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EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


  PERIPECIAS DE UN APRENDIZ, 2005 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


PERIPECIAS DE UN APRENDIZ, 2005 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

PERIPECIAS DE UN APRENDIZ

Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

Edición y corrección a cargo del autor.

Diseño de tapa: SELVA GONZÁLEZ

Armado e impresión: EDITORA LITOCOLOR SRL

Asunción – Paraguay

2005 (311 páginas)



EPÍGRAFE


                            Tengo que conocerme a mí mismo. Conociéndome a mí mismo adviene la quietud, la libertad;  y en esa libertad está el descubrimiento de lo que es la verdad – no la verdad en un nivel abstracto sino en todo incidente de la vida, en mis palabras, en mis gestos, en mi modo de hablarle a mi sirviente. La verdad ha de ser hallada en los temores, en las penas, en las frustraciones del diario vivir, porque ese es el mundo en que vivimos, el mundo del tumulto, el mundo de las miserias. Si eso no lo comprendemos, el comprender simplemente alguna realidad abstracta es una evasión que conduce a más desdicha. Lo importante, pues, es comprenderse uno mismo; y la comprensión de uno mismo no es una cosa separada del mundo, porque el mundo está donde vosotros estáis, no a millas de distancia; el mundo es la comunidad en que vivís, vuestras influencias ambientales, la sociedad que habéis creado – todo eso es el mundo. Y en ese mundo, a menos que os comprendáis a vosotros mismos, no puede haber transformación radical ni revolución. Y por lo mismo, ninguna “creatividad” individual.


                                      J. Krishnamurti, “La Revolución Fundamental”,

Editorial Kier S.A., Buenos Aires, 1.985, página 27.



PRÓLOGO


                            Los grandes pensamientos están presentes en el universo, son de nadie y a la vez son de todos. Es como una fruta madura que está presta para ser saboreada y se necesita solo del ser para aprehenderla. Esta idea, este pensamiento es uno de los tantos que me vino a la mente cuando leía el libro de Emiliano.

                            Las reflexiones y los pensamientos se suceden a lo largo del libro mientras desgrana lo acaecido en la vida cotidiana. Con razón dice Marco Aurelio: “¡Con qué evidencia se comprende que ningún otro género de vida es más ventajoso para entregarte a la filosofía como este que te hallas al presente!”. En cada instante y momento de la vida debe en efecto el filósofo aprender. Aprender en el infortunio y en la dicha, aprender en el dolor y en la alegría, en la vida y en la muerte, un eterno aprender tratando de extraer la verdad en todo, pues solo la verdad regocija el alma.

                            “La sinceridad es el único modo de hablar y escribir que jamás pasará de moda”, nos dice Emerson, y añade: “escribe para un público eterno aquél que escribe para sí mismo y la opinión final sobre cualquier libro no es proferida por los lectores parciales y barullentos del primer momento. En cualquier tiempo, en todo el mundo personas que leen y comprenden a Platón no llegan a más de una docena; nunca lo suficiente para pagar una edición de sus obras; pero a cada generación esas ediciones son debidamente lanzadas por respeto a aquellas pocas personas como si Dios los trajese en sus manos”. Palabras sublimes por cierto que deben hacer pensar a todo escritor ante la indiferencia de los que le rodean. La autenticidad y la sinceridad campean en todas las páginas del libro de Emiliano, aventurándonos a decir que éste es tan admirable como todos sus libros anteriores.

                            Con enorme ahínco, perseverancia y entereza va en busca de su cometido, sabiendo el papel que le corresponde plasmar en su vida. No es fácil entenderlo pero agregaríamos que tampoco es difícil; basta que lo intentemos pues hay una especie de magia cuando comenzamos algo para que el universo conspire para que se realice. No cuesta en efecto observar que estamos aturdidos, confusos, apenas sabemos adonde vamos, qué escuchamos, qué entendemos de lo que oímos, siendo un verdadero mar de confusiones, un verdadero babel nuestra existencia. Reconforta el ánimo ver que de esa incógnita, de ese laberinto intenta él salir con sus sabias reflexiones exhortando al atento lector a hacer lo mismo.

                            Nadie comprende una verdad antes de haber disputado con ella, dice memorablemente el ínclito escritor estadounidense citado más arriba. Esa ardua polémica que se libra en todo el trayecto del libro de Emiliano, con Dios o la Naturaleza, es algo titánico, y vale la pena emularlo aceptando el gran desafío.

                            Ganas no me faltan de ir escribiendo sobre el libro convirtiéndome en un demiurgo que recrea sin cesar su gran tema de la inmortalidad, de la vida verdadera que nadie toma en serio, y otros aspectos de su inagotable filosofía; pues basta con abrir al azar páginas del libro para encontrar temas sobre los cuales reflexionar. He dicho que mis autores de cabecera son Montaigne, Wilde, Pesoa, Borges, Emerson y otros; quisiera sumar a los de éstos insignes escritores los libros de Emiliano.


                                      Cristian González Safstrand

Pedro Juan Caballero, 24 de septiembre de 2005.


A MODO DE ENTRADA


                            Todo lo malo que uno haga siempre regresa. Así también, todo lo bueno que haga uno, siempre regresa.

                            ¡Qué subyace detrás del deseo?. El afán de poder. De poderlo todo. ¿Qué deseo poder?. Someter al mundo a mis designios.

                            Cuando aflora un pensamiento en la mente, la pregunta que se impone es ¿cuál es el deseo?.

                            El sentimiento y el pensamiento son propiamente una cosa. Este último empero puede trascender al primero.

                            Mientras sigamos siendo imperfectos el sufrimiento es inevitable.

                            La manera de ser de la vida es la verdad.

                            Si yo llego a morir, va a ser a causa de los otros. En efecto, puesto que los demás piensan que he de morir indefectiblemente, el poder de sus pensamientos es el que obrará para que eso suceda, si no logro contrarrestar con los míos dicho poder.

                            Lo que yo sé (lo que he “saboreado” del ser), lo que yo conozco (lo que he “comido” hasta hoy) me reafirma de instante en instante en que mi ser individual único no habrá de quedar aniquilado, no se desmoronará en la corriente infinita de la entropía. Esta convicción tiene su fundamento en la simple verdad de que desde que tengo noción de mi identidad ( de mi ser) he ido aprendiendo sobre la vida y la realidad de manera sostenida, incrementándose día a día mis conocimientos. Por lo tanto ¿cómo concebir que ese crecimiento inherente a mi naturaleza pueda quedar truncado de improviso y cesar definitivamente por toda la eternidad?.

                            Todos estamos en el tren de “ser más grandes”, de extender los límites de nuestro ser. Empero esta tendencia es las más de las veces distorsionada equiparando la expansión a la imagen que los demás y nosotros mismos tenemos de nosotros. Así, soy un “gran escritor” o un “gran abogado”. El éxito, los “laureles” que conquisto en cualquier terreno se incorporan a “mi ser” y hace que me vea y que me vean como un “gigante” un “coloso” un “ídolo”. No nos percatamos que todo eso es producto del “deseo” para llenar “carencias”. La genuina expansión se produce a través de la “renuncia” que permite insertarse en el entorno participando de la naturaleza de los otros de modo que nos volvemos uno con los demás, con lo cual nuestro ser se extiende de la manera más abarcadora imaginable. Al suprimir el deseo, se produce la integración y la plenitud y terminan las carencias. Bien entendido que esto es una simplificación de la compleja realidad, pero es evidente que los seres creados nos pasamos simplificando la realidad para hacer posible la vida.

                            Estar iluminado es constatar nuestras propias limitaciones.

                            ¿Porqué será que nos identificamos con los demás sólo cuando vemos en ellos lo que nos agrada, no así cuando vemos lo que nos desagrada?. Cabe sospechar que no reconocemos este último aspecto de nuestro ser, engañándonos a nosotros mismos al atribuir sólo a los otros lo que también está en nosotros. Un método apropiado para eliminar las barreras de la separatividad es el de condicionar la mente para vernos reflejados a nosotros mismos en los otros cuando exteriorizan actitudes que censuramos.

                            La mentira en todas sus formas debe ser erradicada de nuestra vida. No cabe hacerse concesiones en esta materia, no existen las “mentiras piadosas”. La razón es simple: La mentira es la falsedad,  es la “verdad falsa”,  “es” la invención humana en el proceso en que está inmerso para descubrir su “ser verdadero”. El ser auténtico se consigue desprendiéndose de lo irreal. En suma, existe la “verdad verdadera” y “la verdad falsa”, ya que esta última “existe” también en nuestro mundo conceptual. Pero lo que debemos entender es que el ser genuino, el ser real, debe desembarazarse de todo residuo de falsedad para perdurar, pues la falsedad puede equipararse a “la nada”, concepto inventado por el ser humano para configurar lo no existente. Y ciertamente, lo falso, lo inexistente, lo mentiroso, no integra la verdadera naturaleza del “ser”. El ser humano ha sido capaz de concebir y diferenciar lo “verdadero” de “lo falso” para “crear” a su propio ser con la materia prima constituida por lo primero, siendo éste el mecanismo impuesto por el “ser increado” para modelarse aquel ser incompleto e inacabado. De ahí que no haya justificación alguna para incurrir en mentira pues ella por sí sola imposibilita que experimentemos el ser genuino y auténtico, y mientras persista en nosotros una sola pizca de falsedad no habremos de alcanzar la indestructibilidad que solo emana de la verdad.

                            Lo que se plasme en estas páginas deberá ser el don de un momento,  pues tal es la propiedad del arte literario; todo lo demás es un mero tejer y destejer del pensamiento puesto a la búsqueda de aquello. Es lo que nos cuenta Borges que habría dicho cierto autor cuyo nombre no atino a ubicar en los desordenados archivos de mi memoria.

                            Entender y atender: Los verbos que hay que conjugar de instante en instante si se pretende ser feliz.



EL PLATO PRINCIPAL


                                                        I


                   La tarea: la construcción de mi particular identidad

                  

                            Soy un aprendiz. Un aprendiz del oficio de la vida. He llegado a darme cuenta de que para vivir hay un requisito: ser santo. Por tanto, me he propuesto aprender la santidad.

                            Este es sin duda un duro trabajo. La santidad, que es en última instancia la perfección, es difícil de lograr. Más no es imposible.

                            En el mismo comienzo se presenta la dificultad de que la perfección de uno irrita a los otros. Y he ahí que esto se convierte en tropezadero. Ni falta hace que uno sea perfecto para enojar a los demás. Basta que uno lo intente y pregone la necesidad de serlo. Automáticamente los otros le tildan de querer aparentar lo que no es. Y de cierto modo, tienen razón.

                            Se da el caso de que el ser humano se muestra siempre atento a las debilidades y errores de los demás adoptando instantáneamente la actitud de querer corregirlos, mientras que de los suyos propios no solo se olvida sino que si por causalidad se percata de ellos los justifica prontamente cayendo en incoherencia, de la que los demás por cierto inmediatamente quedan avisados, ya que se trata de un mecanismo que se aplica en el relacionamiento tanto de una como de otra parte. En suma: para mí es obvio que al  menos voy procurando ser justo, no así para el otro; y viceversa.

                            Por consiguiente, es imperativo invertir mi visión. Debo mirar mis faltas, antes que las de los otros.

                            He alcanzado el saber. Me falta el ser. Ambos deben conjugarse, ser uno. La fachada que funge como ser mío, esta mi apariencia, me condiciona tremendamente. Estoy atado a tantas ideas preconcebidas que no puedo emprender el vuelo.

                            Pero basta de cavilaciones. Vayamos a las peripecias propiamente dichas. Ellas constituyen mi historia personal. Esa historia que se está desarrollando y es sin duda interesante. Cada pensamiento mío, cada discurrir sobre lo que me atañe, conforma esa historia. Hoy, por decir, estuve pensando que es como si estuviera embarcado en una carrera frenética por hacer en todo momento lo que estoy llamado a hacer, carrera que no termina nunca. ¿Nunca realmente ha de terminar esta carrera?.

                            Pero ya que hablé de historia personal. ¿cuándo ella comienza?. ¿En qué momento y lugar debo ubicar el inicio de mi ser?. ¿No es acaso “este ser” sólo el que ahora lo siento?. Lo que fue ¿sigo siendo “yo”?.

                            Y ahora que caigo en la cuenta: posiblemente las respuestas que puedo dar no necesariamente han de ser satisfactorias. Al menos para los otros. Pero no importa, pues tanto yo como los otros somos seres inacabados, somos seres en construcción, estamos construyendo nuestra particular identidad. En efecto, doy por sentado que somos seres imperfectos los que estamos compartiendo estos pensamientos, por ende, la construcción de nuestro ser ha de seguir. Pero ¿puede conjeturarse que ello pueda alguna vez llegar a su fin?. Sin duda. Ello se dará cuando haya aprendido a vivir para siempre, cuando ya la muerte no pueda hacer presa de mí.


                                                        II


                   De chico tuve que aprender a hablar. De grande, ahora, tendré que aprender a no hablar


                            ¡Mi historia!. ¿Cómo podré contarla?. ¿Tendré que rememorar lo que me ha pasado?. ¿O bastará con dar inicio en este preciso momento a lo que me está pasando, a lo que está pasando por mi mente?. Lo anterior al presente párrafo lo comencé hace ya una buena temporada, y si ahora voy a comenzar la historia de mis peripecias, tal vez sea interesante datarlo, hoy es el 18 de agosto de 2003. En esta fecha, que los humanos han consensuado para entenderse, estoy con uno de los conflictos que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo: El deseo de escribir sobre mis experiencias, esto mismo que estoy haciendo; ¿es acertado?. Quizás sí. Quizás no. Pero lo estoy haciendo. En particular quería escribir algo sobre una experiencia sumamente notable de esta madrugada. Mi demonio me habló en estos términos: “Tenés que estar en los otros... En la cabeza...En la cara”. A este dicho, precedió una imagen onírica en el estado de somnolencia en la que divisé a un grupo de jóvenes que estaban en una especie de salón a la que yo iba entrando, todos ellos con los cabellos pintados en distintos colores, y luego alguien que del otro lado del salón de donde yo estaba procedía a abrir una puerta como invitando a entrar en el recinto. La fuerza del mensaje, la intensidad de la experiencia, y el claro discernimiento del significado según mi interpretación es lo que me impele a anotar lo vivenciado, pues la sensación de sorpresa y goce permanece desde entonces (ahora son las 20:55, y el suceso ocurrió entre las 4:15 y las 5:10, durante la práctica de mi meditación). En fin, en los otros debo estar pues los otros son también yo mismo. “En la cabeza”, pues debo asimilar y entender sus pensamientos, como también tratar de hacerles llegar los míos, en cuanto contengan la cabal manera de entender la vida que nos ha sido inculcada por el maestro, como una energía ondulatoria  propagándose por el espacio-tiempo. Y “en la cara”, para ver en cada uno de ellos a mí mismo, y a Cristo, quien así lo dijo explícitamente.

                            Lo que dejo consignado más arriba, es sólo una parte ínfima de lo que merece ser dicho y escrito sobre lo que me pasa, o para decirlo con otras palabras, de lo que me ha pasado en el día de hoy. En verdad, este problema de dejar un testimonio del paso de mi ser por este tiempo es algo muy engorroso, pues está visto que en gran medida responde a mis deseos, de los que en definitiva deberé aprender a desembarazarme. El buen caminante no deja huellas, dice una sentencia taoísta. Empero, esta es una labor de construcción de mi propio ser, es el aprendizaje de mi propia santidad, requisito ineludible para alcanzar la vida imperecedera, por lo que el escribir sobre mí mismo forma parte de esa tarea, porque se trata de una exploración en el intento de conocerme cada vez más, lo que me ayudará a corregir mis falencias.

                            De chico, tuve que aprender a hablar. De grande, ahora, tendré que aprender a no hablar. Tantas cosas se hallan implícitas en esto que acabo de decir, y bueno, que sigan así, pues eso implica precisamente un aspecto del aprendizaje para no hablar. Pienso, luego existo, decía Descartes. Cuando no pienso, ¿existo?. Vergibracia, cuando estoy sumido en sueño profundo.


                                                        III


                    ¿Cuando comenzó lo que hoy existe como mi ser genuino, el que está destinado a no perecer?


                            Hoy, 7 de octubre de 2003, a las 19:08 horas retomo estas anotaciones, y se me ocurre responder (una de las respuestas posibles) a una de las preguntas consignadas más arriba: ¿En qué momento y lugar debo ubicar el inicio de mi ser?. Es mi demonio el que en realidad dio esa respuesta, esta mañana, en estos términos: “Estoy infinitamente triste. Hace unos 20.000 años que ando por el mundo...”. Estas fueron las palabras, casi literales, que se deslizan en mi mente en el estado de transición entre el sueño y la vigilia, momentos antes de despertarme. Me dejó intrigado, y ¿a quién no?. “20.000 leguas de viaje submarino”, es el nombre de uno de los libros de Julio Verne. 20.000 años es el tiempo aproximado del nacimiento de la civilización, con el advenimiento de la agricultura, según los datos suministrados por los estudiosos. ¿Será que allí comenzó lo que hoy existe como mi ser genuino, el que está destinado a no perecer?. A partir de la energía concentrada en un individuo que nació por ese tiempo, con una conciencia muy definida de su identidad, fue forjándose lo que ahora soy yo. Interesante, que pone en el tapete las discusiones en torno a los trillados temas filosóficos como la reencarnación, el renacimiento, la resurrección, la inmortalidad, el alma separada del cuerpo, la energía, la materia, el espíritu, etc. No es mi propósito dar aquí respuestas a estos temas, que cada cual debe dárselas a sí mismo. Me limito a dejar planteado el interrogante.

                            ¿Cómo puede transcurrir el tiempo para quien no tiene deseos?.

                            Sentir, sin los sentidos, es posible. Así ocurre mientras dormimos.

                            ¿Qué tal si en vez de llamar “Dios” a nuestro Hacedor lo nombramos simplemente como “la Naturaleza”?. Es lo que quería Schopenhauer, y es lo mismo.

                            Los demás son sólo nosotros. En principio, puedo configurarme como sólo yo, como el único existente, y eso ocurre cuando dejo de identificarme con este “objeto” al que doy por mi ser. Pero nada impide que me configure como “distinto” a los otros, o a “lo otro”, ya que esa es una instancia perfectamente válida dentro de la secuencia lógica de la “existencia”. Precisamente la Naturaleza ( o Dios) el existente por siempre, siente su ser en la infinitud de todo lo concebible y lo no concebible. Yo, entretanto, creado por Él para “sentir” dentro de ciertos límites, tengo la aptitud para “darme cuenta” de que estamos “entre dos”, o sentirme “sólo Él”. Lo más lógico es el primero de los dos supuestos, tal como lo configura la tradición judeo-cristiana, donde se postula a Dios, por un lado, y a los seres creados, por el otro, con lo cual estos últimos, al volverse imperecederos como el primero, se convierten en “hijos de Dios”.


 

                                                        IV


                            Mostrar la manera utilizada para ir transitando hacia la meta y  dejar un testimonio de ese tránsito


                            Caigo en la cuenta que voy derramándome en ideas inconexas, o al menos bastante complicadas cuyo seguimiento no ha de ser fácil para muchos. Este es obviamente, un dilema que se me presenta con este trabajo ya que se plantea la alternativa de hacerlo como una especie de manual, sencillo, que, paso a paso pueda mostrar la manera, el método, que utilizo para ir transitando hacia la meta que me propuse o, en su defecto, la de ir exponiendo de forma más bien desordenada “lo que me pasa”, algo así como un cuento, una historia, que se limite a dejar un testimonio de ese tránsito. Pienso que va a tener algo de ambas.

                            Se me ocurre, por mencionar, el sistema empleado por Descartes, en su Discurso del Método. Desde el comienzo advierte él lo que va a ir desarrollando, prolijamente, dividiendo su obra en partes netamente diferenciadas en impecable orden. Lo que no le resta amenidad, y más bien todo lo contrario. Me viene también a la mente otra obra preciosa, que me fascinó y lo sigue haciendo, cuyo título en español es “La Nueva Sicología del Amor”, de un autor americano, M. Scott Peck. La sencillez de la exposición es la característica de la obra que bien puede ser considerada como un manual para el aprendizaje de la vida.

                            En mi caso, sin embargo, diríamos que mi personalidad misma es la que me lleva de uno a otro confín. Descartes tenía una mentalidad matemática, de la que, si bien yo no carezco, no es mi fuerte, evidentemente. Por otro lado, maestros hubo que enseñaron de la manera más sencilla imaginable la forma de vivir, de vivir para siempre, que a pesar de que nada prácticamente resta añadir a sus enseñanzas, ellas no terminan de cuajar en la mente de la generalidad de los miembros de esta terca especie que se considera a sí misma la cúspide de la evolución. Ahí está el Buda. Cuatro, y solo cuatro son sus verdades fundamentales para ver y entender la vida. El sufrimiento, la causa del sufrimiento, la liberación del sufrimiento y el camino de la liberación del sufrimiento, así las enuncia, y a poco que uno se concentre en estudiarlas, encuentra que se trata del método más sencillo jamás concebido para comprender esta existencia y darle el pleno sentido que la mayoría no atina a encontrar. Y luego Jesús. Él, el maestro por antonomasia, circunscribe prácticamente a una sola verdad sus enseñanzas al dar este “nuevo mandamiento”:  amaos los unos a los otros. Que casi nadie lo cumple.

                            El caso es que la exposición de estas peripecias mías no están destinadas precisamente a enseñar a los demás. Si bien no se descarta que cumpla esa finalidad. Hay que ver cómo, cuando uno piensa que ha encontrado ciertas verdades, siente unas ganas irreprimibles de comunicárselas a los otros. Empero, para citar a alguien que fue un grande entre los grandes, me refiero a Charles Chaplín,  dijo él, a estar por la información que tan profusamente nos llega por estos tiempos, que el verdadero significado de las cosas se encuentra al decir las mismas cosas con otras palabras. De donde se sigue que no siempre las palabras son el medio más adecuado para enseñar.


                                                        V


                            Mi empresa apunta a derrotar a la muerte (física)


                            En fin. Sea como fuere, en este preciso instante quiero redondear mi tema. O sea, ir al grano.

                            Mi empresa apunta a derrotar a la muerte. A la muerte física, esa misma que la gente piensa que es invencible. Ayer, por dar una pista, mi amiga Graciela Ramírez de Mosqueira, cuando en un comentario sobre los poderes mentales de un tal Tony Kamo dije yo que ningún poder mental puede ser catalogado como bueno a menos que logre impedir que suceda la muerte, ella reaccionó sorprendida aduciendo que seguramente no me refería yo a la muerte física, ya que ella entendía que ésta era inevitable. Menos mal que su esposo Ramón Mosqueira entendió claramente que era a la muerte física a la que me refería acusando el impacto de mi comentario con una sonrisa y un ronroneo de satisfacción. Y bueno, cuando confirmé que tal era el sentido de mi declaración, Graciela acotó que ella desde luego también estaba plenamente convencida de que la muerte no existe, más obviamente, es a la muerte espiritual a la que ella aludía, ya que lo otro era simplemente absurdo, tal como lo dio a entender. ¡Tanta es la confusión desperdigada, confusión que deriva de esta nuestra condición dual, la que nos hace ver solo una de las caras de la moneda!. Para decirlo con palabras que solo han de intentar, repito, intentar dar una respuesta a la errada apreciación de Graciela: La muerte no existe; pero también, la muerte existe. Y es bien real. Con negarla, no ganamos nada. Las palabras nunca expresan toda la realidad. La muerte física, que también existe, es la que yo busco vencer, con este mi aprendizaje. Ya el viejo Séneca decía, según nos cuentan, que “nos pasamos la vida entera aprendiendo a vivir, pero más sorprendente es que dediquemos toda la vida a aprender a morir”. De donde se colige que pese a toda su notable intuición, él también daba por sentado la inevitabilidad de la muerte física.


                                                        VI


                   Cada cosa que uno diga y cómo lo diga, ha de generar indefectiblemente un efecto contrario por virtud de las mismas leyes físicas de la naturaleza


                            Vayamos pues al asunto. ¿Cuáles son las fallas que aún subsisten en este mi ser imperfecto que deberé corregir para seguir caminando hasta alcanzar la meta propuesta?. He ahí el quid de la cuestión.

                            Pero esta pregunta es demasiado ambiciosa y por ende, casi carente de sentido. ¿Cuáles son mis fallas?. Imposible contabilizarlas. Identificar mis fallas solo puedo hacerlo en cada instante dado. En verdad, soy un manojo de puras fallas e imperfecciones. Sin embargo, el método válido para ir corrigiéndome es sin duda el de atender a mis falencias, en todo caso, de instante en instante, ya que visualizarlas todas de una vez es imposible.

                            Lo que pasa es que yo no escribo esto en todo momento, por lo que al menos anotarlas en la medida en que las vea no va a ser posible. Entonces, al menos las que voy recordando cuando estoy en este cometido.

                            No he de limitarme a mencionar mis fallas abstractamente, porque en ese caso menor es la posibilidad de que las enmiende. Mis peripecias deberían ser dichas en concreto, ya que así se estaría hablando de un aprendizaje práctico.

                            En este mismo día, por dar un caso. Hoy, domingo, en Paraíso, en un momento me acerco a Vivi que está con la Revista de ABC Color de los domingos en sus manos, sentada en su sofá, leyendo. Tuve el impulso de ir a revisar el chiste gráfico de Caló, me acerco, extiendo las manos, se lo pido por un momento, ella reacciona abruptamente diciéndome si porqué no la dejo en paz cuando está leyendo, me pasa sin embargo la Revista, pero yo no la acepto y me retiro. Rato después ella me dice que ya la leyó todo y yo le digo medio en broma en guaraní que si fuera a decirle lo que quería le diría que es una mierda, pero que no se lo voy a decir. Ella advierte sin duda el resentimiento subyacente en mis expresiones, y reacciona aún más molesta, preguntándome si qué es lo que me frustra o me amarga, y pese a que yo le explico que lo que me molestó fue su reacción poco amable ante mi acercamiento para pedirle la Revista por un momento, ella continúa enojada mientras se deshace en unos cuantos exabruptos. He aquí una falla. ¿Porqué no pude abstenerme de decirle lo que le dije?. Pues, porque no he llegado a aprender que cada cosa que uno diga y cómo lo diga, ha de generar indefectiblemente un efecto contrario por virtud de las mismas leyes físicas de la naturaleza. Está también imbricada la deficiente capacidad de aceptar a los demás como son y no desear que sean como uno quiere que sean. Claro que entremedio está también el tener que aceptarse uno a sí mismo con sus imperfecciones pues lo contrario implica manifiestamente también otra falla. Sin embargo, así es como uno va aprendiendo y creciendo. Estos malestares, siempre que se los tome como es debido, deben ser necesariamente saludables, pues en la interacción entre las personas es donde uno va advirtiendo sus propias falencias. Así es como me he de ir corrigiendo, es decir, rigiéndome a mi mismo, arreglando mi vida, sometiéndola a las reglas que me han de permitir ir perfeccionándome, que tal es el cometido de mi aprendizaje.


                                                        VII


                            La penosa creencia de existir separado de lo demás


                            Hace tiempo que no escribo sobre esta materia, en esta obra en particular. No es que me faltaran ganas. Tampoco ideas. Éstas en verdad fueron muchas, pero en este mismo momento mi mente está en blanco, no me acuerdo de un solo pensamiento que se refiera al tema. Sin duda, es bueno que así sea, porque el olvido es parte del mecanismo de construcción del ser creado, tal como la memoria.

                            Y puesto que hablamos de construcción de este ser, importante es que sigamos mencionando mis falencias. Para poder construirme debo ir detectándolas, desembarazármelas, corregirlas si fuere posible, ir armando nuevas estructuras que permitan funcionar a mi ser conformado con un patrón indestructible. De hecho, el trabajo fundamental que me concierne es el de ir explorando mi ser para descubrir dónde radica las deficiencias que le condicionan a perecer.

                            Una de las fallas más notorias que me impiden funcionar correctamente es la penosa creencia de existir separado de lo demás. ¿Cómo es que me “siento” ser “aparte” de mi entorno si está claro que me es imposible “existir” sin él?. Es seguro que esto tiene que ver con “mis orígenes”, con el “comienzo” de las múltiples estructuras, físicas y mentales, que conforman a “mi ser” actualmente. Ello me indica que “mis orígenes” se remontan a mucho tiempo atrás, obviamente al mismo surgimiento de la especie a la que pertenezco, que emergió en la naturaleza con una “conciencia autónoma”. Esa “herencia” genética y cultural me condiciona. Hace ya mucho tiempo entonces que otros “vienen trabajando para mí”, (conforme a la enseñanza impartida por Jesús en la parábola de “los obreros de la viña” Mt. 20,1-16) que recibo una paga igual a la que han de recibir “los primeros”. Empero, también a mí me toca “trabajar” y sólo por mis propios medios podré hacerme acreedor a “mi salario”. Lo que a mí me toca por este tiempo es compaginar ese mi “ser único” (que mis antecesores “apartaron del resto”, aquello “de mí” que estaba en “ellos”) con esa “totalidad”, o al menos con esa porción de ella que me es dado vivenciar (o que me es dado percibir, como se diría en la forma de hablar usual). Porque “mi ser” coincide incuestionablemente no sólo con este pequeño “campo de energía” que doy como “mi cuerpo” sino con todo aquello que se encuentra con él en una interacción dinámica con el que “se acopla estructuralmente”, como diría Fritjof Capra.

                            ¿Cuál es el motivo por el que usualmente no me siento “integrado” con mi entorno?. La respuesta que me viene es que no ejerzo pleno control sobre él. Es el mismo motivo por el que mis antepasados fueron “abstrayéndose” de lo que les rodeaba, que tuvo como resultado, entre otros, a la creación del “yo” individual con su secuela, “la muerte física”. (Está entre ellos también el “espacio”, y el “tiempo”, con su cronología, que me “ata” a unas circunstancias “particulares”. Morir es desprenderse de la cronología).

                            Pero el hecho de no poder controlar plenamente al entorno, o a la naturaleza, constituye precisamente el medio que me permite sentirme “distinto” de ella lo cual es imprescindible para ir construyendo a “mi ser” particular. Paradójicamente a medida que voy construyéndolo, caigo en la cuenta de que “soy” ella misma, lo que me confiere un control mayor sobre ella. O, mejor dicho, poniéndome en “sus manos”, porque de hecho ella tiene mayor “poder” que yo, siento que con ella “puedo” aquello que “no puedo” yo solo. Parece complicado, pero sólo lo parece. La cuestión es que debo “identificarme” con la naturaleza, porque sin duda ella soy yo. En otras palabras, mi “entorno” y yo somos uno, aunque también, y al mismo tiempo, somos “distintos”.


                                                        VIII


                   La lógica paradójica


                            Me viene a la mente una de las briznas filosóficas escritas hace algún tiempo en la que digo: Primero, hay que obedecer a la naturaleza, someterse a sus leyes. Después, ya la naturaleza es la que le obedece a uno, se muestra absolutamente pródiga y hace las cosas de tal manera que nuestros deseos se van realizando puntualmente, aunque no necesariamente en el orden y la medida en que nuestra limitada inteligencia espera, sino deparándonos gratísimas sorpresas, conforme a la imprevisibilidad que le es propia a lo infinito. Francis Bacon en el “Novum Organum” dice lo mismo con distintas palabras: No se triunfa de la naturaleza sino obedeciéndola (Esto lo leí ya después de escribir lo anterior). Tal parece que un solo Espíritu es el autor de todos los libros escritos en todos los tiempos, como nos lo recuerda Borges al evocar los pensamientos de otros escritores que insinuaban esta tesis.

                            En resumidas cuentas: Se trata de entender “la lógica paradójica”, como la denomina Erich From. La lógica aristotélica, la sustentada en el principio de identidad, el de contradicción y el del “tercero excluido” está desfasada, y debe ser desechada inevitablemente para entender la realidad en plenitud.  La “lógica paradójica” es la que utilizan los maestros de la sabiduría genuina. Erich From escribe que ella predomina en el pensamiento chino e indio y en la filosofía de Heráclito. Pero es Jesús el que permanentemente hace uso de este método. La lógica paradójica es aquella que permite entender ( a mi entender) que en cualquier discurso lo que cuenta es el contexto, es la que permite, por decirlo así, divisar las dos puntas que tienen todas las cosas (finitas). Todas las cosas tienen dos caras, como las monedas, en cuanto son consideradas por el humano espécimen. Por tanto, cuando algo miramos, no debemos perder de vista la otra punta de lo que ante nuestros ojos tenemos. Veamos. Más arriba dije: Morir es desprenderse de la cronología. Pero ahora digo: Vivir es desprenderse de la cronología. Ambas cosas son contradictorias, y se excluyen, de acuerdo con la lógica aristotélica, por lo que se diría, a tono con ella, que ambas cosas “son imposibles”. Son imposibles “al mismo tiempo”, dirían los aristotélicos, pero con la lógica paradójica deberíamos decir que son posibles “dentro de cierto contexto”. Morir y vivir son las dos caras de una moneda, y vive el que muere como muere el que vive, cada cual dentro del contexto que le toque, porque cada suceso acontece dentro de la unicidad de la naturaleza. Una de las formas de “morir” el ser vivo es cuando entra en la “inconsciencia” del sueño, o del desmayo, donde adopta idéntico estado a aquel que decimos que “se ha muerto”. El que “se ha muerto” a su vez vive, vive en los otros por medio de la energía vital que ha irradiado y que perdura, reencarna en los otros por medio de sus ideas, vive por sí mismo y para siempre si resucita en la dimensión espacio-temporal donde la vida eterna ya es realidad. Estas formas de ver no se compaginan con la lógica aristotélica, porque esta configura a la realidad en “objetos” separados unos de otros de una manera absoluta. Y eso fragmenta a la realidad, impide ver las cosas dentro del contexto, se divisa solo una de las puntas de las cosas y se pierde de vista a la otra.

                            Fragmento por tanto a la realidad y me siento separado de ella porque mi razón se ciñe a un discurso lineal donde mis ojos sólo ven una de las puntas del objeto considerado, lo cual empero no deja de ser “natural” en cierto sentido, dada mi naturaleza finita y el empleo de un instrumento fragmentador por excelencia como lo es el lenguaje, en mi intento de entender a esa realidad.

                            El sentirse integrado es por el contrario ser capaz de ver los dos extremos aparentemente opuestos de las cosas. Así, observo atentamente al otro, y veo que todos sus problemas tienen su origen en sus deseos. Esto es algo de cada momento: Quiero tal cosa, quiero lo otro (Quiero que mis hijos sean agradecidos, quiero que reconozcan el esfuerzo que hago por ellos, quiero, quiero, quiero..., es lo que escucho momento a momento). Atiendo mejor y caigo en la cuenta de que yo, que observo, a mi vez, no quiero que el otro quiera lo que quiere, es decir, son mis deseos los que provocan en mi ser interior un revuelo, una revulsión, pues me gustaría que el otro solucione sus problemas desprendiéndose de sus deseos.  Y me digo: No tengo que querer que el otro deje de querer. Pero ese “no tengo que” es también un querer. Está en juego por tanto la aptitud para divisar en cada instante lo correcto. Porque el deseo entraña también el no deseo, Y viceversa: El no deseo entraña igualmente el deseo.

                            Krishnamurti hace alusión a esa aptitud en un pensamiento sobre la genuina religión: “Religión es experimentar de instante en instante la verdad de lo que es”.

                            Jesús, que permanentemente hace uso de la lógica paradójica, declara: “El que recibe a un niño como éste en mi nombrea mí me recibe; y el que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió”( Mr. 9, 37).


                                                        IX


                   Conformamos juntos un “continuo intrínsecamente unido por el ‘cuerpo’ de la naturaleza”; es la presencia del “Espíritu” la que unifica


                            La falla susodicha, el sentirme separado del entorno, de lo demás, del mundo, es entonces una de las deficiencias que conspira para impedirme funcionar adecuadamente. Krishnamurti, dotado de gran sabiduría, solía repetir constantemente: Usted es el mundo. Y el mundo es Usted.  En un comienzo para mí resultaba incomprensible esta declaración, pero a fuerza de golpes merecidamente recibidos hoy se me presenta enteramente plausible.

                            Sin embargo, por este tiempo, el hábito mental arraigado en el propio cuerpo (¿en el cerebro?; no: en todo el cuerpo) sigue jugándome la mala pasada de “reducir” mi ser a mis contornos físico-corporales, en otras palabras, me condiciona a “identificarme con mi mero cuerpo”. Este hábito de hecho es producto del acostumbramiento de miles o tal vez millones de años y tiene que ver con él el mecanismo de la individuación del ser viviente, el cual prosiguió en el ser humano con la acuñación del lenguaje. “La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico” dice Borges, y en otra parte declara que ese carácter ha sido gastado por la “usura del tiempo”. Noam Chomsky afirma que el lenguaje viene inscrito en los genes. De todos modos, el lenguaje (la palabra) que nos confirió la aptitud para “abstraer” el “ser” de “la cosa” es el causante principal de que nos sintamos “separados” del “mundo”. (Esta “abstracción” tiene su contrapartida, que es la de “confundir” la palabra con la cosa presuponiendo que la primera abarca en su totalidad a la otra)

                            Dicha separación es harto artificial pero tuvo la consecuencia de infundir en nosotros (en mí) la “creencia” en la “muerte inevitable” con una fuerza tan descomunal que el trabajo que hoy nos toca es el de combatirla para ir contrarrestándola.

                            Lo de la artificialidad de la “separación” es notoria, pues bien sabemos que en nuestra cotidianeidad estamos permanentemente “olvidándonos” de nosotros mismos. Cuando Emilianito está embebido, mirando la televisión, o cuando me concentro en la lectura, o cuando el que fuere se entrega enteramente a una tarea, es evidente que el “yo” se encuentra ausente. Éste solo surge cuando sobreviene una “resistencia” en el entorno (un estímulo, una distracción, una interrupción) que nos hace “mirar como a otro” a todo lo que se encuentra “fuera de nuestra piel”. Ocurre entonces ese “volver en mí”, como solemos decir.

                            La enseñanza de los maestros, y principalmente del maestro por antonomasia, que nos inculca a “amar a los otros como a nosotros mismos” tiende a suprimir de cada uno de nosotros esa artificial separación, más no así nuestra individualidad. Al ver que los otros son “también” nosotros,  que conformamos juntos un “continuo intrínsecamente unido por el ‘cuerpo’ de la naturaleza”, es posible comprender que es la presencia del “Espíritu” la que unifica. Y es esa presencia la que nos (me) cuesta tenerla en cuenta momento a momento. En verdad, pienso que si la tuviera en cuenta (de la manera indicada por Jesús cuando dijo que ni un solo pajarillo cae de arriba sin que el Padre lo permita) esa “sensación” de “separatividad” simplemente desaparecería. Paradójicamente, el ser consciente de esa “presencia” implica “perderse” en la “conciencia” de ese “algo superior”, es decir, también allí uno “se olvida de sí mismo”. Se diría mejor que uno “se vuelve uno” con “lo otro”. Dicho de otra manera: Cuanto más consciente uno se vuelve menos necesidad tiene de obrar “por cuenta propia” y por ende, actúa cada vez más en función de su papel de “instrumento” de la naturaleza omnisciente. Pero esta paradoja no es fácil de conciliar pues puede desembocar en la “creencia ciega ” de que al ser uno un mero instrumento no está obligado a hacer uso de su libertad, lo que puede hacerle incurrir en crasos errores, pues la responsabilidad de decidir entre lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, jamás puede ser soslayada amparándose en ese argumento.


                                                        X


                   El pleno sentido de la sentencia de Krishnamurti: “la verdad es una tierra sin caminos” puede obtenerse sólo conjugándola con aquella otra proclamada por Jesús que dice: “yo soy el camino, la verdad y la vida”


                            Empero, para tener en cuenta aquello (la presencia) de manera continua,  son muchos los impulsos básicos que tengo que revertir. Tendré que resignarme a ir haciéndolo poco a poco. No es algo que se pueda lograr como por arte de magia. Pienso en Krishnamurti, de quien tanto aprendí, que postula que no hace falta disciplina alguna para lograr la plenitud del ser. Pero él lo refería todo a sí mismo y perdía de vista a los otros. No admitía la “evolución” (hay que ser, sin más, excluyendo el desarrollo) y nunca consideró siquiera la posibilidad de conjurar a la muerte física. De hecho, no conocía suficientemente la enseñanza de Jesús al respecto. Su método (que él no lo consideraba como tal ya que abominaba de todos los métodos) se circunscribía a la atención, en otras palabras a la constante vigilancia de la mente. Sin embargo, esto requiere de quien no lo haya asimilado una gran disciplina.  En suma, estaba equivocado en este punto, pues la evolución es consustancial a la vida. El decir que estaba equivocado, empero, es solo un decir, pues las palabras son tan equívocas y sobre todo tan limitantes que no puede descartarse que lo que él quería indicar con sus palabras fuese únicamente que uno puede liberarse instantáneamente y “para siempre” de los condicionamientos que constituyen nuestras prisiones con sólo prestar atención de instante en instante a la realidad, sea cual fuere el grado de “evolución” al que haya “llegado”. Esta convicción se afincó en él seguramente a partir de su experiencia, que tiene su fundamento en el cambio que se operó en él “como por arte de magia” pero que indudablemente tenía como presupuestos los “paquetes de información” que venían “instalados” en sus genes (los que varían indudablemente de uno a otro individuo). Es interesante la narración que hace el mismo Krishnamurti de una de sus experiencias vitales que precedió a la asunción de su papel como expositor y difundidor de sus ideas sobre la liberación integral del ser humano: “Había un hombre reparando la carretera; ese hombre era yo mismo; yo era el pico que él sostenía; la piedra misma que él estaba rompiendo, era parte de mí; la tierna brizna de hierba, era mi propio ser y el árbol junto al hombre era yo. Casi podía sentir y pensar como el hombre que reparaba la carretera, y podía sentir el viento pasando a través del árbol, y a la pequeña hormiga sobre la brizna de hierba. Los pájaros, el polvo y el mismo ruido eran parte de mí. (...) Todo el día permanecí en esta dichosa condición”. A partir de ese momento, él se imbuyó de tal forma de las ideas que serían las coordenadas básicas de su visión de la realidad que pasó el resto de sus días tratando de inculcársela a los otros, habiendo conseguido sin duda abrir muchas mentes sofocadas en las cárceles de sus prejuicios, entre ellas la mía. Una de sus sentencias más memorables, es aquella que dice que “la verdad es una tierra sin caminos”, cuyo pleno sentido puede obtenerse sólo conjugándola con aquella otra proclamada por Jesús que dice: “yo soy el camino, la verdad y la vida”. En fin, Krishnamurti, “el que ha de albergar a Krishna” (ese es el significado de su nombre) es sin duda un maestro que puede ayudar a quien fuere que se instruya en las verdades del reino, pese a las fragmentarias visiones que él mismo pudiera haber tenido y que quería evitar que ocurra con los otros, y pese a la necesidad de conciliar aquella premisa con la otra que nos enseña que maestro tenemos uno solo, que es Cristo. Es cosa de la lógica paradójica.


                                                        XI


                   La vida es un juego, una apuesta, donde es imperativo ganar en última instancia, a pesar de la necesidad de ir perdiendo infinidad de cosas por el camino


                            ¡Qué gusto da teorizar, y qué fácil es decir las cosas!. Sin embargo, si tal puede ser un defecto, bien puede también erigirse en virtud. De la abundancia del corazón habla la boca, dice la bíblica sentencia por boca del maestro, y si es sabido que la praxis filosófica es la que cuenta, ésta puede también traducirse en válidas reflexiones que ayuden a consolidar la verdad en el propio cuerpo. Tal desde luego es el sentido de la exhortación para comer el cuerpo y beber la sangre de aquel cuyas palabras encarnadas en uno deben ser traducidas en práctica de vida. La Iliada y la Odisea, como la Biblia en sus orígenes, y muchos otros textos antiguos de sabiduría, fueron memorizados y repetidos, si se quiere mecánicamente, hasta que los signos gráficos facilitaron el trabajo de la memoria. El alfabeto, inventado por el tiempo del reinado de David en las regiones aledañas a sus dominios, nos ha relevado de la tarea de repetición oral de las verdades esenciales, por lo que es forzoso que uno se ponga a rememorar y masticar sus propias verdades para que se arraiguen en el ser de uno como fuertes plantas en terreno fértil.

                            Se trata, por otra parte de un juego. La vida misma es un juego, una apuesta, donde es imperativo ganar en última instancia, a pesar de la necesidad de ir perdiendo infinidad de cosas por el camino. Un juego es, pues hay que acordarse de que sólo el que sea capaz de hacerse como un niño, a tono con la naturaleza lúdica y dócil de que está dotado, podrá entrar en el reino. La creatividad infantil es imprescindible para ello. Es un juego a veces hasta cruel, si puedo permitirme esta palabra, pero la recompensa final vale el esfuerzo, el sacrificio. Notable es cómo entre las opciones que se nos presentan, en la apuesta que debemos estar haciendo de instante en instante, siempre hay que estar atento para entrar por la puerta estrecha, pues ancho es el camino que lleva a la perdición y angosto el camino que lleva a la vida, como lo advirtiera el maestro. Es la opción por el esfuerzo, la más difícil en principio, la que implica no dejarse llevar por el impulso ciego del placer, de lo que sólo “da gusto”, como dijéramos más arriba. Paradójicamente empero esto se convierte en lo más fácil cuando uno ha decidido tomar el yugo, alzar sobre sí la carga que el maestro nos impone y que la lleva él con nosotros, por eso nos dice que “su carga es leve”, instándonos también a ir a él cuando estemos cansados y afligidos, que él nos aliviará. En suma, es un juego que por momentos es duro, pero vale la pena. Es el precio que pagamos por nuestra salvación, por nuestra salvación de la muerte. Algo tenemos que pagar si apostamos por la opción de vivir “por nosotros mismos”, pues la vida que nos toca en el tiempo cronológico ya la hemos recibido gratis. Y con ser duro el juego por momentos no por eso nos está vedado disfrutar plenamente de los otros, ya que a eso apuntamos y así será por siempre cuando hayamos alcanzado la meta final.

                            Y hablando de juego, en un juego le dije hoy (domingo 28 de diciembre de 2003) a mi hija Selva: “¡Me maravillo de lo bueno que soy!”. Y pese a tratarse de un juego, era de imaginar que no sonase convincente, pues la actitud normal ante estas declaraciones es la de juzgar presuntuoso a quien las profiriere. Y a posteriori de la normal actitud me dije de nuevo, esta vez para mi coleto: “No es una jactancia. Es una constatación”. Como se ve, continué jugando. ¡Si el propio Jesús lo dejó en claro: Sólo Dios es bueno!.                                                        

                            Pero tenemos que tratar de serlo también nosotros, de ahí la exhortación: Sean perfectos, como es perfecto su Padre que está en el Cielo. Y sigo contando. Contando mis peripecias, mis falencias, enumerándolas. Seleccionar, discriminar. Esa es la tarea. Hoy 2 de enero de 2004. Estoy viviendo mi propia aventura. Vengo rengo pero vengo, decía, creo, alguien, y si no lo dijo, yo lo digo. Se me ocurre anotar el fugaz encuentro que tuve con mi amigo Jorge Luis Bernis, en que él insistiera varias veces sobre la dura carga que le toca transportar, repitiendo que son cinco los hijos a quienes tiene que dar de comer. A esta altura ya me hizo pensar si a los pajarillos que esparcidos revolotean de aquí para allá también él no estará constreñido a darles de comer, pues al parecer su responsabilidad es tanta que poco falta para que asuma la del Padre que está en el Cielo. ¿Y a él quién será que le da de comer?, es lo que también pensé. Claro que mi amigo, como se lo dije, tiene vocación de político, no de santo.


                                                        XII


                   Las experiencias oníricas son vivencias que reproducen la infinita realidad con una inventiva que nos está vedada en el estado ordinario de vigilia


                            Pasan los días, pasan las noches, pasan infinidad de cosas solo para exhibirme mi ineptitud para lograr el fin propuesto. Hoy es el 16 de enero de 2004. Las peripecias se suceden y todo en ellas deja translucir lo mucho que me falta andar para lograr aquello. Esta noche, para dar una idea, mis experiencias oníricas, conjugadas con las de la vigilia, me envolvieron en pensamientos y sentimientos  -- caso de que ambos sean considerados cosa distinta uno de otro-- que rondaban por mi mente augurando que la muerte física puede no estar lejos. Montaigne, que murió a los 59 años, tiene en sus Ensayos un extenso comentario sobre la muerte, a la que sin réplica posible considera como inevitable. Cita él a Cicerón a quien menciona como el que afirma que la filosofía es una preparación para la muerte, cuando antes ya Platón había expresado la misma cosa, a estar por los datos que mi memoria guarda de diversas fuentes. Yo tengo ahora 58 años, y con el transcurrir de este año calendario estaré completando la cantidad que aquel logró acumular. Así que no se descarta que este suceso me aflija sin mucha tardanza.

                            Dicho he antes que quizás ha de llegar un tiempo en que conscientemente me dé cuenta de que he de morir físicamente, o al revés, de que ello no habrá de acontecer. Revisando las “Conversaciones con mi demonio” en el día de ayer estuve constatando que muchos de mis sueños fueron premonitorios, lo que fue puesto de resalto sobre alguno en particular en la misma obra. Así, por mentar a algunos más, el sueño habido con los abogados Manuel y Enrique Riera, cuyo desenlace, para mi contento, fue el anunciado en el sueño para ambos casos; el que me mostró a la banda de músicos en el patio de la Justicia Electoral, que vaticinó el resultado favorable que se produjo contra adversos pronósticos;  y el que me representó a Jorge Luis Bernis y Luis González Machi con los caños de agua averiados y la promesa de ser reparados por ellos, asociado al caso laboral en la Itaipú, cuyo desenlace, impensado por entonces, se tradujo en la solución de los problemas económicos que me afligían.

                            La cuestión está entonces en discernir el sentido de las experiencias oníricas más arriba mentadas, puesto que si algo he sido capaz de desentrañar de las mismas es que son vivencias que, entre otras cosas, reproducen la infinita realidad con una inventiva que nos está vedada en el estado ordinario de vigilia, rebasando las barreras mentales de tiempo y espacio, y anunciando, de sutil manera, el curso de los sucesos que nos atañen, cuyo derrotero se encuentra desde luego supeditado hasta cierto punto a nuestra voluntad.

                            Para ponerlo breve: Pienso, en sueños, y lo somatizo con las sensaciones que le son inherentes, que mis genitales han sido tomados por un cáncer u otra afección, que en cuarenta y dos meses a lo sumo, haría que yo me muriera. El decirlo jamás puede dar fiel imagen de lo experimentado, pero vale describirlo como una clara conciencia de que habría de sobrevenir la privación del propio ser, que comporta la de todo lo demás que se tiene por lo más caro a los sentimientos. La intensidad de las vivencias me despiertan. Vuelvo a dormirme, y rato después veo en una imagen que emerge de la dormida conciencia, a los tres niños, Emilianito, Romina y Joaquín (quienes están con nosotros en Paraíso) a punto de practicar la meditación, momento en que el último de ellos se rebela abriendo los ojos, y una voz hace escuchar en mi cabeza este jolgorio. “Tiene miedo, tiene miedo”, en evidente alusión a lo anteriormente experimentado. Me despierto otra vez y me vuelvo a dormir, y otra imagen se hace presente con particular intensidad en mi mente dormida, la cual me muestra a dos plantas de sombrilla de playa torcidas y destruidas por un temporal (recuerdo que uno se produjo en el día de ayer causando destrozos en las plantas de Paraíso), al parecer a punto de ser desarraigadas definitivamente, y al lado un broto pequeño de la misma planta, se me ocurre que está Vivi conmigo delante de una de nuestras casas, los pensamientos y sentimientos que me invaden evocan inequívocamente a la muerte que fue aludida en la primera experiencia arriba citada. Me despierto y asocio vagamente las dos plantas del sueño con Pablo Emilio y Leonardo y el broto con Emilianito, simbolizando mi responsabilidad respecto de ellos amenazada por lo soñado en primer término.  Por último, un sueño donde los vecinos del barrio Santa Lucía de Lambaré acuden a una cancha para jugar un partido de fútbol, son los que siempre participaron anteriormente en los juegos del barrio, yo voy con ellos, no estoy seguro si cuentan conmigo para integrar el equipo, está Ramón, el hijo de don Patiño el cual es el que estaría encargado de formar el equipo, va a comenzar el partido, otros son los seleccionados para jugarlo en vez de mí y de otros que yo pensaba que integrarían el equipo, me produce cierta desazón mi exclusión y la de los otros, uno de estos, que tiene una apariencia física bastante juvenil, se levanta de donde estamos sentados y camina como desfilando delante de Ramón, y con estas ideas me despierto, acordándome de que uno de los que jugaba con nosotros, un tal Barrientos, falleció recientemente, como también que la exclusión del equipo algo puede tener que ver con lo que primeramente me acometiera en mi estado de sueño.

                            Podrá hacerse de la idea de lo que merodeaba por mi mente quien haya leído atentamente lo que precede. ¿Será premonitorio lo visto en estos sueños?. De ser así, la consecución de mi meta no se avizora muy factible, pues mi percepción me ilustra que demasiado todavía tengo que trabajar para desembarazarme de todas mis taras. Pero si así tiene que ser, será enhorabuena. Dios sabe lo que hace y de nada vale empecinarse en contrariar su voluntad.

                            Recuerdo que mi hermano Ivar, a quien le tomó un cáncer del pulmón que lo llevó a la muerte también a los 59 años, se aferraba a la vida consolándose con la idea de que lo que le estaba pasando era para que los médicos aprendieran de su enfermedad, de ninguna manera para llevarlo hacia un desenlace fatal. Mi hermana Rosa, con quien compartimos un encuentro entre varios familiares en la casa de nuestra hermana Lela el fin de semana pasado, decía muy convencida que ella no moriría ( al igual que yo), pero sin duda ella hacía referencia más bien a la “muerte espiritual”, sin pensar en la que nos toca físicamente, tal que, cuando le mencioné a nuestros padres biológicos ya fallecidos, ella preguntó muy ufana que los “sentía”, preguntándome si yo no. Obviamente, yo no los siento como lo sentía a ella y a los demás que allí estábamos “presentes” en ese momento, y la “fe ciega” que se albergue en uno, si bien útil de alguna manera, por sí sola no basta para la salvación, ya que el requisito indispensable para conseguirla es también el de haber sido “bautizado” (Mr. 16,16), es decir, según mi visión e interpretación, haber culminado la propia evolución individual con el desembarazamiento de todas las taras o imperfecciones que nos aquejan.

                            Es de esclarecer que en modo alguno puede tomarse las señales oníricas citadas como anuncio indudable de algún suceso en particular como la muerte corporal, y de hecho, las vivencias en cuestión son susceptibles de variadas otras interpretaciones. Una de las implicancias por ejemplo es la de que, necesitando todavía de mi ayuda el menor de mis hijos y aún, el que le antecede, mi demonio me está poniendo en claro que no he terminado de cumplir aquello para lo que fui enviado, máxime que a veces ganas me vienen de abandonar la partida. Las plantas y el retoño de la sombrilla de playa aparecidos en el sueño pueden prefigurar ese augurio. Empero, no puede perderse de vista un instante que tal acontecimiento acecha implacable a cualquiera, incluyendo a quien menos lo espera, y el haberla considerado ha sido un buen ejercicio mental. Así, el pensar tras el despertar que las cosas seguirán estando aquí si sobreviniere mi desintegración física, ha de permitir que se amengüen mis apegos y será otro paso dado en pos de la meta final. Naturalmente, el derrotar a la muerte física sigue siendo el objetivo, pero para ello resulta imprescindible que la fe se vaya incrementando, que sólo se produce si parejamente uno es capaz de desprenderse de las impurezas que le atosigan.

                                                        XIII


         Ejercitar el silencio y la atención es la clave para soportar el aspecto frívolo de la existencia, lo cual integra necesariamente el proceso de la vida.


                            ¡Qué de cosas omitidas en estas “apuntaciones” (palabra que Borges utiliza en alguna de sus páginas, limitándome yo a emularlo, sin certidumbre sobre su aceptación “académica”) desde la fecha de la última anotación. Hoy es el 21 de marzo del corriente año (cuál año?; 2004, por supuesto), y las peripecias vividas han sido muchas, así como las ganas de rememorarlas en este escrito en particular, pero como suele decirse, esas ganas por sí solas serán las que me den provecho, porque si no... será energía “perdida”.

                            La idea que hoy “me rodea” (merodea por mi mente, si lo prefieren de esta forma): Cómo compaginar la necesidad de vivir “en el mundo” con el proyecto que tengo entre manos. Es decir: Cómo conseguir que dentro de esa gama de situaciones que se presentan en el campo de mi relacionamiento con los demás, donde las trivialidades y fruslerías abundan y se mantienen campantes y rampantes, sea capaz yo de sustraerme a esa especie de estímulo que entrañan las mismas para hacerme actuar mecánicamente siguiendo el curso de los derroteros o cauces que ellas van abriendo. Mi incursión en las reconditeces de mi subconsciente me permite columbrar una de las maneras de responder a esos estímulos, la del silencio, o para mejor decirlo, la silenciosa atención y la prudencia para no apresurarme a decir o hacer algo reaccionando ante ellos. A decir verdad, mi demonio, en pleno estado de vigilia, cuando estaba cavilando sobre esta cuestión, deslizó en mi mente esta palabra que en cierta forma es la clave del asunto: ambidextro.

                            Es que la mente está como alternando continuamente entre dos niveles de realidad, una que es la rutinaria con sus mecánicas repeticiones de actos, palabras y pensamientos, y otra que infunde una paz y plenitud donde se produce algo así como la integración del ser de uno con todo lo percibido en el entorno, que igualmente puede ser configurado como que la energía generada desde adentro cobre vida, en un proceso de integración e identificación con todos los seres de la naturaleza. Aquella oscilación, ese vaivén del espíritu, que constituye un mecanismo inherente al proceso de evolución y crecimiento, provoca paralelamente malestares que tienen su causa en una especie de desintegración de la personalidad que ora desea seguir viviendo, ora se siente empujado hacia el estado de paz definitiva que el inconsciente lo parangona con la cesación de la conciencia que sobreviene con la muerte física. La lucha en esa instancia es tremenda, sin duda. Díceme mi demonio que hay que ser ambidextro, ser capaz de adaptarse para desenvolverse en los dos niveles de realidad. Debo decir que dentro de todos los avatares, me he vuelto bastante ducho para ir sorteando los obstáculos que se presentan en el camino. El desaliento, el hastío, la fatiga y otros sentimientos que me acometen a veces fugazmente deprimiéndome hasta el punto de colocarme en la situación de querer abandonar la lucha, tienen su compensación con los momentos de expansión creativa que surgen de la interacción afectiva con los demás, ya que el amor genera siempre alegría y bienestar, lo cual permite seguir caminando esforzadamente.

                            Lo cierto y concreto es que la consolidación de los principios fundamentales en mi ser es un proceso que prosigue sin pausas, aunque está visto que es lento y gradual. Ejercitar el silencio y la atención es la clave para soportar el aspecto frívolo de la existencia, lo cual integra necesariamente el proceso de la vida. La naturaleza se vale de este mecanismo para conducir al ser creado al estado en que entienda que ella debe ser configurada como “solo vida”, un nivel de la realidad que puede ser “realizada” y “sentida” por aquel de forma continua. Hay que disponerse a compartir y a aceptar hasta las más absurdas y tontas creaciones de la mente para ir ahondando en la infinitud de la existencia, que eso también es parte del camino hacia la santidad.


