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RICARDO SCAVONE YEGROS


  GREGORIO BENITES. UN DIPLOMÁTICO DEL VIEJO PARAGUAY (RICARDO SCAVONE YEGROS)


GREGORIO BENITES. UN DIPLOMÁTICO DEL VIEJO PARAGUAY (RICARDO SCAVONE YEGROS)

GREGORIO BENITES

UN DIPLOMÁTICO DEL VIEJO PARAGUAY

RICARDO SCAVONE YEGROS

Editorial EL LECTOR

COLECCIÓN PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA Nº 24

www.ellector.com.py

Tel.: 595 21 491966 // 610639

Director General: PABLO LEÓN BURIÁN

Coordinador Editorial: BERNARDO NERI FARINA

Director de la Colección: HERIB CABALLERO CAMPOS

Diseño de Tapa: DENIS CONDORETTY

Asunción – Paraguay

2011 (156 páginas)

 

 

 

 

CONTENIDO

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

 

I. DE VILLARRICA A PARÍS

INFANCIA, PRIMEROS ESTUDIOS Y SERVICIO MILITAR

SECRETARIO DEL GENERAL LÓPEZ

LA LEGACIÓN EN GRAN BRETAÑA Y FRANCIA

MISIÓN DE CARLOS CALVO

CAMBIO EN LA JEFATURA DE LA LEGACIÓN

 

II. LA REPRESENTACIÓN EN EUROPA DURANTE LA GUERRA DEL PARAGUAY

MISIÓN DE CÁNDIDO BAREIRO

PROPAGANDA PARAGUAYA EN LA PRENSA EUROPEA

ENCARGADO DE NEGOCIOS

GESTIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS

FINAL DE LA GUERRA Y DE LA REPRESENTACIÓN

 

III. EL ARREGLO DE LOS EMPRÉSTITOS DE LONDRES

MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES

EL NEGOCIADO DE LOS EMPRÉSTITOS

CONVENIO DE MARZO DE 1873

OTRAS GESTIONES

CUESTIONAMIENTOS A LA MISIÓN EN EUROPA

 

IV. PRISIÓN Y EXILIO

EN LA POLICÍA DE ASUNCIÓN

CONFINAMIENTO EN VILLARRICA

EXPLICACIONES PARA LA OPINIÓN PÚBLICA

EL EXILIO EN LA ARGENTINA Y LA VUELTA AL PARAGUAY

PRESIDENTE DEL SUPERIOR TRIBUNAL DE JUSTICIA

 

V. NEGOCIACIONES DE LÍMITES CON BOLIVIA

MINISTRO POR SEGUNDA VEZ

TRATADO BENITES-ICHASO

FISCAL GENERAL DEL ESTADO Y SENADOR DE LA REPÚBLICA. LOS ÚLTIMOS AÑOS

LEGADO INTELECTUAL

 

ANEXO

MANIFIESTO AL PUEBLO PARAGUAYO Y A MIS AMIGOS EN EL EXTRANJERO (1876)

FUENTES CONSULTADAS

EL AUTOR

 

 

PRÓLOGO

 

         Este libro sobre Gregorio Benites se constituye en un importante aporte a la historiografía paraguaya en general y de la especializada en las relaciones internacionales en particular.

         Gregorio Benites, biografiado magníficamente por Ricardo Scavone Yegros, es otra de las personalidades de nuestro país que cayeron en el olvido, por lo tanto la vida de Benites merecía ser incluida en la Colección PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA, publicada por el Diario ABC COLOR y Editorial EL LECTOR.

         El autor, conoce en profundidad la vida y obra de Gregorio Benites, y de hecho lo demuestra con este libro, en el cual va develando página tras página, las interesantes vivencias de un guaireño que fue secretario del general Francisco Solano López y durante los difíciles años de la guerra contra la Triple Alianza, cumplió importantes funciones diplomáticas tanto en Europa como en Estados Unidos de América.

         Relevante fue el rol que le cupo a Benites en la renegociación de la deuda originada en los dilapidados empréstitos de Londres al finalizar el conflicto. Si bien otros miembros del gobierno lo acusaron de peculado pudo demostrar su inocencia frente a los cargos imputados, pese a la prisión, la tortura y finalmente el confinamiento en su ciudad natal.

         En cada uno de los capítulos en los que está organizado este libro, el lector podrá apreciar la trascendencia de la vida de Benites en aspectos vinculados con las Relaciones Internacionales del Paraguay a fines del siglo XIX, como ejemplo basta el hecho de haber sido nombrado en dos ocasiones Canciller de la República.

         Es más que seguro que esta obra será de consulta obligada para aquellos lectores y especialistas que deseen profundizar sus conocimientos sobre el Paraguay de fines del siglo XIX.

         Era necesario conocer la labor de Gregorio Benites, por lo que es más que justo agradecer al autor por el esfuerzo y la dedicación vertida para lograr una obra consistente y sumamente reveladora en base a documentación inédita.

         Finalmente, se debe señalar que esta obra al igual que los demás volúmenes de la Colección PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA, representan una significativa renovación de las obras biográficas, al aportar nuevas visiones, personajes y por sobre todo informaciones valiosas para comprender como se construyó el Paraguay durante los últimos doscientos años.

 

Asunción, agosto de 2011.

HERIB CABALLERO CAMPOS

 

 

INTRODUCCIÓN

 

         El 19 de diciembre de 1904, en cumplimiento de lo que se había acordado entre el Gobierno y los representantes de la revolución victoriosa, se reunió en la ciudad de Asunción el Congreso en pleno, para aceptar las renuncias del presidente Juan A. Escurra y del vicepresidente Manuel Domínguez y confiar provisionalmente la jefatura del Estado a Juan B. Gaona. Luego, sesionó el Senado, con asistencia de siete de los doce senadores que lo integraban. Se planteó en ese momento la necesidad de elegir un presidente provisorio para que dirigiera la corporación, ante la acefalía generada por la renuncia del vicepresidente Domínguez, quien, por mandato constitucional, presidía la Cámara Alta. El electo tendría que ejercer el cargo hasta marzo del año siguiente, cuando se concretaría la renovación parcial del Poder Legislativo y se incorporarían los representantes postulados únicamente por el Partido Liberal triunfante, de conformidad con lo que se había pactado entre el gobierno de Escurra y los revolucionarios.

         Los senadores escogieron para ejercer la presidencia provisoria del cuerpo en ese periodo de transición, a su colega Gregorio Benites, un antiguo servidor público, que conservaba aún, a los setenta años de edad, "su prestancia de viejo diplomático". Había nacido bajo el gobierno del dictador Francia y formó parte del ejército organizado por Francisco Solano López. En la posguerra, desempeñó importantes funciones. Fue Presidente del Superior Tribunal de Justicia, Fiscal General del Estado, Director General de Correos y Telégrafos, y Senador de la República. Pero antes que nada, por sobre todo, había sido diplomático. Ejerció la titularidad del Ministerio de Relaciones Exteriores en dos ocasiones, y representó al Paraguay en Europa y América, en momentos singularmente difíciles para el país. Fue secretario de Carlos Calvo, y amigo íntimo y confidente de Juan Bautista Alberdi. Expuso los intereses y aspiraciones de su patria a los emperadores Napoleón III de Francia y Pedro II del Brasil, al presidente estadounidense Ulises S. Grant y al argentino Domingo F. Sarmiento, al rey Guillermo I de Prusia y al papa Pío IX, a ministros de Estado, periodistas e intelectuales. Dominaba el francés, que en esos tiempos era el idioma de la diplomacia, además había estudiado metódicamente el derecho internacional. Sufrió persecuciones políticas; estuvo preso, fue torturado, vivió un penoso exilio y su nombre rodó por el barro de la difamación, pese a todos sus esfuerzos por explicar los actos que habla cumplido en servicio del Estado.

         De tal suerte, le tocó a Gregorio Benites, cuyo periodo como Senador expiraba en 1905 y ya no podría ser reelecto -en virtud del pacto que puso término a la revolución de 1904-, contribuir a cerrar un periodo histórico, y presenciar sin mucho entusiasmo el inicio de otro nuevo. La caída del Partido Colorado, en el que militaba, representaría, así, para él, la elevación fugaz hasta la cima del Poder Legislativo, y el final de su larga carrera como funcionario público. Se retiraría despues a su hogar, en Villarrica, a preparar la publicación de las memorias y estudios históricos, que había redactado afanosamente en los años previos y con los que coronaría una vida consagrada al Paraguay.

         En el balance de su existencia, predominaría la actividad desplegada en el ámbito de las relaciones internacionales. La diplomacia constituyó, en realidad, su gran vocación; la ocupación en que se sintió más útil a la patria. Marcado por el estilo y las orientaciones de política exterior definidas por Carlos Antonio López, ejerció la representación del Estado durante la gran conflagración y en la dura posguerra, y fue con José Berges y José Falcón, con José Segundo Decoud y Benjamín Aceval, uno de los más destacados diplomáticos paraguayos del siglo XIX.

         Pretendo explicar en las páginas que siguen quién fue Gregorio Benites y qué hizo por el Paraguay. Más que una biografía, es apenas una semblanza.

         La posibilidad de acceder a una parte del archivo personal de Benites, conservado en la Colección Juan E. O'Leary de la Biblioteca Nacional de Asunción, me ha permitido, en los últimos años, aproximarme a la personalidad singular de este paraguayo notable. En 2002, publiqué sus memorias inéditas acerca de la misión que había cumplido en Europa para esclarecer el negociado de los empréstitos londinenses. Luego, con Liliana Brezzo, Elida Lois y Lucila Pagliai, participé en la gran tarea de preparar la edición de su epistolario con Juan Bautista Alberdi, que abarca veinte años de intensa y persistente correspondencia, y apareció en 2006, en tres gruesos volúmenes, con los auspicios de la Academia Paraguaya de la Historia, la Fundación "Biblioteca y Archivo de Jorge M. Furt" y la Universidad Nacional de General San Martín. En el ínterin, analicé la actuación de Benites como negociador del tratado de límites de 1894, en uno de los capítulos del libro -impreso en 2004- en que me ocupé de Las relaciones entre el Paraguay y Bolivia en el siglo XIX.

         Tales aproximaciones no son suficientes, empero, para encarar una presentación e interpretación completas de Gregorio Benites, en lo que hace a su dimensión humana, sus servicios públicos, su pensamiento político y sus aportes a la historiografía paraguaya. Mucho falta todavía por indagar con relación a su vida y a los hechos en que intervino. No obstante, las referencias que he podido reunir en estos años permiten al menos delinear una semblanza suya, con énfasis en su destacada labor diplomática.

         Van insertas en el texto explicaciones de los contemporáneos y del mismo Gregorio Benites con relación a los acontecimientos relatados, en el ánimo de revivir el lenguaje y el estilo de la época. Benites escribió profusamente, documentando con cuidado sus acciones y determinaciones. La infinidad de testimonios que dejó, publicados e inéditos, proveen muchas veces su versión de los hechos, la que, por cierto, carece de la objetividad suficiente como para ser tomada como auténtica expresión de la verdad. Tuvo él enemigos contra los que dirigió durísimos ataques, y pasó por situaciones muy difíciles. Por eso, al repetir sus defensas, no se está haciendo, necesariamente, una evaluación equilibrada de lo que ocurrió en la historia, sino que sólo se describe cómo vio los sucesos en que intervino, desde su posición peculiar, con sus filias y sus fobias, un protagonista de la historia.

         Por tratarse de una obra de divulgación, se omitieron las notas bibliográficas o documentales, pero al final del libro puede encontrarse la mención de las fuentes consultadas. Consideré conveniente incluir, como anexo, el Manifiesto que Benites dirigió en 1876 al pueblo paraguayo y sus amigos en el extranjero, en el que por primera y única vez -hasta donde se sabe- describió su apresamiento y los vejámenes que le infirieron tras la misión que desempeñó en Europa en 1872 y 1873. Ese impreso tiene especial relevancia para comprender la conducta y los tiempos de Gregorio Benites, y constituye en la actualidad una rareza bibliográfica que, tras prolongadas búsquedas, pude encontrar en la Biblioteca Nacional de Montevideo.

         Cabe indicar, por último, que la reseña sucinta de la actuación pública de Gregorio Benites, inserta en la historia de la diplomacia paraguaya de la segunda mitad del siglo XIX, puede servir no únicamente para apreciar las vicisitudes y compromisos de un agente diplomático de esa época, sino también los condicionamientos y desafíos que afrontó en aquellos momentos la República del Paraguay en sus relaciones con el exterior.

 

 

I. DE VILLARRICA A PARÍS

 

INFANCIA, PRIMEROS ESTUDIOS Y SERVICIO MILITAR

 

         Gregorio Benites nació en Villarrica -antigua población del interior del Paraguay- el 25 de mayo de 1834. De sus padres, sólo se sabe que se llamaban Wenceslao Benites y Magdalena Inchausti. Había nacido en los últimos años de gobierno del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, y no olvidaría -a pesar de la corta edad que entonces tenía- el dolor sincero con que se recibió en su pueblo natal la noticia del fallecimiento del dictador, ocurrido en setiembre de 1840.

         En Villarrica realizó los primeros estudios y aprendió a leer y escribir. En aquellos tiempos, este pueblo, situado a unos ciento cincuenta kilómetros de Asunción, tenía alrededor de cinco mil habitantes, mientras que en la capital había casi el doble y en la República, unas doscientas treinta mil personas, según el censo levantado en 1846. Con todo, esa pequeña población de la región oriental del país, en la que había nacido y se había criado, sería para Gregorio Benites su lugar en el mundo, a donde volvería muchas veces y donde pasaría sus últimos años, hasta encontrar la muerte, el 30 de diciembre de 1909.

         Con diecisiete años de edad, en 1851, Benites se incorporó al ejército formado en el campamento de Paso de Patria, bajo el comando del general Francisco Solano López. Era entonces obligatorio para todos los paraguayos, "sin distinción de clases", prestar servicio militar por el tiempo necesario para adquirir disciplina e instrucción en el manejo de las armas.

         Sentó plaza en el batallón número 1, al mando del coronel Vicente Barrios. Las faenas del ejército en el campamento de Paso de Patria eran intensas y agotadoras. Se estaba gestando allí un plantel que asombraría a propios y extraños por su buena organización. Juan José Brizuela, compañero de viaje de Solano López durante la misión diplomática cumplida por éste en Europa en 1853 y 1854, señalaba al respecto lo siguiente: "Una de las grandes creaciones del señor general López es precisamente ese ejército, que cuenta entre sus filas lo más valiente y patriota de nuestro país, y es debido a sus incesantes e infatigables trabajos, a esas marchas forzadas al rayo del sol, yendo él al frente, por entre víboras y tempestades, a pesar del sol fulgente de los trópicos, que ha logrado hacer del ejército paraguayo, quizá un modelo en disciplina, subordinación, moralidad y demás dotes de que debe estar adornado el soldado que comprende lo grande de su misión".

         Tras pasar un tiempo en Paso de Patria, Gregorio Benites acompañó el traslado del ejército del que formaba parte al nuevo campamento que se emplazó más al norte, sobre el río Paraguay. En efecto, en las primeras semanas de 1855, ante el avance de una escuadra naval brasileña, Paso de Patria fue evacuado y las fuerzas militares, compuestas por seis mil hombres de las tres armas, se establecieron en Humaitá, donde se llevaron a cabo formidables obras de defensa. "Humaitá -refirió Benites años después- era entonces una simple guardia fluvial, donde hacía servicio semanal un piquete de veinte hombres con un oficial. Luego que llegó el ejército a su nuevo campamento, el jefe de estado mayor general, coronel Wenceslao Robles, más tarde general, dispuso el desmonte y la limpieza de toda la localidad, para establecer en ella los cuarteles del ejército". Las tropas trabajaron de día y de noche para construir baterías sobre las barrancas del río, las que quedaron listas en menos de dos semanas.

         Las baterías de Humaitá no entraron en acción en aquel momento, pero quedó constituida así la más temible fortificación permanente con que contó el Paraguay sobre el río de su nombre. Benites había sido testigo y partícipe de esos trabajos.

 

         SECRETARIO DEL GENERAL LÓPEZ

 

         Al año siguiente, en- 1856, Gregorio Benites fue designado como escribiente del Ministerio de Guerra y Marina, que estaba a cargo del general Francisco Solano López. Desde ese puesto, comenzó a introducirse en el manejo de la burocracia estatal. Se ocupaba allí, junto con otros secretarios, del despacho del Ministerio y de la correspondencia particular del Ministro. Además, el general López le permitió acceder a su biblioteca, que según Benites era "bien surtida", e incluso le orientó sobre las "obras que debía leer y estudiar de preferencia", para "adquirir los conocimientos necesarios al hombre en la sociedad". Comenzó, asimismo, a estudiar el idioma francés, de la mano del teniente Paulino Alén, su compañero de trabajo, y de Carlos Saguier, un pariente y amigo del ministro López.

         El contacto de esos años con el poderoso Ministro de Guerra y Marina, y futuro Presidente del Paraguay, le permitió "conocer bastante" a su jefe. Invocando ese conocimiento, destacaría en plena Guerra contra la Triple Alianza la tenacidad y firmeza del mariscal López, y aseguraría, "sin temor de ser desmentido", "que jamás [habría] de ceder un palmo de su derecho" y que sólo podrían derrotarlo "porque nadie es infalible y no por cobardía ni debilidad". Consignó igualmente, años más tarde, que López era un hombre "suficientemente ilustrado", de "inteligencia nada común", que "quería a su país", que "estaba listo a sacrificarse por él", que tenía "una fuerza moral inquebrantable" y que no era persona que pudiese ser influenciada o manejada por otras. Pero, pese a la gratitud que reconocía sentir hacia él, no dejó de apuntar sus defectos. Así, en los Anales Diplomático y Militar de la Guerra del Paraguay, al tiempo de referirse a "la energía y el fecundo genio organizador" del mariscal, también aludió a su impericia militar, añadiendo que:

         "Cuando se reflexiona en los resultados que se han obtenido en las numerosas y cruentas batallas que se han librado sin el genio pericial del general en jefe, se comprende lo que hubieran hecho los paraguayos, si hubiesen sido dirigidos por un jefe de suficiente ciencia militar".

         Entre las actividades que cumplió en la secretaría de López, le tocó a Benites acompañar al general cuando éste actuó como mediador entre los gobiernos de la Confederación Argentina y de la Provincia de Buenos Aires, en 1859. La misión, como es bien sabido, concluyó exitosamente con la suscripción del pacto de San José de Flores, con el que se supuso que quedaría asegurada la unidad argentina.

         Sin embargo, cuando el ministro paraguayo se disponía a salir del puerto de Buenos Aires en el vapor de guerra Tacuarí, la embarcación fue amenazada por dos cañoneras británicas que se dirigieron hacia ella con el propósito de interceptarla, a vista y paciencia de las autoridades territoriales. El Tacuarí tuvo, por consiguiente, que retornar y permanecer en el puerto. Tras la presentación de un reclamo al gobierno bonaerense por el inusitado atropello, el general López y su comitiva se trasladaron por tierra hasta la ciudad de Paraná, en un viaje que, conforme indicaría Benites, "fue penoso en todos sentidos", porque marcharon sin interrupción de noche y de día, "durmiendo mal, comiendo peor".

 

         LA LEGACIÓN EN GRAN BRETAÑA Y FRANCIA

 

         La agresión al Tacuarí fue consecuencia del conflicto que se había suscitado con Gran Bretaña, a raíz de la detención en el Paraguay de Santiago Canstatt, por habérsele involucrado en una conspiración que pretendía atentar contra la seguridad del Estado y la vida del Presidente de la República. Los entredichos que se produjeron con tal motivo provocaron el retiro del cónsul británico en Asunción, Charles Henderson, quien, alegando irregularidades y excesos en las actuaciones policiales y judiciales, había exigido la liberación inmediata de Canstatt y el pago de una indemnización por los daños que se le ocasionaron, a más de satisfacciones oficiales por no haberse atendido oportunamente sus requerimientos. El Paraguay, a su vez, sostuvo que Canstatt era uruguayo y no británico, que estaba sometido a un proceso judicial sustanciado de conformidad con la legislación vigente en el país, y que las explicaciones se darían directamente el gobierno de Gran Bretaña y no a su agente consular.

