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ROLANDO DUARTE MUSSI

  CUENTOS DICTADOS - Cuentos de ROLANDO DUARTE MUSSI


CUENTOS DICTADOS - Cuentos de ROLANDO DUARTE MUSSI

CUENTOS DICTADOS

Cuentos de ROLANDO DUARTE MUSSI

Editorial SERVILIBRO

Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Diseño de tapa: MARTA GIMÉNEZ

Ilustraciones de Interior: OSVALDO MUSSI

Asunción - Paraguay

Abril, 2006 (126 páginas)

 

 

 

Rolando Duarte Mussi es un joven escritor y estos cuentos son su primera obra édita. En algunos de ellos lo fantástico juega un papel esencial, así como en otros la evocación histórica trae al presente hechos que pudieron haber sucedido. La prosa de Duarte Mussi es sencilla, no carece de encanto y sus narraciones se ubican en sitios conocidos o fáciles de reconocer, lo que invita a seguir con la lectura.

 

 

PRÓLOGO

 

         Este conjunto de cuentos cortos recoge un cúmulo de influencias, que finalmente es lo que somos.

         Ya lo decía Borges, un grande de la literatura mundial "Un hombre es todos los hombres y todos los hombres son uno solo".

         Desde niño me ha gustado escribir, para mí la literatura es una pequeña ventana que nos permite ver el universo interior de una persona, mucho más inmenso y complejo del que se encuentra a nuestro alrededor; así, es esta, mi primera obra, nada cambiará ese hecho, este es el factor común de las acciones trascendentales en la vida de un hombre.

         Cuentos dictados, porque en realidad no me considero creador de los cuentos contenidos en este pequeño libro, ellos llegaron a mí, se encontraban latentes en algún lugar, esperando ver la luz, aunque no creo que provengan de un lugar oscuro.

         Espero que el lector encuentre en estas breves páginas un momento de distracción, leer es un placer y es esto lo que pretendo con este trabajo, ocupar un espacio de tiempo íntimo y ameno.

         Debo agradecer la ayuda de Luisa Mussi, quien con suma paciencia ha realizado las correcciones, como también el minucioso trabajo de ilustración de Osvaldo Mussi.

         El agradecimiento final a toda mi familia, mis compañeros de ruta, de tiempo y espacio.

 

         R.D.M.

 

 

 

 

INDICE

 

PRIMERA PARTE

La Campana de Silverio

Pedacitos de Esperanza

Cuento

Toñoí

Arasunú Juan

Segundo Vega

 

SEGUNDA PARTE

Don Lolo

La Contienda

El Sueño de Catalina

La Reparación

La Intervención

Ilusión de Libertad

 

 

 

 

LA CAMPANA DE SILVERIO

 

         Silverio debía hablar con el pa'í Claudio, los comentarios que escuchó en el pueblo lo inquietaban y solo el padre podía aclarar sus dudas.

         Esperó que llegara la tarde y luego de la hora de las confesiones se acercó al cura...

         - Eh, Silverio, tantos años por acá y es la primera vez que asistís a las confesiones, por fin, ya era hora.

         Silverio sonrió, conocía muy bien al pa'í Claudio, no perdía oportunidad...

         - Padre, déjeme juntar algunos pecaditos más y se los traigo todos juntos, además viviendo aquí en la iglesia, Dios en persona es quien los ve todos y le aseguro que la mayor parte los pago subiendo tantas veces al campanario. Pero, yo vine porque me contaron en la taberna de don Justo... eh bueno... yo voy ahí de vez en cuando a tomar solo una copita, sabe, nunca exagero... bueno, en lo de Justo escuché que hay una orden de Asunción, del Obispo, de llevar todas las campanas de bronce de las iglesias hasta la fundición de La Rosada, por lo de la guerra padre... dicen que ya casi no hay hierro y el ejército necesita armas.

         - Así es Silverio, yo no comenté nada con la gente porque envié un emisario a Asunción, para confirmar la orden, con esta guerra no se sabe... debo tener la confirmación en dos días.

         Silverio Morel se ocupaba del campanario de la iglesia de Caazapá desde joven y a los cuarenta y siete años no se encontraba en el frente de batalla por la sencilla razón de llevar consigo una ceguera de nacimiento, que no le impedía subir por una estrecha escalera de madera los doce metros del campanario, varias veces al día, para llegar hasta la gran campana de bronce que los jesuitas trajeron al pueblo en época de la colonia.

