de conquistadores fueron declarados generalmente por hidalgos de Castilla, aún los soldados menos conocidos y por consiguiente no hay honra ni nobleza mayor en las Indias, que la de descender de ellos, sea por la línea que fuese. Cuanto más Guzmán que aún por la que disimuló era tan ilustre corno la de sus padres”. (239).

            Gracias a este modus operandi pudo llevarse a cabo la conquista del Río de la Plata por el reducido número de españoles que la realizó y sin el derramamiento de sangre que hubo en otras partes, donde el indio fue sometido por la fuerza, y subsistió desvinculado al europeo, para quien no representaba sino un valor comercial. Esta modalidad dio a la raza, caracteres peculiares que aún subsisten en el Paraguay.

            Voluntad de aislamiento. -El último cargo hecho al gobernador Irala - haber querido aislarse en el Paraguay para imponer mejor su voluntad -, sería tal vez, el más grave que pudiera hacérsele, pues lleva implícito un deseo de rebelión contra el Poder Real, del cual implicaría un deseo de separarse lo bastante como para que no le llegaren noticias de sus manejos.

            Pero esta imputación resulta igualmente desmentida por los documentos. Sería muy extenso volver a detallarlos en apoyo de mi afirmación, pero basta recordar la permanente insistencia con que Irala, durante años, preparó y dirigió entradas para comunicarse con el Perú; la fundación de Ontiveros para abrir paso hacia el Atlántico: inició el intercambio con los portugueses del Brasil a través del Guayrá; pidió al Rey con insistencia los elementos que le permitieran fundar en San Gabriel y San Francisco, los bandos para alistar gente que fuera a estos puertos, según escribieron los Oficiales Reales, y al final de su vida, el apresamiento del capitán Trejo por haber despoblado a San Francisco sin autorización superior.

            Todo esto, escuetamente enunciado, prueba la ligereza del cargo, hecho a base de atribuirle el abandono de Buenos Aires, acto mal comprendido que fue una medida ordenada por D. Pedro de Mendoza, casi impuesta por los Oficiales Reales y conveniente en las circunstancias del momento.

            De modo que, cuando se estudia la documentación pública conocida con detenimiento y sin idea preconcebida, se nos ofrece un Irala completamente diferente al Irala prepotente, tiránico, codicioso, martirizador de indios, que se encuentra en los relatos corrientes y las acusaciones de sus detractores ordinarios no alcanzan a disimular la pequeñez de los móviles que las inspiraron, así como la ligereza de los glosadores.

            Irala no fue un improvisado, no se elevó en mérito a su audacia, ni escaló el poder a favor de un motín. Tampoco lo conservó merced a intrigas.

            Pasó por alternativas de luz y sombra, pero favorecido por su espíritu observador, en todo momento acumuló experiencia, tanto en lo relativo a sus compañeros como a los pueblos aborígenes y territorio donde le tocó actuar.

            Río de la Plata.

            Así adquirió un caudal de elementos de todo orden, que le permitió encauzar las fuerzas y hacer indicaciones adecuadas respecto al gobierno de la Provincia del y otro bando, pasamos a sus escritos, nos encontramos

            Si de las informaciones políticas producidas por uno con elementos suficientes para conocerle bajo el doble aspecto de hombre de gobierno y privado.

            En el primer concepto puede analizarse su obra de conquista y organizador; sus proyectos de población y la visión que tuvo del porvenir, inspirado todo, en la observación inteligente de los fenómenos diarios.

            Las cartas de 1545 y 56, abarcan todos los años de su vida pública y relatan sus empresas conquistadoras. Según parece existió otra, también de 1545, desconocida para nosotros. Como Irala no se repite en sus escritos su conocimiento nos haría conocer algún episodio omitido en las citadas, pero no podría variar la noción que tenemos de su época.

            Esas cartas en su conjunto, constituyen una crónica objetiva de los primeros veinte años de la dominación castellana en el Río de la Plata. Están escritas sin pasión, con afirmaciones concretas, tan precisas que nadie ha podido demostrarle falsedad, error, ni hacerle objeciones de ningún género. Narra los sucesos sin ponerse en evidencia, ni atribuirse importancia, más bien disimulando su actuación: no es ególatra.