         Estando así las cosas, el gobierno de Asunción decidió enviar una misión diplomática a Gran Bretaña y Francia para que, entre otros encargos, expusiera a las autoridades británicas sus procedimientos, demostrara que la actuación del cónsul de ese país en Asunción había sido desmedida y reclamara por el ataque al Tacuarí. Por lo demás, en enero de 1860, tras beneficiarse de un indulto concedido por el Gobierno, Santiago Canstatt recuperó su libertad y pudo salir del Paraguay.

         Como jefe de la misión que se enviaría a Londres y París, el presidente Carlos Antonio López designó a Carlos Calvo, miembro de una familia de comerciantes de Buenos Aires, nacido en Montevideo en 1822, que había vivido en Europa y se desempeñó como comisionado especial y cónsul general de su provincia -escindida entonces de la República Argentina- en el Uruguay. En esos cargos adquirió conocimientos de la práctica diplomática y consular. Era, además, hermano de Nicolás A. Calvo, un amigo del general Francisco Solano López y redactor de La Reforma Pacífica de Buenos Aires, periódico que favorecía al gobierno paraguayo en esa ciudad.

         Carlos Calvo fue nombrado, de tal suerte, encargado de negocios en Gran Bretaña y Francia. Su misión tenía, como ya se señaló, el objeto de restablecer las relaciones amistosas con el gobierno británico, resolviendo la controversia que se había producido. Pero no se trataba sólo de eso. El Paraguay, cuya economía y exportaciones registraban un sostenido crecimiento, necesitaba darse a conocer, y difundir sus producciones y potencialidades, en los principales centros industriales del mundo. Por tanto, llevó Calvo instrucciones para publicar en la prensa europea e incluso en la de Estados Unidos de América artículos generales sobre la situación política y el progreso del país, así como sobre sus "intereses materiales, industria y comercio crecientes". Debía, asimismo, responder "las calumnias a las instituciones, a la administración y personales al jefe Supremo del Estado", y atender a los estudiantes paraguayos enviados a formarse en Europa.

         El envío de esta legación produjo un cambio radical en la vida de Gregorio Benites, quien fue designado, a propuesta del general López, como secretario de la misma, cambiando la carrera de las armas por la diplomacia. Conservó, no obstante, su estado militar, presentándose en Europa como teniente de la Segunda Compañía de Cazadores Rifleros. En junio de 1865, sería ascendido al grado de Capitán de Infantería.

         El general López, al ofrecerle el cargo, le dio "consejos verdaderamente paternales" sobre "la conducta que debía adoptar en el desempeño de [sus] funciones oficiales" y en el trato que tendría que mantener con el jefe de la legación y las demás personas con las que llegase a relacionarse. También se entrevistó con el presidente Carlos Antonio López, quien le manifestó que no tenía dudas de que sabría corresponder la confianza que en él depositaba el Gobierno y le encareció que no desatendiera a los jóvenes paraguayos que estudiaban allá, expresándole que "sus deseos eran que esos jóvenes compatriotas aprovechasen su tiempo en Europa, y comprendieran los sacrificios que la nación hacía por ellos, a fin de que a su regreso al país, pudieran ser ciudadanos útiles a su patria y a sí mismos".

         El novel secretario se embarcó en febrero de 1860 con destino a Buenos Aires. Varios amigos y su hermano Eduvigio, un "distinguido oficial de marina", lo acompañaron, en el puerto de Asunción, hasta la partida. Antes había ido a Villarrica a despedirse de su familia. Emprendió así, un viaje que lo mantendría por más de once años fuera del Paraguay. El país que dejaba Benites vivía, en ese entonces, momentos alentadores. José Falcón describió lo que sentían muchos paraguayos en los años de gobierno de Carlos Antonio López, en la forma siguiente: "Por este tiempo la República progresaba a pasos agigantados, su comercio florecía, su industria adelantaba, la paz y tranquilidad se afianzaban cada día más, y los laboriosos brazos paraguayos se dedicaban con anhelo a sus labores, porque palpaban ya las utilidades que recogían de sus trabajos, y el cambio ventajoso que de ellos hacían en el comercio, lo que les estimulaba a ensanchar progresivamente sus trabajos, haciéndose en la generalidad recomendables por su dedicación y esmero a la agricultura, como fuente de riqueza del país, con lo que el mantenimiento era sumamente barato, y todos gozaban de un bienestar, por el aumento y prosperidad que nos proporcionaba esa paz octaviana que disfrutamos por tantos años".

 

         MISIÓN DE CARLOS CALVO

 

         Al llegar a Buenos Aires, Benites se puso a las órdenes de su nuevo jefe. El 27 de febrero partieron en el paquete inglés Mersey, que los llevó hasta Río de Janeiro. Allí trasbordaron al Tyne, para cruzar el Océano.

         A principios de abril de 1860, ya estaban en Londres, pero el encargado de negocios del Paraguay no fue recibido oficialmente por el gobierno de Gran Bretaña, y se le advirtió que no lo sería hasta que el gobierno de Asunción satisficiese los requerimientos presentados por el cónsul Henderson antes de dejar la capital paraguaya. No hubo, por tanto, posibilidad de transmitir oficialmente las explicaciones que podían darse. El único medio de conciliación aceptado por el gobierno británico era, como lo expresó Calvo, "el consentimiento pasivo del Paraguay a su mandato imperativo". Habrá corroborado así el secretario Benites, al tiempo que comenzaba a apreciar los progresos europeos, la incorrección y la prepotencia con que Gran Bretaña pretendía tratar al Paraguay, desconociendo en la práctica el principio de la igualdad jurídica de los Estados, pues el gobierno de Londres demandaba que se acordasen a sus nacionales derechos y beneficios mayores a los que correspondían a los propios naturales del país.

         Carlos Calvo decidió recurrir a la autoridad intelectual de un jurista respetado por el gobierno y la opinión pública de Gran Bretaña. Solicitó, en tal sentido, el parecer del doctor Robert Phillimore, "abogado del almirantazgo británico y autor de una de las obras más reputadas sobre derecho internacional", en palabras de Gregorio Benites. Phillimore dio un dictamen favorable a la posición del Paraguay, "en presencia de las piezas oficiales y de la fiel exposición de los hechos, presentada por dos distinguidos doctores ingleses". Su opinión y sus recomendaciones fueron, empero, desechadas por el gobierno británico. Se valió también Calvo de la prensa, para abogar por la causa paraguaya, tanto en Gran Bretaña como en Francia, país donde se acreditó en junio de 1860 y en el que fijó residencia permanente desde agosto siguiente. La difusión del dictamen de Phillimore y de la correspondencia intercambiada con respecto a la "cuestión Canstatt" - que apareció impresa en español y en francés- permitió que se tomara conocimiento en círculos de influencia política del "incalificable abuso" que estaba perpetrando el gobierno británico.

         Finalmente, por incidencia de todos esos factores, el conflicto fue resuelto en abril de 1862, mediante un acuerdo que suscribieron en Asunción el ministro paraguayo de Relaciones Exteriores Domingo Francisco Sánchez y el ministro plenipotenciario de Gran Bretaña en Argentina, Edward Thornton, en el que éste declaró que "en la cuestión de Canstatt, el Gobierno de Su Majestad Británica nunca pretendió arrogarse el derecho de intervención en la jurisdicción del Paraguay y [que] nunca fue ni será su ánimo impedir al gobierno paraguayo la ejecución de sus leyes". Manifestó asimismo que "la demostración contra el Tacuarí ha sido un acto ajeno del gobierno de Su Majestad, y espontáneo del [jefe de las fuerzas navales británicas en Buenos Aires] almirante Lushington, que considerando injusta la prisión de Canstatt por los informes que ha recibido, tentó por ese medio conseguir su libertad", ofreciendo "el señor Thornton en nombre del Gobierno de Su Majestad Británica la seguridad de que en adelante no se repetirá un tal hecho". Por su parte, el gobierno paraguayo consignó que no había tenido la intención de ofender al cónsul de Gran Bretaña ni a su gobierno.

         Calvo señaló, con relación a este acuerdo, que "las satisfacciones que con tanta razón había reclamado el representante del Paraguay, fueron dadas súper abundantemente", y destacó que "un gobierno relativamente poderoso tuvo que ceder hasta el punto de acudir a la capital misma del país que había ofendido, para dar la debida reparación". En marzo de 1863, fue recibido oficialmente por el gobierno británico como encargado de negocios de la República del Paraguay.

         De tal manera, los primeros años de Gregorio Benites en Europa, en los que actuó como secretario de la legación a cargo de Carlos Calvo, fueron tiempos de experiencias valiosas y permanente aprendizaje. No sólo se interiorizó de la redacción y el protocolo diplomático, bajo la orientación de su ilustrado jefe de misión, sino que también habrá, sin duda, confirmado el valor que tenían las publicaciones de la prensa en la formación de la opinión pública, que ejercía a su vez una notoria influencia, en particular, sobre los gobiernos europeos.

         Benites había proseguido en Londres sus estudios de francés, de suerte que cuando la legación se trasladó a Francia ya podía darse a entender en el idioma local. En París, "aprovechando los momentos que [le] dejaban libres [las] ocupaciones oficiales", frecuentó "con asiduidad" los cursos de Derecho de Gentes, Instituciones Comparadas y Economía Política que dictaban, en la Escuela de Derecho y en el Colegio de Francia, eminentes catedráticos como Royer-Collard, Édouard de Laboulaye, Michel Chevalier y Baudrillard. Tomó también clases particulares de Derecho Internacional en el gabinete del profesor Royer-Collard, durante dos años; y, para perfeccionar su dominio del francés, tradujo al español la Guide Diplomatique de Martens y L'esprit des ínstitutions militaires del mariscal Marmont. La traducción que hizo de esta última obra se publicó por orden del general López, en 1863, en una edición de dos mil ejemplares.

         Calvo, por su parte, tradujo y editó en París, en 1862, el libro de Alfred Du Graty sobre La República del Paraguay. El año anterior había aparecido su traducción de la Historia de los progresos del Derecho de Gentes en Europa y América, de Henry Wheaton, y en el mismo 1862 comenzó a publicarse la Colección completa de los tratados, convenciones, capitulaciones, armisticios y otros actos diplomáticos de todos los Estados de la América Latina, ordenada por él, y que abarcó once tomos.

         Al margen de los afanes editoriales, la legación prosiguió en aquellos años la labor de propaganda que se le había encomendado y contribuyó a difundir en Europa lo que se estaba haciendo en el Paraguay. A fines de 1862, asumió la presidencia de la República el general Francisco Solano López, lo que generó una expectativa favorable en los europeos interesados en la América Latina con relación a los progresos del país.

Como una muestra de la percepción que se iba formando al respecto, se puede señalar que en el tercer tomo de su Descripción Geográfica y Estadística de la Confederación Argentina, aparecida en 1864, Martín de Moussy, debió rectificar las críticas al Paraguay que había escrito con anterioridad, consignando lo siguiente: "... en honor a la verdad, debemos decir que a partir de 1858, y hasta la época de su muerte en 1862, don Carlos Antonio López modificó su sistema y mejoró la administración. Su hijo, brigadier general don Francisco Solano López, actual presidente, continuó los progresos comenzados por su padre. En la actualidad, el Paraguay tiene un buen ejército, bien vestido, alimentado y bien alojado. Se ha saneado el campamento de Humaitá, vieja residencia de la disentería y las fiebres perniciosas, construyéndose buenos cuarteles. El Estado posee una pequeña Flota de vapores, la mayor parte de la cual fue construida en sus astilleros. Asunción tiene muelles, un arsenal, un hospital, un teatro y escuelas. Se ha comenzado a instalar un ferrocarril, que llevará a cuarenta leguas de la capital, a Villarrica, centro de la producción de tabaco. El Gobierno ha introducido y favorece el cultivo de algodón. Nadie pone en duda que éste joven presidente, a quien ya se deben tantas sabias y buenas medidas administrativas, persistirá en este camino; algún día terminará modificando algunos reglamentos y monopolios que obstaculizan y restringen la agricultura y la industria paraguaya. El país goza de una paz total y, prudentemente, evita mezclarse en las disputas de sus vecinos; en consecuencia, puede ocuparse a voluntad del desarrollo de sus recursos morales y materiales".

 

         CAMBIO EN LA JEFATURA DE LA LEGACIÓN

 

         El gobierno del Paraguay dio término a las funciones de Carlos Calvo como encargado de negocios en Gran Bretaña y Francia, en marzo de 1864. Benites explicó esta decisión en sus mencionados Anales, expresando cuanto sigue: "Amenazados los países del Río de la Plata de una conflagración armada, con motivo de la actitud militar del Imperio del Brasil, en los asuntos internos de la República Oriental, llegó a ser incompatible con los intereses primordiales del Paraguay, la presencia de un ciudadano argentino al frente de su representación diplomática en Europa, por lo que el gobierno del mariscal López dispuso dar sucesión a mi jefe de legación, señor Calvo".

         En efecto, las relaciones entre los países del Plata se complicaron desde el inicio de la guerra civil en el Uruguay, en abril de 1863, y la negativa de Argentina a dar las explicaciones solicitadas por el Paraguay con respecto a su denunciada injerencia en la "cuestión oriental", tensaron sensiblemente las relaciones entre ambos países. En febrero de 1864, el ministro paraguayo de Relaciones Exteriores, José Berges, escribió a su colega argentino, Rufino de Elizalde, que el gobierno de Asunción se veía en el caso de prescindir de las explicaciones solicitadas y que en adelante atendería "sólo a sus propias inspiraciones sobre el alcance de los hechos, que pueden comprometer la soberanía e independencia del Estado Oriental, a cuya suerte no le es permitido ser indiferente". El presidente López resolvió, en consecuencia, incrementar los aprestos militares, de manera a preparar el país para cualquier eventualidad.

         No obstante, la remoción de Carlos Calvo no habrá tenido una sola causa. Se produjeron igualmente diferencias entre él y el gobierno paraguayo en cuanto a los gastos y actividades de la legación y, en enero de 1864, el encargado de negocios tuvo una discusión con el secretario Benites, cuando se enteró que éste había propiciado la publicación de un artículo en La Opinión Nacional de París, en el que se hacía responsable al general Bartolomé Mitre, presidente de la República Argentina, por las consecuencias del pasaje del general Venancio Flores a la República Oriental del Uruguay, y se elogiaba la actitud asumida al respecto por el presidente López.

         Calvo pidió explicaciones al secretario por la publicación, diciéndole que en Buenos Aires se pensaría que él la había inspirado y se lo presentaría como hostil al general Mitre y a su patria. Para Benites, el patriotismo invocado por el jefe de misión era comprensible, pero no armonizaba con su condición de representante diplomático del Paraguay.

         Ante las quejas que el encargado de negocios elevó al general López con este motivo, el presidente, después de manifestarse sorprendido por la situación creada, manifestó a Gregorio Benites que siempre había confiado en "su conducta y su lealtad". Al mismo tiempo, Carlos Calvo fue retirado de la legación y se designó a Cándido Bareiro como encargado de negocios en Francia y Gran Bretaña. A Benites se le indicó que debía prepararse para retornar al país, aunque finalmente permanecería en Europa varios años más.

         El nuevo jefe de misión tenía prácticamente la misma edad que el secretario Benites. Ambos habían sido compañeros de trabajo durante el tiempo que la legación permaneció en Londres, pues Bareiro, quien estudiaba allí por cuenta del gobierno paraguayo, fue convocado para asistir a Calvo por sus conocimientos del idioma inglés. Aunque era hombre inteligente y con buena formación, Cándido Bareiro carecía de los conocimientos prácticos que Gregorio Benites había acumulado en cuatro años de servicios, como colaborador de un jefe experimentado y con buenas vinculaciones oficiales y sociales. Tampoco dominaba el francés ni conocía el medio como el secretario de la legación.

         En los ya citados Anales, Benites afirmó que la designación de Cándido Bareiro se había debido a una sugerencia suya. Hasta ahora no ha podido comprobarse documentalmente que así haya sido. Es muy posible, eso sí, que recibiera al nuevo encargado de negocios con auténtica satisfacción, pues -como recordó el propio Benites-, en el tiempo en que fueron compañeros de trabajo bajo las órdenes de Carlos Calvo, sus relaciones tuvieron "el carácter de verdadera fraternidad". Ambos se conocían desde cuando Bareiro, antes de ser enviado para estudiar en Europa, se desempeñaba como escribiente en la Capitanía del Puerto, que estaba a cargo de su tío, Francisco Bareiro, "hombre de la intimidad de la familia del presidente, don Carlos Antonio López". Pero el entendimiento entre ellos, si existió efectivamente en algún momento, no duró mucho tiempo.

         Poco después de la llegada de Bareiro a París, Gregorio Benites cumplió, entre octubre de 1864 y febrero de 1865, una misión especial ante el rey Guillermo I de Prusia. Llevaba, como obsequio del presidente López, seis mil libras de yerba mate, producto que el gobierno paraguayo deseaba introducir y hacer aceptar para el consumo de los ejércitos europeos. "Su Majestad el Rey Guillermo de Prusia, más tarde Emperador de Alemania, -comentaría Benites- me acogió con la más expresiva distinción. Aunque simple Secretario de Legación, en aquella época, me hizo el alto honor de invitarme a varios banquetes que dio en su palacio, durante mi permanencia en Berlín, a notabilidades diplomáticas, civiles y militares de la Corte".

         A pedido del rey, el secretario Benites lo visitó una mañana para enseñarle a preparar el mate. La descripción que dejó sobre lo que hizo en la oportunidad resulta muy interesante para apreciar los esfuerzos que se realizaron con el fin de obtener nuevos mercados para la yerba mate, el principal rubro de exportación del Paraguay: "Concurrí a Palacio a la hora convenida, llevando la yerba y el mate con su correspondiente bombilla. Encontré con Su Majestad muchos personajes ansiosos de conocer y probar el mate paraguayo. Me esperaba con agua caliente en un calentador y azúcar sobre la mesa del comedor. Empecé a llenar mi cometido cebando el primer mate a Su Majestad con todo esmero que había meditado, a fin de evitar que le subiera el polvo de la yerba por la bombilla, como suele suceder con el primer mate. El Rey tomó en la mano el mate cebado, y contemplando primero el mate y su bombilla empezó a sorber y a saborear la infusión de la yerba. Dijo que era bastante agradable al paladar y que tenía en su gusto alguna semejanza al té de la China. Enseguida me pidió le cebara otro mate más. Es obvio decir, que este segundo mate salió mucho mejor que el primero, ya sin las partículas de la yerba, y con la práctica del consumidor, bien entendido; de suerte que el segundo fue despachado como si estuviera en manos de un viejo yerbatero". La operación fue repetida, para que también degustaran el "té paraguayo" los cortesanos presentes.

         El rey dispuso que una comisión científica del Ministerio de Guerra efectuase el estudio químico de la yerba mate. El resultado del estudio fue muy positivo. Aunque se pensaba que el consumo del mate en la forma en que se lo hacía en Sudamérica no sería aceptable en Europa, se concluyó que la infusión de la yerba en polvo sí podría serlo. "Después de tomar la infusión obtenida -decía el dictamen del Departamento Médico del Ministerio de Guerra-, se siente un efecto refrescante, alimenticio y satisfactorio; la segunda y tercera infusión dan casi la misma fuerza que la primera. El gusto no es tan fuerte, es aromático, agradable, no altera el movimiento de la sangre en las arterias, y satisface por algún tiempo las ganas de comer. Entonces, el té paraguayo tiene, para la economía del hombre, la misma dignidad que se atribuye al café y al té de la China, con respecto a sus elementos fisiológicos". Lamentablemente, el estallido de la Guerra del Paraguay impidió que se pudiera implantar el uso de la yerba mate en el ejército prusiano.

         Mientras permaneció en Berlín, donde actuaba como encargado de negocios del Paraguay el barón Alfred Du Graty, el secretario Benites visitó arsenales, cuarteles, fortificaciones, fundiciones y academias militares, y asistió a ensayos de la artillería de campaña, así como a las prácticas de tiro de los batallones de la Guardia Real.

         Conoció y trató personalmente al príncipe heredero Federico y a su esposa, que era hija de la reina Victoria, y fue presentado a Moltke y a Bismarck. Antes de su partida, recibió la Cruz de Caballero de la Orden de la Corona de Prusia, que le fue otorgada por el rey Guillermo.

         Había representado en Berlín por cuatro meses a un país en pleno ascenso, pero que estaba entrando en esos mismos momentos en una tremenda y larga conflagración internacional, de la que saldría derrotado y deshecho.

