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GUSTAVO SOSA ESCALADA


  EL BUQUE FANTASMA. DIARIO DE UN TRIPULANTE DEL LIBERTAD, EX-SAJONIA. Por GUSTAVO SOSA ESCALADA


EL BUQUE FANTASMA. DIARIO DE UN TRIPULANTE DEL LIBERTAD, EX-SAJONIA. Por GUSTAVO SOSA ESCALADA

EL BUQUE FANTASMA.

DIARIO DE UN TRIPULANTE DEL "LIBERTAD",

EX-SAJONIA.

Por GUSTAVO SOSA ESCALADA.

LIBRO PARAGUAYO DEL MES.

Ediciones NAPA

Nº 21. Asunción, Julio 1982.

Tapa: TIPHAINE

(180 páginas)

 

Ilustraciones:

Postales firmadas por Combatientes

durante la Revolución de 1904

 

 

 

EL BUQUE FANTASMA Y SU TIEMPO

DIARIO DE UN TRIPULANTE DEL “LIBERTAD”, EX “SAJONIA”

GUSTAVO SOSA ESCALADA

 

 

         Se reúnen en este volumen un juvenil y espontáneo relato de Gustavo Sosa Escalada, escrito con esa misma alegría con la que él y sus compañeros de generación se jugaron la vida por un ideal, y un informe de uno de los protagonistas decisivos de la etapa inicial en estos hechos, de Ildefonso Benegas, el hombre que facilitó el control del "Sajonia", el llamado vapor pombero o buque fantasma, al entonces teniente Duarte, más otros testimonios breves de la revolución de 1904.

         1904 marca la transición de una época a otra en la vida del Paraguay contemporáneo, o en términos más precisos, la culminación de un proceso de cambio del que forman parte las campañas de prensa y las luchas cívicas de los veinte años anteriores, la presencia en la política y en la actividad cultural de las primeras promociones universitarias, la acción del Instituto Paraguayo y de su memorable revista, la Guardia Nacional y la incorporación de los primeros oficiales de escuela, con criterio profesional y profesionalista, al Ejército.

         Todo se había sumado, en torno de 1900, para anunciar un cambio, hacerlo inevitable. No en vano habían transcurrido ya treinta años, con la aparición de dos generaciones sucesivas, desde 1870. Sonaba la hora del relevo de los hombres que, provenientes de uno y otro bando, defensores de la Patria y antiguos legionarios que no eran escasos en las altas esferas, empuñaron el timón de la República en todo ese tiempo y en los diversos campos de actividad. Esa generación, que ahora andaba por el medio siglo largo, cuando no sobrepasaba la sesentena, había cumplido, a no dudarlo, una gran labor, o cuando menos, en otros casos, meritoria; pero el poder continuado anquilosa, y por sobre todo, las nuevas condiciones políticas, económicas, sociales y culturales, los rebasaban. La coyuntura histórica, el nuevo tiempo, notoriamente requería nuevos hombres y nuevos métodos.

         El joven de la ciudad y el campesino no querían someterse a dictados caciquiles; el oficial de escuela, venido con su ciencia y sus ilusiones, chocaba con la realidad de superiores salidos de las filas, sin más formación que la cuartelera, pues no eran ya veteranos, y sin otro mérito visible que su adhesión a los titulares del poder; al universitario o al periodista a veces las reclutaban para acallarlos. Pero no todo era negro: parecía percibirse en los últimos años un proceso evolutivo que podría encaminarse a la consolidación de las instituciones republicanas y de una convivencia tolerante y respetuosa, con igualdad de oportunidades para todos. La esperanza de que así fuera animaba a líderes encanecidos en las luchas cívicas y los moderaba en su accionar.

         Los sucesos del 9 de enero de 1902, con el bombardeo del Congreso por tropas adictas a un orden de cosas que no quería dejarse superar, desalentaron a los abogados de la reforma por la vía pacífica, y alinearon junto a ellos, en la búsqueda de un nuevo camino, a la juventud, a la gente nacida entre 1875 y 1885.

         Y así se gestó y se vino la revolución de 1904.

         Fue un movimiento liberal, preparado y conducido por liberales. De ello no cabe duda. Pero al mismo se sumó toda esa juventud todavía entonces no comprometida partidariamente, de la que formaban parte Gustavo Sosa Escalada y sus compañeros. Los Escobar, Meza Caballero, Rojas, que se alistaron desde el primer momento, no tenían ningún antecedente liberal: por el contrario, eran hijos o sobrinos de prominentes colorados, de la más alta jerarquía, y a ellos se sumaron después hombres ya hechos, algunos de relevante figuración anterior en la situación a la que se combatía. Tal el caso de Manuel Domínguez, a la sazón Vice-Presidente de la República, que se incorporó a la revolución con un manifiesto histórico, y Arsenio López Decoud, que vivió y murió colorado y fue el único que, en el desfile triunfal por las calles de Asunción, no llevó pañuelo azul al cuello.

         ¿Qué la movía a toda esa gente? A nadie, la ambición personal, pues la suerte de las armas estuvo indecisa mucho tiempo. A éstos que mencionamos por sus nombres, tampoco la pasión partidaria. A los más jóvenes, la voz de su generación, un imperativo en pro del cambio y el ejemplo de sus maestros; a los más viejos, que tuvieron que romper tan arraigadas vinculaciones, seguramente la desesperación de hallar el camino de ese cambio en el sistema que ahora se quería derribar, y tal vez otro imperativo, el de no abandonar a sus discípulos, ni ser abandonados por ellos.

         Claro está que la revolución no se reducía a estos ciudadanos. En sus filas revistaban, sí, eminentes liberales, maestros de la juventud como Báez, Gondra y Franco, parlamentarios como Soler e Isasi, viejos luchadores campesinos, caudillos populares como Riquelme, y hasta el poeta Alejandro Guanes, el de "Las leyendas"; y se les sumaban casi todos los oficiales de escuela, entre los que descollaban por su arrojo Almeida, caído en el campo de batalla, y Jara, entonces un brillante e impetuoso capitán, en el que nada hacía presagiar al déspota cuartelero de siete años más tarde, que ligaría su nombre con la tragedia de Rosario y con el uso del látigo y el sable para someter la dignidad de estudiantes, periodistas y parlamentarios.

         Tras sus pendones, marchó la juventud veinteañera y lo hizo con decisión y valor.

 

 

         Útil es, como relato de hechos, el librito de Sosa Escalada porque constituye el testimonio de un veterano de esa campaña, sobre sus experiencias personales y noticias directas de otros protagonistas, recibidas en ese mismo tiempo. Valor equivalente cabe atribuir a la carta de Benegas, pues allí está la historia de cómo el "Sajonia" fue a parar a manos de la revolución y en los hechos sirvió de base y pivote a la misma. Ambos autores resultaron heridos en acción, y hay nombres de combatientes, de muertos y heridos, y datos precisos sobre pasajes bajo el fuego de baterías enemigas, bombardeos, combates en tierra, choques de patrullas, la vida en el campamento de Villeta, incorporación de voluntarios de la ciudad y del campo, expediciones hacia distintos puntos del interior. Todo ello contribuye a desvanecer la especie, asentada en una biografía de Jara aparecida hará veinte años, según la cual la gente se pasaba el tiempo escribiendo tarjetas postales y luciendo su atuendo marcial: revolucionarios y gubernistas tomaron en serio las cosas, y a la hora de pelear, supieron hacerlo con denuedo.

         Benegas, herido en el abordaje del "Villarrica" por el "Sajonia", no volvió a la acción. Sosa Escalada, incorporado poco después, vio y anotó más cosas, y aunque también herido, permaneció a bordo y con los ojos bien abiertos, para volver a la lucha una vez repuesto en su salud; pero no estuvo en la etapa final en el teatro principal de operaciones, por haber ido en un vaporcito, por el Paraná, en una expedición muy poco conocida hacia Encarnación, donde lo alcanzó la noticia de la paz.

         Anécdotas juveniles y permanente sentido del humor caracterizan este librito de fácil lectura, y nos dan idea del alto espíritu combativo del autor y sus compañeros, a quienes el silbido de las balas no les apagaba la alegría. Cuando refiere su disputa por un poncho con Eladio Velázquez, mi padre, o sus ejecuciones de guitarra -Sosa Escalada tuvo fama de ser un eximio concertista-, o cómo se incorporó a la revolución la banda de músicos de Villa Hayes, o hace burla de la desafortunada puntería de los artilleros que los cañoneaban, nos está diciendo que esos jóvenes de entonces, que de haber vivido hasta hoy serían centenarios, no temían a la muerte y la desafiaban con una sonrisa.

         La revolución terminó en diciembre, con el Pacto de Pilcomayo, en virtud del cual se confiaba la Presidencia de la República a un ciudadano aceptable para ambos bandos (dos días antes, había recibido un nombramiento ministerial del Presidente en trance de renunciar), se respetaba la integración del Congreso pese a su mayoría adicta al gobierno depuesto, y se aseguraba a éste la conservación de los Ministerios del Interior y de Justicia, fundamentales desde el punto de vista de las garantías constitucionales. Aun así, quedaba operado el relevo generacional y se abría una nueva etapa en la vida política paraguaya.

         Si bien las peculiares características de nuestra actual convivencia parecen oponerse a ello, tiempo es de juzgar con objetividad y desapasionamiento hechos como éstos, ocurridos ochenta años atrás, de medir su auténtica trascendencia histórica y reconocer méritos y deméritos de tirios y troyanos. Si Sosa Escalada, cuando el eco del cañón aún resonaba, pudo escribir con espíritu festivo y sin rencores, ¿por qué nosotros, paraguayos de 1982, tanto tiempo después, no hemos de poder hacerlo? La respuesta a este interrogante dará, la medida de la cultura cívica de quiénes la expresen.

 

         Asunción, agosto de 1982

         Rafael Eladio Velázquez

 

 

 

 

 

         Mucho se ha hablado y mucho ha preocupado la mente de pueblo y gobierno, en la revolución paraguaya de agosto de 1904, la acción del vapor "Libertad", antiguo "Sajonia", bautizado durante los pasados acontecimientos por la imaginación popular con el sugestivo nombre de BUQUE FANTASMA, no solo por la penumbra que rodeara su aparición en la escena revolucionaria, y por sus apariciones, desapariciones y reapariciones intempestivas y generalmente sonoras, que llevaban la confusión á las filas enemigas, si que por su especialísima y decisiva intervención en los comienzos y en muchos de los hechos más importantes del movimiento armado más justificado que registra la historia de la vida interna de los pueblos americanos.

         Decidido por convicciones propias á formar en las filas revolucionarias, para defender la causa de la civilización, me incorporé al campamento de Villeta el 14 de Agosto del año próximo pasado, y siguiendo una costumbre de vida y de familia, llevé notas diarias de los acontecimientos en que actué, desde esa fecha hasta la total terminación de la lucha.

         Con el objeto de que muchos hechos no queden olvidados en lo porvenir, y pueda concurrir en esta forma al esclarecimiento de la verdad histórica con respecto a la revolución en que he actuado, me propongo reconstituir, coordinando notas, impresiones y recuerdos, el cuadro del pasado revolucionario, y darlo á la publicidad respondiendo a la galante invitación que para ello me hace el señor director de El Diario, don Adolfo Riquelme, y al pedido de muchos amigos y compañeros de lucha que conocen los apuntes que poseo por haberme visto frecuentemente á bordo de nuestro inolvidable vapor pombero, como sugestivamente llamaban al "Libertad" en las baterías (?) de San Antonio, tomando notas, escribiendo impresiones.

         Mi propósito era comenzar lo que va á ser materia de estos escritos, con la relación de lo ocurrido a bordo del "Libertad" desde su salida del puerto de Buenos Aires, el 4 de Agosto del año fenecido, hasta que sus anclas mordían las arenas del lecho de nuestro río en aguas de Villeta el 13 del mismo mes y año, relación que en forma de parte oficial me dictara el comandante Duarte, á cuyas órdenes serví a bordo del "Libertad". Pero habiéndose ocupado con anterioridad de esto un testigo ocular y activo de cuanto ha pasado, el joven Juan Francisco Recalde, quien desde las columnas de El Municipio ha informado ampliamente y en un estilo mucho más galano que el que pueda caracterizar á un parte militar, de la faz más peligrosa en las aventuras del "Libertad", prefiero, en atención a la brevedad, postergar la publicación de aquel documento para cuando estas líneas vuelvan á ver la luz pública en forma de folleto, conjuntamente con los escritos del señor Recalde, propósito que persigo en el interés de presentar á quien pueda interesarle, la relación más completa de los pasados acontecimientos.

         Me es necesario prevenir al lector de dos particulares; primero: que al publicar esta relación no persigo fin literario alguno. Nada le debo a las musas, mal puedo ser exigente con ellas. Segundo: que habiendo llevado el diario de mi vida revolucionaria con la escasa minuciosidad que lo permitían los detalles del servicio á bordo y las contingencias de la lucha, no me concretaré exclusivamente á publicar las notas tal cual las poseo, porque resultaría aquello indiscutiblemente narcotizante. Será necesario, pues, confiarse algunas veces á la memoria, y otras. . . otras quizá á la imaginación.

         La libertad es base indispensable del progreso de los pueblos, y siendo el  progreso un bien, es noble la lucha por la libertad. Pero cuando á ella se une la    lucha por la civilización, todo esfuerzo real que tienda á la consecución de esos  elevadísimos fines, resulta sublime.

         Este pensamiento y el reverente amor que guardo á la heroica tierra de mis mayores, han puesto en mis manos el fusil revolucionario que empuña como yo   toda la juventud del Paraguay.- A bordo del "Libertad"- Villeta 10-9-904.

 

         G.S. Escalada

 

 

Agosto 14 - 1904

 

Salida de los primeros asilados.- El incidente á bordo del "Centauro".- Actitud encomiástica de los diplomáticos extranjeros. - Encuentro con el buque gubernista "Posadas" en el puerto de Pilcomayo - El buque fantasma.

 

         Hoy decidieron embarcarse á bordo del "Centauro", con destino a Corrientes, parte de los ciudadanos paraguayos asilados en la Legación Francesa, en número de ocho.

         Eran los siguientes: Juan Manuel Sosa Escalada, Ramón García, Eladio Velázquez, Eulogio Rivarola Cabral, Regis Sánchez, Carlos Muñóz, Pedro A. Ramírez y no recuerdo qué otro.

         Por encargue de Ramón García, conseguí para los expresados cuatro coches de plaza, tarea verdaderamente de romanos en aquellos días de escasez hasta en materia de hipogrifos, pues cuanto caballo maula se arrastraba por las desiertas calles de la capital un día antes, había pasado a poder del Estado por arte de arreada.

         Mientras mis amigos de la Legación Francesa, acompañados de Mr. Eduardo Pingaud, tomaban el camino del puerto, yo recorría en otro armatoste parte de la ciudad, cumpliendo encargues de los que se iban, hasta que, en medio de un tocante aguacero, me constituí, a mi vez, á bordo del "Centauro". Allí vi á otros amigos, que estuvieron asilados durante aquellos días de expectativa en las otras legaciones; recuerdo á los siguientes: Eduardo Amarilla, Modesto Yaquisich, Herminio Saguier, Leopoldo, Antonio y Amado Ramos, y Alejandro Duarte.

         En medio de un ambiente de revolucionaria cordialidad, después que se hubieron despedido los ministros argentino y brasileño, que acompañaron á bordo a sus asilados, almorzamos haciendo cálculos para el porvenir. Los señores Pingaud y Goitia, cónsul argentino este último, no quisieron dejar á sus asilados hasta que el barco se hubiese puesto en movimiento. Razón tenían para ello, pues á eso de la 1 p. m. comenzó la primera de las comedias que se representaron en el "Centauro" durante la revolución, y que le valieron a esta nave el pseudónimo de segundo buque fantasma.

         A esa hora presentóse á bordo el empleado de la capitanía encargado de despachar al barco. Es conocido de todos el desagradable incidente promovido á bordo por este señor, que dijo obrar como lo hacía, por orden superior. No le valieron a este señor las protestas de los ciudadanos que amparados bajo el pabellón de otros países, abandonaban el suyo ante la perspectiva de las persecuciones que se iniciaban. Tampoco le valió la intervención del señor Pingaud, que le exhibió un pasaporte para los ciudadanos que había acompañado, firmado por el Ministro de Relaciones Exteriores. Aquel señor, que tenía más humos que una chimenea turca, en el paroxismo del cumplimiento del deber, lo tomó á Eduardo Amarilla de un brazo para obligarlo á trasladarse al bote de la capitanía. El señor Goitia ante esta actitud agresiva del mencionado empleado, optó por una contramanifestación de la misma índole, acordándose sin duda de aquello de "á grosero, grosero y medio", y no habría transcurrido un segundo cuando revólver en mano (y puntería en pecho, dicen mis notas) reclamaba del capinejo del puerto la persona del amigo Amarilla, el que volvió á los suyos "al tercero día", pues le parecieron días los dos o tres segundos del interregno aquel.

         La oportuna intervención del verdadero capitán del puerto, el señor Rojas, al que hay que hacerle la justicia de decir que se portó como un caballero, y de los ministros Guesalaga é Itiberé, que vinieron llegando en botes de alquiler, como llovidos del cielo realmente, puso fin al conflicto cuando la ansiedad nuestra era mayor y ya desesperábamos de poder emprender viaje. Sin embargo el señor Itiberé da Cunha se vió obligado á manifestarse en términos duros hacia un gobierno desleal que hacía de las relaciones internacionales un juego de chicos. Todos los ministros extranjeros declararon que sus asilados salían del país en virtud de pasaportes otorgados por el gobierno, firmados por el Ministro de Relaciones Exteriores, pero aquel empleado que promovió el incidente, seguía empecinado en su dale que te dale de que en estado de sitio la única firma que da carácter á un documento oficial es la del presidente de la república.

         - Pero si la firma del ministro de R. Exteriores es la de un miembro del Poder Ejecutivo, le objetaban Yaquisich, García y otros.

         - Pues en estado de ebr..., ¡digo!, de sitio, no vale ni esto, contestaba haciendo sonar una enorme uña que se le destacaba del dedo anular.

         Por fin, después de tres horas de duda, de ansiedad, de una expectativa limitada por el campamento revolucionario, allá lejos, y por el Hotel del Gallo, allí cerca, pudimos despedirnos de nuestros salvadores ministros, en medio de vivas atronadores que repercutían fuertemente en los muelles de la Aduana, en los que es fama que un caballero (que poco más tarde hubo de instalar provisoriamente en Villeta una fábrica de jabón), se paseaba protestando de viva voz contra la complacencia del gobierno que nos dejaba ir á engrosar impunemente las filas revoltosas, contra los ministros extranjeros que favorecían el movimiento facilitando la incorporación de elementos, y, posteriormente me dicen contra el antiguo Gutemberg, quien, sin embargo no tuvo la culpa...

         Poco antes de levar anclas el "Centauro" había salido con rumbo sud el vapor "Posadas", con unos ochenta hombres, á estar á lo que pudo verse desde el "Centauro". Pregunté al empleado de la capitanía adonde se dirigía el "Posadas", contestándome aquél que iba á San Pedro, a sofocar el levantamiento encabezado allí por los caudillos López. Esta afirmación del empleado aludido, que contrastaba grandemente con el rumbo que había tomado el "Posadas", me hizo prever lo que más tarde aconteció, esto es, que el verdadero objeto del "Posadas" fuera el de atraer al "Libertad", haciéndose perseguir por éste hasta ponerlo bajo los fuegos de las piezas emplazadas en Ita pytá punta, trasbordando de paso á los ciudadanos paraguayos que acababan de escaparse en el "Centauro" del furor gubernista.

         Pregunté indirectamente al señor Rojas si mi presunción sería un hecho, esto es, si el "Posadas" apresaría á los ciudadanos paraguayos que tan á duras penas podían abandonar el país, pero él yéndose á fondo me contestó:

         - "La misión del "Posadas" no es ésa. Ustedes no deben temer nada del "Posadas". A bordo va mi hermano, el capitán Rojas, que es una garantía para ustedes".

         A las 4 p.m. levábamos anclas ante el numeroso público que bordaba comentarios estacionado en los muelles, en los buques surtos en el puerto, en todas partes.

         Momentos después pasábamos bajo las barrancas de Ita pytá punta, posición que examinamos atentamente y de la que don Juan M. Sosa Escalada tomó un croquis tan exacto como era posible hacerlo en esa rápida pasada.

         Allá arriba, sobre la meseta del barranco, se veían medio escondidas entre la maleza dos piezas de artillería, emplazadas dominando la gran cancha que se abre en el rio desde la batería hasta casi el cerro de Lambaré. Parecían piezas Krupp, y sus dotaciones nos hicieron una demostración militar al pasar. Aquellos desgraciados agitaban trapos colorados y producían una gritería infernal que no encontraba eco ni ¡qué lo había de encontrar!, entre los pasajeros del "Centauro". Algunos, los más espirituales sin duda, agitaban botellas cuyo contenido no hará un esfuerzo de imaginación en adivinarlo el lector.

         A esa altura vi á bordo dos caras que aún no había visto. Eran los hermanos Víctor y Carlos Abente que se habían escondido durante la revisación del barco en el puerto de la Asunción, Víctor en una bolsa de correspondencia, y Carlos no recuerdo dónde, creo que en la caja del árbol de la hélice. Festejamos estruendosamente el advenimiento de estos dos compañeros de causa, uno de los cuales, Víctor, fue el más festivo de los tripulantes del "Libertad" más tarde.

         Al declinar la tarde alcanzamos el puerto argentino de Pilcomayo donde se fondeó. Allí desembarcó el señor Cancio al que le estaba reservada para más tarde su actuación en nuestro movimiento armado. Subieron a bordo los oficiales argentinos del destacamento de Pilcomayo, teniente Sarmiento y subteniente Balbuena, del 12o. de caballería.

         Pregunté al último, del general Ferreira y de la gente que tenía, contestándome que se hallaban en número de ciento cincuenta hombres, desarmados, en la Colonia Bouvier. En la Asunción unas versiones decían que el general Ferreira tenía como cuatrocientos hombres en Pilcomayo, otras, las más exageradas, que mil, tropas que esperaban que el "Libertad" las pasara á territorio paraguayo para marchar sobre la capital.

         Le pedí al sub-teniente Balbuena le hiciera llegar al general Ferreira una esquela informativa que le escribiera don Juan M. Sosa Escalada, y me prometió hacerlo inmediatamente.

         Estando en estos dimes y diretes aparece en la gran vuelta que hace el río para descender hacia San Antonio, un buque de vapor, que por la gran velocidad que traía, se hizo pronto conocible. Era el "Posadas", que no marchaba, ni corría, ni disparaba, sí que volaba. A bordo se tomó la cosa a chacota y todos creían que los del "Posadas" habían solucionado el problema de la navegación aérea, por lo del vuelo.

         Razón había para esta precipitada huida; pues al poco se mostró en la cancha, allá lejos, la silueta de otro barco de vapor, que los prácticos del "Centauro" reconocieron ser el fantástico "Sajonia", el fatídico vapor pombero de la gente sencilla.

         Sucedía ni más, ni menos, lo que había imaginado horas antes. Con el precedente del "Villa Rica" ya tendrían cuidado los del "Posadas" en recordarle a la hélice del barco su misión salvadora de esa actualidad, é indudablemente el barco hubiera persistido en su feroz corrida, si el "Libertad", calculando quizá la intención de llevársele hasta las baterías de Itá pytá punta, y sin esperanzas ya, por la distancia y la mayor velocidad del "Posadas", de atrapar a este barco, no hubiera puesto nuevamente su proa aguas abajo.

         Esta actitud conciliadora del "Libertad" tuvo una repercusión instantánea, mecánica, rápida, en el "Posadas", pues este aflojó su marcha y se fue incontinenti sobre el enemigo, esto es, se vino sobre nosotros, qué al fin y al cabo éramos también enemigos.

         Como medida prudente, y á indicación de los oficiales argentinos, se acercó el barco todo lo que el agua permitía á la costa argentina. Los ciudadanos paraguayos entraron á los camarotes y en menos que canta un gallo subió á bordo una sección de marineros de la capitanía de Pilcomayo, armada á mauser, que tomó colocación sobre el puente, en parte bien visible. En la costa, á pocos metros del "Centauro", y en actitud de no admitir términos medios, se hallaba ya formada una fuerza de caballería desmontada.

         En estas condiciones atracó el "Posadas" al costado del "Centauro", proa con proa, entablándose este diálogo entre un oficial del "Posadas" y el capitán del "Centauro".

         - Oficial. Dígame, capitán; no puede indicarme adónde se halla el vapor "Sajonia"? (Recuérdese que venían corridos por dicho buque y que el "Centauro" venía de aguas arriba. Siendo que el "Sajonia" se hallaba aguas abajo, ¿cómo podíamos saber nosotros la situación del buque fantasma?).

         - Capitán. Pero. . ., y cómo voy a saber adónde está el "Sajonia", si venimos de aguas arriba?.

         - Oficial. (dirigiéndose al subteniente Balbuena, que estaba al lado del capitán). Dígame, teniente, no puede usted darme datos del vapor "Sajonia"? (sic).

         - Subteniente. No conozco al vapor "Sajonia", señor.

         - Oficial. ¿No me da noticias del capitán Garay? (a qué diablos venía esto del capitán Garay?)

         - Subteniente (haciendo el que no había oído bien). ¿Qué capitán Carái, señor?

         - Oficial. El capitán Garay, teniente, Garay.

         - Subteniente. No tengo el gusto de conocer á ningún capitán Carái, señor.

         El oficial del "Posadas" vió que se le tomaba la cosa a chacota, que el "Centauro" se hallaba guarnecido por fuerzas argentinas y que se las tenía que ver con oficiales de dicho ejército, y ordenó seguir viaje, naturalmente aguas arriba, sin mentar siquiera el particular de los ciudadanos paraguayos que iban emigrados, y cuya misión era á ojos vista transbordarlos al "Posadas" y llevarlos á la Asunción en calidad de presos políticos.

 

 

         Los del "Posadas" se vieron entre la espada y la pared. Corridos por el "Sajonia" venían á desquitarse con el "Centauro"; pero al atracar á este, la presencia de fuerzas argentinas los detiene. Buscan un pretexto para excusar el cuasi acto de abordaje á un buque argentino, en aguas argentinas, y se les ocurre el menos oportuno: indagar el paradero del buque que los viene corriendo. Se les hace comprender que han perdido la chaveta, y en la confusión de ideas se les ocurre otra peregrina: preguntar por el capitán Garay a los que necesariamente no podían saber de su suerte más que ellos. A los de "Posadas" se les puede y debe aplicar el calificativo criollo apropiado á estos casos: "se les chingó el cuéte".

         Demás estaría consignar lo obligado que quedamos al sub-teniente Balbuena, por este nuevo acto de salvataje.

         Ya entrada la noche seguimos viaje, acompañándonos el teniente Sarmiento, quien se dirigía á Buenos Aires.

         Mis compañeros, que no podían bajar en ningún puerto argentino (en los paraguayos los vapores no tocaron por disposición del gobierno durante la revolución), decidieron que bajara yo en Bouvier, si efectivamente estaba allí el general Ferreira con sus 400 hombres. Al efecto había puesto, desde que nos embarcamos, mi modestísima personalidad al servicio de los compañeros, aun cuando tanto ellos como yo llevábamos pasajes hasta Corrientes. Para este caso se redactó una misiva que debía entregar al general, á más de la que había redactado en la Legación Francesa Luis Cálcena, en nombre de los compañeros de causa asilados, dándole cuenta del estado de defensa del gobierno y de algunas versiones que corrían en la capital.

