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PILAR RUIZ NESTOSA


  TACALAGUANA, EL PRÍNCIPE DEL PILCOMAYO - Cuentos de PILAR RUIZ NESTOSA


TACALAGUANA, EL PRÍNCIPE DEL PILCOMAYO - Cuentos de PILAR RUIZ NESTOSA

TACALAGUANA, EL PRÍNCIPE DEL PILCOMAYO

 

Cuentos de PILAR RUIZ NESTOSA

 

 

 

TACALAGUANA, EL PRÍNCIPE DEL PILCOMAYO

 

EL PITOGUE

 

Había una vez un hombre rico que vivía en cl Chaco. Por las tardes, solía recostarse en la hamaca mientras sorbía con una bombilla de plata el mate calentito. Su esposa Carmen Rocío, sentada en una mecedora a su lado, se entretenía tejiendo; de tanto en tanto interrumpía  la labor para cebar el mate.

A pesar de sus riquezas, el hombre no era feliz.

-¡Qué triste es no tener niños a nuestro alrededor! Nuestra casa es silenciosa, mientras otras son ruidosas y felices -decía él pensativo.

 Cuando escuchaba a José María quejarse, ella dejaba el tejido sobre la falda y se llevaba el pañuelo a los ojos llenos de lágrimas.

-Dios Nuestro Señor algún día se acordará de nosotros-le contesta­ba Carmen.

En el algarrobo que daba sombra a la huerta anidaba el pitogue. Una tarde, a la hora del mate, se puso a cantar a todo pulmón: pitogue... pitogue. Carmen, al escucharlo, sonrió esperanzada porque conocía la leyen­da popular que atribuye al pajarillo ser el heraldo de un próximo nacimiento; el pitogue no se equivocó. Quizás se enteró antes que nadie que Dios había escuchado las plegarias de José María y Carmen.

Pasado un tiempo, una noche de tormenta, nacieron dos niños en la casita blanca con techo de hojalata.

José María también se llevó el pañuelo a los ojos como hacía Car­men cuando derramaba lágrimas de tristeza, pero él lloraba de alegría.

-Nunca más la casa será silenciosa dijo besando a sus hijos.

A la mañana siguiente, el cielo lucía claro y transparente. En medio del tajamar descansaba un alto tujuju (cigüeña) y en el limonero que perfumaba la ventana de Carmen cantaba un pajarito repitiendo: Bendito sea Dios... Bendito sea Dios. A esta avecilla la llaman San Francisco, porque su canto bendice al Creador.

A los mellizos los llamaron Francisco y Paulino; en casa usaban el diminutivo, Panchito y Paul.

-Los dos nacieron el mismo día, por eso son tan parecidos- les decía Carmen a los niños.

-¡Mamá! Los patitos que nacieron el mismo día también son igua­les, todos amarillitos. Su mamá la pata Susi, les enseña a nadar, y también a ser obedientes y disciplinados. Deben formar fila y caminar detrás de ella hasta el tajamar. Sólo uno de los patitos no es lindo ni amarillito. Los gansos, las gallinas y hasta «Platero», el burrito, se burlan de él; nosotros lo llamamos el "patito feo".

-No deben burlarse del patito porque no es igual a los demás. Cuando crezca será el más hermoso - pronosticó Carmen.

Las aguas del tajamar donde nadaban los patitos eran oscuras y estaban cubiertas de verdes camalotes. Allí se posaban bandadas de gar­zas con plumas color de rosa, llamadas pato real; el chaha y el tero-tero que dan la voz de alerta; el alto tujuju cuartelero, el mbigua, el kuarahy númby, el ypaka'a. Frondosos y antiguos algarrobos crecían a su orilla dando sombra a buena parte del patio. Quizás los algarrobos nacieron a orillas del Pilcomayo, cuando este río viajero corría por el cauce del tajamar.

Los añosos árboles hundían sus raíces en el agua y eran conventillos donde anidaban cardenales, bulliciosas cotorritas e infinidad de pajarillos, de diversos colores.

Los niños, nacidos una noche de tormenta, fueron creciendo en medio del campo. Poco a poco aprendieron a nombrar a los hermosos pájaros. Los patitos también crecieron y el llamado «patito feo» se convirtió en un elegante cisne de largo cuello. El otoño sucedió al verano, y más tarde el viento sur trajo al invierno. Las aguas del tajamar se volvieron frías, los pajarillos temblaban sobre las desnudas ramas de los algarrobos, envi­diando al hornerito propietario de una cálida casita. Las serpientes se adormecieron en la espesura del monte y no despertarían hasta llegado el verano. Dentro de la casita blanca de José María y Carmen, en la chime­nea ardía el quebracho y el palo santo perfumado y, sobre las brasas, Carmen preparaba las blancas palomitas de maíz, el pororó para contento de los niños. La primavera traía la lluvia, pero no siempre. Y al final del año la familia viajaba a Asunción a pasar la Navidad con los abuelos.

