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Margarita Morselli


  POR EL OJO DE LA CERRADURA (Cuentos de RENÉE FERRER, Ilustración MARGARITA MORSELLI) - Año 1993


POR EL OJO DE LA CERRADURA (Cuentos de RENÉE FERRER, Ilustración MARGARITA MORSELLI) - Año 1993

 Ilustración de Tapa:

Témpera sobre papel con aerógrafo

de Margarita Morselli 

 

 

Fuente:

POR EL OJO DE LA CERRADURA

Cuentos de RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA

Arandurã Editorial, Asunción-Paraguay, 1993

 

 

“POR EL OJO DE LA CERRADURA es un libro que reúne cuentos escritos desde 1985 a 1993. Sea porque su creación coexistió con la de otros textos, cuya finalización se precipitó por razones misteriosas que no entraré a dilucidar, o porque las exigencias que me impuse no me permitieron su publicación parcial, el caso es que me encuentro ante un volumen que por la variedad temática, las técnicas empleadas o las diferencias estilísticas, podría haberse fragmentado. No quise hacerlo, convencida de que ellos cierran un ciclo de mi obra literaria. Al escribir estos cuentos sentí desde el inicio, no obstante las diferencias apuntadas, que había entre los ya concluidos y los aún en germen un elemento unificador: la confabulación con lo secreto; la búsqueda de esa otra realidad que está más allá de la apariencia; el descubrimiento de hechos que se escapan del plano de lo “real” hacia la esfera de lo fantástico, lo trascendente, o lo ignorado; el rastreo de los sentimientos ocultos de hombres y mujeres prisioneros de sí mismos y de sus circunstancias y, sobre todo, el convencimiento de que existen pasiones, renuncias o actitudes que sólo pueden verse por el ojo de la cerradura” – Renée Ferrer de Arréllaga.

 

EL POZO

para Carlos Villagra Marsal

Distraídamente se abrochó el cinturón. Pronto despegarían y el congreso quedaría atrás -simple mota de claridad empalidecida no bien reingresara a su avasallada biografía. ¡Qué difícil volver a insertarse en los hábitos! (esos moldes codiciosos de ajustar tu imagen a la imagen convencional que te acuñó el desaliento); reencontrar el desdoblado rostro de uno mismo, los sueños archivados, y saber que seguirás siendo un desteñido trajín de la mañana a la noche, de la oficina a la almohada, con la palabra no dicha, que consiente y avala, pendiente del borde de los labios. Luego de la expansión, comprimirse. Entrar en el redil oliendo la sumisión de la manada, y aunque no perteneces hay algo que te arrastra, que aplasta y te nivela. Aquellos quince días penetraron en él como una cuña gratificante y dolorosa. Sentir esa punta de libertad cantando adentro, y ahora volver. Huella sobre huella calcar la vida con el miedo caminándote a pasos cortos en la médula, y, ese lastre que te inmoviliza la lengua, porque el temor le ha echado llave, y piensas en tu esposa, los hijos, la tranquilidad de un libro entre las manos, y ya no te animas como antes, como cuando salías a pintar paredes gritando consignas en las esquinas. ¡Si hasta sucede que te pueden cerrar la editorial! La voz monocorde de la azafata seguía repitiendo en varios idiomas las instrucciones de seguridad, mientras se tapaba la cara con la máscara de oxígeno. Reclinando la cabeza con desgano, la olvidó.

Como un espejo quebrado, cuyos pedazos se buscan sin poder ocultar ya la grieta, recompuso el diagrama de sus días: las idas a la imprenta, la búsqueda de anuncios, de artículos, de suscriptores, para esa revista que sacaba a pleno pulmón -aunque tuviera que regalar la mayor parte de los ejemplares-, las charlas con los amigos bajo los árboles añosos, la evocación ritual de los ausentes, que arrastran la sombra del exilio.

Una agradable duermevela le cierra los párpados. De pronto, lo aturden los aplausos, el ajetreo de la gente a su alrededor, frases, réplicas. En la sala de conferencias escuchó con satisfacción su propia voz dominando el silencio. Expectativa en los ojos, cabezas balanceando su aprobación, actitudes extáticas de oído atento; ese temor anterior a la palabra cuando todos esperan la siguiente y, al poco rato, la seguridad que se reinstala, porque sabes que vas bien, y hasta puedes detenerte con regodeo en los conceptos, ya que nada se te olvidará y el auditorio está atrapado.

