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EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


  CRÓNICAS DE UNA EVOLUCIÓN ESPIRITUAL - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


CRÓNICAS DE UNA EVOLUCIÓN ESPIRITUAL - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

CRÓNICAS DE UNA EVOLUCIÓN ESPIRITUAL

Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND

Edición y corrección a cargo del autor.

Diseño de tapa: SELVA GONZÁLEZ

Armado e impresión: EDITORA LITOCOLOR SRL

Asunción – Paraguay

(278 páginas)

 

 


                            PROLOGO


“Es forzoso reconocer que el arte del novelista alcanza a veces la verosimilitud mientras lo ocurrido parece inverosímil”, escribió alguna vez André Gide. Mientras leía “Crónicas de una Evolución Espiritual” el dicho de este escritor me vino a la mente dándole la razón. Las espeluznantes historias que narra el autor me dejaban con una extraña excitación, como si fuese algo fantástico lo sucedido, pero yo sabía que no lo era.

“Los hombres nobles que calladamente, encerrados en su habitación piensan y laboran en silencio, sobre los que nada dice el periódico son la sal de la Tierra, mal va la nación que carece de ellos o en que escasean. ¡Infelices de nosotros si solo tuviésemos palabras y ostentaciones!”, dice Carlyle. Podemos sin equivocarnos decir que este dicho se aplica con auténtica justicia a Emiliano. Con sostenido esfuerzo nos ha legado varios libros admirables donde derrama su sabiduría sin ostentaciones para quien quiera aprender con él. En “Crónicas de una Evolución Espiritual” nos percatamos de su titánica lucha librada con las vicisitudes del destino, pareciera algo irreal, apocalíptico lo sucedido; sin embargo sospecho que a todo hombre auténtico que anda en pos de la verdad le suceden hechos que pueden catalogarse de escalofriantes, porque los enigmas del Universo, del Yo, son buscados por los indomables espíritus, por hmbres que desafían y osan una y otra vez enfrentar lo desconocido, lo inexplorado. A estos cíclopes del pensamiento les debemos eterna gratidud pues lo que nos han legado solo no lo aprecia el apocado. Y en efecto, debemos admitir que todo es desconocido para el ser humano que se debate en su profunda ignorancia cometiendo locuras en su derredor, causando males a sí mismo y a los otros sin atinar a pensar, a valerse de su pensamiento que es lo más valioso que la naturaleza le donó para conocerse a sí mismo y a sus semejantes. Hay que celebrar pues con verdadera reverencia cuando uno entre miles se dispone a investigar la Verdad; y que todo libro que se ha escrito con sinceridad sea bienvenido.

“Sospecho que la comunicación profunda entre los hombres se va reduciendo a la que se realiza a través de los libros”, dice acertadamente en uno de sus aforismos un escritor por quien siento mucho cariño. La profunda y fructífera comunicación en la que desde hace años estamos  enzarzados con Emiliano a través de los libros ha sido para mí (y creo que también para él) un presente maravilloso que la Naturaleza nos concedió y que debemos ir cultivando con ahínco.

La locura y la muerte acechan a la humanidad cual espada de Damocles, y si bien es cierto que tenemos a Alejo Remies y a Sacco Latorre, los dos prohombres de nuestro siglo que hacen esfuerzos inusitados para que nuestro planeta no se convierta en un “hospicio rodante”, debemos ciertamente nosotros aunar energías para que no sea vana la lucha que ellos libran.


                                               Cristian González Safstrand

                                      Pedro Juan Caballero

14 de diciembre de 2006.







         "CRONICAS DE UNA EVOLUCION ESPIRITUAL"


                                               I

                            Del enfoque de la realidad. Es la manera de ver cómo funciona el mundo lo que da la clave para comprender el misterio de la vida. La visión debe comenzar su enfoque  por el propio Ser. El Mundo, al que miramos, no es otra cosa que nuestro propio reflejo.


                   La decisión de escribir sobre el tema de mi propia evolución espiritual no es fácil, pues se halla en juego el conflictivo interrogante de si tal decisión no estaría atentando contra dicha evolución.  Porque está claro que esa compulsión de propalar a los cuatro vientos mis ideas y percepciones pueden llevar implícita la intención de engrandecer mi ego, pernicioso hábito del que, consciente estoy, no he podido liberarme totalmente hasta el momento. La evolución que se opera de la manera más provechosa es indudablemente aquella que acontece dentro del anonimato pues el obstáculo más difícil de vencer en el camino de la elevación espiritual es la increíble resistencia de ese ente llamado yo a desaparecer, e incluso, tan siquiera a pasar desapercibido. El yo, ese pequeño engendro de la mente, debe morir, el renacimiento espiritual requiere de la aniquilación definitiva del mismo. En consecuencia, esta exposición debe constituir básicamente un ejercicio espiritual, despojada de todo afán de notoriedad. Se debe descartar, por ahora al menos, la publicidad de la misma.

                   Me pregunto:¿Cómo uno puede vivir tan ciego durante tanto tiempo?. ¿Cómo es tan incapaz de percibir la elemental clave que todo lo ilumina, y vivir entrampado dentro de una realidad distorsionada? ¿Cual es la causa de que uno se resista tan inflexiblemente a obrar con rectitud, cuando de ello depende el bienestar de toda la humanidad?. ¿Puede haber alguna manera de acelerar el proceso de evolución espiritual de la raza humana, que le evite el ingente sufrimiento que le asuela, del que he sido partícipe a través de dolorosas experiencias por las que he pasado personalmente?.

                   Respondo: Me satisface la proposición formulada por un Maestro, citada por una célebre bailarina y poetisa mística hindú llamada Indira Devi en su autobiografía, de que todo dolor es producto de la ignorancia.

                   Justificado es entonces que me endilgue el apelativo de necio que me lo aplico merecidamente por mis pasados errores. En mi descargo, no obstante, diré que la ignorancia que me apabullaba tenía su origen tanto en atávicos impulsos como en la distorsión colectiva de la realidad, que mis congéneres humanos se encargaban metódica y concienzudamente de inculcarme.

                   Cuando cavilo sobre lo que anteriormente creía, no puedo terminar de asombrarme. Profesaba la creencia, con entera convicción, de que yo era un ente producto del azar que tenía que labrar mi destino en un Universo enigmático y amenazador. Perdida la inocencia de la niñez, irrumpe abruptamente en mi existencia la insoslayable consigna: Luchar. A decir verdad, mi memoria no registraba el tiempo en que mi madre me había DADO DE MAMAR, y las imágenes del suministro de alimentos por parte de mis padres en edad temprana aparecían borrosas en mi mente. Lo cierto es que fuí forjando una idea definida de una actitud normalmente hostil de mis congéneres, para lo cual contribuyó, sin ninguna duda, mis apetitos primarios frecuentemente insatisfechos  --en más de alguna ocasión tuve hambre-, así como la impresión de que el egoísmo y la mezquindad se enseñoreaban en cada ser humano con el que tenía que lidiar. La vida, tal como ya lo había señalado con fundamentos científicos Charles Darwin, se desarrollaba sobre la base de la supervivencia del más apto. Imperaba claramente la ley del más fuerte. Por su lado, la comunidad se encargaba de pregonar a diestra y siniestra que la competencia era la regla de oro, que el éxito era el único objetivo digno de ser perseguido, que la ambición era un sentimiento nobilísimo, que la acumulación de bienes materiales constituía una encomiable meta.

                   Con todo ese lastre en la sesera, es comprensible que no percibiera la sencilla regla de que basta que cada cual haga bien lo que le compete en este mundo para que las cosas funcionen con entera precisión y justicia. Menos aún era capaz de entender que el hacer bien las cosas debe comenzar necesariamente por uno mismo. Mas bien mi instinto me empujaba a sacar provecho de quien fuera en el afán de satisfacerlo, lo cual se me antojaba lícito por cuanto de los otros tampoco podía esperar otra cosa. No es que fuera un desalmado, pero hacía lo que hacía, y a continuación, a cada paso justificaba mis desmanes, convencido de que el mundo funcionaba sistemáticamente con entera crueldad. En suma, no sólo era un ignorante, sino también esencialmente un descreído. Es claro que por momentos la realidad me arrojaba al rostro sus enigmas, constataba aquí y allá actos de altruismo, abnegación y hasta heroísmo, pero tales hechos aislados me sumían más bien en mayor confusión, sin sacarme del pozo de prejuicios en el que me encontraba hundido con obcecada terquedad. Nací para luchar "por mi carne"  (traducción no muy feliz del guaraní "a ñe hä-ä mbaité che ro-o räre"), me decía, y he de morir en mi ley. Todos se encuentran a la pesca para devorarme, fundirme, y hacer leña de mí, así que la consigna es no descuidarse.

                   ¡Qué lejos estaba de alcanzar la simple verdad que posteriormente se me evidenciaría: La muerte no existe!.

                   La cuestión radica, hoy lo compruebo, en el enfoque que se  dé a la realidad. Es la manera de ver cómo funciona el mundo lo que da la clave para comprender el misterio de la vida. Claro está que uno forma parte indisoluble de ese mundo, y en principio, la constatación de que ese "mundo interno" de uno mismo fuera tan deficiente, y que las deficiencias de los demás parecieran aún peores, impedía que se pudiera creer en otra cosa que en la maldad y perversidad que no podía sino ser la regla a la que todos debían atenerse, incluido por supuesto uno mismo.

                   ¿Cómo es posible que las reglas morales me resbalaran por el cuerpo, y toda la prédica de los Maestros de todos los tiempos me resultara vacía, sin contenido y hasta falaz?.

                   Mi visión debía comenzar su enfoque, hoy lo entiendo, por mi propio Ser. ¿Cómo podía pedir a los otros que confiaran en mí si yo no confiaba en ellos?. ¿Cómo podía exigir sinceridad a nadie si yo no era sincero?. Tardé tanto en comprender que aquello que yo hiciera a los demás era lo que los demás me harían indefectiblemente, que sufrí lo indecible para aprenderlo. Esta regla, enunciada ya en las antiquísimas doctrinas del hinduísmo, como la ley del Karma, o de la causa y efecto, lo repite Jesús de la manera más sencilla y clara posible: No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a tí. ¿Cómo es posible que tan elemental regla se encuentre oculta para tanta gente, y en particular, porqué se escondió de mí durante tanto tiempo?. La humanidad toda tiene sin duda una visión distorsionada de la realidad, la que se debe fundamentalmente a que los impulsos primarios nos llevan a creer que durante nuestra efímera existencia mortal cuentan esencialmente los placeres, que deben alcanzarse a toda costa. Tales placeres tienen una gama infinita en el modo de manifestarse, y la persecusión de ellos nubla toda otra visión, y en particular el aspecto primordial de la realidad señalado más arriba.

                   No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a tí. No mires la paja que hay en el ojo ajeno, más bien observa la viga que hay en el tuyo. Se cosecha lo que se siembra. Por ahí debía comenzar.

                   Claro que alguna lucecita se filtraba de vez en cuando en mi intelecto, y me daba cuenta de que, después de todo, al menos para algunos debía ser yo de fiar, y por ende, también algunos debían serlo para mí. Mi actuar, por tanto, discriminaba a la gente seleccionando a capricho a quien juzgara merecedor de mis favores. ¡Cómo extrañarse por consiguiente que fuera también yo mismo objeto de discriminación!. En esa tesitura, fuí reiteradamente defraudado, hasta con alevosía. Los mazazos recibidos eran sólo comparables a los que se propinan al ganado vacuno en el matadero. ¡A cuántos parejamente habré defraudado yo!.

                   Con todo, no acababa de comprender la lección. Si los otros eran ladinos, si la más cruel ingratitud era el pago que muchas veces recibía por mis desvelos, éso más bien reforzaba mi concepto de que la naturaleza humana misma era la perversa. ¿Porqué entonces debía yo luchar contra esa naturaleza, que también en mí la advertía, y qué objeto tendría que yo me empeñara en ser un solitario héroe?. Persistía pues obstinadamente en mi cotidiana mendacidad, reservando mis afectos y dádivas para quienes consideraba que respondían y eran útiles para mis particulares fines.

                   En ese transitar empero algo se manifestaba en mí que no cuajaba del todo con aquella filosofía. Sentía que tenía lo que podría llamar como una inmensa capacidad para amar. Ese amor, que si bien en general era básicamente interesado, en el sentido de que estaba latente sin duda en él la expectativa de retribución, se desbordaba de mi ser en abundancia, con intensidad, con ímpetu. Dentro de ese amor, a pesar de sus impurezas, afloraba la necesidad de actuar con sinceridad. Esa necesidad me venía dada por un impulso poderoso, irresistible diría. Lo más notable es que esa actuación sincera en ciertos aspectos de mi vida, me deparó inicialmente indecibles frustraciones, tal que pareciera que mis mejores propósitos por cambiar mi enfoque de la realidad y mi remanida actitud hacia la vida recibían el más categórico desmentido de esa misma realidad, cuya respuesta a mi buena fe eran sólo dolor y sufrimiento.

                   Menos mal, y eso está visto,  que el dolor y el sufrimiento son medios útiles para el aprendizaje. Podría decir, si empleamos la terminología hinduísta, que con ello estaba pagando mis "deudas kármicas". Después de todo, mis agresiones contra la vida y la naturaleza toda, se contabilizaban por millares. Pero a partir de ahí, poco a poco, en verdad que poco a poco, mi visión se fué ajustando al foco hacia el cual necesariamente debe ser dirigida. Comencé a sumergirme en mi interioridad. Y se me presentaba, en ese menester, la fulgurante sentencia del Cristo: "Buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura". El "reino de Dios", ¿estaba por ventura dentro de uno mismo?. Evidentemente, debía estar al menos en la autenticidad. Si el Dios al que tanto se aludía, y en el que yo no podía creer porque nada veía que me evidenciara su existencia, era como se decía infinitamente justo, su reino debía ser buscado en la autenticidad. A renglón seguido, emergía en la conciencia la declaración de aquel que se autodenominaba como su Hijo: Yo soy la verdad. ¿Qué significaba ésto?. Pues, que la Justicia coincidía con la Verdad. Eran una y misma cosa.

                   En el Mundo, empero, no se apreciaba que imperara la Justicia. Y menos la Verdad. Por el contrario, la falsedad, el engaño, las injusticias, los abusos eran los que se enseñoreaban en ese Mundo en el que, a la postre yo vivía, y no tenía trazas de llegar a un fin. Decididamente, en el mundo todo era contradicción. Ya ven, mi enfoque volvía repetidamente hacia el exterior. ¿Cómo podía ser tan necio para no advertir que el mundo era yo?. Yo era el que estaba realmente lleno de contradicciones: Era, literalmente, un manojo de contradicciones. El Mundo, al que miraba, no era otra cosa que mi propio reflejo.


                                               II

                            La Vidatiene que ser aprendida. La sabiduría es susceptible de ser incrementada; empero, la valla que se erige en el camino es nada menos que la muerte, que si es identificada con la privación definitiva de la vida, trae aparejada el truncamiento inexorable de todo conocimiento.


                   El Camino, hasta alcanzar a tener dicha visión y dicha certeza, la de que el Mundo no era otra cosa que mi propio reflejo, seguiría sin embargo siendo escabroso durante mucho tiempo. Notablemente, uno de los sueños que con más persistencia me perseguía era justamente aquel en el que me extraviaba inexorablemente por algún camino. Otro era aquel en el que se me presentaba mi padre, a mi padre carnal me refiero, y se mostraba conmigo severo y hasta inamistoso. Es que mis sentimientos fueron siempre contradictorios con respecto a mi padre, lo que hacía que yo atribuyera a tales sentimientos este sueño, pese a que no dejaba de intrigarme y llamarme la atención su constante repetición.  Era incapaz de ver que el Padre eterno, cuya imagen era el otro, me estaba mostrando que el tortuoso sendero elegido me depararía fatalmente dolores y malestares.

                   Transcurría el tiempo, y pese a mi escepticismo y a mi reacia actitud de bajar las armas ante el impredecible Universo, iba acumulando bienes materiales, que sin mayores reflexiones lo atribuía a mis méritos por mi habilidad en lidiar con mis congéneres. Ese mayor "poder" que obtuve gracias a ello, y ciertamente, la sensación de mayor "seguridad" y "tranquilidad", me fueron ablandando un poco, y mi actitud hacia los demás fué cambiando gradualmente, a tal punto que mis mentiras y mi afán de sacar provecho fueron menguando, todo ello acompañado con la constatación de que, después de todo, la realización correcta y adecuada de algún servicio deparaba por sí misma satisfacciones. Paralelamente, mi intelecto era bombardeado incesantemente por los conocimientos científicos que a nivel popular se divulgaban profusamente, en los que tenía un profundo interés, lo que me hizo desarrollar una gran fé en la ciencia, a pesar de sus limitaciones y de las mías propias.

                   Decididamente, la Vida tenía que ser aprendida. Nadie lo sabía todo, pero esa sabiduría era susceptible de ir incrementándose paulatinamente. La valla que se presentaba, que se avizoraba en el camino que uno comenzó a recorrer al acceder a este mundo con su nacimiento era nada menos que la muerte, que uno fatalmente lo identificaba con la privación definitiva de la vida, lo que implicaba claramente que todo conocimiento que uno fuera adquiriendo debía verse truncado en ese momento. La consciencia de la imperfección individual generaba entonces un temor a la muerte, perfectamente explicable, pues a pesar de los sufrimientos y dolores con los que inevitablemente se tropezaba en ese trayecto, ella deparaba momentos realmente bellos que el deseo latente en cada ser aspiraba sin dudas a eternizar.

                   Pero ¿cómo conseguir perennizar tales momentos cuando uno constataba en cada instante que la gente moría, y que, como se solía decir comúnmente, nadie regresaba del "mas allá" ?. Acá terminaba todo, me decía yo, y hay que buscar la manera de pasar lo mejor posible. Después de todo, uno no vivía pensando constantemente en la muerte, y en cuanto a los otros malestares, eran pasajeros, aún cuando algunos dolores eran ciertamente punzantes.

                   Lo llamativo del caso era que las injusticias que uno observaba en el mundo le provocaban realmente una rebelión, un rechazo, a pesar de los actos propios que podrían ser calificados también de injustos, aunque con éstos uno era muy indulgente, los justificaba siempre minimizándolos. Siempre uno se creía menos injusto que los otros, siempre se declaraba incapaz de cometer atrocidades, y de aquellas que a juicio de todos podían ser catalogadas como monstruosidades, aquellos actos crueles y perversos que en el mundo observaba, definitivamente uno se consideraba exento de la posibilidad de incurrir en ellos. En suma, la injusticia repugnaba a la consciencia, y si a otros no escandalizaban tales atrocidades uno los consideraba simplemente como seres degenerados.


                                      III              

                            Aun cuando pudiera tomarse como jactancia que un ser tan insignificante del inconmensurablemente vasto universo pueda ser considerado digno de la atención de algún proyecto en especial de la Inteligencia que gobierna el mundo, no existen motivos para que esto sea desechado, una vez que uno se imbuya de que hasta los pelos de nuestra cabeza están contados, o, como lo dijera otro maestro espiritual, que a aquella Inteligencia no le pasa desapercibido ni siquiera el sonido que producen los pasos de las hormigas.


                   Heme ahí pues perplejo ante un mundo desconcertante. Y hete aquí que tras más de cuatro décadas de batallar me acomete de improviso una crisis devastadora, una enfermedad que por la violencia con que me atacó provocó en mi ser tal alteración que me sumió en un profundo desequilibrio.

                   Fritjof Capra nos informa que en chino la palabra crisis --wei-ji-- está compuesta de dos partículas que significan peligro y oportunidad. A tono con esta idea entonces estaba ante un peligro pero a la vez ante una oportunidad. (El mismo Capra nos dice en otra parte que el vocablo chino wu-wei significa literalmente no acción, por lo que el término wei en este contexto tiene el sentido de acción, que en el otro lo tiene de peligro. La maleabilidad y plasticidad del lenguaje permite desde luego las variadas connotaciones que en cualquier idioma puede siempre descubrirse. Evidentemente, el lenguaje humano encierra una inmensa sabiduría, una sabiduría ancestral en la que rara vez nos detenemos a pensar. Dispensas por la digresión).

                   Volvamos a la crisis aludida. La calificación que le cuaja sería la que se indica con la palabra shock, un choque violentísimo que no solo me conmocionó profundamente sino que trastrocó de tal manera mi visión de la realidad que podría decirse que todo lo que yo daba como mi ser sufrió un súbito viraje provocando en mí un cambio instantáneo de personalidad. Era lo que algunos especialistas en la cuestión síquica denominan una alteración del estado de la conciencia, pero esa alteración, con ser repentina y poderosísima, se mantuvo a partir de ese momento derivando hacia lo que comúnmente se denomina como sicosis.

                   No se trata aquí de identificar con entera precisión la causa que dió lugar a esa crisis, que de hecho no resulta fácil ni sencillo en ningún caso; baste decir que me encontraba sobrellevando una gran tensión que venía arrastrando desde bastante tiempo, tensión que sin duda cualquier espécimen humano que habita este planeta está invariablemente predestinado a experimentar de acuerdo con las circunstancias particulares que le toque vivir. Lo cierto y concreto es que hallándome en esa situación tuve un encuentro con un amigo que sin proponérselo replicó sobre el pucho con tanto énfasis a unas cuantas observaciones que le hice sobre la visión que yo tenía en ese momento de los problemas concretos que me apabullaban, que su actitud tuvo el efecto mencionado de alterar ipso facto mi estado de conciencia, cual si con sus manos hubiera tomado alguna pieza de mi personalidad que se encontraba desencajada y de golpe y porrazo procediera él de esa manera a encajarla. Hoy, que mi actitud corriente es la de considerar que todo cuanto le ocurra a uno está, por decirlo así, vigilado por la Inteligencia Superior que gobierna el cosmos, no puedo sino entender que el encuentro aquel no fue fortuito sino  providencial, vale decir, que fue planificado con un concreto propósito por aquella Inteligencia en lo que a mi destino concernía. Aún cuando ello pudiera tomarse como jactancia por el hecho de que un ser tan insignificante del inconmensurablemente vasto universo se considerare digno de la atención de algún proyecto en especial que tuviera aquella Inteligencia con respecto al mundo, como alguno me lo hizo notar sobre el tema en cierta ocasión, cabe apuntar que no existen motivos para que así sea entendido, una vez que uno se imbuya de que hasta los pelos de nuestra cabeza están contados, o, como lo dijera otro maestro espiritual, que a aquella Inteligencia no le pasa desapercibido ni siquiera el sonido que producen los pasos de las hormigas. Sin embargo, para que estas ideas germinaran y fructificaran en mi ser debía transcurrir aún mucho tiempo.

                   La mejor manera de describir lo que entonces aconteció conmigo es decir que otro yo entró a posesionarse de mi ser. Cambié de mentalidad de la noche a la mañana. No es fácil de explicar y menos de entender para aquel a quien se brinda dicha explicación ese cambio que se opera en uno en esa coyuntura. ¿Cómo hacerse de la idea de alguien que durante la mayor parte del tiempo de su existencia consciente alberga dentro de sí una visión de la realidad, alimentándola y consolidándola de la manera más férrea, que de improviso invierta esa visión de manera radical?.   Pongámoslo de esta manera: Todo el mundo, toda la realidad que me concernía, todo mi ser vivía empapado con la creencia de que no existía Dios. Esto lo digo naturalmente para simplificar esa visión, pues sus implicancias en todas mis demás creencias eran evidentemente innumerables. De pronto, como resultado de un mazazo violentísimo se afinca en mi conciencia la convicción inconmovible de lo contrario: la creencia súbita que adviene en mí de la existencia de Dios. Qué sea Dios no era ya un cuestionamiento, y no podía serlo pues en un instante el mismo simplemente no existía y en el instante siguiente sí existía. En ambos casos se trataban de prejuicios, que no requerían de una configuración particular de tal Entidad, bastaba el cambio de la creencia que provocó la total transformación o para decirlo como antes la alteración completa de mi conciencia. A partir de ese momento yo era otro. Pero al cambiar mi conciencia su creencia en torno a ese punto capital de la realidad, todas las explicaciones referidas a ésta que había elaborado hasta entonces mi mente, necesariamente sufrieron también el mismo giro de ciento ochenta grados, pues había que adaptar la nueva visión a los hechos que continuaban sucediendo impertérritos e indiferentes a mi drama íntimo.

 

                                               IV

                            Mi ser estaba experimentando un desgarramiento; para decirlo en otros términos, era una lucha interior tan intensa que me arrojó por un momento a la nadidad total, a la región de la carencia absoluta del ser; el sentimiento de desubicación, de pérdida de mi mundo entrañaba en realidad la sensación de aniquilación del propio ser de la manera más pavorosa imaginable.


                   Vayamos a unos hechos concretos: Había surgido previamente al shock aludido un conato de separación con mi familia a raiz de lo que (para simplificar) vulgarmente suele llamarse "incompatibilidad de caracteres" suscitada entre mi esposa y yo. En esa misma noche del encuentro con mi amigo, tras el trastrocamiento súbito de mi visión, mantuve una comunicación telefónica con mi consorte, y según lo expresó ella, al momento mismo de establecerse la comunicación experimentó que corría por su cuerpo como un fluido eléctrico que la estremeció toda por el mero efecto de oir el timbre de mi voz. De hecho, ella me sintió diferente, se diría que la energía hostil que en mí albergaba, al cambiar tan completamente trasmutándose en energía amorosa, tuvo la fuerza de derretir  a la otra que se interponía entre ambos envolviéndola y apoderándose de su ser integralmente, obrando con la característica paradojal que le es propia, que es la de la ausencia total de violencia en ella con poder para disolver toda resistencia por más indestructible que parezca.

                   Expongo con cierto detalle lo que antecede pues mi cambio de visión entrañaba obviamente la poderosa e inamovible convicción de que el mundo, o las cosas, o la realidad misma en general funcionaban de manera diferente, convicción que fue reforzada rotundamente por la experiencia narrada más arriba, idea a la que al punto me aferré con tanta fuerza que ningún mortal hubiera sido capaz de sacarme de ella.

                   No es fácil rememorar todas las cosas que me acontecieron que tienen relación con este hecho crucial que marcó el inicio del cambio en mi vida, cambio que era simplemente inconcebible para mi anterior mentalidad, tal como lo exponía yo a todos los que me querían escuchar. A pesar de que mi escepticismo radical en esa materia, no conseguía descorazonar a alguno como por ejemplo un obispo anglicano con quien mantuve ciertas discusiones filosóficas memorables, el cual, no obstante decirle que jamás llegaría a darse el caso de que yo llegara a creer en la existencia de un ser inexistente al que la gente le asignaba el nombre de Dios insistía en que él sí creía que ello llegaría a ocurrir algún día no lejano, y que por su lado él persistiría en elevar sus plegarias para que eso aconteciera.

                   Al producirse mi cambio de personalidad, la cual daba por sentada la existencia de Dios, mi mente dirigió su proa a todo lo que constituía el soporte de esta creencia, que para mí estaba dado básicamente por la enseñanza cristiana que era la que llenaba el medio cultural que me concernía. Comencé entonces a darle sentido a todo aquello que carecía de él antes de eso, embarcándose mi intelecto en una actividad febril para acomodar a mi nueva visión aquellas enseñanzas que cobraron para mí nuevo significado de esa manera. Si antes concordaba en lo total con Bertrand Russell en su impecable exposición de las razones del porqué no era cristiano, ahora me veía arrojado de improviso al polo opuesto y me embargaba un sentimiento de certeza tan inquebrantable en los principios de la doctrina cristiana que al contrario de antes se me presentaba como inconcebible que hubiera vivido durante tanto tiempo en el craso error en que había vivido. De hecho, me sentía contrito, en medio de otros tormentosos sentimientos que también me acometían.

                   Para entender claramente esta situación de alteración de la conciencia que sobrevino de manera tan fulminante hay que señalar que el estado de tensión emocional que venía arrastrando era realmente tremendo, diríase que insoportable.

                   El episodio que me provocó el shock se produjo en octubre de 1.986. He aquí algo que escribí el día 10 de julio de 1.986:

                   "No sé donde estoy. Hago un esfuerzo extraordinario para saberlo, pero es inútil. Sin embargo, esto debe ser mi casa. Pero no lo es. No tiene las características de aquella, a pesar de que la ubicación parece ser la misma, es la misma esquina de las calles donde suele estar mi casa. Veo la muralla, que es diferente a la mía. Es una muralla baja, apenas medio metro de altura, o menos, recubierta íntegramente de un reboque con pintura color tierra. Me invade una desesperación insoportable. Me repito que debo estar en mi casa, pero no me convenzo. Me digo que tal vez esté soñando. Trato de abrir los ojos, siento la imperiosa necesidad de abrirlos, lo consigo, los mantengo abiertos por un rato que no tiene trazas de concluir, sin liberarme del trance de desubicación que me embarga, siento que estoy mirando pero mi mente se niega a recobrar su lucidez, por fin, tras un supremo esfuerzo y un brusco sacudir de cabeza caigo en la cuenta que estoy acostado en mi cama haciendo la siesta y se tornan familiares todos los objetos y lugares que componen mi reducido mundo, que estuvo a punto de desmoronarse al sentirme totalmente extraviado de la manera descripta.  Con qué solidez me sostiene esta cama, si no fuera por ella caería y me hundiría en el vacío sin fin. El alivio que experimento es indescriptible. Sólo persiste una leve sensación de malestar en la cabeza, producto de la intensísima emoción vivida".

                   Lo antedicho muestra que mi ser estaba experimentando un desgarramiento, para decirlo en otros términos, era una lucha interior tan intensa que me arrojó por un momento --en el episodio descripto-- en la nadidad total, a la región de la carencia absoluta del ser; el sentimiento de desubicación, de pérdida de mi mundo entrañaba en realidad la sensación de aniquilación del propio ser de la manera más pavorosa. Era el temor a la muerte que, del estado latente en que se encontraba en mis genes, o dondequiera que estuviera, se manifestaba de una manera tan intensa que reproducía en un solo instante la angustia infinita experimentada por innumerables antepasados ante la inevitabilidad de la destrucción definitiva del propio ser.

 

                                               V

                            El converso que yo era, con la mente orientada hacia otra visión del mundo, comenzó a tratar de acomodarse a esa visión, y puesto en ese tren de "la nueva manera de funcionar la realidad", a elucubrar las ideas y conceptos acordes con la nueva creencia.


                   No se puede contar o rememorar todo lo acontecido en la antesala del brusco cambio operado en la oportunidad aludida. Sin embargo, puesto que el proceso se venía arrastrando, bien vale transcribir algo suelto escrito el 27 de julio de 1986 que encuentro entre mis anotaciones, revelador de mi estado de ánimo en el conflicto que mantenía en mi relacionamiento de pareja. He aquí el texto :

                   "Estamos juntos porque tu Vos y mi Yo decidieron UNIrse, literalmente, hacerse UNO, acoplando nuestras disímiles individualidades, polos opuestos amarrados por indestructibles lazos". 

                   Y éste otro que data aproximadamente de la misma época:

                   "Su universo, impenetrable, puede hasta que sea más rico que el mío. Pero su incapacidad de relacionamiento, su incomunicabilidad, me impiden acceder plenamente a él o, dicho de otro modo, no se dan las condiciones para que nuestros universos se encuentren, corren paralelos, sin posibilidad de unirse". Como se ve, yo era lo que correctamente catalogaba entonces como un manojo de contradicciones.

                   Esta contradicción es la que se resolvió, por decirlo así, en un sentido; se rompió la cuerda que yo era, que estaba estirada en su máxima tensión, trasmutándose en suaves y finas hilachas que se esparcieron por todo mi cuerpo despojadas de cualquier residuo de violencia, el río de mis sentimientos desbordados encontró su cauce y comenzó a fluir acompasada y rítmicamente en concierto con el nuevo orden que quedó impreso en mi ser en virtud de la nueva personalidad adquirida. En suma, como suele decirse, me convertí, me convertí en una persona completamente distinta.

                   El converso que yo era, con la mente orientada hacia la otra visión del mundo, comenzó a tratar de acomodarse a esa visión y puesto en ese tren de "la nueva manera de funcionar la realidad", a elucubrar las ideas y conceptos acordes con la nueva creencia. DIOS me había preparado desde siempre para cumplir sus designios y yo debía mostrarme presto a realizarlos permaneciendo atento a las señales que ÉL se dignara indicarme. De hecho, todo lo que había construido hasta ese momento lo había podido lograr gracias a que ÉL había estado vigilándome y velando por mí desde el principio. Mi mente, notablemente, se volvió más lúcida, y a propósito recuerdo un comentario de mi hermano Cristian que citando a algún escritor me manifestó lo dicho por éste sobre "la espantosa lucidez" de la que pueden gozar ciertas personas aquejadas por la locura. Empero, yo no sentía para nada que estuviese loco, y por el contrario, veía que todo cobraba sentido.

                   De entre las divagaciones de mi calenturienta mente marchando totalmente segura de sí misma tras el impacto aludido, rescato estas líneas que escribí por entonces:

                   " <<El Ser es y no puede no ser. El No Ser no es y es necesario que no sea>>, dice Parménides. ¿De dónde le vino a este filósofo, encarnado en un pobre cuerpo mortal, la inspiración deslumbradora para formular tan concisa cuan intangible verdad?. Los seres humanos creemos tener una inteligencia capaz de penetrar en los secretos más inaccecibles de la naturaleza. YO, ser humano, me apresuro a incluirme entre ellos. Sin embargo, a raiz de una serie de circunstancias que acontecieron conmigo, estoy poniendo en revisión toda mi filosofía. Obviamente, siempre me fascinó el aserto del filósofo citado, aún cuando nunca llegué a comprenderlo del todo. Vuelvo a abrir el paraguas para reconocer lo mucho que me falta para comprenderlo. Pese a ello, creo que la inspiración de que hablaba, es algo que le llega a la gente casi sin proponérselo. El cerebro humano funciona como una fragua, incesantemente, y al dejar un tantico de lado a las cosas cotidianas, consigue intuir ciertas verdades que le llegan como una luz arrolladora. Esa sería entonces la inspiración, la que se aplica por igual a los filósofos, poetas, músicos, pintores y, en suma, a los artistas en general. Retomando el hilo, volviendo a la sentencia de Parméniddes, hoy aparece para mí ese dicho como una verdad fulgurante, cuyas muchas implicaciones creo percibir. No sé si otros ya lo habrán visto de la misma manera que yo, lo cual sin embargo carece de importancia, ya que todos vivimos anhelantes en pos de la verdad. El Ser, o sea, todas las cosas que existen, surgió de la Nada, o del Caos, punto de vista en el que coinciden (creo) las religiones, como también la Mitología. Ahora bien, ese Ser, surgido del Caos o de la Nada, en el principio era Imperfecto, es decir, tenía en sí la suma de las Imperfecciones. Con el correr del tiempo el Ser fue y sigue perfeccionándose. Todos formamos parte de ese Ser, todos, animales, plantas e incluso la materia inanimada de la que nosotros decimos que no tiene vida. Significa entonces que toda materia existente, más la energía que de ella proviene es lo que Parménides denominaba EL SER. En cuanto al NO SER es simplemente lo contrario, y es imprescindible que no lo sea, entretanto el SER se perfeccione. El espacio y el tiempo, o el espacio-tiempo como lo llaman ahora los físicos, constituyen solo instrumentos del SER en su marcha hacia el perfeccionamiento. En realidad el espacio, en cuanto no contenga dentro de sí a la materia es LA NADA, o el NO SER como lo denomina nuestro filósofo. Por su parte, el TIEMPO va fluyendo incesantemente, e igualmente es la NADA, salvo como instrumento del SER imperfecto (pero perfectible). LLegará un momento en que el tiempo y el espacio, o el espacio-tiempo, dejen de existir. Será cuando el SER obtenga su perfección. Entonces el SER será inmutable y eterno, y ya no existirá el NO SER. La inevitable pregunta que sugieren las disquisiciones precedentes es: ¿Cuándo?. Y la respuesta es: NADIE lo sabe. Hasta el propio Jesús, que además de Profeta era filósofo e incluso Dios, como muchos creemos, contestó a aquella pregunta de la siguiente manera: `En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni aún los ángeles del cielo, ni el Hijo. Solamente lo sabe el Padre'".

                   Un atento escrutinio de lo trascripto precedentemente dará la idea de cómo mi mente se esforzaba febrilmente por acomodar a mi nueva percepción los pensamientos que bullían en mi cabeza. La sentencia atribuida a Parménides en el texto, que no es en verdad lo que él profirió exactamente, fue tomada por mí para inferir de ella la explicación que yo necesitaba para la "nueva realidad" que había configurado en mi mente. Si bien el texto no carece de vuelos poéticos, se advierte que se encuentra inficionado de contrasentidos producto de la confusión en que estaba sumido.

                   Parménides, en el fragmento que se conserva de su declaración que yo quería evocar en el texto, postulaba realmente que hay SER, pero que NADA no la hay. Vale decir, TODO es SER, incluida la NADA, o la que reputamos por tal. Es lo mismo que lo postulado por el taoismo, en el que al SER genuino se lo llama el TAO,  y por el hinduismo donde se lo denomomina BRAHMAN, y por el budismo  en el que se lo designa como la SIMPLICIDAD y también como el VACIO.

                   Mis elucubraciones por el contrario reputaban como "existiendo" a la NADA, el NO SER, a la que configuraba como "algo real en sí misma", la  cual ya "existía" en forma previa al surgimiento del "SER", que emergió "imperfecto" pero en camino hacia "la perfección", el que estaba integrado por TODO lo que se hallaba compuesto de materia y energía. Era por tanto una suerte de "panteísmo", pero de pronto SALTA en medio JESUS que "además de Profeta era filósofo e incluso DIOS, como muchos creemos", y aflora el desconcierto y la confusión, pues ¿cómo compaginar esta declaración con lo anterior?. Claro que "Dios" podía ser configurado como "todo lo existente", más en tal caso obviamente "imperfecto" y surgido de "la nada", lo que se podría considerar en consonancia con lo postulado por Bernard Shaw en el sentido de que "Dios se está haciendo". Más, ¿cómo se entendía entonces la referencia al "Padre" que era el único que sabía "el día y la hora"  "cuando el SER obtenga su perfección" instancia en la que "el SER será inmutable y eterno, y ya no existirá el NO SER"?. La inconsistencia radica en que el presupuesto del "Padre" que "sabía" el día y la hora requeriría sin duda "la perfección" en esa entidad, a más de en la atribución sin más ni más de la asignación del apelativo de "DIOS" a Jesús entre cuyos "creyentes" de improviso yo me incluía.

                   Tras la culminación del recorrido de mi itinerario filosófico hoy día cuando se ha consolidado en mi ser las verdades fundamentales que sirven de cimiento a mi nueva visión de la realidad, está claro que la "NADA" no es sino la creación de “la mente" para funcionar en este nivel de conciencia, y que como lo señalaba realmente Parménides sólo hay SER,pero NADA, no la hay.

 

                                               VI

                            El fin del mundo acontece para cada cual cuando muere, y el hecho de que se hable de un "final" que alcanzaría a todos, comprende indudablemente a la idea de la "culminación" de un proceso en el que se halla inmersa toda la humanidad.

 

                   Estamos hechos de la misma madera que Dios. Dios es en verdad "el verdadero existente", para emplear la terminología de Kierkegaard, por lo que el "aspecto" de la realidad creada por nuestra mente (y por Dios, con quien somos "cocreadores" de esa "realidad conceptual")  es el que resulta ser imperfecto, y es el que camina hacia su perfeccionamiento. Pero por entonces todo esto yo aún no lo había entendido, y solo mucho más adelante iría despejando las confusiones a que podrían inducir "mi nueva creencia". Esta nueva "creencia", tal como lo señalé más arriba, era la "creencia en Dios", sin atinar a explicarme lo que se entendía por tal entidad, pero en la necesidad de aferrarme a ella con todas mis fuerzas, mi mente siguió discurriendo febrilmente, de modo que comencé a tambalearme, pues como me señalaría mi siquiatra posteriormente, a pesar de que tenía una sensación de mayor lucidez que de ordinario, ello era debido a que mi mente funcionaba cual el motor de un camión que fuera acelerado en su máxima potencia continuamente, lo que provocaría inevitablemente su deterioro y destrucción si no fuera desacelerado en algún momento.

                   La característica de ese "estado mental", conforme lo cataloga la ciencia médica, es la una incrementación desmesurada de la aptitud para la "asociación de ideas", lo que conduce a relacionar cualquier cosa que a uno se le ocurriera con otra, y luego con otra, y así sucesivamente. Ello provoca en el paciente la mencionada sensación de mayor lucidez y claridad mental en el inicio, pero de lo que éste no se da cuenta es de que en ese cometido el esfuerzo que realiza excede de su normal capacidad y le va sumiendo poco a poco en un agotamiento que inexorablemente sobreviene posteriormente.

                   Una de las "ideas" que afloraron en mi mente con mayor persistencia a la que debía acomodar mi nueva visión de la realidad era la del "fin del mundo" predicada por Cristo y profesada por los seguidores de su doctrina como una verdad inconcusa que debía ser aceptada indefectiblemente, ya que su explícita declaración sobre la materia no admitía réplica, y de hecho, en el texto más arriba transcripto se advierte que yo hice alusión a ese tema cuando mencioné que "solo el Padre" conocía el día en que acontecería tal "suceso".

                   La "idea" del fin del mundo es algo que viene siendo barajada desde antes del nacimiento de Cristo, como se comprueba con los textos bíblicos que hablan de "los postreros días", y cuando Cristo se refirió a ella lo hizo con tanto énfasis que marcó a sus discípulos y seguidores con sangre y fuego, imprimiendo en su espíritu una convicción tan poderosa que ninguno de ellos podía dejar de tenerla presente en todo tiempo. El último Libro del Nuevo Testamento, el "Apocalipsis" o "Revelación", escrito según allí se afirma por su mismo discípulo Juan Evangelista, pasó a integrar los textos sagrados de la Biblia para el naciente cristianismo.  A mi entender, la enseñanza de Jesús sobre este tema integra en verdad toda su doctrina de una manera muy compacta, y el hecho de que El haya insistido constantemente en que "el día y la hora" de tal acontecimiento no lo sabe nadie excepto el Padre, se relaciona con uno de los descubrimientos de la ciencia actual que consiste en la "relatividad" del "espacio-tiempo", lo que implica que la simultaneidad del acontecer de los sucesos difiere según quien sea el protagonista o el observador de los mismos. Así, como se suele decir, el fin del mundo después de todo acontece para cada cual cuando se muere, y el hecho de que se hable de un "final" que alcanzaría a todos comprende indudablemente a la idea de la "culminación" de un proceso en el que se advierte que se halla inmersa la humanidad. La exhortación de Jesús para permanecer "vigilante" para estar preparado para esa hora, como su afirmación de que son "muchos los llamados pero pocos los elegidos" implica que cada cual puede alcanzar ese "estado" de purificación o incorruptibilidad que le permitiría trasladarse "instantáneamente" a la "región" del "espacio tiempo" en el que la "salvación" ya es "presente", en contraposición a los que siguen viviendo en el tiempo cronológico del que salió el primero para quienes aquel "tiempo" sigue siendo "futuro". Este "trasladarse" se produce en el momento de la "muerte física" del que alcanza la "salvación" que de esa forma "resucita" en "ese lugar". Si alguno es "llevado" con su "cuerpo" que llegó a revestirse de "incorruptibilidad" es algo de lo que no se tienen noticias fidedignas, excepto que la tradición en el cristianismo habla de que la Virgen María, la madre de Jesús habría sido una de las que fue llevada en "esa forma", inmediatamente después de sobrevenirle la muerte física.

                   Al menos un grupo de cristianos -- que al igual que todos los que se erigen en comunidades religiosas dentro de esta doctrina se consideran a sí mismos como los que profesan "la verdadera religión"-- actualmente se pasa predicando que el "fin del mundo" comenzó en el año de 1914, con la Primera Guerra Mundial. Diríase que lo que justifica a este postulado es la santa simplicidad con que es formulada -- evocando la declaración que se le atribuye a Juan Huss, que lo dijo al momento de ser quemado vivo, en alusión al gesto de una mujer presente en el acto, quien arrojó un leño a la hoguera para avivar el fuego que lo estaba consumiendo --, pues si el mismo fundador de la doctrina dijo que "del día y la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sólo el Padre", es de pensar que el grupo de cristianos citado aventura una hipótesis un tanto atrevida. Sin embargo, este mismo grupo -- me refiero a los "Testigos de Jehová"-- es el que también enseña de una manera muy enfática, y en concordancia con la enseñanza del maestro (a mi criterio), que es la muerte física la que ha de ser conjurada mediante la salvación, que no lo hacen, al menos con la debida claridad y precisión, las otras religiones cristianas. Puesto que las "creencias" de los seres humanos son las responsables de la "construcción de la realidad", según es hoy mi percepción, las del grupo cristiano citado, conjuntamente con las de los otros  --conciliadas con las de los "no cristianos"--, han de tener su incidencia para la "consumación definitiva de los tiempos".  No es de extrañar que esta cuestión del "fin del mundo" a mí me tuviera a mal traer, pues desde que Jesús habló de él, los huesos de mucha gente han crujido de espanto. Hay también por ahí una "religión", la de los adventistas, que ya en el siglo XIX dieron por sentado que se produciría este "acontecimiento", y otra más la de "La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias" o "Mormomes" cuya misma denominación indica que dan por sentado de que estamos en los "días postreros", y tal como se ve, las cosas siguen tan campantes. La relatividad del "espacio tiempo", tal como lo postulan hoy las teorías científicas, es la que permite entender esta enseñanza, como lo consigno en mi "Nuevo Itinerario Filosófico" y en el "Nuevo Tratado Acerca de la Inmortalidad", es decir, que este "suceso" difiere para cada cual de acuerdo a la "evolución personal" que cada uno vaya alcanzando en su vida espiritual. Empero, en el afán de hacer un pronóstico -- teniendo en cuenta que el mismo Jesús lo incentivara, al aludir a las "señales" que acompañarían a este acontecimiento que deberían ser observadas por sus seguidores-- me atrevo a conjeturar que podrían pasar todavía cincuenta mil años, quizás, dentro de esta cronología, para que "todo termine". Y es fundamental recalcar que esta es solo una forma de poner las cosas, pues como cualquiera puede darse cuenta, el hecho de que uno pueda al morirse ser "trasladado" instantáneamente al "lugar y tiempo" donde ya es "presente" la "salvación", conlleva la "sucesión" entre ambos "estados de conciencia", ya que la ausencia de "tiempo" entre el momento de la muerte y el de la resurrección, (lapso en el que se puede "concebir" un "tiempo ilimitado" que "no transcurre" para el "yo"), hace posible que para el que "se salva" la "consumación de los tiempos" se vea como "simultánea" con el instante de su muerte, pues para él todos los tiempos habrán de "converger" con el suyo. Entretanto, para las otras conciencias individuales, la cronología continuará impertérrita, sin que se percaten de lo que ocurre para "los otros" (los que se van salvando), lo cual es explicado en aquel pasaje donde Jesús dice que por ese tiempo la gente "seguirá comiendo, bebiendo y dándose en casamiento" (Mt. 24, 37,39; Lc. 17,27), ínterin  unos son llevados y otros no, hasta que, como un rayo, sobrevenga el fin para todos. Mi conjetura sobre los cincuenta mil años necesarios para que todo se consume tiene que ver con la inmensa carga de energía que implica las creencias de la generalidad que no atinan siquiera a atisbar este proceso evolutivo que debe culminar en la "salvación" de todos los seres humanos, carga energética emanada de la siquis colectiva que deberá ser contrarrestada que, tal como se ve, acontece con suma lentitud a través de contadas personas (de ahí aquello de que muchos son llamados pero pocos escogidos). Si tomamos la escala de tiempo usual, con la que se determina que la evolución genética en el ser humano se detuvo hace unos cincuenta mil años atrás, como nos informan los científicos, y lo equiparamos al nacimiento del primer Adán,(parafraseando a San Pablo --desde entonces "existe" el ser humano genuino--), y si concordamos que el segundo Adán, o sea Jesús, vino a este mundo hace apenas dos mil años atrás, hay que decir que este último lapso de tiempo es ínfimo comparado con el anterior. De ahí que no sea desatinado suponer que se requiera aproximadamente el transcurso de la misma "cantidad de tiempo" que el transcurrido desde el surgimiento del primer Adán hasta el advenimiento del segundo, para que, computado desde este último acontecimiento, sobrevenga el "final definitivo" que será también el "comienzo definitivo" de la vida.  Cabe reiterar que esta "manera de ver" o de "poner" se refiere a nuestra visión de seres creados que con sus limitaciones da por sentada "la sucesión" en el tiempo, o sea, el transcurso lineal y cronológico, pues para la mente de Dios todo ello se da "en simultáneo" como ya lo tenemos expuesto en otros lugares, lo cual es desde luego el sentido de lo dicho por Jesús al afirmar que "para El todos están vivos", en referencia al Ser Supremo. Es decir, para la mente de Dios cada uno de nosotros ya es realidad, y una realidad mucho más real que la que nosotros somos capaces de percibir con nuestros sentidos que, paradójicamente para nuestras conciencias es lo único "real". La percepción, en la forma de percibir de Dios, por tanto, se ha de dar en nosotros cuando seamos capaces de insertarnos en esa su "conciencia cósmica", con la que desde luego estamos unidos, o para ser más enfáticos, con Quien somos solo uno, pero no nos damos cuenta. Hay que conjugar esta nuestra individualidad con la totalidad de Dios, y desde ahí, como El, ya no nos moriremos. Entretanto, algunos serán "llevados"  --como ya lo han sido muchos desde que Jesús murió y resucitó--, y es posible que en adelante lo sean "en cuerpo y alma" (que son solo dos aspectos del mismo ser), pues las "barreras mentales" entre los compartimientos estancos de las distintas dimensiones espacio-temporales comenzarán sin duda a ser traspasadas como parte de los extraños fenómenos que acompañarán al proceso evolutivo en curso. Sin perjuicio, entonces, de que las generaciones futuras sigan computando minuciosamente la cronología, alguno ha de despertar en la dimensión espacio-temporal o intemporal donde la muerte ya no es realidad. De hecho, yo pienso hacerlo, aunque no sé si este campo de energía cuyos contornos conforman mi identidad (mi cuerpo) se ha de trasladar tal cual sin disolverse. Más, ello, en última instancia es trivial, como lo señalara acertadamente en una ocasión Leonardo, pues si mi conciencia de identidad personal es recobrada al recobrar otro cuerpo indestructible, con ello se habrá cumplido la finalidad que tuvo en vista el Creador al crearme como una de sus creaturas. No puedo sin embargo dejar de acotar que mi estimación del "tiempo que falta" puede estar desfasada pues si, como lo hace notar Konrad Lorenz, la aceleración vertiginosa de la "evolución cultural y social" en relación con la evolución genética impide hacer cualquier tipo de predicciones sobre el rumbo que ha de seguir el proceso evolutivo, no puede descartarse que basten sólo algunos años para que el "último día" sobrevenga, en lo que atañe a esta cronología. Después de todo, la posibilidad de la "co-existencia de los tiempos cronológicos" que deriva de la teoría de la relatividad (y de la idea de que para Dios todo se da "en simultáneo"), hace que el "futuro potencial" para nosotros ya sea "actual" para otros, y que simplemente, con la suavidad que es de prever que debe ocurrir con el funcionamiento de las leyes de la naturaleza, los distintos tiempos "converjan" en un solo instante en que "como por arte de magia" se dé el "final de los tiempos" y el comienzo de una nueva tierra y unos nuevos cielos, tal como está prevenido que habrá de ocurrir. No puede dejar de tomarse en consideración que algunos de los hechos catastróficos predichos por Jesús "ya ocurrieron", tal como se puede pensar de las dos últimas guerras mundiales, y principalmente la segunda, en la que se llegó a utilizar la bomba atómica. Claro que igual cosa pudieron haber pensado los que fueron testigos de la destrucción de Jerusalén, allá por el año 70 de nuestra Era. Pero ello está en concordancia con la siempre ambivalencia del sentido que tienen las cosas para el ser humano, a causa de su naturaleza dual. Lo que es o parece ser parauno no necesariamente también es o parece ser para el otro. Me evocan estas reflexiones la idea rumiada por mí de que "la caída de las estrellas del cielo" (Mr. 13,25) anunciada por Jesús para "el final de los tiempos" puede ser entendida equiparándola con la explosión de la bomba de hidrógeno descubierta y realizada en el planeta por el ser humano por estos tiempos, que reproduce la fusión nuclear que ocurre en el interior de las estrellas. Lo que permitiría entender que "ya estamos en los tramos finales". Pero al punto me viene también a la mente lo apuntado por Lemaitre, quien al referirse a ese pasaje bíblico ("El cielo caerá, las estrellas se desprenderán del firmamento") sostiene que hace referencia al "momento crítico en que las galaxias se acercarán unas a otras, el globo cósmico se contraerá, y será el fin", conforme a la hipótesis de la física que postula que a causa de la gravitación, el Universo acabará por retraerse al culminar su proceso de expansión y "las galaxias retrocederán e incluso volverán a agruparse, y a fundirse en un nuevo núcleo primitivo" (Citado por Peter y Caterina Kolosimo en su obra "Secretos del Cosmos", Javier Vergara Editor S.A., Buenos Aires, 1983, Página 14). Pero ésto acontecerá recién, estimativamente ¡dentro de quince mil millones de años!. En otras palabras, el "fin del mundo" mentado en la Biblia, para esta teoría sustentada por el citado científico, acontecerá después de todo, tal como está profetizado, pero recién después de transcurrido este "lapso de tiempo", es decir, ¡dentro de quince mil millones de años!.  Tal como lo acotáramos: Es la ambivalencia del sentido.

                   Sin embargo, en puridad, este asunto no reviste importancia para cada quien que logre su perfeccionamiento  individual en el curso de la vida cronológica que le cupo en suerte.  Tal como lo señalamos más arriba y ya lo dijimos muchas veces en otros pasajes de nuestra obra filosófica en general: el hechode que uno pueda al morirse ser "trasladado" instantáneamente al "lugar y tiempo" donde ya es "presente" la"salvación", conlleva la "sucesión" entre ambos "estados de conciencia", ya que la ausencia de "tiempo" entre el momento de la muerte y el de la resurrección, (lapso en el que se puede"concebir" un inconmensurable "tiempo" que "no transcurre" para el "yo"), hace posible que para el que "se salva" la "consumación de los tiempos" se vea como "simultánea" con el instante de su muerte, pues para él todos los tiempos habrán de "converger" con el suyo, al resucitar. Como se ve, esto hace referencia a la "resurrección" enseñada por Cristo, que comporta ineluctablemernte la "continuidad del yo", ese "sentido de identidad" que deberá comprender invariablemente algún "paquete de información relacionada con la personalidad", pues si no, resulta inconcebible la existencia misma de la "persona". Como dice Borges, el "yo" de la "persona",  se encuentra inextricablemente vinculada con la memoria pues lo contrario importa la imbecilidad. El "paquete de información" que portamos dentro de nuestro patrimonio genético y cultural deberá "revivir" por tanto, en cierto sentido o con ciertas limitaciones, para dar un soporte ontológico a nuestra identidad al "despertarnos" en la dimensión intemporal de la eternidad, a través del "mecanismo" de la resurrección. El ser que soy es el que debe perdurar, que, a no dudarlo, se prolonga y ramifica en todos los demás seres, con quienes se encuentra unido, es uno solo, como que todo es la emanación de la Divinidad. Y para que ello sea posible se requiere indudablemente que "la continuidad del yo" se halle presente, independientemente de los vericuetos por los que debe pasar en el tránsito hacia su perfeccionamiento. La ausencia temporal del yo que lo trasmuta en la energía impersonal --para "él"-- que conduzca a su "identidad personal" hacia la meta final por los "laberintos del tiempo", no corren por cuenta del "individuo creado" sino del creador.

 

                                               VII

                   Nuestras limitaciones, nuestra tendencia a configurar a un "tiempo absoluto" fluyendo uniformemente "desde el pasado hacia el futuro"  es la que dificulta entender y asimilar las declaraciones de Jesús sobre el fin del mundo.


                   La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla, dice García Márquez en sus "Memorias", con un acento notablemente platónico. El "recuerdo" de nuestras mentes individuales es el soporte de nuestra personalidad, y demás está decir que en nuestro ser interior se encuentra la fuente de "todos los recuerdos", habida cuenta que somos una semilla de la Divinidad. Está por ende latente en nosotros la misma mente de Dios para quien la realidad coincide con esos "recuerdos", siendo como es Él todo lo concebible e inconcebible, y de una vez y para siempre, sin comienzo y sin final, sin tiempo. Se trata por consiguiente de consolidar este "sentido de identidad", esa "continuidad del yo" que, despierte "donde" despierte, y ocurra "cuando" ocurriere, nos permitirá saber que nuestro ser perdura, sin posibilidades de cesación o aniquilación, en unión definitiva con el "Dios Viviente" que posee "vida en sí mismo", sin comienzo ni final. Así será la resurrección, si ese es el medio por el que uno accede a la "vida eterna", o el nuevo nacimiento, si fuere éste, el cual apareja la transformación del cuerpo corruptible en otro incorruptible, con el que se podrá también trasladar instantáneamente a la dimensión intemporal, lo que indica con claridad que el tema del "fin del mundo", cuyo día y hora sólo el Padre conoce, no es tan importante como la tarea de esforzarse por alcanzar el propio perfeccionamiento, atendiendo a la admonición que nos hiciera el Cristo: sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre que está en el cielo (Mt. 5,48).

                   Estas disquisiciones me traen a la mente otras que pergeñara Nietzche en su desesperada concepción de alguna forma de inmortalidad, aferrándose a la absurda idea del "eterno retorno" ya alentada por antiguos pensadores. Mi percepción de este asunto es que la eternidad de Dios no requiere de un retorno a lo que para Él es siempre presente. Claro que el individuo humano puede siempre "retornar" a cualquier circunstancia histórica que le sea propia "recreándola" a voluntad una vez que haya alcanzado su perfeccionamiento. Obviamente, también puede no hacerlo. Asimismo, la "realidad" de esas circunstancias para Dios depende de su Voluntad, ya que Él puede tanto proyectar como disipar mundos con su poder omnímodo. Al decir de Borges, Nietzche quería encontrar al ser humano "capaz  de aguantar la inmortalidad", lo que le llevó a elucubrar y reciclar el antiguo concepto filosófico del "eterno retorno". Para avalar su tesis, Borges transcribe las siguientes palabras de Nietzche bellamente hilvanadas: "Si te figuras una larga paz antes de renacer, te juro que piensas mal. Entre el último instante de la conciencia y el primer resplandor de una vida nueva hay «ningún tiempo»  --el plazo dura lo que un rayo, aunque no basten a medirlo billones de años. Si falta un yo, la infinitud puede equivaler a la sucesión".  Como se ve, la intuición es expresada de regia manera. Lástima que estuviera tan condicionado por el prejuicio de la muerte inexorable, y el de la inexistencia de Dios, que le hicieron rechazar sin réplica posible las enseñanzas de Jesús sobre la inmortalidad, resucitando en cambio la vieja hipótesis del eterno retorno, que por donde se la mire, no solo resulta intolerable como lo apunta Borges, sino carente de la mas mínima razonabilidad.

                   Evidentemente, este asunto del fin del mundo a mí me tiene y me ha tenido en vilo desde hace tiempo. Es que para mí --que es lo que cuenta, como para cada cual que se lo plantee--, las "señales de los tiempos" a las que alude Jesús se están evidenciando de manera muy notoria. Además de las ya mencionadas más arriba, se me ocurre que el mismo Evangelio ya ha sido anunciado a "todas las naciones de la tierra", tal como él lo dice que habrá de ocurrir previamente, antes de que sobrevenga el fin (Mt. 24,14; Mr. 13,10).

                   No obstante, la barrera insuperable que se avizora es la ceguera y la terquedad de la gente que se manifiestan a través del apego a las formas de vida que conducen inexorablemente a la muerte, como asimismo, a través del apego a la férrea creencia en la inevitabilidad de la muerte, las cuales comportan una incalculable, una inmensa energía tan difícil de contrarrestar, y que sin embargo parecería imprescindible tener que hacerse para que la evolución llegue a su culminación. Empero, esta barrera, como la "barrera" del tiempo, es meramente mental, y hay que aprender a superarla. Si como dice el apóstol Pedro "para el Señor un día es como mil años y mil años como un día" ( 2 Pedro, 3,8), para cada uno de nosotros, como "hijos suyos, con una nueva vida que jamás se nos desvanecerá, que es eterna, que no la recibimos de nuestros padres sino que nos la dió Cristo, el vivo y eterno Mensaje de Dios" (1 Pedro, 1,13,23), también en tal carácter, es decir, como hijos de Dios, hemos de tener la potestad de traspasar las barreras del tiempo, y por ende, la de las energías mentales que obstruyen el tránsito hacia la intemporalidad o eternidad, con tal de que nos perfeccionemos. Las explicaciones que se intenten para "fijar" un "tiempo preciso" a ese "acontecimiento" tropezarán siempre con las mismas objeciones que ya mencionaba el apóstol Pedro en sus mentadas Cartas, las que desde luego se apoyan en el mismo dicho del Cristo de que "del día y la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sólo el Padre". De hecho, mi explicación de que para cada quien "acontece" diversamente, en concordancia con la nueva teoría física de la relatividad, es la más convincente, lo que no excluye que pueda ser "ahora mismo", dentro de "cincuenta mil años", o aún, dentro de "quince mil millones de años, cuando el universo entero se colapse", y también, que el mismo ya aconteciera en el "tiempo" transcurrido dentro de la generación que vivió en tiempos de Cristo, tal como se desprende de su dicho de que "...no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca"(Mt.24,34; Mr.13,30); como también de éste: " de cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino"(Mt. 16,28, Mr.9,1; Lc. 9,27). Nuestras limitaciones, nuestra tendencia a configurar a un "tiempo absoluto" fluyendo uniformemente "desde el pasado hacia el futuro", (como lo hiciera el propio Isaac Newton cuando pergeñó su teoría científica sobre este fenómeno en la física, hoy rebatida por la de Alberto Einstein aludida precedentemente) es la que nos dificulta entender y asimilar estas declaraciones de Jesús sobre el fin del mundo. Condicionados para "ver la verdad" de las cosas en "lo absoluto" del tiempo, que nuestros hábitos mentales y corporales nos hacen "creer" que se trata de una "ley inalterable" de la naturaleza, nos sentimos desconcertados por las aparentes "incongruencias" de aquellas declaraciones. No atinamos a comprender que Jesús, en sintonía con la "mente de Dios", se anticipaba a la "teoría de la relatividad" que postularía Einstein. El cual declaró, famosamente:"solo quisiera conocer los pensamientos de Dios, lo demás son detalles"; sin percatarse de que estaba dando a conocer uno de tales pensamientos que constituye el soporte de la realidad en este universo, tal como es configurado por los seres humanos. Importante es acotar que yo sigo bregando para cambiar mis hábitos mentales y corporales en la tarea de conciliar las contradicciones aparentes o reales que nuestra mente condicionada nos hace percibir en la realidad, tarea ímproba que nos habilita no sólo a conciliar los opuestos que percibimos en la naturaleza con nuestra visión fragmentaria y deficiente, sino también a lograr la definitiva unión con Dios que nos confiere la vida imperecedera inherente a su Ser.


                                               VIII

                            Lo que había acontecido conmigo era un cambio de personalidad a causa del trastocamiento súbito de "todas mis creencias" y el frenético intento de adaptar mi vida a mi nueva visión, lo cual no era propiamente una "enfermedad mental", sino una crisis muy profunda que provocaba en mí un desequilibrio pasajero, como ahora puedo apreciarlo desde la perspectiva adecuada


                   Volviendo al hilo de la historia, es importante destacar que la "fijación de mi mente" con la idea del "fin del mundo" que afloró con fuerza en mi ser, se tradujo, entre otras cosas, en la convicción de que éste se produciría en una fecha precisa, específicamente, si mi memoria no me falla, el 31 de octubre de 1999. Esta "fijación" fue consecuencia de una serie de "asociaciones de ideas" que bombardearon mi mente. Una de esas "ideas" era la muy trillada frase de los "mil y no más mil", referente a los años posteriores al nacimiento de Cristo en que el fin acontecería. Desconozco el origen de esta sentencia, pero recuerdo que en mi familia era muy repetida, principalmente por mi madre. Las circunstancias que estaba viviendo se encargaron de aportar las otras ideas que yo las interpreté como otras tantas "señales" que me eran "enviadas" por Dios. Resulta que "mi conversión" se había producido el día 17 de octubre de 1986, 13 días antes del 31 de octubre, que lo asocié con la "reconciliación" que tuve con mi esposa, con quien yo me había matrimoniado un día 31 de octubre. Trece años faltaban también para el año 1999. Como el "fin del mundo" tenía que producirse "antes del año 2000", era evidente que Dios me estaba mostrando de esta manera el día exacto en que se produciría ese "suceso", que sin mas ni mas lo determiné para esa fecha, es decir, el 31 de octubre de 1999. No es que estuviera loco, al menos no sentía estarlo. Mi comportamiento era "normal", la única diferencia en relación con mi anterior estado era que mi mente se había creado una fijación con la idea de que el mismo Dios me había "tocado", y yo debía adaptarme a la "nueva vida" que me imponía aquella "prerrogativa".

                   Sin duda, los caminos de Dios son inescrutables, pues mi "conversión" tuvo el efecto de afirmarme con tanta fuerza en la creencia aludida  --por ese tiempo-- que nadie en el mundo podría haberme sacado de ella, aun cuando afortunadamente no me puse a divulgarla, en el entendido de que la "revelación" requería absoluta discreción, acorde con la insignificancia del ser que la recibía. Me evoca este episodio --mi afincamiento en la idea de una fecha precisa en la que ocurriría el "fin del mundo"-- otro similar narrado por Isaac Asimov en el que un tal Willian Miller había "profetizado" que el fin del mundo se produciría exactamente el 21 de marzo de 1.844, y que, acompañado de numerosos seguidores se había ido a esperarlo en las faldas de una montaña, en los Estados Unidos de América, donde vivía. No aconteció el evento, lo cual no impidió que el "iluminado" personaje hiciera nuevos y minuciosos cálculos para predecir el suceso para otra fecha posterior, lo cual tampoco aconteció, que no fue óbice para que muchos de sus seguidores permanecieran fieles a su doctrina, que dio nacimiento posteriormente a la Iglesia Adventista, ya mencionada más arriba. Recuerdo también haber leído en un periódico que un grupo numeroso de gente, en la capital de Rumania, si mal no me acuerdo, liderados por una mujer, poseídos de una sicosis colectiva, se habían juntado con el mismo objeto en una fecha determinada de la década de los ochenta, y que el gobierno de ese pais los tuvo que arrear, harapientos y hambrientos como estaban, hacia un hospital siquiátrico para su tratamiento.

                   Mas yo no estaba realmente loco o, como dije, no me sentía así, y si podría calificarse de tal mi estado, en todo caso era una locura inofensiva. La locura es sin duda una alteración de la conciencia que hace ver al paciente la realidad de manera distorsionada, y tal vez la "sicosis maníaco depresiva", como posteriormente sería diagnosticada mi "enfermedad", fuese una especie de locura para la ciencia médica. Empero, tal como ya lo señalé antes, lo que había acontecido conmigo era un cambio de personalidad a causa del trastocamiento súbito de "todas mis creencias" y el frenético intento de adaptar mi vida a mi nueva visión, que se puede decir que, desde cierto punto de vista, no era propiamente una "enfermedad mental" la que me afectaba, sino una crisis muy profunda que necesariamente provocaba en mí un desequilibrio pasajero, como ahora puedo apreciarlo desde la perspectiva adecuada.   

