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RICARDO CABALLERO AQUINO


  LAS CAUSAS DE LA GUERRA - Por RICARDO CABALLERO AQUINO - Año 2013


LAS CAUSAS DE LA GUERRA - Por RICARDO CABALLERO AQUINO - Año 2013

LAS CAUSAS DE LA GUERRA

Por RICARDO CABALLERO AQUINO

Colección 150 AÑOS DE LA GUERRA GRANDE - N° 01

© El Lector (de esta edición)

Director Editorial: Pablo León Burián

Coordinador Editorial: Bernardo Neri Farina

Director de la Colección: Herib Caballero Campos

Diseño y Diagramación: Denis Condoretty

Corrección: Milcíades Gamarra

I.S.B.N.: 978-99953-1-425-5

Asunción – Paraguay

Esta edición consta de 15 mil ejemplares

Setiembre, 2013

(104 páginas)



CONTENIDO

Prólogo     

Prefacio

Capítulo I

Los actores

Capítulo II

Los antecedentes

Capítulo III

Influencia regional sin diplomacia

Capítulo IV

Uruguay, tierra de invasiones e invasores

Capítulo V

El casus belli

Capítulo VI

El secreto del Tratado  

Capítulo VII

El iniciador y el continuador

Capítulo VIII

Política exterior

Capítulo IX

Injerencia británica

Capítulo XI

Dos etapas, dos guerras

Capítulo XII

El golpe

Bibliografía

Anexo I.

Tratado Secreto de la Triple Alianza        

Anexo II

Las razones de la Declaración de Guerra a la Argentina

Anexo III

Manifiesto anti mitrista

Anexo IV

Extractos de una carta de Caxías al Emperador

El autor



PRÓLOGO

Con este libro se da inicio a una nueva colección que en este caso tiene el objetivo de conmemorar y repensar la Guerra contra la Triple Alianza (1864-1870), de cuyo inicio se recordará el próximo año el sesquicentenario.

Este primer volumen escrito por el historiador y diplomático Ricardo Caballero Aquino nos plantea una renovada visión sobre las causas de la Triple Alianza y sobre lo que fue el desarrollo del conflicto en su etapa inicial.

La obra comienza analizando los diversos aspectos que intervinieron en la región del río de la Plata y la situación en los países que tuvieron directa relación con el estallido del conflicto en la segunda mitad de 1864. De esa forma se van presentando los conflictos de límites, la situación política en cada uno de los países y como dichos elementos empezaron a moverse en ese tablero de ajedrez del Diablo figura magistral con la que subtitula el autor a este libro.

El autor va desmenuzando ese entramado que provocó el conflicto ocupándose de la afirmación que sostiene que el imperio Británico tuvo injerencia en el conflicto, al respecto el autor sostiene que dicha intervención no puede ser probada y que la misma forma parte de unas teorías conspiratorias la mayor de las veces vinculadas al autoritarismo y que las mismas no pueden probar la participación del gobierno británico, para lo cual aporta datos sobre las tensas relaciones entre Gran Bretaña y el Imperio del Brasil en los años previos al estallido de la Guerra.

Otro aspecto polémico es la interpretación que hace el autor sobre el conflicto sostiene que la guerra tuvo dos etapas, una primera en la cual es indudable la responsabilidad de la falta de visión estratégica del presidente Francisco Solano López que concluye en abril en 1865 cuando para el doctor Caballero Aquino se abre una etapa en la cual es innegable la responsabilidad de los países que suscribieron el Tratado de la Triple Alianza el 1 de mayo de 1865.

Se agradece al autor por esta importante colaboración para dar inicio a esta Colección que espero permita una discusión amplia sobre lo que significó la guerra de la Triple Alianza, permitiendo un diálogo franco y desapasionado entre el mundo académico y el gran público que nos permita comprender a cabalidad lo que fueron esos terribles y dolorosos años en el cual perdieron la vida miles de personas en situaciones incluso dantescas.

Septiembre de 2013

Herib Caballero Campos



PREFACIO

La Guerra de la Triple Alianza fue, sin haber sido buscado ex profeso, un episodio fundacional para los victoriosos y un predecible fin de ciclo para el Paraguay. Ese enfrentamiento militar que debió ser apenas una rápida expedición punitiva contra el Paraguay por los extravíos iniciales de su gobernante absoluto, se convirtió en una dilatada e interminable guerra total al estilo de Las Termopilas donde el fin llegaría con la muerte del último de los defensores.

En un arrebato provocativo, doy rienda suelta a la tesis de que en realidad se trató de dos guerras totalmente diferentes. El parte aguas es el atolondrado Tratado Secreto de la Triple Alianza firmado en Buenos Aires el 1º de mayo de 1865. Hasta ahí, las hostilidades fueron de exclusiva responsabilidad de Solano López que agredió a dos gigantes y debía saber que eso no iba a quedar impune. Hubiera sido uno de los tantos ruidos de sables que acababa en meses, como lo estaba siendo simultáneamente la guerra civil uruguaya con amplia participación argentino-brasileña y que culminó con la entrada a Montevideo del general colorado Venancio Flores con el cargo de gobernador. Ni en eso disimulaba la sumisión a Mitre. Había derrocado a un Presidente Constitucional para sucederlo apenas como líder provincial.

El Tratado Secreto, publicado exactamente un año después en Londres, cambió la ecuación. Solano López se vio enfrentado a una guerra de conquista territorial y de exterminio porque los paraguayos por él dirigidos no se iban a entregar. De ahí surgió su estatura de héroe romántico trascendente, uno de los pocos que prometiendo morir en el último campo de batalla al frente de sus últimos espectros de soldados, cumplió y pasó a la gloria.

Sus adversarios tuvieron suerte dispar. Al Emperador Pedro II le costó su corona que le fue arrebatada por unos capitanes de la Triple Alianza y Bartolomé Mitre, verdadero fundador de la Argentina moderna, vivió mucho pero apartado de toda relevancia política. Venancio Flores, en el fondo el indirecto causante de las hostilidades, fue muerto a puñaladas en plena calle por sus propios compatriotas mientras la guerra se extendía por dos años más.