 

 

II. LA REPRESENTACIÓN EN EUROPA DURANTE

LA GUERRA DEL PARAGUAY

 

MISIÓN DE CÁNDIDO BAREIRO

 

         El cambio en la jefatura de la Legación del Paraguay en Francia y Gran Bretaña, que se concretó en mayo de 1864, conllevó igualmente una reorientación de sus actividades. Ante las crecientes tensiones entre los países del Plata, se ordenó al nuevo encargado de negocios adquirir, con la mayor celeridad posible, cañones, fusiles y monitores acorazados, proveyéndosele los fondos que necesitaría para el efecto.

         La guerra estalló en el mismo año 1864; y el Imperio del Brasil, la República Argentina y el Uruguay conformaron una triple alianza contra la República del Paraguay. La rápida evolución de los acontecimientos y, según Benites, la lentitud e indecisión con que actuó el encargado de negocios Bareiro impidieron el envío de un "grande y magnífico monitor", que se había mandado construir en Burdeos y que quedó finalmente abandonado. Tampoco se pudo remitir la totalidad de los fusiles y las piezas de artillería que fueron encargados y adquiridos por cuenta del Estado Paraguayo. Concretamente, asentaría a este respecto: "Algunas baterías de artillería de campaña y algunos miles de fusiles comprados en Francia y en Inglaterra, no fueron despachados oportunamente y permanecieron en los depósitos en Nantes, Havre y Liverpool, con inmensos perjuicios para el Paraguay. Esos armamentos y su valor pagado fueron perdidos para el país". Indicó también que el presidente López "se precipitó a la guerra antes de recibir todos los elementos bélicos pedidos a Europa", que sus agentes tardaron en enviar, procediendo "con marcada lentitud, que parecía ser calculada, a pesar del apremio que procedía de la Asunción".

         Benites llegó a afirmar que la "desastrosa conducta [de Bareiro] en el desempeño de sus delicadas funciones" constituyó "el factor principal de la catástrofe de 1º de marzo de 1870". Al cargo de lentitud culposa en la remisión de los elementos de guerra, sumó otros más, y acusó a Cándido Bareiro de indiferencia ante la construcción y compra en Europa de buques acorazados para el Brasil; de rechazar, injustificadamente a su criterio, la propuesta de otorgar patentes de corso a marinos que habían participado en la Guerra Civil de Estados Unidos de América; de no gestionar en debida forma un empréstito autorizado por el gobierno paraguayo; y de no buscar la mediación de las grandes potencias ante las que estaba acreditado, para forzar la paz entre el Paraguay y la Triple Alianza. Consignó, además, citando el testimonio de Cirilo Solalinde, que Bareiro habría asegurado en cierta ocasión "que él no había aspirado al triunfo del Paraguay [en la guerra], por evitar que continuara el sistema de gobierno de los López".

         Las actividades cumplidas por los representantes paraguayos en Europa, y por consiguiente las afirmaciones de Benites con respecto a la conducta de Bareiro (enunciadas cuando éste ya había muerto y que muy bien podían ser el reflejo de resentimientos personales), requieren investigaciones más exhaustivas. Con los testimonios conocidos, se podría concluir que, probablemente se produjo entre los dos un proceso de lento y gradual distanciamiento, aunque no una ruptura completa, y que tal distanciamiento pudo haber tenido su origen en las diferencias de carácter entre uno y otro. Benites se enorgullecía de su "decisión y firmeza"; Bareiro, al parecer, era más prudente. Benites confiaba en esos años en el triunfo del Paraguay, a pesar de todo; Bareiro, posiblemente, apreciaba los acontecimientos con más frialdad, y asumía actitudes críticas frente a los actos del gobierno al que representaba.

         En el diario personal que llevó Benites en ese tiempo existen muchas referencias sobre las difíciles relaciones que mantenía con su jefe de misión. El secretario se quejaba, especialmente, del trato áspero y destemplado que el encargado de negocios usaba con él y con otros; de su retraimiento y poca voluntad de establecer o afianzar vinculaciones personales que pudieran ser útiles al país; de que no le informaba ni consultaba sobre las medidas que iba a adoptar; y de que daba una intervención desmedida en cuestiones oficiales a un amigo suyo, el italiano Aquiles Tamberlich, que mantenía asimismo contactos con el secretario de la legación argentina. También reprochaba en forma reiterada la aparente indolencia y falta de iniciativa del jefe de misión.

         Por ejemplo, resumió allí una discusión que tuvieron en octubre de 1865. El secretario Benites le expresó la conveniencia de realizar publicaciones en la prensa para denunciar las medidas adoptadas por las fuerzas aliadas con relación a los prisioneros paraguayos caídos en su poder, diciéndole que él mismo podría aportar incluso sus recursos personales para cubrir los gastos respectivos. Bareiro le respondió que no podía "obrar con independencia de él". Replicó Benites que conocía perfectamente sus deberes y que sólo deseaba colaborar con los trabajos de la legación, que no le "parecían bastantes en la presente circunstancia, pudiéndose hacer mucho más". El encargado de negocios le dijo, entonces, que debía conformarse con lo que se estaba haciendo, pues "él hacía lo que se debía hacer". A eso contestó el secretario que, pese a que Bareiro "tenía la autoridad superior para obrar según se le antoje", él también tenía alguna responsabilidad en el puesto que ocupaba.

         En unos apuntes inéditos, que se conservan en la Colección Juan E. O'Leary de la Biblioteca Nacional, Benites asentó con relación a Cándido Bareiro cuanto sigue: "Después que había estallado la guerra entre el Paraguay y el Brasil en 1864, el Encargado de Negocios de la República empezó a manifestar con energía sus resentimientos personales contra el Presidente, Mariscal López, por diversas causas que aducía, entre ellas, la de haber sido llevado al ejército su padre Don Luis Bareiro, por orden del Presidente Don Carlos A. López [...]. Se puede comprender la naturaleza de sus quejas y su odio contra los López; lo que no se comprende es que haya esperado su elevación por los mismos López a posición oficial, después de haberle costeado su educación en Europa, para ejercer su venganza contra sus verdaderos benefactores, y en detrimento de los intereses fundamentales de su país, que le han sido confiados".

         En los mismos apuntes, Benites señaló que él compartía la visión crítica de Bareiro respecto del régimen político imperante en el Paraguay, pero que no aceptaba su forma de actuar. "Comprendía y reprobaba esencialmente - escribió- el sistema de gobierno personal de los López, así como desprecio la tiranía salvaje de los que les han sucedido en el poder de la República. Más todavía: no dejaba de estudiar en Europa los medios de libertar algún día al pueblo paraguayo, por el pueblo, del yugo ignominioso de sus tiranos. Pero jamás me ha parecido oportuno propender a ese fin, bajo la invasión de ejércitos enemigos al suelo paraguayo, y sobre todo, ocupando posiciones oficiales, confiadas por el mismo magistrado que se tratase de separar del poder. Ese proceder me parecía la felonía más abyecta e indigna de un hombre honrado".

         Por lo demás, pareciera que, ya en febrero de 1866, Bareiro tenía consciencia de la mala situación en que se encontraba ante el gobierno del mariscal López. Benites consignó en su diario que el encargado de negocios le manifestó, en el curso de una conversación en que se dieron mutuas explicaciones por malentendidos entre ellos, que él "sabía bien que sería desaprobado en todos sus actos", que había "hecho muchas zonceras", y que "tendría que ir a vivir a la América central, donde no podría tener noticias de su familia".

 

         PROPAGANDA PARAGUAYA EN LA PRENSA EUROPEA

 

         A pesar de sus diferencias, Bareiro y Benites cumplieron en los primeros tres años de la guerra una ímproba labor para dar a conocer la posición del Paraguay por medio de la prensa europea y de presentaciones directas ante los gobiernos de Francia y Gran Bretaña. El segundo afirmaría que, mientras sus "compatriotas defendían la causa nacional con el fusil y la espada en la mano, con la bravura y el patriotismo que han asombrado al mundo", él tuvo "el honor de combatir con la palabra y la pluma contra la política representada por los agentes de las naciones aliadas, acreditados en Francia, Inglaterra y Alemania". Se jactaba, en ese sentido, de haber montado una "gran máquina de publicidad", mediante el concurso de importantes diarios y periodistas franceses.

         Al principio, el Paraguay sólo contaba en París con La Opinión Nacional, un periódico "de poca importancia y circulación", mientras los aliados, en palabras de Benites, disponían de "varios diarios a su favor, contratados". Fue muy importante para modificar esa situación, el concurso del periodista francés Charles Expilly, quien tenía buenos contactos en la prensa de su país y una reconocida posición crítica con respecto al Brasil. Expilly recurrió a la legación paraguaya, en los últimos meses de 1865, en procura de informaciones para sus artículos, y se ofreció a "sostener la causa del Paraguay con toda la habilidad de su pluma". A través de él, las visiones paraguayas llegaron a medios como la Gazette de France y Le Siécle. El secretario Benites se mostraba incansable en preparar y proveer informaciones, y tomar contacto personal con los redactores de los periódicos, convencido como estaba de "que en Francia e Inglaterra, más que en cualquier otra parte, la opinión pública se forma por la prensa".

         Desde mediados de 1866, comenzó a publicarse el diario L'Étendart, bajo la dirección de un señor Vitu que había sido redactor del Constitutionnel. Este periódico se convirtió en un activo defensor del Paraguay, y dio amplio espacio a los escritos de Expilly. Favoreció igualmente al país, en los años más duros de la guerra, la Revue des Deux Mondes, que gozaba de gran prestigio ante el público europeo e insertó los artículos pro-paraguayos de Elisée Reclus. En el Journal des Economistes y mediante otras publicaciones, también Theodore Mannequin se sumó a la posición paraguaya.

         La legación del Paraguay contrarrestaba de tal suerte los trabajos que hacían las legaciones del Brasil y Argentina. Las tres buscaban, con distintos mecanismos, que no excluían desde luego los incentivos económicos, la inserción frecuente de artículos favorables a sus respectivas causas, así como neutralizar la propaganda de sus adversarios. Para alcanzar esos objetivos, los diplomáticos de los países beligerantes no actuaban con mucha escrupulosidad; pero tampoco eran escrupulosos muchos periodistas y algunas agencias noticiosas. Se sabe que por gestiones brasileñas algunos periódicos llegaron a modificar su posición con respecto al Paraguay. Tal cosa ocurrió con la Revue des Deux Mondes casi al final de la guerra. "Los diplomáticos brasileños -explicó en un artículo reciente Celeste Zenha- , valiéndose del prestigio del general Dumas, consiguieron que Xavier Raymond, conocido articulista de la Deux Mondes, redactase y posteriormente hiciese publicar en la referida revista un artículo titulado ‘Dom Solano López et la Guerre du Paraguay. Derniers combat du dictateur et sa fuite d'aprés des documents nouveaux’ [Solano López y la Guerra del Paraguay. Los últimos combates del dictador y su huida a la luz de los documentos nuevos]".

         Si la tarea de difundir por la prensa las informaciones que interesaban al Paraguay recayó sobre Benites, la de informar a los gobiernos europeos era responsabilidad ineludible de Cándido Bareiro. El encargado de negocios dirigió notas y circulares explicativas, y mantuvo varias conferencias en los Ministerios de Relaciones Exteriores de Francia y Gran Bretaña. Sus esfuerzos no resultaban del todo satisfactorios para el secretario de la legación, que se quejaba en su diario personal, en diciembre de 1865, del tiempo que Bareiro dejaba pasar sin acercarse a las autoridades de los países ante los que estaba acreditado.

         "Cuando yo le hacía alguna manifestación en ese sentido - anotaba-, no me hacía el menor caso, y si alguna vez atendía a lo que le decía, me contestaba que nada tenía que decir al ministro, que su visita no tendría objeto, etcétera, etcétera. Sin embargo, no faltaban objetos que podían perfectamente motivar sus visitas al Ministerio, pues muchas mentiras o calumnias se publicaban en la prensa europea contra el pueblo paraguayo y su gobierno". Posiblemente, era una cuestión de medida.

         Bareiro arregló, en 1866, "el servicio de la prensa inglesa", y consta en las cuentas de la legación, que hasta fines de 1867 se habían gastado unos trece mil francos para el pago de agentes que hicieron publicaciones en apoyo del Paraguay en el Morning Post, Morning Advertiser, Globe, Sun, Observer y el Daily News, entre otros.

         Para estos trabajos, la representación paraguaya en Europa contó con un mentor y coadyuvante de excepción, como fue Juan Bautista Alberdi, el reconocido pensador

y jurista argentino, que, desvinculado del servicio diplomático de su país en 1862, permanecía en Francia consagrado por completo al estudio. Alberdi se adhirió a la causa paraguaya con fuerza y convicción. Anotó al respecto Gregorio Benites: "En la conciencia luminosa de aquel gran patriota argentino, combatir a la Triple Alianza, en defensa de la causa del Paraguay, víctima de aquella coalición armada, era defender los verdaderos intereses nacionales de la República Argentina. Frecuentemente departíamos sobre este particular, es decir, sobre el móvil y los fines de su noble actitud. ‘Personalmenté no ambiciono nada -me decía- en recompensa de mí alianza con el Paraguay. Lo que deseo, como argentino, es que si llega a triunfar el Paraguay, ayude con su influencia amistosa la organización de los poderes de la República Argentina, con un gobierno verdaderamente nacional, en que todas las provincias de la Confederación gocen del mismo derecho y de los mismos beneficios que les absorbe la de Buenos Aires’".

         Los escritos de Alberdi con relación a Las disensiones de las Repúblicas del Plata y las maquinaciones del Brasil (1865), Los intereses argentinos en la guerra del Paraguay con el Brasil (1865), La crisis de 1866, o los efectos de la guerra de los aliados en el orden económico y político de las Repúblicas del Plata (1866) y, en especial, el demoledor estudio que preparó sobre los verdaderos alcances del Tratado de la Triple Alianza (1866), sacudieron las posiciones sustentadas por los países aliados contra el Paraguay. La legación a cargo de Bareiro se encargó de editar y distribuir esos trabajos, y otros que se publicaron con posterioridad, en Europa y América. Aunque sus relaciones con el encargado de negocios fueron correctas y cordiales mientras duraron, Alberdi se vinculó más estrechamente con Gregorio Benites, con quien mantuvo una larga amistad, iniciada ya en 1861 o 1862. En verdad, la influencia de Alberdi fue trascendental en la vida de Benites, quien se ufanaría de haberlo conocido, de haber cultivado su amistad, "de haberle admirado y querido de cerca", y de haber sido "apreciado y querido por él".

         Por lo demás, la legación financió en 1866 la edición del libro Le Brésil, Buenos Ayres, Montevideo et le Paraguay devant la civilisation [El Brasil, Buenos Aires, Montevideo y el Paraguay ante la civilización], de Charles Expilly, y también, parcialmente, del libro de Benjamín Poucel titulado Le Paraguay Moderne et l'interét général du commerce, fondé sur les lois de la géographie et sur les enseignements de l'historie, de la statistique et d'une saine economie politique [El Paraguay Moderno y el interés general del comercio, fundado en las leyes de la geografía y en las enseñanzas de la historia, de la estadística y de una sana economía política] (1867).

 

         ENCARGADO DE NEGOCIOS

 

         En diciembre de 1867, se recibió en París la orden de que Cándido Bareiro regresase al Paraguay y Gregorio Benites permaneciera al frente de la legación, como encargado de negocios interino. Bareiro entregó las oficinas y el archivo, pero no volvió al país, sino hasta después de la ocupación de Asunción por los aliados. Su actitud, dio lugar a censuras, no sólo de Benites, sino incluso de Juan Bautista Alberdi, quien escribió sobre el particular al chileno Francisco J. Villanueva, en enero de 1869: "Para felicidad mía, está en Buenos Aires el paraguayo que aquí representaba a su país cuando yo publiqué los escritos que se suponían inspirados y estipendiados por él. Era uno de los conspiradores contra López desde antes que yo escribiese. Todo se ha revelado. López lo llamó, y en vez de ir al Paraguay, se fue a Buenos Aires. El que era agente oculto de los aliados, ¿podía haberme inspirado escritos contra ellos? Allá está con ellos: puede decirles si yo he cedido a motivos sórdidos en mis escritos. Es el más insigne farsante que he conocido en mi vida, y estúpido además, porque estando en la más brillante posición, se constituyó enemigo de quien se la daba. Si en conciencia estaba contra López, ¿por qué no renunciaba su servicio, sus honores, su confianza, y asumía francamente su rol de opositor?".

         Benites, por su parte, expresó al mariscal López, en junio de 1868, con respecto a Bareiro: "No hay duda de que este joven ha explotado y abusado indignamente de la posición oficial que ha tenido el honor de ocupar durante cuatro años, para hacer a Vuestra Excelencia una oposición oculta y desleal. Este pobre muchacho tiene la ridícula pretensión de presentarse como un gran liberal de la escuela inglesa. ¡He ahí por donde se le antoja! Nada que no esté ajustado a la doctrina y a los principios liberales que rigen a la Gran Bretaña, merece su aprobación".

         En cuanto a la nueva misión que debía cumplir, las instrucciones expedidas por el presidente López para Benites, en octubre de 1867, le prescribían que conservase con honra la representación nacional, "por modesta que sea, pues no [estaba] su honor en el lujo ni vana ostentación, sino en trabajar continuo y con perseverancia en los momentos que la Patria [atravesaba]". Le recomendó que no cayese "bajo la dirección de personas extrañas", en posible alusión a Alberdi, destacando que no había cuestión alguna que debiese discutir en esos momentos con los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, y que, en caso de que alguna surgiese, consultara con los agentes diplomáticos más recomendables e imparciales sobre la forma de plantearlas. Expresaba a este respecto cuanto sigue: "Mantengo la Legación porque hay conveniencia en que ella aparezca en el Viejo Mundo en la época de prueba para nuestra Patria, y no para que suscite por inexperiencia y falta de tacto dificultades al Gobierno, pero tampoco debe sufrir el vejamen de sus derechos, que siempre deben dejarse a salvo". Gerónimo Pérez fue designado, al mismo tiempo, como secretario de la legación.

         Conociendo el temperamento de Benites, Juan Bautista Alberdi le escribió, en los momentos en que asumía las funciones de encargado de negocios, lo siguiente: "Al pensar en su nueva función y en la zozobra que sus nuevos deberes pueden producirle, me viene al pensamiento el consejo de Talleyrand a un joven diplomático, a quien por principal encargo en el desempeño de su misión, le recomendó no tener demasiado afán: pas de zéle, y con razón, porque el celo excesivo es el mejor enemigo del acierto. Así, ármese de calma, que es medio de andar aprisa".

         Emprendió Gregorio Benites, ya como encargado de negocios -y sin perjuicio de los trabajos de propaganda, que siguieron siempre activos-, diversas gestiones diplomáticas, en momentos en que el cerco contra el Paraguay se cerraba completamente, con la ocupación de gran parte de su territorio por el ejército enemigo, y que el final de la guerra parecía más próximo. En esas gestiones evidenció un exceso de iniciativa propia, justificable por la imposibilidad de mantener una comunicación regular con su gobierno y por el vehemente anhelo, que sin duda sentía, de evitar de algún modo la destrucción completa de su patria.

         En el mismo mes de diciembre de 1867, Benites fue recibido en su nuevo carácter por el Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, y en febrero de 1868, se acreditó oficialmente ante el gobierno británico. El Secretario de Estado de Relaciones Exteriores de la reina Victoria, lord Stanley, y el Subsecretario Hammond, le formularon reclamaciones en esa oportunidad por la retención arbitraria de compatriotas suyos que deseaban salir del Paraguay. El encargado de negocios no tenía mayores informaciones sobre el particular, pero aseguró que probablemente se trataba de personas que tenían contratos vigentes con el Estado Paraguayo. La explicación no satisfizo, y en marzo siguiente, con motivo de la publicación y envío al Parlamento de la correspondencia referente a la misión del secretario Gould al Paraguay, la prensa de Londres reclamó medidas más enérgicas. Ante esto, Benites se dirigió a lord Stanley y, al tiempo de significarle que la salida de los técnicos británicos debilitaría la capacidad militar paraguaya, instó a Gran Bretaña a influir sobre los aliados para obligarles a poner término a la guerra. El Secretario de Estado le contestó que su país estaba dispuesto a intermediar en favor de la paz, siempre que las partes beligerantes estuviesen de acuerdo y que fuese posible hacer proposiciones aceptables para ambas. Como el representante del Paraguay carecía de instrucciones concretas de su gobierno para el efecto, la gestión no pudo prosperar.