 

 

ODILONA

 

Los preparativos empezaban en noviembre. Había mucho trabajo que hacer y todos debían colaborar.

José María, llevando una escopeta salía a cazar-lo cual  le gustaba mucho- y regresaba con el morral lleno de patos silvestres y perdices. Carmen preparaba con ellos un exquisito escabeche aromado con perejil, orégano y hierba buena de la huerta.

Odilona, la cocinera, era tierna y aspaventera. No sabía leer ni escribir, pero tenía buena mano para hacer un queso blanco que se deshacía en la boca crujiendo como la seda. Ella debía preparar una buena cantidad de quesos para llevarlos a Asunción.

Al atardecer, Odilona encerraba a los temeritos en el corral. Al día  siguiente, se levantaba  junto con el sol y se encaminaba al establo, allí  encontraba a las lecheras impacientes por calmar el hambre de sus retoños. Odilona dejaba al ternero acercarse a las ubres maternas, y una vez que la vaca soltaba la leche, lo apartaba y la ordeñaba. Llenaba un profundo balde con el lecherón de hondo aroma y luego se apresuraba a llevarlo a la cocina para ponerle el cuajo mientras aún estaba tibio.

A Panchito y Paul les gustaba hundir sus bracitos en la leche cuajada que se deshacía entre los dedos. Odilona les permitía «ayudarla», después que le prometían traerle un regalito de Asunción.

Los mellizos eran los encargados de recoger los huevos. Apenas se levantaban, corrían al gallinero llevando un gran canasto. A menudo peleaban y los rompían. Carmen les reñía y ellos le prometían ser más responsables.

-Cuando trabajan no deben pelear les sermoneaba su mamá.

 -¡Mamá! Encontramos el nido de las guineas gritonas en el esparti­llar. Necesitamos dos canastos para traerte los huevos a motitas.

La tarea de Carmen consistía en coser la ropa nueva para los niños, camisas a cuadros y pantalones con tirantes.

-Mamá, ¿por qué nuestros pantalones no tienen agujeritos  para ha­cer pipí?-se quejaban.

-Ya les dije que no sé hacer la bragueta, es muy difícil.

Cuando faltaban  pocos días para la Navidad, José María hablaba por radio a Asunción:

-7i, 7i, 7i, aquí 30x, 30x, llamando.

-30x, 30x, aquí 7i, contestando.

-7i, 7i, buenos días, estamos listos para viajar.

- 30x, 30x, el sábado temprano un avión irá a buscarlos.

El día señalado todos se levantaban muy temprano. Los mellizos iban al corral llevando cada uno su jarrito con un poco de canela. Odilona los llenaba con la leche tibia y espumosa de sabor silvestre.

Luego debían bañarse por turno en la bañadera de latón.

-Juanita, no gastes mucha agua -le recomendaba Carmen a la niñera.

-Ya sé loo la señora. Yo no cambio el agua. Los mitaí no tienen que ser fifí.

Bañados y vestidos con la ropa nueva, esperaban  impacientes la

llegada del avión. Lejos de estarse quietos  como les recomendaba Juanita, jugaban con el perro y atormentaban a los gansos.

Cuando escuchaban el inconfundible motor del avión, los niños daban gritos de alegría. El «Cessna» bajaba sobre la pista de pasto recién cortado y luego de dar unos saltitos se detenía.

Los mellizos querían subir enseguida al avión, pero el piloto bigotu­do no tenía prisa. Odilona le preparaba un churrasco con huevos fritos, y de postre queso con miel. Satisfecho, hacía bromas a Carmen; ella no comía nada por miedo a marearse.

Cuando el avión empezaba a carretear, los niños se despedían de Odilona.

-Adiós Panchito. No olvides traerme un regalo.

 -Te voy a comprar un sombrero.

-Adiós Paul, buen viaje.

-Adiós, muchas gracias por  todo.

 -Recuerdos a don Roberto.

 -Serán dados.

-Recuerdos a la abuela.

-Adiós, Odilona, no llores.