                                                        XIV


                   La alegría y la fortaleza que infunden el saberse en el camino recto otorgan el contrapeso indispensable contra la conciencia de las limitaciones


                            ¡Qué duro es el camino y qué despacio lo recorro!. “Tanto gusto había en quejarse, un filósofo decía, que a trueco de quejarse, las desdichas habían de inventarse”, escribió Calderón de la Barca. Y es que, llámesele gusto o no, el desahogo es un medio muy útil para hacer soportable la travesía. Hoy es domingo 18 de abril del año 2004. La santidad entraña la ausencia de deseos. Es el nirvana. Darse cuenta de esto puede significar la iluminación. Por tanto, el iluminado puede no haber alcanzado el nirvana, ambos estados pueden ser diferenciados, si bien el que ha llegado al nirvana indefectiblemente debe estar iluminado. Lo que no necesariamente se da es el viceversa. Estar iluminado es también darse cuenta de que no se ha alcanzado el nirvana, aunque ese darse cuenta tiene que ser constante. Se debe seguir en pos, por así decirlo. “Todo el que pone la mano al arado y mira atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62). Bueno, entre otras cosas, se me ocurrió hoy que en este aprendizaje, así como voy, se cierne sobre mí el albur de que me quede como mero aprendiz. Empero, desde que “me di cuenta”, no he vuelto a “mirar atrás”. No he “reculado”. Mis falencias son más bien debilidades, flaquezas, imperfecciones derivadas de la falta de control sobre mis impulsos ciegos. La mentira deliberada ha sido descartada definitivamente de mi proceder.

                            El esfuerzo, el “sacro oficio” ( el sacrificio) tiene no obstante sus compensaciones, el compartir momentos plenos de amor provoca los “anhelados” bienestares. La alegría, la fortaleza que infunde el saberse en el camino recto, la erradicación del miedo que apabulla, son estados que se van experimentando y que otorgan el contrapeso indispensable contra la conciencia de las limitaciones, contra la fatiga y el desaliento, contra ese nebuloso espíritu de lo incierto y azaroso, contra ese tonto enojo, esa ira que del alma del santo debe estar proscripta. El buen humor es nuestro compañero inseparable, pues un santo triste es un triste santo, como dice sabiamente el dicho.

                            Otra cosa que me depara gratos momentos es el leer, Y por supuesto, el escribir. Hoy por ejemplo estuve en el Shopping del Sol con Emilianito y estuve curioseando en las librerías. Hay tantísimos libros que me faltan leer. Los libros de poesía, Machado, Verlaine, Vallejos. Antología de Ensayos de autores ingleses, con estudio preliminar de Adolfo Bioy Casares, una obra de Kafka nunca vista, cuyo nombre no me acuerdo. Todos me esperan, si llego a alcanzar la meta que persigo: la vida eterna. Ayer de mañana también hojeé por acaso el primer Tomo de los Ensayos de Montaigne. Allí me topo con una frase que él la atribuye a “los eruditos”: Una imaginación robusta, produce los acontecimientos. Él la consigna en latín, y el traductor la vierte al castellano. Esto es algo que desde luego se remonta a mucho tiempo atrás, forma parte de la filosofía perenne, como diría Aldous Huxley; el Buda lo decía en estos términos: Somos lo que pensamos. Con nuestros pensamientos construimos el mundo. Y cuando llega Marx, y dice que la función de la filosofía no es interpretar la realidad sino transformarla, repitiendo a los otros, arrastra tras de sí a muchedumbres que lo erigen en ídolo. El cometido desde luego es ir poniendo el granito de arena que cada cual tiene a su alcance para ir cambiando para mejor. La semilla podrá caer en tierra buena o no, pero hay que seguir en la brecha.

                            Vivir para siempre. Tal es la consigna, tal el desafío. Cuando me pongo a considerarlo, no puedo menos que sentirme un poco a la manera en que lo configuraban los epicúreos: ¿Porqué torturarnos ante la perspectiva de la horrible eternidad?. Días atrás estuve leyendo un fragmento de Epicúreo de su Carta a Meneceo. En lo fundamental, el mismo coincide con lo que todos los maestros enseñan sobre las reglas a observar para una vida sana y buena: La moderación, la renuncia a los deseos, el control de los impulsos ciegos. La belleza y poesía con que se expresa es lo más notable. Claro que el torturarnos ante la perspectiva dicha se debe únicamente a nuestras imperfecciones. Haber alcanzado un grado de evolución implica vivir en todo momento el presente, tal como recomienda también Epicúreo, pero la perspectiva de la eternidad ya no puede erigirse en problema, pues cuando y cuanto llegue ha de ser sólo presente. Epicúreo, extrañamente, habla también de Dios, catalogándolo de el “ser viviente” (como en la tradición hebrea), y de los dioses, en esa Carta, contrariamente a lo que yo pensaba al leer las referencias a su doctrina, y en especial, las elucubraciones de Lucrecio en su obra “Sobre la Naturaleza”. Las palabras son tan inadecuadas para trasmitir el saber.





                                                        XV


                   Tengo que imaginarme viviendo para siempre. Tengo que crear mi eternidad. Ese es el cometido mío.


                            Hoy es el 15 de mayo de 2004. Mis peripecias siguen; la vida, mejor, el período este en el que la estoy aprendiendo es un anticipo de lo que me aguarda una vez alcanzada la perdurabilidad. Cada vez estoy más consciente de mis limitaciones. Cada vez me doy mejor cuenta de que son sólo mis incapacidades las que me impiden disfrutar en plenitud de la existencia. No puedo escabullirme de esos duros condicionamientos que no me dejan ver que las cosas ocurren, han ocurrido y van a ocurrir siempre según medidas. No atino a maravillarme lo suficientemente cuando de improviso la vida me muestra que algo inesperado viene a confirmar que mi mente, mi inteligencia, es la que va trazando el curso de los acontecimientos, bien entendido que es mi mente conformada con aquella otra que envuelve en sí a todas las otras. Así, por citar un caso: Mis dos libros que acaban de salir a la luz. Iban a ser uno solo. Cristian era quien me insinuaba, me sugería y hasta me recomendaba que “Imponderables” se publicara por separado. Finalmente, estando ya en prensa, los hechos se conjugaron para que salieran de esta manera, con entera suavidad, hermosamente. Los sucesos de la vida cotidiana también me confirman continuamente que el ritmo de la naturaleza, con toda su diversidad y multiplicidad, es siempre propicio para apreciar que nada está desfasado, salvo cuando nuestros deseos no son satisfechos porque transitan por rumbos inciertos. 

                            Mirando a mi estado actual, he de decir que me encuentro lejos del que mi ser habrá de adquirir para lograr el definitivo al que está llamado. Mis sueños, que los sigo anotando, me revelan mis muchas carencias y deficiencias. También cuando logro observarme en mis andares con la debida atención, detecto las falencias que me aquejan. Empero, hay avance. Tengo que imaginarme viviendo para siempre. Tengo que crear mi eternidad. Eso es cometido mío. Sé que la vida no termina. Sé que esa vida soy yo mismo. “El que cree y se bautiza será salvo”. Bautizarse. Sumergirse en agua. Limpiarse. El agua, elemento primordial de la vida, ese que constituye el 80% de nuestro cuerpo. “El que no renace del agua y del espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. La fluidez, la ductilidad del agua y del aire, de esa energía intangible, es la que debe operar en mí la transformación que me permita ir adaptándome a los cambios necesarios para vivir mi eternidad.




                                                        XVI


                   Jesús hacía milagros porque su mente, en sintonía con la mente de Dios, podía crear instantáneamente las “realidades” alternativas a esta que nuestra limitada mente es capaz de acceder


                            Súmanse las peripecias. Sumar implica añadir experiencia, que deriva de las historias que me tocan vivir, recreadas por mi mente de esa infinitud contenida en la otra mente omniabarcante, la de Dios. Hoy es el 30 de mayo de 2004. Los sucesos, los hechos que se suceden, son siempre fantásticos. La mente del ser creado, entretanto, los minimiza, los reduce, trata de encerrarlos dentro de un marco rígido, ese marco constituido por sus prejuicios, porque necesita seguir funcionando, y a poco que se descuide, la realidad le sobrepuja, le desarma, le hace papilla. Sólo hay dos formas de mirar: O todo es milagro, o nada es milagro. Así lo dijo Einstein, según me comentó Cristian, quien lo leyó en algún lado, en estos días. ¿Cómo compaginar por ejemplo, con la racionalidad que se presume debe guiar nuestros actos,  la audacia de ese funcionario que ostenta el título de abogado, quien agrega una frase, “notifíquese por cédula”, a una providencia dictada 20 días atrás en un expediente, cuando ese acto constituye un delito de adulteración de instrumento público que merece como mínimo una pena de cinco años de cárcel?.  ¿Y ese otro donde un abogado retira un expediente para preparar los fundamentos de su recurso de apelación, quien se presenta campantemente a denunciar al Tribunal que se le robó el expediente de su automóvil, siendo evidente que se trata de una estratagema para evadir su responsabilidad y la de su cliente, únicos a quienes beneficia el hecho, lo que implica que el autor del robo es él mismo, delito que puede ser castigado, conforme a su gravedad, con penitenciaría de hasta diez años de cárcel?.

                            Estas son las peripecias que, entre otras muchas, me siguen zarandeando, poniéndome en jaque, por decirlo así. ¿Qué hacer?. El tiempo del que me es dado disponer es insuficiente para denunciar y pedir el castigo para los culpables en las instancias que correspondan, me digo; además de lo estéril que resulta muchas veces, dada la condescendencia y la corrupción de las propias autoridades encargadas de juzgar el caso y aplicar las sanciones. Está también el hecho de que los autores de los hechos son los únicos que han de sufrir las consecuencias de ellos, como fue dicho por el maestro, ya que el árbol malo da fruto malo, y el árbol bueno da fruto bueno, tal que no se recogen higos de las zarzas ni uvas de los espinos. Es la forma de expresar de él esta antigua sentencia de sabiduría: Se cosecha lo que se siembra. Empero, también dijo Jesús: Les mando como ovejas en medio de lobos. Hay que ser astuto como la serpiente, e inocente como la paloma. Hay que buscar el reino de Dios y su justicia. No importa que uno sufra persecución por la justicia, pues en ese caso puede considerarse bien aventurado.

                            Pero, volviendo a lo más arriba consignado, ¿no es esto algo fantástico?. ¿No entraña una infamia que sorpresiva, inesperadamente se cruza en mi camino, y que pone a prueba mi inteligencia, mi capacidad de discernimiento, mi coraje para enfrentarme a las dificultades, y tantas otras aptitudes que debo desarrollar en el camino del perfeccionamiento?. Esta trágica realidad no puede menos que abrumarme, sin duda, pero en los labios y en el corazón deben seguir resonando estas palabras de los salmos: El Señor es mi pastor, nada me faltará. La fantasía a veces se desborda y se plasma en obras de arte para enfrentar estas situaciones cuasi alucinantes, capaces por momentos de arrojarnos a los terrenos de la locura. He ahí el Quijote. He ahí Tartarín de Tarascón, que se inspira en el anterior. En cierta forma, las “peripecias” aquí narradas tratan de emular también a estas obras, aunque está la diferencia de que aquí se habla de la “cruda realidad” a la que hay que enfrentar con el “ingenio” que trata de mantenerse en los lindes de “la razón”.

                            La “realidad” es por cierto mucho más que lo que ésta limitada mente mía es capaz de configurar. Si estuviese más evolucionado, podría enfrentar estas situaciones con toda tranquilidad, con entera imperturbabilidad, la ataraxia de los epicúreos. Es mi mente la creadora de toda realidad, así que nada puede hacerme mella. Jesús hacía milagros porque su mente, en sintonía con la mente de Dios, podía crear instantáneamente las “realidades” alternativas a esa que nuestra limitada mente es capaz de acceder. Lo mismo ocurre con los santos, y los místicos. Hete aquí a Emanuel Swedenborg, a quien Borges, y también Emerson lo recuerdan con tanta admiración. Datos preciosos sobre él nos proporcionan también Brad Steiger y John White en un libro “Otros Mundos, Otros Universos: El Juego de la Realidad”. Swedenborg recorrió el cielo y el infierno, acompañado de “ángeles”, y éstos lo acompañaban normalmente en sus estados de vigilia. Con entera naturalidad afirma haberse encontrado con Jesús un día que estaba paseándose por la ciudad de Londres, y fue él quien lo indujo a hacer el recorrido por el Cielo y el Infierno, además de instarle a escribir sobre estas experiencias. Tenía poderes extraordinarios, aunque no los usaba porque consideraba que su uso podía ser pernicioso al actuar como coerción para alcanzar la fe, cuando ésta debe ser lograda a través del discernimiento que surge de la libertad. Predijo el día en que moriría. Es incuestionable que era la mente de Swedenborg la que creaba y recreaba todas estas realidades. Podrán ser negadas y tildadas de imaginerías y supercherías por los escépticos, pero eso es porque el marco de sus prejuicios no da entrada a otras premisas que los contradigan. Allí está también Santa Catalina de Siena. Según la biografía escrita por la premio nóbel noruega de literarura Sigrid Undset, de cuya seriedad y solvencia investigativa no se puede dudar, la santa conversaba con Jesús, María y otros santos, quienes se presentaban en sus visiones con más realismo que la que nuestros pobres sentidos ordinarios nos permiten percibir dentro del curso “normal” de los acontecimientos.

                            Mis peripecias son los productos de mi condicionamiento y también, las pruebas a las que me somete mi creador para que continúe en este cometido de construirme a mí mismo con su ayuda. Parte de ellas voy registrándolas en estas notas que se convierten entonces en un recuento de este proceso tan peculiar donde debo enfrentarme con las creaciones de mi mente que, similarmente a las inventadas por el Quijote y otros “héroes”, me sirven de aliciente para poner a prueba mi valentía y curtirme y moldearme en la travesía.

                            O podemos ponerlo como lo hace Bruno Betelheim cuando dice que los niños construyen un mundo para sí mismos al emerger a la aventura de la vida, dentro de cuyos contornos van creando las respuestas consistentes que les permitan ir funcionando, dada la inabarcable complejidad del universo con el que les es dado lidiar. Al fin de cuentas, recordándolo de nuevo a Fritjof Capra, la vida consiste precisamente en alumbrar un mundo, dentro de ese proceso de acoplamiento estructural que el ser vivo hace con su entorno, intercambiando sus partes constituyentes con el mismo, en una autocreación constante donde mantiene su individualidad, integrado a una red sistémica interdependiente de la que forma parte. Vivir es conocer, como dice él, citando a los científicos Varela y Maturana.


                                                        XVII


                   Los milagros sí existen. Jesús los hacía con el poder que tenía para llevar la mente de la gente por los derroteros donde la realidad es diversa a esa “previsible” e “inexorable” a la que se encuentra “atada” nuestra mente


                            Hoy 13 de junio de 2004, 18:35 horas. Gran dilema éste, el de la libertad. ¿Anoto mis pensamientos en este “lugar”, en esta “obra” en particular, que la estoy llevando a cabo con otras?. ¿O me pongo a escribir los sueños de anoche en la agenda, que la tengo destinada al efecto?. ¿No será mejor ponerme a leer, con tantísimos libros que ejercen sobre mí un influjo irresistible?. ¿Y que tal si hablo con Cristian por teléfono?. Todo esto en este preciso instante en que “puedo” pegarme el lujo de optar. Es un duro hueso para roer, el de la vida. No hay dudas de que hay dudas.

                            Entre vacilaciones y dudas, heme aquí haciendo ya lo primero. Las vivencias cotidianas se imbrican de tal modo que dan la imagen de una maraña inextricable, es un “javorai” como se diría en guaraní para designar a esa selva enmarañada que se opone a todo paso a su través. Primeramente, la dura puja con mis hermanas Blanca y Rosa que vinieron el fin de semana pasada, a causa de desacuerdos que podrían considerarse nimios, pero que tuvieron cotas extremas de violencia. Después, el lanzamiento de mi libro que no fue como esperaba, habiéndome sentido extrañamente bloqueado en el momento de dirigir mi alocución al público, que bien merecido lo tengo, ya que la clave de la vida está en saber que no hay que esperar nada, o para mejor decirlo, no hay que albergar expectativas, que las cosas son como tienen que ser. Se produce a continuación el impasse con la suba de la presión sanguínea de Vivi, con su secuela de confrontaciones conmigo y con nuestros hijos, requiriéndonos una atención que no dejamos de brindarle dentro de lo que nuestras capacidades permiten, matizado con el encuentro de ayer sábado en Ytû con la familia del Dr. Justo Nicolás Robledo, que estuvo espectacular. Por último, el enojo de varios de los miembros de la familia Gwynn, a raíz de lo publicado en mi libro “Conversaciones con mi Demonio” que tuvo ribetes hasta jocosos para mí. Y así nos va, como dice el dicho tan en boga por estos tiempos. Esto es solo una pincelada de la frenética actividad que nos acogota. Estamos enloquecidos, como dije ya en algún otro lado, ya que condesciendo a no decir que estamos todos locos.

                            Y bue: La cosa está en que en cada suceso se ha evidenciado la lección que debemos aprender quienes estamos embarcados en el tren del aprendizaje de la vida. Por decir, a la vuelta ayer del paseo a Ytû, en dos oportunidades en que Vivi me dijo ¡cuidado!, pude evitar sendos choques frenando el vehículo a tiempo. En una de ellas Selva le dijo: “Por una vez sirvió el ¡cuidado! de mamá” (aludiendo a las demasiadas veces que lo dijo sin necesidad), aclarándole Vivi que ya en una anterior oportunidad también dio sus frutos. Y tercié yo allí diciéndole que fue Dios el que se valió de ella en estas ocasiones, como un instrumento suyo, para librarnos, añadiendo que lo ha hecho conmigo en tantísimas ocasiones en la vida. Lo que hay que entender es que Dios se vale de cada uno de nosotros para mostrarnos que está presente, para enseñarnos que su voluntad es la que rige y prevalece en todos los sucesos de la vida

                            15 de junio de 2004. Se me ocurrió desarrollar un poco la tesis del precedente párrafo, la de que Dios está presente siempre, aunque nosotros nos neguemos a verle. El viernes pasado Mario Darío, mi sobrino que conmigo trabaja, va al Tribunal; entretanto yo me preparo impaciente para ir al centro a averiguar sobre una cuenta judicial en el Banco de Fomento, o llamar por teléfono, porque hace tiempo que venimos siguiendo la pista del caso sin obtener resultados. Vuelve él que se fue por otro tema, y me cuenta que justo el informe del Banco llegó al Juzgado. Esta mañana nos vamos juntos al Tribunal, llegamos a una Secretaría donde yo entro a hablar con el secretario sobre un tema, y al retirarme, me pregunta él por mis llaves, y ante mi mirada interrogativa me dice que se refiere al manojo de llaves de mi coche. Me sorprendo, ya que no tenía porqué llevar esas al Tribunal, puesto que las de las oficinas las tengo separadas. Me dice que sí llevé también aquellas, reviso sobre el escritorio del secretario y las encuentro debajo de varios expedientes. De no haberse ido él conmigo y no haberse fijado en los actos que yo ejecuté mecánicamente, mis llaves se hubieran extraviado irremisiblemente, con escasas posibilidades de recuperarlas. Dios miró por sus ojos y habló por sus labios. Dirán lo que quieran los escépticos, pero las cosas pasan ajustadas a medidas donde las pautas o el ritmo de los sucesos está siendo controlado momento a momento por esa Inteligencia Omnicomprensiva y esa Voluntad a la que llamamos Dios.

                            De pronto se presenta un suceso imprevisto, algo no esperado asoma a la rutina diaria, mi mente habituada a esperar solo lo previsible se perturba un poco, o mucho; planifico mis actividades para realizarlas en un orden, mecánicamente, tal cual se acostumbra y gusta mi mente, y sin previo aviso viene algo a desestabilizar dichos planes. Si no me dispongo a ver y a entender que Dios está en cada instante para llevarme por sus caminos de manera segura, pierdo mi ecuanimidad y mi lucidez, y tambaleo y me fragmento en mil pedazos.

                            18 de junio de 2004. Continúo con mi tema. Ayer, en la Cooperativa Universitaria, en reunión con el Comité Ejecutivo, alguien dijo que el lunes sería ya el 21 de junio. Tercié yo y pregunté si  no sería el 22, ya que creía recordar que el domingo, día del padre, sería el 21. Miramos un calendario y todos de consuno, confirmamos que era así, o al menos así lo entendimos. Esta mañana al escribir en mi agenda Cabal una reflexión filosófica lo feché el 19/06/2004. Al ir al Tribunal a presentar un escrito en el que debía consignarse el cargo, dije que era el 19, pero la Ujier dijo que hoy era recién el 18, lo cual me sorprendió, verificándose en un calendario que realmente era el 18 de junio de 2004, viernes. Agregó la funcionaria que recordaba demasiado bien que era el 18 porque hoy se cumplía 15 años de la fecha en que se casó. Al mediodía, llegué en casa, y le entrego a Leonardo el diario ABC que compré esta mañana, y al mirarlo dice él que este diario ya estaba en casa, me sorprendo, le interrogo, insisto, y él se va y me muestra el diario que estaba sobre el cristalero, incluyéndose el suplemento estudiantil, donde estaba la imagen de un mimo, del que yo le dije que le gustaría a Ito, que lo había visto anunciado en un ejemplar de días anteriores. Este diario que estaba en la casa no lo compré yo, así que le dije a Leonardo que el de ayer, que yo lo estaba leyendo anoche, y lo puse en ese lugar, se trasmutó en el de hoy, pasando del compartimiento espacio-temporal en que estaba al de la cronología del día de hoy, ya que no podía concebir que Pablo Emilio u otro hubiera comprado el diario sabiendo que yo lo compraría, como lo hago todos los días. Me dijo Leo que no descartaba que tal cosa pudiera ocurrir, pero que prefería que se convirtieran las piedras en panes, para dar de comer a los niños hambrientos del África, que no un diario que no es sino un objeto sin transcendencia. Le contesto yo que sí, por cierto, pero que para lograr convertir las piedras en panes hay que trabajar, pero que esta es una muestra de que esas cosas son posibles. Le dije también que seguramente, si indagábamos, los sucesos se acomodarían de tal manera que encontraríamos la explicación “lógica”  a este suceso, ya que nuestra mente, que necesita aferrarse imperiosamente a “lo normal”, se topetaría con ese “segmento” de la realidad, dentro de la infinitud en que ella consiste, para seguir funcionando consistentemente, pues eso es su cometido, so pena de caer en el desquiciamiento. Le dije también algo sobre las ideas platónicas, recordando lo que escribí en mi agenda susomentada, en el sentido de que ellas coinciden con lo enseñado por Jesús de que para Dios “todos están vivos”, o sea, que estamos por siempre y para siempre “en la mente de Dios”. En definitiva, los acontecimientos que se nos van “apareciendo” en la mente, se encuentran ya allí,  en la mente de Dios, por toda la eternidad, y nosotros solo los vamos “recreando” (la “reminiscencia” de Platón) conjuntamente con la Divinidad que los tiene “presente” en “su conciencia” por siempre y para siempre. En suma, es “la presencia” de Dios que está en cada suceso, en cada instante, en cada partícula subatómica lo que va de la mano con lo dicho por Jesús de que ni un solo pajarillo cae de arriba sin que Él lo permita, y también, de que hasta los cabellos de nuestras cabezas están contados. Es cuestión entonces de que vayamos buscando los segmentos de la realidad o el derrotero por el que sea la justicia la que impere, ajustando nuestro comportamiento, en lo que de nosotros dependa, a lo correcto incondicional. Allí se dará el despertar pleno, allí cada cosa tendrá sentido, allí la muerte habrá sido vencida. A decir verdad, tantísimas cosas a mí me han sucedido en los que como una intuición arrolladora he podido percibir esta verdad, pero la fragilidad de mi fe y de mi mente me lo hace olvidar demasiado pronto. Los sueños, y todos los demás sucesos, me van confirmando momento a momento de que es inútil aferrarse a las “creencias” erróneas que conducen a la muerte inexorable, empero, ellas son muy poderosas. Mis peripecias son realmente azarosas, imposible narrarlas todas, el hecho es que la hazaña que debo realizar salvándome a mí mismo es la mayor que pueda concebirse. Es ésta la tarea fundamental que a cada uno compete. Entonces  será posible desembarazarse de los falsos héroes o ídolos que se cree han de solucionar todos los problemas. Este emprendimiento parecerá una quijotada, pero lo bueno es que como el Quijote hay que enfrentar a las más insólitas adversidades, con la diferencia de que se trata del único medio por medio del cual uno puede vivir dentro de la cordura. Tal como lo dijera memorablemente M. Scott Peck: La salud mental es un proceso de dedicación a la realidad a toda costa.

                            Es importante mentalizarse de que los milagros sí existen. Jesús los hacía con el poder que tenía para llevar la mente de la gente por los derroteros donde la realidad es diversa a esa “previsible” e “inexorable” a la que se encuentra “atada” nuestra mente. No es por otra cosa que dijo Él que todo es posible para el que cree.


                                                        XVIII


                   Las historias, sean del sueño o de la vigilia, no son sino las invenciones que la mente elucubra para dar sentido y consistencia a nuestras vidas, es decir, a lo que sentimos (o pensamos)  de instante en instante


                            Sigo vivo. Hoy es el 1 de agosto de 2004, a un año casi desde que di inicio a estas anotaciones. Sentirse vivo: eso es lo que cuenta. Lo único real es lo que sentimos; es lo que escribí en estos días en el último cuaderno donde registro mis experiencias oníricas. Absolutizando de esa forma la realidad; absolutizándome a mí mismo. Claro que no estaba perdiendo de vista el contexto. Releo estos apuntes y me provocan un raro placer. Rememorar es recrear, revivir, ser. Son verbos que se conjugan para expresar estados del alma, momentos de lucidez, tomas de conciencia. ¡Qué bueno es vivir!. Empero, el adjetivo puede inducir a equívocos, pues, sea buena o mala la experiencia, el imperativo es vivir.

                   Anoche, por decir, soñé que maté a machetazos a un hombre. Fue un sueño vívido, al que bien puede aplicársele el dicho de Borges: La realidad no es menos real que el sueño. La historia inventada por mi mente en la ocasión reafirma lo que vengo diciendo reiteradamente: éstas (las historias), sean del sueño o de la vigilia, no son sino las invenciones que la mente elucubra para dar sentido y consistencia a nuestras vidas, es decir, a lo que sentimos (o pensamos)  de instante en instante.

                   La historia en cuestión, resumida en sus detalles primordiales, me coloca en un lugar donde hay un predio en el que tengo una fracción de terreno que lo adquirí gracias a un trabajo, voy recorriendo sus linderos marcados por una especie de pequeña elevación del nivel del terreno y quizás algunos arbustos que lo señalizan, camina a mi lado Viviana, del otro lado aparece una mujer de hoscas facciones, su esposo está a su lado en el patio de su vivienda, me señala un árbol que está plantado hacia nuestro lado pero cuyas ramas pasan hacia la parte de ellos, digo que lo cortaríamos pero se opone diciendo que lo que pase hacia su lado le pertenece. Llego hasta la punta del terreno, veo que hay una casa deshabitada que estuvo ocupada anteriormente por una mujer, pienso si estará también en mi territorio; en el extremo sur, al que llegamos, el alero de otra casa marca el límite, vuelvo y entro en la mencionada en primer término, estando yo allí vienen entrando dos hombres jóvenes que lo habrían ocupado con posterioridad al abandono por parte de la mujer, tienen cara de pocos amigos, salen de allí y yo también lo hago, al hacerlo divisamos una elevada porción de tierra llena de árboles que está al costado de la fracción que me pertenece, uno de ellos, que tiene barba, me dice que por ahí van a comenzar la ocupación y seguirían con la fracción mía, pertenecen a la agrupación de sin tierras, volvemos sobre nuestros pasos, me acompaña alguien que sería mi sobrino Víctor Jesús González Barboza, al rato vemos que vienen armados detrás nuestro, Víctor enfrenta a uno de ellos, vacilando yo entre el miedo y el enojo enfrento al otro, él tiene un machete, al parecer yo solo un garrote, pero al rato tengo yo también un machete y de pronto comienzo a darle con todo por el brazo, que con toda violencia le despedazo; este brazo, el izquierdo, adquiere una forma de escudo o algo por el estilo, lo macheteo sin contemplaciones, veo que se cortan carne y huesos, arremeto más contra el tipo que ahora se reduce a esa parte donde lo golpeo implacablemente hasta que siento que está muerto. En ese punto y momento me despierto con un suspiro, y Vivi, que también  se despierta en ese momento me pregunta si me pesa el mundo; yo le contesto que acabo de matar a un hombre a machetazos. ¡Qué irrisorias son las palabras cuando de pintar la realidad se trata!.

                            ¿Tendrá alguien idea de lo brutal, de lo patético, de lo chocante que fue esta experiencia?. Si es capaz de experimentarla,  como sin duda lo es, y de configurarla como algo no diferente a lo que acontece en el plano cotidiano, no adoptando la actitud corriente de minimizarla inmediatamente porque “se trata solo de un sueño”; si llega a comprender que lo único real es “lo que sentimos”, y que estas historias (que obviamente también “las sentimos” como las otras del estado de vigilia) no son otra cosa que la expresión de nuestra mente hambrienta de sentido y coherencia, en ese caso sin duda ha de tener idea de lo impactante que resulta este tipo de experiencia.

                            Para decirlo en concreto, la experiencia revela la descomunal violencia que tengo aún albergada dentro de mi ser, que la traigo de antes, de mis ancestros, está en mis genes, quien sabe cuántos episodios violentos de mis antepasados se encuentran latentes, como semillas que esperan el terreno propicio para germinar. Es mi karma, como se diría en el hinduismo. Menos mal que de esta manera más devastadora se manifiesta solo en sueños; pues de ellos no somos responsables ante Dios, como lo apuntó San Agustín.

                            Bien está decir empero que la violencia también está en el ambiente. Hoy, esta misma mañana, ha ocurrido la peor tragedia de muerte colectiva accidental de que se tenga noticia en este país, con el incendio del Supermercado Ycua Bolaños. Doscientas diez personas fallecidas ya se estaban contabilizando hace media hora. De hecho, Vivi también tuvo un sueño anoche en el que, entre otras cosas notables,  se materializó un incendio de una gran casa con techo de paja, sueño del que fueron protagonistas un grupo de indios sabios o chamanes llegados de lejos; Selva a su vez, según se lo contó a Vivi, tuvo un sueño en el que caían del cielo destellos o rayos de luz muy impresionantes.

                            En fin, el imperativo es vivir. ¿Porqué yo sigo vivo, porqué a alguno le es dado ir esquivando la muerte, qué suerte de conjuro permite que ciertos personajes se libren de la furia de la naturaleza mientras que otros son barridos y aniquilados en un santiamén por algún imprevisible y fatal suceso?. Dios lo sabe. El caso es que hemos desarrollado el sentido de “continuidad”, esa creencia de que las cosas acontecen de manera “lineal” hacia “adelante”, hacia el futuro, que el “pasado” integra “nuestra historia”, formando parte esta actitud del mecanismo de desarrollo o construcción de nuestro propio ser individual. Alguno debe preservar esta “convicción”, y hete aquí que quien no es alcanzado por las catástrofes, que se encuentra “en condiciones” para narrarlas, registra los sucesos como sucediendo de forma “continua”. De esa manera, queda salvada “la cronología”, necesaria para el proceso evolutivo. ¡Cuando nos ponemos a cavilar sobre la violencia de la Segunda Guerra Mundial, sobre el Holocausto, sobre la reciente Guerra de Irak, para citar solo algunos de los hechos más horripilantes, hemos de convenir que la violencia acumulada en la siquis de la humanidad es incalculable! Y de ella es de la que debemos liberarnos, aunque sea poco a poco, pues no habrá plenitud o culminación del desarrollo evolutivo hasta que erradiquemos la violencia intrínseca de nuestro ser. “Accidentes” como el acontecido hoy, con cerca de 300 muertos, según las últimas informaciones, seguirán aconteciendo, pues esa violencia gigantesca contenida en nuestro común inconsciente, “inconciente colectivo” como lo denomina Jung,  “explota” y seguirá explotando en cualquier parte y cualquier momento, hasta que nos desembaracemos de ella definitivamente.

                            A no dudar entonces de que en mis sueños influye también la violencia que flota en el ambiente del que formo parte, y de la que no estoy inmune. De hecho, en mi cotidianeidad han aflorado escenas en las que he protagonizado enfrentamientos bastante álgidos, como la suscitada en esta semana que pasó con la abogada que es la esposa del Secretario que me adulteró una providencia, al que me referí anteriormente. Mis peripecias van desarrollándose, me llevan de asombro en asombro, me muestran permanentemente la “presencia” de Dios, lo que no obsta para que por momentos me sienta abrumado, cansado, ahíto de esta incapacidad que me apabulla, de esta impotencia que me induce a rendirme, a abandonar la partida. Es que, al tener certeza de que esto no termina, de que tendrá indefectiblemente una continuidad aunque mi cuerpo físico se desintegre, ambiciono a ratos descansar en una posta, para transitar por otras cronologías u otros derroteros que me tenga reservados la divina inteligencia. En medio de la fatiga que me acomete rudamente, suelo suplicarle que me dé un respiro. Empero, Ella me sigue indicando que no ha llegado mi tiempo, que no debo detenerme, que aún tengo marcadas las tareas que debo realizar dentro del papel que me ha asignado en esta cronología.  


                                                        XIX


                   Soy un mago, pero no he llegado a dominar el arte que me permita llevar a cabo mis actos de magia


                            15 de agosto de 2004. Un respiro, un descanso es también escribir estas disquisiciones. El “héroe” de estas peripecias soy yo. ¡Vaya héroe!. Estoy contabilizando las flaquezas de este héroe, sus cobardías antes que sus valentías. Eso es necesariamente lo que tiene que hacer el narrador, máxime si él mismo es el personaje de la historia. ¿Cómo exponer que éste héroe ha encontrado el camino para alcanzar instantáneamente todo lo que le plazca pero no atina a dar los pasos necesarios para conseguirlo?. Así es como sé que puedo no morirme, puedo no enfermarme, puedo no sentirme mal, pero existen innúmeras barreras que se oponen a que alcance esas metas. En particular, no tengo todavía el control sobre mis impulsos ciegos. Diríamos que soy un mago, pero no he llegado a dominar el arte que me permita llevar a cabo mis actos de magia. ¿Cuál es el momento de hacer lo correcto?. Este es, pero todo mi cuerpo se resiste a evitar algún traspiés como comer en exceso, exaltarme ante una contrariedad, desconcentrarme ante una obstinación o terquedad de los míos, que quizás sea mía propia y yo no la advierta. Y se resiste además a creer, a dar por sentado que nada es imposible para el que cree, o que para Dios no hay nada imposible, y que si estamos en Dios y Él está en nosotros, podemos volver realidad cuanto nos propongamos, siempre que esté conformado con su voluntad. Y está visto que Él nada quiere vedarnos, excepto dañar a los demás y a nosotros mismos.

                            Mi mente se condiciona, se acostumbra y se amarra a cierta manera de suceder las cosas, a cierta manera de ver, a ciertas reacciones estereotipadas, porque lo desconocido puede alterar sus patrones donde imagina que existe seguridad. Quiere seguir siendo ella misma, conforme al mecanismo implantado en ella por la naturaleza, y aprende a hilar en un sentido lineal, inventando tiempo y espacio, y creando la ilusión de continuidad. Ilusión que no es ilusión, porque esa continuidad también existe. Calderón de la Barca, y tantos otros, conscientes estuvieron de que la vida es sólo un sueño donde la ilusión de realidad es apenas un poco más consistente que en esas historias tramadas mientras dormimos. Se trata solo de una convicción subjetiva. La muerte pone fin a esa ilusión, lo mismo que el dormir interrumpe la linealidad de los sucesos del estado de vigilia, aunque se la recupere al despertar. De ahí que es imprescindible que mi cuerpo y mi mente vayan transformándose, vayan rompiendo los moldes caducos, vayan reemplazando las piezas obsoletas, lo que se ha de dar no sin  dolor y sufrimiento. Porque esta es la consigna: cambiar o perecer. ¿Y qué mas da morir, si sé que no necesariamente con eso voy a quedar aniquilado?. El maestro lo dijo: El que crea en mí, aunque muera, vivirá. Magister dixit, como dicen que decían los seguidores de Pitágoras. Aplicable con mayor razón a alguien que es sin dudas mayor que Pitágoras.

                            ¿De qué hábitos mentales en concreto he de desprenderme?. De muchos. Pero entre todos, de los que hacen que albergue expectativas a las que asigno valor absoluto. (Excepto la de no morir jamás). Por ejemplo, cuando pienso: hoy es tal fecha; mañana será tal otra; así pasará; esto tendré que hacer. Son hábitos poderosos, que tienen su fundamento y su razón de ser para la etapa por la que estoy transitando, pero que en cierto sentido tienen que ser superados. Las cosas pueden no ser de la manera que espero. Debo esperar el momento, y ese que sea, será bueno, como viniere. Leo algún libro. La autobiografía del papa Pio II, Eneas Silvio Piccolomini. Incursiono en su vida, en su cronología. Fascinante. Me identifico con él, soy él mismo. La clave para disfrutar de la obra radica en olvidar mi propio yo, soy capaz de trascender el tiempo y el espacio. He sido capaz de negarme a mí mismo, como exhortara el maestro. He ahí la plenitud. A veces, por ráfagas, aparecen en el campo de mi visión, estando con los ojos cerrados y con la mente “en blanco”, un objeto cualquiera, un pájaro, una nube. Mi mente está tratando de adquirir un nuevo hábito, el hábito de romper las barreras de separación entre los seres.

                            Se me ocurrió la vez pasada escribir la historia de los libros que leo, que he leído o que lea de hoy en más. Terminé de leer la biografía de Santa Catalina de Siena, escrita por la premio nóbel noruega Sigrid Undset. La Santa a quien canonizó precisamente Pio II. Los sucesos históricos ligados a la primera, como al segundo, y la experiencia de vida de ambos, esa fuerza que emana de sus espíritus, es algo edificante, notable, impactante. Terminé también, o casi, porque salté algunas páginas para llegar al final, la obra “Los Misterios del Amazonas” escrita por el rumano Petru Popescu que cuenta las aventuras de Loren McIntyre, descubridor en el año 1971 de la fuente última del Amazonas en las cumbres heladas de los Andes en el Perú, y su extraordinaria experiencia en el año 1.969 con una tribu indígena de la selva amazónica que nunca tuvo contactos con la civilización, los mayorunas. Experiencia que le permitió establecer una comunicación mental con el Jefe de la tribu y participar en unas ceremonias rituales del grupo relacionadas con una concepción del tiempo que se aparta de la sustentada por el sentido común, postulando aquella (la de los mayorunas) que se puede “regresar” al “inicio de los tiempos” donde la vida carecía de las complicaciones y problemas que el decurso de éste había provocado a la humanidad. La historia es fantástica, y hay que leerla para disfrutarla. Digo que es mi propia historia, pues me ausento de mi yo y me identifico con Loren McIntyre, y con los mayorunas. 


                                                        XX


                  Lo incomprensible se me hizo comprensible


                            21 de agosto de 2004. Este mundo sigue rodando y yo sigo a él ligado, condicionado por una cierta visión que me ata a una cronología, llevando a cuestas una carga inmensa de creencias que comparto con mis coetáneos. Esa carga que es liviana, por momentos, dificulta en otros mi progreso. Para decirlo con las palabras de Krihsnamurti he de conseguir la liberación del conocimiento, esa ingente acumulación de datos que tiene a mi mente aprisionada haciéndome actuar mecánicamente, impidiéndome vivir con plena conciencia la realidad. Empero, en este mundo de paradojas, estas creencias, estos conocimientos, estos pensamientos son los que dan sentido a la misma existencia, o al menos le dan cierto sentido que, además de infundirme gozo a ratos, me sirven también de soporte y consistencia para sobrellevar las penurias que se presentan. En otras palabras, dan razón y fundamento al propio hecho de ser. Diré por ejemplo que cuando me percato del caudal inmenso de datos reunidos por la humana especie para tornar factible la convivencia dentro de un marco de relacionamiento medianamente civilizado, donde la cantidad de seres humanos en este planeta ha sobrepasado los seis mil millones, no puedo sino quedar pasmado.

                            Observo la evolución histórica de la humanidad y compruebo que hace ya bastante tiempo que se conocen las verdades fundamentales, que son pocas. En ellas se basan todas las demás, es decir, las accesorias; y éstas, con ser precarias y deficientes, aún siendo innumerables, posibilitan la marcha de la humanidad de manera asaz imperfecta; pero siempre avanzando, al fin.

                            Hoy, por mencionar un hecho, estuve leyendo en la “Historia Universal de la Filosofía” de Hans Joachin Störig, comentarios sobre el pensamiento de Nagarjuna, representante destacado del budismo que vivió entre el Siglo I y II de nuestra Era, el cual sustentaba lo que se dio en llamar la doctrina de las dos verdades, que postula que existe una verdad superior y una inferior. Apelando a un procedimiento dialéctico peculiar propugnado por él, se puede ir ascendiendo sistemáticamente de una verdad a otra desechando las inferiores en cada operación, hasta alcanzar el vacío del conocimiento supremo. Disfruté de esta lectura, máxime que la exposición era extremadamente lúcida, culminando con la proposición de que para Nagarjuna, la verdad suprema tiene siempre el carácter de “ni si ni no”, es decir: está por encima y más allá de toda particularización y de toda proposición comprensible. Diría que lo incomprensible se me hizo comprensible. En la misma obra leí también algo sobre el budismo zen cuya tendencia eminentemente práctica se encuentra ilustrada con sentencias tales como “el que no trabaje que no coma” (que no se menciona que también es un dicho de las Epístolas de San Pablo), “la vida es la doctrina”, y “la doctrina sagrada consiste en andar, estar de pie, sentado y yacer”. Ilustración condimentada con un cuento tipo koan en el que se deduce de la enseñanza sin palabras del maestro zen estas palabras: mientras tu espíritu esté lleno de ideas sobre ser y no ser, nacimiento y muerte, condicionado e incondicionado, causa y efecto, permanecerás atrapado en palabras y conceptos, lejos de la verdad. Leí además referencias a otras corrientes de la filosofía hindú, y algo sobre Platón que me impresionó mucho de la forma en que lo expone el citado autor, ya que pese a tratarse de informaciones trilladas, tienen una especial vitalidad y poder de convicción que hacen vibrar al espíritu. En particular cuando explica que el alma humana se divide, según Platón,  en tres partes: pensamiento, voluntad y deseo; y agrega que el pensamiento se aloja en la cabeza, el sentimiento en el pecho, el deseo en el bajo cuerpo; acotando luego que, sin embargo, el pensar, la razón, es el único elemento inmortal, que al entrar en el cuerpo se enlaza con los otros. Añade luego siguiendo con la exposición del pensamiento de Platón que el alma inmortal no tiene ni principio ni fin, y en su ser es del mismo género que el alma del mundo, para concluir que todo nuestro conocimiento es un recuerdo de anteriores estados y encarnaciones del alma.

                            La belleza de estos comentarios es incomparable. Pero lo que me dejó intrigado es la extraordinaria capacidad de este autor para reunir y organizar las informaciones, los datos, los conocimientos, que,  condensados en un solo volumen, permiten apreciar un aspecto de la realidad que sirve de soporte, como dije más arriba, para dar un sentido a la vida, a la existencia. Estos conocimientos que nos son trasmitidos de generación en generación, y también de individuo a individuo a través de los genes, o por medio del inconsciente colectivo que se encuentra palpitando en el ambiente, forman parte, de hecho, de todas las cronologías, aunque muchos que son anacrónicos hay que ir desechándolos en cada caso.


                                                        XXI


                   Mis actos heroicos son tan triviales, son tan anónimos, pasan necesariamente desapercibidos; empero, he ahí su mérito


                            28 de agosto de 2004. Estas peripecias mías, cuyo héroe o antihéroe soy yo, me ha hecho ver que la meta que me propongo alcanzar es realmente gigantesca, es algo que se me presenta casi inaccesible, el desaliento y la debilidad me apabullan casi de continuo, no consigo afirmar en mi ser la certeza plena de que puedo no morir físicamente. Me consuelo con lo mismo que se consolaba mi amiga Graciela de Mosqueira: si la muerte física es inevitable para mí, pues sobreviviré espiritualmente. De nada vale que me diga que lo que la gente llama espíritu, es lo que la ciencia llama hoy energía,  esa potencia física que, aunque intangible, lleva en sí el poder de transformarse en materia, que es a lo que nuestros sentidos configura como física por excelencia. Materia y energía, las dos caras de la moneda, lo mismo que cuerpo y espíritu. Una cosa y otra no son diferentes, salvo por la artificialidad del concepto. Mi escasa fe, mis pocas fuerzas, mis limitaciones, el estado mental y corporal en que me encuentro es el que me condiciona para sentir lo que siento, es decir, el desesperar de alcanzar la meta que por cierto es morrocotuda. No es para menos: se trata de revertir el poder de una creencia, la de la muerte física inevitable, arraigada durante miles y miles de años en lo más hondo de la conciencia humana, y aún, en las no menos poderosas estructuras genéticas que nos fueron trasmitidas de los seres vivientes que nos antecedieron en la escala biológica. ¡Si el mero impulso que me empuja a mirar a una mujer con deseos, inscripto también en los genes, no lo puedo controlar fácilmente!. Mucho, mucho, es el trabajo que me toca todavía hacer.

                            Mis actos heroicos son tan triviales, son tan anónimos, pasan necesariamente desapercibidos; empero, he ahí su mérito. Menos mal que en estos días mi demonio, en una visión onírica, me representó el deseo como una serpiente gigantesca, a punto de morder y triturar, por fortuna contenida como por mágico encantamiento. De donde se sigue que estos actos son después de todo hazañas, las hazañas que me han de permitir el logro de mi propósito, en parangón a las que les tocó realizar a los personajes míticos, Hércules, Sansón, y tantos otros, productos de la inventiva del ser humano, que requiere de paradigmas en su duro peregrinaje por la vida.

                            Mis sueños, que no dejo de anotar casi cada día, son los que reflejan mi estado de imperfección con la mayor fidelidad posible. Allí se transparentan mis atávicos impulsos y se hacen presentes las enseñanzas a seguir para despejar de malezas la ruta.

                            Y ya que estamos ¿qué tal si cuento algunos de tales actos, no para ensalzarme (el que se ensalza será humillado), sino para resaltar lo difícil que son, y también lo imprescindible, si de alcanzar el objetivo se trata?.

                            El simple hecho de trabajar. El desgano que me acomete a la vista de los casos pendientes, de cosas por hacer que no terminan, esa agenda que cuando uno cree que se la ha descongestionado se va llenando de nuevo de nuevas e interminables tareas que esperan ser hechas, como si del suplicio de Tántalo se tratara. Recién, al despertarme de la siesta, acá, en Paraíso, pensé y le dije a Vivi: “Quiero seguir durmiendo, para seguir soñando, despertarme y volver a dormir solo para soñar, ya no levantarme para entrar en el tráfago de la rutina de todos los días; ¿será que me podés mantener para vivir en esa forma?”. “¡Siii...!”, me dijo ella, siguiendo el juego. Ese acto heroico, de trabajar y trabajar, ese sobreponerse al desgano, a las ganas de no hacer, ese esfuerzo forma parte del silencioso, del anónimo despliegue de energía que conduce hacia la meta final. Hacia la santidad se ha dicho.

                            Abordo otro problema. Voy circulando por la calle con mi vehículo, va delante un ómnibus que no me da paso, pareciera que el chofer lo hace deliberadamente, me acomete una ira incontenible, pienso que debería acelerar, ponerme delante, obligarlo a parar, si tuviera un arma de fuego me subiría hasta él y si se atreve a chistar le descerrajaría unos cuantos balazos. Me pasó hoy mismo, y no es la primera vez. Esa es la manera tonta de funcionar la mente muchas veces. Ser capaz de entenderla, de atender a ese desperdicio de energía, adquirir conciencia de que se puede controlarlo, reírse de uno mismo ante tanta capacidad de fantasear, he ahí el cometido que me compete. Porque el pensamiento es la energía todopoderosa que empuja a cometer todas esas tonterías, el pensamiento es el que hizo que se llegara a forjar las armas de fuego que encierran en sí esas violencias síquicas que se traducen en crímenes horrendos carentes de toda racionalidad. Vigilar mis reacciones, mis iras injustificadas, mis pensamientos a la deriva...

                            Porque está visto que mi mente está repleta de pensamientos que si no los encauzo y controlo, se desmandan. Me causan gracia a veces cuando en sueños y en estado de sopor afloran unos tras otros, mostrándome imágenes e ideas, inconexas muchas veces, pero otras llenas de inspiración. En esta misma siesta, quedé impresionado al “ver” en un sueño una franja de luz que se desplazaba y al pasar por una pequeña abertura o pantalla de un objeto parecido a un cinto se la veía alternativamente blanca y amarilla, ocurriéndoseme que este último color era el que llevaba la claridad en las cosas que yo trasmito a los otros, en tanto que el otro color era neutro, representando de esa manera esta imagen los altibajos de mis comunicaciones hacia los demás. En otra visión, que en puridad eran solo pensamientos, mi mente fraguó la imagen de varios tipos de personalidad, atribuyéndoles ciertos rasgos a cada uno, el último de los cuales (de los anteriores no me acuerdo) se caracterizaba por tener muy desarrollado el impulso de unión con el sexo opuesto, de modo que en mi mente se presentó el pensamiento de que este tipo pertenecía a quienes recíprocamente “querían hacer pipí en el otro”. Simpáticas tonterías, pero que muestran como los pensamientos corretean sin rumbo, y cuánta necesidad hay de encarrilarlos. Esa dispersión que soy, deberé convertirla en concentración.

 

                                                        XXII


                   Este es el drama en que me debato: ¡Me niego a morir!; y luego: ¡me niego a seguir viviendo!


                            05 de setiembre de 2004. Las nimiedades de la vida cotidiana son el escenario de mis luchas, de mis epopeyas, de las titánicas batallas que libro en pos de mi objetivo: salvarme de la muerte. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado (Mr.16,16). Creer, creo, aunque mi fe no sea aún del tamaño de un grano de mostaza. En cuanto al bautizo, el proceso en el que estoy inmerso es justamente el que me está depurando para completar ese rito, el del bautismo. Que no consiste precisamente en el agüita que se derrama sobre uno, que como símbolo podrá servir, pero nunca como limpiador definitivo de las imperfecciones, o pecados, si así preferimos llamarlo. He caído en la cuenta de que lo que cuenta es justamente mirar y atender a estas cosas pequeñas, a la mínima reacción ante el menor estímulo, que es allí donde se origina el detonante que explosiona en las acciones correctas o incorrectas que cada uno emprende. Como dijo Vivi hoy en una feliz expresión: Sé que cosechamos lo que sembramos, así que hay que atender bien para elegir la semilla. Esta elección es siempre dramática. Ayer nomás estuve escribiendo esto en mi Agenda Cabal: Este es el drama en que me debato: ¡Me niego a morir!; y luego: ¡me niego a seguir viviendo!. Hoy, en tanto, estuve pensando que un medio válido para mi progreso personal puede ser la abstención. Abstenerme de comer, abstenerme de hablar, abstenerme del sexo, abstenerme de pensar, en suma, abstenerme de obrar, que con cada acción genero una consecuencia y engroso mi propio karma, con lo que erijo obstáculos para mi propia liberación. Pero ¡ojo!. A entender claramente, a discernir correctamente que eso no entra a tallar para la acción desinteresada, que no genera karma. Así enseña el Bahagavad Gita, al que Gandhi califica como el Evangelio de la Acción Desinteresada.

                            Los malestares que experimento ocasionalmente, bien lo sé, son producto de la transformación que va aconteciendo conmigo; pasajeros, a veces difíciles de soportar, pero necesarios para la definitiva purificación; que es en lo que consiste el bautismo. En contrapartida, y esa es la ley de la vida (la oscilación entre el bienestar y el malestar), experimento también momentos de goce extático que vienen dados principalmente por la apreciación de la belleza en todas sus formas, en la naturaleza, en el arte, en el amor propiamente dicho.

                            Bien: mi sino es bregar en el ámbito de lo nimio, de lo rutinario, de aquellos sucesos que carecen de trascendencia para el grueso de la comunidad en el sentido entendido usualmente, pero que incide como lo hace naturalmente el más ínfimo de ellos en la totalidad del universo; en esa lid es donde a mí me toca trabajar. Se diría que esta sentencia del maestro hubiera sido dicha para mí: El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto (Lc. 16,10). Y de hecho, tal es lo que también estuve hoy pensando.


                                                        XXIII


                   Si lo único real es lo que sentimos, eso que sentimos en un instante dado constituye de por sí una historia completa, con su génesis, nudo y desenlace


                            12 de setiembre de 2004. Y aquí continúa mi historia. Esta historia no tiene fin. Pero sí, también la tiene. Cuando la vida en su eternidad esencial me pertenezca por haberse afincado con fuerza suficiente en mi ánimo, como lo hizo en el de aquellos que fueron capaces de captar su verdadera naturaleza, es obvio que la historia mía ya no habrá de “terminar”, sino que proseguirá en infinita trayectoria, sin detenerse jamás. Más esta historia en particular, considerada así de manera determinada, tiene a la vez un “fin” previsto para ella, que es el logro de esa meta (la de obtener para mi vida el atributo de la eternidad), precisamente. Aún no he alcanzado esa meta, y esta historia en concreto tiene como su objetivo la narración de las peripecias dentro de la carrera emprendida en pos de aquella.

                            Por lo demás, la vida está compuesta de infinitas historias finitas, la mente limitada tiene que circunscribir la eternidad en fragmentos para hacerla inteligible. Cada día, cada momento contiene el episodio de una historia, es la conjunción de una cantidad de datos reunidos que confluyen para darle sentido. Si lo único real es lo que sentimos, eso que sentimos en un instante dado constituye de por sí una historia completa, con su génesis, nudo y desenlace.

                            La suma de los momentos, por su lado, por medio de la continuidad que le atribuimos, van erigiéndose en otras tantas historias. Y todas son interesantes, importantes, interesan e importan para nuestra realidad particular y para la realidad toda.

                            Casi cada semana me pongo a escribir algo en este “recipiente”, este espacio destinado a albergar a las palabras, a las ideas, a las reflexiones que tratan de este tema. Cada día, cada instante de la semana transcurrida está compuesta de innumerables sucesos memorables, que por no ser yo tan memorioso y por otros motivos varios no quedan plasmados en esta obra. Dignos son sin embargo de figurar en ella. Ellos son los que van dejando rastros de mi paso por este universo al que pertenezco de manera inescindible, y tratan de esa tarea en la que estoy embarcado: perennizar mi propio ser.

                            ¿Cuáles sucesos elegiré de entre los acontecidos en la semana para consignarlos aquí?. Los que se observe que tengan más relevancia para esta historia en particular. Ya el domingo pasado a la noche me conmociona el dolor de oído que le acomete a Emilianito, a quien llevo al médico en el Sanatorio Santa Clara. A prueba se pone mi paciencia, mi fe, mis convicciones todas. Sé que podría, pudiera con el poder de la mente curarle de esa dolencia, sé que Jesús curó a los enfermos y que dijo explícitamente que a quienes en Él creían les daba el mismo poder. Penosa constatación de la fragilidad de mis principios, de los cimientos en los está  asentado mi ser. Empero, es la voluntad de Dios la que está imbricada en esto, son sus designios los que nos someten a esta prueba, tanto a mi hijo como a mí. La medicina, como ciencia, es una creación humana que debe ir progresando inspirada por el espíritu de Dios para que, conciliada con ese poder mental infinito, vaya encontrando los derroteros para lograr al fin el mecanismo para mantener una salud perfecta en el ser humano. Está también el caso de mi hermana Mary. Lejos, en la casa de la otra hermana, Lela, en Umuarama, Brasil, se está debatiendo en el tratamiento de su enfermedad, un cáncer que revivió después de cinco años, que le obliga a realizar una quimioterapia después de dos cirugías traumáticas, tratamiento que sigue provocando complicaciones, como una reacción alérgica imprevista y alguna infección no muy bien comprendida por los médicos. En contacto telefónico con ellas, tratando de ayudar en lo posible desde acá, ocupándome de ciertas documentaciones que me solicitaran, es también parte de la historia que me atañe. Consuelo es lo que trato de trasmitirles, amor se diría también, la energía todopoderosa de la que vivimos carentes, o al menos escasos. La escasez del amor es lo que impide que hagamos los milagros para perennizar nuestro propio ser y el de los otros. Seguimos sin embargo en el emprendimiento. El que persevera hasta el fin, ese será salvo, esta es la consigna del maestro.

                            Otras constataciones menos penosas se produjeron también en el curso de la semana. El maravillarme con mis sueños. El descubrir que los trabajos en la oficina se vuelven menos agobiantes con la incorporación de Pablo Emilio que se suma a la de Leonardo y Mario Darío, el apreciar que el curso de los sucesos que a ese lugar se refieren responde siempre a la medida justa en consonancia con la rectitud de las acciones que se realicen. El releer el opúsculo de Deepak Chopra “Las Siete Leyes Espirituales del Éxito”, y gozar con la manera tan ingeniosa que tiene de trasmitir la sabiduría ancestral, compaginándolo con nuestra cultura occidental, simplificándolo, sistematizándolo, usando el número siete, cabalístico e impregnado de supersticiosas evocaciones, todo ello en un haz que en conjunto sirve indudablemente para ayudar en este proceso evolutivo de la humanidad. Hay más. De lo uno y de lo otro. Pero no he llegado a vencer al tiempo, que es la clave de la vida, tal como me había indicado mi demonio en una ocasión en que estaba en un trance específico de mi proceso de cambio. Tal como se lo dije a Roberto Manzanal, con quien reanudé después de mucho tiempo  la comunicación postal en la semana, al igual que con Francisco Fernández. Así que, aquí doy por concluidas las disquisiciones de esta fecha, que serán retomadas en otro momento propicio.


                                                         XXIV


         El deseo y el miedo, como determinantes de crasos y tontos errores


                            18 de setiembre de 2004. Heme aquí haciendo un recuento de las peripecias de la semana que hoy culmina. Dura y ajetreada como todas, es este el momento de comprimir en un reducido espacio el proceso de aprendizaje transcurrido en ese lapso para ver fundamentalmente mis errores con sus connotaciones dramáticas o jocosas, y tratar de tenerlos en cuenta para una posible enmienda de ellos en lo futuro. Pues bien dice Cicerón, según cuentan: todos los hombres pueden caer en el error pero solo los necios perseveran en él.

