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Luis R. Vera


  MANGORÉ, por amor al arte - Crítica - Por CARLOS SAGUIER - Domingo, 6 de Setiembre 2015


MANGORÉ, por amor al arte - Crítica - Por CARLOS SAGUIER - Domingo, 6 de Setiembre 2015

MANGORÉ, por amor al arte


Por CARLOS SAGUIER


Crítica a la película MANGORÉ por amor al arte

 

 

Mucha gente amiga –y no precisamente la relacionada al ambiente del cine– me pidió una opinión sobre el film ante los múltiples comentarios y críticas que ha recibido Mangoré. Debo reconocer que fui al cine de mala gana. Sin embargo, antes de los primeros quince minutos y después de sobrellevar ciertos modismos no muy paraguayos al hablar y la cámara a mano, para mí inexplicable… algo me ocurrió.

Todavía no estoy muy seguro de qué haya sido.

Dos días después de haberla visto, sigo pensando aún qué fue realmente lo que me ha provocado el film Mangoré, por amor al arte. La película me ha impresionado, por momentos cansado y en algunos fragmentos, fascinado.

¿Todo esto fue provocado únicamente por el film? ¿Pero qué fue? ¿Qué?

¿Fue el transcurso anárquico del «tiempo» que se plantea allí de manera deliberada, casi caprichosa como critican algunos? En parte tal vez, pero… ¿es que acaso los recuerdos no se suceden siempre de forma anárquica, desordenada y vertiginosa? Entonces… ¿fue quizás la música, subyugante y hechicera? ¿Fueron los actores, la fotografía, el ver escenarios nuestros casi por primera vez en la pantalla grande? ¿O tal vez haya sido el encontrarme de pronto con la presencia arrolladora y colosal de un creador magnífico, indisciplinado (en su vida) y definitivamente profundo como lo fue Barrios?

Tal vez fue esto último. Sí.

Es el enfrentarse con una poderosa presencia –Mangoré– que proviniendo del Paraguay recóndito nos llena de asombro y legítimo orgullo (el talento a ese nivel siempre avasalla, provoca admiración y más aún cuando nos pertenece, ya que todos nosotros –los paraguayos– somos un poco «dueños» de él, en el mejor sentido).

Algunos dicen que la película «inventa» situaciones que nunca han ocurrido. «Barrios nunca estuvo en el palacio…» «Mangoré nunca fue recibido por ningún presidente…» Este es un film argumental, no documental. Todas las películas, de una u otra manera, están basadas en la realidad, incluyendo Matrix y El Rey León. Aquí hay un proceso de recreación. Se «reinventa» la realidad, se la moldea y utiliza como un marco, un escenario, ya que lo único que verdaderamente importa es Mangoré, su talento, su vida –la interior, no la cronológica–, su obra, su destino.

¿Acaso podríamos asegurar que Salieri habría experimentado esa emoción intensa, tal como nos mostró el film Amadeus (Milos Forman, 1984), al tener en sus manos las partituras originales de Mozart? ¿Fue Salieri quien provocó la muerte de Mozart, apareciendo con aquella escalofriante máscara negra junto a su lecho de enfermo? ¿A quién importó si esas escenas ocurrieron realmente en la vida del compositor? Es bien sabido que, en la vida real, Salieri ni siquiera presenció la muerte de Mozart…

Como espectadores, debemos dejar volar nuestro espíritu para recibir al genio, a Mangoré, su música, su tormentosa vida dedicada al arte, el misterio indescifrable de la creación.

Lo que ocurre aquí es lo mismo –salvando lógicas distancias– que ocurrió con la película Amadeus: es tan potente la presencia del artista y su obra que opaca todo lo demás: actores, actuaciones, tonadas, técnica cinematográfica, cronología, historia… hasta el film mismo. Incluso en una realización tan excelente como la citada, lo que en realidad nos impactó finalmente fue el genio de Mozart.

Hay mucho que quizás se podría haber realizado mejor, como en toda obra. Al mismo tiempo, hay escenas fascinantes, mágicas, como la del pequeño barco surcando el alto Amazonas (Perú) en una tarde oscura y bajo una intensa lluvia. Es cuando Mangoré sufre un ataque cardíaco. «¡Detenga el barco, capitán!», pide su hermano. «Debemos bajar para ir por ayuda». Entonces nos damos cuenta de que las orillas son enormes bosques oscuros y amenazantes. Barrios es finalmente «auxiliado» –ante los desesperados ruegos de su hermano– por otros pasajeros con un extraño ritual, aparentemente ancestral, cargado de sombríos e incomprensibles presagios. O la escena del estudio de grabación, cuando Barrios comenta al técnico que ninguno de sus temas saldrá invariablemente igual. «Siempre se oirá diferente», explica Barrios. «Es que… no soy yo el que toca, es Mangoré».

 

El actor mexicano Damián Álcazar como AgustÍn Pío Barrios en la película Mangoré, por amor al arte,

recientemente estrenada en Paraguay y dirigida por el cineasta Luis R. Vera

 

 

Producir cine aquí cuesta casi igual que en Europa, si se comparasen los mismos niveles. Es decir, si se hablara de una «indie» (cine independiente), el costo sería muy similar al de Mangoré en muchos casos. No olvidemos que el cine es el arte más caro que existe. Tampoco olvidemos que esta es una película de época.

