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EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


  APRENDER A VIVIR - DISQUISICIONES FILO-SÓFICAS, 1997 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


APRENDER A VIVIR - DISQUISICIONES FILO-SÓFICAS, 1997 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

APRENDER A VIVIR

DISQUISICIONES FILO-SÓFICAS

Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


Intercontinental Editora

Diseño de tapa: VIVIANA MEZA

Asunción – Paraguay

1997 (129 páginas)

 

 

 

APRENDER A VIVIR.

Se trata de unas disquisiciones filosóficas que, sin ceñirse a cánones de ninguna laya, conducen de la mano del autor por el vasto e inexplorado campo del conocimiento de uno mismo, abordando sin tapujos los desconcertantes enigmas de la condición humana, con una sinceridad y espontaneidad a toda prueba. El lector interesado en los problemas esenciales de la filosofía, encontrará en esta obra una amena y clara exposición de profundas inquietudes sobre el tema, emanadas de la experiencia personal del autor, que revela el camino en pos de la anhelada verdad, bagaje indispensable para quien se imponga la tarea del aprendizaje de la vida.



UNA CARTA

 

Pedro Juan Caballero, 12 de noviembre de 1996

Querido hermano Emiliano:

Cuando fuí a retirar el manuscrito que me enviaste, sentí placer y curiosidad. Placer por tener la honra de ser el primer destinatario de tu obra, y curiosidad por saber el contenido del libro.

Cuando comencé a leer tuve la impresión, o mejor, la reminiscencia de cuando leía con avidez y entusiasmo la Biblia, a Platón, a Séneca y Montaigne buscando verdades. Tal es así que me vino a la memoria la carta de Séneca a Lucilio en donde se lee: "La verdad se ofrece a todos, aún no ha sido ocupada, mucha parte de ella ha sido dejada a la posteridad". Y también la categórica afirmación de Montaigne: "No osar hablar francamente de uno mismo acusa cierta falta de ánimo. Un juicio entero y altivo, capaz de discernir sana y seguramente, usa sus propios ejemplos a manos abiertas como si fuesen cosas ajenas, testimonia tan francamente acerca de sí como acerca de tercero". Y eso es lo que tú haces a todo lo largo del libro, imitando a este ilustre francés.

Te confieso que a los libros de estos autores que cité más arriba yo les debo muchísimo, y pienso que el tuyo es un libro al cual se le puede también deber mucho.

Adentrándome en su lectura lo calificaba de un libro valiente y sagaz, escrito para ser leído y releído sólo por valientes y por gente de ánimo decidido.

Su principal valentía radica en que se busca en él sin tapujos la verdad y eso sólo compete a los valerosos, porque bien lo dice Nietzsche: "El instinto teme oscuramente que se pueda conocer la verdad demasiado pronto, antes de que el hombre se haya convertido en un ser demasiado fuerte, demasiado duro, demasiado artista". ¿En qué esquina se vende la verdad?, se pregunta también Fernando Pessoa en uno de sus versos, inmerso en ese dilema de querer asir como todo gran poeta aquella temible y huidiza palabra. ¿Qué es laverdad?, pregunta Pilato a Jesús, quizá irónicamente como todo valiente romano. ¿Qué es la verdad?, interrogamos aún nosotros y la buscamos en el fondo del abismo en donde se encuentra, según se dice dijo Demócrito, o en las elevadas e infinitas alturas como escribió Montaigne.

Y todos los que tiene coraje la buscan, no en la esquina en donde se vende al mejor postor, sino en los más recónditos lugares, tropezando una y otra vez, cayendo y levantándose sin amilanarse.

Volviendo al libro tuyo, cuando lo releí me iba quedando más asombrado y maravillado. ¡De repente elaboras una exquisita teoría sobre la existencia de Dios usando de muleta a la ciencia y luego haces trizas de ello con un certero puntapié, como un niño que ensimismado juega y arma castillos de arena y luego, cansado de su juego, en un segundo lo desmorona todo...! Y continúas con tus amenas disquisiciones sirviéndote de tus observaciones y tus experiencias.

"Vertuntur species animorun, et pectora motus nunc alios, alios, dum nubila uentus agebat, concipiunt". Así escribió Virgilio, y es natural que te digas una cosa en un momento y en otro te desdigas. Y me atrevo a decir que eso es lo que le da amenidad a tu libro. Así lo hicieron Séneca, Montaigne, Nietzsche, Pessoa y Wilde, y debido a ello éstos son mis autores de cabecera.

En fin, si me abocase a la tarea de crítico, haría otro libro sobre tu libro, pero ese no es el propósito.

Ahora bien, no puedo dejar de recalcar que en los momentos en que tocabas el tema del amor me llegaste mucho porque ese vocablo es algo sobre el cual hay que escudriñar tanto como sobre la verdad.

Pero el que me tocó de verdad todas las fibras del corazón fue el inspirado capítulo en donde te planteas la "Respuesta al mayor desafío del hombre". Ahí afirmas con certera intuición que el mayor desafío que al ser humano se le presenta es la lucha titánica que tiene que librar para no volverse loco.

Cuando leí aquello recordé con gran emoción a nuestro queridísimo amigo Sacco Latorre. Vívidamente me vino a la memoria su famosísimo Decálogo y sus famosos discursos en los cuales nos afirmaba que él luchaba denodadamente para que el mundo no se convierta en un "hospicio rodante". ¡Qué gran hombre nuestro amigo! Pienso que ya es hora de que termine mi carta, pero antes recurriré a un dicho de Bertrand Russel. "El argumento filosófico - dice él- en sentido estricto consiste principalmente en el intento de lograr que el lector perciba lo que el autor percibe. El argumento, en una palabra, no tiene el carácter de prueba, sino de exhortación".

Has logrado ese cometido en lo que respecta a mí. Estoy seguro que otros que buscan afanosamente la verdad también lo percibirán. Tu amigo y hermano

Cristian


 

BREVE PRÓLOGO

Los prólogos se escriben siempre después de terminado el libro, alguien ya lo dijo. Se entenderá entonces porqué en este introito se deja traslucir algunas conclusiones que afloran sólo al final de la obra. En el afán de seguir creando he dado forma a las ideas contenidas en este volumen para someterlas a la consideración pública apelando a su benevolencia, en el anhelo de enriquecer el acervo cultural de nuestra extraña especie. Constituye este trabajo una aventura exploratoria, un intento de aproximación a la verdad. Para decirlo con las palabras de Bertrand Russel, es un esfuerzo inusitadamente obstinado por alcanzar el conocimiento verdadero. Se verá que la obra se encuentra impregnada de contradicciones, pero ello no es de extrañar, pues, según he llegado a entender en el transcurso de mis indagaciones, la palabra existe realmente gracias a la contradicción. Es decir: Los conceptos se forman en virtud de la comparación con sus opuestos. Concibo el ser porque le opongo tácitamente el no ser. Constituyendo esta aventura exploratoria un recorrido por el mundo de los conceptos, es natural que afloren en ella las contradicciones. Ál culminar la última página del libro podrá advertirse que la exploración conduce en verdad hacia un campo en el que se pretende caminar "liberado de los conceptos". Lo cual, empero, no implica suprimirlos. Una de las dificultades fundamentales que impiden alcanzar la verdad es que caminamos "atados con nuestros conceptos". Vivimos "agarrados" a ellos. El "concepto" del "fin del mundo" se arraigó de tal manera en mí que toda mi concepción del mundo la vine construyendo "atado" a este prejuicio. Lo que me impedía alcanzar la verdad.

De todos modos, la tenacidad da sus frutos. En este trabajo podrá verse el empeño infatigable para tratar de descubrir la verdad verdadera, no aquella que damos por tal acomodándola a nuestros prejuicios. He subtitulado esta obra "disquisiciones filosóficas", de donde se deduce su sentido pleno, derivado de la etimología: especulaciones conceptuales amantes de la sabiduría.

Invito pues al lector a emprender conmigo esta aventura exploratoria que, a no dudarlo, alguna luz ha de arrojar en la búsqueda del camino que conduce al descubrimiento de la verdad.

EL AUTOR


 

INTRODUCCIÓN

Esta obra trata del aprendizaje de la vida. La vida hay que aprenderla. Hay que aprehenderla. ¿Sabemos acaso lo que es la vida? Quizás creamos saberlo. A veces creemos saberlo todo. Lo cual, sin embargo, no pasa de ser una vana presunción.

Debería comenzar esta historia por lo que creo saber acerca de la vida.

En un laborioso intento por definir la vida, en un sentido amplio, cabría decir que la vida es el ser. Por oposición, cabe entonces decir queda muerte es el no ser, la nada.

