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CARLOS ANTONIO HEYN SCHUPP


  ESCRITOS DEL PADRE MAÍZ - AUTOBIOGRAFÍA Y CARTAS I - Investigación y compilación CARLOS HEYN SCHUPP


ESCRITOS DEL PADRE MAÍZ - AUTOBIOGRAFÍA Y CARTAS I - Investigación y compilación CARLOS HEYN SCHUPP

ESCRITOS DEL PADRE MAÍZ

AUTOBIOGRAFÍA Y CARTAS

Investigación y compilación CARLOS HEYN SCHUPP

Prólogo de RICARDO SCAVONE YEGROS

Union Académique Internationale

Academia Paraguaya de la Historia

Idea de tapa: Luis A. Boh

Editora LITOCOLOR S.R.L.

Asunción – Paraguay

Marzo de 2012 (366 páginas)

 

 

 

INDICE

 

- Presentación

- Introducción

- Síntesis de la larga vida

- Personalidad y aprecio del P Fidel Maíz

 

Ia. PARTE

- "Recuerdos de mi vida" - AUTOBIOGRAFÍA-

 

IIa. PARTE SUS CARTAS

l. CARTA AL PRESIDENTE LÓPEZ. 1867 - VII – 24

2. CARTA AL CONDE D' EU. 1870-IV-12

3. (Para explicar UNA CARTA DEL P. MAÍZ AL INTERNUNCIO SANGUINI...). 1870- 16-IX –

4. CARTA A MONSEÑOR SANGUINI. 1870 - XI – 9

5. CARTA AL SECRETARIO DEL VICARIATO APOSTÓLICO. 1870 - XII – 27

6. CARTA AL SECRETARIO DEL VICARIATO FORÁNEO APOSTÓLICO. 

1871-1-13

7. CARTA AL VICARIO FORÁNEO APOSTÓLICO. 1871-1-13

8. CARTA AL SECRETARIO DEL VIC. FORÁNEO APOSTÓLICO.1871-1-21

9. CARTA AL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA. 1871-1-22

10. CIRCULAR A LA COMISIÓN DEL CLERO NACIONAL.  1871-VIII-14

11. CARTA AL VICARIO FORÁNEO Y DELEGADO DE CORRIENTES.  1874 - IV – 18

12. CARTA AL MINISTRO DE CULTO. 1874-XII-17

13. CARTA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, DON JUAN B. GILL. 1876-IV-27

14. CARTA A MONSEÑOR CÉSAR RONCETTI. 1877-VII-25

15. CARTA AL MINISTRO DE CULTO. 1877-VII-26

16. CIRCULAR AL CLERO NACIONAL. 1877-VII-30

17. CARTA DEL PADRE MAIZ AL MINISTRO JUSTICIA, CULTO e INST. PUBL. 1877-VII-30

18. ACTA DE INSTALACIÓN. 1877 - VIII -12

19. CONCURSO DEL CLE RO NACIONAL 1877-VIII -13

20. CONCURSO DELCLERONACIONAL 1877-VIII-14

21. ACTA 1877 - VIII – 17

22. CONCURSO DELCLERONACIONAL 1877-VIII-17

23. CARTA AL MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES 1877-VIII-22

24. CURIA ECLESIÁSTICA DEL PARAGUAY 1877-XI-21

25. CARTA A UN AMIGO (¿). 1883 - XII – 28

26. CARTA AL SEÑOR CARRILLO. 1885-X-12

27. CARTA AL SEÑOR CARRILLO. 1886-11-12

28. CARTA AL PRESBÍTERO BOGARIN SOBRE EL PRONTUARIO.1886 – IV-4

29. CARTA AL DIRECTOR DE "LA DEMOCRACIA". 1886 - IX – 14

30. CARTA AL SEÑOR CARRILLO 1886 - IX – 15

31. CARTA DEL CORONEL JUAN C. CENTURION AL P. MAÍZ 1890 - IV – 26

32. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN 1895 - V – 24

33. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN 1895-X-4

34. CARTA DEL P. MALZ AL PAPA LEÓN XIII. 1899-11-04

35. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1900 - IV – 29

36. CARTAA MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN. 1900-XI-30

37. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN. 1903 - VIII- 11

38. CARTA A O'LEARY SOBRE LA TRAGEDIA DE CERRO CORA 1904-VII-15

39. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN. 1904 -VII-15

40. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN. 1905-I-30

41. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1905-IV-11

42. CARTA AL SR. MARIANO OLLEROS "SOBRE EL MCAL. LÓPEZ". 1905 - IX - 12

43. CARTA A O'LEARY SOBRE LOS ÚLTIMOS MOMENTOS DE DON CARLOS ANTONIO LÓPEZ Y DEL MARISCAL. 1906 -VI -10

44. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1906 - VII – 20

45. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1907 - VII – 22

46. LA HEROINA DEL HONOR PANCHA GARMENDIA. 1907-IX-7

47. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1907 - IX - 20

48. CARTA AL SR. O'LEARY SOBRE LOS HORRORES DE PIRIBEBUY. 1907 - X -15

49. CARTA AL PBRO. MIGUEL MALDONADO. 1908-I-17

50. CARTA AL P. SECRETARIO PBRO. MIGUEL MALDONADO. 1908-II-25

51. CARTA A DON JOSÉ NATALIO ROJAS 1908-VI-15

52. CARTA AL SECRETARIO DEL OBISPADO. 1908-VIII-15

53. CARTAA MONSEÑOR JUAN SINFOMANO BOGARIN. 1908 - IX – 17

54. CARTA AL PBRO. MIGUEL MALDONADO. 1908 - X – 17

55. CARTA A DON ENRIQUE SOLANO LÓPEZ, HIJO DEL MARISCAL.  1908-XII-29

56. CARTA AL SEÑOR O'LEARY 1911 - V – 16

57. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1912 -VI-25

58. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARÍN. 1913-X-30

59. CARTA AL SECRETARIO DEL OBISPADO. 1913 - XII -15

60. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARN. 1914-1-5

61. CARTA AL PBRO. JOSÉ N. ROJAS. 1914-VIII-24

62. CARTA A MONSEÑOR JUAN SINFORIANO BOGARIN. 1915-1-30

63. CARTA AL SEÑOR O'LEARY 1915 -III- 25

64. CARTA AL SEÑOR O'LEARY 1916-111-26

65. CARTA AL SEÑOR O'LEARY. 1916 - VI – 22

66. CARTA AL SEÑOR O'LEARY 1916-VIII-21

67. CARTA AL SEÑOR O'LEARY. 1916-XII-12

68. ÚLTIMA CARTA AL SEÑOR O'LEARY . 1920 -III- 4

 

ANEXO

- Árbol genealógico

 

 

FOTOS Y EPÍGRAFES

1- MAÍZ en la década del 70

2- MAÍZ en la post-guerra

3- OBISPO con su Clero

4- BOGARÍN desde joven

5- MAÍZ ya anciano

6- O'LEARY y sus Cartas

7- MAÍZ y su árbol genealógico

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

            Ricardo Scavone Yegros *

 

            Durante su larga vida, el padre Fidel Maíz fue testigo calificado, cuando no protagonista, de momentos y procesos históricos significativos para el Paraguay. Además de las labores propiamente eclesiásticas y religiosas, su inteligencia, su ambición, su carácter y -según él pensaba- los designios de la Providencia, le llevaron a actuar en las fronteras entre la Iglesia y el Estado, y a sentir las pasiones humanas que se movilizan en torno al poder político.

            Le tocó coadyuvar en la reconstrucción de la Iglesia Católica en el Paraguay, descalabrada por la Dictadura del doctor Francia; acompañar los afanes de reforma política en el país, pagando por ello con una larga y penosa prisión; y preparar el dictamen fiscal que llevó al fusilamiento de su Obispo, en una tarea en la que habrá sufrido el choque de sentimientos de venganza y piedad, de justicia y temor, de patriotismo y sumisión a la Curia Romana. Trabajó también en la reconstrucción del país tras la terrible guerra internacional de 1864 a 1870. Décadas después de asistir a la ordenación del obispo Basilio López, fue llamado a saludar desde el púlpito de la Catedral de Asunción la exaltación a la Presidencia de la República de uno de los más reconocidos valores de la generación del 900, como fue Manuel Gondra. Pudo ver el Paraguay del dictador Francia y el que se trataba de levantar en el siglo veinte con la esperanza puesta en las instituciones democráticas, permanentemente jaqueadas por las ambiciones personales y la intolerancia. Antes de morir tuvo todavía que rendir cuenta de sus actos ante la opinión pública, en medio de fuerte polémica. Llevó pues una vida por demás accidentada, como decía él, en la que había alcanzado "extremos de peligros y exquisitos sufrimientos".

            En la tranquilidad de su retiro de Arroyos y Esteros, el padre Maíz se tomó el tiempo para rememorar su tempestuosa existencia; y redactó un manuscrito al que puso por título simplemente "Recuerdos de mi vida", con el modesto propósito de librarlo al conocimiento de sus familiares. El original fue fechado el 31 de diciembre de 1910, es decir poco después de haber cumplido la que pensaba sería su última actuación pública, en el Te Deum por la toma de posesión del presidente Gondra, y mucho antes de que Juansilvano Godoi lo acusara por su actuación en los tribunales de sangre de tiempos de la guerra. Esta acusación provocó como se sabe, que Maíz redactara y publicara un libro autobiográfico, destinado principalmente a explicar los hechos que se le imputaban, titulado "Etapas de mi vida", que apareció por primera vez en 1919 y tuvo luego varias ediciones. Ese mismo año 1919, comenzó a reescribir los "Recuerdos", sin poder culminar su propósito, quedando en consecuencia con la primera parte redactada en 1919 y la segunda, con lo que había escrito en 1910.

            Los "Recuerdos", a pesar de su extraordinario valor histórico no fueron publicados, ni conocidos mucho más allá del círculo familiar, hasta que dio con ellos otro sacerdote activo y voluntarioso, el padre Carlos Heyn Schupp, quien los utilizó en el estudio sobre Maíz, preparado para la tercera edición de "Etapas de mi vida", en 1986. El padre Heyn, abogado, doctor en Derecho Canónico, historiador serio y laborioso, con importantes contribuciones en lo concerniente a la relación entre la Iglesia y el Estado, y a la obra de la Congregación Salesiana en el Paraguay, realizó entonces un meritorio trabajo de reconstrucción histórica en cuanto a los afanes del padre Maíz, dedicándole un valioso, completo y documentado estudio biográfico.

            El mismo padre Heyn se ha hecho cargo ahora de la edición de los "Recuerdos", texto que aunque en muchas partes coincide con las "Etapas de mi vida", es diferente y complementario de aquel. Pero además, ha adicionado a ese valioso material una selección de cartas del padre Maíz, que el mismo fue reuniendo en diversos repositorios durante sus investigaciones, y que tienen la virtud de enriquecer los datos contenidos en los "Recuerdos".

            La presente edición, que se concreta con el apoyo de la Academia Paraguaya de la Historia y de la Union Académique lnternationale, constituye por tanto un nuevo aporte relevante del padre Carlos Heyn Schupp, distinguido académico y respetado sacerdote, al conocimiento de la historia del Paraguay, el cual permitirá conocer mejor la vida y la obra de un paraguayo excepcional, con luces y sombras, en el marco de su tiempo y de sus circunstancias.

 

* Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Historia y funcionario del Servicio Diplomático y Consular de la República del Paraguay. Actualmente se desempeña como ministro, Encargado de Negocios del Paraguay en Bolivia.

 

 

INTRODUCCIÓN A ESTA OBRA

 

                        Carlos Heyn

 

            Este tomo, que sigue a la Biografía (Tomo 1) y constituye el primero de las tres obras tituladas "Escritos del Padre Fidel Maíz", tiene como razón de ser los siguientes objetivos:

            Fue el P. Maíz el sacerdote más conocido y famoso del clero paraguayo en su tiempo. Tuvo una vida -"casi novelesca"- en sus nueve décadas de duración, en las que le tocó "actuar" (¡y sobre todo, sufrir!) en su asendereada vida -ciudadana y religiosa- tan cambiante como extensa, de su existencia terrenal.

            Fue también el eclesiástico y "político" más controvertido en todo el Paraguay.

            Excomulgado -quizá sin la justa y debida imputación- por haber firmado "como fiscal de sangre" y en plena guerra, por orden terminante del Mariscal López, el fusilamiento de su propio obispo Manuel Antonio Palacios, su ex-colega de juventud, fue "rehabilitado" -canónica y civilmente- por las legítimas Autoridades respectivas de aquella época.

            Al fin de la vida -tras cuarenta años de "voluntario" ostracismo en su propia Nación- y dentro de su nativa patria chica, la alejada Arroyos y Esteros, fue un "caso evangélico" más del Perdón de Dios, Señor de la Historia y Salvador -¡no Condenador!- de la Humanidad de todos los tiempos"...

            La primera parte de este libro abarca la AUTOBIOGRAFÍA del padre Fidel Maíz, escrita ya en 1910, mucho antes que la otra, titulada "ETAPAS DE MI VIDA", que responde "polémicamente" al agravio del escritor paraguayo Juansilvano Godoi. El manuscrito de aquélla, con fina letra caligráfica, se conserva providencialmente hasta hoy. La segunda parte comprende una Colección de 68 CARTAS, manuscritas o impresas, publicadas o en su mayoría inéditas de las distintas épocas del P. Maíz. Todas ellas, con la inconfundible firma y rúbrica de su puño y letra...

            Todas estas Cartas contienen interesantes y veraces argumentos históricos y lógicos, que traslucen una transparente e iluminada inteligencia.

            Y todas también impecables en su calidad redaccional y lexicográfica.

            En el Anexo, se grafica, en un listado moderno, todo el árbol genealógico del apellido "MAÍZ", escrito y dibujado artísticamente a mano (como se ve en la respectiva foto del cuadro pintado por el mismo P. Maíz, y que lleva fecha: 1898).

            El valor, sobre todo, de estas Cartas radica, además de sus argumentos y temática, en los destinatarios, que podrían hoy reunirse en distintos grupos (como: Cartas con temas históricos; Cartas de los años de la "Cuestión religiosa" entre los capellanes brasileños de la ocupación militar de post-guerra y el reducido y meritorio Clero paraguayo; el rico conjunto epistolar dirigido a "su" obispo Juan Sinforiano Bogarín; las Cartas a amigos, sencillos o famosos (como el Mariscal López, los obispos, los Ministros del gobierno; el doctor Enrique Solano López, hijo del Mariscal; o el revisionista-histórico de ese tiempo, el célebre Juan Emilio O'Leary....).

            Valía, pues, la pena el compendiar y conservar para la historia esta colección de Cartas -públicas y personales- del mejor escritor y orador eclesiástico y siempre amable amigo, como lo fue el P. Fidel Maíz.

 

 

 

SINTESIS DE LA LARGA VIDA, IMPORTANTE Y DENSA, DEL P. FIDEL MAIZ

 

"CASI UN SIGLO DE HISTORIA PARAGUAYA EN LO ECLESIÁSTICO Y EN LO POLÍTICO"

 

            La vida del Padre Maíz -decíamos ya en 1986- en sus 92 años de duración (1828 -1920), es un caso singular.

            Nace en Arroyos y Esteros -Paraguay- bajo la dictadura del doctor Rodríguez de Francia, muerto éste en 1840. Estudia en la Academia Literaria de Asunción, fundada por Carlos Antonio López, gobernante desde 1841 a 1862, a quien ya llega a conocer y tratar muy de cerca, y a quien asiste religiosamente en la muerte. Vive bajo la primera Constitución paraguaya (o mejor, "Ley Administrativa del país") de 1844.

            Al año siguiente, conoce al primer obispo nativo, Basilio López -obispo desde 1845 hasta 1859-, que "me llamó a su lado -afirma- y merecí que me nombrase Notario eclesiástico, no obstante la minoría de mi edad que me fue dispensada por el presidente de la República, a petición del obispo. De aquí datan mis conocimientos respecto a los demás miembros de la familia López".

            Fue compañero y amigo, desde la adolescencia escolar, con Francisco Solano López. Cuando éste fue electo presidente de la República -1862-1870- en el Congreso de 1862, Maíz propugnó una apertura constitucional. Por lo cual, cae en desgracia de aquél, y va a parar a la cárcel engrillado e incomunicado durante cuatro años, luego de ser el primer Rector del Seminario Nacional -1859-1862-.

            Trata con el diocesano Urbieta (obispo: 1859-1865) y con el Obispo Palacios (1863-1868) durante la guerra.

            En 1866 recupera la libertad -hasta la intimidad- por parte del Mariscal presidente. Lo acompaña desde Paso Pucú hasta Cerro Corá donde éste muere y Maíz cae prisionero. Sufre el simulacro de su propio fusilamiento y es llevado -luego de la condena forzosa que él hace del Mariscal-, hasta la cárcel principal de la Corte Imperial Brasileña (1870: de marzo a noviembre).

            Al volver a Asunción, es excomulgado por el brasileño Vicario Apostólico Foráneo D'Avola (1869-72). Se embrolla, por tanto, en un desagradable litigio religioso, siendo combatido y rechazado por los más (1870-74). Pero supo defenderse con argumentos contundentes (¡de esa época!)

            Fue amigo del presidente Rivarola (1870-71) y de muchos hombres del gobierno. El administrador eclesiástico Moreno lo llama como secretario (1874). Y lo nombra luego su sucesor, poco antes de morir. Se convierte así en el Administrador interino, asumiendo Maíz la Jefatura eclesiástica del Paraguay. Pero Roma no acepta tal nombramiento y Maíz debe renunciar (1877). Después de ser por nueve meses, párroco de la Encarnación, en la Capital, decide entonces recluirse en su pueblo natal (Arroyos y Esteros), donde vivirá durante cuarenta años.

            En 1877, viaja hasta Roma, agregado a la misión diplomática paraguaya presidida por el Enviado oficial, José del Rosario Miranda. Y obtiene del Papa, bajo estrictas condiciones, su completa rehabilitación canónica para ejercer el ministerio sacerdotal, como lo hizo dignamente hasta su muerte.

            Tres presidentes de la República lo llaman para que en Asunción pronuncie sendos discursos en las ceremonias de la transmisión de mando.

            Conoce y es súbdito apreciado del obispo Aponte (obispo: 1878-1890). Pero mucho más, hasta su muerte en 1920, lo es del gran obispo, "reconstructor moral de la Nación", Juan Sinforiano Bogarín (1895-1949), con quien se cartea con frecuencia. Lo mismo que con O'Leary.

            Practica el meritorio apostolado del templo como párroco y de la enseñanza escolar, fundando una escuela para la nueva juventud, y como preceptor de la misma, en su pueblo de Arroyos y Esteros.

            En las últimas décadas de su vida, Maíz sigue las frecuentes luchas político partidarias del Paraguay. Sufre, clama, ama. Escribe y habla elocuentemente. El año de 1916 es un año cumbre: atacado por su enemigo, el publicista Godoy, es al punto "desagraviado" -en apoteosis general- en Asunción por sus defensores y especialmente por la juvenil y pujante intelectualidad paraguaya, dueña de un renaciente patriotismo, en que se afirman los "ideales del Lopizmo".

            Muere en Arroyos y Esteros el 9 de marzo de 1920 a la edad de 92 años exactos.

            Tal la larga y densa carrera en la vida religiosa y civil del Padre Maíz. Completó, desde que fue Notario eclesiástico en 1850, setenta años de servicio eclesiástico, sesenta y siete años de sacerdocio ministerial, cuarenta de reclusión arroyense y noventa y dos de fecunda existencia ciudadana como ferviente paraguayo.

 

            (Nota: Del libro del autor, "Etapas de mi vida" (3º y 4º  ediciones) en el "Estudio Documental", -1989- del mismo).

 

- La PRESENTE OBRA intenta ser un homenaje-sincero y "realista" del grande, misterioso y sufrido "Cura arroyense", en el 90° aniversario de su muerte, ya en tal fecha "desagraviado ", lo repetimos, por la juvenil y pujante intelectualidad de ese tiempo.

- Y un "memorial" del célebre y controvertido Sacerdote paraguayo en este año (2009-2010) del "Sacerdocio Católico", -idea del actual Papa Benedicto XVI en medio de tantos "curas" también controvertidos- año celebrado en todo el mundo cristiano...

 

            EL COMPILADOR - INVESTIGADOR

 

 

 

PERSONALIDAD Y APRECIO HACIA EL PADRE FIDEL MAÍZ

 

            Cuando, desde junio de 1916, el paraguayo Juansilvano Godoy lanza los artículos de su libro contra Maíz, éste había llegado, a pesar de todo, a conquistarse un extendido aprecio, mucho mayor del odio que sus denostadores pudieron tener contra él.

            Pero no es menos cierto que Maíz vivió profundamente angustiado por la experiencia personal de un prolongado sufrimiento... Con frecuencia, en efecto, en sus escritos y sermones, pide "que no se maldiga su nombre"1.

            El diario "Los Principios" desde el mismo anuncio, habla ya "del distinguido sacerdote, cuya actuación en aquellos extraordinarios y sombríos tiempos, se ejerció, como se sabe, en primera línea"2. Y afirma que "el Padre Maíz es hombre que se defenderá de ataques injustos".