                            La cuestión radica en que, en esta semana en particular, reincidí en una de las necedades en que con mayor frecuencia incurro, que es el de dejarme llevar por la ira y exaltarme de tal forma en un episodio que cabe calificar como de importancia trivial que menester es reconocer que mi actuación fue imperdonable. A pesar de que nuestro Hacedor, en su infinita misericordia, nos perdona todo. Concretizo: Un abogado me manda una nota reclamándome el pago de una cuenta por recolección de basuras, servicio prestado por una empresa para nuestra casa de Lambaré, y aunque se menciona en la nota de requerimiento una deuda desde el año 2003 y parte del 2004, incluyendo unos supuestos intereses, el monto es realmente muy pequeño, algo más de 200.000 guaraníes, que la reacción que finalmente tuve en relación con el problema fue indudablemente desproporcionada. Necesario es acotar que la deuda del 2003 yo ya lo habría pagado íntegramente a otra empresa, y por adelantado, según lo recordada, a pesar de no encontrar el comprobante a causa, entre otras cosas, de mi  contumaz desorganización; y que al llegar, a las 8:30 al lugar y horario donde fui convocado, me encontré con otras personas que también fueron citadas a pesar de haber pagado a la misma empresa a la que representaba el abogado el precio total del servicio incluso hasta el fin del año 2004, mientras que el convocante brillaba por su ausencia, haciendo acto de presencia recién a las 9:05 horas. Hay que agregar también que en la nota en la que se nos invitaba a concurrir al lugar, a la par que se nos intimaba al pago en el término de cinco días, se nos advertía de que si así no lo hacíamos se estaría promoviendo contra nosotros un juicio de ejecución judicial sin que exista ningún documento oficial extendido por la Municipalidad de la que hubiéramos sido notificados sobre la existencia de esa deuda, todo lo cual hacía que el ambiente estuviera totalmente cargado y explosivo para la hora en que llegó por fin el abogado que nos había citado. Un detalle adicional a ser tenido en cuenta es que ya antes de que llegara el personaje aquel, un funcionario del mismo o de la empresa, a quien manifesté que yo también era abogado recriminándole si cómo era posible que aquel nos haya convocado para las 8:30 y ya pasada esa hora no se estaba todavía presentando, me dijo, como queriendo halagarme y justificar a su patrón, que como abogado yo no podía dejar de entender esa situación, lo cual ya me había hecho responder bastante duramente a su observación por la cual pretendía que yo debía dar por sentado de que estaba justificado que todos los abogados fueran mentirosos.  He ahí el escenario, y hete allí la razón de mi reacción incontrolable. Cuando el abogado llegó y pretendió atendernos por separado uno tras otro cuando ya estábamos cerca de diez personas, reclamé yo que nos atendiera a todos, y con absoluta intransigencia se mantuvo en su postura suscitándose un enfrentamiento en el que el sujeto este se aproximó hacia mí sacando pecho diciéndome que no me iba a atender a mí y que me retire del lugar, mientras yo me quedaba parado firmemente ante él mirándole directamente a los ojos (y probablemente también sacando pecho), momento en que se dio la vuelta y se dirigió al fondo de la casa a la par que yo le gritaba que sí me retiraría pero no sin antes decirle que era un delincuente que a través de su nota había perpetrado el delito de coacción por el que lo estaría denunciando ante la Fiscalía del Crimen, a lo que me respondió que haga lo que quiera. Véase hasta qué punto me desbarranco en el precipicio de la tontería. Un atento examen del episodio me permite apreciar que lo que me indujo a actuar tan irracionalmente fueron el deseo y el miedo, el deseo de no seguir esperando a una persona que en mi concepto desde el principio estaba actuando mal y el miedo de que me pudiera demandar judicialmente causando algún daño a mi reputación lo cual me retenía a pesar de todo en el sitio incubando el conflicto dentro mío, alimentado por todos los factores de abuso contra toda la otra gente que estaban allí conmigo. El deseo y el miedo, como determinantes de crasos y tontos errores. El olvido momentáneo de las enseñanzas de sabiduría de la filosofía perenne que han sido plantadas sin la suficiente raigambre en mi ánimo hasta hoy. ¿Qué no diera yo por tener presentes estas palabras de Lao Tse en aquel momento: “Si uno no disputa, nadie en el mundo puede disputar con él (...) Al bueno le trato bien y al que no es bueno también le trato bien, así obtiene él el bien (...) Al que es veraz le trato verazmente, y al que no es veraz también le trato verazmente,  y así obtiene él veracidad”.  En mi descargo quizás podría alegar que es el propio diablo el que se apodera de mí en estos casos (diablo que como sabemos también es Dios) pero indudablemente mi defensa es asaz endeble. Máxime que momentos antes tuve un encuentro con otro colega, el cual me impresionó de manera fantástica por la espiritualidad y coherencia que deduje de sus palabras, dentro de la doctrina cristiana que como yo también profesa, haciéndome por extraña coincidencia la acotación de que una de las cosas a las que deberíamos atender en nuestro relacionamiento con los otros es la de cuidar para no elevar el tono de la voz.

                            La moraleja de la experiencia radica en que, como se lo dije a Leonardo, no bien culminada ella, corresponde traer a la mente la indudable verdad de que somos imperfectos, y sin dejar de aceptarnos tal cual somos, poner el mayor empeño en rectificar los errores, y proponerse no volver a incurrir en ellos, para ceñirnos de esa manera a lo ya indicado por Cicerón hace tanto tiempo.

                            Pero no fue ese solo el desliz en el que incurrí. En la Asamblea de la Cooperativa Universitaria, cuando hice uso de la palabra esta siesta, ya en las postrimerías, no pude evitar caer en el afán de lucimiento personal, que lo advertí con la debida claridad ya posteriormente, pues, ni falta hizo que hablara, ni que hiciera alarde de erudicción como lo hice cuando, aludiendo a la razón, que fue la que prevaleció en el desarrollo del acto asambleario, recordé y mencioné lo leído esta mañana en torno a lo dicho por Martín Lutero sobre ella: la razón es la prostituta del diablo. Este afán, del que es duro exonerarse, está siempre rondando por nuestro fuero interno, y sin duda no estuvo tampoco ausente de la exposición que me tocó hacer los días miércoles y jueves en la Universidad del Cono Sur de las Américas en un curso de Diplomado denominado “Control Interno en las  Cooperativas de Ahorro y Crédito” donde me designaron coyunturalmente como “Instructor”. Sin embargo, esta experiencia fue tremendamente edificante y enriquecedora para mí, y contó con augurios de mi demonio que en otra parte de mi trabajo literario ya menciono, por lo que puede inscribirse entre las que fueron de tinte netamente positiva dentro de la semana.

                            Cabe mentar un suceso relacionado con Pablo Emilio y Leonardo que en la noche de ayer se enzarzaron en una discusión de elevados decibeles, respecto de la cual esta mañana, cuando íbamos juntos en el auto, les dije que estuve pensando que las escenas por ellos protagonizadas me sugerían que podría escribirse sobre ellas un entremés cuyo título muy apropiado fuera “Dos tontos arrogantes y frenéticos”. Y puesto que el incidente con el abogado me ocurrió solo poco después, ahora se me ocurre que debo ponerme a pensar en el título aplicable al que podría igualmente cranearse en torno a esa ridícula farsa protagonizada por mí. ¿Qué tal el de “Tonto atolondrado que critica a otros tontos, tonto por partida doble”?. 

                            La semana dentro de todo, ha sido fructífera. Un episodio interesante a recordar es la visita que hicimos a la Dirección de Catastro con Nilda Ibarra, la prima política que fuera consorte de Juan Gwynn, en relación a los trabajos de Escribanía que ella viene haciendo para unos clientes míos de Ñemby, con un resultado en el que los designios de Dios pudieron apreciarse para reforzar la fe,  que a la par fue consolidada a través de la amena y rica conversación que mantuvimos en la ocasión. La conversación telefónica con Cristian ayer y con Lela y Mary hoy no fue menos provechosa. El balance es positivo sin duda, a pesar de mis recaídas.


                                                        XXV


                   No son hazañas de gran porte las que cuentan en la lucha por el genuino poder, aquel que permite que uno se domine a sí mismo


                            26 de setiembre de 2004. Contabilizar mis errores y mis eventuales éxitos o progresos de la semana. Así es como van desgranándose estas apuntaciones. Para ser un héroe, es suficiente un minuto en la vida; para ser un hombre de bien, se requiere toda la vida. Es lo que un pensador dijo, palabras más, palabras menos, según la cita del diario ABC Color de uno de estos días. No se trata entonces de ser un héroe, sino de ser un hombre de bien. La semana estuvo ajetreada. ¿Cuándo no?. El caso es que este lidiar con uno mismo es la más brava lid que cualquiera ha de librar. Atender que el pensamiento, el deseo, y los demás impulsos ciegos no nos lleven a trompicones de aquí para allá, atender a no chocar con la cabeza por el muro que crea nuestra propia mente y hacernos pomada a consecuencia de ello, ese es el trabajo más industrioso que quepa concebir.

                            Casos concretos. Así dije que debería encarar estas cavilaciones. El domingo pasado, no bien íbamos con Leonardo hacia la casa de Lambaré, ya surge un impasse en el que nuestros mutuos pensamientos tienen un encontronazo. Fue a propósito de una observación que le había hecho anteriormente sobre la manera un tanto imprudente de conducir el auto. Palabras van, palabras vienen, y entre señalarle que había que distinguir entre la valentía y la temeridad, y la prudencia y la cobardía, ya la temperatura sube y la exaltación se apodera de los ánimos. No fue lo que se llama una batalla campal, pero sin duda fue puesta a prueba nuestra imperturbabilidad, a tal punto que le llevó a Leo, tras pedirme disculpas, a manifestarme que había decidido poner en práctica una drástica disminución en el uso de las palabras, como una manera de controlar mejor sus pensamientos e instalarse en el silencio, que desde mucho tiempo atrás estaba pensando llevarlo a cabo. Evidentemente, Leonardo estaba (y sigue estándolo) muy susceptible a las observaciones, que las toma como una censura, lo que desde luego no es de extrañar siendo que se trata de una actitud natural del imperfecto ser humano. La cosa está en que el amigo Leo se está sintiendo demasiado seguro de sí mismo y cualquier observación que uno le haga lo califica como un intento de dirigirle su propia vida contra la que se resiste fieramente. También alguna observación la identifica directamente con el miedo que piensa hay en los otros, y como piensa que él carece de miedo del que desde luego hay que carecer, se coloca en una posición de superioridad y desdeña cuanto se le diga a propósito de alguna actitud que pudiera ser inadecuada en él. Tal es lo que ocurrió en relación a unas salidas nocturnas suyas con algunos amigos. El sábado pasado, volvió a las 06:00 de la mañana, el martes también salió y volvió a las 03:05 de la madrugada, y el viernes lo hizo de nuevo volviendo a las 03:20 horas. Para ayer sábado tenía planeado salir nuevamente a un concierto en el Beach Park, y los comentarios que me permití hacerle al respecto, señalándole que tales andanzas no son las más apropiadas para su bienestar y provecho, merecieron de él que, aun comprendiendo mi punto de vista, consideraba que debía respetar su privacidad. Obviamente, es su sentido de independencia el que entra a tallar, pero también su orgullo, que como mecanismo de la naturaleza tendiente a afirmar el ser individual de cada uno, no puede dejar de ser tenido en cuenta con el debido respeto. Máxime que la clara idea que tiene en referencia al imperativo de la rectitud fue expresada por él con la afirmación de que ya puso la mano en el arado y que no iba a echar la mirada hacia atrás. Empero, es notorio que su arrogancia está latente y que ello le impulsa a desafiar el peligro, en cierta forma. Además de a la defensa de su punto de vista con toda terquedad. Sin duda, quiere demostrarse a sí mismo que vale, a cualquier precio. Así, cuando en una de nuestras charlas le señalé que conocí a alguno que tenía “pasta de santo”, no obstante lo cual quedó estancado por causa de canalizar erradamente sus energías, me replicó él que “todos tienen pasta de santo”. Con tal de refutarme, sacó fuera de contexto lo que le estaba diciendo, pues si “todos tienen pasta de santo” también “todos no tienen pasta de santo”. Es decir, en lo que se refiere a la realidad conceptual, no se puede absolutizar las cosas, debiendo ser puestas dentro de contextos para ser comprendidas cabalmente. No pudo captar Leonardo  --no es raro, es algo no muy sencillo--  que dentro de la dualidad en que nos desenvolvemos los seres humanos las aptitudes que cada cual posee difieren, es cuestión de grados, y que toca a cada uno desarrollarlas pudiendo alguno con menor aptitud obtener el perfeccionamiento mientras que otro que posea más se quede por el camino. Lo que pasa con Leonardo es que, como el Quijote, está sediento de aventuras en las que pueda demostrar su valía.      

                            Tiempo llegará, sin embargo, en que se dará cuenta de que no son hazañas de gran porte las que cuentan en la lucha por el genuino poder, aquel que permite que uno se domine a sí mismo. La vida le deparará situaciones en las que tendrá que enfrentarse con los lobos y en esa emergencia, siendo oveja, deberá ser astuto como la serpiente e inocente como la paloma. Su ímpetu actual será entonces desinflado, a menos que se deje llevar por su arrojo ciego, y choque, y sienta la fuerza del golpe. No obstante, es menester señalar que de acuerdo con mi percepción, él se encuentra avanzado en el camino, aunque sin duda está aún en la necesidad de aprender por su propia costilla.


                                                         XXVI


                   La Naturaleza (que es Dios) conspira para que los hechos se concatenen de modo a evidenciar que los rufianes se enredan en su propia tela de araña


                            Y a propósito de ese aprendizaje, en lo que a mí respecta, las sorpresas que la vida me depara no tienen trazas de cesar. Tal que será infructuoso mentar todas las situaciones en las que mi fe y mi paciencia fueron puestas a prueba. Amén de que mi capacidad o mi incapacidad de maravillarme también estuvo en juego, en un juego donde la endeblez de mi carácter actuó de contrapeso para apreciar el encanto y la magia que la mano invisible de Dios derramaba en cada acontecimiento.

                            Diré que aquel expediente en el que el Secretario aquel del Juzgado había adulterado una providencia, estuvo desaparecido durante varios días, y apareció de pronto encima de la máquina de escribir del otro Secretario, coincidiendo con mi presencia en dicha Secretaría. Había sido enviado de esta última Secretaría en fecha 24 de agosto de 2004, a la  Fiscalía, de donde fue devuelto, recibiéndolo una funcionaria de la Secretaría del primero, y al ser encontrado después de estar extraviado, el día 21 de setiembre, pude constatar que tenía una providencia con la firma de aquel que había sido separado del caso, fechada el 30 de agosto de 2004. Pero lo que es más: La providencia que había sido adulterada había sido repasada y retocada con trazos de tinta para intentar disimular la diferencia del color de la tinta entre la parte originaria y la que se agregó posteriormente para adulterarla. Complicado sería narrar todas las incidencias, y sabido es que cuando un problema se vuelve demasiado complejo, uno pierde interés en él. Sin embargo, importante es dejar en claro que la providencia en cuestión disponía la apertura a pruebas del caso controvertido, y que si computáramos el plazo de pruebas desde el día en que se considera notificada en Secretaría dicha providencia, el plazo de pruebas ya se encontraría vencido. He de decir que hice todo lo que profesionalmente me era dado hacer, y que no caben hacer pronósticos sobre el derrotero que tomarán los acontecimientos en el caso. Importante es puntualizar, no obstante, que la Jueza había sido requerida por la Superintendencia de la Corte, a mi pedido, para que responda una serie de preguntas en referencia a la adulteración, y que el Secretario había dicho al contestar la denuncia que hice en su contra que la frase agregada a la providencia lo escribió por orden de la Jueza y en su despacho, aunque no especificó exactamente el momento en que lo hizo. Como la frase agregada fue puesta más de veinte días después, se deduce que si lo hizo por orden de la Jueza, ésta también es responsable del hecho ilícito investigado. Otro hecho llamativo es que en el curso de la semana la Jueza dictó una sentencia en un expediente mío desestimando una demanda de unos clientes, a pesar de que en una apelación de una medida cautelar en el mismo expediente el Tribunal Superior ya había sentado prácticamente un criterio contrario al sustentado por la Jueza en su sentencia. Son pormenores de un caso donde mi Señor me somete a dura prueba. En efecto, si resulta que la Jueza apaña al Secretario, será evidente que es ella misma la que ha incurrido en la irregularidad, y me he de ver en la alternativa de denunciarla también a ella. Estas decisiones son siempre difíciles, pues aparejan las reacciones de quienes se sienten vulnerables y cuyos temores les lleva fácilmente a creer que las denuncias son infundadas.

                            La parte positiva radica sin embargo en que la Naturaleza (que es Dios) conspira para que los hechos se concatenen de modo a evidenciar que los rufianes se enredan en su propia tela de araña. ¿Cómo si no se puede explicar que el expediente lleve la firma del Secretario que está inhabilitado (conjuntamente con la firma de la Jueza), que haya constancias en instrumentos públicos de que el expediente estuvo desaparecido y en poder del Secretario denunciado, y que incluso el abogado de la otra parte se presente a pretender aprovecharse de estas circunstancias solicitando el cierre del plazo de pruebas enseguida de haberse encontrado el expediente?. No hay que anticiparse a los hechos, y si se juzga, siempre hay que juzgar rectamente, como enseña el maestro. No sé aún qué es lo que contestó la Jueza a la Superintendencia (el viernes debió hacerlo, según me informaron), pero evidentemente mi Diosito me pone en una encrucijada, donde sin perder de vista el amor y la misericordia, deberé mostrar mi coraje en la lucha por la justicia, aunque por ella tenga que sufrir persecución, ya que en esa instancia estaré bien aventurado.

                            No está de más recalcar que en algunos momentos de estas peripecias mi mente no dejó de encabritarse, como es de suponer. La cosa estuvo reñida también en otras circunstancias. Está la conversación que tuve con Pablo Emilio donde le planteé la posibilidad que habría de que él tomara las riendas de la oficina en caso de que yo faltara, que le hizo decir: “si lo que vos querés es morirte...”,  indicándome que no estaba por el momento en condiciones de asumir esa responsabilidad, y que tal vez Víctor pudiera hacerlo en ese caso; y cuando le señalé que yo no había dicho que “quería morir”, me replicó que él no había empleado el término “querer”, sino lo que había dicho, o al menos así lo creía, era: “si vos tenés planeado morir...”. Simpática pinponeada en la que pude apreciar cuán fácilmente la memoria acomoda los hechos a nuestras creencias. Está la pulseada que tuve con Selva, cuando unos vendedores de sillones vinieron a instalarse en el Paseo Central de la Avenida Hernán Cortez, frente a su casa, reclamándome que algo hiciera para exigirles que se retiraran, tratando yo de apaciguarla y convencerle de que no era para tanto. Está el hermoso sueño que tuvo Selva que lo escribí en mi cuaderno, concluyendo que tal cual se podía apreciar de esa experiencia, Dios se comunica con todos. Está mi conversación telefónica con mi hermana Lela en la que me hizo un comentario sobre lo que le dijo su hija Ana Zelia cuando le preguntó por su nieto adolescente, Efraím Augusto,  el cual, según su madre, “está esperando que el mundo termine en barranco para morir recostado por él”.

                            Súmase a estas cosillas un interesante detalle. En medio de la semana, sentí como una ráfaga pasar por mi mente al levantarme qué bueno sería el enfermarme y quedar acostado en la cama. Díme cuenta entonces que la enfermedad es una fuga que hacemos para no enfrentar a los problemas que nos esperan. De hecho, esto no es nuevo, y los propios médicos suelen decirlo, si no estoy trascordado. Más, lo notable del caso es que “sentí” que el pensamiento pasaba por mi mente aflorando desde mi subconsciente, lo que me permitió darme cuenta y entender que a ese mecanismo lo podemos controlar con la conciencia, por medio de la fuerza de voluntad. Idéntica situación se da con el mecanismo de la muerte física. Se trata de desarrollar el arte de vivir consciente, que no otra cosa es la meditación, como lo señalara Osho. Recuerdo de una vez en que una señora, dueña de una Emisora de radio, me manifestó que ella, a causa de sus responsabilidades, “no tenía derecho a enfermarse”, en tanto que sus empleados se enfermaban al dos por tres.

                            Pero no es sólo en esa ocasión que pude apreciar el progreso en el desarrollo de mi conciencia. En un momento de esta misma semana, mientras voy circulando en mi automóvil, “escucho” a mi subconsciente cantar un trozo de la canción Patria Querida, en estos términos: “Eres la tierra encantadora, llena de luz y de placer”. Y ocurre lo mismo en otro momento, con el fragmento de esta otra canción: “Poco a poco me voy acercando a ti”. Cada una de estas “exclamaciones” responden a  mis “estados de ánimo”. La “tierra encantadora” evoca “la herencia” para quienes obtengan la vida eterna, alentándome a perseverar en un momento de desaliento. Lo de “poco a poco me voy acercando a ti”, se refiere a mi gradual acercamiento a Dios, también como un consuelo en mi debilidad.  No se pueden describir plenamente las connotaciones que sugieren estas cosas. Sin embargo, si soy capaz de no extasiarme meramente con mi propio narcisismo, (tal como le señalé a Leonardo como meta que se debe procurar, en una de las conversaciones que mantuvimos en estos días), estaré sacando provecho de estas observaciones. Siendo también importante destacar que ya con anterioridad las “canciones” guardadas en mi memoria se han hecho presentes aludiendo a situaciones concretas por las que estaba pasando, pudiendo apreciar la notable y extraña coincidencia que eso implicaba.


                                                        XXVII


                   Estas cavilaciones, en las que me repito, constituyen un medio válido para consolidar en mi ser los principios fundamentales que me permitirán seguir caminando


         03 de octubre de 2004. Una vez más embarcado en mis rememoraciones. Heme aquí en este cometido, gratificante pero trabajoso. Y al revés. Trabajoso, pero gratificante. Por momentos con ganas de tirar todo por la borda. Y a pesar de eso, persistiendo con ahínco, desentrañando el sentido de las historias, de “mis” historias, en la medida de lo posible, en el entendido de que eso redundará para el logro de la meta propuesta. Tal que pensé hoy que podría endilgarle como título alternativo a este opúsculo el siguiente: Meta: La santidad.

                            ¿Sería apropiado decir que son demasiadas cosas las que me pasan y que no solo me apabullan sino que eso implica un obstáculo para seleccionar las que en esta historia deben ser incluidas?. La aceleración de los sucesos, puesta de manifiesto por Alvin Toffler en su muy renombrada obra “El Shock del Futuro” ( y en “La Tercera Ola” y “El Cambio del Poder”, que componen la trilogía de esta serie), está manifestándose de una manera especialmente virulenta, y hay que extremar la atención para no caer hecho pedazos y poder continuar adaptándose a las cambiantes situaciones que nos depara la vida en un bombardeo incesante de problemas que por momentos pareciera exceder a nuestra capacidad de aguante.

                            Es notorio sin embargo que ello obedece a dos factores concretos: El deseo y el miedo. Más aún: El miedo es producto del deseo, por lo que este último puede ser considerado como el único factor desencadenante de todos nuestros problemas. Si nada deseo, si logro alcanzar la ausencia de deseos, acabarán mis problemas. Pero esto es más fácil de decir que de hacer. Fritjof Kapra, en “Sabiduría Insólita”, declara que Krishnamurti, que enseñaba que la plena liberación del ser humano se produce por medio de la liberación del deseo y del miedo, no indicaba empero, a diferencia del Buda, cuál es el método para alcanzar esta meta. No se percató Kapra que el “método”  de Krishnamurti (que se declaraba contrario a todo “metodo”), simplificado a su máxima expresión, se reducía exclusivamente a la atención. Atender al funcionamiento de nuestra mente, atender si qué deseo es lo que se está manifestando en ella, de instante en instante. Y con esa atención descubrir cuáles deseos no están conformados con las leyes de la naturaleza impidiéndonos ser uno con ella, desechándolos para poder experimentar de instante en instante la verdad de lo que es.  Extraordinaria manera de enseñar, sencilla, aunque no por ello fácil de entender. Es preciso para eso prestar muchísima atención, valga la redundancia. Estas cavilaciones, en las que me repito, constituyen un medio válido para consolidar en mi ser los principios fundamentales que me permitirán seguir caminando.

                            El inventario de las peripecias de la semana se inicia de nuevo en el mismo día domingo en que me deschaveto porque Leonardo no se presenta y tampoco llama, ni responde a la llamada que yo le hago para que venga a llevarnos a Lambaré con Emilianito y un amiguito suyo, Nicolás, que vino a pasar el fin de semana con él. El problema fue de no más de una hora de diferencia. Entre las 19:00 y las 20:00. Me justifico diciendo que el stress provocado por la tensión de escribir ese día los comentarios que preceden me colocaron en un punto de precario equilibrio haciéndome reaccionar torpe y tontamente ante una circunstancia tan baladí. No es por nada que Leonardo, cuando me vio al llegar, después ya de que “le grité” por teléfono, recibió en su mente este mensaje tan significativo: Cuidado con la bestia. La “bestia” anda suelta, desde luego. Su presencia fue “somatizada” por medio de la “enfermedad” que nos rozó a ambos en el curso de la semana, a la que por convención denominamos como gripe o resfriado común.


                                                        XXVIII


                   Solamente para Dios, el fin justifica los medios

                           

                   La tanda de los sucesos ligados con esta cronología particular que hoy me toca, tiene su continuidad con la conversación telefónica que tuve con el abogado de la Municipalidad de Lambaré en el caso del litigio judicial que versa sobre la impugnación que hace mi hija Selva sobre la decisión de la Municipalidad de autorizar la instalación de la Parada de Taxi en el paseo central de la Avenida Hernán Cortez, frente a su casa. Esta conversación, que tuvo lugar el lunes, requirió de una aguzada atención, pues estaban en juego intereses contrapuestos y sentimientos tan poderosos como el orgullo, la codicia, y otros similares a ser conciliados con el afán de justicia y el deseo de dar un punto final a este enojoso pleito que ya se viene arrastrando por más de dos años. En síntesis, el abogado de la Municipalidad pretendía cobrar en concepto de honorarios una suma que con ser pequeña no tiene otro justificativo que el de “avenirse” a que mi parte consiga el “objetivo” del pleito, cual es, el de que dicha Parada no se erija en ese lugar y que la construcción comenzada con ese propósito, suspendida por orden judicial, sea derribada. Importante es aclarar que los taxistas ya se encuentran efectivamente establecidos en otro lugar habiéndose mudado de donde estaban, con lo que su propósito de instalarse frente a la casa de Selva a instancias del propietario del inmueble frente al cual estaban anteriormente ya carece de razón de ser, dándose también cumplimiento a lo pretendido originalmente por este propietario, y hasta a la de los vecinos que habían apoyado inicialmente el establecimiento de la Parada frente a la casa de Selva, todos los cuales solicitaron incluso por escrito al Intendente para que la construcción sea derribada y se ponga fin al litigio. Un poco complicado, parece. Sin embargo, lo evidente es que el abogado, queriendo aprovecharse de la posición de poder que detenta como representante de la Municipalidad, pone como condición para acceder a la solución del caso que se le pague una suma en concepto de honorarios por un juicio no terminado y cuyo resultado como todos los pleitos es necesariamente incierto. Puestas las cosas de esta manera, sin descartar que para el abogado pudiera resultar lógica y legítima su pretensión (en aras del respeto al pensamiento ajeno), es asimismo natural que los demás miren esa pretensión como un vulgar chantaje, ya que no subsiste un solo interés racional ni jurídico que sostenga la continuidad del litigio. Lo único que quieren todos los involucrados, incluido el Intendente y los Miembros de una Comisión Vecinal que están trabajando en el hermoseamiento del Paseo Central, es que concluya el litigio y sea demolido el mamotreto que fuera erigido en ese lugar. En fin, valga este antecedente para ilustrar que se trata de una más de las pruebas a que me somete mi Hacedor, pues “si fuera por mí”, no hesitaría en pagar la suma que pide el abogado, que es relativamente exigua, por el deseo de “conseguir mi objetivo”. Más no se trata de eso. Como se lo dije al abogado: de acuerdo con mi filosofía, contrariamente a lo sustentado por Maquiavelo, solamente para Dios, el fin justifica los medios. Para nosotros los seres creados, los medios para lograr un fin deben necesariamente ser lícitos, lo que equivale a decir que deben estar ajustados a lo correcto. En tanto esto no sea así, estamos atentando contra la voluntad de Dios. Hay que destacar que en el intento de llegar a un arreglo propuse alternativas, como la de compensar unos honorarios de monto mayor que yo ya los tenía ganados y hasta establecidos judicialmente en el juicio de Amparo sustanciado previamente contra la Municipalidad; y todavía más, que yo estaría dispuesto a pagar lo que el abogado pedía toda vez que la Municipalidad también me reconozca lo ya devengado por mí en el Amparo. Insistí bastante, alegando que no se trataba del dinero sino del respeto a ciertos principios de mi filosofía. Pero no se dio el punto de coincidencia, quedando en suspenso la definición última. El caso pues prosigue, aunque se están viendo otras vías alternativas para el arreglo.  Entretanto, como se lo dije a Pablo Emilio, es menester que sea duro conmigo mismo; aunque me cueste “el deseo”.


                                                        XXIX


                   Se va forjando mi ser entre estas desventuras. Que pueden también ser calificadas de venturas, por quien haya entrevisto la naturaleza esencial de la vida, donde cada cosa contiene a su opuesto


                            Otro hecho que tiene relevancia en esta historia es la respuesta que dio la Jueza al interrogatorio que le fuera propuesto en el expediente en el que se investiga la adulteración de la providencia, ya aludida varias veces. De esa respuesta se colige que fue la misma Jueza quien ordenó la adulteración, pues dijo ella que dicha providencia estaba escrita in extenso cuando ella estampó su firma, lo que implica una burda falsedad, ya que la frase con la que fue adulterada la misma fue escrita más de veinte días después de que estuviera firmada, tanto por la Jueza como por el Secretario. De hecho, la Jueza también dijo que fue ella quien ordenó el dictamiento de la providencia en la forma en que estaba redactada. Lo que me pone en la difícil encrucijada de tener que denunciarla, pues de lo contrario estaré admitiendo la flagrante perpetración de delitos en un proceso judicial. Tal como se lo dije a mis hijos alguna vez: Lo más difícil para el ser humano en esta vida es decidir. Pero hay que entrar por la puerta estrecha y seguir el camino angosto que lleva a la vida, porque ancho es el camino de la perdición. Desde luego, la decisión ya está tomada. Y no es que haya ninguna cuestión personal en este asunto. Simpática estuvo la declaración del Secretario en el sumario que se le instruye, que se produjo en esta semana, el cual se mostraba sobrador, insinuando que yo habría hecho la denuncia porque me sobraba tiempo contrariamente a él a quien le faltaba, porque debía dedicarlo a su trabajo; advirtiéndose que su ánimo estaba apaciguado merced a la “gauchada” que le hizo la Jueza, a quien presionó probablemente porque por lo visto fue ella misma la que le obligó a adulterar la providencia. Y los dos, regodeados en el mutuo apoyo de sus falsedades, seguros de su impunidad, siguen campantes y rampantes con la ilusión de que se han burlado de la ley y de la verdad, sintiéndose intocables por sus fechorías a causa del condicionamiento en que viven, chapoteando en el fango de su ignorancia. Hay que decir como el maestro: Perdónales Padre porque no saben lo que hacen. Ciertamente, no debe dejar de mencionarse que en este caso (como en otros más triviales), mi mente exhibió su naturaleza “salvaje” con pensamientos que buscaban “castigar” a los culpables, sin descartar la posibilidad de acudir a alguna “influencia” mundana que utilizara su “poder” a ese efecto. Afortunadamente pude percatarme casi ipso facto de cuán necio era alimentar tales pensamientos; y si los insinué en una conversación que tuve al respecto con Víctor, mi sobrino, pude desecharlos prontamente, al darme cuenta de mi necedad, tal como se lo dije.

                            Se va forjando mi ser entre estas desventuras. Que pueden también ser calificadas de venturas, por quien haya entrevisto la naturaleza esencial de la vida, donde cada cosa contiene a su opuesto. La vida es un discurrir de la mente. Para no decir “un discurso”, pues el verbo le conviene más que el sustantivo. Es notable cómo pienso a veces     --al menos pienso--  que ya no albergo deseos en mi ser, pero es obvio que tal no es la verdad plena. Este pensamiento refleja una incipiente actitud de la mente que es más bien producto de un cansancio, de un agotamiento; es una modorra, una inanición, una especie de sonambulismo en el que me guarezco para resistir a los golpes. La genuina “ausencia de deseos” está todavía lejos, pues lejos estoy de controlar suficientemente mis ciegos impulsos. Todo marcha bien en la teoría. Puedo escribir en mi agenda: Nada está en mi poder, salvo hacer lo correcto. Y también: Primero, tengo que poner en orden mi cabeza. Después podré ordenar a la naturaleza. Caigo pues en la cuenta de cuál es el “secreto” de la vida, pero mis imperfecciones no cesan. Empero, se aprecia el sostenido progreso y la voluntad de perseverar. Que es lo que cuenta. Bueno es señalar entretanto que no dejo de deleitarme con la frecuente constatación de las maravillas que están presentes para quien las sepa ver. Las “coincidencias” que se presentan en el momento menos pensado, que mi tosca mente las capta solo como fugaces destellos, de donde extraigo que los acontecimientos se van desenvolviendo ceñidos al patrón de la rectitud y la justicia impuestas por la mente cósmica en consonancia con la mía,  pese a la avalancha de perversidades y atrocidades que los seres humanos siguen cometiendo ajenos a esa Voluntad e Inteligencia Suprema de la que no podrán escabullirse. Paralelamente, observar las cosas pequeñas, a los niños con su inocencia y ganas de vivir, a las plantas y animales aquí en Paraíso, escuchar y atender alguna buena melodía o leer un libro, todo eso va desgranándose como parte de mi proceso evolutivo, de entre los cuales voy rescatando algo que se plasma en estas líneas de vez en cuando.


                                                        XXX


                   Con el transcurrir del tiempo, pude recoger los frutos de las semillas que la sabia y rígida mano de la naturaleza sembró en el terreno de mi espíritu


                            10 de octubre de 2004. “A qué estamos jugando..., yo no lo sé”, dicen los versos de una canción de mi juventud que mientras acá los escribo suenan en mi mente con melodía y todo. Este afán que me lleva a anotar estas cosas, este poderoso impulso que me mueve a proyectarme en estos comentarios ¿qué es?.

                            ¿Qué es Dios?. Dios no es un qué; alguien lo dijo, según creo recordar.

                            En un pasaje de Man and Superman, nos cuenta Borges, George Bernard Shaw le hace decir a uno de sus personajes que el horror del Infierno es su irrealidad. ¿Es el temor de desvanecerme para siempre, de volverme irreal, lo que me induce a dejar estos rastros, a sacar fuerzas de flaqueza para ponerme a teclear imprimiendo orden a mis picotazos, como los gansos de Konrad Lorenz, en el oscuro propósito de afirmar a mi ser y hacerlo prevalecer sobre la nada.?. Algo de eso hay sin duda, a pesar de que en mi conciencia está clara la noción de que la nada no existe, sino que es una pura creación de la mente del ser creado para tratar de entender este universo. Pero ese saber teórico está aún incipiente en esa estructura que constituye mi ser. Debe ser consolidado, y en ese proceso, ínterin me desembarace de mis imperfecciones, seguiré actuando a influjos de sus condicionamientos, dejando un testimonio de mi paso por esta cronología, aunque me cueste el descanso, y aún, dolores o enfermedades, si bien no lágrimas hasta este momento.

                            Pues sí: Me ha tomado una suerte de “enfermedad” que afecta a mi cuerpo físico, tengo una lesión en la lengua que me provoca una neuralgia que me baja por el oído hasta el omóplato, hay un malestar que me sume en una depresión que me arranca las ganas de pensar siquiera, lo que explica el esfuerzo que entraña el ponerme a escribir en este archivo, como apropiadamente lo denominan actualmente en la jerga informática.     

                            Importante es destacar que comprendo claramente que esa dolencia es un medio del que se vale la naturaleza para transformar a mi cuerpo depurándole de sus poderosas tendencias atávicas. El deseo y la violencia enraizados en mi ser deben ser contrarrestados poniéndoseles coto, es la propia mente que tiene que parar el carro a aquellas tendencias que se desmandan si uno se descuida, y he ahí que la manera de conseguirlo es sujetándolas por medio de esto que llamamos enfermedad o afección que nos deja quietos temporalmente, hasta que canalicemos de nuevo nuestras energías adecuadamente. No es la primera vez que me pasa, solo que por este tiempo me doy cuenta de ello. Anteriormente, durante las devastadoras crisis sicológicas que me acometieron, el impacto ha llegado a provocar un  desmoronamiento temporal de todo mi ser. Con el transcurrir del tiempo, pude recoger los frutos de las semillas que la sabia y rígida mano de la naturaleza sembró entonces en el terreno de mi espíritu.  

                            Y sí. La violencia y la locura están desatadas en el ambiente, y no pueden menos que zarandearnos, pues es energía que circula de aquí para allá. El campo de energía que constituye mi cuerpo no es inmune a esa fuerza, máxime que mi incapacidad para canalizarla convirtiéndola en amor incondicional es demasiado notoria a causa de mis imperfecciones y limitaciones. Momentos hay en que la violencia me posee, yo mismo soy esa violencia y actúo como un energúmeno, mi cuerpo se deja zarandear, se deshace en gesticulaciones, en improperios, en exabruptos, me convierto en aspavientos ridículos (aspas de vientos, sería más apropiado decir, a tono con el origen del vocablo), en gritos estentóreos e ininteligibles. Todo eso, para explicarlo en los términos usuales, no puede dejar de provocar una diabetes emocional, un stress diabético (quizás esta terminología sea un poco exagerada; de hecho no me tomé el tiempo para sacar la medida de mi azúcar en sangre). Aquella, a su vez, hace que bajen las defensas del organismo, y he ahí que viene la depresión y la infección. Explicaciones, que la mente requiere para dar consistencia a la realidad, o a cada realidad en particular. Así es como van deviniendo mis peripecias. De las que se colige la aún remota consecución de la meta propuesta.


                                                        XXXI


                   Lo que uno debe conseguir es ausentarse completamente del “yo”, ese sentido de identidad tan poderoso que nos ata a esta cronología; hay que resignar esa “pequeña identidad” ante la otra abarcadora e incognoscible que envuelve a nuestro ser finito dentro de su infinitud


                            Casos concretos: Un personaje que me llama en torno a un caso en el que una cliente mía, empleada doméstica que trabajó para su madre y hermano, donde, tras laboriosas gestiones, aquella obtiene una sentencia favorable por un monto de dinero no muy elevado cuyo cobro está siendo exigido por la vía de la ejecución judicial. Es el mismo caso al que aludí antes donde el abogado de los demandados tuvo la increíble osadía de robar el expediente argumentando que se le había sustraído de su automóvil, lo que hizo necesario la reconstitución del expediente para que pudiera ser confirmada la sentencia en Segunda Instancia. El personaje citado, quien me llama después de que el Oficial de Justicia fuera a realizar un embargo en el domicilio de su madre y hermano, plantea primeramente la posibilidad de un acuerdo conciliatorio, que, tras conversarlo con mi cliente, lo acogemos favorablemente, proponiéndole el pago de una suma menor para dar por terminado el litigio. El sujeto aquel recibe la propuesta diciéndome que lo pensaría y que luego me llamaría para darme una respuesta. Y he aquí que en la siguiente comunicación telefónica el tipo comienza a decirme una sarta de necedades tan inverosímiles que tuve que hacer un tremendo esfuerzo para escucharlo pacientemente en un primer momento. Me dice entre otras cosas que se enteró ahora de que yo hice equivocadamente la demanda en contra de una hermana suya, pintora famosa radicada en Nueva York, y no contra su madre (equivoqué el nombre de su madre y consigné el de la hermana, según él). Que eso constituía un perjuicio tan gigantesco que se le infería a su hermana, de quien él tenía poder general amplio, que debía atenerme inexorablemente a las consecuencias, tanto las de índole penal como civil, amén de haberme expuesto a que se me cancele la matrícula de abogado ante la Corte Suprema de Justicia, cuyos ministros tenían en su oficina los cuadros de su hermana. En las conversaciones preliminares yo ya había advertido la extraordinaria arrogancia de que hacía gala este personaje, pero extrañamente había llegado a nombrar a Jesús declarándose su creyente y seguidor. En estas condiciones, me parecía que no debía atender demasiado a mis sentimientos de rechazo hacia sus debilidades sino buscar las coincidencias para la solución del problema, que era el objetivo básico de mi trabajo. Pero en esta ocasión la soberbia impregnaba tan totalmente el acento de su voz, y sus palabras altisonantes daban la impresión de que pretendía trasmitirme el mensaje de que me hablaba cual si él fuera Dios y yo un mísero insecto, como dedujo acertadamente Mario Darío, que no tuve otra más que explotar en una imprecación tan atronadora, que sin parar le espeté un montón de consejas y apelativos que lo dejó mudo por un momento. Así es como le manifesté que las sandeces que estaba diciendo eran tantas y tan solemnes que me traía a la mente lo dicho por Montaigne de que nadie está exento de decir sandeces, pero lo malo es decirlas con pompa. Le dije también que en algún momento se me había ocurrido que el mismo podría tener alguna espiritualidad pero que estaba constatando de que no era sino un estúpido arrogante, y de hecho le dije que era un estúpido de mierda, un pelotudo de mierda y quizás que era un cretino, que si no lo dije es seguro que al menos lo pensé.

                            Puede observarse la manera impulsiva con que reaccioné. En vez de decirle con humildad que cualquier cosa que pudiera hacerme sería porque Dios lo estaría permitiendo, por cuanto todos somos solo sus instrumentos, reaccioné sin ser capaz de controlar a mis ciegos impulsos. Pero es así. La violencia se apoderó de mí, se convirtió en mi mismo, y yo quedé totalmente fuera de mí. Empero, también pensé: Aun el hecho de no haberme podido controlar, tuvo que haber sido un designio de Dios, para hacerle llegar al otro a través mío una señal cuya finalidad Él conoce. Pues nada sucede sin que Él lo permita. Aun cuando estoy consciente de que esto no constituye excusa para mis flaquezas, que si yo consigo superarlas, el camino puede ser menos escabroso. 

                            Otro caso: Dos policías de tránsito retienen a Pablo Emilio que va con su automóvil sobre la Avenida Quinta, al pasar yo en el otro coche en el que voy con Leonardo lo veo con el rabillo del ojo, me paro a la media cuadra, me bajo, pero cuando me acerco me dice Pablo Emilio que lo llevan detenido hasta la oficina de guardia para que pague la multa porque cruzó la luz roja del semáforo. Me entra un ímpetu tremendo al pensar que lo llevan detenido a Pablo Emilio cuando la Constitución y la Ley prohíben la detención de las personas sin orden escrita de autoridad competente, salvo cuando fueren sorprendidos en flagrante delito. Les alcanzo a los policías, son dos que van montados en una motocicleta, les digo que soy el padre del afectado, me adelanto un poco, paro mi automóvil delante de ellos que se quedan, les digo que no pueden llevar detenido a las personas sin orden judicial y que hagan la boleta de la multa; dicen que según el procedimiento estatuido en sus Reglamentaciones no pueden hacerla porque el carnet de conducir no es de Asunción sino del Interior, yo les digo que ninguna Reglamentación puede estar por encima de la Ley y la Constitución, veo que tienen en sus manos el Registro de conducir de Pablo Emilio, les digo que está prohibido por la Constitución secuestrar documentos personales, les informo que soy abogado, me dicen que tiene que ir con ellos Pablo Emilio y que allá se le dará todas las explicaciones y podrá hacer todas sus reclamaciones, insisto yo que eso es una coacción con la que quieren obligarle a pagar una suma que solo puede ser cobrada por orden judicial, se enardecen los ánimos, mencionan que van a llamar a la Fiscalía, yo les digo que precisamente eso es también lo que yo voy a hacer, hablo fuerte, gesticulo, me dice uno de ellos que le escupo todo, les acuso de coimeros, Pablo Emilio me pide que me calme y que nos vayamos con ellos y que una vez allí veremos que hacer. Reanudamos la marcha, se van ellos delante de nosotros, una cuadra más adelante se paran mirando atrás, yo también me paro, se embotella un poco el tránsito, paso yo, y ellos le esperan a Pablo Emilio a quien se acercan y le hablan, yo vuelvo hacia ellos, Pablo Emilio deja su coche y se acerca a mí diciéndome que me calme, que ya le habían dicho que le perdonarían la multa. Estoy nuevamente fuera de mí, mis miembros están medio fláccidos de tanto coraje, no obstante accedo y me voy hacia mi automóvil más adelante, volviendo Pablo Emilio a conversar con ellos. Me quedo yo hasta que los policías le dejan a Pablo Emilio y se van por la calle transversal, viene hacia mí Pablo Emilio y me cuenta que al final le dejaron diciéndole que por esta vez iban a perdonarle la infracción. También le dijeron que yo estaba muy nervioso y podía pasarme cualquier cosa según se veía, y si porqué Pablo Emilio no les dijo que era abogado, pidiéndole les dé su teléfono porque en cualquier momento podría ser que ellos pudieran necesitarle, diciéndoles Pablo Emilio que si querían contratarlo, ya veían que yo era su jefe en la oficina. Un episodio risible, para no decir inadmisible, pues ya se ve que una vez más perdí toda mi compostura. Y como se le dijo a Pablo Emilio: El hecho de que Dios nos haya librado con bien del caso, no sirve en modo alguno de justificativo para nuestras equivocaciones. Él, al cruzar la luz roja, y yo al actuar de esa manera tan desaforada. La situación generó unos comentarios simpáticos en la oficina, tal por ejemplo que Leonardo le dijo a Pablo Emilio que dos zorros habían estado regodeándose con un conejo al que llevaban para comerlo bien aderezado sin percatarse de que el conejo estaba cuidado por un león que les salió al paso, a pesar de que el conejo ya estaba totalmente resignado a su suerte. La metáfora, como le dije a Leonardo, me hace demasiado honor a mí, cuando yo actué más bien como un energúmeno, sin ser capaz una vez más de dominarme en situaciones difíciles.

                            Ya se está apreciando, con las desopilantes ocurrencias narradas, hasta qué punto pierdo la chaveta por tonterías. Lo que pasa es que hay una tormenta de violencia conmocionando el ambiente, y si se quiere, todo el planeta. Pero ello se da particularmente dentro mío. En esta semana estuve leyendo el Diario de Krishnamurti que me fue particularmente inspirador en muchos sentidos. En particular, la presencia de Dios en su vida a quien él llama “lo otro”, “esa bendición”, ese “sentido de poder”, “lo incorruptible”, y otras denominaciones que denotan la belleza indescriptible de esa presencia que está fuera del tiempo y del espacio. Sé de esa manera que lo que uno debe conseguir es ausentarse completamente del “yo”, ese sentido de identidad tan poderoso que nos ata a esta cronología, hay que resignar esa “pequeña identidad” ante la otra abarcadora e incognoscible que envuelve a nuestro ser finito dentro de su infinitud. Así, escribí en mi agenda que la humildad consiste en saber que todos somos meros instrumentos de Dios, y que aun aquellos que nos hagan daño lo son, aunque nos cueste admitirlo. Ser humilde es lo que necesito ser. Mientras no lo sea, mi mente me ha de estar jugando malas pasadas, como esta “enfermedad” de la que hablé al principio. Y de nada vale que diga que estoy harto de mis imperfecciones. Tendré que seguir en la brecha.

                            Buena estuvo también mi charla semanal con mis hermanas Lela y Mary. Tanto que me comentó la primera que la “reprimenda” que le había dado la semana pasada a la segunda tuvo un efecto edificante. Pues, como señala el dicho que me lo pronunció ella en portugués, “santo de la casa, no hace milagros”. Que se deriva sin duda de aquel atribuido al maestro que declara: “nadie es profeta en su tierra”. Y por hoy, ya basta.


                                                        XXXII


                   Es notable cómo uno llega a un punto donde por momentos siente la futilidad de relacionarse con los otros, el deseo de huir y no encontrar escapatoria


                            17 de octubre de 2004. ¿Porqué el deseo? Por ser. Si uno es ya no “hace falta” desear. En esa instancia uno ya no tiene necesidades. Es la manera de absolutizar a “este ser” limitado, el “ser humano”. Véase la paradoja. ¿Cómo algo “limitado” puede ser absoluto?. ¿Cómo algo “finito” puede volverse “infinito”?. Pues, “a la manera del Cristo”, quien dijo: nada es imposible para el que cree. Una de las cosas que estuve pensando es justamente que quizás “hagan falta” muchos Cristos todavía para que la humanidad pueda alcanzar su perfeccionamiento definitivo. Y esto con el riesgo que entraña la posibilidad del “malentendido”, pues Cristo hay uno solo. A los que me refiero es a quienes se decidan a ser “como él”, que “también son él”, como él mismo lo dijo: En verdad os digo que esto que hacéis con el más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hacéis.

                            Está difícil la vida, escabroso el sendero. Y si bien los golpes han menester para moldear a esta rebelde naturaleza, no por eso uno deja de acusar su impacto. En esta semana el cansancio estuvo muy impertinente, el cuerpo todo y también la mente se resintieron ante su acometida. Aquellos conocidos síntomas de mis tiempos de crisis, el sentirse como bloqueado mentalmente, como aletargado, como embotado, paralelamente con ese dolor físico no especialmente localizado, me tuvieron “a mal traer” en estos días. Era el “reflejo”, la “exteriorización” de ese debate interno entre el “deseo” de seguir “viviendo” en esta cronología y el de “morir” a ella, que con la imperfección que me condiciona, nunca deja de tener un matiz de “definitivo”.

                            Es el “acostumbramiento” de mi ser a “la ausencia de deseos”, como se lo dije a Vivi. Ella misma, que advierte en mí “ciertos cambios”, se muestra preocupada, o para expresarlo más cabalmente, está asustada (aunque no mucho). Le recordé yo entonces lo que un profesional de la sicología me había dicho en una ocasión en que estaba entrando en una de mis crisis: los cambios asustan. Empero, por este tiempo no hay motivo para asustarse. En realidad, esos cambios que también yo los percibo en mí, son auspiciosos, son producto del “progreso” que se opera en mí. En concreto, a ella le llamaba la atención que yo estuviera más callado, que no replicara como de costumbre a sus observaciones, alegando ella que eso pareciera indicar una suerte de violencia reprimida que no estoy canalizándola adecuadamente. Sin embargo, es el entrenamiento para atender más a lo que los otros dicen, es el esfuerzo que estoy haciendo para no dar curso a mi tendencia muy habladora, es también el cuidado que estoy poniendo para no dejarme llevar por mis ciegos impulsos. A no dudar de que “alguna violencia” ha de estar imbricada, ya que uno tiene que hacer inevitablemente alguna “sobre sí mismo” si pretende llegar a tener el dominio pleno de su propio ser.

                            La semana estuvo pródiga de acontecimientos (¡qué perogrullada!), aunque no hubo hechos “fuera de serie”, si así puede llamarse a los que nos sacan de quicio, o nos dejan “mudos de asombro” por su “inesperabilidad”. La conversación con las Jefas del Registro de la Propiedad y con el Jefe de la Dirección de Catastro por el problema de las trabas infundadas que ponen a la transferencia del terreno de Hernandarias que Cristian está esperando desde hace bastante tiempo se realizó dentro de un margen aceptable de tolerancia, aunque no pude conseguir que abandonaran la cerrada actitud de obstaculizar innecesariamente la operación. De nada valió que les dijera que tal actitud era ilegítima y por ende inconstitucional, y que ello me autorizaba a promover un amparo en sede judicial, manteniéndose inconmovibles, y una de ellas hasta un poco como divirtiéndose a mi costilla a causa quizás de la cómica aflicción que yo demostraba. De todos modos, quedó pendiente la posibilidad de que se le dé curso a los trámites después de un estudio más minucioso del caso.

                            La jueza involucrada en la adulteración de la providencia en un expediente conjuntamente con el Secretario, me lanzó uno más de sus mensajes con el propósito de hacerme saber de sus “poderes”, dictando otra sentencia en contra (hace un tiempito hizo lo propio en otro expediente) en un caso muy peliagudo y controvertido. Ciertamente, no dejó de hacerme tambalear un poco.

                            El episodio en el que mi amiga Nancy Benítez me solicitó una ayuda profesional, con quien se suscitó una interesante conversación donde debatimos cuestiones filosóficas concernientes al caso y a otros aspectos de la realidad, estuvo por demás fructífero. Nunca tan oportuna la mención de la cita atribuida a Aristóteles de que soy amigo de Platón pero más lo soy de la verdad. Así es como vamos construyéndonos y creciendo juntos.

                            La visita de mi hermana Blanca en la que no pudo establecerse una comunicación fluida, digamos que debido a su timidez, como me lo señaló Pablo Emilio, o a una actitud un tanto cerrada de ambas partes, signó también el transcurrir de la semana. Ambas categorizaciones son correctas, y reflejan sendos aspectos de la realidad.

                            La consulta que hice con el médico, el Dr. Daniel Ferreira, fue también por demás interesante. Cuando le señalé que mis molestias o malestares podrían obedecer a un drástico cambio que está sufriendo mi organismo para adaptarse a la vida imperecedera que está llamado a desarrollar, me declaró sonriente que él se sentía incapaz de emitir un juicio certero sobre ese particular, si bien concordó conmigo en que es la mente la que rige y controla el funcionamiento del cuerpo y no al revés. Obviamente, el hecho de que el cuerpo llegue a desintegrarse por obra de esa otra mente que rige a todo el universo, no obsta para que la mente con el sentido de identidad personal pueda perdurar. Tal como de forma inigualable dice Walt Whitman en estos versos: Pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.

                            Y como colofón de lo acontecido en la semana valga mencionar que a Leonardo y a Mario Darío les encomendé, como parte de la tarea del sábado, leer precisamente el poema de Walt Whitman titulado “La Sociedad de los Poetas Muertos”, que salió en el ABC, en la Sección Periodismo Joven, de ese día. De cuyos versos, además de los ya citados, vale el esfuerzo transcribir los siguientes para deleite mío y de quien, por acaso, llegue a leerlos: “No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo”; “No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre”; “No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye”; “No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber”. “Valora la belleza de las cosas simples”. “Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante”; “Aprende de quienes pueden enseñarte. Las experiencias de quienes nos precedieron, de nuestros “Poetas Muertos”, te ayudan a caminar por la vida”. Y así, por el estilo. Estímulo me dan estas palabras para seguir caminando, son resonancias de vida en una semana en que la rutina feroz, enseñoreándose en mi espíritu, me ha puesto en el límite de mi resistencia. Es notable cómo uno llega a un punto donde por momentos siente la futilidad del mero hecho de relacionarse con los otros, el deseo de huir y no encontrar escapatoria. El “diablo” puja por quebrar, por quebrantar mi ánimo. Lo cual empero tiene sus compensaciones al entender cada vez mejor que todo lo condicionado pasa, como dijo el Buda en los postreros instantes de su vida terrenal, o la decadencia es inherente a todas las cosas compuestas como se consigna en otra versión, que la remacha con esta exhortación, que me sigue viniendo a propósito: Esforzaos con diligencia.


                                                        XXXIII


                   Se reafirma la idea, se reafirma la convicción y la fe de que el que se propone actuar de manera correcta en cada momento, en cada circunstancia, siente que tiene el aplomo, siente cómo está plantado firmemente para enfrentar a cada problema con la solvencia necesaria como para no temer ser desarraigado de sus cimientos


                            23 de octubre de 2004. ¿Santo yo?. Ja, ja, ja. Bueno es que me ría, pues los demás se han de reír y de hecho se ríen todavía más estruendosamente que yo de este mi empeño del que cacareo, afortunadamente no  de manera tan seguida ni jactanciosa. A duras penas logro soportarme a mí mismo, lo que da sobrada razón para que los otros no tengan porqué aguantarme; ¿qué he de objetar entonces si se mofan de mis olímpicas aspiraciones?. La risa no necesariamente es algo diabólico, como lo postulaban algunos personajes de la novela “El nombre de la rosa”, de aquel autor cuyo nombre no me acuerdo en este momento, incurriendo en falta contra los cánones de la fama.

                            La carga que transporto se me hace pesada, por momentos. Esa carga se llama imperfección. Se llama deseo y se llama miedo. Así se la simplifica y así se la entiende.

                            La otra cara es la comprensión, que deriva en dicha y bienestar. Estoy vivo. La vida es lo máximo. La vida es lo único, es lo absoluto, es lo único absoluto. Veamos: Puesto que estoy vivo “en este instante” ¿qué otra cosa puedo desear?. El instante es lo que cuenta. Los “estados de ánimo” en los que uno logra desprenderse de la cronología le permiten divisar su propia eternidad. Dicho he, y lo he experimentado, que mi ser no pertenece necesariamente a esta cronología en particular, es más, me estoy preparando, o mi espíritu, mi ser esencial, se está preparando para abandonarla. Digamos que tenga que estar por aquí todavía veinte años. Es demasiado mucho, estaría con 79 años computados desde mi primer nacimiento. El dictador cubano Fidel Castro, con 78 años, apareció en las noticias en estos días a raíz de una caída y fracturas que sufrió por causa de un resbalón originado sin duda en su decrepitud. En cuanto a mí, yo sé que eso puede no tocarme, pues mi organismo puede transformarse y rejuvenecerse, pero ese poder no está meramente en mí. Será el designio de mi hacedor el que lo determine, al que yo me someto, si bien sé desde hace tiempo, tal como lo vengo diciendo, que ese mi hacedor soy yo mismo, en cierto sentido.

                            24 de octubre de 2004. Los comentarios del fin de semana, iniciados ayer, prosiguen hoy. ¿Cómo estuvo la semana en lo que hace a las “cosas interesantes” que se suscitan en relación con esta historia?. Rememorar brevemente los episodios que se han erigido en desafíos para la inteligencia, para la vocación de hacer en cada instante lo correcto, la confrontación habida con ellos y el haber salido airoso o malparado según haya sido el caso, es lo que corresponde hacer en este recuento semanal.   

                            Vale mencionar en primer lugar la escaramuza habida con Pablo Emilio en cuanto a su pretensión de que yo tome cartas en el asunto de la relación entre Leonardo y Emilianito. Alega Pablo que Leonardo le trata mal a Emilianito, y que a veces hasta le pega. Replico yo que mi percepción de los hechos es diferente, que según yo entiendo Leonardo se limita a realizar un juego amoroso con Emilianito en el que a veces puede que abuse un poco, que es algo que también él lo hace, y que algo que yo estoy notando es que él, Pablo, incentiva una actitud hostil de Emilianito hacia Leo, trata de ponerle en contra, que a mi entender es producto de la competencia que se da entre los dos hermanos mayores. Pablo Emilio me sale al paso argumentando que estoy equivocado e insiste en que debiera intervenir para que él no asuma el papel que a mí me corresponde, para evitar que pase algo más grave como que él y Leonardo eventualmente se vayan a las manos el uno contra el otro. Le digo que, con todo el derecho que tiene él en su libertad de pensar como piensa, yo sigo sosteniendo lo que dije y que esa actitud suya de intentar obligarme a hacer algo con lo que yo no estoy de acuerdo es mero producto de sus deseos y expectativas como también el de querer salirse con la suya. Él replica amoscado que todos tenemos deseos y expectativas y que por lo tanto mi argumento carece de validez, terminando la conversación en ese momento. Al día siguiente se reanuda el tema en el medio de una conversación y traigo yo a cuento que en mi opinión su reacción final fue un intento de manipularme para que yo haga lo que él quería que hiciera a pesar de no estar de acuerdo, a lo cual él sale al paso diciéndome que mi propuesta implicaría que en todas aquellas cosas en las que albergáramos expectativas estaríamos queriendo manipular a los otros, mencionando la circunstancia de que existen muchos casos, como la demanda promovida contra la Municipalidad en relación a la Parada de Taxis, y otros, donde indudablemente tenemos expectativas, en los que no podemos decir sin más que queremos manipular a los demás. Concuerdo con él y le señalo que lo que corresponde es hacer la distinción entre las expectativas legítimas y las que no lo son, y que esta distinción debe hacerla cada cual dentro de su conciencia. El debate es zanjado finalmente con mi acotación de que lo único en que para mí se puede absolutizar es en lo referente a la ineludible obligación que tiene cada uno de hacer en cada caso lo que es correcto, decisión que la debe tomar en uso de su inviolable libertad.