La vida, por consiguiente, referida a mí en particular, constituye el esforzado transitar de mi mente por el camino que conduce de la nada hasta el ser.

Es innecesario remarcar que a lo largo de mi existencia individual no se dio en mí la "consciencia de ser" en toda su plenitud durante todos los instantes que conforman mi historia personal. Existen momentos en que mi ser se queda dormido, por así decirlo, y literalmente, durante el sueño mi conciencia se sumerge en regiones desconocidas llevándose consigo la lucidez del tiempo de vigilia. Existen además, en los momentos de vigilia, ciertos lapsus mental les y también estereotipados comportamientos que se aproximan más a la nada que al ser.


 

 

COMIENZO DE UNA HISTORIA

Pero es bueno remontarse a la génesis: ¿En qué momento comencé a tener noción de mi identidad?

¿Cómo se formó este ente llamado yo? Es una pregunta que me intriga sobremanera, y ya llevo bastante tiempo rompiéndome la cabeza en el intento de responderla. Exponiendo lo que creo saber sobre ello, caigo en la cuenta que, en el origen, en el comienzo, un montón de otros "entes" se juntaron, parece ser que por azar (me cuesta aceptar que ellos supieran de antemano que al reunirse se convertirían en mí) para constituirme o crearme. Estoy, claro está, tomando simplemente un punto de partida, pues sería muy complicado hablar de cada uno de los entes que confluyeron para constituirme, los cuales, parece innecesario decirlo, son pre-existentes a mí. Si fuese a hurgar en el origen de ellos sería cosa de nunca acabar, pues si sólo me pusiera a pensar en el alimento que ingirieron mis padres, que sirvió de materia prima para el óvulo y el espermatozoide que se convirtieron en el zigoto que me daría la identidad, seguro que me perdería en un laberinto interminable, ya que seguir ese rastro implica remontarse al origen de los entes constitutivos de dicho alimento, como el de los animales o vegetales que se usaron para tales alimentos, etc. La mandioca o la gallina en que se encontraban los entes que irían a constituirme tienen su propia historia, lo mismo que mi padre y mi madre, pues todos son a su vez entes por sí mismos, con una identidad e historia propias. Se trata aquí del ente llamado yo, y de ningún otro. Pues bien: Ese conjunto de partículas presentes en el primigenio acto de unión del espermatozoide y el óvulo mencionados coincidieron en ese momento en su eterno deambular y, ocupando una posición única e irrepetible en la porción del espacio-tiempo disponible, plasmaron la célula que contenía todas las instrucciones para convertirse en mí. Allí se produjo la detonación que dio inicio a la vertiginosa carrera que mi ser, mi futuro yo, iría a correr a través de este extraño planeta.

Evidentemente el tema es complicado, y más aún, la sola utilización de algún vocablo se presta fácilmente a equívocos. Cuando hablo de partículas presentes en el primigenio acto de unión del espermatozoide y el óvulo surge la idea de que tales entes son algo así como pedacitos indivisibles de materia que se aglomeran y conforman juntos un cuerpo mayor. Sin embargo, a estar por las explicaciones de los físicos, tales pedacitos indivisibles no existen sino en nuestra imaginación. Ellos no son sino una abstracción conveniente de nuestra mente, a falta de otra interpretación más adecuada, y por cierto, tales entes se comportan también en ocasiones como si fueran ondas y no partículas. Llamarlos ondas o partículas en consecuencia no significa sino establecer una analogía con lo que ordinariamente vemos, puesto que a aquéllas no las podemos ver. De lo único que somos conscientes es que a nivel microscópico acontecen ciertos sucesos, que consisten en fenómenos que ocurren en una porción de espacio-tiempo finito, parafraseando de esa manera a Bertrand Russel, para quien suceso es algo que ocupa una pequeña porción finita del espacio-tiempo.

El ente llamado yo es por consiguiente una especie de condensación de otros entes que -(¿se pusieron de acuerdo?)- se fusiona-ron en un momento y lugar determinado para dar comienzo a mi existencia.


LOS SEMPITERNOS PRECONCEPTOS

Estoy empleando, como puede advertirse, una serie de conceptos cuyo significado se da por sentado, se los acepta como verdaderos. Es obvio que eso es producto de las enseñanzas impartidas por quienes me precedieron y por mis propios contemporáneos. La realidad real, por decirlo de alguna manera, es diferente que las palabras. Éstas la representan. Por un lado pues están las palabras, y por el otro, aquello a lo que ellas se refieren. Las palabras, por consiguiente, no constituyen sino prejuicios. Estos prejuicios, estos conceptos que nos vienen inculcando desde nuestros comienzos son los que van forjando nuestro mundo.

Se me ocurre que podemos forjar un mundo diferente si somos capaces de cambiar nuestros prejuicios. Pero ese cambio debe ser radical, una concepción del mundo y del universo que rompa con todos los moldes pre-establecidos, un salto al abismo en la búsqueda de nuevas -o quizás viejas, o eternas- verdades que nos sirvan de soportes para desplazarnos raudamente por las rutas de la inasequible realidad.


UNA CONCEPCIÓN CUASI-MITOLÓGICA DEL MUNDO

La extraordinaria realidad supera a toda imaginación humana, se lo ha dicho mil veces. Nadie puede narrar o describir una sola experiencia con la fidelidad necesaria como para que otro se haga idea de ella. Cuánto más ello será imposible cuando la sucesión de los acontecimientos se produce de una manera tan vertiginosa que sobrecoge, abruma, anonada. ¿Qué se puede decir cuando las cosas se presentan de una marera tan extraña que nadie puede creerlas, cuando la manera habitual de ser y de obrar se erigen en algo tan tosco, cuando siquiera la obra de arte más genial que a uno le ha sido dado apreciar, o la experiencia más exquisita, o el placer más intenso quedan como desteñidos reflejos de una realidad tan exuberante que no hay manera no sólo de transmitirlos sino incluso de que uno mismo pueda recrearlos en plenitud con los instrumentos más inverosímiles de que disponerse pueda, sea la mera palabra o el más sofisticado aparato electrónico que alguno pudiera concebir?

Quizás lo apropiado sea la de pergeñar un cuento. Un cuento, o muchos cuentos. Total, la realidad es entendida con mayor facilidad si se la compara con otras realidades, y definitivamente éstas integran igualmente la totalidad del ser. Y en el plano de lo esencial ya no resulta sencillo separar la realidad de la ficción. Lo que soy ahora, lo que hago ahora, por más que me convenza de que es la cruda realidad porque puedo pellizcarme, olerme, verme, oírme y gustarme, puede que se trate simplemente de la creación de una mente poderosa de un Ser Superior que en un plano diferente al humano me está construyendo en la elaboración de su obra literaria, tal como estoy tratando yo de pergeñar estos pensamientos.

Así, se me ha ocurrido imaginar algo como el Nacimiento de Dios. Dios es el Uno. El que Es.

Jehová o Yahvé, habría dicho a Moisés: Yo soy el que soy. Es entonces el Ser, esencialmente, sin atributos. Humanamente se me ocurre de improviso atribuirle un montón de cualidades: Todo poderoso, Omnisciente, Eterno. Vano es el empeño de encerrarlo en moldes. El Ser total es inaprehensible, inasequible, no existe mente humana capaz de comprenderlo.

No obstante, humildemente, trabajosamente, quiero exponer la arrolladora visión que por ráfagas me apabullara. ¿Qué decir de un Dios que se va creando momento a momento? ¿Qué pensar de lo que ya se ha dicho en panteísta expresión: Todo es Dios? ¿O será que el Uno, lo Total existe independientemente de las cosas materiales, relativas, incluyendo a los seres humanos, y las va incorporando a su Ser gradualmente, paulatinamente, como algo que evoluciona sin pausas, sin principio ni fin, o tal vez con principio y sin fin, o quizás con infinitas principios y fines, en el famoso ciclo del eterno retorno?

Quiero colocarme en el comienzo. En el momento de la Gran Explosión, como la denominan los científicos. Hace quince mil millones de años. ¿Nace Dios allí? ¿O allí da comienzo a su obra, una suerte de procreación a partir de la cual aquélla se irá uniendo a Él en un proceso de perfeccionamiento gradual, lento, inexorable, inacabable, en infinito crecimiento?