            Reconciliado con la Iglesia, distinguido por la sociedad de los encumbrados y por el cálido cariño de los humildes, durante décadas había trabajado en su limpio apostolado sacerdotal y en su misión de destacado educador de la niñez y de la juventud en su pueblo de Arroyos y Esteros. Había, en forma exquisita, beneficiado al país con variadas y útiles pláticas y publicaciones. Desde hacía cuarenta años, "entregado al estudio y a la meditación, vi pasar -escribe- los años sin hacer sombra a nadie, y esperaba ver llegar la muerte en una serena tranquilidad".3

            El manojo de cartas de 1895 a 1920 -que felizmente se han conservado- de Maíz a su Pastor, el obispo del Paraguay -tan eximio apóstol como patriota ejemplar-, monseñor Juan Sinforiano Bogarín, y las que aquel dirigió a cuantos amigos e historiadores paraguayos le hacían consultas, demuestra el grande aprecio y prestigio singular de que Maíz se había hecho acreedor en los ambientes, eclesiástico e Intelectual, del Paraguay.

            El propio Maíz era -a fuer de perspicaz- consciente del aprecio por él suscitado:

            "Bien sabía -escribe- que no me perdonaba Godoy el lugar que ocupo entre los intelectuales de mi país, la consideración que se me dispensa, la simpatía con que soy mirado por la nueva generación"4. Hoy su biografía aparece, con la de Juansilvano Godoy, entre las de los cien paraguayos más notables de toda la historia del país5.

            Y este es el esfuerzo que hoy, quien de él se ocupó durante varios años -con admiración y con muchas indecisiones de juicio sobre la persona y actuaciones de Maíz- presenta con estos tomos al noble y sufrido pueblo paraguayo y a quienes quieran conocer la vida, discutida y singularísima, del sacerdote católico, Fidel Maíz.

 

            P. Carlos Heyn

 

(1) COLLAR I . Mateo, cit. por Centurión c., Historia, 272

(2) EV. 9.

(3) EV. 9.

(4) Carta de Maíz a O'Leary, 10-VI-1906. En Godoy. DOCUM. 219-222

(5) EVII.

 

I

PARTE AUTOBIOGRAFÍA

 

(Escritas en 1910) (1919)

 

            Maíz, desde muy joven ingresa en la Academia Literaria de Asunción, cuyo director era su tío el Padre Marco Antonio. Elegido éste obispo auxiliar del Paraguay, lo acompaña Maíz como familiar y secretario, y es formado privilegiadamente y en privado por él como seminarista. Desde los 21 años ya es nombrado Notario de la Curia eclesiástica. A los 25, es ordenado sacerdote por el obispo Basilio López. Este lo forma "en las lecciones excelentes de la Oratoria sagrada". Fue Maíz el primer Rector del seminario de Asunción y muy amigo de toda la familia de los López. Cae en desgracia del Gral. Francisco Solano, al proponer una apertura constitucional: 4 años y medio de calabozo. Rehabilitado en plena guerra, el mismo Solano López lo hace capellán y redactor de importantes documentos y escritos a favor del Paraguay. Llega hasta el heroísmo de Cerro Corá, pero no es fusilado sino en un cruel simulacro. En 1877 llegó hasta Roma y logra la absolución de sus censuras, civilmente y por el mismo Papa, libre para ejercer en adelante su sacerdocio. Así lo cumple con verdadera sinceridad, internándose en su pueblo natal de Arroyos y Esteros, durante 40 años. Sirve a todos como párroco y famoso predicador de los grandes eventos patrióticos y religiosos. Fundó una escuela que hasta hoy perdura. Murió en 1920, a los 92 años de edad y 67 de sacerdocio, combatido siempre, pero también "desagraviado" por la generalidad del pueblo paraguayo...

 

 

"RECUERDOS DE MI VIDA 1828 - MARZO 8 -1910"

 

                        Francisco Fidel: Este nombre se me dio en el bautismo que me administró solemnemente, al tercer día de nacido, el presbítero Don Matías O'Higgins, cura párroco de esta iglesia, entonces Capilla Duarte, hoy Arroyos y Esteros.

            Nací el día 8 de marzo de 1828, en el paraje denominado Urundey, jurisdicción de este mismo departamento; fueron mis padres Don Juan José Maíz y Doña Prudencia Acuña, unidos en legítimo y cristiano matrimonio.

            Mis abuelos paternos lo fueron Don Francisco Maíz, español de la Provincia de Vizcaya, y Doña Juana Aranda, paraguaya; y ex parte matris Don Manuel Antonio Acuña y Doña Francisca Inés Achucarro, ambos paraguayos, descendientes también de la raza iberocaucásica.

            En el bautismo me dieron por padrinos a Don Manuel Joaquín Rodríguez y su esposa Doña Nicolasa Alonzo; y en la confirmación al presbítero Don Pedro José Moreno, cura Rector de la santa Iglesia Catedral.

            Este sacramento me administró el año de 1844 mi tío carnal el presbítero don Marco Antonio Maíz, siendo obispo electo del Paraguay y gobernador eclesiástico de la Diócesis; más tarde, en Agosto de 1845, recibió el don de la consagración con el título de Obispo de Retimo in partibus infidelium, y Auxiliar del Paraguay, siendo Diocesano Don Basilio Antonio López; ambos fueron consagrados en un mismo día en la ciudad de Cuyabá, Brasil.

 

            Hemos sido diez hermanos, nueve varones y una mujer (1); al presente -1919- sólo vivimos dos, mi hermana Petrona de los Ángeles y yo; los demás fallecieron antes y durante la desastrosa guerra que el país sostuvo con la Triple Alianza; uno sólo de mis hermanos sobrevivió a esta trágica desolación de la patria, que fue José Eliseo, Sargento Mayor de caballería, hoy también finado.

            El primogénito de nosotros se llamó Francisco Ignacio, ordenado sacerdote antes que yo; fue cura párroco, primero de la parroquia de San Isidro (Curuguaty), después de Lambaré de la Capital y últimamente de Valenzuela, donde le tomó el curso de la guerra, y falleció herido por un casco de bomba, que le destrozó en el combate de Piribebuy. Tres de mis hermanos fueron casados: Manuel María [roto]; José Elíseo con Isabel González, y Rosendo de los Santos con Isabel Domínguez; ésta, viuda, vive aún. Queda de ellos una larga descendencia; hijos y nietos que forman, como brotes de olivo, en expresión de las Santas Escrituras, una frondosa ramificación, que verdea mi blanca cabellera y recrea mi diuturna existencia en medio de los sinsabores y contrariedades, hasta aquí tenazmente persistentes, de la vida!

 

            Había yo nacido en plena dictadura del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia. Mi nombrado tío el Obispo Maíz, entonces cura de este pueblo, asistió como diputado al Congreso del año 16, en que se dilató la dictadura temporal en vitalicia del mismo Dr. Francia; y opuesto a tal investidura mi tío, cayó en desgracia del terrible Dictador, que le redujo después a dura prisión, nada menos que durante 14 años y 6 meses con una barra de grillos.

            Mi padre, mi otro tío Don Marcos Ignacio, mi tía también Doña Josefa María, hermanos del cura preso, fueron igualmente encarcelados; y después de años de exquisitos sufrimientos obtuvieron, al fin, su libertad, pero quedando bajo la férula pesquisadora de los sátrapas del Dictador.

            Doña Josefa Maíz perdió a su marido Don José Isasi, que Francia mandó fusilar como a traidor; la viuda quedó con siete hijos menores, y toda la familia de Maíz fue desde entonces mirada y tenida en tal concepto de traidores.

            Oh tiempos!... Quis credidit auditui postro! (¡Quién creyó a lo que hemos oído?)

 

            He aquí pues, el medio ambiente en que iba creciendo al par de mis hermanos al lado de nuestros padres en la soledad del campo; nada sabía ni pensaba siquiera lo que ellos sufrían y silenciaban amargamente en sus corazones!

            Mi padre, aleccionado con las desgracias y temeroso, sin dudas, del espionaje de los instrumentos de la Dictadura, como eran todos los mandatarios de aquella aciaga época, vivía retirado de toda relación, ocupado únicamente del gobierno doméstico de su larga familia.

            No era hombre de mayores preparaciones, pero suficiente para formar una vida con sus mismos hijos y ser el mentor de ellos; así nos enseñó a leer y escribir junto con las cuatro operaciones fundamentales de la Aritmética, siquiera sea fragmentariamente.

            No teniendo papel, escribíamos sobre tablitas de palo blanco; nuestros únicos elementos eran la cartilla del abecedario y el catón cristiano. En tales circunstancias vino la muerte del Dictador; 30 de setiembre de 1840. Fecha memorable que marca un fenómeno raro en la vida de los pueblos: la muerte de un tirano de puro viejo!

            Voy a consignar aquí un episodio gráfico, que grabó en mi alma de la manera más profunda el horror a la tiranía; se me hizo desde entonces como innato, instintivo el odio a los déspotas irresponsables. David, el Profeta Rey, sintió sin duda igual odio cuando dijo: odio perfecto oderam illos! (Con perfecto odio los odiaré)

 

            Hubo, pues, un sargento de la compañía de Urundey, llamado Fernando Velázquez; sabedor éste de la muerte del Dictador, se fue a casa de mis padres llevando tal noticia. El hombre comenzó a llorar desconsolada y amargamente, diciendo: yapama, japĩtama tyreĩ, omanoma ñande caraí guazú (2), y ¡guay! Sus lágrimas a raudales corrían por las mejillas!

            Al oír tanto llanto, al ver aquella desesperación del sargento Velázquez, me sentí dolorosamente conmovido, y rompí también en llanto y gemidos; mi padre entretanto se mantuvo taciturno; una que otra palabra, como de cristiana resignación, pronunciaba, para no dejar de decir algo al desolado sargento, que, al fin, se retiró y fue a llorar en otras partes.

            Y no bien se alejó de nosotros, cuando mi padre me llamó dentro de su cuarto, y tomando la disciplina de tres ramales de la escuela, me dijo: "Te voy a castigar para que en otra ocasión, ni jamás, quieras llorar por la muerte de un tirano".

            Mi madre quiso defenderme en razón de la inocencia con que lloraba, contagiado únicamente por el llanto del sargento Velázquez; mi padre no cedió, y aquel castigo fue para mí la lección más tocante de toda mi vida.

 

            Tan luego como el gobierno consular de Don Carlos A. López y Don Mariano R. Alonzo, que le siguió a las dos Juntas después de la muerte del Dictador Francia, estableció en la Asunción la Academia Literaria, mi padre nos condujo a tres de sus primeros hijos -Francisco Ignacio, Manuel María y yo- para ingresarnos en aquel instituto de segunda enseñanza.

            Mis dos hermanos se inscribieron en la clase de Latinidad e Historia Sagrada, y yo en la de Gramática Castellana y Bellas Letras; la Academia estaba bajo la dirección de mi tío Don Marco Antonio Maíz y era catedrático de las asignaturas de la primera clase; la segunda regenteaba el presbítero Don José Joaquín Palacios, argentino, religioso mercedario exclaustrado.

            Estando en este ejercicio mi dicho tío fue electo Obispo; y presentado por el gobierno de la República a Su Santidad el Papa Gregorio XVI, le envió la Bula de institución; con tal motivo tuvo que dejar la Academia, y arribó juntamente con el electo también Obispo Don Basilio A. López, a la ciudad de Cuyabá, para ambos consagrarse, según queda ya referido.

            Entonces salí de las aulas literarias, para acompañar a mi tío en carácter de familiar; tenía a la sazón 17 años de edad. Y a la vuelta de Cuyabá, en diciembre de aquel mismo año -1845- mi tío bajó a la Villa del Pilar para bendecir la Bandera Nacional, que debía tremolar en el ejército paraguayo, próximo a ponerse en campaña, aliado con el de Corrientes contra el gobierno de Entre Ríos; me llevó consigo, y desde entonces ya no me separé de él hasta su muerte.

           

            Hecha aquélla bendición, el Obispo Maíz emprendió su Visita Pastoral recorriendo todas las parroquias de la vasta comprensión del Pilar; pasó enseguida a las Misiones, empezando por San Ignacio, hasta Trinidad y Jesús; de allí salió por San Pedro del Paraná, y visitó también todos los pueblos del interior abajo de la Cordillera, hasta que en mayo del 48 falleció en la Villa Oliva.

            Si tuve el pesar de perder a mi tío, mi segundo padre, también me quedó el consuelo de haberle cerrado los ojos reclinado sobre mi pecho!

            Hombre que tenía la pasión de enseñar, y que se dedicó a esta noble profesión desde que fue Vice-Rector en el antiguo Colegio ex Jesuítico, siendo su Rector el Dr. Casajús, oriundo de la ciudad de Corrientes; mi tío, durante todo el trayecto de su larga Visita Pastoral, me daba lecciones de Filosofía, y de otros ramos del saber.

            De este modo me ha dejado, no suficientemente preparado, al menos mucho más grato al cariño y afecto paternal que me profesaba. Su memoria para mí muy especialmente, es de eterna bendición!

 

            En el viaje a Cuyabá me había conocido el Obispo López, y sabedor que a la muerte de mi tío seguía yo recibiendo lecciones de teología moral al lado del Presbítero Don Juan Gregorio Urbieta, entonces Provisor y Vicario General, más tarde Obispo Auxiliar en reemplazo del Obispo Maíz, y últimamente Diocesano sucediendo al mismo Obispo López; éste, pues, me llamó a su lado, y a pesar de la minoridad de mi edad -21 años- me hizo Notario eclesiástico, previa dispensa de años, que al efecto solicitó y obtuvo a mi favor de su hermano el Presidente de la República, Don Carlos López.

            Yo me avine a aceptar este empleo, no por considerarme capaz de desempeñarlo debidamente, sino por querer responder así a la confianza del Prelado que tan inmerecidamente me honraba; y todavía más por el deseo de aprovechar adquiriendo algunos conocimientos más al lado inmediato de tan ilustre hombre, como lo era el Obispo señor López.

            Mi confianza no salió fallida; siete años ejercí la Notaría, asistiendo a ambas curias, la del Obispado y la del Vicariato General, con la más grata satisfacción de haber servido sin sueldo alguno, y siempre mereciendo el aprecio de mis superiores.

            Durante este tiempo me inicié en el clericato hasta recibir el sacro orden del presbiterado cuando cumplí 25 años, un mes y 16 días de edad (3); y celebré mi primera misa rezada en el altar de la Virgen de los Dolores de la Catedral; me asistió el Señor Urbieta, Cura Rector de la misma Iglesia Catedral; y sirvióme de padrino de Vinageras Don José Tomás del Cazal y Sanabira.

            Mi jubileo sacerdotal pasa de medio siglo, alcanza al presente 66 años!

            Debo aquí hacer pública expresión de mi gratitud y veneración a la feliz memoria del Ilmo. Señor López, primer Obispo Diocesano Paraguayo que tuvo la Iglesia de la Sma. Asunción del Paraguay; a él le soy deudor de mucho, y especialmente de las excelentes lecciones con que me preparó para la Oratoria Sagrada.

            Que el cielo le haya recompensado en la eterna beatitud!

 

            En febrero del año 57 obtuve mi primer despacho de Cura Párroco de este pueblo de mi nativa vecindad -Arroyos y Esteros; ningún otro curato he aceptado sino es el de la Encarnación de la Capital, y éste, sólo por once meses, en que tuve que renunciarlo.

            El ministerio parroquial es para mí tan grave por las múltiples y sagradas obligaciones anexas a él, que jamás me he considerado capaz de desempeñarlo cumplidamente; por segunda vez he vuelto a ser Cura de Arroyos y Esteros, respondiendo a la benévola y paternal consideración que siempre se ha dignado dispensarme el Ilmo. Señor Don Juan Sinforiano Bogarín, actual trigésimo nono Obispo del Paraguay.

            A estas horas, debido a mi salud ya quebrantada y al peso de 91 años de edad, que a través de vicisitudes y contrariedades tantas, me tiene encorvado, y me ha puesto en el deber de renunciar por última vez y para siempre, el curato y la mayordomía, que he venido desempeñando durante largos años continuadamente; y me encuentro retirado en el silencio del campo, buscando descanso y sosiego a mi espíritu, un tanto fatigado y atribulado.

 

            En la época en que por primera vez vine a este pueblo -Arroyos y Esteros- su comprensión abarcaba San Rafael (Mbururú), y su límite por aquel lado se extendía hasta once leguas.

            Desde esta distancia había que recurrir los fieles en demanda de sus necesidades espirituales a la Capilla central, asiento del cura párroco, y también de las autoridades constituidas del departamento; y si esto era ya gravoso, y en las épocas de inundaciones de los campos intermedios por demás difícil y hasta imposible en momentos dados, lo era mucho más para inhumación de los cadáveres, que había que traerlos al cementerio de la misma Capilla.

            Para obviar tales dificultades conseguí del gobierno de la República, primero erigir un cementerio en Mbururú, y luego un Oratorio público bajo la advocación del Arcángel San Rafael; se halla este Oratorio a nueve leguas, al Este de la Capilla.

            Todo el trayecto intermedio es de extensos campos anegadizos, poblados de pingües estancias de ganadería; y después de la guerra del 65 al 70, quedó de hecho Mbururú anexado a Caraguatay.

 

            El Diocesano Señor López falleció el año 59, quedando doce clérigos de órdenes menores y sacras hasta el diaconado; con tal motivo el presidente Don Carlos A. López aceleró la construcción de un cuadro de casas al lado de la Iglesia Catedral, para Seminario Conciliar, el mismo que hoy va transformándose bajo la forma de una elegante arquitectura, gracias al empeño y decidido esmero de los hijos de San Vicente de Paul, a cuya dirección se encuentra esa institución eclesiástica poco después de terminada la guerra.

            Cuando, pues, se hubo levantado aquel primer cuadro de casas, fui llamado desde este pueblo, para inaugurar el Seminario, nombrándome el mismo presidente Señor López, de Rector y a la vez catedrático de prima de Teología Moral, y de vísperas de Cánones.

            Los primeros seminaristas fueron los doce clérigos iniciados por el finado Diocesano Don Basilio López, los cuales bajo mi dirección y enseñanza fueron disponiéndose hasta hallarse aptos para terminar sus órdenes; y en reemplazo de ellos fueron ingresándose nuevos seminaristas becados por el gobierno Nacional.

            No hubo Vice-Rector, y fuerza me fue desempeñar aquellas dos asignaturas, dando también lecciones de oratoria sagrada y liturgia eclesiástica. Conseguí del gobierno la formación en el mismo local del Seminario de dos cátedras de Latinidad, aritmética, geografía y geometría, ambas regentadas por discípulos míos.

 

            Don Carlos A. López falleció en setiembre de 1862 y sucedióle en el mando supremo de la Nación su hijo el general Don Francisco Solano López.

            Este cambio de gobierno fue fatal para mí; tanto como me estimaba el padre, así el hijo me miraba con espíritu prevenido debido a pequeños incidentes de desagrado habido entre nosotros.

            Uno de esos incidentes fue que la célebre Madama Elisa Alicia Lynch me habló para que le bautizase a uno de sus hijos, cosa a que con mucho gusto me le comprometí; llegado el día me mandó a decir que me esperaba en su casa habitación para la solemne administración de aquel sacramento, y que me fuera con toda la corporación del Seminario Conciliar.

            Me vi sorprendido con semejante recado, pues yo esperaba que el bautismo se haría en la Iglesia Catedral, no pudiendo administrarse con solemnidad en una casa de habitación profana, mucho menos que fuese llevando la corporación del Seminario. Así le hice decir, pidiéndole disculpa de no poder llenar su deseo tal como ella quería.

            La Madama, por supuesto, se dio por muy disgustada conmigo, y todavía el general López, cuyo hijo era el bautizando. Fue la ocasión para que el presbítero Don Manuel Antonio Palacios, cura párroco entonces de la Villeta, empezase su carrera de preparación, para más tarde obtener la Mitra del Paraguay.

            Enseguida a mi negativa se le trajo de la Villeta para el indicado bautismo, que él administró solemnemente con las sagradas ceremonias del rito eclesiástico en el hogar doméstico, conforme querían los padres del niño; era el presbítero Palacios condiscípulo del general López en la Academia Literaria y muy favorito de él.

 

            Hubo un momento, sin embargo, en que parecía que volviésemos a buena relación, mediante que yo auxilié en sus últimos momentos a Don Carlos Antonio; le administré el sacramento de la Santa Unción, le apliqué la indulgencia plenaria; murió, pues, bajo mi asistencia espiritual.

            Además celebré los oficios de su entierro -presente cadavere- y pronuncié al fin de la misa de réquiem una oración fúnebre, mencionando los méritos y servicios del extinto presidente durante su larga y patriótica administración.

            También me cupo celebrar las honras fúnebres, las más pomposas y solemnes que nunca hubo iguales; pero nada de esto tuvo en consideración el general López, y tan luego que se apercibiera de no haber estado conforme con su elección bajo las mismas leyes y atribuciones extraordinarias de su finado padre, se agrió por demás contra mí, y me redujo enseguida a prisión.