Una ansiedad de topo se le instaló en la nariz, se intensificó en sus sienes, bajando lentamente por el canal de la espina dorsal para dejarle un sudor tiritando en todo el cuerpo. ¿Se iba cayendo al vacío, o el vacío estaba en él? No lo sabía. ¿Quién dijo que el vacío es un boquete por donde se arrojan sin pensar los pensamientos? Dentro de un pozo gris como una fotografía velada, una sensación de encierro le unta la boca con su amenaza pegajosa y progresiva. ¿Y ese agobio que lo abruma sin llegar a comprender por qué?

El congreso había sido un éxito, los contactos excelentes, su intervención, de antología. ¿Entonces? ¿Sería la tristeza de algo que se termina? El contraste anonadarte de aquel mundo y el suyo que, de pronto y sin remedio, se le antojaban irreconciliables. ¡Lo que es la tecnología! Bibliotecas enteras en la memoria de las computadoras -alimentadas adecuadamente, te dan siempre la respuesta correcta. Se puede viajar con toda la cultura en el bolsillo, toda la cultura de la humanidad a cuestas, sin que te pese para nada, ni pagues exceso de equipaje. Allí donde estés: en el baño, en el metro, un cine, un boulevard, basta apretar un botón y, zas, aparece una pantalla luminosa con las páginas de la obra requerida, cambiando a intervalos regulares, según la velocidad normal de lectura. ¡Si es para morirse de risa! No somos más que una anotación al margen. (¿Al margen de qué?). Del adelanto industrial, de la sofisticación electrónica, qué sé yo. Rayos láser saltan de un lado a otro, las máquinas corrigen pruebas de imprenta en menos de una hora, cambian palabras repetidas por un sinónimo cualquiera (vaya con el estilo del escritor). Y uno que se cree diferente porque reencontró una metáfora, y te mencionan de vez en cuando en los periódicos. Mil, quinientas personas te conocen, y te crees famoso. ¿Cuántos habitantes tiene el mundo? Y te crees famoso. ¡Qué gran trampa!

Quiere borrar de un manotazo las coordenadas entre las que se mueve: la escasez de recursos, los altos costos, la minúscula y risible posibilidad del mercado, las cargas impositivas sobre la cultura, el aislamiento. Dormir, soñar, tal vez... Sí, soñar con ediciones de diez mil, cien mil ejemplares, porque hay lectores suficientes y se puede publicar cualquier cosa sin orejeras ni sobresaltos, confiscaciones o allanamientos. La diferencia es abismal, y si además de la brecha tecnológica existe el estigma del cerrojo, entonces...

¿Pero dónde, dónde está? Un chapoteo, lejos, le deja los huesos corno si fueran de lana. Mas, pías, y el silencio, pies, plan, y esa aspiración que se dilata como para tragarse un mundo; algo que sumergen y levantan, sumergen y levantan, sumen.. y aquella voz que zozobra, y siempre reaparece en la memoria. Los muros se ven sombríos como coágulos de sangre.

Todo se le mezcla y se confunde, nada es real. O es una realidad de cámara subterránea donde unas piernas bien plantadas se le acercan y se quedan ahí, amenazantes, a la altura de sus ojos, contemplando su caída, con el poder en las manos. ¿Por qué acariciarán las cachiporras con esa solícita ternura? Todo sucede ahora, antes, después; ¿cuándo? Los movimientos del avión lo bambolean, se despierta y cae nuevamente. ¿Dónde vio ese brocal que se prolonga hacia la noche? ¿Ese agujero cilíndrico por donde va desplomándose?

La azafata lo despabila con el aroma del café recién hecho flotando sobre la sonrisa. Estirando las piernas con satisfacción sorbe, lentamente. La Guía del Ocio lo hace sonreír.

