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RICARDO SCAVONE YEGROS


  LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY, 2011 - Por RICARDO SCAVONE YEGROS


LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY, 2011 - Por RICARDO SCAVONE YEGROS

LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY

Por RICARDO SCAVONE YEGROS

Editorial SERVILIBRO

Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Diagramación: GILBERTO RIVEROS ARCE

Asunción – Paraguay

Noviembre, 2011 (242 páginas)

 

 

ÍNDICE

Introducción

Capítulo I

EL SEGUNDO CONSULADO

-        Muerte del dictador Francia

-        Sucesión gubernativa

-        El Congreso de 1841

-        Los cónsules López y Alonzo

-        El aislamiento paraguayo

Capítulo II

LA APERTURA DEL PARAGUAY

-        Sondeos correntinos

-        Un comisionado de Corrientes en el Paraguay

-        Segunda misión correntina

-        Los tratados de julio

-        Ratificación y arreglos posteriores

-        Comercio por Itapúa y modificaciones al régimen aduanero

Capítulo III

ENTRE CORRIENTES Y BUENOS AIRES

-        El gobernador de Buenos Aires ante la independencia paraguaya

-        Una supuesta expedición federal

-        Explicaciones del comerciante Hughes

-        Garantías para el comercio británico

-        El gobierno paraguayo ante la guerra contra Rosas

-        El Paraguay y Corrientes durante 1842

Capítulo IV

DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

-        Las relaciones del Paraguay con el exterior hasta 1842

-        Oposición de Rosas al paso de agentes diplomáticos

-        El enviado británico Gordon en Asunción

-        El Congreso Extraordinario de 1842

-        Descalabro militar y cambios políticos en Corrientes

Capítulo V

COMUNICACIÓN A BUENOS AIRES: MISIÓN DE ANDRÉS GILL

Capítulo VI

LA RÉPLICA PARAGUAYA: MISIÓN DE MANUEL PEÑA

 -       Un nuevo gobierno en Corrientes

-        Preparativos de la misión

-        Gestiones de Peña en Corrientes

-        Peña en la Confederación Argentina

-        Contactos diplomáticos

-        Regreso y balance

Epílogo

Apéndice documental

-        Acta de independencia de la República del Paraguay

-        Nota de los cónsules al gobernador de Buenos Aires, del 28 de diciembre de 1842

-        Nota del gobernador de Buenos Aires al gobierno del.

Paraguay, del 26 de abril de 1843

Documento anexo a la nota anterior

Nota de los cónsules al gobernador de Buenos Aires, del 30 de agosto de 1843

Nota del gobernador de Buenos Aires al gobierno del Paraguay, del 27 de marzo de 1844

Apuntes históricos sobre la muerte del dictador Francia y los gobiernos que le sucedieron, hasta la instalación del gobierno presidencial de Carlos Antonio López

Bosquejo de la biografia de Carlos Antonio López, usurpador de la presidencia del Paraguay, por Manuel Pedro de Peña

  • Fuentes consultadas

 

 

 

INTRODUCCIÓN

La independencia del Paraguay no se concretó en un día o en unas pocas horas. El país se independizó de hecho en 1811 y de pleno derecho en 1813, pero sólo gestionó el reconocimiento de su indepen­dencia por otros Estados a partir de 1842. Se encontró entonces con la negativa de la Confederación Argentina a aceptar su emancipa­ción política, y debió desplegar por casi diez años una perseverante acción diplomática para ser reconocido como Estado soberano.

En este libro se explican, poniendo énfasis en los aspectos jurí­dicos y diplomáticos, los antecedentes de la declaración de indepen­dencia del Paraguay por el Congreso Extraordinario de 1842, así como las gestiones cumplidas ante la Confederación Argentina para el reconocimiento del Estado paraguayo durante el gobierno de los cónsules Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonzo (1841-1844), que además puso término al aislamiento internacional que imperó bajo la dictadura del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-­1840).

Por consiguiente, se abordan aquí cuestiones que tuvieron una muy importante proyección en la historia del Paraguay.

En primer lugar, se resume el proceso de sucesión gubernativa abierto por la muerte del doctor Francia, en setiembre de 1840, y que concluyó con la reunión del Congreso General de marzo de 1841, en el que fueron electos López y Alonzo como Cónsules de la República por un periodo de tres años.

Luego, en el capítulo segundo, se describe la forma en que con­cluyó al aislamiento paraguayo, de conformidad con lo resuelto por el Congreso de 1841, y mediante la negociación de los acuerdos sus­critos con la vecina Provincia de Corrientes en julio de ese año. Se alude, asimismo, a las facilidades acordadas para que los extranje­ros que quisieran hacerlo pudiesen salir del país y a la situación en que se hallaban las fronteras en aquellos tiempos.

La concreción de los acuerdos con Corrientes y los intentos de varios países de establecer vinculaciones oficiales con el Paraguay llevaron a que se manifestara una posición que hasta entonces se había mantenido oculta o solapada, como era la decisión de la Con­federación Argentina de desconocerla independencia paraguaya. En el tercer capítulo se ensayan algunas explicaciones y se esbozan las implicancias concretas de esa pretensión, que fue sostenida hasta 1.852, por voluntad del gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, Juan Manuel de Ro­sas.

El capítulo cuarto se ocupa de los antecedentes inmediatos y los alcances de la Declaración de Independencia aprobada por el Con­greso Extraordinario de 1842. Fue éste un acto que obedeció, antes que nada, a motivaciones provenientes del exterior. La independen­cia del Paraguay estaba consolidada dentro del país. Constituía un hecho indudable que no requería declaración alguna. Pero la decla­ración era necesaria para forzar un pronunciamiento por parte de la Confederación Argentina en torno a la emancipación paraguaya ,y para que otros Estados reconocieran esa independencia.

Finalmente, en los capítulos quinto y sexto, se describe el desa­rrollo de las dos misiones enviadas por los cónsules López y Alonzo a Buenos Aires después del Congreso de 1842. Aunque ambas pueden considerarse como misiones diplomáticas -las primeras acreditadas por el país-, los emisarios viajaron con competencias muy limitadas, lo que, de todas maneras, no constituyó un obstáculo para que pudie­ran explicar la situación y las aspiraciones del Paraguay a las auto­ridades argentinas y a los representantes de otros países residentes un la ciudad porteña.

En el Apéndice Documental, se trascribe el Acta o Declaración de Independencia aprobada por el Congreso de 1842, así como las comunicaciones que intercambiaron en su virtud los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires. Se consideró útil reproducir, igualmente, unos apuntes inéditos acerca de los acontecimientos políticos poste­riores a la muerte del doctor Francia y una semblanza de Carlos Antonio López, escritos por Manuel Pedro de Peña, que tienen valor como testimonios de un contemporáneo de destacada actuación pú­blica, pese a que fueron redactados con parcialidad, desde una posi­ción marcadamente contraria al primer presidente del Paraguay. En la trascripción de los documentos, se ha actualizado la ortografía y extendido las abreviaturas.

Cabe señalar que la investigación que sirvió de base para la preparación de este trabajo fue realizada hace algunos años y dio lugar a un par de artículos publicados en 1994 y 1995, respectiva­mente. Se presenta ahora un estudio más completo, ya que, a más de explicar las gestiones y negociaciones diplomáticas, se busca per­filar una pluralidad de aspectos de política interna, relaciones co­merciales y ocupación de áreas fronterizas, que influyeron en las decisiones y orientaciones de política internacional durante el go­bierno de los cónsules López y Alonzo.

Aunque el libro se refiere a un periodo muy breve de la historia del Paraguay, puede resultar de utilidad, más que nada por la impor­tancia de lo que ocurrió y se resolvió en aquellos años. Se trata de momentos decisivos de las relaciones internacionales del país, en que se comenzó a abandonar el aislamiento con el exterior, se reafir­mó hacia afuera la independencia y se definió uno de los mayores desafíos que debió afrontar la diplomacia paraguaya, como fue el de conseguir que se reconociera a la República del Paraguay como Es­tado independiente.

 

NOTAS

Ricardo Scavone Yegros, "Antecedentes de la Declaración de la Independencia del Paraguay en 1842", en Revista, Jurídica 3 (Asunción,, Centro de Estudian­tes de Derecho de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Cató­lica, 1.994); y "Los tratados de 1841 entre el Paraguay y Corrientes", en Estu­dios Paraguayos 18 , 1-2 (Asunción, Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción", 1990-1995).

 


CAPÍTULO 1

EL SEGUNDO CONSULADO

MUERTE DEL DICTADOR FRANCIA

 

El 20 de setiembre de 1840 falleció en Asunción el doctor José  Gaspar Rodríguez de Francia, Dictador Perpetuo de la República del Paraguay. Se cerró, de esa manera, una gestión gubernativa de veintiséis años, precedida por otros tres en que su intervención resultó determinante dentro del proceso de construcción del Estado paraguayo. Desde 1811, él orientó, en los momentos decisivos, la tarea de darforma jurídica a las aspiraciones de autonomía que predomina­ron en la provincia del Paraguay cuando se hizo evidente el desmo­ronamiento del imperio colonial español. Se ha sostenido que el movimiento emancipador paraguayo de 1811 perseguía al principio únicamente mayor autonomía y el derecho de autodeterminación frente al gobierno constituido en Buenos Aires, y que la influencia de Francia, sumada obviamente a otros factores, condujeron a la proclamación de la República en 1813.1

El doctor Francia inició su gobierno como dictador del Paraguay en 1814, y fue consolidando progresivamente el poder en los años siguientes. Resulta difícil dilucidar hasta qué punto lo hizo por en­tender que solo él y el orden que representaba podían asegurar la independencia del país en momentos tan difíciles, o si actuó movido exclusivamente por ambiciones de mando y predominio. Lo cierto es que gobernó en soledad, con colaboradores sumisos -sin brillo o relie­ve propios-, concentrando en sus manos la suma del poder público, y combatiendo con energía y eficacia a los grupos que hubieran podi­do poner en entredicho la autoridad del Estado, encarnada en su persona. El gobierno de Francia se afirmó, en efecto, sobre la base del terror, mediante el uso y el abuso de las prisiones, la confiscación de bienes y la eliminación de sus comprobados o supuestos adversarios.

De todos modos, al tiempo de la muerte del dictador la indepen­dencia paraguaya estaba consolidada internamente. El orden públi­co parecía asegurado y la población se había ido incrementando en forma sostenida. Unos años después, en 1846, se registraron en la República más de 230 mil habitantes, concentrados principalmente en la capital y los departamentos circunvecinos .2

La larga dictadura o, más bien, la extensión en el tiempo de una forma de gobierno concebida para periodos relativamente breves, condujo empero a un prolongado estancamiento en el desarrollo ins­titucional y económico del país. En 1854, el presidente Carlos Anto­nio López, al evaluar la obra de su gobierno, esbozó en un Mensaje al Congreso el siguiente cuadro sobre el estado en que se hallaba el Paraguay cuando concluyó la administración del doctor Francia:

Habéis sido Honorables Representantes testigos del cuadro lúgubre que presentaba la República en todos los aspectos, al fallecimiento del Dictador. Por la concentración desmedida que estableció en la Admi­nistración, no había establecimiento, ni institución alguna de las que en todas partes del mundo culto sirven de resortes a la Administra­ción, y ayudan la acción del Gobierno. Así es que no había sino meros escribientes, ni se había podido formar capacidades administrativas, judiciales, policiales, que pudiesen secundar las miras, y trabajos del Gobierno. No había establecimiento ninguno de educación, instruc­ción elemental, moral, y religiosa; había algunas escuelas primarias de particulares mal montadas y el tiempo había reducido al clero a un número muy diminuto de Sacerdotes.

En lo material la Capital y las villas todas ofrecían el aspecto más desagradable: templos apuntalados y amenazando desplomarse; cuar­teles desaseados, incómodos e insalubres; casas particulares rodea­das de escombros, o próximas a arruinarse. Las calles en su mayor parte oponían al tránsito hondos surcos que formaban los torrentes de las copiosas lluvias. El río con sus avenidas socavaba rápidamente la parte de la Capital que mira al río. En muchos lugares de la Capital, vertientes subterráneas y permanentes de agua hacían poco seguras e insalubres las habitaciones. El exterior e interior de la casa de Go­bierno era indecoroso. 3

No obstante, el mismo Carlos Antonio López había justificado antes, desde las columnas de El Paraguayo Independiente, que "cua­lesquiera que sean las censuras que le dirijan", el dictador Francia fundó la independencia del Paraguay, agregando que "si su política hubiese sido desasombrada de los peligros" opuestos por el partido europeo y las intrigas argentinas, "ciertamente hubiera sido más franca y creadora". 4

 

SUCESIÓN GUBERNATIVA

El fallecimiento del dictador Francia marcó el inicio de un breve periodo de inestabilidad institucional. La dictadura se había consti­tuido por cinco años en 1814, y en 1816 se transformó en perpetua, con la sola limitación de que se establecía "con calidad de ser sin ejemplar", vale decir, sin constituir un precedente en cuanto a la forma de gobierno que adoptaría luego la República. Nada se había previsto para el momento en que faltase el dictador, quizás porque ello hubiese implicado una restricción a su poder absoluto, dando lugar a disputas anticipadas de poder.

Ante la situación de acefalía, se hicieron cargo de la administra­ción pública el alcalde primer juez ordinario y los comandantes de los cuarteles de la capital. Según los datos consignados por un contem­poráneo, el doctor Francia murió el 20 de setiembre de 1840, aproxi­madamente a las diez de la mañana, "sin más auxilio ni compañía que la del médico paraguayo don Vicente Estigarribia". Éste se diri­gió luego a dar cuenta del deceso al comandante Agustín Cañete, del Cuartel de la Plaza, quien convocó a una reunión en su comandancia, con encargo de reserva, al alcalde Manuel Antonio Ortiz, a los co­mandantes Pablo Pereyra, del Cuartel del Hospital; Miguel Maldo­nado, del Cuartel de San Francisco; y Gabino Arroyo, del Cuartel de la Ribera. De allí, pasaron todos a la Casa de Gobierno, donde adop­taron medidas de seguridad "para evitar cualesquiera convulsión política que pudiera suceder", y se constituyeron en Junta de Gobier­no Provisorio. Después, "recién a la una del día", mandaron anunciar al pueblo la muerte del dictador. Según Manuel Peña, esta junta fue hechura de Policarpo Patiño,5 quien se desempeñaba desde 1825 como fiel de fechos o actuario del dictador.

Con posterioridad a los solemnes funerales, se formalizó la constitución de la Junta de Gobierno, el 24 de setiembre. Para esto últi­mo, no hubo grandes esfuerzos de concertación política. El alcalde Ortiz y los cuatro comandantes convocaron a los miembros del Cuer­po Municipal -que era como se denominaba al conjunto disminuido de los funcionarios judiciales que antes integraban el Cabildo de Asunción-, para que ellos se pronunciaran sobre la continuidad de la junta. Se les explicó que no habían sido citados el día 20 "por la urgencia del caso" y "por sus ocupaciones en otras comisiones". Re­unidos así los cinco miembros de la junta con el alcalde segundo juez ordinario, el alguacil mayor y el defensor general de pobres y meno­res, se acordó que continuara en funciones la Junta de Gobierno, previo juramento por parte de sus miembros de que defenderían la República, así como "la persona de los individuos de los habitantes de ellasy sus particulares derechos y acciones". Se determinó, igual­mente, que el señor Ortiz presidiera la junta, que los comandantes fueran vocales y que el gobierno tuviese dos secretarios y un fiel de fechos. Quedó expresamente postergada para otra oportunidad la decisión de si convenía o no convocar un Congreso General de la República. Por consiguiente, la legitimación del nuevo gobierno se efectuó recurriendo sólo a la pobre autoridad de funcionarios subor­dinados, quienes hicieron las veces -como señaló Blas Garay- de "una máscara con que la junta quería encubrir su usurpación".6

En los primeros momentos, Policarpo Patiño, el antiguo actua­rio del dictador, mantuvo su preeminencia dentro de la pequeña burocracia que atendía la administración estatal y fue designado como secretario de la junta. Pero al poco tiempo se enfrentó a los nuevos gobernantes y manifestó, al parecer, aspiraciones de hacerse cargo del gobierno. El 30 de setiembre se dispuso su detención, acu­sándosele de retardar la comunicación del establecimiento de la jun­ta a las autoridades del interior y de haber nombrado en forma incon­sulta como fiel de fechos a su yerno, Rafael Bazán.7 Recluido en el Cuartel de la Plaza como reo de Estado, Patiño falleció en octubre siguiente, a consecuencia de haberse "ahorcado a sí mismo", según el asiento obrante en el libro de defunciones de la Catedral de Asun­ción.8 Tras la separación de Patiño, se incrementó la influencia de Juan Antonio Zalduondo, asesor del presidente Ortiz desde los tiem­pos en que se desempeñaba como alcalde.9

El nuevo gobierno ordenó la liberación de algunos presos políti­cos, nombró como alcalde primer juez ordinario, en reemplazo de Ortiz, a Juan José Medina, quien hasta entonces había sido alguacil mayor, "carcelero y tendero del Estado", y designó nuevos coman­dantes de los cuarteles. Según Garay, la junta ejerció sus funciones “sin apartarse del sendero trazado por el dictador, cuya organización po1ítica y administrativa conservó intacta". Los vocales dejaron sus respectivos cuarteles, pasaron a ocupar casas del Estado y despacha­ban diariamente los asuntos públicos en la Casa de Gobierno, con el presidente Manuel Antonio Ortiz.10

El 15 de octubre, los miembros de la junta volvieron a reunirse con los del Cuerpo Municipal. Se informó, en la ocasión, el nombra­miento de José Gabriel Benítez como secretario del gobierno y de José Domingo Campos como fiel de fechos y, aunque se trataron y resolvieron otros temas, nada se consignó en el acta de la reunión en cuantoa la convocatoria del Congreso General.11 La indefinición so­bre este punto, lejos de favorecer a la junta, la fue debilitando, hasta que el 22 de enero de 1841, sumariamente y sin derramamiento de sangre, fuerzas militares apresaron al presidente Ortiz, a los vocales y al asesor Zalduondo, y se estableció una nueva Junta de Gobierno en su reemplazo.