         En cambio, el encargado de negocios pudo contener el enrolamiento de europeos de diversas nacionalidades que hacían agentes del Brasil y Argentina en los puertos de Marsella y Burdeos, para engrosar las fuerzas militares de la Triple Alianza. Ante sus reclamos, el gobierno de Francia dio instrucciones para evitar que el enrolamiento continuase y, a mediados de 1868, Benites aseguraba que ya no se tenía noticias de que se produjeran enganches para los aliados en los puertos marítimos de Francia.

         Sin recursos suficientes, e interrumpidas las remesas que la legación recibía regularmente de la casa Blyth - la antigua agencia financiera del Paraguay en Europa-, Gregorio Benites se vio en la necesidad de vender los lujosos muebles y carruajes de la legación, y a trasladarla de la casa que ocupaba en Campos Elíseos  97 a la de Boulevard Malesherbes número 11.

         Además, desde 1868 la incomunicación con el gobierno paraguayo fue casi completa. Una valija diplomática que envió a mediados de ese año con un joven paraguayo que había decidido regresar al país por la vía del Pacífico y de Bolivia, cayó en poder de las autoridades argentinas, y su contenido se utilizó para acusar a Juan Bautista Alberdi como traidor a su país, ya que en uno de los oficios interceptados, Benites manifestaba al mariscal López lo siguiente: "Me es grato informar a Vuestra Excelencia que mis relaciones con el doctor Alberdi son siempre las más cordiales, y su importante cooperación me es de primera importancia. No temo de equivocarme en asegurar a Vuestra Excelencia que el Paraguay y Vuestra Excelencia no tienen en Europa un amigo tan sincero, leal y muy importante como el doctor Alberdi. Este caballero se ha lanzado en la defensa del Paraguay con el más completo desinterés material, y con una ilustración que, desgraciadamente, ninguno de los agentes de Vuestra Excelencia que tenemos la honra de servir a nuestra Patria en Europa en estos momentos solemnes no poseemos en un grado tan elevado". Alberdi era, en realidad el principal consejero del encargado de negocios paraguayo, que no ocultaba la admiración y simpatía que sentía por él y la coincidencia con sus ideas y planteamientos.

         Cuando ya se estaban agotando los recursos de la legación, en las primeras semanas de 1869, el gobierno de Francia entregó al encargado de negocios Benites cuatro cajones con metálico blanco, "la mayor parte de cuño Carlos IV", que el gobierno paraguayo le había hecho llegar por intermedio de los agentes franceses en el Río de la Plata. Para no violar las leyes de la neutralidad, el Ministerio de Asuntos Exteriores puso en conocimiento fiel hecho a los representantes diplomáticos de los países aliados y procedió luego a entregar la encomienda, aclarando que lo hacía en consideración de la persona del encargado de negocios y del aislamiento en que se encontraba de su comitente.

 

         GESTIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS

 

         Todavía en 1869, Benites pensaba que era posible poner término por medios diplomáticos a la guerra que estaba destruyendo al Paraguay. Tras las infructuosas gestiones ante el gobierno británico, consideró que se podría tentar una mediación conjunta de los Estados Unidos de América con Francia o, incluso, con la misma Gran Bretaña. A tal fin, aprovechando la remesa de dinero que había recibido, cruzó el Atlántico y llegó a Nueva York en abril de 1869, en compañía del secretario Gerónimo Pérez y con una carta de presentación del representante estadounidense en París. Siguió luego en tren hasta Washington, donde consiguió entrevistarse con el presidente Ulises S. Grant.

         En la oportunidad, le pidió que conservara la legación de su país en el Paraguay, le explicó los intereses que estaban en juego en la Guerra contra la Triple Alianza y le consultó si el gobierno de Estados Unidos estaba dispuesto a renovar su oferta de mediación amistosa, para ejercitarla conjuntamente con alguna de las potencias marítimas de Europa, "con el noble fin de poner término a una lucha que, a medida que se prolongaba, asumía un carácter de horrible carnicería humana". Entre varios argumentos, destacó que en la conflagración del Plata "el principio republicano se encontraba agredido por la influencia preponderante de la monarquía brasilera" y que la doctrina Monroe estaba comprometida ante la pretendida reconstitución del Imperio del Brasil, que podría quedar "bajo el cetro de un príncipe europeo", en directa alusión al conde d'Eu, esposo de la hija mayor del emperador Pedro II. No dejó de señalar el peligro que representaría la preponderancia brasileña en la Cuenca del Plata para los intereses estadounidenses.

         El general Grant le pidió que transmitiera al mariscal López "la seguridad de que el gobierno de los Estados Unidos no variaría su política de amistad y de simpatía por el Paraguay". En cuanto a la intermediación entre los beligerantes, recordó que el gobierno estadounidense ya había ofrecido en dos ocasiones sus buenos oficios y que los países aliados no los habían admitido, pero que estaba dispuesto a repetir la oferta, sea con Gran Bretaña o con Francia, "siempre que el gobierno de estos países lo quisiera, pues no quería exponerse a un tercer rechazo".

         Se reunió igualmente con el Secretario de Estado Hamilton Fish, el Ministro de Marina, "el célebre senador Sumner", el presidente del Comité de Negocios Extranjeros de la Cámara de Diputados, el presidente de la Suprema Corte de Justicia "y otras entidades influyentes en la política exterior de aquel gran país". Visitó, además, las redacciones de los diarios The Chronicle, The Republic y The Tribune. "Mi anhelo ardiente -confesaría en los Anales- era salvar, si aún fuere posible, el resto de la población paraguaya con sus intereses, que aún subsistían entonces". Era necesario, en sus palabras, "cortar la guerra, que cada vez más asumía un carácter salvaje, de exterminio del pueblo paraguayo, por parte de los invasores".

         El Secretario de Estado, según Benites, le ratificó lo que le había manifestado el presidente Grant en cuanto a la disposición de interponer los buenos oficios de su país con Francia o Gran Bretaña, aunque dudaba que esto pudiera concretarse por "la situación desesperante" en que se encontraba el gobierno del presidente López.

         Antes de regresar a Europa a principios de mayo, Gregorio Benites y el secretario Pérez permanecieron por cuatro días en Nueva York, cuyo movimiento comercial no les pareció inferior al de Londres. En "la hermosura de sus edificios y el gran lujo de la población", tampoco encontraron grandes diferencias con París, "la reina de las capitales del mundo culto". Allí, el encargado de negocios mantuvo entrevistas con los directores de los periódicos Tribune y New York Herald.

         Tras su retorno a Francia, Benites solicitó, en junio cíe 1869, una audiencia con el emperador Napoleón III, quien le recibió en el Palacio de Saint Cloud, residencia de verano de la Corte. El monarca francés preguntó al diplomático paraguayo cómo iba la guerra, cuál era la situación del mariscal López y si le quedaban recursos para continuar resistiendo. Benites aprovechó la ocasión para exponer "la situación real y las peripecias de la guerra", las miras con que la proseguían el Imperio del Brasil y sus aliados, y el riesgo que representaría "el triunfo definitivo de las armas aliadas, con la destrucción del Paraguay, que luchaba con desesperación por conservar su independencia e integridad, a la vez que la libertad de la navegación de sus ríos, de que dependía su existencia política, como nación soberana". Le pidió, en fin, que Francia interpusiera sus buenos oficios para dar término a la conflagración, asegurándole que el gobierno de los Estados Unidos de América estaba dispuesto a sumarse a tal esfuerzo, mediante una acción combinada.

         Napoleón III respondió que daría instrucciones al representante francés en Washington para que se pusiera de acuerdo con el gobierno estadounidense a los efectos de "concertar una acción diplomática tendente a poner término a la guerra del Paraguay". Le dijo "que el Mariscal López, en su lucha contra un enemigo personal de su familia [el conde d'Eu, de la familia de Orleans] tenía toda su adhesión"; y después de más de una hora de conversación, hizo al diplomático paraguayo el siguiente encargo: "Si usted escribe a López dígale, a mi nombre, que no sólo simpatizo con la causa que defiende, sino que hago votos por su triunfo".

         La gestión emprendida por el encargado de negocios Benites se llevó a cabo cuando no quedaba mucho por hacer. Él mismo lo explicaría así: "Desgraciadamente mis esfuerzos en pro de la salvación del resto de la población del Paraguay se ejercitaron ya demasiado tarde, no había que hacerse ilusión. Las noticias que llegaban del teatro de la guerra por los vapores, eran cada vez más desesperantes, para la causa del Paraguay; sobre todo, por lo que el mismo Napoleón me había prevenido, de que las ‘gestiones de mediación colectiva se ejercerían infaliblemente, siempre que la lucha se sostuviera por parte del Paraguay’. Fatalmente, era demasiado tarde, lo repito. El pueblo paraguayo había llegado al último extremo del exterminio, y el presidente López, no pudiendo ya sostener con éxito la lucha armada, habiéndose aniquilado sus fuerzas en los Últimos combates de Ibitimí, Piribebuy y Rubio Nú, se dirigía hacia los desiertos, a fin de hacer de las impenetrables selvas de la República sus medios de defensa".

 

         FINAL DE LA GUERRA Y DE LA REPRESENTACIÓN

 

         En ese año 1869, la legación paraguaya impulsó en Francia la edición de dos libros muy valiosos para la causa del país, como fueron El Imperio del Brasil ante la Democracia de América, compilación de los escritos de Juan Bautista Alberdi sobre la Guerra contra la Triple Alianza, y La politique du Paraguay; identité de cette politique avec elle de la France et de la Grande Bretagne, dans le Río de la Plata [La política del Paraguay; identidad de esa política con la de Francia y Gran Bretaña en el Río de la Plata], de Claude de La Poëpe, que era el seudónimo utilizado por Charles Expilly.

         Para entonces, las informaciones que llegaban del Plata, reflejaban casi en forma exclusiva las visiones de los países aliados. En agosto de 1869, Benites recibió noticias y correspondencias del Paraguay a través del general Martin MacMahon, quien hasta poco tiempo antes había representado allí a los Estados Unidos de América. Él le comentó extensamente la situación en que se encontraba el país. En una de las cartas que trajo, fechada el 30 de junio anterior, el presidente López expresaba a Benites que sólo le había llegado el oficio en que informó que había asumido sus nuevas funciones, y le deseaba que siguiese "soportando la incomunicación con patriótica conformidad". Le anunció, además, que había dispuesto que su hijo Emiliano López fuese a los Estados Unidos "a buscar en clase de estudiante la oficina de un abogado", bajo la orientación del general MacMahon. El joven López, que entonces tendría unos veinte años, salió de París en diciembre de 1869, y desarrolló en Washington y Nueva York, durante los primeros meses de 1870, una activa defensa del Paraguay, tanto por la prensa, como mediante el contacto con personalidades estadounidenses relevantes.

         El 13 de abril de 1870 se conoció en Francia la noticia de la muerte del mariscal López en Cerro Corá. Cuando los representantes de Chile y Colombia expresaron con tal motivo sus simpatías por la resistencia del Paraguay, Gregorio Benites les respondió que "el jefe de la nación paraguaya había sucumbido, pero que la causa de la República que ha defendido quedaba en pie firme, siendo imperecedera".

         Pensaba en esos momentos que el mayor desafío para el Paraguay sería el de poner fin a la ocupación militar y a la influencia extranjera en los asuntos internos del país. Escribió en tal sentido a Emiliano López, el 12 de mayo de 1870, indicándole: "Es necesario que todos los buenos paraguayos organicen un gran partido liberal paraguayo para poder resistir a la influencia humillante del extranjero, y trabajar por la pronta reconstitución y felicidad de la patria común. Los ciudadanos que han tenido la suerte de hacer su instrucción y adquirir conocimientos útiles en los países cultos de Europa, deben dedicarse al servicio y al bien general de la sociedad a que pertenecen. Todos tienen el deber de combinar sus elementos intelectual y material con ese noble y patriótico fin".

         Tras el fallecimiento del Jefe de Estado que lo había designado, Benites consideró concluidas sus funciones como encargado de negocios del Paraguay en Francia y Gran Bretaña. Solicitó, empero, al nuevo gobierno alguna indicación sobre lo que debía hacer, pues pensaba que no podía abandonar la legación sin una orden expresa. Las directivas nunca llegaron y, tras varios meses de espera, tomó la decisión de regresar. Entre tanto, se produjo la caída del emperador Napoleón III, a consecuencia de la derrota del ejército francés en Sedán, por fuerzas militares prusianas. Ante el asedio de París, Gregorio Benites debió abandonar la ciudad, al igual que el cuerpo diplomático residente allí, en setiembre de 1870. Pasó una temporada en la isla de Jersey, en el canal de la Mancha, y luego en la de Guernsey, donde Víctor Hugo había escrito varias de sus obras notables. A principios de octubre de 1871, partió del puerto de Southampton con destino a América y llegó a Asunción en los últimos días de noviembre, después de once años de ausencia.

 

 

IV. PRISIÓN Y EXILIO

 

EN LA POLICÍA DE ASUNCIÓN

 

         Más de un mes después de la presentación de sus informes y rendiciones de cuentas, el 8 de mayo de 1874, Gregorio Benites fue detenido por orden del jefe Político de la Capital, Emilio Gill, en la casa de campo de su cuñado, que se encontraba en las afueras de Asunción. Trasladado a la sede de la Policía, el jefe político le ordenó guardar arresto domiciliario, sin expresarle el motivo de la detención. Su casa fue rodeada por fuerzas policiales que impedían el ingreso "no sólo a las personas de fuera, sino también a sus dueños y sirvientes". Benites decidió, por consiguiente, el 10 de mayo, buscar refugio en el cuartel general brasileño y pidió permanecer allí hasta que pudiera salir del país. El comandante de las fuerzas imperiales, general Guimaráes, tras consultar con el representante diplomático del Brasil, le hizo decir que no se alarmara, pues el Ministro de Hacienda sólo deseaba pedirle algunas explicaciones sobre las cuentas que había presentado, y le instó a que volviese tranquilamente a su casa.

         Ante esto, Benites fue a ver al vicepresidente Jovellanos y le pidió que se le recibiera para dar las explicaciones y esclarecimientos requeridos. El jefe de Estado le manifestó que él nada tenía que objetar, porque estaba al tanto de todo lo que se había hecho, pero que trasladaría el pedido al Consejo de Ministros. Luego, el ministro Gill le dio la orden de que fuese a la Policía a esperar el resultado del examen de sus cuentas. El 11 de mayo, Gill le transmitió personalmente los cargos que el Congreso formulaba en su contra, indicándole que se le acusaba de haber transado el pleito con los señores Fleming, pagado de manera inconsulta las deudas contraídas en Europa por los gobiernos anteriores, hecho gastos onerosos en el desempeño de su misión diplomática y comprado un hermoso palacio en Río de Janeiro al pasar por esa ciudad.

         Gregorio Benites atribuyó estas últimas imputaciones a la inspiración directa de la diplomacia brasileña. "Después que salí de mi cautiverio -anotaría en 1876-, se me

ha informado por conducto competente, que el señor Gondim, Ministro del Brasil en la Asunción, había afirmado, con la autoridad de su palabra oficial, al Gobierno del Paraguay: - que ningún agente diplomático sudamericano tenía un sueldo tan elevado como el que yo había recibido de mi país; - que ningún agente presentaba cuentas tan subidas como las mías; - y que en cuanto a la compra de un Palacio en Río de Janeiro, él lo sabía bien y le constaba de una manera positiva! [...] Una de dos cosas: o el señor Gondim ha abusado de la inexperiencia e ignorancia [de los gobernantes paraguayos] en materia de servicio público en el exterior, o ha tenido muy poco respeto a la verdad, pues los tres cargos diplomáticos que ha sugerido contra mí, son tan falsos como insólitos. Si el Ministro Gondim ignora los sueldos que reciben de sus gobiernos respectivos, los agentes diplomáticos de segunda clase de las Repúblicas Oriental, Argentina, de Chile, del Perú, de Méjico, del Ecuador, de Venezuela, etcétera, etcétera, a lo menos debe conocer los sueldos que él mismo percibe del gobierno imperial, así como sus colegas en los países de Europa y América. En cuanto a la seguridad que dio de que yo había comprado un Palacio en la capital de su país, sale de los límites ordinarios de la falsedad y ridiculez imaginables".

         Justamente en ese día 11 de mayo, el nuevo Ministro de Relaciones Exteriores, Higinio Uriarte, fue interpelado en la Cámara de Diputados acerca de las cuentas de la misión de Benites. Se le consultó si el gobierno había autorizado la cancelación de las deudas reclamadas en Europa, y el ministro respondió falsamente que no hubo autorización más que para un pago concreto. Declaró también que el plenipotenciario había dispuesto por sí mismo la contratación de técnicos europeos, el sueldo del cónsul general en Londres y su propia remuneración de 120 libras mensuales.

         La Cámara de Diputados votó el 18 de mayo siguiente un proyecto de decreto legislativo, que el Senado sancionó al otro día, por el cual se desaprobó en absoluto "el proceder del señor Gregorio Benites como ministro plenipotenciario de la República en Europa, respecto a sus operaciones financieras, por ilegal y fraudulento". Poco antes, el Poder Ejecutivo designó una comisión, subordinada al Ministro de Hacienda, "para examinar la memoria y demás documentos [relacionados] con la misión del ciudadano Gregorio Benites en Europa". La comisión, de la que formó parte Sinforiano Alcorta, se expidió prontamente, y se formularon entonces diversas acusaciones contra el ex plenipotenciario, como por ejemplo, que se complicó con Terrero y los contratistas del segundo empréstito para sustraer al Paraguay el producto del mismo; que canceló arbitrariamente las cuentas del tiempo de López; que se asignó un sueldo exorbitante; o que pretendía usar el dinero mal habido para preparar su propia candidatura a la Presidencia de la República. En julio, se resolvió enviar una misión a Londres bajo la jefatura del ministro Uriarte, con el propósito declarado de investigar las actuaciones de Benites y disponer las acciones consiguientes. Nada pudo obtener esta misión que sirviese para comprobar las acusaciones formuladas contra el ex ministro.

         Gregorio Benites permaneció detenido por varios meses y se le sometió a interrogatorios, en los que no faltaron insultos, amenazas y torturas, para que revelase dónde guardaba el dinero presuntamente robado. Se saqueó su domicilio y se le despojó de sus papeles privados, su biblioteca de cerca de mil volúmenes, muebles, cajones de bebidas y baúles con ropas. Una parte de esos bienes fue rematada, "y la otra parte repartida entre Gill y los suyos". El pillaje se extendió a las pertenencias de su hermano político, Eduardo Aramburú, quien también fue apresado. Benites firmó en esas condiciones la falsa confesión de que tenía grandes sumas de dinero en depósitos bancarios y créditos por cobrar. Suscribió también poderes a favor del ministro Uriarte y del uruguayo Juan Antonio Magariños Fortuna, con los cuales cobraron las tres mil libras que tenía depositadas en Londres y quince mil pesos que dejó en Montevideo. Las actuaciones fueron dirigidas por el propio ministro Gill y contaron, en opinión de Benites, con el respaldo del representante diplomático brasileño y del comandante de las fuerzas imperiales de ocupación, general Guimaráes.

         Quedan dudas sobre los verdaderos motivos de la prisión y el posterior enjuiciamiento de Gregorio Benites. Quizá se debió al temor de que se postulase como candidato a la Presidencia de la República, en oposición a Juan B. Gill, en las elecciones de ese año. El propio Benites indicaría que sus "conexiones y amistades" con los jefes militares predominantes inquietaron a Gill "y a sus amos". Jovellanos, en una carta escrita en Buenos Aires en febrero de 1876, la atribuyó sencillamente a una venganza personal del ministro Gill, porque Benites puso "valla a su bastarda e ilimitada codicia"; y Alberdi, desde Europa, no descartó que los brasileños hubiesen promovido tales actos por haber sido Benites un "antiguo opositor de la Triple Alianza". De todas maneras, y aunque en su correspondencia con Juan Bautista Alberdi, el ex plenipotenciario extendió la responsabilidad de lo que le había ocurrido al propio gobierno imperial, parecería que si el ministro brasileño Antonio de Araujo Gondim intervino en los hechos reseñados, como muy posiblemente lo hizo, fue por iniciativa propia.

