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TOMAS DE LOS SANTOS


  LA REVOLUCIÓN DE 1922 – TOMO II (TOMAS DE LOS SANTOS)


LA REVOLUCIÓN DE 1922 – TOMO II (TOMAS DE LOS SANTOS)

LA REVOLUCIÓN DE 1922 – TOMO I.

Autor: TOMAS DE LOS SANTOS.

Editorial EL LECTOR,

Tapa LUIS ALBERTO BOH,

Colección Histórica Nº 15

Asunción – Paraguay

1984 (208 páginas)

 

 

PROLOGO

En un trabajo serio y documentado aparecido recientemente un historiador y economista compatriota sostiene que hasta no hoce todavía mucho tiempo era casi imposible hablar “de una historia económica del Paraguay”; al menos "en una perspectiva que supere las limitaciones de la tradición historiográfica basada en el mero manipuleo de nombres y fechas, y de cierto tipo de ensayo político que busca en la historia las armas para combatir el presente"1/

Gran parte de la producción histórica paraguaya, sobre todo de aquella escrita por connacionales, padece del vicio del "ensayismo" político motivado en intereses partidistas antes que en la búsqueda del conocimiento científico que es siempre perfectible y nunca verdad revelada,

Un ejemplo de este tipo de literatura histórica es el libro La Revolución de 1922 cuyo segundo tomo aparece ahora. La obra pertenece a la pluma de Tomás De los Santos, periodista de vasta trayectoria en Asunción durante las primeras décadas de este siglo, y activo participante además en la política criolla. Por cierto que a De los Santos no se lo puede calificar de presuntuoso puesto que con encomiable espíritu autocrítico y sentido común (monedas de escasa circulación entre la inteligencia paraguaya) aclara en un breve epilogo que "el contenido del folleto, como claro se ve, no es sino una recopilación, más o menos ordenada, de noticias y datos referentes a los sucesos de la subversión chirifista -bélicos en su inmensa mayoría: datos y noticias que fueron dados a la publicidad, muy poco inéditos . . . Entendido que somos los primeros en reconocer la ninguna importancia de esta pretensa obrita, carente en absoluto del más mínimo valor literario, sin la pretensión (sic), menos aún, de la más humilde contribución histórica" 2/

Ahora bien, siendo notorias incluso para su autor las deficiencias de La Revolución de 1922 difícilmente podría decirse que la obra carece por completo de valor para el conocimiento desapasionado de nuestro pasado reciente, A medias crónica periodística y a medias alegato político “gondrista”; y dejamos sin considerar sus limitaciones literarias comprensible para la época y el nivel del autor, el trabajo de De los Santos sin duda alguna ayuda a plantear una serie de interrogantes sobre la inestabilidad política del Estado liberal paraguayo que fue implantado en nuestro país al término de la cruenta guerra contra la Triple Alianza, ¿Qué significado tiene el levantamiento de 1922 encabezado militarmente por el coronel Chirife e instigado por un líder civil, el ex-presidente Eduardo Schaerer? ¿Cuál es en términos sociológicos una posible interpretación de esa movilización subversiva?

¿En qué contexto sociopolítico y económico se inscribe dicha coyuntura? Estas son algunas de las preguntas que genera la lectura de La Revolución de 1922 y sobre las cuales es posible reflexionar con la ayuda de otras fuentes históricas,

La historia anecdótica es bastante conocida: el 22 de mayo de 1922, el presidente provisional Eusebio Ayala vetó de acuerdo con sus atribuciones una ley emanada del Parlamento convocando a la constitución del Colegio Electoral (en esa época y hasta bastante tiempo después los comicios nacionales eran indirectos, con todo lo que ello implicaba de merma para el ejercicio de la democracia) a fin de designar presidente y vicepresidente de la República, En opinión de Alfredo M, Seiferheld, el "veto provoca la reacción militar de la zona de Paraguarí al mando del coronel Adolfo Chirife, al que se pliega de inmediato la fracción schaerista del Partido Liberal (que abandona la capital para unirse a la revolución), así como la zona militar de Concepción al mando del teniente coronel Francisco Brizuela, la de Villarrica a cargo del coronel Pedro Mendoza y un destacamento militar de Encarnación, El 29 de mayo de 1922, Eusebio Ayala retira apresuradamente el veto pero ya es tarde, Los fuerzas rebeldes se concentran en Campo Grande y entran en contacto con las gubernistas dirigidas por el coronel Manlio Schenoni"3/.

En realidad, la convocatoria a elecciones indirectas por parte del Congreso era una maniobra de los "schaeristas", quienes dominaban en ese poder del Estado apoyados por los colorados "participacionista", para llevar a palacio al coronel Chirife, En ese momento el senador Schaerer no podía aspirar directamente y sin ciertas dificultades a la primera magistratura en virtud del artículo 90 de la Constitución de 18704/, y además su figura política se había vuelto muy controvertida, sobre todo luego de las presiones que motivaran poco tiempo antes la renuncia de Manuel Gondra a su segunda presidencia, Debido a estas razones, Schaerer y sus partidarios hicieron candidato a Chirife, en quien velan a alguien `manejable'; lo que inesperadamente Eusebio Ayala (quien sucedió a Gondra como presidente provisional) estaba demostrando que no era,

El que al estallido de la rebelión 5/ Eduardo Schaerer estuviera convaleciente de una grave enfermedad, no quiere decir que el caudillo liberal y ex-mandatario permaneciera al margen de la insensata aventura que precipitó al país a una cruenta guerra civil de 14 meses de duración, Al respecto, Arturo Bray sostiene que "Chirife y Mendoza -espoleados por sus mentores civiles- imponían como condición (para cesar las hostilidades) la renuncia del presidente Ayala y una inmediata convocatoria a elecciones presidenciales, o sea, la presidencia en puertas del primero de los nombrados, que era el desquite que buscaba cobrarse el "schaerismo" por su descomunal fiasco del 29 de octubre" 6/. Es decir, cuando la dimisión de Gondra en 1921. Por consiguiente, desde el momento en que Schaerer habla alentado la subversión contra las autoridades constitucionales, poco importaba que hubiera participado directamente o no en el levantamiento chirifista,

El libro de De los Santos pone en evidencia con claridad la situación de inestabilidad y crisis política permanente en que se debatía el precario Estado liberal en Paraguay, Entre 1910, cuando Gondra asume por primera vez y 1923, año de la renuncia de Eusebio Ayala, desgastado por la contienda fratricida, para no ir más lejos, a nivel de la escena oficial en la política paraguaya se suceden nada menos que diez mandatarios, A su vez, ese convulsionado periodo incluye la etapa de 1910 a 1912, “época más anárquica de nuestra historia” como dice Osvaldo Kallsen7/ basándose en la increíble cantidad de mandatarios que pasaron fugazmente por el sillón presidencial: Emiliano González Navero, Manuel Gondra, Albino Jara, Liberato Rojas, El Triunvirato, Liberato Rojas, Pedro P, Peña, Emiliano González Navero y, finalmente, Eduardo Schaerer a partir de 1912 y hasta 1916,