El derrocamiento de la Junta de los Comandantes fue ejecutado por el sargento Romualdo Duré, de la Segunda Compañía de Fusile­ros del Batallón Número 1, quien, de acuerdo con sus compañeros de amas, y "con noticia de su jefe", se presentó con setenta y cinco hombres bien armados en la Casa de Gobierno, arrestó a los miem­bros de la junta, sin que estos opusieran resistencia, y los condujo "a asegurarlos en el cuartel". 12

Se reunieron, seguidamente, los comandantes de los cuarteles de Asunción con los integrantes del Cuerpo Municipal y decidieron, "haciendo las veces de un Congreso provisorio", suprimir la junta "que arbitrariamente y con usurpación de los derechos de la nación y su libertad ha ejercido el Supremo Gobierno". Resolvieron, ade­más, llamar "a la nación a Congreso General", a fin de que, "con plena libertad, maduro acuerdo, y en uso de la soberanía que en ella reside", eligiese el nuevo gobierno de la República. Para preparar la reunión del Congreso y mantener el orden entre tanto, se constituyó una Junta Provisoria, integrada por el alcalde Juan José Medina, el secretario José Gabriel Benítez y el fiel de fechos José Domingo Campos.13

Cinco días después de su instalación, el 27 de enero, la Junta Provisoria convocó al Congreso General para el 19 de abril siguiente. El Congreso debía integrarse con quinientos sufragantes, naturales de la República y elegidos en las villas, departamentos y partidos, en proporción a sus respectivas poblaciones, por "los ciudadanos de cualquier estado, clase o condición", "con plena libertad y sin la me­nor coacción, traba, ni embarazo, como ciudadanos e individuos de un pueblo libre, cuya voluntad general habrá de ser la Suprema Ley". Se exceptuaba de ese procedimiento de elección a la capital, en donde el gobierno convocaría directamente a un número determina­do de vecinos que no hubiesen "sido causados o sindicados de opues­tos al sistema de la libertad", 14 o en otras palabras, a la independen­cia del país.

El largo plazo previsto hasta la reunión del Congreso despertó suspicacias en cuanto a las intenciones de la Junta Provisoria, que, para más, había llenado los cargos vacantes de alcalde primer juez ordinario y alguacil mayor sin contar con atribuciones para hacerlo. Esos motivos, y la sospecha de que actuaban sobre ella "influencias perniciosas", provocaron su supresión por los mismos que la estable­cieron.15

En la noche del 8 de febrero de 1841, el subteniente Hermene­gildo Quiñónez, del Batallón Número 2, procedió a apresar a los tres miembros y, al día siguiente, los comandantes y funcionarios del Cuerpo Municipal asentaron en acta que, no pudiendo desentender­se ellos "del general descontento con la Junta Provisoria", resolvie­ron deponerla y nombrar al comandante del Cuartel de San Francis­co, Mariano Roque Alonzo, como Comandante General de Armas, con la atribución de convocar el Congreso General para el día 12 de marzo siguiente y atender, entre tanto, las cuestiones rutinarias de la administración pública. Debía residir en el cuartel de su mando, quedando las llaves de la Casa de Gobierno depositadas a cargo del Comandante del Cuartel de la Plaza. Carlos Antonio López fue de­signado como secretario del Comandante General de Armas. 16 Este Último se había convertido para entonces en el director civil de los militares. Hombre estudioso y dedicado, con formación jurídica y medios económicos, fue imponiéndose en esos momentos por su fuer­te carácter y su capacidad de trabajo.

Los comandantes que participaron de estas decisiones fueron Dionisio Ojeda, del Cuartel de la Plaza; Bernardino Denis, del Cuar­tel del Hospital; Mariano Roque Alonzo, del Cuartel de San Francis­co; José Matías Candía, del Cuartel de la Ribera, y Julián Bogado, del Cuartel de Lanceros; y los miembros del Cuerpo Municipal, Fran­cisco Javier Filártiga, alcalde segundo juez ordinario, y Dionisio Acos­ta, procurador de la ciudad y defensor de pobres y menores.

Dos días después, el 11 de febrero, se convocó al Congreso Gene­ral. En la convocatoria se consignaba que el Congreso tendría por finalidad elegir el gobierno, que había quedado vacante por muerte del dictador Francia, así como tratar todo lo que "se tuviere por con­veniente". Se compondría de quinientos sufragantes, electos por las distintas poblaciones del país, conforme a la división efectuada por la Junta Provisoria. Los sufragantes debían ser naturales de la Repú­blica y vecinos de la población que lo eligiera. Podrían tomar parte de los comicios los vecinos casados y los solteros mayores de veintitrés años, siempre que no estuvieran encausados por delitos graves, ni sindicados como "opuestos o desafectos a la causa de la libertad o que sean faccionarios de los enemigos de ella". Se ordenó a las autorida­des locales que presidiesen las discusiones y los comicios, dejando que se realizaran "en la más plena y absoluta libertad"." Los dipu­tados de Asunción serían designados por el gobierno.

Con la reunión del Congreso se cerraría el periodo de confusión e indefiniciones que siguió al fallecimiento del dictador Francia, y en el que los principales protagonistas fueron los militares, asistidos o influidos por civiles conocedores del derecho o la administración pública.

Los comandantes militares, pese a que, ciertamente, carecían de instrucción superior ya que habían sido educados para obedecer antes que para deliberar, estaban en contacto diario, haciendo vida de cuartel, con compatriotas procedentes de todos los puntos de la República y de diferente extracción social. Se hallaban, por tanto, cercanos al sentir popular, mucho más que cualquier otro grupo de poder, y, además, ningún otro tenía el mismo grado de organización. La mayor parte del ejército se concentraba en la capital, y se calcula que en la última década de la dictadura uno de cada dos de los varo­nes adultos que residían en Asunción era militar.18

Resulta llamativo el espíritu de cuerpo que prevaleció en las decisiones que adoptaron. No hubo a simple vista división entre los comandantes que estaban efectivamente a cargo de las fuerzas mi­litares. Todos actuaron de consuno, al menos, en los tres momentos decisivos de esos seis meses. Es sabido que las tropas estaban distri­buidas en forma relativamente proporcionada en los diferentes cuar­teles, ,y quizá esa situación pudo haber contribuido al mantenimien­to del equilibrio.

Por lo demás, dos ideas se perciben con claridad en los aconte­cimientos que tuvieron lugar entre setiembre de 1840 y marzo de 1841: la comprensión de que la defensa de la República -vale decir, del Estado Paraguayo- era el primer deber del gobierno, y la con­ciencia del poder legitimador del Congreso General.

 

EL CONGRESO DE 1841

Antes de la magna reunión, los militares y el secretario López trabajaron para definir las posiciones que llevarían al Congreso. Una elemental previsión justificaba tal proceder. Manuel Peña re­cordó que "los jefes militares, hasta los subtenientes y sargentos se reunían antes del Congreso a concertar la forma de gobierno que se había de establecer, los individuos que habían de ser y el tiempo que había de durar". Surgió, así, la iniciativa de instaurar nuevamente elConsulado, que antecedió a la Dictadura, y en el que figurarían el comandante Alonzo y el secretario López. No se quería reeditar el gobierno unipersonal perpetuo, pero tampoco entraba en los planes adoptar una Constitución Política. El mismo Peña comentó que uno de los oficiales que intervino en esos acontecimientos, José Gabriel del Valle, le dijo en la víspera de la apertura del Congreso:

Qué Constitución, ni Constitución; con que esos pueblos vecinos que siempre están con Constituciones no pueden arribar a nada, y ¿qué haremos nosotros? Del modo que pensamos hacer, ya no tendremos otro Francia. Conocemos a Alonzo que es bueno, y aunque el otro no lo sea, no hará lo que se le antoje, pues se le elige sólo por su práctica en los papeles y se tendrá cuidado con él.19

En realidad, Carlos Antonio López había adquirido, en esos momentos, una gran influencia. Alfred Demersay, quien estuvo en el Paraguay pocos años después, apuntó que López había actuado "con singular habilidad" en los preparativos del Congreso, participando activamente en las reuniones de los jefes militares, que eran "hom­bres de extrema grosería y de la más crasa ignorancia", así como partidarios de la política de aislamiento absoluto y de prohibición del comercio con el exterior. Pudo López ganar la confianza de esos hom­bres y transmitirles "ideas más sanas y razonables". Sus partidarios hicieron correr la voz de que el doctor Francia lo había indicado como sucesor, con miras a neutralizar el prestigio de que gozaba Norberto Ortellado, el Delegado de las Misiones, "a quien el pueblo considera­ba como destinado a proseguir las tradiciones gubernamentales del dictador",20

Como estaba previsto, el Congreso inició sus deliberaciones el 12 de marzo en la iglesia de San Francisco, próxima al cuartel que estaba bajo el mando de Mariano Roque Alonzo. Desde antes, se había transmitido a los diputados, "conforme iban llegando de las villas y departamentos", que "las tropas querían un gobierno de dos cónsules y estos debían ser López y Alonzo, precisamente". Además, Manuel Peña asentó que el día de la reunión un emisario de López se movió entre los congresales "como lanzadera de tejedor", transmitiéndoles las ideas consensuadas por los comandantes de la capital.

Instalado el Congreso, Carlos Antonio López fue elegido para presidirlo. Vicente Godoy, sargento del cuartel de San Francisco, propuso luego que se nombrase un gobierno compuesto por López y

Alonzo. Sin oponerse a la propuesta, el diputado Juan Bautista Rivarola, que había tenido una relevante intervención en el movimien­to emancipador de 1811 y era, al decir de sus contemporáneos, un "hombre de capacidad y luces", criticó la dictadura pasada y propuso que, antes de elegir a los gobernantes, se formulase una Constitu­ción para la República, abriendo paso, así, "a un régimen más tolera­ble después de una larga tiranía". Carlos Antonio López impidió la consideración de la sugerencia, y habría manifestado bruscamente a Rivarola: "Calle rústico, que viene con cosas de antaño; una golondri­na no hace verano. ¿Es capaz usted de hacer la Constitución? ».21 Meses después, un diplomático inglés recogió en Asunción la versión de que "los pocos que estaban de acuerdo" con la moción de Rivarola "guardaron silencio o fueron acallados", y que a éste "no se le permitió firmar el Acta del Congreso, y, tras una severa reprimenda del Señor López, fue confinado por algunos años a cierto distrito del país",22

Pero aunque el Congreso General no sancionó una Constitu­ción, adoptó decisiones trascendentes que marcarían el inicio de sig­nificativas transformaciones en el Paraguay. En primer lugar, esta­bleció el gobierno consular por un plazo de tres años y eligió a Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonzo para que lo ejercieran. Los cónsules atenderían unidamente la Comandancia General de Ar­mas y se les confió la "jurisdicción del gobierno" en todos los ramos del despacho general, esto es, en cuanto al "poder ejecutivo y judicia­rio". Se les autorizó a crear o suprimir plazas en el ejército según las necesidades del país y las disponibilidades de la Tesorería General, a nombrar un Secretario de Cámara, a regular el comercio con los brasileños por Itapúa, a establecer relaciones de amistad y comercio con otros gobiernos "sin perjuicio de la independencia y seguridad de la República", a habilitar el puerto de la Villa del Pilar para el comer­cio fluvial con el exterior y se determinaron fondos para que impul­saran los estudios superiores con el fin de "formar ciudadanos útiles a la Religión y al Estado".

El Congreso definió, también, la composición del Cuerpo Muni­cipal, que comprendía a los funcionarios encargados de la adminis­tración de justicia y que quedó integrado por los Alcaldes Primero y

Segundo, que actuaban como jueces de primera instancia, el Procu­rador General de la Ciudad, el Defensor General de Menores, el Defensor General de Pobres y Naturales y el Fiel Ejecutor. Debían ser escogidos entre "ciudadanos de virtud y luces", y serían cambia­dos anualmente por el gobierno, "al menos en el mayor número". El Cuerpo Municipal ejercería las funciones que le correspondían "hasta que otra cosa determine la constitución". Los alcaldes ordinarios se turnarían en su presidencia por trimestres. Aún se reservaba a los cónsules la última instancia en los procesos judiciales.

Adoptó además, el Congreso previsiones para el supuesto de acefalia pormuerte o cesación legítima de uno de los cónsules -en cuyo caso se tendría que convocar en veinte días a un nuevo Congre­so General de trescientos diputados-, y de "discordia" entre los inte­grantes del gobierno consular, que debería dirimir el presidente de turno del Cuerpo Municipal.

En atención a lo expuesto por el subteniente Hermenegildo Quiñónez, apoderado de los comandantes y oficiales de los cuarteles, sobre la "voluntad postrimera" del dictador Francia, se destinó una

parte de los sueldos que correspondían a éste para acordar un obse­quio "a la tropa de los cuarteles, fuertes, fronteras y guardias del Chaco" equivalente a un mes de sueldo. Se dispuso, por otra parte, el licenciamiento de esas tropas, previa cancelación de una suma en concepto de último pago, teniendo en cuenta que estaban destacadas "por muchos años" y que el nuevo gobierno no podía comprometerse a pagarles sus sueldos, "de los que se había desentendido su antece­sor''. Los destacamentos de tropas veteranas de fuertes y fronteras tendrían que relevarse por turnos cada tres años, al igual que los comandantes, salvo, en el caso de estos últimos, que incurriesen en faltas o perdiesen la confianza del gobierno. También los comandan­tes de las villas, jueces y jefes de los partidos serían relevados "de tiempo en tiempo", "a fin de que los patricios honrados y beneméritos puedan turnar en los empleos, y tengan un estímulo de portarse

porque no se consideraba "tolerable en un pueblo libre el pasado régimen de empleados perpetuos".

Las resoluciones del Congreso se difundieron mediante bandos y circulares en la capital y en las villas, departamentos y partidos de la República, haciéndose hincapié en que la elección de los cónsules se había verificado sin oposición alguna, y que no se registraron discordancias en las demás determinaciones, "y de consiguiente ninguna desgracia ni desorden”.23

El Congreso de marzo de 1841 representó, en consecuencia, un giroprudente pero tangible en la política observada durante la gestión gubernativa del dictador Francia. No se introdujeron cambios profundos en cuanto al funcionamiento de la administración públi­ca, pero se aprobaron disposiciones que la modificarían de manera paulatina: antes que nada, un gobierno bicéfalo, en contraste con el unipersonal y sin contrapesos que ejerció el dictador; en segundo lugar, la previsión de que en caso de faltar alguno de los cónsules antes del cumplimiento del mandato, debía convocarse necesaria­mente al Congreso General, al que se reservaba el poder legislativo; y, por último, la introducción del principio de alternancia en los car­gos públicos, cuidadosamente regulado, y que abarcaba desde la alta conducción hasta las autoridades de los departamentos y partidos del interior. Después de la carta blanca aprobada en el Congreso de 1816 cuando se consagró la dictadura perpetua, el de 1841 sometía nuevamente la voluntad de los gobernantes a la ley. El marco era, por cierto, amplísimo, pero las cosas comenzaban a cambiar.

A las innovaciones institucionales se sumaron la autorización para ampliar y regularizar el comercio exterior y la decisión de dar impulso a la educación superior. En opinión de un contemporáneo, "el establecimiento del Gobierno Consular en 1841 fue una verdade­ra y completa revolución social, política y comercial en el Paraguay; no fue un simple cambio de personas, lo fue también de régimen y de principios" .24

La concreción de esos cambios no sería una tarea sencilla. Como señaló Juan Andrés Gelly, cercano colaborador de la gestión guber­nativa de Carlos Antonio López, "el nuevo Gobierno debía crear todo, porque todo se había destruido", agregando que:

El dictador no dejó ni personal, ni material alguno de que pudiera valerse y auxiliarse el nuevo Gobierno. El dictador todo había confun­dido y desordenado por esa centralización monstruosa a que había reducido todas las partes y ramos de la administración. Policía alta y baja, justicia, hacienda, guerra, negocios eclesiásticos, todo lo había absorbido, todo dependía de su inmediato despacho [... ]. Como no había principios generales y fijos que sirviesen de regla para expedirse en los casos particulares que ocurriesen, porque dependían del capricho y voluntad del dictador, que a nadie empleaba sino como simple ama­nuense, nadie había adquirido la menor instrucción o práctica, que lo pusiese en aptitud o estado de preparar y facilitar los trabajos del despacho, y expediente de los negocios.25

Los cónsules no pudieron designar de inmediato un Secretario du Gobierno, y encargaron interinamente esa función al Ministro Tesorero de Hacienda, Juan Manuel Álvarez, "sin embargo de las graves e importantes atenciones de su ministerio". Más de un mes después de ser electos, nombraron como Secretario del Gobierno a Vicente Roa, quien ejerció el cargo hasta setiembre de 1841, fecha en que fue sustituido por Domingo Francisco Sánchez.26 También se tomaron un tiempo para integrar el Cuerpo Municipal, lo que hicie­ron  recién a principios de abril.27

 

LOS CÓNSULES LÓPEZ Y ALONZO

Pese a que ambos cónsules tenían atribuciones iguales, sus di­ferencias de carácter y formación llevarían a la preeminencia de uno sobre el otro. Carlos Antonio López se convirtió, de esa manera, en la figura preponderante del gobierno consular. Tal situación se dio con naturalidad, gracias, en palabras de Juan Andrés Gelly, "a la defe­rencia y docilidad de uno" y "a la prudencia y luces superiores del otro".

El mismo Gelly resumió los antecedentes personales del Primer Cónsul en los siguientes términos:

Don Carlos Antonio López es propietario rico. En su juventud ha reci­bido en el Colegio de la Asunción la educación que en los primeros años de este siglo se daba en los colegios de América. Concluidos sus estu­dios, dio lecciones de Teología en el mismo colegio, y dirigió una cáte­dra de lo que en aquellos tiempos se llamaba Filosofía.

Se contrajo al estudio privado de la jurisprudencia, y se dedicó al ejercicio de abogado, desempeñándolo, según dicen, generalmente con imparcialidad, celo y desinterés, lo que le dio crédito, le granjeó bue­nas relaciones y una clientela escogida.

Cuando el sistema del Dictador hizo peligroso el ejercicio inde­pendiente de abogado, el señor López lo abandonó, y se retiró a su estancia distante cuarenta leguas de la capital, y se contrajo exclusi­vamente al cuidado de sus haciendas, y la lectura de los pocos libros que pudo obtener. No venía a la capital, sino muy raras veces y no demoraba muchos días. Esta vida retirada y especie de reclusión a que se condenó, le sustrajo providencialmente a las desconfianzas y temo­res del Dictador, y a la prisión y muerte, que eran la consecuencia común.

El señor López nunca salió de su país, no ha tenido la menor participación en los negocios públicos; no pudo conocer las excelentes obras publicadas sobre los diversos ramos de administración pública y economía política, ni tener la menor noticia de los acontecimientos de Europa y América en los últimos veinte años, porque el Dictador perseguía con más rigor que la inquisición a los hombres de saber y sus obras, y era imposible que unos y otras entrasen en el Paraguay.

