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EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


  MEMORIAS DE UN LEGULEYO EN TIEMPOS DE OSCURANTISMO, 1990 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


MEMORIAS DE UN LEGULEYO EN TIEMPOS DE OSCURANTISMO, 1990 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

MEMORIAS DE UN LEGULEYO

EN TIEMPOS DE OSCURANTISMO

NOVELA (Y NO TANTO)

EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

 

Intercontinental Editora

Diseño de tapa: VIVIANA MEZA

Asunción – Paraguay

1990 (98 páginas)

 

 

MEMORIAS DE UN LEGULEYO EN TIEMPOS DE OSCURANTISMO

Se trata de la narración novelada de los acaecimientos sufridos por un personaje que funge de abogado en  el sistema judicial de la época de la dictadura stronista. José A. Rubio escribió sobre el libro: “MEMORIAS DE UN LEGULEYO de Emiliano González Safstrand aparece como una novela, aunque no tanto como dice el autor. Más bien es una sátira sui-generis, en donde la ironía penetra todo el entramado de nuestro sistema judicial para revelarnos que en el , había de todo menos justicia. Al autor, ante lo inocuo de la realidad judicial del país, sólo le queda la salida de minimizar esa tragedia para demostrar lo disparatado que fue. Coimas, amenazas, influencias, anécdotas de risa van constituyendo toda una trama que llevan al lector a entender que el (vamos a comer todo) como aporte original al sistema jurídico moderno, era la esencia de nuestra justicia. Precisamente ve la luz pública en el momento en que el país quiere afrontar cambios esenciales para instalar la democracia. Emiliano González nos dice, medio en bromas, medio en serio, al menos lo que no pueden ni deben ser los tribunales de justicia”.

 

 

-I-

 

Escribir un libro: Esa es la cuestión. Más aún: Esa es la obsesión. Pero, ¿qué clase de libro? ¿Cómo hacer algo que pueda llenar, responder o satisfacer a esa necesidad, a ese afán que siento abrumarme desde hace tiempo, y que pueda merecer realmente el nombre de tal? No es fácil. Ciertamente, una de sus virtudes -y alguna debe tener, si aspira a la existencia-tendría que ser la de ser capaz de despertar el interés de los lectores. Éstos, que nunca fueron numerosos, como ya se dijera más de una vez, no tienen después de todo porqué castigarse deglutiendo insípidas parrafadas, cuando hay tantos buenos y bellos libros esperando ser leídos.

Barrunto que la empresapuede serintentada, no precisamente porque me sobre talento (para no decir que carezco de él), sino porque suceden tantas, tantísimas cosas a cual más sorprendentes que merecen ser anotadas para ser sometidas a la curiosidad - motor del interés- de los lectores potenciales.

Lo malo de hablar de las cosas que interesa a la gente es el peligro a que uno se expone. Pues, hablar de ello implica admitir que, para sobrevivir en esta sociedad, la única alternativa es ser hipócritas y deshonestos (de lo cual íntimamente todos estamos convencidos), pero muchos son los que consideran cuestión de vida o muerte el guardar las apariencias. Y, lógicamente, estos extremistas no son menos peligrosos que los terroristas de cualquier filiación.

Pero, en fin. Toda empresa tiene su riesgo. Y si me propuse acometer ésta, pues bien: A asumir las consecuencias.

Claro que tengo la chance deque estos últimos ejemplares deindividuos no integran generalmente el grupo de los que cultivan el hábito de la lectura: Siempre queda la posibilidad de que sigan de largo al pasar cerca de éste, por la inercia que le dicen.

Pero, ojo, no soy tan ingenuo: No se me escapa en absoluto que por sobre los individuos existe un monstruo gigantesco y todopoderoso, el ESTADO que le llaman. A éste, más que a nadie, le importa guardar las apariencias. Y cuenta con tantos y tan sofisticados tentáculos para lograrlo que nada le cuesta barrer del mapa a las cosas y a los hombres que no le caen en gracia. Es más: En el curso de su azarosa existencia ha procreado hijos -machos y hembras-tanto o más celosos que él por cuidar la imagen; se los conoce con los nombres de Ejército, Policía, Iglesias -éstas son muchas-, etc. Con que lo del peligro no es macana, ¿eh?

 

-II-

 

Cosa tan seria es en verdad, y tanto ha trabajado sobre mi pusilanimidad que, en la noche en que comencé a escribir ésto, tuve un sueño aterrador que vale la pena narrarlo.

En este asunto de los sueños (curioso estado de inconsciencia en el que diariamente caemos) dicen que dijo Freud que en ellos se manifiesta, a través de imágenes simbólicas, los temores o deseos inmersos en nuestro ser que afloran de esa manera del subconsciente. Vayamos, pues, al susodicho sueño que, por lo vívido, en tanto acaecía, no parecía tal.