¿Exacerbada temperamentalidad de los paraguayos? ¿Ejemplo de los "excesos tropicales" que la prensa norteamericana muy superficialmente bautizó alguna vez con el término descriptivo y despectivo de "república bananera"? Ocurría, nada más y nada menos, que la vida política paraguaya no terminaba de estabilizar una institucionalidad auténticamente democrática, cuya principal característica es un Estado capaz de cobijar en su interior a la diversidad de grupos y sectores sociales y políticos que integran la nación, sobre la base de mecanismos consensuales respetados de manera escrupulosa por todos, De ahí entones, coda vez que algún caudillo se sentía desplazado del manejo de la sociedad política, siendo tan débil además nuestra sociedad civil, se recurría al procedimiento de golpear las puertas de los cuarteles en busca de algún Chirife dispuesto a "defenderla Constitución", Sin más trámites, el poder de la fuerza.

La habitual crisis de legitimidad del Estado liberal en el país, porque no de otro cosa se trataba, adquiría una gravedad inusitada cuando coincidía con una crisis en la élite gobernante que es por ciento lo que estaba corroyendo (bajo la forma del antagonismo entre saco pucú o gondrismo-guggiarismo, y saco mbyky o schaeristas) al Partido Liberal en el poder desde 1904, manifestándose al final como la convulsión militar-cívica de 1922, Esa “crisis en las alturas”; sin resolución y el relegamiento de los intereses de las mayorías desposeídas, a lo que se sumó la crisis del Estado actualizada por la guerra del Chaco, conducirían años después al golpe militar con apoyo popular de febrero de 1936,

Tal vez con las palabras de Carlos Fuentes podamos explicar mejor nuestra perspectiva, Para el escritor mexicano, la América Latina nació dos veces: del espacio en el siglo XVI, del tiempo en el siglo XIX, Las revoluciones de independencia que nos separaron de España entre 1810 y 1921 propusieron sistemas legales que habrían de acercarnos apresuradamente a nuestros modelos de progreso y bienestar:

Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, Pero, si Europa fracasó al convertir a la América Latina en su utopía, América Latina también fracasó al convertir a Europa en la suya, La calidad legal del Due Process británico o del Código de Napoleón al Paraguay o Guatemala no aseguró su vigencia, Lejos de ello: la caricatura del país legal sólo acentuó el divorcio del país real, empecinadamente colonialista, despótico, patrimonialista"8/.

Pero regresemos a la visión que sobre la coyuntura de 1922 aporta De los Santos, Decíamos más arriba que su libro es campo fértil para problematizar respecto de una etapa todavía cercana de nuestra historia política, Ahora queremos referirnos superficialmente a un par de aspectos que, o no están mencionados en La Revolución de 1922, o si aparecen lo hacen apenas de una manera anecdótica. Ejemplo de lo primero es que tan solo dos años antes de la asonada rebelde la economía paraguaya experimentó una fuerte recesión inducida por un cambio brusco en el mercado europeo. Esto produjo un colapso bancario y monetario que resultó en la quiebra de dos importantes bancos de Asunción; el de España y Paraguay y el Mercantil9/. De los Santos no menciona tal hecho que probablemente pudo haber influido como antecedente de la revuelta del schaerismo enrareciendo el ambiente social, ya sea intranquilizándolo o estimulando el descontento.

El otro aspecto, que todavía debe ser investigado por los historiadores para conocer las proyecciones e implicancias reales que tuvo, y que fue apenas mencionado por De los Santos, es el importante respaldo de la Liga Marítima al presidente Ayala una vez comenzadas las hostilidades por parte de Chirife, Brizuela y Mendoza, Dice De los Santos que cerca de mil hombres de esta fuerte entidad social obrera (la Liga Marítima), concurrieron como voluntarios y se puede afirmar que su valioso concurso fue el que dio el primer rotundo golpe de gracia a la subversión encabezada por Chirife y Mendoza "l0 /

Está fuera de toda duda que La Revolución de 1922, cuya segunda y última parte la Editorial El lector presenta en este momento al público, se inscribe dentro de esa tradición historiográfica que en palabras de Lorenzo N. Livieres B. privilegia “la crónica de hechos o autores político-militares, en algunos casos narrados en prosa de elevada tensión emocional'; punto de vista ajeno por completo a aquél basado en pautas e hilos conductores categoriales", algo que, solamente puede lograr el historiador recurriendo a las ciencias sociales contemporáneas: la Sociología, la Politología, la Economía, la Antropología Cultural y otras ciencias auxiliares 11/ Sin embargo, si tenemos en cuenta las limitaciones que el mismo De los Santos encuentra a su crónica, tampoco vacilamos en afirmar que este libro es una fuente de obligada consulta capaz de suscitar ya lo hemos dicho- no pocos interrogantes sobre un período de la historia nacional, Y eso es algo que nadie puede despreciar, sobre todo si tenemos en cuenta que el conocimiento científico tiene un ineludible paso inicial en la capacidad humana de problematizar sobre la realidad,

JOSÉ LUIS SIMÓN G.

 

1/      Juan Carlos Herken Krauer, El Paraguay Rural entre 1869 y 1913, Contribución a la historia económica regional del Plata, Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, Asunción 1984, primera edición, p. 16.

2/      Tomas De los Santos, La Revolución de 1922 (primer tomo), El Lector, Asunción, 1984, p. 207.