Montevideo, agosto 25, 2013

Ricardo Caballero Aquino



CAPÍTULO I

LOS ACTORES

El estallido de la guerra de cinco años de duración fue finalmente el desenlace que todos temían pero para el cual ninguno estaba preparado. El Paraguay estaba a medio camino de un armamentismo germinal y había contratado en Europa la provisión de fusiles modernos y munición así como la construcción de buques de hélice a vapor de calado fluvial protegidos por una coraza de metal de lo cual heredaron su denominación de encorazados. Su ferrocarril llegaba a 72 kilómetros de la capital y permitía la fácil comunicación telegráfica. Su gobierno poseía cartas de navegación que una década atrás le habían sido proporcionadas por el comandante del vapor norteamericano Water Witch contra quien el Presidente López se había enfurecido pues saliendo de la frontera paraguaya se adentró hasta el Mato Grosso imperial en 1854. Su baluarte defensivo era la fortaleza de Humaitá construida a los apurones en esa misma época para defenderse de la fulminante escuadra brasileña que a principios del año siguiente debía bombardear hasta arrasar la capital al mando del almirante Pedro Ferreira de Oliveira, quien de imperialista era apenas aprendiz pues pidió permiso para llegar hasta Asunción con su flota y el ministro José Falcón le contestó que con mucho gusto, pero sólo a bordo del buque insignia. El Almirante procedió a acatar, dejando inofensivamente fondeadas sus cañoneras en Paso de Patria, confluencia del Paraguay con el Paraná.

El Paraguay también había iniciado una industrialización con ingenieros ingleses que lastimosamente abandonaron sus puestos europeos, sin saberlo, poco antes del advenimiento de una verdadera revolución tecnológica con el diseño de la carabina riflada, con ánima y de retrocarga con proyectiles cónicos, especial para una mortífera caballería con poder de fuego en reemplazo de la de lanzas y picas. En Europa también se comenzó a fabricar los cañones montados en piezas, fundidas en procesos separados. Nada de esto llegó al Paraguay donde se seguirían fraguando cañones de una sola pieza con balas esféricas, mucho menos destructivos. Por lo demás, las fundiciones nacionales de hierro de la época se concentraban en la fabricación de implementos agrícolas y herrajes para el gran boom de la construcción residencial de la familia López.

Militarmente, el Paraguay carecía de un cuerpo de oficiales entrenados y fogueados y los grados se repartían al estilo de la sociedad tradicional, por simpatías y logros que no se basaban en el conocimiento del arte de la guerra. Los soldados, por el contrario, eran valientes y arrojados así como excelentes jinetes. Pesaba en contra del Paraguay militarista ese medio siglo de paz y espléndido aislamiento que se había iniciado con el doctor José Gaspar de Francia y seguido más o menos fielmente por Carlos Antonio López, quien sin embargo ya halló conveniente enviar expediciones armadas a la vecina Provincia de Corrientes bajo el mando de su hijo y ministro de Guerra y Marina con descorazonadores resultados en el campo de batalla aunque no siempre desdeñables en la esfera política. La escasa población paraguaya, alrededor de los 700.000 habitantes, tampoco era buen augurio.

El Brasil tenía habitantes, alrededor de 9 millones, incluyendo 3 de mano de obra esclava; crédito externo con base en el comercio del café; una emergente clase aristocrática y una economía primitiva de origen extractiva o agrícola basada en mano de obra esclava en plantaciones feudales. La población de origen europea se negaba a realizar trabajo de ninguna laya y la base de la riqueza burguesa y nobiliaria era la posesión de esclavos y la especulación monetaria. El Brasil escribió un capítulo aparte y novedoso en la historia del capitalismo. Cuando Irineu Evangelista, el célebre Barón de Mauá, estableció un astillero se vio obligado a comprar esclavos porque ningún europeo o mulato se emplearía para trabajos manuales. Militarmente, existían unidades en uniforme que combatieron rebeliones regionales, pero el emperador Pedro II siempre fue cuidadoso en no crear un ejército numeroso y organizado que pudiera derrocarlo, como finalmente ocurrió tres décadas después. Contaba el Brasil con oficiales entrenados y una Escuela de Marina en la tradición portuguesa, pero estaba ausente la organización, el Estado Mayor y la planificación bélica así como la logística que fue "tercerizada" a vivanderos.

A lo largo de la guerra, el luego victorioso Brasil tuvo serios problemas para encontrar y retener a un Comandante en Jefe. El riograndense gaucho Manuel Luis Osorio, que había iniciado su carrera militar en 1823 ocupando precisamente la Provincia Cisplatina, como por un tiempo se denominó al Uruguay, iniciada la contienda, fingió o tuvo una herida seria y dejó su cargo de primer comandante imperial interino. Como no había circulación de élite, los jefes militares brasileños tenían avanzada edad y poco empeño para la lucha. Cuando finalmente el político conservador Luís de Alves Lima, Duque de Caxías, se hizo cargo de las tropas brasileñas, descubrió para su pesar que no tenía comando conjunto y la Marina de los también ancianos almirantes Tamandaré y Barroso redefinieron con su poderosa escuadra la expresión italiana del dolce far niente, a pesar de las súplicas de Caxías de actuar. Fue la más poderosa escuadra inactiva del mundo en su momento. Tan malos militares eran los brasileños que en los días de calor, todos bajaban a dormir a la playa dejando sus poderosas naves desguarnecidas. Cuando finalmente, los marinos brasileños se atrevieron a desafiar la batería Londres de Humaitá y la superaron sin contratiempos en 1868, la capital cayó pero antes de derrotar totalmente al ejército de la resistencia, Caxías se declaró unilateralmente ganador de la contienda y abandonó su comando sin esperar el permiso imperial.

Nuevamente huérfano de comandante, Pedro II tuvo que hacer artilugios para persuadir a su yerno francés, Louis Philippe Gastón D'Orleans, Conde D'Eu, a venir y finiquitar el pleito. El conde hizo lo posible por eludir tan egregio cometido y nunca se sintió a gusto en el frente excepto cuando ordenaba la masacre de niños prisioneros y heridos en Acosta Ñu o quema de hospitales tapiados con enfermos y médicos adentro como en Piribebuy, ambos en 1869. Y la gran victoria de Cerro Corá ocurrió mientras él estaba de licencia visitando parientes en Río de Janeiro.