                   De todos modos, ese funcionar lejos del estado de equilibrio hizo que mi mente se agudizara tanto momentáneamente (tal parece que en consonancia con lo postulado por Ilya Prigogine de que la creatividad de la materia se incrementa notablemente en los puntos lejos del equilibrio) que todos mis sentidos estaban alertas a todo lo que pasara, asociándolo con la nueva creencia que se había apoderado de mí. En esa tesitura, cuando mi esposa regresó de un viaje a Buenos Aires donde había ido solo días después de nuestra reconciliación para visitar a una hermana suya que allí vivía, trayendo consigo una pequeña piedra negra del tamaño de una semilla, que por su notable y llamativa configuración su hermana me habría enviado de regalo, al serme exhibida la misma me vino instantáneamente esta frase a la mente: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". Ni qué decir que lo recibí como un concreto mensaje de Dios. En un descuido de los presentes, tomé la piedrecilla, la llevé a la boca y la tragué, interpretando que esa era la orden que emanaba del mensaje susodicho, que yo estaba ansioso por obedecerla, completamente sumiso a los mandatos del Dios que se me había revelado. Es que la velocidad con que los pensamientos me apabullaban y el esfuerzo por conciliarlos con mi nueva visión diametralmente opuesta a la anterior, junto con el infinito amor propio enraizado en lo más profundo de mi ser, fueron moldeando mi mente con la idea de que yo debía ser sin duda un "predestinado", alguien a quien Dios tenía "destinado" una gran misión para la salvación de la humanidad. Estaban allí los conceptos de la reencarnación, el fin del mundo, la inminente venida de Jesús, el triunfo final de su Iglesia sobre "las fuerzas del infierno que no prevalecerían contra ella", y por cierto, lo milagroso de mi conversión. Al tragar la piedra, por tanto, el "espíritu" del apóstol Pedro se estaría encarnando literalmente en mí, y seguramente yo estaría encabezando a la Iglesia en los tiempos postreros, asumiendo la dignidad del papado de alguna misteriosa manera dispuesta por los designios de Dios. Mi mente divagaba con tal frenesí que por fuerza tenía que inventar explicaciones y fantásticas teorías que consolidaran mis nuevas creencias. Forjé entonces también la idea de que todas las "cosas" uno las va construyendo con sus propios pensamientos, aunque no se dé cuenta de ello, y la relacioné con los logros materiales que yo había ido obteniendo, entre ellos el de haber podido adquirir una oficina propia a solo media cuadra del Palacio de Justicia. Sin embargo, era patente también para mí que el que determina el rumbo que deben seguir los sucesos en última instancia es Dios, cuyos inescrutables designios son los que hacen que las cosas sucedan para que todo se realice con entera justicia. Por tanto, me vino  a la mente la idea de que en ese mismo lugar donde tenía mi oficina, y aun, abarcando la manzana de terreno en la que estaba asentada, se produciría el "juicio final", imaginando que los edificios serían reemplazados por unas plantas de lapacho amarillo que llenarían el lugar desparramando ubérrimas sus flores.

                   Mi mente andaba a la deriva por momentos, abrumada por tanta tensión. Así fue que en sus desvaríos llegó a imaginar que en el inminente fin del mundo podría acontecer que el reino de Jesús se estableciera en el Paraguay, en definitiva; y que podría ser yo su representante oficial, lo cual me venía inducido por el recuerdo de alguna rima que había elaborado en mi niñez en la que me autocalificaba como el “rey del Paraguay”. Mi “ego” pugnaba por adaptarse a toda costa a la nueva manera de funcionar mi mente. Se me presentaba ésto como una especie de revelación, y naturalmente, la fe que era imprescindible tenerla contra viento y marea, hacía plausible y tornaba comprensibles a estas ideas.


                                               IX

                            Mis retraimientos que en alguna ocasión me impulsaron a abandonar momentáneamente la oficina caminando ausente por las cercanías, mi actitud adusta y seria en el sustentamiento de mis nuevas creencias, mi vehemencia a veces excesiva en defender mis nuevos puntos de vista, hicieron que se propagara en medio de mis allegados la noticia del cambio que se había operado en mí


                   Este minucioso recuento de los sentimientos y pensamientos que me acometieron tiene sin duda hoy mismo un sentido y una finalidad, ya que con ello estoy rescatando a mi propio ser, que lo sigo construyendo. Como dice un poeta citado por Viktor Frankl, el fundador de la tercera escuela vienesa de siquiatría: "ningún poder de la tierra puede quitarnos lo que hemos vivido"; pues eso también es nosotros mismos. O, para decirlo con las palabras del dicho mas popular: nadie puede quitarnos lo bailado.

                   Unos días antes, la euforia por mi nuevo descubrimiento se tradujo (mi esposa aun no había vuelto de su viaje a Buenos Aires) en una llamada que le hice a mi hermano Cristian, en una de esas noches en que me desperté en plena madrugada y quise compartir con él mis pensamientos. Recuerdo que era aproximadamente las dos de la mañana y mi hermano acababa de regresar del sanatorio donde había sido llevada su esposa que estaba embarazada y a punto de dar a luz, sucediendo que a causa de una imperdonable negligencia médica el hijo había muerto al momento de nacer o había muerto previamente en el seno materno. (Este episodio marcó de tal manera a Cristian que no hay dudas de la incidencia que tuvo en la elaboración posterior de su obra literaria "Talavera Puku y el Mefistofélico Matasanos"). Al hablarle yo a Cristian telefónicamente en un momento tan dramático como el que estaba pasando, y al esgrimir unas ideas y pensamientos que a él obviamente le sonaron incoherentes porque reflejaban otra manera muy distinta de ser mía a la que él estaba acostumbrado, mi hermano se inquietó sobremanera. A guisa de ejemplo, recuerdo que cuando él me mencionó lo cara que debía salirme la llamada por el tiempo que ya llevaba hablándole, yo le repliqué desenfadadamente que estas preocupaciones por el dinero eran actitudes impropias que teníamos, solo por nuestra falta de fe en Dios. La desesperación de Cristian llegó por tanto a su punto máximo, ya que sintió que al trágico e injusto suceso que le estaba ocurriendo se le venía a sumar éste, el de mi deschavetamiento, que necesariamente le descolocaba por completo. Así que al día siguiente le llamó a mi hermano Marcial, que trabajaba conmigo, el cual no había notado aun estas anormalidades en mi comportamiento, o no creía que merecieran atención.

                   Advertido Marcial de que algo raro acontecía conmigo, comenzó a prestarme mayor atención. Mis retraimientos que en alguna ocasión me impulsaron a abandonar momentáneamente la oficina caminando ausente por las cercanías, mi actitud adusta y seria en el sustentamiento de mis nuevas creencias, mi vehemencia a veces excesiva en defender mis nuevos puntos de vista, hicieron que se propagara en medio de mis allegados la noticia del cambio que se había operado en mí. Recuerdo que en una de esas llegó mi primo Juan Bautista Gwynn a mi oficina, y en tono humorístico me dijo que se había enterado de mi conversión por lo cual venía para rezar conmigo. Ipso facto le contesté que, cómo no, y vino a mis labios la plegaria atribuida a Francisco de Asís que le pedí la enunciara conmigo: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.

                   Un día en la oficina, en un momento en que me sentía un tanto exaltado a causa de la euforia que me estaba poseyendo a raíz de mi estado sicológico innovador, me fui hacia el fondo del patio donde unas espinas se pegaron a mi pantalón, y al volver al pasillo tomé una regla de  plástico de esas que se usan en los colegios, para sacarlas con ella. De pronto, la regla se rompió en el medio, en presencia de algunos que me estaban observando, provocando alguna sorpresa, y de golpe y porrazo me vino a la mente un pensamiento que dio lugar a este comentario que lo hice en voz alta, diciendo con desparpajo que estábamos en el tiempo en que muchas reglas deberían ir rompiéndose.

                   Tras la llamada de Cristian, quien fue el primero en percatarse del agravamiento de mi sicosis, mis allegados me convencieron para ir a consultar a un médico, el cual me prescribió ciertas drogas que dócilmente yo acepté ingerir, al comienzo, pues mi cambio de visión me había imbuido de la idea de que yo debería en todo tiempo y para siempre renunciar a la violencia. Lo cual implicaba ciertamente que no debía oponerme a lo prescripto por el médico. Recuerdo que entre tales drogas estaba una cuyo nombre era “diazepan”, apelativo que me sugirió que esa era la que se convertiría por ese tiempo en “el pan de cada día”. Véase la loca asociación de ideas que me seguía acometiendo.

                   El hecho de tomar los medicamentos recetados dio lugar a una situación tragicómica que es preservada por mi memoria con notable fidelidad. Un domingo, siguiente al día de la semana en que había comenzado a ingerirlos, estábamos en una casa que poseíamos en Villa Elisa, donde nos íbamos con la familia para pasar el fin de semana en compañía de una hermana de Vivi y su familia, quien estaba encargada de cuidarla. En un lugar aledaño, se juntaban los vecinos y jugábamos al fútbol de barrio en una canchita improvisada que habíamos preparado en plena calle, lindante con nuestra propiedad. Lo cierto es que a mí me eligieron para quedarme en el arco, y como defensa estaba un chico paralítico llamado Ever que como instrumento para el juego utilizaba sus muletas. Mi mente, aferrada con fuerza a la nueva manera de ver la realidad, comenzó a divagar con la convicción de que la trayectoria de la pelota seguiría el curso que mi pensamiento le imprimiera, por lo que fijaba mis ojos en el balón y realizaba un esfuerzo mental sobrehumano para “dirigirlo” en su derrotero. Entre el embotamiento en que estaba a causa de los medicamentos y el esfuerzo tremendo que hacía para conseguir mi propósito, el extravío de mi mente me llevaba a tratar de armonizarlo todo, diciéndome que el juego nada tenía que ver con el “ganar” que usualmente la gente busca sino con la sana competencia que permite la circulación de la energía amorosa entre los hombres. Así es como daba razón del hecho de que la pelota no me “obedeciera” necesariamente por momentos y que me hicieran varios goles que desembocaron en la derrota de mi equipo que contaba con la entusiasta defensa del joven Ever, cuando todo mi ser estaba firmemente afincado en la certeza de que yo tenía la capacidad de volar literalmente detrás de la pelota por los aires, constituyendo dicha derrota una lección que debería yo asimilar en el sentido expresado de no frustrarme tontamente por ese motivo.

                   Lo cierto es que en esa misma tarde y diría que solo en el instante inmediato a la finalización del partido, comenzó a afectarme una reacción automática e involuntaria de mis músculos faciales que, sin ser dolorosa, contraían todas mis facciones y me sumió en una perplejidad que tenía que ver sin duda con el miedo que a la par me provocaba tan extraño fenómeno. No es de sorprenderse ya que el miedo es uno de los más poderosos hábitos enraizados en las profundidades de nuestro ser, el cual tuvo, y sigue teniendo su razón de ser dentro del proceso evolutivo de la humana especie. En esa ocasión, la reacción de mi mente ante ese desconocido e inesperado suceso, vale decir, la violenta contracción facial que se repetía momento a momento como un tic nervioso incontrolable, fue la de ponerme a revisar el prospecto de los medicamentos que estaba tomando, y he ahí que me encuentro con que en uno de ellos se hablaba del ”efecto secundario” que podía eventualmente producir el que llevaba por nombre “Akinaton”, si mal no me acuerdo. El alzarme y rebelarme airado contra el tratamiento y el encontrar la explicación al fenómeno, la cual estaba adaptada a mis nuevas creencias, fue todo uno. Sin admitir réplica a mi postura, dejé a partir de ese mismo momento de tomar los medicamentos, y decidí concertar cuanto antes una nueva entrevista con el médico que me los había prescrito.

                   En esa entrevista, en la que me acompañó mi hermano Marcial, le dije al médico, de nombre Isaac Cegla, que él había introducido la violencia dentro de mi cuerpo, puesto que yo era el más pacífico de los seres desde que sobreviniera mi conversión. El médico, adoptando una actitud defensiva ante la firmeza de mi exposición, me escuchó argumentar que la violencia que nos afecta la sembramos y propagamos nosotros mismos, lo que explicaba que actuáramos con miedo, por ejemplo, ante los perros a los que atribuíamos ferocidad y bravura. A bocajarro le pregunté entonces si qué pensaba sobre la tesis que postulaba, que si no le demostráramos miedo sino amor y suavidad a estos animales, irradiando estos sentimientos desde la profundidad de nuestro ser,  éstos jamás nos atacarían, sino que se rendirían dóciles ante nosotros. Me contestó que no le parecía tan descaminada mi teoría, pero que sin embargo le daba la impresión de que era algo aérea. Cuando le dije que había decidido dejar de tomar de manera total y definitiva los medicamentos que me había indicado porque sin duda en ellos estaba incorporada la violencia, me manifestó que no se hacía responsable por las consecuencias que eso me acarrearía, las cuales, según añadió, serían más perniciosas de las que yo me imaginaba. Con eso, se dio por terminada la consulta, y yo muy campante y ufano me retiré, persuadido de que el médico estaba equivocado y yo estaba en lo cierto.


                                               X

                            Una pesadilla, en la que se manifestó la violencia de forma brutal y devastadora, reproduciendo la lucha interna que se estaba librando en mi interior de la manera más vívida concebible, me dio a entender como en un destello que se trataba de las fuerzas del bien y del mal en perpetua lucha en el interior del ser humano


                   Desvinculado de esa manera de las prescripciones del profesional, volví a instalarme en mis trece, como suele decirse, y proseguí mis actividades concentrando mi mente en el intento de acomodarlas a los “nuevos principios” que me había revelado mi “conversión”. El esfuerzo que hacía era de naturaleza eminentemente mental, pues las “realidades exteriores” seguían indiferentes su derrotero “ajustado” a mi anterior visión del mundo; entretanto, yo debía darle un “nuevo sentido”, acorde con la nueva visión que se había “apoderado” de mí. Aquel esfuerzo superaba mis fuerzas y mi capacidad, y yo no me percataba de ello. Recuerdo que una noche en que nos dormimos toda la familia en el piso, sobre unos colchones, en razón de haberse fumigado la casa, debajo del pequeño quincho que teníamos en la parte de atrás, tuve un sueño, o mejor, una pesadilla (quizás sea mejor llamarla “pesadaza”, inventando el aumentativo ante el diminutivo que no le cuadra), en la que se manifestó la violencia de forma brutal y devastadora, reproduciendo la lucha interna que se estaba librando en mi interior de la manera más vívida concebible. Eran dos filas de camiones de carga que avanzaban la una hacia la otra, frente a frente, pesados y abarrotados, como dos escuadras de tanques de guerra, a las que yo veía y sentía como si estuvieran marchando y a punto de chocar, como lo harían unos batallones de soldados en marcha marcando los pasos, que retumbaban en mis oídos rítmicamente con un “Crakc, crack, crack”, u otro sonido onomatopéyico, todo lo cual me hizo despertar en el momento culminante del choque inminente, con todo mi cuerpo abatido y desecho por la fuerza de la emoción vivida. Entendí, como en un destello, que eran las fuerzas del bien y del mal en perpetua lucha en el interior del ser humano.


                   Algo que también guarda mi memoria es un incidente donde al encontrar en el suelo, o en el piso del automóvil, una moneda, lo interpreté en el sentido de que Dios me estaba mostrando eso como una señal del premio que me estaba reservado por haber decidido llevar mi vida por la senda correcta. Otro es aquel en el que el automóvil no arrancó cuando intentó hacerlo andar Víctor, mi sobrino, pero al subir yo para procurar ponerlo en marcha, el vehículo arrancó tranquilamente, lo que atribuí a la fe necesaria para que las cosas anden debidamente, como sobre ruedas.


                   A tono con la cronología, y para indicar de alguna manera lo que mi mente andaba elucubrando por entonces, viene a propósito mentar algo que escribí por aquel tiempo, que quedó inconcluso, al que mucho después le di un retoque final y lo inserté en mi opúsculo “Aprender a Vivir” con el título de “Una Historia de Redención”. Reproduzco ese texto a continuación, el cual reviste sin duda interés para quien quiera profundizar en la investigación de este proceso que se está exponiendo.


                                               XI


                            Una Historia de Redención


                   Esta es una historia de redención por el Amor. Una más. Muchas, muchísimas otras han sucedido; y seguirán sucediendo. Aisladamente. Hasta que sobrevenga la última, total y definitiva. Entretanto, la ansiedad y el desasosiego propios de nuestras imperfecciones seguirán consumiéndonos. Pero aisladamente también, y simultáneamente, la paz interior se apoderará de algunos, o de muchos, y reforzará las huestes de la sempiterna lucha entre el Bien y el Mal.

                   A pesar de que el hombre vive ansioso de comunicación, sé lo difícil que es llegar con la Palabra a cada uno.

                   Es que la Naturaleza es, HOY, esencialmente contradicción. De ahí que desconfiemos de los demás, pero queremos que confíen en nosotros. Lo que implica que la Naturaleza es, a la vez, COINCIDENCIA. Somos incapaces de ver, en esta etapa, que los demás, que LOS OTROS son también NOS-OTROS.

                   Creo, sin embargo, que todo va marchando para bien.

                   Es difícil encontrar la terminología adecuada para expresarme. Porque para llegar a todos debería ser capaz de ser el que me lee. Y, fuerza es reconocerlo que, HOY, todavía no lo soy.

                   El Hombre, el SUJETO, el SER, se escucha, en primer lugar, a sí mismo. Luego, "si hay tiempo", presta atención a los otros.

                   Bien sé que lo que estoy diciendo no es nada nuevo. Pero también lo es. Porque es un intento de adaptar el lenguaje a los nuevos tiempos.

                   Los grandes maestros de la humanidad ya lo dijeron prácticamente TODO. Es la sabiduría universal que supieron concentrar en sí mismos, y la transmitieron, pero no siempre fueron bien interpretados. Pese a ello, muchos, muchísimos tratan aún de seguir sus enseñanzas.

                   "AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS",  decía Jesús, repitiendo lo que otros, antes que EL, habían dicho, en conocimiento de que el AMOR redime, el AMOR PURIFICA, el AMOR santifica.

                   Actualmente hay quienes denominan al AMOR, ENERGIA POSITIVA. Es una denominación que creen que es más acorde con los tiempos que corren.

                   Pero la ENERGIA, así, sin calificativos, toda ella tiende a ser AMOR. Y viceversa.

                   De ahí que yo digo que DIOS ES AMOR. Como otros ya lo dijeron y lo siguen diciendo. Empero, el secreto está, para mí, en su reciente descubrimiento.

         Digo que Dios es AMOR, como puedo decir que DIOS ES BELLEZA, o VIRTUD, en suma, LO BUENO. Pero regresemos al AMOR. Que ahí debe CONVERGER TODO.

                   Yo fuí REDIMIDO por el AMOR de los míos. De mis seres queridos. Ese AMOR que en ellos late, y que en mí resuena es DIOS.

                   Me explico. Yo era un ATEO IRREDENTO. Valga la paradoja. Blasfemaba y desafiaba a DIOS. Pero sinceramente. NO CREIA. Negaba la existencia de DIOS con una VEHEMENCIA que sólo puede brotar de la autenticidad.

                   Pero me ocurrió un hecho. Tengo esposa e hijos. Estuve a punto de perderlos. Por causa de una incompatibilidad de caracteres, decía yo. Es una explicación. Dentro de las tantas que cualquiera podría encontrar.

                   Afortunadamente UN AMIGO me hizo ver que se trataba más bien de UNA JUSTIFICACION de mis deficiencias. De mis imperfecciones. Era mi INCAPACIDAD de comunicación. Mi deseo de hacer a mi esposa a mi imagen y semejanza. Cual si fuera DIOS. Mi incapacidad para aceptarla con sus diferencias. Y sus defectos, como yo los tengo.

                   Le pedía yo a ella que pensara BIEN. Y era yo el que pensaba MAL.

                   Pero el AMOR  de ella, de mis hijos, de mis amigos, de mis hermanos, de todos los que me aman, debía obrar el MILAGRO. Me hizo ver la  luz. Y la verdad. La que se halla contenida en la SABIDURIA MILENARIA de los GRANDES MAESTROS. Y sobre todo del MAESTRO por antonomasia. De Jesús.

                   Decía yo, poco antes de mi conversión, que estaba en una etapa de TRANSICION a la LIBERTAD. Pensando que estaba a punto de separarme de los míos, de liberarme de ellos. Sin embargo, era otra libertad. Aquel retiro transitorio, aquella breve separación que yo consideraba como una pre-paración para la se-paración definitiva, era realmente una ETAPA DE TRANSICION A LA LIBERTAD, LIBERTAD GRADUAL  de mis mezquindades.

                   Es que entreví la VERDAD. ¡Y cuántas veces, a pesar de mi ateismo, había saboreado las delicias de aquella sentencia: LA VERDAD OS HARA LIBRES!.

                   Sentí que podía LIBERARME, a través de la VERDAD de comenzar por reconocer mis propias deficiencias, mis propios defectos, mis propias imperfecciones. Y tolerar los de los demás. Era el AMOR que estaba generando más amor... Como toda ENERGIA.

                   He ahí pues la REGLA: AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS. Ama a tu prójimo como a tí mismo. Amad a vuestros enemigos.

                   El resultado práctico es incalculable. Es una reacción en cadena. El AMOR que das, te vuelve inicialmente el ciento por uno, luego elevado a la milésima potencia. Es tanto que TE ABRUMA.

                   Comencé, pues, a hablar de mi verdad. De mi descubrimiento. A repartir AMOR, o ENERGIA, por así decirlo. Y la tensión se elevó a mi alrededor. La solicitud amorosa de mis seres queridos fue tanta que casi me provoca un SHOCK. Comprendí que el cambio debe ser gradual. Pero sin pausas.

                   Era el HOMBRE NACIDO DE NUEVO al que se refiere Jesús. Rememorando la SABIDURIA contenida en el MITO GRIEGO del nacimiento de Dionisio, "el nacido dos veces", o "el niño de la puerta doble", el cual, tras la consumisión de su madre Sémele por su padre Zeus, fué introducido en el muslo de éste teniendo seis meses de vida, y a su tiempo, nació de nuevo.

                   Pero ubiquémonos de nuevo en la actualidad.

                   El hombre ha descubierto, ley física mediante, que la materia equivale a energía, y viceversa. El propio hombre es materia y energía. Dos caras de la misma moneda.

                   Otra ley física, la segunda de la termodinámica, establece que la energía en el universo --dando por supuesto de que se trata de un "sistema cerrado"--, tiende a adoptar un desorden cada vez mayor.Sin embargo, en la Tierra, la Energía ha estado organizándose en vida e inteligencia. La Tierra, a partir del caos, ha creado todo un orden de Luz y Belleza.

                   Naturalmente, debe tenerse en cuenta que la Tierra y el mismo sistema solar constituyen "sistemas abiertos", interdependientes con los miles de millones de soles que existen, lo cual implica que el Orden que va en aumento en este planeta contribuye hipotéticamente al "desorden general" del Universo, e incluso, como parte infinitesimal del Universo entero, podría sufrir una catástrofe ella sola que pasaría inadvertida en el resto del Cosmos.

                   Tal catástrofe, por consiguiente, contribuiría a aumentar tal "desorden" ( o "entropía" como lo denominan los científicos) en otras partes del Universo, aunque, en virtud de la primera ley de la termodinámica --en un sistema cerrado, el Universo entero en este caso-- la energía total permanecería siempre constante.

                   Los científicos ignoran aún hoy si el Universo es o nó un sistema cerrado. Postulan que lo es porque las leyes físicas y naturales se aplican solo si se lo considera como un Universo cerrado. En la Ciencia no existe lo Absoluto. Las leyes físicas y matemáticas tienen validez sólo si se da por supuesto una VERDAD previa, un Axioma en el que se apoyan todas las demás.

                   En realidad, para cada ser inteligente que se conozca, la VERDAD previa, la CREENCIA o LA FE en ALGO es imprescindible para que pueda apoyarse, y deducir de ella su propia existencia.

                   Pienso, luego existo, decía Descartes. He ahí el AXIOMA de su filosofía.

                   La Ciencia tiene los suyos. Y el Arte. Y la Religión, o Religiones. Y cada HOMBRE CONCRETO.

                   Por consiguiente, nada impide que YO postule que el UNIVERSO ES UN SISTEMA ABIERTO O INFINITO. Abierto a un SER SUPREMO que es el GENERADOR DE TODA ENERGIA. Y que es inmanente a esa energía la potencialidad para CREAR LA INTELIGENCIA y la BELLEZA que han de tender en realidad a UN ORDEN ABSOLUTO Y DEFINITIVO en unión con DICHO SER.

                   El AXIOMA de mi filosofía es, pues, que DIOS ES AMOR. O ENERGIA, como se lo quiera llamar. Palabra que proviene, etimológicamente, del griego, y que significa VIRTUD PARA OBRAR.

                   Naturalmente, concibo a DIOS como ENERGIA PURA o INTELIGENCIA CREADORA que existía desde antes que yo --y el Universo--, y que hoy sigue existiendo DENTRO de mí  --al hacerme partícipe de su Naturaleza-- y FUERA DE MI como ENTE DISTINTO Y SUFICIENTE POR SI MISMO. Como la VERDAD ABSOLUTA de la que yo formo parte, y a  la que tiendo a UNIRME para siempre.

                   Ningún SER HUMANO, o para ser más preciso, ningún ser inteligente que se conozca en forma concreta, reúne en sí la suma de la SABIDURIA o la PERFECCION. Es, sí, perfectible. HOY CREO que la PERFECCION voy a alcanzarla solo cuando me UNA  a DIOS definitivamente.

                   Lo que HOY CREO es fruto de UNA EXPERIENCIA, para utilizar la terminología científica. Si utilizara la religiosa la llamaría REVELACION.

                   Pero no importan las palabras. Lo que cuenta en este momento, PARA MI, es que todas las verdades, todos los AXIOMAS van convergiendo a un solo punto.

                   CREO haber descubierto que la CLAVE DEL UNIVERSO radica en la VERDAD PARCIAL DE TODAS LAS COSAS. VERDAD PARCIAL inevitable por sus propias limitaciones e imperfecciones. Que en su conjunto, incluyendo a DIOS, constituyen el SER TOTAL, LA VERDAD ABSOLUTA.

                    Formamos entonces parte de DIOS en cuanto queremos el BIEN, y en última instancia, LA PERFECCION.

                   Obviamente, a nadie le es dado, HOY, sintetizar todas las verdades. Las palabras no bastarían para ello. Podría tratar de demostrar MI SABER consignando TODO lo que sé y conozco hoy día. Si lo lograra, advertiría LO POCO que es en comparación con lo que NO CONOZCO. Diría que es prácticamente NADA. La inmensidad del Universo se me escurre de las manos; o de la mente, para ser más exactos. Tendría que emular a Sócrates y repetir: SOLO SE QUE NO SE NADA.

                   Sin embargo, si sumara TODO lo que saben, y supieron TODOS LOS SERES INTELIGENTES de este planeta desde su comienzo hasta hoy, el SABER TOTAL ya sería menos desdeñable.

                   Por consiguiente, considero que el SABER TOTAL tiende a concentrarse o a converger en un solo punto. Tendemos a ser UNO con DIOS.

                   EL SER ES Y NO PUEDE NO SER. EL NO SER NO ES Y ES NECESARIO QUE NO SEA, decía PARMENIDES, en un intento de aproximación al SER y a la NADA. EL SER ES LA PERFECCION, EL NO SER LA IMPERFECCION, podríamos decir hoy.

                   YO SOY EL QUE SOY, dice la Biblia que declaró DIOS al presentarse ante Moisés.

                   En cuanto SERES somos entonces un poco DIOS. Pero en cuanto SERES IMPERFECTOS, en la parte que tenemos de IMPERFECTOS, somos LA NEGACION DE DIOS. He ahí el PECADO ORIGINAL: Nuestra inicial y esencial naturaleza imperfecta.

                   Todos los grandes maestros de la humanidad, y sobretodo JESUS, enseñaron para que tendiésemos a la PERFECCION. Si no podemos cumplir todos sus preceptos igual sirve, en lo que cumplamos con ellos, para una mejor convivencia.

                   JESUS decía: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. LLevada hasta las últimas consecuencias, la doctrina cristiana permitiría que adquiriésemos la perfección. Sin embargo, interpretada y aplicada por los hombres, seres imperfectos, ella es tergiversada a la medida y conveniencia de quienes la predican. Ello, no obstante, no puede ser de otra manera, al menos por ahora. A medida que el tiempo transcurra iremos tendiendo a la UNIDAD. Todo tiene su tiempo.

                   Pero hay más: LLevada hasta las últimas consecuencias, la doctrina cristiana permite albergar en su seno a todos los hombres de todas las razas, de todos los credos, de todas las religiones. No otra cosa significa el precepto de AMAR AL PROJIMO COMO A SI MISMO. Y aún va más alla: AMAR HASTA A LOS ENEMIGOS.

                   Por eso yo hoy CREO EN JESUS. En CRISTO. CREO entender su doctrina, aunque me sienta incapaz de observarla plenamente.

                   El cristiano no puede ser sectario. Y debe amar aún al sectario, al que profesa otras creencias, cualquiera ella sea. Esas creencias, esas religiones tienen sus propios profetas, sus propios Mesías, quienes no son sino Cristo reencarnado, o previamente encarnado, si existieron antes. EL decía que quien sirve al último de sus hermanos, a EL le sirve. Mayor claridad no puede pedirse. Todos los hombres son un poco Jesús. En la parte que tengan de bueno. En la medida en que son capaces de prodigar AMOR. AMOR que tiende a la convergencia universal.

                   Todo el mundo ama en alguna medida. Si ama más a algo en particular, no por eso deja de CREER que si en sus manos estuviera haría el BIEN a todo el mundo. Claro, NO CREE que eso esté en sus manos. Porque, como se ama más a sí mismo que a cualquier otro, no da a los otros lo que a sí mismo se da. Lo que demuestra que todo es cuestión de FE. Casi NADIE CREE en lo que decía JESUS, de que al que da UNO se le retornará CIENTO. Pues bien: La CLAVE está precisamente en CREER lo que decía JESUS. Quien CREE en estas sencillas enseñanzas, comprobará que las cosas suceden tal como EL indicó que acontecerían, y estará transitando por el camino que lleva a la VIDA ETERNA.

                   En definitiva, muchos de los AXIOMAS a los que nos aferramos no son sino FALSEDADES, PREJUICIOS que nos aprisionan, y nos impiden entender en plenitud la VERDAD ULTIMA, la VERDADERA VERDAD, LA CLAVE DEL UNIVERSO, que radica en el AMOR con mayúsculas, que es sinónimo de DIOS, EL CUAL desea conducirnos a la VIDA ETERNA, siempre que CREAMOS EN EL y nos esforcemos en cumplir sus enseñanzas. Ya lo dijo San Agustín: AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS”.


                   El “retoque” al que me refiero consistió en pulir un poco y agregar otro poco al artículo de marras, suprimiendo de él alguna incoherencia que se traslucía en sus términos a causa de la febril manera de funcionar mi mente. Puede verse empero hasta qué punto llegué a imbuirme de las ideas y conceptos que solo poco tiempo antes yo rechazaba con todas mis fuerzas.


                                               XII

 

                            La mente es la creadora de todo cuanto existe, aun cuando para que ello sea consistente y duradero, la del ser creado debe estar sintonizada a la del ser increado


                   Así las cosas, con mi mente un sí y un no a la deriva, era lógico que la alarma cundiera en cierta medida entre mis familiares. Mi hermano Cristian, en Pedro Juan Caballero, con quien yo tenía algunas afinidades mayores como consecuencia de nuestra común afición a las letras, se propuso venir a visitarme, lo que me produjo gran alegría. No obstante, la mente errabunda (título de un memorable libro de Isaac Asimov) se puso a funcionar alocadamente, y me entró un temor irracional de que en el viaje mi hermano sufriera un accidente fatal. O sea: quería y no quería que viniera. La sabia naturaleza vino nuevamente en mi auxilio en ese menester. En la noche en que él emprendió viaje, tuve un sueño en el que se me presentó en una imagen vívida una persona, de nombre Desiderio (de su apellido no me acuerdo), colega y compañero de promoción de mi hermano Marcial, a quien mi hermano Cristian hace entrega de una bellísima y roja flor de rosa, momento en que me despierto e instantáneamente se apacigua mi espíritu interpretando esta escena como el mensaje que me manda Dios haciéndome saber que a cambio de la inmolación de mi hermano aceptaba Él la de Desiderio a quien lo recibiría en su seno anticipadamente como premio al sacrificio de la muerte al que sería sometido. Mi miedo se esfumó entonces aunque no dejó de incomodarme algún leve remordimiento por la certeza que se afincó en mi ánimo de la segura muerte que ocurriría con Desiderio a cambio de la de mi hermano. Adviértase la necesidad de que la conciencia se acomode a las más extrañas circunstancias.El nombre del personaje, “Desiderio”, evoca simbólicamente que mis “deseos” tuvieron cumplida satisfacción al ser librado mi hermano de la “muerte” que mi mente alterada había “previsto” para él. Fue el desiderátum hecho realidad, como un atisbo de lo que más adelante llegaría a comprender: que la mente es la creadora de todo cuanto existe, aun cuando para que ello sea consistente y duradero, la del ser creado debe estar sintonizada a la del ser increado. 

                   Llegó mi hermano. Recuerdo que instiló en mi espíritu una tranquilidad que provenía de la cercanía de alguien que mi mente consideraba como un aliado, dado el vínculo de afecto que nos unía. Expliqué unas cuantas cosas intentando demostrar que “tenía razón”, y aunque no estuve muy convincente, con tal de darme su apoyo, mi hermano no me contradijo abiertamente. Mi esposa y los otros que estaban conmigo en forma más continuada, insistían en que, en muchas cosas, yo estaba “viendo mal”. Se concertó un viaje que yo haría a Hernandarias con otro hermano, Augusto, que vendría de Pedro Juan Caballero para conducir el vehículo. Durante el viaje, en algunos tramos, me acometió un miedo tan fuerte que tuve unos impulsos irresistibles de saltar del vehículo en marcha, que por poco no se materializó.


                                               XIII

 

                                     Mis condicionamientos me hacían identificarme con mi obra literaria a tal punto de sentirlo como “un hijo”, lo que permite entender que me haya sentido cual otro Abraham disponiéndose a sacrificar a su hijo Isaac en el monte Moriah


                   Pasaron los días; transcurría el mes de noviembre de 1986. Mucha gente se interesaba por mi estado e intentaba ayudarme. En una de esas, fui a visitar a la Doctora Sebastiana de Moreno, odontóloga, muy piadosa, esposa de un primo mío, Arturo Moreno. Alguna vez ella me había comentado que tuvo una especie de visión en la que me vio con una nitidez extraordinaria “como en un espejo”, relacionándome en dicha visión por algún mensaje que la acompañó, con el apóstol Pablo, según me lo dijo. Ella me aconsejó ir a visitar al pastor de una iglesia, el cual me recibió, me escuchó y finalmente me prescribió que leyera repetidamente varios pasajes del Nuevo Testamento, entre los que estaban los versículos 8 y 9 del Capítulo I de la Primera Carta de San Juan  que dicen: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios hará lo que es justo: nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad”. Seguí al pie de la letra la recomendación del pastor, y aunque estaba como dopado, cual si hubiera ingerido algún soporífero, se me ocurrió de pronto, después de varios días de leer una y otra vez el texto citado, que el propósito divino de la lectura que se me había recomendado era la de confesar todos mis pecados, que eran muchos, recordando al punto que hacía muchísimo tiempo que había abandonado la práctica del sacramento de la confesión, rito de la Iglesia Católica a la que había pertenecido antes de que sobreviniera mi ateísmo. En todo caso, interpreté que como sustitutivo para esa omisión sería apropiado confesar mis pecados en ese momento a mi consorte. Recuerdo que tenía un manuscrito que lo venía elaborando, siguiendo un estilo literario que lo parangonaba con el de Henry Miller, de corte autobiográfico, que hasta ese momento no lo había mostrado a mi cónyuge. Impelido por la “revelación” proveniente del versículo, se lo enseñé, y para purificarme de mis pecados, procedí a quemar concienzudamente el manuscrito en un recipiente, cual si se tratara de un “sacrificio” ofrecido a Dios. A decir verdad, fue un verdadero sacrificio, pues mis condicionamientos me hacían identificarme con mi obra literaria a tal punto de sentirlo como “un hijo”, lo que permite entender que me haya sentido cual otro Abraham disponiéndose a sacrificar a su hijo Isaac en el monte Moriah.

                   Me viene a la mente también una visita que hice a un sicólogo a quien Viviana había estado consultando algún tiempo antes. El propósito que me impulsaba era el de demostrar que “yo tenía razón”, pues como había decidido suspender la toma de las drogas prescrita por el Dr. Isaac Cegla, necesitaba contar con una voz autorizada que me apoyara en esa decisión. Recuerdo que el sicólogo mentado, único Doctor en Sicología que había en el país según los informes al respecto, me confirmó que en su opinión el uso de las drogas era una cuestión muy delicada, y que no era de extrañar que todos estuvieran preocupados por mí porque en materia del comportamiento humano era sabido que los cambios asustan. En suma, después de explicarle minuciosa y extensamente mi nueva visión de la realidad, le convencí al profesional de que yo seguía cuerdo, llevando esta autorizada opinión a mis allegados para justificar que sus temores carecían de fundamento.

                   En el estado de shock continuado en que estaba sumido, en las largas noches en que mi mente andaba a la deriva, en una de esas madrugadas se me ocurrió que si yo salía desnudo a las calles y tenía la suficiente fe nadie sería capaz de verme. Entonces decidí salir a dar un paseo, pero afortunadamente lo hice con el pijama puesto, aunque para dar valor de sacrificio a mi caminata salí con los pies completamente desnudos para que las piedrecitas del camino y el empedrado pudieran clavarme. Estaba a punto de amanecer, y mientras seguía mi camino observaba atentamente a los pocos transeúntes a la par que atendía a los ladridos de los perros, que se me antojaban todos amigos. Las plantas de mis pies mostraron las marcas de las heridas después de haber recorrido unas veinte o treinta cuadras entre ir y volver a mi casa.

                   Una experiencia síquica que me marcó, que no puedo borrarla de la memoria por la inmensidad de la fuerza que estuvo imbricada en ella, es la que en alguna ocasión me tuvo en vilo, en un estado de semi inconsciencia, cuando me vi caminando por una tierra absolutamente desolada en la que se habría producido el fin del mundo y yo era el único sobreviviente, en medio de una soledad espantosa, sin poder avizorar un término para el sufrimiento que me aplastaba. No es fácil expresar en palabras la desesperación que me oprimía, desesperación que provenía ciertamente del pavor inmenso que me provocaba la pura eternidad que debía enfrentar solitariamente, en medio de la desolación del planeta. Una idea que rondaba mi mente embotada y medio desahuciada era que yo estaba cumpliendo el destino que le toca a cada ser humano, el de nacer como un dios en un universo en absoluta soledad y desde allí dar nacimiento a un nuevo mundo donde comenzaría de nuevo la vida manifestada en la multiplicidad de los seres que lo poblarían.   Esta experiencia, que se dio en mi estado alterado de conciencia, no la ubico con certeza en el estado del sueño o de la vigilia, habiéndose quizás producido en un estado intermedio entre ellos, como producto de la pura depresión. Sí hay que decir que se trató de una de las impresiones más fuertes y duraderas de mi crisis.

        

                                               XIV


                            Con el esfuerzo mental sobrehumano que estaba haciendo para mantener mi filosofía, me acometió un insomnio que me dejó aún mas descalabrado


                   El 8 de diciembre de 1986, día de la Virgen de Caacupé, en la mañana temprano tuve cierta “señal” consistente en un reflejo involuntario de mis músculos del brazo izquierdo que lo interpreté como una orden del cielo para ir a la basílica a rendir devoción a la Virgen. Esta práctica que era completamente ajena a mis costumbres, me fue infundida por la divinidad con gran fuerza, mezclándose en el sentimiento que provocó un temor supersticioso que en el lamentable estado en que me encontraba doblegó mi espíritu a esa fuerza que hasta ese tiempo yo estaba negando y desconociendo y contra la cual me había estado “rebelando”, como lo veía entonces. Comuniqué mi decisión de ir a mi esposa, quien condescendió conmigo acompañándome mi hija Selva Noemí de doce años. El viaje de ida y vuelta en los ómnibus repletos de peregrinantes fue un tanto grotesco en el estado en que yo me encontraba. Recuerdo que en las puertas de la basílica a varias personas que pedían limosna procedí a darles sumas exageradas llevado en cada caso por un impulso caritativo que sentía poseerme..

                  Con el esfuerzo mental sobrehumano que estaba haciendo para mantener mi filosofía, me acometió un insomnio que me dejó aún mas descalabrado. Al principio quizás dormía unas horas, pero después llegué a un punto en que ya no dormía casi en absoluto. Guardo en la memoria una de esas noches en que mi esposa se quedó conmigo tratando de hacerme compañía mientras yo hablaba incoherencias. En esa instancia habló telefónicamente con mi prima médica, la Dra. Nélida Paredes, con quien si mal no recuerdo yo también hablé, y en esos traqueteos, me convencieron por fin para ir a consultar con un nuevo médico; éste recomendó mi internación en una clínica. Una vez allí, me sometieron en primer lugar a una cura de sueño, y paralelamente, me suministraron las drogas indicadas para la enfermedad que me habían diagnosticado, que era, como dije, lo que se denomina sicosis maníaco depresiva o depresión bipolar, como más adelante me lo dijo el doctor Eduardo Franco, quien fue el siquiatra que me atendió a partir de ese momento.


                                               XV


                            La ansiedad me consumía con el transcurso de las horas a la par que me sentía poseído por una debilidad crónica acompañada de miedos ancestrales que afloraban sin que fueran identificadas sus causas


                   Mi internación duró desde el 10 u 11 de diciembre hasta el 24 de diciembre de 1986.El siquiatra me visitaba en la clínica posiblemente cada día o cada dos días (no me acuerdo bien). Inmerso en los efectos provocados por los estupefacientes, comencé a aferrarme al tratamiento esperando con ansias esa visita. Mi mente embotada buscaba desesperadamente seguir aferrada a las ideas que había incubado. Mi esposa arregló las cosas para que un cura de una parroquia cercana acudiera a recibirme la confesión en la clínica. Mi mente comenzó a divagar imaginando que, cual ofrenda de mi vida a Dios, esta experiencia me serviría para profesar la orden sagrada haciéndome sacerdote, y simultáneamente mi esposa hacer los votos convirtiéndose en monja. La ansiedad me consumía con el transcurso de las horas a la par que me sentía poseído por una debilidad crónica acompañada de miedos ancestrales que afloraban sin que fueran identificadas sus causas. Fui visitado por amigos y familiares mientras en mi interior seguía el combate entre mis nuevos conceptos y mis viejos hábitos, de los que sin duda seguía pendiente, ya que la tremenda ansiedad porque el médico me diera de alta para salir de mi internación es una de las cosas que más fuertemente quedaron grabadas en mi memoria.

                   Un miedo tremendo que me tuvo en vilo en el tiempo de esta mi primera crisis, y en concreto en el tiempo en que estuve internado en la clínica en cuestión, fue el de la posibilidad que me internara en el Hospital Neurosiquiátrico a consecuencia de la enfermedad que me aquejaba. Recuerdo que como un niño poseído de terror ante una amenaza que no podía ser conjurada, me sentía inerme y desvalido, rogando, y apelando a todos los medios para que la misma sea alejada, la cual se presentaba empero como una posibilidad ante la idea de que no pudiera ser afrontado el costo de la internación en la clínica privada a la que había sido derivado inicialmente.

                   De esas dos semanas transcurridas en la clínica que las compartí con otros pacientes con problemas similares, recuerdo a un joven de apellido Velilla, hijo de un dirigente político de la oposición a quien yo había conocido antes, cuando militaba en los movimientos juveniles y estudiantiles de la política. El muchacho había caído en el consumo de anfetaminas que lo tenía postrado y sometido a tratamiento dentro de la clínica. Me hizo un retrato de Jesucristo con una dedicatoria que decía así: “A Emiliano, por ser muy religioso”. También recuerdo a una chica muy joven que cantaba con la guitarra, y cuyo problema a ojos vistas era que habia caído en una total confusión a causa de que sus padres o encargados de criarla la habían consentido tanto en todo que era incapaz de distinguir donde estaban los límites hasta donde podían ir sus acciones. Tanto es así que en una oportunidad en que le visitaron sus allegados armó una escena de tal magnitud que se le veía a éstos poseídos de pavor por el escándalo, lo que evidenciaba que la joven los manipulaba a su sabor, lo cual empero redundaba en el desvarío y la desorientación en que estaba sumida. Me hizo algunas confidencias y me escribió en una hoja la letra de una de las músicas que cantaba, como también su nombre y número telefónico que posteriormente se me perdieron y los olvidé.

                   El 24 de diciembre, al ser dado de alta, vino a llevarme mi sobrino Víctor González. Al llegar a mi casa, sin duda bajo los efectos de los medicamentos pero también debido al proceso mental demoledor por el que estaba pasando, me dio la impresión de que todo era extraño. Le alcé en brazos a mi hijo Leonardo de dos años, y recuerdo claramente que al despedirse Víctor y decirme “Chau tío”, se me ocurrió que quien hablaba con voz gruesa fue mi hijo Leonardo. Esa confusión y creencia perduró largo tiempo en mí, no pudiendo dilucidar cómo mi hijo tan chico había podido decir eso en ese tono grave de voz.

                   Posiblemente en esa Navidad de 1.986 en el deplorable estado mental que aún estaba, en nuestra casa de Lambaré, me acometió de pronto la urgencia de llamar a un colega abogado con quien había tenido una diferencia, en cuyo trance le había obligando a hacer una donación a una entidad de beneficencia como condición para no continuar contra él una acción penal por un delito de adulteración de documentos que había cometido en un caso, que lo había llevado a convertirse en mi enemigo irreconciliable hasta ese momento. Comenzó a martillearme en la mente aquel pasaje bíblico de Mateo 5, 23-24 que dice: “Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda”. Hice numerosos intentos, buscando en alguna Agenda y en la Guía de Teléfonos su número telefónico, hablé incluso con alguno que me dijo que el número al que llamaba era equivocado, hasta que desistí dando por cumplido el mandato bíblico ante lo infructuoso de mi empeño, que atribuí a la voluntad de Dios que me ponía a prueba de esa forma.


                                               XVI


                            No podía aceptar que mi mente hubiera estado funcionando mal, ya que claramente me daba cuenta de que tenía una mayor lucidez y capacidad para comprender las cosas


                   Las fiestas de fin de año las pasamos en Hernandarias, en la casa paterna, yo en un estado lastimero con la atención de todos puesta en mí, armándose bastante revuelo como era natural por la inesperada y conmovedora tragedia que me abatía afectando de cierta forma a toda la familia, procediéndose a buscar culpables como es habitual en estos casos.

                   Las consultas con el médico continuaron, así como el consumo de medicamentos. En una de éstas, recuerdo que mi esposa me dejó en el consultorio y luego fue a realizar alguna gestión diciéndome que al terminar la consulta pasaría a buscarme. Concluida ésta, salí a la calle y recuerdo claramente un pánico que me entró por si mi esposa no volviera a buscarme, pánico inexplicable excepto que se lo atribuya a condicionamientos atávicos, ya que era totalmente irracional.

                   Entre fines de enero y la primera quincena del mes de febrero de 1.987, en el trance de mi convalecencia, nos fuimos con mi esposa, hijos y una sobrina, Natalia, hacia la ciudad de Puerto Rosario, en el pueblo de San José, de donde mi consorte es oriunda, donde vivían sus padres, para quienes hizo construir un pozo de agua y hasta donde llegaron después varios de sus hermanos y cuñadas para celebrar el acontecimiento. Recuerdo que a la vuelta nos tomó una lluvia ya en la parte del camino de tierra entre Rosario y Santaní que nos hizo bambolear el vehículo en la tierra mojada y resbaladiza, estando yo al volante del coche; y en el tramo entre Coronel Oviedo y San José, ya en la oscuridad de la noche,  caía como una densa cortina que no dejaba ver a un metro de distancia, debiendo guiarme por las lucecitas traseras de los vehículos que iban delante, con el agravante de que el vidrio de la puerta del coche del lado del conductor se había descompuesto, poniendo para protegerme una toalla o un plástico para sustituirlo. Fue una odisea que muestra que me había recuperado bastante del estado de postración en el que había caído con mi enfermedad.

                   El tratamiento prosiguió con visitas periódicos al consultorio del médico mientras iba yo mejorando poco a poco. De este tiempo es cuando al médico le hablé de que no podía yo aceptar que mi mente hubiera estado funcionando mal, ya que claramente me daba cuenta de que tenía una mayor lucidez y capacidad para comprender las cosas, diciéndome él que eso era debido a que mi mente funcionaba de una manera totalmente acelerada, lo que me daba la impresión de que funcionaba mejor, pero que eso podía equipararse a un vehículo que se lo hiciera funcionar constantemente en toda su capacidad, lo que a la larga haría que se estropee. Trataba yo también de explicarle al siquiatra los fundamentos de mi nueva concepción de la realidad, en particular mi adhesión a la doctrina cristiana que se me había revelado, según yo lo creía, y él me dijo que comprendía todo eso ya que él mismo estaba afiliado a una organización de la religión católica que se llamaba Schoenstadt. Un tema que me preocupaba, que estaba ligado tanto con el problema económico como con el temor a la dependencia del tratamiento y de los medicamentos, era el tiempo que duraría dicho tratamiento, que lo preguntaba constantemente al doctor. Era una preocupación constante que se incrementaba a medida que él me decía que no podía darse un tiempo definido, pudiendo abarcar de uno a dos años.

                   No recuerdo cuánto tiempo exactamente pasó hasta que se suspendiera el tratamiento; pero sí que a medida que iba transcurriendo, mi antigua filosofía fue volviendo a mí. Como volviera a ser “yo mismo”, y los miedos y pensamientos “sobrenaturales” fueran abandonándome, y ya que incluso a los ojos del médico había vuelto a la “normalidad”, se interrumpió mi tratamiento, posiblemente tras un año aproximadamente, aún cuando el médico no me dejara totalmente fuera de control, prescribiéndome ciertos medicamentos y espaciando mucho las consultas de manera a realizar un seguimiento de mi caso. Atribuí vagamente toda la gama de acontecimientos e ideas del tiempo de crisis  a una especie de autoengaño que me hice en una situación difícil, acomodándolo todo nuevamente a la manera de funcionar la ciega naturaleza. Era yo por lo visto un obstinado, un rebelde, un hueso duro de roer, y tenía que pasar bastante hasta que alcanzara el escarmiento.


 

                                               XVII


                            Somos nosotros los que cerramos nuestros ojos y nuestros oídos a la palabra de Dios que nos llega a través de sus portavoces


                   Mis nociones de la cronología son bastante difusas en lo referente a los sucesos de esa época. Parece ser que como dos años después de la crisis inicial me acometió la primera recaída, menos severa aunque quizás solo un poco menos devastadora. Entonces, allá por setiembre u octubre de 1988, regresaron los síntomas, y de nuevo las asociaciones de ideas y los miedos se enseñorearon de mi ánimo.

                   La nota que signaba a mi problema radicaba de nuevo en la tendencia de mis pensamientos a llevarme hacia la profesión de la doctrina cristiana, de modo que comencé a ir a una Iglesia católica los domingos, como también a hacer visitas a alguna gente que estaba en la observancia de los diversos ritos religiosos. Quizás antes de reanudar mi tratamiento con el siquiatra, o simultáneamente con dicho tratamiento, acudí de nuevo a  la casa de la Dra. Sebastiana de Moreno, quien me derivó a una persona, una sicóloga muy religiosa cuyo nombre no recuerdo, con quien tuve unas sesiones de terapia que me  orientaban hacia la religión.

                   Hubieron varios incidentes que no los ubico exactamente en el tiempo, pero recuerdo uno de ellos en que, en coincidencia con nuestro aniversario de casamiento con Vivi, es decir, el 31 de octubre, en una visita que hicimos a Pedro Juan Caballero, me entró de pronto una compulsión irresistible de regularizar en la Iglesia este casamiento, casándonos en lo religioso. La compulsión obedecía de nuevo a alguna señal del cielo que creía yo haber recibido, aunque no rercuerdo ahora de qué se trataba. Tanto mi esposa como mi hermano Cristian  y su esposa María Constancia, con tal de no hacerme la contraria, hicieron los aprestos para que se realizara la ceremonia, disponiéndose ellos a salir de padrinos de boda. Afortunadamente, el cura exigió la presentación de unos documentos como el certificado de bautismo, que no teníamos con nosotros, y si bien estuvo inicialmente de acuerdo para exonerarnos del cursillo pre-matrimonial, de este requisito no pudo exonerarnos, lo que hizo que se frustrara el matrimonio religioso. Atribuí la contingencia al designio de Dios, lo que me liberó del terrible sentimiento de culpa que me había acometido por no haber cumplido con el ritual católico cuando nos matrimoniamos con mi consorte en lo civil. El aspecto jocoso de la cuestión, visto desde la perspectiva actual, necesariamente hace que se soslaye lo dramático del incidente, pues la seriedad que para mí revestía el asunto estaba sujeto a la irresistible fuerza que me empujaba en esa dirección, moldeando mi mente sin posibilidades de eludir esa alternativa.

                   La apelación a la fe había entrado también en mi cabeza de tal manera que en esa misma ocasión, si no estoy trascordado, tuvimos con Cristian, y con Alberto, mi otro hermano, algunas discusiones en las que yo me pronunciaba tan tozudamente sobre el poder de aquella, que sustentaba sin dar derecho a réplica que la fe podría curar todas las enfermedades imaginables, y cuando hubo la ocasión de referirnos a algunas concretas que por ahí había, argumenté que la fe no era suficiente, y eso era todo. En el tren de esas discusiones recuerdo una frase pronunciada por Cristian, impelido por algo que yo había dicho, que le vino a la mente como por encanto, de la que él posteriormente se olvidó. Esta fue su declaración: “Dios ciega a los que quiere perder”, atribuyéndola, si no me acuerdo mal, a San Agustín. Mucho después, comentando el caso, ante lo paradojal del dicho (¿cómo Dios va a querer perder a nadie, y más aún, cómo deliberadamente va a cegarlos para que se pierdan?), nos desconcertábamos con Cristian. La cita es una mala enunciación de un texto de Isaías 6. 9-10 (transcripto en Mateo 13. 14-15, Mr. 4.12, Lc. 8.10,  Jn. 12.40 y Hch. 28.26-27), explicable por la creencia en la predestinación, por lo que bien puede ser atribuible a San Agostín, que sustentaba este criterio a ultranza. A decir verdad, el mismo texto de Isaías es el que se presenta oscuro y confuso, debido a la difícil traducción del idioma hebreo original, conforme lo destaca la Edición de la Biblia Latinoamericana en su comentario a pie de página, siendo el texto de Mateo y el de los Hechos los que expresan con mayor fidelidad el sentido del mensaje. (Mt. 13.14-15: “De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis y no entenderéis. Y viendo veréis y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane”. Hch. 28.25-26-27: “Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres diciendo: Vé a este pueblo, y diles: De oído oiréis y no entenderéis. Y viendo veréis y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón y se conviertan, y yo los sane”.). Por tanto, no es Dios el que ciega a los que quiere perder, sino quienes se cierran al mensaje por haber engrosado su corazón. Tal como en otro pasaje lo dijo Jesús ante la pregunta de porqué Moisés había autorizado el divorcio: Por la dureza de vuestros corazones (Mt. 19.7). En fin, somos nosotros los que cerramos nuestros ojos y nuestros oídos a la palabra de Dios que nos llega a través de sus portavoces.

 

                                               XVIII


                             Dios me mostró que yo “podía” con la mente crear los sucesos y tener “dominio” sobre ellos, pero no apartado de su voluntad y poder


                   La cronología es una cuestión peliaguda. Se inventó en simultáneo con el tiempo, y la memoria es su instrumento. “La ventaja de tener mala memoria es que se goza muchas veces con las mismas cosas”, dijo Nietzche, según le atribuyen. Pero no nos resignamos a esa “deficiencia” nuestra, pese a la ocasional ventaja aludida por el insigne filósofo, y de ahí en más, inventamos los “ayuda memoria” como la escritura, el alfabeto, y ese ingente bagaje tecnológico que por esta época nos apabulla. Importante es sin duda la cronología, así lo creímos, y muy orondos, fechamos los acontecimientos, y he ahí que nace la ciencia histórica. Y nos apegamos al tiempo, quedamos atrapados en él. Ahora debemos aprender a liberarnos de él, estamos en ese punto del proceso evolutivo. Menester es que aprendamos a ser intemporales. De nuevo, se diría. Como cuando éramos todavía prehumanos. Es que la evolución recorre un camino circular: salimos de Dios (ser intemporal, eterno), como una célula mínima, pasamos por el ser pluricelular autónomo en sus innumerables variedades carentes del pensamiento y del lenguaje (responsables de la creación del tiempo), recalamos en esta especie, la humana, que inventa el pensamiento y el tiempo, y de allí apuntamos de nuevo a Dios, a quien volvemos, y con cuya unión conseguiremos alcanzar la intemporalidad, la eternidad, la inmortalidad, en la cúspide de nuestra evolución.

                   Esta digresión tiene que ver con las fechas de los sucesos que atañen a estas crónicas, que como ya dije más arriba, no se presentan muy precisas en la memoria. De todos modos, el olvido de estos datos puede erigirse en un preludio de mi aprendizaje de la intemporalidad, y no hacen demasiado al fondo de la cuestión.

                   Una cosa que se me había metido en el cacumen era justamente el problema del recuerdo de mis terribles malestares. Me di cuenta con la recaída en la enfermedad que ellos tenían que ver con las asociaciones que yo hacía de las ideas y percepciones en general, lo cual me llevaba a las maniáticas fijaciones, por lo cual traté de contrarrestarlas. En concreto, se me ocurrió que eran los malos recuerdos lo que me hicieron caer en la enfermedad, por lo cual inventé  una técnica consistente en apelar a una fórmula verbal que lo repetía mentalmente en estos términos: “aleja los malos recuerdos; aleja los malos recuerdos; aleja los malos recuerdos....”

                   Otro asunto que me rondaba en la mente era la preocupación por enfrentar mi enfermedad sin necesidad de seguir con la asistencia médica, entre otras cosas por lo oneroso que era y también, porque trataba de convencerme a mí mismo de que era un problema que yo sólo debía ser capaz de superar. Así fue como durante el tiempo en que estuve con el tratamiento ambulatorio  posterior a mi internación ya vivía obsesionado con dejar de tomar los medicamentos, cosa que, como se recordará, había decidido hacerlo por mi cuenta cuando el primero de los médicos me los había prescrito. Incluso me acuerdo vagamente que en ciertas ocasiones en que puse objeciones para tomar los remedios, mi esposa me había rogado y suplicado para que cumpla las prescripciones, e informado el médico de mis reticencias, insistía en que debía ajustarme estrictamente al tratamiento, que lo hacía a regañadientes. Lo cierto y concreto es que, de vuelta en mi crisis, estaba tomando de nuevo ciertos fármacos recetados por el médico que me vigilaba en forma externa, y por alguna razón, una noche en mi oficina, se me ocurrió que no debía seguir tomándolos, quizás por algo que lo interpreté nuevamente como una señal de arriba. En ese lugar primero, y en el camino después, sabiendo que al llegar en casa sería la hora de ingerir una nueva dosis, me preparé mentalmente para enfrentar a mi esposa con mi negativa, férreamente convencido de que Dios así lo quería. Fue una apoteosis. Mi esposa comenzó preguntándome incrédula si de verdad estaba decidido a no ingerir los medicamentos, pasó luego a rogarme, intentaba persuadirme inicialmente con las mejores maneras, pero yo me mantenía impertérrito en mi decisión. Tenía la convicción de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios y de que Él me daría las fuerzas necesarias, y el poder para resistir cualquier embate.

                   El caso adquirió ribetes tragicómicos, delirantes, diabólicos, se diría, cuando la cuestión se convirtió en una lucha mental implacable entre mi esposa y yo. Los niños se habían acostado, y mi esposa, después de agotar todos los medios imaginables para persuadirme de que tome los medicamentos, fue a tomar, primeramente, un instrumento contundente, un duro y grueso cinto de cuero, probablemente, y comenzó a golpearme con él de una manera brutal, salvaje, por todo el cuerpo, por la cara, preguntándome cada tanto si seguía negándome a tomar los remedios. Según hoy lo rememoro, mi esposa estaba realmente fuera de sí, pero era debido a que el poder mental mío estaba en pugna frontal contra el suyo, sus ojos estaban como dando vueltas, extraviados, en sus órbitas, mientras yo me acurrucaba en el sillón sin ofrecer la menor resistencia a los azotes, excepto la férrea negativa a ingerir los medicamentos en que me mantenía. Tras largo apaleamiento, mi esposa fue a tomar un cuchillo enorme y puntiagudo, y vino a amenazarme con él, pero yo no cejé en mi obstinación, hizo unos amagues en contra mía, luego se dirigió hacia fuera con el cuchillo en la mano como indicándome que si yo persistía en mi negativa ella misma se infligiría una herida como para suicidarse, me entró un poco de miedo en ese momento, volvió ella al rato, y de ahí se fue a la cocina donde comenzó a engullir una comida con la cara completamente descompuesta, embadurnándose toda la cara y totalmente descontrolada, con sus ojos moviéndose sin rumbo fijo, como si se tratara de una autómata. En ese punto me asusté realmente, se me ocurrió que posiblemente había sobrepasado todo límite, creo que le dije que tomaría el remedio, pues seguramente comprendí en lo íntimo que la prueba ya había sido superada, o aún, me vino un poco de lucidez y pensé que de nuevo estaba cometiendo una tontería, pero ella había perdido toda conciencia y no me hacía ya caso, simplemente seguía zampándose por la boca la comida que había sacado de la heladera, que si mal no me acuerdo era una enorme torta que la comió entera, con ambos carrillos hinchados, repletos, embadurnándose la cara toda, girando la cabeza y los ojos completamente atontada. Hay que decir que me entró un miedo atroz. Pensé que yo pude haberla trastornado, haberle contagiado incluso mi enfermedad mental, e hice todo lo posible para que recobrara la lucidez, pero así nos fuimos a la cama y ella se durmió totalmente extenuada, mientras que yo pasé toda la noche con la inquietud de que ella no se recobrara de la perturbación sufrida a causa del incidente. Incluso, creo que tomé el medicamento, durmiéndome solo de forma intermitente. Y algo extraño: Al amanecer, cuando nos despertamos, Vivi había vuelto a la normalidad, omitiendo mencionar completamente el incidente, lo que hizo que me quedara perplejo y desconcertado, quizás pensando que se trataba después de todo de algo sobrenatural lo acontecido.

                   Si este episodio puede calificarse de extraordinario, otro que ocurrió casi contemporáneamente merece ser conceptuado como dantesco. Fue un domingo de mañana en que sentí de pronto que estaba poseído por el demonio, literalmente un poseso. Es tarea inasequible el pretender describir ese estado, pero se puede insinuarlo diciendo que sentía al ente en mi cuerpo, dentro de mi interioridad, como un dolor físico, algo material e insoportable, una sensación en la que me resultaba imposible quedarme quieto en un lugar, como si estuviera a punto de partirme en pedazos. En suma, era una locura tan extrema que probablemente mis ojos se me salían de las órbitas, las ganas de pedir socorro, gritar y escapar eran algo tan fuerte que se me ocurrió como única solución la de acudir a un exorcista, y lo planteé de una manera tan perentoria a mi esposa que ella no atinó a contradecirme. Entre pensar adonde podría recurrir, me vino a la mente la Iglesia católica a la que me había ido algunas veces a misa en ese tiempo de mi nueva conversión, y apremiada por mi reclamo, mi esposa tomó el automóvil que lo abordamos llevando con nosotros a nuestro hijo menor, dirigiéndonos raudamente hacia la Iglesia citada ubicada en Tacuary entre Tercera y Cuarta Proyectadas, donde pensaba yo que encontraría a un cura que me exorcizaría del demonio que tenía adentro. Entramos por Tercera Proyectadas, y nos detuvimos al costado de la Iglesia, donde estacionó ella el coche mientras yo me bajaba enloquecido para ingresar por el costado, en la parte de atrás de la Iglesia donde funcionaba al parecer un Colegio, y a punto de ingresar despavorido por una puerta ancha que ví abierta en ese lugar, veo hacia adentro que se está desarrollando una ceremonia, una Misa Negra, con innumerables participantes con facciones demoníacas, siendo oficiada la misa por una mujer con cara de bruja que subía y bajaba unas escaleras, viniéndome a la mente la idea de que eso era el reverso, el negativo de la misa que se estaba celebrando al otro lado de la Iglesia, deteniéndome en la entrada y observando por un rato mientras cavilaba si entraba o no hasta el lugar donde veía que se estaba celebrando la citada ceremonia. Podrá decirse que se trataba de una alucinación, de una ilusión, de un puro invento de mi mente, y en cierta forma era eso, pero su realidad era tal que en nada difería de lo que usualmente consideramos como verdadero. En fracciones de segundo mi mente barajó que la fuerza que me llevó hasta allí tenía como objetivo el de arrastrarme en medio de todas esas almas condenadas, decidiendo ipso ipso que no debía ingresar,  y dando media vuelta, me dirigí de nuevo hacia donde estaba mi esposa con mi hijo dentro del auto estacionado allí cerca. En ese preciso momento, pasó por ahí un vehículo tipo kombi con altoparlante emitiendo una música religiosa que entonaba loas y gloria a Dios, según creo recordar, y cuando llegué donde estaba mi esposa, sentí que me había liberado de la posesión diabólica.

                   En las dos experiencias narradas precedentemente, la cuestión en juego fue el poder mental. Este es un asunto que nos tiene descolocados, porque no podemos entender hasta qué punto llega nuestra capacidad ante lo que consideramos invariable o inexorable, siendo esto fuente de inmensa confusión en el campo filosófico. No tenemos libertad porque carecemos del poder para cambiar los acontecimientos a nuestro sabor, es lo que normalmente pensamos. Sin embargo, la libertad implica la capacidad de estar por encima de los sucesos contingentes, los cuales son creaciones de nuestra mente, pero en concordancia con la otra, la Mente Cósmica, Universal y Absoluta, a la cual debemos ceñir y ajustar la nuestra para “poder” hacer lo que “queremos”, siendo su único límite, su parámetro, “lo justo”. Este límite, este “marco regulador”, es indispensable, pues el ser creado debe tener un límite, después de todo, a diferencia del ser increado, que es infinito, ilimitado. Pero lo justo, o la realidad de lo justo, es indiscutiblemente inmenso, tal vez también infinito, por lo que transitando por ese derrotero, nuestra libertad también se presenta como inmensa, inabarcable, imposible de ser imaginada o concebida. Es solo cuestión de llegar a ser “hijos de Dios” para adquirir su propia naturaleza, la de la libertad o trascendencia de los “hechos” de los que nos sentimos “prisioneros” porque no los comprendemos suficientemente. Estas reflexiones reflejan naturalmente mi actual posición filosófica, mi visión del mundo y de la realidad en el tiempo en que estoy escribiendo esto. Cuando aquello me ocurrió, lejos estaba todavía de entender esta cuestión, aunque la intuición quizás estuviera germinando, mientras mi mente quedaba perpleja y desconcertada.

