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ANTONIO SALÚM FLECHA


  EL SECRETO DE MADAME LYNCH, 2011 - Por ANTONIO SALUM FLECHA


EL SECRETO DE MADAME LYNCH, 2011 - Por ANTONIO SALUM FLECHA

EL SECRETO DE MADAME LYNCH

Por ANTONIO SALUM FLECHA

CRITERIO EDICIONES

Librería INTERCONTINENTAL

Asunción – Paraguay

2011 (157 páginas)

 

 

ÍNDICE

Dedicatoria

I.       Tras la pesadilla de la muerte, la proyección a la vida

II.      Las tribulaciones de los hermanos López Lynch

III.     Nace el primer y auténtico amor

IV.    Esperanzas de cambio en el Paraguay

V.      Prueba de amor ante el estribor de las armas

VI.    El retorno a Europa y la esperanza frustrada

VII.   Hombres que la amaron

VIII. ¡Y resurgió el Paraguay!

Epílogo

Anexo:

- Las tierras de Madame Lynch

- Árbol genealógico de la familia López

 

 

DEDICATORIA

 

         Dedico esta obra, mezcla de imaginación y relatos recogidos sobre Elisa Alicia Lynch de autores de diversas nacionalidades, documentos, poemas, cartas y datos proporcionados por algunos descendientes de la familia López Carrillo, a las personas que, como yo, sienten profunda admiración por una fascinante mujer cuyo único pecado fue amar demasiado en un país lejano al suyo, donde no ha sido comprendida en su verdadera dimensión solo por ser extranjera, rebelde a las convenciones sociales entonces imperantes. Un país en el que, mientras su belleza era admirada y deseada por los hombres, era también despreciada y hostigada por sus congéneres.

         Por eso, al evocar a Madame Lynch, rindo culto al amor que en épocas pasadas envolvió en sus redes a hombres y mujeres que fueron inmortalizados por la historia. Quizá el Paraguay, solo por ser un país pequeño y poco promocionado en otros lares, apenas se conoce, porque fue varias veces vilipendiado y desvirtuado el sublime amor que Elisa Alicia Lynch y Francisco Solano López protagonizaron hacia mediados del siglo XIX en los escenarios de Francia y Paraguay, amor que nada tiene que envidiar a los más famosos de la historia.

         Fundamentalmente porque Madame Lynch no solamente sobresalió por su resplandeciente belleza y por amar intensamente a López, sino por su educación, su alcurnia y su tacto para conducirse como una first lady, pues conocía historia, literatura inglesa y teatro francés, por lo que llegó a inspirar a su amado la edificación de palacios, oratorios, teatros y casas de corrección en Asunción. Asimismo, al desatarse la guerra de la Triple Alianza, organizó hospitales, se movilizó para la defensa nacional y atendió personalmente a los heridos. También abrigó la más profunda fe en el valor, en la inteligencia y en la voluntad de Francisco Solano López.

         De ahí que ya solo cabría preguntar a quienes no piensan así, si Madame Lynch amó menos a Francisco Solano López que George Sand, cuya alma de mujer se había perturbado por Federico Chopin, o la condesa de Agoul, que abandonó a su marido para situarse "fuera del mundo" y estar más cerca "del más adorable de los amantes", como Franz Liszt, o como la religiosa del amor Juliette Frouet, a quien Víctor Hugo le dedicó sus versos inmortales.

         No menos importante es destacar que Madame Lynch, a diferencia de la polaca María Waleska, que fue la discreta amante de Napoleón Bonaparte a la sombra de la emperatriz María Luisa, actuó públicamente con dignidad y decoro como compañera de Francisco Solano López. Motivo por el que no solamente fue admirada, sino respetada en el ámbito oficial, desde donde prestigió al país por su cultura y donaire ante diplomáticos, periodistas y corresponsales extranjeros en Asunción que comentaron su actuación en la prensa de las capitales rioplatenses. Algunos de ellos, inclusive, escribieron libros sobre su personalidad, como J. F Masterman, William E. Barrett y otros, crearon poemas como el del ministro prusiano von Gülich, el centroamericano Juan José de Soto y del ministro estadounidense Martin T. Mc Mahon, quien estampó en su álbum los versos intitulados "Al Paraguay, A la señora Elisa A. Lynch".

 

 

I

TRAS LA PESADILLA DE LA MUERTE,

LA PROYECCIÓN A LA VIDA

 

         El 24 de julio de 1886 París había ya amanecido sumergida bajo oscuros nubarrones, presagio de las frecuentes precipitaciones veraniegas y en el edificio de la calle Blanca N° 2, donde residen las hermanas Cecilia y Eduvigis Strafford, el ambiente no podía ser más desolador. Es que en la víspera una de sus inquilinas, Elisa Alicia Lynch, había dejado de existir, dejando un vacío insustituible y hasta traumático para ellas, porque sus restos mortales fueron inhumados en una fosa pública de un cementerio parisino, ante la mirada impotente y casi petrificada de su desconsolado hijo Federico Loel, quien en ese momento apenas podía mantenerse de pie.

         Es precisamente por eso que tan inopinado trance no podían comprender sus únicos testigos. ¿Cómo era posible que una dama de alcurnia como Elisa Lynch, cuyo apellido deriva de la provincia de Linchester, en el reino de Irlanda, donde se fundó la casa Solar Schnnock Lynch, más el rol que le cupo cumplir como inseparable compañera del indómito mariscal Francisco Solano López en la lejana República del Paraguay, pudo tener un final de semejante orfandad y pobreza? ¿Qué aconteció con sus hijos y las riquezas que se le atribuyó haber usurpado en el Paraguay, a más de las calumnias que se profirieron contra ella en el medio donde residió desde 1855 hasta 1870, en que fue aprehendida y sometida a prisión? Situación que solo pudo superar por su nacionalidad británica, mediante la oportuna y casi providencial intervención del príncipe Gastón de Orleáns, Conde D'Eu, entonces comandante de las fuerzas de la Triple Alianza.

         Eduvigis Strafford había sido su compañera de banco e inseparable amiga durante su internado en el Trinity College de Dublín, ambas se habían jurado amistad eterna, sentimiento que se acrecentó todavía más cuando ella quedó prendada de John Lynch, hermano de Elisa cuatro años mayor, marino esbelto de cabellos rojizos y ojos azules, cuya sonrisa seductora causó verdadera conmoción en el recinto de jovencitas ardientes y soñadoras.

         Cecilia Strafford, en cambio, no tuvo la misma fortuna, porque su único pretendiente, el capitán Carlos Xavier de Quatrefages, médico militar francés que la frecuentaba, apenas conocer en su propia casa a la bella y seductora irlandesa, no solo quedó prendado de ella, sino que hasta se apresuró a proponerle matrimonio tan pronto fue informado de que sería destinado a prestar servicios en la guarnición militar francesa de Argel, capital de su colonia norafricana.

         Este matrimonio, sin embargo, en el caso de Elisa por lo menos, de apenas 15 primaveras, con un hombre de 37 años, no tuvo su razón de ser, ya que ella lo aceptó solamente por estar en ese momento deprimida por las segundas nupcias de su madre con el británico José Kinkley, de religión protestante e intransigente con el catolicismo de los Lynch, uno de cuyos tíos era el obispo Schnnock. Eso agregado a la soledad que la abrumaba tras la incorporación de John Lynch en la Real Marina Británica, en la que llegó al grado de almirante, como su tío Patricio Lynch. Todo influyó para que aceptara a Quatrefages. Además, después de estar internada durante cuatro años en el Trinity College, anhelaba intensamente conocer el mundo, no tenía esperanza alguna para ello por la orfandad en que estaba sumida, sin sospechar siquiera lo que el destino le tenía deparado: vivir entre el oropel y la guerra, entre el poder y el estigma, entre el amor y el despecho que supo afrontar con notable entereza hasta su trágico desenlace.

         Sumidas entonces Cecilia y Eduvigis en tales cavilaciones difíciles de descifrar pero, sobre todo, profundamente conmovidas por el dolor que observaron en el rostro apesadumbrado de Federico Loel, quien con solo 25 años y su apolínea figura era capaz de cautivar a las adolescentes de los más elevados círculos parisinos, acapararon su atención. Sabían que él tenía solamente un puesto laboral en la compañía telefónica donde había ingresado como operador y cuya remuneración apenas le permitía cubrir el alquiler del apartamento que compartía con su madre y adquirir los medicamentos que ella hacía lo posible por disimular no necesitarlos para no agravar todavía más su endeble economía. Situación que se agravó ostensiblemente cuando su hermano mayor, Enrique Venancio, había dejado intempestivamente de enviarles dinero desde Asunción sin informarles el motivo. Por eso, las hermanas Strafford decidieron formularle una invitación para cenar con ellas esa misma noche en el piso que ocupaban en el edificio.