Sin embargo, sus actos, sus escritos, hicieron ver que no le eran des­conocidos los buenos principios de administración pública, y que en su retiro había meditado sobre la situación del país, sobre sus necesida­des, sus males, las causas, y sobre los remedios que pudiera aplicárseles. 28

Si bien era "propietario rico" en 1841, cuando rondaba los cincuenta años de edad, López había nacido en un hogar humilde y fue ascendiendo en la vida mediante el estudio y el trabajo, junto con algunos golpes de fortuna, como el matrimonio con una mujer adinerada y la proximidad a los militares en los meses decisivos de febrero y marzo de 1841, hechos ambos que sus enemigos se encargaron de rodear de oscuras circunstancias. Pero ni siquiera ellos pudieron desconocerle su inteligencia superior y su dedicación al trabajo. Uno de sus condiscípulos escribió, cuando llegó al Plata la noticia de su elección como cónsul, que no había observado en Carlos Antonio López, ni en su infancia, "el carácter de niño" y que "sus diversiones eran los libros, sus juegos eran los libros, permaneciendo años enteros en una vida estudiosa, retirada y contemplativa", añadiendo que "su con­ducta como joven a los viejos asombraba" .29 Manuel Peña, uno de sus colaboradores y, luego, su más enconado émulo, se valió de esa fama para atacarlo muchos años después, acusándolo de inadaptado. "Ta­citurno y retirado -apuntó Peña sobre López-, esquivo para el trato social en edad tan tierna, dejó ver su inclinación parcial para la misantropía, que le llamaba al silencio y retiro, huyendo de la comunicación de los hombres" .30

Demersay, quien lo conoció en 1846 cuando ya se desempeñaba como Presidente de la República, atribuyó las peculiaridades de su carácter a deficiencias de formación, imputables más bien al medio en que le tocó madurar, antes que a su índole personal. Escribió al respecto:

El presidente López no es falto de instrucción; mas esta instrucción, bebida en los libros, y que no ha sido discutida y confirmada ni por la frecuentación con personas de saber, ni por la experiencia de mundo, lo arrastra a apreciaciones exageradas, demasiado absolutas, casi injustas.

La falta de relaciones sociales, que le hizo seguir la letra antes que el espíritu de los numerosos libros que ha leído, le privó igualmen­te de esa delicadeza de trato y de maneras, cuya ausencia, siempre desagradable, se torna inexcusable e intolerable en los depositarios de la autoridad soberana.31

La formación intelectual de López estaba asentada en el pensa­miento escolástico y en el derecho español, formalista y minucioso. Se lo consideraba como el mejor latinista del Paraguay.

Mariano Roque Alonzo, por su parte, era militar, "con largo tiempo de servicio de cuartel y guarnición". En 1825, revistaba como sargento en la Villa del Pilar. Fue luego, en la década de 1830, co­mandante del Fuerte Formoso, en el Chaco. En 1839 ascendió al grado de subteniente de fusileros y entre setiembre y diciembre de 1840 se hizo cargo del comando del Cuartel de San Francisco. Los oficiales de la capital le confiaron, en febrero de 1841, la Comandan­cia General de Armas, encomendándole provisoriamente el gobierno de la República. En tal carácter, se ocupó de convocar y preparar, con la colaboración de Carlos Antonio López, el Congreso de marzo del mismo año. Gelly lo describió como "hombre de buen sentido, honra­dez y docilidad", que tuvo el mérito de reconocer "la superioridad de su colega" y de mostrarse siempre deferente con él.32 Por el rol que habían asumido los militares en los meses que siguieron al falleci­miento del dictador Francia, la importancia de Alonzo como sostén del gobierno consular no habrá sido menor.

En los últimos días de marzo de 1841, los cónsules dispusieron los ascensos de los comandantes y oficiales de los cuarteles de Asun­ción. Bernardino Denis, comandante del Escuadrón de Granaderos Montados, que custodiaba al gobierno, fue ascendido a capitán; Dionisio Ojeda, José Matías Candía, Hermenegildo Quiñónez, Francis­co Pereira, José Gabriel del Valle y otros ascendieron a tenientes. Entre los sargentos, Romualdo Duré fue promovido a subteniente segundo.33

Para alejarlos de la capital, o porque se necesitaba gente com­prometida con el nuevo orden de cosas en el interior y en las fronte­ras,varios de los oficiales que intervinieron en los sucesos de enero a marzo de 1841 recibieron, en los meses siguientes, destinos fuera de Asunción. En abril, el teniente José Gabriel del Valle fue nombra­do comandante del Campamento de San José de la Rinconada, en la margen izquierda del Paraná, y en mayo se designó al teniente Dionisio Ojeda, comandante del Cuartel de la Plaza, como alcalde juez ordinario de Villa Concepción y su distrito; en junio siguiente, el teniente Francisco Pereira fue destinado a prestar servicios como comandante militar y delegado de hacienda en la Villa del Pilar, y el teniente Julián Bogado, comandante del Cuartel de Lanceros, como delegadodel Departamento de Santiago .34 De esta manera, hombres de la situación reemplazaron a los funcionarios de la dictadura, que en algunos casos llevaban largos años en sus puestos, haciendo el nuevo gobierno sentir así su autoridad.

Los traslados de los militares permitieron al cónsul López acre­centar su poder. A fines de mayo de 1841, ante la designación del teniente Ojeda como alcalde de Concepción y la consiguiente vacan­cia del comando del Cuartel de la Plaza, se acordó que Mariano Ro­que Alonzo asumiera el comando de ese cuartel, sin perjuicio de la Comandancia General de Armas que ejercía conjuntamente con su colega y de su participación en el despacho de los asuntos de gobier­no.35 La decisión implicó que Alonzo fuese a vivir al Cuartel de la Plaza y dejase a López la Casa de Gobierno. El subteniente Romual­do Duré manifestó su disconformidad con el desplazamiento de Alonzo y terminó siendo trasladado a un puesto de guardia en el Chaco.36

Así, a mediados de 1.841, Carlos Antonio López había construi­do su propia base de poder; su voluntad se imponía sobre la de los militares y tenía bajo control el interior del país, contando con el respaldo de su colega Mariano Roque Alonzo. A las medidas apunta­das, se sumaron otras, dispuestas con la finalidad de poner término a las persecuciones y evitar el surgimiento de nuevas controversias públicas. El gobierno consular ordenó la libertad de los presos polí­ticos, devolvió propiedades confiscadas y concedió algunas indemni­zaciones por los bienes que se habían consumido o eran necesarios para el Estado. Tuvo, empero, mucho cuidado en no dar curso a contra funcionarios de la dictadura, conteniendo, de esta manera, la explosión del revanchismo.37 De todos modos, las críticas contra el extinto dictador comenzaron a multiplicarse. Se hicieron sentir, asimismo, los defensores del antiguo régimen, que lo echaban de menos, comparándolo con la nueva administración. Ante estos incipientes síntomas de excitación popular, los cónsules dispusieron, en diciembrede 1841, que nadie se ocupara en lo sucesivo de emitir “censuras ni aplausos" respecto de la dictadura del doctor Francia,38

La mano dura aflojaba pero no soltaba las riendas. Mariano Antonio Molas, de brillante actuación en los años iniciales de la independencia, fue liberado por los cónsules de su prisión con grillos en la cárcel pública, aunque "con privación de todo entrometimiento en el despachode los negocios judiciales, y [orden] de retirarse a su residencia del distrito de Caapucú"39. No está comprobado que Juan Bautista Rivarola haya sido detenido después de la moción que hizo en el Congreso de 1841, pero puede ser cierta la versión de que se dispuso su confinamiento por algún tiempo en el distrito de su residencia 40.Consta que, después del proceso instaurado a las juntas de setiembrede 1840 y enero de 1841, el presidente de la primera de ellas .., el ex alcalde Manuel Antonio Ortiz, fue confinado a Santiago, por traidor y ladrón de intereses públicos", y que a uno de los miembros de  la segunda, José Domingo Campos, "se le fijó residencia en San José de los Arroyos, y allí vivió veinte años".41

Asegurado el orden interior y consolidada su autoridad, el go­bierno consular pudo abocarse a llevar adelante su obra constructiva que, como lo consignara Julio César Chaves, consistió en "reanimar el organismo nacional, inyectarle vida; organizar la República, dic­tarle leyes, darle administración; reanudar los contactos con el exte­rior, acreditar y recibir misiones diplomáticas; rehabilitar el comer­cio; reafirmar la independencia" .42

 

EL AISLAMIENTO PARAGUAYO. 43

El establecimiento de relaciones de amistad y comercio con otros países era uno de los más grandes desafíos que los cónsules tenían por delante. Bajo la dictadura del doctor Francia, el Paraguay había reducido a la mínima expresión sus contactos internacionales, aun cuando se permitió un intercambio mercantil reducido y muy contro­lado.

No fue, en efecto, un aislamiento completo; pero el aislamiento era la norma. Las diferencias con el gobierno de Buenos Aires .y la creciente hostilidad de éste hacia el Paraguay, así como los atropellos de los tenientes del caudillo oriental José Artigas y de otras autori­dades en el litoral paranaense, determinaron una reducción sustan­cial del comercio exterior paraguayo y una interrupción casi total de los contactos formales con otros gobiernos. Se interrumpió también el comercio con los portugueses de Mato Grosso por el norte, y el antiguo Fuerte Borbón, transformado en Fuerte Olimpo, se constituyó la última frontera del país en el Alto Paraguay.

El aislamiento se impuso, por tanto, ante amenazas externas, y en el ánimo de no tolerar cualquier "traba arbitraria de impuestos, registro, puerto preciso, derecho de tránsito u otra cualquier invención semejante sugerida por el espíritu de piratería y depredación que escandalosa y desaforadamente se ha querido introducir y acos­tumbrar”.44 No obstante, el aislamiento se acomodaba perfectamen­te al sistema de gobierno y los objetivos políticos del dictador Francia centrados en "conservar la paz, la quietud y la tranquilidad interior y exterior" del país .45 Como lo señaló Jerry W Cooney:

En 1819, para evitar el desorden político del Bajo Plata, que ponía en peligro su autoridad y la soberanía del Paraguay, Francia tomó la drástica medida de aislar a su nación, diplomática y políticamente, del mundo exterior. Controles estrictos de frontera impedían la entrada y salida no autorizadas a y del Paraguay. Sólo un mínimo y cuidadosa­mente controlado comercio internacional era permitido y dirigido por el dictador, para lo que él consideraba el bien del Estado.46

El dictador Francia permitió que se realizaran operaciones mercantiles con el propósito de satisfacer las necesidades más apre­miantes del Paraguay. Así, se pudo adquirir lo que el país no tenía condiciones de producir, como armas, algunos textiles y metalurgia, pagando lo comprado en especie, principalmente con yerba mate, tabaco y cueros. Sólo una pequeña proporción de yerba y tabaco paraguayos se colocaba de esta manera, y la declinación de las expor­taciones produjo un estancamiento muy notorio de las actividades económicas. Al respecto, un testigo consignó lo siguiente:

Muchos negociantes, viéndose sin ocupación en la capital, se retiraron a la campaña para vivir con más economía. Lo mismo sucedió en las otras ciudades del país, que se despoblaron casi enteramente porque sus habitantes, ocupados antes en diversos ramos de industria, se vieron obligados a procurar su subsistencia en la agricultura. Este estado de cosas contuvo de tal modo la circulación del numerario que, a una gran parte del Paraguay fue preciso recurrir a las permutas, como antiguamente, para adquirir los objetos de consumo interior. 47

Restringido, y prohibido después, el arribo de buques extranje­ros hasta el puerto de Asunción, y limitadas a casos muy excepciona­les las licencias para que embarcaciones paraguayas salieran del país, el dictador permitió, en forma discontinua, que comerciantes correntinos, o procedentes de Corrientes, llegasen hasta la Villa del Pilar. Durante las décadas de 1820 y 1830 se desarrolló por ahí un intercambio mercantil modesto e irregular. Desde Corrientes, los productos del Paraguay eran reexportados hacia otros puertos y, sobre todo, a Buenos Aires. Cada cierto tiempo, las embarcaciones correntinos podían llegar hasta Pilar. Los listados .y muestras de las mercaderías que ellas conducían eran remitidos al dictador, quien determinaba su precio y lo que adquiriría el Estado. El comercio que en ese periodo tuvo lugar por el puerto de Pilar estaba subordinado a consideraciones y objetivos políticos, y debía, necesariamente, aten­der en forma preferente los intereses estatales .48

Uncontemporáneo, el naturalista francés Alcides D'Orbigny, quien estuvo en Corrientes en 1827 y 1828, dejó asentada la siguien­te relaciónsobre cómo operaba ese intercambio:

Cuando el dictador del Paraguay abre sus puertos y anuncia al gobernador  de Corrientes que desea mercaderías, esta circunstancia brinda la oportunidad de colocar productos a los negociantes correntinos, que cargan inmediatamente barquichuelos chatos o chalanas, que despa­chan al Paraguay; género de comercio lo bastante original como para que hable de él en detalle. Esos barquichuelos no pueden conducir a los mismos interesados; deben ser censados como pertenecientes a los correntinos y no a los de Buenos Aires, porque, en tal caso, serían confiscados en provecho del doctor Francia, que detesta a los últimos. Su pone como propietario a un joven de Corrientes, con instrucciones para la venta. Es necesario que éste y sus marineros sepan hablar bien el guaraní, porque el desconocimiento de ese idioma los haría sospechosos de ser de Buenos Aires. Es necesario declarar si se desea yerba mate o cueros curtidos del Paraguay, las dos únicas ramas del comercio permitidas en el país, y qué cantidad más o menos se desea de esas mercaderías. Los barcos parten. Una vez que lleguen a las primeras guardias ubicadas a orillas del. Paraguay, piraguas armadas los siguen para impedirles que se comuniquen con los pobladores que podrían abordarlos. Son conducidos así hasta Ñembucu [o sea, hasta la Villa del Pilar], el primer lugar habitado. Allí una guardia vigila cada barco e impide a su tripulación descender a tierra, así como hablar con cualquier persona, durante el tiempo del negocio. El co­mandante llega, en nombre de Francia, a ver los objetos conducidos. Toma nota del cargamento e informa de inmediato al dictador. Éste enuncia que desea esta o aquella cosa .y que rechaza tal otra; entonces el comandante vuelve a bordo, toma muestras de los objetos solicita­dos y los envía. Algunos días después, el jefe supremo responde que da un número determinado de tercios o fardos de mate, o tantos cueros, en cambio. Si el sobrecargo del barco cree poder aceptar, recibe los artículos del Paraguay de manos del comandante; en caso contrario, el vendedor debe partir, porque no puede comerciar con el soberano ne­gociante.49

En la década de 1820, se habilitó también el pueblo de indios del Itapúa, sobre el río Paraná para el comercio con el exterior. Si la Villa del Pilar estaba preferentemente destinada al comercio con corren­tinos, Itapúa lo estaba para comerciantes procedentes del Brasil, lo que no significaba que los productos paraguayos adquiridos allí fue­ran destinados necesariamente al mercado brasileño, pues, en gran medida, se dirigían hacia los puertos del Plata.

Para llegar hasta el pueblo de Itapúa, los mercaderes debían atravesar el territorio de las antiguas Misiones jesuíticas, entre los ríos Uruguay y Paraná, desde San Borja, en Río Grande del Sur. En los años anteriores, esas tierras fueron asoladas por los artiguistas, por fuerzas militares provenientes del Brasil y por bandidos; pero, a fines de 1821, tropas paraguayas volvieron a ocupar la margen dere­cha del Paraná, de donde habían sido desalojadas en 1815, y se hicie­ron fuertes en el territorio misionero, estableciendo guardias hacia el oeste, en San Miguel y la Tranquera de Loreto, para controlar e impedir el paso hacia ese territorio.50 El dictador Francia sostuvo los derechos del Paraguay hasta el río Uruguay, que eran discutidos por la Provincia de Corrientes, constituida como tal en 1814. En la déca­da de 1830, el gobierno paraguayo mandó construir un recinto amu­rallado frente a Itapúa, en la margen izquierda del Paraná, antigua rinconada de animales durante la época de los jesuitas, que fue cono­cido como Campamento de San José de la Rinconada o Trinchera de los Paraguayos, y que guardaba el cruce del río.

En el pueblo de Itapúa operó, pues, durante muchos años, un comercio permanente aunque de poca monta, por las condiciones impuestas por el dictador y las dificultades derivadas de las distan­cias que había que recorrer. El trayecto entre el Campamento de San José y el puesto de Hormiguero, por donde se cruzaba el río Uruguay hasta San Borja, se efectuaba mediante caravanas de carretas, es­coltadas a veces por fuerzas militares paraguayas, con el objeto de evitar que fueran atacadas por bandoleros. De San Borja, la carga se despacha a Porto Alegre, o a Montevideo, a través del puerto del Salto Oriental.51 El comercio por Itapúa constituía una opción para el Paraguay, con menos ventajas que el que podía efectuarse por el Paraná, ya que la ruta terrestre era más onerosa, y esto incrementabalos costos de los productos que llegaban por esa vía.

Otro contemporáneo, el paraguayo Mariano Antonio Molas, describió de la siguiente manera la forma en que se comerciaba en Llegado el brasileño a Itapúa se le registraban los zapatos, botas, sombrero y todo el vestido que traían puesto, para ver si ocultaba cartas, gacetas u otros papeles que contuviesen los sucesos y el estado de Buenos Aires, de donde procedían aquellos mercaderes. Luego se desarrollaban y desdoblaban los géneros, pieza por pieza, y se le entre­gaban vareados. Después de esta operación se remitía al Dictador la nota de ellos, con la licencia y guía, y de cada género o efecto un reta­cito por muestra. Entre tanto no podía el mercader abrir tienda ni vender una aguja, hasta que regresase el chasque, y escogiera el Dic­tador los renglones que quería, que siempre eran de los mejores, los que entregados al Receptor, fuera de los que se le regalaban, podía el mercader proceder a la venta de los restos.

El Dictador tomaba los géneros a los precios que él quería impo­nerles, y se conducían a la Capital con los auxilios de los vecinos, que contribuían con bueyes, caballos, carretas, reses para el gasto del ca­mino, y con sus personas, escoltando las carretas. De manera que sobre tomar baratos los géneros nada le costaba su conducción, pues todo se hacía a expensas de los pobres vecinos, sin embargo, de abun­dar, el Estado de bueyes, caballos, ganado y de todo. Los estancaba en la Aduana; de allí los hacía sacar a la tienda del Estado de vez en cuando a vender a un ciento cincuenta sobre el uno que le costaba de principal 52.

No cualquier paraguayo podía llegar hasta el pueblo de Itapúa para comerciar con los brasileños. Era necesaria una licencia o auto­rización del dictador, la cual, en principio sólo se acordaba a agricul­tores para comerciar la yerba y tabaco que producían (aunque no toda, sino en una cantidad menor a la solicitada). De esta manera, el doctor Francia evitaba el contacto de quienes "sospechaba que po­dían no ser adictos a su despotismo" con los extranjeros.53

Si bien existió durante esos años un comercio mezquino con el exterior, la salida de paraguayos fuera de las fronteras del país se volvió prácticamente imposible, por el temor -según especularon Rengger y Longchamp- de que volviesen "con ideas liberales". Ellos aseguraron empero que, por más que la salida del país era dificulta­da o prohibida, el ingreso de extranjeros "permaneció siempre libre", aunque "se observaba tan cuidadosamente los pasos de los recién llegados, que a la menor sospecha se les ponía en arresto".54 La co­rrespondencia con el exterior fue, asimismo, suprimida.