            Otro aspecto de su compleja personalidad, nos la ofrecen las «Relaciones» fechadas en 1541 y 42, redactadas con motivo de la despoblación de Buenos Aires y el viaje al puerto de Los Reyes.

            Ambos documentos contienen datos de la mayor importancia respecto a la navegación fluvial desde la entrada de « los ríos de abajo », hasta casi el corazón de América. Falta una « Relación » que debía comprender el corto trecho que separa a Asunción del puerto de Las Piedras, sobre el río Paraguay, cuya navegación constituyó la primera parte de la jornada a Los Reyes, en 1542. Posiblemente en ella daría las razones que tuvo para no realizar la fundación del puerto que le fuera encomendada por el Gobernador tan valederas que no se volvió a hablar del asunto.

            Estos escritos además de indicar la ruta a seguirse y accidentes de la navegación, contienen un cúmulo de observaciones de la mayor importancia, relativas a las tribus que poblaban las regiones aledañas. Según los conocedores de estas ramas de estudios, no existen piezas escritas en dicha época, comparables con ellas, y pocas de las posteriores las superan.

            Desgraciadamente desconocemos la “Relación” que Irala mandó al Virrey del Perú, en 1548, que todo hace suponer redactada con datos de análoga importancia, referentes a la región chaqueña que venían de cruzar y cuyo conocimiento nos daría la descripción de la parte del territorio donde se desarrollaron sucesos de trascendencia durante el comienzo de la Conquista, y tal vez refiriera alguno de ellos.

            La carta al Marqués de Mondéjar nos presenta al gobernador Irala, como hombre de largas vistas y gran criterio para apreciar y juzgar la situación de lo que comenzaba a ser una colonia.

            Es una pieza capital para su conocimiento.

            En ella ya no habla el conquistador, ni el explorador, sino el hombre de gobierno que desarrolla planes para el porvenir, como fruto de las observaciones realizadas durante un largo número de años, y los expone al Gobierno Central con gran acopio de razones para fundamentarlos.

            Enuncia los diversos proyectos que propician los conquistadores, agrupados según sus tendencias o intereses. Anota y discute las ventajas e inconvenientes de cada uno. Da las razones en que apoya su opinión, con tanto dominio sobre la materia y claras vistas, que cuando esta carta sea estudiada como lo merece, ha de bastar para acreditarle como el hombre más conocedor de los elementos existentes en el Río de la Plata para su completo aprovechamiento por los castellanos, y con mayores dotes de gobernante, en su época.

            Los planes que propicia no fueron adoptados al azar, ni son fruto del capricho o impresiones momentáneas. Fueron resultado de observaciones de larga data, bien madurados, como lo demuestra el hecho de encontrarse antecedentes concordes en la respuesta que dio al requerimiento del veedor Cabrera, cuando pidió el abandono del puerto de Buenos Aires, quince años antes.

            La realización parcial de sus proyectos, llevada a cabo años más tarde, ha hecho la gloria de los ejecutores y el no haber realizado el resto, fue causa de la disminución que sufrió el patrimonio de Castilla en la región atlántica, y de una serie de conflictos internacionales que duraron siglos.

            Como actos efectivos de administración realizados durante su gobierno, han llegado hasta nosotros, algunas de sus ordenanzas relativas a asuntos de policía, económicos, etc., que hoy pueden parecer triviales, pero que en su hora tuvieron gran importancia para aquella sociedad incipiente, donde era menester establecer normas para todos los actos de la vida en común.

            De señalada trascendencia fue la que creó «la moneda de la tierra », en 1541, apenas asentada la población en la ciudad de Asunción. Ella legisló el régimen económico de la Provincia, regulando el intercambio allí donde la falta absoluta de medio circulante, imposibilitaba hasta las transacciones corrientes. Esta ordenanza modificada luego, a medida que las necesidades lo exigieron, fue la base de la vida económica de la colonia.