         En la ocasión, Federico Loel se presentó a la hora convenida, siendo recibido por Cecilia y Eduvigis con suma cordialidad y esmerada atención, pues era la primera vez que lo tenían frente a ellas. Instante también en que corroboraron la impresión que solo de refilón tenían de él cuando se cruzaban a la salida o entrada del edificio, sobre su atractiva figura. Descubrieron en ese momento sus refulgentes y soñadores ojos azules, capaces realmente de captar la atención de las adolescentes que a esa edad sueñan todavía con su príncipe azul. Y eso, a pesar de encontrarse todavía retraído y apesadumbrado para expresarse con soltura, quizá por timidez, a pesar de los mimos que le prodigaban las anfitrionas para ganar su confianza y reanimar su estado de ánimo.

         Eduvigis, por tanto, para quebrar su apocamiento, le refirió la amistad que de jovencitas tenía con su madre y la relación que ella misma llegó a tener con su hermano John. La que continuó vigente a pesar del tiempo y del espacio físico que las habían separado durante casi tres lustros por cuanto mantuvieron un fluido intercambio epistolar, motivo precisamente por el que ambas se ofrecían para departir y serles útil en lo que pudiera. Gesto que él agradeció emocionado, ya que su vida en París se reducía solamente a la rutina de sus tareas laborales y en los momentos libres se dedicaba al cuidado de su madre. Ambas tareas le sustraían de cualquier otro esparcimiento o de disfrutar de los atractivos de la Ciudad Luz a pesar de amarla muchísimo. Tanto es así que cuando su hermano Carlos Honorio, dos años mayor que él, en su momento le propuso viajar juntos a Asunción para reunirse con Enrique Venancio, mayor que ambos, sin titubear prefirió acompañar a su madre para no abandonarla en el estado de salud en que se encontraba entonces.

         Expresiones estas que ambas hermanas celebraron escuchar, por lo que Cecilia, tras excusarse para preparar la mesa, dejó a solas a Eduvigis con Federico Loel:

         - Federico, tu madre ha sido una gran mujer, una luchadora incansable contra las adversidades de un destino incierto al identificarse plenamente con los ideales de tu padre, al extremo de acompañarlo hasta el final sin medir sus consecuencias, pues sus adversarios no eran solamente los ejércitos aliados, sino el ambiente hostil que ella debió soportar apenas arribar a Asunción. Esa misma fortaleza de espíritu deberías sustentar a partir de ahora para encauzar tus pasos hacia el futuro, valiéndote de tu juventud para el logro de las metas que seguramente tienes.

         - ¿Pero qué clase de ideales fueron esos, Eduvigis? ¿Acaso los que ocasionaron el martirologio de mi padre y el sacrificio estéril de mi madre, a la que nunca vi sonreír aquí sino permanentemente quebrantada por nosotros, como si estuviera permanentemente en guardia para repeler alguna agresión de desconocidos adversarios que, curiosamente, provendrían todos del Paraguay? Gente que parece odiar a mi padre a pesar de su muerte heroica en Cerro Corá y eso motivó, precisamente, que me niegue a viajar con Carlos Honorio para reunirnos con Enrique Venancio en Asunción. Además, a ella le fue vedado retornar al Paraguay para reivindicar personalmente sus derechos, por lo que yo no podía abandonarla en el estado de salud en que se encontraba.

         - ¡Cómo hijo, Federico Loel, tu actitud de permanecer junto a ella fue muy noble! Sin embargo, lo que en este momento comienza a preocuparme son los resentimientos que puedan acumularse en tu corazón por la hostilidad que continúa en el Paraguay contra los López y sus ideales frenéticamente defendidos por tu padre. No debes olvidar que perdieron la guerra y que el país permaneció ocupado unos siete años mientras sus adversarios políticos accedieron al poder con odio y sed de venganza, al punto de declarar a tu padre en un decreto "fuera de la ley, asesino de su patria y enemigo del género humano".

         - Eso podría entenderlo ya que los vencedores son los que escriben la historia, pero, ¿por qué reaccionar contra mi madre, que era extranjera?

         - Precisamente por eso, Federico; desde su arribo al país las mujeres la consideraban una intrusa, una aventurera que solo estuvo interesada en la riqueza y el poder que ostentaba la familia presidencial. Sin embargo, ella no solo lo amó con delirio, sino que cooperó durante su gobierno para elevar el nivel cultural del pueblo, lo acompañó con entusiasmo en los momentos de bonanza y fervorosamente en los aciagos de la guerra; y cuando enfermó él gravemente o intentaron asesinarlo, luchó contra viento y marea para salvar su vida, y hasta combatió a su lado cuando hubo necesidad en el frente de operaciones.

         - ¡Tanto como eso, Eduvigis! Ella nunca recordó esa etapa nebulosa de su vida. Enrique Venancio, quien fue sargento en el tramo final de la guerra como Panchito coronel, solo nos recordó algo una vez a Carlos Honorio y a mí al respecto, pero desde nuestro ingreso al colegio de Richmond y cuando él desposó tiempo después a la inglesa Maud Lloyd, no volvió a tocar el tema y muy poco supimos al respecto. Sobre todo, el motivo que existió para que se divorciaran intempestivamente cuatro años después y viajar a Asunción, donde fijó residencia1.

         - Federico, lo único que me consta es que tu padre fue el hombre que ella realmente amó desde que lo conoció en Argel y solo su muerte en Cerro Corá logró separarlos.

         - Entonces, Eduvigis, ella ni siquiera amó a su marido francés con el que convivió durante tres años.

         - Eso también, Federico, lo comprenderás mejor cuando te enseñe una colección de las cartas que me escribió durante su residencia en el Paraguay. Ella, mi amiga del alma, fue siempre una joven romántica y soñadora que admiraba a nuestros héroes a los que suponía montando a caballo por las praderas irlandesas, imaginándolos con ojos brillantes, cejas anchas, bocas ardientes y manos suaves. Sin embargo, su marido, el capitán Quatrefages, con el que se casó a los 15 años teniendo él 37, fue la antítesis de lo que había soñado hasta ese momento. Al parecer, fue por eso que seguía aguardando al hombre de su vida hasta que Francisco Solano López apareció intempestivamente en Argel tres años después. Era un sudamericano de personalidad desbordante y mirada impávida, según su propia descripción, destinado a comandar un ejército de héroes como siempre lo había soñado ella.

         - Pero ¿es que no tuvo otras oportunidades para escoger al hombre soñado?

         - Claro que sí, lo conoció precisamente en Argel, en cuyo hospital militar fue asistido por Quatrefages. Se trataba del conde ruso Alexandrovich Meden, primo de la princesa Trubeskoy, al que también deslumbró al punto de batirse a duelo en defensa de su honor con el coronel D'Aubry, comandante del capitán Quatrefages. Era también éste un joven apuesto y muy rico, pero a ella le pareció un tanto sofisticado y no llegó a corresponderle. Prefirió a tu padre, al que describió en una carta con seductores ojos pardos, modales finos, mirada desafiante y boca sensual...

         - ¡Por Dios, Eduvigis! De no confiar plenamente en ti no podría creerlo. Lo que acabas de revelarme es realmente fascinante para mí. Quisiera que me hablaras más de ese episodio para soslayar definitivamente la fatalidad de su destino que obsesiona mi pensamiento y confiar en que Dios también podría conducir mis pasos hacia una senda venturosa. Conozco tan poco el Paraguay, por lo que, para amarlo, debería comenzar por conocer a mi propia familia, hoy tan disgregada. Es decir, ¿cómo y por qué ella decidió permanecer junto a mi padre en un medio tan diferente al que existía en Europa? ¿Qué hizo él para merecer ese privilegio, ya que, según supe, seguía manteniendo relaciones con otra mujer en el Paraguay a pesar de la devoción que ella le profesaba?

         - Entonces, Federico, si tú lo deseas, podría condensarte hasta donde a mí me consta la historia de este amor realmente sublime, pero para eso debo ordenar cronológicamente las cartas que conservo de las muchas que recibí de Elisa, porque ha pasado ya demasiado tiempo desde entonces y las tengo un tanto dispersas en mi relicario. Además, quisiera que mi relato sea lo más auténtico posible para que no tengas dudas al respecto. Empero, como no puedo descuidar mis funciones en el Ministerio de Asuntos Extranjeros, necesito algunos días para ordenarlas de modo que, tan pronto como termine, te invitaremos a acompañarnos en sucesivas jornadas hasta completar el relato.