Ambas hipótesis me seducen. Quince mil millones de años atrás, por tanto, nació de la nada, del no ser, de manera inexplicable, el ser. Ese ser quizás fue un soplo, una ínfima Energía, el Verbo, al decir de Juan Evangelista; una mente cuya predisposición era existir, y crecer. Mente que se materializa en un espacio que inventa y en un tiempo que hilvana. El Espacio y el Tiempo tienen comienzo, al comienzo, en fracciones infinitesimales que no nos es dado fácilmente imaginar. Se los miden en micras y nanosegundos. Y comienzan a crecer. El Espacio y el Tiempo. Y el Ser. Me hago de la idea del tamaño y del lapso de existencia de un ser unicelular. Una fracción de milímetro y de segundos. Luego el milímetro y el segundo enteros, sucesión de oscuridad y luz, átomos que se amontonan y apelotonan, roca inerte y energía ciega, más espacio y más tiempo inventados por la Mente, centímetros y horas, decímetros y días, metros y meses, kilómetros y años, años luz y siglos, persecs y milenios. Pedazo de territorio, tierra plana, antorcha luminosa en la esfera celeste, otras lucecillas tachonando la esfera, soles, planetas, estrellas, galaxias, todo lo va creando la Mente en una evolución pasmosa, como si lo fuera descubriendo, como volviéndose consciente de sí misma, como si todo hubiera estado allí desde antes, sin darse cuenta de que se trata de su propia invención nacida de su energía inicial que va creciendo, en creciente complejidad, con soportes sucesivos siempre consistentes, desde la tierra como centro de un universo reducido pasando por ser integrante de un sistema solar hasta convertirse en una brizna microscópica flotando en una inconmensurable vastedad cósmica. Pero ¿cuándo nació realmente Dios? ¿Es la Energía Mental que se vuelve consciente de la realidad de la que es parte, que en lo esencial es ella misma? ¿Es cuando esa Energía cobra conciencia de su existencia, que obviamente no ocurre sin intermitencias sino por saltos y en ensayos no siempre acertados, que tal vez, sólo tal vez, aflora por primera vez en el ser humano con mayor énfasis -los animales también piensan- y en destellos de luz y oscuridad, en diversidad y unidad, y a partir de allí emprende el camino de una autocreación constante que se repite en cada ser que reencarna a quienes le precedieron para ir expandiéndose en inacabable proceso?

Este descubrimiento versus creación es la aventura más espectacular que imaginarse pueda. Descubrir-crear las leyes de la termo-dinámica, de la gravitación universal, de la relatividad, y en paralelo la del amor universal como ley suprema y definitiva, como instrumento para la síntesis del ser en perpetuo crecimiento, constituye la concepción tal vez más aproximada que pueda hacerse del nacimiento de Dios, entendido éste como la totalidad de lo existente en eterno devenir desde hace quince mil millones de años, o, si se lo pudiera concebir como totalidad sin atributos, simplemente existiendo, sin pasado ni futuro, aún cuando tuviese un punto de partida que la parte de esa totalidad lo mide en tiempo y espacio, abarcando en un sólo instante el todo que sólo como una forma de su infinita riqueza adquiere la variedad corporal o material pero que en todos es uno sin ocupar espacio ni tiempo, siempre creciendo, hasta el infinito.

¡Pobre intento de querer comprimir en un molde lo indefinible!

Pero la otra hipótesis, la del ser existente desde siempre, que en un momento dado, hace quince mil millones de años, decide crear o procrear a otro ser, y da nacimiento al cosmos, a nuestro cosmos, que participa de su naturaleza por contener en sí la energía proveniente de Él, y que en una sucesión interminable de espacio-tiempo va incorporándose a Él a medida que alcanza un grado de plenitud necesaria, constituye igualmente una concepción sumamente plausible en este burdo intento de encasillar a lo absoluto. Incluso me conforma más que la anterior, pues la ciencia avala el comienzo de este nuevo ser que por sus atributos es esencialmente relativo, pero cuya tendencia sería la de unirse a su creador, cual si se tratara de un hijo o innumerables hijos que antes de ser como el padre pasan por etapas evolutivas de gradual perfeccionamiento, tal como concebimos, en un símil, el proceso evolutivo del hombre desde la célula primigenia hasta su culminación en el homo sapiens.

Pues entonces, Dios no nació nunca. Siempre existió. Quien nace sería su creatura. A la verdad, no resulta sencillo concebir estas ideas, pues parece que en las cosas de Dios las cosas funcionan de manera diferente a la de este mundo. Y al propio tiempo, funcionan de igual manera. La realidad es una paradoja. Así, la vida y la muerte de este mundo son propias de la imperfección que lo caracteriza. La materia es corruptible (y la energía que de ella emerge, que es ella misma en otro aspecto: ¿no se ha logrado acaso transformar energía en materia en el laboratorio, y acaso la energía solar no se convierte en clorofila en las hojas verdes de las plantas?), pero al propio tiempo es incorruptible, ya que, la ley de la conservación de la energía, o como se llame, aquella que dice que en la naturaleza nada se crea, nada se pierde, todo se transforma, da fe de esta paradoja. Y en este mismo punto asoma la paradoja del nada se crea. Si nada se crea, todo existió siempre. Pero ¿no será que nada se crea desde hace quince mil millones de años, cuando el Creador insufló a su creación como algo inmanente a ella ésta y otras leyes fisicas? ¿O será que la ley fundamental que es insuflada consiste sólo en el poder de ir creando realidades, y leyes para esas realidades, en sucesivo crecimiento, un planeta, un sol, estrellas, todo emanando de la energía y el poder inicial en permanente crecimiento, sostenido por esa misma energía, soportado por las conciencias que van emergiendo, realidades y leyes imprescindibles como soporte de tales conciencias, realidades y leyes que se erigen en meros prejuicios de un estado transitorio de tales conciencias que tienden a otro definitivo, tal vez a la unión con su Creador?

La obra de Dios es, en este contexto, el Hijo que ha engendrado, por concebir algo analógico aloque acontece en el mundo material.

Así como el hombre -y todos los demás seres que pueblan el planeta- engendra un hijo que tiene que pasar por un proceso evolutivo, Dios engendró el universo que conocemos que es, por llamarlo de alguna manera, su hijo, que tiene que transitar por etapas de crecimiento y perfeccionamiento hasta que en un acto de consumación final emerge, nace a la vida definitiva, a la vida eterna para ser en un todo semejante a Dios. De ahí el nombre que a éste desde siempre le han asignado quienes lo han intuido, lo han vislumbrado, lo han sentido: Dios Padre, el Creador.

Esta historia es sin duda fascinante. Dios crea el Universo -lo concibe- (¿o será Dios una pareja?) y comienza, hace quince mil millones de años, el proceso de gestación, en el que toditos los átomos inician su existencia, con la aptitud de transformarse hasta convertirse en lo que es en esencia y naturalmente su padre y creador en un proceso quizás infinito de unión, o tal vez finito, en el cual todas las cosas serán engendradas en un acto que por llamarlo de alguna forma será el final de los tiempos e incluso de los espacios, ya que la naturaleza de Dios no necesita de esos atributos que sólo existen para la etapa previa de imperfección de los seres mortales. En esa inteligencia todas las cosas son una y misma, idénticas las unas a las otras en cuanto a su existencia y potencia.

He ahí entonces la ley del amarse los unos a los otros. Para ser uno pese a la diversidad. He ahí el amor como acto de entrega. He ahí la capacidad de renunciamiento en el amor para darse y recibir al propio tiempo. He ahí la explicación de la sentencia del Cristo cuando dice que quien quiera conservar su vida la perderá y quien opte por perderla la conservará. Esto dicho para el final de los tiempos. Como una profecía. La ciencia tiende a confirmar todas las profecías. El acto de unión de los seres permite engendrar un nuevo ser. Obviamente esto es pura divagación, pero así es como se intuye la forma en que funcionan las cosas. Puede también entenderse como una revelación. A menos que se la entienda como un acto de soberbia, pretendiendo igualarse al Creador. Pero de todos modos es un simple intento, un tratar de elevarse a un nivel donde la capacidad mental limitada no puede acceder y donde uno debe más bien humildemente acatar lo que se tiene revelado a los hombres justos, a quienes han buscado el Reino de Dios y su Justicia como enseñara el Divino Maestro, el que fue capaz del acto de entrega infinita, sometiéndose voluntariamente a la propia muerte corporal, en un brindarse sobrehumano imitado por otros pero jamás igualado. Muerte que conlleva la Resurrección como única explicación para ella, pues sin la segunda la primera no tendría sentido. Y con ambas todo cobra sentido. Para eso vivimos. Para alcanzar la plenitud, para conseguir la eternidad, para ser con el Ser Supremo lo absoluto, capacidad que se adquiere en la forma en que enseñaba Jesús, sirviendo a los demás, haciendo una dación de todo el ser a los demás, negándose a sí mismo y tomando la cruz y siguiéndole como expresaba Él metafóricamente, haciendo sacrificios para purificarse. Dios es pues pura energía. Es una inteligencia en forma de energía pura. Sólo los mortales estamos constituidos de materia y energía. Esa materia que es capaz de una energía también incalculable, que es intercambiable, que en la ínfima proporción en que, gracias a un proceso metabólico, va transformándose en energía que produce la conciencia del yo, es también susceptible de convertirse toda ella en energía pura y unirse de esa manera con Dios siempre que se siga las enseñanzas impartidas por el Maestro que al resucitar lo hizo en forma de energía pura, para nunca más morir. A eso estamos destinados todos. De ahí que esta vida no sea sino la etapa larvaria de otra donde, gracias a innumerables reencarnaciones quizás, llegaremos a resucitar todos, y cobraremos conciencia de nosotros en cuanto hayamos actuado conforme a la justicia y al amor verdadero que hayamos profesado y que será lo que se llama el Juicio Final.