         Silverio aún recordaba a su abuela comentar que se necesitaron más de cuarenta hombres para alzar la inmensa campana al lugar que ocupaba hoy, y que fue el propio gobernador de la Provincia Gigante de las Indias el encargado de dar las primeras campanadas, que se oyeron hasta cuatro leguas de distancia.

         A muchos infieles convenció con su tañido claro y profundo, como si el mismo Dios ordenara a los mortales acudir a su morada.

         Silverio fue llamado por el padre Claudio, ante el cual se presentó esperando conocer la suerte de la campana, ligada inexorablemente a la suya.

         - La orden del Obispo es la que conocemos, todas las campanas de las iglesias deben ser llevadas a la fundición de Ybycuí, salvo aquellas cuyo diámetro supere los dos metros y medio y se encuentren empotradas en los campanarios, ya que ante la falta de hombres en nuestros pueblos, resultará más que imposible bajarlas.

         - Ahora, la nuestra, aunque no esté empotrada tiene tres metros de diámetro y más de dos toneladas y media, por lo que queda excluida de la orden general.

         Silverio inicialmente se sintió feliz de que la vieja campana no sea conducida a su sacrificio, al final, ella pertenecía a Dios, era la voz del altísimo que hablaba con sus hijos y no tenía por qué mezclarse en las guerras de los hombres, o ser convertida en balas y cañones que lleven un mensaje de muerte y destrucción.

         Y esa noche, Silverio Morel, que nunca había visto nada en su vida, mientras dormía vio a Pedro y a Luis, sus hermanos, o por lo menos vio la oscuridad que encerraba sus voces y los rostros que él siempre conoció fraternos, vio la desesperación oscura, la impotencia de no poder defender lo amado, y escuchó miles de voces que con gritos hacían frente al estampido de innumerables cañones, cañones que no callaban, aunque los gritos fueran disipándose en una niebla de pólvora y sangre.

         - Padre, la campana es de Dios, pero él nos la obsequió para poder escucharlo, lo podemos hacer de diversas formas, todos los días yo escucho a Dios, y lo escucho más que las personas que pueden ver, lo escucho en el trinar de las aves, en la risa de los niños, en la oración de los viejos, en el tañido de la campana y estoy seguro que también estará en el estampido de los cañones que defiendan a sus hijos.

         - Pa'i, mis hermanos y los suyos, nuestros amigos, nuestros hijos y padres se encuentran lejos, defendiendo lo que consideran suyo, debemos ayudarlos, démosles la campana, además ya no servirá si no hay fieles para oírla. El padre Claudio meditó en silencio mientras miraba a Morel, luego suspiró largamente y dijo: "extrañas formas tiene el señor de manifestarse".

         - Silverio, la campana es tuya, en el pueblo ya casi no hay hombres, pero eres libre de bajarla y llevarla a la fundición de Ybycuí, pero recuerda que estamos en guerra, tú no puedes ver, yo no puedo abandonar mi iglesia y no será fácil trasladar esa campana por más de quince leguas a través del monte.

         Pero Silverio Morel ya no lo escuchaba, sonreía y pensaba en la forma de bajar la inmensa campana del lugar que ocupaba en el campanario.

         - Una cosa a la vez padre, una cosa a la vez...

         Y así, Morel iniciaba una batalla personal, por fin participaba en la guerra, y con una misión nada sencilla. El padre convocó a una reunión general en la plaza del pueblo y explicó la orden del Obispo, que implicaba trasladar la campana de la iglesia hasta la fundición de La Rosada, a fin de obtener metal para la fabricación de armas para el ejército que desde el sesenta y cinco, o sea, desde cuatro años atrás se encontraba combatiendo contra las tropas aliadas.

         Y como todos los presentes eran mujeres, ancianos y ancianas que tenían maridos, hijos y nietos en el frente de batalla nadie se opuso a la idea, aunque sí preguntaron quién se encargaría del difícil trabajo de bajar y trasladar la campana.

         - Lo hará Silverio, dijo el padre, y todas las miradas se trasladaron al pequeño hombre ciego, que al sentirlas apretó con más fuerza su estropeado sombrero pirí y bajó la cabeza.

         Los días siguientes, Silverio recorrió todas las haciendas de los alrededores, cuatro años de guerra empobrecieron la comarca, pero buscando y pidiendo pudo conseguir cuatro pares de grandes bueyes, con sus yugos, que fueron llevados al patio de la iglesia.