         - No sabes cuánto agradezco, Eduvigis, el empeño que pones al preocuparte por mí solo para incentivarme a que también yo ame al Paraguay con la misma intensidad que mis padres. Además, ya habías notado que hasta ahora guardo resentimientos muy profundos por los padecimientos de mi madre en ese país, las persecuciones políticas e injustos despojos judiciales de que fue objeto durante los gobiernos que se sucedieron desde 1870. No puedo comprender por qué, a pesar del amor que se tenían, no llegaron a formalizar legalmente su unión. Tengo necesidad de saberlo porque me resulta irracional la resignación con que sobrellevaron una desgracia tras otra a partir del temprano deceso de mis hermanos Corina Adelaida y Miguel Marcial.

         - Lo comprendo, Federico, pero es que existen todavía muchos detalles que debes conocer, entre ellos algunas intimidades cuyo desenlace escapa a mi propio conocimiento y solamente cabe discernirlas.

         - Precisamente por eso, Eduvigis, tengo necesidad de saberlo todo, absolutamente todo, hasta donde alcance tu memoria. Aparte de las intimidades de mi madre, cómo le impactó la trágica muerte de mi hermano Panchito y de mi propio padre en Cerro Corá, embates que se extendieron hasta Londres, donde falleció Leopoldito por la fiebre palúdica que contrajo durante la guerra, y si, realmente: el divorcio de Enrique Venancio de su esposa Maud Lloyd, como se rumoreó en Richmond, se produjo al descubrir su familia que él era hijo espurio. Lo que se remató con el cáncer que consumió a mamá en medio de la miseria que soportábamos. No puedo soportar la idea de que sus restos fueron a parar en una fosa común. Es por eso, Eduvigis, que juro desde ya que no descansaré hasta trasladarlos al lugar que legítimamente les corresponde en el cementerio de Pére Luchaise, con epitafio propio, con o sin el apoyo de mis hermanos.

         - Te comprendo, Federico. No es fácil desde luego asimilar tanta adversidad sin reaccionar como lo haces. Aún así, me atrevo a decirte que ella recién ahora pudo liberarse de los padecimientos que este mundo le tenía deparado, reuniéndose definitivamente en el celestial con los seres que compartieron sus alegrías y desgracias, de las que precisamente deseaba apartarte para no amargar tu vida. Tanto fue así que hasta me rogó en una ocasión ocultarte todo eso para no aumentar las preocupaciones que ya venías sobrellevando por su estado de salud, pues ella sabía que estaba consumiéndose en una oscuridad tormentosa. Apenas anochecía y hasta amanecer constituía para ella algo así como una semi vigilia poblada de visiones, resultado de los sedantes que consumía para aplacar el dolor. Realmente, las pocas veces que lograba dormir tenía pesadillas de una crueldad indescriptible. Por eso, hasta el último instante, para poder soportarlo, tomaba en sus trémulas manos el relicario que tan celosamente conservaba con los mechones de Francisco Solano y Panchito, recogidos antes de enterrar sus cuerpos con sus propias manos.

         Federico Loel escuchó cabizbajo estas crudas expresiones de Eduvigis hasta que se acercó Cecilia para invitarlos a pasar al comedor donde ya departieron sobre temas generales como los esparcimientos que existían en París y que él desconocía. Las hermanas trataban de alejarle las penas que estaba padeciendo. Terminada la cena, Federico Loel agradeció a las hermanas Strafford las atenciones y se despidió. Antes de salir de la habitación, Federico Loel se detuvo un instante y, mirando a Eduvigis, le recalcó que estará pendiente de sus noticias.

 

 

II.

LAS TRIBULACIONES DE LOS

HERMANOS LÓPEZ LYNCH

 

         Algunos días después de la cena realizada en el apartamento de las hermanas Strafford, Federico Loel, que comenzaba a recobrarse de la penosa pérdida de su madre y estaba reincorporado a su actividad laboral en las afueras de París, recibió con bastante retraso una carta procedente del Paraguay de su hermano Carlos Honorio, justamente cuando él mismo se aprestaba a escribirle. Apenas le entregó el conserje el sobre, lo rompió nerviosamente y extrajo las dos hojas que contenía el texto para leer con avidez, lo que decía:

 

 

 

 

         Asunción, 29 de junio de 1886

        

         Querido hermano Federico Loel.

         Quizá te extrañará que esta vez me dirija a ti en vez de hacerlo, como acostumbro, a nuestra amadísima madre. Es que ella me refirió que desde hace casi un año no ha vuelto a recibir un solo renglón de Enrique Venancio y que tampoco yo le cuento absolutamente nada de mí.

         Por ese motivo esta vez me dirijo a ti y no a ella como habituaba, porque lo que ansía conocer de mí podría quebrantarle todavía más, algo totalmente ajeno a mi voluntad. Yo no podría mentirle, nunca lo hice antes y me mortifica revelarle lo que estoy experimentando en este momento. Entonces tú, querido hermano, después de leer estas líneas y previa reflexión sobre su contenido podrías ver la forma de transmitírselo cuanto aquí te refiero, según sea su estado de salud.

         Comenzaré confesándote que me he sentido hasta ahora incapaz de trabajar, porque me convertí en dependiente de Enrique por ser el administrador de los bienes y pleitos de nuestra familia, quien últimamente se ha descuidado de mí y de nuestra madre, ya que ha dejado de enviarnos dinero como lo hacía rigurosamente. No conozco el motivo, pero sucedió después de sus segundas nupcias con nuestra prima Adela Carrillo, quien, siendo todavía adolescente, le entregó su voluntad, su belleza y su gracia, provocando una gran tolvanera en Asunción. Fue quizá por eso que resolvieron aislarse siquiera por un tiempo del medio social hasta aquietar las aguas de las maldiciones de los Carrillo y de las murmuraciones públicas.

         Conmigo sucedió algo similar, pero en vez de cautivarme una adolescente como Adela Carrillo lo hizo una mujer adulta y además casada, que supo vencer mi timidez apartándome de las bellezas asunceñas que desde mi aparición en la ciudad buscaron atraerme para lo que fuere. Con esta dama, cuyo nombre me reservo mencionar, suelo verme frente a la Iglesia Catedral, bajo los árboles de la plaza San Roque o en cualquier otro lugar furtivo para concertar su entrega total y absoluta. Ese es el motivo por el que, a pesar de nuestros esporádicos encuentros, me siento cada vez más solo, porque la última vez que estuvimos juntos me confesó que su marido le viene observando con expresión vigilante y amenazadora, complicándose cada vez más nuestra relación.

         Aún así, me dijo que la próxima vez que nos encontremos deberá ser en su casa, cuando su marido se ausente, pues ella no es feliz con él y no podría resignarse a perderme. Por mi parte, aunque debería, no puedo renunciar a lo prohibido, desafiando cualquier riesgo con tal de sentir su piel o su aliento a más de sus atractivos fascinadores. Es que fue ella la que me enseñó a amar hasta rendirme al brillo irresistible de sus ojos fulgurantes y a embriagarme con el éxtasis del amor más puro. Como reconozco el riesgo que implica para mí este amor prohibido, no me atrevo a revelarlo a nuestra madre.

         Ella, por algo parecido, ya sufrió demasiado y no me perdonaría jamás agregar un motivo más al rosario de sus angustias y desvelos.

         Es por todo esto que te encarezco, añorado hermano, que me comprendas y sepas traducirlo en su momento a nuestra amadísima madre si eso fuese posible. De lo que decidas estaré pendiente noche y día, como lo estoy yo por su estado de salud y del progreso que puedas alcanzar en la compañía telefónica.

         Termino haciéndote llegar mis mejores deseos para ti y nuestra amadísima madre, así como afectuosos besos y abrazos para ambos.

 

         CARLOS HONORIO

         Terminada la lectura de la carta, el expresivo y tierno rostro de Federico Loel se tornó tenso. Las novedades recibidas no eran nada alentadoras ni menos graves que las que él mismo debía transmitirle. Sobre todo la situación en que se encontraba Carlos Honorio, a los 26 años envuelto ya en un escabroso enredo amoroso con una mujer casada, en un ambiente social y político por demás hostil para los López. Porque de culminar, como era previsible, en un nuevo escándalo tras la boda de Enrique Venancio con su prima Adela Carrillo, podría tener un efecto irreparable para él.