 

 

 

NAVIDAD DE FLOR DE COCO

 

En Asunción los preparativos para la Navidad empezaban una se­mana antes de la fiesta en casa de las tías Adelita, Sarita y Manola, herma­nas del abuelo Roberto.

Los mellizos eran invitados a pasar el día en casa de las tías para ayudarlas a armar el Nacimiento.

La primera tarea consistía en transformar unos  pliegos de papel  madera en altas montañas. Para ello, el papel madera era extendido en el suelo: primero se pintaba, luego lo embardunaban con engrudo-este se hacía con harina y agua caliente y por último, hacían llover vidrio triturado sobre el engrudo y ponían los pliegos al sol. Una vez seco, el papel

se convertía en una cordillera cubierta de piedras preciosas. Los cerros se colocaban debajo de la palmera y formaban el contorno del pesebre, también servían para esconder una canilla que simulaba una cascada. Cuando algún niño o adulto se acercaba a ver el nacimiento, se abría la canilla y el agua cogía por una vaina de flor de coco y se vertía en una palangana de mayólica pintada, que habitualmente adornaba el tocador de las tías.

El Niño Jesús era de mayor tamaño que la Virgen, San José y los Reyes Magos. La flor de coco perfumaba el pesebre juntamente con los melones, piñas y sandías.

La tía Adelita obsequiaba a los niños con "Naranjín" y empanaditas. Para los mayores reservaba los huevos quimbos.

-Mamá, ¡por qué el Niño Jesús es más grande que su papá y su mamá?-preguntaban.

-Él es el Hijo de Dios y es más grande que el sol y la luna--les explicó Carmen.

-¿Verdad mamá que nosotros tenemos una vaca de verdad en la estancia? -dijo Panchito.

-Tenemos muchas vacas, un burrito y ovejitas. ¿No te acordás, ton­to? -le contestó Paul.

-¿Se puede poner también un venadito? -preguntaron los dos jun­tos.

-Sí se puede, a todos los animales los hizo Dios. Si alguna vez pasamos la Navidad en el Chaco, pondremos los animales de verdad. Pintaremos los huevos de avestruz en rojo y azul para colgarlos en el pesebre y buscaremos los huevos de piririta que no necesitamos pintar, son de un hermoso color verde. Y, como no tenemos luz eléctrica, vamos a encender muchas velitas.

-¡Bien! ¡Van a venir el Padre Juan, tío Froilán y tía Cecilia?

-Sí, vendrán  todos.

-¿Y el Naranjín?

-¿No les gusta el refresco de grosellas? Tía Cecilia lo prepara muy

rico.

-¿Y el Niño Jesús?

-Pídanle a Dios un hermanito.

 

 

EL ARDIENTE VIENTO NORTE

 

Al año siguiente, José María, Carmen y los niños no viajaron a Asunción a visitar a los abuelos. La prolongada sequía no les permitía ausentarse de la estancia; la Navidad sería celebrada en el Chaco.

El invierno fue frío y seco como de costumbre. Con el viento Sur llegaron los indios chulupís. En verano vivían a orillas del Pilcomayo y el río los alimentaba. Pescaban con lanzas, ensartando con ellas los platea­dos peces; luego los asaban. La carne blanca saciaba el hambre, la grasa que chorreaba la utilizaban como ungüento para el pelo y todo el cuerpo. El ungüento servía para ahuyentar a los mosquitos. Pero en invierno, la grasa de pez sobre el cuerpo no era suficiente. Desnudos y hambrientos, venían a pedir trabajo. Gracias a Dios trabajo no faltaba.

Los indios levantaban chozas que poco y nada los protegían del viento Sur. A la noche se reunían alrededor de una fogata, tomados de la cintura formaban un círculo y entonando una salmodia giraban a un acom­pasado ritmo heredado de sus antepasados.

Panchito y Paul iban de día a ver como trabajaban los indios y a la noche bailaban con ellos. Sólo los atemorizaba una anciana indígena que llevaba un extraño brazalete: una serpiente de cascabel se enrollaba a su brazo oscuro y descarnado.

Más tarde, al recordar la sequía, Carmen contaba:

-Llegó el mes de octubre sin rastro de nubes y por lo tanto de agua. Al secarse los charcos en el campo, fue necesario sacar agua de los pozos, para lo cual yo cosía en la máquina la dura lona. Con ella hacía mangas que se utilizaban como baldes. Pero los pozos también se agotaron. El tajamar, falto de ella, se convirtió en un lodazal abandonado por los hermosos pájaros. En él se empantanaban los animales que venían a beber lo poco que quedaba. Eran animales flacos y sedientos; beber les costaba la vida. Faltos de fuerza, morían aprisionados en el barro. Entonces el aire puro y fresco se volvía pestilente, y el olor de la carroña invadía la casa haciendo más penosa la vida.