                            Y para no ser menos, también con Leonardo se suscitó un entredicho, en torno a su salida el viernes a la noche y su regreso ya al amanecer del sábado, al filo de las 06:00 horas. Puesto que él se duchó y se acostó, cuando llegó la hora de partir hacia la oficina, a eso de las 7:30 horas, lo desperté y le dije que si se iba ir, ya era hora de levantarse. Se levantó, se desperezó, y al preguntarle yo si prefería quedarse, dijo que por esta vez así lo haría, momento en que yo le manifesté que en todo caso me debía una explicación o me merecía una explicación de su parte. Esta observación mía le hizo cambiar de parecer y se dispuso a acompañarme. En el camino abordé de nuevo el tema y le dije que antes de salir en la noche le había manifestado yo que no vuelva tan tarde, a lo que él me había contestado que sí, y que pese a ello había vuelto recién al amanecer, lo que ameritaba que me explicara algo al respecto. Ya anteriormente él se había mostrado renuente a mis indagaciones en torno a lo que él define como “su privacidad”, y me recalca que la confianza no se genera precisamente cuando se exige a los demás que confidencien sobre sus cosas sino que esto debe surgir espontáneamente de cada uno. Naturalmente yo no pretendo inmiscuirme en sus cuestiones privadas, sin embargo le señalo que, puesto que uno vive relacionado con otros, existen ciertas reglas que deben observarse, y eso hace que surja la obligación de dar cierta información a los demás, como en el presente caso en el que yo le pedí que no regresara tan tarde a pesar de lo cual él vino llegando ya después de amanecer. En la ocasión anterior ya él me había expresado que su criterio iba por considerar que para él basta que esté a mi disposición para el trabajo, y que su voluntad de trasnochar no era algo que a mí me atañera, pues  como su patrón yo debía tener en cuenta solamente que él cumpliera conmigo en este punto. Le recordé, mencionando esto, que él tenía conmigo no meramente una relación obrero-patronal sino que también era mi hijo, y que la cuestión era un poco más compleja, estando involucrado por ejemplo el hecho de que, puesto que él salía con el auto que yo le entregaba, era comprensible que pudiera pensar que los riesgos se incrementan, pudiendo ocurrir que se le robe el auto, que él tenga un accidente, que lo detengan las autoridades, etcétera. Le mencioné también lo que ya le había anticipado en relación a un préstamo que Pablo Emilio hizo de su automóvil a Mario Darío en el curso de la semana, en el sentido de que yo mantenía la opinión de que por lo general uno debe alcanzar primero a ganar para tener su propio auto de su peculio, para poder después usarlo sin restricciones para no comprometer con sus acciones a los demás. Al requerirme él que yo le pusiera en claro cuáles eran las reglas para que él pudiera tenerlas en cuenta, le dije yo que tales podrían ser la de que ya no le dé el coche en adelante, o que si seguía con la trasnochada podía yo decidir que no continuara trabajando en la oficina. Como colofón le señalé que yo consideraba que el hecho de trasnochar de manera periódica y usual lo consideraba incorrecto, y que la circunstancia de que en ese mismo día él haya optado inicialmente por no ir a la oficina demostraba que tal cosa interfería en el trabajo y en toda actividad que uno debe realizar conforme a sus obligaciones. El largo sermón no le cayó a Leonardo como caramelo, y corcoveó reclamándome varias cosas, como ser que si yo establecía aquellas reglas, en todo caso ya no le dé el coche para que él continúe haciendo lo que consideraba su derecho. Le repliqué que esas no eran precisamente las reglas vigentes, sino que se las  mencionaba como un ejemplo de lo que puede ser, siendo en este caso la regla primordial que él omitía observar, la de informarme las razones por las que volvió tan tarde a pesar de mi recomendación, a lo que estaba obligado por consideración y respeto hacia mí. Un tanto contrariado estuvo Leonardo a causa de mi perorata, pues como dijo el Conde de Chesterfield los consejos raramente son bien recibidos; y siempre gustan menos a quien más los necesita. Sin embargo, a la final, se mostró receptivo, máxime que le recalqué que mis observaciones eran fruto del amor que le profesaba, y le reiteré que en mi opinión él estaba bastante avanzado en el proceso de su propia evolución espiritual, lo que no significa en modo alguno que carezca de imperfecciones.

                            Esta exposición detallada y casi abrumadora de estos episodios aparentemente intranscendentes muestra el camino que en este cometido voy recorriendo. Puede pensarse que es trivial, puede argüirse que difícilmente puede interesar a nadie, pero lo que no se puede negar es que en ellos se refleja la cotidiana tarea de ir construyéndome a mí mismo, cuya narración es el objeto de estas disquisiciones.

                            Hubieron otros sucesos, hubieron muchos otros pensamientos que formaron parte del capítulo semanal. La cuestión radica en que se reafirma la idea, se reafirma la convicción y la fe de que el que se propone actuar de manera correcta en cada momento, en cada circunstancia, siente que tiene el aplomo, siente cómo está plantado firmemente para enfrentar a cada problema con la solvencia necesaria como para no temer ser desarraigado de sus cimientos. No se dice que no haya dudas, vacilaciones y malestares, pero al saberse uno en la senda correcta, no hay nada que pueda desviarle de la meta: la salvación. ¿De qué?. De la muerte, por supuesto.


                                      XXXIV


         La ignorancia, el miedo, la soberbia, se encuentran tan generalizadas, contaminan a tanta muchedumbre, que causan una indecible pena


         29 de octubre de 2004. Unas pocas líneas, hoy viernes, en que viajamos hacia Pedro Juan Caballero, y no habrá tiempo para las anotaciones habituales de los sábados y domingos. La semana culminó hoy con un hecho que lo marcó dentro de los demás que quedan relegados a causa de la imposibilidad de registrarlos a todos. Tal suceso es la declaración de una funcionaria como testigo en la denuncia de adulteración de la providencia dentro de un expediente, ya mentada más arriba, por parte del Secretario de un Juzgado. Brutal es cómo esta gente delinque en cascada, primero el Secretario, después la Jueza, y ahora esta funcionaria. Piensan que se protegen unos a otros. El delito de adulteración de la providencia lleva a otra adulteración retocando y repasando la misma providencia por parte del Secretario tratando de disimular la primera, luego el falso testimonio de la Jueza, y hoy, de nuevo el falso testimonio de la otra funcionaria. Es como si se precipitaran por un despeñadero. ¿Cómo mi Dios la gente puede actuar de una manera tan inconsciente, tan irresponsable, tan necia?. La ignorancia, el miedo, la soberbia, se encuentran tan generalizadas, contaminan a tanta muchedumbre que causan una indecible pena. ¿Cuándo Señor llegará el tiempo en que podamos entender que todo esto es mera locura?. Me sentí de nuevo como poseído por una rabia, una indignación, y naturalmente no pude contenerme hasta el punto de lanzar unas amenazas a la falsaria de las que bien pude haberme abstenido. Pensé no obstante que a los delincuentes no hay porqué dejar de decirles lo que son, aun a riesgo de las consecuencias adversas que en lo personal pueda uno sufrir a causa de ello. Es más: Hasta caí en la cuenta de que, pese a la estridencia de estar resonando con acusaciones que parecieran desentonar, los sinvergüenzas no se atreven a mostrar la cara y a alzar la frente, por lo que a veces hasta podría ser apropiado armar ciertas escenas que irían teniendo el efecto de hacerles desistir de sus fechorías poco a poco. Ciertamente, no sé en qué terminará todo, y mi interés radica únicamente en contrarrestar estos actos corruptos cuya denuncia considero mi obligación, pero a ello se suma que no está demás poner públicamente en evidencia la mendacidad, la hipocresía, la falta total de escrúpulos que los lleva a tratar de ampararse unos a otros formando una rosca desde la cual piensan que pueden continuar en la impunidad. Este es entonces el suceso resaltante, cuyas incidencias seguirán siendo tema de estas peripecias, con toda seguridad.


                                                        XXXV


                   El impulso vital que me posee, con su poder incontenible, me ha mostrado a través de estas experiencias que ya nada ha de detener mi transitar por el universo, a través de las incontables dimensiones que lo constituyen


                            06 de noviembre de 2004. Hete aquí cumplido otro lapso propicio para estos comentarios. Otra semana transcurrida, (para no decir “corrida”, con su connotación de velocidad) desde lo anterior, con su carga de acontecimientos alucinantes, caminando por el borde del precipicio, en una lucha titánica para no “precipitarme”, negándome por momentos a seguir luchando, cansado de esa lucha; seguir no obstante, y en contrapartida, a ratos poseído por una especie de regocijo que proviene de la lúcida percepción de que todo es producto de la natural oscilación entre lo agradable y lo desagradable dentro de ese campo de energía que soy yo, que me constituye.

                            Este es el momento de cribar los hechos, de seleccionarlos, de discriminarlos, de desecharlos y escogerlos. ¿Cuáles son los que merecen ser tomados en cuenta?. Ante la avalancha abrumadora de sucesos que de triviales tienen solo la mayor o menor importancia que yo les asigne, no es moco de pavo el compaginarlos.

                            Cabría mencionar que la visita a la casa de mi hermano Cristian el fin de semana pasada constituyó uno de los acontecimientos más destacados, si atendemos al fecundo intercambio de ideas que tuvimos, arrebatados por momentos por una inspiración que sin duda nos venía “de lo alto”. Sintonizados en la frecuencia del amor, el encuentro se tradujo, para nosotros y para todos los miembros de nuestras respectivas familias que lo compartieron, en la experiencia de esa paz que no viene del mundo, tal como lo configura el maestro Jesús, es decir, que no se trata de esa seguridad que dan las cosas mundanas sino que proviene de la simple tranquilidad de ánimo que hunde sus raíces en las profundidades del ser; del ser justo, se entiende. Fueron dos días plenos, plenamente vividos.

                            07 de noviembre de 2004. Prosigo con mis anotaciones del fin de semana. ¿Qué mas?. Ese río caudaloso que se nos viene encima, el de los hechos que tenemos previsto en nuestra particular cronología a los que tenemos que enfrentar con nuestra inteligencia, con nuestros pensamientos frecuentemente a la deriva pero aferrados a cierta línea de “razonamiento” que nos condiciona, esa corriente imparable que nos apabulla tiene por característica principal la de su enormidad, la de su multiplicidad, por lo que nos coloca en una de las situaciones desde siempre más difíciles para el ser humano: la de decidir.

                            ¿Tendré que referir los pormenores de esa reunión que tuve con los miembros del Consejo de Administración de una cooperativa, que es cliente mía, en referencia a una propuesta de arreglo del litigio judicial en que intervengo en representación de la misma, donde se suscitó una escaramuza verbal con el Presidente cuando éste afirmó que el dicho por mí mencionado de que “más vale un mal arreglo que un buen pleito” habría sido acuñado por algún abogado “transador”?. Ciertamente, no deja de revestir interés el caso, pues se inscribe dentro de los múltiples acaeceres que ponen a prueba mi persistencia en el cometido del que tratan estos comentarios. La ecuanimidad, la paciencia, la veracidad, todos estos presupuestos era menester observarlos, y no hace falta recalcar que, con el “hombre de pocas pulgas” que soy, la cuestión no era algo simple de encarar. El problema se suscitó precisamente a raíz de una conversación telefónica que el Presidente había mantenido con la demandante, de donde ésta sostuvo que aquel le ofreció una cantidad de dinero para el arreglo que fue aceptada por ella y sus abogados, tras lo cual el Presidente negó que hubiera mencionado monto alguno. Lo que se oteaba era que el Presidente se arrepintió de haber mencionado una suma para el posible arreglo sin contar con la previa autorización de su Consejo. Cuando la otra parte otorgó su aquiescencia, aquel no encontró nada mejor que negar lo que habría dicho pues aparecía como habiendo actuado fuera de los límites de sus atribuciones. Sin embargo, no era tan convincente su versión pues esa cifra había sido barajada antes como un posible monto para la solución habiendo sido sugerida por mí al Gerente, quien lo comentó en el Consejo en presencia del Presidente antes de que él hablara a la demandante. Razón por la cual el Presidente se hallaba molesto y más aún, predispuesto en contra mía que con mi exposición estaba poniendo en evidencia lo extraño de haber mencionado la otra parte la cifra que coincidía con lo que yo había mencionado como razonable para el arreglo. Y puesto que yo seguía abogando por el arreglo, mientras que los miembros del Consejo lo admitían solo en base a un monto menor, el Presidente exteriorizó bruscamente su amoscamiento con el exabrupto de referencia, que iba indudablemente a mí dirigido, manifestando que el dicho aquel, el de que “más vale un mal arreglo que un buen pleito”, lo habría inventado un abogado “transador”. Importante es señalar que no perdí la compostura, si bien con toda firmeza reiteré, como ya lo había dicho allí mismo y también al Gerente, que este dicho habría sido amonedado por algún sabio de los pocos que hay en los Tribunales, y ante la réplica del Presidente de que lo que se debería pretender es “un buen arreglo” le contesté yo que por lo general ninguna de las dos partes sale completamente satisfecha de los términos de un arreglo, ya que para que eso sea posible deben hacerse siempre recíprocas concesiones. Y para dar aún más énfasis a mi aseveración invoqué la autoridad del maestro Jesús, a la que los presentes seguramente no tendrían nada que objetar, el cual había exhortado que si alguno estaba a punto de hacer su ofrenda en el templo y se acordaba de que tenía un pleito pendiente con su hermano, debía dejar su ofrenda en la puerta y volver a reconciliarse previamente con él para después regresar a entregar su ofrenda a Dios. En fin, la cosa no estuvo muy sencilla, pero pude capear el temporal. Mi arranque de sinceridad me llevó a decirle al Presidente que yo consideraba que su enojo estaba dirigido hacia mí (quizás porque sentía que no era muy creíble su negativa de la mención de la cifra y porque sospechaba que yo tenía un interés inusual en el arreglo), poniendo en claro que tanto la Cooperativa podía cambiarme como abogado, como también que yo podía renunciar al mandato si las condiciones del relacionamiento entre las partes no permitían que aquel siguiera. El Presidente manifestó que solo fue una broma lo que dijo, como una excusa diplomática un tanto forzada. Empero, tal como dicen que dijo George Bernard Shaw: cuando hablo en broma, digo la verdad. En este asunto entra a tallar sin duda el deseo de ganar que condiciona a la gente de manera desmesurada, cuando, como lo estuvo señalando Pablo Emilio en torno a este caso, las partes deben llegar a comprender que la que debe ganar es la Justicia.

                            Otra de las incidencias a ser tomadas en cuenta en esta historia, dentro del recuento semanal, es la acontecida en relación con el cliente obrero en cuyo caso un Juez  --no cualquier Juez: un amigo mío--  dictó una sentencia adversa a las pretensiones de aquel. Pero esto es algo irrelevante, se dirá; más todavía que según mis declarados principios la amistad jamás puede ser óbice para que un Juez dictamine en contra de la parte a la que representa su amigo en la causa que le tocare juzgar. O, como le suelo decir a este mismo Juez: Si tu amigo te pide que le hagas un favor, entonces esa persona no es digna de ser tu amigo.  

                            Empero, este fue un caso cuyas características eran tales que el Juez no podía fallar en contra de mi cliente. En concreto, el trabajador tenía más de veinte años de antigüedad en el trabajo cuando fue despedido; sus propios patrones después de la demanda le habían ofrecido como fórmula para un arreglo veinte millones de guaraníes, lo que había sido rechazado por aquel; y he aquí que el Juez determinó que solo se le debía pagar algo más de ocho millones de guaraníes. El Juez concluyó, tras el estudio de los antecedentes del caso, que el trabajador tenía solo ocho años de antigüedad, restando validez a unos certificados de trabajo firmados por el Gerente y la Administradora del empleador en los que estaban consignados la antigüedad real del trabajador, argumentando que éstos no habían comparecido a reconocer las firmas obrantes en ellos que se les atribuían. Mas, el Juez pasó por alto no solo que el propio demandado había reconocido expresamente al contestar la demanda que estas personas habían firmado dichos certificados, alegando únicamente que ello no podía revestirlos de fuerza legal que lo comprometiera a él porque, según él, solo él expedía en su empresa los certificados de trabajo ( o sea, la ley, para él, era lo que a él se le antojaba, pues no importaba que esa ley estableciera que tales personas eran sus representantes que lo obligaban en su relación con los demás trabajadores);  también soslayó el Juez que los firmantes de los documentos habían sido citados para el reconocimiento de las firmas, dejándose constancia en el expediente de su incomparecencia injustificada, pese a estar notificados, con lo que de acuerdo a la ley tales firmas debían ser tenidas por reconocidas.

                            Una bomba que hubiera estallado sobre la cabeza de mi cliente no le hubiera provocado mayor conmoción. Aunque para mí también el hecho resultó inadmisible, en un principio traté de apaciguarlo, pues pensé que se trataba de un error involuntario, y como esto podía ser revertido en una instancia superior, le insistí que se tranquilizara. Pero su indignación era tan grande que no era tarea fácil calmarle. En el curso de la conversación se ventiló que el demandado era uno de los jerarcas del tiempo de la dictadura que siempre hizo lo que quiso, que la abogada que le representaba pertenecía a un estudio jurídico de un abogado que recientemente fue designado como Ministro de la Corte Suprema de Justicia, y otras circunstancias que fatalmente lo llevaron a él, y cómo no, como por contagio, también a mí, a desconfiar que el Juez pudo haber dictado una sentencia de favor para el demandado, sin parar mientes en los elementos de prueba que obraban en el expediente. Tal es así que mi cliente me dijo que era capaz de ir a tirar por la cara al Juez la suma que le concedía en la sentencia. Yo me limité a contestar que debía ir a decirle al Juez lo que sentía, si lo consideraba correcto. A decir verdad, en mi mente también comenzó a bullir una serie de ideas que me inclinaban a dudar de la imparcialidad del Juez, máxime que un sueño premonitorio que tuve en la noche anterior me había puesto en el tapete un montón de elementos que eran susceptibles de ser interpretados de diversa manera. La mente, que no siempre descarta los torcidos recovecos, me puso en guardia en contra de mi amigo, y no pude evitar pensar que pudo haber incurrido en el grave hecho del prevaricato, que en palabras de Teodosio González es uno de los crímenes más horrendos que concebirse pueda.

                            Sin embargo, el correr de los días me permitió observar con mayor claridad el caso y comprender que el error del Juez pudo haber sido involuntario. El sueño en cuestión solo anunciaba el acontecimiento que se produjo al día siguiente sin indicar que el error del Juez hubiera sido deliberado. En tales circunstancias, se presentó la oportunidad para tener una entrevista con el Juez. Diré que Dios hizo que las cosas se dieran en el momento justo, pues por pura corazonada no había entrado ya antes junto al Juez, lo que podría quizás haber complicado las cosas a causa de mis preconceptos, pero el proceso que se dio gracias a evitar el apresuramiento, me permitió observar la actitud correcta para expresar a mi amigo toda la verdad sin que el mismo lo tomara a mal. Tal es así que salí completamente fortalecido de la entrevista, ya que pude darme cuenta con entera certeza de que mi amigo el Juez se había equivocado de forma totalmente inadvertida, lo que despejó mi espíritu de tinieblas. Aunque la equivocación del Juez no dejaba de provocar perjuicio a mi parte, el hecho de que estuviera exenta la misma de cualquier atisbo de dolo, me reconfortó muchísimo. El Juez también entendió que en este ambiente en que la corrupción se encuentra enseñoreada, no tenía que tomar a mal que se pudiera poner en tela de juicio su imparcialidad, aceptando su imperfección con el comentario de que “solo el Papa es infalible”, a lo que yo repuse que ni siquiera el Papa, diciéndome él de nuevo que sí lo era, “por dogma”; y replicándole yo de nuevo que nosotros, que no éramos dogmáticos, no podíamos aceptar ese dogma. Así es como se resolvió este dramático dilema, que seguirá su curso con los recursos que a su respecto deberán interponerse. Veremos qué le está reservado en lo futuro. Ya sabemos, los designios de Dios son inescrutables. Paradójicamente el error del Juez se puede atribuir a que habría extremado el cuidado para no equivocarse a favor de su amigo. Lo que determinó que se equivocara en contra.

                            Y bien, amigos míos. Ya ven qué tremendos son los desafíos que uno debe ir enfrentando. En el tren de hablar de casos concretos, narrar unos pocos de manera que puedan ser inteligibles, ya es toda una proeza. Hay otros temas de los que estaba queriendo hablar. Por ejemplo: Estos sucesos que se producen de una manera aparentemente lineal (¡ja!), que son historias creadas por la mente (la mía en conjunción con la mente cósmica) para darle sentido a mi vida, para aprender a vivir la vida definitiva en esta tarea de construcción de mí mismo, no son los únicos que revisten importancia en este itinerario por el que voy andando. Por ejemplo, está el sueño que tuve en la noche del viernes para amanecer el sábado (hay muchos otros que se dieron en los otros días de la semana, uno de los cuales ya fue mencionado más arriba), en el que los veo a Pablo Emilio y Leonardo en nuestra casa de Lambaré a punto de emprender un viaje cuyo fin es el de matrimoniarse, al menos en lo que respecta al primero, porque en cuanto al segundo la cuestión se encuentra en duda, sin determinarse si la duda en la decisión del casamiento está en Leonardo mismo o si es él el que deliberadamente quiere sembrar la incertidumbre en nuestros ánimos. La secuencia del sueño se traslada de esa escena a mi presencia en la cama de mi dormitorio donde estoy acostado y durmiendo, ínterin en que llega Emilianito junto a mí, se acuesta y me indica que hay intrusos paseándose por nuestra casa, entraron por la puerta pequeña del portón electrónico, serían ladrones, uno de ellos está paseándose por el pasillo que se encuentra adyacente a mi dormitorio, me dispongo a levantarme, lo empujo un poco a Emilianito que está pegado a mi cuerpo, siento que empuño un objeto parecido a una cachiporra y le digo a Emilianito: “dejame que voy a tirarle algo”, refiriéndome al personaje que está en el pasillo y al objeto que tengo en la mano, hago un esfuerzo tremendo y me doy cuenta lentamente que estoy despierto en mi cama, sin Emilianito a mi lado y sin nadie caminando en el pasillo. No es fácil dar a entender la implicancia de esta experiencia. La sensación de continuidad que se produjo entre lo que estaba ocurriendo en el sueño y la circunstancia de hallarme despierto en el mismo lugar en que se desarrollaban los sucesos le dio tal realismo a la experiencia que la linealidad solo pudo ser quebrada tras un supremo esfuerzo, tras el cual pude constatar la leve variante de la ausencia de Emilianito, la del objeto que lo tenía en la mano, y la del intruso que caminaba por el pasillo. La principal deducción que extraigo de ella es la innegable ilusión de la linealidad de los sucesos, acomodada convenientemente por nuestra mente para dar consistencia a nuestro mundo. Tal como se lo dije a Leonardo: El impulso vital que me posee, con su poder incontenible, me ha mostrado a través de estas experiencias que ya nada ha de detener mi transitar por el universo, a través de las incontables dimensiones que lo constituyen. Puesto que del sueño en que estaba sumido pude despertar y proseguir la historia que estaba hilando mi mente, es también algo completamente natural que de aquello que la gente llama muerte --si ello me llegare a tocar--sea capaz de levantarme y continuar impertérrito mi derrotero.

                            Hay que decir que cada vez estoy imbuyéndome más de la idea de que no he de tardar en abandonar esta cronología. En realidad, ya estoy preparado para ello, aunque consciente también esté de la cantidad de cosas que me falta para aprender a vivir la vida definitiva. Mis imperfecciones, que no las estoy mentando, me atan de cierta forma a este tiempo. Sin embargo, me encantó que Leonardo me dijera ayer que él también se estaba preparando para tomar la posta cuando se dé la ocasión. Recordó que, al parecer. fue Solón el que dijo que para mandar, primero hay que aprender a obedecer, y con una metáfora ilustrativa afirmó que ahora era él uno solo de los dedos del pie pero que con el correr del tiempo se convertiría en la cabeza, razón por la cual no tenía apuro.

                            Otros temas: Los libros que leo. “Calixto I, el Papa Olvidado”, de Gilbert Sinoué. Una recreación interesante, entretenida, de la época de Cómodo, el emperador romano hijo de Marco Aurelio, en el siglo II, que lo traje de la casa de Cristian y que me ha deparado gratos momentos. “La Casa y el Mundo” de Rabindranath Tagore. Una obra de cariz filosófico, poético y espiritual, incomparable. “El Peregrino Kamanita”, del premio nóbel --otro, ya que el anterior también obtuvo este premio-- Karl Gjellerup, una historia riquísima de un escritor no solo versado en la filosofía oriental sino también empapado y consustanciado con ella, escrita con exquisita poesía.

                            Y una última reflexión: La comprensión, cada vez mayor, de que para ser genuinamente hay que prescindir de “la persona”; hay que ser “impersonal”. Aunque mi concepción no descarta “el individuo”. La “diferencia” entre el ser creado y el increado existe, aunque en los momentos de plenitud uno lo olvida. Bien está recalcar que las palabras del “Diario” de Krishnamurti tienen que ver en este proceso (de comprensión).


                                                        XXXVI


                   En el reducido mundo dentro del cual me muevo, como el escarabajo en el suyo, y la hormiga y la abeja, heme aquí escarbando “el sentido” de éste que me toca


                            13 de noviembre de 2004. ¿Me compele “Dios” para que venga a hacer estas anotaciones o “soy yo” quien decido venir a hacerlo?. Dilema filosófico no resuelto de manera clara y asertiva. En mi transitar hacia la liberación definitiva, hacia la salvación de la muerte, no estoy exento de confusiones. El problema de la libertad de acción en la etapa de imperfección es algo latente en cada momento. A veces, uno acomete las cosas sin haber dilucidado el problema. Se trata de la incapacidad debida a la propia imperfección y a la necesidad de seguir andando y de aceptarse a sí mismo en la travesía.

                            Estuve recién paseándome por el patio de Paraíso. Encuentro un escarabajo en la hoja de una palmera, tenía dos alas de un opaco color dorado, dos antenitas, tres pares de patas, el cuerpo dividido en tres secciones, la cabeza, el abdomen y la parte trasera. Lo miré atentamente, lo bajé, lo deposité sobre un banco, caminó de una manera decidida pudiendo apreciar que los pares delanteros de sus patas se movían simultáneamente con los pares traseros alternando con los del medio, sus ojos como cristales apagados en medio de las antenas que se movían me permitió entrever una inteligencia que animaba a esa voluntad que movía a ese cuerpo decididamente hacia delante, hacia un no sé donde, hasta que lo dejé en el pasto. Había también unas hormigas no tan grandes, de color negro, estaban dotadas lo mismo que el anterior de las antenas, las seis patitas, los tres segmentos del cuerpo, en suma, se asemejan, al menos en esto, menos en las alas que estas últimas no tenían. Después, sentado en el sillón, sobre el césped, una abeja cae sobre mi rostro, se desliza hasta mis piernas, también posee los atributos mentados para el primer espécimen incluidas las alas, la miro atentamente, en eso echa a volar raudamente alejándose por el espacio hacia arriba. ¿En qué sistema están insertos, cuál es el móvil y la finalidad que rige sus movimientos?. ¿Cómo estará la comunidad a que pertenecen, cómo están conectados sus miembros?. La ciencia ha explorado estos enigmas de una manera “objetiva”, pero no es posible tener en mente en cada instante ese cúmulo ingente de datos. Lo apropiado es asombrarse, enternecerse, sentirse parte de un mundo que está lleno de maravillas, “a pesar de todo”.

                   14 de noviembre de 2004. Sumamos y seguimos. En el reducido mundo dentro del cual me muevo, como el escarabajo en el suyo, y la hormiga y la abeja, heme aquí escarbando “el sentido” de éste que me toca. Esta obra, enfocada como un recuento de mis avatares en el tránsito hacia mi perfeccionamiento, va avanzando últimamente como un resumen de los sucesos más destacados de la semana que incidan en el tema tratado. Todos los sucesos cuentan y son interesantes, dependiendo de la atención que le prestemos.

                            En el tren de “simplificar la realidad” ratifico mi punto de vista de que “lo que nos pasa” son solo “creaciones de la mente” tendientes a dar significado a lo que “sentimos”. A tono con la filosofía budista donde “lo real” coincide con “la simplicidad”.

                            Rescato de entre las múltiples “historias” la que se relaciona con la sicóloga socia de la Cooperativa Universitaria que protagonizó un incidente con dos guardias de seguridad de la Institución, a la que me tocó hacerle un sumario administrativo actuando como Juez Instructor por mandato del Consejo de Administración.

                            El caso no es complicado. La socia llega a la Cooperativa cuando ya las puertas estaban cerradas para la atención al público, trata de convencer a los guardias que le dejen pasar para pagar una cuenta, estos se niegan, ella insiste, aquellos se mantienen en su negativa, ella tira un sobre con el dinero y los papeles a través de las rejas pidiendo que los guardias paguen la cuenta en la caja, éstos se lo devuelven diciéndole que no está permitido hacerlo, entonces ella deposita un billete de cincuenta mil guaraníes en el bolsillo de la camisa de uno de los guardias y se retira mascullando que él debe necesitarlo más que ella y que lo aproveche pasando bien con su familia ese fin de semana. Los guardias denuncian el hecho a la Cooperativa acompañando el billete e insinuando que podría considerarse como una extorsión, lo que da lugar a la decisión del Consejo de que se instruya el sumario a fin de dilucidar los hechos y su alcance dentro de las normas que rigen a la Institución que eventualmente pudieran aparejar sanción disciplinaria para la socia.

                            El caso es llamativo y curioso, sobre todo porque se trata de una profesional de la sicología quien protagoniza el incidente. Viene a cuento acotar que no fue posible conseguir que ella concurriera a la audiencia para prestar su declaración “formalmente” sobre el caso, si bien elevó una nota a la Cooperativa en la que expuso su versión de los hechos y también su justificación del proceder adoptado por ella en la ocasión, amén de que con posterioridad a la citación concurrió a mis oficinas abundando “informalmente” en los argumentos esgrimidos en su defensa. En concreto, ella alegó que los guardias “abusaron de su autoridad” al no dejarla entrar,  y ante eso ella procedió a poner el dinero en el bolsillo a uno de ellos para indicarle que: “si vos usás el poder arbitrariamente, yo puedo más que vos, al punto de ayudarte aun en tu mala acción”. Hace coincidir este gesto con “el famoso tema de la ‘otra mejilla’ del Evangelio, que es más bien una manifestación de poder sobre el otro, quien solo puede cerrarme la puerta. Pues no, ‘yo puedo más que tú’ ”.

                            Lo que es digno de ser resaltado en este asunto es cómo la mente acomoda a sus particulares intereses (que condicionan a sus puntos de vista) la enseñanza de los textos de sabiduría. En primer lugar, no existió la arbitrariedad que alega la socia, pues los guardias se limitaron a cumplir con su deber. En segundo lugar, el “dar la otra mejilla”  no puede comportar una reacción que implique  “una manifestación de poder sobre el otro” por medio de la cual se le diga “yo puedo más que vos”. Estos “mensajes” son signos evidentes de arrogancia, de tratar de menoscabar al otro, de humillarlo explícitamente. El “dar la otra mejilla” excluye todo acto de soberbia, el mayor poder que uno posee es en todo caso un poder sobre sí mismo, algo que debe ser guardado en lo profundo de la interioridad de uno, nunca ser enrostrado al otro. En suma, es esencial una genuina humildad para cumplir con el precepto bíblico, lo que implica una actitud que descarte toda agresión hacia el semejante. Y la circunstancia reveladora de que la socia nunca estuvo exenta de arrogancia lo constituye la nota que envió donde no ahorra calificativos enojosos y ofensivos hacia los guardias e incluso hacia quien habría proporcionado su nombre a los mismos para que puedan hacer su denuncia.

                            Empero, se trata de una falta menor. Para este trabajo en particular lo que importa es, como diría Alfred Adler, constatar hasta qué punto “nuestra cultura neurótica, corroída por el afán de poder y la política de prestigio” nos sume en confusiones tan crasas, pues es evidente que lo acontecido es el reflejo del “desenfrenado afán de dominio” que nos condiciona, siempre pretendiendo mandar hacer a los otros lo que nosotros queremos, justificando nuestros deseos con los argumentos más rebuscados, con tal de salirnos con la nuestra.

                            En lo que me toca, por esta vez, que es juzgar la conducta ajena, no puedo menos que ser indulgente. De ahí el plural inclusivo del párrafo anterior.

                            Mil cosas más hay de las que hablar, mil  historias, mil pensamientos que quedarán relegados. Trabajo ímprobo es ordenarlos, sintetizarlos, exponerlos. En definitiva, lo que vale como alternativa es intentar introducirse en el silencio, en la simplicidad, en el vacío, y desde allí emerger sin condicionamientos; ya sabemos, solo ser, no ser esto o aquello, no ser bueno o malo, solo ser, sin atributos, como es más apropiado configurar a nuestro Hacedor, cuya naturaleza intrínseca también nosotros poseemos. Las historias creadas por nosotros y por Él, son desde luego amenas e interesantes si en ellas está imbricada la creatividad. Pero éste es nada más que uno de los niveles por los que puede transitar la conciencia. Este nivel en el que las atrocidades también están presentes, donde la mayoría de las informaciones que nos arrojan a la cara desgarran nuestras entrañas por la impotencia de no poder remediar tanta locura y estupidez. Hemos de seguir bregando para alcanzar los otros niveles que pertenecen sin duda a otras cronologías. Este trabajo forma parte de esa lid.


                                                        XXXVII


                   El deseo debe estar enmarcado dentro de la “voluntad de Dios”. Es gracias al “deseo” que progresamos los seres imperfectos. En ese contexto, debemos “proyectar” nuestro ser imperecedero. Solo así podremos “alcanzar” a plasmarlo


                            20 de noviembre de 2004. Para el comer y el rascar, todo está en empezar, dice el viejo refrán. Tal parece que no solo para estas dos cosas, porque para escribir también. Así es como suele suceder. Comienzo y voy deslizándome, ya no me detengo, es una pendiente, equiparable a un patinaje sobre nieve desde las alturas de unas cumbres nevadas. Metáfora creada desde la mera imagen visual ya que nunca como producto de la experiencia personal. ¿Qué hay de este asunto que quepa abordar?. ¿Dónde concentrar el pensamiento para que siga un derrotero fructífero atinente a las experiencias vividas que tengan que ver con el tema propuesto en este “contaje”, cual es el de la travesía hacia la indestructibilidad?. El pensamiento está generalmente a la deriva, es un instrumento de la mente que puede actuar como una espada de doble filo, vale decir, puede ayudar pero eventualmente también perjudicar.

                            Precisamente algo que interesa para estos comentarios es que cada vez con mayor claridad me doy cuenta cómo funciona este mundo y yo (nosotros) dentro de él. Sé por ende que el pensamiento es el medio a través del cual “nos proyectamos” y configuramos a la realidad como separada de nosotros. El pensamiento (el cual emplea el lenguaje con sus significantes y significados como elemento para tal configuración) no es lo que la cosa es. La “cosa”, por tanto está “allá” y “yo” estoy “acá”. He ahí la proyección, no lo real. Para experimentar “lo real” hay que limitarse a “ver” prescindiendo del “pensar”. Es el pensar el que nos arrastra de aquí para allá, nos tiene a la deriva, actúa compulsivamente. Importante es señalar que esta es una cuestión que no resulta fácil de entender. La prueba del budín consiste en comerlo, dice el refrán, razón por la cual solo experimentándolo puede uno “probarlo” y convencerse a sí mismo. Similarmente Jesús habló de comer su carne y beber su sangre para ser aptos para entrar en el reino de Dios. Hay que hacer que Jesús “reviva” en uno para poder entender su doctrina.

                            Lo dicho no implica que debamos abstenernos de usar el pensamiento. Este es un producto netamente humano, por algo Aristóteles calificó al ser humano como un “animal racional”: la razón se vale del pensamiento.

                            En suma: Prescindir del pensamiento para “ver lo real” no implica que se deje de apelar a él para tratar de explicarlo, para tratar de entenderlo, es más, es el instrumento más idóneo que se haya inventado para comprender la manera de funcionar esa realidad y nosotros dentro de ella.

                            Esta premisa, la de que a través del pensamiento “nos proyectamos” simplemente, sin experimentar la esencia del ser, tiene sus consecuencias para el trabajo de cada cual en el cometido de su propio perfeccionamiento. El “ser único” al que estamos adscriptos, debe ser “experimentado” por nosotros, debe ser “conocido” (comido), tal cual lo enseñó Jesús con estas palabras: la vida eterna es conocer a Dios, y a Jesucristo a quien Él ha enviado.

                            ¿Por qué “proyectamos”, o “nos proyectamos”?. Porque deseamos. He ahí la cuestión: Sólo hay que ser, no desear. Pero esto es algo que hay que entenderlo dentro de un contexto. Porque desear tampoco está mal, siempre que ese deseo sea legítimo. Para que sea así, el deseo debe estar enmarcado dentro de la “voluntad de Dios”. Es gracias al “deseo” que progresamos los seres imperfectos. En ese contexto, debemos “proyectar” nuestro ser imperecedero. Solo así podremos “alcanzar” a plasmarlo.

                            Y bueno. He ahí lanzada la perorata, como una catarata. Bien está agregar que nuestro propio cuerpo es solo una “proyección” de nuestro ser esencial y que esa proyección, esa imagen, es la que nos condiciona tantísimo, generalmente, la idolatramos, la convertimos en ídolo, pese a la prohibición bíblica, por cuya razón podemos terminar pereciendo con ella. Pero ojo, el ser esencial se vale del cuerpo para “ser” en el “ser creado”. Prescindir del pensamiento, añadimos como colofón, es instalarse en el silencio de la mente, desembarazarse de los afanes y trivialidades, de infinidad de tontas preocupaciones, y ocuparse solo de lo fundamental, o referirlo todo a él, de manera a ir caminando hacia la meta propuesta.


                                                        XXXVIII


                   El masticar la ira, el rumiar el enojo y entender que es algo totalmente improductivo, es suficiente razón para que el maestro me haya deparado la experiencia


                            27 de noviembre de 2004. Una semana más. El tiempo, en este espacio, se cuenta por semanas. Es una convención conmigo mismo. Podría contarse también por nanosegundos, la millonésima parte de un segundo, si no estoy trascordado. Porque para la eternidad “no pasa el tiempo”. Y de eso se trata en este “cuento”. De la eternidad, de la “vida eterna”, donde “no hay qué contar”, mejor dicho “no hay tiempo que contar”. ¡La vida eterna!. Cuando uno la menta, simplemente la menciona, todo el mundo le mira como si estuviera extraviado, para no decir loco. ¡Tan impensable es!. ¡Tan inimaginable!. Jesús sin embargo de ella hablaba, y aunque también lo catalogaran como estrafalario, hoy, después de dos mil años, siguen multiplicándose quienes dicen ser sus seguidores, aunque muchos solo lo digan.

                            Esta semana, en materia de “hechos concretos”, tiene bastante para ser inventareado. Está el caso de ese personaje que cayó en las redes de la justicia después de mucho andar escurridizo. Es un individuo que descaradamente, abiertamente, desembozadamente, se apropió del dinero producto de un loteamiento cuya administración y venta le fuera encomendada por unos clientes míos muy humildes, y por mí mismo. Lo concreto es que este sujeto, desde abril de 1997 en que se le rescindió el contrato, seguía vendiendo y cobrando dinero proveniente de la venta de los lotes de terreno, sin escrúpulo y sin mostrar temor alguno, hasta al menos cuatro años después, a pesar de la querella criminal que yo promoví en contra de él en la que llegó a dictarse condena penitenciaria de diez meses de cárcel. Y el personaje continuaba paseándose tan campante en libertad por todo el territorio de la República, a pesar de que había además otra condena de un año de cárcel en otra causa penal cuya ejecución estaba a cargo de la misma Jueza donde radicaba mi expediente.

                            Fue un show verlo venir al mismo Palacio de Justicia, para asistir a una audiencia de suspensión de la condena que se le impuso en el otro juicio en el que no había orden de detención en su contra, ajeno por completo a que yo había arbitrado todas las medidas para que se procediera a su captura en base a la orden judicial librada en mi expediente. Acompañado de Mario Darío, mi sobrino, visité al Jefe de la Guardia Policial en el Palacio explicándole el caso, y este oficial, que nos atendió deferentemente, providenció, tras consultar con la misma Jueza, que para el momento de llegar el personaje todo estuviera dispuesto para proceder a su captura. Terminaba de subir la escalera mecánica que lleva desde la planta baja hasta el primer piso donde estaba la Secretaría del Juzgado cuando le salieron al encuentro el Jefe citado con otro personal policial pidiéndole la exhibición de sus documentos personales. Era un espectáculo verlo entrar en la boca del lobo, sin sospechar todavía ni remotamente, que iría a dar con sus huesos a la cárcel, tanto que con cara de total inocencia le dijo al Comisario que era por el mismo caso por el que éste le estaba informando de que existía una orden de detención en su contra que él estaba concurriendo al Juzgado.

                            El policía ya no lo soltó, como perro de presa en sus fauces, mientras él se presentaba a la Secretaría del Juzgado para sustanciar su audiencia de suspensión de la condena impuesta en el otro caso. Para peor, su abogado no se presentó lo que hizo que se suspendiera la audiencia, indicándole el funcionario judicial al policía que allí se encontraba que procediera nomás a su cometido de detenerlo, haciéndose cargo de él para llevarlo a la Jefatura y de allí trasladarlo a la cárcel. Yo había ido a tomar un respiro a la oficina, y justo al regresar estaba sucediendo esto. Como tocado por una inspiración los seguí pudiendo percibir que el mequetrefe iba despotricando en contra de su abogado, a quien culpaba con absoluta convicción de lo que le estaba pasando, y al acceder al bloque del edificio del Palacio, en el segundo piso, donde estaba la Jefatura, antes de llegar a ella, lo ve venir a su abogado hacia quien gesticula desesperadamente, viniendo éste a su encuentro. Ante la recriminación del porqué no estuvo en la audiencia habiendo estado presente incluso la asistente fiscal, el abogado le replica que él tenía registrado la audiencia recién para el día 24 de ese mes a las 9:30 horas y no el 22 a las 9:00 (que era la fecha en cuestión), procediendo a mostrarle su teléfono celular donde según él figuraba aquel dato. Lo cierto es que entre parlamentos que van y vienen, tras insistir el abogado de que al menos en la hora debían de haberse equivocado en la Secretaría, muy a mi pesar, lo convencen al oficial de policía que estaba en la puerta, a la entrada del bloque, quien le dice a su subalterno que lo acompañe de nuevo a la Secretaría. El personaje éste, como ensoberbecido, contradiciendo mis indicaciones al policía, tomó un trayecto distinto del que habíamos empleado al venir, cual si al amparo de su abogado hubiera recobrado la libertad, ínterin se dirigía a mí en actitud agresiva, diciéndome que él tenía todos los recibos de pago del dinero que le reclamábamos insinuando que me haría pagar caro este percance. Este desfachatado cinismo me hizo reaccionar replicándole duramente que se abstenga de decir estupideces, que como condenado le estaba vedado abrir siquiera el pico. En eso interviene su abogado y me dice enérgicamente: “¡Por qué no se calla doctor!”, a lo que yo respondo con tanta vehemencia si quién se creía él para mandarme eso, lo que hizo que el colega se arrugara totalmente, sintiendo seguramente que si iba el caso a mayores era yo capaz de propinarle un puñetazo. Achicado ya, me dijo que deberíamos guardar la compostura, con lo que concordé, pero que debía mirar que era su cliente el que me había dirigido primeramente palabras ofensivas.

                            Una vez en la Secretaría, nos encontramos con la misma Jueza, quien tras constatar en el expediente que el día y hora de la audiencia eran otras que las que decía el abogado, y que la orden de captura correspondía a otro juicio, le dijo al condenado que lo lamentaba mucho, que su abogado ya tendría otra oportunidad para pedir nueva audiencia con el mismo objeto, y que en ese momento debería darse cumplimiento a la orden de captura librada en su contra. Fue cómico ver al personaje éste irguiendo su pequeño cuerpo mientras me decía con sorda rabia, en presencia de todos en la Secretaría: “¡Me estafaste doctor!”. Y agregó que tenía recibos por cuarenta millones de guaraníes más o menos, amenazando que los publicaría en los periódicos. Puedo decir, en honor a mi escuálido mérito, que por esta vez me abstuve de responder a esa necedad.

                            Lo notable de este caso, o una de las notas llamativas de esta historia es que las coincidencias se dieron de tal manera que no se puede sino entrever la mano de la providencia actuando en ella, cosa que ocurre en todas las historias aunque generalmente no nos percatemos de ello. Lo cierto es que la orden de captura librada ya en el mes de julio no llevaba trazas de materializarse, no habiéndole echado mano la Policía Nacional mientras él orondamente se paseaba como Pedro por su casa a lo largo y ancho del territorio del país. Y hete aquí que mientras andábamos nosotros un poco tibiamente detrás del asunto, nos enteramos de que tenía la otra causa también en trámites, y en una de esas, como por casualidad, a Mario Darío le cuenta un compañero suyo de la Secretaría de la audiencia que se tenía programada en ese expediente. A partir de ahí, todo se concatena para que el delincuente venga mansamente a caer en las redes que estaban tendidas en contra suya, pudiendo advertirse que jamás se había esperado tal cosa. Sin duda, su abogado no habría impedido que se lo detuviera por el hecho de estar presente a la hora de la audiencia, aunque se le concediera la suspensión de la condena en la otra causa, ya que ésta era otra en la que había una orden expresa de reclusión que debía ser cumplida previamente a todo trámite en esta última. Pero el hecho de que se produjera el equívoco en la fecha de la audiencia fue un detalle que me permitió apreciar que el desfasaje del tiempo es una de las armas de la que se está valiendo la naturaleza para encandilar a los incautos y llevarlos por sus fueros. De paso, cada instante de la experiencia, cuyo pico fue la inspiración que me llevó a seguirlo cuando fue conducido la primera vez hacia la Guardia, estuvo signada por la sensación de que las cosas estaban sucediendo como obedeciendo a la voluntad de aquella Inteligencia que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Y bueno es hacer notar que mis deseos no estuvieron ausentes, pues mucho tiempo transcurrió desde que tenía pensado ponerle las manos encima, no pudiendo evitar el contentarme cuando después tuve noticias, que llegaron al expediente del Juzgado, de que ya se encontraba a buen recaudo en la cárcel pública.

                            ¡Qué larga la historieta que precede!. Pero qué vamos a hacer. Es la única manera (¿la única?) que tengo de exponerla, si quiero ser inteligible. (¿Lo soy?).

                            Tengo otras, que también están en el marote. La más resaltante es la que se suscitó en mi relacionamiento con Pablo Emilio, que fue la que más huellas me dejó. Es un problema que viene de larga data. El relacionamiento con los hijos constituye siempre un problema. Al decir de Oscar Wilde, los hijos primeramente idolatran a sus padres; después los censuran; y rara vez, por no decir nunca, los perdonan. El presente caso tiene su inicio en la observación que le hice la semana pasada sobre su negativa a participar en el encuentro que tuvimos en Paraíso el domingo para rendirle un homenaje a la tía Ñequí, con motivo del aniversario treinta y uno de nuestro matrimonio con Vivi del cual aquella fue testigo. La diferencia de criterio radicó en que yo consideré que lo correcto era que hiciera un esfuerzo para participar de la reunión de la que también participaron su padrino Francisco Carvallo y mi hermano Marcial con su familia, en tanto que él pensaba lo contrario. El lunes a la noche se produjo otra confrontación con motivo de tomar yo unas galletitas que él compró, que yo pensaba habían sido compradas por Vivi. Aunque le expliqué de la manera más amable de la que fui capaz que no me pasó por la mente que las galletitas fueran suyas, él no pudo disimular su molestia, insinuando que consideraba una especie de falta de respeto que yo no hubiera tomado en cuenta que estaba tomando algo que le pertenecía, algo que él debía comprarlo especialmente, y no porque no quisiera compartirlo conmigo. Podía comprarlo también para mí, si yo se lo pedía, mas a causa de que yo lo había tomado, el se vería privado de lo suyo. A decir verdad, esta situación ya me sacó de mis fueros, máxime que solo había consumido la mitad de las galletitas, y mi expectativa radicaba en que lo que yo consideraba apropiado era que su actitud fuera la de mostrarse incluso complacido porque yo procedí a comer algo que a él también le gustaba. Finalmente, en una conversación completamente trivial, el viernes, mientras nos íbamos a la oficina en el auto, surgió el incidente más violento de la trama. El caso es que él contó un sueño que tuvo en la noche, y tras dar su versión sobre el significado, que aludía precisamente a las observaciones que yo le había hecho en referencia a su ausencia en la reunión citada al principio, yo procedí también a darle mi interpretación, aludiendo en el inicio a una frase por él utilizada en su narración, que era “la hija del carpintero”, intentando darle un sentido simbólico, momento en que él me salió al paso desacreditando totalmente mi tesis, a lo que yo le manifesté que era solamente a causa de que él no podía salir del círculo de su visión que no admitía mi enfoque del tema. Desde aquí ardió Troya. Fue una discusión donde cada cual apuntaba a poner de relieve las deficiencias del otro. Palabras que resonaban sin contenido alguno, salvo su irracionalidad. “Si no te gusta que interprete tu sueño, decime nomás y ya está”. “No es que no me guste que interpretes, lo que me molesta es que me hayas dicho que no puedo salir de mi círculo”. “Reaccionaste sin motivo alguno” “Lo que pasa es que sos vos quien reaccionaste primero porque yo no estaba de acuerdo con tu interpretación”. En honor a la verdad, me desencajó de tal manera que al final lo reprendí duramente diciéndole que era su incapacidad de relacionarse con los demás lo que provocaba estas situaciones donde por tonterías uno sufre un desgaste de energía tremendo que la desperdicia en vez de aplicarla a algo útil. Mi enojo duró largo rato, y no podía sacar de la mente que él pretende llevar a su órbita a todo cuanto encuentre a su paso, que su manera de actuar ególatra hace que su tendencia sea la de aplastar a todo el mundo que se le ponga en el camino, que solo quiere salirse con la suya a toda costa. Pensé también que ya no quería ni oír su voz y que en adelante ya no entablaría con él conversación alguna que tuviera por fin dilucidar alguna eventual polémica, y hasta se me ocurrió que sería conveniente que busque nuevos rumbos para enfrentarse con la vida por su propia cuenta. Y aún más, dije entre mí que si él no se iba probablemente estas confrontaciones harían que sea yo el que abandone esta cronología mucho antes de lo pensado.

                            Se podrá ver hasta qué punto sobredimensioné el problema, y desde luego, en el transcurso de la tormenta, o del huracán, no dejaba de plantearme también que si a una escala tan pequeña se puede uno deschavetar de tal manera habría que ver qué sucede cuando los problemas se suscitan a escalas realmente grandes. La cuestión radica en que este hijo mío necesita en verdad madurar pues actúa demasiado frecuentemente todavía como un niño malcriado, y como No Hay Padres Perfectos como reza el título del libro aquel de Bruno Betelheim, yo no puedo menos que perder el control de mí mismo y caer en estas insensateces. Indudablemente, al cortarme la inspiración con su terminante descalificación debido a que mi configuración de la realidad contradecía a la suya, hice el comentario que él tomó como una censura hacia su persona, y desde allí ya se agrió toda la conversación.

                            Empero, lo que se puede extraer de este episodio es que vale para el aprendizaje de este oficio del que trata este trabajo en particular. El masticar la ira, el rumiar el enojo y entender que es algo totalmente improductivo, es suficiente razón para que el maestro me haya deparado la experiencia. Así es como se presentan estos desafíos y así es como uno los va enfrentando e intentando superarlos.

                            Esta semana también vino Cristian para cerrar ¡por fin! la operación de la venta de la propiedad de Hernandarias que tropezó con tantas trabas burocráticas, y la pasamos enfrascados en amenas charlas que coincidieron (¿coincidieron?) con la huelga tribunalicia que nos deparó bastante más tiempo libre del que quizás hubiéramos podido disponer en caso contrario. Tuve también mi conversación telefónica semanal con mis hermanas Lela y Mary que están en el Brasil, tratando de ayudarlas a soportar la pesada carga que ambas están sobrellevando. Así se cierra este capítulo de la narración de mis peripecias, que si no, no termina nunca.


                                                        XXXIX


                  Es la fragilidad de mi fe la que me impide ver  que todo va aconteciendo según medidas, con entera precisión


                            05 de diciembre de 2004.- Vivo en un estado de zozobra. La propia vida pareciera existir dentro de ese estado, aunque quizás sería mejor caracterizarla como un proceso donde se alternan el equilibrio y el desequilibrio; como el juego de un equilibrista que a duras penas consigue mantenerse en las alturas con el riesgo de que un paso en falso le haga caer y hacerse papilla.

                            Imposible es persistir en el cometido de narrar mis experiencias con la minuciosidad con que lo venía haciendo. No me da el cuero, como suele decirse. Pero es mejor así. Tendré que hacer una síntesis de síntesis.

                            Así, me he de referir a ese caso donde el Juez encargado de juzgar las irregularidades cometidas por los funcionarios judiciales a quienes denuncié, el Superintendente de la Corte, se convierte en encubridor de los delitos, en vez de ser su juzgador. No me es fácil tragar la píldora, no puedo terminar de convencerme de que la gente funcione dentro de un acomodo recalcitrante, personas que tienen esposas, hijos, que en los vericuetos de su conciencia se justifican mientras se interesan paralelamente por su “buen nombre y honor”. Este mecanismo mental perverso que me evoca la monstruosa sicología de los agentes de la policía secreta nazi que, mientras exterminaban a millones de gente inocente e inerme, aplacaban su conciencia convenciéndose sobre  “la justicia” de su “sagrada misión”. Tal como pude apreciarlo en el libro “Holocausto” de Gerald Green, obra narrativa escalofriante y digna de ser leída cuya lectura acabo de terminarla en esta semana. Lo cual pude además corroborarlo en ese volumen de textos e imágenes que adquirí no hace mucho llamado “Crónicas del Holocausto”, testimonio irrefutable de la masacre, del genocidio infame, que como lo señala el recopilador al inicio de la obra, fue posible a causa de la feroz indiferencia de muchos otros millones de seres humanos. El Superintendente aquel, que no estudia siquiera mínimamente el caso como es su deber, asume esta misma actitud ante la corrupción, es un personaje que vive buscando complacer a los “poderosos” (esto que va entre comillas denota lo ficticio de tal “poder”), se trata de un sujeto inepto, pusilánime, que con tal de conservar su zoquete no hesita en incurrir en el bochornoso hecho delictuoso del encubrimiento y la complicidad de los delitos denunciados, haciéndose el burro ante las evidencias. Solo me resta pedir paciencia al Increado, a la vez que le suplico que no me haga perder la capacidad de indignarme ante la injusticia. También rogar por la imprescindible ecuanimidad, en la inteligencia de que lo malo que hagan los otros no me puede afectar de ninguna manera; y aún más, ser capaz de la infinita misericordia del maestro que en su agonía tuvo fuerzas para suplicar al Padre por sus victimarios: Perdónales Padre, porque no saben lo que hacen.

                            Pero ¿qué es esto, me refiero a lo que a mí me pasa, en comparación con lo que nos informa ese suelto periodístico aparecido el viernes de esta semana, según el cual tres organismos de las Naciones Unidas, entre ellos la FAO, dan cuenta de que MIL DOSCIENTOS MILLONES DE SERES HUMANOS viven en condiciones de absoluta pobreza, OCHOCIENTOS MILLONES pasan hambre, y CADA CINCO SEGUNDOS un niño muere de hambre en el planeta?. Como estuve comentándolo con mi hermano Cristian y también con Lela y Mary, ante esta pavorosa noticia, no podemos sino agachar la cabeza y abstenernos de alardear de nuestros problemas, como solemos hacerlo. De hecho, el clamor de esa gente que pasa hambre, es energía lo suficientemente poderosa como para hacernos tambalear dentro de las burbujas de cristal en que pretendemos refugiarnos, pues es menester saber y estar masticándolo constantemente, que nadie puede considerarse irresponsable de todo cuanto le pase a sus congéneres, y que no  hay inmunidad contra esos males que de alguna manera a todos nos golpea. Es una pura ley física que tiene que ver con la circulación de la energía.  

                            Entre los episodios notorios a ser anotados está el que tiene como protagonista a una funcionaria de la Cooperativa Universitaria sometida a un sumario administrativo del que soy Juez Instructor. ¿Qué decir de una situación en la que uno advierte que los móviles del comportamiento humano se encuentran condicionados por una arrogancia y un afán de someter a los otros que raya en lo grotesco? ¿Donde el ciego prurito de humillarlos no se detiene ante el daño que causa y donde se pierde de vista la calidad humana y profesional de las personas, con tal de saciar ese apetito de ver a los otros arrastrarse con abyección a los pies del detentador de la “autoridad”?. Todo esto funciona de manera bastante sutil. Los malentendidos surgen, y son, por decirlo así, “deseados” por quienes ejercen el poder y la autoridad, con tal de “castigar” a quienes no les caen en gracia. Se trata de un asunto bastante difícil de administrar. En suma, se entienden las cosas como se quiere, y se pretende usar el poder como un garrote para doblegar a los demás. Es el caso de la funcionaria que tiene un perfil excelente, por su eficiencia e integridad, cuyo único delito consiste en no caer simpática a alguno de sus superiores, por el solo hecho de no ser obsecuente o “cepillera”, como se dice por estos tiempos y lugares. Con lo difícil que es encontrar gente capaz y honesta a toda prueba. Una “declaración” vertida por ella, de manera absolutamente inocente, ha dado pie para que se instruyera el sumario que le afecta. En fin, esta constatación me obliga una vez más a extremar el cuidado, en lo que a mí me toque, para evitar que se cometa una injusticia. Al menos mi demonio ha deslizado este augurio en mis oídos: “El alegato producirá el acontecimiento”.

                            ¿En qué inciden estos sucesos, o más bien estas explicaciones de mi “realidad” en el sendero que voy recorriendo en pos de la meta de la que tratan estos apuntes?. Cabría decir que la conmoción, el trastabillamiento, el choque, la alteración, el desgarramiento, y muchos otros nombres que podrían asignarse a los sentimientos o “los estados de ánimo” que me han acometido como consecuencia de ellos son los que tienen importancia en este emprendimiento. Ronda entonces por la mente, cual zumbido de un moscardón,  el pensamiento de querer buscar cualquier agujero para escabullirse. Son demasiadas cosas. Obviamente, debido a mi incapacidad para controlar y administrarlas, sin poder afincar en la conciencia esa sabiduría de que todo va aconteciendo según medidas, con entera precisión, y que son mis deseos y expectativas los que me sacan de quicio, cuando la justicia y la verdad tienen que prevalecer inexorablemente en el momento y lugar oportunos. Es la fragilidad de mi fe la que me impide ver esto muchas veces, aunque a decir verdad lo voy percibiendo en infinidad de pequeños detalles, en la compleja red que trama la conciencia cósmica cuando me sintonizo con ella. No obstante, mi debilidad me va jugando malas pasadas que no puedo superar del todo.

                            Algo que quisiera comentar es la especie de desfasaje del tiempo, o mejor dicho el “retroceso” del mismo que aconteció conmigo ayer sábado cuando estaba tomando mate en la sala temprano. Estaba atendiendo a la hora en mi reloj de pulsera para despertarle a Leonardo con quien nos iríamos a la oficina, se estaba desatando un temporal, eran las siete menos cinco cuando cayó un rayo que hizo crujir el firmamento, hubo un parpadeo de la corriente eléctrica, los aparatos del aire acondicionado de la sala y de mi dormitorio estaban prendidos, pensé en un instante que podían haberse quemado pero el de la sala siguió funcionando, me fui al dormitorio, no escuché el ruido de funcionamiento, procedí a dar vuelta a la perilla como para apagarlo y veo con sorpresa que en realidad quedó en posición de haber sido prendido, le doy de nuevo la vuelta para que quede en posición de apagado, voy a la biblioteca donde está la caja de las llaves de entrada, ninguna de ellas bajó por lo que aumenta mi sorpresa por la interrupción del aparato del aire de mi dormitorio. En ese momento miro mi reloj y veo que son las siete menos cuarto, quedo perplejo, voy a la cocina y compruebo que también en el reloj de pared está marcada la misma hora. Tal el episodio, susceptible de ser explicado de diversa manera, como por ejemplo de la manera en que me señaló Selva diciéndome sonriente cuando se lo conté que vi mal la hora. También puede ser explicado con una confusión de mi memoria, pues pude haber “creído” recordar que eran ya las siete menos cinco, cuando en realidad era más temprano. Sin embargo, no es tampoco desatinada la hipótesis de que el tiempo haya “retrocedido” para mi mente, máxime que es sabido que el tiempo es relativo. De ahí que no se descarte que esta extraña circunstancia me sobrevenga como una muestra de las cosas maravillosas y sorprendentes que nos esperan en el curso de este proceso evolutivo en el que estamos inmersos en pos de la consecución de nuestro perfeccionamiento.

                            Bien está comentar también que me cayó simpático el nombre de la afección que me contó Lela que aquejaba a mucha gente, a ocho de cada diez brasileños según la información, provocada por el stress, cuyos síntomas son mareo y náuseas, que a Viviana le habría rozado también este fin de semana. Tal enfermedad, llamada “laberintitis”, es por cierto sicosomática, pero indudablemente casi nadie se salva de ella, aunque no denote síntomas, pues todo el mundo vive sumido en tal confusión y aquejado de tanta tensión que bien puede afirmarse que vivimos extraviados en un laberinto.

                            Y bueno también es recordar que si Dios está usando su mano izquierda con nosotros, que es terrible, no por ello deja de usar también su mano derecha, que es suave (según la configuración que hiciera alguien, tal como contó Cristian haber leído en alguna parte en estos días).