         Benites acusó a Gill de haber sido el responsable de su prisión y tormentos, "secundado activamente por los agentes brasileños", y con la colaboración de "sus viles instrumentos" Sinforiano Alcorta, Higinio Uriarte y el Oficial Primero de Policía Cayetano Román. Explicó las intrigas de Gill y Uriarte en su contra por el "hecho de haber descubierto y revelado en Londres las especulaciones hechas con los empréstitos del Paraguay por los agentes del primero". Pero la correspondencia enviada por Uriarte a Gill en esos tiempos, sintetizada por Harris G. Warren en su libro sobre El Paraguay y la Triple Alianza, hace pensar que ambos estaban convencidos de que Benites se había quedado con sumas importantes de dinero, lo que, a su vez, permite suponer que fueron inducidos al error por Alcorta, Terrero o por su propia desconfianza.

         Los contemporáneos no dejaron de aludir a los pretendidos entendimientos del ministro Benites con el gobierno del Brasil, con miras a la elección presidencial de 1874. El coronel Juan Crisóstomo Centurión, quien recogió informaciones sobre los sucesos de la inmediata posguerra de quienes los habían presenciado o protagonizado, consignó: "Gill llegó a saber que Benites hacía trabajos con los hombres del Brasil para presentarse como candidato a la Presidencia de la República. Esto le bastó para poner en juego toda su influencia para desacreditar a su rival; le acusó de robos y fraudes en la negociación del [segundo empréstito], haciendo correr la voz de que se lo haría responsable por tan criminal abuso. Benites, a pesar de los consejos de sus amigos, no quiso detenerse ante sus amenazas, y deseoso de vindicar su conducta, se presentó en la Asunción, [y] rindió cuentas detalladas de todo, las cuales fueron aprobadas. Pero Gill, que no lo podía ver ni pintado a Benites, no bien subió al poder que mandó examinar de nuevo por una comisión las mencionadas cuentas, las que esta vez ya no se encontraban exactas, y en su consecuencia, no sólo hizo desaprobar por el Congreso el proceder de aquél respecto a sus operaciones financieras como ilegales y fraudulentas, sino que le mandó [encausar], arrancando de él, por medio de sus sicarios, documentos, para apoderarse, como se apoderó, del dinero que tenía el reo en los Bancos, valiéndose al efecto de las más violentas y bárbaras torturas".

         Fuera del error de considerar que las medidas se adoptaron después de que Gill asumiera el mando, lo que se puede explicar por el hecho de que Centurión no vivía en el Paraguay en esos años y debió valerse de los dichos de terceros, los demás datos concuerdan con lo señalado por Benites y otros contemporáneos.

         Uno de estos, el médico argentino Miguel Gallegos, registró informaciones coincidentes, aun sin demostrar simpatías especiales por Gregorio Benites, a quien consideraba como un "personaje ambicioso, lleno de humos", que "era la encarnación genuina de López y también pretendía el poder apoyado por los brasileros". Apuntó que la detención de Benites dio lugar a que la gente de Asunción se alborotara de tal manera "que no se hablaba entonces de otra cosa", y añadió: "Lo que pasaba en la prisión era atroz, y todos los días se repetía en las calles y plazas la historia del suplicio del día anterior. En la policía estaba de oficial primero un bandido de apellido Román, que era conocido con el apodo de Torquemada. Este individuo entraba en el calabozo de Benites en los momentos que estaba dormido y lo despertaba de un grito levantando un puñal y diciéndole que lo iba a clavar si no declaraba dónde tenía guardado el codiciado dinero. [...] Los tiempos pasaron en medio de las más espantosas atrocidades. En muchas ocasiones se dijo que Benites había muerto y nadie puso en duda la especie, conociendo como se conocía la gente que lo guardiaba. No fue así, sin embargo, para mayor desgracia de Gill. [Benites y Aramburú] Resistieron de una manera extraordinaria. Benites era un esqueleto que ya no se movía ni con la ayuda de otra persona, Aramburu se decía que estaba loco".

 

CONFINAMIENTO EN VILLARRICA

 

         Tras casi quince meses en prisión, a fines de julio de 1875 y siendo ya presidente Gill, Gregorio Benites y Eduardo Aramburu fueron liberados. El juez del crimen que entendió en la causa abierta contra ellos, condenó a Benites, el 29 de ese mes, a la pena de cuatro años de reclusión en el pueblo de Villarrica, "bajo la vigilancia necesaria de la autoridad". Aramburú fue sobreseído, pero se dispuso que debía "guardar la ciudad por vía de arresto" durante diez meses, a los efectos de comparecer ante la justicia, en caso necesario. El mismo día, el Poder Ejecutivo conmutó la pena del primero de cuatro a dos años y redujo a cinco meses el plazo fijado con relación al segundo.

         El jefe de la Policía les comunicó que el presidente había dispuesto dejarlos en libertad, y les advirtió que no debían hablar de lo ocurrido, ni celebrar "reuniones en sus casas". A Benites, cuyo estado era lamentable -según Miguel Gallegos- se le ordenó salir inmediatamente hacia Villarrica.

         Allí permaneció por algunos meses, hasta que en diciembre del mismo año se produjo el levantamiento del general Germán Serrano contra el gobierno de Gill. Con muy pocos hombres y la seguridad de que se le sumarían las tropas gubernistas enviadas para reprimir la rebelión, Serrano se presentó en la villa y pidió a Gregorio Benites que le acompañara, asegurándole que contaba con el respaldo de los agentes del Brasil. Benites anotó que, cuando Serrano le dijo esto, él sintió la impresión "que se puede recibir de la lectura de una sentencia capital". Con la experiencia que había adquirido "por medios tristes", pensó que el jefe rebelde había sido embaucado y tomó la decisión de huir. Las fuerzas gubernamentales sofocaron la rebelión y Serrano terminó muerto.

         Benites llegó a Buenos Aires en enero de 1876. Resolvió luego ir a residir en Montevideo, donde había dejado parte de sus ahorros en 1874. Encontró dificultades para la devolución del dinero y debió demandarla por vía judicial. Varios meses después recibió como pago "mercaderías en fierro", que vendió con grandes pérdidas. Antes, había recuperado una suma que tenía depositada en París, y que le permitió sobrevivir por un tiempo.

         Como no todo podía ser malo, en abril de 1876 nació su hijo Américo, quien fue bautizado al año siguiente en la Catedral de Montevideo. Los padrinos del niño fueron Eduardo Aramburú, su cuñado y compañero de infortunio, y la señora Amalia Dentella de Aramburú. Al enterarse de la noticia, Juan Bautista Alberdi le escribió desde París: "Esos niños nacidos en días tan difíciles, serán un día la corona y la fortuna de ustedes. Esperando ese día, serán su consuelo, su aliento y su estímulo más poderoso para tenerse firmes en la gran batalla de la vida".

 

EXPLICACIONES PARA LA OPINIÓN PÚBLICA

 

         Durante 1876, el ex plenipotenciario se empeñó en vindicar su nombre. En Montevideo editó un Manifiesto dirigido al pueblo paraguayo y a sus amigos en el

exterior, en el que enumeró las acusaciones que se hicieron en su contra y exigió al presidente Gill que publicara los documentos que demostraban la corrección de sus actos. Describió, además, los padecimientos que le infirieron mientras estuvo en prisión, los que se cuidaría de mencionar nuevamente, por recomendación de Juan Bautista Alberdi, quien en mayo de 1876 le señaló: "Usted tiene que defenderse de dos ataques, y que hacer dos reivindicaciones: una de su honor, prestigio y consideración social, de que gozaba antes de su persecución, y otra de sus bienes y dineros. Para esto último es excelente el Manifiesto, para lo otro es contraproducente. Como la anulación no ha de ser procurada por el público, sino por los tribunales, no veo la utilidad de ocupar al público de detalles dolorosos y afligentes. La sociedad es tan egoísta, que a sus ojos el prestigio es inconciliable con la lástima. El señor Carril me ha dicho que no ha dormido el día que ha leído su Manifiesto. Hay impresiones que es mejor no producir. Un ejemplo extremo y remotamente parecido a las impresiones de que le hablo, hará comprensible mi pensamiento. Suponga usted que un Ministro naufraga en las costas de África y cae en manos de negros sodomitas, que cometen en él los más indecentes abusos. ¿Gozará en consideración social el Ministro con repetir o revelar las violencias de que ha sido objeto? No son de igual género las que usted ha recibido de los africanos de la Asunción, pero han sido calculadas por ellos como para desprestigiarlo".

         Luego de la edición del Manifiesto, Benites publicó un escrito que le hizo llegar Juan Bautista Alberdi y que circuló con el título de Los abusos y víctimas del crédito público sudamericano en Londres. En ese folleto, Alberdi sostenía que: "Cuando más se estudian y se conocen los empréstitos paraguayos, en cuanto a los orígenes, agentes, motivos y condiciones, más se descubre que fueron hechos como maniobra de guerra contra el Paraguay; y mejor se comprende entonces por qué han sido levantados por hombres que eran agentes y cooperadores oficiosos del poder que ha destruido al Paraguay con la mira de absorberlo una vez destruido, y por qué se ha perseguido como crimen, no el haber levantado esos empréstitos, sino el haber impedido que completen la obra de ruina para que fueron levantados".

         Poco después apareció el Manifiesto de Eduardo Aramburú, en el que éste historió su prisión y los apremios a los que fue sometido, y, por último, en el mismo año, el folleto de Benites sobre Las imposturas de Juan Bautista Gill y el Informe del Parlamento de Inglaterra en la cuestión Empréstitos del Paraguay, en el que reprodujo, junto con otros documentos, la parte pertinente del informe presentado por el comité parlamentario inglés sobre los empréstitos extranjeros, que reveló las oscuras especulaciones que él había desbaratado en Londres. Ese importante documento había aparecido en el mismo momento en que recuperaba su libertad. Al comunicarle su publicación, Alberdi expuso lo siguiente: "Usted no sabrá tal vez que la defensa de usted ha sido hecha por la Providencia en Londres. El Parlamento nombró un Comité de su seno de dieciséis miembros para examinar los cuatro empréstitos sudamericanos de Honduras, Santo Domingo, Costa Rica y el Paraguay. Ante ese Comité soberano no hubo secreto que valga. Todo fue sabido y vio la luz, hasta lo que usted y yo ignorábamos aunque sospechábamos. La enquête fue publicada oficialmente. Es un grueso libro que yo le mandaré. En él están todas las cartas de Terrero, en que como agente del Paraguay para negociar los empréstitos, autorizó a los Fleming para recomprar los bonos paraguayos emitidos y cotizados, y para retener el dinero, dando esos bonos como no emitidos. Así se explicó aquí. Terrero respondió, cuando le pedía usted dinero: no puedo. En efecto, por esas cartas se había atado las manos. Esas cartas, autorizando la recompra de los bonos son de fechas 1871 y 1872, cuando ni había usted vuelto al Paraguay, la primera vez, antes de entrar al gobierno. De modo que el bestia de Alcorta y el bribón, que lo manejaba desde Londres, estaban golpeando fuera del clavo. En toda la enquête inglesa apenas se nombra a usted con motivo del recibo, que dio del saldo de la cuenta, que le dieron antes de irse de Londres".

         En esos meses, Alberdi le transmitiría, también, consejos y expresiones de aliento. Al enterarse de que seguía vivo, le comentó que en el tiempo en que no tuvo noticias suyas, "cuanto más duro era el cargo que le hacían más alto levantaba [la] voz para protestar contra el embuste criminal y afirmar que sin excluir a López, el Paraguay no tenía un solo hombre más honrado, más patriota y más digno que usted"; y en una carta de fecha 18 de febrero de 1876, le significó: "El Paraguay se dañaba a sí mismo más que a usted teniendo esa conducta, que sólo se explica por el modo de ser de un gobierno que no se gobierna a sí mismo. Así nomás se toma un hombre que acaba de representar a la Nación, cerca de los primeros soberanos del mundo, y se le trata como al último criminal, como para decir a la Europa: ‘ese es el hombre que acredité como lo mejor de este país cerca de vuestra sociedad más elevada’. ¿Qué extraño fuera que en los sucesores de usted, temiesen los gobiernos europeos recibir como Ministros a verdaderos bandidos?". Refiriéndose a comentarios que se hacían en torno a la misión que cumplía Cándido Bareiro en Londres, le expresó en marzo del mismo año: "Lo que puedo asegurarle es que en un siglo no volverá el Paraguay a hacer en Europa la figura que tuvo cuando usted lo representó durante su gran guerra y después de ella".

         Las publicaciones hechas por Benites en su defensa, impresas en el exterior e introducidas al Paraguay en forma restringida, no fueron suficientes para contrarrestar en el interior del país los ataques que desde Asunción le dirigía el periódico oficialista La Reforma, cuyo redactor principal era José Segundo Decoud. Por ejemplo, al comentar la aparición del Manifiesto de Benites, ese periódico señaló: "Hay ciertos criminales que merecerían confinarse a galeras perpetuas por sus grandes dilapidaciones y, sin embargo, todavía tienen la osadía de aparecer en el exterior como víctimas de arbitrariedades. De que Benites ha defraudado escandalosamente al tesoro público, es un hecho que nadie lo pone en duda aquí y en el exterior; lo, que debe admirar es el cinismo que tiene en confesar él mismo su robo". Algunos de los artículos aparecidos en La Reforma fueron reunidos en un folleto titulado La historia de una administración o sea las dilapidaciones de Salvador Jovellanos ex Vicepresidente de la República del Paraguay en ejercicio del Poder Ejecutivo, que se editó por primera vez en 1877 y fue atribuido al mismo Decoud.

         Mientras vivió en Montevideo, Gregorio Benites escribió la primera versión de sus memorias sobre la última misión a Europa, así como apuntes para la historia del Paraguay "de antes y durante la guerra". Esos textos fueron la base de los libros que publicó a principios del siglo XX, y de los que se editaron después de su muerte.

         Allí, en Montevideo, le llegó la noticia del asesinato del presidente Juan B. Gill y de su hermano y Ministro, Emilio Gill, en abril de 1874, que Benites no lamentó y consideró una consecuencia previsible del sistema que ellos mismos habían implantado. La situación suya empero no se modificaría, pues asumió la jefatura del Estado el vicepresidente Higinio Uriarte, a quien Benites describió en una carta a Alberdi, en los siguientes términos: "Es un pobrísimo e infeliz sujeto, que apenas tiene la malignidad instintiva de su finado primo a quien sucede, sin tener la actividad, la astucia y la inteligencia perversa de su predecesor".

         No obstante ello, en el mismo año 1877, Benites accedió a realizar consultas discretas por medio de la diplomacia brasileña sobre la posibilidad de regresar al Paraguay. En respuesta, se le manifestó que el gobierno de Uriarte consideraba conveniente que "permaneciera fuera del país por algún tiempo más".

 

EL EXILIO EN LA ARGENTINA Y LA VUELTA AL PARAGUAY

 

         Preocupado por la influencia que ejercía en el Uruguay el Imperio del Brasil, al que atribuía parte activa en sus padecimientos, Benites tomó la decisión de ir a vivir en Buenos Aires, lo que hizo a principios de febrero de 1878. En la capital argentina, el antiguo diplomático paraguayo buscó sin éxito empleo como periodista o algún puesto público. La limitación de sus recursos le obligó a mudarse al pueblo de San Martín, en la provincia de Buenos Aires, en diciembre de 1878. Unos días antes, en el Paraguay, Uriarte entregó la Presidencia de la República a Cándido Bareiro, para que la ejerciera por el periodo 1878-1882. Benites comentó el hecho a Alberdi, apuntando lo siguiente: "Mañana es el día designado por la Constitución paraguaya para el cambio presidencial, de suerte que desde mañana los destinos del Paraguay estarán a la discreción oficial de don Cándido, como lo han estado ya de un modo efectivo, después de la muerte del salteador Gill, que a estas horas debe encontrarse en el lugar que le marca la Biblia cristiana. Los amigos y agentes de don Cándido esparcen la voz que el nuevo magistrado se propone introducir reformas radicales en la administración del país, y que así el Paraguay desde el 25 del corriente sería del todo distinto a lo que es actualmente. Por mi parte le diré que conociendo las pretensiones y vanidad del hombre, tal vez sus mismos defectos y características le obliguen a proceder en sentido favorable al país".

         En 1879, Gregorio Benites tradujo del francés, con afán lucrativo, un Manual de Derecho Internacional para el uso de los oficiales de los Ejércitos de tierra, y lo editó en Buenos Aires con prefacio de Juan Bautista Alberdi, que apareció como escrito por "un publicista americano". Para su desgracia, el mismo libro, en palabras de Alberdi, "fue traducido y publicado por la imprenta de Mitre primero que por Benites, en daño y concurrencia con el mismo Benites". Escribió además en esos años "un librito destinado a la enseñanza política de [sus] compatriotas", que no llegó a publicarse y que redactó bajo la inspiración de los autores que pusieron "las primeras piedras del edificio democrático, construido y desarrollado por la revolución francesa", entre los que recordó a Rousseau, Montesquieu, Beccaria, Rossi, Guizot, Quinet, Taine, Pelletan, J. B. Say, Bluntschli y, desde luego, Alberdi.    

         También en 1879, acompañó el regreso de Juan Bautista Alberdi a la Argentina, viajando hasta Montevideo para llegar con él a Buenos Aires. Confió en el prestigio de su amigo para conseguir un empleo. Pero Alberdi ni siquiera pedía para sí, y Benites nada obtuvo en casi dos años, fuera de algún que otro trabajo temporal. Por ejemplo, pasó en limpio los borradores del libro de Alberdi titulado La República Argentina consolidada en 1880 con la ciudad de Buenos Aires por capital. Vivió Benites ese tiempo abrumado por la pobreza, convencido de que lo único que podía hacer era "mendigar a [sus] amigos una ocupación personal que [le permitiera] dar el pan a [sus] hijos", antes que recurrir a otro medio de subsistencia "incompatible con [sus] antecedentes". Tal situación apremiante y, tal vez, la interferencia de otras personas, agriaron en cierta medida la relación tan estrecha que había mantenido Benites con Alberdi, quien en 1881 regresó de nuevo a Europa, donde falleció unos años después.

         Antes de eso, en 1880, había muerto el presidente Cándido Bareiro, y le sucedió en la jefatura del Estado el general Bernardino Caballero, de quien Benites no guardaba buen recuerdo por la forma en que se había comportado a su respecto durante el tiempo en que estuvo en prisión. Al enterarse de la elección de Caballero escribió a Alberdi: "Este jefe, así como ha sido un valiente y afortunado teniente del mariscal López, no es competente para dirigir los destinos de un pueblo. Verdad es que usted me dirá: ¿y los Gill y Uriarte han sido competentes? Yo le respondo: menos que Caballero. Pero todos son excelentes elementos de destrucción y anarquía bajo la dirección del Brasil". Queda, de todos modos, en el archivo personal de Benites, el borrador de una carta que habría dirigido al general Caballero, en setiembre de 1880, en la que le instaba a decretar una amnistía en favor de los perseguidos políticos que habían emigrado del país, para "resguardar su persona y sus bienes contra las persecuciones brutales y la codicia insaciable de los gobernantes Gill y Uriarte".

         A principios de 1882, Gregorio Benites fue nombrado secretario de uno de los juzgados de Buenos Aires. El puesto le permitió ir pasando "a penas la vida material", aunque le dio experiencia práctica en la sustanciación de causas civiles y en el manejo de los códigos de fondo y de procedimientos. Tras asumir mayores responsabilidades, escribiría en marzo de 1883 a Juan Bautista Alberdi: "Con los quince meses de práctica que tengo en el despacho, o manejo exclusivo del Juzgado de la Sección 5ª. he llegado a familiarizarme con el derecho civil. Con la nueva organización de los tribunales de la Capital, los juzgados de Paz han llegado a ser verdaderos juzgados de 1ª. Instancia, en razón de que los Jueces legos, por su institución, están obligados, en la sustanciación de los juicios, a ceñirse estrictamente a las prescripciones de los Códigos Civil y de Procedimientos; de suerte que aquí me tiene usted sustanciando causas civiles y formulando sentencias interlocutorias y definitivas con arreglo estricto a derecho, so pena de nulidad".

         Así habrá seguido hasta 1887, año en que regresó finalmente al Paraguay. Gobernaba el país el general Patricio Escobar y Benites consideró, sin duda, que nadie le molestaría ya, después de casi doce años de exilio. El 26 de noviembre de 1887, arribó al puerto de Asunción, junto con su esposa. Coincidentemente, en el mismo día, su hijo mayor, José Wenceslao Benites, que según Carlos R. Centurión había nacido en París en 1865, y se desempeñaba como oficial 2° del Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, fue nombrado secretario interino del Superior Tribunal de justicia.