Por otra parte, las relaciones oficiales con el gobierno de Buenos Aires y con las demás provincias del Plata se interrumpieron por completo, y el Paraguay se mantuvo irreductiblemente neutral en los conflictos que se sucedieron en su inmediata vecindad. Con el Imperio del Brasil se produjo, en cambio, un breve pero infortunado acercamiento en la década de 1820. El gobierno imperial envió un cónsul y agente comercial al Paraguay, con el objeto fundamental de evitar que el gobierno paraguayo se entendiese con el de Buenos Aires, que amenazaba en esos momentos la posesión brasileña de la Banda Oriental, incorporada al Imperio como Provincia Cisplatina. El agente, Antonio Manuel Correa da Cámara, pudo llegar hasta –fluir Asunción en1825 y fue recibido por el doctor Francia, quien le for­muló diversos reclamos. Luego partió con el compromiso de obtener satisfacciones y ventajas para el Paraguay, pero como regresó sin nada deeso, debió permanecer por casi dos años en Itapúa, sin obtener autorización para proseguir su viaje. Finalmente, se le informó que el gobierno paraguayo consideraba inoportuna su misión, pues sus actos"no manifestaban sinceridad y buena fe". Tras la indepen­dencia uruguaya, el interés brasileño en cultivar relaciones con el Paraguay disminuyó, sin perjuicio del comercio entre San Borja e Itapúa. 55

Pero el aislamiento como norma no podía mantenerse por siempre. Francisco Wisner de Morgenstern, basado en el testimonio de personas que vivieron durante la dictadura, tomó nota de algunas manifestaciones, producidas en la década de 1830, que evidenciaban las crecientes expectativas de poner fina la incomunicación del país. Por ejemplo, apuntó que, con motivo de las buenas cosechas del año 1833, uno de los colaboradores del dictador se permitió consultarle si no sería conveniente abrir el comercio con el exterior "para poder exportar tanta riqueza". El doctor Francia le respondió que aunque reconocía "la ventaja que tendría el país con la exportación de tantos productos que sobraban", no se podía alterar la política de aislamiento porque "el germen de la anarquía en los estados vecinos no se había extinguido", y no cesaban las conspiraciones contra la independencia del Paraguay, que debía preservarse a toda costa. Apuntó también Wisner el caso de un agricultor encarcelado en 1837 por expresar que era un "disparate" que el Supremo exigiera "que se trabajase tanto en la agricultura para después no poder comerciar los productos sobrantes, todo por mantener incomunicado al Para­guay, prefiriendo que se perdieran" .56

Eran, indudablemente, expresiones aisladas de un anhelo que se había ido extendiendo en parte de la población paraguaya. El Congreso de marzo de 1841 no hizo más que interpretarlo, al habili­tar al gobierno consular a que diera los pasos necesarios para aban­donar el largo aislamiento; y, más allá de la autorización congresal, muy probablemente inspirada por ellos mismos, los cónsules López y Alonzo demostrarían con sus actos una firme resolución de acabar para siempre con la clausura que pesaba sobre el país.

 

NOTAS

3.      Mensaje del Presidente de la República a la Representación Nacional, Asun­ción, 14/03/1854. Mensajes de Carlos Antonio López (Asunción, Fundación Cultural Republicana, 1987), pp. 148-149.

5. José Falcón, Escritos Históricos (Asunción,Servilibro,2006),pp.55-57 y Manuel Pedro de Peña, "Paraguay. Ilegitimidad del Gobierno de López", en El Orden, Buenos Aires, 23/04/1858. Wisner asentó que la muerte de Francia tuvo lugar

a las nueve de la mañana, y comenzó a ser conocida por el pueblo en horas de

la tarde. Francisco Wisner, El Dictador del Paraguay (Segunda edición: Bue­nos Aires, Editorial Ayacucho, 1957), pp. 165-166.

7.      Falcón, Escritos Históricos, p. 60 y [Manuel Peña], "Apuntes históricos sobre la muerte del Dictador Francia y los gobiernos que le sucedieron, hasta la instalación del gobierno presidencial de Carlos Antonio López". Instituto de Historia y Museo Militar de Asunción, Colección Gill Aguínaga, carpeta 16. En el documento, que está reproducido en el Apéndice Documental del pre­sente libro, no se indica el autor, pero la letra corresponde a Peña, y las informaciones que contiene coinciden con las asentadas en otros escritos de su autoría.

8.      "Mauricio José Troche fue ejecutado en 1840", en Historia. Paraguaya, 17 (Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1.980), p. 203. Zinny, basado seguramente en información oral de los contemporáneos, asentó que se había encontrado a Patiño ahorcado "con las cuerdas que le servían para sujetar su hamaca, según unos, y, según otros, con una cincha de caballo que, por casua­lidad había en su calabozo", .y agregó lo siguiente: "La noticia de su trágica muerte fue recibida con las mayores demostraciones de júbilo, primeramente por los presos que contemplaban aquel cadáver, recordando sus desgracias y las de muchos otros, y enseguida por todo el pueblo, que se apoderó de él arrojándolo a un zanjón cerca de la catedral. En la misma noche, su esposa lo recogió y lo sepultó en uno de los aposentos de su casa". Antonio Zinny, Histo­ria de los Gobernantes del Paraguay 1535-1887 (Buenos Aires, Imprenta y Librería de Mayo, 1887), pp. 389-390.

12.    Falcón, Escritos Históricos, p. 61. En algunos documentos y testimonios, el sargento es designado como Román o Ramón Duré.

15.    Garay, Tres ensayos, pp. 331-334. Para Garay, el desprestigio de la junta fue incrementándose "por los malos ojos con que era mirado su director D. Maria­no Larios Galván, cuñado que fue de Francia", y por la influencia que tenían en ella "los abogados españoles D. Juan José Loizaga y D. Juan Manuel Zal­duondo", padre este último del sindicado como director de la Junta de los Comandantes.

17.    Alonzo el Alcalde Ordinario de Villa Rica, Asunción, 11/02/1841. Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica (en adelante: ANA, SH), volumen 247, legajo 1. La comunicación dirigida al Comandante de la Villa del Rosario está publicada en: Falcón, Escritos Históricos, pp. 66-67.

18.    John Hoyt Williams, "Desdela mira del fusil: Algunas observaciones acerca del Dr. Francia y el militarismo Paraguayo", en Thomas Whigham y Jerry W. Cooney, El Paraguay bajo el docto Francia (Asunción, El Lector, 1996), p. 71.

24.    Juan Andrés Gelly, El Paraguay. Lo que fue, lo que es y lo que será (París, Editorial de Indias, 1926), p. 71. Esta obra apareció por primera vez en Río de Janeiro en 1848, por cuenta de la Legación del Paraguay a cargo de Gelly. Se indicaba en ella que su autor era "un extranjero que residió seis años en ese país", aunque existe coincidencia en atribuirlo al mismo Gelly.

27.    ANA, SH, volumen 241, legajo 1. Fueron nombrados Juan Vicente Fleytas como Alcalde Primer Juez Ordinario; José Antonio Ferreyra, como Alcalde Segundo; Agustín Agüero como Procurador General de Ciudad; Pedro Juan Moreno como Fiel Ejecutor; Pedro Decoud, como Defensor de Menores y Do­mingo Francisco Sánchez como Defensor de Pobres y Naturales.

29.    Carta del Profesor de Medicina D. Luis Echeverría al Director de "El Nacio­nal" de Montevideo, en: Chaves, El Presidente López, pp. 353-354.

30.    Manuel. Pedro de Peña, "Bosquejo de la biografía de Carlos Antonio López, usurpador de la Presidencia del Paraguay", en. El Grito Paraguayo, Buenos Aires, 25/11/1858, que está reproducido en el Apéndice Documental de este libro.

36.    Peña, Apuntes históricos. Demersay consignó otros detalles acerca de los re­clamos de Duré, en los siguientes términos: "Duré, quien codiciaba un lugar importante en la administración [...], tuvo la imprudencia de soltar quejas que llegaron a los oídos de los cónsules. Luego, preso y enviado para el puesto de Montes Claros, uno de los presidios del Chaco, fue cargado allí de fierros. Sus recriminaciones continuaron con mas vehemencia y rencor; no pasó mucho tiempo para que un delator se encargara de informar al gobierno de los discursos imprudentes del preso, ,y se expidió la orden de que se lo enviase a Asunción, donde fue inmediatamente fusilado". Demersay, Historia Geral do Para­guay, p. 146.

43.    Sólo se pretende dar aquí una idea de los aspectos salientes de las relaciones del Paraguay con el exterior en el periodo previo a la instalación del gobierno de los cónsules López y Alonzo. Para profundizar en el tema puede recurrirse, entre otros, a los siguientes estudios: John Hoyt Williams, "Paraguay in iso­lation under Dr. Francia: A Re-evaluation", en Hispanic American Historial Review, 52 (1) (Duke University Press, 1972), pp. 102-121 y Thomas Whig­ham, Lo que el río se llenó. Estado y comercio en Paraguay y Corrientes, 1776­/1870 (Asunción, Universidad Católica, 2009), pp. 77-94.

45     La cita corresponde a un oficio de los cónsules Yegros y Francia a Vicente Antonio Matiauda, Subdelegado del Departamento de Candelaria. Asunción, 4/03/1814. Francia (Colección Doroteo Bareiro), I (Asunción, Tiempo de His­toria, 2009), p. 290.

 

 


 

 

CAPÍTULO III

ENTRE CORRIENTES Y BUENOS AIRES

EL GOBERNADOR DE BUENOS AIRES ANTE LA INDEPENDENCIA PARAGUAYA

 

Los tratados celebrados entre la Provincia de Corrientes y la República del Paraguay no podían pasar desapercibidos al gobernador de BuenosAires, general Juan Manuelde Rosas, quien no perdía de vístalos movimientos de sus adversarios. Ya en mayo de 1841, se denuncio en Corrientes que el gobernador da Entre Rios habia liberado a un oficial correntino para que regresara a su provincia y le informase si realmente se establecieron relaciones con el nuevo go­bierno paraguayo. El  Nacional Correntino comentóla noticia seña­lando que seguramente Rosas -a quien respondía el gobernador entrerriano-habíadispuesto el envío oficial para impedir dicha vinculación,debidoa que "en sus inicuos planes entra y ha entrado siempre atacar la independencia y soberanía" del Paraguay. 124

La posición del gobernador Rosas en cuanto a la independencia paraguaya no constituia un secreto, pues la había exteriorizado desde tiempo atrás en comunicaciones con los gobernadores de otras provincias. 121 En 1836, comentando un pedido del gobierno de Co­rrientes para diferenciar los aranceles que se cobraban en Buenos Aires a la yerba y el tabaco de esa provincia respecto de los que venían del Paraguay, manifestó lo siguiente al gobernador de Santa Fe:

La Provincia del Paraguay, aunque está de hecho separada de noso­tros por la influencia y caprichos de Francia, pertenece de derecho a la Confederación de la República, y nosotros debemos por nuestra parte en cuanto podamos conducirnos con ella bajo de este concepto, para que jamás se nos pueda disputar el derecho con argumentos tomados de nuestros propios y libres procedimientos.

Tal posición era favorecida por la política de aislamiento del doctor Francia, ya que, retraído el Paraguay en el interior del conti­nente, no practicaba actos internacionales que pusieran en entredi­cho la pretensión del gobernador Rosas de tratarlo formalmente como parte de la Confederación Argentina. A criterio del gobernante bo­naerense, lo que correspondía, por consiguiente, era que las provin­cias confederadas observasen con respecto al dictador y a los para­guayos "una conducta que no los irrite", a fin de remover "obstáculos y prevenciones", y de restablecer, en su momento, las "relaciones de confraternidad".

Rosas no dejaba empero de evaluar lo que podría ocurrir cuando concluyera el gobierno dictatorial y, en la misma comunicación, ex­presó:

Temo que si faltando Francia, que ya es muy viejo, logra algún hombre atrevido y emprendedor ponerse a la cabeza de los paraguayos y cap­tarse su estimación, dé muchísimo que hacer a toda la República.

Temo también que en el mismo caso de faltar Francia entren las maniobras e intrigas de los portugueses [brasileños] y extranjeros de ultramar, a quienes se les van los ojos por el Paraguay y que nos pongan en grandes conflictos y fatigas. 126

El gobernador Rosas no solamente ejercía el gobierno de Bue­nos Aires, sino que tenía, además, el encargo de atender las relacio­nes exteriores de la Confederación, por delegación expresa de las demás provincias. En virtud de pactos interprovinciales, las provin­cias confederadas sólo se ocupaban de su régimen interno, y no po­dían vincularse directamente con gobiernos extranjeros, ni celebrar tratados con ellos. Esas atribuciones se reservaban al encargado de las relaciones exteriores.

Mediante las delegaciones, y la práctica o precedentes políticos que fue creando el mismo general Rosas -quien en su segunda ges­tión desempeñó el gobierno de Buenos Aires ininterrumpidamente desde 1835 hasta 1852-, pudo consolidar una auténtica magistratu­ra nacional, que le permitía actuar como autoridad superior de la Confederación en distintas materias de carácter interno e interna­cional."

Rosas se valió del poder que detentaba para fortalecer la gravi­tación económica de la ciudad de Buenos Aires, en cuyo puerto se transbordaban las cargas provenientes del interior a buques de mayor capacidad para afrontar la travesía por el Atlántico. Además de los apoyos que consiguió en su provincia por haber asegurado el orden público, y de la implacable represión a sus adversarios, la estabilidad del gobierno de Rosas se fundaba, en gran medida, en el bienestar económico derivado de los beneficios que el comercio exterior dejaba a los productores e intermediarios porteños. 128

Por otra parte, mediante los aranceles aduaneros que se perci­bían en el puerto de Buenos Aires, el gobernador Rosas regulaba, en cierto modo, la actividad económica de la Confederación, al decidir si protegía o no la agricultura, la ganadería o ciertas industrias locales. Las recaudaciones de la aduana de Buenos Aires eran destinadas, exclusivamente, a la provincia de su nombre y a costear los gastos derivados del encargo de las relaciones exteriores. El comercio inte­rior estaba igualmente gravado, y las provincias de la Confederación contaban con sus propias aduanas, en las que se cobraban aranceles por el ingreso, extracción o tránsito de productos en sus respectivos territorios.129

El encargado tenia la facultad de regular el tráfico por los rías Paraná y Uruguay, y esto también beneficiaba a las operaciones portuarias y comerciales de Buenos Aires. Como los pactos interpro­vinciales mantuvieron el principio de la exclusividad nacional en la utilización de esos ríos, el gobernador Rosas, invocando los conflictos internos o con el exterior, impuso restricciones a su navegación. Así, en enero de 1841, determinó el cierre del Paraná y del Uruguay a todo buque que no tuviera patente y pabellón de la Confederación Argentina. 130 Buscaba, con ello, asfixiar a la Provincia de Corrientes y excluir al puerto de Montevideo del tráfico mercantil que se desa­rrollaba en el litoral paranaense.

En ese contexto, la independencia del Paraguay representaba una amenaza para la pretensión de considerar a los tributarios del Plata como ríos interiores, sujetos al control y autoridad del gobierno de Buenos Aires. 131

Pero, pese a que los tratados celebrados entre el Paraguay y Corrientes en julio de 1841 se oponían a aspectos esenciales de la política implementada por el gobernador Rosas, éste no se apresuró,

ybuscó, antes que nada, informarse mejor sobre lo que estaba ocurriendo.Se valió`para ello de uncomerciante inglés a quien permitiópartir de Buenos Aires hacia Paraguay, a mediados del año 1841.

 

UNA SUPUESTA EXPEDICIÓN FEDERAL

En mayode 1841 circuló en Corrientes la noticia de que se preparaba en Buenos Airesuna embarcacion mercantil,que navega­ría armadao convoyada por buques de guerra hacia el Paraguay. Ante la eventualidad de quelas costas correntinas quedasen expuestas a alguna acción sorpresiva, el general Paz recomendó al gobernadordelegado Manuel Ferré adoptar medidas para impedir al tránsito de embarcaciones enemigas. A su entenderla llegada del buque que se anunciaba era perfectamente posible., si se tenia en cuenta que el general Rosas no se dormía y que las relaciones de Corrientes en el Paraguay le hincaban "como una molesta espina". Estaba seguro de que el gobernador deBuenos Aires haría lo que estuviese en su alcance para destruir esos vínculos., "ganando ¿A la confianza de nuestros vecinos". En respuesta, el gobernador delegado le aseguró que disponían de "medios más que regulares para molestar e impedir[…] el tránsito del convoy de rosas al Paraguay” y que seria fácil construir una bateriaen algúnlugar apropiado, cuando fuese conveniente.132

Las informaciones sobre la expedición fueron confirmadas y ampliadas en una carta dirigida al gobernador Ferré por Juan An­drés Gelly, un paraguayo que se encontraba al servicio del gobierno del Uruguay. Gelly participó al gobernador correntino que un comer­ciante inglés residente en Montevideo había salido de esa ciudad con destino al Paraguay, y que pasó previamente a Buenos Aires para evitar ser detenido en la isla de Martín García o para "concertarse con Rosas". Le advertía que aunque el viaje se realizaba con el pre­texto de entregar un despacho del gobierno británico, el sobrecargo de la embarcación iba con el verdadero carácter de agente del gober­nador bonaerense y debía "provocar al Gobierno del Paraguay a un tratado, cuando menos de comercio, pero si es posible, a un tratado como el de la Liga de las Provincias litorales". Gelly, invocando su condición de paraguayo, pidió a Ferré que transmitiese estas nove­dades a los cónsules y le manifestó que confiaba en que "el buen sentido, y la prudencia del Gobierno de la República [inutilizarían; los manejos y arterias de Rosas", aunque el solo contacto de los agen­tes de Buenos Aires con los habitantes del Paraguay constituía un riesgo para "el sosiego" y "los intereses de la República". Apuntó, también, que si se daba un buen recibimiento a la embarcación, se podría provocar una mayor afluencia de extranjeros, exponiendo al respecto cuanto sigue:

Yo cuento que el Gobierno de mi Patria conoce bien sus intereses, y debe saber por la experiencia de lo que ha pasado en toda la América con los Extranjeros, que la política de las nuevas Repúblicas debe estar reducida a esta sabia máxima, Amistad, Paz y Comercio con todas las Naciones, tratados con ninguna; y el Paraguay debe, más que ninguna, ser muy rígido en esto: Porque abrir repentinamente el Comercio y la Comunicación con todo el Mundo, después de 25 años de aislamiento, y bloqueo voluntario, seria abrir sobre esa República la Caverna de las tempestades. 133

El gobernador envió a los cónsules una copia de esta carta, sin añadir comentarios, y les solicitó su opinión sobre lo que correspon­día hacer en caso de que el buque anunciado llegase al puerto de Corrientes. A vuelta de correo, López y Alonzo agradecieron a Ferré por la información, y le significaron que les hubiera resultado muy útil conocer las ideas del gobierno correntino sobre el particular, dadas las dificultades que tenían "para estar al corriente de los su­cesos". En coincidencia con el pensamiento de Gelly, los cónsules manifestaron que deseaban "cultivar la paz y amistad con todos", pero que las circunstancias les impedían ajustar muchos tratados o aspirar "a otros puertos que el de esa Provincia [de Corrientes], mien­tras no se pongan de acuerdo las de la República Argentina". Admi­tían que "las combinaciones" entre el enviado británico y el gobierno porteño resultaban llamativas, "no teniendo el gabinete inglés un motivo de desconfianza de que sea hostilizada en el tránsito su comu­nicación oficial con el gobierno de la República". No obstante, recor­daron a Ferré que el tratado de amistad, comercio y navegación dejaba a salvo el derecho del Paraguay a mantener comunicaciones oficiales con otros gobiernos, para que lo tuviera presente en caso que llegase a su provincia el referido buque. 134