                                                        XXXX


                   Viene la enseñanza, que radica fundamentalmente en que Dios se comunica conmigo, y me pone siempre de resalto dónde reside mi deficiencia


                            08 de diciembre de 2004. Mitad de semana. Feriado. Día de la Virgen de Caacupé. Tiempo propicio para abocarme a esta tarea. A punto estuve de irme a la oficina a ordenar algunas cosas que tienen que ver con la actividad profesional pero me dije: ¿porqué no aprovechar esta oportunidad que me da Dios para descansar?. Y vine aquí, en Paraíso, donde pude decirle a Vivi: Me agrada estar en tu casa. El agrado viene sin embargo desde temprano, cuando a las 5:30 me levanté, le desperté a Leonardo que se preparó y se fue a Caacupé a pie uniéndose a los peregrinantes, del sueño que me contó, del mate que saboreé, la misa que escuché por radio en la que me encantó la lectura del capítulo 3 del Génesis en guaraní y la homilía del oficiante. Lo bueno y lo malo para nosotros radica desde luego en lo que nos agrada y desagrada, respectivamente. Esta simplificación, verdadera solo dentro de un contexto, suele ser motivo de ingentes problemas y sufrimientos para el ser humano. En fin, acá estoy poniendo manos a la obra a este trabajito. Bien está señalar que ya a temprana hora me planteé esta pregunta: ¿Me enredo con las palabras o me dispongo simplemente a ver la verdad?. Menudo dilema cuya solución depende enteramente de mí.

                            Tengo un caso. Se trata de una persona que trabajó veintiséis años para una empresa en cuyo transcurso estuvo asegurado en el IPS por un tiempo bastante menor, y ahora, que cuenta con 64 años de edad, la empresa le comunica que le va a desvincular pagándole todas las indemnizaciones por el despido. La empresa fue y sigue siendo de gran envergadura, y el empleado en cuestión, que percibió siempre un salario elevado, se verá privado de la jubilación que otorga aquella Institución. Tras un somero estudio del caso, determino que mi cliente puede reclamar el resarcimiento de este daño, que tras conversarlo con él en una entrevista en que se presenta acompañado de su esposa, acordamos cotizar el reclamo a la empresa en Ciento Cincuenta Mil Dólares Americanos, más el 10% que fijo yo en concepto de honorarios. Se inician las negociaciones de manera extrajudicial, y luego de tratativas laboriosas se llega a un acuerdo en cuya virtud mi cliente seguirá trabajando dejándose sin efecto su desvinculación a la par que se busca un mecanismo para pagar al IPS lo necesario para que se acoja a la jubilación si ésta fuere viable. Por mi lado, yo renuncio a los honorarios, debido a que mi cliente no recibirá dinero alguno proveniente del arreglo.

                            Así se plantea la cuestión, y de ella es que surge el problema que se relaciona con el tema del que tratan estos apuntes. Este tiene que ver con las expectativas que nos forjamos los humanos y las frustraciones que nos provocan el que ellas no se cumplan. ¿Se puede creer que este problema no se refiere en especial a mí, pese a los 15.000 dólares o al menos 10.000 que esperaba recibir, cosa que se me presentaba enteramente viable, máxime que hace solo unos meses se concretó una transacción similar con otra empresa?. Sin embargo, yo me resigné sin mucha reticencia. La que se mostró en nada predispuesta fue la esposa del cliente que a estar por la llamada telefónica que me hizo sintió que se le desmoronaba el mundo encima, a pesar de que la situación anterior se había restablecido enteramente para su marido. El dinero es el diablo, se suele decir, y esto viene en consonancia con lo que dice Jesús, de que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero. (Cierta versión bíblica dice “a Dios y a Mamón”, siendo éste “el dios del dinero”; para el caso es lo mismo). La señora se había forjado planes en los que entraba a tallar la plata, y cuando ésta se volatilizó de sus muy tangibles proyectos, se descompuso irremediablemente.

                            Cabría esclarecer que el nombre y la invocación de Cristo estuvo presente en todo el curso de las tratativas, principalmente para afirmar la justicia de lo que se estaba pidiendo. Pero cuando se vino abajo la posibilidad de recibir el dinero, la esposa del cliente, que se enteró por medio de éste del resultado de la negociación, en tren de destrozar a quien encontrara en el camino para descargar su frustración, me increpa por teléfono si cómo es posible que se haya acordado la vuelta de su esposo al trabajo cuando yo le había manifestado con anterioridad que esta alternativa debía él desecharla porque ya había sido desvinculado y no tenía porqué exponerse a algún maltrato del que podría ser objeto por parte de sus patrones.

                            Es interesante observar que en esta vida las cosas funcionan de manera muy sutil, de modo que depende de cómo las configuramos para que pueda parecernos justas o verdaderas. Evidentemente yo le había mencionado a mi cliente y a su esposa que él tenía el derecho, que le asistía la opción, de no regresar si entendía que eso podría conspirar contra su salud o si consideraba que sus empleadores podrían maltratarlo de modo que la relación laboral fuese insostenible, pues el despido ya se había consumado. Sin embargo, esto no era sino una alternativa, una opción, y en el curso de las tratativas fue precisamente él mismo quien optó por volver al trabajo. Y a decir verdad, de las conversaciones mantenidas se podía deducir claramente que el riesgo no existía. Pero he aquí que la esposa al no cumplirse lo que ella esperaba, al comprobar que su esposo había decidido en sentido contrario a sus deseos, perdió todos los estribos, y tras arremeter contra su esposo, lo hace también contra mí, aunque solo sea para seguir descargando su furia. No se descarta obviamente que su mente vertiginosa ya me hubiera atribuido culpas imaginando quién sabe en qué contubernios pude haberme metido con los patrones.

                            La cosa es que traté de apaciguarla diciéndole que su marido tenía aún ahora la posibilidad de optar por no volver al trabajo pero que había que dejarle hacer lo que él decidiera. Siguió ella alegando que sabía que eso lo mataría porque conocía de la maldad de los otros a lo que yo repliqué que si ella lo presionaba impidiéndole obrar libremente sería ella la que lo iba a matar. En este punto ella me dijo que no me había llamado para discutir conmigo sino que quería preguntarme si porqué yo le había dicho que “de ninguna manera él podía volver al trabajo”, frase que yo no le dejé terminar diciéndole “no mienta, señora”. Obviamente, la mujer estaba apelando a una mentira, falseando lo que yo le había dicho, dándole la vuelta al asunto, poniéndolo de una manera totalmente distorsionada, descargando ya directamente su veneno en contra mía. Le frenó sin embargo lo último que le dije y me manifestó que ella no mentía, que posiblemente podría estar confundida, se disculpó y se despidió cortando el teléfono entre llorosos gemidos.

                            ¿No son estos episodios verdaderos desafíos para la inteligencia, enigmas a ser resueltos, pruebas a ser vencidas, tal como en las historias legendarias o mitológicas eran presentados a los protagonistas que tenían que enfrentarlos para alcanzar la meta propuesta?. Evidentemente, se trata de situaciones trascendentales que uno debe ir encarándolas de modo a alcanzar la más alta meta que le es dado perseguir al ser humano, cual es la de vencer a la muerte. De ahí el interés que revisten.

                            Y a propósito, es interesante acotar que en esa misma siesta, momentos después de que haya llamado la señora, mi demonio deslizó estas palabras en mi mente: “Ombo pochy chupe che paraguayo ojedescuida vaekue chupe ko’agä”. Esta sentencia, medio inentendible, y de hecho su sentido no lo capté al momento, se refería al enojo que le causé a la señora a causa del descuido de mi ego que lo menciona como “che paraguayo”. Nítidamente en efecto me indica mi demonio que mi ego se descontroló al reaccionar tan duramente ante la recriminación de la mujer. Lo que cuenta empero es que viene la enseñanza, que radica fundamentalmente en que Dios se comunica conmigo y me pone siempre de resalto dónde reside mi deficiencia. Ella consiste básicamente en que mientras yo le recomiendo a la señora que se abstenga de dirigir la vida de su marido, también yo trato de hacer algo parecido con la suya, y aun cuando se pueda pensar que era yo el que estaba en lo cierto, la necesaria mansedumbre y dulzura en la comunicación estuvo ausente.


                                                        XXXXI


                   Conciliar las contradicciones, he ahí la cuestión. En vez de ser o no ser, como lo propuso Hamlet, la propuesta es: ser y no ser


                             11 de diciembre de 2004. Filosofar. Porque esto es lo que hago, lo que tengo que hacer, durante toda mi vida, aun a sabiendas de que mi vida va a durar toda la eternidad. En esto radica la vida. En plantearme preguntas y tratar de contestarlas. Ese es el juego. Gano si acierto a dar con la verdad. Pierdo en caso contrario. Previamente sin embargo habré de renunciar a la victoria y a la derrota, porque solo quien haya renunciado a ellas encuentra la felicidad, según la célebre sentencia del Dhammapada. Se trata entonces de un juego meramente creativo, de un “ser” condicionado a esa limitación, que al aceptarla, la elimina, deja de “ser limitado”, alcanza la plenitud dentro de su naturaleza de “ser creado”. Paradoja en que las contradicciones han sido conciliadas.

                            Conciliar las contradicciones, he ahí la cuestión. En vez de ser o no ser, como lo propuso Hamlet, la propuesta es: ser y no ser.

                            La cosa está en que la construcción del propio ser requiere paralelamente de su destrucción. Las estructuras obsoletas que nos constituyen deben ir siendo reemplazadas, por así decirlo, pues es imprescindible ir adaptándose en cada instante a los cambios de las circunstancias. Las estructuras corporales y mentales aptas para funcionar en cierto contexto, pierden su versatilidad, se vuelven arcaicas, caen en el anacronismo. Este es el problema que se presenta difícil de resolver, pues nos apegamos a esas estructuras, nos cuesta infinito desprendernos de ellas. Tal como largamente estuvimos hablando con Selva en el curso de esta semana, en el intento de entender un problema que se resistía a ser explicado. La propia muerte física no es sino una disolución de la estructura corporal o de las estructuras que la constituyen. También las enfermedades son mecanismos de los que se vale la naturaleza para ir destruyendo esas estructuras y reemplazarlas. Lo mismo la vejez. Mi experiencia personal me ha enseñado hartamente cómo esos “fragmentos” constituyentes de lo que damos por nuestra realidad se niegan a romperse, o para mejor decirlo, hasta qué punto nos negamos a romperlos. Es ese entonces en lo que consiste nuestro trabajo: Conciliar la construcción de nuestro propio ser con su destrucción, que hay que ir haciéndolo conscientemente.

                            Este tema de conciliar las cosas siempre resulta difícil. Me entero por ejemplo que ya en 1.946 Max Planck había declarado lo siguiente en torno al tema de la libertad y de la predestinación que tan perplejo le tiene a todo el mundo: “Desde una perspectiva externa, la voluntad está causalmente determinada, pero desde una perspectiva interna es libre. Con la constatación de esta realidad, queda resuelto el problema de la libertad de la voluntad. Se trata de un problema que ha surgido porque se ha olvidado establecer con claridad el punto de partida de las reflexiones y atenerse a él con fidelidad. Tenemos aquí un problema clásico de un problema aparente. Y aun cuando esta verdad se siga impugnando todavía desde diversas posiciones, por mi parte tengo la absoluta seguridad de que es solo cuestión de tiempo que llegue a ser admitida por todos”. Me sorprendo de que lo haya expresado con tanta claridad, en términos que coinciden totalmente con mi propuesta que yo la expuse ya en mi “Nuevo Itinerario”, sin tener conocimiento de lo postulado por él. De hecho, su cultura, su preparación y formación, la familiaridad que tenía con la teoría de la relatividad desarrollada por Einstein, así como el campo científico por el que incursionaba, lo habilitaban para entender este problema, que como bien lo señala es solo cuestión de tiempo para que llegue a ser entendido por todos. Eso es propio del proceso evolutivo en el que estamos inmersos. Desde el punto de vista de la Divinidad, entonces, todo está predestinado, porque toda la realidad es de una vez y para siempre, pero desde el punto de vista del ser humano, existe el libre albedrío que permite optar por las infinitas “posibilidades” de esa realidad. Solo es cuestión de conciliar los opuestos, las contradicciones que se presentan a nuestra mente limitada. ¡Si el propio transcurso del tiempo depende de la posición del observador, como se ha constatado con los principios de la relatividad desarrollados por Einstein!.



                                               XXXXII


                   Un mensaje de la divinidad por el que me da a entender que a pesar de caminar tantísimas veces a ciegas, o a tientas, ella me ha de conducir por un camino en el que no tenga los choques tan violentos que mis temores me hacen presumir


                            19 de diciembre de 2004. Apenas el tiempo suficiente para anotar un sueño, o los comentarios y reflexiones sobre él. Esto es lo que me cabe, o lo que pienso dedicarle hoy a este asunto.

                            ¿Puede alguien hacerse de la idea de que un ciego total vaya manejando un automóvil en medio de una calle o avenida que se supone profusamente transitada y del sentimiento que le sobrecoge en medio de esa experiencia absolutamente inconcebible?.

                            Pues bien, eso es lo que me aconteció en un sueño esta madrugada, donde me vi al mando de mi automóvil en compañía de miembros de mi familia circulando por la Avenida Eusebio Ayala en las inmediaciones de Choferes del Chaco, San Martín y Kilómetro 5 aproximadamente. La completa carencia de visión pudo haber obedecido a un desastre natural como una lluvia gigantesca o a una revolución, lo que sí el pensamiento estaba fijo en que todo estaba desolado. El hecho de estar en el volante y avanzar con el automóvil como si ya no hubiera nada al frente, no que estuviera oscuro y que algún objeto aunque fuera mínimo pudiera ser divisado, sino con la impresión de que ahí mismo, a continuación del automóvil nada más existía, aun cuando la expectativa de que la calle seguía abierta se mantuviera, aquejado por el terror de que se produjera en cualquier momento un choque mortal, este hecho es el nudo principal de la historia, y lo que da el sentido del sueño. En efecto, el caso es que a pesar de esto, consigo llegar a la altura del Kilómetro 5 aproximadamente de la Avenida Eusebio Ayala y estacionar a un costado, donde nos bajamos y tocamos una puerta de una casa cerrada como todas las otras, de la que sale sin embargo una persona que nos recibe recelosa y atemorizada por el desastre que satura el ambiente,  y nos dice que no va a poder atendernos porque le tienen a una persona enferma, una viejita a quien le vemos tendida, esquelética, ya muerta o moribunda, a un costado, cerca de la pared. No obstante, al rato entran mis familiares y no sé cómo los niños principalmente, y quizás también los mayores, están tomando algún alimento, mate cocido tal vez. Recuerdo que después salgo afuera y veo que mi coche no está, Víctor Jesús, mi sobrino, que es el que iba a mi lado cuando llegamos al lugar, me informa que Marcos, mi yerno, lo habría llevado para repararlo. Después hay una escena donde, enfrente de ese lugar, está la esposa de Víctor, es un copetín o un establecimiento donde se vende comida que posiblemente compramos. Esto es lo que la memoria retiene del episodio, aunque como siempre la historia fue mucho más movida y rica de lo que aquella puede recordar y las palabras evocar.

                                      El horror de la experiencia no impidió que inmediatamente al despertar le atribuyera un sentido a tono con mis concepciones filosóficas. Para ponerlo breve, lo interpreté como un mensaje de la divinidad por el que me da a entender que a pesar de caminar tantísimas veces a ciegas, o a tientas, ella me ha de conducir por un camino en el que no tenga los choques tan violentos que mis temores me hacen presumir. De hecho, eso mismo es lo que ya está aconteciendo, pues ella me está llevando como un instrumento suyo que soy, y si no veo por momentos su mano es por la inmensidad de mi ignorancia y demás limitaciones que poco a poco tendré que ir superando.


                                                        XXXXIII


                   Nos negamos a aceptar las cosas extrañas cuando suceden, porque nos perturban, nos sacan de nuestra pasividad, de nuestra comodidad


                                      25 de diciembre de 2004. Algunas palabras para dejar testimonio de lo acaecido en el trecho cronológico que concierne a este tema.

                                      Un cliente, que me encomienda un caso, en cuyo nombre debía hacer una llamada telefónica a una persona vinculada con la empresa donde estuvo prestando servicios, me llama a su vez a última hora del martes de la presente semana para preguntarme si hice la llamada convenida. Le confieso que no lo hice a pesar de que la misma estaba pendiente desde el viernes de la semana anterior, en que él estuvo conmigo, ocasión en que hice la llamada en su presencia pero no se pudo establecer la comunicación presumiblemente por lo avanzado de la hora de la tarde, prometiéndole yo que lo intentaría de nuevo el lunes, en que a última hora él me  llamó para preguntar si lo hice y le reiteré que al día siguiente martes estaría nuevamente tratando de recordar para hacerlo. Pues bien: No lo había hecho ese día tampoco, y al llamarme él a eso de las seis de la tarde le digo que recibí ya antes en ese día su mensaje, ya que Mario Darío me había contado que él había llamado antes en ese mismo día y que le había dado el teléfono de mi casa donde probablemente también me llamó ya que hubo un llamado que se cortó al alzar yo el tubo del teléfono. Me contesta diciéndome que él no me llamó, ni a la oficina ni en casa, y que no podía desde luego llamarme antes del lugar en que se encontraba, y que esa era la primera vez que me llamaba en el día. Me sorprendo, y también él, porque la identificación de su apellido con el añadido de su título profesional hacía que no pudiera asociarse la llamada con otra persona. El que me llamó fue “el Ingeniero Espinoza”, y no había otro con ese apelativo que tuviese motivos para llamarme. Ante esta situación, comento yo que la fuerza del pensamiento suyo y mío hizo que sonara el teléfono porque ambos estábamos con la “espina” (que como se ve, algo tiene que ver con “Espinoza”) de la llamada pendiente clavada en el pensamiento, siendo tal pensamiento energía suficiente para que hiciera funcionar el aparato. Los muchachos en la oficina, y Víctor, con quien comentamos el caso, se muestran más bien escépticos, optando por explicaciones más prosaicas. Víctor en particular me dijo que lo que pasó probablemente fue que el cliente o me mintió o se olvidó de que me llamó. Ninguna de las dos alternativas es convincente. No tiene motivos para mentir, y que lo olvidara, es también improbable, porque él se mostró tan sorprendido como yo. Es que nos resistimos tercamente a aceptar que las cosas puedan pasar de manera diversa a la que espera nuestra mente condicionada por el hábito, por lo “previsible”. Pero a la realidad le importa un pepino, le tiene sin cuidado nuestra torpe “lógica”. Nos negamos a aceptar las cosas extrañas cuando suceden, porque nos perturban, nos sacan de nuestra pasividad, de nuestra comodidad. El mismo día viernes algo extraño pasó con una fotocopias de dos expedientes que le encomendé a Leonardo y Darío fueran a sacarlas en la Secretaría de un Juzgado. Les faltó precisamente parte de las hojas que debían estar poco antes de las últimas piezas, donde estaban las sentencias, que son las que más nos interesaban, de una manera totalmente inexplicable. Ellos se limitaron a dejar el dinero al funcionario que tenía que hacer las fotocopias de ambos expedientes y las fotocopias de éstos fueron traídos con esa amputación. El lunes, seguramente, la explicación lógica del caso va a despejar la incógnita, pero eso no va a ser sino el “acomodamiento” de la realidad a nuestra mente condicionada. La infinitud de la realidad puede hacer que todas las cosas concebibles sean posibles. Para mí, lo ocurrido en este último caso fue como un remache de lo anterior, para mostrarme que no tengo que ser demasiado ansioso por las “explicaciones racionales”, se trata de una lección que me da la Naturaleza para seguir en el aprendizaje de que cuando uno demasiado se empecina en buscar explicación a los “milagros”, la magia de ellos se esfuma, desaparece, como ya en varias ocasiones tuvo a bien enseñarme.


                                                        XXXXIV


                            La vida se desliza a través de uno y aunque destaca el toque de su riqueza y prodigalidad, a la vez deja en nosotros la impronta de su fuerza avasalladora abatiendo a nuestra sorda impotencia


                            23 de enero de 2005. Casi un mes desde la última anotación, que según veo lo hice en Navidad. Interesante es darse cuenta de que eso integra mis peripecias, es decir, el hecho concreto de no haber podido escribir sobre ellas en ese lapso forma parte de ellas, amén de ellas mismas. Porque muchas cosas pasaron y ganas de anotarlas no faltaron. Pero hay que hacer lo que hay que hacer y no lo que queremos, o al menos no necesariamente, o siempre. La vida se desliza a través de uno y aunque destaca el toque de su riqueza y prodigalidad, a la vez deja en nosotros la impronta de su fuerza avasalladora abatiendo a nuestra sorda impotencia.

                            Días agitados, pesados, duros, pero a la vez gozosos, pletóricos, llenos de enseñanza, siempre en el intento de avanzar pese al desaliento, al cansancio, sintiendo en el momento preciso la mano del Altísimo, su espíritu revoloteando sobre uno, seguir, seguir, tropezar, caer, levantarse, no mirar atrás sino hacia delante, sobreponerse, constatar una y otra vez que cuando uno trata de hacer lo justo las cosas pasan según medidas justas, tanto para uno como para otros, perseverar, atender, vigilar, evitar el enojo, la rabia, terciar, conciliar, armonizar, no pretender controlar el mundo, apenas a uno mismo, continuar, avanzar, no cejar en el empeño, no abandonar esta empresa quijotesca que a diferencia de lo que se supone en la del Quijote, se la emprende en serio, es decir, con la presunción de cordura en el personaje, que soy yo; dicho con otras palabras, se supone seria la empresa porque se presume mi propia cordura, presunción que básicamente solo está en mí, ya que lo que piensen los otros es de su cosecha y no está en mí saberlo, sin descartar que sean sus pensamientos que soy yo tan extraviado y extravagante como aquel Caballero de la Triste Figura, el cual también estaba convencido como yo de su sana razón. Pero así es la vida,  llena de paradojas que hay que ir resolviendo: Digo yo que no estoy loco, digan los otros lo que quieran, que cada cual tiene que ir definiendo y decidiendo lo que le toca. Lo dijo Pablo de Tarso: Lo que para el mundo es locura, para mí es gloria y salvación, y lo que yo considero necedad, el mundo lo tiene como de gran valor, palabras más, palabras menos, según lo que mi flaca memoria recuerda.

                            Hechos concretos: Nuestro viaje a Hernandarias para el Año Nuevo, con Pablo Emilio y Leonardo, compartiendo la fiesta con Mary y Rosa, mis hermanas, en la casa de esta última; la visita de Blanca, la otra hermana que vive cerca, y de algunos de sus hijos. La providencial decisión, algo conflictiva, de viajar desde Asunción el día miércoles a la tarde en vez del jueves temprano que posibilitó hacer las compras en el Supermercado ese jueves 30 de diciembre en la mañana, lo que nos permitió librarnos del problema causado por la lluvia torrencial, un diluvio gigantesco con trazas de bonanza que cayó poco después del mediodía. Problema, hay que aclararlo, que consiste en la dificultad de salir de la casa de Rosa en Olando Kue a causa del camino de tierra que existe en el breve trecho que lo separa de la ciudad de Hernandarias, que lo convierte en intransitable por lo resbaladizo. Las interacciones no exentas de conflictos que resultaron fructíferos, en medio de la delicada situación que entraña la enfermedad de Mary, que había venido desde la casa de nuestra otra hermana Lela donde está siguiendo su tratamiento de la quimioterapia.

                            La venida a Asunción y la visita a mi oficina donde me entero a través de la fotocopia de la Resolución retirada por Mario Darío que los Ministros que integran la Superintendencia de la Corte Suprema de Justicia resolvieron desestimar sin estudiar en lo más mínimo la denuncia que hice en contra de la Jueza involucrada en las irregularidades más arriba mencionadas, que se confabulara con el Secretario adulterador y falsario. Menudo conflicto creado con ello para mi conciencia, todavía pendiente de decisión.

                            El viaje con Viviana y Emilianito el día miércoles 5 de enero de 2005 hasta Hernandarias, la invitación de Rosa para quedarnos hasta el día siguiente en su casa con un tiempo que amenazaba lluvia, la corazonada de que no llovería ese día, que se cumple, y la reanudación del viaje con Mary al otro día hasta la casa de Lela en Umuarama que nos recibe con un opíparo almuerzo. Los ajetreados momentos vividos durante nuestra estadía con los preparativos para la sesión de la quimioterapia de Mary, la discusión en torno al desgaste y al deterioro de la relación entre ella y Lela durante su ya larga permanencia en la casa de esta última, por más de cinco meses, con los inconvenientes que ello suscita, a los que se suma la conflictiva relación con algunos de los otros hermanos y hermanas a raíz de los múltiples problemas que implica la necesidad de la atención a la misma a partir de  la intervención quirúrgica de la que fue objeto en Asunción. El regreso con Mary tras la séptima sesión de su quimioterapia de las nueve que debe hacer, hasta Hernandarias donde se quedó con Rosa, prosiguiendo nosotros el viaje sin percance alguno hasta Asunción donde llegamos tras trece horas el martes 11 de enero a las 8:30 de la noche.

                            La atención de algunas cosas urgentes en la oficina que se presentan sin demasiados apremios los días miércoles 12 y jueves 13 y nuestro viaje a Pedro Juan Caballero el día viernes 14 de enero para amanecer en la casa de Cristian el sábado 15, compartiendo con su familia tres días enteros, hasta la noche del lunes 17 en que nos embarcamos de nuevo para llegar a nuestra casa al amanecer del martes 18 de enero.

                            Desde el miércoles 19 reasumí las tareas en la oficina para ir organizando algunas cosas y cumpliendo con algunos pedidos de clientes que se presentaron medida y oportunamente, aunque siempre poniendo a prueba la imperturbabilidad y la presencia de ánimo. En esta semana que comienza, seguirán las cosas su ritmo, estando dentro de las previsiones un nuevo viaje hasta Umuarama el próximo jueves acompañado de Rosa y Mary.

                            En fin, un mes de vacaciones que tuvo sus altibajos, sus bienestares y malestares como es normal en la vida, radicando la clave de su funcionamiento en la sabiduría para administrarlos. Momentos gratos, con lecturas variadas, entre ellas, las obras de la colección Historia Universal Asimov, “El Imperio Romano”, “La Alta Edad Media”, “Los Griegos, Una Gran Aventura”; incursiones en el libro “LOGOTERAPIA: la audacia de vivir”, de Francisco Bretones; también en “Don Quijote de la Mancha”, aprovechando la hermosa edición lanzada por las Academias de la Lengua Española por el Cuarto Centenario de su publicación; releer al nunca suficientemente ponderado Jorge Luis Borges; encontrar por acaso y deleitarse con “Port Tarascón” de Alfonso Daudet en la casa de Cristian. Todo eso, matizado con ese compartir con la familia, la chica y la grande, ese afecto sincero que es la sal de la vida, para utilizar la expresión del maestro.


                                                        XXXXV


                   La presencia de Aquel que ostenta el poder del que yo carezco se pone de manifiesto de continuo, en los sueños, en los mensajes explícitos del subconsciente, en cada uno de los sucesos a los que se preste atención


                            06 de febrero de 2005. “Quiero cerrar los ojos para siempre”: un pensamiento, como miles de otros, que cruza raudo por mi cabeza. Estoy soportando la carga de las atrocidades de la humanidad entera. Es el precio de creerme ser, yo solo, el universo, el mundo entero. Es que lo soy, de cierta manera. Esas atrocidades son reflejos de mis imperfecciones, que me duelen, literalmente, en la carne. Siento como agujas que me clavan, en la piel, en las articulaciones, siento el peso de algo indefinido que me aplasta, que me abruma, estoy, por momentos, a punto de colapsar. Mirar el diario y ver la impudicia, la falta total de orientación, la inconciencia desgarradora que esparce toda clase de males, constituye una carga dura de soportar, habida cuenta la impotencia para remediarlos. A los que se suman mis propios y pequeños problemas, pequeños en relación con los otros, pero gigantescos en lo que a mí conciernen, todo lo cual se convierte en una frenética acometida que se pasea por mi cuerpo y mente aún en sueños, dejándome todo dolorido y maltrecho, paralizado, sin ganas de hacer nada, embotado, con la mente en blanco.

                            Más, hay que avanzar; detenerse es morir, perecer. En contrapartida, la presencia de Aquel que ostenta el poder del que yo carezco se pone de manifiesto de continuo, en los sueños, en los mensajes explícitos del subconsciente, en cada uno de los sucesos a los que se preste atención.

                            Ahí está el episodio de la pérdida de las llaves de la puerta del fondo y del portón eléctrico en Lambaré ocurrida en la semana que pasó. Tras la búsqueda infructuosa y el pedido de auxilio a Marcos para que viniera a romper el candado del portón, estando en el baño, mientras cavilaba sobre el sentido de esta pérdida, intentando establecer una comunicación con Aquel aludido más arriba, dificultada innegablemente a causa de la atrofia de mi mente ausentada del ejercicio destinado a ese menester; venírseme de pronto la idea de que quizás Él me conduciría hasta el sitio en que se encontraban las llaves; y siguiendo un impulso súbito, encaminarme hacia el otro baño de la casa donde antes ya estuve mirando sin encontrarlas; y ¡oh sorpresa!, verlas sobre el bidep donde inconscientemente las había depositado en la noche anterior. Ojo, lo extraordinario radica en el pensamiento que me viene de que Él me conduciría hasta donde estaban las llaves ligado a la inspiración que me lleva directamente a ellas, que estaban en un sitio donde ya las había buscado sin encontrarlas. En verdad, hay que experimentar el hecho para comprenderlo en plenitud. Hay que decir que el día anterior yo había tenido una reacción violenta en una circunstancia en que le habían hecho llorar a Emilianito que se sintió humillado y burlado en un juego de cartas del que participaban Pablo Emilio, Leonardo, Emilianito, Romina, Joaquín y Marcos. Metafóricamente cabe decir que yo ya había perdido las llaves el día anterior, y la situación surgida en la mañana era una recreación de aquel episodio, para ser tenida en cuenta como una enseñanza.

                            En fin, la vida continúa. Ocurren muchas cosas dignas de comentarios filosóficos, de reflexiones y de análisis, pero las limitaciones impuestas por la naturaleza nos vedan abordarlas todas. Empero, es importante mencionar entre ellas el nuevo viaje a Umuarama el fin de semana pasado, que resultó divertido, para endilgarle el adjetivo más genérico concebible; la conversación con Marcial, previa al viaje, en la que se debatieron cuestiones relevantes en torno al relacionamiento entre los hermanos, centrada en la enfermedad y el tratamiento de Mary; el encuentro entre las hermanas Lela, Rosa y Mary, Sara, la hija de Lela, y Vivi, que me acompañó, en la casa de la primera, que redundó en el fortalecimiento de los vínculos afectivos a más de limar asperezas derivadas de las inevitables imperfecciones; el endilgamiento por parte de Blanca a mi persona del apelativo de “charlatán”, en una conversación que tuviera con Rosa, según contó esta última que, a no dudarlo, merecería un estudio; independientemente de coincidir con el calificativo de “muy hablador” con el que yo mismo suelo definirme.

                            Importante es señalar que la idea que rondaba por mi mente, durante los diversos acontecimientos que de aquí para allá nos tuvieron en este lapso de tiempo, era que quien nos llevaba de la mano era el mismísimo Dios, atendiendo a que somos los instrumentos de sus inescrutables designios. “Todo salió bien”, como suele decirse. Así que tanto a Mary como a los demás les dije que su enfermedad podría ser la ocasión y el medio para que ella se santificara. Y también nosotros, porqué no.

                            En la semana que acaba de culminar, el retomar las actividades en la oficina el 1 de febrero en que los Tribunales abrieron sus puertas, cuando apenas habíamos llegado de vuelta el día anterior, fue quizás lo que pesó también en mi ánimo para dejarme tan estresado. Aunque todo pareciera estar bajo control, el cuerpo y la mente se resienten, pues su limitada capacidad es zarandeada por los miedos y deseos imposibles de ser plenamente dominados hasta el momento. La fugaz confrontación con Leonardo, si así puede llamarse a la discreta discusión que tuvimos acerca del automóvil que se tenía proyectado comprar para él; las conversaciones telefónicas con Lela y Mary para enterarme de que el 1 de febrero esta se sometió a la sesión de quimioterapia como estaba previsto, con la no muy grata noticia que le dio el médico de que sería necesaria una más, es decir, que le restan todavía dos; y las que mantuvimos con Cristian y su esposa en amenos términos, donde entre otras cosas le comenté el dicho de mi demonio que me había hablado diciéndome que “el Faraón le vio a don Cristian”, dándome a entender que se estaba convirtiendo en un experto intérprete de los sueños; estos incidentes forman parte entre otros de los acaeceres que me conciernen, en el camino que me toca seguir andando.

                            Estas peripecias tienen su lado interesante, humorístico, no susceptible de ser atrapado totalmente en este espacio-tiempo que trata del tema. No obstante, algo siempre es registrado para la posteridad.


                                                        XXXXVI


                   Soy el autor, el inventor de mí mismo


                            19 de febrero de 2005. “El tiempo lo inficiona todo”. Otro pensamiento, como el de la semana antepasada, que me viene a la mente, como un destello. La clave está en vencer al tiempo; es lo que me dijo una vez mi demonio, en una intempestiva comunicación, hace mucho tiempo. Y claro, el tiempo que todo lo devora, al decir de Cervantes en el Quijote (si mi memoria no me falla), es el responsable de la infalible muerte, según el calificativo que le endilgan algunos. Aprender a ser intemporal, esa es la cuestión. Esa es la vida eterna.

                            Muchos temas para ser abordados. Una semana que pasó de largo, sin permitirme dejar constancia en este espacio de mis pensamientos. Ya en el curso de ella, de la semana antepasada, se me ocurrió hablar de cómo el pensamiento es el que crea los sucesos. Es que experimenté, literalmente, varias veces, que el discurrir de la mente es el que va haciendo que aparezcan en la conciencia, a través de los sentidos, las cosas que emergen por el camino que uno va recorriendo. “La conciencia solo surge en dependencia de ‘las bases de la conciencia’ ”, dice el Buda. Y también: “La conciencia visual, por ejemplo, surge únicamente en conjunción con el sentido de la vista y los objetos visibles”. Estoy por tanto confirmando nomás lo dicho por el Buda hace más de dos mil quinientos años.

                            El caso es que esta constatación me permite sustraerme de ese condicionamiento tan generalizado que nos hace creer que podemos ser víctimas de “un accidente” u otro suceso contingente, infausto, desgraciado, o como se quiera llamarlo. Veamos: Voy circulando con mi automóvil, mi pensamiento va concentrado observando los “objetos visibles” con “mis ojos”, ambas cosas “bases de mi conciencia”; cada espacio subsiguiente, cada persona que aparece en el ámbito de mi visión, cada automóvil, cada casa, cada árbol, todos están allí “creados por mi pensamiento”. Desprovisto de temor, seguro de mí mismo, sin deseos espurios que me descontrolen, atento a cada cosa que el pensamiento va esparciendo ante mi vista, ningún accidente me puede sobrevenir. En cambio, con la mente divagando de aquí para allá, ya mirando ahí a una mujer despampanante o provocativa, ya reaccionando contra el conductor de otro automóvil que osadamente se interpone en mi camino, con el pensamiento fuera de control por la codicia de poseer a la primera y el miedo de chocar con el segundo, ¡crash!, he aquí producido el accidente en una millonésima de segundo, configurado hasta en sus mínimos detalles por esa energía mental en la que consiste el miedo. Vale decir, mi propia mente configura el suceso del accidente con todos sus detalles en una millonésima de segundo, siendo obvio que el accidente que me ocurre es enteramente atribuible a esa energía mental que catalogamos como “miedo”. Entre las infinitas posibilidades que existen de los sucesos que nuestra mente puede crear, donde solo nuestro condicionamiento nos hace creer que lo que va apareciendo en nuestro campo de visión se encuentra ahí “desde antes”, está el accidente o la ausencia de él. Podemos pues decir que, en cierto sentido, la ocurrencia o no del accidente depende enteramente de nosotros.

                            Importante es comprender que este no es un tema fácil. La clave, como me dijo mi demonio, está en vencer al tiempo. El entrecomillado del precedente párrafo, “desde antes”, da la pauta de que es nuestra dependencia del tiempo lo que nos condiciona a creer ciegamente que ciertas cosas son invariables, no son susceptibles de ser mudadas, que están allí “desde antes”. El ser capaz de “ser intemporal”, empero, nos permite ver a todas las cosas como nuevas y como productos de la creación de nuestros propios pensamientos. Ello va ligado naturalmente con la conciliación que debemos hacer de nuestra naturaleza de “seres creados” con la del “ser increado”. En otras palabras, somos “uno con él y en él”, somos en cierto sentido él mismo, o sus hijos, como declara el primer capítulo del Evangelio de Juan, de donde se deduce que estamos dotados de su misma naturaleza intemporal, con capacidad de trascender el tiempo, de vencerlo, y por ende, de crear todos los sucesos que nos conciernen a la medida de nuestras necesidades y bienestar.

                            Mantener la conciencia, la mente bajo control, esa es la cuestión. Evitar que el tiempo lo inficione todo. Estas experiencias vividas y sentidas, son tema para mis peripecias. Como casos concretos, así las he asimilado, sea circulando en el auto, sea atendiendo a los innumerables sucesos que ocurren a mi alrededor. He comprobado así que los sucesos pasan, son, “a medida” que me voy moviendo por el mundo, creados o recreados por mi mente a través de mis pensamientos dentro de la infinitud de realidades posibles que se hallan en la “mente de Dios”, y que esa “medida” va siendo puesta por mí mismo en consonancia con mi creador que sólo quiere lo justo para mí y para mis congéneres. Así es como soy “cocreador” con Dios de mi realidad. Soy el autor, el inventor de mí mismo.


                                                        XXXXVII


                   Cada instante de nuestra vida es la expresión del nivel de conciencia por el que transitamos


                            26 de febrero de 2005. Este libro trata sobre los sucesos de la vigilia. De “mi vigilia”. El otro que lo voy escribiendo paralelamente en manuscrito, “de mis sueños”. Pero a veces se mezclan. Y no puede ser de otra manera, pues ¿qué es la vigilia sino un soñar despierto, de la que pensamos que lo que nos pasa en ella es verdadero, en oposición al sueño, del que presumimos que son ficticias sus historias?. Pero eso es solo una creencia, un condicionamiento. Como escribí en el otro hace un tiempo: Cada instante de nuestra vida es la expresión del nivel de conciencia por el que transitamos. Y es evidente que los sucesos del sueño también son una manera de concienciar el ser. El libro de “mis sueños” lo escribo casi todos los días. Éste, cada semana, por lo general. Heme aquí, nuevamente, tratando de plasmar en palabras mis historias.

                            Mucho tengo que decir, pero no puedo olvidarme de “la navaja de Occam” que recomienda la mayor economía posible de las palabras. Hay que podar lo que está demás. Están, entre los sucesos dignos de ser mentados, la estafa de que fui víctima por parte de un ex cliente, quien hace algo más de un mes me indujo a hacerle entrega de una suma multimillonaria, exactamente nueve millones de guaraníes, alrededor de mil quinientos dólares, en un caso laboral de su cónyuge en el que se arribó a un acuerdo, de la que me anotició esta última desde España donde se encuentra residiendo, estafa que maquinó el primero haciendo llamar por teléfono y hablar conmigo a una mujer que se hizo pasar por su consorte. Está el caso del abogado que según todos los indicios sustrajo una cédula de notificación de un expediente en el que actúa como contraparte mía, con una audacia y cinismo que se hace difícil de aceptar. Estos dos casos solos son bastante impactantes como para hacerme tambalear. ¿Cómo es que el “modus operandi” de la gente, por lo general, consiste en la mentira y el robo?. La ignorancia, diría el Buda. No sabe la gente que cada una de nuestras acciones es como un boomerang que a nosotros mismos nos hiere. Yo, que tengo conciencia casi constante de esa verdad, tampoco puedo sustraerme todavía plenamente de mis ciegos impulsos. Se me ocurrió que si tuviera poder para matar al sujeto mencionado en primer término, tal vez lo hacía. Entiendo porqué Dios no nos da ese poder. Aunque el poder está latente en cada uno de nosotros. Obviamente, cuando lo desarrollemos plenamente, ya no lo utilizaremos. Mejor, solamente lograremos desarrollarlo plenamente si somos capaces de abstenernos de usarlo para esos fines.

                            Las historias que trama nuestra mente son sólo la explicación que ella inventa para dar soporte al ser. Ellas son como las del sueño, justifican lo que sentimos. Puedo decirle a los otros: ustedes son el producto de mi pensamiento. El poder de mi pensamiento puede hacerlos aparecer y desaparecer, según me plazca. Claro que para ello es preciso que mi pensamiento coincida con el pensamiento de Dios. Y esto vale para todos. El problema radica en conciliar los opuestos. Hasta tanto se consiga, habrá pensamientos rebeldes, que se escapan del molde, y así han de aparecer personajes como los aludidos más arriba, que nos juegan la mala pasada. El mundo está poblado de demonios. Habría que decir mejor de ángeles y de demonios. Pero todos son Dios. El ser humano ha conseguido hacer hablar a las piedras --no son otra cosa los aparatos sonoros-- . Jesús dijo que éstas hablarían si no lo hacían quienes lo aclamaron; y el Bautista que Dios podía hacerlas descendientes de Abraham, si la mera jactancia de éstos se invocaba como mérito para considerarse elegido de Dios. Lástima que el hombre se limita a “comunicarse” con esa grotesca proyección de su ego, esa “piedra” a la que hace hablar por medio de su “tecnología”, en vez de comunicarse con Dios, ignorándolo a causa de su incapacidad de ver a Dios en todas las cosas. Paradójico pero real.

                            Ver a Dios en todas las cosas. Entender que son meros símbolos, reflejos del ser esencial al que llamamos Dios. Lo que permite tratarlas como se merecen; con la deferencia debida, y a la par, prestar atención al mensaje que nos llega de Él a través de su persona, de su figura, de su voz. Como en los sueños, que la vida no es sino un sueño; un interesante sueño cuando menos, para no arriesgarnos a decir que es un hermoso sueño, aunque estemos tentados a decirlo, porque hasta las pesadillas son bellas si les encontramos el sentido.

                            Otro caso concreto de la semana: Me llama un antiguo ex cliente de apellido Machuca para hacerme una consulta: Trabaja en una empresa hace siete u ocho años, presentó al Instituto de Previsión Social su solicitud de jubilación, tiene más de sesenta años cumplidos, 23 años de aporte al Instituto de la seguridad social, y pregunta si cuánto le corresponde cobrar si se desvincula de la empresa donde trabaja. Manifiesta que ya no quiere seguir trabajando porque a raíz de la diabetes tuvo que cortársele uno o dos de sus dedos del pie. La respuesta a la pregunta desde el punto de vista profesional es que nada le corresponde cobrar pues la ley no estatuye beneficios para el que se retira del trabajo ni para el que se jubila; y tampoco puede acceder a la jubilación para la que se requiere 25 años de aporte al IPS y 60 años de edad.

                            El “mensaje subliminal” que capto de la comunicación es que Dios me habla a través de él para decirme que debo atender para no “machucarme”; esta semana, en el cumpleaños de Pablo Emilio comí golosamente un pedazo de torta helada, esto puede no solo hacer que se me corten los dedos sino que ya los ha machucado (hasta sentí el dolor en algún momento en las puntas de mis dos dedos pequeños del pie derecho al caminar con mis zapatillas). También, si me retiro por este tiempo, en que aún me falta para merecer la salvación, simplemente no la tendré. Bien está señalar que mi cliente quedó muy agradecido por la orientación que le di, y obviamente, yo no puedo serlo menos con mi Hacedor.

                            ¿Cómo expresar mi fe, mi exultante alegría por ser capaz de recibir ese mensaje en la forma antedicha?. Me viene a la mente el pasaje de Isaías 51,5 que hoy “casualmente” lo estuve leyendo: “El Señor Yavé me ha abierto los oídos y yo no me resistí ni me eché atrás”. Pero las “coincidencias” siguen. Isaías, este poeta incomparable, especialmente el “segundo” Isaías, escribe en el capítulo 26, versículo 19 del Libro que se le atribuye: “Los muertos revivirán.... la tierra parirá sombras”. ¿No está esto en consonancia con lo más arriba escrito de que el mundo está poblado de ángeles y de demonios en conjunción con aquello de que todas las cosas son símbolos, meros reflejos del ser esencial de Dios?. Yo al menos así lo veo.

                            Atender al pensamiento en cada instante es la manera de ponerse en sintonía con Dios. No es posible consignar cada suceso milagroso, cada prodigio que va aconteciendo, cada signo que entraña la presencia y la comunicación de la divinidad. Es demasiado mucho y demasiado complejo. No obstante, algo voy rasguñando en este espacio, para mi propio deleite y de quien sea que lo recibiere con bien.


                                                        XXXXVIII


                   La conciliación entre la imprescindible humildad y la defensa de la dignidad requiere que el cristiano enfrente los abusos y manoseos


                            05 de marzo de 2005. “Este mundo se me viene encima”, es el pensamiento que me invade hoy en un momento dado e ipso facto me viene a la mente lo dicho por Jesús: “Yo he vencido al mundo” (Jn. 16,33). Decir que estoy alborozado es una declaración que describe mi estado de ánimo, si bien no constante, casi; por el solo hecho de experimentar, a veces con gran sobresalto, la continua presencia y el poder de Dios. Duro trabajo todavía me espera, sin embargo, para decir con Jesús, yo he vencido al mundo.

                            Es que Dios dispone las cosas, va cumpliendo sus designios de manera a enseñarnos que no nos acostumbremos a esperar que las cosas sucedan de acuerdo a lo que queremos, aunque esos quereres puedan parecernos, y de hecho, sean legítimos.

                            El caso cuyo desenlace se produce en el día de hoy con la frustración del arreglo laboriosamente preparado con el abogado de una empresa y seis trabajadores clientes míos es una muestra de lo imprevisible que pueden ser los sucesos.

                            La cosa fue que, quien llamó pidiendo llegar a un acuerdo antes de ir a la instancia judicial fue el abogado de la empresa; mis clientes y yo nos abrimos plenamente a una solución, que fue negociada y trasladada a forma escrita durante dos largas mañanas, con todos sus detalles, previa consulta punto por punto del abogado con el empleador; y cuando ya el documento estaba listo para ser firmado, el abogado consulta telefónicamente desde mi oficina con la esposa del dueño para fijar el momento de firmarlo (en que debían ser pagados ciertos rubros de los que fueron negociados), y aunque todo estaba preparado y listo para que eso se lleve a cabo  a partir de ese mismo momento, el día 02 de marzo a las 13:00 horas aproximadamente, la señora le dice al abogado que se postergue dicho acto para el día viernes 04 de marzo a las 16:00 horas en las oficinas de la empresa. Así se acordó y consignó en el documento, y cuando llegamos puntualmente al lugar, el dueño de la empresa, al serme presentado por uno de mis clientes y saludarlo, me dice sin más que la firma del documento estaba fijada para el día siguiente sábado 05 de marzo a las 16:00 horas. Le explico yo que no es así, y nos dice que nos subamos un piso más arriba donde estaba su señora, quien nos pregunta si el abogado no nos avisó, mientras procede a llamarlo a su teléfono celular, pasándomelo a mí luego, preguntándome aquel si no me hicieron llegar el aviso de que el encuentro se había postergado para el día siguiente, ya que él había dejado esa mañana el aviso con una llamada telefónica a mi oficina a través de una persona de sexo femenino que le había atendido. Como es natural, me deja desconcertado y hasta cierto punto indignado la falta de seriedad y de consideración de todos ellos hacia nosotros, y se lo expreso en forma bastante vehemente, como es mi forma de ser. No es sin embargo para tanto, y entre manifestarle yo a la señora también nuestro disgusto por la falta de seriedad, con toda firmeza pero también dentro de una total compostura y educación, y entre reconocer la señora el error y pedirnos disculpas, nos dice ella misma que la reunión la llevemos a cabo el día siguiente sábado a las 09:00 horas.  

                            Y he aquí lo simpático, lo increíble y lo inesperado del caso. Llegamos a la hora convenida y no bien saludamos al señor que está con su abogado, el primero me dice en palabras que salen incisivas y sibilantes de su boca: “Se suspendió la firma. La señora está enferma, internada. Dice que usted se puso nervioso ayer”. “Sí --le digo, tomado de sorpresa, sin entender todavía muy bien-- me puse un poquito nervioso”. “A causa de eso la señora se enfermó y hoy tuvo que internarse. Yo no estaba nomás ahí porque si hubiera estado hubiera sido otra cosa. Cuando alguien actúa así en este lugar, yo lo saco de la oreja; esta es una empresa, donde la gente tiene que actuar como se debe”; palabras más, palabras menos con las que el personaje procedió a censurarme y a recriminarme cual si se dirigiese a su hijo o a su esclavo, con un acento duro, prepotente y agresivo. Tragué el sapo y la culebra, y no le contesté nada, dirigiendo interrogativamente mi mirada al abogado quien me dijo que lo lamentaba, pero que esa era la situación en que nos encontrábamos. En eso el viejo se dirige de nuevo a mí en un tono agrio e imperativo y me dice: “Su cinto, está mal”, indicándome con un ademán de manos y cabeza que me lo ponga bien. Y allí si le contestó: “Lo de mi cinto no es de su incumbencia, se trata de un asunto personal mío, Ud. ocúpese de sus asuntos”. Le miro de nuevo al abogado, y éste a su cliente quien dice en guaraní: “Haga lo que quiera”. No puedo resistirme y le replico: “Está bien. No es raro, por la manera en que venían actuando. Seguramente lo de la enfermedad de su señora es otra más de sus mentiras”, y me retiro del lugar. Esta es la historia, jocosa, casi brutal, tal vez ridícula, en la que aflora con singular énfasis la estupidez humana, aquella contra la cual los propios dioses luchan en vano, como lo dijera Schiller.

                            Se imponen algunas preguntas: ¿Se enfermó realmente la mujer?. ¿Pude haber salvado el acuerdo con una actitud más humilde de mi parte?. ¿Obré en definitiva de manera correcta?.

                            Mis respuestas apuntan obviamente a justificar mi actuación, ya que la conciliación entre la imprescindible humildad y la defensa de la dignidad requiere que el cristiano enfrente los abusos y manoseos. Lo que cabe conjeturar es que un mayor grado de perfección, en el que estén superados los hábitos de mecánicas reacciones ante las ofensas explícitas, habría posibilitado quizás que no se esfumara la solución que a todos hubiera favorecido. Sin embargo, es de presumir en el sujeto una actitud deliberada de humillar, no solo a mí, sino también a los trabajadores, quienes por lo demás expresaron que esa es una forma normal de actuar que tiene el personaje.

                            Y por hoy, nada más. Hurtando tiempo a mis ocupaciones, entre la fecha de ayer consignada más arriba, y hoy 06 de marzo de 2004, en que se realizó un festejo del undécimo cumpleaños de Emilianito que se producirá mañana, pude escribir esta concreta historia, una de las tantas que conforman mis peripecias.


                                                        IXL


                   Un asunto que no por espinoso debe dejar de ser abordado, con el objeto de seguir progresando en el camino de la elevación espiritual, hasta lograr la meta final

                  

                            12 de marzo de 2005. “Yo soy el instante”; es el pensamiento de este tramo espacio-temporal que se instala al comienzo de este discurso, como digno de ser registrado entre los que han merodeado por mi cabeza en estos días. ¿Qué es lo que soy sino el instante, esa fracción infinitesimal de la eternidad, que es Dios?. El instante en el que estoy inmerso, eso es lo que soy, nada más. La miríada de otros instantes en los que no estoy, aún cuando sea concebible que pueda estar en ellos en lo futuro o aquellos en los que hube estado en lo pasado, no soy. Eso forma parte de Dios, de su eternidad, de su infinitud. Soy solo presente, lo que ahora, a hora percibo; lo otro, que está en la memoria, solo es proyección de mi ser genuino, auténtico, actual. ¡Qué difícil es comprender esta realidad, la de que para el ser creado lo que cuenta es el instante, es “lo que es” él mismo, ya que es su conciencia que experimenta ese momento lo que “es” él, en el entendido de que uno es lo que siente, lo que percibe, lo que abarca su mente de instante en instante, es decir, ese campo de energía autoconsistente y autónomo que se siente “ser” en ese “momento”, integrado dentro de ese otro campo de energía infinito que “es” el ser increado.

                            Claro que es la manera de “absolutizar” de cierta forma al ser creado, obedeciendo a esa tendencia que tenemos de dar valor absoluto a las cosas. “Eso es lo que soy, nada más”, digo, y “me absolutizo”; lo mismo cuando digo “soy solo presente”. Me olvido que “lo absoluto” solo hay “uno”, como nos lo recuerda el versículo aquel del Deuteronomio: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, el Señor es único” (Shema, Israel, Adonay, Elohenu, Adonai ejad). Pero si somos “hijos” de ese absoluto, algo tenemos de su naturaleza, y lo fundamental entre todo, es la capacidad de vivir para siempre. La vida que no termina, está en nosotros. Hay que desarrollarla.

                            Tema filosófico para debatir es este que trata de “lo absoluto” y la confusión en que caemos a causa de la mala utilización de las palabras, a causa de nuestra tendencia a ver como inconcusas ciertas realidades que las fragmentamos fuera de contexto, a causa de nuestra ceguera y fanatismo, a causa de nuestra incapacidad para conciliar los opuestos. Tiempo vendrá en que lo consideremos.

                            Heme aquí rememorando el trayecto recorrido desde la última anotación semanal. Hoy 13 de marzo de 2005, día siguiente de lo escrito líneas arriba. Intentando abordar un tema que tenga que ver con aquel del que tratan estas reflexiones, el del proceso de mi aprendizaje de la vida.

                            Ya en la anterior semana estuvo en el orden del día el punto que tiene que ver con la abstención sexual que acordamos con Viviana el fin de semana pasado, en forma no muy ortodoxa ciertamente,  pero sí eficaz. Es una cuestión que se venía desde hace tiempo, ya que es mi convicción que el desarrollo del ser espiritual transita por la superación de ese poderoso impulso y obviamente, si la superación se produce mediante la libre opción que se haga al respecto, no solo es factible que la evolución se acelere sino también que tenga más valor en relación con ese proceso en sí mismo, ya que allí entra a tallar la libertad que es uno de los bienes a ser conquistados poco a poco hasta que se alcance la plenitud.

                            La cuestión tuvo sus visos de humor. En el juego amoroso el hombre tiene que ser el que “anda detrás” y la mujer la que “se hace de rogar”, recriminándole ésta que él “solo tiene eso en la cabeza”, o como dicen en portugués, que él “so pensa naquilo”. En nuestro caso ocurrió que un tiempo atrás yo le dije a mi consorte que, puesto que “yo solo tengo eso en la cabeza todo el tiempo”, esperaría entonces que fuera ella la que “me pidiera” para que realizáramos el acto, pues de esa manera yo podía estar seguro de que a ella “le gustaba”, y no estaría intentando hacerlo cuando ella no tuviera ganas. Se trataba de un juego, como digo, un juego un tanto equívoco, pues en él entran a tallar muchas cosas como el orgullo masculino, la vanidad femenina (si bien lo recíproco también está), así como otra serie de factores que no son otra cosa que mecanismos de la naturaleza con miras a lograr la perpetuación de la especie. Dentro de esas no muy regulares “negociaciones” es que estipulamos con ella que observaríamos en adelante la abstinencia, el fin de semana pasado.

                            Como ella manifestara que eso, a esta edad, prácticamente ya no lo necesita, y que también en mí puede considerarse ello como resultado de la edad y de la diabetes que en cierta forma se manifestara en mi organismo, mi réplica había apuntado a señalar que al menos en lo que a mí respecta estos factores no eran decisivos para despojarme de tal poderoso impulso, si bien no se descarta alguna disminución en él. Mi propósito tendía a tratar ciertamente de controlar y canalizar estas energías en otra dirección. Sea como fuere, recordé lo escrito por mí en algún tiempo de que la unión física es solo un remedo de la unión espiritual.

                            Claro que la óptica expresada por ella no deja de tener fundamento, y viene a cuento lo que dijera Borges (según me lo recordara Cristian), en relación con la vejez, que puede depararnos ventura, gracias a que nuestro ser animal en su mayor parte ya ha muerto en esa etapa, quedando nuestra alma y nuestro aspecto humano libres para disfrutar de las cosas espirituales. Interesante y atinado el comentario de Borges. Empero, esto tiene que ver con el deseo, y con los hábitos, y está visto que la mayoría está lejos de ejercer un control sobre ellos, siendo motivo de innumerables conflictos en los que se debate la gente estancada en su evolución. De hecho, se trata de un sacrificio, digno de ser ofrecido a Dios, aunque cuando le dije esto a Vivi ella me respondiera que para ella no era un sacrificio. No es de excluir de esta declaración el orgullo femenino.

                            Algo sorprendente y llamativo es que poco antes de abordar el tema el fin de semana anterior Viviana me dijo: “Querés que te cuente una idea que se me ocurrió”. Y al decirle que sí, añadió: “No adivinás qué es”. Nunca fui adivino, así que me dijo: “Se me ocurrió que quiero ser monja”. Las elaboraciones racionales que a posteriori ella hizo de la idea, que vino como una extraña a importunarla, sin haber sido invitada, no vienen a cuento. Lo que quiero enfatizar es que en algún tiempo, cuando comenzó en mí el proceso de cambio que me llevaría por la senda espiritual, durante mi primera crisis, casi veinte años atrás, yo había concebido la idea de consagrarme a Dios haciéndome sacerdote, y lo propio pensé sobre Viviana, a quien la imaginé convirtiéndose en monja. Todo esto fue ciertamente solo a influjos de mi mente alterada por la crisis. Sin embargo, esta “coincidencia” que se produce ahora, con la “aparición” en la conciencia de Vivi de este pensamiento cuando justo estábamos en el tren de abordar el tema de la abstinencia sexual voluntaria, no puedo sino atribuirla una vez más a la “presencia” de la Divinidad en nuestras vidas. Quería mencionar nomás la sorpresa y la alegría que esa constatación me produjo.

                            Demás está decir que este es un tema que en mis sueños me ha invadido en varias ocasiones, y en esta misma noche que pasó me deparó experiencias memorables que ya fueron registradas en otra parte. En fin, estoy, estamos en este emprendimiento común cuyo desarrollo hay que seguir de cerca, ya que va de la mano con el proceso del que tratan estas páginas. A Viviana evidentemente no le resulta todavía del todo convincente, habiendo insinuado que pudiera consistir solo en una especie de “castigo” que yo le hago a causa de sus esquivas actitudes al respecto. No obstante, mi enfoque del tema es que Dios propicia las circunstancias para que se haya presentado el momento y la oportunidad de ir encarando un asunto que no por espinoso debe dejar de ser abordado, con el objeto de seguir progresando en el camino de la elevación espiritual hasta lograr la meta final.

                             No carece de interés consignar que hace un momento, mientras hacía la siesta aquí en Paraíso, habiendo quedado este archivo abierto, tuve una experiencia onírica extraordinaria que tiene que ver con este asunto. Es una sola escena de un sueño donde veo que el Papa en persona le escribe a unos niños de acá, en Paraguay, quienes se hallan enfermitos, me viene la idea que son los niños de la Virgen de Fátima, no quiero creerlo, sin embargo veo mientras lo hace; escribe en italiano (me digo), veo el encabezamiento que dice: “Pueri amici mei...” (más parece latín lo que veo escrito. Y me atrevo a traducirlo: Niños, amigos míos). Esto es todo. Pienso un momento y recuerdo que ayer, en una reunión con la Escribana Martiniana Molas, ella me contó que un conocido nuestro, Pedro Kriskovich, habría hecho voto de castidad, y al preguntarle yo ante quién lo hizo, me contestó: “Ante el Papa”. Se explica de esta manera la experiencia: los niños enfermitos, de la Virgen de Fátima, somos Viviana y yo. El Papa nos escribe desde Roma para alentarnos.

                            ¿Qué más hay que se pueda decir de lo acontecido en el curso de la semana?. Mil cosas. No se puede decir todo. Recordar que el miércoles a la noche se realizó un encuentro en la casa de mi primo y compadre Cayo Gwynn donde unos amigos, músicos profesionales, se declararon una vez más complacidos, como en otra ocasión anterior, con las canciones que interpretamos con Marcial, mi hermano, acompañados de la guitarra. No es para menos, dada nuestra calidad de meros diletantes. Es la manera de disfrutar de la vida en cierto nivel de conciencia.