            También tuvo suma importancia, la ordenanza sobre encomienda de indios promulgada en 1556, fijando los derechos de los encomenderos con el propósito de evitar los abusos de que solían ser víctimas los indios.

            Es posible que los archivos de España y Asunción, guarden otras piezas, ignoradas actualmente, pues consta que escribió mayor número de las conocidas. Si se encuentran, servirán para fijar detalles o precisar puntos dudosos, pero no han de modificar el juicio que resulta de la documentación estudiada, sobre su vida pública.

            Parece que al principio de sus gestiones públicas hubo una carta al Rey, hoy ignorada, en la cual daba cuenta del manejo que había realizado, de bienes pertenecientes a D. Pedro de Mendoza y otros ajenos, que supongo han de ser los de difuntos, bienes de los cuales había dispuesto en gastos a favor de la Conquista, juntamente con algunos propios, y pedía se le reconociera dicho crédito. Esa gestión no la reiteró, ni amplió, y es posible que no haya sido reembolsado. Tampoco hace valer, sino en su testamento, y a título explicativo, los fondos propios que por instigación de Cabeza de Vaca gastó en las empresas de dicho Adelantado, y que nunca le fueron satisfechos, bajo el pretexto de “que ambas haciendas eran una sola cosa”.

            No se le conoce información de servicios, que por otra parte eran tan notorios, que holgaba hacerla.

            En ninguna de sus cartas expone quejas, ni acusa. No asienta reproches contra ninguno de sus opositores. No alude ni recuerda, las vejaciones sufridas por orden del capitán Ruiz Galán, cuando quiso despojarle del poder que le correspondía por derecho. No deja transparentar odio, pasiones o rencor. Parecería que perdona u olvida o no toma en cuenta todo eso. En ninguna de sus cartas-crónicas se lee nada que pueda resultar molesto para cualquiera de sus compañeros. Omite los puntos que pudieran ser controvertidos, o los trata en forma que no encierran un reproche.

            ¿Qué sentimiento le dictó tal proceder?

            ¿Orgullo, escepticismo, caridad, indiferencia? Tal vez. ¿Desprecio? No sería difícil. Un hombre bien nacido, convencido de su propio valer y de su actuación, puede sentirlo por quienes a sus espaldas, desahogan la envidia y dan pasto a su rencor de seres inferiores, prohijando cargos infundados y formulando críticas más o menos malévolas, en sus escritos.

            En tales casos la mejor respuesta, y única digna, es ignorarlos y guardar silencio. Es lo que hizo Irala.

            Pero toda afirmación entra en el terreno sin límites de las conjeturas.

            Conserva igual serenidad ante el triunfo, pues triunfo implicó para él, la R. O. de 1552, acordándole el gobierno como titular. Esta merced demuestra un desestimo categórico de todas las imputaciones que le habían hecho durante los años de turbulencia.

            En los varios requerimientos que hizo o contestó, no usó de amenazas, ni hizo cargos contra aquellos que manifestaban ideas contrarias a las suyas, o se oponían a sus designios. Se singularizan por romper el molde conminatorio habitual.

            De manera que si ponemos en un platillo de la balanza, sus servicios probados y las informaciones jurídicas oficiales, hechas por el bando contrario, y en el otro platillo, las acusaciones de émulos y los cargos de envidiosos, el desequilibrio es tal, que involuntariamente vienen a la mente aquellos versos de Víctor Hugo (240).

            “Combien de poux faut-il pour manger un lion?”.

            Algunos de los documentos de Irala, nos muestran sus sentimientos íntimos, familiares y nos lo hacen conocer como hombre privado.

            Son ellos, la escritura de venta de sus bienes hecha al salir de España; su testamento fechado unos meses antes de su muerte, y varias referencias que se encuentran en probanzas y juicios de la época.

            Los primeros documentos a que aludo, fueron redactados sin ánimo de exhibición. No estaban destinados a ser conocidos por el público, ni comentados por la posteridad. Tampoco tendían a alcanzar ninguna ventaja. La sinceridad de su contenido no puede ponerse en duda. Ambos muestran sus sentimientos, despojados de todo propósito de engaño.