A mediados de agosto, el gobernador Ferré escribió a los cónsu­les para explicarles que el aviso que había dado con respecto a la embarcación no importaba una solicitud de "repulsa", ni el anuncio de que sería interceptada en Corrientes, sino que buscaba simplemente llenar "el deber que impone la lealtad entre gobiernos ami­gos". Les comunicó, además., que el buque en cuestión había arribado a Goya el día 12, con bandera y patente de Buenos Aires, es decir, reuniendo los requisitos para que el gobierno correntino pudiera apresarlo, en virtud de “la guerra que tiene declarada al Tirano de aquella Provincia", Aseguraba, sin embargo, que "la circunstancia de ser despachado para esa República", sin restar validez a sus de­rechos, le proporcionaba la oportunidad de demostrar a los gober­nantes paraguayos la "obsecuencia" de su amistad, por lo que no perturbaría el paso de la embarcación "en obsequio al punto a que se dirige”. 135

El buque que había despertado la preocupación de los adversa­rios del gobernador Rosas conducía Paraguay a Richard B. Hughes, un comerciante inglés radicado en Montevideo, quien había obtenido del gobierno de Gran Bretaña, mediante la intervención del cónsul de su país en esa ciudad, una "la de presentación dirigida al dicta­dor Francia, con la que se pretendía iniciar algún intercambio co­mercial con la República. En los primeros meses de 1841, Hughes viajó a Buenos Aires para gestionar la autorización necesaria a los efectos de navegar por el río Paraná que, como se indicó, estaba cerrado para los buques que no tuvieran patente y pabellón argenti­nos. Por gestiones de la legación británica en Buenos Aires, el gobier­no del general Rosas autorizó el viaje, con la advertencia de que, a pesar de que muchos otros solicitaban lo mismo, a nadie más se le permitiría ir hasta el Paraguay por el momento. Se encargó a Hu­ghes que transmitiera que la Confederación Argentina admitiría a los comerciantes paraguayos y que estaba dispuesta a mantener una relación amistosa con el gobierno del Paraguay. 136

Hughes adquirió un bergantín de 166 toneladas, lo cargó con mercaderías y, llevando pabellón argentino y cuatro cañones a bordo, partió de Buenos Aires a principios de Julio.137 En la segunda quincena de setiembre,se presentóen la guardia paraguaya próxima a la desembocadura del Paraguay en el Paraná y desde alli remitiió  u los cónsules una nota, a la que acompañó el oficio del gobierno británico que conducía. En la nota, refirió que había recibido ese oficio en Montevideo a fines de enero y que a mediados de mayo, la legación de su país obtuvo del gobierno de Buenos Aires el permiso para cargar el bergantín. Asimismo, explicaba que su. presencia en el Paraguay tenía por objeto "abrir una relación comercial con esta República en forma bajo las bases que el Excelentísimo Gobierno establezca". Hizo llegar, además, a los gobernantes paraguayos las felicitacionesdel ministro británico en Buenos Aires, John Henry Mandeville, y les manifestó, en nombre de él, que su gobierno estaba dispuesto a "promover por todos los medíos a su alcance una relación con los Señores Cónsules que pudiese ser ventajosa a ambas partes, esperando que se accediera a las operaciones que Hughes deseaba efectuar, "como primerpaso a tal relación”. 138

La nota oficial estaba firmada por el vizconde Palmerston, Secretario de Relaciones Exteriores de la Reina de Gran Bretaña,y destinada al doctor Francia, cuya muerte era aúndesconocida cuan­do el documento fue emitido. En la misma,Palmerston pedía al dictador protección para su compatriota, quien viajaba al Paraguay “ con la esperanza de abrir relaciones mercantiles”. Manifestaba luego que, pese a  no tener conocimientos precisos acerca de las normas que regulaban la actividad. comercial de los europeosen la República, entendía que "la empresa proyectada en esta ocasión por uno de los súbditos de Su Majestad" no sería mirada desfavorablemente. recordando las expresiones que algunos años atrás había consignado el gobierno paraguayo en un oficio al cónsul general de Gran Bretaña en Buenos Aires. Al mismo tiempo, aseguraba la buena predisposi­ción de su gobierno para promover la vinculación con el Paraguay. destacando que la recepción que se diera a Hughes seria considerada como un paso importante para concretarla.139

Por consiguiente, el gobierno británico no se limitaba a reco­mendar y requerir protección para un comerciante de su nacionali­dad. Se valía de la ocasión para verificar si el Paraguay estaba dis­puesto a iniciar relaciones comerciales con Gran Bretaña, sin expo­nerse a desconsideraciones o malos tratos, dado que Hughes viajaba como particular y con la advertencia de que no debía esperar auxilios si surgían complicaciones. Se dejaba en claro, de todos modos, tanto en el oficio de Palmerston como en el mensaje verbal de Mandeville, que la acogida que se le brindara serviría para estrecharlos vínculos entre ambos Estados.

 

EXPLICACIONES DEL COMERCIANTE HUGHES

A los pocos días, Hughes recibió autorización de los cónsules para continuar el viaje hasta la Villa del Pilar, con buque y tripula­ción, permitiéndosele "expender su hacienda a cambio de frutos del país, en la forma que allí gira el comercio". Al participarle esta deter­minación, López y Alonzo exteriorizaron el deseo de mantener una "sincera amistad y buena correspondencia con Su Majestad Británi­ca y sus ministros", le anunciaron que oportunamente responderían el oficio del Secretario de Estado y le pidieron que agradeciera al ministro Mandeville por sus felicitaciones. Asimismo, ordenaron al

comandante de Pilar que atendiese al comerciante británico "con demostraciones de amistad", y que le ofreciera una casa y los auxilios que llegase a necesitar. 140

Tras recibir la autorización, Hughes remitió una segunda nota a los cónsules, en la que expresó su reconocimiento por la "franqui­cia" que se le había acordado. Recién entonces transmitió el mensaje que traía del gobierno de Buenos Aires, y que se había abstenido de mencionar hasta ese momento, señalando que el gobernador delega­do de aquella provincia, Felipe Arana, le había pedido que hiciera llegar a los gobernantes paraguayos "las seguridades de su más alta consideración" y que les asegurase sus "vivos deseos" de entablar con ellos "relaciones de buena correspondencia y amistad". 141

La revelación de ese mensaje, después de haber obtenido el permiso para seguir hasta Pilar, pudo haber incrementado la des­confianza de los cónsules en cuanto a los propósitos ocultos del viaje de Hughes. En cierto modo, la comunicación confirmaba las adver­tencias de Gelly acerca de la existencia de un entendimiento entre el gobierno bonaerense y el comerciante británico. Las prevenciones de López y Alonzo tomaron cuerpo poco después, cuando llegó a sus manos el original de un documento interceptado por los correntinos, que el gobernador Ferré les remitió por contener "fuertes referen­cias" al Paraguay, en cuanto "a las miras que el Tirano Rosas tiene sobre su porvenir". 142

Se trataba del original de un oficio fechado el 10 de junio de 1841, y dirigido por el gobernador Rosas al general Pascual Echagüe, en el que expresaba:

Es cierto que todos los informes coinciden en que los tales Cónsules son unos baguales, o unos muñecos, de los que podría sacarse gran partido; pero no obstante lo urgente por ahora es que no se liguen a los salvajes unitarios de Corrientes, contemplándolos, halagándoles, e infundiéndoles confianza. Lo demás vendrá después.

Rosas recordaba, seguidamente, al gobernador entrerriano su posición contraria a la independencia del Paraguay, asegurando que la Confederación Argentina tenía derecho a exigir que los paragua­yos adoptaran "el sistema santo y nacional de la federación". Enten­día, empero, que por el momento era más apropiado evitar que se conocieran esas pretensiones y concluía diciendo:

Usted ve, compañero, que por poco que esos hombres quisieran hacer hoy contra nosotros., en unión de los salvajes Ferré, Paz y demás cabe­cillas nos podrían reducir a una situación critica. Algo hay de cierto en lo que a usted le han dicho; algo medito con tendencia a infundirles confianza, y atraerlos. 143

Este oficio del gobernador de Buenos Aires permitió a los gober­nantes paraguayos apreciar mejor los alcances de las expresiones de amistad que les hiciera llegar por medio de Hughes. Al agradecer a Ferré el envío del documento, cuya autenticidad no pusieron en duda. López y Alonzo manifestaron que el mismo les había ayudado a com­prender el mensaje transmitido por el comerciante británico, que reprodujeron con el propósito de que el gobernador correntino pudie­ra compararlo "con la carta interceptada" y ver "cumplido el anun­cio" de infundirles confianza.144

En consecuencia, López y Alonzo resolvieron mandar que se interrogase a Hughes sobre las cuestiones que les llamaban la aten­ción.

En los primeros días de octubre, el comerciante de citado por el comandante de la Villa del Pilar para que respondiera un interroga­torio remitida por el gobierno. La primera pregunta que se le hizo fue sobre el motivo por el cual el buque que lo conducía no venía "can el pabellón de su nación", considerando que su viaje tenía por objeto la entrega de "una comunicación oficial del gabinete inglés", y que lo estaba verificando con "pasaporte expedido en Londres". Hughes contestó que el gobierno de Buenos Aires se había negado a autori­zarle que navegara con "pabellón inglés", con el argumento de que hasta ese momento "no ha sido permitido entrar en el río Paraná ningún buque extranjero, y que para admitir era preciso que estuvie­sen conformes con todas las demás provincias, Santa Fe, Bajada y Corrientes". Por ello, creyó conveniente "traer pabellón argentino", pues el buque había sido adquirido en Buenos Aires y tenía ese origen.

En segundo lugar, se le pidió que aclarase si al venir con bande­ra argentina pretendía inferir un "desaire a la independencia de la República", o si con ello "el tal Gobernador de Buenos Aires" preten­día dar a entender que el Paraguay, "con quien no se halla en correspondencia”, formaba parte de su territorio. También se indagaba si el viaje de Hughes constituía" un modo de comenzar a sacar de noso­tros el gran partido que anunció a su Teniente en la carta interceptada de 10 de juma último". Aunque sin mencionar concretamente el atenido de dicho documento, se le indicó que el mismo probaba "la falsedad y miras dobles del tal Gobernador de Buenos Aires con este Terno'', al que insultaba "sin el más mínimo antecedente", dejan­do de entender así "las protestas de sus vivos deseos de entablar relaciones”, transmitidas por Hughes.

Al responder la pregunta, el comerciante reveló otro encargo del gobierno de Buenos Aires. Primeramente, negó que el uso del pabe­llón argentino tuviera por finalidad menospreciar la independencia la República o dar a entender que el Paraguay formaba parte de Confederación Argentina. Afirmaba, por el contrario, que el gobernador bonaerense le había expresado deseos de entablar relaciones con los cónsules y que siempre le había hablado "como ajeno del territorio del Paraguay", encareciéndole el respeto a las leyes de "esta República independiente". Declaró también que el gobierno de Buenos Aires le encomendó asegurar a los cónsules "que los buques mercantes del Paraguay, y los Paraguayos si llegase el caso de irse allá, serían muy bien recibidos". En cuanto a la carta del 10 de junio. dijo que no la conocía y que muy bien podría "haberla formado idea­damente algún sujeto".

Por último, se consultó a Hughes si él o el "tal Gobernador de Buenos Aires" vería bien que, a su regreso, se le impusiera "que guarde el pabellón de su nación y que enarbole el de la República en Buenos Aires, o en otros puertos sean o no de su dependencia". El comerciante contestó que se animarla a hacerlo, porque el pabellón paraguayo inspiraría más respeto en su tránsito y en Buenos Aires sería bien recibido. 145

Las explicaciones de Hughes fueron comunicadas a los cónsu­les, quienes le hicieron llegar sus comentarios por medio del coman­dante de Pilar. Debía indicársele, en primer término, que "el Gober­nador de Buenos Aires no [era] árbitro para interceptar el derecho de la República a la navegación del Paraná, y por consiguiente el acceso libre de cualquier buque en calidad de amigo o en demanda de amis­tad". No podía, tampoco, imponer la "condición extraña" de que las embarcaciones se presentaran en puerto paraguayo con pabellón argentino, y "no con el que corresponda a la nación del viajero", sien­do "que la bandera de Buenos Aires en nuestro puerto [era] tan ex­tranjera como la del inglés". El gobierno paraguayo consideraba que al exigir que el buque llevara ese pabellón, el gobernador bonaerense había "postergado y hostilizado el derecho a la libertad de sus comu­nicaciones oficiales, y a las relaciones amigables de comercio".      

Asimismo, los cónsules mandaron comentar al comerciante británico que en Corrientes no se había visto con agrado el tránsito de un buque con pabellón de Buenos Aires, y que sólo fue admitido en virtud del tratado de amistad celebrado con el Paraguay, "cuya observancia es muy honrosa en la ocasión al Gobierno de aquella provincia que [..]se hahecho superior a su resentimiento y a su dere­cho.En cuanto a los buenos deseos del gobierno de Buenos Aires, se atendrían, por el momento, a la carta dirigida por el gobernador Rosas al general Echagüe.

Por otra parte, determinaron que se le restituyesen las guías revisadas, previa advertencia de que el letrero colorado con la ins­cripción Mueran los salvajes unitarios podía usarlo el gobernador bonaerense"en los puertos de su dependencia [...] y no en nuestras playas independientes de unitarios y federales"`más aun teniendo en consideración las relaciones de amistad y comercio que existían entre el Paraguay y la Provincia de Corrientes, "comprendida en la clasificación de unitarios". 146

El comandante de la Villa del Pilar citó nuevamente a Richard L Hughes para leerle las puutualzaciones formuladaspor los cónsules, ,yéste se limitó a responder que ellas le parecián"conformes a la razón"147. Conesto, López y Alonzo se dieron por satisfechos, y el 15de octubre hicieron saber al comerciante que, por las explicaciones que había proporcionado, quedaban "inteligenciados de su sinceridad". Además, le invitaron a llegar con alguno de sus acompañan­tes hasta Asunción., a cuyo efecto ordenaron que se le proporcionasen los auxilios necesarios. 148

 

GARANTÍAS PARA EL COMERCIO BRITÁNICO

En el mismo mes de octubre, Hughes estuvo en la ciudad de Asunción, donde fue recibido "con gran cortesía" por el cónsul Carlos Antonio López. Éste le reiteró "de viva voz las buenas disposiciones­ que antes de le habian comunicado por medio del comandante de la Villa de Pilar. Le expresó que el mensaje del gobierno de Buenos­ Aires debió haberse transmitido de manera oficial,y no por conducto de un comerciante extranjero, señalando que, en vista de ello, había desistido de la idea que tenía de acreditar un enviado ante dicho gobernador con miras al establecimiento de relaciones entre los dos gobiernos. 149

En un encuentro posterior, el cónsul López estuvo acompañado por su colega Mariano Roque AJoozo, quien prácticamente no parti­cipó de laconversación. López habló, en la oportunidad, del atraso en que se encontraba el Paraguay y de la necesidad que tenía de comer­ciar y  relacionarse con el mundo. Dijo que el gobierno paraguayo estaba dispuesto a admitir el ingreso de inmigrantes "útiles", como médicos, farmacéuticos, artesanos y mecánicos, descartando una apertura general. Lamentó denuevo la actitud asumida por el go­bierno de Buenos Aires ylo acusó "de querer mantener al Paraguay débil y atrasado, bloqueando el Paraná hasta el momento en que estuviera listo para arrebatarlo”. El cónsul López no se mostraba muy impresionado ante la importancia que podría tener para la República el comercio con Gran Bretaña, pero manifestó gran respeto por el carácter conservador del pueblo británico, asi como desconfianza hacia los franceses, que le parecían inconstantes. 150

Después de las entrevistas, Hughes volvió a Pilar y, en enero de 1842, partió de regreso a Buenos Aires. Durante los meses que per­maneció en el Paraguay, pudo reunir informaciones sobre las fuerzas militares del país, que, probablemente, llegaron a conocimiento del gobierno de Buenos Aires. Anotó que se creía que la población total era de setecientos a ochocientos mil habitantes, y que, aunque la tropa de línea se reducía a unos siete mil hombres, en las milicias urbanas revistaban cuarenta mil más. Los milicianas servían por turnos y eran destinados a atender los piquetes de la costa o la fron­tera norte. Asimismo, consignó que existían en Asunción seis cómo­das barracas para cuarteles de tropas, con aproximadamente mil novecientos soldados, y que la fuerza naval se limitaba a un bergantín de ciento cincuenta toneladas y diez chatas, pero contaba con quinientas canoas, capaces de transportar cada una a diez hombres mi su correspondiente cajón de armas. El parque de artillería suma­ba unas sesenta piezas y el Estado tenía su propia fábrica de pólvora­.151

Antes de partir, Hughes recibió tres oficios del gobierno consu­lar destinados al Secretario de Estado Palmerston, al ministro Mandeville y al cónsul general de Gran Bretaña en Montevideo,respectivamente. En la comunicación al Secretario de Estado, López F Alonzo indicaron que, de acuerdo con lo resuelto por el congreso de 1841, habían dispuesto que se brindase "hospitalidad franca y gene­rosa" al comerciante Hughes, y que se le permitió celebrar sus nego­cios en la Villa del Pilar y viajar hasta la capital a fin de que apreciara mas de cerca los benévolos sentimientos y consideraciones del su­mo gobierno". Afirmaban que, en tanto "las cosas de los estados vecinos y litorales no presenten la deseada estabilidad", no se podría establecer un arreglo fijo con Gran Bretaña y que la línea de conduc­ta trazada por el gobierno al respecto era la de "guardar con todas las naciones extranjeras una amistad pura sin otro género de convencio­nes o pactos", agregando que, si las naciones europeas observaban "los sentimientos sencillos, nobles y puros de una sana amistad”. adquirirían "vínculos de afecto y simpatías" que, con el tiempo, po­drían permitir que se celebrase "alguna convención".`

Al remitirle los oficios destinados a los representantes británi­cos, los cónsules reiteraron a Hughes la habilitación de los puertos de Pilar e Itapúa para "sus especulaciones mercantiles" y le recordaron el pedido de retribuir sus saludos al Ministro de Gran Bretaña en Buenos Aires y expresarle el deseo del gobierno paraguayo de "guar­dar una amistad pura con Su Majestad Británica y toda su nación". Por intermedio del comandante de Pilar, se le solicitó, además, en forma verbal, que agradeciera al gobierno de Buenos Aires por los impresos que había remitido con el comerciante británico. No se hizo referencia alguna a la propuesta de establecer relaciones amistosas.­153

Richard B. Hughes arribó al puerto de Buenos Aires en febrero de 1842. Consta que, además de las informaciones brindadas verbal­mente al ministro Mandeville y del informe que remitiera a su go­bierno desde Montevideo en marzo siguiente, entregó al ministro Felipe Mana un memorándum relativo a la actitud asumida por los cónsules con respecto a la Confederación Argentina.154 Si transmitió con fidelidad lo que se le dijo, el gobierno de Buenos Aires habrá podido concluir que el Paraguay estaba dispuesto a habilitar en for­ma amplía e indiscriminada los puertos de Pilar e Itapúa para el comercio con el exterior, y que reclamaría la libertad de navegación del río Paraná. Con la difusión de estas determinaciones, comenza­ría a crecer la presión para obtener permisos a fin de realizar el tráfico fluvial hacia el norte, y para el paso de agentes consulares odiplomáticos de otros Estados. Habrá apreciado también el gobierno  bonaerenseque los cónsules quedaban en guardia a su respecto, expectantes de lo que hiciera, y que la independencia del Paraguay no sólo tenía vigencia, sino que su defensa constituía la preocupación fundamental de los gobernantes paraguayos.