UNA METÁFORA

No resisto la idea de comparar lo antedicho con un gran orgasmo, un orgasmo espiritual. Lo que estoy transmitiendo con estas palabras no es otra cosa que el amor que me quema, que me arrebata.


VIAJE INCIDENTADO

En el tren del aprendizaje estoy montado, y allí voy entendiendo qué es vivir. Voy entendiendo es un decir, porque en un instante entiendo y en el siguiente ya no.


DE LAS COSAS Y SU MEDIDA

Todo en el Universo es movimiento, ya lo dijo Heráclito, en una genial intuición que la Ciencia hoy, sorprendida, corrobora. En lo que a nuestros ojos aparecen como objetos quietos y sólidos –nuestro propio cuerpo, entre otros- se producen innumerables y raudas carreras de millones de pretensas partículas -u ondas- que siguen cierta trayectoria indefinida capaz de ser determinada solamente en base a probabilidades estadísticas.


COMPLACENCIA

Está bien, es apropiado que mi individualidad se haya plasmarlo en esta época y en este lugar.


DEDUCCIÓN BIOLÓGICA

El órgano de la mente no es el cerebro. Es todo el cuerpo. Por algo alguien dijo con certera intuición: El Universo es la Mente de Dios.


PRISIONERO

¿Por qué me siento tan condicionado por tantas cosas? Que la hora, la comida, las mujeres, el qué dirán, los diarios, mi automóvil, mil objetos. Soy esclavo. ¿Cómo puedo liberarme, ser yo mismo, como un niño que aún no ha sido embadurnado por el barro de la ruin frivolidad?


CONSTRUCCIÓN

Estoy forjando mi identidad. No es tarea fácil. El yo, ese ente pequeño pero ambicioso, ansioso de acapararlo todo sin conmiseración al otro, de aglutinar en sí lo existente reduciéndolo a sus estrechos límites, se resiste a entender que el todo y el yo no son diferentes, que la identidad de cada cual se da en el uno y no en el yo.


EXTRAÑO ESPÉCIMEN

Cosas que uno descubre: Hoy me di cuenta que el ser humano es un monstruo que crea una inmensa cantidad de prolongaciones de sí mismo de las que le resulta poco menos que imposible prescindir. Mi coche es la prolongación de mis piernas, mi teléfono la de mi boca o mi voz, mi lápiz la de mis dedos y mi pensamiento; mi esposa, mis hijos, mis hermanos, mis padres, mis amigos, en todos ellos existo en In medida que responden a mis fines.

Lo grave se da cuando se presenta la necesidad de prescindir de unas u otras de tales prolongaciones. Establecer el orden de prioridades es un problema de difícil solución.

¡Qué doloroso resulta desprenderse de uno cualquiera de esos miembros! ¡Qué terrible amputación, lacerante, sangrante, quemadura en carne viva que corroe como ácido reactivo! Sólo yo cuento en el mundo. Lo demás no es sino cosa, que me sirve, o no me sirve. Cuanto más pueda servirme, tanto mejor para mí.

Inagotable es la inventiva para crear objetos útiles. No en balde alguien nos bautizó con el apelativo de "homo faber": Nuestra vida entera se reduce a fabricar herramientas.

Herramienta es un vocablo impropio, derivado con toda seguridad del hierro que sirvió para fabricar el primigenio objeto útil de marras. Debería recibir el nombre genérico de miembro, extremidad o prolongación del ser. Porque en éste se hace carne.

El apego a todo ello es singular. ¡Uy, mi coche! ¡Ah, mi casa! (Esa especie de súper pellejo que nos recubre). ¡Mi mujer! ¡Mi marido! Míos hasta tanto me sirvan. Si no, ¿para qué los quiero?

Así andamos. Se me hace que nos hemos convertido, al adquirir la categoría "homo", en un ente prodigioso que ha desarrollado infinitos y sutiles tentáculos, increíblemente versátiles, que reptan, se extienden y se apoderan de todo lo que pueden, para incorporarlos a su monstruoso yo.


PROBLEMA EXISTENCIAL

El problema concreto que se me plantea es si la integración con la naturaleza se puede lograr a través del pensamiento o si éste, constituye un obstáculo para la plenitud, como pareciera enseñar Khrisnamurti. Naturalmente la médula del problema está en la definición de lo que es el pensamiento. Si fuese cierto que pienso, y por ende existo, como concluyó Descartes, el pensamiento sería esencial al menos como prueba de mi propia existencia. Pregunto: ¿Piensan los animales? ¿Y las plantas? ¿Y qué hay de las piedras? ¿Existen? Es indudablemente complicado este problema existencial, pero yendo a la cuestión inicial, lo que entendemos como pensamiento, que consiste en el proceso que acontece en el cerebro -sede del fenómeno entendido en el sentido netamente humano- en cuya virtud nos representamos la realidad, la interpretamos y también nos integramos a ella, no puede ser en sí mismo una valla para insertarse en la totalidad de la vida, y por el contrario, puede constituir un instrumento válido para ello. No sé si en algún estado especial de la conciencia el pensamiento dejaría de suceder y se experimentaría simplemente esa identificación con el todo. De hecho, algún atisbo he tenido de esta experiencia, inexplicable en palabras, en la que uno se siente como traspasado por un rayo, consustanciado con el todo, en una fracción de segundo durante la cual quizás no se piensa sino sencillamente se siente o se es. En este contexto, así como los infantes, al menos los animales deben experimentar también dicha sensación, no sé ya las plantas, y por supuesto, menos aún las piedras. Indudablemente que todas las cosas están como dotadas de una suerte de inteligencia - aún las partículas y ondas subatómicas que obedecen a una especie de ley del comportamiento, para hacer lo que hacen, actuar como actúan o ser como son-, y ello es la razón, sin duda, por la que existe la vida, por la que existimos nosotros que estamos constituidos por esos sabios y extraños entes. La conclusión a la que llego es que la conciencia cósmica tiene muchas gradaciones, muchas formas de ser, y el pensamiento constituye indudablemente uno de los medios de acceder a ella.


SER AUTÉNTICO

El que quiera vivir con autenticidad debe abstenerse de realizar actos tendientes a llamar la atención. Lo paradójico es que esa misma forma de vivir llama necesariamente la atención. Y por sino lo hiciere, quien acomete tal empresa siente irresistiblemente la compulsión de comunicar a los otros su cometido, por lo que se termina de todos modos llamando la atención.


AUTOMATISMO VERSUS BELLEZA

La carga de los prejuicios y condicionamientos que impiden apreciar la belleza de la vida es tan pesada y enorme como una montaña. Cuesta tanto desembarazarse de esa carga que la mayor parte del tiempo vivimos perturbados, agitados, somos autómatas incapaces de aprehender la poesía y la música que emanan de la naturaleza, nuestros ojos y oídos están ciegos y sordos al canto de las aves, al murmullo de las verdes hojas al viento, a la brillante luz solar reflejada en las nubes y en cuantos objetos y seres pueblan el mundo para nuestro deleite. Vale la pena ejercitarse, hacer el esfuerzo, una vigorosa caminata que ayude a segregar endorfina, sustancia que quizás sirva de lubricante en el impulso que se necesita para despojarnos de la dura caparazón que nos aprisiona.



UNIDAD Y TOTALIDAD

El mundo es una paradoja que yo debo resolver. Me compete esencialmente este cometido, pues en ello radica todo el sentido de mi vida o, para ser más categórico, el único sentido de toda mi existencia.

Tal paradoja consiste en la aparente contradicción que existe entre mi identificación con la totalidad de lo existente y mi ser individual que lo concibo frecuentemente como separado de todo lo demás.