         En 1888, Gregorio Benites llevó adelante al menos dos acciones de reivindicación personal e histórica. La primera fue la reclamación que planteó a Higinio Uriarte, quien se desempeñaba como Ministro de Hacienda, para que le devolviera las tres mil libras de su propiedad que había cobrado en Londres valiéndose de un poder obtenido por coacción o violencia. Uriarte argumentó que en su momento entregó al fisco la suma reclamada. Por mediación del presidente Escobar, en 1889 se llegó a un acuerdo y Benites pudo recuperar su dinero. En segundo lugar, publicó en noviembre de 1888 en el periódico asunceno La Ilustración Paraguaya un artículo laudatorio sobre Alberdi, en el que describió a sus compatriotas la vida y la obra de su eminente amigo, concluyendo con las siguientes palabras: "El noble pueblo paraguayo, de cuya virilidad y patriotismo era un admirador entusiasta y un verdadero amigo, tiene la obligación patriótica de consagrar algún objeto de imperecedero recuerdo a la memoria del ilustre americano, doctor Juan Bautista Alberdi".

         En ese sentido, en julio de 1889, un grupo de ciudadanos se reunió en el Teatro Nacional de Asunción, con el objeto de organizar un homenaje a Alberdi, con motivo de la repatriación de sus restos a la Argentina. Se constituyó en la oportunidad una comisión especial integrada por el general Bernardino Caballero, como presidente, Antonio Taboada, como vicepresidente, José Urdapilleta, como tesorero, Gregorio Benites, Pedro P. Caballero, César Gondra y Cirilo Solalinde, como vocales y José W. Benites como Secretario. Unos días después, a convocatoria de esta comisión, se llevó a cabo una asamblea popular en el mismo Teatro Nacional, que resolvió, entre otras cosas, costear -mediante suscripción pública- una corona de oro destinada al sepulcro de Alberdi, efectuar un panegírico solemne en su memoria, promover la reedición de El Imperio del Brasil ante la democracia de América, y solicitar que en la capital la calle de Atajo pasara a denominarse Alberdi, como en efecto ocurrió. Se pidió también que al pueblo de Tacuaral se le diese el nombre de Alberdi. La conmemoración, empero, parece que no llegó a efectuarse en la forma programada.

 

PRESIDENTE DEL SUPERIOR TRIBUNAL DE JUSTICIA

 

         En abril y mayo che 1889, se produjo en Asunción una grave crisis entre el Poder Legislativo y el Superior Tribunal de Justicia. El máximo órgano jurisdiccional había dispuesto que se pusiera en libertad al señor Marcelino Fleitas, detenido en el Departamento General de Policía por orden de la Cámara de Diputados, a raíz de un artículo aparecido en el diario El Independiente de la capital, que fue considerado ofensivo a la corporación judicial. Ante esto, la cámara decidió iniciar un juicio político contra los miembros del tribunal superior, Alejandro Audibert, Domingo A. Ortiz y Luis Burone, quienes fueron removidos en sus cargos por el Senado.

         Tras varios días de indefinición, el 23 de mayo de 1889 el Poder Ejecutivo designó, con previo acuerdo del Senado, a Gregorio Benites como nuevo Presidente del Superior Tribunal de Justicia, y como miembros adjuntos, a los señores César Gondra y Gil M. Ramírez, quienes hasta entonces se desempeñaban como Fiscal General del Estado y Fiscal del Crimen, respectivamente. Como Gondra no aceptó la designación, la crisis sólo quedó resuelta el 30 de mayo siguiente, cuando el señor Antonio Codas fue nombrado como miembro adjunto del máximo tribunal.

         Si la nueva composición del Superior Tribunal de Justicia surgía afectada por el contexto en que se produjo, la versación jurídica de sus nuevos miembros no contribuía a prestigiarla. El periódico opositor El Independiente indicaría al respecto: "Ya se encuentra el tribunal integrado después de 20 días de crisis. Hay tres legos allí, que, juramos no saber lo que harán en la más absoluta ignorancia de la ciencia de la legislación en que se encuentran. Uno es ex escribiente de un ministerio, otro, un agrimensor y otro, un señor que todo puede saber menos leyes". Pocos, seguramente, estaban al tanto de que Benites había adquirido en Buenos Aires conocimientos de práctica judicial, y en general se lo consideraba sólo como un diplomático. El mismo El Independiente había consignado pocos meses antes, en referencia a él, lo siguiente: "don

Gregorio Benites, diplomático que ha representado al Paraguay en el extranjero, desempeñando importantes y delicadas misiones, hombre que ha visto civilización en otras capitales del antiguo y nuevo mundo".

         Cabe advertir, de todas maneras, que la Universidad Nacional apenas estaba conformándose y que aún pasarían varios años hasta que egresaran de ella los primeros abogados, mientras que los que habían estudiado en el exterior eran muy pocos y no siempre tenían afinidad con el gobierno de turno. Por consiguiente, parecía normal que se recurriese, para el desempeño de cargos judiciales, a personas con experiencia en la práctica del derecho, aunque carentes de formación universitaria.

         Bajo la presidencia de Gregorio Benites, el Poder Judicial no estuvo, naturalmente, exento de críticas. El ya mencionado diario El Independiente sintetizó en setiembre de 1890 las acusaciones que podían formularse contra ese poder del Estado, mencionando entre otros cargos que la mayor parte de sus miembros no gozaba de independencia y que los demás poderes y personas extrañas influían en sus decisiones; que muchos jueces tomaban parte directa en los trabajos electorales; que se registraba una mora excesiva en el trámite de los expedientes; que había denuncias de venalidad en el despacho de las causas, "impulsando la celeridad y hasta torciendo la justicia"; y que el Superior Tribunal no ejercía una acción disciplinaria sobre los órganos inferiores.

         En octubre de 1890, el mismo periódico opositor dio publicidad a denuncias presentadas contra el presidente del Superior Tribunal por prevaricato y abuso de autoridad en dos procesos específicos, y objetó el hecho de que José Wenceslao Benites, hijo de aquél, se desempeñara como secretario del tribunal presidido por su padre. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para proseguir con sus ataques o esclarecer los hechos denunciados, porque el 28 de diciembre de 1890, tres días después de asumir la jefatura del Estado por el periodo 1890-1894, el presidente Juan G. González modificó la integración del Superior Tribunal de Justicia, y designó a Fernando Iturburu y César Gondra, en reemplazo de Benites y Gil Ramírez. En febrero anterior, Antonio Codas ya había sido sustituido por Emiliano González Navero.

         Gregorio Benites, al parecer, no ocupó cargos públicos durante el gobierno de González, pero reforzó su militancia política dentro de la Asociación Nacional Republicana, que había sido fundada en setiembre de 1887, es decir, poco antes de su retorno definitivo al país. Según Raúl Amaral, en abril de 1893 se integró, como vocal, a la directiva partidaria. Continuó, asimismo, con sus incursiones en la prensa y, de acuerdo con Warren, desde abril de 1894 dirigió el diario La Patria de Asunción.

 

 

V. NEGOCIACIONES DE LÍMITES CON BOLIVIA

 

MINISTRO POR SEGUNDA VEZ

 

         Las combinaciones políticas en torno a la próxima elección presidencial provocaron, en junio de 1894, el derrocamiento del presidente Juan G. González, pocos meses antes de la conclusión de su mandato, y el traspaso del gobierno al vicepresidente Marcos Morínigo. El movimiento fue ejecutado previo acuerdo entre los ex presidentes Bernardino Caballero y Patricio Escobar, y el general Juan Bautista Egusquiza, quien se había desempeñado como Ministro de Guerra y Marina del presidente depuesto y era candidato a la presidencia para el periodo 1894-1898.

         El gabinete ministerial del vicepresidente Morínigo, que debía acompañarlo hasta el 25 de noviembre de ese año, fue integrado por Ángel M. Martínez en la cartera del Interior, Gregorio Benites en la de Relaciones Exteriores, Agustín Cañete en la de Hacienda, Manuel A. Maciel en la de justicia, Culto e Instrucción Pública y el comandante Antonio Cáceres en la de Guerra y Marina.

         Retornó así Benites a las labores diplomáticas. Veintidós años después de su primera gestión ministerial, la cartera que se le confiaba, no era muy diferente de la que había asumido cuando el país apenas comenzaba a organizarse de nuevo después de la guerra. El personal del ministerio se limitaba al Ministro, un Oficial 1°, un Oficial 2° y un archivero. Dependían del Ministro la Oficina de Informaciones y Canjes, con un director, un escribiente y un peón, así como el Comisario General de Inmigración, el médico del Departamento de Inmigración y Colonización, el secretario de la Comisaría, un peón y los funcionarios afectados a la Colonia Presidente González, que pasaría a denominarse luego Colonia Nacional. En el exterior, estaban previstas partidas únicamente para la Legación en Uruguay y Brasil, que estuvo a cargo de José Segundo Decoud hasta junio de 1894; la Legación en Argentina, en la que actuaba como ministro residente Fernando Saguier; y los Consulados Generales en Argentina, Uruguay y Londres. Una vasta red de consulados honorarios permitía cubrir en cierta medida la representación del Paraguay en América y Europa.

         No estaba en el temperamento de Benites ocupar apenas el cargo de ministro por seis meses, sino que se propuso ejercerlo en plenitud. Así, ya sea por responsabilidad o por el deseo de dar brillo a su breve gestión, decidió acometer la negociación de una de las más complejas cuestiones internacionales pendientes, como era la controversia con Bolivia en torno a los límites en el Chaco Boreal. Su antecesor en el cargo había dado vueltas durante tres años para no abordar el asunto, en cuyo trámite no salieron bien parados hombres públicos de gran renombre, como José Segundo Decoud y Benjamín Aceval.

         A pocos días de asumir el ministerio, Benites fue visitado por el cónsul honorario de Bolivia en el Paraguay, Teodoro Chacon, quien, en el curso de la conversación, preguntó al ministro "si el nuevo gobierno estaría dispuesto a solucionar, con la celebración de un tratado franco, equitativo y honroso para las dos naciones, la cuestión de límites pendiente", sobre la base de "los intereses económicos, industriales y comerciales de los dos pueblos". El ministro Benites le respondió que él personalmente era "decidido partidario de la solución de la cuestión", pues veía en ello "un brillante porvenir de progreso y bien para los dos pueblos". Sin embargo, le pidió tiempo para hacer consultas y darle una respuesta concreta.

         Al día siguiente, Chacón se encontró casualmente con el ministro y éste le encargó que transmitiese al plenipotenciario designado por Bolivia ante el gobierno del Paraguay, doctor Telmo Ichaso, que podía trasladarse al país "sin zozobras ni dudas", "que no perdería tiempo", que sería "muy bien recibida" y que se celebraría el tratado. Al comunicar el mensaje, el cónsul boliviano agregó que, a diferencia del gobierno anterior, el del vicepresidente Morínigo contaba con mayoría en las cámaras legislativas, por lo que instaba a no desaprovechar la oportunidad. El nuevo gobierno paraguayo, en efecto, a pesar de haberse constituido para administrar el país por pocos meses, se fundaba en un entendimiento político destinado a subsistir por más tiempo.

         El momento era propicio, además, porque los elevados aranceles aduaneros que debían pagar los productos paraguayos en territorio argentino y uruguayo, estimulaban la búsqueda de una salida alternativa, que bien podía abrirse por Bolivia. El cónsul paraguayo en Montevideo, Matías Alonso Criado, resumió al ministro Benites esas dificultades y perspectivas, en los siguientes términos: "hoy no tiene el Paraguay amigos en el exterior. La Argentina y el Uruguay han gravado con derechos prohibitivos los productos del Paraguay. El Brasil los produce similares y conserva los puertos y mercados que nos quitó en la lucha (1865-1870), y en cuanto a Bolivia, cuya salida al Alto Paraguay daría vida y movimiento al comercio y mejoraría la faz económica de nuestra República, tiene un Ministro Plenipotenciario en Buenos Aires que no se atreve a subir hasta la Asunción, por temor al fracaso de sus predecesores. La cuestión con Bolivia es de vida o muerte y sería honroso para usted que cual Alejandro cortase ese nudo gordiano, y abriese por el norte al Paraguay los mercados y relaciones que perdió en el Río de la Plata".

         Con las seguridades transmitidas por el cónsul Chacón, el ministro Ichaso llegó al Paraguay a mediados de julio de 1894, presentó credenciales y sostuvo en los meses siguientes largas conferencias con el canciller paraguayo, hasta alcanzar un acuerdo.

         El ministro Benites procedió en las negociaciones con dedicación y firmeza. Pensaba que el arreglo de límites permitiría al Paraguay reducir su dependencia de los mercados del Plata y que le facilitaría la búsqueda de ventajas comerciales en Bolivia, Chile y Perú. Para ello planteó una transacción fundada en la preservación de la mayor parte del litoral sobre el río Paraguay, hasta Fuerte Olimpo, acordando a Bolivia una salida más al norte, así como el territorio necesario para la fundación de colonias.

         Rechazada la primera propuesta de transacción, los plenipotenciarios destinaron varias conferencias a presentar los títulos de dominio invocados por sus respectivos países. El negociador paraguayo elaboró su exposición con la ayuda de Blas Garay y Enrique Solano López, estudiosos versados en temas históricos y bibliográficos; y sostuvo en ella que la fijación de los límites en el Chaco debía efectuarse sobre la base del uti possidetis de facto, es decir de la posesión efectiva en 1810, y no del uti possidetis juris, que resultaba "vago, indeterminado, elástico y sujeto a contestaciones y disputas".

         Mientras se producían las negociaciones, el doctor Alejandro Audibert publicó, desde las columnas del periódico El Pueblo de Asunción, una serie de artículos encaminados a rebatir los argumentos de publicistas y diplomáticos bolivianos en torno a los títulos de su país sobre el Chaco Boreal. Pero Audibert y El Pueblo no limitaron sus ataques a los títulos de Bolivia, sino que los extendieron al negociador paraguayo y a la negociación misma, que presentaron como precipitada y perjudicial a los intereses del Paraguay. Como consecuencia de las publicaciones de "la prensa apasionada", el ministro llegó a ser interpelado en la Cámara de Diputados, a principios de noviembre, sobre el estado de la negociación.

         Paralelamente a la exhibición de los títulos, Benites e Ichaso siguieron buscando la solución transaccional. En una oportunidad, el paraguayo auguró que resultaría imposible alcanzar un arreglo por medio de la presentación de títulos y documentos antiguos y sugirió que meditasen "sobre las conveniencias reales y recíprocas de los dos pueblos en disidencia". Ichaso le contestó que la base de transacción presentada por el Paraguay era inaceptable para Bolivia, a lo que el ministro Benites replicó diciendo que el territorio que se ofrecía era suficiente para satisfacer las necesidades bolivianas y que "más tarde tal vez no [habría] Congreso paraguayo que [sancionase] el arreglo de la cuestión en los términos que se le proponía". Cuando Ichaso le expresó que el Paraguay se quedaría de tal suerte con la mayor parte del Chaco, "desde el Pilcomayo hasta cerca de Bahía Negra", el negociador paraguayo le repuso que en esos mismos momentos "como siempre, el Paraguay estaba en posesión del territorio del Chaco, desde el Pilcomayo hasta Bahía Negra" y que esa situación "se consolidaría cada vez más, y por consiguiente, las negociaciones llegarían a ser más difíciles más tarde".

         Al margen de las reuniones oficiales, la relación personal entre los negociadores se fue estrechando, ya que el ministro paraguayo tomó la iniciativa de mantener conversaciones informales con el representante de Bolivia, en el hotel en que éste se alojaba. Por tal razón, seguramente, Audibert afirmó que las negociaciones de 1894 se desarrollaron "al calor del oporto, del jerez y del vermouth".

         No obstante, las discusiones entre ambos tuvieron también momentos álgidos, en los que Benites no perdió la paciencia que debe caracterizar al buen negociador. En uno de esos momentos, Ichaso anunció que, si no se llegaba a un acuerdo, Bolivia enviaría fuerzas militares a Chiquitos, en el norte del territorio disputado. El plenipotenciario paraguayo le respondió, entonces, con frialdad: "que el Paraguay no se alarmaría ni se preocuparía con la presencia de ninguna fuerza militar en Chiquitos, y que recién cuando viese que esas fuerzas militares se acercaban a la costa del río Paraguay, tomaría las medidas necesarias. Que las tomaría infaliblemente. [...] que la Bolivia no debía pensar en hostilizar al Paraguay militarmente, que su posición geográfica no le favorecía para tales aventuras. Que el Paraguay, aunque vencido en litigio muy desigual, [...] no alimentaba temor alguno por el lado de Bolivia, no precisamente porque desdeñara la bravura y el patriotismo de los bolivianos, sino porque no creía que ningún ejército de Bolivia llegaría al Paraguay en condiciones de combatir".

 

TRATADO BENITES-ICHASO

 

         Tras la presentación de las alegaciones jurídicas e históricas de ambas partes, el plenipotenciario paraguayo rechazó someter la cuestión a arbitraje e insistió en buscar un arreglo transaccional. La línea divisoria fue finalmente acordada, tras vencer las resistencias del negociador boliviano, y se la determinó mediante consultas con el vicepresidente Morínigo, los demás ministros del Poder Ejecutivo y los generales Caballero, Escobar y Egusquiza. El tratado de límites se firmó el 23 de noviembre de 1894, dos días antes de que el general Juan B. Egusquiza asumiera la presidencia, y en él se acordó lo siguiente: "Las Repúblicas del Paraguay y de Bolivia convienen en fijar definitivamente sus límites sobre el territorio situado entre la margen derecha del Río Paraguay y la margen izquierda del brazo principal del Pilcomayo, por medio de una línea recta que partiendo desde tres leguas al norte del Fuerte Olimpo, en dicha margen derecha del Río Paraguay, cruce el Chaco hasta encontrar el brazo principal del Pilcomayo, en el punto de intersección de los sesenta y un grados veintiocho minutos del Meridiano de Greenwich".

         Por el tratado de 1894, el Paraguay consolidó el dominio de la margen occidental del río de su nombre hasta poco más al norte de Fuerte Olimpo, sacrificando en parte sus legítimas aspiraciones territoriales. Los generales, que habían padecido en carne propia los horrores de la guerra, optaron por respaldar con su prestigio la nueva transacción, convencidos, seguramente, de que era mejor resolver de manera armoniosa una controversia que más adelante sólo podría zanjarse por las armas. A las razones políticas se sumaban las de carácter económico. El negociador paraguayo declaró, meses después, que el arreglo territorial permitiría al país "aumentar los mercados para la exportación y venta de sus productos". Argumentó en tal sentido que los "frutos nacionales" estaban siendo agobiados "con impuestos onerosísimos" en el único mercado al que llegaban, en referencia al de la República Argentina. A criterio de Benites, había que "sacudir tan perjudicial dependencia aduanera" y buscar nuevas oportunidades en los países del Pacífico, propósito que a su criterio se alcanzaría "fatalmente" en caso de aprobarse el acuerdo celebrado con Bolivia.

         En ese sentido, escribió: "Los intereses del comercio y de los agricultores e industriales del Paraguay, sufren actualmente y han de sufrir siempre de la consecuencia de no tener el país otro mercado a donde exportar sus frutos, sino el Río de la Plata, allí se les agobia con impuestos gravosos, por lo que se hallan estancados y perdiéndose en el país, sin valor ninguno. Los pobres agricultores que no reciben el valor real del sudor de su frente, pierden el ánimo al trabajo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que sus productos no pueden ser remitidos, sino a los mercados del Río de la Plata, que es la única y obligada salida que tiene el Paraguay al exterior. ¿Por qué el Paraguay, lleno de riquezas naturales y de vitalidad comprobada, que le auguran un porvenir brillante, se ha de conformar, en silencio fatal, con la imposición de impuestos ruinosos a sus productos en el Río de la Plata?". Abogaba, en suma, por buscar salidas hacia Bolivia, Perú y Chile, recordando además, fiel a la tradición que representaba, que los países del Pacífico habían protestado y fueron solidarios con el Paraguay durante la Guerra contra la Triple Alianza.