La Argentina, que saldría de la guerra como un estado unificado y pujante y se beneficiara grandemente del comercio para abastecer a los Aliados durante la guerra, era al inicio una sumatoria de feudos provinciales cada cual con su montonera leal al jefe regional y muy desconfiados de la hegemonía porteña que manejaba caprichosamente el comercio interno desde la boca del Río de la Plata y los cañones en la ocupada isla uruguaya de Martín García. Había jefes y oficiales sazonados en guerras intestinas e invasiones extranjeras, pero no existía un ejército en pie por lo que el presidente Bartolomé Mitre lanzó su célebre exabrupto, "en 24 horas en los cuarteles, en 15 días en campaña, en tres meses en la Asunción." La gran incógnita era el generalísimo Justo José de Urquiza de Entre Ríos que había perdido la batalla por el federalismo ante Mitre en Pavón en 1861. Urquiza era buen amigo de los López de Paraguay, pero más de los buenos negocios. El establishment imperial quería neutralizarlo ya que si Urquiza apoyaba a Solano, la coalición sería imbatible. En lugar de amenazarlo militarmente le propuso un pingüe intercambio comercial, le compró y pagó al contado toda su caballada, pero le permitió seguir en posesión de las bestias para cubrir sus necesidades militares ahora que la guerra era inevitable. El resto de las provincias del interior argentino no demostró mucho entusiasmo en el enfrentamiento con Paraguay y frecuentemente algunos regimientos eran desviados de la guerra en Paraguay para ir y neutralizar las montoneras de Santa Fe, Córdoba y Tucumán. O sea, militarmente, la Argentina no era de temer.

Nada auguraba una pronta resolución al conflicto una vez iniciado el fragor de las batallas. Ninguno de los beligerantes tenía un ejército digno de ese nombre. La guerra se iría construyendo al andar, a los tumbos. Hubo algunos episodios novedosos dado que para marzo de 1865 había concluido la guerra civil norteamericana y surgió fortuitamente una interesante oferta de mano de obra ociosa en la forma de mercenarios que para el Paraguay se especializó en la construcción de torpedos de tracción a sangre donde los artilleros se lanzaban cabalgando sobre sus mortíferos misiles y solo ante la certeza de la explosión se tiraban al agua y retornaban nadando a sus bases. Los brasileños contrataron observadores desde globos aerostáticos y tan poco temor generaban sus aventuras que hay un inolvidable grabado del semanario guerrero Cabichuí donde los soldados paraguayos les enviaron un saludo fraterno bajándose la vestimenta y mostrando en coro sus derriéres. Lo que los brasileños nunca tuvieron fue el arrojo de lanzar un ataque fulminante; la obtención de información no fue uno de sus déficits. Sumadas todas estas variables, ellas desembocaron en la interminable duración de la tragedia de la que el Paraguay se llevó ciertamente la peor parte, pero como el Brasil y la Argentina eran potencias emergentes competidoras y hostiles entre sí, al final de cuentas, solo se pusieron de acuerdo en llevar la guerra al Paraguay y hasta la firma de los tratados definitivos de paz, actuaron más como adversarios que aliados y de ese hecho nada casual se beneficiaron ampliamente el Paraguay y su diplomacia.



CAPÍTULO V

EL CASUS BELLI

Basado en la fantasía del equilibrio de poderes regionales, Francisco Solano desafió al Imperio del Brasil a no invadir al Uruguay. López se tomó la temeridad de lanzar un ultimátum contra una potencia cuya Guardia Nacional de reservistas era superior en número a la población total del Paraguay. Sencillamente, el Ejército paraguayo no era tan poderoso como lo creía su comandante ni tan numeroso como lo temían sus adversarios. Carecía de Estado Mayor o Mayoría en la terminología de época, de oficiales experimentados y de soldados adiestrados. La última acción militar sostenida había tenido lugar en el río Tacuary contra Manuel Belgrano, en marzo de 1811, bajo el todavía agónico imperio español. El resto de los aprestos fueron simples escaramuzas y a veces ni eso. López apenas si contaba con la fanática adhesión de sus soldados, capaces de inmolarse a una orden en la mejor tradición árabe-musulmana.

Es cierto que en la región, era el único que tenía un ejército numeroso y en pie, pero no debió sobrestimar este hecho circunstancial pues los recursos superiores del Brasil pronto debían pesar en un enfrentamiento armado duradero. Como el Brasil no se arredró ante la amenaza paraguaya y envió su caballería al Uruguay, López se sintió obligado a actuar en consecuencia a pesar de no estar preparado para enfrentar al Brasil. Sus armamentos largos estaban siendo embarcados en Europa y sus encorazados aún seguían en los astilleros a medio completar.

Al ordenar el 13 de noviembre de 1864, sin provocación alguna del otro lado, la captura del buque civil brasileño de la carrera -carga y pasajeros- de Mato Grosso, Marqués de Olinda, que llevaba a bordo a la máxima autoridad política de esa región, el Cnel. Francisco Carneiro de Campos, y mandar la prisión del cónsul brasileño en Asunción, López en realidad estaba firmando "la sentencia de muerte de su país." El buque mercante había parado en Asunción para alzar y bajar pasajeros y encomiendas sin que el Gobierno le diera indicio alguno de irregularidad. Si la ofensa brasileña en Uruguay hubiera sido tan deplorable, el Gobierno paraguayo quizás podía haber impedido que el Marqués de Olinda entrara a aguas territoriales paraguayas o desde Asunción pudo haber recibido la orden de retornar al puerto de origen. Pero la captura intempestiva en medio del viaje era un desafío al poderío brasileño que necesariamente iba a irritar a la opinión pública de aquel país. Para fines de diciembre de ese año, López había enviado una expedición que hoy se llamaría "preventiva" que ocupó el Mato Grosso, tomó prisioneros, incautó armas y bastimentos y ocupó brevemente la región. A la herida agregó insulto cuando un Congreso paraguayo finalmente declaró la guerra al Brasil en marzo de 1865, medio año después de haberlo agredido, ocupado y saqueado.

Lo que siguió merece figurar en los anales de la ingenuidad político-diplomática. Absolutamente ignorante del hecho de que los partidos liberales de Río de Janeiro y de Buenos Aires estaban buscando áreas de entendimiento político desde el poder, y confiado en la buena fe del Presidente argentino que juraba mantener una neutralidad absoluta en la guerra civil uruguaya a pesar de haber adiestrado, transportado y armado el contingente del general Flores, López solicitó permiso de Mitre para enviar por el territorio recientemente argentino de Las Misiones una expedición militar "inocente" contra el Brasil.