La contradicción en realidad no existe, porque la única verdad de hierro es que yo soy el todo, lo único que existe es esa energía síquica destinada a sostenerme, a sostener mi yo, como diría en un equívoco lenguaje para designar a aquello que doy como mi cuerpo. Todo lo demás no pasa de ser sino un apéndice mío, e igualmente tiene su soporte en la energía síquica que me constituye.

Soy absolutamente consciente de la deficiente explicación que voy dando, pero ello es inevitable porque las palabras son inútiles para designar la esencia de las cosas, esa realidad que está más allá de lo que en la vida cotidiana percibimos como tal.

En el acto de identificarme con la totalidad, contrariamente a lo que podría pensarse no estoy exaltando mi yo, no me estoy envaneciendo. Lo que hago es, por el contrario, diluirlo y ensamblarlo con el todo, para que encuentre su lugar exacto en el contexto.

Se aclara de esta manera, que aquello a lo que llamo yo no se trata sino de un símbolo que en el sentido corriente del vocablo representa a algo que está delimitado por una piel y que contiene en sí la energía síquica de la que hablaba.

Lo más notable es que, cuanto más importancia le doy al yo, más separado me siento del todo, menos integrado estoy con la totalidad. De ahí que deviene comprensible la famosa exhortación de Cristo: Niégate a ti mismo. Sin embargo, es evidente que esta admonición implica una situación extrema, un estado que lo consiguen sólo unos pocos místicos. Desde luego, la doctrina de Cristo da por supuesta una situación límite en todas sus enseñanzas, y quien se jacte de ser cristiano sin ofrecer la otra mejilla a quien lo abofetee, sin humillarse ante la soberbia o la prepotencia del otro, sin amar a sus enemigos, está evidentemente mal encaminado. Aun cuando paradójicamente exhorte también a la búsqueda del reino de Dios y su justicia lo que supone que hay que conciliar esta regla con las anteriores.

De todos modos, y sin llegar a tal extremismo, mirando solamente la vida práctica, la de todos los días, sintiéndome uno más entre el común de la gente, puedo percibir que hay algo que me empuja a abarcarlo todo, y que es así como experimento mi ser en plenitud. Soy yo y mis circunstancias, como se dice que decía Ortega y Gasset. Realizando una profunda introspección caigo en la cuenta de que para mí, la única manera de manifestarse el ser es a través de mi consciencia. Que para otro a su vez ocurra la misma cosa, es algo que solamente puedo imaginarme, o para decirlo de otra manera, la representación mental que mi consciencia haga de la diversidad de objetos y seres "diferentes a mí" no constituye sino una manera de ver la realidad, pero esencialmente no pasará de ser una representación mental. La "corponzación" del ser pasa por la energía síquica que me constituye y que se transfiere a todo lo demás que alcanzo a percibir y a lo que puedo representarlo como un apéndice mío, como lo dijera más arriba, no "diferentes a mí", porque forman parte de todo mi universo, del único universo que conozco, que tiene su comienzo y su final en mi existencia, coincide conmigo. Las cosas existen sólo en cuanto y en tanto yo exista, mientras y a la par que yo exista. Mi aniquilación importa la aniquilación de todo mi universo, de la energía síquica que me constituye, de todo el Universo en lo que a mí respecta. ¿Tendrá este ser mío la cualidad de poder sentirse absolutamente idéntico a la totalidad prescindiendo del tiempo y espacio que lo limita, al menos, y para ser una vez más paradójico al emplear un adjetivo y sustantivo que denotan tiempo, por algún fugaz instante? Ciertamente es eso lo que preconizo.

En mí, por tanto, se da la unidad de la pluralidad de los seres. Obviamente, esto no es algo que lo estoy descubriendo yo por primera vez. Por el contrario, infinidad de veces otros lo mismo que yo han conseguido aglutinar en un sólo instante la totalidad, la han abarcado trascendiendo su individualidad concreta en un salto hacia la esencia del ser que contiene en sí todas las cosas que existen y que en su eterno devenir posibilita la existencia de lo uno. La dificultad de trasladar tal esencia en palabras es obvia, pues éstas no son sino una representación, un reflejo de aquélla, pero al mismo tiempo forman también parte de la totalidad, de lo uno. En fin, si lo dicho tiene una apariencia de inentendible palabrerío, es solamente por mi incapacidad de describir con claridad lo que creo percibir. Esta percepción me indica que lo único que cuenta en definitiva es la fusión con el todo, haciendo abstracción de mi Individualidad, de mi egolatría, de mis mezquindades y mis limitaciones, pues éstas implican una manera burda y primitiva de aprehender la realidad, que puede ser vislumbrada como algo infinitamente más bello y armónico al trascender a otro nivel de percepción.

"Usted es el mundo y el mundo es usted", decía frecuentemente Khrisnamurti. Precisamente el sentido de esta proposición es la que mencionábamos más atrás, vale decir, la aptitud que tiene el hombre de sentirse inmerso en el todo, plenamente integrado con la totalidad de lo existente, la que le permite trascender su mísera individualidad, de manera que la paradoja que mencionábamos al inicio desaparece, operándose la fusión del yo con el todo, que se transforma en lo uno, eterno pero no inmutable, pues su esencia radica en el cambio perpetuo que se produce dentro del espacio y el tiempo inherentes a la naturaleza del ser.

De las reflexiones de Khrisnamurti y de otros místicos se deduce que él considera que la verdadera naturaleza del ser adviene en uno cuando logra trascender el propio pensamiento y que en ese estado uno logra percibir que desaparecen el tiempo y el espacio. Khrisnamurti habla de un vaciamiento de la conciencia, de la liberación de lo conocido, afirmando que son nuestros propios conocimientos los que nos condicionan e impiden que accedamos a ese estado al que nos referíamos, además de advertir que en ese estado uno logra trascender el yo.

Khrisnamurti tiene una gran capacidad de persuasión, pero es indudable que el referido estado, en todo caso, le es permitido alcanzar solamente a ciertos seres excepcionales, por lo cual resulta difícil coincidir con él. Lo cual no obsta para que aceptemos que está en lo cierto, y que simplemente uno quizás no es de esos seres excepcionales. El tiempo y el espacio, a mi juicio, son inherentes a la naturaleza del ser. La física, empero, si no entiendo mal, nos dice que a ciertas velocidades cercanas a las del desplazamiento de la luz, el tiempo se enlentece, transcurre más despacio, hasta llegar a detenerse por completo al alcanzar dicha velocidad. Ello no significa que uno pueda alcanzar esa velocidad, y de hecho, ningún cuerpo material puede alcanzarlo, al menos de acuerdo con los conocimientos actuales. ¿No será que la energía síquica que nos constituye puede desplazarse a esa velocidad, y existe la manera en que el mero individuo pueda lograrla y al menos por momentos, o entre un instante y otro, consiga escapar de las dimensiones del espacio- tiempo? Esta es una especulación que la hago a partir de las proposiciones de Khrisnamurti más arriba enunciadas, porque es bueno aclarar que yo en particular no logro entender acabadamente si alguna vez he podido sustraerme al espacio y al tiempo-aunque alguna intuición creo haber tenido al respecto en contadas ocasiones-, y por otro lado, ignoro si puedo vaciar mi conciencia o transcender el pensamiento. Lo que no impide que pueda haber otros que lo consigan con mayor frecuencia y aún, de manera plena. Lo cierto es que se trata de un problema complicado, pues no resulta fácil determinar si la integración con el todo se produce a través del pensamiento o de la conciencia, o con prescindencia de ellos. Incluso yo tengo la impresión de que el pensamiento en los seres inteligentes nunca cesa en el estado de vigilia, excepto que frecuentemente marcha a la deriva. Mas, esta es otra cuestión que en algún otro momento será abordada. Lo que sí quiero concluir en definitiva es que por encima de mis impulsos básicos que me empujan a ensimismarme y a aislarme de todo lo demás delimitando mi individualidad como algo separado de ello, yo logro percibir que estoy inserto en la totalidad y que mi conciencia es la sede de todos los sucesos y que todos ellos me conciernen indefectiblemente porque existen por mí, para mí y en mí.