                            Por otro lado, las cosas funcionan sincronizadamente, según medidas; imposible tomar nota de ellas ya que en el momento en que uno se da cuenta, la mente ya está en otra cosa. Así con las audiencias en la demanda que tengo contra la Empresa de Transporte Rojas Silva S.A., de la Línea 14; así en cada uno de los otros trabajos, el caso de Selva contra la Municipalidad de Lambaré, etcétera. La mejor preparación cada día para no dejarse abrumar por las preocupaciones es la lección que extraigo, aunque me cuesta un Perú aprenderla. Sigo en el intento. En algún momento se me ocurrió que ocurre con uno, a medida que progresa en el campo espiritual, que actúa casi como un robot, haciendo lo que tiene que hacer, como un instrumento que es de la Naturaleza (de Dios), pase lo que pase, dándose la paradoja que en esa instancia se vuelve más consciente de la realidad, que por momentos se presenta hermosa, con el toque divino que muestra su intervención en todos los sucesos.


                                                        L


                   La Naturaleza me muestra que nuestro pensamiento tiene el poder, por sí solo, de hacer que las cosas se realicen



                   19 de marzo de 2005. Cuando las cosas ocurren tan a la medida de nuestras expectativas, cuando nada perturba el curso de los sucesos que se van produciendo de manera tan armoniosa, cuando solo la paz, la tranquilidad y el bienestar se están manifestando en nuestras vidas, no podemos evitar volvernos recelosos y desconfiados, pues nuestra mente se pone en guardia ante lo inusual y nos resistimos a creer que eso pueda seguir y durar. Tan baqueteados estamos por los golpes de las adversidades que nos cuesta romper el hábito de verlas pasar como cosa común y corriente. Es indudable que este hábito es pernicioso pues la adversidad y el malestar tienen que ser desterrados de nuestras vidas, la vida tiene que convertirse en solo dicha, tarde o temprano. Y más vale que sea temprano que tarde. Depende en gran parte de nosotros, pues precisamente como consecuencia de hacer bien cada uno nuestro trabajo y de romper los hábitos perniciosos que nos condicionan, nuestra existencia se traducirá en dicha perpetua, en juventud eterna, en vida que no se extingue.

                            ¿Puedo por ventura aseverar que la semana ha transcurrido sin demasiadas perturbaciones; que, un poco extrañado he conseguido mantener el control de mis pensamientos y reacciones respecto de los desafíos que he debido enfrentar en su decurso; que me he maravillado no pocas veces ante las súbitas señales que he percibido de las que permanentemente trasmite la Inteligencia del universo para indicarme la mejor manera de obrar, como la de permitirme ser consciente de su omnipresencia?. Como de costumbre, sí y no. Tal vez un poquito más sí que no.

                            Para hablar de casos concretos, uno que pensé que merecía entrar en estos comentarios es aquel en que llegamos a un acuerdo con una señora en un expediente judicial en el que se obtuvo una sentencia que le ordenaba pagar 14.000.000 de guaraníes a una ex empleada suya a quien representé en el juicio. El arreglo se acordó en el pago de 7.000.000 de guaraníes de los cuales cobramos mitad y mitad con mi cliente.

                            El dilema existencial radicaba en dirimir: ¿Cómo documentar esta solución cuando de acuerdo a la ley los derechos del trabajador son irrenunciables, una vez declarados en una sentencia judicial firme y ejecutoriada?. Consignar en el documento que la trabajadora recibía la totalidad de lo fijado en la sentencia implicaba asentar una mentira, aun cuando ella nada objetara contra este procedimiento, y mi estrictez en cuanto a la verdad me impelía a rechazarlo. La salida que le di fue la de consignar en el escrito dirigido a la jueza de forma un tanto ambigua que la trabajadora manifestara que “se ha pagado la totalidad de la suma reclamada” mientras que en el recibo otorgado a la demandada se consignó la cantidad real que fue pagada. En otro caso anterior ya había adoptado idéntico proceder. Aunque lo parezca, el conflicto no es tan baladí, pues podría darse el caso de que la trabajadora se presente ante el Juzgado a manifestar que no cobró la cantidad total establecida en la sentencia, más aún si gente poco escrupulosa que quiere pescar en río revuelto (que nunca faltan) le induce a ello. Motivos para despertar a los miedos siempre existen, y en este caso, no hay que negarlo, afloraron un tantico en mi espíritu. Bueno es recalcar que en mi concepto el arreglo era totalmente justo, y que la trabajadora manifestó su absoluta conformidad con el mismo. La condena por el monto aludido había sido impuesta porque la demandada no se había presentado prácticamente a asumir su defensa y a raíz de la aplicación estricta de normas legales que en muchos casos imponen al empleador cargas difíciles de soportar. Si se hubiera intentado una conciliación en una etapa más temprana, tanto mi cliente como yo hubiéramos accedido a una solución con el pago de una suma mucho menor de lo que obtuvimos con este arreglo, tal vez solo el 50% de esa suma. Por lo demás, la demandada era una señora que no gozaba precisamente de una economía floreciente. Todo esto es mi justificación y se comprende que mi ánimo vacilara entre hacerle firmar a la trabajadora un recibo por el monto total fijado en la sentencia, que ella estaba consciente que no lo estaba recibiendo, o el de hacerle firmar por el monto real percibido. Opté por esto último, apostando por la buena fe y por la verdad. Puede verse mi condicionamiento por lo mundano en el conflicto suscitado, pues ¿qué tengo que temer si estoy seguro de que actúo correctamente?.

                            Con mi decisión creo que di un paso hacia mi progreso personal. Se muestra en este incidente las difíciles situaciones que me depara la vida para seguir en la senda del perfeccionamiento. Desafíos que hay que seguir enfrentando, para ponerlo de alguna manera.

                            20 de marzo de 2003.¿Qué otras crónicas hay para rememorar de la semana?. Las señales de la Inteligencia Impersonal en la vigilia es un tema que merece ser tratado aquí. Las señales del sueño están en el otro cuaderno, a cuyo respecto escribí también un pensamiento en mi Agenda Cabal. Helo aquí: “ 19-03-2005. La exploración de mí mismo que hago través del registro y la interpretación de mis sueños constituye una experiencia vivificante y liberadora. Me evoca lo dicho por Heráclito: ‘A mí mismo me he investigado’. Me ha permitido ponerme en contacto con la Inteligencia del Cosmos y ser sensible a las señales que ella imparte por doquier”.

                            Dichas señales –las de la vigilia-- podrían ser consideradas por algunos como ocurrencias antojadizas, como divagaciones del pensamiento, pero como suelo decir: las cosas son como uno cree que son. Así que, eso es lo que yo creo, y por lo tanto, eso es lo que son.

                            Ayer en la mañana, en la oficina, le doy a mi computadora el clic del maus sobre el símbolo inicio con el propósito de apagarla. Ella responde con las funciones que le son propias saltando la etapa de la señal que suele aparecer con la pregunta: ¿desea realmente apagar el equipo?, llegando sola y automáticamente al punto donde muestra: ahora puede apagar el equipo. Deducción: La computadora obedeció a mi pensamiento, adivinando el propósito que yo tenía de apagarla. Así es como la Naturaleza me muestra que nuestro pensamiento tiene el poder, por sí solo, de hacer que las cosas se realicen.

                            Estoy escribiendo en el cuaderno sobre mis sueños de la noche, ayer en la mañana, tomando el mate. Entre llevarle a los chicos a la escuela y otras vicisitudes propias de las circunstancias, justo cuando termino de escribir aprieto el botón del termo donde está el agua caliente para cebar un último mate, y en ese preciso instante se termina el agua como se constata con el ruido que hace el recipiente. Es la señal de que las medidas se encuentran cronometradas para todos los acontecimientos de la manera más justa en la Naturaleza. Es solo cuestión de verlo.

                            Hace un tiempo que el control del portón electrónico de la casa de Lambaré que obra en mi poder tiene algún fallo mecánico o electrónico, el portón tarda en abrirse o cerrarse y más desde cierta distancia, cosa que no ocurre con los que tienen Pablo Emilio y Viviana. Si atiendo, y dirijo conscientemente el control hacia el mecanismo electrónico del portón, y más si avanzo hacia el mismo con el control con un ademán o con el auto, el portón se abre o se cierra como si la suma de mi energía mental y la del aparato le persuadieran a ello. Me indica la Naturaleza que la energía mental es la que todo lo mueve.

                            Pablo Emilio encontró varias veces en el baño amarillo de Lambaré que el piso amanecía mojado, pidiéndome que se verifique si acaso había una pérdida de las cañerías cerca de donde está el calefón. Yo también miré, al menos en dos oportunidades en la mañana y el piso se veía seco. Le comento a don Silvino, el viernes creo, y entre el discurrir de mis palabras, le digo que es el poder del pensamiento de Pablo Emilio el que hace escurrir el líquido para que él vea el piso mojado, sin que exista ninguna avería en las instalaciones. Juguetonamente, el discurrir de mi mente me hace ver de nuevo que todo es producto de la energía del pensamiento, aunque nos resistamos tercamente a creerlo.

                            No existen condiciones para recordarlas todas. Cada instante se encuentra preñado con las señales de la Inteligencia divina, lo mismo que cada objeto y cada ser de la naturaleza, si les prestamos atención.

                            Vale también tocar en este punto la conversación telefónica de esta mañana con Cristian donde él me contara el hermoso sueño que tuvo donde se vio a sí mismo en un campo, después de un largo recorrido, pensando que ya había caminado muy lejos en la búsqueda de algo indefinido que aún no lo estaba encontrando. Y entre comentarios que van y vienen sobre eso y otros diversos temas, cuando le digo que sería bueno y provechoso que él se pusiera a leer un poco más “Lo que es” de Krishnamurti, me espeta que precisamente, como una especie de prolongación del sueño aludido, había visto a su hijo Ariel y quizás otros miembros de su familia como enseñándole el objeto de su búsqueda, y luego, una visión onírica en la que me veía a mí leyendo el librito aquel, o sea, “Lo que es”, mientras se interrogaba si cómo era eso posible puesto que yo le había prestado ese libro que él lo tenía en su poder. Fácil es interpretar el sueño de Cristian como un mensaje que le llega de lo alto indicándole que precisamente ese cuidado y entrega que él está haciendo de sí mismo a su familia es el objeto de su búsqueda y que tal consiste en  “lo que es”, en otras palabras la verdad, como tantas veces en nuestras conversaciones lo hemos abordado, lo cual explica también la última imagen de su sueño con mi presencia en ella. Pero ¿no es extraordinario que él me comentara la segunda parte de su sueño recién después de que yo le hablara del libro susodicho, que él había visto en el sueño conmigo?. ¿No es esa también una señal en el sentido aludido más arriba, es decir, del estado de vigilia, o si queremos llamarlo una coincidencia por demás asombrosa?. 

                            Otra anécdota memorable para este lugar es lo que me dijo Leonardo en el día de su examen de habilitación para el ingreso en la Facultad, el viernes, cuando le pregunté si cómo estaba su preparación para el efecto. Me dijo, no con estas palabras textuales que siguen, porque me olvidé de una muy linda que empleó, pero pienso que ellas expresan cabalmente el sentido de su afirmación: “Mi cuerpo podrá estar reblandecido, pero mi mente se encuentra firme en su derrotero”. Es que le había rozado una gripe que él atribuyó a la tensión provocada por el examen inminente.

                            Y lo que dijo Selva, cuando le conté lo escrito en esta fecha en mi Agenda Cabal: Si vinimos para morir; entonces, para qué vinimos?; que ella lo trasmuta en una paráfrasis notable, rutilante, dando el golpe preciso para el énfasis en el punto álgido de la oración: Si vinimos para morir; entonces, para qué carajo vinimos?.

                            En fin. Se viene la semana santa. En Hernandarias están Mary, quien vino de Umuarama, y Rosa, que me están esperando para compartir con ellas esos días. Hablé con ellas, y también con Lela, ayer, por teléfono. El amor, esa energía todopoderosa configurada por Juan evangelista en una de sus cartas como el mismo Dios, está obrando milagros, pues Mary ha culminado con bien el tratamiento previsto para su enfermedad por el momento. Contribuyendo con nuestras precarias fuerzas, estamos ayudando para que el proyecto divino se vaya “materializando”. ¡Qué inadecuadas son las palabras para expresar la verdad cruda y desnuda!.

                            Y para terminar, estas reflexiones, producto de la inspiración del día:

                            Hekovia. “Ser devuelto” en castellano. Un vocablo que desmembrado, desmenuzado en sus elementos constituyentes arroja Heko y Vy’a, Vida y Alegría,  que da el significado primigenio del concepto: Serle devuelto a uno algo, importa que aquello que dio alguna vez fructifica en vida y alegría. Y lo de “fructificar”  es tan cierto que “Vy’a” es la contracción de “yvy”, tierra, y “a”, fruto. Es la tierra misma la que fructifica cuando está presente la alegría. Recordemos que “guerovia”, creer, entraña dar alegría (de guero y vy’a) o, como puede observarse con el precedente análisis, dar el fruto de la tierra. Así que la sabiduría ancestral ya enseñaba, a través de los sonidos de estas palabras, que en el dar radica la Vida y la Alegría.


                                                        LI


                  La realidad del tiempo es solo una convención que permite catalogar a las cosas con el objeto de dar inteligibilidad a la vida


                            26 de marzo de 2005. Pensamientos que vienen y van, proyectos, vivencias, intentos de afianzamiento de los principios filosóficos propios, trabajo y más trabajo, choques ocasionales, personales y emocionales, todo eso y mucho más en el vertiginoso discurrir del espacio-tiempo perteneciente a la cronología de estos apuntes. El viaje a Hernandarias, ya el miércoles temprano y el regreso en el día de hoy en compañía de Leonardo, para compartirlo con Rosa y Mary son los referentes principales de este lapso cuyo comentario es el objeto de estas líneas.

                            “Entre el llanto y la risa”. Se me ocurrió que éste podría ser un titulo apropiado de un libro que alguna vez podría escribir. Con Leonardo tocamos el tema del proyecto de publicar juntos este año algunos de los que él y yo tenemos en ciernes. Me leyó él el epígrafe “Al lector” que está en la portada de los “Ensayos” de Montaigne, quien declara que su obra la escribió enteramente para fines privados o con propósito exclusivamente personal y doméstico, y me dijo que le hizo pensar en mí. La posibilidad de abordar la composición de una obra de ficción también me planteó, y le dije obviamente que tal posibilidad me rondaba siempre por la mente. Sin embargo acoté que las historias que escribo de mis sueños constituyen en sí mismas ficciones creadas por la mente que alguna vez habrán de ser valoradas. Todo tiene su tiempo, y el que al ser humano se le haya atrofiado su capacidad de asombro, conspira para que se le dé su lugar tan pronto. Leonardo tiene una colección de escritos del tipo “ensayos filosóficos” y una narración que la comenzó hace bastante tiempo que se propone terminar para la planeada edición.

                            Leer siempre resulta inspirador. La incursión que estuve haciendo en el libro “Primavera con una Esquina Rota” de Mario Benedetti me provoca suma admiración al constatar cómo, con unos breves rasgos, nada más que pinceladas sobre la personalidad de los personajes, es capaz de delinear tan cabalmente la identidad de cada uno de ellos.

                            El poeta es el que es capaz de atrapar con palabras el ser real de las cosas. Amén de ser capaz de inventar otras, e inventar palabras para ellas, y combinarlas de diversa manera de modo que se aprecie la riqueza infinita de que están dotadas. Desde la nada profunda, desde el silencio absoluto, emergen los seres que van poblando el universo particular de cada sujeto; esto es así en el sueño como en la vigilia, así que la potencialidad para crear historias radica en una fuente inagotable.

                            Aquellos seres, que son uno mismo, adquieren vida y van desfilando por la mente con el único propósito de dar soporte al ser único del sujeto que los crea, único dentro de la infinitud. Y allí se produce el extraordinario fenómeno de la intemporalidad, la trascendencia del tiempo, sin perjuicio de que esos seres se inserten en alguna cronología particular, ficticia o real, a sabiendas de que la realidad del tiempo es solo una convención que permite catalogar a las cosas con el objeto de dar inteligibilidad a la vida.

                            Importante es destacar que la experiencia de la intemporalidad formó parte de este trecho del camino; el ver de pronto a las aves volar, a las plantas surgir en el medio del paisaje, a las nubes flotar en el cielo, a dos chicos campesinos montados en sendos caballos andar al trote a la vera de la ruta, el percibir el sonido de la música mientras el automóvil se desplazaba raudo por el trayecto; estas instantáneas fueron los toques mágicos que arrebataron al espíritu más allá de la rigidez del curso del tiempo.

                            27 de marzo de 2005. La sincronicidad o la sincronía, esa coincidencia extraordinaria de la que habla Jung mentando como ejemplo aquel escarabajo azul que entró por su ventana y se posó allí en el momento justo en que una paciente le estaba contando un sueño en el que vio precisamente la imagen de un escarabajo de oro que le obsequiaban, estuvo también presente en las peripecias del viaje. Fue al llegar al puesto de peaje de Coronel Oviedo donde un cura que estaba haciendo colectas junto con otras personas, dirigiéndose a mí que le estaba hablando a Leonardo exclamó: “No hay que hablar tanto. Sábado santo”. No le hice caso, pero Leonardo experimentó como un raro estupor al recordar que solo momentos antes yo le había dicho que era “muy hablador”. ¿Acaso Dios habló a través del cura?, fue su pregunta posteriormente. Mi actitud seria hacia las maneras un tanto  autoritarias del cura que pretendía imponerme sus creencias y hacerme sentir obligado a colaborar con su colecta, formó también parte de la percepción de Leonardo, todo lo cual le produjo mucha gracia. El cura, condicionado por la antigua creencia de la gente de que en la Semana Santa no hay que ni estornudar, en lo posible, quiso hacer valer su autoridad, técnica a la que han apelado en todo tiempo los dignatarios de la Iglesia para someter a los fieles, y hete aquí que vio propicia la ocasión para lanzarme su sermón. Todo eso pasó por mi mente como en un destello, mientras que Leonardo vio todo desde otro ángulo, vale decir, como una extraña coincidencia que le llenó de pasmo. Y bueno, somos seres distintos, aunque estemos insertos en la unicidad esencial. Buen motivo para una amena conversación fue éste, recordando cómo hasta no hace mucho era de rigor un recogimiento total durante la Semana Santa. También vino a cuento para que justificara yo mis modales con aquel dicho que acuñara, parafraseando a Francis Bacon: “la verdad es hija de la libertad, no de la autoridad”. (“La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad”, había dicho aquel).

                            La estadía en Hernandarias fue traqueteada, por momentos. La situación crítica de Mary afectada por su tratamiento de la quimioterapia y sumida a raíz de ello en una depresión no muy aguda pero que le hace debatirse entre sus duras dependencias y sus miedos ancestrales, constituyó una experiencia en la que tuvimos que extremar el ingenio con Rosa para tratar de ayudarle a sobreponerse. A la renuencia de ella a aceptar cualquier cambio que le sacara de su modorra oponíamos el esfuerzo desplegado un poco a tientas para mostrarle racionalmente la conveniencia de tratar de valerse por sí misma. La exhortación para que ella tomara lo que le está pasando como un medio para santificarse ilustrada con ejemplos, recalcando que todo lo que nos pasa que no podamos controlar responde siempre a la voluntad de Dios que quiere que aprendamos y crezcamos, tropezaba con un mutismo que no necesariamente debía interpretarse como de rechazo, pero llegado el caso concreto de tener que asumir algunas actitudes como el de prescindir de los otros en el viaje de vuelta que ella tiene que hacer a Umuarama, su mente se revelaba fértil para inventar las excusas más insólitas, lo que pone de manifiesto la sutileza del inconsciente para impedirlo cuando de desembarazarse del acomodamiento se trata. En suma, el comportamiento de Mary se encuadra clara y definidamente dentro de la forma de actuar de criaturas malcriadas, explicable indudablemente por la penosa situación por la que está atravesando, pero que a la vez le viene de perillas atendiendo a su ineludible necesidad de crecer y progresar en la vida. Me desgañité en el empeño de hacerle comprender estas cosas, y también Rosa, llegando al extremo de impacientarme en cierto momento, cosa que al parecer surtió un efecto positivo, tal como cuando a los niños les mostramos firmeza para ponerles frenos y límites. A pesar de los altibajos, pienso que cumplí una vez más con la misión que me corresponde en el caso.

                            No puede omitirse de estos apuntes la información aquella comentada por Rosa, que le dio Rosi, la hija de Blanca, sobre unos gorgojos del tamaño un poco mayor que los del maíz que, según se lo dijeron (avalado por una cartilla de una Institución sanitaria llamada Unimed), al ser tragados vivos por una persona que sufre de cáncer, mezclados con yogurt por ejemplo, se instalan en el estómago y se alimentan de las células cancerosas, hasta eliminarlas totalmente, y luego de que terminen éstas, ellos a su vez se mueren por haber terminado la sustancia que los nutría, y son desechados por el aparato excretor del organismo. Cosa curiosa, el enfermo que se trate con eso, debe comenzar comiendo primeramente uno en el primer día, luego dos en el segundo, y así sucesivamente aumentando uno por día hasta setenta; después ir disminuyendo hasta llegar otra vez a uno, con lo que concluye el tratamiento. La necesidad de creer cualquier cosa a causa de la desesperación y la angustia, hace que la gente invente cosas inverosímiles. La fábula urdida tropieza con los más elementales principios científicos, pues los jugos gástricos y aun, todo el sistema inmunológico del organismo, no pueden permitir que un extraño cuerpo vivo se posesione de un espacio dentro de él y tranquilamente actúe como si ese fuera su ambiente, cuando la adaptación de los seres a sus entornos requieren de miles y hasta de millones de años. Se trata de la santa simplicidad de la gente que en su inocencia se apresta a creer en las cosas más insólitas. Parecida a la creencia más arriba mencionada, de “no hablar tanto” en Semana Santa que era llevada a extremos, lo cual, pese a la inocencia de sus detentadores, era y es incuestionablemente fuente de supersticiones que pueden ser perniciosas en el cometido de discernir la verdad.

                            Bastante es lo escrito hasta aquí por hoy. Día de mi cumpleaños número siete computado desde mi segundo nacimiento, respecto del cual hablé y me habló mi demonio en otro apartado, el de mis rememoraciones oníricas.


                                               LII

                                              

                   El camino de los sueños  conduce también al conocimiento de la verdad, de la realidad real, la que nos depara la vida, así como a la liberación de nuestras imperfecciones


                            03 de abril de 2005. ¡Estas peripecias!. ¡Estas ganas de ponerlas por escrito so pena de sufrir desasosiego a causa de no haber hecho “lo debido”!. Y bueno, la tontería se manifiesta de distintas formas. Si es ésta una de ellas, deberé a adquirir conciencia plena de la misma para ir desembarazándomela. Ya lo decía el Buda: El tonto que sabe que es un tonto, no tiene mucho de tonto; más el tonto que se cree un sabio, realmente está perdido. La tontería se halla muy difundida desde hace tiempo. El Eclesiastés ya lo decía: Infinito es el número de los tontos (Eclesiastés, I, 15). Cervantes, en el Quijote, lo transcribe en latín: Stultorum infinitus est numerus. Schiller, lo puso de esta manera: Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano. Y el gran Einstein, según le atribuyen, habría dicho: Solo conozco dos cosas que son infinitas: la estupidez humana, y el universo. Pero de lo segundo no estoy muy seguro.

                            Todo, en verdad (para hacer una generalización paradójicamente proclive al error) radica en la tontería de nosotros los humanos. Si fuéramos capaces de atender para sacar de nosotros esta lacra, viviríamos felices y en paz. La sátira de Erasmo de Rotterdan en el “Elogio de la Locura”, la del mismo Cervantes en el Quijote, y la constatación que de instante en instante hacemos en nuestras propias vidas permite formular esta aseveración. No desaprovechamos ninguna oportunidad de ser tontos. Hace muchísimo que venimos siéndolo, y no nos disponemos a dejar de serlo. Es lo que estuve mascullando en estos días, diciéndolo entre bromas a mis hijos. Y es que este planeta se está volviendo inhabitable, cada vez nos sentimos más asfixiados con la multiplicación de las tonterías recíprocas, es deplorable ver en las páginas de los periódicos tantos Caballeros de Tristes Figuras, en el literal sentido del término, no en el que le asigna Cervantes al suyo que, si bien poseído de locura, que hacía que se le estropeara su estampa física, era inofensiva la suya, y en ocasiones hasta impregnada de sabiduría. Tristes Figuras, las de aquellos Caballeros de los periódicos a los que hice alusión más arriba, a quienes tenemos que sufrir, de yapa, como gobernantes o rectores de las cosas públicas que nos atañen, ofreciendo un espectáculo bochornoso en esa competencia por mostrar quién es más mentecato.

                            Mucho tenía que decir. Mucho se me escabulló de la memoria. Otro montón, cosas concretas e interesantes, y puede que también importantes, quedarán en la intención, no en el tintero, que ya no se lo usa por este tiempo.

                            En los apuntes de las experiencias oníricas quedó registrado algo, que normalmente es complementado con éstos. El camino de los sueños (así se llama un libro precioso que me sirvió mucho en su momento), conduce también al conocimiento de la verdad, de la realidad real, la que nos depara la vida, así como a la liberación de nuestras imperfecciones. Tal como reza uno de los epígrafes del libro citado (“El Camino de los Sueños”, escrito por Jorge Sergio), que lo atribuye al sabio hindú Patanjali: “La paz también puede lograrse meditando sobre el conocimiento que los sueños proporcionan”. Y el otro epígrafe en la portada del libro, atribuido a un tal León Felipe, (cuyo nombre no encontré en mi Diccionario Enciclopédico Ilustrado Oriente), da una sentencia fulgurante sobre la importancia crucial de los sueños. Helo aquí: “Todo lo que se pesa, todo lo que se compra, todo lo que se mide y que se cuenta, lo habéis defendido como perros y todo se ha salvado...¡todo!... Pero habéis asesinado a los sueños. ¿Oísteis?. ¡Habéis asesinado a los sueños!”.


                                                        LIII


                   No queremos permitir la más mínima censura a la propia conducta porque nos consideramos intocables allá en nuestro fuero interno


                            09 de abril de 2005. Reincidiendo. Como si el meter mano en esto fuera un delito, que es para lo que se suele usar aquesta palabra. Pero el delito mayor del hombre es haber nacido, dicen los versos de aquel poeta español. Y aunque en el ser, no en el hacer, radica la vida, haciendo se aprende, resuena impertérrito a su vez el viejo proverbio.

                            Si los sucesos de una semana son demasiados para el trabajo de discriminarlos y seleccionarlos en cuanto a su merecimiento para ocupar este espacio, ya se puede uno hacer la idea de lo duro que ha de ser si comprenden los de dos. Tan interesante es la vida, tan interesantes sus historias; lamentablemente no les podemos prestar la atención debida. “La atención es una virtud profunda. Nunca hay que dejar vagar la mirada sino mirarlo todo atentamente. Cuando se abren los ojos que sea para ver todo lo que hay que ver”, es lo que dijo un tal D’ Hancourt, citado por el diario ABC Color del 08 de abril de 2005. Palabras de sabiduría como tantas otras dispersas aquí y allá.

                            Los hechos concretos que van signando mi andar, mis peripecias en el camino de la vida, de su aprendizaje en particular, es lo que me propuse anotar aquí.

                            De la semana pasada, anterior a esta que culmina, rescato el incidente con una colega a quien le hice una observación sobre su poca dedicación a un caso que tenemos que atender ambos, encomendado por la Cooperativa Universitaria. Es increíble cómo una levísima llamada de atención, por más justa que sea, puede hacer aflorar el orgullo con tanto ímpetu llenando de enojo a las personas. No queremos permitir la más mínima censura a la propia conducta porque nos consideramos intocables allá en nuestro fuero interno. El que falla es el que se enoja, ya lo dije otras veces. Pero como yo también me enojé está claro que yo también fallé. Claro, no pude controlar mis impulsos de recriminarla un poco, lo cual siempre suena a “estás errando, yo soy mejor que vos”, que genera la reacción, la contrarreacción, y hete allí produciéndose la inevitable espiral de violencia siempre difícil de controlar. Podrán argüirse todas las justificaciones imaginables: que desde hacía más de cuatro  meses que no se ocupaba del caso a pesar de haberle proporcionado los materiales, que mi observación era enteramente justa; y de hecho así lo hice, pero no puedo negar ni desconocer que pizca de enojo y resentimiento había en mi demanda. En fin, prevaleció la cordura, a regañadientes, cuando tras argüir en la forma antedicha insinué la posibilidad de elevar un informe a la Cooperativa sobre el caso. Los miedos también cumplen una función dentro de la convivencia de los seres humanos, y se trata desde luego de un mecanismo en el proceso de su desarrollo personal. Ante esa “amenaza” la colega depuso su actitud sobradora, y concordamos en seguir trabajando coordinadamente en el asunto. Así es como voy visualizando mis deficiencias, y aprendiendo.

                            Otro episodio de la misma semana digno de mención es aquel en el que estuve por la Secretaría del Secretario a quien denuncié por la adulteración de una providencia, a la que me referí varias veces antes. Entre estar preguntando por un expediente que radicaba allí, que no se estaba encontrando, salió el citado hacia delante donde yo estaba, de hacia atrás, donde normalmente él está, ladrando más que hablando para “hacerme saber” que cualquier expediente en el que yo interviniera no podía estar en su Secretaría, teniendo en cuenta que él se encontraba inhibido de entender en ellos. Obviamente, era un tonto gesto de sacar pecho para mostrarme “su valentía”, ya que eso nadie ignoraba. Le contesté entonces con toda naturalidad y sencillez que era un expediente en el que todavía no tenía intervención, pero que era de mi interés profesional el revisarlo. Se fue al fondo, y estuvo mascullando y gruñendo otras cosas, incluso llamándole a la funcionaria subalterna que me estaba atendiendo para simular decirle algo en voz alta y luego hablarle en cuchicheos que se referían indudablemente a mí. Como insistiera yo en ver el expediente, pudieron encontrarlo después en el despacho de la Jueza, la misma a quien también denuncié por el mismo hecho, la cual se negó a que me sea exhibido el mismo, argumentando que lo estaba leyendo para dictar en él la sentencia quizás en ese mismo día. Se trataba indudablemente de un abuso y una prepotencia, pues era deber de ella el mostrármelo, pues bajo ningún pretexto se puede impedir a un abogado interiorizarse de un expediente cuando tiene un interés legítimo en él. Me resigné sin embargo, no sin decirle a la gentil funcionaria que me atendió que eso importaba un abuso y una prepotencia de parte de la Jueza, añadiendo que si quería podía trasmitírselo a ella. Ya después se me ocurrió que podría haber invitado a un reportero de un Canal de Televisión, del que soy asesor, para que viniera en la Secretaría donde yo haría pública la denuncia contra la Jueza por tal actitud indebida. Incluso que aún podía hacerlo más adelante. Sin embargo, hasta mis sueños me mostraron qué inútil es tomar tan a pecho estas tonterías, así que el problema se fue desinflando. Aprender, siempre aprender.

                            El domingo pasado ocurrió un caso muy simpático en el que nos enzarzamos con Vivi en una polémica sobre la posibilidad que ella planteó de “redondear” el monto de la asignación que le pasaba a Myriam, su sobrina, y nieta de su madre doña Carlota, en una cantidad que incluiría lo necesario para comprar los víveres para la comida y el emolumento para ella por el servicio que prestaba atendiendo a su abuela, del dinero proveniente de la pensión que ésta recibe en su carácter de viuda de un Veterano de la Guerra del Chaco. Como eso representaría una reducción de lo que se le había prometido inicialmente como retribución, yo le manifesté que en mi opinión era eso injusto, que dio lugar a la controversia que por momentos alcanzó picos álgidos. Para ponerlo sencillo, diré que fue una escaramuza en la que Viviana se resistía a admitir que yo pudiera pensar de manera diferente que ella. La cuestión alcanzó una cota tan elevada que en un momento ella se replegó dentro de su caparazón abandonando la discusión y comenzó a cantar el tema de Roberto Carlos “Quiero tener un millón de amigos”, y en el punto en que estaba tarareando:  “Pero no quiero cantar solito, yo quiero un coro de pajaritos”, le recordé yo un sueño hermoso que ella había tenido hace un tiempo en referencia a este asunto, donde su voz interior le había susurrado que “los pajaritos también tienen que comer”, relacionándolo ella en esa ocasión con los hijitos de Myriam, a quienes debía ayudar. Lo cierto es que la dura competencia concluyó con la aceptación por mi parte de la condición que me impuso de que le besase los pies, en un momento en que yo me había tirado al piso como una reacción divertida ante una actitud suya. Después que le besé uno de los pies, motu proprio le pedí el otro para completar mi acto de sumisión. Claro, todo dentro de un marco distendido. Así también ella se avino a aceptar mi planteamiento, aunque para “no perder” del todo, decidió que pondría de su peculio lo necesario para destinar al objetivo que tenían propuesto realizar con el remanente del dinero que se hubiera juntado, de aplicar ella su idea. Los pormenores de la historia, que se omiten por razones de brevedad, son ciertamente interesantes y hasta cómicos, pero lo importante es que el incidente sirvió para aprender, atentamente examinado. A tal punto que fue eso uno de los motivos por los que la semana pasada no pude dedicarle tiempo suficiente a estos apuntes.

                            Un episodio de esta semana válido para su inserción aquí, es el debate que con Pablo Emilio tuvimos sobre los trozos del trabajo literario de Leonardo que éste nos dio a leer. El diálogo tuvo ribetes jocosos, y si Pablo reconoció que tenía méritos el opúsculo, afirmó paralelamente que se notaba que Leonardo mejoraba en su escritura a medida que se acercaba a su estilo (al de Pablo Emilio), que le había imitado o copiado. Eso lo dijo cuando a su pregunta de si qué me parecía el escrito, yo le respondí sin ambages que para mí estaba espectacular, repitiéndole lo que ya le había dicho a Leo de que como literato, yo lo veía realizado, aunque como filósofo todavía un tanto desorientado. En honor a la verdad, yo no había advertido semejanza alguna entre el estilo de Leonardo y el de Pablo, así que le dije que debería atender para ver si no se trataba de un mero despliegue de egolatría lo que le impulsaba a pensar que su hermano le copiaba su estilo. Así las cosas, se suscitó una pimponeada donde cada uno se posicionó en su trinchera, y pelota va, pelota viene, hasta un momento en que hacía yo uso de la palabra cuando soy interrumpido por él abruptamente a lo que reacciono diciéndole: “Hablá nomás vos”. Allí, tras el impasse, me dice él que, en su opinión, yo actúo de tal manera que escucho en silencio lo que el otro dice, pero al precio de que él lo haga también después, lo que implica que yo en realidad no presto atención a lo que se me dice, sino lo que persigo es insistir en mi punto de vista para tratar de persuadir al otro del mismo. Contesto yo que admito que, dada mi imperfección, pueda yo estar condicionando, aun cuando quizás inconscientemente,  el escuchar a los otros a cambio de que ellos también me escuchen. Le satisface, me dice, la concesión parcial que le hago sobre el punto, y allí se desactiva la mecha del explosivo echado a andar.

                   La cosa va evidentemente por las respuestas mecánicas que el pensamiento presto dispara. Y por otros condicionamientos de él como míos, que entran a tallar desde nuestro ser en proceso de desarrollo. No es que yo “le defendiera” a Leonardo, ni que me gustara más su obra que la de Pablo, que la de éste también me había caído bien al punto de hacerle un comentario escrito cuando terminé de leerla. Lo que pasó es que chocaron nuestros pensamientos, y como yo no veía la similitud que él decía advertir en el estilo de Leonardo con el suyo, que bien podía atribuirse a lo que yo le señalé, que por lo demás no es extraño por ser la norma en cada ser humano en construcción, henos ahí enzarzados en esa especie de disputa dialéctica, de la que finalmente se puede extraer buenas lecciones si uno se propone. Algo interesante y digno de acotar, por lo que se daría en llamar una extraña “coincidencia”,  es que en ese mismo día, en el Suplemento Estudiantil de ABC COLOR salió un artículo sobre Los Estilos en la Literatura en el que se definía el estilo como el carácter o el sello personal que el autor imprime a su obra, en coincidencia (una vez más, por lo que se diría “en rara coincidencia”) con la idea que yo sustento al respecto; en términos semejantes a lo que alguna vez leí en los  “Ensayos” de Montaigne. Se mencionaban también en el artículo de marras los varios recursos estilísticos, que es a lo que evidentemente se refirió Pablo Emilio, ya que dijo varias veces que él se refería a la forma y no al contenido. Puesto que aquel sello personal tiene que ver principalmente con el contenido y sobre todo con la sinceridad con que se expresa el autor, mi punto de vista necesariamente debía diferir del que sustentaba Pablo Emilio. Eran conceptos diferentes lo que cada uno tenía en mente: yo pensaba en el estilo y Pablo Emilio en los recursos estilísticos, aunque él haya usado igualmente la palabra estilo. No se requiere de demasiados motivos para entrar en una disputa verbal que nos haga transitar por intrincados senderos. Pero así es como vamos caminando.

                            Para ir cerrando el circuito por el día de hoy, 10 de abril de 2005, en que continué y continúo lo comenzado ayer, diré que en estas peripecias consigo apreciar mi progreso. Aunque no es el caso de cacarear en torno a ese asunto, atento a las enseñanzas del maestro de que no hay que anunciar los méritos propios al son de trompetas, tres son los aspectos en que se manifiesta el avance hacia mi mejoramiento personal y espiritual. Uno, la abstinencia sexual continúa invicta. Dos, la práctica de la meditación se ha vuelto más sistemática y cuotidiana. Y tres, a partir de la presente semana ( según práctica esporádica ya iniciada antes), me estoy absteniendo de cenar, excepto que haya algún acontecimiento social o familiar. Es incalculable los beneficios que se derivan de todo ello.


                                                        LIV


                   Nuestro pequeño “yo” es el que nos separa de “lo otro”. Dejar que el primero “se disuelva” en lo segundo es la manera de ser auténtica, genuina, porque paradójicamente uno no deja de ser sino que aumenta


                            17 de abril de 2005. Somos cada cosa que cae en la esfera de la conciencia, momento a momento. Si la barrera mental que nos separa de “lo otro” no fuera tan poderosa, sentiríamos que nuestro ser impregna cada objeto que percibimos de instante en instante, y experimentaríamos la plenitud, sin más. Imágenes semioníricas nos anticipan esta realidad, vemos “cosas” a veces difusas que emergen en la “pantalla” de la mente y sentimos su ser como nuestro, vibrando trémulas en ese espacio. Aunque “nuestro ser” está propiamente ausente. Hay que “dejarlo ir”. Esa es la clave. Nuestro pequeño “yo” es el que nos separa de “lo otro”. Dejar que el primero “se disuelva” en lo segundo es la manera de ser auténtica, genuina, porque paradójicamente uno no deja de ser sino que aumenta. La evolución apunta hacia esa meta: negarse a uno mismo; porque el que quiera salvar su vida, la perderá, y el que quiera perderla, la salvará. Tal cual lo dijo Jesús.

                            Casos concretos: La compra del auto para Leonardo. El agravamiento de la enfermedad de Mary. La visita de mi hermano Marcial en la oficina.

                            ¿Es correcto comprar el auto para Leonardo, atendiendo a su ingreso en la Facultad de Derecho y su estudio del Profesorado de Inglés en el Centro Cultural Paraguayo Americano, que lo pondrían en la “necesidad” de disponer de un móvil para poder trasladarse de uno a otro lugar de manera a cumplir con la asistencia a las clases de acuerdo con el horario en ambas instituciones?. De hacerlo así ¿en qué lugar se estacionarán cada uno de los tres automóviles en nuestro poder que quedarían en la casa de Lambaré?. Preguntas que han estado en la palestra con respuestas diversas por parte de cada personaje afectado por ese problema en particular. No es en modo alguno una cuestión trivial, como pudiera tal vez pensarse. La real necesidad o no del instrumento, el gasto no desdeñable para la inversión y el mantenimiento del mismo, la protección requerida contra los eventuales ladrones, la capacidad o no de renunciamiento en un camino donde la austeridad se impone como condición sine qua non para el crecimiento personal, y otros interrogantes más vienen a cuento en este tema al que se refieren estos apuntes. Dilema mío, principalmente, es contestarlos. Ya se ve en qué ando metido.                         

                            La metástasis detectada en el organismo de Mary, tras las diez sesiones de quimioterapia, el nuevo tratamiento en forma intensiva con otros medicamentos durante tres meses más a partir del 3 de mayo, su permanencia en lo de Lela como consecuencia de ello, los impactos emocionales que inevitablemente genera, es otro asunto que está en el orden del día de las cosas a ser consideradas en este recuento semanal. ¿Cómo compaginar aquel dolor y aquella impotencia con los sucesos cotidianos, con el correr de los días y sus rutinas mecánicas, esa indiferencia e inconciencia que se apodera de uno, dejándose arrastrar por la corriente cuando no le toca directamente el trágico acontecimiento?. Lo más frecuente es “olvidar”, que es sinómino de “escapar”, para no sentir el ramalazo, para no sentir que por momentos le acomete a uno la idea del absurdo y del sinsentido.  Lo correcto sin embargo es hurgar en lo profundo para descubrir el sentido, que en la vida todo tiene sentido como puede constatarlo cualquiera que se interese en el tema. Viene al caso mentar de nuevo que existe toda una corriente de pensamiento en la siquiatría, la preconizada por Víctor Frankl, cuyo lema es precisamente la búsqueda de sentido, llamada la tercera escuela vienesa de siquiatría, en contraposición a la de Sigmund Freud que postula en la suya como determinante del comportamiento humano la búsqueda del placer y a la de Alfred Adler que lo refiere todo a la busqueda del poder. Es por tanto necesario que entendamos el sentido del dolor que los sabios y maestros del género humano han descubierto y enseñado hace ya mucho tiempo. Como dijo San Pablo: Todo puede cooperar para el bien.

                            Por último, Marcial, mi hermano, que viene a mi oficina esta semana, y omite preguntar por Mary, no dándose tampoco la oportunidad para que yo de motu proprio le dé alguna información sobre el caso, teniendo en cuenta que estuve en Hernandarias con ella y Rosa y soy quien suelo comunicarme con Lela telefónicamente para averiguar sobre su estado de salud. “No juzguéis y no seréis juzgados” (Mat. 7, 1),  dice el Evangelio. Pero dice también: “¿Porqué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?. (Lc. 12, 57). Y en otra parte: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”.(Jn. 7, 24). El juzgar el comportamiento del otro es tremendamente delicado. Por eso uno por lo general debe abstenerse de hacerlo, pues la tendencia es censurar lo que se cree ser el error de los demás, olvidando u ocultando los propios errores. La complejidad de toda cuestión es tan grande que resulta muy problemático juzgar con rectitud. Entonces, en todo lo que no sea necesario, lo correcto es abstenerse de juzgar. Más aún, en cuestiones que hacen al fuero interno de las personas, nadie puede arrogarse el derecho de dirigir la vida ajena. Ahora bien: ¿qué hay con estos apuntes que se desarrollan básicamente en la intimidad?. “Todo hombre es sincero a solas; en cuanto aparece una segunda persona empieza la hipocresía”, dicen que dijo Emerson. Aunque no comparto plenamente la tesis de la sinceridad de todo hombre a solas, porque hay quien se miente muchísimo a sí mismo, concuerdo que dentro de cierto contexto funciona el dicho del ilustre escritor. Pero pienso también que es fundamental desterrar para siempre la hipocresía de nuestra vida. Otra cosa que hay que tomar en consideración, sin embargo, es que no se descarta que esto llegue alguna vez a la luz pública. Y como estas anotaciones apuntan enteramente a  mi propio aprendizaje de la vida, y no al aprendizaje de la vida de otro, lo más sensato es que me abstenga de emitir juicio en relación con el problema planteado. Sin perjuicio de que, si se presenta la oportunidad, y si correspondiere de acuerdo con las circunstancias, pueda abordarlo con mi hermano, si ello pudiere ayudar para el mejoramiento espiritual y la salvación de ambos.


                                                        LV


                   El cometido no consiste solo en conocerse a sí mismo; también hay que hacerse a sí mismo


                   23 de abril de 2005. “Jesús sabía ser los otros, no solo en el sentido de que había aprendido a serlo sino en el de conocer que esto es realmente así”. Es un pensamiento que me vino en estos días, en un momento de íntima comprensión de la naturaleza del maestro. Similarmente a lo que habría sentido Pablo de Tarso cuando declaró: Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí (Gá. 2,20). Viene a cuento lo que precede, en este inventario de mis peripecias de la semana transcurrida. Somos seres incompletos. Nos completamos “con los otros”. Este “completarse” empero es un trabajo duro y penoso, lo seguiremos haciendo ínterin no superemos nuestras imperfecciones. Hay que “matrimoniarse” con los otros, con “lo otro”, superar la barrera de la “separatividad”. Es la gran aventura humana de la “individuación”, para repetirlo con Jung. Tal como se lo dije a Leonardo hace un rato: El cometido no consiste solo en conocerse a sí mismo; también hay que hacerse a sí mismo.

                            Un caso desopilante. Me cruzo, cerca de mi oficina, con el abogado “ladrón de expediente” ya aludido más atrás en estas apuntaciones. Al mirarlo, cuando está a unos cuatro o cinco pasos adelante, el sujeto hace unas gesticulaciones faciales y corporales, esbozando una sonrisa como para saludarme con gran amabilidad aparente, pero yo desvío la mirada y omito corresponder a su pamentosa demostración. Al momento de cruzarme con él masculla entre dientes: “badulaque”, en forma apenas audible, pero aunque tardo una fracción de segundo en percibirlo y procesarlo, lo capto al vuelo, y doy la vuelta mi cara para mirarlo y requerir: “¿mba’e”?” (¿qué?), ante lo cual él se queda y me dice: “sí, badulaque”, e intentando suavizar la situación me dice “mba’egui piko na cherenoiri...”, insinuando que yo debía haberlo llamado para hablar sobre el caso judicial que tenemos pendiente, y como yo avanzara hacia él y lo mirara inquisitivamente sin responder prosigue: “badulaque, por qué te pasás hablando de mí en las Secretarías del Tribunal y no me decís las cosas de frente...”, palabras más o menos. Tras ser proferidas estas palabras mientras yo iba hacia él, nos quedamos frente a frente, y le miro fijamente, mientras le digo en voz baja pero firme: “Nde vyro” (¡Tonto!). En ese punto él ya se había puesto a brincar o saltar un poco en ambas patas moviéndose delante de mí como desafiante, gesticulando de nuevo y evidentemente con todo su cuerpo debatiéndose entre el miedo y el coraje, con abundante adrenalina recorriéndolo. Alza su mano izquierda y me toca apenas la mejilla derecha mientras sigue mascullando cosas, “ro hovapete” (te di una bofetada), y otras incoherencias, aunque en voz baja, sin atinar a agredirme del todo, quedando yo ante él un buen rato para luego seguir mi rumbo mientras le digo: “rejedeschaveta” (perdiste la chaveta).

                            Así, sin demasiados aderezos, este episodio. No está demás recalcar que el sitio donde su mano tocó mi cara permaneció sensible durante mucho tiempo. ¿Hace falta que diga que el impulso de hundirle la cara de un puñetazo pasó como un destello por mi cabeza?. ¿Y que me atajé para no endilgarle el apelativo susodicho de “ladrón de expediente”?. Importante es señalar que ya en la mañana estuve masticando la idea de cómo nos cuesta entender que los demás son sin ninguna duda aspectos de nuestro propio ser, el pensamiento anotado al principio justamente lo acuñé en esa misma mañana, el viernes, es decir, ayer. Nos cuesta entender, y actuar en consecuencia. Por eso es que puedo agregar que quedé maravillado por la forma en que encaré y reaccioné ante este suceso, me sentí en posesión de un extraño poder que no suelo experimentar, al ser capaz de tener este dominio sobre mí mismo. Por algo mi demonio me dijo hace poco: “Si querés el poder, quedate en el silencio”, que lo anoté en el cuaderno donde registro mis experiencias oníricas.

                            Otras situaciones también se presentaron donde tuve oportunidad de poner en práctica este dominio que estoy intentando ejercer sobre mis impulsos ciegos. Precisamente el jueves, el día anterior, Viviana se descontroló tan totalmente y por un motivo tan baladí, que arremetió en contra mía sin ton ni son. Fue a causa de un corrimiento de agua que se estaba produciendo en el baño que hace poco había arreglado don Silvino, que ella me explicó que se debía a un error de él al no providenciar para que el piso tenga un desnivel dirigido a la rejilla del desaguadero. Yo le decía que no era una cosa demasiado grave y entre bromas le señalaba que el agua tal vez fuese la energía que se desparramaba un tanto desordenadamente por los alrededores, máxime que al amanecer era que se llenaba de agua el piso, y de día permanecía normalmente seco. Esto bastó para que ella explotara, pues pensaba que estaba poniendo en tela de juicio su sapiencia en esta materia, y en medio de una tensión tremenda, cuando justo llegó don Silvino por esos momentos, se despachó en contra mía de una manera furibunda diciéndole a él que estaba “andando mal” conmigo (aiko vai che menandie) a causa de mi terquedad y mi obcecación debidas a mi ignorancia, ya que la universidad puede funcionar para ciertas cosas pero para convertir a un burro en inteligente no anda, en las cosas en que uno es irremisiblemente mentecato. (Claro que esto es una traducción de las palabras dichas en guaraní, que como es obvio no puede ser muy fiel; ya se sabe, tradutore, traditore, el traductor es un traidor, al decir de aquel autor italiano). No obstante, hay que decir que Viviana estaba enojándose solita, pues yo me mantenía imperturbable, pero cuando dijo lo último sí me levanté, y yéndome hacia donde estaba ella con don Silvino a quien le estaba explicando el caso, dije (en guaraní, también): “Yo no estoy andando mal con nadie. Pero ahora sí estoy a punto de andar mal” ( o de enojarme, en una traducción más libre pero más exacta). Eso fue todo. Ella siguió explicando y quedó en acuerdo con don Silvino en que le compraría los materiales para remediar el problema, hasta que se retiró para irse hacia Paraíso dando un portazo a su camioneta, despidiéndose de mí y de los demás circunstantes diciendo secamente: “Chau”. Yo le contesté en parecido tono, aunque seguía sin mucho desasosiego. A continuación le mostré a don Silvino cómo yo había creído notar que el agua se derramaba en un hilo que se escurría por la perilla de la cisterna en la mañana, llenándose de agua el piso cada amanecer, mientras que de día se mantenía seco, y al mirarlo detenidamente él manifestó que se debía seguramente a que el flotador de la cisterna estaba en un nivel que se elevaba por la noche a causa de la presión del agua en las cañerías, que aumentaba en ese lapso, mientras que de día, al disminuir la presión porque los usuarios utilizaban continuamente el agua abriendo los correspondientes grifos, el agua permanecía en la cisterna en un nivel inferior y no se derramaba por el lugar que yo le indicara. Corrigió ese inconveniente, y efectivamente, desde el día siguiente el piso amaneció seco. Hablé con Vivi al día siguiente telefónicamente, y aunque me pidió disculpas, reiteró que yo debía de abstenerme de opinar en las cosas que no entiendo, y cuando yo le conté lo del escurrimiento por la perilla, ella se ratificó en que lo uno no quitaba lo otro. La conversación desde luego se desarrolló dentro de un tono plenamente cordial, a tal punto que le dije que si quería que le disculpe tenía que ser ella quien me bese los pies en esta oportunidad, como yo se los había besado la vez pasada, lo que le hizo prorrumpir en una carcajada, mientras decía socarronamente: “Ne rembo, la ahetütava ndeve” (Tus genitales serán los que te habré de besar). Lo cual, para quien conozca el guaraní, evidencia el giro que denota negación, amén del exquisito humor que contiene, sin pizca de chabacanería. También en la traducción castellana se infiere dicha sutil negación y humor, como puede apreciarse.

                            Véase pues cómo voy progresando. Pero a no alardear, porque anoche nomás incurrí en una transgresión al caer en desmesura en el consumo de la comida; y de no estar cenando en los días anteriores, en una reunión en la CENCOPAN, me propasé engullendo más de la cuenta unos manjares que me hicieron caer en su trampa. A causa de eso, tampoco hice hoy mi meditación. Sin embargo, con altibajos, como es de imaginar a raíz de mi inadecuado cuerpito, voy siguiendo empeñosamente la ruta trazada.

                            24 de abril de 2004. Hay más cosas. ¿Cuándo no?. Sin embargo, me circunscribo a unas reflexiones de la índole que le es propia al tema aquí desarrollado. Voy adquiriendo, de a poco, la aptitud para “sentirme” sólo espectador en la vida. Los mismos episodios narrados más arriba permiten apreciar esta circunstancia. Mirar pasar las cosas como “testigo”. Es algo que los sabios desde antiguo lo mencionan. La imperturbabilidad, la ecuanimidad y la no “personalización” de los fenómenos permite comprender que uno se encuentra indisolublemente unido con la Energía Primordial que todo lo impregna y lo trasciende. Es ponerse “fuera” del problema, sin dejar de estar “adentro”. La “forma” de llegar a eso, el medio o el camino, es evidentemente el de contrarrestar el proceso mental que lleva a actuar ciegamente, mecánicamente, instalándose en el “silencio”, como lo denominan quienes lo conocen y lo han “experimentado”. En esa instancia uno sabe, sin sentir nada, que se ha desvinculado de las cosas transitorias y que se ha integrado a lo incorruptible. El sueño y la vigilia son solo dos aspectos de la interminable realidad que se va manifestando en consonancia con el nivel de conciencia que se ha alcanzado, en un proceso cuyo propósito es la indefinida elevación y perfeccionamiento del ser creado, ese “individuo” que busca completarse entretanto sea incompleto. Caigo en cuenta que es largo el trecho que me falta recorrer. ¡Tanto es el apego que le sigo teniendo a mi “yo” situado en este espacio-tiempo cronológico!.


                                                        LVI


                   Hay una diferencia, no pequeña, entre el filósofo y el político: éste, quiere gobernar a los otros; el filósofo, a sí mismo. Mal que le pese a Platón


                            1 de mayo de 2005. ¿Cómo comprimir en un “espacio tiempo” diminuto como del que dispongo (en este archivo, y en el que me toca para elaborarlo) todas las peripecias de la semana? Vano empeño. Nos sobrepujan en tal manera los sucesos que la alternativa de desistir de la empresa es barajada por el pensamiento. Y no solo porque me sobrepujan ellos: podría, en ciertas circunstancias, ser esta empresa un obstáculo para la vida en plenitud. ¿Por qué no limitarse a vivir un instante tras otro, concienciando la experiencia desde el puro anonimato, sin dejar constancia de los propios pasos, pasar “desapercibido”, no “hacerse notar”, de una manera semejante a la divinidad, como paradójicamente dejé “anotado” en uno de mis cuadernos en estos días?. Muy bien. Todo “a su tiempo”.

                            El caso del uso a dar a los automóviles a raíz de las clases de Leonardo en la facultad. El de la expresión de agravios en forma oral el día jueves en el peliagudo caso judicial contra Canal 9. El encuentro y la conversación con mi amigo Jorge Luis Bernis. Todos son interesantes, amenos, dignos de ser rememorados. Y otros que no se nombran. La aventura de la vida, a la cual ansiamos encontrar su parte linda y novedosa, que es lo mismo que decir agradable, consiste después de todo en prestar atención al suave devenir de los hechos que nos atañen, mientras nos admiramos de lo fantásticos que son.

                            Que Leonardo deba usar el auto que yo utilizo en horas de la tarde porque sus clases de la facultad abarcan el lapso aproximado entre las 14:00 y las 18:00 horas, para poder llegar a tiempo a sus clases de inglés en el Centro Cultural Paraguayo Americano que van desde las 18:0 o las 19:00 hasta las 22:00 o 22:30 horas, y mientras tanto yo tenga que andar en colectivo, es el dilema que da lugar al problema existencial que se plantea en la familia en esta semana.

                            Quizás la parte más simpática del tema radique en la última conversación que tuve con Pablo Emilio sobre la cuestión, el viernes a la mañana. Lo escuché una vez más exponer los sesudos argumentos sobre la inconveniencia de andar yo en colectivo y la falta de consideración hacia mí que ello implica, atendiendo a que la prioridad en esta materia la debo tener yo, que siempre anteriormente hice valer esta premisa para hacer uso del auto en forma preferente en relación con él, si se presentaba el caso. Entonces le respondí que a la “inconveniencia” por él señalada yo quería oponer una “conveniencia” concreta del día miércoles en que me fui en colectivo, y en el trayecto tuve la posibilidad de leer la Introducción de Ernesto Ballesteros a los Yogasutras de Patanjali, lo cual me sirvió muchísimo como es de suponer. Además, le dije que si antes yo estaba condicionado por aquella idea (la de darme prioridad en el uso del automóvil respecto de él, si se daba el caso), no tenía que ser eso impedimento para que ahora me libere de él, y pudiera considerar mi renuncia como la adquisición de un poder sobre mí mismo, el de “poder” prescindir del uso del automóvil. Y por último, que no se suscitaron contratiempos que obstaculizaran las tareas a realizar, comprobándose con ello lo que siempre vengo repitiendo, de que las cosas suceden medidamente con tal de que hagamos correctamente cada cual lo que nos corresponde, no teniendo porqué inquietarnos anticipadamente sobre lo que va a pasar sino tomar las providencias que sean pertinentes en el momento oportuno. Le hice notar que ese mismo día viernes Leonardo no tenía clases de Inglés, las que solo se extendían de lunes a jueves, por lo que yo lo estaría llevando a su facultad y después haría uso del coche, de modo que Leonardo regrese a casa en colectivo. La réplica de Pablo Emilio a estas aseveraciones, que me pidió no lo tome a mal, fue que según él advertía, yo estaba como un niño que ha encontrado un nuevo juguete, consistente en el “nuevo poder” que había descubierto en mí, y que debía tener sumo cuidado para no caer en el error de olvidarme de que, además de este aspecto de niño que se manifestaba en mí, que en sí mismo no tiene nada de malo, era a la vez un adulto que tiene responsabilidades. Contesté que no solo no lo tomaba a mal sino que sus apreciaciones eran tan atinadas que sentía como si yo me estuviera hablando a mí mismo mientras él pronunciaba su alocución. Le dije también que de hecho, yo era un niño que tenía un poco más de siete años, desde mi segundo nacimiento en el domingo de pascua del año 1998, y que, precisamente, estuve comentando a raíz del cumpleaños número siete de Joaquín este miércoles, que yo era solo un poquito mayor que él.

                            Así es como se va desarrollando este proceso. En la semana, si no en el mismo día de esta conversación, justamente estuve leyendo en el “Diario” de Krishnamurti estas reflexiones: “El pensamiento es un desperdicio de energía, y también lo es el sentimiento. Ambos invitan a la distracción, y de ese modo la concentración se vuelve una defensiva absorción de uno mismo, como la de un niño absorto con un juguete. El juguete es fascinante y el niño se halla perdido en él; si se le quita el juguete, se torna intranquilo. Lo mismo con los adultos: sus juguetes son los múltiples escapes”. No se puede negar que viene a cuento. ¿O sí?