3/      Alfredo M. Seiferheld, "Prólogo", en De los Santos, op, cit, p, 7,

4/      "El Presidente y Vice-Presidente de la República durarán en sus empleos el término de cuatro años, y no pueden ser reelegidos en ningún caso, sino con dos periodos de intervalo". Véase Luis Mariñas Otero, Las Constituciones del Paraguay, Ediciones Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, Madrid, 1978, p, 165,

5/      Porque se trató de una rebelión y no de una revolución sociológicamente hablando: "La revolución es la tentativa acompañada del uso de la violencia de derribar a las autoridades políticas existentes y de sustituirlas con el fin de efectuar profundos cambios en las relaciones políticas, en el ordenamiento jurídico--constitucional y en la esfera socioeconómica. La revolución se distingue de la rebelión o revuelta, pues esta última está generalmente limitada a un área geográfica circunscrita, carece en general de motivaciones ideológicas, no propugna una subversión total del orden constituido sino un retorno a los principios originarios que regulaban las relaciones autoridades político--ciudadanas, y apunta a una satisfacción inmediata de reivindicaciones políticas y económicas, La rebelión puede por tanto ser aplacada tanto con la sustitución de algunas personalidades políticas como por medio de concesiones económicas..."; en Norberto Bobbio y Nicolás Mateucci, Diccionario de Política, 2 vals., Siglo XXI, 1982, primera edición en español, II: pp. 1458 - 1470,

6/      Osvaldo Kallsen, Historia del Paraguay contemporáneo: 1869-1983, Asunción, 1983, p, 121,

7/      Para el pensamiento político moderno, desde Hobbes a Hegel, la sociedad política es sinónimo del Estado, Entendemos el concepto de sociedad civil en el sentido gramsciano, es decir, "en el sentido de hegemonía política y cultural de un grupo social sobre toda la sociedad, como contenido ético del Estado". Una excelente introducción sobre el tema es la de Norberto Bobbio, "Gramsci y la concepción de la sociedad civil", en Luciano Gallino y otros: Gramsci y las ciencias sociales, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978, quinta edición, p p, 6b-93,

8/      Carlos Fuentes, "América: una Utopía de Europa", en Humboldt, Bonn, 79: 1983, p, 24.

9/      Juan Bautista Rivarola Paoli, Historia Monetaria del Paraguay, Asunción, 1982, p. 292,

10/    De los Santos, op, cit„ p, 21.

11/    Lorenzo N. Livieres B., "Una historia singular", en Ricardo Caballero Aquino: La segunda república paraguaya: 1869-1906. Política, Economía y Sociedad, Arte Nuevo-Editores, Asunción, 1985, pp. 19-20.

 

 

ASUNCIÓN, ENERO 18 DE 1923.

SEÑOR PRESIDENTE:

Acuso recibo del atento oficio de fecha 13 del corriente que la Presidencia del Partido Liberal Radical se ha servido enviarme, transmitiéndome las felicitaciones que por unanimidad de vo tos se ha acordado en el Directorio de esa Asociación Política a los jefes y oficiales, que ante la última sublevación militar cumplimos nuestros deberes de soldados, logrando con ello evitar que se consumara un inaudito atentado a los Poderes legalmente constituidos.

La actitud asumida por los Jefes, Oficiales y Cadetes de la Escuela Militar, que se agruparon en los tristes días de mayo y junio, en torno a la majestad de su compromiso sagrado, jurado ante la bandera nacional, conceptúo señor Presidente, como el más digno ejemplo que ha dado a la República una oficialidad joven frente a quienes irguiéndose como salvadores de las instituciones patrias, sólo renegaron de sus deberes de soldados para entrar en el campo de las deliberaciones políticas, olvidando que "la fuerza es esencialmente obediente y que ningún cuerpo armado debe deliberar". Y que este olvido, señor, ha rememorado a la faz de la República y presentado ante una juventud todavía inocente, nefastos recuerdos de nuestra infancia democrática, allá cuando a cuartelazos se erigían autoridades, que de constitucionales sólo tenían la careta de un carnaval político.

El triunfo del ejército joven tiene dos grandes significados:

1ª) dejar en relieve que la cultura nacional del Paraguay, aunque rudimentaria todavía, desprecia y rechazará en lo sucesivo los gobiernos surgidos de cuartelazos e incubados por cuarteleros;

2°) Que el joven ejército consagra por primera vez a la faz de la República el poder y la fuerza de la moral que se enseña en nuestra Escuela Militar, y que aunque fue combatida por quienes comprendiéndola no la deseaban, que la cultura y el progreso de la República quiere para su garantía, oficiales que piensen y obren como se enseña en la Escuela Militar, y cuya traducción es el invocado principio: "La fuerza es esencialmente obediente; ningún cuerpo armado debe deliberar".

En el cargo con que el Supremo Gobierno me ha honrado, me esforzaré en afianzar esa moral, porque es la única prenda que dará garantías de paz y de progreso, y no dudo que los ciudadanos que anhelen el progreso individual y colectivo, mediante esfuerzos nobles acompañarán de corazón a este propósito que, si no es nuevo en el país, nunca se ha presentado más patente en el símbolo de su fuerza: el Ejército.

Al agradecer a1 señor presidente, y por su intermedio al Directorio de la Asociación Política que preside, aprovecho esta oportunidad para saludar muy atte.

MANLIO SCHENONI L.

Coronel y Ministro de G. y Marina

 

 

 

AL SEÑOR PRESIDENTE DEL PARTIDO LIBERAL RADICAL

D. BELISARIO RIVAROLA

PRESENTE

 

Ascensos en el ejército - Por decreto del 22, son ascendidos al grado inmediato superior, los siguientes oficiales: a mayores los capitanes Eliseo Céspedes y Ramón Ortiz; a capitanes los tenientes 1º. Arturo Bray, Salvador García Soto; a tenientes 1º los tenientes 2º. José D. Jara, Paulino Ántola, Higinio Morínigo, Vicente Machuca y Rogelio Chenu Bordón y a tenientes 2º los guardiamarinas Manuel T. Aponte y Pedro Ros.

Bajo todas los conceptos, fueron acreedores de esa recompensa, tan dignos oficiales.

 

MANIFIESTO DEL PARTIDO RADICAL

 

La importancia de este documento histórico, nos releva de todo comentario. Basta con su lectura:

La Comisión Central estima oportuno dirigirse a los correligionarios de la república para llevarles la voz de orden y su sincero reconocimiento por la abnegación probada en la valiente defensa de las instituciones de la nación.

Los antecedentes de la conducta y actuación del directorio fueron expuestos en los dos manifiestos del 2 de Noviembre de 1921 y 16 de Febrero del año pasado, suscrito el primero por la representación parlamentaria radical, y el segundo por la Junta Directiva creada por acefalía de la autoridad central y cuyos actos fueron aprobados por la Convención.

La asociación ha llevado una norma de conducta digna e invariable en la defensa de los principios cardinales del partido, en todas las emergencias, desde los desgraciados acontecimientos que dieron en tierra con la patriótica administración de don Manuel Gondra, y que motivaron la honda crisis partidaria, cuya solución ha tenido que librarse al violento choque de las armas, magüer nuestra actitud conciliadora y eminentemente pacífica. El Partido Radical hizo supremos esfuerzos por evitar la guerra, y, si a ella se ha llegado, culparse a quienes la alentaron y provocaron en la certeza, seguramente del triunfo, pero sin ideales ni causas que pudieran justificarla. La Historia juzgará con mayor severidad a los fementidos mentores de la última contienda civil que el radicalismo se empeñó en evitar ofreciendo su apoyo y el concurso de sus afiliados.