Poco después, La Gaceta Mercantil de Buenos Aires publicó la oración fúnebre leída en memoria de doctor Francia por el presbíte­ro Manuel Antonio Pérez e hizo, con tal motivo, la aclaración de que durante el gobierno de Rosas no se había escrito en esa provincia en contra del Paraguay ni de su gobernante o de la política que observa­ba. A criterio del historiador brasileño Soarez de Souza,con estose buscaba dar al gobierno paraguayo "una satisfacción de momento que no [obligara]para el futuro”. 155 Constituía, en puridad , una reafirmación de que el gobernador bonaerense no tenía intenciones de hostilizar al Paraguay, ni las tendría, al menos mientras el gobierno paraguayo siguiese una conducta internacional similar a la que se había observado durante la dictadura.

 

EL GOBIERNO PARAGUAYO ANTE LA GUERRA CONTRA ROSAS

Cuando Hughes llegó a Pilar, la lucha entre los federales rosis­tas y sus enemigos de Corrientes había ingresado en una etapa de definiciones. El desarrollo de las hostilidades fue seguido con cuida­dopor los cónsules paraguayos, sobre todo después de conocer las del gobernador de Buenos Aires en cuanto a la independencia la República. Con tal antecedente, resultaba natural que, a más de importarles la suerte del gobierno correntino, con el que mante­nían elaciones cordiales, les preocupase también que la influencia o autoridad de Rosas se extendiese hasta la frontera con el Paraguay.

A fines de setiembre de 1841, en conocimiento ya de la reveladora nota del 10 de junio, López yAlonzo expresaron al gobernador Pedro Ferré sus deseos de mantenerse al corriente de "las noticias de importancia” que se produjeran en el curso de la guerra. 156

Antes incluso de recibir esa comunicación, el general Ferré participó al gobierno paraguayo, el 30 de setiembre, que "un ejército de la dependencia del usurpador de Buenos Aires y al mando de su Teniente don Pascual Echagüe"había invadido el territorio de corrientes. Días después, atendiendo al interés manifestado por los cónsules -que calificó como "la prueba mas recomendable de la ver­dadera y sincera amistad" que ligaba a ambos gobiernos-, les reiteró la noticia y les aseguró que los invasores avanzarían "hasta que en una batalla se decida la suerte de nuestra Patria". Agregó que el hecho no resultaba desagradable para la provincia a su mando, por­que el entusiasmo de las tropas era tal: que nada se deseaba "con más ardor que el día de una batalla”, y que todas las medidas estaban tomadas para definir la cuestión, perdiendo, o afianzando "para siem­pre la libertad de la República Argentina y aun de las vecinas". 157

Al confirmarse la noticia de la invasión de Corrientes, Lopez y Alonzo determinaron la partida hacia Pilar de un grupo de artilleros con una "cañonera bien armada”, y dispusieron que otras tres em­barcaciones artilladas se trasladaran hasta ese puerto desde el río Paraná. Los cónsules participaron al gobernador Ferré la adopción de dichas medidas con el objeto de precautelar las relaciones comerciales con los correntinos, expresándole que "la fama del Jefe que comanda el ejército de Corrientes, el valor de sus guerreros y el denuedo con que se anuncian sus habitantes a vengar los ultrajes" del pasado, pronosticaban "el suceso por la causa de la libertad y de la independencia". 158

El gobernador Ferré no dejó pasar la oportunidad que le propor­cionaban las manifestaciones de simpatía hacia Corrientes conteni­da de simpatía hacia Corrientes contenida en estos documentos para intentar que el Paraguay abandonase su política de neutralidad. El 8 de octubre siguiente, escribió a los cónsules que las medidas dictadas por ellos constituían "una prueba de de su pronunciamiento”, 'yque "la cooperación activa de la República del Paraguay sería el agüero más cierto de la victoria". En el mismo oficio, aseguró que su provincia tenía "todas las probabilidades del triunfo" y que se habían puesto en acción todos sus recursos "sin economizar sacrificio alguno”`peroque, en caso de ocurrir lo contrario'"porque la fortuna es caprichosa y la suerte de las armas es variable", le quedaría a él la satisfacción de haber hecho cuanto estuvo a su alcance para lograrlo. 159

El gobierno paraguayo no estaba, sin embargo, dispuesto a alterar su línea de conducta. Alcontestar la nota de Ferré, los cónsules renovaron sus expresiones amistosas, pasando por alto la referencia que en ella se hacia acerca de la eventual cooperación del Paraguay. Se redujeron a decir que, por las noticias contenidas en la misma, veían "la probabilidad del triunfo"'reconociendo la disposición heroi­ca asumida por el gobernador e interesándose "enla conservación y felicidad de su persona". 160

El gobernador correntinovolvió a mencionar directamente la posibilidad de la colaboración paraguaya, aunque la buscó por otros medios. Afines de octubre, informó a López y Alonzo sobre un supuesto plan para interrumpir las relaciones entre Corrientes y el Paraguay, que pudo deducir de datos recogidos en el Uruguay por su edecán militar. El planconsistía, según Ferré, en convertir al Para­guay en un "Estado tumultuario", "dividiendo la opinión para hacer zozobrar almenos al presente administración°.Comolas vinculaciones del gobierno paraguayo con el de Corrientes representaban "un obstáculo poderoso" para la concreción de dicho plan, se pensaba introducir el desacuerdo entre ambos, como "trabajo preliminar". La idea era iniciar la maniobra en el Paraguay, porque se lo suponía 'fuera del teatro de la Revolución y en consecuencia, sin los antece­dentes de las miras, y modos de obrar tortuosamente que en ella se desenvuelven". Precisando sus informaciones, el gobernador indica­ba que el señor Fortunato Gómez se dirigía a la República, con pro­pósitos aparentemente mercantiles, pero con la intención de "derra­mar clandestinamente la semilla de disconformidad entre ambos gobiernos" para "dar buen lugar a ese don Andrés Gelly, quien está al timón de este negocio".

Tras exponer los hechos, el general Ferré sugirió que el gobierno paraguayo acreditase ante el de Corrientes "un enviado para tratar sobre asuntos de Estado", con el objeto de proporcionarle "noticias detalladas respecto de la situación regional. En caso de no poder hacerlo, el gobernador se ofrecía a comisionar ante los cónsules a alguno de los integrantes de su administración, en calidad de minis­tro plenipotenciario.161 De esta última propuesta se puede deducir que la denuncia buscaba más que nada abrir paso a entendimientos de carácter político o militar con el Paraguay. Aun siendo verídica la información transmitida, resultaba a todas luces innecesario recu­rrir a misiones diplomáticas para contrarrestar el supuesto plan sedicioso, ya que se trataba de un peligro bastante remoto, proyecta­do, en todo caso, desde el exterior, y dirigido eventualmente por una persona, como Juan Andrés Gelly, desarraigada por completo del país desde décadas atrás.

A pesar de las atenciones que debían a Ferré, los cónsules no aceptaron el envío de agentes oficiales, indicando en su respuesta; Los dos individuos nativos de este país que se anuncian destinados para agenciar la división y el tumulto; a más de estar sindicadas desde la administración anterior, no son capaces de manejar la intriga. Así es que de su diligencia no podía esperarse otro resultado que su escar­miento, y el descubrimiento del ovillo por el hilo [...].

Serán vanos los trabajos que lleguen a emplearse para ponernos en desacuerdo con el Gobierno de esa Provincia. Mucho apreciamos el carácter firme y franco de Vuestra Excelencia y cuando le extendimos la mano de amigo, ya nos habíamos hecho cargo de los celos que esto podía inspirar a los enemigos de la causa pública de su patria.

López y Alonzo reconocían, en consecuencia, la conducta leal que el gobernador correntino asumía en sus relaciones con el Para­guay, pero consideraban innecesaria la designación de comisionados o agentes diplomáticos, por entender que los proyectos eran "de nin­gún valor, ni efecto", y que bastaba, por el momento, "observar con cuidado los primeros pasos de la indicada misión". 162

Los cónsules accedieron, en cambio, a una solicitud del general erré para expatriar a territorio paraguayo hasta la conclusión de la guerra a "algunos facciosos" de su provincia, sobre los que pesaban "vehentes y positivas sospechas de traición". Se autorizó, en con­secuencia, que fueran enviados a la guardia de Paso de la Patria, de donde se los trasladaría a Villarrica, en el interior del país.163 El 17 de noviembre partieron hacia la frontera los desterrados Mariano Araujo, José Laureano Barganza, Ignacio Alfonzo, Félix Vallejos, Juan Bautista Aguirre, Vicente Lovera y Alejandro Argüello.164 En la misma fecha, Ferré comunicó que los señores Teodoro Gauna y Fer­nando Zamudio, quienes también iban a ser expatriados, escaparon hacia el Paraguay y pidió que, en su oportunidad, se los destinase al lugar "donde bajan sus compañeros y cómplices". 165 Estos correnti­nos se habían presentado poco antes en el Campamento de San José, pidiendo que se les concediese asilo. 166

Pese a existir un requerimiento de internación, los cónsules otorgaron a Gauna y Zamudio el asilo solicitado, bajo la condición de que no atentasen "contra la seguridad y tranquilidad de la República” y de que se abstuviesen "de toda correspondencia que pueda revocar en duda su lealtad a este gobierno y al de su patria”. 167Al conocer esa determinación, el gobernador correntino pidió nuevamente a los cónsules que retirasen de la frontera a “estos presuntos reos del Estado”, ya que desde allí podrían perturbar “el orden político de la Provincia”. 168 El gobierno se mantuvo firme en su decisión, por entender que no debía modificar tan fácilmente sus providencias, ni presumir que los asilados, "por muy malos que sean o que se les quiera considerar", abusarían del favor que se les hizo. Simplemente se determinó que Gaunay Zamudio, bajo juramento, se ratificasen en los compromisos que asumieron en su condición de aislados. 169

Mientras tanto, los preparativos militares prosiguieron y el 28 de noviembre de 1841 se libró en el bañado de Caaguazú una batalla en la que las fuerzas correntinas triunfaron sobre las de Entre Ríos. El general Ferré participó a los cónsules la novedad el mismo día en que tuvo conocimiento de ella, congratulándoles por este aconteci­miento plausible "para todos los hombres que aman los principios de humanidad". López y Alonzo, al enterarse de la noticia, también hicieron llegar sus felicitaciones al gobernador y "a toda la provincia su sumando" y le expresaron que “la terquedad y espiritu de dominacion [habían recibido una leccion amarga en el suceso memorable. 170

 

 

EL PARAGUAY Y CORRIENES DURANTE 1842

La derrota de Caaguazú obligó al general Echagüe a retirarsede territorio correntino con los restos de su ejército. Ferré comunicó a los cónsules que por el "completo exterminio del Ejército invasor", La Provincia de Corrientes había dejado de ser el teatro de la guerra, y el 9 de diciembre siguiente, al remitir el parte detallado de la batalla, fallecio nuevamente a Lópezy Alonzo"portan completa victoria que deseaban vivamente, animados de los sentimientos de justicia., libertad y humanidad que tanto los distingue”. 171 Sindudas, el repliegue del Ejercito Federal a Entre Ríos representaba el alejamien­to de un peligro que el gobierno paraguayo no habia dejado de entrever.

La guerra contra el gobierno de Buenos Aires ingresó, de esta manera, en una nueva etapa. En enero de 1842, el ejército correntino invadió la provincia de Entre Riosen la que poco antes había sido electocomogobernador el general Justo José de Urquiza..A media­dos del mismo mes, el ejército uruguayo, al mando del presidente Fructuoso Rivera, ingresó al territorio entrerriano, obligando a las tropas de Urquiza a llevar sus posiciones más al sur y,finalmente, a cruzar el río Paraná, El 29 de enero siguiente, la Sala de Representantes de Entre Ríos confió provisoriamente el gobierno provincial a Pedro Pablo Seguí Pedro Pablo Seguí.

Luego, en el mes de febrero, el general Ferré viajó hasta la capital entrerriana paraevaluar con sus aliados, el gobernador Seguí y elgobernador Juan Pablo López de Santa Fe, así como con el general Paz las futuras acciones militares. Ferré escribió desde Paraná alos gobernantes paraguayos para informarles acerca de la que calificó como "oportuna" ocupación de Entre Ríos, consignando que en esa provincia se había recibido al Ejercitode Reserva como su libertador" y abrazado "los principios de la Revolución con entusias­mo y decisión". Les anuncio que Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe se aprontaban para "derrocar al Tirano y arrojarlo de la silla bañada en sangre en que [estaba] sentado""'lo que demoraríaúnicamente al tiempo necesario para la "reunión de los elementos”. 172

Pero en lugar de fortalecerse la alianza, en Paraná se profundi­zaron las desinteligencias que existían en su seno, especialmente entre los generales Ferré y Paz, quien fue elegido el 12 de marzo como gobernador de Entre Ríos por la legislatura provincial. Ante esto, Ferré resolvió sustituirlo en el mando del ejército de su provincia y ordenó el regreso de las tropas a Corrientes, con la explicación de que debía reorganizarlas y equiparlas.

En los primeros días de abril, el gobernador Ferré informó a los cónsules que estaba de vuelta en Corrientes y les explicó que ni él ni su ejercito podían permanecer en Entre Rios`"por haber llenado su misión misión primaria” y por tenerque"prepararse organizando sus fuerzaspara una nueva campaña”.Señaló que tal determinación tam­bién obedecía al deseo de "dejar en completa libertad al Excelentísi­mo Gobierno electo [deaquella provincia], para que se expidiese con la franqueza de su elevacion”. 173 En realidad, el gobernador correntino habia dejado al general Paz en un estado de casi completa indefension; a fines de marzo de 1842 éste tuvo que abandonar Paraná y retirarse hasta el interior de la provincia, aproximándose a las fuer­zas orientales que se encontrabanen la margen derecha del río Uru­guay. Poco después, la legislatura entrerrianarestituyo en el gobier­no al general Urquiza.

Al margen de la guerra, las relaciones comerciales entre el Pa­raguay y Corrientes continuaron desenvolviéndose con normalidad. Por el puerto de la capital corentina ingresaban los frutos del Paraguay que, en gran proporción, se reexportaban a otros destinos; y en él se hacía el trasbordo de mercaderías que se remitían a la Repúbli­ca. Según Enrique Schaller, en 1841 el valor de los productos para­guayos reexportados desde Corrientes-sobre todo yerba mate, taba­co y suelas-, fue de 17.639 pesos plata. La suma se duplicó en 1842, alcanzando 37.869 pesos plata. 174

Días antes de la batalla de Caaguazú, la legislatura correntina sancionó una ley por la cual se admitía el ingreso a la provincia de mercaderías en tránsito por un plazo de noventa días, debiendo abo­nar, al momento de su extracción, un gravamen de dos por ciento sobre el aforo, más medio en concepto de eslingaje. En los conside­randos, se consignaba que la medida obedecía a la "vasta extensión" que había tomado la actividad mercantil "con motivo de la apertura del Paraguay", y a que el "tráfico de aquel mercado y de él a los demás puertos de abajo" se hacía a través de Corrientes, "donde general­mente hacen escala todos los buques". Posteriormente, por ley de enero de 1842, se amplió el plazo del depósito a seis meses, en iguales condiciones.'`

El comercio paraguayo-correntino se basaba en la reexporta­ción. La similitud de producciones locales y la disminución de las adquisiciones de Corrientes por causa de la guerra, reducían las posibilidades de un intercambio genuino entre ambos territorios. Schaller pudo comprobar que las exportaciones de productos corren­tinos al Paraguay en esos tiempos, principalmente equinos y lana, fueron de escasa significación, y que "el grueso de las remisiones estaba constituido por los artículos manufacturados provenientes de las comarcas del sur”. Los frutos paraguayos, en particular aguar­diente, tabaco y yerba mate tenían amplia aceptación en la provin­cia, ante la decadencia de las elaboraciones locales y las dificultades de abastecimiento, pero el mercado correntino era muy limitado y, por tanto, el crecimiento de las exportaciones se vinculaba a las po­sibilidades de remitir los productos hacia los puertos de río abajo."

Por otra parte, el tratado de límites de julio de 1841 facilitó la intermediación de Corrientes en el tráfico que se desarrollaba entre Itapúa y San Borja. En julio de 1842, el gobierno de Corrientes habi­litó en Santo Tomé, frente a San Borja, una receptoría de alcabalas con el objeto de cobrar derechos de tránsito, y en el mismo año se registró el paso de yerba, tabaco y cueros paraguayos por más de trece mil pesos. 177

El incremento del comercio con el exterior obligó al gobierno del Paraguay a adoptar nuevas disposiciones para ordenar las operacio­nes mercantiles, y así, en enero de 1842, los cónsules dictaron un Reglamento de Navegación y Policía de Puertos, un decreto para regular el funcionamiento de la Comisión de Resguardo de la Villa del Pilar y un Reglamento de Aduanas.

