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MARTÍN MORENO GIMÉNEZ


  TAVYRAI RENDA - CUENTOS PARA DES-MANICOMIALIZAR - Ensayos de MARTÍN MORENO


TAVYRAI RENDA - CUENTOS PARA DES-MANICOMIALIZAR - Ensayos de MARTÍN MORENO

TAVYRAI RENDA

CUENTOS PARA DES-MANICOMIALIZAR

Ensayos de MARTÍN MORENO

 

 

Editorial SERVILIBRO

Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Edición, diseño y diagramación: GIOVANNA GUGGIARI

Fotografía y arte digital: MARTÍN MORENO

Asunción – Paraguay

2008 (116 páginas)

 

 

ÍNDICE

 

Pródromo

Intentos

Kurusu

Otros tiempos

Paradigmas

Turismo Manicomial

Volver y despedir

Capacitación

La gallinita

Renquera

Cuerpo ajeno

Retazos históricos

Sala de seguridad

Ciudadano

Demolición

Electrochoqueterapia

Hombre, mujer o can

Sin seguridad

Efervecencia post-golpe de Estado

Corrupción

Crónicas de una rutina

Soliloquios de hombres y mujeres condenados a la locura

 

 

 

PRÓDROMO1

 

Los cuentos forman parte de nuestras primeras experiencias infantiles y retrotraen relatos de personajes, aventuras y lugares. Estos, en un ambiente familiar y colectivo, cobran como diría Milton Erickson, forma de trance, en una perplejidad inclusiva, o desde la ideas de Tom Andersen, buscando la acción y la reflexión para un devenir diferente.

Tavyrai renda es un lugar mítico y paradójico, al que solo accedemos si logramos salir de él. Por eso la invitación de compartir estos relatos, pues de ese lugar también se puede salir en forma colectiva, dándonos la oportunidad de volver y derrumbarlo juntos.

Estas historias nacieron en un tiempo de dolor y esperanza, en medio de hostilidades que connotan la debilidad humana, tanto en el poder como en la sumisión. Muestran como un medio represivo somete, para claudicar lo humano, en un status quo eterno.

Siempre que escuchamos cuentos de manicomios, la risa o la pena bloquean nuestros darnos cuenta, enclaustrando las ideas de libertad en algún calabozo mental. Estos cuentos pueden ser la llave para una aventura hacia la libertad.

 

1 En el campo de la neuropsiquiatría, se llama pródromo al conjunto de síntomas y señales, que dan anuncio al inicio de la enfermedad. Pro (para) Dromo (carrera).

 

 

TURISMO MANICOMIAL

 

         Un día llegó un turista al hospital. ¿Cómo llegó? No lo sabíamos... Todos nos preguntábamos ¿qué querría en este lugar?

         Una maleta de cuero, un saco gris, su camisa metida en el pantalón, zapatos lustrados, daban el contraste de ese paisaje cotidiano, parras trozo de pacientes cansinos, desaliñados, lejanos, silenciosos.

         Allí estaba el turista esperando su turno, saludando a cada momento, alegre, sonriente. Vociferaba, como si nos conociera a todos, de toda la vida.

         Era don Manolo, que había llegado de su lejana España, "pos ojo, que a ti te lo digo"; así lo aclaraba, a cada rato. Mi asombro, hizo que él fijara su mirada en mí y allí comenzamos a conversar.

         - ¿De dónde es usted?

         - Pos de la madre España.

         - ¿Cómo es que usted, se vino de tan lejos para aquí...?

         - Poes en avión hombre, que no conoce como se viene. Luego me continúa contando.

         - Pues hombre, a mi me ha enviado el Profesor López lbor, el maestro de Madrid.

         Sorprendido le dije:

         - No entiendo señor, venir de tan lejos... ¿y la tecnología de Europa?, le pregunté. A lo que me contestó:

         - Pues hombre, verá usted, poes, estoy en este estao calamitoso y he venio a ser tratao con la electricidad más buena del mundo, o no sabe que la mayor usina del mundo es de Itaipú, aquí en Paraguay.