         Morel pidió a Don José, el anciano herrero ya retirado, que suba con él al campanario para ayudarlo en la operación requerida para bajar la inmensa campana de más de dos toneladas.

         Cuando llegaron a la cima, Don José advirtió que el trabajo sería mucho más difícil de lo pensado.

         - Silverio, la campana tiene una corona en la parte de arriba por donde pasa una gruesa viga de hierro, que a su vez descansa sobre las paredes laterales del campanario y es la que sostiene la campana.

         Los dos hombres meditaron largamente, Morel hubiera dado cualquier cosa por poder ver aunque no más fuera cinco minutos el campanario, a fin de tener una mejor idea de la forma en que debían bajar la campana. Finalmente Don José dijo:

         - Lo que podemos hacer es pasar una cadena por la corona, misma que irá sobre la pared lateral hasta el suelo, donde la uniremos al tiro de bueyes, procederemos luego a picar el lado contrario de la pared, donde descansa la viga, de modo que vaya cayendo gradualmente y amortigüe el peso que los animales deban soportar, una vez que la pared ceda y todo el peso sea soportado por el tiro de animales, bajaremos la campana poco a poco, haciéndolos retroceder.

         A Silverio le gustó la idea, pero hacerlo fue mucho más difícil que planificarlo, el primer problema fue que la cadena tenía algunos eslabones que parecían muy gastados, por lo que no podía ser utilizada en su totalidad, calcularon que al menos se necesitarían ochenta metros de cadenas, ante los cincuenta de que disponían, por lo que fueron trenzadas piolas especiales, obteniendo una de un grosor que no permitía tomarla toda con ambas manos, luego, esta fue anudada a la parte utilizable de la cadena y se obtuvieron los ochenta metros necesarios.

         Se pasó la cadena por un extremo del campanario y fue fuertemente asegurada a la corona de la campana esperemos que la corona aguante - dijo Silverio, mientras el otro extremo era atado a las cuatro yuntas de grandes bueyes que como adivinando el pesado trabajo que realizarían, ahorraban fuerzas, recostados en el patio de la iglesia.

         Una vez asegurados los dos extremos, empezó el arduo trabajo de picar la pared que soportaba una de las puntas de la viga, arduo, tedioso y cansador, considerando los cincuenta centímetros de espesor del muro del campanario. Pero a las tres horas el trabajo empezaba a dar sus frutos, y la viga ya no se encontraba en posición recta, sino levemente inclinada hacia el lado de la pared picada.

         Los bueyes fueron puestos de pie y la cadena fue tensada, de modo a evitar que la campana se deslizara, siguiendo la inclinación que empezaba a adoptar la viga que la sujetaba.

         Cinco horas después la inclinación era de cuarenta y cinco grados, y solamente faltaban quince centímetros para que la pared cediera definitivamente; la cadena estaba fuertemente estirada y los bueyes tensaban su cuerpo estirando la cabeza hacia delante.

         El momento crítico estaba por llegar, con cada golpe del mazo era inminente la caída de la viga, los hombres estaban exhaustos y expectantes, una tensión que casi podía tocarse flotaba en el ambiente, todo el pueblo se congregaba en la plaza para observar el trabajo de los hombres, el murmullo aumentaba señalando el hecho de la inminente caída de la imponente mole.

         Dieron un golpe más con el enorme martillo y la pared cedió...

         La gran viga de hierro cayó pesadamente los doce metros y produjo una rotura en el piso embaldosado de la iglesia, inmediatamente se escucharon varios campanazos desordenados, los hombres se acurrucaron en un rincón del campanario temiendo ser aplastados, un crujido seco hizo temer lo peor, la cadena y la cuerda se tensaron al límite de su resistencia, abajo, los bueyes fueron súbitamente jalados hacia atrás y por más que el terreno era firme se resbalaban peligrosamente, con las patas temblorosas, los ojos abiertos fuera de las órbitas en medio de excrementos que delataban el enorme esfuerzo que realizaban. Los gritos y gestos de los presentes los animaban a avanzar, a moverse hacia adelante, a estirar la cadena fuertemente atada a sus yugos.

         Superado ese momento supremo, los hombres pudieron reaccionar y lentamente fueron ordenando a los bueyes que retrocedieran, la campana descendía pausadamente, entre pedazos de ladrillos que caían, producto del roce de la cadena con la pared del campanario.

         Y finalmente, muchas horas después de iniciado el descenso, la campana se posó en el suelo de la iglesia donde fue rodeada por todos los habitantes del pueblo y acariciada por cientos de manos curiosas, que querían sentir ese cuerpo firme y macizo.