         Durante la cena tocamos en Bouvier, donde se nos informó que el general Ferreira, con unos ochenta hombres, todos jóvenes de la Asunción que desde el 8 del mismo mes habían pasado de la costa paraguaya y se habían mantenido en verdadera peregrinación, habían tomado Villeta sin resistencia, protegidos por la presencia del "Libertad". Desde ese momento todos los que teníamos la sana intención de incorporarnos sin más dilaciones al campamento revolucionario, esperamos que el "Libertad" nos obligara a faltar al compromiso contraído con los ministros asilantes, de no bajar en puerto alguno hasta Corrientes.

         Terminada la cena se sentó al piano una niña muy bonita, pero al parecer de fuertes pasiones, pues se vengó abundantemente en nosotros de todos los sustos pasados y quizá por pasar.

         Nosotros, sin embargo, no teníamos la culpa, ni tampoco la tenían Meyerbeer, Beethoven y el pobre Verdi a quien lo suponíamos deshecho en improperios contra la ejecutante, al son de un Trovatore espantosamente interpretado por nuestro ángel en esa desafinada atronadora del salón del "Centauro" que algunos espíritus cándidos llaman pianoforte.

         "Negra estaba la noche", como la música, y no se veían ni Villeta, ni "Sajonia", ni nada, cuando un silbato enflautado previno al "Centauro" que debía parar la máquina. Durante la maniobra consiguiente, atracó al portalón de babor el vaporcito revolucionario, el célebre "Lalo", el hijo del "Sajonia". A su bordo venían, entre otros, Manuel Gondra y Adolfo Riquelme con unos cuantos tiradores. Del júbilo y de la expansión que se apoderaron de nosotros al confundirnos en un fraternal abrazo revolucionario, darán cuenta las botellas de champagne que se destaparon en el comedor del "Centauro". Yo creo no poder describir esta escena, y es mejor que no lo haga.

         Muchos pedimos a Gondra y Riquelme que nos evitaran el inútil viaje hasta Corrientes, sobre todo creídos como estábamos de que el ataque a la capital era cuestión de momentos, y temerosos de llegar cuando ya todo hubiese terminado.

         El capitán del "Centauro" hizo presente a los comisionados revolucionarios, la orden que tenía de no permitir bajar del buque, hasta Corrientes, a ningún ciudadano paraguayo, pues bajo esta expresa condición el gobierno había concedido a los ministros extranjeros los pasaportes para sus asilados.

         Don Manuel Gondra dijo que todo eso era lo que se había dispuesto en la Asunción, pero que lo que disponía el gobierno revolucionario era, por lo natural, absolutamente opuesto a ello, y se fue con el "Lalo" hasta el "Sajonia", que estaba por allí cerca, quedando a bordo del "Centauro" Riquelme. Con Gondra se fue Víctor Abente, que fue armado y municionado sobre tablas.

         Al cabo de un rato volvió el "Lalo" con su tripulación. Gondra tomó posesión de todos los ciudadanos paraguayos que quisieron desembarcar, los que dejaron al capitán del "Centauro", para su justificación, una enérgica protesta del acto cometido por los revolucionarios, declarando que bajaban contra su voluntad, y obligados por la fuerza armada.

         Los que bajaron fueron: Ramón García, Juan Manuel Sosa Escalada, Regis Sánchez, Alejandro Duarte, Eladio Velázquez, Víctor y Carlos Abente, Eulogio Rivarola Cabral, Pedro A. Ramírez, Modesto Yaquisich, Carlos Muñóz y ego.

 

 

         Nos separamos del "Centauro" en medio de vivas y gritos de alegría á que daba pábulo una botella de champagne, la última que debíamos destripar hasta quién sabe cuando, y que Yaquisich desenterró no sé de dónde.

         En estas condiciones atracamos al "Libertad", que "destacaba su negra silueta" muy recostado al Chaco, por lo que pudiera suceder, frente mismo á Villeta. El barco, así, pasaba desapercibido y confundía su casco con la negra arboleda de la costa.

         Nos trasbordamos al "Libertad" y fuimos presentados al comandante Duarte, quien nos dio como saludo de bienvenida un abrazo que nos hizo recordar de un problema de física en el que se trata de graduar en caballos de vapor la fuerza muscular de un    émulo de Jaquier.

         Recuerdo que Duarte exclamó al vernos: "¡¡bravo, muchachos!!; ¡hace falta gente!". Después nos llevó á la bodega y nos armó á todos. El fusil reglamentario ya se sabe que es el fusil francés grass y se nos dió una balera con cien tiros á cada uno.

         Tanto sobre cubierta como en la bodega, dormía la tripulación del buque, que era bastante numerosa al parecer.

         Pasé a hablar con un antiguo amigo. Martín Tapia, que celebré mucho encontrar á bordo. Estaba de guardia y me informó á la ligera de los episodios pasados.

         - Y. . . ¿cómo les fue en el combate con el Villa Rica?, -le pregunté entre otras cosas.

         - Ha sido una cosa terrible, me contestó, pasando a informarme del número espantoso de bajas, entre muertos y heridos y desaparecidos, que habían tenido los gubernistas.

         - Y Uds. no han tenido ninguna baja?, continué.

         - Nosotros tuvimos dos muertos y cuatro o cinco heridos leves, agregó.

         Informéle á mi vez de las cosas que se decían en Asunción de lo que se hacía por allí. Le dije que en Asunción se sabía el desastre del "Villa Rica", con todos sus detalles, pues había sido ampliamente referido por los pasajeros del "Centauro", buque que había presenciado el combate. Que la caída del "Villa Rica" había producido un efecto terrible en los círculos oficiales de la Asunción, en la que se veía á los gubernistas, sobre todo al doctor López, con una cara tan sumamente macilenta que se presumía la irritabilidad nerviosa y la gran contracción muscular que debían sufrir.

         Que en la capital era grande la propaganda favorable á la revolución, y que daba la nota alta de ella el mismo gobierno, él que por medio de la prensa oficial se hacía eco de cuanta fantasmagoría recorría esas calles de Dios.

         Le pregunté á Tapia del doctor Isasi, de los capitanes Núñez y Almeida, y de los hermanos Egusquiza, que se habían escapado á tiempo de la capital, y sobre cuya acción en los pueblos del interior se corrían las versiones más pesimistas con respecto al gobierno.

         - Pues no sabemos absolutamente nada de ellos, me contestó; ignoro si habrán fracasado o si habrán salido airosos en su plan de levantar el interior del país. Quién sabe, también, si á esta hora no están presos, pues no tienen armas.

         - ¡Cómo. . .?, le objeté sorprendido; si los diarios oficiales dicen que han tomado Areguá, donde se les ha visto con numerosa gente armada a mauser, que han incendiado el puente del Yuquyty, y que han marchado "tomando sin ninguna resistencia, pues que á su paso se entregan todas las autoridades de campaña" (textual) los pueblos de la línea férrea y las de Yaguarón, Itá, etc.?

         - No sé ni una palabra, Gustavo, me contestó. Aunque los compañeros de Isasi fuesen los dioses de la guerra, ¿qué podrían hacer sin armas, absolutamente sin armas? Sé que la misión de Isasi era la de recorrer el interior previniendo de paso á los liberales de la campaña para que se amontasen y no cayesen en poder del gobierno, permaneciendo en esa situación hasta que se estableciera el campamento terrestre que hoy se estableció en Villeta, y pudiera facilitárseles su incorporación. Es lo que habrá hecho Isasi: por lo menos, es cuanto materialmente puede hacer.

         - Pues La Tarde ha anunciado que Isasi está con 2000 hombres armados, que bajaron de la cordillera, en Yaguarón, y hasta creo que se lo despachó al capitán Goiburú con objeto de batirlo. Se ha visto salir precipitadamente un tren con largo convoy lleno de tropas y con una pieza de artillería.

         - Pues mi amigo, ojalá continúe la prensa oficial con esa propaganda que vendría á ser nuestra salvación. En cuanto al capitán Goiburú, sabemos que hasta ayer nos esperaba en Villeta con 500 hombres y tres piezas de artillería. Pero en la oficina telegráfica del pueblo hemos descifrado la comunicación telegráfica que el jefe de la guarnición gubernista de Villeta dirigiera a su gobierno. En la cinta del aparato, que esa gente no tuvo la precaución de destruir, decía al gobierno que no sintiéndose fuerte para resistir la acción del "Sajonia", pedía órdenes. El gobierno le contestó que hiciera lo que las circunstancias le aconsejaran, optando dicho jefe de fuerzas por huir a la capital con sus 500 hombres y sus tres cañones.

         - Esta mañana los muchachos de tierra fueron hasta Ytororó a buscar una pieza que se sabía había quedado empantanada en un barrial, pero ya no la encontraron. En el pueblo se decía con insistencia que esa gente no huía, sino que volaba, en contradicción completa con las leyes de la gravedad.

 

 

         "Una pitada del silbato del nos anunció que debíamos transbordarnos nuevamente a él, y marchar a tierra, como en efecto hicimos.

         En el "Sajonia" quedó don Juan M. Sosa Escalada conversando con el general Ferreira, Duarte y algunos otros jefes.

         Antes de transbordarme di una última mirada al "Sajonia", cuya cubierta llena de gente entregada á monseñor morfeo presentaba un curioso aspecto. Aquel barco, tan elevado de popa, tenía un aspecto realmente poco guerrero, á pesar de sus cañoncitos que por lo pequeños pasaban casi desapercibidos.

         El cuartel general y único en Villeta estaba instalado en el local de la jefatura política, y á él fuimos conducidos no recuerdo por quién.

         La ciudad, así, de noche, tan sumamente silenciosa y obscura, presentaba un aspecto superior de ciudad cadavérica, ó de algo así, que represente la negación de la vida.

         ¡Dichosa Villeta! Cuando más tarde, el 23 de Diciembre ppdo., después de firmada la paz, la visité ya de despedida, en nuestro viaje de regreso a la capital en "El Patria", salí disparando de ella en compañía de mi amigo Ernesto Urdapilleta y poseído de una tristeza superior, porque hay que convenir, en efecto, que después de la desocupación militar de Villeta, ese pueblito quedó convertido en un cadáver disecado.

 

         Mis compañeros fueron inscriptos en el batallón terrestre que organizaba con escasísimos elementos el entonces capitán Albino Jara, pero yo preferí incorporarme al "Sajonia"; recordando mi vuelo por la escuela naval de Buenos Aires.

         Esa noche dormí con la tropa de tierra, y compartí el tálamo (un suelo sumamente pulguiento) con Antonio Pedrazza y Augusto Aponte, quienes armaron un principio de pelotera por el asunto de un poncho que debía servir de colchón, que se solucionó amigablemente al aparecer un tercero mediador, el verdadero dueño del poncho.

         La legión de pulgas iba en progresión geométrica creciente, pero el sueño reparador lo allanó todo.

 

 

 

15 y 16 de Agosto

 

LUNES

 

Diana - Alarma infundada - El batallón de Albino Jara - El general Ferreira y su comitiva en tierra - Mi incorporación al "Libertad" - Llega el "Constitución" - Se acuerda evacuar Villeta é ir a la capital - El pasaje de Itá-pytá punta y el bombardeo en la capital – Resultados.

 

         Al toque de diana todo el mundo arriba. No podía haber remolón ante aquel enérgico ¡alza!, ¡alza, muchachos!, con que los comandantes de compañía y de secciones recordaban a la muchachada que la vida muelle de la capital era solo un sueño en aquella realidad de la vida de campamento.

         Formación, lista, mate, ¡qué mates, gran Dios!, todo pasó rápida, fugazmente, para dar paso á la instrucción. Era Albino Jara el que movía los resortes de aquel batallón preliminar, de ochenta hombres escasos, del que posteriormente debía salir toda la oficialidad de las fuerzas con que llegó á contar la revolución. ¡Qué entusiasmo entre aquella juventud, o entre aquellas juventudes, como dijo no sé quién! En seis días, Jara había formado, al través de una verdadera peregrinación por las tierras chaqueñas, un cuerpo de línea.

         Yo quedé en la mayoría, con José Antonio Pérez y Héctor Recalde, que actuaban como secretarios, tomando unos mates tan espantosamente amargos e interminables (se cebaban en latas que habían sido de aceite), como no recuerdo haberlos tomado jamás.     A eso de las 7 a. m. fuimos Juan Francisco Recalde, que había bajado esa mañana del "Sajonia", Juan Bautista Centurión, José A. Pérez y yo á tomar un café en un hotel casi contiguo al cuartel. Nos cobraron esos miserables $ 1.50 por cada taza microscópica de un taperybá infame y un panecillo como el que se reparte en las iglesias á los chicos en las fiestas de San Roque.

         Recalde les enrostró su precio á los dueños del hotel, esto es, protestó y pagó y le deseó al hotelero que estallara lo más pronto posible.

         Estando en conversación con Recalde, sobre las pasadas aventuras, un golpe de alarma nos previene de que hay novedad.

         En el cuartel el batallón forma precipitadamente á lo largo de la calle, y reunido el Estado Mayor se acuerda ocupar tres cantones situados de tal manera que permitieran el repliegue de las fuerzas al "Sajonia" si llegaban á verse en situación comprometida por la importancia del enemigo. Es que se habían oído disparos aislados hacia el camino de Ytororó.

         Dispuesta así la defensa, montan a caballo Jara y un ayudante, y van en exploración hasta las últimas avanzadas que habíamos establecido hacia Ytororó.

         La vuelta de Jara tranquiliza los ánimos. Hacia Ytororó no se ve ni fósforo; los tiros han sido largados por un centinela avanzada poco militarizado aún, contra unos buitres que lo habían estado tentando.

         A eso de las 9 a. m., estando la tropa en instrucción, bajan el general Ferreira y su comitiva y van á visitar el cuartel. Forma precipitadamente otra vez la tropa, para rendirle honores y efectuar también algunas evoluciones, que ponen nuevamente de manifiesto el grado de instrucción, á que en tan corto número de días había llegado. Los que acompañan á Ferreira son los señores Emiliano González Navero, Gondra, Riquelme, Soler, doctor Benítez, Juan Manuel Sosa Escalada, y otros.

         El general y su comitiva visitaron, también, el hospital de sangre, donde el primero dirigió la palabra a los nacionales y extranjeros de más significación de la villa, que habían sido invitados, al efecto, explicándoles el objeto y carácter de la revolución, dándoles cuenta de las victorias obtenidas y de las gratas esperanzas del porvenir. El general al manifestarles su fe en el triunfo absoluto y próximo de nuestras armas, á las que ha habido que acudir por la fuerza de las circunstancias, y después de agotar todos los recursos pacíficos que la evolución política aconseja, dice, les pide también su concurso en la obra de la regeneración del país.

         La buena impresión y la confianza con que fueron recibidas las palabras del general, eran notables en las manifestaciones de las personas allí reunidas, muchas de las cuales han sabido responder con altura posteriormente al llamado de la revolución, á pesar de su condición de extranjeros.

         Arreglada mi instalación á bordo, me dirigí al "Libertad" con Martín Tapia. El general Ferreira, al que pidiera mi incorporación á bordo, me designó para artillero.

         A bordo el espectáculo era alegre y pintoresco. La tripulación se ocupaba en los diversos trabajos que comprende la maniobra de un barco. Allí me encontré con los viejos amigos don Elías García, cuyo comisario de órdenes fui en su pasada administración, y don Francisco Tapia. Nos abrazamos y departimos extensamente sobre recuerdos del pasado y sobre las cosas de tanto bulto y actualidad que estaban pasando.

         Allí conocí todas las vicisitudes y todos los pormenores de los preámbulos de esta revolución, ya referidos, en parte, por la galana pluma de mi pariente el joven Juan Francisco Recalde. Me vi también con éste y con Luis Valdez, ambos heridos en el combate con el "Villa Rica", hoy "Constitución", aún cuando no de gravedad, y me instalé en el camarote de los mismos.

         La vida en el "Libertad" era algo estrecha, en razón del número de tripulantes, que era en esa fecha de 104.

         La tripulación del barco estaba dividida en tres categorías: artilleros, tiradores y marinería. Llegó á haber once grupos de tiradores. Cada grupo tenía su jefe, sargentos 1º  y 2º, y un cabo. Las piezas eran servidas por cuatro hombres: un cabo de cañón y tres sirvientes.

         La artillería estaba distribuida como ya lo ha dicho el joven Recalde. A popa, sobre los camarotes, una batería de tres piezas. Sobre la casilla de navegación una, en el puente una y á proa otra: total seis. Esta artillería estaba dispuesta por banda, y se la tenía constantemente emplazada sobre el costado de estribor, que era el lado del buque que miraba al territorio paraguayo. Pero todas las piezas podían volver á la otra banda rápidamente, cuando la posición del barco con respecto al enemigo lo exigiera, menos la pieza del puente, que, por la disposición del barco, tenía que ser desarmada para tal operación.

         Las baterías estaban defendidas por tablones de una pulgada, de defensa ilusoria hasta para el fuego de fusilería, y por bolsas con arena. Posteriormente veremos que la experiencia aconsejó mejorar esta defensa, como en efecto se lo hizo.

         Los cañones del "Libertad", que todo el mundo ha visto desfilar en la capital el 24 de Diciembre próximo pasado, cuando la entrada de las fuerzas revolucionarias, son piezas Krupp, de calibre 7,5 modelo 84 de los llamados cañones de montaña.

         Su alcance, según las tablas que usábamos á bordo, es de 4.000 metros, y la munición de que se disponía es la granada ordinaria de fierro con espoleta automática de percusión. Teníamos 1.200 granadas, menos las pocas que se habían usado en Humaitá y Villa del Pilar.

         En estas piezas no se han introducido las modificaciones de los cañones de montaña modernos. No poseen el cierre de tornillo, que aumenta notablemente la velocidad del tiro, permitiendo usar el cartucho con vaina metálica que evita el uso del estopín de fulminato de mercurio, que fue nuestra rémora en el empleo eficaz de la artillería de á bordo. En efecto, habiéndose adquirido estos estopines en la República Argentina, donde su uso está absolutamente relegado desde que esa nación modernizó su artillería, la edad de ese material tenía que ser necesariamente remota. De allí que los tales estopines fallaban continuamente o explotaban para arriba sin inflamar la carga posterior de pólvora que debe inflamar la del cañón. Y para efectuar un disparo, era menester cambiar cuatro, cinco, a veces más estopines, perdiendo un tiempo precioso que aprovechaba el enemigo para mandarnos verdaderas andanadas de proyectiles de Maxim, produciéndose necesariamente la deriva en la línea de tiro, ya por el movimiento rítmico del balanceo del barco, cuando combatía anclado, ya por el de la marcha cuando andando.

         Nuestras piezas, tampoco poseían el aparato que actualmente se usa en los cañones modernos para evitar el retroceso de toda la pieza y después de cada disparo había que ir á buscar el cañón á dos o tres varas de distancia del sitio de su emplazamiento, emplazarlo nuevamente en batería, apuntar de nuevo rectificando todo lo que prescriben las reglas del tiro, alza, deriva etc., y emprender de nuevo la tarea de la preparación de la pieza sobre el mismo o nuevo blanco para el siguiente disparo, en el que debían reproducirse los mismos inconvenientes que dejo anotados.

         Otro grave inconveniente de nuestra artillería era su escasísimo campo de tiro, reducido apenas a unos veinte o veinticinco grados, á causa de la naturaleza de ella y de las defensas que tuvieron que construirse para proteger á los artilleros. Este escaso campo de tiro era causa de que estando el barco en movimiento, no pudiera efectuar más de cuatro disparos una misma pieza sobre un mismo blanco. Así en San Antonio, por ejemplo, mientras el enemigo nos hacía cincuenta ó sesenta descargas con sus dos piezas Maxim, nosotros no podíamos hacerles arriba de veinte á veinte y cuatro descargas con nuestras seis piezas. Esta proporción era la de los últimos tiempos, cuando ya se poseían estopines que daban fuego, estopines que fueron mandados hacer en Buenos Aires, expresamente, y que los trajo don Adolfo Soler. Pero en los primeros tiempos, cuando se disponían de los estopines viejos, esa proporción era aún menor: véase. Cuando el combate con el "Villa Rica", en tanto que este buque hacía veinte y cuatro descargas con sus dos piezas sobre el "Libertad", éste con sus seis piezas no pudo hacerle arriba de seis, en el mismo tiempo. Cuando estuvimos frente á la capital, en todo el tiempo que duró el nutrido fuego de las baterías de tierra, fuego que venía de ocho ó nueve bocas y que duró como veinte y cinco minutos, nosotros mancomunados ya el "Constitución" (ex-Villa Rica) y el "Libertad", no pudimos hacerles arriba de ocho disparos con nuestras ocho piezas.

         Esta grave dificultad para el tiro de á bordo, explica perfectamente la falta de buenos blancos notada en la capital, cuando cruzamos nuestros fuegos con los de tierra.

 

         Ayer se esperaba al "Constitución" (ex-Villa Rica) que debía venir con 200 hombres de Villa del Pilar. No vino. Hoy, vuelta á esperarlo, hasta que poco después de mediodía quedaba amarrado á babor del "Libertad".

         Pasé á visitar el barco prisionero y á constatar el efecto de nuestro fusil grass, que mereció luego el desprecio del gobierno de Asunción, cuando supo que el grass no era el mauser, pero que luego no pudo resistirlo. La popa del "Constitución" era lo que puede entenderse por un harnero. En los camarotes de esa castigada popa, diré, exagerando un poquito naturalmente, que no había madera sana sobre la que pudiera extenderse la mano abierta de un hombre, ni aún la de una niña. Era evidente que la hecatombe de víctimas se había producido entre los camarotes y la barandilla de popa, á babor, sitio al que recurrió desesperada la tripulación del barco creyendo encontrar abrigo, sin pensar, ¡qué había de pensar en esos momentos de terrible pánico!, que las tablas de los camarotes no eran barreras para los proyectiles de nuestros despreciados grass que atravesándolas como á papel de seda, iban á herir numerosa y mortalmente á los desgraciados que habían buscado asilo tras tan menguado abrigo. En efecto, después del combate, se retiraron diez y siete cadáveres de ese lugar de muerte, de ese para siempre tristísimo sitio del "Villa Rica".

         La bala del grass lo había barrido todo. Cada desgraciado tenía cinco o seis balazos. Las chapas de hierro duro del barco, habían sido atravesadas como la madera, y cada agujero en ellas parecía más el efecto de una bala de cañón que el de un proyectil de fusil. En el departamento de las máquinas un proyectil atravesó cuatro chapas de hierro de un centímetro cada una. Los que vean fantasía en esto pueden acudir al barco á cerciorarse de visu.

         Enormes vigas de lapacho de que estaba cargado el barco habían sido atravesadas, como barrenadas, por las balas del grass. Me resistí a creerlo pero los muchachos me llevaron é hicieron verlo y palparlo.

         Entre la chimenea del ex "Villa Rica" y esos tubos de hierro simétricamente horadados que se usan en las grandes obras de albañilería para clasificar por tamaño los materiales menudos (piedras cascotes, etc.), no había más diferencia que el tamaño. (En esto hay un poco de exageración también, pero la comparación me parece bonita).

         En fin, todo respiraba en el buque prisionero el ambiente de tan desgraciado combate como fue el del 11 de Agosto en Villa del Pilar, hecho suficientemente relatado ya por el joven Recalde. Aunque á mi se me ha contado la cosa con pelos y señales, prefiero no referir lo que no he visto.

         En momentos en que se acercaba el "Constitución" me vi por vez primera con nuestros prisioneros, los señores Eduardo Fleitas, Juan B. Gill, Venancio Alfaro, teniente Pedroso y otros.

         Los señores Fleitas y Gill ocupaban el mejor camarote de á bordo, y se les tenía rodeados de la comodidad relativa de que se disponía. Verlos é ir a saludarlos y ofrecerles mi más modesto contingente de servicios, fue todo uno.

         El señor Fleitas, sentado en un banquito á la puerta del camarote, tomaba mate. Presumo que Gill le acompañaba, y recordando el mate de aquella madrugada, aquel mate en lata de aceite que se me endosó en el cuarto de guardia del cuartel de tierra, hube de pedirles misericordia hacia la persona de mi tubo digestivo, cuando me interrumpe el comandante Duarte, que á la vista del "Constitución", dirigiéndose a Fleitas, le dice de impromptu:

         - Vea como vienen ahora más convenientemente colocadas las piezas del "Villa Rica", que como ustedes las traían. ¡Ah indio. . .! (Esto último era una alusión cariñosa al comandante Elías Ayala, que lo era del "Constitución").

         No recuerdo qué contestó Fleitas, pues en momentos en que hablaba agregó Duarte dirigiéndoseme:

         - En el estado en que venían esos cañones, no sé, francamente, cómo han podido hacer tantos disparos sin inutilizarlos completamente.

         - ¿Y los han arreglado ya?, preguntéle.

         - Sí, me contestó: Ayala ha tenido que hacer una obra de romanos, ajustarles los platillos. . .; los cierres estaban todos desvencijados. . ., pero ahora funcionan como dos relojes.

         - ¿Y de munición cómo andan para esas piezas?

         - Lástima que no tengamos más que unas 15 o 16 granadas por pieza, que es el resto de las que trajeron los gubernistas y no tuvieron tiempo de echarlas al agua cuando el abordaje. Pero los muchachos están haciendo tarros de metralla.

         Los cañones del ex "Villa Rica" venían emplazados sobre la banda de estribor, uno sobre la toldilla de popa, otro sobre cubierta, entre las bodegas. Podían volverse las piezas por babor rápidamente, y en el ejercicio de esta maniobra estaban ocupados el condestable Caballero y los artilleros de la pieza de la cubierta cuando visité el barco.

         Estas piezas son también conocidas del público: dos cañones Krupp de campaña, modelo 74, de calibre 8, de largo alcance. El gobierno creo que disponía de ocho de estas piezas, dos de las cuales habían caído en nuestro poder.

         El uso de esas piezas como artillería de campaña está proscripto actualmente, porque contrastan, por su peso y por la lentitud del tiro, con el coeficiente de movilidad y con la rapidez del fuego que se busca en la guerra moderna. La conducción de una de esas piezas al Remanso Castillo tuvo que hacerse a tiro de buey y sufrió un viaje lleno de peripecias.

 

         Muy presto me vi con el comandante Elías Ayala, con quien nos abrazamos. Sus condiciones de hombre intelectual ya las conocía de la escuela naval de Buenos Aires, institución á la que yo también tuve el honor de pertenecer. Sus condiciones de hombre de guerra me fueron ampliamente informadas por los que combatieron con él en la toma del "Villa Rica", y no hay para qué mentarlas siendo de todos conocidas.

         Me dijo Ayala que traía cincuenta hombres del Pilar: que el resto quedaba organizándose á las órdenes de los comandantes Gervasio González y Rodolfo Ayala. Que siendo Pilar un departamento netamente liberal, esperaba que en pocos días se organizara allí un fuerte núcleo revolucionario.

         Se pasó el resto del día sin sentirlo. En el "Independencia" se trabajó moviendo las vigas para fortificar las bordas, y pasando vigas al "Libertad" con idéntico fin. Así venían a quedar los tiradores más ó menos á cubierto de las granadas amigas.