Soñé que me desplazaba abordo de una camioneta kombi azul por Teniente Fariña, manejándola yo mismo; a la altura de la calle Yegros, cuyo sentido de circulación es hacia el sur, cuando ya la estaba trasponiendo, diviso un espacio para estacionar en el costado izquierdo del extremo de la bocacalle ubicada a mi derecha. Dicho espacio se hallaba entre dos coches estacionados que miraban reglamentariamente hacia el sur. Y he aquí que, cual si me apremiara la necesidad de estacionar, retrocedo brevemente, viro hacia la derecha, de contramano, y estaciono en el espacio libre con el frente de mi vehículo mirando hacia el norte.

No bien termino de apearme y me topo de narices nada menos que con un inspector, pero no de tránsito, sino del trabajo. Éste era un funcionario amigo mío cuya apariencia física probablemente sea lo más aproximado al célebre ex-dictador de Uganda, IMI AMIN, que se encuentre por estas latitudes. Estaba acompañado por otro funcionario en quien ni siquiera me fijé. Lo cierto es que al ver al primero de ellos, se apoderó de mí tal pavor que, de súbito, me ví convertido en una piltrafa implorante y temblorosa. Recuerdo que tenía en sus manos algo así como un block de boletas de multa y que su aspecto era tan impresionante por la sensación de poder que inspiraba que lo único que atiné a hacer es postrarme y arrastrarme a sus pies gimoteando abyectamente, mientras sentía en cada una de mis células, con una intensidad jamás experimentada, un terror pánico, como si con su implacable mirada irradiase miles de alfileres invisibles que se clavasen en ellas.

Condescendió el inspector ante mis súplicas, e indulgente, no me aplicó sanción alguna. Aliviado me levanté, entrando a continuación en el que se me aparecía como un negocio de la esquina, en donde estaba sentado un señor, a quien identifiqué por un apellido que pertenece al Secretario de un Juez que me tiene marcado, después que puse en evidencia una de sus infamias (no era el secretario; más bien le asemejaba a su padre, aunque también le parecía a un señor amigo que tiene un negocio en las cercanías. Pero el apellido que tenía presente yo al mirarlo, era claramente el del citado Secretario). Dicho señor, al verme dentro de su negocio, inquirió a los inspectores, que ya entonces se hallaban también ahí, si por qué me perdonaban de nuevo, si no era la primera vez que fallaba. Mientras le decía yo con una sonrisa forzada y servil que no fuera malo conmigo, y con todos mis poros sensibles aún por la intensidad de las emociones vividas, me desperté sobrecogido, acordándome al instante que había decidido embarcarme en esta empresa (la de escribir el libro).

Y, de inmediato, apliqué la interpretación fraudiana a lo que acababa de soñar, pensando, claro está, que en este trabajo me estaba desplazando de contramano, y que el inspector-dictador puede, si le place, hacerme trizas con el poder que tiene. Más aún que ya debo estar marcado y catalogado en los eficientes archivos como no incondicional. Claro que el subconsciente es lo suficientemente diplomático para presentar la imagen de un dictador cuya apariencia física en nada se asemeja al nuestro, y que por lo demás ya es ex-, por oposición al nuestro que todavía es.

Con riesgos o sin ellos, -ojalá; al fin, lo que me tranquilizó un poco fue que el "inspector" me condonó la infracción-ya estoy en el baile, y tengo que bailar.

 

- III -

 

Sobre la necesidad de ser hipócritas y deshonestos de que hablé al principio, creo que debo explicarme, porque nada hay tan lamentable como la equívoca interpretación que suscita lo dicho por los demás, cosa que no desearía ocurra con aquella aseveración que, valga la paradoja, la formulé de total buena fe.

Se habránotado que en la cuestión incluí a todoel mundo y, por si alguien lo haya dudado, aclaro que, por supuesto, entre ellos me cuento.

Dije que para sobrevivir en la sociedad es que se vuelve imperativo ser hipócritas y deshonestos y, por cierto, no debo ser el primero en decirlo, ya que ahora mismo me viene a la mente el título de un libro que no he leído (pero de cuyo autor leí algunos pasajes notables por su profundidad y precisión) que se llamaba "La simulación en la lucha por la vida". Lo que prueba que otros ya han meditado y, con seguridad, expresado con mayor propiedad las ideas que pretendo pergeñar aquí.