            El 16 de octubre subió al mando presidencial, y el 2 de diciembre -apenas un mes y días- me hizo: ya remachar un par de grillos.

 

            Voy a escribir aquí una página que la historia ha constatado relativamente a mi actuación como uno de los varios gobernantes eclesiásticos que tuvo la Iglesia del Paraguay.

            "42: Presbítero Don Fidel Maíz, paraguayo, sobrino carnal del Obispo Maíz, actual cura párroco de Arroyos y Esteros, su pueblo natal, Rector que fue del Seminario Conciliar, víctima de la tiranía de López hijo, por haberse manifestado opuesto a su exaltación al poder supremo de la Nación con las mismas atribuciones extraordinarias y absolutas de su finado padre.

            "Sufrió una prisión de cuatro años incomunicado y con una barra de grillos; salvóse, por fin, de las garras del tirano, y siguióle desde fines de 1866 en el curso de la guerra hasta su terminación en Cerro Corá, año 1870.

            "Allá cayó prisionero, y fue conducido como tal al Brasil, en Río de Janeiro, donde se puso luego en comunicación con el Nuncio Apostólico residente en aquella corte, Monseñor Sanguini, para arreglar sus asuntos religiosos, complicado como se había visto fatalmente en los trances luctuosos e imprescindibles de la guerra.

            Volvió a su patria dejando pendientes aquellos negocios de arreglo eclesiástico; a su llegada en la Asunción -diciembre de 1870- encontró grandes tropiezos con la autoridad espiritual que entonces ejercía el Rvdo. Fray Fidelis de Abola; pero, cuando éste cesó en su carácter de Vicario Foráneo Apostólico y se recibió de la Administración Diocesana el Señor Don Manuel Vicente Moreno, el presbítero Maíz fue llamado a su lado y sirvióle de Secretario.

            A la muerte del Administrador Moreno sucedióle en el gobierno ad interim de la Diócesis por delegación que le hizo de su autoridad; contrariado siempre en el ejercicio de este cargo, el presbítero Maíz hizo su dimisión y el gobierno de la República, para suplir aquel interinato, nombró al sacerdote Don Claudio Arrúa.

            "Enseguida se acreditó una misión especial cerca de la Santa Sede, para zanjar las dificultades y anomalías por que otra vez atravesaba la Iglesia del Paraguay; el presbítero Maíz acompañó al Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario a Roma, de donde volvió absuelto de todas las censuras que pudieran haber pesado sobre él, no dándose por suficiente la absolución que le otorgó el Señor Moreno en virtud de las facultades sólitas de que estaba munido por el mismo Breve de su Institución". (4)

 

            Al año de haber caído preso me llevaron en un cuadro de soldados a la Curia del Obispado, para tomárseme declaraciones; había sido que se me formó causa doble como a reo de Estado por mis crímenes políticos, y como a sacerdote inmerso en penas canónicas, por haberse encontrado entre mis libros obras prohibidas y el retrato de Lutero en traje, no ya de fraile agustino que abandonó, sino de Doctor propagando la Reforma.

            Mis crímenes políticos no eran en suma otra cosa que haberme manifestado opuesto a la elección del General López en los términos ya indicados; y las censuras canónicas eran por no bastarme la licencia in voce que tenía del ordinario para leer dichas obras prohibidas; el retrato, en fin, de Lutero hicieron que fuese una prueba de mi adhesión al protestantismo; inútiles fueron mis negaciones y protestas en contrario.

            La comisión eclesiástica estaba compuesta de los presbíteros Eugenio Bogado y José Gaspar Téllez; el primero Deán del Senado Eclesiástico; y el segundo, Cura Rector de la Iglesia Catedral; hacía de secretario el clérigo seminarista Ortigoza, ex-alumno mío, y funcionaba bajo la inmediata dirección del Obispo diocesano Don Manuel Antonio Palacios.

 

            En estas declaraciones vino a revelárseme uno de mis denunciantes para habérseme ido preparando la causa de mi prisión; lo había sido el clérigo Eliseo Patiño, nieto del célebre Actuario del Dictador Francia, Policarpo Patiño, que a la muerte de aquel tirano se suicidó ahorcándose.

            El caso de mi denuncia sucedió así: Encontrábame rodeado de los seminaristas mientras funcionaba la sesión permanente del Congreso para la elección del que debía suceder a Don Carlos A. López en la Presidencia de la República; hecha la elección del General López, rompen las salvas de la artillería y vuelan las campanas de todas las iglesias. Entonces exclamé como acongojado: Para cuántos serán dobles estos repiques!

            Y Patiño ese mismo día refirió esto al Obispo, quien a su vez había reproducido al General López electo ya Presidente de la República.

            En la ocasión, pues, de dichas declaraciones, entre otros cargos se me hizo el de haberme expresado así; y cuando yo, sin negarlo, dije que no hacía memoria de ello, el Obispo ordenó a Patiño que presente estaba, para que me recordase, como lo hizo tal como queda dicho; y me declaró "confeso y convicto del crimen de traición al Gobierno constituido, faltando al juramento de todo ciudadano de no atentar directa ni indirectamente contra el Jefe Supremo de la Nación".

            Así se hizo constar en el proceso de la comisión eclesiástica! Y tuve que firmar la diligencia, no de otro modo que Galileo, cuando se le hizo abjurar del error del movimiento de la tierra, diciendo: Eppur si muove!... Así también decía en mi adentro: y sin embargo, no soy criminal!...

 

            Evacuadas ya todas las declaraciones para que fui llamado ante aquella comisión, el obispo extrañó en mí el hecho de haberme un tanto engrosado en la cárcel; me trató entonces en términos por demás hirientes, que si yo los merecía no era de esperarse de la cultura de un hombre investido de tan alta dignidad.

            Me dijo por último: "Es Ud. un sinvergüenza que se está engordando como un cochino cuando debía estar llorando sus crímenes contra la patria y su gobierno". "Ilmo. Sr., le respondí, jamás he sido glotón, mucho menos ahora en mi prisión; no sé a qué atribuir el haberme algo más engrosado sino es a la tranquila resignación, con que, Dios mediante, soporto mi desgracia. Deploro de corazón que Va Ilma. me haya equiparado a un inmundo animal"... "Cállese Ud., me dijo en tono airado; ya irá pagando sus crímenes"... Y me hizo otra vez conducir a la prisión en el Departamento General de la Policía.

 

            No sé a qué atribuir tanta odiosidad para conmigo por parte del Ilmo. Sr. Palacios, no sólo para haber preparado mi caída en desgracia por medio de espionaje que estableció en el mismo Seminario sobre mi proceder y conducta allí, sino también para haber reagravado constantemente mi causa con un rigor e intransigencia cada vez más pronunciados y con manifiesta tendencia a consumar mi ruina, llevándome a la pira del último suplicio.

            Una sola palabra de consuelo no merecí jamás de aquel Prelado, el primer confidente e instrumento del poder omnímodo de López; alguna insinuación siquiera que pudiera mitigar tan cruel y crítica situación, o que me sirviera al menos de religiosa resignación, ya que no de esperanza para mi libertad. Nada de esto!

            En el curso de estas reminiscencias irá apareciendo ese rigorismo implacable del Obispo Señor Palacios durante el largo tiempo de mi prisión; pero también se verá que llegó, al fin, el momento que trazado estaba por la Providencia, en que él cayó a su vez, y tanto más fatal y profundamente en el abismo de igual desgracia, cuanto que de más altura se precipitó y se perdió para siempre!

            "Sobrevino la guerra, dice la Historia de nuestra Iglesia, y el Ilmo. Palacios tuvo que acompañar, como primer capellán del ejército, al ya Mariscal López en el curso de ella. Era, en realidad de verdad, el único consejero de él, su primer favorito, hasta que, por último, cayó en su desgracia. Espantosa desgracia!... Del amor al odio, del favor al castigo!... Fue pasado por las armas, como traidor a la patria, en el Campamento de Pikysyry (Lomas Valentinas) en diciembre de 1868".

            Han pasado 51 años desde aquella triste ejecución del Obispo Don Manuel Antonio Palacios, y ni oficial ni particularmente se han celebrado honores fúnebres a su memoria. El sentimiento público parece se niega a tributarle otro recuerdo que el de reprobación a sus actos de baja adulación al tirano y de implacable crueldad para con los caídos en desgracia de él...

            Que Dios le haya perdonado ultra tumba!

 

            Consecuencia, sin duda, de lo que dejo referido respecto a la increpación del obispo, por haberme engrosado en la cárcel, desde el otro día ya no me entró regularmente la comida; después de dos o tres días me daban algo que comer, y ocasión hubo de pasar hasta seis días sin un bocado, ni una gota de agua.

            Este ayuno riguroso continuó hasta 5 meses y 15 días, cifra que dejé grabada en la pared de mi celda.

            Me encontraba totalmente desfallecido, no podía ya sostenerme ni de pie, ni sentado en la silla; en tal estado caí en tierra dando un ronquido de muerte... Fue entonces que el Teniente Vega, ayudante de la Policía, acudió a levantarme, me hizo sentar y dióme a beber unos tragos de agua fría; me secó el sudor glacial de que estaba bañado, y una vez vuelto en mí me preguntó lo que sentía; le dije que nada...

            Me ofreció un cirujano, si yo quería que entrase a verme; le respondí, que estimaría mucho, y se retiró dejándome sostenido por un soldado.

            No tardó mucho en venir el cirujano Ortellado, que felizmente era un antiguo conocido mío, perteneciente a una familia muy honrada y religiosa; me tomó el pulso, cuyo latido apenas pudo percibir; conoció, en fin, que no tenía yo más enfermedad que el hambre, o la extrema debilidad.

            Me dijo: "Voy a mandarle un remedio, tome Ud. con confianza", y se retiró apretándome la mano afectuosamente; en efecto, me mandó una infusión caliente de té por delante y después la comida, que era el verdadero remedio.

            Tuve mucho cuidado de no saciarme de golpe; muy poco a poco iba aumentando la dosis de mi alimentación hasta restablecer mi agotada existencia.

 

            Hacía ya como dos años que estaba preso, cuando había estallado la guerra entre el Paraguay y las potencias aliadas -el Brasil, la Argentina y el Uruguay.

            Percibía algo de esto escuchando algunas conversaciones fugitivas de los guardianes de mi prisión; y a principios del año 1866 el Teniente Vega entró de improviso en mi celda y calladamente dejó sobre mi mesa una hoja suelta impresa.

            Apenas él se hubo retirado cuando yo me apoderé del impreso; lo leí y releí varias veces. Era el Tratado Secreto de la Triple Alianza, sin notas ni comentario alguno.

            Entonces quedé perfectamente enterado del carácter de la guerra, que cualesquiera que hayan sido los antecedentes que la han hecho estallar, ella importaba un ataque directo a la soberanía e integridad del Paraguay; importaba una invasión de verdadera conquista, que imponía al país el deber supremo de resistir, como lo ha hecho, defendiéndose hasta la última extremidad con un heroísmo y bravura que dejó admirado al mundo!

 

            Me impresionó profundamente el trágico y luctuoso fin que esperaba al Paraguay; de parte a parte se habrá dicho: alea jacta est, y la guerra iba a ser sin tregua ni cuartel, a sangre y fuego, de desolación y ruina...; de exterminio al Paraguay!

            Pobre Polonia de América ... exclamaba en mi corazón.

            Tal era ciertamente la impresión que amargaba mi alma después de leer aquel monstruoso Tratado, por el cual los aliados, a manera de los crucifixores de Cristo, se anticiparon a echar la suerte de repartición del suelo sagrado de la patria!

            Y reflexionaba: si López pudo evitar la guerra y no lo hizo, el caso no es ya sino de afrontarla; hay que batir al enemigo hasta vencer o morir: este era el lema encarnado en la raza paraguaya!

            Y colocado en tal trance el General López, una vez olvidado del consejo que le diera su padre moribundo, cual testamento político: "quedan muchas cuestiones pendientes a resolverse, no las vaya Ud. a resolver con la espada sino con la pluma, principalmente con el Brasil"; colocado, pues, en tan fatal situación aquel joven mandatario, yo que conocía su espíritu de decisión y energía, su valor y abnegación, su ardiente patriotismo, su orgullo, en fin, y honor militar, capaz de llevarlo todo hasta el martirio antes de transigir nada, mucho menos rendirse a los enemigos..., pude en cierto modo olvidarme de mis sufrimientos por su crueldad conmigo, y con mi corazón de paraguayo me sentí fuertemente adherido a seguirle en la defensa de la patria!

           

            Así rumiando mis pensamientos y reflexiones me encontró el teniente Vega, que volvió al otro día a llevar el papel, otra vez silenciosamente.

            Yo le detuve un momento para expresarle mis impresiones, mis votos también porque Dios ilumine al Jefe Supremo de la nación, Director de la guerra, para que consiga salvar al país.

            Vega me escuchó sin decir una palabra; era un bulto petrificado, estatua inmóvil; pero con ojos y oídos abiertos para recoger todos mis acentos y movimientos.

            Nunca llegué a saber el objeto que tuviera López al hacerme entrar aquel impreso, mucho menos la relación que habrá hecho Vega de mis expresiones; es lo cierto que mi prisión continuó siempre con los grillos, el centinela de vista y una imaginaria al lado.

 

            Neutralizaba en lo posible el terrible efecto de la incomunicación con varios entretenimientos de mero pasatiempo; entre ellos el de fomentar la incubación de una gallina que se anidó en mi celda y dio a luz doce pollitos, los cuales fueron mis huéspedes hasta que, muy bien emplumados, me dejaron en mi soledad.

            También el de amansar un ratoncito que pude tomar por una migaja de pan; era ya familiar conmigo, comía en mi mismo plato y roía cuanto encontraba sobre mi mesa; pero, un día el centinela, tal vez por orden que se le habrá dado, me lo espantó bruscamente, y huyó para siempre!...

            Me ocupaba igualmente en observar la labor e industria de las arañas y hormigas; mismo de la larva de la hormiga-león –kybukybú- que con su trampa de embudo cazaba pequeños insectos para su alimentación. El reducido aposento de mi prisión no estaba enladrillado y en su arenoso pavimento había multitud de aquellas ingeniosas larvas de tan admirable instinto de conservación.

 

            Estas distracciones me eran tanto más necesarias cuanto que no había conseguido se me diesen algunos libros que leer; en los primeros días de mi prisión y cuando todavía era ayudante de la Policía el Teniente Díaz, futuro General vencedor de Curupayty, le pedí libros; él transmitió mi pedido al jefe político, Mayor Hilario Marcó, más tarde Coronel y víctima de las crueldades de López en las alturas de Terekañy; Marcó llevó a conocimiento del General Presidente de la República, y éste dio la orden para que el Ilmo. Palacios se entendiese conmigo respecto a libros de lectura.

            El Obispo me hizo entonces preguntar qué libros quería yo leer, y le indiqué la obra de Augusto Nicolás, Estudios filosóficos sobre el cristianismo, que pocos días antes de caer preso, un amigo me envió de Buenos Aires. Vino Díaz trayéndome un tomo de la Biblia -Nuevo Testamento- traducción de Felipe Scio, y me dijo que el Obispo no quería que leyese libros de filosofía, para no seguir instruyéndome de ideas peligrosas y de orgullo humano.

            Quedé admirado, y apenas me permití decir a Díaz: "Tal vez el Señor Obispo no conocerá aún esa obra moderna, la más preciosa apología de la religión que hasta entonces saliera de pluma alguna; en fin, concluí diciéndole, de cualquier modo, le agradezco el envío del Nuevo Testamento, y deseaba que me completase la Biblia con el Antiguo Testamento", cosa que no conseguí jamás.

            Pero me acordé de este axioma: non multa, sed multum, que recomienda no distraerse con la lectura superficial de muchas obras, sino dedicarse con intensidad al estudio de alguna ciencia fundamental; y héteme devorando día por día el Nuevo Testamento, que algún tiempo después pude casi saber de memoria, texto latino y castellano, con sus notas y aclaraciones.

 

            Vuelvo a referirme a mis distracciones, pueriles como eran, pero también necesarias en la ocasión; el asunto era alternar el pensamiento de algún modo con ocupaciones materiales, para no dar lugar a la tristeza que conduce fatalmente a la desesperación, hasta hacer perder la razón. Muchos de los presos que cayeron a mi vez, entre ellos el Chantre Jaime Antonio Corvalán, el Proto-Notario Apostólico Pedro Pablo Caballero, el presbítero José María Patiño...; todos ellos jóvenes y distinguidos sacerdotes, y otros más que se encontraban engrillados también en el mismo Departamento General de la Policía, los oía desde mi celda dar gritos y golpes... ¡Infelices! Ellos estaban trastornados!

            Al cerrárseles sus puertas, lo que a mí nunca se hizo, era como se les dijera con el Dante: despojaos de toda esperanza!...

 

            El 8 de setiembre, día de la Natividad de María, la Madre del bello amor y de la santa esperanza, cuya imagen bendita en su pura y limpia Concepción, copia de Murillo, tenía en mi celda; ese día, después, de tributarle el homenaje de mi filial gratulación por el aniversario de su venida al mundo, un oficial de caballería me dio la orden de prepararme para ir a embarcarme.

            Una hora después vuelve, me hace sacar los grillos y me lleva a su lado al puerto; en seguida un bote tripulado de marinos me condujo a bordo de uno de los Vapores Nacionales; me dieron un camarote de pasajero, y colocóse en mi puerta un centinela con arma cargada.

            Pasamos la noche en el puerto. Al otro día embarcóse un regimiento de caballería, también un batallón de infantería; y como a las 10 30' a.m. zarpó el buque de la rada de la Asunción, virando para aguas abajo.

            Por una rara coincidencia pude saber el punto preciso del destino que llevaba; en el regimiento de caballería iba un hermano mío -Eliseo-; y éste hizo de centinela en la ventanilla de mi camarote, de manera que en el silencio de la noche pudo hacerme conocer y contarme que íbamos al teatro de la guerra, advirtiéndome que tuviese mucho cuidado con mis centinelas, que tenían órdenes muy rigurosas sobre mí. Entonces supe también que mis demás hermanos vivían aún, todos ya en el ejército.

            Llegamos una tarde a Humaitá, el célebre baluarte de la defensa patria; allí me bajaron, conduciéndome a la comandancia, que estaba al mando del Sargento Mayor Orsuza; al menos éste me recibió, mostrándome un reducido cuarto, para mi hospedaje. Otra vez un centinela armado en mi puerta.

 

            Serían las 8 a.m. del día siguiente, cuando se me ordenó a montar un matungo, apenas con un jergón por montura; y conducido entre dos lanceros al mando de un sargento de caballería, me llevaron a Paso Pucú, donde se encontraba el Cuartel General de López.

            En pleno campo raso me bajaron del caballo, sin tener por sombra ni un arbusto siquiera; el rayo del sol meridiano caía verticalmente sobre mi cabeza, y hasta esa hora estaba en ayunas; pero otra vez un centinela armado a dos pasos de mí. Media hora después me trajeron un poco de comida y agua que beber.

            Al par mío habían sido traídos también otros reos políticos, colocados en el mismo campo, no a mucha distancia los unos de los otros, con sendos centinelas igualmente armados; nos veíamos, pero sin conocernos. Después supe que eran el Coronel Marín, el Capitán Benigno González, el cónsul brasilero Amaro Barbosa, y otros más.

            Era que López nos había reunido allí en espera del ataque, que los enemigos se preparaban a traer sobre Curupayty; y si la trinchera de ese punto no hubiera resistido y triunfado tan espléndida y gloriosamente, sin duda que nosotros hubiéramos sido víctimas.

            Desde luego el sitio que ocupábamos estaba al alcance de las bombas y balas enemigas, lanzadas con profusión desde las corazas brasileras, y que caían a poca distancia de nosotros, sin tocar a ninguno.

            "El hombre propone, dice Fenelón, se agita y persigue con frenesí su objeto; pero Dios dispone y dirige las acciones humanas a los altos fines de su providencia".

 

            El 22 de setiembre, día eternamente memorable en las efemérides patrias, las armas nacionales al mando del más valiente y bravo soldado, el malogrado General José E. Díaz, se cubrieron de la más brillante gloria, de laureles inmarcesibles!

            De ocho a nueve mil enemigos quedaron destrozados al pie de las trincheras de Curupayty, en algo más de dos horas de combate, sin haber alcanzado ni a cien la baja de nuestros soldados.

            Triunfo tan espléndido no pudo menos que llenar de justo orgullo y singular gozo a López; y olvidándose un momento de la dureza de su corazón para con los caídos en su desgracia, retiró nuestros centinelas, e hizo que quedáramos en calidad de simples arrestados. Esto por lo que respecta a mí, que se me recogió en tal concepto en la Mayoría del Cuartel General, ignorando dónde hayan sido destinados los otros reos.

            Desde entonces un culto especial tributo al 22 de setiembre, cual día feliz de mi nuevo nacimiento; y año por año celebro con un Te Deum en acción de gracias al Todopoderoso, no sólo por aquella victoria tan gloriosa, sino también porque mediante ella comencé a respirar el aire de una esperanza -la más dulce esperanza, la esperanza vital de obtener mi libertad!