         En cuanto a la incomprensible actitud de Enrique Venancio de cortar abruptamente, por el motivo que fuese, el envío de dinero a su madre de los fondos familiares que administra, conociendo su estado de salud, le pareció de una irresponsabilidad inaudita no sólo por el hecho en sí, sino porque su propia conciencia no dejará de condenarlo al conocer la penosa circunstancia de su deceso y el paupérrimo destino de sus restos mortales en el cementerio parisino. Por tanto, de inmediato se aprestó a responder a Carlos Honorio tratando no obstante de expresarse lo menos duro posible por ser el menor de los hermanos y considerando que los hechos consumados no podían ya repararse.

         Entonces, meditabundo e inspirado escribió las siguientes líneas:

 

         París, 28 de julio de 1886

 

         Querido hermano Carlos Honorio:

         Apenas terminé de leer tu carta que recibí con notable retraso, decidí responderte sumido todavía en un lastimoso estado de ánimo por lo que también a mí me cupo vivir aquí, sumándose así nuestras tribulaciones familiares que parecen no terminar nunca.

         Infortunadamente, debo comenzar con la más infausta de las noticias: el deceso de nuestra querida madre justamente el día del natalicio de nuestro padre, como si solo hubiera esperado ese momento para reunirse con él. Lo más penoso para mí fue que ella se apagó en total soledad, sin una persona que la rodeara para brindarle la asistencia espiritual y religiosa tan necesarias en ese instante. El conserje del edificio la encontró por la mañana en su habitación con la cabeza inclinada sobre el respaldo del sillón situado frente a la ventana hacia la calle, reteniendo sobre su pecho el relicario que contiene los mechones de papá y Panchito. De su rostro se había borrado toda expresión del dolor que había estado padeciendo durante los últimos meses y que ella, estoicamente, lo venía disimulando en mi presencia, consciente de que ya no teníamos los medios para adquirir las drogas que requería su implacable enfermedad, presumiblemente para no aumentar mis mortificaciones por la impotencia en que me encontraba. Me lo confesó Eduvigis Strafford en un arranque de sinceridad con la intención de aliviar mi dolor y convencerme de que ella solo se había liberado de los fantasmas que asomaban en su mente, de ofidios y tentáculos, seguramente por haber perdido ya la fe en los hombres, en la honradez y en la justicia, por lo que sólo mantenía la fe en Dios y en los bellos sentimientos de lealtad a la patria que le transmitió nuestro padre, con los que se identificó totalmente hasta el final de sus días.

         Ahora bien, querido hermano, aunque la pérdida de nuestra amada madre era previsible por lo avanzado de su penosa enfermedad, no lo fue donde fueron a parar sus restos mortales por la precariedad de nuestros recursos y la inexistencia de ahorros para cubrir los gastos siquiera de un modesto sepelio por el irresponsable comportamiento de Enrique Venancio, quien hace algún tiempo cortó abruptamente sus remesas de dinero. Fue por eso que nuestra amada madre, me mortifica decirte, fue depositada en una fosa común del ejido municipal para compartir con los más menesterosos y desheredados seres de esta ciudad, donde ella paseó su graciosa estampa junto a nuestro padre en los más fastuosos salones del Segundo Imperio. Razón por la que, a partir de ahora, con o sin la colaboración de ustedes, me pondré en campaña y no descansaré hasta que ella reciba cristiana sepultura en un mausoleo con su nombre en el exclusivo cementerio de Pére Luchaise. Sólo así podré borrar alguna vez de mi memoria ese epitafio que se convirtió en la más horrenda de mis pesadillas por mencionar lacónicamente: "Aquí descansan los muertos desconocidos".

         En cuanto a la situación de dependencia en que te encuentras de Enrique Venancio, sinceramente no puedo comprenderlo y menos justificarlo. Sobre todo, porque para mí el trabajo fue precisamente lo que me ha liberado de cualquier tipo de dependencia y convertido en el único medio que tengo para sobrellevar con dignidad los estragos que producía en mi espíritu la enfermedad de nuestra madre, aunque privándome, paradojalmente, de permanecer a su lado el mayor tiempo posible. Aún así, reivindico el privilegio que significó para mí haber sido su única compañía y sostén hasta donde me fue posible. Privilegio que quisiera compartirlo con mis hermanos ausentes, para que la conciencia no los condene y seamos juntos los primeros paraguayos en reivindicar su nombre para la historia en nuestra sufrida patria, donde ha sido vilipendiada como nuestro padre por los gobernantes que treparon al poder del brazo de sus verdugos.

         Conociendo entonces, querido hermano, mi temperamento y contracción al trabajo, no debes dudar de que habré de poner mi mayor empeño para merecer la consideración de mis jefes para obtener muy pronto las promociones que aspiro para comenzar a desenvolverme holgadamente en la vida.

         Esperando ansiosamente conocer en el futuro próximo novedades más alentadoras de ti como de Enrique Venancio, les envío a ambos un fraternal abrazo.

 

         FEDERICO LOEL

 

        

VII.

HOMBRES QUE LA AMARON

 

         Federico Loel, cada vez más impresionado por la personalidad de su madre, no cesaba en indagar a Eduvigis sobre su carácter y temperamento, ya que la llegó a conocer mucho más que él mismo. Ella respondió:

         - Querido Federico, tu madre fue realmente una mujer excepcional, no solamente por su deslumbrante belleza y personalidad, sino por sus virtudes y fidelidad hacia el único hombre que amó hasta el fin de su vida. Me consta y fue ella misma la que, a poco de conocerlo, hizo ostentación de su orgullo, aunque no lo suficiente como para desdeñar lo poco que él le ofrecía en ese momento. A cambio, ella le daría su amor, que vale mucho, como franqueza y fidelidad, de modo que el día que dejara de amarlo, lo sabría por ella misma, dejándole libre, por cuanto sentía un horror instintivo hacia todo lo bajo, sucio y ruin que se oculta en la vida. Tu padre, por su parte, había escuchado en ese momento un lenguaje que no había descubierto nunca en otra mujer.

         - ¿Pero él alguna vez valoró en su justa medida el valor de esas palabras?

         Yo creo que sí, Federico, pero no podía evitar que ella se desenvolviera en un ambiente de soledad y angustia, mortificada por los epítetos de que fuera objeto su nombre en el país. En una ocasión, ella misma recapituló conmigo las emociones y la clarividencia que más desgarraban su alma, como ser la repulsa que sentían hacia su persona las mujeres paraguayas. Sobre todo porque las que fueron tocadas por la magia de los López no titubearon en escapar después de su círculo encantado, incluida su propia madre, hermanas y amantes, para echar por la borda los sentimientos más sagrados, como la moral, códigos y catecismo. La primera hasta intentó su eliminación física, mientras sus hermanas, con el pretexto del desquite, se entregaron a la ignominia en las tiendas de campaña para ser amantes de los verdugos de su patria y las mujeres que fueron amantes de los López no trepidaron en recoger sus cuantiosas herencias para rodearse de opulencias, apartándolos de sus almas y sus recuerdos.

         Consumada Cerro Corá, doña Juana Carrillo, sin terminar de maldecir al Mariscal, disputó hasta su herencia; Juanita Pesoa no tardó en contraer nupcias con el coronel Hermosa; Petrona Decoud, todavía con el hijo de Benigno en brazos, se unió a otro hombre, así como la mujer de Venancio. De modo que solo Elisa, la extranjera, motejada de calculadora y cerebral, fue la única que se mantuvo fiel a su pasado, con sus luces y sus sombras, para reivindicar su nombre y el de sus hijos. Además, como ya les consta a ustedes, vestía permanentemente el negro de su luto y se ufanaba de ostentar el vilipendiado apellido de los López, permaneciendo en perenne servidumbre de amor.

         - ¡Eduvigis, querida! No sabes el bien que me haces al revelarme las virtudes de mi madre, que sobrepasan todo cuanto yo hubiera podido esperar de ella, pues, dadas las circunstancias que nos tocó vivir, fuiste tú la que mejor la conoció, incluso por encima de nosotros mismos.

         - Tanto es así, Federico, que hasta me jacto de ello, porque creo llegado el momento de revelarte también el motivo por el que Enrique debió separarse de la inglesa Maud Bray, cuyo hermano había sido su compañero en Richmond. Se trata del padre de Maud, que especulaba con la fortuna de los López, quien admitió el noviazgo y apresuró el matrimonio, ignorando o disimulando ignorar que Elisa no era la viuda legítima del ex poderoso presidente del Paraguay. Pero, apenas enterado de su estado irregular y sus problemas sucesorios, lamentó que Maud se uniera con su hijo espurio y, tras hacerle la vida imposible, logró separarlos, a pesar de las dos niñitas que habían concebido. Entonces él, a los 23 años, retornó al Paraguay, donde sintió en carne propia el estigma de ser hijo ilegítimo, pero se arraigó rápidamente al rehacer su vida con Adela Carrillo, su prima de solo 16 años, aunque nunca dejó de interesarse de la educación y felicidad de las niñitas. El resto ya lo sabes, Carlos Honorio viajó también tras su llamado y tú regresaste de Richmond para acompañar a tu madre convirtiéndote en su único consuelo.