         De tarde, hallándome con Recalde y Valdez en la proa del "Constitución", habléle al comandante Cabañas Saguier, Jefe del E. Mayor y de la artillería del "Libertad", de las posiciones fortificadas de Itá-pytá-punta. Le di algunos detalles sobre el emplazamiento de las piezas en esa batería, sobre el campo de tiro que abarcaban y sobre la supuesta posibilidad de abordarla sin mayor riesgo tanteando el paso por el canal occidental del Río Paraguay, explicaciones que me las tomó como previsoras, y como "muy importantes" (textual). Le mostré el mal croquis que habíamos levantado, al pasar bajo los barrancos de Itá-pytá-punta, don Juan M. Sosa Escalada y yo.

         Provisto de ese plano é ilustrado por las pocas indicaciones que le diera, pasó el comandante Cabañas Saguier al "Libertad" á discutir en consejo de capitanes y prácticos las condiciones del pasaje.

         Al rato me hizo llamar el comandante Cabañas para que ampliara en lo posible mis informaciones. Recabé la presencia de don Juan M. Sosa Escalada, quien dijo también lo que sabía de esa dichosísima batería de Itá-pytá-punta.

         Dije yo, y me apoyó don Juan Manuel, y luego el práctico don Ramón, que si los buques podían navegar por el canal occidental, la isla que separa ambos canales impediría que nos vieran de las baterías, sobre todo con aquella noche obscura, y que el momento histórico (me acuerdo sin querer de la carta aquella) era en que los barcos, de impromptu, debían salir á la vista de la batería, pues la isla termina casi frente á Itá pytá-punta. Pero como aquel momento histórico iba á ser una sorpresa para el enemigo, en el caso de que nos viera, y como el emplazamiento de la artillería dominaba lo largo de la cancha que se abre desde Itá-pytá-punta hasta cerca de Lambaré, lo único realmente peligroso en el pasaje era el fuego de fusilería que nos haría al pasar, pues es tan corta la distancia que media entre la salida del canal occidental y la batería que teníamos que enfrentar para virar bajo sus mismos fuegos, que no tendría tiempo de rectificar la posición de la artillería, y en caso que lo hiciera, nunca el ángulo de inclinación de las piezas le permitiría hacernos fuego certero de arriba de la barranca, como en efecto pasó.

         En el puente del "Libertad" y provistos de un mapa de Cleto Romero ( ¡!) se discutió el pasaje para esa noche, interviniendo en el debate los comandantes Cabañas Saguier, Duarte, Ayala y los prácticos Ramón Ávila, del "Libertad", y el del "Constitución", cuyo nombre no recuerdo. El práctico del "Constitución" no tenía fe en el pasaje del "Libertad" por el canal occidental del río Paraguay, separado por una isla (del coronel Escurra nada menos) del canal oriental, por el poco fondo de dicho canal.

         Don Ramón Ávila, del "Libertad", el célebre "don Ramón", como cariñosamente le llamábamos, apostaba su cabeza y la de un ahijado que tenía a bordo, que no venía al caso, en la bondad del pasaje del "Libertad" por dicho canal, arguyendo casos concretos en beneficio de su tesis, teniendo muy en cuenta el poco calado actual del barco, que iba sin carga. Pero no apostó su cabeza, ni la del sobrino de marras, por la bondad del pasaje del "Constitución" por dicho canal. El "Constitución" en cuanto á canal toca, estaba reventado; tenía que pasar por el canal principal del río Paraguay, "bajo los hierros de Itá-pytá-punta" como oportunamente dijera el joven Recalde en su información antes aludida. El "Constitución" estaba ahíto, más que harto de madera; su bodega, su cubierta, tutti estrapatti, todo lleno de enormes vigones cuya descarga era trabajo de etruscos más que de romanos, con el agregado del tiempo que se hubiera requerido para hacerlo, siendo que se discutía el pasaje para esa misma madrugada.

        

         Por fin,

         "después de tanto penar

         "con una pasión tan fuerte

se acordó el pasaje para la madrugada del 16, sin más trámite. El "Libertad" debía pasar por el canal occidental, dado su poco calado, y el "Constitución", con las chatas en que iba á ir la gente, amarradas á babor, y con un chatón de defensa á estribor (lado de las baterías) debía enfilar el canal principal. El "Libertad" debía esperar la llegada del "Constitución" protegido por la punta de la isla, y proteger su pasaje con los fuegos de su artillería. Al costado de babor llevaría al "Talo", el hijo del "Sajonia".

         El veredicto de los jefes era sublimemente siniestro: "tenemos todas las probabilidades en contra" (textual), pero había que pasar, había que amanecer en la capital para darles un susto á los gubernistas, que quizá hubiera sido de consecuencias inmediatas y felices si se hubiera obrado con menos complacencia para con esa gente.

       Ante la perspectiva del pasaje de Itá-pytá-punta para esa célebre madrugada; ante la perspectiva del ya muy celebérrimo pasaje de Itá-pytá-punta, uno de los actos de arrojo que más predisponen á admitir algo de origen japonés en los comandantes Ayala y Duarte; una de las acciones de guerra que más ha remarcado la inutilidad de los elementos militares de aquel dichoso gobierno de Escurra, malos vientos soplan para algunos á bordo.

         Después de la cena comenzó el embarque del batallón terrestre, que formó antes en el muelle á que estaba atracado el "Libertad". El aspecto de aquella muchachada, silenciosa; que formaba un cordón negro a lo largo del muelle, en aquella negra noche, no dejaba de ser siniestro, y predisponía francamente el ánimo á las grandes aventuras, por la confianza en sí mismo y en todos, que despertaba el entusiasmo guerrero de aquellos soldados casi adolescentes, pero de un empuje irresistible. ¡Qué bien denunciaban su ley de raza!

         "Pero yo tengo una confianza ilimitada en la bondad del pasaje, confianza nacida del conocimiento de esa posición, de la pericia de nuestros jefes y de la infelicidad de los gubernistas que no sabrán sacar partido de su posición".

         "He sido testigo ocular de algunas batatas oficiales, en la capital sé, positivamente, que el ministro. . .(un ministro petiso) pidió prematuramente asilo en la legación francesa para el caso posible de que atacaran la capital las tropas revolucionarias".

         Recuerdo que estando en conversación el 13 de Agosto, con don Demetrio Fretes en su tienda de la calle Palmas, oí que un conspicuo personaje de aquel desgraciado gobierno, que paseaba su voluminosa humanidad acompañado de otro algo menos conspicuo, le decía á éste la frase que en guaraní equivale á ésta: "estamos reventados todos" (ro. . . pama); (textualmente de mis notas). Recuerdo, también, aquella célebre disparada y pánico consiguiente en la gente oficial, que produjo una ocurrencia del imaginaria apostado sobre el cuartel de caballería, en la tarde del 12 de Agosto. A aquel buen sujeto se le ocurrió gritar desde la garita, ignoro con qué fin: "¡chaque ouma vapor pombero!" ( ¡miren que viene el buque fantasma!). La velocidad con que corrió la gente oficial y no oficial por esas calles de Dios, ante tan temido aunque esperado acontecimiento, es perfectamente comparable, por la velocidad, al tranvía eléctrico porteño, cuando recorre á treinta kilómetros por hora la distancia que media entre la ciudad y los nuevos mataderos. (Discúlpese la comparación tan categórica)".

         La corrida aquella fue tan inmensamente fenomenal, que las familias de los suburbios, que salían a las puertas de sus casas, al ruido del tropel del que hacían cabeza los pobres soldados bisoños y cola las pobres mujeres placeras, no sabiendo si atribuir la carrera á julepe, á alegría ó á quien sabe qué, optaban por entregarse á una risa frenética, y no tomaban precaución alguna.

         Recuerdo que á un soldado que pasó como una flecha por la vereda de la casa de mi familia, le preguntó maliciosamente mi hermana política, que es una señora espiritual, si iban así, tan apurados, á batir al enemigo, contestóle aquél sin mirarla siquiera y sin parar un segundo su fuga:

         - ¡Mbaé enemigo añá ni enem. . .! (¡qué enemigo ni enemigo...!); (las últimas palabras se las llevó la velocidad).

         Cuántas escenas de pavor y velocidad se vieron aquella tarde. Conspicuos oficialistas hubo que optaron por el sótano de alguna casa de comercio de la calle Palma. Otros, poseídos de una fuerte contracción muscular corrían de aquí para allá por las calles céntricas, no hallándose seguros en ninguna parte.

         Todo esto, que lo sabíamos al pelo, ¿no debía infundirnos ilimitada confianza? ¿Qué desconfianza podía infundirnos la defensa que opusiera un gobierno sin dirección, sin hombres, cuyos elementos militares eran los primeros en darse a la fuga al menor amago del enemigo, aún sin averiguar si era de éste ó no, un gobierno cuyos hombres tenían la tendencia más fija a disputar en velocidad, al menor peligro, con los automóviles más rápidos de la industria humana?

         Sabíamos, también, que el 50% de las tropas del gobierno eran formadas por elementos perfectamente revolucionarios, por desgraciados que habían sido acuartelados como se acorralan novillos, y que no esperarían sí que la ocasión propicia para plegarse á nuestro ejército como en efecto sucedió en el resto de la campaña.

         Un gobierno que en treinta años de ejercicio no ha podido afianzarse en el poder; que tiembla todo conmovido al sentir la aproximación de una "cáscara de nuez y cuatro gatos" (como lo dijo textualmente un diario oficial) (1) que vienen á disputarle "la fuerza que da el derecho y el derecho que da la fuerza" (sic), y que no atina, sin embargo, á tomar otra resolución más acertada para su defensa que la de andar a zarpazos con la cosa pública, haciendo el más digno pandant  a cuanto caguaré imaginó la mundana fantasía; un gobierno semejante no podía ofrecer al brazo fuerte y consciente de la revolución sí que una resistencia breve y efímera.

 

 

         "Cuando la luna empezó a trasponer el horizonte", emprendimos la marcha, ¡dichosa marcha! Llegados a Itá-pytá-punta, el "Independencia" debía pasar después de nosotros, para protegerlo con los fuegos de nuestra artillería en caso de ser sentido en la batería de aquel barranco dominante.

         Todo iba á bordo en son de guerra; los artilleros cubriendo sus piezas, los tiradores sus líneas, el comandante y sus ayudantes en el puente, y la gente que no era de guerra por ahí, por donde podía acomodarse.

         Se habían apagado todas las luces, absolutamente todas, y á bordo se iba casi en las tinieblas. Y fuera de lo que es á bordo, en el río y en las costas, se esparcía una obscuridad superior producto de un cielo nublado que amortiguaba los últimos resplandores de una luna ya caída bajo el horizonte.

         El "Lalo", el hijo del "Sajonia", iba atracado a babor, y su capitán Martínez, y su foguista Mefistófeles se llevaron del grupo que mandaba don Elías García, que le era el más inmediato, mas de una maldición, por su dale que te dale en querer mantener encendida una lucecilla.

         A cada momento salía de ese grupo un: ¡"Lalo"!, ¡¡"Lalo"!!, ¡apague esa luz!": " ¡Mefistófeles!, ¡ ¡Martínez!!, ¡apaguen esa luz; los voy á hacer fusilar, cariátides"! Esta última conjuración era de don Elías García.

         Todo el mundo iba cuerpo á tierra, por orden superior y con la consigna de no hacer fuego. El costado de estribor, que era el que daba á las baterías había sido desalojado por orden del comandante, de modo que los pasillos y lugares de babor que ofrecían algún abrigo iban atestados de gente apretada como anchoas secas más que como sardinas. Por allí habría una fragancia a pategras que envidiaría la industria holandesa.

         De vez en cuando alguno -no soportaba la prensa hidráulica humana aquella y se incorporaba buscando más aire y menos incienso. No faltaba, también, algún bisoño que se olvidaba de la consigna y trataba de encender un cigarro, ó de expresar sus impresiones del momento, que no podían ser muy floridas, en voz alta. Pero un ¡cállese, recluta!, ¡apague ese fósforo, canejo!..., aplacaba sus bríos.

         Cuando llegamos á la salida del canal que enfrenta á Itá-pytá punta, esperamos al "Constitución" que venía por el canal principal, y una vez divisado enderezamos la proa del "Libertad" á la misma batería. Aquella era la parte negra de la aventura, porque si nos veían á tiempo y obraban con un poco de serenidad los de la batería, podían rectificar rápidamente la posición de su artillería y meternos unos cuantos cañonazos. Salvado ese corto trecho ya no nos podían dañar sus cañones; solo la fusilería podía perjudicarnos.

         En esas condiciones pasamos Itá-pytá-punta, sin ser vistos; ¡cómo andaría el servicio de vigilancia en la batería! Digo sin ser vistos, porque no nos hicieron fuego, siendo que pasamos a treinta metros escasos de la boca de sus cañones y fusiles. Posteriormente se supo que el presidente Escurra no había querido hundir á los buques, porque en ellos venían muchos hombres paraguayos que serían útiles a la patria cuando les entrara la razón. "¡Jesús la loza, tan refalosa!"

         Después de pasada la tremenda posición, cuando ya todos con la boca más ó menos abierta admirábamos la conmiseración del gobierno, ¡pum pum pum. . . pum pum. . . !, seis 6 siete descargas consecutivas alumbraron fantásticamente toda la cima del barranco, y un fuego de fusilería, infernal, á boca de jarro, saludó al "Constitución" que recién venía abordando el paso de la batería.

         Eran piezas Maxim que mandaban una andanada de balas sobre nuestros compañeros del "Constitución", los que á los gritos de ¡viva la revolución!, ¡ ¡viva la revolución!!, ¡abajo. . . (qué sé yo cuantas cosas y personas)!, en medio de formidables hurras, contestaban el fuego desde las chatas. Entonces nosotros aminoramos la marcha y enfilando dos piezas á la batería, tronó el "Libertad", una, dos y tres veces.

         Las granadas del "Libertad" castigaban la cima del barranco, donde explotaban produciendo un relámpago azulado que iluminaba todo el espectáculo. Y todo esto en medio de una gritería infernal de la tripulación que golpeándose la boca se mofaba a voz en cuello del fantasma de Itá-pytá-punta, tan dócil á nuestra atrevida empresa que al primer cañonazo del "Libertad" se apagaron sus bríos como por arte mágica. Así fue, en efecto; la primera granada del "Libertad" apagó los fuegos de la batería, como si hubiese suprimido no solo á todos los artilleros sí que también á toda la larga línea de tiradores tendida en lo alto y á lo largo del barranco. La empinada cima de Itá-pytá-punta aparecía diabólicamente incendiada por los continuos fogonazos de la fusilería, tan inútil en su resultado como la artillería de la decantada batería.

         El súbito aplacamiento de nuestros enemigos, cuyo entusiasmo cesó á la primera descarga que les hicimos, nos indujo á creer que habían huido en fuga precipitada abandonando las piezas; y si la posición de la batería hubiera sido accesible á un desembarco, hubieran pasado seguramente a nuestro poder todos los cañones de Itá-pytá-punta.

         Más tarde haré el resumen de todo cuanto oí contar á varios desertores del ejército gubernista, que habían actuado en Itá-pytá punta plegándose luego á la revolución, y que están contestes en afirmar que el susto de esa madrugada en la batería es de lo más recio que pudo haber existido jamás en materia de emociones desagradables.

         Unos minutos después enfrentábamos la ciudad, la ansiada Asunción, aún en medio de la obscuridad de la noche. Demás está decir que todo el mundo amanecía sin haber pegado los ojos, en los barcos.

         Tras del "Libertad" entraba el "Constitución", con respecto á la suerte de cuyos tripulantes hacíamos los más pesimistas pronósticos, tal era el fuego que se les había hecho.

         Al ponerse al habla ambos barcos, una gritería de júbilo de sus tripulaciones saludaba la memorable entrada á la capital, y el metal de los clarines que entonaban dianas en medio de aquellas hurras frenéticas, daba al hecho todo el carácter del acontecimiento militar que se había librado.

         Sin embargo algunos gubernistas chuscos habían conjurado al "Libertad" y al "Constitución" a que no pasarían "bajo los hierros de Itá-pytá-punta".

         La imaginación creadora de los elementos militares del gobierno había hallado bien parecido que la catástrofe que finiquitara las atrevidas aventuras de los buques de la revolución, aconteciera allí mismo, á dos palmos de la ciudad, bajo el barranco de Ita-pyta-punta, donde el río tiene suficiente profundidad para servir de sudario a los buques. De ese modo, también, aprovecharían mejor la lección los "inconscientes tumultuosos" que en el porvenir volvieran á intentar disputar al gobierno ese dichoso "derecho que da la fuerza", y esa dichosa "fuerza que da el derecho".

         Pero la imaginación del elemento militar gubernista había sido la verdadera "loca de la casa" de una de las novelas de Amicis, la loca de la casa gubernista, que se esforzó en sepultar buques antes de tiempo.

         - Lo que es Ita-pyta-punta no pasan; allí se hundirán, habían dicho esos señores con la seguridad de un tiro de polígono, con la seguridad de quien toma una bomba orsini, se la arroja á un prójimo y lo envía á los quintos condenados.

         Y sin embargo, pasamos. Pasamos á treinta metros escasos de los cañones y fusiles de Ita-pyta-punta; y lo peor para ellos, lo mejor para nosotros y lo increíble para todos es que pasamos sin una sola baja, sin un solo herido en los buques. Sin un solo herido, á pesar del fuego nutrido, graneado, "fuego de rabia", "fuego de rabia impotente" que nos habían hecho á boca de jarro. Es como para exclamar, parodiando á esas graciosas campesinitas que se asombran de todo: " ¡Imposiiible!. . .", y persignarse enseguida, haciéndose la "señal de la cruz" más descomunal que han visto los siglos, porque en esto del pasaje de Ita pyta punta todo efectivamente es asombroso, asombroso.

         Yo no exijo que la batería haya hecho en nosotros blanco, embarcándonos alguna granada siquiera, porque parece que el susto fue tan sumamente formidable allí, que las piezas fueron disparadas al azar, con la puntería puesta hacia el cerro de Lambaré, por donde esa buena gente esperaba cándidamente vernos aparecer en pleno día, nunca de noche, hora en la que tendiéndose á la bartola dejaba mecer su sueño por los antiquísimos señores Empédocles y Caurípides. Pero que no hayan pegado no digo á la tropa, concedo hasta eso, pero ni a la gruesa mole de los barcos siquiera con la fusilería, á tan escasa distancia, esto..., señor, bate el record de cuanto se haya dicho, hecho, escrito, ejecutado y pensado en materia de mala puntería.

         Cuando ya una vez frente á la Asunción pudimos ponernos al habla con el "Constitución" é inquirimos con la bocina cuántos heridos tenían, en la plena fe de que los habría, y quiso la acústica ó quizá la prevención que oyéramos SIETE, aunque condolidos de la supuesta desgracia, en el "Libertad" extrañamos que el fuego enemigo hubiese hecho tan escaso número de bajas, dada la condición en que se había efectuado.

         Pero cuando ya más inmediatos los barcos rectificamos la falsa noticia y supimos que no había ¡ni un solo herido!, ¡ni uno solo!, ya no vaciló en nosotros la fe más ciega y absoluta en que el triunfo de nuestra causa era un hecho consumado, comprobado nada menos que por la falta de enemigos, lo que si nos quitaba gloria como combatientes, puesto que no hay gloria cuando no hay enemigos, nos consolaba abundantemente ante la perspectiva de la poca sangre que costaría al país su redención.

         Entonces sí que las tripulaciones se entregaron al delirio de la alegría y los clarines recorrieron todas las dianas que formaban el repertorio de nuestros trompas.

         En fin, estamos frente á la Asunción. La creencia general á bordo es de que se bombardearán los cuarteles en cuanto la claridad de la alborada permita fijar las punterías.

         Entre tanto se embarca en el "Lalo" un grupo de tiradores al mando de don Adolfo Soler que va á avisar á los buques surtos en el puerto que se retiren para evitar el efecto reflejo del bombardeo. Recuerdo que acompañaban á Soler, Juan B. Centurión, Francisco Tapia y Víctor Abente.

         No habrían transcurrido dos minutos cuando se oye una descarga cerrada, seguida de un fogueo lento, dentro de la bahía, fogueo que pronto es contestado de tierra por los tiradores gubernistas de la capitanía. No sabíamos qué había pasado, pero suponíamos que el "Lalo" habría sido visto y bien recibido por los cantones de tierra. Como el fuego se generalizaba en la costa, me ordenó el comandante Duarte le dijera al de la artillería, Cabañas Saguier, hiciera un disparo con una pieza de popa á la capitanía, disparo que no se efectuó por el cese del fuego de tierra.

         En ese mismo momento regresaba el "Lalo" del que nos gritaron, previendo nuestra expectativa, que no tenían ni un solo herido. Después de amarrada la lancha dijo Soler que al acercarse á los buques atracados á los muelles fue alteado súbitamente desde un vaporcito (era el "Itapirú"), que se le venía encima. Por toda contestación había mandado hacer fuego á su gente sobre el barco alteador, el que se puso inmediatamente, siguiendo el uso y costumbre de las fuerzas gubernistas, en rápida fuga, contestando el fuego en retirada. La velocidad alcanzada por el "ltapirú" en aquella ocasión, debe haber sido de unas 30 o 40 millas por hora; atravesó la bahía como un suspiro y enfilando el canal del "Caracará" fue á parar á Zeballos-cué como una exhalación.

         Como de tierra convergía sobre el "Lalo" una lluvia de plomo, que no causó baja alguna providencialmente, fuera de una pequeña rozadura que se llevó Soler en la cara, volvieron los expedicionarios dando por cumplida su comisión. Esto era todo.

         Me olvidaba decir que los barcos quedaron fondeados desde un principio en la correntada del río, entre la fábrica de materiales de Chaco-í conocida con el nombre de "La chimenea", y la punta del banco San Miguel; el "Libertad" fondeado al Norte, y el "Constitución" amarrado á la popa de aquel.

         Después que la claridad de la alborada permitió fijar los blancos, se les comenzó á enfilar la puntería de las piezas, más á menos como sigue si la memoria me es fiel:

         "Libertad". Pieza núm. 1 de proa: al cuartel de artillería.

         Pieza núm. 2 del puente: id id

         Id      id      3 de la casilla del timonel: la casa de gobierno.

         Id      id      4 id id toldilla de popa: al cantón de Patri.

         Id      id      5 id id: á la iglesia de la Encarnación.

         Id      id      6 id id: á la Capitanía.

         "Constitución". Pieza núm. 1 de cubierta: al polvorín del banco San Miguel.           Id         id      2 de la toldilla de popa: no recuerdo.

 

         En esta situación el comité revolucionario resuelve enviar dos notas a tierra, una al gobierno exigiendo la entrega incondicional de la plaza bajo amenaza de bombardeo, y otra al decano del cuerpo diplomático extranjero, doctor Itiberé da Cunha, ministro plenipotenciario del Brasil, previniéndole, en atención a las leyes de la guerra, que si el gobierno no accedía para las 10.30 de la mañana a lo pedido en el ultimátum, se bombardearía la plaza. Se aprovechó la canoa de unas mujeres lecheras que iban a la ciudad, y provisto el bote de una enormísima bandera de parlamento, se fue con ellas el entonces cabo Antonio Pedrazza llevando las notas.

         Al irse el bote más de una broma le dirigieron los muchachos a Pedrazza, el que parado en aquel yate, (por no haber donde sentarse), parecía un pequeño sultán en medio de sus odaliscas, que iban reclinadas muellemente a proa y a popa, una remando, otra popeando. Como alegoría histórica, la pequeña embarcación simbolizaba perfectamente antiguas tradiciones. Antonio Pedrazza, y Marco Antonio, una morruda lechera que iba parada a su lado y Cleopatra, las chicas remadoras y popeadoras y las damas de la corte egipcia; todo esto era uno para imaginaciones dispuestas a los grandes recuerdos, en aquella célebre mañana del mes de Agosto, como eran las nuestras.

         En tanto que el Marco Antonio y la Cleopatra del cuento ocupan nuestra mente, el vigía grita: " ¡vapor a proa!", y el "Póllux", después "Patria", muestra su gallardía arrastrándose a su acostumbrado paso de tortuga hacia nosotros.

         De pronto parece reconocernos, porque sin motivo justificado aparente vira y quiere escapar volviendo hacia el norte. Este es el momento en que desprendiéndose el "Constitución" de sus amarras y poniéndose en persecución del "Póllux", lo obliga á volver sobre sus pasos, y á venir a echar fondo finalmente al costado de los buques revolucionarios.

         Liberato Rojas, jefe de grupo en el "Libertad", pasa á bordo del "Póllux" con su gente, y el viejo buque de los Vierci, pasa, a pesar de las protestas de uno de ellos, a engrosar la escuadrilla revolucionaria, revoltosa o insurrecta como la calificaban los diarios oficiales. El "Póllux" recibe el nombre de "Patria" con que lo bautiza don Juan M. Sosa Escalada, reconocido como nombre oficial posteriormente. Yo le hubiera puesto "Carreta", nombre más apropiado, pues en uno de sus viajes de Villa del Pilar á Villeta echó muy cerca de un mes de tiempo.

         En tanto llegan Marco Antonio y Cleopatra a tierra, y desembarcan en el palacio de invierno (mes de agosto), convertido por arte diabólica en la capitanía del puerto de la Asunción.

         Momentos después vemos con los anteojos que un oficial jinete en un porrudo hipogrifo sale "violento" hacia alguna parte, se entiende. Va en dirección al palacio de gobierno, al parecer, y como portador de las notas, se supone.

         Lo que el cabo Pedrazza pasó en esa dichosa capitanía, en la que lo tuvieron con una venda en los ojos, rodeado de centinelas que hacían un ruido infernal de latas y armas alrededor de su poco antes augusta persona, hay que oírlo contar al interesado. Los insultos que le obligaron a oír, las amenazas que los centinelas y tropas ebrias le dirigían, y que el parlamentario oía con desprecio y soportaba con entereza, baten el record de cuanto se ha escrito en materia de ceremonial parlamentario.

         Mientras ocurren todas estas escenas relativas al "Póllux", a Marco Antonio y Cleopatra, etc., vemos desde los buques, con la ayuda de los gemelos, que en tierra se emplazan piezas de artillería varias posiciones.

         Las primeras piezas aparecen en el cuartel de artillería, una, y sobre el muelle de Patri, dos. Estas se ven bien que son Máxim, aquella Krupp. Luego se forman grupos de gente que denuncian nuevos cañones en Loma San Gerónimo y en el bajo del palacio de gobierno. La aduana, la capitanía, la casa de Patri, etc., se llenan de tiradores. Frente a la capitanía se ve bien una guerrilla tendida.

         Estas posiciones obligan a variar la puntería de los cañones de a bordo, destinándose una pieza para cada posición artillada de tierra. Rectifico la puntería de la pieza número 2, del puente. Su línea de mira va a dar a la pieza situada detrás del cuartel de artillería: su alza de es de 1500 metros.

         En esta situación nos sostuvimos hasta muy cerca de expirado el plazo, unos diez minutos antes, hora en que el "Itapirú", que ya había vuelto de su vuelo por Zeballos-cué, se acercaba al banco San Miguel, y atraca cerca del polvorín allí situado. Su intención manifiesta era la de extraer de aquel depósito lo único que se presume que puede extraerse de un polvorín, pólvora y municiones.

         Como el gobierno era el primero que rompía la tregua concedida, durante la cual cada beligerante debía conservar sus posiciones, el comandante Duarte ordenó se hiciera fuego sobre el polvorín, que se hallaba de nosotros cosa de unos 500 o 600 metros.