Por mi parte, para llegar a la conclusión señalada, tuve que transitar un largo y espinoso sendero, pues, tampoco estuve exento del prurito de que era vital que me consideraran sin mancha, significando para mí (por entonces) gran ofensa que se pusiera en duda mi honorabilidad. Aún hoy es la imagen de persona honorable lo que constituye mi mejor instrumento para sobrevivir con ventajas entre los demás.

Pero claro, actualmente estoy consciente de que ello no es otra cosa que una imagen, que procuro conservarla sólo por razones de conveniencia. Y, créase o no, el hecho de admitirlo me hace sentirun poquito menos deshonesto, persuadiéndome de que lo son más los que siéndolo no lo admiten.

Tampoco debe suponerse que por el hecho de pensar de esa manera sea yo un irredento pesimista, o un cascarrabias amargado que considera que todo está irremisiblemente podrido y, por ende, perdido. Al contrario, pese a la nunca bien ponderada estupidez humana, estimo que los relámpagos ocasionales de la inteligencia, justifican con creces la existencia. Yreferente al innato cinismo con que habitualmente nos conducimos, si le encontramos la vuelta al asunto, se torna asaz divertido participar en el juego.

¡Cómo no disfrutar, en efecto, de esas competencias en las que desplegamos todo nuestro ingenio para aparentar candor y credibilidad mientras nuestro interlocutor hace lo propio en el intento recíproco de vender cada cual su imagen!

Desde luego, lo importante es respetar ciertas reglas del juego, y ya podemos dar por sentado que en lo demás todo nos irá bien. Así, aunque estemos convencidos que alguien nos está mintiendo, digámosle lo contrario, que él fingirá creernos, y así sucesivamente. Debe quedar también en claro que no es mi opinión que en todos los actos de nuestra vida estemos necesariamente comportándonos con falsedad. Tal opinión hace referencia fundamental-mente a aquellos que nos permiten sobrevivir en la sociedad. En los demás podemos permitirnos, y lo hacemos, actuar con sinceridad. Si bien de eso no se sigue que siempre lo hagamos, ya que la contaminación de la hipocresía es prácticamente universal.

No implica por ello mi postura que yo niegue validez a ciertos principios que, dentro de las reglas de juego preestablecidas, considero que sirven de sostén a la sociedad. Tales principios, que suelen ser llamados también valores, existen dispersos aquí y allá, y constituyen como resplandores fugaces que en mayor o menor grado iluminan el intrincado camino que la humanidad va recorriendo.

Por consiguiente, en esta cuestión de la deshonestidad, todo es cuestión de grados. Nadie se atreva a decir que es honesto. A lo sumo podrá alguien sostener que trata de ser lo menos deshonesto posible. Ya que considero inevitable la deshonestidad, por todo lo que he visto, oído, leído y aprendido, me parece que el ser bueno significa únicamente ser lo menos malo posible. Procurar ser lo menos injusto posible es lo más que se puede pretender. El que se precie de justo o de honesto, o es un ermitaño o un mentiroso.

Si yo mismo me acuso de lo que a los demás sindico, se comprenderá que no puedo menos que ser tolerante, so pena de preparar la pira de mi propia hoguera. Mas, ser tolerante nosignifica precisamente callar. Más bien la intolerancia es la que se caracteriza por acallar. Ergo, el irresistible impulso de hablar de los temas que me propuse ya no será detenido.

 

...............................

 

POSTSCRIPTUM

 

Transcurridos casi dos añosdesde que se emergió de la época oscurantista, dispuesto por fin a publicar este opúsculo, ya liberado de los miedos que me atenazaban entonces, mientras sigo puchereando en mi antiguo oficio, advierto que en contraposición a aquel publicitado slogan de la campaña política pasada, NADA HA CAMBIADO en estos lugares: El vetusto aparato judicial sigue intacto.

Era de prever, naturalmente. Los hombres que lo integran son los mismos de entonces (excepto uno u otro que no vale la pena mencionar; ya se sabe, una golondrina no hace primavera; y algunos de los nuevos son peores que varios de los viejos). Este equipo humano, que tiene su historia, nada ha hecho por reivindicarse. No se puede desconocer que el administrar justicia ha de ser una de las tareas más delicadas y difíciles que pueden encomendarse al hombre. Pero, en tanto los llamados a ejercerlo y sus auxiliares no hagamos un sincero esfuerzo para despojarnos de nuestras miserias, seguiremos sumidos en las tinieblas y el caos del oscurantismo, y aunque grande sea la tentación de culpar al ex-dictador de todos nuestros males (como antes le atribuíamos los méritos de todo lo bueno que nos aconteciese), debemos convenir que todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en ellos.