         - Fascinado como estoy del grado de amistad que a través del tiempo y del espacio geográfico perduró entre ustedes dos, en períodos de paz o de guerra, quisiera saber algo que hasta ahora no he podido comprender y es, ¿por qué ella, siendo tan bella y atractiva, no escogió a otro hombre menos complejo y exótico?

         - Eso, querido Federico, solo podrías comprenderlo cuando te enamores realmente como aconteció con ella, porque hombres que la pretendieron de diversos continentes y culturas que aparecieron en su camino desde que terminó sus estudios, nunca le faltaron.

         - ¿Significa eso que fue ella misma la que forjó su propio destino por mandato de su corazón?

         Así fue, Federico. De los hombres que la pretendieron, de extracciones y nacionalidades diferentes, prefirió a tu padre por su carisma y personalidad.

         - ¿Cómo puede explicarse eso, Eduvigis?

         - Muy sencillo. Comenzaré desde el principio. Terminados nuestros estudios en el Trinity College de Dublín, donde estuvimos internadas durante cuatro años y hasta cumplimos juntas los quince años, ella, antes que regresar al seno de su hogar, prefirió pasar previamente una temporada en el nuestro, porque no aceptaba las segundas nupcias de su madre con un caballero inglés que no era de religión católica, sino protestante. Elisa había amado muchísimo a su padre fallecido cinco años atrás y tenía apego a su tradición familiar, afincada en el solar Schnock-Lynch de Country Cork. Además, su hermano John se había enrolado en la Real Marina Británica y se sentiría muy sola en un ambiente que no era el suyo.

         - ¿Fue entonces, en tu casa, que conoció al francés Xavier Quatrefages?

         - Sí, él frecuentaba por entonces nuestra casa porque estaba interesado en Cecilia, pero, apenas conoció a Elisa, se prendó de ella y algunos meses después ya le propuso matrimonio. Su aceptación se hizo casi por inercia, debido al estado emocional en que se encontraba, pero cuando Quatrefages fue destinado a prestar servicio médico en el hospital de la guarnición militar francesa de Argel, las cosas se complicaron por el ambiente diferente y tosco en que le tocó convivir con su marido. Además, no tenía con quien departir, porque las esposas de los demás oficiales se habían negado a abandonar París.

         - Craso error de mi madre, el remedio fue peor que la enfermedad, ya que se apresuró demasiado al asumir una responsabilidad tan grande como el matrimonio.

         - Su segundo pretendiente fue el conde ruso Alexandrovich Meden, joven, atrayente, distinguido pero algo extravagante, además de osado y porfiado por su holgada posición económica, que le permitía alcanzar todos sus caprichos. Lo más curioso fue que lo conoció precisamente en la casa de Quatrefages, donde concurrió una noche para despedirse de él y agradecerle sus atenciones médicas en el hospital militar. A partir de ese momento quedó también prendado por la belleza de Elisa y, ducho como era, comprendió rápidamente que se trataba de un matrimonio mal avenido, por lo que apenas quedaron solos le propuso viajar con él para disfrutar de su juventud y belleza en las principales capitales europeas, que obviamente no aceptó a pesar de su insistencia y poder de persuasión.

         Naturalmente en este caso se comprende su rechazo, porque se trataba de una proposición indecente e inmoral por hacerlo en su propia residencia de casada. No obstante ello, algún tiempo después, Meden siguió obsesionado por Elisa, al punto de viajar hasta Asunción presentándose intempestivamente en la quinta de su residencia. La creía prisionera en ese ambiente desolado y pobre y le propuso rescatarla, liberarla, arriesgando hasta su propia vida. Pero, al darse cuenta de la magnitud del amor de Elisa hacia tu padre, sentimiento muy diferente al que conoció en Argel en relación a Quatrefages, admitió su entereza y la hondura de su corazón, por lo que finalmente se resignó a perderla.

         El tercero ya fue tu padre, quien, según me describió en su momento, era de estatura mediana y aspecto juvenil, barba negra cuidadosamente recortada. Al presentarse a la residencia del gobernador, Mariscal Randon, en la capital de la colonia norafricana para asistir a la recepción organizada en su honor, lucía un uniforme oscuro de corte francés, con entorchados y charreteras. Tenía la presencia de un príncipe por sus movimientos y modales refinados. El impacto se produjo cuando, para abrir el baile con un lancero de honor, él se dirigió hacia ella sumiéndola en un éxtasis profundo al tenerlo cerca y notar en él la pasión que irradiaba de sus ojos y de sus gestos, sentimiento que no había conocido antes. No puedes extrañarte entonces, Federico, que fue en ese mismo momento cuando sintió que él sería su hombre, como efectivamente lo fue.

         El cuarto, paradójicamente, ha sido el propio asistente de López, brigadier Paulino Alén, que la conoció durante la misión diplomática que cumplía su jefe en Europa. A partir de ese momento quedó impactado por su belleza, aunque nunca exteriorizó sus sentimientos, ni tan siquiera insinuarle por el respeto que sentía hacia su jefe y por la dama por él escogida. No obstante ello, cuando la soledad le oprimía el corazón por las prolongadas ausencias de tu padre en el interior y asomaba la sospecha de que podría estar con otra mujer, ella pensaba en Alén para suplir ese vacío por la necesidad que tenía de su compañía. Sin embargo, también se contuvo y decidió no extender sus brazos hacia esa fuente de límpidos goces, ya que el solo saberlo completaba su dicha en silencio, convencida como estaba de que no se juega con la conducta moral de un hombre como Paulino Alén por lo que sentía hacia ella, con ternura y estimación. Fue ese secreto, sin embargo, el que se hacía cada vez más difícil de soportar, hasta que el propio destino se encargó de poner abruptamente fin.

         Sucedió cuando el Mariscal lo distinguió nombrándole comandante de la guarnición de Humaitá apenas ascenderlo a coronel. Se produjo en el peor momento de la guerra, ya que pronto la fortaleza fue sitiada por los brasileños y, ante el inminente aniquilamiento de su guarnición, propuso al Mariscal la evacuación hacia el Chaco. La respuesta tajante fue "resistir hasta el último hombre", y como él consideraba eso una inmolación absurda de sus hombres, no se resignaba a sacrificarlos, pero tampoco podía desobedecer la orden recibida.

         Ante la alternativa que se le presentaba, porque el derramamiento de sangre era ineludible, después de reflexionar fríamente que su vida entera había sido una inmolación continua hacia lo imposible, prefirió morir él y no sus hombres, e intentó suicidarse al no tener ser alguno que lamentaría su muerte. No tenía madre, hijos ni mujer que lo amaran, por lo que decidió dispararse un tiro en la sien, que subió unos milímetros del lugar preciso, por lo que no murió pero quedó irreversiblemente inhábil.

         Aún así, el propio López lo sometió a juicio, una vez restablecido, para que el mal ejemplo no cundiera en la oficialidad joven, hasta que finalmente fue condenado en las postrimerías de la guerra. Lo más lamentable de este triste episodio fue que el Mariscal, estando ya Alén inconsciente, hizo llegar otro mensaje rectificatorio del anterior, pero ya demasiado tarde. Fue el fin de su pasión hacia tu madre y de la tortura que ella misma experimentaba, porque el propio destino se ocupó abruptamente de extinguir este amor imposible.

         Es por ese motivo, Federico, que no dudo de que también el destino no tardará en reivindicar la memoria de tus padres en las páginas de la historia paraguaya.

 

 

 VIII.

¡Y RESURGIÓ EL PARAGUAY!