El disparo salió de la pieza de popa del "Constitución", desde la cual se descubría mejor el polvorín. El proyectil levantó una nube de polvo al pie mismo del polvorín, pero no llenó su objeto.

         Inmediatamente un fogonazo cubrió la pieza emplazada detrás del cuartel de artillería, y llegó a nosotros una lejana detonación. El proyectil levantó un gran colchón de agua como a 200 metros del "Libertad", á estribor. ¡Corto!, exclamé, viendo picar tan lejos el proyectil, que se perdió en el agua después de dos o tres rebotes. Como obedeciendo a una señal convenida rompieron el fuego sobre nosotros todas las piezas emplazadas en tierra, y todos los cantones. El prolongado chisporroteo de aquel "fuego de rabia" llegaba a nosotros como un lejano trueno, cuya intensidad cedió pronto (hasta perderse completamente) al tono cada vez más creciente con que empezó a manifestarse la fusilería en los barcos, que contestaba a la de tierra.

         Solo el eco de las descargas de artillería llegaba a nosotros, aminorado por la distancia. Las descargas de las piezas Máxim de tiro rápido, hacían series de hasta de trece y catorce disparos que pasaban generalmente, con ese silbido peculiar de la metralla, sobre nosotros, para caer al agua donde formaban pequeños hervideros que desaparecían inmediatamente.

         Los proyectiles Krupp pasaban rasantes con su pesada velocidad inicial, que daba tiempo a la tripulación a echar cuerpo a tierra en cuanto alguno anunciaba el cañonazo de la ciudad.

         Cada una de estas granadas enemigas traía la muerte, la exterminación furiosa que nos deseaban los amigos de tierra, pero "la inexorable guadaña de la Parca", más gastada por los poetas que por las víctimas reales que ha hecho, resultaba corta para segar la vida de los redentores de la nacionalidad paraguaya. Cada granada traía la muerte, la exterminación, la devastación, el deseo de la negación de nuestro movimiento que se hubiera hundido allí con los promotores, al hundirse los barcos; pero ideas tan lúgubres iban a parar con los proyectiles al río Paraguay, en el que anchos colchones de agua, levantados abundantemente a babor y a estribor, a proa y a popa, daban el más estupendo desmentido a los que en tierra habían conjurado fatalmente a los buques a desaparecer aplastados por la artillería, por la decantada artillería gaucha de Escurra y cohorte.

         La fábrica de materiales de Chaco-í llamada de "La Chimenea", resultaba mucho más castigada que nosotros, pues mientras que en los barcos solo existía la preocupación de desaparecer bajo la influencia de la explosión de una granada, en aquella fábrica caían visiblemente proyectiles ahuyentando a todos los pobladores del establecimiento, en los que no han hecho víctimas por la casualidad.

         De repente ¡trrrrrin... !, suena el hierro de la cubierta: un casco de granada explotada en el agua va a dar de rebote a la cubierta de proa, y le pasa rascando el anca, a simple vista, al artillero de la pieza de allí. El salto de este casquete, que girando sobre sí mismo describió un perfecto arco hasta caer á bordo, fue acompañado de ese mismo chirrido que producen los traviesos cohetes buscapié de la industria pirotécnica.

         De a bordo se contestaba débilmente al fuego graneado de tierra. Por muerte de un obispo tronaba un cañón del "Libertad" y del "Constitución", pues los estopines, ¡malditos estopines!, y las mechas que se habían fabricado para suplirlos, ¡dichosas mechas!, fallaban continuamente.

         Una súbita explosión en el "Constitución" atrae nuestra curiosidad hacia el barco compinche; creemos que ha estallado una granada enemiga a bordo y que ha hecho una porción de bajas. Pero, ¡qué había de ser de tierra! Las punterías de tierra, puestas todas a la Caja de Conversión, no podían hacer blancos en nosotros. Era que al cargar la pieza de popa había estallado el proyectil dentro, antes de correr el cierre, debido indudablemente a que el artillero cargador, con algún movimiento nervioso, golpeara la espoleta al cargar la pieza, produciéndose la explosión. Como consecuencia de este accidente, quedaron el condestable Caballero con medio rostro quemado por los gases de la explosión, y el artillero cargador con una mano menos.

         Después de veinte minutos de un fuego inútil, de un abundante desperdicio de municiones por parte de los gubernistas, cuyos tiros eran todos cortos al principio, y sumamente largos después, empezó esa gente a mejorar su puntería. No solo menudeaban más las descargas de tierra, sí que la intensidad de ese chirrido especial y poco agradable que produce la bala de cañón al pasar, y que puede representarse onomatopéyicamente por un enérgico... sss ¡¡cchhccc!! sss. . . aumentaba notablemente, lo que indicaba que estábamos en vísperas de recibir más de un cañonazo.

         En momentos en que muchos como yo se hacían esta reflexión, un cañonazo bien dirigido hace pasar su silbante granada entre la chimenea y la casilla de navegación, perdiéndose a ocho o diez metros de la borda del buque, en medio de una columna de agua que salpicó a todos los que estábamos en el puente. Casi al mismo tiempo estalla otra granada en el agua a estribor, uno de cuyos cascos penetra por la tronera en que estaba haciendo fuego el sargento Duarte y lo hiere ligeramente en la mejilla.

         De tierra aumenta visiblemente el fuego, en la casa de gobierno empieza a funcionar, al parecer, una ametralladora, cuyas continuas andanadas vienen a desear las quillas de los barcos, sin alcanzarlas sin embargo. De la iglesia Encarnación también se hace fuego, por lo que se pone la puntería de una pieza del "Libertad" a esa mole colorada que constituye dicha iglesia, y destaca su masa imponente por sobre toda la capital.

         La fusilería también hace un fuego estruendoso, pero estéril, porque ningún proyectil llega a bordo.

         Por entre la popa del "Libertad" y la proa del "Constitución" pasan varias granadas rasando el aire, ya que no les es dado rasar otra cosa.

         En estas circunstancias el comandante manda tocar retirada y alto el fuego, y las naves remontan lentamente el río, siempre bajo el fuego de los cañones de tierra que tiran ahora por encima del banco San Miguel, pero siempre con el mismo é inútil resultado. El río Paraguay paga el pato frecuentemente castigado por los proyectiles de tierra que pican aquí y acullá.

         A la altura de Zeballos-cué fondeamos nuestra flotilla, ya a cubierto de los cañones de la Asunción, y allí, al calor de los últimos acontecimientos en los que se puso nuevamente de manifiesto que cuando la justicia acompaña una causa, es como para creer que la suerte entre en mucho en la vida de los hombres, almorzamos y nos dispusimos a llevar un nuevo ataque a la capital.

         Al efecto, en consejo de capitanes se resolvió que toda la gente que no era "gente de guerra" pasaría al "Patria", el que se mantendría fuera de tiro de las baterías; y el "Libertad" y el "Constitución" entrarían a la bahía a las 3 p. m., a bombardear los cuarteles y la capitanía. Plan tremebundo, porque el enemigo ya tenía su artillería emplazada, y si bien a 1.500 metros no había dado en el blanco, nadie podía asegurar que acortando esa distancia, como tenía que suceder si entraban los barcos a la bahía, no lo hiciera, y abundantemente quizá.

         El gobierno disponía de seis cañones Krupp, y seis Máxim de tiro rápido. Esa artillería emplazada en tierra podía muy bien tragarse al "Libertad" conjuntamente con el "Constitución" pero "estaba de Dios" que no había de hacerlo.

         Vamos a juzgar imparcialmente el resultado del bombardeo de la capital, que bien lo merece por ser una de las acciones de guerra que más resultado positivo hubiera dado a las armas revolucionarias, si el Comité hubiera obrado con menos complacencia que lo hizo con un gobierno del que jamás debía haberse esperado un acto de nobleza en retribución de otro semejante.

         Cuando se trató en Villeta de la sorpresa a la capital, se acordó entrar a la bahía de la Asunción, tomar posiciones sobre los cuarteles y capitanía del puerto, y "amanecer bombardeándolos" contando con que la sorpresa del enemigo y la precipitada fuga en que lo pondrían los truenos de las naves revolucionarias y las granadas que se harían estallar en los cuarteles, impedirían al enemigo sacar la artillería de su depósito y emplazarla convenientemente contra los buques.

         Con el desarrollo de este plan se buscaba influir en el estado moral de los gubernistas y sus fuerzas, y obligarlos a aquellos a las mayores concesiones posibles a las exigencias de la revolución, para no prolongar la lucha civil que sería la destrucción del país.

         En efecto; ante el decaído estado de ánimo de las tropas gubernistas, siempre más dispuestas a abandonar el campo de la lucha, a inspiración de sus propios jefes, y por la mala voluntad manifiesta que demostraban a la causa del gobierno de Escurra, ya que entre esa tropa podría contarse sin exagerar un 50% de hombres que respondían por entero a nuestro movimiento y que habían sido arreados y mantenidos en los cuarteles por la fuerza, ¿qué debe suponerse que hubiera acontecido en la capital si inesperadamente se hubiera "amanecido bombardeando" todas las posiciones ocupadas por el enemigo, y más aún si se tiene en cuenta que este no hubiera podido hacer uso de su artillería, acuartelada como es su costumbre tenerla?

         Y aún cuando hubiese tenido sus cañones emplazados en batería, metidos en unos pozos que les quitaban todo campo de tiro como tenían en Loma San Gerónimo, en la Capitanía, etc., se sabe lo que significa la sorpresa en la guerra, y máxime cuando se tiene por enemigo a un ejército como el de Escurra, cuya organización, disciplina y estado moral podía juzgarse por el de sus instructores, a priori, y por los hechos de armas que se realizaron a posteriori.

         El bombardeo de las posiciones militares gubernistas en estas condiciones hubiera sido incuestionablemente de un efecto decisivo para nuestra causa, porque se le hubiera desbandado al gobierno la tropa bisoña con que contaba, desbandada que hubiera sido encabezada por la tropa de línea como era costumbre, hecho que hubiera dejado al gobierno sin mayores elementos de defensa en qué apoyar las condiciones inaceptables de paz que muy luego propuso y que tuvieron que ser rechazadas sobre tablas, por tratarse de las mismas concesiones que siempre hizo al partido revolucionario en tiempos de paz: unos ministerios insignificantes dentro de la influencia política interna, y unas bancas en el Congreso, confundiendo lastimosamente el símbolo de la redención del país, fin tan elevado que persiguió la revolución en sus principios, con un cambalacheo miserable de puestos públicos.

         Tal fue esto así que al despuntar el alba el comandante Duarte dió parte a su gobierno de que "las punterías estaban tomadas" (textual) y que esperaba solo la orden para comenzar el bombardeo. Las piezas estaban con sus dotaciones dispuestas ya a entrar en fuego, y a medida que aclaraba se mejoraban las punterías con la más exacta apreciación de la distancia a los blancos dados, y se arreglaban según las tablas de tiro las derivas.

         Todos esperaban a bordo que de un momento a otro empezaran a tronar los cañones, y los que disponían de anteojos marinos dirigían constantemente su visual a tierra, tratando de inquirir los movimientos de fuerzas que en ella se notasen.

         Pero aclaró completamente sin que saliese un cañonazo de a bordo, hasta que momentos después, se mandaron retirar las dotaciones de las piezas en medio de la extrañeza de todo el mundo, de conspicuos y no conspicuos, y la idea del bombardeo fue cediendo difícil pero seguramente a la realidad del no bombardeo.

         Más de una cara compungida se vió en los barcos al tenor de la resolución del Comité de no hacer fuego sobre los cuarteles, porque, en efecto, lo que había pasado era esto: que el comité revolucionario resolvió dirigir aquellas dichosas notas de que ya di cuenta, una al caballero Escurra, y otra al ministro decano del cuerpo diplomático doctor Itiberé da Cunha.

         El carácter de estas notas ya es conocido. En una se pedía la entrega de la plaza, en la otra se cumplía con las leyes de la guerra avisando a los extranjeros, por intermedio del decano de los ministros extranjeros, que se bombardearían o no los cuarteles según la acogida que tuviera la nota dirigida al gobierno.

         Era indudablemente un gran golpe, un verdadero golpe de audacia el presentarse en dos malos barcos, con unos doscientos hombres de tropa y ocho cañones casi infuncionables por la decantada cuestión estopines, a exigir de un gobierno todo lo que se puede exigir, o sea, su rendición completa, y exponerse luego al fuego convergente de la artillería de tierra cuyo resultado nunca pudo presumirse hubiese sido tan absolutamente estéril al ideal de los gubernistas, como en efecto lo fue, dado que un cañón en tierra tiene indiscutibles ventajas sobre uno embarcado, por más mal manejado que esté aquél.

         Pero esta actitud moderada de la revolución, ¿es presumible que hubiese tenido eco en el sentimiento de los hombres que teníamos que batir? No: nunca. Siempre el gobierno ha tenido por lema responder a la hidalguía de la revolución con cada felonía que daba miedo, haciendo desempeñar más de un papel airado a cierto ministro extranjero que puso su buena voluntad, y quizá su candidez, al servicio del elemento retrógrado que rodeaba a Escurra.

         Tal fue así que lo primero que hacía el gobierno, a la vez que se acogía de dicho a la cesación de las hostilidades durante las tres horas y media de plazo concedidas, era comenzar a emplazar su artillería por todas partes. A cada rato un nuevo grupo de gente denunciaba un nuevo emplazamiento de cañones. Primero detrás del cuartel de artillería presenciamos impasiblemente la colocación de un cañón Krupp que quedó listo con toda su dotación de sirvientes. Al rato un nuevo grupo en el bajo del Cabildo denunció el emplazamiento de otro cañón Krupp. Casi al mismo tiempo se veían rodar dos piezas por el muelle de Patri, que tomaron colocación en las cabeceras del mismo y quedaron listas, con toda su dotación, para entrar en fuego. Poco después se llenaba Loma San Gerónimo de gente: eran dos cañones que se emplazaban a nuestra vista y paciencia. De los buques, con la ayuda de los anteojos se penetraban bien estos detalles. Fresca la tendríamos luego que tuviéramos que contrarrestar el fuego de estas posiciones convergentes con nuestros cañones de a bordo, que daban fuego por la muerte de un obispo. Lo que siempre me ha causado cierta admiración es el hecho de que esa gente del gobierno no haya dado fin con nuestro querido parlamentario, el joven Pedrazza, que volvió a bordo con los ojos vendados relatando los insultos y burlas de que había sido objeto. Aprovechó también el gobierno aquel plazo concedido para pasar gente al banco San Miguel, ente que fue denunciada por el vigía que se estableció en el tope del "Libertad", y que poco después de la llegada del cabo Pedrazza a tierra, cuando ya conocía el gobierno nuestras intenciones, comenzó á gritar: " ¡cabo cuarto! ¡ ¡cabo cuarto!!; está pasando gente armada en canoas al parque". Para coronar todos estos actos legales del armisticio acabó el "ltapirú", que ya había vuelto de su vuelo por Zeballos-cué, por recostarse al polvorín para sacar de él los elementos de guerra que hubieran.

         A consecuencia de estos actos del gobierno, atentatorios a las cláusulas del armisticio, fue que hubo necesidad de romper el fuego desde los buques, primero sobre el polvorín, para meter en vereda a esa gente que ya estaba tendiéndose en guerrilla en el banco San Miguel, luego sobre las posiciones de tierra para contrarrestar el fuego de la artillería gubernista. Recuerdo que la guerrilla del banco San Miguel nos hacía un fuego de fusilería a 200 metros de distancia, y ni así daban en el blanco esos soldados del ejército de Escurra.

         Una vez provocado el fuego de tierra por el disparo hecho sobre el polvorín, nuestra posición no podía ser prolongada ni sostenible en esas condiciones. Presentábamos a las baterías de tierra un enorme blanco y estábamos fondeados. Nos separaba del enemigo una distancia de 1.500 metros, distancia que para la artillería es "pan comido". Nuestra artillería contestaba difícilmente a la de tierra, por las dificultades anotadas en la página 31*. Aquellos señores de tierra tenían forzosamente que concluir, si no por mandarnos a pique, por hacernos serias averías, o por hacernos buenas bajas por lo menos.

         Ciertamente desde el principio se vió que la depresión de las piezas de tierra andaba como el diablo, porque los primeros tiros eran o sumamente cortos, o sumamente largos; pero como de tierra eran fácilmente observables los blancos, por más malos que fueran los artilleros gubernistas irían seguramente modificando el alza de sus piezas con la experiencia de los tiros hechos, y horquetando poco a poco los barcos hasta que llegaría un momento en que cada tiro de tierra sería un blanco en los barcos, y debe saberse que en ese entonces todo el poder de la revolución se hallaba reconcentrado en el "Libertad" y el "Constitución", barcos que a pesar de su insignificancia han tenido, sin embargo, durante cuatro largos meses en jaque al poder de todo un gobierno.

         El "Libertad" era, a no dudarlo, el buque que más odios despertaba en tierra, porque la mayor parte del fuego se le hizo a él, y por encima de su popa y por el intervalo entre ésta y la proa del "Constitución", pasaron rasando el aire casi todas las granadas que se tiraron a los buques. Debe notarse, a este respecto, que sobre la toldilla de popa del "Libertad" existía una batería compuesta de tres piezas, blanco que todos considerábamos apetecible para los artilleros de tierra. Una granada que hubiese explotado allí, hubiese suprimido quizá quince hombres, dotación de las tres piezas que, apiñada por el poco espacio que se disponía, ocupaba el sitio más peligroso de ambos barcos.

         Y sucedió que los de tierra acabaron por mejorar notablemente su puntería, pues las últimas descargas empezaban a picar todas en las inmediaciones de los barcos, pero estos se conservaban aún sagrados para los fuegos gubernistas. Granadas hubieron que pasaron como una exhalación por allí, por entre nosotros, granadas cuyo hálito de muerte sentimos todos, y que no nos tocaron. . . Dios sabe por qué. Es como para creer en un espíritu superior de las buenas causas.

         Al último parece que agregaron alguna pieza de avant-carga, para apurarnos con el fuego. Todo el mundo ha visto caer proyectiles esféricos, tirados a gran elevación, sobre la fábrica de ladrillos de Chaco-í.

         Podría agregar algunos otros datos interesantes del fuego bárbaro que nos hicieron, pero sólo hablaré de dos, temiendo cansar la atención del lector. La pieza Máxim de la cabecera sud del muelle Patri dejó de funcionar a los primeros tiros. Nosotros pensábamos haberla hecho objeto de una de nuestras granadas, pero posteriormente supimos que un accidente parecido al del "Constitución" había inutilizado la pieza matando é hiriendo a algunos infelices.

         Estas piezas Máxim se les trancaban frecuentemente, y no se oían series de más de 5 o 6 tiros, lo que constantemente observaba Duarte en alta voz. Sin embargo, hubo series de 13 y 14 tiros en tierra, pero lo que es a bordo ni para muestra cayó un solo proyectil en aquella memorable mañana.

         Después de terminado el bombardeo con nuestra retirada aguas arriba, cabe preguntar qué resultado obtuvimos para nuestras armas con los pocos cañonazos lanzados sobre la capital. Cabe preguntar si el propósito que se tuvo en vista cuando se pensó en "amanecer bombardeando" los cuarteles y la capitanía, se había llenado.

         Aún nada podíamos saber, pues escasamente eran las 11 a. m., y no podíamos esperar ninguna comunicación de tierra. No habiéndose podido observar los blancos desde los barcos, porque todo lo que se veía de los contornos de esa parte de la ciudad aparecía incendiado por el fuego de tierra, mal se podía presumir del efecto de nuestra artillería sobre la moral de nuestro enemigo.

         Lo único que puedo consignar como datos particulares observados o inquiridos por mí, son estos. Una de las piezas del "Constitución" hizo un disparo sobre el polvorín, disparo que fue un poco corto, otro sobre la guerrilla tendida sobre el banco San Miguel, que apagó sus fuegos inmediatamente, y al pretender hacer un tercer disparo aconteció el desgraciado accidente ya narrado, que le cortó una mano al sirviente cargador de la pieza.

         La pieza número 1, de la batería de popa del "Libertad", no hizo ningún disparo, por falta de blanco.

         La pieza número 2, del mismo barco, hizo dos disparos sobre el cuartel de artillería. El primer blanco pudo observarse: la bala explotó como a 40 metros aparentes del cañón emplazado en dicho cuartel, pero no apagó sus fuegos. Modificada el alza, el próximo disparo no pudo observarse, por lo que se presumía que se habría hecho blanco dentro de los cuarteles, como después constataron los miembros de la Cruz Verde.

         La pieza número 3, situada sobre la casilla de navegación, hizo dos disparos sobre el cantón de Patri; presumo que estos tiros, hechos a la azotea del edificio, de donde se nos hacía un fuego violento, fueron altos, y pasando sobre el impacto fueron a dar, uno a la casa del general Ferreira, en cuya esquina explotó una granada, otro a la del entonces ministro Chaves. El cantón de Patri no fue castigado por proyectil alguno, y viniendo a quedar las casas antes mencionadas" en una sola línea con el cantón de Patri y la posición de nuestros barcos, se robustece mi opinión.

         Notamos, también, desde un principio, que la pieza de la cabecera sud del puente de Patri suspendió sus fuegos, una pieza Máxim, lo que en los barcos se atribuyó a un blanco hecho por nuestra artillería. Posteriormente supimos que no fue tal.

         La pieza número 5, del "Libertad", hizo un solo disparo, y tomó como blanco la iglesia de la Encarnación, de donde también nos hacían fuego y donde presumíamos, por noticias anteriores, que había una ametralladora.

 

         Después del almuerzo, cuando nos disponíamos a llevar un nuevo ataque a la capital, a cuya bahía íbamos a entrar a las 3 p. m., para poder acortar la distancia y asegurar más el efecto de nuestra artillería, que es lo que debería haberse hecho, y todos esperábamos se hiciera, en aquella madrugada, fue llegando a los barcos un bote, que traía una bandera de parlamento más grande que una sábana de dos plazas. A bordo del lote iba el amigo Vila, que volvía a los suyos al cabo Pedrazza. También llevaba una nota del cuerpo diplomático en la que protestaba contra el bombardeo de una ciudad abierta. Se le contestó, por intermedio del mismo Vila, que si salía un solo disparo de la ciudad se cumpliría la amenaza.

         El amigo Vila, que era un revolucionario también, al volver con la contestación del Comité Revolucionario, fue portador de algunas cartas particulares.

         A mi hermano Marcial le escribí a indicación del comandante Cabañas Saguier, mi jefe en la artillería, las siguientes líneas en un alfabeto convencional que le había dejado antes de salir de Asunción: -"Esto va perfectamente -Soy artillero a bordo del "Sajonia"- No tenemos muertos ni heridos hasta hoy - En el bombardeo de hoy no nos ha tocado ni una sola bala - Necesito estos datos: 1º. Cuántas piezas tienen en servicio en el puerto – 2º. Si está astillado aún Ita-pyta-punta – 3º. Más ó menos cuántos hombres en servicio tiene el gobierno - Lo más exactamente que puedas averiguarlo". La lectura de esta lacónica esquela dará suficiente cuenta de nuestro estado de ánimo en aquel entonces.

         Por el amigo Vila tuvimos conocimiento de muchas cosas sabrosas acontecidas en la capital durante la media hora de fuego, como también del escaso resultado moral que habíamos obtenido en el bombardeo, resultado que se explotó en toda forma para rebajar ante el concepto del soldado gubernista el poder de nuestros elementos de guerra.

         Nuestra retirada en el calor de la lucha les significaba a ellos una victoria, que asaz la necesitaban para retemplar el espíritu decaído de la tropa, y mucho se ocuparon de ella publicando boletines en que daban cuenta de nuestra retirada, en términos de precipitaba huída, "con importantes averías" agregaba el boletín de la decantada Democracia. Vergüenza debían tener en hablar de averías, y en mentar tan siquiera su estruendoso bombardeo a los buques revolucionarios, cuando después de media hora de fuego con nueve cañones de gran alcance, y de tiro rápido muchos de ellos, y con una guerrilla tendida allí a doscientos metros de los barcos, no fueron capaces los militares de Escurra de hacer ni tan siquiera un blanco de fusil.

         Pero nuestra retirada se explotó a las mil maravillas, y una vez que los soldados gubernistas vieron que tenían que contrarrestar elementos de guerra inferiores a los que ellos poseían, una vez que palparon que todo lo que la propaganda hizo por endiosar nuestro poder guerrero era pura fantasía, ganaron esos decaídos soldados en confianza en sí mismos lo que nosotros perdimos en el concepto de ellos. Esta es la verdad, aunque cause dolor el decirla.

         Todo esto viene a constatar lo cuerda que era la opinión de los jefes militares del movimiento, de que el bombardeo a las posiciones militares de la capital no procedía una vez que no se contara con la sorpresa, por la sencilla razón de la inferioridad manifiesta de nuestros elementos bélicos.

         Pero el Comité Revolucionario dispuso lo contrario, y sucedió lo que tuvo que suceder, esto es, que estuvimos en un santiamén por perder los barcos, y con los barcos la revolución; que salvamos de allí, porque hemos tenido un Dios aparte, pero a costa de nuestra reputación, que en aquel entonces, para continuar manteniendo el terror que infundíamos en la capital, era lo que más importaba mantener.

         Antes de que los buques se preparasen para cumplir el siniestro programa de la tarde, la entrada a la bahía bajo los fuegos enemigos, para recomenzar el bombardeo acortando la distancia, vino de la Asunción el "Yoyo" con el señor Vila, que traía la nota de los ministros extranjeros, los que ofrecían su mediación para tratar de llegar á un acuerdo decoroso entre la revolución y el gobierno, que evitara la continuación de la lucha y la efusión de sangre.

         La revolución acepta la mediación de los diplomáticos, y más tarde viene el "Yoyo" con los mencionados, doctor Itiberé da Cunha, doctor Alejandro Guesalaga, doctor Bottaro Costa y señor Eduardo Pingaud, los que son recibidos con los honores debidos a su rango de ministros extranjeros, y pasan a conferenciar en el saloncito del "Libertad" con el Comité Revolucionario.

         Se acuerda que mañana irán a la capital tres delegados del Comité, a conferenciar con el gobierno sobre las negociaciones de paz propuestas por el cuerpo diplomático.

         El resto del día pasa sin mayores emociones. Se hace artillero a mi compañero Eladio Velázquez y el comandante de la artillería Cabañas Saguier nos da instrucción de tiro, que era lo que más importaba por entonces. Nos ocupamos también de arreglar los decantados estopines, viendo de hacer cosas servibles de cosas cuasi inservibles. Había que verlo a Velázquez escarbando la pólvora vieja de los estopines y haciéndolos sonar en la pieza.

         A las 5 p. m. más o menos se despacha al "Huáscar", otro buque de la flotilla revolucionaria, que comandado por Santiago Schaerer se va hacia el norte con dos chatas a remolque. A su bordo van el doctor Cardús Huerta y como unos treinta hombres de tropa al mando de Emiliano Rojas, yendo también en él Juan Francisco Recalde, el joven Juan F. Recalde, Juan López, Santiago Parini, José Meza y Juan Ramírez, si no me traicionan mis recuerdos. El "Constitución" se va acompañando al "Huáscar" hasta la altura del Remanso Castillo debiendo volver incontinenti.

         Antes de partir esta comisión juzgué oportuno ser curioso, para mis apuntes, y le pregunté a Juan F. Recalde, que es persona emparentada con mi ilustrísima, como le preguntaran al amigo Quevedo años atrás, quiénes eran, de dónde venían, qué querían y adónde iban.