La identificación con el todo es algo que todo el mundo hace en mayor o menor medida, espontánea o reflexivamente y se da desde la más tierna infancia en que uno va fabricando sus héroes, comenzando por sus padres y continuando por otros auténticos o imaginarios, atribuyéndose la identidad de Superman, el Llanero Solitario, Enrique de Lagardere u otros. Uno quiere ser como ellos, o se siente ellos mismos. Más adelante, en el arte, mediante la recreación de la obra de arte uno nuevamente se siente identificado con el autor. En la música, la poesía, el teatro uno logra consubstanciarse de tal manera con el creador de la obra que pareciera que ella hubiera sido hecha por uno mismo, tal es el poder y la fuerza que actúa sobre uno, tal la intensidad con que se experimenta la belleza, la vi, verdad o la realidad de la misma que virtualmente desaparecen los límites estrechos de la individualidad al sentirse uno dueño y señor de aquella, al apropiarse uno de ella o ella de uno, fundiéndose en una comunión con el creador, siendo poseído por una suerte de embriaguez que lo transporta a uno a las alturas, olvidándose del mezquino ego y adquiriendo esa incalculable lucidez que le permite a uno sentirse el centro del universo y al propio tiempo el más insignificante de sus componentes. Lo cual, y por culpa de las equívocas palabras, hace que reincida en la misma paradoja del comienzo. Pero queda aclarado que ello es únicamente a causa de las palabras. Así como los átomos que me constituyen conforman una unidad, me permiten tener conciencia de que soy uno e idéntico a mí mismo, así también esa conciencia puede fundirse con la conciencia cósmica y conformar una unidad con ella, gracias a un proceso mental extraordinario que pone en funcionamiento el amor, esa energía que busca envolverlo todo, que lo abarca todo y logra que incesantemente el ser a su vez sea idéntico a sí mismo.



EL DILEMA DE LA RESURRECCIÓN

¿Cómo resucitó Jesús? ¿Dónde está Él ahora? ¿Por qué no lo podemos ver cotidianamente, con toda claridad, sin necesidad de recurrir a conjeturas, como intentando descorrer algún velo que oculta su realidad?

Cabe expresar en primer lugar que es inútil tratar de definir a Dios. Podemos intentarlo una y mil veces, pero siempre estaremos incurriendo en vaguedades, en abstracciones e imprecisiones, en ideas carentes de sustento material, sustento material al que por nuestra naturaleza somos tan afectos. Se ha dicho de Dios que es lo absoluto. Es una concepción que, con su precariedad, al menos indica que tal ente está más allá de lo que somos capaces de percibir con nuestros sentidos y nuestra inteligencia, todos los cuales son limitados, es decir, no son lo absoluto.

De todos modos, pretendo partir de la premisa de que Jesús es Dios. Jesús se refirió a sí mismo diciendo que él era la verdad y la vida. Y también el camino. En una concepción rudimentaria e incompleta se puede decir que Dios, como ese algo externo a nosotros a lo que en alguna parte de estas disquisiciones nos hemos referido, necesariamente debe ser un ente dotado de inteligencia y voluntad. Semejante a nosotros. Ello obviamente no implica que tenga cuerpo, como nosotros. Basta con que tenga la consciencia de su identidad.

Dicho ser absoluto, como ya lo indicaron muchos anteriormente, no debiera tener comienzo ni final y tendría que ser en su esencia, en suma, no debiera necesitar de nada ni de nadie para existir en plenitud. Ello siempre concibiéndolo como algo separado de la realidad aprehensible para nosotros.

Avanzando algo más, se podría decir que nada impide que ese ente, a quien lo tenemos que concebir necesariamente como Todopoderoso en razón de su perfección, decida en algún momento de su existencia crear el mundo. Éste, que no es Él, aún cuando Su obra, no es perfecto, pero por un acto de su voluntad, es perfectible y susceptible de unirse a Él. (Porqué si es Todopoderoso no hace perfecta a su obra, se podría argüir; la respuesta es que todo lo perfecto es Dios, por lo que no cabe concebir que se cree lo que ya existe. En otras palabras Dios abarca todo lo perfecto, lo que no hace concebible que pueda ser "creado" una vez más). Lo cierto es que esa obra contiene como instrumentos para lograr el ser las categorías de espacio y tiempo. Pero esas categorías son precisamente también la causa de su limitación, de lo que se deduce que ellas no son inherentes a Dios. Para Dios, en razón de su plenitud, no existe el tiempo ni el espacio. Es de resaltar que, entre la variedad de su obra, el hombre se encuentra entre lo más destacado, pues, hasta donde se sabe, es el ente que también cuenta con la consciencia de su identidad y está dotado de inteligencia y voluntad, lo que le otorga precisamente también la libertad.

Siendo el espacio y el tiempo las categorías necesarias del ser imperfecto se ha de postular que, en su perfectibilidad, cuenta con otra categoría conceptual que consiste en un proceso evolutivo por el que debe transitar para llegar a su meta final que es la unión con su creador, una especie de identificación con Él pero sin perder a la vez la propia consciencia de la identidad personal, concibiendo como persona precisamente a todo ente que tenga conciencia de si mismo.

Lo concreto es que dentro de esa miríada de seres, cada ser humano individual recibió la potencialidad para ir evolucionando o, dicho de otra manera, para ir creándose en un proceso de descubrimiento y perfeccionamiento hasta lograr el nivel de perfección suma en donde, aún siendo distinto, será igual a Dios. La potencialidad en cuestión conlleva el postulado de que creer es crear. En otras palabras, el hombre va a ser igual a Dios cuando llegue a creer que puede serlo, lo que implica que su transformación está en directa relación con la evolución de sus creencias, de su fe, como gustaba de denominarlo con tanta insistencia Jesús.

Lo cierto es que Dios, creada su obra, decide, por un acto de voluntad, adoptar Él mismo la forma humana, es decir, someterse a esas limitaciones espaciotemporales y comienza a existir como hombre, sin dejar de ser Dios. Cuando se dice en el Evangelio de San Juan de que "en el principio era el Verbo, Y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios" se quiere indicar, a mi criterio, que Jesús, como Dios, existía desde antes del principio de la creación de su obra, pero cuando se dio la voluntad de crearla, voluntad imaginada como una energía sonora capaz de existir -verbo igual a palabra; recuérdese: hágase la luz y la luz se hizo- estaba implícita la voluntad de ser partícipe o integrante de esa obra cuya culminación se daría precisamente en Jesús como Hombre. Jesús, por tanto, es Dios y Hombre, participa de la Naturaleza de ambas entidades, como sostienen los teólogos. Vale decir, que además de su identidad individual como humano, posee la identidad como Dios, las cuales en última instancia se confunden o coinciden, pues llegado a cierto estado son plenitud y perfección.

Jesús, por tanto, como Hombre, murió y preservando su identidad humana, con su poder divino, resucitó. Resucitó a la Vida Eterna, a la plenitud, a la perfección.

Por su naturaleza humana Jesús tenía en sí las limitaciones propias de esta naturaleza, pero esa naturaleza sufrió, por llamarlo de alguna manera, la primera transformación que Dios pretende para la totalidad de su obra.

La transformación de la obra de Dios se opera, se ha ido operando y seguirá operándose con la activa participación de los propios entes creados, vale decir, éstos son co-creadores de esta obra, co-creación que ocurre con la conscienciación que dicha obra adquiere de sí misma, con su propio descubrimiento, con el despertar a un modo consistente, con las explicaciones que de él se va forjando, siempre creciendo, hasta culminar con todo un sistema científico en el cual ha sido implicada la fe para dar por sentada una realidad que, aunque de por sí maravillosa, excluye la resurrección de los muertos, de atenernos a las creencias científicas históricamente comprobadas.

Lo que postulo es que tales creencias deberán cambiar, en ese tránsito hacia la meta final que la vida nos depara.

En efecto, sin atentar contra la consistencia de los principios científicos, afirmo que nuestro propio cuerpo, como receptáculo de nuestra identidad personal, contiene en sí toda la virtualidad para no morir jamás. El quid de la cuestión está en aprender a vivir. En el proceso de su evolución el ser contingente encarnado en un determinado cuerpo ha asimilado una práctica necesaria a esa evolución que es la muerte. Llegado a cierto grado de evolución, dicha práctica se torna innecesaria. ¿Cómo ocurre eso? Con el cambio de las premisas tradicionales. Con el cambio de actitud hacia la realidad, postulando una nueva realidad, simplemente creyendo que ello es posible. Con la fe.

E insisto: Creer es crear.

Yo creo que la identidad personal de cada ser inteligente que existe es preservada de algún modo después de su muerte, así como la misma es preservada durante el sueño

Para entender este asunto habría que aclarar que el ente que alberga la identidad personal al que usualmente llamamos cuerpo es algo que se halla en un continuo proceso de cambio. Para citar una vez más a los científicos, en el término de un año el 98% de los átomos del cuerpo son intercambiados con otros nuevos. Obviamente, los propios científicos ignoran la manera como el cuerpo vivo logra la permanencia de la identidad personal. Las teorías sobre la formación y estructura de la memoria están lejos de alguna razonable certeza.