 

         Tal como lo había augurado Eduvigis Strafford en la última reunión con Federico Loel, el momento de la reivindicación de su padre no podría tardar en producirse, como efectivamente aconteció. En la carta que acababa de recibir de Carlos Honorio le había comentado que comenzó a circular en Asunción, por iniciativa del Club del Pueblo que nucleaba al grupo lopista, el texto de la última proclama hecha por el Mariscal López a fines de febrero de 1870 a sus hombres en Cerro Corá, que produjo gran impacto en el ámbito político. Decía así según su testigo presencial, el padre Fidel Maíz:

         "Si vosotros me habéis seguido hasta este final momento, es que sabíais que yo, vuestro jefe, sucumbiría con el último de vosotros, en el último campo de batalla. Este momento ha llegado. Sabed que el vencedor es el que muere por una causa bella y no aquel que queda en el escenario de la lucha (1). Seremos vilipendiados por una generación surgida del desastre, que llevará la derrota en    el alma y en la sangre como un veneno, el odio del vencedor. Pero otras generaciones que vendrán después, nos harán justicia, aclamando la grandeza de nuestra inmolación. Yo seré más escarnecido que vosotros, seré puesto fuera de la ley de Dios y de los hombres, seré hundido bajo el peso de montañas de ignominia (2). Pero llegará también mi día, y volveré a surgir de los abismos de la calumnia, para ir creciendo, todos los días, a los ojos de nuestros compatriotas, para ser lo que fatalmente tendré que ser en nuestra historia" (3)

 

         El contenido de este documento lo había impresionado de tal manera que, aunque ya estaba viviendo en otro apartamento parisiense no tardó en hacerse presente en el apartamento de las hermanas Strafford, con las que seguía manteniendo una afectuosa relación. Les informó, asimismo, que había pedido a Carlos Honorio que le hiciera llegar en lo sucesivo todo cuanto acontecía en el Paraguay sobre la situación política y que también lo hiciera Enrique Venancio. Por último, aprovechó esa oportunidad para informarles que en su empresa le habían anticipado que sería promovido próximamente a una posición de mayor responsabilidad debido a su gran rendimiento en el trabajo.

         Semanas después, Federico Loel fue efectivamente promocionado a un rango superior en la Compañía Telefónica, por lo que sus visitas a las hermanas Strafford ya no serían tan frecuentes, como antes, por cuanto le acarreaba también compromisos sociales. De todas maneras, se sentía feliz de poder ahora retribuirles con las últimas novedades que esperaba recibir tanto de Carlos Honorio como de Enrique Venancio a través de sus comentarios personales, revistas y periódicos de contenido político.

         Así fue como, después de unos tres meses de ausencia, hizo nuevamente su aparición Federico Loel en el apartamento de las hermanas Strafford, quienes esperaban ansiosas por conocer sus noticias sobre su promoción y las procedentes del Paraguay. Su semblante esta vez parecía relajado y feliz, muy diferente del que tenía antes. El motivo no era para menos. Refirió que el gobierno paraguayo estaba ahora encabezado por el general Patricio Escobar, excombatiente, asistido como canciller por el veterano diplomático Benjamín Aceval. Supo también que en 1887 se había fundado en Asunción el Centro Democrático, origen del Partido Liberal, y el 11 de setiembre la Asociación Nacional Republicana, iniciándose desde entonces enconadas luchas electorales que, a partir de 1902, estaban lideradas por dos personalidades de un mismo fogoso temperamento y de igual inteligencia. Se trataba del liberal Cecilio Báez y del republicano Juan E. O'Leary. De todas maneras, prevalecía todavía la opinión de los fiscales de Francisco Solano López y los ex legionarios que, desde el primer momento, lo habían declarado "traidor a la nación y enemigo de la humanidad, puesto fuera de la ley, arrojado para siempre del suelo paraguayo y del género humano". Motivo por el que, al fundarse el primer órgano periodístico denominado "La Regeneración", estuvo al servicio de la ideología partidaria, con total olvido de la equidad, la moderación, el respeto a la verdad y de espaldas a la opinión pública (4).

         Pero lo que más le reconfortaba saber era que Arsenio López Decoud, al que había conocido cuando tenía solamente 11 años en ocasión de la visita que su tía había hecho a su madre cuando llegó a París para saludarla e informarle que lo traía para internarlo en un colegio de la ciudad; escuchó en ese momento cómo su tía Petrona recordaba todavía con emoción que él solo pudo nacer mediante el salvoconducto que, a instancia de su madre, le otorgó el Mariscal López para que pudiera dar a luz lejos de la infernal San Fernando, sin riesgo para ambos. Ahora él era un joven fogoso que, a modo de rectificación de la conducta de su progenitor que fue ejecutado por conspirar contra el Mariscal López, había bajado a la turbulencia política para, como periodista de combate o tribuno en las tertulias políticas, apagar el fuego de las pasiones que seguían existiendo. No podía extrañarse por tanto que él llegara a mantener una fraternal amistad con otro tribuno como Juan E. O'Leary, pues siendo un López ante todo, encarnó a su modo la pasión de la Patria y la ambición de su belleza. Por algo más tarde éste escribió "que tenía el orgullo de la raza, que era la del prócer Carlos Antonio López y del Mariscal implacable, ante cuya belleza se inclinaba reverente".

         Hasta ese momento las relaciones entre Federico Loel y las hermanas Strafford continuaban fieles a sus sentimientos, pero fueron reduciéndose gradualmente a medida que él progresaba en la Compañía Telefónica de París, hasta que fue comisionado a Buenos Aires para fiscalizar la instalación de los teléfonos. Desde allí realizó esporádicos viajes a Asunción para departir con sus hermanos, conocer personalmente el desarrollo de la situación política imperante en el país y a sus únicos sobrinos, frutos de la unión entre Enrique Venancio y Adela Carrillo.

         Por último, ya solo resta mencionar que se está afirmando cada vez más la grandeza del espíritu de Madame Lynch y la intensidad del amor que sentía hacia el hombre de su vida. Hasta entonces, a raíz de una literatura interesada en desmerecer sus virtudes y realzar solo sus defectos, que sin duda también los tuvo, la multitud la concebía deforme y sombría solo por haber sido una extranjera solitaria, rebelde a las convenciones que no logró superar con sus sonrisas o vencer el desprecio de toda una sociedad hostil, contaminada por intereses políticos y pasiones encendidas de quienes se afanaron por desprestigiarla para seguir agraviando la figura de nuestro héroe máximo.

         Fue por eso que, ante tan adversa como agraviante literatura hacia la memoria del Mariscal López y Madame Lynch, existieron también quienes la defendían. Entre las que sobresalen está la historiadora nacional Concepción Leyes de Chaves, quien dejó sentado en su obra "Madame Lynch", que "esta irlandesa gravita la misma sentencia que entenebreció la vida de la cristianísima reina de Escocia, María Estuardo, esa especie de maldición de que "nada de lo que haya empezado por ella y para ella resulta bien jamás".

         Josefina Plá, a su vez, que se preocupó por la historia y la sociología de su país de adopción, escribió "La gran infortunada", en el que definió la posición de esta heroína como igual de las mujeres que unen su suerte a hombres como Francisco Solano López como amigo de las cumbres y, por tanto, imantador de rayos. Por lo que estuvo expuesto a la desconfianza, la malevolencia y el resentimiento".

         También Lita Pérez Cáceres escribió, en febrero de 2007, que Elisa Alicia Lynch fue fundamental en la historia de la cultura paraguaya, pues ella aportó su sensibilidad, su sabiduría y manera de sentir, a una nación que amó como propia".

         Entre estos escritores puede contarse además con un testigo calificado e imparcial, como lo fue el último ministro plenipotenciario estadounidense ante el gobierno del Mariscal Francisco Solano López, el general Martin T. Mc Mahon, también de descendencia irlandesa, quien estudió Derecho y trabajó en el estudio jurídico del alcalde de la ciudad de Búfalo, Nueva York. Se enroló en el Ejército Federal como voluntario y pasó poco después a ser una de las figuras más destacadas de la guerra civil. A su término, retornó a la práctica del Derecho desempeñándose como Fiscal Comercial de la ciudad de Nueva York. El 3 de julio de 1868, en pleno desarrollo de la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza, se lo designó Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos en el Paraguay. A su regreso escribió varios artículos y pronunció numerosas conferencias en favor de la causa del Paraguay. Y, como si todo eso no fuese suficiente, aceptó también testificar sobre los intereses de Madame Lynch en el tribunal de Edimburgo, Escocia, así como de su conducta pública y privada en el Paraguay. Por eso, a diferencia de historiadores nacionales y extranjeros que denostaron con crudeza la causa nacional, fue él quien obró con mayor objetividad y justicia.

         Así expresa él sus sentimientos en los versos que insertó en el Álbum de Madame Lynch cuando significativamente decía en una de sus estrofas:

         "La muerte de Polonia lloraron las naciones,

         Pero ninguna para socorrerla,

         Su espada, y no impidieron, con sus lamentaciones,

         La iniquidad de un crimen que a todas mancilló.

         No temas que te llegue semejante destino:

         Confía en Dios y aguarda su decisión final,

         Pues tú con sangre escribes un decreto divino

         Que dispone el rescate de tu suelo natal".

 

         Felizmente así fue, porque el Paraguay, como el ave Fénix, resucitó de sus cenizas.

