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NATHALIA MARÍA ECHAURI


  LA SOCIEDAD DE BARQUITOS DE PAPEL, 2014 - Cuento de NATHALIA ECHAURI


LA SOCIEDAD DE BARQUITOS DE PAPEL, 2014 - Cuento de NATHALIA ECHAURI

LA SOCIEDAD DE BARQUITOS DE PAPEL

Cuento de NATHALIA ECHAURI



Antes de que pase una hora habré acabado con este viejo fortín

Como si fuera una pipa de ron. ¡Podéis reíros, por todos los relámpagos,

Podéis reíros! Antes de una hora veremos quién se ríe mejor.

Los muertos estarán contentos de no estar vivos.”

Robert Louis Stevenson, La Isla del Tesoro


 

Era domingo y por ende, todos llevábamos nuestros barcos de papel al río. Los domingos eran soleados, cá­lidos y estupendos para la navegación. Centenares de origamis de papel cubrían el Río Grande, perdiéndose más allá del horizonte, mientras en la costa otro grupo grande empujaba sus respectivos barcos hacia el agua.

Por eso los domingos eran ansiados. Mi familia era rica, por eso gozábamos de un barco de papel cada uno. Con mis hermanos competíamos en eternas carreras que no tenían punto de salida ni meta, pero era diver­tido salpicarnos agua y remar con las manos, desespe­rados por ganar.

Los domingos eran los días de la sociedad. Los días en que todos aprovechaban para exhibir sus barcos. Los más pudientes, como nosotros, contábamos con los de papel de un gramaje superior, ornamentados, con pliegues complejos y texturas coloridas. Los más auste­ ros, que solo podían adquirir un barco por familia, se conformaban con uno de dos habitaciones y papel obra primera. Había veleros, goletas, navíos y algún que otro bergantín, pero los más comunes eran los botes. Papá nos compró botes. No teníamos permiso para goletas como los hijos del señor Benjamín, ellos eran más ricos que nosotros y sus hijos unos soberbios, a los que les gustaba ostentar con sorna sus bellas goletas, con tex­turas personalizadas. No entiendo para qué una goleta para cada uno. Es mucho, algún día tendrán problemas para manejarlas. No, no soy envidioso, pero no es di­vertido jugar con ellos, nuestros botes terminan bajo olas gigantescas y nosotros empapados cuando ellos se meten en nuestras carreras. Y fue una de esas tardes en las que tras salpicar, Ralph, el hijo menor del señor Ben­jamín, me invitó a una carrera. Me negué tres veces. In­sistió una vez más burlándose de mi bote, y mi orgullo pudo más, por lo que acepté y comenzamos a navegar. Mi bote tenía un timón y una vela. Había mucho vien­to, pero mis posibilidades de ganar eran escasas.

La inmensa goleta atravesó el mar como partiéndolo y me hundía con las olas que provocaba. Aún así, Lla­marada como se llamaba mi bote, no se rindió y hasta casi empató con el soberbio de Ralph. Éste no toleró tal atrevimiento y haciendo una voltereta, hundió total­mente a Llamarada y a mí con ella.

Llamarada hizo una vuelta campana, salí despren­dido de ella, observé consternado como se quebraba el palo mayor ante la fuerza del agua, ella con la quilla al aire, yo saliendo también a flote, como un corcho, encima de mi barco de papel.

Con el barco al revés y yo sobre la quilla fue difícil volver a la realidad, pero una vez en ella caí en la cuenta de que había algo raro en el aire. Una niebla pantanosa me rodeaba y el agua era más densa, sucia. De pronto, me rodearon peces de tamaños descomunales, algunos más grandes que el barco y temí ser devorado por ellos. La isla y la gente del domingo con sus barcos de papel estaban lejos, mejor dicho, se habían perdido. O era yo el que estaba perdido.

Empezó a llover. Gotas grandes como toronjas hu­medecían la cubierta y amenazaban con hundir el bar­co, que ya estaba perdiendo resistencia por la densidad del agua.

Los peces gigantes seguían bordeando el barco y un insoportable hedor a heces vacunas se apoderó del mar. ¿Heces vacunas? El agua se tornaba oscura, del color del fango, mientras yo avistaba cada vez más cerca un horizonte verde, árboles, tal vez pastizales, o selvas por descubrir.