                   En concreto,  Dios me mostró de esa manera que yo “podía” con la mente crear los sucesos y tener “dominio” sobre ellos, pero no apartado de su voluntad y poder. Sin embargo, lejos estuve todavía de “verlo” explícitamente a Él en estos acontecimientos. Pasaría aún mucho tiempo y por muchas reyertas antes de comprender cómo viene la mano en este asunto.

 

                                               XIX


                            Dios se vale de todos los medios posibles para enseñar


                   Un episodio de esa misma época digna de mención es la compulsión que me llevó en ciertas madrugadas a lavar los platos y cubiertos sucios amontonados en la pileta de la cocina. Fue una actitud de bajar la cerviz ante esa Fuerza Superior que me había metido a machamartillo el pensamiento de que debía yo hacer esa tarea humildemente, doblegándome a sus mandatos, para poder limpiarme de mis impurezas y pecados, dada mi arrogancia y soberbia que me llevaba a desechar invariablemente ese tipo de labores. Algo que me dejó tremebundo y horrorizado reafirmándome en que tal cosa era ciertamente una señal y un mandato de Dios fue el ver caminando, en varias de esas ocasiones, una cantidad tan inmensa de enormes cucarachas pululando de aquí para allá entre los platos y cubiertos sucios y en medio de la mesada de la cocina y por encima de la pileta que, pese a la ingente repugnancia que sentía, puse manos a la obra, de modo que al amanecer todos los objetos y el lugar se veían impecables.

                   Otro fue aquel cuando un día pensé que quizás el trance tan penoso por el que estaba pasando obedecía a mi reticencia en aceptar que fuera llevado de una vez por Dios, por miedo a abandonar este mundo con todas las cosas a las que estaba apegado, en suma, por miedo a morirme. No recuerdo si cuál fue el detonante o la señal que me indujo a tomar esa determinación, pero un mediodía en que venía de vuelta de mi oficina tomé rumbo hacia unos suburbios de la ciudad de Lambaré, compelido ciegamente por la idea fija de que estaba totalmente dispuesto a entregarme a la voluntad de Dios para que me llevara, lo que me ocurriría si tenía la suficiente fe, bastando para ello encerrarme en mi auto, cerrar los ojos, y apretar a fondo el acelerador, todo lo cual sería suficiente para que fuera arrebatado hacia las alturas. Así lo hice, yendo a estacionar en un patio baldío debajo de un árbol, procediendo a hacer el intento durante largo rato y por varias veces, constatando cada vez que abría los ojos que no me había movido del lugar, lo que atribuía a la fragilidad de mi fe, por lo que insistía una y otra vez, con el mismo resultado. Recuerdo que alguna gente pasó cerca y me miraba con curiosidad, sin atreverse a preguntarme nada. Lo cierto es que pasó tal vez una hora hasta que finalmente, ante lo infructuoso de mis intentos, desistí y me dirigí hacia mi domicilio, donde mi familia me estaba esperando alarmada, teniendo en cuenta que habían sido informados de que yo me había retirado de la oficina hacía ya un buen tiempo y no estaba regresando a casa. Se apreciará de esto hasta qué punto me tenían traqueteado mis locas asociaciones de ideas en pos de un derrotero que me condujera a buen puerto.

                   Recuerdo el caso de una chica que me llamó por teléfono y a quien esperé en la oficina un mediodía inducido por una “señal” que aludía a alguna “señora” de blanco, o de luz, que me hizo relacionarla con la Virgen María. Era la chica una joven a la que había intentado conquistar sin éxito varias veces anteriormente, condicionado por mi tendencia a obtener los favores sexuales de las mujeres a como fuera, tomando en cuenta fundamentalmente el placer como meta, y porqué no, tal vez también el falso orgullo de doblegarlas a mis artes amatorias, muy propio del macho de la especie humana. La chica no había mostrado indiferencia ante mis requiebros, e incluso jugaba con coquetería con mis vehementes asedios las veces que nos tocó la oportunidad de estar a solas. Sin embargo, había resistido todos los embates, condicionada también por la actitud propia de la mujer que intuye que tiene mayor poder sobre el hombre cuanto menos cede a sus pretensiones, u otros profundos sentimientos que hacen que se ponga a cubierto contra ese afán del hombre de poseerla y nada más. En esta ocasión, la llamada de ella, y su presencia en mi oficina (donde yo me había quedado totalmente solo, dada la hora en que se produjo su visita) obedeció probablemente a alguna consulta que venía a hacerme sobre alguna cuestión jurídica concreta. Mientras tanto, yo había atribuido su llamada y su visita a algún designio trascendente de la divinidad, y así lo encaré. Probablemente, tras evacuar su consulta (no recuerdo los detalles), empecé a importunarla con las ideas de tinte religioso de mi nueva concepción de la vida, y ella que era bastante impresionable y muy dada también a la religiosidad, me prestaba suma atención. Lo más pintoresco del caso es que las circunstancias propicias y el fervor que se apoderó de mí como de ella hizo que se elevara tanto la temperatura entre ambos que si no fuera por la nueva creencia de que ya no podía ceder a este tipo de tentaciones, el acto sexual se habría consumado en esta oportunidad. Hay que decir que Dios se vale de todos los medios posibles para enseñar.


                                               XX


                            Todas las cosas ya son de una vez y para siempre en una realidad absoluta, pero nuestras ilusiones nos dan la impresión de que todo ocurre de forma fluida y sucesiva, generado por nuestra voluntad

 

                   La especie de alteración de los sucesos externos que podía yo apreciar que ocurrían no necesariamente alteraban el funcionamiento de mi mente, aunque aquella era indudablemente producto de ésta. Tal es así que quedaba sobrecogido por el asombro pero no por ello mi mente se desquiciaba, limitándome a mirar atentamente el “prodigio”. Así aconteció en varias ocasiones. En una de ellas estaba yo mirando la televisión en la biblioteca cuando el aparato comenzó a mostrar dos imágenes superpuestas en la pantalla, simultánea o alternativamente, como si dos canales se alternaran o se superpusieran a capricho, automáticamente; imágenes de sendas películas o documentales muy bellas, que me dejaron pasmado y desconcertado. Acertadamente lo interpreté como la enseñanza sobre el poder mental ilimitado (en cierto sentido) e incontrolable, y también sobre la naturaleza dual de mi ser o de mi personalidad que se estaba reflejando en el episodio.

                   En  otra oportunidad, hallándome en una audiencia en la Secretaría de un Juzgado, comencé a observar que el rostro de mi cliente se trasmutaba en los de otros, adquiriendo sus facciones rasgos de diferentes personas, no precisamente conocidas, como si giraran con increíble rapidez, aunque claramente el sujeto permaneciera parado, quieto, allí en mi presencia. La intuición me indicó también que era nada más que el poder mental el que se había puesto en juego, y la enseñanza que deduje es que todos en esencia somos lo mismo, es decir, la unicidad esencial de los seres dentro de la multiplicidad, tal como enseñan los maestros de sabiduría, y en especial Jesús cuando dice que cuánto hagamos por los otros, por él lo hacemos (Mt. 25,34-40).

                   Está ese otro caso, impresionante, en el que tuve o se presentó ante mis ojos la visión de una especie de jardín en el que estaban numerosos personajes como estatuas, con sus miembros, facciones y ademanes paralizados, como si hubieran sido objetos de encantamiento, igual que en el cuento de la Bella Durmiente, que los veo moverse de pronto como autómatas haciendo un gesto, luego otro, y así sucesivamente, de forma mecánica, sobreviniendo en mi conciencia una especie de iluminación instantánea de que todas las cosas ya eran de una vez y para siempre en una realidad absoluta, y que solo nuestras ilusiones eran las que nos daban la impresión de que todo ocurría de forma fluida y sucesiva, generado por nuestra voluntad.

                   Una experiencia que mi memoria rescata del tiempo en que mis crisis se agudizaron es la que ponía a mi mente en estado de alerta respecto de las compensaciones que se producían entre los malestares y bienestares recíprocos, los míos y los de los otros, como si eso obedeciera a un flujo de energía que al circular de unos a otros compensaran y descompensaran dichos estados de manera espontánea, sin posibilidades de control por parte de los afectados por tales estados de ánimo. La naturaleza parecía funcionar con sus leyes físicas que se aplicaran igualmente a las energías síquicas que nos constituyen. El equilibrio dinámico necesario entre las distintas clases de energía, el bienestar y el malestar, el buenhumor y el malhumor, el amor y el odio, la ira y la pasividad, etc., hacía que lo que en uno se manifestara tuviese su contrapartida en el otro. Hasta tanto se integraran plenamente los opuestos y se trascendiera el sentimiento de separatividad, esta sensación tenía que manifestarse en las mutuas relaciones entre los seres.


                                               XXI


                            Fueron muchos los episodios que marcaron mi transitar por ese tiempo, curiosos, extraños, no susceptibles de ser recordados todos            


                   También recuerdo la visita que hice una vez a una dependencia pública,  cercana al ex Cine Victoria de Asunción, en Chile y Oliva,  donde había mucha gente haciendo gestiones, generándose una ominosa sensación de malestar en todo mi ser, y la idea que asomaba haciéndome comprender que cada ser humano es el soporte del otro.              

                   Un día fui al Palacio de Justicia y entre intentar hacer alguna gestión, me sentí de pronto como extraviado, haciendo un paseo sin rumbo fijo por los pasillos, escaleras y subsuelos del edificio, con la sensación de que podría estar recorriendo el mismo infierno, lleno de temor y aprensión, asaltándome el pensamiento de que quizás estaba caminando en medio de las almas condenadas cuyos rostros se me transfiguraban en algunas personas conocidas y desconocidas, experiencia que me dejó totalmente apabullado.

                   Viene también a mi memoria la especie de metamorfosis en el trasero de un cliente varón que iba caminando delante de mí en el pasillo de mis oficinas en una oportunidad, cuyas nalgas se me aparecieron como femeninas, induciéndome a una momentánea atracción que tuve que rechazar con un cerrar de ojos y un brusco movimiento de cabeza. Las reacciones mentales inconscientes, corrientemente bajo control en la región de la conciencia en lo que atañe a estos menesteres, se habían vuelto incontrolables y totalmente a la deriva e incursionaban con total desparpajo en el campo de mi conciencia.                  

                   Está la vez aquella, en una mañana, que no salía agua de la canilla de la pileta del baño, que me dejó perplejo, haciéndome pensar después de un rato de cavilación que se trataba de una señal de Dios que me inducía a beber el agua del water en el que se depositan los excrementos, que, tras un momento de duda, lo hice, ocurriendo luego que el agua surgió a borbotones de la canilla de la pileta de lavar las manos. Se podría decir que mi mente me jugaba malas pasadas, pero la convicción inconmovible que se apoderó de mí es que mi mente obró ese prodigio, gracias a la fe que tuve en la acción que se me indujo a realizar.

                   Asimismo, la situación que me aconteció en cierta oportunidad en que me quedé sentado en posición de meditar, en la parte de atrás de la casa, en el quincho, quedándome dormido después a raiz del cansancio y el esfuerzo, hasta que de pronto sentí que me corría desde la punta del pie hasta la cabeza una especie de corriente eléctrica que iba disolviendo mi cuerpo, asociada a una sensación extraordinariamente agradable, como si lo fuera convirtiendo en polvo o ceniza, dejándo en mi mente unas huellas de bastante duración, llenas de sorpresa y maravilla, como de éxtasis, extraordinariamente grata.

                   Y otra más, en la que salí afuera, en el corredor de la casa, y al hacerlo, cerré la puerta sin contar con ninguna llave, pensando que la mera fe me permitiría conseguir que la puerta se abriera; y al no conseguirlo tras muchos intentos, me quedé largo tiempo con la cabeza apoyada en la puerta, hasta que, cerca del amanecer, al constatar mi esposa que no estaba en la cama acostado, se fue hacia dicha puerta y procedió a abrirla desde adentro. Lo que hizo que, por el impulso de la inercia y lo inesperado del hecho, me inclinara hacia delante a punto de caer, siendo sostenido prácticamente por el cuerpo de ella. Ipso facto atribuí la presencia de mi esposa al designio de la providencia que me enseñaba la manera en que debía ir desarrollando y fortaleciendo mi fe, no debiendo esperar precisamente que las cosas pasaran como yo pensaba que ocurrirían.

                   Rememoro otra situación, acontecida en verdad varias veces, en que procedí a retener mis ganas de orinar, y quizás también de defecar, hallándome con alguna gente en la oficina, imbuido de la férrea convicción de que esas tendencias fisiológicas podían ser controladas mentalmente. Lo cual, hasta cierto grado, y pese a que me vi obligado a retorcerme todo, lo conseguía, pudiendo postergar buen rato dichos impulsos, adaptándose sin duda mi organismo a esa decisión, lo cual me confería un sentimiento de poder acorde con mi creencia de que todo estaba supeditado a la mente.

                   En el funcionamiento distorsionado de mi mente que en en ocasión de mis crisis me acometiera, recuerdo que se me ocurrió asociar el color azul con lo bueno, y el rojo con lo malo. Es decir, en cuanto percibía algún objeto de color azul en mis correrías, automáticamente buscaba un sentido favorable a lo que me estuviera pasando, o lo entendía como una señal de que algo beneficioso me acontecería. Y viceversa, al ver en mi camino cualquier objeto de color rojo, ya me ponía en guardia imaginando que algún peligro me acechaba. Era la aceleración incontrolable con que funcionaba el pensamiento, tratando de dar significado a todo lo que se ofrecía a la conciencia, que da la pauta de la manera como se forjan las supersticiones y creencias erróneas en la mente. Sin duda, este mecanismo se encuentra arraigado en las estructuras mentales del ser humano en general, pues la manera como uno se aferra a la creencia ciega tratando de encontrar una tabla de salvación en el mar proceloso de la vida es grotesca ante las situaciones desconcertantes que se le presentan.

                   En fin, indudablemente fueron muchos los episodios que marcaron mi transitar por ese tiempo, curiosos, extraños, no susceptibles de ser recordados todos. Pero los narrados precedentemente pueden dar una idea de cómo fue dándose ese cambio que incuestionablemente formaba parte del proceso que se había iniciado en mí, operado por virtud de esa Voluntad superior que había decidido llevarme por sus caminos.


                                               XXII


                            El sentido de identidad personal, la convicción de “ser” algo único y distinto del mundo que nos rodea es tremendamente poderoso, nos oprime en una camisa de fuerza inexpugnable de la que difícilmente podemos encontrar escapatoria


                   Lo más notable fue sin embargo que pasado algún tiempo, mi terca mente volvió a las andadas, llevada por los hábitos y condicionamientos que me constreñían. De nuevo “me curé”, en la terminologia médica convencional, ya que “volví a la normalidad” después de transcurridos quizás varios meses. La recaída, como quedó dicho, se había producido aproximadamente allá por setiembre u octubre de 1.988 y duró posiblemente hasta marzo o abril de 1.989. El tratamiento continuó un tiempo, probablemente, pero mi “recuperación” esta vez abarcó un tiempo mucho más prolongado, a tal punto que, si mal no recuerdo, una nueva “recaída” sucedió recién aproximadamente por el mes de febrero o marzo de 1.993.

                   Es evidente que la mente acomoda los hechos a sus intereses (o a los intereses de su poseedor, si podemos diferenciar ambas cosas). En ese contexto, astutamente (astuta mente), ella justifica todo lo que hace a su particular conveniencia. Así, luego de que “me recuperé”, yo no solamente volví a dejar de “creer” en Dios, sino que, una vez más, atribuí todas las cosas que experimenté a alteraciones y errores de percepción, afincándome nuevamente en mis viejas ideas y prejuicios. Así, relativicé nuevamente la moral y toda la gama de principios que inculcan al hombre a obrar rectamente. Obviamente, por razones eminentemente prácticas, en mi relacionamiento profesional trataba de ceñirme a las normas básicas de convivencia, pero en lo que se refería al fuero interno, la norma directriz era la de satisfacer mis impulsos y dar gusto a mis sentidos, por lo general.

                   Dios empero sabe lo que hace, y es paciente con nuestras rebeldías e insensateces. En el lapso que medió entre mi “recuperación” y mi nueva “recaída” yo había reincidido en ciertas fechorías que tenían que ver principalmente con el irresistible impulso de relacionarme con alguna o algunas mujeres fuera de la relación matrimonial, lo cual era, para decirlo en términos sicológicos, la satisfacción de esa poderosísima tendencia primaria de “conquista” enraizada principalmente en el macho de la especie humana. Obviamente, mis correrías obedecían también a esa búsqueda a ciegas que hacemos los seres humanos cuando todavía no le hemos encontrado a Dios, llevados por una serie muy compleja de sentimientos contradictorios no fáciles de manejar ni de explicar.

                   En el año de 1.990 publiqué mi primer libro, “Memorias de un Leguleyo en tiempos de oscurantismo”, que lo venía elaborando desde al menos ocho años atrás, vertiendo en él una serie de pensamientos que traslucían en gran medida mi posición filosófica atea y cínica, aunque no por ello exenta de angustiosos clamores por lo justo definitivo, que evidenciaban el íntimo conflicto en que me debatía.

                   Tiempo antes de la publicación de esta obra, había iniciado la que titulé “Yo Político, la creíble y alegre historia del pícaro Jenofonte y de su hermano el incauto”, y aún durante su elaboración me tomó de lleno la nueva crisis que me acometió en el año de 1.993. Tal es así que en la primera parte se mantiene mi actitud sarcástica hacia la vida, pero en la parte final, debido a mi problema, sin esperarlo siquiera yo mismo ni remotamente, le dí un giro radical a la historia. El comentario que me hizo Moncho Azuaga, quien actuó como presentador de la obra, cuando le interrogué sobre ella al terminar de leerla, fue el siguiente: “Me sorprendió el final”.

                   El sentido de identidad personal, la convicción de “ser” algo único y distinto del mundo que nos rodea es tremendamente poderoso, nos oprime en una camisa de fuerza inexpugnable de la que difícilmente podemos encontrar escapatoria. Este sentimiento viene de lejos, a no dudarlo, fue incorporándose en cada ser viviente a puro golpes de martillo por la naturaleza, y llegado un tiempo, una vez asumida la naturaleza humana, resulta casi totalmente imposible “ver” que alguna fuerza invisible, diversa de las fuerzas ciegas de la naturaleza, pudiera estar actuando para regir y ordenar los acontecimientos que nos conciernen. No es entonces de extrañar que uno adopte una actitud escéptica en relación con las “creencias ciegas” que atribuye a la gente que “imagina” que existe un Dios. Este condicionamiento es producto de los órganos de la visión, de los ojos, que la naturaleza tuvo a bien conferirnos. “Ver para creer” reza el proverbio, y ese es el caso. El sentido de la vista es el que incide, más que cualquiera de los otros, para darnos la “noción de lo real”. Lo que es inmaterial, para que sea reputada su existencia, tiene que contar con un “efecto” incontrovertible, por ejemplo las “ondas electromagnéticas” que hacen que suene un aparato de radio; o testimonios irrefutables de gente creíble que no caiga en divagaciones tontas productos del temor y la ignorancia. Esa es la disposición mental del que se enfrenta a la Naturaleza con la “inteligencia racional”, adoptando una posición de sinceridad que no transije con supersticiones. La explicación que uno se hace del mundo es entonces que la materia, y su otra cara, la energía (en este tiempo afortunado en que vive en que la ciencia ha logrado develar que ambos son aspectos de una misma cosa) operan para que se vayan produciendo los sucesos sometidos a unas leyes eternas, invariables, ciegas, azarosas, sin propósito definido. Podía uno maravillarse de la extraña y exacta precisión de esas leyes que fueron capaces de crear un universo, pero era impensable concebir a un ser que hubiese intervenido para que eso se plasmara. ¡Qué infatuado, qué autosuficiente, qué lleno de arrogancia, qué pagado de sí mismo, qué encandilado por la propia imagen vive uno en esa circunstancia!. Las necesidades satisfechas, los sentidos contentados, la adversidad conjurada, son propicios para que la autocomplacencia entre a funcionar y la conciencia se acomode con los prejuicios forjados a lo largo de milenios destinados a consolidar, a afianzar la identidad personal.

                   Y hete aquí que, como quien no quiere la cosa, Dios, la Naturaleza, entra a tallar para doblegar a ese orgullo, esa soberbia y esa resistencia que pareciera ser imbatible. En las profundidades del ser de cada uno se hallan también latentes tremendas y poderosas fuerzas que aquella fue incrustando pacientemente, poco a poco, a golpes de mazo y martillo, para ir haciendo a este espécimen en un proceso laborioso, para conducirle a la meta que para él tiene proyectada. Los miedos, en particular el miedo a la muerte; los sufrimientos, en particular el provocado por las enfermedades; la impotencia, esa que nos muestra de la forma más descarnada que el control de los sucesos es ajeno a nuestros quereres. Todo eso se presenta en el momento menos esperado y nos tumba de bruces por el piso.


                                               XXIII


                            El proceso de transformación de mi ser se había intensificado notoriamente por ese tiempo


                   Las dos crisis anteriores ya habían tenido sus antecedentes en mi particular historia cuando la adversidad me había golpeado de manera inusitada, cuando contaba, a la sazón, unos veinte años, en que se escapó de mis manos el control de ciertos acontecimientos que me colocaron en una especie de situación límite, a punto de verme enredado en cuestiones litigiosas ante las autoridades, a raiz de unas deudas impagas, de las que me salvé por un pelo. Entonces mi mente también había sido sacada de su entumecimiento temporalmente, y recuerdo que esa inclinación hacia lo inescrutable se había traducido en la creación de algunas de las melodías más inspiradas que llegué a inventar, en esa mi vocación por la música que siempre me poseyó, a pesar del total desconocimiento académico de la materia.

                   Retomando el hilo, volviendo al punto en que quedó la cronología, la reconstrucción de los hechos que mi memoria hoy realiza, me muestra que en el año 1.993, allá por los comienzos de marzo, o quizás incluso antes, ya en las postrimerías del año 1.992, comenzó a amagarme de nuevo la crisis en forma no tan aguda, pero lo suficiente como para tenerme en un estado caviloso y trémulo. Se sucedieron algunos fenómenos medio extraños que logré superar, y recuerdo que a fines de marzo comencé a grabar mis sueños que encomendé a mi hija Selva Noemí para que los desgrabara pasándolos en manuscrito. Este estado sin embargo se agudizó sobremanera a fines de agosto de 1.993 y prosiguió hasta enero o febrero de 1.994, dejándome golpeado y maltrecho. Así fue que en este tiempo asumí la decisión de dejar en suspenso la publicación del libro “YO POLÍTICO” que ya lo había escrito en su totalidad, habiendo incluso mi hermano Cristian escrito un prólogo para el mismo que lo fechó el 1 de setiembre de 1.993, mientras que el pie de imprenta del libro lleva la fecha de impresión recién en setiembre de 1.994, un año después. Esta decisión de no publicar obedeció a la profunda depresión que se abatió sobre mí, que me hizo restar todo valor a lo escrito en el libro, incluso a pesar de que en la última parte había incorporado unas reflexiones cuasi místicas en las que desembocó inesperadamente el desenlace del libro, que le hizo decir a mi amigo Moncho Azuaga que le sorprendió el final, como se expresó más arriba.

                   Bueno es recordar que la decisión de anotar los sueños que había tomado fue el inicio de un procedimiento de exploración de mí mismo cuyo alcance estaba lejos de prever por ese tiempo. Incluso, en el mes de setiembre de 1.993 dí inicio a otra serie de grabaciones que mi hija Selva Noemí transcribió en un cuaderno, las cuales constaban justamente de unas reflexiones y narraciones de mis sueños a las que titulé “Aprender a Vivir”, como denominaría más adelante a otro de los volúmenes que publicaría.

         Posiblemente haya sido en ese tiempo que comencé a incursionar en la filosofía oriental de la que yo tenía muy escasas nociones, lo que se debió inicialmente a la compra del libro “Sabiduría Insólita” de Fritjof Capra, que me llevó a su vez a la adquisición de sus libros ”El Tao de la Física” y “El Punto Crucial”. Data también de ese tiempo mi encuentro con las obras de Deepak Chopra que comencé a frecuentar, posiblemente a través de uno de sus primeros libros, “El Regreso del Rishi”, con lo que me fui familiarizando con la cultura y sabiduría del lejano oriente.

                   En concreto, fue a partir del año 1.993, desde setiembre de ese año aproximadamente, que me impuse definitivamente transitar por la senda correcta, al relacionar una serie de circunstancias que me habían afectado con señales muy específicas de algo o alguien sobrenatural que se estaba comunicando conmigo con el objeto de reformar mi vida. Mi esposa se había vuelto a embarazar para tener al último de nuestros hijos, quien nació en marzo de 1.994. Mi hija mayor se casó el 15 de enero de 1.994, ocasión en que yo me encontraba medio embotado por los medicamentos que había vuelto a ingerir y por efectos de la misma crisis que había comenzado el año anterior.

                   Repasando los manuscritos, insertos en dos cuadernos, el primero de los cuales abarca desde el 30 de marzo de 1993 hasta el 2 de setiembre del mismo año, y el segundo desde el 14 de setiembre hasta el 16 de noviembre de 1.993, es dable observar que el proceso de transformación de mi ser se había intensificado notoriamente por ese tiempo. Especialmente en el segundo cuaderno se encuentran palabras llenas de inspriración y el tema central desde luego gira en torno a la idea del aprendizaje de la vida, de modo que el título que le puse a esas reflexiones, Aprender a Vivir, no era una mera ocurrencia sino una especie de idea luminosa que me había llegado sin proponérmelo. Uno de los pensamientos que se encarnó en mi mente fue el de que Dios se revela a los justos. El hecho de haberme puesto a registrar los sueños, las experiencias oníricas de manera sistemática, obedecía a una intuición de que el camino de los sueños era una senda válida para entrar en la exploración de mi mismo, y posiblemente tuvo que ver un libro que por entonces había caído en mis manos que llevaba ese mismo título, es decir El Camino de los Sueños, de autoría de un tal Jorge Sergio. En forma muy clara, leyendo las (en parte) desordenadas elucubraciones, que mandé transcribir a mi hija, se observa que los símbolos oníricos ya estaban presentes instándome a la disciplina y a la limpieza y purificación de mi  ser. El sentido de unicidad con todo lo existente, la identificación con todos los seres y el amor como el medio idóneo para la realización de la vida plena son las ideas que se sienten palpitar en esas reflexiones. Está presente también el pensamiento sobre la evolución espiritual como proceso necesario o imprescindible para acceder a “la vida eterna”, que se intuye existir “en otro nivel” al que se puede llegar a través del aprendizaje de la vida. De no ser tan largas y, por partes bastante desprolijas, quizás hubiera sido interesante reproducir esas páginas para apreciar la manera como se fue dando este proceso del que tratan precisamente estos apuntes. Quizás alguna vez, si me fuere dado “el tiempo necesario” me abocaré a hacer de ellas un estudio y análisis adicional.


                                               XXIV


                                      La mente colectiva, la conciencia humana es una sola, aunque no nos percatemos de ello


                   Data de esta etapa de mi crisis un episodio en que, cavilando  sobre los poderes de la mente, me inscribí en un Curso de una especie de Instituto muy promocionado en muchos países, llamado Control Mental Silva. El caso es que mi ansiedad por encontrar algún camino seguro en medio de mi desorientación hizo que impulsivamente tomara el curso en cuestión, que era bastante caro y cotizado en dólares. Más aún, llevado por la suerte de solidaridad que se había despertado en mí ánimo, lo había ofrecido a una funcionaria amiga del Tribunal que se advertía tenía muchas dotes en el campo del control mental, si quisiera también ella sumarse a la experiencia siguiendo el curso, que era dictado por un Instructor. Ella aceptó pero me manifestó que solo podría concurrir a las clases acompañada con una sobrina. No recuerdo exactamente los pormenores, pero lo cierto es que yo había adquirido primeramente dos plazas para el curso, y como en la clase preliminar ya había discernido que el curso no era para mí, había decidido ceder la plaza que estaba destinada para mí a su sobrina. Recuerdo que acordamos encontrarnos en el sitio donde se dictaba el curso para la hora en que se iniciaran las clases para realizar la cesión, pero extrañamente se me presentaron unos contratiempos debidos a unos desperfectos de mi automóvil, o tal vez a unos compromisos profesionales que se presentaron a último momento, lo que hizo que me retrasara y me sumiera en una tremenda desesperación, puesto que mi mente estaba funcionando con la idea fija de que uno tenía que ceñirse estrictamente a la verdad, lo cual incluía la puntualidad a la que no podía fallar, atribuyendo por tanto el percance a alguna deficiencia mía, que conspiraba contra las leyes de la naturaleza que hacen que las cosas sucedan conforme a medidas, como debía ser. En fin, llegué retrasado, y resultó que el Instituto no admitía que el titular de la plaza en el curso pudiera traspasarlo a otra persona, porque las reglas establecían que era intransferible, pudiendo en todo caso utilizarlo el mismo titular en otro curso más adelante. Así que me ví obligado a adquirir otra plaza para la sobrina de mi amiga a quien había ofrecido el curso, como un gesto elemental de gentileza, ya que de lo contrario se vería frustrada la participación de ambas en el curso que ya se había iniciado. Yo, por mi parte, desistí de continuar con él, y por cierto, nunca me interesé posteriormente en seguir dicho curso, prefiriendo perder el costo, tal vez cincuenta o cien dólares americanos, que entonces (y ahora) representaban una erogación siempre significativa. Tonterías son estas que mi mente confundida y aturullada me llevaba a cometer, advirtiéndose lo ridículo de caer en las redes de gente que comercia con los incautos, según ahora se me esclarece, sin descartar que lo hagan persuadidos de la bondad y eficacia de sus métodos, actitud por otra parte bastante generalizada y normal en esta sociedad en que los valores se encuentran tremendamente distorsionados.

                   Un hecho que no se puede soslayar, que desde esa vez estaría asociado íntimamente a mis futuras crisis, es el problema económico que me acechaba, llegando a infundirme un raro pavor ante la posibilidad de que pudiera no cumplir con las numerosas responsabilidades asumidas en mi relacionamiento social. En mi libro Imponderables, páginas 28 a 30, hago el relato de un episodio tragicómico en el que explico con detalles la compra que hice de un inmueble que tenía construido dentro nada menos que un estadio de fútbol, llevado por el afán de ayudar a una persona que fue empleada doméstica de mi madre, inmerso de lleno en la crisis sicológica que me abrumaba, y la forma cuasimilagrosa en que pude volver a transferirlo algún tiempo después. Aunque en ese libro consigno como fecha de tal episodio hacia fines de 1.994, rememorando los apuntes del cuaderno últimamente mencionado, caigo en la cuenta de que eso ocurrió a fines de 1.993 y comienzos de 1.994.

                   Otra circunstancia que es importante destacar es que en cierto tramo de esa crisis tuve alguna experiencia muy vívida de la conexión mental entre los seres humanos. En particular, recuerdo que mi madre, que se encontraba aquejada severamente del mal de Alzheimer, sin control ya sobre sus facultades mentales, en una visita que le hice a la ciudad de Hernandarias, donde vivía, dio señales de percibir pensamientos que bullían en mi mente expandida y alterada, como si conociera ciertos hechos relacionados con ellos. Evidentemente, era el presagio que anunciaba mi comprensión (hoy día) de que la mente colectiva, la conciencia humana es una sola, aunque no nos percatemos de ello. Para utilizar la terminología de Claude Levy Straus, se trataba de una indicación de “la unidad síquica de la humanidad”, pero en un sentido más amplio, vale decir, no solo en el que le confiere el destacado científico mencionado, de los orígenes comunes del pensar y del lenguaje, sino de eso y de la interrelación e interconexión de las conciencias individuales unidas desde el pasado proyectándose hacia el presente, y en el presente interactuando conjuntamente a través de lo que Carl Gustav Jung denomina “el inconsciente colectivo”. Que él (este último) no descarta que se le asigne el nombre de “Dios”, que desde luego es el más apropiado.                                          

                   Me repuse de nuevo, y el advenimiento de nuestro hijo menor marcó una etapa que fue propicia para alimentar y cultivar la paciencia, ya que me dispuse a realizar actos que antes nunca había intentado como cambiar los pañales y preparar el biberón al bebé. Estos hechos que parecerían triviales fueron sin embargo importantes en el curso de mi desarrollo personal, ya que vistos desde la perspectiva adecuada se aprecia que la dureza de los hábitos y estructuras mentales y corporales es lo que resulta más difícil de contrarrestar en el tránsito hacia el mejoramiento de uno mismo.

                   La búsqueda del sentido de la vida y de la realidad proseguía afanosamente, en el entretanto, y ello se manifestaba a través de diversos escritos que me había puesto a redactar, de manera un tanto desordenada. Posiblemente fue por ese tiempo en que comencé a escribir la mayor parte de los textos que reuniría más adelante en un nuevo libro con el título Aprender a Vivir, que prosiguió sin embargo hasta bastante tiempo después de mi siguiente crisis.

 

                                               XXV


                            Las ideas, reflexiones y narraciones vertidas en estas grabaciones son sumamente ilustrativas para pintar el curso del proceso que aconteció conmigo entonces


                   A fines de febrero y comienzos del mes de marzo de 1.995  volvió a embestirme la crisis con mucha rudeza. En un principio lo tomé como una nueva manera de conectarse conmigo la divinidad, y con bastante euforia, trasladé a unas cintas de casette unas ideas que traslucían mi estado de ánimo.

         Aunque en parte podrían ser catalogadas como tediosas y desordenadas, las ideas, reflexiones y narraciones vertidas en estas grabaciones son sumamente ilustrativas para pintar el curso del proceso que aconteció conmigo entonces. A continuación presento una reseña y un resumen de las partes más resaltantes de estas disquisiciones, que revisten indudable interés para esta narración.

         Las grabaciones tuvieron su inicio el 25 de febrero de 1.995. El estado de ánimo exaltado que en ellas se advierte, permite apreciar que me hallaba poseído de una convicción poderosa que me llevaba compulsivamente a expresar mis pensamientos que buscaban un cauce por donde derramarse.  

                   Comencé declarando que el propósito que animaba a dichas grabaciones era el de iniciar una exploración a profundidad de mi propio ser, buscando la verdad, buscando la realidad, tratando de entender porqué vivo y porqué vivimos todos, dando por supuesto que eso era un método válido para aproximarse a esa verdad, a esa realidad. Vale decir comenzar por conocerse uno mismo en la medida de lo posible para, a partir de allí, trascender hacia todo lo demás.

                   Estaba, por decirlo así, inmerso en una vorágine que me llevaba a parlotear a borbotones. Sin embargo, las reflexiones vertidas eran tan atinadas en la mayor parte que reflejaban los incipientes puntos de vista que irían formando la base de mi filosofía, de mi visión del mundo, que se iba forjando desde que se había operado en mí aquel cambio inicial. Se advertía en ellas las vacilaciones e incertidumbres usuales, pero incuestionablemente estaba tratando de encontrar mi lugar en el mundo, dar un sentido a mi vida, obedeciendo a una suerte de intuición para tratar de hacer en cada instante lo que consideraba correcto, poseído de la convicción de que actuaba con sinceridad y autenticidad.

                   Me daba cuenta de lo difícil que era entender las cosas tal cual son, llegar a la realidad esencial, para lo cual uno debía renunciar a un montón de condicionamientos e impulsos egoístas cuya justa medida no era fácil establecer.

                   Uno de los aspectos de la realidad que desde tiempo atrás me intrigaba, cuya dificultad para entender siempre había estado de manifiesto para mí, fue abordado en las grabaciones, cual es, el que se refería a mis sueños. Así es como fui relatando varios sueños y les asigné interpretaciones y sentidos que se revelaron fructíferos, notándose cómo ese impulso se erigiría en una de las vetas más creativas de la exploración de mí mismo, de la indagación para el conocimiento de mí mismo, que desempeñaría, y sigue desempeñando un rol preponderante dentro del proceso de mi evolución personal y espiritual.

                   Algo que hice notar al respecto fue que el camino era algo que se repetía en mis sueños de manera muy frecuente y en particular un camino en el que me perdía, me extraviaba. Enfaticé ya entonces que, según entendía, los sueños actuaban como una enseñanza, y que la parte del subconciente podía contribuir a indicarnos el camino para ir transitando hacia el bienestar.

                   Es evidente que el asunto de los sueños me venía obsesionando y en concreto, gran parte del contenido de las grabaciones que realicé en un lapso de solo unos pocos días, se enfocó muy definidamente hacia ese aspecto de mi vida,  señalando que si fuese capaz de tener en cuenta la multiplicidad de esos aspectos, hubiera podido inferir algo de ese proceso que se produce cuando uno está durmiendo, reflexionando que debería meditar con mayor profundidad sobre aquel tema, si entendiere que así pudiera conocerme mejor; que ello era cuestión de búsqueda.

                   Tratando de interpretar algún sueño concreto me preguntaba si qué me habría querido decir mi subconsciente (nombrando así a ese algo indefinible, debido a la forma fragmentada con que estamos acostumbrados a hablar) a través de él, decidiendo que era evidentemente un enigma. Destacaba sin embargo que ese sueño algo tenía que ver con la realidad,  y que estaba insistendo en ese aspecto de mi vida  que podía tener incidencia en la formación de mi nueva personalidad, en ese emprendimiento en el que estaba, para ir caminando hacia un verdadero bienestar, lo cual era una tarea que me impuse y creía que lo estaba consiguiendo poco a poco, porque mi capacidad estaba aumentando, en el sentido de que me resultaba más fácil por ese tiempo introducirme en la sintonía del cosmos, sumergirme en esa inmensidad del universo en donde uno puede llegar a estar sincronizado con la armonía universal, olvidando por un instante que está lleno de deficiencias, logrando de esa forma vivir en plenitud.

                   La torrencial lluvia de pensamientos derramada el primer día en que inicié las grabaciones versó también sobre ciertas ideas o “sensaciones” que me “iban pasando”, que igualmente decidí registrar, aduciendo que, pese a la imperfección que implicaba esa forma de comunicarse, como lo es el lenguaje, quería no obstante apelar a él para ir registrando esas cosas. Exultante declaraba que era algo maravilloso que los hombres hayan inventado el lenguaje para comunicarse, que hayan creado unos sonidos que al llegar al otro le permite identificar lo que  se está queriendo significar, algo realmente fabuloso, una cosa que, hay que reconocer, revela la inmensa inteligencia que existe en el ser humano; sin embargo, con todo lo poderoso que es para transmitir las ideas, los conceptos, es incompleto; pero estaba apelando a él porque es la manera ordinaria con que nos comunicamos.

                   A propósito de ello mencionaba que ese día tuve un pensamiento que traducido al lenguaje significaba: “vos y yo no somos diferentes”, somos una misma cosa, como un órgano compuesto de células, estamos unidos de una manera tremendamente fuerte, existe entre nosotros afinidades extraordinarias que hace que podamos comunicarnos, escucharnos, “sentirnos uno”, compartir y trascender esa mera piel que nos envuelve. Pensé también que esa trascendencia nos viene de lejos, podemos sentir que somos Sócrates o Krishnamurti, al hacerse inteligible en nosotros lo que ellos pensaban cuando decían que debíamos conocernos a nosotros mismos. La palabra encarnarse es una palabra que tal vez no refleja lo que se quiere decir con ella,  porque quizás sugiera un estado fijo que no es el que realmente existe en este mundo, aquí todo es movimiento, nada es fijo. Entonces, esa visión que tuve, me permitió sentirme bien y entender que existe algo mas allá de las palabras, aun cuando es inevitable valernos de ellas para comunicarnos y expresar lo que realmente sentimos.

                   Como colofón de la extensa declamación de esa fecha apunté precisamente que lo que estaba diciendo seguro serviría para hacer una descripción de mi estado de ánimo, concluyendo en estos literales términos:y tal vez provoque esa misma sensación en vos, y entiendas que somos uno solo en la diversidad infinita del universo, y que la verdad es algo que se tiene que alcanzar con gran sacrificio, que nuestra mente divide, separa y hace que nos consideremos a cada uno como seres diferentes; esto es lo que quería decir sobre lo que estuve pensando este día.


 

                                               XXVI


                                      Se va apreciando en el decurso de la exposición cómo estaba tratando de dar un significado a las historias que la mente inventaba en los sueños


                   El interés de estas transcripciones radica en que muestran el estado de ánimo que me convulsionaba, pudiendo apreciarse que navegaba mi espíritu por un torrente de euforia que me llevaba imparablemente por derroteros muy definidos en pos de la búsqueda de lo verdadero, de lo real, o de la certeza de estas conceptualizaciones. Y conste que la exposición se halla comprimida y pulida para su más fácil comprensión.

                   Las grabaciones continuaron, como se dijo, durante varios días, a un ritmo febril. Las precedentes disquisiciones son el resumen de lo dicho en los días 25 y 26 de febrero de 1.995. Algo notable que se va apreciando en el decurso de la exposición es cómo estaba tratando de dar un significado a las historias que la mente inventaba en los sueños, como también a las imágenes que se fraguaban en ella en el estado de relajación, en el entresueño o en el umbral del sueño como yo lo denominaba.  Evidentemente, se estaba forjando la senda que más adelante utilizaría constantemente en mi trabajo de exploración y autoconocimiento.

                   El 27 de febrero de 1.995, reflexionando sobre la posible interpretación dada a un sueño comentado el día anterior, y recordando que al despertar había aparecido en mi mente la palabra “ir” , decidí que la interpretación correcta de aquel sueño era que debía prepararme para el camino, en esa competencia conmigo mismo por transformar mi personalidad, por ir tratando de conocerme mejor para acceder a eso que yo llamaba “bienestar”. Y a renglón seguido recordaba que en esa noche había soñado que iba a haber “una movilización para una guerra”, y que era mi hijo el que tenía que participar de esa guerra. Decía que no me gustaba eso, no me gustaban las guerras, ya que soy contrario a ellas y con más razón si era mi hijo el que iba a participar en ésta. Al producirse mi despertar, mi subconsciente trajo a la conciencia esta frase: “movilización para el karma”. Reflexionando sobre el tema, declaré que la guerra de mi sueño era la guerra conmigo mismo. Que el karma, que es la acción creadora, como se lo define en el hinduismo, sería justamente esa acción que yo debería emprender para lograr la iluminación, y que estaba con miedo. Destaqué que estaba como el guerrero Arjuna, de la epopeya hindú narrada en el Bahagavad Gita,  ante lo difícil que era esa guerra. No obstante ese temor, pensé que me sentía fuerte, que estaba caminando firme y equilibrado, estaba trabajando, y entendía con mayor claridad muchas cosas, me sentía bastante bien.

                   En las grabaciones del miércoles 1 de marzo de 1.995 procedí a registrar varias imágenes que se presentaron en el estado que denominaba como el del “umbral del sueño”, ya que se trataba de un estado en que realmente no estaba dormido sino en completa relajación mental, donde mi mente volaba, apaciblemente volaba de un lado a otro; estaba en reposo, o, sin poder definirlo exactamente, lo describía como un estado de descanso, ese estado que suele acontecer frecuentemente antes de entrar en el sueño profundo. La visión de esas imágenes, decía, era como las que a veces uno ve en los sueños, no en una secuencia, como episodios, sino imágenes breves que eran producto del libre funcionamiento de la mente en un estado en el que está ausente el control racional. Interesantes fueron los intentos de darle un significado, un sentido a esas imágenes. Traslucen ellas mis incipientes perturbaciones por el nuevo choque síquico que estaba comenzando, mencionando la necesidad que tenía de guardar las apariencias para que la gente que me rodeaba no se asustara del cambio o de la transformación que estaba acontecienddo conmigo; es decir, aludiendo a la visión comentada que versó sobre una vestimenta que estaba a punto de ser planchada, concluí que debía tener bien alisada mi ropa para que este cambio que a mí mismo me solía provocar miedo y susto, no asuste a su vez a los demás.

                   Las siguientes imágenes comentadas tienen un sesgo similar, apuntando que debía seguir en el tren de actuar en forma correcta en medio de la gente, no pretendiendo convencer, no hablar compulsivamente tratando de que la gente me entienda, porque eso no haría sino hacerme aparecer ante ellos como un payaso, que era otra de las imágenes que se presentó en mi campo mental.Recordaba igualmente que había visto la imagen  de un carretel, de un hilo saliendo de un lugar, donde estaba colocado el extremo del carretel, y se me ocurrió que debía reatar el hilo de mi vida tratando de conectarme con lo profundo de la vida, de la naturaleza de mi ser, para sentir con mayor vitalidad, con mayor fuerza esa energía, esa potencialidad, esa capacidad que tengo para generar la acción creativa latente en mi ser.

                   También dije haber visto que debía descender por un sendero de mucho declive, mas bien una pendiente que estaba a pique, lo cual me hizo recordar unas escaleras que subíamos y descendíamos en el Hotel Tirol, donde habíamos estado hospedados recientemente. Y mientras estaba descendiendo, o entre pensar que debía descender, ví un plato de suculenta comida que me estaba esperando al final del descenso, lo cual interpreté también como la necesidad que existía de bucear muy hondo dentro de mí, por escarpadas pendientes, y bien en lo profundo, donde me estarían esperando manjares muy grandes, muy notables, muy suculentos, muy sabrosos.

         La minuciosa transcripción se justifica porque como lo decía en esa misma ocasión, me encontraba poseído por la obsesión que estaba sintiendo por registrar todo lo que estaba viendo mientras me sumía en ese relajamiento, mientras estaba por penetrar en el mundo del sueño y no me estaba sumergiendo del todo, interpretación que me fue sugerida precisamente por otra de las imágenes. Lo cual estaba acometiendo a pesar de entender que esa obsesión no era lo mejor, ya que me seguía atando a la manera de ser excesivamente apegada a las cosas fijas, a las cosas a las que deben “quedar registradas”, a eso mismo que estaba haciendo, lo que impedía quizás alcanzar la plenitud que consistía en ir buscando dentro de uno lo mas rico y profundo para llegar al bienestar.

                   Declaré empero que estas imágenes en alguna medida me ayudaron a clarificar mi posición en cuanto a los propios temores que sentía, ante la posibilidad de que pudiera acontecerme alguna enfermedad, algún desequilibrio y que podrían permitirme ir transitando el camino que es difícil de explicar con palabras, porque simplemente uno debía sentirlo, debía experimentarlo, y no resultaba fácil traducirlo en conceptos, antes de estar consustanciado de manera total con ese estado que es el que uno debe aspirar para conseguir su transformación, conseguir la sabiduría que es mucho más que la acumulación de conocimientos, la sabiduría que es llegar a consustanciarse con lo esencial de la naturaleza.

                   Pasé a referirme a continuación a los miedos que a veces se enseñoreaban en uno, miedos provocados por nuestro condicionamiento cultural, miedo a enfermarse, miedo a la muerte, temores que perturban y que en un grado avanzado quizás fueran la misma causa de la enfermedad. Y sin más preámbulo confesé que yo estaba en ese momento con bastante miedo, procediendo a mencionar que lo atribuía al hecho de que estaba durmiendo poco. Este había sido uno de mis problemas en las crisis anteriores, y al darse una vez más el caso, comenzó nuevamente el miedo. Me referí a ciertos episodios y narré otras visiones oníricas habidas, pero  en síntesis sentía que me acometía el miedo, el miedo de que la falta de sueño me llegara de nuevo a enfermar y desequilibrar. De cualquier manera, en medio de la intranquilidad en que estaba sumido, declaré que las mismos mensajes oníricos, entre los cuales estuvo la imagen de un cronista del diario ABC Color, me indicaban que debía obrar sencillamente con espontaneidad: que si estaba cansado debía dormir en su momento, que si tenía hambre debía comer, acorde con lo que decía un maestro del budismo Zen, citado por  Fritjof Kapra; que en realidad uno debe limitarse a realizar lo que espontáneamente, naturalmente está queriendo o debiendo hacer, entendiendo que quienes obran de esa manera son los que realmente pueden sentirse bien. Lo que estaba diciendo, según lo puntualicé, tendía a infundirme la valentía que necesitaba para comprender mi propia naturaleza con el fin de lograr lo que me estaba proponiendo, que era conseguir un mayor bienestar, una mayor profundidad en la percepción de las cosas, una mayor comunicación con toda la gente que me rodeaba, una mayor capacidad para apreciar la belleza, para sentir el amor, para ver en cada uno con mayor nitidez sus aspectos buenos y minimizar sus deficiencias, de modo que dentro de todo me sintiera mejor e hiciera sentir mejor a todos los que me rodeaban.


 

                                               XXVII


                                      “La fe ciega” me movía a escarbar en lo más recóndito para encontrar las razones que justificaran esa oleada de energía incontenible que una vez más me arrastraba por sus fueros


                   La manera febril de funcionar mi mente, que se deduce de las transcripciones precedentes, sin descartar el descanso y la relajación a los que se aludía en ellas, en otro aspecto ponían de manifiesto que la tensión nuevamente se había apoderado de mí, la cual se había elevado a un grado extremo. Era “la fe ciega” que me movía a escarbar en lo más recóndito para encontrar las razones que justificaran esa calenturienta oleada de energía incontenible que una vez más me arrastraba por sus fueros.

                   El día jueves 2 de marzo de 1.995 me desperté a las dos de la madrugada, después de dormir cinco horas, y arremetí de nuevo con la grabación. Comencé contando un sueño bastante impresionante en el que me ví viajando con mi hermana Leonor, ya fallecida, desplazándonos en un colectivo que de un nivel inferior tenía que dar un salto a otro superior con el que no existía ninguna comunicación física, por lo que parecía medio imposible hacerlo. Esa es la imagen que se describe, y al momento de despertar, sin llegar a concretarse el salto, viene a mi mente esta frase:“por favor no me hagan más daño”. El despertar, pese al clamor que se profiere, se produjo con una sensación de haber descansado plenamente.

                   Pero hete ahí que de nuevo me desparramo, comenzando por dar un significado concreto al sueño  -- que atinadamente lo interpreté como la necesidad de morir a mí mismo y decidirme a dar el salto para ir por el sendero del nivel superior, en compañía de mi hermana fallecida -- y prosiguiendo con la mención del pánico que me estaba atormentando a raíz de la imposibilidad de dormir, que se tradujo en la exclamación que apareció en mi mente al tiempo de despertarme.

                   Acoté también que no solo por eso estuve con miedo, sino por algunas “cosas raras” que me habían pasado, una de las cuales, la de haber puesto el día anterior a funcionar la grabadora, y no poder escuchar en un principio lo que había grabado; luego, retrocedí la cinta de donde estaba, y ahí recién pude escuchar. Otra cosa que me pasó después fue que, estando en el Ytororó Country Club, donde me fui con mis hijos por la tarde, tras caminar cuatro vueltas largas  por el sendero destinado a ello, que me llevó una hora hacerlo, y después de nadar un buen momento, cuando me fui con Leonardo al vestuario, de repente se apagaron las luces y creí que alguien las había apagado. Él y yo tratamos de prenderlas con la llave, no se prendieron, y pensamos que se apagaron desde fuera; después vino Pablo Emilio y él sin embargo las prendió. Como lo señalé, me dio la impresión de que no estaba nadie adentro, que pudo haber estado alguien que al salir procedió a apagarlas, pero lo cierto es que me produjo una sensación de susto, de miedo, que lo asocié con lo que anteriormente me había ocurrido cuando pasé por situaciones similares en que llegué a desequilibrarme y enfermarme, cuando acontecíera conmigo esa especie de cambio que estaba sintiendo de nuevo; de ahí el miedo, el susto, sumado al hecho de que no estaba pudiendo conciliar el sueño en forma seguida, para dormir lo suficiente, según pensaba.

                   Al momento de hacer la grabación me sentía perfectamente bien, bastante descansado, según declaré, repuesto de la caminata que hice el día anterior donde me cansé mucho, y aunque no era usual que me despertara a las dos de la mañana, en ese momento me sentía bien y exteriorizaba mi expectativa de poder seguir sin tantos quebrantos ni sobresaltos. Estaba preocupado, sin embargo, pero aceptaba la posibilidad de sufrir, porque según dije, en el cambio uno probablemente siempre sufre. Ansiaba en tanto que ese sufrimiento no estuviese mas allá de mi capacidad y de mis fuerzas, y no me sumiera de nuevo en esa inestabilidad, en esa incertidumbre, en esa enfermedad que era lo que había acontecido conmigo anteriormente, y que me hizo sufrir muchísimo; advirtiendo que posteriormente “no permanecí” en el cambio. Paradoja lingüística curiosa que hice notar al correr de las palabras, ya que el cambio precisamente significa “la impermanencia” de todas las cosas. Impermanencia que uno debe aceptar para “permanecer en el cambio”, entre ella, la impermanencia del ser humano que se halla en cambio constante, en un fluir permanente en medio de todas las cosas del universo, que el hombre debe acompañar aceptando eso y no aferrándose a formas fijas, aceptando todo, incluso la muerte, como una parte de la vida, y actuando con la naturalidad, espontaneidad y autenticidad que se requieren para que pueda conseguir sentirse en plenitud, sentirse bien y ser justo, actuar con justicia, que en definitiva es lo que debe hacer todo hombre que quiera lograr la paz interior, en cuya búsqueda uno se ha embarcado.

                   Este barbotar desenfrenado, aunque muestra una inspiración que nacía de lo hondo, evidencia que la mente me estaba jugando nuevamente sus malas pasadas. Los miedos eran la causa de la aparición de las “cosas raras” y también del insomnio, sin descartar la tensión que se había apoderado de mí sin posibilidades de controlarla.

                                       

                

                                               XXVIII


                                      Si bien no sabía si era apropiado llamar Dios a algo que está mucho mas allá de la mera superficie en que se desenvuelven nuestras vidas cotidianas, me venía la impresión de que “ese algo” tenía diferentes maneras de llegar a quienes lo buscaban, e incluso indicaba a quien lo buscara la forma de obrar, le daba señales, sin que por ello éste tuviese que temer de tales señales


                   La precedente parrafada fue desembuchada al despertar a las dos de la mañana, tras lo cual me puse a leer un poco y a meditar otro poco, vale decir, a dejarme llevar de nuevo hacia el estado del ensueño o entresueño jugando con las imágenes, o jugando ellas conmigo, procediendo después a consignar en la cinta de grabación una ráfaga de imágenes semioniricas que se me presentaron cuando me puse a descansar, a relajarme, a transitar por el umbral del sueño. La fuerza de esas imágenes y el intento de darles una interpretación en ese estado mental arrebatado y tenso en que me hallaba, hacen que los mismos revistan interés para esta exposición. 

                   Mencioné en primer lugar la  imagen de una mujer en la parte del hombro para abajo, no veía su cara,  estaba solo parcialmente vestida, lo que veía principalmente era su ropa interior de abajo que se estaba poniendo, observando unas heridas o unas lastimaduras en la piel que estaba tratando de cubrir con la ropa interior, y de improviso en la escena aparece un gran perro; eso fue todo. Interpreté esta visión atribuyéndole un significado acorde con lo leído  en el libro “El camino de los sueños”, donde se explica que a veces aparece en sueños un animal, un perro, tratando de sacarle a uno la ropa, que simboliza el intento de despojarse de la máscara que se utiliza normalmente en el convivir diario con la gente, esa máscara que uno llega a forjar, de la que cuesta despojarse, que se identifica en este caso con la ropa; también con lo dicho en el libro de que la imagen de la mujer en los sueños simboliza normalmente “el ánima”, el alma profunda de uno, con la que uno quiere unirse para encontrarse a sí mismo. Y puesto que en ese mismo libro mencionaba que, despojándose de ese yo artificial, creado por la cultura mundana, uno puede llegar a unirse con su “yo” esencial, ese fue el sentido que le dí a esa imagen, tras presentarse en mi campo mental. .

                   Otra imagen que se me apareció fue la de mi hermano Marcial y una camioneta grande, de doble cabina, que partía velozmente, dejándole prácticamente sin poder subir en ella.  Apliqué al sueño la interpretación que se indicaba en el libro y procedí a identificarme con mi hermano Marcial, y a la camioneta, con el medio de transporte que me tenía que llevar por el camino que estaba emprendiendo, del que podía separárseme si me aferraba a esa mi personalidad cotidiana, superficial, de la que habla el libro; el cual dice que el hecho de ver a otras personas en los sueños debe entenderse normalmente que son como reflejos de nosotros mismos, que tienen los defectos o las virtudes que nosotros a veces no podemos vencer o no podemos aprovechar en lo cotidiano. Una llamativa circunstancia que vale hacer notar es que, cuando mucho más adelante fui explorándome sistemáticamente a través de mis sueños, llegué a comprender que “mi hermano Marcial” en mis sueños simbolizaba casi en todos los casos a “la disciplina”. Simbolismo que en este trozo de imagen onírica es también perfectamente aplicable, como puede verse.

                   En otra imagen que describo le ví a Selva, mi hija,  y otra persona detrás, que no defino quién pueda ser, la primera iba bajando con un nene muy chico en brazos, bastante enclenque, medio raquítico, iba bajando una especie de escalera y detrás otra persona, como una sombra, de la que no supe definir su rostro; tampoco la imagen de Selva se me aparecía tan nítida. Lo cierto es que apliqué la interpretación del sueño que estaba aprendiendo e identifiqué  a Selva con mi ánima, nuevamente, y yo, que estaba en brazos de ella, bastante enclenque, tratando de bajar a la profundidad de mi ser para conocerme, para encontrarme a mí mismo, dejando de lado esa fachada que me servía para manejarme en este mundo, y que me impedía actuar de manera auténtica. Después de eso, otra imagen se me presentó en la que ví a otro nene ya un poco mayor, que estaba por recibir una marca de hierro candente, como la marca que se les hace a los animales. Esa fue una imagen rápida que ví y que me provocó algún temor, pero que lo interpreté finalmente infiriendo que ese nene sería yo mismo, y que ese transitar me marcaba con fuego, en el sentido de implicar una transformación, una gran renuncia a muchas cosas para poder lograr la autenticidad, para poder conseguir el encuentro conmigo mismo.

                   Por último recordé una imagen de un cielo completamente estrellado en medio de una esfera azul brillante, y se me ocurrió que todo este mundo, todo ese cielo, todo lo bello que uno mira no es sino el reflejo de Dios, que Dios mismo se refleja en todas esas cosas, y que es algo al que uno tenía que llegar a través de esa introspección que estaba haciendo, a través de esa exploración y búsqueda;  que Dios estaba en eso, a pesar de que esa palabra me evocaba ciertas ideas y ciertas predisposiciones adversas. Porque, tal como señalé, muchas veces pensé que Dios no era lo que la gente decía que es Dios, al menos no me parecía que lo fuera; incluso en ese mismo momento, no me parecía que Dios fuera lo que la gente piensa de Dios, lo que me enseñaron, o lo que yo entendí por lo que me enseñaron. Así que, realmente no sabía cómo llamarle, llamarle “Tao”, llamarle “la realidad definitiva”, lo cierto es que esa “verdad definitiva”, que sería Dios, trayendo a las mientes lo que decía Jesús, que él era “la Verdad”, el Camino a la Verdad, y la Vida; entonces, esa imagen del sueño me sugierió que todo este mundo, todo este universo que vemos con nuestros sentidos, no es sino un reflejo de esa “verdad definitiva”, de esa realidad, de esa vida eterna. Que lo que vemos, lo que apreciamos con nuestros sentidos era algo así como lo que se ve en un espejo, no la realidad real.

                   En fin, al término de todas esas secuencias me vino a la mente como de forma involuntaria, como por azar, el siguiente pensamiento “mi tarjeta Cabal por fin funcionó en Multired”. Fue una asociación de ideas ocurrida de manera inconsciente, relacionada con las dificultades que había estado teniendo anteriormente con mi tarjeta “Cabal”, las que fueron superadas cuando esa noche, en el supermercado, por fin pude pagar con esa tarjeta, la cual funcionó en el “post”, o sea, en el sistema electrónico que autoriza al comercio a utilizar la tarjeta.  Deduje entonces que desde lo profundo de mi inconsciente mi ser interior me estaba diciendo que por fin yo estaba funcionando en forma cabal, en esa “Multired”, en esa red compleja de relaciones profundas que se establece entre los hombres. Señalé que se me hacía que Dios estaba precisamente en esa profunda relación que uno tiene que buscar y encontrar, y que me sentía con mucha paz, con mucha tranquilidad, porque pensaba que se me clarificaban las cosas. Y si bien no sabía si era apropiado llamar Dios a algo que está muy en lo profundo, mucho mas allá de la mera superficie en que se desenvuelven nuestras vidas cotidianas, me venía la impresión de que “ese algo” se interconectaba y tenía diferentes maneras de llegar a quienes lo buscaban, e incluso indicaba a quien lo buscara la forma de obrar, le daba señales, sin que por ello uno tuviese que temer de tales señales. Declaré que estaba con menos temor al desequilibrio que anteriormente, el cual fue producto de mi miedo de entregarme plenamente a esa búsqueda, y que confiaba y creía que no volvería a ser presa del miedo. Sentía que había descansado plenamente en esa noche, cinco horas seguidas, y después había podido tener y mantener la mente más lúcida; y que estaba transitando, según entendía, por el camino correcto, comprendiendo que había algo mucho más en lo profundo, que si bien es un gran misterio, guiaba las cosas que ocurren en este universo, sin saber de qué manera,  pero donde la decisión valiente y justa de cada uno tenía su importancia para la mejor marcha y para la salvación probablemente de toda la humanidad. Siendo esa una forma de participar en la salvación: el decidir.


                                               XXIX


                            Estamos en lucha, en conflicto, en enfrentamientos, como resultado del apego que tenemos a esta parte superficial del universo, el cual tiene estratos más profundos


                   El discurso precedente fue “reatado” el 3 de marzo, a una hora indefinida, en que continué con la grabación. Aunque el mismo era reiterativo, desordenado y aparentemente inconexo en partes, traducía el estado de mayor lucidez, de mayor claridad mental, de mayor intensidad vital, el mismo estado de euforia, de bienestar y de comprensión de todo, que en las crisis anteriores había experimentado, y me habían hecho creer que las cosas podrían funcionar constantemente de esa manera.

                   Pero tal como lo declaraba, me daba cuenta en ese momento de que ese estado no se puede lograr de sopetón, no puede lográrselo de golpe. Y recordaba que cuando uno consigue ese estado de bienestar, que podía ser calficado con propiedad como una alteración de la conciencia o de la mente, un ir mas allá de la forma cotidiana de funcionar, cuando parece que todo cobra significado para uno, cuando uno asocia todas las cosas y pareciera querer entender ya de una vez por todas toda la realidad, cuando uno se encuentra en ese estado y pretende aferrarse a él, entonces acontece el desequilibrio. Lo que fue relacionado con lo que me había dicho mi médico anteriormente, que ese estado no es normal, que no debe ser así, porque era como si un automóvil estuviera funcionando a su velocidad máxima, y estuviera siempre en esa velocidad, lo cual llevaría indefectiblemente al deterioro del vehículo.

                   Las palabras que siguen vertiéndose en el registro sonoro reflejan tumultuosamente los temores que caminaban por mi cabeza, rememorando las “cosas raras” a las que me había referido, que me colocaron en el temor de volver a caer en la enfermedad,  declarando en un intento de tranquilizarme que esas cosas tal vez me parecían raras porque mi propia mente funcionaba en situación alterada, o aún, que quizás la propia realidad estuviese mas allá, y no estaba pudiendo entenderla. Reflexionaba que no era el caso de pensar que fuese Dios quien hubiera estado enviando sus mensajes, como anteriormente había creído, porque debía descartar definitivamente que Dios funcionara de forma absurda, como ocurriera cuando anteriormente me enfermé, cuando llegué a asociar cada cosa con un mensaje de Dios, lo cual era una cosa sin sentido. Acoté que eso evidentemente había obedecido, y me daba cuenta, a la manera asociativa de hacer funcionar mi mente diferenciadora y categorizante, la cual tendía a asociar una cosa con otra, de tal modo que me hacía actuar maniáticamente, lo cual era debido a los muchos hábitos que tenía de los que no podía despojarme y de los que debía despojarme poco a poco sin duda. Señalé que esa manía, al entenderla, no la volví a poner en práctica. O sea, que había llegado a captar que  uno puede estar en un estado de mucha euforia, y no necesariamente estar pensando que Dios está dirigiendole sus mensajes, o que uno sea el elegido o el destinatario de tales mensajes;  en fin, esas cosas que a uno le llevaba a alterarse y a desequilibrarse. Enfatizaba que uno debe comprender que ese es un estado al que va accediendo poco a poco, y que requiere un camino largo a ser transitado.

                   Mezclaba las ideas un tanto indiscriminadamente, producto de las experiencias y datos recogidos de diversas fuentes. Aludí a la preocupación de estar durmiendo menos de lo que usualmente dormía, a pesar de lo cual creía haber descansado plenamente en la noche que pasó; y que además había estado pensando que existían otras formas de descansar como el relajamiento al que me referí, y que uno puede, a lo mejor, tener una gran capacidad de hacer muchas cosas más, una potencialidad inexplorada; que quizás podría llegar a conseguir una paz interior muy grande al entenderse, aunque ello tuviera sus riesgos. Pues, la manía diferenciadora y asociativa de la mente racional hacía que de repente uno no comprendiera lo que le estaba aconteciendo, por lo que traía a colación las ideas de la cultura a la que estamos adscriptos; por ejemplo, que Dios es “alguien” que está dirigiendo el mundo “desde arriba”, y que uno puede recibir de él un mensaje. O también que se le ocurriera múltiples ideas hermosas que en contrapartida le infundían un sentimiento de culpabilidad que podían hacerle caer en una depresión tremenda, que es una situación terrible y desequilibrante. Porque, probablemente, esa capacidad uno tiene que ir desarrollándola poco a poco, despojándose de una cantidad de prejuicios, de hábitos y de malas interpretaciones de la realidad. Por ejemplo, interpretar literalmente ciertas cosas, ciertas enseñanzas que parecen sublimes, por decir, del cristianismo, que uno tiende a interpretarlas en forma literal, cuando que lo literal, la letra, no puede expresar la verdadera realidad; la letra, la palabra que se diga no puede reflejar la esencia de las cosas, simplemente son representaciones, y si apelamos a las palabras es debido a que es una de las formas usuales de comunicarnos y esa es la manera en que podemos trasmitir en lo cotidiano nuestras experiencias. Aunque existe evidentemente una manera mucho más profunda de comunicación como es por ejemplo el amor que uno brinda a los seres queridos, el amor que uno puede brindar a la humanidad y a toda la naturaleza y a la vida. Ese amor se trasmite sin duda sin palabras, se trasmite de una manera mucho más fuerte y profunda, pero es una cosa que uno debe aprender transitando poco a poco por el sendero del aprendizaje, de la renuncia de sí mismo. En este punto manifesté mi desconcierto, señalando el equívoco que en ciertos casos suscitaban las palabras, porque el “sí mismo”  en realidad está muy en lo profundo, según el libro “El camino de los sueños”, mentado varias veces. El “sí mismo” no es el yo superficial, razón por la cual la renuncia que uno tiene que hacer es al “yo” egoísta, como enseñaba Jesús cuando decía “niégate a ti mismo”; es la renuncia a esa parte superficial de nuestro ser que nos ata a las cosas fijas, cuando el mundo es un flujo perpetuo de cambios constantes, interminable, y nosotros mismos somos un cambio perpetuo y constante. Y el amor que debemos dar es mucho más profundo, es mucho más verdadero, cuando llegamos a  comprender que nada es fijo, nada es permanente, que la muerte forma parte natural de la vida, debiendo aceptar que las cosas son como son de manera transitoria, efímera, y aunque las sintamos con mucha intensidad, y nos afecten también los dolores y el sufrimiento que aquejan a toda la humanidad y a todas las cosas que nos rodean, comprender que esos dolores son parte natural de un universo que tiene un estado de cambio y va camino de su perfeccionamiento; ese sufrimiento que a veces vemos tan de cerca, cuando nuestros seres queridos se enferman, o cuando nos apegamos en demasía a las cosas materiales. Estamos en lucha, en conflicto, en enfrentamientos, como resultado del apego que tenemos a esta parte superficial del universo, el cual tiene estratos más profundos, como decía en el libro de marras. En realidad, esto está en la superficie de la esfera, mientras que en la profundidad de la esfera existen muchísimas cosas más ricas que uno debe ir conociendo y explorando.