Planteada la crisis partidaria y reconocida la Junta Directiva como autoridad puso todos sus afanes en la tarea de la reorganización partidaria, segura de que el triunfo correspondería a quienes mejor disciplinaran sus fuerzas alimentándoles con el respeto a la tradición y el acatamiento de los principios que sirven de fundamento básico a la asociación ciudadana.

El primer punto de esta labor tesonera e inteligente fue la convención, realizada el 14 de mayo del año pasado, que con justicia puede calificarse de hermosa fiesta cívica. La inmensa mayoría de las comisiones departamentales de la campaña y la unanimidad de las comisiones de las ciudades, concurrieron por intermedio de conspicuos correligionarios, a renovar su fidelidad al histórico partido y a fijar las normas fundamentales de la reorganización.

La magna asamblea mostró al país el arraigo del prestigio liberal, y fue, a un tiempo mismo, la elocuente confirmación del triunfo de la campaña democratizadora de setiembre y el más franco repudio al artero golpe cuartelero del 29 de Octubre.

Reorganizado el partido, la Comisión Central orientó su actividad hacia la restauración de la legalidad violenta. Apoyó, para ello, decididamente las gestiones del Presidente Provisorio doctor Eusebio Ayala, sin otra condición ni exigencia que la realización del programa partidario.

Pero la historia no debía seguir su curso normalmente. Los temerarios autores del derrocamiento de Gondra consideraron inacabada su obra, y de nuevo se les vio, delirantes en la tarea destructora, entregarse al afán de conseguir el poder, sin título para ejercerlo, ni capacidad para usarlo en provecho del país.

Las pretensiones del schaerismo fueron creciendo a medida que corría el tiempo. Descontentos sus corifeos porque el doctor Ayala, fiel a su juramento, no se avenía a servir de instrumentó a la facción audaz y codiciosa, primero pidieron ministerios y luego la renuncia del doctor Ayala, amén de entregarse de Lleno a auspiciar la candidatura del coronel Adolfo Chirife, en la convicción de que para el logro de sus propósitos nada convenía tanto como un gobierno de fuerza, olvidando que el país había progresado bastante para rechazar las dictaduras, cualesquiera que fueran los pretextos invocados para implantarlas. Tamaño despropósito sólo se explica como fruto de la desesperación, pues, la historia enseña que ningún pueblo se ha salvado, ninguna democracia ha progresado con el artificio peligroso de los regímenes de fuerza. Sólo el respeto y la práctica de la ley conducen al perfeccionamiento.

El coronel Chirife, no obstante figurar en la activa del ejército, Dedicose de lleno a prestigiar su candidatura fraguada en el comité schaerista, acariciada por algunos espúreos de los cuarteles y benévolamente contemplada por el coloradismo.

La forzada convivencia o tolerancia con que el Partido Radical tuvo que actuar con el schaerismo, con tal de no alterar la paz púbica -supremo bien de la nación- vióse rota por tres sucesos: la tentativa de imposición del cambio de gabinete, el pedido de renuncia del Presidente Ayala de parte de los schaeristas, y el inoportuno proyecto de convocatoria a elecciones presidenciales, fraguado en el contubernio de colorados y chirifistas, que tal se dieron en llamar los renegados del liberalismo que, considerando inhábil para siempre a su caudillo Eduardo Schaerer, creyeron encontrar refugio y tutela a la sombra de la espada del militar infidente.

Rechazada con dignidad la tentativa de imposición de cambio ministerial, el schaerismo cifró sus esperanzas en crear dificultades al P. E. aprovechando la mayoría ocasional que le aseguraba en el parlamento la complicidad de los colorados.

Así surgió la ley de elecciones dictada no con ánimo de concurrir a los atrios sino de contar con un socorrido expediente para conseguir ventajas, reducidas todas a promesas de ubicaciones presupuestales.

El P.E., en uso de indiscutibles atribuciones constitucionales, por vicios de fondo y forma, vetó el mencionado proyecto. Esta diferencia de criterio entre ambos poderes, que debía ser resuelta con 'los dos tercios de votos parlamentarios, con los cuales no contaban, sirvió de pretexto para los que no buscaban sino un motivo ocasional para sublevarse o mejor, consumar la obra, pues, sublevados se hallaban los conjurados desde e1 29 de octubre. Estas maniobras tendían a presentar a las zonas militares defendiendo al Congreso contra una supuesta usurpación del Presidente Ayala. Mismo este pretexto no pudieron invocar, pues, el P. E. retiró el veto.

Pero los acontecimientos se desarrollaron fuera de la previsión a corto alcance del schaerismo, y la fracción ya no podía retroceder.

La sublevación era un hecho. Un documento infame, suscrito por veinte representantes, invitó al Ejército a levantarse contra el Presidente de la República, que por mandato expreso de la Constitución es jefe supremo de las fuerzas armadas.

La segunda traición fue consumada. Con esa bandera, salpicada de cieno, cruzaron la república como una avalancha arruinadora e incendiaria, sin triunfo alguno, sin éxito nunca, sin honor siempre.

El 90% del efectivo armado se levantó criminalmente engañado por los coroneles Adolfo Chirife y Pedro Mendoza, teniente coronel Francisco Brizuela; mayores Fermín Casco E., César Fretes Ayala, Juan de la Cruz Garcete, Miguel Acosta, Rolando Ibarra, Francisco Vargas, Honorio Alfonso; capitanes Juan de la C. Cáceres, Blas Miloslavich, Atanasio Sosa, Adolfo Ferreira, Epifanio Ramírez, Manuel Muñoz G., Herman Dahlquits, Daniel Duarte Sosa, Teresio Martínez, Marcelino Amarilla, y otros oficiales que olvidaron el juramento hecho ante bandera de defender las instituciones.

Los nombres de los veinte representantes schaeristas que suscribieron el documento, deben ser conocidos, para que sobre ellos caiga la responsabilidad de la sangre vertida, los perjuicios causados, la ruina y la desolación del país.

Ellos son: Eduardo Schaerer, Ernesto Velázquez, Nicolás Coppulo, Tomás Varela, Eusebio Velázquez, Gabriel Valdovinos Simeón Núñez, Andrés Gill, Luis Ortellado, Carlos Ruiz, J. Rojas Chilavert, J. Manuel Balteyro, Héctor Cabañas Velázquez, Julio J. Bajac, Rómulo Goiburú, José Brun, Ernesto Montero, Enrique Ayala, Cleto de J. Sánchez, Manuel Riquelme.