Está visto que buena falta nos hace el tan desacreditado examen de conciencia de los católicos o la autocrítica de los tan denostados comunistas. Y pese a no ser yo ni uno ni otro, heme aquí, paradójicamente, metido a predicador o ideólogo, a riesgo de tener que optar por ir a desgañitarme en el desierto, donde tal vez a las piedras les nazcan oídos para escucharme, porque a los humanos se nos han atrofiado estos órganos, como más de uno ya lo dijo antes, expresando su desencanto por la indiferenciade sus congéneres a sus llamados de redención.

No obstante, hay que seguir esperando que las cosas mejoren. La esperanza es lo último que se pierde; y mientras hay vida hay esperanza, dicen, y yo lo repito, aunque no sin un dejo de escepticismo.

Porque, si la maldad es algo demasiado humano (o el nazismo, para utilizar las palabras del historiador Ernst Nolte, o el totalitarismo o el fascismo, que son la misma cosa), también hay una pizca de otras cosillas, como la capacidad para apreciar lo bello, discernir lo justo, distinguir lo verdadero de lo falso, sentir ternura, compasión y afectos, rebelarse contra la injusticia y la opresión, y otras inherentes a nuestra humana naturaleza que permiten avisorar un rayo de esperanza allá a lo lejos.

Pues, pensándolo bien, el decir que NADA HA CAMBIADO es un poco exagerado, ALGO HA CAMBIADO, sin duda. Evidentemente, la ACTITUD de la gente es DISTINTA. Es como si se hubiese despertado de un largo sopor y se comenzara a creer que se puede mejorar. Incluso algunos de los más corruptos de la vieja camada parecieran demostrar una predisposición para construir un estado de cosas que ponga mayor freno a los abusos.

Papel preponderante en este cambio de actitud le corresponde a la prensa que, en saludable competencia, se ha embarcado en la empresa de inculcar la necesidad del saneamiento moral del país. Eso contribuye a que se tenga más miedo para delinquir y a que se tenga menos miedo para denunciar los delitos. No impide esto, obviamente, que sigan las rémoras: Los jueces ytribunales continúan andando con pasos de tortuga, alejándose cada vez más de aquel inaccesible anhelo llamado "justicia pronta y barata"; hay magistrados prepotentes, acomplejados; los hay quienes consideran que el cargo se ha establecido para su exclusivo provecho y beneficio; quienes siguen haciendo pingües negocios en connivencia con profesionales definitivamente averiados.

Claro que la erradicación de las crónicas y endémicas patologías que nos han contaminado es una tarea de largo aliento. Para lograr la recuperación y el equilibrio de una sociedad desquiciadase requieren años de esfuerzo. Existen hábitos y prejuicios tan arraigados, que nos costará un Perú desembarazarnos de ellos. Ya lo dijo Einstein: Hemos llegado a un punto en que nos resulta más fácil desintegrar el átomo que un prejuicio.

Pero todo depende de nosotros. Comencemos por conocernos, como enseñaba Sócrates, y por reconocer que en nosotros está el virus que todo puede destruirlo o la levadura que fermente aquellas dotes de que hablábamos, que nos permita conseguir una convivencia basada en el respeto, la tolerancia y lajusticia.

Pues, como decía aquel maestro del sicoanálisis, Bruno Bettelheim, "la sociedad no es nada más que el reflejo de nuestras ansiedades: si los individuos son capaces de superar por sí mismos sus angustias, construirán  una sociedad libre y democrática. Si no lo son o juzgan que el ESFUERZO INDIVIDUAL está por encima de sus fuerzas, son atraídos por la sociedad totalitaria". Y agrega: "La sociedad totalitaria permite al individuo fundirse con la masa y delegar en otros -el jefe, el partido, la ideología- el cuidado de PENSAR POR EL y de resolver sus angustias personales y, para colmo, tiene el mérito APARENTE de ofrecer respuestas a cuestiones complejas, respuestas que en ocasiones -es el caso del marxismo- tienen un aspecto científico". Y concluye: "El resultado último de esta sociedad de masa es el campo de concentración, en el cual no hay ya individuos en absoluto".

Y bien: Para que no se repita nunca esa especie de gran campo de concentración en el que hemos estado viviendo, es menester que luchemos, a partir de la introspección que debemos hacer previamente.

Y para terminar, viene al caso aquella admonición de ese gran filósofo contemporáneo, llamado Karl Popper, inscripta en la tradición de los genios de esa disciplina: "Es necesario que aprendamos a distinguir en todaspartes, y en todas las circunstancias lo Verdadero de lo Falso", a despecho de lo dicho en aquellos famosos versos de Quevedo (si no estoy trascordado) que rezan que "en este mundo nada es verdad, nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira".

 

 

 

 

 

 

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