         Me informó Recalde en breves términos, porque la premura no daba para más, que no sabía á ciencia cierta qué destino llevaban, que el señor Cardús Huerta, jefe de la expedición llevaba todas las instrucciones del caso, pero que creían iban a provocar el alzamiento de los pueblos del norte.

         - Y, ¿cómo se las van a campanear con el numeroso ejército que llevan?, le pregunté.

         - Ahí verás, tú chico, -me contestó Recalde con ese tono festivo de su conversación-. Le pedí al general enviara con nosotros a Juan López, Santiago Parini, José Meza y Juan Ramírez con la premeditada intención de desembarcarlos respectivamente, al primero en San Pedro, donde están sus hermanos que tratarán inmediatamente de apoderarse de la guardia del pueblo; el segundo en Lomas para que pasando por Rosario, en viaje de propaganda, llegue con la chispa de la revolución a San Estanislao donde está el caudillo Alonso que levantará el pueblo en cuanto sepa en qué trances andamos; al tercero furtivamente en Villa del Rosario, donde en combinación con su pariente Bernardino Meza puede meterles a los gubernistas de allí un petardo que ni cohete a la congreve que fuera; al último en San Pedro con idéntica misión ante la persona de su padre, hacendado popular del pueblo. De este modo creo se podrán tomar esos pueblos sin derramamiento de sangre, y cuando los buques de la revolución marchen hacia ellos, ya los hallarán por lo menos con la chispa de la revolución encendida.

         Al anochecer marchamos hacia el norte y fondeamos para pernoctar frente a Rojas-cué, establecimiento de mi señor padre que entregado más tarde a un furioso saqueo por parte de las tropas gubernistas que acamparon por allí, quedó hecho un peladeral. El "Patria" marchó hacia el norte en comisión hasta las bocas del Manduvirá.

         Olvidaba decir que por compromiso contraído con los ministros mediadores por ambos beligerantes, cesaban las hostilidades conservando cada uno las posiciones ganadas. De todo esto a echar un sueño reparador no hubo más que un paso.

 

 

(1)     O de "un bote" como cierto magistrado calificó al "Libertad".

*        Corresponde a la página de la edición original, en ésta, léase p. 27.

 

 

Agosto 17 - 904

 

Las negociaciones tramitadas - Fracaso de las mismas por las exigencias del gobierno; se vuelven a romper las hostilidades - El gobierno provisorio se dirige a Villa del Pilar en el "María Clotilde- - El "Constitución" se va al norte.

 

         Amanece el día sin emociones y solo preocupa nuestra atención el resultado de las negociaciones que se tramitan. Sin embargo en los buques nadie tiene fe en ellas. Para nosotros la continuación de la guerra es, ahora que se fracasó en el bombardeo, irremediable, pues el gobierno no cederá en sus pretensiones.

         El terror que había despertado en la Asunción la primera parte de las aventuras del "Sajonia" y la propaganda consiguiente, ya no era terror ni cosa que se le parezca. Adiós bombas explosivas -granadas de mano- granadas cargadas a petróleo capaces de reducir la capital a un montón de escombros en menos que canta un gallo. Adiós todos esos elementos de guerra modernos que la imaginación y la fantasía del pueblo creara, que la propaganda se encargó de poner en manos de la revolución. Ya sabían, a este respecto, a qué atenerse los de tierra, así como ya sabíamos nosotros también a qué atenernos para pretender atacar a la capital.

         Hoy supimos el efecto de nuestra artillería en tierra, bien escaso fatalmente. Una granada había explotado frente a la Encarnación; en el atrio; una dentro de uno de los cuarteles; una en el ángulo de la casa del general Ferreira y otra en la casa del ministro Chaves. Supimos también, que uno de los cañones de Ita-pyta-punta se había caído en un zanjón durante la maniobra de volver las piezas de esa posición para atacarnos por retaguardia, cuando el célebre pasaje.

         Supimos también que una pieza Máxim del tinglado de Patri había reventado causando la muerte de varios infelices, y unos cuantos heridos, debido a su mal manejo; como asimismo que las tropas gubernistas que guarnecían Ita-pyta-punta se habían tomado en lucha entre ellas, confundiéndose mutuamente, ya después del pasaje.

        

         Por la mañana temprano vuelven los buques a su fondeadero de ayer, y pasan hasta un poco más arriba de la Chimenea donde echan fondo. Los comisionados del Comité Revolucionario que van a tierra son: el doctor Benítez, don Adolfo Soler y don Adolfo Riquelme, quienes pronto vuelven a dar cuenta de su cometido, habiendo dejado arreglado que a las 2 p.m. se celebraría una conferencia frente a la Asunción, en el "Yoyó", entre los generales Escobar y Ferreira, con asistencia de los ministros plenipotenciarios extranjeros.

         Esta conferencia tuvo lugar a la hora indicada, habiendo ido Ferreira hasta el lugar de la cita en el remolcador "María Clotilde".

         Desde los buques bien se veían las dos embarcaciones atracadas la una a la otra, en medio de la correntada del río, frente a la Asunción. Cuando después de un largo rato se vieron desprenderse mutuamente y emprender cada una viaje a su destino, se tuvo un momento de suspensión. En efecto, el "María Clotilde" traía la paz o la guerra, y como lo habíamos predicho, trajo lo último -la ruptura de las negociaciones emprendidas y la continuación de las hostilidades-. Las pretensiones gubernistas eran inaguantables; ofrecían los ministerios de hacienda, relaciones y justicia; seis bancas en las cámaras; amnistía por causas políticas, pago de los gastos de la revolución, esto es, exigían que la revolución se entregara con los brazos atados. Hablarles del ejército o del ministerio del interior ¡quia!, ¡qué esperanza!, "ni pa remedio".

 

 

         Por la mañana temprano del día de hoy salió Alfredo Duarte conduciendo una tropa de novillos que se habían desembarcado del "Póllux" -hoy "Patria"- y de las chatas que traía a remolque. Esta hacienda va a pasar a territorio argentino, por los campos de Beterete.

         Otra chatada de novillos que venía con destino al abastecimiento de las fuerzas gubernistas fue tomada, y desembarcados los animales en el brete de Peña por don Juan M. Sosa Escalada.

         Olvidaba decir también que el "Póllux" había traído una chata al costado con una enormidad de rajas de buena leña, presente que nunca dejamos de estimar en demasía a la suerte, en aquellas circunstancias en que nos venía como llovido del cielo. Esta leña le evitó al "Patria" un soberbio cañonazo, como muy pronto veremos.

         Hoy fueron hechos artilleros los jóvenes Víctor Abente y Juan B. Gaona. Los dos nombrados, Eladio Velázquez y yo, que éramos los artilleros nuevos en el "Libertad", recibimos instrucción práctica del comandante de la artillería, Pastor Cabañas Saguier, y nos ocupamos en asegurar en mejor forma la defensa de bolsas de galleta y de yerba-mboroviré que con unos malos maderos constituían la trinchera de los artilleros de la toldilla de popa, el sitio de más peligro en el "Libertad".

         Después de mediodía, vinieron llegando a engrosar la escuadrilla revolucionaria dos nuevos elementos navales, los remolcadores "Lucía" y "María Clotilde", que habían sido tomados con el "Huáscar" un poco abajo de Capiipobó, y conducidos hasta Puerto Emiliano donde se descargaron las chatas de novillos que traían.

         Estos buques traen la noticia de que el telégrafo del norte fue cortado á la altura de Mercedes Barranqueras por la comisión embarcada en el "Huáscar".

         Al rato de llegado el "María Clotilde", el mejor de los vaporcitos que hayan estado al servicio de la revolución, se embarcan en él González Navero, el doctor Benítez, Pedro T. Rolón, Adolfo Aponte, Ernesto Arias, que van á establecer el gobierno provisorio en Pilar, y don Adolfo Soler que va a Buenos Aires en comisión. Va a gestionar de los gobiernos del Plata el reconocimiento de la beligerancia para nuestras armas, y la adquisición de material bélico para armar el ejército revolucionario.

         La ansiedad que despertó en los buques la partida del "María Clotilde" fue inmensa: debían pasar afrontando los fuegos de todas las piezas que nos habían vomitado metralla y bala rasa ayer a mediodía. Todas las miradas de los tripulantes de los buques de nuestra escuadrilla estaban fijas en aquel puntito negro que se iba perdiendo poco a poco, con nuestros compañeros de lucha dentro. De la Asunción no les hacían fuego, ¿por qué?; no sería, indudablemente por conmiseración. Pasan Asunción, pero aún queda Ita pyta-punta. Tampoco les hacen fuego desde esta decantada batería, hasta que desaparecen finalmente en la vuelta del río. Recién entonces vuelve a nuestro agitado espíritu la tranquilidad ya tantas veces alterada.

         Al entrar la noche se separan las naves revolucionarias; el "Constitución" va al norte, llevando como personal superior a los comandantes Elías Ayala, Hipólito Núñez y Albino Jara. La mitad del batallón Asunción va a emprender la campaña del norte.

La despedida de las naves revolucionarias fue uno de los actos más entusiastas y a la vez más conmovedores de la pasada campaña. En las filas de la revolución todos éramos hermanos, a lo menos nos considerábamos como tales, y aquellos valientes muchachos que iban a cumplir una de las comisiones más fuertes de la campaña, la toma del norte del país, donde el gobierno tenía elementos de defensa que no podían dejar de ser serios para nosotros, eran todos hermanos nuestros a los que quien sabe qué suerte les estaba reservada.

         Los que se iban hacían los mismos comentarios con respecto a los que quedaban -¿cuál sería, tal vez, nuestra suerte? La región en que debíamos operar nosotros estaba también llena de peligros. Todo elemento que el gobierno consiguiera traer del extranjero, tenía que batirnos primero a nosotros para poder pasar a habérselas con los compañeros del norte. Nuestra misión era también asaz grande: desde Villeta hasta Tres Bocas, y desde Tres Bocas hasta Villa Encarnación.

 

         Por fin se iba el 17, con todas sus emociones, que fueron muchas, y que conjuntamente con las de la víspera dejaran un recuerdo imperecedero en el espíritu de todos los que actuamos en aquellos comienzos tan problemáticos de la revolución.

         Fuimos á fondear al costado de la isla de San Francisco, con la santa intención de tomar mañana de madrugada la plaza gubernista de Villa Hayes, de la cual confeccioné un mal croquis, a pedido del comandante Cabañas, para poder guiarle con el deficiente conocimiento que tenía de aquella plaza, indicándole la situación de los cuarteles, la distancia de la canal del río a los mismos, etc. etc.

 

 

 

Agosto 18 - 904

 

Toma de Villa Hayes - El tiroteo de anoche entre esta plaza y el "Constitución" - El francés Guillermet; la propaganda de Alfredo Duarte en el Chaco - Capitulación del mayor Vargas y su gente - ¡Ya tenemos música! - Llegada del "Patria" -Despedida a V. Hayes.

 

         Todavía era de noche cuando emprendimos la marcha sobre Villa Hayes, extrañándonos que el "Patria" no estuviese aún de vuelta.

         Íbamos naturalmente en son de guerra, y al divisar la villa toda la gente de guerra ocupaba su puesto de combate, los tiradores cubriendo sus líneas, los artilleros su piezas.

         Echamos fondo en la canal del río, a no más de cuatrocientos metros de las primeras casas de la villa, entre las que figura en primera fila el edificio del cuartel y de la cárcel.

         Parte de la artillería del "Libertad" estaba afocada a dicho edificio, y parte se dispuso que no hiciera fuego por considerarse innecesarias más de dos piezas para dominar el fuego que pudiera venir de tierra.

         Frente mismo al cuartel, y al lado del asta de bandera, se veían esos dos viejísimos y monumentales cañones del tiempo de la pasada guerra, en actitud sumamente pacífica. Al lado de los mismos se veían otros dos, uno montado en ruedas, otro en cureña, piezas antiguas al parecer.

         El cuartel y la cárcel totalmente cerrados y deshabitados al parecer. En las esquinas contiguas a la del edificio que dejo consignado, se formaron dos grupos de gente del pueblo, que hacían señales amistosas para que desembarcáramos confiados.

         La pieza número 2, del puente, en que yo servía, afocada a la puerta del ángulo S.E. del edificio, tenía un tiro comprometido, pues la estatua del doctor Benjamín Aceval quedaba casi en la misma línea de tiro. La más mínima desviación que hubiese tenido el proyectil a la izquierda ¡patapum!, se venía al suelo estatua, pedestal y todo. Prevenido de esto el comandante Cabañas rectificó personalmente el alza y la deriva de la pieza, asegurándose de la impunidad de la granada para con la estatua, en caso de que se hiciese fuego.

         Como esa gente no daba señales de vida, y hablaron de tierra informando del abandono militar de la plaza, desembarcó don Manuel Gondra con una sección de tiradores, que desplegados en guerrilla una vez en tierra, avanzaron sobre el edificio. Este fue abierto luego de haberse asegurado del total abandono de la plaza por el enemigo, y entregado a una minuciosa revisación. Se retiraron de él todos los elementos que podrían sernos útiles, tales como aperos, algunas armas y municiones, tablones para defensas a bordo, alguna porción de yerba, dos líos de paño para oficiales y así, alguna cosa más. Los artículos de consumo que se hallaron, tales como carne y maíz, se repartieron entre los pobres de la villa.

         Revisamos también las casas de Escurra y del mayor Román (q.e.p.d.), cuya suntuosa instalación para un pueblito sin importancia como en el que estábamos, fue motivo de nuestra admiración. De estas mansiones de la pasada opulencia retiramos uno que otro apero, que muy luego el general Ferreira hizo devolver a su destino ordenando que no se tocara absolutamente nada en esas casas, fuera de armas y municiones.

         Visité a la familia Moscarda, la que me informó ampliamente de la desbandada producida a raíz del pasaje del "Constitución", efectuado anoche bajo los fuegos de las fuerzas de la plaza.

         Anoche al pasar el "Villa Rica" se le acercó el bote del resguardo, en el que iban un sargento y tres soldados. El sargento llegó confiado a cubierta, y una vez que se dió cuenta de la celada en que había caído, comenzó a gritar a sus soldados, que "se hallaban entre enemigos y que hicieran fuego".

         Como el comandante Ayala le objetara que no cometiera la locura de hacer matar así, estérilmente, a su gente, reiteró el sargento a sus soldados la orden de hacer fuego, los que a quemarropa hicieron varios disparos sobre la tripulación del buque, que se vió obligada a contestar el fuego hasta que la canoa, con los tripulantes muertos y heridos, empezara a derivar aguas abajo.

         Las fuerzas de tierra, al tenor de los primeros tiros, habían comenzado un violento fuego de fusilería sobre el buque, fuego que se coronó con un metrallazo que de pronto iluminó la escena y pasó silbando sobre el "Constitución". Ante demostración tan estupenda largó el "Constitución" dos cañonazos sobre la plaza, cañonazos a los que siguió una dispersión tan pertinaz y rápida, que fue a parar a Monte Sociedad, a cuatro leguas de Villa Hayes.

         Lo más curioso es que el sargento que cometiera aquella barbaridad, una vez comenzado el fuego de tierra se entusiasmó a tal extremo que resolvió allí, sobre tablas, su incorporación: pidió un rifle diciendo filosófica pero enérgicamente: "¡na! pemeé cheve peteí mbocá, ta po pytybó" (ts, denme un fusil, voy a ayudarnos a ustedes). Me informaron que este sargento se portó como un ejemplo de valor y adhesión a la causa en el resto de la campaña.

         Ayer había sido tomado por Alfredo Duarte, en el Chaco, un francés que viniendo de Villa Hayes iba con destino a la capital. Se lo mandó al "Libertad", donde le secuestraron una nota cuyo texto era comprometedor, y un salvo-conducto, con este contenido: "Villa Hayes, Agosto 17-1904. Esta comandancia militar expide un salvo conducto al señor don Julio Guillermet que va acomisionado (textual) por esta ante S. E. el señor ministro de la G. y M. sobre asuntos concernientes al servicio por tanto las autoridades de tránsito no pondrán impedimento sin justa causa" (no lleva sello ni firma el documento).

         Lleva esta otra escritura: "Nueve p. m. pasó vapor revolucionario para el norte, tiroteo de ambas partes nuestra parte un muerto; un herido. Sargento Patiño prisionero por los revolucionarios. Todos marinos. Nota detallada por chasque por Chaco-í". (Es copia textual -no lleva sello ni firma).

         El francés Guillermet nos había informado de que en la nota que llevaba el chasque pedía el jefe de aquella guarnición urgentemente refuerzos (tenía 200 hombres), armas y sobre todo municiones.

         Bajo estos auspicios habíamos emprendido la marcha sobre Villa Hayes, de modo que no era de extrañar todo lo que se nos refiriera allí sobre la desbandada de las tropas gubernistas, las que se iban replegando hacia la capital por el lado del puente del Confuso, cuando avistando al grupo de gente que comandaba Alfredo Duarte en el arreo de los novillos de que ayer hablé, y creyendo que se trataba de un grueso regular de tropas, pues que Duarte y su gente habían tenido la precaución de embaucar a cuanto vecino encontraban de paso, haciéndoles creer que iba con 200 hombres a cortarle la retirada al enemigo, torció el curso de su huída y se refugió al interior del Chaco, hacia Monte Sociedad, dejando las armas por el camino.

         Alfredo Duarte hizo una verdadera zapallada con la propaganda, pues esa tarde se recibió una nota del mayor Vargas, en la que ofrecía capitular con parte de la gente a su mando, con la banda de música, ¡ya íbamos á tener música!, y con unos 80 fusiles. Ofrecía plegarse a la revolución con estos elementos. Se le contestó inmediatamente que sería recibido con los honores correspondientes a su graduación, y que tanto él como sus oficiales y tropa serían incorporados a las filas revolucionarias.

         La incorporación de estos elementos se efectuó de noche, al son de la banda militar de Villa Hayes, cuyos entonces destemplados acordes no dejaban de hacernos buena falta. Los muchachos bautizaron con el nombre de atronadora nº 1 a nuestra primera banda, en atención a su estrepitosísima e infernal manera de ejecutar.

         Con el mayor Vargas se incorporó el teniente Fretes, artillero, que de entrada nomás se tomó casi todo un botellón de vino con grave escándalo del cabo Peralta, el más económico de los gameleros que jamás haya viajado por el río Paraguay.

         El teniente Fretes explicó la cosa, refiriéndose al largo ayuno que habían practicado por esos montes de Villa Hayes el día y noche anteriores.

         Embarcamos también uno de los cañones de Villa Hayes, una pieza de avant-carga, sin alza graduada, que más tarde, cuando la batalla de Caí-puente, Ypytá, en las Misiones, desempeñara papel más eficaz que toda la artillería escurrista durante los meses de la revuelta.

         De noche nos despedimos de Villa Hayes en medio de unas galopas espantosas, terriblemente ejecutadas por nuestra banda de música. La gomba el tam tam y el ramsinga reunidos en una selva de la India, no meterían sin duda un ruido tan infernal como aquella desafinada atronadora núm. 1 del "Libertad", convertida hoy en la banda de música del batallón 1º. de infantería.

         Poco antes de anochecer había llegado el "Patria" de su comisión hasta el río Manduvirá.

         Se resuelve pasar mañana de madrugada bajo los fuegos de la Asunción nuevamente, para ir hasta V. del Pilar a establecer el campamento general del sud, asunto que nos lleva a fondear nuevamente por allá, por Remanso Castillo, donde dormimos esperando la alborada para proseguir nuestra marcha aguas abajo.

 

 

Agosto 19 - 904

 

Pasaje devuelta bajo los fuegos de Loma San Gerónimo-Peligrosa comisión de Luis Rodi -Instalación definitiva del campamento Sud en Villeta-Retoma de Villeta.

 

         Se trataba nuevamente de repasar las posiciones artilladas del gobierno, para mantener el dominio del río al Sud de la Asunción, y para organizar el campamento general, que en un principio se pensó instalar en Villa del Pilar.

         Íbamos realmente a la ventura. Nuestra salvaguardia era en cierto modo la hora, y si los vigías de la Asunción eran tan celosos de su deber como los de Ita pyta punta, pasaríamos quizá sin ser sentidos.

         Sin embargo habían llegado a nosotros vagos rumores de que en Remanso Castillo, magnifica posición estratégica que domina a cortísima distancia la canal del río, había artillería; que en la "Chimenea" de Chaco-í, ídem; que en el banco San Miguel lo mismo. Respecto a lo que es el barranco de la ciudad, ya sabíamos a qué atenernos con la experiencia de antier. Podría ser, también, que en Ita-pyta-punta tuviesen todavía cañones.

         Por lo visto la perspectiva de nuestro nuevo pasaje, bajo los fuegos de la artillería asuncena, era algo tempestuosa; pero había que pasar, y "está de Dios" que pasaríamos sin novedades.

Luis Rodi debía bajar en las bocas del riacho Caracará é ir a hacer volar los puentes de Ybyray e Itay, en la Recoleta y Campo Grande respectivamente, y cometida su comisión iría a pie hasta Villeta -un viajecito de diez leguas. Debía estar en Villeta mañana, si no dejaba el cuero en el camino, que no dejaba de ser lo más probable.

         Se proveyó a Rodi de cierta cantidad de dinamita; se le dió por compañero a uno de los jóvenes Filippini, de su confianza y por él solicitado, y quedó arreglado el plan sin más trámites. Entregué a Rodi una descomunal caramañola llena de ginebra, que había llevado de Asunción, y que constituía mi más precioso haber en aquel momento histórico.

         Poco después de media noche nos poníamos en marcha hacia el hundidero de buques de Escurra.

         El "Libertad" por delante y el "Constitución" detrás, marchaban que ni carretas que fuesen. Cuando el "Libertad" marchaba así, con 1/4 de velocidad en su marcha, se deslizaba verdaderamente como un fantasma del apocalipsis, y solo un continuo pero muy intermitente aleteo de la hélice se sentía desde el barco casi imperceptiblemente.

         El "Libertad", en aquella solemnísimas circunstancias, era todo un verdadero duende, y nosotros, los tripulantes, unos duendecillos.

         Así marchábamos silenciosos aquella madrugada. Pasamos Remanso Castillo sin sufrir un disparo ni de fusil. En Zeballos-cué, en donde se nos había dicho que quizá hubiese también una pieza emboscada, niente. Si había gente por allí, estaba evidentemente entregada al viejo Noé, por lo de las uvas.

         Al llegar al riacho Caracará se nos desprende el "Lalo" (mitá tiey), el hijo del "Sajonia", al que le estaba reservado el papel de no dejar pasar en paz a bicho viviente o andante alguno, por frente a Villeta. El "Lalo" llevaba a Rodi y Filippini que una vez en tierra, quedaban librados a su prudencia, a su mayor o menor suerte, o lo que vale, a la buena de Dios.

         Yo no había pegado los ojos aquella noche. La pasé en compañía del comandante Duarte y de otros que formábamos círculo y charlábamos en el puente.

         El "Lalo" volvió a todo vapor al costado de estribor del padre, el "Libertad", y continuamos aquella marcha de peligros, aquella vida de emociones.

         - Andá despertálo á Cabañas y decíle que mande a los artilleros que ocupen sus puestos, me ordenó el comandante Duarte.

         Cumplí la orden y fui á cubrir mi pieza. Cabañas Saguier mandaba personalmente la batería de la toldilla de popa, donde servíamos Velázquez, Gaona, Abente y yo. Detrás nuestro, como a 200 metros, venía el "Patria" con una chata llena de leña al costado peligroso, y echando unos borbotones de chispas que acabaron por alarmarnos a todos, porque necesariamente iban a denunciar nuestra presencia frente a las baterías.

         Malditas chispas, aquellas del "Patria". No concluyó de echarles una sonora maldición el comandante, cuando un cohete largado del banco San Miguel ilumina al estallar en el aire, con vivísima y argentada luz, toda la escena del pasaje. Enseguida tres cohetes más lanzados, uno detrás de otro avisan a las baterías de tierra que los barcos revolucionarios intentan forzar el paso.

         Ante aquella manifestación de respeto de los de tierra, ordena el comandante forzar la marcha y no hacer fuego y todo el mundo cuerpo a tierra. Momentos son aquellos que deben pasar a la historia.

         Pronto un soberano cañonazo sale del banco San Miguel y nos envía cuerpo a tierra, con un movimiento instintivo, a todos los que aún permanecíamos en pié observando la iluminada costa de la ciudad. Proyectamos el suelo en proyección Monge. El instinto de conservación le ganó de mano a la granada, que pasó, cuando ya todos estábamos cuerpo a tierra, con un silbido aterrador a pocos metros de nuestra maldita toldilla.

         El cañoneo que siguió a esta primera manifestación de tierra, excluye por lo feroz a todo cuanto hasta entonces habíamos palpado en materia de cañoneo. Los fuegos de tierra no permitían ni asomar la cabeza por sobre las escuálidas trincheras de nuestra batería, por donde pasaban rasantes las granadas Krupp, y las andanadas Máxim. Un recio fuego de fusilería, que venía del banco San Miguel, completaba el cuadro de nuestra destrucción, y para hacerle cesar, un trueno del "Libertad" seguido de un estallido seco y a la vez retumbante en tierra, avisaba a nuestros amigos que "donde las dan las toman".

         La pieza del banco San Miguel y la guerrilla tendida en la costa del mismo, se dieron inmediatamente por aludidas y apagaron sus fuegos: pero los cañones de Loma San Gerónimo no dejaron de tronar hasta que nos perdimos en la vuelta de Ita-pyta-punta, en medio de gritos de alegría, de estruendosos vítores, ¡vivas!, ¡abajos!, ¡mueras!, qué sé yo...

         Estaba salvada la situación, y el "Libertad" se burlaba por cuarta vez de la furiosa artillería de Escurra. Los gubernistas volvían a morder el anzuelo de la burla: de la burla a su impotencia rabiosa que les hacía un vaporcito de carga como el "Sajonia", una carreta como el "Patria" y un pomberito como el "Lalo".

         Un centenar de hombres que paseaban impunemente la insolencia inaudita de los que habiéndose impuesto una misión sagrada tienen que cumplirla venciendo todos los obstáculos que el hombre opone al hombre, hasta reventar o triunfar, volvían a pasar embarcados en un esquife por las mismas barbas de las posiciones inexpugnables de Escurra.

         El "Patria" que venía a popa, a unos 200 metros, había sufrido un fuego violento también pero nosotros estábamos ya tan identificados con la idea de la absoluta nulidad de los elementos militares gubernistas y con la de la suerte loca que nos guiaba, que esperábamos confiados hubiese salido del trance tan airosamente como nosotros.

         Aún faltaba Ita-pyta-punta.

         Pero de allí no nos hicieron fuego. Ya no había cañones.

         Cuando pudimos ponernos al habla con el "Patria", supimos que una de las descargas de tierra había  !!por fin!! dado en el blanco. Pero aquella chata llena de leña, que el buque traía amarrada a babor en son de defensa, había recibido el proyectil, que al explotar desparramó las rajas sin causar otro daño. A no haber sido por la chata providencial, el buque hubiera sido pasado de parte a parte por el cañonazo de tierra, lo que tampoco hubiera sido causa de mayor novedad una vez que la bala respetase la máquina. El caso práctico del "Libertad", que en San Antonio fue abundantemente atravesado de parte a parte posteriormente, y que ya tendré ocasión de recordar, es muy de recomendarse a los artilleros de Escurra que tenían la más acabada idea del hundimiento de un barco por el efecto vulgar de un proyectil de cañón.