 

            No pretendo hacer alarde de mis sufrimientos; no caben en el hombre las quejas, mucho menos las lágrimas por su desgracia, toda vez que a ella más o menos directa o indirectamente se halla expuesto, tal como me hubo de suceder fatalmente.

            En verdad, conocía a fondo el carácter del Mariscal López, y el poder omnímodo de que iba a investirse al ser electo Presidente de la República (5). Y mismo por eso había deseado una Constitución política en reemplazo de la ley orgánica del año 44; de manera a quitarle las facultades absolutas y ponerle un freno a sus arbitrariedades; "hacer, en fin, que se encontrase, según la hermosa frase del célebre Deán Funes, en la feliz imposibilidad de no poder hacer el mal".

            Conocía también que aquel joven militar, mimado por el poder desde su más temprana edad, lleno así de orgullo y presunción, no llevaría a bien ninguna oposición, por más justa y laudable que fuese para el presente y porvenir del país (6). Y sin embargo, exterioricé mis ideas, si bien con toda cautela; pero no tanta sin duda, que no llegase él a apercibirse de ellas por medio de la exquisita pesquisa secreta que tenía bien organizada; y las tomó luego como contrarias a su elección, reprimiéndome en seguida con la prisión y el séquito terrible de sufrimientos que voy narrando. Ellos forman una cadena no interrumpida de mi vida, desde hace 55 años.

 

            Mi objeto, pues, no es deplorar pueril y estérilmente tales sufrimientos; sino dejar bien constatada la acción de la Providencia sobre el destino o vida de sus criaturas; y grato me es consignar en reminiscencias la fe que jamás me abandonó en mi desgracia.

            Tenía siempre en mi corazón lo que San Agustín decía: "Dios preside a los malos consejos, los ordena, los empuja, los precipita, los contiene; y a pesar de las malas voluntades los conduce suave y fuertemente a sus fines ocultos".

            No olvidaba tampoco estas enérgicas expresiones de Bossuet: "Dios ordena las tinieblas del mismo modo que la luz; lo mismo arregla a los designios secretos de su Providencia los complots criminales que las acciones virtuosas; y por más esfuerzos que los malvados hagan por seguir otra vía que la que él les ha trazado, siempre vienen a dar en el orden de su eterna sabiduría. Atreveos, almas inicuas! Atacad, perseguid, saciad vuestra maledicencia con ese humor destructor que os domina...; bien puede el fiel vivir sin temor, porque por más que emprendáis e intentéis, no podréis hacer más que lo que Dios os permita".

 

            Con este fondo de fe seguí todavía soportando y salvándome de nuevas y más exquisitas penalidades, pruebas también por demás peligrosas a que fui sometido.

            La tranquila resignación que llevaba, se me había atribuido a soberbia y orgullo; y para humillarme dispuso el Obispo que fuese yo conducido por su secretario general de campaña, el capellán del ejército presbítero Valdovinos, ex-discípulo mío en el Seminario, y fuese presentado a cada uno de los Generales, quienes, por supuesto, estaban bien prevenidos para sacudirme con tremendas filípicas; cada cual más o menos groseramente, y todos con insultos y soeces desprecios, por mis crímenes, decían, contra la patria y su gobierno,

            Acordábame del divino enjuiciado ante Pilatos, y le pedía me concediese la gracia del silencio, que Él supo guardar en medio del diluvio de afrentas y blasfemias tantas que escuchaba!

            Primero fui llevado ante Resquín, después ante Barrios y Bruguez; por último ante Díaz, el único que me recibió alegremente, y me acordó de cuando era ayudante de la Policía en la Asunción, e hízome entonces engrillar. "Padre Maíz, me dijo, sepa Ud. que ya va a obtener su libertad; pero, condúzcase con mucho cuidado... Todavía tenemos muchos negros que sacudir".

            Así llamaba indistintamente a los enemigos, y al referirse a ellos me mostraba el campamento de Curuzú, frente a Curupayty, división de Díaz.

            Sin duda que el Mariscal le había ya insinuado que iba a darme la libertad; aquellos dos hombres -López y Díaz- se comunicaban intensamente, el primero era el ídolo del segundo, y el segundo era el brazo derecho del primero. Eran dos personalidades que se complementaban, formando una unidad de sentimiento, una homogeneidad de palpitaciones patrióticas contra los enemigos; ambos, dígase, lo que se quiera, héroes, genios de la guerra!

            La muerte de Díaz es la única desgracia que hizo suspirar a López; cosa que nunca dejó traslucir, ni cuando sufría las más grandes decepciones y fracasos los más fatales en el curso de la guerra.

 

            Después pasé por el tamiz de una prueba, en que, a no dudarlo, hubiera sucumbido; pero qué hizo más patente la intervención providencial de lo alto, salvándome.

            El presbítero José del Carmen Moreno, ex-discípulo mío en el Seminario, y catedrático de latinidad en el mismo establecimiento, que cayó al par mío en prisión, había obtenido ya su libertad y se hallaba de capellán y secretario del General Bruguez en la división del centro, Posta Gómez.

            Moreno, pues, llamado por el Obispo, vino a verse con él, y el Prelado le comunicó que iba a hacer observar mi sueño; seguro, decía, que si tenía yo pesadillas, o sea un sueño angustioso y mal conciliado, sería prueba inequívoca de remordimiento de mi conciencia; pues que no detestaba aún sinceramente mis crímenes contra la patria y su gobierno.

            Había frente a mi choza unos postes para atar los caballos; en uno de ellos sujetó su montado Moreno; y a su retirada del Obispo vino para volver a la división de Bruguez; al desatar el caballo le conocí, y acerquéme a la puerta de mi choza. Moreno, como que no se apercibía de mí, y mientras componía su montura, me advirtió que tuviera cuidado de la observación de mi sueño, según queda indicado; al montar a caballo, hizo como que recién me veía, y se despidió de mí con una ligera cortesía de cabeza.

 

            Dios mío!... Exclamé. In te, Domine, speravi, non confundar in aeternum! (En Ti, Señor, esperé, no quedaré confundido eternamente).

            Quedé cavilando sobre la manera, cómo, dónde y cuándo se establecería semejante observación; no pasaron, sin embargo, muchos días sin que saliese de esta azarosa expectativa. Dos capellanes, el de Humaitá y del Hospital de sangre de Méndez, fueron traídos al centro; y éstos sin más preámbulos me invitaron a dormir con ellos; pues que mi choza era muy reducida.

            La incógnita estaba descubierta: Eureka!... Les acepté la invitación con muestras de gratitud; y desde la primera noche hicieron vigilancia partida de mi sueño, el uno a prima y el otro al alba; yo entre tanto hacía como que dormía, y que entre sueños recitaba incoherentemente, pero sosegado, algunas jaculatorias y salmos; el Miserere especialmente.

            Díez días tardó esta observación, retirándose otra vez a sus respectivas divisiones o cuerpos los capellanes. Jamás he sabido el informe que habrán dado al Prelado del resultado de aquellas trasnochadas, pesquisando mi despierto sueño. Pobrecitos! Ellos se sonrojaron cuando después tuve ocasión de enrostrarles semejante vil oficio que desempeñaron, más como Caínes que como sacerdotes, empeñados a perder a un hermano. Cuánta diferencia entre Uds., les decía, y el noble proceder del presbítero Moreno!

 

            Arrinconado en mi pequeña choza vivía solo, aislada y sin licencia para visitar a nadie; pero que podía recibir visitas. Se comprende que éstas no serían sino de los que vendrían aleccionados para moverme tales o cuales conversaciones. Mi ocupación era el Breviario y la Biblia Nuevo Testamento-; únicos libros que se me permitieron leer durante mi larga prisión.

            En estas circunstancias, una mañana el Mariscal había salido a pie a visitar los cuerpos militares de la inmediación del Cuartel General, y dando con mi choza entró en ella sorprendiéndome con su inesperada e imponente presencia. Me levanté a recibirle, y él me pasó la mano con ademán al parecer placentero, y yo se la tomé respetuosamente; entabló luego el siguiente diálogo:

            - ¿Cómo le va de salud, Padre Maíz?

            - Muy bien, Exmo. Señor;

            - ¿Qué está Ud. haciendo?

            - Leyendo la Biblia (7)

            - ¿Y para qué le sirve tal lectura en el ejército?

            - Para todo, Señor; mismo para inspirarme en el sagrado deber del patriotismo.

            - ¿Cómo así?

            - Cabalmente leyendo estaba la historia de Judas Macabeo, el valiente caudillo israelita, que luchaba a igual de VE. por la libertad de su pueblo".

            Rara coincidencia, por cierto; y como no hubiere cerrado el libro, López se acercó a mirar la parte de mi lectura en referencia; y diciéndome: "Siga Ud. su lectura", se retiró de mí con una leve inclinación de cabeza.

 

            Esta inesperada visita produjo en mi alma las mejores impresiones; y todavía más, cuando pasado un momento me hizo llamar el Mariscal ante sí en el Cuartel General. Allí, presente el Obispo, tuvimos una larga conversación, en que aquel hombre manifestó su excelente memoria, dirigiéndome sus preguntas, y haciéndome ya cargos, ya reflexiones múltiples por lo que resultaba contra mí de ambos procesos que se me formaron.

            Por mi parte pude satisfacerle en todo, procurando más que cuidadosamente no contradecirme en lo que había declarado; cosa que no me fue muy difícil, desde que me amparaba también una feliz retentiva, siquiera no fuese, al decir de Castelar, más que un privilegio de los tontos.

            López insistió marcadamente, haciéndome cargo por haberme opuesto a su elección, y yo me afirmé en decirle que no me opuse a que fuese electo Presidente de la República; ni cabía semejante oposición, desde que no había otro candidato que pudiera contrarrestar sus méritos, lo que sí había querido que se sancionase una Constitución, como queda ya referido.

            "¿Y por qué, me decía, quería Ud. ese cambio de la ley del año 44? Cuando con ella mi padre ha levantado al Paraguay al rango de las primeras potencias de Sud América, grande, respetado, a un grado de progreso y prosperidad, tales que le hacen aparecer al frente de las demás naciones de este continente? Sea Ud. franco de esta vez. - Señor, le respondí; siempre he sido franco, y de esta vez mucho más. Es una verdad de innegable evidencia la grandeza y prosperidad a que ha llegado el país bajo el laborioso y patriótico gobierno de su señor padre, gracias a que era un hombre del estado civil, de carácter y profesión eminentemente pacífica. Entretanto, permítame le confiese todo. VE., joven militar, con aquellas facultades extraordinarias, en cualquier caso dado, pudiera ser arrastrado a actos de arrojo y violencia instigado por los enemigos del país, y afrontar una guerra, que jamás convendría al Paraguay.

            "Era, continué diciéndole, mi modo de pensar entonces, sin que eso importase de manera alguna haberme opuesto a su elección; era sí querer que VE. fuese feliz en su gobierno, para continuar labrando el engrandecimiento y prosperidad de la patria; y que jamás se viese por una fatalidad en un conflicto, como el presente, de tener que rechazar la fuerza por la fuerza, debido a la política de absorción y conquista de los enemigos tradicionales del Paraguay.

            Le dije, por último: "Me había errado, Señor, -y lo deploro de corazón- pero errar es de hombres - humanum est errare. Como paraguayo mi pensamiento era sano, mi intención pura y patriótica; y por lo mismo confesando mis errores de entonces, nutro ahora la esperanza de que V.E. se dignará disculparme y concederme el perdón. Es así que voy sobrellevando con resignación y paciencia mi desgracia y consiguientes sufrimientos.

            El Mariscal, en fin, se levantó y me despidió sin desagrado, diciéndome, que si bien me había errado y precipitado en mis ideas, esperaba que reconocido me hiciese digno de recuperar mi libertad.

            Estas palabras del hombre, en cuyas manos estaba mi suerte, me hicieron recordar las del General Díaz, quien me dijo: "Sepa Ud. que va a obtener su libertad", y creció en mí la esperanza -esa dulce virtud que hace como que se posean ya los bienes prometidos.

            El Obispo se mantuvo callado durante toda nuestra larga conversación; mero espectador que parecía tomar nota de mi actitud en aquel momento, crítico por demás para mí. El más ligero desliz en que hubiese caído, de palabra aún, me hubiera sido fatal.

 

            Por ese tiempo fundóse en el ejército el Cabichuí, periodiquín hebdomadario, ilustrado con caricaturas grabadas en madera, cuyo objeto era distraer y alentar el espíritu de los soldados. La redacción debía corresponder al carácter paraguayo, tan gráficamente descrito en este cuarteto:

            Paraguayos camellos,

            Torpes hasta en el hablar;

            Pero, en llegando a des-asnar

            Son para temellos.

 

            Don Natalicio Talavera, joven ilustrado, inspirado poeta, entusiasta corresponsal del ejército, cuya muerte antes de terminar la guerra fue justamente sentida; y don Juan Crisóstomo Centurión, otro joven de superior preparación en Londres, que poseía con perfección el Inglés y el francés, así como el brasilero o portugués, y algo de latín; patriota decidido, valiente soldado, más tarde ascendido a Coronel de infantería, y después de la guerra fue ministro de Relaciones Exteriores, Senador de la nación, y autor de una hermosa historia de nuestra magna lucha: ellos fueron los fundadores y redactores del Cabichuí.

            Me hicieron el honor de que fuese colaborador suyo, con anuencia del Mariscal; y escribiendo un artículo, cuadro de costumbre, en que rasgué con colores tal vez demasiado vivos la descripción de algunos tipos, el Obispo me llamó y agriamente me reprendió por aquel artículo, amenazándome que si otra vez escribía así, me castigaría. Le rogué me dijese la parte en que más me hubiese errado, para saber corregirme; pero, sin indicarme nada en particular, me despidió bruscamente de su presencia, poco menos que a patadas.

            Naturalmente tuve que retraerme; y sale un número de Cabichuí, sale otro y otro más, sin ningún artículo mío; me requieren sobre mi silencio Talavera y Centurión; les hago saber lo ocurrido con el Obispo; y les digo, por fin, que temía mucho más, para cuando el artículo en referencia hubiese sido del desagrado también del Mariscal. Ellos se encargaron de descubrir lo que había a este respecto.

            Fueron, pues, a verse con López, y éste, sin que ellos todavía le dijesen nada, les manifestó que extrañaba no escribiese más el Padre Maíz; entonces le refirieron el caso; y en el momento me hizo llamar, también al Obispo, y dijo a éste: "En adelanté no censure Va Ilma. ningún escrito del Padre Maíz"; y dáse vuelta a decirme: "Ud. escriba cuanto quiera, sólo queda responsable ante mí".

            Primer paso que me desligaba de la tremenda influencia de aquel Prelado, en algo siquiera!

 

            En el diario bonaerense - "La Tribuna"- se publicó la Bula de Pío IX, en que instituía la Arquidiócesis de Buenos Aires, haciendo sufragánea de ella la Iglesia del Paraguay. Ignoro por qué vía le había llegado a López, quien había mandado escribir en la Asunción una refutación de la Bula, y por telégrafo recibió el artículo.

            Encontrábase en el ejército el Deán Bogado, y éste recibió orden del Mariscal para reunir a todos los capellanes, a fin de que se informasen de dicho artículo y dijesen si estaban conformes con su tenor; pues que su publicación sería a nombre del clero paraguayo, bien entendido que el Obispo había manifestado ya su conformidad en tal sentido.

            Yo estaba excluido de aquella reunión, la veía desde lejos e ignoraba cuál fuese su objeto; tan acostumbrado estaba a toda privación que ninguna curiosidad me aguijoneaba. Vivía amoldado bajo el dominio de un estoicismo, no diré filosófico, pero sí religioso. Mi fórmula era la del Varón de Dolores: non mea; sed tua voluntas fíat. (Que se cumpla tu voluntad, no la mía).

            Los capellanes por unanimidad aprobaron el artículo, ni podían menos que pronunciarse así, desde que supieron que el Prelado con anticipación se había manifestado conforme con su tenor; no sé si también el Deán Bogado. Le llevó a López esta resolución, y él preguntó si había estado yo también en la reunión; se le dijo que no. Entonces ordenó se tuviese una segunda reunión, llamándome a mí, para de nuevo formar en consideración el aludido artículo.

 

            Vueltos a reunirse los capellanes, presente yo con ellos, el Deán Bogado me informó de todo y me dio el artículo para que lo examinase en particular; pues que los demás estaban ya bien informados de su contenido. Y mientras yo leía los capellanes se esparcieron a fumar sus sendos cigarros; parecía que estuviesen un tanto displicentes y desdeñosos de mi intervención; ni faltó de entre ellos quien manifestase su extrañeza por someterse el juicio de una unanimidad al criterio de una singularidad.

            El mismo Deán me dijo que tenía bastante que hacer, y que esperaba me expidiese pronto; aceleré con tal motivo mi lectura, y apenas concluí, cuando ya pedí la reunión de los capellanes. Les manifesté de plano que yo no estaba conforme con el artículo, siempre que haya de publicarse como expresión y protesta del clero paraguayo en refutación de la Bula pontificia de su referencia: 1° Porque cuajado está de las doctrinas erróneas de Llorente ; con plagio aún de largos párrafos; 2° Porque el hecho de hacerse sufragánea la Iglesia del Paraguay no era de tanto extrañarse bajo este concepto cuanto por venir en los momentos de la presente lucha, hiriendo los sentimientos nacionales, que no pueden avenirse a reconocer ninguna superioridad de parte de Buenos Aires.

            La reunión escuchó mi parecer con un silencio que importaba manifiesto desagrado; el Deán Bogado sin decir también una palabra, fue a dar parte a López y al Obispo; éste, lo supe después, quiso romper contra mí; pero el Mariscal le detuvo, y llevó muy a bien mi exposición, ordenando que se recogiese el artículo y se escribiese otro enteramente distinto y de común acuerdo, en refutación de la Bula.

 

            En los ensayos para producir el nuevo artículo, hubo no poca dificultad entre los capellanes, distribuidos en cuatro comisiones, cada cual a trabajar aisladamente sobre un punto dado, según el plan trazado, por el Obispo. Desde luego ofrecíase el inconveniente de no poder traerse a una unidad de forma y estilo en la redacción la variedad de tales escritos, dado aún que concordasen en su fondo doctrinal,

            A mí no se me encargó sino una Introducción, para el artículo en ciernes. Los capellanes funcionaban bajo la inspección del Deán; pero volvió éste en esos días a la Asunción, y quedaron bajo la inmediata dirección del Obispo, que, a decir verdad, no los dejaba expedirse libremente.

            Esto ocasionó una especie de confusión entre los capellanes, quienes queriendo sólo traducir las ideas del Prelado, quienes queriendo también sostener las suyas; y todos, en fin, malgastando los días en esfuerzos estériles.

            En tales circunstancias fui llamado por el Obispo, y me dijo: "Ud. qué hace?" - "Lo que se me ha encargado, una Introducción", le respondí. "Vaya Ud. y tráigamela para ver". Se la llevé, y después de leerla, me dijo: "Ya ve Ud. en lo que venimos a parar por causa de haber reprobado el primer artículo, que ahora ni usted es capaz de escribir otro mejor". - "Ilmo. Señor, le respondí, no era que yo me creyese capaz de escribir otro mejor bajo el punto de vista de su erudición y elegante forma; pero al menos, no diré que yo, sino cualquiera de los capellanes lo haría más ortodoxamente, sin cuidarse tanto de su estilo, cuanto de su fondo doctrinal".

            El Obispo a estas razones, parece que cambiara de espíritu, y me dijo: "Los capellanes tienen que atender a sus diversas divisiones, y Ud. está aquí ocioso: redacte Ud. el nuevo artículo". - "Muy bien Señor; y agradezco tal honor y confianza". Debo confesar que, salva la debida reverencia a la Santa Sede, y tomando la Bula Pontificia sólo bajo el punto de vista de venir hiriendo los sentimientos paraguayos a causa de la guerra, en que Buenos Aires era uno de los signatarios del Tratado Secreto contra el país, no era posible admitirla en tales circunstancias. Y es en este sentido, que escribí el artículo, el cual fue publicado en el "Semanario" de la Asunción.

 

            Existe a este respecto una página histórica, que oportuno es consignarla en la ocasión. Es como sigue:

            "Y debemos mencionar aquí (dicen los autores de la Breve Reseña Histórica, más arriba ya citadas) un hecho de gran trascendencia en lo más recio de la guerra y cuando los ánimos más exaltados estaban contra los enemigos; el hecho que así vino a causar honda y penosa impresión en los corazones paraguayos.

            "El año de 1866 aparece en los campos de batalla, publicada en un diario argentino - "La Tribuna"- de un país signatario del Pacto Secreto contra el Paraguay, la Bula del Papa Pio IX, expedida el año anterior, 1865, por la cual Su Santidad hacía a la Iglesia de la Asunción sufragánea, de la de Buenos Aires, erigida en Arzobispado.

            "Este hecho, pues, no tanto, sin duda, porque la Asunción fuese declarada sufragánea pues que ya lo había sido en 1609 al crearse el Arzobispado de Charcas (Bolivia) a cuya Metrópoli quedó sujeta juntamente con la Paz, Santa Cruz de la Sierra, Salta y el mismo Buenos Aires; sino principalmente porque se produjo en aquellas circunstancias, hería vivamente todos los sentimientos, por tener que reconocer por Madre la Iglesia de Buenos Aires, pueblo coligado a muerte contra el Paraguay.