            De la venta se desprende una impresión de respeto filial, de acatamiento a la voluntad de sus progenitores, hecho en la forma más amplia y sencilla posible.

            Apenas alcanzada su mayoría de edad y presto a iniciar la aventura de su vida, no quiso abandonar España, sin asegurar antes, el cumplimiento de los deseos de sus padres, y para ello enajenó todos sus bienes desvinculados, a favor de su cuñado el contador Marutegui, que hacía las veces de jefe de familia, y le entregó el importe de las mandas y cargas contenidas en el testamento paterno, encomendándole su cumplimiento. Después de esto, ya libre de obligaciones, pudo disponer de su persona, y partió.

            El testamento confirma sus sentimientos de cariño y respeto filial. Ordena celebrar sufragios en memoria de sus pasados en los santuarios más venerados de España, y en el de la devoción familiar, recuerdo de su infancia. Muestra sentimientos de respeto al linaje, al acatar silenciosamente las condiciones fijadas al mayorazgo, que ni siquiera menciona. No olvida tampoco a los servidores, ni a los pobres de la ciudad, para quienes deja mandas, así como para los templos y ermitas donde practicó el culto, pues siempre se mostró religioso.

            Otras cláusulas dejan ver sus preocupaciones de padre, para con los « hijos e hijas que tiene y Dios le ha dado ». Les acuerda derechos sobre sus bienes « en Indias », y se ocupa en asegurar su educación y bienestar, detalles que debieron preocuparle a causa de la corta edad de varios de ellos.

            Con una cabal comprensión de su estado, recomienda sé les eduque y forme en la ciudad de su nacimiento. Elige cuidadosamente a sus tutores, fijándose en los capitanes Nufrio de Chaves y Juan de Ortega, a quienes pide que la tutela la « açeten y cunplan por la confíança q. de cualquier dellos tengo e por la larga amystad q. entre nos ay y a avido juntamente con esteban de vergara my sobrino al qual espeçialmente se los encargo y q. quiriendo bivir y resídir en la tierra y no saliendo de ella a el solo le sea dada y deçernida ».

            A continuación les « encargo las buenas costunbres dotrina y buen tratamyº de los dhos » sus hijos.

            Apenas sus hijas estuvieron en edad de tomar estado, las casó con capitanes de mérito probado y claro linaje. Consta que recibieron instrucción, pues sabían escribir, cosa que no era común ni en España.

            Una misma dignidad tranquila acompaña a todos sus actos. Rígido para hacer respetar la autoridad, perdona y olvida a aquellos que se someten, y lo hace con sinceridad. Fueron muchos los capitanes del bando de Cabeza de Vaca, que atrajo a su servicio y les dio oportunidad de mostrar su valor y capacidad.

            No molestó sino a aquellos que seguían levantiscos, amenazando la tranquilidad de la Provincia. Son contadas, para los usos de la época y lo que sucedía en otras partes de las Indias, las represiones sangrientas que se llevaron a cabo en el Paraguay, y los desmanes imputados a sus parciales, no pasan de rencillas y luchas habituales en cualquier lugar durante su siglo.

            Cuando Salazar de Espinosa regresó de España con el cargo de tesorero Real, y ánimo pacífico, Irala salió a su encuentro ofreciéndole olvido de las diferencias paradas, a pesar de haber sido su competidor y promotor de agitaciones contra él.

            Mostró gran tacto político y dotes personales innegables, afirmó su posición apoyado en la simpatía que inspiraba a sus subordinados, los cuales reconocían sus condiciones de jefe.

            La confianza que depositaron en él, no se vio nunca defraudada, ni fue inmerecida. Según se desprende del estudio de su vida, hecho a través de los documentos que conocemos, la personalidad del gobernador Irala se destaca con vigor entre sus coetáneos y se ofrece a la posteridad con relieves excepcionales.