No solo por el acercamiento ideológico con los liberales brasileños, lo natural era que Mitre denegara el permiso pues el territorio por donde cruzarían los soldados paraguayos era también parte de la Provincia de Entre Ríos. Hubiera sido suicida para Mitre ofrecerles a López y Urquiza la posibilidad de unirse para derrocarlo. De todos modos, ofendido por la negativa, López procedió a invadir la Provincia fronteriza contigua a las Misiones, ocupando los puertos de Corrientes y Goya e incautándose de dos vapores, el 25 de Mayo y el Gualeguay. Si bien la declaración de guerra a la Argentina fue aprobada en Congreso el 18 de marzo, la comunicación encomendada a un simple teniente en viaje privado terrestre, llegó a Buenos Aires al mismo tiempo o poco después de la invasión del 13 de abril de 1865. Naturalmente, la expedición no fue del agrado de los correntinos quienes así se sumaron a la creciente lista de enemigos del gobernante paraguayo. Este había cometido la torpeza de tomar prisioneros a hombres y mujeres de la clase alta correntina más que naturalmente inclinada a estar políticamente enfrentada a Mitre y a Buenos Aires. Con estas dos invasiones sorpresivas, López había completado la hazaña de unir al Brasil y la Argentina en un objetivo común: destruir a López.

Al mismo tiempo, la invasión correntina se convirtió en el mejor instrumento en manos del presidente Mitre para persuadir a las demás provincias de sumarse a la contienda bajo la justificación de que la patria sagrada había sido invadida por fuerzas extranjeras. Las provincias del hinterland argentino no concebían la guerra contra el Paraguay como un asunto suyo y con mucha renuencia enviaban "voluntarios" no siempre enganchados a las milicias por medios pacíficos.

Al mismo Urquiza le fue trabajoso buscar un justificativo para no seguir las directivas de Mitre ya que Corrientes era una provincia contigua a la suya. En suma, la invasión correntina fue otro error político de Solano López pues no debió utilizar medios guerreros contra una provincia de la periferia argentina que de mala gana se sometía a los designios porteños.

La historia de si la declaración de guerra llegó o no a manos de Mitre antes de la dicha invasión es baladí considerando los procedimientos. Las declaraciones de guerra entre Estados requieren de un protocolo más solemne que una comunicación por chasque a cargo de subalternos que quizás ni sabían lo que estaban transportando. El muy incipiente derecho de gentes exigía ya advertir a las poblaciones vecinas de algún inminente conflicto armado.

Lo narrado hasta este punto constituye la primera parte del episodio bélico de la Triple Alianza. Todo lo actuado por Solano López hasta la invasión de Corrientes quedó sujeto a descrédito y una buena reacción de Mitre y el Emperador Pedro II en el papel de víctimas de la agresiva ligereza de Solano López, acompañada de una estrategia internacional que presentara a sus países como sorprendidos por la temeridad paraguaya, les hubiera dado como resultado el acompañamiento de la opinión internacional al enfrascarse en una guerra justa.

Solano López había cometido una seguidilla de errores egregios como la captura de un buque de pasajeros, la invasión de territorios fronterizos sin declaración de guerra formal previa y la emisión de un ultimátum a un país de mayor envergadura que el suyo, aparte de la toma de prisioneros que ejercían cargos importantes como un cónsul extranjero y un gobernador regional. Fácil le hubiera resultado a Mitre y a Pedro II gestionar la condena de las acciones de Solano López por contrarias al derecho de gentes.



CAPÍTULO IX

INJERENCIA BRITÁNICA

Las teorías conspiraticias perfectas son los mejores aliados de los totalitarios. Creer que las conspiraciones impecables son parte cotidiana de la vida política exige un acto de fe y un módico de complejo de inferioridad y delirio de grandeza, síntomas ambos de incipiente paranoia, compañera frecuente del autoritarismo.

El papel de la Gran Bretaña en las causas de la guerra bajo estudio refleja lo antedicho. Ningún documento de época prueba ni remotamente la participación directa de los británicos en el estallido de la guerra ni en su extendida duración. Si bien es cierto que facilitaron al Brasil los préstamos en millones de libras esterlinas para financiar la contienda, debe pensarse más que las operaciones financieras ocurrieron en el sector privado británico sin intervención gubernamental, en la convicción de que el Brasil era un buen deudor.

La historia de que el Paraguay y su germinal industrialización era un mal ejemplo para el resto de América y por ende blanco de la ira británica es peregrina y carece de todo sustento. Hacía más de medio siglo que los Estados Unidos sí era una verdadera competencia para la industria británica sin que represalia alguna se originara en Europa. Gran Bretaña cuidaba su comercio y tenía la plena certeza de la absoluta dependencia de la América Latina de su industria, sus finanzas y su intercambio comercial. Como garantía de ese comercio y diseño de la política imperial, la Armada Británica tenía una clara pero no abrumadora presencia tanto en El Plata como en Río de Janeiro. El verdadero poderío era potencial, la certeza de que la Gran Bretaña no toleraría insolencias ni abusos de los países emergentes de la región.

El interés británico en el Paraguay fue siempre marginal antes, durante y después de la conflagración. La especie de que fue una guerra inglesa contra el Paraguay peleada por intermediarios, Brasil y Argentina, que así ponían muertos, deudas y sacrificio para beneficio de un tercero desafía el sentido común. Sencillamente, esta guerra fue una eclosión bélica debido a factores regionales y a la herencia nunca resuelta de la conflictividad hispano-lusitana que debía resolver fronteras y ámbitos de influencia política regional. Incluso, excepcionalmente para las costumbres inglesas, muchos de los súbditos de Su Majestad la Reina Victoria fueron apresados y vejados en el Paraguay sin que reaccionara la Armada.

De hecho, la Gran Bretaña, a su manera de casi aparente indiferencia, tuvo actos que beneficiaron grandemente al Paraguay. El principal fue la publicación del Tratado Secreto de la Triple Alianza en The Times de Londres el 1º de mayo de 1866. Ese simple hecho torció la opinión mundial a favor del Paraguay y en contra de los Aliados que quedaron desnudados en su ambición por territorios y en su cobardía al enfrentar sus desusadamente gigantescos Estados contra uno mucho más pequeño y para peor aislado del resto del mundo. Ni el Brasil ni la Argentina pudieron sobreponerse a este golpe propagandístico ominoso para su causa y a partir de ahí la participación uruguaya se fue desdibujando hasta desaparecer. El gran instigador oriental para atacar al Paraguay, Venancio Flores, pronto cayó víctima de homicidio en plena vía pública de la manera menos heroica concebible.