                                               XXX


                            Lo que estaba diciendo, era una especie de recuento de lo que me estaba pasando para tratar de centrarme, de equilibrarme a fin de conseguir ese estado de bienestar, ese sentirse bien del que hablaba cuando comencé a realizar esas grabaciones, ese sentirse genuinamente bien, pero profundamente bien, no un sentirse superficialmente bien, ya que también puede uno tener una sensación de bienestar superficial, y eso forma parte de la vida, tampoco hay que desdeñarlo


                   “De la abundancia del corazón habla la boca”, dice la sentencia bíblica, y eso es lo que se aprecia en la trascripción que precede. Conforme lo recalqué a continuación, en esos pocos días yo había tenido una serie de experiencias muy intensas y muy profundas que me infundieron bastante miedo de volver a caer en aquel estado patológico en el que sin duda estuve anteriormente, en ese estado de desequilibrio al que temía. Sin embargo me consolaba diciendo que esas reflexiones me iban a ayudar a entender mejor las cosas y a no caer de nuevo en esa alteración “en forma definitiva”, como también a comprender que todo eso iba ir profundizándolo lentamente.

                   Y en este punto procedí a narrar una de las experiencias que tuve, ocurrida en el día anterior, en que vino a hablarme un potencial cliente, un señor que había sido operado de la laringe y de las cuerdas vocales, a quien le habían sacado todo eso por un cáncer que tenia, y no obstante, podía hablar; contrariamente a lo que le había pasado a mi padre (ya fallecido), el cual se había operado de la misma cosa, y no podía hablar; y me decía este señor que los médicos estaban sorprendidos de que pudiera hablar, a pesar de que no hablaba de una forma tan fluida, lo hacía resoplando y balbuceando (tal cual yo también lo estaba haciendo ahí, en la grabación, como apunté con humor); pero él se hacia entender perfectamente, podía yo comprenderlo; y me contó esta persona que los médicos le habían dado solamente seis meses de vida; y cuando él vivió dos años más, ellos no lo querían creer, porque era muy sorprendente que no hubiera hecho metástasis su cáncer;  y resulta que en ese momento ya llevaba viviendo cinco años desde entonces; incluso me comentó él que en un momento dado intentó suicidarse, agarró una pistola Baretta y gatilló dos veces por su frente y en las dos veces el arma no se disparó, después agarró y gatilló fuera y ahí se disparó el tiro; “entonces --dijo él-- esto debe ser una disposición de Dios, que yo no tenga que suicidarme; a pesar de que pensé si por qué tendría que hacer sufrir tanto a mi gente por el estado en que me encontraba; y sin embargo, no llegué a morir”. Fue una cosa hasta simpática, si se quiere, ya que en un principio a mí me había provocado una especie de miedo o pavor por la forma como él hablaba, y era una cosa extraordinaria constatar que él pudiera tener esa fuerza para seguir tan bien aferrado a la vida, incluso me había llamado la atención porque había actuado de una manera muy generosa con una persona que trabajó con él cerca de doce años, la cual lo estaba denunciando ante el Ministerio de Justicia y Trabajo y estaba actuando con él de manera infiel a pesar de que, según me manifestó, él se había enfrentado incluso a toda su familia para mantenerlo en su trabajo, y también le había cedido una parte de su patrimonio como accionista de una Sociedad Anónima que constituyó; y a pesar de todo, le estaba denunciando. Esto era precisamente el motivo de la consulta profesional que vino a hacer conmigo. Lo vi muy enojado con su ex empleado y estuve escuchándolo atentamente, conforme lo relaté en esa ocasión. Y a modo de ejemplo, mencionaba que dicha experiencia, con ser muy extraña, no había provocado en mí una reacción como podría haberlo hecho si hubiera estado en aquel estado patológico del que hablaba, en que lo hubiese interpretado automáticamente asociándolo a cosas sobrenaturales, como si se tratara de mensajes concretos de Dios que me indicaba que debía hacer esto o lo otro; y por ende, me obsesionaba, y hacía esto y hacía lo otro, excediéndome en mis fuerzas, de tal manera que en un momento dado llegué a desequilibrarme y a hundirme.

                   Agregué a continuación que pese a la serie de cosas que me estuvieron pasando, esta vez pude mantener, gracias a Dios, la calma y la lucidez, y no caer en ese comportamiento maniático, al menos hasta ese momento; no estaba cayendo en eso, y me estaba observando atentamente, alerta por lo que me pudiera pasar para tratar de comprenderme. Dije que estaba imaginando y pensando que podía conseguir mejorar, podía conseguir conocerme más profundamente, podía incluso conseguir conocer a Dios, porque el hecho de que en ese estado uno tiene una convicción muy profunda de que existe una cosa que está “mas allá” y que es medio sobrenatural, era algo realmente gratificante; si bien eso tiene que entenderse como un misterio y no inducirme a actuar como anteriormente actuaba, interpretando literalmente las ideas y las asociaciones mentales, que me llevó a obrar de una manera maniática hasta sumirme en ese estado de depresión, de enfermedad que me dejó muy mal, que me había dejado muchas heridas, como se insinuara en el sueño en que vi a la mujer que tenia una suerte de magulladura y heridas en la nalga; heridas que tenía que ir superando, y el camino para conseguirlo, como lo enfatizaban todas las enseñanzas de sabiduría, tenía que ser un camino de sufrimiento purificador, un sufrimiento que implicaba la mayor comprensión de uno mismo, un sufrimiento no patológico, que no tendría que ser patológico, sino un sufrimiento que es parte de la naturaleza para acceder a niveles superiores de conciencia y de unión con Dios o con el cosmos; una unión plena,  una comprensión de que la muerte propia, la de ese yo, no es sino una parte esencial de la propia naturaleza, de donde se infiere que no debe uno aferrarse a ese yo externo, ya que en lo profundo es donde existe la identidad de uno mismo.

                   Terminé mi alocución de esa vez mencionando que me acontecieron numerosas experiencias y que era imposible narrarlas todas; y que, lo que estaba diciendo, era una especie de recuento de lo que me estaba pasando para tratar de centrarme, de equilibrarme a fin de conseguir ese estado de bienestar, ese sentirse bien del que hablaba cuando comencé a realizar esas grabaciones, ese sentirse genuinamente bien, pero profundamente bien, no un sentirse superficialmente bien, ya que también puede uno tener una sensación de bienestar superficial y eso forma parte de la vida, no hay que desdeñarlo; pero ante la cantidad de sufrimientos que uno va experimentando, de dolores, de conflictos, entonces uno llega a pensar que debe existir un estado más profundo de bienestar, y a eso estaba propendiendo con esas grabaciones, con esa exploración de mí mismo que estaba haciendo y que estaba registrando en esos cassettes.


                                               XXXI


                   Me sentía un tanto desaforado tras varias horas sin dormir, aunque la tensión que me subyugaba me energizaba y potenciaba para echarme de lleno a la actividad que tenía entre manos

                  

                   Las palabras salían atropelladas, a trompicones, buscando un cauce por donde derramarse. Estaba “fuera de mí”, podríamos decir, pues la fuerza que me zarandeaba, que me llevaba por sus fueros, que me arrastraba, era irresistible, “me poseía” de tal modo que la débil voluntad que podría ser catalogada como mía, se había rendido completamente a ella. Este no es obviamente un asunto sencillo, pues “lo que uno es”, lo que a uno “le pertenece”, en ciertas circunstancias se presenta sumamente difuso, y en verdad la mente simplifica nomás las cosas para no ser completamente desbordada, aplastada, anulada, aniquilada, desarticulada, destrozada, desorientada, extraviada, fundida. Empero, esa es la manera como esa fuerza “externa” que ha sido configurada válidamente como “un ente” trabaja sobre uno para modelarlo, para construirlo, para ir llevándolo por los derroteros que para él tiene establecidos.

                   La ya extensa exposición de esa fecha, viernes 3 de marzo de 1995, prosiguió en otro momento posterior, a hora indeterminada, posiblemente  a la noche, antes de acostarme. Allí declaré una vez más que las experiencias que me sucedían eran realmente espeluznantes, que era difícil comprimir en un espacio de tiempo tan pequeño todo lo que me estaba aconteciendo y lo comparé con un intento de atrapar la eternidad; pero persistía en seguir registrando lo que me pasaba en ese tanteo de conocerme a mí mismo, pues eso quizás me ayudara a salir airoso en esa empresa.

                   Comencé diciendo que, después de grabar todo lo que antecede, me dispuse a descansar en la forma acostumbrada del relajamiento, y nuevamente tuve unas cuantas visiones o imágenes. Entre otras cosas, vi la imagen de una persona o el espectro de una persona medio encorvada, quizás por la edad, lo percibido era prácticamente su espina dorsal, no estaba muy claro, pero la impresión era que había una especie de dolor en su espina dorsal; posteriormente vi una imagen de dinosaurio, o un pequeño reptil en el que parecía que se trasmutaba la imagen anterior, el cual estaba bebiendo agua; y más adelante vi unas bombillas y unos mates; todo lo cual  me sugirió la idea de que se trataba de una especie de feto que estaba muriendo y naciendo al mismo tiempo; después, va evolucionando, toma la forma de un reptil, está bebiendo el agua, y me vino a la mente el pensamiento de que hay que beber el agua del que hablaba Jesús, que bebiéndolo nunca más se tendrá sed. La imagen que siguió, el mate con las bombillas muy brillantes me hicieron pensar en la comunión, en la común unión de toda la gente, simbolizada por el mate que se comparte en las reuniones. Comenté que esas visiones eran muy interesantes y que las tuve mientras descansaba muy bien. Me referí a continuación a otra imagen que percibí, la de alguien patinando sobre hielo; la cual me trajo a las mientes el equilibrio difícil que tenía que lograr en la coyuntura en que me encontraba, reiterando que no obstante me sentía muy descansado.

                   Procedí seguidamente a narrar una experiencia de ese día en la mañana, lo que implica que la anterior grabación lo habría realizado en la madrugada de esa fecha 3 de marzo, después del despertar a las dos de la madrugada que equivocadamente le asigné la fecha del día anterior. Vale decir, en esa madrugada realicé las grabaciones en dos o tres tandas, al no poder conciliar ya el sueño con posterioridad a ese primer despertar, pudiendo apenas pasearme por lo que dí en llamar el “umbral del sueño”, ese estado de relajamiento mental que me deparaba experiencias desconcertantes, novedosas por la atención especial que había comenzado a prestarles y el sentido que les atribuía, maravillosas y extrañas en sí mismas.

                   La experiencia de la vigilia en la mañana conistió en que al llegar a mis oficinas encontré a gente que ya me estaban esperando, con quienes me puse a trabajar movido por la actitud de servicio que se agudizaba en mí cada vez que me acometían mis crisis. Lo más extraordinario del caso es que después de trabajar en forma muy intensa en la preparación de una acción de amparo en contra de un grupo rival al de mis clientes en un sindicato, constatamos posteriormente, tras ocuparnos del tema casi toda la mañana hasta concluirlo, que nuestro trabajo resultó completamente estéril, porque el otro grupo se había adelantado a nosotros presentándose al Juzgado a pedir lo contrario de lo que nosotros pretendíamos, y el juez ya había resuelto el caso concediéndoles la petición. Para mayor desconcierto, en el  ínterin en que nos abocábamos a la tarea, ocurrieron cosas extrañas, como por ejemplo, que la computadora, inexplicablemente, dejó de funcionar en un momento dado, normalizándose de manera igualmente inexplicable rato después. Importante es destacar que me sentía un tanto desaforado tras varias horas sin dormir, aunque la tensión que me subyugaba me energizaba y potenciaba para echarme de lleno a la actividad que tenía entre manos.



                                               XXXII


                                      Dije que estaba procediendo a grabar esos pensamientos para tratar de poner un poco de orden en  todo lo que estuvo pasando; y cuando me pusiera a escribir sobre eso, probablemente trataría de ordenar mejor esas ideas


                   Efectuada la grabación precedente, según se colige de las secuencias que integran su contexto, me eché a dormir, despertándome tras cinco horas seguidas de sueño, una vez más. Así declaré en la grabación que sigue a la anterior, rescatada de la cinta fechada el mismo día, viernes 3 de marzo de 1995. No me acordaba prácticamente nada de lo que pude haber soñado, salvo haber visto una especie de piedra redonda que caía hacia abajo, que mi memoria capturó en un momento, al despertar,  y en otro momento, también  al despertar, venírseme la idea de que “esto estaba ocurriendo muy lejos, en París o algo así”. La confusión de las fechas se hizo patente en ese punto pues mencioné el día anterior, al mediodía, como el 2 de marzo, recordando que me acosté para descansar y no dormí, a pesar de haberme despertado de madrugada en ese día y haber dormido solo 5 horas la noche anterior. Las cinco horas de sueño de “la noche anterior” posiblemente se refería a la que recayó en la madrugada del 3 de marzo, y esa en que estaba ya era probablemente la madrugada del día sábado 4 de marzo en la que estaba trasvasándose la noche de que se trata, que fue fechada como la del 3 de marzo. Continué con mi disquisición diciendo que a pesar de que no dormí en aquel mediodía, pude acceder al estado de completa relajación y descanso, en el que me venían como ráfagas las imágenes que son previas al sueño, que me sugerían ciertas asociaciones de ideas, como también me había ocurrido antes,  en el tiempo en que estuve preso de mis crisis sicóticas. Sin embargo, según lo especifiqué, esa vez estuve relacionando dichas asociaciones con la aplicación de los símbolos y la técnica de interpretación indicada en el libro “El Camino de los Sueños” que estaba leyendo.

                   Entre tales imágenes, una que recordé, fue la de una mujer joven, hermosa, en la parte del busto para arriba, con un pelo lindo, con el cabello por el hombro, un rostro muy hermoso que es “reconocido” por mí al verlo, pensando que se trata de Selva, mi hija. Aplicando lo leído en el libro, al venirme esa imagen pensé si sería mi “ánima”, que es el “yo” esencial, o en su defecto, la de “la madre tierra”,  que son las imágenes arquetípicas, como menciona dicho texto, indicando que mientras uno va tratando de profundizar en el conocimiento de sí mismo a través de los sueños, se le aparecen esas imágenes. La de “la madre tierra” sería la representación de la unión que uno tiene con su madre y la dificultad de sustraerse de la condición de animales, al vivir bastante apegado a la parte material o superficial, esa suerte de lazo que nos liga a este aspecto de nuestro ser y que nos cuesta romper. Algo similar a lo que ocurre con la máscara que nos forjamos que había indicado anteriormente, para poder representar un papel ante los demás y no ser auténticamente nosotros mismos sino representar ese papel, aparentar no nuestro auténtico ser sino un yo que se va formando en base a esa forma constante de vivir superficial que tenemos. Me pregunté entonces si al “sentir” esa imagen tenía que “identificarla” con la de la madre tierra, o con “mi ánima”, esa parte de nuestro ser que deberíamos conocer verdaderamente para estar unidos con nuestro ser esencial, ya que normalmente vivimos como divorciados de esa ánima, que seria nuestra alma genuina,  y la encontraríamos cuando profundicemos en el conocimiento de nosotros mismos.

                   Volviendo a lo enseñado en el libro, recalqué que en ese emprendimiento  de conocerse profundamente a través de los sueños y de atender a los mensajes de sabiduría que emanan de esos sueños que vienen de lo profundo del ser de uno mismo (reiterando que el tema del yo y de uno mismo es un poco confuso), según la terminología utilizada por este autor (que se remontaba a otro que estudió los sueños, Carlos Gustavo Jung), según el aludido autor, nuestra vida se desenvuelve de manera muy superficial y no llegamos a conocernos profundamente ni a atender a la integridad de nuestro ser sino que vivimos de manera completamente alienada; y a través de los sueños uno puede ir conociendo los mensajes que nuestro ser interior nos envía para vivir en plenitud, cada vez mas profundamente, y llegar de esa manera a conocer a Dios. Ese es el objeto de ir escudriñando en los mensajes de los sueños, como él plantea.

                   Añadí que yo estaba comprendiendo estas cosas, a pesar de que costaba explicarlo.No obstante, dije que estaba procediendo a grabar esos pensamientos para tratar de poner un poco en orden todo lo que estuvo pasando; y cuando me pusiera a escribir sobre eso, probablemente trataría de ordenar mejor esas ideas. De ahí que en esa mala explicación (de la que no  se podía decir siquiera que estuviese balbuceando, más bien se diría que estaba hablando de una manera torpe), del camino que el citado autor indicaba para ir conociéndose a través de los sueños, estaba mencionando que al tener la visión de esa imagen se me ocurrió si sería la del ánima o la de la madre tierra. Decidí en ese punto que  no lo sabía. Acto seguido, me sumí de nuevo en el estado de relajación y descanso, y me vino una nueva imagen, la del terreno de la casa donde estaban viviendo Selva y Marcos, acompañada de esta idea: “el banco de Luque  fue a parar a ese terreno”.

                   En el proceso interpretativo en que estaba, recordé entonces que en la obra de marras  el autor mencionaba que la imagen de la madre que uno suele tener en los sueños era una especie de intento de unión incestuosa con la madre, y uno se aferra a esa imagen. Me viene también a la cabeza la idea de que el terreno en cuestión fue comprado de una familia cuyo apellido era Luque, que era el terreno que en la imagen onírica había visto.Lo del banco, no supe qué pensar de eso al principio; sin embargo luego se me ocurrió que todo mi capital, todo mi conocimiento sobre mí mismo, estaría concentrándose en ese lugar, y lo relacioné con Selva que estaba viviendo en ese terreno y cuya imagen se me presentó en la primera parte de estas visiones. Y sin embargo, no llegaba todavía a entender si la imagen era de “la madre tierra” o de “mi ánima”. Enfaticé en ese punto que era una cosa que, dentro de todo, estaba pareciéndome muy linda, como si uno sintiera o tuviese una visión preciosa y no pudiese entenderlo plenamente.

                   Pero como reforzando las anteriores experiencias, al volver una vez más al estado de relajación y de descanso, en el umbral del sueño donde la mente fluye libremente, en ese mismo instante ví de nuevo un césped, una parte de la tierra del parque Carlos Antonio López; era una tierra húmeda, una cosa bella que dentro de ese estado en que estaba me provocó una sensación de bienestar. Y ahí ya directamente llegué a la conclusión de que la imagen que inicialmente se me había aparecido era la de “la madre tierra” y no la de “mi ánima”, con la cual (con la madre tierra), en ese trabajo de exploración de mí mismo, me estaba sintiendo muy atado, sin poder desprenderme de esos lazos a los que me estaba refiriendo. Que me tenían fuertemente atado, y de los que cuesta renunciar para ir profundizando en ese conocimiento; agregando que evidentemente esa senda es una senda de mucho sacrificio, de renuncia a una serie de hábitos, a una serie de apegos que uno tiene hacia todas las cosas y todas las personas con las que convive, un apego que, conforme había leído también en esos días, es lo que le ataja a uno para ir elevándose hacia un nivel de conciencia superior, hacia un mayor conocimiento de uno mismo y de la realidad definitiva, de la verdad. Pues, señalé que pensábamos erróneamente que la verdad consiste en las cosas que vemos, en las cosas que sentimos, en las cosas que vivimos; que la verdad es fija, razón por la cual nuestra mente condicionada se aferraba a la parte superficial del mundo, a la madre tierra, y no va buceando al fondo de la realidad, que es diferente de lo que vemos simplemente, hay una realidad que es más profunda si es que uno investiga.



                                             XXXIII


                            El desenfreno verbal prosiguió pujante, y continué arremetiendo sin pausas con las palabras


                   El esfuerzo dialéctico que se aprecia en la exposición precedente es notable, hasta recalar en la solución del dilema planteado por las imágenes semioníricas forjadas por la mente. A decir verdad, la energía se hallaba de tal modo comprimida que se abría paso en invencible exuberancia. Pero el desenfreno verbal prosiguió pujante, y continué arremetiendo sin pausas con las palabras.

                   Insistí entonces en que aquella realidad era la que le permitía a uno llegar a experimentar estados de mayor bienestar, de mayor equilibrio, de mayor profundidad, trayendo a colación a un autor ya mencionado, Fritjof Kapra, el cual se refiere al misticismo de las corrientes filosófico-religiosas del Oriente, desarrollando una serie de ideas para tratar de establecer un paralelismo entre la ciencia, que se desarrolló en esta parte occidental del mundo, y el misticismo oriental. Dije que, conforme a lo leído y aprendido de la lectura del libro de su autoría, también llegué a comprender que la vida en sí es mucho más que lo que vemos en la mera superficie, ya que lo que percibimos con nuestros sentidos es solamente una parte de ella, y podemos, si tratamos de profundizar ese conocimiento, llegar a un estado de iluminación, como es llamada esa experiencia, y conocer la realidad verdadera, la realidad definitiva, conocer la verdad para vivir en un estado de mayor equilibrio, de mayor bienestar, y no estar permanentemente arrastrados por las angustias cotidianas que nos llevan a considerar la realidad como fragmentada, compuesta de cosas separadas, aisladas, en categorías que no tienen conexión unas con otras. Afirmando este autor que la enseñanza básica de esas corrientes de pensamiento es que todas las cosas se encuentran plenamente interconectadas e interrelacionadas, y que la sabiduría no se consigue precisamente con la manera de pensar científica que consiste en medir, en analizar todas las cosas; la cual ciertamente es una forma de conocer también la realidad, pero solamente de manera superficial; porque la manera como vemos y sentimos no es sino una consecuencia de nuestra mente diferenciadora y categorizante, y en esta forma de funcionar la mente, dejamos de lado la otra, que es la forma intuitiva, que da acceso a otra forma de conocimiento.

                   Continué mi razonamiento señalando sobre el punto que está dicho y sabido que el cerebro tiene dos hemisferios, uno, la parte racional y otro, la parte intuitiva; y que cuando estamos actuando en la forma en que se actúa en la investigación científica, se hace prevalecer la parte racional, analizando, separando, diferenciando y llegando a considerar a las cosas como objetos aislados, de manera que no vemos la interrelación íntima que existe entre todas las cosas, entre nosotros mismos y todas las demás cosas; y que la totalidad del universo está interrelacionado incluyéndonos a nosotros, y al incursionar con nuestra mente intuitiva en el conocimiento, llegamos a tener una sabiduría diferente, una sabiduría que, si bien no tiene por qué descartar esa otra parte, la parte superficial y la parte racional de nuestra mente; sin embargo, al unir ambas formas de pensar, uno llega a conocer de manera mucho mejor y profunda la realidad.

                   Determiné con convicción que esas reflexiones venían a exponer lo que estaba aconteciendo conmigo en ese proceso exploratorio, aunque en forma muy desordenada. Alegué que, definitivamente, la parte racional de mi mente, por lo visto, no tenía tantas aptitudes para expresar las cosas, pero ambas partes, la racional y la intuitiva unidas, podían entender mejor las cosas. Acoté que se las entendía de súbito, y lo difícil era exponerlo, a menos que uno se pusiera a hacerlo meticulosamente, escribiéndolo por ejemplo, lo cual conjeturé que tal vez más adelante lo hiciera.  Concluí el comentario diciendo que en líneas generales y en forma bastante desordenada era eso lo que estaba ocurriendo, para tratar de explicar ese proceso.

                   El volcán en erupción, que era yo, seguía erupcionando fragorosamente. Las intuiciones en torno a la “sabiduría”, (que no era la que yo daba por tal anteriormente, permitiéndome dichas intuiciones ver que había otra, la verdadera, la genuina, la profesada por el Buda, por Sócrates, por Jesús, y otros maestros), irían haciéndose carne en mí más adelante.


                                               XXXIV


                            Ese hablar repetitivo, esa insistencia en los mismos temas, esa hiperbólica manera de expresarme, no desprovista de amenidad e ingenio, muestra el fervor de que estaba poseído. Cada cosa que abordara me servía de inspiración para seguir hilando mis ideas y pensamientos


                   Pasé a referirme de inmediato a otra visión o imagen que tuve también el día anterior al momento de acostarme y relajarme como de costumbre. Mencioné que me vino una visión donde estaba observando desde el interior de una esfera múltiples rostros conectados como en una red, los cuales estaban distribuidos por la superficie de la esfera, viéndolos en la parte exterior, estando yo situado dentro de la esfera. Ví un montón de rostros, cada uno dentro de un  pentágono y unidos unos con otros, o sea, veía la superficie de la esfera desde la parte de adentro, y veía que cada uno se encontraba insertado en una figura geométrica en forma de pentágono, semejando en conjunto a un panal. Amago el despertar, tomo conciencia de eso, y se me ocurre esta idea: “todos los rostros son mis propios rostros”. La descripción que hice de la experiencia fue bastante burda, en el sentido de que estaba lejos de definir y pintar con fidelidad la real imagen que se me presentó, que se produjo de golpe, como solía ocurrir normalmente, como lo hice notar en esa misma ocasión.  

                   Reiteré en ese punto que las palabras eran siempre insuficientes para describir las cosas, dependiendo sin duda de la capacidad artística de cada uno, arte que a veces uno lo tiene en un momento de mucha concentración y lo adquiere gracias a una práctica que a mí me faltaba, conjeturando que tal vez en algún tiempo pudiera adquirirlo. Insistí en que dicha imagen había sido muy linda y que la idea que tuve fue una idea también preciosa,  porque al venirme a la mente la frase: “todos los rostros son mi propio rostro”, y al estar contemplando desde dentro de una esfera un montón de rostros todos conectados, experimenté una sensación de mucha intensidad, de mucha fuerza, y me hizo sentir y entender que todas las cosas coinciden consigo mismas; en fin, me dio la sensación, el convencimiento, la idea de la unidad esencial del universo y de todas las cosas; o sea, que de hecho todas las cosas son prácticamente una, todas las cosas están unidas de una manera muy fuerte, y esa realidad en la vida cotidiana somos incapaces de ver, porque consideramos cada cosa, y nosotros mismos entre ellas, como entes aislados unos de otros, y vivimos en indecibles angustias queriendo aferrarnos a esas cosas aisladas, esos entes aislados, incluyéndonos a nosotros mismos, teniendo por eso miedo a la muerte, creyendo que debemos vivir eternamente “en esta forma” en que estamos viviendo, sin advertir que en la naturaleza todo es un flujo constante, interminable.

                   Como si lo anterior me sirviera de manija, seguí dándole con todo, apuntando que ya Heráclito decía que todo fluye, según podía recordar, y que eso uno puede entenderlo pensando que nuestro propio organismo en cada instante está realizando infinidad de procesos en donde son sustituidas unas sustancias por otras a través de los alimentos que ingerimos, ya no somos la misma persona en el instante siguiente al presente. Algo bastante complejo, según comenté, pero el hecho de ver los objetos aislados en cuya virtud nuestra mente racional “diferencia” todas las cosas, mide,  categoriza  y dice “esto es una cosa diferente a la otra, y esto queda fijo y no cambia”, constituye un error, una ilusión. Vemos una mesa y tenemos la ilusión de que “permanece”,  cuando en realidad dentro de esa mesa están ocurriendo una cantidad inmensa de movimientos que no podemos ver con nuestros ojos; los átomos, por llamarlos de alguna manera, están moviéndose a velocidades extraordinarias, los electrones y los protones y todas las demás partículas que los componen, son partículas que pueden estar en equilibrio, pero susceptibles de cambiar, de moverse de un lugar a otro, de no permanecer estáticas. Eso en lo que se refiere a los objetos que consideramos normalmente inertes, ni qué decir de nosotros mismos que somos objetos o seres dotados de vida en los que el cambio es algo tan esencial que es inconcebible pensar que seamos cosas fijas, que somos cosas permanentes. Y esa conciencia de la impermanencia, nos permite conocer mejor la realidad, conocernos mejor a nosotros mismos, no aferrarnos a las cosas fijas, no apegarnos tanto a este cuerpo que tenemos, que sentimos como algo fijo, como algo separado de la totalidad, cuando él integra la totalidad, forma parte de todo ese universo que va cambiando, va incorporando otras cosas a su estructura momento a momento. Vivimos en una relación intima de interconexión unos con otros, no podemos un solo minuto vivir sin depender del aire, del agua, del alimento. Entonces todos estamos interconectados, interrelacionados en una red, y esa idea, esa sensación que uno siente, esa especie de iluminación de la que estaba hablando, es una sensación que le permite a uno entender que la sabiduría radica precisamente mucho más en lo profundo que en la mera superficie,  que es más que esa acumulación de conocimientos categorizantes y diferenciadores, que la catalogamos como muy valiosa porque nos permite saber por ejemplo que en el universo existen cien mil millones de galaxias o que en nuestra galaxia existen cien mil millones de estrellas.

                   Ratifiqué en ese punto que no era esa “acumulación de datos” la forma de conocer profundamente la realidad, ya que no nos daba la sabiduría de sentirnos mejor, aunque no se podía dejar de considerar que también tenía su importancia. Pero el separar esa parte del conocimiento de la otra, por medio de la cual uno llega a consustanciarse con el cosmos al sentirse parte de él y saber que ninguna cosa es fija o permanente, y recobrar ese estado de conciencia donde uno profundamente está unido a la naturaleza; eso es lo que a uno le confiere una mayor paz, un mayor bienestar, y por ahí viene toda la serie de enseñanzas, conocimientos, de sabidurías milenarias de la religión hinduista, del budismo o del taoísmo, y también, la esencia de la enseñanza de la religión cristiana, donde Jesús inculcara repetidamente el amarse los unos a los otros de manera a sentir a cada uno como parte de uno, y a renunciar a ese ego superficial, a ese yo que se pierde por la superficie y que piensa que la vida radica meramente en este nuestro actuar cotidiano, en esas satisfacciones superficiales de los sentidos, del comer, del tener sexo, de  acumular bienes materiales.

                   Ese hablar repetitivo, esa insistencia en los mismos temas, esa hiperbólica manera de expresarme, no desprovista de amenidad e ingenio, muestra el fervor de que estaba poseído. Cada cosa que abordara me servía de inspiración para seguir hilando mis ideas y pensamientos.

                   Así es como respecto al condicionamiento de que la vida radica meramente en el actuar cotidiano, reiteré que todo eso desnaturalizaba la verdadera realidad del cosmos ya que es solamente parte de la superficie y no considera la unidad esencial de todas las cosas: que todos somos uno y uno somos todos, y que la forma de ver que me sobrevino a través de aquella visión, me provocó una sensación muy linda, muy agradable, al hacerme ver que la sabiduría yo podría ir adquiriéndola a través del camino de los sueños o del camino hacia un mayor conocimiento de mí mismo.

                   En fin, estaba consciente de que esa especie de cháchara que estaba vertiendo y registrando allí era un intento de ir meditando y reflexionando en la forma acostumbrada, como declaré, porque anteriormente, con mi mentalidad reduccionista, reducía todo el conocimiento a ese aspecto racional de mi mente, y como muchísima gente también yo creía que a través de esa forma de pensar podía llegar a la verdad. Lo cual, como podía deducirse de lo que estaba exponiendo, no era verdad. Constataba entonces que uno llega a la verdad por caminos mucho más profundos, por caminos que implicaban justamente la reconciliación de los hemisferios intuitivo y racional del cerebro.

                   No se aprecia cansancio alguno en mi discurso. El entusiasmo, la vehemencia, la exaltación, la certeza más incommovible parecieran trasuntar mis declaraciones que brotaban de lo hondo.

                   Admití que era tan cierto que casi nada sabíamos, y que lo dicho era solamente una aproximación a algo, una representación de la mente racional, representación que consistía precisamente en dividir el cerebro en dos hemisferios, considerando que eso así funcionaba.

                   Empero, señalé que probablemente era cierto eso (lo de la división del cerebro en dos hemisferios), y que la capacidad de esa parte de la mente (la racional) también era fantástica, y que nunca realmente funcionaban en forma aislada una de la otra, siempre estaban interviniendo ambas partes. Aunque normalmente, con la manera de pensar en el mundo occidental,  priorizábamos la parte racional y habíamos endiosado a la razón. Pero estaba aprendiendo, según apunté,  y los sueños eran una forma en que la otra parte del cerebro, es decir,  la parte intuitiva de la mente, nos hacía llegar sus mensajes. Mensajes en cuya virtud uno llegaba a entender, utilizando también la parte asociativa de la mente, lo que nos dice la otra parte, como se podía apreciar de la secuencia de las imágenes que me venían del subconsciente, de la parte intuitiva, de la parte profunda de mi ser; entonces, eso me fue dando la posibilidad de entender poco a poco el significado de esas imágenes.


                                               XXXV


                            En lo más profundo de lo que percibimos comúnmente, existe algo desconocido, profundamente misterioso, que actúa sobre uno, o en uno, y en todos los demás, que inevitablemente uno lo relaciona con eso que se llama Dios


                   La extensión de la exposición es tanta que se insinúa el deseo de dejarla de lado en parte, pero se impone la fuerza de la razón, infiriendo que no hay desperdicios en lo que se dice, pues refleja con entera fidelidad el proceso mismo que me atañe. Así que, versando ello sobre el asunto mismo del que trata la obra, no hay más que continuar con la transcripción.

                   Expuse a continuación que yo tenía que transitar bastante camino todavía para poder llegar a entender la unidad total del cosmos, debiendo desprenderme de la madre tierra en varias secuencias o etapas que me faltaban recorrer. Eso se refería, según lo indiqué, a ese proceso que abarcaba todos los estados de inconsciencia y los de conciencia del ser,  porque me daba cuenta de que también en el estado de vigilia podían darse los mensajes que la mente iba emitiendo constantemente, de modo que uno pudiera captar implícitamente una serie de enseñanzas que iban dándose en el transcurrir diario, siempre que uno mantuviera su mente bien alerta; por ejemplo, cuando uno silbaba una melodía y pensaba en la evocación que eso le traía, asociando esa manifestación espontánea, automática o mecánica de la mente con algún recuerdo o hecho en especial, que daba la clave del mensaje que el inconsciente estaba enviando.

                   Me apresuré a advertir que ello no debería implicar lo que suele llamarse una manía asociativa, sino que sencillamente uno debía atender con calma y relacionar las cosas, de modo a entender lo que estaba ocurriendo con uno mismo, dentro de uno mismo, no descartándose que se estuviera recibiendo incluso las indicaciones de las cosas que uno tiene que hacer, que puede hacer, permitiéndole obrar de la forma mas correcta. Lo cual incluso le llevaba a uno a pensar y a concebir que quizás en la parte más profunda existía lo que se llama corrientemente como Dios, y uno llegaba quizás a sentirlo,  con un sentimiento tan fuerte, tan intenso, un experimentar la vida en plenitud, que pareciera llevarle a uno a considerar que en lo más profundo de lo que percibimos comúnmente, existe algo desconocido, profundamente misterioso, que actúa sobre uno, o en uno, y en todos los demás, que inevitablemente uno lo relaciona con eso que se llama Dios.

                   En esa instancia, atribuí mi actitud atea de siempre a que me perdía anteriormente en la superficie, concibiendo a ese Dios como algo aislado de todo lo demás, lo que no me permitía encontrarlo. Con esa mentalidad que nuestra cultura me había inculcado,  o quizás con la propia mente habituada a funcionar con mayor énfasis en su aspecto racional, o a causa del apego por todas las cosas (que posiblemente fuera una etapa natural y propia de la construcción de uno mismo), me resultaba imposible concebir “algo” a lo que la gente daba el nombre de Dios.

                   Sin embargo, en ese momento advertía que cuando uno está en un estado de esos en el que anteriormente había estado, y en el que nuevamente estaba en ese momento, uno llegaba a sentir que hay y existe algo mas profundo, y que incluso cuando se encuentra en una situación donde la mente funciona con tanta plenitud, uno llegaba hasta a pensar que Dios enviaba sus mensajes en la forma que estaba mencionando.

                   De todos modos, concluí que esas eran etapas a las que uno debía ir llegando poco a poco, no de golpe, uno debía ir dando saltos, como aparecía en uno de los sueños que había narrado antes. Y esos saltos requerían a veces que muriera una parte de uno, la parte de ese yo superficial; era menester ir muriendo y naciendo constantemente en la vida. Un morir y nacer a cada instante para poder ir conociendo la realidad profunda, la verdadera y definitiva realidad, el Tao o Dios como podría llamarse. Y eso entrañaba riesgos, tenía sus muchos peligros, porque podía ocurrir que uno se desequilibrara, podía hacer que, por ese temor que tenemos de perder nuestra condición en algún momento dado, nos aferráramos a las cosas fijas,  nos aferráramos a la superficie, y por querer aferrarnos a eso, por no querer perder nuestra condición, llegáramos a veces a desequilibrarnos, a desestabilizarnos. Porque muchas veces, ese equilibrio superficial que teníamos nos permitía vivir sin sobresaltos, como ocurría en estos estados que uno tiene que pasar en el camino hacia el perfeccionamiento.

                   Tenía claro que con anterioridad llegué a desequilibrarme, dije que llegué a enfermarme en dos ocasiones (fueron en realidad tres, o quizás más), cuando ya transitaba un poco por ese camino. Pero en tren de apaciguarme, manifiesté que en ese momento consideraba que tenía el control de mí mismo, al entender mejor lo que me pasaba y ver que aquel estado de desequilibrio profundo, de enfermedad que me acometió, era justamente por querer aferrarme demasiado a las cosas superficiales, aunque eso iba unido a una cantidad de tensiones, de situaciones en las que las ideas fijas me hacían tener ciertas concepciones de la realidad como definitivas. Como también, el creer que ciertas cosas que veía con mucha lucidez, se trataban de mensajes o indicaciones que yo debía cumplir inexorablemente, como si Dios me las hubiese impuesto como una misión, y de esa manera, en el intento de llevarlas a cabo, llegaba a sobrepasar mi capacidad, mis fuerzas, y me veía sumido en un estado en que finalmente me hundí,  pudiendo salir de él solo merced a la ayuda de los medicamentos y de los médicos,  pensando que tenia que aferrarme nuevamente a la parte de la superficie, y que todo eso que había ocurrido conmigo no era sino un estado patológico.

                   Y remaché diciendo que en esos días en que me pasaron todos los sucesos que estaba narrando, estaba con muchos temores, que obedecían a que varias de las cosas que me estaban pasando eran similares a las que me habían acontecido cuando me había enfermado. En ese sentido, califiqué al estado en que me encontraba como de alteración de la conciencia, o alteración de la mente,  pues era un estado de bienestar, un estado de euforia, en el que parecía tener notoriamente  una capacidad  mayor que la usual, así lo sentía y así lo experimentaba, tenia una mayor capacidad intelectual para asociar las cosas, una mayor lucidez, que inevitablemente me llevaba a concluir que se trataba de un estado no ordinario de conciencia.


                                               XXXVI


                            Estaba constatando que las cosas funcionaban un poco al revés en ese modo de ocurrir los hechos que estaba aconteciendo conmigo


                   La última tanda de las grabaciones lo realicé el sábado 04/03/1995, según así se consigna en la cinta, aunque era ya probablemente la madrugada del domingo, concretamente algo más de la una de la madrugada del domingo, pero quedó consignada la fecha del sábado 04 de marzo de 1995 porque me había puesto a dormir desde las 10 de la noche de ese día hasta la 01:00 de la madrugada en que me desperté y me dispuse de nuevo a registrar mis pensamientos.

                   Era una caldera hirviendo, obsesionado por registrar todo lo que me acontecía, mis sueños, la serie de visiones del estado de relajación total que estaba ensayando, configurándolo como una tarea de exploración y de conocimiento de mí mismo, imbuyéndome de la convicción de que de esa manera iría aproximándome a la verdad definitiva, alimentando la creencia de que cuando descubriera mi verdadera identidad, mi autenticidad, aquella que es la esencial, la que está en lo profundo, no la que boga por la superficie, cuando llegara a esa meta, estaría cumpliendo mi cometido de lograr el bienestar, la plenitud, llegaría a la unión con Dios, o con la naturaleza divina que late en mí, allá en las profundidades de mi ser.

                   Con esas ideas, con esos pensamientos, estuve recordando que lo que me había acontecido en el día anterior fue para que aprendiera, en primera instancia, que el tiempo no importaba.

                   Recordaba eso porque, habituado por mi manera de pensar ordinaria, condicionado por esos hábitos de pensamiento que me impedían salir de la idea de que dormir, por ejemplo, tres horas, era algo insuficiente, sentía que me invadía el temor; simplemente porque no era esa una manera usual de acontecer las cosas. La costumbre que tenía de dormir por lo menos 8 horas, quizás 5 horas, a veces un poco menos o un poco más, hacía que el no dormir lo suficiente fuera motivo de preocupación y zozobra, aun cuando uno se sintiera descansado totalmente, y a pesar de que, puesto en el estado de relajación, se experimentara también el descanso, sentía incluso una paz muy profunda. Recordé también una experiencia del día anterior en que intenté dejar de respirar por algún lapso en la piscina del Ytororo, sin que sintiera que eso me hiciese sentir mal, por el contrario, me ponía en un estado de total relajación, de total soltura de mí mismo. Todo eso era motivo de preocupación porque se daba el caso de que las cosas funcionaban un poco al revés de lo que uno estaba acostumbrado a hacer y ver; era como desaprender lo aprendido, o aprender algo nuevo, como se me ocurriera en una de las imágenes que había tenido en uno de esos estados, en el que vi a alguien que estaba por empujar a un bebé en el vacío, a la par que me venía a la mente esta frase: "hay que empujarle para que no caiga"; atribuyéndole el sentido de que de esa manera, estaría aprendiendo a volar; lo cual ponía de manifiesto la paradoja, la forma diferente de funcionar las cosas a la que tenía que ir prestando atención, ya que ordinariamente, empujando a alguien hacia el vacío, el mismo se caería.

                   Pues bien, estaba constatando que las cosas funcionaban un poco al revés en ese modo de ocurrir los hechos que estaba aconteciendo conmigo. Destaqué que en ese momento no sentía miedo, no sentía cansancio, era como si tuviera bastante paz, pese a haber dormido solo unas horas. Dije que con el correr del tiempo,  si me acontecieran cosas que me pusieran nuevamente en dificultades, las estaría tomando como pruebas por las que estaría volviendo a pasar. No sentía que tuviera el estado de conciencia alterado, pero tenía la idea de que todas las cosas iban pasando  para ir aprendiendo la vida, en consonancia con lo que decían los versos de una música que le compuse a Emilianito, el último de mis hijos:  “Su apuesta es por la vida y juega a ganador”.                     

                   Procedí en ese punto a narrar dos sueños que recordada de los que tuve en el lapso de las tres horas que dormí, asociándolos a otra experiencia notable que consistió en una especie de "mensaje" que se presentó en mi mente al volver a mi estado de conciencia normal, tras estar sumido en sueños en algún momento previo, que me llamó grandemente la atención, pues al principio no entendí dicho mensaje que se expresaba de una forma enigmática al aparecer de esta manera: "todos los Joes son Joes"; cual si "Joe" fuera un nombre propio en inglés, dicho en plural, es decir "Joes", pero pronunciada "Yoes". Sin embargo, al rato me percaté de que, lo que indicaba la palabra, era inequívocamente el pronombre personal en plural, y en español, es decir "yoes", lo cual me estaba mostrando la identidad esencial entre todos los seres humanos. Así que la interpretación de mis sueños lo adscribí a este contexto entendiendo que me mostraba la necesidad de superar los conflictos que pudiera haber tenido con los demás anteriormente. A decir verdad, el “mensaje” aludido fue impresionante, y perduró mucho tiempo en mi ser, pues es innegable que resultaba maravillosa la forma en que fue expresada, viniendo a confirmar la “unicidad” del universo, principio o concepto que estaba pujando por hacerse carne en mí, destruyendo el tremendo hábito mental de la dualidad que me condicionaba, lo cual ya se había manifestado de distintas maneras en las otras experiencias previamente narradas.

                   Relaté a continuación la serie de visiones e imágenes que había tenido al entrar en el estado de relajación al despertarme, que en cada caso me producían bastante satisfacción, pero que no me resultaba tan fácil recordar porque eran muchas. Se trataba algo así como de flashes o fogonazos de siluetas de personas conocidas, en algun caso acompañado de pensamientos, y también figuras o efigies rígidas que iban brotando o saliendo una tras otra de una primera que tenía una apariencia acartonada, como en serie. También la imagen de un bebé que se desprendía de algo y se desplazaba en el aire, además de la imagen del chico a quien había que empujarle para que no se caiga, ya referida. Todos estas visiones se presentaron dentro de ese estado de relajación en el que estaba sumido, y que también me estaba infundiendo un descanso, no sé por cuanto tiempo.  Todo lo cual lo interpreté como la necesidad de aprender a no darle importancia al tiempo, a no asustarme, que fue lo que deduje en primera instancia, como ya había señalado al principio.

  

                                               XXXVII


                            Me venía la convicción de que las cosas funcionaban como si tuviesen una verdadera sabiduría interior; todas las cosas que ocurren, nuestra propia vida, nuestro propio nacimiento no es fruto de un azar sino que obedece a una especie de inteligencia con que actúa la naturaleza


                   Las dudas no dejaban de asaltarme, empero, porque sentía que no era fácil entrar en un mundo completamente nuevo, y el recuerdo de varias cosas pasadas donde por la falta de sueño suficiente, o por la manía de seguir unas asociaciones frenéticas de la mente caí en una enfermedad, en un desequilibrio que me dejó muchas heridas, todo ese recuerdo me provocaba indudablemente dudas y temores que entendía que debía superar y que de hecho lo estaba superando, porque veía que la fuente de la sabiduría primigenia estaba en el fondo de uno mismo. Afirmaba pues que cuando uno llegara a conocerse a sí mismo, a su verdadera identidad, uno podía llegar a superar todos esos miedos. Evocaba esa exploración que recomendaba Sócrates, exhortando a conocerse a sí mismo, y muchos otros filósofos que emprendieron la búsqueda de su autenticidad, y que me estaba permitiendo intuir que la vida no se reduce a esta cotidiana que vivimos, y no solo intuir, sino ver con una fuerza arrolladora que la muerte que nos acontece en esta vida en modo alguno puede ser definitiva, sino que era un pasar a un estado más elevado, siempre que uno fuera capaz de renunciar a este mundo de la manera más espontánea, para poder, al morir, nacer a esa otra vida de unión con lo absoluto, de unión con el ser supremo, creador, y ello naturalmente me venía de la visión o de la convicción de que las cosas funcionaban como si tuviesen una verdadera sabiduría interior; todas las cosas que ocurren, nuestra propia vida, nuestro propio nacimiento no es fruto de un azar sino que obedece a una especie de inteligencia con que actúa la naturaleza; los entes que nos constituyen poseen una sabiduría para saber cómo tiene que ser el cuerpo humano, cómo tiene que funcionar el cuerpo humano; una sabiduría que está mucho mas allá de esta manera de conocer las cosas que tiene nuestra mente, que es tan limitada; una sabiduría a la que podemos acceder a través de esta exploración para llegar a una dimensión diferente del universo, donde no existen estas categorías de tiempo y espacio. Una sabiduría que es suficiente observar para entender que dentro de nosotros mismos ocurren infinidad de procesos complejos que, de no tener una suerte de inteligencia, los entes que nos constituyen, nos constituyen y nos dejan de constituir en cada instante, porque cambiamos y cambiamos como un río, como el viento; entonces, al pensar que todas esas cosas obran como poseyendo una suerte de inteligencia es cuando uno puede entender que más allá de esta vida efímera, que termina con nuestra muerte corporal, existe algo más, existe otra vida más plena, y que es solo cuestión de encontrarla buscando en primer lugar, como diría Jesús, "el reino de Dios y su justicia", que está en lo profundo, en lo auténtico de cada uno, y todo lo demás viene por añadidura.

                   Seguí perorando sobre el punto, y recalqué que esa sabiduría era la que uno trataba de encontrar, para lo cual tenía que transitar largo camino, aprendiendo a renunciar a todas esas cosas a las que tenemos tanto apego; no obstante lo cual uno tenía que tener un infinito amor a todas las cosas porque todas las cosas son uno mismo en una forma diferente; entonces uno y los otros nos vamos transformando unos en otros, continuamente, perpetuamente; entender eso es algo que ayuda a ir naciendo de nuevo a esa otra vida, a ese otro nivel.

                   Continué mi auto alocución mencionando que esa transformación que iba aconteciendo en mí, ese cambio, esa metamorfosis abarcaba todo mi ser, incluyendo mi propio cuerpo; esa fue la idea que se me ocurrió cuando me puse a descansar de nuevo, después de haber leído un buen rato el libro "El camino de los Sueños"; esa fue una de las primeras ideas o una de las primeras imágenes de las numerosas que se fueron sucediendo en ese estado y que resultaba prácticamente imposible registrar porque cuando son tantas las cosas que acontecen, la memoria ya no funcionaba como de costumbre; acoté que quizás los recuerdos, la memoria, fueran algo propio de este mundo, de este nivel de realidad, que es una verdadera realidad también, no una ilusión como algunos sostenían, algunas corrientes filosóficas o religiosas, como el budismo u otras parecidas; en fin, remarqué que no se trataba este nivel de una ilusión sino de una verdadera realidad, pero de un estadio del proceso de una evolución interminable, del cual uno tiene que acceder a otro estadio definitivo de la evolución, que es la unión con la totalidad, esa unión con la totalidad del cosmos; o con Dios, como se lo podía llamar también.

                   Añadí que eso acontecía con cada uno de los seres en algún momento de su estadio evolutivo, por usar un símil, por usar una metáfora, porque describir la realidad definitiva es una cosa realmente imposible, porque el "Tao" no es el "Tao" que definen las palabras, como expresa el dicho; entonces, a sabiendas de que este mundo forma parte de la realidad, uno, mientras va transformándose, no necesariamente debía divorciarse de él; debía mantener su lucidez, debía adquirir gradualmente la sabiduría, hasta que acceda a ese otro estadio que precisamente implicaba la unión con el creador, con el sí mismo, con la verdad, con la autenticidad de uno, todos coincidiendo con lo que también se llama Dios. Ese tránsito, ese camino era evidentemente largo, era escabrosa esa senda, según lo entendía, pero era un camino que cuando uno encontró la guía, o la luz que le guiara, lo transitaba con mucha tranquilidad, con  mucha calma, con mucha paz, entendiendo las significaciones de las verdades eternas que encierran las palabras de los grandes maestros, y principalmente de Jesús, el maestro por excelencia, que hablaba de que él era el camino, la verdad y la vida,  que él era la resurrección, y que cumplir con su palabra permitiría acceder a ese estadio, porque la resurrección no es otra cosa que el pasar de este estado larvario para salir a volar; pero naturalmente, reiteraba que eso era un símil, una imagen, porque la verdadera realidad era diferente e inasequible para el pensamiento, cuando estamos aún en este estado en que debemos seguir peregrinando.

                   Se me ocurrió hacer otro símil, y decir que la resurrección consistiría en llegar a alcanzar esa energía vital que fluye perpetuamente, en lo que consiste Dios o la realidad definitiva, a la cual uno se une y forma parte de esa corriente; y sea que adquiera o no una conciencia de la vida larvaria que había llevado con anterioridad, uno alcanzaba de esa manera la plenitud.





                                      XXXVIII


                            Ese aprendizaje que estaba emprendiendo, un aprendizaje que tenía por objeto aprender a vivir, aprender a conocerme; era un camino, en el que, según me daba cuenta, sobrevendría la transformación, la metamorfosis, el cambio que había de transformar quizás incluso todo mi cuerpo, mi organismo, para permitirme vivir poco a poco con la mayor plenitud


                   Era consciente de que las palabras que yo balbuceaba eran impotentes para describir los estados de ánimo, las intuiciones poderosas y profundas que sentía, las imágenes que iba viendo, las visiones que iba teniendo en ese transitar, y las ideas que se me ocurrían eran un intento de adaptar esa realidad que intuía a las realidades que observamos en nuestro mundo cotidiano, que evidentemente son diferentes, y no solo eso, sino daba la impresión de que pudieran ser hasta contradictorias, paradojales; las cosas no funcionaban de la misma manera en el otro nivel; entonces, costaba acostumbrarse, costaba entender, incluso se me ocurría que tal vez el pensamiento, el mismo pensamiento no fuera sino algo de este nivel del universo en el que cotidianamente vivimos, quizás en el otro nivel no existiara el pensamiento, sino esa sensación de ser la totalidad; el pensamiento probablemente fuera propio de las cosas limitadas que constituyen este universo incluido nosotros, ese pensamiento que concibe un espacio y un tiempo como categorías para dividir y medir las cosas en este nivel, mientras que en el otro nivel ya no se miden, no se categorizan, o en todo caso, existiría otra forma de abarcar quizás la totalidad; confesando explícitamente que ignoraba este extremo y que lo seguiría ignorando hasta que físicamente desapareciera o pudiera adherirme, pudiera insertarme en esa corriente de la vida eterna que fluye; era algo que simplemente intuía, que simplemente percibía, como si se tratara de algo que estaba presente, sin saber explicar el porqué de ese afán.

                   Abordé ahí mismo la idea referida a la manía de explicarlo todo, diciendo que era algo que pertenecía a este mundo material, y que quizás ese otro mundo no fuera realmente material y perteneciera al universo de la pura energía. Recordé lo que decía Arthur Clarke en una de sus obras, que no se puede dejar de concebir que existan en el universo inteligencias en forma de energía pura; y se me ocurrió que ese ser que es pura energía, el ser absoluto, que es inteligencia, ese ser es Dios, y a ese Dios propendemos, buscándolo dentro de nosotros. Y que hacíamos un símil con nuestra propia condición diciendo que somos sus hijos, sus criaturas, su creación; entonces, en esa búsqueda de unión con él como hijos suyos, como participes de su naturaleza, llegamos a insertarnos en esa corriente energética, vital, fundamental, que es él y que está en todas las cosas, y de esa manera, llegamos a la plenitud, y dejamos de participar de este nivel material, o no sé si dejamos de participar, pero de todos modos, llegamos a un estadio diferente, por hacer siempre comparaciones, porque realmente entenderlo en plenitud era algo muy difícil.

                   Apunté luego que, de la misma manera, estaba pensando por ejemplo que para la mente no existía espacio ni tiempo, quizás uno puediera hacer un esfuerzo y concebir que nuestra propia mente podía trasladarse al futuro, por decirlo con palabras, aplicables a este universo en cuya dimensión vivimos, podía trasladarse al futuro, o a una distancia infinitamente grande, a una velocidad muy superior a la de la luz.

                   Traje a colación que los físicos decían que no se conoce en el universo material una velocidad superior a la de la luz; pero que la mente de Dios, y la nuestra, que tiende a unirse a él, era capaz de superar esa velocidad quizás y de abarcar la totalidad; algo que aun cuando no se supiera, no pudiera saberse viviendo en este estado larvario de nuestra evolución mental, no obstante cabía pensar que pudiéramos acceder a ello. Evidentemente era algo que formaba parte de ese aprendizaje que estaba emprendiendo, un aprendizaje que tenía por objeto aprender a vivir, aprender a conocerme; y por ese camino, me daba cuenta que sobrevendría la transformación, la metamorfosis, el cambio que había de transformar quizás incluso todo mi cuerpo, mi organismo para permitirme vivir poco a poco con la mayor plenitud.

                   Recordé precisamente que en ese estado de relajación en que nuevamente estuve se me presentaron varias imágenes, y entre ellas, que la transformación, que el renacer que me estaba aconteciendo no sería un mero renacer sexual; esa fue una idea que me vino, y que lo asocié con la interpretación de los sueños que también estaba haciendo, y de esas visiones medio oníricas que se daban en el estado en que pisaba el umbral de los sueños.

                   Esa interpretación estaba relacionada con la idea de que en esta forma ordinaria de ser proyectamos nuestra alma, como decía el libro que estaba leyendo, en una mujer concreta, por ejemplo, o en una persona concreta, y nuestra energía vital buscaba unirse a ella, a esa alma que tenemos muy en lo profundo, pero que se reflejaba en la mujer amada, en algunos casos; y entonces, así acontecen esas relaciones en este mundo, por medio de la unión de los sexos; y cuando uno profundiza la búsqueda dentro de sí mismo, como dice este libro, encuentra a su alma genuina con la que busca unirse. El libro le llama alma, podría ser uno mismo, o lo esencial, o lo absoluto, o Dios; así que uno ve proyectada su alma en los otros, o en la mujer amada. Y a propósito de la visión que tuve de que esta transformación no iba a ser una mera transformación sexual, pensé que fueron palabras mejores las que se me ocurrieron, sin embargo al tratar de reproducirlas, siempre estaban saliendo más burdamente, como cuando uno quería traducir la verdad esencial que estaba en las enseñanzas de los maestros que poseían la verdadera sabiduría. Cuando uno intenta traducir en otras palabras lo que ellos dijeron en muchas menos palabras pero con una elocuencia arrolladora, entonces se pierde el significado, o uno se embarulla, y embarulla a los demás con esas palabras.

                   Lo cierto es que pensé que estaba en el camino correcto, pese a los miedos que creía estar venciéndolos con bastante altura, creía estar superando esos miedos y estaba entendiendo que lo que me acontecía era una cosa realmente maravillosa. El hecho de que durmiera menos o hubiese dormido solo tres horas seguidas, pero que después hubisera podido descansar también en esos momentos de relajamiento pleno que no era propiamente sueño sino una manera diferente de descansar, que también permitía que uno tuviera esa paz que tanto Jesús deseaba que todos tengamos, una paz que le hacía sentir a uno un verdadero bienestar, una armonía, una mayor lucidez y comprensión de todas las cosas; entonces consideraba que iba caminando por la senda correcta, aun cuando evidentemente no podía despojarme de todos los temores, de todas mis ataduras, de todos mis condicionamientos.

                   Concluí mi disertación recordando que el día anterior había dicho que tenemos hábitos de pensamientos muy arraigados que nos hacen ver las cosas de una manera diferente a lo que en realidad son, nos aferramos a las cosas fijas. Y caía en la cuenta de que en ese mismo momento me estaba aferrando a ideas fijas, dentro de ese intento por ir conociéndome a mí mismo; por ejemplo a la idea fija de que no tiene importancia el tiempo ni el espacio, que era una especie de idea fija porque trataba de explicar lo que creía entender por la realidad, y no era más que un concepto que al final de cuentas me permitía tratar de encontrar algo de qué agarrarme, cuando la verdadera realidad era algo que no tiene fijeza, era un cambio permanente, no existía inmutabilidad quizás, al menos esa es la idea que se me ocurría,  pese a que más de alguna vez se había dicho que Dios era inmutable, tratando de categorizar justamente también a Dios con nuestros conceptos, cuando que realmente Dios sería todas las cosas en un flujo perpetuo, en un eterno movimiento; y era una cosa que, si bien es incomprensible para nuestra mente, para nuestra inteligencia limitada, era algo que mientras uno se embarcaba en esa búsqueda y veía que nada era definitivo, que nada uno tiene que considerar como algo al que tiene que aferrarse y del que no pueda desprenderse, mientras uno veía que todas las cosas son de esa manera, uno se sentía infinitamente mejor, lograba el bienestar que es realmente lo que yo buscaba, llegaba a comprender que todo era transitorio, que la muerte misma formaba parte de la vida,  dejaba de tener el temor a la muerte, y se volvía mucho mas creativo, se sentía mucho mejor, y llegaba a alcanzar aquello que yo siempre había pensado como la meta para todo ser humano, cual es, el logro del bienestar.

 

                                               XXXIX


                            Todas las conciencias se encuentran interconectadas en cierto nivel de la realidad


                   La verborragia mayúscula, la incontinencia verbal, imparable, que fue manifestándose en esos pocos días, refleja un estado de ánimo en el que confluyen mis temores y mis aspiraciones, y muestra también el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo, llevado compulsivamente por esa fuerza extraña a la que no podía negarme, de la que no podía sustraerme. “Esta transformación que va aconteciendo en mí, este cambio, esta metamorfosis abarca todo mi ser, incluyendo mi propio cuerpo”, es lo que declaro en una parte, advirtiendo ese proceso que no siempre es susceptible de ser advertido, como lo iría comprobando, y aún hoy, lo sigo constatando. El esfuerzo desmedido desembocó en una especie de anonadamiento. Según creo recordar, las grabaciones los había realizado en una fecha en que Viviana y Selva viajaron a Buenos Aires a visitar a lq hermana de la primerq y otros parientes allí radicados, y a su vuelta, me encontró una vez más aquejado por mi crisis, aunque yo hacía todo lo posible por convencerle, y convencerme a mí mismo, de que ya no volvería a caer en esos estados de depresión extrema que solían acometerme, interpretando lo que me pasaba como una auténtica revelación que me haría cambiar para bien.                                            

                   Contemporáneamente con las grabaciones por mí realizadas, y en el tren de abordar estos temas con Viviana a su vuelta de Buenos Aires, ella tuvo unos sueños que procedimos a grabar a continuación. Puesto que revisten interés en relación con la secuencia de los hechos narrados, los reproduzco también a renglón seguido. Se narran las historias de dos sueños que fueron registrados en la grabación, y quien habla es Viviana:


                   Estábamos en un lugar parecido a una plantación de girasoles, no es que parecía, era una chacra, y era un lugar con bajada y arribada y yo me fui para pintar los girasoles porque a mí me gustan los girasoles, entonces yo te pedí para que me llevaras las pinturas y yo llevaba mi cartera, mi tablero y nos fuimos. Había un sol radiante, lindo día era, y yo me fui más rápido porque parecía que más arriba había los girasoles más lindos, mas altos, y vos medio te quedaste; después yo escuché que alguien hablaba, y era contigo, y yo ya empecé a pintar, y después te llamé para que me traigas mi pintura y vos hablabas y hablabas, entonces me llamó la atención y dejé mis cosas y me fui a buscarte y no te encontré, parecía que estabas detrás de las hojas del girasol, que vos te escondías detrás de ellas para que yo no te viera, y estabas con alguien yo no sabia si era una mujer o un hombre y estabas con pantalón y sombrero. Yo me acercaba despacio y escuché lo que estaban hablando, y dijo la persona: "Vení, allá hacia la bajada hay un lindo lugar, ahí da gusto, hay un arroyo para bañarnos, porque aquí hace mucho calor, vení acá, qué es lo que estás haciendo, no tiene sentido lo que estás haciendo"; y después yo miraba, y era una chica, y te abrazaba, y vos te reías y ella te tocaba y te besuqueaba y vos te estirabas de ella y ella te decía: "vamos, vamos". Vos le contestaste que no podías porque me estabas ayudando a mí y ella te preguntó: "Quién es tu señora",  y vos le contestaste que ella es pintora, es artista; y ella dijo: "Pero qué pintora o artista, ella no sabe hacer nada"; y vos le dijiste: "Pero cómo si yo le veo pintar"; y decía ella que yo mandaba hacer mis cosas, que esos no son mis cuadros, esos son de mis compañeros,  aparte que son horribles, y vos medio te enojaste y le dijiste: "Cómo vas a decir una cosa así, no sabés que ella estudió cinco años, y ella expone sus obras y vende sus cuadros"; y te dijo: "Bueno, si vos no creés, está bien, porque para mí ella no sabe hacer nada"; y te dice: "Vamos conmigo, te voy a mostrar quién es artista". Después de un rato te convenció y te fuiste, y como era bajada, medio corría y te estiraba del brazo, y después me enojé mucho porque vos tenías que estar conmigo, y entonces agarré y arranqué un girasol y le saqué la flor y agarré el retoño y me dije: "esto tengo que solucionar"; y me fui corriendo por la bajada, entonces les alcancé a ambos, y una chicoteada te alcanzó a vos,  y también se fue por la cara de la chica, y ella se quedó tambaleante, y yo te pregunté si preferías irte conmigo o con ella. Luego ella se convierte en una cosa que yo no sabia lo que era, parecía una piedra que se caía y se iba rodando, y se cayó al agua. Después dije: "mirá, allá hay una cascada", y vos te quedaste pensando, y la chica se cayó en la cascada, y sabés cual era la cascada, era del arroyo de Encarnación, y de repente dije yo: "Qué linda cascada, vamos a sacar fotos para pintar",  y estaban Selva, Marcos, Romina, Emilianito, todos sentados encima de la cascada, y entonces dije: "Qué es lo que está pasando, esto es un sueño". Porque me parecía que así lo era,  y vos me dijiste: "Sí es un sueño, y despertate para que no tengas más pesadillas".

                                                        ***


                   Yo me iba con el coche, después de repente en una esquina veo que había mucha gente obstaculizando el paso y me bajé del coche y vi que estaban muchas mujeres quemando ropas, y pregunté: "Qué es lo que pasa, alguien murió, o qué pasa", y me dijo un señor: "Hay que llamar a los bomberos porque esto es un accidente"; y le agarraron a una chica que fue la que supuestamente empezó a quemar, y las demás mujeres se empezaron a culpar unas a otras, nadie quería asumir la culpa. Miré alrededor y había mucha ropa desde sábanas, sacos, y mirando mejor me di cuenta que eran tus trajes, y quise sacarlos porque se estaban quemando, y quise llevar por lo menos los que no estaban quemados, pero esos trajes eran de otra persona y me di la vuelta y nadie estaba, todos desaparecieron y me quedé yo con tu pantalón roto. Luego vinieron los bomberos y me preguntaron qué estaba haciendo allí, y les contesté que estaba mirando, y me preguntaron qué tenia en la mano, y les contesté: "Nada, solo es ropa de mi marido",  y me dijeron: "Qué va ser ropa de tu marido", y luego me desperté.


                                                        ***                               

                   Las historias de los sueños de Viviana, grabadas el 13-03-1995, reflejan los conflictos en que nos debatíamos, o en los que nos habíamos debatido con anterioridad dentro de nuestra relación conyugal, y aún, los que provocaron esas situaciones en nuestras relaciones familiares que abarcaban principalmente a los miembros de mi parentela. Llamativo es lo del arroyo de Encarnación con la mujer convertida en piedra que se cae en el agua. La palabra y la imagen sin duda son simbólicas. Muestran también el choque, “el accidente” que entrañaba el que me acometiera de nuevo el problema, y enseña cómo había que “quemar” todos los vestidos viejos que representan a los hábitos y estructuras obsoletas que se enseñoreaban en mi cuerpo. Y lo que es más notable, muestra la conexión que entre mi mente y la de Viviana se producía, confirmando aquello de que todas las conciencias se encuentran interconectadas en cierto nivel de realidad.