El gobierno del doctor Ayala no se amilanó en tan tremendo trance. Era menester salvar la dignidad de las instituciones. Contaba para ello con una reducida pero selecta oficialidad; el plantel de la. Escuela Militar; la lealtad de jefes como el general Escobar, los coroneles Schenoni, Rojas y Machuca y una poderosa fuerza de opinión liberal, que mostró su pujanza rechazando el ataque de las zonas sublevadas.

La defensa aprestóse con espléndida rapidez, concurriendo a ella con toda decisión la masa liberal de la capital y de otros puntos. El triunfo del 9 de junio -fecha memorable en los anales democráticos- fue la coronación magnífica de la defensa improvisada bajo la inteligente dirección de los coroneles Manuel Rojas y Manlio Schenoni.

Desde el pronunciamiento de la sublevación los liberales siguen aportando a la causa de la legalidad su concurso abnegado, su sacrificio ennoblecedor y edificante.

Hoy, que la guerra se halla virtualmente terminada, pues, apenas sí restos dispersos que pronto serán dominados siguen perjudicando al país, la Comisión Central cumple con el gratísimo deber de reiterar su reconocimiento a todos los ciudadanos que, en una u otra forma, han cooperado en la defensa de las instituciones democráticas contra la más inicua de las sublevaciones de que se tiene noticia en nuestra turbulenta historia institucional.

Sublevación sin causa y sin banderas ningún partido quiso hacerse responsable de ella y ningún manifiesto pretendió explicar sus fines.

Larga ha sido la jornada y cruentos los sacrificios. En la trayectoria hemos dejado a compañeros de causa, cuya memoria merece la veneración de sus conciudadanos: capitán Romualdo Ríos, caído heroicamente al borde de las trincheras asuncenas; diputado don Federico García, demócrata de verdad y gran espíritu, orgullo de su generación; mayor Cristino Torres, de memorables hazañas; capitán Pedro López, don Francisco Conigliaro, don Alberto Ayala, don Luis Domínguez, Néstor Arce Rojas y tantos otros abnegados correligionarios cuyos sacrificios irán a aumentar el tesoro de nuestra tradición de honra y abnegación.

Que la sangre vertida en ambos bandos -paraguayos somos todos- sea la última ofrendada en los dolorosos y lamentables episodios de la lucha intestina.

En la lista de los movimientos armados ninguno tan injustificado como la sublevación del coronel Chirife. A ella concurrieron -por afinidad natural, es cierto- los elementos menos solventes de todas las agrupaciones, desde el jarismo aventurero hasta colorados como José Gill, Medardo Palacios, mayor Garay y otros. La actitud colorada fue eminentemente sospechosa durante toda la contienda, no habiéndose formulado por su directorio ni su prensa una sola protesta de condenación al movimiento subversivo.

Frente a la inconducta de los republicanos debe mencionarse la lealtad con que se han conducido los liberales democráticos: el 29 de octubre lanzaron un manifiesto condenatorio de la traición, y, producida la sublevación de Chirife, prestaron su apoyo decidido a la causa de la legalidad.

La subversión ha terminado. El país empobrecido y arruinado espera su resurgimiento de la pacífica labor de sus buenos hijos. El Partido Liberal Radical, fiel a sus principios y a su tradición, dedicará todas sus energías a la pacificación definitiva del país, a la estabilización del orden institucional, y a fomentar y amparar todas las empresas que se propongan contribuir al enriquecimiento y la reedificación nacional. Por eso predica a sus correligionarios la más amplia tolerancia. ¡Que la culpa caiga exclusivamente sobre los fementidos instigadores de la subversión y los jefes y oficiales infidentes que desenvainaron su espada sin honor!

Una vez más el directorio afirma su profunda convicción de que el país sólo progresará por los medios pacíficos. Amemos la renovación, la reforma y el progreso, pero no olvidemos que ellos son hijos de la evolución gradual y normal, no de la guerra.

La sangrienta jornada vuelve a repetirnos la enseñanza desoída, que nada pueden las mismas fuerzas militares cuando no las alientan nobles y justas causas; y que los ciudadanos deben comprender que el Ejército es la Nación en armas, y no instrumento de los partidos; que su misión es la salvaguarda de la soberanía y de las leyes de la república, y que en tal concepto, merece la alta consideración de los que cumplen un deber que está por encima de las contingencias políticas, y alejado de la actividad partidaria.

La Comisión Central recomienda, asimismo, a todos los correligionarios que presten su más decidido apoyo a las gestiones gubernativas del doctor Eusebio Ayala, correligionario eminente de probada capacidad que, después de haber salvado del naufragio a las instituciones democráticas está empeñado en realizar una administración honesta y progresista.

El directorio espera que todos los liberales concurran a cumplir su deber cívico en los próximos comicios del 4 de marzo, y que, compactos y tolerantes, se agrupen en torno a la enseña azul triunfante de esta nueva y cruenta prueba en compañía de todos los ciudadanos de buena voluntad, que amen la democracia y el orden y profesen los principios cardinales de nuestra asociación; con el corazón en alto y puesto el pensamiento en los supremos y elevados destinos de la patria.

Asunción, Enero 31 de 1923.

BELISARIO RIVAROLA - PRESIDENTE

RAÚL CAZAL RIBEIRO - SECRETARIO

JUSTO P. BENÍTEZ - SECRETARIO

José P. Guggiari, Emiliano González Navero, Manuel Burgos, Luis A. Riart, Lisandro Díaz León, Eladio Velázquez, Francisco Campos, Venancio B. Galeano, Manuel Peña, Luis Escobar, Rodolfo González, Luis D'Gásperi.

 

 

 

EL MENSAJE DEL PRESIDENTE AYALA

ASUNCIÓN, 9 DE ABRIL DE 1923.

HONORABLE CONGRESO DE LA NACIÓN;

Hace un año esbocé ante V. H. un programa de acción gubernativa que fue seguido luego de varios proyectos tendientes a resolver problemas esenciales para el bienestar y el progreso de la República. Entendía entonces que era preciso desviar las actividades políticas hacia una labor constructiva de carácter nacional, apartándolas así de la senda peligrosa que ya había provocado un grave atentado contra el orden legal. Mis sinceros empeños de restaurar la base partidaria del Gobierno se estrellaron ante intransigencias tenaces, ante enconos irreductibles. El Congreso en vez de colaborar en la tarea de apaciguar los espíritus y devolver al país la paz institucional, se afanó en exacerbar pasiones apenas reprimidas, se dictó la ley de elecciones presidenciales, no para volver a la norma constitucional, sino para asegurar el triunfo de un grupo político, aliados con elementos de fuerza, valiéndose de los mismos recursos que habían servido para deponer al Presidente Gondra.