                            El asunto del juicio contra Canal 9 es un problema en donde se pone a prueba mi ecuanimidad, mi equilibrio, mi capacidad para comprender a los otros y para aprender a desembarazarme de expectativas. Se trata de una demanda injusta, de una pretensión donde el demandante persigue obtener un beneficio económico inmerecido, un caso donde el dicho del budismo zen y el de San Pablo: “el que no trabaje que no coma”, se conjugan, para pintar de cuerpo entero al personaje en cuestión. ¿Porqué digo esto? Pues porque el sujeto fue desvinculado de la empresa después de veinticuatro meses de estar cobrando mes a mes un sueldo multimillonario sin trabajar, negándose a aceptar su desvinculación a pesar de habérsele ofrecido el pago de sus indemnizaciones que montan también a una suma sideral, solicitando en cambio su reintegro al empleo más el pago de salarios mientras dure el pleito, es decir, sin trabajar tampoco en ese lapso, que a esta fecha lleva más de cuarenta meses, debiendo acotarse que para su desvinculación por la causa legal de disminución definitiva de las faenas se cumplió estrictamente con el procedimiento reglado, tanto en el aspecto de forma como de fondo. De modo que le expresé al Tribunal que en ese ámbito, donde se estudia y se aplica el Derecho del Trabajo, el demandante estaba apelando a una tergiversación y a una falacia reclamando derechos por el no trabajo, es decir beneficios inmerecidos por no trabajar. El problema radica principalmente en la actitud autoritaria y cerril de uno de los miembros del Tribunal, el cual, condicionado por un montón de preconceptos, anticipó ciertas opiniones que, de persistir en ellas o no revisarlas estudiando detenidamente el caso, auguran un resultado adverso a la posición que defiendo en representación del Canal 9. De hecho, no sería la primera vez que los Tribunales hacen tabla rasa de la Ley. No es por nada que desde hace mucho merodea por mi mente la posibilidad de publicar un libro con el siguiente título: “Cuando los Jueces le hacen decir a la Ley lo que la Ley no dice”. Sin embargo, este magistrado es uno solo de tres que integran el Tribunal. Las otras dos, que son mujeres, parecerían más abiertas y accesibles, y aún más, también el primero pareció ablandarse un poco ante mi vehemente, patética y si se quiere, humilde requisitoria. Empero, tuve la clara conciencia de la tremenda dificultad para controlar mis impulsos, plasmados en pensamientos de enojo y amenaza, como el de hacer trizas del prestigio del que a ojos vistas, tanto se vanagloria el magistrado, a través de una denuncia pública de su chatura y arbitrariedad en el mismo Canal de Televisión al que defiendo, en el caso de que persista en su actitud injusta y autoritaria. Reitero: solo fueron pensamientos, que denotan mis propias imperfecciones, y bueno es recalcar que también me bombardearon los del otro grupo, vale decir, aquellos que me indicaban que lo correcto es ponerse en las manos de aquella Voluntad que conoce lo que nos conviene; obviamente, sin dejar de poner de nuestra parte todo lo que está a nuestro alcance para conseguir el resultado justo que corresponde. Importante es aclarar que el tema estuvo merodeando también en las historias urdidas en mis sueños.

                            Y ahora, el encuentro con Bernis, reprisado en concisos términos. “Te veo bien, te mantenés delgado”, me dice; asiento yo y él agrega: “Yo estoy excedido, mi barriga, tengo que caminar más; lo que pasa es que no camino”. “En realidad, yo tampoco camino”, le digo, “Y hace como seis o siete años que mantengo este físico. Seguro que en tu caso hay algo más que considerar” . “Bueno, es importante también la dieta; pero conste que yo me someto a una dieta razonable”. Pasamos a otro tema donde él comienza a hablarme de lo difícil que están todas las cosas en el país, la incompetencia del gobierno, la pobreza, la miseria, la mención de una reciente visita que hizo a la Argentina donde según él las cosas mejoraron muchísimo en los últimos tiempos, no en el campo del Derecho Laboral en el que él trabajaba, sino en lo económico en general gracias al nuevo gobierno. Me cuenta que se encontró con algunos colegas que antes hacían el mismo trabajo que él, los cuales ahora se dedican a plantear demandas por daños y perjuicios en accidentes de tránsito porque terminaron los casos en el campo laboral. Continúa y me dice que acá en Paraguay es impensable hacer una demanda de esa clase porque cualquier pelagatos tiene auto y es un insolvente de solemnidad. Su hijo, por ejemplo -- aclara -- tiene un autazo, pero gana 700.000 Guaraníes mensuales ¿quién va a querer demandarle si no tiene nada que sacarle?. Ergo, tiene carta blanca para matar, impunemente. Me explica que él últimamente en la jurisdicción territorial de Paraguarí tomó casos criminales, asiste a audiencias de juicios orales en cuestiones penales, porque de lo contrario, me dice, se va a de morir de hambre. Me pregunta en ese punto si qué me parece lo que acaba de exponerme. Le contesto yo que dentro de cierto contexto y en el marco de sus conceptos, mejor dicho de sus preconceptos, por los que él indiscutiblemente está condicionado, su explicación se presenta consistente. Le recuerdo lo que dice Borges de que “el atributo más notorio del universo es su complejidad”, y como la realidad es de acuerdo a la percepción que cada uno tenga de ella, para él es válido ese aspecto que manifiesta percibir. Mi respuesta ambigua no le convence mucho. En ese momento se acerca mi hermano Marcial que viene caminando por el pasillo del Tribunal donde estamos con Bernis, y tras los saludos de rigor, me dice Bernis humorísticamente: “Voy a elevar una denuncia a Ratzinger, para que se entere de tu relativismo total y tome las medidas del caso”. Le cuento a Marcial que eso me dice porque acabo de objetarle una afirmación de que se encontraba en riesgo de “morir de hambre”, momento en que Marcial le acaricia sonriente la barriga. Y sobre el pucho le digo yo, sin prescindir del tono cordial y juguetón, atendiendo a la gracia que me causa el gesto de mi hermano: “Te aclaro que yo soy totalmente contrario al relativismo, a aquella tendencia de considerar todo relativo, con lo que se absolutiza el relativismo. En realidad, en lo que sé que coincidimos con Ratzinger es en nuestra oposición al relativismo. Y a todo esto ¿Porqué me querés denunciar al Papa? Acordate lo que dijo Francis Bacon: Que la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad. Además, otro filósofo escribió una obra titulada “De la autoridad tiránica del Papa” ¿Porqué querés someterme a esa autoridad?”. Entre uno y otro comentario, después de esto, se escabulle Bernis apremiado por la urgencia de sus gestiones, totalmente vencido ante los dos frentes que le venían encima.

                            El motivo de consignar aquí esta incidencia es con el propósito de mostrar la simpática manera en que algunos quieren dar solución a los problemas de la vida, en contraste con otros que toman de diverso modo este cometido. Pues la mayor aspiración de Bernis es la de ser un gran político, en tanto que yo estoy en el tema de la filosofía. Viene a cuento lo escrito en mi Agenda Cabal ayer 30 de abril, que lo transcribo: “Hay una diferencia, no pequeña, entre el filósofo y el político: éste, quiere gobernar a los otros; el filósofo, a sí mismo. Mal que le pese a Platón”.


                                                        LVII


                   Es tremendamente difícil aceptar que los otros rijan nuestras vidas, pero nosotros sí queremos regir las de ellos                        


                            08 de mayo de 2005. “Si la literatura se pone ese átino o lienzo para el cabello...”. Son las 17:00 horas del domingo, aquí en Paraíso. Entre muchas otras divagaciones de mi mente semidormida, la precedentemente transcripta hizo que atinara a ponerme el lienzo para el cabello,  y me bajara aquí en la Biblioteca para no pasar por alto este fin de semana, en este tema que le es propio a estos apuntes. El cansancio me tenía postrado, pues estuve trabajando a marchas forzadas en un caso de la oficina. Las divagaciones citadas, sumamente simpáticas e ingeniosas, estaban siendo descartadas como material a ser anotado a causa de ese cansancio, e incluso un breve sueño que me mostró en un lugar sobre la Avenida Fernando de la Mora a la altura de Bruno Guggiari aproximadamente, dentro de un predio con una pista de piso de cemento del que me siento el dueño, con un portón metálico que es reiteradamente golpeado por una pelota de fútbol por gente que juega afuera y a quien salgo a decir que se dejen de importunar, también fue desestimado previamente, en tratándose como se trataba de una instancia para que me ponga las pilas y venga a escribir algo en este lugar. Y bueno. La idea es que tengo que matar a este cuerpo, matarlo de cansancio, trabajar tanto para reemplazarlo por el que ya no ha de morir. Entonces, a disponerse a contrarrestar la inercia, a enarbolar la creatividad, y a poner manos a la obra en este emprendimiento.

                            La semana anduvo “sin novedades”, como dirían en términos militares, o por lo menos sin tantas dignas de ser destacadas. Lo más relevante posiblemente fue el impasse que hubo entre Selva y su mamá, en el que me vi obligado a intervenir por fuerza de las circunstancias. Fue el reiterado sketch de querer hacer prevalecer los propios pensamientos sobre los de los otros. Y versando como siempre sobre temas triviales. Los enojos porque los otros no piensan como nosotros pensamos. “No quiero que me convenza de lo que ella piensa”, me dijo Selva. “ Y porqué no dejás que piense como quiera, porqué te enojás, porqué no le aceptas tal como ella es”, le digo yo. “Viste, vos también me querés obligar a pensar como vos, me querés persuadir”, me contesta. Y así. A cada acción corresponde una reacción. El amor exige sacrificios, no hay otra. Es tremendamente difícil aceptar que los otros rijan nuestras vidas, pero nosotros sí queremos regir las de ellos.

                            Con mi hermano Marcial también me encontré en estos días y se tocó en una parte de nuestra conversación este mismo tema. “Lo que pasa con Lela (nuestra hermana que está en Brasil) es que ella parece que quiere que uno sea como ella quiere nomás”, me dice él. “Es que todos, por lo general, queremos que los otros sean como nosotros queremos nomás”, le digo. Y es que así actuamos, por lo general. Cuando los otros se salen de los parámetros de nuestros pensamientos y deseos, prestamente les recriminamos, les criticamos, les señalamos sus “errores”, pero en cuanto ellos nos muestran algunas de nuestras debilidades, saltamos indignados.

                            Menos mal que estas cosas pasan para que aprendamos. Con Marcial acordamos que quizás nos vayamos a visitarle a nuestra hermana Mary, enferma en el Brasil, en un tiempo cercano. En torno a Selva, tuve unas hermosas visiones oníricas la noche pasada que me muestran que ella tiene mucho aún que caminar, y que yo deberé actuar como palanca para ayudar en ese cambio espiritual que necesita. Escribí sobre esto en el cuaderno de mis experiencias oníricas.

                            En este emprendimiento generalmente adoptamos la posición de que el sacrificio para el propio mejoramiento sobrepasa nuestras fuerzas. Es la paradoja de siempre: cada vez se presenta más difícil la tarea; pero cuando uno se dispone a enfrentarla, y hace lo que tiene que hacer, piensa lo que tiene que pensar y dice lo que tiene que decir en debida forma, es decir, correctamente, ahí es cuando el camino se despeja de malezas. “Acepten el yugo que les pongo.... porque el yugo que les pongo y la carga que les doy son ligeros” (Mt. 11, 29-30). Esa es la enseñanza. Es una carga que se vuelve liviana a condición de que la aceptemos. Como Jesús, que es el ejemplo, de quien hay que aprender; de él, que es paciente y de corazón humilde. Si nos mostramos rebeldes, si queremos eludir las cargas, ellas no se irán, estarán siempre ahí, con el agravante de que nos parecerán más y más pesadas. Es la paradoja del camino de la santidad.


                                                        LVIII


                   La condescendencia con uno mismo, conduce a la injusticia, al error; y la consigna es hacer todo lo posible para no incurrir en errores, en este camino por el que estoy empeñado en caminar: el de mi propio mejoramiento espiritual


                            15 de mayo de 2005. A trabajar, a trabajar. Esa es la consigna. ¿Cómo si no podré llegar a conocerme más, a “descubrir” el ser que soy, aquel que sea capaz de “ser eterno”, envuelto ahora en la cáscara de mi cuerpo que le sirve de provisorio albergue? Este “ser” tiene que “ser creado” con este trabajo, con el descubrimiento de “su realidad”, de su verdad que me ha de liberar de las ataduras temporales, las de alguna cronología particular a la que me aferre en demasía.

                            Las peripecias de esta historia que comprende a una cronología son desde luego interesantes, y tienen su fundamento en la tarea de construcción del ser intemporal. Hartamente he comprendido que cuanto menos esté presente mi “yo” pequeño “adherido” al tiempo, es cuando más genuinamente “siento” a MI SER. La ausencia del “yo” amplía los contornos del ser que somos, en esa instancia “somos impersonales”, y experimentamos “la realidad” de manera mucho más pura y penetrante, de forma acentuada y aumentada.

                            Curiosamente, leyendo el Quijote, en el Capítulo VIII de la segunda parte, esta semana me encontré con el dilema que le plantea Sancho a su amo, preguntándole si cuál es más: resucitar a un muerto o matar a un gigante; con lo que finalmente le hace confesar a Don Quijote la verdad del aserto de quemás vale darse a ser santos para alcanzar más brevemente la buena fama que pretenden, que valientes y andantes caballeros. Estas peripecias mías, que persiguen la santidad (no es que la consigan), como explícitamente fue declarado al comienzo de la narración, revisten por tanto su interés particular, como lo dije más arriba, además de servir de base para la consecución del objetivo propuesto.

                            Seguimos por tanto en la tarea de construcción de nuestro “ser intemporal”. La intemporalidad se manifiesta de diversas maneras ya en el decurso de las cronologías, que sí conllevan tiempo. Intemporalmente me siento --y a la vez impersonal—cuando me pongo a leer un pasaje del “Diario” de Krishnamurti, que describe la realidad de una manera poética, vívida, incomparable. Cada cosa cobra vida en sus palabras: no hay árbol, cerro, nube o flor que no palpite con la pulsación vital que impregna a la naturaleza cuando él los recrea con su lenguaje. Es el mismo éxtasis que se experimenta cuando se lee cualquier obra literaria en la que se plasme la belleza, como por ejemplo, en el primer capítulo de “Santuario”, de Willian Faulkner en el que estuve curioseando hace un momento. Se nota que las palabras consiguen cuajar ese instante intemporal en que el artista estaba experimentando el mismo “ser” de las cosas, ese instante pleno de vigor y energía cuyo latido es sinónimo de vida eterna.

 

                            Casos específicos. Veamos, este diálogo con Selva:


--“No te preocupes, Selva, los hijos casi siempre extorsionan a los

padres” (yo, en referencia a una actitud mohina de su hija Romi).

--“¡Los padres también!” (Selva, siguiendo el acento juguetón y el

hilo de la insinuación, modulando la réplica en su calidad de hija).

-- “A veces...” (yo, remarcando la diferencia entre el “casi siempre” de los hijos y el “a veces” de los padres).


                            El otro tema interesante, es el de la nueva salida de Leonardo en la noche del viernes con mi auto, para reunirse con sus amigos Javier y Umeyama, y su regreso a las 5:00 horas del sábado. Estuve cuestionándome largamente el asunto. ¿Dónde radica lo correcto y lo incorrecto en este caso? ¿Qué derecho tengo yo de inmiscuirme en su vida? Elaboré la solución al problema en el transcurso de la práctica de la meditación, como lo tengo dicho en mi “Diario” de sueños. Él tiene derecho de hacer lo que quiere de su vida, pero no a costa de usarme a mí para ello. Darle el automóvil para encontrarse con sus amigos en algún lugar nocturno, ingiriendo aun en pocas dosis cerveza u otras bebidas alcohólicas, trasnochar, proveerle además de fondos semanalmente aparte de los que necesita para costear sus estudios, la posibilidad en ciernes manejada de que se compre para su propio auto que apareja indiscutiblemente ingente erogación que él no tiene medios para enfrentar porque no realiza trabajo alguno remunerado aunque esté llevando adelante sus estudios en la Facultad de Derecho y el curso de Profesorado de Inglés en el Centro Cultural Paraguayo Americano; el conjunto de estas circunstancias desde donde a mí me concierne, lo determiné como incorrecto. Lo que hacen muchos padres desde su inconsciencia es consentir a sus hijos en sus caprichos y veleidades, darle en suma lo que no merecen. Aunque hay que reconocer y aceptar que todo pueden hacerlo dentro de su libertad, con la condición de haber conseguido los medios necesarios por sus propios medios, valga la redundancia y la cacofonía. Es muy difícil discernir en este asunto, pues tal como él lo pone, es hasta posible que cumpla una misión ayudando a sus amigos que pudieran estar desorientados, pero no hay porqué descartar que puedan ser sus meros deseos de actuar como un líder para ellos, de “mostrar” más bien su “superioridad” que el de ayudarlos, aunque una cosa no necesariamente excluya a la otra. Tampoco hay que olvidar lo que dice el Dhammapada: “Si el viajero no puede encontrar maestro o amigo que lo acompañe, mejor es que viaje solo y no en la compañía de un necio”. No es desde luego cosa de absolutizar este aserto pues ¿quién es el que está exento de incurrir en necedades, o en términos bíblicos, quien está exento de pecado?. El amor propio de Leonardo, su susceptibilidad, ese orgullo de pensar que nadie tiene el derecho de inmiscuirse en la esfera de lo que le es propio y exclusivo, donde entra a tallar la intocable libertad desde la cual él solo puede tomar las decisiones, podrán ser quizás afectados. Pero eso va de la mano con lo que a él solo concierne, no cuando esa situación invade el campo ajeno, cuando hay otro que también tiene que decidir sobre asuntos que afecten el mutuo relacionamiento. La necesidad de tomar las decisiones correctas desde mi perspectiva es la que está en juego en varios aspectos de la cuestión. De ahí que escribiera en mi Agenda Cabal esa mañana: No me tolero haciendo lo incorrecto. Que la tolerancia, la condescendencia con uno mismo, conduce a la injusticia, al error; y la consigna es justamente hacer todo lo posible para no incurrir en errores, en este camino por el que estoy empeñado en caminar: el de mi propio mejoramiento espiritual. Es cierto, Leonardo es un chico excepcional, se encuentra embarcado en ciertas actitudes y proyectos que son muy loables, está tomando en cierta forma las riendas de su vida, pero eso no significa que no pueda caer en errores dada su imperfección actual. Y lo concreto es que si con algún pretexto, excusa o justificación que él dé de sus andanzas que forman parte de su propia búsqueda yo me dejo manipular y omito tomar las decisiones que considero correctas, estaré incurriendo en el error que debo evitar según el objetivo que tengo propuesto.


                                                        LIX


                   Debo tolerar y aceptar las imperfecciones propias y ajenas, que no es el caso de mantener posturas rígidas e intransigentes ante la relatividad de las cosas humanas


                            21 de mayo de 2005. El recuento apresurado de las peripecias de la semana, hete aquí la tarea. Cribar los hechos. Resumirlos. Darles forma con este instrumento, el lenguaje escrito. Ser el ser de cierta manera obedeciendo a un impulso, a una tendencia, manifestarse en una de las infinitas maneras posibles esparciendo signos reconocibles para la propia u otras inteligencias que pudieran topar con ellos en otro cualquiera de los instantes de la inaccesible eternidad.

                            El sueño de Ito. Despertarse y decirme que soñó que un compañero le regaló un hipercelular. Asociarlo con su obsesivo reclamo, de cuajo rechazado en cada ocasión, para que se le compre un celular; y también con su decisión de hacer la meditación cada mañana, aunque sea por un breve lapso, cinco o diez minutos, habiendo planteado la posibilidad de hacerlo a la par que yo durante una hora, planteamiento obviamente desestimado. La interpretación que le doy a su sueño de que es Jesús, el maestro, en la figura de su compañero, quien le muestra que le regaló el hipercelular, que consiste en la meditación que decidió hacer, que le permitirá comunicarse con Él.

                            Otro sueño suyo, al día siguiente, o dos días después: Soñar que se subió a una máquina del tiempo trasladándose a una edad en la que tiene ya veinticuatro años, vivir unas peripecias con otros compañeros y con un personaje de la historieta de la televisión Scooby Du, volver al presente en el que tenía catorce años, encontrarse con sus mismos compañeros que le dicen que diez años de su vida se perdieron, o quedaron en alguna dimensión inaccesible para ellos  en ese momento. Explicarle yo que el tiempo es relativo, y que el objeto del sueño es enseñarle precisamente esta característica del tiempo, lo cual debe ir aprendiendo en el sentido de no aferrarse o apegarse a las cosas temporales considerándolas como de existencia absoluta, de modo a volverse él intemporal, eterno.

                            Y es que este asunto de considerar al tiempo como algo absoluto, impuesto por el férreo condicionamiento genético y cultural, me está jugando malas pasadas desde hace “bastante tiempo”, valga la redundancia. Malas pasadas es un decir. Son enseñanzas de la naturaleza para permitir que me vaya adaptando a mi nueva vida intemporal, que está en ciernes. Lo cual requiere ir rompiendo las viejas estructuras, las obsoletas, y eso provoca desórdenes, desequilibrios, perturbaciones, desquiciamientos, alteraciones, y otros estados de shock que sobrevienen inevitablemente.

                            El caso concreto de la semana. Un juez estampa sus firmas en un expediente en dos providencias consecutivas, consignando en la primera la fecha del 13 de mayo de 2005 (el viernes de la semana pasada) y en la siguiente la fecha del 10 de mayo de 2005. Esta fecha “10”, de acuerdo al orden en que se hallan las providencias en el expediente no puede sino ser considerada como antedatada, más todavía que el escrito, al dorso del cual fue hecha la providencia anterior, lleva el cargo de la Secretaria del día 13 de mayo, lo que hace inconcebible que la providencia obrante en una hoja agregada después al expediente pueda consignarse la fecha 10 de mayo que se aprecia al mirar dicha providencia. Un poco complicado para ser explicado, pero la cuestión radica en que esta circunstancia provoca un perjuicio irreparable a la parte que represento en el expediente, pues de considerarse dictada la última providencia el 10 de mayo de 2005, al tomar nosotros conocimiento de este hecho el día jueves 19 de mayo de 2005, ya estaría vencido el término que yo tenía para solicitar la suspensión de un plazo a los efectos de producir unas pruebas pendientes que no pudieron ser diligenciadas anteriormente. Y es que nosotros estábamos tan, pero tan atentos a la marcha del expediente que precisamente el viernes aquel, 13 de mayo, fue un escrito mío el que se presentó, pidiendo la devolución de los Libros Laborales de mi cliente, y es al dorso del mismo escrito que se hizo la providencia del 13 de mayo ordenando la devolución de dichos Libros, no habiendo posibilidad de que nos pasara desapercibida la providencia a la que se le puso la fecha del 10 de mayo, máxime que, como  quedó dicho, materialmente la hoja se insertó en el expediente a continuación de mi escrito.

                            Este revoltijo de fechas da idea de la mala jugada que me hace el diablo metiendo la cola en este asunto del tiempo. En el intento de desentrañar la maraña se deduce que lo acontecido es que el Juez, al mirar el Informe de la Secretaria obrante encima de la providencia en cuestión, referente a las pruebas diligenciadas en el período ordinario, al que la misma le puso precisamente fecha 10 de mayo (con lo que se constata que es ella la que antedató su Informe para aparentar diligencia); el Juez, decía, al mirar dicho Informe, automáticamente procedió a escribir la fecha “10”, cayendo en un lapsus mental completamente involuntario. Y esta hipótesis queda confirmada porque el “0” del número “10” tiene una casi imperceptible curva que se desdobla en la parte derecha que permite apreciar que en la mente del Juez estuvo la intención de escribir el “3” primeramente, pero su mecanismo mental fue arrastrado, por así decirlo, por la visión del “10” del Informe de la Secretaria y convirtió así su “3” en un “0”, o en todo caso, se convirtió en un “3” cuya cola de la parte de abajo se cerró en un círculo, con lo cual cualquiera que leyera la fecha no pensaría otra cosa más que dicha cifra era “10” y no “13”.

                            La complicada explicación que antecede jamás puede dar idea de la conmoción que me provocó este episodio. Baste decir que para no perder el derecho de presentar mi petición, al informarme Mario Darío de lo que acababa de constatar en la fecha antes dicha, moví cielo y tierra en el intento de esclarecer el tema, y consultado con el propio Juez, que justo había ascendido como miembro del Tribunal de Apelación y ya no se encontraba al frente del Juzgado, el mismo manifestó que la fecha de la providencia era 13 de mayo y no 10 de mayo, a pesar de que no lo pareciera. Tal cosa desde luego había dicho también la Secretaria, pues ella más que nadie sabía que ambas providencias habían sido firmadas en la misma fecha.

                            Para zanjar el problema, ya a Mario Darío le había dicho el Oficial de Secretaría, en consulta con la Secretaria, que podríamos presentar el escrito en el que se o consignaría el cargo de esa fecha antes de las nueve (ya eran cerca de las 12:00), que según el cómputo hecho por él todavía podía ser presentado, para evitar que la contraparte creara inútilmente inconvenientes a causa de la dudosa fecha de la providencia. A mí no me convencía del todo esta alternativa, ya que era faltar a la verdad, por lo que dije que debería ser el Juez el que procediera a subsanar el problema teniendo en cuenta que era su misma caligrafía la estampada como fecha de la providencia. En fin, cuando el Juez en persona dijo que la providencia era del 13 de mayo y no del 10 de mayo, le manifesté a los funcionarios que en todo caso yo presentaría mi escrito en ese momento, y que sean ellos los que le pongan el cargo o la fecha que consideraran conveniente, a lo cual el Oficial de Secretaría me contestó que por favor dejara que ellos le pongan la fecha antedatada, de modo a evitar el problema con el otro abogado. Pero la cosa no paró allí. Presentado el escrito, el funcionario puso en el cargo la fecha del día 19 de mayo a las 8:15 horas, pero realizado el cómputo del término con la Secretaria, constataron que en realidad el término para la presentación vencía el 18 de mayo a las 9:00 horas, es decir, el día anterior, por lo que me propuso hacer en la computadora del Juzgado un nuevo escrito a lo que yo repliqué que me iría a imprimirlo simplemente de nuevo en mi oficina que quedaba a media cuadra, que lo satisfizo plenamente.

                            Así fue como se resolvió el caso, que me dejó un sabor amargo en la boca, pues, ya se sabe, según mi lema, jamás debo transigir con la mentira. Mi conciencia tuvo que acomodarse, pues quienes incurrieron en ella, fueron los funcionarios, y aún, sin la menor mala intención, a pesar de estar condicionados y empujados por sus miedos y por sus deseos de no pelear inútilmente con un abogado pendenciero. Es lo que digo para justificarme. Sin embargo, se trata de una pobre excusa. Tengo que reconocer que yo mismo prefiero que así se dirima la cuestión, a pesar de que pienso que tal vez lo más correcto sea enfrentar la insensatez del abogado, a quien conozco por sus actitudes agresivas y desubicadas, que con toda probabilidad se ha de aferrar con fuerza a esa circunstancia dudosa, convenciéndose de lo que sea con tal de salirse con la suya. Pero: ¿vale la pena pelearme también con los mismos funcionarios que tratan de hace las cosas “más fáciles”? Condescendí entonces con estos últimos, podría decirse que transigí con la mentira, de cierta manera. Y en verdad, lo ocurrido me dejó tan molido, tan apaleado, que no atiné a otra cosa que a preguntarle a mi diosito si porqué me ponía en estos aprietos, en estas situaciones cuasi-demenciales en  que me veo en figurillas para tomar la decisión correcta que corresponde. Y la respuesta es la ensayada al comienzo: Es la necesidad de romper las estructuras obsoletas, la manera de hacerme comprender que no debo apegarme a las cosas temporales, que debo tolerar y aceptar las imperfecciones propias y ajenas, que no es el caso de mantener posturas rígidas e intransigentes ante la relatividad de las cosas humanas. Se trata de una cuestión compleja, como todo en el universo, y lo expuesto aquí solo puede pintar con pálidos y fragmentarios trazos la innumerable connotación que reviste el suceso en todos sus aspectos.

                            Está también el hermoso sueño de Leonardo, que tiene que ver con lo anotado en la pasada semana en estas páginas, la cuestión del auto y la reunión en sesión trasnoche con sus amigos, de lo que le hablé antes de que se tramara el susodicho sueño. Tendría que ser él quien lo escriba, y le dije que lo haga, aunque cuando le pregunté si lo hizo, creo que al día siguiente, me dijo que todavía no. Me contó que lo vio a Jesús, nada menos (que estaba en un recinto ubicado en el medio de una casa dividida en varios compartimientos por donde debería pasar); en forma de estatua, ciertamente; pero cuando se encuentra conmigo, en un momento en que venía él (Leonardo) llegando de algún lado, y le mencioné que Él (Jesús) quería hablarle, un tanto temeroso porque algo ocultaba que no quería que se sepa, me preguntó si cómo eso podía ser, si sólo era una estatua, a lo que yo le repliqué que Jesús estaba vivo, lo cual hizo que se sintiera impresionado, y como sobrecogido por un temor reverente; y que, cuando se iba caminado en pos de mí para la entrevista, sintió un punzante dolor en los testículos, momento en que se despertó. No atinaba él a darle un significado, y yo le dije que para mí el sentido era evidente, ya que los testículos simbolizarían el ego, esa tendencia a la autoafirmación que forma parte de lo que Jung denomina la gran aventura humana de la individuación que, aun integrando el mecanismo de la evolución de la construcción del propio ser, debe ir siendo sobrepuesta, pues a medida que crecemos en la espiritualidad, es preciso ir resignando el yo separado de lo otro, que se traduce en el afán de parecer y prevalecer. Sin duda, tenía que ver con su relacionamiento con los demás, y en especial con los amigos aquellos, de lo que hablé con él previamente. Me trajo también a la memoria este sueño su antigua actitud de rechazo en el Colegio de las ceremonias rituales en la Iglesia en las que los feligreses se arrodillaban ante las estatuas. Jesús le visitó en forma de estatua en su sueño, para recordarle que Él está vivo en todas las formas, y que se le puede rendir devoción dependiendo de cómo se lo configure, pues todas las maneras de ver y de pensar son respetables, no debiendo uno colocarse por encima de los otros en actitudes arrogantes y despectivas.


                                                        LX


                   Esta “verdad” que vivimos los seres humanos no es “absoluta”, como tendemos a creer; comprensión que viene siendo masticada y asimilada poco a poco en este mi proceso de transición, de cambio, de transformación


                            05 de junio de 2005. Este mi semanario que por esta vez se ha convertido en quincenario se dispone a abrir sus páginas para recibir las impresiones e historias a él destinadas en este día. Las de la anterior semana, muy interesantes sin duda, quedaron pendientes, para no decir relegadas, pues se interpuso el viaje que hicimos a la casa de mi hermana Lela, en Umuarama, Brasil, para visitarla a ella y a Mary, con Marcial y Rosa. Fueron unas lindas vacaciones desde mitad de semana que lo convertimos en una de nuestras tantas Semanas Santas, las cuales, como en esta oportunidad, solemos aprovecharlas para pasar juntos y compartir en familia. En pleno mayo que, como lo apunté, ojalá haya sido a la vez una Santa Semana.

                            En mi diario de sueños es donde registré algunas de las experiencias, pero las más fueron llevadas a los archivos de la memoria para ir siendo devoradas poco a poco por el olvido. ¡Cuántas y cuán fecundas ideas se suscitaron para despejar erróneos conceptos o equívocas configuraciones de lo que damos por realidad! ¿Cómo es que nos cuesta tanto entender que nuestras reacciones ante los estímulos se produce de manera mecánica e inconsciente, que estamos prestos a defender nuestros puntos de vista, nuestros prejuicios y condicionamientos a toda costa, que actuamos invariablemente para tratar de hacer prevalecer nuestra individualidad sobre la de los otros, que criticamos ceñudamente a los otros y no a nosotros, que juzgamos poniendo el apelativo de bueno o malo, de lindo o feo a lo que nos agrada o desagrada, que nuestros actos giran en órbitas egocéntricas, y que el cometido mismo de nuestra existencia radica en revertir esta manera de funcionar para ir caminando sostenidamente hacia la vida imperecedera?  Los detalles de los hechos concretos ya no han de ser reconstruidos. Sin embargo, hay que decir que la semilla ha quedado sembrada, y los frutos han sido o serán recogidos a su debido tiempo por cada uno. Esa interacción, excitante y tensa por momentos, me permitió aprender muchísimo, y creo que a todos, en alguna medida.

                            11 de junio de 2005. Hay cosas que cortan la inspiración, sin duda. Lo que antecede fue escrito para resumir lo acontecido respecto de la semana en que no pude realizar estas anotaciones, decidido a referirme a continuación a la que le siguió, pero quedó allí. Quedó así. Nada hay que haya sido recogido de ese lapso, y cuando el tiempo que todo lo devora (al decir de Cervantes en el Quijote) ya ha procedido a perpetrar sus estragos, nada más se puede hacer para remediarlo (por este tiempo). Las reuniones sociales con sus secuelas de frivolidades (inevitables, por otra parte) constituyen un obstáculo insalvable. Ya se ve, apenas pude anotar las breves líneas precedentes. El sábado hubo la reunión en lo de Marcial, por su cumpleaños y el de Kingo, que se hizo coincidir con la de la cooperativa familiar; y el domingo aquí, en Paraíso, conmemoramos el cumpleaños de Selva. Estos hechos, triviales, impidieron la concreción de este trabajo, impidieron la concentración y la tarea creativa en este lugar específico. Heme aquí tratando de re-tomar, de re-anudar, in-tentando de nuevo poner manos a la obra.

                            Un suceso: La conversación telefónica ayer viernes con el hermano de la Dra. Nancy Benítez en referencia a la posibilidad de que judicialmente se le confiera la guarda del hijo de ella para que pueda éste en el Brasil integrar la lista de espera para realizar el trasplante de médula en el Brasil, teniendo en cuenta que aquel tiene su residencia y la de su familia allá. La explicación que le doy yo de que la guarda de las personas jurídicamente corresponden solo respecto de los menores de edad o incapaces, condiciones que no se dan con Nico, el hijo de Nancy. La consulta y la mención que hace él de lo que le sugirió un Secretario de un Juzgado de Hernandarias sobre la posibilidad de hacer un trámite de información sumaria de testigos que declaren que el muchacho se encuentra bajo su guarda, calificada por él como un atajo a pesar de que tal vez no sea el camino recto. Mi reticencia inicial señalándole en primer lugar mi duda sobre el valor legal de dicho trámite, y en segundo lugar sobre la legitimidad y corrección del procedimiento, ya que los testigos tendrían que declarar algo que no es verdadero, lo que podría suscitar una cuestión de conciencia en quienes se vieran involucrados en el caso, aunque no deba perderse de vista que lo que está en juego es la vida misma de una persona. A partir de allí, se puso en marcha el proceso mental para hacerme llegar a la decisión de que si  me lo piden, estaré dispuesto a realizar yo mismo los trámites, cosa que se lo confirmé a Nancy Benítez esa misma noche telefónicamente, llamándola a Curitibas, Brasil, donde se encuentra.

                            Tratóse de un dilema no pequeño. ¿Cómo seguir manteniendo esa postura mía sustentada a toda costa, contra viento y marea, de decir siempre la verdad, aún en mi contra, (como dice Marcos Aguinis que habría dicho Mahoma), si en una “declaración” ante el Juez, testigos propuestos por mí, en una presentación patrocinada por mí, estarían manifestando algo que no se ajusta a la “verdad”? ¿Cómo quedaría mi intransigente posición de que no existen las “mentiras piadosas”?  La solución al enigma me vino dada por mi comprensión de que esta “verdad” que vivimos los seres humanos no es “absoluta”, como tendemos a creer, la cual comprensión viene siendo masticada y asimilada poco a poco en este mi proceso de transición, de cambio, de transformación. Y naturalmente, esa comprensión se vio reforzada, se vio iluminada, si así puede decirse, por el pasaje aquel del Evangelio que recordé, en que Jesús hizo la siguiente pregunta en la sinagoga: ¿Qué está permitido hacer en día sábado, el bien o el mal? ¿salvar a una persona o matarla? (Mr. 3,4). Y procedió a sanar al hombre que tenía la mano paralizada, en pleno sábado.

                            Este asunto de la “verdad” es algo peliagudo. No una sino dos veces me habían planteado un dilema abstracto (una vez Hugo Monreale y otra vez Leonardo), en el que trataron de embretarme respecto de la “imposibilidad” de decir la verdad en todas las circunstancias. Me propusieron el problema, posiblemente muy trillado, de un hombre ( yo mismo) que tuviera escondido en el sótano de su casa a un judío y que llegaran de improviso cuatro rudos agentes de la Policía Secreta nazi que preguntaran a boca de jarro si estaba el judío en ese lugar; ¿había que decirles la verdad? Les dije yo que sí, ya que no bien terminara de decirles eso, los agentes caerían fulminados como por un rayo, porque la fuerza de la verdad es más poderosa que cualquier otra que se presumiera poseyeran tales sujetos. En verdad, este es un falso problema, pues está fundado en la hipótesis (que se la da como lógica e irrefutable) de que, al contarles la verdad, los agentes de la Policía Secreta nazi procederían a llevar al judío inocente pasando sobre el dueño de casa, sometiendo a aquel a los daños injustos que se podrían evitar ocultándoles aquella. Como ésta es una mera hipótesis, igual que la de que los Agentes de la Policía caerían fulminados ante la respuesta verdadera, la cuestión se reduce a una especulación que el lenguaje no puede resolver. Más, obviamente, mi respuesta es la más atinada ya que ¿quién conoce lo que pueda pasar en el instante siguiente? Podemos conjeturar, pero la infinitud de la realidad nos muestra que no hay certidumbre. Es el tema filosófico de la previsibilidad e imprevisibilidad tantas veces debatido, ligado con el de la libertad y el determinismo. ¡Si la propia ciencia física  ha introducido el principio de incertidumbre, como una constante de la realidad! Hay que escuchar hablar a Werner Heisenberg y otros sobre esto. Lo concreto es que nuestro condicionamiento nos hace creer que las cosas sucederán de tal o cual manera, es decir, de forma “previsible” siempre, lo cual es un producto de nuestros hábitos mentales. Ciertamente, la posibilidad de que la fuerza de la verdad derribe a los agentes requiere de una fe parangonable a la del Cristo, pero todo es posible para el que cree (Mr. 9,23).

                            En fin, por este tiempo voy comprendiendo que mi estrictez en esta cuestión de la  “verdad” no puede ir al extremo de aferrarme a escrúpulos absurdos, cuando es patente que este mundo es el producto de una delirante, para no decir diabólica, creación mental, donde tropezamos con tantas aberraciones y locuras que necesariamente hay que extremar la atención para no dejarse envolver en las distorsiones de la realidad que impiden hacer lo justo definitivo. Es el camino del corazón el que hay que seguir, y el pasaje del Evangelio más arriba citado viene a propósito, es el que da en el ojo: ¿Qué está permitido hacer en día sábado, el bien o el mal? ¿salvar a una persona o matarla? ¿Me he de excusar de ayudar con el argumento de que “no hay que faltar a la verdad”, ante un monstruo gigantesco y feroz como el Estado, producto de mentiras y corrupciones sin nombre,  que si bien miramos se trata de lo opuesto a la vida, que es la verdad? Empero, no es cosa de ser tratada a la ligera. Las decisiones deben tomarse en cada caso y según el contexto de las circunstancias que se presenten.

                            En un sentido absoluto se puede sustentar que “todo es Dios”, lo que llamamos verdad y lo que llamamos mentira, porque nada hay que no sea Dios. Todo en verdad sirve a los propósitos de Dios, la verdad y la mentira (que son Él mismo); es el mecanismo del que Él se vale para conducir a sus criaturas hacia el “bien definitivo” dentro de ese proceso de evolución en que están inmersas.  Llegado a cierto nivel, también el ser humano, como su creador, está por encima de la “verdad y de la mentira”, pues ambas son solo aspectos de la “verdad definitiva”. Más hay que haber alcanzado ese nivel para ser capaz de decidir “con el corazón” en cada caso, colocarse “más allá del bien y del mal”, no a la manera de Nietzche, sino a la manera de las doctrinas taoísta, hinduista, budista y desde luego, también a la manera de la enseñanza cristiana. Esa es la clave de la cita bíblica más arriba transcripta.

                            Como colofón diré que la aptitud para ver que los episodios de nuestras vidas carecen de esa realidad “absoluta” que tendemos a atribuirles, es la lección repetida que surge una vez más de esta experiencia. La vida es un sueño, un hermoso sueño, a condición de que la comprendamos en su verdadera dimensión. Demás está decir que yo me limito a seguir perseverando en el intento.


                                                        LXI


                   En cierta etapa de su crecimiento el ser humano identifica a su ser con las apariencias, prestando excesiva importancia a lo que se pueda pensar o decir de lo que él da por “su ser”, cuando que su ser genuino está más allá de aquella imagen


                            18 de junio de 2005. En el tren del aprendizaje de la vida estoy montado. “Y lo que llamáis morir, es acabar de morir; lo que llamáis nacer es empezar a morir; y lo que llamáis vivir es vivir muriendo”. Pobre Francisco de Quevedo, obsesionado como yo por “los sueños”, (título de la obra en la que vertió la precedente declaración), desesperado por esa continua muerte que le quitaba la vida que tanto amaba, condicionado por la angustia de la inexorabilidad que le atribuía a aquella en su aspecto físico, nos legó una poética y paradojal sentencia que describe magistralmente el drama que agobia a todo ser humano. El error radica únicamente en absolutizar el concepto. Las pequeñas muertes forman parte, integran de manera inseparable a esto que llamamos vida, que es a la que debemos atribuir el sentido absoluto, si pudiéramos absolutizar algo que pertenece al ámbito de la realidad conceptual. Es por eso que vinimos para aprender a vivir. El que aprendió a vivir es aquel que ha conseguido derrotar a la muerte. Es la forma de poner que tiene Pablo de Tarso. Generalmente ni pensamos que esa es la misión para la que fuimos creados.

                            Pronto en la semana se ofrece la oportunidad de ir aprendiendo, de ir creciendo, con la actitud desabrida, áspera de aquel Fiscal de Lambaré que me tapa la boca, no me permite articular una palabra, cuando el día lunes temprano trato de pedirle alguna información sobre los trámites que seguirían en la denuncia por el delito de incumplimiento del deber de asistencia alimentaria que estaba presentando, indicándome de manera cortante que entregue mi denuncia en la mesa de entradas de donde se le derivaría posteriormente a él. Fui capaz de bajar la cabeza y de cerrar la boca.

                            De ahí inmediatamente fui a lidiar con aquel Ujier Notificador mentiroso, que desde hace un mes y medio tiene un expediente para informar, por orden de un Juez, sobre una notificación  que, según él, había practicado y procedido a agregar la cédula de notificación diligenciada a dicho expediente, que desapareció de allí, y con las excusas más inverosímiles elude hacer su informe. Como que yo le pagué para que haga la notificación, como que él me aseguró siempre que la hizo, como que a estar por esta aseveración tuvo que ser el abogado de la otra parte el que habría robado la cédula del expediente, y como que el sujeto estaba apelando a las patrañas más burdas para omitir hacer el informe requerido, le reiteré lo que ya le dije anteriormente, para que hiciera lo que tenía que hacer, informando al Juez si hizo la notificación si es que la hizo, y que no lo hizo, si así fue, que no le estaba pidiendo que mienta en su informe. Ratificóme él que lo había hecho, y como en otras veces alegó que no tenía un cuaderno que es obligatorio para ellos poseer donde se tienen que anotar todas las notificaciones,  agregando que algún abogado le habría dicho que por ese motivo podían someterlo a un sumario. Le advertí yo que si persistía en su omisión, o cualquiera que fuesen las circunstancias en las que desembocara el caso, tampoco descartaba yo que fuese a denunciarlo ante la Superintendencia de la Corte, como ya lo había hecho no hace mucho contra un Actuario que faltó a sus deberes. ¡Cuánta gente desprolija, desordenada, cínica, caradura, con la que uno tiene que toparse en este deschavetado mundo!. Son los demonios que a cada paso saltan ante uno para enseñarle a desembarazarse de sus propias fallas, de las que los personajes citados son la proyección.

                            Simpático estuvo también el caso aquel en que la mujer aquella, contra la cual hay una sentencia en plena ejecución donde se le embargó una camioneta ya a punto de ser rematada, acude a mi cliente para que éste llegue a un acuerdo con ella a mis espaldas, obviamente con el propósito de pagar menos de lo que piensa que tiene que pagar si estoy yo de por medio. Afortunadamente mi cliente no se dejó embaucar, lo que hizo que se concertara un encuentro en mi oficina, donde increíblemente, a pesar de concordar en que le estaríamos haciendo una quita sustancial de la deuda, aprovechando un momento en que yo estaba hablando por teléfono, allí, en mi presencia, en voz baja le reitera a mi cliente que él nomás proceda a cobrar todo dejándome en la estacada. Al retirarse ella, antes de levantarme para acompañarla hasta la puerta, me cuenta esto mi cliente (quien pidió tiempo hasta el lunes para dar una respuesta a la propuesta de arreglo planteada por ella), y al despedirla en la puerta le manifiesto la total falta de corrección de su proceder, a lo que responde, sorprendida y desconcertada pero haciéndose la mansita, que por favor le ayude, que iba a pagarnos lo que nos había prometido. Es una personaja diabólica, sin duda. Me enseña, sin embargo, que no hay que tener apego a las riquezas de la tierra, donde las polillas y el óxido corroen.

                            Otro caso se refiere a la reunión con Miguela Gwynn y Hugo Monreale, su hijo, mi prima y sobrino, el viernes de noche, que está también entre las peripecias de la semana dignas de ser anotadas. Lo destacable del episodio es que pude comprender por fin claramente el porqué del enojo de todos ellos por lo escrito en el libro “Conversaciones con mi Demonio”. Me dijo Hugo en un momento: “Vos le ofendiste gravemente a esta familia”. Y entre todo lo hablado, me di cuenta de que ellos interpretaron que yo habría dicho en algún pasaje del libro que ellos no le brindaban la asistencia económica suficiente o debida a la tía Yenni, cuando que en verdad en ningún tiempo descuidaron esta obligación. Y lo más notable del caso es que yo jamás dije eso que ellos piensan que dije, que es solo una interpretación errónea del citado pasaje, y también de algún otro, posiblemente. La lección que extraje es la de comprender hasta qué punto el amor propio nos vuelve suspicaces y chinchudos, teniendo un desmedido celo por proteger nuestra imagen ante los demás. Claro, obedece a la imperfección propia del ser humano que en una etapa de su crecimiento identifica a su ser con las apariencias, prestando excesiva importancia a lo que se pueda pensar o decir de lo que él da por “su ser”, cuando que su ser genuino está más allá de aquella imagen.

                            Viene por último el asunto de la pasada por la casa de Selva antes de ir a la oficina en una de las mañanas, coincidiendo con la avería del coche de Marcos que hace que al verme Selva me llame para llevarle a Romina y Joaquín a la escuela, y yo le haga este juego a Joaquín preguntándole y respondiéndome al mismo tiempo: “¿Qué pasó?. Justo pasó mi abuelo”. Que cuando se lo conté a Leonardo éste escuchó: “Justo pasó mi ahora”. Curiosidades de la travesía, digamos.



                                                        LXII


                   Cada ser es “en realidad” un pensamiento, y de la combinación de esos pensamientos emerge el entretejido de las historias o sucesos


                            25 de junio de 2007.

                            02 de julio de 2005. La fecha arriba escrita quedó tal cual, sin añadiduras, por la omisión de cumplir con este trabajo la pasada semana. ¿Tal cual? ¿No fue acaso el año 2005 el sábado pasado? El tiempo me está jugando malas pasadas, lo dije antes. En parte ese es el tema de los comentarios de esta semana, de nuevo.

                            Las cosas están sucediendo de manera completamente extravagante, insólita, desconcertante.  La mente crea los hechos, crea los recuerdos, los mezcla, los rememora, los confunde, los enreda; y busca una salida, una explicación lógica, una razón que le permita no desquiciarse.

                            No es sencillo referir tales hechos, aparentemente triviales, que vienen y van en una frenética carrera contra el tiempo, en medio de unos pensamientos que se disparan de aquí para allá, mientras uno trata de acomodarse a ellos, de buscar el nexo que les dé coherencia, sobreviniendo la sorpresa súbita por lo extraño e incomprensible momentáneamente, que se olvida nomás un rato después, o se aclara con la explicación que se le encuentra indefectiblemente, llenando los huecos o atando los cabos sueltos, aunque queden otros flotando por ahí que no se los ha tenido en cuenta, o que convenientemente se los olvida o deja de lado.

                            Está el hecho acaecido el martes, con la lluvia y los paraguas que desaparecen de la oficina, pese a habérselos comprado en varias ocasiones anteriores, encontrándose solo uno, ya inservible prácticamente, cuando llego yo con mi auto en plena lluvia frente a ella y le mando a Mario Darío que vaya, llevando ese paraguas, al lugar donde estacionamos habitualmente, mientras yo me dirijo para comprar otro en la puerta de entrada en la parte de atrás del Palacio de Justicia, que está cerrada ese día, donde no encuentro al vendedor que allí suele estar, pero al darme la vuelta para regresar a la oficina veo tirado un paraguas en el suelo, con un deterioro en el mango pero en lo demás totalmente utilizable, que lo alzo y lo traigo conmigo para protegerme de la lluvia que estaba cayendo.

                            Está el caso ocurrido en la misma fecha, con el archivo de la computadora, que lleva por nombre el de una persona en cuya representación hicimos una demanda contra el I.P.S., que al ser copiado en un discket y abierto en la computadora de Pablo Emilio se constata que en el encabezamiento tiene incorporado una parte de una demanda del Canal 9 contra el Ministerio de Justicia y Trabajo, aunque a continuación están todos los datos de la otra demanda que es lo que necesitábamos para el trabajo que tenía que hacer Pablo Emilio.

                            Está el asunto de la audiencia anotada en mi agenda para el día miércoles 29 de junio a las 10:00 horas, que fue hecho, si mi memoria no me engaña, mientras el Presidente del Tribunal lo dictaba a voz en cuello, días antes, en presencia de los demás miembros del Tribunal, de los funcionarios, y del abogado representante de mi contraparte, en otra audiencia oral que estaba culminando a la que estábamos asistiendo todos. Lo cual desembocó en la constatación por parte mía, al concurrir en la fecha mencionada, de que la fecha anotada en el expediente era para el día anterior, 28 de junio a las 10:00 horas, lo que significó que dicha audiencia ya se había llevado a cabo un día antes; pese a que en mi agenda brillaba la tinta con la que se había escrito la fecha 29 de junio a las 10:00 horas, como la fecha en que debía ser realizada la misma.

                            En este mismo día se produce el extravío de las fotocopias sacadas de dos hojas de un expediente el día anterior, que dice Mario Darío habérmelas entregado en la Secretaría del Tribunal, y el de la carpeta del mismo expediente que usamos en la oficina para archivar nuestros escritos. Le digo a Mario Darío que si me las dio, yo lo habré puesto sobre el escritorio para que las archive, y en cuanto a la carpeta, le digo que estará por ahí, y que en todo caso pude habérmela dejado olvidada en el Tribunal, que él lo corrobora muy convencido. Le insto a que no se preocupe, que ya aparecerán en algún momento. Al día siguiente, encuentra él las fotocopias en una carpeta suya (lo que significa que no me las entregó en la Secretaría, pese a su íntima y firme convicción), y más tarde encuentra también la carpeta, que “recuerda” haberla llevado, sin darse cuenta, a otro sitio de la oficina donde guardamos los libros y las fotocopias de algunos expedientes, alegando que se le fue en medio de uno de éstos inadvertidamente.

                            Está el tema del certificado de nacimiento de Mary, mi hermana, que al presentarme el jueves en el Departamento de Identificaciones para instar el trámite de la expedición de su Cédula de Identidad que estaba paralizado desde hace dos años, constato que allí obra uno que se basa en una inscripción que se hizo en Hernandarias en el año de 1.963, pero refiriéndola a otra que se hizo anteriormente en Colonia Elisa,  lo que difiere de los otros dos certificados que yo tenía en mi poder. Uno de éstos, alude a esta misma inscripción de Colonia Elisa, que data del año 1.953, en que fue reconocida por nuestro padre. Y el otro, alude a otra inscripción que se hizo también en Hernandarias, pero en el año de 1.966, por declaración de nuestra madre. En cada uno de ellos, el segundo apellido estaba escrito de diversa manera, en el primero Saptrand, en el segundo Sartran, y en el tercero Safstrand. Además, en el primero consta como su lugar de nacimiento Colonia Elisa y en los dos últimos, Asunción.

                            Complicaciones que nos da la vida, y en particular el tiempo. Dos son los pensamientos que quiero dejar sentado al respecto.

                            Uno: Las cosas que pasan tienen los visos que caracterizan a las que acaecen en sueños. Se forman con los datos que tenemos archivados en la memoria y con los pensamientos latentes en nuestro cuerpo y mente, que son hilvanados por ésta en historias inteligibles tendientes a dar consistencia a nuestro ser. Estas historias tienen una realidad relativa, es decir, relacionan entre sí a múltiples seres cuya existencia “en el tiempo” es necesariamente pasajera. Cada ser es “en realidad” un pensamiento, y de la combinación de esos pensamientos emerge el entretejido de las historias o sucesos. Pero la misma relación que se establece entre esos pensamientos revela también su aspecto unitario, vale decir, la totalidad constituye en verdad un solo pensamiento. Mientras no nos damos cuenta de esto, tenemos la impresión de que cada historia marcha por su lado, divorciada de las otras, por lo cual les asignamos un sentido absoluto a cada una. Al percatarnos de ello, por el contrario, comprendemos que los sucesos y demás “seres” del universo son solo aspectos del único “ser” al que pertenecemos en su naturaleza esencial, el cual es lo único absoluto, y que las historias desarrolladas tanto en sueños como en la vigilia son puras creaciones de la mente que van sucediendo mientras “pasa el tiempo” con el objeto de “concienciar a nuestro ser”. De donde se infiere que los acontecimientos del sueño y de la vigilia se encuentran emparentados, se asemejan, apuntan a lo mismo en lo fundamental. Ese es el motivo por el cual se me va mostrando la desconcertante y extraña manera de suceder las cosas en la vigilia, similarmente a como se producen en los sueños. Hay que decir sin embargo que esa extraña manera no es descabellada, pues cuando se tiene la certeza de que existe una mente que todo lo coordina, uno se da cuenta de que nada pernicioso le puede ocurrir y que todo apunta a un sentido, aunque momentáneamente uno no lo perciba. Como también que el verdadero despertar se ha de producir recién cuando uno sea capaz de desvincularse de esa tendencia a absolutizar los sucesos y los seres que conforman las historias que acaecen “en el tiempo”. La cuestión radica en desarrollar y consolidar ese aspecto de nuestro ser que es indestructible e intemporal.

                            Dos: La relatividad del tiempo que me sugirió el “error” de anotar una fecha distinta para la audiencia a la que a la postre resultó ser la “verdadera”. ¿Estoy yo acaso desplazándome en el universo a una velocidad mayor que enlenteció mi tiempo en relación con el transcurrido para los otros que estuvieron presentes en el momento de ser dictada la fecha de la misma? Para mí transcurrieron “más días” que para ellos en el lapso transcurrido desde la fecha en que se fijó la audiencia hasta el día de su “realización”. En el “Nuevo Tratado Acerca de la Inmortalidad” postulo yo que el viaje “en el espacio-tiempo” se produce precisamente en el fuero interno de cada cual, pues el tiempo y el espacio constituyen creaciones eminentemente mentales. Así es desde luego como tiene que ser, pues el universo todo no es otra cosa que el reflejo de nuestra mente, de nuestro ser fundamental que se “proyecta” en ese “espacio-tiempo”; es, por decirlo así, “la imagen de Dios”, el cual también es cada uno de nosotros. Por tanto, no es en modo alguno descaminado que haya acontecido un “desfasaje del tiempo” en la ocasión aludida, independientemente de que pueda encontrársele otra explicación que pudiera parecer más plausible a las inteligencias más conservadoras.


                                                        LXIII


                   ¿Es el sentimiento, en última instancia, solo un pensamiento, una idea?


                            Y en este punto no puedo evitar reproducir lo escrito en esta misma fecha en mi “Diario de Sueños”, por la especial relevancia que le atribuyo a las experiencias habidas en relación con el tema del que tratan estos comentarios. De hecho, mi propia evolución solo podría ser apreciada en el contexto de las experiencias aquí narradas complementadas con mis experiencias oníricas, e incluso con los pensamientos que voy escribiendo en mi “Agenda Cabal”.

                                      02/07/2005


                            Dos sueños estrafalarios, tremendos por su realismo, que los resumo así:

                            1) Una competencia deportiva, un partido de fútbol de barrio entre dos grupos, yo que estoy en una casa observando; termina el partido y surge un incidente, una pelea entre don Fernando o don Héctor Fernández Andes (frente a cuya casa estaba nuestra canchita de barrio, aunque el lugar en el sueño es diferente) y otra persona, tal vez don Inocencio Cubilla, aunque después se me olvida quien fue; se agreden, se acometen un poco, el otro parece más fuerte, mientras don Fernández pareciera más vulnerable, se diría que lo que él siente lo siento yo, es decir, medio me identifico con él; de improviso reacciona duramente y veo que saca fuera su miembro viril que está erecto, enorme, y lo pela ante su adversario. Al despertarme, la vívida impresión me deja conmocionado, pero se siembra después la duda de quién habría sido el contrincante de don Fernández. Posteriormente, soñando otro sueño en el que se me ocurre estar despierto, sueño que recuerdo, como si se me esclareciera vívidamente, que tal contrincante era Beatriz Cristaldo, la abogada hija del profesor Jorge Darío Cristaldo, también abogado. Lo cual es un completo absurdo, ya que tal fue un hombre, y posiblemente don Inocencio. La duda de que pudiera ser este último el adversario tendría su origen en que él es muy amigo de don Fernández y también de mí, lo que hace que mi mente se resista a aceptar una pelea entre ellos.

                            2) El otro sueño podría ser calificado de escalofriante. Sueño que estoy con mi familia y se habla de un diagnóstico médico sobre una enfermedad que me aqueja, hay algunas dudas pero luego se esclarece que es un cáncer irreversible en el cuello, me lo confirma Viviana que está conmigo, en un momento veo mi cuello que está torcido y duro, siento el dolor físico pero sobre todo la convicción absoluta en lo psicológico de que tal enfermedad es real, incurable y que me va a llevar a la muerte irremediable, sentimiento del que participa, o lo comparte también Vivi. Es un poco difícil de explicar el realismo de la vivencia, que tuvo otros detalles, como el que se refería al pensamiento de que en poco tiempo sobrevendría la muerte, tal vez dos meses, pero lo esencial de la experiencia fue ese sentimiento de que estaba ocurriendo de manera idéntica que en el estado del despertar y la fuerza y realismo del suceso que no puedo terminar de ponderar. A tal punto que los rastros del sentimiento continuaron en mí una vez despierto, o tal vez estuvieron largo rato en sueños, por lo que la impresión siguió en mí al despertarme, tal fue la tremenda absolutización que le otorgué, o la veracidad que le atribuí, que no pude sustraerme pronto de tal sentimiento.

                            Para abreviar el significado de ambos sueños diré que mi demonio me está enseñando precisamente la relatividad de estas experiencias fenoménicas, pese a la crudeza con que se manifiestan.

                            Mezclando datos de la vigilia, sentimientos encontrados y episódicos, reproduzco por ejemplo lo que pueda estar sintiendo mi hermana Mary (en el segundo sueño), dándome la pista mi guía interno de que esta vida no pasa de ser una competencia, a veces grosera (reflejado en el sueño primero), tras la búsqueda de la verdad definitiva, cuya obtención requiere aún curarme de mis enfermedades.

                            Agrego que el mensaje del sueño llama también la atención sobre el hecho de hasta qué punto vivimos como dormidos en nuestro estado de vigilia, mostrando que solamente en estas situaciones extremas, situaciones límites, es donde logramos sacudirnos un poco de nuestras modorras. Esto es precisamente lo que estuve pensando ayer, y mi sueño lo reprisa con toda la crudeza imaginable, para ir tirando lejos de mí las estructuras obsoletas (Ya Montaigne enfatizaba esta circunstancia, la de “vivir dormidos”, como pude constatarlo “de casualidad” con este pasaje que se le atribuye, que lo encontré ya después de asentar lo escrito en estas líneas: Aquellos que  han igualado nuestra vida a un sueño estuvieron, por azar, en lo cierto. Todos dormimos en vela y despiertos dormimos).

                            Los sueños narrados me sugirieron paralelamente otra disyuntiva.

                            ¿Es el sentimiento, en última instancia, solo un pensamiento, una idea?.

                            Se me presenta este interrogante ante la terrible dificultad que tuve para “salir” de ese “sentimiento” de que padecía cáncer, que se suscitó en el sueño, quedando extrañado incluso ya en la vigilia de que haya podido salir de él.

                            Mirado desde el ahora, desde este momento, desde el “presente”, desde la perspectiva en que me hallo, “fuera” ya de ese “sentimiento”, se tiene que decir que aquello se trató solo de un pensamiento, pues si bien el sentimiento era real, era verdadero en ese momento, el mismo se ha esfumado como se tratara nada más que de un pensamiento fugaz.