                                               XL


                            Estas recaídas formaban parte de la imperiosa necesidad de que los cambios generados por cada una de mis crisis se consolidaran, destruyendo las estructuras obsoletas y dando nacimiendo a otras nuevas que dieran albergue a los principios de sabiduría perennne que tan reacio es nuestro viejo cuerpo (y nuestra vieja mente) a aceptar


                   El problema del tiempo, que me rondaba por la mente, como puede apreciarse en las grabaciones transcriptas, fue específicamente expresado en un episodio que lo ubico por la misma época, en concreto, dentro de las fechas en que hice esas grabaciones.

                   Sucedió que hice una visita a Cartón Box del Paraguay, una empresa que era cliente mía situada en la localidad de Ñemby, que fabrica papel higiénico. Por alguna razón, me tocó hacer una espera bastante prolongada antes de ser recibido por el director de la empresa que tenía que atenderme. En ese ínterin, procedí a la revisión de unas ilustraciones de hermosos colores en una revista o suplemento de un diario, al parecer ABC Color, y de improviso, mientras estaba en cavilaciones sobre los interrogantes suscitados por mi crisis, se me presenta en la mente como un rayo, como una especie de luz arrolladora, la siguiente sentencia: “la clave está en vencer al tiempo”. Fue una “voz” extraña a la que se elabora normalmente a través de nuestros pensamientos conscientes y racionales, que pensamos tenerlos bajo nuestro control y autonomía. Lo sentí desde luego como una revelación, y hasta hoy lo sigo considerando así. Incluso, mucho después, ya masticada y elaborada en la conciencia, este aserto fue el que me permitió discernir la naturaleza de la realidad, plasmándose en la exposición que hice en mi “Nuevo Itinerario Filosófico” en relación con el tiempo ( y el espacio, y el yo).

                   El fenómeno del tiempo tuvo que ver también con otra experiencia de ese período, ya un poco más adelante, cuando se agudizó mi crisis. Era yo miembro del Consejo de Administración de la Cooperativa Universitaria. Entre mis innumerables ocupaciones, estaba la obligación de asistir a las sesiones del Consejo, y además, a las de la Fundación Panal, que es una entidad creada para brindar a los socios de la Cooperativa el servicio de la educación académica para sus hijos. En cierta ocasión, cuando se llevó a cabo una reunión de tipo social en la sede del Centro Educativo Panal, entré en una especie de trance en el que me pareció que cada uno de los participantes de la reunión, a quienes conocía, se trasmutaban en personajes antiguos, de la época romana principalmente, y así también los cuadros que estaban colgados por la pared, viendo a la gente que hacía reverencias y actuaba de una manera medio teatral, sumiéndome en un miedo y un desconcierto que a duras penas pude sobrellevar. Recuerdo que de ahí tenía que ir al local de la Cooperativa donde se llevaría a cabo una sesión del Consejo de Administración, y al salir de la primera, entre dudas y vacilaciones porque ya no aguantaba mi cuerpo y mi mente tanta cosa extraña que se me presentaba, deseaba no ir, pero sobreponiéndome a mis quereres, sacudiendo la cabeza, me dirigí hacia mi punto de destino. Ya enfrente del local de la Cooperativa, con mi mente ardiendo, decidí no entrar, y me encaminé hacia mi domicilio.

                   Poniéndolas en el contexto, estas recaídas formaban parte de la imperiosa necesidad de que los cambios generados por cada una de mis crisis se consolidaran, destruyendo las estructuras obsoletas y dando nacimiendo a otras nuevas que dieran albergue a los principios de sabiduría perennne que tan reacio es nuestro viejo cuerpo (y nuestra vieja mente) a aceptar. Muchos incidentes impactantes, por mínimos que fueran, me golpeaban en plena cara tratando de abrirme los ojos, mostrándome las señales que yo “esperaba” en esa búsqueda a tientas que estaba haciendo. Recuerdo que una tormenta, un gran temporal desatado en la noche, echó de lo alto de la Iglesia del Salesianito la estatua del Cristo, y en la mañana yo pasé por ahí, ya no recuerdo para qué diligencia, y automáticamente lo asocié con una señal “sobrenatural”, viniéndome a la mente el pensamiento de que muchísimo tiempo atrás esa estatua me había servido de guía, mirándola desde la esquina de la calle Brasil o Petirossi y Constitución para tomar rumbo hacia mi casa de Villa Elisa. Alguna otra cosa pasó que tuvo incidencia para que hiciera todas estas asociaciones, que ya no recuerdo.

                   En otro orden, aquejado por la obsesión que compulsivamente me llevaba a rastrear senderos espirituales, estuve una vez con un grupo de hombres y mujeres de edad madura muy imbuidos de los cánones y principios del catolicismo, y tras exponerles mis experiencias y malos pasares a causa del trance en que me encontraba, cuando en algún momento mencioné el nombre de Krishnamurti como uno de los referentes que tenía en cuenta en esa búsqueda, ipso facto ese nombre fue anatematizado por uno de ellos, atribuyéndole en gran medida el desorden síquico por el que yo estaba atravesando, recordando que en alguna oportunidad cierto allegado suyo menor de edad había pretendido introducirse en los conceptos que aquel difundía con desastroso resultado para su formación religiosa.

                   Llevado por el mismo impulso, estuve en un lugar, el “Centro Familiar de Adoración”, una especie de Iglesia cristiana, donde hablé primeramente con un pastor, y luego asistí a las ceremonias que realizaban los domingos, en varias oportunidades. Asistí a los bautismos que hacían sumergiendo a los feligreses en una pileta, como también a la encendida prédica del pastor principal de la comunidad, que culminaba después en una imposición de manos que el mismo hacía pudiendo ver que muchos de los prosélitos entraban en una especie de trance y se caían rígidos hacia delante o hacia atrás, siendo tomados por otros para evitar que se golpearan. Muchos de ellos se subían a la tarima donde estaba el pastor, y entre cánticos y clamores, hablaban “en lenguas”, o sea emitían sonidos ininteligibles que eran producto del “espíritu” que obraba en ellos, según lo daban a entender, hallándose el grupo entero como poseído por una unción o sicosis colectiva. Yo miraba todo eso con sumisión y temor supesticioso, y en el momento en que se hacía la colecta (que no era obligatoria, no obstante lo cual el donativo era acompañado con un papelito donde uno debía consignar sus datos personales), depositaba una importante suma en el recipiente, a pesar de mis quebrantos económicos que nunca me abandonaban. En cierta ocasión, una Secretaria de un Juzgado en lo Laboral y un abogado que pertenecían a la grey, rezaron por mí de consuno en plena Secretaría, y me impusieron las manos pidiendo la venida del Espíritu Santo, a lo que yo me sometí dócilmente.

                   Con toda su virulencia, esa crisis fue tolerada no obstante por mí, apelando paralelamente en cada caso al tratamiento siquiátrico que había había realizado desde la primera vez. Paulatinamente fui sobreponiéndome después de varios meses de tratamiento, y mis turbulentos pensamientos pugnaban por buscar un cauce que los llevaran por el sendero de la verdad. Advertido intuitivamente que mis arranques de espiritualidad eran producto muchas veces de mis miedos supersticiosos arraigados en lo profundo de mi ser, trataba de liberarme de ellos y me ponía a escribir frenéticamente, respondiendo por momentos a la fuerza genuina del espíritu de la verdad, en otros, a mis creencias teñidas de prejuicios supersticiosos, y en otros más al franco escepticismo que caracterizó la mayor parte de mi vida. Así es como le dí forma al libro Aprender a Vivir que contiene una mezcla de todos esos matices de sentimientos y pensamientos. Este libro fue editado en el mes de febrero de 1.997, según así se consigna en la última página.

                   En el interludio que media entre la recuperación de la crisis iniciada en el mes de marzo de 1.995 y la publicación de ese libro, dí inicio a varios escritos, entre ellos este mismo que hoy lo sigo escribiendo, vale decir estas Crónicas de una Evolución Espiritual. Estos escritos los redactaba simultáneamente, y revelan los vaivenes de mi espíritu, tal como quedó dicho en el párrafo precedente. Eran intentos o proyectos de plasmar en otros tantos libros los ensayos de tinte filosófico que en ellos se contenían. Puesto que revisten interés para lo que se trata en esta exposición, los reproduzco en el Apéndice de esta obra. Sus títulos son, en este orden: Apuntes sobre el conocimiento verdadero, Itinerario y ¿Carece la Vida de Finalidad?.



                                                        XLI


                            El proceso de transformación de mi propio ser proseguía con todo ímpetu


                   El último ensayo de la serie, el titulado ¿Carece la vida de finalidad?,  lo comencé a escribir coincidentemente con la culminación de mi libro “Aprender a Vivir”, que a estar por la Carta inserta en él de fecha 12 de noviembre de 1.996, de mi hermano Cristian, lo habría terminado un tiempito antes de esta fecha.

                   Puede apreciarse, leyendo el libro, como tambien estos ensayos, que mi filosofía oscilaba entre el teísmo y el ateísmo. El epílogo del libro citado precisamente afirma que el mundo y la vida toda carecen de finalidad, como se expresa en el comienzo del ensayo últimamente transcripto.

                   Se advierte que el proceso de transformación de mi propio ser proseguía con todo ímpetu.

                   La crisis desatada en la ocasión más arriba referida, que dio lugar a las grabaciones transcriptas a fines de febrero y comienzos del mes de marzo de 1.995, se agravó notoriamente después de que fueran realizadas las mismas.

                   Importante es destacar que el miedo de caer en la insolvencia, de perder mis posesiones, se erigió nuevamente en una ominosa amenaza que se cernía sobre mi cabeza oprimiéndome con fuerza y sumiéndome en la impotencia. Si la memoria no me falla, por ese tiempo fue que un grupo de personas autodenominadas “sintechos” invadieron una propiedad que tenía en Villa Elisa, de una hectárea de superficie, y en plena madrugada, ante el aviso de los vecinos que utilizaban una parte de ella como cancha de fútbol del barrio, llegué al lugar y comencé a arremeter en contra de las precarias carpas que habían, armadas para establecerse en el sitio, profiriendo estentóreos gritos de guerra, tipo el Rambo de las películas,  ayudado por los vecinos, en número de media docena aproximadamente, procediendo a desmantelar violentamente todo lo que habían plantado allí a partir de las 02:00 horas hasta las 04:00 horas en que me constituí en el inmueble partiendo desde mi casa de Lambaré. Extrañamente ninguno de los ocupantes (cuyo número orillaba los treinta) opuso resistencia ni reaccionó ante mi arremetida, a pesar de que a varios de ellos les propiné rudos empujones. Se diría que sabían que estaban actuando ilegítimamente, o también, que Dios se encargó de protegerme, ya que si hubiesen reaccionado podían haberme hecho papilla.

                   Recuerdo que ante esa situación decidí construir en el inmueble, ya que el alambrado y las plantaciones que tenía no eran suficiente freno para evitar que lo invadieran. Me inscribí en una “Rueda de la Solidaridad” en la Cooperativa Universitaria, donde se sorteaba  la suma de Cincuenta Millones de Guaraníes, que debía destinarse a la construcción de una casa, por cada grupo de treinta participantes, y al segundo mes salí sorteado en uno de los dos grupos en que me inscribí. Comencé la construcción cuyo costo excedió lo que el Ingeniero (mi sobrino Ivar González) había estimado originalmente, y cuando estaba a la altura del techo, la desesperación por no poder seguir afrontando ese emprendimiento como los demás compromisos económicos que tenía, me dejó tan terriblemente malparado que me sentí acuciado por la obsesión de venderlo a toda costa. Como por encanto, providencialmente ocurrió un hecho que me generó un ingreso de Veinte Millones de Guaraníes, en concepto de honorarios al producirse la venta de una propiedad de unos clientes en Ñemby, con lo que pudo completarse el techado de la construcción.

                   Un episodio que se conserva en mi memoria en relación con este caso es la vez en que, estando en ese lugar, me sentí tan intensamente agobiado por una tensión que se apoderó de todo mi cuerpo, se diría que de cada una de mis células, poniendo a mi cerebro a un punto de estallar, como buscando disparar hacia cualquier lado sin saber adónde y sin entender claramente el motivo, quizás para llamar la atención de los míos para que me prestaran una mayor atención que desesperadamente yo pensaba que debían prestarme, dándose lugar a una reacción desaforada que se produjo cuando mi hijo Pablo Emilio iba cruzando por el medio de la sala de la construcción que recientemente se acababa de techar, profiriendo un grito agudo, prolongado y punzante como una varilla de acero, creo que pronunciando el nombre de mi hijo, ante lo cual él se quedó tieso, dejando caer un objeto que iba llevando en sus manos, quedando totalmente alelado. Ante esa situación, esa noche hubo una reunión con la familia en la que se trató mi reclamación de que me prestaran mayor atención, ya que mi problema transitaba por esa necesidad urgente que mi siquis requería.

                   Otra de las manifestaciones de la tremenda opresión que me invadió por el problema económico se produjo por ese mismo tiempo cuando se apoderó de mí el temor de no poder seguir pagando mis deudas a  la Cooperativa, entre las que estaban las cuotas de varios préstamos, entre ellas las de la primera Rueda en la que había salido adjudicado, y las de la segunda que seguía pagando sin que saliera todavía sorteado. Me entraron unas ganas locas de vender esta segunda rueda, que la tenía destinada a la construcción en otro inmueble donde se había mudado a vivir mi hija Selva que se había matrimoniado recientemente, y en un momento en que encontré el interesado en adquirir los derechos sobre dicha rueda a través de una funcionaria de la Cooperativa y se lo comuniqué a mi parentela, todos ellos manifestaron su contrariedad y oposición, máxime que por una extraña coincidencia justamente salí sorteado cuando ya se estaba concretando la operación con el comprador, aproximadamente seis o siete meses después de haberse iniciado el sorteo de esa Rueda. El caso es que me hicieron desistir de la venta y se pudo aplicar el dinero obtenido con el sorteo al objetivo inicialmente propuesto.

                   En fin, esta aprensión que mejor es calificarla como una hondísima depresión  que me provocaba un pavor crónico por quedar totalmente despojado de recursos con los cuales solventar las necesidades básicas de mi familia, es algo que no ha de ser fácil de entender para quien no lo haya experimentado en carne propia. La Naturaleza (Dios) apelaba a un mecanismo rudo e implacable para romper las estructuras arraigadas en lo más profundo de mi ser que me condicionaban a esperar únicamente lo seguro, lo previsible, apegado como estaba a ese universo propio que había ido forjando, entrándome un pánico cerval ante el temor de que se desmoronara. Lejos estaba todavía de que se plantara en mí la certeza de que las cosas acontecen indefectiblemente en justas medidas, bastando para ello que uno haga lo justo, aunque estos principios se insinuaban paralelamente en mi espíritu alterado, funcionando lejos de ese equilibrio estático que tanto anhelamos, con lo cual iba creando caminos a la creatividad imprescindible para el cambio.

                   En el contexto expresado, viene a cuento mencionar que la sensibilidad exacerbada de mi espíritu me había puesto en la situación de experimentar ciertas melodías musicales con tanta intensidad, tocando la música de algunas canciones unas fibras muy hondas de mi ser, en particular las de un cassette de música paraguaya que me regaló un amigo, que me elevaba a un estado de éxtasis o euforia extraña. El éxtasis provenía del estado exaltado o alterado de la conciencia, haciéndome experimentar un gozo que emanaba de la música, y del propio fervor en las creencias y pensamientos, entrando en una especie de trance alucinatorio.Mi mente funcionaba indudablemente en una frecuencia distinta a la habitual, y ello también seguía dando lugar a las asociaciones que hacía entre los distintos pensamientos o ideas que afloraban en mi conciencia, encontrando sentido a casi todas las cosas que cayeran en mi campo de percepción. Esta manera de funcionar mi mente era sin duda fruto de la compulsión a la que le inducía la Naturaleza a través de lo que comúnmente se denomina como afección o dolencia de orden mental o síquico, y desembocaba en el esfuerzo desmedido que yo mismo hacía para adaptarme a las nuevas creencias que afloraban en mi ser.

                   Otra experiencia que la ubico también por esta época, cuando se agudizó esta crisis en particular, fue un sueño que recuerdo haber tenido con mi primo Carlos Gwynn, donde con un realismo y una intensidad pocas veces experimentada se me presentó la alternativa de decidir entre mi propia muerte y la de él, como si esta decisión crucial fuese irremediable y fatal, y estuviese en mis manos o dependiese enteramente de mí. Aunque no recuerdo cual fue mi opción (se me hace que pudo ser la de convencerme a mí mismo de que él aceptaba voluntariamente la inmolación), el simbolismo onírico ya se hacía patente en la experiencia, ya que mucho después llegué a entender que mi primo nombrado, y su apellido en particular (Gwynn que evoca a “win” en inglés, que quiere decir ganar), tenían relación con el deseo de “ganar” que alienta en cada ser humano, de donde se infiere que la enseñanza del sueño radica en la necesidad que tenía yo de ir entendiendo que debía renunciar a la “ganancia” si quería ir progresando por la senda espiritual. Tal como lo expone Jesús: El que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que quiera perderla, la salvará (Lc. 17:33). O como lo configuraría también yo más adelante: Si quieres que tus deseos se cumplan, renuncia a tus deseos.

                   Rememoro igualmente la vez aquella, cuyas coordenadas temporales las sitúo por ese mismo período, en que se me ocurrió que  yo podía ser el mismo Cristo reencarnado, y que el Padre me podría estar preparando para la segunda venida mentada por él. Instantáneamente me asaltó sin embargo la idea de que tal era una soberbia inconcebible, inaudita,  y en un estado de fuerte concentración entre alucinado y dormitando, con Viviana al lado, se me ocurrió paralelamente que Cristo podría estar viniendo en forma de mujer, y que podía ser Viviana y no yo. En ese trance, comencé a mascullar mentalmente, en mecánicas repeticiones, “tú eres Cristo”, “yo soy Cristo”, como si alternativamente le atribuyese yo a ella y a mí esa cualidad, en una extraña actitud inducida desde lo más recóndito de mi ser, mientras todo mi cuerpo se retorcía en temblores y convulsiones que me dejaron exhausto. Esa perturbación de ánimo fue provocada por la interpretación que le asigné a la configuración que Cristo hizo equiparándose él  con cada uno de nosotros, y la ocurrencia de que acaso podía yo ser él mismo me pareció tan osada y blasfema en un momento, aunque no descartable del todo, traduciéndose en ese grotesco cuan irreprimible episodio.                      

                   Viene a mi memoria la tremenda tensión que me acogotara en algún momento, que lo sitúo por ese mismo período de tiempo, que me dificultaba ocuparme de mis compromisos profesionales, pese a lo cual sentía la imperiosa necesidad de seguir concurriendo a las oficinas. Una tarde, medio desahuciado y extraviado, me dispuse a abordar mi automóvil, y como impulsado por una intuición súbita, Pablo Emilio se aprontó para acompañarme, decisión que fue tan oportuna y beneficiosa por permitirme ir desahogándome con él de dicha tensión, que me produjo un alivio indescriptible. Recuerdo que ya en las oficinas llegó una señora que había requerido mis servicios profesionales, quien si mal no me acuerdo me había llamado por teléfono ya esa mañana, a lo que yo no quería negarme en principio porque mi convicción subjetiva impuesta por el nuevo condicionamiento me llevaba a pensar que el servicio a los demás era una responsabilidad ineludible, pero estando allí Pablo Emilio conmigo, éste me persuadió de la manera más elocuente que debía declinar la atención profesional a dicha persona atendiendo al estado en que me encontraba. La misma consultó, ante mi negativa, con la colega que compartía conmigo las oficinas, la Dra. Criselda Vaceque. Recuerdo que la mentada señora estaba bastante pintarrajeada en el rostro con coloretes, y su vestimenta, en particular su blusa, era de color rojo, por lo que al recibirla primeramente yo, la asocié oscuramente con el diablo, y después que aceptara mis excusas por no atenderla y me manifestara que consultaría con la colega, experimenté un gran alivio como si me hubiera liberado de una trampa del demonio. En honor a la verdad hay que destacar que mi aprensión fue solo el producto de mi alterado estado mental y que la señora continuó siendo cliente de la colega nombrada durante toda la tramitación del caso judicial que había querido encargarme, y también con posterioridad a la terminación de éste.


                                               XLII


                            Un hecho trascendental que provoca un nuevo giro en redondo hacia la espiritualidad, y nueva serie de grabaciones


                   Siguiendo la secuencia cronológica aproximada de estos sucesos, cabría señalar que lo precedentemente narrado habría acontecido en el lapso que media entre el agravamiento de mi crisis posterior a las grabaciones transcriptas de comienzos del año 1.995 y mi recuperación de ella, que fue dándose gradualmente hasta volver a mi estado “normal” a fines de ese año y comienzos de 1.996, quizás. Dicha recuperación empero consistía más bien en una revisión de las creencias teístas que afloraban cada vez que se agudizaba mi crisis, revisión que me llevaba de nuevo hacia el ateísmo y el escepticismo, como pruede apreciarse en el ensayo titulado ¿Carece la vida de finalidad? inserto en el Apendice, donde pese a iniciarlo con la fuerte convicción de que no hay Dios (implicada en lo dicho al comienzo del mismo de que  la vida carece de finalidad, expresada asimismo en el final de mi libro “Aprender A Vivir” donde se dice que el mundo y la vida toda carecen de finalidad), al final de dicho ensayo se vuelve a la posición de que las enseñanzas de Jesús como la Verdad Encarnada tendrían después de todo un sentido. Como quedó asentado allí, esta exposición constituyó un tremendo esfuerzo dialéctico, y refleja con notable intensidad el debate interior en que estaba sumido en mi ansiosa y afanosa búsqueda de la certeza en torno a las realidades que me eran dadas percibir. Es notable cómo pareciera, leyendo atentamente aquel discurso, que me hubiera sometido a una especie de descascaramiento, como si fuera el bulbo de una cebolla que iba descortezándose capa por capa.

                   Recuperada mi “normalidad” entre los inicios del año 1.996 y mediados de ese mismo año, coincidiendo con la terminación de mi libro “Aprender a Vivir”, ocurrió un hecho trascendental que me haría girar otra vez en redondo hacia la espiritualidad. Consistió tal hecho en el hallazgo de varios libros que trataban sobre el hombre conocido como Sathya Sai Baba, un Avatar o Dios encarnado que vive en la India, respecto del cual se habían hecho numerosas publicaciones de notables personajes, como también obras por él mismo escritas, que llamaron mi atención por lo que comencé a leer profusamente sobre el tema. Este descubrimiento fue crucial sin duda en el proceso que se estaba gestando en mí, y vino a robustecer las ideas ya saboreadas y masticadas sobre la filosofía del lejano oriente anticipadas en las obras de Fritjof Capra y Deepak Chopra. Tanto es así que al tiempo de la presentación de mi libro Aprender a Vivir, en febrero o marzo de 1.997, mi mente ya estaba firmemente afincada de nuevo en la creencia de la existencia de Dios. Esta creencia, que se traducía en un estado de euforia continuada, es dable apreciar en una serie de grabaciones que una vez más llegué a realizar, que datan de fines del mes de enero de 1.997, parte de febrero, y marzo del mismo año. Les dí comienzo poco antes de una excursión que hicimos con mi esposa y mi hijo Leonardo al balneario Camboriú (Brasil), prosiguiendo allí, y posteriormente nuevamente en Asunción, al volver de allí. Lo mismo que las que fueron hechas en 1.995, considero que para la presente crónica dichas grabaciones son relevantes, razón por la cual procedo también a transcribirlas e insertarlas  a continuación. La trascripción en este caso se realiza en su texto íntegro, casi sin modificaciones, pues pintan de una manera muy vívida el estado del proceso por el que entonces transitaba, sin necesidad de añadiduras.


                   Desgrabaciones de Casettes            


Sábado 26 de enero de 1997, 6:00 hs.


                   Apelo nuevamente a la registración de ideas e impresiones que tienen que ver con mi personal historia y que se refieren a ese examen que tiende al conocimiento de mí mismo y del mundo que me rodea en sus aspectos esenciales o, para llamarlo de otra manera, en sus aspectos verdaderos, no en el engañoso aspecto que se me puede aparecer o que se me ha aparecido durante el transcurso de largos trechos de mi existencia, haciéndome vivir frecuentemente confundido, y por ende, sumido en infelicidad y desdicha.

                   Porque después de transitar bastante camino he entendido por fin que el bienestar y la dicha provienen del conocimiento verdadero que uno llegue a tener  de la realidad. En tal sentido creo que hoy puedo afirmar que estoy en la senda correcta.

                   Lo cierto es que desde hace bastante tiempo me siento bastante bien. Aún mas, por momentos siento como si la paz y el bienestar incluso me abrumaran, si bien advierto que puedo alcanzar aún alturas mucho mayores. No obstante, el sitio en el que estoy es ya de por sí ponderable por haber sido capaz de despojarme de innumerables temores, de innumerables prejuicios, de innumerables deseos estériles y perniciosos. Por lo cual creo y considero que estoy en camino de ir ascendiendo hacia la meta final de la iluminación o liberación definitiva.

                   Es evidente que registrar la infinidad de impresiones e ideas que se suceden dentro de mí es una tarea imposible.Tal es así que existen en cada momento temas que se me presentan en la mente y que quisiera desarrollarlos por constituir como revelaciones sobre mi condición de ser viviente que ha tenido la particularidad de iniciar su existencia en la condición de ser humano sobre este planeta, y que me provocan ciertas sensaciones, ciertos momentos de plenitud, vivencias que en alguna medida sirven de fundamento a lo que explico. Esos temas, esas ideas, esas experiencias e impresiones, como es natural, son fugaces e impregnan mi vida diaria dándole una riqueza excepcional y por cierto he entendido que la vida tiene que ser vivida y experimentada de esa manera, de instante en instante, como acostumbraba a decir Krishnamurti.

                   Registrarlos, no con el propósito de aferrarse al pasado, no crear una historia de situaciones pasadas a las que el recuerdo se aferra por implicar momentos placenteros a los que se quiera retornar, porque precisamente aquello es algo que definitivamente no puede regresar, y porque los placeres y los goces que deparan o que depararon esas situaciones son por su misma naturaleza efímeros, y el bienestar, la paz, la dicha duradera, es aquella que se logra experimentándola en cada instante en que va transcurriendo la vida de cada uno.

                   En resumen, quiero registrar estas ideas, estas impresiones y acontecimientos con el objeto de que, si pudiere ayudar a otra gente que pretendiere o deseare lograr personalmente la liberación y el bienestar, en algún tiempo pueda ponerse a la consideración pública, como reflexiones, una especie de diario, y pienso que sí puede lograr ese cometido, ya que si bien es cierto el camino que cada cual debe seguir es único, no es menos cierto que la experiencia de los demás, narrada con la más plena y auténtica sinceridad, puede también ser útil a otros y permitirles ir entendiendo este mundo, si también su búsqueda la emprenden con la debida sinceridad.

                   Consciente estoy de que la comunicación entre los seres humanos en la manera más eficaz, de la manera más plena, la comunicación más lograda no se da precisamente a través de las palabras. Las palabras son equívocas, la comunicación más perfecta acontece realmente a través del corazón, por llamarlo de alguna manera. Esa comunicación se produce en silencio, ella acontece cuando el hombre alberga en su ser el amor hacia el semejante. Ese amor del que uno debe estar transido, un amor desinteresado que es entendido por el otro sin necesidad de palabras. Cuando uno se llena de amor, la comprensión deviene naturalmente, las palabras están demás.

                   Estas son verdades que de alguna otra forma otros, desde luego, ya lo han dicho. Y si bien es así, si esa comunicación es más perfecta, más plena a través del simple amor, no obstante, apelar a las palabras no puede ser descartado porque al fin y a la postre constituyen éstas un instrumento que también pueden ser portadoras de amor.

                   Cuando alguno pueda tener acceso solamente a las palabras porque las circunstancias no permiten quizás un contacto personal o tal vez la capacidad de quien quiera transmitir su amor no sea suficiente para hacer que se expanda y alcance a toda la humanidad, las palabras pueden suplir aquello que el sujeto está queriendo brindar a su semejante.   

                   En fin, estoy comenzando nuevamente esta tarea para registrar estas experiencias. Con ese objetivo, en esta fecha en que dispongo de un pequeño tiempo, hago estas reflexiones que probablemente en su momento deberían ser depuradas, pero este impulso de registrarlas obedece precisamente a que deseo aprovechar el tiempo, ya que dentro de las múltiples responsabilidades que me competen en esta vida a veces siento que el tiempo se me hace corto.


Domingo 27 de enero de 1997


                   Mi responsabilidad esencial, conforme he llegado a entender, es la de servir a la gente en la medida en que mi capacidad lo permita, lo cual me insume por cierto bastante tiempo. Servir a la gente es lo que me permite sentirme bien, ese es el objeto y la finalidad de cada ser humano, y ese servicio debe ser desinteresado, eso es un hecho constatado por mí, eso ha sido enseñado por los maestros que han entendido claramente el sentido de la vida. Ese servicio no debe ser rehuído por mí, debe ser asumido y debo ocuparme de él aunque no me sobre el tiempo para este menester de registrar, que definitivamente es una tarea que también debe estar destinada a ayudar y no a engrandecer mi ego, que es a lo que quizás antes tendía cuando me sentía ansioso de describir las experiencias personales que entendía merecían ser descriptas. De ahí que el apelar a registrar en una cinta estas experiencias puedan permitirme quizás ahorrar o dedicarle menos tiempo a esta tarea ya que se la hace con más rapidez que el que lleva sentarse a mecanografiar o escribir en la máquina todo esto que voy diciendo.

                   En fin, como introducción a esta tarea considero que valen las expresiones que anteceden y puesto que hoy estoy con tiempo, ya que estoy de vacaciones, puedo seguir exponiendo ciertas cosas que tienen que ver con mi personal historia; y a propósito, este bienestar, esta paz, este amor que me embargan es algo que ha significado un transitar por escabrosas sendas y espero permanecer en él, en ellos.

                   La verdad es que cuando uno ha decidido obrar con rectitud en cada acto de su vida las cosas acontecen naturalmente con entera justeza, con una precisión tal como si obedecieran a los deseos de uno. Por consiguiente lo importante y fundamental es tomar la decisión de obrar o actuar correctamente. Es una decisión que a primera vista pudiera parecer fácil, no obstante, para entender claramente la actuación justa y correcta uno debe pasar por situaciones necesariamente dolorosas, porque puede parangonarse esa decisión a un nuevo nacimiento propiamente dicho; la vida verdadera, y todo nacimiento, por lo visto, implican dolor.

                   Cuando uno ha tomado la decisión y permanece en ella de la manera mas inconmovible que se pueda imaginar, entonces la vida le depara a uno una enseñanza en cada acontecimiento que sucede alrededor. En ese caso, los sueños por ejemplo son el medio a través del cual uno recibe lecciones, iluminaciones y le permite entender que uno es tan solo un pequeño instrumento, dentro de la inmensidad de este universo, y uno se convierte en un instrumento eficaz para que las cosas acontezcan de la manera más conveniente para todos, cuando se dispone a hacer las cosas correctamente.

                   En definitiva, somos el instrumento, pero al propio tiempo somos  el destinatario de todo lo que pase, de toda la realidad y como tales realmente cumplimos con nuestra finalidad u objetivo cuando nos disponemos a actuar con rectitud. Decía que a través de los sueños se nos revela o presenta la revelación, se manifiesta la inteligencia del universo o totalidad de la que somos parte, y a través de eso entendemos que estamos por el buen camino, que estamos haciendo aquello que nos compete. Y a propósito, quiero referirme a lo que soñé en esta noche:

                   “Despierto, y al punto me acuerdo que estoy haciendo unos trabajos con una señorita a quien no conozco, no obstante, estamos haciendo unos trabajos y al despertar me viene a la mente la idea de que estamos haciéndolo bien. Las imágenes son de ciertos trabajos que no están muy claramente representados o vistos, pero había una mesa, estaba la señorita esa, estábamos haciendo un trabajo para la comunidad, o esa sería la idea que estaría en mi mente. Y al despertarme, siento como si estuviésemos haciéndolo bien.”

                   Interpreto la experiencia onírica en el sentido de que la parte masculina y femenina que en mí están se encuentran funcionando correctamente, a tono con la explicación de quienes conocen este tema, vale decir, que en cada ser humano existen partes masculinas y femeninas, o por llamarlo de otra manera, nuestra naturaleza está hecha por impulsos que responden igualmente a lo que se entiende usualmente como masculino y femenino, el yin y el yang, como lo denominan los taoístas.  La idea que tengo es, entonces,  que mis partes femenina y masculina están funcionando correctamente.

                   Esa es una explicación de cómo nuestro ser,  aun en el estado de sueño, elabora ideas y representaciones de la realidad que, cuando uno tiene la disposición de actuar con corrección, estas representaciones oníricas vienen a manifestarse como una clara revelación de la naturaleza, de la inteligencia ínsita en la naturaleza, a través de la cual uno se entiende, de forma a ir transitando por el sendero correcto.

                   Tuve otros sueños en días anteriores, por ejemplo:

                   “Estaba realizando unas gestiones y de repente veo la torre que está en el parque Carlos A. López, y dentro de esas gestiones que estoy realizando, le digo a alguien, o a mí mismo, que en ese mirador funciona el rectorado de la Universidad Nacional”

                   Interpreto ese sueño en el sentido de que lo recto o lo correcto también está en el parque Carlos A López, ya que en ese lugar suelo realizar mis caminatas y durante ellas mis meditaciones, práctica que la tenía un tanto abandonada; y por lo tanto, debo reanudarla y seguir con ella.

                   En otro momento soñé también, días atrás, unas escenas bastante vergonzantes y conflictivas de las que no estaba pudiendo escapar:

                   “Específicamente me vi haciendo mis necesidades fisiológicas en una pileta llena de agua, y se me hacía que esa agua iba ser bebida y que me habrían visto algunos. No sabía cómo escapar, pero de repente me encuentro en una lancha que me lleva raudamente por un océano abierto, me asusto un poco, creyendo que no podría salir del océano inmenso, y de improviso arribo a un muelle con toda tranquilidad”

                   Lo interpreto como proyección de mis conflictos, un oscuro residuo de algún sentimiento de culpa que me inocula la duda de si estoy o no actuando correctamente; sin embargo, se me revela la inteligencia de la naturaleza a través de mis sueños en el sentido de que no debo albergar esos sentimientos de culpa porque realmente me encuentro navegando en un universo, en la realidad total, hacia buen puerto, lo que me permite sentirme bien, y por lo tanto, debo seguir haciéndolo. A pesar de lo complejo y difícil que es entenderse uno en plenitud y dentro de los temores y situaciones íntimas difíciles que uno debe ir superando.

                   Narré estos sueños porque, como dije, atañen a mi historia personal y mis interpretaciones de ellos, aunque quizás parecieran arbitrarias, caprichosas o no convincentes; sin embargo, me doy cuenta de que el único que puede interpretar sus sueños es uno mismo. Porque al final las ideas y las revelaciones o frases completas que afloran en la mente cuando uno despierta, es uno mismo únicamente el que las puede asociar con sus cotidianas vivencias.


Lunes 28 de enero del 97, Camboriú 12:00 hs.


                   Estoy nuevamente abocado al emprendimiento de seguir registrando mis vivencias, mis ideas, el proceso de mi evolución personal, en este tránsito de mi vida hacia la meta de la iluminación, o liberación, que es a lo que tendemos, a lo que aspiramos, y que es a lo que necesariamente debemos llegar, según lo tengo entendido.

                   En tal sentido, estaba reflexionando que ya no soy el mismo, no soy el mismo de antes, diría. Entiendo y siento que cambié, ese cambio se produjo en mí, en mi ser fue obrando el cambio la propia naturaleza quizá, por momentos, pese a aquello que yo creía que era mi ser; ese cambio que hoy me hace sentir diferente a lo que era antes, me hace ver la realidad de una forma totalmente diferente a la que antes veía. Este nuevo yo, este nuevo ser mío, no es el mismo, porque aquello que me constituía, que esencialmente parecía destinado a la destrucción, o a la aniquilación definitiva, a la existencia fugaz y efímera, ha sido reemplazado por lo que es indestructible, por lo que es inmutable y eterno.

                   Me identifico hoy con lo que en mí hay de perdurable e indestructible, porque esa es la verdadera naturaleza de mi ser. Es cierto que mi cuerpo está constituido por estructuras que cambian, está constituido por entes que se encuentran dentro de ese flujo interminable en que consiste la naturaleza en cuanto se nos aparece a la vista. Ese flujo y cambios perpetuos percibidos por nuestros sentidos y que conforman todo el universo ante ellos, se encuentran en la parte superficial de la realidad, porque debajo de ellos subyace lo inmutable, lo indestructible, y aunque parezca paradójico, eso que es inmutable también integra a las cosas que no lo son, a las cambiantes. Porque, en todo caso, si la realidad fuere el cambio, como dice Heráclito, al menos ese cambio sería perpetuo o eterno; pero las palabras son impropias para expresar las maravillas del universo, la realidad real del universo y lo eterno del universo; lo que sería la conciencia del universo, ese aspecto de la realidad, esa parte esencial, esa conciencia, es inmutable.

                   Esa conciencia está en mí, esa es la verdadera naturaleza de mi ser y ahí estoy yo en este momento, identificándome con la conciencia que siento que no se va a extinguir, que siento que es eterna y que como parte que soy de la misma, también estoy predestinado a no ser aniquilado jamás. Es posible que el mundo entero también esté cambiando, por decir de alguna manera, puede ser que la humanidad se encuentre despertando a esa conciencia universal por influjo precisamente de ella misma que, sirviéndose como instrumento de todos los seres humanos que buscan y ansían la perfección, que se imponen de manera imperativa el obrar correctamente, que sienten arder en su seno ese amor por los demás, que ambicionan ver lo que desde muchos milenios se viene predicando como un estado de beatitud, un estado de bienestar permanente, valiéndose de sus propios instrumentos, que al final y a la postre son ella misma, esa conciencia universal está llevando a la humanidad hacia un estado de perfeccionamiento al que Jesús llamaba el reino de los cielos.

                   De la cantidad de materiales que ha caído en mis manos en los últimos tiempos pude extraer el conocimiento y también la fe de que toda persona que actúe con la debida corrección, con el necesario amor hacia los otros provoca una reacción, ejerce una influencia poderosa en el cambio que en el mismo sentido pudiera producirse en los demás. De ahí que la fuerza del amor genere una reacción en cadena y permita a toda la humanidad ir escalando hacia el estado de bienestar que mencionaba, de ahí lo importante de que cada cual se imponga el propósito de ajustar sus acciones a la verdad, de ahí la necesidad de que cada cual enfoque su andar en este mundo al propósito de servir a los demás, de ayudar de manera tal para que todo cambie en beneficio de todos.

                   Estas reflexiones no constituyen obviamente una prédica puesto que no soy un predicador, las reflexiones son en realidad como clamores, como energía síquica que tiende a circular,  como toda energía, es la plenitud de la que yo mismo estoy transido la que hace que se exprese de alguna manera y naturalmente, si ellas van circulando, rompiendo obstáculos por ser esa su naturaleza, porque como en algún momento dije en otras reflexiones ya registradas por mí, la energía síquica es la más poderosa energía que existe, y ella misma es la creadora de todas las demás energías; ni siquiera la luz, el fuego o cualquier otro tipo de energía existiría si no existiera la energía síquica que da la vida y que hace aprehender los otros tipos de energía al ser viviente, que de esa manera le da vida, ya que es inconcebible que pueda existir siquiera el sol si es que un ser viviente, una conciencia, no lo estuviera contemplando.

                   Es mucho sin duda lo que puedo decir de este proceso de mi evolución personal que me condujo a este estado, llamémosle a esta etapa de dicha evolución porque como es natural estoy aún en el camino y debo aún seguir aprendiendo muchas cosas que me son desconocidas, lo cual empero es totalmente normal ya que la culminación de esta evolución es algo que solamente puede alcanzarse quizás con la propia muerte física. Y puesto que, como mencioné, mi propósito es precisamente referirme a esas experiencias que atañen a mi historia personal, importante es que me refiera a ese proceso en el que se transita por el sendero de la existencia hacia la conciencia de la necesaria rectitud inclaudicable, pues es cierto que en tanto no comprendía que el obrar con rectitud tenía consecuencias perjudiciales para mí mismo, me limitaba yo a tratar de hacer aquello que en lo personal satisfaciera mis impulsos mas primarios, ya que ellos tendían a satisfacer mi deseo de placer con la comida, con el sexo, con las posesiones materiales, pensando naturalmente que la vida a eso se reducía.

                   No cavilaba yo en el daño  que con ello ocasionaba a toda la humanidad; quizás aparezca pretenciosa esta declaración, pero hoy comprendo que evidentemente, mientras uno se aferra a ideas y conceptos incorrectos, está oponiendo obstáculos a ese flujo de energía síquica que palpita en el cosmos, y en particular en las personas vivientes que han obtenido la iluminación y el conocimiento de la verdad y que, como instrumentos del cosmos, están propagando esa energía para que las cosas pasen con justicia para todos.

                   Está claro que aquella actitud errónea en gran medida, que tiende a exacerbar el egoísmo, el engrandecimiento de ese ente que se genera en cada individuo circunscripto por sus límites corporales, constituye probablemente una etapa, una necesaria etapa de la evolución hacia la perfección, porque esa actitud se advierte que existe en alguna medida en todos los niveles de la vida, aun en aquellos animales y seres de la escala biológica previa a la humana que pueblan este planeta, tendiendo siempre en ese nivel menor a acaparar todos los espacios; entonces cabría pensar que esa etapa es propia, natural, aunque precisamente muchos se estancan y no pueden acceder al nivel superior, donde la vida y la conciencia se torna única e indiferenciada, otorgando el bienestar por el solo hecho de acceder a ella.

                   No obstante, creo, entiendo, y considero que cuanto más gente acceda a ese nivel de conciencia superior donde uno llega a integrarse, a formar parte de esa conciencia que abarca a todas las cosas, tanto más fácil será la evolución para aquellos que no están accediendo a ese estado. Aun los niños probablemente podrán mantenerse en ese estado, una vez culminado el proceso de la evolución, para dejar de percibir a la naturaleza de forma fragmentada y aislada, y cuantos más sean los que alcancen el nivel superior de conciencia, se podría quizás con mayor facilidad obviar las etapas de la evolución en las que la realidad es vista de manera fragmentada, configurándola como la única manera de ver, etapas en las que uno va buscando satisfacer a toda costa los instintos más primarios; y quizás eso permita llegar al estado de bienaventuranza para todos y obtener la dicha y el amor necesarios para poder crear un paraíso, un universo donde el estado definitivo y natural para todos sea el de la plenitud y la justicia.

                   Pues bien, heme aquí hoy, en Camboriú,  rememorando momentos en este proceso de mi evolución que me ha conducido de una confusa percepción de la realidad, de una contradictoria y permanentemente problemática situación en mi vida, a una tranquilidad y paz espirituales, heme aquí puesto en manos de esa conciencia cósmica o divinidad, como un instrumento dispuesto a hacer lo necesario para que las cosas funcionen adecuadamente y para que, de esa manera, yo alcance la iluminación o perfección que es mi destino manifiesto.


Camboriú martes 29 de enero del 97, 12 hs de Paraguay 13 hs de Camboriú


                   Heme aquí registrando nuevamente mis vivencias, tratando de poner en algo duradero estas cosas, tal que, de esa manera en que conocemos en la vida cotidiana, pueda perdurar; de modo que en este plano de la existencia pueda constituirse en un vehículo que lleve a los demás estas reflexiones para, como se dice en la jerga profesional del foro, lo que hubiere lugar.

                   Dichas las cosas que anteceden, expuestas ellas de la manera en que lo fueron, creo que estaba yo bastante ufano por la posición que he alcanzado en este mi proceso evolutivo espiritual; en realidad comenzó en mí desde mi mismo nacimiento en la forma en que hoy existo, es decir, esto que creo ser yo, que tuvo su inicio con mi concepción, entró a este plano existencial en ese mismo momento en que fui concebido y comenzó el proceso evolutivo para este plano existencial en el que estoy pasando desde entonces, y fui caminando un camino que por momentos estaba muy alejado de la espiritualidad, ello era así porque la manera en que yo veía la realidad y el convencimiento que tenía sobre ella hacían que mi espíritu estuviera existiendo solamente para dar vigencia a la vida en el plano netamente material, en el plano físico, para denominarlo normalmente. Esa actitud mía, esa forma de ver la realidad se enseñoreó durante mucho tiempo en mí, y naturalmente, ello hacía que mi evolución espiritual quedara estancada, pese a que en lo recóndito palpitaba ese anhelo de avanzar, de progresar, que está visto es propio de todo ente en la naturaleza; y lo que se puede decir sobre mi verdadera evolución, sobre el verdadero progreso en ella, es algo que se inició realmente no hace mucho tiempo, y el logro de esta posición actual a la que accedí, no sin dejar de dar tumbos aquí y allá, es algo reciente; y claro, no es motivo para pavonearme demasiado.

                   No obstante, entiendo y siento que la posición a la que he llegado, la verdad que he descubierto, el puerto al que he arribado, está asentado en tierra sólida, y constituye un punto de partida desde el cual se puede avizorar el rumbo a seguir con bastante claridad. Desde luego la meta final está probablemente bastante lejana, la definitiva iluminación quizás ni siquiera me sea dado obtener en el curso de mi existencia mortal, quizá ella sobrevenga definitivamente recién después de mi muerte física. No obstante, no se descarta que pueda tal vez llegar a ella antes de este evento mencionado y está claro que en ello está imbricada mi propia voluntad, está imbricado mi propio esfuerzo, que sin duda alguna ya decidí empeñarlo en esa tarea.

                   Lo cierto es que, a propósito de mi estado actual en ese camino, tuve algunos sueños reveladores que precisamente vienen a dar consistencia a lo que decía, mis sueños me indican qué mucho es de lo que me falta despojarme para conseguir la verdadera libertad, la liberación, la verdad o la iluminación. Estuve mencionando antes que los sueños constituyen una elaboración de la mente en un estado en que ella funciona respondiendo con mayor obediencia a la inteligencia que impregna la naturaleza y nuestro cuerpo, los sueños constituyen construcciones de la mente tan sólidas como aquellas que construye ella en el estado de vigilia. Y digo que son igual de sólidas porque en el entretanto del sueño, mientras uno se encuentra inmerso en él, la vivencia es básicamente la misma que la de la vigilia, vale decir, que la realidad del sueño es tan real, verdadera y firme como la que se siente en el estado de vigilia, con la diferencia de que al despertarse ella se esfuma. Cualquiera que haya soñado y que se ponga a pensar y reflexionar advertirá que eso es así; no le damos importancia a los sueños porque ellos se desvanecen en cuanto sobreviene la vigilia.

                   Los acontecimientos o sucesos de nuestro tiempo de vigilia, al decir de un sabio maestro al que me referiré mas adelante, son igualmente como episodios creados de nuestra mente, son como una intrincada red que va creando ella y que se desvanece igualmente en el momento de la muerte física, después de la cual la vida por cierto continúa en otro plano y es ésa la verdadera, genuina vida a la que deberíamos acceder para dar vigencia a la vida en plenitud; esas ideas y esos pensamientos que estoy tratando de expresar a mi manera peculiar, en realidad estaban en mí en gran medida desde antes, y fueron clarificados por las expresiones que este maestro a su vez ha vertido en algunas de sus enseñanzas que tuve oportunidad de leer; y desde luego, ello va abriendo mi intelecto, voy entendiendo mejor la realidad, y le presto mayor atención a mis sueños, que siempre me traen una verdad aleccionadora en este mi estado en que puedo ver la verdad solamente a través de esas ráfagas de iluminación que acuden a mi mente para indicarme la senda correcta que debo transitar, y me dan las pautas para mi mayor bienestar.

                   El maestro al que me referí es un hombre prodigioso y sensacional que existe aún hoy día en un lugar de la India, lugar lejano pero de quien tuve noticias gracias a los medios actuales de comunicación y específicamente a través de ciertos libros y testimonios de personas que lo conocieron y que lo definen como lo hacen sus propios seguidores llamándolo como la encarnación de Dios, o, empleando la palabra que utilizan en ese lugar para designar a hombres de esta naturaleza, como un Avatar; esto es, una encarnación de Dios.

                   El nombre de este hombre es Sathya Sai Baba, en esa forma se lo conoce, y de acuerdo a lo que pude conocer de todo el material al que tuve acceso, este hombre es algo tan prodigioso, algo inimaginable por su sabiduría y poderes que están infinitamente mas allá de lo que usualmente conocemos en el común de los mortales. Para tener la idea acabada sobre la personalidad de este humano vivo hoy en la tierra, habría que leer las obras que tratan sobre él, y bastaría decir que estas obras fueron escritas por personas interesadas en conocer la verdad, gente que pertenecen a nuestra cultura occidental escéptica y que tuvieron ocasión de comprobar directa y personalmente todo lo que mencioné antes. El que tenga curiosidad por tener información abundante sobre el mismo, pues bien, que recurra a las librerías. Lo cierto es que este hombre a través de estas informaciones me ha cautivado a mí, en el sentido de convencerme plenamente de la veracidad de sus mensajes en cuanto que ellos coinciden con mis descubrimientos; vale decir, su prédica se basa esencialmente en el amor y esa prédica está dada en palabras, lo que realmente conmueve a cualquiera cuando se advierte que habla del tema con conocimiento de causa; sus palabras encendidas fluyen como un caudaloso río que va irrumpiendo en el ser de uno y le hace identificarse a uno con quien dice tales cosas; además de la identificación que uno hace con él, desde luego afirma que la divinidad radica esencialmente en todos y cada uno de nosotros, y que sencillamente es menester que la desarrollemos.

                   Valga esta introducción para mencionar que después de una jornada entera en Camboriú, en la noche se me ocurrió el pensamiento de soñar con este maestro en concreto. En el día anterior no recordaba haber soñado inspiradamente,  y estaba deseoso de tener sueños de ese tipo para encontrar en ellos alguna directiva u orientación en esta vida que estoy transitando. Entonces se me ocurrió, o tuve el anhelo de soñarlo a él, en fin, no ocurrió precisamente eso; tuve algunos otros sueños que sin embargo me dieron pistas sobre mi estado y situación actual. Paso a narrar el primer sueño, en donde estuvo implicada después de mucho tiempo la violencia; soñé en ese contexto que estando en un lugar que no me resultaba muy familiar, (no obstante lo identifiqué como una de mis posesiones territoriales, tenía la impresión de que era un terreno mío), y que en ese lugar cierta persona ayudada por otras había erigido una alambrada para desposeerme, aun cuando esa persona, a quien identifiqué, a quien asigné un apellido que era Almada, no respondía a las características de esta persona conocida mía, y lo del supuesto territorio mío tampoco era lo de la realidad, pero en el sueño se suponía era mío. Me fui y tuve una pelea, eché por tierra todas las alambradas con mucha violencia e ira,  aunque este tal Almada tenía una contextura física considerable e importante, una persona robusta ésta, que fue asignada para la posesión del terreno, que venía a disputármelo y trataba de sacármelo por la fuerza por medio de la alambrada que mencioné.  Me fui, eché por tierra sus postes, lo vi a él, persistía en ello y yo mismo viví el episodio como si estuviera despierto, no creo poder diferenciar esa vivencia onírica de una vivencia en el estado de vigilia, realmente en el sueño no se me ocurría estar soñando, sino estar realizando ese enfrentamiento. Al despertarme, me viene a la mente la idea de que  esa escena de violencia que elaboró mi mente mientras dormía es para indicarme que estoy apegado a mis hábitos; si en mis sueños lucho por cierta posesión material, ello me indica que estoy apegado a hábitos que no son beneficiosos, como comer mucho; que ahora, en esta ocasión que debería ser aprovechada por mí al máximo, ella es desperdiciada cuando me aboco a ingerir comidas en exceso, en cantidades muy superiores a las que mi organismo necesita. Me viene luego a la mente la exhortación  de no dejarse seducir por ese deseo. Uno debe disfrutarlas, paladearlas tratando de que sean en la medida correcta, que es lo apropiado, no obstante, con esta mala educación estamos cotidianamente abusando de la comida. Y a propósito del sueño y de lo dicho líneas arriba, me viene a la mente lo que Sai Baba le dijo a Casturi, un biógrafo y colaborador suyo, cuando lo veía muy dominado por ese impulso: que el alimento debe ser ingerido como si se tratara de un remedio para la enfermedad del hambre. Considero que es la manera en que uno debe ir perfeccionándose en el camino de la rectitud y de la justicia.

                   Naturalmente que el dominio de ese “pecado” como lo llamaban los teólogos cristianos (gula), el dominio de ese impulso, implicará el mejoramiento espiritual y permitirá que las capacidades de uno se acrecienten, hará que uno pueda canalizar todos sus impulsos hacia lo único para lo cual debe canalizarlos, la propia evolución espiritual.

                   En alguna medida, por ende, el Baba llegó a mis sueños, dándome alguna indicación que debo y necesito seguir.


  

Cassette 4, del 30-01-1997.

 

                   Continuación del cassette 3 de Camboriu.


                   Continuando con mi exposición en torno a la parte indestructible de mi ser que es susceptible de perdurar, cabría especular que los espíritus, la energía psíquica que constituye a cada ser humano, trasmutada en alguna estructura, en alguna forma que hoy desconocemos, perdura en el tiempo, y con la muerte física se traslada quizás a regiones que no son precisamente las que habitamos los demás mortales. Podríamos decir que quizás cada ser individual se suma a esa energía total, a ese poder total que da vida al universo, quizás de alguna manera participen de esa fuerza, de ese poder, de ese absoluto, y se manifiesten en la conciencia de los demás seres mortales en la forma en que se suele denominar la reencarnación.

                   Esta especulación, esta elaboración mental, esta creación o esta idea que estoy plasmando es posible que haya sido expresada de otra manera o mejor, es evidente que ya otros la habrán expresado y de hecho, el concepto de la reencarnación es un concepto que no tiene por qué circunscribirse, limitarse a un esquema en el que un ser individual se haga carne en otro que nace, que ese ser muerto alguna vez en su individualidad se aloje en otro cuerpo que esté comenzando en otra estructura; definitivamente la reencarnación puede constituir el hecho de que los incontables seres individuales que hayan existido puedan estar pasando sucesiva o alternativamente a través del cuerpo del ser vivo o del ser mortal que está dando vigencia  a la vida en ese momento. Tal posibilidad es realmente bastante atinada, bastante lógica, y uno advierte que siendo el cuerpo realmente un flujo constante de energía, y de materia que se transforma en energía, es lógico, es razonable que a través de ese cuerpo, a través de esa estructura puedan pasar aquellos seres individuales que se traducen en pensamientos, que se traducen en creencias, que se traducen en sentimientos, y aunque esos seres, y los mismos que estén viviendo, que no por ser algo nuevo dejan de tener su propia estructura, sienten tener su propia identidad, y estos mismos seres que en el presente se encuentran vivos también tienen a su vez sentimientos, pensamientos, ideas y una serie de creaciones que se irían trasmitiendo de uno a otro de manera que la ira que experimente una persona en un momento dado se propaga hacia otras personas y a su vez va provocando acciones y reacciones que se traducen en un estado de bienestar o malestar general según el caso.

                   Estoy pergeñando estas ideas y las estoy dando forma como otros ya habrán dado forma a las mismas ideas, a los mismos conceptos de otra manera, que al fin y a la postre no son sino la incesante creación de la mente humana, apéndice de la mente universal, que definitivamente es el intento de explicar esa totalidad que la abarca todo y que se suele decir que es la única realidad, la definitiva, es decir, Dios, hacia el cual tendemos. Evidentemente mi actual creencia en Dios me sorprende sobremanera a mí mismo, estaba recordando hoy que en más de una ocasión me había dicho a mí mismo que jamás creería en Dios, por eso decía que en mí se había establecido aquella afirmación de Nietzche de que Dios había muerto; Dios era una concepción del hombre en su afán de encontrar explicación a lo que todavía no conocía, y que iría conociendo poco a poco en el curso de su evolución, pero de su evolución científica, tecnológica e intelectual, descartando en absoluto la evolución espiritual que para mí era algo completamente desconocido y ajeno.

                   De hecho, esta convicción en su forma consistente, en su forma firme, está adviniendo en mí desde hace bastante poco tiempo; la cuestión probablemente vaya por la concepción que tenia anteriormente de Dios y la que actualmente tengo y creo entender.Evidentemente, considerar a Dios como algo separado de mí mismo y de todo lo creado, de todos los demás hombres, era una cosa que en absoluto me convencía, porque nada permitía a mi intelecto constatar que existiera un ser de esa naturaleza; actualmente mi concepción de Dios es realmente una concepción que va pareja con aquella idea que también fui elaborando paulatinamente, de que todo el universo está impregnado por una inteligencia que está mas allá de la mera mente individual y humana. Una inteligencia poderosa por no decir todopoderosa, esa inteligencia que impregna toda la realidad, impregnándome también a mí mismo, es una inteligencia que está mas allá de mi capacidad, de mi poder, de mis limitaciones, se encuentra evidentemente mas allá de lo que individualmente pudiera yo concebir y pudiera hacer como ser individual. Definitivamente, en algún momento, observando esa inteligencia llegué a acuñar la frase de que "Dios no existe, pero es como si existiera". Pero avanzando en mi evolución y experimentando dentro de mí mismo, pude arribar a la certeza de que realmente aquella inteligencia no puede sino ser denominada Dios, o, sea cual fuere la denominación que reciba la conciencia universal, la conciencia cósmica, ese ser supremo que es concebido por el intelecto o el espíritu humano, ese ser supremo existe, y aun con lo equívocas que puedan ser las palabras, diría que yo formo parte de él.

                   Con el transcurrir del tiempo, a partir de aquella búsqueda, de aquella indagación y de aquella constatación, siento y entiendo que existe en mí algo indestructible, como ya lo dije antes, algo que es realmente invulnerable, algo que jamás ha de terminar. Ese algo es claramente la chispa, el puntito de luz que en mí da vigencia a la vida, ese puntito de luz que, como dije, puede expandirse, puede crecer y puede definitivamente fusionarse a esa totalidad, a esa energía que todo lo abraza, a eso que sirve de soporte a cada uno de los pasos que da cada ser viviente y hasta cada ser no viviente que puebla el universo. Eso es algo que constaté hoy, digo hoy por decir que en este momento sigo constatándolo después de haberlo constatado ya hace bastante tiempo, aunque no en fecha muy remota, eso es algo que antes me parecía completamente imposible y hoy es una realidad, y esa constatación me permite acceder al bienestar duradero que desde hace tiempo estaba ambicionando, ese bienestar que proviene de esa simple Fe que es alimentada por el amor, que dentro de mi capacidad estoy brindando a los demás y a mí mismo. Convencido estoy de que este amor es la esencia de esa totalidad y también debe ser el norte indeclinable de todo acto que me compete a mí realizar. Para decirlo con las palabras de Sai Baba: Todo acto tengo que volverlo sagrado, en el sentido de que se erija en una función básicamente dirigida a realizar a Dios en todos y cada uno de los seres vivientes, o de los seres humanos, o de todo ente que puede naturalmente ser transformado por la fuerza del Amor.

                   Recordaba hoy también que un Obispo Anglicano con quien había intercambiado ideas y a quien había conocido casualmente, me había dicho que si buscaba con la suficiente sinceridad y autenticidad, algún día llegaría inexorablemente a encontrar a Dios; me decía él también que elevaría sus plegarias para que eso acontezca; en aquel entonces me parecía algo absolutamente imposible, no podía yo pensar en un Dios que permitiera, con todo su poder, que existiera en el mundo tanto sufrimiento, tanto dolor, y cavilaba que si yo fuera Dios, haría que la cosas fueran distintas; naturalmente no tenia yo en cuenta que es el hombre el causante del mal, y que es el hombre aferrado a su egoísmo, incapaz de trascender de su propio cuerpo, de su propia piel que le recubre, incapaz muchas veces de amar otras cosas que los placeres efímeros, la satisfacción de impulsos que le llevan a causar daño a los otros deliberada o inconscientemente, es el propio hombre, entre quienes yo estaba, el que provocaba todos los sufrimientos, todos los daños a la humanidad.

                   Hoy, cuando concibo a Dios como una energía irresistible que esparce en todas las direcciones su poder, haciendo que la naturaleza generosa brinde a todos, sin distinción, lo necesario para seguir viviendo y para seguir evolucionando si entendiere a esa naturaleza, encontrando con ese ahínco que le caracteriza los medios para que la tecnología permita la subsistencia de todos, de alguna manera, aun cuando ciertos pasares no sean las mas deseables, hoy, evidentemente, estoy en la creencia de que todo ser humano necesariamente tendrá que llegar a la meta de unirse definitivamente con su creador, con ese ser supremo, y eso me permite obrar y actuar de la mejor manera, actuar simplemente con rectitud, que es el mecanismo, que es el medio para que toda la humanidad se transforme; estoy convencido de ello, y quienes actuaban con rectitud y deseaban que yo mismo me transformara, han logrado probablemente conjugando con mi propio propósito de embarcarme también yo en la búsqueda de la verdad, de la verdadera realidad, que no es otra cosa que Dios; eso ha logrado que hoy esté yo en este estado del cual me siento complacido; y cómo no sentirme complacido cuando veo que ese bienestar al que aspiraba, que hoy lo entiendo y lo siento como el más duradero, ha de seguir permaneciendo en mí, aun dentro de la vacilaciones que pudiera seguir teniendo en este camino.

                   Hay infinidad de cosas que podría seguir diciendo. En el curso de la jornada se me han ocurrido millares de cosas, millares de ideas, ideas luminosas quizás que poco después vuelvo a olvidarme, y de lo que anteriormente, y aun hoy, evidentemente me siento un poco, no sé si apenado o cuál seria otro término apropiado; lo cierto es que pareciera que acontecidos esos sucesos en mi interior tuviese la urgencia de registrarlos, de dejarlos impresos en algo, pero precisamente, reflexionando caigo en la cuenta de que esa urgencia no es necesariamente beneficiosa, y por el contrario, es nociva, ya que la vida es lo que uno experimenta en cada instante, y aquellas ideas, aquellos pensamientos, aquellas estructuras que uno va creando o que aparecen en uno, no se pierden sino que trascienden y van llegando quizás a otras personas, a otros seres y así va teniendo vigencia la vida, y el hecho de querer registrarlos a toda costa es quizás la respuesta a ese apego que tenemos a las cosas fijas, uno registrará lo que puede y no tendrá porqué lamentar o consternarse por aquello que no registra.

                   En ese mismo orden de reflexiones, estuve pensando que tuve por ejemplo varios sueños de los que no me acordaba, es para el equilibrio y para la armonía interna bastante importante y hasta fundamental probablemente que uno no recuerde ciertas cosas, o muchas cosas, como los sueños, que de repente, en experiencias anteriores, por querer darles un sentido y una significación a toda costa, me han llevado a una loca asociación de ideas que llegaron por momentos a desequilibrarme y a enfermarme, porque francamente uno en este estado y en esta etapa no puede abarcarlo todo, no puede dar explicación a todas las cosas, y tiene que aceptar esa incapacidad que obviamente forma parte de la limitación de uno mismo y que quizás en el progreso espiritual de uno, pueda ir superándolo, porque va entendiendo mejor las cosas; y aun quizás en muchas ocasiones uno pueda recordar o siempre recordará solo lo necesario y entenderá como corresponde todas las cosas.

                   Estas reflexiones, estas ideas han pasado por mi mente, han aflorado en ella antes de iniciar esta grabación y estoy dándoles la forma, en una forma quizás bastante desordenada porque como dije anteriormente entre tantas cosas que se me ocurrían me parecía que podía dar forma, que podría crear una primorosa estructura, una construcción que así entregada a los demás pudiera ser un hermoso paquete de ideas, que pudiera convencerles, que pudiera llegarles, no obstante en la forma desordenada en que expongo estas cosas, no se descarta que sean depuradas mas adelante, son el reflejo de mis vivencias, de mis sentimientos y de ese estado general por el que estoy pasando en esta jornada de vacaciones que me ha puesto en una suerte de aislamiento o alejamiento de mis actividades a las que generalmente estoy bastante atado o, desde luego, son actividades que debo hacerlos también en la inteligencia de que con ello estaré cumpliendo mis responsabilidades y haciendo lo que me corresponde, cumpliendo aquella función de servir a mis semejantes de tal modo que cada acto que yo realice tienda a ayudar para que todos podamos ir subiendo un poquito más por esa escalera que lleva al cielo como expresa aquella conocida canción, "La Bamba". No puedo dejar de contar que momentos fugaces de malestar también me siguen acometiendo pero esos momentos realmente son necesarios para poder formar ese mi ser de una manera que llegue a perdurar definitivamente dentro del estado de beatitud, o para que simplemente pueda llegar a acoplarse de manera definitiva a ese ser supremo del que formo parte, y que ya estoy vislumbrando con toda claridad. Hasta aquí entonces mi grabación de este día, que en algún momento la pondré en orden quizás y la entregaré a aquellos destinatarios que la inteligencia total, la inteligencia abarcadora, haya decidido sean quienes a ella tengan acceso.




Lunes 4 de febrero de 1997, Asunción, 7:30 hs.


                   La cantidad de grabaciones que realicé antes de ahora comenzando acá en Asunción, luego prosiguiendo en Camboriú, la reato, por utilizar una palabra que pudiera ser apropiada en este momento, y nuevamente expongo una serie de ideas e impresiones que hacen a mi transitar por el camino que me ha de conducir al mayor conocimiento de mí mismo y hacia mi perfeccionamiento, hacia mi liberación, hacia mi iluminación o a mi unión definitiva con el ser supremo, con aquel a quien se llama Dios, para exponer lo que me aconteciera o lo que me viene aconteciendo en ese proceso comenzado bastante tiempo atrás; y en ese orden cabe decir que realmente creo y siento que mi progreso es indudable, que mi progreso es susceptible de ser notado, de ser apreciado, de ser constatado, y tal cosa siento que es así pues en estos días, o aun, momentos antes de ahora mismo estuve escuchando unas grabaciones que había realizado cuando me abocaba también de una manera muy plena a esta misma búsqueda, de donde pude apreciar hasta qué punto me acometían los temores, hasta qué punto es diferente aquel estado de ánimo del que me embarga hoy día, hasta qué punto entiendo mejor la realidad que en aquel entonces, hasta qué punto fui capaz de suprimir mis temores, de erradicar una serie de malos hábitos y malas apreciaciones de la verdad, de la realidad; hoy entonces realmente caigo en la cuenta de que mi caminar, mi rumbear hacia mi meta final, hacia el destino que se me tiene reservado, hasta qué punto es firme, hasta qué punto voy a lograr el definitivo bienestar, la definitiva bienaventuranza, y para decirlo con las palabras con que otros ya lo han expresado, de qué manera voy a llegar a obtener la vida eterna, el nirvana o como sea que fuera a llamarse a esa meta que evidentemente es la que deben perseguir todos los seres humanos o hasta todos los seres vivientes. Entonces, vienen al caso estas reflexiones; ya en Camboriú no tuve la oportunidad de proceder a unas nuevas grabaciones, mas ello desde luego no fue motivo para que me sintiera frustrado porque realmente uno debe hacer lo que está a su alcance y no pretender abarcarlo totalmente, no pretender interpretar todas las cosas que acontezcan para aplicarlo a uno en particular, y sí establecerse en la idea de que uno es parte insoslayable de esa totalidad que hace funcionar el universo de una manera sincronizada, de una manera acompasada y que nada de lo que acontezca tiene otro fin, otro propósito que elevar a cada ser humano o a cada ser viviente a la conciencia pura, a la conciencia cósmica, a la conciencia universal, llegar a acceder a ese estado, llegar a insertarse, se diría que nuestro destino como seres mortales, nuestra finalidad, no es otra cosa que establecerse en ese torrente de energía, de fuerza, en esa corriente de amor universal que hace que las cosas funcionen y vayan hacia delante, de manera a establecerse definitivamente en la unión con el creador, en la unión con esa inteligencia todopoderosa, esa inteligencia cósmica que también late en cada uno de nosotros. Ese es el destino que debemos buscar perseverantemente y eso es lo que estoy haciendo y creo que estoy por buen camino.