         Pero la imponente presencia no hacía más que confirmar las dudas sobre la posibilidad de trasladar semejante objeto por más de quince leguas de monte, hasta el lugar de su inmolación final.

         Fue preparado un inmenso carro de seis ruedas, hecho de madera lampiña y reforzado con un doble fondo de lapacho, con la ayuda de los mismos animales fue alzada la campana a la inmensa plataforma y se inició el camino hacia la fundición de Ybycuí.

         Era el mes de marzo de 1869 y Silverio Morel con sus cuatro yuntas de bueyes y dos jóvenes ayudantes desafiaban a los cerros y montes con esa inmensa campana que en los pasos difíciles y ante los vaivenes del carro sonaba como alentando a los hombres a seguir.

         En la mañana del trece de mayo de 1869, el comandante Julián Insfrán, encargado de la fundición de hierro de La Rosada, sabía que serían atacados por las fuerzas enemigas. Reunió a sus comandados y les informó que los aliados se encontraban a escasa distancia del lugar, yo soy el comandante les dijo- pero no soy dueño de sus vidas, pueden retirarse, huir al monte, yo ya he decidido mi suerte.

         Los hombres no eran soldados, eran fundidores de hierro, quizá por ello su cuerpo estaba impregnado de ese metal que con gran esfuerzo extraían de la tierra, todos miraron al comandante, desde el fondo, junto a la caldera alguien gritó ¡viva el Paraguay!, ¡viva el Paraguay! Respondieron ciento ochenta y cinco voces. La suerte estaba echada.

         - Comandante, estos dos jóvenes llegaron anoche, dicen que vienen de Caazapá con la campana de la iglesia, está aquí cerca, a dos kilómetros, en el paso del arroyo, un hombre ciego la está cuidando.

         El hombre miró a los dos, casi niños, ¿cómo habían atravesado quince leguas de monte con un hombre ciego y una campana?, Dios obra de misteriosas maneras, pensó.

         La campana les dijo- pertenece a la iglesia, llévenla de regreso y que recen por nosotros.

         - Comandante, nosotros nos quedamos, respondieron los jóvenes, hubiera sido inútil decir algo en contra del deseo de ambos.

         Poco más de una hora duró el enfrentamiento, los aliados tomaron la fundición, no se debían capturar prisioneros y se cumplió la orden.

         Desde el arroyo, Silverio Morel escuchó las descargas y permaneció en un silencio largo y oscuro, él ganó su guerra, esta finalizaba al fin. La campana nunca será del enemigo dijo, inmediatamente inició el viaje de retorno.

         La gran campana jamás fue fundida, ni regresó al campanario de Caazapá, no hay parte militar ni informe alguno que mencione la captura, por parte del enemigo, de objeto similar.

         Silverio Morel no regresó a Caazapá, Silverio Morel nunca regresó a ningún lado, sigue su marcha, con la inmensa campana a cuestas tratando de ayudar a sus hermanos.

         Hasta hoy, en los montes de Paraguarí y Caazapá se la puede escuchar, y antes de las tormentas, si uno pone mucha atención se escucha la voz de un hombre que alienta a sus cansados bueyes a avanzar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEDACITOS DE ESPERANZA

 

         ¡ Fuera!, ¡fuera!, ¡mal    agüero!, ¡tygue rakú! ¡mentiroso!.

         Los gritos y silbidos anuncian a todo el barrio que los mecánicos de "El Progreso" no ganaron en el sorteo de la quiniela del día anterior, y Cuco, su vendedor habitual, pasaba frente a ellos, caminando lentamente y empuñando los manubrios de la bicicleta. Aunque los vecinos no sabían en realidad si Cuco llevaba la bicicleta o ésta lo llevaba a él, ya que nunca salía sin ella, aunque nadie jamás la vio montarla.

         Pero el tomador de apuestas estaba acostumbrado a estas expresiones de sus clientes, especialmente los del taller, que siempre lo responsabilizaban si no le atinaban al número ganador, debido, por supuesto, a que Cuco no interpretaba bien los sueños que ellos le relataban, y que aseguraban, interpretación mediante, una comunicación de las fuerzas metafísicas que deseaban que ellos ganen algunos pesitos extra.