 

 

 

(1)     Su amigo Napoleón II, quien se rindió al ejército prusiano en Sedán.

(2)     Fueron los vencedores los que escribieron inicialmente la historia de la guerra secundados por los legionarios, cuyo Gobierno Provisorio integrado por Cirilo Antonio Rivarola, Carlos Loizaga y José Díaz de Bedoya que asumió el 15 de agosto de 1869, en su primer decreto se expresaban ya del modo siguiente: "El primero de los deberes indeclinables de todo buen paraguayo en estos momentos supremos de la patria, es contribuir cuanto esté de su parte para la completa victoria de la República y de los gobiernos aliados acreedores de nuestro cordial agradecimiento y que quienes continuasen sirviendo a la ominosa tiranía de Francisco Solano López, serán considerados y punidos con todo rigor, como traidores a la nación y enemigos de la humanidad". El segundo decreto a su vez decía en su artículo primero: "El desnaturalizado paraguayo Francisco Solano López, queda fuera de la ley, y para siempre arrojado del suelo paraguayo, como asesino de su patria y enemigo del género humano"...

(3)     Sus restos reposan por siempre en el Panteón Nacional de los Héroes y Oratorio de la Virgen de Nuestra Señora de la Asunción.

(4)     Fue en estas circunstancias que se inició una encendida polémica centrada en el lopismo y el antilopismo. Falencia que, 30 años después, alcanzó su punto culminante entre Cecilio Báez y Juan E. O'Leary que duró hasta comienzos del siglo XX. A partir de este momento las páginas centrales del periódico "La Regeneración" alcanzaron ribetes tales al entender que el odio que Cecilio Báez sentía hacia el Mariscal López se extendía también a sus soldados -hombres, mujeres y niños-, a quienes igualmente pretendía cubrir de ignominia. Motivo por el que O'Leary llegó a escribir: "Si el Mariscal López fue un bárbaro sin ley, una fiera cruel y cobarde, un verdugo sin piedad, un bandido concupiscente, que no se preocupaba de la suerte del país, y sí, solo, de satisfacer su sed de sangre, los que le siguieron, los que se identificaron con él, los que teniendo el camino abierto para incorporarse a sus libertadores, prefirieron acompañarle, fueron o simples cretinos, como quiere Báez, o monstruos como el monstruo que los acaudilla".

 

 

 

EPÍLOGO

 

         Al evocar las tribulaciones padecidas por Elisa Alicia Lynch desde su matrimonio con el francés Xavier de Quatrefages hasta su triste deceso en París, después de haber amado intensamente a Francisco Solano López a pesar de sus extravíos esporádicos, no puede desconocerse que fue ella la única mujer que hasta llegó a peregrinar por Europa y la Tierra Santa para reivindicar su memoria e ideales por el engrandecimiento del Paraguay que, infortunadamente, el destino lo frustró abruptamente.

         Entonces, a medida que pasa el tiempo, su personalidad se agiganta cada vez más, a pesar de haber sido vilipendiada, rechazada, expulsada y hasta amenazada de ejecución tras la hecatombe sufrida por el Paraguay, su patria adoptiva, a la que defendió con su verbo, garra y puños contra sus detractores nacionales y extranjeros. Asimismo, en lo que respecta a su estirpe y honorabilidad que habían sido mancilladas, los historiadores irlandeses Michael Joseph Lillis y Ronald Fanning se encargaron de confirmarlas tras 28 años de investigación para darlas a conocer recientemente en el libro "Calumnia. La historia de Elisa Lynch y la Guerra contra la Triple Alianza", en inglés y traducido al español y al portugués.

         La causa por ella férreamente defendida en su momento ante los poderosos y victoriosos aliados secundados por un grupo de connacionales identificados como legionarios, que resultaron ser todavía más intransigentes que los adversarios de la Patria, retardaron su reconocimiento por apoyar durante décadas sus objetivos políticos y ambiciones territoriales.

         Empero, la justicia, que a veces tarda pero siempre llega, está ya plenamente cumplida. No solamente sobre la reivindicación del Mariscal López y de su amada compañera de glorias e infortunios, Elisa Lynch, sino de la causa que tan arduamente defendieron, él hasta su inmolación y ella de un confín a otro del mundo superando inclusive la descalificación que como espurios fueron considerados sus hijos sobrevivientes Enrique Venancio, Carlos Honorio y Federico Loel.

         No menos digno de encomio fue cómo su sobrino, Arsenio López Decoud, hijo de su hermano Benigno López Carrillo, ejecutado por alta traición a la Patria en las postrimerías de la guerra, llegó a abrazar como propia la causa del héroe de Cerro Corá. Ejemplo digno de ser imitado por sus más enconados adversarios que hasta ahora reniegan del héroe máximo de nuestra nacionalidad, pues demostró tener la visión de una progenie de hombres cuyo accionar político vivió entroncado en un cuerpo doctrinario de ideas y principios. Y aunque existían todavía en ese momento pasiones encendidas, por sobre todas las cosas fueron superadas por ideas que apuntaban al bienestar de la comunidad y la grandeza patria.

         A tal punto fue así que Arsenio López Decoud, antes que repudiar al que permitió la ejecución de su progenitor, como periodista de combate o tribuno en las tertulias públicas, bajó a la turbulencia política para apagar el fuego de las pasiones que aún existían. Fue precisamente por eso que mantuvo una fraternal amistad con Juan E. O'Leary, pues, siendo un López ante todo, encarnó a su modo la pasión de la Patria y la ambición de su belleza. Por ese motivo escribió: "tenía el orgullo de su raza, que era la del prócer Carlos Antonio López y del Mariscal implacable, ante cuya grandeza se inclinaba reverente".

         Por tanto, ya solo falta ocuparse de las cenizas de Elisa Alicia Lynch, que de una fosa común fueron trasladadas a una tumba del exclusivo cementerio de Pére Lachause por disposición de sus hijos, de allí al museo del Ministerio de Defensa Nacional y, finalmente, a un mausoleo erigido por el Estado en el Cementerio de la Recoleta, diseñado por el escultor Hermann Guggiari. El clamor popular, sin embargo, hace ya tiempo espera que sus cenizas sean depositadas en el Panteón Nacional de los Héroes junto a las del Mariscal Francisco Solano López, lo que no pudo ser antes, por oposición de la Iglesia Católica, pero que debiera cumplirse ineludiblemente antes del bicentenario de nuestra gesta emancipadora de mayo.

 

 

 

ÁRBOL GENEALÓGICO DE LA FAMILIA LÓPEZ

 

 

MIGUEL CIRILO LÓPEZ - MELCHORA INSFRÁN

 

BASILIO ANTONIO: Cura franciscano consagrado Primer Obispo de Asunción por Bula del Papa Gregorio XVI, en la ciudad brasileña de Cuyabá. Falleció en Manorá, en 1859.

MARTÍN: Cura franciscano. Falleció siendo Cura Párroco de Yuty.

FRANCISCO DE PAULA: Vivió en Caazapá y falleció en ese lugar, en Ybytimí.

CARLOS ANTONIO: Nació en Manorá, el 4-XI-92. Bautizado en julio de 1793, en la Iglesia de la Recoleta.

VICENTE: Murió sin sucesión, en 1859. Lo consigna el Seminario.

VICTORIANO: (¿)

BLASIA Y MELCHORA: Dos mujeres que vivieron muy piadosamente y fallecieron solteras.

Los padres de Carlos Antonio López fueron españoles puros y cristianos viejos, según expresiones de la época.

 

CARLOS ANTONIO LÓPEZ - JUANA PAULA CARRILLO

 

JUANA PAULA CARRILLO: Hija de Magdalena Vianna, viuda del español Pedro Ignacio Carrillo, casada en segundas nupcias con don Lázaro Rojas, con tres hijos del primer matrimonio: MARÍA DEL CARMEN, MANUEL HERACLIO Y JUANA PAULA CARRILLO.

FRANCISCO SOLANO: Nacido en Asunción, el 24-VII-1826. Falleció en Cerro Corá el 1° de marzo de 1870.

RAFAELA: Casada en primeras nupcias con el Sr. Saturnino Bedoya, y después de la guerra con el brasileño Melciades Augusto Acevedo Pedra.

INOCENCIA: Casada con el general don Vicente Barrios.

BENIGNO: Comandante de Artillería, estudio militar y de Marina en Río de Janeiro, Brasil. Falleció durante el curso de la guerra.

Dejó tres hijos habidos en doña Petrona Decoud: ADELINA, RODOLINDA Y ARSENIO LÓPEZ DECOUD, periodista de nota, casado con Doña Victoria Viera, falleció en 1947, sin dejar descendencia.