                   En mis anteriores grabaciones hablé de unos sueños que tuve, tuve muchos otros sueños que no los narré, pese a que cuando uno se encuentra en una situación determinada quizás crea que todo tiene su significado y su trascendencia aplicado a uno mismo. Es cierto que algunos lindos sueños, algunas lindas imágenes, algunas vivencias intensas y realmente notables, tuve a través de esos sueños, y naturalmente también en mi estado de vigilia he experimentado el amor, el bienestar y he sentido que no debo alimentar sentimientos de temor, de ira, y francamente, creo que a pesar de lo mucho que debo aún esforzarme para poder entender a cabalidad la vida, no obstante pareciera que ella me esta brindando lo mejor de sí, me siento como un instrumento, como una herramienta, de modo que el torrente de la energía divina me traspase, pase a través de mí y llegue hasta toda la gente que la necesita, y esa debe ser la actitud que permanentemente debiera observar, independientemente de que si se presenta la ocasión de servir a los demás, los sirva de la manera más desinteresada y útil.

                   Estoy consciente de que mi exposición se va deslizando de manera bastante desordenada; no obstante, es porque mi propia mente no tiene la capacidad de actuar con la debida coherencia, estoy en el aprendizaje, si bien bastante viejo ya soy, hace poco tiempo que estoy entrando en esa frecuencia en la que se trasmite el verdadero conocimiento, la verdadera sabiduría, y la conciencia de cómo uno realmente debe disponerse para que pueda responder a los fines para los cuales ha existido, para los cuales ha iniciado su existencia como ser mortal.

                   La energía psíquica, la energía vital, la energía de la conciencia cósmica fluye en todas las direcciones, nos traspasa y tenemos que disponernos en actitud tal que ella pueda dirigirse hacia donde se la necesita, para que las cosas acontezcan de la manera mas justa, de la manera en que el amor pueda llegar a prevalecer y pueda encender en cada uno la llama de la chispa de divinidad que cada cual lleva en su ser.

                   Existen quizás muchas técnicas que con el correr del tiempo y en el camino del aprendizaje muchos otros han descubierto y han aconsejado seguir para que uno pueda colocarse en esa actitud, para que uno pueda servir como vehículo, como instrumento a través del cual se difundan esas ondas de amor, esas ondas de energía, para que puedan producir en los demás la transformación necesaria para ir evolucionando hacia la unión con la inteligencia suprema. Esas técnicas en general yo no las conozco o nunca las he puesto en práctica de manera sistemática aunque haya escuchado mencionarlas y aunque tenga una idea sobre ellas. Precisamente en estos días estuve leyendo algo sobre una técnica de meditación que propone el Sathya Sai Baba, una técnica de meditación en la luz, como se lo denomina, que tal vez pueda ser eficiente para que uno alcance ese estado mas óptimo a través del cual pueda servir de medio de propagación del amor o de la energía divina. Evidentemente es bastante difícil para mí aprender de buenas a primeras esa u otra técnica, también estuve pensando en la técnica que propugna un maestro, Maharishi, si mal no me acuerdo, y de la que habla una persona que tiene unas hermosas obras escritas a las que he tenido acceso, Deepak Chopra, un médico endocrinólogo hindú, que se refiere a dicha técnica, que consiste en la "meditación trascendental" de la que ya he oído hablar antes. No obstante, ésta y otras técnicas, como digo, no las conozco a fondo, y no las he puesto en práctica, no sé si he de servir para eso; también he visto que Krishnamurti, de quien siempre fui un gran admirador, desechaba toda técnica, y decía que hay que observar el propio pensamiento, que en eso consiste la meditación. Eso en cuanto a las técnicas y a la manera en que estaba pensando que podían servirme para poder conseguir esa paz, ese estado de bienestar que por otro lado sin apelar a técnica alguna, siento desde luego que ya la estoy consiguiendo. Y por cierto, el propio Sathya Sai Baba menciona que la mejor práctica de la devoción hacia ese ser supremo, (que implica la meditación o la oración en la filosofía o creencia cristiana), la mejor práctica, dice este maestro, es el servicio desinteresado al semejante, con tal de dar la ayuda que aquel necesita, la que permite que uno se encauce con todo su ser hacia la inserción con el ser supremo, es decir, es la manera, como dicen ellos, de evitar esa visión dual que se tiene del universo llegando a hacer que tenga plena vigencia la visión de que todo es uno y que uno forma parte de ello. Desde luego estoy abocado a esa empresa, a ese emprendimiento, estoy tratando de servir en la medida que mi capacidad me permita, y con ello me siento bastante bien.

                   Amén de ello, por momentos, aparte de estas enseñanzas, de repente aprendo también de mis propios sueños, como ya dije; o aun, de un estado que no es propiamente el del sueño, ni la meditación, aunque más se aproxime a ésta, una especie de umbral del sueño, en el que por momentos me sumo, y del cual me emanan ciertas ideas esclarecedoras. Y en mi propio estado de vigilia, como dije, surgen ideas luminosas, e interpretaciones de mis sueños que son convincentes para mí, que me ayudan en este camino que estoy transitando y que me dan la certeza de que voy a obtener progreso, voy a evolucionar espiritualmente, hasta el grado necesario para poder acceder a la meta definitiva.

                   En realidad, algunos de los sueños a los que me referí, estaba con ganas de registrarlos; por ejemplo, recuerdo haber visto el manejo de una yunta de bueyes por mi hermano Marcial, dentro de una serie episódica riquísima,  en el sentido de que había vivencias que me permitieron estar compartiendo momentos y situaciones con mis hermanas, con mis parientes; dentro de esa riqueza episódica he visto a mi hermano Marcial manejar una yunta de bueyes bajando en un barranco que aparentemente tenía un arroyo, bajar y subir por esos barrancos con bastante habilidad. Y al despertar me vino a la mente la conversación que tuve con mi hijo Pablo Emilio sobre el grado de evolución espiritual de cada persona, referente al cual él estuvo mencionando que no contaba realmente la edad cronológica de cada cual, con lo que desde luego yo estoy de acuerdo, o sea, pese a que por regla general uno en su vida cronológica también debe ir creciendo espiritualmente, ello no obsta para que alguna gente nazca ya dotada de mucha capacidad, de mucha aptitud espiritual como por ejemplo Krishnamurti y Sathya Sai Baba. Lo cierto es que al despertarme se me ocurrió que efectivamente hay que aceptar y entender que  el crecimiento o el grado de evolución espiritual de los otros uno no puede saberlo, o no puede arrogarse la facultad de juzgar, viniendo a propósito justamente aquella sentencia de Jesucristo que habíamos mencionado en esa conversación que dice:"No juzguéis si no queréis ser juzgados". Esa es la interpretación que le di a ese sueño, que la menciono. Y existieron otros, sobre los que no se me ocurrió una interpretación concreta en ese momento, y sencillamente los dejé de lado, los descarté, porque recordaba que en algún tiempo en que estuve en esta búsqueda me venia ese afán, esa obsesión, esa manía, de buscar un significado y una interpretación a todos los sueños, o a todas las cosas, y tenía asociaciones sobre cada situación que se presentaba, con cada idea, o con cada cosa que veía, lo cual era el funcionamiento de mi mente de manera totalmente alocada, que me llegó a sumir en estados de depresión y de enfermedad en los que  me propuse no volver a caer, pues ya entiendo que eso significa el proceso que uno debe seguir para liberarse de los prejuicios y para ir caminando hacia la verdad que definitivamente a uno le pueda hacer libre, como decía Jesús.

                   En este momento no me viene a la mente otro sueño que tuve y al que le di igualmente una interpretación.Pero quería referirme a ese estado que mencioné, como de una suerte de meditación o de próximo al del sueño, que no es propiamente sueño, por momentos pareciera que sencillamente estoy nada mas que con la mente aquietada, con la mente en el silencio, decía o pensaba que es como insertarme, es como ingresar en ese estado silencioso con que la inteligencia de mi propio cuerpo hace que todas las cosas cumplan la función para la que están destinadas todas mis células, todos mis órganos, incorporando silenciosamente a mi metabolismo los alimentos que ingiero, haciendo que mi ser exista y cobre conciencia de sí mismo, es un estado que consiste un poco en derramarme en esa corriente, en ese torrente benéfico de energía que se mueve en todas las direcciones y me traspasa, y siento como si mi cuerpo se diluyera y tuviese una fluidez, una levedad, como diría Milan Kundera, "La increíble levedad del ser"; entonces, siento como si de improviso mi ser, todo mi cuerpo, todo lo que me constituye, se transformara en una corriente, se derramara en toda su levedad en esa corriente, y me acometen en ese estado ciertas imágenes, por momentos, pero es un estado de gran bienestar, de tremenda relajación, de toda soltura, y de ciertas imágenes que me vienen, pareciera como si mi mente estuviese funcionando un poco a la deriva, pero de repente construyera algo que es parte de ese torrente de sabiduría, y lo interpreto, me despierto en alguna medida, retorno al estado de vigilia,  me separo de la meditación.

                   Por ejemplo, recuerdo una imagen que tuve esta misma siesta en la que le vi a Emilianito a quien lo tenía en mis brazos, el cual estaba como equipado con una especie de antena o una escafandra extraterrestre, por decirlo así, o sea, un equipo diseñado para ser utilizado en el espacio, y me dice lo siguiente: "Decile a Pablo Emilio que yo no soy oncerito". Me despierto, o sea, regreso al estado de vigilia y se me ocurre que "once" es "sin" y  "rito" es eso mismo, es decir "rito", de donde deduzco el significado del mensaje onírico, que viene dado por el hecho de que Emilianito, un chico pequeño que va creciendo como lo hago yo en mi estado espiritual, pronuncia esa palabra "oncerito", formando o construyendo palabras en su trayectoria, como yo en la mía. En realidad "oncerito" no es palabra sino una especie de sílabas compuestas que se forman en mi mente, como ya me ha ocurrido miles de otras veces; es como "inventar palabras".  Y se me ocurre que  "once" es "sin" en inglés, (no sé, sinceramente no creo que sea "sin",  porque aún no lo confirmé en el diccionario), y  "rito" se refiere al rito, en el sentido de que la persona, el chico, el bebé, el ser espiritual, para  crecer, no puede crecer "sin rito"; es lo que se me ocurre. No digo que esta interpretación necesariamente tenga que ser válida, tal vez tiene que ver fundamentalmente con mi deseo, con esa mi predisposición, o esa mi actitud de búsqueda de una técnica que me permita seguir avanzando y seguir creciendo, es probable que tenga que ver más con eso y que yo no tenga que tomar al pie de la letra que sin rito, sin técnica, no pueda ya crecer, tiene que ver probablemente con toda esta búsqueda que estoy haciendo y con rito o sin rito, con técnicas o sin técnicas, tengo que seguir creciendo. Pues definitivamente, la mejor técnica de la meditación o la devoción hacia ese ser supremo cuya esencia también en mí se encuentra, es la de servir a los demás, y actuar rectamente como lo enseña esta persona de la que ya hablé,  Sathya Sai Baba, y que mi actitud y mi disposición a poner en práctica esos ritos y esas técnicas tendrían que subordinarse a mi actitud de servicio y a mi actitud de poner en práctica a toda costa la corrección, la rectitud de conducta, el amor a los semejantes, ese amor que alienta ciertamente en cada uno de los seres humanos.


Cassette del 17-03-1997.


Lunes 17 de marzo de 1997.


                   Hace bastante tiempo que no procedo a grabar, a registrar mis ideas, mis impresiones; hoy retomo esta actividad y debo decir francamente que tengo la impresión de que muchas de las ideas, muchas de las intuiciones, muchos de los resplandores que acometieron a mi conciencia, no porque se haya omitido registrar, se habrán perdido, se diría que esas creaciones de la mente, de la conciencia, se habrán de alguna manera trasladado del receptáculo que soy yo de dicha conciencia, quizás a otros receptáculos, o, porqué no, puede que estén existiendo de manera pura, con esa manera de ser sin forma con que la conciencia tiene también la cualidad de existir. En realidad lo que necesito hacer es registrar esas ideas de inmediato, esos resplandores, para que me sirvan de material de elaboración llegado el caso; esas ideas, esos relámpagos que iluminan a mi conciencia de por sí me provocan gran satisfacción, me dan una intima alegría. No las comprendo las más de las veces, o aunque pudiera comprenderlas, generalmente no me las planteo, y si acaso lo hago y puedo vislumbrar la respuesta, ello me produce una fruición, un bienestar, es la razón de ser de mi propia existencia, es complacerme en la capacidad creativa que tiene mi ser, que tiene mi mente, esa complacencia bastaría o basta por sí sola para justificar mi existencia, y esas ideas, esos conceptos, esas creaciones de por sí bastan para justificar todo eso, y el hecho de tener ganas de registrarlos, de tener deseos de registrarlos, puede tal vez considerarse como un resabio de mi personalidad afecta al apego, no obstante es eso un tema que, debo admitirlo, no se encuentra en mi conciencia totalmente dilucidado, y de hecho aun cuando me provoque un conflicto, estoy optando normalmente por proceder a su registración cuando me cabe la oportunidad, porque entiendo que esa actividad puede estar destinada a beneficiar a mas de alguno, y de esa manera, persisto en ese emprendimiento.





                   Sábado 22 de marzo de 1997.


                   Evidentemente, se torna problemático grabar y registrar las ideas, las impresiones, los descubrimientos que uno va haciendo en el transcurrir de sus días. Dije antes que lo ideal hubiera sido registrar esas frases, esas ideas breves, luminosas que de improviso emergen a mi conciencia, ideas que parecieran como si respondieran a alguna especie de elaboración interior, descubrimientos, dije también refiriéndome a ellas, porque es como si las mismas estuvieran existiendo en lo más profundo del ser de uno y de ahí emergieran para cobrar vida, para tomar vigencia, y es de esa manera como va aconteciendo un continuo proceso de creación y descubrimiento, pero aprehenderlas, registrarlas, atraparlas a través de la memoria es un trabajo arduo.... porque ellas son....


                                               XLIII

                            Ésta fue sin duda, junto con la primera vez, la más severa de las crisis que me acometieron. Se  trató de la huida, del escape que mi mente logró concebir para tratar de salir del atolladero al que no le encontraba otra salida


                   La hemorragia verbal, la verborragia de la que dan cuenta las transcripciones insertas en las grabaciones aludidas, dan una pauta de la euforia que me poseía en el tiempo en que procedí a su registración. Evidentemente había llegado a un punto en que entendí momentáneamente haberse despejado todas mis dudas anteriores en torno a la existencia de Dios, principalmente, aunque hubiera cosas en las que estaba caminando todavía a tientas, como en lo referente a la práctica de algún rito o culto específico del sistema religioso o filosófico al que debía adherir. Coincidieron estas grabaciones con la terminación de la edición y la  presentación de mi libro Aprender a Vivir, como se puede verificar con el dato consignado por la imprenta al final del volumen.

                   Esta embriaguez espiritual no podía durar demasiado, sin embargo, pues su fundamento era aún endeble. Demasiados apegos y condicionamientos, taras y hábitos mentales y corporales que venían de lejos, tenían que ir siendo trabajados para ser desalojados o depurados, destruidos y reemplazados en el camino que me esperaba por recorrer.

                   Así fue como el 18 de marzo de 1.997 se dictó en un expediente judicial que se estaba tramitando ante la Corte Suprema de Justicia una sentencia totalmente antijurídica, echando por tierra unas expectativas de cobro de honorarios importantes que yo daba por seguro, que me golpeó de una manera tan brutal que me dejó atontado y medio enloquecido en un primer momento. Para dar una imagen gráfica del caso diré que en la mañana en que fui a la Secretaría de la Corte a constatar en el expediente que se había dictado el fallo en cuestión, al ver el resultado increíble jamás esperado, salí del recinto como un borracho, drogado o dopado, y así llegué a mi casa donde me acosté en la cama boca abajo tomándome una especie de somnolencia. Al rato sentí como si una espada me traspasara desde la espalda hacia el tórax, con un golpe fortísimo, lo que me hizo retorcerme como un animal herido y golpeado a mansalva. La última grabación que figura más arriba está fechada el sábado 22 de marzo de 1.997, y está inconclusa, a medio hacer, posiblemente ya por influencia de la noticia que en esa semana había obtenido en refencia a este tema.

                   En fecha 12 de mayo de 1.997 presenté ante el Parlamento un pedido de juicio político contra los ministros de la Corte que habían dictado la sentencia aludida. Para dar una idea del tremendo impacto que me produjo este acontecimiento, transcribo también en el Apendice el escrito presentado en esa oportunidad, ya que se refleja en él las tensiones propias del proceso que me atañe.

                   El contenido de esa presentación me releva de muchos comentarios. Las cosas no son como uno espera. La mano invisible de Aquel me estaba enseñando que no eran las cosas tan sencillas como yo pensaba.

                   Es de hacer notar que la decisión de presentar el pedido de juicio político contra los Ministros de la Corte Suprema de Justicia que habían declarado la inconstitucionalidad de las sentencias, constituyó una de las deciones más trascendentales de mi vida, ya que ponía en riesgo toda mi carrera profesional y todo mi patrimonio en cierto sentido, ya que me exponía a que por ese motivo procedieran a cancelarme la Matrícula de Abogado, privándome de ejercer la profesión, que era mi único medio de vida de la que dependía toda mi familia. En efecto, si no habían hesitado en incurrir en el gravísimo delito del prevaricato para declarar la inconstitucionalidad contra toda ley, ¿qué les impedía tomar la medida de cancelarme la Matrícula amparados en su investidura que les confería un poder absoluto en la materia, y les volvía prácticamente intocables, como se evidenciaba con la sentencia judicial infame que ya habían dictado?. Sin embargo, a despecho de esto, y arrostrando todos los riesgos, sumido en un estado de ánimo entre rabioso y obsesivo, al todo o nada, procedí a trabajar compulsivamente en la redacción de la denuncia contra dichos Ministros, que lo presenté ante el Parlamento. En este lugar incluso llegué a hablar con uno de los parlamentarios que era un ex periodista amigo mío, que se declaró también amigo de uno de los Ministros denunciados, explicándole el caso y mostrándole todos los antecedentes, monstrándose aparentemente interesado en la cuestión. Sin embargo, el caso quedó en aguas de borraja, pues de la Mesa de Entradas fue derivado a una sección donde según la reglamentación vigente, alguno de los diputados debía hacerse cargo de la denuncia y presentarlo al plenario para que pudiera dársele trámite, y ni uno solo de ellos jamás se interesó ni atinó a tomarlo en cuenta. Estaban demasiado enfrascados en otras cuestiones que tenían que ver con sus asuntos privados para ocuparse de algo que interesaba a toda la nación. Por su parte, cuando presenté copia de la denuncia en otros expedientes que tramitaban ante la Corte, donde actuaba yo como profesional, pidiendo la separación de dichos expedientes de los Ministros denunciados, estos acusaron el impacto de la denuncia con sendos escritos donde de forma incoherente y deshilvanada trataron de justificarse, pero no tomaron medida alguna en contra mía en la parte profesional, dándose la paradoja de que posteriormente firmaran varias sentencias favorables a las pretensiones que había planteado en dichos expedientes, desde luego legítimas. Entretanto, yo decidí no hacer nada más que lo que ya había hecho en contra de ellos, entendiendo haber cumplido con lo que me concernía para denunciar el mal desempeño y el ilícito en que incurrieron. De hecho, al poco tiempo de la presentación de la denuncia fui cayendo en picado en la crisis que una vez más me tomó de lleno, y que tenía que ver indiscutiblemente con la falsa sensación de seguridad que había alimentado, acicateado por la bonanza que me prometía la expectativa de percibir los importantes honorarios que derivarían del caso en cuestión. Las cosas no son como uno desea, y la clave está precisamente en alcanzar finalmente la ausencia de deseos. Como dato curioso quizás valga mencionar que mucho después, aproximadamente tres años más adelante, otro Tribunal compuesto exclusivamente por mujeres, dictó una nueva sentencia en el expediente en que la Corte había declarado la inconstitucionalidad de las sentencias que favorecían a mi mandante, ratificando el criterio sustentado originariamente por los Jueces que las dictaron, conforme a la ley, en sentido contrario a la que había dictado la Corte, haciendo justicia finalmente en el caso de que se trata.

                   Sin embargo, el efecto y la secuela de aquel golpe minaron toda la euforia y la exultación que se habían instalado una vez más en mi ser con la ingenua convicción de que bastaba mostrarme dispuesto a obedecer a Dios para que Él a su vez diera cumplimiento a todos mis deseos. No me percataba de que mi ser se hallaba contaminado todavía de infinidad de deseos egocéntricos de los que necesitaba imperiosamente purificarme. Y este hecho vino a conmocionarme de tal manera, como un violentísimo mazazo, que me dejó de nuevo tumbado, sin atinar cómo reaccionar. Se diría que el peso de nuestras frustraciones nos aplasta de tal modo en ciertas circunstancias que pueden dejarnos absolutamente postrados.

                   Coincidieron estos hechos con un viaje que mi esposa realizó a Europa en el mes de mayo de 1.997 con el programa televisivo “Lo Nuestro”  del que ella era la escenógrafa.

                   La euforia que había llegado a experimentar con “el descubrimiento de Dios”, que lo había hecho nuevamente con el encuentro de las informaciones y materiales referentes a Sai Baba,  fue desmoronárndose gradualmente, fue viniéndose abajo poco a poco, ya que me resistía a desechar sin más las ideas y pensamientos primorosamente elaborados en torno a dicho descubrimiento. Pero al producirse la violenta decepción de mis expectativas en el tema de los jugosos honorarios que daba por sentado que los cobraría en el caso del que trata la pieza jurídica transcripta en el Apéndice, mis temores comenzaron a aflorar de nuevo con fuerza, y aunque por todos los medios traté de conjurarlos, al tiempo en que mi esposa regresó de su viaje yo me hallaba una vez más en estado bastante lastimero.

         Una de las cosas que recuerdo de ese entonces es que en las lecturas del material que se refería a Sai Baba había encontrado que él recomendaba como una manera de practicar la meditación, la concentración en la luz de una vela, pronunciando un mantra que podría ser el del sonido primordíal que los hindúes designan como OM, o AUM. Algún tiempo antes, en el tren de fijar mi conducta en alguna práctica ritual que me ayudara en la búsqueda, había intentado llevar adelante la Meditación Trascendental, un sistema extendido por todo el mundo, introducido en Occidente por Maharishi Mahesh Yogui, maestro de Deepak Chopra, que tenía como Instructor en el Paraguay a un amigo mío sicólogo, el mismo que en mi primera crisis me había impactado de tal forma en aquella noche a la que aludí anteriormente, en que se produjo la reconciliación con mi consorte. Varias veces habíamos hablado con él sobre este sistema de meditación, pero la condición para ponerla en práctica era la de seguir un curso donde el Instructor tenía que enseñar las nociones básicas de su aplicación, entregándole al final del mismo el mantra específico que según su peculiar personalidad o individualidad le correspondía al aspirante. La sesión previa de introducción era sin cargo, pero si uno se decidía a seguir el curso, el precio que había que pagar por él era de 200 $ (doscientos dólares americanos), si mal no me acuerdo. Pues bien, tras esta sesión preparatoria, desistí de seguir con el curso, principalmente por el elevado costo que implicaba, ya que uno de los más agobiantes problemas que me aquejaba era justamente el del miedo de no poder cumplir con mis compromisos económicos, que me tenían en vilo. Mi amigo el Instructor, que en la sesión preparatoria se había sentado ante un escritorio en una especie de tarima desde la cual me explicaba los puntos básicos del sistema en el que yo estaba “interesado”, se sintió un tanto defraudado cuando en los días posteriores en que acordamos que le avisaría, le comuniqué que había desistido de seguir el curso. Me resulta simpático ahora recordar cómo yo me encontraba tenso y descompuesto interiormente, desesperado por avizorar algún destello que me sirviera de guía en mi desorientación, y la manera implacable con que se me decía que en cuanto al costo del aprendizaje no existía concesiones ni se podía transigir en ningún sentido, pues esas eran las reglas del sistema.

         En fin, a raíz de eso traté de llevar adelante por mi propia cuenta el método recomendado por Sai Baba, el de la concentración en la luz de una vela, a falta de la cual yo utilicé el foco del velador de mi dormitorio. A medida que me esforzaba para entrar en la práctica con más y más ahínco, me colocaba a corta distancia del foco del velador, mirando fijamente, concentrándome de tal manera en su luz, a tal punto que llegué a quemarme las pestañas y las narices. Nuevamente me estaba desbarrancando por la pendiente del precipicio. La abstención  del acto sexual, el ayuno, y la obsesión o la compulsión para dejar de comer carne intentando alimentarme de comidas exclusivamente vegeterianas, son pensamientos u ocurrencias que se manifestaron también por ese tiempo, y que de hecho ya se habían manifestado en las anteriores crisis. La  preocupación últimamente mencionada dio lugar a que Viviana preparara en algunas ocasiones suculentas comidas sobre bases de verduras netamente, con tal de complacerme.

         Fue en esta oportunidad también que mi mente se puso a funcionar de una manera extraña, elucubrando ideas y pensamientos abstrusos respecto del universo, en que se mezclaban conceptos de índole matemática y física, cuya secuencia mi memoria ya es incapaz de reproducir. Sin embargo, tengo presente que me embargaba un sentimiento abrumador que tenía que ver con la convergencia de los tiempos y de los espacios, cual si las energías involucradas estuvieran concentrándose de tal manera que era inminente un estallido gigantesco que afectaría a toda la humanidad. Recuerdo que hacía anotaciones de estas ideas en plena noche cuando me despertaba y no podía conciliar el sueño, y aun, durante cualquier hora del día, esforzándose mi mente alterada por buscar un derrotero dentro del caos infernal en el que se hallaba sumida. 

                   El caso está en que se agravó tanto mi estado que tras las consultas con el médico, en julio de  1.997, éste indicó nuevamente mi internación, que se produjo en un sanatorio donde ingresé en un estado de embotamiento tal que al ser sometido a una cura de sueño, cuando recobré la conciencia dentro del Sanatorio varios días después, me acometió inicialmente una especie de amnesia que era como si fuese un niño recién nacido, con la mente en blanco. Recuerdo que al momento en que iba saliendo de la inconciencia se me ocurrió que era como si yo estuviera al mando del timón de una nave esférica gigantesca, que era todo el planeta tierra, que se bamboleaba de un lado a otro, y cuando abrí los ojos y ví que estaba en una habitación herméticamente cerrada con las paredes pintadas y unas cortinas y las sábanas del lecho enteramente de blanco, que no era otra cosa que la habitación del Sanatorio en el que estaba internado, me pareció despertar en un mundo completamente desconocido, sin noción clara de cómo había llegado hasta allí. Poco a poco, cautelosamente, fui indagando a las enfermeras que venían a asistirme para aplicarme los medicamentos en inyecciones o en pastillas que se me admistraban en horarios estrictos, dosificamente, procediendo a preguntarles sus nombres, como lo haría un niño. Recuerdo que pedí que me proporcionaran un cuaderno o una agenda en la que fui anotando todo minuciosamente, el nombre de las enfermeras, la manera como me trataban, las horas en que se me administraban los medicamentos, cada mínima experiencia que tenía, el comenzar a bajarme de la cama, a pararme, a caminar, como si fuese un ejercicio con el que iba recuperando poco a poco mis dotes anteriores en ese sentido. Lamentablemente el cuaderno en cuestión se ha extraviado, porque la memoria difícilmente puede rescatar todo lo que mi mente fue elucubrando en ese trance. Había caído en un agotamiento total, y pasaron tal vez ocho o diez días hasta que mi mente pudiera de nuevo recobrar sus hábitos, con la visita que fueron haciendo mis allegados, mi esposa, mis hijos, Víctor Jesús, mi sobrino, que se encargó de los trámites laborales en la oficina en ese ínterin. Tras ese lapso, fui dado de alta, pero me destinaron a hacer varios días más de reposo que lo hice en la casa de Paraíso, que ya estaba en funciones, donde mi esposa se encargó de atenderme.

         Ésta fue sin duda, junto con la primera vez, la más severa de las crisis que me acometieron. Se  trató de la huida, del escape que mi mente logró concebir para tratar de salir del atolladero al que no le encontraba otra salida.


                                               XLIV

                            Fui saliendo del pozo, o si se quiere, salí definitivamente de él, ya qu, tras otra última recaída no muy severa, nunca más volvió a tomarme “la enfermedad” en la forma en que me tomara cuando se inició en el año de 1986


                   Me esperaba una última crisis sin embargo, aunque no tan tremenda, casi un año después.  En el tratamiento médico consiguiente, el sicoterapeuta me había recetado una droga que ya para mi período de convalecencia del año anterior me había indicado, al que le atribuían dotes muy potentes contra la depresión, el Prozac, que en la fórmula farmacéutica en que se comercializaba se le asignaba el nombre de Conexine. En este nuevo tratamiento, sin embargo, se mostraba tardo en producir sus efectos Recuerdo que para la Semana Santa de 1998 estaba otra vez con la mente varada en la depresión, con un dolor sicológico profundo y difuso, paralizado, obnubilado, empacado y aplastado, negándome a salir del marasmo.

                   El dolor atroz provocado por la depresión puede ser graficado diciendo que me tenía encerrado en una malla rígida en la que estaba totalmente inmovilizado. La hondura indescriptible de la angustia experimentada hacía que alentase en mí como único deseo el de salir, escapar de ese estado, pensando que no merecía quizás continuar sometido a esa tortura, suplicando a Dios que me dejase simplemente morir, o si tuviera que vivir que me permitiese cumplir con lo que todavía me restaba hacer en la vida, para después morir en paz. El pensamiento de quitarme la vida, de suicidarme, ciertamente me rondó por la cabeza en varias oportunidades. Lo sorprendente, lo extraordinario es que haya conseguido sobreponerme a ese estado de postración y que no haya vuelto jamás a tocarme con esa hondura, con esa magnitud, desde que me curé definitivamente de las crisis sicológicas que signaron al proceso de mi evolución espiritual.

                   Mi hermano Marcial me había instado a acompañarlo a Hernandarias por la Semana Santa, y estando allí, cuando llegó el sábado, yo le urgí que volviéramos a Asunción. En Lambaré, el día domingo de pascua, me encontraba rumiando mi impotencia, provocando en un momento la impaciencia de mi esposa, quien me dejó a solas, y en medio del insoportable y terrible dolor no localizado sino difuminado en un pensamiento o sentimiento indefinido, se me ocurrió de pronto que podía yo decidir que éste no me dominara, sino que yo podía dominarlo a él. No es que el malestar me abandonara como por arte de magia, pero a partir de ese mismo momento fue cobrando cuerpo la idea de que yo era capaz de sobreponerme a este sentimiento, y esa idea, ese pensamiento, ya no volvió a abandonarme. La semana que se iniciaba, tenía marcado un día de consulta con el médico, y le conté que estaba superando la depresión, ese estado mental tan tremendamente doloroso, así como la experiencia que había tenido, tomándolo él y yo, naturalmente, como un buen augurio del tratamiento en que estaba enfrascado.

         Fui saliendo del pozo, o si se quiere, esa vez salí definitivamente de él, ya que desde entonces nunca más volvió a tomarme “la enfermedad” en la forma en que me tomara cuando se inició en el año de 1.986. Continué con el tratamiento médico por espacio de casi un año, con la ingestión de ciertos medicamentos y consultas periódicas, posiblemente cada mes y luego cada dos meses, en razón de que el médico y mi familia me lo exigían, pero transcurrido aproximadamente un año, al comprender que  había superado completamente el terrible condicionamiento que me hacía caer una y otra vez en el abismo, decidí por propia cuenta suspender totalmente el tratamiento y las visitas al sicoterapeuta, y así se lo manifesté en una visita que le hice aproximadamente a fines del año 1.998 o inicios de 1999. Le agradecí sus servicios, su interés y atenciones para conmigo, y aunque él me había manifestado que pese a encontrarme en ese estado era conveniente que siguiera con los medicamentos por un período prudencial de al menos un año más, le dije yo que comprendía su preocupación y se lo agradecía, e incluso señalé que podía configurar a las cápsulas que él me recetaba como un concentrado del amor que quizás inspiraba a sus fabricantes a elaborarlas para ayudar a quienes se encontraban en una situación difícil como la que a mí me había afectado, pero que en ese momento yo declaraba no necesitarlas ya, porque había alcanzado a entender que lo que conmigo había ocurrido había sido producto de unas tremendas y poderosas fuerzas y tendencias que anteriormente no había podido controlar, pero por ese tiempo me sentía lo suficientemente lúcido como para no volver a ser víctima de ellas.

                   Y efectivamente, con todos los problemas, y a pesar de ellos, que naturalmente continuaron, desde esa fecha memorable jamás volví a caer en la depresión, o en la sicosis, o como quiera que se la llame en términos médicos usuales a la afección que me tuvo tambaleante durante prácticamente doce años, desde 1.986 hasta 1998. Así es como di en llamar a esa fecha, la del Domingo de Pascua de 1.998, como la de mi segundo nacimiento, el nacimiento espiritual.

                   Esta situación generó una incidencia jocosa bastante tiempo después cuando mi hijo Leonardo, que había escuchado que yo había dicho que ya no me enfermaría en adelante, al tomarme un severo resfriado, me llamó la atención diciéndome que debía cuidar lo que decía, ya que si tal no se cumplía estaba poniendo en evidencia que estaba incurriendo en incoherencia, y tal cosa no se podía admitir en alguien que se ufanaba de no faltar a la verdad.

                   Desde mi recuperación, transcurrido apenas algún tiempo desde la fecha supramentada, me aboqué con ímpetu a escribir el libro que lo titularía como Nuevo Itinerario Filosófico, que me llevó más de un año y medio terminarlo, concluyéndolo a fines de diciembre de 1999, saliendo a luz en marzo o abril del año 2000 con el auspicio del Comité Cultural de la Cooperativa Universitaria. Si se recorriese atentamente las páginas de ese libro, podrá advertirse que trasunta un proceso de evolución en sí mismo, vale decir, el de mi pensamiento que al inicio del libro parte nuevamente de la concepción atea de la vida, si puede ser calificado de esa manera, hasta que recala en el puerto de destino donde se rectifican los conceptos adhiriéndose a una decidida, firme y exultante visión de la vida que da por sentada la existencia de un Dios en consonancia con la doctrina judeocristiana en su sentido más profundo. Tal que alguna vez se me ocurrió denominar a ese recorrido, a ese camino, como el que me tocó transitar “De Buda a Jesús”. Esto sin embargo obedecía a la errónea creencia que me había forjado sobre la doctrina del Buda, a la que tildaba de atea, influenciado entre otros por Schopenhauer y Borges. Hoy sé con la más inconmovible convicción que el Buda simplemente se abstenía de dar “un nombre” a Dios, aunque lo insinuara con los apelativos de simplicidad,lo no nacido, lo no venido a la existencia, y otros que denotan su naturaleza inconcebible o incognoscible a través de las meras palabras.

                   Hay que decir que el libro en cuestión, así como los demás que fui escribiendo y publicando posteriormente, reflejan necesariamente mis falencias e imperfecciones en un grado muy notorio.

                   Si bien desde el inicio me imbuí de la idea de que había logrado la iluminación, en el sentido en que lo definí en mi libro primeramente nombrado, es decir, como la aptitud para entender la realidad en cada instante, y si no se la entendiere, entender que no se la entiende porque ello es propio de su naturaleza y se encuentra más allá de la capacidad intelectiva momentánea del sujeto; lo cual también entraña la aptitud para ir descubriendo o creando dicha realidad, con la aclaración de que “descubrir” es también “crear” en cierto sentido; no dejaba de advertir por eso que mis limitaciones y deficiencias eran ingentes. En alguna ocasión posterior escribí incluso que estar iluminado es ser consciente de las propias limitaciones. Lo que me salvaba siempre era únicamente mi sinceridad, lo que no excluía seguramente el autoengaño en muchos casos, ya que los hábitos y tendencias ancestrales que nos llevan compulsivamente a la afirmación de nuestra propia individualidad seguían campantes en mis estructuras mentales y corporales, y necesitaba de largo tiempo aún para ir desembarazándome de ellas.

                   ¿Qué más puedo decir de esta mi evolución espiritual?. Lo que en concreto y en puridad puedo decir es que dicha evolución continúa. Claramente he llegado a percatarme de que somos en verdad cada uno de los seres vivientes nada más que un proceso en curso que podríamos configurarlo como interminable, salvo que alcanzado cierto estadio, el sufrimiento efectivamente tiene que cesar. Dispersos en los escritos que continué pergeñando, se encuentran los atisbos que de la realidad en su sentido más amplio he llegado a dilucidar. La convicción inamovible de que la vida eterna existe para cada ser creado y de que él mismo es el que está destinado a crearla con las energías de las que está provisto, siendo el medio idóneo para ello en el ser humano el de la exploración y el conocimiento de sí mismo, es la característica más notoria del estado actual del proceso y de la evolución espiritual de los que hablan estas páginas.

                   La adhesión incondicional a la doctrina cristiana, en el sentido de ser la herramienta que permite comprender la vida y la realidad de la manera más plena, a pesar de las distorsiones y de las tergiversaciones de las que ha sido y sigue siendo objeto, es lo que signa a mi actual caminar por la vida.

                   Jesús, Cristo, es la culminación del proceso evolutivo del ser humano en el sentido global e individual. No se trata de que las otras doctrinas de sabiduría no contengan la enseñanza para avanzar decididamente hacia la salvación o la liberación, sino que es la doctrina cristiana la que indica con absoluta precisión y claridad que la perdurabilidad de la conciencia individual es la meta que debe ser alcanzada. En el contexto de la doctrina budista para la cual, (según señala John Snelling en su obra “El Budismo”), “el mundo es una unidad dinámica y sin costuras: un solo organismo viviente que está sometido a un cambio constante”, es mi convicción que la cúspide de la evolución de ese organismo fue alcanzada con el advenimiento de Jesús, el cual ciertamente fue enviado para dar cumplimiento a la finalidad explícita que tuvo el Creador para su obra y para indicar el camino que lleva a su realización. El hecho de antropomorfizar a Dios constituye solo una manera de exponer la realidad para comprenderla dentro de cierto contexto. En consonancia con lo que dijo Jesús según el Evangelio de Juan capítulo 7 Versículo 17 “el que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta”, será menester poner en práctica sus enseñanzas para comprobar que son verdaderas y para entender la razón por la cual yo le atribuyo el sentido de ser la culminación del proceso iniciado con la aparición del ser humano sobre este planeta. Ciertamente, la Inteligenciadel Creador, controla la marcha de ese organismo viviente que es su obra, y se halla presente, su presencia es omniabarcante por lo que todo está sujeto a sus designios. Aceptados por mí en lo que me atañen, mi papel se circunscribe a seguir haciendo el trabajo que se me ha asignado, humildemente, pacientemente, creativamente.

                   Si me he propuesto exponer estas experiencias, que llevó un tiempo prolongado plasmar en esta forma, fue en primer lugar porque era una manera de investigarme a mí mismo, y quizás también impelido por el propósito de que pudiera ayudar a quien se allegue por acaso a ellas. No puede dejar de sorprender que una configuración de la realidad que negaba de la manera más tajante que concebirse pueda la “existencia” de un “Ser Supremo” cuya “providencia” gobernara el universo, se haya volcado tan absolutamente al “otro extremo”, de una manera radical, invirtiendo ciento ochenta grados la visión, colocándose en una posición diametralmente opuesta. Se puede apreciar, si bien se miran estas páginas, cómo esa Inteligencia Suprema fue la que firmemente me fue conduciendo por sus fueros, fue moldeando mi conciencia, fue rompiendo y doblegando mi resistencia, mi arrogancia, mi ignorancia, mi vanidad, y que lo sigue haciendo sostenidamente, a tal punto de ir consolidando cada día más esa fe imprescindible en nuestro caminar. Duras fueron “las pruebas” por las que tuve que pasar (por las que sigo pasando), pero no puedo perder de vista que el maestro y muchos de sus seguidores tuvieron que soportar situaciones muchísimo más difíciles, en particular Jesús que conscientemente se entregó en inmolación para ejemplo de la humanidad, ciñéndose en todo a la voluntad del que “lo envió”. Si algo puedo agregar como colofón, es emular a San Pablo cuando dijo: “Ya no vivo yo, más Cristo vive en mí”.(Gá. 2.20).


                                               XLV

                                      Recapitulación


                   1.- Hacer una recapitulación de todas las implicancias de lo ocurrido en el proceso requiere un esfuerzo de síntesis para mostrar que desde el inicio de dicho proceso (si fuese a datar este inicio en el momento en que me acometió mi primera crisis sicológica) estuvo operando sobre todo mi ser una fuerza o un poder irresistible del que era inútil tratar de sustraerse, de escabullirse. Cuando al fin caí en la cuenta y me convencí de que así era, después de ser furiosamente zarandeado, pasando por trances de euforia extrema y abatimiento total, no tuve otra que aceptar que aquello que yo negué desde siempre, que el común de la gente llamaba Dios, era el poder que en mí y en todo lo demás operaba. La enseñanza a ser extraída de todo ello obviamente no podía ser otra sino que eso realmente existía, y que reinaba, imperaba, regía, y dirigía nuestras vidas. Que eso fuera invisible no impedía que actuara efectivamente, y a más de hacerme comprender lo que significaba el reino de Dios y su justicia, el acatamiento a ese poder me permitió más adelante ponerme realmente en comunicación con él, ya que el discernimiento de la verdad y la aceptación de ella, abren la mente y el corazón para que aquello se manifieste en uno y se produzca una interacción dinámica y fructífera en ambos sentidos. Los pormenores de aquella comunicación se encuentran expuestos en las publicaciones que realicé con posterioridad a la superación de mis crisis, y en las anotaciones que sigo haciendo al respecto aún no publicadas.

                   2.- Los sueños son el medio que en mi caso sirvió para que la Divinidad se comunicara conmigo y me fuera trazando el rumbo a seguir, al experimentarla dentro de mi ser cada vez con mayor nitidez y claridad. Desde mi primera crisis, las experiencias oníricas estuvieron presentes con toda su pureza indicándome el camino, y una vez superado definitivamente el problema de la depresión, ellas siguieron manifestándose de manera ininterrumpida permitiéndome conocerme y explorarme a mí mismo, las que se plasmaron en principio en mi libro “Conversaciones con mi Demonio”, además de otros materiales en los que se encuentran dispersas, y que aún hoy siguen siendo objeto de anotaciones donde se destaca la relevancia que tienen en mi vida, acercando su mensaje revelador sobre la realidad que me concierne. Así que la narración de mi evolución espiritual no puede divorciarse en modo alguno de estas experiencias oníricas, omnipresentes en mi vida.

                   El sueño, o mejor, las historias tramadas mientras dormimos, se revelan como un preludio de “la vida después de la muerte”, de la llamada resurrección. La capacidad creativa de la mente que se manifiesta en ese estado y el poder mental que sin duda posee cada ser creado, que se constata con las experiencias vividas en el proceso de evolución del que dan cuenta estas crónicas, permiten inferir que “la continuidad” del ser esencial de cada persona, de cada individuo con su personalidad única, estaría siendo plasmada en forma similar a como van siendo creadas las historias oníricas. Si bien las historias, las de la vigilia y las del sueño,  no son sino la explicación que la mente inventa para dar soporte al ser, para  dar sentido a la vida del ser creado en cierto nivel de conciencia, ya que todo “lo que pasa” no es otra cosa que la variación de un único motivo, el del ser, cabe sin embargo conjeturar que tales historias contribuyen de cierta manera para la formación de aquella personalidad única.

                   Esta cuestión es indudablemente complicada, pues está visto que para el ser humano lo que cuenta es el “ahora” como una experiencia inédita, como algo totalmente nuevo que vive dentro de la infinitud del ser increado; empero, “su ser” es a la vez “consciente”  de existir, aunque para “ser” en plenitud de manera genuina debe “hacer lugar” en el suyo a la energía indiferenciada que es el Amor, tal como es nombrado Dios con toda justicia en la Primera Carta de Juan, Capítulo 4, Versículo 8. El ser humano entonces se niega a sí mismo y deja ser a Dios en él. Pero a la vez, la “concienciación del ser” que le es dado vivenciar, comporta “su historia personal” que ha transcurrido en el tiempo, que la ha ido hilvanando ínterin estaba siendo construido, o aún, que puede seguir hilvanándola en conjunción con los demás seres después de que haya culminado esa construcción con la salvación de la muerte, con la salud y la purificación definitiva al trascender la estructura corporal condicionada por los deseos que están allí para cumplir su finalidad “en el tiempo”.

                   De ahí que las historias gestadas y experimentadas en el estado del sueño puedan válidamente ser cosideradas como un anticipo de “la vida futura”, la que se ha de “reproducir” cuando se alcance la perdurabilidad, aunque al darse el caso de que Dios sea todo en todos (1Co. 15:28), esa experiencia sea únicamente la de dicha y goce en sentido pleno, excluidos sus opuestos de dolor y sufrimiento, o para mejor decir, integrados en un único haz indiferenciado donde se experimente únicamente lo primero. Si “yo” siento y sé que soy yo ¿qué más da si mi ser puede manifestarse por medio de un ave, un robot, o la innumerable versatilidad de “seres creados” que me sea dado vivenciar?. Y lo mismo “los otros”. El pensamiento es el que crea la realidad para el ser creado. Y si bien el pensamiento se encuentra intrínseco en la unicidad del ser (Jn. 1, 1), la creatividad infinita de la vida hace que sea posible conjeturar que la posesión de la identidad individual que haya culminado su proceso de evolución espiritual le ha de permitir al ser humano crear historias hermosas indefinidamente, similares a las que se crean en el sueño.  La Biblia contiene una alusión interesante a esta cuestión referida a “los postreros días”:

     “Y en los postreros días, dice Dios,

Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,

Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;

Vuestros jóvenes verán visiones,

Y vuestros ancianos soñarán sueños” (Hechos, 2:17)

                   Tal como dice Novalis: “La vida no es un sueño. Pero puede llegar a ser un sueño”.


                   3.- ¿Puede alguno hacerse de la idea de un “poder externo” que le lleva a uno irresistiblemente por una senda, en contra de aquello que se da en llamar “su voluntad”, esa tan honda autonomía que uno cree tener, y que la tiene en tan alta estima y valor, “poder” que opera de una manera implacable, sin miramientos, conduciéndole por un proceso del que no tiene escapatoria, proceso de transformación y evolución al que no tiene más que rendirse al comprobar que es inútil toda resistencia en contra de él?. Tal es el Poder de Dios operando de manera implacable en uno, para conducir el proceso de evolución a pesar de la resistencia de la voluntad. Comprobar la existencia de ese poder es definitivamente patético. Y lo más extraño es que uno tarda en rendirse. En verdad, cualquier explicación trata uno de hilvanar con tal de dejar a salvo esa tan preciada autonomía de la voluntad, que si queda a salvo es para entender que la inexorabilidad de aquel poder se encuentra por encima de cualquier pretensión de manipular en provecho propio las cosas del mundo. En fin, cuando creía una y otra vez que empezaba a salir de los fueros de aquel poder invisible e invencible, el mismo me subyugaba de nuevo de manera imbatible, férrea, indoblegable, y caía en sus redes, hasta que finalmente tuve que entregarme totalmente a su dominio. Es el poder de lo que se dio en llamar “el reino de Dios”, donde Dios reina, donde Dios impera, por sobre el ilusorio “poder” que posee el hombre para manipular a las cosas y a sus congéneres. Ese poder opera imponiendo su justicia por derroteros que no son los nuestros (ya que los caminos de Dios no son nuestros caminos ni sus pensamientos son nuestros pensamientos; Isaías 55:8,9), y uno puede advertir, si está atento, que esa justicia es inexorable, inflexible, en el sentido de que nadie se puede librar de ella, aunque su componente fundamental sea a la vez la misericordia. De hecho, advierte uno en esa instancia que las cosas acontecen conforme a medidas que no son nuestras medidas, sino medidas precisas con sus correspondencias que están más allá del alcance de nuestro limitado intelecto, lo que uno va comprendiendo a través de puras intuiciones, y cuya comprensión definitiva seguirá haciéndose cuesta arriba hasta tanto uno haya culminado su evolución, liberándose de sus deseos, liberándose de la sed propia de la naturaleza del ser imperfecto.

                   4.- Cuando se produce la entrega plena de uno a la Voluntad Superior adviene el sentimiento de que todo cobra sentido, pasando uno a relacionar todos los sucesos con la Inteligencia que gobierna el mundo. La verdadera autonomía individual radica en lo que ya Séneca decía: Obedecer a Dios es libertad. Obedeciendo a Dios, aceptando sus preceptos, sus mandatos, sus leyes, uno se libera de la esclavitud de sus deseos egocéntricos, y permite que el reino de Dios sea el que impere en su vida. La autarquía individual a su vez consiste en la certeza de que, cuando uno se dispone a someterse a la Voluntad Superior, uno mismo es el verdadero creador de los sucesos que le atañen, que van aconteciendo acompasadamente. El pensamiento, la memoria, el hábito, el rito, la repetición, la palabra, son instrumentos o mecanismos que la Naturaleza pone en nosotros para que vayamos construyéndonos dentro del proceso en el que estamos insertos. El sentirse instrumento de Dios obrando correctamente, permite experimentar el viceversa, es decir que Dios mismo también se vuelve instrumento de nuestras aspiraciones y anhelos, siempre que sean correctos.

                   5.- Conforme hice notar en mi libro Nuevo Itinerario Filosófico, página 29, para la firmeza de la comprensión de la realidad que ya no haría variar mi posición en adelante, fue decisiva la influencia que ejerció en mí el libro “Hacia la Paz Interior” del monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh. También hay que recalcar que  el proceso de evolución espiritual adquirió un rumbo preciso, claro, sostenido y con dirección definida para mí a partir de la comprensión de que uno debía hacer en todo momento lo correcto, que en síntesis consistía en ajustarse a la verdad en todas las circunstancias.

                   6.- Las pautas fundamentales que signaron el desarrollo del proceso de mi Evolución Espiritual fueron los desconciertos y perpejidades en que me sumieron mis crisis sicológicas que se presentaron abruptamente, haciéndome sentir de pronto indefenso, inerme, ante la arremetida de un poder irresistible que me abatía por completo, sin escapatoria posible. El camino estuvo sembrado de penurias y éxtasis, altibajos y oscilaciones, donde la terquedad y la obcecación tuvieron su parte, y finalmente, incluso tras la plena y absoluta entrega a aquel poder, producirse de nuevo una prueba de fuego con la ruptura abrupta de una expectativa de tipo material --el fallo judicial adverso de la Corte Suprema de Justicia que me impidió cobrar los honorarios con que contaba--  para revelar que las “seguridades” del mundo son totalmente ilusorias y carentes de valor.  Por esa senda iría comprendiendo que la santidad debe ser entendida como concepto que comprende el vivir conscientemente la propia vida, momento a momento, sin pretensiones de “poder”, sino solo de ser auténtico.                    

                   7.- El problema del tiempo, que tiene que ver con el proceso, con cualquier cosa que se configure como proceso, es un tema que en éste que me atañe tuvo una relevancia particular. Aquella “revelación” donde la voz interior de mi demonio personal me dijera que “la clave está en vencer al tiempo”; y otras experiencias como aquella en la que tuve una especie de visión de un jardín en el que estaban numerosos personajes como estatuas, con sus miembros, facciones y ademanes paralizados, como si hubieran sido objetos de encantamiento, igual que en el cuento de la Bella Durmiente, que los veía moverse de pronto como autómatas haciendo un gesto, luego otro, y así sucesivamente, de forma mecánica, sobreviniendo en mi conciencia una especie de iluminación instantánea de que todas las cosas ya eran de una vez y para siempre en una realidad absoluta, y que solo nuestras ilusiones eran las que nos daban la impresión de que todo ocurría de forma fluida y sucesiva, generado por nuestra voluntad; y esa otra en la que, estando en una audiencia en el Juzgado, comencé a observar que el rostro de mi cliente se trasmutaba en los de otros, adquiriendo sus facciones rasgos de diferentes personas, como si giraran con increíble rapidez, aunque claramente el sujeto permaneciera parado, quieto, allí en mi presencia; y muchas semejantes narradas en estas crónicas; todas son experiencias que tienen que ver con el tiempo, este fenómeno que lo seguimos configurando como algo absoluto, incapaces de sustraernos a los hábitos y condicionamientos de nuestro sentido común, a pesar de haberse demostrado científicamente que el tiempo es relativo, con la enunciación de la teoría de la relatividad de Einstein.

                   Hay un nivel de conciencia en el que no transcurre el tiempo. La realidad es creación de nuestra conciencia, y en tanto estemos condicionados por nuestras creencias y por nuestros deseos e impulsos ciegos, el tiempo seguirá produciendo su deterioro en nuestro cuerpo y mente. Alcanzada la etapa de comunión plena con Dios, el deterioro ha de cesar, porque tal cual dijera Jesús, Dios no es Dios de muertos sino de vivos; pues para Él todos están vivos (Lc. 20,38). De lo que el texto evangélico nos da una muestra, en el episodio de la transfiguración de Jesús, cuando sus discípulos lo vieron conversando con Moisés y Elías (Mt. 17:3; Mr.9:4).

                   De hecho, este es un tema bastante complejo. Empero, se puede sintetizarlo diciendo que el ser de Dios es de una vez y para siempre, y nosotros, como parte de Él, nos paseamos por los infinitos aspectos de su ser. Somos en Él en un instante, que en cierto sentido es intemporal, y en otro cierto sentido pertenece al tiempo. Pero la vida toda no radica sino en la variación de un solo motivo, el ser, y en tal sentido, el despliegue que hace nuestra mente de las innumerables facetas que lo constituyen, hilando historias a las que le damos significados concretos y específicos, es el fruto de la inteligencia creativa de la que estamos dotados para dar consistencia y soporte  a nuestro ser en su condición de entes creados que poseen la misma naturaleza que el creador. El tiempo es medida que aplicamos a la realidad que nos concierne por la necesidad de asignar un sentido de totalidad a las cosas, por nuestra condición de seres finitos dentro de la infinitud. Pero la realidad es susceptible también de ser experimentada de manera intemporal, trascendiendo el tiempo, haciéndonos uno con “lo otro”, fusionándonos con ello, experimentando nuestro ser en su integridad en un solo haz sin fisuras, ausente el “yo” separado que ofrece resistencia a la unicidad, allende el pensamiento y el sentimiento, desprendido de “lo conocido” que nos condiciona a ver separadas de nosotros a las cosas.   En cierto sentido, el núcleo del  ser se experimenta por única vez en cada instante intemporal, y todo lo demás constituye solo una proyección del mismo. En suma, el tiempo, la continuidad, no son sino ilusiones convenientemente creadas por nuestra mente para dar sentido a nuestra vida. Cuando nuestro ser único haya alcanzado la culminación de su proceso evolutivo, con la ausencia de deseos, con la terminación de toda expectativa de resultados, cuando ya no tengamos sed, como dicen tanto el Buda como Jesús, estaremos posicionados en el núcleo de nuestro ser, y ya no habrá tiempo que nos deteriore. Seremos uno con Dios, Él estará en nosotros, nosotros en Él, y cada uno en Cristo, y en cada cosa que caiga bajo la esfera de nuestra percepción en cada instante,  que son Él mismo y nosotros (Jn. 17:22,23).  

                   8.- Otro tema indispensable a tener en cuenta para el discernimiento de la realidad, como uno de los propósitos básicos y fundamentales del proceso de la evolución espiritual, es el de la ambivalencia del sentido de las palabras. El sentido de las palabras solo puede ser comprendido dentro de contextos. La refutación con las palabras puede ir ad infinitum cuando el propósito radica en el mero contradecir. La razón es simple: las palabras no abarcan toda la realidad, ellas confinan dentro de ciertos límites a la misma, constituyen meros símbolos que la representan, fragmentan la totalidad de ella. Por consecuencia, la atención al sentido de las palabras dentro del contexto en que son utilizadas es fundamental para ir caminando dentro del proceso que a cada cual concierne.

                   Esta ambivalencia del sentido de las palabras no impide que en cierto contexto ellas tengan que ser entendidas en un sentido absoluto por el que ha llegado a trascender los opuestos, ya que la unicidad del ser hace que las palabras que lo designan comprendan en su integridad aquello que se ve como su contrario. Así, la vida en su sentido absoluto comprende dentro de sí a la muerte, y el buen entendedor sabe que lo que vale, lo que prevalece en el contexto es la vida y no la muerte. También el amor incluye el odio, la dicha a la desdicha, el gozo al sufrimiento, y así sucesivamente. Esta es una cuestión muy difícil de discernir, pues a los seres que percibimos con nuestros sentidos nosotros los percibimos como aislados, sueltos, separados unos de otros.

                   El proceso mismo de creación del lenguaje tuvo su comienzo y ha transitado evidentemente por la atribución de un sentido absoluto, un valor absoluto a las palabras, la asignación de significados que aislaban completamente cada cosa nombrada de su entorno, como de las cosas que le eran opuestas, sean de objetos concretos como de conceptos abstractos. Así se fue confundiendo lo que la palabra designada con la cosa misma y se fue creando la conciencia de separatividad, la conciencia diferenciadora que aisla cada ser de los demás.

                   Alcanzado cierto nivel de comprensión uno advierte que en el relacionamiento y la comunicación verbal la conciencia de totalidad puede ser realizada únicamente poniendo a las palabras dentro de contextos, pues la fragmentación, la separación, la diferenciación, son productos de un mero artificio conceptual para otorgar inteligibilidad a la realidad creada por la mente. En la realidad más profunda la totalidad de cada ser acontece sabiéndose integrado en un solo haz con todo aquello que cae en la esfera de percepción de su conciencia, constituyendo las palabras meros símbolos, signos que representan a aquella, mapas que se refieren al territorio, para usar el símil tantas veces repetido en esta materia. Esa conciencia de totalidad es la que debe ser desarrollada en el correr del proceso, ese es el objetivo mismo del proceso de evolución espiritual, y se lo consigue aprendiendo a no reaccionar ciegamente, inconscientemente, impulsivamente, ante los estímulos que se ofrecen a la conciencia. A ese efecto, es menester tener siempre en cuenta la ambivalencia del sentido de las palabras, ya que las desinteligencias, los malentendidos, las disenciones y peleas entre los seres humanos ocurren con demasiada frecuencia a raíz de no colocar las palabras en sus respectivos contextos, siendo incapaces unos y otros de colocarse en el punto de vista del interlocutor con lo que se van generando interminables disputas.                  

                   9.-La salud mental es el proceso de dedicación a la realidad a toda costa, dice el siquiatra  M. Scot Peck en su libro La Nueva Sicologíadel Amor. He de decir que en el proceso de evolución que me atañe, esta definición se presenta como enteramente plausible, ya que lo que podría calificarse como anomalía, como enfermedad en el aspecto mental, dentro de las crisis que me aquejaron, las alteraciones y desequilibrios síquicos tuvieron que ver fundamentalmente con la errada percepción de la realidad que yo tenía, la cual fue cambiando paulatinamente hasta permitirme alcanzar un equilibrio que muy bien puede ser catalogado como salud en su verdadero sentido, ya que cuando se llega a comprender la realidad en plenitud uno discierne que cada cosa contiene a su opuesto, prevaleciendo aquello que tiene auténtico valor en la vida. La Saludy la enfermedad van juntas. La Vida y la muerte también van juntas. De ahí que el proceso de dedicación a la realidad a toda costa constituya la salud mental que ha de salvar a la gente de las neurosis, sicosis, u otros desórdenes de tipo sicológico que le tienen trastornada. La realidad que es la verdad genuina que a cada uno le es dado percibir en la profundiad de su ser, cuando actúa con entera sinceridad, con integridad y autenticidad, es la que confiere la salud al ser humano. Esta verdad le hace comprender, le hace ver al hombre que él tiene intrínseco “el poder” para curarse a sí mismo, esa misma verdad es “la vara mágica” que opera en uno para sanar todas las enfermedades. Ese “poder” o “voluntad de poder” como sería mejor llamarla, tiene que ser desarrollada con el esfuerzo para conocerse a sí mismo, que en eso consiste la verdad, que es salud, que es sinónimo de Dios.

                   Por consiguiente, la “voluntad de poder” inherente al hombre tiene que ser entendida como la aptitud para someterse al “poder de Dios”. Lo que puedo, todo lo que puedo, lo único que puedo, es someterme a la voluntad de Dios. Esto es algo muy difícil de comprender cuando se observa que exteriormente el hombre hace cosas, buenas o malas, en las que “el poder de Dios” se halla aparentemente ausente. Esto se da a causa de la “conciencia de separatividad” que configura a Dios como un ente que está fuera de uno. Cuando a Dios se lo concibe separado de uno, no se comprende su naturaleza, y su poder deja de operar en plenitud. El hombre, “separado de Dios”, ha ido investigando a la Naturaleza, conociéndola, clasificándola, descubriendo las enfermedades, los microbios, las bacterias causantes de las diferentes dolencias, lo cual implica un “poder” que funciona en ese ámbito, como una expresión del “poder de Dios” que es conferido por Él como un mecanismo de la naturaleza, dentro del proceso de construcción del ser creado, con el objeto de afianzar su individualidad, su ser singular único. Cuando el proceso de evolución culmine, cuando se llegue al punto de que Dios sea todo en todos (1Co. 15:28), los medios que el hombre utiliza para curar las enfermedades ya no serán necesarios. El “poder” de Dios, infinito como su propio ser, operará en todo hombre o ser viviente librándole de toda “enfermedad”, la cual es el producto de la conciencia de separatividad que por este tiempo condiciona al ser humano. En síntesis: El “poder” o la voluntad de poder existente en el hombre debe ser aplicada y entendida como la capacidad para someterse al “poder de Dios”, que es el que todo lo puede. Dicho poder, latente en cada hombre, debe ser compaginado con el “poder” que le fue conferido para ir conociendo a la Naturaleza, las enfermedades, los microbios,  hasta lograr “el poder” de Dios que puede curar las enfermedades sin necesidad de “los medios” que el hombre utiliza.

                   Y vale enfatizar el hecho de que la salud o la ausencia de enfermedad corporal también tiene que ver con la salud mental. Esta es una cuestión que la ciencia desde luego lo va descubriendo, ya que el cuerpo y la mente no se encuentran separados, se hallan interconectados. Es el pensamiento el que crea toda realidad. El pensamiento surge de la mente. La mente es esa potencia intelectual que genera todo lo que existe, y la enfermedad en última instancia no es otra cosa sino un pensamiento. Es un tema un poco complicado éste; empero, cabe decir que el pensamiento es una energía que se halla latente en cada ser humano individual, en aquello que configura como su cuerpo, cerebro, y mente, los cuales no son otra cosa que un campo de energía particularizado donde se han venido sedimentado los pensamientos en tendencias o sentimientos albergados en estructuras que afloran en respuesta a las circunstancias que se van presentando en la vida de cada cual. El Buda ya lo decía hace 2.500 años: Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge con nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos construimos el mundo. De ahí que en esta materia la ciencia occidental se encuentre rezagada, ya que como bien lo señala un autor, el Buda descubrió el inconsciente 2.500 años antes que Freud. Y enseñó a obtener no solo la salud mental sino la salud corporal plena con enseñanzas sencillas, al alcance de cualquiera, con el único requisito de practicar la rectitud, indicando en su óctuple noble sendero los pasos a seguir para liberarse de todo sufrimiento y de toda enfermedad. De hecho, hay que hacer el recto esfuerzo (uno de los pasos del sendero susodicho) para llegar a entenderlo debidamente, ya que como se dijo más arriba hay quecomprender (con la recta comprensión, que es otro de los pasos y la culminación de dicho sendero) que la salud y la enfermedad van juntas, forman parte de una totalidad que hay que aprender a integrar.

                   10.- El proceso de desarrollo, de evolución en cada ser humano individual comporta el cambio que se va operando en él momento a momento, quiéralo él o no, lo advierta o no; y una vez advertido del mismo, debe acompañarlo, debe poner el empeño suficiente para enfocarlo y encaminarlo hacia su mejoramiento sostenido, hasta alcanzar la meta final que radica concreta y definitivamente en liberarse de la mentira, de la ignorancia, del autoengaño, y en la consecución del conocimiento de sí mismo. En este proceso uno tiene que alcanzar lo que en las doctrinas de sabiduría se da en llamar la experiencia directa de la verdad. Esta experiencia se consigue trascendiendo el pensamiento, yendo más allá de las limitaciones del pensamiento y del lenguaje, que no pueden abarcar la totalidad de la vida que se manifiesta en cada experiencia. El pensamiento y el lenguaje fragmentan la realidad, la separan en partes antagónicas, la dividen, perdiéndose con ello la visión de conjunto que se requiere para experimentar la totalidad de lo que se ofrece a la conciencia en su esfera de percepción. Por consiguiente, el saber meramente intelectual, el que confieren el pensamiento y el lenguaje, no permite alcanzar la experiencia directa de la verdad.

                   Este proceso transita por la liberación de innumerables hábitos y condicionamientos inconscientes, mecánicos, ciegos, ya que el deseo egocéntrico apela presurosamente al pensamiento y al lenguaje para justificar los errores en que se incurra o en los que se quiera incurrir. El pensamiento mismo es portador de deseos inconscientes, de deseos egoístas latentes en cuya virtud cada uno busca someter a los demás seres a sus particulares designios. De ahí que lo que corresponde es estar atento en todo momento, con la recta atención (otro de los pasos del sendero sagrado del budismo), para obrar rectamente, pensar rectamente y hablar rectamente, que a su vez conduce al recto sustentamiento a la recta concentración y a la recta comprensión (con lo cual se han expresado todos los pasos del óctuple sendero)  que en esto consiste básicamente la culminación del proceso en cuestión.  

                   No está demás agregar que el proceso consiste claramente en una lucha consigo mismo en los mismos términos en que ya lo indicaba el Bhagavad Gita. Lucha o trabajo que uno tiene que ir haciéndolo, en lo que viene a cuento lo dicho por Jesús cuando afirmaba: El Padre todavia trabaja, y yo también trabajo (Juan 5:17). Cada cual, como Jesús, debe trabajar para su propio perfeccionamiento, cada cual debe luchar contra sus propios impulsos egoístas como recomendaba Krishna a Arjuna.

                   11.- En síntesis, lo que es dable destacar y de lo que cada uno debe apercibirse es que a este mundo vinimos incompletos en el momento de nacer, en el momento de nacer “de la carne”. Vinimos partidos por la mitad, y es nuestra misión completarnos, trabajar para completar la otra mitad que nos falta. A ese objeto, con ese propósito, luego del nacimiento corporal de la carne es imprescindible nacer del espíritu. Esto es en consonancia con lo dicho por Jesús a Nicodemo en el evangelio de Juan, capítulo 3, versículos 3 y siguientes, mencionando la necesidad denacer de nuevo para ver el reino de Dios. Al respecto, viene a cuento un dicho atribuido a Gregorio de Nisa que describe el proceso en el que está inmerso cada ser vivo, y en especial el ser humano:“Sabemos que un ser en evolución nunca permanece el mismo, pues pasa de un estado a otro: cambia para mejor o para peor. (…) Estar sujeto a cambios es un nacimiento continuo. No hay nada que permanezca igual en la naturaleza. Pero el nacimiento espiritual ocurre por libre elección, no por determinación de seres corporales. En cierto sentido somos padres de nosotros mismos y según queramos ser” .