-El ardiente viento Norte se complacía en bañarnos con arena, la arrojaba con fuerza sobre el techo de hojalata y, burlándose de los pobres sedientos, imitaba a la perfección el tan ansiado golpeteo de las gotas de agua.

En el mes de noviembre no se hicieron preparativos para viajar a Asunción. Carmen le dijo a los mellizos:

-Este año vamos a hacer el pesebre en nuestra casita del Chaco. El Niño .Jesús será Brunito, el hermanito que les envió Dios. Porfirio traerá un venadito. Yo voy a pintar de blanco un arbolito seco y los huevos de avestruz de rojo y azul. Los dos me ayudarán a colgarlos en el árbol. Van a venir el padre Juan, tía Cecilia y tío Froilán  la verde hierba plantada por los niños -era el único pasto verde en muchas leguas a la redonda-.

Porfirio, el capataz, trajo un venadito y el caraguatá de  verdes hojas y rojaflor.

La  noche del 24, Carmen colocó latitas llenas de aceite con una mecha a lo largo del caminito bordeado de algarrobos que empezaba en la tranquera y terminaba en la casa. Los farolitos del patio y las velitas del pesebre iluminaban la noche chaqueña, mientras todos reunidos cantaban villancicos en honor del recién nacido Hijo de Dios.

El niño de la Virgen

no tiene cuna

Su padre es carpintero

 y le hará una.

El padre Juan bendijo la mesa y luego todos disfrutaron de una exquisita cena: perdices en escabeche, pan casero y torrejitas de  miel.

Faltaba el queso. Odilona no lo podía hacer porque la leche escaseaba debido a la sequía.

Luego, se sentaron en el patio a disfrutar de la noche estrellada, cuya misteriosa belleza estuvo siempre al alcance de los seres humanos, pero hoy es invisible para los habitantes de las ciudades ebrias de luz.

El cielo plateado y el silencio los envolvían, reinando ambos sobre la casa blanca de cal a orillas del tajamar, los palmares, los esteros, los pequeños y grandes animales, las tumbas anónimas y la chatarra que enmohecía en el silencio del monte, recordando el estrépito y el retumbar de la guerra.

El padre Juan, el misionero, mirando el cielo les decía así:

-El Señor nos espera en la encrucijada de las estrellas. -Y luego agregó-: Señor, ten piedad de nosotros y envía la lluvia a esta tierra sedienta.

-Amén -respondieron todos.

El día de Año Nuevo, Carmen volvió a encender los farolitos en el patio.

-No se moleste, señora, a los farolitos los va a apagar la lluvia-dijo Porfirio mirando el horizonte.

-Dios quiera que tengas razón -le contestó Carmen.

Poco antes de la medianoche, el cielo se iluminó con la luz de los relámpagos y se escuchó retumbar el trueno. Nuestro Señor escuchó la plegaria del Padre Juan y el Año Nuevo se inició trayendo la bendita lluvia que apagó los farolitos del patio, pero encendió la esperanza en los corazones.

José María, escuchando cantar a las gotas de agua sobre el techo de hojalata, soñaba:

-El espartillar va a rebrotar y el pasto tierno alimentará al ganado. El tajamar se llenará de agua y volverán las garzas, el tujuju y los patos color de  rosa. Los pozos se llenarán de agua dulce y el molino impulsado por el viento llenará el cauce donde beberán las lecheras y los temeritos a la luz del sol.

Y, en la oscuridad de la noche, también el rey de la selva de relucien­tes ojos y de dorada piel se acercará al cauce a calmar la sed. Quizás, después de haberse saciado con la carne de un venado y en el silencio de la noche le escucharemos rugir satisfecho.

Luego, en voz baja, agregó:

-Gracias, Señor, por esta lluvia que vuelve la vida a la tierra reseca y calma nuestra sed y la de todos los animales.

 

 

 

TACALAGUANA Y SOFÍA EIRETÉ

 

 

Carmen era muy feliz, con sus hijos varones, pero deseaba tener una niña. Una vez, mientras tejía en la mecedora, le trajeron un panal lleno de espesa y dorada miel silvestre. Cuando se llevó un trozo del panal a la boca, dijo en voz alta:

Si yo tuviera una hija, me gustaría que tuviese los ojos dorados y sea tan dulce como esta miel.