         A mediados de julio de 1895, el Poder Ejecutivo paraguayo sometió el tratado de noviembre a consideración del Congreso. En el mensaje, se solicitó que las discusiones respectivas fueran secretas. Sin embargo, al dar entrada al mensaje, la Cámara de Senadores decidió hacer público el contenido del acuerdo, que hasta entonces se había mantenido en estricta reserva. Según el representante de Bolivia, la decisión senatorial sorprendió desagradablemente "no sólo al Poder Ejecutivo, sino a varios miembros de la misma cámara que no tuvieron tiempo ni para evitar tan incorrecto proceder, ni para impedir sus consecuencias".

         Entre los que desaprobaron la decisión, se encontraba Gregorio Benites, quien realizó gestiones ante los generales Caballero y Escobar, ambos senadores, para que se reconsiderase lo resuelto. Entendía él que se había procedido con informalidad al entregar "a las pasiones del vulgo un pacto internacional, antes de ser discutido por el Congreso". Caballero no quiso impulsar la revisión, ni mostró mucho interés en apresurar el tratamiento y aprobación del tratado.

         En setiembre de 1895, Benites recalcó al general Caballero "la conveniencia y necesidad urgente de abrir un nuevo camino al Paraguay, para que pudiera salir al extranjero en caso de conflictos o de alguna guerra en el Río de la Plata", pensando, tal vez, en una eventual conflagración entre Argentina y Chile. "Yo llegué a decirle en el curso de la conversación -asentó en sus apuntes- que a mí no me hablase de las dificultades en el Senado, para la sanción del tratado; que él disponía del Senado. A lo que [Caballero] me respondió que no, que los senadores tenían opinión propia y que pensaban de distinta manera en la cuestión. Le dije que entonces tuviera el valor dé discutirlo, aprobarlo y rechazarlo, y que se nombre otro plenipotenciario que negociara y firmara un tratado en condiciones más ventajosas".

         El tratado Benites-Ichaso fue publicado, de tal suerte, antes de su estudio por la Cámara de Senadores, y la prensa, sobre todo el diario El Pueblo de Audibert, criticó de manera inmisericorde el arreglo y la actuación del negociador paraguayo. Este respondió los ataques, publicando en 1895 la Exposición de los derechos del Paraguay en la cuestión dé límites con Bolivia sobre el territorio del Chaco, que había presentado a su colega Telmo Ichaso, y varios artículos periodísticos. En setiembre de 1895, escribió en las columnas de La Democracia de Asunción: "Desde los comienzos de las conferencias diplomáticas con el plenipotenciario boliviano el escritor de El Pueblo, según es de pública notoriedad, asumió una actitud del todo extraña a la cultura social, demostrando un empeño extraordinario de estorbar la negociación; y ahora despliega todo el ardor de su espíritu en inculcar a sus lectores la inconveniencia y desventaja del pacto de 23 de noviembre de 1894. A ese fin, no tiene el menor inconveniente en confundir en sus ataques personales a los distinguidos ciudadanos que han formado parte del gabinete del presidente, señor Marcos Morínigo. Los califica en términos extraños a la cultura periodística, de ignorantes, traidores, delincuentes, etcétera, por el hecho de haber, dentro de los límites de sus facultades constitucionales, y como buenos patriotas paraguayos, autorizado y firmado el referido tratado, que tan feliz y ventajosamente pone fin a la antigua y complicada cuestión jurisdiccional, pendiente entre el Paraguay y Bolivia".

         Tras muchas idas y vueltas, el tratado de límites de 1894 no fue aprobado ni por el Paraguay ni por Bolivia y la cuestión del Chaco siguió complicándose hasta desencadenar, muchos años después, una cruenta guerra internacional.

 

FISCAL GENERAL DEL ESTADO Y SENADOR DE LA REPÚBLICA

 

         Al dejar el Ministerio de Relaciones Exteriores, Benites volvió a residir en Villarrica y se dedicó a poner en orden sus antiguos apuntes y documentos. En julio de 1895, adelantó en La Democracia el prefacio de su Historia Diplomática y Financiera de la República del Paraguay. El libro estaba dividido en tres partes; la primera se refería a la acción de la diplomacia paraguaya durante la guerra contra la triple alianza; la segunda, "la negociación y fiscalización de los empréstitos de las República levantados en Inglaterra en los años 1871-72", y la tercera, a la misión cumplida en 1873 ante el papa Pío IX. El prefacio debió ser incluido en el diario oficialista La Opinión, pero el propio presidente Egusquiza, objetó la publicación -según explicaciones transmitidas por Blas; Garay- "por considerar inconvenientes en un periódico tenido como oficial los cargos dirigidos a Mitre, y porque también [creía] que al general Caballero y muchos de nuestros amigos y; correligionarios no les [habría] de saber a cosa muy agradable las acusaciones a Gill".

         Por lo demás, Benites esperó por largos meses que se cumpliera la promesa que se le había hecho de designarlo como ministro residente en el Uruguay. Al fin, en diciembre de 1896 se confió esa representación a César Gondra y, en abril de 1897, Gregorio Benites fue nombrado Fiscal General del Estado, cargo en el que se mantuvo por más de tres años.

         En setiembre de 1900, presentó renuncia, fundado en el precario estado de su salud. "La edad avanzada en que me encuentro -explicó-, los efectos de las labores de oficina, de más de treinta años, y el movimiento creciente de los asuntos públicos que tramitan por el Ministerio fiscal a mi cargo, acaban [...] por superar a mis fuerzas físico-intelectuales". De hecho, sus críticos le achacaban, justa o injustamente, desidia en el ejercicio de sus funciones y aseguraban que frecuentemente era acusado en rebeldía, es decir, que dejaba transcurrir los plazos procesales sin pronunciarse en los asuntos en los que debía intervenir.

         De todos modos, en enero de 1901 fue designado Director General de Correos y Telégrafos y ejerció el cargo hasta marzo de 1902. Unos días después, el 3 de abril de 1902, se incorporó al Senado, como representante de los distritos 15 y 16. Su candidatura había sido presentada por el Partido Colorado para completar el periodo que correspondía al recientemente fallecido Facundo D. Ynsfrán. Integró ese año las comisiones de Presupuesto y de Hacienda; en 1903, la de Presupuesto; y en 1904, la de Cuentas. En diciembre de 1904, triunfante el Partido Liberal en la Revolución de 1904, fue elegido presidente provisorio de la cámara, por dimisión del Vicepresidente de la República, Manuel Domínguez, quien presidía también el Senado, y porque los vicepresidentes primero y segundo, generales Bernardino Caballero y Patricio Escobar, dejaron de formar parte del cuerpo. Actuó brevemente en ese carácter hasta la conclusión de su mandato, en marzo de 1905, sin poder ser reelecto, por haberse pactado que en las elecciones respectivas sólo se presentarían candidatos del Partido Liberal.

         De tal manera, la caída del Partido Colorado puso también término a la larga carrera de Gregorio Benites como servidor público, que se había iniciado en 1851 cuando ingresó al ejército en Paso de la Patria, y se cerró más de cincuenta años después, tras presidir la sesión del Senado en que se consagró la incorporación de los representantes liberales, para constituir una nueva mayoría e iniciar una nueva etapa en la historia del Paraguay.

 

 

LOS ÚLTIMOS AÑOS

 

         Al retirarse, Benites comenzó el trámite para que se le acordara una jubilación en reconocimiento de los servicios que había prestado y se ocupó de concluir sus memorias y estudios históricos. Ya en 1904, como un adelanto de esos trabajos, había dado a la luz un folleto titulado La Triple Alianza de 1865 - Escapada de un desastre en la Guerra de invasión al Paraguay, en el que reprodujo un artículo aparecido en la prensa asuncena sobre el paso de los acorazados brasileños por Humaitá, en 1868, e incluyó el relato de algunas gestiones realizadas por él durante la guerra, en Europa y Estados Unidos de América.

         Pero la tarea placentera y tranquila de ordenar papeles y recuerdos, a la que se entregó en Villarrica en aquellos; años, fue a menudo matizada por contrariedades. En abril de 1905, el Senado rechazó el proyecto de ley que él había presentado para promover los estudios históricos mediante la creación de premios en dinero para quienes, presentasen "la historia más completa del Paraguay, desde su descubrimiento hasta el 31 de diciembre de 1870". Los argumentos para el rechazo fueron expuestos'' por el senador liberal Teodosio González, quien alegó que, "el fomento de la literatura" constituía "un deber accesorio del Estado" y que no se podía gastar "en lo superfluo" cuando apenas se tenía "lo necesario para satisfacer las necesidades más apremiantes de la vida". Señaló, asimismo, que con el dinero que se pretendía destinar al estímulo de investigaciones históricas, se podría establecer una cárcel correccional para mujeres y niños, o convertir el Instituto Paraguayo en una academia de bellas artes, o habilitar becas para el estudio de las matemáticas.

         En el mismo mes de abril de 1905, el senador González le propinó otro golpe. Benites había solicitado un subsidio estatal para publicar su "historia documentada de los empréstitos". El tratamiento del proyecto respectivo en el Senado dio lugar a que Teodosio González renovara en sesión plenaria las acusaciones contra el antiguo diplomático, sobre la base de informes que le fueron proporcionados por el presidente de la cámara, José Segundo Decoud, como puede deducirse de sus propias palabras. Manifestó en una parte de su exposición: "Se trata, señor presidente, de un hecho que no me atrevo a calificar. El señor Gregorio Benites tiene en su poder documentos que pertenecen al gobierno, pero para darlos a luz pide diez mil pesos, después de haberse celebrado un contrato que él mismo califica de escandaloso y que él mismo dice que ha gravado al país con una enorme deuda externa. Más que con una enorme deuda, ha gravado al país, señor presidente, con la ignominia, porque después de aquellos empréstitos el Paraguay ha quedado en la lista de los países de finanzas más averiadas [...]. Por otra parte, señor presidente, entiendo que si el señor Benites tiene efectivamente idea de escribir esta obra, sería en beneficio exclusivo de él, porque sería su defensa, pues hasta ahora subsiste la acusación, subsiste la ley que le ha condenado, subsiste el concepto público, que es lo peor". La solicitud de Benites fue rechazada.

         Como de costumbre, Gregorio Benites respondió a la difamación que una vez más se dirigía contra su manoseado nombre. Calificó de falsas y calumniosas las expresiones del senador González y le exigió "la presentación ante el público de los comprobantes de sus graves imputaciones". Recordó luego que él no fue el negociador del empréstito contraído en 1872, y se refirió brevemente a su intervención en el asunto, para concluir asegurando: "Mis compatriotas imparciales saben que así como soy el más viejo servidor de la nación, soy también quizás el más pobre, y no me ruborizo al confesarlo, pues alimento la idea de que la pobreza, lejos de ser una afrenta, es el timbre de honor y de honradez del ciudadano que ha prestado largos servicios a su patria. Jamás he traficado con los elevados puestos públicos de mi país, que he desempeñado desde joven, para labrar fortuna propia".

         Ante la imposibilidad comprobada de concedérsele una jubilación, se planteó en el Congreso, en 1906, que se le otorgase una pensión especial. Al fundamentar el proyecto respectivo, el senador Arsenio López Decoud explicó que Benites no podía acogerse a la ley de jubilaciones por no haber "permanecido durante treinta años entre los expedientes y chiringolos de las oficinas públicas", pero que en cambio había tenido la suerte "de ser el soldado más viejo de la República y de haber prestado al país, siempre que sus servicios inteligentes y patrióticos han sido requeridos, en importantes cargos diplomáticos, cuando la nacionalidad atravesaba por las más difíciles circunstancias. Ha servido como ministro de Estado, como senador, como periodista, como escritor de historia, como hombre público, como viejo luchador de ideales, tal vez erróneos, pero respetables siempre, como caballero culto y distinguido en la sociedad". Salió, entonces, al paso el senador Teodosio González, quien se opuso al monto propuesto para la pensión, poniendo en duda la necesidad y la honradez del beneficiario. En respuesta, el senador Antonio Taboada se refirió a los servicios de Gregorio Benites al país, y agregó: "Hoy, a la edad de 70 años, se encuentra pobre y casi ciego; me consta porque es de mi pueblo; no hay más que ir a su casa para ver el estado en que se encuentra. Es justo que la patria alguna vez se muestre agradecida a sus servidores y, poniendo a un lado mezquindades, les tienda la mano para que siquiera los últimos días de su existencia los pasen descansadamente". La pensión fue aprobada por el monto planteado al principio del debate.

         Años después, en su libro sobre los Infortunios del Paraguay, editado en 1931, Teodosio González reconoció la pobreza en que había vivido Gregorio Benites, aunque agregando, al final, una nota de ironía. Al preguntarse sobre el destino del dinero percibido del segundo empréstito de Londres, consignó lo siguiente: "El señor Benites llevó ese secreto a la tumba. Y en cuanto a él, parece indudable que no lo guardó. En efecto, don Gregorio Benites, desde que volvió de Europa en 1873, nunca demostró tener dinero; vivió y murió pobre, no obstante los altos cargos que más tarde, con olvido de su pasado, le volvió a confiar el Gobierno. Y cuando, al poco tiempo de su llegada al país, a principios de 1874, fue su casa allanada por la policía en busca de rastros de esos fondos, nada se encontró digno de atención, a no ser la cantidad extraordinaria de uniformes, tricornios y espadines de lujo, de su vestimenta de diplomático, que atestiguaban el boato con que había desempeñado su cargo en Europa, de Ministro del Paraguay".

         En 1906, Benites publicó La Revolución de Mayo, reconstrucción sintética del proceso de emancipación política del Paraguay, desde la invasión de Belgrano hasta el reconocimiento internacional de la independencia. Resaltó en este libro "las múltiples y graves dificultades que nuestros antepasados han tenido que allanar, ya sea por las armas o sea por la diplomacia, para establecer y conservar la independencia y la soberanía de la nacionalidad paraguaya". En ese mismo año, o quizás en los primeros meses de 1907, aparecieron, en dos tomos, sus Anales Diplomático y Militar de la Guerra del Paraguay, en los que combinó referencias sobre la labor que él había cumplido, con una crónica documentada de los antecedentes y el desarrollo político de la conflagración. No quedó satisfecho con ninguna de las dos ediciones, consignando que ambas obras estaban "pésimamente impresas, [y] plagadas de numerosos y graves errores, hasta de fechas".

         Un disgusto más se sumó a los de esos años. Había entregado el manuscrito de su Historia de los empréstitos, a los editores de los Anales, los hermanos Muñoz. Pero estos abandonaron el país sin publicar el libro, y Benites debió acometer la tarea de preparar, con los borradores y copias que había conservado, una nueva versión de la obra, que al parecer no concluyó.

         A pesar de todo, cumplió su aspiración de transmitir sus recuerdos y juicios históricos, no sólo por medio de los libros y artículos de prensa, sino también a través de conversaciones con los más jóvenes. Mantuvo amistad con Blas Garay y Enrique Solano López y en sus últimos días se relacionó estrechamente con Juan E. O'Leary. Éste escribiría acerca de los vínculos que estableció con Gregorio Benites: "Cuando llegaba a Asunción, me honraba con su visita. Y en el gran hall del hotel Hispano, donde siempre se hospedaba, conversábamos por horas y días, en afectuosa intimidad. Me abría su corazón sangrante. Depositaba en mí sus amarguras. Y, sobre todo, me llevaba en pos de sí a través de nuestro trágico ayer. Sus narraciones, llenas de vida y colorido, exaltaban mi imaginación juvenil. Después de cada entrevista, salía vibrante, acrecentado, superior a mi pequeñez. Viví así en el ambiente en que actuó. Conocí hombres y acontecimientos en una como realidad presente. Aclaré misterios y tuve la explicación de tantas cosas que me preocupaban".

         Precisamente O'Leary dejó el siguiente retrato de Gregorio Benites en esa etapa final de su vida: "Bello ejemplar de nuestra raza, con su tez sonrosada, su mirada penetrante y sus enérgicos ademanes, era como una evocación constante de su generación. Su palabra elocuente era regalo de los que le oían. Su vasta cultura, enseñanza para los que le rodeaban. Modesto, pero digno, tenía conciencia de lo que era. No era un amargado, pero llevaba en las intimidades de su corazón el luto de su doliente patriotismo. Y la pesada carga de sus años y la ingratitud, que pagaba con olvido sus sacrificios, no le desvincularon nunca de los arduos problemas del presente.

Cronista de la época en que fue actor destacado, en medio de los papeles que pudo salvar a la saña de sus persecutores, fueron sus últimos años como una reafirmación de su lealtad al pasado, y de su amor indeclinable a su país".

 

LEGADO INTELECTUAL

 

         El 30 de diciembre de 1909, Benites falleció en Villarrica. Queda una crónica de El Diario de Asunción sobre el final de su vida, en la que se señaló que: "Don Gregorio Benites vio llegar la muerte con la mayor serenidad. Desde el primer momento de su corta y fatal dolencia comprendió que había sonado su última hora y hablaba de ella tranquilamente a las personas que rodeaban su lecho. Antes de morir recordó a la patria y manifestó su deseo de que el Paraguay llegue a ser grande por la paz y por el trabajo". Había alcanzado 75 años de edad.

         El entierro fue sencillo pero solemne. Se realizó el 1° de enero de 1910, a las cuatro de la tarde. El ataúd iba cubierto con una bandera paraguaya y el cortejo fue presidido por las autoridades locales y por familiares del extinto. "Una compañía de soldados con fusil a la funerala escoltaba el féretro. La banda municipal, en primera fila, ejecutaba marchas fúnebres, alternando con los tambores destemplados. El cortejo ocupaba más de una cuadra. En el cementerio, hicieron uso de la palabra, antes de inhumarse el cadáver, los señores Chamorro y Riera".

         En Asunción, predominó la indiferencia. Juan E. O'Leary escribió una nota en El Diario, en la que comentó que Benites había muerto "solo, pobre, olvidado", "bajo el peso de los años y de sus tribulaciones", y lamentó que el país no se llenara de crespones, y que el pabellón nacional, "que se enlutó a la muerte del general Mitre, [no flameara] a media asta".

         De los hijos de Benites con Susana Aramburú, Susana Pía, la ahijada de Alberdi, contrajo matrimonio con Leopoldo Elizeche y dejó una larga descendencia, y Américo se casó con Norberta Riart y tuvo tres hijas. Américo Benites fue militar, llegó al grado de coronel, se desempeñó como Ministro de Guerra y Marina del presidente Liberato Rojas, y falleció en Asunción en enero de 1945.

         El hijo mayor, José Wenceslao Benites, murió, al parecer, en 1919. Fue Secretario del Superior Tribunal de Justicia, como ya se indicó, y ejerció después las funciones de Juez de Primera Instancia en lo Criminal (1897-1902) y miembro de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Comercial (1902-1905).

         A más de sus hijos, Gregorio Benites se proyectó en sus obras. En vida pudo dar a luz el Manifiesto de 1876 y su folleto sobre Las imposturas de Juan Bautista Gill, los Anales Diplomático y Militar de la Guerra del Paraguay y el librito sobre La Revolución de Mayo, así como una infinidad de artículos y cartas abiertas, que aparecieron en periódicos y no han sido aún listados o registrados.

         Dos libros suyos se publicaron después de su muerte. En 1919, apareció Guerra del Paraguay - Las primeras batallas contra la Triple Alianza. El otro, referente a las gestiones cumplidas por él en el espinoso asunto de los empréstitos de Londres, fue editado recién en 2002, con el título de Misión en Europa (1872-1874).

         Con sus escritos históricos, Gregorio Benites buscó alimentar en las nuevas generaciones "el fuego sagrado del patriotismo", mediante una exposición verídica del pasado. Se propuso describir los hechos tal como ocurrieron, "sin otro adorno que el de la verdad" y sin incurrir en exageraciones susceptibles de provocar la intolerancia en el trato con los pueblos vecinos. Natalicio González lo calificó, de hecho, como "un escritor serio, honesto, sin brillo, pero de notable pulcritud espiritual".

         Hay que advertir, sin embargo, que Benites redactó sus libros desde la perspectiva de un paraguayo orgulloso de su país y de sus compatriotas, que habían afrontado con coraje, entrega y dignidad una dura conflagración. Por ello, el historiador militar brasileño Augusto Tasso Fragoso anotaría, con relación al libro sobre Las primeras batallas contra la Triple Alianza, que era "una narración hecha desde el punto de vista paraguayo, con un patriotismo digno de respeto, pero no siempre respetuoso de la verdad"; y el argentino Juan Beverina opinaría al respecto que: "A pesar de la plausible intención expresada por el autor en la Introducción de ajustarse estrictamente a la verdad histórica, el señor Benites no constituye con este libro una excepción entre los otros autores de la misma nacionalidad, que de la guerra han hecho un tema inagotable para desatarse en improperios y repetir las consabidas acusaciones contra los gobiernos y las tropas aliadas, falseando por sistema la verdad histórica, cuando ello conviene a sus miras e intereses patrioteros".