            "Y tanto más, cuanto que, de igualdad de categoría aparece de repente con la inferioridad, no sólo de jerarquía, más también de sujeción; y por lo mismo lastimaba más dolorosamente los sentimientos de independencia de un pueblo que luchando estaba hasta el martirio por mantenerla incólume contra sus prepotentes invasores.

            "Es de aquí que la Iglesia del Paraguay necesita desligarse de la superioridad jerárquica de la Metrópoli del Plata, a que la sometiera la mencionada Bula Pontificia. A esto conduciría muy natural y laudablemente el pensamiento de elevar la Iglesia del Paraguay a la categoría de Metropolitana; tanto más cuanto que es la única nación de Sud-América que no se halla en este rango, y su noble esfuerzo de progreso, engrandecimiento y libertad lo reclaman eminentemente".

 

            Triste me es tener que ir recordando el proceder del Obispo Sr. Palacios conmigo, hasta violentar últimamente los fueros de mi conciencia, santuario del alma, en que sólo Dios penetra y hace que el hombre se mire en ese espejo, tal como es. A qué grado de depravación y total desvío de la más delicada doctrina teológica se había llegado en aquellos momentos de espantoso desborde y conflicto social!

            El fragor de las armas, la vida azarosa de campaña en lucha sin tregua, a sangre y fuego..., hace, sin duda, que todo sea lícito al soldado, que nada respete en trances dados, y que eche manos de todo en su rabia y desesperación, y que hasta la fe y la piedad se amortigüen en su corazón: nulla fides, nulla pietas its qui castra sequntur! (Ninguna fe, ninguna piedad, en aquellos que habitan los cuarteles).

            Pero, que tal suceda a un Ungido del Señor, es algo más que deplorable, es un horror sin nombre de la más sacrílega prevaricación. Un día me llama y me intima: "Haga Ud. su confesión general con el Capellán N." (Callo su nombre, como lo he hecho también con los capellanes que espiaron mi sueño, por respeto al sacerdocio).

            El que se me designaba para confesor era de tristísima nota, como que era el primer delator de aquella aciaga época. Cuántas víctimas inocentes han ido al suplicio por un vil oficio del espionaje y la infame delación, valiéndose de la misma confesión sacramental!...

            Yo supliqué rendidamente al Obispo: "Permítame, Va Ilma, la libertad de elegir para mi confesor". Me replicó con un dicterio represivo: "Botarate, me dijo, dónde Ud. va a saber qué confesor le conviene?" Y agregóme: "Sólo el que le nombro tiene facultad para absolverle de sus graves crímenes y reservadas culpas". Tuve que callarme y someterme a tal imposicíón! (8)

           

            No hubiera consignado en estos recuerdos ese doloroso trance de mi vida al ser sometido a una confesión sacramental, no precisamente para reconciliarme con mi Dios y lavar mi alma con la sangre del Redentor, sino para arrancárseme de ese modo convicciones e ideas que abrigara de mera y libre opinión en política, que no caen bajo las llaves del Reino de los Cielos, y revelarlas después al poder omnímodo del Mariscal, tal como sucediera a no pocos infelices; no lo hubiera, pues, consignado, si por otro lado la historia no hubiese ya constatado ese sacrílego proceder del Obispo Señor Palacios de violar el secreto sacramental y hacer víctima a un penitente que cayera en su desgracia.

            Extractamos de la cronología que Zinny escribió de los obispos del Paraguay: "1865-1868: Don Manuel Antonio Palacios, Obispo de Mallo y Coadjutor del Diocesano Urbieta hasta el fallecimiento de éste, en que tomó posesión de la Diócesis el domingo 29 de enero de 1865... Desde algún tiempo antes de la muerte de D. Carlos Antonio López era el Obispo Palacios amigo confidencial y consejero del entonces joven D. Francisco Solano, y continuó siéndolo por muchos años después...

            "Habíase propuesto al Papa por López padre, a solicitud del hijo de éste, sin más razón que la de todos los sacerdotes del Paraguay; era Palacios el adulador más abyecto y servil del heredero en perspectiva. Su educación era muy limitada y su apariencia siniestra. Se acreditó en aconsejar siempre medidas sanguinarias y el cruel tratamiento de los prisioneros, tanto naturales como extranjeros. Sus sermones ante el Supremo López hijo eran la más insulsa blasfemia y completamente dedicados a alabar a éste, instruyendo al pueblo en cuanto a sus deberes para con él...

            "Desde que se vio hecho Obispo no salía de la casa del Presidente López, donde comía casi todos los días. Aunque de semblante benigno era de un carácter perverso; nunca miraba a nadie de frente. Se prostituyó personalmente y prostituyó al clero entero, llevando las iniquidades hasta el punto de servirse de la confesión con el objeto de delatar a su amo el último pensamiento del pueblo...

            A él se atribuye la prisión de muchos sacerdotes por haberse opuesto a tan degradante relajación. Quiso obligar al canónigo Corvalán a que firmase una acusación calumniosa, como se había practicado muchas, contra el Presbítero Maíz, y porque se resistió éste (Corvalán), hizo que López le mandase remachar dos barras de grillos...

            Jamás perdió la ocasión de producirse mal contra todo el mundo, siendo inspiradas por él muchas de las atrocidades. Decía con frecuencia a López que el azote y el cepo eran el único medio eficaz para adelantar el esclarecimiento breve de las causas, y de librarse de tantos malvados...

            "Aún llegó a avanzar más de una vez, que era necesario evitar esa causa de conspiración inventada, mandando degollar a todos sin forma de proceso; no comprendiendo el incauto que estaba pronunciando su sentencia".

 

            Dejo ahora estas digresiones, y vuelvo a mi indicado confesor, que me llamó: "Vamos al Oratorio, me dijo, para que Ud. haga su confesión general". Obedecí, siguiéndole silenciosamente, cual cordero mudo ente el trasquilador, y conducido al matadero.

            No creo deber decir más para que se comprenda la triste y crítica situación en que me encontraba fatalmente. Sin embargo, esperé todavía que Dios tocaría a su ministro, y que sentado éste en el tribunal de la penitencia ocupando su lugar, se portaría como tal conmigo; y con esta convicción me arrodillé a sus pies.

            Pero, ¡Proh pudor!... Aquel sacerdote desgraciadamente prostituido, no quiso saber nada de mis culpas teológicas o morales contra Dios; sino de mis crímenes políticos contra la Patria, como decía, y el Gobierno. Y utilizaba su inquisición, diciéndome: "Ud. ha sufrido demasiado en la prisión, motivo por que no podía menos que abrigar algún rencor, o cuando menos tener su resentimiento contra el autor o causantes de su desgracia". Le respondí que nada de esto, absolutamente, llevando con resignación las consecuencias de mis errores.

            "No es posible, me replicó; pues hasta el justo cae siete veces al día, según las santas escrituras; limpie Ud. su alma, confesando que abriga odios en su corazón".

            Otra vez le dije que "De nada me arguye mi conciencia en tal sentido".

            Profanación tremenda y sacrílega del más arduo y sobrehumano ministerio del sacerdocio católico! Así continuamos y al fin, no consiguiendo arrancarme nada del modo que intentaba, me impuso penitencia y me dio su absolución; yo rogué por aquel infeliz sacerdote!

            Y en tal estado tenía que comulgar al otro día; y lo hubiera hecho sin sacrilegio por más nula que era la absolución como la confesión misma, si por otro lado no hubiese tenido copia de otro confesor. Dios me lo deparó en el joven capellán Villasboa, noble y caritativo sacerdote, con quien, en una isla, me reconcilié religiosa y sacramentalmente.

 

            Después de esto me ordenó el Obispo que ayudase la misa a todos los capellanes en el oratorio del Cuartel General; uno tras otro celebraba, y más de una vez tenía que alcanzar hasta más de las 10 a.m., por supuesto en ayunas.

            En fin, algo era ya; era ya un sacristán, y más que contento estaba, sabiendo que en la Iglesia no hay oficio bajo. Así andando llegó el 24 de julio, día onomástico del Mariscal; se celebraba aquel aniversario con toda pompa y brillo, con especial entusiasmo y ardor en el ejército.

            Hay que confesarlo, López sabía despertar animación y júbilo en toda la República cuando llegaban los días de glorias patrias, entre las que ocupaba el primer lugar la fiesta del Misionero Americano, San Francisco Solano, cuyo nombre llevaba.

            Poco después de amanecer el Obispo fue al Oratorio a celebrar su misa, y al comenzarla me dijo: "Vaya Ud. a preparar una solicitud de gracia por escrito, para presentarla hoy al Sr. Mariscal, pidiéndole la libertad por el día de su Santo". Y siguió la misa, que la decía con mucha brevedad.

            Mientras yo vine del Oratorio, e hice diligencia de conseguir un pliego de papel, que me lo dio el amable Talavera, sabiendo para qué era, el Obispo había ya terminado su misa, y me hizo llamar. Me preguntó si tenía ya escrita la solicitud; a lo que le contesté que recién había conseguido un pliego de papel, y estaba por escribir.

            "Pues bien, me dijo, cúlpese Ud. a sí mismo de haber perdido el tiempo; ya se le pasó la ocasión de obtener gracia de S.E." Así me despachó secamente, y tuve que volver a mi choza más que desconsolado; pero Dios es grande y su misericordia infinita!

            El Obispo había contado al Mariscal que todavía no tenía yo mi solicitud escrita; y el Mariscal, sin duda, dispuesto ya a concederme la libertad, y para que tuviese tiempo de prepararme, ordenó al canónigo Román que fuese a cantar una misa en acción de gracias, con asistencia de los jefes y oficiales reunidos para el acto de besamanos y felicitaciones a López.

            Tiempo de sobra tuve durante aquella misa; y terminada ella me fui con los capellanes; pero no formando cuerpo con ellos, sino atrás y aisladamente. El Obispo sólo me previno que tenía que hablar al Mariscal primero a la voz y enseguida entregarle mi solicitud escrita.

 

            El momento era por demás solemne, el concurso extraordinariamente imponente; y al presentarse López en aquel cuadro de héroes, tostados por la intemperie y el sol, requemados por el fuego de la pólvora y las metrallas, rompen las salvas de 21 cañonazos, en el cuartel general, y siguen otros tantos en las diversas divisiones del ejército frente al enemigo.

            Las bandas de música alternan sus armonías con aquellos roncos estampidos de la pólvora.

            Entónase el Himno Nacional, y los corazones palpitan de entusiasmo hasta el ardor del frenesí. Aquello era sublime, arrobador!...

            Jehová, el Dios de los ejércitos, se cernía sobre aquel cuadro de impertérritos defensores de la Patria!

            Vino el silencio, y comenzaron las felicitaciones. El Obispo fue el primero que habló; a él le siguió el General Resquín, comandante de la División del Sud; luego los Generales Barrios, Bruguez y varios otros jefes.

            Los discursos eran todos de laudatorio a López; quien le llamaba un Alejandro Magno, quien Napoleón El Grande, quien más que San Martín y Bolívar, todos, en fin, la primera espada de América, el Padre de la Patria, cual otro Washington!...

            Cuando no hubo quien más hablase, el Mariscal les respondió agradeciendo tales conceptos en cuanto importaban la expresión de afecto y lealtad a su persona y el reconocimiento a sus esfuerzos en defensa del suelo sagrado de la Nación; y que contaba siempre con la abnegación y bravura de sus soldados para continuar en la lucha empeñada hasta vencer definitivamente, o morir gloriosamente.

            López poseía la elocuencia marcial, conmovía, electrizaba con sus palabras siempre oportunas y ardientes, bien pronunciadas y mejor declamadas.

 

            Tras un "¡Viva!" a la Patria; un "¡Muera!" a los enemigos, el Obispo me hizo seña para que saliese a presentar mi solicitud de gracia. Me coloqué como a dos pasos frente al Mariscal, vestido con su uniforme de gran parada; sobre su pecho izquierdo brillaba una estrella de Caballero de la Orden Nacional del Mérito.

            Previa una respetuosa inclinación de cabeza, comencé a hablarle refiriendo ligeramente mis errores en política para haber caído en su desgracia; pero que reconociéndolos y protestando de no reincidir en ellos, venía a pedirle la gracia de mi libertad por el día glorioso de su nacimiento bajo los auspicios del Santo de su nombre; y que a este fin me tomaba la confianza de presentarle mi solicitud escrita.

            Mientras yo hablaba, el círculo de los generales y demás Jefes se me había estrechado. López alarga la mano, y tomando la mía: "Señores, dijo, al hombre que ha caído, pero que sabe levantarse, yo le sostendré".

            Y retiróse enseguida, haciendo un saludo de grata despedida a la concurrencia. Serían las 11:30' a.m. del mismo día, cuando el Mariscal decretó ya mi libertad.

 

            El Obispo me rehabilitó con todas las facultades, para el ejercicio del ministerio sacerdotal. Cábeme hacer constar aquí que algunos de mis antiguos amigos me felicitaron por mi libertad, y yo les agradecí muy cordialmente.

            Pocos días después el Mariscal me nombró Capellán del Ejército, encargándome el cuerpo de rifleros, que pertenecía al Cuartel General. Más tarde, la división del Espinillo, que comandaba el coronel Roa, después General, muerto en Cerro Corá.

            Últimamente me trasladó a la de Tanimbú, cuyo jefe era el Teniente Coronel Viveros, condecorado con la Cruz de plata de Corrales. Para irme a este punto, aprecióse lo siguiente: aquella división había venido decayendo, y atribuyóse a que la ración de los soldados cercenaba algo el citado jefe, para mantener a una querida que tenía con repudio de su legítima esposa, a quien le era también preciso mantener.

            López hizo una reunión de algunos jefes y capellanes, manifestando el interés que tenía de que se remediase aquello, salvando a Viveros.

            "Es un jefe valiente, dijo, y no quiero castigarlo". Dispuso que un capellán fuese a verlo, acórdese con él el mejor modo de levantar aquella división, designándome a mí para tal diligencia.

            En momentos de estar por irme a Tanimbú, extra-muros de Humaitá, el canónigo Román me dijo que él iba en reemplazo mío; y tuve que quedarme, suponiendo fuese nueva orden del Mariscal.

 

            Y allá fue Román; pero volvió malamente impresionado contra Viveros: el Obispo que recibió este parte, pasó a referirlo a López, quien le dijo: "Con que el Padre Maíz ha sido muy poco feliz con Viveros". Y el Obispo no pudo menos que contarle no haber ido yo sino Román. En el momento fui llamado, y López adelantándose a mi encuentro: "Porqué, me dijo, no cumplió Ud. la orden que en persona yo mismo le he dado?". - Le referí la detención que tuve, según queda dicho.

            Entonces se dirige al Obispo: "Sea la primera y última vez que Su Ilma. entorpezca mis órdenes"; y volviéndose hacia mí: "Vaya Ud., me dijo, a cumplir lo que tengo mandado, y en adelante se entenderá conmigo directamente, sin intermedio del Obispo".

            Segundo paso que me independizó del Obispo, para verme ya libre de sus asechanzas a perderme. Oh Providencia divina ... Bendita seáis!.

            Me fui, pues, a ver a Viveros: el hombre estaba malamente prevenido, me recibió con marcado desagrado, y yo le manifesté la misión que llevaba de parte del Mariscal, para que me atendiese; pues que se trataba de salvarlo. Viveros cambió de aspecto, y me dijo: "Cuánto siento que no me hubiese así hablado el P. Román; éste me atacó de improviso hasta decirme que mi conducta en menoscabo de la división a mi cargo, importaba la de un traidor a la patria... Entonces, desenvainé mi espada, y le dije que repitiera esas palabras, dispuesto a lavar la injuria con sangre".

            Felizmente Román, conociendo la actitud alterada de Viveros, se retiró de él calladamente, para ir a dar su pésimo informe contra él; y cambiando ya de ánimo, entramos a tratar sobre el estado de la división. Viveros estaba reconocido en todo, dispuesto también a moralizar su vida de hombre.

            Volvía dar parte a López, quien me preguntó luego:

             - "¿Cómo viene Ud.?"

            - Bien Exmo. Señor...

            - "¿Cómo encontró a Viveros?"

            - Un poco mal prevenido con lo sucedido con Román.

            - "¿Y cómo queda ahora?"

            - En la mejor disposición, dispuesto a levantar la división, cambiando a su vez su conducta. "

            López hace llamar al Obispo, le cuenta el buen resultado de mi entrevista con Viveros, y le dice en tono grave: "Su Ilma. hubo de perder a un jefe valiente..." Entonces fue que me nombró capellán de aquella división.

 

            Circunvalado ya por los enemigos, López determinó evacuar Paso-Pucú, dejar Humaitá en pie de defensa hasta cierto tiempo, y pasar al Chaco, como lo hizo. Esto sucedía en marzo de 1868.

            Se estacionó a la sombra de las islas, mientras el ejército se le iba reuniendo; y visto que las corazas brasileras no continuaban arribando por el Río Paraguay, López repasó este Río, y acampóse en San Fernando, a la derecha del Tebicuary.

            En la confluencia de este río con el del Paraguay, trató López de extender una cadena de grandes trozos de madera flotante, para obstruir el paso de los buques de la escuadra enemiga; pero la operación no pudo realizarse, debido a la fuerza de la correntada, que cortaba la cadena, toda vez quedaba estirada.

            ¡San Fernando!... Qué recuerdos tan tristes despierta aquel campamento! ... Allí se iniciaron los tremendos procesos sobre la habida gran conspiración...! Allí, los generales Barrios y Bruguez, el Ministro Berges, los coroneles Alen y Núñez, el tesorero Bedoya, Don Benigno López, y multitud de otros hombres expectables, cayeron presos. ¡Allí el Obispo Palacios fue reducido a arresto, para ser también víctima con los demás!...

            Y estrechado otra vez en San Fernando, López se retiró de allí el 26 de agosto y arribó a la Villeta. Estableció su Cuartel General en Pykysyry, Itá Ybaté, más tarde Lomas Valentinas, allí también trágicos y luctuosos sucesos!...

            "El venerable Deán Don Eugenio Bogado, noble y virtuoso sacerdote, rector del Seminario Conciliar; Don José Berges, distinguido diplomático, Ministro de Relaciones Exteriores, lleno de méritos y servicios a la patria; Don Benigno López, hermano menor del Mariscal, joven de ideas liberales en política y de brillante porvenir; Don Vicente Barrios, General de División, vencedor por asalto de la Fortaleza de Coímbra y cuñado del Mariscal; Don Saturnino Bedoya, Tesorero de la Nación, cuñado también del Mariscal, honrado ciudadano y acaudalado paraguayo; todos éstos complicados en la conspiración, y cinco más fueron fusilados, juntamente con el desgraciado Obispo Palacios, y sus restos yacen en una fosa común. Ni una cruz solitaria señala hoy aquella tumba!" (Breve Reseña Histórica).

 

            En el combate de Itaybaté, que mandó en persona el Mariscal, que duró siete días del 21 al 27 de diciembre- me cupo estar bajo sus inmediatas órdenes. Así pude ver y apreciar aquel esfuerzo supremo del valor paraguayo, que rayó ciertamente a lo sublime del heroísmo!

            El triunfo de los aliados fue debido a la inmensa superioridad numérica de sus tropas, no menos que a la insuperable ventaja de sus armas, de más alcance y precisión; y derrotado López pudo salvarse por entre el humo de la pólvora, y un diluvio de proyectiles, hasta alcanzar las Cordilleras.

            Del mismo modo pude escaparme refugiándome con otros derrotados en los montes del potrero Mármol; y de allí por el gran estero del Ypoá salimos a Carapeguá, de donde me trasladé a Cerró León, a unirme con el Mariscal, que se encontraba allí, empeñado más que nunca en organizar su ejército con nuevos reclutas y los restos flotantes de aquella derrota, la más luctuosa y completa que sufrió.

            De allí pasó López más al pie de la Cordillera de Azcurra, donde estuvo frente al enemigo, que había extendido ya su línea militar en la vera Este del valle de Pirayú; e hizo que se celebrasen las funciones de la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos, hasta el de la Resurrección, 5 a 12 de abril.

            Allí también, pero ya sobre la cumbre de la Cordillera, festejó por última vez el día onomástico de su natalicio -24 de julio- celebrándose los oficios religiosos en honor y culto del santo de su nombre con todo el brillo posible.

 

            ¡A qué reflexiones no se prestan estas grandes manifestaciones del sentimiento religioso de un pueblo, en momentos los más decisivos de su suerte, en el tiempo...! La fe, sin duda, como dice Lacordaire, salva al mundo; pero ella no responde a los propósitos de odio y venganza, de destrucción y muerte, que informan el fondo de la política humana, al romper en armas contra sus semejantes, sea ofensiva o defensivamente.

            "Dios mismo hace otros tiempos y otras constituciones", dice el profeta Daniel; y el Paraguay por muy justa que fuera la causa de su defensa contra las naciones coligadas, y por inicuo que fue el pacto secreto, para violar la integridad de su suelo sagrado, dejándole en escombros calcinados...; el Paraguay tocando iba a esos otros tiempos, que los del absolutismo, a esas otras constituciones, que las de facultades dictatoriales.