El deseo de Carmen se cumplió. Poco tiempo después, nació una niña con los ojos dorados y una dulce sonrisa; la llamaron Sofía Eireté. La niña creció en el campo sana y hermosa. Una vez, Paul le prestó su traviesa ranita para que jugase con ella.

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Los mellizos pusieron una ranita en mi cama! -gritó la nena.

Carmen enojada, les dio una palmada a los dos, sin preguntar si fue Panchito o Paul el que asustó a Eireté.

La casa de José María y Carmen estaba construida a orillas de un tajamar.

-Papá, ¿qué es un tajamar? - le preguntó Panchito.

-Hace mucho tiempo, el río Pilcomayo pasaba por aquí, y como el río necesita también una camita, abrió la tierra por leguas y leguas; cuan­do estuvo listo su lecho, lo llenó de agua. Este río caprichoso, un día se cansó de este lugar, así como ustedes se cansan de sus juguetes, y se fue muy lejos. Ahora la camita del Pilcomayo se llena de agua cuando llueve. y la llamamos tajamar.

-¡Papá! A nosotros nos gusta mucho cl tajamar porque está lleno de ranitas. La otra tarde encontramos una viborita negra sobre los camalotes. La queríamos guardar en una cajita para asustarla a Sofía Eireté, pero se escapó.

-¡Qué lástima! - exclamaron los dos.

-Tengan mucho cuidado. Sólo jueguen con las ranitas -les advirtió el papá.

-Papá, ¿sabes que ahora Sofía no le tiene miedo a los sapitos?

-No, ¿cómo es eso?

-Ella estaba jugando con su trompo rojo al lado del tajamar. El trompo cayó al agua y desapareció. Sofía se puso a llorar. ¡Por suerte mamá no la escuchó! Porque siempre que ella llora nos castiga a nosotros.

 De pronto, escuchamos una voz que decía:

- ¿Por qué lloras, linda Sofía Eireté?".

-Cuando ella miró al agua para ver quién le hablaba, sólo vio la cabeza de un sapito entre los camalotes.

-Lloro porque perdí mi trompo rojo-le contestó la nena.

- Yo puedo zambullirme y buscarlo. Lo haré si me prometes lo siguiente: cuando llegue el invierno y el agua esté muy fría en el tajamar, ¿ me llevarás a tu casa? -le preguntó el sapito.

-Sí, verde sapito. Te prometo que llenaré con agua calentita mi latona pintada con flores para que no tengas frío -le contestó la niña.

Entonces el sapito se zambulló debajo de los camalotes y pronto volvió a salir trayendo el trompo rojo en la boca.

Sofía Eireté se apoderó de él y, sin despedirse del sapo, corrió a su casa.

Un tiempo después, el ardiente viento Norte dejó de soplar y llegaron las lluvias. Eireté, bien abrigada en su camita, escuchaba cantar a las gotas de agua sobre el techo de hojalata:

Larín, larán,

el príncipe en el agua está

Larín, larán,

el príncipe llegará.

Luego sopló el viento Sur, y cuando se apagaban los faroles de gas la chimenea encendida brillaba en la oscuridad.

Una noche muy fría, se escuchó llamar a la puerta.

-¿Quién puede llamar a estas horas? -preguntó José María.

Sin detenerse a preguntar ¿quién es?, los mellizos abrieron la puerta.

Una ráfaga de viento frío y un feo sapo se apresuraron a entrar.

-¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en el tajamar? -le pre­guntaron los niños.

-El agua está muy fría allá afuera -contestó el sapo.

 -Estamos en invierno. ¿Qué podemos hacer por ti?

-En el verano yo encontré el trompo rojo de Eireté en el fondo del agua. Ella se puso muy contenta y me prometió que llenaría de agua calentita su latona con 'flores para que pase la noche.

-¿El sapo dice la verdad?-le preguntó el papá a Sofía.

-Sí, yo se lo prometí pero ahora no quiero que duerma en mi latona rosada.

-¡Debes cumplir tu promesa! -le ordenó su padre a la niña. Carmen llenó la latona con agua calentita y Eirete con los ojos llenos de lágrimas vio como el sapo saltaba adentro. Este, muy contento, se puso a nadar entre las flores pintadas.

Al día siguiente, apenas abrió los ojos, la niña corrió a ver al sapo. Estaba ya despierto y le dijo:

-Hermosa Eireté, ahora vamos a desayunar juntos. Beberemos leche  con canela en tu jarrito de plata.