En ese momento odié como nunca en mi vida a Ralph, maldito hijo mimado, maldito soberbio, ya me encargaría al volver. Imaginé ser un pirata que hacía ca­minar por la tabla a un enemigo capturado y lo soltaba atado sobre aguas llenas de tiburones. El bote llegó a lo que parecía ser un montón de pastizales, pero pas­tos como nunca los vi en mi vida. Enormes, podía usar cada uno como un tobogán, y tal era su altura que no se veía nada después de ellos. De pronto, sentí un ruido. Unos pasos, tal vez un terremoto, tal vez el fin del mun­do, pero no, se iba acercando y en medio de tal lluvia, de tales pastos me encontré con el gato más gigante del mundo. Ocho veces más grande que un elefante, huía de la lluvia, aplastando los pastos y por poco no me hunde a mí y a Llamarada. Un grito. Un grito agudo e imposible.

Era el grito de una niña, de una niña recibiendo al gato. Los veía por encima del pastizal, estaba cerca muy cerca de ellos, pero quería pasar desapercibido. Me aferré a un pasto encorvado hacia el agua y tranqué el bote para mirar. La niña secó al gato y luego lo peinó. Una niña descomunal también, diez o veinte veces más grande que el gato. Temía que me descubrieran. Podían comerme o echarme entre el agua y ser devorado por los peces.

Tenía que pensar, rápido. Necesitaba voltear mi bote o conseguir uno nuevo. ¿Cómo mierda conseguiría uno nuevo? Vi un montoncito de tierra al borde del canal, en medio del pasto. Me tiré con cuidado y empujé el barco. Que iluso. Jamás lo voltearía. Probé varias ve­ces, y en esas estaba cuando el gato ya había posado su mirada intensa sobre mí y mis esfuerzos. Me escondí, nervioso, pero ya era tarde. El felino corría hacia mí en plena lluvia, y detrás de él, la niña.

Caí en las fauces del gato, y la niña me salvó. No sa­bía si era peor ser devorado por el felino o ser torturado por la niña, pero ni bien me vio, y a mi bote, lo aplastó, si lo aplastó y lo vi horrorizado, y me ponía en un lugar a salvo del gato.

Quería morir. No valía la pena estar en un lugar tan inseguro, tan perdido, tan lejos de todo, donde todo era extraño y donde habían aplastado a mi barco delante de mis ojos, donde una niña gigante me torturaba y donde un gato hambriento me observaba atentamente a través del vidrio que nos separaba.

Al día siguiente, huí. El gato dormía, y como con­tinuaba lloviendo, aproveché las grandes oleadas y me subí a una hoja lanceolada. Casi morí ahogado si no fuera por la niña, quien desesperada, y llorosa, volvió a secarme y guardarme del gato.

Me confeccionó el mejor bote que había visto en mi vida. Era un material duro, semejante al papel, pero más resistente, hermoso. Se lo puso en la cabeza prime­ro, y luego lo bajó en el agua, me colocó suavemente en él y me dijo adiós con la mano. Dos gruesas lágrimas, semejantes a las gotas de lluvia cayeron por sus mejillas gigantes como un campo.

Mi nuevo barco tenía texturas. La mayoría negras, cubrían toda su superficie, cada detalle. En algunas partes había imágenes, todas de esas criaturas enormes como la niña, y un montón de esos símbolos alrededor, todos del mismo tamaño, bueno algunos pocos más grandes, pero todos fungiendo de texturas.

Quería saber cómo volver mientras en mi cabeza in­ventaba historias para la familia. Tal vez me sacarían este nuevo barco y me quedaría sin domingos por el resto de mi vida. Aún no cesaba de llover cuando el ho­rizonte se volvió naranja, ahí muy lejos de los pastos al­tos y muy pero muy lejos de la sociedad de los barquitos de papel, de los navíos de cartón y de Ralph y su tonta goleta que me había llevado a la perdición.

 

 

 

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SEP DIGITAL - EDICIÓN PRIMICIA - FEBRERO 2014

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay


 

 

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