         Pude entender algo de la megalomanía, pero eso de venir de tan lejos, nunca me cerró... Pero entendí que existen días en que los cambios se dan, a veces son esperados, otras veces son forzados, otras veces llegan porque el tiempo ya los maduró lo suficiente. ¿Cómo salir si no tengo donde ir? Cada paciente atrapado en otro corral: el de la pobreza y la ignorancia, sin la suficiente motivación para correr de esta realidad tilinga, en el que la ansiada congruencia no se da sino desde la existencia del dolor, la miseria, la marginación, la locura...

 

 

CUERPO AJENO

 

         Incipientes aun eran las luces de la pascua, que anunciaban sin mucho ruido la resurrección del salvador. La vida eterna para todos es un gran consuelo, frente al final con la muerte. Pero allí en esa esquina, desnudo y acurrucado, lo descubrieron y lo atraparon de nuevo. Perplejo y aturdido, no podía comprender como siendo ciudadano, y sin cometer delito alguno, podía ser llevado a cada momento lejos de su libertad. Pronto pudo comprender, cuando la luz de la linterna lo enceguecía y esa voz, nada seductora, le decía:

         - Ejupi katu jaha, carajo.23

         Ya no tuvo otra posibilidad, eran cuatro contra uno y la ley en contra. El sistema 911 estaba cumpliendo con su deber. Era un ciudadano en riesgo, se les oía decir. El tomó sus dos grandes bolsas, verificó que nada quedó, porque allí estaban sus pertenencias. Para él, eso de ser llevado de la calle, es como una mudanza de habitación. La calle era su hogar, su techo el cielo, sus paredes el horizonte, sus ventanas sus ideas. Así subió con sus dos bolsas, a la carrocería de la blanca camioneta, que en rauda carrera, fue abriendo paso con sus luces azules y rojas intermitentes. En el radio de la cabina se escuchó:

         - Ya lo tenemos mi comisario. En el otro lado una voz metálica, como el sonido de una motorola.

         - Llévenlo derecho al hospital, estoy harto de las quejas de los vecinos, de sus reclamos por el mal olor y la acumulación de basura, en ese baldío. Chaque ko oí la dengue.24

         Así llegó, delgado, cabizbajo, triste, casi vencido por la detención y el secuestro. Atrás quedó su reino, de calles y libertad. Ya en la guardia del hospital psiquiátrico, se sometió a la rutina. De su rostro emergía una larga barba y en ella un festín de alimañas compartían el hábitat con él.

         Siempre colaborador y educado, fue remitido a una de las salas de crónicos. Ya en la mañana, luego del desayunó lo bañaron a manos enguantadas, tijera, agua y jabón en mano, la enfermera inició el trabajo de cortarle el pelo de la barba y la cabeza. Lo sentó en una silla, en el patio y con un chorro de agua de manguera, lo fue lavando, despacito, mientras lo cortaba.

         Allí la sorpresa en la medida que cortaba el pelo de la cabeza, observaba en la parte trasera de la cabeza un gran hoyo lleno de gusanos vivos, que revoloteaban una danza de miseria y muerte, comiendo los tejidos, del cuero cabelludo, hasta el hueso occipital.

         El allí estoico, esperaba y colaboraba con la rutina del ingreso. El trabajo de la enfermera finalizó satisfactoriamente.

         - Mirana un poco doctor.

         Mostrando en el piso, se podían ver miles de pequeños gusanos, que fueran congelados con el cloruro de etilo y reposaban inertes en el piso. Ella continuaba con su trabajo de ir extrayendo uno a uno, con parsimonia oriental. Luego la curación y el vendaje. Lógicamente la recomendación del reposo en la cama, donde quedó dormido.

         Al día siguiente, preocupado se miró en el espejo y no podía reconocerse. Comenzó a desesperarse, tocándose la cara, una y otra vez, buscando frotarse la barba, que ya no estaba. La sorpresa fue mayor, cuando descubrió en su cabeza un grueso vendaje, que lo cubría totalmente.

         Así llegó a la entrevista, con el médico de la sala. Preguntó:

         - ¿Dónde están mis cosas?, me han sacado todo. Ya con un tono de enojo, se respondió a sí mismo.

         - Están guardadas, le respondió el médico, mientras lo observaba.