Te llevaré a la mesa- le contestó ella.

El sapo, confiado, dejó que Eireté lo tomase con la punta de los dedos. Pero ella, en vez de llevarlo a la mesa lo arrojó con fuerza al suelo.

 Vete al tajamar, horrible sapo! -gritó la niña.

Cuando el sapo cayó al suelo, se escuchó un estampido, igual al que hacía el rifle de José María cuando este iba de cacería. El sapo quedó envuelto en una humareda. Al disiparse el humo, Eireté se encontró de­lante de un joven. Este tenía largos cabellos negros y ojos azules. En la cabeza llevaba una corona de plumas y sobre su pecho desnudo colgaba un collar de colmillos con una cruz.

-No temas Eireté, soy Tacalaguana, un príncipe indio. Hace muchos años los hombres blancos llegaron al Chaco y mataron a toda mi tribu con el rayo de fuego. Mi padre, el Señor de estas tierras, sobrevivió, y en venganza raptó a una mujer blanca. Catalina se llamaba, era muy hermosa y mi padre la amó con todo su corazón. Pero ella no cesaba de llorar. Para secar sus lágrimas y verla sonreír, el indio cazaba el onza de piel atercio­pelada para vestirla y los más bellos pájaros para coronarla de plumas. De la selva traía miel silvestre y las orquídeas color de rosa, oro y violeta perfumaban nuestra tienda.

Recuerdo que Catalina, mi madre, tenía los ojos azules, me hablaba en su idioma y colgó esta cruz a mi cuello. El cacique, mi padre, hablaba con los pájaros y el tigre le obedecía. También él me hablaba en su idioma diciéndome así:

*- "Somos parte de la Tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas: el venado, el caballo, el yaguareté y el águila majestuosa son nuestros hermanos. El murmullo del agua es la voz de mí padre. Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed, por eso deberás en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que darías a cualquier hermano".

Pero un invierno Catalina, mi madre, fue presa de la fiebre. Las hierbas de la hechicera no pudieron curarla y el Dios de los blancos no escuchó los ruegos del indio. Ella murió de la fiebre y Tacalaguana, mi padre, murió de tristeza poco después.

La hechicera, para salvarme de los hombres blancos, me convirtió en sapo y me escondió en el fondo del río Pilcomayo. Ella era ciega, pero podía ver el porvenir porque hablaba con una serpiente de cascabel que llevaba enrollada en el brazo. Esta era una diosa de la selva y se comuni­caba con ella haciendo sonar sus campanillas. La serpiente le dijo lo siguiente:

-Algún día, una niña blanca librará al príncipe Tacalaguana del he­chizo si se enamora de él. Mientras tanto, el río Pilcomayo que guarda al príncipe en sus aguas no tendrá sosiego. Vagará por estas tierras hasta que el príncipe y la niña blanca se encuentren. Sólo entonces el río terminará su peregrinar y encontrará su cauce. El amor unirá a las dos razas, porque este es el deseo del único Dios que creó a todos los hombres.

Cuando terminó de hablar Tacalaguana, Eireté le contestó: -Tacalaguana, es muy hermosa toda esta historia, pero yo quiero vivir en la ciudad. ¿Te gustaría vivir en la ciudad de los blancos?

- "No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegar de las hojas en prima­vera, el rozar las alas de un insecto. Pero quizás sea así porque soy un salvaje  y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos, ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión noctur­na de las ranas alrededor de  las lagunas? Los indios preferirnos el suave sonido del viento que acaricia los camalotes de  las lagunas y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia del palo santo.

-Tacalaguana, así como tú no amas el bullicio de la ciudad de los blancos, yo no amo este silencio ni te amo a tí. No soy la niña blanca que romperá el hechizo.

-Entonces volveré al fondo del río y allí esperaré por el amor de una niña blanca que ame esta Tierra que es sagrada para mi pueblo. Recuerda Eireté que: "Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro, cada insectos con su zumbidos sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia en los árboles porta la memoria del hombre de piel cobriza".

Luego de decir esto, Tacalaguana se dirigió al tajamar y desapareció en el oscuro camalotal cuyas flores son azules como los ojos del príncipe.

 

 

 LA HECHICERA

 

Años después, terminadas las fiestas de fin de año, José María, Car­men y los niños regresaron a la estancia. Esta vez no utilizaron el avión: la ruta Transchaco les permitía viajar por tierra.