            Siempre profesó acatamiento a las autoridades; respeto a las leyes y a su investidura; tuvo condiciones de organizador; desprendimiento y miras elevadas para solucionar los conflictos a que se vio abocado, sin que nunca pretendiera hacer predominar su interés personal sobre el de la comunidad cuya jefatura ejercía.

            En casos dudosos cedió al deseo de los Oficiales Reales, cuando con ello no causaba desmedro a su autoridad, ni empañaba el respeto que debía a su cargo, pero sostuvo su criterio sin doblegarse, en casos contrarios, llegando como lo hemos visto, hasta a desistir del mando, antes de aceptar medidas que consideró inadecuadas.

            En conjunto, con los defectos de los hombres de su siglo, y los méritos personales que probó tener, es la figura central de la Conquista, fundador y sustentador de la colonización castellana en el Río de la Plata, y creador del Paraguay.


 

 

NOTAS

 

(37) Biblioteca Nacional, Ms., nº 979.

(38) No se conoce este documento.

(39) Anales de fa Biblioteca, VIII, 156. "Pasar" úsase aquí como sinónimo de "marcharse".

(40) Documento D. en el Apéndice.

(41) Biblioteca Nacional, Ms., n° 431. No se conocen las instrucciones dadas a Ortega.

(42) Documento D. en el Apéndice.

(43) AGUIRRE, Discurso, etc. II.

(44) Documento D. en el Apéndice.

(45) Documento L. en el Apéndice.

(46) Biblioteca Nacional, Ms., n° 931, 947, 987 y 994.

(47) Documento E. en el Apéndice.

(48) AGUIRRE, Discurso, etc., II, 61. (Biblioteca Nacional, MS., n° 9).

(49) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1153.

(50) Documento G. en el Apéndice.

(51) AGUIRRE, Discurso, II. 63 y 73.

(52) Biblioteca Nacional, Ms., n° 911.

(53) AGUIRRE, Discurso, etc., II, 67.

(54) Anales de la Biblioteca, VIII, 310.

(55) Biblioteca Nacional. Ms., n° 914. "Paraná" se llamaba con frecuencia también, al río de la Plata.

(56) Biblioteca Nacional, Ms., n° 987.

(57) AGUIRRE. Discurso,. etc. II.

(95) Correspondencia, etc., I, 76.

(96) Biblioteca Nacional, Ms., nº 987.

(97) Término usado en la acepción de "casilla de paredes de tierra, con su cubierta o techo" que da el Diccionario de la Real

(98) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1003.

(99) Biblioteca Nacional, Ms., nº 975.

(100) Biblioteca Nacional Mmss. n° 1003 y 1025.

(101) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1025.

(102) Biblioteca Nacional, Ms., n° 981.

(103) Biblioteca Nacional, Ms., n° 1031.

(104) Correspondencia, etc., I, 78.

(105) ENRIQUE PEÑA, Relación de Cabeza de Vaca, Buenos Aíres, 1907. 68.

(106) Correspondencia, cte., I, 244.

(107) Biblioteca Nacional, Ms., nº 996.

(108) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1025.

(109) Id., íd., Ms., n° 1150.

(110) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1150.

(111) Id., íd. Ms., n° 1150.

(112) Biblioteca Nacional, Ms., n° 899 y 973.

(113) Biblioteca Nacional, Ms., n° 1025.

(114) Documento G, en el Apéndice.

(115) Documento G, en el Apéndice.

(116) JUAN F. DE AGUIRRE, Discurso histórico, en Boletín de la Biblioteca Nacional, I, 680.

(184) Documento Q. en el Apéndice.

(185) No se conoce.

(186) Colección de Blas Garay, citada, pág. 376.

(187) MUSEO MITRE, Archivo Colonial, II, 168.

(188) Documento P, en el Apéndice.

(189) "Adebdados" o sea "emparentados".

(190) Documento P. en el Apéndice.

(191) Id., íd.

(192) Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda, I, 163.

(193) Colección de Blas Garay, pág. 376.

(194) Estos documentos sólo se conocen por referencias.