¿Es realmente mucho lo que se invirtió en el film? Tal vez, pero todo es relativo. Con el presupuesto total de Mangoré, en Estados Unidos se filman spots comerciales de cuarenta segundos de duración.

Aquí, en Paraguay, rodar un spot comercial promedio, de treinta segundos, cuesta hoy unos veinte mil dólares. Y hablamos de cuatro o seis modelos, algunos extras, dos o tres locaciones, un equipo técnico reducido –ocho técnicos y cuatro en producción– y casi los mismos equipos que los usados en un largo –cámara 4 K, óptica fija, carro, grips, etc.–, salvo la iluminación, que generalmente es mucho más compleja en un film argumental.

Hacer cine es similar a construir una casa. Si se escatima aquí y allá, el resultado indefectiblemente se verá en la pantalla –o en la casa terminada (no hay cielorraso, las paredes no están revocadas, el piso es ordinario, etc., etc.)

El diseño del vestuario en el film es adecuado y ubica bastante bien en la época. La dirección de arte hizo buenas puestas, moderadas y modestas, tal como se vivía en aquellos años.

Quizás faltaron escenas en las calles. Asunción todavía mantiene algunas cuadras que nos remiten a aquellos tiempos. Es posible encontrar unos cuantos coches –Ford T y otros carretilleros, vendedores ambulantes, volatineros, etc., que hubiesen dado una imagen veraz de la ciudad de antaño.

Tal vez se tendría que haber utilizado un avión DC3 en lugar del que aparece en el film… Y sí, Barrios debería haber «hablado» más en guaraní –cuando lo hace en la escena del palacio, el personaje crece–, aunque para ello se hubiese tenido que doblarlo en parte.

Damián Alcázar compone un Barrios atribulado, angustiado, por momentos atormentado. Y bastante creíble. El que a veces pierda el tono «paraguayo» en los diálogos no tiene mayor importancia. Recordemos a Charlton Heston hablando como Judá Ben Hur… (por esto es que Mel Gibson filmó La Pasión de Cristo directamente en arameo y latín)

Celso Franco, que tan bien había compuesto su personaje de Víctor en 7 Cajas, aquí no logra convencer como el Barrios que ya insinuaba al gran creador que finalmente fue. Francisco Barrios, el hermano de Mangoré, está bien dibujado por Joaquín Serrano, con momentos de mucha intensidad.

Aparecida Petrowsky no aporta el ángel necesario para el film. Su transcurrir por la pantalla es anodino, sobreactuado y falto de gracia. Parece una principiante.

Lali González ha estado estupenda. Su presencia ilumina la escena con gracia y por momentos con gran tristeza y resignación. La economía de gestos que muestra confiere un gran realismo a su personaje. El que no envejezca tanto a lo largo del film –algo criticado por muchos– no es muy importante. En Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984), la actriz principal (Elizabeth McGovern) tampoco fue envejecida, sin que eso haya opacado esta excelente película.


La joven actriz paraguaya Lali González en el papel de Isabel Villalba, el gran amor -junto

con Gloria Silva, interpretada en este filme por la actriz brasileña Aparecida Petrowli- de "Mangoré".

 

 

Numerosas figuras de la escena nacional pasan fugazmente por el film porque –y vale la pena repetirlo– lo único que importa en él es Mangoré. Su presencia, su fuerza, la magia de su talento es tal que opaca todo lo demás, convirtiendo al resto del elenco en meros figurantes. Por otro lado, Barrios no tuvo una presencia antagónica como lo fue Salieri para con Mozart. Todos los paraguayos de aquellos años se comportaron como «Salieris» con él…

La fotografía de Javier Arroyo es muy buena. Los tonos nos remiten a principios de siglo y más. La nitidez prístina de los lentes Leica hace que cada encuadre sea un deleite. Definitivamente la imagen electrónica ha desplazado al 35 MM. Excelente la luz en la escena del Amazonas, en la estación de trenes, en la selva con lluvia intensa (cuando huyen a la noche de la casa del amigo) y muchas otras. Perturba la elección creativa de la cámara a mano. Ya la usaron extensamente los directores de la Nouvelle Vague y los del Cinéma Verité de Dziga Vertov, entre otros.

La excelente música incidental de Willy Suchar y Marcus Viana sitúa y confiere ambiente a las escenas. La interpretación de los temas de Barrios por Berta Rojas para la banda de sonido da puro placer y se constituye per se en un homenaje.

El film tuvo tres directores. El primero nos presentó escenas costumbristas, típicas, obvias, casi telenovelescas. El segundo nos sumergió en infinidad de conciertos sin que evolucione ninguno, escenificados casi siempre en la misma sala (Teatro Municipal) y con los mismos encuadres. El tercero nos hizo viajar hacia la emoción, es el que montó escenas fascinantes, misteriosas, cargadas de silencios, magia y sobriedad.

Por supuesto, nos quedamos con este último.

¿Qué si vale la pena verla? Claro que sí. La experiencia de encontrarse con Barrios, Mangoré, justifica plenamente una ida al cine. Además, estamos hablando de cine paraguayo, en este caso producido por Leo Rubín, quien eligió a un director chileno, Luis Roberto Vera Vargas.

 

 

 

Fuente: Suplemento Cultural de ABC Color - Páginas 2 y 3

Domingo, 6 de Setiembre 2015

 

 

 

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