El primer tramo hasta Pozo Colorado lo hicieron rápidamente sobre el asfaltado. Desde allí, la ruta era sólo un terraplén que se volvía intran­sitable con la lluvia. El velocímetro bajó a la mitad y las nubes eran miradas con desconfianza, temiendo que el agua del cielo les impidiese llegar a Filadelfia.

-En nombre de Dios y María Santísima-musitó José María hacien­do la señal de la Cruz, al salir de Pozo Colorado rumbo a la colonia.

Más tarde, al recordar aquel  primer  viaje por  tierra, contaba Carmen:

-Viajamos sin lluvia sobre el terraplén y llegamos sin contratiempos al cómodo y limpio hotel de la colonia. A la mañana siguiente, en medio del Chaco disfrutamos de un abundante desayuno: café con leche, pan casero, manteca y mermelada de grosella. Cuando terminamos el ban­quete nos dispusimos a continuar el viaje.

Siendo el niño más pequeño de pocos meses, me demoré en el hotel cambiándole los pañales. Los mellizos y Bruno se encontraban afuera al cuidado de la niñera. Cuando salí a reunirme con los demás pregunté dónde estaba Bruno. La niñera me contestó:

No sé, la señora, yo loo no me quiero quedar con los chicos porque son muy compromiseros.

Lo buscamos dentro y fuera del hotel sin hallarlo.

-No puede haber ido muy lejos siendo tan pequeño decía yo secán­dome las lágrimas, mientras recorríamos  las calles.

Sólo encontramos  menonitas en bicicleta y grupos de indios silenciosos. Me estremecí al encontrar la mirada de una anciana indígena que llevaba un extraño y horroroso brazalete: una serpiente de cascabel arro­llada al brazo.

Me vino a la memoria la historia del niño criado en la selva por monas maternales o aquella otra sobre el niño raptado por el tigre "Shere Khan" y salvado por los lobos.

Horas más tarde, lo encontramos lloroso, pero sanito en el hospital. Entonces iniciamos el tercer tramo del viaje. Nos dirigimos al Sur-Oeste hacia Neuland. La colonia se veía hermosa, las aseadas casas asomaban detrás de pequeños jardines sembrados de xinias multicolores y groselle­ros de frutos rojos. Unas mujeres rubias protegidas del sol con sombreros de amplias alas regaban, empapando la fértil y seca tierra chaqueña, la cual cuando le dan de beber, florece.

Más allá de  los jardines de Neuland, nos esperaban las picadas bo­livianas. Estos estrechos caminos que el monte aborrece y trata de borrar, sólo nos permitían un lento andar. Cuando un charco amenazaba empan­tanar la camioneta, no había más remedio que detenerse y abrir un nuevo camino talando el monte.

Mientras los hombres luchaban con la maraña, las mujeres luchába­mos con los niños. Estos, libres del encierro del vehículo corrían, pelea­ban y habiendo descubierto un zorrino distraído bebiendo en el charco, se apoderaron del hermoso animalito, que no los devoró pero sí los roció.

Juanita y yo nos pusimos a lavar a los mellizos en el agua sucia del charco descuidando a Bruno. Cuando terminamos, nos dimos cuenta que una vez más había desaparecido el niño. La búsqueda fue penosa e inútil. Por más que llamamos y lo buscamos en el monte sin hacer caso de las espinas del caraguatá no encontramos ni rastros de Bruno.

En medio del extenso lagunajo pasamos la noche a merced de los mosquitos que abundaban. La lluvia tan temida durante todo el viaje se anunciaba con ráfagas de viento y relámpagos. A la hora que debía salir el sol empezaron a caer las primeras gotas y el viento se volvió frío. Debido a las inclemencias del tiempo, continuamos el viaje para pedir ayuda.

 

 

LA SERPIENTE DE CASCABEL

 

Cuando se alejó la camioneta y el monte quedó silencioso, una he­chicera indígena que se adornaba el brazo con una serpiente salió del hueco de un viejo algarrobo llevando de la mano al niño blanco. Mientras caminaban por los senderos de la selva que ella conocía le hablaba dulcemente en guaraní. El niño no la temía y entendía su idioma.

Ella le iba diciendo:

-Aún no habías nacido, cuando Tacalaguana, el príncipe indio que vive en el fondo del río Pilcomayo, bajo la forma de un sapo, recobró su verdadera apariencia. Él es un joven muy apuesto, hijo del cacique Taca­laguana y de Catalina, una española. Le preguntó a tu hermana Eireté si podía amarlo a é1 y a estas tierras que le pertenecen desde el tiempo en que un gran mar las cubría.