         - ¿Dígame porque estoy detenido? Golpeteando con el dedo índice la mesa, reclamaba ese derecho a la libertad, que todos tenemos.

         - Estás internado, para un tratamiento, tu cabeza estaba llena de gusanos y si hay una infección podrías morir. Eso le dijo el galeno, buscando justificar la internación.

         - Pero este lugar está lleno de locos. Yo soy solo un vagabundo, este no es mí lugar.

         El médico volvió a insistir con las preguntas y le inquirió si tenía problemas de la mente, tipo alucinaciones. Buscando quizás un síntoma que pueda asociar a las locura, a fin de que la internación en ese psiquiátrico tenga sentido.

         El volvió a insistir que solo era un vagabundo y no un loco.

         El médico preocupado le dijo:

         - Bueno, debemos curar ese agujero que te dejaron los gusanos, puede infectarse y podrías morir, porque estás muy débil.

         - No se preocupe doctor, buscando tranquilizar a su médico le dijo, este cuerpo no es mío.

         Luego se levantó, ya no quería hablar más y se retiro de; la sala de entrevistas.

         Dos días después, el se marchó. Fue en la primera oportunidad. En el libro de novedades de la sala quedó escrito "el portero le vio salir". Recordé a un viejo profesor; que hoy debe estar trabajando en el manicomio del cielo. Allá debe existir uno, porque el loco es inimputable y no peca, o sea debe de ir al cielo.

         El nos decía "dejen la puerta abierta, para que se vaya el que quiera... hay que estar loco, para quedarse en un lugar como este".

 

23Súbete, vamos.

24Cuidado con el dengue.

 

 

 

SALA DE SEGURIDAD

 

         Los habían descubierto, infraganti, rodeados de pruebas de violencia, se iniciaron las demandas por violación de derechos humanos. Se estableció que vivan bajo un plan de cambios obligados. Una veedora, los monitorizaba desde el espacio virtual, bajo un régimen de control, por los propios pacientes.

         Se había inaugurado una forma de restricción y reparación de los derechos, desde Internet. Así entre peticionarios demandantes, la corte y la obligación del cambio por parte de ellos, obligaba a un cambio del modelo de la atención de la salud mental de todo el país por parte de los responsables de la salud. Desde ese momento, el Ministerio de Salud le dio a la salud mental un estatus cinco estrellas.

         Periódicamente venían las recomendaciones, lo que había que hacerse, para reparar lo irreparable. Los rumiantes comentarios en contra, estaban a la orden del día, esos plagueos eternos, que sólo producen ulceras en el estomago y ninguna transformación, dando continuidad a los argumentos eternos, para un insomnio pertinaz.

         Ya quedaba poco por discutir. Las reglas golpeaban la rutina desde la cabeza del propio Ministro de Salud. Solo restaba hacerlas, desarrollarlas, sostenerlas.

         Cómo discutir, cómo justificar lo injustificable de la violencia institucionalizada. Una vergüenza internacional y lo peor, una multa de por lo menos cinco millones de los verdes. Eso que tanto se robó allí, junto a las ilusiones perdidas por el engaño y la locura. La cuestión era resarcir; a cada uno de los pacientes detenidos y violentados unos 100.000 por cada uno.

         Por eso ese día fue importante para todos, los que de alguna manera vivimos desde fuera y desde adentro, este monstruo, que nos come, nos vomita y nos vuelve J, a engullir.

         Allí estaba esa piecita dos por dos, con letrina y comedor, incluido, en el mismo ambiente pestilente, despidiéndose en 3 las últimas horas que le quedaban. Era parte del trato hacerla desaparecer. Allí los rígidos renglones verticales, seguían marcando la distancia y los límites necesarios para que la restricción entre la cordura y la locura pueda sólo sostenerse desde el poder que tiene el dueño de la llave del candado, dejando claro, el límite entre lo prohibido y lo permitido.

         La sala de seguridad en los manicomios es muy útil como modelo de atención, porque imposibilita, reprime y contiene la crisis en la locura, sin necesidad de dar el toque humano de la palabra, de la mirada, de la escucha.

         Pero ese día los silencios cobraron fondo, con las palabras de la directora:

         - Hay que hacer un protocolo para construir una sala de sedación, solo así se van a poder cerrar las salas de seguridad.