VENANCIO: Falleció soltero en el curso de la guerra. Dejó un hijo en Doña Manuela Otazú, el Dr. VENANCIO V. LÓPEZ, sabio de gran reputación laureado en Buenos Aires; casado con Doña Victorina Viera, falleció en 1947 sin descendencia.

 

 

FRANCISCO SOLANO LÓPEZ Y MADRE DESCONOCIDA

 

ROSITAS CARRERAS: Estuvo primeramente a cargo de doña Juana Paula de Carrillo en su niñez y después de Elisa Lynch, a quienes acompañó durante toda la guerra y en su viaje a Europa.

Se separó de ella en Buenos Aires, en 1875, para casarse con Don Eduardo Fernández. Tenía 16 años cuando la Conferencia de Yataity Corá, y era prometida del coronel Centurión en Cerro Corá.

De cutis blanco y gran parecido con su padre, vino a Asunción investida de poder suficiente para defender... y sus hermanos menores la voluntad expresada en el testamento, cuestionado por Juana Paula Carrillo

 

FRANCISCO SOLANO LÓPEZ - JUANA PESOA

 

EMILIANO: Educado en Europa. Vino con su madre de Londres para el matrimonio de Juana Pesoa con el coronel Hermosa. Falleció en 1875, de afección pulmonar.

ADELINA CONSTANZA: Falleció a los 15 años de edad, de disentería, durante la guerra, poco después de la Batalla de Curupayty y de la muerte del general Díaz. Contrajo la enfermedad en Humaitá, donde fuera atendida por el Dr. Skinder, confiada por su madre al cuidado de Elisa Alicia Lynch, por carta fechada en Pilar, el 22-II-1862.

JOSÉ FÉLIX: Nació el 22-IX-1860. Sargento. Muerto en Cerro Corá a los 11 años de edad.

 

 

FRANCISCO SOLANO LÓPEZ - ELISAALICIA LYNCH

 

JUAN FRANCISCO:    Coronel de Caballería, muerto en Cerro Corá a los 16 años. Caballero de la Legión de Honor. Medalla del Amambay.

CORINA ADELAIDA: Nacida en agosto de 1856. Muerta en febrero de 1857, a los 6 meses, de gastroenteritis.

ENRIQUE VENANCIO: Bautizado el 12-X-1859. Falleció en Asunción, en noviembre de 1917, siendo Senador de la Nación. Es el único hijo del Mariscal López que tuvo descendencia.

FEDERICO LOEL: Bautizado en 1861. Ingresó en la Organización Telefónica en París, Francia. No regresó al Paraguay después de la guerra. Falleció en Buenos Aires, donde había venido para la instalación de los teléfonos. Solicitó y obtuvo en París los permisos para la construcción del caveau en el cementerio de Pere Lachaisse para su madre Elisa Lynch. No dejó descendencia.

CARLOS HONORIO: Nació en 1861 y falleció en Asunción de 1929, soltero sin descendencia. Acompañó a su madre a Europa y es firmante de la invitación para el sepelio en París.

LEOPOLDO: Murió en Londres poco después de terminada la guerra. Tenía 6 años cuando llegó a Londres. Falleció de fiebre palúdica.

MIGUEL MARCIAL: Falleció siendo niño en Paso Pucú, en mayo de 1866, víctima de cólera, poco después de la batalla de Tuyutí. Ahijado de Venancio Solano López, quien estuvo presente en su sencillo entierro.

 

EN SU TESTAMENTO EL MARISCAL LÓPEZ DECÍA: "... LEGO MIS BIENES A MIS HIJOS JUAN FRANCISCO, FEDERICO, ENRIQUE, CARLOS Y LEOPOLDO, HABIDOS DE ELISA LYNCH, Y EMILIANO, ADELINA CONSTANZA Y JOSÉ FÉLIX, HABIDOS DE JUANA PESOA".

No menciona a Rosita Carreras. Tampoco se menciona a Miguel Marcial, que en la fecha del testamento aún no había nacido.

 

ENRIQUE VENANCIO - MAUD ALEJANDRA LLOYD

(casados en Londres, en 1882)

 

LORNA: Casada en los EE.UU., con Mr. Gregorio Parker, con una hija, BARBARA LORNA, nacida el 22 de noviembre de 1914, casada, sin descendencia, con Mr. D. Dimock.

Bárbara llegó a ser Senadora de los EE.UU. por el Estado de Alaska. Reside en Seattle. Es viuda desde 1969.

ELSA: Sin descendencia conocida.

 

 

ENRIQUE VENANCIO SOLANO LÓPEZ – ADELA CARRILLO

 

FRANCISCO: Casado con Palmira Campos, con hijos: Gladis Margarita, Enrique (fallecido adolescente, en 1938), María Adela, Federico, Nancy (fallecida soltera en 1971) y Norma. 

ENRIQUE: Casado con Estefanía Cañete. Falleció sin descendencia en 1947.

ELISA: Soltera. Falleció en 1988, sin dejar descendencia.

CARLOS ANTONIO: Soltero. Falleció en 1940.

MIGUEL CIRILO: Casado con Rosa Casco, con tres hijos: Carlos María, Miguel Ángel y Rosa Adela.

JORGE MANUEL: Casado con Nélida Recalde, con dos hijos: Jorge Enrique y Luisa Adela.

 

GLADYS MARGARITA SOLANO - LÓPEZ

 

CARLOS ALBERTO: Soltero

MARÍA ELISA: Casada con Ignacio Muñoz de Cote, con tres hijos: María Elisa, Inés e Ignacio.

 

 

NELLY SOLANO-LÓPEZ - CARLOS HEMPEL

 

ANSELMA MARÍA VITALINA: Casada con Néstor Goraleski, con tres hijos: Cristina, Stephan y Viviana.

GERDA: Casada con Julio Viveros, con una hija: Gabriela María.

 

 

MARÍA ADELA SOLANO-LÓPEZ – FERNANDO RODRÍGUEZ DE BRITTO

 

ELIZABETH ADELA: Casada con Raúl Stelatto, con un hijo: Enzo.

 

 

MARÍA ADELA SOLANO-LÓPEZ - PALMO BOTTA

 

MAGDALENA DEL ROCÍO: Soltera.

 

 

FEDERICO SOLANO-LÓPEZ

Casado, con cinco hijos: María Victoria, Elvira Beatriz, Corina, Fernando y Elisa.

 

 

ROSA ADELA SOLANO-LÓPEZ - RAÚL RIVERA

 

CARLA: Soltera. Reside en los EE.UU.

 

 

ROSA ADELA SOLANO-LÓPEZ - ALEJANDRO KOUNIN

 

AXEL: Menor de edad. Soltero

KARINA PAOLA: Casada, con un hijo.

 

MIGUEL ÁNGEL SOLANO-LÓPEZ - MARÍA MERCEDES TROXLER

 

(Sin descendencia) Residen en el Japón, en misión diplomática.

 

CARLOS MARÍA SOLANO-LÓPEZ CASCO

 

Soltero, sin descendencia. Reside en los EE.UU.

 

 

JORGE ENRIQUE SOLANO-LÓPEZ - TERESITA MOREL

 

GUILLERMO ENRIQUE: Menor. Soltero

JORGE MANUEL: Menor. Soltero

SILVANA: Menor. Soltera

SOLEDAD: Menor. Soltera

DULCE LUCIA: Infante

NADIR LUCERO: Infante

 

 

LUISA ADELA SOLANO-LÓPEZ - MARCIAL CÁCERES

 

DANIEL ALEJANDRO: Casado. Fallecido en 1994 sin dejar descendencia.

LUIS EDUARDO: Casado con Patricia Conejero, con una hija: Daniela

MIGUEL ANTONIO: Casado con Marcela Vázquez, con dos hijos: Lizzette y Adriel.

 

 

LUISA ADELA SOLANO-LÓPEZ - ANTONIO FERNÁNDEZ GADEA

 

JOAQUÍN: Menor. Soltero

ANDRÉS: Menor. Soltero

PABLO: Menor. Soltero

DIANA: Infante

DAVID: Infante

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CARDOZO, Efraím. "Hace cien años".

CHAVES, Concepción Leyes de. "Madame Lynch".

DAVIES, Arthur J. "Martin T. McMahon. Diplomático en el estribor de las armas".

SALUM-FLECHA, Antonio. "Facetas Públicas y Privadas en la Guerra de la Triple Alianza".

Enciclopedia BARSA.

 

 

 

 

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Redactores: Lic. ANTONIO MARÍA BOERO y RAMIRO ANTONIO BOERO RUIZ

Abril del 2005 – Rivera Uruguay

 




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