Tampoco fue descartable el papel de la política exterior británica en la decidida y oportuna mediación del secretario de su Legación en Buenos Aires, G. F. Gould, que vino al Paraguay a tratar de repatriar a los británicos que quisieran salir del teatro de guerra. En eso no tuvo éxito pero inmediatamente y posiblemente a insinuación del Mariscal, se puso afanosamente a buscar una fórmula para la paz y la conclusión inmediata de la guerra en 1867. La primera sesión de Gould fue con el canciller Luis Caminos. La fórmula era atractiva para el Paraguay: retiro de las fuerzas de ocupación territorial, exigencia de indemnización de guerra ninguna, ratificación formal del respeto a la independencia y soberanía del Paraguay y discusión futura de los límites a ser fijados. Una vez acordados los prolegómenos para la paz, Solano López transferiría al vicepresidente por él nombrado el poder y se trasladaría a Europa con su familia.

Mitre estaba interesado en poner coto a la interminable guerra pero no así el Duque de Caxías, quien igual autorizó enviar los términos del acuerdo en un buque expreso a Río de Janeiro para pedir la aprobación del Emperador Pedro II. Obviamente, el Sr. Gould gozaba de la confianza del Mariscal para haber llegado tan lejos en búsqueda de un cese de fuego y una eventual paz. En ningún momento, el Mariscal lo acusó de pérfido ni de representante de imperio voraz. Esos epítetos se originarían mucho después y serían proferidos por gente que ni había nacido en ese entonces.

No hubo necesidad de comerse las uñas para aguardar la decisión de Pedro II pues mientras el navío expreso se hallaba todavía en camino, Solano López retiró su anterior aprobación a los términos del acuerdo con la mediación de Gould. Una de las frecuentes rebeliones montoneras de las provincias argentinas contra el gobierno de Buenos Aires le convenció al gobernante paraguayo de que la Argentina no sería capaz de seguir siendo parte de la Alianza con lo que el Brasil presuntamente se desmoronaría sin el apoyo logístico platense. Gould retornó a la sede de sus funciones con las manos vacías, pero no sin antes demostrar pericia diplomática y capacidad negociadora. Indudablemente, el peso específico de la nación que representaba tenía influencia, pero igual fue significativa que su iniciativa llegara tan lejos.

Donde tuvieron razón los críticos de la política inglesa fue en los frecuentes excesos de arrogancia hacia los países de la América del Sur, sin excepciones. Por ejemplo, el supuesto presta nombre combatiente Brasil, poco antes de comenzar la guerra había sufrido abusos y humillaciones inauditos del representante diplomático de la Reina Victoria en Río de Janeiro desde 1859, William Dougal Christie, que enfurecieron al propio Emperador Pedro II. El estilo de Christie fue el tradicional de los enviados imperiales británicos. Ni bien llegó a su nueva sede luego de haber ejercido el mismo cargo en Asunción, hizo exigencias desmedidas como que el Brasil abandonara su política de exclusividad brasileña en la navegación de cabotaje interna. Christie quiso también la inmediata apertura del Amazonas a la navegación internacional. Para agregar sal a la herida, pidió la aclaración del estatuto legal de los esclavos llegados al país a partir de 1831 cuando se había prohibido el comercio de seres humanos, cosa que el Brasil no aceptó y siguió con este rubro de importaciones. Y como buen inglés, Christie exigió la exclusividad británica en cuanto a astilleros para la marina brasileña. Una prueba de la fortaleza del gobierno paraguayo es que Christie jamás se hubiera atrevido a tanto con Carlos Antonio López, pero ni dudó en embretar al propio Emperador.

Dejemos que el relato lo haga el historiador brasileño contemporáneo Jorge Caldeira en su libro Mauá, empresario del Imperio:

Afines de 1861 naufragó el barco Prince of Wales en una región desierta de la costa de Río Grande do Sul. Después de algunos meses llegaron a Río de Janeiro noticias que sugerían que alguien podría haberse apropiado de parte de la carga, desparramada en la costa.

Christie decidió transformar el hecho en una cuestión diplomática y demandó del gobierno brasileño compensaciones para el propietario del barco, los parientes de los marineros muertos, castigo a los funcionarios brasileños que registraron el caso -todo basado en vagas sospechas.

De ahí en más Christie buscó la forma de demostrar al Brasil la contundencia de sus acusaciones y un incidente menor le proporcionó la excusa:

El 2 de julio de 1862, la policía carioca apresó a tres borrachos que molestaban mujeres y pateaban esclavos en una calle de Tijuca. Los tres eran marineros del barco inglés Forte, que estaba atracado en el puerto. El embajador interpretó el grotesco episodio como "un caso serio" y un "ultraje" a Inglaterra. Para reparar la ofensa, exigió del gobierno la destitución del oficial que había ordenado la prisión, disculpas públicas y una censura escrita de la Corte al Jefe de Policía.

Como el gobierno brasileño se negó a atender las demandas británicas, tanto en un caso como en el otro, el 31 de diciembre de 1862, Christie simplemente mandó al comandante de la escuadra británica en Río de Janeiro que bloqueara el puerto de la ciudad y apresara todos los barcos brasileros que llegaban.

Dado que la corte de Saint James en Londres jamás iría a contradecir públicamente a un diplomático de Su Majestad, Pedro II tomó la decisión de romper relaciones con la Gran Bretaña y su ministro residente, Carvalho Moreira, tuvo que mudarse a París. Lejos de sentirse compungido, Christie ratificó su desprecio hacia todo lo brasileño afirmando que "el miedo es la única forma de justicia en Brasil y la Royal Navy, el brazo derecho de nuestros comerciantes". Eso ocurrió apenas el año antes del inicio de la guerra y las relaciones entre ambos imperios aún no se habían totalmente restañado.

El Brasil necesitaba del comercio y los créditos ingleses y la Gran Bretaña no iba a abandonar tan importante y ganancial mercado, pero en modo alguno podría concluirse que ambas naciones eran aliadas o tenían mucho en común. La construcción homérica que sus panegiristas buscaron erigir para exaltar el heroísmo romántico de Solano López exigía reclutar enemigos formidables, todopoderosos, como el mayor imperio de la época. Nada de eso resiste el menor escrutinio probatorio. Y aun así la estatura heroica, por humana, de Solano López nunca llega a ser menoscabada.