         Eso debía cumplirse, guste o no, nadie se podía echar atrás. Allí fuimos todos, el rito de apertura del moribundo candado daba el eco metálico del final. El último encerrado estaba libre. Un herrero, con su sierra y martillos colgados de su cinto, daba la extremaunción a las puertas de cada celda de seguridad.

         Para reciclar sus varillas, se decidió que serían usadas para los agotados travesaños de las camas rotas, esas que fueron hundidas por las pesadillas del abandono en el tiempo. Por el peso del hastío, de cada habitante, de cada loco, en su infinita espera. Es que el hierro es más fuerte que el alambre de los elásticos.

         Allí quedaron las imágenes de encierros, gritos, miedos, quiebres, ensimismamientos y muertes. En el fondo de cada sala, la soledad de la letrina de cemento, con sus olores de orina y mierda, daban el sentido a la denigración que habían vivido los habitantes de la sala de seguridad. Allí inerte e impávida, como viuda esperando el retorno de su fallecido, quedaba la letrina para la espera del final.

         Con cada reja que se abría, se dejaba ver ese orificio nauseabundo, esperando, lo que ya no volvería. Estas jaulas serán parte de nuestra memoria, de nuestra historia. Pero después del electroshock que me dieron y unos días de embotamiento, me di cuenta que eso, era un gran delirio de libertad.

         Como me sentí mejor, escapé, para escribir estas líneas y dejar este testimonio, quizás más tarde podamos fugarnos juntos.

 

 

 

ELECTROCHOQUETERAPIA

 

         Jacinto ese día madrugó, no solo por el frío de la noche, sino el miedo a eso que le iba a suceder esa mañana, además sus visiones no habían cesado en toda la noche. El Doctor lo sabía y el también.

         Cuando se levantó, no le dieron el desayuno, porque así estaba indicado, "para que no aspire"; rezaba la indicación.

         Fue directo hasta allí, llegó antes que nadie, en ese lugar donde la fila de todos los días marcaba el holocausto de la locura. En los días marcados por la orden del especialista, se alineaba a cuarenta o cincuenta pacientes, "para que el doctor no se enoje" decía el capataz. Los pacientes luego del tratamiento eran dejados en el suelo para que termine la convulsión, a la vista de los que debían ser tratados por la electricidad. Un paciente, qué me comentara esta historia me describía "ryguazu yeyukaicha", refiriéndose a la forma como en el campo matan a las aves de corral, cuando le rompen el cuello y las tiran, para que la convulsión, muestre desde el fin del aleteo, la muerte del ave.

         Esas palabras me ilustraban, sobre la angustia que se vivía en la cola de pacientes para la sesión de electroshock, uno a uno, convulsión tras convulsión.

         - Esto es la ciencia, decía el especialista, fascinado por la electricidad, ofreciendo sus servicios de sesiones eléctricas, como el electro sueño, el electro bisturí y lógicamente el electroshock, en las páginas de clasificados del diario ABC Color.

         En ese tiempo de los años 60 y hasta ahora, la locura podía desaparecer con la magia del choque eléctrico. Me decía el especialista:

         - Se humedecen las sienes, con un algodón y se prepara la maquina con 110 volts de descarga en tres segundos. Se debía hacer deletreando la palabra "ele-fan-te". Allí día de por medio, como un ritual de trabajo, un viejo especialista, con su guardapolvos amarronados por el tiempo, explicaba con pose de experto en esto del choque eléctrico.

         - Le colocás el tacó en la boca, le mojás las sientes con un líquido, le ponés los electrodos y decís ele-fan-te, o sea, tres segundos. Apretá este botón con tu mano derecha, hasta que se contraigan los hombros.

         Después venía lo fuerte, la resistencia del paciente para el acto, sus gritos de no, sus insultos, sus incoherencias, porque varias veces no sabía de lo que se le iba a hacer.

         Luego las contracciones de los músculos, el arqueado de la columna, la sudoración profusa y las convulsiones de todo el cuerpo, los giros oculares, el movimiento tónico giratorio de la cabeza, marcaba la ceremonia del tratamiento. Se acompañaba todo eso de liberación de esfínteres, el olor a orina o materia fecal, anunciaba muchas veces la relajación del paciente y el fin del tratamiento.