Hubiera traicionado a mi conciencia de ciudadano si, teniendo medios lícitos a mi alcance no los hubiese utilizado para evitar a la nación paraguaya la vergüenza de una elección en que iban a intervenir, a pesar del Presidente de la República, la policía y parte del Ejército para violentar el acto comicial. Me valí del medio que la Constitución pone en manos del Primer Mandatario y veté la ley de elecciones. Los hechos ulteriores han demostrado suficientemente cuánta razón tenía para oponerme a dicho proyecto en aquella circunstancia. Apenas se dio la voz de insurrección, el Ejército se sublevó, se sublevaron las policías de campaña y la mayoría de los empleados de la Policía de la Capital pasaron a engrosar las huestes rebeldes. De suerte que en aquellos últimos días de Mayo, el gobierno se hallaba en la imposibilidad de hacer primar su voluntad, por estar los elementos de acción pagados por el Tesoro Nacional, al servicio de políticos que habían organizado al amparo de la buena fe negligente de los Presidentes anteriores, una máquina insidiosa destinada a volverse contra él gobernante que tuviese la voluntad de emanciparse de la tutela de aquéllos.

¡Cómo pensar que los autores del 29 de Octubre y los sublevados de Mayo acatarían el veredicto del pueblo!

Pero las elecciones proyectadas no solamente no iban a ser sinceras, sino que no iban a ser pacíficas. Se había lanzado como un desafío la candidatura de un militar en servicio activo, acusado de complicidad, sin defensa de su parte, en el atentado del 29 de Octubre. Esta candidatura, por lo menos en esa hora, equivalía a una incitación a la guerra civil. Quise honradamente evitar al país ese nuevo infortunio. No lo logré. Tomando como pretexto el veto, las zonas militares desobedecieron al P. E., proponiendo entrar en negociaciones. Al darme cuenta de la situación, y creyendo que con el retiro del veto los Jefes de Zonas depondrían su actitud, envié al Congreso un mensaje en tal sentido. Esta conducta del Gobierno, sin embargo, no desarmó a los Jefes sublevados. Estaban ellos resueltos, según parece, a fundar una dictadura militar independiente de los partidos. Mis esfuerzos para obtener un avenimiento e impedir el derramamiento de sangre no tuvieron éxito alguno: estaba yo dispuesto para evitar esta guerra fratricida a cualquiera concesión siempre que fuese salvaguardada la dignidad de mi investidura.

Los Jefes sublevados atacaron la Capital de la República, la cual fue defendida por el pueblo, conducido por un grupo de Jefes fieles a su honor y juramento. Después de la derrota del 9 de Junio, los sublevados se retiraron para reorganizarse. Y el Gobierno por su parte tuvo que realizar la tarea ardua de reclutar, instruir, organizar, equipar y armar un Ejército para batir en campaña a la sedición.

El gobierno hubo de desenvolverse en medio de las más grandes dificultades para restablecer el orden. Una mayoría  en el Congreso, puso cuanto obstáculo pudo a su acción. Dejó de reunirse para no autorizar el estado de sitio y el P. E. hasta la fecha constitucional del receso del Congreso, tuvo que abstenerse de usar de esa facultad indispensable. La sedición gozó de este modo de la más amplia libertad para hacer propaganda, para conspirar en la Capital misma.

En los primeros días de Setiembre, el P. E. declaró el estado de sitio en toda la República hasta el 31 de Diciembre y en esta fecha prorrogó hasta el de Abril. Se hizo de la facultad extraordinaria un uso moderado respetando la libertad de las personas en toda la medida compatible con la seguridad pública.

La actitud del Congreso en medio de esta crisis de la vida nacional es un raro ejemplo de incivismo y abdicación moral. Veinte representantes del Senado y de la Cámara de Diputados incitan por medio de un manifiesto al Ejército a sublevarse para defender al Congreso contra imaginarios atentados del P. E. Esos representantes se prestaron a cohonestar el crimen preparado por los militares. El Congreso no pudo reunirse durante los largos días de zozobra que atravesó la República más que una sola vez para otorgar moratoria a un Banco particular. Un interés privado pudo más que la angustia del país. El Congreso que dictó una ley de elecciones que era una provocación revolucionaria, el Congreso que negó al Presidente Provisorio la facultad de vetar dicha ley, el Congreso que no quiso dictar el estado de sitio y otras medidas legales requeridas en la circunstancia, se dispersó silenciosamente sin haber siquiera constituido la Comisión Permanente.

Se ha censurado al Gobierno por no haber sofocado la insurrección en un tiempo más breve, poniendo en juego recursos adecuados. Si el Presidente de la República hubiera contado con la asistencia del Congreso, seguramente se hubiera podido evitar muchos de los males que ocurrieron y que aún ocurren. El P. E. tiene la facultad de hacer uso de las rentas del Estado por el Art. 7º de la Ley de Organización Administrativa, en caso de guerra civil; pero carece de la facultad de crear recursos extraordinarios o de disponer de otros que no sean los ordinarios. Así que todo el tremendo peso de los gastos de la defensa ha recaído sobre el presupuesto ordinario. En medio de la anarquía del país, la administración financiera se ha mantenido incólume y hasta ha mejorado notoriamente.

En anteriores ocasiones los gobiernos recurrieron a emisiones, empréstitos. Este gobierno se limitó poner un orden más estricto en la gestión financiera. Mediante tal proceder se ha hecho frente a las expensas de la lucha manteniéndose a la vez aunque con atraso él servicio del presupuesto ordinario.

La crisis política porque pasa el país es de extrema gravedad. Estamos al borde de la anarquía. Si no somos capaces de reaccionar enérgicamente, nuestra nacionalidad irá a la ruina, quizá a la disolución. Por lo pronto hemos aniquilado nuestro crédito y hemos dado al mundo el espectáculo bochornoso de una guerra civil en que no se reivindica ningún ideal de derecho o de progreso. Los que maquinaron la revuelta son los únicos responsables de su delito ante el duelo nacional; pero ante el mundo civilizado es el Paraguay el que aparece como un pueblo que todavía no ha sabido afirmar su vida política sobre la base de la legalidad. Para el concepto extraño todos somos responsables y esto nos invita a reflexionar sobre el porvenir de nuestra patria para buscar con ahínco la solución al magno problema de su destino, como nación.

El mal que nos agobia es efecto del morbo revolucionario. Desde la iniciación de la era constitucional, la autoridad que debiera apoyarse sobre la voluntad popular, ha descansado invariablemente sobre la fuerza. El poder ha pasado de un partido a otro, por obra de la violencia. Los partidos se organizan para ejercitar la violencia. La subversión está en todas partes. Es menester arrancar de nuestro espíritu la idea de la coacción como sistema político. Mientras esto no suceda, no tendremos paz y no tendremos bienestar ni progreso.