         Liberato Rojas, capitán del "Patria", que iba en el puente con su ayudante Collar en tal ocasión, me refirió posteriormente esta anécdota de aquel célebre pasaje.

         "Cuando dejaron de menudearles balas al "Libertad", se descargaron sobre nosotros, que a causa del gran penacho de chispas que lanzaba la chimenea del "Patria" (andaba a leña) les ofrecíamos un excelente blanco.

         "Varias granadas habían pasado casi rozando la cubierta y las casillas del barco, anunciándonos que aquella aventura podría ser muy bien nuestro fin, cuando reventó la granada al costado de la chata. Esta explosión allí, tan cerca, desconcertó a nuestro práctico, que me dijo medio apurado. "Ña ñe junditaco ape che patrón" (vamos á fundirnos aquí, mi patrón). Ña ñe jundijhaguaichama yayú, cuimbaé" (como para fundirnos venimos, hombre) le contesté. Al rato nomás pasa una granada tan cerca de nuestro grupo que todos nos miramos las caras con desconfianza, pensando que aquello ya no era para broma -chaque ñañejunditama, che patrón: yayebyna", (mire que nos fundimos, patrón, volvámonos). Como para volver estaba la cosa, pensé yo, cuando una segunda granada pasa, al parecer, por entre las ventanillas de la casilla de navegación, produciendo una depresión tan fuerte en el aire, que voltea al práctico. Este, sin consultarlo más con nadie, da todo el timón a la banda y pretendiendo virar nos endereza a un conocido banco de la costa del Chaco, donde, si varamos reventamos definitivamente. Collar que lo echa de ver, me dice en alta voz: - Ya regollana mandi de una vez co aña raypa, jha ta ñe moina che timonpe" (Vamos a degollar de una vez a este hijo del diablo y me voy a poner yo al timón). Astucia de Collar fue esta que nos salvó, pues el anonadado práctico, que ya había perdido todas las ideas, y que ya se sentía arrastrado al fondo del hundidero de Escurra, volvió sobre sus pasos y tomó nuevamente la canal, hasta que pudimos salir de aquel infierno".

         El "Patria", pues, estuvo a punto de ser otra de las víctimas de los artilleros de Escurra, cuyo hundidero se hubiera enriquecido con semejante presa.

         En este célebre pasaje de las baterías de San Gerónimo, recibí una contusión en la pantorrilla izquierda, en momentos en que trataba de incorporarme para ver de dónde salían los cañonazos de tierra que aunque leve, me retuvo en cama medio mes. Estoy agradecido a la solicitud con que todos, desde el general Ferreira hasta el último de los marineros, que sabiendo que estaba herido vinieron a verme, me atendieron.

         Aunque no atribuyo ninguna importancia al refilón que me llevé, lo consigno para justificar la falta de observaciones personales en mis notas en los días que mediaron entre aquel pasaje y la acción de Ytororó, pues la mayor parte de ese tiempo lo pasé acurrucado en un rincón del saloncito del "Libertad" lo mismo que un gato todo mojado lo hace cerca del fuego, sobre la ceniza, de donde no se lo saca ni á palos.

         Allí iban frecuentemente a verme los muchachos, y me daban cuenta de lo que se hacía por ahí. Esas impresiones ajenas son las que pasaba al papel a medida que se me referían.

 

         Al llegar nuevamente a Villeta iba la tripulación en disposición de combate, pues todo el mundo creía que Villeta estaría ocupada por el gobierno, y al efecto se le había dado orden al "Patria" de que ni tocara Villeta en su viaje, de que siguiera directamente hasta Villa del Pilar, a donde se dirigiría inmediatamente el "Libertad" si Villeta se hallaba ocupada por el gobierno.

         Pero con gran escándalo nuestro, aunque también con gran satisfacción, entramos a Villeta como si tal cosa. Por allí no se había dejado ver ni el humo de un solo gubernista; ni la muestra. Los gubernistas habían, a todas luces, concentrado su atención en la capital. Comenzábamos a creer que su programa de guerra se reduciría a encerrarse en la ciudad e inmediaciones, en la que le estaba reservada una muerte por inanición de la que no se libraría ni el célebre ayunador Zuchi.

         Se retomó Villeta como quien toma un mate, tranquilamente. Las autoridades que habíamos dejado constituidas hacía unos días, allí estaban patriarcalmente en su trono: nadie las incomodó durante los cuatro o cinco días en que quedó Villeta absolutamente a merced del enemigo; nadie las incomodaba en ese momento ni las incomodaría ya jamás. "Estaba escrito"

         En este momento llegó Alfredo Duarte, el de la zapallada del Chaco, a quien pedí me informara ampliamente de cuanto habíale ocurrido en su correría, puesto que a la propaganda que hicieron él y su gente en el Chaco se debía la caída de Villa Hayes sin haber derramado una gota de sangre.

         Me informó Alfredo más ó menos como sigue:

         "Cuando me separé de ustedes en la mañana del 17, llevaba la orden de pasar los 190 novillos que traía el "Patria" "para las panzas gubernistas" a territorio argentino, llevándolos al establecimiento de Betterete, en Pilcomayo.

         "Me dieron cinco soldados, y como 2o. del destacamento a Gabriel Urizar. El sargento era un tal Torres. Lo primero que hicimos fue soplarle a Jaime Peña, en cuyo brete habíamos desembarcado la novillada, cuatro caballos, con aperos y todo, cuatro verdaderos mancarrones más flacos que arpas, en los cuales tomamos colocación sin más trámite para continuar en nuestro cometido.

         Un poco antes de la estancia de carai Guanes, en la orilla de un monte, vemos un grupo de gente muellemente arrellanada alrededor de un novillo, que algunos carneaban con la intención manifiesta de comérselo:

         - Alto ahí, hijos de. . . 1 país! Por orden de quien mueren a ese pobre animal?

         - "Por orden del estómago, che rubichá"(mi señor), arguyó como razón de una contundencia admirable el más espiritual de los carneadores."Estamos, señor, con un hambre peor que la que azotó a Egipto, allá por los tiempos de Cleóbulo" (era el maestro de Chaco-í el que hablaba así).

         "Alarmado por tanta erudición y por tan feroz cita, pasé a interrogarles quiénes eran, y cómo es que se hallaban allí siendo paraguayos, sabiendo que un movimiento armado que simbolizaba la redención del país era en aquel entonces.

         - Ah, señor!, exclamó el de Cleóbulo, el que no nació pal cielo devalde es que mire arriba. . . No servimos para la guerra, unos porque somos tan viejos, otros porque son tan jóvenes... "Somos pobladores de Chaco-í, y hemos tenido que abandonar nuestros hogares de "la Chimenea" porque las balas de cañón de la capital, que no han podido perjudicarlos a ustedes, se han ensañado, sin embargo, contra nosotros y nuestros pobres ranchos, que no tienen la culpa... !"

         "De entre esta pobre gente nos acompañaron como voluntarios cuatro muchachones, a los que incorporé con gusto a mi destacamento, dando toda clase de seguridades al resto. En seguida marchamos sobre la casa de Guanes.

         "Al sentir nuestra llegada pusieron pies en polvorosa los de allí. El capataz, no obstante teniendo a toda su mujer en la casa, la que dió en desmayarse a pesar de nuestra pacífica llegada, no huyó.

         "Como a aquella señora le daban unos retorcijones bárbaros por lo del desmayo y ponía ya los ojos como carnero degollado (prevengo que Duarte es muy amigo de la metáfora) pedí una chancleta vieja, la calenté a la llama del fogón, y siguiendo una receta de vieja le di a aspirar los vapores amoniacales que aquella deidad despedía.

         "Ante remedio tan heroico, si bien poco higiénico, despertó aquella buena mujer y nos echó la maldición más sacramental que vieron los siglos pasados, volviendo a desmayarse incontinenti. Entonces acudí yo a la vieja bota del capataz, convenientemente calentada, y que despedía una fragancia que penetraba hasta el tuétano. No hay cuidado -dije- que con esta no vuelve a desmayarse.

         "Al día siguiente, bien temprano, tomamos a dos particulares que venían de Villa Hayes. Uno traía un sable bajo el poncho; otro un revólver ñato bajo la caña de la bota. Tomé con desconfianza el revólver, acordándome del perfume de la bota del capataz de Guanes. Le tomé, también, una nota que el mayor Vargas, jefe de las fuerzas gubernistas, dirigía al ministro de la Guerra de Asunción.

         "El de la nota era el francés Guillermet, que Dérliz Recalde fue a buscar con el "Lalo" cuando ustedes estaban fondeados frente a Rojas-cué.

         "A Guanes le soplamos otros montados, "quieras que no quieras", y ya en viaje a donde ustedes estaban fondeados, diviso a dos individuos, uno armado de un enorme pañuelo colorado, tan grande como una sábana.

         "Por previsión hice tender a toda mi gente en guerrilla, y al pasar los del pañuelo les di un alto tan formidable que quedaron como petrificados, convertidos en estatuas de sal como aquel célebre Jacob cuando el incendio de Sodoma…

         - Qué Jacob!... fue Ruth, bárbaro.

         - "Lo mismo da, hombre. Digo que uno de aquellos, de apellido Godoy, dijo que eran soldados del piquete de ese punto, comandado por un Eliodoro Candia, el que a tiempo había puesto a buen recaudo su persona.

         "Para hacerme indicar con ellos dónde tenían escondidas las armas del piquete, tuve que pegarles un grito y ponerles la cara más fea que jamás haya ensayado... tras que no soy bonito.

         "En un rancho les encontramos once remingtons con sus correspondientes bayonetas triangulares; tres sables de caballería y un revólver buldog.

         "Con presos, voluntarios y armas tomadas es que fui cayendo al "Libertad", donde entregué al general Ferreira la nota que trata Guillermet.

         "Vuelto a tierra seguí con mi gente hacia la estancia de Peña, donde pasamos gran parte del día en esteros y campos recogiendo la novillada. De ida, vuelta a recoger dos fusiles más en un rancho.

         "Cerca de la estancia de Guanes llegamos a la casa de doña Constancia Casco de Benítez, señora sumamente conocida en su casa, donde se hallaba refugiado un mujerío superior.

         Ahí hice carnear un novillo que se asó en grandes fogatas, y que muy luego, rociado por abundante vino marca "Estero Guazú", fue comido, más que comido engullido, más que engullido devorado.

         Allí fue que previne á doña Constancia y a otras señoras y niñas de la sociedad chaco-iense, que hicieran una propaganda bombástica a nuestro favor ya que encontraba tan buena acogida entre esa buena gente.

         Después de establecer las guardias de seguridad, dormimos arrullados por cuanta pulga y mosquito confabulados echó Dios al mundo en la creación.

         A la madrugada siguiente, después de haber hecho la recogida, y estando ya en la tranquera del alambrado de Guanes, con la tropa lista para marchar, llega corriendo el capataz de dicha estancia y me avisa de que vienen hacia nosotros unos 200 hombres de caballería, avistándose ya mocoi i gorra pytaba.

         Di vuelta la cabeza y vi que, en efecto, no lejos venían dos soldados de caballería, que juzgué fueran las avanzadas del grueso de las fuerzas.

         Entonces ordené el arreo de la tropa con la velocidad que lo permitía esa operación, pues estaba dispuesto a hacer todo lo materialmente posible para no dejar cobrar esa preciosa novillada al gobierno.

         "Fue así que seguimos viaje al Pilcomayo y pudimos efectuar el pasaje del río hasta depositar la hacienda en los campos de Betterete, sin que nos incomodaran absolutamente durante la marcha, lo que en principio no supe francamente a qué atribuir. Pero después supe que aquella tropa del gobierno había llegado a la casita de doña Constancia, donde esta gente le había llenado la cabeza de fantasía a nuestro respecto, haciéndoles creer que éramos un total de 200 hombres, que andábamos merodeando por esas cercanías, recogiendo toda la hacienda del Chaco para dejar sin elementos a las fuerzas de Villa Hayes por esos lados.

         "Supe también, que las fuerzas que me perseguían fueron a esconder su susto a Villa Hayes, donde contaron tales cosas de nosotros, que el jefe de las fuerzas juzgó oportuno retirarse de la villa é internarse campo adentro, hasta aquella capitulación célebre.

 

 

CARTA DE ILDEFONSO BENEGAS A MANUEL GONDRA

 

Asunción, 25 de febrero de 1908.

 

Señor

Manuel Gondra

Río de Janeiro

 

Estimado amigo:

         En vista del interés que han demostrado algunos ex revolucionarios en adulterar hechos y presentar en forma inexacta la participación desinteresada que en la contienda tuvimos varios, he considerado necesario preparar una relación minuciosa de los hechos producidos desde los primeros días de la conspiración hasta la fecha en que caí herido y dejé el mando del "Iniciativa", hoy "Libertad", memoria aunque redactada con incorrección, expresa con fidelidad todos los acontecimientos en que he intervenido y rectifica los errores que cronistas y egoístas han cometidos con el fin indicado.

         Le remito a Ud. en la inteligencia de que podrá servirle de algo al escribir la historia de la revolución sea para ampliar sus anotaciones o para completar los datos que hubiese recogido en la ocasión mencionada.

         Si no le fuere útil a este objeto, pídole se digne devolvérmelo con opinión imparcial de Ud. acerca del destino y uso más acertado que debo hacer de ella.

         Sin otro particular, y deseándole invariable salud.

 

         I. Benegas

 

 

ANTECEDENTES DE LA REVOLUCION DE 1904

 

         Un día nos encontramos con el Sr. Carlos R. Santos quien me manifestó de que tenía formulado un proyecto a objeto para la adquisición de un vapor para el Banco Agrícola y someter a la consideración de la Superioridad para ver si se aprobaba; cuyo buque serviría para conducir los proyectos del país que dicho establecimiento deseaba exportar al extranjero. En esta ocasión me habló el nombrado Sr. Santos si en caso de que fuera resuelta la compra de dicho buque, si estaba conforme en aceptar el Comando de esta embarcación, a lo que le contesté de no poder en el momento darle mi palabra por cuanto de que la Superioridad de nuestro país inician una cosa para efectuar y ya por la demora o por el abandono dejan al olvido toda idea o proyectos importantes como el de que estamos tratando; y por ésta razón me abstenía en aceptar sobre tabla dicha proposición. Y por una curiosidad pregunté qué buque es la que intentaba comprar el Banco y a esto el Sr. Santos me interroga si yo conocía el vapor "Sajonia" y sus condiciones, es decir, si era ya de mucho uso y podría servir para el pensamiento que tiene en vista -y conociendo efectivamente le dije que sí- que dicho buque tendría unos 13 o 14 años de servicio que el casco es bueno, que las calderas harán unos cuantos meses fueron cambiadas y reparado todo su casco en el Dique de Buenos Aires.

         Era todo el informe que le podía dar respecto a la referida embarcación.

         El Sr. Santos gestionaba con toda actividad y entusiasmo para poder conseguir la aprobación de su mencionado proyecto. Transcurrido algunos días volvimos a encontrarnos en su despacho y me refirió de que él estaba firmemente en la creencia de que será aceptado su proyecto volviendo a insistir si en este caso yo estaba resuelto en aceptar el cargo que me había ofrecido anteriormente, es decir, el Comando del buque a adquirir; y por toda contestación tuve que decirle: de que no me era posible aceptar el Comando de un buque de una Categoría inferior, por cuanto de que no hace mucho tiempo he dejado de pertenecer a la empresa Mihanovich en los buques de 1ª. categoría y por la circunstancia más de mi vejez y continuas dolencias.

         El Sr. Santos sin querer tomar en consideración estas razones me contesta en estos términos: “pero esto es distinto Sr. Benegas; por más inferior que sea este buque llevará la bandera nacional”. Esta última expresión algo de impulso y me resolví diciéndole de que no obstante lo ya dicho por mi parte procediera activando en el sentido de adquirir la embarcación y entonces hablaremos al respecto; pues antes de haber aún nada yo no quisiera pronunciar mi aceptación; porque conforme es posible, puede también suceder lo contrario por algunas de las circunstancias ya apuntadas y quede en agua de borraja la compra del buque; agregándole además de que ya no tenía ninguna fe por los hombres, de entonces, para la realización del mencionado proyecto y cortamos la conversación.

         Después de unos días de esta entrevista, tuve la necesidad de ir al Banco a objeto de hablar con el Sr. Santos sobre mis asuntos particulares, y en esta ocasión volvimos nuevamente a conversar sobre la compra del vapor y diciéndome de que su proyecto seguía un buen rumbo y que el Presidente de la República se mostraba muy interesado en el asunto y que por la consiguiente tenía mucha esperanza de conseguir la realización de la compra - y que con el Capitán del vapor "Sajonia" ya había hablado sobre el particular quien le había manifestado que el dueño del buque deseaba vender; y que en cuanto al precio había sentido pedir ocho mil libras esterlinas; pero que de su parte vería si conseguía algo de rebaja. Además me manifestó el Sr. Santos de que iba a dirigirse a algunas personas a Buenos Aires, para ver si se le daba informes exactos del estado del buque. Estando en esta conversación me ofrecía al mismo Sr. Santos para si él quisiera comisionarme hasta Buenos Aires hacerle esa diligencia y tratar al dueño del buque por el precio a fin de si se podía conseguir lo menos posible. A esto me contestó expresando su agradecimiento, por el momento, por tan generoso ofrecimiento; y que habiendo una buena oportunidad, cual es, la de estar por ir a Buenos Aires el Sr. Pascual Velilla, iba a aprovechar su ida y encargarle para gestionar el precio último del vapor; agregando además de que ya tenía una persona competente para la revisación de la expresada embarcación -esto se refería por el Sr. Samuel Duarte-. Y que deseaba reunir todos los datos concernientes al proyecto en referencia para presentar a la consideración de la Superioridad y así hacer conocer la importancia de la adquisición de este buque; al mismo tiempo me manifestó también el Sr. Adolfo Soler quien está por partir para Buenos Aires, en caso de que se resuelva favorablemente su idea procederá a otorgarle poder bastante para representarle en aquella ciudad y efectuar la compra del buque. Estando en esta conversación entra el Sr. Soler y se cambiaron algunas palabras entre los tres y por el mismo asunto, después nos retiramos. Transcurridos algunos días me presenté al Palacio de Gobierno para entrevistarme con el Sr. Ministro de Hacienda, Sr. Sosa sobre un terreno que tenía solicitado para la implantación de mi fábrica de materiales en la que se me comprometió de concederme en concesión, para el citado trabajo, quien me resolvió no poder accedérmelo por motivo de que era incumbencia del Congreso.

         Esta resolución me ha causado un pequeño malestar; y cambiando algunas palabras con el Sr. Ministro sobre la resolución contraria a lo que se me comprometió el día anterior; y viéndome tan disgustado por esta su inconsecuencia me dijo: tratándome de amigo, de que no había otro remedio, mejor era recurrir al Congreso, y como efectivamente no teniendo otro recurso, así lo hice. En medio de la conversación que tenía con el Sr. Ministro llegóse el Sr. Carlos R. Santos y después de los cambios de saludo en el mismo corredor del Palacio se trabó la conversación referente al vapor "Sajonia" y en esto se me dirige el Sr. Ministro preguntándome si conocía dicha embarcación - a los que le contesté que sí, averiguándome enseguida por la edad poco más o menos dándole de 13 a 14 años. El Sr. Ministro refirió de que había dirigido telegrama adonde ha sido construido el buque para saber exactamente la edad, tuve que advertirle de que no hacía mucho tiempo haber sido reparado el buque cambiando su Caldera siendo un Casco chapa todo de acero pudiendo por consiguiente prestar todavía muy buenos servicios por mucho tiempo, agregando que el Banco podía mientras tanto adquirir esta embarcación, y después pensar de mandar construir otro buque de más capacidad y así poco a poco ir formando una flotilla con el concurso del Alto Comercio. Estas ideas que me permití dar, ha quedado satisfecho el Sr. Ministro lo mismo que el Sr. Santos; y tan entusiasmado aquel al extremo de decir que en ese momento va a resolver la compra del "Sajonia"; y dirigiéndoseme el Sr. Ministro me pregunta el por qué no aceptaba el mando del buque a lo que le contesté de que una vez resuelto la compra se sirva el Sr. Santos de poner a mi conocimiento para ya resolver -luego me retiré del Palacio y tomé la dirección a mi casa- no transcurrió mucho que como las 11 y 1/2 de ese día al pasar el nombrado Sr. Santos de ida a su casa llega a mi domicilio y con tanta alegría me manifestó de que estaba resuelto la compra del "Sajonia" y esperaba mi contestación sobre la aceptación del Comando del ya citado buque; entonces viendo la realización le manifesté mi conformidad; pero bajo estas condiciones: En hacer dos o tres viajes a Buenos Aires, proceder a la organización del buque, sus tripulantes y buscar un Capitán vaqueano a la vez para más economía al Barco, así también de  organizar en todos los puertos litorales Argentinos quienes pueden ser Agente del buque así como en la ciudad de Buenos Aires. El Sr. Santos aunque no en todo se mostraba conforme; pero aceptó mi determinación preguntándome al mismo tiempo que sueldo podía ganar, y cómo que la ocupación no era sino por un corto tiempo le manifesté de que mi servicio lo hacía gratuitamente al Banco. Dicho Sr. no estuvo conforme con esto y de que no podía ser así por la razón de que las planillas respectivas tienen que ser presentadas con los gastos de los tripulantes, entonces dejé a su arbitrio estableciera el sueldo que creía él prudente, y pidiéndome la autorización para mi nombramiento del cargo que con anterioridad me había propuesto consentí a ello y luego se despidió retirándose de mi casa.

         Enseguida pasé a lo del Gral. Ferreira y le comuniqué lo resuelto dejando a este amigo tan contento y satisfecho por la adquisición del buque tan de suma importancia para nuestra fraguada revolución, luego me invitó para que esa misma noche pasara a su casa a objeto de conversar mejor sobre el asunto. También igualmente comuniqué a mi amigo y correligionario político Don Emiliano González Navero que asimismo se manifestó muy satisfecho quien enseguida me preguntó si el Gral. Ferreira ya tenía conocimiento de dicha resolución a lo que le contesté de que el primero en saberlo ha sido él. Esta participación a los Sres. Dr. Don Benigno Ferreira y Emiliano González Navero -ha sido en cumplimiento de mi deber en razón de que aquellos señores han sido los únicos que componían el Comité Ejecutivo revolucionario a que he estado sometido- por consiguiente acataba todas las instrucciones dimanada de este Comité.

         Aquella misma noche, de haberme invitado el Gral. Ferreira, hemos conversado para yo procurar a marchar pronto posible a Buenos Aires y de exigir al Sr. Santos a que me despache para ir a recibir el buque. Al día siguiente fui a verme con dicho Sr. para si cuando estaría despachado; pues que el vapor "Sajonia" se encontraba en este puerto, próximo a salir para Buenos Aires y que tenía que irme ya, en dicho buque como pasajero, pero no habiendo sido posible preparar de una vez los giros que tenía que llevar para el pago de dicho buque- esta embarcación salió y me quedé para irme por el vapor San Martín.

         El 28 de junio de 1904 me fue entregado mi despacho de nombramiento; cuyo tenor literalmente copiado dice así:

         "Testimonio.- Asunción, 28 de junio de 1904.- No. 3529.- Señor Ildefonso Benegas.- Presente.- Tengo el agrado de comunicar Ud. que el honorable Consejo de Agricultura e Industria en su sesión del día 24 de los corrientes ha resuelto nombrarle Capitán del buque recientemente adquirido por el Banco Agrícola, con la asignación mensual de noventa pesos oro sellado, pagaderos cada fin de mes en papel moneda de curso legal al tipo comercial del día en esta plaza.

         En la misma sesión se resolvió entregar a Ud., además de la suma de doscientos pesos moneda argentina de curso legal para sus gastos particulares y del pasaje hasta Buenos Aires la cantidad de dos mil ochocientos pesos de la misma moneda para compra de carbón, provisiones para rancho de la tripulación, pago de derechos de navegación, gastos de escrituración y cambio de bandera, con cargo de dar cuenta detallada oportunamente. Queda Ud. facultado a gestionar así en la ciudad de Buenos Aires como en los puertos del litoral argentino con algunas personas el Cargo de agentes del buque, indicado después las condiciones en que se comprometen a desempeñarlo; a recibir cargas generales para los puertos de escala argentina o paraguayos en preferencia para esta plaza, pudiendo hacer una rebaja de 10% sobre los fletes cobrados por las compañías de navegación y mandar colocar el nombre de Iniciativa, en el buque, que es el adoptado. Con tal motivo, me es grato saludarle muy atentamente. Firma Carlos R. Santos.- Administrador.- A. Guanes.- Secretario General".

         A más se me entregó todos los giros por valor de setenta y cuatro mil moneda Argentina, dos mil ochocientos pesos en efectivo para gastos de combustibles del buque y provisiones para los tripulantes, para pago de la escrituración del traspaso de la compra del buque y otros gastos más y doscientos pesos moneda Argentina para mis gastos particulares. Antes de mi partida el Gral. Dr. D. Benigno Ferreira me entregó un pliego de instrucciones, que fue extraviado cuando el abordaje, para con arreglo a ello y de acuerdo con los demás compañeros que se encontraban en Buenos Aires poner en ejecución.

         El día 29 del mismo mes de junio me embarqué, en este puerto, a bordo del vapor San Martín siguiendo viaje hasta aquella, ciudad, siendo mi llegada el 4 de julio; y encontrándose ya en la misma el Sr. Soler, representante del Banco Agrícola, y como que lleva orden de entregarle los giros hice entrega de los respectivos documentos al mismo Sr., que después de unos cuantos días de mi llegada acompañado del representante del Banco pasamos a la casa del dueño del mencionado vapor y conversando con él convenimos en que el día quince del mes expresado se efectuará el traspaso correspondiente en la Escribanía de Marina, como así se procedió. Terminadas todas tramitaciones, pasé enseguida a hacerme cargo y tomar posesión del buque previo un prolijo inventario que exigí del encargado. Luego pasé a la Agencia del Sr. Antonio Carboni que ya lo tenía tratado para ser Agente del vapor y comunicándole la necesidad de hacer las diligencias para el cambio de bandera y nombre de dicho buque quien inmediatamente presentó la respectiva solicitud a la Prefectura General Marítima consiguiendo su pronto y. . . favorable despacho llevando el nombre de "INICIATIVA".

         Comunicándoseme esta resolución por el Sr. Agente pasé otra vez a bordo ya llevando la bandera nacional, que me remitió el Sr. Santos como encomienda.

         Para izar dicha bandera resolví a invitar a algunos amigos y compatriotas, que lo fue un día Domingo, a objeto de solemnizar el acto con una copa de Champan por el Cambio de bandera y considerando a la vez como un acontecimiento de alta trascendencia para mi país, luego en ejercicio de mis funciones como Capitán del buque: sobre este hecho ya todos los compañeros estaban al conocimiento.

         Las conferencias secretas sobre la conspiración para la revolución continuaban.

         Ya el buque a mi mando e inspeccionado por mí toda la parte interior a fin de ver lo que faltaba o algo que arreglar, noté la necesidad de mandar hacer todo el espacio de la embarcación, que casi no lo tenía, y como de que tenía que apresurarme y poner al conocimiento del Sr. Soler esta falta sumamente esencial; pues careciendo de suficiente recurso para remediarlo me era imposible efectuarlo, entonces me autorizó para mandar hacer y que el Comité de aquella ciudad me daría para esos gastos como así se efectuó, ayudándoseme para con los demás gastos indispensables que se hacía para nuestra misión. Por todos lo que he sufragado, a su debido tiempo, he presentado justificativas cuentas bien detalladas al Sr. Ministro de Guerra y Marina Dr. Dn. Benigno Ferreira y por todos los demás gastos que han pasado por mis manos, como queda demostrado por el cuadro explicativo que fue publicado y se agrega a esta, la que va impresa, como parte integrante de estos apuntes.