         Allí Jacinto llegó antes que nadie, él sabía dónde estaba eso, encontró abierta la puerta de la sala de electroshock. Entró en la habitación, con mucho cuidado, tomo en sus brazos el aparato y corrió como si lo siguiera el mismísimo diablo, de sus noches terroríficas. Cuando se dieron cuenta, el ya estaba muy lejos, cerca del brocal del pozo, del fondo del patio. Allí tiró el aparato, escucho el ruido del impacto contra el agua y un sapucay29 anunció la obra culminada. Contempló el fondo limpio del pozo, asegurándose de que se hundiera. En fin, la tarea estaba hecha, eran las señales de la liberación de la locura, la cordura le daba su espacio.

         Jacinto volvió para pedir su desayuno, cocido con galletas, fue el héroe de la jornada. En medio del silencio cómplice de todos, podían escucharse los gritos de rabia del especialista. Podía verse como un capataz, ayudado por otro, bajaba al pozo para rescatar el aparato. Lo secaron y lo pusieron al sol, buscando revivirlo, pero no fue posible, porque Jacinto fue certero. Ese aparato por mucho tiempo quedó entre la basura, nadie lo quería tocar, por lo que significaba para cada uno.

 

29Grito.

 

 

 

CRÓNICAS DE UNA RUTINA

 

         LA VIOLACIÓN ANCESTRAL

 

         Ocho de la mañana, del día domingo. En ese julio fresco del invierno paraguayo, las campanadas de la capilla lindante al patio del hospital despertaban e invitaban a la gente, para la misa, para estar juntos, para rezar.

         Enfrente nomás, cruzando el montecito y la naciente, saltando las murallas, una construcción cerrada en la que muchas mujeres viven una historia de locura y abandono.

         Vaya contraste, marcado por este muro. Impenetrable, congelado y perdido, como todo antro de locura. Allí una sala, una casa, una prisión, vaya a saber qué diablos era eso. Entrando se percibe el dolor de muchas mujeres perdidas, abandonadas y vejadas, por sus historias comunes. Por sus destinos tortuosos, por el dolor sin remedio, por la muerte de las esperanzas.

         Ese día el enfermero, de pulcro blanco, daba las indicaciones de la rutina, necesarias para el orden, para la salud. Su voz, fuerte e imperativa, sonaba amedrentante, muy conocida allí. Impostando el contraste necesario, para establecer la diferencia, la superioridad, el poder. El, como dueño que era, señor macho, varón fecundo, autoridad de ese lugar. Se escucharon los ecos de unas palabras, vaya a saber de quién.

         - La tecnología del garrote ha sido superada, al igual que la era farmacológica, hoy los buenos medios de abordaje conductual, justifican las razones...

         Todas, absolutamente todas, entendían y obedecían esa voz. También ella, niña por el alma joven, inocente por el candor no quebrado. Pero allí, una más de ese montón de locas encerradas, a las que la vida les dijo, "hasta aquí llegamos" y las dejó tiradas en ese encierro alienado por el dolor, el miedo, el abandono, la locura y las noches eternas. Dirigiéndose a ella, le dijo:

         - Andá bañate bien. Después esperame, reikauama hina, mará pa.32

         Así le dijo, como todas las veces que le tocaba el turno. Ella fue hacia el baño y pensó, ya en forma automática, como sería ese momento. Estaba acostumbrada a esa orden. Sexo oral, vaginal, era lo habitual con él. Hasta que escuchó otra orden.

         - Hoy te toca por atrás.

         Pero, algo pasó por su mente en ese momento. Sus ojos negros, se entreabrieron más de lo habitual. Quizás encandilados por la idea del no. La dignidad se corporizó y trató de defenderse. Los ecos del no, habían hecho renacer a su intimidad, su integralidad.

         Entonces sus acciones respondieron con un "no, nda potai"33 resistiéndose a la orden. El, con mucha experiencia en estas cosas, rápidamente se dio cuenta. Pues cuando la sujetó de los brazos, la sintió en el cuerpo, desde esa oposición rígida y ella le volvió a decir.