                   Como padres de nosotros mismos tenemos que trabajar para nuestro propio sustento espiritual, estar constantemente alertas para desarrollar nuestro ser en plenitud, pues de esa manera, con ese nuevo nacimiento espiritual, adquirimos la madurez y con ella la libertad y la responsabilidad. La plenitud, el sentido de totalidad, consiste en saber y comprender que cada parte contiene al todo y viceversa. Todos los demás seres son en mí, ellos están en mi ser a través de mis pensamientos, que eso es lo que soy. El sentido de totalidad y unicidad se plasma en la conciencia sabiendo, experimentando que lo que es en cada instante, eso que se percibe y se configura a través del pensamiento y el sentimiento, eso es lo único real. Mis pensamientos y mis sentimientos son el hilo con que se teje la red que conforma mi realidad en cada instante, y toda ella está dentro de mí. Comprender esta verdad libera de los condicionamientos y lazos que crean los hábitos mentales y corporales, permitiéndole a uno vivenciar el ser sin fisuras,  comprender que la separación que hacemos entre los demás seres y nosotros constituye solo un artificio del concepto, pudiendo en esta instancia subsumirnos en la totalidad, integrarnos con el todo, disolver nuestro propio ser en el ser total para emerger en todos los demás seres enteros y completos. La negación de sí mismo, el amar al prójimo como a sí mismo, la misericordia, el corazón compasivo, estos son los mecanismos de los que la naturaleza se vale para realizar el ser creado, para que él con su trabajo, coadyuvando con ella, consiga realizarse a sí mismo, para  completarse con la otramitad que le faltaba cuando nació de la carne, hasta culminar en un ser íntegro y sin fisuras que ha de vivir para siempre, habiendo adquirido ya la naturaleza de su creador, de su Padre genuino, convirtiéndose por ende en hijo de Dios, tal cual está especificado en el primer capítulo del Evangelio de Juan.

                   Toda la enseñanza de Jesús apunta a enfatizar que los que lloran, reirán; los que ríen, llorarán; el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se humilla será enaltecido; la bienaventuranza de los que sufren y el infortunio para los que gozan “en el tiempo”;  indicando que esto se encuentra inmerso en el proceso en marcha en que está la humanidad. La inferencia que cabe es de que el perfeccionamiento se va produciendo en base a la destrucción de las taras congénitas  y condicionamientos culturales que nos llevan a pretender solo lo agradable y desechar lo desagradable, debiendo en cambio comprender que en todo está Dios, en la enfermedad y en la salud, en el bien y en el mal, y que es en la conjugación de los opuestos que se logra la indestructibilidad. El sentido de separación, la conciencia de separatividad es la que nos hace fragmentar la realidad absolutizando los momentos de placer separándolos de los momentos de dolor, como si fuesen completamente distintos unos de otros en el ser creado. En cambio, cuando se sabe que cada cosa es en el todo, uno acepta “lo que es”, sin rechazar ni pretender nada, y todo se trasmuta en energía vibratoria que confiere “la conciencia de ser” indiferenciada, que va adquiriendo gradual y naturalmente su sentido genuino que es el goce, sin variaciones. Este es un proceso que se da en la naturaleza de manera individual y tambien global, un proceso evolutivo que es al que Jesús se refería con la “inversión” que se produce en “los estados” de cada persona a medida que va transcurriendo el tiempo. Uno es parte de ese proceso y ese proceso le afecta a uno; quedar advertido de ello es el objetivo primordial de la vida.

                   Vale enfatizar que la construcción del propio ser, la cual se halla enmarcada dentro del proceso global que afecta a todos los demás seres, transita al mismo tiempo por la destrucción de las estructuras anacrónicas y obsoletas que nos constituyen para ir adaptándonos a las nuevas circunstancias de la vida.  A esto hace alusión el bautismo con Espíritu Santo y fuego mencionado en Mateo 3-11, y el fuego que dice Jesús haber traído al mundo, según se consigna en Lucas 12- 49.

                   12.- Tiene importancia también dejar sentado que la salvación no se obtiene necesariamente a través de las religiones institucionales, sino a través de la actitud y la disposición para hacer lo correcto en cada instante. Conforme lo hiciera notar Jesús a la samaritana “Dios es espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn. 4,24).  Y tal como lo señala Sathya Sai Baba en una luminosa sentencia que ya lo transcribiera en mi libro “Nuevo Itinerario Filosófico”: Hay una sola religión, la religión del amor; hay un solo lenguaje: el lenguaje del corazón; hay una sola raza: la raza humana; y hay un solo Dios, y es omnipresente. Definición que puede ser remachada con lo dicho al respecto por Krishnamurti: Religión es experimentar de instante en instante la verdad de <<lo que es>>. Naturalmente, cada cosa tiene su utilidad dependiendo de la persona a quien se aplique, en el entendimiento que todo lo que pasa se encuentra regido por el poder y la voluntad omnímoda del Ser Increado al que usualmente llamamos Dios.

                   13.- En este contexto, bien vale reiterar que la configuración más apropiada que la inteligencia humana puede hacer de esta realidad, a mi criterio, es la que surge de la tradición hebreo-cristiana, que conjugada con las demás enseñanzas de sabiduría, constituye la culminación del proceso de la evolución biológica iniciada con la aparición del ser humano.

                   Hartamente he repetido que según mi concepción de la vida y de la realidad, con el advenimiento de Jesús se produjo en el planeta la culminación, en una primera etapa, de la evolución espiritual de la humanidad. La vida es un fenómeno que se encuentra sujeto a un proceso evolutivo, nadie hoy puede ponerlo en duda, excepto que se quiera negar lo evidente. Todas las culturas que se han formado en las distintas regiones del planeta, a través de las doctrinas y enseñanzas de sabiduría forjadas en ellas,  concuerdan que el ser humano individual (lo mismo que lo constatado por la ciencia en cuanto a la vida en forma global) se encuentra inmerso en un proceso de desarrollo y crecimiento espiritual del que él mismo es partícipe. Sea en el hinduismo, en el taoismo, en el budismo como en el cristianismo, y aun, en las culturas consideradas “primitivas” como la de los guaraníes (como nos lo demuestra León Cadogan con sus investigaciones, y podemos constatarlo personalmente quienes hablamos su idioma, por medio de la riqueza extraordinaria de sus vocablos), se ha llegado a constatar que similarmente a como en el plano físico-biológico cada ser humano va creciendo desde la niñez hasta la adultez, en el plano sicológico-espiritual también se produce este proceso de crecimiento y desarrollo. Ahora bien: esta evolución espiritual también puede ser enfocada en un sentido global, como abarcando a toda la humanidad. Y en este contexto, conforme lo vengo sustentanto desde hace tiempo,  mi apreciación es que la aparición de Jesús, emergido de la cultura hebrea - israelita, representa la cúspide de la evolución iniciada en la tierra desde que el ser humano adquirió su cualidad y rasgos característicos, en particular, con la invención del lenguaje. La razón fundamental para sustentar esta tesis radica en  que es Jesús el que expone de la manera más expresa, concreta y específica que la muerte, entendida en el sentido usual, ha de ser conjurada. Y que, según mi percepción, él fue el primero que la derrotó, recobrando su vida después de haber pasado por ese trance. A partir de Jesús, la evolución apunta al logro de la preservación de las conciencias individuales, sea a través del “nuevo nacimiento” que ha de impedir la muerte física, sea a través de “la resurrección”, que permitirá recobrar la personalidad y conciencia individuales. No es esta una cuestión muy fácil de comprender ni de aceptar, pero podríamos resumirlo diciendo que desde la cultura hebreo – israelita comienza a mirarse esta vida terrenal como revestida de un valor intrínseco y peculiar y con el advenimiento de Jesús, éste pone énfasis en ello, estableciendo los parámetros muy definidos a los que hay que ceñirse para lograr la perdurabilidad de la vida, en consonancia con las otras doctrinas de sabiduría que emergieron en el planeta desde antiguo. En síntesis, cuando el hombre adquiere su humanidad, al pasar a la siguiente escala biológica de la previa en la que estaba, con la creación del lenguaje y la aptitud para distinguir entre el bien y el mal, conforme está expresado en Génesis 3: 5, comienza la evolución del ser humano propiamente dicho, que en esa instancia conoce lo que es la muerte, tal como está escrito en Génesis 2: 17. Jesús, que es la coronación de esa cultura, y de las enseñanzas de sabiduría en ella y en las demás culturas forjadas, concentrando en sí la suma de todo saber susceptible de ser aprehendido por el ser humano, trasmite esa sabiduría que la encarna y la pragmatiza, muriendo y resucitando después, para ejemplo de sus enseñanzas. Es notable como ya San Pablo en su Primera Epístola a los Corintios, Capítulo 15 Versículos 21-22 anticipaba esto con las siguientes palabras: “Así como por causa de un hombre vino la muerte, también por causa de un hombre viene la resurrección de los muertos.Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos tendrán vida”. De hecho, esta es la tesis que sustento yo en mi obra “Nuevo Tratado Acerca de la Inmortalidad”, y aunque muchas más cosas se pueden decir al respecto, pienso que para lo tratado en este volumen, que versa sobre mi propia evolución espirirual dentro del contexto de la evolución global de la especie, lo expresado en este párrafo da una pincelada sobre el punto que es suficiente por el momento.

                   Y aunque sería largo fundamentar este criterio para dar cumplida razón del mismo, me limito a señalar que la aceptación de la voluntad de Dios, entendida esta entidad como algo que reúne en sí toda la realidad concebible y no concebible, la cual rige y determina con un poder absoluto la ocurrencia de todos los sucesos que conducen a la realización definitiva y la culminación de dicho proceso, es la clave para alcanzar cada uno la meta final.

                   14.- Y por cierto, hay que apuntar una vez más que la realidad definitiva se encuentra más allá del pensamiento y el lenguaje, que el objetivo mismo de la realización es experimentar la verdad de instante en instante liberado del condicionamiento impuesto por ellos, y que es éste el sentido de lo dicho por Jesús al definir la vida eterna:Y ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Jn. 17,3). Lo cual tiene como corolario lo dicho en el versículo 21: para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros. Que comienza y transita por el conocimiento propio, el de uno mismo, ya que cada ser humano es único e irremplazable dentro de la infinitud, y alberga dentro de su ser a su creador, cuya naturaleza también posee.

                   15.- Como palabras que son, esta exposición debe ser entendida dentro del contexto que le corresponde, y en ese sentido, ella en última instancia refleja la exploración de mi propio ser que ha venido haciéndose dentro de un lapso bastante prolongado de tiempo, y podrá ser utilizada o apreciada por cada uno de la manera que lo considere conveniente, sin perder de vista que básicamente ha sido escrita para mí mismo.

                   El estado actual de mi Evolución Espiritual, si se puede sintetizar, radica en la certeza de haber encontrado el camino, y que ese camino no tiene retorno, sino que se extiende hacia el infinito, en la eternidad. La vida eterna consiste en ser lo que uno es de instante en instante, vivenciar ese hecho, lo cual implica estar en comunión con Dios, el cual conforme se definió a sí mismo es “lo que es” (“El que soy”, Éxodo Capítulo 3, Versículo 14).  La comprensión de que el bienestar es el producto de la superación de los opuestos, insertado en la unicidad de la vida, donde ésta se traduce en mera vibración, constituye una dilucidación de ese proceso.

                   La atención es el instrumento crucial para vencer al tiempo y lograr la realización definitiva. El tiempo, la continuidad, son en cierto sentido realidades meramente ilusorias, mecanismos creados por la naturaleza para que se opere el proceso de evolución del “ser creado”. El ser creado que ha llegado a la culminación de su evolución no solo comprende que cada instante es único y eterno, sino que sabe que lo que configura como continuidad o sucesión de instantes es mera ilación de pensamientos a los que atribuye sentido lógico y significado para dar consistencia a su ser indestructible. La infinitud de instantes de la que está compuesta la eternidad no requiere de linealidad alguna para su existencia y consistencia, y basta un solo instante para abarcar la totalidad de la realidad que le concierne al ser creado, en la cual se encuentra comprendida cada cosa con su opuesto, que son él mismo. De ello se desprende la comprensión de que la realidad conceptual constituye un mero invento de la mente para dar soporte al ser.

                   La evolución espiritual comporta sin duda como algo crucial, el asunto referente al descubrimiento del propósito que a cada uno le toca en su vida. Cada uno tiene asignado, por la Voluntad Superior, un propósito que debe cumplir, un papel, un rol que se relaciona con la cronología en particular que le toca. El papel que a mí me ha sido dado representar básicamente es el de formar una familia y tratar de educar en la medida de mi capacidad a los hijos habidos en ella. Un papel modesto que lleva implícito el de trabajar por mi propia salvación. Descubrir este propósito es algo que resulta difícil, a menudo, pues nuestras ambiciones y deseos se resisten a aceptar que otros puedan tener asignados propósitos superiores a los que a nosotros nos toca. Yo considero que he descubierto ese propósito y me he conformado con él. Mejor, trato de seguir conformándome con él. Obviamente, en los designios de aquella Voluntad Superior pueden estar otros propósitos que no se presenten evidentes para el afectado, pero eso es algo que no es de su incumbencia, debiendo él limitarse a realizar lo correcto en cada instante, en concordancia con lo que está a su alcance conocer.

                   He encontrado mi camino: ese es el objetivo de mi vida, esa es la meta del proceso de evolución espiritual que me toca. Encontrar el camino implica estar salvado. Salvado de la muerte definitiva, comprendiendo que la conciencia personal ya no ha de cesar jamás; en posesión de la fe, de la certeza de la verdad de este enunciado, que a la vez es un hecho que se plasma, que se va plasmando, que se va realizando momento a momento. Me declaro hijo de Dios. El camino sin retorno que he emprendido me habilita para sustentar que ya no he de morir jamás, entendida la muerte como aquello que es configurado como definitivo, como irreversible, como separado de la vida.

                   Solo tengo bajo “mi control” este preciso instante. Empero, mi mente ha hilvanado una “historia personal” llena de sentido. Es el “conato” de la misma para perdurar, para continuar a pesar de todo. La fuerza de voluntad para afirmar la identidad como contrapartida de la negación de uno mismo es la que permite que la vida continúe indefinidamente para el ser individual.  Un ejemplo de esto es  la fuerza y el realismo con que se viven las experiencias en el sueño a pesar de olvidarlas casi enseguida. La muerte es una inconciencia transitoria igual que el dormir. Los pensamientos fugaces que se olvidan son también otro ejemplo. El dicho de Jesús de que “para Dios todos están vivos” es una manera de mostrar y enseñar que todos somos en la eternidad, y que al ser en la mente de Dios sin inicio ni final, estamos haciendo un regreso “ad infinitum” al que tenemos que despertarnos. Estaremos logrando esto con “la conciencia de totalidad”, de completitud en el instante, la conciencia de intemporalidad, no obstante lo cual nuestra identidad permanece, sin estar propiamente ligada a los acontecimientos temporales. Aunque me olvide totalmente de las experiencias vividas, si en el momento de vivirlas siento que “he sido yo”, y en el instante siguiente sigo sintiendo que “soy yo”, siendo infinitas las posibilidades de la trama de los sucesos, se produce entonces propiamente una “vida eterna”, una existencia indefinida. El sueño se revela como el mecanismo anticipado de esa inmortalidad, con la poderosa experiencia de realismo en los sentimientos, que se incrementa cada vez más en quienes van progresanmdo en la senda espiritual, aunque la memoria sea cada vez más frágil, persistiendo solo y fundamentalmente la lúcida “conciencia de ser” el sujeto de la experiencia. Las respuestas a estas cuestiones deben ir surgiendo de instante en instante, en el curso de la vida interminable.

                   Un dicho anónimo citado en la INTRODUCCIÓN a una breve biografía de MAHATMA GANDHI escrita por Paula Verónica Reingold dice lo siguiente: “No se puede resumir la vida de ningún hombre en un solo relato; no hay forma de darle a cada año su peso, ni incluir cada hecho, ni cada persona que ayudó a darle forma a una vida. Lo que se puede hacer es ser fiel en espíritu a la historia y tratar de llegar al corazón de ese hombre”. Esta sentencia es aplicable a la narración contenida en las páginas de este libro. Más son las cosas omitidas que las declaradas. Empero, el espíritu que impregna el cuerpo de la narración refleja con fidelidad lo que en ella se quiere trasmitir: ese proceso que opera en el ser humano pese a él mismo, cuando la sinceridad a toda prueba es la pauta que signa su caminar. Se diría que Dios (la naturaleza, la verdad, el amor) reemplaza en el ser de uno al propio ser, y a partir de allí va llevándole, a como sea, a trompicones, dando tumbos, pero siempre hacia delante, al encuentro de su ser genuino cuya construcción y desarrollo le toca realizar.

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                                                        APÉNDICE




                            APUNTES SOBRE EL CONOCIMIENTO VERDADERO


                   Mi propósito de escribir sobre el tema de referencia obedece a la íntima convicción de que mis experiencias pueden servir a otros para iluminar el sendero que todo ser mortal debe recorrer para vislumbrar la esencia de la realidad verdadera. Es innegable que nuestro ser, el que tiene su "inicio" con nuestro nacimiento y su "fin" con nuestra muerte, vive inmerso en dudas y confusiones, en ignorancias e incertidumbres respecto a la verdadera naturaleza de las cosas, pese al enorme caudal de los conocimientos científicos, que son definitivamente impotentes para explicar dicha naturaleza.

                   ¿Cómo abordar el tema, cuál es el método que puede conducir al esclarecimiento de los enigmas latentes, y sobre todo, dónde encontrar  las certezas que tengan un sustento irrefutable que le sirvan de soporte a uno durante el recorrido de este sendero terrenal?.

                   Por lo aprendido hasta ahora, entiendo que el tratamiento del tema pasa por considerar a la realidad como siendo o aconteciendo en dos planos diferentes de existencia. Claro está que esta clasificación es arbitraria, como cualquier otra, y tiene como presupuesto que se trata de un punto de vista humano, vale decir, se da por supuesto que la percepción de la realidad de la manera descripta tiene como protagonista la consciencia que es generada en el ser humano.

                   Importante es también puntualizar desde el principio que dichos planos de existencia no se encuentran separados herméticamente, y por el contrario, existen entre ellos canales de comunicación en cuya virtud es posible acceder de uno a otro indistintamente, aún cuando para ello se requieran ciertas condiciones que deben darse en la consciencia generada en cada sujeto concreto.

                   En la necesidad de dar una denominación a cada uno de dichos planos consideramos que es apropiado llamar al primero el plano de la dualidad y al segundo el de la unidad teniendo siempre en cuenta que tales denominaciones se refieren al modo de percepción de la realidad.

                   El plano de la dualidad es el que se desarrolla en el nivel de consciencia ordinario, es el de los sucesos cotidianos, en dicho plano se desenvuelven los acontecimientos para los que cuenta la cronología, es el plano en el que funcionan y son aplicables los conceptos, se da en ese plano de existencia la diversidad y multiplicidad de los objetos, allí existen las medidas y las categorías,  entran a tallar en él, en suma, la razón y la lógica, la ciencia y la tecnología, el espacio y el tiempo, por lo que damos por realidad a un Universo del que formamos parte, pero como un ente separado, con contornos definidos, aconteciendo todos los sucesos simultáneamente en dos regiones diferentes, en la interioridad del sujeto, por un lado, y en la parte exterior a él, por el otro. A este plano de la realidad le es inherente el cambio, se producen en él los "nacimientos" y las "muertes", la "creación" y la "destrucción", y puesto que "todas las cosas" son "limitadas", se encuentran sujetas todas ellas a un "principio" y a un "final".

                            El plano de la unidad, es, en puridad, indescriptible. En él no funcionan los conceptos, pues no bastan para caracterizarlo. No obstante, estas disquisiciones tienen por objeto precisamente intentar trasladar de éste plano al otro las pautas para la comprensión del mismo, habida cuenta que en el transcurso de nuestra existencia temporal tendemos a dar por verdadero solamente lo que es o acontece en el plano de la dualidad.

                            En ese contexto, mi tesis preconiza que en el plano de la unidad la realidad es percibida  --por usar una palabra que insinúe en alguna medida la verdad inaprehensible, pues igual se podría decir que es vista, es sentida, es experimentada, etc.-- como UNA E INDIVISIBLE. Para visualizar este plano es menester entrar en él. Para hacer abstracción de la diversidad se requiere insertarse en el plano de la unidad y experimentar que uno es idéntico al todo. Por decirlo de otra manera, en tal caso se siente que uno mismo es la realidad. La realidad indiferenciada que en este plano sucede, carece de atributos. Diríamos de ella que es infinita sólo para indicar que resulta inconcebible "imaginar" su esencia, que pretendemos sugerirla con las ideas de grandeza inconmensurable, la cual "no existe" en el plano en cuestión porque no están en su "reino" ni el tiempo ni el espacio.

                            Establecidos de la manera antedicha los dos planos de la realidad, cabe mentar la "forma" en que se adquiere el "conocimiento verdadero" en cada uno de ellos.

                            En el plano de la dualidad los instrumentos básicos del conocimiento lo constituyen los sentidos, que recopilan los datos de los acontecimientos, tanto externos como internos, que son procesados por el intelecto, cerciorándose de la existencia del sujeto y del objeto  --para utilizar la terminología tradicional de los filósofos--, y de esa manera va forjándose una estructura consistente, con el descubrimiento y la constatación del mundo, de las leyes que lo rigen, así como la experimentación de los "sentimientos" relacionados con los impulsos básicos que confieren un "significado" a la vida que se desarrolla en ese plano. El pensamiento, y su medio de expresión, el lenguaje, constituyen los elementos fundamentales para la formación del conocimiento en este plano, el cual se va estructurando en la parte de la consciencia a la que usualmente denominamos como la mente, la cual percibe e interpreta la realidad, y nos da la visión que usualmente tenemos de ella, existiendo de esa manera para nosotros todas las cosas con su historia particular, forjándonos la idea de un mundo persistente que permite el nacimiento de la ciencia que confiere certeza a ciertos postulados, adquiriéndose de ese modo el saber científico que en este plano es el único conocimiento verdadero al que se puede acceder. Aún cuando verdadero,  este conocimiento adolece de la fatal limitación que proviene del propio objeto de su estudio, el que necesariamente debe centrarse en entes determinados que son los únicos que el pensamiento conceptual puede aprehender. No obstante, el conocimiento que tiene su soporte en la ciencia constituye indudablemente una de las cosas más admirables que el ser humano ha sido capaz de desarrollar, y se puede afirmar sin temor a equívocos que él sirve de modo tan magnífico a la humanidad, que su cultivo merece ser promovido en todo tiempo y lugar.

                            En cuanto al plano de la unidad cabe decir que el conocimiento inherente a ese plano se adquiere a través de la iluminación. Queda claro que ello obedece a la necesidad de darle una denominación específica, pues también podría decirse que se lo adquiere a través de la trascendencia. Estas ideas reflejan, entendemos, de manera aproximada, el proceso que acontece en la consciencia del ser humano para acceder al conocimiento en este plano. Sobre lo existente en este nivel o dimensión, siendo ello de suyo inexpresable, hay que señalar, no obstante, tratando de traducir la experiencia al lenguaje conceptual que allí radica la consciencia pura, indefinible, por cierto, pero a la cual es dable imputar el origen de todo lo que existe y se percibe en el otro plano, el de la dualidad. En el plano de la unidad radica entonces la fuente de todo lo demás. Hay en ese "sitio" una especie de "nada" que es el "todo"  --al no poder concebir "lo existente" en ese "lugar" como "objeto" nos vemos obligados a emplear las palabras antedichas-- pudiendo aludirse igualmente a esa realidad como "el silencio", "lo inmutable" o el "ser eterno y sin forma". Decir "ser" podría parecer una antinomia, pues lo que denota este vocablo es la acción de existir, y toda acción se supone dinámica, cambiante. En ese plano, empero, la realidad es inmutable. Su esencia, por consiguiente, está más allá del ser. Otro vocablo empleado para señalarlo es el de "simplicidad". Referente a ésta, es interesante lo expresado por Ashvagosha, divulgador de la doctrina budista del siglo I de nuestra era en su libro "El despertar de la fé": "La simplicidad no es ni lo que es la existencia, ni lo que es la no existencia, ni lo que son a la vez la existencia y la no existencia, ni lo que no son a la vez la existencia y la no existencia".  En el mismo contexto, ya el Gita, obra que integra los textos sagrados del hinduísmo, decía refiriéndose a la misma realidad, a la que denomina Brahman: "Brahman, sin principio, supremo, más allá de lo que es y más allá de lo que no es".   Se la ha prefigurado también como el "vacío", aunque ello no denote otra cosa que ausencia de los objetos conceptuales, pues dicho vacío está realmente lleno con la esencia de la que emana el Universo todo. Para decirlo con las palabras empleadas usualmente,  el plano de la unidad es sencillamente el reino de Dios.

                            Mucho más hay que decir sobre el modo de adquirir el conocimiento en ambos planos. El método científico, referido al plano de la dualidad, cuyo proceso se ha reseñado someramente en el párrafo anterior al precedente, ha sido objeto de suficiente y  exhaustivo estudio por gente de inteligencia privilegiada que lo han expuesto de manera brillante y competente, por lo que puedo excusarme de abordarlo yo que soy un mero aficionado, y a ellos remito a quien se interese en profundizar en el tema. Es conveniente esclarecer sobre el punto que el conocimiento en el plano de la dualidad no se lo adquiere siempre científicamente, pues obviamente la mayoría no somos científicos, ni conocemos los procedimientos que la ciencia emplea en cada caso, siendo de aclarar que la exposición del párrafo referido comprende promiscuamente el adquirido tanto a través del método científico como aquel al que accede el común de la gente. La realidad en este último contexto es aprehendida, interpretada y constatada por lo que usualmente denominamos el sentido común. Así es como nos vamos forjando nuestras certezas, que no pocas veces pueden estar equivocadas, pero es a través de la ciencia que se consigue depurar dichos conocimientos, verdaderos pero limitados al plano de la dualidad, donde existen las cosas y las personas y ocurren los acontecimientos, todo sujeto a medidas.

                            En cuanto al modo de adquirir el conocimiento en el plano de la unidad, dijimos que era a través de la iluminación. Pero ¿cómo adviene realmente ella?. ¿Cuál es el medio de obtenerla?. Nuestra experiencia, y la enseñanza de quienes han llegado a adquirirla, nos permite responder, de la manera más enfática, que el camino para llegar a conseguirla es ciñéndose estrictamente a la verdad y a la justicia hasta en los actos más nimios que nos toque realizar. En ese sentido, hay que desarrollar el hábito de vigilar cada una de nuestras acciones, cada palabra, cada pensamiento, y no hacerse concesiones ni desmayar en el intento. Hay que dejar sentado que cada uno posee la aptitud para discernir lo verdadero de lo falso y  lo justo de lo injusto, aún cuando para algunos en ciertas etapas de su vida ello pudiera aparecer confuso. En todo caso, tal aptitud se encuentra latente en su ser, por lo que es cuestión de desarrollarla. Me dirán: ¿Qué es lo justo para un carenciado?. ¿Dejarse morir de hambre?. Pues, depende. Evidentemente, en ciertos casos es fundamental que luche por su alimento, y está visto que quien se esfuerza recibe lo que merece. Lo que sí está claro es que compete a cada sujeto en particular dirimir qué es lo justo en cada caso, evitando a toda costa el autoengaño, lo que le permitirá ir transitando por el sendero correcto hacia la iluminación,  para obtener el conocimiento verdadero en el plano que estamos considerando.

                            Conforme puede apreciarse, ésto que voy exponiendo no es realmente nada nuevo. Nuevo es para mí, que lo voy descubriendo, y puede serlo también para otros, que no hayan tenido acceso a las fuentes de información a las que yo he tenido, y sobre todo, que no hayan pasado aún por las experiencias por las que yo he pasado. Este es un asunto que viene de lejos. El hinduísmo, el budismo, el taoísmo, y también el cristianismo en su más pura esencia lo han venido inculcando a la humanidad desde remotas épocas. En el campo de la filosofía han existido igualmente prominencias que lo han intuido y lo han desarrollado con notable aproximación y sutileza, siendo llamativa la concepción de Platón y la de Schopenahuer, inspirándose este último por cierto en el primero, como también en su predecesor Enmanuel Kant, además de ser poderosamente influenciado por las doctrinas ya citadas del lejano oriente. Tal es que Schopenahuer postula los dos niveles de existencia, como lo venimos exponiendo, identificando el plano de la dualidad con el de la realidad cotidiana, y el de la unidad con el reino de lo que él denomina la Voluntad. En lo que no coincidimos con Schopenahuer es en que él preconiza la supresión o la negación de la Voluntad  --esencia o núcleo de la realidad, según su teoría-- como única alternativa para soportar la vida, o algo así. En suma, él no le confiere trascendencia a la Vida, a la cual reduce a lo que yo denomino elplano de la dualidad. Esta, según él, es la consecuencia inevitable del otro nivel(el de la unidad),  al que sin embargo nadie puede acceder. Este plano, según su teoría, es por naturaleza inaccesible, y sólo actúa como soporte del otro,  al que fatalmente se circunscribe todo. Schopenahuer elaboró su teoría a partir de la enseñanza de Buda quien decía que el nirvana o iluminación es la ausencia de deseos. Lo que Schopenahuer no captó, a mi juicio, es que dicha ausencia de deseos estaba referida a los que alientan en el individuo en su actuación en el plano de la dualidad, y específicamente a aquellos que lo enfrentan con sus congéneres, dado que si tales deseos son justos coinciden, en última instancia, con la Voluntad despersonalizada que para él es la esencia de todo, pero definitivamente inasequible para el individuo concreto;  y que para mí no es otra cosa que lo Uno, es decir, Aquello que es fuente de todo y  que reside en el plano de la unidad, y al cual sí podemos acceder desde el otro plano, el de la dualidad, y no sólo ello, sino que toda nuestra existencia está dada como un mero tránsito hacia él. En este contexto, la muerte no es el "final", sino el "comienzo" de una nueva etapa, en la que, para decirlo con Deepak Chopra, nos desprendemos de nuestros sentidos, dejamos atrás el mundo material y nos dirigimos hacia una nueva "forma" de percepción.

                                      Lo antedicho sin embargo especula con algo que para los cánones de percepción del plano de la dualidad es definitivamente desconocido. En este contexto, la muerte nada puede indicar sobre lo postulado de que la misma sea el comienzo de una nueva etapa. Este aspecto merece un desarrollo especial, y nos ocuparemos de él más adelante.

                                      Entretanto, volvamos a la iluminación como medio de adquirir el conocimiento verdadero referente al plano de la unidad, la cual se la obtiene empero interín uno transite por el otro plano, puesto que por éste, el de la dualidad, es por donde venimos caminando. Nuestro propósito es indicar lo que creemos válido como parámetros para alcanzar esta sabiduría, esta iluminación.

                                      Decíamos más arriba que hemos constatado que el método apropiado es el de actuar con justicia. Este método viene siendo enseñado, como se dijo, de antiguo. Lo malo es que el escepticismo de la gente, producto de su ignorancia y del poco grado de su evolución -- que cada ser la desarrolla fatalmente, para bien o para mal --  actúa como una formidable barrera para acceder al entendimiento que le persuada de que la clave se encuentra en actuar correctamente.

                            Bueno es comenzar por la premisa de que todo lo que ocurre en el Universo obedece a un propósito. ¿ De dónde extraigo yo tan aventurada afirmación?. De la mera constatación del orden que hay en el mundo, y pese al desorden, que también lo hay. Ese orden  --la "auto-organización" de la materia, que a partir de su estructura inerte genera la vida hasta llegar a la consciencia en el ser humano-- está "regido" por una Inteligencia. Es ella la que "sabe" en cada instante qué se requiere para "mantener" ese orden, como también para acrecentarlo. Los seres humanos, todos los demás seres vivientes, y también "lo no viviente" no son otra cosa que "instrumentos" para ese cometido. Lo notable es que en ese avanzar sin pausas hacia el perfeccionamiento, es el ser humano el único que es capaz de discernir lo justo de lo injusto. Lo cual nos lleva a inferir que fundamentalmente en él y hacia él está centrada y dirigida la evolución.

                   Recapitulando: Hemos determinado que el método para obtener el conocimiento verdadero en el plano de la dualidad es, apoyando al sentido común, el método científico. En el plano de la unidad es el método de la iluminación.

                   Ambos métodos son importantes y requieren de esfuerzos. Conocer la verdad es la máxima aspiración que puede tener el ser humano. Dedicarse tesoneramente a desentrañar los secretos de la naturaleza, así como poner el mayor empeño en actuar con justicia, deparan por sí mismos grandes satisfacciones.

                   Ahora bien: Mi discernimiento me dice hoy que el conocimiento en ambos planos de la existencia están convergiendo. Esa convergencia es en definitiva el verdadero propósito de la evolución.

                   De mi experiencia deduzco también que el conocimiento pleno, el absoluto se da realmente en el plano de la unidad. Hacia allí por tanto se dirige el conocimiento generado en el plano de la dualidad. No es que este conocimiento vaya a desaparecer, ni la realidad que en él se genera, sino que se encamina a su plenitud de modo que en ambos planos todo se sepa, lo cual implica que, coexistiendo ambos planos, así como en el de la unidad todo se puede,  en el de la  dualidad tambiéntodo se pueda. Porque la Sabiduría Absoluta confiere obviamente la Omnipotencia.

                   Vale la aclaración de que el conocimiento al que con mayor facilidad puede acceder la mayoría es el que se adquiere en el plano de la unidad, pues basta con ser justos, no se requiere de otro medio que el de actuar con rectitud. Abundando sobre lo que en ese plano "existe" o "acontece" cabe mencionar que es apropiado denominarlo como "lo increado" o "lo inmanifiesto". Esta "entidad" ( el uso de las comillas sugiere la incapacidad de la terminología empleada para aprehender la esencia de la realidad en cuestión) es sin duda eterna. No ha tenido comienzo. Cabe concebirla como una concentración infinita de energía, una Inteligencia pura y absoluta, un "campo de potencialidad pura" (como dice Deepak Chopra), anterior al Big Bang. Es esta Inteligencia la que concibe al mundo,quince mil millones de años atrás.  Con esta "concepción" se produce la entrega de Ella a él. Crear el mundo es hacerlo emerger de sí misma, de ese "campo de potencialidad pura" que es Ella, dándose la particularidad de que toda Ella se "convierte" en el mundo, en el sentido de permearlo todo, de estar en cada cosa, de volverse inmanente y omnipresente, de ser inherente a todo lo creado, sin perder por ello un ápice de su naturaleza, pues sigue simultáneamente "siendo" lo increado. Lo "creado" es dotado de un mecanismo por esa Inteligencia, que comprende las "categorías" de tiempo y espacio, en cuya virtud está sujeto a un proceso de transformación que de la imperfección lo conduzca a la perfección. Para ello aquel "Ser", aquella "Inteligencia Pura" va derramando, por decirlo así, incesantemente su Sabiduría, entregándola a "lo creado" que transita, en su evolución, hacia la convergencia con su creador.

                            Conforme a lo expuesto, existe realmente una "comunicación", un "vínculo" entre lo creado y lo increado. Si postulamos que lo último es la Inteligencia Pura, sin atributos, Ella realmente se trasmite a lo primero que emerge "en el tiempo y en el espacio" dotada de atributos. Esa Inteligencia inmanente a lo creado, entregada por "lo increado", es, en esencia, éste mismo, se diría que es su prolongación, su "pedazo", y lleva ínsito en sí un "plan", un "mecanismo", una "semilla" que lo hará funcionar de tal modo que su destino final sea la de desarrollar dicha Inteligencia "en ciernes" hasta convertirla en la Sabiduría Infinita que es la esencia de lo increado. Cuando la culminación de tal desarrollo sobrevenga, el "Hijo" será igual al "Padre", vale decir, "lo creado" alcanzará su perfección. Esa perfección acontecerá con la convergencia de los dos planos de la que hablábamos. Se podría decir también que ello dará lugar a la "unión" de ambos planos. El tiempo y el espacio, en ese momento, "desaparecerán", o mejor, caerán bajo el dominio de la Inteligencia pura plenamente desarrollada en "lo creado", que podrá ser o estar en el lugar y momento que le pluguiese.


                                      De lo dicho, es notorio que el Universo en su totalidad, es decir, toda la creación, se va "autoconstruyendo" a partir del acto primordial de la Creación, que de acuerdo con las teorías científicas aceptadas, habría acontecido hace aproximadamente quince mil millones de años, con el llamado Big Bang. Para el insignificante ser humano no resulta fácil aceptar una escala tan prolongada para la evolución, en un Universo en el que él se siente impotente con relación a tantas cosas y a la vez tan autosuficente para otras. Valido de sus órganos sensoriales, y fascinado por su capacidad intelectual que sorprendido descubre, se considera el único protagonista de una realidad que se le presenta extraña y en general no muy amistosa, pues la espectativa de la muerte que su consciencia aprehende, a más de la experiencia del dolor y las enfermedades, le sume frecuentemente en la desorientación y el caos. Pese a ello, prosigue impertérrito su camino, nace, crece, inventa artilugios para acrecentar su confort y bienestar material, procrea, se alimenta, guerrea, construye y destruye en pos de efímeros poderes, y simultáneamente, aquí y allá surgen especímenes que conciben una realidad trascendente, superior a este plano sensorial, quienes cosechan prosélitos y seguidores, muchos de ellos quizás sin entenderlos cabalmente, pero todo sigue avanzando, sin pausas, hacia el incierto y desconocido futuro. Son diez mil años de historia, quince mil años desde el nacimiento de la civilización en la prehistoria, contra quince mil millones de años de existencia del Universo.




                                               ITINERARIO


                   La obra que pretendo dar a luz es indudablemente ambiciosa. Se intenta en ella exponer las respuestas definitivas a las eternas preguntas que han inquietado a todos los hombres desde su aparición sobre este planeta, respuestas definitivas referidas obviamente al autor. Cada cual sacará sus propias conclusiones de ellas, pero lo que se me ocurre es que nadie permanecerá indiferente ante el desafío que entraña la posibilidad de aceptar o rechazar la tesis expuesta.

                   La primera cuestión que corresponde considerar es la que atañe al Ser Humano. Parafraseando a Desmond Morris, sin ser zoólogo como él, debo decir que éste es el objeto primordial de mi estudio, pues en torno a él gira todo. Y las preguntas de marras precisamente afectan al todo, a la totalidad de lo existente, al ser infinito e ilimitado, dentro del cual se halla inserto aquel.

                   Vale aclarar que este planteamiento adolecerá de inevitable deficiencia, por varios motivos. En primer lugar, la incapacidad esencial del instrumento del que se vale para ser expresado, cual es, la palabra. Esta es un invento maravilloso del ser humano, el poder que tiene como portadora de mensajes es incalculable, sorprendente, prodigioso, más es fatalmente insuficiente para abarcar toda la verdad. Evidentemente, tiene la virtud de desencadenar infinidad de percepciones en el destinatario, sus connotaciones son múltiples, más, por ello mismo, y por su intrínseca limitación, da lugar a equívocos. Los sabios chinos de la antigüedad denominaron tao --por darle un nombre-- a la realidad definitiva, a la verdad esencial, la que está en todas las cosas, impregnándolas, e hicieron siempre hincapié en que tal entidad es inexpresable en palabras. Como nos lo cuenta Fritjof Capra en su libro El Tao de la Física, destacaban dichos sabios que si el tao pudiera decirse con palabras, cada uno se lo diría a su hermano. Claro, la percepción de esa realidad definitiva es de por sí tan magnífica que genera el irresistible impulso de comunicarla, pero es ahí donde se tropieza con la dificultad inherente al lenguaje, su esencial naturaleza imperfecta. Una palabra que para mí significa algo, puede no significar la misma cosa para otro. ¡Cuánta confusión, cuánto conflicto me fué provocado durante todo el curso de mi peregrinar por este mundo por mi tendencia a ver en las palabras contenida toda la verdad!. ¡Cuántas veces me rompí la cabeza en el intento de conciliar las contradicciones, reales o aparentes, de las enseñanzas trasmitidas por medio de la palabra de los grandes maestros de la humanidad!. Mi convicción es hoy de tal naturaleza que concuerdo con lo dicho por aquel estudioso del budismo llamado Nagarjuna que llegó a afirmar de la manera más categórica que las palabras son completamente incapaces para expresar la realidad en su plenitud, pero al contrario de él esa circunstancia no me impele a no abordarla con este instrumento, pues, si bien es cierto que las respuestas conceptuales que se alcanzaren siempre dan lugar a nuevas preguntas, considero que ello es vital para el desarrollo delser en cierto plano de la existencia, por lo cual no corresponde renunciar a seguir especulando sobre el tema, toda vez que con ello se contribuye realmente a construir el Universo en su perpetuo devenir, el cual acontece precisamente en el mentado plano de la existencia donde las palabras seguirán ejerciendo su señorío por toda la eternidad.

                   Otro de los motivos de la deficiencia de la obra estriba en la del propio autor. Al confesar mis limitaciones, necesariamente tengo que anticipar que algunas de las respuestas definitivas a las mentadas preguntas han de ser el lacónico no sé.  Aún cuando tenga el atrevimiento de afirmar que en mis indagaciones llegué a avanzar un breve trecho respecto al sólo sé que no sé nada del inmortal Sócrates, es importante reconocer desde el principio que en tanto transite por este sendero circunscripto por mi efímero pellejo, me será imposible obtener todas las respuestas. Viene a cuento lo que la Biblia dice que Dios le dijo a Moisés cuando pidió verle la cara: Nadie puede verme la cara y seguir viviendo. En consecuencia, tales respuestas, definitivas para mí, por ahora, son necesariamente provisorias por incompletas, y también por estar sujetas a variación, puesto que mi percepción de la verdad como la de cualquiera, se da realmente de instante en instante, y los cambios constituyen incuestionablemente la característica fundamental y prevaleciente en este plano de la existencia donde funcionan los conceptos, y el tiempo y el espacio, como parte fundamental de ellos.

                   Volvamos pues al Ser Humano. ¿Qué tengo que decir de él?. Los apelativos que se le han endilgado, tales como que se trata de un animal racional, atribuido a Aristóteles, del que deriva sin duda aquel otro acuñado por los antropólogos que lo han denominado homo sapiens, y otros que pretenden destacar ciertas peculiaridades que posee como su capacidad para fabricar herramientas, o la de comunicarse a través del lenguaje, o la aptitud única para reir analizada exhaustivamente por Henri Bergson en su conocido tratado, cualidad esta última relacionada con la no menos exclusiva de sonreir, todos estos rasgos tienden indudablemente a resaltar la singularidad del ente en cuestión. Ellos nos dan, por así decirlo, la nota inicial de la que podemos partir para escribir nuestra partitura en torno al espécimen elegido.

                            No obstante, caigo en la cuenta de que la composición que pretendo pergeñar se encuentra concebiba para otra tonalidad, pues lo primero que a mí se me ocurre al visualizar mentalmente al Ser Humano es lo siguiente: Ese soy Yo. Esta respuesta que emerge en mi conciencia implica una constatación en la que tienen que ver mi propia introspección y la experiencia sensorial de lo que doy por realidad. Al punto de ocurrírseme dicha respuesta ya me viene a la mente otra pregunta, y es natural que así sea, puesto que el funcionamiento de la mente se da precisamente dentro de ese proceso de perpetua oscilación. Y me planteo: ¿Qué o quién realmente soy Yo?. Cavilo sobre la cuestión y me digo: "El Yo es el soporte de mi identidad".

                            El punto de partida está, decididamente, en el Yo. Ya lo advirtió Sócrates cuando exhortaba: Conócete a tí mismo. Descartes recurre al mismo expediente cuando se cerciora de su propia existencia en base a la constatación de su pensamiento fluyendo en su consciencia: Pienso, luego existo.

                            La respuesta por mí enunciada no es en modo alguno apresurada.

                            -- ¿Qué es lo más difícil para el hombre en este mundo?--. -- "Conocerse a sí mismo"--, fué la respuesta de Tales de Mileto, cuando se lo preguntaron. Concuerdo con él. Empero, mi respuesta ha sido meditada, y si bien pueden darse muchas otras, considero que en la mía ellas se encuentran comprendidas. En efecto, cuando postulo que "el Yo es el soporte de mi identidad", en esa respuesta se encuentra implícita ésta otra: "Mi identidad es la del todo".

                            Así es. Mi verdadera identidad es la del todo. Coincide en su esencia con la totalidad, se confunde con ella. ¿De dónde me nace este aserto, en qué me baso para formularlo con tanta convicción?.

                            Es bueno mencionar que mi intelecto ha transitado por erráticos rumbos antes de lograr la certeza precedente. Así, al tratar de caracterizar a mi ser se me ha ocurrido por ejemplo que soy un volcán en erupción, o un generador de energía síquica, o un sol en explosión, o un torrentoso río, o un recipiente repleto de sustancia en ebullición, o hasta un mero prejuicio conceptual. Mi exploración sistemática empero me ha revelado que las figuras enunciadas, y otras por las que generalmente daba como mi ser al cuerpo que me cobija, no son otra cosa que meras apariencias. Lo que yo creía que era, y también lo que los otros consideran que soy yo, es sólo mi apariencia.

                            Mi verdadera identidad se halla en el fundamento mismo de todas las cosas. Mi cuerpo, mi persona, esta estructura material con todos sus atributos, es una simple manifestación, una especie de reflejo de mi verdadero y auténtico ser que radica en la esencia de todas las cosas. Es lo eterno, lo inmutable, lo absoluto, lo innombrable. Mejor dicho, para darle el nombre que se acostumbra a darle, diré que mi verdadero ser es DIOS. ¡Blasfemia!, dirán los fariseos, como otrora a Jesús. Pero son las enseñanzas de este Maestro las que ilustran la veracidad del aserto: "Padre mío, haz que éstos sean uno conmigo, así como yo soy uno contigo", es lo que dijo en una ocasión, refiriéndose a sus discípulos.

                            DIOS por tanto es la esencia de todas las cosas, y ése soy YO. No se trata de "todas las cosas en forma concreta". Se trata por el contrario de lo abstracto que se manifiesta en el plano de lo concretoen la formade objetos determinados, incluidas las personas determinadas, todos los cuales son la simple imagen de lo esencial. La esencia de lo inmutable, de lo que caracterizamos verbalmente como el Bien, el Amor, la Virtud, la Belleza, es lo que coincide con mi identidad verdadera. YO soy el SER que proyecta esas ideas, y soy eterno, y soy la verdad. Abstracción hecha de las cosas concretas, que no son sino mi apariencia. Según Karl Jaspers, Platón concebía a Dios como el Bien, y su mundo de las ideas o Topos Uranos donde se encuentran los arquetipos de todas las cosas, que no son sino los reflejos de aquellos, constituye una concepción filosóficaque se aproxima bastante, sin duda, a la esencia de la verdadera realidad. Tales arquetipos no son sinolo que es uno proyectándose en la totalidad. El mismo Karl Jaspers creó la figura de lo circunvalante o lo envolvente, que abarca a todas las cosas, de lo cual emergen, de lo que se deduce que preconiza que ello es, en puridad, DIOS. Lo que yo postulo es que mi verdadero SER, que es la de todo ser humano, es en su esencia el mismo Dios.  

                            Está visto que he avanzado bastante en estas indagaciones: Del Ser Humano, pasando por el YO, he llegado a DIOS, con respuestas definitivas que se van enlazando con el discurrir de las palabras.

                            Ahora bien: Se diría que si he llegado a la respuesta definitiva de que el Ser Humano es Dios, y como tal yo me siento, ya tendría que dar por contestadas en forma definitiva todas las preguntas, puesto que lo que se concibe como tal Ente nada puede ignorar. Empero, es evidente que no es así.Aún no poseo todas las respuestas. Dijo alguna vez Bernard Shaw que Dios se está haciendo. Yo digo más bien que un aspecto de Dios es el que se está haciendo. Y el Ser Humano se encuentra en esa parte, ocupa ese aspecto de la Divinidad.

                            Me explico: Dios está constituído, en su totalidad, por un primer aspecto, que cabe llamarlo lo increado. Este aspecto de Dios ya está hecho, en verdad ha existido desde siempre. ( Utilizar el concepto de existencia es sólo una manera de configurarlo, pues ese aspecto está más allá de la existencia y de la no existencia, es anterior a estas concepciones. Otras formas de nombrarlo, por nombrar lo innombrable es decir que se trata del principio primordial, el origen o la fuente de todo lo demás. En la concepción cristiana recibe el nombre deDios Padre).

                            El otro aspecto de Dios es lo creado, el cual, en tanto que emana de lo primero es también Él mismo, adoptando las infinitas formas que los órganos de los sentidos son capaces de percibir. Este es el aspecto de Dios que se está haciendo. Y aquí es donde está el Ser Humano. Su esencia es la misma que la de lo increado, pues aún cuando limitado, posee la potencialidad para llegar a igualar a éste, en él está el germen, la semilla para alcanzar la perfección que es la esencia de lo primero.

                            Entre ambos aspectos existe todavía un tercero que es el vínculo de unión entre ellos, que se podría denominar, usando una denominación que emplea el mismo Bernard Shaw, como la fuerza vital, en palabras de Henri Bergson el ímpetu vital, al referirse a la fuerza que hace posible la existencia. Claro que es sólo un nombre que trata de caracterizar lo indefinible. A éste aspecto de Dios es que Cristo lo llamaba el Espíritu Santo.

                            He ahí pues el dogma de la Trinidad: El Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Tres personas distintas y un sólo Dios verdadero.

                            La idea de que "lo creado" es el Hijo, se halla en consonancia con lo que Cristo, identificado con el Todo, enseñaba en todo momento. Cuando decía que lo que se hiciera por el bien de cada ser humano a Él se le hacía, cuando se refirió al pan diciendo que era su cuerpo y al vino diciendo que era su sangre, de hecho estaba indicando claramente que lo que constituye la "creación" era Él mismo. Como lo somos todos.

                            Por lo tanto: Siendo Dios, estamos en ese aspecto de su Ser que se está construyendo. Esa construcción, ese hacerse va a culminar inexorablemente en el perfeccionamiento definitivo del Ser Humano, cuando alcance la capacidad de que su cuerpo no muera jamás. A esa realidad es que Jesús denominó la Vida Eterna. Que el cuerpo humano no muera implicará sencillamente que la Inteligencia que en cada individuo concreto existe y alienta, habrá encontrado la clave para lograr, con su sola voluntad, que lo creado le obedezca. De esa manera no existirá deterioro en la estructura corporal, y por el contrario, todas las cosas estarán en realidad al servicio de la consciencia de cada uno que podrá adoptar la estructura que desee, sin enfermarse ni morir jamás.

                            El YO es, por lo dicho, el punto de referencia de la Consciencia en el reino de lo creado. Digamos que la Consciencia es una forma de caracterizar lo existente y que a DIOS --en su naturaleza total que entraña la perfección-- se lo suele llamar la Consciencia Pura o la Consciencia Cósmica, o la Consciencia Universal. La Consciencia particularizada en el Ser Humano es la que ha desarrollado el concepto del "Yo".




                                      ¿CARECE LA VIDA DE FINALIDAD?


                   Antes de ser pregunta, la precedente frase era una afirmación: La Vida carece de finalidad.

                   El descubrimiento de la Verdad no admite dogmas.

                   ¿No lo admite?.

                   Bueno, así es como se filosofa.

                   El fatal destino del hombre es que no puede estar seguro de nada. Y pese a ello, para dar un paso, y el siguiente, y para seguir en el camino, en cada momento debe tener una concepción de la realidad, una respuesta para cada pregunta, so pena de "vivir" tambaleante en la oscuridad más espantosa.

                   Pensándolo bien, cada cual necesita imperiosamente de su propio dogma, en cada instante. Digamos que dicho "dogma" cambie en el instante siguiente, pero en el momento de que la consciencia "adquiere" lucidez, en cada instante en que la luz de la existencia se genera en la mente, ella requiere de la certeza, esencial para el SER.

                   Pues bien: Pese a la pregunta formulada en el acápite, hoy sigo con la afirmación: La Vida carece de finalidad. La pregunta constituye simplemente la manifestación de que la exploración sigue en vigencia.

                   La "falta de finalidad" de la Vida, la expreso en el sentido de que, hasta donde entiendo hoy, ella no tiende a un fin específico, vale decir, no es que esté "llamada" a algo en particular, tal como la "transformación definitiva" de un estado a otro, para decirlo de otra manera, de la "imperfección" a la "perfección".

                   Esta "conclusión", este "dogma" ha sido extraordinariamente difícil de alcanzar para mí, y no sólo eso, sino me sigue costando muchísimo "mantenerlo". Obviamente, la actitud correcta es la de que uno se mantenga "abierto" a la hipótesis contraria, de modo que la certeza tenga, por decirlo así, mayor luz cada vez.

                   La dificultad que se me ofrece para "permanecer" en la afirmación enunciada es,  según entiendo, en primer lugar, mi resistencia a aceptar que deberá acontecer inexorablemente la aniquilación de mi "yo". Mis hábitos mentales se encuentran condicionados de una manera tan poderosa por las creencias en la "vida eterna" en la forma postulada por el cristianismo, y por el apego desmesurado a mi individualidad, que no atino a desprenderme de ellas de una vez por todas, y, quiérase o nó, sigo acariciando la "esperanza" de alcanzar "algún día" el "paraíso".

                   Claro que el examen minucioso de los factores involucrados hace necesario replantear constantemente el asunto, y en esta inteligencia, una de las ideas que merodean en la cabeza perturbando como un tábano a la convicción de que la vida carece de finalidad es la constatación de que, después de todo, la evolución acontece, y ello entraña una especie de perfeccionamiento gradual y sostenido de la realidad, en la que, como sujeto "final" del proceso aparece el homo sapiens. Ya lo dijimos: Se constata que del caos inicial surge la organización, la cual se hace cada vez más compleja, se genera luego la consciencia que en sus diversos niveles transita de la mera "experimentación" de la vida hasta la "aprehensión e interpretación" de ella a través del lenguaje, hasta avizorarse un nivel en el que se trasciende incluso las palabras para fusionarse con la totalidad en un plano donde funciona lo que se intuye como algo que es eterno, sin principio ni fin, o para usar las palabras ya trilladas del mismo tema, el principio y fin de todas las cosas, es decir, el poder o la fuerza de donde se origina toda la vida.

                   En presencia de esa evolución, que innegablemente mejora las condiciones del sujeto de ese proceso, el homo sapiens, factor y actor de la misma, uno se pregunta necesariamente si ese proceso no habrá de culminar en algún tiempo, máxime que existe una concepción enraizada profundamente en el género humano que da pábulo a esa hipótesis, que es precisamente el cristianismo.

                   Hasta donde soy capaz de percibir, Cristo se hallaba en la senda correcta en cuanto al entendimiento que tenía de la naturaleza esencial de la realidad. Unicamente quien entienda a ésta en su verdadero contexto sería capaz de acuñar una sentencia como "la Verdad os hará libres" y muchas otras que se le atribuyen de donde se deduce que vivía en contínua iluminación.

                   De ahí que la concepción "finalista" del mundo y de la vida que impregna toda su doctrina resulte sorprendente, y a la luz de la certeza que para mí dimana de la proposición enunciada precedentemente, o sea, que la vida carece de finalidad, dicha concepción "finalista" se erige incluso en un verdadero obstáculo en el camino de la plena iluminación.

                   No es desde luego cosa de descartar, de cuajo, tal sentido "finalista" de la Vida. Si la Filosofía, como lo enseña Karl Jaspers, es ir de camino, ello entraña el desmadejamiento incesante del hilo que la constituye, y ello requiere someter a exégesis toda hipótesis mínimamente plausible.

                   La constatación de que la evolución permite al homo sapiens acceder a mejores condiciones de vida aparece como una verdad incontrastable. No es que ello se traduzca necesariamente en dicha mejoría, pues esa misma evolución acrecienta el poder de deteriorar la calidad de vida, de modo que, a la par que la posibilidad de mejorarla aumenta simultáneamente la de desmejorarla. Se diría que el yin y el yang, los eternos opuestos, siguen fluctuando, sin que se pueda concebir la posibilidad de que uno prevalezca "definitivamente" sobre el otro, pese al incremento del poder de la inteligencia que sigue manifestándose siempre en polos opuestos.  Se advierte claramente  que el "equilibrio" sigue subsistiendo. Aún cuando en una visión globalizadora pareciera percibirse que se tiende a una mayor justicia, y diríase que eso es lo que anima a la mayoría de los seres humanos. Al menos eso es lo que muchos ambicionan ver.

                   La pregunta que se impone es: ¿tiene ello trazas de llegar a un "fin"?.

                   No lo creo.

                   Y me parece sorprendente y extraordinario que, según todos los indicios, Jesús haya llegado a creerlo.

                   Hay que partir de la premisa, sin embargo, de que Jesús es un misterio difícil de ser develado.

                   Jesús percibió indudablemente que existe "una realidad" por encima de lo que nuestros sentidos perciben, que hace actuar a todas las cosas para que funcionen sincronizadamente y se haga posible la inteligencia y la vida. Esa "realidad" involucra a la totalidad, y en la medida en que cada "parte" constituyente de ella ejecute adecuadamente su cometido, mayor posibilidad existe de que impere la justicia. La percepción de Jesús de que ello se concretiza a través del amor, no era nueva, en modo alguno, pero toda la prédica de EL revela que su vivencia en ese sentido era tan intensa y profunda que no se puede sino ubicarlo en un plano de la mayor autenticidad y en un nivel de conciencia en el que se aprecia la verdad y la totalidad con la mayor plenitud concebible.

                   Por todo ello es que emerge un poco abruptamente ese aspecto de la personalidad de Jesús en el que se advierte que pone un énfasis especial en su propia individualidad. YO soy la luz del mundo, YO SOY el camino, la verdad y la vida, YO SOY la puerta, nadie llega al Padre sino POR MI. Cuando EL mismo exhorta a la negación de uno mismo, ¿cómo se explica esaexaltación desmedida de su propio YO?. Es evidente que EL se identificó de tal manera con la totalidad que se convenció literalmente de que era la medida de todas las cosas. Desde luego, su capacidad portentosa para entender que en el plano de lo justo las cosas acontecen de manera "perfecta", le habilitaba, tal vez, para esa identificación y para ese convencimiento. No obstante, esa actitud se erige en una valla para que los otros alcancen a su vez la iluminación, pues, a más de hacerles incurrir en idolatría, con la sacralización de una imagen a la que se atan, genera al mismo tiempo desazón por la contradicción apuntada, siendo también fuente de fanatismo, sectarismo y otros ismos que indudablemente interfieren en el camino de  la liberación. Desde luego, hay que convenir que todo ello no es óbice para que uno acceda a estos estadios si se propone sinceramente caminar por el sendero de sus propias enseñanzas, debiendo descartarse simplemente las que se constataren ser erróneas.

                   Pues bien: Entre éstas destaca, a mi juicio  --  emitido a despecho de su exhortación de no juzgar si no se quiere ser juzgado-- el aludido sentido "finalista" de la Vida.

                   La Verdad que yo vislumbro me dice que la evolución del SER no tiene trazas de parar jamás. Tal evolución se halla conectada con la eternidad, lo que implica que el Hombre, como sujeto primordial de esa evolución, seguirá en la senda de su ascenso tecnológico, pero al propio tiempo se multiplicarán de manera infinita los problemas que tenga que resolver para  dar respuestas a las exigencias de la Vida en su tendencia hacia la expansión ilimitada.

                   Cabe conjeturar que Jesús, para elaborar su concepción del mundo, no haya podido desprenderse de los conceptos propios del plano de nuestra Vida mortal por los que vemos el principio y fin de todas las cosas. Y en base a eso, haya construido su sistema que es el más formidable y el más admirable que mente alguna haya construido. Parafraseando a Guy Sorman, podemos decir que Jesús es el mayor constructor de sistemas que haya nacido en este planeta.

                   No se me escapa lo frágil que se presenta mi explicación. Desde el momento en que Jesús habría accedido a la plena y auténtica iluminación, es inadmisible que no haya podido desprenderse de los conceptos aludidos. Para sustentar este criterio la única explicación es que no sólo se hallaba cegado en este aspecto, sino que su ambición espiritual era tan inmensa que simplemente no aceptaba que la identidad personal de cada cual debe ser aniquilada inexorablemente.

                   ¿Puede acaso existir una iluminación de esta laya, es decir, aquella por la que uno entiende la clave del Universo, por así decirlo, en el sentido de que lo justo permite ver la verdad, y por otra parte, el apego indisoluble a las estructuras al punto de postular la perpetuidad de ellas, por más que fueren productos de una "transformación definitiva"?. Debo declarar que me resulta difícil creerlo. No obstante, no es imposible, quizás. Ello acontecería por la identificación personal que Jesús hizo con el todo, sintiéndose de tal modo consubstanciado con su papel hasta inmolarse, literalmente, por la humanidad, a la que se propuso "salvar".

                   No es en consecuencia descabellada la hipótesis de que "Dios se hizo hombre" a través de Jesús. Se trata de una "estructura" plausible, y en modo alguno desdeñable, para que el mundo siga avanzando.

                   "DIOS", concepto acuñado para designar la inteligencia que subyace en todas las cosas, abarcadora e impulsora de todos los acontecimientos, no concebible como persona, se encarnó en alguien que se imbuyó personalmente de su misión, llevándola al extremo de brindarse enteramente, dando su propia Vida terrena, sacrificando voluntariamente su estructura temporal, quizás a manera de ejemplo de que la Vida y la Muerte son una y misma cosa en el plano donde la consciencia funciona en plenitud.

                   Es por consiguiente comprensible la concepción "finalista" de Jesús. Al fin de cuentas, recalcó enfáticamente que el tiempo en que acontecería el "fin del Mundo" ÉL no lo conocía, "sólo el Padre". "Su" Padre no es otra "cosa" que esa inteligencia impersonal de la que hablábamos, que sin ser "persona" actúa no obstante como si lo fuera, siendo legítimo conjeturar que en ese plano "se sabe todo", incluyendo lo por venir. Si admitimos que Jesús, como encarnación de aquella "Sabiduría", pudo ver lo que acontecería, su concepción aparece aún más respetable. El "fin del mundo" sería entonces la "transformación definitiva" de todas las cosas en "Dios". No habría ya entonces "imperfección", solo "perfección", no habría ya muerte, solo Vida.

                   El "fin del mundo" no es por tanto "el fin" sino "el cambio". Ello es cuestión de "conceptos", y en la "concepción" de Jesús lo que aparece inteligible es que "Dios se está haciendo" y que, llegado ese momento, "terminará de hacerse". Es sumamente interesante dicha concepción, y si se puede decirlo, es también sumamente "razonable". Se diría que ella es enteramente "lógica", y acorde con lo que la realidad cronológica nos revela. El advenimiento de la consciencia  y la invención del lenguaje en el sujeto "final" de la evolución, el homo sapiens, el discernimiento cada vez más extenso de la realidad, el "descubrimiento" del fuego, el invento de la civilización, el "dominio" cada vez mayor sobre la naturaleza, el mayor "poder" del hombre para obtener confort, todo ello induce a pensar que la cada vez mayor organización o "auto-organización" de la naturaleza podría conducir a un estado "definitivo" de perfección, que sin duda el hombre desea. Cuándo ello ocurrirá, el propio Jesús declaró no saberlo.

                   Caigo en la cuenta que voy refutando mi propio criterio expuesto primeramente. Lo cual al fin de cuentas, es propio de la tarea de auto-construcción.

                   En efecto, lo dicho más arriba, de que Jesús habría estado "cegado" en el aspecto de no poder "desprenderse" de las estructuras de "principio y fin", ya no me parece plausible, pues si se admite que en general estaba imbuido de la mayor "iluminación concebible", y más todavía, que "respondió" con ello a la "inteligencia subyacente en todas las cosas", que está visto que existe, y es "superior" a la generada en el individuo humano específico, no se puede hablar de la dicha "ceguera". Por el contrario, como decíamos más atrás, parece legítimo suponer que dicha inteligencia "lo sabe todo", pues abarca a la totalidad y es la responsable de que se haya "originado" la Vida, la evolución, la consciencia, y ES, a la postre, lo que hace funcionar el mundo de instante en instante. Al engendrar esa inteligencia un hombre capaz de identificarse plenamente con Ella, o al iluminarlo de tal manera, es obvio de que le haya dotado de toda la sabiduría y todo el conocimiento inherente a ella.

                   Aquí, empero, surge de nuevo la paradoja, pues, si decimos que aquella inteligencia "lo sabe todo", y que a "su encarnación" le hubo dotado de toda la sabiduría y el conocimiento inherente a ella, resulta incongruente que ÉL  --su "encarnación", o sea Jesús-- afirme que "no sabe" el tiempo en que acontecerá aquello. Lo que cabe es entender que no le dotó de toda la sabiduría, o en su defecto, que aquella misma inteligencia no la posee toda. Jesús, no obstante, afirmó que su Padre lo sabía. También dijo: el Padre es mayor que yo.

                   ¿Cómo discernir cual es la verdad?. ¿No le dotó de toda la sabiduría "aquella inteligencia" a Jesús? ¿O es que esa misma inteligencia no lo sabe todo?.

                   Tentados estamos de creer lo primero. Esa tendencia a creer nos la induce la cronología, y sin duda alguna, el anhelo de supervivencia personal, el "deseo" de inmortalidad individual. En esa línea de razonamiento, se nos ocurre argumentar que Jesús, aún cuando identificado con la totalidad, con el SER supremo impersonal, percibía que a ÉL no le era dado abarcarlo todo, pues a la postre El mismo adoptó una estructura limitada, es decir, al hacerse hombre aquella inteligencia se "autolimitó", adquiriendo consciencia de que "con esa forma de ser" era necesariemente "menor" que la "totalidad". Incluso, esa "actitud" denotaría que no estaba precisamente poseído por la ambición espiritual desmedida que mencionamos más arriba, pues implicaba el reconocimiento expreso de su limitación. Igualmente, cuando ponía énfasis en su YO como medida de la verdad, se diría que no es que obedeciera a su voluntad "egoísta individual", sino a esa voluntad e inteligencia impersonal "superior", que, por decirlo de alguna manera,  imbuyó en Jesús una suerte de "compulsión" para actuar como lo hizo. No se trataba pues de una exaltación del YO sino de una consustanciación de su identidad con el todo. En tal sentido, una vez "delimitados" los contornos del YO, cada cual se halla en condiciones de "liberarse" del mismo, y se siente, por así decirlo "partícipe" de la totalidad. Un modo de decirlo sería que el DIOS al que todo el mundo hace referencia no es otra cosa que uno mismo. Jesús, por tanto, fué la "síntesis", como hombre, que hizo la totalidad de sí misma. En ese contexto, Él entendía que si bien no le era dado conocer el momento en que se produciría el fin de los tiempos, el Padre  -o sea, la inteligencia motora inherente a la totalidad--  sí lo conocía. Era su FE imbuida por aquella misma inteligencia, era su consciencia abarcadora que veía de esa manera la realidad.