            La era de la libertad y regeneración del pueblo, que, largos años cual febo entre nubes, oculta y oprimida estaba, venía perfilándose en su horizonte, bañada en sangre; y a levantarse radiante de gloria y esplendor, sobre el polvo de la patria mártir!...

            Yo me anegaba penosamente bajo el peso de estas reflexiones, al ver cómo íbamos de derrota en derrota, buscando dónde y cuándo habríamos de dar con el último inevitable y trágico desenlace de nuestra inmolación!...

            Sin ser uno fatalista había que prever muy lógicamente, y no ya en lontananza, sino apenas a vuelo de pájaro, que ese era el destino que llevábamos; pero mismo así, nuestra decisión era firme, ya que no a vencer, a morir gloriosamente por la patria querida...!

           

            En agosto del 69; López tuvo que dejar la Cordillera, saliendo por entre Caacupé, Tobatí y Barrero Grande con motivo de la caída de Piribebuy en poder de los enemigos, que allí cometieron las más execrables crueldades.

            El degüello del bravo y valiente jefe de aquella guarnición, Teniente Coronel Pedro Pablo Caballero, y el de otros prisioneros, hasta de niños en brazos de sus madres; el incendio del hospital de sangre con todos los enfermos y heridos, en número de más de 600, que quedaron carbonizados!...

            Siempre perseguido, cada vez más de cerca, López no pudo ya estacionarse en ningún punto; por Caraguatay -15 de agosto- pasó el río Yhagüy, con rumbo al norte, siguió su recta por la Unión y llegó a San Estanislao, donde permaneció algún tiempo.

            Allí dio ascensos: Resquín y Caballero a Generales de división; Delgado de Brigada; Escobar, López (hijo), Aveiro, Delvalle y otros a Coroneles; también algunos Capellanes; entre ellos obtuve yo el grado de la Clase, asimilado a Coronel, con las condecoraciones de Caballero y Oficial de la Orden Nacional del Mérito.

            Allí también, el 9 de setiembre, el Mariscal tuvo que ejecutar el castigo de su Escolta Acá Verá, por la participación en un conato, o complot con el enemigo, para tomarlo prisionero o muerto. El autor de este crimen era un alférez llamado Aquino.

 

            Después de esto, López siguió su marcha hasta la Villa de San Isidro (Curuguaty); y allí otra vez -el 16 de octubre, día de su exaltación a la Suprema Magistratura de la Nación- ofrecióse el misterioso descubrimiento de aquel complot encabezado por el Coronel Don Venancio López, hermano del Mariscal, para envenenar a éste.

            Tremenda sacudida; que arrolló a muchos!... López levantó su campamento Tandei'y, una legua abajo de Curuguaty, y rápido siguió hasta la Villa de Ygatimí (Terecañy) a 12 leguas de San Isidro, apenas aflojando un poco la cincha a los montados en dos puntos.

            Sobre el arroyo Ytanará se detuvo por breve tiempo; y ¡qué recuerdos otra vez de aquel lugar...! Allí poco faltó para que López se olvidase de su palabra de sostenerme, como había dicho el día que me dio la libertad.

            Llevado de un sentimiento de humanidad le hablé a favor de su madre, a quien su hijo Venancio había complicado en la causa del envenenamiento; y López me tomó muy a mal, e hizo una reunión de notables.

            Asistieron: el Vicepresidente Sánchez, el General Resquín, el Ministro Caminos, el Coronel Aveiro, el Capellán Espinoza, y yo. En , esta reunión propuso el Mariscal el caso de su madre en los mismos términos que yo le hiciera; es decir, que cualquiera fuese su culpabilidad, la perdonase, haciendo valer la suma del poder público, de que estaba investido.

 

 

            Había yo abundado largamente en este sentido, tocando a la vez las fibras del sentimiento filial en el Mariscal; abrigaba además la convicción de que su madre era inocente del hecho, a su hijo Venancio atribuido; pero éste la complicó en sus confesiones. La madre constantemente negó su complicidad en semejante crimen.

            Pues bien, el Señor Sánchez se mantuvo irresoluto; Resquín, Caminos y Espinoza fueron de igual parecer conmigo; pero Aveiro se produjo en contrario: "Para que jamás se diga (fueron sus palabras) que la carne o la sangre había alguna vez torcido la rectitud de justicia del Mariscal López..."

            En seguida el Mariscal cayó sobre todos, especializándose sobre mí "y Ud., me dijo, no contento con haberme fatigado por más de media hora con su fraseología falaz, se ha propuesto arrastrar consigo a estos hombres sin criterio propio, para torcer la rectitud de mi justicia, que se sobrepone a todo sentimiento de carne o sangre, y es igual e imparcial para todos"

            También llevaron su filípica los demás, no muy suavemente que digamos: "Y Ud., Vicepresidente Sánchez, hombre siempre irresoluto, incapaz de consejo oportuno en los momentos de urgente resolución; y Ud. General Resquín, llevado siempre de ideas ajenas, sin criterio propio; y Ud. Ministro Caminos...; y Ud., Capellán Espinoza..., arrastrados por Maíz, para seguirle en sus ideas...".

 

            Francamente, después de aquella tremenda sacudida, esperé algo más que un castigo pasajero; creí un ultimátum para mí, máxime cuando el General Resquín, más asustado que todos, me hizo privar de ración y me tuvo como arrestado en mi carpa, privado de libertad para ir a parte alguna, sin especial licencia suya.

            Pero, por fin, no hubo más que hacerse guardar detención en su coche a la señora Juana Pabla Carrillo de López, madre del Mariscal!... Estábamos en Ytanará; de allí, a últimos de noviembre, pasó López a otro lugar llamado Arroyo Guasú, donde se detuvo algunos días.

            Cabe aquí referir la sensible y trágica muerte de Pancha Garmendia, que había sido traída desde el Espadín, arriba de Curuguaty, a pie, sola, en un cuadro de soldados armados.

            Encontrábame con el Mariscal, cuando aquella mujer, tan bella como infortunada, venía entrando en el campamento, y afrontóse de improviso con López, que se le mostró afable y cortésmente, invitándola a pasar a la casa que habitaba, y allí cenó con él y la Madama Linch justamente.

            Yo me retiré a mi carpa; después supe que Pancha había sido conducida a la Mayoría del Cuartel General.

 

            El ejército pasó de Arroyo Guasú a Zanja Jhu, arriba del Panadero; permaneció allí hasta fines de diciembre. Fue en aquel lugar que yo llegué a saber por el Coronel Centurión, que la Pancha había sido muerta, sin habérsele figurado causa alguna... Mucho y de diverso modo se ha escrito sobre esta infeliz mujer, envuelta en el misterio de una funesta fatalidad. Ella, entretanto, radiante de gloria se alza con los brillos de la inocencia y pureza virginal, cual otra doncella de Orleans!

            Desde Zanja Jhu atravesó López los desiertos de aquella región inhospitalaria, trepándose por dos veces a las escarpadas sierras del Amambay, para llegar por último a Cerro Corá, término fatal de su destino.

            En aquel circo de rocas se acampó el 8 de febrero, apenas con algo más de 400 hombres, reducidos a la más triste postración, sin ropas ni víveres, sin más esperanzas que sucumbir bajo la presión del hambre y de miserias tantas!...

 

            Colocado allí el Mariscal, aquel hombre impertérrito, firme en su puesto, alentando siempre al resto semivivo de sus heroicas legiones, decretó una condecoración de honor. La medalla tenía esta leyenda: Venció penurias y fatigas.

            Era como el último premio que daba a los que habíamos llegado hasta Cerro Corá, comprobando nuestra abnegación y patriotismo en aras de la defensa del suelo querido del nacimiento.

            Pero la situación apremiaba cada vez más desesperadamente, de manera que produjo la deserción de algunos cuantos, menos resignados, o sin fuerzas ya para resistir al pavoroso espectro de la muerte, que se nos asomaba!...

            Esos desertores informaron a los enemigos de la posición de López, y se prestaron a servirles de baqueanos, para traernos el último ataque, que dio fin al drama sangriento de la guerra, después de un lustro de la más heroica resistencia!...

 

            Era el 1° de marzo del citado año 70, que tuvo lugar aquel golpe decisivo. López, que mandó en persona la poca gente que tenía, derrotado desde el primer encuentro con el enemigo, retrocedió hacia el Cuartel General, dirigiéndose enseguida a pasar un pequeño arroyuelo; sin duda, buscando el amparo de los montes.

            Allí fue alcanzado y herido por los enemigos, cuyo jefe, que era el General Cámara, le intimó que se rindiese, diciéndole: "Mariscal, ríndase que le garantizo la vida". Y López le respondió: "Si no es más que mi vida, no acepto; muero con la patria".

            En seguida a esta enérgica y decidida resolución del jefe paraguayo, el brasilero ordenó su muerte, verdadero asesinato cometido a bala y lanza.

            No me detendré en algunos pormenores de este lance supremo de heroísmo y bravura con que selló su indómito patriotismo el Mariscal López, legando a la posteridad el ejemplo más sublime de amor a la patria.

            La historia se ha apoderado de todo, y ella hará que la verdad de los hechos brille, dando a cada cual la parte de mérito o desmérito que le corresponde.

 

            Al escribir estos recuerdos de mi vida pública, no me es dado prescindir del todo de los acontecimientos de la colosal lucha de la patria, desde que he sido testigo de ellos, a partir de Paso Pucú hasta el Aquidabán.

            En esa inmensa diagonal que ha recorrido el ejército nacional, disputando al enemigo palmo a palmo la integridad y soberanía del territorio paraguayo, me cupo presenciar varios de los combates y hasta actuar en ellos, no ya como capellán, sino también como soldado.

            Es de este modo que he podido observar el carácter, el espíritu, la bravura y decisión del Jefe Supremo, director de aquella guerra, sin tregua ni cuartel, de desolación y ruina, de inmolación y exterminio del Paraguay.

            Aquel hombre, el Mariscal López, se me presenta grande, admirable, único en nuestra historia, bajo el aspecto de su indomable patriotismo, de su abnegación y sacrificio, hasta el martirio!...

            ¿Y habrá más peso de culpabilidad por sus errores, o más mérito de patriotismo por esa titánica lucha con tres potencias coligadas, hasta la última extremidad en defensa del país? La balanza de la justicia con la verdad histórica, van dando luz a todo.

            Me viene esta reflexión: Si Cristo no hubiese resucitado, dice el apóstol Pablo, todos sus trabajos y milagros fueran nada, y vana sería la propaganda del Evangelio..." Cabría tal vez decir también: "Si López no hubiera muerto, cumpliendo su palabra de morir con el último soldado, y morir tan valiente y heroicamente, razón no habría para mentar su abnegación y patriotismo, su constancia y bravura, hasta la pira de su propia inmolación.

            Valdría entonces decir de él:

 

            Orgullo y tenacidad,

            Sin nada más que vanidad

 

            Tras la muerte de López caí prisionero en poder de los brasileros; aquí empieza para mí otra serie de sufrimientos y peligros. Aquellos enemigos victoriosos cometieron actos de barbarie y crueldad, tales que hicieron mucho más deplorable y luctuoso nuestro desastre final.

            A sangre y fuego ultimaron a no pocos prisioneros; entre ellos al anciano octogenario Vicepresidente Señor Sánchez, también los coroneles Aguiar y López (hijo) con algunos capellanes y oficiales. Por un prodigio de la Providencia no fuimos igualmente inmolados el Coronel Centurión y yo; pero tuvimos que pasar por el aparato de fusilamiento, en que nos hizo apurar el cáliz amargo de la muerte...!

            En una llanura, no lejos del sepulcro de López, nos detienen, y ocho tiradores se nos acercan al mando de un oficial; éste les ordena que preparen las armas, nos apuntan... Qué momento aquel!... Un rato después se retiran, sin habernos arrojado los proyectiles!... Hienas, ensañándose en sus víctimas!...

           

            Conducido al Brasil, me desembarcaron en Río Janeiro, el día 9 de junio del mismo año 70, y el 13 fui conducido a la Fortaleza de Santa Cruz, la 1ª. en su clase del entonces Imperio, hoy Estados Unidos de la América del Sur, bajo la forma republicana.

            Santa Cruz!... La Fortaleza, que con la de San Juan vigila la entrada de la hermosa Bahía sobre que se sienta la ciudad capital del Brasil. Allí encontré a centenares de prisioneros paraguayos, entre ellos los coroneles González y Serrano, que cayeron en los combates de Ytororó y Abay.

            Me alojé con Serrano, íntimo amigo mío y compañero en la guerra, y todavía más después de ella. Cuando volvió al país, tomó parte activa en la política militante, ascendiendo a Brigadier después del triunfo de la revolución, que encabezó el General Caballero contra la administración de Jovellanos, y formó parte del nuevo gabinete como Ministro del Interior. Más tarde se levantó en armas contra el gobierno de Gill, y sucumbió trágicamente!

            Yo permanecí en Santa Cruz hasta el 11 de octubre, en que volví a la Corte, libre ya para regresar a la patria; y a mediados de noviembre el gobierno del Brasil proporcionó un transporte a los paraguayos prisioneros, que quisieran volver a su país, entre los cuales estaba mi nombre, y aproveché aquella ocasión.

            La nostalgia por la patria devoraba mi alma!...

 

            Llegué de regreso a la Asunción el 5 de diciembre, día mismo en que estuve a ver al presidente de la República, que lo era entonces Don Cirilo Antonio Rivarola, más tarde bárbaramente asesinado en las calles de la capital. Después de esta visita de respetuosa atención, volví a estar con él el día 7, y le signifiqué el deseo de verme con el Vicario Foráneo Apostólico; pero antes quería saber si por parte del gobierno tendría o no algún inconveniente para funcionar como sacerdote.

            El Sr. Rivarola me dijo que no; dado, pues, este paso, me dirigí a casa de Fr. Fidelis de Abola a objeto de saludarle, y aquí comienzan mis conflictos con él. Rodeado se encontraba con otros capuchinos, al servicio también de las fuerzas brasileras. Me hice anunciar por medio de un lego, y éste me dio entrada a la sala del despacho de la curia eclesiástica. Allí por primera y última vez tuve la ocasión de ver a aquel Reverendo, que no bien me conoció y antes que le hablase sobre asuntos del ministerio sacerdotal, se adelantó a decirme: "Tengo orden del Sr. Internuncio del Brasil para no entenderme en nada con Ud.".

 

            Naturalmente extrañé semejante orden, y todavía más el modo brusco e intempestivo de su intimación; quise así dar a entender a aquel fraile, que tan poco se importaba de manifestarse con alguna cultura en sus maneras, y le dije: "Yo no sé si Va Ra ha comprendido que no he venido de esta vez sino a saludarle..." "Sí, pero yo tengo que cumplir con esa orden, me interrumpió; y es que está Ud. suspenso a divinis".

            Entonces le pregunté si podía decirme en qué fecha le había mandado tal orden el Sr. Internuncio. Después de cavilar un momento, me dijo: "A mediados de octubre me llegó la orden". De esta torpe aseveración resultaba una flagrante implicancia, que yo observé al fraile; pues cabalmente en esos días, el 14 de octubre había estado yo con el Sr. Internuncio, quien lejos de indicarme algún procedimiento contra mí, usó conmigo de toda consideración.

            Además, habíame entendido con él hasta por escrito, que le presenté el 9 de noviembre, para allanar mis precedentes, ya que fui envuelto fatalmente en los trances luctuosos de la guerra. A esta observación Fr. Fidelis no supo hallar salida, sino es complicándose más: "Ud., pues, me dijo, está suspenso porque sus paisanos y los mismos sacerdotes paraguayos le acusan". "Es decir entonces, le repliqué, que tal orden del Internuncio no existe, y la cosa se coloca en otro terreno".

            Después de cambiar algunas palabras más, me levanté y despedíme de aquel Rvdo. malamente impresionado y peor predispuesto contra mí. Esto sucedía el 7 de diciembre.

 

            He aquí la nota presentada al Sr. Internuncio. Ella revela mi actitud en la guerra, y la franca manifestación que hice de todo, dando así prueba de la sinceridad y delicadeza de mi conciencia, para pedir al representante de la suprema autoridad pontificia mi allanamiento como sacerdote. Dice así:

            "Monseñor: Respetuosamente vengo a exponer a VaEa Rvma. que en la guerra de más de cinco años, que mi patria sostuvo contra las potencias aliadas, no he podido menos que, como ciudadano, tomar parte en su defensa, hallándola ya comprometida en aquella lucha a muerte y sin tregua para ella.

            "Es del dominio público que cuando se rompieron las hostilidades, me hallaba yo por antecedentes políticos privado de libertad, y de consiguiente, ni conocimiento, ni ingerencia tuve en los motivos o razones de su declaración.

            "Llamado al teatro de las operaciones, y en presencia del peligro común, no era tiempo de discutir principios, y mucho menos conservar división de espíritus.

            "La patria reclamaba la unidad de sentimientos, e imponía a sus hijos la indeclinable necesidad de mezclarse en el fragor de las armas. La inmensa superioridad del enemigo en su personal y elementos bélicos, agotaba desde luego todo pretexto que me pudiera caber para, en mi carácter de sacerdote, esquivar los trances de sangre, que en circunstancias menos inminentes comprometería el espíritu de lenidad.

            "Pero, ellas eran tales que no daban lugar sino al eco de la ley suprema de propia y común conservación, que autoriza a cada individuo en particular y a todos en general, a rechazar la fuerza con la fuerza, y defenderse ofendiendo al agresor, sea cual fuese éste.

            "Obligado, pues, por la situación de mi patria, y obedeciendo las órdenes de mi legítimo superior, asumí la actitud del soldado, sin lastimar la condición del sacerdote, que al revestirse de semejante ministerio, no se despoja de su constitutivo natural de ciudadano.

            "Si tal ha sido mi actitud, tengo no obstante la conciencia cierta de no haber causado inmediatamente o por mí mismo, efusión alguna de sangre; y bajo de esta certeza, el testimonio íntimo de nada me arguye.

            "Nadie puede hallarse tan interesado como yo de la salud de mi alma; y por lo mismo muy lejos estoy de quererme sincerarme a costa de ella. Hablo la verdad tal como la siento en mí adentro; creo sinceramente haber cumplido con deberes imprescindibles.

            "Y si de algún modo pudiera de entonces aparecer ciertos rasgos de mi conducta como menos conformes a mi carácter sacerdotal, ellos son debidos únicamente a la naturaleza de los acontecimientos, y a lo extraordinario de las circunstancias, que surgieron de una manera tan excepcional y apremiante.

            "Esos acontecimientos y esas circunstancias pasaron, y si dejaron sus rastros, jamás éstos serán bastantes a juzgar debidamente de aquellos que fueron constreñidos a obrar bajo su imperiosa y fatal influencia.

            "Las leyes humanas en su imperfección nunca han podido prever tales momentos; y de consiguiente, ellas tampoco podrán ser la causa del juicio más allá de sus alcances.

            "Sin embargo, aun cuando, como dice el Apóstol, mi conciencia no me arguya de nada, no por eso debo creerme justificado; Dominus est enim qui judicat. Es por eso que vengo a rogar a Va Ea Rvma., para que valorando mis precedentes en su rectitud, se digne usar conmigo de la plenitud de su apostólica autoridad, y levantarme toda censura o inhabilitación canónica en que pudiera haber incurrido; a fin de que, restituido a mi país, o a cualquier otra parte, pueda sin obstáculo volver al ejercicio de las funciones de mi carácter sacerdotal.

            "Ahora que me encuentro en esta Corte, si bien como prisionero aún de guerra, pero ya con las libertades compatibles a tal condición, deseo allanarme de una manera cierta y segura por lo que respecta a mi ministerio, recurriendo a Va Ea Rvma., como a autoridad más inmediata para mí y más fecunda en atribuciones.

            "Espero de VaEa Rvma. recibir esta merced, y pido a Dios Nuestro Señor le conserve en salud y gracia, para bien de las almas que componen las iglesias encargadas a su solicitud apostólica".

            Río de Janeiro, Noviembre 9 de 1870"

 

            No mencionaré ya en estos recuerdos la ingrata cuestión con el fraile capuchino, que envuelto en su propia impotencia, llegó hasta el extremo de lanzar contra mí de motu propio una excomunión, que fue como arrojar combustible en la hoguera de la discordia, pronunciándose así la más honda y enconada desunión, no sólo ya entre los sacerdotes, sino también en la masa del pueblo creyente; no sólo ya por la prensa y en los hogares, sino también en los templos y púlpitos. Todo presagiaba fatalmente un próximo y funesto cisma religioso!...

            En tales momentos el presbítero Blas I. Duarte, cura de S. Roque, preparóse a celebrar una votiva solemnidad en honor del glorioso mártir de Sebaste, San Blas, patrón de la República, invitándome a que ocupase yo el púlpito.

            A pesar de lo vidriosas y desfavorables que eran para mí las circunstancias de aquella actualidad, tuve que aceptar la honrosa invitación del Padre Duarte, que me obligaba nuevamente a corresponderle agradecido; pues él me dejaba libre a funcionar en su iglesia, mientras los demás se me evitaban en absoluto.