La identidad de cada cual por consiguiente, concebida como una energía síquica dotada de inteligencia y voluntad, una vez formada es preservada por algún mecanismo natural, cual si se tratara de la memoria de una computadora, y si una persona muere, dicha memoria es archivada en alguna dimensión a la que no podemos acceder con nuestras actuales creencias.

Jesús, Hombre Dios, es el primer hombre que resucita rescatando su identidad humana persona de esa dimensión en la que permanece guardada durante la muerte.

Jesús, Dios, enseñó el Camino que debemos seguir para conseguir la resurrección. Este Camino es básicamente el amor y la fe. La fe, no solamente en que el cuerpo posee la potencialidad para no morir jamás preservando la identidad personal del que lo constituye, sino también la de que aquellas identidades que permanecen latentes por la muerte de su cuerpo, que les sobrevino, pueden lograr la resurrección para la vida eterna.

Yo creo que, para que pueda darse esa nueva fe, ese cambio en nuestras creencias, es menester que todas las energías síquicas individuales estén implicadas.

Creo que de esa manera estaremos creando la nueva realidad con nuestras nuevas creencias.

Concretando entonces la respuesta a la pregunta inicial, cabe decir que Jesús resucitó rescatando su identidad humana personal preservada de algún modo durante su muerte, haciéndose de un cuerpo inmortal, accediendo a la dimensión divina a la que todos estamos llamados, siempre que aprendamos a vivir.

Ahora: ¿Dónde está Él ahora? ¿Por qué no lo vemos cotidianamente, en esta época y por este tiempo en que los medios de transporte y comunicación podrían ponerlo literalmente al alcance de todos? Yo creo que ello obedece a que no creemos, por ahora, en que ello es posible. En otras palabras, es la falta de fe. Como una ley intrínseca a nuestra naturaleza, nosotros debemos ser artífices de nuestra propia transformación. Es como si nosotros mismos debiéramos crear a Jesús -creer en Él- para poder verle. No es que Él no pueda mostrarse a nosotros. Él puede, pero también nuestra voluntad se halla implicada. La clave para acceder a Él es seguir sus enseñanzas: Buscar la justicia, amar, tener fe.

Parecería que podría resultar más sencillo que Jesús se muestre de cara a nosotros y nada aparentemente impediría que creamos. No obstante, el principio vital insuflado por Dios a su creación es que ella sea co-creadora de sí misma, cada ente inteligente debe autoconstruirse y construir su mundo, evolucionando a partir y a través de ciertas pautas que con toda claridad se ha establecido desde el principio. En consecuencia, la transformación necesaria, el nacer de nuevo se ha de producir únicamente por nuestra libre decisión, y transcurrido el tiempo previsto, accederemos a la Vida Eterna, quizás sin necesidad de morir, o a través de la resurrección. Y allí sí, ya en otra dimensión, la divina, podremos ver a Jesús cotidianamente, sin velos que lo encubran, en un mundo diferente donde la regla sea el Amor, la Justicia y la felicidad infinitas.


LA CONSTRUCCIÓN DEL HOMBRE NUEVO

Soy un Hombre Nuevo. Soy es una forma de decir, pues debiera decir que me estoy convirtiendo en un hombre nuevo, ya que realmente estoy embarcado en un proceso a través del cual pretendo lograr ese nuevo ser. Estoy aún lejos de estar acabado, soy todavía en gran parte el Hombre Viejo y sólo en una fracción de mi ser es donde está germinando la semilla para obtener el Hombre Nuevo Definitivo. Estoy hecho de innumerables hábitos mentales que obstruyen sistemáticamente el crecimiento de esa fracción. ¿Que mi auto no arranca, que el teléfono no funciona, que me ofenden los improperios insensatos que me lanzan? ¿Que se me termina el dinero, que no me alcanza el tiempo, que me atemoriza el futuro? Estos pensamientos continúan "ocupando" un gran espacio en mi mente. ¿Cuándo podré sustituirlos por la simple "paz espiritual"? Si mi auto no arranca o el teléfono no funciona, e incluso si me injurian, no puede ser ello motivo de perturbación para mi ánimo, pues nada debe enturbiar la tranquila disposición de mi ser para capturar la esencia de la belleza que a cada instante se me ofrece para mi regocijo. El dinero, el tiempo y el futuro constituyen factores contingentes de mi existencia que no pueden absorberme a tal punto de convertirme en sus instrumentos, no pueden erigirse en influencias malévolas que me impidan tener ojos para las nubes que se mueven en el cielo azul o los árboles que derrochan su verdor exuberante al aire libre, que me impidan tener oídos para la música que por doquier resuena cuando nos disponemos a escucharla, que tornen insensible mi piel al contacto del fresco viento, que me veden el aroma de la vida que se esparce en derredor, o que me imposibiliten saborear la exquisitez de los alimentos que en abundancia me ofrece la naturaleza. Está visto que lo que se impone, para la construcción de ese Hombre Nuevo, es un cambio de actitud, pues las cosas acontecen como de costumbre. Debo, por tanto, cambiar los hábitos mentales que me constituyen. Mis meros sentidos son instrumentos aptos para percibir lo extraordinario de la realidad. Cuánto más mi mente o mi espíritu, como se lo quiera llamar, podrán tener la capacidad para discernir y aprehender la magnificencia de la Vida. Debe ir haciéndose carne en mí la idea de que las cosas acontecen con entera justeza, para mi propio deleite, para mi cada vez mejor salud, para bien de los míos y hasta de los no míos, con la única condición de que yo haga exactamente lo correcto, lo correcto sin concesiones, con el ánimo perpetuamente predispuesto a buscar el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se me vendrá dado por añadidura. Y a no mortificarme por las cosas que no está en mis manos remediar, salvo mi disposición para elevar una plegaria por ellas, que la plegaria constituye una fuerza poderosa que transforma decididamente el Universo llevándolo de lo malo que pueda tener hacia lo bueno definitivo hacia el cual tiende inexorablemente.


REFUTACIÓN

Decía Parménides: "El Ser Es y no puede No Ser. El No Ser No Es y es necesario que no sea". Hoy deberíamos decir: El No Ser dejará de ser.


UN ALTO EN EL CAMINO

Sé muy bien lo farragosas que resultan mis disquisiciones, pero convencido estoy de que si se me sigue con la suficiente paciencia, podrá vislumbrarse conmigo el rayo de luz que vengo avizorando.

Cada vez voy entendiendo mejor la realidad, y ese entendimiento me proporciona el bienestar que no puede sino ser esencial a la Vida.

La inserción de la consciencia en el nivel en el que se percibe la realidad de manera indiferenciada, a la que me referí antes, constituye en realidad una experiencia que le permite a uno acceder al ser sin atributos. Uno siente que es y nada más. Digamos que la vida se desarrolla en diversos planos de existencia, y cuando se produce aquella inserción le es dado a uno entrar en el plano más elevado concebible. Dicho plano de existencia no constituye un estado, pues no se puede hablar de permanecer en él, dado que la impermanencia le es inherente. Es decir, al acceder al mismo se trasciende todo criterio de espacio y tiempo, aconteciendo entonces la identificación de uno con el todo en su esencia última la cual no admite la adherencia a ninguna estructura. En realidad, mejor cabría decir que en dicho plano de existencia se trasciende todo criterio, simplemente. Encuentro entonces que se me hace inteligible la explicación que hacen quienes afirman que existe el nivel de conciencia en el que desaparecen el espacio, el tiempo, el yo, y en fin, todo concepto que entrañe diferenciación o categorización. La realidad, en ese plano no se percibe dividida, sino como algo simple e ilimitado, es decir, sin contornos definidos. Indudablemente, no es fácil explicar con palabras lo que se encuentra más allá de ellas. Esa explicación es una especie de traducción de lo que acontece en el plano en el que no entran a tallar las palabras al plano en que sí ellas funcionan. El símil más apropiado para describir la manera como se produce la percepción de la realidad en el nivel de conciencia más elevado concebible es el de verla como una luz de una claridad portentosa, incomparable por su brillantez con la que vemos con nuestros ojos. Esta percepción es dada de manera fugaz. El hecho de que la percepción en ese plano tenga la cualidad de fugacidad implica que no existe la manera de insertarse permanentemente en dicho plano. Es, por lo tanto, como un vislumbrar por un instante dicha realidad -no es tan apropiado quizás hablar de instante, pues este concepto entraña al fin de cuentas una entidad temporal-.