Gobierno y pueblo, partidos de la situación y partidos opositores, nacionales y extranjeros, ricos y pobres, todos en fin, los que tienen su vida, su afecto o sus intereses vinculados a este pais necesitan sumar sentimientos y voluntades en favor de la paz nacional basada sobre la 'ley. Las llamadas revoluciones políticas, lanzadas para sustituir unos hombres por otros, mediante el empleo de la fuerza, no han traído ni traerán ningún alivio a los males que el pueblo sufre. Si queremos que el Paraguay prospere moral, intelectual y materialmente, si queremos que su nombre culmine en el mundo civilizado, si queremos que sea lo que la Constitución dice un país de libertad y de trabajo para todos los hombres de la tierra que vengan a habitar su suelo, es preciso crear el ambiente de orden, de justicia, que son las condiciones elementales de las naciones cultas. Tenemos una dolorosa experiencia detrás de nosotros. Ya es hora de comprender nuestros errores.

La sedición todavía está en pié. Los perjuicios que está causando a la riqueza nacional y al trabajo creador son incalculables. El H. Congreso puede poner los medios de ahorrar más sacrificios al pais El puede autorizar los procedimientos propios para terminar la rebelión.

La Administración nacional ha sufrido trastornos en casi todos los órdenes. No es el caso de puntualizar deficiencias, faltas y errores imputables a una situación que debemos considerar como transitoria. Por ahora él único problema a resolver es el restablecimiento del orden en el país.

Hago votos por que el H. Congreso encuentre en las puras fuentes del patriotismo la inspiración para encaminar a la República hacia su ventura.

Declaro inauguradas las sesiones legislativas ordinarias del presente año.

EUSEBIO AYALA

 

 

 

MANIFIESTO DEL PARTIDO LIBERAL RADICAL

A LOS LIBERALES DE LA REPÚBLICA

 

 

La Comisión Central estima de su deber dirigir este manifiesto a los correligionarios, al terminar la guerra civil, para agradecerles los grandes servicios prestados en la defensa de la legalidad y dar a conocer el pensamiento que guía al Partido Liberal colocado al frente de los destinas nacionales.

Durante más de un año, el país ha sufrido los males de una sublevación sin causa y sin ideales. El Partido Liberal nada tiene que reprocharse en esta cruenta emergencia. Mostró su empeño en asegurar la paz, en los prolegómenos del conflicto, y producido éste, hizo suya, sirvió y sostuvo con su tradicional entereza, la causa eminentemente impersonal de las instituciones republicanas, hasta afianzar su imperio definitivo.

La subversión que acaba de terminar en las calles de Asunción, es la consecuencia directa del golpe de estado del 29 de Octubre, cuyos autores, .insatisfechos y enceguecidos por la ambición de mando -otra causa no existe--- quisieron completar su obra sublevando las zonas militares contra la autoridad del Presidente de la República. El proceso del movimiento ha sido explicado detenidamente a los correligionarios en el manifiesto del 31 de Enero último.

La responsabilidad de la sangre vertida, de los perjuicios' causados, debe recaer íntegramente sobre sus insensatos autores materiales -los militares sublevados- y los parlamentarios que incitaron al levantamiento.

Constan a todo el país los esfuerzos desplegados por el gobierno de entonces para evitar la guerra, salvaguardando el principio de autoridad y buscando medios de resolver la crisis política provocada por los sucesos del 29 de Octubre. En todas esas nobles tentativas de paz, nuestro Partido evidenció su elevada comprensión de los acontecimientos. El deber primordial era en aquella hora evitar la lucha armada. Otros la provocaron.

El estado de la incertidumbre política, la exaltación de las pasiones, la crisis misma, fueron maliciosamente aprovechadas por el Partido Republicano para arrojar la chispa inicial del incendio, mediante una maniobra parlamentaria urdida por los colorados y schaeristas, mancomunados en el nefando propósito de ungir en los cuarteles la dictadura militar del coronel Chirife.

A partir de entonces, esa comunidad de pensamiento y acción entre el Partido Colorado y la facción schaerista, no dejó de manifestarse en todas las oportunidades, quedando el primero atado -como por un destino trágico y como siempre lo estuvo, al yugo de todas las dictaduras y todas las subversiones- al carro de 'la revuelta. Sus jefes militares se apresuraron a reclamar puestos de mando en el ejército alzado contra la autoridad del Primer Magistrado. Sus caudillos del interior apañan y hacen suya la causa de los rebeldes. Sus comisiones departamentales proclaman en documentos públicos su adhesión al alzamiento. Su prensa se pone al servicio y se convierte en órgano oficioso del schaerismo en armas. Hasta algunos de sus hombres dirigentes de la capital rivalizan en el empeño de dar alas y esperanzas a la sedición, bajo la apariencia vergonzante de prédicas y petitorios de paz. El Poder Ejecutivo, por otra parte, no sólo no encuentra el apoyo de los legisladores colorados, sino que tropieza con su obstrucción manifiesta para obtener la ley de estado de sitio y otras medidas de bien y orden públicos. En cambio, esos mismos elementos estrechan filas y forman quórum para acordar moratoria a una institución particular. Un interés privado, dijo con razón el mensaje presidencial del 1° de Abril, pudo más que la angustia del país.

Es conocido igualmente el documento en que el coronel Chirife aseguró que el comandante Goiburú, en representación de su Partido, le propuso la conclusión de un pacto y la reunión de congresales schaeristas y colorados en Encarnación.

A raíz de la conferencia de Caacupé, los colorados prestigiaron la propuesta facciosa consistente en la implantación de una verdadera dictadura. Quizás en estos y otros antecedentes de pública, notoriedad, resida la razón del ex-abrupto que, con el nombre de manifiesto, lanzaron al día siguiente de la victoria obtenida por el liberalismo sobre las montoneras asaltantes, y en él confían al adjetivo grueso la tarea de vengarlos de la derrota de los facciosos, cuyo triunfo en secreto acariciaban.

Contrasta con la falacia y los errores del Partido Colorado la conducta digna y patriótica del Gobierno 'liberal, que en la lucha por el afianzamiento de las instituciones, no sólo trató de someter el brazo fratricida por las armas, sino que empeñóse también en desarmar los ánimos de toda prevención para llevar él sosiego a los espíritus.