Ella le contestó que no había amor en su corazón. Entonces el prín­cipe desapareció en el tajamar porque sabe que sólo el amor romperá el hechizo que lo convirtió en sapo. En el fondo del río vive esperando a una niña blanca que ame la naturaleza de la cual él forma parte.

No temas a la serpiente que llevo enrollada al brazo. Ella es una diosa de nuestra raza que puede adivinar el porvenir. Me habla haciendo sonar sus cascabeles. Cuando te encontramos en Filadelfia, agitó con alegría los cascabeles, porque adivinó que de tí nacerá la niña que salvará a Tacala­guana. Luego me ordenó lo siguiente:

Devuelve ahora al niño. Más adelante, cuando estén en medio de la espesura, será el momento de apoderarte de él. Lo llevarás a la Gran Laguna que sólo los indios conocen; allí vivirá contigo y le enseñarás que:

“Estas tiernas son sagradas para nosotros. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrios. Su apetito insaciable devorará la tierra y dejará tras de sí solo el desierto.
Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando el yaguareté, el puma y el yaguareté, el puma y el yacaré sean exterminados, cuando los recónditos rincones de los bosques no exhalen sus perfumes. Diremos:

¿Dónde está el espeso bosque?

¿Dónde está el yaguareté?".

Una bandada de cotorras parlanchinas interrumpió a la hechicera y Bruno le preguntó qué decían.

-Ellas son las encargadas de informar a todos los animales de la selva las noticias del día. Hablan sobre nuestro viaje a la Gran Laguna y les piden que nos ayuden. Pronto aprenderás el lenguaje de los pájaros y podrás hablar con ellos. Pero ahora se está haciendo de noche y necesita­mos ramitas de labón para encender el fuego.

La hechicera encendió el fuego, preparó la cena y luego acomodó al niño en el hueco de un árbol, éste, cansado pronto se durmió. Entonces la serpiente volvió a agitar sus cascabeles diciendo así:

-No puedo decir cuántas generaciones pasarán, pero algún día la hija del niño blanco se unirá por amor a Tacalaguana y juntos descubrirán que nuestro Dios es su mismo Dios y que su compasión es igual para el hombre de piel roja que para el hombre blanco. También sé que ese día será el día de mi muerte.

Al terminar de musitar la palabra que pone fin a la vida, los cascabe­les entrechocaron entre sí imitando el lúgubre sonido de las matracas.

La anciana hechicera se dispuso a velar al niño dormido. Para ahu­yentar el sueño alimentaba la hoguera, cuyo calor le era grato a la serpien­te y cuya luz atenuaba tímidamente las sombras de la noche que cobijaban al urutaú de grito lastimero y al ñacurutú de grandes ojos y silbido pene­trante.

La hechicera rogó a la serpiente que le descubriera el porvenir.

-Deseo saber si algún día se encontrarán Tacalaguana y la niña blanca-le preguntó.

La serpiente le contestó:

-Mira las llamas fijamente y te haré ver la gloria de ese día.

La anciana le obedeció y el sortilegio de la serpiente le hizo ver cl siguiente cuadro:

-La aurora se levantaba tiñendo de rosa el horizonte mientras las garzas levantaban vuelo confundiéndose con el color del cielo. Una niña blanca dirigía sus pasos hacia la laguna cubierta de camalotes. En la orilla se detuvo y arrojó un anillo de oro al agua diciendo:

*"¡Oh, cristalina fuente,

Si en esos tus semblantes plateados

Formases de repente

Los ojos deseados

Que tengo en mis entrañas dibujados!"

Al conjuro de estas palabras, un sapo saltó del agua llevando un anillo en la boca.

La niña le sonrió diciendo:

-Ven, Tacalaguana, tu espera ha terminado. Yo te amo.

Así se rompió el hechizo y el príncipe de largos cabellos negros y azules ojos deslizó el anillo en su blanca mano. Entonces todas las aves levantaron vuelo y formaron una nube de plumas multicolores que envol­vió a la pareja.

 

DE: TACALAGUANA, EL PRÍNCIPE DEL PILCOMAYO

(Asunción: Intercontinen­tal Editora, 2009)

 

Fuente: LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY. TOMO II (K – Z). TERESA MÉNDEZ-FAITH, INTERCONTINENTAL EDITORA S.A. Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py. Asunción – Paraguay, 2011.

 

 

 

 

 

 

 

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