En Paraguay, la familia gobernante siempre guardó respeto y admiración hacia la Gran Bretaña. Cuando Carlos Antonio contempló seguir los consejos de su hijo para comenzar la industrialización del país, hizo cuestión de Estado que los ingenieros a ser contratados fueran ingleses por el respeto a la autoridad y la disciplina de aceptar los mandatos de su monarquía diluida. Nada quería saber el mayor de los López de los franceses a quienes consideraba más anárquicos y poco afectos a seguir lo dictado por la autoridad. De cualquier manera, una inspección de los documentos de época no revela inquina particular alguna de los gobernantes paraguayos hacia la Gran Bretaña, por lo que la asignación a esta de un rol de supremacía en la ruptura de las hostilidades y en el manejo de la guerra carece de todo sustento o corroboración documental. Lo que apareció respecto de ese rol tuvo lugar mucho después, ya en la era revisionista/populista anti capitalista y anti neoliberal; es decir, tenía una carga ideológica importante y se llevaba al hombro unas contradicciones egregias que impedía compaginar el hecho de que el supuesto nacionalista dictador Rosas era anti británico cuando precisamente eligió a esas islas para residir por el resto de su vida luego de abandonar ser derrocado por las fuerzas del generalísimo Urquiza en 1852.


 


CAPÍTULO XII

EL GOLPE

La publicación del Tratado Secreto de la Triple Alianza fue el mayor aporte de propaganda a la causa paraguaya y sus consecuencias siguen teniendo resultados. La batalla por las mentes y los corazones de la humanidad fue ganada por el Paraguay desde un principio. Grandes nombres que hoy aparecen en la denominación de las calles de Asunción hicieron sus méritos en la defensa firme y altiva del Paraguay invadido por sus gigantescos vecinos, que además de tamaño tenían poca otra cosa que mostrar pues les llevó un lustro cruzar una simples cadenas subfluviales en Humaitá para tomar Asunción y comenzar el principio del fin de la guerra.

Esos nombres toponímicos exigen ser descubiertos como los peruanos Eusebio Lillo y Toribio Pacheco, los argentinos Olegario Andrade, Juan Bautista Alberdi y otros, el boliviano Mariano Melgarejo. Se expresó también de manera terminante el Congreso de la República de Colombia. Todos estos gestos de apoyo al Paraguay fueron motivados por el tratado.

Donde casi no hubo disenso fue en el Brasil a pesar de que la duración de la guerra causó incomodidades y su financiación fue el inicio de la eterna deuda externa de ese país. Pero intelectualmente, nadie se atrevió a criticar al Emperador, único responsable de la excesiva longevidad de la contienda. El conservadurismo brasileño es propio de una estructura provinciana donde pocos se atreven a alejarse de la línea oficial. Mismo un gran historiador contemporáneo como Francisco Monteoliva Doratioto en su libro ¡Maldita Guerra! llevó adelante una larga, paciente, cuidadosa y completa investigación, pero a la hora de las conclusiones, estas bien las hubiera escrito el mismo Pedro II o el Vizconde de Río Branco. Su condena de Solano López es tan fulminante que optó por pasar por alto la genuina devoción de su pueblo a la causa de la defensa.

El descubrimiento y estudio del pasado exige una cuota de coraje que va más allá de la simple y expedita victimización por parte de todos los combatientes. El Brasil se declaró víctima de la tiranía de Solano López la que sostuvo lo empujó a una guerra que supuestamente no quería ni buscaba. La Argentina se presentó como víctima de la agresión paraguaya en Corrientes y en el paso desautorizado de tropas hacia Uruguayana. Pero ninguno de los dos países se acerca al grado de victimización de la visión oficial paraguaya que hasta introduce un término todavía no acuñado en 1870, el genocidio.

Esta palabreja aparecería en el diccionario después del extravío nazi de Adolph Hitler que quería borrar a toda una categoría de seres humanos etnio/religiosa del mapa.

El propio Tratado Secreto de la Triple Alianza prueba lo contrario de esta afirmación pues al dar la bienvenida a la Legión Paraguaya estaba de hecho diciendo que la guerra era contra algunos paraguayos pero no contra todos. A Hitler jamás se le hubiera ocurrido aceptar como aliado a judío alguno. Él buscaba eliminarlos a todos y a eso se llamó genocidio. La utilización de este vocablo en el mismo título de un libro del brasileño Julio José Chiavenatto todavía no califica a esa obra como libro de historia y si uno de propaganda, exitoso y aplaudido, pero nada académico.

La Guerra de la Triple Alianza fue iniciada por Solano López por razones tácticas, coyunturales y momentáneas. Al no haber sido producto de una estrategia razonada y discutida, las medidas corrían el riesgo de ser contraproducentes como de hecho era fácil ver que lo serían. Ni el Brasil ni la Argentina podían aceptar una afrenta de esta naturaleza sin tomar represalias. Sin embargo, ambos países eran naciones emergentes con escasa solidificación institucional y los desafíos originales de López -que le causaron la destrucción de su gobierno y su país- encontraron una respuesta también coyuntural, poco razonada y motivada solo por objetivos inmediatos que tuvo un costo mucho mayor que el simple escarmiento de un vecino díscolo.

Hay algún proverbio, presumiblemente chino, que aconseja elegir con cuidado a los enemigos porque pronto uno comienza a actuar como ellos. Ejemplos abundan en la historia universal. Quizás el más ilustrativo fue el de la era maccarthista de la Guerra Fría en los Estados Unidos, donde tanta era la paranoia anti comunista en la postguerra mundial, que el propio Gobierno norteamericano, la primera y la más antigua democracia republicana constitucional, pronto copió los métodos policíacos y la implacabilidad de sus adversarios soviéticos en el trato con sus ciudadanos.

Así, confrontados con la necesidad de dar una lección a Solano López, Mitre vio en el Brasil y en Pedro II a un posible aliado confiable y poderoso y sin mayor reflexión se puso a negociar una alianza que no soportaría el menor escrutinio histórico. El Brasil y la Argentina desde que eran Portugal y España eran adversarios competidores con escasa simpatía mutua. Sus peleas por supremacía en la Banda Oriental eran recientes y solo la incursión definitiva de la política y la marina británicas culminó con la creación del estado tapón uruguayo.

Mitre y Pedro II tenían que saber, respectivamente, que la otra parte nunca sería un aliado razonable ni fácil de sobrellevar. Lo que les enfrentaba y desunía era más poderoso que la momentánea y pasajera tirria por la insolencia lopista. Y esa gran desconfianza selló desde el principio las negociaciones. Por eso hubo necesidad de suscribir un tratado secreto que bien se sabía, el día que se publicara, solo acarrearía ignominia y pérdida de prestigio. Pero cuando se tiene solo dos semanas para completar un acuerdo tan trascendente como este, es perfectamente comprensible que el producto será precisamente apresurado para terminar en un acuerdo muy poco cuerdo, de escasa sensatez y sobriedad. Constituía una respuesta desmesurada a un problema originalmente limitado. Pero irónicamente, fue lo mejor que le pudo pasar a la causa paraguaya.