Páginas y páginas de espectáculos superpuestos: funciones de teatro, conciertos, ballet, cine y los infaltables reestrenos. (Las comparaciones son inevitables). Títeres para chicos y marionetas cantoras y, allí nomás a dos páginas de tanta inocencia: Señorita se ofrece para acompañar viajero solo. Inteligente. Discreta. Pablo's Chicos y un mulatito (el toque exótico). Anna, disciplina inglesa (con un látigo rubricando el nombre). Muy discreta. VISA. (Es como decir goce ahora y pague después). Los laberintos del placer en cualquier latitud son parecidos. En la Gran Vía, un viejo -traje raído y corbata- se acerca a limpiar el parabrisas del auto en un semáforo, la queja pronta en los labios: no he comido, señor, hoy no he comido. Un desplante rabioso lo justifica. Hasta los mendigos tienen cierto garbo. Sacando los detalles, la miseria duele en todas partes. Le pagaron una conferencia tanto como gana un obrero en veinte meses. ¿Cuánto gana un obrero en su país? ¿Cómo se vive con ese sueldo en cualquier lado? Para qué hacer cálculos: si las economías son distintas, el valor del dinero es otra liso es todo. Dos mundos diferentes en este mismo mundo. Estamos a diez años luz, a diez mil años luz. No somos nada. Es como cuando uno está en los velorios y la gente se mira diciendo: no somos nada, con esa expresión resignada y convencional de la impotencia. Nuestra existencia no cuenta. Nos caímos del mapa. Se nos identifica con la dictadura militar, el estado de sitio - inquilinos de un silencio cuyos barrotes la mayoría ni siquiera percibe. Un desprecio atroz nos masifica dentro de una misma bolsa. A menos que te pronuncies, o alguien te introduzca en su círculo, o seas famoso. ¿Cómo se hacen famosos los que viven fuera del mapa? Hay que ser un genio (o un déspota), y no es el caso.

Te caes, te pierdes, te disuelves en ese cilindro ciego. Las sesiones se prolongan en un debate que se precipita, apasionado. Se discute sin retaceos a pecho descubierto: la situación de la prensa, la censura, la represión, la falta de libertad de las obras publicadas, la autocensura. ¿Cuántos metros camina una palabra libertada? ¿Por qué se clausuran los periódicos? ¿Y las interferencias a las radioemisoras zumbando como moscardones sobrepuestos a la voz? Alguien salió a decir desde el podio que nada de eso era cierto. Que eran intrigas de la oposición. El estigma del silencio te crece en la garganta, te quema, te corroe. No puedes más. Te levantas. Te sacudes el miedo, lo tiras a un lado como un pañuelo sucio. Me permito disentir con usted, señor. En ciertos lugares se vive en estado de guerra, en otros en estado de sitio. Te metes la mordaza en el bolsillo, y van saliendo las verdades. La democracia es eso: el derecho a disentir, sin atropellos ni apaleamientos. Sencillamente se piensa distinto, se habla distinto, se sostiene lo contrario sin temor al poder.

El avión baila en el cielo plomizo. Los pozos de aire aumentan tu caída. Te estás yendo en picada con todo ese peso encima y el estómago se te queda allá arriba pegado al techo, igual que una mariposa desahuciada. Te deleitas, casi con crueldad, en el dolor de una vitalidad que se te escapa. ¿Por qué se empapan siempre de tristeza los retornos? Al término del debate la gente te deja palmaditas de aprobación en la espalda, mientras los amigos se te acercan también; se abrazan a ti sin decir nada, arrastrando, más patéticos que nunca, la sombra del exilio.

Aquella noche, esperando el vino, metidos cada uno en los ojos del otro, sacan de a poquito los recuerdos guardados. Corno hilachas de un tiempo que se desfleca, y duele más que nunca en el forro del cuerpo, los van sacando: las interminables disquisiciones filosóficas en una mesa de bar hasta el canto del alba, los escapes de algún mitin con la policía mordiéndoles los talones, los encarcelamientos, el dolor romo, y aquella voz que se apaga en aguas turbias, ante esas piernas bien plantadas. Y ahora, la fogosidad de una juventud que se apacigua, las noticias de nuevos vejámenes, el grito de protesta que no cesa, y se agranda, por fin, con todos los alientos de la calle. La angustia de la próxima separación carga una lágrima, que ninguno libera, en el límite enrojecido de los párpados. Ya no hablan. La tristeza se ha sentado a la mesa frente a las ostras dispuestas en círculo sobre la montaña de hielo picado y el vino blanco. Hay algo atroz que los apena, algo que interrumpe el flujo que los llevará a andar con pasos dispares por caminos diferentes a la misma hora.