         Aunque el avance tecnológico y el desarrollo de las ciencias también llegó al mundo de los juegos de azar, por lo que su responsabilidad interpretativa se veía atenuada desde el lanzamiento del "Librito de los sueños", que la empresa patrocinadora editó para evitar cualquier duda que existiera en los apostadores y facilitar a las fuerzas cósmicas la comunicación con los mismos.

         El manejo del librito era sencillo, relacionando a ciertos objetos o situaciones con números, que eran los que debían jugarse a fin de asegurar el premio.

         Claro, que si en el sueño aparecía un gato corriendo tras una pelota, la compañía aconsejaba jugar el número correspondiente al gato, al de la pelota, al que correspondía a la acción de correr y al del color del gato, sin olvidar jugarlos todos también en orden inverso, por lo menos durante tres días, que como todos saben es el tiempo que se debe confiar en el sueño.

         - Eh, que tal Don Saturnino, vamos a jugar hoy, hace rato que no apostás más conmigo, ña Marta me dijo la otra vez que estás jugando con Tonino, pero ese rapai no entiende nada, te va hacer jugar todo mal; tenés algún palpite Don Saturnino.

         - No sé Cuco, hace rato que no saco, pero hoy tempranito me subí al micro y sabes qué número era mi boleto, el 1313, pero no sé, porque cuando me bajé visto que el número del coche era 21.

         - Pero ahí está pues Don Saturnino, si el coche era el 21, tenés que sumar el 1 más el 2, que te da 3, y sumarle el 13 de tu boleta, jugó el 313. Capicúa encima.

         - ¡Eh!, cierto...

         - Pero qué dice el librito...

         Cuco buscó en el portafolio y extrajo un manojo de hojas que denunciaban un trato poco delicado. Esperáme que Don Saturnino, dijo el vendedor luego de buscar rápidamente, está en la otra parte parece... volvió a meter la mano y extrajo "el volumen dos", que era la continuación del desprendido librito, hojeó las sucias páginas y buscó...

         - 313 =pájaro blanco

         - Pero chamigo, qué tiene que ver un pájaro blanco con esto, no, no, no, mejor dejá nomás, el librito dice otra cosa. Otro día voy a jugar.

         Cuco guardó, o mejor, tiró el condenado librito dentro del portafolio y siguió caminando, - cómo lo que no entienden, este es un librito de sueños, ¡de sueños!, todo el mundo ya usa para adaptarlo a cualquier cosa, alguien se tropieza... pasáme tu librito de sueños, a otro le caga un pajarito... pasáme tu librito de sueños, les reta su jefe... pasáme tu librito de sueños. Esto ya era el colmo, ojalá fuera fácil como antes, hubiera seguido el ejemplo de Don Cacho, que jamás utilizaba el librito para interpretar los sueños, no señor, él era de la vieja escuela, que tenía sus propios números y sus clientes fieles, siempre seguían sus consejos.

         Aún no terminaban de pasar los últimos estudiantes rezagados, cuando Alberto ya estaba instalado en la esquina de la panadería, con su mesa y su sillita esperando levantar las apuestas del día.

         Si alguien preguntaba en el vecindario quién era Alberto Meza, nadie, con excepción quizá de su madre, declararía conocerlo, sin embargo si alguien preguntaba por Cuco, todo el mundo diría que lo conocía, con excepción quizá de su madre.

         Su apodo lo acompañaba desde niño, primero fue utilizado para molestarlo, aunque con el paso del tiempo la costumbre transformó el tono burlón en indiferente, y desde hacía mucho tiempo ya había llegado a querer su apodo, más aún cuando gente desconocida preguntaba por el Señor Cuco, momentos en que quedaba lejos el Cuco burlón de la infancia, que le fue conferido por sus escasos atributos físicos.

         - Dale na Cuco... decíme por favor, te pago doble si querés. . .

         - No puedo Basilio, si el Pa'i sabe que te conté qué número jugó se va a enojar, más todavía si no saca... va a decir que le pasé mala suerte.

         - Pero quién le va a contar, cuando él juega siempre viene ese número, yo visto bien cuando jugó contigo, tempranito, detrás de la casa del coreano.

         - Bueno, te digo... pero deja de molestar... última vez... 313 jugó, porque soñó con un pájaro blanco. Cuco apenas podía contener la risa, Basilio era tan fácil de engañar.

         - Ah.. . prestáme el librito voy a ver.

         - Ahora no confiás en mí, pero que bien...

         - Toma el librito...

         - Sí, clarito está 313 = pájaro blanco, anotáme ese número Cuco, nos vemos mañana.

         - Cuco... ¡Cuco!