Por su tamaño y población e intereses, el Brasil y la Argentina siguen siendo competidores a siglo y medio del estallido de la Guerra de la Triple Alianza. Es cierto que mucho se ha progresado desde el siglo anterior en que las hipótesis de guerra en las academias militares de ambos países incluían la planificación de un eventual conflicto armado, pero aún en la era de integración, los acuerdos son difíciles de obtener y la visión es siempre divergente. Mitre no pudo persuadir a sus compatriotas a que confiaran en el Brasil y parece que tampoco a las generaciones subsiguientes aunque mucho se ha progresado.

La conversión de un conflicto regional limitado que no debió llevar mucho tiempo resolver en la guerra más sangrienta y larga de toda la historia latinoamericana se debió en gran parte al Tratado Secreto divulgado por los ingleses en 1866. A partir de tomar conciencia de que el país se jugaba la supervivencia en ese nuevo diferendo, hecho más dramático y álgido por el acuerdo de los tres beligerantes aliados. Es muy posible que los Aliados pensaran por el tamaño y población del Paraguay que las hostilidades hasta la completa sumisión del país guaraní no podían tardar más de lo que le tomó a la Marina Imperial bloquear y tomar Paysandú y derrotar a los blancos gubernistas en 1864. Así se explicaba el optimismo desbocado de Mitre de verse en tres meses en Asunción como se había visto Tamandaré en Paysandú.

No obstante, esa visión idílica de su poderío y el desconocimiento de la voluntad de resistencia de los paraguayos, marca militar por más de tres siglos donde el servicio militar universal duraba nueve meses al año. Mitre, que se las daba de historiador y llegó a escribir una biografía de Belgrano, debió saber de ese opúsculo que el Paraguay quedaba lejos y que los paraguayos primero peleaban y después preguntaban por qué.

El tratado secreto también le sirvió a López para graduarse de gobernante inexperimentado, que actuaba sin medir las consecuencias de sus actos, en paladín de una resistencia homérica contra enemigos infinitamente superiores. El resto de la leyenda en vida lo tejieron las hazañas inverosímiles de los combatientes del Mariscal que iban a la lucha descalzos pero se las ingeniaban para ingresar silenciosamente a los campamentos aliados y tomar prisioneros a los vigías para llevárselos a sus cuarteles y someterlos a un interrogatorio que posiblemente se realizaba fuera de las garantías de la futura Convención de Ginebra.

Estos soldados también recibían la orden de sustraer del enemigo sus cañones y transportarlos hasta las líneas paraguayas, cosa que también cumplían, descalzos y sin ayuda de carros ni ruedas. Y los ejemplos de heroísmo individual son tan numerosos que mencionar algunos les hace injusticia a otros aunque vale la pena recordar el caso del capitán de Caballería Matías Bado que herido de un balazo en el cuello al punto de que la cabeza casi le queda colgando, sin desmontar con el otro brazo impidió la caída de ella y apuntó el sable para una final carga mortal. Los brasileños en admiración mojaron sus pañuelos en la sangre de Bado y los guardaron como amuleto. Viendo estos ejemplos, Caxías se llegó a preguntar cuál era el ascendiente de López para conseguir combatientes tan aguerridos.

Mitre pronto se dio cuenta que Asunción no era Paysandú y buscó la manera de terminar la lucha por vías negociadas. Ahí tropezó con la tozudez del Emperador Pedro II que no iría a descansar hasta destruir a López, sin medir el precio. Pedro II se había convertido subrepticiamente y sin siquiera tener conciencia de ello él mismo en un calco de Solano López. En contra de Pedro II jugaba su condición de monarca vitalicio. Mitre pronto dejó la presidencia a Domingo Faustino Sarmiento quien ya no tuvo ínfulas de comandante de campo y nunca visitó el frente que para él guardaba recuerdos ingratos y dolorosos pues su único hijo Dominguito fue una de las miles de bajas de Curupayty, el 22 de setiembre de 1866. Para demostrar que la vida es siempre más compleja de lo que se podría creer, Sarmiento eligió al Paraguay como su última morada y le dio el mejor de los legados al diseñar el sistema educativo nacional que fue el instrumento más eficaz de toda la Reconstrucción. Y eso que anteriormente había dicho "a los paraguayos hay que matarlos en los vientres de sus madres" en una tempranera versión politizada del aborto terapéutico.

Como se pudo ver, la Guerra de la Triple Alianza no tuvo sólo un único detonante pues sus causas fueron múltiples al igual que sus consecuencias. Y si bien el estallido inicial debe imputarse a las acciones agresivas paraguayas, su larga duración y terribles costos en vida y hacienda deben figurar en la columna de culpabilidad del Emperador Pedro II. Y no debe desdeñarse en todo estudio el hecho de que el Tratado Secreto de la Triple Alianza tuvo como consecuencia no vislumbrada la metamorfosis de un enfrentamiento militar regional efímero en una guerra total de exterminio.


 

 


ANEXO II

LAS RAZONES DE LA DECLARACIÓN DE GUERRA A LA ARGENTINA

1º. La negativa del gobierno de Buenos Aires a conceder el tránsito inocente por su territorio de las tropas paraguayas que llevaban la guerra al Brasil.

2º. La protección prestada por el mismo gobierno a la revolución del general Flores en el Estado Oriental para derrocar a su gobierno legítimo.

3º. Connivencia del gobierno argentino con el Imperio del Brasil para que éste se apoderara del Estado Oriental, hecho que perturbaba el equilibrio político del Río de la Plata.

4° Tolerancia del presidente Mitre para la formación de una legión paraguaya en Buenos Aires, destinada a unirse al ejército brasileño.

5º. El pedido de explicaciones hecho al gobierno de la Asunción acerca de la reunión de fuerzas nacionales en la orilla izquierda del Paraná.

6º. Los insultos y las calumnias de la prensa oficial porteña al Paraguay y su gobierno.

El Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles Asunción, marzo de 1965



ANEXO III

MANIFIESTO ANTI MITRISTA

Un ejemplo de lo desunidas que estaban las Provincias Unidas del Río de la Plata de este Manifiesto del líder regional mendocino Felipe Varela. Este tipo de reacciones internas en la Argentina le dieron ínfulas a Solano López para creer que Mitre no podía sobrevivir las convulsiones intestinas.