(195) Documento R, en el Apéndice.

(196) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1285.

(197) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1245.

(198) Biblioteca Nacional, Ms., nº 1249.

Con el n° 1228 existe otra R. C. dada por el emperador Carlos V, para que no se hagan entradas ni rancherías, por ciertos abusos que se cometían, del mismo tenor excepto al comienzo y final, en la siguiente forma:

'Don carlos e doña joana & por quanto ................................ alguna manera dada en la villa de valladolid a XVI días del mes de jullio de IUDL años maximiliano la Reyna Refrendada de samano señalada del marques gutierre velazquez gregorio lopez sandobal hernan perez Ribadeneyra bribiesca.

(226) L education morale, Paris - 1925, 173.

(227) MARAÑÓN, Madrid, 1936, El Conde Duque de Olivares, 295.

(228) DEL VALLE LERSUNDI y DE LAFUENTE MACHAIN. Irala.

(229) L'education morale, citada, 219.

(230) L'education morale, 219.

(231) El Conde Duque de Olivares, citada, 214.

(232) J. VELLARD, Une cívilisation du miel. Les indiens guayakis du Paraguay, París, 1939, 145 y otras.

(233)   Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda, I, 208.

(234) Biblioteca Nacional, Ms., n° 947.

(235) Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda, I, 205 y 208.

(236) Colección de documentos, por Blas Garay, 272-9.

(237) Correspondencia de los Ofíciales Reales de Hacienda, I, 81.

(238) Comentarios, 132.

(239) Discurso histórico, II, 202.

(240) La legende des siécles.

 

 

 

ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS

 

Presentación

Don Ricardo De Lafuente Machaín y Domingo Martínez de Irala

Prólogo

I - Antecedentes

II - La travesía

III - Los preparativos

IV - Expedición al norte

V - La Casa-fuerte de la Asunción

VI - El capitán Francisco Ruiz Galán

VII - Solución del conflicto de poderes

VIII - Primer gobierno de Irala

IX - Gobierno de Cabeza de Vaca

X - Campañas y conflictos

XI - La noche de San Marcos y sus consecuencias

XII - El poder de Salazar

XIII - Segundo gobierno de Irala

XIV - A través del Chaco

XV - La provincia del Paraguay

XVI - El regreso. Disturbios

XVII - Gobernadores titulares

XVIII - Conspiraciones y entradas

XIX - Irala, gobernador por S. M.

XX - Últimos meses

XXI - El testamento

XXII - Problemas de gobierno

XXIII - Semblanza del gobernador Irala

 

 

 

ÍNDICE DE LOS DOCUMENTOS

 

A - Venta de bienes – 1534

B - Requerimientos al veedor Cabrera - 1539

C - Respuesta al requerimiento del veedor Cabrera - 1539

D - Relación dejada en San Gabriel - 1541

E - Creación del Cabildo y Regimiento de Asunción - 1541

F - Relación de la jornada al norte - 1542

G - Ordenanzas - 1541/1547

H - Poder a Pero Díaz del Valle para el cargo de alcalde mayor- 1544      

I - Respuesta al requerimiento de P° Estopiñán Cabeza de Vaca - 1544

J - Parlamento con los agaces - 1545

K - Respuesta al requerimiento del factor Dorantes - 1545

L - Carta al Rey - 1545

M - Poder al capitán Nufrio de Chaves para ir al Pilcomayo - 1547

N - Consulta para designar teniente de gobernador - 1547

O - Requerimiento al capitán Gonzalo de Mendoza - 1548

P - Requerimiento del factor Dorantes y respuesta - 1553 

Q - Concesión de minas a Diego Barba - 1553

R - Poder al capitán Nufrio de Chaves para ir al Brasil - 1555

S - Carta al Consejo de Indias - 1555

T - Ordenanza sobre repartimientos y encomiendas - 1556

U - Memorial de la gente - 1556

V - Relación breve al Exmo. Marqués de Mondejar - 1556

X - Testamento - 1556

Y - Poder al capitán Pedro de Segura - 1556

 




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