         Esto ha sido lo que tanta pena le ha causado al Sr. Carlos R. Santos, Administrador del Banco Agrícola para guiarle el ánimo y creerse autorizado a decir en la casa de un personaje de que yo había aprovechado de todos aquellos recursos y de que tal ya agotándoseme.

         Extraña afirmación, por cierto, por carecer de todo fundamento legal para afianzarse y sostener sus dichos. El Sr. Santos persona tan bien conceptuada de mi parte como honorable y de toda consideración, tratándose así en ocasiones ofrecidas y hasta hacerlo público en mi manifiesto. Esta es la correspondencia para tanta hostilización hasta aquí. Sin embargo no dejo de comprender el móvil de dicho Sr. La causa no es otra sino la de haber hecho uso la revolución del vapor "Sajonia" adquirida por el Banco Agrícola y a mi mando. Esta circunstancia ha sido una de esas grandes casualidades que suelen ofrecerse; pues la adquisición del buque en referencia ha sido en el momento de estar el partido político liberal proyectando una revolución; y como miembro de ese Centro no me tocaba otro medio que entrar de lleno en la combinación de la Conspiración que no lleva otra tendencia sino el cumplimiento de un deber cual corresponde al ciudadano de sentimiento patriótico; pues que se trataba del derrocamiento del Gobierno del Coronel Escurra que tanto mal ha causado al país y seguía haciéndolo a más día en mayores proporciones. Como paraguayo, deseando la grandeza, entonces, he considerado como un justo haber cuando cedí bajo mi responsabilidad aquel elemento del Gobierno, el vapor "Sajonia" cooperando con ello en bien de mi destrozada patria. Este es el verdadero motivo porque el Sr. Santos conserva tanto rencor y hostilidades contra una persona leal y franco para con su partido. Pero absolutamente no me inquieta, porque en nada me afecta sus dichos.

         El Comité formado en Buenos Aires, trabajaba con mucha actividad para la realización de la revolución. En todas las reuniones efectuadas siempre se me daba intervención. El Sr. Santos me dirigía telegramas ya preguntándome cuando era mi partida y si tenía mucha carga. En todo le contestaba conforme me resolvía el Comité. En uno de esos telegramas me ordena para que tocara el puerto de la Ciudad de Corrientes y el Puerto de Humaitá. Esto me hizo desconfiar de que hay algún descubrimiento del Complot que estábamos fraguando. Mi malicia no fue estéril y mis compañeros ni ha llegado a sospechar por el conocimiento que el Gobierno de Escurra ya tenía.

         Enterado de dicho telegrama el Sr. Soler quien se encontraba en los altos del Hotel donde hospedaba, en presencia de varios compañeros expresaseme en estos términos: "Y que importa Capitán, toque los puntos de lo que indica el Telegrama; no importa Capitán". Entonces me retiré del Hotel y me marché al puerto Dársena Sud para averiguar lo que hay de verdad sobre mi sospecha. Mediando la casualidad de encontrarme con un Capitán de uno de los vapores recién llegados de Asunción y me refirió de que hay un acomisionado que no es prudente nombrarlo, traía las instrucciones, según he sabido después, para subir a bordo del "Sajonia" al pasar como pasajero y seguir viaje con nosotros aguas arriba; y una vez llegado a Humaitá apersonarse el Mayor Petronilo Ferreira acompañado de catorce hombres y presentarme una orden Telegráfica del Ministro del ramo y apresarme enseguida tomando el mando del buque el citado pasajero acomisionado. Todos estos datos después de adquiridos, pasé enseguida a Buenos Aires donde se encontraban los demás compañeros y les comuniqué, algunos creyeron y otros no; pero en mi carácter de Capitán del buque a mi mando no olvidé estos informes, para mí de importancia, para poder después obrar con toda precaución y prudencia en el caso. En una de las reuniones del comité que se llevó a efecto en la casa del Dr. Dn. Zacarías Caminos, se trataba ya para la expedición -en esta reunión interrumpiendo a los compañeros en las conferencias que se hacían- preguntaba "Si yo iba a mandar siempre el buque en mi carácter de Capitán en toda la expedición". Todos contestaron unánimemente que sí, y a raíz de esta aprobación tomo la palabra el Sr. Elías C. García expresándose en estos términos: (dirigiéndose a los demás compañeros) "De mi parte quedo gustoso de que el Sr. Benegas sea el director principal del buque, porque él es conocedor viejo de los ríos y los puntos de nuestro país por su larga práctica como marino a más que no es la primera vez que anda en esta clase de operaciones; por consiguiente él es el único de entre nosotros el más práctico y competente, - nosotros no conocemos ninguno de los puntos a tocar por la razón de que nunca hemos andado todavía en ninguna revolución como el Sr. Benegas que tantas veces ya ha pasado por esas pruebas" volviendo nuevamente los compañeros expresando, cada uno, en completa conformidad y de mi parte tan gustoso y agradecido por la confianza que han depositado en mi humilde persona mis compañeros de causa. En esta misma reunión he tenido a bien observar, para evitar algún trastorno después, si por una casualidad mi práctico de a bordo dijera no saber el camino a la Plata. Que determinación en ese caso se tomaría?. El Capitán Duarte me contesta diciendo: No tenga cuidado Capitán, yo sé el camino - si tal caso el práctico no se anima yo haré entrar el buque a la Plata". También observé a mis compañeros y compatriotas militares que están al servicio en la armada y otros en el Ejército, cuál sería el procedimiento para tomar el buque y seguir viaje conmigo. El Capitán Duarte manifestó de que se me saldría al encuentro una lanchita conduciendo a los compañeros y a la vez llevando una orden Telegráfica del Sr. Encargado de Negocio ordenándoseme para ir a la Plata a recibir cargas para el Banco Agrícola - así se resolvió. Esta forma oficial fraguada era con el objeto de que el público no se apercibiera de lo que se estaba preparando y no se alarmara los tripulantes por ser personas conocidas las que tenían que subir y seguir viaje, además de que ya había algunos cuchicheos de parte de los tripulantes paraguayos. Todo conforme con lo resuelto quedamos en espera de la designación de la hora para nuestra partida. El 4 de agosto ya cada uno nos dirigimos al rumbo que debíamos tomar y no listo con mi buque me embarqué como a las 4 p.m. acompañándome el Sr. Dn. Manuel Gondra y quedando en espera del Agente del buque el Sr. Antonio Carboni quien no tardo en llegar ya con los papeles despachados, y como hemos convenido con aquellos compañeros la hora en que yo debo de largar la embarcación, y teniendo la lanchita pronto a proa lo que tiene que tirar al buque como es costumbre y obligada en la reglamentación Marítima de aquel país- una vez llegada la hora que es la 5 y 45 p.m. hice largar la amarra y ordené a la lancha para que tirara y despidiéndome de mi Agente nos pusimos ya en marcha hacia afuera, nuestra salida de la Boca fue a las 6 en punto p.m. - ya cuando estábamos bien en franquía hice largar la lancha y marchamos con nuestra máquina y al aproximarse a la voya No. 4 sentimos unas pitadas de vapor por repetidas veces- entonces hice parar mi buque en espera de los compañeros que venían en una lanchita a vapor, conforme se ha resuelto en el Comité, y que acercándose les grité de que atracara al costado y preguntándoles de lo que se les ofrecían (todas estas falsas era para no alarmar a los tripulantes recelosos). Me gritaron de la lancha uno de los compañeros diciendo de que me traían un oficio del Encargado de Negocios del Paraguay ya atracado al costado de mi buque me hizo adelantar y alcanzar dicho oficio y con la precipitación debida abrí y lo hice leer por mi comisario de a bordo e informado del contenido que copiado literalmente dice: "Buenos Aires, Agosto 4 de 1904. Sr. Capitán del "Sajonia" Don Ildefonso Benegas. Pte. Se servirá Ud. marchar a la Plata a tomar carga para el Banco Agrícola del Paraguay. Esta orden acabo de recibirla por Telégrafo de Asunción. Al mismo tiempo recibirá Ud. como pasajero a las siguientes personas: D.M.J. Duarte, D.E. Ayala, D.L. Valdez, D.M. Caballero, D.P.C. Saguier, D.J. Villacian.- Dios Gde. a Ud. Andrés Gill".

         En honor a la verdad cumplo en hacer constar de que absolutamente conocimiento alguno ha tenido el Sr. Andrés Gill de la nota que antecede; pues que este amigo precisamente ese día, a las doce se embarcó con destino a Europa; y por consiguiente ajeno del Complot ni de ningún otro antecedente; al respecto. Después de la leída la referida nota ordené a todos los compañeros que venían en la citada lanchita para que subieran a bordo y diciéndoles, en presencia de mis oficiales, de que el buque no tenía comodidad suficiente para pasajeros, pero que podíamos arreglar y pasar de cualquier modo. Luego ordené a mi practico que pusiera la Proa del vapor hacia la Plata - que acabo de recibir una orden superior para ir a recibir carga en el citado puerto, en seguida se procedió en la forma indicada; y cuando ya en marcha a una poca distancia me participa el práctico Ramón Ávila de que él no se anima entrar de noche en la Plata por no conocer bien el camino y en tal caso creía conveniente fondear en la boca y entrar después de amanecer - esta circunstancia manifesté al Capitán Duarte; - y como ya anteriormente habíamos combinado sobre este caso, en la reunión que tuvimos, en Buenos Aires, en la casa del Dr. Caminos, me contesta diciendo de que él conocía el camino y en caso de que quisiera el Sr. práctico lo ayudaría para entrar, este ofrecimiento volví a poner al conocimiento del práctico Ávila quien enseguida aceptó- continuando sin interrupción, nuestra marcha y como de diez a once de la noche más o menos entramos en La Plata- y a una poca distancia encontramos tres vagines y juntos a estos el Sr. Elías C. García ya esperándonos; atracamos en ese mismo lugar amarrando el buque- conferenciaron los compañeros un corto intervalo y enseguida principiamos el embarque de los víveres y los cajones de armamentos con la rapidez que el caso requería. Mis tripulantes se alarmaron al ver estos cargamentos, que para ellos extraño, pero suavizándolo de una manera prudente diciéndoles de que no era nada ni motivo suficiente para alarmarse por los que veían; pues que dicho cargamento era el Gobierno del Paraguay- atendido por ellos esta explicación continuaron a trabajar con más voluntad. En esto veía algunas partidas de gente, a tierra, que se luchaban con ellos para poder embarcarles a quienes les dominaban el temor por creer de que los cargamentos subidos a bordo eran para los orientales que en aquella ocasión se encontraban en una gran revolución aquel país; pero por fin consiguieron embarcar como unos sesenta y tantos hombres recelosos entre paraguayos y argentinos. Terminado de embarcar todo los elementos que teníamos que conducir para nuestra operación hice largar las amarras del buque como a eso de la una de la mañana (am) y nos pusimos en marcha en una oscuridad y con un fuerte viento de la parte del Norte. Las gentes todas rendidas a causa del trabajo precipitado de aquella noche. Amanecimos en la costa Oriental; y como hora de las nueve a.m. pasamos por Martín García, y como a eso de las once de esa misma mañana entramos en la boca del Paraná-guazú. No me es posible precisar con exactitud esta navegación por habérseme extraviado en el combate, mi diario al efecto. Pasamos por el Rosario de Santa Fé como hora de las tres p.m. más o menos a toda máquina en este punto hemos combinado y resuelto con los compañeros de que cada vez de tener que pasar delante de los puertos o cruzarse con otro buque, con una señal convenida las gentes de a bordo pasarán a la bodega para que de ese modo no ser visto por los de tierra y por los buques que navegan como medida precaucional. Viendo a mis tripulantes algo impresionados por la medida de ocultar a las gentes, me resolví y hablé entonces primeramente con el práctico Ávila diciéndole con franqueza lo que intentamos hacer en nuestro país contra el Gobierno de Escurra y de que no tuviera ningún temor por no haber mayor peligro en el derrocamiento de aquel gobierno y que además estaba autorizado por el Gral. Ferreira para que dijera a todos los tripulantes tímido de ofrecerles doble sueldo y como así le ofrecí para que se tranquilizara del temor que lo traía y seguí en este sentido hablando a los oficiales, tripulantes y marineros del buque. Después de esto quedaron todos conformes participando luego al Capitán Duarte a fin de que esté al cabo de este compromiso contraído por mí en virtud de orden Superior, como ya queda dicho más arriba. Siempre en marcha y un poco más de la cancha San Lorenzo nos cruzamos con el vapor "Saturno" que nos saludamos con la pitada y la bandera. Llegamos en el puerto de Empedrado fondeado en este punto en cumplimiento a las instrucciones del Gral. Ferreira. En este mismo lugar hemos encontrado él vaporcito "Gamo" que fue despachado en Buenos Aires conduciendo armas para entregar en un sitio convenido en el Río Paraguay. El comisionado para esto ha sido el Sr. Juan Francisco Recalde, ya finado, y el práctico que lo acompaña el Sr. Benjamín Herrera y un cabo foguista transbordándolo todo ello a nuestro buque como asimismo a siete hombres más encabezado por un señor Comandante Núñez. Visitando por la autoridad marítima le comunicamos de que íbamos de tránsito, sin hacerse ver nuestra gente y únicamente los tripulantes todas aquellas se encontraban en la bodega y cerradas las escotillas quedando una abertura para la respiración de ellos.

         En este mismo puerto bajó a tierra el Sr. Gondra a objeto de adquirir noticia y mientras esto hice carnear por escasear ya nuestros víveres durante esta faena ya de regreso otra vez aquel señor y trayendo alguna noticia y nos pusimos en marcha. Cuando íbamos aproximándonos al paraje denominado "Peguajhó" ya de noche y oscura con un fuerte viento de la parte del Sud, sentía algunas pitadas de vapor por la gente de a bordo quienes me avisaron; entonces presté atención y sentí de que verdaderamente llamaba- luego ordené parar el buque y esperamos la embarcación que pitaba; más como venía tan lentamente dimos vuelta nuestro buque como para ir a encontrarlo, y cuando ya se acercaba dicha embarcación presentamos la proa agua arriba frente mismo al vapor y sentimos llamar, desde esta embarcación, a Francisco Tapia; y preguntándole quien era el que llamaba respondió diciendo que esta a nuestro buque su hermano y anombrado -agregando a la vez esta palabra- Ya soy Martín que deseaba hablar con los de a bordo", y por precaución el Capitán Duarte ordenó a sus oficiales que estuvieran pronto sus gentes después de esto ordené que atracara el vaporcito como así se hizo- subió a bordo el Sr. Martín Tapia enviado del Gral. Ferreira, comunicándome sobre el ya descubrimiento de nuestra misión y dándome instrucciones a la vez. Antes de retirarse el vaporcito de nuestro costado, conductor del Sr. Martín Tapia, entregamos a este, uno de nuestros compañeros el oficial Vega que se había enfermado por el viaje, el hombre demostraba no querer quedarse por el entusiasmo que también lo traía, era nuestro compatriota; pero como nuestra misión era arrejada no podíamos por ninguna de la manera conservarlo a bordo en el estado en que se encontraba aprovechando entonces el mencionado vaporcito para dejarlo y seguimos nuestra marcha. En el trayecto el Capitán Duarte me comunica las instrucciones y las noticias del General Ferreira y advirtiéndome que cuando nos encontramos cerca de la Ciudad de Corrientes lleváramos una marcha lenta para poder pasar sigilosamente a fin de no ser sentido por las autoridades Marítimas de aquella Ciudad, antes de ser divisado Corrientes me avisa el práctico Ávila de que ya estábamos cerca; inmediatamente ordené para que se bajara, de su lugar todos los faroles de navegación y demás luces de a bordo quedando completamente a la oscuridad y ayudado por la noche. Soplaba un fuerte viento por la parte del Sud ordenado entonces al Maquinista que diera toda fuerza a la Máquina tomando uno de los prácticos la sonda se colocó a sondar a la parte Babor del buque y los otros Ávila y Herrera agarraron el timón arrimando la embarcación hacia el chaco sobre el nivel del banco que se encontraba en frente a la Ciudad; y así pasamos sin ser sentido por los que nos estaban vigilando para nuestra detención ordenada. Luego esta operación que ha salido con mucha facilidad llegamos en el paso "Brasilero". En este lugar encontramos el vapor "La Mercedes Brasilero" y el "Centauro" a donde también nosotros tomamos puerto por ser este paso de poca agua; y a adonde pusimos guardia a nuestro bordo pasando al descanso con nuestra gente.

         Al aclarar el día ya nos pusimos en marcha a la poca distancia envocamos el río Paraguay. En este punto estando reunido, a bordo del buque a mi mando, el Comité Revolucionario en la Sala Comedor estando yo presente al acto el Capitán Duarte dirigiéndoseme se expresó en estos términos: "Capitán, tenga la amabilidad de salir un momento afuera por tener que tratarse y resolver asunto concerniente a Ud.". Inmediatamente cumplí retirándome de la reunión: después de un intervalo de tiempo fui llamado por el mismo Capitán comunicándoseme lo resuelto por dicho Comité que copiado literalmente dice así: "Los que suscriben, miembros del Comité Revolucionario, delegados del Comité Central constituido en Asunción, para dirigir y organizar el movimiento político que se ha producido en la República para derrocar al actual gobierno, que la conciencia nacional declara ilegal en su origen y arbitrario y deshonesto en su conducta administrativa, reunidos en sesión a bordo "del buque mercante Iniciativa" resuelven: 1º. declarar que de hoy en adelante y hasta la terminación de las hostilidades, pacificación completa del país y reconstitución legal de los Poderes públicos, el "Iniciativa" pierde su calidad de Mercante y es y será considerado como buque de guerra de la dependencia de Gobierno Revolucionario, con las atribuciones prerrogativas que tal carácter se le da en agua jurisdiccionales paraguayas; 2º. notificar la anterior resolución de todas las embarcaciones que se encuentren en agua de jurisdicción nacional a los efectos consiguientes.; 3º. observar en el mando y manejo interior del buque los códigos de ordenanzas Militares de la Nación, y sus relaciones con los de banderas neutrales las prescripciones del derecho de gente internacional marítimo; 4º. nombrar comandante al Sr. Teniente Primero de la Marina Nacional Don Ildefonso Benegas; 5º. Insértese en el libro de actas y resoluciones, publíquese y hágase las notificaciones a que se refiere el arto. 2o. A bordo del "Iniciativa" en la boca del río Paraguay y a 10 de agosto de 1904: Manuel de J. Duarte. Manuel Gondra. Elías Ayala. Elías García. Ildefonso Benegas. Pastor Cabañas Saguier. "En la misma boca encontramos fondeado el vapor "Solís" que el Capitán de este buque siendo un amigo y colega mío lo saludé de paso. A la poca marcha de este punto hacia la costa paraguaya, nos arrimamos a una barranquerita y desembarcamos un grupo de nuestra gente con sus armas a objeto de resguardarnos y empezamos a embarcar tierras embolsadas para formar trincheras y sirva de resguardo a los artilleros de a bordo. Estamos en esta operación pasa un vapor naranjero, ignorando el nombre; cuyo buque según referencia fue quien vio la noticia de nosotros- cuando recién entonces las autoridades marítimas de Corrientes han tenido conocimiento de que el vapor "Sajonia" había pasado por aquel puerto encontrándose ya en aguas paraguayas. Terminado aquel trabajo seguimos viaje y a poca distancia alcanzamos el paraje denominado "Curuzú-y" desde a bordo le grité al Capitán del vapor "Centauro" para que siguiera nuestras aguas y no pasara adelante- contestándome de que el buque "Las Mercedes" se encontraba averiada en un punto más arriba y de que iba en busca, volví a repetirle la orden de que no pasara y cumplió.

         Siguiendo siempre nuestro viaje hasta tocar el glorioso lugar de "Curupayty" a donde el Capitán Don Elías Ayala se ocupó de cortar el cable; y mientras esta operación en conocimiento de la existencia de un piquete enemigo en dicho punto - vi la necesidad de hacerle llamar al encargado del piquete y que lo era un sujeto de apellido Hermosa, una vez presente me alegó, en presencia del Capitán Duarte no poder acompañarnos por la circunstancia de tener a su lado su familia y niños de corta edad que perecerían en su ausencia. Consultada esta circunstancia al encargado de la fuerza de a bordo el Capitán Duarte este opinó se le accediera por las razones que tiene manifestada; puesto que no se busca el sacrificio de nadie; ni hizo previa interrogancia del número de arma que poseía refiriendo no tener más que dos regmitón muy usadas.

         De aquí seguimos nuestra marcha llegando a Humaitá a eso de las 2 y media a 3 de la tarde del día 10; y una vez al puerto me propuse dar la primera pitada reglamentaria y antes de efectuarla me dice el Capitán Duarte para que no diera a esto tuve que contestarle de que tenía que llenar todas las formalidades de la navegación para no dar ninguna malicia de nuestra misión. Entonces el Capitán Duarte convencido a mis razones y en vista; además, a mi autoridad como Jefe del buque retiró su advertencia con las expresiones textuales de "está bien Capitán, además de que el mando se encuentra bajo su dirección. Luego di la pitada e inmediatamente me dirigí preguntándole a qué distancia quería pasar el buque para su operación por los cañones que tenía preparados e indicado que me fue, hice echar ancla de una manera lenta para con prontitud levantarla otra vez, en caso ofrecido, se hizo la señal de la fondeada con dos pitadas más. Esta indicación reglamentaria es para la capitanía venga a dar entrada pero, en vez de cumplir con al atracadero se adelanta un grupo de soldados de líneas encabezado por el Sargento Mayor Petronilo Ferreira dirigiéndose hacia el Puerto donde se encontraban las lanchas de la Capitanía y a continuación sale otro grupo de Marineros encabezado por un Alférez de Caballería de apellido Conges dispersando, esta segunda fuerza, guerrilla sobre la barranca adyacente al Puerto. Al ver esta actitud me precipité diciendo al Capitán Duarte que dicho lujo se disponía a hacer fuego, y con efecto enseguida hicieron sobre nosotros. Entonces aquel ordenó se disparara un tiro de cañón en dirección al grupo enemigo que se encontraba bajo el mando del nombrado Jefe Ferreira; cuyo proyectil no dió al blanco poniéndose en fuga, a este primer tiro, el oficial Conges con toda sus gentes refugiándose parte en la Comandancia y otros en casas particulares de donde hacían fuego continuado en auxilio a Ferreira. Tampoco dió al blanco un segundo tiro sobre el sargento Mayor Cabañas Saguier; el tercero y cuarto despedido por el condestable Caballero quien tenía su pieza colocada sobre mi camarote dieron al blanco quien antes de hacer fuego llamóme mi atención para que se fijara en la dirección, y tan seguro en aprovechar que se expresó diciendo: Esos disparos son míos. Las granadas que cayeron sobre la casa ocupada por la Comandancia causó algunos desperfectos en la propiedad e hiriendo a algunos dentro de la habitación a donde penetró las granadas.

         Por todo se hizo cinco tiros de cañones, habiendo observado en toda esta operación de que los estopinos fallaban, defecto capital para el desempeño de nuestra misión. Ferreira no pudiendo resistir al fuego de fusilería de nuestro bordo tuvo de refugiarse en una zanja adyacente al sitio donde estaban en acción. Después de un intervalo salen dos soldados de dicho lugar poniéndose en fuga quienes cayeron heridos luego otro llevando la misma suerte; y por último también en fuga el Jefe de la Fuerza el Sargento Mayor Ferreira quien al saltar el barranco recibió un balazo en la caja del cuerpo y cayó para no levantarse más.

         Terminado los tiroteos inmediatamente se dispuso por los oficiales de los grupos de tropas a bordo para hacer el desembarco de las gentes en grupos, ya de ex-profeso formados, lo que se llevó a efecto.

         Al primer grupo tocó al señor Manuel Gondra quien tanto entusiasmo, al tocar en tierra, recibió a la fuerza enemiga abrazándola con toda amabilidad y cariño verdaderamente un fino trato de hermanos.

         En el segundo grupo bajó un oficial incluso también el señor Elías García quien lo hizo con el objeto de acompañar al señor Gondra para el nombramiento de las autoridades territoriales en dicho punto. En esta circunstancia el señor Gondra tuvo informe de que las balas despedidas por parte de la fuerza revolucionaria habían ocasionado algunos pequeños perjuicios en el domicilio del señor Conges Argentino a lo que inmediatamente en cumplimiento de una atención, para con dicho funcionario, se apersonó a pedirle disculpa. Procedido y constituido las autoridades en una rápida organización volvieron a embarcarse las fuerzas y nos pusimos en marcha con aquella satisfacción del deber cumplido en defensa de una santa causa. En viaje y pasando Bermejo - arriba de su Prefectura marítima argentina y ya al anochecer, nos cruzamos con un vapor Paquete Brasilero en la que había encontrado el señor Adolfo Soler y Juan B. Centurión, que después supimos, quienes al pasar rápidamente nos gritó advirtiéndonos de que el vapor "Villarrica" nos espera en el Puerto de Villa del Pilar trayendo a su bordo fuerzas de cañones, cuyas palabras no habiendo entendido el Capitán Duarte se me dirige preguntándome de lo que decía satisfaciéndole con la contestación de lo ya dicho, llegamos un punto denominado "Monterita" era una noche oscura, y podía de precaución resolví previniendo al práctico señor Ramón Ávila para sondear en este punto y a la vez para proceder una preparación y estar listo en el momento de estar dando esta orden se aproxima el Capitán Duarte y le comunico mi determinación llegando a aprobarlo y de que mejor era marchar y llegar de una vez; a esto tuve que observarle de que mucho mejor es verse frente a frente con nuestros enemigos y no ir enseguida a causar víctimas a inocentes el centro de la población por la sencilla razón de no saber fijamente el punto donde se encontraban nuestros adversarios. Atendida esta circunstancia por el Capitán nombrado se dio por convencido y quedamos en el lugar ya citado en la parte hacia el chaco en una ensenada.