¡Argentinos! El pabellón de mayo que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaití [... ¡Abajo los traidores de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de Uruguayana, a precio de oro, de lágrimas y de sangre argentina y oriental! Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución jurada, del orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás repúblicas americanas. ¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos mostrará el enemigo. Allí los invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte, vuestro jefe y amigo.

Manifiesto de Felipe Varela.

Diciembre 10,1866



EL AUTOR

Ricardo Caballero Aquino tiene un doctorado en Estudios Históricos de la Southern Illinois University (Carbondale, Illinois, EE.UU.). En la cátedra, enseñó en el Instituto Superior de Lenguas de la Universidad Nacional de Asunción y en la Universidad Católica "N. S. de la Asunción"; además fue Profesor Visitante Distinguido en Wilmington College (Ohio, EE.UU.). Fue becario Fulbright y Humphrey. Ingresado a la carrera diplomática en 1996, fue Consejero en la Embajada en Washington, dos veces Encargado de Negocios en Montevideo y Cónsul General en Río de Janeiro. En el Ministerio de RR.EE. fue Director General de Informaciones y Director de Pasaportes y Visas. Como Encargado de Despacho de la Dirección de la Academia Diplomática y Consular del Ministerio, hizo obligatoria la presentación y defensa publica de tesis para acceder al rango de Embajador, rango que el mismo ostenta. Cuenta con varias publicaciones además de haber ejercido el periodismo en ABC Color, diario Noticias, diario Hoy y radio Ñanduti. Está casado con María Eugenia

Garay, tienen dos hijos, Rodrigo Pedro y Jerónimo Cesar



BIBLIOGRAFÍA

Box, Pelham Horton. Los orígenes de la Guerra del Paraguay. Asunción: Nizza. 1958.

Caballero Aquino, Ricardo. La Segunda República Paraguaya: Política, economía y sociedad. Asunción. 1987.

Caballero Aquino, Ricardo. Teresa Lamas Carísimo: Biografía literaria. Asunción: El Lector. 2013

Caballero Aquino, Ricardo. Ensayo crítico introductorio a Juan Crisóstomo Centurión. Memorias ó reminiscencias. 4 volúmenes. Asunción: El Lector. 1988.

Caldeira, Jorge. Mauá: Empresario del imperio. Montevideo: Fundación Itaú. 2008.

Doratioto, Francisco. Maldita Guerra: Nova historia da Guerra do Paraguai. Sao Paulo: Companhia das Letras. 2002.

Garay, María Eugenia. Sobre las ruinas de la Patria Vieja: Guerra de la Triple Alianza. Asunción: Servilibro. 2011.

Garay, María Eugenia. Hebras de remembranzas: Homenaje al pueblo paraguayo en la épica hazaña de la Guerra de la Triple Alianza. Asunción: Servilibro. 2012.


 

 


PARAGUAY TUVO APOYO BRITÁNICO EN LA GUERRA

(ARTÍCULO PUBLICADO EN ABC COLOR)

SEGÚN RICARDO CABALLERO AQUINO

 

Con “Causas de la guerra”, de Ricardo Caballero Aquino, y “Los Aliados”, de Juan Bautista Rivarola Paoli –dos libros por el precio de uno– se inicia hoy la publicación, con el ejemplar de nuestro diario, de la Colección A 150 años de la Guerra Grande, de El Lector y ABC Color.

En el primer texto, entre otros puntos, Caballero Aquino sostiene que en la guerra, el Paraguay recibió el apoyo británico, contra la versión ideologizada de que el imperio británico habría “propiciado” el conflicto.

–¿No era que los británicos propiciaron esta guerra?

–Gran Bretaña fue el que publicitó el ignominioso Tratado de la Triple Alianza. Sin esa publicación, por una acción directa del Ministerio de Asuntos Externos de Londres, que entregó la copia al Parlamento británico, el caso paraguayo hubiera sido más difícil de explicar o defender.

–¿Cómo se dio aquello?

A través de un mediador, secretario de Embajada, G. F. Gould, casi se llegó a la paz en 1867. Los ingleses le dieron crédito al Brasil y le vendieron armas y cañoneras, pero Brasil era buen cliente y gozaba de confianza financiera.

–El Tratado quedó secreto por un buen tiempo.

–Un año calendario exacto. Para el 1 de mayo de 1866, la prensa londinense la publicaba y toda la ignominia se trasladó a Mitre y a Pedro II, grandulones del barrio que se juntaron para patotear a un vecino más chiquito.

–¿Y a partir de ahí?

–A partir de ahí, todos olvidaron las agresiones iniciales de Solano López y pasaron a expresar su clara admiración por el heroísmo paraguayo encarnado por su propio gobernante que no aceptaba rendirse.

–¿Cuál era la relación de Solano López con los británicos?

–Como también su padre, Solano confiaba más en los ingleses que en cualquier otra nacionalidad europea. Su médico William Stewart era escocés; Elyza Lynch, inglesa, y el coronel Thompson era unos de sus oficiales favoritos.

–¿Tuvo trato con el inglés Gould?

–En Gould depositó su confianza, cosa nada fácil tratándose de un extranjero y suspicaz como era López.

–¿Los británicos, entonces, no tuvieron nada que ver con la agresión al Paraguay?

–Lo lamento por los revisionistas populistas, pero el capitalismo británico no tuvo mucho que ver en las hostilidades. En la guerra hizo negocios, pero eso lo hacían los capitalistas en todas las guerras, y en las no guerras, también.

–¿Cuáles son los antecedentes más remotos de esta guerra?

A partir del Tratado de Tordesillas de 1494, a solo dos años del viaje de Colón, Portugal se embarcó en una continua campaña de apropiarse de territorio español que solo culminará con el Tratado de Petrópolis de 1903, donde le sacó a Bolivia el Acre, el Amazonas boliviano.

–¿Y qué tiene que ver eso con la Triple Alianza?

–La Triple Alianza fue parte de esa voracidad brasileña por bienes raíces que para más fue confesada, divulgada, desnudada en el Tratado Secreto.

–¿Quiénes apoyaron a Paraguay?

–En Sudamérica, todos; de ahí salieron los nombres de nuestras calles: Juan Bautista Alberdi, Olegario Andrade, Eusebio Lillo, Toribio Pacheco... También hubo apoyo en EE. UU. y en Europa.

Publicado en fecha 15 de Setiembre del 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py




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