La azafata anuncia nuevamente que se abrochen los cinturones. ¿Primera escala? No. Están llegando. Cuando el tren de aterrizaje toca tierra, se deleita con el carreteo del avión que va aflojando la velocidad, hasta dejarlo en el umbral del reencuentro. Pacientemente espera a que bajen los demás; retarda, no sabe por qué, el momento de mirarla. Ahora sí: es su turno. Toma el maletín de mano alcanzando con soltura la escalerilla, donde la penumbra se desviste de repente para enceguecerlo. Aspiró un pedazo de cielo muy límpido y azul y, con el júbilo del regreso saliéndosele por todos los costados, puso un pie en tierra. Estaba en casa.

Invisibles muros circundan su cuerpo, encogen el aire a su alrededor mutilando su respiración. En esa oscuridad, que no entiende muy bien si lo habita o lo rodea, un espeso jarabe se le pega a la lengua, le recorre las venas, le tranca la nariz, taponándole los oídos hasta nublarle las ranuras del cerebro. Te vas perdiendo, nuevamente, en ese pozo prolongado y estrecho. No eres más que dos manos extendidas hacia arriba. Manos de otros como tú se agitan en el fondo; un mar de manos sacudiendo una llamada hacia el redondel de cielo enmarcado en el brocal de la impotencia. Un deseo lacerante de emerger te sofoca. Es como respirar y que de pronto te saquen el aire; como si te ordenaran apearte de un tren al que te vas acostumbrando, para hundirte de nuevo en ese lugar que quieres entrañablemente, pero te duele, porque no es como tú quieres: el lugar que te fue dado, al que tú perteneces. Y así, con tu corazón latiendo, cálido, trémulo, doliente, te enfundas otra vez esa camisa de puro peso acobardado y te sigues hundiendo. De pronto, miras hacia arriba y ves el ojo negro de una cerradura recortado en el cielo muy límpido y azul. Y luego, bajando la cabeza, escuchas el sonido de una llave que gira, una y otra vez, hasta que alguien la tira al vacío, dejándote adentro.

Sacudido aún por la emoción de la llegada, presentó sus documentos al anodino funcionario de seguridad -mirada fija, lentitud calculada. Y ahí nomás, sin más trámite, lo perfora una voz por la espalda: No puede pasar. Está detenido por orden superior. Camine. Camine.

Desde los empujones que lo arrean, la busca entre el gentío. Sus ojos se emocionan al verla, ceñida levemente por el vestido aquel que tanto le gustaba. Por el temblor de su boca, supo que comprendía. Supo también que no la tendría en mucho tiempo, o quizás, sin saberlo, ya le había dado el último abrazo.

Año 31 de la dictadura

 

 

POR EL OJO DE LA CERRADURA

para Enrique Marini

un ojo abierto, móvil, extático, dentro del marco de las pestañas puntiagudas, inquieto otra vez, mira hacia el techo, siguiendo el hueco de aire que forma el pasamanos cuando gira en redondo, una y otra vez, bordeando la escalera. Un piso, muchos, no tantos. Ha perdido la cuenta. El vértigo cierra el ojo, refugiándose entre las hojas castañas de un bosque que invadió los escalones, el zócalo, los descansos donde se recupera el aliento. Por las hendijas de las puertas se filtran ruidos, el aire fragante o rancio, la vida que se quedó palpitando detrás de la madera pintada. De repente, el corredor se queda en puro negro. El pulso se acelera. Se retardan los pasos. El ojo parpadea; busca ávidamente la luz intentando recobrar los contornos de las cosas, las flores del empapelado, los cuadros cojeando en las paredes desteñidas. Un destello lo rebasa. A su determinación le crecen pelos, uñas, colmillos largos. El ojo se independiza del hombre pulcro, meticuloso y sutil. ¿Cuánto falta? La luz, como si se hubiera asustado de tanta oscuridad, no regresa. Ha huido hacia los faroles de la calle, donde puede retozar con las luciérnagas. Una puerta se abre o se cierra. Clac. Alguien entra o sale. El aire se llena de un olor incierto. Un cigarro, en alguna parte tose y se huele; testigo impertinente del pasillo, se esfuma cuando la luz se instaura de nuevo. El ojo fisgonea en los resquicios, en los secretos defendidos por las puertas.