         - No nda upeicha, hina. Nda japo mohai,34 le respondió.

         El no había cobrado fuerza. Pero para él las negativas de las mujeres, no contaban. En eso no se había entrenado. Por tanto el respeto era lo que menos podía dar.

         Justo cuando a la vida le tocó parir la dignidad, desde la profundidad de la intimidad del sí y del no. El eco de la negativa duró poco, así como su dignidad. Los sopapos y las patadas, se volvieron intensos y convincentes. Así es fácil, la idea se mueve hacia donde quiere el facilitador. Allí nomás, ya en silencio, en el baño, la violó por detrás y la siguió golpeando. Luego la dejó.

 

Desnuda, mojada, vejada

en una intimidad, sin límites

su no había muerto.

Con más dolor, que rabia.

con más impotencia, que dolor.

Todas la vieron.

Todas aprendieron.

Todas supieron.

 

 

         DE LUNES A LUNES

 

         Al día siguiente, ella no había dormido nada. Sus ojos hinchados, inyectados de rabia, impotencia y dolor mostraban el rostro quebrado por la violación.

         Acompañada de su único testigo, el silencio rígido de esos muros indómitos, que la circunscribían, la atrapaban, la sometían... Los sonidos del llanto inconsolable llegaron a oídos de la enfermera, al igual que a los de la psicóloga de la sala. El llanto y la rabia hicieron fondo al aterrador relato, así les contó lo sucedido. La indignación cobró vida en esas mujeres, eso es raro en un manicomio, donde para trabajar hay que perder el asombro. Pero ellas eran nuevas en eso de trabajar en un hospital psiquiátrico y se creyeron la historia. Juntas escribieron una nota de letra y puño, denunciando lo que sucedió:

         - Bajo el "supuesto hecho de violación, relatado por la paciente... por parte del enfermero". Así detallaron punto por punto, desde el relato de ella y la presentaron en la dirección.

         Pronto, los rumores se escucharon en todo el hospital. El enfermero era miembro del sindicato. Entonces no se hicieron esperar, las voces envalentonadas y amenazantes como:

         - Peango oiko siempre koape.35

         - Pe ñe anga rekoke.36

         -Pe ñemoseta.37

         Esta última frase, sonaba fuerte, como amenaza, chisme, rumor, habladuría. Era la voz anónima de la gente de sindicato, que instalado en el hospital era parte de lo que ellos llaman "derecho de los trabajadores", olvidando siempre sus obligaciones y los derechos de los pacientes. En el fondo, era la cortina de una tranza política, justo en ese año, de tiempo eleccionario, era saludable para la autoridades de turno que no existan ruidos de denuncia de los sindicatos. Para no ser salpicados o escrachados y que ello pueda afectar su eternidad en el poder.

         Lo que habían hecho las denunciantes, fue salpicar el honor de los trabajadores y el frágil equilibrio de un manicomio, la paz y el orden se habían quebrado. Justo en ese momento en que el Estado Paraguayo se encontraba bajo el monitoreo de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, por otras violaciones de derechos humanos.

         Por tanto, ser yagua'í, 38 o la delación debían pagarse caro. Se ponía en evidencia el pacto sindicato, con la dirección. En uno de esos encuentros de "esclarecimiento" se escuchó la voz desde la dirección:

         - Esto es una traición a la patria y debe pagarse, yo voy a caer y algunos caerán conmigo.

         En ese momento miré a los ojos de una de las que habían denunciado la violación y no los pude encontrar. Ella miraba el piso y lloraba, luego me dijo que tenía mucho miedo de perder el trabajo.

         - No tengas miedo, a vos con esta denuncia presentada, no te pueden tocar. Y la acompañé.

         Se dejaba entender lo que eso implicaba: persecución, amedrentamiento, traslado, descontratación, para las denunciantes y acompañantes. La suerte estaba echada. La denuncia estaba viva, presentada con sello de mesa de entrada.

 

 

         DIVIDE Y VENCERÁS

 

         La gente en el hospital se dividió. Los que apoyaban la denuncia, así como los que no. Éstos formaron un grupo junto con los fríos, los que no se calientan y dicen "nosotros venimos aquí solo para trabajar, no para denunciar, solo obedecemos, ese es nuestro trabajo".