            El templo de S. Roque, por cierto, era el único refugio que tenía en aquellos aciagos días; y ocupé su púlpito después de nueve años que mi voz de sacerdote no había sonado más en la Capital de mi patria.

            El 2 de diciembre de 1862 caí preso bajo el gobierno del último de los López, que así inauguró su administración al asumir el mando Supremo de la Nación el 16 de octubre de aquel año; y el 12 de febrero del 71 celebróse la fiesta de S. Blas, en que reanudé el ministerio de la divina palabra, rodeado de un auditorio múltiple por los encontrados sentimientos de que estaba poseído y predispuesto. Me introduje afrontando tan crítica situación, y diciendo sin más preámbulo:

            "Mi presencia, Señores, en este lugar habrá, sin duda, tenido de improviso que despertar en los varios ánimos aquellas mismas sensaciones que en otro tiempo experimentaron los atenienses al escuchar a un orador maldecido por unos, apenas tolerado por otros, y que el decir de todos, más parecía ser predicador de nuevos dioses: "novorum demoniorum videtur esse predicator " (Parece que uno de los demonios nuevos es el predicador).

 

            "No vengo, Señores, a levantar tribuna contra tribuna. Dios se apiade de mí, a pesar de mis indignidades, y no permita que se me antoje afrontar la funesta misión de aquellos que han creído ser autorizados en el púlpito y en los altares, para desde allí fomentar la cizaña de la discordia y hacer que el espíritu del mal desgarre a jirones la conciencia de los fieles.

            "No permita jamás que tal propaganda, digna de los tiempos inquisitoriales, haga todavía surgir en el seno de una misma madre aquella lucha de propia destrucción, semejante a la de los hermanos, hijos de Rebeca, que en la oscuridad de su vientre peleaban a impulso de extraña e irresistible voluntad. Esa oscuridad, en que los hijos de esta madre patria envueltos estaban, acaba de romperse con la luz de la libertad.

 

            "El seno de la patria, iluminado hoy por los hijos de aquellos venerados mártires de la libertad, cuyos nombres entran desde ya en el templo de la inmortalidad, inscribiéndose en las primeras páginas de la verdadera gloria nacional, no puede ni debe ya transigir con los resabios del oscurantismo y la opresión de la tiranía.

            "Y tiranía es pretender de cualquier modo atentar contra los derechos del hombre en sociedad; tiranía, señores, todavía más insoportable aquella que queriendo amalgamar con el espíritu eminentemente libre de la religión de Cristo, cuya ley de perfección consiste en la libertad, legem perjudicat libertatis (Que perjudica a la ley de libertad) la violenta idea del ‘motu propio’, que donde existe un código es un sarcasmo a la razón católica y al derecho social intentar atribuir a la Iglesia esa forma de tirante legislación, cuyo fondo inmóvil sea la propia voluntad del hombre, cual si ella fuese de una institución rusa.

            "Lejos, pues, de poder tales pensadores reaparecer en esta tierra, y lastimar con hálitos menos puros, la tierna planta de su deífica libertad.

            "Lejos ya, para que ofuscados según la oportuna frase de un escritor del día, ‘no vuelvan a confundir el fuego fatuo que produce la descomposición de los cadáveres, con la luz eterna de la verdad"

 

            Señores, no aventuro mi ministerio cuando desde lo alto de esta cátedra vitoreo la suerte del pueblo paraguayo porque no sólo comienza a ser libre, sino también porque habrá de dar espíritu a su religión para hacer racional el obsequio de la fe.

            Dios es Espíritu y donde está el Espíritu de Dios allí está la libertad.

            "Y al traducir bajo aquel punto de vista nuestra feliz actualidad, no puedo acallar el sentimiento vago y pesaroso que todavía oprime mi alma de cristiano, al contemplar que hoy, mañana y quién sabe hasta cuándo, viajeros no indiferentes y huéspedes ilustrados que vengan a entrar a nuestros templos, tendrán aun que dirigirnos el triste halago de nuestra religiosidad, de la manera insinuante que lo hizo más célebre de los ciudadanos romanos, al observar los simulacros de la antigua Atenas: ‘Varones atenienses, en todas las cosas os veo como los más supersticiosos’.

            "Ellos por una excesiva solicitud en materias de religión, habían llegado a erigir altares a un dios no conocido, y nosotros por igual causa, estamos tributando homenajes con mezcla de vana observancia a un Dios conocido. (9)

            Glorioso San Blas, las primicias de mis palabras de sacerdote, después de un silencio que la adversidad de los tiempos me impuso durante largos años, vengo a ofreceros. Vos habrías de abrirme paso a esta nueva carrera que el eco fatal de los órganos fanatizados de la expresión, tanto se empañara desde este púlpito, muy particularmente a fin de destruir conmigo para siempre.

            Contraste singular, señores! este sólo púlpito y ese sólo órgano han restado, sin embargo, para encontrarnos en el tiempo: este púlpito para hacer otra vez sonar mis voz en la capital de mi patria; y ese órgano (10) para escucharla, confundido ante los inapeables destinos de los hombres, a quienes desde el fondo mismo de los infiernos se complace también la Providencia de sacarlos, según sus altos designios.

            Así ha dicho Bossuet, "Dios prepara los efectos en las causas más lejanas".

 

            Mi objeto al hacer estas transcripciones, no es sino comprobar una vez más la mano de la Providencia, sin la cual una paja no se mueve, en frase del profeta Rey; ella mediante he podido salvarme en los diversos y fatales trances de la vida.

            Cábeme exclamar con el viajero de Damasco: ¡Cuán inapeables son los caminos de Dios, e investigables sus juicios!

            Y aquel discurso, que cambió en muchos el modo de pensar respecto a la causa que se me formara, fue también motivo para que el gobierno de la República casase el exequatur de la Vicaría Foránea Apostólica, que interinamente ejercía Fray Fidelís; y la Cuestión Religiosa, como llegó a llamarse aquella contienda, tomó otra faz.

            Hubo que acreditarse una misión especial ante la Santa Sede, para remediar la triste acefalia de la Iglesia del Paraguay y normalizar su marcha en lo futuro.

            Encargado iba de esta misión el Señor Gregorio Benítez, ilustrado paraguayo, hábil diplomático, que no ha mucho falleció lleno de méritos y servicios a la patria. Más adelante veremos el feliz resultado de aquella embajada.

 

            Entre tanto, para envolvérseme en otro género de acusaciones, mis enemigos, algún tanto fracasados, atribuyéronme ideas subversivas del orden público. Entonces me resolví salir al campo a una vida de retiro y aislamiento.

            Comuniqué este pensamiento al Presidente de la República, quien tomóme muy a bien; pero, dispuesto como estaba para visitar algunos pueblos de la campaña, arriba de la Cordillera, me invitó a que le acompañase primero.

            Aceptéle esta honrosa invitación, y dimos el paseo por Caacupé, Piribebuy y Barrero Grande. Rivarola era vecino nativo de este último pueblo, y allá nos detuvimos más tiempo.

            No había llegado a calar cuál haya sido el objeto que llevaba en aquella gira, bajo el punto de vista administrativo. Parece que quería descansar algo de sus tareas oficiales, y solazarse un poco con los recuerdos de la vida pasada, por aquellos lugares de sus mejores tiempos; apenas encontrando muy contados sobrevivientes, coetáneos y convecinos suyos!

            Rivarola era de carácter noble y generoso, afable y un tanto susceptible de halagos pueriles; descendía de una familia bien conocida, aristócrata, y de posición expectable en la sociedad por su fortuna financiera, e ideas avanzadas de liberalismo en política.

            Su padre, Don Juan Bautista Rivarola era constitucionalista, y en este sentido opuesto siempre a las facultades dictatoriales de nuestros gobiernos, desde Francia hasta los López.

            De él heredó Don Cirilo Antonio ese espíritu de iguales principios, como también de iguales persecuciones por parte de los tiranos. Algo de irreflexivo o temerario tenía en sus arranques de entusiasmo político, hasta que, hecho un revolucionario, fue mirado como peligroso para el orden y la pública tranquilidad, y llegó a ser asesinado en las calles de la Asunción.

            Esto le sucedía en el gobierno de don Cándido Bareiro; más adelante veremos cómo, y por qué Rivarola tuvo tan trágico fin.

 

            Pocos días después de volver de aquel paseo a la Asunción, dirigí al Presidente de la República una nota en la que le decía: "Consecuente al pensamiento que verbalmente había comunicado a VE., en orden a mi retiro al campo, quedando yo entonces a indicarle el pueblo que eligiese, participo a VE. que resuelvo pasar a Arroyos y Esteros, mi nativa vecindad; y reitero que voy a una vida privada y de silencioso retiro".

            Le decía así, para que el gobierno no diese oído al flujo y reflujo de animadversión tanto contra mí, que utilizando su insidiosa ponzoña me atribuía propósitos políticos, lanzados ya al público por el periodismo asalariado por mis tenaces y gratuitos enemigos.

            "No nutro, le decía por último al Sr. Rivarola, ideas políticas en sentido alguno, pudiendo decir a este respecto lo que Descartes en filosofía, que para seguir su carrera sin peligro, adoptó, entre otras cosas, esta máxima fundamental: ‘Obedecer a las leyes y costumbres de mi país, conservando constantemente la Religión, en que, por la gracia de Dios, había sido instruido desde mi infancia’; después de haberme asegurado de estas máximas y haberlas puesto a parte con las verdades de la fe, que han sido siempre las primeras en mi creencia, juzgué que podía deshacerme libremente del resto de mis opiniones".

           

            Por entonces agitábase una oposición bien sostenida contra la marcha desquiciada del gobierno, cuyo caudillo era Bareiro, y obtuvo mayoría en el Congreso. Rivarola estrechado así, dio su golpe de estado, disolviendo la representación nacional, y redujo a prisión a Bareiro y sus partidarios, entre los cuales me consideró también que estaba afiliado.

            Pero, era una suposición y nada más, que venía pesando sobre mí, merced a aquella propaganda periodística de mis enemigos; caí, pues, preso, y hube de ser expatriado, escapándome de tal medida mediante la amistosa interposición de Don Francisco Martínez, español, escritor brillante, y distinguido hombre de estado, que ejercía grande influencia en el gabinete de Rivarola; y fui confinado a mi pueblo natal.   Esto sucedía en febrero del 72.

            Rivarola, al dar aquel golpe, renunció a la presidencia de la República, y se retiró a su casa particular de Barrero Grande en espera de la resolución sobre esa renuncia.

            Se le había hecho creer que no se le aceptaría, y que sería llamado desde el campo, cual otro Cincinato, para ocupar otra vez su puesto al frente de la nación.

            Pobre hombre! Allá recibió el pliego de la aceptación de su renuncia, y poco menos que trastornado mentalmente, hubo de romper en revuelta contra sus falsos amigos, apoderados ya del poder.

 

            Felizmente le detuvieron sus acompañantes en Ytú, casa habitación de Rivarola: Allá se había instalado con su escolta de caballería al mando de un coronel, con la banda de música que llevó de la Asunción, y un capellán castrense; con todo el tren, en fin, y el boato de una pomposa y brillante vuelta al poder!...

            Aquel pliego que recibió, con un contenido tan contundente y muy al contrario de lo que esperara y se le había prometido, fue la causa fatal para que Rivarola tomase la pendiente de una revancha hasta reconquistar el mando.

            Intentó primero tomar por asalto la Policía de la Capital; y fracasado allí, se retiró a los montes de Caraguatay y Barrero Grande, a hacerse de gente.

            El Gobierno declaró en estado de sitio aquellos pueblos, e hizo salir una fuerza para capturarlo. El jefe de aquella expedición, que era un coronel, visto que no podía tomar a Rivarola, volvió a la Asunción, herido en su amor propio, sin disimular propósitos de venganza contra él.

            Por último, el gobierno le ofreció toda seguridad y garantía a su persona y vida, para que saliese de los montes. Rivarola dio fe a la palabra oficial, y dejó aquella vida azarosa y errante, volviendo a la Capital.

            Una prima noche dirigióse a la casa particular del Presidente de la República, y una cuadra antes de llegar, fue muerto a puñaladas! Era en la víspera del nuevo año 78...

            Levantóse un proceso sobre aquel asesinato, que conmovió profundamente a la sociedad; resultó que sus autores eran militares...; complicado el jefe que no lo pudo antes capturar..., complicado también un General de la Nación...; el juez de la causa depuesto..., el proceso encarpetado..., todo quedó en nada!

            Yo era entonces cura de la parroquia de la Encarnación, de cuya feligresía era la familia del extinto; fuíme a murmurar sobre su cadáver yerto, exangüe, con la palidez de una cera de castilla, la oración de paz y eterno descanso a su alma!...

            Pocos días después, el aludido jefe de la expedición contra Rivarola, estuvo a verme en el curato a las 1.15' p.m. Me pidió le redactase un artículo para su publicación por la prensa, justificando su proceder relativamente a la complicidad que se le atribuía en aquel asesinato.

            En el público se susurraba ya así; le pedí disculpa de no poderle servir en tal sentido, y le dije: "Si Ud. tiene limpia su conciencia, recurra a los tribunales a sincerarse, acusando a los que le calumnian con semejante criminal imputación".

            Se despidió de mí con marcado desagrado; y al otro día apareció publicado, en uno de los diarios de la Asunción, un artículo en que se decía, que "el párroco de la Encarnación en lugar de calmar el dolor de las hermanas de Rivarola, era el que las instigaba a gritar furiosas contra los asesinos y cómplices del finado!..."

            Oh tiempos! ...

 

            Aceptada la renuncia del presidente Rivarola, quedó Don Salvador Jovellanos, Vicepresidente de la República, en ejercicio del Poder Ejecutivo.

            Nuevos tropiezos y persecuciones para mí!...

            Entre los ministros de Jovellanos, figuraba Don Carlos Loizaga con la cartera de Justicia, Culto e Instrucción Política. Aquel hombre ha dejado la más triste memoria por su ineptitud en materias del complicado ramo de su cartera, y por su fanatismo religioso, haciéndose hijo de confesión de Fray Fidelis, para seguir sosteniéndole en su caduca Vicaría Foránea, e impartiendo sus órdenes de persecución contra mí, hasta en el retiro de mi vida silenciosa en el campo.

            En efecto, no contento Loizaga con mandar al jefe político de Arroyos y Esteros, que lo era entonces el Sargento Mayor Marcelino Gamarra, para que no me permitiese entrar en la iglesia, ordenó también al presbítero José del Carmen Arzamendia, cura de Caacupé, que viniese aquí, y a su vuelta llevase clandestinamente el cáliz de la parroquia.

            Así lo hizo, para que se cumpliese la suspensión impuéstaseme por Fray Fidelis, no menos que la excomunión fulminada contra mí por aquel Rvdo., no embargante, que oficialmente estaba desconocido en su carácter de tal Vicario Apostólico, y su Gobierno de la Diócesis era ilusorio.

            Yo me dediqué entonces a labrar la tierra, para tener la satisfacción de decir con el Apóstol, techador de casas: "Estas manos, encallecidas por el trabajo, me han suministrado lo necesario para vivir, sin ser gravoso a nadie".

            Así pasé cerca de tres años.

 

            La administración de Jovellanos se hacía cada vez más insoportable por sus grandes dilapidaciones. De los empréstitos de millones de libras esterlinas, se habían ya repartido, cual si fueran bienes de difuntos.

            Por último, no pudo menos que provocar una revolución encabezada por el General Don Bernardino Caballero; y triunfante éste, cambióse la situación.

            Entonces fui llamado a la Asunción; y debo decir la verdad, acompañé a los hombres de la nueva administración hasta donde me era dado hacerlo.

            Habían sido mis camaradas en el curso de la magna lucha con las potencias aliadas, y eran mis amigos, compañeros en los reveces y vicisitudes de la vida; no me fue, pues, posible negarme de ellos en absoluto.

            Dirigí por poco tiempo el Colegio Nacional de la Asunción; llamé al presbítero Arzamendia, excelente latino, y le encargué esta asignatura con una buena retribución. Así le correspondí la sustracción del cáliz, que él no pudo menos que agradecérmelo, pidiéndome a la vez disculpa de su proceder entonces, a que fuera obligado.

            En esto vino también el cambio de la situación eclesiástica con el nombramiento del presbítero Manuel Vicente Moreno de Administrador Apostólico de la Iglesia del Paraguay.

            Esta provisión negoció en Roma el Sr. Gregorio Benítez, consiguiendo así el más feliz resultado de su alta misión.

            Vuelvo a recoger otro dato histórico relativo al nuevo Jefe de la Iglesia de la Sma. Asunción.

 

            "41: Presbítero Don Manuel Vicente Moreno Paraguayo, nativo de Limpio, cura y Vicario Foráneo de San José de los Arroyos, entró a gobernar la Iglesia del Paraguay con el título de Administrador Apostólico, desde el 22 de setiembre de 1873, mediante presentación hecha a la Santidad del Papa Pío IX, para dicho cargo.

            "Jamás la Iglesia de la Asunción se ha encontrado en situación más vidriosa, ni en más deplorable acefalia. Era en aquellos momentos el barquichuelo del pescador batido por las olas encrespadas al soplo de pasiones desencadenadas.

            "El incendio de la guerra que todo lo devora al paso que enciende inextinguibles odios en los ánimos y despierta insaciables la ambición y la avaricia en los espíritus, ha dejado al país en la más espantosa ebullición y mezcla informe de lo profano con lo sagrado, víctima de la influencia armada de los vencedores, para quienes todo era lícito: "nulla fides, nulla pietas iis qui castra sequntur". (Ninguna fe, ninguna piedad para los que habitan los campamentos).

            "En tal estado el clero nacional reunióse por convocatoria del Gobierno de la República -abril de 1871- para formar una terna de la que debía elegirse el que tenía que ser presentado al Romano Pontífice para Jefe de la Iglesia Paraguaya.

            "Aquel concurso eclesiástico elevó su terna al Honorable Senado de la Nación, buscando su acuerdo a ella, según estatuye la Constitución patria; y en esta terna entraba el Señor Moreno, cuyo nombre obtuvo del Santo Padre su confirmación y canónica institución.

            "La Iglesia de la Asunción con esta provisión respiró el aire bonancible de serenidad y paz, de unión y vida" (11).

 

            Más atrás queda dicho que nombrado de Administrador el Señor Moreno, me llamó a su lado e hízome secretario de la Curia Eclesiástica. Continué en este empleo hasta su muerte, acaecida el 30 de mayo de 1874, sucediéndole en el gobierno de la Diócesis por delegación que me hizo de sus facultades.

            Merece no olvidar que en esta sazón vino de la República del Plata el presbítero Dr. Antonio Espinoza, entonces secretario de la Arquidiócesis de Buenos Aires, en misión, se decía, y sin duda de parte del Metropolitano, ya que la Iglesia del Paraguay es sufragánea de ella; vino, pues, para arreglar esta Iglesia.

            En esa ocasión, y ex profeso, me retiré al campo, dando lugar a que el Señor Espinoza se agenciase libremente, sin que de ningún modo pudiese yo servirle de obstáculo, pero ni de pretexto siquiera, para no conseguir el objeto de su misión; porque, más que nadie, yo deseaba el arreglo de nuestra Iglesia.

            Y se decía también que el Dr. Espinoza venía dispuesto a hacer ese arreglo, dado que obtuviese la Mitra del Paraguay, para la cual tomaría carta de ciudadanía; pero, he aquí el fracaso. Apercibido de tal pretensión el Senado de la Nación interpretó el art. 3° de la Constitución, diciendo que el Jefe de la Iglesia Paraguaya debe ser ciudadano nativo.

            Con tal motivo volvió el Sr. Espinoza sin haber hecho nada; pero sí no poco disgustado y atribuyendo a influencia mía aquel paso dado por el Senado. Más tarde ha debido conocer, que Dios le tenía destinado no para ser obispo de la pobre y desmantelada Iglesia de la Asunción. Al presente es Arzobispo de Buenos Aires, su patria, con presunciones también de calar el capelo cardenalicio, que a estas horas suena para otro de los prelados sudamericanos, habiendo sido el primero de esa dignidad el del Brasil, Monseñor Arco Verde y Cavalcanti.

 

            Fue por entonces mismo, que también al Gobierno de la República le llegó una nota del Internuncio del Brasil referente a la administración interina de la Diócesis que yo ejercía, nulificándola, y citándome para ante el juicio de Dios en la eternidad.

            Friolera!... Pero, ¿cómo debía realizarse ese comparendo en vida ante Dios, para que el supuesto autor de aquella nota estuviese conmigo presente, acusándome sin duda...? "Mentira est iniquddas sibi" (Fue mentirosa y contra él su iniquidad).

 

            Por su forma inusitada, y el conducto misterioso de su venida, no por las vías oficiales, sino por manos privadas desde Buenos Aires, aquella comunicación fue sometida a un proceso ajustado; y con vista y parecer fiscal, el gobierno la retuvo en todo y cualquier efecto, que, a ser aún auténtica, pudiera producir contra la administración diocesana.