         El patriotismo, de todos modos, no llevó a Benites a promover relaciones conflictivas con los Estados vecinos, sino más bien a demandar que se estrechasen amistades sólidas "con los pueblos de los dos hemisferios". Creía en la fuerza del derecho internacional y en la eficacia de la actividad diplomática; y pensaba que la supervivencia de la República del Paraguay dependería en el futuro de la responsabilidad con que actuaran sus gobernantes. A la luz de la larga experiencia que había acumulado, apuntó lo siguiente en la introducción de sus Anales: "Para completar la realización de nuestros anhelos, cicatrizar las heridas dolorosas que todos los paraguayos sentimos en el corazón, necesario es no olvidar la lección, triste lección, que se desprende del pasado, que nos dicta una ley imperiosa: Basta de querellas odiosas, estériles y estúpidas, que debilitan a la patria, exponiéndola indefensa a la concupiscencia de sus tradicionales rivales. Demos el ejemplo de un pueblo sensato, pacífico; marchemos resueltos y unidos en la vía del progreso, de la libertad y de la justicia, en fin, de nuestra regeneración social, conquistemos al lado del poder material, el poder moral, que es más fuerte, más irresistible, que, en el mundo moderno, no permitirá ya a la ley brutal de la fuerza violar impunemente el derecho imprescriptible de la sociedad".

         Fue Gregorio Benites, en suma, con sus aciertos y sus errores, con sus luces y sus sombras, un paraguayo que amó a su patria pero al mismo tiempo buscó entender lo foráneo; que predicó un patriotismo respetuoso de los otros pueblos; constructivo y no destructivo; un patriotismo por el cual cada quien sirviera al país como mejor pudiese y con la mayor lealtad, simplemente. Como él mismo intentó hacerlo.

 

 

 

 

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 

ARCHIVOS*

Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores del Paraguay (Asunción, Paraguay).

Colección Juan E. O'Leary, Biblioteca Nacional (Asunción, Paraguay).

* Se utilizó, además, documentación de los archivos históricos de los Ministerios de Relaciones Exteriores de Argentina y Brasil, que fue facilitada por Liliana M. Brezzo y Francisco Doratioto, respectivamente.

 

 

FUENTES DOCUMENTALES IMPRESAS

Actas o diarios de sesiones de la Cámara de Senadores del Paraguay, 1874, 1902, 1903, 1904, 1905 y 1906.

Actas de las sesiones de la Cámara de Diputados del Paraguay, 1872 y 1874.

Alberdi, Juan Bautista: Epistolario, 1855-1881. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1967.

Alberdi, Juan Bautista y Benites, Gregorio: Epistolario inédito (1864-1883). Asunción,

Academia Paraguaya de la Historia - Fundación "Biblioteca y Archivo de Jorge M. Furt" - Universidad Nacional de General San Martín, 2006.

Proclamas y cartas del mariscal López. Asunción, El Lector, 1996.

Registro Oficial de la República del Paraguay, 1872-1902.

 

 

LIBROS Y FOLLETOS DE GREGORIO BENITES

Anales diplomático y militar de la Guerra del Paraguay, Asunción, Establecimiento Tipográfico de Muñoz Hermanos, 1906,2 tomos.

Exposición de los derechos del Paraguay en la cuestión de límites con Bolivia sobre el territorio del Chaco. Asunción, Tip. La Opinión, 1895.

Guerra del Paraguay. Las primeras batallas contra la Triple Alianza. Asunción, Talleres Gráficos del Estado, 1919.

La Revolución de Mayo, 1814-1815. Asunción, Establecimiento Tipográfico de Jordán y Villaamil, 1906.

La Triple Alianza de 1865. Escapada de un desastre en la Guerra de Invasión al Paraguay. Asunción, Talleres Monseñor Lasagna, 1904.

Las imposturas de Juan Bautista Gill y el informe del Comité del Parlamento de Inglaterra en la cuestión Empréstitos del Paraguay. Montevideo, Imprenta de El Siglo, 1876.

Manifiesto de Gregorio Benites, ex Ministro Plenipotenciario del Paraguay cerca de los Gobiernos del Brasil, Inglaterra, Francia, Italia, etc., etc., al pueblo paraguayo y a sus amigos en el extranjero. Montevideo, Imprenta de El Siglo, 1876.

Misión en Europa (1872-1874). Asunción, Academia Paraguaya de la Historia - Fondec, 2002.

 

TRADUCCIONES DE GREGORIO BENITES

Mariscal Marmont: Del espíritu de las Instituciones Militares. Traducido del francés sobre la Segunda Edición revisada y aumentada por el autor, por Gregorio Benites. París, Besanzon, 1863.

Manual de Derecho Internacional para el uso de los oficiales de los Ejércitos de Tierra. Obra autorizada por las Escuelas Militares, traducida del francés por G. Benites, con prefacio de un publicista americano [J. B. Alberdi]. Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni, 1879.

 

LIBROS

Alberdi, Juan Bautista: El Brasil ante la democracia de América. Buenos Aires, Ediciones ELE, 1946.

Alberdi, Juan Bautista: Escritos póstumos. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2002, 16 tomos (en especial, III, VII y VIII).

Amaral, Raúl: Los Presidentes del Paraguay. Crónica política (1844-1954). Asunción, Biblioteca de Estudios Paraguayos - Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, 1994.

Beverina, Juan: La Guerra del Paraguay. Tomo I. Buenos Aires, Ferrari Hermanos, 1921, los tres tomos siguientes se editaron en 1932 y 1933.

Calvo, Carlos: La República del Paraguay y sus relaciones exteriores. Una página de Derecho Internacional. Asunción, Araverá, 1985.

Centurión, Carlos R.: Historia de la Cultura Paraguaya. Asunción, Biblioteca Ortiz Guerrero, 1961, dos tomos.

Falcón, José: Escritos Históricos. Asunción, Servilibro, 2006.

Flores de Zarza, Idalia: Juan Bautista Alberdi en la defensa del Paraguay en la Guerra contra la Triple Alianza. Buenos Aires, Talleres Gráficos GRAFARTE, 1976.

Frutos, Julio César y Vera, Helio: Pactos políticos. Asunción, Editorial Medusa, 1993.

González, Teodosio: Infortunios del Paraguay. Buenos Aires, Talleres Gráficos L. J. Rosso, 1931.

González, Natalicio: Letras paraguayas. Asunción, Cuadernos Republicanos, 1988.

Mayer, Jorge M.: Alberdi y su tiempo. Segunda edición. Buenos Aires, Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales, 1973.

Moussy, V. Martin de: Descripción Geográfica y Estadística de la Confederación Argentina. Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 2005, tres tomos.

Ortellado Rojas de Fossati, María Antonia: La herencia. Asunción Artes Gráficas Zamphirópolos,1972.

Pérez Calvo, Eduardo Ricardo: Vida y trabajos de Carlos Calvo. Buenos Aires, Ediciones Dunken,1996.

Rebaudi, A.: La Declaración de Guerra de la República del Paraguay a la República Argentina. Buenos Aires, Serantes Hermanos,1924.

Sánchez Quell, H.: La Diplomacia Paraguaya de Mayo a Cerro Corá. Sexta edición: Asunción, Casa América, 1981.

Sánchez Quell, H.: Historia de las relaciones entre Francia y Paraguay. Asunción, Casa América, 1980.

Scavone Yegros, Ricardo: Las relaciones entre el Paraguay y Bolivia en el siglo XIX. Asunción, Servilibro, 2004.

Scavone Yegros, Ricardo (Comp.): Polémicas en torno al gobierno de Carlos Antonio López en la prensa de Buenos Aires, 1857-1858. Asunción, Tiempo de Historia, 2010.

Schmitt, Peter A.: Paraguay y Europa, 1811-1870. Asunción, El Gráfico, 1990.

Tasso Fragoso, Augusto: História da Guerra entre a Tríplice Alianza e o Paraguai. Rio de Janeiro, Imprensa do Estado Maior do Exército, 1934, cinco tomos.

Warren, Harris Gaylord: La reconstrucción del Paraguay, 1878-1904. La primera era colorada. Asunción, Intercontinental Editora, 2010.

Warren, Harris Gaylord: Paraguay y la Triple Alianza. La década de posguerra: 1869-1878. Asunción, Intercontinental Editora, 2009.

Warren, Harris Gaylord: Paraguay: Revoluciones y finanzas. Asunción, Servilibro, 2008.

 

 

ARTÍCULOS

 

Chase, Miguel Ángel: "Documentación inédita de Juan Crisóstomo Centurión". La Revista Crítica, 2 (4). Asunción, 1990.

González, Natalicio: "Los empréstitos del Paraguay". Cuadernos Republicanos, 22. Asunción, 2000.

López Moreira, César: "La Deuda Pública del Paraguay. Su estado actual y exposición sumaria de sus antecedentes". Revista de Derecho y Ciencias Sociales, 2. Asunción, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, 1927.

O'Leary, Juan E.: "Gregorio Benítez - Ilustre prócer guaireño". Revista de las Fuerzas Armadas de la Nación, 99. Asunción, 1949.

Vidaurreta, Alicia: "Alberdi y el Paraguay". Revista Histórica, 9. Buenos Aires, Instituto Histórico de la Organización Nacional, 1981.

Zenha, Celeste: "Imagens do Brasil civilizado na imprensa internacional: Estratégias do Estado Imperial". Cadernos do CHDD, 2. Brasilia, Centro de História e Documentação Diplomática, 2003.

 

 

PERIÓDICOS (DE ASUNCIÓN)

El Cívico, 1900.

El Diario, 1910.

El Pueblo, 1872, 1894, 1895.

El Independiente, 1889, 1890.

Los Principios, 1916.

La Capital, 1910.

La Democracia, 1887, 1889, 1895.

La Ilustración Paraguaya, 1889.

La Opinión, 1895.

La Patria, 1900.

La Razón, 1889.

La Reforma, 1876, 1877.

La Tarde, 1905.

 

 

EL AUTOR

         Abogado, egresado de la Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción".

Funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República del Paraguay, incorporado al Servicio Diplomático y Consular. Ha cumplido funciones de Secretario de Embajada en Bolivia y Chile; Consejero en la Embajada en México; Representante Alterno del Paraguay en ALADI y MERCOSUR y Encargado de Negocios del Paraguay en Bolivia. En Cancillería, desempeñó los cargos de Director de Asuntos Legales, Director de Integración Física, Director de América, Director General de Comercio Exterior y Director General de Política Bilateral. Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Historia. Miembro Correspondiente de las Academias de Historia de Argentina, Colombia, España, Bolivia y República Dominicana. Miembro Fundador del Centro Paraguayo de Estudios Internacionales (CEPEI).

         En 2004, publicó el libro "Las relaciones entre el Paraguay y Bolivia en el siglo XIX". Ha publicado además artículos en revistas especializadas.

 

 

ARTÍCULOS EN EL DIARIO ABC COLOR SOBRE EL LIBRO:

 

 

 

 

GREGORIO BENITES, BAJO EL ANÁLISIS DE SCAVONE

 

La Colección Protagonistas del Paraguay, de la Editorial El Lector, presentará el domingo próximo, con el ejemplar de ABC Color, el libro “Gregorio Benites: un diplomático del viejo Paraguay”, del historiador compatriota Ricardo Scavone Yegros. Se trata de la semblanza de una personalidad trascendente en un momento del país, especialmente durante la Guerra contra la Triple Alianza y en la era de la posguerra, y que hoy es poco recordado.

 

Esta obra se trata de un rescate verdaderamente llamativo a cargo de un historiador sumamente respetado, como es Scavone Yegros.   

Gregorio Benites fue un alto funcionario del gobierno de los López. Nació en Villarrica el 25 de mayo de 1834. Estudió las primeras letras en su localidad natal. Fue secretario general de Francisco Solano López en oportunidad de la mediación en el conflicto argentino.   

Luego, se desempeñó como secretario de la legación (embajada) paraguaya en París y Londres. Al cumplir una misión diplomática en Alemania, obtuvo la condecoración Cruz de la Corona de Prusia. En 1869 visitó los Estados Unidos de América, donde fue recibido por el presidente norteamericano, Ulises S. Grant, y gestionó la mediación de su gobierno para el cese de la Guerra contra la Triple Alianza.   

De acuerdo con lo que señala Ricardo Scavone Yegros en su libro, en la oportunidad, (Benites) le pidió (al presidente Grant) que conservara la legación de su país en el Paraguay; le explicó los intereses que estaban en juego en la Guerra contra la Triple Alianza y le consultó si el gobierno de Estados Unidos estaba dispuesto a renovar su oferta de mediación amistosa, para ejercitarla conjuntamente con alguna de las potencias marítimas de Europa, “con el noble fin de poner término a una lucha que, a medida que se prolongaba, asumía un carácter de horrible carnicería humana”.   

Colaboró con varios órganos de publicidad y dejó varias obras. Falleció el 30 de diciembre de 1909. 

  

10 de Agosto de 2011

Fuente digital: www.abc.com.py  

 

 

LA COLECCIÓN PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA Y SU PENÚLTIMO VOLUMEN

 

De acuerdo con lo que señala el historiador Herib Caballero Campos, autor del prólogo de las obras, este libro sobre Gregorio Benites (1834 – 1910) se constituye en un importante aporte a la historiografía paraguaya en general y de la especializada en las relaciones internacionales en particular.   



“Gregorio Benites, biografiado magníficamente por Ricardo Scavone Yegros, es otra de las personalidades de nuestro país que cayeron en el olvido. Por lo tanto, la vida de Benites merecía ser incluida en la Colección Protagonistas de la Historia, publicada por el Diario ABC Color y la Editorial El Lector”, dice Caballero Campos.   

El autor conoce en profundidad la vida y la obra de Gregorio Benites, y de hecho lo demuestra con este libro, en el cual va develando página tras página las vivencias de un guaireño que fue secretario del general Francisco Solano López y durante los difíciles años de la Guerra contra la Triple Alianza, cumplió importantes funciones diplomáticas tanto en Europa como en Estados Unidos de América.   

Relevante fue el rol –expresa Caballero Campos– que le cupo a Benites en la renegociación de la deuda originada en los dilapidados empréstitos de Londres al finalizar el conflicto. Si bien otros miembros del Gobierno lo acusaron de peculado, pudo demostrar su inocencia frente a los cargos imputados, pese a la prisión, la tortura y finalmente el confinamiento en su ciudad natal.   

En cada uno de los capítulos en los que está organizado este libro, el lector podrá apreciar la trascendencia de la vida de Benites en aspectos vinculados con las Relaciones Internacionales del Paraguay a fines del siglo XIX. Como ejemplo basta el hecho de haber sido nombrado en dos ocasiones canciller de la República.   

Según el prologuista, es más que seguro que esta obra será de consulta obligada para aquellos lectores y especialistas que deseen profundizar sus conocimientos sobre el Paraguay de fines del siglo XIX.   

Era necesario conocer la labor de Gregorio Benites, por lo que es más que justo agradecer al autor por el esfuerzo.

 

11 de Agosto de 2011

Fuente digital: www.abc.com.py

 

 

BENITES, QUIEN REPRESENTÓ AL PARAGUAY EN EUROPA

 

El historiador compatriota Ricardo Scavone Yegros escribió uno de los libros más significativos de la Colección Protagonistas de la Historia, de la Editorial El Lector. Se trata de “Gregorio Benites: Un diplomático del viejo Paraguay”, en el que el autor retrata al hombre que trató de parar la Guerra Grande.

 

El libro aparecerá el próximo domingo  con el ejemplar de ABC Color. En él se narra todo lo que vivió Gregorio Benites (1834 - 1910) en Europa y en Estados Unidos y su trayectoria luego de su retorno al Paraguay.   

De acuerdo con la obra de Scavone Yegros, el 13 de abril de 1870 se conoció en Francia la noticia de la muerte del mariscal López en Cerro Corá. Cuando los representantes de Chile y Colombia expresaron con tal motivo sus simpatías por la resistencia del Paraguay, Gregorio Benites les respondió que “el jefe de la nación paraguaya había sucumbido, pero la causa de la República que ha defendido queda en pie firme, siendo imperecedera”.

FIN A LA OCUPACIÓN

Benites pensaba en esos momentos que el mayor desafío para el Paraguay sería el de poner fin a la ocupación militar y a la influencia extranjera en los asuntos internos.   

Tras el fallecimiento del jefe de Estado, López, que lo había designado, Benites consideró concluidas sus funciones como encargado de Negocios del Paraguay en Francia y Gran Bretaña.   

Solicitó al nuevo gobierno alguna indicación sobre lo que debía hacer, pues pensaba que no podía abandonar la legación sin una orden expresa. Las directivas nunca llegaron y, tras varios meses de espera, tomó la decisión de regresar.   

Entre tanto, se produjo la caída del emperador Napoleón III, a consecuencia de la derrota del ejército francés en Sedán, a manos de fuerzas militares prusianas. Ante el asedio de París, Gregorio Benites abandonó la ciudad, en setiembre de 1870.   

Pasó una temporada en la isla de Jersey, en el canal de la Mancha, y luego en la de Guernesey.

A principios de octubre de 1871, partió del puerto de Southampton y llegó a Asunción en los últimos días de noviembre, después de once años de ausencia.   

En marzo de 1872 asumió el cargo de ministro de Relaciones Exteriores en el gabinete del vicepresidente Jovellanos.   

Para entonces, los tratados con el Brasil ya estaban aprobados por el Congreso. La suscripción de esos acuerdos implicó, de hecho, la ruptura de la Triple Alianza y restó fuerza a las reclamaciones argentinas.

 

12 de Agosto de 2011

Fuente digital : www.abc.com.py

 

 

LA VIDA DE GREGORIO BENITES, EN UN LIBRO

 

La Colección Protagonistas de la Historia, de la Editorial El Lector, presenta hoy, con el ejemplar del diario ABC Color, su volumen número 24: “Gregorio Benites: Un diplomático del viejo Paraguay”, del historiador compatriota Ricardo Scavone Yegros. Los ejemplares podrán adquirirse en todas las calles de nuestro país.

 

Además del carácter biográfico del libro respecto a Benites, Scavone Yegros pinta detalles llamativos de la política nacional en el tiempo posterior a la Guerra contra la Triple Alianza.   

Gregorio Benites es una personalidad histórica llamativa y la inclusión de su semblanza en esta colección es sumamente valiosa. El 26 de noviembre de 1887 regresó al Paraguay desde la Argentina. Gobernaba el país el general Patricio Escobar y Benites consideró, sin duda, que nadie le molestaría ya, después de casi doce años de exilio.   

En 1888 publicó en el periódico asunceno La Ilustración Paraguaya un artículo laudatorio sobre el intelectual argentino Juan Bautista Alberdi, en el que describió a sus compatriotas la vida y la obra de su eminente amigo, concluyendo con las siguientes palabras: “El noble pueblo paraguayo, de cuya virilidad y patriotismo era un admirador entusiasta y un verdadero amigo, tiene la obligación patriótica de consagrar algún objeto de imperecedero recuerdo a la memoria del ilustre americano, doctor Juan Bautista Alberdi”.   

En julio de 1889 un grupo de ciudadanos se reunió en el Teatro Nacional, de Asunción, con el objeto de organizar un homenaje a Alberdi con motivo de la repatriación de sus restos a la Argentina. Se constituyó una comisión integrada por Bernardino Caballero como presidente, Antonio Taboada, vicepresidente; José Urdapilleta, tesorero; Gregorio Benites, Pedro P. Caballero, César Gondra y Cirilo Solalinde, vocales, y José W. Benites como secretario.   

Unos días después, a convocatoria de esta comisión, se llevó a cabo una asamblea popular en el mismo Teatro Nacional, que resolvió, entre otras cosas, costear –mediante suscripción pública– una corona de oro destinada al sepulcro de Alberdi, efectuar un panegírico solemne en su memoria, promover la reedición de El Imperio del Brasil ante la democracia de América, y solicitar que la calle de Atajo pasara a denominarse Alberdi.   

El autor de la obra, Ricardo Scavone Yegros, es abogado, egresado de la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción. Asimismo, se desempeña como funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República del Paraguay, incorporado al Servicio Diplomático y Consular.



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14 de Agosto de 2011

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