El resguardo de Pilar, a cargo de un colector y dos oficiales, tenía por principal finalidad la percepción de los derechos aduaneros. Se determinó que en cuanto aportase cualquier buque procedente de los "puertos de abajo", el oficial de guardia tenía que subir a bordo a recoger la licencia y el manifiesto de carga para entregarlos al colec­tor. Antes de veinticuatro horas, el capitán del buque debia presen­tarse a ratificar o corregir el manifiesto, y luego se procedería a revi­sar las mercaderías y a efectuar el aforo según "los precios corrientes de plaza". En el caso de embarcaciones despachadas de Asunción a puertos de abajo, sólo se verificaría si la documentación estaba en regla, permitiéndoseles continuar el viaje, en tal supuesto, sin demoras.Los pasaportes y patentes de navegación para los puertos del exterior tenían que ser expedidos por el Comandante Militar de la Villa del Pilar.178

De acuerdo con el Reglamento de Aduanas, el gobierno consular fijó un arancelgeneral del quince porciento para la importación, y gravó con aranceles de veinticinco y cuarenta por ciento los artículos de lujo, o que podían elaborarse en el país, exonerando del pago de impuestos a lasmaquinarias e instrumentos destinados a la agricultura, las ciencias y las artes.Para las exportaciones, el reglamento determinaba que los cueros vacunos pagarían dos reales por pieza, la yerba mate un real por arroba, el tabaco cuatro por arroba y los demás artículos cinco por ciento sobre los valores de plaza, salvo ciertas producciones industriales, como añil, tabaco negro en rollos al uso del Brasil,rapé o polvillo colorado, aceites vegetales, vegetales, fariña de mandioca similar a la fabricada en Brasil, vinos, aguardientes y licores, azúcar, jabones, cera y miel, entre otras, a las que se eximió temporalmente del pago de impuestos. Asimismo, se reafirmaba que ,los puertos habilitados para el comercio eran los de ItapuaPilar y que estaba prohibida la extracción de oro y plata. El depósito de mercaderias debia cancelar un derecho del dos por ciento al ser transbordadas y reexportadas. El aforo debía efectuarlo el colector junto con dos comerciantes designados por él mismo; en caso de discordancia, tendríaque decidir en acto público el comandante o delegado, con auxilio de dos comerciantes. Se determinó, finalmente, que desde ese

año los derechos de aduana se abonasen la mitad en plata sellada o en oro yla otra mitad en la forma usual, es decir, en mercaderías.179

Al tomar conocimiento de las nuevas disposiciones, el gobierno de Corrientes solicitó que se exonerase a los comerciantes de su pro­vincia de laobligación de pago parcial de los aranceles en metálico. Argumento el gobernador Ferré que, por estar prohibida en Corrientes la extracción de metales, el comercio con el Paraguayno podría continuar "sin la manifiesta infracción de una u otra resolución". López y Alonzo le contestaron que tal exigencia estaba fundada "en necesidad y justicia", puesse quería reparar“la deficiente situación de las rentas públicas, aboliendo gradualmente la satisfacción de derechos en mercaderías introducidas". No obstante, en vista de las buenas relaciones entre los dos gobiernos, decidieron hacer una excepcion temporal en favor de los comerciales correntinos. 180

Aunque durante gran parte de 1842 el comercio y las comunicaciones con el gobierno de Corrientes de desarrollaron con normalidad, en los últimos meses de ese año la situación política y  militar de la provincia volvió a complicarse y en agosto, el gobernador Ferre dispuso el cierre de los puertos del río Paraná para la navegación aguas abajo, a causa del bloqueo impuesto por embarcaciones enemigas. 181­

La clausura de los puertos correntinos evidenciabael inconteni­ble deterioro de la situación militar de los aliados contra Rosas, que tendrían, antes de que finalizara el año, un duro revés en la batalla de Arroyo Grande.

 

NOTAS

161. Ferré a los Cónsules, Cuartel General del Ejército de Reserva en la costa del río Corrientes, 31/10/1.841. ANA, CRB,1-29,24,3 número 2. El gobernador se refirió sólo a síntomas de un plan, por lo que los datos reunidos por su edecán podían ser inconexos o producidos por la exageración de hechos ciertos. Era verdad, por ejemplo, que Gelly venía anunciando, al menos desde abril de 1841, su intención de viajar de Montevideo al Paraguay y, una vez allí, tratar de impedir que el gobierno de los cónsules fuera arrastrado por Rosas o por los correntinos. Cfr. Ramos, Juan Andrés Gelly, pp. 221-224.

163. Ferré a los Cónsules, Villa de Saladas, 4/11/1841. ANA, CRB,1-29,24,3 núme­ro 2 y López y Alonzo a Ferré, Asunción, 8/11/1841. ANTA, CRB, 1-29.24,3 número 4. Al comandante de Villarrica se le ordenó que los correntinos vivie­sen “libres y sueltos", pero sin "retirarse de la villa", y que les exigiera que se "porten bien" y se presenten diariamente a la comandancia. En una comunicación posterior explicaron al mismo comandante los motivos y alcances de su decisión, en los siguientes términos: "Hemos accedido a las instancias del Gobernador atendiendo a nuestras relaciones de amistad, con concepto a sal­var la vida de dichos reos por este medio [...]. Los sucesos políticos presentar circunstancias, y consideraciones que a la vez no conviene desatender. Vean ellos de corresponder a este beneficio [...]. Ni se piense que la admisión de esos individuos por esta vez y por el tiempo expresado sea una disposición y alla­namiento de igual franquicia para en adelante". López v Alonzo al Comandan­te de Villarrica, Asunción, 15 y 30/11/1841. ANA, SH, volumen 247, legajo 1.

164. Los correntinos llegaron a Viilarrica a fines de noviembre de 1841. Tras la victoria de Caaguazú (28/11./1841) se les permitió escribir a sus familias y se les exoneró de la obligación de presentarse diariamente a la comandancia. Cónsules al Comandante de Villarrica, Asunción, 4/12/1841. ANA, NE, volu­men 1325. En setiembre de 1.842, por solicitud del gobernador Ferré, volvie­ron a su provincia Barganza, Alfonzo y Argüello. Ferré a los Cónsules, Co­rrientes, 26/08/1842. ANA, CRB,1-29,24,3 número 5 y López y Alonzo al Co­mandante de Villarrica, Asunción, 10109/1842. ANA, SH, volumen 253, legajo 9. Los cuatro restantes regresaron luego de los cambios políticos que ocurrie­ron en diciembre de 1842. Comandante de Villarrica a los Cónsules, Villarri­ca, 27/12/1842. ANA, NE, volumen 1321.

166. Comandante del Campamento de San José a los Cónsules, San José, 11/11. 1841. ANA, SH, volumen 386. Gauna refirió al comandante que en su provin­cia había ejercido los cargos de Escribano de Gobierno y Secretario del Con­greso General, en el que él y Zamudio se negaron a apoyar la elección de Ferre como gobernador. Comentó también que, una vez en el poder, este último comenzó a perseguirlos, y ordenó que permanecieran en una estancia en San Miguel, de la que huyeron al enterarse que se había ordenado su arresto.

175. Ley del 23/11/1841. Registro Oficial de la Provincia de Corrientes, 4 (Corrien­tes, Imprenta del Estado, 1929); Ley del 18/01/1842. Registro Oficial de lo Provincia de Corrientes, 5 (Corrientes, Imprenta del Estado, 1936) p. 5, y Enrique César Schaller, “La legislación sobre derechos aduaneros de la Pro­vincia de Corrientes", en Folia Histórica del Nordeste, 13 (Resistencia. Insti­tuto de Investigaciones Geohistóricas-Facultad de Humanidades de la Uni­versidad Nacional del Nordeste, 1997), p. 182.

177. Enrique César Schaller, "Las aduanas de la Provincia de Corrientes (1815-­l855)", en XXIII Encuentro de Geohistoria Regional (Posadas, Universidad Nacional de Misiones, ¿2003?), pp. 331 y 336; y Schaller, Aspectos comerciales de los Tratados de 1841, pp. 370-371.


 

 

CAPÍTULO V

COMUNICACIÓN A BUENOS AIRES: MISIÓN DE ANDRÉS GILL

 

Ni el cambio político en Corrientes, ni la protección brindada a los emigrados, alteraron los planes que el cónsul López había ade­lantado al agente británico Gordon al comentarle la convocatoria del congreso, en octubre de 1842. El gobierno del Paraguay formaliza­ría, inmediatamente después de verificarse el juramento solemne de la independencia, el 25 de diciembre, la comunicación oficial de la aclaración del Congreso Extraordinario a la Confederación Argen­tina.

La nota respectiva fue suscrita por los cónsules López y Alonzo 28 de diciembre de 1842. En ella se consignaba que un Congreso general Extraordinario, reunido el 25 de noviembre anterior, había aclarado la independencia de la República, y determinado que se comunicara "este acto eminentemente nacional" a los gobiernos ve­cinos y al de la Confederación Argentina, "exigiéndose el reconocimiento" de la misma. Se añadía que el Congreso resolvió, igualmente que la República mantuviese "la base de estricta neutralidad en lasdisensiones que se agitan en los Estados vecinos". Por último, los cónsules expresaban que, como una muestra de consideración hacia el gobierno argentino, se había decidido que la nota y los documentos anexos fueran entregados por un ciudadano especialmente acredita­do para el efecto, que aguardaría "el resultado del reconocimiento de nuestra independencia y pabellón nacional". 255

El mismo día, fue designado Andrés Gill como enviado del Pa­raguay ante el gobierno de la Confederación Argentina para el de­sempeño de la "comisión particular" de entregar comunicaciones ofi­ciales en Buenos Aires y recabar el reconocimiento de la independen­cia y el pabellón nacional paraguayos, "en la forma usual de las naciones".256 Gill era un hombre de medios y de regular cultura, de , unos cuarenta y cinco años de edad .257 Los cónsules le entregaron­ también, notas para los gobiernos del Imperio del Brasil y de las Repúblicas de Bolivia y Chile, por las que se notificaba igualmente la declaración de independencia. En la nota para el Brasil se destacó la protección brindada por las autoridades paraguayas a los comer­ciantes brasileños y la posibilidad de incrementar las relacione­s mercantiles; en la remitida a Bolivia, se aludió a la eventual apertu­ra de comunicaciones por el Chaco .258 Seguramente por la incierta situación en que quedó la República Oriental del Uruguay después de la derrota del presidente Rivera en la batalla de Arroyo Grande, no se remitió una comunicación similar al gobierno de ese país.

El enviado partió de Asunción el 31 de diciembre de 1842, en la goleta República del Paraguay, 259y llegó a Buenos Aires, con el pabellón paraguayo flameando en la embarcacion, el 13 de febrero de 1843. El gobierno bonaerense dispuso una casa para su alojamiento y una guardia de honor, como hacía "con todos los gobernadores y diputados de las provincias”. 260El 14 de febrero, Andrés Gill dirigió un. oficio al ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Felipe Arana, para informarle que el gobierno paraguayo le había nombrado "en comisión particular" cerca del gobernador de Buenos Aires, acompañando el diploma que acreditaba su representación oficial. 261

La respuesta a esaprimera comunicación del enviado paraguayo se produjo más de quince quince días después de su presentación. Se le dio en ella el trato de comisionado del gobierno del Paraguay, sin aditamentos de Provincia o República, y se le comunicó que el gobernador encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina lo reconocía en el carácter invocado .262 De esta manera, Andrés Gill pudo dar cumplimiento a la misión que le había sido confiada y permaneció en Buenos Aires hasta fines de abril de 1843.

El ministro Felipe Arana dejó testimonio de las conversaciones que mantuvo en ese tiempo con el agente del Paraguay. En una corta al representante diplomático de la Confederación ante el Imperio del Brasil, comentó que Gill vino con el cometido de entregar una comuniacion en que se solicitaba el reconocimiento de la independencia del Paraguay, "sin designar base, estipulación, ni arreglo alguno por ahora, ni para el futuro"; y agregó lo siguiente:

El comisionado es un sujeto moderado, discreto, de muy buen juicio. y dotado al parecer de una docilidad muy conveniente para las actuales circunstancias. Se conduce con mucha cordura, y oye con interés cuan­to se le observa sobre las grandes inconveniencias que ofrece para ambos países el reconocimiento de la Independencia que solicita su Gobierno. Se manifiesta convencido de las incontables observaciones que se le han hecho, y deseoso de que algún comisionado de este Go­bierno vaya al Paraguay a hacer a los señores Cónsules las mismas explicaciones que de mí ha oído. Tan persuadido está de lo que importa a ambos países la incorporación del Paraguay a la Confederación, que me ha dicho cooperará en ese mismo sentido y que espera deferirán los señores Cónsules. Por supuesto que se le ha asegurado que el Gobier­no de Buenos Aires jamás pretenderá obligar con armas a aquel país a que entre en la Confederación, y que sus relaciones siempre serán conducidas con amistosa benevolencia. El comisionado, ya puede usted juzgar, está altamente satisfecho de la obsequiosa cortesía con que le hemos tratado, y desea cuanto antes regresar y que vaya un comi­sionado argentino, pero los asuntos de Montevideo, y las atenciones diarias que nos causan la marina inglesa y francesa en aquel puerto, no me dejan lugar para nada". 263

Se revelaba de esta manera, nuevamente, la intención del go­bierno de Buenos Aires de revertir la situación planteada por la independencia del Paraguay, no por medios violentos, sino por es­fuerzos de persuasión. Buscaba que el gobierno paraguayo compren­diese que le convenía confederarse, para que lo hiciera espontánea y voluntariamente. El gobernador Rosas subestimaba, así, la capaci­dad de los gobernantes paraguayos y la firmeza de sus decisiones al pretender convencerlos de que una determinación tan importante como la conformación de un Estado independiente podía ser reverti­do sólo con argumentos o reflexiones. Ponía también en duda la

legitimidad o seriedad de esa declaración. Pero, aunque en la corres­pondencia citada, no se trasunta la intención de resolver la cuestión por las armas, seguramente no se habrá dejado de ponderar esa posibilidad. Hay que señalar que, de todos modos, el desplazamiento de fuerzas federales hacia el Paraguay no era una opción fácilmente ejecutable en esos momentos, ya que una gran parte de las mismas se concentraba en el Uruguay, y sitiaba Montevideo;para más, a fines de mano de 1843,la provincia de Corrientes volvió a insurreccionarse.

Arana pensaba que, con buenos tratos y unas pocas conversacio­nes, había convencido al emisario Gill de las ventajas que el Para­guay obtendría confederándose. La misma impresión tuvo el ministro ­residente del Imperio del Brasil ante la Confederación Argentina, Duarte da Ponte Ribeiro, quien comentó a mediados de marzo e Gill no parecía, entonces, el mismo que cuando llegó a Buenos Aires, dando la impresión de que Rosas y Arana consiguieron embaucarlo, y que sólo quedaba ver si el "magnetismo político" de estos ejercería a misma influencia en los cónsules. No obstante, poco an­tes de la partida del agente paraguayo, pudieron conversar a solas, sin el edecán o espía que siempre lo acompañaba, y Ponte Ribeiro quedó con la impresión de que Gill no estaba "tan engañado y contento ­como suponía el gobierno de Buenos Aires, el cual -en su concepto- ­se habría de arrepentir por no haber sido más franco con este primer emisario del Paraguay, enviado "después de una interdicción de 26 años”. 264

Con Ponte Ribeiro, Gill pudo hablar de las relaciones paragua­yo-brasileñas El emisario paraguayo recibió cordialmente al representante imperial en la primera visita que éste le hizo, diciéndole que su gobierno le había encargado que lo buscase para estrechar los vínculos oficiales entre ambos países. Le señaló que había traído una comunicación para el gobierno del Brasil, pero que el ministro Arana le había ofrecido hacerla llegar a su destino. En esa primera entre­vista y otra posterior, Ponte Ribeiro pidió noticias sobre el capitán Augusto Leverger, nombrado cónsul general y encargado de nego­cios interino en el Paraguay. El agente paraguayo respondió que nada sabía de esa misión, ni de su rechazo en Fuerte Olimpo. Por su parte, el diplomático imperial explicó que el encargado de negocios designado por el Brasil ante el gobierno del Paraguay había desisti­do de viajar hasta allí, "receloso del viaje" que debía realizar. Gill se comprometió a informar a los cónsules sobre las tentativas realiza­das por Leverger para llegar hasta Asunción y adelantó que, segura­mente, se darían órdenes para restablecer las comunicaciones por Fuerte Olimpo y Curuguaty. Añadió que el agente británico Gordon había sido bien recibido, "porque los paraguayos quieren relaciones con todo el mundo", pero que "el modo altivo con que se presentó" y los actos que "él y sus compañeros practicaron sin previa autoriza­ción" motivaron que se le obligara a salir del país. Asimismo, le ex­presó que los paraguayos no estaban conformes con el sistema esta­blecido por el dictador Francia, y que la prolongación del gobierno de éste se debió "a la desmedida licencia que otorgaba a los soldados" y al hecho de "estar siempre rodeado de ellos”. 265

En abril de 1843, el gobierno de Buenos Aires entregó a Andrés Gill la contestación a la nota remitida por los cónsules en diciembreanterior. Esta comunicación,  suscrita por el gobernador Rosas y su Ministro de Relaciones Exteriores y dirigida al "Gobierno del Para­guay", estaba redactada con mucho cuidado. Se consignaba en ella que el gobierno argentino, animado por sentimientos de amistad y benevolencia hacia el pueblo paraguayo, había meditado detenida­mente sobre el reconocimiento requerido, por afectar de manera profunda a "los intereses recíprocos" y a "su existencia y porvenir", legando que, en atención a razones de mucho peso, se veía en la imposibilidad de prestar su aquiescencia a los deseos del gobierno del Paraguay. Añadía que los fundamentos de tal determinación fueron expuestos "a la voz" al comisionado Gill, con la indicación de que, más adelante, serían reiterados por medio de un agente confidencial que se enviaría a Asunción. Tras tomar nota  de que el Paraguay deseaba mantenerse neutral en las disensiones entre los Estadosvecinos, el gobernador Rosas declaró, en la respuesta, que, "cual­quiera que [fuese] la influencia que [pudiera] producir" la relación de -poderosos motivos" que se tuvieron en cuenta para no acordar el reconocimiento requerido, "jamás las armas de la confederación ar­gentina [turbarían] la paz y tranquilidad del pueblo paraguayo". Se destacaron, por último, "las calidades personales" del emisario Gill y seexpresó la confianza de que él constituiría un fiel intérprete delos sentimientos amistosos que animaban al gobierno de Buenos Aires hacia el gobierno del Paraguay.266

Las razones para denegar el reconocimiento de la independen­cia paraguaya no sólo fueron transmitidas verbalmente a Andrés Gill. También se explicitaron en un documento sin firma, que se incluyó como anexo a la nota anteriormente mencionada. El docu­mento, calificado por el gobierno paraguayo como propio de la edad gótica, y como un "tejido de raridades", no contenía argumentos ju­rídicos para explicar la negativa. Aludía tan solo a una dificultad de orden procesal y hacia luego consideraciones de conveniencia políti­ca y económica. Consignaba, en concreto:

1º Que en las presentes circunstancias era imposible al Gobierno de Buenos Aires reconocer la independencia de la República del Paraguay, por cuanto aunque es encargado de las relaciones exteriores de laConfederación Argentina, era preciso convocara los demás pueblos confederados para ese reconocimiento, lo que las circunstancias no permiten.

2º Que es preciso que el Paraguay medite mucho sobre el particular, porque le atraería muchos perjuicios; y que era preciso convenir sobre algún pie sólido.

3'.Que el Gobierno de Buenos Aires daría licencia a los extranjeros y montevideanos para comerciar con el Paraguay, pero bajo de algún convenio, y con pabellón argentino, por-que el río de la Plata y del Paraná le pertenece a Buenos Aires de hecho y de derecho de costa a costa.