            Por mi parte la refuté, probando que era apócrifa. No obstante, y usurpando las palabras del profeta Jonás: "Si por mí viene esta tempestad, arrójeseme al mar"..., hice renuncia del empleo de Administrador ad ínterin de la Diócesis; y el gobierno acreditó una misión especial ante la Santa Sede, para nuevamente arreglar nuestra Iglesia.

            El ministro encargado de esta misión fue Don José del Rosario Miranda, que consiguió fuese nombrado Administrador Apostólico de esta Diócesis el presbítero Don Dionisio Riveros, por Su Santidad el Papa Pío IX en diciembre de 1877, y en enero del siguiente año entró en el ejercicio de aquel empleo, falleciendo en agosto del 79.

            El Señor Miranda obtuvo igualmente del Santo Padre el envío al Paraguay del Arzobispo de Nazianza Monseñor Ángel Di Pietro, en carácter de Nuncio Apostólico para que agenciase con el gobierno de la República la institución de un obispo, dignidad que recayó en el presbítero Don Pedro Juan Aponte.

            Las bulas de su institución fueron expedidas por el Pontífice León XIII, el más ilustre de los tiempos modernos; y en virtud de ellas el Sr. Aponte recibió el don de la consagración en octubre del 79 de manos del mismo Arzobispo Di Pietro, hoy cardenal de la Santa Iglesia Romana.

 

            Me cupo acompañar al Ministro paraguayo en su misión a Roma, sin formar parte de ella; pero adherido a su personal para los efectos del derecho internacional.

            En Roma a mi llegada encontré muy buena disposición en favor mío. Mi primer paso fue solicitar audiencia del Papa por intermedio del Cardenal Simeoni, Secretario de Estado de Su Santidad.

            Pío IX se encontraba entonces enfermo, de manera que no me fue dado verlo, y Simeoni me remitió a la Oficina de Asuntos Extraordinarios de América para allanar mis tropiezos.

            Pero, tras de mí habían llegado desde Buenos Aires tremendas informaciones que cambiaron luego aquella primera faz de buena disposición. El Santo Padre ordenó a la vez que yo hiciera ejercicios espirituales con los Pasionistas, sacerdotes dignos de toda veneración por su espíritu eminentemente caritativo, y cosmopolita. Diez días tardé en ellos.

            Mi causa entre tanto se había sometido a examen de los cardenales de la Santa Iglesia Romana, que, al efecto, tuvieron tres congregaciones. Entre ellos tomaba parte el Cardenal Franqui, prefecto del colegio de Propaganda Fide.

            Con este ilustre purpurado me puse en relación mediante que era amigo con el cónsul paraguayo en Roma, Señor Carlos W. Martínez, quien me lo presentó. "Amiguito, me decía Franqui, tenga Ud. paciencia; ya se le allanará todo. Hemos tenido tres reuniones sobre su asunto, sin resolverse aún, debido al mal estado de salud de Su Santidad. Enemigos muy tenaces había tenido Ud. en su país y en la Argentina. No importa, cuente Ud. siempre conmigo".

            Me retiré de su Eminencia lleno de la más grata satisfacción, prendada a la vez de su dulce amabilidad y fina cortesía. Había estado de Nuncio en España, y hablaba con toda fluidez y corrección el castellano.

 

            Terminados los ejercicios espirituales, el superior de los Trinitarios, sacerdote español, anciano venerable, se presentó al Colegio de los Pasionistas, y pidió entenderse conmigo. Me informó de la comisión que llevaba: era hacerme firmar tres puntos o condiciones para solucionar mi asunto. Sometíme a ello respetuosamente, sólo permitiéndome preguntarle, si la comisión emanaba de la Santa Sede, o de la Curia Romana. El Rvdo. Padre me dijo que era de la Santa Sede.

            He aquí los puntos indicados:

            1° No mezclarme en delante de ningún modo en la administración de la Diócesis del Paraguay.

            2° No obedecer como jefe de aquella Iglesia sino al que fuese instituido por la Santa Sede.

            3° Todos los actos de mi administración interina, nulos; pero quedan revalidados.

            Me incliné a estas condiciones, y firmé el papel que las contenía.

            Entonces comprendí que toda mi causa no había sido otra que el haber gobernado la Iglesia del Paraguay sin suficiente autorización, pues que no me bastaba la del Señor Moreno, según queda dicho.

            Que era muy notado de cesarista, me decía igualmente el P. Trinitario; y como tal respetando más la constitución del país que los cánones de la Iglesia. También que halagaba a los gobiernos del siglo, dando demasiada extensión a los supuestos derechos del patronato eclesiástico, que ellos se han arrogado, hasta nombrar Vicarios y Gobernadores de la Iglesia.

            Y a obviar en lo sucesivo todos estos reparos se dirigían los puntos por mí suscritos. Muy bien, fue mi última palabra.

            Ningún cargo se me hizo por haberme inmiscuido en los conflictos de la guerra en defensa de la patria; nada de las acusaciones levantadas contra mí por los rudos ambiciosos de la mitra del Paraguay, de cuyas cabezas de injerto había podido yo desviarla, para que cayese en las naturales de mis hermanos según la carne, por quienes, como decía San Pablo, me he hecho anatema.

 

            Veinte y dos años hacía que pesaba sobre mí aquella imposición de no mezclarme más en la administración de la Diócesis de mi patria. Nada más conforme con mi espíritu que esa prescindencia del régimen o administración de la Iglesia; pero importaba una pena, y ésta supone siempre una culpa, si no existente ya, todavía posible de reincidir en ella.

            Ni en tal concepto no quería sobrellevarla vitaliciamente; y es por eso, y protestando de nuevo no llevar ambición alguna, sino por la paz de mi alma, que me dirigí a Roma por una solicitud in scriptis, pidiendo el levantamiento de aquella imposición en cuanto implica una pena.

            Encargado iba de presentarla al Santo Padre, mi dignísimo y joven prelado Monseñor Juan Sinforiano Bogarín, cuando en 1899 dio su primer viaje a Roma para visitar el sepulcro del príncipe de los Apóstoles.

            Desde la ciudad eterna tuvo la bondad de anunciarme haber ya conseguido la gracia pedida y a su vuelta me trajo la providencia pontificia, que conservo en mi poder.

            Al presente, pues, me encuentro en plena libertad para expedirme sin limitación en todos los oficios del ministerio sacerdotal; sin embargo, apenas sigo desempeñando el curato de mi pueblo natal, en completa prescindencia de todo lo que diga relación con el gobierno de la Diócesis de mi patria.

 

            Una vista retrospectiva. A mí vuelta de Roma, el provisto nuevo Administrador de la Iglesia de la Sma. Asunción, presbítero Riveros, me nombró Cura de la Encarnación en reemplazo del presbítero Mariano Aguiar, que pasó a ser párroco de San Roque; ambas iglesias de la Capital.

            Este nombramiento respondía a un propósito... y fuerza me fue aceptarlo, para dar pruebas que obedecía al que estaba instituido Jefe de la Diócesis por la Santa Sede. Era una de las condiciones que se me impuso en Roma; pero, pasado un tiempo, once meses después, renuncié al curato, para no quebrantar la otra imposición de "no mezclarme nullo modo en la administración diocesana".

            El ministerio parroquial es uno de los resortes más primordiales del régimen o gobierno de una Diócesis; y ofrécense casos en su desempeño, que pueden arrastrar a un párroco a inmiscuirse en la administración, siquiera no fuese sino para sincerarse en su proceder, o salvar los derechos de su iglesia y feligreses.

            Quidquid sit, me decía en frase de Cicerón; pero en lo cierto que me sentía preso de un no sé qué de temor, no pueril, por cierto. La experiencia de persecuciones tantas, con enemigos tan gratuitos como tenaces y todavía en acecho sobre mí, me hizo seguir el consejo del Apóstol: "abstinete vos ab omni specie mala"; había que huir hasta de la sombra del mal.

            Para presentar la renuncia me retiré primero del curato, dejándolo al cuidado del presbítero Dr. Don Facundo Bienez, español, quien lo desempeñó en mi ausencia y mientras hubo provisión de un reemplazante mío.

            Consigno aquí mi gratitud a aquel sabio sacerdote, que tanto servicio me ha prodigado, y no sólo a mí, sino al país entero, formando toda una generación de intelectuales, como profesor que fue en el Colegio Nacional de la Asunción.

 

            Mi renuncia provocó una serie de notas con el Señor Administrador Riveros, que no quiso aceptármela, hasta que, por último, me ordenó, bajo santa obediencia, que volviese a mi curato.

            Tendría tal vez su razón, inspirado como estaba por el Internuncio Monseñor Di Pietro; pero yo me sostuve, aduciendo respetuosamente las palabras del Ilmo. Bossuet, que decía: "La obediencia no debe ser tan ciega que nos lleve a quebrantar el dictado de la conciencia".

            Y la mía -expuse en mi respuesta- no me permite afrontar el peligro de desobedecer a la Santa Sede, en obsequio al inferior, como es un Administrador Diocesano.

            Por fin, hubo de aceptárseme la dimisión del curato de la Encarnación, mediante la interposición del presidente de la República, Señor Cándido Bareiro, que me escribió pidiéndome que fuese a ocupar el púlpito de la Catedral el 15 de agosto, día de la Asunción de María, patrona titular del Obispado.

            Agradeciendo tan honrosa invitación, le dije que iría a llenar su pedido toda vez que fuese aceptada mi renuncia, hasta entonces pendiente. El Sr. Administrador me la mandó, quedando desde entonces sin curato alguno, hasta mucho tiempo después; ya siempre en el silencioso retiro de mi pueblo natal.

 

            Mis convecinos de Arroyos y Esteros solicitaron mi concurso para establecer una escuela de primera enseñanza, donde fueran educados sus hijos; me presté a ello con tanto mayor gusto cuanto que era deplorable el completo abandono en que vegetaba la lozana juventud, esperanza de la patria.

            Nos pusimos, pues, a levantar las casas escolares desde los primeros meses del año 1880, sin auxilio alguno de parte del gobierno de la República; y el 4 de octubre de aquel mismo año, día del patriarca de los pobres, el bienaventurado Francisco de Asís, patrón titular de este pueblo, se inauguró la escuela con 120 niños matriculados.

 

            En el discurso de inauguración constaté mis ideas y presentimientos; después de indicar brevemente el plan de educación y enseñanza que me proponía seguir en la escuela, dije lo que sigue:

            "Hubiérame excusado de entrar en más detalles de mi propósito, y fiar sólo al porvenir la justificación de sus resultados; tranquilo me permitiría esperar, sin jactancia ni temeridad, que fueran cuales fuesen esos resultados, al menos, si no del todo satisfactorios, ellos serán bastantes a comprobar mi afanoso anhelo y decidida buena voluntad en bien de este pueblo, donde hace medio siglo, vi por primera vez la luz del día, y en donde descansan los restos venerados de mis padres, con quienes quiero también descansar en pos de tantos sinsabores y trabajos que remolcada llevan mi triste vida.

            "Espero aún más: Cualesquiera que sean los frutos que diere este Establecimiento, que hoy comienza bajo mi dirección, y que, acaso mañana, tendrá sin duda sus variaciones bajo otros giros, espero merecer de mis nobles convecinos, la benévola indulgencia de no maldecir el recuerdo de mi pobre nombre, asociado ya a su escuela pública, como asociado estaba a su templo católico, cuya dedicación hace más de cuatro lustros me cupo también la suerte de realizar.

            "No obstante, y queriendo por mi parte haceros comprender la importancia que desde ya doy a la educación y enseñanza de la juventud, siquiera no sea por ahora más que primaria, voy a desarrollar, con la brevedad posible las razones de esa importancia, fundándome en ellas mismas para llevar por norte y procurar formar en los niños el espíritu de religión y libertad, de manera a hacer de ellos ‘hombres de fe y ciudadanos de virtud’, capaces y dignos de un futuro honroso y útil ante Dios y sus semejantes".

 

            Y continué diciendo: "Debo este esclarecimiento, no tanto por vosotros que siempre me habéis dispensado toda simpatía y confianza; y no es mucho me confiéis hoy la dirección y cuidado de vuestros hijos como a Preceptor, cuando ayer como el Pastor no rehusabais la dirección y cuidado de vuestras mismas almas; lo debo, pues, por aquellos, que natural es suponerlo, irán tomando notas de esta última faz que doy a mi vida de retiro y aislamiento; y por la que, no desconozco, he vuelto a pisar una línea resbaladiza de responsabilidad ante el juicio contemporáneo, cuyos fallos, por desgracia para mí, no siempre han podido ser conformes con mis sanas intenciones.

            En la grande y prodigiosa obra de la humana reparación, la piedra desechada por los antiguos arquitectos -Lapis ofensionis- llegó a ser la base fundamental del edificio divino; en la difícil y laboriosa regeneración de la Patria, en que todos sus hijos deben contribuir con la arena de su posibilidad -¿No podré yo, piedra ladeada por los modernos edificadores, servir de ripio al menos en este ángulo de la juventud de mi pueblo natal, para levantar el pequeño edificio de su educación y enseñanza primaria; tan descuidada hasta el presente?"

            Todavía más: "No pretendo, -decía también- sino echar su cimiento, para que otros vengan a edificar sobre él; mis miradas no se extienden más que a un corto número de días o momentos; lo demás cubierto está con una nube impenetrable.

            Puede ser que aún halle pasajes difíciles de atravesar, penas y peligros diferentes que sufrir; sea! ...

            Los aguardo sin inquietud. Tengo fe en la Providencia, descanso en la convicción de mi conciencia; y si mi suerte está echada, la considero tan indubitablemente ventajosa, que ni tampoco deseo evitarla.

            Que sea siempre trabajosa, el fin es la paz; que sea siempre oscura, día vendrá en que se disiparán sus tinieblas!... Me coloco, pues, con una tranquilidad llena de placer al frente de la Escuela pública de Arroyos y Esteros; y mi confianza, llena de fe, espero no será expuesta a la confusión, porque reposa en Dios".

 

            Al través de 30 años hago estas transcripciones, para demostrar una vez más la vidriosa situación en que me encontraba, debido a la suerte tan tenazmente cruel de mi contrariada existencia; pero, también la fe inquebrantable en la divina providencia, para no entregarme al desaliento, mucho menos al pesimismo enervante, que conduce a la desesperación.

            Bien pronto aquellos presentimientos de mi alma se dejaron perfilar horribles! Por más que esperaba dificultades y tropiezos en la marcha escolar, nunca creí que rayasen hasta el extremo de un salvajismo increíble!

            No pensé al menos que hubiese corazones tan degenerados, de tan negras palpitaciones contra un establecimiento inofensivo, asilo de la inocencia, como es la escuela; pero, tal odio y barbarie no eran, sin duda, directamente contra ella, sino contra su fundador y director gratuito, para habérsele prendido fuego.

            Cuatro incendios continuados, soplados por agentes de la perversidad, me obligaron a dejar la escuela y retirarme de la Capilla. Fuime otra vez a labrar la tierra!

 

            Pasaron como dos años, y mis convecinos volvieron a traerme; no me hice del rogar con ellos, sabiendo la procedencia de aquellos incendios, que obedecían a maquinaciones de antiguos enemigos, y con ellos, algún desgraciado de entre nosotros, que se les prestó a ser ciego e inconsciente instrumento.

            Nueva ocasión para mí, en que usurpé la sublime deprecación del Crucificado: "Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!"

            Volví, pues, al pueblo, y otra vez me dediqué a la enseñanza de nuestra juventud, hasta el año de 1900, en que, atacado de una grave enfermedad, me separé de la escuela; ya que, por otro lado, el General Escobar, siendo presidente de la República, la había nacionalizado en 1886, para que tuviera maestros a sueldo.

            Muchos son los jóvenes que salieron aprovechados de mi escuela; y algunos de ellos que continuaron sus estudios en establecimientos superiores, hacen ahora honor al foro paraguayo y al clero nacional.

 

            Después de seis años que la había dejado, es decir en 1906, volví a tomar la dirección de la misma escuela, clasificada hoy de Elemental Doble, para cooperar, al propósito de levantarla nuevamente del estado de completa destrucción y abandono en que por la incuria del tiempo, y la fatalidad de repetidas luchas fratricidas, ha venido a encontrarse.

            Cierto es que, cuando Marte vela, Minerva duerme.

            Al presente sigue funcionando con tal cual regularidad; pero, cada vez más resentida de falta de recursos y del decaimiento del espíritu público en pro de la educación y enseñanza de la juventud.

            En tal ejercicio me encuentro a la edad de 82 años, modulando con el divino Redentor: "Dejad a los niños que vengan a mí."

 

            El 25 de noviembre de 1910 tenía que hacerse la transmisión del poder presidencial de la República, que venía ejerciendo el Vicepresidente Señor González Navero desde la caída del General Benigno Ferreira por el golpe del 2 de julio de 1908, encabezado por el Sargento Mayor Albino Jara.

            El candidato electo a ocupar la Primera Magistratura de la Nación era el Señor Manuel Gondra, eminente ciudadano que reunía en sí las simpatías y esperanzas del pueblo para hacer un buen gobierno.

            Varios amigos míos, y principalmente mi ilustre prelado Monseñor Bogarín, se interesaron conmigo para que fuese a ocupar el púlpito de la Catedral en ocasión de aquella transmisión.

            No supe excusarme de estos anhelos de la amistad, y acepté la invitación, si bien honrosa para mí, pero también de difícil desempeño en momentos de una actualidad política, asaz complicada y vidriosa; tanto más para un orador ultra octogenario y de largos años retirado al silencio de la vida en el campo, apenas entretenido con la educación y enseñanza de la niñez.

            Terminados, pues, los exámenes escolares de fin de año -del 15 al 20 de noviembre- bajé a la Asunción, y grato me fue exteriorizar mis sentimientos patrios en aquel acto tan solemne, a la vez de comprobar mi adhesión al Señor Gondra con votos muy ardientes por su felicidad y acierto al empuñar el timón de la nave desmantelada del Estado.

            Era por tercera vez que me cupo acompañar a un presidente en el día de su exaltación al mando supremo de la República. (12).

           

            He recorrido ligeramente los principales episodios de una existencia de más de diez y seis lustros, en su máxima parte por demás accidentada, y en ocasiones tocando a extremos de peligros y exquisitos sufrimientos, tales de que sólo la Providencia ha podido salvarme!

            Y dejo estos recuerdos a mi sobrina Mercedes R. Maíz, para después de mis días.

 

            Arroyos y Esteros, Diciembre 31 de 1910

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS

 

(1) Mi hermana

(2) Nos acabamos, quedamos ya huérfanos, ha muerto nuestro Supremo Señor!...

(3) El 24 de abril de 1853, día del Santo de mi nombre, que cayó aquel año en Domingo; ofrecí mi sacerdocio al glorioso Fidel de Sigmaringa, proto-mártir de Propaganda Fide.

(4) Breve Reseña Histórica de la Iglesia de la Sma. Asunción del Paraguay: Por una comisión de dos sacerdotes: Año 1899.

(5) Recién después del 22 de Setiembre supe que a López se le había elevado a Mariscal, grado supremo militar en el Paraguay.

(6) López apenas tendría 15 años cuando ya fue Coronel, y organizó la Guardia Nacional; y 17 a 18 años cuando asumió a Brigadier General con mando en Jefe del Ejército paraguayo, en operaciones fuera del país. En seguida fue nombrado Ministro de Guerra y Marina, y levantó la fortaleza de Humaitá, donde tenía disciplinada una fuerza de más de 12 mil soldados de las tres armas.

(7) Era en las lecciones del Breviario que leía aquella parte de la historia sagrada del Antiguo Testamento, que nunca pude conseguir para completar la Biblia.

(8) Esos graves crímenes y culpas reservadas, de que ya se ha hablado más atrás, consisten en haberse encontrado obras prohibidas en mi biblioteca, y el retrato de Lutero en mi escritorio. También la expresión mía "Para cuántos serán dobles estos repiques ", expresión que se me escapó al volar las campanas con el estampido de los cañones por la elección a la Primera Magistratura de la Nación del joven General, más tarde Mariscal, D. Francisco Solano López.

- "Oh tempora, oh mores!"

(9) Fray Fidelis hizo un novenario a Sta. Cecilia, y rezaba por el alma perdida del Padre Maíz y al decir esto sus devotos cofrades debían apagar una vela, en señal de mi perdición; sugerencia del mismo Fraile.

(10) Me refiero con esto al sacerdote, que en la época de mi caída en prisión, era cura párroco de San Roque, y en un Sermón que predicó desde su púlpito, dijo que yo en vida estaba ya condenado en los infiernos. Y Dios ha querido que él viviese todavía y tuviese la ocasión de verme libre, sin duda, admirado de haber salido de los infiernos, y predicando desde el mismo púlpito.

(11) Breve Reseña Histórica..., ya citada.

(12) Cuando D. Juan Bta. Gill en 1874, y el General Patricio Escobar en 1886 subieron a la presidencia de la República, ocupé también el púlpito de la Catedral. Mis discursos de entonces fueron impresos como el de esta última vez, que ahora agrego a esta memoria de mi vida, no por otra cosa que por ser mí despedida de la oratoria en la Capital de mi patria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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