                   Luego de este raciocinio me digo: ¡Qué difícil es no creer en Jesús!.

                   No obstante, el cometido esencial de la Filosofía consiste en poner en entredicho todo cuanto aparece como evidente, sea para que reluzca con mayor fuerza esa evidencia, sea para demolerla y reemplazarla por otra.

                   ¿Lo sabe todo pues aquella inteligencia, inclusive lo por venir?. Desmenuzado el tema, se advierte que la respuesta a esta pregunta sólo puede darla la FE. Nohay manera de discernirlo, salvo aceptando simplemente que la cuestión es de ésta o de aquella otra manera.

                   Desde luego, la FEen lo que sea se erige siempre en el soporte de la filosofía de cada cual. Ya lo dijimos antes: Cada uno se forja el axioma de su filosofía.

                   Sea porque aún no puedo liberarme plenamente de mis prejuicios, sea porque en esta etapa de mi liberación encuentro que la hipótesis más creíble y más lógica es la de que aquella inteligencia efectivamente lo sabe todo, en este momento mi tendencia me induce a aceptarla.

                   "Aquella inteligencia impersonal", "DIOS", "el SER SUPREMO", o  como quiera que se denomine, "sostiene" el funcionamiento del mundo en cada instante, en lo que "escape" al control de las inteligencias humanas individuales. Ella "sabe" cuánto  y cuándo tiene que llover, "supo" desde siempre cómo "dosificar" los ingredientes para que la Vida, a partir de su aparición, mantenga el equilibrio necesario para ir creciendo y desarrollándose a través del mecanismo de la evolución, "conoce" y "supervisa" la inimaginable complejidad de la "totalidad" de los componentes de la Vida, es decir de todos los átomos, todas las moléculas, todas las células,  y todos los organismos involucrados para que todos actúen con la suficiente sincronización de modo que el equilibrio "subsista" y "avance" de manera sostenida "hacia adelante". Como "abarcadora del todo" esa inteligencia reúne en sí, por tanto, la totalidad de la sabiduría y del conocimiento "suceptible" de existir. Para tratar de expresarlo de alguna manera, en ella  existen "simultáneamente" el pasado, el presente y el futuro, tal como si  fueran un sólo instante. De esa manera no puede no saber lo que acontecerá, ya que la eternidad forma parte de ella misma. Ella está "en el principio" y también en el "final", aunque para ella no exista ni "principio" ni "final", que son "conceptos" insuflados en la consciencia humana como instrumentos para cerciorarse de la realidad e ir creciendo, siendo su sino ineluctable unirse a dicha inteligencia, en lo que se da en llamar "el fin de los tiempos". Es paradójico. Para "ella" no existe el tiempo. Para "nosotros" en cambio sí. Pero "nosotros" formamos parte de "ella". Si el pasado, el presente y el futuro son uno, ¿cómo puede acontecer que "dejen de ser" en un momento dado para convertirse en "eterno presente", vale decir, que "todo" de una buena vez, "se vuelva perfecto"?. La única forma de "salvar" esta paradoja es entender que en realidad "nada deja de ser", "todo ES en su momento y lugar determinado", pero para las consciencias individuales que perciben el transcurso del tiempo, y la persistencia de las estructuras, puede acontecer que de improviso se sientan unidas todas ellas a dicha inteligencia y abarcando lo mismo que ella la totalidad. Y ello, específicamente, tal vez, en el planeta llamado Tierra, sin perjuicio de que en "otros lugares" los acontecimientos sucedan de acuerdo con otra "cronología".

                   Pongámoslo de otra manera. El "pasado" no existe. El "futuro" tampoco. El "pasado" se hace "presente" en cada instante, incorporándose, por así decirlo, a la totalidad, convirtiéndose en "recuerdos" que están presentes en el "instante" mismo en que el SER ES, y aconteciendo ello de manera contínua, "de un instante al siguiente". El "futuro" igualmente no pasa de ser un "concepto", una "imagen", algo hipotético, una "visión" que está "presente" como tal en el mismo "instante" en que el SER "se manifiesta", "se hace consciente". Es la forma que el SER tiene de compaginar lo "eterno" con lo "contingente".

                   En el "futuro", merced a la evolución del SER TOTAL, va a desaparecer lo contingente, los "opuestos" van a dejar de ser, la Inteligencia "humana" va a percibir la realidad como un "todo", tal como ya la percibe "parte" de la Inteligencia Universal, todos los recuerdos de todos los hombres de todos los tiempos y lugares se van a hacer "presente" de manera "definitiva", "sobreviniendo" o cumpliéndose de esa manera la "profecía" de Jesús.  En ese contexto, el "futuro" no es otra cosa que el "estado de desarrollo sostenido tendiendo a lo definitivo" del SER total, "parte" del cual ya se encuentra en el estado de plenitud en que es susceptible abarcarlo todo, vale decir, es capaz de "verlo" todo, y por consiguiente, "saber" lo que "acontecerá finalmente".

                   Lo que sí se me ocurre es que todo ésto tal vez sea válido, en particular, para el planeta Tierra. En efecto, se me hace que la naturaleza de lo total es la expansión ilimitada. Es decir, DIOS TIENDE A CRECER POR TODA LA ETERNIDAD. Locual se halla en consonancia con la la conocida hipótesis científica del "Universo en expansión".(La cual, empero, no define tampoco si tal expansión se "detendrá" alguna vez).

                   La Tierra, como una estructura creada por la consciencia de "aquella inteligencia subyacente en todas las cosas", tiene su propia historia cronológica, tiene su "comienzo" y tendrá su "final". Ello, por otra parte, se halla fehacientemente corroborado por la ciencia. Esta nos dice que, al menos, una vez transcurridos alrededor de cinco o siete mil millones de años, el Sol agotará su combustible nuclear, lo que significará la extinción de la "vida" en la tierra, en el sentido contingente en que la concebimos. (Consultar, sobre el punto, la obra "Las amenazas de nuestro mundo", de Isaac Asimov). El "fin del mundo", de "nuestro mundo", por tanto, sobrevendrá inexorablemente.

                   La conclusión "provisoria" a la que arribo es entonces que, ciertamente, la Vida  "carece de finalidad" en el sentido de que "tienda a un final" en el que, de su estado de "imperfección" pasará a otro de "perfección definitiva", referido ello a "lo total". Sin embargo, ello no obsta para que en el planeta Tierra acontezca alguna vez un "colapso"  --que en realidad, necesariamente acontecerá, a estar por las predicciones científicas-- que tendrá el efecto de aniquilar la Vida terrena en su sentido "temporal". He ahí pues conciliado el anuncio de Jesús de que sobrevendrá indefectiblemente el "fin del mundo"  -- "el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán", según lo dijo-- con la aseveración que encabeza el comienzo de estas reflexiones: La Vidacarece de "finalidad".

                            Conciliada la "predicción" o "profecía" de Jesús con mi particular "dogma" provisorio, se me plantean ipso facto nuevos interrogantes que deben ser esclarecidos. ¿Qué significa realmente la anunciada resurrección de los muertos?. ¿Es realmente admisible la "teoría" más arriba expuesta de que "el fin del mundo" anunciado por Cristo hace referencia exclusivamente a lo que acontecerá "en la Tierra", en tanto que en "el resto del Universo" las cosas acontecerán o "seguirán aconteciendo" de acuerdo con su "propia cronologia"?.

                            Por razones de "método", corresponde abordar previamente la segunda pregunta, pues la respuesta de ésta arrojará luz sobre los puntos oscuros de la primera.

                            Uno se percata de que el Universo entero constituye una "estructura" concebida por la Mente o la Consciencia diferenciadora. Obviamente, tal estructura es particularmente "sólida". En efecto, así como lo ha discernido la consciencia generada en este planeta, dicha estructura "tiene" una historia de quince mil millones de años, cuando menos, y su lento e impasible desarrollo ha dado lugar a tal infinidad de entes que resulta inconcebible abarcarlo todo, constituyendo la Tierra y el Sol, o aún, todo el sistema solar, algo tan ínfimo en comparación con ella que quienes se encuentran más compenetrados con esa realidad, como Carl Sagan, nos hablan de que podemos considerarnos apenas como un grano de arena en la playa de la vastedad del océano cósmico.

                            Es increíble que, a pesar de la constatación de esa inmensidad, existan científicos que crean que la vida inteligente no existe más que en la Tierra. Esoes lo que postula el biólogo japonés Motoo Kimura, uno de los más grandes de nuestro tiempo, al decir de Guy Sorman. "Los hombres constituyen la única especie inteligente en el universo. La sucesión de acontecimientos que condujeron desde la aparición de la primera célula viviente hasta el hombre, al cabo de cuatro mil millones de años, fue a tal punto improbable que no es matemáticamente posible que esto se repita en otra parte. No es porque existen varios millares de planetas donde las condiciones del medio ambiente harían la vida posible, que dicha vida apareció aquí e, incluso, si existe alguna forma de vida sobre alguno de esos planetas, las probabilidades de que ésta hubiera evolucionado hacia una civilización comparable a la del hombre, es casi nula. ¡Esto es matemático!". Tal lo declarado por este estudioso de la vida, según puede leerse en la obra "Los verdaderos pensadores del Siglo XX", de Guy Sorman.

                            Indudablemente, la enunciación transcripta induce a reflexionar. Más, reiteramos: La hipótesis no nos parece creíble.

                            Ya lo hemos dicho antes: Es inherente a la naturaleza el impulso a organizarse. Le es inherente una "inteligencia" que se traduce en "orden" (pese al "desorden" también implícito en el "resultado" de dicho impulso). Ese orden da lugar a la "consistencia" de la naturaleza. Se da, gracias a ese orden el "EQUILIBRIO INDISPENSABLE" para que, a través del tiempo, el Universo haya llegado a esta etapa, habiéndose generado en este planeta la Vida, que, a partir de la célula primigenia formada cuatro mil millones de años atrás ha desembocado en la miríada de organismos que hoy pueblan el planeta, incluída la especie humana.  Pero antes aún de eso, el Universo se desarrollaba impertérrito, engendrando galaxias, estrellas y planetas, las que nacían y morían obedeciendo a reglas precisas, tanto que nuestro Sol es ya una estrella de "segunda generación", o sea, formada a partir de los residuos de otra u otras estrellas que habían completado su ciclo de nacimiento, desarrollo y muerte. Entretanto, el orden y el impulso a la organización prevalecían netamente. El hidrógeno se fusionaba, y daba lugar al helio, y liberaba energía en cantidades incalculables, y se formaban asimismo todos los demás elementos de estructura más compleja, y el conglomerado de tales sustancias originaba la formación de planetas, satélites u otros cuerpos astrales, y todos ellos se "entregaban" a la existencia rigiéndose por la ley fundamental de la "mutua consistencia", de modo que ninguno podía "ser" sin el otro y viceversa. En palabras del astrónomo Fred Hoyle: "Los actuales progresos en cosmología están llegando a sugerir de modo muy insistente que las condiciones cotidianas no podrían existir, sino por las partes distantes del Universo; que todas nuestras ideas de espacio y Geometría serían totalmente invalidadas si las partes distantes del Universo desaparecieran". Se constata pues que el orden es propio de la Naturaleza, que actúa cual si fuera guiada por una inteligencia o ley esencial que permite su propia existencia y desarrollo. Eso significa que, para que las cosas sean como son en cada instante y lugar, dicha ley esencial no puede sufrir quebranto en ningún lugar ni tiempo. Ello implica que, siempre que el hidrógeno se encuentre con el oxígeno, dadas ciertas condiciones, se combinarán formando agua, liberando energía en el proceso. Ello implica también que, al mover mi pie, ha de asentarse en tierra firme, y que puedo estar seguro de ir dando mis pasos siguientes sin que me hunda de improviso en un vacío infinito.

                            ¿Y el desorden?. Bien, gracias. Pues, el mismo no obsta al "desarrollo ascendente" de la organización en la globalidad. Cabría decir que aún el "desorden" obedece a un "orden". Son ciertas "condiciones" en las que se encuentren los "componentes" de la naturaleza las que originan las catástrofes. Un incendio, un terremoto, una hambruna, un cataclismo estelar, son producto de circunstancias "propicias", derivadas de la misma "ley" natural. A despecho de ellas, empero, se constata que, al menos en este planeta, ha emergido airosa la inteligencia, y, en la especie humana en particular, en un grado tan sorprendente que le permite discernir la "inteligibilidad" del Universo del que forma parte indisoluble.

                            La inevitable deducción es que, entre cien mil millones de estrellas que conforman nuestra galaxia, y quizás cien mil millones de galaxias con otras tantas estrellas cada una existiendo en el Universo, a estar por las arbitrarias estimaciones  -- no por ello carentes de rigor científico-- de los estudiosos, resulta inconcebible que sólo en este planeta haya ocurrido el proceso que condujo al desarrollo de la especie inteligente creadora de la civilización, tal como lo afirma Motoo Kimura. Si él entiende que las "probabilidades matemáticas" se oponen a ello, por atribuir al mero azar el surgimiento de nuestra especie, nosotros creemos por el contrario que el impulso vital que conduce al desarrollo de la inteligencia funciona como un proceso matemático, en el sentido de que fatalmente transita hacia estadios cada vez más complejos, por virtud de la evolución que se advierte se produce en la naturaleza. ¿Por qué esta evolución no acontecería en otras partes del Universo?. Desde luego, no cabe descartar en forma absoluta su hipótesis. Después de todo, si nos atenemos meramente a las matemáticas, la misma existencia del Universo tendría una sola posibilidad contra infinito, según entendemos. Más, la percepción de la realidad que nos es dado conseguir, nos induce a creer que el Universo está repleto de Vida inteligente, pues su inmensidad es evidencia bastante de que "la inteligencia procreadora" inherente a la Naturaleza debe florecer en todas partes en forma similar a como se manifiesta en la Tierra.

                            Por lo expuesto, se nos ocurre la razonabilidad de la tesis de que "el fin del mundo" del que hablaba Jesús, se refiera exclusivamente a la Tierra. En efecto, pese a que el propio Universo en su totalidad estaría igualmente destinado a un colapso definitivo, si nos atenemos a la segunda Ley de la termodinámica, colapso que los científicos denominan la muerte por el calor, creemos firmemente que tal colapso es susceptible de ser evitado. La segunda ley de la termodinámica, en cuya virtud la energía disponible para provocar los cambios que en última instancia hacen posible la vida en el sentido temporal, tiene vigencia únicamente de acuerdo con probabilidades estadísticas, lo cual implica que ello puede revertirse, máxime que la evolución de la ciencia y la tecnología en el transcurso del billón de años necesario para que acontezca la muerte por el calor hace perfectamente factible que tal proceso pueda ser revertido por la misma inteligencia universal producto de dichos cambios, entendida dicha inteligencia como la suma de todas las que se generen en cada lugar en que se haya desarrollado la vida. Este punto realmente merece un comentario bastante más extenso, pues el advenimiento de la máxima entropía en el Universo, como la cesación de todo cambio en virtud de la nivelación final y total de la energía nos sugieren otras posibilidades e ideas que más adelante habrán de ser expuestas.

                            Dejamos sin embargo sentado provisoriamente que Cristo vislumbró el fin del mundo como el acontecimiento que pondría término a la vida entendida en su sentido temporal en este planeta. Al fin de cuentas El fué enviado por el Padre a este planeta en particular. (El Padre  es lo total, que se encarnó en Jesús, hombre y mortal como nosotros, a objeto de infundir en la inteligencia humana el conocimiento de la verdad, que constituye la clave para que la Vida se siga desarrollando en este planeta, dentro del marco de la evolución, sea biológica, científica, tecnológica o espiritual).


                            Se halla, por tanto, expedita la vía para indagar en las respuestas a la primera pregunta:  ¿Qué significa realmente la anunciada resurrección de los muertos?.

                            En el fin del mundo, según Jesús, se juzgará a los vivos y a los muertos. De ahí la creencia en la resurrección, pregonada por todos los apóstoles, y en especial por San Pablo, a más de la concreta incorporación al credo de la Iglesia Católica como uno de sus dogmas, y, según entendemos, tal creencia es común a todos los cristianos.

                            La resurrección de los muertos no puede entenderse de otra manera más que como la recuperación de la identidad personal de cada ser humano fallecido.

                            La antecedente proposición precipita ipso facto

otra pregunta: ¿En qué consiste la identidad personal de cada ser humano?.

                            Evidentemente, no se trata de su cuerpo,  así a secas, pese a la frecuente utilización de la expresión la resurrección de la carne. Lo que damos por nuestro cuerpo es una entidad que, aún en lo que concierne a la estructura que lo conforma, (vale decir, incluso tomando en cuenta únicamente la forma del mismo, que tiene cierta permanencia, por oposición a la materia que es reemplazada continuamente), va cambiando a lo largo de nuestra vida, siendo diferente el cuerpo de un infante del de un adulto, lo que hace surgir la jocosa interrogante de si con cual cuerpo uno iría a resucitar.

                            Pero, aparte del aspecto hilarante del tema, cabría aventurar que la identidad personal de cada uno consiste en el cúmulo de recuerdos que persisten a lo largo de la existencia personal de cada individuo, que abarca desde su nacimiento hasta su muerte. Tales recuerdos, ya lo anticipé, constituyen estructuras en las que se alojan los datos que, reunidos, otorgan la visión o la concepción de la realidad a cada quien, a partir de la noción de su existencia, conformando de esa manera su consciencia individual, en la que radica esencialmente su identidad personal. Digamos entonces que la resurrección de los muertos permitiría la recuperación de la consciencia individual de cada cual, la que se supone perdida en el momento de la muerte. Cual sea la estructura que adopte dicha consciencia individual, o si vendrá dada en alguna estructura en particular, es algo que no se puede determinar, por ahora. De todos modos, la recuperación de la consciencia individual de cada sujeto que haya sido engrendrado sobre este planeta, supone que se podrá acceder a la fuente total de los recuerdos en forma instantánea, lo que permitirá conocer y reconocer a todos sin distinción. 

                   La recuperación de todas las consciencias individuales en ocasión de la resurrección de los muertos, el fin del mundo, el final de los tiempos, o el juicio final, plantea la necesidad de indagar sobre elcuándo de tales acontecimientos. A la vista de lo declarado por Jesús, suma y síntesis de la sabiduría universal, la pretensión de esclarecer este enigma se presenta quizás desmesurada, ya que si sólo el Padre conoce este dato, todo intento en tal sentido no puede sino resultar infructuoso. La pujanza y la insaciable curiosidad del espíritu humano, empero, hace que no se reconozca veda a su voluntad de investigar en la materia, buscando, como de costumbre por lo menos lograr la mayor aproximación posible a la verdad.

                   A estar por las informaciones que se poseen, la civilización humana se encamina inexorablemente hacia su extinción definitiva. En una obra de Isaac Asimov, escrita en la década de los setenta u ochenta, este autor nos recuerda que, de acuerdo al rumbo que se advierte en la senda emprendida por la humanidad, el tiempo de gracia que le restaba al homo sapiens para mantener su supervivencia sobre este planeta se encontraba en el orden de los treinta años. En su lúcido ensayo este autor consideraba que la explosión demográfica, la contaminación ambiental, los agobiantes gastos militares, la violencia creciente, los regionalismos excluyentes, el agotamiento de los recursos naturales, los descorazonadores síntomas de una sociedad que se vuelve sicótica, etc., constituían factores virtualmente incontrolables que colocaban al hombre al borde de su desaparición. Claro que, como él lo hacía notar sabiamente, el hombre poseía la opción de continuar en el camino de la locura, o la de rectificar tal rumbo, tomando las medidas heroicas que se requieren para ello. Según él, por entonces, es decir, quince o veinte años atrás, no se percibía ninguna actitud en la población mundial que permitiera alimentar esperanzas al respecto. Y por mi parte, a menos que esté confundido en la apreciación de los elementos de juicio utilizados por él para la formulación de su aserto, entiendo que a esta fecha la situación no ha cambiado ostensiblemente.

                   Por tanto, no puede decirse que el sombrío pronóstico de Asimov haya variado, cerniéndose por ende sobre la cabeza de la humanidad la perspectiva cierta de que el colapso se aproxima.

                   Algunos acontecimientos recientes pudieran quizás ser catalogados como alentadores, como el derrumbamiento del sistema soviético y la liberalización de su área de influencia, que amengua en alguna medida la posibilidad de una guerra atómica. Igualmente cabe mencionar el éxito de la integración europea así como los plausibles esfuerzos de la América Latina y de otras regiones en el mismo sentido. Se observa además bastante progreso en la conciencia cívica, lo que trae como consecuencia el crecimiento y fortalecimiento del sistema democrático en el mundo, que, dentro de sus innegables imperfecciones, permite al menos la irrestricta libertad de prensa y comunicación, lográndose un mayor control del aparato gubernamental y el desarrollo en el ser humano de la aptitud para la convivencia dentro del marco del respeto y la tolerancia.

                   Estos aspectos positivos, empero, no son suficiente contrapeso para revertir la poderosa amenaza. Se cuenta que ochocientos millones de personas sufren hambre hoy en el mundo, cifra que va cada día en aumento. Los recursos naturales no renovables, como el petróleo, imprescindible hasta hoy para mantener en pie a la inmensa, compleja y frágil estructura creada para sustentar a la población del planeta, se agota fatalmente, sin que se sepa de algún otro medio que se haya inventado para reemplazarlo con éxito. La población mundial sigue en aumento en un índice que, globalmente, siempre excede a la capacidad humana para llenar sus necesidades básicas, siendo imposible alimentarla, educarla y darle servicios de salud, de modo satisfactorio. Las sangrientas y oprobiosas guerras en el Golfo Pérsico, en la ex-Yugoeslavia, en el Africa, con sus secuelas de muerte, destrucción y hambre, demuestran hasta qué punto sigue prevaleciendo la insensatez. El sistemático y progresivo deterioro del ambiente planetario parece anunciar el inminente desequilibrio que tornaría inhabitable a este planeta.

                   Por consiguiente, el fin de este mundo, parece no estar lejano. Con el agravante de que tal fin --refiriéndonos concretamente a la especie humana--,  se presenta como una prolongada y dolorosa agonía, ya que el desmoronamiento de la estructura tecnológica en la que se sustenta la civilización no ha de entrañar necesariamente la abrupta extinción de la especie, sino una lenta agonía en la que cada individuo se enfrenta al otro en una feroz lucha por la supervivencia, valiéndose de la fuerza y la violencia para acaparar los insignificantes cuan absolutamente insuficientes recursos esenciales para ello, que sobren de la hecatombe. Viene a cuento entonces la profecía del anunciador del fin del mundo, es decir, el mismo Jesús, que,  a estar por lo que le atribuye la Biblia, habría predicho que allí será el llanto y el crujir de dientes, como una manera gráfica de describir lo doloroso que sería ese trance. La posibilidad de la catástrofe evidentemente no es mera especulación teórica, pues basta sólo con imaginar lo que acontecería si se produjera hoy el agotamiento del petróleo. La generosa Tierra provee, hasta ahora, lo necesario para que sus cinco mil millones de habitantes se alimenten (excepto un considerable porcentaje marginado por el mecanismo de distribución). Para que los productos alimenticios lleguen a todas partes, no obstante, resulta esencial que los medios de transporte los acerquen a los lugares donde deben ser consumidos. Si faltase el petróleo, los Veinte millones de habitantes de México, los otros tantos de San Pablo, de Nueva York, de Tokio, de Pekin, de Calcuta, y de los miles de otros centros urbanos que existen sobre el planeta, se verían imposibilitados de conseguir alimentos. No tenemos en mente cuántos vehículos movidos a petróleo existen en el mundo  --tampoco viene al caso, pues lo importante es entender que todas las unidades involucradas tienen un rol esencial en el mantenimiento del sistema--, pero está claro que si tan sólo una semana se paralizaran, se generaría un caos de proporciones incalculables. Es evidente que sería una total locura. Que sepamos, no se ha desarrollado una tecnología capaz de reemplazar con éxito a los automotores impulsados por petróleo, y tampoco se avizora que pueda desarrollarse alguna con la rapidez necesaria como para ir pareja con la disminución acelerada del precioso combustible que se extrae de las entrañas de la tierra, de modo que su inminente agotamiento no se erija en la causa de la hecatombe de la que hablábamos.

                   La explosión demográfica es otro de los factores de riesgo que está lejos de haber sido conjurado. Dice Bertrand Russel, en una frase pintoresca que tiene que ver sin duda con este tema, que el hombre, como expresión más acabada de la evolución de los seres vivientes, procura transformar la mayor cantidad posible de materia de la superficie terrestre en cuerpos humanos. Según Isaac Asimov, de continuar el índice de crecimiento de  la problación en el nivel actual,  dentro de poco más de cuatro siglos, el peso de la Humanidad equivaldrá al peso total actual de toda la vida animal, y la densidad demográfica, por término medio y en todo el mundo, será más elevada de lo que es hoy sólo en la isla de Manhattan.  (Escrito en 1.971, cuando la población mundial era de tres mil seiscientos millones de individuos; la isla de Manhattan, de la ciudad de Nueva York, se encuentra literalmente ocupada en toda su superficie disponible, y aún más, en varios niveles por encima de su superfice). El crecimiento de la población, que obedece al irreprimible impulso de procrear (o de dar curso al poderoso instinto sexual), podría ser contrarrestado por otros factores, como la misma escasez de alimentos, de la que hablamos en el tópico anterior. De todos modos, no se ha logrado aún implementar algún mecanismo que pueda controlar este fenómeno, y está claro que, de producirse el agotamiento de los recursos, la calamidad tendrá más envergadura cuanto mayor sea el número de habitantes del planeta afectados por ella.

                   La guerra atómica es una amenaza que tampoco puede ser descartada definitivamente. Alguien ya lo dijo: Jamás el hombre ha fabricado armas que no llegue a utilizar. Las consecuencias de esta catástrofe serían  tan penosas y la posibilidad de que ponga fin a la civilización y a la misma existencia de la especie es tan cierta, que no hace falta comentarlas.

                   En resumidas cuentas, de atenernos a estos elementos de juicio, ese final está en puerta. Considerado el tema en su aspecto filosófico: ¿Qué se puede decir sobre lo que acontecerá entonces?. Cabe especular que el ser humano deberá sufrir una transformación que le permita mantener viva su consciencia, a despecho de las adversidades, enfrentando las carencias de los elementos imprescidibles para su supervivencia por medio del desarrollo, tal vez, de algún mecanismo corporal que le permita asimilar la energía solar en forma directa por su propio organismo. Sé que ésto parece locura. No es "natural" que un organismo experimente una transformación tan súbita, al menos no es lo que suele observarse que ocurra en la Naturaleza cuando de la evolución se trata. No obstante ¿cómo concebir el fenómeno de la resurrección de los muertos y el de la vida eterna  --que implicarían como dijimos la recuperación de todas las consciencias individuales y el preservamiento o indestructibilidad de las mismas-- sino imaginando la capacidad del ser humano para sobrevivir en las condiciones absolutamente inhóspitas que se crearían en el planeta a raiz del surgimiento del anunciado cataclismo?. Alguna respuesta tendrá que dar la VIDA, si, como creemos, su impulso esencial es la de avanzar inexorablemente hacia el infinito, en una evolución sin pausas. Tal respuesta podría ser  --ninguna teoría científica puede refutarla de manera absoluta-- la transformación de la que hablábamos, aprendiendo quizás el organismo a asimilar la energía disponible  --la luz del sol, y presumiblemente, el amor, fuente de toda energía, y él mismo, la más poderosa de todas las energías, capaz de provocar cualquier transformación --,  lo que desembocará en el logro de la inmortalidad individual, y naturalmente, en el despertar de todas las conciencias individuales que hayan existido alguna vez sobre el planeta, preservadas en estructuras registradas de alguna manera en la Naturaleza.

                   Sobrevenida la recuperación de la identidad personal de cada uno, en algún momento de este trance, es decir, del evento llamado fin del mundo, quienes no hayan merecido la inmortalidad, o no hayan creído en ella, o como dice Cristo, se apeguen tanto a su existencia terrenal pretendiendo conservarla a toda costa ("quien quiera conservar su vida, la perderá, y quien esté dispuesto a perderla, la conservará") desaparecerán, o se esfumarán, o morirán definitivamente. Y por su parte, los bienaventurados, tanto los que hayan resucitado como los que hayan adquirido la transformación necesaria para vivir asimilando la mera energía que en abundancia se desparrama por todas partes, vivirán eternamente, imbuidos de amor y de justicia.

                   Evidentemente, las precedentes consideraciones constituyen un tremendo esfuerzo dialéctico. Mi pertinacia por encontrar un sentido a las palabras de Jesús, partiendo de la premisa de que no pueden ser vanas ni equívocas proviniendo de quien provienen, o sea, de la Encarnaciónde la Verdad, me ha llevado a volar por alturas que trascienden al conocimiento que se puede adquirir con la mera ciencia.

                   Lo que sí queda definitivamente claro para mí es que las respuestas que se pretendan dar a las interrogantes que sugieren las declaraciones de este Maestro nunca podrán ser asertivas, toda explicación que uno ensayare no podrá disipar todas las nebulosas. Ese intento de compaginar la realidad terrenal con la realidad espiritual tropieza inexorablemente con la dificultad de que, al parecer, las reglas que rigen para ambos planos no son las mismas. De ahí que en ese tema del fin del mundo uno se siente inclinado a pensar que quizás sea solamente una manera de enseñar que tuvo Jesús, no tan fácil de descifrar, pero que a la postre induce a la gente a tratar de seguir su doctrina. El fin del mundo acontece después de todo para cada uno cuando perece, y el hecho de la resurrección de los muertos que se dice acontecería en el último día, no es algo que revista importancia, desde el momento en que la noción de identidad individual se diluiría en la del SER TOTAL.


                                                      

                            ESCRITO DE PEDIDO DE JUICIO POLÍTICO



                   “OBJETO: Solicitar Juicio Político y consiguiente destitución de Ministros de la Corte por delitos perpetrados en el ejercicio de sus funciones y mal desempeño de las mismas.-


                   HONORABLE CAMARA DE DIPUTADOS:


                   EMILIANO GONZALEZ SAFSTRAND, abogado matriculado en la Corte Suprema de Justicia, en nombre y representación de MARCO ANTONIO CALABRO,  y por mis propios derechos, constituyendo domicilio en Testanova No. 1.764 e/Coronel López y Coronel Moreno de esta capital, en virtud de la Carta Poder obrante en el expediente:"MARCO ANTONIO CALABRO C/BANCO DE LA NACION ARGENTINA S/COBRO DE GUARANIES EN DIVERSOS CONCEPTOS", que tramita ante el Juzgado de Primera Instancia en lo Laboral del Cuarto Turno, cuyos testimonios debidamente autenticados, incluyendo el de la referida Carta Poder, son acompañados con esta presentación, a esa Honorable Cámara de Diputados respetuosamente digo:

                            En virtud de lo preceptuado en los Arts. 40, 225 y 261 de la Constitución Nacional, vengo a peticionar expresamente la REMOCION de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia Dr. XX y Dr. NN, por la perpetración de los delitos de PREVARICATO y ABUSO DE AUTORIDAD  y el MAL DESEMPEÑO DE SUS FUNCIONES, solicitando de esta Honorable Cámara se sirva formular la acusación y la petición de remoción ante la Cámara de Senadores, en base a la denuncia concreta que vengo a formular a través de esta presentación, en la forma siguiente:


                              LA ACUSACION: Acuso de manera categórica a los Dres.XX Y NN, actuales Ministros de la Corte, y como tales integrantes de la Sala Constitucional de ese Poder del Estado, de perpetrar los DELITOS DE PREVARICATO Y ABUSO DE AUTORIDAD, y de MAL DESEMPEÑO EN SUS FUNCIONES, causales suficientes para su REMOCION del cargo que ostentan. Esta acusación, que se la formula responsablemente, está basamentada en pruebas fehacientes, que son acompañadas con esta presentación, habiéndose materializado la comisión de los delitos y el mal desempeño en las funciones a través del dictamiento del Acuerdo y Sentencia Número Ciento Treinta de fecha diez y ocho de marzo de mil novecientos noventa y siete dictada en el expediente de referencia, cuyos testimonios debidamente autenticados son acompañados con esta presentación.


                            CARACTERISTICAS DEL DELITO: El delito cometido por los acusados es algo que puede ser calificado de horrendo. La perpetración de un hecho de esta naturaleza por personas que ostentan tan alta investidura es algo pavoroso y desafía todos los cánones de la cordura.  Amparadas en esa investidura, alimentan la convicción de que gozan de impunidad, y armadas y equipadas con un poder institucional inmenso,  y por cierto, sagrado, proceden a abusar de él de la manera más alevosa y violenta, sometiendo a sus víctimas indefensas  a incalculable y cruel ignominia. La peligrosidad de sujetos de esta laya es algo a lo que tiene que ponerse coto. Que un asaltante ejecute un delito de la gravedad que sea, es comprensible, porque está en su papel. Pero que quienes están designados precisamente para velar por la vigencia de las garantías constitucionales y legales se aboquen concienzudamente a hacer escarnio de ellas, incurriendo en la venalidad más odiosa concebible, en base a la más burda y diabólica maquinación, es algo que rompe todo esquema de posible convivencia pacífica en la sociedad, pues la seguridad jurídica laboriosamente construida por generaciones sencillamente con ello se derrumba. Dice Teodosio González, el codificador, refiriéndose al prevaricato de los Jueces:  "Es un delito gravísimo, odioso y desesperante, porque desaparecida la justicia desaparecerá la sociedad misma". Acuso a los Dres. XXy NN de haber incurrido en tales DELITOS, conforme lo iré demostrando en el curso de esta exposición.

                   DE LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA PERPETRACION DE LOS DELITOS:  Por medio del Acuerdo y Sentencia precedentemente individualizado, los Ministros de la Corte denunciados resolvieron HACER LUGAR, con costas,  a la acción de inconstitucionalidad promovida contra la S.D. No. 212 de fecha 31 de octubre de 1.995, dictada por el Juez de Primera Instancia en lo Laboral del 5o. Turno y el Acuerdo y Sentencia No. 16 de fecha 13 de marzo de 1.996, dictado por el Tribunal de Apelación en lo Laboral, Segunda Sala, y en consecuencia, declarar la nulidad de dichas sentencias. Esta DECISION, que se produjo con la disidencia del otro Ministro de la Corte integrante de la Sala Constitucional Dr. ZZ, constituye el ATENTADO MAS INFAME CONTRA LA CONSTITUCION NACIONAL Y LAS LEYES QUE SE PUEDA IMAGINAR. Las Sentencias Anuladas, dictadas por los jueces naturales de las instancias ordinarias del fuero que corresponde, fueron dictadas con la más puntillosa formalidad y se encuentran ajustadas de la manera mas estricta a las normas jurídicas positivas que rigen en el pais. De ahí que la Sentencia de la Corte Suprema de Justicia, que las anula, constituya un alevoso quebrantamiento del orden constitucional y legal de la nación. Para ser categóricos, Honorables Legisladores, las sentencias dictadas por los jueces naturales, anuladas por la aberrante resolución de la Corte Suprema de Justicia, se encuentra tan absolutamente de acuerdo con la Constitución y las leyes que si el caso fuera sometido a un millón de jueces probos el resultado del litigio seguiría siendo el mismo. En suma, cuando un litigio no puede tener otro resultado que el que tuvo en las Instancias Ordinarias, es algo completamente demencial que en una tercera instancia inexistente por ley el más alto organismo encargado de velar por la vigencia de la Constitución Nacional y las Leyes proceda a anularlas.

                            El Art. 183o. del Código Penal de la República establece: "Comete prevaricato: 1o.: El Juez que expide sentencia definitiva o interlocutoria o cualquiera resolución que pueda causar perjuicio irreparable, contra el texto claro y expreso de la ley".  El Art. 174 del mismo Código, por su parte, estatuye: " El funcionario público que con abuso de su cargo, cometiere u ordenare contra los derechos de tercero, cualquier acto arbitrario, cualquier rigor o apremio innecesario o ilegal será castigado, si el hecho no constituye delito más grave, con penitenciaría de dos a seis meses"

                            Los Dres.XXy NN a través del ACTO JURIDICO ESPURIO que formalizaron expidieron una Sentencia Definitiva contra el texto claro y expreso de todo el sistema jurídico positivo que sirve de estructura y soporte al Estado y en particular contra numerosas disposiciones legales y constitucionales que iremos enumerando a continuación. Al mismo tiempo, tal acto en sí mismo es arbitrario y fué ejecutado contra los derechos de quienes suscriben esta presentación, con abuso de los cargos que ostentan los mismos. Tal hecho implica además el mal desempeño de las funciones que la propia Constitución Nacional atribuye a tales Ministros como integrantes de la Sala Consrtitucional de la Corte Suprema de Justicia al incurrir en la violación del deber de conocer y resolver sobre inconstitucionalidad, (Art. 259, numeral 5) lo cual están en la obligación de hacerlo respetando el orden constitucional y legal de la República. Encuanto al perjuicio que se le sigue a mi mandante, como a mí por el dictamiento de la Sentencia por parte de los Ministros de la Corte, ello es demasiado obvio, ya que al anularse sentencias legítimas de las instancias ordinarias que nos concedían beneficios económicos, nos ha inferido un perjuicio no sólo material sino también moral de incalculable envergadura.

                            LAS DISPOSICIONES LEGALES Y CONSTITUCIONALES CONTRA CUYO TEXTO CLARO Y EXPRESO FUE DICTADA LA SENTENCIA: La Sentencia de la Corte contradice abiertamente el texto claro y expreso de los Art. 3o.  y l6o. de la Constitución Nacional, por cuanto a través de ella los Ministros denunciados se atribuyeron poderes extraordinarios resolviendo sobre el fondo de la cuestiónabrogándose una competencia de la que carecían. El Art. 16 de la Constitución Nacional determina con absoluta claridad que toda persona tiene derecho a ser juzgada por tribunales y jueces competentes. El estudio del fondo de la cuestión en un litigio laboral no le compete a la Corte, estando legalmente prohibido que ella juzgue y se pronuncie sobre la valoración de las pruebas, pues en ese ámbito no existe tercera Instancia.


                            Los Ministros de la Corte denunciados violentaron asimismo el texto claro y expreso del Art. 256o. de la Constitución Nacional que ordena que toda sentencia judicial debe estar fundada en la Constitución y en la Ley.

                            Los Ministros de la Corte denunciados pronunciaron su sentencia además contra el texto claro y expreso de los Arts. 33°, 34°, 35°, 36° y  37° del Código Procesal Laboral, Ley No. 742 del 30 de Agosto de 1.961, que fijan la competencia de los Juzgados y Tribunales del fuero laboral y de la Corte Suprema de Justicia.

                            También fue contradicho en la Sentencia de la Corte el texto claro y expreso del Art. 157° del mismo Código y sus concordantes los Arts. 307° y 308° del Código Procesal Civil que legislan sobre la autenticidad de los documentos y la redargución de falsedad de los mismos. Asimismo, fueron atacados frontalmente los textos claros y expresos de los Arts. 407°, 404° y 383° del Código Civil, aplicables al caso, que disponen en lo pertinente queel instrumento privado judicialmente reconocido por la parte a quien se opone tiene el mismo valor que el instrumento público; que el reconocimiento judicial de la firma importa el del cuerpo del instrumento; y que el instrumento público hará plena fe mientras no fuere  argüido de falso por acción criminal o civil, en juicio principal o en incidente. 

                            El texto claro y expreso de los Arts. 84°y 85° del Código Laboral, Ley 230/94, modificada por la Ley 496/95, que establecen los derechos del trabajador para retirarse justificadamente del empleo y reclamar las indemnizaciones consiguientes, fué igualmente pisoteado por los Ministros de la Corte.

                            DEL CUERPO DEL DELITO Y DE SU ANALISIS: El cuerpo del delito lo constituyen el Acuerdo y Sentencia dictada por la Corte, individualizado más arriba, y el expediente judicial también ya mencionado, cuyas copias autenticadas se acompañan con esta denuncia.

                            En apretada síntesis, conforme lo puede constatar esa Honorable Cámara de Diputados, cabe reseñar los hechos que surgen de los antecedentes acompañados, de la siguiente manera:

                            MARCO ANTONIO CALABRO demandó al Banco de la Nación Argentina reclamando el pago de indemnizaciones por retiro justificado, alegando falta de pago de vacaciones vencidas y amenaza expresa de un representante patronal, invocando los Arts. 84 inc. a) y d) del Código Laboral. Para justificar esta última causal acompañó un documento en el que se encontraba escrito lo siguiente:" CALABRO: ESPERO TE DEJES DE CREAR PROBLEMAS CON TUS VACACIONES, PORQUE DE LO CONTRARIO, LA GERENCIA YA ME AUTORIZO PARA QUE TE HUNDA, Y SI CONTUAS INCLUSIVE TE VAS A QUEDAR EN LA CALLE. 2/xii/94". Al pie de este documento obra la firma que el actor atribuyó al representante patronal Ramón Alfredo Chena Sanabria.

                            EL BANCO DE LA NACION ARGENTINA se opuso a la demanda, alegando que la falta de pago de las vacaciones vencidas no daba derecho al trabajador a retirarse, porque tenía su propia sanción consistente en el pago doble de las vacaciones, además de sostener que el no pago de las mismas era justificado, aduciendo que la empresa necesitaba el concurso del actor para una actividad específica de la sección en que trabajaba. Con relación a la causal de amenaza, el Banco demandado la negó, y simultáneamente redarguyó de falsedad el documento de referencia, sosteniendo que el texto fué escrito encima de la firma del representante patronal en un papel cortado al efecto.

                            Como aspecto menos relevante del tema, cabe señalar que el Banco de la Nación Argentina promovió a su vez demanda contra Marco Antonio Calabró por justificación de despido, arguyendo abandono intempestivo del empleo por parte del trabajador, quien pidió el rechazo de dicha demanda sosteniendo que el retiro previo del empleo debidamente comunicado no cabe caracterizarlo como abandono, debiendo determinarse únicamente en el juicio si tal retiro fué o nó justificado, disponiéndose la acumulación de ambos juicios a los efectos de ser resuelto el caso en una sola sentencia, conforme a la ley.

                            El Juez de Primera Instancia entonces a cargo del caso, del Quinto Turno en lo Laboral,por medio de la S.D. No. 212 del 31 de octubre de 1.995, resolvió HACER LUGAR, con costas, a la demanda promovida por Marco Antonio Calabró González contra el Banco de la Nación Argentina ordenando a ésta que pague al primero la suma de SETENTA Y DOS MILLONES SETECIENTOS SETENTA Y SIETE MIL NOVECIENTOS CINCUENTA Y OCHO GUARANIES (Gs. 72.777.958), en los conceptos reclamados en la demanda. Resolvió igualmente RECHAZAR, con costas, la demanda promovida por el Banco de la Nación Argentina contra Marco Antonio Calabró González por justificación de despido. El fundamento fáctico y legal de la Sentencia, fué que se comprobó, en primer término, la negativa de la demandada en conceder y pagar las vacaciones después de superado el plazo legal para concederlas, sin que la demandada hubiera producido prueba eficaz para justificar que la denegación obedeciera a motivos legítimos, configurándose de esa manera la causal de retiro prevista en el Art. 84 inc. a) del C.T. y que una pieza fundamental para acreditar  la causal de amenazas alegada en la demanda lo constituía el documento acompañado con la demanda por el actor, suscripto de puño y letra y debidamente reconocido por el Sr. Ramón Alfredo Chena Sanabria, el cual, redargüido de falsedad por la demandada, jamás fué destruido al omitirse la producción de la prueba pericial con la que se pretendía demostrar que el texto fué escrito encima de la firma, circunstancia que autorizaba a considerar que dicho documento tenía plena validez de acuerdo con el texto expreso de la ley que regula el procedimiento en la materia (Arts. 157 del Código Procesal del Trabajo y Arts.307 y 308 del Código Procesal Civil), configurándose de esa manera la causal citada contemplada en el Art. 84 inc. b) del Código Laboral. Cabe agregar que esta prueba fué además corroborada con la declaración de los testigos Rafael Preda Ojeda, Víctor Sánchez Martínez, Julio Santiago Florentín Gimémez y Ezio Campuzano, todos ellos funcionarios del Banco demandado.

                            La Sentencia fué apelada por el Banco de la Nación Argentina, y luego de los trámites de rigor, el Tribunal de Apelación en lo Laboral Segunda Sala, integrada por los Sres. Ramiro Barboza, Miryam Peña y Concepción Sánchez, resolvió CONFIRMAR CON COSTAS dicha sentencia, por medio del Acuerdo y Sentencia No. 16 del 13 de marzo de 1.996. El Tribunal hizo hincapié en que el escrito de apelación no lograba desvirtuar los fundamentos de la sentencia de Primera Instancia, puntualizando que "la solicitud de vacaciones causadas del trabajador, fué negada por el Banco", y que "el documento de fs. 160 de autos no fué destruido con el aporte de los medios idóneos para enervarlos". Es de señalar que el Tribunal se refirió en su fallo de manera expresa a la queja del apelante vertida en el agravio por la que se lamenta de que "el inferior no ha leído la absolución de posiciones del actor, la del señor Chena y la testifical del señor José Francisco Díaz, que constituyen el caracú de la cuestión"(sic), que son precisamente descalificadas cuando se dice en el fallo que "a pesar" de estas "alusiones" acerca del tema en discusión, "resulta indudable del examen de autos" que la empleadora incurrió en las causales de retiro que le fueron imputadas, de la manera subrayada más arriba.

                    Pues bien, Honorable Cámara de Diputados, son estas Sentencias Judiciales, dictadas por los Jueces Naturales de las instancias ordinarias las que fueron declaradas inconstitucionales y fueron anuladas por los Ministros de la Corte Dres. XX y NN.

                    El preopinante del caso en la Corte fué precisamente el Dr. XX. El voto emitido para apoyar su decisión, al que se adhiere el Ministro Dr. NN, es la muestra más acabada de cómo el dolo de los magistrados puede hacer tabla rasa de las leyes con expresiones rebuscadas que distorsionan absolutamente la verdad. Basta decir que, pese a declarar textualmente en su voto que "la Corte no puede entrar a considerar la valoración de las pruebas realizadas en las instancias inferiores por los magistrados con competencia para ello", procede efectivamente a realizar dicha valoración actuando como una tercera instancia, inexistente en el fuero laboral, en contra del texto claro y expreso de los Arts. 16o. de la Constitución Nacional, y 33o. al 37o. del Código Procesal del Trabajo.  A ese efecto, el Ministro denunciado apela a un flagrante embuste declarando que "la prescindencia --en las instancias ordinarias-- de toda valoración en relación con una probanza de sustantiva entidad, como lo es la prueba confesoria, lesiona incuestionablemente el derecho a la defensa en juicio, de entidad constitucional, y es la razón por la que la doctrina ha establecido, concretamente, dicha situación como una causal de arbitrariedad". Hemos transcripto más arriba el párrafo de la sentencia del Tribunal que se refiere a la prueba confesoria, que es considerada y descalificada dentro del contexto de todas las demás, tras el examen de los autos mencionado por dicho Tribunal en su sentencia.

                            La valoración de las pruebas que hace el Ministro denunciado en su voto surge nítidamente de la expresión que utiliza, cuando afirma textualmente lo siguiente: "Y bien, en estos autos, según mi apreciación, hay hechos comprobados que han escapado a la consideración de los magistrados que han intervenido". Contradice, con ello, lo que líneas atrás afirmaba, sobre la carencia de potestad legal y jurisdiccional de la Corte para realizar dicha valoración. Y contradice, de la manera más inicua, los textos legales y constitucionales citados.

                            Pero donde el Ministro denunciado llega al paroxismo en su ataque a los textos claros y expresos de la Ley es cuando se refiere, en un párrafo delirante, a la prueba instrumental agregada por la parte actora obrante a fs. 160 de los autos principales, cuya validez y eficacia probatoria es absoluta, de conformidad con las normas legales que regulan el procedimiento en esta materia, y que, tanto el Juez de Primera Instancia como el Tribunal se encargaron de poner de resalto en sus sentencias. Dice textualmente el voto del Dr. XX en ese punto: "En cuanto a la otra causal alegada, de una presunta persecusión que se justificaría con una esquela que se acompañó e incorporó al proceso, en mi concepto no resiste el más elemental análisis. Es cierto que no se sustanció prueba pericial a su respecto ni se produjo un incidente de redargución de falsedad, pero ello no exonera a ningún juzgador de examinar la pretendida prueba conforme a las reglas de la sana crítica, la cual pone en evidencia que nadie amenaza a nadie por escrito y menos en la forma que aparece en el papel traido a cuento, en el que claramente se advierte la utilización de una firma existente a la que se adicionó un texto ajeno a las intenciones del suscriptor, tal cual este lo manifiesta bajo juramento a fs. 186". El texto transcripto se erige en la evidencia más arrolladora del PREVARICATO perpetrado por el Ministro preopinante, y por el otro que se adhirió a dicho voto. El Art. 157 del Código Procesal del Trabajo, y sus concordantes, los Arts. 307 y 308 del Código Procesal Civil determinan, de la manera más categórica que el documento privado cuya firma fuese reconocida en juicio, se equipara a un instrumento público y hace plena prueba al considerárselo revestido de autenticidad, salvo impugnación y prueba en contrario, impugnación que tales normas legales exigen que se la haga por la vía de la redargución de falsedad. La parte demandada, precisamente, como ya se mencionó más arriba, redarguyó de falsedad el documento al contestar la demanda, pero omitió producir la prueba de su impugnación a pesar de haberse admitido judicialmente la prueba pericial por ella solicitada. Debe quedar en claro que el Dr. XX, ni el Dr. NN, desconocen los textos legales enunciados. No es que perpetran el delito por ignorancia o ineptitud. La insensata y dolosa argumentación de los Ministros denunciados se advierte nítidamente en el hecho irrefutable de que todo el proceso tiene su fundamento en la validez procesal indiscutible del documento en cuestión. El propio representante de la demandada, al omitir realizar la diligencia en cuestión, da por sentada la validez de dicho instrumento, y hasta en el escrito de promoción de la inconstitucionalidad declara de manera expresa que la injuria fué proferida, habiendo procedido a cambiar su defensa inicial, ensayando la tesis jamás argumentada en el escrito de contestación de la demanda de que el citado representante del empleador obró, supuestamente "sin el consentimiento del empleador". En el voto en disidencia del Ministro de la Corte Dr. Luis Lezcano Claude, se procede incluso a transcribir el párrafo pertinente de la Sentencia de Primera Instancia en el que se puntualiza de que "la redargución de falsedad no pasó de ser una alegación inane...lo cual hace que el documento adquiera plena validez y se considere como prueba fehaciente del hecho que surge de su contenido". La referencia que hace el Tribunal de Apelación a este punto, ya fué señalada más arriba, declarando categóricamente en su sentencia, a tenor de las leyes vigentes que "el documento de fs. 160 de autos no fué destruido con el aporte de los medios idóneos para enervarlo".

                            El Ministro denunciado Dr. XX, y su colega Dr. NN, mentores ambos del voto en cuestión, procedieron concienzudamente a falsificar los hechos reales y probados que constan en el expediente judicial en cuestión. Al afirmar que no se produjo un incidente de falsedad respecto al documento presentado por el actor, incurrieron en flagrante falsedad, pues tal incidente fué deducido por la demandada en el mismo escrito de contestación de la demanda. Lo que la demandada no hizo fué producir la prueba de su impugnación, vale decir, no justificó que el texto del documento hubiese sido "agregado" encima de la firma que obraba en el documento, lo cual hacía que dicho documento revistiera plena autenticidad, de conformidad con el texto claro y expreso del Art. 307 del Código Procesal Civil.

                            La temeridad de las declaraciones insertas en el voto, basadas en el falseamiento de los hechos y en la ocultación dolosa y deliberada de los textos legales que tratan de la materia es asombrosa. La tergiversación implícita en la declaración de que ningún juzgador está exonerado de examinar la pretendida prueba conforme a las reglas de la sana crítica, constituye un  monstruoso atentado contra las claras normas jurídicas que sobre el caso legislan. No existe ley en nuestro derecho positivo que diga que el juzgador deba examinar un documento privado con firma judicialmente reconocida de acuerdo con las reglas de la sana crítica. Lo que la ley impone al magistrado imperativamente es que, reconocida la firma de un documento privado, debe tener por auténtico el mismo, salvo que se demuestre su falsedad por el firmante. Ya hemos mencionado lo que al respecto dicen los Arts. 404 y 407 del Código Civil, y en conconrdancia con ellos el Art. 383, en el sentido de que el reconocimiento judicial de la firma importa el del cuerpo del instrumento, y que el instrumento priuvado, una vez reconocido, tiene el mismo valor que el instrumento público, el cual a su vez hace plena prueba mientras no fuere argüido de falso.  La escandalosa desnaturalización de los hechos y del derecho por parte de los Ministros denunciados llega a su punto culminante cuando extraen de sus especulaciones la conclusión de que en el documento "claramente se advierte la utilización de una firma existente a la que se adicionó un texto ajeno a las intenciones del suscriptor, tal cual este lo manifestara bajo juramento a fs. 186". Esto es realmente inaudito. Los Ministros, contra toda ley, contra toda prueba, e incluso contra la expresa declaración y reconocimiento de la parte demandada involucrada en el caso, pretenden penetrar nada menos que en las intenciones del suscriptor del documento. Esto es una infamia tremenda. Porque hay que decir que nó solo no se advierte en el documento lo que dicen los Ministros, sino que, lo que se advierte claramente es lo contrario. Esta es precisamente la razón por la que la demandada desistió de la realización de la diligencia, pues a simple vista se aprecia que la firma fué puesta encima del texto. Claro que ello, ni entonces ni nunca, podía ya ser traído a cuento, pues procesalmente el documento se había convertido en inobjetable, inatacable, indestructible. Es la Ley la que así lo mandaba, y es de ella que se apartaron, con desprecio y alevosía, los Ministros denunciados. Enarbolando la mentira como fundamento, procedieron a dejar sin efecto sentencias judiciales dictadas escrupulosamente por los magistrados competentes, y a asestar un mazazo inicuo a quienes habíamos acudido a los órganos jurisdiccionales correspondientes para impetrar justicia.

                            El examen hecho hasta ahora, demuestra con creces la comisión del delito imputado a los Ministros denunciados. Con ser bastante, empero, corresponde puntualizar otro punto del voto en el que de la manera más desaprensiva, el preopinante y su adherente caen en la venalidad de aconsejar en la misma sentencia al Juez que deberá juzgar nuevamente el caso, la decisión a adoptar, diciendo explícitamente que, aunque  la sentencia de la Corte no ha admitido la causal invocada como fundamento para indemnizaciones injustificadas, el Juez a quien se ordena la remisión de los autos deberá proceder a establecerel valor de los servicios prestados por el trabajador, pretendiendo con ello constreñir al Juez a decidir sólo sobre este último punto. Este aleccionar, esta recomendación que realizan los Ministros de la Corte delata una vez más la insidia con que fué maquinado el delito, pues con ello se viola el texto claro y expreso del Art. 560 del Código Procesal Civil que imperativamente dispone que la causa será devuelta al Juez o Tribunal  que deba entender en el caso para que sea nuevamente juzgada. Por consiguiente, es la causa la que debe ser nuevamente juzgada, y nó algún punto específico de la misma, contraviniendo de la manera más grosera la sentencia dicho texto legal, ya que contra la ley pretende sustraer del conocimiento y la competencia normal del Juez y Tribunal el punto de la controversia referente a las indemnizaciones reclamadas. Desde luego, esta declaración pone una vez más en evidencia la violación por parte de los Ministros de la Corte de la disposición contenida en el Art. 16 de la Constitución Nacional y los Arts. 33 y siguientes del Código Procesal del Trabajo. Hay que recalcar de la manera más categórica que la sentencia de la Corte tiene únicamente una  validez formal, pues en cuanto se refiere al fondo del asunto no puede prevalecer jamás sobre los textos legales, y los magistrados de las instancias ordinarias no tienen por qué tomarla en consideración. Como ya lo dijéramos más arriba, la sentencia en sí es el cuerpo del delito hoy imputado a los Ministros denunciados pues toda ella constituye la evidencia de su perpetración.


                            LA SEGURIDAD JURIDICADEL PAIS, A LA DERIVA: La precedente exposición demuestra de la manera más elocuente que con magistrados como los Ministros denunciados todo el pais se encuentra sumido en el caos jurídico. Es un abismo pavoroso en el que se enseñorean individuos inescrupulosos, para quienes no importan los derechos de los ciudadanos sino sus propias tendencias y apetitos perversos. La audacia desorbitada con que se procede a burlar la ley, la Constitución Nacional, y con ello, la institucionalidad del pais, es algo monstruoso que pone en jaque a toda la ciudadanía.

                            Como es obvio, en un país en el que imperan las leyes, los resultados de los litigios son previsibles, ya que existe la garantía de que los casos se juzgarán con imparcialidad, correspondiendo dirimir las controversias en la valoración de las pruebas y la interpretación de las normas jurídicas aplicables, a los órganos jurisdiccionales ordinarios, cuya competencia se encuentra expresamente establecida en la Ley. Cuando, como en el presente caso, la función jurisdiccional es avasallada y desnaturalizada precisamente por la más alta instancia judicial es evidente que se han quebrantado los valores esenciales que rigen la convivencia civilizada.

                            A propósito del avasallamiento referido, es interesante citar algunos párrafos del VOTO en disidencia del Ministro de la Corte DR.LUIS LEZCANO CLAUDE, que son sumamente ilustrativos: "Las cuestiones planteadas versan sobre la interpretación de textos legales y sobre la valoración de las pruebas aportadas. Ambos son temas que solamente justifican la interposición de una acción de la naturaleza de la presente, cuando por antojadizas, caprichosas o apartadas de la ley, dan lugar a la arbitrariedad, pero tal extremo no se presentan en ninguna de las sentencias atacadas. Por ende, sólo se trata de abrir INDEBIDAMENTE una tercera instancia en materia laboral, cuando ello no corresponde. Por el contrario, en los fallos cuestionados se puede apreciar que los juzgadores han aplicado correctamente las disposiciones legales pertinentes y las han interpretado según su leal saber y entender y de conformidad con la doctrina y la jurisprudencia existente sobre el particular, sin que ello signifique que no se puede discrepar con el criterio interpretativo; pero el mismo, de ningún modo, resulta arbitrario. Igualmente, han hecho la valoración de las pruebas de acuerdo con las reglas de la sana crítica"


                            DEL MÓVIL DE LOS DELITOS: La mera lógica nos dice que una monstruosidad jurídica como la engendrada por los Ministros denunciados no la pueden hacer a cambio de nada. Todo delito tiene su móvil, ello es un principio sabido en el Derecho Penal.

                            Aunque la prueba directa y objetiva de un hecho tal como el pago en dinero para el dictamiento de una sentencia a un magistrado sea una cosa virtualmente imposible de producir, existen no obstante los indicios, que son medios probatorios admitidos en la Ley,  que permiten formarse la convicción de que el hecho se produjo.

                            Tratándose de un delito formal la perpetración del prevaricato  ( y del abuso de autoridad, como también el mal desempeño de las funciones) queda suficientemente configurada y demostrada con la misma resolución que funge como sentencia judicial.

                            No obstante, y puesto que el Código Penal considera como agravante el hecho de que la sentencia haya sido dictada por precio, y constituyendo esta presentación una denuncia responsable que servirá con posterioridad a la destitución de los Ministros denunciados para el juzgamiento de la causa por el Juez competente del Poder Judicial donde deberán ser remitidos los antecedentes, me permito mencionar ciertos hechos que constituyen indicios ciertos y reveladores del interés desusado en el caso por parte del Dr. XX.

                            LLegado el juicio de inconstitucionalidad al estado de sentencia, fué llevado el expediente de la Secretaría la Corte, al XX.  De esa manera quedó fijado que el mismo sería el preopinante del caso. Transcurrido cierto tiempo, después que yo informara a mi cliente el Sr. Marco Antonio Calabró de que el expediente obraba en poder del Dr. XX, me comentó mi cliente que sus ex-compañeros de trabajo le manifestaron que el entonces Gerente del Banco de la Nación Argentina Vicente Eduardo Fernández declaraba a la gente de su entornmo en el Banco que el caso de Marco Calabró lo tenía ganado, de modo que esta versión era comentada dentro de la Institución. A propósito de ello,  se hacía alusión a una fotografía que en un portarretrato tenía sobre su escritorio el nombrado Gerente, en el que se los veía al mismo y al Dr. XX estrechándose las manos, presuntamente de la época en que este último era Ministro de Justicia y Trabajo. Paralelamente le fué comentado al ac tor que en plena hora de oficina se producían frecuentes comunicaciones telefónicas entre el citado Gerente y el Ministro denunciado. De estos deben tener conocimiento muchos funcionarios del Banco de la Nación Argentina, y entre ellos, los mismos que declararon en el juicio laboral ya nombrados más arriba, que podrían ser citados por el Juez competente oportunamente para corroborarlos, si el magistrado lo juzgare necesario.

                            Ante lo dicho por mi mandante, solicité audiencia con el Dr. XX, a quien le manifesté mi inquietud por los hechos relatados. El Dr. XX se limitó a sonreir ante mi preocupación y dijo que no era posible evitar las habladurías y los chismes en estos casos.

                            Desde luego, en mi cabeza no tenía cabida, ni siquiera como mera hipótesis, que un Ministro de la Corte, investido de la mayor dignidad a la que pudiera aspirar un profesional del Derecho, pudiera estar maquinando el delito de una manera tan perversa.

                            Hoy, en presencia de esa atrocidad no puedo evitar que a cada instante acuda a mi mente la pregunta: ¿Cuál ha sido el móvil que indujo al Dr. XX a dar a luz semejante engendro que repugna a toda conciencia jurídica?.  Es al Juez competente a quien concierne finalmente investigar, de considerarlo necesario, los móviles de los delitos. No obstante, es deber de la parte denunciante someter a consideración del magistrado los hechos que permitan determinarlos.  En cuanto al Dr. NN ¿qué favor estaba devolviendo con su adhesión al voto del Dr. XX?. La verdad es que todo lo ocurrido es alucinante, una total locura. Es de suponer que el Dr. NN no es un inepto, si se encuentra en ese puesto, y si aún con el voto del Dr. ZZ a la vista se adhirió a la atrocidad aludida, da ello la pauta de que actuó de la manera más dolosa imaginable. En todo caso, la posibilidad de que haya existido una retribución pecuniaria por el dictamiento de la sentencia es una hipótesis que el magistrado competente no puede descartar debiendo encargarse de investigarlo en su momento, y aplicar, en su caso, las penas a quienes correspondan, sea en calidad de autores, co-autores, cómplices o encubridores. Cabe señalar igualmente que el expediente estuvo en poder del Dr. XX al menos seis o siete meses, ya que la providencia de "autos para sentencia" se dictó el 3 de mayo de 1.996 y fué despachado por el mismo aproximadamente por el mes de noviembre de 1.996.

                            Cabe enfatizar, empero, que en delitos formales como los denunciados, sus móviles tienen relevancia únicamente con relación a la graduación de las penas que pudieran ser aplicables, pues la existencia del delito se prueba con la sola sentencia judicial de la que surja que fué dictada contra el texto claro y expreso de la ley.  Aún cuando los Ministros denunciados la hubieran materializado por ignorancia supina      de la Ley, que por sus funciones están obligados a conocer, el delito se encuentra consumado, y deben afrontar las consecuencias de su acción. La ley no los exonera por ello, presumiéndose sin admitir prueba en contrario la existencia del dolo en los sentenciadores.


                            NUESTRO COMPROMISO CON LA VERDAD:  Esta denuncia responde esencialmente a nuestro compromiso con la verdad. Estamos persuadidos de que el pais que queremos la mayoría de los habitantes es uno en el que las prácticas como las denunciadas deben quedar definitivamente extirpadas, y sus autores y propiciadores recibir el condigno castigo que merecen. Es más: Nuestra más firme convicción es que cada ciudadano paraguayo vive y ha nacido en este territorio para dar testimonio de la verdad, y de esa manera construir el Paraguay que se desarrolle en democracia y libertad. A ello obedece que nos hayamos impuesto el deber de denunciar este brutal atentado contra las instituciones jurídicas fundamentales. Parafraseando a Nietzche cabría decir que, mientras exista gente en nuestro pais que perpetran actos tan repudiables haciendo ostentación de impunidad, tenemos que seguir avergonzándonos infinitamente de ser paraguayos. La corrupción se ha enseñoreado de tal manera en el pais que los propios depositarios de la confianza y la fé públicas, específicamente los Ministros denunciados, a quienes se  ha encomendado el sagrado deber de velar por la institucionalidad de la República, son los que impúdicamente proceden a vejarla, colocándose por encima de la Constitución y las leyes. La Nación reclama de nosotros, hoy más que nunca, que se ponga coto a los actos ilícitos de esta naturaleza. Tenemos la más firme convicción de que la verdad y la justicia prevalecerán invariablemente, por lo cual sumamos nuestra voz al clamor de las víctimas de la injusticia.


                            CONSIDERACIONES SOBRE LOS TRAMITES A SER IMPLEMENTADOS. El Juicio Político es el procedimiento previsto en la Constitución Nacional para la destitución de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia. La acusación, según el texto constitucional, debe hacerla la Cámara de Diputados ante la Cámara de Senadores, por decisión de los dos tercios de sus Miembros. Por consiguiente, es a esta Honorable Cámara de Diputados a quien compete estudiar previamente esta denuncia y petición, que se la formula de acuerdo con lo establecido en el Art. 40 de la Constitución Nacional. Los elementos de juicio que adjuntamos son lo suficientemente reveladores para acreditar los hechos imputados a los Ministros denunciados. Las evidencias de la perpetración de los delitos y del mal desempeño de las funciones pueden ser apreciados sin necesidad de contar con versación jurídica, pues la transgresión afecta a normas fundamentales de elemental conocimiento por toda la ciudadanía. Huelga decir que basta que la Honorable Cámara de Diputados constate que existen elementos incriminatorios contra los Ministros denunciados, pues el juzgamiento definitivo de los delitos, que son de acción penal pública, corresponderá al Juez de Primera Instancia del fuero penal. Después de estudiada y votada la cuestión, esta Honorable Cámara deberá presentar la acusación ante la Cámara de Senadores, que deberá disponer la remoción de los Ministros que se solicita, en base a los hechos minuciosamente relacionados y a las pruebas presentadas.

                            Esta presentación es firmada conjuntamente con mi mandante, ratificándose en todos y cada uno de los términos de la misma, como también en el mandato conferido desde antes, conforme al testimonio de la Carta-Poder autenticada que se acompañan.


                            PETITORIO: En mérito a lo expuesto, a esta Honorable Cámara de Diputados solicito:  1) Tener por presentada la denuncia y la petición de remoción de los Ministros de la Corte Dres.XX y NN por la comisión de los delitos de prevaricato y abuso de autoridad y por mal desempeño en sus funciones en los términos de este escrito.  2) Imprimirle el trámite legal y constitucional que corresponde, sometiendo la denuncia y la petición a consideración del plenario de este cuerpo colegiado, y una vez resuelto el tema, sostener la acusación en base a este escrito y a las pruebas acompañadas,ante la Honorable Cámara de Senadores, a la cual se solicita, a través de ese organismo, la remoción de sus cargos de los Ministros denunciados, debiendo disponerse posteriormente la remisión de todos los antecedentes a la Justicia del Crimen para el juzgamiento de los delitos.-


                            ES JUSTICIA


         Emiliano González Safstrand   Marco Antonio Calabró G.

                       Abogado”

 

 

 



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