Los números, en las plaquitas de cerámica, parecen bailar de risa. Un jadeo se cuela por una hoja de claridad, que corta la penumbra como si fuera un bizcocho. La tentación dilata la pupila.

El resuello crece. El ojo se pega con sigilo al hueco de la cerradura, abarcando la totalidad del universo, de ese universo que sucede hacia adentro. La ve, ardiente y sola, escrutándose el rostro en el espejo. Quel domage, en París y sin amante. El ojo retrocede. Piensa en su piso de hombre solitario, sus parcas pertenencias, el portafolio que contiene los exámenes de sus estudiantes, la repisita del baño donde apilona el aburrimiento, los binoculares para. Las horas de un reloj lo restablecen al descanso de la escalera, a ese bosque que huele a tarde recién lavada. No recuerda si ha ingresado por la entrada principal o por la de servicio, ni la dirección, ni si venía contento. Una sospecha lo vuelve irreconciliable.

Escucha pasos. Su respiración alerta, se tropieza. Una puerta se abre por azar o destino, dándole tiempo a esconderse sin que nadie lo descubra. Las zancadas, los golpes en la pieza de al lado, el vozarrón que intimida, ofenden sus tímpanos acostumbrados a los matices del silencio. El ojo se tienta otra vez. Se serena. Tantea el lugar donde se abre el orificio de la llave. Mira. Un viento le castiga el iris. Siente el tatachín de su corazón, como en el primer desfile de su infancia. El oficial redobla la llamada. Los nudillos insisten, pero nadie contesta. La dueña de la pensión grita descorchando el aire con su voz de tirabuzón: Sé que está ahí adentro. Abra. El viejo saca su azoramiento por una rendija, ensayando una disculpa de jubilado: la pelusita gris en la nuca, la bufanda moteada de grasa. Il faut payen, Messieur, hace tres meses que no paga. El viejo se agacha como un niño que se meó en la cama. La policía procede con su eficacia centenaria. Los agentes van sacando las sillas, una mesita, la lámpara con la tulipa quebrada, un sofá que pide por cada resorte un tapicero de tercera, el calentador, los largueros, la cabecera y los pies de la cama, finalmente, la almohada. La pieza ha quedado vacía como un sarcófago sin muerto. Sentado sobre los trastos, el viejo solloza esperando que lo arrastren a él también a cualquier parte. Pusilánime, el ojo se retira de su observatorio diminuto.

Escucha la vuelta triunfal en la habitación pelada, el pavoneo de la dueña, autodidacta de la in misericordia. Al poco rato, el silencio. El ojo reanuda el ascenso. Un gemido se escapa de alguna parte. Mira nuevamente por el hueco de la escalera. Ni para arriba, ni para abajo, se vislumbra el final.

París, abril, 1.993

 

 

INDICE (Cuentos): El pozo; Usados; Fin de la jornada; La decisión; La réplica; Retraso; El increíble cambio de Ernestina; Contra el brocal; Se lo llevaron las aguas; Hembrita; La misma gracia en un mismo día; Casa de salud; Sólo dos años; Hay que matar un chancho; El vigía; La jaula; Ecocardiografía; La muertita; El efecto del diamante; De la mano del arcángel; Le culparon de balde; Por media bolsa; Le diré al Señor Juez; Hasta cubrirlo de mataduras; Arrorró mi niño; El pedazo de pan; Uñas pintadas; Tina; Aquellos ojos amarillos; En la plaza; Madame Toujours; Por el ojo de la cerradura; Aquí, en Jerusalén; y Vuelta de llave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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