                            Cuando digo que “lo único real es lo que sentimos”, por consiguiente, involucro al pensamiento que es el que “forja” ese sentimiento. No por nada el Buda decía que “somos lo que pensamos”.

                            El pensamiento es “anterior”, por decirlo así, al sentimiento, pues en aquel se origina éste, aunque no nos demos cuenta. Y no podemos darnos cuenta porque los pensamientos tienen origen inconsciente, son automáticos, mecánicos, las más de las veces. Se encuentran en bloque, en paquetes de energía dentro de nuestra estructura genética, constituyen nuestros propios impulsos que se manifiestan, sea en hechos que afectan a nuestro propio cuerpo, sea en “pensamientos conscientes”, o en palabras y acciones que provienen de aquellos impulsos.

                            De ello se deduce que tenemos la potencialidad, el poder para controlar nuestros propios sentimientos, hasta cierto punto, así como tenemos el poder de controlar nuestros pensamientos, palabras y acciones.

                            Los sentimientos por tanto son producto de nuestros pensamientos, y no a la inversa como fácilmente creemos, confundidos al no conocer nuestra verdadera naturaleza.

                            Primero está la conciencia, después la volición, contrariamente a lo postulado por Schopenhauer. Claro que esto es mirado desde cierto punto de vista, pues el ser humano que deja prevalecer su parte animal, por decirlo así, está anteponiendo el sentimiento al pensamiento, la volición a la conciencia.

                            Podríamos decir también que la incalculable velocidad con se suscitan los pensamientos, que se traducen en sentimientos, que nos hacen ver “hechos consumados”,  a los que atribuimos ser productos de estos últimos, es lo que nos dificulta discernir que en última instancia los sentimientos son solo pensamientos.

                            Estas inferencias permiten apreciar con entera claridad que las “enfermedades” que padecemos se originan en ciertos pensamientos arraigados en lo profundo de nuestro ser, de las cuales no podemos salir porque convertimos en hábitos estos pensamientos, produciéndose un círculo vicioso entre “el sentimiento” , “el hecho” y “el pensamiento”, donde estamos girando incapaces de trascenderlo.

                            Con el control del pensamiento, entonces, que es el creador de toda realidad, podemos no sólo salir de alguna “enfermedad” en la que caigamos, sino que podemos evitar caer en ella. Es cuestión de vigilar a nuestros pensamientos (y a nuestras palabras y acciones, que son su consecuencia) y conseguiremos no sólo vivir sanos para siempre sino también no morir, fenómeno que también es producto del pensamiento.

                            Claro que esto debe ser referido a las circunstancias particulares que le toquen a cada cual, pues como “seres creados” estamos sometidos incuestionablemente a los designios del “ser increado”, ese “no venido a la existencia” al que se refería el Buda, que lo integramos también cada uno esencialmente, vale decir, somos también Él mismo en cierto sentido.

                            Por ende, si me enfermo, o si tengo que morir, es porque como “ser creado”, en este aspecto de mi ser, soy un instrumento del ser increado que coordina los pensamientos de cada uno, por decirlo así, con el objeto de alcanzar la plena realización de la vida, que ha de entrañar la derrota definitiva de “la muerte” y las enfermedades, así como la configuramos, es decir, inevitables e inexorables, y peor aún, condicionados a temer nuestra aniquilación total como seres individuales.

                            La enseñanza que deriva del sueño, según se aprecia con las reflexiones que preceden, al fin y al cabo (independientemente de lo otro ya mentado más arriba) era la de permitirme entrar en este aspecto de la realidad, de modo a seguir construyendo mi propio ser indestructible.


                                                        LXIV


                   No he de cejar en mejorar día a día, momento a momento, porque la semilla de la perfección se halla latente en mi ser


                            10 de julio de 2005. Dando respuesta a mi naturaleza, a mis compulsiones tal vez, entendidas en el buen sentido, o sea, en ese que configura a mi ser como un instrumento de aquella, dispuesto a cumplir el propósito asignádome en este mundo, en esta cronología en particular, heme aquí reuniendo mis recuerdos y pensamientos en este receptáculo, para los fines que hubiere lugar. Para la mayor gloria de Dios, se diría en una terminología sumamente apropiada, de uno que se rinde ante aquella Inteligencia suprema que gobierna a esa Naturaleza, pese a las confusiones y equívocos que podría suscitar esa expresión por este tiempo.

                            El caso de la gestión de la Cédula de Identidad de mi hermana Mary, es el (caso) que inicia la serie (de casos) de la semana a ser rememorados. Me presento para retirarla nomás ya, el lunes al mediodía, tal como me lo habían asegurado en la semana anterior que podría hacerlo, y me encuentro con que de nuevo fueron objetados los datos de su identidad que constan en los documentos obrantes en su prontuario y por tanto, con una nueva denegación para la expedición del documento. Un pequeño tropiezo que pone a prueba la ecuanimidad, el dominio de uno mismo, la imperturbabilidad imprescindible ante la infame burocracia del Estado, esa maquinaria ciega, insensible, creada por el hombre pero carente de humanidad. Si no fuera por la frustración y la tremenda tensión que genera el episodio, se podría decir que resulta divertido. Verme obligado a llevar todos los antecedentes al día siguiente y ser derivado a un Oficial de Policía de alta jerarquía que funge como Asesor Jurídico, abogado, sin duda, que de malas maneras, refunfuñando, le observa al funcionario a quien acompaño diciéndole si porqué no le acercó primeramente los documentos antes de dejarme entrar en su despacho. Pedirle yo con la mayor humildad de la que era capaz que me deje explicarle el caso y tras eso, ratificarme él de que no sería posible expedir la Cédula sin realizar previamente una rectificación por la vía judicial de los datos erróneos o contradictorios referentes a la identidad, constituyó una tensa y muda confrontación entre nuestros opuestos pensamientos, que ya habían estado en guardia desde el principio a causa de su poca predisposición a dar una amable atención y de mis deseos que afloraban seguramente por todos mis poros, pese a haberle aclarado de que yo también era abogado como él, o quizás por eso mismo. Ante su respuesta, con firme cortesía le pedí hacer algunas consideraciones sobre el caso. Manifestéle entonces que esta situación injusta había hecho que venga a mi cabeza la posibilidad de promover un amparo constitucional contra esta denegación, o la de hacer una denuncia ante la Fiscalía por algún delito que pudiera implicar el hecho de no otorgar su documento a una persona aquejada de una dolencia impidiéndole llevar a cabo el tratamiento médico indicado que lo estaba haciendo en el Brasil, donde ya no le permitían el ingreso a causa de su Cédula que estaba vencida. Díjele también que él mostró mala voluntad cuando yo llegué allí al dirigirse al funcionario a quien yo acompañaba, y que pese a aclararle que yo era abogado, su colega, obviamente más antiguo que él ya que era mayor en edad, no me había invitado a sentarme. Le señalé que yo era un abogado conocido, de lo que seguramente él no estaba ajeno, que era abogado de Canal 9, y que había pensado también en la posibilidad de hacer un ruido, una publicidad respecto a esta actitud cerrada con la que tropezaba, mencionándole que se estaba dejando de lado la actitud de servicio y la sensibilidad que se merecen las personas. Que la profesión de abogado como la de policía eran considerados un servicio y no una mercancía, cosa que yo estaba tratando de poner en práctica con mis clientes en concordancia con lo enseñado por los grandes hombres de esta disciplina, y que yo pagaba puntualmente mis impuestos, parte de los cuales era destinada al pago de los salarios de los funcionarios públicos. Este borbotón de palabras fue mejor escuchado por el personaje, que me invitó a sentarme tras señalarle su omisión en ese sentido, y que asintió con la cabeza cuando le dije que era yo un abogado conocido del foro nacional, aunque en algún momento entrecortando mi perorata me insinuó que podría nomás promover el amparo. Sea que lo conmoviera, sea que algún temor le infundiera la posibilidad de dar a publicidad estas falencias, sea por ambas cosas, lo cierto es que mi interlocutor se ablandó, instándome a calmarme. Finalmente me pidió que consiguiera el Acta de Nacimiento de mi hermana correspondiente a Villa Elisa, como había llevado ya en la semana anterior el de Hernandarias, y que con eso buscaríamos la mejor solución entre ambos para este caso. Los trámites subsiguientes para conseguir lo requerido, en los que aún estoy embarcado, constituyen también de por sí otro intríngulis que sin duda me es puesto en el camino por la Sabiduría divina con el objeto de ir forjando el ser que deberé llegar a ser.

                            El siguiente (caso) a ser comentado es el suscitado en la Cooperativa familiar, anoche. La propuesta de alguna gente para que no se publique más la lista de los deudores de los préstamos incluyendo a los morosos y el tiempo de la mora, como se estaba haciendo cada año, hasta el año pasado. Simpática fue la argumentación de los partidarios de esta propuesta, desde la alegación de que “si yo debo no le interesa al vecino” hasta la de que la Cooperativa es una asociación creada especialmente para fomentar “el amor” entre los miembros que se hallan unidos por lazos familiares. Se aludió también a “la ética”, al hecho de que la publicidad podría tener una connotación de hacer pasar vergüenza al deudor moroso, como si se quisiera mortificarlo, y hasta a la sentencia bíblica: “el que no tiene pecado arroje la primera piedra”. En suma, era la necedad al servicio del mecanismo sicológico de quienes tenían miedo de incumplir con sus obligaciones (o, quién sabe,  quizás el propósito deliberado de dejar de cumplirlas, en algún caso) queriendo justificar que la verdad no salga a la luz. Manifesté mi postura contraria basado principalmente en que la verdad no puede dañar y que nadie tiene de qué avergonzarse si no ha incurrido en algo incorrecto. Sometido el caso a votación, triunfó la moción que yo propuse.

                            La cuestión que atañe a estas reflexiones es si podría tal vez encontrar yo un medio para evitar que la confrontación se produzca de una manera menos traumática, dejando menos resentimientos. No es que sea demasiado preocupante el resentimiento, que solo daña al que la profesa, pero ¿cuándo podré yo desarrollar la aptitud de apaciguar con dulzura, con amor, de manera que el adversario se amanse y vea con suficiente claridad la verdad de lo que se le expone?. Entre las personas sensatas prevaleció desde luego la verdad. Y bueno, habría que decir que ni el poder de Cristo pudo con los insensatos, por lo que en ciertas circunstancias hay que resignarse a soportar el enojo de la gente. Tengo que decir, empero, que puse toda mi habilidad, toda mi destreza, y aún, mi capacidad de autocontrol para tratar de salir airoso del problema, y que lo conseguí en gran medida. Eso sí: cada vez que uno se enfrenta con situaciones de esta clase, se ve en la penosa necesidad de reconocer cuánto le falta para alcanzar ese aplomo desprovisto de todo deseo, de toda reacción inconsciente, que le permita mantenerse indemne ante las turbulencias del entorno.

                            Curiosamente, terminadas de escribir estas líneas, al hacer la siesta aquí en Paraíso, en la escena final de un sueño apareció con mucha vivacidad la idea de que lo que no se utilizaba en los faenamientos de animales  era el cuero de los mismos. Lo tomé instantáneamente (y equivocadamente) como que mi demonio me estaba indicando que estaba satisfecho con mi rendimiento (hasta donde me daba el cuero). Contrariamente a lo que podría pensarse, si se atiende bien al mensaje, de que no le estoy sacando todo el jugo a mis potencialidades (no estoy aprovechando todo lo que me da el cuero), sentido éste último que sería el más plausible. La ambivalencia del sentido se puso nuevamente de manifiesto en este caso. Naturalmente, la necesidad de autoaceptación, el mecanismo de la autoestima fue el que funcionó en un principio. Aun cuando íntimamente quiera convencerme de que estoy haciendo todo lo que puedo, ello es solo producto de mi condicionamiento, de la respuesta mecánica que da mi astuta mente al interrogante. No he de cejar en mejorar día a día, momento a momento, porque la semilla de la perfección se halla latente en mi ser. Si me conformo con hacer meramente “lo que debo”, no podré sino decir al final de cada jornada “Siervo inútil soy, pues lo que debía hacer, hice” (Lc. 17,10).

                            Y un pequeño espacio para los sueños de Ito. Sueña él que yo le regalé un celular y que compré uno para mi propio uso. Como no lo cree, en sueños, me pide que le pinche en el brazo, para saber si está despierto o dormido. Lo hago así, y no se despierta (en sueños), vale decir, en sueños sigue estando despierto, o sigue pensando que lo está. Simple es el caso: Tanto quiere para su celular que su poderosa vivencia onírica le hace sentir que está despierto mientras sueña que se cumplen sus deseos. Al otro día, o dos días después, sueña de nuevo que en el “tapa sol” que está ante el parabrisas de mi coche, adentro, él ve insertado tres celulares, uno cerca de otro. Toma él uno de ellos que es “purete”, un super celular, como en otra ocasión ya había soñado que tenía, y lo manipula y juega con él. Le digo, como la vez pasada, que es la representación de la comunicación que estamos manteniendo con Dios, a través de la meditación que ambos estamos practicando cada día, y que el sol representa a Dios, razón por la cual los celulares estaban insertados en el “tapasol” del automóvil.  

                            Y unas líneas finales para el comentario sobre la inocencia hecha dulzura de Joaquín, quien le dijo a su madre: “Vos sos mi mami y mi hermana”. Y al preguntarle Selva: ¿Porqué?, él le contesta: “Porque Dios es nuestro padre”.


                                                        LXV


                   Aunque comprendo lo fundamental, no he dejado de ser un mero aprendiz


                            17 de julio de 2005. Se me ocurrió dar por terminada esta obra. ¿Qué son las historias que en ella se cuentan sino variaciones del único motivo, el ser?. Lo mismo pensé de las crónicas en que registro mis experiencias oníricas. Ya no más, me dije. Después de todo en algún momento voy a tener que poner fin a este inventario. Eso es lo que constituyen estos apuntes. Un inventario. Al menos, en líneas generales. ¿Y qué puede haber más aburrido que un inventario?. Hete aquí a un contador (no un contador de cuentos, sino un profesional de la contabilidad) registrando minuciosamente los objetos de sus cuentas y sometiéndolo a nuestra consideración. ¡Qué fastidio, qué insoportable!. Pero no. Alguna diferencia se puede hacer. Las diferencias son los matices que la inteligencia es capaz de detectar en una banda en la que se despliegan y se combinan los colores de esa realidad, el ser. Y a decir verdad, esos matices son infinitos, aunque no sea fácil verlos. El ser es pura vibración, nada más. Alguna vez lo dije, posiblemente repitiendo a otro u otros. Son los sonidos de la escala musical, agudos, graves, largos, cortos, en compases rítmicos, todo apuntando al ser. Somos cuando hablamos, somos cuando comemos, somos si copulamos, somos, somos, somos. Queremos ser. Es todo lo que queremos. Pero queremos ser dichosos, felices, bienaventurados. Y buscamos la forma. He llegado a comprender esta verdad. Esta verdad que comprende, entre otras más, la verdad de que, ínterin “queremos”, todavía “no somos”. Porque estamos incompletos, y con nuestro “querer” lo estamos evidenciando. Entonces ¿para qué seguir con esto? Para mi propio deleite, tal vez. Para ser; así, incompleto como soy (el ser incompleto también es, después de todo); y para dejar testimonio de ello. Aunque comprendo lo fundamental, no he dejado de ser un mero aprendiz. Tengo la teoría, no la práctica. Y lo más notable es que tanto en el registro de mis experiencias oníricas, como en éste de las vigilias, me condiciona la compulsión para seguir escribiendo, pero una compulsión benéfica, como lo dije hoy en la anotación de aquellas. A la tarea, pues. Andando.

                            Miento el caso (del verbo mentar, no de mentir) de la Resolución de la Corte Suprema de Justicia que determina no sancionar al Secretario aquel que había incurrido en la adulteración de una providencia, como ya lo había resuelto respecto de la Jueza,  argumentando que “no está demostrado” el hecho por mí denunciado. Lo relevante del asunto en lo que a mí concierne es que la ira, el enojo, la indignación inicial que me hicieron reaccionar tomando la decisión de impugnar la Resolución de la Corte a través de una demanda contenciosa-administrativa (que lo comuniqué a Pablo Emilio arrojando sobre su escritorio la fotocopia de la Resolución) se disiparon rato después revirtiendo aquella decisión, al comprender que no se trataba sino de un ciego e inconsciente impulso que ya no tenía sentido para dar sustento a ese justificativo o pretexto de no transigir ante la corrupción que había servido de fundamento para la denuncia. En verdad, caí en la cuenta de que esa ira no estaba exenta del temor de lo que podría resultar para mí si el Secretario procede a accionar judicialmente en contra mía, tal como lo había amenazado su mujer que lo harían si el personaje resultaba absuelto. Me di cuenta de que ya había llevado demasiado lejos la cuestión por un problema donde el personaje éste incurrió en un desliz llevado también por el cagazo que le tenía a la Jueza, enredándole después a ésta en su fechoría y en sus mentiras, con lo que la actitud apropiada hacia ellos es la de la compasión y no el enojo y el deseo de que sufran algún castigo, si se tiene la lúcida percepción de que solamente al que hace lo malo puede perjudicar su propia acción. No fue una decisión fácil la de renunciar a proseguir las acciones hasta agotar todos los trámites posibles. Y no pudo ser fácil, ya que la corrupción es un hecho. Solo el discernir que el móvil principal de mi reacción fue la ira y el temor a las consecuencias es lo que me hizo desistir de seguir empecinándome en este asunto. Ser capaz de pensar que, sean cuales fueren esas consecuencias, más mérito habrá en afrontarlos que en seguir una acción cuyo resultado adverso ya está prácticamente cantado, atendiendo a la forma de funcionar de la gente que se mueve en ese ámbito. Los moldes mentales de la gente se hallan adecuados a los parámetros vigentes en sus respectivos niveles de conciencia. Y puesto que mi obrar no tiene que estar condicionado por el temor, y puesto que el propio maestro dice que a nada debemos temer si hacemos lo justo y lo correcto y que son bien aventurados los que sufren persecución por la justicia, he ahí tomada mi decisión de dejar las cosas como están, en este punto.

                            Se me ocurre mentar también el caso de la anotación de las fechas de las audiencias en un expediente por parte de Jimena, la nuera de Marcial, quien al mirar el expediente en Secretaría en mi presencia resaltó el “error” en que aquella incurrió, pues tenía como fecha de las audiencias en su agenda el día 12 de julio mientras que en el expediente estaba escrito el 14. Más tarde, Jimena estaba revisando incrédula el mismo expediente. Me causó gracia, y deslicé la tesis de que el “error” radicaba en el desfasaje del tiempo y no en la persona que tomó los datos. A menos que se quisiera buscar culpables. Cosas raras que pasan “por este tiempo” no solo en relación conmigo, como puede verse. Justamente el día 14 sucede que el Notificador de una Secretaría en un expediente mío realiza las notificaciones y consigna en las cédulas horas distintas que las que están en el expediente, Concretamente en éste se encuentran consignadas las 8:30 y 9:00 horas y él pone en sus cédulas las 8:00 y las 8:10. Otro error. Precisamente camino al Juzgado iba pensando yo ese día si qué sorpresa me estaría deparando ese caso. En el cual, de yapa, uno de mis clientes que tenía que prestar declaración, se presentó sin portar un solo documento de identidad. Complicaciones que sin embargo las tomé con soda, como suele decirse. Es decir, con tranquilidad y con humor.

                            La inveterada deducción que voy haciendo es que los hechos episódicos tienen que ser dimensionados y evaluados correctamente dentro de la fugacidad, de la impermanencia que los caracteriza, despojándoles de ese valor absoluto que les atribuimos generalmente. Cada vez se parecen más entre sí los que suceden en el sueño y en la vigilia, como escribí hoy mismo en mi diario de sueños. Se va evidenciando de la manera más cruda que los personajes de cada uno de esos planos son yo mismo. El cuidador de autos paralítico en uno de mis sueños de la noche, con su grotesca figura, que me representa en forma patética en un episodio trágico y cómico a la vez. Y lo de hoy, en el Supermercado, cuando estaba esperando en la carnicería, donde saqué el número 84 de la lista para la orden de atención de clientes, en momentos de escuchar que se le estaba llamando recién al poseedor del número 25. Circunstancia en que un personaje medio desarrapado, medio harapiento, allí presente, que tenía varios números en sus manos, a quien rato después le estaban atendiendo, me pasa, con una sonrisa inexpresiva, sin decir palabra, el número 37, que seguidamente llama el carnicero. Lo vi otra vez después, con la misma sonrisa, y cuando se lo mostré y le conté a Efraín lo sucedido, me dijo que parecía tener un aire como de tonto. Era yo mismo, sin embargo, en lo esencial. Al respecto, estuve notando la manera extraña en que muchísimas personas a las que miro en mis correrías por distintos lugares, me evocan rasgos faciales de otras personas, a tal punto que si no me fijo atentamente, fácilmente puedo confundirlas. Lo que me hace extraer la misma deducción. Cada vez las personas se asemejan más unas a otras, porque en lo esencial somos lo mismo, el reflejo de ese ser único, ese uno absoluto al que llamamos Dios. En consonancia con aquella fulgurante sentencia del Deuteronomio: Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, el Señor es Único (Shema Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad). (Capítulo 6, versículo 4).


                                                        LXVI


                   Todas las explicaciones pueden ser válidas. Después de todo, estas tienen por objeto nada más que dar consistencia y sentido al ser


                   23 de julio de 2005. La mente quieta, la mente aplacada (como una placa) es la que permite recoger los datos dispersos de las peripecias y registrarlos. Es una proeza aquietar la mente. Si miramos, si atendemos, la mente está en constante estado de turbulencia; son los deseos y los miedos que nos empujan hacia uno u otro lado. Así de simple. O así de simplificado, porque si queremos buscarle la complicación, vamos a encontrarla infinita.

                            La ausencia de deseos tendrá que llegar. “Si los hombres hubiesen triunfado del dolor y de la muerte, quizás ya no hubiesen deseado nada; y sin desear algo, ¿vale la pena vivir?”, se pregunta Benavente, según el dicho que le atribuyen. ¿Cómo se le escapa al insigne escritor que “sin desear algo”, habiendo “triunfado del dolor y de la muerte”, uno se encuentra en posesión de un gozo eterno, siempre nuevo que, como lo apuntara Paramahansa Yogananda, es la verdadera naturaleza de Dios? Ciertamente, no es un tema fácil de comprender. Porque “el desear” conformado con la voluntad de Dios, no es propiamente desear. Allí uno se somete a la voluntad superior y resigna sus deseos. Y aceptando lo que disponga aquel, uno goza, experimenta la plenitud de instante en instante por lo que, en términos absolutos, ya no hay pena en el vivir. Entonces ¿cómo no va a “valer la pena vivir” en esa instancia? A muchos podrá parecerle esto un mero juego de palabras, un enredo, pero no es así. La vida eterna, con la ausencia de deseos, consiste en experimentar de instante en instante la verdad de lo que es, parafraseando a Krishnamurti, y allí entra a tallar la pura creatividad, el puro ser, con lo cual uno trasciende la muerte y el dolor. O para ponerlo de otra manera, los integra en su justo contexto dentro de la vida y del gozo, que son los conceptos que designan a esa realidad a la que se debe atribuir valor absoluto.

                            Varios episodios en la semana marcados  por el precario control de mí mismo. Está el caso de aquella socia de la Cooperativa Universitaria a quien le hacen una demanda que el abogado lleva a todo trapo a pesar de que la socia siguió pagando después de cierto atraso en sus cuotas, sin miramientos de ninguna laya, sumando gastos y gastos que le cargan a ella, a tal punto que la demanda se inicia el 12 de abril cuando la socia hizo su último pago por un monto superior al importe de la cuota mensual solo el 6 de abril, es decir, unos días antes, habiendo además pagado cada mes desde diciembre del año pasado, amortizando sin pausas su deuda, dando la impresión de que la Cooperativa actuara como una máquina voraz a la que solo le interesa el dinero. Cuando hablo con el funcionario encargado de la Asesoría Jurídica sobre el tema, me  invoca un Reglamento que obliga a hacer la demanda de acuerdo a “los días de atraso”. Pero ¿desde qué fecha se computa el “atraso” si ella vino pagando, a pesar de arrastrar varias cuotas vencidas, y si la Cooperativa estuvo recibiendo tranquilamente dicho pago? En suma, una injusticia, una insensibilidad, una errónea interpretación de un “reglamento” cuya aplicación le exigen,  lo que le hace actuar al Encargado de la Asesoría condicionado por el miedo, sin parar mientes en el aspecto humano o cooperativo de la cuestión. Reclamé el caso con vehemencia, exaltándome, diciéndole al funcionario que de no atender él caso por caso las situaciones que se presenten, enfrentando si fuere necesario al mismo Consejo de Administración, estaría actuando simplemente como un pelele, como un monigote, como un títere. Y aunque íntimamente yo pensaba que solo lo estaba aleccionando, él se dio por aludido, y me pidió respeto para sí. Le pedí disculpas, al menos. Pero es difícil compaginar la indignación ante la injusticia, por más involuntaria que parezca, con la necesidad de guardar la compostura y el control de uno mismo. Terminé hablando con el Presidente de la Cooperativa, quien me prometió tomar cartas en el asunto y buscarle una solución.

                            Está el tema de la gestión del Acta de Nacimiento de mi hermana Mary. Es un disloque, una farsa, una jugarreta donde puede verse que la corrupción pulula impávida, en medio de funcionarios subalternos, posiblemente llenos de necesidades, con magros salarios, entre leyendas que hacen alusión a la lucha contra la corrupción y carteles con la imagen de Cristo, chusmeando, tomando sus mates, actuando de una manera que se podría calificar de jocosa si no de grotesca. Ocurre que en el planteamiento ético que me hice había decidido dar alguna “recompensa”, por llamarla así, a un funcionario que me presentaron para ayudarme a acelerar la gestión. Le había explicado a éste, y también a la que me llevó hasta él, la grave situación en que se encuentra mi hermana y la urgencia por conseguir el documento, y  ya en la vez anterior en que conseguí el Acta de Nacimiento de Hernandarias, le había dado una pequeña suma que me pidió para pagar “la fotocopia”, dejándole como gratificación el cambio. Esta vez la gestión fue mucho más trabajosa, pues tuve que solicitar la convalidación del Acta de Villa Elisa que no había sido firmado por el Oficial Público que hizo la inscripción, obligándome incluso a hacer antesala en varios tramos de la gestión para requerir del mismo Director la firma de la Resolución que ordenaba la convalidación. Pero he aquí que cuando ya estaba para que se me expida el documento, comienzan a ponerme obstáculos con evasivas, con excusas ambiguas, con alegaciones tales como que desde el día anterior nomás se había prohibido sacar los Libros del local para las fotocopias porque gente de la OEA estaba interviniendo, en suma, pretendiendo dar la apariencia de que me estarían haciendo un favor que estaba fuera de lugar pero que igual me lo harían, como un favor especial. En otras palabras, para darle más “valor” , mayor “mérito” a su favor, me inventaron problemas, y para peor, me hicieron esperar largamente en un momento dado. Y esto después de haberme hecho venir al día siguiente (viernes) cuando el anterior probablemente ya estaba listo el documento como para que me lo entreguen. Ahí fue cuando encaré, primeramente a una señora que era la que tenía a su cargo la expedición del documento, y luego al que me habían presentado para que me ayude en la gestión, dándome cuenta que evidentemente estaban jugando conmigo al gato y al ratón. Cuando les dije que no quería absolutamente nada que fuese ilegal,  y que lo que estaba pidiendo no podía estar fuera de los canales normales, diciendo que hablaría con quien sea de las autoridades para que me concedan lo que legítimamente estaba reclamando, se ablandaron. Le ratifiqué enfáticamente al que se había mostrado tan predispuesto a ayudarme que yo no transigía con la corrupción, y que si algo decidía darle por el favor que me hiciera, eso era porque estaba en mi ánimo darlo como una recompensa, por comprender una situación de urgencia de carácter humanitario que le había expuesto con entera verdad, pero que rechazaba que me estuvieran queriendo hacer burlas con ciertas tramoyas de las que cualquiera podía darse cuenta. Con cierta vehemencia le reiteré  mi adhesión incondicional a la verdad, mostrándole acto seguido el dicho de Charles Chaplin inserto en el diario ABC de esa fecha que venía muy a cuento en ese caso, que rezaba: “En los años que me quedan quiero vivir en todo en la verdad. La verdad es lo único que me queda”. El tipo se deshizo en excusas y justificaciones mientras procedía a hacerme entrega de los documentos que le había traído su compañera de trabajo mientras hablábamos, y cuando yo le pasé después de todo lo que tenía pensado darle, no quiso recibirlo en principio, aunque finalmente lo aceptó. ¿Cómo manejarme en medio de estas ovejas que tal vez ni se den cuenta de que están disfrazadas con piel de lobos, cómo evitar vulnerar mi principio de actuar en todo tiempo con rectitud? Pienso que en el presente caso adopté la actitud que correspondía. Y para decirlo con la fuerza de convicción que me embarga, pienso que las cosas sucedieron justamente de la manera dicha para que pudiera poner de manifiesto mi rechazo a la corrupción. Es una semilla que no se puede saber si ha caído en campo fértil, pues la perversión prolifera mezclada con toda clase de sentimientos. Empero, lo correcto uno debe ir decidiéndolo de instante en instante, caso por caso.

                            Paralelamente se va produciendo la confirmación de que los sucesos responden a las expectativas legítimas que provienen de las acciones correctas que uno emprende. Es el caso de la sentencia en el caso de las trabajadoras que habían sido despedidas injustamente por ser dirigentes sindicales. Demasiado largo sería contar todos los pormenores, baste decir que cuando se inició el mismo no se avizoraba que pudiera generar un resultado económico muy promisorio. Sin embargo, el desinterés con que asumí la defensa, o para decirlo con otras palabras, el cariz desinteresado que tenía el servicio que brindé a mis clientes, redundó ahora en un desenlace inesperado que estaría compensando con creces mi trabajo en ese aspecto.

                            Está también el caso de la propiedad que Vivi va a comprar con su hermana Niní. La paciencia ha dado sus frutos, pues la temible, la espeluznante burocracia ha sido vencida, sucediendo cosas que hasta podría pensarse que son medio estrafalarias. Tal el caso de la litis que una y otra vez apareció anteriormente en los certificados de dominio, y que ahora se constató que había sido levantada ya en el año 1.983. En realidad este es lo que suele llamarse un “caso escopeta”, ya que la litis anotada en el año 1.982, hace veintitrés años, ya no podía jamás ser tenida en cuenta legalmente, pero los funcionarios del Registro de Inmuebles, con mentalidad cerril, muy a tono con esa actitud hermética y obtusa de los burócratas, sistemáticamente consignaban dicha anotación preventiva en los certificados de dominio. Y conste que es la propia ley la que determina que las anotaciones preventivas en los casos judiciales caducan automáticamente a los cinco años si no se hubiese ordenado su reinscripción.  Pero hete aquí que, en esta ocasión, por un desfasaje del tiempo, este instrumento de la mente que funciona alocadamente “por este tiempo” (como se lo dije a Nilda Ibarra que actúa de Escribana en el caso), ahora apareció que la litis ya había sido levantada en el año de 1.983. Las veces anteriores, por un prodigio de la Naturaleza, los funcionarios se ubicaban en un “compartimiento estanco” donde el espacio-tiempo era “anterior” a 1.983, con lo que la litis invariablemente aparecía registrada en los archivos. Esta vez sin embargo traspasaron esa barrera, la barrera de ese año, y encontraron que la litis ya había sido levantada. Claro, puede encontrarse otras explicaciones “más lógicas”. Estas siempre se encuentran cuando se trata de disipar la magia o los milagros. Más, todas las explicaciones pueden ser válidas. Después de todo, estas tienen por objeto nada más que dar consistencia y sentido al ser.


                                                        LXVII


                   Todo el mundo da por sentado que la muerte es un hecho irreversible, absoluto. Y yo, que pienso lo contrario, he de seguir solitariamente en esta empresa, aunque el sino sea que casi nadie me comprenda


                            30 de julio de 2005. ¿Cuál es mi actual posición en esta travesía?  Si decido dar por terminado este opúsculo para darlo a la imprenta, como estuve pensando, diciendo y escribiendo, tendré que pintar un panorama sobre el estado que he alcanzado desde que inicié estos apuntes, cuando me propuse dejar un registro de mis andanzas en pos de la meta estipulada. Diré, con entera franqueza, que me mantengo en el rango de aprendiz. No he alcanzado aún el grado de maestro. No obstante, he progresado. Aprende a vivir, he dicho muchas veces, quien es capaz de afirmar que ha derrotado a la muerte. Yo siento que estoy arañando la meta. Sé que la muerte, eso que la gente da por inexorable, configurándola como un suceso de características absolutas, es solo un aspecto de la vida. He aprendido a ver que el condicionamiento que nos hace creer y que nos lleva hacia ese fenómeno en su sentido usual proviene de un mecanismo que la naturaleza insufló en nosotros para hacer posible nuestro desarrollo dentro de un proceso que tiene como fin precisamente sobreponerse a la muerte. El proceso de marras es de largo aliento, y la ciencia ha podido corroborarlo con la constatación de lo que se da en llamar la evolución de los seres vivos.

                            Es un tanto complicado exponer todo lo que tiene que ver con este asunto. La muerte, es un estado del ser vivo, del ser creado, en el que éste está desprovisto de conciencia. Puede aparejar o no la disolución del campo de energía del que está constituido, y para dar claridad y precisión a los términos de nuestro lenguaje, es importante recalcar que usualmente es a esta desintegración del campo de energía en el que se encuentra particularizado el mismo, a lo que llamamos muerte. La ausencia de conciencia, empero, se da frecuentemente en el ser vivo, y específicamente en el ser humano. Así ocurre mientras dormimos, ocurre cuando nos desmayamos, y de diversas otras maneras donde “la conciencia de ser” se ausenta momentáneamente de nosotros.

                            Diríamos entonces que la muerte va de la mano con nosotros mientras caminamos por la vida. En realidad, la “manera de ser” que tenemos es por lo general de una inconciencia tan arrolladora que con justeza tendríamos que decir que vivimos más bien dormidos, con nuestra mente adormecida, embotada, lo cual es como rozar constantemente aquel estado, el de la muerte.

                            Pero extraña y paradójicamente, el tener una conciencia clara, lúcida, implica también el darse cuenta de que “la cosa” que somos, va “muriendo” de instante en instante, a la par que renace una y otra vez para “seguir siendo”. Muere un sentimiento, muere un pensamiento, muere cada objeto que desaparece del campo de nuestra conciencia que lo dejamos de percibir, todo es “muerte” dentro de la vida. Nosotros mismos somos la vida, pues somos los que “permanecemos” dentro de ese flujo incesante de “seres” que nos circundan. Si algo hay que absolutizar es consiguientemente a la vida, pues lo que llamamos “muerte” es solo su sombra, su sirviente, una parte de ella que le está subordinada; la que prevalece definitivamente es aquella siendo ésta un mero complemento para posibilitar una manera de ser en el ser creado.

                            Puesto que la vida, en el ser creado, consiste en “concienciar el ser”, ella se genera desde nuestro propio ser interior, desde nuestra mente o conciencia. Nuestra mente, nuestro pensamiento, son los creadores de la vida y de la realidad. Es por tanto eso que llamamos nuestra mente la que “permanece” ínterin vamos caminando por la vida. Pero esa mente “nuestra” se encuentra inserta dentro de otra mente que la envuelve, la abarca y la trasciende (digamos que es la mente de la naturaleza, o la mente cósmica como es costumbre decir por estos tiempos), y si bien nosotros tenemos la impresión de que la nuestra funciona únicamente mientras estamos dotados de este cuerpo situado en esta cronología, yo he llegado a discernir que dicha mente trasciende el tiempo y el espacio, y puede no solo crear otras dimensiones espacio-temporales, sino también que ella es esencialmente intemporal. De ahí que “la muerte” en sentido absoluto, en sentido definitivo, ya no me va a tocar. Podrá tal vez desintegrarse transitoriamente el campo de energía particularizado al que doy en llamar mi cuerpo, situado en esta cronología, pero eso no va a aniquilar mi mente, mi conciencia individual. Eso puede formar parte del mecanismo global que la naturaleza ha impuesto a su obra, de modo que cumpla su objetivo por este tiempo, pero a la vez ya me ha otorgado la potestad de restaurar, de restablecer un campo de energía particularizado donde ha de seguir funcionando mi mente, mi conciencia.

                            A pesar de esta certeza, mucho me falta trabajar para alcanzar el grado de maestro. No es el caso de simplificar excesivamente, pero mi aprendizaje está lejos de haber terminado. Tengo mi papel que debo cumplir en esta cronología, asignádome por mi Hacedor. Este papel, este rol es muy modesto, como lo he podido desentrañar en esta tarea de exploración de la realidad que vengo haciendo desde hace tiempo. Sin embargo, dadas mis tremendas deficiencias, la tarea se presenta ardua, inmensa. He omitido referir las peripecias de la semana que toca a su fin, para dar un corte a este relatorio. Ellas fueron tanto o más estrafalarias y desopilantes que las consignadas precedentemente, pero si el propósito es dar a la luz este volumen, en algún punto hay que parar. Seguirán otras, seguramente. Más, eso es ya harina de otro costal.

                            31 de julio de 2005. Y aunque acá tenga que cortar este registro por ahora, no puedo resistir al impulso de consignar ciertas consideraciones sobre este tramo de mi vida que comprende la semana que concluye, a más de otras reflexiones que me rondan por la mente. En primer lugar, es indiscutible que esto tendrá que seguir, se diría como una Segunda Parte ( me viene a la memoria el anuncio que hiciera Cervantes al concluir la primera parte del Quijote), porque el objetivo primario de estas apuntaciones es el de profundizar en el conocimiento de mí mismo, y eso no puede parar. En segundo lugar, observo con entera claridad que mi preparación para la vida imperecedera, que continúa, está poblada de conflictos que deben ir siendo resueltos, y esto constituye un ejercicio extraordinariamente apto para ayudarme en ese cometido, según puedo comprobar con solo dar una hojeada a lo escrito hasta aquí.

                            Y puesto que viene al caso, he ahí esa sentencia judicial que recae en el caso tan polémico de la demanda de un “trabajador” (que no trabaja desde hace 64 meses) contra Canal 9, a quien los jueces ( investidos del poder de impartir justicia) le conceden todo lo que pide. ¿Cómo se les escapa la deshonestidad explícita del personaje? Tenemos atrofiado el corazón (para ubicar en algún órgano corporal el sentimiento de lo justo). Ya Isaías hablaba de que a este pueblo “se le ha engrosado el corazón”. ¿Qué pensar de quienes “ayudan” a un “ladrón” a salirse con la suya? La confusión está tan extendida que causa estragos en el relacionamiento humano. La “autoridad” sigue siendo el único parámetro para medir lo justo, y hete ahí los resentimientos, los odios, las guerras, las violencias, las muertes, que se desencadenan y siguen campantes y rampantes. Los valores están distorsionados, el apego a lo material, el “poder” que de eso deriva es lo que nos tiene a la deriva. Y yo, en medio de eso, debatiéndome entre esas contradicciones, no puedo sino sentirme abatido. Soy ciertamente capaz de fantasear, exploto como un volcán en erupción, pero a renglón seguido mi impotencia me deja sumido en apatía.

                            Está el tema de la Cédula de Identidad de mi hermana Mary. Ese trato de perro que me dispensa el funcionario policial que había retenido el legajo para cuando yo lleve la fotocopia autenticada del Acta de Nacimiento de Villa Elisa. Esa cara hostil, malhumorada, ignorando explícitamente mi presencia, respondiendo a mi saludo con un ladrido, sin dejar asomar jamás un gesto amable, conminándome en una especie de imprecación cortante, imperativa, a que lo espere mientras consulta con el Asesor Jurídico con quien anteriormente yo había hablado, como si el humillar al semejante constituyera la práctica más natural que debe ser dispensada al público. La paciencia que me impongo, que se agota transcurrido cierto tiempo, las alocadas ideas que me apabullan, la de armar un escándalo, la de preguntarle si por cuánto tiempo tengo que esperarlo, la de llamarle la atención por el trato humillante preguntándole si no puede tratar a la gente como gente, si lo que piensa es que estoy pidiendo algo fuera de lugar, la de ponerle en claro que soy un ciudadano que paga sus impuestos, que yo soy su “kakuaagüä”, su mayor, en guaraní, aquel que tiene la facultad de trasmitir el saber, la de señalarle la posibilidad de traer unas cámaras de televisión para que lo enfoquen en su pésima actitud hacia la gente a quien él está obligado a servir por la función que desempeña. Acudir después hasta la oficina del Asesor donde me informan que está con el Director, volver a la antesala del despacho de éste donde está el funcionario aludido que cuando sale de ahí a la antesala donde estoy me dice que el Asesor no está, pidiéndome mis números de teléfono para “avisarme” cuando mi caso haya sido dictaminado por aquel. Tranquilizarme, a pesar de que sospecho que me miente, atendiendo a que en la otra parte me dijeron que el Asesor estaba con el Director, de cuyo despacho él acaba de salir, darle mis números telefónicos preguntándole si no puedo volver en el caso de que no me llame, su respuesta diciéndome que sí puedo volver el viernes (era martes), las incógnitas que se me plantean si acaso no habrá pedido mi teléfono para solicitarme alguna coima o si es solo con el objeto de burlarse y maltratarme. El volver el día viernes y entrar en el lugar donde le mendigo una mirada al tipo que no se digna concedérmela, el acudir de nuevo a la oficina del Asesor en el ínterin en que aquel se introduce al despacho del Director, ser atendido por dicho Asesor con extraña deferencia, el cual,  tras explicarle que traje lo que me había solicitado y exhibirle una fotocopia de ello, se va personalmente y trae del poder del otro el legajo, el prontuario de mi hermana, y me dice sin más que todo estaba bien y que con eso ya estaba rectificado el dato erróneo que estaba trancando los trámites, asegurándome que se le expediría la Cédula de Identidad a mi hermana, firmando en mi presencia el certificado de nacimiento en el cual se basaría el documento. Evidentemente, mi invocación y mi súplica de la vez anterior había surtido efecto en su ánimo, y su actitud tendía básicamente a rectificar la impresión negativa que me había causado, limpiando su imagen ante este colega suyo de conocida trayectoria. Así es como funciona este asunto, como una grotesca y horrible pesadilla.

                            Y puesto que hablamos de pesadilla, una se fraguó en mi mente semidormida ayer de siesta en referencia a este caso. Resulta que el colega me había dicho que al día siguiente sábado (ayer) a las 13:00 horas aproximadamente ya estaría el documento, que él mismo se encargaría de impulsar los pasos necesarios al efecto. Con la impaciencia y la ansiedad propias de mi imperfección, me fui de vuelta al lugar ese día antes de la hora, dispuesto a esperar si fuere necesario, y cuando llegué a eso de las 12:15, el policía de guardia procedió a revisar en la computadora diciéndome que todavía no estaba, que le figuraba que estaba “en prensa”, que ese día recién se habían ingresado los datos, y que de la sección aludida pasaría a “fábrica”, lo que significaba que recién el lunes a las 19:00 horas más o menos se podría retirar, y mejor aún si fuera el martes. Cuando me acosté a la siesta en una escena dramática que se desarrolla en una composición de lugar que me evoca el sitio donde está ubicada dicha repartición pública, me veo en sueños en presencia de un militar ante quien me pongo firme, vestido con una especie de mameluco apretado en cuyos bolsillos están mis manos, mientras él se dirige a mí de forma autoritaria y prepotente, diciéndome que por no haber sido capaz de aguantar veinticuatro horas deberé quedarme así, parado, en esa posición durante todo ese tiempo, a la par que yo siento rebelarme con todo mi ser, y con la faz contraída le replico que no voy a someterme a sus exigencias. Fue un episodio risible, caricaturesco, insólitamente forzado para mi espíritu. Se refleja en él esa ansiedad de ribetes grotescos que me apabulla. (POSCRIPTUM: Importante es dejar aclarado que el día martes en que fui de nuevo para retirar el documento, por fin pude hacerlo. ¿Cuándo llegará el tiempo en que pueda saber la manera exacta de ajustarme a las medidas de Aquel cuyas medidas no coinciden necesariamente con las nuestras, y que, en Sí, no tiene medidas?). 

                            Y esta noche, en el único trozo de sueño de borrosos rasgos que se preserva en la memoria, veo en una imagen a dos chicos semiadolescentes a la cual se asocia alguna comunicación que deja depositado en mi mente el mensaje de que el primero se estaba disponiendo a realizar sus deberes, y que el otro iba a andar por las calles indefinidamente, ocurriéndoseme que ambos son proyecciones de mi ser siendo de mi exclusiva competencia que uno u otro sea el que llegue a tener vigencia, correspondiendo el primero al que alcanzará la meta final gracias a la disciplina, y el segundo al que irá recorriendo de vida en vida en el ciclo interminable del “samsara”. Eso ocurrió al despertarme en la mañana y disponerme a realizar la práctica de mi meditación.

                            Puede verse con la reseña que precede dónde estoy parado actualmente. Sigo en la brega. Mi problema fundamental radica en la conciliación de esos estados de conciencia en los que por un lado me siento atado a esta cronología y por el otro ansío entrar en la intemporalidad. Sé que hay estados en los que se experimenta la intemporalidad y que ese es el estado esencial de mi ser. Pero entretanto, debo seguir aquí trabajando, puliendo mi rudeza, mi rusticidad, hasta arribar al puerto donde la vida es solo dicha. Recuerdo que esta semana le dije a Vivi cuando me preguntó si qué me pasaba: “Me quiero morir y no me muero” (A manose ha namanoi, en guaraní). Era solo un clamor medio jocoso ante el peso que me agobiaba. Notablemente, en el fin de semana pasado terminé de leer el libro “Diálogos Borges-Sabato”, compaginados por Orlando Barone, donde subrayé lo dicho por Sabato de que “todos estamos ya condenados (a muerte) y ya somos futuros cadáveres...”. Todo el mundo da por sentado que la muerte es un hecho irreversible, absoluto. Y yo, que pienso lo contrario, he de seguir solitariamente en esta empresa, aunque el sino sea que casi nadie me comprenda.





EL POSTRE




                                      RESUMEN DE LO APRENDIDO


                   1.- La muerte es inseparable de la vida. Es un aspecto de ella. Morir implica inconciencia, ausencia del yo, así que en lo único que se diferencia lo que llamamos “muerte” de otros “estados de conciencia” donde ocurre aquello (la inconciencia, la ausencia del yo)  es  que en ésta (la muerte) se produce la disolución del campo de energía particularizado cuyos contornos damos como nuestro “cuerpo”.

                            2.- Las palabras son símbolos que representan a las cosas, y en tal carácter no son susceptibles de abarcarlas en su totalidad. Cuando nombramos a las cosas por ende no podemos otorgar valor absoluto a las palabras, a pesar de que ésta es la tendencia innata que nos condiciona. Así, cuando hablamos de “vida” hay que entender que ella lleva implícita “la muerte”.

                            3.- La tendencia de atribuir valor absoluto a las palabras es fruto de un proceso que se inició cuando el espécimen humano inventó este instrumento de comunicación. Integra esta tendencia el proceso de autoconstrucción del individuo que está enmarcado dentro del proceso global de la evolución de la especie, tendencia que hace que cada ser individual se sienta y se vea como separado de la naturaleza.

                            4.- Los maestros de sabiduría que han comprendido estas verdades y enseñado a través de las palabras, las utilizan por lo general en un sentido absoluto, teniendo en cuenta la tendencia aludida, que se trata en verdad de un mecanismo de la naturaleza para la propia construcción de cada ser único, inscripto en el marco del proceso evolutivo cuya escala excede del tiempo o de la cronología que abarca una vida humana.

                            5.- La razón por la que los maestros emplean en sentido absoluto las palabras radica en que cuando ellas son dichas desde el corazón, desde las profundidades del ser esencial, tanto el que las pronuncia como el destinatario de ellas captan y asimilan su verdad dentro del contexto en que son aplicables. Las palabras por tanto tienen su sentido verdadero siempre dentro de ciertos contextos.

                            6.- Lo único real es lo que sentimos. Este enunciado, que de cierta forma absolutiza “un hecho”, pretende mostrar que el ser de cada uno se manifiesta en función de lo que experimenta de instante en instante. Y que esa experiencia se traduce en explicaciones o historias que la mente trama para dar “sentido” a la vida.

                            Cuando digo que “lo único real es lo que sentimos”, involucro al pensamiento que es el que “forja” ese sentimiento. Ya el Buda decía:“somos lo que pensamos”.

                            El pensamiento es “anterior”, por decirlo así, al sentimiento, pues en aquel se origina éste, aunque no nos demos cuenta. Y no podemos darnos cuenta porque los pensamientos tienen origen inconsciente, son automáticos, mecánicos, las más de las veces. Se encuentran en bloque, en paquetes de energía dentro de nuestra estructura genética, constituyen nuestros propios impulsos que se manifiestan, sea en hechos que afectan a nuestro propio cuerpo, sea en “pensamientos conscientes”, o en palabras y acciones que provienen de aquellos impulsos.

                            De ello se deduce que tenemos la potencialidad, el poder para controlar nuestros propios sentimientos, hasta cierto punto, así como tenemos el poder de controlar nuestros pensamientos, palabras y acciones.

                            Los sentimientos por tanto son producto de nuestros pensamientos, y no a la inversa como fácilmente creemos, confundidos al no conocer nuestra verdadera naturaleza.

                            Primero está la conciencia, después la volición. Claro que esto es mirado desde cierto punto de vista, pues el ser humano que deja prevalecer su parte animal, por decirlo así, está anteponiendo el sentimiento al pensamiento, la volición a la conciencia.

                            Podríamos decir también que la incalculable velocidad con que se suscitan los pensamientos, que se traducen en sentimientos, que nos hacen ver “hechos consumados”,  a los que atribuimos ser productos de estos últimos, es lo que nos dificulta discernir que en última instancia los sentimientos son solo pensamientos.

                            Estas inferencias permiten apreciar con entera claridad que las “enfermedades” que padecemos se originan en ciertos pensamientos arraigados en lo profundo de nuestro ser, de las cuales no podemos salir porque convertimos en hábitos estos pensamientos, produciéndose un círculo vicioso entre “el sentimiento” , “el hecho” y “el pensamiento”, donde estamos girando incapaces de trascenderlo.

                            Con el control del pensamiento, entonces, que es el creador de toda realidad, podemos no solo salir de alguna “enfermedad” en la que caigamos, sino que podemos evitar caer en ella. Es cuestión de vigilar a nuestros pensamientos (y a nuestras palabras y acciones, que son su consecuencia) y conseguiremos no solo vivir sanos para siempre sino también no morir, fenómeno que también es producto del pensamiento.

                            Empero, no hay que perder de vista que tanto la enfermedad como la misma muerte pueden ser vistas como benéficas desde cierto punto de vista, ya que las estructuras obsoletas que nos constituyen deben ir siendo reemplazadas paulatinamente para que podamos adaptarnos a los nuevos estadios del proceso evolutivo en el que estamos inmersos.

                            7.- La realidad es por tanto creación de nuestra mente, de nuestra conciencia. En suma, la vida, para el ser creado, es la concienciación del ser, en el sentido de sentirse uno y distinto en relación con “lo otro” separado de él.

                            La linealidad de los sucesos de la vigilia, es acomodada convenientemente por la mente para dar consistencia a nuestro mundo. Entretanto, el ser es independientemente de la cronología, importando para él solo y fundamentalmente los estados de conciencia, sea de la vigilia, del sueño u otro estado o nivel en el que experimente la verdad de lo que es. El impulso vital que nos posee, con su poder incontenible, me permite apreciar que nada ha de detener mi transitar por el universo, a través de las incontables dimensiones que lo constituyen. Puesto que del sueño en que uno se halla sumido puede despertar y proseguir hilando la historia que estaba elucubrando la mente en aquel estado de conciencia, el onírico,  como he podido comprobarlo de manera fehaciente a través de estas experiencias, es también algo completamente natural que de aquello que la gente llama muerte --si ello me llegare a tocar-- sea capaz de levantarme y continuar impertérrito mi derrotero.

                            8.- Decir que la realidad es “creación de nuestra mente” implica que se trata de una “co-creación”, una creación conjunta con “lo otro”, con quien existimos “en relación” indisoluble. “Lo otro” es lo que usualmente denominamos como Dios. Dios es todo lo que no sea nosotros pero es a la vez nosotros mismos. Dios, “ser increado”, nos abarca y nos excede, lo que explica que sea “lo otro” y a la vez nosotros mismos.

                            9.- Las historias que vivimos situadas en el plano temporal, dentro de una cronología, tienen realidad solo en cuanto se sitúan en el presente, cuando es vivenciado el ser. El pasado y el futuro que les atañe, constituyen solo referencias para dar sentido y significado a ese presente. El ser viviente vive solo en el presente. Lo demás es proyección de su ser, de su pensamiento.

                            10.- El tiempo, el espacio y el yo, son categorías mentales para que el ser creado pueda situarse en una cronología. La vida imperecedera, la vida eterna, trasciende a la cronología.

                            11.- El ser creado nace incompleto. Su objetivo primordial es completarse. El mecanismo con el que la naturaleza le ha dotado para ello es el deseo. Una vez que se haya completado, que haya alcanzado la perfección deja de tener deseos circunscribiéndose a “ser”.

                            12.- El deseo más poderoso, al que se puede reducir todos los demás es el de la supervivencia propia, que sin embargo tiene también como contrapartida, como contrapeso, el de la aniquilación personal. Ambos son las expresiones de un único mecanismo que empuja al ser creado a fundirse con el ser increado del que proviene. En este mecanismo, en este deseo, están imbricadas la vida y la muerte.

                            13.- El deseo de la supervivencia personal se ramifica en innumerables segmentos, arrastrando o empujando al ser creado hacia objetivos que le encandilan haciéndole perder de vista su naturaleza esencial. Así es como actúa condicionado por la premisa de que “el fin justifica los medios”. Sin embargo, sólo para Dios el fin justifica los medios.

                            14.- El deseo engendra a su vez el miedo de que no se cumpla lo que se quiere. El deseo asimismo está ligado a lo agradable, a lo que complace a los sentidos. La búsqueda de lo agradable y el rechazo de lo desagradable forma parte del mecanismo para la supervivencia y se enmarca dentro del proceso evolutivo en general.

                            15.- Cuanto más uno aprende a aceptar lo desagradable como inherente al proceso de la vida, más extiende los límites de su propio ser. Uno llega a comprender, para decirlo con Walt Whitmann, que, pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.

                            16.- Las medidas de Dios no son nuestras medidas. De ahí que las cosas que vayan pasando no se han de ceñir a nuestros deseos sino a la voluntad de Dios a la que debemos someternos incondicionalmente. De esa manera podemos comprender que aquellos que nos hacen daño actúan como instrumentos de la voluntad de Dios. Jesús en la cruz consciente de esta verdad dijo en referencia a quienes lo llevaron a la muerte: “Perdónales Padre, porque no saben lo que hacen”.

                            17.- Todos los sabios, todos los santos, todos los maestros de la sabiduría genuina, coinciden en lo esencial de sus enseñanzas. La premisa básica para conocer la verdad radica en conocerse a sí mismo. Es el enunciado atribuido a Sócrates, que hizo suya la inscripción del frontispicio del Templo de Apolo, en Delfos, quien declaraba que su misión era ayudar a los otros a parir a la verdad en sí mismos. El Buda declara sin ambages: “El verdadero maestro es uno” (El Dhammapada, Capítulo XXVI). Y también: “Tú eres la fuente de toda pureza e impureza. Nadie puede purificar a ningún otro” (Idem, Capítulo XII). Jesús, el maestro por antonomasia, lo expresa en estos términos: “Buscad el reino de Dios y su Justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Y en otra parte: “¿Porqué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?. (Lc. 12, 57). Y Krishnamurti declara: “El conocimiento propio es el principio de la sabiduría. En el conocimiento de uno mismo está todo el universo; ese conocimiento abarca todas las luchas de la humanidad” (El propósito de la educación, Jiddu Krishnamurti, página 139, Editorial Sudamericana S.A., Buenos Aires, 1.992). Y el medio para alcanzar el conocimiento propio es el de la observación y la vigilancia de uno mismo, en lo que también todos coinciden. Así que, el precepto fundamental y básico del aprendizaje de la vida radica en la atención constante, la vigilancia permanente, el estado alerta de la mente, para percibir y comprender cada pensamiento, palabra y acto que de nosotros emane para actuar en cada instante según la verdad, es decir justa y correctamente. Por ahí camina la construcción de nuestro ser eterno.

                            18.- Las historias que nuestra mente urde, que las clasifica metódicamente como reales o ficticias, por entender que pertenecen a la vida en el estado del despertar, o del sueño, o aún, en el de la imaginación artística o literaria, constituyen, en última instancia, invenciones de la mente para dar soporte y consistencia a nuestro ser. Así que todos ellos se encuentran revestidos de realidad, pues explican, justifican y sustentan a nuestro ser dándole sentido y coherencia. Las historias de “Talavera Puku” no son menos reales que las desventuras que cotidianamente nos afligen.

                            19.- Con ser los acontecimientos del estado del despertar semejantes a los de los otros estados (del sueño o de la ficción literaria) no obstante es en el primero donde es ejercida la facultad de la libertad humana que tiene que ver con la construcción de uno mismo.

                            20.- La plenitud, la total ausencia de deseos, adviene cuando uno ha llegado a desarrollar una indiferencia completa en referencia a los resultados de sus acciones. Cada cosa que hagamos tiene que tener sentido por sí misma, independientemente de sus efectos, de sus consecuencias. En tanto en cuanto esté persiguiendo un resultado, es el deseo el que condiciona mi accionar. Esta premisa, este presupuesto es tremendamente difícil de entender y más aún, de practicar. En concreto, esto es lo que me falta lograr en este aprendizaje de la vida en la que estoy embarcado.

                            21.- La vida es un juego en el que jugamos a ser Dios. Paradójicamente cuanto menos intentamos prevalecer, aumenta nuestra presencia y nuestro poder en la naturaleza. El pasar desapercibido, el abstenerse de juzgar es la manera de ser del ser creado para insertarse en la totalidad. Es ser sin aprobar ni censurar. Eso requiere una humildad a toda prueba y hace nacer el amor a todo lo existente. El amor es la aceptación incondicional del semejante, sin perjuicio de la actitud lúcida que se opone a toda injusticia y abuso. La creatividad de la mente solo se puede poner a funcionar cuando la naturaleza lúdica que constituye nuestra esencia se halla libre de condicionamientos que aprueben o condenen de antemano los hechos que se van presentando en nuestra vida de instante en instante.

                            22.- La vida imperecedera existe. El maestro vigila y vive para siempre, dice el Dhammapada. Si bien la comprensión de este aserto requiere un esfuerzo inusitado de la mente, la manera de comprenderlo es que en esa conjunción de vida y muerte que se da en la naturaleza para el ser creado, la realidad se resuelve en solo vida, que implica que aunque ambos fenómenos se hallan ligados de manera inextricable, lo apropiado es dar valor absoluto a la vida.

                            23.- Revisadas mis peripecias, puedo afirmar al final de esta etapa que vengo progresando lenta pero sostenidamente. Constato que una de las maneras de darse ese progreso es con la gradual abstención de actos que podrían ser catalogados como triviales, como el de cenar, hablar en demasía, aparearse, dormir en exceso, pero fundamentalmente se produce a través de la atención constante de mis pensamientos palabras y acciones para hacer en cada instante lo correcto.

                            24.- La constatación más asombrosa que puedo hacer a esta altura es que la vida tiene recovecos jamás imaginados, no susceptibles de ser concebidos con la manera de pensar corriente, que nos lleva por derroteros en los que es el mero hábito lo que condiciona los sucesos. Las cosas son como creemos que son. De ahí que es menester desprenderse de infinidad de creencias que se erigen en lastre que nos impiden ser en plenitud, nos impiden alcanzar la vida eterna que mal que le pese a muchos, es una realidad. Cada vez estoy más firme en los postulados que he ido elaborando al respecto, y si bien mi aprendizaje de la vida me muestra que sigo en la etapa del aprendiz, sé que he de alcanzar el grado de maestro. La consigna fue impartida por el único maestro en esta materia quien lo expresó en estos términos: El que persevera hasta el fin, ese será salvo.

 

 

 



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