4º Que el Brasil se había de apresurar a. reconocer la independencia de la República en razón de tener iguales producciones, y porque reco­nocida también por Buenos Aires, se equilibraban los derechos de introducción que paga el Brasil.

5º Que el Brasil era capaz de perjudicar al Paraguay, fomentando hasta la correría de los indios con armas.

6º Que reconocida la independencia del Paraguay, se llenaría de mi­nistros y cónsules extranjeros, que procurarán envolverlo en cizaña, como acontecía con Buenos Aires, y hasta conquistarlo, sí pudiesen,

7º Que por el contrario, incorporándose a la Confederación, formaría una grande nación que impondría respeto a los extranjeros; que la Confederación era muy buena, y que el Gobierno de Buenos Aires no se metía con los Gobiernos de las Provincias confederadas; que cada una vivíasegún sus constituciones y sus leyes.

8º Que él no reconocía ni desconocía la independencia de la República que hacia votos por su felicidad, y para que Dios lo conserve sin admitir extranjeros, que son malas langostas, que su felicidad consistía en tener súbditos de una sola religión, cuando Buenos Aires tiene la desgracia de verse lleno de templos protestantes, grande daño que hicieron los anteriores salvajes unitarios, haciendo tratados con los ingleses, y que ahora no se podía remediar.

9º Que a los extranjeros establecidos en el país no se les puede decir nada, ni hcaerles  cosa. alguna, cuando luego reclaman los ministros o cónsules de su nación, de suerte que quieren gozar de mayores ventajas nacionales.

10º  Que los unitarios y el general Rivera intentaron invadir el Paraguay, por el interés de seis millones de pesos fuertes que contaban existe en cofre, y de levantar tropas para conquistar las provincias. 267º

Enpocas palabras, el gobierno de Buenos Aires afrontó la iniciativa diplomatica del gobierno de Asuncion sin alterar su plan original de oponerse a la emancipacion paraguaya, agotando los recursos de persuasion.Se cuidó de que ninguno de sus actos importase una aceptacion de esa  independencia, y planteó mantener el estado de cosas existente, sin que se adelantaran las gestiones para el reconocimiento internacional del Estado paraguayo, De la nota de abrilde 1843 y del documento anexo, podía deducirse, efecto que la Confederación no pretendíaincorporar al Paraguay por las armas, y ofrecía no pronunciarse sobre la cuestión de la independencia, abriéndole sus puertos para el comercio como sí fuera una provincia argentina, e, incluso, permitiendo que buques extranjeros llegasenhasta los puertos paraguayos, previo convenio y con pabellón argentino.También ofreció proveer el armamento que la República requiriese. Sin dejar de destacar el provecho que el Paraguay podría obtenerformando parte deuna grande nación que im­pondría respeto a los extranjeros".

La posición transmitida al gobierno del Paraguay fuepuesta también en conocimiento del Imperio del Brasil. El. ministro Felipe Arana, diciendo que procedía en cumplimiento de instrucciones del gobernador Rosas,exhibió las notas intercambiadas al ministro brasileño Ponte Ribeiro, afin de que pudiese "informar al Gobierno imperialde los principios y política allí declarados”,  asegurándole que la posición definida en la nota de respuesta sería invariable, aunque Inglaterra u otra cualquier Nación. pretenda atropellar los derechos del Gobierno de laConfederación y tenga [ésta] que sostener una guerra injusta hasta que el cielo se venga abajo",268 Para Ponte Ribeiro, el gobierno de Buenos Aires no pretendía negar al Paraguay la libre navegación del río Paraná, ni el uso de su pabellón, "siempre que los barcos se dirijan a este puerto para descargar y cargar en él,pagando los mismos derechos que pagan los de las provincias confederadas". No obstante, entendía que eso no sería suficiente para el gobierno de Asunción porque, en realidad, sólo se le concedería lo mismo que a las provincias confederadas, agregando cuanto sigue:

Es por tanto de presumir que los jactanciosos paraguayos no se confor­marán con esta tan limitada y equívoca concesión, y que cuidarán de prepararse para usar más tarde la fuerza, disimulando por ahora para introducir más armamento, lo que por cierto no conseguirán porque el gobernador Rosas ha tomado las necesarias providencias para evitarlo. En prueba de esta aserción puede mencionarse el hache de que queriendo el enviado Gill llevar en la escena del Estado que le condujo algunas armas para defenderse de corsarios correntinos o de indios del Gran Chaco, apenas obtuvo 40 espingardas como favor es­pecialísimo.269

Gíll cerró, de tal suerte, su misión en Buenos Aires sin obtener el reconocimiento explícito de la independencia paraguaya por parte de la Confederación Argentina y llevó, en su lugar, el planteamiento de un modus vivendi destinado a preservar el estado de cosas exis­tente, hasta tanto se pudiera arribar a una solución mutuamente satisfactoria, o imponerla por la fuerza.

 

NOTAS

255. López y Alonzo al Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Asunción, 28/12/1842. ANA, CRB, I- 29, 24, 7 número 2 (Cat. 320). En el Apéndice Documental se reproduce la versión aparecida en El Paraguayo Independiente, Asunción, 14/06/1845.

258. López y Alonzo al Ministro Secretario de Relaciones Extranjeras de Su Maje­stad el Señor Don Pedro Segundo, Emperador constitucional del Imperio del Brasil; al Presidente de la República de Bolivia; y al Ministro Secretario de Estado de Relaciones Exteriores de la República de Chile, Asunción, 28/1' 1842. ANA, CRB, I- 29, 24, 7 número 2 (Cat. 320).


 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

 

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LA MUERTE DEL DICTADOR FRANCIA Y LOS GOBIERNOS QUE LE SUCEDIERON HASTA LA INSTALACIÓN DEL GOBIERNO PRESIDENCIAL DE CARLOS ANTONIO LÓPEZ

El dictador perpetuo de la República del Paraguay, doctor don José Gaspar Rodríguez de Francia, murió el 20 de setiembre de 1840, a los 84 añosdeedad, y después de haber gobernado 28 años sin más ley que su capricho, sin más justicia que su infame voluntad y sin más tendencias que empobrecer y embrutecer el país más rico y más hermoso de este continente, y cuyos habitantes, dotados general­mente de mucho talento natural y de buena comprensión, son muy bien dispuestos para el progreso y adelanto.

Como a las diez de la mañana del referido día 20 de setiembre se traslució en el pueblo que el sombrío dictador había muerto, mas nadie se animaba a hablar ni ocuparse de este asunto, tal era el pánico que estaba apoderado de todos los ánimos, y recién como a la una del mismo día las campanas anunciaron su muerte. Entonces una multitud de gente corría por las calles hacia la casa del dictador, dando voces de lamentaciones; las mujeres del populacho soltaban y desgreñaban sus cabellos, llorando y gritando: "¡Qué será de nosotros que nos ha muerto nuestro Señor!".

Policarpo Patiño, hombre perverso en toda la extensión de la palabra, que tenía por título Actuario del Excelentísimo Gobierno Supremo de la República, fue el principal personaje que apareció en el Paraguay en ese día,en compañía del alcaldejuez primero ordina­rio Manuel Antonio Ortiz y loscuatro comandantes de cuatro cuar­teles -Pablo Pereira, Agustín Cañete,Miguel Maldonado, hombres nulos por su completa ignorancia y que no tenían más idea de gobierno que las quehabían visto en su maestro Francia.

Mientras estos individuos arreglaban el cadáver del dictador, para el solemne entierro que se le había de hacer, mandaban poner cañones en las bocacalles de la plaza, ponían presos en la cárcel a varios franceses que no tenían clase ninguna de delitos, mandaron un chasque a Curuguatí a remachar una barra de grillos al general don José Artigas,mandaron, reforzar la cárcel pública en donde había  más de seiscientos presos, con una custodia de cien hombres más, de los treinta que cubrían,hicieron llamar a varios sacerdotes, hijos del país, para que se hicierancargo de una oracion funebre al dictador, de los que no hubo uno que se quisiese encargar de dicha oración -lo que les honra altamente-, hasta que un sacerdote cordobés que había sido fraile dominico, llamado Manuel Antonio Pérez, se ofreció y desempeñó este papel, a medida del gusto de los que honraban la muerte del dictador, que eran bien pocos, y se acarreó el odio de los que no eran afectos a la tiranía.

A los tres días de muerto el dictador, celebraron el entierro más solemne que hasta entonces se había visto en el Paraguay y depositaron el cadáver en un mausoleo visible, en la iglesia de la Encarnación, en el prebisterio a un lado del altar mayor, de donde a los dos años después lo hizo sacar ocultamente López y mandó enterrarlo, porque entendió que el pueblo se disponía a arrojarlo al rio.

En los días siguientes continuaron, estos célebres personajes entendiendo en los asuntos del gobierno, dando libertad especial­mente a los que habian sido soldados y se hallaban presos en la cárcel y vigilando sumamente el orden quecreían podía alterarse. Seguida­mente dieron un bando, llamando la reunion a la plaza, con un tiro de cañon y toque de generala, e hicieron saber al público que, por su propia virtud, quedaba instalada una junta de gobierno compuesta del, alcalde primero y los cuatro comandantes citados y nombrados de secretarios Policarpo Patiño y José Gabriel Benítez; que aquél era el gobierno de la República, y que si en adelante convenía se convocariaun Congreso de la Nación, y nada más.

Procedió este gobierno, así establecido, a dar libertad a algunos presos, mandando a los que habíansido soldados a sus respectivos cuerpos. Don Manuel Pedro de Peña, que por una calumnia hacia trece años que estaba preso, fue puesto en libertad, por unos poemas que, en elogio, dirigió al nuevo gobierno. Había dos entidades en competencia en la dirección de esta junta, Policarpo Patíño y Juan Antonio Zalduondo; aquél enteramente acérrimo por el régimen dictatorial y éste algo liberal, y era asesor de Ortiz, no solocuando fue alcalde, sino después, siendo presidente de la junta. Zalduondo le formo una zancadilla a Patiño,quien fue preso en su oficina por el vocal Pereira, y conducido a su prisión con una barra de grillos.. donde acusado por su conciencia y sabiendo lo que merecía por sus iniquidades en toda la epoca de Francia se suicidó alos dos días.

En esta época, conociendo Carlos Antonio López que Zalduondo era su mayor antagonista, y que teniendole cerca podíadarle el mismo destino que a Patiño, se retiró a laestancia de su esposa Juana Paula Carrillo, en el distrito de la Villa del Rosario, como cuarenta leguas de la Asunción. Zalduondo tuvo intención de hacerlo traer preso y lo indicó a don. Juan José Loizaga, diciéndole, hablando de Patino: “Ya hemos concluido con unpícaro, ahora nos falta el que esta afuera, para limpiar la República de malvados”."Paisano- le contesto Loizaga-, no, no , no principiemos con venganzas que no es tiempo de ellas". "Dios quiera que no lo experimente usted", le dijo Zalduondo. "Bien se ve que usted no lo conoce como yo". El tiempo probó después que Zalduondo vertióunaverdad, y que el consejo de Loizaga fue funesto paratodos y particularmente para ambos, que fueron víctimas de la zaña de López,habiendo especialmente la familia de Loizaga sufridounapersecución cruel, y se halla hasta hoy prescripta y en la última pobreza, por haberles quitado López todo lo que tenían.

Con motivo de haberse formado el gobierno de la junta de los cuatro vocales militares y de un individuo del fuero común qua había sido alcalde primero juez ordinario, dejaron sus respectivos cuarteles y nombraron nuevos comandantes, como asi mismo nuevo alcalde de primero juez ordinario, recayendo este nombramiento en el que en tiempo de Franela había sido alguacil mayor, carcelero y tendero delestado, llamado Juan José Medina.

Los vocales ocuparon varias casas del estado como si les perteneciese de derecho y cada día se reunían en la casa de Gobierno, la que jamás abandonaban, pues de noche quedaban dos como custodiándola, siguiendo así por su turno.

De esta manera gobernaron hasta mediados de enero de 1841, en cuya época concluyó esta junta del modo siguiente:

El sargento Ramón Duré y otro sargento, Campos, tomaron una mañana como veinte hombres armados de fusil, del mismo cuartel llamado del Colegio, más inmediatoa la casa de Gobierno y se dirigieronaella, donde apresaron a los cinco vocales y al asesor Zalduon­do y fueron conducidos al mismo cuartel, remachándoseles una barra de grillos a cada uno.

En seguida se publicó un bando anunciándose que aquel gobier­no usurpador quedaba derrocado y se nombraba otra junta proviso­ría compuesta del alcalde Juan José Medina, el fiel de fechos José Domingo Campos, hermano del sargento, y el secretario José Ga­briel Benítez, para proceder inmediatamente a convocar un Congre­so general, para el nombramiento de gobierno legal.

Efectivamente este gobierno, en el momento impartió órdenes, a todos los departamentos, para la reunión del Congreso que debía tener lugar a los dos meses.

Luego que Carlos Antonio López tuvo noticia de este acontecimiento , bajó de la estancia de su esposa a su chacra de Ibirái, libre ya del temor de Zalduondo y también de Ortiz.

Entonces Vicente Godoy, Pedro Nolasco Fernández, Hermenegildo Quiñonez y Mariano Roque Alonzo, comandante del cuartel de San Francisco, se unieron a López y trabajaron por echar abajo la segunda junta, como lo hicieron, dando por pretexto que había apla­zado la convocación del Congreso para un tiempo tan largo, con el objeto de que éste no tuviese lugar y continuar ellos en el gobierno,

Derrocada la segunda junta, nombraron comandante general de armas a Mariano Roque Alonso,ycomo para secretario a Carlos Antonio López, para la convocación del Congreso.

Este gobierno en el momento dio órdenes para nombramiento de diputados al Congreso, dando un mes de plazo para que se reunie­ra en la capital.

Carlos Antonio López, ya desde entonces, con el objeto de apo­derarse del gobierno y siguiendo las máximas de Francia, de quien ha sido un vil imitador, trató de imponer al pueblo por medio del terror; al efecto, hizo poner presos a varios individuos, entre ellos a algunos hombres respetables e inofensivos, como don Juan José Loizága, don Manuel Zalduondo, padre del asesor y don Mariano Molas, quienes fueron conducidos a su prisión con mucho aparato de fuerzas y puestos incomunicados.

Los diputados para el Congreso fueron nombrados, en la ciu­dad, por Carlos Antonio López, y en la campaña, por los jueces de los departamentos.

Los diputados así nombrados se reunieron en la capital a me­diados de marzo de 1841, en número de quinientos, y se instaló el Congreso, nombrándose presidente de el Carlos Antonio López (Para solemnizar este acto, se presentó López vestido a la antigua española, con calzón corto de raso blanco ordinario, casaca de raso negro, medias de seda y zapatos con hebillas y sombrero elástico. Es decir, como un conde de carna­val), que no era diputado.

Instalado el Congreso con esta ilegalidad, se presentó a él Vi­cente Godoy, proponiendo el nombramiento de un gobierno consular, compuesto de Carlos Antonio López, como primer cónsul, y como segundo a Mariano Roque Alonzo, por el término de tres años, ha­ciendo presente que esto era lo que querían las tropas. El Congreso respondió ¡Amén!, y procedieron a firmar las actas que ya estaban preparadas de antemano.

Don Juan Bautista Rivarola pidió la palabra y expuso que era necesario y urgente que el Congreso se ocupase de una Constitución para el país. Carlos Antonio López contestó lo siguiente, interrumpiendoal señor Rivarola: “Calle,  que no es tiempo de sermo­nes".concluyeron las sesiones quedando instalado el gobierno consular.

Este gobierno fue una continuación del de Francia, con muy pequeñas variaciones.

Al poco tiempo y ya con las miras de quedarse solo en el gobierno, López, con el pretexto de que el cuartel del Colegio estaba sin comandante, nombró cónsul Alonzo comandante del referido cuartel, y lo hizo ir a virir a él.

Don Ramón Duré conoció en esta medida la tendencia de López a quedarse solo en el gobierno, lo que le desagradó mucho, y se lo hizo presente a Alonzo,diciéndole "que siendo el tan cónsulcomo López, debía residir en la casa de gobierno y no en el cuartel, y que eso no poda continuar así".

Alonzo le comunicó a López lo que Duré  le había dicho, y en el instante lo mandó prender y remacharle una barra de grillos, man­dándolo desterrado a la guardia de Formozo,en el Chaco,como cua­renta leguas debajo dela Asunción; allí lo tuvo algún tiempo, hasta que, temiéndole, se deshizo de él, haciéndolo llevar otro vez a la Asunción, donde lo hizo fusilar, librándose así de este patriota, a quien temía, pues conocía que era hombre de empresa,

Vencido el término de los tres años del Gobierno Consular, se convocó otro Congreso, de cuatrocientos diputados, nombrados con la misma ilegalidad que los primeros, los que reunidos, se hizo nom­brar presidente de él, también como la primera vez, Carlos Antonio López.

Este Congreso instaló el gobierno presidencial, en marzo de 1844, nombrando Presidente por diez años a Carlos Antonio López.

Algunos pormenores más, sobre Francia y su muerte, encontra­rá usted en la reseña que empecé a escribir y que nunca la concluí, publicada en el Grito paraguayo y Clamor de los libres.

 

 

Al Señor Don Eduardo Augusto Hopkins

Julio 22 de 1863

[Instituto de Historia y Museo Militar de Asunción,

Colección Gill Aguínaga, carpeta 161

 

 


FUENTES CONSULTADAS

 

ARCHIVOS

Archivo General de la Nación Argentina (AGNA)

Archivo General de la Provincia de Corrientes (AGPC)

-        Correspondencia Oficial (CO)

-        Fondo Mantilla, (FM)

Archivo Nacional de Asunción (ANA)

-        Colección Río Branco (CRB)

-        Nueva Encuadernación (NE)

-        Sección Histórica (SH)

Instituto de Historia y Museo Militar (Asunción), Colección Gill Aguínaga

 

PERIÓDICOS

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Schaller, Enrique César, "La legislación sobre derechos aduaneros de la Provincia de Corrientes", en Folia Histórica del Nordeste, 13, Resistencia, Instituto de Investigaciones Geohistóricas - Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nor­deste, 1997.

Schaller, Enrique César, "Las aduanas de la Provincia de Corrientes (1815-1855)", en XXIII Encuentro de Geohistoria Regional, Po­sadas, Universidad Nacional de Misiones, s.f. [¿2003?].

Velázquez, Rafael Eladio, "Marco histórico de los sucesivos ordena­mientos institucionales del Paraguay", en Historia Paraguaya, 28, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1991.

Williams, John Hoyt, "Desde la mira del fusil: Algunas observacio­nes acerca del Dr. Francia y el militarismo paraguayo", en Tho­mas Whigham y Jerry W Cooney, El Paraguay bajo el doctor Francia, Asunción, El Lector, 1996.

Williams, John Hoyt, "Paraguayan isolation under Dr. Francia: A Re-evaluation", en Hispanic American Historial Review, 52 (1), Duke University Press, 1972.

Ynsfrán, Pablo Max, "El Paraguay en 1842, visto por un inglés", en Alcor, 35, Asunción, 1965.

 

 

 

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