Producido el cambio presidencial, el doctor Eligio Ayala, Presidente Provisoria de la República, confió al Presidente de la Cámara de Diputados y Vice Presidente del Partido Liberal, doctor José P. Guggiari, 'la misión de ofrecer la amnistía a los rebeldes. Los jefes facciosos formularon una propuesta que entrañaba la creación de un triunvirato a base de la disolución de los Poderes Legislativos y Ejecutivo, licenciamiento del ejército nacional y otras medidas no menos desorbitadas. Esa proposición era francamente inaceptable, porque, a su vicio insanable de inconstitucionalidad, añadía el agravante de no ofrecer al país la seguridad de una paz duradera, sino una efímera tregua. Significaba también llevar la anarquía al Gobierno, cuando los momentos anormales exigen siempre como solución un poder homogéneo, fuerte y responsable. Como precio de esa tregua, se exigía a la nación la implantación de un triunvirato híbrido, investido con 'la suma del poder público, la dictadura sin garantía alguna de su autoridad, puesto que debían disolverse así el ejército leal como las fuerzas sublevadas. Aceptar esa fórmula no era resolver la anarquía sino prolongarla. El pueblo necesitaba y pedía paz durable y firme. Esta era también la aspiración vehemente del liberalismo, que se sacrificaba abnegadamente por el bien colectivo. Derrotados 'los facciosos en Piribebuy, el Gobierno confió todavía a un expectable republicano la misión de ofrecerles la paz, propuesta que fue reiterada cuando avanzaban sobre la capital. Estas gestiones demuestran hasta dónde el Gobierno liberal quiso evitar un nuevo y sangriento choque, y que si apeló a 'la fuerza como "última ratio", fue porque a ello le obligó la imposibilidad de conseguir la pacificación por los medios legales. Si la guerra ha costado y durado mucho se debe en primer término a que el Gobierno tuvo que improvisar un ejército, equiparlo y armarlo para batir a los sublevados, que sumaban el noventa por ciento del efectivo bajo bandera.

Felizmente para 'la defensa de las instituciones, se contó con dos fuerzas insustituibles que han vencido a la subversión: un cuadro de jefes y oficiales dignos y el Partido Liberal, cuyos miembros en masa acudieron a empuñar el fusil y dieron en las dos jornadas memorables del 9 de Junio de 1922 y 9 y 10 de Julio de 1923, el ejemplo de heroísmo civil no superado en nuestra historia. Tan alta conciencia del deber, probada en horas trágicas, debe continuar siendo la norma de conducta partidaria, y los liberales victoriosos en 'la guerra, están obligados a ser los más tenaces mantenedores de la paz, por la disciplina, la tolerancia y el ejercicio de los derechos cívicos. Para realizar este ideal, es necesario que todos los liberales de la República formen un solo frente, propósito que la Comisión Central se ha trazado como un plan de acción futura.

Interesado el Directorio en la unificación del liberalismo, prestigia la unión de todos los liberales solidarizados con la defensa de las instituciones. El Partido Liberal admite en su seno a todos los ciudadanos con tal de que profesen su programa, acepten su obra de renovación social y política, practiquen su moral y concuerden con la orientación de su actividad partidaria, tendiente a la realización de una democracia integral y constructiva.

Ese frente único sólo puede formarse por la orientación eminentemente doctrinaria de la agrupación. Son los principios, y no los círculos ni los personalismos, los que han de servir de base para la reconstrucción del histórico Partido.

El sacrificio ha sido grande. Es menester aprovechar las lecciones que surgen del pasado de violencia. Esta guerra civil debe ser la página final de una época que se cierra, para iniciar la era de la paz institucional, fruto del sufragio libre, garantizada por gobiernos 'legítimos y controlada por oposiciones democráticas, y su terminación debe señalar el punto de partida de una política de más amplios horizontes, realizadora del bien colectivo, firme para impedir violencias, y de rectificación de los errores del pasado para evitar idénticas crisis.

El Partido Liberal ama y procura el orden, y en consolidarlo dedicará todas sus energías. No busca ni quiere las unanimidades regimentadas ni gobiernos de fuerza: aspira a realizar una democracia reformadora en la que participen can igual derecho todos los núcleos políticos, en la que las minorías tengan su justa representación, porque no concibe la lucha por el bien público como conflictos de eliminación sino de equilibrio, contrapeso y cooperación surgidos de la libre concurrencia de las ideas.

Por eso se ha anticipado a prestigiar y practicar todas las reformas que mejor consultan las exigencias de la época y la natural evolución de las doctrinas democráticas.

Y ha designado oportunamente representantes para tratar con el Directorio Republicano las modificaciones de la ley electoral que ese partido propone, a fin de asegurar la concurrencia de la oposición en el parlamento y conseguir que los Partidos se sometan a régimen de actividad 'legal.

El Partido Liberal señala a sus afiliados como el supremo deber del momento, la necesidad de la consolidación de la paz pública y 'la más amplia reparación de los perjuicios sufridos por el país, a base del trabajo y una administración inteligente y honesta. Aspira a realizar un programa social y político en consonancia con las necesidades del pueblo. Se empeñará en la formación de un Ejército nacional, garantía y guardián fiel de las instituciones, propenderá al mejoramiento progresivo de los servicios públicos; prestigiará todas las iniciativas que tiendan al progreso de la Nación, a aumentar su utilidad económica, a su organización financiera, a la formación del hogar, a la extensión de la cultura en la masa popular, a mejorar las condiciones de vida de los obreros, esos factores eficientes de la actividad social, caros a nuestro pensamiento y a nuestro corazón, y a dar seguridades al capital honradamente acumulado.

Para realizar estos propósitos, la Comisión Central apela a la abnegación y al patriotismo nunca desmentidos de los liberales de la República, a quienes recomienda concordia y tolerancia, convencido este Directorio de que el progreso de la Patria será la obra de nuestro grande y glorioso Partido.

La Comisión Central presenta la expresión de su reconocimiento a todos los correligionarios que han cooperado en la última campaña y rinde un respetuoso homenaje a la memoria de los jefes y soldados muertos en la defensa de las instituciones republicanas.

 

BELISARIO RIVAROLA - PRESIDENTE

RAÚL CASAL RIBEIRO - SECRETARIO       

JUSTO P. BENÍTEZ  - SECRETARIO    

Emiliano González Navero, José P. Guggiari, Francisco Campos, Manuel Burgos, Eladio Velázquez, J. Eliseo Da Rosa, Manuel Peña, Luis De Gásperi, Rodolfo González, Luis Escobar.

 

 

 

 

 

 

 

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Polca 18 de Octubre o Polca Liberal

 

Intérprete:  ALEJANDRO CUBILLA

 

 

 

 

 

Intérprete:   OSCAR PÉREZ

 

 

 

 

 

 

 

 

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