Si tal nivel de conciencia, el más elevado concebible, puede ser asequible sólo por instantes, no implica ello que no existan otros niveles intermedios, donde se produce de manera análoga la inserción de la consciencia en el nivel en que se percibe la realidad como un todo. Acontece ello cuando uno ha aprendido a entender su propia naturaleza, inseparable de la totalidad, y actúa conforme a este presupuesto. Para llegar a "adquirir" este nivel de conciencia es preciso que uno haya sufrido una transformación que implica recorrer previamente mucho camino. (Las comillas en el "adquirir" indican lo equívoco de este término, pues lo que menos acontece en el nivel de conciencia referido es la "fijación" que sugiere este vocablo). En realidad, cabría decir que la propia "inserción" en dicho nivel importa la comprensión de que la vida toda consiste en el recorrido de un camino. Para utilizar nuevamente la analogía, hay que decir que el acceder a ese "plano de la existencia" conlleva la asimilación de un "estado de ánimo" en el que se advierte que uno no pasa de ser sino un instrumento para que los sucesos acontezcan con entera justeza. Pero a la vez uno entiende que es un fin en sí mismo. Se "llega" a un punto en el que uno pareciera escuchar una voz que le está diciendo simplemente: Vive, no te dejes atrapar por el tiempo. Antes de "llegar" (en realidad nunca se llega, se sigue andando), uno "pasa" por momentos en los que se experimentan sensaciones que otorgan "destellos de comprensión". Se "siente" en ocasiones que el propio cuerpo "se disuelve" confundiéndose con el todo. Puede ocurrir que uno "flote" libre en el espacio, o que se sienta "invadido" por una quietud o paz inconmensurable. Puede sentirse "poseído" por un vértigo que hace desaparecer toda noción de cambio. Hay momentos en los que uno sufre una conmoción total en el propio cuerpo, que, ora le provoca una sensación de bienestar indescriptible, ora de angustia infinita en la que se ve la total y definitiva aniquilación de uno mismo. Todo ello producto de los prejuicios, de las formas y estructuras creadas por la mente, a las que uno se aferra con fuerza y desesperación, debiendo fatalmente "romperlas" para alcanzar la liberación.

¿Puedo decir que he aprendido a vivir? Claro que no. Debo decir que voy aprendiendo. El aprendizaje, como la vida, no termina nunca. La vida misma es un aprendizaje sin fin.

Han existido quienes han creado sistemas enteros para aprender a vivir. Hace dos mil quinientos años, Sidharta Gautama, el Buda, previa clara advertencia de que se debe prescindir de toda autoridad en ese aprendizaje, incluyendo la suya propia, indicó el camino para la iluminación y la liberación. En realidad, existen infinitos caminos, y cada cual debe encontrar el propio. Me fascina la idea de llegar al nirvana. El amor, la compasión y la meditación constituyen sin duda medios aptos para ir transitando por el camino que conduce a la plenitud, pero debo guardarme de acuñar nuevas estructuras de las que no pueda desprenderme. Yo admiraba tanto a Jesús de Nazareth que me costó demasiado liberarme de Él.

Considero que puedo, transitoriamente, poner término a estas disquisiciones. Entiendo que "llegué a un punto" en el que se produce en uno la comprensión de ir caminando por el sendero correcto hacia la verdad. No estoy seguro de que se pueda "alcanzarla". Presiento, sin embargo, que hay que seguir "ascendiendo". Aunque no me gusta nada el término "purificación", no se me ocurre otro que denote el proceso del desarrollo por el que debe uno ir pasando. Bueno está también el término "transformación". Es la metamorfosis. De crisálida a mariposa. Así, uno "se convierte" en algo volátil, intangible, es como una hoja al viento, una brizna en la corriente. Actúa, sí, pero de la manera más desinteresada posible. Algo dice en su interior desde lo más profundo: "nada quiero para mí", y va andando con la más íntima y firme convicción de que absolutamente todo ha de acontecer conforme a justa medida. Eso sí, preciso es que uno se imponga ocuparse de lo suyo con una autenticidad sin concesiones.


EPÍLOGO

Concluido el libro, me doy cuenta de que quedan tantas cosas en el tintero. Tentado estoy de exponer mis "conclusiones", obedeciendo a esa tendencia "natural” de cierto plano de la existencia en cuya virtud uno se aferra fuertemente a los "comienzos" y a los "finales". Entiendo, sin embargo, hoy, mejor debiera decir, en este preciso instante, que el mundo y la vida toda, carecen de finalidad. Salvo quizás el de la expansión indefinida e infinita del ser. Como Theilard de Chardin, en algún momento creí, en la convergencia última y definitiva de los opuestos. Tal creencia se hallaba condicionada, en su caso, como en el mío, por el apego casi indestructible a los prejuicios inculcados por la doctrina cristiana. En última instancia, él ni yo nos resignábamos a morir definitivamente. La Vida tiene su fin en sí misma. Cada acto lleva en sí su significado. Los opuestos seguirán su curso sin fin en el mundo que les es propio, el mundo de los conceptos. Cuando Heráclito decía todo tiene su opuesto se refería precisamente a ese mundo específico, al plano de la existencia en el que ellos entran a tallar. El yin y el yang son indestructibles, y constituyen precisamente las fuerzas recíprocamente opuestas que hacen funcionar el Universo en dicho plano, como ya lo intuyeron los sabios chinos de la antigüedad.

El espacio, el tiempo, la corruptible carne, el mundo todo, constituyen estructuras creadas por el ser para manifestarse en el plano de la existencia donde rigen los conceptos. Para decirlo con las palabras de Eric Lerner, un aprendiz de budista, la vida se crea a sí misma de esa manera. Por tanto, cabe postular que, en última instancia, sólo existe el ser, no así el no ser. Lo digo con otras palabras: Hasta el No Ser es el Ser. La "nada" es parte integrante del ser como concepto creado por éste para funcionar en un plano de la existencia que tiene realidad tangible y se manifiesta por estructuras cuya formación y transformación perpetua constituyen la única "finalidad" de la vida.

De lo dicho se desprende la necesidad de encontrar la clave para funcionar correctamente en este mundo, para darle sentido a la Vida. El sentido de la Vida entendido como la comprensión verdadera de lo que le compete a cada uno ejecutar, comprensión que permite acceder al bienestar inherente a otro plano de la existencia. Con lo cual, refutando a Nietzsche, podremos afirmar que no es insensato pretender abolir el sufrimiento.


Índice

Dedicatoria

Una carta.

Breve prólogo

-        Introducción

-        Comienzo de una historia

-        Los sempiternos preconceptos

-        Una concepción cuasi-mitológica del mundo

-        Una metáfora

-        Viaje incidentado

-        De las cosas y su medida

-        Complacencia

-        Deducción biológica

-        Prisionero

-        Construcción

-        Extraño espécimen

-        Problema existencial

-        Ser auténtico

-        Automatismo versus belleza

-        Consciencia e inteligibilidad

-        Exaltación

-        El don de la oportunidad

-        Completitud

-        Sinceridad y plenitud

-        El dividendo del dolor

-        Errabundo

-        Predestinado al bienestar

-        Unidad y totalidad

-        Fragmentación versus salud

-        Incertidumbre

-        Incesante búsqueda

-        Lucha

-        Introspección

-        Ver la verdad

-        Esfuerzo de síntesis

-        Certidumbre

-        Una historia de redención

-        El dilema de la Resurrección

-        La construcción del hombre nuevo

-        En torno a la verdad científica

-        Imperativo categórico

-        Experimentar la vida

-        Un paso en el camino del aprendizaje

-        Mente y materia

-        Oír la voz interior

-        Altibajos

-        La voluntad y el bienestar

-        El extraño e indescifrable Universo

-        Del goce que da el saber

-        La imprescindible interpretación del universo

-        Respuestas al mayor desafío del hombre

-        Los secretos esenciales de la sabiduría

-        La necesaria distinción entre lo real y lo ficticio

-        La sabiduría en el aprendizaje de la vida

-        Despegue de un inventario

-        Aterrizaje

-        La construcción de la identidad

-        La incesante autocreación del hombre y del universo

-        La imprescindible distinción entre "lo que es" y "lo que parece"

-        Sentido de ubicación

-        La consciencia, instrumento para discernir la verdadera realidad

-        La necesidad de la adecuada conceptualización del yo

-        Vivir es ver la verdad y actuar en consecuencia

-        La necesidad de demoler las falsas teorías

-        La necesidad de conciliar los distintos niveles de conciencia

-        Refutación

-        Un alto en el camino

-        Epílogo

 

 


 

 

 

 

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