         El sargento Mayor Pastor C. Saguier y los Capitanes Duarte y Ayala procedieron a la organización de sus gentes distribuyendo pertrechos   y concluido pasaron todos ellos en cubiertas a descansar sin desamparar sus armas que mantenían cada uno al brazo. Para evitar hechos de funesta consecuencias determiné acomisionando al Sr. Manuel Gondra para que fuera a bordo del vapor "Centauro" (que se encontraba en nuestra agua) e intimara su retiro a una distancia de dos mil metros de nuestro buque que en previsión de un ataque inesperado de la parte enemiga; cuya orden fue cumplida por el Capitán de dicho vapor. A la vez ordené se apagara las luces de a bordo quedando así nuestro grupo confundido en la obscuridad y sin peligro a sorpresa; a eso de las diez más o menos de la noche llama a un cabo el centinela participándole de que veía una luz en la otra cancha; cerciorado el oficial de guardia para este inmediatamente para dar parte, momento en todos los oficiales comisionados se encontraban en mi camarote tomando té, recibido dicho parte salimos y se vio de que efectivamente era una luz de alguna embarcación que navegaba; y entonces en la creencia de que sea el vapor "San Martín" hice preparar una lancha y esperar que se aproximara para salir al encuentro y averiguar sobre algunas novedades de la Asunción y otros puntos. Más después reflexioné de que no era la hora de pasar por dichos lugares dicho vapor; y en el momento de mi cálculo me pasa la voz del práctico Ávila y me dice en estos términos - Mire Capitán de que la luz que se ve no ha de ser el San Martín y más bien el "Villarrica" con mi reflexión y la advertencia del práctico detuve la preparación de la lancha. Poco intervalo después se vio la luz marchar agua arriba entonces por su movimiento comprendimos de que efectivamente era el buque enemigo que no se animaba a acercarse. Ya serían como las dos o tres de la mañana, todo rendido por el sueño, fueron los compañeros a descansar quedando el señor Gondra paseando sobre la cubierta en mi compañía; pero después rendido como nos encontrábamos y confiado por nuestra guardia pasamos también a un corto descanso que era casi el amanecer. Entre sueño sentí el ruido del telégrafo de la máquina a lo inmediatamente me levanté sorprendido encontrando ya al Capitán Duarte y demás compañeros que se estaban levantando para reemplazarnos, preguntando enseguida a Duarte si ya ha pedido se prepare la máquina y antes de contestar este inmediatamente el maquinista, por el telégrafo, me dice de estar ya pronto. Enseguida elevamos ancla y nos pusimos en marcha; después de una hora más o menos de viaje devistamos Villa del Pilar y ya la descarga de los cañones enemigos sobre nosotros; pero sin dar al blanco. El capitán

Duarte, para poder hacer uso de los cañones artillados hacía la parte estribal del buque, me pide para poner el buque atravesado operación algo difícil por lo correntoso del río; pero como poseemos dos hélices el buque ordenó al práctico y enseguida se efectuó. Después la embarcación en la posición seguida el Capitán Duarte ordenó a los jefes de piezas de artillería que ocupaban sus puestos para que contestara por nuestros cañones al enemigo demostrando cada uno de ellos su valer, tacto y pericia en una lucha abierta.

         Notando la inutilidad de los estopinos, luego vi de que no había otro remedio si no llevar el ataque al enemigo; esto fue mi pensar como único recurso en la circunstancia en que nos encontrábamos.

         En medio de este tiroteo se sintió la falta de gobierno del buque; y averiguado por el práctico Ávila descubrió de que la cadena había soltado dentro del ángulo del timón quedando atorado entre el Candelero de la tordilla y dicho ángulo. Esta interrupción fue la causa para no proceder más ante el abordaje. En esta ligera avería, para desembarcarla, he concurrido con mis elementos ayudado por el Capitán Duarte y el práctico Ávila; y en medio de la faena en que estábamos, sentí un golpe hacia la proa, y llamándome la atención, me precipité al Capitán Ayala que era; y éste después de observado me contesta con aquel valor de un bravo militar en estos términos: "no es nada Capitán, de rebote no más no tenga cuidado estoy yo aquí". Siendo así el valeroso Capitán Ayala ni por un instante ha abandonado su puesto; para nada ni intervenido en la descompostura del timón; celoso en el cumplimiento de sus deberes y siempre firme al pie de su cañón en la parte de proa y observando a la vez sobre los disparos de los cañones de la parte enemiga en previsión de algunas averías para remediar a tiempo con un aparato que había preparado él mismo al efecto. Como es lógico en la circunstancia en que se encontraba el buque, sin gobierno por la causa ya apuntada cedía a la correntada bajando al camalote hasta dar vuelta a la otra cancha y a perder vista a nuestro enemigo. Una vez reparado la falta se volvió a poner la proa de nuestro buque aguas arriba y nos pusimos en marcha lenta hasta parar a unas mil seiscientas a dos mil metros más o menos del buque "Villarrica" continuando siempre de esta parte los tiroteos y nosotros manteniendo nuestro buque en su marcha, en un cuarto de fuerza hasta tanto resolver la actitud a asumir.

         El Capitán Duarte se encontraba sobre la tordilla de Popa donde habla tres cañones al mando del sargento Mayor Cabañas Saguier y artillada esta artillería hacia a la parte estribor del buque por cuya circunstancia o balanceo continuo del buque. En todo este tiempo sin operación.

         El Capitán Duarte con un gemelo en la mano se encontraba en observación hacia el vapor Villarrica y yo colocado en la clara voy a de la máquina fijando mi atención en aquel Capitán; y en un repente me hecha su vista y se me expresa diciéndome. "Que dice Capitán?", a tan oportuna pregunta contestéle con una demostración llena de energía y fuerza de toda modestia en éstos términos "lo que Ud., guste Capitán, dejémonos de cañones compañeros y vámonos indicando el rumbo, con la mano hacia el vapor "Villarrica". A esto Duarte repitió mis palabras; pero agregando si quería ir, lo que como es natural; y siendo mis deseos de entrar cuanto antes en acción, se le contestó que sí. Enseguida dicho Capitán se me dirige expresándome en esta forma: "mande entonces Ud. Capitán". Asumiendo esta responsabilidad, como Comandante del buque, instantáneamente y sin hacer uso del telégrafo me agacho a la Clara. Voy a de la máquina y grito al maquinista dándole esta orden. Abra el registro y dele toda fuerza a la máquina". Esta disposición fue repetida por dos veces llegando a contestarme de estar ya cumplida la orden. Al retirarme de la clara - Voya, llamo al práctico Ávila y le ordeno en estos términos, indicándole con el dedo el vapor "Villarrica": Pártame a aquel buque por el medio y no tenga miedo". En este instante venía subiendo la escalera hacia la tordilla el señor Manuel Gondra con una fisonomía llena de asombro, y en voz alta y llena de entusiasmo, larga estas palabras: "Viva la revolución y a las cargas muchachos", a estos también impulsados por el entusiasmo le contesto "con que fusil amigo que ya vamos a llegar al lugar donde tenemos que cumplir nuestros deberes". En la marcha de ataque íbamos a toda fuerza impotente y causando admiración a los habitantes del Pilar, según informes de estos después.

         Nos encontrábamos a una distancia de seiscientos metros más o menos del buque enemigo cuando la Timonea me participa el práctico Ávila de que el "Villarrica" contenía en cubierta maderas entonces después de la embestida diera por la parte de Popa. Se dio la dirección a nuestro buque, en la forma ordenada y desde antes del golpe y una dirección de trescientos metros más o menos arreciaba ya la fusilería tanto del buque enemigo como de nuestra parte. El Villarrica viendo el decidido avance y enérgica actitud procedió a levar ancla con sumo empeño poniéndose en marcha enseguida hacia la costa Argentina. Nosotros ya inmediato al buque enemigo y mientras la lucha pecho a pecho, en cumplimiento de una orden el Contramaestre, Paulo Insfrán procedió a operar con la gasa de un cabo de alambre asegurando la Popa del Villarrica a nuestro costado. (En esta operación vino a nuestro bordo, una canoa del pescante del vapor Villarrica efecto, sin duda del golpe que sufrió de nuestra parte) Este acto ha sido lo más brillante y loable por el comportamiento de cada uno de los compañeros en el desempeño y cumplimiento de los deberes sin omitir sacrificios en pro de la causa de que defendíamos. El Capitán Duarte quien se encontraba sobre la tordilla de Popa, con una rapidez, se baja a su camarote y cubierto de una capa de paño vuelve a salir revólver en mano y colocándose al lado de la timonera, a donde me encontraba empezó a hacer fuego con dicha arma, momento después volvió a su camarote trayendo unas bombas de mano diciendo de que iba a probar para ver el efecto, pero comprendiendo lo innecesario tuve que desaprobar su idea desistiendo entonces y siguió tirando con su revólver.

         En medio del tiroteo divisé a una persona sobre la cubierta del "Villarrica" inmediato a unos camarotes de que se estaba sacando la ropa sin poder reconocer al individuo, pero al tiempo de arrojar al agua sus vestuarios llegué a conocerlo resultando ser mi gran amigo el Ministro del Interior e Interino de Guerra, en comisión, Don Eduardo Fleitas. En atención a la amistad sincera que siempre me ha demostrado y además, viendo la actitud que tomaba ya no era justo al enemigo que procuraba huir descargar mi fusil sobre él. El Capitán Duarte durante el tiroteo, en una de esas humaredas se da vuelta y me dice: "Capitán ya triunfamos otra vez". Mi contestación fue: "Desde horas atrás ya lo teníamos triunfado esta acción, por el heroísmo de nuestra fuerza; y a la vez por la impericia de las autoridades del buque enemigo. Tan al propósito, al parecer, que después de esta contestación recibí el primer balazo, de refilón, en la cabeza cayendo instantáneamente y ya sin sentir nada. Momento después algo reaccionando intenté levantarme; pero no pude por serme ya insuficiente mis fuerzas en otro empeño que hice volví a recibir un segundo balazo en el muslo derecho; felizmente también de refilón. Vuelto por tercera vez, haciendo esfuerzo para poder levantarme del sitio donde me encontraba al lado de la timonera, posición de mí puesto, pude conseguir a muchos sacrificios ladearme consiguiendo otro lugar y en este trayecto me tocó un pedazo de bala en la nariz que me causó abundante derrame de sangre lo que ha debilitado mis fuerzas para poder continuar desempeñando mi deber y honor comprometido en una causa pública o sea por el bien general del país.

         Hasta aquí mi mando; y recién entonces el Capitán Duarte se hizo cargo del Comando del buque reemplazándome por la causa ya apuntada. No es posible dejar de mencionar, en esta ligera narración, con especialidad al distinguido militar, compatriota y amigo Don Elías Ayala, como militar de serenidad en los momentos críticos; ni lo he observado si bien que todos los demás se han comportado con verdadero valor.

         Cuando transcurrió algunos minutos el combate y muerto el primer jefe enemigo el Sargento Mayor Román se le pasaba la voz al segundo Jefe el Capitán Garay para que se rindiera y evitar más derrame de sangre entre hermanos: esto fue repetido por varias veces; pero sin querer atender a estas instancias continuaba siempre haciendo fuego la fuerza de su mando; más después viendo de que estaba luchando ya contra un imposible hizo entonces una señal con las dos manos, para que parase el fuego. Visto esta rendición inmediatamente el Capitán Duarte ordenó a la tropa que tocara con el clarín el cese de los tiroteos parando enseguida y acto continuo se izó la Bandera Nacional y se tocó la diana señal de nuestro triunfo, inmediatamente se hizo trasbordar a los oficiales de la parte contraria, a bordo de nuestro buque, para ser atendido debidamente sus heridas. En el curso de esta operación, sube la escalera de la tordilla el Capitán Garay y me saludó con estas palabras: "Como le va mi Capitán Benegas, lo que le recomiendo son mis heridos" -agregando a más estas otras expresiones: "Parece que el gobierno ha estado aburrido de mi para mandarme en esta clase de Comisión". Estas últimas palabras despedidas he venido a interpretar de que se refería a su Jefe inmediato el Mayor Román individuo sumamente ignorante, como lo es público, pues no deja de ser un verdadero contraste de que en una acción de guerra vaya un oficial de escuela concluida bajo las órdenes, como vuelvo a repetirlo, de un Jefe sin ninguna preparación en la carrera militar. Ignorante hasta el extremo. En el intermedio de las palabras despedidas por dicho Capitán Garay presentóseme el Médico que teníamos a bordo Don Manuel Ortigoza a objeto de atender mis heridas a lo que le ordené de que fuera a atender, primeramente, a los heridos de más gravedad del Capitán Garay, instándome aquel médico de que después de atenderme primeramente a mí pasaría después al Capitán Garay cuando volví a repetirle de este estando herido en varias partes y tal vez algunos de gravedad fuera no más a verlo y después de atendido pasar a curarme, como así procedió. Luego se trabajó para sacar de la baradura al buque enemigo que se encontraba en la barranca bajo la colonia "Cano" costa argentina.

         En vista de mi dolencia, el Capitán Duarte, me propuso para desembarcarme en Formosa; pero como no me sentía bien preferí hacerlo en Villa del Pilar a donde después he sido muy especialmente atendido por el caballero Policarpo Ríos y que la dueña de casa que son la familia del finado Don Lorenzo Giménez, Presbítero Romero, Cura párroco y demás familia de dicho pueblo.

         Algo cicatrizadas mis heridas vi la necesidad de pasar a Corrientes, para mejor atender mi salud quebrantada solicitando para esto licencia, por telégrafo, al General Don Benigno Ferreira Jefe de la Fuerza revolucionaria quien accedió enseguida, como lo comprueba el telegrama que copiado literalmente dice: "Señor Comandante Benegas. Villeta, 27 de agosto. Mucho sentimiento impóngome por su telegrama que Ud. está enfermo. En cuando a su bajada a Corrientes no me opongo toda vez que esté conforme el Comité. Con mis votos por tu pronto restablecimiento. Salúdole atte. B. Ferreira".

         Y aprovechando tan oportunamente la bajada de un vapor del Señor Révory que con tanta generosidad este señor, dueño de dicho buque, me condujo hasta Corrientes y acompañado del señor Eduardo Amarilla por la autorización que dio a este el gobierno Provisorio Don Emiliano González Navero. En este puerto fui recibido con la mayor consideración por el señor Amado Artaza y pasando luego al lugar de mi alojamiento, Hotel de Roma, a donde he sido atendido por el señor Billingurts quien concurrió a verme por llamado del señor Artaza. Después de algunos días, y sin duda, como consecuencia de la mucha sangre perdida- producida de mis heridas sufrí un ataque cerebral dejándome malamente y casi sin sentido cerebral. En medio de esta circunstancia en que me veía me había participado, por telégrafo mi señora esposa su llegada a Formosa; cuyo telegrama fue recibida por mi gran amigo el señor Federico Bogarín y contestada por él, a causa de mi estado, comunicándole mi dolencia y a la vez de bajar en la primera oportunidad a Corrientes, aquel ataque fue atendido por mis amigos los doctores Velázquez Conde y Leconte este venido expresamente de Esquina a visitarme; y tan casual de su llegada fue en el momento de estar por pronunciarse mi enfermedad. Me encontraba rodeado de todos los recursos y de una atención sumamente esmerada dispensada por las damas paraguayas, residentes en aquella ciudad, con especialidad por la familia del General Dr. Dn. Benigno Ferreira, la señora Asunción Martínez de Bogarín y su esposo, Tráncito Machaín de Peña, la distinguida señora del General Uriburú y la de mi amigo y compatriota Don José Domínguez; a cuyas respetables personas guardo toda clase de gratitud por los importantes servicios prestados en los momentos críticos de mi situación.

         Una vez ya convalecido, me ocupaba de repasar los periódicos llegando a encontrar en uno de ellos, Oficial Publicaba en la Villa del Pilar, "La Constitución" la narración sobre el primer hecho de arma el 11 de agosto de 1904 en la que para nada se ha hecho mención de mi modesto y humilde servicio que tan desinteresadamente y solo por el bien de mi patria deseando verla en un brillo de todo progreso, Paz y Justicia he puesto mi vida y honor en el camino del precipicio.

         Para conocimiento de mis conciudadanos y correligionarios políticos transcribo íntegramente la mencionada publicación que dice: "El Bordaje del 11 de agosto. Cúmpleno saludar por la primera vez esta fecha; que se hará memorable en los fastos de nuestra grandiosa campaña, y más que eso, en los de la historia de nuestra resurrección política. Serían las 5 de la mañana de aquel día cuando el "Sajonia", el primer buque de la revolución, levaba ancla de su fondeadero, a una milla del puerto de Pilar. Al doblar la última punta para salir en la Cancha de este nombre, el "Sajonia" es avistado por el "Villarrica", buque enemigo, que estaba comando en persona por el Ministro de Guerra y Marina Don E. Fleitas. Todavía antes de apuntar el sol se oía el primer disparo de la artillería del Villarrica, pero el buque revolucionario sufre en ese momento una pequeña avería en el timón, la cual fue reparada inmediatamente por el Capitán Elías Ayala.

Durante esta operación, el "Sajonia", como es natural, detuvo su marcha; y la tripulación del Villarrica cantó entonces victoria. No pasaron diez minutos para que el inteligente marino diera parte de estar reparada la avería, parte con el cual puso término a la impaciencia de sus camaradas.

         El Capitán Duarte, Jefe de la expedición, ocupando el puente de la nave y la tripulación determinó la dirección que debía llevar el buque, mandó que esta navegara a toda máquina, y distribuyó convenientemente su tropa para un abordaje.

         El Villarrica hizo 24 disparos sobre el Sajonia, sin que uno solo lleva en el blanco; y el Capitán Duarte, queriendo apoderarse del barco enemigo, en lo cual ha estado muy feliz, hizo callar la artillería del Sajonia, y mandó con voz estentórea, desde el puente: "Muchachos al abordaje"!.

         Artilleros convertidos en fusileros cada uno en su puesto! Cuando el Sajonia navegaba todavía a doscientos metros del Villarrica, este viró como para retroceder; pero viendo luego que no tenía escapada el Capitán Alfaro abandonó su puesto y quedando el buque sin gobierno, navegó torpemente con dirección a la Costa Argentina.

         Pero antes de zarpar, el Sajonia ya lo había abordado y prendido los ganchos de abordaje. El Villarrica está amarrado, y sus gentes dispersa. El mayor Román había muerto con la primera descarga de la fusilería enemiga, y no había oficial que asomándose un instante, retrocediera sin herida.

         El combate duró 57 minutos, desde que se inició el bombardeo, y su resultado fue lo más desastroso para el enemigo.

         El Villarrica tuvo 72 bajas y el Sajonia 2. El ministro de Guerra y el Capitán del buque fueron prisioneros y el Capitán Garay con 7 heridas.

         El espectáculo que ofrecieron los heridos y muertos del Villarrica, fue de lo más horroroso. No nos he dado todavía pintar el cuadro pero es conveniente recordar que todo ese sacrificio, toda esa sangre derramada por aquellas víctimas inocentes; caerá sobre la cabeza del coronel Escurra, y del que ahora está sosteniendo su desgraciada situación!

         A un arriezgo de ofender la modestia de nuestro dignísimo oficiales, queremos dejar constancia que han correspondido con creces a la esperanza depositada en su pericia y valor; iniciando con el abordaje del 11 de agosto, el más glorioso triunfo que cabe esperar. Valientes en el combate, son nobles y generosos después del triunfo. Los jefes, de la revolución García, Gondra, Duarte y Ayala abrazaban a los heridos del "Villarrica" y a rendido asegurándoles los más tiernos cuidados, les depositaron en un Hospital de sangre para ser atendidos.

         Es que la nobleza constituye el patrimonio de los hombres valientes. Y la tiranía es distintivo característico de los cobardes.

         Con más tiempo y oportunidad nos ocuparemos con el detenimiento debido de este memorable hecho de arma de la revolución y recordándolo con orgullo, sirvamos en los sucesivo como ejemplo de heroísmo y de nobleza. Pilar, Setiembre 11 de 1904.

         Para que esa completa prescindencia de mis hechos, como se ve por la publicación copiada que antecede, no quede al silencio y olvidado y se constate la verdadera verdad en su lugar; me he visto en la suma necesidad de dirigir carta confidencial al Gral. del Ejército revolucionario Dr. Dn. Benigno Ferreira la siguiente:

 

         Corrientes, Setiembre 25 - 1904

 

Privado

 

Sr. Gral. Don Benigno Ferreira

Mi estimado General y apreciado amigo:

         Supongo tendrá conocimiento, del relato publicado en el No. 2 de la Constitución fha. 17 del actual, de cómo se produjo el abordaje y captura del vapor Villarrica por el "Sajonia".

         Como en dicho relato se falsean hechos conocidos, y se prescinden de mis modestos servicios, he dirigido una carta confidencial al Sr. González Navero, cuya copia le adjunto.

         Cómo debe comprender, no he querido hacer rectificaciones que me serían fáciles en periódicos de esta localidad, para no dar un ejemplo poco, y por cierto no hablaría en favor de la unión entre los que servimos abnegadamente la causa de la razón y la civilización de nuestra patria.

         Haciendo votos porque se conserve bueno para el completo éxito de la campaña, me repito invariable y affmo. amigo. I. Benegas.

 

         Después de un mes y días tuve ésta y única contestación de mi amigo el Gral.

 

"Villeta, Octubre 29 de 1904.

 

Sr. Ildefonso Benegas

Corrientes

Mi querido amigo:

         Le escribo ésta no como contestación a sus cartas anteriores sino para pedirle que se preocupe en lo más mínimo de las cuestiones de servicios y atienda debidamente su salud quebrantada.

         Es Ud. hombre fuerte y todavía puede prestar muy buenos servicios a su país y su partido; pero para ello es indispensable    que ante todo se restablezca completamente.

         Entonces me apresuraré a llamarlo a mi lado.

         Nuestra campaña sigue bien aunque no con la rapidez que todo deseamos, pero el resultado final no puede ser otro que el más completo triunfo.

         Tranquilícese pues su espíritu y cuídese para que pronto podamos tenerlo entre nosotros.

         Mientras tanto lo saluda su siempre affmo. amigo. B. Ferreira.

 

         La dirigida al Sr. Emiliano González Navero es la siguiente:

 

Corrientes, Setiembre 23 de 1904.

Confidencial

Sr. Don Emiliano González Navero

Distinguido amigo y compatriota:

         Motiva la presente, una publicación hecha en el No. 2 de la Constitución fha. 17 del actual.

         La aludida publicación se relaciona con la primera acción de guerra del vapor "Sajonia" de mi mando, en la mañana del 11 de agosto último.

         La crónica que se hace de aquel importante hecho de armas es completamente inexacto, y para comprobarla basta lo siguiente: que no se cita mi nombre en la relación del suceso siendo notorio que el buque citado venía bajo mi mando, y durante el combate, ninguno de los compañeros me disputó el Comando, aun cuando se consideraran y yo mismo los conceptuó más competentes.

         Yo estoy muy agradecido al testimonio de consideración de todos los compañeros que, en aquel acto me confiaron el Comandó Superior  y para justificar esto tendría más que apelar al testimonio de estos caballeros, especialmente los Capitanes Duarte y Ayala, profesionales competentes y pundonorosos que han visto de cerca mi acción, mereciendo de ellos plena adhesión en aquel lance.

         La publicación recordada, que silencia al parecer ex profeso mi nombre, llamará seguramente la atención de nuestros correligionarios al notar la circunstancia apuntada, como me pasa igualmente tratarse de un órgano de publicidad netamente oficial según los indica claramente en su leyenda.

         El Capitán Ayala no intervino en el incidente descompostura del Timón y el Capitán Duarte no ordenó el abordaje, puesto que esa clase de ordenes parte del Comando Superior. Fui yo quien dio esa orden, de acuerdo con la opinión del Capitán Duarte siguiendo el buque a mis órdenes hasta que caí herido, y quedé imposibilitado para continuar en mi puesto.

         No puedo creer, ni atribuyo al deliberado propósito de que un compañero de causa haya querido inferirme un agravio gratuito, silenciando mis modestos servicios prestados con toda decisión y con el solo y hondo anhelo de servir a nuestra Patria; pero como lo publicado, se ha editado en una hoja oficial, que podría ocasionar la creencia de que se ha producido desavenencias entre los elementos de la revolución, séame permitido pedirle, quiera influir para que se produzca una ampliación en la referida crónica, recordando mi nombre al igual de los compañeros pues tengo la convicción que en aquel momento todos hemos cumplido con nuestros deberes.

         Sírvase disculparme, en razón del móvil expuesto, tendiente únicamente al mantenimiento de la solidaridad entre los defensores de la causa revolucionaria, y créame siempre affm. amigo I. Benegas.

 

         Contestación a esta carta.

 

Pilar sbre. 27 de 1904.

Señor Dn. Ildefonso Benegas.

Corrientes

Distinguido amigo:

         Recibí la atenta de Ud. fha. 25 del presente mes, en la que me pide haga producir una ampliación de los datos publicados este mismo mes, relativas a la acción de guerra, que tuvo lugar frente a esta Ciudad el 11 de agosto último, por ser incompleta la relación hecha de aquel suceso. Creo, amigo, que nadie ha de poner en duda el digno comportamiento de V. en el mencionado hecho de armas, pero en el interés de satisfacer sus justos deseos, he de disponer que se produzca oportunamente la aclaración que solicita en las columnas de "La Constitución".

         Me es grato aprovechar esta ocasión para repetirme de V. Atto. y SS.- E. González Navero.

 

         Las mencionadas cartas no llevan otra tendencia, sino dejar dicho, establecer la verdad de los hechos tal cual ha pasado; sin ánimo absolutamente de ofender a nadie en lo más mínimo. Dejando escrito lo que efectivamente es verídico y pasado a la vista de todos mis compañeros de causa en los hechos en que hemos actuado; se verá claramente entonces el empuje de todos y obra de cada uno y sea así, más tarde un documento de justificación para la posteridad. En el caso presente nada se deja al olvido, como se tiene hecho en otras hojas. No es justo, no es de ninguna manera legal tratándose de un compañero de causa despojarlo de lo que legítimamente le corresponde a costa de todo sacrificio y sangre. He luchado como todos los demás compañeros, y llevo la gloria de haber triunfado en todas las acciones.

         El triunfo de la revolución fue con aquel golpe que he ordenado para la envestida del buque enemigo con esto concluyó y bastó para dar fin a una guerra, quizás porque, tiempo, entre hermanos, hoy vencedor y me corresponde también esta gloria como Jefe del vapor Sajonia hoy Libertad!.- I. Benegas.


 

 

GUSTAVO SOSA ESCALADA

 

         Nació en Buenos Aires en 1877. Fueron sus padres Jaime Sosa, relevante figura de la política - convencional constituyente en 1870 y ministro de relaciones exteriores más tarde -, y Asunción Escalada, pionera de la educación paraguaya. Estudió en los mejores colegios de la Argentina y en la Escuela Naval de ese país. Eximio guitarrista, es autor de notables composiciones musicales. Tuvo discípulos, entre los cuales descuella Agustín Barrios. Radicado definitivamente en el Paraguay desde 1897, colaboró en el periodismo y fue profesor de la Escuela Normal y de la Escuela Militar. Realizó trabajos de granja, tropeó ganados, fue yerbatero y obrajero. Empresario en Tarucupucú, Alto Paraná, un brusco descenso del precio de la madera en el mercado del Plata hizo que convocara judicialmente a los acreedores, a quienes pagó entregándoles todos sus bienes. Hizo, además, en distintas épocas, incursiones en la administración pública. Murió en Asunción en 1943, sumido en la más extrema pobreza.

         Estos datos acerca de la vida y la obra de Gustavo Sosa Escalada se los debemos al maestro Cayo Sila Godoy y al doctor Manuel Pesoa.

         "El buque fantasma" fue publicado por primera vez al finalizar la revolución de 1904, en la imprenta "El Diario", de don Eduardo Schaerer. Teniendo en cuenta su valor documental, por consejo del profesor Rafael Eladio Velázquez, autor del prologo de la presente edición, ésta se ajusta totalmente a la primera, respetando la ortografía de la época.

         Se reúnen en este volumen un juvenil y espontáneo relato de Gustavo Sosa Escalada, escrito con esa misma alegría con la que él y sus compañeros de generación se jugaron la vida por un ideal, y un informe de uno de los protagonistas decisivos de la etapa inicial de estos hechos, de Ildefonso Benegas, el hombre que facilitó el control del "Sajonia", el llamado vapor pombero buque fantasma, al entonces teniente Duarte, en la revolución de 1904.

 

 




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