         A los demás denunciantes los aglutinó la indignación, formaron un círculo de aliento y protección para las denunciantes. La mujer vejada fue trasladada por uno de los directivos a otra sala, sin contacto con las denunciantes.

         Otro grupo buscó ver el modo de esconder y salvar impunemente al violador. Había que meter miedo, misterio y mucho barro para que no se noten las huellas. Tenían la autoridad volcada a su favor y la experiencia impune de otras violaciones. Los decretos y pactos de silencio cobraron vida. Cuando alguien preguntó ¿qué pasó con el proceso del violador? Las respuestas eran ambiguas. "Esos documentos fueron al Ministerio", respondieron en la Dirección del Hospital. "Está en recursos humanos".

         A la Fiscalía de Delitos, no había llegado nada. La máquina funcionaba de maravillas.

 

 

         BARRO, MUCHO BARRO

 

         Habían sucedido demasiadas cosas juntas. La denuncia por mesa de entrada iniciaba un calvario de cruces y riesgos para las denunciantes. Ya desde las pericias, los exámenes médicos incompletos por falta de tecnología, algunos, otros realizados en forma tardía, fueron apagando las certezas que podían dar luz necesaria para esclarecer estos hechos.

         Otra bomba cayó al hospital, llegó al Ministro una nota confidencial de una entidad internacional de derechos humanos, cuestionando lo que había sucedido. Toda la plana de la Dirección fue convocada y puteada, por eso se tomaron las medidas pertinentes. Al fin llegó la fiscalía, cuatro meses después. Tarde para las pruebas, los periódicos publicaron unos tres días lo sucedido y luego todo se olvidó.

         Pero se debía iniciar el proceso de declaraciones por la fiscalía, solo que ya habían pasado cuatro meses del hecho y recién se iniciaba la investigación. La violación del debido proceso era una realidad que daba fondo al aplastamiento de la dignidad de la paciente. Ella, en la nueva sala era tratada como una erotomaníaca.

         - Esta calentona. Por eso le pasó lo que le pasó. Ella siempre luego estuvo buscando. Así retumbaban las palabras de una enfermera de la nueva sala donde había sido puesta ella luego de la violación.

 

 

         TRAICIÓN A LA PATRIA

 

         Corría el mes de octubre, la psicóloga y la enfermera fueron a declarar al igual que la paciente. Los ecos de la violación que ocurriera en el mes de julio estaban vivos, no así las pruebas. Había mucho barro, mucha niebla, estábamos en la continuidad de la otra violación que fuera la del debido proceso. Los miembros del sindicato en un papel conmovedor y humano, luego de ser señalados por organismos internacionales, fueron a llevar su solidaridad (tres meses después del hecho) a las denunciantes. Sé iniciaba una era de reparaciones, de rescate de los derechos de los pacientes, violados cotidianamente por este mundo manicomial indómito.

         Un mes después de las declaraciones, llegaron los decretos de traslados, no para las denunciantes, sino para las que la acompañaron y las sostuvieron. En decreto del Ministro de Salud, era claro. Debían salir de allí y presentarse a la Dirección de Salud Mental. El Coordinador presentó su renuncia al cargo y confrontó a la dirección desde la mentira. Rostros serios, cabizbajos y silenciosos lo recibieron. Allí solo se escuchó:

         - Esto es institucional, nosotros solo obedecemos, hoy te podés ir vos, mañana nosotros. "Esto es así".

         El desalojo de los traidores de la patria y los que debían caer estaba hecho. Un humo blanco emergía entre las paredes, para que los dioses del encierro eterno comprendan y perdonen a todos. La promesa de no volver a intentar la dignificación estaba hecha. La libertad delirando en la utopía, gritaba en el patio.

 

 

32Sabes para que.

33No, no quiero.

34No, no es así, no lo voy a hacer.

35Eso siempre ocurrió aquí.

36Cuídense.

37se les va a echar.

38En guaraní, se refiere a los canes, que ladran y delatan a la gente extraña al hogar. También se refiere al chismoso/a.

 

 

 


 

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