         - Eh... ¡que pasa!

         - A la pinta chamigo, te quedaste dormido ya otra vez, encima tu plata dejás todo sobre la mesa, tenés suerte que era yo el que llegué, si era otro te pelaba... quiero jugar.

         En realidad, Cuco no tuvo tanta suerte... ¡justo llegó Robertito! pensaba- y miraba de reojo el fajo de dinero ubicado sobre la mesa. .. ojalá no falte nada.

         - Bueno Robertito, pero paga primero, nada de jugar fiado, la otra vez te cobré solo porque desconté de lo que ganaste... o si no...

         - ¿Qué número querés jugar?

         - ¿Qué número jugaron en el taller?

         - Todavía no me fui por allí, esta mañana estaban un poco nerviosos, sabes luego como son, aunque se les va a pasar.

         - Y Basilio ¿ya jugó?

         - Sí, el sí.

         - ¿Qué número?

         - 313

         - Ah... bueno anotáme 312 y 314 entonces, el siempre le falla por uno.

         Desde hacía una semana ninguno de sus clientes sacaba un premio importante, cosa que lo contrariaba, pues la superstición de los jugadores era tal, que si lo consideraban de mala suerte, dejarían de jugar con él, irían con otro corredor, para volver de nuevo al tiempo, y así, como un flujo y reflujo de buscadores de buena suerte, cuántas veces ya vivió esos periodos buenos y malos.

         Ya estaba por ser medio día, hora que marcaba el inicio de su trabajo itinerante, dejando su puesto fijo y pasando por diferentes lugares, aunque el primero siempre era el comedor de ña Marta, donde aprovechaba para almorzar.

         - Cuco, vos no le contás a los demás qué número juegan los otros ¿verdad?

         - No Jacinto, chamigo, yo soy como un abogado o un médico, entendés, guardo el secreto profesional.

         - Bueno, gracias... yo preguntaba nomás. . .

         - Prestáme na el librito...

         - Dale Jacinto, qué lo que buscás, decime que yo encuentro rápido.

         - Esperá na un ratito, que jueguen todo nomás mis compañeros y después yo.

         - Dale pues, no me puedo quedar toda la tarde en la carpintería... qué número vas a jugar. . .

         Apenas se oyó un susurro...

         - No te escucho... hablá na fuerte.

         - Bueno, tranquilo nomás...

         - Eh... anotáme el 523...

         - Bueno, ya está, para eso tanto despelote, nos vemos mañana.

         Por el camino Cuco buscó en el librito... página 7, número 523 "marido golpeado".

         El día estaba un poco lento, pero ya mejoraría al llegar al taller.

         En "El Progreso" estaban terminando sus actividades, y como todos los días esperaban al levantador de apuestas, aunque no todos, ya que Antenor era sumamente religioso, por lo que no apostaba y condenaba a los fuegos eternos del infierno a sus compañeros que habían caído en el vicio del juego.

         También estaba Felipe, que si quería apostar, pero que era tan tacaño que no se animaba a perder una sola moneda; bajo el riesgo está la ganancia y también la pérdida solía decir.

         El que más apostaba era Nacho, el dueño del taller, que siempre jugaba a números que le daba directamente, sin mirar el librito, pero que sin duda alguna eran obtenidos luego de un concienzudo análisis, cuyo patrón de cálculo, Cuco aún no podía entender, ya que encerraban preguntas, respuestas y deducciones como estas:

         - Cuco... ¿qué desayunaste hoy?, tortilla... ah jugáme el 44.

         - Cuco... ¿cómo era el nombre del perro de ña Juliana?, toquito... ah jugó entonces 39.

         - Cuco... ¿qué número vino el lunes?, el 24... ah entonces anotáme el 86.

         Nacho siempre ganaba, aunque también siempre perdía, eran tantos los números que jugaba.

         Al caer la noche se dirigía a la empresa, donde depositaba los números apostados, entregaba la recaudación y recibía su comisión. Luego a su casa a esperar el sorteo que se realizaba a las 19:00 horas puntualmente.

         - Y el número ganador es... ¡el 313!

         - Ndé, le dije luego a don Saturnino, mañana me va a retar porque no le obligué a jugar.

         El día empezó temprano, Cuco tomó su bicicleta y al pasar por el taller los vecinos confirmaron que ninguno sacó premios el día anterior.

         Pero a Cuco no le molestaba, ya se les pasará... además ese día tenía un palpite.

 

 

 

 

 

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